La resurrección de nuestra juventud, A. Mitilineos

La resurrección de nuestra juventud –

Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo

III Domingo – Evangelio de Lucas [7,11-16]

La escena, queridos míos, de la resurrección del hijo de la viuda de Naín, se describe de manera sencilla, pero muy vívida. Con una sola palabra, el Señor, como escuchamos en la lectura evangélica de hoy, resucitó a aquel joven que era hijo único de aquella pobre mujer viuda. Y le dijo: «Joven, te digo, levántate». Joven, hijo mío, a ti te lo digo: ¡levántate! Y el joven se levantó.

El pueblo fue tomado por temor y asombro, como nos describe el santo Evangelista Lucas. Y con mucha razón, el pueblo sacó la conclusión: «Un gran profeta se ha levantado entre nosotros, y Dios ha visitado a su pueblo».

Pero, queridos míos, hoy en nuestra época la juventud presenta una mortificación aún peor. Y esta mortificación es espiritual. Así como ante la muerte biológica de un joven todos decimos: «Qué lástima, un joven, un muchacho ha muerto» y hay mucho duelo, aún más profundo es el dolor cuando no se trata de una sola persona, sino de toda la juventud. Entonces pertenece a la mortificación de la juventud un gran lamento y muchas lágrimas. Caminamos por la calle y vemos a esos muertos vivos que pertenecen a nuestra juventud. Y les aseguro, la psique-alma llora, llora seguramente de todos aquellos que comprenden, que pueden sentir, discernir y llorar. Y lloran. Y se lamentan. Cuando ven a los muertos vagando de la nueva generación, de nuestros hijos, de nuestra juventud.

Pero si el Señor, queridos míos, realizó tres resurrecciones, al menos tantas se registran en los santos Evangelios, probablemente resucitó a muchos más, sin embargo, el Señor realiza muchas más resurrecciones espirituales. Y las realizaba, las realiza y las seguirá realizando.

Pero veamos las cosas más de cerca, como nos las describe el santo texto. Dice el santo Evangelista, cuando aquella comitiva del muerto salía por la puerta de la ciudad de Naín, el Señor entraba en la ciudad con una gran comitiva de muchas personas, admiradores Suyos, que lo seguían. Vio el duelo el Señor. Dijo a la madre: «No llores». Y entonces, «acercándose», dice el santo Evangelista, «tocó el féretro». Es decir, se acercó y tocó el féretro y al muerto que estaba dentro. Se ve aquí que existe la necesidad de que Jesús Cristo se acerque a la juventud muerta.

Pero, ¿cómo puede entenderse este acercamiento? Decimos que Jesús debe acercarse a la juventud. ¿Cómo lo comprendemos? ¿Cómo lo interpretamos? Este acercamiento se realiza por la Χάρις (Jaris: Gracia, energía increada) de Dios, cuando Dios da Su jaris-gracia, así como los rayos del sol iluminan objetos y personas, así también los rayos de la jaris-gracia divina vienen a despertar, acariciar, tocar, tocar de cerca, acariciar, como les he dicho, pero también debe venir el segundo elemento: el logos vivo de Dios, que se ofrece desde la Iglesia.

Por tanto, la jaris-gracia increada de Dios y el logos vivo de la Iglesia de Dios. Este logos vivo, que viene del exterior y se ofrece, debe encontrar puntos de contacto. Fíjense, el Señor dice: «tocó» al muerto. Por lo tanto, el logos de Dios debe encontrar estos puntos de contacto en la juventud muerta. Pero aquí se necesita mucha atención; porque cuando decimos «puntos de contacto» no significa que la Iglesia deba recurrir a artificios para atraer a los jóvenes. Hay una mala interpretación aquí. «Pongamos instrumentos musicales, porque a la juventud le gusta la música, los pongamos en el culto para atraerla», decimos. Porque además les gusta el ritmo del jazz, pongamos música con ritmo de jazz para atraer a los jóvenes. «¿Qué están haciendo?», preguntamos. «Estamos buscando puntos de contacto entre la Iglesia, el logos de Dios y el pueblo de Dios, especialmente los jóvenes». Es un error, queridos. Ningún artificio puede ser usado.

Se ha demostrado claramente que, cuando el logos de Dios se ofrece íntegro, puro, sin adulteración y con mucho amor —con un amor tan grande que llega y sobrepasa los límites del sacrificio personal—, entonces se crean verdaderos puntos de contacto. No es necesario modificar nada. Basta con que este logos de Dios sea vivo, puro—repito— y lleno de amor; porque la psique-alma busca lo verdadero, lo que se ofrece con sinceridad y con amor.

Por consiguiente, cuando hablamos de “acercamiento”, de “encontrar puntos de contacto”, esto no significa en absoluto que debamos hacer concesiones o compromisos que, al final, de modo dialéctico, nos lleven a ofrecer algo que ya no salva. Y un logos de Dios que no salva, una Iglesia que no salva, sobra que se ofrezca.

«¡Joven!», dice el Señor. Joven. ¡Qué hermosa es esta invocación del Señor: “Joven”! “Hijo mío joven”, que no revela un nombre, sino una edad. En verdad, la adolescencia y la juventud son las edades más bellas, pero también las más duras y difíciles. Atractivas, sí, pero difíciles. Tanto, que muchas veces, cuando uno envejece y mira atrás en su vida, puede sentir nostalgia de aquellos años juveniles; pero al recordar cuán duros fueron, desearía no volver jamás a ellos.

Problemas, muchos problemas. Problemas existenciales. Un joven se encuentra ante la vida y se pregunta quién es él mismo, quiénes son los otros, quién es Dios, qué existe realmente. ¿Tiene psique-alma? ¿No la tiene? ¿Cuál es el destino del ser humano? ¿Cuál es el propósito de la existencia? Estos llamados “problemas existenciales”, para un joven que piensa, son un tormento. Y aun el más superficial de los jóvenes tiene momentos en los que llega a un callejón sin salida, y puede preguntarse: “¿Vale la pena vivir o no vivir?”.

Problemas profesionales, lo vemos claramente en nuestros hijos: qué camino seguir y cómo lograr aquello que desean alcanzar.
Problemas morales —¡oh, cuántos problemas morales!

Problemas de orientación espiritual: “¿Qué debo seguir? ¿Cómo debo orientarme en la vida?”.
Problemas de relaciones. Y subrayamos especialmente este último, porque lo vemos muy claramente en nuestra época.

Vemos, queridos míos, que los jóvenes no tienen buenas relaciones con sus padres, con su hogar en general, con la Iglesia, con la sociedad. El anarquismo, esa despreocupación, ese “no me importa”, ese “da igual”, ese “solo yo existo en el mundo”, crean terribles problemas de relación. Tan graves, que, aunque solo existieran estos, podríamos decir que todos los demás sobran. Pero, si quieren saberlo, precisamente porque existen todos los demás, por eso el problema de las relaciones es tan agudo.

¿Quién, sin embargo, resolverá estos problemas? ¿Quién sino Jesús Cristo? Nuestra juventud debe comprender que se afana en vano en sus búsquedas: en la cultura, en las teorías materialistas y políticas, en los placeres, en las bebidas alcohólicas y en las drogas. Todo eso es en vano. No hallará nada allí. Todo eso conduce a un callejón sin salida, a un vacío.

Y entonces se oye la voz del Señor: «¡Joven, a ti te digo…!». «Joven, te hablo a ti, a ti te hablo. A ti. Yo, el Hijo de Dios hecho hombre; Yo, que fui niño, que fui adolescente y joven; que pasé por esa misma edad humana que tú ahora atraviesas; Yo soy aquel que aprendió de lo que padeció. Soy aquel que conoce por experiencia la vida. Yo que fui tentado por el diablo —el mismo que te tienta a ti—, pero lo vencí. Y vencí al mundo. Y vencí al diablo. Y permanecí sin pecado.

Joven mío, te hablo a ti personalmente. Tú que vives tan intensamente la crisis espiritual de tu tiempo. Tú que tienes profundas experiencias del pecado. Tú que incluso te has vuelto contra Mí. A ti me dirijo, joven mío. Te considero mi amigo y quiero ayudarte. Nadie puede ayudarte ni devolverte a la vida. Vuélvete hacia Mí, no para combatir contra Mí, sino para escucharme. ¿Qué tengo que decirte? ¡Levántate! “Joven, a ti te digo: ¡Levántate!”. Levántate. Sí, levántate. Yo, tu Señor, soy quien te creó erguido; y esa postura erguida —porque caminas sobre tus dos pies— es la expresión de que tú eres señor de la Creación, que eres rey y dominador de todo. Sí. Por eso Yo, tu Señor, soy llamado “Señor de los señores”. ¿De quiénes señores? De los señores que son los hombres. Por eso Yo soy llamado “Rey de los reyes”. ¿Rey de quiénes? De aquellos que reinan. ¿Y quiénes son los que reinan? Los hombres. Porque vosotros, los hombres, sois los señores y los reyes. Y Yo soy el Señor de los señores y el Rey de los reyes. Así, la postura erguida con la que te he creado es expresión de mi propia imagen en tu existencia. Esta postura erguida, además, manifiesta y expresa la búsqueda de Mí, tu Creador.»

Expresa además una diferenciación de tu propia vida frente a la vida de los demás animales. Por eso, siendo un ser honrado, no debes compararte con los animales, ni descender a su nivel ni desear parecerte a ellos. Eres de noble origen. No caigas en las pasiones y vicios (los pazos) que te igualan a los animales. Te he dado todos los bienes de la Creación. No busques más allá. Te di el vino, que alegra el corazón del hombre; no te embriagues. Te di el pan, que sostiene el corazón del hombre; no te vuelvas glotón. Te di toda la belleza de la vida; te di el don de alegrarte, incluso con tus propios sentidos. No bebas del cáliz de la fornicación o lujuria. No vayas tras la caza de los placeres de esta vida. Ten cuidado: cuando haces esas cosas, tú, que fuiste honrado, tú, que existes en dignidad, te igualas con los animales. Y aún más: desciendes por debajo de ellos.

La muerte es aquella que pone al ser humano en posición horizontal. Lo tiende en el suelo. Lo convierte en cadáver. De la palabra “caer”: lo convierte en cadáver, al hombre. La muerte. Pero YoSoY la Vida, que vengo a decirte: «¡Joven, levántate!». Juventud, levántate. En tu tiempo, joven mío, los hombres caminan a cuatro patas, mientras Yo los hice caminar sobre dos. Y caminando a cuatro patas, no pueden mirar hacia lo alto. Realmente solo consideran lo que ven. Lo que no ven, lo ignoran. Solo ven la tierra, porque miran hacia abajo. Solo ven lo material, solo viven lo pasional y patético. Caminando a cuatro patas, no pueden levantar su mente ni su corazón hacia Mí, no pueden buscarme ni reconocerme. Joven mío, vives en una época en la que los hombres caminan a cuatro patas.

Queridos, así habla el Señor a cada joven, a nuestra juventud. Pero nosotros los mayores… oh, nosotros los mayores… nosotros los mayores somos los que llevamos a la juventud al cementerio para enterrarla. Nosotros sostenemos el féretro, nosotros los mayores, el féretro de la juventud. La juventud no se desbocó sola. Nosotros, los mayores, le quitamos las riendas, eliminamos los “no”, las leyes, los mandamientos, los límites, y les dijimos que son libres y que pueden hacer lo que quieran, moverse como quieran. Y si incluso se vuelven contra nosotros y nos escupen, les decimos: «¡Bien hecho, hijos nuestros!». Así, nosotros quitamos todas esas riendas: las de la ley de Dios, de la lógica y de la humanidad. Y la juventud llegó a desbocarse.

Pero cuando el Señor, queridos míos, se acercó al féretro de aquel joven de Naín, dice el santo Evangelista: «Los que llevaban el féretro se detuvieron». Sí. Detengámonos también nosotros, los que llevamos el féretro de la juventud. Sí, de la juventud, del joven pueblo, del “pueblo en formación”, como dice el Salmista [Sal. 101,19]; a quien llevamos a la muerte, tanto corporal como espiritual, con nuestras leyes corruptas, con nuestra lógica y razón deteriorada, con nuestra educación corrompida, con las orientaciones mortales que damos a nuestros jóvenes, con la apostasía (diserción) que hemos creado. Detengámonos. Demos la oportunidad a Cristo de acercarse a nuestra juventud muerta. Y Él la resucitará. Y la devolverá a la madre Iglesia y a su madre, la patria. Algún día, comprendamos esto: solo Cristo resucitaba a los muertos, tanto corporal como espiritualmente. Porque Él es la Vida y la Resurrección. 19-10-1986

Homilía realizada en el Santo Monasterio Komnineo, Larisa, 19-10-1986, con inmensa gratitud a nuestro guía espiritual,
el venerable y bendito Padre Atanasios Mitilineos,

FUENTES: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/omiliai-kyriakvn

Transcripción digitalización y edición de la homilía: Sr. Atanasios K. y Eleni Linardaki, filóloga.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

 

Búsqueda y hallazgo de la fe, P. Atanasio Mitilineos

Búsqueda y hallazgo de la fe

P. Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo

 

Terapia del hijo del criado del centurión, Domingo IV Mateo 8: 5-13

5 Cuando Él entró en Capernaum, se le acercó con respeto un centurión, rogándole y diciendo:

6 Señor, mi criado yace en casa paralítico, atrozmente atormentado por terribles dolores.

7 Le dice: Yo iré y lo sanaré.

8 Pero el centurión, respondiendo, dijo: Señor, no soy digno de que Tú el omnipotente entres bajo mi techo, pero sólo con un logos tuyo, mi siervo será sanado inmediatamente,

9 porque yo, siendo hombre sujeto al mando, tengo bajo mis órdenes soldados, y digo a éste: Ve, y va; y a otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.

10 Al oír estas palabras llenas de fe, Jesús se maravilló y dijo a los que lo seguían: De verdad os digo, que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande como esta.

11Y de verdad os digo que muchos vendrán del oriente y del occidente y se sentarán a la mesa de la cena espiritual con Abraham, Isaac y Jacob en el reinado de la realeza increada de los cielos,

12 pero los herederos del reinado de la realeza increada de los cielos, es decir, los descendientes de los patriarcas que tienen las promesas de Dios, serán expulsados y echados a las tinieblas exteriores o del más allá. Allí será el llanto y el crujido de los dientes.

13 Entonces dijo Jesús al centurión: Ve, que se te haga como has creído, es decir, que puedo con un logos sanar a tu siervo gracias a ti. Y el siervo inmediatamente quedó sano en aquella hora.

 

Búsqueda y hallazgo de la fe – P. Atanasio Mitilineos

Terapia del hijo del criado del centurión

 

Escuchamos hoy, queridos hermanos, el hermoso pasaje del Evangelio según San Mateo, en el que un centurión pide al Señor la curación de su siervo, que estaba terriblemente atormentado. Y este centurión, por supuesto, no pertenecía al pueblo de Dios. Era ciudadano romano, oficial del ejército y pagano. Sin embargo, su actitud ante el Señor fue verdaderamente admirable. Dice el texto sagrado: «Al oír estas palabras llenas de fe, Jesús se maravilló y dijo a los que lo seguían: De verdad os digo, que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande como esta» (Mt 8:10).

Y dijo el Señor esa maravillosa frase con la que pone en pie de igualdad a los gentiles —es decir, a los paganos— con el pueblo de Dios, siempre que, por supuesto, acepten Su rostro (persona) divino y humano: «Y de verdad os digo que muchos vendrán del oriente y del occidente y se sentarán a la mesa de la cena espiritual con Abraham, Isaac y Jacob en el reinado de la realeza increada de los cielos, pero los herederos del reinado de la realeza increada de los cielos, es decir, los descendientes de los patriarcas que tienen las promesas de Dios, serán expulsados y echados a las tinieblas exteriores o del más allá. Allí será el llanto y el crujido de los dientes» (Mt 8: 11-12). Es decir, que de entre los gentiles será aceptado Su Persona divinohumana, mientras que los hijos del reinado de la realeza increada de los cielos, —aquellos que fueron los primeros llamados a entrar en la realeza increada de Dios, el pueblo de Dios, los judíos—, esos, dice, serán echados fuera. Y ese «fuera» no es otro que, como claramente lo expresa aquí el Señor, el infierno.

¿Pero qué es lo que otorga tantos privilegios?
La fe.
¿En qué?

En el rostro  (persona) divino-humano de Jesús Cristo.
Uno ve la actitud del centurión, del militar, frente al Señor: una actitud de plena fe. Y, por otro lado, uno ve la actitud de los hijos del reinado de la Realeza increada, -los judíos-, quienes dicen del Señor que es el príncipe de los demonios, un usurpador de atributos divinos y, en consecuencia, digno de muerte en la cruz y del castigo del infierno.

En efecto, la presencia de Cristo en el mundo provocó una crisis, una crisis en las almas humanas. Y las dividió en dos bandos: los que creerían y los que no creerían.

Es bien sabido que tenemos muchos criterios o elementos para decir que el mundo está dividido en dos. Por ejemplo, decimos: «el bloque oriental y el bloque occidental». O: «la civilización oriental y la civilización occidental», y así sucesivamente.
Pero, queridos míos, en realidad, sólo una cosa divide a la humanidad. Una sola. Todo lo demás son divisiones aparentes. Como cuando dividimos un libro en capítulos, pero los capítulos están unidos por un hilo común. Así también aquí, podemos decir esto o aquello, pero en el fondo se trata de personas que están, de una forma u otra, conectadas entre sí. Se diferencian y se relacionan.

Una sola cosa divide a los seres humanos: la fe y la incredulidad. La fe en el rostro (persona) divino-humano de Cristo, la incredulidad y el rechazo de esa Persona (rostro). Esta es, por tanto, la mayor crisis en toda la historia de la humanidad, porque el final de la historia se basará precisamente en esta crisis. Cuando llegue el fin de la historia, los hombres no serán juzgados como orientales u occidentales, como civilizados o incivilizados, como blancos o negros, sino como creyentes y no creyentes.

Y aquellos que creen, los que quieren creer, son los que buscan y encuentran a Jesús Cristo, y también aquellos a quienes Cristo busca y encuentra. Se trata de una búsqueda mutua y un hallazgo mutuo. Y vale la pena acercarnos a esta realidad.

No nos interesa el grupo de personas que no creen. Por eso, el apóstol Pablo muchas veces, cuando trata este tipo de temas, ignora lo que pasará con los incrédulos. Él dice: «Nosotros, los que quedamos vivos, seremos arrebatados junto con ellos en las nubes al encuentro del Señor», etc.
Pero, Apóstol Pablo, ¿qué ha pasado con los pecadores?
No nos interesa. Son dignos de su suerte. Sí, nos duele, pero son dignos de su suerte, porque simplemente es el resultado de su mala voluntad. Por eso, permítanme aquí centrarme en Cristo y en los creyentes.
Como ya les dije, se trata de una búsqueda mutua, pero también de un encuentro mutuo. Aquellos que no buscan, naturalmente, no encuentran. No nos interesa. Y aquellos que Cristo busca, pero no responden, tampoco lo encuentran.
Tampoco nos interesa.

No se piense que este «no nos interesa» implica falta de compasión. Porque si así fuera, el primero en carecer de compasión sería Cristo mismo, que remite al infierno a tales personas. O mejor dicho, más correctamente: se remiten ellos mismos.
Un alumno, cuando repite el curso, no lo remite el consejo de profesores. Él mismo se remite a repetirlo.

Así, pues, Dios busca y encuentra. Dios busca al ser humano. Es el gran imán que atrae sus copias, sus imágenes. El original tiene sus copias. Y en cuanto a lo que dice: «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tim 2:4), no hay objeción alguna. Dios quiere salvar a todos.

Antes de la caída, Dios tenía comunión con el hombre. Pero esta comunión se interrumpió a causa del pecado de los primeros en ser creados. Y como dice el apóstol Pablo, desde entonces Dios no abandonó al hombre. Lo vigilaba. Prestad atención al verbo: lo vigilaba. Y dirá a los habitantes de Listra: «No dejó a sí mismo sin testimonio», Dios. Haciendo el bien. No dejó su Ser sin testimonio» (Hechos 14:16-17).

Esto es muy importante, sumamente importante. Que alguien diga: «Pero no conozco a Dios». Dios da siempre, a lo largo de la Historia, el testimonio de Su existencia y de Su personalidad. Así: «Haciendo el bien, dándonos desde el cielo lluvias y estaciones fructíferas (da la lluvia, da los tiempos favorables para que la tierra produzca), llenando de alimento y alegría nuestros corazones». «Y llena, sacia», dice, «y da también regocijo, alegría, por los bienes de la Tierra».

Y como dice un verso de los Encomios del Epitafio, del himno «La vida en el sepulcro», que cantamos cada Viernes Santo: «Bajaste a la tierra para salvar a Adán, y al no hallarlo, Señor, en la tierra, bajaste hasta el Hades buscándolo».
¡Qué belleza tiene este verso!
«Bajaste a la Tierra para salvar a Adán. Pero no lo hallaste porque había muerto». Habías dicho: «Si transgreden Mi mandamiento, ciertamente morirán». «No lo hallaste. Había muerto. No descansaste. Y bajaste al Hades para ir a encontrarlo».
¡Qué hermoso verso! Si así sentimos el asunto…

Así, pues, queridos míos, esto muestra que Cristo cuida, busca, busca encontrar y salvar.

La parábola de la oveja perdida es característica: «Perdió», dice, «una oveja, tenía cien, dejó las noventa y nueve y fue a buscar la que se perdió». Eso representa a la humanidad. También, la parábola de la higuera estéril: «Vino», dice, «buscando —buscando— fruto en ella, y no halló» (Luc 15:3–7 y Mat 18:12–14). «Busca fruto, pero no lo encontró». Inicialmente, esto se refiere al pueblo de Israel. Buscaba fruto. Pero no encontró. Sin embargo, buscaba.

En la parábola de la dracma perdida: «Y la busca», dice, «con diligencia hasta que la encuentra» (Lucas 15:8–10). Una mujer tenía diez dracmas. Perdió una. En algún lugar dentro de su casa. Encendió una lámpara, dice, y empezó a buscar. Y encontró la dracma perdida.
Observa esta frase: «Y la busca con diligencia hasta que la encuentra». Es el ser humano perdido, a quien Cristo busca encontrar. Por medio de Isaías, dice: «Me manifesté a los que no preguntaban por Mí; fui hallado por los que no me buscaban» (Isaías 65:1).
Y eso significa una acción voluntaria, espontánea.

Cristo busca encontrar al hombre. «Dije: Aquí estoy, en la nación que no invocó Mi nombre» (Isaías 65:1). «Dije: Aquí estoy con ese pueblo» —específicamente, los gentiles—, «los idólatras específicamente, de los cuales los primeros somos nosotros los helenos-griegos, a ellos me manifesté, a los que no me invocaron por mi nombre».

Y el Señor contrapone: «Extendí mis manos todo el día hacia un pueblo desobediente y contradictor» (Isaías 65:2 y Rom 10:21)-habla de los judíos. «Extendí mis manos…». Sabes, muchas veces, cuando hablamos con indignación, extendemos las manos. Eso significa «extendí mis manos». Todo el día. Cada día. A un pueblo que desobedece y contradice.

¡Observa el contraste!

Por eso, el Señor busca la fe en Su persona divino-humana, para dar Su Realeza increada. Por eso, queridos míos, se maravilló verdaderamente del centurión por su comportamiento; como os dije, era idólatra.

Así, el Señor pregunta en cuanto al tema de la fe. Porque los judíos no creyeron. Y he aquí el misterio, como dice el apóstol Pablo: por dos mil años no creyeron. Una parte —si me permites completar la idea— una parte de ellos creerá poco antes de la Segunda Parusía Presencia, Venida de Cristo. Si ves que los judíos empiezan a creer en masa, dirás: “¡Ha llegado el fin!”. Es una señal de los últimos tiempos.

