Lucha por la mentalidad, conducta y actitud ortodoxa

 

«Lucha por la mentalidad, conducta y actitud ortodoxa»

Domingo de los Santos Padres del IV Sínodo Ecuménico – Atanasio Mitilineos

 

Los discípulos son la sal y la luz, Mt 5:13-16.

13 Vosotros sois la sal de la tierra, porque con vuestro ejemplo y enseñanza tenéis la capacidad de dar sabor a la vida de los hombres y prevenirlos de la basura ética. Pero si la sal pierde su cualidad de salar, se desvirtúa, ¿con qué será salada, para volver a retomar su esencia y fuerza de salar? Ya no tiene valor, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres.

14 Vosotros con vuestro ejemplo y los logos del Evangelio sois la luz (espiritual) del mundo. Igual que una ciudad construida sobre un monte no puede ser escondida, así también vuestra vida será percibida en los hombres.

15 Tampoco encienden una lámpara y la ponen debajo del almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en la casa.

16 Así la luz que habéis recibido de mi y ahora es vuestra luz, alumbre y brille delante de los hombres, de forma que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos, por tener este tipo de hijos virtuosos.

Cristo, la ley y los profetas, 5:17-20.

17 No penséis que vine a abrogar la ley de Moisés o la enseñanza de los profetas; no vine a abrogarla, sino a aplicarla, cumplirla, y completarla en una ley perfecta.

18 Porque de cierto os digo: Hasta que pase el cielo y la tierra, de ningún modo pasará una iota (ι, i letra del alfabeto griego), ni una coma, ni una tilde de la letra de la ley, hasta que todo esto se haya cumplido en mi vida y obra.

19 Por tanto, aquel que suprima uno solo de estos mandamientos-logos que parecen pequeños e insignificantes, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reinado de la realeza increada de los cielos; pero aquel que practique y aplique todos los mandamientos-logos y enseñe también a los hombres, éste será proclamado grande en el reinado de la realeza increada de los cielos.

20 Porque os digo que si vuestra justicia no supera la virtud típica y superficial de los fariseos y de los Γραμματεῖς Gramatís, maestros, (escribas, teólogos intelectuales sin práctica, solo teoría), de ningún modo entraréis en el reinado de la realeza increada de los cielos.

 

«Lucha por la mentalidad, conducta y actitud ortodoxa»

Atanasio Mitilineos

 

“Por tanto, aquel que suprima uno solo de estos mandamientos-logos que parecen pequeños e insignificantes, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reinado de la realeza increada de los cielos; pero aquel que practique y aplique todos los mandamientos-logos y enseñe también a los hombres, éste será proclamado grande en el reinado de la Realeza increada de los Cielos” (Mt 5,19)

Mis queridos hermanos, existe en el ser humano una tendencia, precisamente por su estado caído, a alterar continuamente la verdad. Existe la tendencia a introducir su propio sujeto dentro del objeto, lo cual produce una distorsión, una corrupción. Naturalmente, esto es resultado del egoísmo humano, el cual constituye el núcleo mismo del pecado que reside en todo hombre, descendiente de Adán, quien está caído. Está de más decir que esto también se encuentra en el diablo. El diablo, siendo por excelencia orgulloso, jamás quiso aceptar la verdad de Dios tal como se le ofrecía, sino que intentó imponer su propio sujeto, distorsionando así la verdad divina.

De este modo, como comprenderán, la integridad del logos de Dios es un capítulo de suma importancia que todo creyente debe cuidar si realmente desea redimirse, psicoterapiarse y salvarse. El Señor, siendo plenamente consciente de que lo escuchaban hombres -no sólo caídos, sino también profundamente pervertidos- como eran los dirigentes del pueblo, los sacerdotes, el clero, los fariseos, gramaticales-escribas y doctores de la ley, es decir, quienes guiaban al pueblo, hombres cargados de enorme orgullo, que siempre buscaban distorsionar el logos de Dios…

Basta, queridos míos -basta- con que uno considere esa producción rabínica que se llama Talmud, la cual contiene seis mil mandamientos, sólo con esto es suficiente para que comprendan… Muchos de esos mandamientos son una perversión de la verdad. Esto basta para entender el tipo de mentalidad, conducta y actitud que poseían y se movían.

El Señor dijo claramente, refiriéndose a estos casos, que todos esos inventos son preceptos humanos. Tan pesados resultaban, que ni siquiera quienes los imponían podían soportarlos, ni moverlos con el dedo meñique. Es decir, ni lo más mínimo podían cumplir. Y aun así, estos hombres exigían que tales cosas fueran impuestas sobre el pueblo.

La Sagrada Escritura, y en particular el Nuevo Testamento, menciona varios ejemplos. Por ejemplo, si no se lavaban las manos -que al final de cuentas es una cuestión de higiene, no de religión-, se consideraba pecado. Porque si alguien comía con las manos sucias, se volvía pecador… Y muchos otros ejemplos así.

Teniendo pues frente a Él una multitud que podía fácilmente tergiversar la verdad o mostrar selectividad frente al logos de Dios, el Señor pronunció esa declaración tan significativa: “Por tanto, aquel que suprima uno solo de estos mandamientos-logos que parecen pequeños e insignificantes, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reinado de la Realeza increada de los Cielos”.

¿Por qué el Señor llama a estos mandamientos “los más pequeños”? ¿A cuáles se refiere? A “éstos”. ¿Cuáles “éstos”? A aquellos que el Señor enseñaba. ¿Y por qué los llama “pequeños”? Porque eran considerados así por los hombres, quienes hacían una selección diciendo: “Este mandamiento es importante, aquel no lo es, al cesto de los desechos, no nos interesa”.

Tomen nota de que esto ocurre constantemente dentro de la Iglesia. Los fieles lo hacemos todo el tiempo. Miren, -¿qué decir?- el entorno. No, queridos míos, mirémonos a nosotros mismos. Veremos que también nosotros seleccionamos el logos de Dios. Cuando leemos la Escritura o escuchamos un kerigma (discurso, sermón), conservamos aquello que no es doloroso de aplicar, lo que es indoloro. Lo que duele, lo dejamos de lado. Decimos: “Eso es para otros”. Así, despreciamos el logos de Dios y hacemos una distinción entre mandamientos importantes y no importantes.

Frente precisamente a este fenómeno, el Señor, casi con ironía, dice:
“¿Consideráis pequeños estos mandamientos? Pues os digo: si quebrantáis, es decir, si desobedecéis, si no aplicáis, si despreciáis, uno solo de estos mandamientos que vosotros consideráis pequeños, seréis considerados los más pequeños en la Βασιλεία (Vasilía: realeza increada) de los Cielos.” O sea, insignificantes. Es decir: no entraréis en Realeza increada de Dios.

Como pueden ver, queridos míos, el tema de la aplicación y cumplimiento de los mandamientos-logos de Dios es sumamente importante, y debemos mirar con precisión el logos de Dios y no recortarlo ni seleccionarlo a nuestro antojo, sino aplicarlo en su totalidad. ¿Por qué? Porque, hermano mío, no te salvas si cumples toda la ley, pero fallas en un solo punto. ¿No es eso lo que nos dice Santiago el hermano del Señor? Si fallas en un solo mandamiento, si no cumples uno, entonces te conviertes en transgresor de toda la ley.

Para entender esto, piensa que puedes ser un buen ciudadano, pero si violas una sola ley, vas a la cárcel. ¿Puedes alegar ante el tribunal que eres un buen ciudadano? El tribunal no lo pone en duda, pero ve ante sí una ley violada. Y por eso te encarcela. Eso es precisamente lo que quiere decir el logos de Dios.

Pero lo más importante no es solo eso. Lo más crucial, queridos míos, es que, si pervertimos la verdad del Evangelio, entonces ya no tenemos Ortodoxia. Ya no tenemos esa fe ortodoxa completa que Dios nos ha ofrecido íntegra. Eso significa «Ortodoxia«: creer en el logos de Dios tal como se ofrece, sin añadidos ni recortes. Y aún más importante: de la Ortodoxia surge la ortopraxía (acción correcta). Es decir, si tengo una percepción y comprensión correcta del logos de Dios, entonces debo aplicarlo correctamente. Si he pervertido la verdad, ¿acaso no estarán pervertidas también mi vida, mis experiencias, y mi actitud y conducta? Por supuesto que sí. Como pueden entender, es un asunto sumamente serio al que debemos prestar mucha atención.

Veamos ahora qué debemos hacer. Primero, debemos conocer el contenido de nuestra fe, tal como es interpretado por la Iglesia y dentro de la Iglesia. No olvidemos que las herejías nacieron del intento de interpretar el logos de Dios según el propio criterio, según lo que cada quien pensaba o quería. La Iglesia es la que interpreta el Evangelio, y es la depositaria de su correcta interpretación.

Cuando surgieron las herejías -como hoy celebramos la memoria de los 630 santos Padres del IV Sínodo Ecuménico, que se reunió en Calcedonia para consolidar el dogma de las dos naturalezas de Cristo-, en esencia el objetivo era combatir el monofisismo. Afirmaron que Jesús Cristo es Dios perfecto y hombre perfecto. Porque en el tema del arrianismo, lo que se atacaba era la divinidad de Cristo, y el Primer Sínodo Ecuménico subrayó la perfección de la naturaleza divina de Jesús. El Cuarto Sínodo Ecuménico -cristológico el primero, cristológico también el cuarto- vino a consolidar la perfecta naturaleza humana de Cristo. Es decir, lo exactamente contrario de lo que decía Arrio, lo afirmaban ahora nuevos herejes como Eutiques, Dióscoro, etc.

Así que, como pueden entender, todo esto ya estaba depositado en la Iglesia. Muchos piensan que con motivo de los Sínodos la Iglesia adquirió nuevos dogmas. No hay error más grande. Queridos míos, esos dogmas ya estaban depositados en la Iglesia. Siempre la Iglesia ha creído, por ejemplo, que Jesús Cristo es hombre perfecto y Dios perfecto, es decir, el perfecto Θεάνθρωπος zeánzropos Dios-Hombre.

Cuando surgió una cuestión, entonces la Iglesia se vio obligada, en sínodo (concilio), a ratificar esa verdad. Esa verdad, esa fe, no es nueva, no aparece con la presencia de un sínodo. Simplemente ya existe y está depositada en la Iglesia. Es la fe de la Iglesia. Y ahora un sínodo viene a cercar y garantizar aquello que la Iglesia ha creído desde siempre. Por tanto, no se trata de cosas nuevas.

¡Qué equivocados están quienes dicen: «¡Los dogmas, los dogmas, y los sínodos…!», y los rechazan en bloque! ¡Qué terrible cosa es esa! Y creen que se trata de cosas estáticas. Son estáticas porque la verdad es inmutable. Incluso los filósofos, queridos míos, creen eso: que la verdad es inmutable, inalterable. No puede cambiar.

Entonces, ¿cómo es que tú quieres que la verdad no cambie, pero consideras los dogmas -hermano mío- como cosas oxidadas, pasadas de moda, inútiles? ¿Y aún como obstáculos supuestos para una expansión de tu vida y fe cristiana en el mundo contemporáneo?

Pero, queridos míos, debo decirles que dos cosas dieron origen a la herejía: la ignorancia y el egoísmo. Y si alguien es egoísta con un egoísmo demoníaco, se convertirá en hereje y persistirá en su herejía. Sin embargo, la mayoría de la gente no actúa así. La mayoría, muchísimos fieles, actúan por ignorancia. No conocen el contenido de su fe.

San Juan Crisóstomo dice: «La ignorancia de las Escrituras ha traído la corrupción de las herejías, la vida depravada, y ha trastocado todo el orden.» Lo ha volcado todo al revés. ¿Por qué? Porque existe ignorancia de las Escrituras. No estudiamos suficientemente el logos de Dios. No conocemos el contenido de nuestra fe. Es trágico. Es trágico llamarse cristiano y no conocer el contenido de la propia fe.

Quisiera darles un ejemplo. Díganme, por favor: hoy en día, incluso las profesiones más sencillas, podríamos decir, se adquieren como formación a través de escuelas, más o menos. Incluso los oficios más pequeños y fáciles se enseñan en escuelas. ¿Y acaso no aprendemos también, en algún momento, la historia de nuestra profesión? ¿O no tendríamos la curiosidad de conocer la historia de nuestro oficio? La historia de la ciencia se enseña siempre en la universidad. La historia de cada ciencia: la historia de la medicina, la historia de la física, etc.

¿Y tú, hermano mío, no tienes la curiosidad de aprender la historia del Cristianismo? Hoy, nadie puede vivir y ser un buen profesional, tener ingresos y prestigio, si no conoce bien su oficio, si no renueva constantemente su conocimiento, porque en cada profesión el saber se vuelve continuamente nuevo.

¿Y tú, hermano mío, no tienes curiosidad de conocer el contenido de tu fe? ¿Nunca te preguntaste, hermano mío, de dónde vengo y adónde voy? ¿Quién soy? ¿Qué significa ser humano? ¿Por qué existo? ¿Adónde voy? ¿Cuál es mi destino? ¿Cuál es mi propósito? ¿Casarme? ¿Tener hijos? ¿Y luego morir? ¿Y después mis hijos también tendrán hijos y luego morirán?

Pero eso ya no concierne a mi persona; concierne a la especie o género. No se trata de mí, sino de la generación. Pero yo, como persona, ¿qué seré? ¿Terminaré? ¿O sea, me acabo, y estoy seguro de que me acabo? Entonces, ¿no tengo la curiosidad de saberlo?

La Escritura me ayudará. El estudio del logos de Dios. Los Padres son la clave; porque ellos son la interpretación de la Sagrada Escritura dentro de la Iglesia y con la Iglesia. Porque si no tengo esta clave para estudiar la Escritura, y empiezo a estudiar y comprender como yo quiero, entonces, queridos míos, entiendan que pronto me volveré hereje, me desviaré, me corromperé.

Pero, ¿qué decir? ¿Dar algún ejemplo? Digamos que vamos a un funeral, vemos a una persona que ha muerto, un familiar o un amigo, nos lamentamos, nos vamos, y decimos: “Bueno, así es la vida. Todos vamos a morir. La tumba es nuestra última morada”.

¿Hermano mío, la tumba es tu última morada? ¿De verdad, todos vamos a morir? ¿De verdad ese es nuestro destino, morir?

¿Nunca resonaron en tus oídos, hermano mío, las palabras: “¡Cristo ha resucitado… y a los que estaban en los sepulcros les regaló vida!”? ¿Nunca escuchaste eso? ¿Cómo escuchas la Divina Liturgia? ¿Cómo escuchas los servicios y las fiestas del año? ¿Cómo lees la Escritura?

