a) La Sabiduría Hipostática sobre las olas y, b) La travesía segura, A. Mitilineos

a) La Sabiduría Hipostática (Substancial) sobre las olas y, b) La travesía segura

Domingo IX de Mateo 14:22-34 – P. Atanasio Mitilineos

Jesús camina sobre las aguas, 14:22-36.

22 Seguidamente obligó a los discípulos a subir a la barca, para que fueran delante de Él a la orilla opuesta, mientras despedía a las multitudes. (Esto lo hizo para que no sean arrastrados y engañados los discípulos por el entusiasmo ferviente de esta gente que querían proclamarle como rey).

23 Y luego de despedir a las multitudes subió al monte a orar en privado, y al anochecer estaba allí solo.

24 Cuando la barca estaba ya en medio del mar, era zarandeada por las olas, porque el viento le era contrario.

25 Y hacia las tres de la madrugada, vino Jesús hacia ellos andando sobre el mar,

26 pero cuando los discípulos lo vieron andando sobre el mar, se turbaron, y dijeron: ¡Es un fantasma! Y comenzaron a gritar de miedo.

27 Pero enseguida les habló, diciendo: ¡Tened ánimo, yoSoy, no temáis!

28 Pedro entonces, respondiéndole, dijo: Señor, si eres Tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas.

29 Él dijo: ¡Ven! Y bajando de la barca, Pedro anduvo sobre las aguas y fue hacia Jesús.

30 Pero al ver el viento fuerte, tuvo miedo, se tambaleó su fe y comenzó a hundirse, y gritó fuerte: ¡Señor, sálvame!

31 Al instante, Jesús extendiendo la mano, trabó de él, y le dice: ¡Falto de fe! ¿Por qué tambaleaste en tu fe y dudaste?

32 Y al subir ellos a la barca, el viento se calmó.

33 Y los que estaban en la barca se postraron ante él, diciendo: verdaderamente Tú eres el Hijo de Dios.

34 Y pasando a la otra orilla, llegaron a la región de Genesaret.

35 Y reconociéndolo los hombres de aquel lugar, lo notificaron a toda aquella comarca, y le trajeron todos los enfermos,

36 y le rogaban que les permita tan sólo tocar el borde de su manto; y cuantos lo tocaron, fueron sanados.

 

a) La Sabiduría Hipostática (Substancial) sobre las olas – P. Atanasio Mitilineos

Domingo IX de Mateo 14:22-34

Después de la multiplicación de los cinco mil, queridos míos, hecho que escuchamos el pasado domingo en la lectura evangélica, vemos que sigue un episodio extraordinariamente importante en sus conclusiones.

Mientras los discípulos repartían los trozos de pan al gentío, sentado en grupos sobre la hierba y recibiendo el alimento bendecido por el Señor, oían de la multitud, que admiraba aquel prodigioso milagro —la multiplicación de un alimento material— comentarios sobre lo grande que era el Maestro. El evangelista Juan señala: «Entonces los hombres, viendo la señal que Jesús había hecho, decían: Este es verdaderamente el profeta que había de venir al mundo». Es decir: «Este es aquel que esperábamos, el profeta; el gran profeta que Moisés había anunciado». Moisés había dicho: «El Señor Dios os enviará un gran profeta como yo», porque Moisés era figura de Jesús Cristo.

Al contemplar este milagro, la gente queda asombrada. Y, asombrados, dicen estas cosas a quienes repartían los trozos de pan: a los discípulos.

La intención, pues, de la multitud era proclamar allí mismo, en el desierto, a Jesús como rey. Tened en cuenta que los judíos estaban bajo la ocupación romana, y antes de la romana habían vivido cientos de años bajo ocupaciones extranjeras. Así, el anhelo nacional de liberación estaba ya maduro, y buscaban la ocasión propicia. Incluso habían reinterpretado las profecías sobre el gran milagro del Mesías para adaptarlas a la idea de una liberación política dentro de los límites y marcos de su independencia nacional.

Jesús conocía muy bien la intención de la multitud, así como la influencia que sobre sus discípulos habían ejercido los susurros de aquella gente. Por eso señala el evangelista Juan, aunque la lectura evangélica de hoy es de Mateo, Juan nos explica el fenómeno: «Jesús, sabiendo que iban a venir para llevárselo y hacerlo rey, se retiró de nuevo al monte él solo».

Dice: «iban a llevárselo» —fijaos en el verbo—, “arrebatarlo”, lo cual significa que su proclamación como rey iba a ser  Su voluntad.

