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Ortodoxia: La esperanza de los pueblos de Europa

Ortodoxia: La esperanza de los pueblos de Europa

†Georgios Kapsanis, Higúmeno del Monasterio de Gregoriu en el Monte Athos

 

En el presente texto se subraya que la autoconciencia ortodoxa no nos permite pasar por alto el hecho de que la Ortodoxia no puede constituir, junto con el Cristianismo occidental, una única “identidad cristiana”, sino que, por el contrario, nos obliga a enfatizar que la Ortodoxia es la Fe primigenia de Europa, olvidada por ella, la cual debe en algún momento volver a constituir su identidad cristiana.

La Europa Unida del siglo XXI busca su identidad. La «identidad europea» no constituía objeto de seria reflexión mientras era configurada únicamente por factores económicos y políticos. Pero desde el momento en que factores culturales y, especialmente, religiosos debían ser tomados en cuenta en su búsqueda, se desarrollaron serias discusiones, intensos desacuerdos y agudos conflictos en torno a la mención o no de la identidad cristiana de Europa en la «Constitución Europea».

¿Qué significa, sin embargo, «identidad cristiana de Europa» para nuestros pueblos ortodoxos? ¿Cuán cristiana es la «identidad cristiana de Europa»?

Quienes, con buena intención, luchan por el fortalecimiento de la identidad cristiana de Europa suelen hablar de ella como si se tratara de un dato histórico o de un código de principios y valores cristianos en los que pueden converger los pueblos cristianos con la ayuda de contactos ecuménicos y diálogos intercristianos. Los cristianos de Europa procuran garantizarla institucionalmente, porque temen la posibilidad de la descoloración religiosa de su continente, la alteración de su identidad cristiana debido a los cambios demográficos (migración, etc.), o la exclusión de las organizaciones cristianas “intereclesiales” de los centros de toma de decisiones en Europa.

Siguiendo la misma lógica, también las propuestas de representantes oficiales ortodoxos se centran en el fortalecimiento de una presencia cristiana institucional en Europa.

En el presente texto se subraya que la autoconciencia ortodoxa no nos permite pasar por alto el hecho de que la Ortodoxia no puede constituir, junto con el Cristianismo occidental, una única “identidad cristiana”, sino que, por el contrario, nos obliga a enfatizar que la Ortodoxia es la Fe primigenia de Europa, olvidada por ella, la cual debe en algún momento volver a constituir de nuevo su identidad cristiana.

* * *

Viviendo en el entorno del Monte Athos y en la atmósfera espiritual que éste crea, percibimos que nuestra herencia ortodoxa no debe medirse con las medidas de este mundo. En los últimos años somos testigos de la piedad y de la profunda fe de los peregrinos del Monte Athos, muchos de los cuales vienen con gran esfuerzo y con elevados gastos desde los países balcánicos de la misma fe y desde Rusia.

En la conciencia de todos estos piadosos cristianos ortodoxos, así como de aquellos a quienes representan en su país, la Ortodoxia no tiene habitualmente el sentido que le atribuyen quienes la ven o la afrontan con criterios ideológicos o sociológicos; es decir, quienes acostumbran ver en nuestro Oriente “arcos ortodoxos” antiooccidentales paralelos a los musulmanes, o consideran la Ortodoxia como una fuerza nacionalista de los pueblos que la profesan. Aunque los ortodoxos generemos tales impresiones, debido a nuestras imperfecciones personales o a nuestros desaciertos colectivos, tenemos profundamente arraigada en nuestra conciencia la convicción de que la Ortodoxia es algo mucho más esencial, celestial e indestructible: es el don inestimable del santo Dios Trinitario al mundo, «la fe que ha sido entregada una vez para siempre a los santos» (Jud 3), la cual nuestra Iglesia Ortodoxa conserva íntegra, sin adulteraciones heréticas, y la cual hemos preservado con muchos sacrificios en tiempos difíciles, a fin de no perder la esperanza de la vida eterna.

Los pueblos ortodoxos hemos sido bendecidos y agraciados por el santo Dios con llevar el sello del santo Bautismo ortodoxo, comulgar la santa Efjaristía ortodoxa, seguir con humildad la enseñanza dogmática de los santos siete Concilios Ecuménicos como único camino de salvación, y guardar «la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (Ef. 4,3). Llevamos ciertamente el depósito de la Fe ortodoxa «en recipientes de barro» (2 Cor. 4,7); sin embargo, por la χάρις (jaris: gracia energía increada) de Dios, ella constituye la razón «de la esperanza que hay en nosotros» (1 Pe. 3,15).

Nuestra Iglesia Ortodoxa no es simplemente arca de nuestra herencia histórica nacional. Ante todo, y sobre todo, es la Una Iglesia, Santa, Católica y Apostólica.

Para no perder la esperanza de la salvación eterna en Cristo, en épocas difíciles los pueblos ortodoxos de los Balcanes conservaron su Fe ortodoxa con el sacrificio de miles de neomártires, resistiendo tanto a la islamización como a la uniatización1. Por ello, el reciente recrudecimiento de la Unía, tras el colapso de los regímenes ateos, así como la actividad de las confesiones neo-protestantes entre poblaciones ortodoxas, constituyen desafíos gravísimos para los ortodoxos. Y como tales deben ser afrontados, porque una vez más ponen en peligro la salvación de psiques-almas sencillas, «por quienes Cristo murió» (cf. Rom. 14,15).

En las sociedades occidentales, tradicionalmente católicas romanas y protestantes, donde existen y actúan parroquias ortodoxas, la presencia ortodoxa debe ser testimonio humilde del Cristianismo auténtico, del cual estas sociedades se vieron privadas durante siglos, debido a las desviaciones papales y protestantes de la Fe apostólica. Cada vez que la búsqueda nostálgica de la Fe cristiana inmaculada culmina en el retorno de cristianos heterodoxos al seno de la Una, Santa, Católica y Apostólica Iglesia, la Ortodoxa, se manifiesta la naturaleza misionera de la Iglesia. Al retornar los heterodoxos a la Iglesia Ortodoxa, no abandonan una iglesia para abrazar otra, como erróneamente se considera; en realidad, dejan un esquema eclesiástico antropocéntrico y redescubren la una y única Iglesia de Cristo, se hacen miembros del Cuerpo de Cristo y se reorientan en el camino de la θέωσις (zéosis: divinización, glorificación).

Desgraciadamente, dirección opuesta sigue el ecumenismo sincretista*, expresado institucionalmente por órganos del llamado Movimiento Ecuménico y por representantes del ecumenismo papocéntrico Al pasar por alto la eclesiología ortodoxa y seguir la «teoría de las ramas» protestante o la más reciente teoría romanocéntrica de las «iglesias hermanas», o (la venenosa herejía “teología meta-patrística” ver https://logosortodoxo.es/herejias/la-teologia-bautismal-y-herejia-meta-patristica/), consideran que la Verdad de la Fe apostólica, o parte de ella, se conserva en todas las iglesias y confesiones cristianas. Por ello orientan sus esfuerzos hacia la realización de una unidad visible de los cristianos, independientemente de una unidad más profunda en la Fe. (*El sincretismo es la combinación o fusión de elementos culturales, religiosos, filosóficos o lingüísticos distintos en una nueva forma)

En este sentido, la “teología” ecumenista equipara el Bautismo ortodoxo (triple inmersión) con el rociamiento (o aspersión) católico romano, considera la herejía del Filioque dogmáticamente equivalente a la enseñanza ortodoxa sobre la procedencia del Espíritu Santo sólo del Padre, reinterpreta el primado de jurisdicción del Papa de Roma como primado de servicio, denomina teologúmena la enseñanza ortodoxa sobre la distinción entre esencia y energías increadas en Dios y sobre la χάρις gracia divina increada, etc.

Se trata de un ecumenismo superficial, sobre el cual escribía con acierto el inolvidable p. Dumitru Stăniloae: «Se crea de vez en cuando, a partir del gran deseo de unión, un deseo y entusiasmo fácil que cree poder, con su calor emocional, licuar la realidad y recrearla sin dificultad. Se crea incluso una mentalidad diplomática de compromiso, que piensa poder reconciliar, mediante concesiones doctrinales mutuas, posiciones dogmáticas o situaciones más generales que mantienen a las iglesias separadas. Estos dos modos de afrontar —o pasar por alto— la realidad, revelan cierta elasticidad o cierta relativización del valor que se atribuye a determinados artículos de fe de las iglesias. Esta relativización refleja quizá la muy baja importancia que ciertos grupos cristianos -en su conjunto o en algunos de sus círculos- conceden a estos artículos de fe. Proponen sobre ellos, por entusiasmo o mentalidad diplomática, transacciones y compromisos, precisamente porque no tienen nada que perder con lo que proponen. Pero tales compromisos presentan gran peligro para Iglesias en las que los artículos correspondientes tienen importancia de primer orden. Para estas Iglesias, semejantes propuestas de transacción y compromiso equivalen a ataques manifiestos»2.

Paralelamente, las confesiones protestantes, que han llegado hasta la negación de dogmas fundamentales de la Fe (la historicidad de la Resurrección, la perpetua virginidad de la Madre de Dios, etc.) y a la aceptación de prácticas contrarias al Evangelio (matrimonio entre personas del mismo sexo, etc.), son equiparadas en los paneles del Consejo Mundial de Iglesias con las santísimas Iglesias Ortodoxas locales. La teoría de la «desmitologización», la “teología” de la “muerte de Dios”, la ordenación de mujeres a grados sacerdotales, la celebración religiosa del matrimonio entre personas del mismo sexo, indudablemente no constituyen elementos de nuestra identidad cristiana.

El protestantismo ha caído en una profundísima crisis de fe. Frank Schaeffer, el conocido protestante estadounidense que, tras una larga y ardua búsqueda personal, se hizo ortodoxo, en su libro Dancing Alone: The Quest for Orthodox Faith in the Age of False Religion, Regina Orthodox Press, Salisbury, USA (en traducción griega con el título Buscando la fe ortodoxa en la era de las religiones falsas, ed. Makrygiannis, Kozani 2004), ofrece muchos datos interesantes que revelan la decadencia del protestantismo respecto de la Verdad de la Una, Santa, Católica y Apostólica Iglesia, la Ortodoxa.

Extensión y consecuencia inevitable del sincretismo intercristiano es el sincretismo interreligioso, el cual reconoce capacidad y posibilidad de salvación a quienes pertenecen a una de las religiones monoteístas. Un obispo ortodoxo escribió que «en el fondo, una iglesia y una mezquita… apuntan a la misma realización espiritual del hombre»3. El sincretismo interreligioso no duda incluso en reconocer caminos salvíficos en todas las religiones del mundo4. Hace algunos años, un profesor de la Universidad de Atenas escribió que puede encender una vela ante el icono de la Virgen, así como ante la estatua de una de las diosas del hinduismo.

Obispos, clérigos y teólogos ortodoxos, lamentablemente, han sido influidos por esta mentalidad sincretista. Con sus opiniones teológicas, que los dirigentes y pensadores secularizados suelen escuchar y reconocer como ortodoxas, contribuyen a que esta mentalidad supere los estrechos límites de sus percepciones personales y se convierta en “línea” con metas y objetivos. En esta perspectiva, la agapi-amor, sin referencia a la verdad dogmática, se establece como criterio de unidad de los cristianos, mientras que la fidelidad a las posiciones teológicas ortodoxas tradicionales es desaprobada como intolerancia y fundamentalismo.

En cuanto a cómo la mentalidad ecumenista construye el tipo de una identidad europea aparentemente cristiana, son características los «compromisos» de los representantes de las iglesias cristianas que firmaron la Carta Ecuménica el 22 de abril de 2001(5).

Sin embargo, esta identidad “cristiana” de Europa dista mucho de la verdadera identidad cristiana de los pueblos europeos. Debe subrayarse con todo énfasis que se perjudica a Europa cuando le atribuimos una identidad que no es verdaderamente cristiana sino sólo en apariencia. Un cristianismo enfermizo, adulterado, no es el cristianismo de las catacumbas de Roma, de san Ireneo de Lyon, de los monjes ortodoxos de Escocia e Irlanda, en general el cristianismo del primer milenio. Un cristianismo adulterado no puede proteger a Europa de la invasión de concepciones y costumbres no cristianas en sus sociedades.

Es ya conocido que muchos europeos se han cansado del seco racionalismo, añoran el misticismo perdido y, por ello, abrazan el islam, el budismo o el hinduismo, se entregan al esoterismo o buscan experiencias metafísicas en movimientos de la Nueva Era. Se informa que sólo en Italia funcionan alrededor de 500 mezquitas musulmanas, mientras que en Francia el 5% de la población es musulmana (y ahora 2026 mucho más).

La Iglesia Ortodoxa posee la Verdad. En su centro tiene a Cristo. En ella todo es teándrico (divino-humano), porque todo, ofrecido al Señor Dios-Hombre Θεάνθρωπο, es agraciado por la gracia increada del Espíritu Santo. Por ello puede dar reposo a las almas que buscan de buena voluntad su liberación del asfixiante cerco del racionalismo, del cientificismo, del materialismo, del idealismo, de la tecnocracia. Por ello no debe la Ortodoxia ser arrastrada al crisol sincretista; no debe perderse la esperanza del mundo entero.

Como pastores ortodoxos y como fieles ortodoxos tenemos el deber de custodiar el sagrado depósito de nuestra Fe Ortodoxa. El Apóstol de las Naciones ordena a los presbíteros de Éfeso y a los pastores de la Iglesia hasta hoy: «Cuidad de vosotros, cómo vivís y cómo enseñáis. Cuidad de todo el rebaño espiritual, del que el Espíritu Santo os ha constituido como guardianes para apacentar la Iglesia del Señor y Dios, que el mismo Señor ha adquirido con su propia sangre» (Hech. 20,28). Y el mismo exhorta al fiel pueblo de Tesalónica y de toda la Iglesia: «Por tanto, hermanos, manteneos firmes y guardad las paradosis tradiciones y entregas de las enseñanzas que habéis recibido de nosotros sea por logos o por escrito» (2 Tes. 2,15).

El Viejo Continente, en el ámbito de la Fe, ha errado. La Nueva Era amenaza ya abiertamente a las sociedades europeas con la descristianización. No es extraño. Europa dio la espalda a Cristo; en algún momento lo expulsó, como observan acertadamente Fyodor Dostoevsky en el «Gran Inquisidor» de Los hermanos Karamazov y san Nikolaj Velimirović.

La Iglesia Ortodoxa debe manifestar su carisma y su misión, proclamar a los pueblos de Europa que, si hay algo que puede salvar a Europa en esta fase crítica de su historia, es la Ortodoxia. No privemos nosotros mismos a nuestra Iglesia Ortodoxa de la posibilidad de ofrecer este mensaje salvífico a los pueblos de Europa, equiparando la Fe ortodoxa con la herejía en la perspectiva confusa y la visión imprecisa del ecumenismo sincretista. Podemos contribuir a un ecumenismo sano, absolutamente ortodoxo, revelando a los cristianos heterodoxos el Misterio del Dios-Hombre Θεάνθρωπο y de Su Iglesia, y proclamando junto con el bienaventurado y confesor yérontas (ahora santo) Justin Popović:

«La salida de todos los callejones sin salida, humanistas, ecumenistas, papistas, es el histórico Señor Θεάνθρωπο Dios-Hombre Jesús Cristo y Su histórico edificio teándrico (divino-humano), la Iglesia, de la cual Él es la Cabeza eterna y que es Su Cuerpo eterno. La Fe Apostólica, Santopatrística, santotradicional, Santosinodal, Católica Ortodoxa es el remedio o fármaco de la resurrección de todas las herejías, comoquiera que se llamen. En última instancia, toda herejía es del hombre y “según el hombre”; cada una de ellas coloca al hombre en el lugar del Θεάνθρωπο Dios-Hombre, sustituye al Dios-Hombre por el hombre. Con ello niega y rechaza la Iglesia…

La única salvación de esto es la fe apostólica teándrica (divino-humana), es decir, el retorno total al camino teándrico de los santos Apóstoles y de los santos Padres. Esto significa retorno a su inmaculada, incontaminada fe ortodoxa y al Θεάνθρωπο Dios-Hombre Cristo, a su vida teándrica (divino-humana) llena de gracia increada en la Iglesia por el Espíritu Santo, a su libertad en Cristo…

De otro modo, sin el camino apostólico y patrístico, sin el seguimiento apostólico y patrístico del único Dios verdadero en todos los mundos y la adoración del único Dios verdadero y siempre viviente, el Θεανθρώπο Dios-Hombre y Salvador Cristo, es seguro que el hombre se hundirá en el mar muerto de la idolatría civilizada europea y, en lugar del Dios Vivo y Verdadero, venerará y adorará los pseudo-ídolos de este siglo, en los cuales no hay salvación, ni resurrección, ni θέωσις zéosis para el ser afligido llamado hombre»8.

Santo Monasterio de Gregoriu del Monte Athos, 24 de marzo de 2006.

Tradución Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas xX jJ http://www.logosortodoxo.com/

Notas:

(1) Archim. Georgios Kapsanis, Higúmeno del Monasterio de Gregoriou del Monte Athos, «La autoconciencia eclesiológica de los ortodoxos desde la Caída [de Constantinopla] hasta comienzos del siglo XX», en el volumen colectivo VEINTICINCO ANIVERSARIO (homenaje al Metropolita de Neápolis y Stavrúpolis, Dionisio), Tesalónica 1999, p. 124.
Véase también Athanasius Jevtić, obispo de Banato (actualmente ex de Zahumlie y Herzegovina), «La Unía contra la Ortodoxia Serbia», en el volumen colectivo LA UNÍA AYER Y HOY, ed. Armos, Atenas 1992.
Sobre la actividad de la Unía en Transilvania, véase 30 Vidas de Santos Rumanos, ed. Orthodoxos Kypseli, Tesalónica 1992, p. 123.

(2) Dumitru Stăniloae, Por un ecumenismo ortodoxo, ed. Athos, El Pireo 1976, pp. 19-20.

(3) Ortodoxia e Islam, ed. del Monasterio de Gregoriou, 1997, p. 16.

(4) Ibíd., pp. 9-11.

(5) Véase revista Apóstol Bernabé, Nicosia, Chipre, n.º 10/2001, pp. 411-423.

(6) Fyodor Dostoevsky, Los hermanos Karamazov, ed. Govostis, Atenas, pp. 99-121.

(7) Archim. Justin Popović, La Iglesia Ortodoxa y el Ecumenismo, ed. Orthodoxos Kypseli, Tesalónica 1974, pp. 238 y 251-252.

(8) Ibíd., pp. 256-257.

Monte Athos, 24 de marzo de 2006.

Confieso un solo bautismo

 

Confieso un solo bautismo – P. Georgios Metalinós

Contribución a la consideración histórico-canónica del problema sobre la validez del bautismo occidental

Interpretación y aplicación del Canon VII, del II concilio ecuménico por los Kolivades (San Nicodemo el Hagiorita, San Macario Notarás, obispo de Corinto, San Atanasio de Paros, etc) y Constantino Oikonomos

Preámbulo 

[Por el traductor χΧ jJ: Este texto muy importante para todo el mundo ortodoxo hispanohablante Patriarcas, Obispos, Sacerdotes, monjes y laicos.

Estas traducciones -«Confieso un solo Bautismo» y «Sobre la herejía: Teología meta-patrística»- las realizo a petición de muchos ortodoxos hispanohablantes, bautizados y crismados, o solo crismados. Muchos confunden el rociamiento o la aspersión con el Bautismo. Sin embargo, el verbo βαπτίζω (vaptísllzo), que significa «sumergir», «hundir enteramente en el agua», en helénico es muy claro y ni siquiera tiene sinónimos; por tanto, nada tiene que ver con rociar, que no es bautizar.

No he visto traducciones al español sobre estos temas; puede ser que existan. El problema es que muchos obispos (avispas) prohíben a laicos y sacerdotes hablar sobre esta cuestión y bautizarse, sino sólo crismarse; precisamente por esto los persiguen y los amenazan. Véase, por ejemplo, la flagrante y continua, aquí durante años, violación del II Canon del Quinto Concilio Ecuménico, que prohíbe expresamente la oración conjunta con los no están en comunión y heterodoxos, con la clara amenaza de destitución de los clérigos y excomunión de los laicos que lo infringen…

Sin embargo, gracias a Dios, en el mundo hispanohablante ya hay muchas conversiones, y el pueblo fiel ortodoxo busca y conoce la Verdad.

La verdad es que no me gusta traducir sobre teología guerrera; pero el problema es que apenas hay traductores que traduzcan directamente de las fuentes y del helénico-griego. Por tanto, hago obediencia por agapi-amor a los buenos fieles ortodoxos hispanohablantes.

Yo solo soy un simple vulgar traductor; no soy dogmatólogo. Estas cuestiones deben plantearse a los especialistas ortodoxos en dogmática, que son muy competentes, como por ejemplo Dimitri Tseleguidis, catedrático de Dogmática en la Universidad Aristóteles de Tesalónica, o al Santo Monasterio Grigoriu del Monte Athos, entre otros. Aunque también existen algunos que tergiversan los dogmas —los llamados “metapatrísticos”, como Zizioulas, Yannaras, etc. y muchos obispos (avispas)— que creen haber superado a los santos Padres desde la comodidad de un despacho. En cualquier caso, considero que este es un asunto que debería abordarse en un Sínodo Panortodoxo.

Yo solo comparto, en ocasiones, mi experiencia con los hispanohablantes.

Alrededor del año 2010, después de haber tenido experiencia con personas rebautizadas y con otras que solo habían sido crismadas —muchas de ellas españolas—, observé que quienes se bautizaban y recibían la crismación adquirían y poseían una χάρις (jaris: gracia, energía increada) excepcional. Además, continúan creciendo espiritualmente en el Espíritu Santo. En cambio, en aquellos que solo habían sido crismados y no bautizados -con discernimiento, pues no todos- se percibe una diferencia: no solo no crecen espiritualmente, sino que en algunos casos llegan a convertirse en obstaculizadores o adversarios de los ortodoxos concienciados que siguen fielmente la Ortodoxia. Muchos de ellos terminan desapareciendo o convirtiéndose en fanáticos ecumenistas quedándose estancados y regocijados en esta paneherejía.

Esta experiencia la comenté con el entonces Metropolita de España y Portugal, actualmente obispo en Italia, y para mi sorpresa coincidía con mi apreciación y experiencia.

A partir de 2015, aproximadamente, algunos fieles cristianos que solo habían sido crismados comenzaron a sentir la necesidad de bautizarse, como también algunos sacerdotes crismados ortodoxos sin bautizarse, sino sólo rociados. A algunos los acompañé o los envié a Grecia o al Monte Athos, donde finalmente fueron bautizados. En los últimos dos o tres años han ido apareciendo muchos con el mismo problema, y tratamos de que puedan bautizarse aquí en España.

Por eso, después de 25 años, compartí este asunto en el Monte Athos y me sugirieron que tradujera este texto que aclara bastantes dudas sobre el tema, así como que buscara algún sacerdote que pudiera bautizarlos. Y así fue.

Lo lamentable es que hay algunos sacerdotes que recriminan o incluso persiguen a fieles crismados que ahora desean bautizarse, obligándolos a buscar otro lugar, sacerdote o monasterio donde poder hacerlo. Lo digo con discernimiento: no generalizo, no son todos.

Es gran responsabilidad de los líderes eclesiales evitar la alteración de la fe, la teología y el testimonio ortodoxos en la actualidad.

La Iglesia no es solo Apostólica, sino también Patrística, y constituye un triunfo glorioso de los Santos Padres que los teólogos meta-patrísticos no pueden refutar ni enfrentar, viéndose obligados a cambiar de rumbo y descartarlos.

Los miembros de la Iglesia continuaremos siguiendo a los Santos Padres, «siguiendo a los divinos Padres», sin movernos ni sobrepasar los límites que ellos establecieron.

Se exhorta al despertar de la conciencia patrística de todos, junto con la vigilancia necesaria de los pastores eclesiales, para contribuir decisivamente a evitar la alteración subrepticia de la fe.

Exhortamos a que todos despierten la conciencia patrística, junto con la necesaria vigilancia de los pastores de la Iglesia Ortodoxa, para contribuir de manera decisiva a impedir la alteración que se intenta introducir de forma sutil y encubierta. Los grandes Padres de la Iglesia expresaron correctamente la Tradición Apostólica en su época, después de haberla vivido previamente de manera hesicástica, ascética y especialmente mistérica (sacramental). San Gregorio el Teólogo, San Basilio Magno, San Máximo el Confesor, San Simeón el Nuevo Teólogo y San Gregorio Palamás, por mencionar indicativamente a estos, actualizaron la Tradición Apostólica y Patrística, expresando en lenguaje teológico precisamente lo que otros santos Padres y los carismáticos creyentes teóforos (portadores de la luz increada) simples con pocos o nada de estudios vivían de manera increada y “en todo sentido y percepción espiritual” en su tiempo.

Χάρις Jaris, Δύναμις Dínamis y Δόξα doxa τω Θεώ to Zeó!!!] χΧ jJ

 

Contenidos

Prólogo a la 2.ª edición

Abreviaturas

Introducción

  1. Interpretación del Canon
  2. Presuposiciones eclesiológicas
  3. Autenticidad del Canon
  4. Interpretación del Canon
  5. Aplicación del Canon
  6. Los latinos como “herejes” y “no bautizados”
  7. Los latinos deben ser bautizados
  8. Interpretación de la praxis de la Ortodoxia frente a los latinos
  9. Consideración crítica
  10. La postura del Patriarcado Ecuménico
  11. La actuación del Patriarca Cirilo V
  12. La postura de Rusia
  • Conclusiones finales

Apéndice

  1. Decreto de la Santa Iglesia de Cristo sobre el bautismo de los occidentales (1755)
  2. (Re)bautismos de papistas en las Islas Jónicas durante el siglo XIX

Carta inédita de Alexandros Stourdza a K. Typaldos

Retorno y confesión de un latino llamado Bernardo Fradellón

El término heleno-griego a tener en cuenta aquí es: 99) Οικονομία (iconomía) Economía de Dios o divina.

El término  Οἰκονομία (ikonomía) economía proviene del verbo griego οἰκονομῶ (oikonomó), que significa “economizar, administrar, arreglar, abastecer” y a su vez deriva de “οἶκον (íkon) casa” y el verbo νέμω (némo) administro, es decir, “administro mi casa”.

En el contexto teológico, Ikonomía —también llamada Economía Divina— tiene tres principales significados:

a) Concesión divina en la vida humana: Se refiere a la presencia -por concesión de Dios- de un hecho en nuestra vida, orientado al beneficio o a la instrucción espiritual. En este sentido, el verbo “economizar” se utiliza con ese mismo propósito.

b) Plan salvífico de Dios: El término expresa el plan eterno y ancestral de Dios para la salvación del género humano, llevado a cabo mediante la encarnación (o humanización) del Hijo de Dios.

c) Aplicación pastoral en la justicia canónica: En el ámbito del derecho canónico ortodoxo, economía es la desviación provisional y concreta del cumplimiento absoluto y literal de un canon, regla eclesiástica o tradición. Esta desviación, siempre con discernimiento y sin alterar en lo más mínimo los fundamentos dogmáticos, se aplica con el objetivo de alcanzar la salvación de las psiques-almas.

Dios mismo viene a lavar la derrota de nuestros primeros padres y a sanar el trauma en la raíz misma del género humano. La Economía en Cristo constituye una nueva recapitulación de la creación primigenia. El Padre, por medio del Hijo en Espíritu Santo, realiza la regeneración y renovación del mundo, centrada en el ser humano.

Discernimiento entre Teología y Economía, este principio fue introducido por primera vez por San Atanasio el Grande.

San Gregorio Palamás aclara esta distinción: La obra de la naturaleza divina es el eterno nacimiento del Hijo y la eterna procesión o proyección del Espíritu Santo, un movimiento que no tiene ninguna relación con los seres creados. En cambio, la obra de la voluntad divina y su energía increada es la constitución de la creación dentro del tiempo y con absoluta libertad. Por lo tanto: Aquello que se realiza dentro del ámbito de la Deidad opera por esencia increada; y aquello que se relaciona con la Economía divina se realiza por la voluntad divina y por la energía increada. (https://logosortodoxo.es/lexico/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo-helenico-espanol/)

 

*[Los Kolivades del Monte Athos fueron un movimiento espiritual y teológico de monjes y eruditos del siglo XVIII, que surgió en el Monte Athos y tuvo una profunda influencia en la Ortodoxia moderna. Más allá de la cuestión de los memoriales, los Kolivades expresaron una visión espiritual más amplia:

Comunión frecuente, con la debida preparación

Retorno a los Padres de la Iglesia y a la teología patrística

Énfasis en la vida espiritual interior, la tradición níptica y la oración

Rechazo de una religiosidad superficial o meramente formal

Fidelidad a la auténtica parádosis tradición ortodoxa, y no a costumbres “innovadoras”

Algunos de los Kolivades más conocidos fueron: San Nicodemo el Hagiorita, San Macario Notarás, obispo de Corinto, San Atanasio de Paros. Ellos contribuyeron decisivamente a la redacción y difusión de obras fundamentales, entre las cuales destaca la Filocalía. Al principio fueron perseguidos y combatidos, incluso dentro del propio Monte Athos. Con el tiempo, sin embargo, sus ideas prevalecieron, la Iglesia reconoció y justificó su postura y muchos de ellos fueron canonizados. Hoy se les considera renovadores de la espiritualidad ortodoxa.]

Canon VII del II Concilio Ecuménico celebrado en Constantinopla (381)

Sobre cómo deben ser recibidos los herejes:
A los que se incorporan a la Ortodoxia y a la porción de los salvados, procedentes de las herejías, los recibimos según el orden y la costumbre establecidos.

A los arrianos, macedonianos, sabatianos, novacianos —los que se llaman a sí mismos puros y de izquierda—, a los cuartodecimanos o tetraditas y a los apolinaristas, los recibimos cuando presentan libelos escritos y anatematizan toda herejía que no piense como piensa la Santa Iglesia Católica y Apostólica de Dios, y después de ser sellados, es decir, ungidos primero con el santo crisma en la frente, los ojos, las narices, la boca y los oídos; y al sellarlos decimos: Sello del don del Espíritu Santo.

Pero a los eunomianos, que se bautizan con una sola inmersión, a los montanistas, llamados aquí frigios, a los sabelianos, que enseñan la filiopaternidad, y practican otras cosas extrañas y graves, así como a todas las demás herejías (puesto que son muchas las que hay aquí, especialmente las que proceden de la región de los gálatas), a todos los que desean incorporarse a la Ortodoxia procedentes de ellas, los recibimos como a paganos: el primer día los hacemos cristianos, el segundo catecúmenos; luego, al tercer día, los exorcizamos, soplando tres veces sobre el rostro y los oídos; así los catequizamos, los hacemos permanecer un tiempo en la Iglesia y escuchar las Escrituras, y entonces los bautizamos. (Am. S. Alivizatos, Los sagrados Cánones y las Leyes eclesiásticas, Atenas 1949, p. 38).

 

Prólogo a la segunda edición

Este estudio fue escrito con una motivación concreta, relacionada con las actuales relaciones intercristianas y ecuménicas y con su manifiesta oposición a la auténtica tradición eclesiástica de los Profetas, de los Apóstoles y de nuestros Padres y Madres de todos los siglos.

Tres estudiantes alemanes, a quienes conocí en Colonia en 1978, habiendo ya sido catequizados en la tradición ortodoxa, me pidieron que asumiera la culminación de su catequesis y que los «bautizara» como ortodoxos. Esto significaba que debían ser recibidos por nuestra Iglesia mediante su único y auténtico bautismo, celebrado en el nombre de la Santísima Trinidad, con triple inmersión y emersión en el agua.

Siendo conocido que los latinos (occidentales, francolatinos) han sido caracterizados como herejes en el VIII Sínodo (Concilio) Ecuménico de la Iglesia Ortodoxa (Constantinopla, 879) a causa de la herejía del Filioque, y que después del Concilio de Trento (siglo XVI y siguientes) el bautismo canónico se ha perdido completamente en Occidente, siendo sustituido por rociamiento (aspersión o infusión), solicité permiso al Arzobispado de Atenas para que fueran recibidos por la Iglesia de Grecia “según la exactitud” (κατ᾿ ακρίβειαν kat’ akríbian).

El permiso fue concedido sin vacilación (puesto que esta práctica nunca había sido abolida en la Iglesia de Grecia), y su bautismo tuvo lugar en la noche del Gran Sábado del año 1979, conforme a la praxis de la Iglesia (antigua), en el santo templo universitario de San Antipas.

Cuando el hecho se hizo público, recibí violentos ataques por parte de los latinos (en Grecia y en Alemania Occidental), así como de latinófilos-unionistas y de uniatas (grecolatinos) del ámbito griego. Esto dio ocasión a que se iniciara una polémica de carácter literario en los medios de comunicación (prensa, radio y televisión), durante la cual decidí escribir un estudio teológico sobre la cuestión, no con el propósito de justificar mi actuación -que, por lo demás, contaba con la aprobación de mi Iglesia y, sobre todo, estaba en conformidad con la ortodoxa παράδοση* (parádosi: entrega, transmisión, tradición)-, sino para exponer la correspondiente enseñanza ortodoxa, tal como se manifiesta a través de la praxis misma de mi Iglesia. (* https://logosortodoxo.es/teologia-ortodoxa/santa-tradicion-de-la-una-santa-iglesia-catolica-apostolica-ortodoxa/)

Así, acepté con alegría la invitación del «Instituto Patriarcal de Estudios Patrísticos» (Tesalónica) para participar en el congreso organizado en agosto de 1981, dedicado al II Concilio Ecuménico, pues tendría la oportunidad, ocupándome del importantísimo Canon VII del mismo (y de su equivalente, el Canon 95 del Concilio Quinto-sexto)*, de presentar su interpretación por parte de grandes figuras de la Iglesia Ortodoxa, que no solo conocían como pocos, sino que también vivieron la parádosis tradición de nuestra Iglesia. *(El Sínodo-Concilio Quinto-sexto significa literalmente «Quinto–Sexto». Se llama así porque complementa el V (Quinto) y el VI (Sexto) Concilio Ecuménico, los cuales se habían ocupado principalmente de cuestiones doctrinales y dogmas, pero no habían promulgado cánones disciplinarios).

Creo que este estudio, que fue elaborado tras el Congreso de Tesalónica junto con la aplicación histórica del Canon dentro de los límites de Imperio Romano (Romiosýni), ofrece una respuesta al problema, firmemente fundada en nuestra fe ortodoxa y tradición patrísticas. Y hoy, de modo especial, es necesario conocer bien esta parádosis tradición, después del oscurecimiento provocado por la imperdonable precipitación de ciertas personalidades eclesiásticas en el ámbito del ecumenismo y, sobre todo, en las relaciones con la Iglesia Latina (Francolatina, romanocatólica) -identificada con el «Estado del Vaticano»-, a causa de la introducción (una vez más) de criterios puramente mundanos en el llamado «Diálogo Ecuménico».

Este rumbo condujo a la reciente decisión de la VII Asamblea Plenaria de la Comisión Mixta Internacional para el Diálogo Teológico oficial entre Romanocatólicos y Ortodoxos (17-24 de junio de 1993, Balamand, Líbano). Ni más ni menos, los representantes de las nueve Iglesias Ortodoxas que participaron en dicha reunión (estuvieron ausentes las Iglesias de Jerusalén, Georgia, Grecia, Serbia, Bulgaria y Checoslovaquia) proponen a sus Iglesias el reconocimiento mutuo de los sacramentos, pasando por alto los Sínodos-Concilios Ecuménicos, el dogma y la historia, y solicitando así una unión de facto con el papismo.

No es, pues, extraño que el texto teológico de Balamand añada en su párrafo 13 lo siguiente: «Es evidente que, dentro de este marco, queda excluido todo rebautismo», (esta frase se responde por sí misma: no rebautismo, por tanto, bautismo ortodoxamente). Ciertamente, la respuesta teológicamente correcta a esto es que la Iglesia Ortodoxa, sobre la base de su autoconciencia, no rebautiza a los heterodoxos que se incorporan a ella, sino que canónicamente bautiza a quienes no han recibido el único y canónico bautismo de la Iglesia. Esta es, por lo demás, la respuesta de los autores cuyo testimonio invocamos en el presente estudio.

A pesar de ello, el reconocimiento incondicional por nuestra parte de los sacramentos de los romanocatólicos (francolatinos y, sobre todo, del sacerdocio) conduce al rechazo de toda nuestra eclesiología, de los Sínodos-Concilios Ecuménicos y, en conjunto, de la teología patrística, sobre cuya base no existen sacramentos entre los occidentales, francolatinos, romanocatólicos, quienes incluso hablan todavía de gratia creata (gracia creada). Por ello deseamos, también desde esta posición, que las Iglesias Ortodoxas locales, con el refuerzo de las seis Iglesias que no participaron en la citada Asamblea ni firmaron sus decisiones, no procedan a aceptar la propuesta de sus representantes en Balamand, pues, de lo contrario, se prevén evoluciones sumamente desfavorables que afectarán de manera decisiva a la unidad ortodoxa.

†Padre y catedrático Georgios Metalinós, Pascua de 1996.

 

Abreviaturas

E = Neófito el Kavsokalyvita, Epítome de los Sagrados Cánones (inédito).
P = Pedalión… por Agapio Hieromonje y Nicodemo Monje, Atenas 1976.
M = Atanasio de Paros, Que quienes regresan de los latinos deben, sin objeción, de modo ineludible y necesariamente, ser bautizados, y Epítome… de los divinos dogmas de la fe…, Leipzig de Sajonia 1806 (extractos en Teodoreto Monje, Agiorita, Monacato y herejía, Atenas 1977, pp. 263 ss.).
O = Los escritos eclesiásticos conservados de Constantino Presbítero y Oikónomos, llamado “de los Oikónomi”, edición de Sof. K. de los Oikónomi, tomo I, Atenas 1862, pp. 398-515.

Introducción

La discusión sobre la validez del bautismo de los heterodoxos que se incorporan a la Ortodoxia, problema antiquísimo de la Iglesia[1], se agudizó hacia mediados del siglo XVIII en el ámbito del Patriarcado Ecuménico, durante el patriarcado de Cirilo V[2] (desde 1750 en adelante). La reactivación de la cuestión por parte de este Patriarca, quien impuso el (re)bautismo a los occidentales, provocó intensas controversias, reflejadas en una riquísima producción literaria[3], de modo que este asunto, junto con la llamada «controversia de los Kolivades», surgida en la misma época, marcó teológicamente un siglo XVIII relativamente pobre en interés teológico.

Dado que la cuestión del modo de recepción de los (antiguos) herejes fue resuelta sinodalmente por la Iglesia antigua, entre otros medios, mediante el Canon VII del II Concilio Ecuménico[4], era natural que, en las soluciones propuestas para la regulación del problema, se intentara una interpretación de dicho canon, aplicado ahora al caso de los herejes más recientes, es decir, de los occidentales en general y de los occidentales (romanocatólicos, latinos o francolatinos) en particular. [4El Canon 95 del Concilio Quinto-sexto no es sino una reiteración del mismo. Su texto es el siguiente: «Ante todo se repite el Canon VII del II Sínodo-Concilio Ecuménico y luego se añade: “También a los maniqueos, valentinianos y marcionistas, y a los que proceden de herejías semejantes, recibiéndolos como a paganos, los rebautizamos; pero a los nestorianos, eutiquianos y severianos, y a los que proceden de herejías semejantes, se les exige presentar libelos escritos y anatematizar su herejía, así como a Nestorio, Eutiques, Dióscoro y Severo; y a los demás jefes de tales herejías y a quienes piensan como ellos, y a todas las herejías antes mencionadas; y así comulgar de la Divina Comunión.”]

Desde esta perspectiva contemplaron necesariamente este canon -fundamental para el problema-, como hijos de su tiempo, también los Kolivades del Monte Athos[5], teólogos de gran capacidad, quienes, habiendo vivido de cerca como contemporáneos la controversia[6] sobre el bautismo de los heterodoxos, tomaron posición frente a ella en sus escritos y ofrecieron una respuesta al problema conforme a sus principios teológicos. Neófito el Kafsokalivita[7], jefe del movimiento de los Kolivades, san Nicodemo el Hagiorita[8] y san Atanasio de Paros[9], con absoluta unanimidad entre ellos, se pronunciaron sin reservas a favor de la decisión del Patriarca Cirilo y de la teología de Efstratio Argentis (1687-1757)[10], quien determinó de manera programática y decisiva los marcos teológicos y canónicos del problema. [6 Característicamente señala san Nicodemo, tras una exposición detallada sobre la validez del bautismo de los herejes, interpretando el Canon Apostólico 46: «Toda esta consideración que hemos hecho aquí hasta ahora no es superflua; al contrario, es sumamente necesaria, en general para todo tiempo, pero sobre todo hoy, a causa de la gran disputa y de la mucha controversia que se produce sobre el bautismo de los latinos, no solo entre nosotros y los latinos, sino también entre nosotros y los latinófilos (amigos de los franco-latinos)». P, p. 55].

La concepción y la solución del problema propuestas por E. Argentis, son afirmadas[11] y reformuladas del mismo modo por cada uno de los mencionados Kolivades[12], continuando la praxis eclesiástica antigua, formulada canónicamente por san Cipriano de Cartago y san Basilio el Grande. El hecho de que uno de los colaboradores más activos del Patriarca Cirilo V en Constantinopla y «rebautizador», el hieromonje Jonás[13], fuera Kafsokalivita -es decir, monje compañero de Neófito-, no debe, a mi juicio, pasar desapercibido. Tal vez el entorno athonita, y en particular Neófito, hayan tenido en este problema una implicación más significativa de lo que hasta hoy se conoce. Pero esto, por el momento, no pasa de ser una simple conjetura que merece ulterior investigación.

Hacia mediados del siglo XIX fue llamado, por una causa de gran importancia (el caso Palmer), a afrontar teológicamente el mismo problema Constantino Oikonomos, llamado “el de los Oikonomon”[14], quien, según su costumbre preferida, intentó un análisis exhaustivo del asunto en tres extensos tratados epistolares[15], alineándose con la línea de Cirilo V, de Argentis y, en consecuencia, también de los Kolivades[16]. Interpretó el Canon VII del II Concilio desde sus propias presuposiciones o condiciones, pero en plena comunión espiritual con ellos, con el fin de aplicarlo a los occidentales que retornaban a la Ortodoxia.

Así como en el caso de los Kolivades, también en Oikonomo la interpretación del canon no se realiza sin presuposiciones o condiciones, sino que se entrelaza inseparablemente con su aplicación a los herejes más recientes. De este modo, estos teólogos se esfuerzan por preservar la continuidad de la tradición eclesiástica y por expresar la conciencia ortodoxa de su tiempo. Moviéndose en el mismo clima espiritual y dotados de un elevado bagaje teológico y, sobre todo, canónico, ofrecen una contribución significativa a la confrontación de un problema que continúa ocupando a la Ortodoxia incluso en la actualidad.

Su aportación no reside tanto en una originalidad interpretativa -pues en esencia repiten la teología de Argentis- como en la asimilación personal y la nueva expresión de la tradición eclesiástica. Su respuesta, aunque formulada en una forma impuesta por la necesidad de una refutación detallada de la argumentación de quienes sostenían otras posiciones[17], no puede dejar de ser tomada seriamente en cuenta en cualquier arreglo sinodal de la cuestión, como exige la autoridad que -más allá de toda objeción[18]- poseen en nuestra Iglesia tanto los Kolivades como Constantino Oikonomo.

El modo de abordar el problema por parte de estos autores, pese a su minuciosidad, es natural que en cierta medida resulte poco atractivo para el pensamiento teológico griego contemporáneo, cada vez menos minucioso. Sin embargo, si se sitúa en el marco de su época, se comprende con mayor facilidad y, al mismo tiempo, nos ayuda a afrontar problemas análogos de nuestro tiempo. Es innecesario añadir que el presente estudio tiene un carácter primordialmente histórico-filológico y canónico, aunque también, de manera paralela, deontológico.

 

A’. Interpretación del Canon.

1. Presuposiciones y condiciones eclesiológicas

Para comprender el modo en que nuestros autores consideran el canon en cuestión, es necesario insistir en sus condiciones, fruto, por una parte, del nivel espiritual de la época y, por otra, de su propia teología. Así, el pensamiento teológico de nuestros autores se mueve dentro del marco de las siguientes condiciones o presuposiciones eclesiológicas y canónicas:

a) El centro absoluto en torno al cual se articula su conciencia teológica es Efesios 4,5: «Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo», y, en consecuencia, Una sola Iglesia, dentro de la cual —y solo dentro de ella— los misterios (sacramentos) son válidos, psicoterapéuticos y salvíficos. Esta Iglesia es la Ortodoxa, su Iglesia [19]. Siguen, pues, claramente la eclesiología de san Cipriano de Cartago [20], que, por lo demás, fue asumida por regla general por toda la Ortodoxia oriental [21], en contraste con Occidente, que también en este punto siguió a san Agustín.

b) Los cánones apostólicos (46, 47, 50 y 68), que regulan de modo definitivo el misterio del bautismo, poseen una autoridad eminente e inamovible. Estos teólogos aceptan no solo la eclesialidad o eclesiología, sino también la autenticidad de los cánones apostólicos [22], de la cual deriva su autoridad reforzada dentro de la Iglesia. Por ello, estos cánones se anteponen a cualquier otro grupo de cánones, dado que tanto los cánones sinódicos/ conciliares (ecuménicos y locales) como los de los santos Padres concuerdan con ellos [23], y poseen una importancia fundamental para la vida de la Iglesia. Así, en relación con el bautismo, la decisión del sínodo presidido por Cipriano (258) se apoyó —según ellos— en los citados cánones apostólicos. Este sínodo adquirió autoridad ecuménica mediante su «ratificación» por el canon segundo del Concilio Quinto-sexto [24]. Por tanto, no es posible que exista una decisión eclesiástica que contradiga los cánones apostólicos, el canon de san Cipriano, ni tampoco los de san Basilio Magno (A’ y 47’), los cuales han recibido igualmente, a través del canon segundo del Quinto-sexto, autoridad ecuménica [25].

c) Más concretamente, en lo que respecta al misterio del Bautismo, según Efesios 4,5 y el santo Símbolo de la fe, existe un solo y único bautismo: el Bautismo de la Iglesia Una, es decir, de la Ortodoxa [26]. Este es, en sentido propio, «bautismo» cuando se celebra mediante tres inmersiones y emersiones, ya que solo esto puede significar el término «bautismo» [27]. El bautismo por triple inmersión es «enseñado por Dios» y «transmitido y entregado por Dios» [28], como lo confirman los cánones apostólicos, conciliares y patrísticos [29]. [28: Según los Concilios Ecuménicos, “la triple inmersión y emersión constituye conformidad con el mandato del Señor y expresa la naturaleza trinitaria de Dios”.] «En este bautismo creemos -observa Oikonomos- y este, y solamente este, confesamos como un bautismo, que nunca es duplicado o cambiado»[30].

d) Todos los herejes, de cualquier tipo, tal como los define san Basilio Magno (canon A’), a quien también en este punto siguen nuestros teólogos [31], se encuentran fuera de la Iglesia, y por ello su «bautismo» es completamente inexistente, es decir, un «seudobautismo» y «no verdadero» [32], por celebrarse fuera de la Iglesia [33]. En consecuencia, incluso cuando este se realiza mediante tres inmersiones, es decir, conforme al tipo correcto del bautismo eclesiástico, de ningún modo puede considerarse «iluminación», siendo en esencia una «contaminación» [34]. Los herejes no pueden tener bautismo porque están enfermos en la fe [35], y así «el bautismo que ellos administran es inútil, al carecer de piedad» [36]. Según Neófito, la fe de los herejes «es anatematizada, mientras que la nuestra es bendecida. Por tanto, tampoco el bautismo de ellos y el nuestro es uno solo» [37]. De ahí que, aun cuando los herejes invoquen correctamente a la Santísima Trinidad y celebren el bautismo, como observa san Nicodemo, «aquellos nombres supradivinos, pronunciados por bocas heréticas, permanecen inactivos e ineficaces» [38].

Además, los herejes no pueden tener bautismo porque no poseen sacerdocio. Sacerdocio y bautismo están indisolublemente unidos [39], y «es absolutamente necesario aceptar o ambos o ninguno» [40]. El bautismo de los herejes «no puede por naturaleza otorgar la remisión de los pecados» [41], y por ello todos los herejes que regresan a la Iglesia deben necesariamente ser bautizados [42]. Es evidente que estas posiciones se fundamentan en el canon de san Cipriano y en el canon 47’ de san Basilio Magno [43], los cuales trazaron el camino de la acribia exactitud[44], según el cual no puede hablarse en absoluto de la validez de los misterios heréticos en sí mismos.

e) La alteración o cambio de la forma «divinamente transmitida» del único bautismo de la Iglesia, cuando se realiza «sin una necesidad urgente» [45], constituye una violación «imperdonable de la tradición apostólica» [46] y un «acto odioso y abominable» [47]. Según Neófito, el Bautismo es «homólogo de los dogmas» [48], y la «triple inmersión» es también un «dogma» [49]. El bautismo no es una simple «norma eclesiástica legal», susceptible de ser juzgada por la costumbre o la tradición, sino que pertenece a la misma fe [50]. Por ello, la distinción entre la confesión de fe y la forma del bautismo es inadmisible. A la pregunta de «qué es más solemne y esencial, la forma externa o la fe», responde Oikónomos: «ambas» [51]. Cita a san Basilio Magno, según el cual «fe y bautismo son dos realidades connaturales e inseparables: la fe se perfecciona por el bautismo, y el bautismo se fundamenta en la fe» [52]. La correcta confesión de la fe debe ir acompañada de un bautismo «perfecto», pues solo este bautismo «perfecciona recíprocamente la fe», según Oikonomos [53].

f) La necesidad de la triple inmersión para la existencia del misterio corresponde a su naturaleza dogmática. Mediante la triple inmersión «confesamos el dogma de la Trinidad soberana, proclamado en las invocaciones», y también «el dogma de la economía de Cristo, Dios y Salvador nuestro, cuya muerte, sepultura y resurrección al tercer día son simbólicamente representadas» por las tres inmersiones y emersiones [54]. Según san Nicodemo, no se trata de un simple simbolismo, sino de una realidad, pues «el mismo hombre obra en sí la muerte del Señor; es decir, el bautizado muere y es sepultado con Cristo en el agua del bautismo» (cf. Rom 6,9). Sin las inmersiones «es imposible que se produzca en nosotros la imagen de la muerte de Cristo y de su sepultura de tres días». El bautismo ortodoxo es, además, tipo de la «descensión de la psique-alma del Señor al Hades». Así, «por el tipo de la sepultura de Cristo» se diviniza (se deifica o glorifica) el cuerpo del bautizado, y «por el tipo de la bajada al Hades» se diviniza su psique-alma. De este modo resume san Nicodemo la correspondiente enseñanza patrística [55].

Estas presuposiciones y condiciones ayudan a valorar correctamente la posición teológica de los Colivades y de su correligionario K. Oikonomos frente al canon séptimo del II Concilio Ecuménico y, en general, frente al modo de recepción de los herejes que regresan a la Iglesia, antiguos y modernos.

2. Autenticidad del Canon

En el siglo XVII, el canonista inglés G. Beveridge (Beveregius) planteó el problema de la autenticidad del canon séptimo del II Concilio Ecuménico [56] y demostró que no pertenece a la obra del Concilio, ya que se trata de un texto del siglo V [57]. Ciertamente, para la Iglesia Ortodoxa, la demostración de la no autenticidad del canon [58] no disminuye en absoluto su autoridad, la cual nunca fue puesta en duda en el ámbito ortodoxo, puesto que el contenido del canon fue reproducido literalmente por el canon 95 del Concilio Quinto-sexto y recibió así autoridad ecuménica y validez perpetua [59].

De entre nuestros teólogos, solo uno [60] se ocupó de la autenticidad del canon, rechazándola, lo cual resulta audaz para el ámbito griego del siglo XVIII. Se trata de Neófito el Kafsokalivita [61]. Su argumentación, que ocupa numerosas páginas de su obra inédita, se apoya en fuentes occidentales de su época [62] y abarca no solo el canon séptimo del II Concilio, sino también el canon 95 del Quinto-sexto, «concordante y equivalente al séptimo del II» [63]. Neófito considera que ambos no proceden de un concilio, sino «de una carta» dirigida a Martirio de Antioquía [64], y, por consiguiente, los juzga «introducidos posteriormente» (interpolados) [65], en clara contradicción con los cánones apostólicos ratificados por el Quinto-sexto y con los de san Basilio Magno [66]. Neófito no determina, ciertamente, cuándo tuvo lugar la introducción de estos cánones en la obra de los dos Concilios Ecuménicos [67], pero, según él, no es seguro que haya sido obra del propio Quinto-sexto [68]. En cualquier caso, debió de ocurrir antes de Focio y del monje Arsenio, quienes enumeran ambos cánones junto con los demás cánones de dichos Concilios [69]. Sin embargo, su autenticidad no queda en modo alguno reforzada, ya que existen testimonios contrarios de autores más antiguos, que, por razón de su antigüedad, gozan de mayor credibilidad [70]. Por ello, Neófito considera que el canon séptimo del II Concilio (junto con el 95 del Quinto-sexto) debe ser rechazado, también para evitar las acusaciones de los «luterocalvinistas» contra la Iglesia Ortodoxa [71].

La aceptación de la no autenticidad de estos dos cánones socava, según Neófito, de manera razonable, también su autoridad, lo cual constituye una verdadera cruz para el monje hagiorita, que acepta el carácter absoluto e inamovible del principio cipriánico, según el cual el bautismo de los herejes es inexistente y nunca, bajo ninguna circunstancia, puede ser aceptado por la Iglesia Ortodoxa. Sin embargo, debía darse una explicación razonable tanto acerca del testimonio de la fuente de este canon como acerca de la razón de su inclusión entre los cánones del II Concilio Ecuménico. Neófito desarrolla la siguiente argumentación:

La carta «anónima» [72] de la Iglesia de Constantinopla dirigida a Martirio de Antioquía, que contiene fielmente el canon séptimo del II Concilio «con cierta interpolación» [73], no se refiere a la práctica generalmente vigente de la Iglesia, sino que «presenta la costumbre de Constantinopla». Por ello, tiene un carácter local y no universal o ecuménico. Además, si -como observa lógicamente- la normativa relativa a la recepción de los herejes que regresan hubiera sido impuesta por el canon séptimo del II Concilio y, por tanto, aplicada por toda la Iglesia, habría sido conocida por quien formuló la consulta, de modo que no habría sido necesario pedir la opinión del Patriarca de Constantinopla [74]. Se trata, pues, de una «costumbre» de la Iglesia de Constantinopla, descrita en la carta, que no puede adquirir validez universal ni carácter obligatorio [75], puesto que «el axioma o autoridad de la ciudad» no puede imponer una simple costumbre local a toda la Iglesia. Neófito admite, ciertamente, que esta costumbre se había impuesto efectivamente en Constantinopla desde la época de la controversia arriana (siglo IV), a causa del problema de los que regresaban tras haber sido «arrianizados» [76], a quienes la Iglesia, con razón, no rebautizaba, sino que «ungía solamente con el crisma». Sin embargo, cuando con el tiempo se debilitó la distinción entre «arrianos» y «arrianizantes», esta práctica se aplicó también a los segundos de manera anticanónica, según Neófito [77].

Así se explica por qué esta costumbre es, por un lado, «en parte contraria a los cánones», y por otro, «contradictoria consigo misma» [78]. Lo primero resulta de la oposición de este canon al canon segundo del Quinto-sexto, que «parece anular de manera incoherente aquello mismo que ratificó» [79]. Lo segundo se manifiesta en el hecho de que el canon acepta «el bautismo de arrianos y macedonianos, pero no su ordenación», lo cual contradice precisamente el canon apostólico 47, también ratificado por el Quinto-sexto [80]. De ello se sigue que no encuentra ninguna justificación la afirmación de que «la costumbre sobre los herejes vigente en Constantinopla, antes irregular, fue canonizada posteriormente por el VI Concilio», pues en tal caso el Concilio se habría contradicho a sí mismo [81].

Neófito, además, debido a la imposibilidad de armonizar este canon con los cánones apostólicos, pone también en duda la autoridad de dicha carta, debilitando aún más la credibilidad de los dos cánones mencionados que proceden de ella. Considera así que la carta no fue escrita por el patriarca Genadio (458-471), como comúnmente se admite, sino por Acacio, «procedente de la herejía de los acéfalos» [82]. Apoyándose en la expresión de la carta: «tú, bienaventurado, que eres presidente y cabeza de la Iglesia Católica», observa: «La carta no es en absoluto patriarcal, puesto que llama a Antioquía cabeza de la Iglesia Católica de Cristo», lo cual es precisamente «absurdo e impío», ya que una sola es la Cabeza de la Iglesia: Cristo [83].

La conclusión de Neófito, tras lo expuesto, es evidente. Los dos cánones en cuestión no pueden considerarse conciliares [84], sino «espurios y falsos» [85]. Y alegrándose por haber podido eliminar la escandalosa contradicción del Quinto-sexto, exclama: «Y doxa-gloria al santo Dios, adorado en Trinidad, que mostró a discípulos lo que pasó inadvertido a sabios y maestros» [86]. El modo de recepción de los herejes debe regularse, por consiguiente, sobre la base de los cánones redactados específicamente para este fin, a saber: los cánones apostólicos 47 y 65; los cánones 8 y 19 del I Concilio; los cánones 7 y 8 del Concilio de Laodicea; el canon 1 del Concilio de Cartago; y los cánones 1 y 47 de san Basilio Magno, los cuales poseen también la autoridad ecuménica necesaria, ya que fueron «ratificados» por el canon 1 del IV Concilio, el canon 2 del Quinto-sexto y los cánones 1 y 11 del VII Concilio Ecuménico [87].

No obstante, Neófito concluye su crítica sobre la autenticidad del canon séptimo del II Concilio con una declaración que evidentemente fue añadida posteriormente y que demuestra -entre otras cosas- su sinceridad y objetividad. Escribe que, «tras haber transcurrido un tiempo considerable desde que se examinaron las cuestiones relativas a los dos cánones mencionados a partir de las compilaciones canónicas», observó en la cuarta sesión del VII Concilio Ecuménico que los Padres leyeron el canon 102 (probablemente 92) del VI Concilio (Quinto-sexto) a partir de las actas originales del Concilio. Y en la sexta sesión se declara expresamente que el VI Concilio Ecuménico «promulgó cánones… hasta el número ciento dos», conforme también al testimonio de Focio. Así, Neófito se ve obligado a confesar: «De ello parece que lo que probablemente habíamos examinado a partir de los antiguos acerca del canon séptimo del II Concilio queda manifiestamente anulado por el canon 95 del VI». Sin embargo, constata de nuevo que la contradicción del Quinto-sexto, según su parecer, no queda eliminada. Pues, en la medida en que el VII Concilio Ecuménico aprueba el canon 95 del Quinto-sexto, «queda por examinar la contradicción parcial de este con los cánones apostólicos y con el canon primero de san Basilio Magno, que fueron ratificados en primer lugar por el VI y el VII Concilios, y por idear su solución» [88].

La contradicción mencionada continúa existiendo, porque los arrianos, según los cánones apostólicos y los de san Basilio Magno, deben ser bautizados, mientras que según el canon 95 del Quinto-sexto solo deben ser crismados, a pesar de que, según el VII Concilio (sesión sexta, tomo II), no son simplemente herejes, sino «por decirlo así, paganos». Neófito no continúa. ¡No puede continuar! Permanece con la pregunta sin respuesta. Esto es, sin duda, comprensible, ya que Neófito no toleraba la aplicación de la economía a los herejes. Como se mostrará más adelante, el principio de la economía elimina, según su parecer, la contradicción y pone de manifiesto la unidad de los sagrados cánones de la Iglesia Ortodoxa.

Ciertamente Neófito, fiel a la tradición de su Iglesia, al tener que enfrentarse a quienes se apoyaban en estos dos cánones para determinar el modo de recepción de los herejes más recientes, utiliza el canon séptimo del II [89], dejando de lado el problema de su autenticidad, pero sobre todo en combinación con el canon 95 del Concilio Quinto-sexto, y precisamente en la forma: «el VI junto con el II» [90], «el II y el VI» [91]; lo cual muestra que del canon 95 del Quinto-sexto hacía depender también la validez del canon séptimo del II, el cual permanecía en todo caso disminuido en su conciencia debido a su falta de autenticidad, pero también por el problema que creó, como se verá a continuación.

3. Interpretación del canon

El canon séptimo del II Concilio Ecuménico ofrece, según nuestros autores, una respuesta directa a la cuestión de «cómo deben ser recibidos en la Ortodoxia los herejes que se acercan a ella» [92]. El marco canónico dentro del cual puede interpretarse correctamente este canon queda delimitado por los cánones apostólicos 46, 47, 50 y 65; el canon 1 de Cartago; los cánones 7 y 8 del Concilio de Laodicea; los cánones 8 y 19 del I Concilio Ecuménico; los cánones 1, 5, 20 y 47 de san Basilio Magno; el canon 95 del Concilio Quinto-sexto; y los cánones 57 y 80 del Concilio de Cartago [93]. Este canon debe examinarse conjuntamente con el canon 95 del Quinto-sexto, el cual «no es otra cosa sino una repetición de aquel» [94].

Sin embargo, el canon presenta serias dificultades interpretativas, pues, según su tenor literal, parece oponerse claramente a la práctica o praxis eclesiástica [95] formulada canónicamente por san Cipriano y otros Padres, como por ejemplo san Basilio Magno. Dicha práctica o praxis, como ya hemos visto, es aceptada por estos teólogos como perteneciente a la Iglesia primitiva y conforme a los cánones apostólicos, y por ello como la única verdaderamente canónica e inviolable. Así, con toda lógica, san Nicodemo plantea la siguiente cuestión: ¿por qué el II Concilio Ecuménico «no rechazó el bautismo de todos los herejes, conforme a los cánones apostólicos y al sínodo en torno a san Cipriano y a todos los demás grandes y teoforos (portadores de Dios) Padres… sino que aceptó el bautismo de unos herejes y el de otros no?» [96].

La distinción de los herejes en «bautizables» y no bautizables constituye el núcleo del problema generado por este canon. Tal distinción, en principio, sobre la base de los cánones de san Cipriano y de san Basilio Magno, es juzgada por nuestros autores como «totalmente inadmisible». Ya se ha señalado anteriormente que, según ellos, los herejes de cualquier tipo, al encontrarse fuera de la Iglesia y no poseer siquiera un verdadero bautismo, deben ser bautizados «sin excepción alguna» [97].

El problema se agrava aún más por el hecho de que el Concilio parece mostrarse indulgente y flexible precisamente con los «más impíos» entre los herejes de la época, es decir, los arrianos y los macedonianos, «que niegan la divinidad de nuestro Señor Jesús Cristo» y «blasfeman contra el Espíritu Santo» [98]. Así, a primera vista, se manifiesta una falta de armonía entre los sagrados concilios y los cánones patrísticos, puesto que dos Concilios Ecuménicos (el II mediante su canon séptimo y el Quinto-sexto mediante el canon 95) entran en contradicción no solo con los Padres mencionados, sino también con los cánones apostólicos (por ejemplo, el canon 46), los cuales, sin embargo, fueron ratificados por el Quinto-sexto —y, a través de él, por la Iglesia universal— y que, según san Nicodemo, «ordenan lo contrario» [99]. Este es el problema que dichos cánones plantean.

En el intento de eliminar esta desarmonía, se sostuvo la opinión de que los Concilios Ecuménicos pueden revisar o incluso anular las decisiones canónicas de los Padres, puesto que jamás «se ha oído que un concilio ecuménico o local subordine algo a otro» [100]. La ratificación de los cánones de los santos Padres por parte de los Concilios Ecuménicos no implicaría necesariamente la aceptación de una contradicción, ya que, sencillamente, prevalecerían los Concilios, conforme al conocido principio: «lo menor es bendecido por lo mayor» (Heb 7,7). De este modo, los Concilios impondrían su autoridad, relegando en cierto sentido los cánones formulados con anterioridad.

Además, el propio Zonarás, al abordar la «contradicción» entre el canon séptimo del II Concilio y el canon primero de Cartago, es decir, en esencia, el canon de san Cipriano, escribe: «Introduciéndose, pues, en este punto disposiciones contrarias por ambos concilios, prevalecen las del segundo concilio, tanto por ser posterior como por ser ecuménico, en el cual, sin duda, estuvieron representados todos los tronos patriarcales, ya sea por los propios patriarcas o por sus delegados» [101].

Nuestros teólogos, sin embargo, al vivir la tradición de la Iglesia y conocer por experiencia directa el lugar de los santos Padres en su vida, no se muestran satisfechos con esta explicación. No admiten la más mínima discrepancia entre Padres y Concilios [102]. La autoridad de los santos Padres es aceptada de forma unánime por todos los autores, pero reviste un interés particular el análisis exhaustivo que, también en este punto, realiza Neófito el Kavsokalivita [103].

Según Neófito, los Concilios -y en particular el II y el Quinto-sexto Ecuménicos- no anulan a los santos Padres, cuya autoridad en la Iglesia se manifiesta de modo eminente precisamente en estos mismos Concilios Ecuménicos, de los cuales «teología y decisiones no pueden concebirse sin la aportación teológica de los Padres y Maestros» [104]. Aduce ejemplos característicos: san Juan Crisóstomo es «antepuesto» al Concilio de Neocesarea en el canon 16 del Quinto-sexto, y san Gregorio el Teólogo en el canon 64 del mismo Concilio. «Asimismo, el gran Basilio es presentado por el VII Concilio, en los cánones 16, 19 y 20, como testigo autorizado, al que la propia Iglesia ha recibido y ha antepuesto concordemente a sí misma…» [105]. De manera especial, la autoridad de san Basilio Magno es reconocida en «todos los concilios ecuménicos posteriores a él» [106]. Neófito concluye: «No decimos que los doctores ecuménicos, más bien integrados en ellos, sean antepuestos con el fin de anular lo que definieron los concilios ecuménicos -¡lejos de ello!-, sino para mostrar cuán venerables son también para los propios concilios… Pues también los concilios ecuménicos se apoyan en los santos y sabios Padres» [107].

La conclusión de Neófito es que el II Concilio Ecuménico no ignoró ni relegó en absoluto a los santos Padres que le precedieron (Cipriano, Atanasio el Grande, Basilio el Grande, Gregorio el Teólogo, etc.), quienes «llamaban impuro al bautismo de los herejes» y rechazaban como «inadmisible», en particular, el bautismo de los arrianos [108]. Esto es aún más evidente en el caso del Quinto-sexto, el cual no puede, sin incurrir en contradicción consigo mismo, por un lado «ratificar» y por otro anular el canon de Cartago, dado que, mientras «el II, al pasar por alto este canon en el séptimo, lo delimitó allí donde tenía vigencia, el VI, al ratificarlo en el segundo, lo hizo ecuménico de común acuerdo» [109]. Si, pues, el canon séptimo del II y el canon 95 del Quinto-sexto parecen conferir un carácter local al canon del sínodo en torno a Cipriano, el canon segundo del Quinto-sexto le otorgó autoridad ecuménica, puesto que «también los cánones locales y particulares, una vez ratificados por la Iglesia universal, se convierten en universales» [110]. No es admisible, por tanto, ninguna distinción valorativa entre los sagrados cánones de la Iglesia [111].

Dado, entonces, que es imposible que un Concilio Ecuménico se autocontradiga, a Neófito le queda una perplejidad razonable: «No ceso de preguntarme, dice, por qué razón aquellos que fueron depuestos sinodalmente por herejía y expulsados de la Iglesia, o incluso anatematizados (es decir, los arrianos y macedonianos)… cuyas ceremonias son imperfectas, totalmente inadmisibles y rechazables según el canon apostólico 46, por qué razón el VI Concilio (y, en consecuencia, también el II) las aceptó; me hallo en la perplejidad» [112]. Y continúa: «Ante esto me hallo perplejo, y creo que también todo canonista; pero quien pueda, en el Señor, resuelva esta dificultad, mostrando concordes los concilios ecuménicos con los cánones apostólicos y con los de san Basilio Magno que ellos ratificaron…» [113].

Debe existir, por tanto, otra explicación acerca del modo de proceder de los dos Concilios Ecuménicos, especialmente cuando el Quinto-sexto «ratifica» sin duda alguna, cánones que, desde otro punto de vista, parece «anular» [114].

Nuestros teólogos no dejan esta cuestión sin respuesta. Aunque sus soluciones conservan el carácter personal de cada autor y difieren en ciertos puntos secundarios, todos llegan a la misma conclusión, como consecuencia de su común sentir eclesial.

La postura del II Concilio frente a los arrianos y macedonianos se explica, según san Nicodemo, si se tiene en cuenta que la Iglesia «posee dos formas de gobierno y corrección»: la akribia exactitud y la οικονομία (ikonomía: economía). Mientras que «los Apóstoles» y los concilios y Padres más antiguos aplicaron la akribia [115], los dos Concilios Ecuménicos aceptaron la ikonomía [116]. Así, la alternancia -bajo ciertas condiciones- entre akribia y economía elimina toda sospecha de contradicción entre los sagrados cánones y los concilios. Según el santo, el II Concilio Ecuménico «observó parcialmente el presente canon» [117], actuando «por economía y condescendencia» [118].

La economía, en cuanto fruto del ministerio pastoral y terapéutico de la Iglesia, fue aplicada por razones coyunturales e históricas. Los herejes en cuestión eran numerosos y políticamente poderosos [119]. Por ello, los Padres conciliares mostraron indulgencia «para atraerlos a la Ortodoxia y corregirlos más fácilmente», y «para no irritarlos aún más contra la Iglesia y los cristianos, y que el mal se hiciera peor» [120]. La aplicación de la economía no fue, pues, arbitraria, sino justificada y concernía a la salvación de los herejes y a la paz de la Iglesia.

Según Neófito, que no podía apartarse del principio cipriano respecto a la validez de los misterios heréticos, «esta economía general…, vigente incluso antes del canon del II Concilio, aceptaba -como en el caso de los cismáticos- también los ritos de los arrianos, como se puede deducir del II Concilio» [121]. Sin embargo, incluso para él existía una razón importante que hacía la economía no solo posible, sino necesaria. Tanto el VI como el II Concilio Ecuménico hablan «de los herejes surgidos de entre nosotros» [122]. Es decir, aquellos ortodoxos que «cayeron en el arrianismo», al «regresar», no eran bautizados de nuevo [123]. Por el contrario, «los que no procedían de los ortodoxos y se hicieron arrianos, y que no habían recibido simplemente el bautismo de los ortodoxos, sino el de los herejes», debían ser bautizados como no bautizados [124].

Y dado que «la mayoría de estos (= arrianos y macedonianos) procedían de ortodoxos, existían mezclados y se unían hipócritamente a los clérigos», según Epifanio [125], de modo que (también según san Basilio Magno) [126] «a causa de la confusión no era posible distinguir entre ortodoxos y herejes», el Concilio se vio obligado a aplicar la economía [127], la cual -según él- solo puede aplicarse a los cismáticos [128].

Una posición paralela sostiene también san Nicodemo, quien, interpretando el canon de san Cipriano, observa: «Y si alguien examina cuidadosamente la cuestión, hallará que aquellos herejes que la segunda sinodal ecuménica aceptó por economía eran en su mayoría bautizados por sacerdotes que habían caído entonces en la herejía, y por ello se empleó esta economía» [129]. El punto común de ambas posturas es la convicción de que aquellos que fueron aceptados “por economía” conservaban el «bautismo de la Iglesia», es decir, el de las tres inmersiones y emersiones.

Según Neófito, puesto que a raíz de los arrianos se impuso esta «costumbre» en Constantinopla, por una parte, fue incluida en la epístola A Martyrion, y por otra fue regulada por el Concilio Quinto-sexto mediante su canon 95, ya que se introdujo en concilios celebrados en la misma Constantinopla, es decir, el II Ecuménico y el Quinto-sexto.

También Oikonomo admite la libre aplicación, por parte de los antiguos concilios, a veces del rigor, otras veces de la economía, sin la menor colisión entre los sagrados cánones. Los cánones apostólicos, según él, «fueron establecidos conforme a la akribia exactitud». El II Concilio Ecuménico y el Quinto-sexto, en cambio, aplicaron la economía por razones históricas («así lo exigían las circunstancias de aquellos tiempos») [130].

La distinción, sin embargo, hecha por el II Concilio Ecuménico entre herejes que debían ser bautizados y aquellos que solo debían ser crismados, tenía -según nuestros autores- una concreta presuposición eclesiológica y canónica. Los herejes obligados a recibir el bautismo tenían, según Oikónomo, un «rasgo común»: «no solo la blasfemia multiforme respecto a los dogmas divinos, sino sobre todo la impía transgresión en la forma de su bautismo». Esta era doble: «en la invocación de las personas de la santísima Trinidad» [131] y «en la triple inmersión del bautizado» [132].

Así, el bautismo de los herejes que regresaban «fue establecido» por el canon séptimo del II no solo «por la heterodoxia en el dogma divino», ya que esta era rechazada con su retorno y con el libelo que necesariamente presentaban, sino «principalmente y ante todo por el error total en las invocaciones divinas o en las triples inmersiones del bautismo, razón por la cual el rito era profano e incompleto» [133].

Por ello -añade san Nicodemo- los pertenecientes a este grupo (eunomianos, montanistas, sabelianos «y todas las demás herejías») eran recibidos, sin posibilidad alguna de excepción, «como paganos», es decir, como «totalmente no bautizados», porque «o no fueron bautizados en absoluto, o bien lo fueron, pero no correctamente ni como se bautizan los ortodoxos; por ello no son considerados en absoluto como bautizados» [134]. Para estos autores, como también para los Padres (antiguos) de la Iglesia, el «bautismo» no significa cualquier forma de entrada en la Iglesia, sino la incorporación a la Iglesia según el modo apostólico concreto (mediante las tres inmersiones).

La aplicación de la economía a los arrianos y macedonianos no significa en absoluto que el Concilio haya relativizado la fe, sino que el grado de su desviación respecto a la fe ortodoxa no tuvo para el Concilio una importancia primaria [135]. Fue posible, sin embargo, porque estos herejes «conservaban en su bautismo la tradición apostólica, bautizando conforme al mandato del Señor, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y con tres inmersiones y emersiones» [136]. La correcta celebración del misterio constituyó el criterio para la aceptación de su bautismo.

Así, «la impiedad de su pensamiento era sanada mediante el libelo» y «mediante la divina crismación», otorgada «para confirmación de su confesión y fe», «a fin de que llegaran a ser partícipes del βασιλεία (vasilía: realeza increada) de Cristo y de la donación del Espíritu, de la cual estaban privados». Algunos de ellos quizá ni siquiera habían sido ungidos con el santo crisma, como por ejemplo los novacianos, respecto de los cuales el concilio de Laodicea aplicó la economía [137].

En cambio, a los eunomianos nunca pudo aplicárseles la economía, porque habían recibido un «bautismo de una sola inmersión», es decir, distinto del de la Iglesia. La alteración de la forma del misterio -que destruye su unidad, es decir, la coincidencia entre el elemento externo y el interno- tuvo para el Concilio una importancia decisiva, porque también la economía, según Oikonomo, invocando a los santos Padres, tiene límites: «Hay que aplicar economía allí donde no se comete transgresión», dijo sentenciosamente san Juan Crisóstomo [138]. El canon séptimo del II, dice Oikónomos, «por razón de brevedad» omitió «la blasfemia en la invocación» de los eunomianos y se contentó con la deficiencia igualmente grave de la forma del misterio, es decir, la única inmersión [139].

Se demuestra así, según Oikonomo, que «no existe ninguna contradicción entre los sagrados cánones respecto al bautismo» [140]. La interpretación de los cánones sagrados sobre la base del esquema acribia exactitud-economía elimina toda aparente desarmonía entre ellos. Es digno de atención, sin embargo, que estos teólogos entienden la economía como indulgencia y condescendencia frente a la acribia exactitud eclesiástica, es decir, como una medida de acción pastoral, y la acribia como una medida teológica, que constituye la práctica o praxis canónica de la Iglesia [141], la cual no está determinada exclusivamente por los Concilios Ecuménicos, sino también por los cánones «apostólicos» y «patrísticos» [142], que, tras su validación ecuménica, no son inferiores en autoridad a los cánones conciliares ni, por supuesto, a los propios Concilios Ecuménicos.

En el presente caso, los Concilios Ecuménicos, como el II y el Quinto-sexto, sin abolir el rigor, ofrecen una solución «por economía» [143]. Según nuestros autores, existe no solo unidad de espíritu, sino también equivalencia y paridad de autoridad entre los sagrados cánones de nuestra Iglesia, en la medida en que todos ellos, en general, son «ecuménicos». Así, los cánones de los Concilios Ecuménicos, y en este caso del II y del Quinto-sexto, no dejan sin efecto ni derogan los cánones anteriores [144].

Tal postura es considerada por estos teólogos como extremadamente legalista y claramente antieclesial, puesto que acribia exactitud y economía pueden coexistir armónicamente en el orden canónico de la Iglesia. La posibilidad de aplicar tanto la acribia exactitud como la economía garantiza la libertad de la Iglesia y excluye su encierro en esquemas jurídicos. Pero también el principio de que « acribia exactitud» es lo establecido primordialmente por los Concilios Ecuménicos, y «economía» toda desviación de ello[145], no encontraría de acuerdo a nuestros autores. Para ellos, la acribia exactitud es la praxis o acción de la Iglesia que brota de su autoconciencia, según la cual fuera de ella no existen ni misterios ni salvación.

Así, la economía, que, como hemos visto, se aplicó por el II Concilio Ecuménico bajo ciertas condiciones específicas, en ningún caso anula la acribia exactitud de la Iglesia. Según san Nicodemo: «La economía que ciertos Padres aplicaron en su tiempo no puede considerarse ni ley ni ejemplo» [146]. La unidad en la que se inserta esta observación de san Nicodemo demuestra que el Santo tenía en mente a los Padres del II Concilio Ecuménico.

De hecho, Oikonomo formula la misma posición de manera más clara: los concilios ecuménicos no derogaron los cánones legislados conforme a la acribia exactitud, aunque algunos quisieran seguirlos para la completa tranquilidad de su conciencia y conforme a la antigua costumbre establecida [147].

Lo mismo sostiene Neófito, quien además propone un razonamiento práctico característico: «Solo el VI (Concilio) junto con el II decide parcialmente la crismación de los herejes»; sin embargo, los Santos Padres (Cipriano, Basilio Magno, Atanasio Magno, etc.) y los Sínodos locales, como el de Laodicea, así como los Cánones Apostólicos, establecen «bautizarlos simplemente», lo cual es ratificado por los Sínodos-Concilios Ecuménicos VI y VII. Según el canon séptimo del I Sínodo Ecuménico y el XIX de Antioquía, «la mayoría de votos prevalece». Así concluye Neófito: «Por tanto, los herejes según la mayoría deben ser bautizados, y según la minoría, crismados». Se constata, sin embargo, «que entre los sagrados cánones hay muchas más opiniones sobre el bautismo que sobre la crismación» [148].

Quizá no debería uno apresurarse a rechazar simplemente este “argumento” de Neófito, sino más bien intentar discernir el objetivo último del autor, quien con él quiere demostrar lo dicho anteriormente, es decir, el uso de la economía por parte de los Concilios II y Quinto-sexto por motivos concretos -reales y únicamente tales- y de manera excepcional.

De manera unánime, nuestros autores coinciden en que, según la praxis canónica de la Iglesia, a los herejes que retornan a la Ortodoxia debe aplicarse la acribia exactitud, es decir, su bautismo, puesto que ni siquiera bajo la acribia exactitud ni bajo la economía pueden considerarse válidos por sí mismos los misterios (sacramentos) de los herejes [149 I. Kotsoni, Problemas…, ob. cit., pp. 201 ss. San Nicodemo observa (P., p. 52): “«Por tanto, si el bautismo de los cismáticos es invalidado por san Basilio, por haberles faltado la gracia perfeccionadora, es entonces superfluo también que alguien se pregunte si debemos bautizar a los herejes»].

Así se interpreta el VII Canon del II Concilio Ecuménico por los Kolivades y por K. Oikonomos. Estos autores están de acuerdo con los canonistas anteriores a ellos respecto a la comprensión de dicho canon. Podemos resumir su enseñanza, a modo de conclusión, en las siguientes posiciones:

a) Por el principio de la economía, se elimina toda «contradicción» entre este canon y los cánones anteriores que podrían considerarse en desacuerdo con él. No existe ninguna discordancia real entre los sagrados cánones de la Iglesia [150], los cuales, a pesar de su aparente contradicción, mantienen su unidad y preservan la libertad en Cristo.

b) El II Concilio Ecuménico. Cuando aplicó la economía «de manera nominal y formal» a herejes concretos, no dejó abierto el terreno para incluir en esta categoría a cualesquiera de otros herejes de modo incontrolado, porque la economía se aplicó por importantes razones históricas y pastorales, sin abolirse la exactitud confirmada en la primera parte del canon y aplicada a otros herejes, pero también no arbitrariamente.

c) La aplicación de la economía fue posible porque existían las condiciones «formales» absolutamente necesarias, es decir, la correcta celebración del sacramento del bautismo por parte de estos herejes, mediante tres inmersiones y emersiones [151]. El rechazo del bautismo de una sola inmersión de los Eunomianos, que se contaban entre los completamente no bautizados, muestra la condena del Concilio y, por tanto, de la Iglesia Católica Ortodoxa, a cualquier alteración de la forma del sacramento del bautismo, la cual sería suficiente para hacer completamente imposible la aplicación de la economía a estos herejes. En este caso, según Oikónomo: «El peligro afecta a todos; pues no nacieron del agua y del Espíritu, ni fueron co-enterrados con Cristo mediante el bautismo hacia la muerte» [152]. Es decir, son no bautizados y, por tanto, ajenos a la regeneración o renacimiento en Cristo.

B. Aplicación del Canon

Como se indicó al inicio de este estudio, la aproximación interpretativa del VII Canon del II Concilio Ecuménico en el siglo XVIII se realizó en el marco de la búsqueda de una solución al problema de la recepción de los retornados del Occidente, incluyendo, por supuesto, a los franco-latinos y romanocatólicos. Ya había precedido un largo período de dudas y titubeos de los ortodoxos sobre este tema [153], y la solución propuesta por el Patriarca Cirilo V (1755) no fue aceptada por todos como la única correcta [154].

La cuestión planteada por ambas partes era si la distinción «económica» de los herejes, aplicada por el II Concilio Ecuménico, podía usarse también en el caso de los latinos (occidentales, francos, romanocatólicos etc). De hecho, quienes aplicaron esta solución en el pasado se apoyaron en este canon (y, por supuesto, en el 95 del Quinto-sexto). Sin embargo, la discrepancia observada respecto a este asunto se veía agravada por la discordia entre los ortodoxos sobre la clasificación de los occidentales franco-latinos, es decir, si eran herejes o cismáticos [155]. Solo quienes aceptaban a los franco-latinos como herejes tenían que enfrentar el problema de aplicar el VII Canon del II Concilio a ellos. Entre estos se encuentran nuestros autores, cuya enseñanza presentamos a continuación.

1. Los occidentales, francolatinos y romanocatólicos como «herejes» y «no bautizados»

Teniendo un profundo conocimiento de la historia eclesiástica posterior al cisma y de la discrepancia ortodoxa sobre si los franco-latinos, romanocatólicos debían considerarse herejes o cismáticos, nuestros autores, expresando su autoconciencia teológica, aceptan de manera unánime y sin la menor duda que los occidentales franco-latinos, romanocatólicos (y, por extensión, los luteranos y calvinistas) son herejes.

San Nicodemo afirma: «Los occidentales franco-latinos son herejes, y como herejes los aborrecemos, del mismo modo que a los arrianos, sabelianos o los combatientes contra el Espíritu Santo macedonianos» [156]. La referencia inmediata del Santo a los grandes herejes antiguos tiene como propósito indicar que los occidentales franco-latinos o romanocatólicos son «herejes antiquísimos» [157], es decir, de la misma relevancia que aquellos que surgieron en la antigua Iglesia indivisa. Para apoyar su posición, cita testimonios del Patriarca Dositeo, Elías Meniatis, san Marcos de Éfeso, entre otros.

De manera similar, Neófito afirma sobre los franco-latinos: «En todo, los occidentales franco-latinos se apartan de la Ortodoxia; respecto a otras diferencias son cismáticos, pero en la única cuestión de la procedencia del Espíritu del Hijo son herejes, igual que los luteranos y calvinistas que comparten su misma doctrina» [158].

El dogma herético del Filioque [159] era suficiente para considerarlos herejes, ya que aún no se había dogmatizado el primado papal sobre la infalibilidad.

Respecto a la objeción frecuente de que solo existe una diferencia sustancial entre los franco-latinos, Neófito responde que se aplica el mismo criterio que a los iconoclastas: los cuales, «puesto que en cuanto a la fe en Dios no difieren de nosotros, no son herejes sino cismáticos; pero, al rechazar mediante la abolición de las venerables imágenes a Cristo representado, caen en la categoría de herejes, son incluso peores que los herejes [160].

La diferencia de los franco-latinos, siendo «sobre la fe en Dios», es crucial y decisiva [161]. La herejía, además, por su propia naturaleza dinámica, no se mide por el número de desviaciones de la verdad, ya que, según el logos Evangélico: «el que tropieza en uno solo se ha hecho culpable de todos» (Sant. 2,10). Toda herejía presupone, además, una alteración de las condiciones espirituales de la Iglesia, es decir, de la experiencia espiritual -ascética, níptica y patrística-, lo cual constituye una convicción inquebrantable de nuestros autores presentes.

Los latinos son juzgados como herejes también por Atanasio Parios [162] y por Oikonomos, debido a la innovación del Filioque. Según Oikonomo, los latinos, «son herejes y no solamente cismáticos» [163], «herejizan con mala doctrina en otras cosas, y principalmente respecto a la confesión del símbolo divino o credo» [164]. Por ello, habla también de «herejía papal» [165], aludiendo así a la contribución de la institución papal, tal como se formó en la historia, a la diferenciación dogmática de Occidente.

A la cuestión frecuente en la época de los autores, cuándo fueron condenados por la Iglesia Ortodoxa los latinos como herejes, responde Neófito que «el pensamiento de los franco-latinos acerca de Dios, siendo herético, fue juzgado por los concilios…». Así, la condena conciliar del Filioque fue, para Neófito, simultáneamente condena de los mismos franco-latinos, de manera que no se consideraba necesaria otra condena específica de ellos. Entre estos concilios incluye: el VIII Ecuménico durante Focio (879), el de Miguel Cerulario (1054), el de Gregorio II de Constantinopla (1283-1289), «que definieron a los franco-latinos o romanocatólicos como apóstatas de la Iglesia de Dios y de la totalidad ortodoxa», el de Sergio II de Constantinopla (999-1019), quien borró el nombre del papa Sergio de los dípticos (listas conmemorativas litúrgicas) de la Iglesia Oriental, los de Alejo, Juan y Manuel Comneno (siglos XI-XII), el de los tres patriarcas de Oriente después del concilio de Florencia (1482), los locales en Rusia, en Moldavia y Valaquia, etc. [166].

Con base a estas condiciones eclesiológicas, los occidentales (franco-latinos, romanocatólicos, etc), como herejes, «no pueden realizar el bautismo, porque han perdido la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de la celebración misterial (sacramental)», según observa san Nicodemo el Haghiorita [167]. Según Neófito, no poseen bautismo porque les falta «la sana confesión de la Trinidad» [168]. Así, su bautismo «se aparta de la fe», según san Basilio [169], dado que «introduciendo los franco-latinos en la monárquica Trinidad la poliarquía griega, son ateos» y, por tanto, «no bautizados» [170].

Son también no bautizados de manera literal, según san Nicodemo, porque «no observan las tres inmersiones», y por ello no poseen el bautismo de la Iglesia [171]. «Como no se sumergen en absoluto -observa Neófito-, tampoco son bautizados», son no bautizados [172]. Lo mismo repite Athanasios Parios [173].

Oikónomos añade además que, así como en el sacramento de la Divina Ευχαριστία Efjaristía incluso la mínima alteración es condenada por la Iglesia, porque anula el propio misterio (sacramento), así también en el bautismo ni la más mínima alteración puede ser tolerada [174]. En el caso de los franco-latinos, la innovación no se limitó al rechazo de las inmersiones y emersiones, sino que, según el espíritu secular e innovador que predominó en Occidente, se extendió gradualmente a otros aspectos del misterio (sacramento), de modo que se alejase aún más del único bautismo de la Iglesia [175]. La innovación principal y única provocó todas las demás. La separación de la espiritualidad ortodoxo-patrística provocó también una diferenciación en los dogmas. Por lo tanto, las diferencias doctrinales no se entienden de manera escolástica, sino patrística y espiritual.

2. Los latinos como «bautizables»

Surge entonces la pregunta: aunque los latinos (francolatinos y romanocatólicos) son herejes, ¿es posible aplicar también a ellos la distinción económica de los arrianos y macedonianos del II Concilio Ecuménico, y que sean aceptados «por economía» sin bautismo, solo mediante la unción?

Nuestros autores, interpretando el VII canon del II Concilio, aceptaron, como vimos antes, que ese Concilio aceptó el bautismo de los herejes mencionados, porque preservaba la forma (el «tipo») del bautismo apostólico celebrado ininterrumpidamente en la Iglesia, es decir, las tres inmersiones, lo cual es «verdadero», es decir, βάπτισμα bautismo literal (sumersión).

La pregunta es, por tanto, si bajo esta condición es posible aceptar el «bautismo» de los occidentales (francolatinos y romanocatólicos) como “bautismo apostólico”.

Los occidentales sostenían que su bautismo no difería en absoluto del bautismo apostólico. Sin embargo, Oikonomos responde que ni la “aspersión” puede considerarse bautismo, y mucho menos el rociado. La primera es «innovación irregular» [176], y la segunda «no escrita» [177], careciendo del carácter de «bautismo verdadero y legítimo» [178], según los santos Padres [179]. [179 Basilio el Grande, hablando primero, literal o metafóricamente, condenó el “aspersión” de los herejes. Logos II Contra los Arrianos, §43, P.G. 26, 237 B: “…que incluso el asperjado o rociado por ellos se contamine más en impiedad que sea liberado”. Oikonomos comenta: “Al afirmar esto el divino Padre, ¿no parece que predijo y juzgó como inválido el asperjar o rociamiento latino?”]

Por supuesto, Oikonomo no se refiere aquí a los casos de bautismo «de necesidad», los cuales tampoco excluye, siempre realizados dentro de la Iglesia, a diferencia de quienes aceptan el «bautismo» de cualquier herejía y así aceptan la muerte en lugar de la vida. Tiene en mente el bautismo no urgente [180] y autoritariamente establecido, es decir, acto arbitrario en Occidente [181], iniciado por el papa Esteban I (253-257) [182], y dogmatizado por el Concilio de Trento (1545-1563) [182], según el espíritu de Occidente, para «regular» y formalizar toda innovación.

De ninguna manera puede justificarse esta innovación [183], porque es acto contrario a Dios [184], ya que destruye la unidad mandada por Dios del misterio (sacramento) [185]. Según san Nicodemo, el bautismo de los latinos es «falso» y el nombre falso [186].

Oikonomo analiza extensamente, desde perspectivas filológicas, patrísticas y escriturales, el significado de «βαπτίζειν bautizar», para demostrar que su uso metafórico no es posible [187]. A quienes insisten en que los bautismos de ortodoxos y latinos (romanocatólicos, francolatinos) son equivalentes, Oikonomo plantea la pregunta: «Si el bautismo de los latinos fuera equivalente al nuestro, ¿por qué se les debe ungir con el santo crisma como si no tuviesen unción alguna? ¿Acaso los latinos poseen el crisma de la unción? Si esto es inadmisible para nosotros (como todos los demás misterios, sacramentos que celebran), ¿por qué sería admisible el bautismo por rociamiento o aspersión?» [188]. [188 O., p. 456. En un análisis detallado, Oikonomos las diferencias entre “bautizado por inmersión” y “bautizado por aspersión o rociamiento”: a) El primero “es enterrado como muerto en la tumba” y “resucita de nuevo” en imitación de Cristo. El segundo “es mojado, permanece de pie” y “ni desciende ni asciende… como desde la tumba”. b) El primero “representa la sepultura y resurrección de tres días con su propio cuerpo”; el segundo “no representa el misterio”, no participa realmente en el hecho. Con el rociamiento o aspersión ocurre un “enterramiento extraño y antinatural”. c) El primero “tiene la tumba en la que desciende”; el segundo “lleva la tumba sobre su cabeza, descendiendo desde allí hasta los pies, ¿puede haber algo más falso?”. Ciertamente es imposible que Economos evite la acusación de que con estas distinciones cae en el escolasticismo. Sin embargo, procura restablecer con claridad la siguiente verdad: «Y, en general, la efusión no tiene en absoluto semejanza alguna con la muerte de Cristo, ni el que es rociado llega a ser σύμφυτος (sínfitos: co-natural, unido connaturalmente) a Él». O., p. 482e (nota).]

Nuestros autores se encontraron repetidamente en la necesidad de refutar las objeciones presentadas por los latinos, así como por sus «defensores no remunerados» [189], es decir, los de mentalidad latina, sobre la canonicidad de su “bautismo”. Nos limitaremos, por supuesto, a las más importantes. Constituyen un ejemplo de clara escolástica, pero nos introducen al clima espiritual de la época, y nos ayudan, con las respuestas de nuestros teólogos, a ver su resplandeciente arsenal teológico.

Se formulaba así la objeción de que incluso el «pan santificado» de la Sagrada Efjaristía «es todo el cuerpo de Cristo»; por lo tanto, «el rocío» de su agua bendita «tiene todo el poder y fuerza del bautismo». La respuesta de Neófito es la siguiente:

«El pan santificado de la Efjaristía, antes de la comunión, en la comunión y después de la comunión, incluso si nadie lo recibe, no es en absoluto menos el cuerpo de Cristo; pero el agua del bautismo, ni antes de la inmersión, ni después de la inmersión, sino únicamente en la propia inmersión, y únicamente en su uso, se llama bautismo; antes y después del agua del bautismo, no es bautismo».

Además, en el bautismo no tenemos «regar», sino inundación [190] (según san Dionisio el Areopagita, «cobertura total») [191].

A la argumentación de que el rociado de los latinos «por las invocaciones de la Santísima Trinidad contiene santificación y χάρις (jaris: gracia, energía increada», responde san Nicodemo que «el bautismo no se realiza solo por la invocación de la Trinidad, sino que requiere necesariamente el tipo de la muerte, sepultura y resurrección del Señor». La fe en la Santísima Trinidad, incluso cuando es correcta, debe completarse con la «fe hasta la muerte del Mesías» [192]. La simple invocación de la Trinidad no santifica la violación de la acción del misterio (sacramento) [193].

Así, según san Nicodemo: «…y como los latinos no se co-siempran con Cristo, con el grano doble, en el agua del bautismo, ni su cuerpo es santificado, ni su psique-alma; y, en términos simples, no pueden generar salvación, sino que se secan y se pierden» [194].

El Señor, observa Neófito, «legisló nacimiento de agua y Espíritu; no da a luz la que rocía, sino la que está encinta; y así nace no la que es rociada, sino el feto concebido» [195].

La conclusión de lo anterior es dada por Oikonomo de la siguiente manera: «Así, el rociado latino, desprovisto de inmersiones y emersiones, está por consiguiente desprovisto también del tipo de la muerte y sepultura de tres días y la resurrección del Señor… y está desprovisto de toda χάρις (jaris: gracia, energía increada, santificación y perdón de los pecados» [196].

Era razonable, por supuesto, la pregunta: ¿Por qué no se expresa también por aspersión o rociamiento el «modelo o similitud de la muerte»? La respuesta de Oikonomo se articula en cuatro puntos:

a) La innovación de los latinos constituye una violación deliberada del mandamiento del Señor y de la tradición eclesiástica.
b) Contradice la única tradición apostólica canónica.
c) Revierte el significado de “βαπτίζειν bautizar”.
d) Contradice el modelo apostólico de la muerte, sepultura y resurrección de Cristo, tal como todos los santos Padres lo interpretaron [197].

Nuestros autores consideran también falaz el argumento de que la crismación unción corrige la «imperfección» del bautismo latino. La crismación unción administrada, dice Neófito, no implica que el bautismo latino sea aceptado, ya que la crismación unción se distingue del bautismo, siendo un sacramento separado, que hace partícipe de la βασιλεία (vesilía: realeza increada) de Cristo al ya bautizado (cfr. canon IX de Laodicea). Por lo tanto, el que no ha sido bautizado y renacido (o regenerado) canónicamente no puede ser partícipe de Cristo únicamente por la crismación unción, ya que el renacimiento (regeneración) del hombre no se realiza por la crismación unción, sino por el bautismo, que precisamente «lo une al modelo y la muerte de Cristo» (Rom. 6,5) [198].

Con frecuencia también se planteaba el argumento basado en el bautismo de los llamados «clínicos» [199]. Sobre este argumento se apoyó también la conocida decisión de 1932 del Sínodo alrededor del Arzobispo Crisóstomos Papadopulos [200]. Según Anastasios Cristofilopulos, el bautismo de los clínicos se realizaba mediante rociamiento o aspersión. No obstante, la Iglesia siempre miraba con desconfianza a quienes recibían este bautismo [201], y por ello, cuando se corregían, carecían del derecho a ordenarse, porque su bautismo se consideraba imperfecto [202].

Ciertamente, en este sofisma se podría simplemente observar que el bautismo de los clínicos, aunque se realizara de cualquier manera, tenía lugar dentro de la Iglesia, no dentro de la herejía. Sin embargo, Neófito responde a este argumento que este tipo de bautismo contradice el logos del Señor, que «no entregó bautizar mediante rociamiento» [203]. Por eso, añade, comoquiera que estos hubieran sido bautizados, es decir, por rociamiento o por aspersión, si sobrevivían, «no obstante debían ser bautizados»[204].

Oikonomo ofrece una interpretación variante, y por ello muy interesante:

«Bautizando a tales personas por necesidad, acostadas… ni las rociaban únicamente (como los latinos), ni vertían el agua bendita sobre su cabeza, sino que los cubrían completamente, es decir, por todo el cuerpo (en latín: perfundebant)» [205]. Este bautismo no se repetía, «pero se consideraba un sello imperfecto» [206].

Por lo tanto, según él, no se permite usar el bautismo de los clínicos como argumento a favor del rociado de los latinos, porque aquel se permitió «por necesidad y parcialmente», y por ello «no establece ley de la Iglesia» [207].

El rociado de los latinos, en cambio, se realiza deliberadamente y sin necesidad [208]. Además —lo más esencial—, el bautismo latino no es, como el de los clínicos, derramamiento, sino rociamiento, y se realiza por sacerdotes rociados, que carecen de orden sacerdotal, y que son no bautizados [209]. Si se aceptara su rociado, entonces habría que aceptar todos sus demás sacramentos, lo cual es imposible según el canon apostólico XXXV [210]. “Si también se aplica a ellos lo de la economía, la ordenación, creo, será aceptada…”, porque según Neófitos, “el que acepta el bautismo del hereje, acepta igualmente al que bautizó y fue ordenado”. E., p. 147 κβ’.

Concluyen así nuestros autores que el bautismo de los latinos «se desvía tanto de la praxis como de la fe» [211], y de este modo, en sí mismo, por celebrarse en la herejía, es decir, fuera de la Iglesia, es inexistente (canon apostólico 47); y en el momento de la conversión de los latinos no puede ser aceptado ni siquiera por economía [212], porque es imperfecto, tal como es reprobado por el canon VII del II Ecuménico como una innovación injustificada en la praxis, y asimismo como es rechazado por dicho Sínodo-Concilio junto con el bautismo «de una sola inmersión» de los eunomianos, es decir, como «inacabado e ineficaz» [213]. [212 P., pp. 55. “El bautismo de los latinos es un bautismo falso, por lo que no es aceptable ni según precisión ni según economía”. Lo mismo admite Oikonomos: “¿Cómo aceptamos a los que no fueron bautizados?” O., p. 489. Comparar Athan. Parios, M., p. 263. También es posición de E. Argéntis. Véase T. Ware, ob. cit., p. 90.]

Por otra parte, los latinos, al invalidar con esta innovación la παράδοσις parádosis tradición de la Iglesia, son, según el VII Sínodo Ecuménico (praxis VIII), son anatematizados [214]. Son, en efecto, de extraordinaria gravedad las siguientes preguntas de Oikonomo: a) Si se pretende que el rociado de los latinos sea aceptado por economía, ¿por qué ellos mismos no aplican la «economía», «retomando nuevamente lo que desde antiguo es entre ellos patrístico y apostólico, y dejando de lado las innovaciones?» [215].

Y continúa: b) «Si el que se acerca a la Iglesia acepta con toda la psique-alma y de manera genuina todos los dogmas y misterios (sacramentos) de la Ortodoxia, y anatematiza todas las malas doctrinas que antes profesaba, ¿cómo entonces mantiene como correcta la malversación en torno al bautismo (el fundamento de la fe)?» [216]. “¿Con qué conciencia acepta el oriental como bautizado a quien el Espíritu no bautizó en absoluto?”

Y c) «Si la Iglesia acepta el libelo del que se acerca, en el cual este anatematiza todas sus antiguas malas doctrinas, ¿cómo podría aceptar la innovación en su bautismo, siendo esta una de las malas doctrinas anatematizadas?» [217]. “¿Con qué conciencia acepta el oriental como bautizado a quien el Espíritu no bautizó en absoluto?”

Estas preguntas de Oikonomo recibieron, más de cien años después de haber sido formuladas, la siguiente respuesta por parte del Concilio Vaticano II: «Puede celebrarse el sacramento del bautismo por inmersión o por aspersión o rociamiento. El bautismo por inmersión es la forma más adecuada, por cuanto expresa la muerte y resurrección de Cristo. ¡Según la costumbre vigente entre nosotros, el sacramento del bautismo se celebrará generalmente por aspersión o rociamiento…!» [218].

Después de lo anterior resulta evidente por qué nuestros autores sostienen que los latinos (francolatinos, romanocatólicos, etc) no pueden ser incluidos en la categoría de los arrianos y macedonianos, de modo que pueda aplicarse también a ellos la economía del II Sínodo Ecuménico, puesto que, «ni siquiera se sumergen en absoluto, es decir, no se bautizan, sino que son rociados», según Neófito.

Si su rociado fuera válido como bautismo, entonces «es absolutamente necesario o bien establecer dos bautismos, o bien, estableciendo uno solo, abolir el de la triple inmersión» [219]. Y Oikonomo observa en este punto que «los latinos… cojean… con ambas piernas en cuanto a la correcta celebración del divino bautismo, especialmente en lo relativo a las tres inmersiones y emersiones, que los discípulos de Arrio y de Macedonio realizaban auténticamente conforme a la tradición apostólica» [220].

Según san Atanasio Parios, incluso, los latinos se encuentran en peor situación que los propios eunomianos, quienes al menos conservaban una sola inmersión [221]. Por ello, según la formulación lapidaria de Parios, «los que regresan del latinismo deben, sin lugar a dudas, sin excepción y necesariamente, ser bautizados» [222].

Ciertamente, la postura frente a los latinos no significa que se invalide el dogma «confieso un solo bautismo». «De ningún modo», responde a este respecto Oikonomo [223]. «Los herejes, al recibir lo nuestro -como dice Neófito- no son rebautizados, sino bautizados» [224], porque, como afirma san Nicodemo, «su bautismo miente en su propio nombre» [225].