En una ocasión se le preguntó al Señor si vendría. “No hay cuestión sobre eso”, dijo el Señor. “El problema no es si vendré o no vendré. Por supuesto que vendré”. El problema está en otra parte: “Pero, cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe sobre la Tierra?” (Lucas 18:8). Yo vendré, pero, ¿hallaré fe sobre la Tierra? El Señor nos dijo que la fe… —lo plantea en forma de pregunta y no responde, pero sabemos por otros pasajes que no encontrará fe, salvo en un pequeño número de cristianos. Como tampoco encontrará αγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado). Salvo en un pequeño número de cristianos. Porque el Señor nos dijo que también la agapi-amor se enfriará, se congelará. Y habla, naturalmente, de los cristianos.

El Señor también habla de una gran tentación que abarcará toda la Tierra en los últimos tiempos de la Historia. Esto lo dice al ángel de Filadelfia, es decir, (en libro del Apocalipsis) al obispo, a la Iglesia de Filadelfia, una de las siete iglesias históricas de Asia Menor. Y dice: “Por cuanto has aplicado, guardado y cumplido el logos que habla sobre la paciencia (en las tribulaciones y persecuciones), yo también te guardaré o te protegeré de la hora de la prueba o tentación que ha de venir sobre el mundo entero, para probar o tentar a los que habitan sobre la tierra” (Apoc 3:10). “Te protegeré”, dice. Sabed que estos siete mensajes a las siete iglesias históricas son siete aspectos de la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica. Y evidentemente se dirige al remanente, al resto. A ese pequeño rebaño que se salvará, que se mantendrá fiel. “No temas, pequeño rebaño”, dice Cristo, “no temas, oh pequeño rebaño” -es vocativo, no nominativo– “porque agradó y complació al Padre daros la Realeza increada”. “Así pues”, dice, “porque guardaste mis mandamientos, los aplicaste, Yo también te guardaré o te protegeré de aquella tentación que está por venir sobre toda la tierra habitada” —¡Prestad atención!: “¡οικουμένη (icumeni) la tierra habitada”!— “para poner a prueba a los que habitan sobre la Tierra”.

¿Cuál es esa tentación? Escuchad cuál es, y temed. Porque ya hemos entrado en la zona de esa tentación. Y nosotros los helenos-griegos, incluso… ¿Cuál es la tentación? La negación de la naturaleza divina y humana de Cristo. Ésa es la tentación. ¿Lo escuchasteis? La negación de la naturaleza divina y humana de Cristo. “Cristo no es Dios”. Eso es. Es decir, el arrianismo que siempre ha existido de manera latente y que resurge en los últimos tiempos. Ese arrianismo que, por supuesto, negaba la naturaleza divina de Jesús Cristo. La incredulidad en Cristo, para decirlo claramente. Y lo vemos, lo vemos —como os dije— avanzar rápidamente, a pasos agigantados, en nuestra época, en nuestro país, en todo el mundo.

¿Europa? Desde hace tiempo que la Europa cristiana… es arriana. No lo digo yo. El bendecido padre Justino Popovich escribió un libro entero. Léelo. «Άνθρωπος και Θεάνθρωπος Hombre y Dios-Hombre». ¿América? América es Europa. Son los mismos habitantes. ¿Los griegos? ¡Oh, los griegos…! Encended, por favor, radios, televisores, no sé… Encended, y escuchad lo que se dice cada vez. Escuchad lo que se dice y sentiréis indignación… Literalmente.

Así pues, durante el tiempo entre las dos venidas de Cristo, el Señor continuamente busca encontrar la fe. Y donde la encuentra, la elogia. Y se maravilla. Tal como el Señor se maravilló de la fe del centurión, como escuchamos en la lectura evangélica de hoy.

Pero también está el lado del hombre. Cuando el hombre ahora busca a Cristo y lo encuentra. Cuando Felipe le dice a Natanael: “¡Hemos hallado al Mesías!” (Jn 1:45). Obviamente aquí se da a entender que lo estaban buscando. ¿Por qué? ¿Dónde lo buscaban? No, por supuesto, en los caminos o en las montañas. En las Escrituras. Y allí conocían muy bien las características del Mesías. Leed el Antiguo Testamento y lo veréis. Leed a Isaías; a todos los profetas; a Isaías, para ver cuán literalmente y con muchos detalles se refieren el profeta y los profetas a las señales, a las características del Mesías.

Los judíos no lo reconocieron. No prestaron atención a las características anunciadas por los profetas. Pero Felipe y Natanael, que eran amigos, estudiaban de manera imparcial. No de manera parcial, pensando que vendría un Mesías que nos liberaría de los romanos y comeríamos con cucharas de oro… Como cree hoy el sionismo. El mismo clima, el mismo clima… Y que nos convertiríamos en gobernantes del mundo, como dice el sionismo. No, no, no. Queremos al Mesías. Con las características que vemos en la Sagrada Escritura. Y cuando Cristo habló con Felipe, Felipe lo reconoció. De inmediato.

Y va y le dice a Natanael: “Hemos encontrado al Mesías”. ¿A quién? “Aquel de quien escribió Moisés y los profetas”. Porque a ellos estudiaban. Así que decir “lo encontramos” significa que lo estaban buscando. Solo quien busca encuentra. Por eso también señala Pablo a los atenienses —nuestros antepasados, los atenienses, eran idólatras: “Busquen al Señor, por si acaso lo palpan y lo encuentran”. ¡Palpa! Y lo encontrarás. Está dentro de nosotros. Palpa. Palpa en la creación y lo encontrarás. Está dentro de nosotros. ¿Por qué? Porque Dios, como dijo en Listra, no dejó a sí mismo sin testimonio. “Y no está lejos de ninguno de nosotros”. “Porque en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hechos 14:17). En Él existimos, en Él nos movemos. No en un sentido panteísta.

Y añade a los atenienses: “Como han dicho algunos de vuestros poetas y filósofos”. Y el mundo antiguo, fuera de los límites de Israel, también buscaba al Señor. Y el Señor, para mostrar esta búsqueda y hallazgo humano, contó la parábola de la perla preciosa. “El que halló —dice— una perla muy valiosa, se fue, vendió todo lo que tenía y la compró” (Mateo 13:45–46). Vendió todo lo que tenía para comprar esa perla. ¿Qué vendió? La civilización es buena, pero si me aleja de Cristo… porque, a partir de cierto punto, la civilización se vuelve contra el ser humano —no necesito explicarlo más—, entonces la vendo para comprar la perla preciosa. Y todo lo demás, todo lo demás… Lo mismo en la parábola del tesoro escondido. Dice que alguien encontró un tesoro en un campo. Reunió sus ahorros, compró el campo para tener el tesoro. Esa es la Escritura, es la Escritura; y allí dentro encontrarás el tesoro. Estas dos parábolas, de la perla preciosa y del tesoro escondido, muestran que Cristo es esa perla preciosa (Mateo 13:44,44,45). Por eso el Señor recomienda insistentemente: “Buscad y hallaréis” (Mateo 7:7).El que busca —dice en otro lugar— encuentra” (Mateo 7:7-8 y también en Lucas 11:9-10).

Queridos, no hay problema si buscamos al Señor para encontrarlo. No hay problema ahí. El problema está en si existe la búsqueda. Y preguntamos: ¿Hoy buscamos al Señor? Ciertamente, algunas personas lo buscan y no dejarán de buscarlo. Y, por supuesto, lo encuentran. Pero son pocos. Muchos lo buscan en los sustitutos. Por eso hay tantas sectas y religiones orientales que encuentran eco entre nuestros cristianos. ¿Saben cuál es el último sustituto de la búsqueda de Cristo y de la bienaventuranza? ¡El alcohol y las drogas! Porque no encuentran a Cristo o no quieren encontrarlo, se van a los sustitutos. Es triste. Buscar a Cristo donde Él no está. Por eso el Salmista escribe con melancolía: “El Señor se inclinó desde el cielo para ver a los hijos de los hombres, para ver si hay alguno sabio o que busque a Dios”. Y añade melancólicamente: “Todos se desviaron, a una se corrompieron; no hay quien haga el bien, no hay ni uno solo”. ¡Ninguno! Y no buscamos al verdadero Señor Jesús Cristo porque nos hemos desviado. Es decir, nos hemos alejado. Como dijimos, nos descarriamos. Porque nos hemos vuelto inútiles. Nuestra ética se ha vuelto ruin. Porque no practicamos la bondad. No ejercemos la virtud. Nuestra época es terrible. Derriba todo. Por eso el Señor permite, como castigo, que caigamos en el error.

¿Qué se necesita? Humildad y autoconocimiento. Como el centurión que dijo: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo”. Y añadió con fe: “Pero solo di un logos, y mi siervo sanará” (Mt 8:8). Y cuando hay humildad y autoconocimiento, entonces viene también la teología. Y la teología es buscar y encontrar al Dios Logos. Porque primero Él te buscó. Y tú lo encuentras y Él te encuentra. Y tú lo admiras y Él te admira. Como cuando el Señor admiró al centurión.

Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario,
y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, 9 de julio de 1995.

Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai.gr/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

a) La Sabiduría Hipostática sobre las olas y, b) La travesía segura, A. Mitilineos

a) La Sabiduría Hipostática (Substancial) sobre las olas y, b) La travesía segura

Domingo IX de Mateo 14:22-34 – P. Atanasio Mitilineos

Jesús camina sobre las aguas, 14:22-36.

22 Seguidamente obligó a los discípulos a subir a la barca, para que fueran delante de Él a la orilla opuesta, mientras despedía a las multitudes. (Esto lo hizo para que no sean arrastrados y engañados los discípulos por el entusiasmo ferviente de esta gente que querían proclamarle como rey).

23 Y luego de despedir a las multitudes subió al monte a orar en privado, y al anochecer estaba allí solo.

24 Cuando la barca estaba ya en medio del mar, era zarandeada por las olas, porque el viento le era contrario.

25 Y hacia las tres de la madrugada, vino Jesús hacia ellos andando sobre el mar,

26 pero cuando los discípulos lo vieron andando sobre el mar, se turbaron, y dijeron: ¡Es un fantasma! Y comenzaron a gritar de miedo.

27 Pero enseguida les habló, diciendo: ¡Tened ánimo, yoSoy, no temáis!

28 Pedro entonces, respondiéndole, dijo: Señor, si eres Tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas.

29 Él dijo: ¡Ven! Y bajando de la barca, Pedro anduvo sobre las aguas y fue hacia Jesús.

30 Pero al ver el viento fuerte, tuvo miedo, se tambaleó su fe y comenzó a hundirse, y gritó fuerte: ¡Señor, sálvame!

31 Al instante, Jesús extendiendo la mano, trabó de él, y le dice: ¡Falto de fe! ¿Por qué tambaleaste en tu fe y dudaste?

32 Y al subir ellos a la barca, el viento se calmó.

33 Y los que estaban en la barca se postraron ante él, diciendo: verdaderamente Tú eres el Hijo de Dios.

34 Y pasando a la otra orilla, llegaron a la región de Genesaret.

35 Y reconociéndolo los hombres de aquel lugar, lo notificaron a toda aquella comarca, y le trajeron todos los enfermos,

36 y le rogaban que les permita tan sólo tocar el borde de su manto; y cuantos lo tocaron, fueron sanados.

 

a) La Sabiduría Hipostática (Substancial) sobre las olas – P. Atanasio Mitilineos

Domingo IX de Mateo 14:22-34

Después de la multiplicación de los cinco mil, queridos míos, hecho que escuchamos el pasado domingo en la lectura evangélica, vemos que sigue un episodio extraordinariamente importante en sus conclusiones.

Mientras los discípulos repartían los trozos de pan al gentío, sentado en grupos sobre la hierba y recibiendo el alimento bendecido por el Señor, oían de la multitud, que admiraba aquel prodigioso milagro —la multiplicación de un alimento material— comentarios sobre lo grande que era el Maestro. El evangelista Juan señala: «Entonces los hombres, viendo la señal que Jesús había hecho, decían: Este es verdaderamente el profeta que había de venir al mundo». Es decir: «Este es aquel que esperábamos, el profeta; el gran profeta que Moisés había anunciado». Moisés había dicho: «El Señor Dios os enviará un gran profeta como yo», porque Moisés era figura de Jesús Cristo.

Al contemplar este milagro, la gente queda asombrada. Y, asombrados, dicen estas cosas a quienes repartían los trozos de pan: a los discípulos.

La intención, pues, de la multitud era proclamar allí mismo, en el desierto, a Jesús como rey. Tened en cuenta que los judíos estaban bajo la ocupación romana, y antes de la romana habían vivido cientos de años bajo ocupaciones extranjeras. Así, el anhelo nacional de liberación estaba ya maduro, y buscaban la ocasión propicia. Incluso habían reinterpretado las profecías sobre el gran milagro del Mesías para adaptarlas a la idea de una liberación política dentro de los límites y marcos de su independencia nacional.

Jesús conocía muy bien la intención de la multitud, así como la influencia que sobre sus discípulos habían ejercido los susurros de aquella gente. Por eso señala el evangelista Juan, aunque la lectura evangélica de hoy es de Mateo, Juan nos explica el fenómeno: «Jesús, sabiendo que iban a venir para llevárselo y hacerlo rey, se retiró de nuevo al monte él solo».

Dice: «iban a llevárselo» —fijaos en el verbo—, “arrebatarlo”, lo cual significa que su proclamación como rey iba a ser  Su voluntad.

Por eso el Señor se adelanta: a los discípulos, como nos dice Mateo, los obliga a subir a la barca, los obliga porque no querían separarse de Él, pero también porque ellos mismos sentían que allí, en aquel desierto, podía cumplirse alguna de las esperanzas nacionales. Así pues, los obliga, por la fuerza, a subir a la barca y esperarlo al otro lado. Él, solo, despide a las multitudes y sube a una altura, a un monte, para orar.

Así vemos aquí, queridos míos, que el Señor se separa de Sus discípulos. Quizás sea la primera vez que se separa de ellos. Y era necesario que así fuese: primero, para que comprendieran que estaban pidiendo cosas grandes y elevadas, pero permaneciendo únicamente en Su naturaleza humana, que es débil; y que sin Cristo en sus vidas, no podrían realizar nada.

¿Qué sucedió?
Cuando subieron a la barca —y el evangelista Juan nos dice que se habían alejado de la orilla del lago unos 25 a 30 estadios (el estadio equivale a 60 metros), es decir, aproximadamente una milla náutica, unos 1.800 metros si aceptamos la cifra de 30 estadios— entonces se levantó un viento fuerte que se abatió sobre el lago y agitó sus aguas de tal modo que aquellos experimentados pescadores se atemorizaron ante tan grande tempestad. Sentían que había llegado el final de sus vidas.

Y lo peor para ellos: no estaba con ellos Jesús. Los deja, pues, solos para que comprendan su debilidad, su fragilidad. Queridos míos, es algo muy importante que alguna vez, en una profunda autoconciencia, comprendamos que no somos nada sin Dios. Aquello que dijo el Señor: «Sin mí no podéis hacer nada» es verdadero.

Y este “nada” no significa solamente, como alguien podría decir, “construir mi casa o formar mi familia”. Ciertamente, también eso. Pero si el Señor concede esas cosas, aunque no lo invoquemos ni sintamos necesidad de Él, nos las concede por permisión, dentro de un marco natural. Creó al hombre, le dijo que creciera, se multiplicara y progresara en su vida. Y con base en esa bendición inicial, Dios concede estas cosas, tanto si el hombre se preocupa por Él como si no, por concesión suya.

Pero cuando es por bendición, donde realmente es imposible que el hombre tenga éxito sin Cristo, es en la salvación. Él mismo lo dijo: «Yo soy el camino». ¿Cómo irás, hombre, al Padre? ¿Cómo alcanzarás el conocimiento de Dios si no recorres el camino que se llama Jesús Cristo? ¿Si no caminas por la senda trillada de la naturaleza humana del Logos de Dios para conocer al desconocido Dios Logos, y al Padre, y al Espíritu Santo? Es imposible.

En verdad, es imposible alcanzar la salvación sin Jesús Cristo. Y si todo en la vida es importante, la salvación es lo máximo. Si alguien no alcanza la salvación, ¿qué ha logrado? Nada ha logrado.

Además, el Señor deja solos a los discípulos para darles una lección: que no pueden confiarse pensando que, por tener a Jesús con ellos, todo saldrá bien sin esfuerzo propio. Así, con la prueba de la tentación, es decir, la tempestad, agita las aguas del lago para despertar a los discípulos y que comprendan que deben luchar.

¿Luchar por qué? ¿Por salvar sus vidas dentro de la barca? No, no por eso. Sino por invocar al Señor. Y sentir que deben esforzarse en su vida para que Dios esté con ellos.

En tercer lugar, el Señor los deja luchar con las olas del lago para prepararlos para Su “ausencia”. Pongo la palabra “ausencia” entre comillas, porque el Señor está presente en todas partes. El Hijo de Dios encarnado, con Su naturaleza divina y humana, está en todas partes —digo “con Su naturaleza divina y humana” por la unión hipostática (substancial). Está, por tanto, presente en todas partes.

Así pues, es necesario que enseñe a los discípulos a sentir que el Señor está, ciertamente, en todas partes, pero sin verlo. Que sientan que viven y luchan “en ausencia” —entre comillas— del Señor. “El Señor se ha ido. Ha subido a los cielos. Y yo, ¿qué haré ahora aquí en la tierra?”. Porque de otro modo dirían: “El Señor está aquí en la tierra; haré lo que Él diga”.

Es necesario, entonces, que yo ponga en acción mi propio ser para ver qué puedo hacer aquí en la tierra. No debo confiarme. No debo permanecer así, sin más. Debo sentir que debo correr detrás de Su presencia, correr detrás de su χάρις (jaris: gracia, energía increada). Esa χάρις que antes me perseguía; ahora es tiempo de que yo la persiga a ella.

¿Por qué? Porque la he perdido. Aparente y superficialmente, la he perdido. He perdido la presencia de Cristo -aparentemente-.

Ya sabéis aquel juego del “corre que te pillo” que jugábamos de niños: aquel que perseguía a otro lo tocaba en la espalda y, en ese momento, el tocado se convertía en perseguidor.

Pues bien, permitidme esta imagen: ese mismo juego sucede entre el hombre y Dios. Dios es el primero que persigue al hombre. El hombre se transforma al sentir Su presencia. Y en cuanto el hombre experimenta la presencia de Dios… la pierde. Entonces nace en él la experiencia de buscar a Dios. Y es entonces cuando el hombre comienza a perseguir a Dios.

En este incesante “corre que te pillo” se forma la experiencia de la vida espiritual, la experiencia de Dios. Esto es lo que el Señor hace aquí: se “ausenta” para que lo busquen.

Y aún un cuarto punto. Los discípulos debían comprender que aquellos que albergan sentimientos y pensamientos orgullosos pierden la jaris de Dios. Y si son personas piadosas, entonces pierden la jaris de Dios de forma pedagógica: para que sientan su pobreza espiritual y vuelvan a buscarla. Pero si son impíos, entonces la pierden de forma condenatoria.

¿Cómo puede uno perder la χάρις de Dios? Siendo orgulloso. «Dios resiste a los soberbios». Decidme: ¿quién no ha sentido nunca pensamientos de orgullo? ¿Quién no ha tenido nunca sentimientos de soberbia u orgullo? Y eso sin dejar de ser, quizá, devoto. Sin embargo, Dios permite esta pérdida para decirte que sólo con la humildad conservarás Su χάρις, no con tu orgullo.

Cuando entramos en tribulaciones, queridos míos, debemos saber que hemos perdido la jaris de Dios. Los discípulos perdieron la presencia y cayeron en la tribulación de la tempestad. El hombre que vive en su orgullo se expone a muchas y diversas adversidades.

Lo habréis oído muchas veces —el pueblo lo intuye—: «Hoy nos hemos reído mucho, no vaya a ocurrirnos alguna desgracia, Dios nos libre». ¿Por qué unimos el habernos reído y alegrado mucho con que nos sobrevenga una desgracia? Hay dos razones.

La primera: la envidia del diablo. No soporta ver al hombre gozoso y viene entonces a golpearlo, con permiso de Dios.

La segunda: que en medio de nuestra alegría quizá hayamos dado entrada, por el éxito, a influencias de soberbia u orgullo; entonces Dios nos deja, nos abandona. Y cuando Dios se aparta, el diablo se acerca. Entonces llega la desgracia, llega —permitidme la expresión— la “bofetada”, el golpe.

¿Tuve hoy un éxito? Mañana tendré una dificultad. ¿Hoy me siento seguro? Mañana me sentiré inseguro. ¿Hoy siento mis pies firmes sobre el suelo? Mañana sentiré que el suelo tiembla.

Debemos entender esto. Y cuando lo meditamos y profundizamos en ello, es la pedagogía de Dios: hacernos comprender que no podemos mantenernos en pie sin Él y que necesitamos humildad. No debe existir orgullo.

El evangelista Juan anota también lo siguiente: «Y, subiendo a la barca, iban hacia la otra orilla del mar, a Cafarnaúm. Y ya había oscurecido, y Jesús aún no había venido a ellos».
Anocheció. Y Jesús no estaba con ellos.

El que tiene pensamientos vanidosos, como los discípulos cuando subieron a la barca —pensando que serían consejeros y ministros del rey Mesías que se iba a manifestar— se ve envuelto en una oscuridad de mente, espíritu y corazón. Es la oscuridad que provoca, en general, el pecado, y en especial, la soberbia u orgullo. Entonces, el hombre no ve. Jesús está con ellos, pero no lo ven. La jaris-gracia increada de Dios los rodea, pero no la sienten, porque existe la oscuridad mental y espiritual; aún no ha llegado la iluminación. Esta es la oscuridad de la que os hablo, la que generan los pensamientos y conductas vanidosas.

«Y el mar —dice el evangelista Juan—, agitado por un fuerte viento, se encrespaba».
También la creación se vuelve contra el hombre. Son esas situaciones en que todo parece ir en contra. ¿Os habéis fijado? Apenas nos ocurre algo adverso, enseguida viene otra cosa, y luego otra, como quien recibe golpes uno tras otro, sin pausa.

Entonces, el hombre dice: «Señor, Señor…», como los discípulos cuando vieron —y fue su último y mayor sobresalto— a Jesús caminando sobre las aguas, hacia las tres de la madrugada. Oscuridad, tempestad… y de pronto ven una figura y dicen: «¡Es un fantasma, es nuestro ángel! El ángel que ha venido aquí, no para salvarnos, sino para destruirnos».

Existía la creencia de que si uno veía a su ángel, moriría. «Ha llegado nuestra hora, vamos a morir, a ahogarnos aquí en el lago».
«Y, del miedo, gritaron». Los hombres que estaban en la barca, los discípulos, gritaron.

Son esas desgracias encadenadas que, al final, hacen que el hombre lance un clamor… y en medio de ese clamor oye:
«Tened ánimo, soy yo; no temáis». Es consolador, queridos míos, verdaderamente consolador, cuando el hombre escucha esta voz.

El texto sagrado de Mateo nos dice que, cuando el Señor subió a la barca, los discípulos, atónitos por todo lo que estaban viviendo, «le adoraron diciendo: verdaderamente eres Hijo de Dios».
Cayeron y lo adoraron, diciendo: «Eres verdaderamente Hijo de Dios».

Observad: sin artículo. Hijo de Dios, no “el Hijo” de Dios. Porque todavía no saben quién es Jesús.