El Señor dice: “Mirad y atended a cómo escucháis”. Y, si quieren, este conocimiento es precisamente la piedra de toque frente a toda herejía.

No es necesario que estudiemos las herejías. Es innecesario. Permítanme decírselo: es innecesario. ¿Conoces la verdad? Entonces, cuando algo falso o adulterado venga, lo probarás frente a la verdad que posees y dirás: “Esto es falso”.

¿Aprendiste a reconocer el oro? ¿El verdadero oro? Si te traen bronce mezclado con oro, dirás: “Esto no es oro”. Así, queridos, el conocimiento de la Escritura es también la piedra de toque de la verdad.

Pero no basta con conocer la verdad; debemos también conocer su contenido, debemos vivir el contenido de la verdad. De lo contrario, creamos personas intelectuales. No olvidemos que hay personas que se ocupan del conocimiento elevado de la Escritura, pero no viven lo que deberían vivir.

No olvidemos que el logos de Dios no viene a satisfacer la mente o intelecto, sino que viene a psicoterapiar, redimir y salvar al ser humano entero. A convertirse en nuestra sangre, en nuestro cuerpo. Ese es el logos de Dios. Debe alimentarnos el logos de Dios. Y debemos vivirlo. Pero no simplemente cumplir los mandamientos de Dios de una manera moralista. No. Debemos hacer otra cosa. Debemos lograr lo que dice el Apóstol Pablo: metamorfosearnos, transformarnos. “Y no os acomodéis al mundo de este siglo; al contrario, metamorfoseaos, transformaos y renovad vuestro interior continuamente para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios y ofrenda viva, santa y grata” (Rom 12,2).
Y en otra parte dice: “Pero nosotros poseemos el espíritu, los pensamientos y los sentimientos de Cristo Dios-Hombre , y conocemos las intenciones de Satanás” (1Cor 2,16).

¿Qué es ese “espíritu de Cristo”? Es llegar a ser un pequeño Cristo. Pensar como piensa Cristo.

¿Alguna vez les han dicho, queridos míos, que piensan como tal persona, que se parecen mucho en su forma de pensar? ¿Se los han dicho alguna vez? Si se los han dicho, eso es lo mismo que decimos ahora: que otro reconozca que yo pienso como piensa Cristo. Eso es tener la “mente y espíritu (nus) de Cristo”. No pienso distinto. Actúo como actuaría Cristo. No son cosas lejanas. No digamos: “¿Yo compararme con Cristo? ¿Yo, compararme con Cristo?”

Queridos míos, no se trata de una cuestión de comparación. Se trata de imitar, de llegar a ser como Cristo. Tanto como pueda, tanto como alcance. Constantemente, sin cesar.

¿Por qué creen ustedes que el Logos de Dios se hizo hombre? Permítanme decir esta sencilla frase: ¿“por unos lindos ojos”? ¿Para ser visto? ¿Por capricho? El Hijo de Dios se encarnó por dos razones. Primero, para que veamos Su vida y la imitemos. Para traer el Evangelio a la tierra; lo que significa traer el modo de vida del cielo a la tierra, y mostrar que es posible aplicar el Evangelio aquí en la tierra. La segunda razón es ontológica: con su encarnación, salvar toda nuestra existencia de la muerte y la corrupción, para que podamos resucitar y encontrarnos en la Βασιλεία (Vasilía: realeza increada) de Dios y en su bienaventuranza y felicidad. Esa es la razón.

¿Qué dicen, entonces? ¿Debemos quedarnos solo con el conocimiento superficial? ¿Con un conocimiento vacío? ¿Simplemente satisfacer nuestra mente y espíritu? ¿Decir simplemente que estudiamos, pero no aplicar lo que el logos de Dios nos manda?

Y algo más. Les dije antes que hoy nuestra Iglesia celebra la memoria de los 630 Santos Padres que participaron en el IV Sínodo Ecuménico en Calcedonia, frente a Asia Menor, frente a Constantinopla. Sepan, por favor, que los Padres no solo tenían una correcta creencia, no solo vivían correctamente, sino que también proclamaban correctamente la fe. Y la proclamaban. Es decir, ahora debemos exponer a los demás el contenido de nuestra fe. Porque constantemente vienen nuevas personas al mundo. Y no solo los nuevos, es decir, sus hijos, deben aprender la verdad, sino que también debemos corregir a aquellos que no recibieron un buen conocimiento del contenido de nuestra fe. Y por lo tanto, debemos convertirnos constantemente en misioneros. Decir en todas partes la verdad.

¿Han subido alguna vez a un taxi? Seguramente sí. ¿Han visto junto a la cruz que el conductor cuelga en el parabrisas, también un amuleto con una cuenta azul? ¿Lo han visto? Eso es una fe torcida. Esa persona no sabe exactamente en qué cree. Cree que de la cruz emana una fuerza. Pero también de la cuenta azul y del amuleto sale alguna otra fuerza, bueno, si actúa una u otra, no importa, tengámoslas ambas, a ver cuál funciona… ¿Le han dicho alguna vez al conductor, al ver ese fenómeno, que lo que hace no es correcto? ¿Se lo han dicho? Y existen muchas otras cosas -no quiero extenderme- muchas cosas, que debemos corregir siempre.

Pero cuidado, no como fiscales, como si fuéramos jueces y acusadores públicos, diciendo: “Mira, esto y esto, ¡ay de ti…!”. No, queridos míos. Con mucho amor, con mucha hermandad corregiremos al otro sin ofenderlo. Para corregirlo. Incluso decirle que nos perdone por lo que vamos a decirle, que tal vez se le pasó por alto. Tal vez sabe muchas cosas, pero eso se le escapó. Y ahora venimos a decírselo para que también eso lo corrija. Cuando se lo decimos con amor, entonces, ¿qué creen?, un hermano corregirá al otro.

Y entonces tendremos una sociedad cristiana, es decir, la Iglesia de Cristo, que no solo creerá correctamente, sino que también vivirá correctamente. Y no tendremos ese terrible fenómeno dentro de la Iglesia, de que cada quien viva o crea como le parece. ¿No decimos en la Divina Liturgia que el Señor nos conceda “la unidad de la fe y la comunión del Espíritu Santo”? ¿Qué es eso? Justamente aquí, queridos míos, está toda la oferta de la Iglesia. La unidad de la fe significa que lo que yo creo, lo crean también los demás. La fe de la Iglesia. ¿Y cuál es la comunión del Espíritu Santo? Es nuestro objetivo final. Participar del Espíritu Santo. Adquirir el Espíritu Santo. Tener a Dios. Para vivir desde esta vida presente en la Βασιλεία (Vasilía: realeza increada) de Dios. Para hacer de la Βασιλεία de Dios, ante todo, un hecho de nuestra existencia. Encerrar dentro de nosotros la Realeza increada de Dios. Y cuando vayamos allí, a la Βασιλεία de Dios, entonces Ella nos encerrará dentro de sí.

Así que ven, queridos míos, que el día de hoy, en el que nuestra Iglesia presenta a los 630 Teoforos (portadores de Dios o de la luz increada) Padres, lo hace para que los imitemos. No es un hecho que simplemente pertenece al pasado. Anoche leía el decreto dogmático del IV Sínodo Ecuménico. No es muy extenso. Son apenas 5 o 6 páginas de un libro. Muy poco. Y allí está cristalizada toda la decisión sobre la persona de Jesús Cristo.

Si poco a poco llegamos a conocer todo esto… Pero creo que siempre debemos tener amor por el conocimiento, debemos leer, hacer preguntas, escuchar el logos de Dios, pan del logos de Dios; el cual nos llevará al nivel de la predicación, al nivel de la ofrenda, a todo lo que la Iglesia ha depositado. No hablemos solo diciendo -y me dirán que esto es asunto nuestro, sí- no digamos siempre: “Seamos buenas personas”. Debemos conocer el contenido de nuestra fe para conocer nuestro camino, conocer nuestro rumbo.

Así pues, la presentación de los 630 Santos Padres no es un recuerdo, una memoria que pertenece al pasado, un recuerdo de museo. Es una memoria viva. Los Padres de nuestra Iglesia existen y existirán siempre. Existen en la Βασιλεία (Vasilía: realeza increada) de Dios. Existen con sus predicaciones. Existen con sus disposiciones y con sus dogmas. Existen en nuestra vida, como guías en un camino difícil, en una época difícil, en la que todo se descompone, todo se derrumba, y debemos permanecer firmes. Los santos Padres, entonces, son los portadores de luz increada, son los pilares. Son el bastón sobre el que nos apoyaremos para confesar una fe correcta, una vida correcta, y para ver algún día el rostro o persona de Dios.

Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario,
y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, 19-7-1981. Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai.gr/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Somos templo del Dios viviente”, p. Mitilineos

“Somos templo del Dios viviente” (2 Corintios 6, 14 – 7, 1)

Domingo II de Lucas –Atanasio Mitilineos

 

Somos templo del Dios viviente, 2 Corintios 6:14-18

  1. No os mezcléis y os unáis con los infieles que a causa de su infidelidad es difícil entenderse y colaborar con ellos,” ¿Qué concordancia hay entre la justicia y la iniquidad? ¿Qué comunión hay entre la luz y la oscuridad o las tinieblas?
  2. ¿Qué concordia y entendimiento hay entre Cristo y Belial, el diablo? ¿Qué puede tener en común el creyente con un infiel?
  3. ¿Qué relación puede haber entre el templo de Dios y el templo de los ídolos? Pues vosotros sois templo de Dios vivo, según Dios dijo: “Yo habitaré y andaré en medio de ellos y seré su Dios y ellos serán mi laós-pueblo.
  4. Por lo cual, salid de en medio de ellos y apartaos, dice el Señor; y no toquéis cosa inmunda, y yo os acogeré con cariño en mi realeza increada.
  5. y seré vuestro padre, y vosotros seréis mis hijos y mis hijas, dice el Señor pantocrátor-todopoderoso”.

7:1. Amados míos, tenemos estas grandes promesas de Dios, hagámonos nuestra catarsis y purifiquémonos de toda mancha de nuestra carne y de nuestro espíritu, luchando y avanzando continuamente hasta al fin del camino de la santidad en el temor de Dios.

“Somos templo del Dios viviente” (2 Corintios 6, 16 – 7, 1)

Domingo II de Lucas –Atanasio Mitilineos

En la lectura apostólica de este segundo domingo de Lucas, queridos míos, la Iglesia nos ofrece la oportunidad de comprender una gran verdad, la cual, o bien se pasa por alto, o bien es ignorada por muchos cristianos.
Se dice que «el cuerpo es templo del Dios viviente». Subrayo: el cuerpo. O, si queremos ser más exactos, toda la existencia del ser humano creyente. Lo subrayo de nuevo para destacar la presencia también del cuerpo, porque “ser humano, hombre” significa psiquealma y cuerpo. No es solo alma. No es solo cuerpo. Y el cuerpo tampoco es algo vil, despreciable o sin valor, puesto que será hallado en la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de Dios después de la resurrección de los muertos.

El motivo de estas palabras fueron algunos corintios que, aunque habían sido bautizados, continuaban coqueteando con los ídolos y con las costumbres idolátricas. El Apóstol se indigna y formula una serie de preguntas para mostrar que el creyente no debe tener ninguna relación con los ídolos, porque detrás de ellos —como también lo enseña el Antiguo Testamento— se oculta Satanás. Y esto se ha demostrado claramente en la vida de los santos: un santo, según leemos en el Sinaxario (Vida de Santos), podía presentarse ante los idólatras, mirar la estatua y decir: “¿Quién eres tú?”, y al instante la estatua caía y se rompía en pedazos.

Cada creyente, debemos decirlo, es templo y morada del Dios viviente. Por eso el Apóstol pregunta: «¿Qué acuerdo puede haber entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois templo del Dios viviente, como dijo Dios: “Habitaré en ellos y caminaré entre ellos; seré su Dios y ellos serán mi pueblo”» (2 Cor 6, 16).

El tema, queridos míos, como escuchamos hoy en la Segunda Carta a los Corintios, es múltiple y profundo. Pero nosotros nos detendremos en una sola gran verdad, y a ella nos limitaremos, porque el pasaje es inagotablemente rico. Además, es de gran actualidad: ¿cuál es mi relación con los demás hoy, en nuestra época, en este año 2001?
Sin embargo, no me detendré en eso. Me limito al tema del cuerpo:
que el cuerpo del hombre, o más exactamente, el hombre entero, es templo del Dios viviente.

El hombre bautizado, queridos, es templo del Dios viviente. Una afirmación que nunca antes se había escuchado. Ni siquiera en el Antiguo Testamento. Aunque el pasaje que cita el Apóstol Pablo procede de allí, esta verdad no había sido destacada ni comprendida plenamente. Los antiguos —los griegos— decían: «Porque también somos linaje de Dios» (Hech 17, 28). Y el propio Apóstol Pablo lo cita ante los atenienses. O también decían: «Porque en Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hech 17, 28).

Pero en la primera expresión —«porque somos linaje de Dios»— los filósofos atribuían a los dioses o a la divinidad pasiones y debilidades humanas.
Y en la segunda -«en Él vivimos y nos movemos y existimos»- el hombre se concebía dentro de Dios, en un sentido panteísta. ¡Lejos de eso! Dios está fuera y por encima de todo lo visible. No todo es Dios.
Por lo tanto, encontrarse “dentro de Dios”, entendido de ese modo filosófico, es un pensamiento panteísta.

Dios, más bien, hace del hombre Su morada, queridos míos, y así lo convierte en Su templo. Porque, ¿qué significa “templo”? Nada más que la morada, casa de Dios.

Esta posición y afirmación es nueva y asombrosa. Es decir, que Dios pueda venir a habitar en mí, en mi propia existencia humana, en mi cuerpo y en mi psique-alma —en mi cuerpo, lo subrayo una vez más.
Y esto es fruto del amor de Dios. Así lo ha querido Él.

¿Pero cómo habita Dios? ¿De qué modo mora en nosotros?
No, por supuesto, en el sentido de Su presencia universal, pues bajo ese aspecto están incluidos también los impíos. No… Sino por Su divina energía increada.