Por ello, «a los que han recibido un bautismo distinto y no conforme a la institución, los cánones los bautizan, no destruyendo el único y verdadero, sino toda invención humana heterogénea y de nombre falso» [226]. El (re)bautismo de los latinos, por consiguiente, no tiene como finalidad simplemente hacerlos miembros de la Iglesia, sino ante todo realizar en ellos el renacimiento o regeneración, que el rociado es incapaz de transmitirles. [226] O., p. 426. El “rebautizar” se dice muchas veces abusivamente –observa Oikonomos– “como del bautismo que ya tenían los herejes, aunque falso y sin valor real”. Más correcto es “bautizar”, “como único y verdadero bautismo, en el que creemos, y nunca un segundo”. O., p. 421, nota a]

3. Interpretación de la praxis de la Ortodoxia frente a los latinos (occidentales, franco-latinos y romanocatólicos)

Nuestros teólogos, al enfrentarse a la argumentación de los latinos y de los latinófilos de su época, se vieron en la necesidad de interpretar también la praxis precedente de la Iglesia Ortodoxa frente a los occidentales, la cual, como es sabido, «no fue uniforme, sino que osciló entre la akríbia exactitud y la economía», en la medida en que «tal o cual táctica y praxis de la Iglesia eran determinadas normalmente por razones y objetivos más generales de mayor provecho para ella o para evitar algún daño o peligro contra ella» [227].

Según la opinión dominante, la Iglesia Ortodoxa, después del cisma, reconocía «la validez de los misterios latinos» [228], y ciertamente también del bautismo, y en el momento de su retorno aplicaba a estos el canon 7º del II Concilio Ecuménico o el 95º del Quinto-sexto, o incluso en algunos casos los aceptaba mediante una simple renuncia a sus enseñanzas heterodoxas [229].

Incluso después de las cruzadas y del Concilio de Ferrara/ Florencia (1438/9), cuando, tras la tensión que sobrevino en las relaciones entre ortodoxos y latinos, se hizo más estricta la actitud de la Ortodoxia oriental frente a ellos [230], esta última consideraba como medida defensiva suficiente la aplicación del canon 7º del II Sínodo-Concilio Ecuménico, es decir, su recepción mediante el santo crisma o crismación y el libelo. Esta praxis fue confirmada oficialmente por el sínodo local de Constantinopla reunido en 1484, con la participación, sin embargo, de todos los Patriarcas de Oriente, el cual compuso también una secuencia litúrgica especial [231].

Así, según Ioanis Karmiris, pero también según la argumentación de los latinófilos y occidentalizantes de la época de la dominación otomana, los casos de «rebautismo» fueron excepciones, debidas «a iniciativa individual» y «no a una decisión auténtica de la Iglesia Ortodoxa» [232].

Sin embargo, esta costumbre «fue revertida» bajo el Patriarca de Constantinopla Cirilo V en 1755, mediante la imposición del (re)bautismo de los latinos y, en general, de todos los occidentales [233], nuevamente mediante la aplicación del canon 7º del II Concilio Ecuménico y de los demás cánones eclesiásticos pertinentes. Esta praxis, que hasta hoy constituye la última decisión «oficial» de la Iglesia Ortodoxa [234], era rechazada por los disidentes, porque se consideraba que anulaba la decisión del sínodo de 1484 y, debido a su carácter circunstancial [235], que no recibió aceptación ni aplicación universal y que además fue frecuentemente incumplida.

Además, la praxis de la Iglesia rusa desde 1667 difería de la de los demás Patriarcados, y ciertamente también de la de Constantinopla [236]. Estas son las premisas erróneamente aceptadas hasta hoy sobre el tema en cuestión.

De entre nuestros autores, Neófito y K. Oikonomo se refieren con mayor amplitud que los demás a la historia del problema. En primer lugar, invocan el testimonio de aquellos que rechazan el «bautismo» de los latinos [237]. Además, señalan los casos en los que los latinos fueron recibidos mediante el bautismo y, paralelamente, explican los casos aducidos por los disidentes en los que o bien se pasó por alto el «bautismo» latino como carente de importancia, o bien se aplicó a los latinos la «economía» del II Concilio Ecuménico [238].

Su enseñanza es la siguiente:

a) Hasta el Concilio de Florencia:

1) El Patriarca Ecuménico Miguel Cerulario, en su carta a Pedro de Antioquía, enumera entre las demás innovaciones de los latinos también el bautismo «en una sola inmersión» [239]. Según Oikonomo, el hecho de que no se proclamara «como crimen común en toda la Iglesia occidental» ni se tomaran medidas especiales se debe a que tal bautismo no se había impuesto universalmente en Occidente, sino que «habitualmente se celebraba el bautismo apostólico» [240]. No obstante, tiene importancia el hecho de que el legado papal Humberto acusara a los orientales de bautizar a los latinos [241].

2) Del mismo modo, el Concilio de Letrán de 1215 «acusaba a los helenos-griegos… de rebautizar a los latinos que acudían a su Iglesia». Pero, según Oikonomo, dado que «en algunas regiones, parcial y esporádicamente entre los occidentales, se practicaba el bautismo de una sola inmersión, o el por efusión, rociamiento o aspersión», «los griegos bautizaban únicamente a los latinos así bautizados», y esto es lo que insinúa el testimonio de dicho concilio [242].

3) También el «más ilustre intérprete de los sagrados cánones, Teodoro Balsamón», da testimonio de que «todos los que son bautizados en una sola inmersión son bautizados de nuevo», teniendo en mente la praxis de su época [243]. Ciertamente, plantea un problema su respuesta decimoquinta, en la cual, mencionando expresamente a los latinos, dice: «El pueblo de los latinos no debe ser santificado por mano sacerdotal mediante los divinos e inmaculados misterios, si antes no promete apartarse de los dogmas y costumbres latinas, y sea catequizado conforme a los cánones y equiparado a los ortodoxos» [244]. El problema, según Oikonomo, consiste en que no añade explícitamente: «y sea bautizado». Sin embargo, la respuesta -según él- es que los latinos no habían aceptado todavía de modo general el «bautismo de una sola inmersión». Así, para no confundir a unos con otros, «se expresó de forma más general, diciendo “conforme a los cánones” y la “equiparación” de los que se acercan a los ortodoxos». Y al decir «cánones», alude al canon 95 del VI Concilio y al canon 7 del II [245]. Si los contemporáneos de Balsamón y partidarios de la unión, Nicetas de Mitilene, arzobispo de Tesalónica, Juan de Kitros y Demetrio Jomatenós, arzobispo de Bulgaria, «no dicen nada acerca del bautismo», esto sucedió porque los francos, siendo ya dueños de Constantinopla, «se ensañaban contra los ortodoxos», pero tenían en cuenta también las tres inmersiones, las cuales los latinos seguían conservando oficialmente todavía [246].

4) Durante el reinado del emperador filo-unionista Juan Ducas (1260), según una opinión «no demostrada», «se decidió sinodalmente ungir con solo el santo crisma a los que se acercaban a la Iglesia». Esto, según Oikonomo, no es extraño, porque «a causa de las circunstancias de entonces se produjo tal decisión de un sínodo local», dado que en Occidente se conservaba aún en aquel tiempo el «bautismo auténtico» [247].

La incertidumbre predominante en Oriente respecto a la forma del bautismo occidental hacía indecisos, vacilantes a los ortodoxos a la hora de tomar una decisión definitiva. Dicha incertidumbre se manifiesta, entre otras cosas, también en las siguientes palabras de Mateo Blastaris (en 1335): «Y si verdaderamente bautizan en una sola inmersión, como algunos dicen…». La distancia local, así como la interrupción de la comunión eclesiástica, no permitían a los ortodoxos conocer ni determinar una postura concreta frente a los occidentales [248].

5) Un autor anónimo [249] escribió contra los latinos en tiempos de Manuel Paleólogo, basándose en el canon 7 del II Concilio, y observa:
«A los que son bautizados en tres inmersiones, como celebrando un bautismo divino igual al nuestro, no considera (es decir, el canon) que sea necesario rebautizarlos».

Oikonomo comenta sobre esto: «… El orden que prevalecía en la Iglesia Ortodoxa, conforme a un criterio estrictamente canónico, consideraba todavía entonces a los latinos como celebrando un bautismo salvador igual al nuestro». Por otra parte -dice- la obra fue escrita también en un período de preparación de conversaciones unionistas [250], y por ello evitaba toda aspereza en la formulación.

6) Un argumento muy poderoso de quienes sostenían la opinión contraria era que en el Concilio de Florencia (1439) no se hizo mención alguna del bautismo latino. Si la innovación latina constituía una diferencia tan importante, ¿por qué no fue incluida en la temática del diálogo?

Oikonomo responde que el concilio se limitó a las «cinco» diferencias dogmáticas principales, es decir, «a las ya legisladas ilegalidades papales» [251], puesto que la innovación relativa al bautismo no se había generalizado aún entonces en Occidente, ni había sido ratificada oficial y sinodalmente, permaneciendo como una costumbre parcial y local [252].

Neófito añade que otras diferencias tampoco fueron tratadas en Florencia, como, por ejemplo, el ayuno del sábado, la genuflexión del domingo, el matrimonio de los clérigos, la toma de sangre y de lo estrangulado, etc., y por otras razones también, pero asimismo «por la prisa del retorno» [253].

Según Neófito, incluso si aquel concilio hubiera decidido también sobre este problema, su decisión no tendría especial importancia, porque «la correcta celebración de los misterios, así como la ortodoxia, no tiene su origen, constitución ni demostración en lo dicho o hecho en Florencia, sino en la demostración en los evangelistas y en los cánones apostólicos y sinodales». En este caso tiene importancia primordial la praxis de la Iglesia antigua más que la tradición reciente, y particularmente la de quienes participaron en el Concilio de Florencia. «Pues no quedamos en perplejidad por largo tiempo a causa de las pruebas anteriores ocurridas en Florencia, para que miremos hacia ciertos “de ayer” (= recientes), -pues titubeo en decirlo- incluso traidores de la fe» [254].

Tiene, ciertamente, particular peso entre quienes tomaron parte en este Concilio san Marcos Evgenikos o Amable, quien suele ser presentado como argumento irrefutable a favor de la aceptación económica de los latinos, puesto que, aunque del todo genuino en la fe, al dar testimonio «sobre la praxis universal de la Iglesia Ortodoxa», confiesa que «ungimos a los procedentes de entre ellos (es decir, de los latinos) que se acercan a nosotros… como siendo herejes» [255], es decir, afirma la vía de la economía. Sobre esto, nuestros autores dan la siguiente respuesta:

San Marcos y los que estaban con él, según Neófito, dieron prioridad «a las cuestiones de la fe», y no se ocuparon del problema del bautismo, porque «lo referente al bautismo fue puesto en segundo lugar». Sin embargo, tiene importancia que san Marcos, por un lado, llama sin rodeos a los latinos «herejes» y, por otro, desaprueba y «rechaza sin temor» la aspersión o rociamiento que se difundía entre ellos, escribiendo que son «dobles los bautismos» de los grecolatinos–uniatas [256].

San Marcos incluye expresamente a los latinos, como herejes, en el grupo de los antiguos herejes mencionados por el canon 7º del II Concilio Ecuménico. Y si parece afirmar su recepción por medio del santo crisma o crismación, es decir, según el modo de los arrianos y macedonianos, ello se debe, según Oikonomo, a que hasta el Concilio de Trento (siglo XVI) -e incluso hasta el siglo XVIII- se conservaba en Occidente también «el tipo apostólico» del bautismo. Así, san Marcos se adhirió a la aceptación económica de los latinos:
a) para evitar, por celo irreflexivo o por ignorancia, la repetición del único bautismo, y
b) por condescendencia, con miras a la preparación de la unión. De este modo, el santo aplica parcialmente el canon 7º del II Concilio a los latinos, aceptándolos «como si conservaran el tipo del bautismo apostólico» [257].

b) Después de Florencia

1) En cuanto al sínodo celebrado en Constantinopla en 1450, llamado «el último en Santa Sofía» [258], se aducía el argumento de que «ni siquiera este hace mención del bautismo» [259], aunque denunció las innovaciones latinas que condujeron al cisma. Se trata, en verdad, de un argumento muy fuerte, hasta el punto de obligar también a Oikonomo a confesar que esto es «sumamente paradójico». Sin embargo, el examen crítico que él realizó del texto conduce a la conclusión de que existe una «alteración de palabras» en la copia de las Actas del Concilio [260].

Neófito, no obstante, según su estilo peculiar, responde al problema con el siguiente contraargumento: «Por consiguiente, entonces, tampoco hay que ungir a los latinos, en cuanto que el sínodo mencionado no hizo mención ni de óleo perfumado ni, en general, de unción. Más aún, también habría que ordenar por dinero, puesto que de algún modo parece aprobar incluso esto».

Continúa, sin embargo, observando que ya antes de este concilio san Marcos había expresado su opinión sobre la innovación latina en el bautismo, reprobándola, lo cual constituía precisamente la «opinión sobre el bautismo latino» [261] de aquellos padres sinodales.

2) No obstante, mayores dificultades para una aceptación sin reservas de la postura de nuestros teólogos frente al bautismo de los latinos plantea el sínodo de Constantinopla de 1484, que decidió «ungir con solo el santo crisma a los latinos que se acercan a la Ortodoxia», «entregando un libelo de la fe», es decir, clasificándolos en la categoría de los arrianos y macedonianos del II Concilio Ecuménico (canon 7º) [262].

Esto lo saben bien tanto los kolivades como Oikonomo, pero dan la siguiente respuesta.

Según Oikonomo, «puesto que no existía entre los ortodoxos ninguna formulación acerca de la aceptación condescendiente de estos (es decir, de los latinos) -ya que la mayoría conservaba desde el principio la akríbia exactitud de los concilios ecuménicos-, este sínodo juzgó imitar a san Marcos» [263], y así tomó la decisión mencionada, dado que en Occidente todavía no se habían regulado sinodalmente [264] ni la efusión ni la aspersión o rociamiento.

¿Cómo puede explicarse el hecho de que esta decisión sinodal no fuera aceptada universalmente en Oriente, si era una decisión oficial de la Iglesia Ortodoxa? Porque incluso después de este sínodo «ni el bautismo de los latinos parecía aceptable…, ni consideraban (los ortodoxos) que los latinos participaran del sacerdocio, teniendo en cuenta la innovación relativa al rito que nuevamente se había difundido en muchos lugares» [265].

Así, a pesar de la solución dada sinodalmente y de la composición de una secuencia litúrgica especial, «los orientales, mirando con firme confianza a la akríbia exactitud de los santos concilios ecuménicos», aplicaban la recepción de los occidentales mediante el bautismo, porque no veían beneficio alguno en la condescendencia aplicada económicamente, sino más bien «perjuicio» para «los ortodoxos más sencillos y entristecidos» [266].

Por otra parte, se observó que aumentaba también la astucia de los latinos, quienes, en su labor proselitista, aprovechándose de la condescendencia de los ortodoxos, la interpretaban como si demostrara que no existía ninguna diferencia entre el bautismo ortodoxo y el latino. Y esta costumbre -continúa Oikonomo- prevaleció desde entonces, pese a la decisión sinodal, «tanto en la Gran Iglesia como en todos los Patriarcados de Oriente hasta el día de hoy» [267]. [267 O., p. 506. Añade: “Este mismo espíritu lo conservan todos los monasterios antiguos que tenemos, como los del Athos, etc.”]

Neófito y los demás dan sobre este asunto una interpretación más realista. La causa de la falta de osadía de los nuestros, después de la caída, para llamar a los latinos herejes y condenar su «bautismo» fue -según ellos- el miedo, debido a la situación que se había configurado en Oriente. «Por pura cobardía» lo evitaban, dice Neófito. Y cita el siguiente testimonio de G. Escolario: «No es propio de nosotros, en una situación de tan gran pobreza y debilidad de las cosas, imponer tales denominaciones a una Iglesia que posee tanto poder…». Este fue el primer motivo; sin embargo, Neófito no excluye también la «esperanza de la corrección» de los franco-latinos, es decir, de su retorno [268].

De modo semejante responde también san Nicodemo: la Iglesia, al recibir a los latinos (francolatinos y romanocatólicos) -según la decisión de 1484- por medio del santo crisma, declara expresamente que los considera herejes [269]. No fueron, pues, abolidos los antiguos cánones, sino que «la Iglesia quiso emplear una gran economía hacia los latinos, teniendo como ejemplo y finalidad aquel gran y santo sínodo-concilio, el segundo» [270]. Es decir, el santo distingue un paralelismo de situaciones y decisiones entre los siglos IV y XV. Así, continúa, mientras antes los orientales bautizaban a los latinos, «después emplearon el modo del crisma», es decir, el camino de la economía, «porque no convenía, en la extrema debilidad de nuestro linaje, avivar aún más la furia del papismo». Además, se había producido «gran agitación» entre los latinos por el rechazo panortodoxo del Concilio de Florencia [271].

Mientras el Oriente ortodoxo gemía bajo el yugo de la esclavitud, «el papismo florecía y tenía en sus manos todas las fuerzas de los reyes de Europa, y nuestro propio reino estaba exhalando sus últimos suspiros. Por lo cual era necesario, si no se hacía esta economía, que el Papa levantara a los pueblos latinos contra los orientales» [272].

En consecuencia, tanto antes de la caída de la Ciudad Reina como después de ella, la situación política imponía evitar por todos los medios provocar a Occidente, hostil frente a la Ortodoxia.

Así, criterios políticos y no eclesiásticos tuvieron aquí la primacía. Por eso concluye: «Una vez pasada la economía, los cánones apostólicos deben ocupar su lugar» [273].

Esto significa que, en su época (siglo XVIII), Occidente ya no podía amenazar políticamente al linaje que se encontraba bajo dominio turco y, por tanto, no existía razón alguna para que este temiera a los occidentales.

Una respuesta semejante da también Atanasio Parios: «Quienes aducen la supuesta disposición sinodal de 1484, que recibe con crisma a los que regresan de entre los latinos, no comprenden que los de entonces recurrieron a la economía por la agitación del papismo y la tiranía, y así la formularon». «Ahora -observa también él- ha pasado el tiempo de la economía… y ya no tiene vigor contra nosotros la furia papal» [274].

3) La «innovación del bautismo latino, que se extendía cada vez más», provocó reacciones por parte de los ortodoxos. Esto lo muestra una decisión de un sínodo de veinticuatro obispos alrededor del año 1600 en Constantinopla, que determinó la recepción de los latinos por medio del crisma. Este arreglo sinodal permite -según Oikonomo- concluir que los orientales bautizaban a los latinos. La decisión de este sínodo se explica además «de dos maneras: o bien tuvo en cuenta el antiguo decreto ya promulgado (= el de 1484), sin investigar más a fondo», puesto que, dado que aún se conservaba en Occidente la triple inmersión, existía el temor de una «segunda administración» del bautismo correcto; o bien por economía, «suavizando las feroces acometidas y asechanzas de los occidentales» y con vistas a atraerlos a la Ortodoxia [275].

4) El sínodo de Moscú de 1620/21 decidió el bautismo de los occidentales que retornaban [276]. Sin embargo, el «gran» sínodo de Moscú de 1666/67, en el que participaron también los patriarcas de Alejandría y de Antioquía, aprobó la decisión del sínodo de Constantinopla de 1484, tras rechazar el (re)bautismo de los occidentales. Esta decisión del sínodo es explicada por Oikonomo del modo siguiente:
a) El sínodo de Moscú quiso permanecer fiel al sínodo de Constantinopla.
b) El zar Alejo «fue forzado por circunstancias locales» a inclinarse a favor de tal decisión, a causa de las incursiones «de los vecinos polacos y lituanos latinófilos, y especialmente de los llamados uniatas que había entre ellos».
c) Este sínodo no entró en absoluto en contradicción con el del año 1621, pues aquel «votó según la acríbia exactitud», mientras que este lo hizo «por condescendencia». La condescendencia, sin embargo, fue posible por la siguiente razón: entre los «enemigos» de Rusia había uniatas que habían recibido «el bautismo genuino de la Iglesia». Así, el sínodo «unió correctamente, antes de la condescendencia, también la akríbia exactitud», de modo que ni se «duplicara» el bautismo de los uniatas que se acercaban, ni se dificultara la atracción de los latinos, según el ejemplo de Marcos Evgenikos.
d) La condescendencia se limitó dentro de Rusia y no se aplicó en los demás Patriarcados, ya que tampoco la decisión de 1484 había adquirido, por lo demás, carácter universal [277].

5) El patriarca de Jerusalén Dositeo, aunque acepta la «evaluación condescendiente» de Marcos Evgenikos, se pronuncia «según la exactitud» a favor del bautismo de los latinos [278]. [278O., p. 509. “Los que no son bautizados en tres inmersiones y resurgimientos (sin causa necesaria) corren el riesgo de ser considerados no bautizados. Por tanto, los latinos, que realizan el bautismo por aspersión o rociamiento, pecan mortalmente”. Dodecábiblos, p. 525. Comparar O., p. 509.]

6) La respuesta del patriarca ecuménico Jeremías III al zar Pedro el Grande en el año 1718, es decir, la recepción de los latinos «solo mediante el crisma», tenía como objetivo únicamente la situación en Rusia y «la paz interior de aquel Estado ortodoxo multietnico» [279].

7) La decisión definitiva de bautizar a los latinos fue tomada e impuesta por el sínodo de Constantinopla bajo Cirilo V (1755) [280], a pesar de la decisión de 1484. El Óρος (decreto) del sínodo, firmado también por los patriarcas de Alejandría y de Jerusalén, continúa siendo la última decisión oficial de la Iglesia Ortodoxa sobre esta cuestión [281]. En cuanto a su aplicación durante el siglo XVIII, Neófito señala: «Anótese además por mí, por causa de la generación venidera», que, respecto a los latinos, mientras «el de Éfeso» bautizaba «con reserva» y el «de Esmirna abiertamente», Cirilo V dispuso que «todos fueran bautizados». Después de Cirilo, el patriarca ecuménico Sofronio II (1774-1780) «bautizaba abiertamente en la Gran Iglesia tanto a los latinos como a los procedentes de los armenios, a saber, arrianos y nestorianos, cuando se acercaban personalmente, y dispuso que todos hicieran lo mismo siguiendo su propio ejemplo» [282]. Es también sabido que el patriarca ecuménico Procopio (1785-1789) aplicó el Óρος decreto también a los uniatas que regresaban en 1786 [283].

 

C. Consideración crítica

1) La postura del Patriarcado Ecuménico

De la precedente revisión histórica, basada en el testimonio de nuestros autores, obtenemos una imagen bastante distinta de aquella que conocíamos hasta hoy. Así, según Ioanis Karmiris, «los pocos (sic) casos de rebautismo de latinos se explican por la agudización de las pasiones durante la época de las Cruzadas y por las dudas de algunos ortodoxos (sic) acerca de la regularidad y validez del bautismo latino por aspersión o rociamiento, que se había generalizado entonces en Occidente» [284]. Sin embargo, según nuestros autores, el (re)bautismo de los occidentales constituía en esencia la norma. La amenaza política procedente de Occidente tuvo como consecuencia la aplicación de la economía en Oriente y no de la acríbia exactitud; y la eventual aplicación de la economía por parte de los ortodoxos tenía como presuposición dogmático-canónica necesaria la existencia, hasta el siglo XVIII, también en la práctica litúrgica de Occidente, del bautismo canónico, es decir, el temor a su «duplicación».

Ciertamente, en ambas posturas percibimos una cierta «tendencia»; la primera apunta a la justificación del camino de la economía, la segunda al de la acríbia exactitud. Probablemente es mediante la combinación de ambas como se nos facilita el hallazgo de la verdad.

En esta relación, sin embargo, surge inevitablemente la cuestión de hasta qué punto se fundamenta históricamente la interpretación de nuestros teólogos. Así, su tesis básica es que el (re)bautismo de los latinos no se impuso desde el principio, porque hasta el Concilio de Trento se mantenía en Occidente -además de la innovación- también la forma canónica del bautismo, y existía así el peligro de su «duplicación». El problema se volvía ciertamente más agudo en lo que respecta a los ortodoxos latinizados (uniatas), y sobre todo en el momento de su retorno a la Ortodoxia.

He aquí, sin embargo, cómo explica la postura de la Ortodoxia el conocido historiador de la época de la dominación turca Steven Runciman: «El problema, dice, aparecía con frecuencia a causa de los griegos que habían nacido en territorios venecianos, como eran las islas Jónicas, y que, ya sea porque iban a establecerse dentro del Imperio Otomano, ya sea porque se habían casado con mujeres ortodoxas, deseaban regresar a la Iglesia de sus antepasados» [285]. Así, el sínodo de 1484 fue el primero en asumir la regulación de la cuestión, aplicando la economía a pesar de la condena de la innovación latina. De este modo se evitaba en todo caso el peligro de la «duplicación» del bautismo canónico.

Sin embargo, esta decisión no fue aceptada universalmente, pues evidentemente la innovación occidental en materia de bautismo se difundía día tras día. Así continúa Runciman: «Con el paso del tiempo surgieron dudas acerca de si esto (es decir, la economía) era suficiente… Estas dudas no se habían provocado únicamente por la antipatía hacia los latinos, aunque este motivo ciertamente no estaba ausente, sino también por una sospecha sincera de que el rito latino del bautismo no era canónicamente correcto» [286].

De este modo se explica la paulatina omisión de la decisión de 1484 entre los ortodoxos, especialmente en el ámbito del Patriarcado Ecuménico, así como la “osadía” de Cirilo V y de sus partidarios de proceder, de hecho y oficialmente, a la abolición de aquella decisión mediante el Óρος decreto de 1755, con el consentimiento incluso de los patriarcas de Oriente. Y solo el Óρος decreto de 1755 demuestra que no eran «pocos» quienes, después de 1484, «rebautizaban» a los latinos.

Por otra parte, está históricamente confirmado que la actitud frente a este problema de algunos patriarcas y, en general, de obispos -es decir, de las personas responsables eclesiásticas (y en la práctica órganos administrativos oficiales)- fue por lo común más moderada que la de los teólogos de la época de la dominación turca, del clero y del pueblo, y especialmente de los monjes [287]. [287 Ob. cit., pp. 615/6. Lo mismo se observó en el caso de Cirilo V. Los mejores teólogos de la época (por ejemplo, E. Argenti, Evg. Voulgaris), el pueblo y los monjes se posicionaron sin reservas a su favor.]  

St. Runciman proporciona datos suficientes para formarnos en este punto una imagen clara. Así, al referirse a la respuesta del patriarca Jeremías III a Pedro el Grande (1718), que recomendaba a este último no aplicar el (re)bautismo de los occidentales, observa: «Pero al decir esto Jeremías no hablaba en nombre del conjunto de su Iglesia. Tenía de su lado a los aristócratas y eruditos fanariotas, que se enorgullecían de su educación occidental y de su liberación de supersticiones religiosas, y a la mayor parte de la alta jerarquía, hombres muchos de los cuales debían sus cargos a la influencia de los fanariotas y muchos procedían de las islas Jónicas, donde los ortodoxos mantenían buenas relaciones con los romanocatólicos y el proselitismo era frecuente. Estos no veían la necesidad de modificar el sistema existente» [288].

Por tanto, en ellos no existían las condiciones internas necesarias para poder evaluar las cosas de manera auténticamente ortodoxa. Es bien sabido, además, a dónde conduce el contacto cada vez más estrecho entre ortodoxos y occidentales, es decir, a qué tipo de atenuación de los criterios patrísticos ortodoxos [289], y esto con la tolerancia e incluso, en ocasiones, con el estímulo de los obispos locales en las regiones bajo dominio latino. No debe, pues, pasarse por alto aquí tampoco el principio axiomático de que solo las acciones de los auténticamente ortodoxos, es decir, de los santos contemplativos (o visionarios de la luz increada) de Dios, constituyen una expresión de la autoconciencia ortodoxa.

2. La actuación del patriarca Cirilo V

Aún más característica en este punto es la figura de Cirilo V (desde 1750 en adelante). Y solo el hecho -como ya se dijo- de que este patriarca se atreviera a invalidar la decisión sinodal de 1484 muestra hasta qué punto esta había sido escasamente recibida por la conciencia ortodoxa. Habitualmente se aduce el argumento de que la actitud de los ortodoxos frente a los latinos se endurecía en períodos de agudización de las pasiones, a causa del peligro político procedente de Occidente. Es, sin embargo, característico y significativo que Cirilo procediera a su decisión en una época que no era de especial tensión, y además con ocasión de una adhesión colectiva de latinos del Gálata a la Ortodoxia [290]. Consideramos oportuno detenernos un poco en este caso.

Runciman ofrece caracterizaciones muy interesantes sobre Cirilo, sus colaboradores y sus adversarios. Así, el patriarca es descrito por él como «bien formado», que «había ascendido en la jerarquía por su propio mérito». Su capacidad era reconocida también por los demás metropolitanos, pero no le tenían simpatía y fabricaron numerosas calumnias contra él [291]. La reacción contra él tenía, según el historiador inglés, motivos materiales y personales, pues imponía cargas fiscales a las metrópolis y a las diócesis más ricas, mientras aliviaba a las parroquias más pobres, y de este modo irritó a los metropolitanos [292].

Así, mientras el Pueblo («la muchedumbre o laós», según algunos teólogos) [293], los monjes y teólogos de la talla de Argéntis y Eugenio Vúlgaris estaban de acuerdo con el (re)bautismo de los occidentales y apoyaron a Cirilo, se levantó una reacción violenta por parte de los metropolitanos. Como observa Runciman, «para su gran disgusto se encontraron convertidos en aliados de los enviados de las potencias romano-católicas [294], quienes protestaron inmediatamente ante la Sublime Puerta (Trono de alta jerarquía) contra esta ofensa a la fe católica universal» [295].

Acerca del patriarca de Antioquía, que no firmó el Óρος de 1755, escribe el mismo historiador: «… Habría hecho lo mismo, si no se hubiera encontrado en Rusia para realizar una colecta, y si su trono no hubiera sido ocupado por un usurpador durante su ausencia» [296]. Y en cuanto a Argéntis, Runciman admite que era «un teólogo apasionado», que apoyaba el rebautismo por motivos teológicos, pero que «no encontró simpatía en los círculos intelectuales» [297].

Ciertamente, las opiniones sobre el patriarca Cirilo y su decisión en favor del (re)bautismo son muy contradictorias [298], pero no nos ocuparemos aquí de este problema. Sin embargo, al hablar de los motivos tanto de él como de sus adversarios, invocaremos también el testimonio de las fuentes directas, es decir, de los textos sinodales contemporáneos de Cirilo y de otros documentos, los cuales, según sabemos, no han sido tomados seriamente en consideración hasta ahora por quienes han esbozado una imagen negativa de Cirilo. Paralelamente debe subrayarse aquí que el intento de componer una imagen histórica del Patriarca y de su obra basándose en textos en gran medida irresponsables y de dudosa fiabilidad histórica, de carácter esencialmente panfletario y difamatorio, no puede considerarse -al menos científicamente- correcto ni adecuado. Los documentos oficiales de aquella época ofrecen, pues, la siguiente imagen.

El patriarca Cirilo, teniendo en cuenta la consagración sinodal oficial del bautismo por aspersión o rociamiento mediante el Concilio de Trento en Occidente, repudia como «contaminado» el bautismo de los latinos, conforme al espíritu de los antiguos Padres de la Iglesia, tal como se mostró en el apartado primero de la primera parte del presente estudio [299]. Tanto él como sus partidarios fueron calificados por los disidentes como «calvinistas», «de mentalidad calvinista» y «luterano-calvinistas» [300]. Por lo demás, era costumbre que todo papista o bien buscara el apoyo de los protestantes, o bien, aun sin hacerlo, fuera considerado filoprotestante o incluso simplemente protestante. [299Véase supra p. 17. Comparar Mansi, t. 38, p. 607 C. El hecho de que se planteara la cuestión del (re)bautismo de los “latinos de Galata” demuestra que existía un problema de alteración del sacramento en Occidente. También lo confirma el historiador Sérgio Makreos: “… a los sacerdotes en Gálata les parecía motivo de duda y discusión si los latinos deberían ser ungidos con óleo al acercarse a la Iglesia inmaculada de Cristo, o ser bautizados, ya que de otra manera alteraban el bautismo del Señor y cometían innovaciones por parte de sus propios sacerdotes”. Véase supra, pp. 203, comparar pp. 220, 408 e]

Pero de los textos de los adversarios de Cirilo se desprende que aquello que ante todo les interesaba era la tranquilidad y la conservación de la paz existente. Así, el sínodo de los metropolitanos del Trono Ecuménico escribe, entre otras cosas, contra Cirilo: «… Y además, ¿cuál es en el momento presente la necesidad, la demanda y el beneficio para nuestro pueblo de los ortodoxos de la enseñanza sobre el rebautismo? ¿O qué pueblos se han acercado a nosotros, de modo que nos hayamos visto obligados a debatir sobre esto? Y sin necesidad, ¿por qué en vano tanto estruendo, perturbación y escándalo?» [301].

Su temor era -como se declara a continuación- que siguieran males «corruptores y mortíferos», pero también «difamaciones, deshonras y burlas contra los ortodoxos, e incluso odio, enemistad y persecuciones…». Y si no se corregían las cosas, acarrearían «un gran peligro y un final desastroso para todo el futuro» [302]. Hablan de la agitación que «se apoderó de la Iglesia», en un período en el que la Gran Iglesia se encontraba «miserablemente afligida por el enorme peso de las deudas gravísimas que se habían acumulado», y por ello no tenía mayor necesidad que la paz [303]. Así, se pronuncian a favor del mantenimiento de la práctica vigente, es decir, de su recepción mediante el santo crisma y el libelo [304]. [303 Decretum Synodale… de 28 de abril de 1755, según Mansi, t. 38, p. 611 A e. E. Skouvará, juzgando los ataques contra Cirilo, admite que “los latinos y uniatas vieron el asunto como ‘una alteración de las relaciones sociales normales’ y ‘una afrenta a su fe’. Los embajadores de los reyes de Occidente se alarmaron. Comprendieron correctamente que, si esto se extendía y consolidaba, sus intereses en los territorios del Imperio Otomano se verían seriamente afectados; por ello intentaron oponerse, tanto abierta como clandestinamente”. Combatieron a Cirilo “provocando hábilmente a los otomanos contra él”, y por otra parte “amenazaron con represalias económicas y medidas religiosas contra los numerosos griegos de la diáspora”. Ob. cit., p. 53.]

Su afán por conservar por todos los medios la tranquilidad reinante se manifiesta en lo que escriben contra cierto libro de Cristóforo el Etolio (= Estigmatización del Rociado?).

«El librito -escriben- perturbó no poco a la Iglesia de Cristo y a todos nosotros, pretendiendo constituir facciones… y poco a poco provocar agitaciones populares y división dentro del cuerpo de los ortodoxos… Por lo cual nosotros, los colegas obispos que entonces nos encontrábamos en esta capital de las ciudades, tras deliberar con los nobles prohombres de esta piadosa comunidad… y conjeturando a partir de este fermento que sobrevendrían muchos y notorios y funestos acontecimientos para la Iglesia y para el pueblo, juzgamos necesario por voz unánime… considerar dicho librito… que provoca una perturbación y un daño nada despreciables, y en el que parece arremeter contra los latinos e interpretar ignorantemente los dichos de la Sagrada Escritura y de los santos Padres, y deslizar de manera insensible evidentes blasfemias luterano-calvinistas… como un mal automático, abominable, detestable, ilegal, anticanónico, blasfemo, proscrito y rechazado de la Iglesia de Cristo y de la lectura de los piadosos y ortodoxos» [305].

Los textos oficiales no delatan ninguna agudización particular en las relaciones con los latinos; por ello, la actuación del patriarca fue considerada como un «rayo en cielo despejado». Por esta razón, los argumentos de sus adversarios son proporcionalmente sobre todo de carácter circunstancial -oportunistas- y menos teológicos. En ellos predomina el temor a provocar disturbios a causa de la ofensa a los occidentales. Los metropolitanos no veían ningún motivo para endurecer la postura frente a los occidentales; por el contrario, consideraban absolutamente necesaria la conservación de la paz y de la tranquilidad. Expresando así, en unanimidad con los notables y gobernantes, su oposición a la acción injustificada de Cirilo, sentían que la decisión del sínodo de 1484 servía a sus fines, y por ello sostenían que «nunca jamás han sido condenados (los latinos) por ningún sínodo ni por ninguno de nuestros santos Padres como no bautizados y necesitados de rebautismo» [306], afirmación que, ciertamente, es inexacta, como vimos más arriba.

De ahí surge la pregunta: ¿cuáles fueron los motivos de Cirilo? Cualquier cosa, ciertamente, menos una tensión previa en las relaciones con los occidentales. El patriarca, sin embargo, expresando otra tradición, es decir, la que fue descrita anteriormente por los Kolivades y por Oikonomo, y teniendo únicamente como ocasión la solicitud espontánea de los latinos de Gálata de retornar a la Ortodoxia, actuó por razones primordialmente teológicas en su conocida decisión. Por lo demás, fueron los sacerdotes ortodoxos de Gálata quienes plantearon la cuestión a Cirilo: «si acaso debía ungirse con el santo crisma a los latinos que se acercaban a la Iglesia inmaculada de Cristo, o bien bautizarlos, como a quienes han invalidado por completo el bautismo del Señor…» [307]. Esto confirma que la duda acerca de la validez del «bautismo» latino estaba ampliamente difundida, pese a los argumentos anteriormente citados de los metropolitanos. Cirilo simplemente permitió a los sacerdotes «bautizar a los latinos que se acercaban… como no bautizados» [308].

Este hecho demuestra, en primer lugar, de manera contundente, que la decisión de 1484 nunca fue aceptada de modo universal, tal como también sostuvieron más arriba nuestros autores. Y la implicación de Eustracio Argéntis en este asunto es la mayor prueba de que, sin presuposiciones teológicas y dogmáticas, la actuación de Cirilo resulta incomprensible, dado que incluso los metropolitanos disidentes eran «ferocísimos antipapistas» [309], pero preferían, en aras de la paz, sostener la moderación.

Ciertamente, nunca habían desaparecido las razones para que el peligro latino fuese perceptible, ni para que la tensión en las relaciones entre latinos y ortodoxos permaneciera siempre latente. La época del patriarca Cirilo V conoció una Roma que, por medios y caminos indirectos y mal astutos, intentaba conquistar la Ortodoxia. Difundía -de manera muy simple- que existía unanimidad entre ambas Iglesias en los dogmas, y así atraía con mayor facilidad a los ortodoxos. Y, una vez más, se ponen de manifiesto los presuposiciones y condiciones teológicas ortodoxo-patrísticas de Cirilo, en contraste con sus jerarcas adversarios, quienes no percibían en absoluto, como él, la necesidad de salvaguardar al rebaño ortodoxo mediante la puesta de relieve de las diferencias esenciales existentes, una de las cuales era la observada en el santo bautismo [310]. [310] Comparar F. Vafeídou, ob. cit., p. 59: Cirilo apuntaba a proteger al rebaño ortodoxo del proselitismo mostrando la diferencia en el bautismo; esto es reiterado por el historiador contemporáneo Sérgio Makreos, ob. cit., p. 214 e. Escribe específicamente que Cirilo “desde el trono habló de la innovación, permitiendo sin miedo a quienes quisieran debatir y escribir sobre las nuevas invenciones y las opiniones extrañas de los latinos, juzgando correctamente la amistad encubierta más dañina que la enemistad abierta; ¿qué era menor o mayor, si no hacían daño, fingiendo amistad y cristianismo?” (p. 217). [311] Algo similar sostiene Ransiman, ob. cit., p. 615 e.]

De los casos anteriores, seleccionados a modo de muestra, se demuestra -creemos- el realismo del pensamiento de nuestros teólogos. No niegan la oposición en la actitud frente a los occidentales, que siempre ha prevalecido entre los ortodoxos. Admiten, sin embargo -y esto se demuestra como verdadero- la existencia, también constante, de un sector significativo de ortodoxos que consideraban a los latinos como herejes, sus sacramentos como carentes de realidad, y el (re)bautismo de ellos como algo completamente natural [311]. La aplicación de la economía incluso por representantes de este sector se debía a que la aspersión o rociamiento no se había impuesto universalmente en Occidente [312]. Pero tras la imposición de la aspersión, rociamiento en el mundo romano-católico, mediante el Concilio de Trento, desapareció también el último reparo. A este sector pertenecían tanto el patriarca Cirilo V como nuestros autores. Era -y sigue siendo- aquel sector que ve las diferencias del papismo con respecto a la Ortodoxia en sus verdaderas dimensiones, es decir, no como simples divergencias formales o administrativas, sino como indicadores que señalan la profunda alteración que sufrió la verdad cristiana en el ámbito del Occidente papista. [312En este punto debemos volver a la declaración de Sérgio Makreos (véase supra nota 238), quien continúa: “… porque preservaban el bautismo antiguo y sagrado; si algo así ocurría, como el derramamiento, rociamiento o la aspersión que se mantuvo después, no era común ni conocido; se decía que ocurría, y el error era parcial, no un crimen de toda la Iglesia. Durante el siglo XVIII, la aspersión o rociamiento introducido erróneamente se propagó en Occidente, y el bautismo sagrado se descuidó o transformó en derramamientos, rociamientos y aspersiones; los bautizados así fueron considerados no bautizados (es decir, la Iglesia mediante Cirilo) y se alentó a bautizarlos; aún no se estableció un decreto obligatorio sobre esto, esperando la corrección de Occidente y la purificación de su tipo defectuoso… Así, la Iglesia oriental comenzó a denunciar que Occidente había alterado el bautismo del Señor, proclamando a los que habían sido asperjados o rociados como no bautizados y permitiendo a los sacerdotes bautizar a los que se acercaban…” (pp. 408-409). Makreos, interpretando la causa y los motivos de la decisión de Cirilo, acepta que “por primera vez” en su época se tomó una decisión oficial sobre el (re)bautismo de los occidentales. Esto es verdadero. Lo importante es que describe los hechos tal como los relatan nuestros autores, especialmente K. Oikonomos, quien conocía el texto de Makreos; este no condena la decisión de Cirilo, sino que, como historiador, busca mostrar por qué y cuándo Oriente se vio obligado a tomar tal decisión.]

3. La postura de Rusia

Oikonomo se vio, sin embargo, obligado a explicar también la diferencia que existía, en su época, entre la postura de la Iglesia de Rusia y la del Patriarcado Ecuménico respecto al bautismo de los occidentales. La respuesta es que la Iglesia rusa, a pesar de su decisión de 1667, no pasa por alto la akríbia exactitud de los sagrados cánones. Aunque en Rusia se aplica la economía, «no proclaman una guerra irreconciliable contra la perfección del bautismo de la Iglesia, rechazando a quienes lo solicitan» [313]. Por lo demás, los catequistas rusos de los occidentales que retornan «catequizan a los que se acercan ante todo y principalmente en esta akríbia exactitud del bautismo apostólico, y solo después en la acogida por condescendencia» [314]. Así, esta diferencia entre las Iglesias no anula la unidad de la Ortodoxia, puesto que los demás Patriarcados reciben «a los que en Rusia han sido perfeccionados por condescendencia como hijos legítimos» [315].

Al escribir, ciertamente, cartas privadas, y además a personas que residían en Rusia y mantenían vínculos con la Iglesia rusa no solo morales sino también vitales [316], Oikonomo no podía condenar de manera explícita la práctica vigente allí, aunque no deja de adherirse a la decisión del patriarca Cirilo V (1755). No obstante, no omite ejercer una corrección indirecta, escribiendo literalmente:
«Honro y venero a la Iglesia rusa como Esposa inmaculada de Cristo, inseparable de su Esposo, y además como mi propia bienhechora, por medio de la cual el Señor ha obrado muchas y grandes cosas, de manera admirable y maravillosa, caminando infalible y firmemente conforme al canon de la piedad. Por ello tampoco dudo de que, con espíritu de discernimiento, haya elegido también el antiguo canon, en la medida en que acepta el bautismo de las demás Iglesias, ungiendo o crismando únicamente con el santo crisma a los que se acercan, repudiando por medio de un libelo las patrias doctrinas y confesando las de la fe ortodoxa» [317].

Y hablando a continuación «acerca del sentir de las Iglesias ortodoxas fuera de Rusia» y defendiendo la necesidad de aplicar la akríbia exactitud a los latinos, pregunta: «¿Qué haremos respecto a la aspersión o rociamiento?… ¿cómo recibiremos nosotros a quienes no han sido en absoluto bautizados?» [318]. Dirigiéndose además al destinatario Al. Sturdza, en otro pasaje, recomienda abiertamente a los «servidores particulares de la Iglesia y ministros» en Rusia que actúen de manera contraria, es decir, que apliquen la akríbia exactitud [319].

Consideraciones finales

Resumiendo todo lo dicho, debemos subrayar que nuestros autores, partiendo de las concretas presuposiciones eclesiológicas y canónicas que expusimos al inicio, y permaneciendo fieles al principio establecido por san Cipriano y san Basilio el Grande, se pronuncian a favor de la aplicación de la akríbia exactitud en la recepción de los diversos herejes, es decir, de su (re)bautismo. Ciertamente, no niegan la posibilidad de recurrir a la economía [320]. Sin embargo, conforme al espíritu del II (y del Quinto-sexto) Sínodo-Concilio Ecuménico, esto se hace «cuando no se lesionan los puntos esenciales» de la Iglesia [321], según Oikonomo; es decir, cuando se mantiene la condición inamovible establecida por dichos Sínodos-Concilios Ecuménicos: la celebración del misterio (sacramento) del bautismo conforme al modelo apostólico. El uso de la economía, dado su carácter circunstancial y local, no suprime la akríbia exactitud, que constituye el orden canónico de la Iglesia. Por ello, «la una, santa, católica y apostólica Iglesia de los Ortodoxos, mirando ante todo a la salvación, conserva la akríbia exactitud de los divinos cánones, y recurriendo en ocasiones y lugares a la economía, para acoger a los débiles en la fe, sanar las necesidades y dificultades que sobrevienen, y evitar los ataques de los enemigos de la Ortodoxia, hasta que restablezca nuevamente la akríbia exactitud» [322].

Siguiendo a quienes sostenían la opinión contraria -que clasificaban a los herejes más recientes (los francolatinos, occidentales, romanocatólicos) entre aquellos antiguos herejes que, según el canon 7.º del II Concilio, eran recibidos sin (re)bautismo-, ellos mismos aplican el mismo canon a los mismos herejes, pero para llegar a la conclusión opuesta, es decir, al rechazo de la economía en su caso, porque la «aspersión o rociamiento» de estos no puede en modo alguno considerarse bautismo, y así, al fallar en la forma del misterio (sacramento), quedan comprendidos en la disposición restrictiva del canon: «en una sola inmersión». Esta postura la fundamentan canónica, histórica y dogmáticamente.

A nuestro juicio, su actitud frente a los occidentales no puede considerarse producto de prejuicio o intolerancia [323], sino consecuencia de su auténtico sentir ortodoxo y de su adhesión a la fe y a la santa parádosis tradición de su Iglesia. Conociendo la inclinación de Occidente a las innovaciones [324] y la alteración de la tradición eclesiástica que allí se produjo con el paso del tiempo, temen que cualquier concesión pueda conducir a errores mayores, no solo en Occidente, sino también en la propia Oriente [325]. La aplicación de la akríbia exactitud, justificada canónicamente, protege además a la Ortodoxia de toda clase de desviaciones [326]. Y nuestros autores parecen plenamente convencidos de que de este modo la cuestión queda resuelta de manera definitiva.

Sin embargo, existe también la diferencia en la praxis eclesiástica, que no pueden pasar por alto. Su intención es, ciertamente, conducir a la Iglesia a la aplicación de la akríbia exactitud respecto a los occidentales. Pero esto significa que ellos mismos deseaban un modo de actuación uniforme, mediante la consecución de un acuerdo entre las Iglesias ortodoxas locales y la supresión del desorden observado. Es decir, tanto nuestros autores como sus adversarios se pronunciaban a favor de un acuerdo panortodoxo sobre este problema. Es bien sabido que incluso después de nuestros autores se ha considerado imperiosa la necesidad de una decisión sinodal panortodoxa [327]. Ya desde 1875 el Patriarcado Ecuménico expresó el deseo de que «las Iglesias Ortodoxas locales puedan reunirse en un mismo lugar, para que entonces se produzca la anhelada concertación oficial sobre esta cuestión» [328]. Desde entonces, la necesidad de una regulación sinodal del problema ha sido reiteradamente defendida por destacados autores [329].

Con la idea de una resolución panortodoxa del asunto se ocupan, entre nuestros autores, Neófito y Oikonomo. El primero aborda el tema de manera sucinta, respondiendo a la tensión entonces planteada: «no es necesario antes de un concilio despreciar la aspersión o rociado de estos [latinos]». Su respuesta se compone de argumentos de San Atanasio sobre los arrianos, y dice así: «Como ciertamente es la Sagrada Escritura más poderosa que todos y todo, merece ser bautizado, pero no ser rociado a los que creen en Cristo. Y si se requiere un concilio al respecto, dice (Atanasio), los asuntos de los Padres son suficientes». Y de esto no descuidaron nada, sino que escribieron de tal manera que quienes verdaderamente se adhieran a sus términos puedan recordar a partir de ellos la verdad proclamada en las Sagradas Escrituras. Por lo tanto, según él, respecto de lo que es claro, no se requiere concilio alguno, pues la naturaleza del asunto es suficiente para resolverlo [330]. Ningún concilio o sínodo sería, por tanto, necesario ni podría derogar la decisión ya conocida de la Iglesia Ortodoxa.

La cuestión de una solución conciliar al problema se escuchó repetidamente durante las disputas del siglo XVIII bajo el patriarcado de Cirilo V. En la época de Oikonomo, esta necesidad se consideraba sumamente apremiante, pues para quienes pensaban de otra manera, como nuestros autores, la cuestión ya estaba resuelta eclesiásticamente. Bajo este espíritu, Oikonomo escribe lo siguiente:

«Aunque tal concilio ecuménico, cuando se convoque por divino designio y en nombre de Cristo para la unión de las Iglesias, establezca y determine todo lo relativo al vínculo del amor divino y la paz en el Espíritu Santo (como si el humo de la innovación desapareciera), respecto de los dogmas sagrados, los Misterios (sacramentos) y todo el orden eclesiástico, establecidos por los Apóstoles y los santos Padres iluminados por el mismo Espíritu en los concilios o sínodos teológicos, este concilio ecuménico no dictará en absoluto nada contra ello» [332].

No puede, en efecto, «legislar sobre las aspersiones o rociamientos y las efusiones como equivalentes al verdadero y único bautismo» [333]. Esto permite inferir que, si el catolicismo romano volviera al tipo canónico del bautismo, Oikonomo no excluye -con ciertas reservas, “cum grano salis, tomarlo con cautela, o tomarlo con un grano de sal” (menos común, pero comprensible)”, también los otros Kolivádes- el uso de la economía. Sin embargo, esto debe decidirse panortodoxamente.

Esta idea se refleja en las palabras sumamente significativas de Oikonomo: «Y si el sínodo -escribe- juzga que algo es necesario, para que según los lugares la Iglesia (como por ejemplo en un territorio grande y que abarca muchos y diversos pueblos heréticos) por razón de la economía evangélica tolere por breve tiempo incluso algo de lo que no es debido (como dijo Eflogio), y use de cierta condescendencia con quienes se acercan procedentes de las herejías de manera conveniente, cuando algunos de ellos desean sinceramente entrar en la vida, pero se muestran más remisos a causa de la severidad del canon; en todo caso hará lo que haya sido juzgado la Iglesia de Cristo, con la cual su Esposo permanece inseparable hasta la consumación, Él que conserva en ella irreprochable e incontaminada la akríbia exactitud de los dogmas y misterios divinos, y que, en lo que respecta a la economía conveniente, en lugar y tiempo oportunos, para con los que se acercan desde fuera… la ilumina y la guía.» [334].

Por supuesto, tal aceptación económica del bautismo latino no significaría en modo alguno su validez «per se», sino solo a través de la vuelta del católico romano a la Ortodoxia. Es innecesario decir que, como se demostró anteriormente, la persistente obstinación de los papistas en sus innovaciones hace problemática cualquier aplicación de la economía.

Creemos que esto refleja plenamente el espíritu tanto de los Padres Kolivades como resume su enseñanza, según la siguiente declaración de K. Oikonomo: «Nosotros… orando noche y día por la unión de las Iglesias, y aceptando y honrando toda economía cuando no perjudica lo esencial, miramos a la única Madre Iglesia, la Ortodoxa y a la salvación de sus hijos ortodoxos, siguiendo fielmente las huellas de nuestros bienaventurados santos Padres y maestros de la Iglesia» [335].

En última instancia, la disputa teológica descrita anteriormente, que hoy podría considerarse innecesaria o excesivamente minuciosa, no es otra cosa que un esfuerzo por preservar la continuidad de la santa παράδοσις parádosis tradición y repeler, con los medios concretos de la época, el espíritu innovador occidental.

Que la παράδοσις tradición representada por los Padres Kolyvádes y Konstantinos Oikonomo constituía la praxis predominante de la Iglesia de Grecia se evidencia en el estudio publicado en 1869, cuando el espíritu occidental comenzaba a penetrar más intensamente en Oriente Ortodoxo y se vislumbraba el amanecer de la paneherejía dl ecumenismo. El estudio se titula: «Disertación epistolar sobre el bautismo o prueba de que la Iglesia Ortodoxa Oriental, al bautizar a los que vienen de otras Iglesias, no los rebautiza, sino que los bautiza como no bautizados», por D. Marinos, doctor en teología y profesor, Ermúpoli 1869, pp. 70.

La isla Syros, y en particular la capital Ermúpoli, era centro de la misión protestante y contaba con una fuerte comunidad papista, y el autor, ya fallecido, refuta sus afirmaciones. Aunque las relaciones ecuménicas demostrablemente atenúan la fidelidad a los Padres, la Iglesia de Grecia, al menos en esencia, no se apartó de su práctica establecida.

Para facilitar la política ecuménica, en 1932, bajo el Arzobispo Crysostomos I (Papadopoulos), la Iglesia de Grecia dejó de lado el Decreto de 1755 e introdujo en el Efjologion la «Ceremonia de Retorno a la Ortodoxia desde la Iglesia Latina», reanudando la práctica de 1484, es decir, la restauración de los latinos mediante unción o crismación y libelo. Incluso en este caso, la Iglesia de Grecia -en conformidad con su eclesiología- nunca consideró válido «per se» el bautismo de los herejes, dado que los misterios (sacramentos), que santifican y conducen a la salvación, no existen fuera del Cuerpo de Cristo, la única y verdadera Iglesia.

Por lo tanto, como conclusión técnica, según la enseñanza de los Sínodos-Concilios Ecuménicos y de los Santos Padres, claramente y completamente expuesta por nuestros autores, la economía aplicada a la recepción (= ingreso) de latinos y, en general, de cristianos occidentales en la Ortodoxia, solo puede aplicarse cuando alguna confesión cristiana realiza el bautismo con inmersión triple y emersión según la forma apostólica y patrística. Pero, cuando esto no ocurre, y al contrario, a pesar del conocimiento de la verdad, se sigue de manera heterodoxa la innovación de la aspersión, rociamiento o efusión (véase la correspondiente decisión del II Vaticano), la aplicación de la akríbia exactitud se considera imperativa. Particularmente en nuestra época, en la que todo se relativiza, incluso en el ámbito eclesiástico, la firme adhesión a la παράδοση parádosi tradición de los Santos es la resistencia más esencial frente al declive general, aunque tal actitud sea ridiculizada como «fanática» y «carente de amor».

 

Apéndice

1.Decreto de la Santa Iglesia de Cristo sobre el bautismo de los occidentales (1755)

† Entre los muchos medios por los cuales alcanzamos nuestra salvación, y de estos, por así decirlo, escalonadamente enlazados y sucesivos, todos dirigidos al mismo fin, el primero es el bautismo transmitido por los Santos Apóstoles, como el de los demás, sin deficiencias. Dice San Juan: «5 Respondió Jesús: «De verdad en verdad te digo, el que no nazca de agua del bautismo y del Espíritu, no puede entrar en la βασιλεία realeza increada de Dios. [5. «Respondió Jesús: «De verdad en verdad te digo que: si uno no naciere espiritualmente del agua del bautismo y de la χάρις jaris (gracia energía increada) del Espíritu Santo, no puede ver ni entrar a la realeza increada de Dios, tampoco puede disfrutar de los frutos de la Realeza o del Espíritu Santo»], (Jn 3:5). [336].

Era necesario, pues, que de la primera generación sobre la vida mortal del hombre surgiera un nuevo nacimiento, de manera más misteriosa, ni proveniente de corrupción, ni destinada a la corrupción, a fin de que pudiéramos imitar al Jefe de nuestra salvación, Jesús Cristo. El agua del bautismo en la pila bautismal se recibe según el orden de la matriz, y se convierte en parto para el recién nacido, según dice Crisóstomo [337]; y el Espíritu que desciende sobre el agua forma al niño según el orden de Dios; y así como Él, después de haber sido colocado en la tumba, resucitó al tercer día a la vida, así los creyentes, sustituyendo la tierra por el agua, al sumergirse tres veces, representan Su Resurrección[338], santificando el agua por la venida del Espíritu Santo, de manera que, al agua visible ilumina el cuerpo, y al Espíritu invisible recibe la psique-alma la santificación. Así como el agua en el caldero recibe el calor del fuego [339], así el agua en la pila bautismal, por la divina energía increada del Espíritu, se transforma en divina δύναμι (dínamis: poder, fuerza y energía), catartizando purgando, purificando y haciendo dignos de adopción a los bautizados, mientras que los hechos de otro modo muestran hijos impuros y de oscuridad en lugar de limpieza y adopción.

Dado que, hace ya tres años, surgió la cuestión de si son válidos los bautismos de los herejes, realizados en contra de la tradición de los santos Apóstoles y de los divinos Padres, y en contra de la costumbre y disposición de la Iglesia Católica y Apostólica, cuando estos vienen a nosotros, nosotros -que, por la divina χάρις jaris gracia increada, hemos sido formados en la Iglesia Ortodoxa y seguimos los cánones de los santos Apóstoles y de los divinos Padres, reconociendo como única Iglesia a nuestra Iglesia Santa, Católica y Apostólica y aceptando sus misterios, y por consiguiente también el santo bautismo- consideramos que todo lo que realizan los herejes, si no se hace tal como lo ordenó el Espíritu Santo por medio de los santos Apóstoles y como lo practica hasta hoy la Iglesia de Cristo, son invenciones de hombres corrompidos. Las reconocemos como cosas extrañas y ajenas a toda la tradición apostólica y, de común acuerdo, las rechazamos.

Y a los que de entre ellos vienen a nosotros, los recibimos como no iniciados y no bautizados, siguiendo a nuestro Señor Jesús Cristo, quien mandó a Sus discípulos bautizar (no rociar) «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» [340], así como a los santos y divinos Apóstoles [341], quienes establecieron que los que se acercan sean bautizados con tres inmersiones y emersiones, y que en cada inmersión se pronuncie uno de los nombres de la Santa Trinidad. Seguimos también al santo e ισαποστόλω (isapostolo: igual a los Apóstoles) Dionisio el Areopagita, quien dice que el que se acerca debe ser bautizado, despojado de toda vestidura, en una fuente que contenga agua y óleo santificados, invocando tres veces las hipóstasis de la divina bienaventuranza, y que inmediatamente después el bautizado sea sellado con el santísimo crisma y hecho partícipe de la santísima Efjaristía [342]. Seguimos además el Segundo [343] y el Quinto-sexto [345] Santos Sínodos Ecuménicos, que disponen que aquellos que no son bautizados con tres inmersiones y emersiones, ni invocan en cada una de ellas una de las divinas hipostasis, sino que son bautizados de otro modo, deben ser recibidos como no bautizados cuando se acercan a la Ortodoxia.

Siguiendo, pues, también nosotros estas divinas y sagradas disposiciones, consideramos los bautismos de los herejes como discordantes y ajenos al mandato divino apostólico, y como aguas sin provecho alguno, como dicen san Ambrosio y el gran Atanasio; que no conceden ninguna santificación a quienes los reciben ni aprovechan en nada para la catarsis, purgación y sanación de los pecados; por ello los tenemos por inválidos y rechazables.

Y a los que entre ellos han sido “bautizados” sin verdadero bautismo, los recibimos como no bautizados cuando se acercan a la fe ortodoxa, y los bautizamos sin ningún reparo, conforme a los cánones apostólicos y conciliares, en los cuales se apoya firmemente la santa Iglesia de Cristo, apostólica y católica, la Ortodoxa, la madre común de todos nosotros.

Y con esta decisión y declaración común nuestra confirmamos el presente Όρον Decreto, concorde con las disposiciones apostólicas y sinódicas- conciliares, ratificándolo con nuestras firmas.

Año de la salvación 1755.
† Cirilo, por la gracia de Dios, Arzobispo de Constantinopla, Nueva Roma, y Patriarca Ecuménico.
† Mateo, por la gracia de Dios, Papa y Patriarca de la gran ciudad de Alejandría.
† Partenio, por la gracia de Dios, Patriarca de la santa ciudad de Jerusalén y de toda Palestina.

Este Όρος Decreto se publicó por primera vez en 1756 en la obra Crítica de la Aspersión, pp. 139–140. Desde entonces se ha reimpreso en numerosas ocasiones. Véase Ioánnis N. Karmíris, Los Monumentos Dogmáticos y Simbólicos de la Iglesia Ortodoxa Católica, tomo II, Atenas 1953, pp. 989–991, de donde se ha reeditado aquí.

2, (Re)bautismos de papista o roma-católicos en las Islas Jónicas durante el siglo XIX

El Όρος Decreto de los Patriarcas Orientales (1755), como el último texto oficial sobre el problema de la reincorporación de los occidentales a la Ortodoxia, tuvo amplia aplicación durante el siglo XIX. Los obispos ortodoxos, portadores y expresores de la tradición del Patriarca Ecuménico Cirilo V y de los Padres Colivades, aplicaban canónicamente el Όρος Decreto, incluso en territorios bajo ocupación extranjera, desafiando las posibles consecuencias.

Especialmente allí donde, debido a la convivencia de ortodoxos y latinos, el riesgo de relativización de las diferencias doctrinales era particularmente notable, los jerarcas valientes no dudaban en bautizar a los latinos que regresaban, sin considerar los riesgos que implicaba su audacia. Un ejemplo de ello eran las Islas Jónicas, y en particular Corfú-Kerkira, donde hasta la Segunda Guerra Mundial la comunidad papal era siempre numerosa, próspera y políticamente poderosa.

En nuestra investigación anterior en el Archivo Histórico de Corfú, señalamos varios casos, desde 1824 en adelante, de retorno de católicos romanos a la Ortodoxia mediante el bautismo canónico y no solo a través del Santo Crisma. En estos casos, el bautismo era solicitado por el católico romano que regresaba, y el obispo correspondiente (en este caso, Macario de Rogón, 1824-1827) otorgaba la autorización pertinente [345][346].

Las dimensiones del asunto se reflejan en la correspondencia confidencial del cónsul británico en las Islas Jónicas, Fred. Adam [347], con su superior, el Ministro de Colonias británico, Lord Bathurst, que estudiamos en el Public Record Office de Londres, C(olonial) O(ffice) 136, en el verano de 1982. En un documento relacionado [348], el Ministro británico informa al cónsul Adam que recibió quejas de la “Santa Sede” sobre una serie de (re)bautismos de latinos en Corfú, alegando que se vulneraban los privilegios [349] otorgados por el anterior cónsul Thomas Maitland a la “Iglesia Papal”. Por ello, el Ministro observa a Adam:

«Your attention is, therefore, directed to the attempt which it appears has recently been made to infuse into the minds of the people, the unwarrantable belief that baptism by a Roman Catholic Priest is not valid»
(“Por lo tanto, su atención se dirige al intento que parece haberse hecho recientemente de infundir en la mente del pueblo la creencia infundada de que el bautismo realizado por un sacerdote romano no es válido”) [350].

El Papa, por su parte, denunciaba que los obispos griegos buscaban destruir la “religión católica” (to destroy the Catholic religion) [351] y que, en particular, el obispo griego de Corfú resultaba ser “el enemigo más acrimonioso” (the most acrimonious enemy) del papismo [352]. Como resultado, los católicos romanos de Corfú se preguntaban si eran “turkos” o “judíos”, dado que eran (re)bautizados. Curiosamente, los romanocatólicos, conscientes de que hasta el final del dominio veneciano (1797) existía una situación de “normalidad forzada” en sus relaciones con los ortodoxos [353], atribuían la actitud de Macario a… su distinta educación (educated in the Turkish Colleges…) [354].

El resultado fue que Adam informara en su reporte que había asegurado a la “Santa Sede” que en el futuro se prohibiría el (re)bautismo de latinos o francolatinos y papistas (it should be prevented for the future) [355].

Un ejemplo aún más ilustrativo es el (re)bautismo del maestro latino Bernardo Fradelón por el sacerdote Gerasimos Kalos el 7 de mayo de 1857 en Lixouri, Cefalonia. Los documentos que se publican a continuación, por primera vez, se encontraron en el Archivo de los Hermanos Typaldos – Iakovados [356].
(Manuscrito Iakovatos 100/LOD ρμ’)

Retorno y confesión de un latino llamado Bernardo Fradellón

maestro en Cefalonia, en la ciudad de Lixouri, quien fue bautizado por el sacerdote Gerasimos Kalos [357] según el dogma de la Iglesia Ortodoxa Oriental y recibió el nombre Gerasimos.

El 7 de mayo de 1857.

Pregunta: ¿Tu regreso a la Iglesia Ortodoxa proviene de alguna influencia mundana, de violencia, o de algún otro propósito con la esperanza de obtener beneficios materiales, y no de una convicción interna y pura de volver a la enseñanza inmaculada, incontaminada e irreprochable de la Santísima Trinidad, presente de manera invisible en nosotros? Confiesa consciente y públicamente, sin intervención de lo anterior ni de otro medio, al santo y preciado propósito de tu retorno.

Respuesta: Confieso conscientemente que nada más me obliga, sino una simple y pura convicción.

Pregunta: ¿Reniegas de todo lo extraño de los dogmas latinos, los cuales los papas han innovado a lo largo del tiempo, contradiciendo esencialmente el texto del Sagrado Evangelio y la autoridad de la Iglesia antigua en su conjunto?

Respuesta: Reniego y rechazo todo ello.

Pregunta: ¿Sabes que la Santa Iglesia de Cristo, siendo universal, permaneció una e inalterada durante los primeros ocho siglos, y que fue entonces cuando en Occidente se insertó en el Sagrado Símbolo de la fe la adición «y del Hijo», contraria a la enseñanza del Θεάνθρωπος (Zeánzropos) Dios-Hombre, “el Espíritu de la verdad que procede del Padre” [358], y que esta alteración quebrantaba la autoridad de los siete Sínodos (Concilios) Ecuménicos, que prohibieron expresamente cualquier adición o sustracción en esta compuesta enseñanza de la Fe? ¿Rechazas y desapruebas esto, reconociendo a partir de hoy el Símbolo sagrado en su integridad, tal como fue redactado y difundido por los Sagrados Sínodos (Concilios) como depósito sagrado?

Respuesta: Reniego de esa adición y abrazo y respeto el Símbolo sin ella.

Pregunta: ¿Niega la falsa sinodalidad de Florencia y la considera nula, dictada por un espíritu satánico de ambición e influida por la fuerza del más poderoso [359]? ¿Desapruebas y reniegas de lo que falsamente y extrañamente se enseñó, incompatiblemente con los actos y el espíritu de los siete Sínodos (Concilios) Ecuménicos? [359La frase “influida… más fuertemente o por el más fuerte” revela la amarga experiencia de los habitantes de las islas Jónicas que estuvieron seis siglos (1267-1864) bajo la opresión de los occidentales.]

Respuesta: Niego y reniego de ella.

Pregunta: ¿Rechazas con nosotros la codiciosa doctrina latina, invención lucrativa y fruto de los papas, con la que trafican la salvación de la psique-alma de los fieles, el fuego purificador o purgatorio, palabra y gloria completamente desconocidos en la Iglesia antigua?

Respuesta: Sí, la rechazo.

Pregunta: ¿También repudias y eliminas la innovación de la Iglesia Occidental que priva a los laicos del Cuerpo de la Ευχαριστία Efjaristía, contraviniendo directamente el divino logos: Jesús les dijo: “Amín, amín, de verdad en verdad os digo que, si no coméis la sarx cuerpo y carne del Ηijo del hombre y no bebéis su sangre, a través del misterio de la divina Efjaristía, no tendréis vida en vosotros” [360], ¿y que contradice la tradición universal de la Iglesia?

Respuesta: Rechazo también esa innovación.

Pregunta: ¿Reniegas del aspersión o rociamiento sacramental en el Bautismo de la Iglesia Occidental, totalmente incompatible con la enseñanza del Apóstol Pablo y la antigua tradición de los Padres, y reconoces con profunda reverencia, convicción y respeto la triple inmersión de la Iglesia Ortodoxa en el agua, que simboliza claramente la sepultura del Señor y Su resurrección al tercer día?

Respuesta: Reniego de la aspersión o rociamiento, acepto, respeto y honro el Bautismo de la Iglesia Oriental.

Pregunta: ¿Confiesas que la Iglesia Latina actúa incorrectamente al privar al bautizado del Sacramento de la Unción (Crismación), que nuestra Iglesia administra inmediatamente después del Bautismo, según la tradición de todas las Iglesias, para que todos sean ungidos o crismados con el Santo Crisma y puedan participar de la Divina Ευχαριστία Efjaristía?

Respuesta: Confieso que actúa incorrectamente.

Pregunta: ¿Confiesas además que está mal que usen pan ácimo en la Efjaristía en lugar del pan leudado, que todas las Iglesias de la antigüedad recibieron, y que el uso de este último está de acuerdo con la Tradición establecida por ellas?

Respuesta: Reniego del error de los latinos y abrazo el uso del pan leudado, que la Iglesia Oriental usa correctamente.

Pregunta: ¿Desapruebas y aborreces la absurda pretensión de la Iglesia Occidental sobre la soberanía espiritual y temporal del trono de Roma sobre todas las Iglesias, lo infalible, incontaminado e inmaculado, que la Iglesia de los primeros ocho siglos nunca reconoció ni manejó, y convienes con nosotros en que la Iglesia universal, reunida genuina y canónicamente en Sínodo (Concilio), tiene autoridad para juzgar y examinar cualquier asunto eclesiástico, incluso al Papa, y que nunca otorgó al trono de Roma soberanía alguna, sino solo un primado de orden y honor (de institución mundana) porque Roma era entonces la Ciudad Reina?

Respuesta: Rechazo y aborrezco esta insensatez y coincido con la Iglesia Oriental en que ningún primado espiritual y cabeza es reconocido por todas las Iglesias, sino únicamente Jesús Cristo, y Su enseñanza, así como la de los Apóstoles y de los Sínodos (Concilios), y ellas son inseparables entre sí, unidas por el vínculo espiritual del amor para la edificación de los fieles.

Pregunta: Existen también otras prácticas accesorias en la Iglesia Occidental, contrarias a las antiguas tradiciones, como ayunar y arrodillarse en sábado, orar mirando hacia Occidente, haciendo la señal de la cruz solo con dos dedos, contraviniendo la igualdad de esencia y honor del Supremo Misterio de la Trinidad. ¿Reniegas conscientemente de todas estas innovaciones y abrazas las de la Iglesia Oriental, que conserva todo ello íntegro, tal como lo recibió de los Santos Apóstoles y de los Sagrados Sínodos (Concilios)?

Respuesta: Sí, reniego y rechazo todas estas prácticas extrañas.

Pregunta: Lee sin añadir nada el Sagrado Símbolo de la Fe, clara y nítidamente para todos.

Respuesta: Creo en un solo Dios…

Pregunta: Sella con tu firma la anterior confesión.

(A continuación, el copista del texto señala:)
La presente confesión se encuentra firmada en la Iglesia de la isla Cefalonia.

Sigue el Sermón pronunciado por el sacerdote mencionado tras el santo Bautismo, al administrar la Sagrada Comunión al neófito:

Hijo amado en el Señor,

El espíritu del error ha desviado, “por juicio que solo el Señor conoce”, hacia caminos amplios y puertas anchas, a incontables fieles que se extraviaron tras Arrio y otros jefes de herejía, entre ellos aquella que fue antaño nuestra hermana espiritual, la Iglesia Romana, que durante ocho siglos enteros compartió con nosotros aquel Pan espiritual y bebió la Copa inmaculada e incontaminada de la Sagrada Efjaristía en una sola Mesa Mística, tal como la recibió y aprendió en la Cena Mística del Dios-Hombre Salvador nuestro. “¡Porque un Señor, una Fe, un Bautismo!” [361]

¡Pero ay! Tras aquel desgarrador cisma de la Iglesia Romana, apareció el rebaño espiritual de Jesús dividido en dos campos hostiles, disputando entre sí, ya no por el hinojo y el comino, sino por asuntos elevados y trascendentales, buscando la salvación de toda la humanidad. Sin embargo, esta lucha es muy desigual y muy distinta: la Iglesia de Roma persuade mediante la espada material y el fuego, mientras que la Oriental, por el contrario, al mantener íntegra y sin alteraciones la enseñanza de los Apóstoles y Profetas, instruye y enseña simplemente a los que retornan a ella mediante lo espiritual, “que es el logos de Dios” [362].

Tú, hijo amado mío, tienes ante tus ojos un ejemplo reciente de cómo nuestra amorosa madre, la Iglesia Oriental, acoge en sus brazos a los que vuelven a la μετάνοια metania y se arrepienten sinceramente y se acercan a ella. Al confesar tu libelo, que presentaste ante la Ιglesia local, reconociste que ninguna violencia mundana ni objeto material te impulsó a esto, sino únicamente una sincera y pura convicción de retornar al camino espiritual y recto.

Con profunda reverencia y corazón contrito, te conduje a esta Sagrada Fuente Bautismal, donde fui un ministro indigno y testigo del milagroso Misterio del Bautismo de tu renacimiento y regeneración. Al descender recientemente a la Sagrada Fuente con la “mancha primordial del pecado”, y al enterrar allí “al hombre viejo” con tus acciones y deseos [363], ya has emergido de ella como un niño puro y tierno, revestido del nuevo Adán, es decir, del Hijo Unigénito de Dios, nuestro Señor Jesús Cristo, “quien fue herido por nuestras transgresiones y molido por nuestras iniquidades” [364].

¡Hijo! Camina ahora con ánimo y valor hacia la Mesa Espiritual de los inmaculados e incontaminados Misterios de Cristo; guarda esto en tu corazón puro como un depósito sagrado [365], que te elevará pronto a la Jerusalén Celestial. Nuestra vida es breve; pasa como un relámpago, y entonces la tumba será testigo de nuestras acciones. Hijo, anhelo tu propósito y bendigo tu destino, si permaneces vigilante, en la medida de lo posible, evitando las trampas del enemigo. Graba este día en lo profundo de tu psique-alma, y que la δύναμις (dínamis: fuerza, energía y poder) del Altísimo guíe tus pasos hacia toda obra buena…

Georgios Metalinós – Confieso un solo bautismo

Interpretación y aplicación del canon VII del II concilio ecuménico por los Kolyvades y Constantino Oikonomos
(Contribución a la consideración histórico-canónica del problema sobre la validez del bautismo occidental)

Ediciones «TINOS», Atenas 1996

A la bienaventurada memoria de los Padres Kolivades y de todos nuestros Padres y Hermanos que, en comunión de espíritu con ellos, nos precedieron.

Fuente: https://www.oodegr.com/oode/biblia/baptisma1/perieh.htm

Tradución Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas xX jJ http://www.logosortodoxo.com/

Apuntes

[1] Para la historia del problema, véase: I. N. Karmíris, «Cómo deben recibirse en la Ortodoxia los heterodoxos que se acercan a ella…», en Los Monumentos Dogmáticos y Simbólicos de la Iglesia Ortodoxa Católica, t. II, Atenas 1953, pp. 972-1050 (972-1025). Tim. Ware, Eustratios Argenti. A Study on the Greek Church under the Turkish Rule, Oxford 1964, pp. 65 ss. Obispo Pierre L’Huillier, «Les divers modes de réception des Catholiques-Romains dans l’Orthodoxie», en Le Messager Orthodoxe 1 (1962), pp. 15-23. Hierom. I. Kotsónis, artículo «Bautismo de herejes», Θ.Η.Ε. 1 (1962), cols. 1092-1095. An. Christofilópoulos, «La incorporación a la Ortodoxia de los no cristianos y de los heterodoxos», ΘΕΟΛΟΓΙΑ ΚΖ’ (1956), pp. 53-60, 196-205.
En estas obras se encuentra también bibliografía adicional. Véase además: Gerhard Podskalsky, Griechische Theologie in der Zeit der Türkenherrschaft 1453-1821, p. 35 (bibliografía en n.º 96). Cf. Basilio N. Giannópoulos, La aceptación de los herejes según el VII Concilio Ecuménico, Atenas 1988 (separata de ΘΕΟΛΟΓΙΑ ΝΘ’ [1988], pp. 530-579). Dorothea Wendeburg, «Taufe und Oikonomia. Zur Frage der Wiedertaufe in der Orthodoxen Kirche», en Kirchengemeinschaft – Anspruch und Wirklichkeit. Festschrift für G. Kretschmar (Stuttgart 1986), pp. 93-116. Lothar Heiser, «Die Taufe in der Orthodoxen Kirche» (Historia, administración y simbolismo según la enseñanza de los Padres), Tréveris 1987.

[2] Ejerció el patriarcado entre 1748-1751 y nuevamente entre 1752-1757. Véase: E. Skouvarás, «Textos polémicos del siglo XVIII (contra los rebautizadores)», Byzantinisch-Neugriechische Jahrbücher t. 20 (1970), pp. 50-227 (también en separata), esp. pp. 58-60, con bibliografía.
Importante es el artículo de T. Ath. Gritsópoulos en Θ.Η.Ε. 7 (1965), cols. 1193-1197. Cf. del mismo autor, «El Patriarca de Constantinopla Cirilo», ΕΕΒΣ t. ΚΘ’ (1959), pp. 367-389. [3] El material fue reunido en la obra mencionada de Evang. Skouvarás. Para el material sinodal y teológico véase también: J. D. Mansi, Sacrorum Conciliorum nova et amplissima collectio, t. 38, Graz 1961 (= París 1907), cols. 367-389.

[5] Véase: Chr. S. Tzóggas, La controversia sobre los memoriales en el Monte Athos durante el siglo XVIII, Tesalónica 1969 (con abundante bibliografía). Konst. K. Papoulídis, El movimiento de los Kolyvades, Atenas 1971. Del mismo, «Nicodème l’Hagiorite (1749-1809)», Θεολογία ΛΖ’ (1966), pp. 293-313, 390-415, 576-590 y ΛΗ’ (1967), pp. 95-118, 301-311. Del mismo, «Caso de influencia espiritual del Monte Athos en el ámbito balcánico durante el siglo XVIII», en Μακεδονικά 9 (1969), pp. 278-924. Char. G. Sotirópoulos, «Kolyvades –AntiKolyvades», Atenas 1981 (separata del volumen homenaje al Prof. Gerásimos Konidáris, Antídoron pneumatikón).

[7] Vivió aproximadamente entre 1713-1784. Véase: Chr. Tzóggas, op. cit., pp. 16-28; K. Papoulídis, El movimiento…, pp. 30-32. Monje Teodorito (= Ioannis Mavros), Neófito Hierodiácono Kavsokalyvita, Sobre la comunión continua [frecuente], Introducción – Texto inédito – Comentarios, Atenas (s. a. [1993²]).

[8] Vivió entre 1749-1809. Véase: Chr. Tzóggas, op. cit., pp. 46-51; K. Papoulídis, El movimiento…, pp. 35-37 y las demás obras de la nota 4. Importante es la monografía del p. Teóklitos, monje Dionisiata, San Nicodemo el Hagiorita, Atenas 1959. Véase también: George S. Bebis, «St. Nikodemos the Hagiorite», en Post-byzantine Ecclesiastical Personalities, pp. 1-17; Podskalsky, pp. 377-382 (con amplia bibliografía); C. Carnavos, St. Nikodemos the Hagiorite…, Belmont, MA 1974; 2.ª ed. 1979.   [9] Vivió entre 1722-1813. Véase: Chr. Tzóggas, op. cit., pp. 29-43; Papoulídis, El movimiento…, pp. 37-39; Podskalsky, pp. 358-365 (con bibliografía). [10] Timothy Ware, Oxford 1964. Sobre el problema, véanse pp. 37-39. [11] Los teólogos tienen en cuenta la obra de Argentis, Manual sobre el bautismo…, 1.ª ed. Constantinopla 1756 y 2.ª Leipzig 1757, a la que remiten: Nicodemo: P, pp. 35/36, 55; Atanasio de Paros: M, p. 266 y O, p. 511. Neófito, por su parte, invoca la decisión de Cirilo V (E, fol. 147 κε’).

[12] Se han tenido en cuenta las siguientes obras suyas, en las que se expone su enseñanza sobre el tema: a) Neófito Kafsokalyvita, Epítome de los Sagrados Cánones, calificada como «célebre» por Cristos Tzóggas (p. 26), compuesta por 1227 folios de extensión desigual. Permanece inédita en el ms. n.º 222 (=295) de la Academia de Bucarest, fols. 2a-1227. Cf. C. Litzica, Catalogul Manuscriptelor Grecesti, Bucarest 1909, p. 150. El monje Teodorito ha preparado la edición crítica de la obra y nos facilitó amablemente parte de ella; a él expresamos nuestro agradecimiento. b) Nicodemo Monje (Hagiorita), Pedalión, 1.ª ed. Leipzig 1800; aquí se utiliza la 8.ª ed., Atenas 1976. c) Atanasio de Paros, Epítome de los divinos dogmas de la fe, Leipzig de Sajonia 1806. Compuso también un breve tratado especial titulado: «Que quienes regresan de los latinos deben, sin objeción, ineludible y necesariamente, ser bautizados». [13] Véase E. Skouvarás, Textos polémicos, op. cit., pp. 68-71. [14] Oikonomos fue invitado por Alexandros Stourdza, residente en Rusia, a pronunciarse sobre el problema suscitado por el célebre caso del diácono escocés William Palmer, que tanto afligió a la Iglesia rusa como al Patriarcado Ecuménico.

[15] Se trata de: a) Algunas observaciones sobre el tratado anónimo “Sobre la forma del misterio del Santo Bautismo” (1-3-1850); b) Extracto de una carta a A. Stourdza (2-3-1847); c) Carta a un obispo (30-12-1852). [16] Constantino Oikonomos conocía la Epítome de Neófito y la elogia, así como a Atanasio de Paros y a san Nicodemo el Hagiorita. [17] En cuanto a los Kolyvades, se constató que conocían la argumentación desarrollada en textos metropolitanos y otros escritos contra la decisión del Patriarca Ecuménico Cirilo V. Véase Mansi, t. 38. [18] Las valoraciones sobre los Kolyvades son a veces contradictorias. Sin embargo, por encima de las opiniones académicas se encuentra la conciencia del pueblo eclesial, que ha reconocido y consagrado a los Kolyvades, mientras que, por el contrario, ha condenado al olvido —al menos— a sus adversarios.

[18] Los juicios sobre los Kolyvades son a veces contradictorios. Esto se constata estudiando, por un lado, el trabajo mencionado de C. Tzogas y, por otro lado, los estudios del Monje Theoklitos Dionysiatis y de K. Papoulidis. Pero también el catedrático Pan. Jristu presenta al santo Nicodemo “a veces vacilando entre un extremo conservadurismo y un extremo innovacionismo”, enfatizando con fuerza: “La canonización (de los Kolyvades) no impuso ni reconoció sus opiniones en los asuntos debatidos”. Véase P. K. Jristu, El Monte Athos en el pasado y en el presente, en Politeia Atónica, Tesalónica 1963, pp. 64-65. Creemos que por encima de las opiniones científicas existe la conciencia del pueblo eclesial, que ha consagrado a los Kolyvades, mientras que, en cambio, ha condenado, al menos al olvido, a sus opositores. [19] P., p. 51, 57. E., p. 139, 142, 147 ιγ – ιδ (en el bautismo en una sola Iglesia). O., p. 499, 485, 511. [20] Epíst. 73, 21 y 69, 1.2, 10; 11. Comparar con Tertuliano, De baptismo, 15. [21] Véase T. Ware, ob. cit., p. 82.

[22] Según Neófitos (E., p. 132) se expresa mediante ellos, “la asamblea de los apóstoles”; comparar pp. 131, 132, 133, “la mayor de todas las sínodos es la de los apóstoles”, E., pp. 143/4. Véase P., pp. κδ’, 53, 55. O., pp. 399, 452/53, 480. En la época de Oikonomos, el Protosíngelo de la Diócesis de Argos, E. Diogenidis, atacó la validez de los cánones apostólicos. Véase G. D. Metalinou, El problema de la traducción de la Sagrada Escritura al griego moderno en el siglo XIX, Atenas 1977, p. 394. Oikonomos lo refutó con un estudio especial: Sobre los tres grados sacerdotales de la Iglesia. Disertación epistolar, incluyendo la autenticidad de los cánones apostólicos, por el presbítero y economo Konstantinos ex Oikonomon, en Nafplia aωλε’. [23] P., p. 55. O., pp. 453/4. [24] E., pp. 128, 142. P., pp. 51, 370/1. O., p. 453. Neófitos declara: “Porque primero apartaré el alma, que sobre lo que se había presentado en Cartago como lema incomparable” (p. 142). [25] E., pp. 142, 147 α/147 β. P., p. 52. O., pp. 426, 451. M., p. 263.  [26] P., p. 51. Según Neófitos: “Si entonces es uno y el mismo nuestro y de los herejes el bautismo, una también es nuestra fe y la de ellos, así como en Cristo. Pero si no es una la fe nuestra y la de ellos, tampoco el bautismo es uno, así tampoco el Señor con ellos” E., p. 142. Comparar O., pp. 441, 454 ss., 485. (Oikonomos habla del “bautismo ortodoxo”). Los misterios heréticos son, según él, “ineficaces” (p. 459). [27] Baptizo, de βύπτω = sumergir. O., p. 402. Oikonomos refuta detalladamente los argumentos de los discrepantes (pp. 398 ss.). Comparar pp. 436 ss. P., p. 63 ss. Y según Ath. Parios (M, p. 266), bautismo significa “hacer al bautizado sumergirse bajo el líquido”.

[28] O., pp. 399, 426. Comparar p. 413: “sagrado y verdadero”. Según los Concilios Ecuménicos, “la triple inmersión y elevación constituye conformidad con el mandato del Señor y expresa la naturaleza trinitaria de Dios”. Ioánnos Rinne, (Obispo de Helsingio), Unidad y uniformidad en la Iglesia según el espíritu de los Concilios Ecuménicos, Tesalónica 1971, pp. 37/38. [29] P., p. 63, e. O., p. 399. [30] O., p. 426. Según Neófitos: “Reconoce la Iglesia de Cristo el bautismo, no solo como si bautizara a dos, sino también como al mismo y a todos juntos bautizando, no a unos sí y a otros no”. E., p. 142. [31] Véase E., p. 126; P., pp. 587; O., pp. 89, 420. [32] E., 134; P., pp. 51, 55, 370. O., p. 413. [33] Comparar Ier. Kotsonis, Sobre la validez del sacerdocio de los anglicanos según el derecho canónico de la Iglesia Ortodoxa, Atenas 1957, p. 18. Según Neófitos (E., p. 127): “el bautismo de los herejes se anula por completo, pero los de los separados” se acepta “solo con la unción de óleo del santo crisma”, según los cánones apostólicos 47’ y 68’, del canon α’ de San Cipriano y el 47’ de San Basilio. [34] E., pp. 133, 147 e. Neófitos cita aquí a los Padres: Cipriano, San Atanasio, San Basilio, el VIII de Laodicea y los cánones apostólicos. [35] E., pp. 142; 135/6. [36] P., pp. 52/53. [37] P., p. 137.

[38] P., p. 56. Según Neófitos, “la triple inmersión por sí sola no es suficiente para la correcta administración del sacramento”. E., 147 ιδ’. Esto se debe a que “el verdadero bautismo según el canon apostólico μζ’ no es solo sumergir tres veces diciendo Padre, Hijo y Espíritu Santo, sino también con la profesión de fe en la Trinidad”. E., p. 139. [39] “La misma cuestión sobre bautismo y ordenación” E., p. 147 κβ’. Comparar O., pp. 459, 492. E., S. 133 e.: “Los herejes no son ni ortodoxos ni sacerdotes”. E., p. 137. Comparar ξη’ Disposiciones Apostólicas VI, 15. [40] E., p. 147 ιδ’. Neófitos complementa correctamente: “Si ofrece, irracionalmente la Iglesia se aproxima, y los herejes que no se acercan escuchan”. P., pp. 50, 52. “Porque los sacerdotes según los cánones apostólicos son falsos, falso también es su bautismo”. E., p. 147 ιγ’. [41] E., p. 147 ιδ’. [42] P., p. 370. [43] Véase E., p. 132. [44] Esto “fue confirmado” por el II de Pentecostés. O., p. 491. [45] O., p. 398. [46] Ídem. [47] O., p. 485.

[48] E., p. 147 ιδ’. Según Oikoumenios, la “innovación” en la forma del bautismo “no es herejía, doctrinalmente hablando según el significado particular del término… Pero es un acto detestable y abominable, como obra de herejes, idea impía y falsificación del tipo transmitido…” O., p. 485. Es decir: fruto de la herejía. [49] E., p. 147 ιζ’. Comparar San Basilio, canon A y Sobre el Espíritu Santo, cap. κζ’. P.G. 32, 185C e. [50] E., p. 147 ιδ’. [51] O., p. 425. [52] Sobre el Espíritu Santo, cap. Ιβ’. P.G. 32, 117Β e. Comparar E., pp. 117 ιδ’, 147 ιζ’. [53] O., p. 426. [54] O., pp. 398/99. M., p. 266. Comparar T. Ware, ob. cit., p. 91 ss. [55] P., p. 63 e.

[56]Synodikon sive Pandectae canonum SS. Apostolorum et Conciliorum ab Ecclesia Graeca receptorum, nec non canonicarum SS. Patrum epistolarum; una cum scoliis antiquorum, singulis eorum annexis, et scriptis aliis huc spectantibus; quorum plurima e bibliothecae bodleianae aliarumque mss codicibus nunc primum edita; reliqua cum iisdem mss summa fide et diligentia collata. Totum opus in duos tomos divisum, Guilielmus Beveregius Ecclesiae Anglicanae presbyter, recensuit, prolegomenis munivit, et annotationibus auxit Oxonii, e theatro Sheldoniano, sumptibus Guilielmi Wells et Roberti Scott bibliop. Lond. MDCLXXII”. Véase Tomo II, pp. 98 ss. Comparar Mansi, t. III, pp. 563/4, nota 2; Karl Joseph Hefele, Conciliengeschichte, ed. II, Friburgo i Br. 1856, pp. 12 ss., 27.

[57] Solo se sostuvo la autenticidad de los cuatro primeros cánones del Concilio. Véase Anast. P. Cristofilopulu, Derecho Eclesiástico Griego, Atenas 1965², p. 40. Comparar I. N. Karmiri, Monumentos Dogmáticos y Simbólicos de la Iglesia Ortodoxa Católica, t. I, Atenas 1960², p. 129 nota 2; Dim. Georgiadu, El bautismo de los herejes, en N. Sión, t. XIX (1924), p. 104; T. Ware, ob. cit., p. 72.

[58] Por supuesto, también existe la opinión contraria. Así, la autenticidad del canon fue defendida, entre otros, por Crysostomos Papadopoulos en su estudio Sobre el bautismo de los heterodoxos, en Ekk. Faros, t. 14 (1915), p. 474. [59] Véase Karmiri, ob. cit.; T. Ware, ob. cit., p. 72, nota 1. [60] Este problema en absoluto lo aborda San Nicodemo. Véase, por ejemplo, P., pp. 154, 423, 590, etc.

[61] Al problema dedica un capítulo especial del Epítome bajo el título: “Sobre el canon 7 del Segundo Concilio Ecuménico y el 95 del Sexto” (pp. 147 κ – 147 κε). [62] Remite explícitamente al “derecho grecorromano” (= jus graecoromanum), libro IV, pp. 290/91, y al Synodikon o Pandectae (de Beveridge) repetidamente. E., pp. 147 κ, 147 κα, 147 κβ. (Referencia al t. II, pp. 100, 501, 717, 748). Los argumentos de Neófitos son: que el canon no aparece en las traducciones antiguas (latina, árabe), ni en los epítomes de Ioánnis el Escolástico y Simeón Magistro, y evidentemente los toma de la obra de Beveridge. [63] E., p. 147 κ. [64] Neófitos cita toda la epístola (E., p. 147 κδ’), remitiendo al “derecho grecorromano”, libro IV, pp. 290-291, y a los Pandectae, t. II, p. 100 (E., pp. 147 κ’-κα’). [65] E., pp. 147 κα’, 147 κβ’. [66] E., p. 147 κ’. [67] E., p. 147 κα’. “No sé bajo qué circunstancia fueron insertados”. [68] “¿Cuál es la prueba indiscutible de que la Séptima fue canonizada por la Sexta (la ‘costumbre’ de Constantinopla)?”, E., p. 147 κγ’. El canon “tal como está” no es ni de la Segunda ni de la Sexta. (E., p. 147 κδ’)

[69] Fotios Nomokanones, tít. IV, cap. 14; Arsenio Monje, Síntesis Canónica, cap. 30 y 151; E., pp. 147 κ’ y 147 κε’. [70] “Pero aun así, no son introducidos indiscutiblemente como genuinos solo por los votos, los de Ioánnis y Simeón, anteriores a Arsenio y Fotios, no reconocidos… Más fiable sería Alexios, y más antiguo que Arsenio y Fotios, Ioánnis… más cercano a la Segunda que ellos”. E., p. 147 κ’. [71] “Por lo tanto, la séptima o la 95 de la Sexta… mucho mejor, creo, sería marcarla como insertada o aprobarla como genuina, no tolerando las cosas contradictorias, y especialmente por parte de los que pretendían contradecir la Iglesia universal, los luteranos-calvinistas”. E., p. 147 κ’. [72] Porque no se atestigua el compilador. E., pp. 147 κ’, 147 κγ’, etc. [73] E., p. 1457 κα’. [74] Ídem. [75] E., pp. 147 κα’-κβ’. Añade con cierta agudeza: “La epístola parece, en lo que Constantinopla hace, se exige que también los de todos lados sigan”. E., p. 147 κγ’. Los Constantinopolitanos “ponen en segundo lugar los cánones sinódicos como si fuera su costumbre personal”. Y concluye: “Es un hábito fuerte y conflictivo”. [76] E., p. 147 κδ’. [77] E., pp. 147 κδ’-κε’. [78] E., p. 147 κβ’. [79] E., pp. 140/41. [80] E., p. 147 κβ’:  Acepta o no la ordenación del hereje, lo cual es contradicción”. [81] E., pp. 147 κβ’-147 κγ’. [82] E., p. 147 κα’: “Se podría considerar la epístola errante posterior a Anatolio como de Acacio, sin que merecieran un ungimiento, y mencionando a los Severianos sin cabeza”. [83] E., p. 147 κα’: “Tampoco llama al Patriarca y a este de Constantinopla cabeza de Antioquía de la Iglesia universal de Cristo”. Ídem. [84] E., p. 147 κδ’. [85] E., p. 147 κβ’. [86] E., p. 147 κγ’. [87] Ídem. [88] E., p. 147 κε’. [89] Véase, por ejemplo, E., p. 127. [90] Por ejemplo, E., p. 132. [91] Por ejemplo, E., p. 139. [92] O., p. 419; comparar P., p. 92. [93] P., p. 165 y ss.; E., disperso. O., pp. 419/20, 453/4. [94] E., p. 147 κ’; P., p. 165; O., pp. 419/20. [95] Comparar An. hristofilopulu, Derecho Eclesiástico Griego, Atenas 1965², p. 119; E., pp. 129 e., 135 e.; P., p. 370. [96] P., p. 53. [97] P., p. 55. [98] O., p. 420. [99] P., p. 55. [100] E., p. 144. [101] P.G. 137, 1103.

[102] E., p. 144: “Ni Basilio el Grande ni Atanasio ni los que dudaban de Cipriano fueron favorecidos; estaban más bien ordenados en cada uno de los Concilios Ecuménicos Sexto y Séptimo”. Comparar O., p. 488. Y San Nicodemo (P., p. 54) señala: “No parece haber contradicción entre ellos”. [103] E., p. 144 ss. [104] St. G. Papadopoulou, Patrología, t. A’, Atenas 1977, p. 68. [105] E., p. 144. [106] Ídem. La Séptima Ecuménica llama a Basilio el Grande “padre” de ella. Comparar también canon 20 de la Quinta. [107] E., p. 145. [108] Ídem. [109] E., p. 147 α’. [110] E., p. 147 β’. [111] P., pp. 52, 119. [112] E., p. 147 ιβ’. [113] E., p. 147 ιδ’. [114] P., p. 54; E., pp. 140, 147 ια’.

[115] P., pp. 368, 587 e. Comparar a’ de Cartago (“no es opinión reciente ni actualmente establecida, sino antiguamente probada con toda precisión y cuidado por nuestros predecesores”) y a’ de Basilio el Grande (“porque no somos responsables de enseñárselo, sino de seguir la precisión de los cánones”). [116] P., p. 53. [117] P., p. 370. [118] P., p. 53. [119] Ídem. [120] Ídem. [121] E., p. 147 ια’. [122] E., p. 131. [123] S., p. 147 κδ’. Comparar E., p. 147 δ’. [124] E., p. 147 ε’. [125] Contra herejías, G, 1 P.G. 42, 448A. [126] Sobre el Espíritu Santo, cap. γ’, P.G. 32, 76. [127] E., p. 127. Comparar E., p. 141; O., p. 475.

[128] E., p. 131. Y en conjunto, el bautismo de los herejes se anula completamente, pero el de los separados se acepta solo con la unción de óleo del santo crisma, E., p. 127. [129] P., p. 370. [130] O., pp. 488, 491. Comparar Chr. Andrutsu, Dogmática de la Iglesia Ortodoxa Oriental, Atenas 1956², p. 301 e. [131] O., p. 421: “Tal era el bautismo de los que sumergían a tres sin inicio, o tres hijos o tres Paráclitos bautizando”. [132] O., p. 421. [133] O., p. 423. [134] P., pp. 164 y 55. Comparar P., p. 587 e.; M., p. 263; O., p. 490 (“no tenían realmente bautismo, por lo que la Iglesia dispuso bautizarlos”). [135] Comparar Ier. Kotsonis, Sobre la validez…, ibid., p. 26. [136] O., p. 422.

[137] O., pp. 422/3, 424, 488/9. [138] O., pp. 433, 434 (y nota A’). Comparar Evlogion de Alejandría, P.G. 103, 953. [139] O., p. 421. [140] O., p. 488.

[141] Según Cr. Androutsos, Simbólica desde el punto de vista ortodoxo, Tesalónica 1963³, pp. 303/4, la oikonomía es “desviación de lo correcto y verdadero en principio”. Comparar A. Alivizátu, La Economía según el Derecho Canónico de la Iglesia Ortodoxa, Atenas 1949, p. 21; I. Kotsoni, Problemas de la “Economía Eclesiástica”, Atenas 1957, p. 207 ss.; Pan. Boumis, La economía eclesiástica según el Derecho Canónico, Atenas 1971, p. 7. [142] La acción atestiguada por el primer canon de Cartago se aplicó durante todo el siglo IV, como se ve en el XIX de la I, el VIII de Laodicea, el I y el L de Basilio el Grande y los MS y XI cánones apostólicos. [143] Así también, el XII canon de la Quinta aplica la solución “según economía”. Véase Pan. I. Boumis, El matrimonio de los obispos, Atenas 1981, p. 10. [144] Comparar la opinión de I. Kotsoni: “Donde en cánones anteriores se establece algo contrario a este canon sagrado (es decir, el 95 de la Quinta), prevalece lo establecido por él”. Artículo en THÉ, t. 2 (1963), p. 1093. Del mismo autor, Problemas…, ob. cit., p. 187, nota 571. Comparar A. Cristofilopulu, La aproximación a la Ortodoxia…, THEOLOGIA 27 (1956), p. 59. [145] Véase I. Kotsoni, Problemas…, ob. cit., pp. 91-93. Del mismo autor, Sobre la validez…, ob. cit., p. 27. [146] P., p. 371. Por ello, en su nota al canon XX de Basilio el Grande (P., p. 605) subraya: “Véase que la Iglesia no acepta a los herejes sin bautizarlos, según este canon, aunque el séptimo de la Segunda admitiera a algunos herejes sin bautismo según economía”.

[147] O., p. 488. Comparar E., p. 147 ια’: “Si la precisión de los cánones, como exige la costumbre, acepta en el bautismo, quien sigue más rigurosamente la precisión sobre quienes lo reciben, no peca, pues actúa no contra la costumbre, sino por encima de la costumbre”.

[148] E., p. 132. [149. I. Kotsoni, Problemas…, ob. cit., pp. 201 ss. San Nicodemo observa (P., p. 52): «Por tanto, si el bautismo de los cismáticos es invalidado por san Basilio, por haberles faltado la gracia perfeccionadora, es entonces superfluo también que alguien se pregunte si debemos bautizar a los herejes».] [150] Véase Blas. I. Feidás, Condiciones histórico-canónicas y eclesiológicas para la interpretación de los cánones sagrados, Atenas 1972, p. 44. [151] Comparar Zonara y Balsamón en: G. A. Rallis – M. Potli, Constitución de los cánones divinos y sagrados, t. II, Atenas 1852, pp. 189 y 191. Comparar I. Rinne, Unidad y uniformidad en la Iglesia, ob. cit., p. 38 (y nota 6). [152] O., p. 490. Define claramente lo que entiende: “Pues no recibieron el bautismo divino, o si lo recibieron, no correctamente, ni según el rito de la Iglesia ortodoxa”. [153] Véase I. Karmiri, Los Dogmáticos…, II, pp. 92 ss., 979 ss.; Metropolitano Germano de Ainos, Sobre la validez del bautismo de los herejes, Orthodoxia 27 (1952), p. 301 ss. [154] Basta leer los textos “críticos” redactados sobre este asunto contra los re-bautizadores del siglo XVIII. Véase E. Skouvará, ob. cit., pp. 94 ss., 122 ss. Comparar Metropolitano Germano de Ainos, ob. cit., p. 314.

[155] Véase, indicativamente, el capítulo conciso: “Greek and Latins, hostility and friendship”, en la obra citada de T. Ware, pp. 16 ss. [156] P., pp. 55, 56. [157] P., p. 55. [158] E., p. 147 θ’. [159] La importancia y dimensiones del dogma del Filioque de los latinos puede verse en los estudios del Prof. P. Ioánnis Romanídis, Teología Dogmática y Simbólica de la Iglesia Ortodoxa Católica, t. A’, Tesalónica 1973, pp. 289 ss., 342 ss., 379 ss.; The Filioque (discusiones doctrinales anglicano-ortodoxas conjuntas), Atenas 1978. [160] E., p. 147 θ’. [161] E., p. 127. “Sobre los piadosos… ni del todo piadosos”. E., p. 147 η’. [162] M., pp. 263, 265. [163] O., p. 459. [164] O., p. 445. [165] O., p. 485. [166] E., p. 147 στ’. Comparar O., pp. 450 ss. Véase Blas. I. Feidás, Diálogo teológico entre la Iglesia Ortodoxa y la Iglesia Católica Romana desde el cisma hasta la Caída, Atenas 1975. [167] P., p. 56. Comparar P., pp. 509, 605. [168] E., p. 139. [169] E., p. 145. [170] E., p. 142. [171] P., p. 55. Posición de E. Argéntis. Véase T. Ware, ob. cit., p. 93. [172] E., p. 127. [173] M., pp. 263 ss. Los latinos “son totalmente no bautizados y peores que los Eunomianos. Si ellos no sumergían tres veces… al menos bautizaban una vez”. [174] O., p. 441 (nota a’). [175] O., pp. 445 ss., 457. Comparar E. Simantiraki, La celebración de los sacramentos por los romanos católicos, Atenas 1979, p. 141. [176] O., p. 398. [177] O., p. 436. [178] O., p. 430.

[179] Basilio el Grande, hablando primero, literal o metafóricamente, condenó el “aspersión” de los herejes. Discurso II Contra los Arrianos, §43, P.G. 26, 237 B: “…que incluso el asperjado o rociado por ellos se contamine más en impiedad que sea liberado”. Oikonomos comenta: “Al afirmar esto el divino Padre, ¿no parece que predijo y juzgó como inválido el asperjar latino?” O., p. 424. Véanse otras opiniones de Padres en O., p. 425 e.; comparar P., p. 52 ss. [180] O., p. 398. Es fruto de la “autoafirmación papal”. O., p. 449. [181] O., pp. 424, 450/51. [182] O., pp. 448 e., 452.