Por eso el Señor se adelanta: a los discípulos, como nos dice Mateo, los obliga a subir a la barca, los obliga porque no querían separarse de Él, pero también porque ellos mismos sentían que allí, en aquel desierto, podía cumplirse alguna de las esperanzas nacionales. Así pues, los obliga, por la fuerza, a subir a la barca y esperarlo al otro lado. Él, solo, despide a las multitudes y sube a una altura, a un monte, para orar.

Así vemos aquí, queridos míos, que el Señor se separa de Sus discípulos. Quizás sea la primera vez que se separa de ellos. Y era necesario que así fuese: primero, para que comprendieran que estaban pidiendo cosas grandes y elevadas, pero permaneciendo únicamente en Su naturaleza humana, que es débil; y que sin Cristo en sus vidas, no podrían realizar nada.

¿Qué sucedió?
Cuando subieron a la barca —y el evangelista Juan nos dice que se habían alejado de la orilla del lago unos 25 a 30 estadios (el estadio equivale a 60 metros), es decir, aproximadamente una milla náutica, unos 1.800 metros si aceptamos la cifra de 30 estadios— entonces se levantó un viento fuerte que se abatió sobre el lago y agitó sus aguas de tal modo que aquellos experimentados pescadores se atemorizaron ante tan grande tempestad. Sentían que había llegado el final de sus vidas.

Y lo peor para ellos: no estaba con ellos Jesús. Los deja, pues, solos para que comprendan su debilidad, su fragilidad. Queridos míos, es algo muy importante que alguna vez, en una profunda autoconciencia, comprendamos que no somos nada sin Dios. Aquello que dijo el Señor: «Sin mí no podéis hacer nada» es verdadero.

Y este “nada” no significa solamente, como alguien podría decir, “construir mi casa o formar mi familia”. Ciertamente, también eso. Pero si el Señor concede esas cosas, aunque no lo invoquemos ni sintamos necesidad de Él, nos las concede por permisión, dentro de un marco natural. Creó al hombre, le dijo que creciera, se multiplicara y progresara en su vida. Y con base en esa bendición inicial, Dios concede estas cosas, tanto si el hombre se preocupa por Él como si no, por concesión suya.

Pero cuando es por bendición, donde realmente es imposible que el hombre tenga éxito sin Cristo, es en la salvación. Él mismo lo dijo: «Yo soy el camino». ¿Cómo irás, hombre, al Padre? ¿Cómo alcanzarás el conocimiento de Dios si no recorres el camino que se llama Jesús Cristo? ¿Si no caminas por la senda trillada de la naturaleza humana del Logos de Dios para conocer al desconocido Dios Logos, y al Padre, y al Espíritu Santo? Es imposible.

En verdad, es imposible alcanzar la salvación sin Jesús Cristo. Y si todo en la vida es importante, la salvación es lo máximo. Si alguien no alcanza la salvación, ¿qué ha logrado? Nada ha logrado.

Además, el Señor deja solos a los discípulos para darles una lección: que no pueden confiarse pensando que, por tener a Jesús con ellos, todo saldrá bien sin esfuerzo propio. Así, con la prueba de la tentación, es decir, la tempestad, agita las aguas del lago para despertar a los discípulos y que comprendan que deben luchar.

¿Luchar por qué? ¿Por salvar sus vidas dentro de la barca? No, no por eso. Sino por invocar al Señor. Y sentir que deben esforzarse en su vida para que Dios esté con ellos.

En tercer lugar, el Señor los deja luchar con las olas del lago para prepararlos para Su “ausencia”. Pongo la palabra “ausencia” entre comillas, porque el Señor está presente en todas partes. El Hijo de Dios encarnado, con Su naturaleza divina y humana, está en todas partes —digo “con Su naturaleza divina y humana” por la unión hipostática (substancial). Está, por tanto, presente en todas partes.

Así pues, es necesario que enseñe a los discípulos a sentir que el Señor está, ciertamente, en todas partes, pero sin verlo. Que sientan que viven y luchan “en ausencia” —entre comillas— del Señor. “El Señor se ha ido. Ha subido a los cielos. Y yo, ¿qué haré ahora aquí en la tierra?”. Porque de otro modo dirían: “El Señor está aquí en la tierra; haré lo que Él diga”.

Es necesario, entonces, que yo ponga en acción mi propio ser para ver qué puedo hacer aquí en la tierra. No debo confiarme. No debo permanecer así, sin más. Debo sentir que debo correr detrás de Su presencia, correr detrás de su χάρις (jaris: gracia, energía increada). Esa χάρις que antes me perseguía; ahora es tiempo de que yo la persiga a ella.

¿Por qué? Porque la he perdido. Aparente y superficialmente, la he perdido. He perdido la presencia de Cristo -aparentemente-.

Ya sabéis aquel juego del “corre que te pillo” que jugábamos de niños: aquel que perseguía a otro lo tocaba en la espalda y, en ese momento, el tocado se convertía en perseguidor.