Los logos que escuchamos —«habitaré» (ἐνοικήσω) y «caminaré» (ἐμπεριπατήσω)—, tomados del Antiguo Testamento y utilizados por el Apóstol Pablo, muestran, el primero, la permanencia continua de la presencia divina. Ya que está dentro de mí, es decir, dentro del templo que se llama «mi existencia», una continuidad de presencia. Lo segundo, que dice «ἐμπεριπατήσω», ese «ἐμπεριπατήσω» caminaré indica una presencia dinámica de Dios en el hombre.

Para comprenderlo mejor, lo vemos en el libro del Apocalipsis de este modo, cuando Jesús se halla en medio de los siete candelabros.
Allí, el evangelista Juan recibe las apocalipsis-revelaciones de Jesús Cristo. Dice que estaba en medio de siete lámparas. Eso significa “habitar”: permanecer. Pero al mismo tiempo camina entre las lámparas. Por tanto, Aquel que camina en medio de los siete candelabros de oro no solo habita, sino que camina, mostrando así no una presencia estática, sino una presencia viva, dinámica y activa.

Así también, el hombre es templo de Dios.

En otro tiempo, Dios dio la orden de construir un templo en Su honor, en Su nombre: el célebre templo de Salomón.
(Abro un pequeño paréntesis: cuando intenten reconstruirlo, esto será motivo de guerra entre Israel y los árabes. Solo Dios sabe lo que sucederá entonces… Parece que lo que recientemente ha ocurrido en el mundo como terrorismo no será nada comparado con lo que vendrá. Recordadlo. Solo debemos saberlo, para reconocer los signos de los tiempos y cómo están las cosas), (por mí: y esto lo vivimos ahora en Israel y Palestina y el mundo árabe).

Allí, el pueblo acudía al templo de Salomón. Hoy, por supuesto, ya no existe. No existe. Sobre sus ruinas se ha construido la mezquita de Omar, un lugar de peregrinación árabe. Por eso os dije… ocurrirá… algo sucederá… Porque, para reconstruir el templo de Salomón, habría que derribar esa mezquita islámica. Comprendéis, pues, lo que esto podría provocar…

Allí, pues, el pueblo acudía al templo de Salomón, tanto para sus peticiones personales como para sus peticiones nacionales. Cuando los enemigos atacaban su tierra, el pueblo corría al templo y suplicaba a Dios que protegiera su patria.

Sin embargo, el hombre, después de su caída, sufre a menudo confusión, y tiende a identificar al Creador con las creaturas. creaciones; esto es lo que se llama idolatría. Así también los judíos identificaron a Dios con el templo, confundieron el templo con Dios. Y muchas veces olvidaban a Dios, a quien no veían, pero permanecían apegados al templo que sí veían. Eso les sucedió a los judíos. Y como escribe la Epístola de Bernabé —una antigua carta, evidentemente posterior a Cristo: «Pusieron su esperanza en la construcción (del templo) y no en Dios; casi como los gentiles, consagraron (el templo) como si fuera su dios». Algo muy parecido, pues, a lo que hacían los paganos y los idólatras. Esta desviación, queridos míos, será corregida más tarde por Esteban el protomártir, cuando diga ante los dirigentes: «Pero el Altísimo no habita en templos hechos por manos humanas» (Hech 7, 48). «Habéis dicho» —les reprocha Esteban— «que él blasfemó contra el templo y contra este lugar. Pero Dios no habita en templos hechos por manos humanas».
Y el Apóstol Pablo dirá a los atenienses paganos: «Este Dios no habita en templos construidos por manos humanas» (Hech 17, 24).

Jamás Dios pidió a los primeros en ser creados -y esto es muy significativo- que le edificaran un templo o un altar: «Os he creado para que me construyáis un templo o un altar». No lo dijo.

Más tarde, Dios sí se lo dirá a Noé, y por eso Noé tomó de los animales puros cinco parejas, no dos como de los demás, para poder ofrecer sacrificios. Pero a los primeros en ser creados, antes de la caída, Dios no les pidió sacrificios ni templos.
¿Por qué?
Porque ellos mismos ya eran morada de Dios.

Con la venida de Cristo, el hombre debía volver a esa condición original. Por eso dice el Apóstol Pablo: «Vosotros sois templo del Dios viviente» (2 Cor 6, 16). «Vosotros», dice, «sois un templo vivo, porque estáis vivos, sois seres que os movéis; por tanto, sois morada, templo del Dios vivo, ya que también vosotros vivís».

Y el Apóstol Pedro dirá en su primera epístola: «Acercándoos a Él, la piedra viva (Cristo), también vosotros, como piedras vivas, sois edificados en casa espiritual» (1 Pe 2, 4–5).

Asimismo, el Apóstol Pablo escribirá: «edificados sobre el fundamento espiritual de los apóstoles y de los profetas en un edificio espiritual, la Iglesia, de la que la piedra angular o cimiento de este edificio es el mismo Jesús Cristo, en el que todo el edificio, perfectamente coordinado, se va componiendo y creciendo de forma armoniosa para convertirse en un templo consagrado según la voluntad del Señor; Y en este templo por Jesús Cristo os edificáis también vosotros con los otros fieles santos, para ser morada en la que estará permaneciendo Dios con su Espíritu» (Ef 2, 20–22).

Y comenta Clemente de Alejandría: «El gran templo es la Iglesia; el pequeño, el hombre». Es decir, ¿cuál es el gran templo de Dios? La Iglesia, el conjunto de los creyentes. Cuando decimos “Iglesia”, no nos referimos al edificio, sino a la comunidad de los fieles. Cuando salgáis de aquí y vayáis a vuestras casas, no digamos que “la Iglesia de Dios” se ha disuelto. No. Seguimos siendo la gran Iglesia, el gran templo de Dios, como dice Clemente de Alejandría. Pero también existe la pequeña Iglesia de Dios, que es cada ser humano.
¡Qué grandes y maravillosas verdades son éstas!

San Ignacio Teóforo da una enseñanza admirable a los creyentes.
En su Epístola a los Efesios, en el párrafo 11, dice: «Sed, pues, todos compañeros de camino (σύνοδοι sínodi) —es decir, todos en la senda que conduce a Cristo—, portadores de Dios (θεοφόροι zeofori), portadores del templo (ναοφόροι naofori), portadores de Cristo (χριστοφόροι cristofori), portadores del Espíritu Santo (ἁγιοφόροι agiofori).»

¡Qué hermoso es esto!
Y este término “ναοφόρος” —portador del templo— ¿qué significa?
Significa: soy templo del Señor.

Y puesto que el cuerpo humano es templo de Dios, debemos ahora —pasemos a una segunda parte— considerar cómo debe el hombre tratar el templo de Dios, es decir, su cuerpo.
¿Cómo?

Ya que Dios habita y es adorado allí, el propio hombre debe ser el sacristán (νεωκόρος neokoros) -no naokoros- de ese templo. No simplemente el “guardador del templo”, sino el servidor y cuidador de su propio cuerpo, que es el templo de Dios.

Si toda la ciudad de Éfeso, ciudad grande que era griega… como leemos en los Hechos de los Apóstoles (cap. 19)— era considerada sacristana de la diosa Artemisa porque allí estaba su templo, una de las siete maravillas del mundo antiguo por su arquitectura, ¡cuánto más, queridos míos, el hombre debe ser sacristán del templo de Dios, que es su propio cuerpo, su propia existencia!

Por eso, todo pecado, especialmente el pecado carnal, ofende al cuerpo de Dios, al templo de Dios. Sí, sí.

En concreto el Apóstol Pablo escribe: «Huid de la fornicación» (1 Cor 6, 18). Muchas veces, cuando debo aconsejar a un joven para que no caiga en la fornicación, puedo decirle muchas cosas -las mismas que suelen decir los consejeros-, por ejemplo: «Ten cuidado, no te entregues a la inmoralidad, no caigas en la fornicación o prostitución, puedes contagiarte de SIDA». Antes se decía: «Sífilis, gonorrea, enfermedades venéreas». O, «sabes, eres como un frasco de alabastro con perfume: si vas de una mujer a otra, el perfume se evapora, se pierde, te vacías». Son argumentos buenos. No los rechazo.
Podemos decirlos. Pero el argumento principal, no lo decimos: «¿Sabes, hijo mío, quién eres? Eres templo del Dios trinitario y santo».

¿No dijo Cristo?: «Vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14, 23).

“Vendremos”, en plural, refiriéndose al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. ¿Veis? Eso es lo que no solemos decir. Y sin embargo, el Apóstol Pablo lo subraya con fuerza cuando dice: «Huid de la fornicación.»

Escuchad lo que dice a continuación, está en la primera carta a los Corintios, capítulo sexto: «Todo pecado que comete el hombre queda fuera del cuerpo, pero el que fornica, peca contra su propio cuerpo» (1 Cor 6, 18). Es decir, los pecados carnales, de cualquier forma que sean.
Y si la fornicación no es más que una mala imitación del matrimonio —¿no es así?—, ciertamente haces conforme a la naturaleza lo que harías también dentro del matrimonio. Pero no es matrimonio. Por tanto, es una falsificación del matrimonio. Y te pregunto, hermano:
si vas más allá, hacia la homosexualidad, ¿cómo llamarías a eso? ¡Horror, horror, horror! ¡Qué horror tan grande!

El mismo Dios —en lenguaje humano, para que podamos entenderlo— “no cree en Sus oídos” y desciende del cielo, dice, para verificar lo que ocurre. Así nos lo relata la Escritura, el Dios trinitario y santo dijo a Abraham: «Bajaré a ver si es verdad lo que se dice de Sodoma y Gomorra, y si las cosas son como me ha llegado la noticia» (cf. Gn 18, 21). Son, por supuesto, expresiones antropopáticas, humanas, como cuando nosotros decimos: «No lo puedo creer, quiero verlo con mis propios ojos». ¡Terrible…!

Y luego continúa el Apóstol Pablo diciendo: «¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en vosotros,
el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?»
(1 Cor 6, 19).

Hace algunos años, se encontraron en los muros de la Universidad de Atenas unos grafitis. En aquella época se hacían campañas contra el aborto y otros males, y en las paredes se leía: «El cuerpo nos pertenece.» ¿Te pertenece? No te pertenece. Es de Dios.
¿Habéis oído lo que dice aquí?: «Y no sois vuestros.» No os pertenecéis a vosotros mismos. Pertenecéis a Dios. Él te creó, hermano mío, y a Él perteneces. ¿Y tú dices que tu cuerpo te pertenece, para entregarlo a tus pasiones vergonzosas? Y el Apóstol lo fundamenta: «Porque habéis sido comprados por precio» (1 Cor 6, 20).

¿Y cuál es ese precio?
El Cuerpo y la Sangre de Cristo, derramados sobre la Cruz.

Aún escribe el Apóstol Pablo, queridos míos, en otro lugar: «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros» (1 Cor 3, 16–17). Aquí, ciertamente, se refiere tanto al gran templo, que es la Iglesia, como al pequeño templo, que es la existencia humana.

Y San Ignacio el Teóforo subraya, también en su carta a los Efesios: «Hagamos todas las cosas para ser templos de Dios, y que Él mismo habite en nosotros.»

Y Clemente de Alejandría dice: «Debemos guardar la carne como templo de Dios.»

Y Orígenes añade: «El que se entrega a la impureza destruye el templo de Dios como Nabucodonosor destruyó el templo de Salomón.»

Recordad, según la Escritura, Nabucodonosor, rey de Babilonia, vino a Jerusalén y destruyó el templo de Salomón. Incluso —dice el texto— mandó a su cocinero a encender el fuego para que se consumiera el templo…
Allí hay una alegoría -no la explicaré ahora por falta de tiempo-, pero la idea es ésta: «El que vive en desenfreno, es como Nabucodonosor: destruye el templo de Dios.» Aún más, cuando Nabucodonosor destruyó el templo, los judíos, al regresar del cautiverio setenta años después, lo reconstruyeron, no tan espléndido como antes, pero lo reedificaron.
¿Y tú, si destruyes tu cuerpo, podrás reconstruirlo? ¿Acaso tu cuerpo no es más precioso que las piedras del templo de Salomón?

¡Doxa-gloria a Dios!, porque Dios nos ha dado la μετάνοια metania conversión, arrepentimiento y confesión. ¿Podría decir acaso que ninguno de vosotros que me escucháis ha mancillado jamás el templo de Dios, vuestro cuerpo? En la juventud… con la fornicación, con el adulterio, con esto o con aquello… Pero existe la metania, existe la conversión.
¡Cuán maravilloso es el Señor!
Sí, hay metania, conversión y arrepentimiento. Solo, hermano, no continúes. Porque no te conviene. Escúchame bien: no te conviene. El Espíritu Santo huirá de ti, y quedarás —como dice la epístola de Judas, privado del Espíritu Santo”. Eso me causa terror.
¿No os causa miedo a vosotros pensar que podríais quedar sin el Espíritu Santo? Por eso, ¡atención, atención! Y como dice San Gregorio de Nisa: «Por medio de la psique-alma y del cuerpo nos convertimos en templo de Aquel que habita en nosotros.» Es lo que os dije desde el principio: no solo la psique-alma, sino también el cuerpo. Y no solo el cuerpo, sino también la psique-alma. El hombre entero es morada de Dios.

Y en el templo de Dios, siempre se ofrece ofrenda (sacrificio). Esto es bien conocido. Y además, sacrificio puro. No puedes colocar sobre el altar cualquier cosa. Así debe ser también con el cuerpo.

¿Quién es el sacerdote? El hombre. ¿Y quién es la ofrenda (víctima)? El mismo hombre. ¿Lo habéis oído bien? El hombre es sacerdote y ofrenda (víctima) al mismo tiempo. Por eso dice San Pablo a los Romanos: «Os exhorto, pues, hermanos, por las misericordias de Dios, a presentar vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, éste será vuestro culto lógico y espiritual)» (Rom 12, 1).

De lo contrario, el hombre se convierte en sacrílego.
¿Y qué es un sacrílego?
Algo peor que un ladrón. Cuando llevas un exvoto, una ofrenda, al templo —lo colocas ante la icona-imagen de Cristo— y luego te arrepientes y vuelves a tomarlo, ¿sabes lo que eres? Sacrílego. Sí.

Así también, si tu cuerpo no te pertenece —pues es propiedad del Dios trinitario—, y tú lo tomas y haces con él lo que no debes, te haces usurpador del templo de Dios. Por lo tanto, el cuerpo que no gobiernas, lo gobiernas sin tener dominio sobre él; porque pertenece a otro, es un campo ajeno, una propiedad ajena, es posesión del Dios Trino y Santo, y tú lo tomas y haces con él cosas que no deberías hacer.