La verdad, ¿Quién es Jesús? ¿Cuál es la identidad de Jesús? ¿Quién es Jesús?
Lo vieron los discípulos que lo siguieron, lo vieron las multitudes ante las que obró milagros, lo vieron las gentes que comieron pan de sus manos. Lo vio Pilato, lo vio Herodes. Lo vio Caifás, lo vio Anás. Lo vio Herodes y los herodianos, los fariseos y los escribas.
¿Quién es?
Queridos míos, abrid vuestros oídos y escuchad. Leo del libro de Job, capítulo 9, versículos 5-10. Habla Job. Y habla de Dios, del Señor del Antiguo Testamento, de Yahvé, el Señor. Y dice: “El que sacude la tierra bajo el cielo desde sus cimientos, y sus columnas se estremecen;
el que dice al sol que no salga, y sella las estrellas; el que extendió el cielo solo, y camina sobre las olas del mar como si fueran tierra firme; el que hace cosas grandes e insondables, obras gloriosas y maravillosas sin número.”

¿Quién es Jesús? Aquel a quien Job admira, alaba y teologiza. Él es Yahvé, el Señor, el Señor del Antiguo Testamento. Ese es. ¿Reconocisteis Su identidad? Es la Sabiduría hipostática (personificada, substanciada) que se encarnó y ahora camina sobre las olas.
Es asombroso.

Cuando dice: “YoSoY; no temáis”, ese “YoSoY” en el Antiguo Testamento lo pronuncia únicamente el Señor, el Señor de la doxa-gloria, Yahvé. Pues bien, ahora lo dice en el Nuevo Testamento: “YoSoY; no temáis, YoSoY”. “Yo, el único Dios, el verdadero Dios.” Sí, el Señor Jesús Cristo.

Pero si tenemos, queridos míos, al Señor del cielo y de la tierra, tenemos dos aspectos de sentimientos. Uno es el temor. Los justos del Antiguo Testamento temblaban ante la presencia del Señor que se encarnó. En el Sinaí temblaban, tenían miedo. Pero el otro aspecto es la ausencia de temor: “No temáis, YoSoY”.  Quien conoce al verdadero Dios tiene tanto el temor como la ausencia de temor: el temor cuando peca, la ausencia de temor cuando guarda los mandamientos de Dios, cuando lo ama.

Estas son cosas grandes, queridos míos. Tenemos la gran bendición de Dios de conocer a Aquel que caminó sobre el mar. Es Jesús, el único Dios verdadero. Hagamos lo que hicieron los discípulos: adoremos a Él. Y adoremos a Él toda nuestra vida. Se encarnó y nos dijo que no tengamos miedo por todos nuestros problemas existenciales: “¿Quién soy? ¿Qué soy? ¿A dónde voy? ¿Qué es la muerte? ¿Qué es la vida? ¿Qué será de mí?”
Esos problemas existenciales. Nos dijo que no temamos. Porque Él nos ha salvado.
Sea bendito su Santo Nombre.

Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario,
y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, el 4 de agosto de 1985.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

La travesía segura – P. Atanasio Mitilineos
Domingo IX de Mateo 14,22-34

Después de la alimentación de los cinco mil, queridos míos, el evangelista Mateo nos enseña y nos relata un hecho conmovedor. Después que el Señor obligó —y tiene mucha importancia este “obligó”— a los discípulos a embarcarse en la barca, Él mismo despidió a las multitudes. Es decir, envió a los discípulos para despedir Él solo a la gente, porque las personas decían: “Ah, su maestro es maravilloso; ¿puede darnos pan para comer sin trabajar? ¡Maravilloso! A éste lo haremos Mesías. Y, por supuesto, ustedes serán sus ministros”. Los discípulos escuchaban estas cosas y no querían separarse de la multitud. Por eso, el verbo “obligó” revela toda una situación: “No. Subirán a la barca y pasarán a la orilla opuesta del lago”.

Y el Señor, queridos míos, después de despedir a las multitudes, subió a un monte cercano para orar.

Tras el embarque de los discípulos, se levantó un viento fuerte sobre el lago y se alzaron olas enormes, de tal modo que la barca corría peligro de hundirse. Entonces, alrededor de las tres de la madrugada —después de las tres, es decir, en la “cuarta” llamada “vigilia”, la hora o el turno en que se cambiaba la guardia, por eso se llamaba “vigilia de la noche”— los discípulos vieron al Señor caminando sobre las olas. Ellos se asustaron y dijeron: “Vemos un fantasma”. Y del miedo gritaron a voz en cuello.

Es algo tremendo tener que enfrentar un fantasma, ¿eh? ¿Quién no teme a un fantasma? Claro que “fantasma” significa producto de la imaginación, la fantasía pero también llamamos “fantasma” a todo aquello que podemos ver fuera de los límites normales y las leyes de la naturaleza. Por eso, los discípulos se llenaron de miedo. Entonces el Señor les dijo —estaba a pocos metros de su barca—: “Tened ánimo, soy Yo; no temáis”. “Cobren ánimo. Soy Yo, su maestro. No tengan miedo”.

Este suceso, junto con el intento del apóstol Pedro, queridos, de caminar también sobre las olas —“Si”, dice, “Señor, eres Tú, ordéname ir hacia Ti allí donde estás”—, significa que Pedro también caminaría sobre el agua. Finalmente, para no entrar en muchos detalles, cuando el Señor subió a la barca, todos los discípulos se acercaron, es decir, se arrodillaron ante Él, lo adoraron y dijeron: “Verdaderamente eres Hijo de Dios”.

Vean, los discípulos aún no comprendían qué significaba ese “Hijo”: que es consustancial con el Padre. Todavía no había llegado el Pentecostés. Aún les faltaba aprender otras cosas, y sólo entonces, en la plenitud de los tiempos, comprenderían que Él es consustancial con el Padre, la segunda Persona de la Trinidad, que se encarnó.

Pero, más allá de estos hechos conmovedores, el lago es también un símbolo. Lo repito: el lago es un símbolo. El Señor dijo a sus discípulos que cruzaran a la orilla opuesta y que allí lo esperaran: “para adelantarse a Él hasta la otra orilla”. Un lago une, si las dos orillas son paralelas, o, incluso si es redondo, siempre hay un punto opuesto. En todo caso, tenemos dos orillas en un lago. Y estas orillas son —¿qué les dije?— un símbolo. En este caso, una representa la vida terrenal presente; la otra orilla, la segunda, representa la vida después de la muerte, la otra vida. Y, por supuesto, debemos cruzar este lago. Todos los hombres lo cruzarán, el lago de esta vida, porque la vida es un lago con muchas, muchas aventuras. Así, vivimos en una orilla del lago, cruzamos con todas las peripecias de la vida terrenal, y debemos llegar a la otra orilla, que es la vida después de la muerte.

Veamos entonces las cosas más de cerca, porque tienen muchísima importancia y valor para todos nosotros. Las dos orillas existen porque en medio se interpuso la muerte, queridos míos. Dios dijo a Adán: “El día que comas de él, por la muerte morirás sin remedio”. “Les advierto: del fruto de este árbol no comerán. El día que coman, morirán”.

Claro, para los primeros en ser creados, esto de “morirán” no significaba nada; no comprendían, porque no había existido antes la muerte para que tuvieran una imagen de lo que era. Ignoraban, por tanto, qué era la muerte. Y, en este caso, esta muerte tiene dos aspectos: el primero es “Se separarán de Mí, su Dios”, lo que es la muerte espiritual; y después, el segundo, “su alma se separará de su cuerpo”, que es lo que llamamos “su muerte biológica”. Y con los primeros en ser creados, por supuesto, sucedieron ambas cosas.

Y si la muerte ponía fin a la existencia terrenal, ¿qué podría haber, entonces, más allá? ¿Qué podían saber los primeros en ser creados? ¿La muerte ponía verdaderamente un final definitivo a la existencia? Es decir, cuando Dios dijo «θανάτῳ ἀποθανεῖσθε» (“por la muerte ciertamente moriréis”), ¿quería decir que “ahí termina todo para vosotros”?

Si fuera así, que “ahí termina todo”, entonces, ¿para qué fue creado el hombre?
Con tanto cuidado, con tanta —digámoslo así— maestría, con tanto arte, un ser maravilloso que se considera la corona de la Creación.
Porque en ninguna parte hemos encontrado un ser como el hombre: lógico, creativo, etc.
¿Fue creado, pues, para morir? ¿La muerte es el destino del hombre?
Por supuesto que no. La muerte, para la Creación —para toda la Creación, queridos míos—, es el mayor de los absurdos.
¿Por qué debo morir? ¿Por qué debo morir?
Y esto no lo diría un joven que todavía no piensa en la muerte, sino alguien que ha vivido ya una edad, que empieza a reflexionar y dice: “¿Entonces voy a morir?”. ¿Saben? En los animales, el color del pelaje en los mamíferos no cambia. Por muchos años que tengamos a nuestro perro, no se vuelve blanco. Nuestro gato no encanece. Pero el cabello del ser humano sí se vuelve blanco.
¿Por qué? Le recuerda que el final está cerca. “He envejecido, he encanecido. ¿Significa que tengo un futuro por delante? Entonces, si es para morir, ¿por qué viví?”. He aquí por qué la muerte es el mayor absurdo en toda la Creación.

Pero si no, si Dios no hizo al hombre de manera absurda, ¿qué significa entonces “muerte”?
La muerte, queridos míos, es un paso, un tránsito. Atención: todo mi tema de hoy gira en torno a la palabra “tránsito” o “paso”. Dice “προάγειν” (“preceder, ir antes”): “esperadme al otro lado”. Es un cruce del lago. Es, pues, un paso de una orilla a otra que está enfrente.
Pero la orilla de enfrente está llena de lo desconocido y de misterio.
¿Qué hay más allá?

Decimos: “Moriremos e ¿iremos adónde?”
Decimos: “Al cielo”.
A los niños pequeños les decimos: “Murió mamá, o el abuelo, o papá”.
El niño pregunta: “¿Dónde está?”. Y decimos: “Está en el cielo”.
Pero ¿qué es eso, la otra orilla? ¿Qué es esa otra orilla? El Señor dijo: “Προάγειν αὐτὸν εἰς τὸ πέραν” (“precederlo a la otra orilla”). Lo aseguró. Lo que dice el Señor no es broma, ni burla, ni nada semejante.

Sin embargo, esto fue una prueba experimental para los discípulos.
Porque perdieron el rumbo al ir hacia la otra orilla.
¿Por qué? Porque había tormenta.

¿Saben? Las personas que sufren mucho en la vida pierden el rumbo de su existencia. Pierden el sentido de su vida. No pueden imaginar que la vida presente también tiene un sentido. Esto lo pierden. Las angustias, tormentas y mucho sufrimiento los desorientan.

Pero el Señor quería enseñarles, con hechos, que el paso a la otra orilla requiere de Su ayuda. Eso quería. Si quieren, lo extiendo un poco.
¿Saben por qué se produjo la tempestad? ¿Saben por qué el Señor no subió a la barca?
No subió, porque quería dispersar a la multitud. Solo los hombres, nos dice el evangelista, eran cinco mil. Ya les dije antes que todos murmuraban, mientras los discípulos repartían el pan y los peces, que “el Señor es un gran maestro, el Mesías, y ustedes serán sus ministros”. Esto les agradó. Esto les agradó a los discípulos.

Así que ahora los deja que sufran en la tormenta para que comprendan que, por sí mismos, no valen nada.
¡No valen nada! Sí.

Pero el Señor también quería enseñarles otra cosa. Que Su ayuda es la que da sentido a los discípulos, en este caso, pero también en general a todos los hombres. Así, la única respuesta al absurdo de por qué existe la muerte la da la muerte y resurrección de Cristo. De otro modo, no sabemos nada. De otro modo, repito, es un absurdo. Tenemos muchos poetas, prosistas, literatos, intelectuales, que han expresado en sus obras este absurdo: “¿Por qué vivir?”.
Por eso existen posturas filosóficas que promueven el suicidio. Sí. Un intelectual judío —no diré más—, junto con su esposa, dijeron: “¿Y ahora qué hacemos? No nos queda más que suicidarnos”. Se sentaron en un sofá en su casa, abrieron la llave del gas, y murieron. Para ellos, la vida ya no tenía sentido después. Se acabó.

Y sin embargo, la respuesta es: la muerte y la Resurrección de Cristo.
Esa es la respuesta a este absurdo, a esta falta de sentido de nuestra existencia. Y el paso de la vida, a través de la muerte, hacia la vida verdadera, lo da únicamente el paso de la naturaleza humana de Cristo desde la tierra al cielo. Y el Señor no permaneció en la tierra: ascendió al cielo.

Dice un tropario de la Resurrección: «Día de la Resurrección, iluminaos pueblos, Pascua del Señor, Pascua».
—Sabéis que la palabra «Pascua» en hebreo significa paso. Los hebreos pasaron de la tierra egipcia, la tierra africana, a la costa asiática—
«pues de la muerte a la vida, y de la tierra al cielo, Cristo Dios nos ha trasladado, cantando el himno de la victoria».

Pero, ¿qué significa «nos ha trasladado»? Hay tres cosas, queridos míos, que para el hombre son… inalcanzables.

Lo primero, queridos míos, es el pecado. ¿Cómo voy a ir al cielo? El cielo no admite pecado.

La segunda cosa que me impide ir al cielo… No vayas a decir: “Me subo a un cohete y me voy”. ¿A dónde? Vayas donde vayas, a cualquier punto del universo que vayas, oh hombre, seguirá siendo tierra. Es decir, lo mismo que la Tierra. La segunda… es que hay que traspasar el universo, ¿saben? ¿Puede alguien salir del universo? Si lo piensan un poco, con un mínimo de conocimientos cosmológicos del colegio… nadie puede salir del universo. Y no digamos que hay miles de millones y billones de años luz de distancia; pero incluso allí donde llegues, no habrás salido del universo. No tiene sentido eso de “salir del universo”. No tiene sentido.

Por lo tanto… donde quiera que vaya, seguirá siendo universo, seguirá siendo tierra. No puedo ir al cielo si no venzo el pecado. No puedo ir al cielo si no venzo la materialidad, es decir, la materia; soy un ser material. No puedo ir al cielo, porque está el tercer obstáculo, que se llama mortalidad. Moriré; en el camino moriré. No puedo vivir en el cielo siendo inmortal.

Estos tres, pues, constituyen la “espada de fuego” que Dios puso ante la puerta del Paraíso, en el antiguo Paraíso. Dice “espada flameante que gira”, para que no puedas pasar, sea cual sea la situación. Es decir, no puedes volver a entrar en el Paraíso. No es posible. Esto, para ir a encontrarte con el árbol de la vida; que, si Adán hubiera comido de su fruto, ciertamente habría sido inmortal, tal como lo dice allí la Sagrada Escritura.

Queridos míos, Cristo venció estas tres cosas. Esto es lo grande.

Primero, el pecado. Con Su muerte, Cristo nos dio el perdón de los pecados. Nos perdonó nuestras culpas. Así, en cuanto a la primera de las tres, estoy libre.

Segundo, la materialidad, como ya dijimos. Esto también fue vencido con la Encarnación del Hijo de Dios. Porque Él tomó un cuerpo humano, es decir, material; tomó el cuerpo de la Παναγία (Panaghía: la más Santa) Virgen María. Y eso quedó vencido, simplemente, porque ahora también ese cuerpo sube al cielo.

¿Cómo sube al cielo? ¿Acaso Cristo ascendió solo como Dios? ¡De ninguna manera! ¡Ascendió como hombre! Con Su naturaleza humana.
Después de haber comido y bebido con Sus discípulos —como nos dice Lucas en el primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles—, mientras conversaban, el Señor comenzó poco a poco a elevarse. Así que también la materialidad fue vencida. Ahora puedo, por tanto, subir al cielo con mi cuerpo material.

Tercero, la mortalidad. Sí, porque Cristo resucitó. Y nosotros también resucitaremos.

¿Ven qué cosa tan importante es esta?
Después de que estas tres cosas han sido vencidas, se realiza nuestro paso ontológico (existencial); es decir, aquel que se cumple con la resurrección del cuerpo y con la plenitud de la existencia humana. Resucitaremos. No lo olvidemos. Yo lo recalco siempre, en todo momento oportuno e inoportuno, como habrán notado ustedes, mis oyentes habituales.

El paso hacia la otra orilla del lago espiritual siempre es un recorrido desconocido. Este paso lo realizan los santos ángeles para cada psique-alma. Esto lo vemos en muchos lugares de la Sagrada Escritura.

Vemos, por ejemplo, que Tobit, para enviar a su hijo Tobías a una tierra lejana —porque un hombre le debía cierta cantidad de dinero y debía ir a cobrarla, ya que Tobit estaba en la miseria—, le dijo: “Hijo mío, ve al mercado y busca un hombre que conozca bien aquellos lugares, y le pagaremos para que te guíe, porque tú no sabes cómo llegar”. Tobías era joven. Y encontró a alguien. Ese “alguien”, queridos míos, como se reveló al final, era un ángel: el arcángel Rafael, que quiso guiar al joven Tobías.

Noten que el arcángel Rafael le ayudó en muchísimas cosas. No es momento ahora de relatarlas; si quieren, lean el Libro de Tobit en el Antiguo Testamento, y verán cosas realmente asombrosas.

Aún, en la parábola del rico y de Lázaro, ¿qué vemos? Dice: «Ángeles» tomaron la psique-alma del pobre Lázaro. ¿Por qué? Cuando la psique-alma sale del cuerpo, no sabe a dónde ir. ¿Acaso ustedes saben a dónde irán? No sabe a dónde ir. Así, viene nuestro ángel personal, nuestro ángel guardián. Pero aquí dice: «ángeles». Sí, dice San Juan Crisóstomo, «por razón de honor». Porque este hombre, el pobre Lázaro, era piadoso. Y nosotros decimos: «Aquel que comulgó el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los ángeles toman su alma, por razón de honor». ¿Qué honor? El honor de que recibiste el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Y ellos te conducen adonde deben conducirte.

En aquella otra parábola, del rico insensato, dice: «Algunos vienen a pedir tu alma; lo que has preparado, ¿de quién será?», etc. ¿Quiénes son esos “algunos”? ¿Lo saben? Ángeles, pero oscuros. Son los demonios. Así que o bien los demonios tomarán nuestra alma —que Dios nos libre— o bien los ángeles de luz la tomarán. ¿Y qué decimos en la Divina Liturgia? Decimos: «Ángel de paz, fiel guía (que nos conducirá fielmente a donde debemos ir), guardián de nuestras almas y de nuestros cuerpos», etc. Así que se pide un guía fiel. Porque debe cumplir la voluntad del Señor: que el alma llegue a donde debe llegar para ser custodiada allí, si el hombre es piadoso, en el Paraíso, el Paraíso después de Cristo, adonde Cristo descendió al Hades… De otro modo, al Hades, si el alma es impía. Y allí esperarán. ¿Esperarán qué? La resurrección de los muertos.

Todo lo desconocido siempre provoca temor. Esto es verdad. Si pensamos en estas cosas seriamente, provoca temor. Cuánto más, lo desconocido después de la muerte. En la hora de la muerte, el alma, queridos míos, tiene angustia. No solo por la separación del alma y el cuerpo, sino también por lo desconocido que sigue. No sabe lo que encontrará más allá. Pero viene Cristo, el vencedor de la muerte y del Hades, y el conocedor del camino. Porque Él fue el primero en «atravesar los cielos», atravesar: pasar los cielos. Nosotros no pasamos los cielos. Elías, con su cuerpo, está en algún lugar del cielo. No en el cielo, sino en algún lugar del cielo. Lo dice la Sagrada Escritura dos veces: «como en el cielo». «En algún lugar del cielo».

Y aquello que dijo a los discípulos ahora, caminando sobre el lago: «Tened ánimo, soy Yo». «No temáis. Yo he atravesado los cielos. Ahora como hombre. Conozco el camino. Os guiaré». Es la voz más consoladora y segura. Por eso, en la hora de la muerte, no podemos, por supuesto, poner nuestra esperanza en familiares, en amigos, ni en otras medidas de seguridad. ¿Existe, en verdad, alguna compañía de seguros que pueda ayudarnos a no morir o algo semejante? No existen esas cosas… Nuestra única seguridad es únicamente Cristo. Nada más. Nadie más. Por eso los discípulos, cuando el Señor sube a la barca, se apresuran a adorarlo y decirle que verdaderamente es el Hijo de Dios.

Para todo esto, el Señor nos dio, queridos míos, maravillosas garantías. Sí. Un paso a través del diluvio hacia la vida tuvo Noé. Un paso desde una tierra conocida a una tierra desconocida tuvo Abraham. «Toma», le dijo, «tus pertenencias y vete». Se entiende, «tus bienes movibles». También el paso que tuvo Israel a través del Mar Rojo. Todos estos son pasos. Y también a través del río Jordán. Y en todos esos pasos había un único guía: el Logos de Dios. Aquel que más tarde, «en estos últimos días», como dice el Apóstol Pablo en la carta a los Hebreos, vino como hombre entre nosotros y nos dio nuevas garantías. No solo con el milagro del lago de Genesaret, que vimos hoy, sino sobre todo con Su Muerte, Su Resurrección, Su Ascensión y Su entronización a la derecha de Dios Padre.

Queridos, Cristo es nuestro único y verdadero paso, nuestra verdadera Pascua. Les dije, «Pascua» significa «paso». Él es quien nos llevará a la otra orilla. Él nos conduce en cada dificultad material y espiritual. En esta vida presente. No hay otro. Si existe, es instrumento Suyo. Una persona nos ayuda: es instrumento de Dios, instrumento de Cristo. Si otro usurpa Su nombre, es engañador, es anticristo, es diablo. Sólo el Cristo, el único, es nuestro paso seguro hacia todo bien que nos ha prometido. Si permanecemos cerca de Él, todo eso estará. Así, permanezcamos cerca de Él, agradeciéndole siempre y glorificándole. Amén.

Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario,
y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, el  20-8-2000. Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai.gr/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Papismo no es Iglesia

 

 

 

 

¡El Papismo no es Iglesia!

Dejó de ser Iglesia cuando se convirtió en herejía
Por el Sr. Stergios N. Sakos, Profesor Emérito de la Universidad

 

[χΧ,jJ: La jerarquía herética de la religión papal ha mantenido durante siglos ocultos a sus engañados fieles las verdaderas razones y los hechos del Cisma. En lugar de eso, mediante diabólicas conspiraciones, ha intentado y aún intenta lograr su asimilación con la Iglesia Ortodoxa de Cristo.

Sin embargo, «¿qué tiene en común el fiel con el infiel y Cristo con Belial?» ¿Qué relación puede tener la Iglesia Ortodoxa de Cristo con la religión papal, que ha distorsionado la fe cristiana y ha masacrado al mundo entero?

Esta unidad y otras en nuestra Web https://logosortodoxo.es/category/herejias/, desenmascarará la realidad para los papistas. Esperamos que los temas de esta unidad también sean conocidos por las víctimas occidentales de la pandilla papal anticristiana.]

 

Al observar los acontecimientos con dolor, uno constata que el ecumenismo ha cumplido bien su propósito: destacar los aspectos positivos que, ciertamente, posee el papismo y presentarlo, en medio de la multitud de herejías y del caos de religiones, como muy cercano a la Ortodoxia.
¿Quién podría negar, por ejemplo, la notable actividad social de los papistas, tanto en Europa como en las misiones de América, Asia y África, donde misioneros heroicos llegaron incluso al martirio por su fe?
¿Quién podría negar que, gracias a ellos, millones de personas en todo el mundo cultivan su relación con Dios y viven con piedad y fe?
¿Quién no reconoce sus admirables logros en las ciencias y las artes, o su vigorosa defensa frente al materialismo, al ateísmo y a la incredulidad?
Pero, ¿acaso no han mostrado logros similares las ramas protestantes, e incluso los mismos “Testigos de Jehová”?