Pues bien, permitidme esta imagen: ese mismo juego sucede entre el hombre y Dios. Dios es el primero que persigue al hombre. El hombre se transforma al sentir Su presencia. Y en cuanto el hombre experimenta la presencia de Dios… la pierde. Entonces nace en él la experiencia de buscar a Dios. Y es entonces cuando el hombre comienza a perseguir a Dios.

En este incesante “corre que te pillo” se forma la experiencia de la vida espiritual, la experiencia de Dios. Esto es lo que el Señor hace aquí: se “ausenta” para que lo busquen.

Y aún un cuarto punto. Los discípulos debían comprender que aquellos que albergan sentimientos y pensamientos orgullosos pierden la jaris de Dios. Y si son personas piadosas, entonces pierden la jaris de Dios de forma pedagógica: para que sientan su pobreza espiritual y vuelvan a buscarla. Pero si son impíos, entonces la pierden de forma condenatoria.

¿Cómo puede uno perder la χάρις de Dios? Siendo orgulloso. «Dios resiste a los soberbios». Decidme: ¿quién no ha sentido nunca pensamientos de orgullo? ¿Quién no ha tenido nunca sentimientos de soberbia u orgullo? Y eso sin dejar de ser, quizá, devoto. Sin embargo, Dios permite esta pérdida para decirte que sólo con la humildad conservarás Su χάρις, no con tu orgullo.

Cuando entramos en tribulaciones, queridos míos, debemos saber que hemos perdido la jaris de Dios. Los discípulos perdieron la presencia y cayeron en la tribulación de la tempestad. El hombre que vive en su orgullo se expone a muchas y diversas adversidades.

Lo habréis oído muchas veces —el pueblo lo intuye—: «Hoy nos hemos reído mucho, no vaya a ocurrirnos alguna desgracia, Dios nos libre». ¿Por qué unimos el habernos reído y alegrado mucho con que nos sobrevenga una desgracia? Hay dos razones.

La primera: la envidia del diablo. No soporta ver al hombre gozoso y viene entonces a golpearlo, con permiso de Dios.

La segunda: que en medio de nuestra alegría quizá hayamos dado entrada, por el éxito, a influencias de soberbia u orgullo; entonces Dios nos deja, nos abandona. Y cuando Dios se aparta, el diablo se acerca. Entonces llega la desgracia, llega —permitidme la expresión— la “bofetada”, el golpe.

¿Tuve hoy un éxito? Mañana tendré una dificultad. ¿Hoy me siento seguro? Mañana me sentiré inseguro. ¿Hoy siento mis pies firmes sobre el suelo? Mañana sentiré que el suelo tiembla.

Debemos entender esto. Y cuando lo meditamos y profundizamos en ello, es la pedagogía de Dios: hacernos comprender que no podemos mantenernos en pie sin Él y que necesitamos humildad. No debe existir orgullo.

El evangelista Juan anota también lo siguiente: «Y, subiendo a la barca, iban hacia la otra orilla del mar, a Cafarnaúm. Y ya había oscurecido, y Jesús aún no había venido a ellos».
Anocheció. Y Jesús no estaba con ellos.

El que tiene pensamientos vanidosos, como los discípulos cuando subieron a la barca —pensando que serían consejeros y ministros del rey Mesías que se iba a manifestar— se ve envuelto en una oscuridad de mente, espíritu y corazón. Es la oscuridad que provoca, en general, el pecado, y en especial, la soberbia u orgullo. Entonces, el hombre no ve. Jesús está con ellos, pero no lo ven. La jaris-gracia increada de Dios los rodea, pero no la sienten, porque existe la oscuridad mental y espiritual; aún no ha llegado la iluminación. Esta es la oscuridad de la que os hablo, la que generan los pensamientos y conductas vanidosas.

«Y el mar —dice el evangelista Juan—, agitado por un fuerte viento, se encrespaba».
También la creación se vuelve contra el hombre. Son esas situaciones en que todo parece ir en contra. ¿Os habéis fijado? Apenas nos ocurre algo adverso, enseguida viene otra cosa, y luego otra, como quien recibe golpes uno tras otro, sin pausa.

Entonces, el hombre dice: «Señor, Señor…», como los discípulos cuando vieron —y fue su último y mayor sobresalto— a Jesús caminando sobre las aguas, hacia las tres de la madrugada. Oscuridad, tempestad… y de pronto ven una figura y dicen: «¡Es un fantasma, es nuestro ángel! El ángel que ha venido aquí, no para salvarnos, sino para destruirnos».

Existía la creencia de que si uno veía a su ángel, moriría. «Ha llegado nuestra hora, vamos a morir, a ahogarnos aquí en el lago».
«Y, del miedo, gritaron». Los hombres que estaban en la barca, los discípulos, gritaron.