Y que el cuerpo es templo de Dios lo confirma el mismo Pablo, dice que nuestro cuerpo resucitará (1 Cor 6, 14). Resucitará para la vida eterna. No puede entrar en la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios un cuerpo manchado por el pecado, porque el pecado —atención a esto— es indeleble. ¿Es infinito Dios? Entonces también el pecado es “infinito” en su marca, si no se borra por la χάρις (jaris: gracia, energía increada. Por tanto, permanece indeleble, a menos que vuelvas a la metania, te arrepientas y Dios te perdone. No pensemos mal de nosotros, sino actuemos: arrepiéntete y vuelve a la metania, si has manchado el templo. Porque, como dice de nuevo San Pablo: «Sabemos que si esta tienda terrestre, nuestra morada actual, se deshace, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha por manos humanas, eterna en los cielos» (2 Cor 5, 1). Serán nuestros cuerpos glorificados, dentro de la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios.

Queridos míos:
El Creador de las psiques-almas y de los cuerpos es el mismo Dios. Si nuestro comportamiento respecto al cuerpo es diferente, seguimos una conducta esquizofrénica. Por eso nos dice San Pablo: «Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo» -primero el cuerpo- «y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios» (1 Cor 6, 20). Amén.

Para gloria del Dios Trino y Santo.

y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, el 30 de septiembre de 2001.

Fuente:  http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai.gr/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

 

a) «La benignidad, bondad», y b) Sed misericordiosos» Lucas 6,31-36

a) «La benignidad, bondad», y b) Sed misericordiosos» Lucas 6,31-36

Atanasio Mitilineos

Lucas 6:31 Comportaos y tratad a los hombres como queréis que ellos se comporten y os traten a vosotros.

32 Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué clase de gracia es la vuestra y la recompensa que merecéis? Porque los pecadores también aman a quienes los aman.

33 Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué clase de gracia es la vuestra y qué recompensa tendréis de Dios? También los pecadores hacen lo mismo.

34 Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué clase de gracia es la vuestra y qué recompensa tendréis de Dios? También los pecadores dan prestado a los pecadores para recuperar lo mismo.

35 Más bien, amad a vuestros enemigos, y haced bien, y dad prestado no esperando nada, y vuestro salario será grande, y seréis hijos del Altísimo en la realeza increada de los cielos, porque Él es bondadoso incluso hacia los ingratos y malvados.

36 Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso hacia todos.

 

a) «La χρηστότης (jristotis) benignidad, bondad» Lucas 6,31-36

Atanasio Mitilineos

Hoy, amados míos, escuchamos en el pasaje evangélico —que es un fragmento de la homilía de nuestro Señor en la montaña— la regla de oro de la conducta hacia el prójimo.

Dijo el Señor: «Comportaos y tratad a los hombres como queréis que ellos se comporten y os traten a vosotros».
¿Cómo quieres que se comporten contigo? Del mismo modo compórtate tú con los demás. Y como lo interpreta Teofilacto: «Lo que tú quieres que suceda contigo, eso mismo muéstralo también a los otros». Y añade el mismo Padre: «¿Ves una ley innata escrita en nuestros corazones?».

¿Por qué? Porque el criterio de cómo situarte frente a los demás es tu propio ser. No quiero que me hagan esto: pues yo tampoco lo haré. Quiero que me hagan aquello: que me amen; yo también amaré. No quiero que me calumnien; yo tampoco calumniaré. Vemos aquí una consecuencia lógica y natural, una consecuencia moral. En otras palabras, el criterio es uno mismo.

Lo mismo vemos en el llamado segundo mandamiento, que junto con el primero —«Amarás al Señor tu Dios», etc.— dice: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». También aquí tenemos como criterio al propio ser. ¿Qué dice? Amarás a tu prójimo como te amas a ti mismo. De modo que, si no te amas a ti mismo, no puedes amar al otro. Si amas a tu propio ser de manera enferma, de manera enferma amarás también al otro. Si te amas de manera recta y sana, como corresponde, entonces amarás como corresponde también a tu hermano y a tu prójimo.

En otras palabras, comprendéis que el caso extremo, el caso más alto y culminante, es que yo quiera salvarme, alcanzar la salvación. Entonces, ¿qué significa «amar al prójimo»? Significa que, como yo deseo salvarme, también debo amar al otro deseando su salvación. Así, aquí tenemos como criterio nuestro propio ser. Por eso es necesario que nuestro ser esté en buen estado, para constituir un criterio correcto.

Sin embargo, diríamos además que para el cristiano existe una superación de este mandamiento, del cual habló el mismo Señor inmediatamente después. Porque cuando el otro no responde, aunque tú quieras mostrar lo que debes mostrar —pues así corresponde—, si el otro no responde, ¿qué harás tú? ¿Cuál debe ser tu comportamiento?

El Señor dijo a continuación: «Si amas a los que te aman, ¿qué mérito tienes? ¿Qué gracia hay en ello?». Si haces el bien a los que te hacen el bien, o prestas a aquellos de quienes esperas recuperar algo, ya sea con interés o con algún beneficio, ¿dónde está la gracia?

Por eso, ¿qué nos dijo el Señor? Algo que es una superación de nosotros mismos: «Amad a vuestros enemigos». Haced el bien sin esperar recompensa cuando prestéis. En otras palabras, esto ya no es sino una superación de nuestro propio yo. No me interesa cómo el otro se comporte conmigo; me interesa cómo yo me comporto con él. Y esto es la superación de mi ego.

El Señor nos llama incluso a ser misericordiosos, lo cual encierra todo lo dicho: amar a los enemigos, hacer el bien, etc., según la medida del Padre celestial. Así, la medida ya no es nuestro propio ser, sino el Padre celestial. ¿Por qué? «Porque Él es bondadoso con los ingratos, los viles, los perversos y los malos».

Así pues, amados míos, nuestro Padre celestial es la medida. Hacia Él debemos mirar. Porque, ¿quién me asegura que tengo una percepción sana de mí mismo? ¿Acaso quien fuma y destruye su propio ser puede tener una buena percepción de sí mismo y amarse verdaderamente? Dice un versículo del salterio: «El que critica y calumnia no ama su propia alma». Hemos perdido la medida.

La medida, entonces, ahora se coloca en Dios. Nuestro Padre es χρηστός bondadoso, indulgente, generoso. ¿Qué significa «bondad»? ¿Qué significa «χρηστότης» (jrestótis)? Significa beneficencia, utilidad, provecho, honestidad. Por consiguiente, Dios es bondadoso, (del término «χρήσιμος», “útil, provechoso”, y no de «χρισμένος», ungido, que proviene del adjetivo «Χριστός Jristós», Jesús Cristo. No: aquí es con la η (ita), «χρη jri»). Dios es el benefactor, el útil, el provechoso. En verdad, amados míos, Dios es quien nos beneficia, quien es útil y provechoso para nosotros.

Aquí nos vamos a detener, en el tema de la χρηστότης (jristotis). Muchas veces decimos: «ese hombre es άχρηστος ájristos inútil», lo cual significa lo contrario de «útil». ¿Comprendéis qué significa “hombre άχρηστος ájristos inútil”? Para entender lo que significa «χρήσιμος jrísimos hombre útil»: en la antigüedad daban a los esclavos el nombre «Χρήστος, Jristos con η).

Erróneamente algunos escriben hoy el nombre «Χρίστος Jristos», con ι, pero esto es incorrecto. La forma correcta es con η (Χρήστος), que significa «útil». Y se daba este nombre a los esclavos para expresar que ese siervo era útil. De modo semejante se daba también el nombre «Onísimos» (Ὀνήσιμος), que significa «provechoso, útil».

Esto lo vemos en la carta del apóstol Pablo a Filemón, donde el Apóstol hace un juego de palabras con el nombre. Escribe a Filemón: «Onésimo, el que antes te fue inútil, ahora es útil para ti y para mí». Esto porque Onésimo había robado a su amo, huyó de Asia Menor —donde vivía su amo— y llegó a Roma, donde Pablo estaba preso. En un momento dado se arrepintió, reflexionó mejor y fue a buscar a Pablo en la cárcel. Pablo lo vio, lo instruyó, lo hizo cristiano —pues no lo era— y luego lo envió de vuelta a su amo, Filemón. Y le dice: «Te ruego que recibas a Onésimo (Onésimo significa útil, provechoso), el que antes te fue inútil, pero ahora es útil tanto para ti como para mí». Así juega con el nombre Onésimo.

Entonces, ¿quién es el hombre “χρηστός jristós” (bondadoso, útil, provechoso)? Siempre repito: con η. Es aquel bendito hombre en cuyas manos todo prospera. Es útil. Recordad a José: cuando sus hermanos lo vendieron en Egipto, mostró toda su bondad en la casa de Putifar. Y con ello atrajo la bendición de Dios sobre aquella casa, hasta que Putifar —idólatra como era— le dijo: «Hijo mío, desde que llegaste a mi casa, tu Dios ha bendecido todos mis bienes, ha bendecido mi hogar».

Asimismo, χρηστός jristós” es el hombre que beneficia de cualquier modo, sea rico o pobre. ¿Tienes dinero? Haces el bien. Pero no se trata solo del dinero. También siendo pobre puedes beneficiar: diciendo una buena palabra, un buen consejo, una orientación, una ayuda, un servicio. De este modo eres para tu prójimo un hombre útil, un hombre hermoso un hombre χρηστός jristós”.

La χρηστότης (jristotis) bondad, generosidad amados míos, es un fruto del Espíritu Santo. El apóstol Pablo escribe a los Gálatas: «El fruto del Espíritu es —un solo fruto, no dividido—: amor, alegría o gozo, paz, paciencia, bondad, benignidad, fe, mansedumbre, templanza». Ved que entre los nueve aspectos del fruto del Espíritu Santo se encuentra la χρηστότης. Es algo que uno adquiere cuando recibe el Espíritu de Dios, que viene a ofrecer ese racimo, esa uva entera, que es el fruto del Espíritu Santo, cuyas uvas son las virtudes y dones o carismas particulares.

Además, la χρηστότης es una virtud social, que da un alivio al ambiente. Cuando existe un hombre así en un entorno, descansa a quienes están alrededor. P or eso, el hombre χρηστός jristós” bondadoso es digno de amor, es simpático.

Escribe el apóstol Pablo en su segunda carta a los Corintios: «…No dando en nada motivo de tropiezo, para que nuestro ministerio no sea desacreditado, sino en todo recomendándonos como servidores de Dios, en bondad (ἐν χρηστότητι)».

Es decir: procuramos no dar en ninguna parte motivo para que el Evangelio sea criticado, sino que en todo nos presentamos como siervos de Dios y servimos a su obra en bondad; es decir, siendo beneficiosos.

Podríamos decir, amados míos, que los santos Apóstoles son los más grandes en la χρηστότης, porque ellos fueron los portadores que, con su esfuerzo, llevaron el Evangelio y, en consecuencia, la salvación hasta los confines de la tierra. ¿Hubo jamás en la Historia hombres más beneficiosos que los Apóstoles? Seguramente no.

Y también en cosas prácticas. Quiero recordaros algo. La Sagrada Escritura no suele detenerse en detalles cotidianos, pero hay un ejemplo muy característico que se refiere al apóstol Pablo. Preso, encadenado, viajaba hacia Roma con otros prisioneros. El barco estaba lleno de pasajeros y también cargado de trigo. Se levantó una terrible tempestad. Pablo ya había dicho su parecer: que no debían zarpar de Creta, sino pasar allí el invierno e ir en primavera a Roma. Pues iba a ser juzgado por el César. El capitán no le escuchó, se puso de acuerdo con el centurión que custodiaba a los prisioneros y partieron.

Por el camino, ¿qué sucedió? «Catorce días», dice, «sin ver estrella ni sol. Nubarrones, tempestad terrible». Durante catorce días no habían comido nada, estaban en ayuno. Entonces se apareció un ángel del Señor a Pablo y le dijo: «Por tu causa no se perderá ninguna vida en el barco». Por la mañana Pablo dijo a todos: «Escuchadme, hermanos: el Señor, a quien sirvo, me reveló que ninguno perecerá. No os entristezcáis, no temáis. Y os ruego: catorce días lleváis sin probar bocado. Debéis comer».

¿Quién se atrevía a comer en aquella situación? Entonces Pablo oró, dio gracias y, delante de todos, comenzó a comer. Escuchad lo que dijo: «¡Y ahora, hermanos, tened ánimo!». ¿En medio de aquella espantosa situación alguien decía que estuvieran alegres? ¿No fue esto beneficioso? Y les explicó: «¿Cómo podremos salir nadando del barco —pues el barco se hundirá— si estamos debilitados por el ayuno y no podemos nadar?».

Más tarde, al llegar a Melite, a Malta, no se quejó diciendo: «¡Qué frío!». Habían caído al mar, estaban empapados y era invierno. ¿Qué hizo el bendito Apóstol? Los pusieron bajo un cobertizo y él mismo fue a recoger leña para encender fuego y secarse. No esperó a que otros encendieran la hoguera. Fue él quien recogió los leños para que todos se secaran. ¡Ved cuán beneficioso, cuán hermoso, cuán provechoso era! Y allí una víbora se le prendió en la mano, etc. Leedlo en los últimos capítulos de los Hechos de los Apóstoles. Eso significa ser un hombre que hace el bien.

Así, un educador, cuando tiene el Espíritu de Dios, puede llegar a ser un hombre χρηστός jristós. Un sacerdote, en su labor pastoral, si ama a su rebaño, puede ser un hombre χρηστός jristós. Una enfermera, un médico, cualquier persona con una tarea social puede ser un hombre χρηστός jristós. Cada uno puede orar por los demás y así hacerse un hombre χρηστός jristós, es decir, un hombre útil. Todos debemos ser εύχρηστοι ἐν Κυρίῳ éfjristi en Kyrío, bien útiles, instrumentos útiles en las manos de Dios, beneficiando a los demás. Nadie debe ser inútil. Y si alguien es sensible y esforzado, debe sentirlo así: que nunca sea άχρηστος ájristos inútil.

Notad, amados míos, lo que refiere san Isaac el Sirio sobre san Antonio: «Nunca juzgaba hacer algo para su propio provecho, sino más bien para el del prójimo, porque tenía la convicción de que el beneficio del prójimo era para él la mejor ganancia». ¿Cómo, dice, puedo tener provecho si miro solo a mí mismo? Cuando miro también al otro, entonces eso es beneficio para mí, porque adquiero la virtud de la χρηστότης jristotis.