¿Quién ignora, además, los servicios y beneficios que ofrece la “iglesia” papista a los ortodoxos de la diáspora, las numerosas becas que concede a estudiantes y científicos ortodoxos?
¿Basta, sin embargo, la estima personal o la admiración de algunos beneficiados para que llamemos “iglesia hermana” al Estado secular del Vaticano y para que intercambiemos el saludo litúrgico del amor con el heresiarca papa, el jefe de una herejía?

En cuanto al hecho de que la iglesia papista cuenta con miles de “santos” completamente ajenos a la Ortodoxia —y que los santos ortodoxos tampoco son reconocidos por los occidentales—, esto mismo subraya y acentúa el abismo que nos separa.
Mientras que los santos de las Iglesias ortodoxas locales, como la de Rusia, Serbia, etc., son comunes para todos los ortodoxos, no ocurre lo mismo con los “santos” occidentales, porque simplemente no pertenecen a la única Iglesia.

Además, aunque millones de papistas den buen testimonio en el mundo, eso no absuelve la fea y mala conducta de otros papistas, incluidos algunos clérigos, ni constituye un honor para el papismo. Más bien lo hace culpable, pues mantiene en la oscuridad de la herejía a almas de buena voluntad.
Por esas psiques-almas ora la Iglesia Ortodoxa, dirigiéndose a su divino Fundador: «A los extraviados devuélvelos y únelos a Tu Santa Iglesia, Católica y Apostólica», la Ortodoxa.
Ora también «por la unión de todos», y no «por todas las Iglesias», por la sencilla razón de que no existen muchas Iglesias, sino una sola, a la cual rogamos que regresen todos los descarriados.

Por tanto, yerran aquellos teólogos y jerarcas ortodoxos —buenos y respetables en lo demás— que con demasiada naturalidad y comodidad llaman al papismo “Iglesia hermana” de la Ortodoxia.
De este modo, confiesan implícitamente que Ortodoxia y papismo constituyen juntos la única Iglesia, y que la única diferencia entre ambos sería geográfica: nosotros en Oriente, ellos en Occidente.

Recuerdo a un sencillo jerarca ya difunto, que no se distinguía por su formación teológica pero que poseía un profundo sentido de responsabilidad como obispo ortodoxo. Cada vez que se encontraba entre teólogos, preguntaba: «A ver, díganme ustedes, los teólogos: ¿es el papismo una Iglesia?» Y cuando recibía la respuesta negativa, asentía satisfecho: «¡Ya lo decía yo!».

A raíz de una publicación reciente, recordé con nostalgia aquella postura franca y sencilla, que en su rusticidad conservaba la verdad.
Concretamente, leí en un libro de un obispo —a quien respeto y amo desde niño por su formación y virtud— lo siguiente: «La Iglesia de Occidente celebra los santos Misterios, y los fieles romano-católicos que participan en la vida sacramental se encaminan hacia la salvación. Sin embargo, por motivos de exactitud en materia de fe, surgidos a raíz del Cisma, se interrumpió la comunión sacramental (intercommunió) entre la Iglesia Ortodoxa y la Iglesia Católica Romana. Esta interrupción constituye, por supuesto, el gran escándalo de la Iglesia cristiana, del cual son responsables principalmente los teólogos y líderes de ambas Iglesias».

Ni más ni menos, el autor atribuye también cierta culpa a nuestra santa Iglesia por la separación y la apostasía de los papistas.
Ciertamente se trata de un “gran escándalo”, como él mismo lo llama, pero no recae sobre la Iglesia, sino sobre aquellos que lo provocaron al desgarrar la túnica sin costura de Cristo y herir la unidad de Su Iglesia. El texto en cuestión considera responsables de la separación de los papistas de la única Iglesia “a los teólogos y líderes de ambas Iglesias”.
En cuanto a los teólogos y líderes de Occidente, no discuto el tema.
Sin embargo, también se atribuye responsabilidad a los teólogos y líderes de la Iglesia Ortodoxa.

¿Quiénes son estos?
Evidentemente, se refiere a San Focio el Grande, quien protegió a la Iglesia de la dictadura del papa y permaneció como símbolo de la Ortodoxia para el pueblo piadoso.
«La misericordia y la inspiración de Dios transmitieron tal luz al alma pura del santísimo patriarca, que resplandece e ilumina toda la creación», confesaban incluso los propios legados papales de Roma (J. D. Mansi, Sacrorum Conciliorum nova et amplissima collectio, 17A, 484–485).

También se refiere a José Brienio o Vrienio, quien, aunque en sus difíciles tiempos consideraba la unión con los papistas como un acontecimiento importante y salvador para el atribulado Imperio Bizantino o Romano-oriental —una “segunda economía de Dios después de la Encarnación”—, subrayaba sin embargo que, si no se resolvían las diferencias que habían alejado a los papistas de la Iglesia, cualquier unión sería “una división peor que la anterior, una ruptura, un engaño”.

Y finalmente, se refiere al discípulo de Brienio, Marcos de Éfeso, quien, colocando la libertad de la fe por encima de la libertad de la patria, proclamó: «No solo son los latinos cismáticos, sino también herejes, y nuestra Iglesia ha callado sobre ello porque su nación es más numerosa y poderosa que la nuestra. Pero nos separamos de ellos únicamente porque son herejes, por lo cual no debemos en absoluto unirnos a ellos, a menos que eliminen la adición al Credo y confiesen el Símbolo de la Fe tal como nosotros lo hacemos» (Mansi, Sacrorum Conciliorum, 31A, 885DE).

San Nicodemo el Aghiorita considera que los latinos “son herejes antiquísimos”, como muestran “los libros del sumo Patriarca de Jerusalén, señor Dositeo, el azote del papismo” (Pedalion, p. 55), a los cuales remite.

San Cosme de Etolia, con su sencilla enseñanza, advertía a los cristianos que debían temer al papa, porque él encarna la forma más astuta del Anticristo, (cf. S. N. Sakkos, El apóstol del pueblo esclavizado, Tesalónica 1996, p. 205).

San Nectario, al estudiar la historia del cisma papista, escribe: “La unidad de la Iglesia no se funda ni se sostiene en la persona de uno solo de los Apóstoles, sino en la persona de nuestro Salvador Jesús Cristo… De toda la Iglesia universal, únicamente la Iglesia Romana entendió de otro modo el espíritu de la unidad, y buscó alcanzarla por otros medios. Esta diferente concepción del modo de la unidad provocó el cisma, que, habiendo comenzado en los primeros siglos, fue creciendo con el tiempo, en la medida en que se aplicaban los principios de la Iglesia Romana, hasta llegar a la completa separación por las exigencias de los papas… En esto radica la causa del cisma, la cual es realmente gravísima, pues destruye el espíritu del Evangelio; y además constituye el más importante logos dogmático, porque es una negación de los principios del Evangelio. Los demás logos (y motivos) dogmáticos, aunque muy importantes, pueden considerarse secundarios y consecuencia de esta primera causa.” (Estudio histórico sobre las causas del cisma, t. I, Atenas 1911, p. 69).

También están Miguel Cerulario y Genadio Escolario… Sería muy extenso enumerar a todos los santos Padres y maestros de la Iglesia que, a lo largo de los doce siglos transcurridos desde la separación de los papistas hasta hoy, sin odio ni malicia, pero con humildad y valentía, han condenado la herejía papista.

Detengámonos solo en el nombre de San Gregorio Palamás, quien con gran fuerza desenmascaró al filo-papista representante de los ortodoxos, Barlaam el Calabrés, un tipo de “uniata” de su tiempo.
Inflexible e invencible, San Gregorio condena enérgicamente la “perversa adición” de la procedencia del Espíritu Santo también del Hijo y todas las demás doctrinas erróneas y kakodoxas del papismo, exhortando a los fieles a mantenerse vigilantes en los temas de la fe.
“La indiferencia en materia de fe —dice— es una tercera forma de ateísmo, después de la negación de Dios y del rechazo de Jesús Cristo.” (ver: https://logosortodoxo.es/san-gregorio-palamas/la-procedencia-del-espiritu-santo/)

La repercusión de la lucha de San Gregorio en la vida y la tradición de la Iglesia se refleja en el hecho de que la Iglesia estableció su conmemoración el segundo domingo de la Gran Cuaresma, inmediatamente después del Domingo de la Ortodoxia.
En ese día no se honra a uno de los antiguos y grandes Padres y teólogos —como San Atanasio el Grande, San Basilio el Grande o San Gregorio el Teólogo— porque en su época Occidente aún no se había separado, sino que pertenecía a la única Iglesia de Cristo.

Más tarde, sobre el fundamento doctrinal del primado del papa, elevado como un minarete sin base y a punto de derrumbarse, los papistas añadieron todo un conjunto de dogmas heréticos. De este modo se alejaron y se separaron de la Ortodoxia. Por eso, San Gregorio Palamás es honrado como expresor y encarnación de la Ortodoxia, porque venció al papismo, el cual ya en su tiempo había cristalizado sus errores heréticos. (Ver: https://logosortodoxo.es/herejias/ortodoxia-y-romanocatolicismo-el-papismo-principales-diferencias/)

San Gregorio Palamás (extracto de EPE Obras tomo I “Sobre procedencia del Espíritu Santo pág: 75)

«Pero vosotros, ¿qué decís? Vosotros enseñáis y afirmáis que existen dos principios en la Divinidad. Porque, aunque no lo afirméis abiertamente, de lo que decís se deduce necesariamente esa conclusión.
Tales son las “profundidades de Satanás”, los misterios del astuto maligno, que susurra a los oídos de quienes le prestan atención y lo escuchan, no con voz fuerte, sino con tono suave, ocultando el veneno de su significado.
Así, pienso yo, también susurró a Eva.
Pero nosotros, habiendo sido instruidos por la sabiduría divina de los Padres para no ignorar sus maquinaciones (las del diablo), y sabiendo que el “principio” (la fuente de la Divinidad) es en general invisible e incomprensible para la mayoría, nunca os aceptaremos en comunión mientras sigáis diciendo que el Espíritu procede también “del Hijo”…»

Análisis interpretativo, San Gregorio Palamás , aquí:

  • Defiende la enseñanza ortodoxa de que solo existe una única fuente o principio (ἀρχή arjí) en la Divinidad: el Padre.
  • Acusa a los latinos (cristianos occidentales) de que, al añadir el Filioque (“y del Hijo”), introducen un segundo principio en la Divinidad, lo que altera el dogma ortodoxo de la Santísima Trinidad.
  • Considera que esta enseñanza no proviene de la apocálipsis-revelación divina, sino de las “profundidades de Satanás”, es decir, de un engaño sutil y atractivo pero falso, del mismo modo en que el diablo engañó a Eva.
  • Concluye afirmando con claridad que no puede haber comunión eclesiástica con quienes aceptan el Filioque, porque esa enseñanza corrompe la misma fe en la Trinidad.

 

¿Y nosotros, ahora, nos atrevemos a poner en duda a estos santos Padres de la Iglesia, que con toda claridad señalaron al papismo como herejía, y a atribuirles incluso culpas?
¡Que Dios tenga misericordia de nosotros y guarde a Su Iglesia Ortodoxa de la kakodoxía… de nuestra “teología”! (9 de febrero de 2007)
Fuente: https://www.oodegr.com/oode/papismos/genika/oxi_ekklisia1.htm

 

El siguiente extracto proviene del libro: «El Papado según los Santos Padres»

San Justino Popóvits
«En la historia de la humanidad hay tres caídas principales: la de Adán, la de Judas, y la del Papa. La esencia de la caída en el pecado siempre es la misma: querer ser uno mismo bueno por sus propios medios; querer ser perfecto por sus propios medios; querer ser dios por sus propios medios. Pero, de esta forma, el hombre inconscientemente se iguala al diablo. Porque él también quería ser Dios por sus propios medios, reemplazar a Dios por sí mismo.»

Sin embargo, según la Verdadera Iglesia de Cristo, la Ortodoxa, que desde la aparición del Θεάνρωπος (Zeánzropos) Dios-Hombre Cristo existe en nuestro mundo terrenal como un cuerpo divino-humano, el dogma de la infalibilidad del Papa no es solo una herejía, sino una panherejía herejía universal. Ninguna herejía se ha levantado tan radicalmente y tan completamente contra el Dios-Hombre Cristo y Su Iglesia como lo ha hecho el Papado con el dogma de la infalibilidad del Papa-hombre. No hay duda: este dogma es la herejía de las herejías, una rebelión sin precedentes contra el Dios-Hombre Cristo. Este dogma es, ¡ay!, el exilio más horrible de nuestro Señor Jesús Cristo de la Tierra; una nueva traición a Cristo; una nueva crucifixión del Señor, solo que no sobre la cruz de madera, sino sobre la cruz dorada del humanismo papal.

El Ecumenismo es un nombre común para los falsos cristianismos, para las falsas iglesias de Europa Occidental. En él se encuentra el corazón de todos los humanismos europeos, con el Papado a la cabeza. Y todos estos falsos cristianismos, todas estas falsas iglesias, no son otra cosa más que una herejía al lado de otra herejía. Su nombre evangélico común es la παναίρεσις (panéresis) herejía universal. https://gr.pravoslavie.ru/149792.html  12/5/2022

Este extracto expresa la profunda crítica del San Justino Popóvits al Papado y al Ecumenismo, identificando la infalibilidad papal como una herejía fundamental que niega la verdadera naturaleza de Cristo y la Iglesia.

(Ver: Cómo el papismo perdió el método psicoterapéutico, terapéutico de la Iglesia https://logosortodoxo.es/la-religion-es-una-enfermedad/)

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

La kakodoxía, herejía protestante sobre el “Arrebatamiento de la Iglesia”

La kakodoxía, herejía protestante sobre el “Arrebatamiento de la Iglesia”

SANTA METRÓPOLIS DEL PIREO

Oficina para las Herejías y las Pararreligiones. En el Pireo, 29/9/ 2025

Un rasgo fundamental de los herejes, en todas las épocas, es la violencia psicológica, la coacción espiritual y la difusión del miedo entre sus seguidores, con el fin de mantenerlos firmes dentro de sus grupos. Los heresiarcas (jefes de las herejías), tergiversando y falsificando las Sagradas Escrituras, formulan sus propias enseñanzas arbitrarias kakodoxas, presentándolas como supuestas “revelaciones divinas”, y atemorizan a sus fieles, centrando su predicación principalmente en la escatología, es decir, en los acontecimientos del fin del mundo, los cuales exageran de manera extrema.

Una de estas doctrinas kakodoxas, coercitivas y heréticas, de gran difusión, es la llamada “Arrebatamiento de la Iglesia”, en la que se malinterpretan los textos sagrados con explicaciones ingenuas e infantiles.

El motivo de este comunicado fue una noticia reciente según la cual un pastor protestante – falso profeta, de nombre Joshua Mhlakela, “anunció con tono de certeza que conoce la fecha exacta de la Segunda Venida de Cristo. No, no se trata de una broma ni del guion de una película de ciencia ficción. Dicho ‘profeta’ nos informa que los días 23 y 24 de septiembre de 2025, con el calendario y el reloj en la mano, Cristo regresará para el arrebatamiento de la Iglesia” (https://www.entaksis.gr/joshua-mhlakela/). Y, para hacerse creer, afirmó que esto le fue revelado por el mismo Cristo: “El arrebatamiento está sobre nosotros, estén listos o no. Vi a Jesús sentado en su trono y lo oí, fuerte y claro, decir: «vengo pronto»”, dijo Mhlakela durante una entrevista en CettwinzTV. “Me dijo: el 23 y 24 de septiembre de 2025 volveré a la Tierra”. Por supuesto, el “arrebatamiento” no ocurrió, demostrando que dicho hereje era un falso profeta.

Y no es el único falso profeta en nuestros tiempos turbulentos de confusión espiritual sin precedentes, la cual es aprovechada por varios “profesionales de la religión”, casi siempre para su propio beneficio.

Pero veamos qué es exactamente esta doctrina herética del “Arrebatamiento de la Iglesia” ampliamente difundida que, además de manipular a los fieles de los grupos que la enseñan, plantea serios problemas soteriológicos (relacionados con la salvación).

Como nos informa el investigador y escritor antiherético Pbro. Estéfanos Stefópulos, esta doctrina herética kakodoxa no es tan antigua como se piensa. En realidad, sus raíces se hallan en el siglo XIX, y su “padre” fue un misionero inglés llamado John Nelson Darby[3].

El padre Stefópulos explica: “John Nelson Darby (1800–1882), uno de los fundadores del movimiento de los Hermanos de Plymouth (Plymouth Brethren), fue el principal arquitecto de esta doctrina o dogma. Desilusionado con la jerarquía eclesiástica de su tiempo, desarrolló una teología conocida como Dispensacionalismo o Economismo (Dispensationalism).

El movimiento de los Hermanos se basaba en un fundamento teológico específico: reconocen como única fuente de fe y vida la Sagrada Escritura, que consideran inspirada literalmente por Dios, es decir, creen que los autores bíblicos escribieron exactamente lo que Dios les dictó. Rechazan toda forma de organización eclesiástica, jerarquía o sacerdocio especial, considerando la Iglesia como un cuerpo “invisible” compuesto por los creyentes “renacidos”. Para ellos, la salvación es fruto de la gracia de Dios y de la fe en Cristo como Salvador, y una vez que alguien es salvo, no puede perder su salvación. Además, distinguen entre la Iglesia (el “pueblo celestial de Dios”) y el Israel (el “pueblo terrenal de Dios”), distinción que constituye la base de su enseñanza milenarista y de los testigos de Jehová, sobre la escatología y el “Arrebatamiento”»[4].

Esta teoría herética, añade el Pbro. Stefópulos, provocó serias disputas entre las confesiones protestantes: algunas la rechazaron, pero muchas la adoptaron. Entre los que la aceptaron incluso llegaron a fijar fechas para el supuesto “arrebatamiento”, el cual, por supuesto, nunca ocurrió.

Sobre esto escribió el Pbro. Basilio Georgópulos, Profesor Asociado de la Facultad de Teología de la Universidad Aristóteles de Tesalónica: “Un rasgo fundamental de muchos grupos heréticos es la presencia, en su enseñanza, de dilemas psicológicos coercitivos, los cuales presentan como enseñanzas bíblicas, ejerciendo así una forma de terror espiritual sobre sus desafortunadas víctimas. En esta categoría se incluyen, naturalmente, los Pentecostales. El hecho psicológico más coercitivo y, al mismo tiempo, la enseñanza fundamental de toda denominación pentecostal, es la llamada doctrina del ‘Arrebatamiento de la Iglesia’. ¿Qué entienden los Pentecostales por el arrebatamiento de la Iglesia?

Según sus afirmaciones: “El mismo Jesús Cristo descenderá del cielo, se oirá la voz del arcángel y la trompeta de Dios sonará con la “última trompeta”; todos los que murieron en Cristo resucitarán, y nosotros, los que estemos vivos en ese momento, seremos arrebatados para encontrarnos con el Señor. Este encuentro ocurrirá en el aire. El Señor descenderá antes de la gran destrucción del mundo para reunir a los fieles cristianos y librarlos de esa gran tribulación’”[5].  (Ver: L. Fénggos, Nosotros esperamos “la bienaventurada esperanza”, el arrebatamiento de la Iglesia, en Cristianismo, n.º 77, marzo de 1991, p. 1. Cf. Cristianismo, n.º 12, diciembre de 1986, p. 4; Cristianismo, n.º 32, agosto de 1988, p. 1; Cristianismo, n.º 68, noviembre de 1990, p. 1; Cristianismo, n.º 207, febrero de 2001, p. 1; Álk. Tzelépes, Conflictos bélicos de los tiempos finales, pp. 240-241).

Y, por supuesto, como aclara el Pbro. Georgópulos, según los Pentecostales, los que serán arrebatados serán ellos mismos, ya que “han sido bautizados con el Espíritu Santo y glosolaliá hablan en lenguas”. ¡Ellos disfrutarán del cielo, mientras los demás sufrirán los tormentos del Anticristo! En otras palabras, ¡el “cristianismo cómodo” que practican les promete incluso bienestar y comodidades también durante la gran tribulación!

Pero, como mencionamos anteriormente, esta doctrina herética constituye una grave distorsión de las referencias de la Sagrada Escritura sobre los acontecimientos que habrán de suceder en los últimos tiempos; un error completamente desconocido en la enseñanza y tradición de la Iglesia, el cual conlleva serias consecuencias para nuestra adecuada preparación espiritual.

Sobre este tema, el padre Stéfanos Stefópoulos señala: «El “rapto secreto” que enseñaba Darby no tiene precedente alguno en la historia del cristianismo. Los Santos Padres enseñan que la Iglesia pasará por pruebas antes de la Segunda Παρουσία (Parusía: Venida), y no que será retirada para evitar el sufrimiento, como proponía Darby. A diferencia de los guiones hollywoodenses del Dispensacionalismo, que reciclan la misma ficción de “raptos secretos” y “múltiples venidas”, la Iglesia Ortodoxa insiste en un desenlace más realista y mucho menos teatral, basado en la enseñanza ininterrumpida de las Escrituras. La Sagrada Escritura es clara y rechaza la fragmentación teatral de los acontecimientos de los últimos tiempos. La teología ortodoxa, fundada en la interpretación de los Padres de la Iglesia, sostiene que la Segunda Parusía Venida de Cristo, la resurrección de los muertos y el “rapto” de la Iglesia constituyen un solo y único acontecimiento. No existen “raptos” intermedios antes de la Gran Tribulación. Como se menciona en Mateo 24:30-31, Cristo aparecerá con doxa-gloria increada, y Sus ángeles, “con gran sonido de trompeta”, reunirán a Sus elegidos de los cuatro puntos de la tierra. Esa trompeta es la “última trompeta” (1 Corintios 15:52), cuyo sonido señalará simultáneamente la resurrección de los muertos y la transformación de los fieles vivos. Como subraya el apóstol Pablo en 1 Tesalonicenses 4:17: “Luego nosotros, los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire”. Este rapto no es un acontecimiento secreto, sino que ocurre al mismo tiempo que el regreso glorioso y visible del Señor.

Además, el apóstol Pedro afirma explícitamente en Hechos 3:21 que Cristo “debe permanecer en el cielo hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas”. Esto significa que Cristo permanecerá en el cielo hasta que todo se cumpla, sin “visitas secretas” intermedias ni subidas y bajadas. Así pues, mientras algunos oscurecen el logos de Dios para adaptarlo a un cronograma imaginario, la Ortodoxia subraya la unidad de los acontecimientos escatológicos. Una sola trompeta, una sola resurrección, un solo rapto y un solo juicio: no pueden dividirse en episodios separados, porque al hacerlo se distorsiona completamente la verdad del Evangelio».

Por todo lo anterior, es necesario señalar que, como fieles ortodoxos, debemos aceptar todo lo que enseña nuestra Iglesia, guiada por el Espíritu Santo “hacia toda la verdad” (Juan 16,13), ya que esta aceptación constituye una condición indispensable para nuestra salvación.

Toda desviación del conjunto de las verdades divinas conduce al error, que son “semillas del diablo”, y por lo tanto llevan a la pérdida de la salvación.

En este sentido, la herejía del “rapto” es una invención protestante reciente, una kakodoxía, una nueva desviación doctrinal que, como ya mencionamos, actúa como un poderoso mecanismo de presión psicológica para mantener a los adeptos dentro de tales grupos. Es bien conocida también otra forma de intensa manipulación psicológica proveniente del grupo protestante extremo “La Atalaya” de los “Testigos de Jehová”, que con frecuencia fija arbitrariamente fechas para el “Armagedón”, esa “terrible matanza” de la cual —según ellos— solo se “salvarán” los miembros de su organización. Y, por supuesto, esta organización se ha visto repetidamente desmentida, ya que en realidad no es más que una empresa editorial multinacional, demostrada como falso profeta y no como un “canal de la voluntad divina”, tal como pretende, imponiéndose a sus seguidores y convirtiéndolos en promotores voluntarios de sus productos editoriales y en clientes permanentes de los mismos.