Son esas desgracias encadenadas que, al final, hacen que el hombre lance un clamor… y en medio de ese clamor oye:
«Tened ánimo, soy yo; no temáis». Es consolador, queridos míos, verdaderamente consolador, cuando el hombre escucha esta voz.

El texto sagrado de Mateo nos dice que, cuando el Señor subió a la barca, los discípulos, atónitos por todo lo que estaban viviendo, «le adoraron diciendo: verdaderamente eres Hijo de Dios».
Cayeron y lo adoraron, diciendo: «Eres verdaderamente Hijo de Dios».

Observad: sin artículo. Hijo de Dios, no “el Hijo” de Dios. Porque todavía no saben quién es Jesús.

La verdad, ¿Quién es Jesús? ¿Cuál es la identidad de Jesús? ¿Quién es Jesús?
Lo vieron los discípulos que lo siguieron, lo vieron las multitudes ante las que obró milagros, lo vieron las gentes que comieron pan de sus manos. Lo vio Pilato, lo vio Herodes. Lo vio Caifás, lo vio Anás. Lo vio Herodes y los herodianos, los fariseos y los escribas.
¿Quién es?
Queridos míos, abrid vuestros oídos y escuchad. Leo del libro de Job, capítulo 9, versículos 5-10. Habla Job. Y habla de Dios, del Señor del Antiguo Testamento, de Yahvé, el Señor. Y dice: “El que sacude la tierra bajo el cielo desde sus cimientos, y sus columnas se estremecen;
el que dice al sol que no salga, y sella las estrellas; el que extendió el cielo solo, y camina sobre las olas del mar como si fueran tierra firme; el que hace cosas grandes e insondables, obras gloriosas y maravillosas sin número.”

¿Quién es Jesús? Aquel a quien Job admira, alaba y teologiza. Él es Yahvé, el Señor, el Señor del Antiguo Testamento. Ese es. ¿Reconocisteis Su identidad? Es la Sabiduría hipostática (personificada, substanciada) que se encarnó y ahora camina sobre las olas.
Es asombroso.

Cuando dice: “YoSoY; no temáis”, ese “YoSoY” en el Antiguo Testamento lo pronuncia únicamente el Señor, el Señor de la doxa-gloria, Yahvé. Pues bien, ahora lo dice en el Nuevo Testamento: “YoSoY; no temáis, YoSoY”. “Yo, el único Dios, el verdadero Dios.” Sí, el Señor Jesús Cristo.

Pero si tenemos, queridos míos, al Señor del cielo y de la tierra, tenemos dos aspectos de sentimientos. Uno es el temor. Los justos del Antiguo Testamento temblaban ante la presencia del Señor que se encarnó. En el Sinaí temblaban, tenían miedo. Pero el otro aspecto es la ausencia de temor: “No temáis, YoSoY”.  Quien conoce al verdadero Dios tiene tanto el temor como la ausencia de temor: el temor cuando peca, la ausencia de temor cuando guarda los mandamientos de Dios, cuando lo ama.

Estas son cosas grandes, queridos míos. Tenemos la gran bendición de Dios de conocer a Aquel que caminó sobre el mar. Es Jesús, el único Dios verdadero. Hagamos lo que hicieron los discípulos: adoremos a Él. Y adoremos a Él toda nuestra vida. Se encarnó y nos dijo que no tengamos miedo por todos nuestros problemas existenciales: “¿Quién soy? ¿Qué soy? ¿A dónde voy? ¿Qué es la muerte? ¿Qué es la vida? ¿Qué será de mí?”
Esos problemas existenciales. Nos dijo que no temamos. Porque Él nos ha salvado.
Sea bendito su Santo Nombre.

Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario,
y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, el 4 de agosto de 1985.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

La travesía segura – P. Atanasio Mitilineos
Domingo IX de Mateo 14,22-34

Después de la alimentación de los cinco mil, queridos míos, el evangelista Mateo nos enseña y nos relata un hecho conmovedor. Después que el Señor obligó —y tiene mucha importancia este “obligó”— a los discípulos a embarcarse en la barca, Él mismo despidió a las multitudes. Es decir, envió a los discípulos para despedir Él solo a la gente, porque las personas decían: “Ah, su maestro es maravilloso; ¿puede darnos pan para comer sin trabajar? ¡Maravilloso! A éste lo haremos Mesías. Y, por supuesto, ustedes serán sus ministros”. Los discípulos escuchaban estas cosas y no querían separarse de la multitud. Por eso, el verbo “obligó” revela toda una situación: “No. Subirán a la barca y pasarán a la orilla opuesta del lago”.