[183] E., p. 147 κ’. Se opone no solo a la tradición eclesiástica (Hechos cap. VIII, VII de la Segunda, XIX de la I, etc.), sino principalmente al “doble Bautismo de Cristo, en Jordán” y “por la cruz”, así como a la “puesta en la tumba, cuyo rito es el bautismo por tres inmersiones”.

[184] O., pp. 424, 485. Según Neófitos, la aspersión o rociamiento es “aceptable”, pero el “rociado, aspersado” es “impuro”. E., p. ιζ’. [185] O., p. 454. [186] P., pp. 55, 56. [187] O., pp. 401 e., 406 ss., donde se presentan los argumentos de los disidentes.

[188] O., p. 456. En un análisis detallado, Oikonomos las diferencias entre “bautizado por inmersión” y “bautizado por aspersión o rociamiento”: a) El primero “es enterrado como muerto en la tumba” y “resucita de nuevo” en imitación de Cristo. El segundo “es mojado, permanece de pie” y “ni desciende ni asciende… como desde la tumba”. b) El primero “representa la sepultura y resurrección de tres días con su propio cuerpo”; el segundo “no representa el misterio”, no participa realmente en el hecho. Con el rociamiento o aspersión ocurre un “enterramiento extraño y antinatural”. c) El primero “tiene la tumba en la que desciende”; el segundo “lleva la tumba sobre su cabeza, descendiendo desde allí hasta los pies, ¿puede haber algo más falso?”. Ciertamente es imposible que Economos evite la acusación de que con estas distinciones cae en el escolasticismo. Sin embargo, procura restablecer con claridad la siguiente verdad: «Y, en general, la efusión no tiene en absoluto semejanza alguna con la muerte de Cristo, ni el que es rociado llega a ser σύμφυτος (sínfitos: co-natural, unido connaturalmente) a Él». O., p. 482e (nota).

[189] P., p. 56. [190] E., p. 147 ις. [191] Sobre la jerarquía eclesiástica, cap. II, VIII, P.G. 3, 397 B. [192] p. 65. [193] O., p. 438. Comparar O., p. 424. [194] P., p. 65. [195] E., p. 147 ις’. [196] O., p. 482 e. [197] O., p. 482 (nota). [198] E., p. 147 ιγ’. [199] La referencia más antigua se encuentra en San Cipriano, Epist. 76, 12-13, Ad Magnum, P.L. 3, 1195/6. [200] Véase Theokl. Stragka, Historia de la Iglesia de Grecia según fuentes fiables, t. IV, Atenas 1972, pp. 1844-1847. Crítica de la decisión: I. Kotsoni, Problemas…, ob. cit., pp. 191/192. [201] Derecho Eclesiástico Griego, ob. cit., p. 114, nota 2. [202] Véase canon XII de Neocaesarea y L de Laodicea. O., p. 415 e. [203] E., p. 147 ις’. [204] E., pp. 147 ις’, 147 ιθ’. [205] O., p. 414 e. Comparar San Cipriano, Epist. 76, Ad Magnum, ob. cit. [206] O., p. 414. [207] O., p. 416. [208] O., p. 417. [209] Ídem.

[210] E., p. 417 θ’. Comparar p. 89e., O., p. 492: “Si también se aplica a ellos lo de la economía, la ordenación, creo, será aceptada…”, porque según Neófitos, “el que acepta el bautismo del hereje, acepta igualmente al que bautizó y fue ordenado”. E., p. 147 κβ’. [211] E., p. 145. [212] P., pp. 55. “El bautismo de los latinos es un bautismo falso, por lo que no es aceptable ni según precisión ni según economía”. Lo mismo admite Oikonomos: “¿Cómo aceptamos a los que no fueron bautizados?” O., p. 489. Comparar Athan. Parios, M., p. 263. También es posición de E. Argéntis. Véase T. Ware, ob. cit., p. 90. [213] O., pp. 424, 449, 499. Comparar Neófitos, E., pp. 147 οδ’, 147 ιζ’. [214] E., p. 147 ιζ’. [215] O., p. 457. De manera similar escribe San Nicodemo, P., p. 304 e. [216] O., p. 491. Comparar Ath. Parios, M., p. 264. “¿Con qué conciencia acepta el oriental como bautizado a quien el Espíritu no bautizó en absoluto?” [217] O., p. 455. Comparar Ath. Parios, M., p. 264. [218] Véase E. Simantiraki, La celebración de los sacramentos por los romanos católicos, ob. cit., p. 134. [219] E., p. 147 ζ’, comparar p. 131. [220] O., p. 445. [221] M., p. 265. [222] M., p. 263. Comparar Neófitos, E., pp. 127, 143; P., pp. 589, 605. [223] O., p. 425. Comparar p. 486. Lo mismo proclamaba Eustr. Argéntis. Véase T. Ware, ob. cit., p. 97. [224] E., pp. 128, 143. [225] P., p. 58. [226] O., p. 426. El “rebautizar” se dice muchas veces abusivamente –observa Oikonomos– “como del bautismo que ya tenían los herejes, aunque falso y sin valor real”. Más correcto es “bautizar”, “como único y verdadero bautismo, en el que creemos, y nunca un segundo”. O., p. 421, nota a’.

[227] Véase I. Karmiri, Los Dogmáticos…, II, pp. 972/3. Comparar T. Ware, ob. cit., pp. 66 ss. [228] I. Karmiri, ob. cit., p. 979. [229] Ídem. [230] Ob. cit., p. 980. [231] Ob. cit., pp. 981/2 y 987/989.  [232] Ob. cit., p. 979. [233] Ob. cit., p. 984. [234] Ch. Androutsos, Simbólica…, ob. cit., p. 321; Crys. Papadopoulou, ob. cit., Iglesia Faro, p. 447; An. Cristofilopulu, ob. cit., Theología, pp. 203/4. Comparar pp. 120/1. T. Ath. Gritsopoulou, en THÉ 7(1965), p. 1196. [235] Véase E. Skouvará, ob. cit., pp. 52 ss. Comparar Metropolitano Germano de Ainos, ob. cit., pp. 309 ss.

[236] Según Jerónimo Kotsoni (Problemas…, pp. 189/190), “en cuanto al Patriarcado de Constantinopla… este, ‘según precisión’, hasta 1756 (gr. 1755) reconocía la validez del bautismo de los provenientes de la Iglesia Occidental, mientras que mediante el Decreto de 1756 (gr. 1755) lo rechazaba”. Por el contrario, en la Iglesia Rusa “hasta 1441, según precisión, los provenientes de la Iglesia Occidental debían ser bautizados desde cero. Desde 1666/7 hasta hoy, la Iglesia Rusa reconoce, ‘según precisión’, la validez de su bautismo”.

[237] Oikonomos incluye entre ellos, además de otros, a Miguel Focio (pp. 421e, 450 e. – condenó el bautismo “únicamente por inmersión”), a Miguel Keroularios (p. 460), Teodoro Balsamón (p. 463), Germano II de Constantinopla (p. 465), el venerable Meletio el Confesor (p. 466), Matthaios Vlastaris (p. 467), San Marcos Eugenikos (pp. 468 e.), F. Bryennios (p. 469), Juan Nomofylax, hermano de San Marcos (p. 470), Manuel Rhetor (p. 474), Patriarca Jeremías II (p. 475), Dositeo de Jerusalén (p. 476) y Patriarca Jeremías III (p. 476).

[238] Así consta por los opositores de Cirilo, como testigo Sérgio Makreos, quien declara en su Historia: “… Desde el cisma hasta el año de salvación, antes y después de la caída de Constantinopla, según el término del patriarca Simeón, ungían con óleo a los que se acercaban, y no invocó a la Iglesia Occidental contra la Oriental antes de adoptar el bautismo dominical y apostólico, ni en aquel Concilio de Florencia, ni después”. Notas de historia eclesiástica, K. Sathas, Biblioteca Medieval, t. III, Venecia 1872, p. 408. Más adelante se revisará, porque el texto de S. Makreos aparece truncado (B² nota 312). [239] I. Karmiri, Los Dogmáticos…, I, p. 342. [240] O., pp. 460/461. [241] O., p. 498. Comparar E., p. 147 θ’. [242] O., pp. 462/3; P., p. 56; E., p. 147 ζ’. [243] O., pp. 463, 498/9. [244] “Ortodoxo, evidentemente”, interpreta Oikonomos, p. 464.[245] O., pp. 563/4.[246] O., p. 464. [247] O., p. 466. [248] O., p. 467. [249] Se trata de Macario de Ancira. Véase O., p. 468, nota A’ (nota del editor Sof. Oikonomos). [250] O., pp. 467/8, 502 e. [251] O., pp. 469, 499. [252] “El mal era parcial, local; la Iglesia Occidental no lo había adoptado ni legislado de forma oficial”, p. 469. [253] E., p. 147 η’. [254] E., p. 147 ζ’. [255] I. Karmiri, Los Dogmáticos…, II, p. 981. [256] E., pp. 146, 147 η’; O., pp. 468, 499 e. Comparar I. Karmiri, Los Dogmáticos…, I, p. 422: “Los bautismos dobles, uno se realiza por triple inmersión, el otro por derramamiento de agua desde arriba…”. [257] O., pp. 503, 504. [258] Actas del controvertido concilio, véase en Dositeo, Tomos de Reconciliación, Jasy 1692, pp. 457 ss. Comparar Archim. Vas. K. Stefanídou, Historia Eclesiástica, Atenas 1959², pp. 395/6. [259] E., p. 147 η’.

[260] En las Actas aparece la frase: “Ni la unción se aplica inmediatamente a la cabeza del bautizado según la tradición divina”, sin mencionar el bautismo. “¿Cómo podría omitirse tal innovación sobre el bautismo?”, pregunta Oikonomos, p. 471. [261] E., p. 147 η’. [262] I. Karmiri, ob. cit., II, pp. 981 ss., 987 e.; O., p. 473 e. La decisión de este concilio, con excepciones, tuvo vigencia hasta 1755. T. Ware, ob. cit., p. 67. [263] O., p. 505.

[264] Oikonomos observa acertadamente (pp. 473/4, nota B’) que en la Liturgia emitida por el Concilio ni siquiera se incluía el bautismo entre las diferencias, porque la innovación aún no era oficial. [265] O., p. 474. K. Oikonomos se basa en la obra anti-latina de Manuel Rhetor de la Iglesia Mayor (1550). [266] O., pp. 505/6. [267] O., p. 506. Añade: “Este mismo espíritu lo conservan todos los monasterios antiguos que tenemos, como los del Athos, etc.” [268] E., p. 146. Comparar el testimonio de Silvestre Syropoulos: “… Somos hombres sometidos a los latinos, y nuestra palabra no hallará aceptación”. Vera Historia, cap. VI, t. Ia. Véase V. Laurent, Los “Memoires” de Silvestre Syropoulos sobre el Concilio de Florencia, París 1971, pp. 534/6. [269] P., p. 56. [270] Ídem. [271] P., p. 57. [272] P., p. 56. [273] P., p. 57.

[274] M., pp. 267/8. Evidentemente hubo opinión contraria. Por ejemplo, T. Ware escribe: “Ninguno de estos concilios (1484 en Constantinopla y 1667 en Moscú) estuvo expuesto a presión extranjera ni actuó por miedo a represalias papales; ¿por qué entonces llegaron a conclusiones tan diferentes de las de Argenti?”. Ob. cit., p. 95. ¿Es esto seguro? Incluso si existieron riesgos directos, ¿la situación prevalente, al menos en los Balcanes, carecía de relevancia? Véase más adelante la interpretación de Oikonomos sobre este caso. [275] O., pp. 474/5. [276] O., pp. 476, 507. [277] O., pp. 507-509. [278] O., p. 509. “Los que no son bautizados en tres inmersiones y resurgimientos (sin causa necesaria) corren el riesgo de ser considerados no bautizados. Por tanto, los latinos, que realizan el bautismo por aspersión o rociamiento, pecan mortalmente”. Dodecábiblos, p. 525. Comparar O., p. 509. [279] O., pp. 509/10.

[280] O., pp. 477 ss., 510 ss. El “Decreto” de este Concilio (julio 1755) se fecha comúnmente en 1756, porque se publicó oficialmente por primera vez en la obra Denuncia de la Aspersión o rociamiento (pp. rog–rost). (Reimpresión en Mansi, t. 38, pp. 617-22. Véase también el Anexo del presente estudio). La obra Denuncia de la Aspersión se atribuía antes a E. Argenti (véase O., pp. 477, 511), pero probablemente es obra de Christoforos de Etolia. Véase T. Ware, ob. cit., p. 99. [281] St. Ransiman, La Gran Iglesia en cautiverio, (trad. Nikol. Paparodou), Atenas 1979, p. 619. Ransiman califica el “Decreto” como “resultado de sincera convicción”. [282] E., p. 147 κε’. [283] I. Karmiri, Los Dogmáticos…, t. II, p. 984, nota 4. [284] I. Karmiri, ob. cit., p. 981. [285] Ransiman, ob. cit., p. 614. [286] Ídem.

[287] Ob. cit., pp. 615/6. Lo mismo se observó en el caso de Cirilo V. Los mejores teólogos de la época (por ejemplo, E. Argenti, Evg. Voulgaris), el pueblo y los monjes se posicionaron sin reservas a su favor. [288] Ob. cit., p. 615. [289] Basta estudiar la obra de P. Grigorios, Relaciones entre Católicos y Ortodoxos, Atenas 1958. Por ejemplo, el Metropolitano de Sebaste, Presidente de Paronaxia, José el Dóxas, mediante documento (1671) encargó las funciones de padre espiritual (!) y predicador (!) a monjes capuchinos (pp. 11/12). Para más sobre este asunto, véase también G. D. Metalinos, Vikentios Damodos, Teología Dogmática resumida o con Compendio Teológico, Atenas 1980, pp. 36 ss. [290] Véase O., p. 477; Germano de Ainos, ob. cit., p. 310; E. Skouvará, ob. cit., p. 52. Exposición exhaustiva sobre el tema en Philár. Vafeídou, Historia Eclesiástica…, tomo G2, Alejandría 1928, pp. 146 ss.

[291] Ob. cit., pp. 616/7. Especialmente relevante es la caracterización del Patriarca por Sergio Makreos: Cirilo “tenía su opinión inmediata, de modo simple, aunque en algunos aspectos diverso; se oponía a los artificios de sus adversarios, era piadoso, bondadoso, indulgente, amante del saber, inclinado a la lectura de los libros sagrados, vivía de manera austera, practicaba vigilias y ayunos prolongados, seguía las liturgias eclesiásticas, valiente ante todos, severo en los asuntos a tratar, y firme ante la arrogancia; de esta forma era un ferviente defensor de los dogmas ortodoxos, conocido y amado por todo el pueblo, irradiando sus virtudes y arrastrando las almas hacia el bien, aunque sus enemigos trataran de ocultar su celo, llamándole astuto, como los herejes despreciaban al ortodoxo más ortodoxo…”. Véase Historia Eclesiástica, K. Sathas, Biblioteca Medieval, Venecia 1872, pp. 206/7. Es decir, el difunto Patriarca poseía todas las características del clérigo “tradicional”, siguiendo la tradición hesicasta-colivádica. [292] Ídem.

[293] “…y bajo la presión del pueblo emitido”, observa I. Karmiris, Los Dogmáticos, II, p. 984. T. Gritsopoulos, historiador-filólogo, escribe: “En la lucha anti-papal, participó el pueblo creyente, no la muchedumbre fanática”. Véase artículo “Cirilo V” en THÉ 7 (1965), p. 1195. Los opositores de Cirilo y del (re)bautismo fueron los primeros en calificar al pueblo como muchedumbre (“muchedumbre y pueblo en desorden…”, escribe el autor del «Planosparaktos»). Véase E. Skouvará, ob. cit., p. 95. [294] T. Ware (p. 77) llama a Cirilo “victim of an alliance between Latins and Orthodox”. Y S. Makraios (véase arriba, p. 221) observa: “Los obispos y los principales del pueblo se agitaban, sacudidos por la fuerza de los espíritus exteriores”. [295] Ransiman, ob. cit., p. 618. E. Skouvará también admite que la reacción de los obispos ocurrió porque “el asunto fue iniciado por Cirilo de manera inoportuna e irreflexiva, sin prever las consecuencias desfavorables sobre las relaciones de los ortodoxos con el mundo cristiano de Occidente, de quien siempre esperaban ayuda y alivio nacional”. Ob. cit., p. 54. [296] Ídem. Y T. Ware (ob. cit., p. 76) señala que el Patriarca de Antioquía se negó a firmar “no porque estuviera en desacuerdo con la definición como tal, sino porque Cirilo carecía del apoyo de sus metropolitanos”. [297] Ransiman, p. 616.

[298] Basta considerar la posición sobre este tema de solo dos autores no teólogos: por un lado E. Skouvará, ob. cit., influenciado por los opositores de Cirilo; y por otro, Ath. Gritsopoulos, artículo “Cirilo V” en THÉ 7 (1965), pp. 1193-1197, y El Patriarca de Constantinopla Cirilo V Karakalos, EEVS, tomo XXIX (1959), pp. 367-389.

[299] Véase supra p. 17. Comparar Mansi, t. 38, p. 607 C. El hecho de que se planteara la cuestión del (re)bautismo de los “latinos de Galata” demuestra que existía un problema de alteración del sacramento en Occidente. También lo confirma el historiador Sérgio Makreos: “… a los sacerdotes en Gálata les parecía motivo de duda y discusión si los latinos deberían ser ungidos con óleo al acercarse a la Iglesia inmaculada de Cristo, o ser bautizados, ya que de otra manera alteraban el bautismo del Señor y cometían innovaciones por parte de sus propios sacerdotes”. Véase supra, pp. 203, comparar pp. 220, 408 e. [300] E. Skouvará, ob. cit., pp. 161, 194/5, 197 etc. [301] Mansi, t. 38, p. 601. [302] Mansi, t. 38, p. 602.

[303] Decretum Synodale… de 28 de abril de 1755, según Mansi, t. 38, p. 611 A e. E. Skouvará, juzgando los ataques contra Cirilo, admite que “los latinos y uniatas vieron el asunto como ‘una alteración de las relaciones sociales normales’ y ‘una afrenta a su fe’. Los embajadores de los reyes de Occidente se alarmaron. Comprendieron correctamente que, si esto se extendía y consolidaba, sus intereses en los territorios del Imperio Otomano se verían seriamente afectados; por ello intentaron oponerse, tanto abierta como clandestinamente”. Combatieron a Cirilo “provocando hábilmente a los otomanos contra él”, y por otra parte “amenazaron con represalias económicas y medidas religiosas contra los numerosos griegos de la diáspora”. Ob. cit., p. 53. [304] Mansi, t. 38, pp. 611A-613A. [305] Mansi, t. 38, pp. 615 AB. Parece que el libro de Cristoforos de Etolia circulaba manuscrito antes de su publicación, que se realizó en 1756. [306] Mansi, t. 38, pp. 613 CD. [307] E. Skouvará, ob. cit., p. 52. [308] Ídem. [309] E. Skouvará, ob. cit., p. 53.

[310] Comparar F. Vafeídou, ob. cit., p. 59: Cirilo apuntaba a proteger al rebaño ortodoxo del proselitismo mostrando la diferencia en el bautismo; esto es reiterado por el historiador contemporáneo Sérgio Makreos, ob. cit., p. 214 e. Escribe específicamente que Cirilo “desde el trono habló de la innovación, permitiendo sin miedo a quienes quisieran debatir y escribir sobre las nuevas invenciones y las opiniones extrañas de los latinos, juzgando correctamente la amistad encubierta más dañina que la enemistad abierta; ¿qué era menor o mayor, si no hacían daño, fingiendo amistad y cristianismo?” (p. 217). [311] Algo similar sostiene Ransiman, ob. cit., p. 615 e.

[312] En este punto debemos volver a la declaración de Sérgio Makreos (véase supra nota 238), quien continúa: “… porque preservaban el bautismo antiguo y sagrado; si algo así ocurría, como el derramamiento, rociamiento o la aspersión que se mantuvo después, no era común ni conocido; se decía que ocurría, y el error era parcial, no un crimen de toda la Iglesia. Durante el siglo XVIII, la aspersión o rociamiento introducido erróneamente se propagó en Occidente, y el bautismo sagrado se descuidó o transformó en derramamientos, rociamientos y aspersiones; los bautizados así fueron considerados no bautizados (es decir, la Iglesia mediante Cirilo) y se alentó a bautizarlos; aún no se estableció un decreto obligatorio sobre esto, esperando la corrección de Occidente y la purificación de su tipo defectuoso… Así, la Iglesia oriental comenzó a denunciar que Occidente había alterado el bautismo del Señor, proclamando a los que habían sido asperjados o rociados como no bautizados y permitiendo a los sacerdotes bautizar a los que se acercaban…” (pp. 408-409). Makreos, interpretando la causa y los motivos de la decisión de Cirilo, acepta que “por primera vez” en su época se tomó una decisión oficial sobre el (re)bautismo de los occidentales. Esto es verdadero. Lo importante es que describe los hechos tal como los relatan nuestros autores, especialmente K. Oikonomos, quien conocía el texto de Makreos; este no condena la decisión de Cirilo, sino que, como historiador, busca mostrar por qué y cuándo Oriente se vio obligado a tomar tal decisión. [313] O., p. 513; comparar p. 486 e. [314] Ídem. [315] O., p. 514. [316] Recibía pensión vitalicia de Rusia. [317] O., pp. 486/7. [318] O., p. 489.

[319] O., p. 480 e. Oikonomos sostiene que, si bajo un “Concilio Ecuménico” se juzgara necesaria la economía, “en todo caso hará lo que la Iglesia de Cristo haya decidido”. Y continúa: “Los servidores parciales de la Iglesia y los clérigos… hablando de acuerdo con la sana doctrina… no deshonrarán los sagrados patrísticos por las conciliaciones discrepantes, ni aceptarán las innovaciones ilícitas propuestas por los heterodoxos como justificación… Y con aquellos que, provenientes de herejías, deseen acercarse a la ortodoxia y busquen conformidad sobre el bautismo y economía, el trabajador de Dios, íntegro y sin reproche, predicará rectamente la verdad, instruyéndolos con humildad y recordándoles que quien legisla lo divino y corrige los errores no lo hace con capricho”.

[320] Véase P., pp. 53; 56/7. O., p. 511. Neófito (E., p. 147 ia’) apoyándose en el rb’ de quinta-secta señala: “Es necesario, dice, conocer ambas cosas, tanto la exactitud como la costumbre; y actuar según los que no admiten la rigurosidad, ya sea exactitud conforme al tipo transmitido o conforme a la costumbre. La costumbre y la exactitud aplican no solo a los penitentes, sino también a quienes regresan de la herejía, como se ha demostrado”. [321] O., p. 515.

[322] O., p. 511. Según el santo Nicodemo: “Así, tras la economía aplicada, la exactitud y los cánones apostólicos deben ocupar su lugar”, P., p. 57. [323] El santo Nicodemo observa: “Debemos odiar y rechazar las opiniones malas y las costumbres ilícitas de los latinos y otros herejes; pero si hay algo correcto en ellos y confirmado por los cánones de los Sagrados Concilios, eso no debemos odiarlo”. Eortodrómion, Venecia 1836, p. 584; comparar Theoklitos Monje Dionysiatis, Santo Nicodemo el Agiorita, Atenas 1959, pp. 190-202 y 287. [324] Véase O., pp. 48, 484/5.

[325] “Si incluso la aceptación por conformidad de los heterodoxos se declarara de manera general, el bautismo genuino podría descuidarse entre los ortodoxos (sin que nadie lo protegiera)”. O., p. 514. Existe testimonio de que en los Estados Unidos de América ya se utiliza entre los ortodoxos la aspersión o rociamiento latino y no el bautismo canónico. Véase Crysostomos Stratman, Bautismo Ortodoxo y Economía, Atenas 1954, p. 60.

[326] “La economía también tiene sus propios términos y medidas, y los tiempos, manteniendo la Iglesia serena, estable e íntegra, sin violar la ley, y sus concesiones y conformidades temporales como dominio principal, equilibradas con la exactitud de los divinos cánones”. O., p. 433. [327] El 9.8.1755, Efrém Ateniense, luego Patriarca de Jerusalén, escribía sobre los acontecimientos durante Cirilo V: “Dado que los hechos llevaron a un gran cisma en la Iglesia, se requería un concilio para establecer la verdad con oraciones y súplicas”. Mansi, t. 38, f. 631 C; comparar 633 B.

[328] Véase I. Karmiri, Los Dogmáticos…, II, p. 978. Es ilustrativo que desde esa época los estudiantes de la Escuela Teológica de Halki realizaban trabajos académicos sobre el “bautismo” de los heterodoxos. Ejemplos: 1876, Nikiforos Zervós, “Que el bautismo ortodoxo y válido se realiza por triple inmersión y resurgimiento”; 1878, Anastasio Chatzipanayiotou, “Cuál es el bautismo válido”; 1887, Ambrosio Galanakis, “Que la aspersión o rociamiento es innovación”; 1913, Dimitrios Karagiannidis, “El valor del bautismo de los herejes”; 1917, Georgios Garofalidis, “El valor del bautismo de los herejes” (impreso); 1922, Gerasimos Kalokerinos, “El bautismo válido”; 1937, Ioakeim Loukas, “El valor del bautismo de los herejes”; 1947, Dimitrios Dimitriadis, “La posición sobre el bautismo de romano católicos y protestantes que se acercan a la ortodoxia” (véase V. Th. Stavridou, La Escuela Teológica de Halki, tomo A [1844-1923], Atenas 1970 y tomo B [1923–hoy], Atenas 1968). Un estudio comparativo revelaría la evolución de la posición del Patriarcado Ecuménico y su teología hacia los heterodoxos. [329] Véase Ch. Androutsos, Dogmática…, pp. 308; del mismo, Simbólica…, p. 306; I. Karmiri, Los Dogmáticos…, II, p. 975. [330] E., p. 145. Comparar M. Athanasiou, Carta sobre los Concilios realizados, 6,1. P. G. 26, 689 AB. [331] Indicación clara contra la aspersión, rociamiento latino. [332] O., p. 480. [333] Ídem. [334] O., p. 480. [335] O., p. 515. [337] P. G. 59, 153. [338] Comparar también Gregorio de Nisa, Migne P.G. 46, 585. [339] Comparar también Cirilo de Alejandría, Migne P.G. 73, 245. [340] Mateo 28, 19. [341] Canon Apostólico 50. [342] Sobre la Jerarquía Eclesiástica II, 7. P.G. 3, 396. [343] Canon 7. [344] Canon 95. [345] Sp. K. Papageorgiou, Historia de la Iglesia de Corfú, Corfú 1920, pp. 131-137. [346] Archivo Histórico de Corfú, Carpeta de Metropolitanos, n.º 57, ff. 6-7. [347] Véase sobre esto Ilias Tsitselis, Kefalliniaka Symmicta, tomo II, Atenas 1960, pp. 570-573. [348] P.R.O., C.O. 136/313, ff. 29-39, n.º 104. Carta de Barthurst al Fr. Adam del 14.10.1826 (comparar C.O. 136/188, ff. 296-304). [349] La “Protección” inglesa se encargaba de garantizar los derechos adquiridos de las iglesias y minorías religiosas.

[350] C.O. 136/313, f. 356. Es indicativo del clima reinante el comentario de Barthurst: “Como observo, sin embargo, que se admite al mismo tiempo que este segundo bautismo no se realiza públicamente, sino con las puertas de la iglesia cerradas, se espera que esto no se haya convertido en práctica general, y por lo tanto tendrá menos dificultad en suprimirlo”. Es decir, el hecho de que el bautismo de los católicos romanos se realizara “con puertas cerradas” garantiza que el (re)bautismo no se volvió habitual y que sería relativamente fácil suprimir esta práctica “innovadora”. (ff. 36v-37r). De hecho, los bautismos de occidentales bajo dominio occidental (católico o protestante) requerían gran heroísmo y por ello eran raros, se celebraban en secreto y permanecían desconocidos. Un ejemplo destacado es el del inglés Lord Frederick North – Guilford (1766-1827). En enero de 1791, el noble inglés, hijo del Primer Ministro, se convirtió a la Ortodoxia mediante bautismo canónico, ya que según su confesión manuscrita no lo había recibido como anglicano y creía que la Ortodoxia era la “Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica”, y fuera de ella no hay misterio (sacramento). Recibió el nombre de Demetrios. Véase el estudio del obispo de Dioclea Kalistos Ware, The fifth earl of Guilford (1766-1827) and his secret conversion to the Orthodox Church, en: D. Baker (ed.), The Orthodox Churches and the West (= Studies in Church History, Vol. 13), Oxford 1976, pp. 247-256. Guilford es la prueba más importante de que se realizaban bautismos de occidentales retornados incluso bajo el dominio veneciano en las islas Jónicas, pero mantenidos secretos por razones obvias. Guilford guardó absoluto secreto durante años. Véase G. D. Metalinós, Los Tres Jerarcas Protectores de la Academia Jónica, en “Antídoron Pnevmatikon” (= Homenaje a Geras. Io. Konidaris), Atenas 1981, pp. 287-288; del mismo, La Academia Jónica – Presentación crítica del libro homónimo de E. P. Henderson, “Parnassos” ΚΓ’ (1981), p. 332 y sig. [351] Ídem, f. 44 v. [352] Como se indica en un informe de católicos romanos de Corfú enviado al Vaticano y comunicado a Londres: “Ese obispo cismático se jacta descaradamente de que 136 católicos han pasado a la religión griega desde que ocupó su alto cargo”. Ídem, ff. 63v-64r.

[353] Véase P. Gregorio, Relaciones entre católicos y ortodoxos, Atenas 1958. Desde el lado ortodoxo, véase el informe de Sp. K. Papageorgiou, Historia…, pp. 45 ss., y especialmente el estudio del P. Athan. Ch. Tsitsa, La Iglesia de Corfú bajo el dominio latino 1267-1795, Corfú 1969. La situación vigente en las islas Jónicas y otras regiones bajo dominio latino se presupone y refleja también en el estudio de Jer. Kotsonis (ex Arzobispo de Atenas), El valor canónico de la comunión sacramental entre orientales y occidentales bajo la dominación franca y veneciana, Tesalónica 1957. [354] Ídem, f. 66 a. Los criterios con los que los católicos romanos consideraban la cuestión de los (re)bautismos se evidencian en las preguntas enviadas al Vaticano: “¿No es esto un agravio a la Iglesia católica y romana? ¿Y qué insulto a los católicos residentes en Corfú?” (Ídem). Los criterios espirituales, tradicionales y teológicos ya estaban totalmente inactivos en esa época. [355] P.R.O., C.O. 136/38, f. 13. Informe del Fr. Adam a Barthurst desde Corfú, 16.1.1827.

[356] Carpeta manuscrita 100, n.º Ρμ’ – Discursos y Homilías Varias. El manuscrito consta de 4 hojas, 22,6 x 16,8 cm; contiene primero el saludo (Logidrion) del sacerdote G. Kalos y luego el diálogo – confesión. La base del diálogo es la “Acolitía”, impresa por el gran Concilio de 1484 en Constantinopla, véase I. Karmiri, Los Dogmáticos…, pp. 987-989. Se sigue la misma secuencia respecto a la condena de las innovaciones latinas (los “dogmas ajenos” en general, Filioque, Concilio de Florencia, ácimos); el texto de Cefalonia añade el “fuego purificador o purgatorio”, así como las demás diferencias conocidas: comunión solo del Pan, aspersión en el bautismo, separación de bautismo – unción o crismación, y por lo tanto negación de la Efjaristía a los infantes, y – finalmente – los dogmas papales de Primacía, autoridad política del Papa e infalibilidad, aunque la definición oficial de este último se hizo en 1870, además de algunos rituales “insignificantes”. El monje G. Kalos, que vivió en el Monte Athos y conocía la tradición ortodoxa, y siendo teólogo competente, consideró apropiado utilizar un texto más amplio del Concilio de 1484, debido a las nuevas innovaciones occidentales hasta su tiempo. Queda abierto si el texto de la Confesión fue redactado por él desde el inicio o ya se utilizaba en las islas Jónicas y en el Monte Athos.

[357] Nació en Anogi. Vivió 1801-1880. Nació y falleció en Cefalonia. Monje durante varios años en el Monte Athos, fue abad del Monasterio de Kipouria en Pali, Cefalonia. Recibió buena educación teológica y era riguroso en la literatura patrística. Importante es que Andréas Laskaratos valoraba su virtud, piedad y educación, y mantuvo correspondencia con él sobre cuestiones teológicas (1874). Véase Ilias A. Tsitselis, Kefalliniaka Symmicta, tomo A, Atenas 1904, pp. 192-194. [358] Juan 15, 26. [359] La frase “influenciada… más fuertemente o por el más fuerte” revela la amarga experiencia de los habitantes de las islas Jónicas que estuvieron seis siglos (1267-1864) bajo la opresión de los occidentales. [360] Juan 6, 53. [361] Efesios 4, 5. [362] Efesios 6, 17. [363] Colosenses 3, 9. [364] Isaías 53, 5. [365] 2 Timoteo 1, 1

 

La Teología Bautismal, y Herejía Meta-Patrística

La Teología Bautismal, y Herejía Meta-Patrística

a) La Teología Bautismal, por Metropolita de Nafpaktos y San Blas, Hierotheos Vlajos

b) Teología Patrística y Herejía Meta-Patrística – Conclusiones por Santa Metrópolis del Pireo

c) Teología “meta (post)-patrística” o “neo-barlaamita”; ignorancia o negación de la santidad;
criterios para teologizar ortodoxa y correctamente
. Por D. Tseleguidis, dogmatólogo de la Universidad de Aristóteles de Tesalónica

a) La Teología Bautismal

Hierotheos Vlajos

En el pasado y también en nuestra época se han realizado muchas discusiones sobre el Bautismo de los herejes; es decir, si los herejes que se han apartado de la fe ortodoxa y desean regresar a ella deben ser bautizados nuevamente o simplemente ungidos con el crisma, tras presentar libelo. Existen decisiones de Concilios locales y ecuménicos sobre este tema.

Sin embargo, en el texto que sigue quisiera referirme a un ejemplo concreto: el acuerdo entre la «Asamblea Permanente de Obispos Canónicos de América (SCOBA)» y la «Conferencia de Obispos Católicos de América (ACBC)», del 3 de junio de 1999. La traducción del texto original al griego fue realizada por el Protopresbítero p. Georgios Dragas, profesor de la Escuela Teológica de la Santa Cruz en Boston, quien además ofreció una breve descripción y crítica del texto acordado entre ortodoxos y católicos romanos en América.

La base de este documento es el acuerdo de Balamand de 1993, «Uniatismo, método de unión del pasado y la búsqueda actual de la plena comunión», al cual parece querer apoyarse.

El texto que comentamos -firmado en América entre ortodoxos y católicos romanos, con el título «Bautismo y comunión misterial (sacramental)»- se fundamenta, según he observado, en algunos puntos muy característicos que revelan todo el contenido del movimiento ecumenista contemporáneo.

El primer punto es que «el bautismo se fundamenta en la fe de Cristo mismo, en la fe de la Iglesia y en la fe del creyente, de las cuales procede su entidad» (13). A primera vista llama la atención la ausencia del Dios Trinitario, quizá para justificar cualquier interpretación amplia del Bautismo. La fe es, pues, el elemento fundamental del Bautismo.

El segundo punto es que el Bautismo no es un acto exigido por la Iglesia, «sino más bien el fundamento de la Iglesia. El bautismo fundamenta la Iglesia» (26). Aquí se presenta la idea de que el santo Bautismo no es el Misterio (sacramento) «introductorio» mediante el cual ingresamos en la Iglesia, sino el fundamento mismo de la Iglesia.

El tercer punto es que «el bautismo nunca fue entendido como una ceremonia privada, sino más bien como un acontecimiento comunitario» (13). Esto significa que el Bautismo de los catecúmenos constituía «una ocasión de μετάνοια (metania: conversión, arrepentimiento, introspección, confesión) y renovación de toda la comunidad» (13). El bautizado «está obligado a apropiarse de la fe común de la comunidad en la persona y en las promesas del Salvador» (14).

El cuarto punto es continuación y consecuencia de los anteriores. Si el Bautismo se fundamenta en la fe en Cristo, si es la base de la Iglesia y además obra de la comunidad, entonces el reconocimiento del Bautismo implica también el reconocimiento de la Iglesia. En el texto acordado se afirma: «Ambos miembros de esta Comisión Mixta, ortodoxos y católicos romanos, reconocemos en las tradiciones de unos y otros una enseñanza y una fe comunes respecto al Bautismo, pese a las diferencias en la práctica, las cuales, creemos, no afectan a la esencia del sacramento» (17).

Según el texto, existe una fe y enseñanza comunes sobre el Bautismo en las dos «Iglesias», y las diferencias existentes no afectan a la esencia del misterio (sacramento). Ambas partes reconocen una entidad eclesial «en cada una de ellas, aunque consideren que la vivencia de la entidad de la Iglesia por parte de la otra es defectuosa o incompleta» (17). Aquí se halla la «base segura del uso contemporáneo de la expresión “Iglesias hermanas”». La Iglesia Ortodoxa y la Iglesia Latina serían, pues, dos Iglesias hermanas, porque poseen la misma tradición, la misma fe y el mismo Bautismo, aunque existan ciertas diferencias.

Por ello, el texto sostiene repetidamente: «Consideramos que este reconocimiento mutuo de la entidad eclesial del bautismo, pese a nuestras divisiones, es plenamente conforme con la enseñanza perenne de ambas Iglesias» (26). Malinterpretando de modo discutible la enseñanza de san Basilio el Grande (y de san Nicodemo el Aghiorita), se afirma que las dos «Iglesias», pese a las “imperfecciones” existentes, constituyen la misma entidad de la Iglesia: «Por la gracia del don de Dios, ambos somos “de la Iglesia”, según la frase de san Basilio» (26).

El quinto punto es que se critica a Nicodemo el Hagiorita quien, al interpretar las posiciones de Cipriano de Cartago, de Basilio el Grande y del II Concilio Ecuménico, habla -como también los Padres filocálicos del siglo XVIII- de la ακρίβεια (akríbia: exactitud, precisión) y la οικονομία (ikonomía: economía) respecto al modo de recibir a los herejes en la Iglesia Ortodoxa. Es decir, a veces los Padres los reciben con exactitud (mediante el Bautismo) y otras con economía (mediante la crismación).

Pero incluso cuando la Iglesia recibe a alguien por economía, ello significa que en ese momento actúa el misterio de la salvación, precisamente porque la Iglesia está por encima de los Cánones -y no los Cánones por encima de la Iglesia- y porque la Iglesia es fuente de los Misterios y del Bautismo, y no el Bautismo fundamento de la Iglesia. La Iglesia puede aceptar a un hereje por economía sin reconocer como Iglesia a la comunidad que previamente lo había bautizado. Desde esta perspectiva se interpreta la decisión del II Sínodo Ecuménico.

No obstante, la confusión aumenta debido a una formulación del texto que admite diversas interpretaciones: debe aclararse «que el reconocimiento mutuo del bautismo no implica la resolución de todas las cuestiones que los dividen, ni el restablecimiento de la comunión eclesial entre ellos, aunque ayuda a eliminar un obstáculo fundamental en el camino hacia la plena comunión» (p. 28).

Del breve análisis se desprende cuánta confusión prevalece en los círculos ecumenistas en torno a estos temas, así como también que la aceptación del Bautismo de los herejes (papistas, protestantes que alteraron el dogma de la Santa Trinidad, etc.) se interpreta como aceptación de la existencia de Iglesia entre los herejes, y aún peor, que las «dos Iglesias», la Ortodoxa y la Latina, poseen unidad a pesar de las «pequeñas» diferencias, o que procedemos de la misma Iglesia y debemos buscar regresar y constituir la única Iglesia. Aquí se hace evidente la teoría de las ramas.

Ante tal confusión, es necesario mantener la postura de la ακριβεία (akríbia: exactitud, precisión) que salvaguarda la verdad de que quienes caen en la herejía están fuera de la Iglesia y no opera o energiza el Espíritu Santo para la θέωσις (zéosis: divinización, glorificación, deificación).

De todos modos, la llamada “teología bautismal” crea así enormes problemas para los ortodoxos. El texto mencionado presenta graves deficiencias eclesiológicas. Según la enseñanza patrística ortodoxa, la Iglesia es el Cuerpo teándrico divino-humano de Cristo, donde se conserva la verdad revelada/ apocaliptada -la fe ortodoxa- y se realiza el misterio de la θέωσις zéosis mediante los Misterios (Sacramentos: Bautismo, Crismación y Efjaristía), con las condiciones necesarias de participación en la energía catártica (sanadora, purificadora), iluminadora y divinizadora (glorificadora, deificante) de Dios. El Bautismo es el sacramento de entrada en la Iglesia. No es la Iglesia la que se fundamenta en el Bautismo, sino que el Bautismo de agua, unido al del Bautismo del Espíritu, se realiza dentro de la Iglesia y hace al hombre miembro del Cuerpo de Cristo. Fuera de la Iglesia, Cuerpo vivo de Cristo, no hay Misterios (Sacramentos), como fuera del cuerpo no hay sentidos.

Para concluir, cito el juicio final del Protopresbítero p. Georgios Dragas tras su «breve descripción y crítica»:

«Estas propuestas no pueden encontrar el acuerdo de todos los ortodoxos, especialmente de los de lengua o mentalidad helénica, y resultan más bien divisivas respecto a su verdadero carácter. La razón principal de esta conclusión crítica es la ausencia de un fundamento eclesiológico en toda esta investigación sobre los Misterios (sacramentos), así como la interpretación unilateral o incluso malinterpretación y tergiversación de los datos de la práctica misterial (sacramental) ortodoxa, especialmente en relación con los heterodoxos a lo largo de las distintas épocas. Las propuestas, las conclusiones y el texto acordado en su conjunto representan un escepticismo occidental. Su aceptación por teólogos ortodoxos significaría más bien una traición deliberada de las posiciones ortodoxas y una sumisión a perspectivas ecumenistas occidentales, lo cual debe rechazarse».

Fuente: https://www.oodegr.com/oode/oikoymen/baptismat1.htm

El lector interesado puede encontrar un análisis detallado de la oposición entre este texto ecumenista y las decisiones permanentes de la Iglesia en nuestro libro especializado: «Confieso un solo Bautismo… aquí en griego https://www.oodegr.com/oode/biblia/baptisma1/perieh.htm »,

que estamos acabando de traducir y lo pondremos en nuestra Web

b) Teología Patrística y Herejía Meta-Patrística – Conclusiones

I.M. de El Pireo https://analogion.gr/logos/heresies/251-metapaterikh-airesh

Hoy, miércoles 15 de febrero de 2012, a las 4:00 p.m., en El Pireo, en el Estadio de la Paz y la Amistad, por iniciativa de la Santa Metropólis del Pireo, se celebró una jornada teológico-científica bajo el tema «Teología Patrística y Herejía Meta-Patrística», a la que asistieron con su presencia reverendos arzobispos, superiores y monjas de sagrados monasterios, teólogos y alrededor de mil quinientos fieles.

El tema general de la jornada se desarrolló en dos sesiones por los ponentes: el Metropolitano de Nafpaktos y San Blas, Hierotheos Vlajos, los profesores universitarios p. Georgios Metalinós, p. Theodoros Zisis, Dimitrios Tseleguidis, Lambros Siasos, Ioannis Kurembeles, y el investigador Ioannis Marká.

De las presentaciones y del debate posterior surgió y fue aprobado por unanimidad el siguiente dictamen:

El término meta-patrístico, novedoso para el contexto heleno-griego, es tomado del protestantismo, donde se usa desde hace más de cuarenta años para indicar la necesidad de dar peso a la voz de las «iglesias» en cuestiones sociales y no en cuestiones de fe, porque «los dogmas dividen».

El lema de los meta-patrísticos de «superar a los Padres» es, desde la perspectiva ortodoxa, incorrecto e incluso blasfemo, porque la teología sin praxis y la Iglesia sin Padres —es decir, sin Santos— no son concebibles. Una Iglesia sin Padres sería un «falso organismo cristiano protestante», sin ninguna relación con la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica, la Ortodoxa que confesamos en el Símbolo de la Fe.

El efecto más destructivo en la conciencia dogmática de los fieles ortodoxos lo ejerce el ecumenismo, porque relativiza y anula en la práctica la autoridad atemporal de la enseñanza de los santos Padres. En el espíritu del panherético ecumenismo se inscribe también el movimiento reciente de los teólogos meta-patrísticos. Estos teólogos parecen ignorar que la teología ortodoxa y segura proviene primordialmente de quienes han hecho la catarsis de los πάθος (pazos: pasiones, emociones, adicciones, vicios, patologías, etc…) e iluminados por la luz increada de la divina Χάρις (jaris: gracia energía increada), y que el criterio principal del carácter seguro de la teología eclesial es la santidad de los Padres que la expresaron.

Cuando se ignora o se deja de lado la santidad o la metodología ortodoxa de «seguir a los santos Padres», es inevitable la adopción del pensamiento libre y de la especulación teológica. Esto conduce a una teología «neo-Barlaamita», centrada en el hombre y basada en la lógica autónoma.

La teología meta-patrística, según los criterios de la Iglesia, es evidencia de una mente soberbia, y por ello es imposible su legitimación eclesial.

La teología científica y académica ortodoxa no está llamada a reemplazar la teología patrística-carismática, ni tiene derecho a presentar otra teología distinta de la auténtica de la Iglesia.

Los aspirantes a teólogos meta-patrísticos rechazan los límites claros que la Teología Patrística establece entre ortodoxia y herejía, adoptando un modelo más sincrético. (El sincretismo es la combinación o fusión de elementos culturales, religiosos, filosóficos o lingüísticos distintos en una nueva forma o modelo.)

La teología “meta-patrística” se aparta claramente de la teología tradicional, tanto en cuanto a métodos, condiciones y criterios para teologizar correctamente, como en cuanto al contenido de la teología eclesial patrística.

Estos teólogos meta (post)-patrísticos muestran poca tolerancia hacia lo diferente, acusando de «fundamentalismo patrístico» a quienes no coinciden con ellos y criticando sus teorías novedosas.

Es gran responsabilidad de los líderes eclesiales evitar la alteración de la fe, la teología y el testimonio ortodoxos en la actualidad.

La llamada teología meta-patrística se mueve hacia una perspectiva filosófica y especulativa, conduciendo directamente al protestantismo.

La Iglesia no es solo Apostólica, sino también Patrística, y constituye un triunfo glorioso de los Santos Padres que los teólogos meta-patrísticos no pueden refutar ni enfrentar, viéndose obligados a cambiar de rumbo y descartarlos.

Los miembros de la Iglesia continuaremos siguiendo a los Santos Padres, «siguiendo a los divinos Padres», sin movernos ni sobrepasar los límites que ellos establecieron.

Exhortamos a que todos despierten la conciencia patrística, junto con la necesaria vigilancia de los pastores de la Iglesia, para contribuir de manera decisiva a impedir la alteración que se intenta introducir de forma sutil y encubierta.

Todos los participantes en la jornada teológica aprobaron estas conclusiones.

Vale la pena recordar lo que escribió el difunto Metropolitano del barrio Glyfada Atenas, Pablos Glyfados, en la página de su Metrópolis: «La llamada teología meta-patrística conduce directamente al protestantismo».

Fuente: https://analogion.gr/logos/heresies/251-metapaterikh-airesh

 

c) Teología “meta (post)-patrística” o “neo-barlaamita”; ignorancia o negación de la santidad;
criterios para teologizar ortodoxa y correctamente

Tseleguidis, dogmatólogo de la Universidad de Aristóteles de Tesalónica, Pireo, 15/2/2012
Subtítulo: La soberbia y la desviación teológica de los aspirantes a teólogos “meta (post)-patrísticos”

Para evitar cualquier posible confusión terminológica, procederemos de inmediato a una aclaración necesaria del neológico término “meta (post)-patrístico”…

Esta nueva terminología científica admite diversas interpretaciones; sin embargo, las más prevalentes científicamente, en nuestra opinión, son las siguientes dos:
a) Cuando al primer componente de la palabra “meta” se le da un significado temporal, en cuyo caso, en la presente situación, se refiere al fin de la época patrística.
b) Cuando al primer componente de la palabra se le da un significado crítico, en cuyo caso la palabra compuesta “meta (post)-patrística” significa relativización, cuestionamiento parcial o total, revisión, nueva lectura, o incluso superación del pensamiento teológico de los Padres de la Iglesia.

Los teólogos científicos contemporáneos que intentaron, directa o indirectamente, autoidentificarse como “meta-patrísticos”, utilizaron alternativamente ambas interpretaciones, aunque principalmente la segunda, que se refiere a la relativización y finalmente a la superación de los Padres de la Iglesia.

La obra más destructiva en las conciencias del mundo teológico cristiano más amplio, en nuestra opinión, la realizaron los protestantes. Esto se debe a que ellos cuestionaron directamente la autoridad de los Sínodos-Concilios Ecuménicos de la Iglesia, así como toda su santa Παράδοσή Parádosi Tradición Apostólica y Patrística. Simultáneamente, anularon oficial, sustancial y formalmente la santidad de todos los santos conocidos, cuestionando así la experiencia del Espíritu Santo de la Iglesia militante sobre la tierra.

De manera correspondiente, la obra más destructiva en la conciencia dogmática del pueblo de la Iglesia Ortodoxa la realiza y continúa realizándola el Ecumenismo. El Ecumenismo constituye hoy el hediondo agente del sincretismo intercristiano e interreligioso y, por consiguiente, el más oficial agente de la herejía más peligrosa de todas las épocas, porque contribuye decisivamente a la disminución del criterio ortodoxo y de la autoconciencia ortodoxa. Específicamente, a través de sus representantes, local e internacionalmente, busca continuamente y gradualmente cada vez mayores “concesiones” a la conciencia eclesiológica y dogmática de los fieles ortodoxos espiritualmente desprevenidos. Y esto lo logra especialmente mediante la relativización o incluso la anulación práctica de la autoridad de la enseñanza de los santos Padres, y sobre todo de sus decisiones colectivas, en el marco de los Sínodos-Concilios Ecuménicos. Véase, por ejemplo, la flagrante y continua, aquí durante años, violación del II Canon del Quinto Concilio Ecuménico, que prohíbe expresamente la oración conjunta con los no están en comunión y heterodoxos, con la clara amenaza de destitución de los clérigos y excomunión de los laicos que lo infringen.

En este clima teológico más ampliamente secularizado, y especialmente en el propio espíritu del Ecumenismo que hemos descrito, se integra orgánicamente también el movimiento recientemente surgido de los aspirantes a teólogos “meta-patrísticos”. Sin duda, este movimiento tiene claramente también influencias protestantes, más evidentes principalmente en el carácter científico de la postura de los teólogos “meta-patrísticos” frente a la autoridad histórica de la enseñanza teológica de los santos Padres.

En nuestra breve posición teológica nos centraremos principalmente en la actitud y no en la persona de los teólogos “meta-patrísticos”, así como en los criterios de la teología que subyace en ellos.

Desgraciadamente, nuestros queridos hermanos en Cristo, los teólogos “meta-patrísticos”, con sus formulaciones audaces, o mejor dicho, con sus formulaciones extremadamente atrevidas, arrogantes y descaradas y posiblemente no conscientes, parecen prácticamente ignorar por completo qué es la santidad en sí misma, y por extensión, qué es en sí misma la vida guiada por el Espíritu Santo de los santos, la cual constituye, según la experiencia de la Iglesia, la condición fundamental para teologizar ortodoxa y correctamente. Más específicamente, parecen ignorar en sus textos que la teología ortodoxa y correcta se produce primordialmente solo por quienes se han hecho su catarsis y purificado de la impureza de sus πάθος (pazos: pasiones, emociones, adicciones, vicios, patologías, etc…), y sobre todo por quienes han sido iluminados y divinizados (portadores de la zéosis) por los rayos increados de la divinizante Χάρις (Jaris: Gracia, energía increada).

La tentativa audaz, de manera arrogante, con obstinación y de forma altanera de superar la enseñanza de los santos Padres por parte de los teólogos “meta-patrísticos” debilita la certeza necesaria para los fieles sobre la validez eterna de la teología patrística, mientras introduce de manera injusta y malastuta la teología probabilística de tipo protestante. De este modo, en realidad, “se traspasan los límites que nuestros Padres establecieron”. Pero esto viola brutalmente tanto la enseñanza patrística como el logos bíblico inspirado por Dios. [Véase Proverbios]

Sobre la base de lo anterior (y solo de esto), podríamos sostener científicamente que los aspirantes a teólogos “meta-patrísticos” claramente no poseen las condiciones de la teología patrística. Porque, realmente, ¿cómo podrían sostener que las poseen, cuando proponen audazmente y descaradamente la superación de los Padres de la Iglesia, o cuando intentan introducir en el pensamiento teológico eclesiástico una probabilidad teológica y gnoseológica de tipo occidental, que como condición previa requiere la protección académica y la especulación o meditación teológica? Esta misma soberbia, arrogancia y altanería conduce a renunciar a la presencia carismática del Espíritu Santo, que garantiza la autenticidad de la teología ortodoxa.

Los criterios científico-académicos que los teólogos “meta-patrísticos” proponen como pruebas de su objetividad no coinciden necesariamente con los criterios eclesiásticos para teologizar ortodoxa y correctamente, sobre todo cuando esos criterios se usan sin condiciones previas. La teología eclesiástica ortodoxa tiene criterios claramente y principalmente espirituales. El criterio por excelencia y supremo del carácter correcto de la teología eclesiástica es la santidad de los Padres teóforos (portadores de Dios o de la luz increada), quienes la formularon.

Provoca profunda tristeza la gruesa ignorancia y la soberbia basada en ella de los teólogos “meta-patrísticos”, quienes intentan, de manera totalmente ignorante, sustituir la molestosa para ellos teología patrística de la Iglesia Ortodoxa por su teología (tiología, palabras de tíos de academia, sin práctica) científico-académica actualizada. Con esta postura demuestran claramente que en realidad desconocen cómo los Padres son activamente teóforos y santos de la Iglesia. Ignoran, sobre todo, que la santidad de los Santos y la santidad del mismo Dios son una y la misma, según San Gregorio de Nisa. Es decir, la santidad de los santos tiene un carácter ontológico y es una propiedad increada de Dios, en la cual participando el creyente de manera directa y personal, y bajo claras condiciones eclesiásticas, se convierte en “en toda percepción y sentir espiritual” partícipe de la santidad del mismo Dios. Por lo tanto, es evidente que el carácter de la santidad de los santos Padres es increado.

Los grandes Padres de la Iglesia expresaron correctamente la Tradición Apostólica en su época, después de haberla vivido previamente de manera hesicástica, ascética y especialmente mistérica (sacramental). San Gregorio el Teólogo, San Basilio Magno, San Máximo el Confesor, San Simeón el Nuevo Teólogo y San Gregorio Palamás, por mencionar indicativamente a estos, actualizaron la Tradición Apostólica y Patrística, expresando en lenguaje teológico precisamente lo que otros santos Padres y los carismáticos creyentes teóforos (portadores de la luz increada) simples con pocos o nada de estudios vivían de manera increada y “en todo sentido y percepción espiritual” en su tiempo.

Volvamos ahora a los criterios de teologizar. Los criterios científico-académicos son creados. Por ello, aparte del seguro criterio de la santidad increada, la única garantía para una teología ortodoxa y correcta puede ser buscada, incluso por los teólogos académicamente instruidos pero privados de santidad, en la humildad que implica y expresa el método eclesiástico aplicado a lo largo del tiempo, el cual se indica en la conocida expresión patrística: “siguiendo a los santos Padres”. Esta humildad, que además aseguraba su santidad, fue poseída por todos los Padres teóforos (portadores de la luz increada) que participaron en los Concilios Ecuménicos, los cuales definieron correctamente la teología eclesiástica.

La especulación y meditación teológica y razonamiento al que los teólogos “meta-patrísticos” gustan referirse, y la consiguiente teología probabilística, no corresponden a la teología eclesiástica ortodoxa, sino a la heterodoxa y herética, que como acertadamente caracterizaron los Padres teóforos, es más “tecnología” que teología. Cabe destacar también la observación crucial de San Juan de Sinaí (la Escala), que “quien no conoce a Dios (se entiende experiencial y vivencialmente), razona de manera especulativa” (véase Logos 40,13).

Asimismo, San Gregorio Palamás cargaría sobre los barlaamitas latinos el razonamiento teológico bajo y humano, señalando de manera contraria que “nosotros, no siguiendo razonamientos, sino con logos de Dios, enriquecimos la confesión de la fe” (véase Sobre la Procesión del Espíritu Santo, Logos II, 18).

Pero cuando se ignora o se deja de lado la santidad, o incluso la metodología ortodoxa de teologizar “siguiendo a los santos Padres”, es inevitable adoptar el razonamiento (o meditación, especulación) teológico “libre” y la teología probabilística. Esto conduce esencialmente a una teología “neo-barlaamita”, que es antropocéntrica y cuyo criterio es la autonomizada lógica, razón. Así como Barlaam y sus seguidores cuestionaron el carácter increado de la luz divina y de la Χάρις Gracia, los teólogos “meta-patrísticos” hoy desestiman en la práctica el carácter increado y por lo tanto eterno de la santidad y la enseñanza de los Padres teóforos, a quienes pretenden sustituir en la enseñanza, produciendo, según su criterio, auténtica teología primaria propia.

Esto no constituye una lucha externa contra los Padres, sino que principalmente es una lucha contra Dios, porque lo que hace a los Padres de la Iglesia verdaderamente Padres es su santidad increada, la cual indirecta pero sustancialmente dejan de lado y anulan con lo que proponen en su teología “meta-patrística”.

La teología “meta-patrística”, según los criterios de la Iglesia que mencionamos anteriormente, es prueba de mente soberbia, presuntuosa y altanera. Por ello es imposible su legitimación eclesiástica. La teología eclesiástica es humilde y siempre “siguiendo a los santos Padres”. Esto no significa que la teología eclesiástica carezca de originalidad, dinamismo, espíritu renovador y actualidad. Por el contrario, posee todas estas características, porque constituye expresión de la presencia viviente del Espíritu Santo en aquel que teologiza de esa manera.

Los Padres de la Iglesia expresaron lo que vivieron desde la activación de su Pentecostés personal, siempre, sin embargo, de manera práctica, “siguiendo” y en concordancia con los Padres teóforos precedentes.

La teología académica y científica ortodoxa no está llamada, por supuesto, a sustituir la teología patrística – carismática, ni tampoco tiene derecho a presentar otra teología distinta de la auténtica teología de la Iglesia. Su tarea es acercarse, investigar y presentar científicamente el contenido de la teología primaria de la Iglesia, distinguir y dar a conocer los criterios de la verdadera teología. De este modo se logra y fortalece cada vez más la unión de la teología patrística-carismática con la teología científica. Y todo esto solo se promoverá cuando los que expresan la teología científica no estén personalmente privados de las condiciones espirituales ni ajenos a los datos eclesiológicos vivenciales.

La teología científica y académica, cuando carece de las condiciones mencionadas anteriormente, cuando le falta la expresión eclesiológica vivencial, es teología especulativa y pobre espiritualmente. Solo aborda de manera creada la realidad del mundo y de la vida, y expresa, en el mejor de los casos, las cosas de manera incompleta, y en ciertos casos, desgraciadamente, de manera errónea hasta herética.

Tenemos la opinión de que, si los teólogos “meta-patrísticos” tuvieran las condiciones espirituales de los Padres, intentarían humildemente y silenciosamente rectificar la verdad para su época, sin referencias despectivas o incluso ambiguas hacia los santos Padres. Y si las circunstancias los justificaran, entonces ciertamente serían ellos los expresores de la viva Παράδοση Parádosi Tradición Sagrada de la Iglesia.

Sin embargo, esto implicaría inevitablemente que sus palabras no estarían en oposición a lo dicho por los Santos Padres a lo largo del tiempo, y especialmente no entrarían en conflicto con sus decisiones en los Concilios Ecuménicos. Así, todo este ruido relativo a la teología “meta-patrística” sería innecesario.

Pero los aspirantes a teólogos “meta (post)-patrísticos” saben muy bien que la enseñanza de los santos Padres establece límites claros, los cuales o bien no les favorecen personalmente, o bien impiden sus objetivos estratégicos, que sirven a su querido Ecumenismo. Esta es la verdad. Todo lo demás es simplemente un envoltorio cuidadosamente elaborado.

En conclusión, podríamos sostener sin dificultad que la teología “meta-patrística” constituye un claro y flagrante desvío tanto del método como de la mentalidad de los Santos Padres. Un desvío, es decir, de la teología tradicional, tanto en cuanto al modo, las condiciones y los criterios para teologizar ortodoxa y correctamente, como en cuanto al contenido de la teología eclesiástica patrística de la Iglesia.

Dimitrio Tseleguidis, dogmatólogo de la Universidad de Aristóteles de Tesalónica.

Tradución Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas xX jJ http://www.logosortodoxo.com/

 

Unidad 65: Apocalipsis 21,1, Génesis y παλιγγενεσία palingenesía renacimiento

Unidad 65: Apocalipsis 21,1, Génesis y παλιγγενεσία palingenesía renacimiento (regeneración)
Apocalipsis 21,1. La renovación del universo. Lo rectilíneo de la trayectoria histórica.

Yérontas Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo

Repasada traducción 24/02/2026

Homilía 85. Entramos en el capítulo 21º del libro del Apocalipsis y, después de la resurrección de los muertos, que hemos analizado, y de la transformación del universo de la corrupción a la incorrupción, el divino Evangelista ve al mundo antiguo -cielo y tierra- renovado, nuevo.

«Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no estaba más» (Ap 21,1).

Después de la renovación de todo el universo, el Evangelista sagrado ve, a continuación, en el capítulo, el alojamiento de la nueva Jerusalén, es decir, la Iglesia, que baja del cielo y que habita en este nuevo espacio renovado.

Toda esta renovación del universo y de los hombres piadosos que resucitarán con sus nuevos cuerpos incorruptos se llama por el Señor παλιγγενεσία (palingenesia: regeneración, recreación). Es decir, todo esto que hemos visto y de lo que hablaremos hoy se llama por nuestro Señor en los Evangelios, en una palabra, παλιγγενεσία*.

[*παλιγγενεσία palingenesía, Significado básico: Renacimiento, regeneración o nuevo nacimiento.

???? Etimología, se compone de: πάλιν (pálin) = de nuevo, otra vez, y de γένεσις (génesis) = nacimiento, origen Literalmente: “nacer otra vez”.

???? Usos principales

  1. Filosófico / religioso: a) Renacimiento espiritual o regeneración del alma. b) En el cristianismo puede referirse a la renovación espiritual.
  2. Histórico / político: Se usa para hablar del “renacimiento” de un pueblo o nación. Por ejemplo, en la historia de Grecia, la independencia del siglo XIX fue considerada una παλιγγενεσία nacional.
  3. Biológico (uso antiguo): Idea de regeneración o repetición de un ciclo vital.

Uso en el Nuevo Testamento

La palabra aparece explícitamente en dos pasajes: Evangelio de Mateo 19:28 Jesús habla de la παλιγγενεσία como la renovación final del mundo, cuando el Hijo del Hombre se siente en su gloria. → Aquí tiene un sentido escatológico (renovación cósmica al final de los tiempos).

Epístola a Tito 3:5 Se menciona el “lavamiento de la regeneración (παλιγγενεσία)”. → Se interpreta como la renovación interior del creyente, asociada al bautismo.

Significado teológico. En la teología cristiana, παλιγγενεσία implica: a) Nuevo nacimiento espiritual b) Transformación interior por la energía increada gracia de Dios c) Paso de una vida de pecado a una vida nueva en Cristo. D) Renovación obrada por el Espíritu Santo. Se relaciona estrechamente con la idea de “nacer de nuevo” (cf. Juan 3).

Dos niveles de significado: a) Personal → regeneración del individuo (bautismo, conversión) y b) Universal → renovación final de toda la creación.]

Además, también en nuestros tiempos, cuando festejamos el 25 de marzo, decimos que es la fiesta de nuestra palingenesía, regeneración, renacimiento nacional. Estábamos esclavizados por los turcos, no existía Estado; nos hemos liberado y hemos vuelto a ser Estado, renacimos. Esto se llama «palingenesía: regeneración, renacimiento nacional». Acordémonos de esta palabra.

Esta palingenesía la prometió el Señor a sus Discípulos y, a través de sus Discípulos, a los creyentes de todos los siglos. Escuchadla en Mateo 19,28-29: «Y Jesús les dijo: de cierto os digo y os aseguro que en la παλιγγενεσία palingenesía regeneración o renacimiento, cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su doxa-gloria (luz increada), vosotros, los que me habéis seguido, también os sentaréis sobre doce tronos gloriosos, para juzgar a las doce tribus de Israel; y todo aquel que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos, o tierras, por mi nombre, en la παλιγγενεσία, regeneración, recibirá cien veces más, y, lo más importante, heredará la vida eterna».

¡Lo asegura la boca de Cristo! El que prefiera dejar todas estas cosas y Le siga tomará recompensa cien veces más. ¡No se trata del número cien, sino que quiere decir multiplicado, porque no hay comparación! Y, junto con los bienes de la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada de Dios), de la palingenesía regeneración, heredará también la vida eterna.

Además, esta palingenesía regeneración, queridos míos, es el propósito y objetivo final del cristianismo; es el objetivo de todas las luchas, esfuerzos y sudores de nuestros intentos. Para esta παλιγγενεσία, regeneración luchamos, para que seamos los habitantes de este nuevo mundo. Si se corta esta realidad esjatológica, es decir, si decimos que no existe esta regeneración, entonces se sustrae todo el significado y sentido del mensaje del Evangelio.

Porque debo deciros, aunque lo he repetido muchas veces en mis homilías, que el cristianismo no es un sistema social para solucionar los problemas sociales o el problema social. ¡No pueden estar diciendo que el Cristianismo está imposibilitado, debilitado y que no puede solucionar el problema social y, por lo tanto, que está fracasado y pasado…! ¡Esto es un error grave de punto de partida, cien por cien! El comienzo para interpretar las cosas es equivocado desde su punto de partida. Simplemente sería un error trágico decir que el cristianismo es un sistema social; así lo subestimamos y lo hacemos totalmente humano. El Cristianismo es salvación ontológica (realidad existencial).

Si uno estudia el Evangelio, aunque sea elementalmente, encuentra aquellos párrafos célebres que componen la columna vertebral del Cristianismo en el espacio espiritual y ético; es decir: «Bienaventurados y felices serán los pobres del espíritu porque de ellos es y será el reinado de la realeza increada de los cielos; (bienaventurados y felices son y serán aquellos que están pobres de males y pecados en el espíritu de su corazón de la psique e humildemente sienten su pobreza espiritual y su dependencia integra con fe y humildad a Dios, porque de ellos es y será la realeza increada de los cielos)» (Mt 5,3; Lc 6,20).

Si por su voluntad son pobres, entonces ¿qué sistema social alguna vez bendeciría, bienaventuraría o felicitaría la pobreza? O sea, mientras puedes ser rico, mientras puedes vivir, comer y beber con todas tus comodidades materiales para ser feliz, y después que te diga que serías feliz si voluntariamente negases los bienes materiales. ¿Pregunto? ¿Qué sistema social te dice esto? Ninguno.

Muchas veces lo he dicho: si yo quisiera ser diputado y saliera al balcón a decir: «Votadme y os obligaré a todos a que seáis pobres», ¿quién me votaría, ¿quién? Pues, estas realidades, nos dice el Evangelio.

¿Cómo es posible que el cristianismo pueda resolver el problema social? Simplemente porque no es un sistema social. Es religión apocalíptica-reveladora de Dios (Dios ha religado lo increado de Él con lo creado mediante la energía increada jaris y se revela mediante ella a los hombres tríadicamente). ¿Por qué no piden al budismo o al islamismo resolver el problema social? Simplemente porque son «religiones» creadas por hombres mortales. El Cristianismo no tiene ninguna relación con el sistema social. Y, en concreto, el Cristianismo es verdadera religión, verdadera fe, basada sobre los acontecimientos; y es salvación ontológica, resurrección de los muertos.

Además, Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios no es comida ni bebida, lo dice claramente san Pablo; y cuando resucitemos en la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios no comeremos, ni beberemos, ni nos casaremos; tampoco desarrollaremos cultura, nada de todo esto. Todo esto es totalmente ajeno, extranjero; es terrenal, es de la secularización y de las pretensiones que existen en el mundo terrenal; son cosas totalmente extranjeras. ¿Por qué, pues, debemos decir que el Cristianismo deberá servir situaciones mundanas materialistas? ¿Por qué?

Por un lado -y esta interpretación no es mía-, si decimos que el Cristianismo debe resolver el problema social, es herejía a nivel social, tal y como decimos que tenemos herejías a nivel teológico o ético. Igual que cuando decimos que la lujuria, la fornicación o la prostitución no es nada, es herejía a nivel ético. Si decimos que Dios no es trinitario, es herejía a nivel teológico. Si decimos que el Paraíso está aquí, en la tierra, y que aquí tengo que formalizar mi vida, comer y beber disfrutando materialmente, es herejía a nivel sociológico. De todas formas, es herejía. Y cada herejía subestima el Cristianismo.

Haciendo un intermedio sobre el tema, os digo esto porque últimamente muchas cosas se oyen, perturban y remueven a muchos, y tienen la sensación de que el cristianismo ha fracasado. ¿Por qué ha fracasado? Cristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos. ¿Sabéis cuándo diremos que el Cristianismo fracasó? Solo podemos decirlo cuando no se haya realizado la resurrección de los muertos y cuando el universo no se haya regenerado. Solo entonces podemos decir que tenemos fracaso del Cristianismo. Pero estas cosas y realidades no ocurren; no existe eso.

¡De todos modos, tal y como os he explicado -y lo repito-, si se corta esta realidad esjatológica, es decir, que no tenemos παλιγγενεσία (palingenesia: regeneración, recreación), entonces se extrae del cristianismo todo el sentido y significado; el Evangelio ya no tiene ningún significado, ¡nada de nada!

No olvidéis que estas tesis, queridos míos, son del Anticristo. Repito: del anticristo. ¡No os remováis ni os perturbéis! ¡Tened cuidado! Cada uno puede votar lo que quiera, es su derecho; pero no puede decir que el Cristianismo ha fracasado o que el Cristianismo servirá a las cosas del César, no puede estar diciendo esto nadie. El Señor lo dijo claro: «Lo que es del César, para el César; y lo que pertenece a Dios, para Dios» (Mateo 22:21). Lo que pertenece al César se lo darás: tu impuesto, tu voto, es tu derecho. Pero lo que pertenece a Dios se lo atribuirás a Dios. No las mezcles, hermano mío, estas cosas. El Señor lo dijo muy claro.

Por tanto, es relevante que el primer libro de la Santa Escritura, el Génesis, empieza con la creación del cosmos-mundo y el último, el Apocalipsis, termina con la regeneración del cosmos-mundo.

Leemos, por ejemplo, en el Génesis, primer libro: «En el (o junto con) principio creó Dios el cielo y la tierra». ¡Qué majestuosidad! En el último libro del Apocalipsis, penúltimo capítulo, también leemos: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no estaba más» (Ap 21,1). ¡Majestuosidad! ¿Y quién es el creador tanto del primero como del segundo cielo y de la tierra? ¿Quién otro puede ser, queridos míos, sino Él mismo, el santo Dios trinitario? Es el Padre que crea por el Hijo en Espíritu Santo.

Escuchad cómo el Evangelista Juan escribe esto en el prólogo de su Evangelio: Ἐν ἀρχῇ ἦν Λόγος… (en arjí in o logos) Junto con el principio era y siempre es el Logos; y el Logos existía con Dios y está en Dios; y el Dios era y es siempre Logos. [«En el principio junto con y en el espíritu infinito e increado de la creación espiritual y material existía siempre el Logos increado, como Hijo y Logos de Dios nace siempre de-el Padre como Logos vivo, increado e infinito de Nus perfecto y sabio. El Logos como segunda hipóstasis o persona de la Santa Trinidad existía y está siempre inseparable de Dios; y el Logos era y es siempre Dios, increado, perfecto e infinito, tal como el Padre y el Espíritu Santo; (un Dios tres hipostasis/bases subsistenciales o substanciales y una usía-esencia/sustancia y una energía increadas)».]  2Él existía y está siempre desde el principio de la creación unido con Dios. 3Todo fue hecho por él y sin él no se hizo nada de todo lo creado» (Juan 1:1-3)

En la segunda creación, la παλιγγενεσία regeneración o renovación, leemos: «Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas» (Apocalipsis 21,5). Es el mismo: la primera vez como Dios Logos y la segunda como encarnado, humanizado Dios Logos. ¡Qué grandeza, qué majestuosidad! ¡Qué profundidad! ¡Y nosotros nos ahogamos, queridos míos, en una cuchara de agua, si comeremos bien o no comeremos bien…! ¡Pobreza… pobreza… qué miserables somos! Pues, si sintiésemos así las cosas en nuestro interior, entonces percibiríamos esta majestuosidad de Dios, de manera que pudiésemos decir cuánto podrían amar los hombres al humanizado/ encarnado Dios Logos por su potencia, su energía, su sofía-sabiduría, su agapi-amor… (increadas)

Pero, otra vez, debo recordaros, por vuestra agapi, lo que decíamos en el penúltimo tema: que el mundo antiguo que se va y toma su lugar el nuevo no desaparece del todo, no se anula al cero, no se desmaterializa, sino que se renueva. Es lo que dice san Andrés de Cesarea: «Se hace metástasis (traspaso) de la corrupción a la incorrupción». El mismo cosmos-mundo pasa de la corrupción a la incorrupción. Cambia, pero permanece en su sitio; y nada se va, sino que cambia de la corrupción a la incorrupción.

Atención: esto es dogma de fe, es un punto de partida. Porque, para el tema de la resurrección de los muertos, tenemos el cuerpo que se hace nuevo; en este caso no tenemos una situación o estado espiritual. Por eso os leeré el 11º canon del 5º Sínodo Ecuménico, que consolida y asegura esta cuestión. Repito: es de suma importancia. Dice el canon 11:

«Aquel que sostiene y dice que el juicio futuro significa anulación total de los cuerpos, es decir, que no existirán, y que el propósito del tema referido es que llegaremos a la materia inmaterial, es decir, a una naturaleza en la que no habrá materia; o sea, que el mundo habrá perdido su hipóstasis material (base substancial), y que, en lo referente a la materia, en el futuro no habrá nada, sino que habrá nus o espíritu desnudo y no materia; si alguien dice y sostiene estas cosas, que sea anatematizado, separado de la Iglesia».

Esto es lo que dice la Iglesia.

Anatema quiere decir separado; es decir, no pertenece a la Iglesia, es herético. ¿Lo habéis oído? ¡Realmente es de una importancia fundamental! De este punto de partida empezamos, tanto para el cuerpo de Cristo como para nuestra salvación ontológica; es decir, se salvará el cuerpo; esperamos la salvación del cuerpo, etcétera.

Por tanto, si esta tesis no la asimilamos, no la digerimos bien y no la creemos, entonces no hacemos nada. Y si permanecemos en nuestra opinión, habéis oído lo que dice el canon: «sea anatematizado»; seremos heréticos. ¿Habéis visto lo que dice el canon? Estará separado de la Iglesia; es herético aquel que no acepta esta tesis o posición.

Ante la pregunta: ¿qué precede, la regeneración de los cuerpos humanos o la regeneración de la creación?, responde san Nicodemo el Hagiorita, que, como sabéis, no está muy alejado de nosotros, hace unos doscientos años, de la siguiente manera:

«Lo normal es que sean renovados primero los hombres y se hagan incorruptos por la resurrección, y después renovarse y hacerse incorruptibles todos los elementos y la creación. Por lo tanto, primero los hombres y después la creación. Como primero se corrompió el hombre en el paraíso, cuando infringió el mandamiento de Dios, y después, por el hombre, se corrompió la creación, así también primero debe hacerse incorrupto el hombre y después, por el hombre, hacerse incorrupta la creación. Es decir, con el mismo orden de entonces, ahora la renovación. Primero se corrompió el hombre; primero debe renovarse, regenerarse. Siguió la corrupción de la creación; también ahora seguirá la incorrupción de la creación».

Por tanto, primero se regeneran, se renuevan los hombres y después la creación. Y continúa:

«Esto se ve por aquello que dice a los tesalonicenses, capítulo 4º, el mismo Pablo; es decir, “que en el tiempo de la resurrección aún habrá hombres vivos, los cuales, en ráfaga de tiempo, cambiarán y se harán incorruptibles». No sería posible que quedasen vivos los hombres si primero se renovara la creación -esto lo explicaremos un poquito más abajo. ¿Por qué? Porque, por el fuego de aquella energía súper drástica y súper cáustica (o ardiente), serían destruidos y disueltos» (san Nicodemo, interpretación a la 2ª Pedro, pág. 194). Porque el universo sufrirá pirosis, un calentamiento terrible. Entonces no podrían permanecer en pie los hombres.

Por tanto, primero es la renovación de los hombres y después la παλιγγενεσία palingenesia recreación de la creación.

Sí, pero ¿dónde estarán los hombres que se renovarán?

Lo dice el Apóstol Pablo en la primera epístola a los Tesalonicenses: «Después nosotros, los vivos, los que estemos hasta la venida del Señor, seremos arrebatados juntamente con ellos entre nubes al encuentro del Señor en los espacios celestes.» (1 Tes 4,17). El encuentro de Cristo y los fieles no se hará encima de la tierra o en el universo, sino en alguna parte… el Dios sabe dónde y cómo. Está en el siguiente versículo, cuando el Evangelista Juan ve que está bajando al nuevo sitio la Nueva Jerusalén: «Y vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, [la Iglesia triunfante y gloriosa] que descendía del cielo, de Dios, preparada y dispuesta como una novia adornada para su marido [el Cristo]» (Ap 21,2); entonces bajarán los fieles a habitar el renovado cosmos-mundo. ¡Son cosas asombrosas, maravillosas!

Pero, si queréis, no os sorprendáis tanto ni lleguéis incluso hasta la incredulidad, puesto que tenéis delante de vosotros un acontecimiento maravilloso, que es la primera creación. Nosotros, todos los hombres, estamos entre dos milagros: uno que se ha hecho y otro que se va a hacer. ¡El primer milagro es la creación del mundo, ante la cual uno queda sorprendido y asombrado de cómo se ha hecho desde la nada esta creación, este universo! ¡Es un milagro! Por tanto, este es un gran milagro que precedió; lo vemos, lo vivimos, lo conocemos. El segundo milagro es el de la παλιγγενεσία palingenesia regeneración o recreación.

También surge la siguiente pregunta: si se hará incorruptible esta creación viva irracional, los animales y las plantas, ¿estos se harán incorruptibles?, ¿los animales se harán nuevos? O sea, ¿en este mundo nuevo habrá plantas y animales? ¿Cómo será este nuevo mundo?

Responde el mismo san Nicodemo el Hagiorita: «¿Acaso también los animales se harán incorruptos? No; nos lo dicen los hermenéuticos o intérpretes Teofilacto, Mitrófanes y Ecumenio. Ni los animales ni las plantas se harán incorruptibles, según estos intérpretes. ¿Acaso el mar y los ríos se renovarán y se harán incorruptos? No, contestan los mismos intérpretes. Porque en aquel siglo incorruptible no hará falta que el hombre haga ningún uso de estos» (san Nicodemo, interpretación a la 2ª Pedro, pág. 194).

Así que, simplemente, en el nuevo mundo no habrá ni predominarán las leyes biológicas, como os he dicho en otra homilía. Os decía que quedarán abolidas y se anularán las leyes físicas y la ley de la gravedad; quedará abolido, anulado, el plano, la forma y el esquema de este mundo, esta forma esférica, y también las leyes biológicas que predominan en los entes vivos, es decir, en las plantas, en los animales y en los hombres, precisamente porque el Señor lo dijo claramente: «que en la Βασιλεία Realeza increada de Dios, en la resurrección, ni se casarán ni se darán en casamiento, sino que serán como los ángeles de Dios en el cielo» (Mt 22,30; Mc 12,25; Lc 20,35).

Clarísimamente lo dice el Apóstol Pablo: «Los manjares para el vientre y el vientre para los manjares, pero Dios los destruirá…» (1 Cor 6,13). Por lo tanto, ¡será un mundo real y verdaderamente nuevo!

Ahora vamos a ver de qué manera se hará esta παλιγγενεσία palingenesia recreación o renovación del universo.

La manera en relación con la παλιγγενεσία palingenesia renovación, renacimiento del universo nos la describe analíticamente el Apóstol Pedro. También diríamos que la manera de renovación nos la describe analíticamente el profeta Isaías, este profeta tan rico, a quien el Espíritu de Dios le ha apocaliptado/ revelado tantos temas preciosos.

Vamos a ver, pues, qué dice Pedro en su 2ª epístola, capítulo 3º, versículos 5-13. Primero lo leeré y después haremos un análisis, porque vale mucho:

«5Que los cielos estaban desde el tiempo antiguo y la tierra que provino, salió del agua y por el agua subsiste y está asentada, y fueron hechos y asentados por el Logos de Dios; 6por lo cual el mundo de entonces pereció anegado por el agua; 7pero los cielos y la tierra que existen ahora llevan atesorado dentro de ellos fuego que ha sido dado, atesorado por el Logos, y está guardado para el día del juicio y la perdición de los hombres impíos… 10Pero el día del Señor vendrá como ladrón, y en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos, abrasados, serán disueltos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas… 12Esperando nueva tierra y acelerando la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán. 13Pero nosotros esperamos, según nos lo tiene prometido Dios, otros cielos y otra tierra nueva, en los que habita la justicia» (2 Pe 3,5-13).

Esto nos dice el Apóstol Pedro.

Como habéis visto, es un pasaje muy importante, muy apocalíptico (revelador), y vale la pena verlo y tratarlo más minuciosamente.

El motivo por el que aquí se refiere el Apóstol Pedro lo dan los que ponen en duda la interpretación rectilínea de la Historia y de la creación; vamos a decirlo con una expresión contemporánea. Existe la interpretación o hermenéutica rectilínea y también la cíclica. Según la forma cíclica del universo, el universo no hace otra cosa que repetir las mismas cosas, mientras que, en su forma rectilínea, ha empezado desde un principio y llegará a un fin.

Me gustaría detenerme un poco sobre el tema de la interpretación rectilínea y la cíclica, tanto de la Historia como de la creación, porque vale la pena, puesto que sobre esta percepción se sostiene la fe cristiana en la Segunda Parusía-Presencia de Cristo; o, por el contrario, la percepción materialista de que nada pasará al fin del mundo porque no hay fin. Esto es de una importancia fundamental.

El materialismo se sostiene sobre la percepción cíclica, y es la percepción helénica. Todos los sistemas filosóficos antiguos helénicos tenían esta percepción cíclica sobre la historia y la creación; son dos cosas distintas, pero co-caminantes, marchan juntas a la par, como veremos un poquito más abajo. Y nos habla sobre esto también san Nicodemo el Hagiorita, es decir, que el cosmos vuelve al mismo punto de donde empezó. Cierto que esto aparentemente así parece y se ve.

O sea, vemos que ahora es otoño; se hará invierno, primavera, verano y otra vez otoño. Juzgan, además, por el intercambio de las estaciones o por el regreso de las estrellas al mismo punto; o sea, por la luna que se mueve y cada veintisiete días vuelve al mismo punto; el sol se mueve y en cada trescientos sesenta y cinco días regresa al mismo punto. Las estrellas vuelven al mismo punto. Por lo tanto, dicen que el universo es cíclico.

Por consiguiente, dicen que el universo no tiene principio ni fin; por lo tanto, era sin principio y eterno. Pero sabemos que sin principio y eterno es solo el Dios. Pero, si el universo es sin principio y eterno, o sea, interminable, entonces no se destruirá ni acabará nunca; por lo tanto, nunca vendrá Cristo.

Así que aquel que acepta la interpretación cíclica de la historia o de la creación no acepta la Segunda Parusía-Presencia de Cristo; en cambio, la Santa Escritura nos dice que el mundo tuvo principio, comienzo: «En el (junto con) principio creó Dios el cielo y la tierra», y tendrá fin. El mundo terminará.

Por lo tanto, como el mundo tiene principio, tendrá también final; entonces la presencia de la creación no gira como una peonza, sino que tiene un camino recto: empieza y termina. En consecuencia, ya que acabará, el Dios, el Cristo, vendrá al mundo.

Y así se hizo también la creación: fue creada por Dios; porque, ya que tenía principio, entonces, ¿quién la hizo? No existía por sí misma. Todos los antiguos filósofos -Platón, Aristóteles, los presocráticos, etc.- aceptan el movimiento cíclico del todo. Aquellos que expresaron más este movimiento cíclico fueron los filósofos estoicos; os hablaré más abajo sobre esto.

Así pues, los que dudan que Cristo volverá al mundo y permanecen en esta opinión y punto de vista, en el enfoque de que Cristo no volverá al mundo, escuchad cómo lo dice el mismo Apóstol Pedro: «¿Dónde está la promesa de su presencia? Porque desde el día en que los padres durmieron —moriremos también nosotros— todas las cosas así se hacen desde el principio de la creación» (2 Pe 3:4). Vendrán otros y otros, y ellos morirán también; lo que ha sucedido en la generación pasada, en las anteriores generaciones… siempre pasaba y seguirá pasando. Veis cómo, con simples palabras, lo formula el Apóstol Pedro, teniendo delante de él cristianos que dudaban sobre la Segunda Parusía-Presencia de Cristo; por eso dijo el pasaje anterior.

Por tanto, todo el tema es de la siguiente manera: puesto que el cielo y la tierra se hicieron del agua y por el agua, y el agua fue la materia, el instrumento, podríamos decir, por el que Dios castigó entonces al mundo pecaminoso en tiempos de Noé, así también ahora Dios ha atesorado, ha sobreescondido y ha almacenado fuego dentro de la materia de la que se constituyen el cielo y la tierra; y con ese fuego otra vez inundará la creación para hacer desaparecer el mal y a los impíos.

Este es el argumento y la razón del Apóstol Pedro. Es decir, tenemos un acontecimiento anterior, que es el cataclismo de Noé. También tendremos un acontecimiento posterior: el cataclismo, no de agua, sino de fuego. Y como entonces hubo un acontecimiento, así también posteriormente tendremos un acontecimiento que es la catástrofe del todo por el fuego.

¡Estas son las cosas que nos dice el Apóstol Pedro! Pero permitidme tomar el texto detalladamente, porque contiene mucha riqueza.

Es notable la frase: «…ὅτι οὐρανοὶ ἦσαν ἔκπαλαι καὶ γῆ ἐξ ὕδατος καὶ δι᾿ ὕδατος συνεστῶσα τῷ τοῦ Θεοῦ Λόγῳ…», es decir: «que los cielos estaban desde el tiempo antiguo y la tierra que provino, salió del agua y por el agua subsiste y está asentada, y fueron hechos y asentados por el agua y por el Logos de Dios» (2 Pe 3,5).

Existe la siguiente interpretación de Ecumenio: «La tierra era de agua; el agua fue como la causa material de la que se hizo la tierra; el agua es lo que contiene, cohesiona y conjunta la tierra».

¿O sea?

Tal y como ahora interpreta Trémpelas: por el agua y el Logos se ha co-realizado y creado la creación de la tierra. Agua y Dios Logos hicieron la tierra.

¿Lo imagináis, queridos míos, qué verdad maravillosa existe en este punto? Observad:

Hace algún tiempo, en otro tema sobre el Génesis, decíamos que Dios hizo el cosmos-mundo por la luz. «Y dijo Dios: hágase la luz; y se hizo la luz» (Gen 1,3). Y decíamos que el principio del mundo se hizo por la energía; la luz es energía. Y hoy sabemos muy bien -porque lo hacemos también en los laboratorios- que de la energía se puede hacer materia y de la materia se puede hacer energía. Esto lo conocemos y tenemos también fórmula matemática y experimental del rendimiento, productividad y demostración.

Pero aquí, cuando el θεόπνευστος (zeópnefstos: inspirado de Dios) escritor dice que Dios creó la tierra por el agua, esto significa que el primer elemento de la materia que se hizo de la luz era el hidrógeno. Pero en su época el hidrógeno no era conocido, ni siquiera como nombre, porque no sabían que el agua se compone de dos gases, el oxígeno y el hidrógeno.

Y el agua es tan abundante dentro de la creación que diríamos que el hidrógeno, como material, es lo más abundante dentro de la creación, porque tenemos dos partes de hidrógeno y una de oxígeno para hacer el agua. Por tanto, cuando dice que la tierra se hizo «por y de agua», hoy en día, en el lenguaje actual, diríamos que los elementos materiales se hicieron por el hidrógeno que está contenido en el agua; y «de o por el agua» es una manera o forma de expresión. Los elementos materiales se hicieron del hidrógeno.

Pero el hidrógeno es el primer elemento que tenemos después del paso o traspaso de energía a materia, porque el hidrógeno es el cuerpo material más simple, que está constituido de un protón y un electrón. Es el más simple. Cuando, pues, dice «por el agua», significa que la creación, la ya creada creación material, así se hizo.

Decidme, ¿es o no es maravilloso esto?

Y, si queréis, en concreto os puedo decir también algo más. Un físico inglés llamado Prout dice literalmente: «Todos los elementos, es decir, los 92 elementos que existen dentro de la creación, son distintas condensaciones del hidrógeno». O sea, que son partes múltiples del hidrógeno. Esta teoría debe ser, de alguna manera, matizada, porque también intervienen otros factores. Pero no es el momento para desarrollar eso; no hace falta. Solo os digo que existe esta tesis.

Realmente, en el catálogo que hemos hecho nosotros, los hombres, sobre los elementos de la creación -que son 92-, el orden en serie en el que los hemos puesto es el orden del número específico, es decir, de cuántos protones contiene en su núcleo cada materia.

El hidrógeno tiene un protón; el helio tiene dos protones; el litio tiene tres protones; el berilio tiene cuatro protones; el boro cinco protones; el carbono seis protones; el nitrógeno siete protones; el oxígeno ocho protones; el flúor nueve; el neón diez, etcétera. Esto quiere decir que tantos protones tiene cada uno en su interior.

Esto significa que, si en un átomo de hidrógeno añadimos un protón, hemos creado el helio; si añadimos otro, hemos creado el litio. Por lo tanto, tenemos repetición del hidrógeno. ¡Es sorprendente y admirable!

Una cosa más, si queréis. Así se hace hoy en distintos laboratorios, cuando hacemos disoluciones químicas y las llamamos reacciones nucleares, etc. Solo una cosa os digo, muy a grosso modo, porque era y es muy conocido este sueño de la Edad Media, el sueño de los alquimistas: es decir, cómo haremos de los metales viles metales nobles, cómo haremos oro a partir del hierro. ¡Sueño! Y mezclaban ciencia y magia.

Hoy en día, pues, sabemos que el hierro tiene como número específico el veintiséis, es decir, tiene veintiséis protones en su núcleo. Sabemos también que el oro tiene en su núcleo setenta y nueve protones. ¡Si conseguimos introducir protones dentro del núcleo del hierro y completar hasta llegar al número setenta y nueve protones -cosa muy difícil-, entonces el hierro se convertirá en oro! ¡Pero esto es dificilísimo; hace falta más dinero del que haría falta para comprar el oro!

Así que diríamos que el mundo se ha hecho por la repetición del hidrógeno, a grosso modo, aunque no es una expresión del todo exacta. ¿Y el hidrógeno de dónde? De la luz. ¿Y la luz? «Dijo Dios: hágase la luz; y se hizo la luz» (Gen 1,3).

He aquí cómo se ha hecho la creación; he aquí cómo «los cielos y la tierra se han hecho por el agua». He aquí está el «por el agua», porque el agua contiene el hidrógeno, que no podía el Evangelio escribir «hidrógeno» -lo repito-, porque el hidrógeno entonces no era conocido.

Pero dice una cosa más: no dice solo «del agua», dice también «por el agua». ¿Qué quiere decir «por el agua»? «Del agua» quiere decir que empieza del hidrógeno; y «por el agua» quiere decir que multiplico el hidrógeno y hago los elementos que existen, que son nuestros conocidos noventa y dos elementos que componen nuestro conocido mundo material.

¿No os impresiona esto, amados míos? Volveré a poneros la frase del Apóstol Pedro: «…ὅτι οὐρανοὶ ἦσαν ἔκπαλαι καὶ γῆ ἐξ ὕδατος καὶ δι᾿ ὕδατος συνεστῶσα τῷ τοῦ Θεοῦ Λόγῳ…», es decir: «que los cielos estaban desde el tiempo antiguo y la tierra que provino salió del agua y por el agua subsiste y está asentada, y fueron hechos por el Logos de Dios» (2 Pe 3,5). Aquí dice: ἐξ ὕδατος καὶ δι᾿ ὕδατος, del agua y por el agua. ¿Qué significado tiene esta expresión?

Pero aquí pone también un tercer factor: «…συνεστῶσα τῷ τοῦ Θεοῦ Λόγῳ…», fueron hechos o constituidos por el Logos de Dios. Sí, porque estas cosas no se hacen al azar. ¡Se han hecho por el Logos de Dios! ¡Νούς Nus, Genio sabio, ha hecho todas estas cosas, ¡y este Nus es Dios! Porque dentro de esta sabiduría, sin duda, no podemos hablar de suerte.

Ahora, amados míos, escuchad y elogiad:

«οἱ δὲ νῦν οὐρανοὶ καὶ ἡ γῆ τῷ αὐτοῦ Λόγῳ τεθησαυρισμένοι εἰσὶ πυρὶ τηρούμενοι εἰς ἡμέραν κρίσεως καὶ ἀπωλείας τῶν ἀσεβῶν ἀνθρώπων». Es decir: «Pero los cielos y la tierra que existen ahora llevan atesorado dentro de ellos fuego que ha sido dado, atesorado por el Logos, y está guardado para el día del juicio y la perdición de los hombres impíos» (2 Pe 3,7).

Cuando dice «cielos», no son cielos espirituales; no es el espacio en el que está Dios o los ángeles. Aquí «cielos», para el Apóstol Pedro, son los cuerpos materiales celestes: son las estrellas, las galaxias, son las incontables estrellas del cielo; por eso pone en plural «los cielos», y significa el universo. Así que los cielos también tienen materia. Claro, esto hoy ya lo sabemos.

Cuando fuimos a la luna, hemos tomado un poco de tierra de ella y la hemos traído aquí, a la tierra. Ya lo sabemos: todo el universo es material. Dice, pues, que los cielos y la tierra, por el Logos de Dios, han sido atesorados; es decir, han almacenado en sí mismos “fuego”. Es decir, que la materia esconde en su interior fuego.

Cierto que esto no es difícil que lo veáis. En principio, ¿no sacamos el fuego de la materia? Todas las plantas, ¿no contienen en su interior el sol? Sí, contienen el sol. ¿Por qué las maderas se queman? Porque, cuando la planta crecía, tomaba energía. Hacía fotosíntesis; tomaba la energía, el rayo solar, la luz, y la hacía materia. ¡Terrible y admirable! La planta tomaba la radiación solar, la luz, la energía, y la utilizaba para crear materia orgánica, la madera. Y nosotros, después, tomaremos la madera -¡sabiduría-sofía de Dios!- y la pondremos en nuestra chimenea para sacar aquello que ha tomado del sol. Es decir, que ha tomado fuego, luz, energía.

Tomad un hierro y golpeadlo con otro: sacará chispa. Pero no es esta la chispa, cuidado. Que la materia del universo contiene fuego, hoy lo sabemos. No es simplemente este fuego visible, sino que es la energía nuclear, la cual es cierto que no se libera fácilmente; es difícil que nosotros podamos hacer esto. Esto es obra de Dios. Pero, sobre todo, lo que tiene importancia es que el mundo material, es decir, la materia, tiene en su interior la llamada energía nuclear.

Este pasaje, escuchad cómo lo interpreta Trémpelas: «Los cielos y la tierra traen, llevan tesoros de fuego; se ha almacenado fuego en los cielos y la tierra». Veis que insisto: no utilizo interpretaciones mías, sino de intérpretes reconocidos, porque uno puede decir que interpreto equivocadamente.

Por tanto, el Apóstol Pedro, ni más ni menos, nos quiere decir que el universo se inflamará entero por la energía nuclear. ¿Lo captáis, lo entendéis esto?

Sobre esto vamos a ver lo que escribe Isaías 34,4:

«Se fundirán todas las dinamis (fuerzas, energías, potencias) de los cielos, y el cielo se enrollará y se doblará como un libro, y caerán todas las estrellas, como caen las hojas de la parra y como caen las hojas de la higuera».

San Nicodemo el Hagiorita tiene el siguiente ejemplo: «Igual que cuando tomas una hoja de papel y la quemas, entonces se contrae y hace ruido —lo veremos sobre el ruido— y también cambia de forma, esto es lo que sufrirá el cielo; y dice que se doblará como libro y todas las estrellas caerán como en otoño las hojas de los árboles».

Pero cuidado: este fuego, entonces, es creado, no increado. Es el que está contenido dentro de la materia; por lo tanto, fuego creado, luz creada, energía creada. Ahora bien, este fuego que está dentro de las estrellas, en la tierra, esto lo sabemos ahora por la ciencia; y san Nicodemo el Hagiorita lo dice, doscientos cincuenta años atrás, de la siguiente manera:

«La naturaleza del fuego y la energía que se encuentra atesorada, almacenada en el cielo o en el éter del cielo, y la que se encuentra en los senos de la tierra, tendrá que reunificarse, concentrarse toda en un lugar por la pantocrática, todopoderosa y omnipotente voluntad de Dios. De esta recolección se ha de hacer aquel río legendario del cual dijo Daniel: “Un río de fuego salía delante del trono del Juez-Cristo”. Todo este cosmos-mundo material, y todo el mega, enorme volumen y masa del todo, difícil de imaginar, se ha de hacer como un horno candente… un horno candente miríadas y millares de veces ardiendo…, dentro del cual han de estar quemándose cielos, elementos, plantas, animales irracionales y hombres pecadores, todos quemándose».

Es decir, esto que ahora tememos -un enfrentamiento nuclear que se puede producir sobre la tierra, si chocan las llamadas «Grandes Potencias mundiales»-, sí, eso pasará alguna vez. Pero se hará no por guerra de los hombres entre ellos, sino que se hará dentro de la creación, cuando Cristo vuelva.

Provoca admiración y sorpresa, amados míos, la opinión de san Gregorio Palamás. Naturalmente, san Nicodemo el Aghiorita, al escribir estas cosas, no sé si tenía plena conciencia e información, tanta como la que podemos tener nosotros hoy en día con los datos de la ciencia. Por eso me sorprendió mucho la opinión de san Gregorio Palamás a la que se refiere san Nicodemo (porque se refiere a los cuatro elementos de la creación, que un poquito más abajo os diré), que nuestro fuego conocido -este fuego que tenemos- será consumido por aquel fuego fino, que no es más que la energía nuclear del universo, tal como la llamamos hoy en día.

Y comenta el siguiente ejemplo: «¡Tal como este fuego come, consume las maderas, y este fuego conocido nuestro, el que quemamos, es muy fino en relación con las maderas; así también el fuego aquel que saldrá de dentro de la materia consumirá, ¡comerá también este fuego que utilizamos! Y es tan grueso este fuego en relación con el fuego que está en la materia, como si fueran maderas gruesas».

¡Esto es asombroso, maravilloso! Porque uno ve que la energía nuclear realmente es incomparablemente superior al fuego que nosotros producimos poniendo maderas a quemar, carbón, etc., para cocinar nuestra comida. ¡Es asombroso! Yo esto lo considero muy importante de la manera que lo formula san Gregorio Palamás.

Aún más, el Apóstol Pedro dice que: «…los cielos pasarán con gran estruendo, ruido…» (2 Pe 3,10). Pues, pasarán de la corrupción a la incorrupción por y con un estruendo fuerte.

¿Qué será este ruido? ¡Es difícil para uno observar y captar estas cosas! Sabemos y decimos que las explosiones del sol son terribles; se hacen y se seguirán haciendo mientras exista el sol. Pero estas explosiones no llegan aquí a la tierra, porque no hay un medio que transporte y transmita el sonido, ya que no existe atmósfera suficiente. La atmósfera está solo a unos cuantos kilómetros por encima de nosotros, más o menos 500 km, pero después se va afinando y afinando, quedando muy fina, y naturalmente no puede hacer portadora del sonido. Por eso no oímos al sol cuando tiene sus explosiones.

¡Pero aquí dice que los cielos producirán este cambio suyo con y por estruendo, con terrible ruido! Aquí otra vez nos vemos obligados a recordar la explosión nuclear. ¿Cuándo cae una bomba nuclear, qué explosión y ruido hace?

Y continúa el Apóstol Pedro: «…y los elementos ardiendo serán desechos, disueltos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas» (2 Pe 3,10). ¿Cuáles son estos elementos que serán quemados?

Según san Nicodemo el Aghiorita, son los cuatro elementos conocidos que componen el cosmos-mundo: el agua, el fuego, el aire y la tierra. Pero según otra opinión más posible, son los cuerpos celestes, es decir, el sol, la luna y las estrellas. Esta apreciación está sostenida y seguida inmediatamente por el texto que dice: «…elementos y tierra…». Por consiguiente, la tierra no es «los elementos», sino «elementos y tierra».

Y realmente, escribe Isaías: «y se disolverán todas las dinamis (fuerzas, potencias y energías)) de los cielos». Y Cristo, ¿qué dice? «…se removerán todas las dinamis de los cielos».

Las δυνάμεις dinamis no son los ángeles, sino los cuerpos celestes. Es decir, significa que no son los cuatro elementos que os he dicho, sino que es el universo que realmente se inflamará, se encenderá. O sea, que todas las estrellas se encenderán, todo se encenderá.

Es digno de destacar que se utilizó el verbo «λυθήσονται (lizísonte)», se disolverán, se desatarán. Todos los elementos se quemarán, se disolverán y se desatarán.

Homilía 85. Pero esto, lo «λυθήσονται (lizísonte) disolverán, desatarán», concierne a los cuerpos celestes o a estos elementos que existen aquí encima de la tierra, nuestros conocidos noventa y dos elementos, no aquellos elementos efímeros y fugaces de laboratorio. Parece ser que serán abrasados, es decir, cambiarán de composición y se harán otra cosa.

Y qué más es esto, no lo conocemos. El Apóstol Pablo dice que las cosas que Dios ha preparado: «cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman» (1 Cor 2,9). Es decir, estos no fueron objetos de deseo, porque exactamente no han podido permanecer y pasar dentro de la percepción del hombre, ya que son secretos increados, inexplicables, inefables e indecibles, y como tales no es posible que sean captados y comprendidos. «Oí, logos (dichos) secretos indecibles e inexplicables», dice el Apóstol Pablo. Pero todas estas «son las cosas que Dios ha preparado para aquellos que le aman» (1 Cor 2,9).

Pero la frase de que todas aquellas cosas que están sobre la tierra se quemarán podría entenderse como referida a las obras de la phýsis (naturaleza), de la ciencia, del arte, de la tecnología y, en general, de la civilización y de la cultura. Todas estas serán quemadas.

¿De verdad hemos pensado alguna vez que lo que existe sobre la faz de la tierra pasará, se irá, se quemará y no quedará nada?

Sin duda es admirable el esfuerzo del hombre que, con su ciencia, busca descubrir tantas cosas sobre la tierra. Por ejemplo, tomad el tema de la arqueología o de la paleontología. En las profundidades de la tierra encontramos el pasado, sea como naturaleza -plantas y animales que vivieron alguna vez- o como civilización. Excavamos y lo descubrimos. La ciencia paleontológica y el azadón arqueológico traen estas cosas a la luz pública.

No sé si alguna vez habéis ido a algún museo para ver los hallazgos de la paleontología, o para contemplar la admirable riqueza mineral de la tierra, o incluso las primeras obras de la civilización humana, como las cuevas de España y de Francia, donde encontramos pinturas realizadas por los primeros hombres primitivos.