Algo similar ocurre con los grupos protestantes que aceptan el error del “rapto”, especialmente con los pentecostales, quienes también se han demostrado falsos profetas, pues sus “profecías” nunca se cumplieron.

Para la historia, recordemos las decenas de sus “profecías” durante la década de 1990, cuando fijaban la fecha de su “rapto”, la “venida del Anticristo” y el “fin del mundo”, acontecimientos que, por supuesto, nunca sucedieron.

Todo ello demuestra que sus “profetas” no estaban inspirados por el Espíritu Santo, que otorga verdaderas profecías (Hechos 1,16; 21,11), sino por otro espíritu, evidentemente no divino, que inspira falsedades.

El apóstol Pedro llama a la falsa profecía “disonancia de profeta” y describe a los falsos profetas “son secos como fuentes sin agua, nubes azotadas por el viento, a quienes les aguardan densas tinieblas eternas del Hades. Porque estos con sus discursos pomposos, falsos y vacíos, despiertan los deseos carnales y el desenfreno de aquellos que apenas habían logrado escapar de los que viven en el error y en el engaño del pecado” (2 Pedro 2,16-18).

Concluyendo nuestra declaración, subrayamos que nos corresponde cerrar herméticamente los oídos a toda enseñanza errónea y, en este caso, a la falsa enseñanza del “rapto”, y prepararnos espiritualmente, estando siempre listos para nuestro “fin personal”, es decir, nuestra dormición en Cristo. Ese momento determinará nuestro destino en la eternidad.

Respecto a nuestro “fin personal”, el Señor nos exhortó a estar preparados, como las vírgenes prudentes (Mateo 25,1-13), diciéndonos: “Estén ceñidos vuestros lomos y encendidas vuestras lámparas” (Lucas 12,35), y “Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del hombre ha de venir” (Mateo 25,13).

También el apóstol Pablo nos recuerda: “La noche está avanzada y el día se acerca. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas y vistámonos las armas de la luz” (Romanos 13,12). Llama “noche” a la vida pecaminosa y desenfrenada, y “día” al “tiempo favorable” (2 Corintios 6,2), el tiempo de la salvación en Cristo.

Asimismo, al hablar de los últimos tiempos y del “pasar de la figura de este mundo” (1 Corintios 7,31), no los considera un acontecimiento terrorífico, como hacen los herejes, sino una “bienaventurada esperanza”, esperando “la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesús Cristo” (Tito 2,13).

Por tanto, no debemos esperar los últimos tiempos con miedo o terror, por difíciles que sean, sino con firme fe en nuestro Redentor Cristo, el vencedor del diablo, del mundo del pecado, de la corrupción y de la muerte, que nos dijo: “¡Tened valor! Yo he vencido al mundo” (Juan 16,33). Debemos esperar los últimos tiempos con la misma expectación de los primeros cristianos, quienes oraban constantemente diciendo: “Marán athá” (1 Corintios 16,22), que significa “el Señor está cerca” y “Ven, Señor Jesús”, y Él responde a los corazones que lo anhelan: “Sí, vengo pronto” (Apocalipsis 22,20).

Frente al terror que siembran los herejes respecto a los últimos tiempos, el elevado autor del libro del Apocalipsis, el evangelista Juan, opone la alegría y la esperanza: “7 Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero [Cristo, el novio celeste], y su esposa [la novia espiritual, la Iglesia] está ya preparada y dispuesta.

8 Y a ella se le ha otorgado que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino son las virtudes y las obras de los santos [las cuales constituyen el ornamento resplandeciente de la Iglesia triunfante en los cielos] (Apocalipsis 19,7-8).

SANTA METRÓPOLIS DEL PIREO- Del Departamento de Herejías y Movimientos Pararreligiosos

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

p. Atanasio Mitilineos: a) Los oyentes secularizados y b) El Sembrador y los sembradores

Atanasio Mitilineos: a) Los oyentes secularizados y b) El Sembrador y los sembradores

 (Domingo IV de Lucas 8,4-15 y de los Santos Padres del IV Concilio Ecuménico)

 

La parábola del sembrador, 8:4-18.

4 Y mientras se reunía una inmensa muchedumbre que acudían a Él de varias ciudades, el Señor les dijo esta enseñanza en parábola:

5 El sembrador salió a sembrar su semilla, y al sembrarla, una parte cayó junto al camino y fue pisoteada por los transeúntes, y las aves del cielo la comieron.

6 Otra parte cayó sobre terreno pedregoso, y habiendo brotado, se secó por no tener humedad.

7 Otra parte cayó en medio de las espinas, las espinas crecieron y la ahogaron.

8 Y otra parte cayó en buena tierra, y habiendo crecido, dio fruto a ciento por uno. Dicho esto, exclamó: ¡El que tiene oídos espirituales para oír la verdad de Dios, que oiga lo que yo enseño!

9 Y sus discípulos le preguntaban qué significaba esta parábola.

10 Él dijo: A vosotros se os ha sido dado conocer los misterios de la realeza increada de Dios, pero a los demás sólo en parábolas, para que viendo no vean ni puedan introducirse al significado más profundo y oyendo no puedan entender la verdad. (A vosotros que tenéis interés y buena disposición, se ha dado de Dios como regalo a aprender las verdades secretas de la realeza increada de Dios, pero a los otros los hablo en parábolas. Ellos no tienen interés para conocer y aceptar las verdades espirituales. Y el nus/espíritu y el intelecto de ellos están embotados e incapaces para la enseñanza espiritual. Por eso enseño de esta manera, para que no puedan ver lo más profundo y puro, mientras que con los ojos de sus cuerpos ven, y para que no puedan entender mientras oyen la enseñanza que les explica los misterios. Y esto no lo hago sólo por justicia, sino también por bondad, para que ellos, por menospreciar la verdad no agraven su situación y se endurezcan aún más.)

11 Este es, pues, el significado de la parábola: La semilla simboliza el logos de Dios

12 Los que se asemejan con la tierra que está cerca del camino son los que oyeron y no fueron atentos al logos de Dios; pero luego viene el diablo y quita el logos de sus corazones, para que no crean y sean salvos.

13 Los que son simbolizados con el terreno pedregoso, son los que cuando oyen y reciben el logos de Dios con gozo y alegría, pero éstos no tienen raíces profundas en sus corazones; creen por un tiempo, pero al tiempo de prueba y tentación sucumben y se alejan de la fe.

14 La semilla que cae entre las espinas, simboliza a éstos que cuando oyeron el logos de Dios e intentaron a aplicar y cumplir con algunas ganas, pero luego se ahogan en las preocupaciones para adquirir riquezas y en los placeres y disfrutes materialistas de la vida mundana, y así no avanzan hasta al final, no maduran para tener frutos buenos y fijos.

15 Pero la semilla que cae en buena tierra, simboliza a los hombres con buena voluntad y predisposición, que al haber oído el logos de Dios con corazón recto y bueno, lo retienen con atención y devoción en su interior y producen como frutos las obras de la virtud junto con la paciencia, la que mostrarán en distintas circunstancias, tribulaciones y sufrimientos.

16 Nadie cuando enciende una lámpara, la oculta en una vasija o la pone debajo de una cama, sino que la coloca sobre un candelero, para que los que entren vean la luz.

17 Porque no hay nada oculto que no sea descubierto, ni secreto que no haya de ser plenamente conocido y salga a la luz. Esto sucede también con mi enseñanza que será conocida en todo el mundo.

18 Por tanto, vosotros que como apóstoles-enviados del mundo la transmitiréis, mirad bien cómo escucháis mi enseñanza, (oírla con fe inquebrantable, para apropiarse de ella); porque al que contiene la verdad, le será dado más rica y más clara gnosis-conocimiento e iluminación de la verdad, y al que por indiferencia no contenga la verdad, aun lo que imagina tener como gnosis-conocimiento le será quitado.

 

π. Atanasio Mitilineos: Los oyentes secularizados

(Domingo IV de Lucas 8,5-15 y de los Santos Padres del IV Concilio Ecuménico)

Cuando el Señor hablaba, queridos míos, siempre tenía delante de Él una multitud numerosa. Y el logos de Dios caía en los corazones —a veces suavemente, otras conmoviendo profundamente, y otras de modo hipócrita o indiferente—. Pero el logos era siempre el mismo para todos. Lo que variaba eran los corazones de los oyentes. La semilla del logos caía en diferentes terrenos. Por eso el Señor dijo la parábola del sembrador, que escuchamos en la lectura evangélica de hoy. Quería que sus oyentes tomaran conciencia de la calidad del terreno que cada uno tenía en su interior.

Y el Señor habló de cuatro categorías de “terrenos”-oyentes. En la primera categoría —nos dice el Señor— la semilla, el logos de Dios, cae “junto al camino; fue pisoteada, y las aves del cielo la devoraron”. No cayó esa parte de la semilla dentro del campo, sino en el sendero, junto al camino, donde la tierra estaba endurecida por el paso. Y vinieron las aves, y como la semilla no pudo mezclarse con la tierra, las aves del cielo la comieron.

Se trata de aquellas personas cuyo corazón es una tierra endurecida: no crece nada allí. Son los hombres de corazón empedernido. Nada toca su corazón; ni siquiera la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios logra penetrar en él, porque el hombre es libre.

Además —dice la parábola— aunque algo quede en el corazón, viene el diablo y arrebata de su corazón lo que oyeron. Y el Señor, interpretando la parábola, añade: “para que no crean y se salven”. Es decir, al no escuchar, o al no querer escuchar, o al no querer comprender, llegan a no creer y, por tanto, a no salvarse. En el fondo, estas personas son incrédulas.

Esto se manifestó claramente últimamente —y no os sorprenda, creo que estaréis de acuerdo conmigo— en las celebraciones de Patmos. Se reunieron personas, hablaron, actuaron, se mostraron, fueron publicitadas… pero todos ellos se parecen a la primera categoría, en la que la semilla cayó junto al camino: de la celebración —por lo que al menos se vio— nada tocó sus corazones. Del libro del Apocalipsis, nada penetró en su corazón… Al contrario, trataron de aprovecharse de la celebración sin recibir nada espiritual. ¡Qué pena!

Pasemos a la segunda categoría de oyentes. Son los que —dice el Señor— reciben la semilla “sobre la roca”. La semilla es aceptada, pero pronto se seca, porque carece de humedad. En la roca hay poca tierra; allí intenta germinar, pero bajo esa delgada capa no hay humedad, y así la semilla se seca. Es decir, son las personas superficiales, sin profundidad de alma: escuchan, se alegran, pero pronto olvidan.

Existe también la tercera categoría de oyentes. Allí —dice el Señor— la semilla cae “entre espinos, y al crecer los espinos, la ahogaron”. Era una parte del campo donde crecían también espinas. Brotó el trigo, pero también las espinas; y como las malas hierbas crecen más fácilmente y más rápido, ahogaron los brotes del trigo. La palabra de Dios no puede desarrollarse allí —explica el Señor— porque las múltiples preocupaciones de la vida ahogan todo buen propósito.

Y, finalmente, la parábola nos dice que existe una cuarta categoría: la tierra buena, que da fruto al treinta, al sesenta y al ciento por uno.

De las tres primeras categorías estériles, quizá la tercera sea la más característica. Veámoslo.

La tercera categoría es la de aquellos que escuchan, pero cuya voluntad queda sofocada por las espinas de las preocupaciones terrenales. Estos cristianos poseen capacidades intelectuales, emocionales y volitivas; sin embargo, han cometido un error: una valoración equivocada. No han jerarquizado correctamente los valores de la vida. Y, ciertamente, muchas cosas en la vida son valiosas: la profesión, el matrimonio, los logros diversos. Todo esto son valores. Pero no han comprendido que el valor de la salvación está por encima de todos los demás valores de la vida; que ocupa la cima de la jerarquía de los valores. Es lo que dijo una vez el Señor: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su psique-alma?”
¿Qué beneficia?

Por eso, las cosas deben tener un orden jerárquico: en lo más alto, el valor de la salvación.
Estas personas —dignas, respetables— cometen el error de no jerarquizar correctamente las cosas, y así sacrifican muchas veces su salvación por cosas mucho menores. O, si se quiere, absolutizan cosas inferiores.

Por ejemplo, alguien dice: “Tengo que criar a mis hijos, y el salario que gano no basta; debo entonces tomar dinero del fondo en el que trabajo, o de mis mercancías, o no sé de dónde… es decir, debo robar. Pero eso no es malo, porque es para criar a mis hijos.”

¿Qué hace aquí? Absolutiza ciertos valores, como la familia o los hijos, y viola la ley de Dios. Muy a menudo se dice que “el fin justifica los medios”. No importa si transgredo algo; lo que importa es lo que logro.

Una mujer viuda, por ejemplo, puede incluso entregarse a la inmoralidad, sólo para criar a sus hijos, y puede decir: “¿Qué podía hacer? No tenía otra opción.”

Aquí, pues, ¿qué ocurre? Estas personas ponen los asuntos del mundo —cosas inferiores— por encima de la cuestión de la salvación. Es el hombre que incluso usa la religiosidad como un medio para obtener beneficios mundanos.

Como sucedió —repito— con las celebraciones de Patmos: muchos de los que participaron no creen en nada; encontraron una oportunidad para hacerse ver —como dije antes—, para ganar dinero o cualquier otra cosa.

¿Y qué son todas estas cosas, en realidad?
Se trata del cristiano secularizado, aquel que desea escuchar el logos de Dios, pero con medida. Cada uno, por supuesto, mantiene su propia medida; no existe una medida objetiva, sino una medida subjetiva.
¿Por qué? Porque teme el crecimiento espiritual, no sea que pierda los placeres mundanos. Esto es… miseria espiritual.

Así, cuando los padres ven alguna vez que sus hijos —a quienes ellos mismos enviaron a la Iglesia, a la confesión, al catecismo— comienzan a desarrollarse espiritualmente más de lo “normal”, inmediatamente acuden a detenerlos: “¡Ah! Ven aquí…”

¿Por qué? Porque temen que su hijo crezca espiritualmente. Lo quieren encerrado dentro de la jaula de la mundanidad, no sea que se prive de los bienes de este mundo. De este modo, estas personas desdichadas —que tienen solo una apariencia superficial de cristianismo, sin profundidad— colocan la mundanidad como el valor supremo, y por debajo de ella, el logos de Dios que salva…

Incluso la preocupación legítima puede convertirse en obstáculo. Es legítimo preocuparse por la casa, por el sustento, por el trabajo, por los estudios. Todo eso es una preocupación lícita. Pero incluso esa preocupación puede transformarse en obstáculo si el hombre no tiene cuidado. El Señor representó esta situación con las espinas que crecen y sofocan el sentido de la salvación del hombre. Y si esta condición se prolonga, los hombres de esta tercera categoría pasan rápidamente a las dos primeras categorías, es decir, se vuelven superficiales o, finalmente, endurecidos. Basta con que esta situación se cronifique. Y ahí el peligro es máximo, porque roza la impenitencia, fuera de la metania. Y solo pensar en esto, queridos míos, debería causarnos temor.

Si tuviéramos que calificar a las personas de esta tercera categoría —al oyente del logos que se ha secularizado (mundanizado)—, descubriríamos que, en el fondo, existe en él una forma de incredulidad. Sí, no incredulidad respecto a la existencia de Dios, pues jura diciendo: “No soy incrédulo, creo en Dios”, sino incredulidad en la providencia de Dios, en Su cuidado.

Alguien podría decirle: “Hombre mío, ¿qué más podrías añadir a todo ese peso de preocupaciones terrenas? ¿Qué más podrías lograr? Más bien ganarás la ansiedad y angustia característica de nuestra época. Y todo beneficio que obtengas, si colocas las cosas de ese modo, quedará sin bendición.”

Recuerdo una vez a un hombre —era zapatero— que nunca iba a la Iglesia los domingos. Le dije: “Ah, eso no está bien; por favor, vaya a la iglesia.”
Y él me respondió, con cierto aire: “Ah, el trabajo es algo sagrado.”

¿Qué hizo ese hombre? Absolutizó el trabajo. Y perdió la salvación.
Y si todo nuestro esfuerzo queda sin bendición, repito, ¿cuál será la ganancia?

Recordemos aquí, queridos míos, lo que dice el salmista: “Si el Señor no construye la casa, en vano se fatigan los constructores.” (Salmo 126 [127], 1). Es decir: si el Señor no edifica la casa —el hogar, la familia, el matrimonio, la esposa, el esposo y los hijos, e incluso las paredes materiales—, en vano trabajan los que edifican.

¡Cuántas veces hemos visto a personas, privadamente, construyendo su casa un domingo, o arreglando, o pintando, o reparando algo!
Pasas y los ves, y piensas: “¡Pobres hombres! Lo que hacéis es sin bendición, y lo es porque Dios ha dicho que no debemos hacer tales trabajos en domingo.”

Y continúa el salmo: “Si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigila el centinela.” Si el Señor no protege una ciudad, un país, nunca podrás proteger tu ciudad. Y más adelante: “En vano madrugáis, y os acostáis tarde, comiendo pan de dolor; porque a sus amados, Él les da el sueño.” Es decir, te levantas muy temprano para ir al trabajo, y cuando te sientas a comer, rápidamente te levantas otra vez para volver a trabajar; comes pan de dolor, apresuradamente, sin poder digerirlo; y no logras nada.

Porque el Señor da a sus amados el sueño, ese sueño bienaventurado de dormir tranquilos por la noche, sin pesadillas, sin problemas, sin angustias ni ansiedad.

El Señor, queridos míos, nos advirtió: “Tened cuidado de vosotros mismos, no sea que vuestros corazones se carguen con glotonería, embriaguez y preocupaciones de la vida” (Lucas 21,34). Cuidado, —dice—, “no sea que se vuelvan pesadas vuestras almas con la embriaguez y las preocupaciones mundanas. Así que, sí, estas cosas pesan sobre el hombre.

Y también nos recuerda el mandato de Dios en el Antiguo Testamento:

Cuídate a ti mismo y guarda mucho tu alma” (Deuteronomio 4,9).

Cuídate. Guarda con gran atención tu alma. Las preocupaciones de la vida —permítanme insistir en esto— impiden sentarse a la mesa de la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de Dios.

Recordad aquella otra parábola, queridos míos, en la que el Señor envía a Su siervo a anunciar: “La mesa está preparada, el banquete de la Realeza está listo.”

Y ¿qué responden los invitados?
El primero dice: “He comprado un campo.” El segundo: “He comprado cinco yuntas de bueyes.” El tercero: “Me he casado.” Y los tres no tenían tiempo. Estaban atrapados en las preocupaciones del mundo. Es legítimo comprar un campo. Es legítimo comprar bueyes para arar. Es legítimo casarse. Pero estas cosas no pueden convertirse en obstáculo, haciendo que el logos de Dios se pierda. Porque, así como la embriaguez y la glotonería paralizan la voluntad del hombre, del mismo modo actúan también las preocupaciones terrenales: paralizan la voluntad. El hombre ya no tiene disposición para nada más.

El Señor, al analizar la parábola, dijo que esta categoría de oyentes —de la que oímos hoy en el Evangelio— son aquellos que, aunque escuchan el logos de Dios, “caminando entre las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, quedan sofocados y no dan fruto”.
El Señor explica aquí qué representan las espinas: las preocupaciones, la riqueza y los placeres. En definitiva, estas personas no pueden dar fruto. Menciona, pues, tres obstáculos, tres “grilletes”, tres frenos:
las preocupaciones de la vida, la riqueza y los placeres.

La ambición de enriquecerse tampoco ayuda al hombre a poner en práctica lo que escucha, porque siempre está ocupado, nunca tiene tiempo.
Escribe el apóstol Pablo en su Primera Carta a Timoteo: “Pues los que quieren enriquecerse caen en la tentación y en los deseos insensatos y funestos y en las trampas que les pone el diablo, que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición (espiritual). Porque la avaricia, el amor al dinero es la raíz de todos los males. Algunos, arrastrados por ese amor al dinero, se han apartado de la fe y están atormentados por muchos sufrimientos y remordimientos” (1 Tim 6,9-10)

Asimismo, las comodidades y los placeres, que el Señor menciona junto con la riqueza, son lo mismo. Basta pensar que la riqueza, las comodidades y los placeres tienen —presten atención— un carácter antirredentor, anticrístico, contrario a la cruz, no te dejan escuchar ni vivir el mensaje cruciforme del Evangelio. Y no solo eso: te transforman en enemigo del Evangelio, enemigo de Cristo.

Así lo dice el apóstol Pablo en su Carta a los Filipenses: “Porque muchos entre vosotros no andan en el camino ortodoxo y se convierten en escándalo, de quienes muchas veces os dije, y ahora tengo que repetirlo con lágrimas en los ojos. Me refiero a los enemigos de la cruz de Cristo; es decir, aquellos que al principio creyeron y obedecieron a Cristo, pero después vivieron y viven vida pecadora y escandalizan los fieles, sabotean y perturban la Iglesia y combaten contra Cristo.  el fin de ellos será la condena y la perdición eterna, su dios es su vientre, buscan la gloria en praxis y situaciones vergonzosas y tienen puesto su corazón en las cosas de la tierra y en las conductas carnales” (Flp 3,18-19)

¿Cómo los llama? “Enemigos de la cruz de Cristo.”
Por tanto, aunque hayan sido bautizados como cristianos, su vida es anticrística, anticruz. Y por eso son llamados enemigos de la cruz de Cristo.

Queridos, la categoría de los oyentes secularizados (mundanizados* —es decir, la tercera categoría de la parábola— es verdaderamente lamentable.

(*Ver: https://logosortodoxo.es/herejias/%ce%ba%ce%ba%ce%bf%cf%83%ce%bc%ce%af%ce%ba%ce%b5%cf%85%cf%83%ce%b7-ekosmikefsi-secularizacion-de-la-iglesia-una-herejia-muy-sutil-y-peligrosa/
Son personas valiosas, respetables, lo hemos dicho; pero las preocupaciones del mundo, el deseo de riqueza y los placeres de la vida los detienen. Y aunque escuchen, o incluso lleven años escuchando el logos de Dios, no dan fruto. No llegan a un fin, a un propósito. No fructifican. Y corren el riesgo de fosilizarse espiritualmente. Se consolida dentro de ellos un estado extraño en el alma. Si alguna vez les dices que se han fosilizado, te responderán: “¿Qué dices? ¡Yo llevo años escuchando el logos de Dios!” Y sin embargo, son personas petrificadas, sin crecimiento espiritual. No muestran ningún progreso.

Nosotros, queridos míos, examinémonos para ver en qué categoría de oyentes nos encontramos. Y esforcémonos, con mucho celo y amor, por hacer de nuestro corazón una tierra buena. No es fácil. Es arduo. No es fácil. Pero allí caerá abundantemente la semilla divina, y brotará la planta de la teología y de la vida práctica. Y nosotros experimentaremos la alegría del fruto, una alegría que nadie podrá robarnos ni arrebatarnos. La experiencia misma nos convencerá. Amín.

Para gloria del Dios Trino y Santo.

[Homilía pronunciada el 15 de octubre de 1995]

 

El Sembrador y los sembradores

(Padre Atanasio Mitilineos — Domingo de los Santos Padres del IV Sínodo Ecuménico)

Volvemos nuevamente, queridos míos, a la maravillosa parábola del Sembrador, tal como la escuchamos hoy en la lectura evangélica de san Lucas. Aquí el Señor, mediante cuatro imágenes, presenta cuatro clases de oyentes. No todos los hombres escuchan por igual los mensajes evangélicos. Cada uno posee su propia disposición interior, su propio grado de cultivo del alma. Uno es un oyente atento, otro superficial, otro endurecido, otro considera insuficiente lo que oye y busca fuera del ámbito del Evangelio; otro, algo distinto, y así sucesivamente.