Y el Señor, queridos míos, después de despedir a las multitudes, subió a un monte cercano para orar.

Tras el embarque de los discípulos, se levantó un viento fuerte sobre el lago y se alzaron olas enormes, de tal modo que la barca corría peligro de hundirse. Entonces, alrededor de las tres de la madrugada —después de las tres, es decir, en la “cuarta” llamada “vigilia”, la hora o el turno en que se cambiaba la guardia, por eso se llamaba “vigilia de la noche”— los discípulos vieron al Señor caminando sobre las olas. Ellos se asustaron y dijeron: “Vemos un fantasma”. Y del miedo gritaron a voz en cuello.

Es algo tremendo tener que enfrentar un fantasma, ¿eh? ¿Quién no teme a un fantasma? Claro que “fantasma” significa producto de la imaginación, la fantasía pero también llamamos “fantasma” a todo aquello que podemos ver fuera de los límites normales y las leyes de la naturaleza. Por eso, los discípulos se llenaron de miedo. Entonces el Señor les dijo —estaba a pocos metros de su barca—: “Tened ánimo, soy Yo; no temáis”. “Cobren ánimo. Soy Yo, su maestro. No tengan miedo”.

Este suceso, junto con el intento del apóstol Pedro, queridos, de caminar también sobre las olas —“Si”, dice, “Señor, eres Tú, ordéname ir hacia Ti allí donde estás”—, significa que Pedro también caminaría sobre el agua. Finalmente, para no entrar en muchos detalles, cuando el Señor subió a la barca, todos los discípulos se acercaron, es decir, se arrodillaron ante Él, lo adoraron y dijeron: “Verdaderamente eres Hijo de Dios”.

Vean, los discípulos aún no comprendían qué significaba ese “Hijo”: que es consustancial con el Padre. Todavía no había llegado el Pentecostés. Aún les faltaba aprender otras cosas, y sólo entonces, en la plenitud de los tiempos, comprenderían que Él es consustancial con el Padre, la segunda Persona de la Trinidad, que se encarnó.

Pero, más allá de estos hechos conmovedores, el lago es también un símbolo. Lo repito: el lago es un símbolo. El Señor dijo a sus discípulos que cruzaran a la orilla opuesta y que allí lo esperaran: “para adelantarse a Él hasta la otra orilla”. Un lago une, si las dos orillas son paralelas, o, incluso si es redondo, siempre hay un punto opuesto. En todo caso, tenemos dos orillas en un lago. Y estas orillas son —¿qué les dije?— un símbolo. En este caso, una representa la vida terrenal presente; la otra orilla, la segunda, representa la vida después de la muerte, la otra vida. Y, por supuesto, debemos cruzar este lago. Todos los hombres lo cruzarán, el lago de esta vida, porque la vida es un lago con muchas, muchas aventuras. Así, vivimos en una orilla del lago, cruzamos con todas las peripecias de la vida terrenal, y debemos llegar a la otra orilla, que es la vida después de la muerte.

Veamos entonces las cosas más de cerca, porque tienen muchísima importancia y valor para todos nosotros. Las dos orillas existen porque en medio se interpuso la muerte, queridos míos. Dios dijo a Adán: “El día que comas de él, por la muerte morirás sin remedio”. “Les advierto: del fruto de este árbol no comerán. El día que coman, morirán”.

Claro, para los primeros en ser creados, esto de “morirán” no significaba nada; no comprendían, porque no había existido antes la muerte para que tuvieran una imagen de lo que era. Ignoraban, por tanto, qué era la muerte. Y, en este caso, esta muerte tiene dos aspectos: el primero es “Se separarán de Mí, su Dios”, lo que es la muerte espiritual; y después, el segundo, “su alma se separará de su cuerpo”, que es lo que llamamos “su muerte biológica”. Y con los primeros en ser creados, por supuesto, sucedieron ambas cosas.

Y si la muerte ponía fin a la existencia terrenal, ¿qué podría haber, entonces, más allá? ¿Qué podían saber los primeros en ser creados? ¿La muerte ponía verdaderamente un final definitivo a la existencia? Es decir, cuando Dios dijo «θανάτῳ ἀποθανεῖσθε» (“por la muerte ciertamente moriréis”), ¿quería decir que “ahí termina todo para vosotros”?