Todas estas cosas son admirables y no son vanas. Por la ciencia podemos conocer nuestra historia y prehistoria, y podríamos acercarnos más a Dios. Si la investigación realmente nos ayuda a hacernos personas más espirituales -en el sentido fino y profundo de la palabra, es decir, a poseer el Espíritu Santo— entonces no es vana la ciencia, ni el arte, ni la cultura.

Pero si estas cosas alejan al hombre de Dios, entonces pueden convertirse en un argumento, tentativa o un instrumento para pisotear y apedrear a Dios.

Por ejemplo, cuando constantemente se susurra en nuestras escuelas contemporáneas la teoría del desarrollo o de la evolución, presentada de tal manera que los alumnos se alejan de la enseñanza del Evangelio -que afirma que el hombre es creación de Dios- y aceptan que el hombre es obra del azar o de un simple proceso evolutivo o del mono que el mono demonio ha metido en la mente de algunos, ¿no creéis que esto dificulta al hombre el encuentro con Dios?

De todos modos, sea lo que sea, todas estas cosas un día se quemarán, se disolverán; no quedará nada. Constituyen una forma, un esquema de este mundo. Podemos alabar a un artista o a un científico porque ha alcanzado altas cumbres del conocimiento y ha ofrecido grandes servicios; pero eso también es una forma pasajera. Solo permanecerán su fe y su amor (agapi). Solo eso quedará.

Si yo, o cualquiera, como investigador, por ejemplo microbiólogo, ha descubierto un microbio y ha contribuido a combatir una enfermedad, y lo ha hecho para la gloria de Dios y por amor al prójimo, eso permanecerá. Es exactamente lo que dice el Señor en el Evangelio según Marcos: «Os aseguro que un vaso de agua dado en mi nombre, no está perdida, tendréis vuestro salario, o recompensa» (Mc 9,41).

Es decir, si la ciencia, el arte y la cultura se unen a Cristo, se dignifican. Si no se unen a Cristo, se desdignifican. Repito: como son formas del siglo presente, no suframos ni nos aflijamos, amados míos, si no hemos conseguido algo.

Permitidme deciros, por amor; no presionéis exageradamente a vuestros hijos si alguna vez no han conseguido entrar en una escuela superior. No se acaba el mundo por eso. No pasarán hambre. No viven solo los que terminan grandes universidades. Hemos convertido en ídolos la ciencia y el arte -en general, las llamadas “bellas artes”- y creemos que solo así nuestros hijos progresarán; que solo así se realizarán, tendrán valor y podrán vivir, si conseguimos que alcancen esas cimas. Eso es arrogancia.

Os lo ruego mucho: tened cuidado con esto.

¿Sabéis cuál puede ser el resultado de presionar a vuestros hijos para que consigan, como sea, aquello que quizá vosotros no conseguisteis, o aquello que, por orgullo, queréis que logren a toda costa? Puede ser que vuestro hijo enferme. Puede ser que se rompa por dentro. Puede ser que su sistema nervioso se derrumbe. Y entonces, ¿qué hacemos?

Seamos sencillos. El valor de estos temas es orientarnos espiritualmente: saber quiénes somos, dónde vivimos, qué será de nosotros y qué será de todas estas cosas que nos rodean. Entonces comprenderemos que todo lo que vivimos aquí tiene un valor relativo. Valor absoluto solo tiene el hombre, porque está llamado a permanecer en la eternidad. Todo lo demás cambiará de forma, de estructura, de “esquema”. Cambiarán las civilizaciones, las culturas, las ciencias, los sistemas políticos, las tecnologías. Cambiará incluso la configuración del universo. Pero el hombre —como persona— no será sustituido por otra cosa ni disuelto en la nada. Permanecerá y será el mismo.

Escribe san Nicodemo el Aghiorita que san Teofilacto de Bulgaria decía que no solo los cristianos creen en la corrupción o corrosión de todo por el fuego, sino también algunos filósofos helenos.

Cierto que sabemos que la ciencia contemporánea cree en la llamada muerte térmica del universo, a pesar de que no se trata de una catástrofe por fuego, sino de la caída de toda energía superior a energía térmica, como sabéis, hasta alcanzar un mismo nivel. Por lo tanto, tendríamos una “inmovilidad” del universo, es decir, una muerte del universo, la llamada “muerte térmica del universo”.

Por supuesto, no se trata de una agitación o perturbación del universo en el sentido de que este fuego saldrá, como energía, de dentro de la materia y cambiará el universo; no es lo mismo esto. Pero podemos decir que también nuestra ciencia nos habla de un cambio de las cosas. Nos habla de una muerte del universo en ese sentido, no con el significado de regeneración o renovación.

Pero quizá esto que decían los antiguos helenos fuese el fuego de los filósofos estoicos, que tenían la concepción de una catástrofe periódica y un renacimiento del universo; es decir, en una eternidad cíclica, diríamos. Decían que el universo, en algún momento, arde, se renueva y empieza otra vez la vida y las obras de los hombres, etcétera; pero, después de algún tiempo, vuelve a arder, y entonces tenemos un envejecimiento y una renovación.

Quizá esto quería decir san Nicodemo cuando se refiere a Teofilacto, que decía que los helenos, además de la Santa Escritura, se referían a una renovación del universo por fuego.

¿En qué tiempo se hará esta combustión del universo y cuál será su duración? ¿Cuánto tiempo durará?

Sobre el tiempo de la combustión, contestaríamos que el Señor lo conoce; nosotros no sabemos nada. Pero lo que sí conocemos es que la Santa Escritura nos informa que esta catástrofe y recreación o renovación del universo coincide con la Segunda Parusía-Presencia de Cristo, la cual será de repente, «como el ladrón en la noche» (1 Tes 5,2). Esto, en particular y repetidamente, se recalca en la Santa Escritura. Es decir, en otras palabras: la recreación del universo, la destrucción del universo por el fuego y su renovación no coincide con las previsiones científicas.

Para que tengáis una imagen muy sencilla, os digo lo siguiente: el sol, según las mediciones, puede vivir todavía algunos miles de millones de años. Nuestro sol, este que alimenta su sistema planetario, entre cuyos planetas estamos también nosotros, la tierra, después empezará a perder energía en tal grado que no podrá retener los planetas que giran a su alrededor. La edad de nuestro sol se calcula en casi cinco mil millones de años, y por lo tanto tendría que vivir otros tantos años más o menos. Esto como previsión científica.

No quiere decir que esta destrucción y renovación del universo vaya a suceder, digamos, en nuestro barrio cósmico, por causa de nuestro sol, dentro de cinco mil millones de años. Quiero que entendáis que las cosas que estamos diciendo no tienen ninguna relación con las previsiones y los cálculos científicos.

Todas estas cosas acontecerán con la Segunda Parusía-Presencia de Cristo, la cual no está delimitada por previsiones científicas.

¿Pero qué valor tiene una previsión?

La previsión tiene el siguiente valor: que el universo, igual que nuestro sistema solar, puede potencialmente morir; y no podemos hablar de una eternidad de la materia y de la energía en la forma en que las conocemos.

Y así, el materialismo -aunque no solo en este punto, pues son muchísimas las cosas que podrían decirse-, el materialismo en su base está superado, es obsoleto. El materialismo que en el siglo pasado (la homilía es de 1982) estaba en su cenit, ahora solo conserva algunos reflejos. Hoy en día está en bancarrota.

La verdadera ciencia no se apoya en el materialismo. Otra cosa es si la ciencia sirve a propósitos, finalidades e intenciones políticas. Si sirve a intencionalidades ideológicas es otra cuestión; pero la verdadera ciencia no puede permanecer en el materialismo, lo repito una vez más, porque el materialismo está ya caducado.

El Apóstol Pablo, en la primera epístola a los Corintios, nos dice: « He aquí, os revelo un misterio nuevo y desconocido: “No todos dormiremos o moriremos, pero todos seremos transformados, cambiados y en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, (al final del último toque de trompeta); porque se tocará la trompeta (por el ángel), y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos metamorfoseados, transformados (es decir, todos muertos resucitados y vivos transformados tendremos el mismo cuerpo espiritual incorruptible)» (1 Cor 15,51-52).

Nos informa que la resurrección de los muertos, el cambio de vivos y muertos de la corrupción a la incorrupción, la ascensión de los justos y, a continuación, la combustión del universo, será instantánea, en tiempo átomo-indivisible, en tiempo cero.

Para darnos una imagen de que estas cosas se harán en tiempo cero, utiliza una formulación teórica y una imagen visible, práctica, y dice que sucederán «ἐν ἀτόμῳ (en átomo)», es decir, en un instante indivisible. Así como hablamos de una parte pequeñísima de materia indivisible, así también podemos hablar de un espacio indivisible de tiempo. Y dice el Apóstol Pablo: «ἐν ἀτόμῳ en atomo», que es indivisible.

Es decir, que la metábole (alteración, transformación) se hará en un tiempo que no puede dividirse más. En este caso diríamos que un segundo sería un tiempo grande; incluso milésimas de milésimas de segundo serían grandes en comparación. El tiempo será ínfimo.

Para que pudiera comprenderse su expresión «ἐν ἀτόμῳ», tanto si hablase del tiempo como si hablase de la materia, añadió inmediatamente: «en un abrir y cerrar de ojos».

Sobre la materia habló el filósofo Demócrito. La palabra átomo, en lo que respecta a la fisis (naturaleza), pertenece a Demócrito. Diríamos que ni el mismo Demócrito podría captar qué es el átomo, cuán pequeño es, tal como hoy lo sabemos.

¿Cómo, pues, podía representarse eso con una imagen visible para que Pablo fuese entendido? Simplemente, después de la palabra «átomo», añade «en un abrir y cerrar de ojos».

Naturalmente, el abrir y cerrar de los ojos no es tan breve como parece. Sabéis que puede equivaler aproximadamente a una fracción del segundo; en relación con lo que se quiere expresar, es todavía un tiempo grande. Pero no tenía otra imagen más accesible, y por eso dijo «en un abrir y cerrar de ojos».

Es decir, tal como abrimos y cerramos los ojos y no perdemos la imagen que vemos. Mientras yo os hablo, sin duda abro y cierro los ojos, igual que vosotros; ni yo pierdo vuestra imagen ni vosotros la mía. El gesto es rapidísimo. Sin embargo, no es tan rápido como parece; es la impresión que tenemos.

Conclusión, amados míos: en tiempo cero se harán todas estas cosas. ¡Es asombroso, maravilloso!

Hay una opinión científica -no sé si la habéis leído- según la cual el universo surgió en tiempo cero: pasó del no ser al ser y estar en un instante, aunque su desarrollo y transformación se hayan extendido a lo largo de un largo tiempo. Si esto que dice la ciencia fuese verdad, entonces también su transformación final podría realizarse en tiempo cero.

Pero este cambio está depositado en la Santa Escritura no como teoría científica, sino como verdad apocalíptica, revelada por el mismo Cristo. Lo dijo el Apóstol Pablo: «en logos del Señor» (1 Tes 4,15). “Tengo que apocaliptarles-revelarles algo… pero es un misterio; en logos del Señor”, es decir, que esto lo dijo Cristo, es logos del Señor.

A continuación, el Evangelista Juan, en su visión de la desaparición del cielo y de la tierra y de la aparición del cielo nuevo y de la tierra nueva -es decir, el mismo universo que pasa de la corrupción a la incorrupción- señala y dice: «…y el mar ya no existía más» (Ap 21,1).

Es decir, el sagrado Evangelista no ve mar en la tierra nueva.

Ya hemos mencionado lo que escribe san Nicodemo el Aghiorita, comentando a Mitrofanes, a Teofilacto y a Ecumenio: que el mar ya no existirá porque no será necesario para el hombre ni para las condiciones de la nueva creación.

Pero el mar es también símbolo. Primero, apunta al estado caótico y desordenado de la creación; después, como símbolo, el mar significa las naciones de las cuales surge la Bestia, el Anticristo, creo que os recordáis cuando hablamos sobre esto que “la bestia resurgió, salió del mar” (Apoc 13,1), es decir, de las naciones.  El mar, pues, simboliza dos cosas: el desorden del universo, porque dice que el universo estaba desordenado, no formado; y el segundo es que tenemos un modo de resurgimiento del mal, de proyección del mal, el ámbito del que emerge el mal.

Ahora bien, siempre como símbolo -lo repito-, la desaparición del mar en la nueva creación significa también la desaparición del mal, del pecado, de la acción diabólica y del desorden. Todas estas cosas ya no existirán.

Es lo que escribe el Apóstol Pedro en el mismo pasaje que os he leído: «Pero nosotros esperamos, según su promesa, cielos nuevos y tierra nueva, en los que habita la justicia» (2 Pe 3,13). Ya no habrá miedo de resurgimiento del Anticristo, ni desorden ni caos en el cielo nuevo y en la tierra nueva. Allí estará el reinado de la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios.

Muchos, por la aparente lentitud con que se realizan estas cosas, piensan que no se harán. Tanto por la magnitud de las cosas que en nuestro cerebro no llega a caber, como también tardan, algunos piensan y creen que no se harán.

Pero este fenómeno no es nuevo; es antiguo. Por eso el Apóstol Pedro, en su segunda epístola, responde a quienes dicen que el Señor tarda. Les contesta:

Primero: «no se retrasa el Señor en el cumplimiento de su promesa, como algunos creen; porque usa la paciencia, la tolerancia y la magnanimidad para con vosotros, no queriendo que nadie perezca, sino que todos por la metania se conviertan» (cf. 2 Pe 3,9).

Segundo: porque quiere que se complete el número de los santos, de aquellos que participarán en la Βασιλεία Vasilía reinado de la Realeza increada de Dios.

Como sabéis, en la Divina Liturgia, cuando concluye la santificación de los divinos Dones, decimos: «En cumplimiento de tu Βασιλεία Vasilía, Señor, celebramos este Misterio». Es decir, cuando se complete la Βασιλεία Vasilía de Dios en los santos (cristianos), cuyo número solo Dios conoce, entonces vendrá Cristo y tendrá lugar Su Segunda Parusía-Presencia.

Cerrando, amados míos, el capítulo de la παλιγγενεσία palingenesia regeneración, recreación y renovación del universo, lo concluimos con aquellos admirables logos del Apóstol Pedro. Os los leo sin analizarlos:

«Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas y fundidas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando sin miedo y apresurándoos con esperanza y alegría para la venida/ presencia del día de Dios… Así que vosotros, oh amados míos, sabiéndolo de antemano, vivid en nipsis alerta y vigilancia, no sea que enseñados y arrastrados de falsos profetas y maestros caigáis de vuestra fe de la verdad cristiana. Antes bien, creced en gracia (increada) y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesús Cristo. A Él sea la gloria ahora y hasta el día de la eternidad» (2 Pe 3,11-18).

Es decir, como veis y entendéis, nuestro comportamiento debe cambiar, para que no seamos engañados pensando que no existe nada más allá, y no caigamos de nuestro fundamento o sostén, que es el Cristo. Debemos esperar todas estas cosas que el Señor nos ha anunciado. Amén.

Yérontas Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo

Copyright: Monasterio Komnineon de la «Dormición de la Theotokos» y «San Demetrio», 40007 Stomion, Larisa.
Teléfono y fax: 0030 24950 91220
Traducción: Χρῆστος Χρυσούλας (Jristos Jrisulas), 28/6/2020 logosortodoxo.es/

 

Génesis: la caída del hombre

 

Génesis: la caída del hombre

Ioanis Romanidis e Ierotheo Vlajos

 

Repasada traducción 19/02/2026

DOGMÁTICA EMPÍRICA ΤΟΜΟ II DE LA IGLESIA CATÓLICA ORTODOXA
Capítulo C: La caída del hombre

C.1. La vida de los primeros en ser creados antes de la caída
C.2. El pecado ancestral
C.3. Consecuencias de la caída
C.4. La herencia del pecado
C.5. Antiguo y Nuevo Adán
(Entre comillas «» por Ioanis Romanidis y sin comillas por Ierotheo Vlajos)

La caída del hombre

En el capítulo anterior hemos visto analíticamente cómo fue creado el hombre y la creación, cómo funcionaban la psique-alma y el cuerpo del hombre, y quién es el hombre fisiológico después de su creación.

El θεόπτης (zeoptis: divino-visionario, vidente) Moisés, en el libro del Génesis, no describe sólo lo relativo a la creación del cosmos-mundo, sino también los acontecimientos de la caída del hombre y las consecuencias de la caída para toda la creación. La creación no tenía la libertad de caer en la corrupción, pero fue arrastrada por el hombre caído. Dado que el hombre está constituido también del mundo sensible o físico, esto conlleva que ha transmitido las consecuencias a toda la creación.

Antes de la caída, el nus del hombre tenía κοινωνία (kinonía: conexión, participación y comunión) con Dios y los ángeles; veía la doxa-gloria increada, la luz increada de Dios, y dentro de esta perspectiva se metamorfoseaban todas las energías de la psique-alma y del cuerpo. Todo tenía un curso, dirección y movimiento hacia Dios. Pero después de la caída estos datos y elementos se invirtieron, ya que el νούς (nus: espíritu del corazón de la psique) oscurecido no dirigía las energías de la psique-alma y del cuerpo, y la luz increada no resplandecía en la creación.

A continuación, veremos qué sucedió después de la caída del hombre.

C.1. La vida de los primeros en ser creados antes de la caída

Tanto la situación o estado de los Primeros en ser creados antes de la caída como después de esta están descritos en el libro del Génesis por el θεόπτης (zeoptis: divino-visionario, vidente) Moisés. Él mismo adquirió “ojo espiritual”, vio al Ὁ Ὤν (el Ser o Existente) y conoció en el Espíritu todos los acontecimientos. A continuación, los describió con logos y conceptos creados.

Pero también, antes que Moisés, esporádicamente son descritas situaciones similares por los Profetas y los Padres de antes de la Ley. Y aquellos adquirieron conocimiento (gnosis) personal de estos acontecimientos.

Lo mismo hacen también los Padres a través de los siglos. Leen los acontecimientos de la creación del hombre y de la caída en el libro del Génesis, pero los interpretan dentro de su experiencia personal. En otras palabras, con la experiencia personal que adquirieron, interpretan tanto al hombre antes de la caída como también al hombre después de la caída.

Sobre cómo era Adán antes de la caída existen dos tradiciones, la alejandrina y la antioquena. Ambos aspectos están descritos en la obra de san Juan Damasceno.

«Hay una historia sobre la creación del hombre en el Génesis. Existe una interpretación o hermenéutica patrística de este capítulo de la creación, de la caída, etc.

En la teología patrística existen dos interpretaciones o hermenéuticas de la caída. Una predomina en Antioquía, y es que el hombre, cuando fue constituido por Dios, fue puesto en estado de iluminación y cayó de la iluminación. En Capadocia, Alejandría y en otras partes de la antigua Iglesia existe la tradición de que el hombre se encontraba en estado de zéosis o glorificación. Y en otras tradiciones existe una combinación de estas dos.»

«Algunos Padres de la Iglesia creen que el nus de los Primeros en ser creados estaba en zeoptía (divina visión de la luz increada). Esta tradición es de la escuela alejandrina y es muy fuerte. Pero en la teología antioquena había la memoria de Dios, de vez en cuando con la zeoptía, pero principalmente con la memoria y con la propia experiencia de la ascesis, y que existen estos dos estadios en la θεωρία (zeoría: contemplación espiritual). Un estadio es la iluminación, que es la oración incesante, y el otro es el resplandor, la visión, la expectación, la continua visión que es la zeoptía, que es la θέωσις zéosis o glorificatió en latín.»

«San Juan Damasceno nos describe los dos puntos de vista y consideraciones, y no está a favor de ninguna tesis o posición sobre el tema; deja al lector que escoja lo que quiera».

«He publicado un estudio en el que estoy haciendo una descripción de san Juan Damasceno. San Juan Damasceno describe a los Primeros en ser creados de dos maneras: en un caso tienen noerá oración del corazón y, en el otro, tienen la zéosis. Ahora bien, si tenían la zéosis o la noerá oración del corazón, es decir, si el νούς nus de ellos tenía la memoria de Dios o el nus veía a Dios, son dos tradiciones. Cuál es la correcta no lo sabemos».

Los Padres de la Iglesia, interpretando el libro del Génesis, «no se ocupan de Adán como Adán, sino del nus de Adán, el cual Adán se ha enfermado porque se oscureció su nus». Por eso no se describen analíticamente varios acontecimientos de la vida de los Primeros en ser creados antes de la caída. A los Padres les interesa lo que pasó después de la caída. En realidad, se recalca el estado o situación del nus antes de la caída y su estado después, ya que básicamente el hombre fue creado para la θέωσις zéosis.

«Esencialmente los santos Padres no se interesaban por los Primeros en ser creados exactamente en cuándo fueron creados, cómo fueron constituidos y en qué estado se encontraban, etc. Pero, ¿qué hacían? Tomaban la experiencia presente de la θέωσις zéosis y, a base de ella, hacían interpretación del Antiguo Testamento. Conocían esta experiencia de la iluminación de los Profetas y del Nuevo Testamento, pero principalmente de su propia experiencia, porque tenían Padre o Guía espiritual en estado de iluminación, el cual, en efecto, de vez en cuando se encontraba en estado de zéosis. Éste, por su propia experiencia, tenía hijos espirituales y los conducía a partir de los Profetas del Antiguo Testamento y de los Apóstoles, y hacían interpretación o hermenéutica correcta de la Santa Escritura».

Los Padres de la Iglesia interpretaban las cosas sobre la creación de Adán y Eva y sus vidas en el Paraíso antes de la caída desde la experiencia de la zéosis (zeótica) o de la visión, contemplación divina de la luz increada, experiencia que tenían ellos mismos o que, de modo semejante, habían visto en los Padres divinizados o glorificados. Es decir, cuando veían santos que se habían renovado, restaurado espiritualmente y tenían las experiencias de la iluminación y de la zéosis o glorificación, decían que así, más o menos, vivían los Primeros en ser creados en el Paraíso. La expresión «vivían más o menos» muestra que ahora, con la encarnación de Cristo y la zéosis de la naturaleza humana en la hipóstasis del Logos, fue dada al hombre la facultad de unirse con Cristo y, por lo tanto, su zéosis sea más fuerte y potente, y el divinizado o glorificado viva un estado superior a aquel que vivían Adán y Eva en el Paraíso.

«Así que los Padres toman al divinizado o glorificado y al iluminado, o al que tiene θεωρία (zeoría: contemplación divina), tal y como están ahora, y proyectan al actual hombre espiritual a la época de Adán y Eva. Es decir, los Padres toman el estado espiritual actual de zeoría, que es la noerá oración del corazón y la zéosis, y dijeron que éste es el hombre, ésta es la situación caída del hombre y ésta es la situación resucitada del hombre. Por lo tanto, cuando teologizan sobre Adán y Eva, simplemente teologizan desde este punto de vista y aspecto.

Si Adán y Eva tenían oración noerá o la zéosis, es decir, si tenían θεωπτία (zeoptía: visión divina) y oración noerá, puede ser que fuera lo uno o lo otro. De todas formas, estaban en estado o situación de zeoría contemplación espiritual; no hay ninguna duda. Si la zeoría era la memoria incesante de Dios o era zeoptía-zéosis de otro tipo, esto es otro tema».

También se debe apuntar que los Padres de la Iglesia analizaron el estado espiritual de los Primeros en ser creados dentro de la perspectiva de la renovación o reestructuración del hombre, es decir, de la terapia, y no por una disposición de curiosidad científica o espiritual.

«Decimos cómo eran los Primeros en ser creados, y estaban con la oración noerá o con la zéosis-zeoptía. Si estaban exactamente en noerá oración o en zéosis, eso es indiferente, no nos importa mucho. Aquello que tiene importancia es que el hombre así está y es psicoterapiado, sanado, curado. Y antes de enfermar, en su estado carismático, si estaba así o asá es indiferente. Pero el nus (espíritu del corazón la psique) es un fenómeno antropológico.

Tal y como tenemos células, corazón, arterias, etc., así además de éstos el hombre tiene este nus, el cual está oscurecido. Pero el nus no es un fenómeno teológico ni filosófico. Es un fenómeno antropológico, es un órgano, es una parte inseparable de la personalidad humana, igual que los ojos, los dientes, las orejas, la nariz, etc.».

C.2. El pecado ancestral u original

Existen muchos tropos, modos, formas y maneras para poder entender en qué consiste el pecado ancestral desde el punto de vista y la perspectiva patrística ortodoxa. A continuación, será recalcada la esencia del pecado ancestral. Se han formulado muchas opiniones y puntos de vista en relación con este tema, en el cual se ve la diferencia entre la teología ortodoxa y las demás Confesiones.

La esencia del pecado ancestral es mucho más profunda de lo que por costumbre se atribuye. En principio, los santos Padres enseñan, a partir de sus experiencias, que el hombre tiene dos tipos de memoria: la memoria de las células del cuerpo, que ayudan a su buen funcionamiento, y la memoria del corazón, en la cual se inscribe el nombre de Dios y se hace la noerá oración del corazón incesante.

«Hoy en día los científicos conocen que en el interior del hombre existen dos memorias. Existe la memoria celular, que se llama DNA, que es como una cinta de un radiocasete y opera la renovación de las células del hombre con desarrollos programados de la célula. Y como existe la memoria, las células saben lo que hacen, es decir, saben cómo multiplicarse, como un ordenador electrónico que realiza esta obra de la multiplicación de las células.

Aquí tenemos algo extraño, es decir, algo que se divide indivisiblemente (en individuales sin fraccionarse). Esta cosa es muy extraña, porque se parece al misterio de la presencia de Dios en el mundo que describen los Padres de la Iglesia, de que Dios se fracciona o se divide indivisiblemente en las fracciones o individualidades.

Esto lo hacen más o menos las células. Una célula se multiplica sin que ella misma pierda su identidad, porque cada vez que se multiplica cada célula es la célula entera, y son todos genes, todos lo mismo, etc. Y dentro de estas células existe el DNA, el cual planifica todo este desarrollo y multiplicación de las células, etc. Esto no se podría hacer por la célula si no fuera constituida con memoria. Hay un sistema mnemónico o memorial en su interior que garantiza el desarrollo correcto de todas las existencias biológicas del mundo, de todos los animales.

Además de esta memoria que tienen las células, tenemos también la memoria que tiene el cerebro, la memoria que existe en la materia gris que tiene el mundo animal y el hombre. Incluso el mundo físico tiene memoria.

Ahora bien, además de estas memorias que conoce la ciencia hoy en día, en la tradición ortodoxa hay también otra memoria, que es la memoria incesante de Dios, cuya sede está en el corazón del hombre, pero es un sistema memorial que ha cesado de funcionar a causa de la caída del hombre. Y cuando los Padres hablan de caída, dan a entender una terminación del sistema memorial que había en los Primeros en ser creados».

«La esencia del pecado ancestral es que Dios ha creado al hombre con dos centros en su personalidad. Un centro es el sistema neurológico. En la cabeza del sistema neurológico está el cerebro (enkéfalo, encéfalo), es decir, la sustancia gris que conecta con todo el sistema neurológico del hombre y dirige las relaciones del hombre hacia fuera de sí mismo. Después existe también el sistema celular del ser humano, que finalmente ahora sabemos, por los biólogos, que constituye todo un sistema entero, es decir, como un ordenador de la memoria celular».

Además de este centro de la personalidad humana, hay también otro centro cuya sede está en el corazón: es el centro espiritual de la personalidad humana. Así que la caída del hombre es el cese de su sistema memorial espiritual. Esto tuvo consecuencias éticas, pero también fue y es un problema ontológico.

«Muchos hoy en día consideran la caída como una caída moral; en cambio, cuando san Simeón el Nuevo Teólogo habla sobre la caída, no da a entender una caída moral, porque san Simeón el Nuevo Teólogo no tiene o no entiende de moral; él es asceta. Enseña la ascética y no la ética, y piensa ascéticamente y no moralmente. Entiende que los hombres no tienen noerá oración del corazón; esto es lo que da a entender».

Este finiquito o cese del sistema memorial del corazón, por los santos Padres se llama «oscurecimiento del como imagen», «oscurecimiento del nus», «nus imprudente». En todos los escritos patrísticos el tema de la caída es el hombre que tiene el nus oscurecido, entenebrecido. «El hombre caído es el que tiene el nus oscurecido; se acabó».

Simultáneamente, este nus caído es caracterizado o calificado como «in-energizado, inoperativo», es decir, ha dejado de funcionar fisiológicamente, tal y como fue creado por Dios.

Tal como se dijo anteriormente, los santos Padres estudiaban «la descripción histórica de la caída que refiere la Santa Escritura», pero interpretaban estos acontecimientos por medio de sus experiencias personales, ya que conocían qué es el nus iluminado.

«La iluminación del hombre es el residir del Espíritu Santo en el corazón del hombre; entonces el hombre se convierte en templo del Espíritu Santo, y el mismo Espíritu Santo (increado) de Dios energiza, opera (con la energía increada) en el nus (espíritu creado de la psique) del hombre y lo ilumina».

«Pero nosotros, ¿cómo sabemos que el nus de Adán fue oscurecido? Simplemente porque conocemos que nosotros mismos ahora tenemos el nus oscurecido».

Entonces, la experiencia del nus oscurecido y del iluminado condujo a los santos Padres a interpretar tanto la situación de antes de la caída como también la de la postcaída de Adán. Esto es importante e imprescindible recalcarlo, para que percibamos y entendamos que los santos Padres no hablaban filosóficamente, ni fantasiosamente o imaginativamente, sino empíricamente.

Después de esta explicación se debe localizar en qué consiste lo inoperativo y oscurecido del nus, es decir, investigar qué es el «nus in-energizado o inoperativo».

El nus del hombre, tal y como fue creado por Dios, debería moverse hacia Él, ser distinguido por el llamado «movimiento sobrenatural». Pero con la caída ha perdido este movimiento sobrenatural y se mueve «por el natural» y «el contranatural». Es decir, la energía del nus es defectuosa, y esto se manifiesta y se expresa en que el hombre se convierte y se hace φίλαυτος (fílaftos: ególatra, egocéntrico, excesivo amor a sí mismo y al cuerpo), gira hacia su cuerpo en vez de tener agapi incondicional, desinteresada; tiene agapi interesada, egocéntrica.

«En la situación o estado de caída existe el nus, y este nus está in-energizado o inoperativo, tiene energía mínima, embrionaria, y esto debe ponerse en funcionamiento».

Se dice nus in-energizado o inoperativo cuando el nus no funciona correctamente.

«La responsabilidad de la caída del nus está en nosotros, es decir, cuando el nus ha dejado de funcionar. Esta es la caída».

El funcionamiento no fisiológico del nus significa que no recibe la energía increada de la Luz increada de Dios; entonces el nus se oscurece y por eso hablamos de oscurecimiento del nus, que es la cualidad o atributo más característico de la caída. Nus oscurecido significa que la energía noerá del corazón del hombre no opera ni funciona correctamente. Y esto es el pecado. «Pecado es el oscurecimiento del nus, la oscuridad o tiniebla en el interior del corazón del hombre. Todos los Padres hablaron sobre el oscurecimiento del nus».

«Leed cualquier Padre que queráis; todos se refieren a los Primeros en ser creados y a los sucesores de ellos, que tienen el nus oscurecido, se ha oscurecido el nus de ellos. Lo decimos también en el Himno Acatisto. De todas formas, este nus oscurecido es la diagnosis, de que el nus se oscurece, y la terapia es la iluminación de este nus».

Los divinizados (glorificados, deificado), que alcanzaron la zéosis, interpretan el pecado como enfermedad.

«En la tradición de Agustín de los orientales francolatinos apareció el pecado de una forma moral; en cambio, en los Padres de la Iglesia el pecado tiene forma de enfermedad y aparece la eliminación del pecado en forma de psicoterapia, terapia o sanación. Por tanto, tenemos enfermedad y tenemos terapia. El pecado es enfermedad del hombre; no es una trastada o travesura del hombre, el cual no obedece a Dios como un subordinado, etc. Porque el pecado no es praxis y transgresión de los mandamientos de Dios, como se hace con las leyes del Estado, etc. Existen leyes; un transgresor de la ley debe ser castigado por la ley, etc. Agustín entendió el pecado de esta manera, es decir, que Dios ha dado mandamientos, el hombre ha transgredido el mandamiento de Dios y, analógicamente, fue castigado».

Los Padres conocen que con la caída el hombre se ha enfermado, ya que la enfermedad es el oscurecimiento y el mal funcionamiento del nus (espíritu de la psique). Por eso hablan de diagnosis y terapia.

«La diagnosis es que el hombre sufre de esta enfermedad que se llama pecado, que es el oscurecimiento del nus; este término “oscurecimiento del nus” uno lo encuentra muchas veces continuamente en los Padres. A donde quieras leer algo de cualquier Padre, todos hablan sobre el oscurecimiento del nus.

Por tanto, este oscurecimiento del nus es el diagnóstico. ¿Y la terapia qué es? Es la iluminación del nus. Tenemos oscurecimiento e iluminación; es la misma terminología. Oscuridad y luz: éste es todo el tema».

Como Dios es Luz increada y la falta de Luz crea oscuridad, por eso, cuando el nus no es iluminado por Dios, se oscurece, es decir, se entenebrece, se ennegrece.

«¿Qué es la diagnosis? Es que el corazón del hombre se ha oscurecido. Es decir, esto que llamamos nus en el lenguaje posterior de los Padres, este corazón se ha oscurecido y, a causa de la caída, ha perdido la memoria de Dios, etc., y debe volver la memoria o el recuerdo de Dios».

Existe una analogía entre el nus y la lente del telescopio. Cuando la lente del telescopio tiene problemas, no puede dejar pasar la luz dentro de él y el hombre no puede ver. Así también, cuando el nus del hombre se oscurece, el hombre no puede ver a Dios.

«Los ojos increados que tiene el hombre, es decir, la Jaris (energía increada, gracia) que habita en el nus, en el corazón del hombre, pues esta jaris increada se ha ennegrecido por las manchas en la lente que se llama nus. Y como en este telescopio la lente no está pulida ni abrillantada, por eso la luz no brilla mediante esta lente o no deja pasar la luz para que uno pueda utilizar el telescopio y ver correctamente las estrellas.

De modo semejante sucede con la lente que se llama nus o corazón del hombre, que se ha ennegrecido, y por eso el hombre no ve la divina Jaris, energía increada, o la βασιλεία (vasilía: realeza increada) de Dios que está en su interior. Y esto se llama ceguera. El hombre está ciego; fue creado para estar viendo a Dios, pero no le ve. Por lo tanto, desde este aspecto el hombre está ciego y no ve la Luz increada».

Cuando hablamos de oscurecimiento, ennegrecimiento del nus, no damos a entender el oscurecimiento de la lógica. En el capítulo anterior se ha hecho un discernimiento entre nus y logos (lógica); así que, con la caída de Adán, a la lógica no le ha pasado nada, sino al nus.

«El nus estaba en zeoptía, conexión y visión con la divina Luz increada, y se obscureció; no la lógica. Y el que tiene conocimiento de la ciencia moderna ve que el hombre, en su cerebro, funciona muy bien.

El hombre, mientras que puede ser muy inteligente según su lógica, se ve que, a causa de la caída de los Primeros en ser creados, no parece que haya sufrido algo, porque cuando los Padres dicen que se oscureció el nus, no dan a entender la lógica del hombre. Si el nus se identificara con la lógica, uno llegaría a la conclusión de que, si se había oscurecido el nus hace tres millones de años, cuando el hombre tenía la cabeza pequeña, con un volumen de setecientos centímetros cúbicos, mientras que ahora tiene mil cuatrocientos, pensaría que hemos comenzado con el nus obscurecido y ahora está mucho más iluminado de lo que estaba al principio.

Cuando los Padres dicen que el nus de los Primeros en ser creados se ha ennegrecido u obscurecido, no dan a entender el logos o la lógica del cerebro-mente, sino otra energía de la psique-alma que tiene como centro el corazón espiritual.

Uno puede ser una persona muy importante en las ciencias positivas, pero desde el punto de vista de la teología es analfabeto, porque su nus está ennegrecido u obscurecido. Su lógica está iluminada, pero en las ciencias positivas. Por lo tanto, a causa de la caída del hombre, a su lógica no le ha pasado nada. Aquello que sufrió daño es el nus del hombre; el nus se ha obscurecido o ennegrecido».

Los Padres conocen el oscurecimiento del nus incluso por sus propias experiencias, pero también por su experiencia pastoral cuando conducen y guían a sus hijos espirituales. Por lo tanto, desde este aspecto, los hombres se dividen en aquellos que tienen el nus obscurecido y en los que tienen el nus iluminado.

Junto con el oscurecimiento del nus, el pecado ancestral es también la confusión del nus con la lógica, los πάθος pazos y el ambiente. El nus, antes de la caída, se movía con ímpetu hacia Dios, libre de la energía de la lógica, de los pazos y del ambiente; pero cuando permaneció inoperativo e in-energizado se identificó con la lógica, los pazos y el ambiente. Esto caracteriza la caída.

«Después de la caída el nus está obscurecido. ¿Por qué? Porque está lleno de λογισμοί (loyismí: pensamientos simples o mezclados con la fantasía). ¿Cuándo sucede esto, o sea, oscurecerse el nus por los loyismí? Sucede cuando los loyismí de la διανια (diania: cerebro, mente, intelecto) bajan al corazón y se convierten en loyismí del nus. Es decir, existen loyismí que no deben estar allí, porque pertenecen al campo de la lógica-diania. El nus debe estar totalmente vacío de loyismí, de modo que pueda venir el Espíritu Santo a residir y permanecer en el interior del hombre.

La caída del hombre, desde el punto de vista patrístico, es la identificación de las energías del nus con las energías de la lógica (diania).

Cuando el nus se ha obscurecido, entonces el nus obscurecido, con su energía, se identifica con la lógica y los pazos».

Cuando la energía noerá no funciona correctamente, entonces es engañada, vaga por aquí y por allá y se ha fusionado con la lógica del hombre. Es decir, esta energía del nus la llamaron «energía noerá», y es el nus del hombre y no el logos del hombre.

El nus, en este estado, no trabaja, sino que se ha hecho cautivo de la lógica, es decir, de los loyismí; entonces no funciona de modo regular ni normal.

Por lo tanto, el pecado ancestral u original es el nus inoperativo o in-energizado, el oscurecimiento del nus y su identificación con la lógica, los pazos y el ambiente.

C.3. Consecuencias de la caída

Las consecuencias de la caída no son simplemente éticas, espirituales, psicológicas y sociales, sino antropológicas y ontológicas. Como el nus se distorsiona, por eso se cambian todas las fuerzas psíquicas del hombre. Cuando el nus, que dirige el mundo psíquico interior del hombre, se hace inoperativo o in-energizado y oscurecido, entonces se desorganiza también toda la composición psíquica del hombre. Entonces el hombre se convierte en enemigo de Dios. El apóstol Santiago habla sobre los enemigos de Dios: «¡Oh psiques-almas adúlteras y traidoras, que pisoteáis la fe y la agapi-amor a Cristo! ¿No sabéis que el amor y el apego al mundo pecaminoso es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo pecaminoso, se hace enemigo de Dios» (St 4,4). Según la interpretación patrística, no es Dios enemigo del hombre, sino el hombre el que se hace enemigo de Dios.

«El hombre se hace enemigo de Dios por el oscurecimiento del nus. Cuando el nus está oscurecido, entenebrecido, entonces queda inoperativo, no funciona, está in-energizado. Este hombre, que tiene el nus oscurecido, es enemigo de Dios, en el sentido de que no realiza la voluntad de Dios, y esto sucede porque se encuentra dentro de la tiniebla, en la oscuridad».

Después, el hombre, cuya energía noerá no funciona o funciona embrionariamente, está enfermo y esclavo del pecado.

La consecuencia básica del pecado ancestral fue la muerte, según el logos de Dios a Adán: «Y el Señor Dios dio a Adán este mandamiento: “De cualquier árbol del jardín podéis comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comeréis, porque el día que comiereis de él, por la muerte moriréis”, es decir, perderéis el derecho de la inmortalidad, moriréis somáticamente o corporalmente y os separaréis de Mí, que os he dado la vida» (Gen 2,16-17).

Así que, después del pecado vino a la existencia del hombre la muerte, primero la espiritual, que es la pérdida de la Χάρις (Jaris: energía increada, gracia), y después la muerte somática o corporal. La muerte espiritual es el oscurecimiento del nus y la interrupción de la relación del nus de la psique-alma con Dios.

«Muerte de la psique es la falta de la zéosis, que significa θεοπτία zeoptía percepción y visión de la Luz increada».

El nus dejó de moverse hacia Dios, cesó de ser iluminado por la Luz increada de Su doxa-gloria, se obscureció y transmitió este oscurecimiento también al cuerpo y a toda la creación.

Después del pecado, por la Providencia particular de Dios, Adán y Eva se vistieron con prendas de piel. Según la enseñanza patrística, las prendas de piel son la corrupción y la forma de vida de los animales irracionales, o sea, una vida según los instintos animales. Así que la forma de concepción, gestación y nacimiento del hombre está incluida en las consecuencias de la caída. Era natural que la muerte psíquico-espiritual fuera transmitida también al cuerpo; así, el hombre ha probado qué significa la muerte corporal o somática.

«Dios no es el causante de la muerte. El hombre ha traído la muerte sobre sí mismo, por la razón de que él ha separado su propio ser de la doxa increada de Dios, que es la fuente de su vida. Por consiguiente, Dios no impuso la muerte al hombre como castigo de cualquier culpa hereditaria. Más bien Dios permitió la muerte a causa de Su bondad y agapi (amor desinteresado, incondicional), de modo que el pecado y el mal no se conviertan en inmortales en el hombre».

Así también la muerte es enfermedad, pero también la vejez, que conduce inevitablemente a la muerte, es enfermedad. Esto hoy en día es sostenido también por la ciencia.

«Finalmente se ha demostrado que la vejez es enfermedad; no es fisiológico que el hombre se doble, envejezca. Y hoy en día, con experimentos, se han conseguido cosas espectaculares: cortan trozos de animales, de sus glándulas, los ponen en congeladores, calculan los años que vive un animal, que puede ser quince años. Después de diez años sacan las glándulas y así consiguen alargar la vida de algunos animales del experimento; es decir, alargan la vida del hombre un 30 % o 50 %. Y ahora los gerontólogos te están diciendo si la muerte es enfermedad; es decir, se ha demostrado que la vejez es enfermedad».

«Aquí tenemos el fenómeno extraño: que las células normales, por regla general, se multiplican y se renuevan cada siete meses. Cada siete meses todas las células del cuerpo han cambiado, excepto las células de los huesos, que sufren un cambio completo cada siete años. Mientras que unas cambian cada siete días y otras cada siete años y tienen una renovación plena, excepto las glándulas. Y aquí está el fenómeno extraño: las glándulas no se renuevan, sino que se mortifican poco a poco, mueren.

Y ahora, en la gerontología, hace más o menos doce años (1980) que se ha desarrollado esta ciencia, se ocupan de la vejez y de la muerte; quieren ver si son fisiológicas o son enfermedades. A lo que respecta a la vejez, han llegado a la conclusión de que es una enfermedad. Sobre la muerte no están seguros si es enfermedad o es muerte o si es un fenómeno fisiológico. Sin embargo, la vejez no es un fenómeno fisiológico. Y esto se deduce porque controlan la vejez del hombre; se ve en las glándulas. Allí no se hace renovación de las células. Mientras que todas las demás células se renuevan, cambian cada cierto tiempo, incluso la sangre, todo cambia, se hace una renovación plena y no se ve diferencia entre las células de un hombre de ochenta años y las de uno de veinte años: las células son las mismas, pero las glándulas sufren un debilitamiento.

Así que todos estos experimentos les han convencido de que la vejez es una enfermedad que concierne al sistema de las glándulas. Y una de estas glándulas es el cerebro del hombre, que es una parte del sistema neurológico del hombre. Por lo tanto, esto que continuamente decían los Padres, que la muerte y la vejez son una enfermedad, casi en su mitad se ha demostrado y ha sido aceptado, mientras que antiguamente leían a algún Padre de la Iglesia que decía que estas cosas son enfermedad, pero ellos decían que es una situación fisiológica. Hoy en día se ha demostrado que la vejez es una enfermedad, no es un estado fisiológico. Por consiguiente, los Padres en este aspecto también demostraron que son modernos. Nunca aceptaron la vejez como un desarrollo fisiológico, sino como una enfermedad del hombre. Los Padres aceptan la muerte como una situación anormal, no natural, mientras que los gerontólogos están discutiendo este tema».

En el hombre existe el DNA, que es una cinta espiral. En cada célula existe el DNA, y se hace la multiplicación también del DNA junto con la célula cuando se multiplican las células. La teoría dominante hoy en día es que esta cinta es como la cinta de un ordenador, es decir, una máquina del tipo que la cinta tiene cierta longitud y, cuando corre la cinta, se acaba también. Por tanto, de esta manera corre la vida del hombre: se multiplican continuamente las células, etc., y cuando termina la cinta de la multiplicación, el hombre muere.

Sí es verdad, el hombre está programado y, cuando termina, se acabó. Excepto si muere por un accidente de coche o cualquier otra complicación en el cuerpo, pero existe la muerte fisiológica, es decir, del anciano.

Los justos y los Profetas del Antiguo Testamento, a pesar de que alcanzaban la zeoptía —visión de la divina Luz increada o de Dios—, sin embargo, esta situación era provisional, porque la naturaleza humana, antes de ser tomada por la naturaleza divina en la hipóstasis del Logos de Dios, estaba enferma y no podía sostener por mucho tiempo esta Jaris (energía increada, gracia) de Dios. Así también, los justos y los Profetas morían corporal y psíquicamente, porque descendían al Hades, al espacio de la muerte.

«Los que vieron la doxa-gloria, la Luz increada del Logos, morían psíquica y corporalmente.»

C.4. La herencia del pecado

Los Padres de la Iglesia, cuando hablaban sobre la herencia del pecado ancestral u original, no daban a entender la herencia de la culpa de los padres ancestrales; es decir, el pecado ancestral no era un ataque u ofensa a Dios, sino enfermedad del hombre. El hombre se alejó de Dios, con la consecuencia, como hemos visto, de que la psique perdiera la Jaris (energía increada, gracia) de Dios y el cuerpo muriera.

También hemos visto que el cuerpo del hombre fue creado de la tierra y la psique-alma fue creada por el soplo del aliento de Dios. Esto se repite con la concepción de cada hombre. San Máximo el Confesor enseña que la psique-alma y el cuerpo de los hombres se crean por Dios simultáneamente, pero cada uno de forma distinta; es decir, de una forma es el nacimiento del cuerpo de la materia sujeta, y de otra forma es el nacimiento de la psique-alma que resulta del soplo divino y vivificante. Esto significa que la psique está limpia, el nus está iluminado, pero el cuerpo hereda de los padres la corruptibilidad y la mortalidad, es decir, la vejez y la muerte. Es cierto que la creación y la unidad psique-alma-cuerpo existen simultáneamente con la concepción del hombre.

Así que la herencia del pecado ancestral, en realidad, es la herencia de las consecuencias de la caída, que es la corruptibilidad y la mortalidad, las llamadas “prendas de piel”. Desde la muerte corporal, que se encuentra en las células, se distribuye la parte pasional de la psique-alma durante el crecimiento del hombre, y así se desarrollan los πάθος pazos somáticos y corporales, y se oscurece, entenebrece también el nus del hombre.

Es característico el logos del Apóstol Pablo: «En mi interior me agrada con todo mi corazón la ley de Dios; pero veo en mi cuerpo y en sus miembros una ley que lucha contra la ley de mi espíritu y contra de lo que me dicta mi conciencia y me esclaviza a la ley del pecado que domina en mi cuerpo y en sus miembros, es decir, domina a mi naturaleza física humana. ¡Desgraciado y miserable yo el hombre! ¿Quién me librará de este cuerpo en el cual domina el pecado y por el pecado la muerte espiritual y física?» (Rom 7, 22-24)

En este pasaje del Apóstol Pablo se ve claramente que el nus se satisface con la ley de Dios, pero la otra ley —la ley de la muerte del cuerpo— se opone a la ley del nus y lo cautiva; así, los páthē de la φιλάργυρία (filargiría, avaricia o amor al dinero), de la φιληδονία (filidonía, amor al placer o hedonismo) y de la φιλοδοξία (filodoxía, amor a la gloria vanidosa) conectan con la corruptibilidad y la mortalidad, cautivan, oscurecen y entenebrecen el nus del hombre.

Se ha recalcado en el capítulo anterior que el hombre dispone de memoria de corazón (noerá) y de memoria del cerebro. Por lo tanto, la memoria del cerebro, que conecta con las células neuróticas y con el desarrollo del cerebro, se desarrolla poco a poco; en cambio, la memoria cordial del corazón/nus existe desde el principio de la existencia de la psique-alma del hombre.

«La Panaghía-Santísima, a la edad de tres años, alcanzó la zéosis. El niño pequeño es susceptible; aún no ha sufrido el endurecimiento del corazón, no se ha hecho vil. La caída del niño se hace por el ambiente o entorno, por los padres, por los tíos, por los amigos, etc. Si el niño está en un ambiente bueno, puede crecer sin problema, con la noerá oración del corazón. El niño tiene menos problema que los mayores. Aprende más rápido. El niño lo destruye el ambiente.

Por eso los Padres recalcan que cada uno nace como Adán y Eva, y cada uno pasa por la misma caída. El oscurecimiento del nus se hace en cada uno. En el embrión, donde está el nus del hombre, aún no está oscurecido. Cada uno sufre la caída de Adán y Eva a causa del ambiente.»

La herencia del pecado original o ancestral, según los Padres, es principalmente la herencia de las consecuencias de la caída: la corruptibilidad, la pasionalidad o emocionalidad y la mortalidad, lo cual tiene consecuencias también en la psique-alma.

«Nuestra percepción sobre el pecado ancestral u original, sobre la herencia, etc., es comparable a lo que hoy se conoce en la ciencia médica. Por ejemplo, con el DNA, ahora se ha encontrado la forma de verificar los defectos hereditarios por la escalera helicoidal del DNA, etc., y se sabe la composición del DNA, qué elementos deben encontrarse y cómo debe hacerse el seguimiento. Cuando examinan hombres que nacen con seis dedos en manos o pies, o con anomalías en ojos, nariz u orejas, examinan la composición de la célula y ven la anomalía en el DNA; por eso ha nacido el hombre de esta manera.»

Por consiguiente, la introducción de la muerte en nuestra vida no se hizo como castigo de Dios, sino que fue el resultado de la pérdida de la divina Jaris (energía increada, gracia), como alejamiento del hombre de la Luz increada de Dios y como enfermedad de la naturaleza humana, que, al ser enfermedad, necesita terapia. Aquí se sostiene toda la instrucción pastoral de la Iglesia Ortodoxa.

Al contrario, en Occidente, influenciado también por Agustín —al que consideran el mayor teólogo y estudioso de la divina Jaris (Gracia) sobre la caída, etc.—, la herencia del pecado ancestral u original fue interpretada de manera totalmente distinta, con el resultado de que se alterara la instrucción pastoral de la Iglesia. Agustín tuvo puntos de vista e ideas platónicas sobre la creación y la caída del hombre.

«Agustín, en principio, comienza con presuposiciones platónicas, abandona algunas tesis de los platónicos y, después, intenta adaptar otra vez a Platón en el cristianismo. Por lo tanto, sus contradicciones son inevitables.

Agustín introdujo en el dogma de la Santa Trinidad percepciones platónicas. Introdujo la idea de que Adán y Eva tenían plena y toda la gnosis humana que un hombre puede alcanzar. Para Agustín, la gnosis humana consiste en la contemplación de los arquetipos; y cuando uno conoce los arquetipos, conoce a Dios y la esencia de Dios. Adán y Eva conocían todos los arquetipos, por tanto, tenían la gnosis (conocimiento) que un hombre puede tener.

Los occidentales imaginaron que los Primeros en ser Creados eran hombres perfectos, pero perfectos según el modo platónico. Es decir, cuando los Primeros en ser Creados perdieron la memoria de estos arquetipos, Agustín daba importancia a la memoria del hombre, pues creía que dentro de ella estaba impresa la gnosis de Dios. Ahora bien, cómo combina estas ideas con la enseñanza sobre la preexistencia de las psique-almas, que finalmente rechazó, constituye un gran problema en el pensamiento de Agustín.

La iluminación del hombre, según Agustín, significa simplemente que el nus debe conocer los arquetipos; esta es la iluminación. La zéosis del hombre, según él, es cuando el hombre se ha deificado y ve directamente con la lógica (intelecto) los arquetipos.»

Luego, Agustín, siguiendo percepciones platónicas, considera que al hombre después de la caída se añade la parte pasional de la psique, es decir, lo anhelante y lo irascible.

«Agustín sostiene la idea que el hombre era perfecto y tenía la divina Jaris (energía increada, gracia); no tenía la parte anhelante ni la irascible de la psique-alma, y la parte logística-racional se encontraba en ευδαιμονία (efdemonía: dicha, placer, viene estar). Pero a causa de la caída aparece lo anhelante y lo irascible de la psique-alma.»

A continuación, enseña que el pecado ancestral fue un asalto y ofensa a la justicia de Dios, y por ello el hombre fue castigado. La muerte no la considera enfermedad —resultado de la pérdida de la vida divina— sino castigo de Dios al hombre.

«Lo que tiene importancia es que Agustín piensa que la muerte es castigo de Dios. Todos son castigados por Dios, porque tienen culpa.»

Con estas condiciones y presuposiciones debemos ver el punto de vista de Agustín sobre el pecado original como ofensa a la justicia divina, así como la interpretación jurídica e inculpación del pecado, cómo esta culpa ha pasado al género humano y cómo este punto de vista se conecta con el destino absoluto.

«Según Agustín, cuando Adán y Eva pecaron contra la justicia de Dios y ofendieron al Dios infinito, todos heredan el pecado de Adán y Eva, es decir, la culpa o culpabilidad; esto significa que todos deben ser castigados según el merecimiento y valor. Por lo tanto, por merecimiento y valor estamos castigados por Dios. Sin embargo, como Dios así lo quiere, entre estos condenados al Infierno eterno ha escogido un grupo para la salvación.

De esta manera, aquellos que no han sido escogidos para la salvación no pueden tener ninguna queja, porque son castigados según su valor y merecimiento. También deben alegrarse porque predomina la justicia divina. Pero aquellos que se salvarán tampoco pueden decir que se salvan por su valor o merecimiento, porque la salvación es absolutamente gratis, sin ningún mérito de su parte. Por lo tanto, no pueden jactarse.

Dentro de estos marcos, una muestra de que uno está predestinado es que es buena persona. Es decir, para los protestantes, significa que es continente, no roba, no miente, no fornica y es moralmente persona correcta. Así separan a los hombres en buenos y malos.

Además, principalmente en el mundo anglosajón y entre los francos, a causa de la enseñanza de Agustín, hubo también apoyo al racismo; es decir, se pensaba que para ser predestinado a la salvación uno debía ser blanco, alto, rubio, es decir, una persona “bella”. Si alguien era feo, pobre, desgraciado, villano, esclavo o inválido, para los francos no podía ser predestinado.»

Es normal, entonces, que los puntos de vista y opiniones de Agustín sobre el pecado ancestral u original hayan sido conectados con la teoría del destino absoluto del hombre, lo que tergiversa y distorsiona la agapi (amor incondicional) de Dios hacia el hombre, la finalidad del sacrificio cruciforme de Cristo y toda la pastoral de la Iglesia.

«Todos fueron castigados por Dios, porque todos tienen culpa. El problema es cómo se hereda la culpa, es decir, ¿es culpa hereditaria de forma biológica, o es representativa, donde Adán y Eva, como representantes del género humano, pecaron y, por consiguiente, no solo fueron castigados los representantes sino también todo el género humano?

Otra aproximación es que simplemente, como representantes, perdieron algo en perjuicio del género humano. Tal como un padre que hace tonterías y pierde su fortuna, causa que los hijos nazcan pobres; los hijos nacen pobres porque el padre perdió la fortuna. Existe también esta percepción. Depende de lo que cada uno quiera extraer de Agustín sobre estos temas. Pero lo importante desde el aspecto de Dios es cómo se entienden estos asuntos.

Agustín acepta la enseñanza sobre el destino absoluto. Introduce la idea de que todos los hombres, según su valor y merecimiento, están condenados al Infierno. Esta condena se aplica según el valor del hombre. Pero Dios, que es también agapi (amor incondicional), no permite que su obra se pierda totalmente y ha predestinado a ciertos hombres para la salvación. Una parte de la humanidad está predestinada a la salvación.

Pero esta predestinación sobre una parte de la humanidad no se debe a merecimientos ni a recompensas del hombre, porque, según su valor, los hombres deben ir al infierno. Por lo tanto, aquel que recibirá la divina jaris (gracia) para salvarse no puede jactarse de que con sus obras se ha salvado, sino que ha sido salvado por la predestinación que tiene de Dios, con la voluntad. Por eso debe ser humilde, estarse quieto y no creer que es mejor que los demás desde el aspecto de su valor. Pero, si un hombre no está predestinado, tampoco este debe tener queja alguna, porque es castigado según su valor y merecimiento.

Desde este punto de vista, Agustín tiene otra idea curiosa: cuando se dice que Dios ama a los pecadores, no significa que ama a todos los pecadores, sino solo a aquellos pecadores que están predestinados. A los demás pecadores, Dios no los ama; por tanto, Su agapi (amor incondicional) está limitada.

Adán y Eva pecaron, y la culpa pasó a todo el género humano. A causa de esta culpa, cada hombre merece el Infierno. Por tanto, los que están predestinados para la salvación son amados por Dios porque Él así lo quiso. Los otros no pueden tener queja alguna, porque son castigados según su valor y merecimiento; no pueden exigir salvarse, porque según su valor y merecimiento están perdidos, por causa de Adán y Eva.

Los que se salvan, se salvan no por su valor ni merecimiento, sino por la agapi (amor incondicional) de Dios que los ha escogido. Por eso no deben enorgullecerse, sino mantener humildad. Así surge la curiosa distinción: Dios ama a los pecadores que están predestinados, pero no los ama como pecadores, sino como si fueran hombres perfectos. Porque Dios no ama a los pecadores.

«Luego, Cristo ha muerto para que se salven los hombres. Pero Cristo no ha muerto para todos los hombres; ha muerto solo para algunos. Estos pasajes existen en los textos de Agustín y, a causa de ellos, los francos adoptaron con fuerza la creencia en el destino absoluto.»

Si uno compara estos puntos de vista de Agustín con toda la enseñanza de los Padres, tal y como se ha expuesto sinópticamente anteriormente, se ve claramente la diferencia: Dios ama a justos e injustos, pero se salvarán solo aquellos que se sanan, que se psicoterapian y que responden libremente a la agapi incondicional de Dios, adquiriendo agapi incondicional, altruista o desinteresada. Esto se logra con la potencia de la energía increada de Cristo-Dios.

C.5 Antiguo y Nuevo Adán

La caída de Adán provocó enfermedad en toda la humanidad. La encarnación del Hijo y Logos de Dios, el Nuevo Adán, ha sanado y terapiado la naturaleza humana. Esta es la enseñanza básica de la Iglesia sobre la caída del hombre y su terapia.

En nuestro interior existe la enfermedad del Antiguo Adán, como consecuencia de la caída de la Luz increada de la doxa-gloria de Dios y del oscurecimiento del nus, pero debemos percibir y experimentar también la vida del Nuevo Adán, como nuestro retorno a la iluminación y la zéosis.

«Uno no puede hacerse cristiano, decimos nosotros los ortodoxos, si no destruye en su interior al Antiguo Adán. Debe convertirse y hacerse Nuevo Adán para poder ser un ser humano correcto. Así lo enseñan los Padres. ¿Cómo se hace Nuevo Adán? ¿Cómo se destruye el viejo Adán? Al Antiguo Adán se le oscureció el nus, y por eso se hizo lo que se hizo antiguamente.

“Antiguo hombre” significa aquel que no se ha convertido en Nuevo Hombre en Cristo. Por tanto, ya que es Antiguo Hombre, significa que no es cristiano.»

La vida inicial de Adán era vida de iluminación y zéosis. Con el pecado, el hombre perdió el “como semejanza”, y se ennegreció y oscureció el “como imagen”, y cayó de la vida divina. Ahora es necesario pasar por la catarsis del corazón, llegar a la iluminación del nus y experimentar la zéosis. Esto se evidencia en la vida de los santos, y se ve aún más claramente en los Mártires.

«Los mártires son aquellos que habían alcanzado la noerá oración del corazón o de Jesús, tenían memoria perpetua de Dios, y su nus funcionaba ortodoxamente, correctamente; es decir, el corazón de ellos había alcanzado la catarsis; tenían la monológica oración y la memoria perpetua de Dios de tal forma que, cuando fueron llevados al martirio, soportaron torturas porque la oración los protegía y no negaron a Cristo.

¿Cómo sufrieron y soportaron este martirio? Cuando el hombre se encuentra en este estado espiritual, está influenciado únicamente por la oración que domina toda su existencia, y no sucumbe ante la tortura ni las mutilaciones. Convertirse en Mártir, pasar por torturas, no es una hazaña humana, sino obra de la Jaris (energía increada gracia) de Dios. Por esta razón, en la antigua Iglesia, aquel que, en una persecución, había negado a Cristo iba a la Iglesia exteriormente y solo le daban la última comunión.»

El camino desde la catarsis del corazón hasta la iluminación del nus y la zéosis es el propósito y la finalidad de la humanización o encarnación del Hijo y Logos de Dios, pero también constituye la obra de la Iglesia, como se verá en los capítulos siguientes.

La conclusión de este capítulo es que los Santos Padres conocieron la caída de Adán empíricamente, vivieron “el llanto adámico”, porque experimentaron personalmente la participación de la doxa-gloria (Luz increada) de Dios en la hipóstasis del Logos. Dentro de este marco, los Padres interpretaron la vida del hombre antes y después de la caída. Amén.

Referencia: DOGMÁTICA EMPÍRICA TOMO II, DE LA IGLESIA CATÓLICA ORTODOXA
Ioanis Romanidis e Ierotheo Vlajos
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas logosortodoxo.es/

Génesis: la creación del hombre, del logos y del nus

Génesis: la creación del hombre, del logos y del nus
Teología empírica de la Iglesia Católica Ortodoxa según Padre y teólogo Ioanis Romanidis

(entregas orales, por Ieroteo Vlajos)

Repasada traducción 19/02/2026

Tomo 2º, capítulo B. 3. La creación del hombre (pág. 140)

a) La creación del hombre como imagen y semejanza de Dios (pág. 141)

b) La co-creación cuerpo y psique (pág. 144)

c) La psique-alma del hombre (pág. 148)

       c.1 La noerá energía (del espíritu del corazón) y la energía lógica (pág. 153)

       c.2 Logos y Nus (pág. 158)

       c.3 La energía noerá en relación con los pazos, la lógica y el ambiente (pág. 166)

       c.4 El culto lógico y el culto noeró (espiritual) (pág. 169)

       c.5 El cuerpo del hombre (pág. 183)

La forma en que están escritos estos dos tomos es la siguiente: primero es de Ieroteo Vlajos, y después lo que está entre «» comillas son extractos de las homilías del Padre Romanidis.

Tomo B’, capítulo B – 3. La creación del hombre

El hombre es la creación más perfecta de Dios y fue hecho el sexto día de la creación, según nos cuenta el visionario de Dios, Moisés. Es el resumen de toda la creación, porque está constituido de psique-alma y soma (cuerpo) y también posee lo noeró (espiritual humano), que es parentesco con los ángeles, y lo sensible, que conecta con la creación. Simultáneamente, el primer hombre tenía también en los dos elementos la Χάρις (Jaris) Gracia, la energía increada de Dios, es decir, el espíritu. Esta composición existente del hombre, además de ser una verdad apocalíptica (reveladora), dada por Dios mediante Moisés y por Cristo, es a la vez experiencia personal del hombre divinizado, glorificado o (poseedor de la zéosis).

La narración del libro del Génesis nos describe la manera de la creación del hombre. Pero aún antes de escribirse el libro de Moisés, los visionarios de Dios conocían que el hombre está constituido de psique-alma y cuerpo. Para el cuerpo tenían y tienen la confirmación de los sentidos y su existencia en un particular tiempo y espacio. Pero para la existencia de la psique-alma adquirieron la confirmación mediante el autoconocimiento, el conocimiento de sí mismos en Jaris (gracia, energía increada). Sentían el movimiento de la psique-alma que energetizaba, operaba y activaba las fuerzas y energías del cuerpo; tenían experiencia de la energía del Nus en el corazón; conocían por experiencia la venida del Espíritu Santo en la psique-alma, y también la privación de la energía increada de Dios de la psique-alma, y siendo así la misma vivía la muerte espiritual.

A continuación, veremos lo relativo a la creación del hombre y al funcionamiento de su existencia psicosomática, dentro de la enseñanza empírica de los santos Padres de la Iglesia.

a) La creación del hombre como imagen y semejanza de Dios

El hombre es la creación más perfecta de Dios y fue hecho el sexto día de la creación, después de los ángeles y del resto de la creación.
“Y dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; y que domine sobre los peces del mar, los ganados, las fieras campestres y los reptiles de la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen y semejanza; los creó macho y hembra, y Dios los bendijo” (Gén 1, 28-30).

La enseñanza de que el hombre está creado como imagen y semejanza de Dios es fundamental en toda la tradición bíblico-patrística, es decir, la enseñanza de los divinizados (deificados, glorificados). Esta verdad la veían los divinizados dentro de sus experiencias divino-espirituales.

Existe diferencia entre las expresiones “imagen de Dios” y “como imagen de Dios”. La icona-imagen real del Dios Padre es el Logos. La Segunda Persona de la Santa Trinidad, según el Apóstol Pablo: “El cual (Cristo) es icona-imagen de Dios” (2 Cor 4,4), “el cual es icona-imagen del Dios invisible, el primogénito de toda la creación” (Col 1,15). El hombre, que fue creado “del Padre por el Hijo en Espíritu Santo”, es como imagen-icona del Logos y debe llegar al “como semejanza”.

«Los Padres recalcan que el hombre no es la imagen-icona de Dios. Imagen de Dios idéntico es sólo el Logos, el Hijo. El Logos es imagen-icona del Padre. Por eso, como el Logos es imagen del Padre, Cristo (el Θεάνθρωπος zeántropos, Dios-Hombre) es imagen del Padre como Logos. Pero también el Logos encarnado, es decir, la naturaleza humana de Cristo, por la recepción de las cualidades, es como imagen del Padre. Es decir, también la naturaleza física de Cristo es como imagen del Padre a causa de su humanización.

El hombre no es imagen-icona de Dios. Está claro que es una manera abusiva o inexacta de decir que el hombre es imagen de Dios. En sentido exacto, el hombre está creado como imagen (parecida) de Dios y no como imagen idéntica de Dios.

El hombre, desde lo como imagen, debe llegar a lo como semejanza, es decir, a la zéosis o glorificación, mediante la energía increada de Dios y la sinergia, es decir, la cooperación entre la energía de su voluntad y la energía increada de la voluntad de Dios. San Irineo, obispo de Lyon, escribe: “Por este… orden, y con estos ritmos y esta instrucción, el nacido y creado hombre se convierte y se hace como imagen y como semejanza del Dios increado; y por un lado, por el Padre prosperando y mandando, el Hijo haciendo y creando, y el Espíritu Santo alimentando y haciendo crecer; y por otro lado, el hombre progresa tranquilamente y se va elevando hacia lo perfecto. Porque perfecto e increado es el mismo Dios.”

Dentro del hombre existía un “impulso” para que fuera conducido desde lo como imagen hacia lo como semejanza.

El hombre, que fue creado como imagen y como semejanza de Dios, tiene el soplo de vida que le hizo hombre psíquico, pero también el espíritu vivificador que le hizo espiritual. San Irineo escribe:

“Una cosa es el soplo de vida que hace al hombre psíquico y otra cosa es el espíritu vivificador que le hace espiritual…”

Porque el soplo es provisional, en cambio, el espíritu es perpetuo, eterno. Así, el hombre espiritual es aquel que tiene en su interior la energía increada del Espíritu Santo.

«Como hombre espiritual, hecho como imagen y como semejanza de Dios, no es aquel que vive únicamente con el elemento inmaterial de su naturaleza, es decir, la psique-alma, sino aquel que vive de acuerdo con el Espíritu Santo, que le vivifica y le hace incorruptible, y así participa de la divina αθανασία (azanasía: inmortalidad).»

El hombre, después de su creación, tenía psique-alma y cuerpo, pero participaba también del Espíritu Santo.
«Sólo aquel hombre que es templo del Espíritu Santo es como imagen y como semejanza de Dios. Está claro que los primeros en ser creados fueron constituidos como niños (espiritualmente), para que crecieran, se hicieran mayores y se convirtieran perfectos en cuerpo y psique-alma.

La energía increada vivificante del Espíritu no se da al hombre de forma automática ni mágica. Se requiere el intento colaborador del hombre para vivir mediante la fe y la agapi (amor incondicional, desinteresado) de acuerdo con su destino inicial y definitivo. Pero cuando el hombre no sigue el Espíritu, queda privado de la energía increada vivificadora de Dios y se constituye únicamente en psíquico».

El verdadero significado de la frase “como imagen” y “como semejanza” fue apocaliptado (revelado) plenamente con la humanización o encarnación de Cristo y es vivido por los divinizados. Por lo tanto, no es una enseñanza filosófica o intelectual.

«El “como imagen de Dios” referido en la Santa Escritura fue revelado, apocaliptado plena y exactamente por la Encarnación. Porque el destino o finalidad del hombre era, desde el principio, convertirse y hacerse como Cristo; es decir, debía hacerse Dios a través de la Jaris (energía increada), llegando al como semejanza. Lo como imagen en energía y acción significa asemejarse a Cristo por complacencia. Entonces, el hombre, como imitador de Cristo, se convierte y se hace también como imagen del Padre por la Jaris, Gracia increada, participando de la doxa-gloria (increada) de Cristo. Así, cuando uno llega a la zéosis, es decir, al como semejanza, entonces se hace como Cristo por la Jaris, o sea, Dios por la Jaris (increada)».

La antropología de los santos Padres está basada en la enseñanza bíblica sobre el “como imagen y como semejanza” de la creación del hombre y no en una enseñanza filosófica sobre la persona. Y cuando alguna vez los Padres se refieren al hombre como persona, se entiende lo como imagen y principalmente lo como semejanza.

Es característico el enfoque de San Máximo el Confesor: “Persona es la hipóstasis (base substancial, subsistencial) y fisis (naturaleza) es la ουσία (usía: esencia o sustancia), y en estas dos se añade y se completa la virtud.”

Así, lo como imagen es esencia, o sea, el logos, en cambio lo como semejanza es hipóstasis, o sea, la vida, la zéosis. Dentro de esta perspectiva, se debe interpretar el logos del Apóstol Pablo: “Porque hemos llegado a ser partícipes de la vida y de la doxa-gloria de Cristo, pero con la condición inquebrantable de mantener nuestra fe inicial hasta el fin, por la cual hemos recibido una nueva hipóstasis, como hijos de Dios” (Heb 3,14).

Los primeros en ser creados, Adán y Eva, tenían psique-alma y cuerpo, pero también la Jaris (increada) del Espíritu Santo, la cual agraciaba (jaritificaba) al hombre entero. Sin embargo, esto no debe entenderse como algo tri-compuesto, puesto que el Espíritu Santo iluminaba la psique-alma y el cuerpo, y así el hombre era espiritual. Esto lo conocen suficientemente los divinizados (glorificados o deificados), que por experiencia ven la diferencia entre el hombre psíquico y el hombre espiritual.

b) La co-creación cuerpo y psique-alma

La enseñanza fundamental de la Iglesia es que el cuerpo no preexistía a la psique-alma, ni la psique-alma al cuerpo, sino que ambos fueron co-creados simultáneamente. En el libro del Génesis se escribe:

Γεν. 2,7 καὶ ἔπλασεν ὁ Θεὸς τὸν ἄνθρωπον, χοῦν ἀπὸ τῆς γῆς, καὶ ἐνεφύσησεν εἰς τὸ πρόσωπον αὐτοῦ πνοὴν ζωῆς, καὶ ἐγένετο ὁ ἄνθρωπος εἰς ψυχὴν ζῶσαν.

“Y constituyó al hombre, de polvo de la tierra, y sopló en su rostro espíritu (soplo) de vida (la psique-alma inmortal), y se hizo el hombre en psique vivificada o viva (o existencia viva de espíritu y materia)” (Gén 2,7).

La constitución se refiere al cuerpo, y el soplo, espíritu -“soplo, espíritu de vida”- se refiere a la psique-alma. La creación del cuerpo se hizo por la energía sustanciadora o esenciadora de Dios, y la creación de la psique-alma se hizo con la energía vivificadora de Dios. En realidad, es una sola energía increada de Dios, pero según el efecto de lo que crea, recibe distintos nombres correspondientes a su acción.

Así, según la enseñanza de los Profetas, los Apóstoles y los Padres, que es la enseñanza de la Iglesia Ortodoxa, la psique-alma fue creada por Dios simultáneamente con el cuerpo y coexiste con él hasta la muerte. Entonces se separa provisionalmente en dos elementos, obviamente hasta la resurrección común, cuando se hará nuevamente la unión de la psique-alma con el cuerpo, tanto en los justos como en los pecadores.

Sobre este tema, los maniqueos y Platón tenían opiniones distintas, de las cuales fue influenciado Agustín. Los Maniqueos introdujeron la idea del choque entre la luz y la oscuridad, que era la enseñanza fundamental de ellos, también aplicada a la relación entre psique-alma y cuerpo.

«Los Maniqueos sostenían que del choque de los dos elementos está compuesto el hombre tal como es ahora. Por eso está constituido de psique-alma y cuerpo: la psique-alma es la parte del mundo luminoso y el cuerpo la parte del mundo oscuro.

En el aspecto gnoseológico, esto tiene importancia, porque el hombre, tal como es, es parte del universo oscuro o parte del universo luminoso. Es cierto que en la antigüedad existía el principio de que lo semejante conoce lo semejante. Cuando existe homogeneidad, similitud, entonces los semejantes se conocen. Es decir, el hombre, que está constituido del elemento luminoso y del oscuro, conoce ambos. Por lo tanto, cuando el hombre es instruido en el Maniqueísmo, conoce la verdad. Esta es la verdad según los Maniqueos, y es muy simple».

Platón sostenía que la psique-alma antes pertenecía al mundo no nacido de las Ideas y luego fue encerrada en el cuerpo para ser castigada.

«La filosofía platónica está basada en la idea de que el hombre está constituido de cuerpo y psique-alma, pero la psique-alma proviene del mundo intelectivo y no es material. Es un espíritu puro, que se encuentra fuera de la materia y del crono (tiempo), fuera de las dimensiones, etc. Está en un estado de contacto inmediato con los arquetipos.

Por lo tanto, el objeto de las gnosis-conocimientos de la psique-alma son estos arquetipos, que son la verdad. Porque la verdad, según Platón y Aristóteles, es lo inmutable. La verdad no puede ser mutable. Lo que cambia no es la verdad; aquello que no cambia es la verdad, para estos sistemas».

Estas teorías no fueron aceptadas por los Padres, porque en Espíritu Santo conocían que la psique-alma y el cuerpo son creaciones de Dios y, sobre todo, creaciones “muy buenas y bellas” desde el principio, ya que Dios no es causante del mal ni ha creado nada malo. Los Padres conocían y conocen que el hombre tiene conciencia de sí mismo y también conciencia del ambiente; es decir, sabe que habita en un cuerpo y tiene conocimiento de su entorno, su ambiente.

Además, los Padres visionarios de Dios conocen por experiencia que el hombre tiene dos sistemas memoriales:

  1. a) Uno que se encuentra en las células y conecta con el sistema neurológico del organismo humano.
  2. b) El otro, es espiritual, y está conectado con la memoria de Dios y opera energizando la psique-alma-corazón.

«Hoy hemos encontrado el DNA dentro del corazón de la célula; es decir, es el sistema memorial de cada célula. Cada célula tiene un sistema memorial. Por lo tanto, sabemos que existe el sistema memorial en la célula. Por eso, la célula sabe lo que hace, qué genes encender y cuáles apagar, para que uno se convierta en nariz, otro en ojo, etc.

Después tenemos lo memorial que está en el sistema neurológico. Esto también es un sistema memorial completo. El sistema neurológico es un sistema de comunicación de varios miembros del cuerpo con el cerebro-enkéfalos. Y este cerebro se ha demostrado que realiza cálculos, matemáticas y todo ya ocurre dentro de él. Este sistema neurológico, con la materia gris, funciona de manera ordenada y constituye un sistema memorial.

Mientras las células trabajan regularmente, la materia gris, la lógica, funciona regularmente, la adaptación del hombre al ambiente opera correctamente; la alimentación del hombre funciona según la dieta que siga, etc. Pero existe algo más que no trabaja automáticamente. Esto que existe y no trabaja no es solo un tema teológico, sino también biológico, químico y psicológico. Por esta razón, también creo, y por eso soy Ortodoxo».

Este sistema memorial espiritual se conoce por experiencia mediante la “oración noerá, del corazón o de Jesús” y sus resultados. Aquel que tiene melancolía o depresión se sana por el restablecimiento de la conexión química en las contracciones del cerebro. Pero la terapia de la psique-alma también se realiza paralelamente con la energía increada del Espíritu Santo, que se extiende al cuerpo.

Por lo tanto, con la “oración noerá o de Jesús” al corazón, tenemos algunos fenómenos, además de la agapi (amor desinteresado, energía de la emoción); en este hombre no existe miedo ni temor. En un estado así, permanece imperturbable; su cuerpo puede sufrir los peores martirios y no negar a Cristo.

Esto se refleja también en las enfermedades psíquicas y corporales:

«Los más serios padecimientos del hombre no son los corporales, los cuales podemos sanar yendo al médico y tomando medicamentos, aspirinas, etc. Las dolencias más graves del hombre son las de la personalidad humana, que finalmente llevan al hombre a guerras, a matar, robar y mentir».

La psique-alma opera junto con el cuerpo, pero es distinta de éste.

«Si se encontrara una manera de cambiar el cerebro del hombre y que éste volviera a funcionar como otro, entonces tendríamos demostración de la existencia de la psique-alma, que no se identifica con el cuerpo. Pero hasta ahora debemos esperar y observar qué sucederá en el futuro».

c) La psique del hombre

El “soplo de vida”, que desde el principio vivifica el cuerpo del hombre, se conecta estrechamente con él, lo empsiquiza y lo vivifica, lo compone y lo unifica. Los santos adquieren experiencia del soplo de Dios mediante la oración y, principalmente, con la “oración noerá, del corazón o de Jesús”, que calienta y mueve el mundo interior del hombre entero.

Los antiguos filósofos hablaron sobre la psique-alma del hombre, su existencia, su forma de conexión con el cuerpo y su existencia después de la muerte. Ellos también tenían la gnosis de que la psique-alma se diferencia del cuerpo, pero está claro que sus opiniones eran totalmente distintas de la experiencia de los santos de la Iglesia, visionarios de Dios.

Los filósofos sostenían la inmortalidad por naturaleza de la psique-alma y la mortalidad por naturaleza del cuerpo. Pero este discernimiento no fue aceptado por los santos Padres, quienes, como hemos visto, enseñan que tanto la psique-alma como el cuerpo son creaciones de Dios.

«Aquello que no cambia, según Platón, son los arquetipos. Y la psique-alma, al tener homogeneidad (semejanza genérica) con los arquetipos, que son espirituales, también es espiritual; como ellos son inmateriales, también la psique-alma es inmaterial. Por lo tanto, es natural y normal que la fuerza de la psique-alma conozca estos arquetipos. Pero debido al encarcelamiento de la psique-alma dentro del cuerpo, encuentra un impedimento para conocer inmediatamente estos arquetipos, los cuales ciertamente conocía en una vida anterior».

Por lo tanto, a partir de este análisis surge el llamado método obstétrico o tocológico, según el cual el hombre, para conocer la verdad, simplemente tiene que recordarla. Existe un olvido: la psique-alma ha olvidado las cosas que sabía, por lo tanto, debe recordarlas. Este es el famoso método de Sócrates, el llamado “método obstétrico o tocológico”, durante el cual el maestro instruye las gnosis (conocimientos) ya existentes en el hombre. De esta manera, la gnosis de los arquetipos es innata al hombre. La psique-alma conocía estos arquetipos antes de encarcelarse dentro del cuerpo. Es cierto que esta percepción platónica, dentro del cristianismo, tomó la forma de gnosis innata de Dios y del hombre.

También Platón sostenía que la psique-alma del hombre era inmortal por naturaleza, en cambio Aristóteles no aceptaba la inmortalidad de la psique individual, la llamada psique-alma pasional o patológica.

«Hay una distinción entre Aristóteles y Platón. Aristóteles no acepta la inmortalidad de la psique-alma individual. Porque, según él, tal y como nosotros lo leemos y los árabes, existen dos psiques. Existe la psique creadora y la pasional o patológica.

La psique-alma pasional, que es individual, no es inmortal; surge de la unión de la forma con la materia, y cuando esta unión se disuelve, desaparece; por lo tanto, el individuo desaparece, según Aristóteles.

La psique-alma creadora es una para todos los hombres, por lo tanto, existe una inmortalidad colectiva, que es la inmortalidad del género humano, pero no una inmortalidad de los individuos. En la enseñanza de Aristóteles sobre nacimiento y corrupción no hay inmortalidad.

En cambio, según Platón, de las interpretaciones que se hacen sobre él, existe la inmortalidad individual, aunque no es del todo seguro. Por lo menos, se observa esta concepción, que conecta con la ευδαιμονία (efdemonía: felicidad, dicha o bienestar) de Platón.

Ahora, en Aristóteles, al no existir la inmortalidad individual, significa que antes del nacimiento el hombre no existe como individuo, y después de la muerte tampoco existe como individuo. Por lo tanto, la enseñanza de Aristóteles sobre ευδαιμονία (efdemonía, felicidad, dicha o bienestar) es provisional, válida solo en esta vida. Para Aristóteles, no existe cuestión sobre la ευδαιμονία después de la muerte, ni antes del nacimiento.

Pero para Platón, la cuestión de la ευδαιμονία efdemonía existe antes del nacimiento y después de la muerte, ya que no solo existe la inmortalidad de la psique-alma -puesto que sobrevive a la muerte del cuerpo-, sino que también existe su preexistencia. Es decir, para Platón la inmortalidad implica vida interminable y sin principio. Tal como la psique-alma no tiene fin, de la misma manera no tiene principio, por lo que según Platón la psique-alma preexiste.

Está claro que surge la pregunta de si Platón estaba influenciado por las religiones dionisíacas de las tradiciones occidentales, en las que se enseñaba la preexistencia de la psique, su existencia después de la muerte y la metempsicosis, conocimientos que hoy se encuentran en el hinduismo, las religiones occidentales y el zoroastrismo. Sin embargo, se considera que estas doctrinas tienen procedencia oriental y no forman parte del antiguo mundo helénico; Aristóteles, al menos, es considerado el más representativo del espíritu helénico».

De todas formas, los Padres divinizados (glorificados, deificados) no aceptaron estas perspectivas de los antiguos filósofos, aunque las conocían por sus estudios, porque sabían por experiencia directa que las cosas son totalmente distintas.

«La enseñanza de Platón nunca fue aceptada por la tradición patrística. Los Padres de la Iglesia nunca aceptaron la inmortalidad por naturaleza de la psique.

Para los Padres de la Iglesia, la psique-alma es por naturaleza mortal, no inmortal. Es mortal porque, por naturaleza, solo Dios es inmortal, sin principio ni fin. El hombre, siendo creación, tiene principio, y por naturaleza también debe tener fin. Por lo tanto, el hombre no es por naturaleza inmortal.»

Pero la psique-alma, por la Χάρις (Jaris: Gracia, energía increada), es inmortal, porque así lo quiso Dios».

Aún en la antigua filosofía helénica se desarrolló la perspectiva sobre la liberación de la psique del cuerpo, para regresar al mundo no nacido de las Ideas y tener experiencia de Dios. Según Platón, el hombre es semejante por naturaleza al Altísimo Bien inmaterial.

«Como la psique-alma tiene esta similitud con el Altísimo Bien, por eso posee en su interior la fuerza de su naturaleza para conocer a Dios, basta que se libere de la materia; porque la psique-alma del hombre está encarcelada dentro del cuerpo, y el cuerpo es la reseña de la psique-alma. Por lo tanto, si la psique-alma se libera del cuerpo, se renueva por el Altísimo Bien y tiene experiencia de Dios».

Pero los divinizados o deificados enseñan que la visión o expectación de Dios por el hombre se realiza mediante el regalo de la Jaris (energía increada) de Dios.

«Que uno vea a Dios es un regalo de Dios al hombre, y en este regalo participa también el cuerpo, que igualmente se diviniza, deifica y participa de la expectación o visión divina. La experiencia de la θέωσις zéosis es vivida por la naturaleza humana entera; el hombre entero participa en esta experiencia.

En el platonismo ocurre lo totalmente opuesto: la psique-alma debe liberarse del cuerpo para ver a Dios. En la Ortodoxia, esto es considerado una gran herejía.

Desde esta perspectiva, que la psique-alma sea inmaterial o somática (corporal) no tiene relevancia para nosotros los Ortodoxos, porque la forma de conocer a Dios es la θέωσις zéosis, que es regalo de Dios. Puesto que en la experiencia de la zéosis participa también el cuerpo, no importa si la psique-alma es inmaterial o, por el contrario, material; el cuerpo participa igualmente en esta experiencia».

En el tema del éxtasis, existe una percepción distinta entre la teología ortodoxa y la filosofía. Los Padres de la Iglesia, al tener experiencia personal de estos temas, han distinguido entre experiencias divinas y demoníacas.

«Con el neoplatonismo, donde el platonismo se fusiona con el religiosismo y diversas supersticiones, etc., surge el criterio del éxtasis del filósofo. El espíritu se libera del cuerpo, del tiempo, de las dimensiones, del pensamiento sucesivo y de los sentidos, y tiene contacto con lo trascendental.

Esto ocurre mediante el éxtasis, que es una situación en la cual el hombre se libera totalmente de sus sentidos y tiene contacto inmediato con Dios».

De la antigua filosofía helénica, basada en el logos (razón) recto y la fantasía, fueron influenciados también los teólogos occidentales respecto al tema de la psique-alma.

«Agustín, antes de bautizarse, creía en la preexistencia de las psiques-almas. En su pensamiento se encuentra la fraseología platónica: habla de la necesidad de que la psique-alma vuelva a su patria. El regreso de la psique-alma significa su retorno al mundo de las Ideas, los arquetipos».

«El gran Franco, Tomás de Aquino, interpretó a Aristóteles como maestro de la enseñanza de la inmortalidad de la psique individual del hombre y no solo de la psique-alma creadora; por lo tanto, cada hombre es inmortal».

Pero con los datos científicos actuales se han derrumbado las perspectivas de la metafísica clásica, también en la cuestión de la existencia de una “psique-alma inmaterial”

«De este desarrollo surge un fenómeno notable: que el intelecto o pensamiento del hombre, la capacidad de ocuparse de conceptos abstractos, no depende de la existencia de una psique espiritual, como creían los filósofos, porque el mismo sistema celular del hombre puede ocuparse de todos los conceptos complejos que supuestamente ocupa el espíritu humano.

Por lo tanto, los antiguos argumentos sobre la existencia de la psique-alma inmaterial de los platónicos y los aristotélico-francos, es decir, de los teólogos, ya no sirven. Este tipo de conceptos filosóficos ya no puede demostrar la inmortalidad de la psique-alma, porque hoy enseñamos a pensar incluso a los ordenadores. Esto significa que los antiguos cimientos metafísicos de la teología occidental han sido destruidos».

Así, hoy no es posible adoptar como ortodoxo el enfoque del cristianismo occidental en el tema de la psique-alma, que estaba influenciado por perspectivas de la antigua metafísica clásica. Los Padres divinizados o glorificados de la Iglesia sabían por experiencia directa que la psique-alma es creación de Dios y no provino del mundo no nacido de Dios.

«Existen manuales pietistas que afirman que la psique-alma del hombre es de Dios. Si la psique-alma del hombre fuera de Dios, entonces el hombre sería Dios por naturaleza. Según los Padres, la psique-alma del hombre no es de Dios, sino que proviene del cero o de la nada, al igual que el cuerpo». Los Padres divinizados o glorificados enseñan que la psique-alma, al provenir del no-ser o de la nada, es creada, y que la inmortalidad de la psique-alma no es por naturaleza, sino por la Jaris.

«La misma psique-alma del hombre es material y no es pura espiritual, si entendemos por espiritual lo mismo que Dios».

«Por lo tanto, en la tradición ortodoxa, la inmortalidad de la psique-alma no depende de que la psique sea inmaterial, incompuesta o indivisible, sino que se basa en la voluntad de Dios y no en la naturaleza».

Por eso, los Padres de la Iglesia otorgan gran importancia a la θέωσις zéosis del hombre, es decir, a la glorificación o divinización de la psique y del cuerpo.

c.1 La energía noerá (del espíritu del corazón) y la energía lógica

Los Padres divinizados (glorificados, deificados) conocieron por experiencia que la psique-alma es noerá (espiritual) y lógica. Esto lo escribe San Juan Damasceno, y también lo vemos claramente en las obras de San Máximo el Confesor, en los textos de San Gregorio Palamás y en la enseñanza de otros Padres santos. Es decir, los santos sentían una energía dentro del corazón que conectaba con la Jaris (energía increada) de Dios, a la cual llamaron “nus o noerá”, y que podía diferir de la lógica, después del ejercicio o ascesis en Jaris, la cual llamaron “logos”.

Como el nus energiza y opera en el corazón, el llamado corazón espiritual, por eso los términos nus y corazón se alternan. A veces se hace discernimiento entre nus y lógica, y otras entre corazón y lógica.

«Existe el corazón del hombre. Según los hebreos del Antiguo Testamento, es decir, para los Profetas y los Padres de la Iglesia, el centro espiritual de la vida del hombre es el corazón, mientras que el centro intelectual es el cerebro-enkéfalos.

Por lo tanto, uno se llama διάνοια (diania: mente, intelecto, cerebro) y logos, y lo otro se llama corazón o espíritu (nus) del hombre. Por eso también el Apóstol Pablo dice: “…que este mismo Espíritu co-testifica con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios” (Rom 8,16). Esto requiere traducción e interpretación especial y constituye la llave de la enseñanza ortodoxa, tanto sobre el pecado (enfermedad espiritual) como sobre la libertad».

Los Apóstoles y los Padres de la Iglesia hablaron también sobre este tema desde sus experiencias personales, y no por meditación o reflexión intelectual. Sentían un calor en el corazón, y allí debía concentrarse la atención y la oración.

«De todos modos, el νούς nus es un componente de la naturaleza humana, separado de la psique-alma lógica, sentimental o emocional. El nus, igual que el logos (lógica), es una energía de la psique-alma.

El discernimiento no es de naturaleza metafísica, sino simplemente un reconocimiento de la experiencia espiritual; y también del hecho de que el hombre, iluminado o divinizado, está a la vez informado de la completa comunión con Dios, de su relación con sus prójimos y con toda la creación, con la agapi y la voluntad; y los pazos ya sanados se energizan y operan en dos direcciones: hacia Dios y hacia los prójimos y la creación».

El tema de la energía noerá y la energía lógica se examinará más ampliamente y detalladamente. (ver: https://logosortodoxo.es/psicoterapia-ortodoxa/el-uso-de-la-noera-energia-y-de-la-energia-logica-del-hombre-segun-san-gregorio-palamas/)

Cada ser, creado o increado, tiene energía, con la diferencia de que la energía del increado es increada y la del creado es creada. Así, la psique-alma, como creación de Dios, tiene energía. Pero según cómo energiza y opera, recibe distintos nombres; por ello hablamos de energías de la psique-alma.

Los Padres de la Iglesia, por experiencia, distinguían entre la energía noerá y la energía lógica:

«Aquello que sabían los Padres es que existe un órgano de la personalidad humana que no es algo adicional, sino parte de la personalidad misma, al cual llamaron energía noerá (νούς nus), en contraposición con la energía lógica.

Por lo tanto, la energía lógica es lo que hoy llamamos cerebro o seso del hombre, es decir, todo el sistema memorial neurológico con centro en el cerebro. En contraposición al logos, llamaron a la otra energía «noerá», y se supone que debe encontrarse en el corazón del hombre; cuando no funciona bien, no está en el corazón».

Se trata de dos energías de la psique-alma paralelas.

«En la personalidad humana existen dos funciones paralelas: la energía noerá (del nus o corazón) y la energía lógica. Uno puede ser, con su lógica, un genio o un teólogo brillante, pero en su nus ser depravado y estar en oscuridad. Por otro lado, un hombre puede ser analfabeto desde el aspecto mundano y, sin embargo, tener su nus iluminado, sabiendo cómo iluminar el nus de los demás; es decir, que este hombre analfabeto sepa conducir a los demás desde la catarsis (sanación) hacia la iluminación.

Por lo tanto, desde la perspectiva cristiana, ¿quién es realmente el analfabeto? ¿Y quién es este iluminado? ¿El que tiene muchos estudios y no posee la iluminación del corazón, o aquel que tiene iluminado el corazón y sabe conducir a otros hombres hacia la sanación, la terapia y la iluminación? Por esta razón observamos este fenómeno paradójico, y en la Ortodoxia muchas veces los más iluminados son aquellos que no han estudiado en las Universidades. Así, distinguimos dos fenómenos:

  1. a) El que es analfabeto en la lógica (intelecto) pero iluminado en el corazón.
  2. b) El que está iluminado en la lógica (intelecto) pero oscurecido en el corazón.

Existen además otros ejemplos: aquel que está iluminado tanto en la lógica como en el nus. Esta combinación ha dado lugar a los grandes Padres de la Iglesia. Cuando un Padre de la Iglesia tiene iluminado solo su nus, se trata de los grandes Padres ascéticos, quienes en sus estados espirituales son insuperables. Lo que han escrito sobre la vida espiritual es inalcanzable, aunque no nos han dejado tratados o escritos como los de San Basilio el Grande o San Gregorio Nacianceno, que sí tenían grandes estudios mundanos. Por otro lado, existe el tipo de los oscurecidos, depravados o embotados al corazón, y además necios en la lógica.

Los Padres Espirituales se ocupan de esta energía noerá de la psique-alma, la cual los psiquiatras modernos no conocen y confunden con la energía lógica.

«Como estos resultados del estado de iluminación eran conocidos, los Padres los examinaban de manera similar a como hoy los psiquiatras examinan la personalidad humana.

Lo único malo es que los psicólogos y psiquiatras modernos no conocen la existencia de la energía noerá del hombre. Los hinduistas, sin embargo, sí conocen este discernimiento entre logos y nus, y también poseen cierta ascética sobre estos temas.

Esto significa que los Padres Espirituales de la Ortodoxia son una especie de verdaderos psiquiatras espirituales*. ¿De qué se ocupan? ¿De fantasías o de la realidad? Porque cuando un hombre practica la oración noerá o del corazón, ¿esto qué es? Si es una realidad, entonces la Ortodoxia tiene prestigio y autoridad, y científicamente es correcta. Si la oración noerá o del corazón no es una realidad, entonces la Ortodoxia misma sería fantasía». (*Por el traductor: La palabra helénica “psiquiatra” está compuesta de ψυχή (psijí), psiqu-almae e iatrós, médico, es decir, los Padres son literalmente verdaderos psiquiatras. Es falso el nombre que tienen los psiquiatras científicos actuales, porque se ocupan de la lógica, es decir, del cerebro o la mente, y para recetar cápsulas o psicofármacos muchos no tienen ni idea de la psique-alma en su auténtico significado griego ortodoxo. Desgraciadamente, las cápsulas no devuelven la lógica o el sano juicio; quien lo devuelve es aquel que nos ha creado y ha creado la lógica, es decir, el Logos de Dios, el Θεάνθρωπος Zeánzropos, Jesús Cristo, “…todo se hizo por Él” (Jn 1,3), “y dijo Dios: hágase… y hagamos al hombre como imagen y semejanza nuestra”, Génesis)).

El funcionamiento de la energía lógica se realiza en la diania (cerebro, mente) del hombre, mientras que la energía noerá del hombre renacido opera en y con el corazón. Los Padres de la Iglesia enseñan que:

“El nus es una energía de la psique-alma que no se identifica con la diania, sino que reside en el corazón”.

En el corazón está el espacio fisiológico y natural del nus, no en la lógica (diania, mente), porque el nus no es lógica. No es un músculo del corazón el que ora, sino que la energía noerá ora dentro del corazón. Cuando la energía noerá funciona fisiológica y correctamente, opera en esta parte del cuerpo del hombre. La diania (cerebro, cerebro) es el seso, la “esencia gris” que se encuentra en nuestra cabeza; para los Padres, esto es la lógica».

Así, la energía lógica no es energía del cuerpo ni del enkéfalo (cerebro), sino energía de la psique-alma. El enkéfalo cerebro es solo el órgano que recibe la energía lógica de la psique-alma, pero no produce lógica por sí mismo. Los animales también tienen enkéfalo con células y toda la composición, pero no producen pensamientos o ideas perfectas.

La lógica es energía de la psique-alma. Puesto que la psique-alma no participa del mundo no nacido de las Ideas, sino que es creación de Dios, lo mismo vale para la energía lógica. En Occidente se ha desarrollado la perspectiva de que la lógica del hombre demuestra la existencia de logos inmateriales, porque creían en la inmortalidad por naturaleza de la psique.

«En Occidente, las demostraciones sobre la existencia de Dios fueron conectadas con la capacidad del hombre de conocer cosas que no son materiales, y aquello que no es material son los pensamientos e ideas. Según ellos, el pensamiento lógico no es material, porque se creía en la antigüedad que el hombre se distingue de los demás entes en que piensa lógicamente, mientras que los animales y las plantas no piensan lógicamente. Solo el hombre piensa lógicamente, y esto porque la lógica no es material.

Esto conduce a la idea de que, ya que existen los logos inferiores, que son los hombres, debe también existir un logos superior, que sería la composición de todos los demás logos, etc. Y así venimos a la enseñanza sobre la existencia de logos inmateriales, que pueden ser muchos; entonces tenemos muchos dioses, y también puede ser uno; entonces tenemos un dios, etc. Platón, Aristóteles y también todos los filósofos antiguos eran politeístas: creían en muchos dioses».

Por lo tanto, la energía lógica no pertenece al mundo no nacido de las Ideas.

«Los Francos, siguiendo a Agustín, consideran herejía que la psique-alma sea material».

«En la teología patrística existe esto, pero con la percepción de que la lógica del hombre pertenece al mundo creado del universo y es limitada, y que mediante la lógica el hombre no puede conocer a Dios».

c.2 Logos y nus (p.158)

Los Padres de la Iglesia, en sus escritos, llamaron la energía lógica “λόγος logos” y la energía noerá “νούς nus”. Por ello, en muchas obras patrísticas encontramos los términos logos y nus.

«Cuando uno estudia los Padres, principalmente los Alejandrinos, desde la época de San Macario el Grande, como también San Dionisio el Areopagita, se habla continuamente sobre el logos y el nus».

Es cierto que la palabra “νούς nus” etimológicamente tiene parentesco con “diania” (de dianús); y aunque estas dos palabras casi se identifican conceptualmente, en cambio los santos Padres hicieron un discernimiento claro entre nus y diania-logos, para expresar la experiencia adquirida con la Jaris (energía increada) de Dios.

«En la filosofía neohelénica, logos y nus son la misma cosa. Por lo tanto, si decimos “energía lógica” o “energía noerá”, algunos lectores de los Padres creen que es lo mismo» (lo mismo opinan los Occidentales).

También hay confusión en traducciones de los Padres nípticos a otras lenguas, que identifican el nus con la διάνοια (diania: mente, intelecto, cerebro).

«Hoy una persona me ha traído una traducción de la Filocalía en inglés, y en la parte final hay un índice de nombres con definiciones. Allí ponen el νούς nus y lo identifican con la διάνοια diania. En cambio, en los Padres, nus y diania (cerebro, mente) no son lo mismo».

Esto se ve claramente, cuando los Padres dicen que el nus baja al corazón, no se refieren a que la lógica-cerebro descienda, cosa imposible, sino a la energía noerá, que se distingue de la energía lógica.

«No sé cómo se ha cambiado la terminología del “nus”, pero se ve que los Padres, para que el mundo helenístico entendiera que la oración noerá, la oración del corazón, no es algo sentimental o emocional, tomaron palabras sinónimas, “logos” y “nus”, las diferenciaron, y dijeron que el “logos” será el cerebro, seso, mente o intelecto y que el “nus” será la energía noerá (o espíritu humano)».

El nus se utiliza también para los ángeles, que se llaman “νούς nus”, como hemos visto más arriba. En la utilización de este término, los Padres fueron también guiados por Apolinario, quien empleó este concepto.

«Es sabido que Apolinario negaba a Cristo, no la lógica humana sino el nus humano. Decía que Cristo tomó psique lógica, pero en lugar del nus lo tomó el Logos, lo cual es enseñanza del arrianismo. Por lo tanto, esta antropología se ve también en los heréticos».

A la vez, los Padres, además de hablar del nus y del logos, hacían discernimiento entre nus y lógica. Una cosa es la obra del nus y otra, la obra de la lógica.

También el Antiguo Testamento hace referencia al corazón, y este concepto es retomado por el Apóstol Pablo y los primeros Padres:

«En los hebreos, el nus es el corazón. En el Antiguo Testamento es el corazón; allí tienen una percepción más biológica sobre el corazón. Pero en los Padres, el corazón son los ojos espirituales del hombre, que constituyen la diania y el nus, tal como dice San Simeón el Nuevo Teólogo. La diania es la lógica, y el nus es aquello que ora. Pero ambos juntos se llaman “ojos noerós” (espirituales humanos) o “energías noerás” (espirituales) de la psique”».

El Apóstol Pablo sigue la terminología más antigua, donde no se hace discernimiento entre logos y nus, tal y como se hará más tarde por San Dionisio el Areopagita y los Padres posteriores. En los Padres Capadocios, por lo general, tampoco se hace discernimiento entre logos y nus; los Capadocios siempre se refieren al nus.

«En la tradición patrística se ve, quizá por primera vez, en San Macario el Grande, donde se hace una diferenciación entre logos y nus; y el nus se identifica con el funcionamiento dentro del corazón del hombre, mientras que el logos, junto con la diania, se identifica con la lógica del hombre».

Los Padres al principio heredaron una tradición con el término corazón, proveniente del Antiguo Testamento.

«Primero decían simplemente “corazón” o “espíritu del hombre” y nada más. Después de algún tiempo, los Padres comenzaron a utilizar el discernimiento entre nus y logos, para diferenciar ambos, de modo que la energía noerá no se identifique con la energía lógica.

Por esta razón tomaron palabras semejantes, porque en la lengua helénica nus y logos eran casi lo mismo. Pero hicieron el discernimiento entre hipóstasis (persona o base substancial) y esencia, y aplicaron lo mismo aquí. Dijeron: a partir de ahora llamaremos “logos” a aquello que está dentro de la cabeza, que es la lógica del hombre, y “nus” a aquello que ora, y se acabó el tema. Eso fue todo.

Por lo tanto, este nus no se identifica ni con la lógica ni con el corazón; sino que, cuando el nus ora, siempre ora al corazón. Esto es lo extraño, porque esto se sabe por observación y también se escucha».

Se debe señalar también que, en los antiguos Padres, muchas veces con el término “nus” se califica a la psique, la cual posee varias energías.

«Decimos “nus” a veces también sobre la diania (dianús). Por lo tanto, desde un aspecto, la psique-alma tiene varias energías: tiene logos, tiene sentido, sentimiento, sensación. Así que la psique-alma posee estas energías.

En otros Padres, es el nus el que tiene varias energías; por lo tanto, el nus es la psique, es decir, posee varias energías: el logos, la fuerza para poder orar al corazón, etc. Pero estas cuestiones son temas de terminología».

Finalmente, los Padres enseñan que el estado noético no es la lógica. Una cosa es el nus y otra, la lógica, por eso las separaron.

Esto significa que debemos dar importancia a lo que describen y atribuyen las palabras. Para expresar la experiencia espiritual, se requiere una terminología completa e íntegra.