Se cuenta también del abad Agathón, que decía: «¡Cuánto desearía encontrar un leproso para darle mi cuerpo sano y recibir yo su lepra!». ¿Quién de nosotros podría decir eso? San Isaac añade además que el abad Agathón siempre quería dar descanso al hermano, ser siempre útil. En una ocasión entró un monje en su celda y vio un buril. «¡Qué hermoso y útil es!», dijo. «Llévatelo», le respondió Agathón. «¿Cómo voy a llevármelo, si es tuyo?». «Tómalo», insistió. Eso significa ser verdaderamente un hombre beneficioso.

Pero aún más: la χρηστότης es una energía increada de Dios, una propiedad de Dios. Por eso el mismo Señor nos dice que el modelo es el Padre celestial: «Porque Él es bondadoso con los ingratos y los malos». «Hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos e injustos». ¿Lo veis? Es útil, beneficioso para todos.

Y esta χρηστότης de Dios es especialmente cercana a los recién iluminados, a quienes recién se acercan al Señor. El apóstol Pedro lo dice de manera muy tierna: «Deponiendo, pues, toda malicia, como niños recién nacidos, deseemos la leche espiritual y sin engaño, para que por ella crezcáis para salvación, si es que habéis gustado que el Señor es χρηστός jristós». Si es que habéis experimentado que el Señor es bondadoso, útil, bueno, hermoso, entonces puedes acercarte a Él.

Además, Dios muestra Su χρηστότης también para conducir a los hombres a la μετάνοια metania y el arrepentimiento. Dice el apóstol Pablo a los Romanos: «¿O desprecias la riqueza de su bondad, ignorando que la bondad de Dios te conduce a la metania y el arrepentimiento?». Así, la χρηστότης de Dios adquiere también el sentido de paciencia, de magnanimidad. Es como decimos: «A veces me hago un poco el payaso delante de alguien que está enojado o difícil, para aliviarlo, para calmarlo». Eso también es una χρηστότης jristotis.

La Escritura nos muestra, de un lado, la χρηστότης de Dios, y del otro, la falta de χρηστότης del hombre. Dice san Pablo: «No hay quien haga el bien, ni uno solo». Nosotros, άχρηστοι ájristi inútiles somos. Dios es χρηστός. Entonces, ¿qué debemos hacer? Debemos imitarle. Dice el Señor: «Seréis hijos del Altísimo, porque Él es χρηστός bondadoso con los ingratos y los malos». Debemos también nosotros ser χρηστός bondadosos con los ingratos y los malos, imitando a nuestro Padre celestial.

Amados, la χρηστότης jristotis es una virtud. Es una virtud que adorna otras virtudes, que embellece al hombre y lo muestra como hombre espiritual. Porque tener este fruto del Espíritu Santo es poseer el mismo Espíritu Santo. Tanto debe reflejarse esta χρηστότης en todas nuestras acciones, que el apóstol Pablo llega a compararla con una vestidura. ¿Qué dice a los Colosenses? «Revestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de χρηστότης». Es decir: «Vestíos de bondad».

¿Salimos desnudos a la calle? No, siempre vamos vestidos. Así también, siempre debéis llevar puesta la χρηστότης, en todo lugar y en todo tiempo. Tanto, que llegue a ser como vuestra ropa, como vuestra camisa, como vuestras células mismas: que siempre y en todas partes seáis hombres útiles, provechosos, que benefician a todos.

Y aún ruega san Pablo a los Efesios y les dice: «Sed χρηστοί jristí bondadosos los unos con los otros». Los exhorta: «Entre vosotros, sed útiles». Sed los hombres de los que nunca se pueda decir una palabra de chisme, porque no chismorreáis; de insulto, porque no insultáis; de reproche, porque no acusáis. Sed los que corréis a ayudar en todo momento. ¿Escucháis en vuestro vecindario de alguien enfermo, quizá una mujer anciana sin familia? Corred a ayudarla, a limpiar, a curar, a llamar a un médico. Corred a servir de cualquier manera, a decir una buena palabra al joven, al muchacho, a la muchacha, en todas partes, porque aún no tienen la experiencia de la vida. Eso significa que entre vosotros debéis ser hombres beneficiosos, hombres χρηστοί jristí.

Si cumplimos este último mandato, amados míos, que nos da el mismo Señor, entonces comprenderéis que formamos una sociedad maravillosa que nos hace verdaderamente semejantes de Dios en la tierra. Realizamos aquel «según la semejanza de Dios» y transformamos este mundo en un hermoso Paraíso. Recuperamos el Paraíso aquí, en esta tierra, cuando tenemos χρηστότης jristotis, cuando somos bondadosos.

Repetiremos, pues, con el apóstol Pablo: «Amados, sed χρηστοί jristí bondadosos los unos con los otros».

Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario, Amín.

Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, 1-10-19898.

 

b) «Γίνεσθε οἰκτίρμονες» – “Sed misericordiosos” (Domingo II de Lucas 6,31-36).

 

La enseñanza evangélica sobre la vida espiritual, queridos míos, es insospechadamente superior a cualquier otra enseñanza humana, sobre todo a la enseñanza filosófica, que intenta corregir la vida espiritual del hombre.

Así, Cristo, nuestro Señor, para recordarnos el «según la imagen» y restaurar el «según la semejanza», nos dio también la enseñanza ética, moral. Es decir, distinguimos tanto la enseñanza dogmática como la enseñanza moral. Porque precisamente esta última constituye el fin de la existencia humana: la enseñanza moral. Es el camino. No es la meta, sino el camino que nos conducirá a recibir aquello que Dios ha preparado para nosotros. Y sobre todo: la θέωσις (zéosis). (ver en: https://logosortodoxo.es/la-zeosis/)

De este modo, el Señor introduce la idea de la filantropía, en el sentido literal de la palabra (amigo del hombre), y nos exhorta: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bondadoso (χρηστός jristós) con los ingratos y malvados. Sed, pues, misericordiosos».

Esto hemos escuchado en la lectura evangélica de hoy, amados míos. Sin importar el nivel moral del otro, sea quien sea, tú debes amarlo y cuidarlo de todas las maneras posibles. Estas posiciones morales eran desconocidas en el mundo antiguo, que en el fondo era despiadado y duro. No existía ninguna institución filantrópica en la antigüedad. Lo que hoy llamamos asilo de ancianos, orfanato, hospital… nada de eso existía. Todo esto es fruto del cristianismo. Basta con que miréis cualquier ciudad antigua —antes de Cristo— ya sea griega y llamada «civilizada», o bárbara, y no encontraréis ninguna de estas instituciones. La asistencia social era totalmente inexistente. La filantropía era desconocida. Y lo importante es que esta vida espiritual no tiene un origen ni una dependencia filosófica. Aunque, antes de Cristo, los filósofos —con buena voluntad y justificadamente— formulaban reglas éticas, morales para mejorar la calidad de vida de los hombres. Pero como dice un autor extranjero: Sócrates no consiguió corregir ni siquiera a los hombres de su propio vecindario.

Ciertamente, era valioso lo que decían, pero todo eso no tenía como medida a Dios, ni dependía de Dios. En consecuencia, era —digámoslo así— una filosofía humanista, que partía del hombre para volver al hombre, y de ese modo no había referencia a Dios, de manera que el hombre mismo se convertía en autoridad sobre el modo de su vida. Pero Dios es, por supuesto, la Autoridad verdadera; Él tiene el poder.

Así pues, el Señor dijo como conclusión de todo lo mencionado anteriormente: «Prestad sin esperar nada» (μηδέν ἀπελπίζοντες). Esto ya se encuentra también en el Antiguo Testamento.

La palabra «ἀπελπίζω» no significa «desesperar», como en la acepción moderna, sino literalmente «esperar de». Es decir, no pondréis vuestra esperanza en recibir más de lo prestado. No deberéis esperar intereses, ni un beneficio mayor que el capital prestado.

Y cuando decimos «prestar», el verbo presupone que uno tomará de vuelta el capital. Sin embargo, quien presta, debe estar dispuesto a que quizá no se le devuelva ni siquiera el capital. Debemos estar preparados para ello. Aun así, daremos dinero, lo que otro necesite. Y si no puede devolverlo, no importa.

Por supuesto, no daremos una fortuna entera. Y además —me detengo aquí en lo de «prestar»— no prestaremos para que otro monte industrias o empresas. No, no. Que busque dinero por otros medios, si quiere enriquecerse y aumentar sus bienes. Nosotros prestaremos a quien realmente tiene necesidad, quizá al que no puede siquiera comprar su pan. Eso significa «μηδέν ἀπελπίζοντες midén apelpizontes»: sin esperar nada a cambio.

Además, dice el Antiguo Testamento lo siguiente: «Si alguien te deja como aval su manto» —es decir, su ropa exterior, que servía también de abrigo por la noche a los pobres— «ten cuidado: podrás guardarlo como prenda durante el día, pero por la noche debes devolvérselo. Porque si no tiene con qué cubrirse y clama contra ti, ¿no será esto contado contra ti?». ¿Veis qué filantropía? Siempre de parte de Dios.

Sin embargo, la conclusión de todo lo que dijo —amar a los enemigos, hacer esto o aquello— es la siguiente: «Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6,36).

Esto, dice San Juan Crisóstomo, significa lo siguiente: «¿De qué modo podemos igualarnos con Dios? En esto: en tener misericordia y compasión.» No dijo: «Si ayunáis, seréis semejantes a vuestro Padre»;

no dijo: «Si guardáis la virginidad, seréis semejantes a vuestro Padre»;

ni tampoco: «Si oráis, seréis semejantes a vuestro Padre». ¿Y qué dijo? «Sed misericordiosos.» Lo que te hace semejante al Padre, en la cualidad de tu ser, es llegar a ser misericordioso.

Si nos volvemos compasivos con todos, sin hacer distinción alguna —como os dije al principio—, entonces de algún modo nos igualamos con Dios, porque Él es compasivo con todos los hombres, incluso con los ingratos.

Puede llover, Dios hace que llueva, y nosotros ni siquiera le decimos un “gracias”. Decimos simplemente: «Ah, llovió, qué bien, mi campo lo necesitaba.» ¡Hombre!, levanta la cabeza hacia el cielo y di a Dios un “gracias”. Porque, dice el Señor: «El Dios hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos» (Mt 5,45), es decir, sobre los que son agradecidos y sobre los ingratos también.

Pero, ¿qué significa “οικτίρμων iktírmon”?
Es aquel que tiene sentimientos de compasión, de simpatía, de misericordia, de piedad hacia su prójimo, repito por tercera vez, independientemente de cualquier interés personal hacia el otro ser humano. A este me cae simpático, lo compadezco y lo ayudo; a aquel no lo compadezco y no lo ayudo. Es decir, sin importar en qué estado moral o en qué calidad de vida se encuentre el otro hombre.

Así, “οικτίρμων iktírmon” —dice san Pablo— significa “entrañas de misericordia”. Porque se consideraba que, en las entrañas del hombre, allí donde está el corazón, donde están los órganos nobles, por decirlo así, dentro del hombre, es allí donde realmente se vuelven hacia el otro. Y allí anida el ser una persona misericordiosa.

De este modo, Dios es “οικτίρμων iktírmon” como misericordioso y lleno de compasión hacia Sus criaturas; y constituye para los hombres un arquetipo de imitación. Porque si decimos: “tal persona es para mí un arquetipo”, sigue siendo un hombre. Y en algo siempre faltará. Claro que puedo tomar ejemplos también de personas que tienen entrañas de misericordia. Pero principalmente debo tomarlos de Dios. Porque —repito— los hombres son hombres y en algún punto carecen; en cambio, Dios ciertamente no carece de nada.

Para que valoremos y tomemos conciencia de lo que significa que Dios sea“οικτίρμων iktírmon” (misericordioso, compasivo) y así lo imitemos según la exhortación de nuestro Señor: “Así como vuestro Padre es“οικτίρμων iktírmon”, analizaremos algunos versículos del Salmo 102, que muestra verdaderamente a Dios como ““οικτίρμων iktírmon””. Veamos este salmo, aunque tomaremos solo algunos pasajes.

El Señor es μακρόθυμος (makrózinos: alarga, aplaza la ira, magnánimo, paciente, tolerante)  y misericordioso, paciente, magnánimo y grande en misericordia”.
Es decir, el Señor es misericordioso, compasivo, se duele del hombre que sufre. Y también es tolerante y μακρόθυμος makrózimos magnánimo, es decir, alarga, aplaza su ira. Porque, claro, no debemos olvidar un principio fundamental, fundamental: Dios es agapi-amor, pero también es juez. Es justo. Tiene agapi-amor, pero también es justo. Y una cualidad Suya no anula a la otra. Pero aplaza el castigo para que los hombres tomen conciencia, vuelvan a la metania y se arrepientan. Eso significa “«μακρόθυμος makrózimos magnánimo, paciente»: “Aplazo el castigo sobre el hombre, quizá este hombre se arrepienta”. Y “rico en misericordia” quiere decir que posee en gran medida, en abundancia y en número, Su misericordia, la cual otorga a los hombres.

Así, el análisis de ““οικτίρμων iktírmon”” está en este versículo del Salmo 102. Y como os dije, los calificativos que aparecen, si los desglosamos, son: “misericordioso”, “paciente”, “magnánimo o tolerante”, “compasivo”, “rico en misericordia”. Estos son elementos concretos que desglosan lo que significa misericordia. Y todo esto está escrito en el Antiguo Testamento, recordadlo, que es pedagogo en Cristo.

Porque la culminación de la misericordia de Dios es la Encarnación. Su gran misericordia, la suprema, es la Encarnación. Así lo dice y lo escribe el evangelista san Juan: “Porque de tal manera amó Dios al mundo —tanto, dice, amó Dios al mundo— que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”. Todo lo demás —que Dios haga llover, que saque Su sol, que te dé alimento— son cosas pequeñas y parciales de Su misericordia. Pero lo supremo, ¿cuál es? Que envió a Su Hijo para salvar al mundo.

¿Cuáles son los aspectos de la misericordia del Señor? Escuchad:
El Señor no estará siempre airado, ni guardará rencor eternamente”.

¿Qué significa esto? Que Dios puede enojarse con nosotros. Y proceder también al castigo. Pero no lo mantendrá hasta el fin. Es decir, volverá siempre a lo que os dije antes: que será magnánimo, paciente, tolerante. Esperará, a ver si se convierte el pecador.

Y no nos conviene, queridos míos, poner a prueba, por así decir, la paciencia y magnanimidad de Dios. Es decir, no debemos abusar de la tolerancia de Dios. Debemos tener cuidado. No decir: “Ah, Dios es bueno, yo puedo pecar y siempre posponer mi conversión y rectificación”. ¡No!