Si fuera así, que “ahí termina todo”, entonces, ¿para qué fue creado el hombre?
Con tanto cuidado, con tanta —digámoslo así— maestría, con tanto arte, un ser maravilloso que se considera la corona de la Creación.
Porque en ninguna parte hemos encontrado un ser como el hombre: lógico, creativo, etc.
¿Fue creado, pues, para morir? ¿La muerte es el destino del hombre?
Por supuesto que no. La muerte, para la Creación —para toda la Creación, queridos míos—, es el mayor de los absurdos.
¿Por qué debo morir? ¿Por qué debo morir?
Y esto no lo diría un joven que todavía no piensa en la muerte, sino alguien que ha vivido ya una edad, que empieza a reflexionar y dice: “¿Entonces voy a morir?”. ¿Saben? En los animales, el color del pelaje en los mamíferos no cambia. Por muchos años que tengamos a nuestro perro, no se vuelve blanco. Nuestro gato no encanece. Pero el cabello del ser humano sí se vuelve blanco.
¿Por qué? Le recuerda que el final está cerca. “He envejecido, he encanecido. ¿Significa que tengo un futuro por delante? Entonces, si es para morir, ¿por qué viví?”. He aquí por qué la muerte es el mayor absurdo en toda la Creación.

Pero si no, si Dios no hizo al hombre de manera absurda, ¿qué significa entonces “muerte”?
La muerte, queridos míos, es un paso, un tránsito. Atención: todo mi tema de hoy gira en torno a la palabra “tránsito” o “paso”. Dice “προάγειν” (“preceder, ir antes”): “esperadme al otro lado”. Es un cruce del lago. Es, pues, un paso de una orilla a otra que está enfrente.
Pero la orilla de enfrente está llena de lo desconocido y de misterio.
¿Qué hay más allá?

Decimos: “Moriremos e ¿iremos adónde?”
Decimos: “Al cielo”.
A los niños pequeños les decimos: “Murió mamá, o el abuelo, o papá”.
El niño pregunta: “¿Dónde está?”. Y decimos: “Está en el cielo”.
Pero ¿qué es eso, la otra orilla? ¿Qué es esa otra orilla? El Señor dijo: “Προάγειν αὐτὸν εἰς τὸ πέραν” (“precederlo a la otra orilla”). Lo aseguró. Lo que dice el Señor no es broma, ni burla, ni nada semejante.

Sin embargo, esto fue una prueba experimental para los discípulos.
Porque perdieron el rumbo al ir hacia la otra orilla.
¿Por qué? Porque había tormenta.

¿Saben? Las personas que sufren mucho en la vida pierden el rumbo de su existencia. Pierden el sentido de su vida. No pueden imaginar que la vida presente también tiene un sentido. Esto lo pierden. Las angustias, tormentas y mucho sufrimiento los desorientan.

Pero el Señor quería enseñarles, con hechos, que el paso a la otra orilla requiere de Su ayuda. Eso quería. Si quieren, lo extiendo un poco.
¿Saben por qué se produjo la tempestad? ¿Saben por qué el Señor no subió a la barca?
No subió, porque quería dispersar a la multitud. Solo los hombres, nos dice el evangelista, eran cinco mil. Ya les dije antes que todos murmuraban, mientras los discípulos repartían el pan y los peces, que “el Señor es un gran maestro, el Mesías, y ustedes serán sus ministros”. Esto les agradó. Esto les agradó a los discípulos.

Así que ahora los deja que sufran en la tormenta para que comprendan que, por sí mismos, no valen nada.
¡No valen nada! Sí.

Pero el Señor también quería enseñarles otra cosa. Que Su ayuda es la que da sentido a los discípulos, en este caso, pero también en general a todos los hombres. Así, la única respuesta al absurdo de por qué existe la muerte la da la muerte y resurrección de Cristo. De otro modo, no sabemos nada. De otro modo, repito, es un absurdo. Tenemos muchos poetas, prosistas, literatos, intelectuales, que han expresado en sus obras este absurdo: “¿Por qué vivir?”.
Por eso existen posturas filosóficas que promueven el suicidio. Sí. Un intelectual judío —no diré más—, junto con su esposa, dijeron: “¿Y ahora qué hacemos? No nos queda más que suicidarnos”. Se sentaron en un sofá en su casa, abrieron la llave del gas, y murieron. Para ellos, la vida ya no tenía sentido después. Se acabó.

Y sin embargo, la respuesta es: la muerte y la Resurrección de Cristo.
Esa es la respuesta a este absurdo, a esta falta de sentido de nuestra existencia. Y el paso de la vida, a través de la muerte, hacia la vida verdadera, lo da únicamente el paso de la naturaleza humana de Cristo desde la tierra al cielo. Y el Señor no permaneció en la tierra: ascendió al cielo.

Dice un tropario de la Resurrección: «Día de la Resurrección, iluminaos pueblos, Pascua del Señor, Pascua».
—Sabéis que la palabra «Pascua» en hebreo significa paso. Los hebreos pasaron de la tierra egipcia, la tierra africana, a la costa asiática—
«pues de la muerte a la vida, y de la tierra al cielo, Cristo Dios nos ha trasladado, cantando el himno de la victoria».