«Lo importante no es exactamente con qué palabras se hace la oración, sino que el nus no se confunda con la lógica. Esto es lo crucial: la energía del nus es totalmente independiente, y no se confunde con la energía lógica».

Sobre el funcionamiento natural de la psique-alma del hombre, los loyismí (pensamientos, reflexiones y pensamientos compuestos con la fantasía) se encuentran en la lógica.

«Existe la materia gris, que se llama seso o cerebro, donde existen los loyismí. Estos loyismí son obra de la lógica. No tienen el significado que algunos les dan hoy, es decir, pensamientos indecentes; esos conceptos provienen de los helenos puritanos modernos.

En los Padres de la Iglesia, λογισμός (loyismós) significa simplemente pensamiento lógico, nada más. Los loyismí son logos, son concepciones de la lógica (de la mente)».

«En el nus del hombre debe dominar un logos, que es la memoria incesante de Dios, la cual se consigue mediante la “oración monóloga”. La oración monóloga significa un loyismós (pensamiento lógico orado o expresado en contacto consciente de la palabra con el corazón), la memoria de Dios y nada más: Kyrie eleison – Señor Jesús Cristo, eleisón* me, ten compasión de mí que soy pecador, enfermo, etc. Un loyismós que será solo del Señor de la doxa-gloria, es decir, dentro del nus del hombre; por eso se llama oración monoliyistos o monóloga».

*Nota del traductor: «Κύριε ελέησον (Kyrie eleison)» es una calificación general de cada necesidad personal, de cada situación y de lo que uno experimenta. Como no sabemos exactamente qué pedir, decimos a Dios: “eleison me” o “Kyrie eleison”; significa ten compasión, muestra caridad, misericordia, sanación, ayuda, alivio y consuelo. No tiene relación con la “piedad” que muchos traducen en castellano. La piedad en griego es ευσέβια (efsevia), de donde viene el nombre Eusebio, “piadoso” en castellano o latino».

Es enseñanza fundamental de los divinizados o glorificados (los que alcanzaron la zéosis) que han tenido experiencia espiritual que la energía noerá (nus) opera y energiza al corazón.

«Cuando el nus funciona fisiológicamente, entonces se encuentra en el corazón del hombre y ora. Cuando el hombre ora con su lógica, esta es la oración humana, entonces ora el hombre. Pero cuando el nus del hombre ora dentro del corazón, entonces ora el Espíritu. Por eso el Apóstol Pablo nos dice que “oraré con el nus y también oraré con el Espíritu”.

Por lo tanto, aquí hay dos oraciones: Al Apóstol Pablo se ve claramente que allí el nus es la lógica; y cuando dice: “oraré con el Espíritu”, esta oración es del Espíritu Santo dentro del corazón del hombre. El Apóstol Pablo se refiere muchas veces a la oración del Espíritu Santo dentro del corazón del hombre».

«Los antiguos cristianos estaban conscientes de que el hombre tiene una energía que debe estar en el corazón y que debe convertirse en órgano o instrumento del Espíritu Santo, cuando ora incesantemente al corazón, las veinticuatro horas».

«Solo cuando funciona correctamente esta energía, el nus está al corazón del hombre. Cuando no funciona adecuadamente, entonces vaga y se fusiona con la lógica del hombre».

«Los ascetas, con su ejercicio espiritual, llegan hasta el punto de ver al nus. Lo ven cuando está fuera del cuerpo o dentro del corazón, como una pequeña esfera iluminada, semejante a una pelotita de ping-pong. Cuando se va de allí donde debe estar, lo ven marchar, y cuando regresa, lo ven regresar».

«Por eso toda la ascética de la Iglesia Ortodoxa está basada en separar el nus de la lógica y delimitarlo dentro del cuerpo, principalmente en el espacio del corazón psicosomático. Lo curioso es que quienes se ocupan de esta praxis ascética saben localizar el nus, dónde se encuentra, dónde deambula y cómo delimitarlo de manera que sea posible que el Espíritu Santo habite allí y ore».

Cuando el hombre tiene experiencia de Dios, no pierde su lógica ni sus sentidos.

«Esta gnosis (conocimiento) que poseen los santos de Dios contiene, por una parte, la lógica del hombre, porque la lógica y el cuerpo permanecen observadores. Los sentidos no se pierden; participan en la experiencia de la visión divina, pero esta experiencia supera los sentidos y la fuerza de la lógica, por eso es gnosis supralógica (hipérlogos) o increada de Dios.

Los Padres la describen como agnosía (desconocimiento), no porque esté privada de gnosis, sino porque trasciende la gnosis. No es un tipo de gnosis natural obtenida por la lógica humana; es desconocimiento que no es ignorancia, porque es visión divina, gnosis increada.

«El hombre realmente participa en lo increado, que no tiene ninguna similitud con lo creado. Esta experiencia, vivida por Profetas, Apóstoles y Padres de la Iglesia, es el cimiento de la teología y el puente único, seguro y real entre Dios y el hombre».

Se hace clarísimo que hay dos roles:

a) La lógica conoce las cosas creadas del ambiente o entorno.

b) Con el nus conocemos a Dios.

«La lógica tiene su sitio en la teología. En el estadio de la catarsis (sanación) y de la iluminación, participa la lógica: entiende qué podemos conocer sobre Dios y qué no. También entiende que la finalidad de los logos (o dichos, conceptos) es inspirar conceptos y pensamientos, que como conceptos son conductores hacia la θέωσις zéosis o glorificación, pero no se pueden identificar con la zéosis.

El intento de los heréticos es eliminar el discernimiento entre zéosis e iluminación, utilizando los conceptos para identificar la noesis (comprensión, pensamiento) con la zéosis. Así, creen, por su intelecto, haber alcanzado el resplandor y apogeo de la gnosis sobre Dios, generando orgullo espiritual e intelectual demoníaco, base de todas las herejías.»

El hombre, con su lógica, ordena y describe sus experiencias. Por ejemplo, cuando uno se corta y le duele. Esto es experiencia, después la lógica hace el análisis.

«Tengo una experiencia traumática: me he cortado, me duele. Después, la lógica viene y, a base de la experiencia que tengo, hace un análisis, hace una comparación compuesta, y va a buscar una solución. ¿Qué haré ahora: ¿llamaré al médico, haré sólo mi terapia o pondré yodo encima de la herida, etc.? Hace una observación y participa en ella, que es una concentración de todo el sistema neurológico. Primero se concentra, después se hace el análisis y luego toma la decisión de lo que pasará».

De la experiencia de Dios, por el nus, se inspira también la lógica, que interpreta la experiencia al lenguaje del hombre.
Si uno intenta llegar a la gnosis de Dios con la lógica, entonces se confunde, puesto que la lógica es una cosa suelta y cada uno se imagina o fantasea lo que quiere.
El intento de uno de llegar a la gnosis de Dios por la lógica conduce a la herejía.
«La convicción de Agustín de que el hombre puede, con su lógica, captar a Dios es la base de todas las diferencias entre ortodoxos y francos».

Por lo tanto, los santos Padres hacen un discernimiento claro entre nus y lógica. Este discernimiento lo conocen también los hinduistas, que se ejercitan en el dialogismo-meditación transcendental. Pero en ellos el nus se vacía de los loyismí y se desvía hacia otra dirección, puesto que no se completa con el Espíritu Santo.
«Los hinduistas conocen sobre la energía noerá y el discernimiento entre Logos y nus, y tienen una ascética sobre estos temas.
Los hinduistas saben que, además de la lógica, existe el nus. Esta realidad la saben y hacen un ejercicio y gimnasia espiritual, y llegan hasta expulsar del nus todos los loyismí (pensamientos), sin tener la oración monóloga.
Los nuestros expulsan del nus todos los loyismí y después permanece en el nus la oración monóloga, que baja de la lógica (del cerebro o mente) al corazón. Es decir, tal y como uno da una pelotita al otro, la lógica, mientras se haya limpiado y sanado el nus, pasa la oración al corazón. Por lo tanto, el corazón ora espiritualmente (noeramente) y la lógica celebra las vísperas. Así que el hombre puede orar doblemente: hacer oración espiritual y hacer vísperas, o escribir, cocinar, etc.»

Sin embargo, los hinduistas conocen la existencia de la energía noerá y el discernimiento entre la lógica y el nus; en cambio, los psicólogos la ignoran.
«Lo único es que los actuales psicólogos y psiquiatras no conocen sobre la existencia de la energía noerá del hombre.
Si el psiquiatra conociera la existencia del nus, ¿estaría obligado o no a encontrar una manera de poner en funcionamiento este nus, de modo que la personalidad humana funcionase correctamente? Creo que esto es el punto de contacto de la teología ortodoxa actual con el hombre contemporáneo».

c.3 La energía noerá en relación con los pazos, la lógica y el ambiente (p.166)

Además de la parte logística de la psique-alma, existe la parte patológica, pasional o padeciente. Los Padres de la Iglesia, como tenían experiencia interior de la energía y acción de los pazos, aceptaron la separación triádica de la psique-alma, tal y como la enseñaba Platón. Así está escrito en los textos de los Padres: lo logístico son los loyismí (pensamientos) y, en la parte padeciente o pasional de la psique-alma, que se divide en anhelante (voluntad) e irascible (emoción), operan y se energizan los pazos.

Es cierto que esta división triádica de la psique-alma la hizo Platón, pero los santos Padres dieron otro concepto y significado a este contenido. Según Platón, lo logístico de la psique-alma conecta con la psique-alma inmortal, la cual se encontraba en el mundo no nacido de las ideas, y la parte pasional o patológica provino de la caída, por la conexión de la psique-alma con el cuerpo, el cual es la cárcel de la psique-alma.

«La obra de la Divina Jaris para Agustín es que, dentro del hombre, cesen todos los deseos. Agustín está muy influenciado por la percepción platónica sobre el hombre; es decir, que existe lo logístico (racional, lógica) del hombre y esto es el hombre principal. Después existen los pazos: lo anhelante y lo irascible. Para Agustín, lo anhelante y lo irascible son resultado de la caída; por esta razón, uno debe abandonarlos para llegar a la sanación y salvación. Por lo tanto, en el hombre perfecto no existen lo anhelante ni lo irascible. De aquí que los protestantes, los calvinistas, etc., tengan todas estas percepciones extrañas sobre estos mismos temas, influenciados por la línea de Agustín.
Los latinos están influenciados por la línea de Agustín, pero no totalmente, porque han moderado las cosas sobre lo irascible y lo anhelante. Tomás de Aquino no sigue la línea de Agustín en este tema; en cambio, los protestantes, luteranos, calvinistas, etc., en este tema siguen a Agustín.
De todas formas, se ve cuánta distancia hay entre la percepción de Agustín y la tradición ortodoxa; para nosotros, en el hombre divinizado (el que ha conseguido la zéosis), lo anhelante (deseo) y lo irascible continúan existiendo, con la diferencia de que, en vez de enfadarse para sí mismo, se enfada por las injusticias de los demás y desea el bien de ellos.

Aún existe lo anhelante (deseo) y lo irascible (emocional), pero estas facultades ya están divinizadas. Han sufrido ya una metábole, alteración, porque, a causa de la catarsis (sanación) del nus, se ha sustituido la agapi-amor interesada (egocéntrica) por la agapi desinteresada e incondicional. La agapi (energía de la emoción) desinteresada gobierna ya lo anhelante y lo irascible. Por eso, el hombre deificado no se enfada de sí mismo, sino de los demás, cuando se cometen injusticias contra terceras personas, y desea, anhela el bien de estas personas. Se realiza la metábole, cambio interior dentro del hombre.

Por eso, cuando decimos “necrosis o mortificación de los pazos”, no damos a entender la aniquilación de los pazos, sino la zéosis de ellos. Esto es muy importante. San Gregorio Palamás discutió mucho este punto con el herético Barlaam».

Los santos Padres de la Iglesia no aceptaron los aspectos de la antigua filosofía, sino que al tripartito de la psique-alma le dieron otro significado. Además de lo logístico, hablaron también sobre lo noético-noeró, que opera y actúa en el corazón; y el nus, cuando regresa al corazón, metamorfosea, transforma también los pazos, no los mortifica; porque, tal y como hemos dicho, tanto la psique-alma como el cuerpo fueron creados por Dios de manera positiva.

El hombre metamorfoseado por la Jaris (Gracia, energía increada) de Dios no altera ni cambia la agapi-amor que está conectada con el deseo y la ira, sino que adquiere la agapi desinteresada. Existe la agapi, pero con el nus iluminado al corazón, la agapi deja de ser interesada (egocéntrica) y se convierte en agapi desinteresada, incondicional o altruista.

«La terapia que trae la agapi es la catarsis (sanación) y la iluminación del nus, y principalmente con la zéosis se alcanza la psicoterapia y terapia total: la agapi desinteresada, incondicional. Por lo tanto, las buenas obras que hace el hombre ya no son simplemente ascéticas, sino que son fruto y resultado de la agapi que posee en un estado natural y no simplemente obras exteriores. Son expresiones de su existencia interior, porque el hombre se ha metamorfoseado, transformado. Por eso la zéosis o glorificación es una alteración: se realiza una transformación de la personalidad del hombre, tanto desde la perspectiva antropológica como desde la perspectiva terapéutica».

El nus, en su estado natural del hombre, adquiere comunión con Dios, con la oración noerá y la expectación de Dios (iluminación-zéosis); por lo tanto, lo logístico de la psique-alma, así como la parte pasional o patológica (deseo, ira, emoción, sentimiento), reciben los destellos de la iluminación del nus; de esta manera, se metamorfosea el hombre entero, constituido de psique-alma y cuerpo.

En cambio, en la teología occidental, tal y como ha descrito e influido en gran medida Agustín con sus pensamientos y opiniones platónicas, la iluminación del nus consiste en que uno conozca los arquetipos de los seres. En la teología de los Padres de la Iglesia, la iluminación del nus es “la separación de la lógica de las energías del nus, y que el nus se haya sanado de los efectos que tenía de la lógica y los pazos, y sea ocupado solamente con la oración”.

Así, la energía noerá (nus), en su estado natural, no sólo no es influenciada ni afectada por las energías de la lógica, de los pazos o incluso del ambiente, sino que, a la vez, esta energía iluminada afecta e influye en la lógica, los pazos y el ambiente, y los metamorfosea, los transforma. Al hombre que se encuentra en este estado, se realiza una unificación de todos los sentidos (un sentido espiritual), y el nus dentro del corazón tiene un recogimiento unificado o contracción, recogida uniforme.

Dentro de este prisma se debe interpretar la fuerza de los mártires y neo-mártires para no negar a Cristo, así como los actos de los locos por Cristo. (ver: https://logosortodoxo.es/teologia-ortodoxa/los-locos-por-cristo/)

«Los Padres Espirituales sabían que al cristiano lo capturarían los turcos y lo preparaban de tal manera para que no negara a Cristo. Y pasaba por las peores torturas. Esto tiene una gran importancia, porque el nus, cuando tiene la oración noerá, se vuelve no influenciado. El nus ya no acepta nada de la lógica, ni de los pazos, ni del ambiente. Y esta es la catarsis (sanación) de los pazos que describen los Padres; es decir, el nus ya no es influenciado.

Por eso tenemos la tradición de estos locos por Cristo y otros que iban hasta los prostíbulos para sacar chicas de allí, y entraban y veían a una mujer desnuda y no les impresionaba para nada. ¿Por qué? Porque tenían el nus iluminado».

(ver: https://logosortodoxo.es/uncategorized/el-treloyannis-el-loco-por-cristo/)

Aquel que tiene iluminado el nus no sólo no se deja influir por la lógica, los pazos y el ambiente, sino que los ilumina, y entonces se convierte, según el Logos de Cristo, en “la luz del mundo” (Mt 5,15).

c.4 El culto lógico y el culto noeró (espiritual) (p.169)

Antes se localizó cómo funcionan el nus y la lógica en el hombre fisiológico, normal, tal y como fue creado por Dios. Se habló sobre la energía lógica con los loyismí (pensamientos), que conectan con el ambiente, y la energía del nus, que funciona en el corazón y se mueve independiente de la lógica, los pazos y el ambiente.

El discernimiento entre lógica y nus define el discernimiento entre culto lógico y culto noeró (espiritual, del nus); es decir, el discernimiento de estas dos funciones durante el momento de la oración. La energía lógica conecta con las creaciones y el nus con Dios. Pero algunas veces el nus se aproxima, toca la eternidad y se comunica con los ángeles que se mueven en lo eterno.

Por lo tanto, existe el culto lógico y el culto noeró o espiritual con el nus. El culto público de la Iglesia se realiza con himnos, troparios, cantos, bendiciones, y en ello se utiliza la lógica (logos). El culto noeró (o espiritual con el nus) se realiza en el corazón “sin hablar ni articular”, con la energía del Espíritu Santo, donde se utiliza un logos: el nombre de Cristo.

«Por eso también, en la Divina Liturgia, nos referimos al culto lógico que ofrecemos a Dios. El culto público —divinas Liturgias, Vísperas y todas las demás funciones, junto con los Misterios— es culto lógico, que se hace por la lógica de cada parroquia hacia Dios, y allí utilizamos nuestra lógica.

Pero además del culto lógico existe también el culto noeró (espiritual). El culto noeró se realiza dentro del corazón del hombre, no por el hombre, sino por el mismo Espíritu Santo, que hace de salmista y sacerdote dentro del corazón. Por lo tanto, uno escucha dentro de su corazón salmos y también oraciones, cuando ha llegado al estado de iluminación».

Esto se ve también en la enseñanza del Apóstol Pablo.
«Por esta razón tenemos el culto lógico. Decimos: “A Ti ofrecemos este culto lógico…”. El culto lógico lo ofrecemos a Dios; esto es nuestro culto, porque lo damos con nuestra mente. Es lo que dice el Apóstol Pablo: “Oraré con el nus”. En el Apóstol Pablo, nus significa la lógica, y “oraré en espíritu” es la oración noerá (1 Cor 14,15). Da a entender que estaré orando con mi lógica y también con mi espíritu. Viene el Espíritu Santo y estará orando dentro de mi espíritu-nus».

En el culto lógico se utilizan muchos logos, dichos y conceptos; en cambio, en el culto noeró, el nus del hombre permanece sin conceptos. Sólo en la oración noerá tiene los conceptos de la oración, pero cuando viene la zéosis, la oración cesa.

El culto lógico y el noeró, en el hombre fisiológico, normal, tal y como fue creado por Dios, se realizan a la vez. Y esto se ve claramente, tal y como lo dicen los Padres; es decir, es algo tremendo.

El culto noeró es lo que conduce al hombre a la visión divina y a la zéosis o glorificación.
«En la teología patrística, es más importante el nus de los iluminados que los libros. Cuando el nus se encuentra en estado de iluminación, es como un astrónomo que ve por el telescopio.

En la tradición cristiana, este nus no se ilumina yendo al supermercado a comprar un fármaco para abrillantarlo. No se hace con fármacos, tal como se hace en la astronomía, cuando limpiamos y abrillantamos el lente o cristal para ver más claro. Aquí, el teleobjetivo que se limpia es el mismo corazón, que se abrillanta con la ascesis».

Como el nus y la psique-alma son creados, es imposible, sin la Jaris (Gracia, energía increada) de Dios, llegar solo a la expectación de Dios. Cuando el hombre alcanza el punto de ver a Dios, se encuentra en el estado fisiológico, normal, tal y como eran Adán y Eva después de la creación y antes de la caída.

«Cada hombre deificado, para nosotros, es un hombre normal. Porque funciona su nus. Es decir, ora, etc., porque está iluminado. Por eso es normal. Y más normal que todos es aquel que ha llegado a la zéosis y está englobado entre los deificados».

En el estado de visión divina, el hombre entero participa de esta experiencia y conoce la energía (increada) de Dios, pero no Su esencia; por eso, cuando Dios se apocalipta (revela) al hombre, permanece misterio. Así, Dios se apocalipta escondiéndose.

«El hombre, cuando llega a la visión divina, le acompañan todas las experiencias regulares que tiene. Sus sentidos, su nus, su lógica, sus pazos; todo participa en la experiencia de la zéosis, pero entonces la lógica humana no percibe a Dios. Dios supera todas las fuerzas del hombre. Por eso la misma apocálipsis (revelación) permanece misterio».

El nus, con la oración noerá, particularmente cuando llega a la visión divina, no está vagando ni confundido; entonces vive la teología inequívocamente, sin engaño.

«Si no tiene oración noerá, automáticamente se encuentra en engaño. ¿Por qué? Porque su nus, aunque el hombre sea ortodoxo, se encuentra en estado engañoso. Su nus se encuentra engañado, y sólo en estado de oración noerá expulsa el engaño y el error».

La verdadera teología ortodoxa conecta con el nus iluminado.

«El funcionamiento del nus es la teología. No existe otra teología ortodoxa para los Padres de la Iglesia, porque por el funcionamiento del nus se adquiere el carisma del discernimiento de espíritus y el discernimiento entre lo creado y lo increado, y esto es la única cuestión de la teología. No hay otro objeto de la teología: ni filosofía, ni reflexión, nada más».

Al contrario, cuando el nus del hombre está lleno de loyismí, entonces no puede teologizar ortodoxamente.

«El que teologiza con el nus pleno de loyismí no producirá teología correcta, porque en el nus debe haber sólo un loyismós. Si tiene otros loyismí en su nus, no puede teologizar correctamente.

Puede teologizar más o menos sobre la teología ortodoxa, porque estudiará textos patrísticos, decisiones sinódicas y de forma típica conocerá las cosas de la fe; pero nunca podrá ordenar correctamente toda la materia ni entender qué es la relación entre estos nombres y conceptos con la realidad de la experiencia espiritual de los Padres».

La conclusión de todo lo anterior es que el hombre fue creado por Dios con perspectivas de llegar a la visión divina, con el nus iluminado que opera y energiza el corazón y, entonces, asciende a la visión de Dios; así adquiere gnosis (conocimiento) de Dios, la cual se transmite mediante la utilización de la lógica. Este era el hombre fisiológico, normal, tal y como fue creado por Dios.

c.5 El cuerpo del hombre (p.183)

La enseñanza fundamental de la Iglesia, tal como está escrita en el libro del Génesis, es que el cuerpo, junto con la psique-alma, son creaciones de Dios; y el cuerpo se vivifica con la energía (increada) de Dios, mediante la psique-alma. La psique-alma del hombre conecta con su vida.

La composición del cuerpo se hace de células, que constituyen los músculos, los cuales a continuación componen varios órganos.

«El cuerpo está compuesto de células; todo el cuerpo es un sistema de células. Como las células sufren disolución, por esta razón el cuerpo desaparece y se convierte en polvo de tierra».

«Una célula va a una parte del cuerpo y se hace oreja, otra se hace ojo, etc. Las células, está claro, tienen sistema memorial en su interior. Saben cómo se desarrollarán, dónde van y dónde pararán, en qué lugar se multiplican y cumplen el papel del lugar donde se encuentran».

Tal como la psique-alma vivifica el cuerpo conjunto, así también el Espíritu Santo vivifica la psique-alma; y la Jaris (Gracia, energía increada) de Dios, por la psique-alma, se transmite también al cuerpo. Así, todo el hombre se hace espiritual.

«Por eso tenemos estos fenómenos extraños en la ortodoxia: eremitas, estilitas que viven en una columna, los que viven en árboles, etc., porque la espiritualidad ortodoxa hace que los hombres que son débiles corporalmente sean como leones en sus psique-almas y resistencias, incluso frente a los elementos de la naturaleza».

La percepción neoplatónica -que es continuación del platonismo- dice que la psique-alma tiene que separarse del cuerpo, el cual es malo; esto no es aceptado por los Padres de la Iglesia y lo consideran demoníaco.

«Para los neoplatónicos, el hombre, para encontrarse en contacto con el súper más allá, debería liberar la psique-alma del cuerpo.

En la tradición patrística, la experiencia de la zéosis es de la psique-alma y del cuerpo. El hombre entero, con toda su personalidad, cuerpo y psique-alma, participa en la experiencia de la zéosis. Y cuando el hombre ve a Dios, Lo ve entero, con su lógica, con sus ojos, con sus narices, etc. Participa entero y no se encuentra en alguna afasia o mutismo.

La experiencia de la afasia de los neoplatónicos, en la tradición patrística ortodoxa, se considera demoníaca. El intento de la psique-alma de liberarse del cuerpo y venir sola en contacto con lo increado es demoníaco. Los platónicos no lo llamaban increado; para ellos era aquello que siempre existe; es decir, la psique-alma era una parte de este mundo inalterable, después cayó y luego regresa en este mundo. Por lo tanto, los platónicos no tienen el discernimiento entre lo creado y lo increado.

Esta enseñanza de que el hombre debe llegar al éxtasis y, por el éxtasis, entrar en contacto con la realidad, todo esto, de parte de los Padres, se considera demoníaco. Porque los Padres no lo aceptan y lo condenan; es decir, recalcan que en la experiencia participa el hombre entero: la psique-alma y el cuerpo».

La zéosis contiene todo el hombre.

«Y esta experiencia de la zéosis contiene el hombre entero no sólo la psique-alma sino también el cuerpo. Y tenemos la zéosis de la psique-alma, de la lógica, del nus y del cuerpo, aún tenemos zéosis y catarsis de los pazos».

Los santos divinizados (glorificados, deificados) conocen por experiencia que la experiencia de la zéosis participa también el cuerpo, y además se hace una suspensión de las energías somáticas.

«Mientras uno tiene la zéosis no duerme, no come, no bebe, y no va al lavabo; es decir, tenemos suspensión total de todas las funciones naturales del hombre mientras dura esta experiencia.

Aunque dure un año, el hombre se encuentra en suspensión de las funciones de su cuerpo. Esto no significa que no conoce o no habla. Este estado no es el éxtasis de los Neoplatónicos, los idólatras, etc., no tiene ninguna relación con el misticismo; es decir, el éxtasis del misticismo, porque durante este estado de zéosis el hombre tiene todos sus sentidos y habla, conversa con los demás y es perfecto dominador de sus sentidos y se comunica con todo su ambiente. Es decir, el nus no sufre una huida del mundo, del espacio de las dimensiones, del color, etc.

Pues, este punto es muy importante y hace falta mucha atención, que no se identifique nunca la experiencia ortodoxa de la zéosis con los misticismos de los budistas, los africanos y distintas religiones idólatras, teosofías, filosofías etc. La experiencia de la zéosis o glorificación es algo totalmente distinto.»

Los teólogos occidentales, influenciados de los Platónicos, hablaban sobre la “ευδαιμονία (efdemonía) felicidad, bien estar”, de la psique-alma después de la resurrección.

«Como Agustín está influenciado de los Platónicos, el cuerpo no tiene parte en la “ευδαιμονία (efdemonía) felicidad, bien estar” y la “ευδαιμονία (efdemonía) concierne sólo la psique-alma del hombre. Por eso Tomás el Aquino, se ocupa ahora sólo sobre el tema de la “ευδαιμονία (efdemonía); y se pregunta a sí mismo tres, cuatro, cinco preguntas cada vez y después hace una tesis, luego contesta en todas las preguntas que el mismo se ha sometido a sí mismo. ¡Este es su método, lo sabían! Empieza con preguntas, después la tesis y luego las contestaciones y a continuación escribe. Venid a mi despacho para mostrarles cómo es el plano de su libro.

Pues, pregunta entre otras cosas, ¿qué contribuye al cuerpo resucitado a la “ευδαιμονία (efdemonía) del hombre? ¿Puesto que la “ευδαιμονία (efdemonía) es que uno adquiera a Dios, sólo el Dios pone la “ευδαιμονία (efdemonía) al hombre, entonces para qué se necesita el cuerpo? Y dice que el cuerpo esencialmente no ofrece nada para la “ευδαιμονία (efdemonía) del hombre. Aceptamos la resurrección del cuerpo, porque lo enseña la Santa Escritura y ofrece un charm (carma), es decir, algo gratificado. El carma es que da algo, ofrece un encanto, pero esencialmente no ofrece nada a la “ευδαιμονία (efdemonía). Entonces, ¿para qué hace falta la resurrección? ¿Para tener allí un cuerpo pegado que no hace falta? Por lo tanto, uno ve que los teólogos escolásticos, siguen a Agustín y no son consecuentes con sus propias enseñanzas».

Por lo tanto, la psique-alma conecta finamente con el cuerpo, sin que se identifique absolutamente con esto. Los dos son creaciones de Dios. El hombre entero es constituido de psique-alma y cuerpo, es de dos composiciones, pero debe tener también la Jaris (energía increada) de Dios que santifica la psique-alma y el cuerpo.

Los santos conocen por sus experiencias que el hombre entero participa a la experiencia de la zéosis y él se resplandece y se glorifica. Y esto, además del logos de Cristo, les certifica que se hará también la resurrección del cuerpo durante la Segunda Parusía (Presencia) de Cristo; Así que no aceptan las opiniones de los antiguos filósofos sobre la inmortalidad por naturaleza de la psique-alma y la mortalidad por naturaleza del cuerpo. La psique-alma es inmortal no por naturaleza, sino con la voluntad de Dios y el cuerpo participa a la experiencia de la zéosis. Amín. ¡Jaris increada para todos!!!!!!!

Padre Romanidis (entregas orales, por Ieroteo Vlajos) tomo 2º

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

GÉNESIS Cosmología y Antropología Cristiana Ortodoxa

ΓΕΡΟΝΤΟΣ ΑΘΑΝΑΣΙΟΥ ΜΥΤΙΛΗΝΑΙΟΥ (†23 Μαΐου 2006).

YÉRONTAS ATANASIOS MITILINEOS (Mayo 2006)

ΓΕΝΕΣΙΣ GÉNESIS

Cosmología y Antropología Cristiana Ortodoxa

 

Gén 1:1 En (en el o junto con) el principio Dios creó el cielo y la tierra

Gén 1:26 y dijo Dios: hagamos el hombre a (como o según)

icona-imagen y semejanza nuestra

Γεν. 1,1 Ἐν ἀρχῇ ἐποίησεν ὁ Θεὸς τὸν οὐρανὸν καὶ τὴν γῆν

Γεν. 1 ,26 καὶ εἶπεν ὁ Θεός· ποιήσωμεν ἄνθρωπον

κατ᾿ εἰκόνα ἡμετέραν καὶ καθ᾿ ὁμοίωσιν

12 homilías grabadas de las clases catequéticas.

 

Tomo A

Santo Monaterio de Comninéon de la ciudad Larisa, Thesalia

 

Contenidos

Prólogo del Monasterio

Introducción por el Yérontas

1ª Lección (homilía): Génesis, capítulo 1 Creación.

2ª Lección (homilía): “Creó”- “el Dios”- “el cielo y la tierra”.

3ª Lección (homilía): La situación de la tierra. Santo Dios Triádico crea el mundo. El Hijo y el Espíritu Santo

4ª Lección (homilía): El Espíritu de Dios encima de las aguas. La creación de la luz

5ª Lección (homilía): El primer día de la creación – Sobre días creativos – El octavo día de la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios).

6ª Lección (homilía): La creación del tercer día creativo y la formación de las aguas terrestres – La creación de la vida y la aparición de la vida en el reino vegetal.

7ª Lección (homilía): Sobre la vida vegetal – Teorías sobre el principio de la vida – La creación automática imposible.

8ª Lección (homilía): Continuación sobre las plantas – Cuarto día creativo – “Háganse las lumbreras”

9ª Lección (homilía): Concepto reductivo de la luminosidad y de la capacidad cáustica o calorífica de la luz.

10ª Lección (homilía): Quinto día creativo. La creación de los peces y las aves.

11ª Lección (Homilía): La creación de los animales terrestres. La teoría de la evolución

12ª Lección (homilía): La Divina Providencia y Gobierno divino

 

Prólogo del Monasterio

Con la Χάρις (Jaris: Gracia, energía increada) y la bendición de nuestro Santo Dios Tríadico, la hermandad de nuestro Santo Monasterio edita el primer tomo de las clases catequéticas del bienaventurado Yérontas Atanasio Mitilineos, que se refieren a la Cosmología y la Antropología Cristiana, basándose en los primeros tres capítulos del Génesis. Estas clases se impartieron en la sala de Catequesis de san Jaralmbus, en la ciudad de Larisa.

El bienaventurado Yérontas había concienciado sobre la necesidad de la catequesis, buscando que nuestro pueblo, (y el mundo) adquiera el conocimiento (gnosis) de nuestra fe ortodoxa. Decía:

“La catequesis no es un lujo, ni algo especial o preferencial; es muy necesaria. Es una verdadera bendición. Si alguna vez comprendiésemos que, después del Bautismo, debemos completar nuestra catequesis en la adultez, concienciándonos de que debemos adquirir el conocimiento de nuestra fe, entonces estaríamos corriendo a completar nuestro conocimiento espiritual, teológico y cristiano ortodoxo, no sólo durante la infancia o la adolescencia, sino a lo largo de toda nuestra vida”.

También señalaba especialmente que el contenido de la catequesis de los cristianos debe centrarse principalmente en el dogma ortodoxo y en el carácter ético y evangélico, y que sus fuentes deben ser la Santa Escritura (Antiguo y Nuevo Testamento) y la Santa Παράδοσις (Parádosis: Transmisión, Tradición divina). (Ver sobre el término en: https://logosortodoxo.es/teologia-ortodoxa/santa-tradicion-de-la-una-santa-iglesia-catolica-apostolica-ortodoxa/)

El bienaventurado Yérontas consideraba que el kerigma (discurso teológico) es obra principal de los obispos y clérigos, para que el pueblo sea catequizado y no caiga en el engaño de las herejías.

Podemos afirmar con certeza que, en la actualidad, nuestro pueblo se encuentra en una crisis espiritual preocupante, porque no ha sido catequizado ni lo es de manera correcta y suficiente. Cristo dio orden a los Apóstoles, y también a sus sucesores, de ir al mundo y predicar el Evangelio a todos los pueblos (Marcos 16:15).

Por eso, el canon 58º de los Santos Apóstoles establece:

“El obispo o presbítero que descuide al clero o al pueblo, y no les enseñe los dogmas de la fe y la piedad, sea anatemizado; si persiste en su negligencia, desgana o pereza, sea depuesto”.

Para comprender la seriedad del kerigma en la catequesis del pueblo, basta escuchar lo que dice Dios al profeta:

“Hijo de hombre, te he establecido como centinela entre los israelitas. Escucharás de mi boca una palabra y con ella amonestarás de mi parte. Cuando anuncie amenazas contra el hombre malvado y diga que con toda certeza morirá por sus pecados si no se arrepiente, y tú no protestas, sino que te retraes y no le hablas con firmeza para apartarlo de los caminos perversos de su vida, para que escape de la muerte y viva, el malvado ciertamente morirá por sus maldades; pero yo te pediré cuentas por su muerte, porque no lo ayudaste a volver a la μετάνοια (metania)” (Ezequiel 3:17-18).

Todas estas realidades eran conocidas por el bienaventurado Yérontas, por lo que sentía un gran peso de responsabilidad ante Dios, quien le confió este santo depósito. Por ello, asumió con celo su compromiso con la catequesis del pueblo de Dios.

Nuestra hermandad agradece a todos aquellos que, con gran celo e interés irreductible, contribuyeron a la preparación de este primer tomo de las clases catequéticas. Que el Señor los bendiga. Rogamos a los lectores de este tomo que oren por la edición de los tomos restantes, (y ya que están editados, recen por su traducción al español y para la Doxa-gloria de Dios Trinitario).

Hermandad del Santo Monasterio, mayo 2017

 

Introducción por el Yérontas

 

En la antigua Iglesia, el bautismo se realizaba en la mayoría de edad. Como hoy se bautiza en la infancia, la catequesis tiene lugar después del bautismo. Por esta razón, es una verdadera bendición si comprendemos que debemos completar nuestra catequesis al llegar a la edad adulta, después de haber sido bautizados.

La catequesis no es un lujo, algo excepcional ni, si se quiere, algo preferencial. Es absolutamente necesaria. Por eso, si tomamos conciencia de que debemos adquirir la gnosis (conocimiento) del contenido de nuestra fe, entonces, sin duda, no solo buscaremos, durante nuestra juventud, completar nuestro conocimiento teológico, espiritual y cristiano, sino que veremos que es una tarea continua para toda la vida.

Los discípulos de Cristo, hasta su muerte, eran llamados «alumnos», lo cual significa que tenían un espíritu de aprendizaje. También nosotros, hasta el día en que muramos, debemos conservar ese espíritu de alumno o discípulo. Por eso, no consideréis que venir aquí es algo excepcional o voluntario. Es algo muy, pero muy necesario; incluso diría obligatorio, si queremos llamarnos y ser cristianos.

Y si queréis, os diré más: todos los males que se han acumulado en nuestra vida se deben, precisamente, a la falta de catequesis. Una gran parte de nuestro pueblo está desinformado en los temas de la fe. Está des-catequizado. Y esa es una gran desgracia.

Este año, los temas serán la cosmología y la antropología cristiana.
Cuando hablamos de antropología, nos referimos al logos (tratado, causa) del hombre, a su constitución física y espiritual.
Cuando hablamos de cosmología, nos referimos al logos (tratado, causa) del cosmos, es decir, del mundo o universo.

Este tema es enorme. Siempre ha ocupado a los filósofos, especialmente a los primeros pensadores helenos, desde los presocráticos, que intentaban penetrar el misterio de la creación. Se preguntaban: ¿Qué es el mundo? ¿Qué es todo esto que nos rodea? ¿Quién lo ha creado? ¿Qué propósito tiene? ¿Adónde nos lleva?

Esto es lo que llamamos cosmología cristiana. ¿Y por qué cristiana? Porque no abordaremos este tema desde una perspectiva filosófica o científica, sino desde la perspectiva hagiográfica cristiana. Aunque, si me decís: “Vale, pero la ciencia y la filosofía dicen esto o aquello…”, de acuerdo; ciertamente, en algunas partes también nos referiremos a cuestiones filosóficas y científicas.

Pero ¿qué queréis que os diga? Si digo que voy a enseñaros ciencia, entonces no sería catequesis. ¿Qué debe hacerse entonces?

Escuchad: Los joyeros tienen una piedra que llaman “piedra de toque”. Cuando alguien les lleva una joya de oro o que parece ser oro, pero no se sabe cuántos quilates tiene, el joyero la frota contra esa piedra, y queda una marca del metal. Luego aplica un ácido, y según cómo reaccione esa marca, si se oscurece o no, y en qué grado, puede determinar si es oro y de cuántos quilates.

Así también, hijos míos, si aprendemos muy bien -pero muy bien- el contenido de nuestra fe desde la perspectiva cristiana, os aseguro que, paso a paso, cualquier teoría que escuchéis, ya sea en la escuela, en el periódico o en cualquier otro lugar -teorías sobre la creación del mundo y del ser humano, es decir, la antropología -, podréis evaluarla y juzgar si es aceptable desde el punto de vista cristiano.

Porque, en definitiva, este es nuestro objetivo: conocer, desde la perspectiva cristiana, todo lo que circula sobre estos temas.

La razón por la cual este año trataremos este tema es que una joven tenía dudas y me preguntó sobre ello. Le respondí que viniera a la catequesis, donde le contestaría, y así pensé en analizar estos asuntos durante este año.

¿Qué ocurre, por ejemplo, cuando escucháis hablar de la teoría de la evolución? Este año se celebran los cien años desde la divulgación de la teoría de Darwin, que sostiene que las especies evolucionan y que provenimos del mono. ¡Cuántas cosas de este tipo se dicen en nuestras escuelas, en los periódicos, etc.! (Los helenos, por cierto, usamos la metáfora del mono para referirnos al diablo). Y os preguntáis: ¿Acaso no nos ha creado Dios? ¿Nuestro origen es el mono, por evolución y al azar? ¿Ese desarrollo no tiene ningún plan? ¿Ocurre simplemente por azar? ¿Este mundo es fruto del azar? ¿Y qué es, en definitiva, este mundo?

Teniendo clara esta enseñanza, seréis capaces, en todo momento, de responder primero a vosotros mismos y después a vuestro entorno, si hemos aprendido bien estos temas.

Por lo tanto, abordaremos estos temas -la cosmología y la antropología cristiana- desde una perspectiva hagiográfica, es decir, según lo que revela (apocalipta) el Logos de Dios.

Es cierto que la Santa Escritura se refiere, más o menos, a estos temas. Pero el libro por excelencia del cual extraeremos toda la información este año y que analizaremos detenidamente será el libro del Génesis.

Este libro fue escrito por Moisés en el siglo XV antes de Cristo. Es el primer libro del Antiguo Testamento y, por lo tanto, el primero de toda la Santa Escritura. Muchos, desinformados, consideran que se trata de un mito o que tiene un carácter mítico, y que no resiste el análisis científico; por ello, afirman que ya no podemos hablar de Adán y Eva, ni de que Dios creó el cosmos/mundo en seis días.

Sin embargo, aunque ya os he dicho que no vamos a hacer ciencia, sino ciencia divina, veréis que lo que escribe el Logos de Dios es tan maravilloso que no solo resiste el análisis, sino que deja absolutamente sorprendido al estudioso (no al simple lector), incluso en comparación con lo que afirma la ciencia actual.

De modo que, sin dedicarnos a la ciencia como tal, inevitablemente surgirán comparaciones con ella, y así obtendremos información auténtica desde nuestra perspectiva cristiana. Porque está claro que ni los filósofos ni la ciencia pueden ofrecer una respuesta auténtica: hoy dicen una cosa, y mañana otra distinta. La ciencia reconsidera continuamente sus postulados; los científicos abandonan teorías antiguas y formulan otras nuevas… pero siguen siendo solo teorías.

Las verdades científicas demostradas son muy pocas. En general, la ciencia se mueve dentro del ámbito de las teorías: es decir, de suposiciones o hipótesis que aún están en evaluación. Esto es lo que entendemos por «teoría»: una explicación provisional, no una verdad definitiva. Por ejemplo, hablamos de la teoría de la evolución, la teoría sobre el origen del universo, etc. Hay muchas teorías -A, B, C, etc.-, porque ninguna ha dado una respuesta definitiva.

Antes de continuar con el desarrollo del tema, quisiera completar esta introducción con algunas ideas más.

El libro del Génesis es antiquísimo, tiene aproximadamente tres mil quinientos años. Uno podría preguntarse: ¿realmente vale la pena tomar información de un libro tan antiguo? Lo sorprendente es que cuanto más antiguo es, más asombroso resulta, porque ¿cómo es posible que en un libro de hace milenios se formulen ideas que apenas hoy estamos empezando a descubrir?

Esto eleva el grado de θεοπνευστία (zeopnefstía: inspiración divina) de la Santa Escritura, y en especial del libro del Génesis.

Debo decir también que si alguna vez escucháis o leéis que el autor del Génesis -Moisés- tomó elementos o fuentes externas a la Biblia, como de los babilonios, egipcios o caldeos, para componer este libro, sabed que existe una enorme distancia entre esas cosmovisiones antiguas y el contenido del Génesis. Sería un disparate -por no decir una broma- afirmar que Moisés copió de esas fuentes.

Esto puede constatarlo cualquiera que compare superficialmente un texto babilónico o egipcio con el Génesis. La diferencia salta a la vista.

Y como en nuestros días existe una cierta deificación de la ciencia, muchas veces queremos acudir a ella incluso cuando analizamos cuestiones desde la Santa Escritura. En los casos necesarios, también haremos referencia a la ciencia.

En este punto, me gustaría compartir con vosotros la opinión de dos grandes científicos.

El primero es André-Marie Ampere, el gran físico en cuyo honor se nombró la unidad de medida de la corriente eléctrica: el amperio. Él dijo lo siguiente: “Lo que Moisés escribió hace tres mil quinientos años, o bien demuestra que tenía el conocimiento antropológico y cosmológico de nuestra época, o fue inspirado por Dios.”

Pero que Moisés poseyera el conocimiento científico de nuestra época es totalmente imposible. ¿Cómo podría tenerlo, si en aquel tiempo ni siquiera sabían que la Tierra giraba alrededor del Sol? Un concepto impensable en el siglo XV a.C.

Además, Moisés no podía tener conocimientos de biología o geología como los actuales, que en su mayoría datan de los últimos cien años. Por lo tanto, la única conclusión razonable es que lo que escribió fue por inspiración divina, es decir, que fue θεόπνευστος (zeopnefstos: inspirado por Dios).

Otra opinión es la de Lapérouse, gran geólogo de la Academia Francesa, quien dijo lo siguiente: “Si tuviera que hacer un resumen en cuarenta líneas de las más auténticas conclusiones de la geología, copiaría el texto del Génesis. Es decir, la historia de la creación de la geología la haría igual que lo ha escrito Moisés.”

¡Veis qué maravilloso! Esto otorga una autenticidad grandiosa y un prestigio incalculable al libro del Génesis. Esto es solo una pequeña introducción a los temas que vamos a analizar durante este año y, si Dios quiere, el siguiente, si llegamos a concluirlos.

Yo personalmente considero estos temas grandiosos, muy apetitosos, suculentos. Por ejemplo, cuando entremos en los temas de la antropología cristiana, nos plantearemos preguntas como: ¿qué es el άνθρωπος (ánzropos: hombre, ¿ser humano) y qué quiere decir άνθρωπος?

Cuando Platón describió y formuló su conocida definición sobre el hombre: “un animal con dos patas y sin alas”. Entonces otro filósofo heleno, Diógenes, tomó un gallo, lo desplumó y dijo: “He aquí el hombre”. Al observar sus patas y alas, que se parecían a las del hombre, exclamó: “¡Mirad al hombre!”

El hombre es un misterio. No sabemos qué es el hombre. Hasta hoy, ni la filosofía ni la ciencia han dado una respuesta definitiva sobre qué es el hombre. Mucho más difícil aún es definir cuál es el propósito o fin para el cual el hombre existe.

¿Queréis saber algo más? Decimos: ¿la mujer es ἄνθρωπος (ánzropos: ser humano)? Ciertamente, bajo la perspectiva de la Santa Escritura, bajo el prisma de la Iglesia, la respuesta parece obvia. Es evidente que la mujer es un ser humano. Pero hubo un tiempo en que no era tan claro, con las consecuentes implicaciones prácticas de esa cuestión. Fue por ello que surgió el feminismo. Hoy en día, decimos que la mujer es igual al hombre. En nuestra época, existen conflictos sobre este tema. Pero si aprendemos cómo se hizo la mujer, de dónde vino, y cómo permaneció junto al hombre (varón), tendremos todos los elementos del auténtico feminismo cristiano. ¿Por qué, entonces, hablar del feminismo?

Como os dije, los textos que vamos a estudiar son tan valiosos que llenan nuestras almas de entusiasmo. Funcionan como la “piedra de toque” del joyero, que permite distinguir lo auténtico de lo falso. El feminismo mundano, que a menudo tiene efectos negativos y terribles, reduce a la mujer a una penuria o miseria. Mientras que el feminismo lucha por igualar a la mujer al hombre, el feminismo mundano tiende a varonizar a la mujer, reduciéndola a una penuria y miseria. Nosotros, en cambio, guardaremos la medida correcta, y esa medida nos la da la Santa Escritura, la apocálipsis (revelación) de Dios.

Ahora, vamos a entrar en el texto sagrado.

 

1ª Lección (homilía): Génesis, capítulo 1 Creación.

 

Γεν. 1,1 Ἐν ἀρχῇen arjí… En el principio, Dios creó el cielo y la tierra.
2 η δέ γῆ (i de yí)… pero o en cambio, la tierra era invisible, no formada, y la tiniebla, oscuridad, cubría el abismo, y el espíritu de Dios flotaba sobre las aguas.
3 Y dijo Dios: «Hágase la luz; y se hizo la luz». Aquí me detengo.

[Añadido por mí: es de otras homilías del bienaventurado Yérontas Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo según los Padres de Athos, y fue apocalíptico para mí en el año 2003; así, de memoria, lo describo.

Las primeras palabras del Génesis, que coinciden con las primeras palabras del Evangelio de la Luz increada de san Juan Evangelista, esconden un gran misterio:
Gén. 1,1: Ἐν ἀρχῇ… en arjí… «en el principio» («junto con el principio»), que coincide con:

Jn 1,1: Ἐν ἀρχῇ ἦν ὁ Λόγος… (en arjí in o Logos): «Junto con el principio era y siempre es el Logos; y el Logos existía con Dios y está en Dios; y Dios era y es siempre Logos».

[1,1: «En el principio, junto con y en el Espíritu infinito e increado de la creación espiritual y material, existía siempre el Logos increado. Como Hijo y Logos de Dios, nace siempre del Padre como Logos vivo, increado e infinito de Nous perfecto y sabio. El Logos, como segunda hipóstasis o persona de la Santa Trinidad, existía y está siempre inseparable de Dios; y el Logos era y es siempre Dios, increado, perfecto e infinito, tal como el Padre y el Espíritu Santo (un Dios, tres hipóstasis/bases subsistenciales o sustanciales, y una usía esencia/sustancia, y una energía, increadas)»].

(Y «Ἐν ἀρχῇ» (en arjí) es un sólicon o solecismo —es decir, una construcción asintáctica: está en declinación  dativa, y debería ser: «εἰς τὴν ἀρχήν…» (is tin arjín…) declinación acusativa. No es casualidad que el divino escritor, inspirado por el Espíritu Santo, lo pone así para llamarnos la atención de que esconde un misterio. Es decir, que manifiesta al Logos junto con el Espíritu Santo, lo cual se expresa más abajo: «y el Espíritu de Dios se movía, se cernía o planeaba sobre la faz de las aguas, o sobre la superficie del mar» (Gén 1,2); y la frase «dijo Dios» manifiesta el Logos (increado y aún no encarnado) de Dios.

*Σόλοικον (Sólikon), sólico o solikismo: expresión agramatical, sin coherencia sintáctica. Σόλοικον (sólico o solikismo) designa una construcción agramatical, sin coherencia sintáctica. Es decir, se refiere a quien, en un texto, se aparta de la sintaxis y de la gramática. En este caso, especialmente san Juan y otros santos escritores lo hacen muchas veces de manera intencionada, para indicar que se esconde un misterio o lo difícil, inefable e inexpresable que es lo divino, o Dios mismo. Los occidentales, en general, no tienen en cuenta este concepto y, por ello, dicen equivocadamente que se trata de simples errores del escritor inspirado.]

En el principio, Dios creó el cielo y la tierra. ¿Qué significa esto? Dice Akakio de Cesarea: «Es lo mismo que: Dios creó el principio del tiempo y el principio del cosmos-mundo». Así, pues, vemos directamente desde el principio que se ponen dos elementos: el del tiempo y el elemento del espacio. Cierto que sabéis poquito de matemáticas y física del colegio; de verdad disfrutaréis mucho de estos temas. Pero si algunos no tienen estos estudios mínimos, espero que no les defraude ni canse, sino que hagan un pequeño esfuerzo por entender, porque realmente se beneficiarán. Esta primera frase: «En el principio Dios creó el cielo y la tierra», por costumbre del escritor sagrado constituye el prólogo de todo el libro, pero también el resumen del capítulo y de todo el libro.

Pero vamos a detenernos en las dos primeras palabras: «En principio». Cuando dice «principio», inmediatamente denota y revela tiempo. Decimos, por ejemplo: cuando empiecen las clases…, cuando empiece a comer…; esto indica tiempo (χρόνος cronos). Pero el tiempo en los antiguos no fue observado: permaneció inadvertido. Es decir, los filósofos antiguos, en el tema de la creación, observaron sin tener en cuenta el tiempo; o sea, no estuvieron atentos, no tuvieron en cuenta este tema. Veían delante de ellos solo la creación. Pero la creación sin el tiempo es una cosa inconcebible, totalmente incomprensible. Simplemente porque dentro de la misma creación tenemos acontecimientos, hechos, y estos acontecimientos tienen principio y final, aunque sea parcialmente. Por ejemplo, decimos que empieza nuestra clase y terminará. Después empezará la siguiente homilía y terminará. Estas son cosas que ocurren: acontecimientos, hechos; diríamos que son unos trozos pequeños del tiempo. Y toda la creación, sin duda, está constituida de estos trozos pequeños del espacio que tienen una manifestación.

Aun hasta una cosa estática, que está parada -decimos un edificio-, ¿qué tiene esto? No tiene ningún acontecimiento. Es estático. ¿Cómo que, ¿no? Dentro del tiempo existen los acontecimientos, existe la corrupción o desgaste. ¿Existe algo sin corrupción? No tiene nada que ver si esta casa durará mil años o un monte, por ejemplo, quinientos mil años; o si mi reloj durará solo cinco años. Esto no tiene ninguna importancia. Lo importante es que hay metábole: variación, modificación, cambio, y esta variación siempre se escribe con el tiempo-cronos (del helénico χρόνος jronos, que quiere decir tiempo; de ahí viene en castellano cronómetro, herramienta con la que se mide el tiempo). No es, pues, la creación algo estático. Entra el tiempo-cronos, y esto es honor para la Santa Escritura: que inmediatamente nos introduce a la creación del espacio y del tiempo. Con «en el principio» se refiere al tiempo, y con «creó el cielo y la tierra» se refiere al espacio. Así pues, queridos míos, tenemos esta cosa maravillosa que hizo falta miles de años para que el hombre la entendiera, y la ha comprendido apenas ahora.

Cierto que los filósofos empezaron a percibir y entender algo, como os voy a decir más abajo, pero la ciencia ahora, últimamente, lo ha formulado. ¿Qué? Pues que espacio y tiempo son cosas que se han creado simultánea    mente y no se separan. Decimos que tengo una tela: esta tela se constituye de hilos. ¿Cuál es la composición de la tela? Pues de los verticales y los horizontales. Si quito los hilos verticales, simplemente tengo una línea de hilos; no tengo tela, y viceversa: lo mismo. Para tener tela tengo que tener las líneas verticales y las horizontales. Para tener la creación tengo que tener el espacio y también el tiempo. No se entiende la creación sin el tiempo; el espacio sin el tiempo. Son dos cosas que son simultáneas. Ninguno se hizo antes que el otro: se hicieron juntos, a la vez.

Esto lo dice muy bien el divino Agustino; cierto que esto lo dice de la Santa Escritura: «No, in tempore, sed cum tempore finxit Deus mundum… no en tiempo, sino junto con el tiempo, Dios consolidó o fijó al mundo», lo que nos muestra que no existía el tiempo y, en un momento, empieza la creación. Pero el tiempo y el espacio están juntos. ¡Es asombroso!

Platón dijo lo siguiente: «Dios hizo el mundo junto con el tiempo-cronos. De manera que, si alguna vez se disuelven, que se disuelvan juntos». Esto es una gran verdad que la veremos más abajo.

Así que, por «en el principio Dios creó el cielo y la tierra», llegamos al espacio y tiempo de Einstein. Saben que antes de Einstein los fenómenos los examinábamos en la ciencia; no es que ignorásemos el tiempo: no decimos que la velocidad es igual al espacio por el tiempo. El tiempo entra dentro de todos los elementos, pero no habíamos percibido que el tiempo hace un papel muy importante cuando, en un momento dado, la velocidad se hace muy grande, cuando llega al punto de que puede mover la materia se hace enorme; es decir, llegar a la velocidad límite de la luz: entonces inmediatamente tenemos energía. La energía, sabéis, es igual a la masa multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado, E = m·c².

Esto es, pues, un cimiento o base para que veáis que «en el principio Dios creó el cielo y la tierra» parece algo simple, pero no es nada simple. Este «simple» es sabio, pero se proclama muy sencillamente. Esto nos hace hoy llegar al tiempo y espacio de Einstein. ¡Sorprendente, maravilloso! Pero aún una cosa más: cuando dice «en el principio» significa que tenemos principio y final, porque todo lo que empieza termina. Es también esto una tesis filosófica, si queréis. Lo que empieza termina. ¿Saben qué gran valor tiene esto en el tema de la paciencia? Porque, por ejemplo, puede que una persona me esté aturdiendo o castigando sin parar. Puede estar sentado en la silla y me diga y diga continuamente y me esté castigando incomparablemente. ¿Saben cómo tengo la paciencia? Pues que un día u hora acabará. Esto es muy importante, porque, como va a terminar, ¿por qué tengo que gritar? Esto tiene aún más valor. Nuestra vida tiene muchas penas, castigos, pero decimos que terminarán. Pero si damos valor a la vida también más allá de la muerte, porque esto ocurre, entonces nace una virtud importante, que es la paciencia. Todo termina. Así, dentro de nuestro pueblo, hasta al hombre con menos estudios, analfabeto, está regada esta verdad: que lo que empieza, acaba. Entonces, cuando «en el principio Dios hizo el cielo y la tierra», da a entender también final. Y decimos: ¿o sea, la creación tiene final? Claro. Es cierto: existe el final, puesto que hubo principio. ¿Cuál es este final de la creación?, ¿qué significado tiene este final de la creación?, ¿este universo un día acabará? Lo imagináis, hijos míos: hasta estos mismos científicos nos hablan sobre este final del universo.

Tenemos dos lados: uno, el lado físico, y el otro lado, el apocalíptico (o revelador). Primero tomemos el lado físico. La misma ciencia nos dice que el universo muere, aunque existen billones de billones de materia. Sobre todo, para nuestro sol se dice que muere. Si queréis, os doy unos datos. Calculan que toda la vida del sol es ciento diez por diez elevado al nueve (110·10⁹), es decir, 107 billones de años: esa es toda la vida del sol. O sea, que este tiempo puede vivir el sol. Hasta ahora el sol está en la edad del niño; es decir, tiene solo seis por diez a la nueve (6·10⁹). O sea, si tuviésemos un hombre que tendría que vivir ciento siete años, este hombre ahora tiene seis años: aún le faltan de vida ciento uno años. Entonces, la vida del sol hasta ahora es 6·10⁹, es decir, seis billones de años.

Escuchad ahora esto. El sol pierde materia, y la pierde por la energía, por la luz. Además, nuestra tierra, si queréis, se hace más y más pesada recibiendo materia por la forma de la luz. Escuchad: dentro de un segundo el sol pierde cuatro millones de toneladas de materia, en un tic-tac. En un minuto pierde doscientos cincuenta billones de toneladas; en veinticuatro horas pierde 360 billones de toneladas de materia. Entendéis, pues, lo que va a pasar. Puesto que pierde, no se añade algo. Entonces, después de ciento uno billones de años, como os dije antes, el sol se perderá; por lo tanto, muere. Y tal como muere el sol, muere también el universo entero. ¿Pero qué quiere decir que muere el universo? Pues muere con la llamada muerte térmica.

La teoría de la muerte térmica nos dice lo siguiente: como sabrán, según el segundo axioma termodinámico, de esta devaluación cualitativa de la energía no se pierde nada, sino que solo la calidad cae o se rebaja. Nos muestra que no tenemos pérdida de energía; saben que existe el principio de la conservación de la materia, el principio de Lavoisier -lo recordáis de la escuela- y el principio de la conservación de la energía. Por lo tanto, no se pierde nada. ¿Entonces, cómo mueren las cosas? De la siguiente manera; atención a esto. ¿Por qué se mueve la Tierra alrededor del Sol? Porque la temperatura del Sol es de este tipo que la hace mover, como también a los demás planetas. Si ya el Sol no tiene temperatura, no tiene luz, no estará en movimiento. ¿Entonces qué pasará? Significa que la energía del universo, la cual está en forma de luz, cae en la forma del calor. El calor es la más baja calidad de energía y cada punto de esta energía está en el mismo nivel. Puesto que no tenemos diferencia dinámica, tenemos muerte. Un ejemplo: ¿el mar tiene energía? Sí, energía potente, terrible. Si tuviéramos una manera de tener el mar encima de una montaña y pasara dentro de un gran túnel y nos moviera, imaginaos qué máquinas, qué electricidad, etc., nos produciría. Pero para llevar el mar encima de la montaña necesitamos energía. No podemos, pues, llevar el mar a la montaña. El mar es como un nivel: para levantarlo más arriba necesito energía; entonces, para darle energía, ¿qué tomaré? Recibiré menos de lo que daré; por lo tanto, no interesa. ¿Por qué? Porque el mar tiene gran valor, porque es energía y tiene gran energía, pero la tiene al mismo nivel; por lo tanto, no puedo aprovechar este elemento de la energía. Así pues, dentro del universo, el mar después permanecería inamovible. ¿Puede el mar subir a la tierra? No. Permanece allí. Así también la energía del universo caerá a este mismo nivel; es decir, todos los puntos y señales de la energía caerán al mismo nivel, no tendrán diferencia, con el resultado de que no exista movimiento. Es decir, muerte. Pero la muerte no significa desaparición, sino inamovilidad.

Si tomamos un hombre muerto, ¿por qué está muerto, cadáver? Porque no tiene movimiento, no tiene vida. Sobre lo demás, su materia: pues encerrarlo herméticamente dentro de una cuba de vidrio para que no se escape nada de lo que se disuelve y pesarlo cada año. Veréis que no se perderá nada. A pesar de esto, tenemos muerte. Así pues, la ciencia nos dice que tenemos la muerte térmica del universo, y esto se hace sobre la base de la ley de la entropía, así se dice en la física. Esto por parte física.

Por lo tanto, bien dijo Moisés «θεόπνευστος zopnefstos», es decir, de manera inspirada divinamente, que el universo tuvo principio. Aun si queréis, no vayáis a los antiguos filósofos: vayan a los sistemas y teorías materialistas de nuestra época y abran el diccionario en la palabra materia, por ejemplo, el diccionario de Rosental. Allí veréis que dice: la materia es eterna. Ingenuidad: la materia eterna. A pesar de esto, llenamos la cabeza de nuestros hijos hoy con sistemas materialistas. La materia no es eterna.

Pero tenemos también el lado apocalíptico (revelador). El final, como nos dice la ciencia, no es desaparición, sino inamovilidad. De acuerdo. Dios nos revela y nos dice que el final realmente no es desaparición, porque lo que Dios creó no vuelve al cero, a la nada, como lo veremos un poquito más abajo: cómo Dios hizo el mundo. ¿Pero qué es? Es cambio, transformación en tiempo y espacio de tipo o forma peculiar. Y este tiempo-espacio de tipo peculiar, después de la muerte del universo —que no coincide con la muerte física, tened esto en cuenta—, sino con la Segunda Presencia de Cristo. Este tiempo-espacio de tipo particular no es nada más que la Βασιλεία (Realeza increada) de Dios. Escuchad cómo lo dice el Salmo 101: «En principio, tú, Señor, has cimentado la tierra, y los cielos son obra de tus manos; pero ellos se pueden perder (pero no desaparecerán); pero tú permaneces, y todos, los cielos, la tierra, toda la creación, se envejecerá como una prenda, y tú, como buen modisto, la prenda la girarás de dentro hacia fuera y la harás nueva». Sabéis que antiguamente la ropa de vestir estaba muy cara: volvíamos la tela de dentro hacia fuera y la prenda parecía nueva. Esto lo hará Dios; esta imagen está tomada de allí, del modisto. Dice que girará de dentro hacia fuera la creación. ¿Qué es esto de dentro hacia fuera? Es un tema o cosa de Dios, y la creación se hará nueva.

Dice el evangelista Juan: «Y vi un nuevo cielo y una nueva tierra, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido y el mar ya no existía» (Apoc 20,1). Por lo tanto, el universo tendrá otra forma: no será la forma esférica, no será el mar; toma el mar como elemento. El universo no será tal como lo sabemos. «Y dijo el sentado sobre el trono, el Cristo: “He aquí, hago todo nuevo”» (Apoc 21,5). Así pues, vemos que Dios cimienta el tiempo y el espacio, pero Él mismo permanece fuera del tiempo-espacio. En lo referente a cómo Dios permanece fuera del tiempo-espacio y no se identifica con el tiempo-espacio, sino que es el Creador del universo y del tiempo-espacio, esto lo veremos el siguiente domingo (en este caso, en la siguiente homilía). Amín, 24 de octubre 1982

 

2ª Lección (homilía): “Creó”- “el Dios”- “el cielo y la tierra”.

 

Refiriéndonos a la cosmología cristiana, en la homilía anterior habíamos analizado el «En el principio hizo Dios el cielo y la tierra» (Gen 1,1), que es la primera línea del primer capítulo de la Santa Escritura. Habíamos dicho qué significa esto de «en el principio». Dijimos que expresa tiempo y que Dios, junto con el cosmos, cimentó, formó también el tiempo, y que el tiempo y el espacio son dos elementos que se unen, se conectan entre sí, y nos es imposible entender -es incomprensible, no puede captarlo la mente humana- que estos se separen. Porque cada metábole, cambio de la creación, aunque sea estática o inamovible (no hay nada inamovible), las metáboles, cambios, expresan tiempo. Y decíamos que el Creador del tiempo es Dios, porque «en principio Dios creó el cielo y la tierra». También vimos, sobre el tema del tiempo, que puesto que, ya se puso el principio, también se pondrá final, y que algo que empieza termina. Y que tenemos dos tesis: una, el final del mundo de parte física, y otra, la teoría de la muerte térmica del universo, es la ley de la entropía, que es cuando todos los puntos de la energía están en el mismo nivel. Acordaos de que dije el ejemplo del mar, que es del mismo nivel, y entonces ya no tenemos productividad de energía, y esto se llama muerte térmica del universo, porque la forma más baja de energía, el calor, que ya no puede rendir, cae porque todos sus puntos están al mismo nivel. Diríamos que la energía calor es la más baja, pobre. La primera forma de energía es la luz y la última forma es el calor. Esto, del lado físico, nos lo confirma la misma ciencia: que existe final. Algunos dicen, principalmente el materialismo, que no existe final de la creación ni principio. Que Dios, dicen, ha hecho al mundo: esto es paradójico. Sí, esto es paradójico lo que dicen ellos de parte lógica. Porque todo lo que tiene metábole, cambio, todo lo que tiene el sello del tiempo, esto significa que terminará porque empezó. Pero el hombre no pudo captar el concepto del principio, porque no puede captar que existe antes del principio. Esto lo veremos un poco más abajo, este punto sobre la creación y el espacio.

Y un segundo punto sobre el tema del principio que expresa tiempo: que no es solo la tesis de la física, que acaba el mundo porque empezó, sino que es también la tesis apocalíptica. Es decir, que cuando decimos que termina la creación porque empezó, no significa que desaparece o se hace cero, sino que cambiará, se transformará, y os había dicho el ejemplo de la prenda vieja. El ejemplo no es mío, es de la Santa Escritura, del Salmo 101, 20-26, que dice que todos los cielos y todo, como una chaqueta, envejecerán, y girará lo de dentro hacia fuera y los renovará. Este «de dentro hacia fuera» es una icona, imagen; esto lo sabe Dios, no podemos captarlo. Porque entonces ya no tendremos más que un tiempo de tipo peculiar que se llama perpetuidad o eternidad. Esta es la vida eterna. Ay, con qué facilidad decimos que ganes la vida eterna. Si pudiéramos profundizar en estas cosas, que los hombres de apariencia superficial y vanidosa con una raya fácilmente las borran sin interés alguno, que manifiesta la frivolidad del hombre. Pero, si Dios cimentó el tiempo, está claro que Dios está fuera del tiempo. Si yo cimiento la casa, yo estoy fuera del cimiento que pongo, porque no tendría sentido que yo cimiente y yo mismo sea el cimiento: sería inconcebible. Dios, pues, cimienta el tiempo y está fuera del tiempo, lo que significa que es el Kirios (Soberano, Dueño y Señor,) del tiempo. Significa que Dios no envejece. Qué difícil es expresar estas cosas. La Santa Escritura está escrita en la lengua popular para que sea entendida por los niños pequeños, los hombres analfabetos, por todos los hombres. Hay una bella expresión en la Santa Escritura que dice «el viejo de los tiempos», y se presenta Dios y Cristo en el Apocalipsis con barbas blancas y pelos blancos como la nieve, y se llama «el viejo de los tiempos», pero principalmente se dice así del Padre. Es decir, el que ha envejecido demasiado por la edad. ¿Qué significa «se ha envejecido»? Significa, por expresarlo de alguna manera, a este que no le vence el tiempo: es el más antiguo de todos y de todo, pero existe. Es una expresión popular, como os dije, para decirnos la Santa Escritura que Dios está fuera del tiempo; no podemos expresarlo de otra manera. Como veremos un poquito más abajo, Dios también está fuera del espacio. Dios es omnipresente y, a la vez, no tiene ninguna relación con el tiempo ni con el espacio. Exactamente como el pintor: pone su sello al lienzo que pinta, pero no tiene ninguna relación con el lienzo que pinta; no está dentro del lienzo, sino que está fuera. A pesar de eso, su genio, su pintura, sus cualidades artísticas, las coloca encima del lienzo, pero él no está allí. Así también es el Dios.

Ahora voy a la siguiente palabra: «creó, εποίησεν epíisen», ποιώ (pió) que significa hacer, constituir, construir; es decir, el creador. También os recordaré otra palabra, un sustantivo; decimos “ποιητής piitís poeta”, que es el que escribe o crea poemas. En la lengua helénica, «ποιώ (pió)» tiene muchas fases o formas, pero tiene un solo significado: que hago algo de lo que existe. De algo que no existe no puedo hacer algo.

Pero, como la Santa Escritura quiere hablar de la creación desde el cero, pone una palabra especial. El tal cero, en el pensamiento helénico antiguo, es lo que el mismo cero dice: que no existe. El filósofo del pensamiento heleno dirá que no existe el cero, aunque en las matemáticas lo utilizamos como símbolo. Atención aquí: el heleno dice que no existe el cero; el hebreo dice, por apocalipsis (revelación), que el cero existe, porque antes de hacerse lo que se ha hecho existía el cero. Incomprensible: lo veremos un poquito más abajo.

*(El simbolismo del cero es uno de los logros más importantes del intelecto humano. No es en absoluto algo evidente, y fueron necesarios milenios para que surgiera. En los sistemas numéricos de los antiguos griegos y latinos, que no eran sistemas posicionales como el decimal, sino simples representaciones de números (por ejemplo: α, β, γ, δ, ε… o: I, II, III, IV, V), nunca existía el elemento cero. Así pues, del mismo modo que hoy nos resulta incomprensible la idea de que de la nada haya surgido todo un universo, igual de incomprensible les parecía a los antiguos griegos la existencia del cero, es decir, la existencia de la inexistencia… El significado del cero está relacionado, como concepto, con el nada, pero no se identifica con él.)

Por eso, en la filología hebrea se formula un verbo que expresa la creación del ser y del no ser Este verbo en hebreo se llama «barac», que significa «crear». Pero el «barac» tiene dos significados. El primero quiere decir crear de cero; los latinos lo dirían «primera creación, creatio prima o creatio ex nihilo creación desde la nada ». El segundo significado del verbo «barac» quiere decir crear del ser, de algo que existe, y los latinos lo dirían «segunda creación» crear de lago que existe.

Para entenderlo mejor, un ejemplo: para que hagáis una prenda de punto sin que os dé pelo, me diréis: dame pelo para hacértelo punto y después una chaqueta. Lo primero es del cero y lo segundo es de lo que existe; es decir, tenéis el pelo y podéis hacer el punto y luego chaqueta.

Así que significa que Dios «barac», creó el cielo y la tierra; por lo tanto, creó de cero y después configuró, formó, hizo evolucionar lo que había creado de cero. (El texto hebraico del Génesis utiliza dos verbos, unas veces el verbo “bara” para la creación desde el cero, y otras el verbo “asah” para la formación del material existente).  Pero cuando Dios crea, está fuera de lo que crea. Cuando formo un objeto, estoy fuera de este objeto. Atención: esto es muy importante. Aquí, en esto, las distintas corrientes, sobre todo filosóficas, principalmente helenas, son diversas, porque no pudieron captar estas verdades apocalípticas, reveladoras. No podían captarlas; es normal. Se debía revelar (apocaliptar) toda esta verdad, porque la mente humana, engañada y oscurecida, no podía captar estas cosas.

Aquí ahora debemos ver cuál es la relación de Dios con el cosmos-mundo. Lo primero es que puede haber una creación de emanación o derramamiento. ¿Qué quiere decir eso? Porque esto lo sostenían los filósofos estoicos. Y aquí, ahora, debemos ver cuál es la relación de Dios con el cosmos-mundo. Como os decía la otra vez, y lo estaré repitiendo, puede ser que todas estas cosas parezcan teorías, pero son fundamentales. Porque uno me decía: quizás no son tan espirituales estas cosas. Le contesto: ¿cómo no, si son Santa Escritura? ¿Es posible que no sean espirituales? Y cuando uno cimienta estos conceptos, ¿entonces uno puede ser engañado? No. Como os diré más abajo sobre el panteísmo, que se arrastra y engaña a nuestros jóvenes, de yoguismos o los gurús, etc., sobre todo a los universitarios. Porque el día de mañana os invitarán a escuchar una conferencia sobre todo esto y seréis engañados; no sabréis qué lugar tomar y no podréis percibir que allí, en estas cosas, la relación con Dios y el mundo es una tesis panteísta (todo dios). Estos temas son importantísimos. Por eso mucho os ruego poner mucha atención y veréis que saldrá mucho trabajo espiritual de esto.

Pero vuelvo al tema. Los filósofos estoicos decían que la relación del mundo es relación de emanación o derramamiento. Es decir, ¿cómo se hizo el cosmos-mundo? Como no podían captar que la creación se hizo de cero, por eso dijeron que el cosmos salió de la esencia de Dios y que el cosmos-mundo constituye una parte de la esencia de Dios. De la misma manera que cuando tomamos un panal lleno de miel —este ejemplo es de los estoicos—, de la manera que están hechos los panales, la miel está dentro y no cae. Pero si apretamos este panal, entonces la miel empieza a fluir, a derramarse. Así dicen que provino el mundo de Dios. Y cuando decimos que Dios hizo el mundo, significa, según ellos, que el cosmos-mundo fluyó, surgió y fue derramado de la esencia de Dios. Por lo tanto, el mundo participa de la esencia de Dios. Eso es una cosa extranjera. Aquí pone el verbo «crear», que significa que Dios no tiene ninguna relación, de parte de esencia, con el cosmos-mundo. Una cosa es la esencia de Dios, que es increada, y otra la esencia del cosmos-mundo. No es derrame o emanación de la esencia de Dios.

Os diré un punto: si el cosmos-mundo peca, entonces significa que peca la esencia de Dios, puesto que el cosmos-mundo procede de Dios. He aquí una oposición que muestra que el mundo no es derrame o emanación de la esencia de Dios, sino que es creación y está fuera de la esencia de Dios.

Platón decía otra tesis: que Dios no creó el cosmos-mundo. Para él, Dios siempre existe eternamente, sin principio ni final, y también el cosmos-mundo siempre existe sin principio ni final; es decir, que el mundo no fue creado. Entonces Platón introduce dos principios filosóficos: el principio Dios y el principio cosmos-mundo. ¿Entonces qué relación tiene Dios con el mundo? Simplemente, Dios tenía delante suyo la materia, la cual existe, pero deformada, y la transforma. Por consiguiente, según Platón, la relación de Dios con el cosmos-mundo es relación de transformador, es relación de decorador: que Dios decora la creación, pero la creación siempre existía, existe y existirá. Esto dice hoy el materialismo. Me diréis: qué coincidencias raras. Sabéis que el materialismo no quiere saber nada sobre Platón, que le considera idealista y no se siente nada bien con él. A pesar de eso, este principio de Platón es el principio del materialismo.

Os diré lo que el materialismo dice sobre el cosmos, como lo ponen en el diccionario filosófico: el mundo, es decir, la materia, existía, existe y existirá; es un fuego eterno, es decir, sin principio ni fin. Como Dios también es sin principio ni final, por lo tanto, es tesis platónica. El que Dios tenga delante de Él la creación: no la hizo Dios, sino que la transforma. Es como si doy al alfarero un trozo de barro para que me haga un jarrón; pero el alfarero no ha hecho el barro, simplemente lo transforma. Esta tesis es ajena, totalmente extranjera, en la enseñanza cristiana, por la sencilla razón de que Dios no es extranjero del mundo que crea. Si tuviera tiempo os diría también el tercer elemento de Platón, que son las ideas. Las ideas son el prototipo (modelo, figura simbólica), y copia los prototipos y hace al cosmos-mundo; es decir, que transforma al mundo de acuerdo con las ideas, estos eternos prototipos (modelos). Cosas que no tienen ninguna relación con la creación por parte cristiana.

Por lo tanto, Dios creó el cosmos-mundo, es el Κύριος (Kírios: Soberano, Dueño y Señor,) del mundo, como veremos; por lo tanto, ama al cosmos-mundo y todo es creación suya. No permanecen ajenas ni extranjeras, no están enajenadas las creaciones de Dios. Digo este punto porque muchas veces algunos materialistas dicen que son idealistas, no materialistas, y toman frases y tesis de Platón y creen que son tesis cristianas. Las tesis de Platón no tienen ninguna relación con las tesis de la apocálipsis (revelación), del Evangelio y del Cristianismo: ninguna relación. Esto lo digo también para que no seáis engañados, porque se dice mucho esto.

Y una tercera cosa falsa que se dice sobre la relación del mundo con Dios. Sabéis que esto es un gran problema, el llamado problema teológico o cosmológico en la filosofía: es que Dios se identifica con el cosmos-mundo, y cuando decimos cosmos-mundo o Dios es la misma cosa, y que el dios cosmos se crea a sí mismo. Esto se llama panteísmo (todo dios), que quiere decir que todo lo que existe es Dios: todo dentro de la creación es un trozo de Dios. Pero entonces sabemos muy bien que la creación no tiene conciencia, es inconsciente; el sol y la luna no tienen conciencia, no son personas. Un ejemplo sencillo: solo voy a tomar nuestro pequeño barrio, el sol y nuestra tierra, aunque tenemos influencia del universo entero. Cuando, por la iluminación del sol, tenemos tantas transformaciones e influencias sobre la tierra, como invierno, verano, la lluvia, nieve, vientos, sequedades, etc., tantas y tantas transformaciones conocidas que existen, ¿esto se hace por y con conciencia? Es decir, ¿sabe el sol lo que hace?, ¿sabe la tierra lo que le pasa y hace? Sin duda, no. Hasta un niño pequeño, si le preguntamos, nos lo dirá. Porque no hay conciencia, no existe yo. ¿Cómo, pues, es posible que en una creación que tiene el sello de la dinamis (fuerza, potencia y energía), de la sofía (sabiduría) y de la agapi (amor incondicional) sean conseguidas estas cosas de manera sorprendente y sean resultado de una inconsciente energía? Imposible. A pesar de esto, hijos míos, todas las religiones orientales que se han introducido en Occidente tienen un pedestal panteísta: budismo, hinduismo, todas estas cosas que ahora las traen aquí a Grecia, a Europa, a América, los gurús, yoga, etc. El año pasado os dije algo sobre esto. Yoga quiere decir ejercicio, y hacen allí varios ejercicios, pero no son simples ejercicios. Atención: estos hombres engañan. Os dicen que es un ejercicio, gimnasia simple, pero no es nada de esto, sino que tiene carácter teletúrgico, oficiante. Como nosotros decimos la oración de Jesús, ellos dicen repetidamente hare krishna, hare krishna; es decir, regreso al Krishna, volver al dios todo: es decir, panteísmo. Atención, cuidado, no seamos engañados. El masonismo también es panteísmo. La teosofía tiene su origen en el budismo y el hinduismo: es panteísmo.

No creáis que son cosas lejanas y que no nos conciernen. Están aquí, dentro y alrededor de nosotros. Os diré una expresión, porque estas expresiones son muchas veces las que traicionan o predisponen. Decimos: «¡Qué flor más bella! ¡Que hace la naturaleza!». Esto es panteísta. ¿La naturaleza hace o Dios? Lo veis: y lo decimos en nuestra vida diaria. «Crea la naturaleza». Diríamos: no, señores, no crea la naturaleza, sino Dios crea. «Mi Padre —dice Cristo— hasta ahora trabaja y yo trabajo; yo, el Dios Logos, que lo he creado todo, trabajo, y mi Padre también». ¿Qué trabaja? ¿Todo lo que existe? No que Dios haga nuevas cosas, porque Dios cesó la creación. Entonces, ¿cómo trabaja? Manteniendo, gobernando, dirigiendo todo. Así que vemos que Dios no se identifica con la creación.

Recapitulo los últimos puntos. La creación, siempre en relación con Dios, no es resultado de derramamiento o emanación de Dios, como decían los estoicos, ni como decía Platón, que el mundo y Dios son coprincipiantes, sin principio ni fin; es decir, existe Dios y existe el cosmos, sin principio ni final los dos. Y tercero: que Dios no se identifica con la creación. Está fuera de su creación como esencia, mientras que la tesis panteísta la identifica. Esto significa que el lado ortodoxo cristiano, el apocalíptico, es que Dios crea por proyección exterior: lo que hace es fuera de Dios; esto se dice «proyección exterior». Lo que Dios hace lo hace sin que algo preexistiese, y aun sin que ese algo tenga relación con la propia esencia de Dios. ¿De dónde hace esto Dios? Pues de cero. Aquí ahora hemos encontrado un escollo para nuestra lógica.

¿Qué quiere decir «de cero»? Dirá que de cero no entendemos nada. Aristóteles decía: de cero, tenemos cero. Era un dogma filosófico. Es algo autodemostrable, obvio, que del cero no podemos sacar nada; no existe cero, lo decíamos antes. A pesar de esto, este incomprensible para el pensamiento humano: viene el Logos de Dios a decirnos que Dios de cero hizo todo. La madre Salomónida de los siete Macabeos decía a su hijo menor: «Hijo mío, no olvides que Dios, del no ser, de la nada, produjo al ser, a la existencia, todas las cosas». Todo lo creó de la inexistencia, es decir, de cero. Es una tesis antilógica. No la entendemos.

Por eso la Santa Escritura se refiere a este tema fundamental: que Dios es uno. Pero atención: este Dios es Dios trascendental. Puesto que crea el tiempo-cronos y, cuando decimos cosmos-mundo, nos referimos al espacio, a lo que vemos. Pero atención: Dios no tiene ninguna relación con el tiempo ni con el espacio-cosmos; está fuera de estos. Por lo tanto, es trascendental, está más allá del cosmos-mundo y del tiempo. Pero es tan bello el cosmos-mundo, tan potente y tan sabio, de modo que todos los científicos de todas las épocas, sobre todo hoy, con los perfectísimos instrumentos, podemos ver interminables fines del universo. Por supuesto que, no existen fines interminables, existen sin existir. Ha llegado nuestro ojo a los 18 billones de años luz. Para que venga de aquella esquinita del universo la luz que corre trescientos millones de metros por segundo -o sea, que da la vuelta a la Tierra siete veces y media en un segundo-, tarda en venir de allí dieciocho mil millones de años.

¿Qué creéis, es grande el universo?

Insólitamente enorme.

Entonces, pues, vemos un universo terrible, potente; vemos la δύναμις (poder, potencia y energía) de Dios, que desgraciadamente la insultamos y decimos que no existe. Ay de nosotros. Dudamos de la sabiduría, de la δύναμις de Dios. Si uno observa un poquito el universo quedará sorprendido, y cuantos más estudios tenemos, tanto más se ve la sabiduría de Dios. Pero también la agapi (amor incondicional e increado) de Dios. Para que permanezcan los seres, para que permanezca Su creación y no se pierda, ¡qué ingenió Dios en unas combinaciones maravillosas!

Así pues, Dios hizo el cosmos-mundo, ¡este es el Dios uno, que es trascendental, de δύναμις (dínamis: poder, potencia y energía increadas), ¡sabiduría y agapi!

Mirad lo que dice: «el Dios». Lo pone con artículo. ¿Por qué? Porque se trata de un Dios concreto, no o simplemente de algún Dios (abstracto). Pero mirad lo que dicen y cómo dicen algunos hombres: una superior δύναμις fuerza o un poder superior hizo todo esto. Hombre, ¿cuál es esta δύναμις fuerza o poder superior? Cosas ambiguas, imprecisas, aguadas. No «Dios», sino «el Dios».

Pero el artículo no solo expresa un Dios concreto, sino que expresa algo más muy importante: que es el Dios personal, persona. El Dios-persona, personal, es decir, que tiene conciencia de Sí Mismo. Porque la δύναμις (fuerza, poder y energía) la sabiduría y la agapi, ¿cómo se podrían expresar si el Dios no tuviera conciencia? Es un Dios que nos abraza y nos da la posibilidad de abrazarlo también nosotros, porque a nosotros, los seres humanos, Sus criaturas, nos hizo personas. Y el Dios persona, personal busca encontrarse con las personas. La mayor felicidad dentro de la creación: el encuentro del hombre con el Dios; la persona del hombre con la persona de Dios personal.

Así pues, «Dios creó el cielo y la tierra». Aquí ahora tenemos una debilidad en la palabra hebrea, mientras que en la lengua helénica hay una riqueza. Veis que no existe ninguna lengua humana perfecta. Los helenos escribirían: «El Dios creó el universo», una palabra. Los hebreos escriben: «El Dios creó el cielo y la tierra», porque no existe una palabra en la filología hebrea que contenga las dos: el cielo y la tierra.

Pero, a pesar de la diferenciación, al decirnos que el universo es el cielo y la tierra, esto tiene un valor y significado muy importantes, porque atiende una tesis fundamental: que el Dios es el creador del cielo y también de la tierra, Por lo tanto, el dualismo desaparece con la palabra universo. ¿Qué quiere decir dualismo? Pues que hasta hoy existen dualismos: creían los hombres, y también Platón, la masonería —que también es dual—, la teosofía —que es la teoría de la masonería—, es decir, que existe el dios bueno y el dios malo. Y se expresa como el dios de la luz y el dios de la materia, el dios de los espíritus y el dios de los cuerpos. Platón* decía que el cuerpo es la cárcel de la psique (alma) y que se liberarán las psiques del cuerpo y se marcharán e irán a unos lugares luminosos y bellos. No: Dios es el Dios de los cuerpos y de los espíritus. El Dios es también del cielo y de la tierra. No existe dios tierra, dios materia y dios espíritu, dios cielo. El Dios es uno.

*[Según Platón, el hombre está encarcelado al cuerpo-soma (Kratílo 400c · Gorgías 493a · Fedón 62b, 82e). Por eso sólo después de su muerte vive realmente, cuando la psique-alma por fin está libre y puede acercarse y tocar la verdad completa, sin ser molestada por los sentidos, (Kritón118a, Leyes XII, 959b)]

Aquello que decimos que es malo, nos equivocamos. No existe mal en la materia. Perdonadme: ahora voy a bajar a un nivel muy bajo con un ejemplo. Aquello que comeré irá al estómago y se hará una esencia muy fea, huele mal y después lo sacamos, es decir, los excrementos: ¿son malos? ¿Estas cosas las ha hecho Dios? Pero ¿quién os ha dicho que esto es algo malo? El sentido o concepto del mal solo está en el pecado, solo en la apostasía y la infracción; no está el mal en la materia. A pesar de esto, los hombres colocaron el mal en la misma materia. No existe el mal dentro de la materia. El mal está en la preferencia del pecado o en la libre voluntad del hombre. Hasta el matrimonio, los agnósticos lo consideraban un mal; lo escribe el apóstol Pablo: «Vendrá tiempo que os dirán: no os caséis, porque es sucia la boda o el matrimonio».

¿Dónde está lo sucio del matrimonio, dónde está el pecado? En ninguna parte. Solo en la infracción de los mandamientos de Dios: allí está el pecado. Veis, os lo dije: salen muchas cosas. Si aprendéis sobre estas cosas, aunque solo las básicas, entonces solos podréis sacar conclusiones por lo que os ocurre en vuestras vidas.

Así pues, el mundo material y el espiritual son creaciones de Dios. La materia no es principio: fue creada. Dios crea también el cosmos-mundo y el cielo. ¿Quién es el cielo? En la Santa Escritura tenemos tres expresiones sobre el cielo: el cielo meteorológico, el astral y el espiritual. Decimos: las nubes están en el cielo o los pájaros vuelan al cielo; es el cielo meteorológico. Decimos: el sol está en el cielo; es el cielo astral. Decimos: Dios está en el cielo; es el cielo espiritual. Dios, pues, crea el cielo y la tierra. Y aquí acaba la primera línea, que nos habla sobre un Dios que es la causa creativa de todo. Las siguientes líneas, dos y tres, que veremos en la próxima homilía, la Santa Escritura nos indica que Dios es trinitario. ¿Me diréis qué, desde la segunda línea del Antiguo Testamento, nos dice que Dios es uno y trinitario? ¿Y se introduce el dogma de la Santa Trinidad: que Dios es uno y trinitario? Sí, pero lo veremos en la próxima homilía. ¡Es maravilloso esto!, siempre, claro está, con la luz del Nuevo Testamento.

La conclusión, ¿cuál es, pues? Voy a recapitular lo pasado y lo de hoy. Primero: el cosmos-mundo tenía principio.

Segundo: el cosmos-mundo no es resultado del azar.

Tercero: el cosmos-mundo no es derrame o emanación de Dios, ni se identifica Dios con el mundo, ni es co-principiante o coprincipio con el mundo, ya que dijimos que tiene principio.

Cuarto: el cosmos-mundo se hizo de Dios, el Dios uno, no de muchos dioses.

Quinto: Dios es trascendental, más allá y por encima de todos y de todo.

¿Qué diríamos sobre Dios? ¿Quién es aquel que: “En el principio creó el cielo y la tierra”?

Un Padre de la Iglesia dice que es “la bienaventurada fisis (naturaleza), la abundante bondad, el extremo o absoluto anhelado, aquello que hace a la psique humana descansar solo en Él y en ninguna otra cosa; la muy deseada belleza y bondad por las criaturas lógicas; el principio de los seres, la fuente de la vida, la luz espiritual, la inconcebible sabiduría” (san Basilio el Grande, homilía 1ª “al exaimeron-seis días”, EPE tomo 4º, pág 32).

Este es el Dios, hijos míos, que hizo el mundo, el Dios persona o personal que nos ha hecho personas, como veremos en la antropología cristiana, para tener con nosotros los pequeños koinonía-comunión, conexión. Uno no tiene más que hacer sino alabar, glorificar y agradecer la δύναμις dínamis, la sabiduría y la αγάπη agapi de Dios. Amén. Domingo 31 de octubre 1982.

 

3ª Lección (homilía): La situación de la tierra. Santo Dios Triádico crea el mundo. El Hijo y el Espíritu Santo

 

«Al principio Dios creó el cielo y la tierra» (Al principio Dios creó las realidades celestes y después las terrenales.)

  1. ἡ δὲ γῆ (i dé yí): «pero o en cambio la tierra»… «…era invisible, no formada, y la tiniebla, la oscuridad, cubría el abismo; y el Espíritu de Dios flotaba sobre las aguas».
  2. Y dijo Dios: «Haya luz»; y se hizo la luz.

Es verdad que cada vez que uno lee estas líneas siente y se ve dentro de una grandeza: la grandeza de Dios. Ya hemos visto la primera fila, que se refiere a la creación del espacio y del tiempo, el cielo y la tierra. Ahora pasamos a la segunda fila: «ἡ δὲ γῆ…» —«y en cambio, (pero o al contrario), la tierra era invisible, no formada, y la tiniebla cubría el abismo, y el Espíritu de Dios flotaba sobre las aguas».

Vamos a analizar esta fila.

´H δὲ γῆ (i dé yí), «en cambio» (pero o al contrario), la tierra». Con esta conjunción adversativa, después de decir bellamente que Dios creó el cielo y la tierra, el texto introduce: «en cambio, la tierra…». Es decir, pasamos ahora al tema de la tierra, que es precisamente el tema que interesa al escritor sagrado. A partir de aquí, se ocupará sobre todo de la tierra. De esta manera, muy natural y logotécnicamente, pasa del cielo al tema de la tierra.

Lo mismo hacemos en la oración del Padre Nuestro: «Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga tu Realeza, hágase tu voluntad…» -hasta aquí hablamos del Padre que está en los cielos. Y luego decimos: «…hágase tu voluntad como en el cielo, así también en la tierra». Con esta frase pasamos de modo natural del tema del cielo al tema de la tierra. Después: «El pan nuestro…», que ya se refiere directamente a las realidades terrenales. Es decir, descendemos de los temas celestes a los temas de la tierra.

De la misma manera aquí: «Dios creó el cielo y la tierra; ἡ δὲ γῆ…, en cambio la tierra, era invisible y no formada». Se indica así el paso al tema de la tierra, que será el centro de la exposición.

Ahora bien, dentro del camino de la vida del hombre, podría interesar también el cielo; pero, en principio, al hombre le interesa sobre todo la tierra. Y que así son las cosas, hijos míos, lo vemos también en el punto siguiente. Hombres contemporáneos, que no tienen ninguna relación con el Logos de Dios, se preguntan: «Cuando el hombre empieza a conquistar el universo, las estrellas, ¿por qué lo hace, si todavía no ha arreglado su situación sobre la tierra? Su propia casa no la ha arreglado. No tenemos salud ni felicidad; nos peleamos y nos matamos con guerras. ¿Por qué correr hacia cosas más allá?».

Está claro que muchas veces es la guerra la que empuja a los hombres a buscar más allá. Heráclito decía que la guerra es el padre de todas las cosas: «La guerra es padre de todas las cosas y rey de todas; a unos los mostró como dioses, a otros como hombres; a unos los hizo esclavos y a otros libres» (Sobre la Fisis 53, 1-3). En realidad, esta prisa por conquistar el espacio nace de razones de dominio; se pensó, por ejemplo, que conquistando la Luna se podría supervisar toda la tierra. Es decir, motivos claramente militares y conquistadores empujan a los hombres a moverse así.

A pesar de esto, también podemos decir —como os indiqué antes— que cuando la Santa Escritura habla de «cielo y tierra», el cielo no es solamente el meteorológico (donde vuelan los pájaros), ni sólo el astral (donde está el sol), sino también el cielo espiritual, el mundo de los ángeles. Por tanto, cuando la Escritura dice que Dios creó el cielo y la tierra, podemos verlo desde este aspecto que Dios creó el mundo espiritual y el material.

Entonces, la «tierra» puede abarcar, en sentido amplio, todo el universo material. Porque también el sol, en cierto modo, es «tierra», en cuanto está compuesto de los mismos materiales. O, si se prefiere, si la tierra se separó del sol según algunas teorías, los materiales que encontramos en la tierra los encontramos también en el sol. Lo mismo sucede con la luna: cuando el hombre fue a la luna, encontró «tierra». Vemos, en realidad, que todo el universo es «tierra» en sentido amplio, pues dondequiera que vayamos encontramos los mismos elementos.

Otra cosa es que podamos descubrir elementos nuevos, o que algunos se encuentren en ciertos lugares y no en otros. Pero, en general, se ve que el universo entero está hecho de los mismos noventa y dos elementos que aprendemos en física: desde el hidrógeno hasta los elementos más complejos. Parece que toda la estructura del universo está compuesta de estos elementos. Más adelante veremos otras cosas sobre la composición de la materia.

Pero se ve que el universo entero está hecho de los conocidos noventa y dos elementos, que aprendemos en la física. Y parece que la estructura del universo está compuesta de estos elementos: empezamos por el hidrógeno y llegamos a los multi-compuestos, aquellos elementos por los que parece que está formada la creación entera. Alguna otra vez veremos más cosas sobre el tema de la composición de la materia.

Mientras tanto, como el libro del Génesis no es una exposición o un trabajo científico, no es un libro que quiera dar datos científicos, como lo serían la astronomía o la geología, sino que es un libro en el que Dios apocalipta, revela Su voluntad y tiene fines instructivos y religiosos. Es decir, cómo aprenderemos, incluso la persona más simple, que la creación, el cosmos, el mundo entero, es creación de Dios, y que Dios es el Padre, al que debemos amar y cumplir Sus mandamientos.

Este es el objetivo, el fin por el que se ha escrito el libro del Génesis, es decir, de modo popular, para objetivos o razones instructivas y religiosas. Otra cosa es que, a pesar de la sencillez del libro, no es un libro simplista o ingenuo: es sencillo, pero tiene una exactitud que nos sorprende literalmente.

Así que, a partir de aquí, nos ocuparemos de la tierra. Los otros somas (cuerpos) celestes, no nos ocuparán.

«ἡ δὲ γῆ (i dé yí)… y en cambio, la tierra era invisible, no formada…» (Gén 1,2). Es decir: ¿para quién era invisible? Cuando decimos que algo es visible o invisible, presuponemos un ojo, un observador. ¿Había alguien que viera? Me diréis: Dios. Pero Dios es el Creador, y para Dios no existe nada oculto; todo está presente ante Él. Entonces, ¿para quién era invisible la tierra?

¿Quizá para los ángeles? Es sabido —y aquí vemos una exactitud de la Santa Escritura— que Dios creó el cielo y la tierra. Si aceptamos el sentido más amplio de «cielo» como mundo espiritual, entonces el mundo espiritual fue creado antes que el mundo material. El libro de Job nos dice que «cuando se hicieron las estrellas y el universo, los ángeles me admiraron y me alabaron o me observaban y me alababan». Esto confirma lo que os dije antes: que el «cielo» no es sólo el astral, sino también el espiritual.
¿Podría ser entonces que la tierra fuese invisible para los ángeles? No.

Aquí Moisés escribe con una dimensión física, no espiritual. Entonces, ¿para quién? No existía todavía ningún hombre. Sin embargo, el texto supone un ojo de observador. Y aquí aparece una hipótesis fundamental, muy importante para estudiar y entender todo este capítulo del Génesis.

El texto introduce un observador hipotético, supuesto, colocado en la superficie de la tierra. Y tal como vería este observador, así juzgaría la descripción que nos ofrece el libro del Génesis. Por tanto, para ese ojo hipotético observador, la tierra era invisible.

¿De qué era invisible? ¿Qué hacía a la tierra invisible?
Era la muy condesada nubosidad que existía por encima de la superficie de la tierra. O, si queréis, todo el volumen de agua que hoy forma los océanos. Sabéis que los océanos, si habéis estudiado un poco de geografía, cubren las tres cuartas partes de la superficie terrestre y alcanzan profundidades de nueve o diez mil metros; incluso el Mediterráneo, que es pequeño, llega a cuatro mil metros de profundidad. Pensad que aquí en el Mediterráneo cerca en el cabo de Ténaro en Peloponeso la profundidad del mar es más de cinco mil metros. Es el punto más profundo del Mediterraneo, por eso tiene terribles y violentas tempestades.

Ese inmenso volumen de agua que hoy está en los mares, en aquel estado primitivo no cubría la tierra, sino que estaba por encima de ella, en forma de vapor y nubes, porque la tierra se encontraba en un estado térmico muy elevado. Esto lo confirma también la ciencia. Por lo tanto, toda esta agua estaba en forma de nubes y se encontraba por encima de la superficie de la tierra.

Habéis visto la nubosidad que tuvimos ayer y el día estaba oscuro; es decir, no tenemos luz, sino una poca luz del sol por dispersión, y no por radiación directa. Pensad: si tenemos todos los océanos por encima de nosotros, ¿puede la luz pasar? Sin duda que no.
Por tanto, cuando el texto dice que la tierra era «invisible», significa que para un observador situado sobre la superficie terrestre la luz solar no llegaba.

Esto se verá aún más claramente cuando, más adelante, en la fila sexta, cuando allí el Dios comience a ordenar y configurar las aguas, aquellas que ya caerán en la superficie de la tierra y aquellas que estarán subiendo por encima de la superficie de la tierra constituyendo las nubes. Allí se dirá: «en medio del agua y del agua» (Gén 1,6), Observad esta frase: «¡en medio del agua y del agua!»  ¿Cuál es el agua y el agua? El agua de abajo será el mar; el agua de arriba, las nubes.
Pero al principio, toda el agua estaba arriba. Luego, al enfriarse la tierra, las nubes se condensaron, cayó el agua, y así se formaron las aguas inferiores y superiores. Más adelante, Dios seguirá configurando este orden formando ríos, lagos, mares y océanos, hasta llegar a la forma que hoy conocemos y la tierra adquirirá la forma definitiva que conocemos hoy.

Así que, mirad: la tierra era invisible y no estaba constituida, es decir, no estaba formada. ¿Qué significa esto? Como sabéis, todo el universo, os lo he dicho en la primera homilía: la tierra constituye una parte del universo. Pero la tierra es una parte insignificante del universo; es como un grano de arena en una inmensa playa cubierta por muchísimos kilómetros de arena. ¿Y qué se deduce de esto? Que la tierra es insignificante con respecto a la magnitud del universo.
Os preguntaréis: bien, ¿en esta tierra insignificante colocó Dios al hombre? ¿Y es posible que exista vida en otra parte del universo?

Aunque no es nuestro tema de hoy -y lo veremos en otra ocasión-, todo indica que el hombre es una criatura única dentro de toda la creación. Si existe o no vida en otros lugares del universo, no lo sabemos con certeza. Hasta ahora no se ha encontrado vida.
¿Está el universo muerto? Así parece.
¿Y se hizo este universo para servir a la tierra? Así parece.
¡Esto es sorprendente! Es decir, ¿todo para el hombre? Así parece.
¿Tan importante es el hombre? Así parece.

Dice san Juan Crisóstomo que por el hombre se enviaron profetas y el cielo mismo se extendió. Como dice muy bien Pascal*: el sol mata, pero no sabe por qué mata. El sol es terriblemente grande en relación con el hombre; pero el hombre sabe por qué muere. Esto significa que el hombre tiene conciencia: es la icona, la imagen de Dios.

*(Pascal: «El hombre no es sino un junco, el más frágil de la naturaleza, pero un junco que piensa. No hace falta que todo el universo se alce para aplastarlo: basta un vapor, una gota de agua, para destruirlo. Y aun si el universo lo aplastara, el hombre seguiría siendo más noble que aquello que lo mata, porque es consciente de su muerte y comprende la superioridad del universo sobre él; mientras que el universo no sabe nada de esto» Blaise Pascal, L´ homme est un roseau pensant, fragment 39)

Y este universo terrible -terrible no sólo por su extensión, sino también por su a-filoxenía, su inhospitalidad- ¿qué expresa? ¿Por qué es así? Dijeron aquellos que fueron a la luna que el universo es aterrador, que crea miedo y terror. Sí, es inhóspito. ¿Pero por qué?
Es evidente: para expresar la δύναμις (dinamis: fuerza, potencia y energía) de Dios, para que aprenda el hombre a no blasfemar y a respetar a Dios. Pero además expresa la sofía-sabiduría de Dios, y tiene también un valor práctico: este universo se convertirá en la filóxena-hospitalaria realeza increada de Dios. Esta realeza hospitalaria será renovada, regenerada; y Cristo Jesús, el Creador de todo, hará todo nuevo cuando vuelva: «Y el que estaba sentado en el trono dijo: «He aquí, yo hago nuevas todas las cosas» (Apoc 21:5).

Por eso os decía que cuando estas cosas comienzan a hablar en nuestros corazones, nace en nosotros el respeto y el temor divino. Reverenciamos y alabamos a Dios con todo nuestro ser. Hijos míos, estas cosas son majestuosas, maravillosas y grandiosas.

 Así que la tierra no estaba formada. Está en su proceso de convertirse en la casa, en la morada del hombre, ¡de este ser único sobre la tierra!

Pero cuando se dice que nuestra tierra no estaba formada, ¿qué significa? Que aún no había tomado la belleza que hoy posee. Al principio predominaba la oscuridad a causa de la densa nubosidad, y la tierra debía llegar a hacerse cosmos-mundo.

Como sabéis, en la lengua helena κόσμος cosmos significa adorno, ornamento, decoración. Los antiguos helenos empleaban esta palabra para expresar que algo está embellecido, ordenado. Por tanto, la tierra debía hacerse cosmos, debía ser adornada, configurada.

Aquí el Dios Logos pasa de lo general a lo particular: desde el no-ser crea el ser, y ahora, desde el ser, procede a la configuración y formación. Ya no veremos sólo la δύναμις (dínamis: fuerza, poder, potencia y energía) de Dios en un universo aterrador, sino los detalles de su sabiduría concreta, cuando Dios Logos vaya creando animales, vegetales, y todas las formas de vida. Hoy, con el microscopio, descubrimos la estructura de este universo y el fenómeno de la vida en una riqueza tan inmensa que nos deja anonadados.