Los elementos fundamentales de la parábola son los siguientes: Primero: «Salió el sembrador a sembrar su semilla». Salió Dios. Salió.
¿Cómo salió? ¿De dónde salió? ¿Y adónde fue?

Es el Dios Logos, quien sale al mundo mediante su Encarnación.

Segundo: El propósito de esta Encarnación del Dios Logos que sale al mundo es sembrar la semilla de la verdad.
¿Y cuál es esa verdad?

La primera gran verdad es que Dios es Trinidad. De esta verdad dependen todas las demás. Y la segunda: que el Logos de Dios se encarnó, que la segunda Persona de la Santa Trinidad se hizo hombre. Estas dos grandes verdades son las que definen aquello que llamamos “cristianismo”.

Tercero: Que Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo para que el mundo se salve por medio de la fe.

Cuarto: Que, al hablar en parábolas, el Señor tenía como propósito revelar el conocimiento de los misterios de la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de Dios únicamente a quienes tenían verdadero interés por conocerlos. Es característica la frase que escuchamos hoy: «A vosotros —dijo a sus discípulos— os ha sido dado conocer los misterios de la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de Dios». En efecto, ni siquiera los discípulos comprendieron de inmediato lo que el Señor quería decir con la parábola. Y Él les aclaró: “A vosotros se os ha concedido conocer los misterios de Βασιλεία de Dios.” A vosotros —dijo— se os ha concedido.

Pero si el Dios Logos sale como sembrador a sembrar la semilla de sus verdades en los corazones humanos —porque esa es la “tierra” donde viene a sembrar, el corazón del hombre—, también sale el diablo para sembrar su propia semilla en las psiques-almas. Simultáneamente.

De hecho, hay una alusión a esto en la tercera categoría de oyentes dentro de la misma parábola, cuando dice que algunos escuchan el logos de Dios, pero viene el diablo y la arranca de su corazón.

El diablo, pues, toma, arrebata el logos y palabra —en sentido pasivo—; y en sentido activo, siembra su propia semilla demoníaca.

Así lo expresa el Señor en la parábola del sembrador: “Entonces viene el diablo y quita la palabra de su corazón, para que no crean y se salven” (Lc 8,12). Su propósito es que no lleguen a creer y se salven.

Vemos, por tanto, que se hace referencia al diablo, quien realiza una doble tarea:

  1. Obstaculiza el logos de Dios, y
  2. Siembra su propio grano, su semilla.

Esta es la doble obra del diablo: Elimina y neutraliza la semilla de Cristo en el corazón humano para sembrar la suya demoníaca. El Señor habló de esta semilla maligna —presten atención, porque quizá no lo hayamos comprendido— en otra parábola especial: la llamada “parábola de la cizaña”.

Hagamos, pues, una breve digresión desde la parábola del sembrador hacia la de la cizaña, ya que guardan una profunda relación. Cuando el diablo arrebata la semilla, el logos de Dios, del corazón del hombre, está realizando una obra contraria a la del gran Sembrador.

Vale la pena, entonces, examinar —aunque sea brevemente— esa parábola, que se encuentra en el Evangelio según san Mateo, capítulo 13: “La Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo.”

¿A qué se asemeja la Βασιλεία Realeza increada de Dios?
A un hombre que siembra buena semilla en su propio campo. Fíjense en la semejanza con la frase de la parábola del sembrador: «Salió el sembrador a sembrar su semilla». Ambas expresiones son casi idénticas.

Y continúa: “Pero mientras los hombres dormían, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue.” Los hombres —los obreros de aquel campo— fueron a descansar, y el enemigo vino y sembró cizaña entre el trigo que había sido sembrado durante el día.

“Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció también la cizaña.” Entonces se manifestó lo que el enemigo había hecho.

El Señor explicó también esta parábola a Sus discípulos, como lo hizo con la del sembrador: “El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre”, es decir, Jesús Cristo. “El campo es el mundo.” El campo, pues, representa el mundo, los hombres, las disposiciones de sus corazones. “La buena semilla son los hijos de la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) .” ¿Quiénes son la buena semilla?
Aquellos hombres de la cuarta categoría de oyentes, los que escuchan, reciben, conservan y dan fruto —como dice la parábola del sembrador—, cien veces más. “La cizaña son los hijos del maligno.” “Y el enemigo que la sembró es el diablo.” El enemigo, el diablo, es quien realiza esta siembra, ayudado por sus propios servidores humanos.

Podemos decir que la parábola de la cizaña complementa la parábola del sembrador. Claramente. Lo han visto. Y, además, aclara la parábola del sembrador respecto a los resultados del comportamiento de las cuatro categorías de oyentes.

Tenemos, pues, al Sembrador y los sembradores.

  • El Sembrador: Cristo.
  • Los sembradores: los hombres del diablo.

Y la semilla del buen sembrador, repito, es el Hijo de Dios. No se cuestiona que todo lo que siembra el Hijo de Dios es buena semilla; no hay ninguna duda sobre ello. Lo que sí se cuestiona es la calidad de la semilla que siembran los diferentes sembradores, es decir, los «hijos del maligno», como dice el Señor, detrás de los cuales se oculta el diablo. ¿Y cuál es la calidad de esa semilla que ellos siembran en el campo de Cristo? ¿Quién es el campo de Cristo? El campo de Cristo es la Iglesia. Esto es crucial: la Iglesia es el campo donde se siembra la verdad de Dios. Primero, los que siembran —los hijos del diablo— son los herejes. Lo que siembran son las diferentes herejías, como escuchamos en la lectura apostólica de hoy.

A propósito de que celebramos a los Padres de la Séptima Sínodo Ecuménico, quienes trabajaron arduamente, junto con todos los Padres de los Concilios Ecuménicos, para definir y afirmar la Verdad con mayúscula, y para eliminar todo lo que fuera herético. Cada Sínodo (Concilio) Ecuménico surgía como respuesta a una herejía. Se presentaba una herejía, se convocaban los Padres, la estudiaban, la rechazaban y preservaban la verdad del Evangelio.

En efecto, el Séptimo Sínodo (Concilio) Ecuménico fue convocado para enfrentar a aquellos herejes que, al eliminar las iconas-imágenes, negaban la naturaleza humana de Cristo. Del mismo modo, el Primer Sínodo Ecuménico fue convocado para enfrentar a los herejes que negaban la naturaleza divina de Cristo.

Siete Sínodos (Concilios) Ecuménicos. También tenemos los Sínodos locales. En el primero, los herejes negaban la divinidad de Cristo; en el séptimo, negaban la naturaleza humana de Cristo. Porque cuando negaban la presencia de las iconas-imágenes —y sobre todo la icona-imagen de Cristo; las demás no nos preocuparían tanto, ya fueran de la Virgen o de un santo, puesto que existieron como seres humanos—, la cuestión era: ¿puede el Hijo de Dios ser representado en icona-imagen? Pues bien, si se hizo hombre, por supuesto que puede ser representado. Si, por tanto, tú niegas la icona-imagen de Cristo, en realidad niegas la Encarnación del Hijo de Dios.

Y algunos otros herejes, próximos a aquellos —los llamados monofisitas—, sostenían algo similar. Y debo decirles que el monofisismo, a lo largo de toda la historia de la Iglesia, siempre se arrastra y, cuando encuentra la ocasión propicia, vuelve a surgir. Eran los llamados Docetas. Decían que el cuerpo de Cristo existía “según apariencia”, por fantasía; que “Cristo fue crucificado en la cruz sólo en apariencia”, porque su cuerpo era imaginario, aparente.

¿Lo comprenden? Por tanto, no asumió la naturaleza humana. Y si no asumió la naturaleza humana, el hombre no puede ser salvado. Y como dicen los Santos Padres: “lo que no ha sido asumido, no ha sido sanado”. Es decir, aquello que no fue asumido (por Cristo) permanece enfermo. Por lo tanto, no tenemos salvación. Comprenden entonces cómo los herejes vienen, con su herejía, a dañar y a atacar la verdad del Evangelio.

El Apóstol Pablo, en la carta a Tito, advierte: “A un hombre hereje, después de una y otra advertencia, recházalo, sabiendo que se ha apartado y peca siendo condenado por sí mismo.”

El término ἐξέστραπται (exéstrapte) significa literalmente “desviado de la vía”, como un tren que se descarrila; es decir, los herejes han salido de las vías de la verdad del Evangelio. Y estos —dice— pecan, siendo autocondenados”. Déjalos. Apártate. Además, añade: “después de la primera y la segunda amonestación”. ¿Se lo dijiste una vez? ¿Se lo dijiste dos veces? ¿No entiende? Déjalo. Debes expulsarlo de la Iglesia. No tiene ya ninguna relación con ella.

¿Saben cómo llama san Ignacio el Teóforo a la herejía? “Hierba del diablo”. Así como existe la cizaña entre el trigo, esta es la hierba del diablo —es decir, la herejía misma.

Un método favorito del diablo, queridos míos, es la falsificación. La corrupción de la verdad, y también de todo lo que es auténtico. Lo distorsiona. Como les dije: el apartarse de la fe cristiana y de la moral evangélica. Son dos cosas: la fe y la moral. Estas, de algún modo, se desvían, se deforman, salen de su cauce.

El diablo sabe muy bien que con la herejía no hay salvación. Podrían decir: “¿Pero acaso los herejes no dicen también algo bueno?”. No. Puede parecer un buen alimento, pero si contiene veneno, ¿sobrevivirás? ¿O morirás?  Porque, sencillamente, no hay salvación en la herejía. La herejía es blasfemia contra el Espíritu Santo. Por eso, dice el mismo Señor y los autores del Nuevo Testamento, que el hereje blasfema contra el Espíritu Santo. No puede salvarse, no tiene salvación, ni en este siglo ni en el venidero, dijo Cristo.

Por tanto, la herejía es la primera cizaña, tanto en calidad como en cantidad, que el diablo siembra en el campo del Señor, en la Iglesia.

Otra forma de maleza entre los cristianos son las diversas teorías, como las referentes a la existencia. «¿Por qué existo?». ¿Cuál es la respuesta? «Bueno, comer, beber y morir». O «mirar embobado las estrellas», como cree el budismo, etc. Sobre la existencia: ¿cuál es el propósito de mi existencia?

La teoría sobre la libertad, sobre el origen de las especies y el darwinismo. Sobre el pansexualismo y el freudismo. Sobre la igualdad de los sexos y el feminismo. Estas son semillas del diablo. Especialmente de manera demoníaca el feminismo. Sobre el control, mejor dicho, la limitación de los nacimientos. Que no nazcan hijos. Porque el diablo no quiere que se enriquezca la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de Dios. Sobre los abortos. «No se necesitan muchos hijos». ¿Ha llegado algún hijo? Digamos, el segundo o tercero: «¡Tíralo!». Sobre el salario mínimo de los trabajadores. «Solo recibirás lo suficiente para sobrevivir». Sobre el anarquismo. Sobre la filosofía materialista. De hecho, y más precisamente, incluso la filosofía en su dimensión espiritual, como el platonismo, que negaba la materia, estas filosofías son condenables. No se sorprendan. Porque «el Logos se hizo cuerpo con carne». Y si el Logos, Dios, se hizo cuerpo, carne, y tú niegas la materia, entonces niegas la Encarnación. Por lo tanto, es una filosofía que conduce a la herejía, a la corrupción.

También sobre el ecumenismo; la fusión de todas las religiones, de la verdad y la mentira, etc., etc., etc. Todo esto son semillas, son frutos del diablo; que el diablo siembra deliberadamente en el campo de la Iglesia de Cristo. Por no decir que siembra su maleza entre los fieles con disputas, cismas, envidias, etc.

Describiendo la conducta del mundo antiguo, Pablo en el capítulo 1 de Romanos nos da una imagen clara de cómo era el mundo antiguo. Sin embargo, podríamos decir que la misma imagen se aplica hoy, lamentablemente, a los cristianos. Lamentablemente. Mil veces lamentablemente. Escuchen lo que escribe: «llenos –entonces los paganos– llenos de toda injusticia, prostitución –¿acaso los cristianos no caen en la fornicación, prostitución?–, maldad, avaricia, malicia, llenos de envidia, asesinato, contienda, engaño, malicia, chismes, calumnias, impíos, blasfemos, arrogantes, soberbios, inventores de males, desobedientes a los padres, insensatos, desordenados, sin afecto, sin compasión, crueles». Imagen del mundo antiguo. La misma imagen ahora de los cristianos. ¿Tienen alguna objeción? Y todo esto constituye la siembra del diablo.

Debemos tener en cuenta, queridos míos, que hacia los últimos tiempos el diablo –y ahora estamos cerca de los últimos tiempos, es decir, preludios de los últimos tiempos, según muchas, muchas señales, como las que les leí–, porque dice en otra carta el apóstol Pablo: «Y no olvides –dice a Timoteo– que en los últimos tiempos los hombres serán tales, tales, tales». En el plan que les leí anteriormente, en su carta a los Romanos; que el diablo se activará más; porque será invadido por un gran furor contra los hombres.

Escuchen lo que escribe el evangelista Juan en el capítulo 12 del Apocalipsis: «¡Ay de la tierra y del mar! Porque ha descendido el diablo hacia vosotros con gran ira, sabiendo que poco tiempo le queda». Y ¿qué hace? Remueve la tierra. Remueve, remueve, remueve. Personas, situaciones, familias, Iglesias… ¿No estamos en los umbrales del ecumenismo? Por no decir en situaciones avanzadas. Y remueve a todos y todo. Por lo tanto, la siembra diabólica del diablo en la humanidad, a medida que avance el tiempo, se densificará. Podemos decir que, como el saco del agricultor contiene la semilla que siembra –tomen esta antigua imagen, cuando el sembrador tomaba la semilla y la esparcía, no hoy con tractores–, así es el maravilloso saco del diablo, que siembra fácil y rápidamente sobre la tierra. ¿Qué es, dirían ustedes? La televisión. «La caja del diablo», como decía San Cosme de Etolia, profetizando sobre la televisión. Y aquellos que se quedan embobados frente a la televisión comen las semillas demoníacas. Semillas de destrucción y perdición.

Queridos míos, ¿qué debemos hacer? Debemos practicar tres cosas. La primera es la humildad. El humilde nunca quiere alejarse del camino de Dios. Nunca. El orgulloso se aleja. Cuando le dices que Dios, por ejemplo, no quiere que veas televisión, escuchará. Porque es humilde.

La segunda es el estudio intenso de la Sagrada Escritura y del logos de Dios, así como la escucha atenta. Escuchar donde se habla de Dios, leer el logos de Dios. Con el estudio se obtiene la piedra de toque, que puede distinguir lo genuino de lo falso, lo corrupto. El santo Juan Crisóstomo incluso dice: «Es imposible, imposible salvarse sin leer las Escrituras». No puedes, no puedes salvarte si no estudias el logos de Dios. También las reuniones: reuniones de estudio bíblico y litúrgicas. El apóstol Pablo dice en la carta a los Hebreos: «No abandonemos nuestra congregación, como algunos tienen por costumbre; antes exhortémonos, y tanto más cuanto veis acercarse el día». Mucho más cuando se ve acercar la segunda venida de Cristo. Hebreos, capítulo 10.

Así, la semilla divina del Gran Sembrador, Cristo, nos nutrirá espiritualmente. Y las semillas demoníacas, que circulan tan abundantemente en nuestra época, serán expulsadas como alimento venenoso. Y, como señala la parábola del sembrador, la semilla divina de Cristo caerá en la buena tierra, en la tierra del corazón, y dará fruto multiplicado por cien.

Y concluye la parábola, y yo mi logos: «El que tenga oídos para oír, oiga». Quien tenga oídos espirituales del alma, que oiga.

Para la gloria del Santísimo Dios Trino.

Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, 12-10-1997 y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga.

Fuente:  http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai.gr/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

 

Domingo IV de Lucas (8,4-15) — La parábola del sembrador

Domingo IV de Lucas (8,4-15) — La parábola del sembrador

 

La parábola del sembrador, 8:4-18.

4 Y mientras se reunía una inmensa muchedumbre que acudían a Él de varias ciudades, el Señor les dijo esta enseñanza en parábola:

5 El sembrador salió a sembrar su semilla, y al sembrarla, una parte cayó junto al camino y fue pisoteada por los transeúntes, y las aves del cielo la comieron.

6 Otra parte cayó sobre terreno pedregoso, y habiendo brotado, se secó por no tener humedad.

7 Otra parte cayó en medio de las espinas, las espinas crecieron y la ahogaron.

8 Y otra parte cayó en buena tierra, y habiendo crecido, dio fruto a ciento por uno. Dicho esto, exclamó: ¡El que tiene oídos espirituales para oír la verdad de Dios, que oiga lo que yo enseño!

9 Y sus discípulos le preguntaban qué significaba esta parábola.

10 Él dijo: A vosotros se os ha sido dado conocer los misterios de la realeza increada de Dios, pero a los demás sólo en parábolas, para que viendo no vean ni puedan introducirse al significado más profundo y oyendo no puedan entender la verdad. (A vosotros que tenéis interés y buena disposición, se ha dado de Dios como regalo a aprender las verdades secretas de la realeza increada de Dios, pero a los otros los hablo en parábolas. Ellos no tienen interés para conocer y aceptar las verdades espirituales. Y el nus/espíritu y el intelecto de ellos están embotados e incapaces para la enseñanza espiritual. Por eso enseño de esta manera, para que no puedan ver lo más profundo y puro, mientras que con los ojos de sus cuerpos ven, y para que no puedan entender mientras oyen la enseñanza que les explica los misterios. Y esto no lo hago sólo por justicia, sino también por bondad, para que ellos, por menospreciar la verdad no agraven su situación y se endurezcan aún más.)

11 Este es, pues, el significado de la parábola: La semilla simboliza el logos de Dios

12 Los que se asemejan con la tierra que está cerca del camino son los que oyeron y no fueron atentos al logos de Dios; pero luego viene el diablo y quita el logos de sus corazones, para que no crean y sean salvos.

13 Los que son simbolizados con el terreno pedregoso, son los que cuando oyen y reciben el logos de Dios con gozo y alegría, pero éstos no tienen raíces profundas en sus corazones; creen por un tiempo, pero al tiempo de prueba y tentación sucumben y se alejan de la fe.

14 La semilla que cae entre las espinas, simboliza a éstos que cuando oyeron el logos de Dios e intentaron a aplicar y cumplir con algunas ganas, pero luego se ahogan en las preocupaciones para adquirir riquezas y en los placeres y disfrutes materialistas de la vida mundana, y así no avanzan hasta al final, no maduran para tener frutos buenos y fijos.

15 Pero la semilla que cae en buena tierra, simboliza a los hombres con buena voluntad y predisposición, que al haber oído el logos de Dios con corazón recto y bueno, lo retienen con atención y devoción en su interior y producen como frutos las obras de la virtud junto con la paciencia, la que mostrarán en distintas circunstancias, tribulaciones y sufrimientos.

16 Nadie cuando enciende una lámpara, la oculta en una vasija o la pone debajo de una cama, sino que la coloca sobre un candelero, para que los que entren vean la luz.

17 Porque no hay nada oculto que no sea descubierto, ni secreto que no haya de ser plenamente conocido y salga a la luz. Esto sucede también con mi enseñanza que será conocida en todo el mundo.

18 Por tanto, vosotros que como apóstoles-enviados del mundo la transmitiréis, mirad bien cómo escucháis mi enseñanza, (oírla con fe inquebrantable, para apropiarse de ella); porque al que contiene la verdad, le será dado más rica y más clara gnosis-conocimiento e iluminación de la verdad, y al que por indiferencia no contenga la verdad, aun lo que imagina tener como gnosis-conocimiento le será quitado.

 

«¿Qué significa esta parábola?»

  1. La parábola del Señor del Buen Sembrador es una de las más conocidas e importantes. Prueba de ello es que la transmiten los tres evangelistas llamados sinópticos (Mateo, Lucas y Marcos), y, además, es la primera en orden dentro de sus series de parábolas.
    Nuestra Iglesia, con propósito, la ha situado hacia mediados de octubre, tiempo en que comienza cada nuevo período misionero y de predicación.

Tomada de la vida agrícola de Palestina —donde el arado precedía a la siembra—, la parábola se refiere al agricultor que esparce la semilla en la tierra. Aunque tanto el sembrador como la semilla son los mismos, el resultado de la cosecha varía: en una parte no fructifica nada, porque la tierra está pisoteada y endurecida; en otra parte produce poco y luego se pierde por completo; y en otra, finalmente, da fruto abundante, porque cae en buena tierra. De este modo se subraya el papel y la “responsabilidad” de la tierra.

La parábola parece no haber sido comprendida por los oyentes del Señor, por lo que fue necesaria su explicación, especialmente después de la pregunta de sus propios discípulos: «¿Qué significa esta parábola?»

b.1 En primer lugar, debemos recordar que existe la impresión de que las parábolas del Señor son historias sencillas de la vida cotidiana, destinadas a facilitar la comprensión de Su enseñanza. Esto no es del todo cierto. Porque en realidad, la enseñanza del Señor —que en gran parte se expresa mediante parábolas, casi un tercio de todo lo que enseñó— funciona como una llamada, una ocasión de desafío, para que se manifieste la autenticidad del hombre ante Dios. No se trata, pues, de una mera facilidad pedagógica.

Esto significa que aquellos que realmente buscaban la verdad, los hombres de libre y buena voluntad, se orientaban hacia ella y eran iluminados por el Señor, quien los introducía en los misterios la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de Dios. En cambio, los otros —los que no buscaban la verdad, sino que estaban apegados al mundo y a lo mundano, oyentes superficiales, malintencionados o curiosos— se oscurecían aún más, como quienes “viendo no ven” o “oyendo no escuchan ni entienden”.

En este segundo caso se manifiesta también la enseñanza de la Sagrada Escritura sobre el progreso del pecado: el pecador continúa pecando, y la suciedad crece cada vez más, hasta llegar a la completa ofuscación. Quizás se trate de un “castigo” del Señor —de carácter pedagógico—, durante el cual, viendo Él la indiferencia del hombre, a pesar de las oportunidades que le concede para su conversión, finalmente lo deja en sus propias elecciones malignas; algo que constituye un verdadero infierno para el hombre.

2.
La parábola del Sembrador tiene un significado profundo, que el Señor reveló a sus discípulos, y cuyos aspectos principales son los siguientes:

(a) “La semilla es el logos de Dios.”
Esto significa que este Logos contiene en sí mismo una fuerza inmensa, en analogía con la semilla: así como ésta, aunque pequeña y débil en apariencia, encierra en su interior la potencia de convertirse en árbol, del mismo modo el logos de Dios —que muchas veces parece “débil o insignificante”, semejante exteriormente a las palabras humanas— contiene en sí fuerzas y energías capaces de transformar por completo la vida del hombre.
No en vano ha sido calificado como una “bomba atómica” espiritual.

Es sabido que el Señor habló con frecuencia acerca de la fuerza del Logos divino. Dijo que Su Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) —estado de energía increada—, revelado/apocaliptado por Él y por Su logos, es como la levadura que fermenta toda la masa, o como un tesoro escondido y una perla preciosa que superan el valor de todas las cosas terrenas.

El apóstol Pablo fue quien expuso con mayor claridad la potencia de este logos: “Este logos es la fuerza y energía (increada) de Dios para la salvación de todos los que creen.”
Y en otra parte añade: “Porque el logos de Dios es vivo y eficaz, más cortante que toda espada de dos filos; penetra hasta dividir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.” (Heb 4,12)

La causa de esto es que el logos de Dios es acción y energía increada de Él mismo, y por consiguiente, su presencia personal. En Dios no existen fuerzas o energías impersonales e independientes de Sus hipóstasis ((bases substanciales, personas). Cada fuerza y energía increada es, en realidad, una forma de su presencia.