Pero, ¿qué significa «nos ha trasladado»? Hay tres cosas, queridos míos, que para el hombre son… inalcanzables.

Lo primero, queridos míos, es el pecado. ¿Cómo voy a ir al cielo? El cielo no admite pecado.

La segunda cosa que me impide ir al cielo… No vayas a decir: “Me subo a un cohete y me voy”. ¿A dónde? Vayas donde vayas, a cualquier punto del universo que vayas, oh hombre, seguirá siendo tierra. Es decir, lo mismo que la Tierra. La segunda… es que hay que traspasar el universo, ¿saben? ¿Puede alguien salir del universo? Si lo piensan un poco, con un mínimo de conocimientos cosmológicos del colegio… nadie puede salir del universo. Y no digamos que hay miles de millones y billones de años luz de distancia; pero incluso allí donde llegues, no habrás salido del universo. No tiene sentido eso de “salir del universo”. No tiene sentido.

Por lo tanto… donde quiera que vaya, seguirá siendo universo, seguirá siendo tierra. No puedo ir al cielo si no venzo el pecado. No puedo ir al cielo si no venzo la materialidad, es decir, la materia; soy un ser material. No puedo ir al cielo, porque está el tercer obstáculo, que se llama mortalidad. Moriré; en el camino moriré. No puedo vivir en el cielo siendo inmortal.

Estos tres, pues, constituyen la “espada de fuego” que Dios puso ante la puerta del Paraíso, en el antiguo Paraíso. Dice “espada flameante que gira”, para que no puedas pasar, sea cual sea la situación. Es decir, no puedes volver a entrar en el Paraíso. No es posible. Esto, para ir a encontrarte con el árbol de la vida; que, si Adán hubiera comido de su fruto, ciertamente habría sido inmortal, tal como lo dice allí la Sagrada Escritura.

Queridos míos, Cristo venció estas tres cosas. Esto es lo grande.

Primero, el pecado. Con Su muerte, Cristo nos dio el perdón de los pecados. Nos perdonó nuestras culpas. Así, en cuanto a la primera de las tres, estoy libre.

Segundo, la materialidad, como ya dijimos. Esto también fue vencido con la Encarnación del Hijo de Dios. Porque Él tomó un cuerpo humano, es decir, material; tomó el cuerpo de la Παναγία (Panaghía: la más Santa) Virgen María. Y eso quedó vencido, simplemente, porque ahora también ese cuerpo sube al cielo.

¿Cómo sube al cielo? ¿Acaso Cristo ascendió solo como Dios? ¡De ninguna manera! ¡Ascendió como hombre! Con Su naturaleza humana.
Después de haber comido y bebido con Sus discípulos —como nos dice Lucas en el primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles—, mientras conversaban, el Señor comenzó poco a poco a elevarse. Así que también la materialidad fue vencida. Ahora puedo, por tanto, subir al cielo con mi cuerpo material.

Tercero, la mortalidad. Sí, porque Cristo resucitó. Y nosotros también resucitaremos.

¿Ven qué cosa tan importante es esta?
Después de que estas tres cosas han sido vencidas, se realiza nuestro paso ontológico (existencial); es decir, aquel que se cumple con la resurrección del cuerpo y con la plenitud de la existencia humana. Resucitaremos. No lo olvidemos. Yo lo recalco siempre, en todo momento oportuno e inoportuno, como habrán notado ustedes, mis oyentes habituales.

El paso hacia la otra orilla del lago espiritual siempre es un recorrido desconocido. Este paso lo realizan los santos ángeles para cada psique-alma. Esto lo vemos en muchos lugares de la Sagrada Escritura.

Vemos, por ejemplo, que Tobit, para enviar a su hijo Tobías a una tierra lejana —porque un hombre le debía cierta cantidad de dinero y debía ir a cobrarla, ya que Tobit estaba en la miseria—, le dijo: “Hijo mío, ve al mercado y busca un hombre que conozca bien aquellos lugares, y le pagaremos para que te guíe, porque tú no sabes cómo llegar”. Tobías era joven. Y encontró a alguien. Ese “alguien”, queridos míos, como se reveló al final, era un ángel: el arcángel Rafael, que quiso guiar al joven Tobías.

Noten que el arcángel Rafael le ayudó en muchísimas cosas. No es momento ahora de relatarlas; si quieren, lean el Libro de Tobit en el Antiguo Testamento, y verán cosas realmente asombrosas.