Por eso dice san Isaac el Sirio que estudies sin saciarte los libros de los que escriben sobre la historia física. Allí estarás encontrando la omnipotencia, la sabiduría y la agapi de Dios. Por eso el Señor hizo un llamamiento de investigación y observación: «Lee continuamente y sin cesar en los libros de los maestros sobre la providencia de Dios. Porque estos guían la mente para percibir el orden de las criaturas de Dios y sus obras, y la visten y la capacitan para alcanzar pensamientos iluminados por la sutileza de su enseñanza, y así caminar con pureza hacia la comprensión de las criaturas de Dios. Lee también los Evangelios, los que Dios ha dispuesto para el conocimiento de todo el universo, para que te fortalezcas con el poder de su providencia a través de cada generación y tu mente se sumerja en las maravillas de Dios» (Logos ascéticos sobre la agapi). De ahí el llamamiento del Señor a la observación: «Observad los lirios del campo, los pájaros del cielo…» (Mt 6: 26-28). Estos son los que, cuando en primavera estamos en el campo, los pisamos. A pesar de eso, Dios los adornó, y no pasa nada si los pisas. Dios las puso; te puso a ti, hombre, el rey de la creación, una alfombra de flores. Toma una flor que hasta ahora no te habías fijado y obsérvala con atención, mírala e investígala; quedarás muy sorprendido. Verás aquello que dijo el Señor: “Ni Salomón con toda su doxa-gloria real se vistió tal como está vestido, lleno de combinaciones de colores y bellezas, un simple lirio del campo”.

Estas cosas se llaman transformación o configuración de la tierra.

Por lo tanto, hasta ese momento la tierra permanecía deformada. No había aparecido aún el fenómeno de la vida, ni en forma vegetal ni animal. Era, como diríamos hoy, materia muerta. La superficie de la tierra no estaba configurada como ahora, con lagos, mares, islas, cabos, playas, etc.

Y continúa: había oscuridad sobre el ἄβυσσος (ávyssos, abismo).

¿Qué significa ἄβυσσος ávyssos? Proviene de a- (privación) y vyzós (fondo): «sin fondo». Literalmente, son aguas tan profundas que parecen no tener fondo. Por ejemplo, en el océano Pacífico, con profundidades de más de diez kilómetros, si arrojamos una cuerda con peso decimos que no toca fondo. Así se expresa la inmensidad de las aguas. De esto habla Jonás cuando dice: «El abismo me rodeó» (Jonás 2:6) cuando estaba dentro de aquel pez.

Pero el texto dice que la oscuridad estaba sobre el abismo. Es decir, la oscuridad que había entre el agua de abajo y el agua de arriba. Como os recordé al hablar del segundo día creativo: «Y dijo Dios: haya firmamento que separe un agua de otra agua, y Dios separó las aguas» (Gén 1,6). Todo esto —no lo olvidemos— se describe desde la perspectiva de un observador situado sobre la tierra.

«…y el Espíritu de Dios flotaba (una manera de expresar) sobre las aguas».
Atención a este pasaje: ¿quién es este Espíritu de Dios que flotaba por encima de las aguas? Siempre a la luz del Nuevo Testamento, se trata del Espíritu Santo. Que el Espíritu Santo esté sobre las aguas de la tierra es significativo. Pero si Dios es espíritu, entonces ¿qué sentido tendría decir “espíritu de Dios”? Sería como decir “espíritu del Espíritu”, algo curioso. Cuando la Escritura dice “Espíritu de Dios”, quiere expresar algo distinto: y este algo distinto, según la luz del Nuevo Testamento, es realmente el Espíritu Santo, la tercera Persona de la Santa Trinidad.

Como también sucede en la lengua del Nuevo Testamento, cuando se dice “Espíritu de Dios” entendemos: por “Dios”, el Padre, y por “Espíritu de Dios”, la tercera Persona. Es decir, es el Padre que envía Su Espíritu Santo en la tierra. ¡Así que aquí encontramos al Espíritu Santo! Es cierto.

Y, además, inmediatamente más abajo hablará también sobre la Segunda Persona: «Y dijo Dios: hágase la luz, y se hizo la luz». Este «dijo» expresa a Dios Logos (increado, aún no encarnado), al Logos del Padre. El Logos del Padre es quien crea el cosmos-mundo; es la Segunda Persona de la Santa Trinidad.

Recordad el Salmo: «Por el Logos del Señor se fundamentaron los cielos», es decir, por la Segunda Persona de la Santa Trinidad. Y también aquello que dice el Salmo 32: «Por el Logos de Él se fundamentaron los cielos, y con el Espíritu de Él están contenidas, coexisten y viven». ¿Quién es ese «Él»? Es el Padre.
Las cosas se cimentaron, se configuraron y se transformaron por Su Logos, el Hijo, y permanecen cohesionadas, unidas, coexistentes y vivas por su Santo Espíritu. Así pues, vemos que toda la Santa Trinidad participa.

Lo expresa admirablemente san Ireneo: «El Padre quiere, complace y manda, “dijo Dios”, el Hijo hace y crea, y el Espíritu Santo alimenta y acrecienta». Y como dice Teófilo de Antioquía: «La voz de Dios, ¿qué otra cosa puede ser sino el Logos, el Hijo de Dios? Por lo tanto, cuando Dios “dijo”, significa que crea por medio de su Hijo y Logos». Es verdaderamente grandioso: aquí tenemos la presencia del Dios Trinitario.

Pero ¿os habéis fijado qué se dice en la primera línea? «En el principio creó Dios el cielo y la tierra». Esto expresa que Dios es uno.
Luego: «Y dijo Dios: hágase la luz», y también: «el Espíritu flotaba sobre las aguas». Esto expresa que Dios es uno, pero trinitario.

Así, en la primera línea del primer libro de toda la Santa Escritura se establece el primer cimiento: Dios es uno. En la segunda, el segundo cimiento: Dios es uno, pero también trinitario, tres Personas.

En realidad, el cimiento de una religión es la gnosis-conocimiento de quién es Dios. El primer cimiento es el Dios. El segundo es el hombre y el tercer cimiento es la relación del hombre con Dios o de Dios con el hombre. Esto es lo que se llama religión. Estos elementos característicos si los encontramos es realmente una religión.

Aquí, el primer cimiento nos dice quién es Dios: Dios es mónada -unidad- en Trinidad, y Trinidad en mónada: una es la esencia y tres Personas. Este fundamento se halla ya en los dos primeros pasajes de la Santa Escritura. Es verdaderamente grandioso. ¿Lo habríais imaginado?

Puesto que empezamos a conocer quién es Dios, era lógico que en los primeros pasajes del Génesis se nos enseñara quién es Él. Sin embargo, la plenitud de la apocálipsis (revelación) del Dios Trinitario nos la dará el Dios Logos encarnado, la Segunda Persona de la Santa Trinidad, que vendrá a revelarlo ya no en sombras, sino en plenitud.

Porque alguien podría decir: «Dios», «Espíritu de Dios», «dijo Dios»… no lo veo muy claro. Y es cierto: existía el peligro de la idolatría en Israel, y el pueblo debía permanecer firmemente en el monoteísmo. Por eso, la revelación del Dios Trinitario debía darse de forma velada, para que no se pensara en una multiplicidad de dioses. Los hombres aún estaban inmaduros.

Quedaba, pues, como privilegio propio de la venida del Hijo de Dios como segunda Persona encarnada de la Santa Trinidad hacer la apocálipsis-revelación plena de que Dios es Trinitario. Recordad lo que dice el Señor en el Evangelio de san Juan, en su oración sacerdotal: «Les he revelado tu nombre a los hombres». ¿Cuál es el nombre de Dios? No es simplemente “Yahvé”, propio del Antiguo Testamento. Dios es uno y se llama Kyrios (Soberano, Dueño y Señor,). Sin dejar de ser Kirios, se nos concede una apocálipsis/ revelación mayor.

Debemos saber que tenemos tres apocalipsis revelaciones de Dios, y ya no tenemos otras. Lo dice el libro del Éxodo, en el sexto capítulo, donde Dios dice a Moisés: “Mi nombre, Kirios, no lo revelé a Abraham”; allí reveló el nombre Dios. Uno podría pensar que hay otros dioses, pero el nombre Kirios, absoluto, y que no existen otros dioses, lo revela a Moisés. Esto quiere decir Yahvé (Kirios, Señor, Soberano).

La tercera apocálipsis revelación se realiza en Jesús Cristo y es: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dice el Evangelio de Mateo: “Id a las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19). Dice “en el nombre”, no dice “en los nombres”, porque Dios es uno.

Así vemos de manera admirable que en toda la creación coparticipan las tres Personas de la Santa Trinidad: el Padre quiere, el Hijo ejecuta la creación, y el Espíritu Santo vivifica la creación.

Qué significa exactamente “quiere”, “ejecuta” y “vivifica”, lo veremos en la siguiente homilía.

Domingo 7 de noviembre de 1982

 

4ª Lección (homilía): El Espíritu de Dios encima de las aguas. La creación de la luz

 

Decíamos en la homilía anterior que durante la creación estaba como Creador el Santo Dios Trinitario, es decir, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Más concreto aún: El Padre quería, el Hijo creaba y el Espíritu Santo vivificaba.

De todos modos, observamos que las tres Personan cooperan en la creación; es decir, el Padre expresa la omnipotencia (pantodinamía), el Hijo la Su sofía-sabiduría y el Espíritu Santo la vivificación y perfeccionamiento de la creación. Se refiere especialmente a la segunda Persona de la Santa Trinidad, que se llama Sofía-Sabiduría, la Sabiduría de Dios.

Dice el libro de los Proverbios en el Antiguo Testamento 8,27 y 30 que: “Yo, la Sabiduría, co-armonizaba el cielo con Él. Y yo, la Sabiduría, cuando el Padre preparaba el cielo, estaba presente junto a Él y lo armonizaba”. ¡Qué imagen más bella! Es decir, que vemos realmente a la segunda Persona creando el mundo.

San Juan el evangelista nos dirá lo siguiente: “Todo fue hecho por el Logos de Dios, y sin Él no se hizo nada de todo lo creado” (Jn 1,3). Aquí percibís quién es la identidad de Jesús Cristo: es la Sofía-Sabiduría de Dios. Esta Sabiduría de Dios que creaba el mundo, en un momento del tiempo de la creación, tomó la naturaleza humana. Es maravilloso: aquel que tuvimos entre nosotros es el Creador de todo. ¡Admirable! Todo se creó por Él, hasta lo más mínimo de la materia, un átomo o un sub-átomo; todo se hizo por y con el Hijo, Aquel que se humanizó, encarnó, por Jesús Cristo, y sin Él -el Logos increado que se encarnó- no se hizo nada de todo lo creado.

San Pablo dice a los Colosenses: “Todo fue creado, formado por Él, es decir, Jesús Cristo, y por cuenta de Él” (Col 1:16). Atención a este punto: “por cuenta de Él”, o sea, el Hijo o la Sofía-Sabiduría enhipóstatos (en persona, personificada) hizo el cosmos y lo hizo para Sí mismo. Esto es una segunda cosa grandiosa. Lo veremos más abajo el por qué y cómo. (Cosmos, además de mundo, en helénico quiere decir también adorno, ornamento).

Así, pues, ¿reconocéis a Dios Logos, la segunda Persona de la Santa Trinidad, que se humanizó, encarnó y, como dice el evangelista Juan, acampó, ¿puso su tienda o su casa entre nosotros? (Jn 1.14) ¿Lo reconocéis? Si alguna vez tenemos la pregunta: ¿cómo nos visitó Dios?, nos ha visitado del modo de la humanización: se hizo hombre. No vino con un ruido, con un rayo o con una voz, etc., sino que vino semejante a nosotros (cf. 3Reyes 19:11-12).

Dice, sobre Dios, el evangelista, esta bella imagen ética y realista, en el prólogo de su Evangelio: «Existía, estaba y está en el mundo y el mundo fue hecho por Él, y el mundo no le aceptó, ni le reconoció como Dios. [«Existía y está siempre antes del principio en el mundo, gobernando todas sus creaturas visibles e invisibles de las que se compone el mundo terrenal y celeste, que fue hecho por él. Aun así, cuando la luz increada, el Hijo y Logos de Dios tomó cuerpo y se hizo hombre, el mundo de los hombres, corrompido, pervertido y apegado a las cosas terrenales, lleno de pazos, no le reconoció ni le aceptó como su Creador y Dios».] Vino a los suyos o semejantes y los suyos o semejantes no le recibieron ni le aceptaron como su Salvador y Dios. Pero los que le aceptaron y creyeron, como Redentor, Sanador y Salvador, les dio potestad, valor y fortaleza para poder renacerse y estar convirtiéndose y haciéndose* continuamente en hijos de Dios, a los que creen en su nombre» (Jn 1,10-12). (*El verbo γενέσθαι (yenesze) aquí define tiempo continuo hasta el último suspiro de nuestra vida, por la metania, dicen los santos Padres)

Dice que en el mundo estaba no solo como omnipresente, sino también como gobernante, y que el cosmos-mundo se hizo por el Hijo, y el mundo no le reconoció. Vino a los suyos, a nuestras casas, a nuestro espacio, vino sobre la riqueza de la tierra. Y los suyos, es decir, nosotros los hombres y especialmente los hebreos, no lo recibimos ni lo reconocieron. No porque no haya dado elementos suficientes para reconocerlo, sino porque los hombres tenían maldad, vileza, mala astucia. Y a los que le creyeron y le recibieron, les dio poder para hacerse y llamarse hijos de Dios.

Es realmente algo especialmente grandioso descubrir uno la Sofía-Sabiduría de Dios, la enhipostasiada (personificada, en persona). Repito, no una sabiduría abstracta; aquí no es la Sabiduría de Dios una cosa abstracta, como la sabiduría de un hombre encefálico o intelectual, o una invención de la mente; no, es Persona. Y como se mueve sabiamente, se llama Sofía-Sabiduría de Dios: el Hijo y Logos de Dios que se humanizó, encarnó. A este, que hoy los hombres niegan, a Jesús Cristo. Y no simplemente le niegan, sino que le insultan. Es incalificable, es incomprensible, es el mayor crimen que puede cometer el hombre: negar a Jesús Cristo.

No es un gran crimen cometer adulterio, prostituirse, matar, etc., lo que queráis, de todos los pecados que existen. El mayor pecado es negar a Jesús Cristo. Este pecado se califica por el evangelista Juan como estado de anticristo. ¿Quién es el anticristo? Dice que el que niega que el Hijo de Dios se hizo hombre o que Jesús es Dios, es decir, si niegas Su naturaleza divina o Su naturaleza humana, o sea, la Θεανθρώπινα (Zeanzrópina, divino-humana), eres anticristo, sigues las enseñanzas del anticristo, del satanás o diablo.

Pero también el Espíritu Santo. Recordad que decíamos que estaba, o “volaba”, por decirlo de alguna manera, por encima de las aguas de la tierra. No dice que estuviera en otra parte ni en otro día, porque -como os expliqué- al escritor sagrado le interesa la historia de la tierra y sólo nos escribe sobre ella. No le interesa otra cosa, porque la tierra sería la casa del hombre.

¿Qué quiere decir esto: “el Espíritu volaba por encima del abismo”? Dice: Espíritu de Dios. En el Nuevo Testamento, el Espíritu Santo se simboliza como paloma —cuidado: no es que el Espíritu Santo sea una paloma, sino “como” paloma— o en Pentecostés “como lenguas de fuego” (Hechos 2:3). Es decir, se nos da una imagen, un modo de expresar cómo actúa el Espíritu Santo, que viene a “incubar” las aguas para que de ellas brote la vida. Mirad qué punto tan extraordinario: una manera de “incubar” las aguas.

La gallina clueca —y las aves en general— se sientan sobre los huevos y, después de unos veintidós días, nacen los polluelos. La gallina se posa sobre los huevos con cuidado y con un cariño y afecto especial; los campesinos conocen bien con cuánta atención los protege y no deja que nadie se acerque. De modo semejante, el Espíritu Santo, “como” abrazando las aguas, las “incuba”, las calienta, para que de allí surja la vida.

Y realmente, como veremos más adelante al hablar del fenómeno de la vida, la primera vida apareció en las aguas. Es algo maravilloso: manifiesta que el Espíritu Santo es quien da la vida y la mantiene, aquello que la Sofía-Sabiduría de Dios, la Segunda Persona de la Santa Trinidad, creó.

Pero ¿por qué Dios procedió a la creación? ¿Por qué razón hizo Dios el cosmos-mundo? ¿Tenía Dios necesidad del mundo? ¿Acaso necesitaba algo de la creación? ¿Buscaba Dios algo de ella? Sin duda que no: Dios es autosuficiente. Por tanto, el primer motivo de Dios es Su ἀγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado). ¡Dios ama! Es la agapi de Dios la que trae a la existencia todas las cosas creadas.

Quizá os preguntéis: ¿por qué Dios hizo el cosmos-mundo? Es una pregunta muy profunda y difícil de comprender para nuestra lógica humana. ¿Por qué existen miríadas de especies y géneros en el reino vegetal y animal? ¿Por qué esta abundancia, hasta el punto de que no existe ni una centésima de la materia sin vida, ya sea en la superficie de la tierra o en las profundidades de los océanos, de modo que la vida literalmente rebosa sobre la faz de la Tierra? Además, ¿por qué Dios creó esta realidad con tanta sobreabundancia? ¿A qué apunta todo esto? ¿Cuál es su finalidad? Y todavía más: ¿por qué ha creado Dios este universo inmenso? ¿Cuál es el propósito último de todo ello?

Porque para todas estas cosas no hay otra respuesta que solo esta: ¡la ἀγάπη agapi de Dios! ¡Solo la agapi de Dios hizo la creación! Dios es autosuficiente, no tiene necesidad de nada; no que sea glorificado, ni alabado, no elogiado. Si pide Su doxa/ gloria y alabanza, es- siempre por la libre voluntad y oferta del hombre, que es el culto y la doxología (alabanza)- conseguir el hombre la bienaventuranza, felicidad de Dios; que se haga el hombre partícipe, y por el hombre partícipe de la bienaventuranza y felicidad de Dios toda la creación. Por eso, el Dios hizo al mundo: por ἀγάπη agapi. No quería disfrutar de Su bienaventuranza y felicidad sólo, sino que quería que participasen todas las creaciones que creó. Además, Dios todo lo que hace es feliz y bendito.

Os diré un pequeño ejemplo, que muchas veces me lo dije a mí, como pregunta. ¿Los gusanos que están dentro de las maderas de los árboles y en la tierra, son felices? En concreto hay gusanos que nunca ven la luz del sol; allí dentro roen, comen y nada más. ¿Qué pensáis? ¿Estos gusanos dentro de la tierra o en las maderas están felices? ¡Sí están felices! Dios nunca hace criaturas desgraciadas e infelices. Lo que hace infelices y desgraciadas las criaturas es el pecado.

Cuando entraremos en la antropología cristiana, lo veremos, porque hoy muchos animales puede que sean infelices y desgraciados, que pasen hambre, o que tengan frío o mueran. Son desgraciados porque se ha perturbado el orden por el pecado de los hombres. Entonces lo veremos esto. Ahora solo os digo que Dios no crea criaturas desgraciadas e infelices.

La segunda razón por la que Dios hizo la creación es porque lo quería. Si no quisiera no haría la creación, pero como quería, la hizo.

Dice el Salmo 134:6 “Todo lo que quiso Dios ha creado”. Hizo solo lo que quiso, lo que no quería no lo hizo. Por lo tanto, todo lo que se ha creado es por la voluntad de Dios, todo está dentro en la voluntad de Dios. Y aquellas cosas que parecen curiosas y paradójicas, no se escaparon de la voluntad de Dios. Nosotros no tenemos la mentalidad que tenía Adán. Se ha oscurecido nuestro νούς (nus: espíritu del corazón de la psique-alma); y muchas veces tenemos preguntas y dudas, como: ¿Eso para qué hace falta? ¿Aquello por qué? Esto parece raro, paradójico… Nada se ha escapado de la voluntad de Dios. La creación no tiene cosas torcidas o defectuosas. Lo que quiso Dios lo hizo y lo que no quiso, no lo hizo.

Y ahora vamos un poco más abajo.

“Y dijo Dios: Γενηθήτω (yenizito) Hágase la luz, y se hizo la luz” (Gn 1,3). Este Γενηθήτω (yenizito) se escribe con una n, porque es del verbo γίγνομαι  (g o yígnome) hacerse y de γεννώ (yennó) parir. Si se escribiera con dos n se traduciría nacer. Es decir, nacimiento como nace algo vivo. Pero es del verbo γίγνομαι (g o yígnome) hacerse.

“Y dijo Dios: Γενηθήτω (yenizito) Hágase la luz, y se hizo la luz” (Gn 1,3). En esencia, la creación comienza aquí. Los dos primeros versículos son un resumen, un prólogo de todo lo que se dirá después; son una introducción, una exposición condensada de la creación:
“En el principio Dios creó el cielo y la tierra, (al principio Dios creó las creaciones celestes y después las terrenales).  La tierra era invisible y no formada; la oscuridad cubría el abismo y el Espíritu de Dios se cernía o flotaba sobre las aguas” (Gn 1,1–2).

Así pues, el inicio de la creación se manifiesta en esto: “Y dijo Dios: hágase la luz, y se hizo la luz”. [ Esto conecta con el Evangelio de san Juan: “4 En Él existe y está la vida y la vida era y es la luz de los hombres. [4. «En Él existe y es la vida increada, y como fuente increada de la vida creó y mantiene toda vida creada. Para los hombres lógicos además de la vida natural, es también la luz ética y espiritual que ilumina el nus de ellos, es decir, el espíritu de los corazones de sus psiques y sus mentes/intelectos, que los conduce a la comprensión, a la gnosis y a la aceptación de la verdad», (Juan 1,4).]

Aquí comienza el primer día creador. La creación empieza con la luz, no con el cielo ni con la tierra, sino con la luz.

Quizá surja la pregunta: si el sol, la luna y las estrellas fueron creados el cuarto día creativo, ¿cómo pudo existir la luz desde el primer día? ¿Cómo se concilia esto? Debo deciros que esta luz no tiene ninguna relación con la luz solar. Podríamos decir que el primer día Dios he creado esta luz, en esta luz está contenida toda la creación*. Tened un poco de paciencia y esto lo veréis. Sólo os digo esto: que el sol no es fuente de luz sino portador de luz. * Sólo tened un poco de paciencia y lo veréis.

 *(El 1965 de los Panzias y Wilson se hizo un descubrimiento fascinante: la detección de la luz primigenia, que hoy llega a la Tierra en forma de microondas desde todas las direcciones del cielo. La radiación de fondo es un testigo infalible, un eco de la Creación.)

Os recuerdo que el sol no es la fuente de la luz, sino el portador de la luz. Si tengo una caja de cerillas, estas contienen fuego en potencia. Al encender una cerilla, aparece la luz y el fuego. Eso significa que la cerilla es portadora de la luz, no su fuente. La fuente de la luz es el Logos increado de Dios, que dijo: “Hágase la luz”. El sol, por tanto, es portador de la luz, no su origen.

Una cosa más: recordad que dijimos que Moisés coloca siempre a un observador sobre la superficie de la tierra. Por un lado, la luz fue creada el primer día y con ella toda la creación —esto lo veremos a continuación—, pero, por otro lado, para un observador situado sobre la tierra, cubierta entonces por una densísima nubosidad, el sol no era visible. Cuando las nubes cayeron en forma de lluvia y se formaron los océanos, entonces la luz del sol pudo llegar a la superficie.

Por tanto, no significa que el sol fuera creado el cuarto día, sino que se hizo visible el cuarto día para el observador en la tierra. Lo repito: todo fue creado el primer día; los demás días describen su ordenación, su manifestación. El sol, pues, apareció o se hizo visible el cuarto día creador para el observador situado en la tierra.

¿Por qué digo todo esto? Porque podríais objetar: nosotros hemos aprendido en la escuela que existe una teoría según la cual la tierra se separó del sol y por eso gira en torno a él. De acuerdo: acepto esa teoría, que efectivamente afirma que la tierra se separó del sol, como también los otros planetas. No hablo ahora de la multitud de satélites. Ciertamente, todo esto tuvo como centro al sol.

Entonces, ¿cómo podemos decir que primero tenemos la tierra y después el sol? No: el sol y la tierra fueron creados el primer día. No es en absoluto contradictorio afirmar que la tierra se separó del sol. Atención: el cuarto día aparece la luz del sol. Y como la exposición del Génesis es de carácter popular, Moisés dice que Dios hizo el sol el cuarto día. Es decir, para un observador sobre la tierra, el sol “se hizo” el cuarto día, no el primero.

Pero surge la pregunta: ¿de verdad todo se hizo el primer día? Pues sí: todo se hizo el primer día. ¿Y los demás días? En los demás días tenemos formación, transformación y configuración.

Entonces, ¿qué se hizo el primer día? Se hizo la materia: llámese sol, tierra, luna, billones de galaxias, satélites… el universo entero fue creado el primer día.

¿Y en los días siguientes, en relación con nuestra tierra, qué vemos? Vemos que se separan las aguas de arriba y las de abajo, las nubes de los océanos; aparece la tierra seca; brota la hierba; se forman los peces del mar; los reptiles; los vegetales y los árboles; luego las aves; después los animales de cuatro patas; y finalmente se forma el hombre. Es decir, en los cinco días siguientes tenemos configuración y formación de la tierra. No se trata ya de creación desde la nada, sino de transformación de lo existente. Dios dice: “que la tierra produzca hierbas”, “que la tierra saque reptiles”… Para crear al hombre toma tierra, es decir, materia ya existente. No crea al hombre de la nada, sino a partir de la materia creada.

Por tanto: en cinco días tenemos creación como formación y transformación de lo existente, y en el primer día tenemos creación desde la nada, desde la inexistencia, desde cero. Así aparece ya el espacio material.

Pero podríais decir: si en el primer día tenemos la luz, y tú hablas de materia, ¿qué sucede? ¿Qué quiere decir “materia creada” y qué quiere decir “energía creada”, puesto que la luz es energía creada? Habéis aprendido en la escuela que la luz es energía, el calor es energía, la electricidad es energía.

¿Y esta energía no está relacionada con la materia? Pues, amados míos, sea que digamos energía o materia, hablamos de la misma realidad: es una moneda con dos caras. Esto ya lo sabéis por la física. De la materia pasamos a la energía, y de la energía obtenemos materia. Es sencillo: si tomamos madera y la quemamos, pasamos de la materia a la energía; la energía de la madera se manifiesta en el calor del fuego y su luz. Ahora bien, podemos volver a la inversa, a la química y hacer de nuevo madera. Dentro de la naturaleza, en nuestra tierra, se producen continuamente transformaciones, de una forma de energía vamos a otra, no lo olviden esto.

El punto clave es la relación conocida de Einstein, fundamental y básica: E = m · c², es decir, la energía es igual a la masa (materia) por el cuadrado de la velocidad de la luz. Vemos así que la materia y la energía son, en el fondo, la misma realidad en distinto estado. Si digo materia o si digo energía, digo esencialmente lo mismo. Comprendemos, entonces, que la velocidad de la luz en el universo es un estado dinámico, una magnitud básica y fundamental, un parámetro universal, es decir, lo que llamamos constante universal. Así, ahora, a partir de la ecuación que expresa la equivalencia de la materia con la energía, obtenemos este parámetro y veremos que la energía es igual a la masa, es decir, a la materia. Y, efectivamente, es igual, porque, ya se llame masa o energía, es lo mismo.

Pero surge entonces la pregunta: ¿qué fue primero, la materia o la energía?, Como si dijésemos: ¿qué fue primero, la gallina o el huevo? Tal vez digáis que no tiene mucha importancia, pero la pregunta no es tonta. Quiere decir: si algo comenzó a existir, ¿qué fue primero? De modo semejante: ¿qué fue primero, la materia o la energía? Puesto que ambas provienen de la nada, de cero, ¿cuál apareció primero?

El libro del Génesis nos responde: lo primero que se hizo fue la luz, es decir, la energía. Y aquí prestad atención, porque esto es extraordinario: fue la luz. La luz es energía en su forma más pura. Está por encima de la electricidad y del calor. De la energía-luz que Dios creó, después se formó la materia.

Y esto, hermanos míos, la ciencia lo ha descubierto sólo en el siglo XX: que podemos obtener materia a partir de energía y energía a partir de materia. Y quedamos asombrados al ver que la Santa Escritura nos dice que lo primero que fue creado fue la luz. ¿No es grandioso?

Esto fue escrito hace unos tres mil quinientos años. Y pensad qué decir de los incrédulos que se burlan de la Santa Escritura. El libro del Génesis es el más perseguido, calumniado y ridiculizado por los incrédulos y por los científicos ateos. Dicen: “Mirad qué tonterías escribe Moisés…” Dice que primero se hizo la luz después el sol el cuarto día etc., y hasta en las escuelas se enseña a los niños que el Génesis es un cuento. ¿Por qué? Porque dice la verdad. Y lo verdadero es lo que más quema: es lo más perseguido por los incrédulos. (La misma energía increada de la gracia quema a los que no creen, mientras que a los creyentes los purifica, los sana, los ilumina y les da gozo y alegría).

Se burlan diciendo: “¿Cómo es posible que la luz se haga el primer día y el sol el cuarto?”. Pero ahora vemos que la Escritura queda justificada: lo primero que se creó fue la luz, y de la luz procede la materia. ¡Maravilloso! Así se cierran las bocas de los burladores.

Sólo este punto —que la primera cosa creada fue la luz y que de la luz procede la materia— basta para hacernos decir: creo en Dios, en el Santo Dios Trinitario; soy cristiano. Este solo hecho es tan grande que deja al hombre de nuestra época completamente sobrecogido.

Sobre este caso, os voy a leer lo que dice la ciencia sobre esto. El científico, Paul Kouderk un físico atómico Francés, en su libro sobre la relatividad, dice lo siguiente: “¿Tenemos el derecho de sorprendernos sobre un universo que se presenta en todas sus manifestaciones como una síntesis electromagnética? El universo nos obliga a identificar sus más profundas cualidades y consecuencias con las cualidades y consecuencias de la luz, es decir, que el universo empezó de la luz.” ¡Qué caso admirable! Ya no sólo los poetas tendrán el privilegio de deificar la luz con sus filas. Ya la ciencia entera se ha hecho himno a la luz. Ya os lo dije, que yo me haría Cristiano ortodoxo sólo por este punto, más añadiendo lo demás de la Santa Escritura para que uno se convierta en cristiano ortodoxo firme e inquebrantable.

El profesor francés de mineralogía y geología Mariel de Seret escribe: “La Santa Escritura adivinó el resultado de los novísimos descubrimientos científicos, diciendo que la luz se puso en acción o en movimiento durante el primer tiempo o época; y sólo no se encuentra en oposición con el progreso de los conocimientos físicos, sino que también aporta su apoyo al prestigio de la ciencia.”.

Qué quiere decir que adivinó. Pues, que la Santa Escritura es Θεόπνευστος (zeópnefstos: inspirada de Dios), no puede uno adivinar desde hace tres mil quinientos años, sobre todo cosas científicas para hoy, esto quiere decir que no es un oráculo sino inspirada de Dios.

Por favor estas cosas guardarlas, son puntos muy importantes para que vosotros sepáis estar y también que las confeséis, cuando escuchéis en cualquier lugar que se digan cosas estúpidas sobre la Santa Escritura. Así pues, vemos que esta gran verdad de la Santa Escritura viene apenas al siglo veinte a verificarse.

Ahora avancemos un poco. ¿Por qué Dios hizo la luz? Sabéis que lo más bello es la luz. Pensad en la ausencia de la luz ¿qué tenemos? Nada. Cómo se proyectará la ciencia, el arte, todo, sin la luz, con la falta de la luz; nada de nada. Con la ausencia de la luz no tenemos nada. ¿Porqué, pues, Dios hizo la luz y empezó toda la creación de la luz y se formó o configuró la materia de la luz? Porque, “Dios es luz”. Nos dice el evangelista Juan que “Dios es luz”. Pero la luz de Dios es increada. Es la Luz que vieron los tres discípulos, Juan, Santiago y Pedro, encima del monte Tabor.  Esta luz de Dios es increada, esta misma luz la tendremos nosotros en la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la realeza increada) de Dios.

En nuestra iconografía pintamos sobre la cabeza de los santos una aureola. Esta aureola es la manera que expresamos esta Luz increada. Increada quiere decir esta luz que no la ha creado Dios, sino que está atada con la naturaleza-fisis de Dios, con su esencia. Atención, esta energía no es la esencia de Dios, sino que está atada con la esencia de Dios. Y como la esencia de Dios no se ve, Dios se hace conocido sólo con Sus energías increadas. Aquello, pues, que hace a los hombres, los seres, los ángeles conocer a Dios, son Sus increadas energías.

Cuando decimos increadas, nos referimos y damos a entender la Deidad. Porque si decimos cosa creada es creación y es inferior a nosotros. Cualquier cosa es inferior de los hombres y de los ángeles. Pero, aquello que se podía decir que es Dios, es increado. Esto lo increado viene en contacto con la creación visible y podemos decir, he aquí Dios.

Aquella luz que también la vio Moisés en Sinaí; y cuando bajó del Sinaí su rostro estaba luminoso; y los hebreos no la aguantaron teniendo la mirada hacia esta luz.

Esta Luz increada, pues, viene ahora a darnos su icona, imagen, por decirlo de una manera, en la creación. Es sorprendente que, por un lado, el hombre es exactamente como imagen de Dios, y por otro lado, la creación es imagen de Su propia energía increada que es la luz. ¡Es asombroso! Por eso, pues, Dios hizo la luz, hizo la creación bajo la forma de la luz y de aquí después empieza hacer nuestro conocido mundo-cosmos como lo vemos.

Y Continuamos: “Y vio Dios que la luz era buena y bella” (Gen 1,4). Aquí es una expresión antropomorfa por el éxito de la consecución de la creación. Cuando Dios hizo la luz que ahora es creación, creada, atención, una cosa es luz creada y otra increada; esta luz creada es como la creada luz solar. Cuando Dios la vio, dijo que “es bella y buena”. ¿Qué quiere decir esto que “es bella y buena”? ¿Podía Dios juzgar y decir que lo he conseguido, es un éxito, esto es bueno y bello? No. Es para nosotros, es un modo antropomorfo para que sea expresado que la creación es un éxito, que es muy bella. Así, pues, lo que el Dios crea es bueno y bello, puesto que la luz es buena, entonces todo lo demás es bueno. Pero lo maravilloso es que en cada formación o configuración que hace Dios dice que “es bella, buena”. Es un punto que se repite en cada praxis creadora de Dios.

Pero para una cosa más, como dice san Teodórito: “Para convencer a los ingratos que no se quejen por algunas cosas de la creación, que dicen aquello es bueno y lo otro no. Y también para dar una respuesta tapando la boca a los que dicen que existe el Dios de la luz y el de la oscuridad. Y estos dos dioses luchan continuamente, sin que alguna vez consiga uno vencer al otro, así tapa la dualidad Persa. Esto lo decían los Persas y lo sacaron de la sucesión del día por la noche, para explicar algunas cosas que tienen relación con la oscuridad del pecado y la ignorancia de la luz divina. Decían que a falta de la luz se crea la sombra, un el dios hizo la luz y cuando interviene un objeto delante vence el otro dios y se hace la sombra.

Pero la sombra, la oscuridad nos es más que la falta, ausencia de luz. Creador de la luz y la oscuridad es Dios. No hay dualidad, no existen dos dioses. Uno es uno y único, no existe dualidad, dos dioses. Dios y lo que hace Dios es muy bueno, bello y admirable, de manera que los hombres admiren a Dios, Su agapi (increada) y Su sabiduría-sofía, y glorificarle, alabarle y de esta manera participen y vivan la bienaventuranza, es decir, la felicidad divina de Dios.”

¡Qué cosas grandísimas y bellas!… pero continuaremos el próximo domingo. Amín.

Domingo 14 de noviembre 1982

 

5ª Lección (homilía): El primer día de la creación – Sobre días creativos – El octavo día de la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios).

 

El primer día de la creación. Sobre los días creativos. La creación de la vida en la aparición de la realeza de Dios.

Continuamos, hijos míos, sobre el tema de la cosmología cristiana.

 “Y Dios separó entre la luz y entre las tinieblas, y llamó a la luz día y a la oscuridad noche”, eso sucedió el primer día que Dios creó la luz.

Aquí vemos a Dios denominar; esto de “llamó” indica que Dios es el padrino espiritual de Sus creaciones: crea y atribuye nombres. Por lo tanto, todas en Dios están conocidas con sus nombres. Esto impresiona. En el libro de los Salmos y en otros libros de la Santa Escritura vemos que Dios denomina las estrellas, y así, delante de Dios están conocidas con sus nombres. «Él cuenta el número de las estrellas y a todas ellas les pone nombre» (Salmo 146 (7), Job 38,7 Bar 3:33-35). Esto significa que para Dios no hay nada desconocido. La denominación de todas las creaciones muestra que, todas pertenecen al interés de Dios y todo está en la providencia y agapi (amor) de Dios.

El hombre también adquirirá el poder de denominar las creaciones. Veremos, cuando hablemos sobre la antropología cristiana, una característica muy importante que parece, tal como se describe en el libro del Génesis, insignificante, pero no lo es: que el hombre fue llamado a denominar los animales. Dice que pasaron por delante de él los animales para darles nombres (Gen 2:19-20).

 Además, que el propósito de Dios era que Adán percibiera que no existe un ser o ente que sea semejante a él y que todos los animales entre sí tienen su semejanza (Gen 2, 19-20); es decir, que la oveja no era sólo una oveja, había más que una, etc. Para que Adán percibiese que estaba solo y no había nada que se asemejara a él.

Esto básicamente sirve al plan de Dios, que lo veremos más abajo. Pero también sirve para otra cosa que indica que Adán tiene el poder de denominar.

Como sabréis, los animales no tienen el poder de denominar, porque el nombre expresa un concepto o significado, y el concepto se crea sólo en un ser lógico. Por lo tanto, el que Adán tuviera el poder de denominar expresa que Adán, desde el principio, tenía lógica. Por consiguiente, no era un animal que se desarrolló. Veis qué dato más importante es esto. Es decir, no había un animal como es el mono que se desarrolló. Desde el principio de su creación el hombre tenía lógica, racionalidad, sobre todo una lógica o racionalidad muy superior a la que tenemos nosotros hoy día, sus descendientes; una lógica que en sus descendientes se oscureció.

Pero esto lo digo de paso; lo diremos analíticamente cuando hablemos sobre ello. Para indicaros que Dios denomina y el ser humano, la icona/ imagen de Dios, también denomina. Y tal como el hombre debería tener conocimiento de los seres, así también Dios da nombres que expresan Su contacto, κοινωνία (kinonía: conexión comunión) y unión de Dios con Sus creaciones. Esto es muy importante. Tomad un maestro de vuestra escuela que conoce vuestros nombres. ¿Esto no tiene una importancia especial? Cuando os llama por vuestros nombres significa que hay un conocimiento, una relación.

Pero, aun, esta separación de luz y oscuridad no es una separación local, sino una separación de tiempo. Es decir, no dijo Dios que aquí estará la oscuridad y allí la luz. Es una separación de tiempo que indica metábole, cambio de los sómas-cuerpos que pueden recibir o no la luz. Diríamos que la presencia de la oscuridad no es otra cosa que la falta de luz. Porque la oscuridad se crea por la ausencia de la luz.

Me diréis que esto es muy evidente. Esto que hoy consideramos evidente antes no lo era en absoluto. También lo veremos analíticamente en la creación de las plantas: que la oscuridad se consideraba autoexistente y la luz también autoexistente. Sobre todo, no sólo se deificaba la luz por los hombres, sino también se deificaba la oscuridad. Por ejemplo, en la dualidad pérsica había dos dioses: Mithra el de la luz y Ahrimán el dios de la oscuridad. Se consideraban como dos principios básicos que luchaban entre sí, sin que nunca uno venza al otro en los siglos de los siglos.

Así pues, la oscuridad se consideró como autoexistente, pero no es autoexistente. Esto lo dice muy bien san Basilio el Grande; tiene un ejemplo con una tienda de campaña. Dice: “toma una tienda y verás que cae la luz encima y dentro tendremos oscuridad. Por lo tanto, la oscuridad no es otra cosa que la falta de luz;” es muy sencillo”. Tal como os dije, hubo una época en que no era evidente que la oscuridad es la falta de luz.

¿Así, qué significa aquí separación temporal (de tiempo) de la luz y la oscuridad? Pues no significa otra cosa que el poder de la tierra de estar girando sobre sí misma y, de esta manera, estar creando el fenómeno de oscuridad y luz, es decir, esto que llamamos día con su noche (período de veinticuatro horas). Cuando, pues, Dios dice que inmediatamente separó entre la luz y la oscuridad, alude al giro de la tierra sobre sí misma y a la creación de las veinticuatro horas del día con su noche. Por lo tanto, el cambio temporal, es decir, el movimiento de la tierra, es la causa creativa de la oscuridad y la luz, o sea, del día con su noche.

Y el versículo 5 dice: “… y se hizo la tarde y se hizo mañana, ημέρα, μία imera mía: día, primo, uno” (Gen 1,5). Esta expresión de los seis días creativos es un estereotipo: “… y se hizo tarde y mañana, día: primo, uno”, y lunes, martes, etc. Fijaos en esta expresión cómo se enumera el tiempo-cronos: se hizo tarde y mañana, así que el contar, medir, se hace empezando de la tarde y acaba en la tarde.

Realmente, en el calendario hebreo el cambio del día se da desde la puesta del sol, de ocaso a ocaso del sol. Este calendario hebreo obviamente no es igual que el astral. El calendario astral, como sabéis, es de medianoche a medianoche, y aquí acaba el día y ya empieza el nuevo.

Nosotros, los cristianos, en nuestro calendario eclesiástico mantenemos el calendario hebreo, pero sólo especialmente. Por eso veis que una fiesta empieza con el esperinós (víspera) y acaba en la novena hora, que es la última praxis de los oficios dentro de las veinticuatro horas. Empezamos con las vísperas con la puesta del sol, después el vespertino, después el oficio de medianoche, después los maitines, luego es la primera hora, después la tercera hora, la sexta hora y la hora novena. La primera hora es a las seis de la mañana, la tercera a las nueve, la sexta a las doce y la novena a las tres de la tarde. Así que los oficios de las veinticuatro horas son ocho. Las encontraréis dentro del gran himerológion (libro de calendario eclesiástico). Así que empezamos con las vísperas y acabamos con la novena hora. Por lo tanto, la víspera es el comienzo de las veinticuatro horas. Creo que esto lo habéis captado: que nuestras fiestas empiezan con la víspera. Por ejemplo, en la fiesta de san Demetrio empezamos con la víspera y salmodiamos los troparios de san Demetrio, y no acaba la fiesta. El día siguiente acaba en la novena, donde decimos que “la memoria de san Demetrio hemos celebrado, festejado”; es decir, hemos terminado, hecho. E inmediatamente empezamos la víspera para el día siguiente.

En la práctica no cumplimos el calendario hebreo. Cuando hacemos ayuno no ayunamos desde la tarde; por ejemplo, el ayuno de los miércoles debería empezar la tarde del martes y terminar la tarde del miércoles. Pero no ayunamos así. Empezamos a medianoche y terminamos la otra medianoche; es decir, seguimos el calendario astral.

Esto os lo he dicho para justificar por qué tiene la frase “…y se hizo tarde y se hizo mañana, día: primo, uno” (Gen 1,5). Se hará tarde para cerrar el día y se hará mañana para que termine el día y vayamos al siguiente, etc.

Pero observemos una cosa. Aquí hay un problema: el llamado problema del día de la creación. Es aquello que los hombres ignorantes y profanos, que nunca leyeron la Santa Escritura, les distingue la incredulidad y se burlan de aquello que van a escuchar o escuchan de la Santa Escritura. Y dicen: “bien, ¿en seis días Dios hizo el mundo? ¿Tan rápido se hizo el mundo? Nosotros sabemos por la ciencia que el mundo, por lo menos la tierra, por no decir el universo, se ha hecho por una evolución en millones de años. Vosotros nos decís en seis días, etc.”

Pues, hijos míos, ¿qué creen? ¿No tiene poder Dios de hacer la creación no en seis días, sino en un día, y qué digo un día, en una centésima de segundo si quiere? En un momento del tiempo puede Dios traer de la nada la existencia, es decir, del universo entero. ¿Se debilita Dios? ¿Para Dios existe tiempo? El tiempo es para las creaciones, no es para Dios.

A pesar de esto, me gustaría apuntaros lo siguiente: cuando la creación cambiará, es decir, se hará nueva, y ya al final, cuando acabe la historia y entonces se haga todo nuevo, como dice san Basilio, “se hará regeneración o renovación de los elementos de la creación; pasará de la corrupción a la incorrupción y de la mortandad a la inmortalidad, no sólo de los hombres sino también de la creación”. Os lo dije también en un tema pasado: que el universo tenía principio. ¿Tiene final? Sí, tiene final. ¿Qué es el final? ¿Anulación o pase a la nada, al cero, puesto que la creación está hecha de cero, de la nada, es catástrofe y desierto, soledad? No. Es renovación y vida incorrupta e inmortal. Esto lo decíamos en la primera lección, si os acordáis.

Pero os decía que la creación entera resucitará y se hará nueva. Por lo tanto, el cosmos-mundo terminará, pero no se hará cero. ¿Cómo se hará nuevo el cosmos? ¿Cuánto tiempo hará falta? ¿Hará falta el mismo tiempo que se creó el mundo?

Entonces, os recordaréis lo que dice el apóstol Pablo: se refiere a la resurrección de los muertos, pero los cuerpos que tomaremos serán los antiguos que hemos tomado de la tierra, pero serán cambiados. Como Adán, que es de la tierra; es decir, que tiene elementos materiales. Dice, pues, que esta resurrección de los muertos, o sea, el cambio de la materia de corruptible a incorruptible y de mortal a inmortal, se hará en tiempo instantáneo. En la epístola a los Corintios nos dice: “He aquí, os digo un misterio: no todos dormiremos (moriremos), pero todos seremos transformados, en un tiempo-átomo (indivisible), en un abrir y cerrar de ojos, en un instante, cuando sonará la trompeta, la ésjatos (la última); porque se tocará la trompeta y los muertos serán resucitados y nosotros, los vivos, seremos transformados” (2Cor 15, 51-52). Nos informa que la resurrección de los muertos, el cambio de vivos y muertos de la corrupción a la incorrupción y la ascensión de los justos y, a continuación, la combustión del universo, será instantánea, en tiempo-átomo (indivisible). Es decir, en tiempo cero, por decirlo de alguna manera. Para darnos una imagen de que estas cosas se harán en tiempo cero, toma una formulación teórica o una palabra filológica y una imagen visible o práctica. Y nos dice que estas cosas se harán en tiempo átomo. El átomo quiere decir en un tiempo indivisible, lo mismo que podríamos decir de un trocito pequeñísimo de la materia que es indivisible. Es decir, en un tiempo que no se puede cortar más; en este caso, no el segundo, que es un tiempo grande, sino milésimas de milésimas de segundo. Significa un tiempo muy pequeño, porque no podía ser captada, comprendida, su expresión en átomo, tanto si se habla para la materia como para el tiempo. Pero para que fuera entendido en su época dijo también un ejemplo más grosero o amplio: “en un abrir y cerrar de ojos”.

Como saben por la Física, la imagen que se forma en la retina a partir de un objeto no desaparece inmediatamente cuando éste deja de estar presente, sino que se conserva en el centro visual de nuestro cerebro durante aproximadamente una décima sexta parte de segundo. Cuando abrimos y cerramos los ojos, no percibimos que haya algo delante de nosotros que nos impida ver, sino que seguimos viendo los objetos de manera continua, porque nuestro sistema visual presenta una cierta inercia perceptiva.

Sobre este principio se basa también el cine. Las imágenes que componen la película cinematográfica son estáticas, teniendo una pequeña diferencia unas con respecto a otras. Así pues, cuando pasan delante del objetivo, éste debe abrirse y cerrarse al menos dieciséis veces por segundo. Es decir: se proyecta una imagen, se cierra el objetivo, la cinta avanza un poco, se vuelve a abrir el objetivo, se proyecta otra imagen… y así sucesivamente. El cerebro, debido a esta inercia, no percibe la alternancia de las imágenes, sino que ve un flujo continuo de impresiones, ve movimiento. De este modo, el cine da la ilusión del movimiento.

Dios quiso que se transformara el cosmos-mundo dentro de millones de años y hacerse nuevo en un abrir y cerrar de ojos. ¿Creen que es una cosa pequeña la transformación de una creación en un tiempo de millones de años? Es admirable, como también admirable es “en un abrir y cerrar de ojos”. Para que aprendamos que Dios es potente tanto para una cosa como para la otra.

De todos modos, lo que decimos seis días no son seis días solares, sino que son seis días creativos, y su significado a continuación vamos a analizarlo.

Primero. Cuando decimos día (día con noche) entendemos veinticuatro horas, el tiempo de la rotación de la tierra. Pero el día con su noche presupone la presencia del sol. El primer día ya tenemos la descripción de la luz; el segundo, la separación, etc., pero no tenemos la presencia del sol o, por lo menos, como decíamos en una homilía anterior, no tenemos la presencia de la luz del sol. ¿Cómo, pues, tendremos la medición del tiempo, que la haría un observador que se encuentra en la superficie de la tierra, si no existe distinción de luz y día? La distinción de luz y de día se hará sensible el cuarto día, cuando tenemos el sol que brilla ya sobre la tierra. Entonces, aquí indica que cuando dice “se hizo el día uno o primo” no da a entender el día con su noche de veinticuatro horas.

Segundo: la palabra día en la Santa Escritura, en hebreo se dice “iom”, muy a menudo no significa un día de veinticuatro horas, sino un espacio de tiempo grande. En el mismo libro del Génesis encontramos este significado de espacio grande del día. Está en el siguiente capítulo, fila cuarta, en que dice Moisés: “Este es el libro del génesis del cielo y la tierra cuando se hizo, el día durante el cual hizo el Señor el cielo y la tierra” (Gen 2,4).

Pero antes nos ha dicho que Dios hizo el mundo en seis días. Ahora nos dice sobre el día en que hizo el cielo y la tierra, es decir, el día en que lo hizo todo. En este instante, pues, pone un día indiferente, sin referencia, que no se trata de un día de veinticuatro horas, sino de un espacio de tiempo grande. Así que con la palabra día contiene también los seis días.

Tercer punto. Todavía, el día de Dios no es nuestro día. Dice el apóstol Pedro: “… un día es ante Dios como mil años, y mil años como un día” (2Ped 3,8).

Aún un cuarto punto. En la Santa Escritura predomina el concepto del tiempo condensado. ¿Qué es este tiempo condensado? Dice san Basilio: “Tanto si dices día como siglo, la misma cosa o concepto tendrás”.

Aún un punto más, quinto. Mientras que Moisés refiere para todos los días “… y se hizo tarde y se hizo mañana, día primo”, cuando llega al séptimo día dice que se hizo mañana, sin apuntar que se hizo tarde, que finalice. ¿Cuál es el séptimo día? El séptimo día es el que pasamos ahora. Es decir, que vivimos en el séptimo día. Pero este séptimo día, que por un lado en el sexto se hizo el hombre y, por otro lado, después de la creación del hombre empieza el séptimo día, y no se hace tarde, sino sólo mañana, no se finalizó, significa que para este día también se hará tarde, pero aún no se ha hecho. ¿Cuándo se hará la tarde del séptimo día?

¡Mirad qué exactitud en la Santa Escritura! ¡Es asombroso! Nunca el hombre sería capaz de componer este tipo de texto con esta exactitud de expresión de las cosas, sino sólo si es el hombre θεόπνευστος (zeópnefstos: inspirado por Dios) el que escribe. Hijos míos, el final del séptimo día es el final de la historia. Y cuando se acabe el séptimo día y se haga tarde, entonces se hará el octavo día, del cual inmediatamente más abajo os voy a hablar.

Pero, atención. Puesto que no se ha hecho la tarde del séptimo día, entonces significa que los días creativos realmente no son días de veinticuatro horas, sino espacios muy largos de tiempo. Exactamente esto es lo que dice la ciencia: que para pasar de la forma sin vida o no vivificada a la forma vivificada, es decir, a la vegetal, y de ella, a la forma animal, y de la forma animal a la humana, han pasado millones de años. De acuerdo, diríamos, porque los seis días creativos son largos o grandes espacios de tiempo.

Todo esto que os quede grabado en vuestra mente, sea vuestra riqueza y lo asimiléis bien, para que, por un lado, vosotros estéis consolidados, asegurados, y, por otro lado, que en cualquier otro sitio cuando escuchéis que hieren la Santa Escritura con argumentos y razones tontos, necios -porque ellos también lo ignoran-, entonces, si vosotros también ignoráis, ¿qué pasa? Entonces vosotros también seréis engañados y arrastrados. El fin o propósito por el que atacan la Divina Escritura es que quieren atacar al Dios Creador.

 

Dicen que: el cosmos-mundo no tenía Creador (Demiurgo) ni tenía principio, el cosmos-mundo existía, existe y existirá siempre, según ellos, lo mismo dice la ciencia del materialismo. Pues, puesto que existía, existe y existirá siempre, ¿por qué tienes que tener miedo o temor de Dios, de juicio, de infierno, de paraíso, de ley ética? Además, si el hombre nació del mono, entonces es un animal y no tiene muchas responsabilidades. Por lo tanto, no tienes que temer nada.

Mirad dónde llegamos. Por eso quiero, con estos temas, que os aseguréis, os consolidéis y os fortalezcáis. Para que digáis que existe Dios Creador y es Dios quien gobierna y provee para Su creación; pero Dios también juzgará Su creación; Dios lo ve y conoce todo. Por eso os dije antes que Dios dio nombre a Sus creaciones, lo que significa que conoce todo. Así que podréis decir vosotros también como Josef: ¿cómo voy a hacer este acto malastuto e indecente, si voy a pecar delante de los ojos de mi Dios?, cuando se lo dijo la mujer de Petefrís: “Delante de los ojos de Dios”. José tenía en los ojos de su psique-alma, en su conciencia, la omnipresencia de Dios. Dios lo ve todo; por eso tenía el sentido de Dios. Todo esto tiene mucho valor y sentido, para que no pequemos y vivamos la vida de virtud real. Por eso todas estas cosas que decimos tienen un carácter y sentido muy prácticos. Por eso os ruego que las guardéis.

Pero os expliqué que el séptimo día, es decir, la tarde del séptimo día, terminará cuando acabará la historia; es cuando el mundo acabará, en el sentido o concepto de que Cristo otra vez volverá a venir. Cuando otra vez vuelva a venir Cristo, es decir, coincide la Segunda Παρουσία (parusía: presencia, venida) de Cristo con la tarde del séptimo día, puesto que ahora aún no ha venido y la vivimos. La primera Parusía de Cristo se hizo dentro del séptimo día.

Pero, ¿qué empezará después del séptimo día? Empezará el octavo día. ¿Y cuál es este octavo día? Es el día que tiene sólo mañana y ya no tiene tarde, ni se trata de que alguna vez tenga tarde. Es la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de Dios. Por eso en el canon de la Pascua decimos el “día sin crepúsculo”, el octavo día. El “día sin crepúsculo”: ya no atardece, ya no oscurece, ya no anochece, ya no termina.

Me diréis que arbitrariamente dice esto.

 Claro que no. Aún hasta la misma letra nos ayuda a interpretar sobre lo relativo. Escuchadlo; atención a un detalle gramático: “… y se hizo tarde y se hizo mañana, ημέρα μία día primo o uno”. No dice “día primero”, sino que dice “día primo o uno”, o sea, más abajo dirá “segundo día”, mientras tendría que decir “día dos”, pero dice “segundo”. Lo que decimos segundo día, tercer, cuarto, que Dios crea los días creativos, son nuestros conocidos números tácticos. En cambio, cuando decimos primer número, segundo, tercero, etc., estos son los números absolutos; esto es de la gramática. En vez, pues, de utilizar número táctico y decir “día primero”, utiliza número absoluto y dice “día primo o uno”. Y, por un lado, para el primer día dice “día primo o uno”, utiliza número absoluto; por otro lado, para el resto de los días utiliza número táctico, es decir, segundo, tercero, etc. Y para el primero dice “día primo o uno”, no “primero”. Esto significa que no tiene sintaxis gramatical: debería decir “día primero”, no “día primo o uno”. Sí, es sin sintaxis, pero lo dice a propósito (esto en griego se llama solecismo, que hay que tener muy en cuenta en los escritos helénicos), para provocar la atención del lector sobre este día primo o uno y que este día primo tiene algo particular y especial.

Este particular y especial, ¿cuál es? Vamos al Nuevo Testamento y lo veremos.

En el Nuevo Testamento que la resurrección del Señor se hizo como dice: “Τῇ δὲ μιᾷ τῶν σαββάτω primo, uno de los sábados”; sábado quiere decir semana. Cuando dice “primo, uno de los sábados” quiere decir el primer día de la semana. Si el sábado era el séptimo, entonces ¿cuál es el primer día de la semana? Es este que hoy nosotros llamamos domingo; es el primero. ¿Cuál es el segundo día de la semana? Es el lunes (en griego, deftera, segunda), martes (triti, tercera), etc.; a partir de aquí va normal el orden. (Los helenos empezamos la semana desde el domingo, lunes, martes; en cambio, en España empieza por lunes, martes, etc.). Pero no dice “el primero de la semana”, sino “el primo, uno de la semana”, el primo o uno de los sábados: “… el primo o uno de los sábados, con las puertas cerradas…”, se hizo la Resurrección de Cristo.

¿Por qué aquí también pone el número absoluto y no pone el número táctico? Para provocar la atención del lector, y para indicar que este día primero ahora no es como el primero en que se hizo la creación, sino que tiene algo más distinto, especial.

¿Qué exactamente?

Por un lado, el primer día se hizo la luz; por otro lado, aquí, el primer día que empieza la semana se hace la Resurrección de Cristo. Pero el día en que se hizo la luz tenemos algo particular, especial, que es la creación del mundo. Cuando Cristo resucita tenemos algo particular, especial, que es el sello, la presuposición, la declaración, la prueba de la recreación del mundo. Es decir, que el mundo se hará nuevo: “He aquí, todo lo hago nuevo, cuando vuelva” (Apoc 21:5), dirá Cristo cuando entonces vendrá ya como resucitado.

Entonces, el primo, uno de los sábados es el octavo día, porque el séptimo es el sábado. Pero ahora, más abajo, enumerando, decimos el primo, uno de los sábados, y es el octavo día. Este octavo día, el primo de los sábados, el principal y soberano, tal como dice el canon de la Pascua, la Fiesta de las fiestas y el festejo de los festejos, es el día en que se hará la Segunda Parusía, Presencia de Cristo y entrarán en la realeza increada de Dios todos los divinizados, los santos. Exactamente por eso se dice también el nuevo día, el octavo día, el día de la realeza increada de Dios y el primo, uno de los sábados.

Los padres de nuestra Iglesia, a menudo, consideran y utilizan mucho la expresión “el séptimo día” como “sabatismo”. Y dicen: puesto que hoy estamos en el séptimo día, en este vivimos; pero el séptimo día es el sábado, en el que Dios ya no crea nada nuevo, sino que simplemente mantiene. Cuando morimos, entonces sabatizamos. Cristo sabatizó el Sábado Santo: murió el viernes y el sábado sabatizó, y el domingo resucitó. Sabatizar quiere decir descansar. Es decir, moriremos -y deseo que vayamos al paraíso, no al Hades- y allí, en el paraíso, las psiques-almas, como psiques, no hacen ninguna obra, nada. ¿Qué hacen? Pues sabatizan, es decir, descansan. ¿Y qué esperan? Allí esperan el octavo día; es decir, esperan el día de la resurrección de los muertos.

Cuando resuciten los muertos, es decir, cuando el ángel suene la trompeta y entonces la psique-alma del hombre se revista del antiguo cuerpo, aquel que se ha desgastado, disuelto en la tumba y se hizo tierra, el antiguo cuerpo pero renovado; este cuerpo antiguo, hijos míos, Cristo lo resucitará en este ésjato (último) día; este es el día ésjato del séptimo, el del sabatismo. Y Cristo lo resucitará con Su dínamis, y entonces cada psique-alma, sea piadosa o impía, se unirá con su antiguo cuerpo renovado (espiritual). Y si esta psique con su cuerpo trabajó obras piadosas, si trabajó las virtudes entonces quedará con franqueza ante Cristo durante el día del juicio. Pero si no hubiera trabajado será condenada.

 Debemos trabajar, hijos míos, porque ahora es tiempo de trabajo para el hombre. Dice el Señor: “Hasta que tengáis la luz, trabajad; cuando la luz se vaya y se haga de noche, no podéis trabajar”. ¿Y cuál es la noche? Es el sabatismo, es la muerte. ¿Y cuál es la luz? Es el día que vemos para trabajar. ¿Qué día? Nuestra vida. “Hasta que tengáis la luz, trabajad”. ¿El qué? La virtud. Tenemos que trabajar la virtud; y cuando digo que tenemos que trabájame refiero a la general y especial εγκράτεια (engkrátia: continencia, autodominio, abstinencia, ayuno), la pureza, la candidez. He tomado estas virtudes que se refieren al cuerpo y cualquier cosa que se refiera contra el cuerpo, que se hace por la pureza y el amor a Dios; entonces, cuando resucitemos, este cuerpo que tomaremos no será nuevo: será el antiguo, pero será renovado; esto quiere decir resucitado; y este cuerpo será incorruptible e inmortal; la psique se volverá a reunir con este cuerpo renovado y, si este cuerpo salió con esta virtud, francamente se presentará delante del Juez, Cristo. Pero si ha salido con un cuerpo que se ha ensuciado con la indecencia, con borracheras, con varias suciedades; por ejemplo, cuando uno se emborracha, fuma o toma drogas, desprecia y ofende la psique y también el cuerpo; pero con este cuerpo, ¿cómo se va a presentar delante de Cristo? Este tipo de existencias, de forma de vida, son inadecuadas para la realeza increada de Dios; y entonces escucharán aquello: “… vayan al fuego eterno”, que es un infierno, que es fuego incorruptible, interminable, y los cuerpos se queman sin desgastarse; es decir, corrupción incorruptible y muerte inmortal. ¡Terrible!

Este, pues, hijos míos, es el octavo día y este el séptimo día que vivimos ahora, en el cual alguna vez sabatizaremos, como os expliqué; de una manera u otra sabatizaremos; por supuesto que sabatizaremos en la tumba, de una manera u otra; pero antes debemos trabajar; y esperaremos -deseo el Paraíso- la resurrección de los muertos para ir a continuación a la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de Dios.

Todas estas cosas son grandiosas. Veis que directamente el Antiguo Testamento y el Nuevo conectan entre sí; no están separados el uno del otro. Veis, pues, que desde el primer capítulo del Antiguo Testamento hasta los últimos capítulos del libro del Apocalipsis del Nuevo Testamento se refieren a los ésjatos (últimos) de la creación, a la Segunda Parusía Presencia y al Juicio que hará Cristo que volverá a venir; veis cómo están conectados. Nuevo y Antiguo Testamento, hijos míos, son un libro: el libro de Dios, que viene a decirnos la gran verdad, que Dios hizo el mundo, Dios renovará el cosmos-mundo y entonces dentro de este mundo no habrá ni vivirá más que la justicia, la virtud y la santidad. El mal, la maldad, ya definitivamente habrá pasado y sido condenado. Así pues, dignifiquemos y valoremos el séptimo día, antes de que aún se haga la tarde o víspera, incluso antes de la muerte sabaticemos en la tumba. Amén.

Domingo 21 de Noviembre 1982.

 

6ª Lección (homilía): La creación del tercer día creativo y la formación de las aguas terrestres – La creación de la vida y la aparición de la vida en el reino vegetal.

 

Después del primer día creativo, hijos míos, que a medida que hemos de analizar y decir cómo Dios creó la luz, ahora avanzamos al tercer día- para abreviar y hablar de algún modo de este período-, que se refiere a la disposición de las aguas sobre la Tierra, es decir, a la configuración de la superficie terrestre y a la creación del reino vegetal.

“Καὶ εἶπεν ὁ Θεός· συναχθήτω τὸ ὕδωρ τὸ ὑποκάτω τοῦ οὐρανοῦ εἰς συναγωγὴν μίαν…
Y dijo Dios: Júntense, reúnanse las aguas que están debajo del cielo en una sinagoga (εἰς συναγωγὴν μίαν – is sinagogín mían – en una asamblea o reunión), y véase lo seco; y así se hizo. Y se reagruparon las aguas debajo del cielo en sus sinagogas, y apareció lo seco. Y Dios llamó a lo seco tierra, y a la masa, al sistema de las aguas, las llamó mares. Y vio Dios que esto estaba bien y bello” (Gen 1, 9-10).

(La palabra συναγωγὴ (sinagogí) es helénica. Quiere decir: sinagoga, asamblea, reunión, agrupación o deducción, conclusión. El verbo es συνάγω (sinágo): para personas o animales significa agrupar, congregar, juntar; para cosas, reunir, juntar; y, metafóricamente, inferir, deducir, concluir.)

Realmente, pues, tenemos aquí la formación o configuración de la superficie de la tierra. Veamos ahora el tercer elemento principal que predomina durante el tercer día creativo, donde todo se arregla, se transforma y se configura: el agua.

“…συναχθήτω τὸ ὕδωρsinajzíto to ídorreúnase, júntese, que se agrupe el agua”. Aquí tenemos la transformación de la tierra, como os dije, y aquí la creación del agua, es decir, creación ya sobre el género o especie. No es creación desde la nada o desde el cero, sino creación en el sentido de que Dios toma lo que ya existe, lo configura, lo transforma, lo adorna y lo decora.

Durante este tercer día, en este punto, la Santa Escritura no se refiere a muchos detalles, nos dice poco, pero en otros lugares sí que se refiere más sobre ello. Tenemos la formación de las capas geológicas, es decir, las precipitaciones, las sedimentaciones, las irrupciones, los derrumbes de esta corteza de la tierra con la presencia del agua.

Os dije que el libro del Génesis en este punto deja el tema poco desarrollado. También os dije que la descripción que tenemos no es científica, aunque, si uno la examina bien, es de una gran exactitud, pero está escrita de forma popular y su finalidad es dar la icona/ imagen a los lectores de que el Creador de todo es Dios. Esto tiene mucha importancia: que el creyente pueda comprender quién es el Creador de todo.

Pero el libro de los Salmos, como también el libro de Job, nos dan muchos pasajes que se refieren al tercer día creativo. Recordad que los Salmos tienen carácter poético, y creo que entenderéis que, cuando se quiere dar expresión poética a grandes verdades, se personifican las realidades, etc. Por eso, con lenguaje poético, se describen las agitaciones geológicas.

Os leeré algunos párrafos del Salmo 103:

“…abismo de aguas como en un vestido;
sobre las montañas estarán paradas las aguas (las nieves) (v. 6);
ante tu amenaza emprenderán la huida,
cuando con tu voz de trueno les hables, se asustarán y se reunirán (v. 7);
saltando por las montañas y descendiendo por los valles,
hasta el lugar que tú les has establecido (v. 8);
les señalaste un límite, es decir, entre tierra y mar, que no pueden cruzar,
para que no vuelvan a cubrir la tierra (v. 9);
haces manar las fuentes a raudales,

Así que, durante el tercer día creativo —muy brevemente lo digo— tenemos el arreglo de la superficie de la tierra. A grandes rasgos, diríamos que quedó tal como la tenemos hoy día. Digo a grandes rasgos, porque, como sabréis, la presencia del agua y de otros fenómenos como los seísmos, etc., transforman continuamente la faz, el rostro de la tierra. Tenemos mar y tierra allí donde antes no los había. Tenemos ríos allí donde antes no existían y, a la inversa, etc.

Por lo tanto, el agua es el alimento más importante de la creación.

Sabrán que las tres cuartas partes de la superficie de la tierra están cubiertas de agua, de océanos y mares.

También conocerán que el agua, este elemento tan abundante dentro de la naturaleza, está constituida de dos elementos gaseosos, -pensad esto- el agua constituida de dos gases: el hidrógeno y el oxígeno H2O

¡Cuidado! No hacemos física, por eso no agoto los temas concernientes a ella, sino que doy sólo una icona/ imagen de las cosas.

Además, el agua posee una serie de cualidades que otros cuerpos no tienen.

El agua tiene tres estados básicos: sólido, líquido y gaseoso, según la temperatura. Así, tenemos el hielo, el agua líquida tal como la conocemos, y también el vapor de agua. Y uno ve estas aguas que están en los océanos ascender hacia la atmósfera en volúmenes sorprendentes. Pensad cuánta agua cae cuando llueve.

Imaginaos, por ejemplo, sólo la región de Tesalia cuando llueve, y no os menciono a Grecia entera o a Europa, cuando llueve fuerte y continuamente durante veinticuatro horas, caen billones de metros cúbicos de agua. Estos billones de metros cúbicos se han evaporado de la tierra y del mar, han ido al cielo meteorológico y desde allí han vuelto a caer. Es realmente un milagro.

Pero donde verdaderamente se manifiesta el gran milagro del agua -y no es fruto del azar, sino que lo provee el Dios Creador- es en lo siguiente: el agua, como todas las cosas materiales, cuando se congela se contrae, se reduce, y cuanto más se congela, tanto más se contrae. Sin embargo, el agua, cuando llega a los cuatro grados sobre cero, en lugar de seguir contrayéndose, empieza a dilatarse. Es cierto que comienza a congelarse, pero su volumen es mayor que cuando estaba en estado líquido. Por eso se da el fenómeno de que el hielo flota, es decir, es más ligero porque su volumen ha aumentado y su densidad se ha reducido, ocupa un volumen mayor que el agua en estado líquido.

¿Y por qué sucede esto, hijos míos?

 Porque de esta manera Dios quiso proteger la vida que existe en las aguas. Imaginaos que se congelaran totalmente los lagos, los ríos y los mares, entonces los peces y todos los seres vivos morirían, la vida desaparecería.

Por eso vemos que, cuando el agua se congela, el hielo sube a la superficie y debajo queda agua, por debajo no se congela. Es decir, harían falta temperaturas extremadamente bajas para que todo se congelase, temperaturas que normalmente no se alcanzan. Finalmente, el hielo queda arriba y la vida se conserva.

¿Esto qué creéis, hijos míos, es por suerte (casualidad o azar)? Hay una pregunta fundamental: ¿qué existe, suerte (casualidad, azar) o creación?

No existe la suerte. Si se supone que existe la suerte (casualidad, azar), ¿cómo se explican todos estos maravillosos fenómenos? En ninguna parte existe la suerte o el azar. En todo existe la planificación, la creación. Cuando decimos creación, damos a entender algo que se hizo bajo un νούς nus (espíritu), bajo una mano, y no se hizo al azar o suerte, solo, por sí mismo.

¡Ay, ay! Cuando escuchamos esa expresión: “¿Cómo se hicieron todas estas cosas…? ¡Por azar (casualidad, suerte)!… ¡O lo hizo la φύσις fisis naturaleza!… Es decir, ¡se hicieron solas!”

¿Cómo las ha hecho la fisis naturaleza?… La naturaleza no es una entidad lógica, ni se autocrea. ¿habéis escuchado lo que dije? ¡La φύσις fisis naturaleza, no se autocrea, no se crea por sí misma! Cuando no vemos a Dios, tenemos el fenómeno de la autocreación. Por ejemplo, cuando me corto un dedo y tengo una herida, vemos una recreación de las células con el fin de que esta herida se cierre. Pero esta recreación no se ha puesto para que se haga fortuitamente. Dios puso fuerzas de modo que se hiciera así; por lo tanto, tenemos una situación dirigida. Es decir, tenemos creación.

¡Atención! La suerte (casualidad, azar) no existe, ni en la creación ni en nuestra vida. Nunca digáis que esto fue fortuito. Lo que no podemos explicar, hacer o comprender en nuestra vida lo llamamos suerte. Decían los antiguos helenos: “Los hombres han creado el ídolo de la suerte, porque su voluntad no llegaba a hacer algo y así se decían: ¿qué vamos a hacer?, ¡era del azar!” Además, tenemos un poder de conocimiento limitado, y lo que no conocemos lo llamamos suerte (casualidad o azar).

Así pues, el agua es un gran transformador de la superficie de la tierra, pero también de su interior. Echad una ojeada a toda la superficie de la tierra y veréis campos, lagos, ríos, precipicios, deltas, bahías, cráteres, cabos, islas, cuevas dentro y fuera de la tierra, estalactitas, estalagmitas…, es decir, obras de Dios que retiene en Sus manos este maravilloso elemento que se llama agua. 

Ciertamente, si vais a alguna cueva, como la de Ioánina, que es impresionante, veréis allí las estalactitas y las estalagmitas. Estalactita se llama la barra calcárea que se forma en el techo de una cueva a partir de las sales del agua que gotea, y cuelga hacia abajo. Al mismo tiempo, en el suelo de la cueva, debajo de la estalactita, se forma hacia arriba también otra barra, la estalagmita, a partir de las sales del agua que gotea desde el techo de la cueva. Para que se haga cada estalagmita y cada estalactita se necesitaron muchísimos años. Para un solo centímetro, por ejemplo, se necesitan cien, doscientos o trescientos años. ¡Y veis metros enteros de tales cosas! Y dices: “¿Qué es esto aquí?”. Y ciertamente, cuando además cae (se añade) la iluminación adecuada, como en la cueva de Ioánina, uno queda atónito por la belleza de aquella cueva… y lleno de admiración dice: “¡Grande es el Señor, grande es Dios, sabio y gran Artesano!

Pero Dios hizo también la δόξα doxa gloria: el arco iris. (En griego, el fenómeno de la naturaleza que es el arco iris lo llamamos doxa, es decir, gloria, luz de luces). Es decir, el poder del agua que puede analizar la luz solar.

Es conocido que una gotita de agua, cuando se ilumina, puede convertirse en una lente, y aquí tenemos algo sorprendente: ¡el análisis de la luz!

¡Pero qué les voy a decir sobre la luz…! En las lecciones anteriores no dijimos nada sobre la luz, simplemente la mencionamos. ¡Qué les voy a decir sobre qué es la luz…! Básicamente no sabemos qué es la luz, no lo sabemos. «Es onda… es partícula…», parece que es ambas cosas. Es onda, porque explica fenómenos como la interferencia, la difracción y la polarización; es también partícula porque explica fenómenos relacionados con la interacción de la luz con la materia, como el efecto fotoeléctrico; es tanto onda como partícula, porque explica fenómenos de la reflexión y de la refracción. Pero de verdad, aunque decimos estas cosas, la naturaleza de la luz no la conocemos: ¡es algo maravilloso y misterioso!

Así pues, tenemos la luz constituida por una gama de frecuencias. Esta gama, al analizarse, nos da los colores. Cuando estos colores, estas frecuencias se mezclan, tenemos la luz blanca; cuando se analizan, tenemos los colores, desde el rojo hasta el super violeta. Esta región pertenece a la luz, y se analiza por las gotas de la lluvia.

Cierto que existen otras formas de analizar, como por ejemplo el cristal; pero ahora hablamos del agua, porque el cristal, en cierto modo, imita al agua o más bien, el agua se hace como un cristal que analiza la luz.

 Así, entonces, tenemos el fenómeno del arcoíris, un fenómeno óptico y meteorológico muy colorido, durante el cual aparece el espectro de colores. Y su forma es arqueada, porque está compuesto de arcos circulares coloreados que tienen un centro común, porque el sol es redondo.

Además del de la luz, tenemos también aquel ofrecimiento colorido de la fisis (naturaleza), que es algo magnífico. Todos los colores que existen en la naturaleza —por ejemplo, los árboles con hojas verdes o las flores en diversidad de colores— se deben a la luz, no al azar. En todo esto la luz y el agua actúan y nos dan esta riqueza y belleza de colores que existe dentro de la naturaleza.

Así que tenemos el himno de la luz y el himno del agua dentro de la creación. Y Dios, sobre estas dos, puso el símbolo de su paz con los hombres, cuando dijo: “sobre la doxa celeste, el arco iris, estableceré la paz con los hombres”. Y el arco iris celeste no es más que luz y agua. ¡Es algo grandioso!

Καὶ εἶπεν ὁ Θεός· συναχθήτω τὸ ὕδωρ ὑποκάτω τοῦ οὐρανοῦ εἰς συναγωγὴν μίαν…
Y dijo Dios: Júntense, reúnanse las aguas que están debajo del cielo en una sinagoga, asamblea o reunión (εἰς συναγωγὴν μίαν, en sinagogí mía, en sinagoga una). (La palabra συναγωγὴ sinagoghí es helénica. Quiere decir: sinagoga, asamblea, reunión, o también deducción, conclusión. El verbo es συνάγω (sinago): para personas o animales, agrupar, congregar, juntar; para cosas, reunir, juntar; metafóricamente, inferir, deducir, concluir).

¿Cuál es esta “sinagoga una”? Cierto que cuando decimos “sinagoga una” es una calificación muy general, porque tenemos gran variedad de mares, ríos, lagos, etc. Pero aquí existe también un carácter místico, secreto.

Como sabéis, san Basilio el Grande ha interpretado bellamente los seis días del Génesis de Moisés; y los Padres que interpretan las tesis de los “seis días” nunca se quedan en la dimensión física de la creación, sino que buscan algo más profundo. Y como nosotros aquí hacemos catequesis cristiana, debemos ir siempre más allá de la creación percibida por los sentidos: tener conversión y elevación de nuestro nus (espíritu humano) y de nuestro corazón, de nuestras emociones o sentimientos. Esta elevación la veréis también en un poeta o en un escritor: cuando se impresiona ante la creación, no se detiene sólo en lo que ve, sino que eleva su mirada, pone dentro sus sentimientos y no describe sólo lo que ve, sino también lo que siente.

Así también el hombre espiritual, cuando sabe que Dios hizo la creación y no la hizo simplemente para que el hombre sea servido de manera física, sino que por la creación, en cualquier momento, se apocalipte/ se revele Dios y Sus verdades.

Por esta razón, ¿cuál es esta “sinagoga una”?

¡La “sinagoga una, hijos míos” es la Iglesia, la Ortodoxa que Dios bendice!

El agua, además, es aquel elemento que, con la presencia del Espíritu Santo y la invocación del nombre del Santo Dios Trinitario, expulsa los pecados. Es el bautismo. Nuestro Señor nos dijo: «De verdad en verdad te digo, el que no nazca de agua del bautismo y del Espíritu, no puede entrar en la realeza increada de Dios. [5. «Respondió Jesús: «De verdad en verdad te digo que: si uno no naciere espiritualmente del agua del bautismo y de la χάρις jaris (gracia energía increada) del Espíritu Santo, no puede ver ni entrar a la realeza increada de Dios, tampoco puede disfrutar de los frutos de la Realeza o del Espíritu Santo»] (Jn 3,5).

Dice que si uno no renace de la pila de agua y del Espíritu Santo —aquí la pila del bautismo es una mitra de renacimiento, especialmente el agua y el Espíritu Santo— realmente se gesta allí nuestra vida espiritual para convertirse y hacerse un hombre nuevo. Tal como se gestó la vida dentro del agua, cuando decíamos que “el espíritu de Dios flotaba por encima de las aguas” (Gen 1,2), de la misma manera se gesta nuestra vida real, la espiritual, allí dentro del agua y en el Espíritu Santo. Es decir, en el santo Bautismo.

Y termina el versículo 9 así: “…vio Dios que esto era bueno y bello” (Gen 1,8). Vio Dios el agua, su desarrollo sobre la tierra y la transformación de la superficie, y dijo: es bueno, es bello.

Todo lo que crea Dios es bueno y bello. Dios, cuando crea, no crea cosas feas. Prestad atención en esto. Si alguna vez crea aquello que nosotros llamamos feo, como algunos animales que parecen horribles —por ejemplo, las serpientes—, estas crean el fondo de lo bello. Es decir, la contra, la antítesis, igual que un pintor o un arquitecto crean contrariedades para proyectar lo bello; así también, Dios, para proyectar lo bello, tiene fondos que muestran aquello que, si lo viésemos aislado, nos parecería feo.

A pesar de esto, nada es feo. Por ejemplo, una serpiente o víbora puede provocarnos rechazo por otras razones, pero miradla con atención y veréis que la víbora es bella. Tiene figuras geométricas en su cuerpo que os sorprenderían; encima de la cabeza tiene un triángulo, una figura muy bella. En cambio, nosotros, en un primer momento superficial, diríamos que son cosas feas. ¡Pero estas son muy bellas!

¿Qué nos hace ver algunas cosas de la creación como feas? Más allá de lo que os dije antes: es que nuestro ojo ya no ve con belleza; es decir, vemos mal porque hemos pecado. El hombre pecador no ve la creación tal como salió de las manos de Dios, la ve fea. ¡Pero el hombre limpio y purificado ve la creación bella, muy bella! Es, pues, un tema de pureza interior, y esto lo subrayo. Así que, si realmente quisiéramos ver la creación con los ojos de Dios, entonces también nosotros diríamos junto con Él que la creación es bella y buena, “…vio Dios que esto era bueno y bello” (Gen 1,8).

Ahora hijos míos, vamos a otro punto de la creación, que se realizó también durante el tercer día creativo: el reino vegetal.

Y dijo Dios: Vegete, brote, germine la tierra… βοτανι χόρτου, σπείρον σπέρμα κατά γένους planta de hierba sembrada con semilla, según su especie y, como semejanza, ξύλον κάρπιμον árbol frutal que produzca frutos sobre la tierra, que contengan la semilla de su especie o género. Y así fue. La tierra produjo vegetación: vegetó plantas, sembradas con semilla de su especie o género, y árboles frutales que contienen su propia semilla, de su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Hubo tarde y hubo mañana: día tercero” (Gén 1,11-13).

Por tanto, aquí ahora venimos a la creación del reino vegetal. ¡Aquí tenemos el principio de la vida, este fenómeno de la vida! Hasta ahora, lo que vimos en la creación era sin vida, no había rastro o señal de vida. Hemos visto la luz, la tierra y las aguas, pero no llevaban vida, no estaban vivificados. Ahora entramos el fenómeno de la vida.

Pero, ¿qué es vida? ¿Cómo comenzó la vida? No tenemos que decir nada más que de antemano es un milagro, pero un gran milagro. Y sobre el milagro uno puede decir muchas cosas. Esta constituye la segunda creación, después de la creación del todo. La primera creación del todo fue de la inexistencia, de la nada o cero. La creación de la vida, en cambio, es del ser, de lo que existe. Por eso Dios dice: “Produzca, brote de la tierra planta de hierba”. Pero la tierra ya existía y de la materia existente, de la tierra, se produce el fenómeno de la vida. Por lo tanto, también tenemos aquí una señal, es decir, la creación de una nueva especie; la creación de especie o género, y la acción de poner cada uno con su propio género.

La vida es un misterio inescrutable; cuanto más lo investigamos, más misteriosa resulta.

A partir de ahora, sin embargo, la vida no se creará, sino que se transmitirá. La vida fue creada una vez bajo los tratados creativos y condiciones de Dios, sea la vida de las plantas, de los animales o del hombre. Estos tratados y condiciones especiales por los que Dios hizo la vida, hasta hoy son desconocidos. Una sola cosa sabemos: Dios, bajo estos tratados especiales, crea la vida, y la vida no se crea en todo momento, sino que se transmite.

Es como la llama de Pascua: uno toma la llama de la vela de otro, y así todos tienen llama. Todas estas velas se encendieron de la vela del Sacerdote que la tenía en la Bella Entrada o en el Altar.

Así aparece el fenómeno de la vida: se transmite, no se vuelve a crear. Fraudulentamente decimos: “he parido o dado a luz a un hombre” o “se ha creado una planta”, pero todo tiene sus padres; sale de su semilla. Por lo tanto, como dije, tenemos una transmisión, pero la transmisión de la vida permanece un misterio realmente inescrutable.

Hijos/as míos, cuando seáis padres y madres y estaréis filosofando y observáis a vuestro hijo, diréis: “¿Qué es esto? Esto es mío, es un hombre nuevo.” ¡Qué cosa curiosa! ¡Qué misterio!

Cuando Eva vio a su primer hijo, Caín, quedó anonadada y dijo: “Mira, esto se parece a nosotros, es como la forma de Adán, como su padre y su madre” (Gén 5:3)

De esta manera, el hombre queda sorprendido y maravillado frente al misterio inescrutable de la vida. Debe permanecer así, no sólo para investigar, sino también para admirar, adorar y glorificar a Dios, el Creador de todo cuerpo, carne y espíritu. Como dice la Santa Escritura: “El Dios de los espíritus y de toda carne, cuerpo” (Núm 16:22 · 27:16)

Cuando Dios hizo el mundo inanimado o sin vida, a la vez cimentaba aquello que hoy llamamos leyes físicas o naturales.

Por ejemplo, si tomo un reloj y lo suelto, caerá. Pero ¿por qué caerá? Si pongo a una persona dentro de una nave espacial y sale de la influencia de la tierra, ¿qué peso tendrá? Puede llegar a peso cero, puede estar flotando en la nave espacial.

 ¿Qué es lo que llamamos peso? Es una δύναμις (dínamis: fuerza, potencia y energía), una atracción. Es una magnitud relativa: varía según la ubicación. Por supuesto que depende de dónde me encuentre. Un peso en el polo norte no es igual que en el ecuador, sin duda. Porque es otra la distancia del del centro de la tierra del ecuador y otra del polo norte. Y esto sucede porque la tierra es ligeramente ensanchada en los polos, mientras que es ligeramente hinchada a la altura del ecuador. Así tendré el peso específico distinto.

Esto nos lleva al concepto de ley o leyes físicas o naturales.

Pero, más allá de estas leyes, viene Dios, creando la vida y cimentando las leyes biológicas.

¿Qué son leyes biológicas? En líneas generales: nacimiento, crecimiento y muerte; es decir, el ciclo de la vida, dejando descendencia y culminando en la muerte. Dentro de estas leyes hay una inmensa complejidad. Es decir, un organismo vivo primero nace, después crece, después se reproduce, o sea, deja descendientes y finalmente muere. Este círculo contiene las leyes biológicas, que os dije que son inmensamente complejos.

¡Atención ahora, este punto es muy útil, porque aquellos que quieren negar a Dios apelan a las leyes físicas o biológicas! Pero, ¿qué es ley? Ley es la conclusión o resultado que hemos formulado después de una observación de muchos acontecimientos repetidos, y es válido en un sistema, de modo que esto se mantenga en una situación armónica.

Por ejemplo, si no tuviéramos igual y opuesta fuerza centrípeta y centrífuga, ¿la Tierra dónde iría? Si tuviéramos mayor fuerza centrípeta caeríamos al sol y nos quemaríamos. Si tuviéramos mayor fuerza centrífuga, nos desplazaríamos tan lejos del sol en grado que nos congelaríamos y moriríamos.

Por tanto, ¿por qué se ha puesto aquí esta ley natural? Para que en cada momento se mantenga estable esta distancia entre el sol y la tierra. Aunque la órbita de la Tierra alrededor del Sol puede ser elíptica; dejémoslo, mejor no nos extendamos demasiado.

Y algo más. Las leyes físicas o naturales son caracterizados por su exactitud (akríbia), exactitud sorprendente, en concreto en todas partes dentro del universo. Digamos que el giro de la tierra alrededor del sol se hace en 365 días; pero no exactamente, el año trópico tiene 365, 242192265 días. El giro de la Tierra sobre el Sol, durante siglos, puede tener un error de centésimas de segundo, pero lo que se pierde en cincuenta años, se recupera en los siguientes cincuenta. ¡Maravilloso!

Los científicos usan esta exactitud para retroceder y estudiar la creación de millones o miles de millones de años atrás etc… basados en esta maravillosa exactitud.

Así, ¿qué es la ley física? La ley física es aquello que Dios ha puesto para mantener Su creación y que no se estropee.

¿Qué es la ley biológica? La ley biológica es aquello que Dios ha puesto para que la vida no se pierda, no desaparezca; y para mantener el equilibrio entre el reino físico y el reino animal. El reino animal depende del vegetal; si solo existiera el vegetal, bloquearía todo. Si solo existiera el animal, devoraría el vegetal y desaparecería. Por tanto, hay un equilibrio entre reino animal y vegetal. Este equilibrio sostiene la vida en la Tierra. Estas cosas se llaman “leyes biológicas”.

Atención en algo. ¿Qué es, pues, una ley, sea biológica o sea física?

No hay una respuesta definitiva; no existe una definición en sentido estricto. Mirad lo que realmente hay: experiencia cualificada, especializada. Eso es lo que llamamos ley física o biológica.

¿Y qué quiere decir “experiencia cualificada o especializada”? Quiere decir que cualifico aquello que se repite continuamente, no sólo en mi generación, sino también en cada generación anterior o futura.

Por ejemplo, decimos que la Tierra gira alrededor del Sol o de sí misma, porque observamos continuamente amanecer y el ocaso del Sol. Aún decimos que, si soltamos un objeto, caerá a la tierra y lo explicamos por la ley de la gravedad, o de Kepler o de Newton.

Porque atribuimos un fenómeno en alguna ley. Porque siempre ocurre así. Este “siempre cae” significa que, como se repite de modo constante, lo cualifico, lo especializo y digo: “así debe suceder”, y lo llamo ley.

Así pues, en el fondo, no sabemos qué es una ley física o biológica en sí misma; sabemos sólo que es la regularidad de lo que se repite.

¿Cómo, entonces, algunos -principalmente los materialistas- apelan a las leyes físicas o biológicas para herir a Dios, para herir la creación y afirmar que todo se hizo por azar, etc.?

¡Por consiguiente, el κύριος (kirios: dueño y señor) de las leyes es Dios, ¡tanto de las leyes físicas como de las biológicas!

He aquí un ejemplo. El Señor una vez sació a cinco mil hombres, y por la noche mandó a sus discípulos a cruzar el lago en barca mientras Él subía a la montaña a orar. Hacia las tres de la madrugada lo vieron caminar sobre las aguas del lago. Yo, en cambio, cuando camino sobre las aguas, me hundo. ¿De qué modo el Κύριος Kirios Señor camina para no hundirse? Porque Él es el Κύριος (Kirios: Soberano, Dueño y Señor) de las leyes físicas.

Además, resucitó muertos, y el Mismo también resucitó, venciendo la muerte, que después de la caída de los primeros en ser creados, se hizo un elemento de las leyes biológicas. ¿Cómo? Pero la muerte es un elemento de la ley biológica. ¿Cómo? En efecto, Cristo, que es Dios, es kirios dueño y señor de las leyes biológicas.

Por lo tanto, Dios cimenta las leyes físicas y biológicas y, al mismo tiempo, es Κύριος Kirios —Dueño, Señor, Creador, Propietario y Administrador— de todas ellas.

¿Y qué quiere decir milagro? Significa que Dios cambia o suspende el curso ordinario de una ley. Por ejemplo, frente a la muerte —que no es una realidad física en sí misma, sino una consecuencia del orden biológico caído—, Dios introduce una remisión o una superación de la ley física o biológica, y lo que resulta de ello lo llamamos milagro. Es decir, el milagro es simplemente que Dios regula soberanamente las leyes físicas o biológicas.

Yo diría algo más: ¿por qué no llamar también milagros a las propias leyes físicas y biológicas? Aquellos que tienen la psique-alma purgada, limpia y los ojos espirituales purificados, consideran milagros a todas las cosas de la creación. Realmente lo son. Amén. Continuaremos la semana próxima.

Domingo, 28 de noviembre 1982.

 

7ª Lección (homilía): Sobre la vida vegetal – Teorías sobre el principio de la vida – La creación automática imposible.

 

En la homilía anterior hablamos sobre la creación del reino vegetal y que Dios, al tercer día, arregló las aguas que estaban en forma de nubes, cayeron como lluvias encima de la superficie de la tierra y se configuraron o transformaron y constituyeron la tierra y el mar, los ríos y los lagos; y el mismo día apareció la vida, el fenómeno de la vida, bajo la forma del reino vegetal.

“Y dijo el Dios: Vegete, brote, germine la tierra… βοτανι χόρτου, σπείρον σπέρμα κατά γένους… (votani jortu, spíron sperma) ‘planta de hierba sembrada con semilla según su especie’ y como semejanza y árbol frutal que produzca sobre la tierra frutos que contengan la semilla de su especie o género y como semejanza; y así fue. La tierra produjo vegetación: vegetó de plantas sembradas con semilla según su especie o género y semejanza; y árboles frutales que contienen su propia semilla de su especie. Vio el Dios que esto estaba bien. Hubo tarde y hubo mañana: día tercero” (Gén 1, 11-13)”.

La orden, pues, o el mandato de Dios: “dijo el Dios”, en todas partes vemos “dijo el Dios”, no es otra cosa sino siempre el enhipostasiado (personificado) Dios Logos. Cuando dice: “dijo el Dios”, como hemos dicho en el primer tema, siempre es el Dios Logos el que crea.

Así que “dijo el Dios”, es decir, el Dios Logos, ahora emprende una segunda praxis, no ya de la nada o la inexistencia, tal como fue la luz por la cual se hizo todo el universo, sino de la existencia, que es la vida. Porque dice claramente que: “dijo el Dios: que vegete, brote o germine la tierra vegetación, o plantas de hierba”, es decir, que vegete la tierra. Pero la tierra es un estado preexistente, es la materia muerta y de la materia muerta dijo que provenga la vida. Por lo tanto, la vida provino de la materia muerta ¿de qué y cómo? No lo sabemos. Así Dios creó las condiciones y creó también la gran hipótesis de la creación de la vida.

Cierto que nosotros intentamos crear vida; quizás de la materia muerta intentamos imitar a Dios, como veremos más abajo.

Pero cuando Dios dijo: “Vegete, brote o germine en la tierra planta de hierba”, esto no es un mandato de un momento concreto, el cual permanece, sino que se repite. ¿En qué sentido? En el sentido de que el fenómeno de la vida no sería para un momento histórico de los vegetales y después desaparecerían. Al contrario, la creación de la vida permanecería ya no como creación inicial sino como perpetuación del género, y esta perpetuación del género sería por aquel admirable hecho que os decía la otra vez que se llama semilla.

Es esto que dice aquí Dios: “que vegete, brote o germine la tierra hierba, sembrada de su semilla según su especie y semejanza”, es decir, “sembrada de semilla”, semilla que estará cayendo de la planta inicial a la tierra. Será sembrada la semilla y estará germinando o brotando una vida nueva y así será perpetuada la vida vegetal.

Pero esta perpetuidad, diríamos ahora, que es una tercera praxis de creación, otro modo.

Esto lo entenderéis cuando lleguemos en la antropología cristiana, que, en los tres primeros humanos, Adán, Eva y Caín, tenemos tres maneras de creación distintas. El Adán se crea de la tierra, es decir, de la materia existente, la tierra. La Eva se crea de la costilla de Adán, por lo tanto, no de materia muerta sino de la materia viva. Caín se crea de una tercera manera de creación, del matrimonio de Adán y Eva. El primero es milagro, el segundo es milagro y el tercero es milagro.

Tenemos, pues, tres maneras creativas admirables y la tercera se repite. Por consiguiente, es un milagro repetido.

Cierto que hoy día no tenemos desde la materia muerta creación del hombre, ni de la costilla del hombre que se haga una mujer, pero tenemos el nacimiento de un hombre. Es cierto que se acostumbra a decir que algo que se repite no es un milagro, o si queréis viceversa: ¿qué es milagro? Milagro es aquello que se escapa de la repetición y constituye una excepción. Yo os diría, y ya os lo dije la otra vez, que la creación entera en todas sus formas es un milagro. Es decir, ¿la creación es menor milagro que un humano, por la manera de ser creada Eva desde la costilla de Adán y que Adán fuera creado desde la tierra? Para nada es menor, hijos míos.

Cuando alguna vez seáis padres y veáis a vuestro hijo, entonces empezaréis a estar pensativos frente a este misterio y que un nuevo hombre os estará viendo y diréis que este niño ha salido de mí mismo, pero no soy yo. Es una nueva criatura. Y os quedaréis sorprendidos y maravillados delante de este misterio de la vida.

Por lo tanto, cuando aquí tenemos el fenómeno de la semilla, la cual cae, se siembra para crear una nueva planta, cierto que no tenemos la creación inicial desde la tierra muerta, sino que tenemos la perpetuación en forma ya de semilla. El Dios pone todas las fuerzas allí dentro de la semilla para que sea creada la vida.

La semilla, tal como decíamos la otra vez, se hizo plena planta. Sobre todo, como se dice en micrografía, la semilla es una planta completa y se transporta fácilmente. Dentro están contenidas todas las cualidades del género o especie. Lo sorprendente es que la expresión “según la especie o género y semejanza” (Gén 1, 10), que dice el libro del Génesis, quiere decir que esta planta dejará descendientes que serán de la misma planta. Y así será del mismo género y será también en semejanza. Si tenemos algunas variaciones, es porque nosotros, los hombres, intervinimos dentro de la naturaleza y tenemos estos cambios, como es el embolismo o injertación.

Permanezco y hablo siempre en el reino vegetal; al reino animal aún no he pasado, allí veremos otras cosas. Pero en este punto sí tenemos cruces en el reino vegetal, en algunos casos raros de transgresión de la naturaleza. Entonces tenemos una nueva forma, que lo filial no se parece a lo materno. Pero cuando vuelva a plantar lo materno o tome su semilla, regresa a lo materno.

Por ejemplo, tomad una rosa que está injertada. Injertada quiere decir que fue salvaje y con varios cruces e injertos consigo tener rosas muy bellas y no parecen la rosa materna. Tomad las semillas de la planta filial, sembradlas y veréis algo sorprendente. Las semillas sacarán rosas (plantas) que serán semejantes a la abuela, es decir, con la primera planta de la rosa y no con aquella que la habíais injertado y experimentado mejoría. ¡Es maravilloso!

Esto, pues, “según el género y semejanza”, se mantiene dentro de la creación. Cuando tenemos algunas transgresiones, como os dije, estas retroceden hacia atrás. Porque, si no volvieran atrás, entonces tendríamos la creación de nuevos géneros. Pero esto no lo podemos conseguir: lo que existe, está y existe; mejoría, sí; nuevo género, no.

Aún vemos que las plantas se crean el tercer día y el sol se crea el cuarto día. Aquí se consideró que hay un punto vulnerable de la autenticidad y prestigio de la narración sobre los seis días de Moisés. Pero esto no es correcto. Porque se ha demostrado lo siguiente: que el sol aparece el cuarto día plenamente como solanera, como luz solar, pero había luz indirecta; lo veremos un poquito más abajo, que realmente Dios crea el sol el cuarto día creativo. Pero ya os lo dije otra vez: que el sol, como la tierra, fueron creados el día uno, es decir, cuando se estaba formando y configurando el universo; los siguientes días son los que conciernen a la formación o configuración de la tierra.

Cuando Dios dijo que se haga la luz, entonces se hizo el universo; porque de la luz, de la energía, tenemos todo ya, como elemento material y también como otras formas de energía. A continuación, cualquier otra cosa que se describe en el Génesis, excepto el día uno, tenemos lo concerniente a la tierra.

El sol, pues, no se forma, no se configura el cuarto día, ni la luna, tampoco las estrellas; no se ven el cuarto día. Porque, puesto que ya las aguas ocuparon sobre la superficie de la tierra y la atmósfera se limpió -esto no lo olvidéis nunca-, entonces un observador siempre, encontrándose sobre la superficie de la tierra, verá el sol. Para el observador, pues, que describe la historia de la tierra, el sol “se crea” el cuarto día, y pondría entre paréntesis “se crea”. Pero, el que el sol aparece o se ve el cuarto día, no significa que había plenitud de oscuridad; fue igual que cuando hoy día tenemos una nubosidad fuerte, pero hay luz reducida. Es la luz indirecta. Creo que me habéis entendido.

Y se sabe que para que viva una planta se necesita, sin falta, calor, humedad y luz. Aquí el tercer día de la creación, calor y humedad había, pero faltaba la luz o más bien había poca luz que era indirecta. Pero se ha observado lo siguiente: que las plantas herbáceas o la vegetación herbácea puede vivir con luz indirecta.

Y realmente en esta época, que se llama por la geología edad o período carbonífera, tenemos carbón o piedra de carbón. El carbón se originó y está formado a partir de restos vegetales de pteridófitas, equisetales (género Calamites) y licofitas arborescentes del género Lepidodendron, que durante el Carbonífero alcanzaban alturas de 25 a 30 metros. Hoy son arbustos o matas, con tronco muy fino; entonces eran árboles a causa de la mucha humedad y calor, y estas plantas viven con luz indirecta.

Yo en mi casa tengo carbón de piedra y estaba mirándolas y encontré un carbón que tenía una estampa como de helecho. La rompí en varios trozos y encontré multitud de estampas de hoja de helecho. Es maravilloso, hasta las fibras vegetales se han estampado encima del carbón. Está tan fuertemente estampada sobre el carbón, que si ahora marcásemos una hoja sobre el carbunco no se vería tan claro. Si tuviéramos un microscopio, se los mostraría y lo podrían ver. Verían no solo el conjunto completo de la hoja —es decir, el tallo central con sus ramificaciones más pequeñas y los foliolos a la derecha y a la izquierda, tal como ocurre en el helecho—, sino también las fibras de las hojas, que han quedado impresas en el carbón. ¡Es realmente asombroso! La impresión del helecho sobre el carbón se ve con más viveza que si tuviéramos la planta frente a nosotros y la observáramos en la naturaleza.

Apuntar que, en estos carbuncos, faltan los círculos anuales del tronco de las plantas, los árboles, etc. Es conocido que la planta que crece bajo la sombra no desarrolla círculos anuales en su tronco. Solo si la planta es de madera crea los conocidos círculos redondos anuales. ¿Cuáles son estos círculos redondos? Si cortamos un árbol vemos en su tronco que hay unos círculos y, si los contamos, tenemos la edad del árbol. Quiere decir esto que, en un año que hace la tierra el giro sobre el sol, añade a la planta un círculo vegetal, porque tenemos la influencia del sol del verano y del invierno. Estos círculos vegetales, que se llaman círculos vegetales anuales, no existen y manifiesta que realmente entonces no teníamos sol. Es decir, no teníamos radiación directa del sol.

Una cosa más, que es muy característica. Dice el texto sagrado: “dijo el Dios: Vegete, brote o germine la tierra βοτάνι χόρτου planta de hierba sembrada, con semilla según su especie y como semejanza; y ξύλον κάρπιμον árbol frutal que produzca sobre la tierra frutos, que contengan la semilla de su especie o género y como semejanza; y así fue…”. Primero dice: βοτανι χόρτου planta de hierba y después dice: ξύλον κάρπιμον árbol frutal. El árbol ya no es βοτανι χόρτου planta de hierba, árbol sin madera, sino aquello que tiene necesidad de la radiación del sol y es en plenitud planta. Porque βοτανι hierba es planta incompleta. Y llama la atención que primero pone βοτανι χόρτου planta de hierba, que es una planta incompleta, y después pone el árbol que porta madera, tronco. Significa que aquí realmente nos lo dice la ciencia: primero se hizo la planta sin madera y después la planta o el árbol con madera. ¿No os impresiona esto?

Aún nos impresiona también lo siguiente: “sembrado en semilla”, se refiere dos veces. Tanto para la “βοτανι χόρτου planta de hierba”, es decir, sin madera, como para “ξύλον κάρπιμον árbol frutal”, es decir, que tiene madera, tronco, que indica que una cosa es uno y otra lο otrο. Son dos categorías de plantas distintas. ¡Estos detalles impresionan mucho!

Por lo tanto, no es solo un punto vulnerable para acusar el libro del Génesis, sino admirable y sorprendente. Esto no lo observaría mucho más tarde ni siquiera Aristóteles en el siglo IV a.d.C. en su colección, en las observaciones que ha hecho sobre las plantas, – naturalmente no menos Moisés el siglo XV a.d.C- este detalle no lo observaría fácilmente.  Sí, así es… Para que veáis que la Santa Escritura es θεόπνευστος (zeópnefstos: está inspirada por el espíritu de Dios).

Pero aquí vamos a tomar otro punto. Si os habéis fijado, en las clases que hacemos, como estamos haciendo catequesis cristiana, buscamos también algunos elementos espirituales, sin duda, no es una clase de física. Por eso no nos quedamos solo en unos datos de la física, sino que aprendemos que Dios es el creador del todo y para ver cuánto θεόπνευστος zeópnefstos es la Santa Escritura. Así que intentamos, dentro del texto sagrado, encontrar también los llamados signos o puntos místicos.