“Ni guardará rencor eternamente”. ¿Qué quiere decir? Que no quedará con enojo, con resentimiento hasta el fin. No. El Señor es filántropo. Y tendrá compasión de nosotros. Así aplaza constantemente, diríamos, Su ira. Y como dice san Atanasio el Grande, envió a Su Hijo unigénito para abolir la corrupción. Cuando Cristo dice: “No he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo”, y sin embargo Él mismo dijo que “vendré a juzgar al mundo”. ¿Cuándo? Al final. Al final.

Atended a esto: el Señor μακροθυμεί makrizimí (alarga, aplaza su ira), es paciente, magnánimo. No guardará ira, rencor “eternamente”, es decir, en el presente siglo. Porque aquí es el escenario de toda nuestra prueba. No permanecerá con resentimiento contra nosotros, sino que nos perdona.

Recordemos solamente esto, queridos: sea lo que sea que hayamos cometido, cuando acudimos al confesor y pedimos perdón a Dios a través del Misterio (sacramento), ¿acaso Dios no nos perdona? Con tal de que tengamos verdadera μετάνοια metania. Con tal de que no nos escondamos, que no mintamos.

Me diréis: “¿Es posible mentir en la confesión?”. Muchas veces, para causar una buena impresión al confesor, podemos llegar a hacerlo. Pero el confesor es hombre. ¿Puede conocer tu interior? Solo Dios lo ve. Y si tienes sinceridad, jamás querrás justificarte ni mentir, ni siquiera en la confesión. ¡Ay de ti! Mejor sería no confesarte, que querer mentir a Dios.

Dios, dice la Sagrada Escritura, no puede ser burlado”.
“Burlarse” significa engañar con desprecio. Entre los antiguos hebreos era un gesto de burla agarrarse las narices. Nuestros niños sacan la lengua y se burlan. Allí, en cambio, se tapaban la nariz, murmuraban, y hasta hacían sonar “fssu, fssu” con ella. Eso significa “burlarse”. “Dios no puede ser burlado, no puede ser engañado”. Hermano mío, tienes una concepción muy equivocada sobre Dios.

Y continúa el Salmo: “No nos ha tratado según nuestras iniquidades, ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados. Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, así engrandeció el Señor Su misericordia sobre los que le temen. Cuanto dista el oriente del occidente, así alejó de nosotros nuestras iniquidades”.

Toma dos medidas, dos distancias. Dios, dice, es tan misericordioso, nos perdona tanto, como la distancia que hay entre oriente y occidente. Esa es una imagen. Segunda imagen: como la distancia entre la tierra y el cielo.
Es como ese gesto tan gracioso que hacemos con un niño pequeño: “¿Me quieres?” (a un niñito). “¿Me quieres?”. “Te quiero”. “¿Cuánto?”. Y abre los brazos y dice: “¡Así de grande es mi amor por ti!”. Pues bien, ese “así” en Dios es la distancia entre oriente y occidente, entre la tierra y el cielo.

Así, el Señor no mide su misericordia según el peso de nuestros pecados, siempre que, claro está, nos arrepintamos. Porque —y os digo esto— ¿qué hacía el mundo antiguo para aplacar a sus falsos dioses? Hacía sacrificios. Incluso sacrificios humanos. Sí, sí. Recordad a Ifigenia: para que hubiera buen tiempo y pudieran viajar hacia Troya, etc. También hacían hecatombes. ¿Qué era una hecatombe? Cavaban un gran foso cuadrado, colocaban vigas encima y allí degollaban cien bueyes. ¡Cien bueyes! Una fortuna entera. Y el que quería aplacar a la divinidad estaba debajo de las vigas, mientras la sangre de los bueyes caía sobre su cabeza. ¿Oís? Pero san Pablo dice: “Ni la sangre de toros ni de machos cabríos aprovecha para nada” Hebreos 9:12). Todo eso era figura del sacrificio de Cristo. Muy sencillo: el Señor derramó su propia sangre. ¿Te arrepentiste? ¿Te confesaste? Irás a comulgar. ¡Qué hermoso! Sin hecatombes, sin sacrificios humanos, absolutamente sin nada de eso.

Notad que: cada vez que los judíos se desviaban a la idolatría, llegaban incluso a sacrificar a sus propios hijos. ¿Habéis oído? A sus hijos. ¿Qué era, por favor, Baal? Era una estatua metálica, de hierro, hueca, como un horno, con fuego encendido dentro, de cuya parte superior salía el humo. Tenía los brazos extendidos. Y allí echaban a los niños pequeños. Los niños, al darse cuenta de lo que pasaba, chillaban, literalmente chillaban… Y los arrojaban en los brazos de aquella estatua de hierro al rojo vivo para que se quemaran. ¿Os pide Dios semejantes cosas? ¿No es el mismo Dios quien condenó esas prácticas? Lo que pide es que te arrepientas, vuelvas a la metania y cambies tu vida. Eso es todo.

Dice además san Juan Crisóstomo: “Si tus pecados son muchos —y muchos vienen y dicen: ‘Tengo demasiados pecados’—, ¿sabes a qué se parece la misericordia de Dios? A un océano. ¿Y a qué se parecen tus pecados? A unas cuantas chispas de fuego. Dime, si caen las chispas en el océano, ¿no se apagarán?”. Y añade: “¿Qué digo, océano? El océano tiene límites”. Tomad, por ejemplo, el Atlántico, desde Europa. ¿Dónde termina? En Estados Unidos. “El océano —dice— tiene límites. La misericordia de Dios no tiene límites”. Esto nos enseña san Juan Crisóstomo, queridos. Por eso debemos tener mucho cuidado.

Dice otro versículo: “El que rescata y libera tu vida de la corrupción”. Sí. De la corrupción del cuerpo y de la corrupción del alma. Como en los accidentes, como en los pecados inesperados, como en las caídas graves, que realmente destruyen, consumen al hombre, tanto en alma como en cuerpo.
El que te corona de misericordia y de compasión”. Ese es el premio de la Βασιλεία (Vasilía: realeza increada) de Dios, la corona. Porque antes, aquí en la tierra, te has “coronado” con tu buena voluntad y predisposición. Y llegará la hora en que Dios te dará Su Βασιλεία Vasilía. Y ¿qué puede compararse con la Βασιλεία Vasilía de Dios?

Finalmente, si puede decirse “finalmente”: “El que sacia con bienes tu deseo”. Es decir, Él que concede, satisface y llena de bienes lo que anhelas.
Y: “Tu juventud se renovará como la del águila”. ¡Qué hermoso lo dice David! “Serás renovado como el águila”. El águila, dice, se renueva, y así tu juventud será renovada, hecha nueva una y otra vez.

Y permitidme añadir esto: algunos, cuando son jóvenes, piensan que disfrutarán del mundo si lo aprovechan todo: “Ahora que soy joven. Cuando envejezca, ya no habrá tiempo…”. Pero ¿sabéis qué dice David? “El que alegra mi juventud”.

Muchacho, jovencita, no vayas a esos pantanos del mundo a buscar placer y alegría. El único que alegra tu juventud -seas adolescente, seas joven- es solo Dios. Nada más. Solo Dios. Todo lo demás es, en realidad, un engaño.

Queridos: “Compasivo y misericordioso es el Señor”. Por eso quiere que Sus verdaderos hijos sean también misericordiosos con sus semejantes. Que amen a los demás, sean como sean. El Señor nos dijo: “Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mat 5:48). Y esta perfección, por supuesto, es según la medida del hombre, en la medida de lo posible. La perfección de Dios es una cosa y la perfección del hombre es otra. Pero el hombre está obligado a imitar a Dios como a su Padre: ser perfecto y misericordioso.

¿Y qué es, entonces, la perfección a la que nos llama el Señor? ¿Qué es perfección? Ser misericordiosos. Es la αγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado) que transforma y renueva toda nuestra vida. Amén.,

PARA GLORIA DEL DIOS TRINITARIO

(Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, 1-10-20001 y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Fuente: https://arnion.gr/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

San Dionisio el Areopagita, y su carta a San Pablo sobre su conocimiento con la Panaghía Zeotokos en vida.

San Dionisio el Areopagita, y su carta a San Pablo sobre su conocimiento con la Panaghía Zeotokos en vida.

 

Hoy, 3 de octubre, la Santa Iglesia celebra la memoria de San Dionisio el Areopagita, discípulo de San Pablo en el Areópago de Atenas y patrono de los jueces.

La ciudad de Atenas puede presumir de la gran cantidad de santos que ha producido a lo largo de los siglos. Especialmente debe sentirse orgullosa de San Dionisio el Areopagita, quien está considerado uno de los grandes Padres y Jerarcas de nuestra Iglesia Ortodoxa.

Nació en Atenas hacia el 10 a.C. y pertenecía a una destacada familia aristocrática ateniense, la cual se encargó de educarlo en las grandes escuelas filosóficas de la ciudad, que, como toda Grecia en ese tiempo, estaba bajo dominio romano, pero aún conservaba su esplendor, disfrutando de ciertos privilegios, siendo el más importante el funcionamiento del Areópago. Dionisio estudió filosofía y se convirtió en un miembro destacado de la sociedad ateniense. De hecho, se le otorgó el cargo de uno de los nueve diputados miembros del Areópago.

Aunque vivía en una ciudad «desfigurada», donde el paganismo había corrompido la moral de los habitantes en su época, él vivía con prudencia y cultivaba sus virtudes innatas. Vivía como cristiano antes de ser cristiano. Todos lo admiraban y respetaban, pues en el ejercicio de sus funciones impartía justicia.

Hacia el 33 d.C., se trasladó a Heliópolis en Egipto para realizar estudios superiores. Una tarde primaveral, vio de repente que el sol se oscurecía, un denso manto de oscuridad cubría toda la tierra y la tierra se sacudía por un fuerte terremoto. El Θεάνθρωπος (zeánzropos) Dios -Hombre Redentor sufría en Palestina, y por eso toda la creación se estremecía. El piadoso Dionisio se sorprendió ante este evento sobrenatural y exclamó: «¡O un dios está sufriendo, o todo se destruye!» De hecho, anotó la fecha, el día y la hora en que ocurrió este conmovedor suceso, que quedó grabado profundamente en su alma y deseaba una explicación.

Después de completar sus estudios, regresó a Atenas y volvió a su puesto en el Areópago, administrando justicia. Hacia el 49 d.C., llegó a Atenas un predicador entusiasta de una nueva religión. Era el apóstol Pablo, quien fue invitado por los atenienses a exponer sus «semillas filosóficas» desde el atril del Areópago. Allí, el gran apóstol proclamó a los atenienses sobre el «Dios Desconocido» que adoraban, aunque lo ignoraban. Entre los oyentes estaba también Dionisio el Areopagita. El resultado inmediato de aquel maravilloso kerigma fue modesto. Solo creyeron Dionisio, una mujer llamada Damaris y algunos otros, como se relata en el libro de los Hechos de los Apóstoles (capítulo 17).

El kerigma del Apóstol de las Naciones causó una gran impresión en el piadoso Dionisio, quien aceptó el logos de Dios, el cual comenzó a dar frutos en su bondadosa psique-alma. Entonces invitó a Pablo a su casa, donde pidió saber más sobre la nueva fe. Cuando Pablo le narró los conmovedores eventos de la Pasión Divina, recordó los hechos sobrenaturales que había presenciado en Egipto. Se convenció de que el Dios que sufría era Cristo, el único Dios verdadero. Inmediatamente pidió ser bautizado, junto con su familia. Esta decisión llevó a muchos otros atenienses a rechazar la religión pagana y a ser bautizados, constituyendo así la primera Iglesia en Atenas, cuyo primer obispo fue el santo Ierotheo, un piadoso ateniense.

Dionisio se dedicó cuerpo y alma a la Iglesia de Cristo. Ahora, las virtudes que vivía no eran meros principios teóricos, sino la ley evangélica. De hecho, después de la muerte del santo Ierotheo, los cristianos atenienses exigieron que Dionisio fuera consagrado obispo de la ciudad. Como obispo de la gloriosa Atenas, trabajó con celo en el desarrollo de la Iglesia local. En pocos años, convirtió a numerosos paganos a la nueva fe.

Según la tradición, fue a Jerusalén para conocer y venerar a la Madre del Señor. Posteriormente predicó en varios países y luego regresó a Atenas. Durante la dormición de la Θεοτόκος Zeotokos (Madre de Dios), también fue arrebatado en una nube, como los santos apóstoles, y estuvo presente en su funeral.

Tras haber pastoreado durante muchos años en el episcopado de Atenas, consideró que debía continuar el resto de su vida como misionero. Fue a Occidente y se estableció en París, donde construyó una pequeña Ιglesia, que se convirtió en el centro de su misión. Predicó con fervor y celo entre los paganos de la región, muchos de los cuales abandonaron sus ídolos y adoptaron la fe en Cristo, fundando y consolidando una Ιglesia fuerte en el corazón de Europa.

Sin embargo, en esos años estaban en pleno auge las terribles persecuciones contra los cristianos por parte de los romanos paganos. Miles de fieles eran arrestados, torturados y ejecutados de las maneras más atroces y dolorosas. La actividad del santo obispo de París fue conocida por las autoridades romanas, y fue denunciado por los despiadados sacerdotes paganos druidas, quienes, entre otras cosas, realizaban miles de sacrificios humanos anualmente a sus sanguinarios dioses demoníacos. Lo denunciaron al emperador Domiciano (82-96), acusándolo de rechazar el culto al emperador y de no adorar a los «dioses» del imperio, incitando también a los ciudadanos a hacer lo mismo. Fue arrestado y llevado ante el gobernador local, quien intentó, primero con halagos y luego con amenazas, que renunciara a su fe. Dionisio, con un heroísmo sin precedentes y con valentía, denunció su fe pagana, que veneraba «dioses» salvajes, malvados e inmorales.

Tras su valiente defensa, se decidió su condena a muerte. Sería decapitado junto con sus heroicos seguidores Rústico y Eleφterio. Pero tras ser decapitado, ocurrió lo inesperado: el santo, sin cabeza, se inclinó, tomó su cabeza entre las manos y caminó dos millas, llenando de asombro a sus verdugos. Encontró a una mujer piadosa llamada Κatula, a quien entregó su cabeza. Ella se encargó de enterrarlo a él y a los otros dos mártires cerca de París. Su venerada reliquia de su cráneo se encuentra hoy en el Monasterio de Dojiaríu en el Monte Athos.