Por eso, el logos de Dios tiene una potencia y energía tremenda, porque es, en verdad, Dios mismo. El Señor subrayó muchas veces esta dimensión: aceptar Su logos equivale a acogerlo a Él dentro del ser del hombre.

Por eso los Santos Padres enseñaban con frecuencia que “el Señor está contenido en el interior de sus mandamientos y de sus logos y palabras”.
Desde esta perspectiva, se responde también claramente a la pregunta de muchos: ¿Cómo puedo ver y encontrar a Dios?
Sólo mediante la aceptación, aplicación y cumplimiento de los logos y mandamientos del Señor.
Esto significa que la relación con Dios no es teórica ni racional, sino plenamente empírica: en el momento en que un hombre pone en práctica el logos de Dios, en ese mismo instante percibe Su presencia actuando en toda su existencia.
Esta es también la condición para que laΧάρις (Jaris: gracia, energía increada) de Dios actúe a través de los Misterios, especialmente el de la Divina Efjaristía Eucaristía.

(b) Sin embargo, la semilla —el logos de Dios— ejerce su fuerza según la tierra donde cae, es decir, según la psique-alma que la recibe. Como se repite con frecuencia, el Dios omnipotente se autolimita, precisamente porque respeta la libertad del hombre, que Él mismo le ha concedido.

La parábola del Sembrador es una demostración clara de esta verdad. En otras palabras, sin el consentimiento del hombre, el logos de Dios permanece inactivo y “vacío”.
Así lo advierte el apóstol Pablo al exhortar a sus discípulos: “Que no se reciba en vano la jaris gracia increada de Dios.”

Y añade una advertencia aún más dramática: No sólo se pierde la jaris de Dios cuando no se acepta, sino también cuando, habiéndola recibido, se la descuida”.
Esto se aplica no sólo a la tierra pisoteada y endurecida, sino también a la que tiene piedras y espinos: es decir, a los hombres que al principio respondieron a la llamada de Dios, pero que luego no perseveraron y terminaron perdiendo su comunión con Él.

(c) Además del factor humano, con su libertad, existe también otro elemento que interviene en el proceso de la siembra y en la aceptación del logos de Dios en la psique-alma del hombre: el «enemigo del hombre» del que habla otra parábola, es decir, el diablo.
Es sabido que el diablo intenta por todos los medios impedir que el hombre escuche el logos de Dios, y aún más, que lo ponga en práctica. Lo hace precisamente porque conoce que, si el logos de Dios es acogido, se convierte en causa de sanación y salvación para el hombre.

Vale la pena recordar un episodio de la tradición ascética de la Iglesia: un abad, mientras enseñaba a sus discípulos en el monasterio, observaba que éstos se dormían, ayudados por la cooperación (sinergía) del diablo. Entonces interrumpió la enseñanza y comenzó a hablar de temas triviales y chismorreos. Inmediatamente todos se despertaron.
El sabio abad aprovechó la ocasión para enseñarles una verdad profunda: “Cuando se escucha el logos de Dios, el diablo provoca sueño; en cambio, el chismorreo los mantiene a todos despiertos.”

(d) La buena tierra es la condición indispensable para el éxito de la siembra. Se refiere a las personas de libre y buena voluntad —como hemos dicho antes— que acogen el logos de Dios “con corazón bueno y bondadoso”. Estas personas perseveran en él, a pesar de las dificultades exteriores e interiores, y tienen la paciencia necesaria para ver los frutos. El Señor mismo dice: “Los que, con corazón bueno y recto, retienen el logos oído y dan fruto con perseverancia.” Esto constituye el secreto de la buena tierra. Porque la paciencia revela la autenticidad de la fe, la humildad del hombre y su confianza en Dios, aun cuando no vea resultados inmediatos. La jaris (gracia, energía increada) de Dios actúa en el mundo, aunque a veces sea invisible a los ojos humanos.

El Señor repetidamente recalcó: “Con paciencia ganaréis vuestras almas.” Nadie puede alcanzar su sanación ni su salvación sin paciencia.
Los Santos Padres, al interpretar las palabras del Señor, señalan que la paciencia es el material con el cual se construye y se cultiva toda virtud. Es decir, la paciencia no es una simple virtud, sino la compañera inseparable de cada una de ellas.

(d)La buena tierra es también la respuesta para aquellos que ven en la parábola del Buen Sembrador un aparente fracaso del logos de Dios en el mundo.
Tal interpretación nace de la ceguera espiritual, porque la buena tierra produce hasta el ciento por uno, o mejor dicho, una cosecha cien veces mayor de lo previsto. Allí donde hay buena disposición, los resultados son más que abundantes.
Esto demuestra una vez más que la responsabilidad del “fracaso” recae en la tierra —es decir, en el hombre mismo— y no en la fuerza del logos de Dios ni en la voluntad del Agricultor-Dios.

Como hemos dicho en otras ocasiones: la libertad del hombre, su capacidad de excluir de su vida al mismo Dios y a su logos, es un misterio que supera la mera idea de la libertad como simple atributo humano.

Por otra parte, la revelación-apocálipsis del Señor en otra parábola nos muestra que la cosecha puede ser del treinta, del sesenta o del ciento por ciento. Esto manifiesta que hay una gradación en la calidad de la tierra, es decir, también una gradación en la santidad.
Hay santo y Santo, como está escrito: “Una estrella se diferencia de otra en esplendor.”

(e) La parábola del Buen Sembrador puede parecer, a primera vista, pesimista; sin embargo, es profundamente consoladora y optimista.
El Señor nos orienta hacia la fecundidad de la buena tierra, es decir, hacia la abundante efusión de su divina jaris (gracia, energía increada), la cual se ofrece “en medida” cuando encuentra al hombre que ama la verdad.

Por otro lado, al referirse a las tierras estériles, el Señor nos señala nuestra responsabilidad personal.
La parábola proclama con fuerza esta dimensión: cada uno de nosotros es responsable de sí mismo. Deberíamos preguntarnos con frecuencia: ¿Qué clase de tierra soy yo?
Y la respuesta seguro que se manifestará según existan o no los frutos.

“Los frutos del Espíritu Santo son: agapi (amor desinteresado y energía increada), alegría, paz, paciencia, magnanimidad, fe, magnanimidad, bondad, templanza y dominio de sí mismo.”

Si no observamos estos frutos en nuestra vida, debemos poner en duda la autenticidad de nuestro cristianismo. En tal caso, los logos y palabras del Señor resuenan terriblemente: “Toda vid que no permanece en Mí y no da fruto, el Agricultor celestial la corta y la arroja al fuego.”

ΑΚΟΛΟΥΘΕΙΝ παπα Γιώργης Δορμπαράκης — Padre Jorge Dorbarakis
Traducido por: χΧ jJ logosortodoxo.es/

 

Domingo IV de Lucas (8,5-15) — La parábola del sembrador

 

  1. Empieza la siembra…

En la lectura evangélica de este domingo escuchamos la conocida Parábola del Sembrador, que se proclama también en honor de los Santos Padres del VII Concilio Ecuménico. Al mismo tiempo, se asocia con el comienzo oficial de la catequesis y de la obra predicadora de la Iglesia al inicio del nuevo año eclesiástico.

En esta parábola, de manera muy expresiva, el Señor compara la obra del que predica el logos de Dios con la labor del agricultor que siembra su campo. Nos dice que “salió el sembrador a sembrar su semilla”.
Después de seleccionar la mejor semilla y preparar debidamente el terreno, el agricultor comenzó su tarea lleno de esperanza y expectación por una cosecha abundante y fecunda.

De la misma manera, nuestra Iglesia —continuadora de la obra del primer y gran Sembrador, el Señor Jesús Cristo— emprende nuevamente, con método y perseverancia, la siembra del divino logos.
Con kérigmas y homilías, con reuniones catequéticas para todas las edades, mediante publicaciones periódicas y con todos los medios de comunicación modernos, la Iglesia esparce generosamente la semilla del logos del Evangelio.

¡ Benditos y bienaventurados los hombres que son hallados dignos de servir en esta obra sagrada, que es la siembra del divino logos! Y felices también los que escuchan o estudian el logos de Dios y lo cultivan con paciencia en sus corazones, para gozar de la riqueza de sus frutos.

 

  1. Oyentes atentos

Cuando el Señor concluyó la parábola, elevó el tono de su voz para dar énfasis a Sus palabras y llamar la atención de Sus oyentes, diciendo: “El que tenga oídos para oír, que oiga.” Es decir: el que tiene oídos espirituales y un corazón dispuesto para recibir mis logos y palabras, que los escuche atentamente y los haga suyos.

Muchos de los judíos oían la enseñanza del Señor, pero pocos la comprendían y la aceptaban. Así se cumplía la profecía de Isaías: “De oído oiréis, y no entenderéis; Y viendo veréis, y no percibiréis. Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y con los oídos oyen pesadamente, y han cerrado sus ojos; Para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y con el corazón y la mente entiendan, y se conviertan, y yo los sane” (Mt 13,15). Es decir, el νούς (nus: espíritu de la psique) y el corazón del pueblo se había inflado y endurecido por su mala disposición; por eso sus oídos espirituales ya no podían escuchar nada.

¡Qué trágico es esto!
Imaginemos a un hombre que, teniendo el oído sano, permanece indiferente al sonido de las sirenas de peligro a su alrededor. El tren pita, los demás le gritan “¡Cuidado!”, pero él avanza indiferente sobre las vías… ¿Quién puede dudar de que camina hacia la catástrofe?

Así también nosotros debemos tener cuidado: si cerramos nuestros oídos a la voz de Dios y a la verdad del Evangelio, ¡estamos en peligro!
La exhortación del Señor —“el que tenga oídos, que escuche”— debe convertirse para nosotros en un lema de despertar espiritual, para que procuremos escuchar el logos de Dios con disposición de aprendizaje, con humildad y apertura al Espíritu Santo, quien abre e ilumina nuestro nus y nuestro corazón para comprender las verdades divinas.

 

  1. Y fructíferos

Pero no basta con ser buenos oyentes del Evangelio. La “buena tierra” que produce abundante cosecha, según el logos del Señor, son aquellos que “al oír el logos y palabra, lo retienen en su interior y, con paciencia, dan fruto”. “Retener” significa interiorizar y guardar firmemente el logos de Dios en el corazón, sin indiferencia, como los que dejan que la semilla caiga en el camino.
Y “dar fruto con paciencia” quiere decir que soportan las tribulaciones, las tentaciones y los sufrimientos de la vida; de este modo, el logos de Dios echa raíces profundas en sus psiques-almas y no se pierde como la semilla que cayó sobre la piedra.
Tampoco los ahogan los espinos —las preocupaciones y los deseos mundanos—, sino que cultivan el campo de su alma, lo limpian de los πάθος pazos y lo preparan con esmero mediante la práctica de las santas virtudes.

Ejemplo luminoso de oyentes fieles y espiritualmente fructíferos fueron los Santos Padres del VII Concilio Ecuménico (año 787 d.C., en Nicea de Bitinia), quienes defendieron con firmeza la fe ortodoxa y condenaron la terrible herejía de los iconoclastas.

Roguemos a ellos que intercedan ante el Señor, para que nuestras almas se vuelvan receptivas a su divino logos, y permanezcamos firmes en la fe y en la vida ortodoxa, de modo que también nosotros produzcamos abundantes frutos espirituales.

Fuente: www.osotir.org — Περιοδικό “Ὁ ΣΩΤΗΡ”
Traducido por: χΧ jJ — logosortodoxo.es/ (en español)

 

Domingo IV de Lucas (8,5-15)

Cosecha eterna

«El sembrador salió a sembrar su semilla»: Hoy la lectura evangélica nos presenta una escena de la vida agrícola, para mostrarnos verdades que tocan profundamente la existencia humana. El tiempo otoñal resulta especialmente apropiado, pues es la época en que los agricultores siembran, siempre con la esperanza de una cosecha abundante cuando llegue el momento oportuno.

Esta imagen, tomada de la vida cotidiana, inspiró a los Padres de nuestra Iglesia a situar la conocida lectura evangélica del Sembrador en el corazón del mes de octubre.
La elección es realmente acertada si consideramos que nos encontramos en un período en que comienzan muchas actividades relacionadas con la agapi (amor desinteresado) de nuestra Iglesia, de la cual todos esperamos una abundante y rica cosecha espiritual.

Además, no fue casualidad que Cristo, cuando comenzó a enseñar a las multitudes, utilizara esta bella parábola.
Los discípulos, sedientos de la verdad que encerraban Sus logos y palabras, le pidieron que les explicara el sentido más profundo de su mensaje.

El sembrador

La conclusión que podemos extraer de esta parábola es que el sembrador se identifica con la misma Persona de nuestro Señor Jesús Cristo. Con toda Su obra y enseñanza, Él es quien ofrece las semillas del mensaje evangélico, bajo las condiciones necesarias para que produzcan una cosecha espiritual abundante y rica.

Los sucesores de esta siembra divina son los Apóstoles, los Santos Padres, los predicadores y los maestros de la Iglesia.
Así lo afirma el apóstol Pablo: “Él dio a unos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, para la edificación del Cuerpo de Cristo.”

La semilla

Sin duda alguna, la semilla espiritual que se ofrece es excelente en su calidad: la mejor y la más elevada de todas. Esto se debe a que su procedencia es divina; su dinamismo eleva al hombre a las alturas espirituales y lo hace digno de una vida orientada hacia la eternidad.

Las enseñanzas humanas, las teorías y las ideologías que surgen en distintas épocas pueden contener, en algunos casos, cierta luz, pero son débiles y pasajeras. Esas luces, por sí solas, no iluminan realmente el camino del hombre: lo dejan a la deriva, entre pesadillas, crisis dolorosas, fracasos desastrosos y un profundo empobrecimiento espiritual. Todo esto refleja la trágica realidad que hoy vive la humanidad.

Conviene recordar que el logos de Dios “se siembra” en el interior del hombre de distintas maneras. Sin embargo, la semilla no germina en todas partes. No debemos buscar la causa ni en las intenciones del sembrador ni en la calidad de la semilla, sino en el terreno que la recibe.
En otras palabras, debemos examinar cómo responde cada persona al Evangelio de Cristo y cuál es la calidad de la tierra —del corazón— en cada uno de nosotros.

Las tres categorías de tierra que describe la parábola reflejan nuestras actitudes interiores y disposiciones espirituales ante la verdad eterna de la Iglesia Ortodoxa.
A veces, por negligencia o imprudencia; otras, por frivolidad; y otras, por la debilidad de arrancar de raíz los pazos (pasiones, vicios) que anidan en el corazón y obstaculizan la entrada de la divina jaris (gracia, energía increada) en nuestro interior, impedimos la fructificación del divino logos en nosotros mismos.

Queridos hermanos,
la parábola que hoy nos presenta el Evangelio es una llamada al despertar espiritual, una invitación a corresponder a la gran oferta de nuestro Señor.
Esta respuesta nuestra nos concede la capacidad de hacer fructificar en nuestra psique-alma la semilla de la alegría resucitadora, que transforma al hombre y lo hace digno de poseer valores y fuerzas eternas.

Volvámonos, pues, hacia nosotros mismos, y hagámonos “tierra buena y fértil”, para que nuestra existencia dé fruto y manifieste la verdad del Evangelio en toda su plenitud.

Jristakis Efstazíu, Teólogo — Iglesia de Chipre
Traducido por: χΧ jJ — logosortodoxo.es/

 

 

Sobre la Conducta Excelente, San Gregorio Palamás

Sobre la Conducta Excelente

San Gregorio Palamás

Homilía Basada en el versículo 6:31: “Y así como queréis que los hombres os hagan, haced vosotros con ellos de la misma manera” (Domingo II de Lucas [Lc 6,32–36]).

 

Aquel que formó con especial cuidado nuestros corazones, que observa todas nuestras obras, como dice el salmista: “Desde su morada preparada observa a todos los habitantes de la tierra; Él, que formó los corazones de todos, comprende todas sus obras” (Sal 32,15), Desde su majestuosa y firmemente establecida morada celestial, Él dirigió su mirada que todo lo abarca hacia todos los habitantes de la tierra, y observa a cada uno de ellos y todas sus obras. Los observa de un modo infalible Aquel que, sin ayuda de nadie, formó sus corazones, y que comprende sus acciones en toda su profundidad y amplitud, conociendo incluso los secretos motivos de los que proceden. Aquel que se manifestó en la carne y se dignó ser nuestro maestro, ahora, al recrearnos —ya que nos habíamos corrompido—, nos pide aquello mismo que, al crearnos, había sembrado originariamente en nuestras psiques-almas.
Porque en el principio, Él nos formó de modo acorde con la enseñanza futura, y después nos entrega una enseñanza que corresponde a aquella primera creación, sin hacer otra cosa que rectificar y purificar la belleza de su criatura, la cual había sido oscurecida por la entrada del pecado.

Esto se muestra más claramente en el pasaje evangélico que hoy se lee y se nos propone para explicación. Dice: “Y así como queréis que los hombres os hagan, haced vosotros con ellos de la misma manera” (Lc 6,31)

Con razón había predicho el profeta Isaías: “Su firme decisión de castigar el mal y recompensar el bien la llevará a cabo en toda la tierra habitada” (Is 10,23),

Porque en esta sola y breve sentencia incluyó toda virtud, todo mandamiento y casi toda buena acción y disposición del alma. Por eso, según el evangelista Mateo, después de haber dicho esto el Señor añadió: «Porque esta es la ley y los profetas (es decir, en esencia y resumidamente, amar al prójimo como a uno mismo)» [Mt 7,12: «Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, hacedlas también vosotros con ellos; porque ésta es la ley y los profetas (esto es, en resumen, amar al prójimo como a uno mismo)»].

En efecto, resumiendo en otro lugar, dijo que toda la Ley y los Profetas dependen de dos mandamientos: del amor a Dios y del amor al prójimo [Mt 22,40: «De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas»].

Pero ahora ha reducido todo a uno solo, comprendiendo no sólo la justicia conforme a la Ley y a los Profetas, sino también toda forma de beneficencia entre los hombres. Porque ahora no legisla sólo para un único pueblo, sino para todo el universo; más aún, para todos los que se han acercado a Él por la fe, de entre todas las naciones que hay bajo el cielo.

Y no solo lo incluye todo, sino que muestra además que cada uno de los mandamientos que Él nos dio está impreso en nosotros por naturaleza.
Precisamente esto es lo que nos enseña Santiago, el hermano del Señor, cuando dice: “Por lo cual, desechando de vuestras psiques-almas toda inmundicia, vicio y abundancia de malicia, recibid con magnanimidad y apacibilidad el logos evangélico implantado en vosotros por Jesús Cristo, el cual solo puede psicoterapiar, redimir  y salvar vuestras psiques-almas” (Sant 1,21) [Arrojad lejos de vuestras almas, como un vestido impuro, toda suciedad y contaminación moral, y todo exceso en vuestros pensamientos, palabras y obras, lo cual, por ser exceso, proviene de la malicia; y recibid con mansedumbre el logos evangélico que fue plantada en vosotros por vuestra regeneración en Cristo y que tiene poder para salvar vuestras almas.]

Esto mismo también lo anunció previamente Dios por medio de Jeremías, diciendo: «He aquí que vienen días, dice el Señor, y haré con la casa de Israel y con la casa de Judá una alianza nueva;
no según la alianza que hice con sus padres el día en que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto, porque ellos no permanecieron en mi alianza, y yo los desatendí, dice el Señor. Porque ésta es mi alianza que estableceré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: pondré mis leyes en su mente y las escribiré en sus corazones, y seré para ellos Dios, y ellos serán para mí pueblo»
(Jer 38,31-33 [=Jer 31,31-33 LXX]), [: «He aquí que vienen días, dice el Señor, y estableceré con la casa de Israel y con la casa de Judá —con el nuevo Israel de la jaris-gracia— una nueva alianza. Esta nueva alianza no será como aquella que hice con los antepasados del antiguo Israel y de Judá el día en que los tomé de la mano para sacarlos libres de la tierra de Egipto. Aquella alianza será anulada, porque ellos no permanecieron fieles a mi pacto; por eso también Yo los desatendí, dice el Señor. Porque esta es la nueva alianza que haré con la casa del nuevo y espiritual Israel después de aquellos días, dice el Señor: pondré mis leyes de manera que sean comprendidas y aceptadas en su mente, y las escribiré no en tablas de piedra, sino en lo más profundo de sus corazones; y seré para ellos Dios, y ellos serán para Mí pueblo escogido»]

Porque el querer algo conscientemente es una propiedad de la mente.
Y puesto que, en esta ley natural implantada, el Señor mostró ahora inscritos todos los preceptos evangélicos, manda y legisla que vivamos conforme a ellos; porque ha infundido en nuestra naturaleza el conocimiento de lo que debe hacerse, por ser Él bueno y amigo del hombre.

Y no sólo mostró el Señor como innato cada mandamiento evangélico mediante esta exhortación principal al decir: «Y como queréis que los hombres hagan con vosotros, haced también vosotros con ellos de la misma manera», sino que también lo mostró como justo y fácil, provechoso y comprensible para todos, y evidente por sí mismo.

¿Pues qué? ¿No sabes que encolerizarte contra tu hermano y ultrajarlo, y especialmente sin causa, es algo malo? ¿Y cómo tú no quieres sufrir de él ira o insulto, y ni siquiera llegas a esta conclusión tras reflexión,
sino que inmediatamente te molestas por la ira y la injuria dirigidas contra ti, y las evitas de toda manera, porque no las soportas, sin duda por considerarlas malas, ilícitas e inconvenientes?

Así también consideras la mirada lasciva o curiosa hacia tu esposa por parte de otro; así también consideras no sólo la mentira dicha contra ti, sino también la dicha hacia ti por cualquiera.
Y, en general, tenemos esta misma disposición respecto a todas las cosas prohibidas por el mandamiento evangélico.

¿Qué debemos decir de las acciones pecaminosas que ya estaban prohibidas por la antigua Ley: el homicidio, el adulterio, el perjurio, la injusticia y las semejantes? Y asimismo de las virtudes contrarias a éstas, ¿y cómo apreciamos a aquellos que las practican en nuestro favor? ¿Ves que conoces cada una de las virtudes y juzgas que son justas y provechosas? ¿Y no sólo eso, sino también que son fáciles? Porque, de otro modo, no considerarías muy reprochable a quien se enoja contra ti, o miente, o trama algo contra ti, si pensases que es difícil o imposible abstenerse de cada una de estas cosas.

No debe suceder, por tanto, que cuando tú eres maltratado por otro -injuriado, engañado o perjudicado, juzgues rectamente, pero cuando tú mismo injurias, haces injusticia o intentas engañar a tu prójimo, juzgues sin emitir el mismo juicio acerca de las mismas cosas. Sino que, como juez sobrio, las cosas malas que no quieres padecer de otro, en modo alguno las hagas tú tampoco al otro; y las cosas buenas que deseas que te sean hechas por otro, haz tú también esas mismas hacia él.

Pides algo a alguien -quizá ayuda o alguna otra necesidad- y deseas sin duda recibirlo, porque lo consideras bueno. ¿Por qué no, entonces?
Así pues, cuando otro te pide algo, apresúrate a mostrarte semejante, y considera bueno y obra de tal modo que también él reciba de ti.

Pero ¿y si aquel te pide algo más de lo que tienes? Muestra, con lo que posees, que aunque tuvieras más, se lo darías; «porque si existe la buena voluntad -dice Pablo-, es aceptada según lo que uno tiene, no según lo que no tiene» [2 Cor 8,11ss: «Ahora, pues, completad también el hacer, de modo que, así como hubo la prontitud de querer, así también haya el cumplimiento según lo que tengáis»].