Aún, en la parábola del rico y de Lázaro, ¿qué vemos? Dice: «Ángeles» tomaron la psique-alma del pobre Lázaro. ¿Por qué? Cuando la psique-alma sale del cuerpo, no sabe a dónde ir. ¿Acaso ustedes saben a dónde irán? No sabe a dónde ir. Así, viene nuestro ángel personal, nuestro ángel guardián. Pero aquí dice: «ángeles». Sí, dice San Juan Crisóstomo, «por razón de honor». Porque este hombre, el pobre Lázaro, era piadoso. Y nosotros decimos: «Aquel que comulgó el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los ángeles toman su alma, por razón de honor». ¿Qué honor? El honor de que recibiste el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Y ellos te conducen adonde deben conducirte.

En aquella otra parábola, del rico insensato, dice: «Algunos vienen a pedir tu alma; lo que has preparado, ¿de quién será?», etc. ¿Quiénes son esos “algunos”? ¿Lo saben? Ángeles, pero oscuros. Son los demonios. Así que o bien los demonios tomarán nuestra alma —que Dios nos libre— o bien los ángeles de luz la tomarán. ¿Y qué decimos en la Divina Liturgia? Decimos: «Ángel de paz, fiel guía (que nos conducirá fielmente a donde debemos ir), guardián de nuestras almas y de nuestros cuerpos», etc. Así que se pide un guía fiel. Porque debe cumplir la voluntad del Señor: que el alma llegue a donde debe llegar para ser custodiada allí, si el hombre es piadoso, en el Paraíso, el Paraíso después de Cristo, adonde Cristo descendió al Hades… De otro modo, al Hades, si el alma es impía. Y allí esperarán. ¿Esperarán qué? La resurrección de los muertos.

Todo lo desconocido siempre provoca temor. Esto es verdad. Si pensamos en estas cosas seriamente, provoca temor. Cuánto más, lo desconocido después de la muerte. En la hora de la muerte, el alma, queridos míos, tiene angustia. No solo por la separación del alma y el cuerpo, sino también por lo desconocido que sigue. No sabe lo que encontrará más allá. Pero viene Cristo, el vencedor de la muerte y del Hades, y el conocedor del camino. Porque Él fue el primero en «atravesar los cielos», atravesar: pasar los cielos. Nosotros no pasamos los cielos. Elías, con su cuerpo, está en algún lugar del cielo. No en el cielo, sino en algún lugar del cielo. Lo dice la Sagrada Escritura dos veces: «como en el cielo». «En algún lugar del cielo».

Y aquello que dijo a los discípulos ahora, caminando sobre el lago: «Tened ánimo, soy Yo». «No temáis. Yo he atravesado los cielos. Ahora como hombre. Conozco el camino. Os guiaré». Es la voz más consoladora y segura. Por eso, en la hora de la muerte, no podemos, por supuesto, poner nuestra esperanza en familiares, en amigos, ni en otras medidas de seguridad. ¿Existe, en verdad, alguna compañía de seguros que pueda ayudarnos a no morir o algo semejante? No existen esas cosas… Nuestra única seguridad es únicamente Cristo. Nada más. Nadie más. Por eso los discípulos, cuando el Señor sube a la barca, se apresuran a adorarlo y decirle que verdaderamente es el Hijo de Dios.

Para todo esto, el Señor nos dio, queridos míos, maravillosas garantías. Sí. Un paso a través del diluvio hacia la vida tuvo Noé. Un paso desde una tierra conocida a una tierra desconocida tuvo Abraham. «Toma», le dijo, «tus pertenencias y vete». Se entiende, «tus bienes movibles». También el paso que tuvo Israel a través del Mar Rojo. Todos estos son pasos. Y también a través del río Jordán. Y en todos esos pasos había un único guía: el Logos de Dios. Aquel que más tarde, «en estos últimos días», como dice el Apóstol Pablo en la carta a los Hebreos, vino como hombre entre nosotros y nos dio nuevas garantías. No solo con el milagro del lago de Genesaret, que vimos hoy, sino sobre todo con Su Muerte, Su Resurrección, Su Ascensión y Su entronización a la derecha de Dios Padre.

Queridos, Cristo es nuestro único y verdadero paso, nuestra verdadera Pascua. Les dije, «Pascua» significa «paso». Él es quien nos llevará a la otra orilla. Él nos conduce en cada dificultad material y espiritual. En esta vida presente. No hay otro. Si existe, es instrumento Suyo. Una persona nos ayuda: es instrumento de Dios, instrumento de Cristo. Si otro usurpa Su nombre, es engañador, es anticristo, es diablo. Sólo el Cristo, el único, es nuestro paso seguro hacia todo bien que nos ha prometido. Si permanecemos cerca de Él, todo eso estará. Así, permanezcamos cerca de Él, agradeciéndole siempre y glorificándole. Amén.

Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario,
y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, el  20-8-2000. Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai.gr/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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