La memoria de San Dionisio, junto con los otros dos mártires, se celebra el 3 de octubre.

En nombre de San Dionisio, aparecieron después importantes escritos de gran valor teológico. Se trata de los célebres «Escritos Areopagíticos», que se convirtieron en la base de la teología mística de nuestra Iglesia.

Hoy, al honrar a San Dionisio el Areopagita, patrón de los jueces, recordamos también su fidelidad a San Pablo, su encuentro con la Panaghía Theotokos y su testimonio como filósofo cristiano y verdadero discípulo de Cristo-Dios.

¡Que por sus oraciones tengamos todos luz, discernimiento y paz en nuestra psique-alma!

Lámpros Skontzos, teólogo de Atenas

Carta de san Dionisio el Areopagita a San Pablo sobre la Panaghía Zeotokos.

 

Encuentro de San Dionisio el Areopagita con la Panaghía Zeotokos en vida
(Epístola de San Dionisio a San Pablo. Tres años después de su conversión, San Dionisio visitó a la Παναγία (Panaghía: Santísima, la más santa) Θεοτόκος (Zeotokos: madre de Dios, la que da a luz a Dios) en Jerusalén, en la casa de San Juan el Evangelista, quien la acogía allí desde la Asunción del Señor. A continuación, transcribo sus logos traducidos.)

Cuando San Dionisio el Areopagita se encontró con nuestra Panaghía, confesó lo siguiente: «No creía, lo confieso ante el Señor, oh admirable Conductor y Pastor nuestro, que, además del Altísimo Dios, podría haber alguien más lleno del poder divino, de la fuerza de la jaris (energía increada) divina. Pero ningún ser humano puede imaginar lo que vi y entendí, no solo con mis ojos espirituales, sino también con los físicos.

Así que vi con mis propios ojos físicos y psíquicos o espirituales a la Madre de nuestro Señor Jesús, teomorfa (como una figura divina) y más santa que todos los espíritus celestes. Fue un regalo de la jaris de Dios y de la condescendencia del pilar de los Apóstoles, Juan, así como de la infinita bondad, agapi, caridad, misericordia y simpatía de la misma Virgen.

Confieso, una y otra vez, ante el Dios Todopoderoso, frente al muy bondadoso Salvador y ante Su gloriosa, honorable y querida Madre, que cuando el jefe de los evangelistas y profetas, Juan, me condujo ante ella, la venerable, santísima y teomorfa Virgen María, aunque ella vivía en carne, brillaba y resplandecía como el sol en el cielo. Me envolvió un esplendor divino, un resplandecimiento intenso e inalterable que iluminaba no solo externamente, sino también internamente, junto con un aroma sobrenatural y maravilloso que alternaba constantemente.

Ni mi espíritu ni mi débil cuerpo pudieron soportar tantas y tan intensas señales o signos que constituían un anticipo de la bendición, la bienaventuranza y la doxa (gloria o luz increada) eternas. Mi corazón quedó paralizado, y casi apagó mi espíritu por la divina doxa-gloria y gracia (luz y energía increadas). Afirmo ante Dios que, si no hubiera mantenido en mi corazón y en mi recién iluminado νούς (nus: espíritu del corazón de la psique), Sus divinas enseñanzas e inspiración, habría considerado a la Virgen como un dios o diosa y la habría venerado tal y como veneramos al único Dios verdadero.

Porque ningún νούς nus puede imaginar a un hombre glorificado por la doxa-gloria de Dios superior a la doxa-gloria que fui digno de experimentar, yo, el indigno. Agradezco a mi Dios supremo y bondadoso, a la Virgen María, al pilar de los apóstoles Juan, así como a usted, la más alta y célebre cabeza de la Iglesia, quien me reveló con caridad tal beneficencia.”

 

Oración de San Dionisio el Areopagita:

«Trinidad supraesencial, supradivina y suprabondad, maestra que supervisas la divina sabiduría cristiana, guíanos a la supradesconocida y suprailuminada cima más alta de los logos de las Escrituras; allí donde están cubiertos en la hisijía-silencio los misterios de la teología y se apocaliptan-revelan, simples, absolutos e inmutables; llévanos al suprailuminado γνόφος gnofos del silencio místico -hisijía que con su profunda oscuridad suprailumina con su luz increada, y permaneciendo intocable e invisible, inunda con hermosísimos fulgores a los ángeles y a nuestros ciegos nus (espíritu de la psique)».
– San Dionisio el Areopagita
(Esta oración refleja una profunda experiencia espiritual del Santo, la cual personalmente me inspira y ayuda mucho.)

¡Doxa, gloria y gracias a Cristo Dios por Su Santo Dionisio el Areopagita!
(Mi santo protector e intercesor en mi enfermedad, quien me psicoterapió y me sanó. Desde niño, cuando leí sobre la llegada de San Pablo a Atenas y el seguimiento de San Dionisio el Areopagita, este acontecimiento me ha acompañado desde entonces. Recuerdo que mi deseo siempre fue seguir las huellas de San Dionisio, el verdadero psicoterapeuta, médico y filósofo cristiano, de Cristo Dios-Hombre.)

*Con el texto y la oración de San Dionisio el Areopagita que se presenta arriba (y existen muchas más demostraciones originales en griego), quedan silenciadas las bocas de los erráticos o heréticos que blasfeman contra la Santa Trinidad y la Panaghía Zeotokos. Esto demuestra, desde el principio, antes de ser compuesto el Nuevo Testamento, que esta creencia fue parte de los primeros cristianos (que muchos mencionan sin conocer la historia real, sino que creen en las invenciones de los líderes de sus sectas), transmitida a través de la Santa Parádosi (Transmisión, Tradición) divina y única de la Santa Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa. La Santa Iglesia y la Santa Parádosi son como dos caras de la misma moneda, y ambas son equivalentes a la Santa Escritura, que es entregada y transmitida por la Santa Parádosi de la Santa Iglesia.

Además, la Zeotokos, la Mujer Jefa y Madre (espiritual) de los cristianos, estuvo presente en todos los acontecimientos importantes, como también con Su HUMILDAD divina y silencio, y presidió el I Sínodo Apostólico (Hechos 15:1–29)…

Παράδοση (Parádosi): Tradición Santa, Una, Única y Ortodoxa, que παρέδωκε (paredoke,) transmitió y entregó en nosotros el ΠΑΡΑΔΕΙΣΟ (Paradiso, Paraíso – Génesis 2:8), bajo la supervisión del Espíritu Santo… DE LA SANTA IGLESIA CATÓLICA, APOSTÓLICA ORTODOXA Y PATRÍSTICA, LA DE LOS 12 APÓSTOLES…
Parádosi, Paredoxe, Paradeison. Ver http://www.logosortodoxo.com/teologia-ortodoxa/santa-tradicion-de-la-una-santa-iglesia-catolica-apostolica-ortodoxa/

Χάρις (jaris) Gracia divina increada de Cristo Dios-Hombre, de la Θεοτόκος Zeotokos y Sus Santos/as, para todos, y no des-gracia humana creada!!!

«La pseudónima-falsa gnosis, la evitación de los herejes y la verdadera sofía-sabiduría»

«La pseudónima-falsa gnosis, la evitación de los herejes y la verdadera sofía-sabiduría»

Ἡ ψευδώνυμη γνώση, ἡ ἀποφυγή τῶν αἱρετικῶν καί ἡ ἀληθινή σοφία»

 

Εὐεργετινός Δ΄ Τόμος, Ὑπόθεση ΙΗ΄. Ἱερομ. Σάββα Ἁγιορείτου

https://hristospanagia3.blogspot.com/2025/09/blog-post_618.html#more  Ὁμιλία στίς 13-09-2025.
Everghetinós, Tomo IV, Hipótesis XVIII. Hieromonje Sabas el Aghiorita
(Homilía transmitida el 23/09/2025)

 

[Γνῶσις Gnosis conocimiento creado e increado. De nuestro miniléxico https://logosortodoxo.es/?s=minil%C3%A9xico

En la Ortodoxia hay discernimiento claro entre las dos gnosis, creada e increada divina, en su significado común el término expresa la sabiduría humana, mundana, las gnosis o los conocimientos creados. En la teología Patrística Ortodoxa, gnosis es la experiencia personal de Dios, que proviene de la contemplación “zeoría” o visión de la luz increada de Dios. Esta gnosis es conocimiento más allá de todo conocimiento creado, es gnosis increada espiritual; empieza desde la contemplación, visión de la luz increada. La luz increada ilumina la gnosis espiritual, no es la luz de la gnosis creada que nos lleva a la gnosis de la luz increada. La verdadera gnosis, la increada gnosis espiritual es la puerta de la Realeza (increada) de los Cielos, ella mismo es la vida eterna.

San Máximo el Confesor, en su obra Mistagogía (instrucción mística, https://logosortodoxo.es/category/san-maximo-el-confesor/ ) interpretando sobre todo a San Dionisio el Areopagita, utiliza mucho el término «Γνῶσις ἀλησμόνητη ἢ ἄμορφη ἢ ἄπειρη ἄγνοια, Gnosis inolvidable o gnosis sin forma, increada o ignorancia infinita…», dice: «135…Sostenido por la dinámica vital, el nus que se llama también sabiduría, extendiéndose a través de la ascesis contemplativa y unido al silencio y a la gnosis inexpresable es conducido a la verdad con una gnosis inolvidable, incesante e infinita (Ver también sobre Gnosis en nuestro libro “12 lexis apocalípticas”, en el blog en español: logosortodoxo.es/).]

 

«La pseudónima-falsa gnosis, la evitación de los herejes y la verdadera sofía-sabiduría»

 

Continuamos, con la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios, el estudio del Εὐεργετινός Everghetinós en el tomo 4. (El Evergetinós es una gran antología patrística (colección de fragmentos), compilada en el siglo XI por el Hieromonje Pablo, fundador del Monasterio de Evergétidos en Constantinopla).

«Que los fieles deben abstenerse por completo de la pseudónima-falsa gnosis y de conversar con los herejes; cuál es la sabiduría según Dios; y que incluso la sencillez puede ser provechosa y beneficiosa para algunos» [Everghetinós]. Es decir, que el creyente debe mantenerse totalmente alejado de la pseudónima-falsa gnosis. Veremos cuál es esa falsa-pseudónima gnosis: un conocimiento que solo lleva el nombre de “γνῶσις gnosis”, pero que en realidad no lo es, sino que es una mentira. Y el fiel debe mantenerse distante de ella.

«Y no hablar con los herejes» significa que el cristiano no debe tener trato con ellos. Aquí “hablar” quiere decir conversar, relacionarse, y se indica que debe evitarse incluso la convivencia o familiaridad con los herejes: no conversar, no tener trato con personas que se han desviado de la fe ortodoxa.

Entonces, ¿cuál es la verdadera sofía-sabiduría según Dios? Para algunos, lo provechoso es vivir con sencillez, lejos de estas discusiones sobre conocimientos-gnosis, dogmas y cuestiones de fe.

Cuando el Everghetinós habla de la “falsa-pseudónima gnosis”, se refiere sobre todo a la herejía de los gnósticos. Los gnósticos eran un grupo filosófico-religioso que apareció poco antes de la venida de Cristo —y continuó también después—, mezclando muchas creencias y doctrinas diversas. Existían distintos grupos gnósticos, y fueron precisamente ellos quienes combatieron más duramente la fe en sus inicios, la Ortodoxia, el Cristianismo naciente.

Por eso los Santos Padres los enfrentaron con perseverancia y profundidad, combatiendo tanto a los gnósticos como a sus doctrinas. Algunos de ellos incorporaban elementos cristianos en su filosofía y proclamaban que poseían la gnosis-conocimiento verdadera, de donde viene su nombre: “gnósticos”. Entre esos herejes se cuentan Marción, Basilides y otros.

Y los sucesores de aquellos gnósticos antiguos son hoy los masones, quienes tienen como símbolo la “G”. Esa “G” mayúscula es la inicial de la palabra Gnosis (conocimiento), de la palabra griega γνώσις, y se consideran a sí mismos iniciados en ese conocimiento oculto (apócrifo), reservado para pocos. Todo esto se vincula, en realidad, con la gnosis esotérica, con la magia y, finalmente, con la adoración satánica. Allí conducen estas filosofías.

Por eso los Santos Padres consideraron el gnosticismo como el mayor enemigo que debía ser combatido, y lo fue desde los primeros siglos del Cristianismo, hasta hoy. También san Porfirio lo decía: «Los masones son los peores enemigos de la Iglesia». ¿Por qué? Porque la combaten desde dentro. Algunos incluso son miembros de consejos parroquiales, o poseen cargos eclesiásticos… son sacerdotes, obispos e incluso patriarcas. Es un hecho conocido: hubo patriarcas masones en el siglo XX en el Patriarcado Ecuménico. Y esto causa el mayor daño a la Iglesia, pues el masón combate desde dentro de ella.

El abad Isaías dice: «Hermano, guarda tu psique-alma de conversar con herejes, pretendiendo sostenerlos en la fe, no sea que el veneno de sus palabras mortales hiera tu espíritu, tu mentalidad ortodoxa y tu disposición interior» [Everghetinós].

No todos pueden sostener diálogos con herejes, enfrentar sus argumentos y doctrinas. Al contrario, corren el riesgo de ser influenciados y heridos espiritualmente por el espíritu (demoníaco) de esas personas.

Lo vemos en los llamados “diálogos” con papistas y protestantes: lamentablemente los ortodoxos se ven influidos. Tenemos muchos ejemplos de ello. En cambio, no tenemos ejemplos de que tales herejes —papistas o protestantes— hayan retornado a la verdadera fe a través de esos diálogos. Más bien lo contrario: tenemos el influjo negativo sobre los ortodoxos, que comienzan a protestantizarse o a dejarse impregnar por el espíritu del papismo. Y esto es visible hoy en la vida eclesiástica de algunos de ellos.

Por lo tanto, tiene mucha razón el Abad Isaías cuando dice que debes tener cuidado, que debes protegerte de no hablar con herejes, teniendo esa actitud vanidosa y arrogante de creer que puedes ayudarles a encontrar la fe o regresarlos a ella. No sea que el veneno de sus logos mortales dañe e hierra tu espíritu, mente y  entendimiento. No solo es la influencia en la διάνοια (mente, intelecto, cerebro), sino también en tu mentalidad y conducta y en el corazón. Cuando te asocias con una persona orgullosa, sin que te des cuenta, tú también te vuelves orgulloso, si no te cuidas. De igual manera, cuando te relacionas con alguien que tiene una fe torcida o distorsionada, comienzas tú también, sin darte cuenta, a adoptar una fe similar, si no tienes cuidado.