¿Quieres ser amado por todos, obtener perdón y consideras pesada e insoportable la censura, especialmente cuando has faltado poco?
Ama, pues, tú también a todos, concede de buen grado el perdón, abstente del juicio malo, viendo de algún modo en cada hombre a ti mismo, y así decidiendo, y así disponiéndote, y así actuando.

«Porque esta es la voluntad de Dios: que con vuestro ejemplo haciendo bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres insensatos que os critican y juzgan sin conocer quiénes sois» [1 Pe 2,15], es decir, de aquellos que están entre nosotros y nos odian sin causa, y que no quieren conceder a otros aquello mismo que desean recibir de otros.

En verdad, ¿cómo no es insensato quien, teniendo la misma naturaleza, no quiere lo mismo ni emite el mismo juicio, aunque en nosotros existen naturalmente tanto este juicio como esta voluntad?
Porque todos, por nuestra naturaleza, somos movidos espontáneamente hacia el deseo de ser amados y beneficiados por todos, así como también por nosotros mismos.
Por consiguiente, también la voluntad de hacer el bien y de estar bien dispuestos hacia todos, como lo estamos hacia nosotros mismos, está implantada en nosotros por naturaleza. Y esto, porque todos hemos sido hechos a imagen de Dios; pero, como el pecado penetró y se multiplicó, no extinguió, en verdad, el amor de cada uno hacia sí mismo —pues en nada se opone a aquel—, sino que el amor entre nosotros, como cima de las virtudes, lo enfrió, lo alteró y lo corrompió.

Por eso, Aquel que renueva nuestra naturaleza y la llama de nuevo a la gracia de su imagen, dando Sus leyes, según el logos profético, en nuestros corazones [Jer 38,33 (LXX = Jer 31,33)], dice: «Y como queréis que los hombres hagan con vosotros, haced también vosotros con ellos de la misma manera» [Lc 6,31]; y también: «Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué gracia tenéis? Pues también los pecadores prestan a los pecadores para recibir otro tanto» [Lc 6,34].

Aquí llama “pecadores” a aquellos que no llevan Su nombre y a los que no conducen su vida conforme a su Evangelio, pues los incluye a todos bajo un solo nombre, mostrando con esto que no hay provecho alguno en ser llamados cristianos si con nuestras obras no nos diferenciamos de los gentiles. Así como decía el gran Pablo a los judíos: «La circuncisión ciertamente es útil, si cumples la ley; pero si no la cumples, da igual que estés circuncidado o no lo estés» [Rom 2,25], es decir, que, aunque estés circuncidado, esto no te aprovecha en nada. Porque la circuncisión tiene valor si guardas los preceptos de la Ley; pero si eres transgresor de la Ley, tu circuncisión pierde todo valor ante Dios y viene a ser como la incircuncisión; y, por tanto, tú también eres como si no estuvieras circuncidado.

Así también ahora Cristo nos dice a nosotros por medio del Evangelio que:
«Para vosotros, los míos, habrá gracia junto a mí si guardáis mis mandamientos; pero si realizáis las obras de los pecadores y nada más —amando a los que os aman y haciendo el bien a quienes os hacen el bien—, no tendréis por ello ninguna confianza ni libertad de palabra ante mí». Y: «Comportaos y tratad a los hombres como queréis que ellos se comporten y os traten a vosotros. Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué clase de gracia es la vuestra y la recompensa que merecéis? Porque los pecadores también aman a quienes los aman. Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué clase de gracia es la vuestra y qué recompensa tendréis de Dios? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué clase de gracia es la vuestra y qué recompensa tendréis de Dios? También los pecadores dan prestado a los pecadores para recuperar lo mismo. Más bien, amad a vuestros enemigos, y haced bien, y dad prestado no esperando nada, y vuestro salario será grande, y seréis hijos del Altísimo en la realeza increada de los cielos, porque Él es bondadoso incluso hacia los ingratos y malvados. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso hacia todos. No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados. Perdonad, y seréis perdonados. Dad con alegría a los necesitados, y se os dará por parte de Dios una buena medida, rellena y rebosante; porque con la medida con que medís seréis medidos y recompensados también vosotros de Dios» (Luc 6, 31-38).

Y no dice tales cosas para apartar a quienes aman de amar, ni a quienes hacen el bien de seguir haciéndolo, ni tampoco para impedir que presten a aquellos de quienes van a recibir de nuevo lo mismo; sino que presenta cada una de estas obras como carente de recompensa, porque reciben ya aquí su retribución y no aportan ninguna gracia al alma, ni la purifican de la mancha del pecado impresa en ella. Por tanto, si tales obras están presentes, no traen al alma ningún provecho ni gracia a modo de recompensa contraria; si, en cambio, están ausentes, ocasionan mucha censura y daño. Pues quienes no aman siquiera a los que los aman y los cuidan son peores que los publicanos y los pecadores; y, con cuánta mayor razón, aquellos que a sus bienhechores les devuelven lo contrario, con obras o con palabras.

Tales son, en efecto, también los que se enfurecen contra los gobernantes de la ciudad, los cuales precisamente se preocupan cada día con gran solicitud por ellos; los que no muestran el debido favor hacia los reyes establecidos por Dios; los que no se humillan bajo la poderosa mano de Dios, sino que desobedecen a la Iglesia de Cristo y se irritan en vano contra los pastores de la Iglesia, quienes se interesan por ellos y desean, oran y obran con todas sus fuerzas todo bien y toda utilidad para ellos.

Y asimismo, aquellos que no quieren prestar a quienes prometen devolver lo mismo en el tiempo convenido, mientras exigen intereses, y aun elevados, y sin ellos no permiten siquiera que se manifieste el capital o el dinero, son casi impíos y peores que los pecadores, pues no obedecen ni a la Antigua Ley ni al Nuevo Testamento.

La Nueva Alianza, en efecto, exhorta a prestar incluso a quienes no hay esperanza de recibir de ellos de nuevo como préstamo: «Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué gracia tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir otro tanto» (Lc. 6,34); y la Ley dice: «No darás tu dinero con interés, ni tus alimentos con ganancia» [Lev. 25,37]; y también: «No prestarás a tu hermano con interés, ni por dinero ni por alimentos ni por cosa alguna que se preste con interés» [Deut. 23,20].

Y alaba: «No dio su dinero con usura ni aceptó sobornos contra el inocente. El que hace estas cosas no se moverá jamás» [Sal. 14(15),5]; es decir, el hombre que nunca explotó al pobre en su necesidad, sino que prestó su dinero sin cobrar interés, y que jamás aceptó sobornos para perjudicar y cometer injusticia contra los inocentes, ese tal permanecerá eternamente inconmovible e inquebrantable en medio de toda afrenta y de cualquier peligro.

Y además recomienda apartarse de la ciudad en cuyas plazas —es decir, públicamente— se conciertan préstamos con interés y engaño: «Día y noche la rodean sobre sus muros, y dentro de ella hay injusticia y fatiga; en sus plazas no cesan la usura y el dolo» [Sal. 54(55),11-12]; Día y noche la iniquidad la rodea y da vueltas alrededor de sus murallas, como si fuera un ejército enemigo que la sitia; mientras tanto, en el interior y en el corazón mismo de la ciudad reinan la transgresión de la ley, la opresión de los pacíficos, su explotación y toda clase de injusticia. Y no han desaparecido de sus plazas la usura y el engaño, que se practican abiertamente y sin vergüenza).

¿Veis, pues, que el usurero no sólo priva a su propia alma, sino también a la ciudad, de su gloria? Porque le atribuye la acusación de inhumanidad y la perjudica gravemente en su conjunto.
Pues, siendo ciudadano de ella y habiendo adquirido de ella cuanto posee, no usa sus bienes en favor de la misma; a los que no tienen, no quiere prestarles, y a los que tienen, aunque poco, les da con interés, de modo que junto con el artificio les arrebata también aquel poco dinero que poseen.

Por eso, evidentemente, el profeta une el interés con el engaño, diciendo: «He aquí, me alejé huyendo, y habité en el desierto. Hunde, Señor, y divide sus lenguas, porque he visto iniquidad y contradicción en la ciudad; y no ha faltado de sus plazas la usura y el engaño». Es decir: “Si realmente tuviera tales alas, me alejaría huyendo de los enemigos que me acechan, y moraría al aire libre, en lugar desierto. Húndelos, Señor, como en el fondo del mar, junto con sus lenguas calumniadoras, y trae división y completa confusión entre ellos, para que se disuelva su criminal acuerdo en el mal. Porque ellos, con sus calumnias, corrompieron la ciudad, y veo que en ella prevalecen la ilegalidad, la violación de las leyes, la discordia y los conflictos provenientes de la contradicción. Y no ha desaparecido de sus plazas la usura y el fraude, que se practican abiertamente y sin pudor. [Salmo 54,8–12].

El usurero, pues, se apresura a enriquecerse, no tanto con dinero como con pecados, destruyendo tanto su riqueza como el alma del que presta; porque los intereses son como crías de víboras que anidan en el seno de los avaros y anuncian que no escaparán a los gusanos que no duermen y que están preparados para el siglo venidero.

Y si alguno de ellos dice: «Ya que no me permites recibir intereses, guardaré conmigo el dinero que me sobra y no lo ofreceré a quienes necesitan un préstamo», sepa que tiene en su seno las madres de las víboras, que se convertirán también en madres de aquellos gusanos que no duermen.

Por todo esto, el Señor, queriendo apartarnos con seguridad de tales males, ordena que amemos y hagamos el bien incluso a los enemigos, y que prestemos a quienes no tienen con qué devolver, sin desesperar; porque dice: «Más bien, amad a vuestros enemigos, y haced bien, y dad prestado no esperando nada, y vuestro salario será grande, y seréis hijos del Altísimo en la realeza increada de los cielos, porque Él es bondadoso incluso hacia los ingratos y malvados» (Lucas 6,35).

“No pienses”, dice, “que porque haces el bien a quienes te hacen mal, y das a quienes no te devuelven lo que les prestaste, perderás lo tuyo; porque el tiempo presente es el de la siembra de la beneficencia, y el tiempo del justo segar será el siglo futuro.”
No te desesperes, pues, por el intervalo establecido entre la siembra y la siega, sino sabe que recogerás tus bienes multiplicados, así como los que obran el mal aquí recogerán sus males. Porque lo que cada uno siembra aquí, eso mismo segará allá, pero con gran incremento.

Si, pues, con tus obras asemejas a ti mismo al Hijo de Dios, y muestras que eres bondadoso con todos, así como Él es bondadoso con todos, allí recibirás con abundancia también la semejanza con Él, siendo revestido de la luz increada de la doxa-gloria del Altísimo y viviendo eternamente con aquellos entre los cuales estará Cristo Dios en medio de dioses, como dice el Salmo: «Dios se puso en la asamblea de los dioses, y en medio de ellos juzgará a los dioses» (81,1) es decir, el Dios que se situó en medio de los jueces y gobernantes —a quienes estableció como Sus representantes y revistió de autoridad divina para impartir justicia—, en medio de ellos, pues, ocupará el lugar que le corresponde y juzgará a los que ejercen la autoridad divina.

Así, repartirá los honores de la bienaventuranza y felicidad eterna; porque esto es lo que indicó con la añadidura: «Y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y los malvados» (Lucas 6,35); es decir, Y seréis en la Βασιλεία (Vasilía: realeza increada) de los cielos, por χάρις (gracia, energía increada) hijos del Altísimo Dios, a quien os asemejaréis espiritualmente. Porque Él también es benefactor y útil para los hombres que muestran ingratitud frente a sus múltiples beneficencias, y que no tienen buena disposición ni buena intención, sino que son malvados.

Por eso, el Hijo de Dios descendió a la tierra, habiendo inclinado los cielos, y se hizo Hijo del Hombre, y dijo y obró estas cosas, y finalmente murió por nosotros, resucitó y nuevamente ascendió a los cielos, para hacernos celestiales, inmortales e hijos de Dios.

Así que cuanto ahora nos exige -amar a los enemigos, hacer el bien, prestar a los que no tienen con qué devolver- no sólo es adecuado y beneficioso para nosotros, como se ha demostrado previamente, sino que también es pequeño comparado con lo que Él nos da. Porque Él mismo se entregó por nosotros, que no sólo no teníamos nada con qué corresponder, sino que previamente nos mostramos ingratos y malvados con muchas acciones; y nos exhorta a prestar de lo superfluo y a hacer el bien con lo que poseemos.

¿Qué y cuánto? Por estas pequeñas cosas Él devuelve la semejanza a Sí mismo, la adopción suprema y las recompensas celestiales, diciendo:
«Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso» [Lc. 6,36] y «Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto» [Mt. 5,48].

Con Él y con el Espíritu Santo sea gloria por los siglos de los siglos. Amén.

(Gregorio Palamás, ediciones patrísticas «Gregorio Palamás» (EPE), editorial «To Byzantion», Tesalónica 1986, tomo 11, pp. 67–85.)

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

Test, prueba a Patriarcas, Arzobispos, Metropolitanos y demás teólogos

Test, prueba a Patriarcas, Arzobispos, Metropolitanos y demás teólogos

¡Confianza en todos, pero… hasta que se demuestre lo contrario!

«Y vuestro logos que sea sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de maligno astuto procede…para que no caigáis en hipocresía y condenación» (Mt 5,37 · Snt  5,17).

Existe una pregunta crucial que, si se formula, penetra como una espada en lo más profundo del corazón y revela desde el principio, con absoluta claridad, la disposición interior y la mentalidad y conducta de un cristiano ortodoxo, y también si eres… “tibio, y no frío ni caliente” (Apocalipsis 3,16), especialmente de un jerarca, es decir, de aquel que debe estar impregnado del espíritu de la Parádosis-Tradición eclesiástica y Patrística Ortodoxa.

¿Cuál podría ser esta pregunta?

Supongamos que un cristiano ortodoxo dirige pública y directamente a un jerarca la siguiente pregunta:
«Su Eminencia, ¿existe otra Iglesia aparte de la Una, Santa, Católica y Apostólica, la Iglesia Ortodoxa?»
¡He aquí el gran desafío! ¡He aquí la demostración! ¡He aquí la hora del “juicio”!

¿Cuál será, en primer lugar, su reacción? ¿Y qué espera escuchar el que pregunta?
Se entiende que el pastor, el obispo, el guardián del rebaño y de los límites de la verdad eclesiástica, el padre de la Iglesia, tiene un deber profundo: debe responder en tal caso obligatoria y evidentemente según el Evangelio: «Sea vuestro sí, sí, y vuestro no, no, …para que no caigáis en hipocresía» (Mt 5,37 · Snt  5,17).

Es decir, ¡con un “sí” o con un “no”!

Hoy en día, esta es una pregunta–desafío para el acercamiento, la confianza, la comunicación y la cooperación en la Verdad y en el Amor entre los fieles y la Iglesia dirigente. Es el punto crucial para una cooperación plena y en Cristo con el obispo, con todo guía espiritual y teólogo, y para la aceptación de sus palabras y de sus obras.

Hoy el ecumenismo, el cristianismo antropocéntrico, la concepción mundanizada de la verdad en Cristo, lo nivelan todo, ayudados por la confusión general, los disturbios mundiales y las maquinaciones de los depredadores del planeta.
Por eso, esta pregunta, con su correspondiente respuesta, resulta decisiva para el vínculo estrecho y fraternal entre el cuerpo de la Iglesia y sus pastores.

Existen al menos cuatro posibles reacciones ante esta pregunta:

  1. Que el interpelado no acepte la pregunta y la desprecie, desviando la conversación hacia otro tema o despidiendo groseramente al que preguntó, tildándolo de extremista, orgulloso, inhumano u otro calificativo semejante.
  2. Que el que pregunta no escuche ni un “sí” ni un “no”, y el jerarca comience la “conversación” con frases como: «Mira, déjame explicarte…», procurando eludir la respuesta. En tal caso, lo mejor y más seguro para ambos es que el fiel se retire discretamente y sin demora.
  3. Si escucha un “sí”, un “por supuesto”, expresado con seguridad, entonces debe marcharse inmediatamente, diciendo simplemente: «Gracias, que le vaya bien».
  4. Si, en cambio, escucha un claro “no”, entonces se arrodillará humildemente a los pies del jerarca, hará una profunda reverencia y le agradecerá con gratitud desde lo más hondo del corazón, besándole las manos y los pies.

Sí, a tal punto ha llegado la situación. Y no debe considerarse esta escena hipotética como un juego o una ironía: es la verdad. Y por eso, aunque se escuchan innumerables sermones y se escriben libros sobre miles de temas, esta cuestión casi nunca se aborda confesionalmente, sino solo por unos pocos.

Los hechos ocurridos y que siguen ocurriendo en la Iglesia pueden mostrar esta distorsión y convertir la cuestión en un punto firme e inamovible. No hace falta enumerarlos, pues las omisiones que resultarían, debido a su incontable número y a la multitud de personas implicadas, acabarían perjudicando la verdad.

Aquellos ecumenistas que ocupan puestos de autoridad en la Iglesia deben recordar que el patrimonio de la Iglesia es Su Verdad, y esta es herencia común de todos los cristianos ortodoxos bautizados. Es una propiedad indivisa; y cuando uno la ataca y los demás callan, la responsabilidad se comparte por igual.

Cada bautizado tiene el derecho y el deber de clamar ante vosotros:
«¡Señor, la Verdad es tan tuya como mía!»
Y esta posición de los pastores resulta aún más trágica cuando no hablan. Ante la ofensa a la Verdad no cabe decir: «Yo no lo dije» o «Yo no lo hice». Si alguien lo dijo o lo hizo, y nosotros lo vimos sin reaccionar, aunque fuera herejía o engaño, nuestra responsabilidad es la misma, quizá incluso mayor. Así ha vivido la Iglesia a lo largo de los siglos.

Y si el corazón de algunos se ha cargado de “sueños modernizadores” de una noche sin luna ni estrellas, y no quieren oír nada sobre la Santa Parádosis-Tradición* y los sagrados cánones —porque ellos mismos han fabricado sus propios “cañones”, prestados de un Occidente tambaleante, y bombardean la Verdad en nombre de Aquel en cuyo nombre fueron ordenados—, entonces que dejen “armas, cascos y cartucheras” y se dirijan al lugar de su μετάνοια metania y arrepentimiento. (* https://logosortodoxo.es/teologia-ortodoxa/santa-tradicion-de-la-una-santa-iglesia-catolica-apostolica-ortodoxa/)

Y que no se elogien unos a otros por su mutua falsa autoafirmación, sino que busquen, en metania y arrepentimiento, solo la confirmación en Cristo.

«Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te voy a vomitar de mi boca», [te reprobaré y te cortaré de mi Iglesia] (Apocalipsis 3:16).

Sávas Iliádis, Maestro, en Kilkís, 18 de junio de 2020  (Fuente: http://aktines.blogspot.com/2020/06/blog-post_793.html#more)
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

La verdadera humildad es un regalo de Dios, San Paísios

La verdadera humildad es un regalo de Dios.

Enseñanzas Patrísticas, San Paísios

 

«Por lo tanto, bajo la poderosa mano de Dios, para que Él os exalte a su debido tiempo.» Por tanto, humíllense, haceos humildes, bajo la poderosa mano de Dios, para que os ensalce a su debido tiempo, durante Su Segunda Parusía-Presencia» (1 Pedro 5:6).

¡Qué grande es la virtud de la humildad! Ella te reconcilia con el mismo Dios, porque a los humildes les da Χάρις (Jaris: gracia, energía increada). Dice el divino Crisóstomo: «La humildad es la madre de los bienes, de la cual se dijo que es el principio y el fin de la virtud.»

«No hay nada como la humildad. Por eso, Cristo comenzó las bienaventuranzas con esta virtud (Mateo 5:3). Porque, así como para edificar una gran construcción, se coloca primero la piedra fundamental y la cimentación, Cristo colocó primero la humildad. Porque es imposible salvarse sin ella. Pero, aunque alguien ayune, ore y haga limosnas ostentosamente, todo eso es despreciable cuando falta la humildad.» El Santo Porfirio nos asegura: «Te ha dado muchos carismas Dios. Te ha adornado con regalos raros. ¿Lo sientes? Agradécele continuamente y humíllate en Su Agapi-Amor.

Pídele a Dios que te envíe la santa humildad. No la que dice: ‘Soy el último, soy insignificante.’ Esa es una humildad satánica. La santa humildad es un don de Dios. ¿Escuchas? Un regalo, un carisma. No es el resultado de nuestros esfuerzos. Tú prepárate, y pide a Dios este santo regalo. No digas: ‘Tengo este defecto, lo ofrezco a Dios.’ Nada de eso. Tú, lucha, agota a tu propio ser, y lo demás es obra de Dios. Tú lucha para entrar desde aquí en la Increada Iglesia de Dios.»

Del libro «Recipiente Elegido» (San Paísios), del Hieromonje Jristódulos de Monte Athos, citamos un ejemplo de un pensamiento humilde:

«Un hermano, …, un día tomó a algunos alumnos de la escuela Athoniada en Athos y empezaron a bajar hacia la celda del Yérontas Paísios. El hermano aconsejaba a lo largo del camino a los jóvenes sobre cómo, uno tras otro, preguntar acerca de diferentes temas, para que pudieran beneficiarse espiritualmente. Cuando llegaron, el Yérontas, alegre, los invitó a beber y se sentó con ellos para conversar. En un momento, los alumnos le preguntaron qué debían cuidar más para progresar espiritualmente, y él les dijo:

– Vi que Dios solo se complace en el hombre humilde, y lo que entendí un poco por mi experiencia es que lo que ayuda a progresar y recibir la Χάρις (Jaris: gracia, energía increada) es tener siempre pensamientos buenos y humildes. Les daré un ejemplo para que comprendan cómo la Χάρις Jaris obra donde hay un pensamiento humilde:

Hace algunos años, durante la vigilia de la Fiesta de la Entrada al Templo de la Madre de Dios, un hermano seguía con mucha devoción el servicio en un monasterio del Monte Athos. En el momento de los himnos, todos los hermanos, uno tras otro, iban a venerar la icona-imagen de la Virgen y luego se quedaban frente al sacerdote, quien los ungía con el aceite que previamente había tomado de la lámpara de la Virgen. Sin embargo, el joven devoto tenía pensamientos humildes y se sentía indigno de ser ungido. Debido a su gran humildad, ni siquiera se atrevió a mostrarse ante los santos hermanos, tal como los sentía. Así que no fue a ser ungido. Cuando terminó el servicio y mientras el eclesiástico apagaba las lámparas, apareció tímidamente para besar la icona-imagen de la Virgen y retirarse. En el momento en que veneraba con gran devoción su icona, la lámpara se inclinó y derramó el aceite suavemente sobre su cabeza. Lo más impresionante fue que ni una sola gota cayó sobre otra parte de su cuerpo o sus ropas. La mayor prueba de que en ese momento la Virgen lo ungió fue la inexpresable alegría y el gozo, así como el estado espiritual en el que el joven devoto entró, el cual no puede ser explicado con la lógica. ¿Ven cómo el pensamiento humilde atrae la Divina Χάρις Jaris?

Los alumnos miraban sorprendidos al Yérontas Paísios, y cuando más tarde se alejaron de su celda, todos a una voz confesaban que en ese momento, cuando él narraba el acontecimiento, su rostro brillaba de una manera extraña. Todos los niños notaron esto y durante mucho tiempo contaron el maravilloso hecho de cómo se transformó el rostro del anciano en el momento en que les hablaba de este suceso, y la común confesión era que esto seguramente ocurrió cuando el mismo yérontas era joven, porque cuando lo narraba parecía como si lo estuviera viviendo él mismo, pero su rostro también lo delataba.»

Fuente: https://hristospanagia3.blogspot.com/2025/10/blog-post_679.html#more

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/