Místico no significa secreto, sino que, detrás de lo que se ve y comprendemos podemos ver también algo más profundo. Por ejemplo, el tema de la luz, ya os lo decía la otra vez: cierto que es un tema de investigación científica, pero es algo más, es la icona/ imagen de la Luz increada o de la divina Doxa-Gloria increada. Como os decía, el Dios creó la luz porque Él mismo es Luz increada. Dice el evangelista Juan que: “Dios es luz”; lo mismo aquí: no podemos estar diciendo algo de lo que vemos en la naturaleza sin profundizar en un elemento o dato más espiritual.

El hombre desde siempre quería interpretar la φύσις fisis naturaleza. La interpretación de la naturaleza creó las llamadas religiones mistéricas (las que celebran misterios). En su base, todas las religiones mistéricas son, en su profundidad, la interpretación de los fenómenos físicos, sobre todo de la vegetación y de la vida, es decir, del reino vegetal y animal. Más abajo os diré cómo son estas.

En la antigua Grecia teníamos los misterios órficos y los misterios de la Perséfone, es decir, de la hija de Dimitra, la diosa del campo. En Egipto había los misterios de la diosa Isis. En Asia Menor había los misterios de la Kiveli. La Isis, la Kiveli y la Dimitra en realidad son las mismas deidades con distintos nombres; es la deidad tierra. Apolo es dios del sol, igual que Osiris en Egipto, etc.

Todas estas cosas no son otra cosa sino un intento de deificar la creación o interpretarla deificada. ¡Atención! ¡Interpretarla y a la vez deificarla! ¿Y qué observa el hombre? Observa que con la luz tenemos la vitalidad de la vida encima de nuestra tierra. Tenemos la vegetación, los animales, etc. Y allí se crean dos deidades: el dios sol, el cual fertiliza la diosa tierra. De esta fertilización nace, o de la boda entre sol y tierra se crea la vida. En Egipto decían que de Osiris y de la Isis nace el Hor, que es el hombre. Es decir, el hombre sale de la unión entre el sol y la tierra, por lo tanto, génesis automático de la vida.

Ya que el sol se deifica, -nos al azar que el sol sea masculino y la tierra femenina- siempre paren o engendran. Y la frase “la madre tierra”, cuántas veces escuchamos esta expresión… Así pues, se crea una religión que está interpretando los fenómenos de la vida.

Principalmente para ellos, el sol muere y resucita con el solsticio de verano, que sube, y con el invierno cae y muere. Sobre este fenómeno está sostenida también la Masonería, que es una religión y una religión mistérica. No hace otra cosa que intentar interpretar los fenómenos de la vida y resultante del mito de Osiris e Isis, que no es otra cosa que personificación del sol. Pero dejemos esto.

Por tanto, el hombre interpreta los fenómenos de la vida tal como los ve en la naturaleza, pero quiere participar en los fenómenos de la vida. Tal como cuando yo tengo a Cristo, participo en Cristo. ¿Cómo participo? Comiendo Su cuerpo y bebiendo Su sangre y me hago del mismo cuerpo y la misma sangre con Cristo. Así también aquí, el hombre cuando crea las condiciones para unirse con el sol y la tierra, es decir, unirse de forma mística o mistérica, con esto que ya empieza a crear como religión se llama “religión mística o mistérica”.

Así veréis que los masones, en los dos solsticios que tenemos: en primavera y otoño, cuando tenemos igual el día y la noche, celebran un banquete en honor al dios sol. Y este dios sol, en el lenguaje de ellos, se llama M. A. T. S., la primera letra de las palabras “mega o gran arquitecto del universo”, que en griego empiezan así. Deifican el sol e interpretan el fenómeno de la vida. Es, pues, una religión mistérica. Y con el banquete que celebrarán intentarán participar del fenómeno de la vida; esto quiere decir religión mística o mistérica.

Así que, mirad qué bonito es esto: primero se hizo la vegetación y después el sol. ¿Pero por qué? ¡Para que se machaque toda religión mística o mistérica! ¿Cómo se hizo la vegetación? Si todas las religiones místicas dicen que la presencia del sol fertiliza la tierra, aquí tenemos la fertilización de la tierra y la presencia de la vegetación aún antes de aparecer el sol, lo cual indica que cada cual puede interpretar lo que quiera. Pero estas cosas no son religión, son falsas y demoníacas.

Por lo tanto, diríamos: lo que se crea primero es la vegetación y después el sol. Esto es una respuesta que catapulta contra toda religión mística, es decir, idólatra y, por lo tanto, también de la masonería.

No creáis que estas cosas están muy estiradas y pasadas. Y que hoy tenemos la religión de Dimitra. Pues sí, hijos míos, tenemos la religión de Dimitra y del sol, Osiris, etc., sí, sí.

Me diréis: ¿cómo lo sabemos esto?

Pues, si tenemos tantos masones que creen estas cosas y reverencian al dios sol, el M.A.T.S. Es cierto que estos temas son muy efímeros y muy importantes.

No debemos ver la creación solo por la parte física, ya que otros la ven más a fondo, pero ellos filosofan sobre la creación, en cambio nosotros teologizamos sobre la naturaleza. No filosofamos, sino que teologizamos, porque la teología es superior a la filosofía. La filosofía es fruto del nus (espíritu) e intelecto humano. La teología es apocálipsis (revelación) de Dios.

Decidme, ¿podría uno conocer este Génesis, ¿cómo se hizo la creación del cosmos-mundo, los seis días? No es fruto del pensamiento humano racional, sino que es apocálipsis/ revelación de Dios. Dios apocalipta (revela) a Moisés la creación y él la describe.

Por lo tanto, aquellos filosofan y se conducen a la demonización; nosotros teologizamos y nos conducimos a la verdad, porque tenemos la apocálipsis (revelación) de Dios. La creación no se crea por sí misma, no se deifica, no puede deificarse; Dios increado crea la creación. La creación es creada y, como creada, no puede ser Dios. Ni el sol puede ser Dios, ni la tierra.

Atención a estos temas, hijos míos, ponedlos bien en vuestra cabeza, porque puede que conozcáis muchas personas idólatras de este tipo. Y si no tenéis formación, entonces vosotros también os liaréis y compartiréis con ellos, aceptando este tipo de tonterías, necedades y charlatanerías filosóficas.

Pero avancemos. ¿Cuál es el principio de la vida según la ciencia? Es decir, ¿cómo floreció la vida?

Es cierto que la ciencia nunca querría hablar sobre aquello que apocalipta (revela) Dios. Ella, de lo que encuentra y sostiene, quiere demostrarlo de manera experimental; por eso investiga. Bueno, hace bien, está en su derecho a investigar. Pero, en lo referente a interpretar el fenómeno de la vida, para nosotros está interpretado: “dijo Dios: que se haga la vegetación”. Es decir, el Dios creador hizo las plantas; no se hicieron solas. Para ser más exacto, el Dios Logos, este que después se humanizó, se hizo hombre, es decir, Jesús Cristo.

Referente a la vida, ¿qué dice la ciencia? Para explicar el fenómeno de la vida intenta con varias teorías. Os diré unas teorías antiguas y alguna nueva; continuamente se añaden nuevas y nuevas y no acaban nunca, pero siempre se rodean de los mismos motivos y cosas.

Una primera teoría es que se hizo un traslado de la vida de otro planeta. Unos organismos invisibles al ojo del hombre, como son las semillas de los hongos (setas), como sabéis tenemos tres mil especies de hongos, setas, diríamos semillas de hongos o de cualquier otra cosa que existía en un planeta. Pues, semillas de estos hongos desde aquel supuesto planeta decidieron viajar hasta nuestra tierra. Por lo tanto, la vida vino de otro planeta.

Pero esta teoría se puede examinar. En principio, en el espacio interplanetario o inter-astral no existe un vacío absoluto. También hay una intensa radiación de rayos (alfa, beta, gamma), que, como sabéis, matan la vida.

En paréntesis os digo, si ahora pasteurizamos la leche sin hervirla, la irradiamos de rayos gamma, que matan cualquier microorganismo que existe dentro de la leche, y sin hervirla esto se puede beber. Esto se llama pasteurización.

Por lo tanto, ya que estos los rayos matan la vida, ¿cómo, pues, viajarían estas semillas desde el espacio exterior y llegarían aquí a la Tierra, donde existe intensa radiación cósmica, que son la alfa, la beta y la gamma? Así, finalmente, la vida no conseguiría llegar a la Tierra sino solo muerta.

Hijos míos, no pasa nada si estas cosas no las sabéis, puede ser que en vuestra vida las leáis y las tengáis en vuestra mente como conocimientos (gnosis). (Este curso de catequesis es para jóvenes estudiantes del bachillerato).

Aún esta semilla, cuando llegara a la Tierra, se necesitan combinaciones sorprendentes e inimaginables para llegar hasta el punto de tener la diversidad de las plantas. Existen cuatrocientas mil especies de plantas.

De tal manera, diríamos que se sentó el Dios Logos e hizo una por una las plantas. ¡Es maravilloso, admirable! Solo el hombre creyente puede vivirlo y disfrutar de esto encima de la Tierra. ¡Una por una las plantas, con agapi (cariño, amor) especial y con especiales cualidades y características! Una cualidad que no tiene una la tiene la otra: figuras, planos, colores, variedades en el tronco, en las hojas, la manera que crecerá, etc., ¡gran variedad en cuatrocientas mil especies de plantas!

¡De paso os lo digo, porque llegaremos también allí: hay seiscientas mil especies de insectos! Pero vamos a otra teoría, la teoría de la evolución o desarrollo; es decir, el que la vida llegue hasta aquí, -si es que podría llegar-, y dejar este tipo de combinaciones y elaboraciones, como veremos más abajo, de modo que al final debería desarrollarse por sí mismo todo este reino de vegetales y animales.

Pero, ¿qué piensan? ¿No moriría esta semilla hasta que diere el milagro de la variedad de las plantas? Por supuesto que sí, moriría. Cómo sería posible sobrevivir esta cosa que necesita tantas y tantas combinaciones complejas. Por consiguiente, no es posible que haya sido transportada de otro planeta.

Pero, ¿quizás haya venido con un meteorito? No sé de qué manera, no sé ¿cómo utilizó la nave, o yo qué sé, el meteorito y ha legado a la Tierra? Pero el meteorito entrando en la atmosfera se hace candente. Entonces la semilla se destruiría, y, ¿sería posible que alguna vez fuera transportada?

*(Charles Lipman el 1936 publicó que aisló microbios de una superficie pasterizada de meteoritos, que eran capaces de crecer dentro de líquidos nutritivos. Pero en realidad, estos microbios eran totalmente similares que los microbios de la tierra de los cuales tomaron los meteoritos mientras iban cayendo en la tierra)

Entonces, vemos que el problema no se soluciona, sino simplemente se traspasa. Porque después diríamos: allí, en aquel planeta, ¿cómo se encontró la vida? Por lo tanto, no solucionamos el problema, sino que lo traspasamos.

Y vamos a una tercera teoría, que es cierto que ha circulado mucho: la llamada autobiogénesis o la génesis automática de la vida. Aquí tenemos la teoría de la génesis automática, es decir, que la materia muerta, por sí sola, ha hecho, creado la vida. Atención, γένεση génesis del verbo γίγνομαι yígnome hacerse (llegar a ser) y no γέννηση génisis del verbo γεννώ yenó «engendrar», «dar a luz», «producir», «hacer nacer».

Según la teoría de la génesis automática, ¡la materia muerta sola ha creado la vida! ¡Bajo de especiales condiciones de temperatura, de presión, de luz y humedad, la materia, en un momento dado, había empezado a removerse y a estar creando el fenómeno de la vida!

Después de la génesis automátic fenómeno de la vida, tenemos la teoría de la evolución y la diversidad de géneros y así intentan interpretar el fenómeno de la vida.

Pero, por desgracia de aquellos que inventaron y creen en estas teorías, no verifican esto ni comprueban la génesis automática, ni la teoría de la evolución. Me explicaré, pero muy rápido, por falta de tiempo.

Una vez, el científico francés Pouset (1800-1872) había publicado y sostenido que podía, desde la materia muerta, crear vida. Pero los experimentos que se hacían eran tan ingenuos que daban risa. Decían que un trozo de gusano sacaba gusanos y decían: ¿dónde se encontraron los gusanos? Mirad, ¡simplemente la carne sacó gusanos!… Incluso cavaban en la tierra y encontraban gusanos. ¿Cómo la materia muerta ha creado gusanos? Por tanto, ¡la materia muerta, pues, ha creado los gusanos!…

Entonces Pasteur primero afrontó a Frené, otro francés químico, con una serie de experimentos que hizo al mosto de uva.

Como sabrán, cuando presionamos las uvas, sabéis que sale el mosto. Entonces, todos sabemos que empieza una fermentación. El que allí hay unos hongos, unos microorganismos que son responsables, diríamos, de la modificación del azúcar de las uvas en alcohol. Mientras el mosto es dulce, se cambia en bebida alcohólica, que significa que el azúcar se hizo alcohol.

¿Cómo se hizo esta cosa?

Se hizo sola, podrían decir aquellos que sostienen la autobiogénesis o la génesis automática.

¿Pero cómo se hizo sola?…

Aquí, pues, Pasteur demostró que no se hizo sola. Demostró que, cuando las cortezas de las uvas aún están en la vid, allí van y se asientan los hongos. Y cuando se presionan las uvas, los hongos se mezclan, se asfixian por no poder respirar y empieza el mosto a hervir y a sacar dióxido de carbono. Los hongos respiran y sacan dióxido de carbono; tal como las plantas sacan dióxido de carbono porque respiran. Por eso, si os quedáis en una habitación que hay un barril con mosto, moriréis; es conocido esto. La llama de la vela se apaga cuando está encima del barril del mosto, porque el dióxido de carbono no aviva la llama, como el oxígeno.

Por lo tanto, Pasteur hizo lo siguiente. Tomó unas uvas, las cubrió de algodón y las puso en un recipiente, de modo que no vayan los hongos a asentarse encima de las cortezas. Tomó otra serie de uvas y las dejó libres. Y en cada serie las presionaba por separado y sacaba con distintos tubos el mosto. Tomó una tercera serie de uvas, que las presionó y las hirvió. Tres series, pues, y observó que las uvas que no se hirvieron y no tenían ninguna protección fermentaron y se constituyeron en vino. Las uvas que se pusieron protegidas con algodones no sacaron vino, no se hizo la fermentación. Y el mosto que se hirvió no se hizo vino. Esto significa que algo va y se asienta allí, y si lo hervimos, esto muere. Entonces, vemos que no paría, no nacía en el mosto la vida, sino que había allí dentro la vida. Así, con sus famosos experimentos, Pasteur con Causé ponían carne y salían gusanos; carne que la pasteurizaban, es decir, recipientes sin que tengan microbios, como en las conservas.

Finalmente demostró que no se produce la vida de la materia muerta, sino que existe difusa en nuestro planeta, sin que podamos interpretar el fenómeno de la génesis de la vida. Así que había un axioma biológico que primero formuló William Harbin en el siglo XVII: todo lo vivo proviene de semilla o esperma. Cuando tenemos el fenómeno de la vida tenemos esperma; si no, no se explica el fenómeno de la vida.

Después se formuló de la siguiente manera: cada cosa que vive proviene de la vida, es decir, cada fenómeno de la vida es otra vez de la vida; no tenemos génesis de la vida desde la materia muerta. Esto se hizo solo una vez. ¿Cuándo? Cuando Dios dijo: “Se haga la vida de la materia muerta”, y así se hizo la vida. Después de esto no se repite el fenómeno. Cierto que la virología en 1935 descubrió los virus, pero se demostró que estos no son más que portadores de vida. Así vemos que hasta la molécula es complejísima; si uno estudia biología verá esto. Por lo tanto, la génesis automática es imposible. Solo nos queda esto: la creación de la vida es únicamente de Dios creador. Pero primero Dios, continuaremos el domingo siguiente.

Domingo, 5 de diciembre 1982.

 

8ª Lección (homilía): Continuación sobre las plantas – Cuarto día creativo – “Háganse las lumbreras”

 

Decíamos, hijos míos, la vez pasada sobre la creación de las plantas. Hoy diremos unas palabras más, para terminar este tema “sobre las plantas”.
Observamos que, en el fenómeno de la vida, incluso también en las plantas, existe una εντελέχεια, enteléjia entelequia. Este término enteléjia es de Aristóteles, que significa εν uno-τέλος fin o finalidad-ἔχειν tiene; εν-τέλος-ἔχειν. Τέλος significa fin, finalidad, propósito u objetivo. Es decir, cuando Aristóteles dice que existe una enteléjia-entelequia, da a entender que hay un objetivo o propósito en las creaciones, en los seres. Es decir, en cada creación, y en este caso cada planta, está integrada en un propósito y objetivo; no está suelta al azar. No existe suerte o azar en ninguna parte en la creación. No solo no apareció al azar el cosmos-mundo con sus ornamentos y bellezas, como os decía la otra vez, sino que todas tienen su propósito y objetivo. Por tanto, cada cosa que tiene un propósito significa que no es por azar, y se observa esta enteléjia (-quia). Pensad: el filósofo de Cristo, Aristóteles, esto lo ha observado, y todos los que tienen un νοῦς nus, saludable, observan que existe esta enteléjia. Por lo tanto, no es posible que uno se sostenga en el elemento que llamamos suerte o azar. Muchas veces habréis oído, y especialmente en nuestra época, que existe el ateísmo, que el mundo se encontró o se hizo por el azar. ¡No existe mayor locura, insensatez que esta… el que uno sostenga y crea que el mundo es por el azar o suerte, y que los seres, entes, no tienen un propósito y objetivo predeterminado!

Observamos aún que las plantas son la base del reino animal. Si no existiesen las plantas, no existiría el reino animal. Y muy sabiamente nos apunta el texto sagrado que primero fueron creadas las plantas y después el reino animal.
Y realmente, no simplemente es necesario el reino vegetal para el reino animal, sino que entre reino animal y vegetal existe un equilibrio. No puede el reino vegetal crecer más que el animal y, a la inversa, el reino animal producirse más que el reino vegetal. Porque tendríamos un desequilibrio entre los dos reinos; entonces, si hubieran existido solo vegetales, plantas, se hubiese agotado el dióxido de carbono; si tuviésemos solo animales, se hubiese agotado todo el oxígeno de la atmósfera.
Así que existe un equilibrio entre estos dos reinos. Pero también encima de la tierra tendríamos derogación de las leyes biológicas si no existiese el equilibrio. Me referiré a un pequeño ejemplo para que lo veáis.

Una vez una familia de ingleses había emigrado a Australia. Llevaron consigo una planta de una especie de cactus y la sembraron en el patio de su casa. Esta encontró tierra fértil y se desarrolló. Pero creció tanto, de modo que, después de unas décadas de años, esta planta ocupó inmensas extensiones terrenales y no podían limitarla y eliminarla.
Una planta similar tenemos nosotros también en nuestros campos, que es la maleza, que todos sabemos que se esparce rápidamente en contra de otras plantas y no se elimina fácilmente. Tiene raíces y tubérculos dentro del suelo, cuya parte superior, al salir del suelo, forma nuevos brotes. Hagas lo que hagas para evitarla, y aunque la cortes en pedazos y tamices la tierra, si queda un pequeño trozo de raíz, esta volverá a brotar rápidamente. Pisa la maleza tanto como quieras desde arriba, durante años enteros, ¡ella seguirá insistiendo en multiplicarse!
Así empezó a crear problemas este cactus en la agricultura; ¡problemas muy serios, no sabían cómo limitarlo y exterminarlo!

Entonces, después de muchos estudios y observaciones, descubrieron que en África había un microorganismo, como es la meligra o melada, un insecto que se llama lak. Observaron que a este insecto lak le gustaba mucho comer estas plantas. La trajeron, pues, a Australia y lo pusieron encima de estas plantas. Al encontrar mucha y rica comida este insecto, comenzó a comer aquellas plantas, especies de cactus. ¡En poco tiempo los había comido todos los cactus! Y al no tener más que comer, se murió este también.
Es decir, ¿qué observamos? En un sistema cada organismo influye a los otros y es influenciado por ellos. El reino animal no permite al vegetal desarrollarse exageradamente, lo mismo a la inversa. ¡Así existe este admirable equilibrio entre el reino vegetal y animal!

Aún, hijos míos, las plantas no son máquinas. Puede que nos dé la impresión de que una planta es una cosa inamovible, pero tiene en su interior mucha vida. Pero no es una máquina el organismo de una planta.

La máquina recibe de afuera el movimiento y se encuentra siempre bajo el cuidado de su fabricante. Un ser embrión como la planta es autónomo, independiente, es decir, opera y se mueve por sí misma; siempre tiende hacia su propósito. Para la planta este propósito es comenzar su vida por una semilla, brotar, desarrollarse, florecer, dar fruto y al final morir. Por tanto, sigue un ciclo biológico, con un propósito final: mantenerse la especie encima de la tierra.

Ahora bien, si toda la creación, con sus propósitos particulares, tiene también un propósito final, esto es un tema de investigación de la ciencia. Si uno no es cristiano, es un tema de la filosofía; pero si es cristiano, es un tema de teología. La teología nos apocaliptará/revelará el propósito de todo esto que existe a nuestro alrededor. Y por supuesto que existe para servir al hombre y a la doxa-gloria de Dios. Porque Dios quiso crear al hombre.

Pero antes de crear al hombre debería crear las condiciones para él. Y las condiciones son la creación del cosmos-mundo, la formación y desarrollo de la tierra, como su ornamento, el cual se hizo con el reino animal y vegetal y con otras muchas más cosas. En este caso, como casar a nuestros hijos, los preparamos para su hogar, es decir, los ponemos muebles nuevos y cualquier cosa que haga falta. Así también Dios preparó Su hogar.

Por tanto, el mundo-cosmos. Por mucho que esto para algunos tontos que filosofan en algunas cosas les parezca arrogante, y al final resulten en resultados equivocados: ¡el mundo entero se ha hecho para el hombre!… Y el hombre se ha hecho para Dios. Por consiguiente, empieza toda la creación de Dios, se hace por Dios y es conducida a Dios. Es esto que dice el apóstol Pablo sobre Jesucristo: “Este, el Hijo, es imagen-icona de Dios invisible, primogénito que no fue creado, sino nacido antes de los siglos (preeternamente), antes de que fuera creada toda la creación, de la misma usía-esencia del Dios Padre, porque por él mismo fueron creadas todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra, lo invisible y lo visible, sean como tronos, como dominaciones, como principados, como potestades; absolutamente todo fue creado por él y para la doxa-gloria a él; y él mismo, atemporal y perpetuo, existe antes que todas las cosas, todas subsisten en él y todo es gobernado por él” (Col 1:15-17); por el Cual, con el Cual y para el Cual se han creado todas las cosas.

El epítome (resumen) de la creación es el hombre. Sobre esto volveremos a hablar cuando lleguemos al final de nuestras clases. El resumen de la creación es el hombre. El hombre, combinando en su interior estos dos mundos, el espiritual y el material, constituye él mismo un microcosmos, es decir, un epítome y resumen de la creación; con razón es calificado como la culminación, la cima y la corona de la creación. El hombre es el que da sentido y significado a la creación. ¿Por qué existen las plantas, los animales, los pájaros, las hormigas, las serpientes, los elefantes, en general los de cuatro patas? ¿Por qué existen todas estas? Existen solo por una razón: ¡porque existe el hombre! La existencia de estos adquiere sentido y significado solo por la presencia del hombre. Si no existiese el hombre, no tendría sentido ni la existencia de estos. Por eso el propósito último y supremo de la creación es el hombre.

Sin embargo, la presencia del hombre da sentido y significado también a la presencia de Dios. Porque el hombre adquirirá sentido y significado cuando cierre este ciclo a Dios. El apóstol Pablo dice que toda la creación tiene como objetivo a Jesús Cristo; por el Cual y para el Cual se ha creado todo. Todo se ha hecho a cuenta de Dios Logos que se ha encarnado (c. f. 1Cor 15:28). Y allí cierra este círculo.

Pero no os digo más detalles, porque tenemos también aquel acontecimiento de la encarnación de Dios. Ahora solo os digo esto: que todo tiene su sentido, significado y propósito.

¡Observamos aún que existen cuatrocientas mil especies de plantas! ¡Tan grande es la variedad y la riqueza! Pensad, hijos míos, que últimamente han descubierto en el desierto del Sáhara, allí donde nadie podía creer que hay rastros o señales de vida, existe un vegetal que es microscópico, tan pequeño que solo lo vemos con lupa, no se ve con el ojo. En concreto, piensan sacarle provecho, explotarlo, porque esta planta puede dar muchos productos.

Me dirán: ¿Incluso hasta el desierto?… ¿…allí, en esta arena candente del sol, existe vida?… Sí, la vida rebosa en nuestro planeta. No hay ni un milímetro cuadrado sobre la superficie de la tierra que no tenga vida, sea animal, sea del reino vegetal, ¡no hay!

Sabéis que los μύκητες míkites, hongos o setas, son plantas, y se calculan en muchos miles de especies. Para que entiendan, un hongo o una seta es también la conocida penicilina. Todos estos fármacos, penicilina, streptomikina, teramikina (tera = tierra), etc., se hacen de los μύκητες míkites, hongos o setas. Cuando escuchan este segundo componente, mycín o mikín, se refiere a los hongos. Es decir, son organismos que tienen diversos usos beneficiosos. Puede ser que sean venenosos, puede que maten algunos otros microbios, etc. Y realmente observamos que hay una gran utilidad y beneficialidad de las plantas, una inmensa utilidad, que el hombre solo muy poco ha descubierto.

Pero en el reino vegetal existe también la belleza. La belleza, por supuesto, es un plano general de la beneficialidad o utilidad, pero a la vez también se desvía, sale de sí. Existen hombres que son poseídos de la posición filosófica de que no les interese lo bello sino lo útil y beneficioso; es nuestro conocido utilismo, beneficialismo.

Pero el beneficialismo, hijos míos, es… ¿qué os voy a decir? Es la matanza de toda belleza. El decir que no me interesa el cuadro pintado sino solo su precio, lo que vale, si puedo venderlo y cuánto dinero voy a ganar, entonces, ¡entendéis que matamos un mundo entero, el mundo de la belleza!

La belleza del cuadro, por supuesto que no tiene beneficialidad o utilidad en el sentido de ver cuánto dinero ganaremos si lo vendemos, y qué haremos con este dinero, dónde lo gastaremos, sino que colma, llena al hombre. Pero si queréis, también la belleza, en el sentido amplio de la palabra, tiene su utilidad o beneficialidad.

Así que Dios no queda solamente en un plano de utilidad o beneficialidad de una planta, sino que también ¡la adorna, la hace bella!

Me diréis que: ¿por qué la hace bella? ¿Por qué razón hace la variedad de los colores, las hojas y las flores? ¿Quizá para que sean atraídas las ovejas?

¡Entre el reino animal y el vegetal hay un ciclo de interacción interminable, una combinación interminable!… Dentro de estas combinaciones, en las ataduras del reino animal y el vegetal, siempre existe esto: ¡que el hombre admire y se alegre!

¿Qué pensáis? Una planta, digamos una rosa, ¿tiene conciencia de sí misma? ¿Conoce su color? ¿Reconoce su belleza? Sin duda, que no. Pero también los animales o los insectos y cualquier animal, si ven una planta que les impresiona, irán a comerla o rodearla para recoger su néctar, por mucho que sean atraídos por esta planta, ¿estimarán su valor artístico? Solo el hombre será el que reconocerá la belleza, porque en su interior tiene poeticidad, tiene poesía, porque lleva dentro el aliento de su Creador, quien es Poeta —en el sentido amplio de la palabra «poeta»—, es decir, el Creador o Demiurgo. Y el hombre se siente muy alegre y feliz ante esta belleza.

Por supuesto que la belleza no es el propósito, sino el medio. Desgraciadamente, aquellos que tienen una sensibilidad en el tema de la belleza y permanecen solo en este punto, resultan ser idólatras y desgraciados. Dios, si ha hecho la naturaleza muy bella, no la hizo para que nos quedemos en la naturaleza, sino para que, admirándola, lleguemos y nos elevemos al Creador. Entonces, claro que no idolatramos. Por tanto, la belleza no es el propósito, sino el medio. Así que, no nos detendremos en ella.

Os digo esto porque uno ve pintores, poetas, músicos y otros artistas que, es cierto, tienen una sensibilidad a la belleza, al ritmo, al color o al juego de la luz con la sombra; todas estas cosas les encantan, pero permanecen en ellas. Y como también vuestra psique-alma, por supuesto, tiene una sensibilidad y os gustaría siempre cultivar en vuestro interior el valor de lo bello, debemos tener cuidado en este punto.

Y no creáis, por supuesto, que la belleza es poner maquillajes en la cara… Que Dios nos guarde. Esto es fealdad. ¡Creedme, es fealdad! Cuando te depilas las cejas, muchacha mía, cuando te pintas las mejillas, los ojos -sobre todo los ojos-, que los pintas alrededor de negro y pareces un vampiro, como una tísica, una tísica de muchos años, esos ojos negros tuyos… ¡como si hubieras recibido un puñetazo!… Te pregunto: ¿eres hermosa, muchacha mía? No lo eres. No es ahí donde está la belleza, hijos míos, fíjense bien en esto.

Me entendéis lo que quiero decir con lo bello y cuál es su valor. Realmente vemos que la belleza está expandida dentro de la creación y queremos vivirla, disfrutarla y alegrarnos de ella. El que uno vea, digamos, los juegos de la luz en la creación, ¡es una cosa maravillosa… muy bella! Por eso, además de la pintura, tenemos también el arte fotográfico, porque por supuesto que no podemos ser siempre pintores para reproducir los juegos de la luz y la sombra que nos dan varios objetos; ¡es muy bello, muy bonito!

Pero lo vuelvo a decir, no pararemos allí. Debemos cultivar lo bello. Si lo cultivamos, no buscaremos otras pretensiones ilegales, pretensiones y disfrutes de la vida, porque habremos creado en nuestra psique-alma contrapesos, antivirus. Amar el arte de la fotografía, de la pintura o de la música, todas estas cosas son muy bellas. Pero atención: existe también la mala música, como también la mala pintura, que quizá nos conduzcan lejos de Dios, o a situaciones pecadoras… ¡Que Dios nos guarde!

También, si cultivamos el arte alto, la literatura, la poesía o cualquier otra cosa, nunca deberemos quedarnos allí; deberemos llegar a Dios y alabar a Dios.

Decimos que la fisis, naturaleza, alaba a Dios. ¿Cómo Le alaba? Decimos que los pájaros alaban a Dios; pero los pájaros no tienen conciencia. Sin embargo, su misma presencia es la que crea el himno hacia Dios. La presencia de las plantas, de los pájaros, de los animales, en general de toda la creación, del sol, de la luna, del fuego, todas estas con su presencia crean un himno a Dios.

Incluso, hijos míos, esta belleza fue alabada por el mismo Señor. Os acordáis lo que dijo: “Mirad y enseñaos de los lirios, cómo crecen; no trabajan, ni hilan; pero yo os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria no se vistió de una prenda tan esplendorosa como uno de los lirios del campo” (Lucas 12:27).
¡Habéis visto!… Y en concreto el mismo Señor nos incita a la observación cuando decimos: “Mirad las aves del cielo… Observad atentamente los lirios y las flores del campo…” (Mateo 6:26 · 28). Es decir, ¡mirad con atención los pájaros del cielo y conoced bien los lirios del campo! Por supuesto que no para ver allí quizás solo la belleza, sino para descubrir algo más allá de la belleza; ¡descubrir la providencia de Dios, la sofía-sabiduría y la agapi (amor incondicional) de Dios!

¡Así, si alguna vez tomáis una flor en vuestras manos, poder decir: ¡Qué cosas más bellas ha creado el Dios Logos!… Le reconoceréis de verdad… ¡Es Él que se ha hecho hombre, está allí! ¡Él ha creado las flores que tenéis en vuestras manos… el Dios Logos que se ha encarnado, el Jesús Cristo!

Hijos míos, aquí el texto sagrado cerrará el tema del reino vegetal de la siguiente manera: “…Hubo tarde y hubo mañana: día tercero (Gen 1:13). ¡Cada vez que nos dice esto, cuando termina cada día creador, y viendo Dios las cosas que ha creado, las califica de buenas y bellas!

Y ahora pasamos al cuarto día creativo, donde tenemos la creación del sol, de la luna y de las estrellas. Primero os leeré el texto, que es un poco largo, y después lo analizaremos.

“Háganse las lumbreras”. Creación del sol, la luna y las estrellas.

“Y dijo el Dios: hágase lumbreras en el firmamento del cielo para que iluminen sobre la tierra y separen entre el día y entre la noche y sirvan para distinguir los signos, los tiempos, los días y los años; y luzcan en el firmamento del cielo para iluminar la tierra. Y así fue. Dios hizo las dos lumbreras grandes, la mayor para el gobierno del día, y la menor para el gobierno de la noche, y las estrellas. Y el Dios las puso en el firmamento del cielo para iluminar la tierra, regular el día y la noche y separar entre la luz y entre la oscuridad. Vio el Dios que esto estaba bien, hubo tarde y mañana: día cuarto” (Génesis 1:14-19).

Así que el cuarto día creativo tenemos la creación del sol, la luna y las estrellas.

Aquí repetiré algo que antiguamente os había dicho. No es que todas estas se hayan creado el cuarto día, sino que aparecieron, se vieron el cuarto día. Tanto el sol y la luna como las estrellas no se hicieron después de la creación de la tierra. Nuestra tierra, las estrellas, el sol, la luna, que todos son estrellas, se hicieron el primer día, cuando se hizo la luz. Y la luz, tal como os decía otra vez, es la hipóstasis (base substancial) del mundo visible. De la luz como energía Dios hizo la materia. Hizo este hecho tan terrible, es decir, el universo que produce admiración y terror.

Así que todo se hizo el primer día. Pero la decoración y la aparición siguen, respecto a un observador o a nosotros mismos que nos encontramos sobre la tierra, durante los siguientes días llamados creativos, es decir, estos grandes espacios de tiempo.

¿Queréis ver qué es según el fenómeno (lo visto, lo aparecido); es decir ver como estas se ven los fenómenos (los vistos, los aparecidos) y no cómo son en realidad? ¿Qué quiere decir esto? Los fenómenos son tal como aparecen, no como son en realidad, sino tal como se ven. Porque cuando se haya hecho la descripción de los fenómenos (los aparecidos), los vistos sobre los aparecidos, quiere decir que tenemos una expresión y descripción popular.

Si un poeta o un escritor de prosa se pusiera a escribir las bellezas de la creación no sobre el fenómeno (lo visto) sino de manera científica, solo poema, no sería lo que habría hecho. Así que daría una icona, imagen muy bella de descripción de las cosas, las creaciones, si el poeta hablara de manera popular. Atención, de modo popular.

Os diré un ejemplo para que lo entendáis. Decimos que, el sol subió dos o tres metros sobre la montaña. Si tuviéramos que decirlo con otras palabras, diríamos: la tierra, girando, después de tanto tiempo, el cálculo que se hace es que dio la vuelta en sí misma por x del ángulo, etc., en su giro da la impresión de que el sol está en aquel punto del cielo, etc. Si escribieses un poema o una prosa y la describieras así, ¿qué sería esta cosa? Sería terrible. Escribimos, pues, de modo popular, los fenómenos (apariciones, las visibles) tal como se ven.

Demostración, pues, de esto es lo siguiente: dice que Dios hizo dos grandes lumbreras, el sol y la tierra. El sol es la gran lumbrera, la menor es la luna. Pero sabemos que la luna es un satélite y muy pequeño. ¿Puede la luna compararse con las estrellas? ¿Es posible esto? Sin duda que no. Os diré unos números y os asustaréis. Pero por lo visto (el fenómeno), la luna es la estrella mayor arriba en el cielo cercano, porque da más luz y porque está más cerca. Por lo tanto, por la misma descripción que habéis escuchado, indica que la constancia escrita de la creación está escrita de modo popular. Sobre el fenómeno de los fenómenos (lo visto de las visibles), creo que lo habéis entendido.

Así pues, tenemos la luz, que es la hipóstasis (base substancial) del cosmos-mundo visible, tal como os dije. ¿Y el sol? El sol es el portador de la luz. El sol, como soma-cuerpo candente, no es la luz, es el portador de la luz; tal como os dije, la luz se hizo el primer día o día uno. Muy bien lo describe esto san Basilio el Magno, aunque es muy antiguo, no de ahora, dice que: “Luz y lumbrera son entes o existencias distintas”… Quiere decir que entre sí se diferencian como existencias. El sol es lumbrera, es decir, portador de la luz. Y ciertamente dice la Santa Escritura que hizo las lumbreras, no dice que hizo la luz. Sobre la luz habló el día primo o uno. Pero ahora, el cuarto día, son las lumbreras. Repito, no se crean, sino que aparecen y se ven el cuarto día.

Así que el cielo apareció, se vio ya el cuarto día. Aquí ya tenemos esclarecimiento de la atmósfera. Si tuviésemos un espectador sobre la superficie de la tierra, diría: ¡qué expectación, ¡qué vista más bella! ¡El sol, la luna, las estrellas!…

Pero este espectador entonces no estaba, pero somos nosotros los espectadores. Y la desgracia es la siguiente. Si decís a uno que levante la cabeza y vea el sol, cuán brillante es, y la luna con sus fases, cuán bella es, y las estrellas, te dirá que es una cosa muy vulgar e insulsa. Es decir, como cada día vemos el fenómeno (lo visto) del cielo, ¿es vulgar, no impresiona? Esto significa una enfermedad en la psique (alma).

Hijos míos, os daré un consejo. Ved todas las cosas de este mundo con ojos vírgenes, purificados, que quiere decir con ojos (espirituales) limpios y libres de los pecados; ¡veréis entonces que brillan… las veréis de distinta manera!

Una cosita más: ved todas las cosas del mundo como si las vierais por primera vez, que no caiga sobre vuestros ojos el polvo de la costumbre diciendo: “¿qué voy a ver del sol o de la luna…? ¿Qué voy a ver de una rosa…?”. Porque diré, muy bien, pero las rosas para ponerlas en el florero. ¿Qué otra cosa puedo decir? Pues, no. ¡Quédate observándolo todo bien y te enloquecerás de su sabiduría y belleza!

Por eso, muchas veces cuando vemos a uno que se queda absorbido observando la naturaleza o las creaciones, porque así quiere verlas, decimos que este se ha vuelto como loco. No, no se han vuelto locos, sino que han echado lejos el polvo de la costumbre y ven con ojos distintos. Ven y vuelven a ver como por primera vez.

Esto es un secreto para que lo aprendáis, para que veáis la creación cuán bella es y la disfrutéis, y que seáis verdaderamente alegres y felices dentro de este mundo, ¡que otros humanos lo ven feo y desagradable!

Recuerda aquel dicho conocido que afirma que es feo ver la creación. Uno observa una rosa con sus pinchos. Si ven mal la creación dicen: “mira que malas, las rosas también sacan pinchos”. Si ven bellamente, dicen: “mira, hasta los pinchos sacan rosas”. Un vaso que está hasta la mitad de agua, el hombre que no tiene buena mirada, es pesimista, dice: mira un vaso medio vacío. El optimista, el que tiene otra forma de mirar, dice: mira, un vaso medio lleno. Es la misma cosa y la forma de verlo distinta. Esto quiero deciros tanto rato: que adquiráis otros ojos y veáis de otra manera.

San Isaac el Sirio, el asceta, atención ¡el asceta… quien escribió sus logos ascéticos!,¿sabéis lo que escribe?: “Lee con avidez los libros sobre la naturaleza que escriben los sabios; te serán de gran provecho… Leed continuamente los libros de los maestros sobre la providencia de Dios…” (Logos 23, Sobre la agapi-amor a Dios).

Estamos preparando un pequeño museo en el Monasterio y pienso poner el rótulo con este escrito de san Isaac el Sirio. Pero, lo siento, no sé si me dará tiempo… Si supiese que voy a vivir quinientos, haría muchas cosas… Crearía también un museo de la Historia de la Fisis-Naturaleza, ¡para que se llene la psique-alma del hombre! Si alguna vez os encontréis en Kifisiá (barrio de Atenas), visitad el museo de Gulandris; es un museo de la Historia Natural. Allí veréis cosa que diréis: ¡que cosas más bellas existen en esta cosmos-mundo!…

Así que hijos míos, debéis estudiar vosotros también libros de Astronomía, Geología, Minerología, Física, Botánica, Zoología… leed y leed tendréis mucho beneficio.

Vamos a ver ahora un poco sobre el cielo. Un poco sólo, porque en pocos minutos no es posible para uno mismo decir muchas cosas sobre un tema tan grande.

Este firmamento o cúpula del cielo, que naturalmente no es el único, porque los que están en el hemisferio sur tienen otro cielo distinto. Es decir, que existen estrellas que no se ven en el hemisferio norte y viceversa. Esta multitud de estrellas, la extensión del espacio cósmico, nos sorprende.

Hace unos años, el mayor telescopio del mundo (la homilía es del año 12-12-1982) estaba en el monte Palomar de América del Norte y su diámetro de foco era de cinco metros. Hoy hay uno en Rusia y es de seis metros, un metro más.

¿Qué revelan, pues, estos telescopios? Nosotros pertenecemos al Sol, a nuestro sistema solar, que es nuestro vecindario, y cuando hablamos sobre estrellas interplanetarias, están dentro de nuestro sistema planetario. Imaginaos si nos marcháramos de nuestro sistema planetario; yo diría: imposible. Lo veréis inmediatamente. No es por otra causa sino para que se rebajen un poco los aires de los arrogantes que tienen un súper entusiasmo (entusiasmo es endiosamiento), que conquistaremos el universo y no tenemos necesidad de Dios. No hay mayor necedad que esta tesis u opinión.

Pues, nosotros pertenecemos a este Sol con sus ocho planetas. Nuestro Sol está dentro de una galaxia. Es nuestra conocida galaxia, que la vemos como una nebulosa desde un extremo del cielo al otro. Dentro de esta galaxia existen doscientos billones de soles. Existen soles de diez hasta cincuenta mil veces mayores que nuestro Sol. Uno del otro está tan lejos como nosotros estamos lejos de ellos. ¿Lo captáis, qué significa esto? ¿Qué extensión tiene esta galaxia nuestra? A pesar de esto, no es la única galaxia dentro del universo, sino que existen otros cien billones de galaxias. Nuestro Sol es un millón trescientas mil veces mayor que la Tierra. El Sirius es doce veces mayor que nuestro Sol.

La distancia de la Tierra al Sol es ciento cuarenta y nueve millones seiscientos mil kilómetros y se toma como una mónada o unidad de medida astronómica. Como tenemos que hacer sobre billones de billones de distancias, entonces tomamos como unidad de medida o mónada la distancia entre la Tierra y el Sol. La distancia entre el Sol y Plutón, uno de los planetas de nuestro sistema solar, es cincuenta mónadas astronómicas. Está cincuenta veces más lejos de lo que nos distanciamos nosotros del Sol. Por lo tanto, un espectador desde Plutón ve el Sol muy pequeño.

Pero para las distancias fuera de nuestro sistema solar utilizamos mayores unidades de medición como “el año de luz. ¿Qué quiere decir un año luz? Como sabrán, la luz corre y en un segundo recorre trescientos millones de metros. Para que tengan una idea, es siete veces alrededor de la Tierra. Otra imagen es la luz del Sol, que, para llegar a la Tierra, -si uno tuviera un interruptor para tomarla estáticamente- la luz llegaría a la Tierra después de ocho minutos, más o menos. Pues, cuando la luz corre y recorre un año, es decir, 365 días, ¿saben la distancia que cubre? Nueve y medio trillones de kilómetros al año, es decir, 9,5 × 10¹² km.

A pesar de esto, la estrella fija más cercana, que está cerca del Centauro, tiene una distancia de cuatro años luz, el más cercano. ¿Adónde vamos, pues? Debemos viajar a esta velocidad y después de cuatro años llegamos allí. Es decir, fuera de nuestro sistema planetario o solar.

El Sirius dista nueve años luz, el Vega veintisiete años luz, el Estaltes de la Virgen trescientos años luz, la galaxia más cercana a nosotros, que está fuera de la nuestra, es la de la nebulosa de Andrómeda y dista un millón y medio de años luz. Y el diámetro del universo conocido, última medición, es decir, allí hasta donde ha llegado nuestro ojo, no es que sea tanto, sino que allí llegó nuestro ojo gracias al telescopio, es de dieciocho billones de años luz. ¿Qué decís, pues? ¿Qué es este universo? ¡Terrible, terrible!

A pesar de ello, esto nos indica la dínamis (fuerza, energía y potencia), la sabiduría y la agapi de Dios. ¿Este universo se hizo solo? ¿Es posible alguna vez que se haya hecho solo?… ¿Y que exista un orden y un fin en estas órbitas de las innumerables estrellas y galaxias? ¿Se ha hecho solo?… Sólo un loco podría decir esto, ¡por lo que el ateísmo es una especie de locura. ¡Realmente es una locura! Aquel que tiene un poco de mente limpia, lúcida y clara dirá: grande es Dios. Dios lo hizo todo. Potente es Dios. Sabio y bondadoso es Dios. Bello es Dios.

El próximo Domingo continuaremos sobre este tema.

Domingo 12 de diciembre 1982.

 

9ª Lección (homilía): Concepto reductivo de la luminosidad y de la capacidad cáustica o calorífica de la luz.

 

Nos encontramos al cuarto día de la creación, cuando Dios dijo: “Háganse las lumbreras”.

Hablábamos la vez anterior sobre la magnitud y la grandeza del cielo. Naturalmente, las cosas que dijimos fueron explicadas de manera muy elemental y simplemente nos dieron una imagen, un sabor de cuán grande es el cielo, sin que con esto creamos que hemos llegado al fin del universo.

El universo, por parte de su extensión se define como limitado infinito.

Cierto que es oxímoron (contradictorio, tonto), esta palabra que parece un poco tonta; ¿cómo es infinito si es limitado?… Pero, exactamente, esta expresión “oxímoron” indica que no podemos captar lo grande que es el universo y tampoco podemos entender que no es posible que el universo no tenga final. Nosotros estamos en un punto del universo, pero cada punto del universo es un centro del universo. Vayamos a donde vayamos, estaremos siempre en el corazón del universo. Es decir, que no encontraremos nunca un fin o un extremo y nunca podremos llegar a las fronteras y decir que más allá de las fronteras no existe universo; es inconcebible.

En la mente humana no cabe el concepto “cero”. La mente humana se mueve siempre dentro del espacio y el tiempo. Como la mente no entiende nada de todo esto, ha dado la definición de que el universo es un infinito limitado.

Hemos hablado en las clases anteriores sobre la luz primigenia y que se hizo el primer día, etc., y, naturalmente, allí hablamos de unas cosas. Pero la naturaleza de la luz, como ya la recibimos de los portadores de la luz, que son el sol, la luna y las estrellas: ¿cuál puede ser la naturaleza de la luz? Obviamente, decíamos en nuestro tema sobre la luz que su naturaleza es desconocida. Sólo están reconocidas las cualidades que puede tener. Es decir, que la gnosis (conocimiento) de la luz ha pasado por una crisis, por las larguísimas discusiones de los científicos sobre su naturaleza.

En principio, la luz fue estudiada por Newton como partículas o células, es decir, como proyectiles, y Dupón la introdujo al estudio de la mecánica. Así apoyado en la naturaleza corpuscular de la luz, formuló la ley del reflejo, cuando un rayo del sol cae en un espejo, este se refleja y el ángulo de caída es igual al ángulo del reflejo, etc., estas cosas las sabéis de vuestra escuela.

Pero con este aspecto, después no podía interpretar algunos otros fenómenos, como el fenómeno de la refracción (cambio de dirección de la luz). Entonces, el científico Fresnel, que fue el primero que estudió a Newton, dijo que la luz es de textura ondulatoria. Después, los científicos avanzaron a la interpretación de los fenómenos de la refracción, la difracción y la polarización de la luz.

Pero, no obstante, después de multitudes de experimentos, se observó que la luz tiene un comportamiento doble, una cara doble, por decirlo así, verificando todos los fenómenos de la luz. Después vino el científico francés Luis de Broglie y dijo que la luz en su textura es dos cosas: célula o partícula (proyectil) y onda. Así pudo reunir estas dos teorías.

A pesar de esto, la fisis naturaleza de la luz permanece desconocida, porque no es otra cosa que la fisis naturaleza de la energía o la naturaleza de la materia, que permanece desconocida y parece ser que permanecerá desconocida siempre para el hombre.

Pero de las cualidades podemos conocer muchas cosas. Dos cualidades básicas de la luz son la luminosidad y la causticidad. Es decir, que la luz ilumina y quema. Vamos a decir sólo estas dos, puesto que la luz tiene muchísimas cualidades: biológicas, químicas, etc. Me quedo en estas dos, la luminosidad y la causticidad, porque quiero que nos sirvan a un hecho que me gustaría que conocierais.

Como decíamos la otra vez: la luz es, por decirlo de una manera, icona-imagen de la doxa-gloria increada (doxa también en griego es la luz del arco iris) de Dios. El hombre es icona de Dios y la creación representada por la luz es icona-imagen no de Dios sino de la doxa—gloria increada de Dios. La doxa-gloria de Dios es luz, pero esta luz es increada; es sin principio ni fin, consiste de una manera la misma deidad. Dice san Juan el Evangelista que “Dios es luz”, (1Juan 1:5).

Pero, puesto que Dios es luz y esta luz de Dios los hombres pueden verla, en cambio, a Dios no puede verle nadie. Dice la Santa Escritura que veremos la doxa-gloria increada de Dios, es decir, la divina luz increada. Pero: 18A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo unigénito que es el Ὤν on (existente, el ser, “el que era y siempre es”), que está en el seno del Padre, él nos ha apocaliptado/revelado, explicado y dado a conocer a Dios. [18«Por tanto es natural que recibamos la apocálipsis/revelación perfecta de la verdad. A Dios nadie lo ha visto, es decir, su ουσία usía/esencia; el Hijo unigénito que es el Ὤν on, (existente, el ser, “el que era y siempre es”), nacido de la esencia del Padre y está en el seno siempre del Padre inseparable, él nos ha apocaliptado/revelado, explicado y dado a conocer a Dios»] (Jn 1, 18).

Puesto que Dios es luz y esta luz los hombres la pueden ver, pero a Dios no puede verle nadie. Dice la Santa Escritura que veremos la doxa—gloria increada de Dios, es decir, la divina luz, pero a Dios nadie lo ha visto jamás ni nunca podrá verle.

¿Cómo podemos casar que “a Dios nunca lo ha visto el hombre y jamás puede verle” con el ver a Dios? Veo la divina doxa-gloria porque, simplemente, la divina doxa-gloria no constituye elemento de la esencia o sustancia de Dios, sino Su energía increada. Pero sólo ésta es visible. Esta se refleja mediante la luz física-natural creada que tenemos dentro de la creación.

Por lo tanto, cuando tomamos la luminosidad de la luz, hablamos sobre la luminosidad de la divina doxa-gloria increada. Cristo dijo: “Los justos brillarán como el sol en la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de su Padre” (Mt 13:43). Porque la existencia entera del hombre justo se hace luz, tanto su psique-alma como su cuerpo; y el cuerpo, hijos míos se hace luz porque, resucitaremos, o sea los dos se hacen luz.

Así que he aquí, inmediatamente, que en la Realeza de Dios aquello que habrá será luz, pero la luz increada, la divina doxa-gloria, de la que su icona-imagen es la luz creada, como os dije.

Así, esta luz increada simultáneamente es portadora de la bienaventuranza, la felicidad de Dios. Es decir, no es exactamente como decimos: “recibí la luz y tengo una luminosidad”; no, no es así. Tal como cuando recibo la luz solar, sufro efectos beneficiosos, biológicamente, me vivifica, -porque si estoy en la oscuridad, me enfermaré-, y me da calor, me da un estado de ánimo, me da tantos elementos y, por efecto de la luz, tengo cambios químicos en mi interior.

Así también la divina doxa-gloria, la luz increada de ella, se hace portadora de divina bienaventuranza, felicidad. Por lo tanto, esta divina doxa me da la inenarrable alegría, la paz y toda felicidad, sobre todo la gnosis (increada), conocimiento de Dios.

Así, esta divina doxa-gloria lleva consigo todos estos elementos de la bienaventuranza de Dios. Esto que ocurre en la Realeza increada de Dios, es decir, la doxa de Dios, es iluminante e ilumina a los creyentes. Tomad un pequeño ejemplo: el de la Metamorfosis. Los tres alumnos, Pedro, Santiago y Juan, encima del Tabor, ¿qué recibieron? Recibieron la luz de la divina doxa-gloria. Cristo brilló y esta divina doxa iluminó los rostros de los alumnos, de modo que Pedro llegó a decir: “Es bueno para nosotros que nos quedemos aquí” (Mt 17:4 Mrc 9:5 Luc 9:33).

Pero, como la luz tiene causticidad, si nos exponemos a los rayos del sol nos quemaremos, así también, esta luz increada de la divina doxa tiene también causticidad. ¿Y cuál es esta causticidad? Es aquella que quema a los impíos. Y escuchad ahora esto, hijos míos.

Decimos que en la Realeza increada de Dios hay luz; es esta luz de la que tanto hemos hablado, y decimos que en el infierno existe el fuego eterno que estará quemando y, a la vez, es oscuridad, densa tiniebla. Decimos σκότος τό εξώτερον (skotos to exóteron) la oscuridad exterior u oscuridad del más allá; quiere decir oscuridad de afuera, es decir, oscuridad densa, que no deja ningún rastro de luz y, simultáneamente, es mar de fuego, fuego del Infierno. Deberá, pues, ser que este fuego sea sin luz, o sea, que no ilumine; realmente así es.

Escuchad, pues, cuando sale de Dios la divina doxa-gloria increada, entonces la luminosidad de la divina doxa se detiene en los justos, en la Realeza increada de Dios, sin la causticidad; la causticidad continúa y va hacia los pecadores, en el Infierno, pero sin la luminosidad, sólo con la causticidad. Por eso, en el Infierno habrá este terrible suplicio, tortura o tormento, por la causticidad de la divina doxa-gloria de la divina luz o energía increada sin la luminosidad.

Y estas cosas, hijos míos, podemos tenerlas también en la luz creada, como una icona-imagen, para que podamos captar qué pasa y qué ocurre en la Realeza increada de Dios y qué ocurre en el Infierno. Por eso he permanecido sólo en estas dos cualidades de la luz: la causticidad y la luminosidad.

Y continúa el escritor sagrado diciendo: “…y sirvan las lumbreras grandes, es decir, el sol y la luna y también las estrellas, como signos o señales para distinguir, indicar los tiempos, los días y los años; y luzcan en el firmamento del cielo para iluminar la tierra” (Gen 1,14).

Pues tenemos cuatro elementos, que son más allá de su luminosidad. Veis que tenemos la luminosidad del sol, cuántos bienes nos da la luz del sol sobre la superficie de la tierra. Porque sin la luz del sol nada puede vivir. Pero, además de la luz, tenemos también otro beneficio.

Tal como vemos aquí, las lumbreras se pusieron como signos o señales para que indiquen tiempos, días y años, es decir, medición del tiempo.

Aún, si queréis más, aquello de “signos” no es sólo medición del tiempo; lo veremos a continuación, pero es algo más allá de la simple luminosidad y vitalidad que nos regala, sobre todo la luz del sol. Vamos a ver estas cosas con brevedad, que ciertamente son muy importantes.

En principio, son los signos. ¿Cuáles son estos signos? Son los signos meteorológicos, fenómenos meteorológicos naturales, como la humedad, el frío, el mal tiempo, la tempestad, que todos ellos se condicionan por los cuerpos celestes y por su posición respecto a la tierra, o más bien, la posición de la tierra hacia ellos.

Como sabréis, la tierra es y está declinada, está inclinada sobre su eje de modo que su hemisferio norte, en el que nos encontramos, reciba los rayos del sol lateralmente y se exponga más que el hemisferio sur, entonces, obviamente, tenemos invierno. Así tenemos el fenómeno del invierno, que significa hoy humedad, frío, mañana buen tiempo, después mal tiempo y nieve, tempestades del mar, vientos etc.; todos estos elementos son signos que se crean por la posición o la relación de la tierra frente a los cuerpos celestes.

Además, hay signos -aquí me gustaría que pusierais atención- que también son espirituales. Es decir, mientras tenemos el sol, la luna y las estrellas, que son cuerpos físicos, simultáneamente también nos dan signos o señales espirituales. Os voy a decir algunos.

Como os acordaréis, Jesús de Naví había pedido en su oración que se alargara el día, para que el resultado de los hebreos contra los enemigos fuera vencedor. Y dijo Jesús de Naví: “Que se detenga el sol”, y frenó el sol. Es decir, no tenía este andar del sol -entendéis que ahora os hablo de modo popular-, el sol que va de oriente a occidente; sino que “se detuvo, paró”. Este “se detuvo” es un signo, pero un signo que no es natural, es un signo espiritual. Esto fue resultado de la oración de un hombre, que, para su éxito, Dios, como dueño del todo, puede conceder.

Además, no tenemos sólo la parada del sol, sino también el retroceso del sol. Es decir, el sol, mientras se mueve de oriente a occidente, se mueve también desde occidente hacia oriente. Esto ocurrió en la época de Isaías, cuando dijo su grandiosa profecía: “El Señor mismo os dará una señal o signo: he aquí, la virgen encinta dará a luz un hijo que se llamará Emmanuel” (Is 7,14). Emmanuel quiere decir “Dios entre nosotros”. Es decir, ¡que éste será Dios!

Fue un signo, pero este signo se debería confirmar, y se confirma con otro gran signo o señal, natural: el retroceso del sol. En aquella época tenían relojes solares con graduaciones, e inmediatamente las graduaciones empezaron a indicar que el sol retrocedía, volvía hacia atrás. ¡Es maravilloso, es un milagro verdadero!

De todos modos, era un signo que indicaba otro signo: el signo de la humanización, encarnación de Dios. Y signo o señal, en el lenguaje de la Santa Escritura, quiere decir milagro. Dice que: “Jesús hizo signos, señales…”; es decir, milagros (Mt 12:39, Mrc16:17, Luc 11:29, Juan 2:11·18·23).

Aún os recuerdo la estrella del Nacimiento de Cristo. Esto también fue un signo, una señal. Pero, ¿era una estrella natural? El año pasado os lo expliqué en las dudas: no fue una estrella natural, pero parecía una estrella sobre el fenómeno (lo visto), y esto nos muestra el lugar del nacimiento de Cristo.

Pero tenemos aún un fenómeno físico claro, que recibe la influencia inmediata de la voluntad de Dios y sale de sus límites naturales: el oscurecimiento del sol en la crucifixión de Cristo, durante tres horas, en toda la tierra (Lc 23,44). Cuando el ecatóntarco o centurión vio que el sol se oscurecía sin que hubiera un eclipse, se extrañó y se asustó mucho (Mt 27,54).

Lo importante es que la ciencia, retrocediendo, no registró un eclipse en aquel tiempo. (Pero ahora sí, unos astrónomos chinos hace unos años demostraron científicamente que hubo un eclipse). San Dionisio el Areopagita nos ha transmitido sobre este tema que se ve claramente que fue un fenómeno universal. Y, aun si quisiéramos hablar de eclipse del sol, no podemos, porque nunca queda total oscuridad en toda la tierra, y la Santa Escritura deja claro este hecho: “Y cierto que desde la hora sexta (doce del mediodía) hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora novena tres de la tarde”, dicen los evangelistas (Mat 27:45, Mrc 15:33, Luc 23:44).

Tenemos también la tradición de san Dionisio el Areopagita sobre este tema, y se que esto entonces fue un fenómeno universal. Según los Hechos de los Apóstoles, cuando el Apóstol Pablo visitó Atenas y predicó al Areópago: “Algunos, sin embargo, se unieron a él, le siguieron con confianza y creyeron en su kerigma; entre ellos se encontraba Dionisio el Areopagita, una mujer llamada Dámaris y algunos otros” (Hechos 17:34). Cuando Cristo fue crucificado, y sucedió el eclipse por tres horas, san Dionisio el Areopagita se asombraba diciendo: «O bien un Dios sufre, o el universo entero se desintegra». El oscurecimiento, pues, del sol no fue resultado de un eclipse, porque durante tres horas permaneció la oscuridad. Es conocido que nunca dura un eclipse de sol tres horas, sino solo unos minutos.

 Por tanto, aquí vemos un signo natural que mostraba otro: el signo espiritual; que el Hijo de Dios murió sobre la Cruz, teniendo sarx- carne y cuerpo mortal, como resultado de la maldad de los hombres. ¡Asombroso!

Pero esperamos aún otros o señales signo. Son los signos esjatológicos que nos refiere el libro del Apocalipsis. Allí dice que “el sol y la luna se oscurecerán y las estrellas estarán cayendo” (Apoc 6:13 y 8:11-12 y 9:1). Estos signos son muy importantes y los llamamos Σημεία των καιρών (símia ton kerón): “signos o señales de los tiempos”, no del tiempo meteorológico sino del tiempo espiritual.

El mismo Señor, el Creador de todo, nos da en esta ocasión a ver las cosas así; lo vemos en el Evangelio de Mateo, diciendo lo siguiente: “Y por la mañana miráis y decís: Mal tiempo hoy, porque el cielo está enrojecido y nebuloso. Hipócritas, sabéis distinguir los fenómenos del cielo, en cambio las señales (signos) del tiempo, es decir, los milagros que yo hago, que testifican que han llegado los días del Mesías, ¿no las sabéis y no las podéis distinguir e interpretar?” (Mt 16,2-3). Hipócritas: los signos que dan los elementos meteorológicos los conocéis, y las señales o signos de los tiempos espirituales, ¿no las conocéis, no las veis? “

¡Han visto!… Por eso dice san Ignacio de Antioquía en una carta a su discípulo Polícarpo: “Estudia y aprende bien los tiempos, los signos de los tiempos, los tiempos espirituales, y espera, anhela a Aquel al que estamos esperando: Jesús Cristo”.

Es decir, los signos de los tiempos, las señales espirituales, son cuando vemos a la gente caer mucho con la cara en los pecados, en el fenómeno o signo de la apostasía, etc., y decimos: el Señor está cerca, está cerca Cristo, que no tardará en venir.

Estas, pues, hijos míos, constituyen los signos o señales de los tiempos.

Pero, si el sol y la luna se hicieron para que se distingan los tiempos, entonces se excluye toda astrología y toda teratología (bestialidad o bestiología).

¿Qué es la astrología? Ay de esta contemporánea manía: aunque siempre existió y ocupó a los hombres, en nuestra época se ha convertido en una manía. No hay periódico ni revista que no publiquen un plano zodíaco-astrológico en el que os informan cada día cuál será el camino astral y vuestra suerte, y qué os va a pasar durante ese día. Es decir, nos dejamos aconsejar y ver qué decisión tomaremos influenciados por ello, y cómo nos comportaremos y nos moveremos hoy.

¿Tienen algo las estrellas que decirnos? Que Dios nos guarde. El camino de nuestra vida lo regulan Dios y nuestra voluntad.

¿Las estrellas influyen sobre la tierra para que digamos: “nací tal día y fecha y estoy bajo la influencia de tal o cual estrella, y debo, bajo estas influencias astrales, estar toda mi vida”? No, esto es una necedad. Dios nos guarde de semejante cosa.

Atención, hijos míos, nunca os ocupéis con la astrología. Nunca digáis ni penséis qué tienen que decirme las estrellas, ni busquéis con una curiosidad, siempre enfermiza, aquellos planos astrológicos en los periódicos o en las revistas para saber de qué se trata o qué suerte me depara. Os informo que se trata de un pecado muy grande, porque allí tenemos los signos o señales del diablo.

Dios, para castigarnos, deja a veces que salgan aquellas cosas que consultamos —es terrible para uno tener que decir esto: es espíritu de engaño. Si uno consulta aquellas listas zodiacales astrológicas y le salen lo que escriben, entonces, sepa que Dios le ha abandonado. Le ha concedido un espíritu de engaño para que se verifiquen por él mismo y él creerlas y permanecer en ellas. Y si alguien le aconseja que se marche de estas cosas, le responde: “¿Qué dices? ¡Si salen, son verídicos!”.

¡Aquí está la desgracia! ¡Atención! Esto lo confesaréis en vuestra Confesión, si os habéis ocupado de estas cosas: la astrología, el zoroastrismo, las cartas astrales, etc. Tened cuidado: este pecado es muy serio. El diablo hace así las cosas para que los hombres reciban influencias de los cuerpos celestes. Cuidado: si creéis en influencias astrales, son la puerta de Satanás.

Pero vamos más abajo.

Los cuerpos celestes fueron puestas también para otro propósito y objetivo. Veamos pues, que es καιρός, οἱ (kerós i), tiempo, tiempos. ¿Qué son los tiempos? Son espacios de tiempo, los tiempos de siembra, del florecimiento, de la cosecha; es decir, cuándo araremos, cuándo sembraremos, cuándo segaremos, etc.

 Καιρός (kerós), tiempo, es también la época que emigran las aves. Por ejemplo, las golondrinas son admirables meteorólogos: ven cuándo tienen que salir hacia los países del norte y cuándo han de volver al sur.

También καιρός (kerós) es el tiempo de las temporadas o los cursos comerciales o los escolares. Decimos que empezamos ahora las fiestas de Navidad, o en la enseñanza es el septiembre que comenzamos el curso escolar, etc.

Καιρός (kerós) también son los viajes, que antiguamente se movían con los tiempos, porque no tenían el petróleo ni la electricidad; con los medios de locomoción de entonces y con la fuerza del viento debían navegar los barcos y calculaban las tempestades.

En otras palabras, καιρός (kerós) es la medición de los movimientos y las actividades. Es aquello que dice la sabiduría de Salomón: “cada cosa en su tiempo”. ¡Cuán sabio es esto!

Si leéis este libro, veréis que dice que hay tiempo de silencio y tiempo de hablar; tiempo para reír y tiempo para estar de luto. Si te ríes allí donde los demás están de luto, eres un imbécil, estás haciendo el ridículo. Si hablas donde los demás están en silencio, eres idiota o necio. Hablarás cuando se debe hablar; no hablarás cuando no debes hablar. La regla de oro que da la medida de prudencia en cada hombre, es ésta de la Santa Escritura: poder hacer siempre en cada tiempo aquello que se debe.

Estas cosas sobre los tiempos.

Pero, los cuerpos celestes fueron puestas también para una tercera razón; para indicarnos los días, los períodos de rotación de la Tierra alrededor de su eje. Veis qué bien lo ha hecho Dios: día y noche (24 horas), día y noche (24 horas), y así contamos estas sucesiones de la luz del sol. Día es que hay sol y noche es la falta del sol, y así tenemos las veinticuatro horas. Así puedo medir los días y tengo el séptimo día para discernir el día del descanso. Aún el primero de mes, del año, aún las fiestas. ¡Qué sabiduría! Todo lo concerniente a los cuerpos celestes, tal como los ha colocado Dios.

Y un cuarto propósito de los cuerpos celestes es para poder medir los años. Tenemos los años lunares, pero la medición lunar no la utilizamos hoy día. Tenemos los años solares, que son los que utilizamos. Cuando decimos “un año” es una plena y total traslación de la tierra alrededor del sol. Y éstas son las reglas para que sea medido el año. Los años son para para medir grandes espacios de tiempo. Decimos: tantos años después de aquel acontecimiento.

Y aún para hacer una verificación de las épocas del año, revocación o rectificación de los fenómenos. Decimos que ahora estamos en otoño, en primavera, etc. Es decir, para conocer cuando tenemos las cuatro estaciones del año.

Aún otro propósito es para medir también la vida del hombre. Si no existiese esta manera de medir el tiempo de nuestra vida, seríamos como los animales que se mueven sin tener el sentido del tiempo como nosotros. Los animales no tienen el sentido del tiempo como medición y no saben que morirán, pero el hombre sabe que morirá. Y esto le atribuye una gran tragedia al incrédulo, pero si es un hombre con fe supera esta tragedia. ¿Por qué? Porque cuando uno es fiel piensa que el tiempo se le ha dado es para la μετάνοια (metania: introspección, arrepentimiento, conversión y confesión), porque el tiempo está cada vez más cercano para irse de esta vida física hacia la patria eterna. “No nos atemos a viejas formas y cosas del mundo; porque no tenemos aquí abajo ciudad y patria permanente, sino que busquemos a ganar la futura y eterna, es decir, el reinado de la realeza increada y celeste del Señor” (Hebreos 13: 14). ¿Y cómo se hace esto? Se hará cuando podamos contar nuestros años de vida.

Así pues, hijos míos, no estamos solos en el universo, tenemos el sol, la luna y las estrellas, que influyen sobre nuestra tierra, como os dije, de diversas maneras. El sol y influyen sobre la vida con el calor, con las alteraciones naturales, con fenómenos como la lluvia, etc. Pero la Luna influye sobre nosotros con las mareas y otros fenómenos que provoca.

*(Según un estudio publicado recientemente en la revista científica Earth and Planetary Science Letters, la Luna, más allá de ser la joya más hermosa de nuestro cielo nocturno, es una razón por la cual nuestra vida sigue siendo segura. Aunque se encuentra a 384.403 kilómetros de nosotros, los científicos han descubierto que su gravedad activa la aleación de hierro y níquel en el núcleo de la Tierra, manteniendo así fuerte el campo magnético terrestre, el cual protege la vida de las diversas partículas provenientes del Sol.) Todas estas cosas tienen su valor y dan la vida y el movimiento a nuestro planeta, nuestra tierra.

Pero existe también un concepto secreto y místico sobre el sol y la tierra. ¿Cuál es? Es que la luna es el símbolo del cambio, de la alteración de las cosas terrestres. Como tiene fases, cambia la luminosidad de su disco. Y el sol es el símbolo de la estabilidad de las cosas celestes.

Así vemos bellamente en el libro del Apocalipsis, en el capítulo doce, que “la mujer”, que es la Iglesia y la Θεοτοκος Zeotocos, está envuelta del sol y pisa encima de la luna, lo que significa que pisa encima de las cosas terrenales, provisionales y cambiables, para venir después a quedarse sólo con las celestes, lαs cuales la envuelven, ya que está rodeada por el Sol.

Aquí, hijos míos, cerramos el tema del cuarto día, con los cuerpos celestes. Ya que se acercan las Navidades os deseo felices fiestas.

Domingo 19 de diciembre 1982.

 

10ª Lección (homilía): Quinto día creativo. La creación de los peces y las aves.

 

Como os acordaréis, hijos míos, habíamos analizado las cosas de la creación del cuarto día, que se refería a los cuerpos celestes: el sol, la luna y las estrellas. Ahora venimos al quinto día creativo, permaneciendo siempre en el primer capítulo del Génesis.

«Y dijo Dios: «Que las aguas produzcan peces con almas vivas o vivificadas, y aves que vuelen por encima de la tierra, sobre el firmamento del cielo”; y así se hizo. Y Dios hizo los grandes cetáceos y toda psique viviente de pez que produjeron las aguas según su especie y género, y toda ave según su especie. Y vio Dios que esto estaba bien. Y Dios los bendijo, diciendo: “Sed fecundos, multiplicaos y llenad las aguas del mar, y multiplíquense las aves sobre la tierra”. Y se hizo tarde y se hizo mañana: día quinto» (Gén 1,20-23).

Así pues, durante el quinto día creativo tenemos la creación de los animales acuáticos y las aves. Los animales terrestres se crearán durante el sexto día creativo, al final del cual tendremos también la creación del hombre, quien es la última palabra de toda la creación de Dios.

Como percibís, durante el quinto día creativo tenemos el gran momento de la creación de la vida animal, después de la creación de la vida vegetal que se hizo, como os acordaréis, el tercer día creativo. ¡Es muy grande este momento durante el cual se crea la vida animal, el fenómeno de la vida!… ¡Es el elemento más maravilloso y más sabio de la creación del mundo visible!… *(Es la segunda vez que el texto hebraico utiliza el verbo “bara”, que significa creo desde el cero o de la nada, y esto porque realmente la vida animal no provino de una vida anterior.)

¿Cómo se crea esta vida?

«Y dijo Dios: “Que las aguas produzcan los animales acuáticos, en psiques vivas, vivificadas o animadas, y aves que vuelen por encima de la tierra y del firmamento del cielo”; y así se hizo» (Gén 1,20).

Cuando aquí dice “animales acuáticos” que nadan en el agua. Por eso exactamente los llama ερπετά (erpetá: reptiles), porque se arrastran como si se deslizaran dentro del agua, y esta natación es una especie de deslizamiento. Los animales acuáticos se arrastran, reptan en el agua, como reptan los reptiles encima de la tierra. Por eso todos estos que están en las aguas, en los mares por la Santa Escritura se llaman ερπετά (erpetá: reptiles) (Salmo 103:25, Amb 1,14, etc).

Por tanto, que no os confunda el que tengamos reptiles terrestres. Los reptiles terrestres como las serpientes y otros terrestres se harán el sexto día creativo. El cocodrilo se hizo el quinto día creativo porque es un animal acuático, lo mismo que la rana. Estos son animales acuáticos, porque pueden vivir también fuera del agua. Tenemos algunos animales que viven en las dos partes, en el agua y también afuera., y se llaman αμφήβια (anfibia: los que viven en dos ámbitos).

Solo quería aclararos que aquí con la palabra ερπετά (erpetá: reptiles), se entienden todos aquellos animales que viven en las aguas.

Así que, cómo se crea la vida: «Y dijo Dios: “Que las aguas produzcan…”

Dice san Basilio en su Hexaémeron o Los seis días una frase muy bella: «La voz de Dios que dijo “que se haga la vida” es pequeña o, mejor, no hay nada de voz, sino una inclinación viva e impulso de la voluntad de Dios”. Porque tendría que escribirse de una manera y ser escuchada por Moisés, a quien Dios le apocalipta (revela) cómo se hizo la creación, para poder describirla tal como la escuchó de Dios, para que no crea Moisés que la vida acuática fue hecha automáticamente o al azar. Pero ni siquiera existe voz. Entonces, ¿qué hay? Como dice más abajo, una propensión, es decir, una inclinación o un impulso fuerte de la voluntad: Dios quiere que se haga esto y se hace esto dice la Santa Escritura, Dios “Hizo lo que quiso”».

Pero atención aquí: ¿cómo se crea esta vida animal o, mejor dicho, ¿dónde se crea esta vida animal? Se crea dentro de las aguas. En cambio, nuestro planeta es inicialmente inanimado, sin vida; Dios procede el tercer día al reino vegetal. Ahora procede a la creación del reino animal, y empieza a llenarse nuestro planeta de vida. Veremos -y esto lo sabemos hoy, y también por la Santa Escritura- que tanto la vida vegetal como la vida animal en nuestro planeta, literalmente están atascadas de vida: no hay un milímetro cuadrado donde no haya vida.

Si tomáis tierra -obviamente no de grandes profundidades- y la observáis con el microscopio, veréis miles y millones de microorganismos, ya pertenezcan al reino animal o al vegetal, microbios, etc. ¡La vida literalmente abunda y se acumula!

Y la vemos sobre todo si salimos fuera de una manera sensible de la siguiente forma: veis rocas, peñascos sobre el mar; tal como las atacan las olas, ¡estas toman sobre sí vida y esta permanece, sea vegetal o animal! ¡Veis muchas veces rocas en las montañas, llueve y veis que toman y tienen vida encima de ellas! Los ladrillos de los tejados de las casas, veis que verdean cuando llueve, con la humedad y la lluvia desarrollas estos vegetales parasíticos. ¿Por qué verdean? ¡Porque allí va y se asienta la vida vegetal!

En todas partes está la vida, sea vegetal o animal; realmente la vida abunda hasta en una milésima de centímetro cuadrado sobre nuestro planeta.

Pero ¿dónde se ha creado primero la vida animal, el reino animal? Nos dice la Santa Escritura: «en las aguas»; esto también nos lo dice la ciencia. Esto sorprende: vemos cosas que la ciencia observó mucho más tarde, pero que el Logos de Dios ya había revelado/ apocaliptado. Así pues, la primera vida animal realmente se hizo en las aguas.

Y una cosa más sorprende: que Dios hace primero a los que están dentro de las aguas del mar. Pero aquí la Santa Escritura, cuando dice «aguas del mar», se refiere a todos los sistemas de agua, sean dulces o salados: ríos, lagos o lo que hoy llamamos mares salados.

Sorprende también que la creación de los animales acuáticos preceda a la de las aves. ¡Otro signo admirable que se verifica hoy!

Dios hizo primero los animales acuáticos y después las aves.

 Aquí me gustaría deciros algo.

Mientras la Santa Escritura describe el orden de la creación del reino animal, lo hace de los más inferiores a los más perfectos, porque el ave es un animal más perfecto que el acuático. Sobre todo, los animales que están dentro del agua están incomunicados en relación con el hombre. No tienen voz, o si la tienen, nosotros, al menos, no la escuchamos. Puede ser que tengan sonidos muy desarrollados, pero en relación con el hombre no tienen comunión. ¿Habéis visto alguna vez al hombre domar peces o estar en verdadera compañía con ellos? Nunca. Los peces no tienen comunión con el hombre. [Se excluyen los cetáceos, formalmente llamados cetáceos mayores, que no son peces, sino grandes mamíferos marinos perfectamente adaptados a su entorno; entre ellos se incluyen los delfines y las ballenas.]

Pero las aves sí tienen una mayor comunión, y más aún los animales de vigilancia, que son animales más perfectos. Y también los mamíferos, tienen aún mayor comunión. Observad cómo avanza la creación: comenzamos de los menos perfectos hacia los más perfectos.

Esto no significa, sin embargo, que exista una evolución de los peces que salieron a tierra y constituyeron las aves, como plantea la famosa teoría de la evolución, la cual trataremos en otro capítulo. Aquí la Santa Escritura nos dice claramente que Dios crea los seres de los menos perfectos a los más perfectos, pero dentro de su género o especie.

Como veremos más adelante, existe una insuficiencia interpretativa en el tema de la evolución de los seres o entes. No podemos afirmar que realmente haya evolución de una especie a otra de lo menos perfecto a lo más perfecto de manera evolutiva. La teoría de la evolución es insuficiente, tiene muchas fallas, muchas indicaciones, pero carece de demostraciones concluyentes.

Lo que sí nos dice la Santa Escritura es que Dios crea las especies según su género. Escuchad cómo lo expresa: «Y Dios hizo los grandes cetáceos y toda psique viviente de peces, los cuales produjo en las aguas según su especie y género, y toda ave según su especie» (Gén 1,21). Dios hizo los cetáceos —como ballenas, tiburones, focas, delfines— y los peces según su especie y género, y las aves según su especie y género. Es decir, cada uno según su especie y género: los peces producen peces y las aves producen aves; los peces no hicieron las aves. Habéis visto que la Santa Escritura, el logos de Dios lo dice dos veces para enfatizar o como si nos revelara que la teoría de la evolución no tiene valor frente a la verdad revelada por Dios.

No olvidemos que, a lo largo de la historia, los hombres se han fatigado con teorías, especialmente científicas. Pero las teorías pasan y una sustituye a otra; el logos de Dios permanece inamovible y constante, conteniendo la verdad. Esta verdad es de apocálipsis, de revelación: no la hemos inventado ni imaginado, sino que Dios mismo nos la ha revelado/ apocaliptado.

Así, tenemos una praxis creativa particular para los peces y otra para las aves; no hay mezcla de géneros, cada uno permanece en su propio género.

Cuando uno viera que la vida sale de las aguas, creería por sí mismas las aguas crearon la vida. En concreto uno las que es partidario de la teoría de la evolución, creería que esto lo dice el texto sagrado.

No olviden que muchas veces algunos teologantes de la teoría de la evolución o teólogos que sostienen la teoría de la evolución, exactamente esto aceptan. ¡Existen también teólogos (tíos tíologos de academia, sin práctica o ascesis ortodoxa) que sostienen la teoría de la evolución!*  Pero esto no sé cómo podía calificarlo uno. Pero os digo esto: si alguien leyera la Sagrada Escritura de manera algo superficial, ¡quizás se le ocurriría algo que vio en ella, y luego podría afirmar que la Escritura habla acerca de la teoría de la evolución!

*(San Paísios, quien en su infancia recibió la aparición del mismo Cristo, contaba que, debido a una tentación de incredulidad provocada por la enseñanza de Darwin, decía: Ahora al principio para que no haya reacciones, dicen: “No negamos a Dios; simplemente, para no ir en contra de las cosas que dicen los grandes científicos, que tomamos simbólicamente el “χούν” (jun) tierra especial, (acaso hecho pone χούν y no χώμα joma tierra, para declarar algo especial) y decimos que Dios tomó el mono para el soma-cuerpo, y le sopló en la psique-alma”. Pero veréis que a continuación cuando esto lo acepten muchos Cristianos que estas cosas las interpretan con el cerebro, después dirán: “Eh bueno ahora qué más da… sopló psique-alma… ¿sobre un fu (soplo), un aire estaremos hablando? ¡Si el mono como estaba vivo tenía soplo de vida! Esta es la psique-alma, la vida. Y después de unos años, cuando ya acepten bien esto, nos dirán: “¡Quién Dios de adán y Eva…? De acuerdo, vale, no decimos que todas las cosas se hicieron solas. Existe un poder superior, la Fisis o Naturaleza” (Vida del Yérontas Paísios).

Por tanto, si uno viera que la vida nace de las aguas, lo primero que diría sería que tenemos génesis automática. Sobre la génesis automática ya he hablado en anteriores homilías: esta teoría sostiene que la vida se produce de la materia muerta, se hace sola y luego evoluciona progresivamente de una partícula a otra, ascendiendo en el escalonamiento del reino vegetal y animal.

Pero las cosas no son así. Digamos que un observador que vea la creación desde la superficie de la tierra podría pensar que la materia produce sola la vida: que la hierba surge de la tierra y los peces del mar. Sí, podría parecer que la materia muerta produce vida, pero este observador no ha escuchado el mandato de Dios, no ha percibido la voluntad divina: «Dijo Dios». La vida no surge automáticamente de la materia muerta.

Si la materia produjera la vida por sí misma, sería sabia… ¡y sería Dios la materia muerta! Y como algo así creen los hombres, llegan a dar culto y adorar la tierra y el sol, porque la tierra se fertiliza por el sol, con sus rayos y su temperatura, y produce la vida.

 En el fondo de esta creencia se sostienen todos los antiguos cultos mistéricos; algunas antiguas religiones celebraran cultos al sol o a la tierra, creyendo que estos producían la vida, es decir, creen que la materia muerta produce la vida. Pero aquí está el engaño, porque no pueden ver la voluntad y el mandato de Dios. Pero ahora nos revela/ apocalipta Moisés que: “Dijo Dios” y se hizo la vida. Así que de la materia muerta el Dios crea la vida, no automáticamente. Por lo tanto, no tenemos la génesis automática de la vida sino praxis creativa. Esto tiene mucha importancia.

Dios, hijos míos, es omnipotente. ¿De qué creó la materia? De la nada, del cero. De la nada trae la materia a la existencia y, de la materia, crea la vida y también el ser humano. Como veremos más abajo, Dios, tomando χούν” (jun: tierra especial) creó al hombre (Gén 2:7).

Pero quiere darle un soplo, que será su psique-alma, la cual no es increada; el espíritu del hombre no es deidad, ni un trocito de la deidad, es creación, es producto: Dios quiere y crea los espíritus. Como dice un Salmo: “El que hace Sus ángeles espíritus y Sus servidores llama de fuego” (Salmo 103:4, Hebreos 1:7). Por lo tanto, los ángeles y los espíritus son creaciones, porque Dios hace lo que quiere. Una cosa solo quiero recalcar, que Dios haga todas estas cosas; no se hacen solas.

La demostración de esto es evidente; se han realizado miles de experimentos para intentar repetir el fenómeno de la vida desde la materia muerta, y no se ha conseguido nada. Reproducir la vida de la materia muerta nunca ha sido posible, ni por azar, ni en laboratorios, ni se ha observado jamás génesis automática.

Para que veáis cuán ingenuo puede ser el hombre y cómo cree que es sabio, os daré un ejemplo.

¿Sabéis cómo fue apoyada científicamente la génesis automática? Porque, es cierto, que no es una nueva teoría, la creían todos los antiguos pueblos que antes os mencioné que hacían cultos mistéricos al sol y la tierra. Pero no me extenderé mucho en esto. Científicamente se sostuvo en el siglo XVII la idea de que la vida surgía de la materia muerta mediante procedimientos muy simples y absurdos. Escuchad, escuchad… ¡y esto se llamaba entonces ciencia!… Para que veáis qué tonterías dice y hace el hombre en nombre de la ciencia.

Por ejemplo, se decía: enterrad una serpiente muerta en la arena caliente del río Nilo, y después de unos días aparecerán gusanos. ¿De dónde salen los gusanos? Según ellos, “la arena caliente del Nilo los produjo”. Es ridículo para uno decir esto. Otro ejemplo: ¡tomad albahaca, machacadla y colocadla entre dos tejas; veréis que producirá escorpiones!…

Hijos míos, el tema es muy sencillo. Os recuerdo los experimentos de Pasteur, que hablábamos en una clase anterior, y también aquello “omne vivum ex vivo”, que os había dicho, la vida proviene de la vida.

¿Por qué una serpiente enterrada saca gusanos? Porque cualquier cosa que enterremos en la tierra saca gusanos. Simplemente ese organismo tenía huevos de gusanos; al ser enterrado, los huevos eclosionan, los gusanos salen, comen el cuerpo enterrado, etc., es el conocido proceso de los insectos y los gusanos.

Pues bien, los científicos de entonces decían que la materia muerta producía los gusanos. ¡Qué ingenuidad de la ciencia! Hijos míos, os había dicho aquello: la vida proviene de la vida. El fenómeno de la vida no se ha repetido en la tierra, ni tampoco por experimentos. De una vez para siempre dijo Dios que se haga la vida y se hizo la vida; y ahora la vida continúa sólo de otra manera. Dios no vuelve a crear la vida, sino que la perpetúa por medio del esperma y del óvulo. Cada ser deja su descendencia. Todos tienen “huevos”: los vegetales, los animales, incluso los mamíferos.

Por lo tanto, todos comienzan del óvulo y del esperma. Tenemos la perpetuidad de la vida no de forma automática ni de modo evolutivo, sino por género o especie, de organismos vivos, unos a partir de otros.

Entre todos los animales, incluidos los terrestres —de los que os hablaré más adelante—,

Entre todos los animales —incluidos los terrestres, de los que hablaré más adelante— hay animales útiles y otros dañinos. Por ahora, me limito a preparar gnoseológicamente el terreno; cuando abordemos con mayor detalle el tema de la evolución, desarrollaré este punto con más profundidad.

Uno podría preguntarse: “¿cuándo hizo Dios los animales dañinos después de la caída de los primeros creados o antes? Sabemos que la dañosidad (o lo dañino) de ciertos animales y vegetales es peligrosa para el hombre. ¿Apareció esto después de la caída?” No. Dios hizo tanto los útiles como los perjudiciales antes de la caída, pero con una diferencia: no podían perjudicar al hombre. Os diré algunos ejemplos.

La serpiente es venenosa, pero su veneno lo tenía desde el principio. Del mismo modo, los microbios dañinos existían desde el inicio. Sin embargo, el hombre era inmune, invulnerable. La serpiente no lo atacaba ni le molestaba, y los microbios no lo perjudicaban. Es decir, el organismo del hombre era inmune: no se veía afectado por la presencia de microbios. Cuando el hombre pecó, entonces enfermó; es decir, se debilitó, y al debilitarse recibió el ataque de los microbios y de los animales dañinos, incluso de los vegetales perjudiciales, se entiende si los prueba.

Lo mismo ocurre con los narcóticos. En principio, Dios los hizo, pero eso no significa -como dice san Basilio- que todo lo que existe en la creación tenga que pasar por nuestro vientre o estómago. Es importante comprender esto: Dios hizo muchísimas cosas que, sin duda, no están destinadas a nuestro consumo. A pesar de ello, nosotros queremos pasarlo todo por nuestra panza, es decir, probarlo todo.

Si Dios hizo el opio, es decir, las plantas que producen narcóticos, drogas esto significa que pueden utilizarse para ciertos fines, no para lo que hacemos hoy tomando drogas.

Cuando Dios hizo la planta del tabaco, no quiso decir que debamos convertirla en cigarrillos para fumar, pues es natural que nos perjudique.

Entonces, ¿por qué Dios hizo el tabaco con nicotina, que es perjudicial, un veneno? ¿Y quién ha dicho que los venenos no pueden ser útiles, incluso sanadores, como elementos terapéuticos? No son comestibles, ni están hechos para que los fumemos. Pero tienes elementos terapéuticos.

Entendéis, pues, que Dios hizo tanto las cosas útiles como las perjudiciales entonces cuando creó todos los seres y entes.  Según san Basilio, los animales se distinguen en cuatro categorías: útiles, bellos, agradables y didácticos.

Esto significa que algunos animales son útiles y benéficos para comerlos y alimentarnos. Otros son muy bellos para verlos; a veces también un animal bello puede comerse, pero existen otros que podemos contemplarlos sin poder comerlos, porque no son útiles son dañinos.

-¿Por qué estos animales son bellos?
Hijos míos, no olvidéis que la estética también es alimento de la psique (alma). La estética no es un lujo, sino una necesidad de la psique.

Una vez un maestro ruso, en la época de la Ocupación Alemana, que estaba en la cárcel solo con cuatro paredes y era muy deprimente, no decía que deseaba si viniera algún periódico en la cárcel, sacaría sus iconas, imágenes y las pondría a la pared.

Porque cuando colgamos las iconas de Cristo y de la Panaghía en la Pared, pero también pinturas, cuadros, cuando pintamos las paredes, ¿qué creéis, que esto es lujo? No ¡Es una necesidad de la psique-alma hijos míos!

Es impresionante que el hombre de las cavernas pintara las paredes del interior de la cueva que habitaba. Hoy encontramos pinturas antiquísimas, prehistóricas. El hombre tenía necesidad de pintar. Por lo tanto, la estética es una necesidad de la psique. Es muy interesante, llámese pintura, llámese música, todo lo que generalmente es calificado como bello, es necesidad de la psique-alma.

Así pues, Dios, para satisfacer la psique-alma humana, hace también cosas ha hecho también animales bellos.

Paro ha hecho también las cosas agradables y las didácticas. ¡Hay animales, insectos, aves y peces que muestran virtudes… y otros que manifiestan maldades! Naturalmente, ni unos tienen virtud moral ni los otros tienen maldad moral, porque las virtudes y las maldades son obras de la libre voluntad, que maneja el hombre y sólo el hombre es libre. Pero por naturaleza presentan comportamientos que nos enseñan.

Por ejemplo, podéis ver la paloma, que ama la vida familiar. Hay aves, como el pelícano, que, si muere uno de la pareja, el otro permanece viudo toda su vida y no vuelve a unirse. Para enseñarte, como dice san Basilio, que no debes buscar segundos, terceros o décimos matrimonios: si ha muerto tu marido o tu mujer, no vuelvas a casarte. Esto nos lo enseña el animal, el ave.

Las hormigas son laboriosas, como también las abejas, las cigarras son perezosas, y también lo es muchas veces el hombre. En todos estos animales vemos enseñanzas. Por ejemplo, el cerdo: límpialo y lávalo, y enseguida volverá a meterse en el barro y a ensuciarse. Te enseña, hombre, que si te limpias del pecado con metania (arrepentimiento, conversión y confesión), no debes volver a meterte en el fango del pecado. La gata, si se le arroja algo encima, inmediatamente se limpia; no acepta sobre sí misma ni siquiera su propia suciedad. ¿Quién la enseñó a la gata a ser limpia, incluso donde pone sus excrementos? Sí, hijos míos, para decirte que no debes ser un hombre sucio.

Tenemos muchísimos otros ejemplos similares de los animales. Así pues, ¿qué hacen los animales? Enseñan, tanto positiva como negativamente, qué debemos hacer y qué no debemos hacer.

Me diréis: ¿por qué Dios hizo esto?

Porque preveía que el hombre caería.

El hombre tiene conciencia; tiene inscrita en sí la ley de Dios; no tendría necesidad de aprender de la creación. Dice Pascal que cuando Dios te lleva a aprender cosas del reino animal y vegetal, significa: que eres “pobre y desgraciado hombre, estás caído… ¡ya que aprendes de las cosas que son inferiores a ti!”

Así pues, como el hombre destruiría en su interior la ley innata de Dios, la ley de la conciencia, Dios puso virtudes y pazos (defectos) en los animales para enseñarnos de algún modo y ayudarnos a regresar al camino recto. Por eso la creación nos beneficia tanto y nos enseña mucho, con tal de que tengamos ojos limpios y lúcidos.

Dice san Nicodemo el Aghiorita que, si tienes ojos limpios, lúcidos y puros puedes aprender muchas cosas de la creación. Escuchad algo admirable de san Isaac el Sirio, que, viniendo del mundo ascético, tiene gran importancia. En su Logos 23.º dice: “Lee continuamente, sin saciarte, en los libros de los maestros sobre la providencia de Dios, sobre la creación, los animales, los vegetales, etc., porque estas cosas conducen el nus (espíritu) junto con nuestra mente a ver con claridad la luminosidad de Dios, ¡cómo ha creado todo y con qué sabiduría!”.

Y yo os sugeriría: alejaos de las revistas impuras de hoy y leed libros que se refieran a la creación de Dios, porque así tendréis ojos limpios y puros y os beneficiaréis de verdad. Pero también observad vosotros mismos la creación. Todo esto, con gran sabiduría, lo hizo Dios para indicarnos quién es Él y cuánto nos ama a nosotros, los hombres.

Desgraciadamente el tiempo ha pasado, este poco que queda os iré algún ejemplo, en plan rápido, precisamente para edificarnos espiritualmente, no para pasar el rato.

La abeja todos la conocéis. ¡La bendita abeja… tiene compuestos dos ojos enormes, que están constituidos de seis mil ojitos pequeños! Por supuesto que la abaja no ve colores, ve únicamente blanco y negro; pero ve tan bien, que todos envidiaríamos la abeja con sus seis mil lentes en cada ojo.

Puede oler una flor de una manzana en una distancia de un kilómetro o más lejos e ir a vendimiarlo, chupar el néctar de esta flor. ¡Esto impresiona!

La abeja tiene una vida social muy bien organizada, que sin duda la envidiarían los hombres; tiene leyes muy estrictas, es muy labradora y ordenada. ¡La abaja no tiene en su comunidad miembro que sea anarquistas… Todas las abejas son ordenadas y obedientes y en un grado sorprendente! Tiene sumisión, obediencia, muestra cariño a las pequeñas abejitas, etc. Con qué cuidado y espero se preocupan por las nuevas abejitas…

Los zánganos, las abejas machos que no hacen miel, después de cumplir su función, son sacrificados. Se colocan como guardias las obreras allí, en la entrada de la colmena, y no dejan pasar a ningún zángano al interior de la colmena. Sí, no lo dejan. Pero en Suecia, cuando alguien consume drogas a la edad de veintisiete años, se le considera incapaz, inútil, y le dan una pensión. En la colmena, en cambio, si alguien es ocioso, un zángano inútil, ¡no entra dentro!

Estas cosas hacen los animales, hijos míos. He aquí por qué debemos volver a los animales. Si no abrimos el Evangelio, entonces debemos volver a la naturaleza para recibir clases de comportamiento social.

En el panal —que no es más que un rombo hexagonal, como todos habréis visto— la bendita abeja resuelve un problema de matemáticas superiores. Una vez me tocó a mí este mismo problema en los exámenes. Es el llamado problema del mínimo y del máximo. Este problema dice lo siguiente: cómo obtener la mayor capacidad con la menor cantidad de material; por eso se llama problema del máximo y del mínimo.

Este problema, hijos míos, lo resuelve la abeja con sus celdas hexagonales, sus panales, que solo bajo un ángulo determinado cumplen el verdadero propósito. Y calcula realmente hasta el último y segundo de grado para formar los ángulos correctos, de modo que se cumpla su diseño.

Además, posee un sentido innato de la vertical y la horizontal. Si inclináis un poco la colmena y la dejáis torcida, la abeja no construirá el panal torcido, sino siempre con base en la vertical.

Todo esto, naturalmente, Dios Logos lo ha otorgado a los insectos, a las plantas y a los animales, para mostrarnos Su sabiduría.

Pero, ¿qué decir y qué omitir…? Observad la maravillosa comunidad de las hormigas; cuántas cosas aprendemos de ellas… Qué decir del Murciélago, todos conocéis el radar que tiene… Y también está el águila, que resuelve el problema de la ruta más corta. Como sabréis, la ruta más corta no es la línea recta, sino una curva. Y la luz, de igual manera, a grandes distancias no sigue la línea recta, sino una curva.

Como dice también San Basilio el Grande: «qué decirles primero… qué describirles y qué omitir… En medio de los ricos tesoros de la creación, es imposible hallar cuál es el más valioso, y sumamente penosa es la pérdida de lo que se ha pasado por alto» (Exaímeros, 6 Días, homilía 5).
Ha pasado el tiempo, y solo les diré esto, niños: que todo esto, con muchísima sabiduría, lo hizo Dios, para mostrarnos quién es y cuánto nos ama Dios a nosotros, los seres humanos.

Domingo 9 de enero 1983.

 

11ª Lección (Homilía): La creación de los animales terrestres. La teoría de la evolución

 

Ya entramos, hijos míos, en el sexto día creativo y el último, que se refiere a la creación de los animales terrestres y a la creación del ἄνθρωπος (ánzropos: ser humano, el hombre). Porque en el sexto día fue creado también el hombre, del cual hablaremos especialmente y con mayor profundidad una vez que hayamos terminado la Cosmología Cristiana, pues entonces entraremos en la Antropología Cristiana.

Os leo el texto sagrado:
«Y dijo Dios: Produzca la tierra ψυχὴ (psijí: psique-alma) viva: seres según su género, bestias, reptiles y animales de la tierra según su especie. Y fue así. E hizo Dios animales de la tierra según su especie, y bestias según su “κατά γένος (katá yénos) según su género”, y todo animal que anda arrastrándose sobre la tierra según su especie; y vio Dios que era bello y bueno» (Gén 1,24-25).

Por tanto, vemos aquí a Dios venir a una nueva praxis creadora, dando orden para que saque la tierra, en psique-alma viva, seres según su género, que se constituyen en tetrápodos, reptiles y bestias.

Ciertamente, puesto que la exposición de lo que describe el autor sagrado es siempre de carácter popular, por esta razón explicamos lo siguiente. Los tetrápodos son animales domésticos; las bestias son animales de la jungla o del bosque; los reptiles son aquellos que no tienen patas, o las tienen muy pequeñas y dan la impresión de que se deslizan, arrastrándose sobre la tierra. Una serpiente realmente se arrastra, se desliza sobre la tierra. Pero un lagarto o un cocodrilo, que en realidad es un lagarto grande, no es como la serpiente: tiene cuatro patas, pero como son muy cortas, da la impresión de que se arrastra sobre la tierra.

Por tanto, tenemos aquí tres categorías: los animales domésticos, los no domésticos y los reptiles, los cuales, por supuesto, no se domestican, igual que los peces no se domestican, como es bien conocido.

Así pues, el reino animal cierra el sexto día con la creación de los animales.

No me gustaría detenerme mucho en este punto de la creación de los animales, como hice la vez anterior, cuando dije de forma rápida algo sobre la vida de los insectos y las aves, sobre la abeja, etc. Si tuviera que imitar a san Basilio en su exposición del Hexaímeron (los seis días), narrando varios acontecimientos del reino animal, la verdad es que estaríamos aquí horas y horas describiendo los animales.

Es tan grande la formación de ellos, tienen tantas capacidades admirables y sus vidas son tan maravillosas, que sería una bendición amar estudiar, además de los libros del colegio, la vida de la naturaleza en general: la de las plantas y la de los animales, los reptiles, los tetrápodos, las aves, los insectos, los peces, etc. Y esto amarlo.

Que no os guste leer otros libros, aquellos que estropean y arruinan la psique-alma, especialmente la joven. Amad leer los libros que os ayudarán, que os darán muchos conocimientos, que os permitirán un acercamiento más profundo a la naturaleza –físis-, a admirar a Dios, su sofía (sabiduría), su agápi (amor incondicional). Así, de esta manera, se cultiva vuestra psique-alma, vuestras emociones, vuestro espíritu, intelecto y mente, vuestra agudeza de observación y perspicacia. Todos estos son elementos muy importantes, y os lo aconsejo.

Pero no me quedaré en esto para no tardar; tenemos muchos temas que analizar y no debemos detenernos más aquí. Sin embargo, al referirnos al sexto día creativo, el de la creación de los animales terrestres, me gustaría detenerme solo en un punto.

Cuando leía el texto sagrado, habréis observado que aumentaba mi voz en la expresión «κατὰ γένος» (katá génos) según su género». Esta expresión el escritor sagrado Moisés, que habla de la creación de los animales terrestres, ¡la repite cinco veces dentro de tres líneas! ¡Cinco veces…! ¿Qué significa esto?

Permitidme decir que es como si Moisés conociera lo que sucedería alguna vez a los hombres y qué teorías dominarían, y de alguna manera asegura en el texto sagrado la respuesta sobre las cosas que se dirían en el futuro por los hombres. Por tanto, da una respuesta contundente y demoledora a aquellos que sostienen ciertas teorías que no son correctas. ¿Me entendéis lo que quiero decir? ¡Me refiero a la teoría de la evolución!

Esta es una teoría cuya formulación tiene ya más de cien años, como veremos a continuación, y cuya respuesta se encuentra ya en el logos de Dios, a pesar de que parece que algo quisiera decir sobre ella la Santa Escritura. Este κατά γένος (katá yénos) según su género”, es una respuesta; es decir, que no tenemos evolución como la perciben y entienden los evolucionistas, porque Dios crea los géneros.

(En la antípoda de la teoría de la evolución se encuentran algunas otras teorías, como la teoría de la «planificación inteligente» y la «evolución deísta»).

Y como esta teoría, según me ha informado uno de vosotros, está escrita en vuestro libro de Biología del colegio, no quiero extenderme mucho, porque supongo que ya lo sabéis. Tampoco quería extenderme, aunque esté escrita en el manual escolar, porque en realidad esta teoría está ya superada y caducada, a pesar de que parezca que todavía sigue circulando.

Así, en verdad, me resultaría aburrido y pesado referirme a cosas que ya se han superado; y, sin embargo, los hombres continúan hablando de ellas y causan mucho daño. Por eso, conociendo esta dificultad mía, me referiré a esta teoría únicamente para protegeros y para que no aceptéis estas cosas que pueden conduciros a situaciones que nunca podríais imaginar.

Cuando decimos teoría de la evolución, ¿qué entendemos?

En principio debo deciros que quien la formuló fue Charles Robert Darwin (1809–1882), inglés, que vivió en el siglo XIX. Formuló su teoría en un libro que publicó en 1859 con el título El origen de las especies por medio de la selección natural.

Darwin era un especialista en el campo de la botánica y de la zootecnia. No era exactamente un científico en el sentido moderno, sino más bien un técnico, diríamos, en plantas y animales. Hizo muchos viajes, especialmente a Sudamérica. Tenía un terreno y, como era muy observador, observaba los conejos que tenía en su propiedad; y comenzó a pensar algunas cosas que, por supuesto, los hombres siempre piensan y reflexionan.

¿Toda esta variedad de los organismos vivos tiene un enlace o una cadena entre ellos? ¿Existen de manera autónoma o quizá exista una relación entre ellos?

Tomad los mamíferos: vemos que tienen unas características comunes. Tomad las aves: también estas tienen características comunes; lo mismo ocurre con los peces. Todos los mamíferos tienen pelaje; todas las aves tienen plumaje; mientras que los peces tienen escamas. Además, vemos que los mamíferos dan a luz crías vivas, mientras que los peces ponen huevos.

Cierto que me diréis: tenemos la foca, el delfín y la ballena, que viven en el mar, pero no ponen huevos. Sin embargo, estos son cetáceos, no son peces, no sé si lo tenéis en cuenta; dan a luz crías vivas.

La foca, por ejemplo, sale también a tierra y toma el sol… Es decir, la foca no es un pez. Es cierto que tiene cola y aletas, porque debe nadar, ya que la mayor parte de su vida la pasa en el agua, pero también sale fuera. No tiene branquias, tiene pulmones; es un mamífero y da a luz crías vivas. Lo mismo ocurre con la ballena. La ballena tiene la capacidad de almacenar mucho oxígeno en sus pulmones y puede permanecer mucho tiempo debajo del agua. Después, cuando se le acaba este aire, sale a la superficie, porque no dispone de branquias como dispone un pez.

La rana, que es anfibia, tiene branquias y también pulmones; puede vivir igualmente bien tanto en el agua como en el aire. En los anfibios, los órganos respiratorios varían según el estadio de su desarrollo. Por ejemplo, la rana en la etapa de renacuajo utiliza branquias para la respiración, mientras que la rana adulta posee sacos aéreos, es decir, pulmones rudimentarios.

Además de estas excepciones, que por supuesto fueron dignas de observación -y veremos más abajo el porqué-, los animales pueden clasificarse de acuerdo con sus características generales. Los mamíferos tienen similitudes entre ellos, pero también presentan diferencias. Básicamente, las similitudes son más que las disimilitudes dentro de cada categoría. Pero ¿existe entre ellos una relación?

Es cierto que Darwin no llegó al punto de decir que la gata, el perro, la oveja, la cabra o la vaca -que son mamíferos, tienen pelaje, dan a luz crías vivas y las amamantan- tengan relación directa con el hombre. En concreto, la vaca está embarazada nueve meses; por tanto, ¿tiene alguna relación con la mujer, cuyo embarazo dura también nueve meses? Es decir, ¿el animal mamífero tiene relación con el ser humano?

El ser humano tiene pelaje, igual que el mamífero; pero ¿tenemos alguna relación? Tenemos dos ojos, igual que ellos; dos orejas, una nariz, boca y cabeza. Estas son características generales que nos hacen parecer mucho entre nosotros. Por tanto, ¿tenemos alguna relación? Esta pregunta siempre ha ocupado a los hombres.

Darwin, pues, comenzó a hacer una clasificación de las cosas e intentó encontrar una solución, un punto de partida sobre este tema.

Atención: antes de avanzar, me gustaría deciros que no hago un análisis completo de la teoría de la evolución. Solo diré unas pocas cosas para que tengáis una idea general; no entraré en muchos detalles. Observaba, pues, Darwin que, en la naturaleza, entre los animales, existe una lucha existencial. Como zootécnico, este hombre tenía una granja de conejos en su terreno, como ya dijimos. Observó- (y lo observamos también nosotros; en mi casa, por ejemplo, teníamos conejos) -que una coneja puede dar a luz diez conejitos. Estos conejitos no tienen la misma constitución corporal todos. Es decir, todos son conejos, pero uno puede ser más fuerte, otro más flaco, otro más débil o más enfermizo. Igual que ocurre con los hijos que da a luz una mujer: no todos gozan de la misma salud ni de la misma fuerza.

Estos diez conejitos que da a luz una coneja disponen de distinta vitalidad y dinamismo. Si se supone que la coneja tiene ocho tetas y los conejitos son diez, entonces dos de ellos quedan sin amamantar. Estos serán más flacos y más débiles, ya que no tendrán la fuerza necesaria para correr y amamantar primero. Los otros, en cambio, tendrán más fuerza y se engancharán con ímpetu a los pechos de su madre para comenzar a amamantarse.

Así, estos dos deberán intentar desplazar a otros para poder amamantar. Aquellos que han sido desplazados, con el apetito que tienen, intentarán a su vez desplazar a otros. De este modo se produce una lucha real por el alimento, una lucha por amamantar.

También en las gatas lo habréis observado. Por ejemplo, si una gata da a luz cinco gatitos y tiene solo cuatro tetas, sobra un gatito. ¿Qué hará este? Intentará meterse para poder amamantar.

Así pues, como estos dos conejitos que quedan siempre al final suelen ser los más débiles, como hemos dicho, serán desplazados por los más fuertes. Poco a poco comenzarán a adelgazar, no podrán crecer y, en algún momento, morirán.

Esto lo observó Darwin. Pero pensó, como buen zootécnico, en proyectar esta observación más adelante y decir: «Mi coneja parió diez conejitos, pero tiene ocho tetas. ¿Qué haré? Tomaré yo estos dos conejitos, los más débiles, que yo escogeré, y, puesto que son inútiles, los eliminaré». Atención a la palabra que he dicho: escogeré, haré una elección. Hizo una selección técnica, conociendo que estos dos conejitos no vivirían, los separó para que vivieran los que estaban sanos. Esta es una elección técnica.

Dijo, pues, Darwin: «Lo que estoy haciendo yo es una selección técnica; lo mismo puede hacer la naturaleza». A esto lo llamó selección física o natural. Esta selección natural se realiza por la lucha por la existencia, que es una lucha por sobrevivir.

En esta lucha por sobrevivir, según él, existen unas características que son mejores y más perfectas que las del que está al lado, tu hermanito. Pero cuando uno tiene unas características mejores y más fuertes que su hermano -y aquí aparece el error de Darwin, porque no era científico en el sentido moderno, sino zootécnico-, pensó que transmitiría estas características a sus descendientes.

El que ha sobrevivido habría adquirido unas capacidades y cualidades que serían mejoradas en sus hijos, y en sus nietos aún más. De mejoramiento en mejoramiento, por esta selección producida por la lucha por la existencia, comenzaría cada animal a adquirir nuevas cualidades, las cuales transmitiría a sus descendientes. Y de este modo, dijo Darwin, se produciría la aparición de nuevas especies.

[*(Sin embargo, existen paleontólogos y biólogos contemporáneos que reconocen la necesidad de redefinir la relación entre los organismos embrionarios y el mecanismo de aparición de nuevas especies. El principal motivo de esta problemática es el hecho de que, según el período geológico Cámbrico, se observa la aparición abrupta o repentina de muchas especies, sin que consten etapas intermedias en el registro fósil. Los paleontólogos se refieren a este fenómeno como la explosión cámbrica. La aparición súbita de múltiples formas de vida, junto con algunos estudios contemporáneos sobre genética molecular, ha llevado a ciertos investigadores evolucionistas a reconsiderar la versión tradicional de la teoría darwiniana. Un ejemplo significativo es el biólogo molecular Stewart Newman, quien sostuvo que es imprescindible desarrollar una nueva teoría de la evolución que pueda explicar la aparición repentina o abrupta de nuevas formas de vida. (¡He aquí la encuentras, señor, en el Génesis interpretado por el Yérontas Mitilineos!).

En concreto, Newman afirmó: “Creo que el mecanismo darwiniano que se usa para explicar todos los cambios evolutivos se sobrevalorará o quedará obsoleto, de modo que se convertirá en uno más de los distintos mecanismos y el menos importante en lo que respecta al entendimiento de la macro-evolución, es decir, de la evolución en la que se observan grandes trasvases entre los tipos somáticos (corporales)”. (Archaeology, The Origin of Form Was Abrupt Not Gradual, October 11, 2008)]

Muy brevemente os he descrito la teoría de la evolución, con sencillez y quizá con un poco de ingenuidad. Pero no penséis que exagero: aunque toméis un libro científico, así encontraréis expuestas estas ideas, como os las he dicho.

Pero os diré, hijos míos, que esta teoría encierra una gran ingenuidad, porque tampoco Darwin conocía muchas cosas. No conocía, por ejemplo, los descubrimientos de Mendel, es decir, las leyes de la herencia genética. No sabía nada de todo esto y sacó, a grandes rasgos, estas conclusiones.

Es cierto que existen otras teorías, como la de Lamarck, quien sostuvo también que los animales adquieren cualidades añadidas, impuestas por la influencia del ambiente.

Es decir, tengo dos manos. Con una sujeto mi sotana y con la otra mi paraguas. Mi sotana está hecha de tal modo que debo sujetarla; pero llueve y con la otra mano debo sujetar el paraguas. Si además tengo un bolso, no puedo sujetarlo también: necesitaría una tercera mano. ¡Y allí -según esta teoría-, en algún momento, brota una tercera mano! (No os riais…), para poder sujetar el bolso que necesito levantar.

Esto es lo que dice la teoría de Lamarck: que es necesario crear nuevos órganos, nuevas condiciones, nuevas situaciones. Y cuando vaya a dar a luz hijos, estos nacerán con tres manos. ¡Os dije que no os rieseis! He aquí, pues, la idea de que se heredan cualidades adquiridas.

Pero también esto, hijos míos, es muy anticientífico; por eso ha caído también el lamarckismo, porque se ha observado simplemente que esto no es posible, salvo en casos muy aislados y excepcionales, y que, en definitiva, no existe transmisión hereditaria de cualidades añadidas de un individuo a otro, ni mucho menos de un género a otro.

Pero mirad un momento, hijos míos. Me diréis que ahora tenemos una teoría que se llama evolución. Cuando decimos evolución, ¿qué entendemos? Debería habéroslo dicho desde el principio, pero os lo digo ahora.

Existen dos sentidos o dos formas de entender la evolución. Un primer caso es el que vemos en la creación de los seres o entes, tanto en el reino vegetal como en el reino animal, donde se pasa de lo simple o menos perfecto a lo más desarrollado. Si echamos una ojeada al primer capítulo del Génesis, como ya hemos dicho aquí, no es difícil verlo; lo observamos inmediatamente.

En las plantas, primero tenemos las hierbas, las plantas herbáceas, que no tienen tronco ni madera, es decir, no son leñosas. Luego tenemos los arbustos. Después aparecen las plantas leñosas, con troncos completos, normales, bien formados. Es decir, pasamos de las plantas más simples a las más desarrolladas. En los animales sucede algo semejante: primero tenemos los peces, después las aves y, finalmente, los mamíferos, que son más perfeccionados que las aves. He aquí, pues, una evolución, un desarrollo.

La primera forma de evolución consiste, por tanto, en pasar de los seres o entes más simples a los más desarrollados. Está claro que la Santa Escritura se refiere a esto y expone esta evolución. Naturalmente, es Dios quien la crea y quien conduce este paso de lo simple a lo más desarrollado. Este es, pues, el primer sentido de evolución.

Pero Darwin no se refería a esta evolución, ni los evolucionistas entienden así esta palabra, sino que pretenden explicar cómo se puede pasar progresiva e insensiblemente de unas especies a otras más desarrolladas.

*(Ninguno de la mayoría de los fósiles -que incluyen formas de vida invertebradas, procedentes principalmente del Cámbrico- pertenece a una forma transicional. Tampoco en los restos de las formas de vida más desarrolladas se ha encontrado ninguna forma transicional que muestre el paso de los peces a los anfibios (por ejemplo, cómo las aletas se convirtieron en patas), de los anfibios a los reptiles, o de los reptiles a las aves o a los mamíferos. No se han hallado, por tanto, formas transicionales de los órganos particulares de cada especie que puedan tender un puente sobre el enorme abismo morfológico que separa a una especie de otra. Sería, pues, paradójico que existiera una evolución transicional de este tipo —que, según los evolucionistas, requeriría millones de años y presupone innumerables formas intermedias— sin que se haya encontrado ni una sola de ellas entre los innumerables fósiles descubiertos. El número y la amplitud del registro fósil no constituyen una prueba de la transición gradual de las especies. De manera característica, la revista National Geographic, en su número de noviembre de 2004, titulado “¿Se equivocó Darwin?” (¿Was Darwin wrong?), compara el registro fósil con una película de la que, de cada 1.000 fotogramas, ¡se han perdido 990!).

Finalmente, surge la pregunta fundamental: ¿quién crea? ¿Dios, o existe quizá algún otro factor fuera de Dios que crea? ¿Y quién sería ese factor? ¿O acaso, si Dios creó los peces, tomó luego algún pez, le puso alas y lo convirtió en ave para volar? ¿O creó los peces tal como son y después realizó una nueva praxis creadora para las aves, sin ninguna relación con los peces? ¿Qué es exactamente lo que sucede?

Sea lo que sea, hijos míos, la Santa Escritura nos dice que Dios, en todos los casos de la creación, ha hecho todos los seres o entes «κατὰ γένος» (katá génos) según su género», y no ha pasado de un género a otro. Aunque Dios tiene el poder y el derecho de hacerlo -es una cuestión suya, pues Dios es omnipotente y hace lo que quiere—, vemos que, cuando Dios crea, no pasa de un género a otro.

*[Pierre-Paul Grasse, zoólogo francés, “Tu el pequeñito Dios”, 1971, pág. 101, 110: A priori, desde principio, el ente o ser embrión existía obligatoriamente como una cosa compuesta, que, hasta cierto punto, viene en oposición con la supuesta evolución gradual de formación, configuración de la materia viva que imaginas y fantasean los evolutivos. Después no es tan seguro que los animales multimoleculares son hjos de los protozoos. Ninguna forma transitoria, a pesar de las minuciosas investigaciones, no pudo encontrar en el intermedio de los actuales protozoos y metazoos, un profundo abismo los separa.]

Debo deciros una cosa más: todo lo que os he dicho ahora sobre la teoría de la evolución se refiere de manera general al reino animal y vegetal, no al ser humano. Sobre la supuesta evolución del ser humano hablaremos cuando lleguemos al relato de la creación del hombre.

Así pues, hijos míos, vemos que la teoría de la evolución se mueve en este segundo significado del término evolución: intenta justificar e interpretar el paso de un animal a otro. Esto es lo que afirma la teoría de la evolución. Y esto no se parece en nada a la descripción del Génesis, donde se expone un desarrollo sucesivo de los entes o seres, de los más simples a los más desarrollados, pero siempre «κατὰ γένος» (katá génos: según su género).

Es cierto que existe también la teoría de los cambios de De Vries (botánico-logo y biólogo holandés), quién dijo: “la teoría de Darwin sobre la génesis de las especies es enferma, porque no se puede explicar solo con la percepción de cambios graduales”.

Pero ¿qué os voy a decir yo sobre todas estas cosas? Son muchísimas y, como os dije, no me gustaría extenderme. Solo os comento que hubo también una teoría opuesta, sostenida por un tal Paul Büchner.

Esta teoría afirmaba que no es correcta la opinión de que progresamos del ser o ente más simple al más desarrollado. Büchner sostuvo lo contrario: que el mono procede del hombre, y que esto sucedió porque el hombre se degeneró, y su degeneración produjo al mono.

Naturalmente, esto no es correcto. Ni el mono produjo al hombre -como sostiene la teoría de la evolución de Darwin-, ni el hombre degenerado produjo al mono, como sostiene la teoría de Büchner. Aquí se manifiesta una misma debilidad: la incapacidad de explicar cómo se da el paso de un género a otro. No podemos explicar la síntesis de los géneros, el paso o traspaso de una especie a otra.

Además, esto es precisamente lo que llamamos teoría. ¿Sabéis qué es una teoría? Es un creer científico. Atención a este punto.

Estas cosas quiero que las tengáis claras y las mantengáis. La teoría no es una verdad científica. Se apoya en algunas observaciones, pero nunca es, por sí misma, una verdad científica. Parte de una suposición o hipótesis, a veces incluso de una intuición o percepción del científico; a continuación, formula una hipótesis, construye una teoría e intenta demostrarla con los datos de las observaciones de que dispone. Si estos datos se verifican siempre, en cualquier lugar, en cualquier tiempo y por cualquiera, entonces esta teoría científica se convierte en verdad científica, y ya no cabe duda alguna: finito, no hay objeción posible. Pero mientras no llegue a ese punto, sigue siendo teoría científica. Incluso una teoría científica puede ser sustituida por otra más desarrollada y perfeccionada.

Y realmente, desde 1859 hasta hoy, desde que se formuló la teoría de Darwin, han pasado más de ciento veinte años (hoy 2026 ciento setenta y tres). Ha habido épocas en que fue olvidada y otras en que volvió a salir a la superficie, a la luz pública. Esto indica que no es una verdad científica definitiva; por lo tanto, no podemos afirmar con certeza que tengamos el origen de las especies explicado de modo evolutivo.

Un profesor extranjero decía lo siguiente: «Uno se hace o no evolucionista, no por las demostraciones que acumula la Historia Natural, sino a causa de sus ideas filosóficas» (Yves Delage, partidario de la teoría de la evolución).

¿Qué significa esto? Aquí, ahora, prestad atención, porque veremos la raíz del problema.

¿Sabéis que la teoría de Darwin nunca se ocupó del tema del ser humano, del hombre? Aquellos que quisieron apoyar la idea de que el hombre proviene del mono descubrieron que Darwin nunca dijo que el hombre procede del mono. ¿Os sorprende esto? ¿Sabéis también que Darwin nunca dijo que no creía en Dios? Entonces, ¿de quién se trata? Os lo diré.

Cuando en el siglo XIX se formuló la teoría de Darwin, el materialismo estaba en su apogeo. El materialismo es aquel sistema que niega el concepto de Dios y, por lo tanto, también el concepto de creación. Acepta la materia como eterna, autoexistente y autocreada; es decir, sostiene que la misma fýsis —la naturaleza— se ha creado por sí misma. A esto se le llama ὑλισμός (hylismós), materialismo.

El materialismo dominante de aquella época, al ver esta teoría, se aferró a ella y fue más allá de lo que el propio Darwin había formulado. ¿Y sabéis por qué hizo esto? Para demostrar que, si el hombre procede del mono, y el mono de un animal más allá…, y así sucesivamente hasta llegar a un organismo unicelular; y si ese organismo unicelular surgió por sí solo de la materia muerta, según la génesis automática de la que hablábamos en una clase anterior (7ª), entonces, sencillamente, no existe Dios. Y si no existe Dios, entonces no tenemos que rendir cuentas a nadie por nuestras praxis y actos. Dicho de manera sencilla: entonces es inútil creer que existe el Paraíso y el Infierno.

Lo que molesta profundamente a los hombres, hijos míos, es esta posición metafísica: que existe el Juicio, que existe el Paraíso y que existe el Infierno. Si existe el Infierno, debo convencerme a mí mismo de que no existe; y para decir que no existe el Infierno, debo decir también que no existe Dios. ¿Y cuándo diré yo esto? Cuando no quiera cambiar mi vida.

Porque existen solo dos posiciones: o cambio mi vida ante Dios y obedezco su voluntad, o digo que Dios no existe y permanezco en mi propia voluntad. Una de las dos. Si finalmente elijo decir que Dios no existe, entonces necesariamente necesitaré la teoría de la evolución para sostener que el hombre proviene del mono, y así no tendré que dar cuentas de mis actos a ningún Dios, puesto que yo también sería solo un animal, un mono.

*[El D.Vernet, profesor de las Ciencias naturales, en su libro, “Fe y ateísmo”, escribe que: “Los seguidores de la teoría de la evolución y sus explotadores, la alimentaron con sus argumentos el ateísmo, el materialismos dialéctico o discursivo, el racionalismo, el científico y el religioso. Y el inglés Bernard Shaw escribió muy acertadamente: “Darwin tuvo la suerte de satisfacer a cada uno que quería servir a su propio e interesado propósito y objetivo.]

Pero hay algo más aún. Incluso desde el punto de vista de la vida social, desaparecería toda responsabilidad. Sería impensable que me lleven ante un juez porque he roto el escaparate de una pastelería y he comido todos los dulces. Si me detiene la policía y me pregunta: «¿Qué haces aquí?, ¿por qué has hecho esto?», yo podría responder: «Nada distinto de lo que hace una gata: salta a la mesa del pescadero, arrebata un pescado porque tiene hambre, lo huele y lo toma».

¿Tiene la gata responsabilidad porque ha comido el pescado? ¿Acaso va a rendir cuentas porque se lo ha comido? No, porque es un animal. Por tanto, si yo también soy un animal -¡y lo digo con gusto y placer!- porque provengo del mono, entonces no tengo que dar cuentas ni a Dios ni ante los tribunales, ni ante los hombres ni ante la sociedad, etc. Así pues, la teoría de la evolución ha ofrecido a cualquier opresor, abusador, maltratador y violento una magnífica justificación para sus crímenes.

En nuestra época es cierto que, en el siglo XX, el materialismo teórico ya no está en su apogeo. Este tuvo su auge en el siglo pasado y, en efecto, desde el punto de vista científico hoy está arruinado y obsoleto. Pero en nuestro tiempo tenemos los frutos del materialismo. Es decir, hoy tenemos una vida materialista, un modo de pensar materialista. Y como existen sistemas materialistas -sean sociales o filosóficos, creo que me entendéis-, los cuales tienen una base materialista y niegan a Dios, sin duda necesitan sostenerse, aunque sea supuestamente, en la teoría de la evolución.

*[Muchos ateos, materialistas y capitalistas de la época de Darwin celebraron la aparición de la teoría de la evolución; pero más que nadie, quien se impresionó profundamente con la teoría de Darwin fue el ateo Karl Marx. Él la aceptó como un regalo celeste, porque la “lucha por la existencia” de la que hablaba Darwin se ajustaba perfectamente a su idea ateísta y marxista sobre la lucha de clases. También Friedrich Nietzsche tomó muy en serio esta teoría, y en concreto criticó a Darwin porque no llevó su teoría hasta las últimas consecuencias, especialmente en lo que respecta a la sociedad. Además, todo el comportamiento del fascismo, con líderes como Mussolini y Hitler, se determinaba en gran medida por la teoría de la selección natural de Darwin. Es característico el caso del libro de Hitler, Mi lucha (Mein Kampf), que se sostiene en gran parte sobre esta teoría. Durante el período del nazismo, en los colegios alemanes la teoría de la evolución de Darwin era una lección básica del currículo escolar. Hoy, en Francia, algunos científicos critican a Darwin, argumentando que él inspiró indirectamente a Hitler y que, de manera recurrente, su teoría sigue inspirando ideologías extremas. (P.-P. Grassé, L’Homme en Accusation, Albin Michel, París; rev. Nature, vol. 189, 19/02/1981)]

Por esta razón, en nuestros días -y hablo ahora concretamente de Grecia—, he aquí que en los últimos años esta teoría realmente podrida ha vuelto a salir de los viejos armarios. Se ha refrescado, se ha vuelto a publicar en nuevos libros, se le han añadido bellas imágenes, y se sirve como si fuera la última palabra de la ciencia, porque existe una necesidad de apoyarse en algo.

¿Qué más queréis que os diga? Hablaros de Haeckel, este alemán, que formuló —¡escuchad, escuchad!— que el hombre procede de determinados animales y tomó supuestos embriones de distintos animales, los dibujó, los presentó en comparación con el embrión humano y dijo: «¡He aquí de dónde proviene el hombre!». Luego algunos de sus colaboradores y otros científicos comprobaron y descubrieron -¡ay, ay, qué grave es esto para un científico!- la falsificación que había cometido. Entonces un periódico de Berlín, porque allí ocurrió esto, escribió con grandes titulares sobre la falsificación de Haeckel. ¿Para qué servía esta falsificación? Para servir al materialismo.

*[Ernst Haeckel (1834–1919) fue un biólogo, filósofo y artista alemán que hizo más propaganda que ciencia, aprovechando y explotando la teoría de Darwin con fines personales. El tema por el que es más conocido es la “Ley biogenética fundamental”, también llamada “Ley de Haeckel” o “Ley de la recapitulación”, según la cual la ontogénesis —es decir, el desarrollo del individuo— recapitula la filogénesis, es decir, la supuesta transformación progresiva de las especies. En contraste con la enseñanza bíblica de la creación κατὰ γένος (según su género), esta teoría sostiene que el embrión, a medida que se desarrolla durante el período de gestación (ontogénesis), pasa resumidamente por todos los estadios de la evolución del género o especie (filogénesis). Aunque sus ideas tuvieron importancia en la historia de la teoría de la evolución, muchas de ellas hoy se consideran equivocadas o falsas. Haeckel también describió y nombró microorganismos ancestrales hipotéticos que, en realidad, nunca fueron encontrados.]

O puedo hablaros del cráneo de Piltdown, hallado en Inglaterra en Piltdown Common. ¡Un cráneo humano con mandíbula de mono! Dijeron: «¡Hemos encontrado el hombre-mono!». ¡Cantos de victoria científicos! Pero se sentaron, lo estudiaron con seriedad y descubrieron que el cráneo pertenecía a un hombre perfectamente moderno, contemporáneo. Examinaron la mandíbula y encontraron que era de mono. ¡Y aun así dijeron que el hallazgo era importante! Este falso descubrimiento se colocó junto al hombre de Neandertal, del que hablaremos cuando lleguemos a la creación del hombre.

¿Y cuál fue el resultado? Se descubrió que el cráneo de Piltdown era falso. Alguien tomó un cráneo, lo trató con ácidos, realizó un tratamiento químico, cavó una capa geológica, lo enterró allí y luego dijo: «¡He encontrado un cráneo!». Este engaño ocurrió alrededor de 1912. ¿Por qué se hizo?

Décadas después, hacia 1960 —hace relativamente poco; tengo incluso recortes de periódico que lo describen—, se descubrió que todo había sido un fraude. Un profesor de Biología, Yannis Koumaris, de la Universidad de Atenas, escribió entonces un artículo titulado Los farsantes y la ciencia, en el que señalaba que, finalmente, el cráneo de Piltdown era falso.

¿Y por qué este engaño? Simplemente para servir al materialismo. Cuando no existen demostraciones, aparecen las falsificaciones… ¡Cosas inmorales y deshonrosas!

*[El filósofo francés existencialista contemporáneo Albert Camus señala al respecto que Marx escribía a Engels que la teoría de Darwin constituía la base de sus propias teorías. Para que el marxismo permaneciera infalible, sería necesario suprimir todos los demás descubrimientos biológicos posteriores a Darwin. Sin embargo, ocurrió lo contrario: tras los bruscos cambios constatados por De Vries, que introdujeron en la biología —contra el determinismo— el concepto de lo casual o del azar, Lysenko intentó imponer de nuevo el más elemental determinismo, pretendiendo ordenar los cromosomas por decreto. ¡Esto es de risa! (Albert Camus, El hombre rebelde).]

Hijos míos, para terminar: la teoría de la evolución, tal como se presenta hoy, más bien confunde las cosas que las aclara. He leído -y lo conservo- un artículo reciente que afirma que la teoría de la evolución ha creado más problemas de los que ha resuelto.

Hasta este momento sigue siendo siempre una teoría, con muchísimos puntos débiles, incapaz de explicar de manera fundamental aquellas cuestiones que preocupan al hombre. Permanece, lo repito, una teoría y nada más.

Y, sin embargo, como aprendéis en la escuela y escucháis por todas partes, se presenta como una verdad científica. Llegan los maestros a enseñaros así, o lo oís en la televisión o en la radio, que el ser humano proviene del mono. Nadie ha podido demostrar esto, lo repito, porque no constituye una verdad científica. No es una verdad científica; permanece un problema sin solución.

La Santa Escritura, en cambio, nos lo resuelve claramente: cada γένος (yénos, género) fue creado por la praxis creadora de Dios. Por eso insiste una y otra vez el escritor sagrado Moisés en que Dios creó cada cosa κατὰ γένος (katá yénos), según su género.

*[Por su parte, Friedrich von Huene (1875–1969), profesor alemán de Paleontología en la Universidad de Tubinga, afirmaba: «El camino de la historia de la vida, a lo largo de los siglos geológicos, es la creación de Dios. El desarrollo geológico de los seres vivos corresponde exactamente a lo que se describe en el primer capítulo del Génesis, especialmente a lo realizado en el quinto y el sexto día.]

Así pues, hijos míos, con el fin de apoyar el ateísmo, con el objetivo de atacar el Evangelio y la Santa Escritura y de negar y suprimir a Dios, los hombres, desgraciadamente, no actúan con honestidad interior y utilizan la ciencia como servidora de sus intenciones, poniéndola al servicio de la mentira y de la falsedad.

Por tanto, tengamos cuidado con las mentiras y falsedades que se nos presentan, para poder conocer realmente la realidad y aprender lo que es la verdadera ciencia. Amín.

Domingo, 16 de enero de 1983

 

12ª Lección (homilía): La Divina Providencia y Gobierno divino

 

Estamos en el último capítulo sobre la Cosmología Cristiana, el tema sobre la Cosmología Cristiana es muy grande. En los capítulos anteriores hemos visto exactamente cómo Dios ha hecho al mundo, que de la luz (increada) hizo el universo y cómo hizo las plantas, los pájaros y los animales acuáticos y terrestres. El sexto día formó también al hombre, del cual hablaremos por separado especialmente.

Pero toda esta creación, tal como la vemos, la disfrutamos y nos alegramos, ¿pero no tiene necesidad de mantenimiento? Si construimos nuestra casa, debemos mantenerla. Si tenemos nuestro coche, también debemos mantenerlo. La creación entera, tal como se puso en funcionamiento y movimiento, ¿no requiere mantenimiento? Sin duda que sí. Este cuidado, pues, se llama Providencia de Dios. Y es todo aquel cuidado y atención que pone Dios para el mantenimiento de lo que ha creado.

¿Qué es, pues, Providencia de Dios o Divina Providencia?

Nemesio de mediados del siglo V d. C. nos dice que: “Providencia de Dios, o divina providencia, es la preocupación, atención y cuidado que se hace de parte de Dios para las creaciones. O providencia es la voluntad de Dios de que existan los seres, existencias, e igualmente aquel que los ha creado, Él mismo sea tanto creador como providente de ellos»”.

Así que la Providencia de Dios es muy necesaria, porque existe la corrupción, el desgaste dentro de la creación. El por qué existe la corrupción dentro de la creación y la muerte de lo que tiene vida, esto lo veremos cuando lleguemos a la formación del hombre.

Sólo os   digo esto: que Dios no hizo la corrupción ni la muerte. Tanto la corrupción como la muerte son cosas interpuestas; entraron dentro de la creación, naturalmente no sin que Dios lo quiera, sino que Dios permitió que se introduzcan estos dos elementos, el de la muerte y la corrupción, exactamente porque el hombre pecó. Pero esto lo veremos cuando lleguemos a la creación del hombre y a la caída de él; ahora no lo podemos entender. Porque el universo se hizo para el hombre y el hombre se hizo para Dios. El hombre cortó sus relaciones con Dios y perdió la relación vivificante con Él. Porque la inmortalidad y la incorruptibilidad son elementos que se darían al hombre y, por el hombre, a la creación, si el hombre mantuviese la relación vivificante con Dios. Porque Dios es el único inmortal.

Dice el apóstol Pablo en su primera epístola a Timoteo que “Dios es el único que tiene inmortalidad” (1Tim 6:16). Y el hombre no tiene por sí mismo la creación, ni los ángeles son inmortales por sí mismos, pero la inmortalidad la tenemos de Dios.

Por lo tanto, puesto que el hombre interrumpió por sí mismo sus relaciones con Dios, totalmente, como hombre se introdujo la muerte. De este modo entraron la muerte y la corrupción. Una cosa es la muerte y otra la corrupción, el desgaste. El desgaste es cuando yo ahora crezco, envejezco y enfermo; esto se llama corrupción, y cuando muero se llama mortandad.

Apuntar aún que el desgaste o corrupción está puesto a los seres vivos o entes a la vez que la creación de ellos. ¡Es terrible! Dentro de la semilla existe la vida y, a la vez, la corrupción y la muerte. Cuando yo fui concebido en las entrañas de mi madre, simultáneamente, allí que se engendraba la vida, a la vez se engendraba la corrupción junto con la muerte. ¡Es una cosa terrible! Es una de las cosas más contranaturales y paradójicas. El misterio de la vida y la muerte es uno de los misterios inexplicables; es una discordancia dentro de toda la armonía de la creación. Y es discordancia, como os expliqué, porque exactamente ni la corrupción ni la muerte son creaciones de Dios. Dios no hizo la corrupción ni la muerte: “Porque Dios no hizo la muerte, ni se complace en la destrucción de los vivientes” (Sabiduría Salomón 1:3)

Aún más: como se introdujeron la corrupción y la muerte, Dios provee que su creación no vuelva al cero, que no esté en una situación inenergizada, in-operada o inactiva; es decir, en una situación en la que esta bella creación no podría llegar a su fin definitivo, de lo que hablaremos más abajo.

Por lo tanto, ¿qué vemos? Vemos que Dios ahora prevé y cuida de Su creación. Entonces Aquel que hizo el cosmos-mundo es también su proveedor.

La Providencia o previsión, atención o cuidado, está en la materia no orgánica, es decir, el universo, y está también en la materia orgánica, es decir, las plantas y los animales, pero particularmente está en el hombre. Así que Dios provee que existan todos en su sitio y en su orden.

Cuando hizo la Tierra, la hizo de tal manera que pueda existir la vida encima de la tierra. Esto es algo asombroso. La distancia nuestra del sol no es más que la justa para que se mantenga la vida. Si estuviésemos un poco más lejos, como está Marte, no tendríamos vida encima de nuestro planeta. Y si estuviésemos más cerca del sol, como Afrodita, lo mismo no podría haber vida porque haría mucho calor. Mucho más si estuviésemos en el lugar de Hermes. El lugar, pues, de la tierra está así y de tal manera para que no se destruya la vida.

Aún tenemos el día con su noche, las veinticuatro horas; tenemos las estaciones: todas estas cosas, siempre en sus cambios, crean el mantenimiento de la vida. Pero para que estas existan debe alguien cuidarse de ellas. Porque debo deciros que Dios no ha creado el universo de una manera como el relojero hace el reloj, le da cuerda, lo pone en la pared, lo deja y funciona. Dios no hizo las leyes físicas y se alejó de Su creación diciendo que ahora -lo digo simple- he dado cuerda a la creación y ahora funciona muy bien. He puesto las leyes físicas y funciona muy bien. No. Dios sí, por un lado, hizo las leyes físicas; aún veremos en nuestra teología que Dios puso también ángeles en toda la creación para que la estén vigilando y cuidando.

Prestad atención, en toda la creación puso ángeles para que cuiden y vigilen la creación. Y la vigilen no solamente para que funcione bien, sino para que la guarden de la energía y acción maligna de Satanás, del diablo. El cual, ciertamente, es creación de Dios como ángel bondadoso, pero ha caído y piensa y quiere destruir la creación.

Os recuerdo sólo un pequeño caso de la Santa Escritura, cuando el diablo pidió a Dios hacer mal a Job. Enseguida lo puso todo patas arriba. Si los ángeles dejaran libre al diablo dentro de la creación, lo pondría todo patas arriba en unos segundos, lo destruiría todo. La manía del diablo contra las creaciones de Dios es tan grande que no podéis imaginar, sobre todo contra el hombre (Job 1:14-19).

 Así pues, los ángeles protegen la creación y también la protegen del diablo.

Todo está con un funcionamiento adecuado, armonioso. Es asombroso cómo la tierra se mueve alrededor del sol y lo que pierde durante su recorrido en cien años puede perder una centésima de segundo; y mucho me temo que nuestros instrumentos, por muy perfectos que sean, quizá al final no puedan rendir una absoluta exactitud. Y lo asombroso es que lo que pierde la tierra en cien años, esa centésima de segundo, lo recupera en los próximos cien años y permanece exactamente como antes. ¡Este movimiento de la tierra alrededor del sol es asombroso, como también el de la tierra sobre sí misma!

Todas estas cosas, hijos míos, no son al azar, porque Dios está dentro de Su creación. A pesar de que ha puesto las leyes físicas y tiene ángeles que guardan Su creación, también Él mismo está presente. Las leyes naturales expresan la voluntad de Dios, sin que supriman el cuidado continuo de Dios, según la forma deísta.

*[Deísmo es un movimiento filosófico y religioso que se encuentra en las antípodas del Cristianismo, pero también del ateísmo. El Cristianismo sostiene su fe en irrompible, continua relación entre Dios y el cosmos-mundo, mediante las energía increadas de Dios, mientras que el Deísmo no acepta que existe tal relación. El ateísmo, por su lado, no acepta la existencia de Dios, en cambio el deísmo acepta la existencia de Dios, Quien no interviene en la naturaleza y en la historia, ni comulga, ni conecta, ni participa con los hombres].

Y el Señor nos dijo que “mi Padre trabaja hasta ahora, no para, no cesa, y yo también trabajo”. Conocemos que Dios paró de Sus obras cuando hizo también al hombre, como veremos en otro tema otro día. ¿Pero qué quiere decir que cesa? Paró, cesó en crear nuevas cosas, pero aquí el Señor nos dice que Su Padre trabaja hasta ahora. Trabaja también Jesús Cristo. ¿Pero en qué trabaja? Trabaja en muchas cosas, como la salvación y sanación del hombre —como veremos—, pero también en el cuidado y atención de toda la creación.

Así, Dios está muy cerca de Sus creaciones: las ama, las acaricia, por decirlo de alguna manera, como totalidad el universo, pero también cada creación muy de cerca. Acordaos de las palabras del Señor que dice: “¿Qué valor tiene un gorrión? Pues os aseguro que un gorrión no está olvidado de la agapi, del amor increado de Dios” (Luca 12:16. Dios conoce esto.

Qué queréis que os diga: dentro de la creación hay infinidad de ejemplos para contar. Os digo uno que me acuerdo ahora.

Sabéis que el agua se congela. Si se congelaran los ríos, los lagos, los mares, etc., entonces la vida allí dentro se congelaría también, los peces, etc. ¿Qué pasa, pues, con el agua?

El agua, como sabéis, tiene una excepción: cuando se congela, como todos los cuerpos, debería contraerse, reducirse. El agua, al congelarse, se reduce hasta los cuatro grados sobre cero, pero a partir de allí empieza a dilatarse; por eso el hielo flota sobre el agua. Significa que el hielo es más ligero que el agua. El peso específico del hielo es menor que el peso específico del agua, y el hielo flota sobre el agua. Esto significa que, si se congela la superficie, la vida está más abajo, es decir, los peces están más abajo y no se congelan. ¡Es algo asombroso!

¿Creen que esto es algo del azar? Está en la Providencia de Dios todo esto. Cierto que la Providencia de Dios aquí, en el sentido de que desde el principio de la creación se hizo de tal manera que nada de ella se destruya. Nada puede destruir el hombre en la creación; si lo destruye, está en contra de él. Esto es porque Dios se cuida y prevé, como os dije, no sólo con las leyes físicas, sino también con Su presencia personal dentro de la creación.

Son muy emocionantes aquellas palabras que escribe el θεόπνευστος (zeópnefstos: inspirado por el Espíritu de Dios) Salomón 11, 24-26: “Tú amas todo lo que existe y no aborreces nada de lo que hiciste; pues, si algo aborrecieras, no lo hubieses creado. ¿Y cómo subsistiría nada si no hubiese sido creado por ti? Pero eres caritativo con todos, porque todo es tuyo, Señor cariñoso de las vidas que has creado y que amas cuanto existe”. Hay tantas cosas que decir, por no decir aún que desde su creación las existencias llevan dentro la Providencia.

Una cosa más. ¿No os sorprende cuando brotan todas aquellas flores y plantas del campo durante la primavera? Todas estas, cuando llega el final de mayo y empieza junio, se habrán secado. Habrán hecho su semilla, y la semilla, por supuesto, caerá en el suelo, y ellas se habrán secado. Las condiciones que hicieron la semilla brotar -atención- fueron el calor y la humedad.

Pero se crea una pregunta o duda:  que en el otoño tenemos la misma humedad y temperatura que en la primavera. ¿Por qué estas plantas o flores no brotan también en el otoño y sólo en la primavera? Las amapolas, por ejemplo., ¿cómo es que no brotan también en el otoño, si son las mismas condiciones?

Esto se hace porque, si brotasen, no les daría tiempo de dejar la semilla en la tierra, porque les avanzaría algún frío, y entonces la primavera siguiente no brotaría nada: no habría flores. Pero ¿por qué brotan sólo en primavera y no brotan entonces, puesto que, como os dije, existen las mismas condiciones?

¡Atención… escuchad la sabiduría de Dios! Ojalá que uno pudiera tomar una escalerita y entrar allí dentro, o entrar dentro del átomo de la materia y ver allí los secretos de la creación. Hijos míos, la semilla por unos meses, quizá un año más o menos, es estéril. Por eso nos dicen los médicos agrónomos que de plantas de las que hemos sacado la semilla el mismo año no sembremos; es decir, si sacamos de una planta una semilla, no la sembremos inmediatamente: es estéril, no tiene fecundidad en su interior. La semilla, para adquirir fecundidad, tiene que envejecer. Preguntamos: ¿cuánto tiempo tiene que envejecer? Un año, nos responden. Así pues, a pesar de que tenemos las mismas condiciones en otoño, no brotan las semillas de las flores de la primavera. Brotarán otra vez la primavera del año siguiente. ¡Cosas muy asombrosas!

Pero la cosa muy grande y admirable, hijos míos, está en la Providencia especial, separada, que existe para el hombre. ¡Qué puedo decir… qué puedo decir para la Providencia del hombre! ¡Lo que uno diga es poco!

Dice Dios mediante Isaías: “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aun cuando ella se olvidare, yo nunca me olvidaré de ti” (Isaías 49:15)

¡Desgraciadamente hay madres que se olvidan de sus hijos o incluso los matan!… (Se refiere a los abortos), detenedlo bien esto en vuestras cabezas. Quizás muchas aquí ahora sois jóvenes y no entendéis algunas cosas. Pero si lo mantenéis en vuestra memoria cuando seáis mayores entenderéis muchas cosas de la maldad que hay en los seres humanos.

 Una vez una madre fue al cine con su hijo. El niño se durmió y lo puso en el asiento de al lado. Acabó la película y se olvidó del niño. Al tomar el autobús para su casa, por un momento se oyó un grito fuerte. Todos los pasajeros se giraron para ver qué le había pasado. ¡Gritaba que se había olvidado de su hijo en el cine!… Parece extraño. Pero dice Dios que, si la madre te olvida, ¡Yo no te olvidaré!

Y aquello tan bello que dijo el Señor: “O ¿qué hombre hay de vosotros que, si su hijo le pide un pan, le dará una piedra? O si le pide un pescado, ¿le dará acaso una serpiente? Pues si vosotros, siendo astutos malos y corruptos por el pecado, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre celestial dará cosas buenas a los que le piden!” (Mt 7, 9-11). Así que vemos realmente que existe este cuidado especial de Dios para el hombre.

Pero la cima del cuidado de Dios para el hombre, ¿sabéis cuál es? ¡Es la humanización, la encarnación de Dios! ¡Ay, qué puede decir uno sobre esto! ¡Cuando el mismo Dios se hace hombre y viene entre nosotros…! ¿Es pequeña cosa esto? Si intentáis a captarlo o comprenderlo esto, puede ser que lleguéis hasta los límites de la incredulidad.

Es tan grande esta realidad que nos deja perplejos. Es como si os dijera, ¡que vuestros abuelos y bisabuelos han resucitado y están allí arriba en la Iglesia esperándoos!… (Las catequesis se hacían en el sótano del templo de san Jaralambus). Es de tal magnitud la cosa que por un momento quedaréis incrédulos y, sorprendidos, clamaréis: ¿será posible? Por tal grandeza uno se hace incrédulo, aunque uno se sepa que resucitaremos, aunque uno se queda incrédulo en un momento, tal como fueron incrédulos los discípulos cuando escucharon de las mujeres que el Señor había resucitado.

Escuchad cómo lo dice Nemesio: “Esta obra santísima de la Providencia, que por la exageración de la filantropía de Dios llega a los límites de la incredulidad, ¿qué es? Es que Dios se encarnó, se hizo hombre. Solamente esto que piense uno es bastante para comprender la magnitud de la divina Providencia y la agapi de Dios”.

Pero no vayáis a creer que Dios simplemente se cuida de la naturaleza o sólo de cada hombre en particular. Se cuida y se preocupa de la totalidad de los hombres, como es la sanación y salvación, pero también hay otra cosa: Dios entra también dentro de la historia. Le encontramos, pues, proveedor dentro de la naturaleza, y le encontramos también providente dentro de la historia. Además, la encarnación o humanización es Su providencia dentro de la historia. Porque Aquel que es sin tiempo, atemporal y eterno, se hizo tiempo (χρόνος jrónos). Porque historia quiere decir tiempo, y Él mismo se hizo también historia. Entró dentro de la historia humana y en la historia de la creación para estar tan cerca con nosotros. Así pues, entra dentro de la historia y, si queréis, también dirige la historia.

Así vemos a Israel, el pueblo de Dios, como Dios entra dentro de la historia y dirige la historia de este pueblo. Si leéis los libros del Antiguo Testamento, veréis cómo Dios, después de la degeneración de los pueblos, toma de los descendientes de Noé a una persona que se llama Abraham. Lo aísla de su antiguo ambiente, de sus parientes, y lo coloca en un país nuevo, y allí crea un pueblo entero. A este pueblo, dentro de muchas peripecias, lo cuida -como en Egipto, en el desierto, en múltiples circunstancias- para dar la Θεοτόκος (Zeotókos: la que da a luz a Dios), que dará al Salvador Cristo, el Hijo de Dios encarnado. Todo esto no es más que Providencia de Dios dentro de la historia.

Ved una cosa más: no hay ningún acontecimiento histórico en el que falte Dios. Dice: “Si pecas, te castigaré, te mandaré enemigos que te harán la guerra. Pero Yo después castigaré a aquellos que te harán la guerra” (Gen 15,16-14; Sal 17:48; Deut 32:43 3 28:45-46, etc.). Veis: entra incluso en los acontecimientos bélicos. Dios entra en todo y, como os dije, realmente dirige la historia.

Aun las fronteras de los pueblos son obra de Él. Si Grecia hoy tiene estas fronteras es porque Dios permite que tenga estas fronteras. Si hace cincuenta, cien o doscientos años tenía fronteras distintas, es porque Dios lo ha permitido. Acordaos de lo que dice Pablo a los atenienses en el Areópago (tribunal supremo de la antigua Atenas), y también en el Deuteronomio, en la última oda de Moisés, que dice: “Dios puso las fronteras de los pueblos. Y también puso ángeles que guardan las fronteras de los pueblos”.

Por lo tanto, no hay nada de lo que Dios no cuide, se ocupe y provea, en la naturaleza y también en la historia.

Vamos ahora a ver las cosas desde la parte práctica. Si Dios se cuida de todas estas cosas, decidme de verdad: ¿existe el caso de la suerte o del azar? O hablamos de Providencia o de suerte. Si Dios es omnipresente, no puede haber ninguna esquinita en la que pueda reinar la suerte. No podemos, pues, creer en la suerte, el azar, la casualidad. Dios está presente en todo, es omnipresente, no se le escapa nada y lo provee todo.

Si me preguntan: “¿por qué tiene que existir el mal y por qué Dios deja que exista el mal?”, entonces os diría que Dios permite que exista el mal simplemente porque existe la libertad del hombre, y con su libertad el hombre introdujo el mal en la creación. Pero Dios destruirá el mal un día. Pero mientras exista este mal en este mundo, para los hombres piadosos está vencido, porque lo venció Cristo, como también la muerte ha sido vencida y la corrupción ha sido vencida, como dice el apóstol Pablo: “Porque debemos a este cuerpo corruptible vestirlo de incorrupción y al cuerpo mortal vestirlo de inmortalidad” (1Cor 15.53). Todas estas cosas Cristo las ha vencido, pero el hombre las introdujo con su caída.

A pesar de esto, la presencia en el mundo del mal, la corrupción y la muerte crean en los hombres creyentes elementos de virtud y santidad. Dice san Basilio lo siguiente: “Al deportista le forma el estadio; al gobernante de un barco, el mal tiempo, la tempestad; al capitán general, su ejército; al hombre de gran corazón, las desgracias; y al cristiano, la tentación le prueba”.

No sigo más sobre este punto, aunque me gustaría quedar más. Quiero hablar de un tema que es muy importante y muy interesante.

Más o menos los hombres, hijos míos, tienen la sensación y el sentido de que Dios provee y se cuida de Su creación. Un poco creyente que sea el hombre lo ve y lo entiende: Dios provee y cuida. Pero toda esta creación que se hizo, de la cual Dios cuida, ¿qué propósito o fin tiene?, ¿a dónde va? Tal como diríamos: tengo un coche y lo mantengo y lo cuido, ¿a dónde va esto, tiene algún fin? Es decir, ¿cuál es el propósito o finalidad de la creación? La finalidad o propósito de la creación es muy importante. Para llegar a este propósito de la creación no es suficiente que exista la Providencia de Dios; ahora debe haber también el Gobierno de Dios. Este es el elemento nuevo que muchos hombres no conocen.

El Dios pues, provee sobre su creación y también la gobierna. Pero la gobierna para una razón y fin. ¿Cuál es esta razón o propósito? Tal como gobierna los seres, las existencias y el universo entero, también gobierna la historia. Es verdad en la historia nada se hace fuera del conocimiento de Dios. El hombre está libre crea la historia y los acontecimientos, pero el final lo gobierna Dios.

¿Cuál es el propósito que Dios gobierna la historia y el universo? ¡Es la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de Dios! ¡Este realmente es el gran tema, hijos míos, la Realeza de Dios! (ver: https://logosortodoxo.es/12-lexis-apocalipticas/ 2. ΒΑΣΙΛΕΙΑ-VASILIA, REALEZA)

Realmente la creación entera la que no tiene vida, ni psique-alma, la álogos (sin lógica, irracional) no desaparecerá. Cuando vuelva el Cristo, la creación entera no se hará cero o nada, ni pasará a la inutilidad. Hay multitud de pasajes en la Santa Escritura que hablan sobre esto. En el Apocalipsis se dice: “ …vi que el antiguo cielo y la tierra antigua se habían ido y vi nuevo cielo y tierra” (Apoc 21,1);  “Porque he aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra” (Isaías 65:17); “Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia” (2 Pedro 3:13) y muchos más pasajes bíblicos.

 Cuando dice que se habían ido, no quiere decir que pasaron a la nada o al cero, porque el Dios lo que crea de cero lo hace “muy bueno y bello”. Este “muy bueno y bello” es muy chocante y en la creación se repite mucho. El Dios sus creaciones no las vuelve al cero, si envejecieron a causa del pecado, simplemente las renueva. Todo se renovará. Y dirá el Cristo: «Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas» (Apoc 21,5).

Así que nuestra tierra se renovará, el cielo y el universo se renovarán. Renovará también el tiempo (cronos) y el espacio. Y el espacio y el tiempo serán la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) eterna de Dios. Entonces también la historia, si leéis el libro del Apocalipsis esto lo veréis, no es más que la dirección de la historia hacia el final que es la Segunda Parusía Presencia de Cristo y la Βασιλεία Realeza increada de Dios. Por lo tanto, la creación entera y la historia entera se conducen a la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de Dios.

Para que esto lo entendáis os diré un ejemplo que no es mío, pero es muy característico.

Suponed un barco que viaja. Dentro del barco hay pasajeros, marineros y todos se ocupan de sus trabajos. Suben, bajan, otros se ocupan de las máquinas, otros de las habitaciones, tienen sus recreos, etc., todo lo tienen dentro de este barco. Todos dentro del barco que viaja están muy contentos. Tienen todas las condiciones de vivir muy bien dentro del barco. Así parece la creación, todo está muy bien. Pero el barco, ¿a dónde va? Con toda esta carga el barco viaja a un sitio, es decir, que está gobernado de alguien, del capitán. No sólo es pues, lo que lleva dentro el barco, sino que el barco se dirige a algún lugar.

Así tenemos la Providencia y el Gobierno. El universo tiene todo en su interior. Todo está bienaventurado y feliz, pero todo junto se dirige a algún lugar. Se dirige al puerto de la Realeza increada de Dios.

Esto realmente es grandioso y es la respuesta a la pregunta ¿cuál es el significado de la creación? ¿Por qué el Dios hizo el universo? Esta es la respuesta. Porque el Dios amaba que todo esto volviera en Él y estén a Su propia bienaventuranza y felicidad. Dice el Apóstol Pablo: “Porque por él mismo y a cuenta de él fueron creadas todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra, lo visible y lo invisible…”  (Col 1, 16).

Todo pues, fue creado por el divino Logos increado y para Él y todo vuelve otra vez atrás en la creación. He dicho “vuelven”, pues, sí, debían de volver para el hombre. Pero el hombre fracasó, pecó. En cambio, el hombre debería de dirigir la creación a Dios, porque la creación sigue al hombre, porque ella se hizo para el hombre. Pero el hombre tropezó y cayó y viene el mismo Dios, entra dentro de las cosas, entra en la creación, se hace Él Mismo hombre y devuelve la creación otra vez en Él.

¡Es grandioso esto, hijos míos! Esto es el sentido y significado, como os expliqué antes, de la creación del universo cosmos-mundo.

Por lo tanto, en lección de hoy hemos visto como el Dios se cuida y provee de todo, y no sólo esto, sino que lo gobierna todo, gobierna la naturaleza y la historia; y la dirección dirige todo es la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de Dios.

Cuando estas cosas grandiosas en cada momento las tenemos dentro de nosotros, entonces no sentimos que estamos perdidos, dentro de este inmenso universo.

Pero, ¿lo imaginan cómo se sienten aquellos que no creen en Dios? Cierto que vosotros no lo pueden imaginar, sea porque estas cosas las escucháis aquí, sea porque las habéis leído, sea porque las escucháis en vuestras casas o de distintas maneras en discursos, homilías, estudiando, etc y más o menos tenéis una imagen de estas cosas que os digo hoy, pero también cada vez hablamos aquí en nuestra catequesis.

Sin embargo, no podéis percibir y captar qué sienten los hombres que no creen en Dios: o creen en Dios y simplemente le llaman un poder o dinamis superior áloga (ilógica, irracional) que no interviene en la historia, ni dentro de las cosas humanas y no interviene dentro de la creación, no sabemos o no sé cómo lo pueden imaginar. Podéis imaginar, ¿cómo se sienten estos hombres?

Terriblemente mal. ¿Saben por qué? Porque se sienten perdidos dentro del universo y piensan y se preguntan, ¿qué y quién soy?… ¿Sabéis por qué? Porque no creen en el Dios providente y gobernante.

En cambio, el hombre creyente ve su pequeñez, pero también su grandeza… Dice que soy muy pequeño dentro del universo, pero también muy grande, porque soy icona/ imagen de Dios y llegó Dios a hacerse hombre para mí. Soy pues, algo muy grande y sobre todo no se siente nunca solo, siente el respiro, el calor y el abrazo de Dios. En cualquier lugar que se encuentre, como dice aquel bello Salmo 138,7: “¿A dónde voy fuera de tu persona, a dónde voy? Si voy al cielo estás allí, si bajo a las profundidades del mar estás allí, si voy al hades o el infierno, estás allí, vaya a donde vaya está presente”.

Este sentimiento, sensación de la omnipresencia de Dios, este sentimiento de la providencia y gobierno de Dios, esta sensación o sentimiento de la agapi (amor increado e incondicional) de Dios, hace al hombre que no sienta para nada la soledad, encuentra sentido y significado a su vida y desarrolla todas sus fuerzas cuantas le ha dado el Dios y vivir dentro de la agapi increada, la grandeza y la felicidad de Dios. El tema sobre divina Providencia y Gobierno es muy grande. Aquellos que lo aprenden y los que lo viven, ellos son de verdad felices. Nunca la puerta de sus corazones las toca la desesperanza, la depresión, la decepción o el sentido de suicidio, nunca. Qué dice el Salmista: “El Señor es mi pastor y yo su oveja, el Señor me gobierna y de nada me privará, nada me pasará”. No tengo miedo a nada, porque el Dios es mi Padre y el Padre de toda la creación.

Copyright: Monasterio Komnineon de “Dormición de la Zeotocos” y “san Demetrio” 40007 Stomion, Larisa, Fax y Tel: 0030. 24950.91220.

Yérontas y Profeta Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo según Athos.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas xX jJ logosortodoxo.es/.

 

Los tres árboles de la vida, del bien y del mal y a “imagen de Dios” en el hombre

Antropología Ortodoxa del Génesis

Yérontas Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo

Los tres árboles: el de la vida, el del bien y el del mal y a “imagen de Dios” en el hombre

 

Continuamos nuestros temas sobre los tres primeros capítulos del libro del Génesis. Después de la creación del hombre, es decir, de Adán y Eva, veremos algunos elementos y acontecimientos complementarios que, finalmente, fueron la causa de que la obra de Dios pareciera haber sido derrocada. Esta bella creación, el hombre, se desvió de su finalidad y de su propósito, y todo lo que Dios había hecho parecía acabar en vanidad.

Ciertamente, esto es algo sólo fenoménico, como veremos a continuación. Porque, si el universo fue creado para el hombre y el hombre se desvía de su fin, entonces tampoco el universo parece tener sentido. Por lo tanto, la creación entera, la visible, parece terminar en la nada, en un fracaso. Pero precisamente allí donde las cosas parecen fracasar, se manifiesta la sofía-sabiduría de Dios: Él restablece aquello que, en la persona de Adán y Eva -es decir, de los seres humanos-, comenzaba como fracaso, y lo transforma en arreglo y éxito. Finalmente, todo el plan de Dios encuentra su justicia, su valor y su dignidad, de modo que se pueda decir que Dios es el único sabio Dios, como dice san Pablo en su primera epístola a Timoteo. Realmente, Él es el único Dios sabio.

Si uno profundiza en este misterio de la αγαπη (agápi: amor incondicional, desinteresado) de Dios, descubre también el misterio de su sabiduría. Pero veamos las cosas en su debido orden.

«Dios ordenó que brotaran de la tierra todo árbol bello a la vista y bueno para comer» (Gén 2,9). Asimismo, Dios dispuso que brotaran el árbol de la vida en medio del paraíso y el árbol del cual, si alguien probaba su fruto, adquiriría el conocimiento (gnosis) del bien y del mal (cf. Gén 2,9). Y el Señor Dios dio a Adán este mandato: «De todo árbol del paraíso podéis comer; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comeréis, porque el día que comáis de él moriréis ciertamente, es decir, perderéis el derecho de inmortalidad» (Gén 2,16-17).

Realmente, estas líneas constituyen el corazón de un gran misterio. Podríamos decir que en estos tres primeros capítulos existen dos misterios fundamentales. El primero es la creación del hombre como icona/ imagen de Dios. El segundo es la prueba y la peripecia en la que entrará el hombre y en la que se desarrollará su historia: una historia como valle de llanto y lágrimas, de luto, penas, angustias y muerte, una peripecia terrible. Una peripecia que llegó a tal extremo que trajo a Dios mismo a la tierra, donde fue crucificado. Este segundo signo comienza precisamente con estos dos árboles.

Por eso os ruego que prestéis mucha atención, porque existe mucha ignorancia, confusión y mala interpretación sobre este tema: ¿qué eran estos árboles y qué significaban? Es necesario aclarar estas cuestiones para disipar falsas dudas y para comprender este gran problema: por qué existe tanta fatiga, incomodidad, sufrimiento y cansancio en el género humano. Y también para no culpar injustamente a Adán y Eva de todo lo que sufrimos, pues la triste realidad es que nosotros mismos repetimos el mismo pecado. Pero esto lo veremos más adelante.

Vemos aquí que Dios planta, de manera particular, en medio del paraíso, dos árboles: el de la vida y el del conocimiento del bien y del mal. ¿Por qué los puso en el centro del paraíso? ¿Qué significa el centro del paraíso? Significa que los hombres podían tenerlos siempre delante de sus ojos y recordar el mandamiento de Dios. Es decir, había una intencionalidad y una señalización clara por parte de Dios: no estaban en un extremo, sino en el centro.

Dios, pues, plantó el árbol de la vida y el árbol del conocimiento. ¿Qué quiere decir esto? ¿Eran árboles reales? ¿Significa que quien probara el fruto del árbol del conocimiento llegaría automáticamente a conocer el bien y el mal? ¿Y que quien probara el fruto del árbol de la vida se volvería inmortal? ¿Tenían estos árboles alguna sustancia física, natural o metafísica que produjera como resultado la vida o la muerte? ¿Por qué Dios dijo que, si probaban el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, morirían, y que morirían el mismo día que lo probaran? ¿Tenía, pues, algo el fruto o la semilla de ese árbol? ¿Era algo venenoso?

En principio, eran árboles verdaderos y naturales. No tenían nada especial o distinto. Prueba de ello es que, hasta que llegó la instigación y la sugestión del diablo -cuyas palabras veremos en capítulos posteriores-, los primeros creados no sospecharon que estos árboles tuvieran algo particular. Eran, para ellos, como todos los demás árboles, y no les llamó la atención que pudieran ser diferentes.

En realidad, no tenían nada especial en sí mismos. ¿Dónde estaba entonces la muerte? En la prueba de un fruto. ¿Dónde estaba la vida? En la prueba del otro fruto. Pero la vida y la muerte no estaban en los frutos en sí, sino en el uso de la libertad del hombre frente al mandamiento de Dios. Era un asunto de obediencia o desobediencia. La vida o la muerte no dependían de los árboles, sino de la actitud del hombre ante Dios, del modo en que ejerciera la libertad que Dios le había concedido.

Este es, pues, todo el tema, y nada más. Os lo digo de forma epigramática para que lo recordéis.

Ahora bien, lo que os he dicho hasta aquí lo analizaremos con más detenimiento, para que podamos digerirlo en todos sus detalles. Dice un escritor eclesiástico:

«Y se llamó árbol de la gnosis (conocimiento) por el nacimiento del sentido del pecado; y por esto se añadió la lucha de Adán».

Y san Juan Crisóstomo añade:
¿Qué es lo bueno, o el bien? La obediencia.
¿Qué es lo maligno, o el mal astuto? La desobediencia.

Así pues, uno ve claramente que aquí se trataba de una prueba de la predisposición, de la voluntad, de la preferencia y, sobre todo, de la libertad del hombre.

Ciertamente, en el Paraíso -tal como ahora lo vemos- había tres categorías de árboles.
La primera categoría era la multitud de árboles existentes.
La segunda categoría era el árbol del conocimiento  (gnosis) del bien y del mal.
La tercera categoría era el árbol de la vida.

Dice el escritor eclesiástico Severo: «Tres diferencias de árboles había: una, la multitud de los árboles, que eran para que los hombres comieran y vivieran, es decir, su alimento; el otro árbol era para que vivieran bien, si no transgredían el mandamiento de Dios y no probaban del tercer árbol. Es decir, vivirían felices, benditos y agraciados sobre la tierra».

Porque veremos a continuación que los primeros en ser creados, inmediatamente después de la infracción, se llenaron de amargura, fatiga y pena. El colmo de su tristeza fue cuando vieron que el tercer hombre, Caín -su primer hijo- mató al cuarto hombre sobre la tierra, su hermano Abel. Está claro que los primeros en ser creados probaron una amargura profunda: fue su primera experiencia de la muerte.

Veremos también qué significa exactamente lo que Dios les dijo: que morirían el día que comieran del fruto. Porque, en efecto, no murieron físicamente aquel mismo día. Es sabido que Adán vivió 930 años, y sin duda fueron años solares. Por lo tanto, Adán no murió inmediatamente, y esto lo aclararemos más adelante. Sin embargo, tuvieron la experiencia de la muerte.

Adán, por primera vez, experimenta la muerte mientras aún vive. Prestad atención aquí. La experiencia de la muerte existe en todo hombre. Pero, al menos con la condición actual de nuestra vida, ¿puede el hombre tener una imagen (icona) plena de esta experiencia? No lo sé, no puedo responderlo con certeza. Sólo os diré lo siguiente:

Cuando un hombre es asesinado por un enemigo, el enemigo quiere castigarlo con la muerte. Pero el hombre que es asesinado, ¿tiene realmente la percepción de la venganza de su enemigo? No, no la tiene, porque no le da tiempo a adquirir esa conciencia. Para experimentar verdaderamente el mal, hay que vivirlo delante de uno mismo. Por eso, quienes realmente quieren vengarse y hacer sufrir no matan a su víctima inmediatamente, sino que la tiranizan, dándole la sensación constante de que va a morir en cualquier momento.

Así pues, Adán, antes de conocer y vivir su propia muerte, vio la muerte de su hijo Abel, una muerte violenta. Entonces, sin duda, comprendió: He aquí, Dios nos dijo que vendría la muerte, y la muerte ha venido.

De este modo, si el hombre no hubiera probado del fruto del árbol del conocimiento, habría vivido muy bien sobre la tierra. Es decir, habría sido inmortal. ¿No os impresiona esto? En cualquier caso, habría vivido sin tristeza ni sufrimiento.

Y finalmente, si hubiera comido del tercer árbol, el árbol de la vida, entonces sí habría alcanzado verdaderamente la inmortalidad. Pero ¿cuándo comería del árbol de la vida? Cuando no hubiera violado el mandamiento de Dios respecto al segundo árbol. Entonces Dios habría dicho a los primeros creados:

Probad de este árbol y viviréis eternamente. Porque no probasteis de aquello que os prohibí; no violasteis mi mandamiento. Venid ahora y comed de este fruto para vivir eternamente.

¿Os impresiona esto? Una vez más, debemos decir que no habría sido el fruto en sí el que otorgara la vida eterna, sino la obediencia, y sólo la obediencia. Así es como Dios quería que los hombres vivieran eternamente sobre la tierra.

De esta manera se describen estas tres categorías de árboles. Pero alguien podría decir:
¿Quería Dios que estos árboles fueran trampas para el hombre?

No. La verdad es que, como nos dice san Gregorio el Teólogo:

«El árbol del conocimiento no fue sembrado desde el principio de manera mala, ni fue prohibido por envidia».

Es decir, Dios no sembró un árbol con mala intención ni prohibió su fruto por envidia, como si no quisiera que los primeros en ser creados conocieran la verdad. Estas ideas, que algunos sostienen hasta hoy, son maliciosas y absurdas.

Entonces, ¿qué sucede? El árbol del conocimiento era un árbol bueno. Y un día el hombre habría probado de su fruto. Pero no en ese momento. Esa gnosis la adquiriría más tarde, cuando estuviera preparado para ella.

Os leeré ahora algo de san Teófilo de Antioquía: «El árbol de la gnosis es bueno, y su fruto también. ¿Es posible que no fuera bueno? Dios crea lo que es bueno. Cuando creó todas las cosas, dijo que todo era bueno y bello. ¿Cómo sería posible, pues, que creara un árbol que fuera una trampa, es decir, malo, y cuyos frutos produjeran el mal?

Haré otra pregunta: si los frutos de este árbol traían la muerte -como se advierte cuando se dice “moriréis si coméis”-, ¿quién habría introducido la muerte en las semillas de este árbol? ¿Dios? Entonces, ¿quién sería el creador de la muerte? Dios. Pero sabemos muy bien que Dios no es el creador de la muerte. La Santa Escritura lo dice claramente: Dios no creó la muerte. ¿Cómo, entonces, apareció la muerte? La muerte se introdujo por la envidia del diablo y por la infracción del mandamiento, basada en la preferencia, la predisposición, la voluntad y la libertad del hombre. Dios no es el creador de la muerte. Por lo tanto, si Dios no es creador de la muerte y no crea nada malo, ¿cómo podría el árbol del conocimiento del bien y del mal ser malo? No lo era. Era bueno».

Continuamos con san Teófilo: «No había nada especial ni distinto en el fruto en sí, salvo la gnosis, el conocimiento. Veremos qué es esta gnosis. El conocimiento es bueno cuando se utiliza bien. Adán estaba todavía en una etapa infantil. Cuando decimos infantil no queremos decir que fuera un niño, sino inmaduro. Podía ser joven, teniendo en cuenta que vivió 930 años; su juventud no tendría por qué corresponder a lo que hoy llamamos juventud. Hoy contamos así porque la vida del hombre es de 70 u 80 años. Nosotros llamamos juventud al segundo decenio. Para Adán, la juventud podría haber sido a los cincuenta años. No tiene importancia. El punto esencial es que Adán no tenía todavía plena madurez. La madurez llega alrededor de los treinta años. No es casualidad que la Santa Escritura prohibiera la vida pública del hombre antes de los treinta años. Tampoco es casualidad que nuestra Iglesia prohíba la ordenación sacerdotal antes de los treinta. No es casualidad que Cristo comenzara su vida pública a los treinta años, ni que san Juan el Bautista hiciera lo mismo. Por lo tanto, Adán se encontraba en un estado de infantilidad espiritual, es decir, sin plena madurez». Hasta aquí san Teófilo de Antioquía.

A partir de aquí os lo digo con palabras mías.

Cuando a un niño de cinco o seis años -que entiende bien- se le revelan ciertos secretos, es decir, cuando se le da gnosis, ese conocimiento puede perjudicarlo. Esa gnosis provocará el mal. Por ejemplo: a un niño le dices: “¿Ves esta cajetilla? Dentro hay cerillas”. Sacas una, la enciendes delante de él y el niño queda impresionado. Luego tomas un papel, lo acercas a la llama y se quema. El niño observa todo con fascinación.
¿Qué ha adquirido el niño? Una gnosis conocimiento que antes no tenía. Luego tú te marchas. El niño toma las cerillas… y quema la casa. Historia conocida.

¿Qué significa esto? Gnosis, conocimiento. Atención aquí, porque estamos en el corazón de un misterio. ¿La gnosis siempre beneficia? No. La gnosis beneficia solo bajo determinadas condiciones.

Os recuerdo el mito de Prometeo. El mito de Prometeo es un eco del árbol del conocimiento del bien y del mal fuera de la historia bíblica, expresado de forma admirable en poesía. Esquilo no inventó el mito; lo recibió y lo representó en forma de tragedia.

Allí se percibe un eco, una resonancia de lo que estamos exponiendo ahora, es decir, de lo que aconteció en el Paraíso. En el mito aparece el fuego que Prometeo roba a los dioses y entrega a los hombres; y ese fuego, finalmente, se convierte en causa de mal para la humanidad. Es cierto que Prometeo pretendía que los hombres desarrollaran las artes y las ciencias. Pero ¿hasta dónde han llegado las artes y las ciencias desde entonces? Han llegado a la energía nuclear. Y hoy la energía nuclear nos amenaza.

Podríamos decir, por tanto, que aquel fuego que Prometeo tomó de los dioses y entregó a los hombres ¿qué dimensiones adopta hoy: benéficas o destructivas? Ambas cosas. ¿De qué depende? De la madurez o de la inmadurez de la humanidad.

Por eso este tema es grande, profundo y serio. No es un asunto banal, ni algo que pueda tomarse a la ligera.

Dice san Ireneo: «Si estudiáramos el libro del Génesis, ¡madre mía!, las cosas que encontraríamos: un océano de gnosis conocimiento y sabiduría».

Y, sin embargo, dentro de estas líneas tan sencillas, hay algunos maestros necios -gracias a Dios, pocos- que se burlan en las aulas y escandalizan a sus alumnos diciendo que estas cosas son cuentos. No son cuentos en absoluto.

Curiosamente, si les hablas del mito de Prometeo, lo aceptan como mito simbólico y no se burlan. Entonces habría que decirles: tomad también la Santa Escritura simbólicamente, si queréis, pero no os burléis. Más aún: no deberíais burlaros, porque aquí hablamos de una historia real, no de una fábula.

Sentaos a estudiarla seriamente y veréis cuánta sabiduría brota de ella. No acuséis con ligereza ni os burléis de la Santa Escritura, engañando y escandalizando psiques-almas sencillas contra Dios.

Pues bien, vuelvo al tema. Dejo ahora a san Teófilo de Antioquía y paso a san Juan Damasceno, quien nos dice algo sumamente importante:

¿Qué es esta gnosis, este conocimiento del bien y del mal?
Dice el santo: Es, el discernimiento o distinción que nace de una observación multilateral.

¿De qué observación se trata?
Es la gnosis del hombre acerca de sí mismo, de su propia naturaleza: ¿quién soy yo?

Y continúa san Juan Damasceno: «De todos los conceptos y de todas las contemplaciones, de todas las visiones que Adán podía concebir y contemplar, la contemplación más alta y el concepto más fino era el conocimiento de sí mismo».

Y esto es sencillo de comprender. El hombre ve el sol, la luna y las estrellas, y es superior a ellos. Ve los animales y las plantas, y es superior a ellos. Por tanto, la contemplación más elevada no es la del cosmos, sino la del propio hombre. El conocimiento supremo es el conocimiento de sí mismo.

Continúa el santo: «Cuando el hombre se vuelve hacia sí mismo, si es inmaduro y Adán lo era, porque era recién creado-, no puede distinguir ni separar correctamente las realidades interiores, y por eso cae».

Es decir, ¿de qué realidades hablamos concretamente? De la constitución misma del hombre, que es el secreto de la gnosis conocimiento. Y no era aún el momento de que Adán se conociera a sí mismo».

Yo os diría que, entre muchas realidades, hay dos fundamentales:

  1. La libertad
  2. El poder de la θέωσις (zéosis o théosis)

La prueba de esto es que el diablo apostó precisamente por estas dos.
¿Y qué dijo?

«Dios os ha prohibido comer para que no os hagáis dioses».

Pero la verdad era exactamente la contraria: para que os hagáis dioses, pero en el tiempo y por el camino correcto.

Y Adán pensó: «Entonces puedo comer a escondidas; no habrá una mano de Dios que me lo impida ni que me diga: “Espera, ¿no te dije que no tomes?”». Como ocurre con un niño pequeño que intenta robar algo y es detenido por un policía o un vigilante, Adán esperaba encontrar un obstáculo. Pero percibió que no había ninguna mano que se lo impidiera.

Así descubrió: «Estoy libre, y no lo sabía».

Comió del fruto: lo tomó, lo miró, lo saboreó, y le pareció sabroso y hermoso. Eva también dio del fruto a Adán, y vieron que no sucedía nada de inmediato. Entonces concluyó: «Tengo el poder de tomar el fruto del árbol; soy libre, y no pasa nada».

Este punto lo analizaremos con mayor profundidad cuando lleguemos a ese pasaje.

Decidle hoy a un joven que es libre, o poned los bienes a su nombre. Cuando llegue tarde a casa y le preguntéis por qué, os responderá:
“¿Quién eres tú para hablarme así? Tengo mi dinero, no os necesito”.

Por eso no es prudente entregar la herencia a los jóvenes, sino cuando han madurado.
Lo mismo le ocurrió a Adán con el árbol de la gnosis del bien y del mal, pues aún no debía conocer ni experimentar plenamente su libertad.

San Teófilo pone muchos ejemplos y habla especialmente de la edad joven. Dice que si a un niño se le revelan cosas que no está preparado para conocer, ese conocimiento será para su mal.

Pasemos ahora al segundo punto: la θέωσις (zéosis o théosis).

Decidle a un hombre que tiene la posibilidad de hacerse dios. El hombre lo supo esto. Pero no puede hacerse dios sin Dios. Entonces intenta hacerse dios por otro camino: por la cultura, por la ciencia, por el poder.

Tomad el ejemplo que ya os di: la energía nuclear.
Dios la escondió en la materia. El hombre no la conocía. Pero la liberó. Ahora está en sus manos. Es como si el árbol del conocimiento del bien y del mal se colocara otra vez delante del hombre.

Aquí el árbol es la energía nuclear y su fruto es su δύναμις (dínamis: poder, potencia y energía). La gnosis es el conocimiento de cómo usarla.

Pero la gnosis, es decir, el conocimiento de este fruto que hoy llamamos energía nuclear, puede utilizarse para el bien o para el mal.

El bien consiste en controlarla y encauzarla para producir energía eléctrica para las ciudades y para realizar muchas obras útiles y beneficiosas.

El mal consiste en convertirla en bomba y lanzarla contra los hombres.

Os pregunto: enero de 1984 -cuando se pronunció esta homilía-,
¿la humanidad es madura o infantil?
Sin duda, infantil. Porque, en cualquier momento puede destruirse a sí misma.

Entonces preguntamos: ¿Debía el hombre descubrir la energía nuclear?
¿Le convenía?
Claramente no, porque se autodestruirá.

Pero desde el momento en que el hombre transgredió el mandamiento de Dios, probó aquel primer fruto -conocer que era libre y que podía deificarse por sí mismo-, el mal tomó su camino y entró en el mundo.

Eso es la gnosis del bien y del mal.

Pero hay todavía algo más profundamente importante.

La psique humana tiene una profundidad difícil de contemplar.
Las profundidades de la psique son más grandes que las del universo.

Si el hombre contempla las profundidades del universo, puede sentir vértigo.
Si contempla las profundidades de su psique-alma, puede sentir súper vértigo.

¿Puede el hombre ver su subconsciente?
Es extremadamente difícil.
Y si lo viera sin preparación, temblaría, se asustaría, podría desmayarse, incluso desear morir.

Por eso, después de la caída, Dios cubrió esa parte profunda de la conciencia, el subconsciente, para que el hombre no la vea.
Porque si viera la profundidad de su psique-alma, no lo soportaría.

¿Quiénes se atreven a destapar su subconsciente?
Los grandes ascetas, los que van al desierto. Ellos lo vieron en profundidad. Pero no se asustaron.
¿Por qué?
Porque habían madurado.

Si alguien preguntara: “¿Qué hace un asceta en el desierto?”
Responderíamos: Descubre la profundidad de su subconsciente, la contempla, y la limpia, la purga y la sana.

¿Con qué?
Con la energía increada y catártica del Dios Trino, hacer su catarsis y psicoterapia, su limpieza, purgación y sanación.

 

Antropología del Génesis Homilía 17

La “imagen de Dios” en el hombre

 

(Aquí nos habla sobre las características del “como icona-imagen de Dios”, traducimos y ponemos la sexta y la séptima que para mí son muy importantes)

 

Sexta característica de la imagen de Dios

El hombre está constituido de σώμα (soma: cuerpo) y ψυχή (psijí: psique, alma, ánima, que anima el cuerpo). Es decir, posee una doble esencia, material y espiritual, y existe como persona.
El cuerpo pertenece al ámbito de la materia; la psique-alma, al ámbito del espíritu. Por ello, el hombre se sitúa en el punto de unión entre dos mundos: el mundo material de la creación visible y el mundo espiritual de los ángeles.

El mundo material, la creación, la φύσις fιsis naturaleza tal como la percibimos, no posee espíritu: es sólo materia.
Los ángeles, por el contrario, no poseen materia: son sólo espíritu.

Por ello, el hombre se sitúa en el punto medio de la unión: es la existencia que vincula en sí misma los dos mundos, el material y el espiritual. Desde este punto de vista, el hombre es superior a los ángeles. No por dignidad moral, sino por riqueza ontológica.

El ángel no tiene cuerpo, no participa de la esencia de las realidades materiales creadas por Dios.
El hombre, en cambio, está constituido por aquello mismo que Dios ha creado, participando tanto del mundo espiritual como del mundo material.

¿Lo percibís?
Esto es de una riqueza inmensa y de una profundidad extraordinaria. El hombre es verdaderamente rico e interesante en su constitución.

Prestad atención ahora a esto: Precisamente porque el hombre es materia y espíritu a la vez, porque es una unidad psicosomática real y existente, y porque porta las características de la imagen (εἰκόνα icona) de Dios, se convierte en un epítome, es decir, en un resumen viviente de toda la creación, tanto visible como invisible.

En el hombre se recapitula el cosmos entero.

¡Esto es verdaderamente maravilloso!

Ahora bien, ¿dónde está la imagen-icona de Cristo Dios?
En esto: en que el Dios Logos se ha hecho hombre.

Por lo tanto, mientras es una persona, una hipóstasis, Cristo tiene esta riqueza: que es el Dios Logos y es también su naturaleza humana, la humanidad, esto es, su cuerpo humano.

Como también Jesús Cristo, que es el Dios Logos humanizado, es de dos naturalezas, pero inconfundibles, no mezcladas, unidas en una sola persona-hipóstasis, inconfundiblemente y la materia con el espíritu no mezclados.

Y esto: el soma-cuerpo se haría Dios Logos tanto si pecáramos como si no.
Esto os lo he dicho otras veces: que el Hijo de Dios se haría hombre. aunque no hubiésemos pecado, porque ésta era la primera voluntad de Dios.

Y como tomaría la natura material creada, inconfundiblemente y no mezclada, por esta razón ahora hace al hombre que sea su propia imagen-icona, es decir, que sea Su materia y espíritu.

¿Y dónde está, pues, la imagen de Dios? ¿En el cuerpo o en la psique-alma?
Generalmente, en algunos manuales de las escuelas, dicen que está en la psique-alma. Atención, no os confundáis: la icona-imagen está en el hombre entero.

Para que no os confundáis y digáis: ¿cómo es posible que Dios sea hombre?, ahora aquí lo estáis viendo. Como el Dios Logos se ha hecho hombre, hace al hombre de acuerdo a sus medidas, participando en espíritu y también en materia.

Por lo tanto, la imagen-ícona del Dios humanizado, encarnado nos da esta exactitud: que la imagen de Él está en el hombre entero, tanto en su cuerpo como en su espíritu.

San Anastasio el Sinaíta tiene un logos maravilloso sobre esto y nos dice:

«Mientras que la misma deidad energizaba, operaba teándricamente (divinohumanamente), es decir, la deidad y la natura humana de Cristo, así también la psique-alma del hombre, la que existe como imagen del invisible Dios Logos, energiza, opera psico-ándricamente o psico-humanamente, es decir, con psique y soma-cuerpo; por tanto, somatopsíquicamente o psicosomáticamente. O sea, existencia psicosomática en tipo o modelo del Cristo teántrico (divinohumano). Por lo tanto, constituye icona-imagen del Cristo teántrico (divinohumano)».

¡Qué cosa más bella esto!

Séptima característica de la icona-imagen.
El hombre es de dos cosas: fisis-natura y prósopon (persona con rostro y personalidad). Los animales son sólo fisis-natura no son personas. La persona está constituida de autoconciencia; los animales no.

Cuando Dios dice a Moisés: «YoSoY el ὁ ὤν, el existente». El Soy expresa existencia y el Yo expresa prósopon (persona, rstro con personalidad). Porque el animal nunca dice yo. El hombre dice yo y Dios dice Yo.

Por lo tanto, tal y como Dios es ουσία (usía: esencia, sustancia) y Persona, así también el hombre es esencia y persona. Jesús Cristo, como sabéis, es una Persona, la segunda de las tres Personas de la Santa Trinidad; pues, una Persona, pero una y común es la esencia con el Padre y el Espíritu Santo.

¿Qué significa esto? Que el Dios Logos es esencia y Persona. El hombre es esencia y persona. He aquí, vemos también la icona-imagen de Cristo en el hombre. ¡Es admirable!

¿Sabéis las consecuencias que tienen estas cosas? Os contaré sólo una pequeña consecuencia sobre esto. Atención, guardad bien esto. Escuchad.

En nuestra época, también en algunas otras, pero principalmente en la actual, al hombre no se le reconoce como persona, sino como masa. Cuando decimos el laós-pueblo, naturalmente tiene muchos individuos (átomos); como sabéis, una cosa es individuo (átomo) y otra persona; muchas veces estas cosas las mezclamos.

Pero, si queremos hablar con exactitud, diríamos que individuo (átomo) es un trozo del total, el cual también determina πρόσωπον (prósopon: rostro con personalidad, persona). Cuando digo prósopon-persona, tiene mucha importancia. Significa que aquí tengo yo un yo parcial o particular.

Pues bien, si el laós-pueblo está constituido de individuos (átomos) que tienen prósopon rostro con personalidad, y se les reconoce su persona, entonces ciertamente esto tiene como consecuencia que reconocemos la icona-imagen de Dios en el hombre. Cuando, al contrario, vemos el pueblo como una masa, es decir, masificación de las personas, entonces no existe persona, ni libertad, ni lógica; no existe nada; es decir, hago lo que dice la masa.

¿Dónde está la persona o la personalidad? En ningún sitio. Y si sobresalta una persona con un golpe, se convierte otra vez en masa, puré o pulpa. Viene, pues, el hombre a masificar, a hacer pulpa a las personas humanas y a producir el elemento bestial que se llama masa.

Y nuestra época tiene unas máquinas y produce unas cosas así. Cada uno entiende lo que quiero decir. Guardad bien lo que os voy a decir:
«Sólo Cristo hace y eleva a personas, porque son sus iconas-imágenes».

Y, como sabéis, estas cosas han pasado a sistemas sociales, desgraciadamente. Y pasando a sistemas sociales, tenemos la desgracia de tener el fenómeno de las masas.

Son muchas las características y los elementos de la icona-imagen de Dios en el hombre. No podemos agotarlos todos. Hemos dicho los que podemos saber y percibir. Generalmente, la icona-imagen de Dios en el hombre permanece un misterio.

Copyright: Monasterio Komnineon de «Dormición de la Zeotokos» y «san Demetrio»,
40007 Stomion, Larisa.
Fax y Tel.: 0030 24950 91220

Traducido por: χΧ jJ — logosortodoxo.es/

 

Sumarios de los Congresos Internacionales de Atenas y Limassol de Chipre, sobre san Gregorio Palamás

Sumarios de los Congresos Internacionales de Atenas y Limassol de Chipre, sobre san Gregorio Palamás

Prólogo, introducción y conclusión sinóptica de los dos congresos.

 

(¡!!Amigos en Cristo Dios-Hombre, por la Δόξα (Dóxa), Gloria, y gracias a Dios, hemos terminado de repasar las tesis traducidas de los Congresos Internacionales del gran Santo de mi devoción, san Gregorio Palamás, el Megadidáskalos (Mega-Maestro), el puntal, faro y estrella inapagable de la Ortodoxia, el heraldo y predicador incansable de la θέωσις (zéosis). Les deseo de todo corazón que su Χάρις (Járis: Gracia), energía increada, que quita la des-gracia creada del hombre, ¡¡¡les vaya iluminando!!!)

 

Prólogo

Es verdad que se han destacado por el Espíritu Santo, dentro de la historia de dos mil años del Cristianismo, excelentes personalidades, grandes Padres de la Iglesia, que han vivido, experimentado e interpretado el dogma del Θεάνθρωπος (Zeánzropos: Dios-Hombre), haciéndose para el pueblo de Dios guías del camino que conducen a la gnosis (conocimiento) inequívoco de Dios y a la θέωσις* (zéosis) del hombre. *(ver sobre zéosis o theosis: https://logosortodoxo.es/category/theosis-o-zeosis-%ce%b8%ce%ad%cf%89%cf%83%ce%b9%cf%82/)

Entre ellos referimos a san Gregorio el Teólogo como el primero que cimentó el dogma triadológico. Aquellos de los teólogos posteriores que quieren hablar sobre el dogma triadológico se basan en sus “Logos Teológicos”. A continuación, mencionamos a san Máximo el Confesor, que persistentemente desarrolló la cristología. Finalmente, apuntamos a san Isaac el Sirio, cuyos “Escritos Ascéticos” constituyen un estudio y ejercicio incesante para cada hisijasta posterior.

San Gregorio Palamás, sin embargo, constituye un caso único en la historia de la Iglesia. El teólogo θεόπτης (vidente, contemplador de Dios), que expresó la esencia de la vida espiritual ortodoxa de una forma compositiva única. Porque tenía como cimiento y base de su edificación espiritual la vivencia y experiencia de la divina Χάρις (Jaris: gracia, energía increada), esta misma θέωσις (zéosis) dentro de la Luz increada de Dios, y estaba dotado de una aguda, genial y perspicaz διάνοια (diánia: mente, intelecto, cerebro), podía moverse con gran facilidad en el espacio de la teologización catafática (afirmación positiva) y apofática (afirmación negativa, reductiva, es decir, lo que no es).

Por eso, su biógrafo san Filóteo Kókinos, patriarca de Constantinopla, se sorprende de sus escritos, porque, como dice él mismo, “los textos de san Gregorio son el nus y el espíritu de Cristo… son altos para los perfectos, pero al mismo tiempo adecuados para los imperfectos e iniciantes, tanto que nadie puede expresarlo”.

Basta que uno estudie los “Logos demostrativos sobre la procedencia del Espíritu Santo” para entender su pura e íntegra interpretación sobre la kénosis (vaciamiento) de Dios Logos; las tres tríadas “A favor de los Santos Hisijastas”, para quedarse cautivado por su experiencia hisijástica y su participación en las deificantes o divinizantes energías increadas; y los “Logos opositores u objetores contra Akíndinos”, para atender con cuidado a su persistencia en la enseñanza patrística como autenticidad de la Iglesia Ortodoxa.

Consideramos como un deber hacia san Gregorio Palamás, que recibió el hábito monacal en nuestro Monasterio (Vatopedi de Athos), la organización de los dos congresos internacionales en Atenas y Limassol (Chipre), que se han realizado con gran éxito. Hemos intentado exponer y proyectar la persona y la enseñanza de san Gregorio Palamás, especialmente en relación con la realidad actual de nuestra época.

Por los trabajos de los dos congresos y la recopilación de este material científico, observamos que finalmente san Gregorio Palamás es inagotable. Y esto no es curioso, ya que su enseñanza no es humana, sino θεόπνευστος (zeópnefstos: inspirado por Dios). Inspirada por Dios, por supuesto, es también la enseñanza de cada santo Padre de la Iglesia Ortodoxa. A pesar de esto, san Gregorio Palamás es irrepetible. Por eso, su teología se convirtió también para nuestra época en el emblema de la Iglesia Ortodoxa y la quintaesencia de su testimonio.

Nuestro deseo piadoso es que se cree en cada lector de este tomo el deseo de un estudio documentado y argumentado, minucioso y concienzudo de las obras de san Gregorio Palamás. Los escritos de san Gregorio Palamás se asimilan a los textos de la Santa Escritura. Cada vez que uno los lee, nuevos horizontes se le abren por delante.

Agradecemos fervientemente al profesor de la Escuela Teológica de la Universidad Aristotélica de Tesalónica, señor Georgios Mantzaridis, tanto por la realización de los congresos como por la edición de los sumarios.

Archimandrita Efrén, Higúmeno del santo Monasterio Vatopedi de Athos.

 

Introducción

El primer congreso internacional científico sobre san Gregorio Palamás se realizó en Tesalónica en noviembre de 1959, por iniciativa de la Escuela Teológica de la Universidad Aristotélica de Tesalónica. Este congreso, que se realizó con ocasión de la celebración del cumplimiento de seiscientos años de su dormición, constituyó un paso y un hito importante para la proyección y el conocimiento de la persona de san Gregorio Palamás. Siguió el intento sistemático de la edición crítica de sus obras no editadas y de las ya editadas, mientras que su persona y su enseñanza comenzaron a ser el epicentro del interés teológico. Así, podría presagiarse con gran certeza que el camino posterior de la teología ortodoxa sería regulado y organizado decididamente por la tradición de san Gregorio Palamás.

El segundo congreso científico internacional sobre san Gregorio Palamás se realizó de nuevo en Tesalónica en noviembre de 1984, por iniciativa de la Santa Metrópolis de Tesalónica y con la participación de destacados e ilustres teólogos ortodoxos y otros científicos.

Los dos últimos congresos científicos sobre nuestro santo Gregorio Palamás se realizaron en Atenas y en Limassol de Chipre, por iniciativa del Santo Monasterio de Vatopedi, Athos. En el congreso de Atenas, que se realizó en noviembre de 1998, colaboró como co-coordinador el grupo “Amigos del Monte Athos”, mientras que, para el congreso del año siguiente, co-colaborador fue la Santa Metrópolis de Limassol. El propósito de los últimos congresos fue la proyección más amplia de la persona y la enseñanza de san Gregorio Palamás en la capital helénica y en la gran isla de Chipre. Mientras tanto, ya se había publicado la edición crítica de las obras del Santo, y su enseñanza teológica influyó en todas las ramas de la teología ortodoxa y provocó un gran interés en todo el mundo teológico.

Con la convocatoria de los dos congresos científicos internacionales en Atenas y en Limassol de Chipre, el Santo Monasterio de Vatopedi, desde el cual comenzó su vida ascética san Gregorio Palamás, contribuyó a la mayor proyección posterior y a la actualidad de su enseñanza. La participación de multitud de distinguidos teólogos y otros científicos de todo el mundo ortodoxo, así como el entusiasmo correspondiente del público de Atenas y de Limassol, han dado a los congresos internacionales un carácter festivo en la fiesta de san Gregorio Palamás, cuya memoria se celebra el 14 de noviembre.

Las presentaciones, ponencias y debates que se realizaron en los congresos de Atenas y Limassol se refieren a todos los espacios y aspectos de la obra y la enseñanza del Santo. Fue mayor el número de ponencias que se presentaron en Atenas, donde el congreso duró más días. Algunas ponencias se repitieron en Limassol, pero en general la tematología del congreso de Limassol es especial y viene a completar la tematología de Atenas. Es obvio que las ponencias de Atenas que se han repetido en Limassol se publican en el presente tomo solo como introducciones del primer congreso.

La realización de los dos congresos científicos sobre san Gregorio Palamás y la publicación de los sumarios en el presente tomo constituyen la mínima expresión del sentimiento de nuestra deuda y de nuestro deber hacia el gran campeón de la fe y faro luminoso de la Ortodoxia.

En nombre de los comités científicos de los dos congresos, expresamos nuestros fervientes agradecimientos a todos los ponentes que, con sus ponencias y con su presencia personal, contribuyeron al gran éxito de los congresos, así como también a todos aquellos que tomaron parte en ellos o contribuyeron de cualquier manera a su realización.

Georgios Mantzaridis

 

CONCLUSIONES SINÓPTICAS DE LOS CONGRESOS INTERNACIONALES DE ATENAS (1998) Y LIMASOL (1999) SOBRE SAN GREGORIO PALAMÁS

Por Georgios Mantzaridis, teólogo carismático de la Universidad de Aristóteles de Tesalónica

 

1) SINOPSIS DEL CONGRESO DE ATENAS (1998)

 

De los trabajos de este Congreso y de las conversaciones que tuvieron lugar en la mesa redonda previa, considero que ha quedado claramente manifiesta tanto la importancia como la actualidad de la obra y de la enseñanza de san Gregorio Palamás.

Se investigaron las condiciones, las cuestiones y las cualidades fundamentales de su enseñanza. Se analizaron sus dimensiones dogmáticas, éticas y antropológicas, así como sus perspectivas sobre la persona y el cuerpo humano. Se realizaron comparaciones y correlaciones entre su enseñanza y la santa παράδοσις* (parádosis: transmisión y entrega, tradición) patrística precedente, así como con la teología occidental, y se describieron aspectos de su metodología. Se resumió su obra pastoral y se examinó su influencia en el mundo eslavo. Asimismo, se estudió la historia de su festividad y la himnografía de su oficio, las peripecias de sus textos y sus testimonios iconográficos, así como la relación del hisijasmo con la pintura y la iconografía eclesial. Finalmente, se presentó el hisijasmo de san Gregorio Palamás en comparación con la ascesis de las religiones orientales, subrayándose su importancia y actualidad para el mundo contemporáneo. *(Ver sobre Parádosis: https://logosortodoxo.es/teologia-ortodoxa/santa-tradicion-de-la-una-santa-iglesia-catolica-apostolica-ortodoxa/)

Esta actualidad, por supuesto, no es casual, sino que se vincula con dos características fundamentales de nuestra época, que se señalaron de diversos modos tanto hoy como a lo largo de todo el Congreso:
a) la tendencia hacia la globalización que vivimos en la actualidad, y
b) la reducción del hombre a número, que va acompañada de su desnudamiento, vaciamiento interior.

Estos fenómenos, aunque aparentemente contradictorios, coexisten en el hombre contemporáneo y en la sociedad actual. En nuestra época, todo tiende a universalizarse: desde las dos guerras mundiales hasta la tecnología global, la economía y la información.

Paralelamente, en este proceso, la persona humana se transforma en número, se vuelve unidimensional y pierde su profundidad interior, quedando vaciada. Esto resulta comprensible, pues todo su interés se orienta hacia lo exterior.

San Gregorio Palamás, con la tradición hisijasta y patrística que representa y transmite, llama al hombre a volver a sí mismo. La ησυχία (hisijía: serenidad mental y paz del corazón), como se ha señalado, no significa inactividad o apraxia, sino una intensa vigilancia espiritual. Como indica su biógrafo, el patriarca de Constantinopla san Filoteo Kókinos, la ησυχία hisijía no es “penuria de estudio ni pereza espiritual”, sino “nipsis y estudio interior”.

El propósito y objetivo de la ησυχία es liberar al hombre de las múltiples dispersiones y devolverlo a su condición natural como criatura “a imagen de Dios”. Esto se realiza mediante el retorno del νούς nus al corazón, punto que constituyó también el eje central de la introducción.

Cuando el νούς nus se une al corazón en su dimensión psicosomática, el hombre recupera su unidad dispersa y vuelve a su estado natural, el estado “a imagen de Dios”, encontrando en su interior a Aquel cuya imagen porta. Cuando el νούς nus del hombre se aparta de Dios —dice san Gregorio Palamás—, el hombre se vuelve “bestial, frenético o endemoniado”. Ambas condiciones abundan en nuestra época.

San Gregorio Palamás vivió, defendió y proclamó la cualidad del hombre que no se aparta de Dios, sino que vive como criatura “a imagen de Dios” y avanza hacia el “a semejanza de Dios”, es decir, hacia la θέωσις zéosis. Entonces el hombre se vuelve verdaderamente, en sentido real y existencial, ecuménico y universal.

El hombre no se hace universal cuando se pierde a sí mismo en el mundo y, con ello, su humanidad, sino cuando se libera del egocentrismo y de la soberbia u orgullo que lo separan de Dios y de los demás. Se vuelve ecuménico y universal cuando unifica y perdona en su interior a todo el mundo, y cuando se ensancha mediante la humildad y la αγάπη (agapi: amor incondicional, altruista, desinteresado) enseñadas por los Padres y sostenidas por san Gregorio Palamás.

Entonces deja de existir como número y se convierte en persona auténtica, con personalidad y rostro. Pues su verdadera hipóstasis abraza en su interior a toda la φύσις fisis naturaleza humana. Se hace Cristo por la χάρις (jaris: gracia, energía increada). Esta es la θέωσις zéosis del hombre.

Este es el ideal de la Iglesia Ortodoxa que defendió san Gregorio Palamás; y no lo defendió únicamente para los monjes, sino para todos los cristianos y para todo el mundo.

 

2) SINOPSIS DEL CONGRESO DE LIMASOL (CHIPRE, 1999)

 

Abordando a san Gregorio Palamás dentro del marco de su época, como intérprete de las Sagradas Escrituras y continuador de la tradición patrística ortodoxa, se puso de manifiesto que él contiene, transmite y entrega vivencial y empíricamente la enseñanza ortodoxa. No es un teólogo conservador aferrado a la letra, sino un teólogo auténticamente tradicional y, precisamente por ello, verdadero teólogo y didáskalos (maestro) de la Iglesia, que permanece fiel a la santa parádosis (tradición) y, al mismo tiempo, crea tradición viva.

La santa parádosis de la Iglesia constituye una corriente incesante y no un pantano estancado. Es espíritu y vida; no es letra muerta ni un tesoro de museo.

La teología que surgió en Oriente bajo la influencia del humanismo, se desarrolló en Occidente mediante el escolasticismo y finalmente se consagró como teología académica en el conjunto del mundo cristiano, bajo diversas formas y variantes. Esta teología resulta estéril y unidimensional. Está centrada en el hombre y limitada a sus horizontes. Carece de una relación real y existencial con Dios, pues lo concibe de manera racional o meramente simbólica. Niega la transformación renovadora que provoca la manifestación de lo increado dentro de la creación y obstaculiza la realización de la κοινωνία (kinonía: conexión, comunión, participación) de la θέωσις zéosis. Por ello, no puede inspirar al hombre, renovarlo ni influir verdaderamente en su vida personal y social.

El logos de Dios, como energía viva y vivificante, se engendra el hombre interno, el del corazón, en el incorruptible ornamento de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima y hermosura delante de Dios. 4. …al hombre interior del corazón, que tiene como ornamento (o adorno) incorruptible el espíritu afable y apacible que delante de Dios es de grande valor y hermosura” (cf. 1 Pe 3,4). Por esta razón, la ησυχία (hisijía: serenidad mental y paz del corazón), cultivada desde los orígenes por el hisijasmo ortodoxo, no constituye un lujo innecesario, sino una condición fundamental para la preservación y expresión de la teología viva.

La teología cristiana ortodoxa es hisijasta, porque nace de la ησυχία hisijía y conduce al hombre a la ησυχία con el fin de conocer a Dios y vivir su presencia. El clamor salvador brota del seno de la divina y ardiente ησυχία hisijía. Y los “misterios del clamor” que trajeron la salvación al hombre se realizaron “en la ησυχία hisijía de Dios”, según san Ignacio de Antioquía (A los Efesios, 19,1).

En el período turbulento de mediados del siglo XIV, san Gregorio Palamás, partiendo de la ησυχία hisijía y llevándola permanentemente en su corazón, pudo permanecer firme, estable e imperturbable, a pesar de los violentos ataques que sufrió. De este modo, logró describir y formular la teología ortodoxa como Padre inconfundible y didáskalos maestro de la Iglesia Ortodoxa.

El movimiento hisijasta desarrollado por san Gregorio Palamás se difundió inmediatamente no sólo en el Imperio Bizantino, sino en todo el mundo ortodoxo. En la época en que Maquiavelo escribía El Príncipe, el soberano Basarab de la Valaquia eslava redactó su Enseñanza dirigida a su hijo Teodosio, presentando el modelo de un gobernante hisijasta.

Los movimientos anti-hisijastas que surgieron y siguen surgiendo en el ámbito ortodoxo confirman que no constituyen simples interpretaciones alternativas dentro de la tradición de la Iglesia, sino posiciones irreconciliables con ella. Por ello, la enseñanza de san Gregorio Palamás no pertenece sólo al pasado, sino que conserva hoy una importancia decisiva, y su influencia en la teología ortodoxa contemporánea es evidente y ampliamente reconocida.

La dinámica que domina el mundo actual es más intensa que en cualquier otra época. Los cambios y reordenamientos que se producen en todos los niveles de la vida son vertiginosos. El hombre queda atrapado en esta vorágine y pierde la capacidad de examinar y gobernar su conciencia. En tal contexto, la ησυχία hisijía noerá del nus (paz mental y serenidad espiritual interior cordial) parece extraña y paradójica; sin embargo, precisamente por estas mismas razones, se vuelve profundamente deseada, anhelada y buscada.

Si el hombre no busca esta ησυχία hisijía, si no experimenta, ni siente aunque sea mínimamente la ruptura o quebrantamiento interior provocado por su ausencia, no podrá encontrarse a sí mismo ni conocer a Dios, ni preservar su propia humanidad.

Al mismo tiempo, la dinámica de nuestra época exige vigilancia, atención y activación. Aquí se manifiesta la otra dimensión de la noerá energía espiritual vivificante, del nus) ησυχία hisijía: el estudio interior, el cuidado, la vigilancia y la alerta espiritual. La esencia del hisijasmo consiste en esta intensa vigilancia interior que recompone y unifica espiritualmente al hombre. El verdadero cristiano se domina a sí mismo, examina y gobierna continuamente su mundo interior.

El gran problema que enfrenta hoy el mundo es la secularización/ mundificación, que no se limita sólo a los estilos de vida, sino que penetra y transforma el pensamiento y la conciencia de los hombres. Su influencia es tan profunda que ha dado lugar a corrientes dentro de la teología cristiana, especialmente en Occidente, donde se la considera incluso como una continuación natural del propio cristianismo.

La enseñanza de san Gregorio Palamás es particularmente actual porque responde a la pregunta fundamental que atraviesa toda la historia de la Iglesia y que hoy se plantea con mayor agudeza:
¿Qué es, en esencia, el cristianismo? ¿Qué es la Iglesia?

¿Es el cristianismo un sistema de nociones éticas o religiosas?
¿Es una institución que se acomoda al mundo para ordenarlo?
¿O implica una ruptura con el mundo con el fin de salvarlo?

La teología de san Gregorio Palamás muestra con claridad que la κοινωνία (kinonía: conexión, participación, comunión) y unión del hombre con Dios no se sitúa en un plano impersonal o meramente institucional. No puede entenderse como un fenómeno intelectual o ético alcanzado por las fuerzas humanas, sino como un acontecimiento ontológico, realizado por la donación gratuita de Dios y por su cercanía y familiarización personal al hombre.

La Iglesia, como κοινωνία kinonía de comunión y de θέωσις zéosis, mantiene continuamente abierta la relación entre lo creado y lo increado, entre el hombre y Dios. Por ello, constituye el espacio espiritual en el que el hombre es dignificado y puede cumplir el propósito último de su existencia: la semejanza con Dios.

Georgios Mantzaridis, ilustre profesor y teólogo de la Universidad Aristotélica de Tesalónica

(Presidente organizador de los Congresos Científicos Internacionales de Atenas 1998 y Limassol 1999)

Traducción: Χρῆστος Χρυσούλας (Jristos Jrisulas) heleno-griego nativo, instruido en la Santa Parádosi-Tradición y en la lengua (katharévusa) del Nuevo Testamento la que actualmente se habla en el pueblo fiel heleno-ortodoxo. logosortodoxo.es/