El Abad Isaías también dice que no debemos desear estudiar los libros de los herejes, pues podríamos matar nuestra pique-alma. Porque incluso los libros heréticos, que lamentablemente circulan hoy en día —no solo papistas o protestantes, sino también de otras religiones, y sobre todo de religiones orientales— hacen mucho daño a las personas, especialmente a los jóvenes que los leen. La psique-alma muere si la persona no tiene cuidado, y especialmente si no tiene una fe ortodoxa sólida, si no tiene una base firme en Cristo y en la Iglesia Ortodoxa.

«En la enseñanza en la que has sido iluminado», dice nuevamente el Abad Isaías, «por la Santa Catequesis y el Santo Bautismo, debes permanecer firme, apartándote completamente de la falsa sabiduría que se opone a la sana enseñanza, tal como dijo el Apóstol Pablo» [Everghetinós]. La sana enseñanza es la fe ortodoxa, el dogma ortodoxo, que es sano, es decir, es saludable, y da salud a quienes lo abrazan. Por lo tanto, si deseas guardar tu psique-alma, permanece en esta enseñanza sana. Así permanecerás en la salud espiritual. Y, cuanto más pasa el tiempo, al poner en práctica lo que has aprendido, te vas sanando más y más y haciendo la catarsis purificando tu psique-alma. Y no te ocupes de la pseudónima-falsa gnosis.

Había, por tanto, en aquellos tiempos, como siempre ha habido, errores en el mundo. Y muchas falsas enseñanzas circulaban desde siempre y también han existido desde los primeros tiempos del cristianismo y hasta el día de hoy. Muchos se desvían por esta pseudónima-falsa gnosis. Una supuesta gnosis oculta, secreta, que los hombres de la Iglesia han mantenido oculta, y que estos «grandes y supuestos importantes» la han guardado y pueden dárnosla… Todo esto es un engaño de satanás. No hay nada más que necesitemos saber para ser salvos, aparte de lo que el Señor nos ha apocaliptado-revelado. El Señor nos ha apocaliptado-revelado toda la verdad a través de los Santos Apóstoles, quienes fueron guiados a toda la verdad con la iluminación del Espíritu Santo en Pentecostés. Y esta verdad la tenemos en nuestra Santa Iglesia Ortodoxa, la verdad sobre qué es Dios, qué es Cristo, qué es la Santa Trinidad, qué son los Santos Ángeles, qué es el hombre, qué es la vida futura, y también la verdad sobre cómo debemos vivir para llegar a la vida eterna, a la alegría y bienaventuranza eternas, a la unión con Dios, a la θέωσις (zéosis: divinización, glorificación, ver: https://logosortodoxo.es/la-zeosis/). Es decir, en nuestra Santa Iglesia Ortodoxa está la verdad sobre el dogma, sobre el carácter y la ética. No hay nada más que debamos aprender de otro lugar, como nos dicen los llamados gnósticos. Hoy en día existen varias sectas gnósticas de este tipo. La Nueva Acrópolis, por ejemplo. Hace unos años, estas sectas y religiones paralelas, como el masonismo, que sigue existiendo hasta el día de hoy, eran muy prominentes, así como diversas sociedades secretas que afirman darnos la gnosis (conocimiento) verdadera. Es una pseudónima-falsa gnosis. Es conocimiento con un nombre falso. No es conocimiento verdadero, no es el conocimiento-gnosis de la verdad, sino un conocimiento falso o pseudónima gnosis. Y de esta falsa gnosis debemos apartarnos. Como dice el Apóstol Pablo a su discípulo Timoteo, en su primera carta, en el primer capítulo, versículo diez.

Y un segundo texto que cita el Everghetinós en este capítulo, en este caso en el caso 18 del cuarto volumen, sobre el hecho de que debemos evitar la pseudónima-falsa gnosis y no asociarnos con herejes, y sobre cuál es la verdadera sofía-sabiduría, la sabiduría según Dios, es el texto del Abad Marcos. «La sabiduría de este mundo», dice el Abad Marcos, «es necedad delante de Dios». Como dijo el Apóstol Pablo en 1 Corintios, capítulo 3, versículo 19: «Porque la sabiduría-sofía de este mundo por muy brillante y alta que aparezca es necedad ante Dios, como dice la Escritura: “Dios es el que atrapa, zarandea y ridiculiza a los sabios en su astucia retórica”».

Ante Dios, nuestra sabiduría y nuestras filosofías son necedad. Porque la gnosis-conocimiento que tiene el hombre es ínfimo en comparación con la gnosis completa, la gnosis infinita que tiene Dios. «Por el contrario, la sabiduría que proviene de Dios es de arriba, del Padre de las Luces» (Sant 1,17), como dice el divino Santiago en su epístola universal, «y tiene como característica la humildad» [Everghetinós].

La falsa-pseudónima gnosis tiene como característica la arrogancia, el orgullo, la exaltación y la soberbia. Y esto lo vemos en todas las personas engañadas que se unen a estas sociedades secretas, como la masonería, etc., y creen que son algo especial, algo superior en relación con los demás seres humanos. Siempre en el error coexisten la soberbia, el orgullo y el egoísmo, mientras que en la verdad de Dios está la humildad. Así, una característica del verdadero hombre y de la verdadera gnosis-conocimiento es la humildad. La gnosis que viene de lo alto, el conocimiento de Dios, la verdadera gnosis, viene del Padre de las Luces y su prueba es la humildad. El verdadero gnóstico-conocedor, el que tiene verdadera gnosis-conocimiento, es humilde; mientras que el falso gnóstico-conocedor es orgulloso.

El Abad Marcos continúa y dice: «Aquellos que desean agradar a los hombres, los que buscan gustar a los hombres, han admitido en lugar de la Sofía-Sabiduría Divina la sabiduría humana». En el fondo de las personas que se adentran en diversas sectas gnósticas está el deseo de agradar a los hombres y no a Dios. Y así aceptan la llamada «sabiduría» humana —que es necedad, como hemos dicho— en lugar de la verdadera sabiduría, la Sofía-Sabiduría Divina. «Por causa de esta sabiduría humana, se jactan y se llenan de orgullo, habiendo engañado a muchos de los cristianos más simples. A estas personas, los simples, los convencieron de perder su tiempo en búsquedas filosóficas, basándose en palabras de sabiduría humana, en lugar de tratar de salvarse con los esfuerzos de la fe ortodoxa, la piedad y la oración» [Everghetinós].

No nos salva la gnosis intelectual (cerebral, encefálica), incluso cuando es verdadera. Conocer intelectualmente lo que dice Cristo, cuáles son los dogmas, lo que dice la Filocalía, los otros libros, los Santos Padres, no nos beneficia; lo que nos beneficia es el esfuerzo por la piedad. Es decir, el esfuerzo por poner en práctica lo que nos enseña el Evangelio, los Cánones Sagrados, los Santos Padres. Esto es lo que nos salva. Los hombres engañados con la falsa-pseudónima gnosis engañan y tratan de engañar también a los hombres sencillos, haciéndoles ocupar su tiempo en estas búsquedas filosóficas, en lugar de esforzarse por salvarse con los esfuerzos de la piedad y la oración. Y en esas logias masónicas dicen que hacen estudios filosóficos, trabajos, tienen talleres supuestamente filosóficos… Así engañan a los simples, que a menudo van allí no sabiendo que están entrando en una religión del diablo, sino en alguna organización benéfica de apoyo mutuo, y allí los hacen ocuparse con estas búsquedas filosóficas en lugar de intentar salvarse con los esfuerzos de la piedad y la oración. Esto lo acusa constantemente el Apóstol, llamándolo kenosis vaciamiento —la anulación de la Cruz. Por eso también se promueve en estos círculos el Ecumenismo, la herejía post-patrística, que predica una felicidad, una beatitud, una resurrección sin esfuerzo, sin cruz. La resurrección sin cruz es infundada, inexistente, no puede existir. El mismo Cristo pasó por la cruz para enseñarnos esta gran verdad, que, para resucitar, para ser divinizados, debemos ser crucificados, debemos morir respecto al viejo hombre, respecto a los πάθος pazos. Una predicación que anula la cruz y al Crucificado es una predicación demoníaca.

Por eso, todo este movimiento que se lleva a cabo… en la Metrópolis de Peristeri, por su obispo caído, también ocurrió en otras Metrópolis… de quitar la Cruz y al Crucificado del altar es muy sospechoso, diríamos… y todo menos ortodoxo. (El problema se ha solucionado sinódicamente haciéndoles volver a su sitio). Porque la Cruz y el Crucificado son el centro de nuestra fe, y todo gira alrededor de ese centro. Si no existiera la Cruz, no existiría la Resurrección. Y la Cruz no es algo que nos deprime, ni el Crucificado, porque es una Cruz vivificante que trae la vida. Es una Cruz que lleva a la Resurrección. Por eso, cuando celebramos la Pascua, tenemos esta oración: «Habiendo visto la Resurrección de Cristo», y allí decimos que con la cruz, el Señor destruyó la muerte. Por eso es gran alegría ver la cruz y al Crucificado, porque por Él fue abolida la muerte y encontramos la Resurrección, se nos regaló la Resurrección. Nosotros también podemos resucitar por medio del Señor Crucificado.

Cuando por lo tanto vaciamos, anulamos la Cruz, entonces estamos en el error, estamos en herejía, estamos lejos de Dios. Y este vaciamiento, la anulación de la Cruz, ocurre con la llamada falsa-pseudónima gnosis, con un supuesto conocimiento-gnosis específico, que es guardado por ciertos grupos, masones, etc., y a través de ellos el hombre puede » completarse, alcanzarse»… así lo dicen. Pero todo esto no salva. No salva el conocimiento-gnosis intelectual, como dijimos, sino el esfuerzo por la piedad y la oración, y en general con temor y temblor, el trabajo de la μετανοία metania por nuestra salvación.

«He aquí», dice el Abad Marcos, «lo que escribe al respecto el Apóstol Pablo en la primera carta a los Corintios: “Porque Cristo no me mandó a bautizar, sino como apóstol me mandó a evangelizar la οικουμένη icumeni toda la tierra habitada y anunciar el mensaje alegre de la σωτηρία sotiría redención, sanación y salvación; y esto sin alardes literarios y logos retóricos de la sabiduría mundana, para que no se desvirtúe el valor divino y la fuerza salvífica de la cruz de Cristo”». No me envió, dice, Cristo a bautizar, sino a evangelizar, a predicar el Evangelio; no con sabiduría humana, con palabras, con términos filosóficos, con razonamientos elevados, con la exposición de reflexiones y profundas teologías, sino que me envió a evangelizar a través de la cruz cotidiana. Así como Cristo fue crucificado y nos redimió mediante Su cruz, también el Apóstol Pablo y cada santo se crucificaban cada día y predicaban no solo con sus palabras, sino sobre todo con su cruz diaria, con su sacrificio diario, con su muerte cotidiana. Como decía el Apóstol: “Cada día muero” (1Cor 1:17). Cada día muero por Cristo. Muero respecto al hombre viejo y a las pasiones y estoy dispuesto a dar incluso mi vida por el Evangelio. En otro lugar dice también: “Porque la locura o necedad de Dios es más sabia que la gnosis y sofía-sabiduría de los hombres; y la debilidad de Dios, la debilidad aparente del kerigma sobre el Crucificado, es más poderosa que los hombres más poderosos del mundo. Los sabios según el mundo, a causa de su egoísmo, cierran los ojos y los oídos físicos y espirituales a la sabiduría-sofía de Dios. Pues, mirad si no, hermanos, que vuestro grupo de llamados por Dios, no hay muchos sabios según el mundo, ni muchos poderosos, ni muchos nobles, porque muchos de ellos no aceptaron ni obedecieron a la llamada divina; pero Dios eligió a los débiles, simples y humildes, a los que el mundo tiene por necios, para avergonzar y humillar a los sabios y a los poderosos del mundo; y lo vil, lo despreciable, lo que es nada, ha escogido Dios para anular y demostrar que no son nada ni nadie a los que el mundo considera que son potentes y grandes; para que nadie presuma delante de Dios, (ni tampoco los Cristianos, porque la salvación se debe a Dios y no a ellos)” (1Cor 1: 25-29) [Everghetinós].

Dios no se complace en los soberbios y arrogantes, sino en los humildes, en aquellos que se consideran a sí mismos necios, insensatos. Y así, a través de ellos avergüenza a los sabios, a aquellos que creen ser sabios. El Señor eligió a los débiles del mundo, a los que son enfermos, débiles y no fuertes según el mundo, para avergonzar a los que son llamados poderosos del mundo; y a los viles del mundo, no a los que se creen nobles, de alta alcurnia. También eligió Dios a los despreciados, a aquellos que no son nada, que son considerados nada frente a otros hombres. A esos eligió Dios. Y a los que no son y a lo inexistente, para anular a los que son, es decir, a aquellos que creen que son algo. Para que nadie se gloríe delante de Dios. Porque no somos nada delante de Dios. Y debemos ser siempre humildes. En esto precisamente se complace Dios: en la mentalidad y espíritu humildes.

Ya que, por lo tanto, Dios no busca las palabras de la sabiduría helena-griega, dice el Abad Marcos, la filosofía de los griegos, de los idólatras, sino que busca los trabajos de la oración y de la humildad, como se ha demostrado, también nosotros debemos abstenernos totalmente del conocimiento-gnosis falso, para no alejarnos peligrosamente de la esfera de la sabiduría de Dios. No podemos alcanzar la verdadera gnosis y la verdadera sabiduría si no trabajamos en la piedad, en la virtud, en la oración. Así que nuestra fe no es un asunto de estudios, de investigación académica, de trabajo de escritorio, sino que es una gnosis-conocimiento que Dios concede a los humildes que trabajan en sí mismos con oración, humildad y μετάνοια metania.

«He conocido», dice el Abad Marcos, «a hombres sencillos que con su humildad se mostraron más sabios que los sabios» [Everghetinós]. Y esto lo vemos también en nuestra época, donde nuestros grandes santos, la mayoría, como san Porfirio, san Paísio, san Jacobo, etc., no tenían gran formación y estudios según el mundo. Eran hombres sencillos, pero humildes. Tenían una gran humildad y por eso se mostraron más sabios que todos los sabios.

«Otro hombre sencillo que escuchó acerca del valor de la sencillez no la imitó con humildad, sino que se jactó de su sencillez, y cayó en el orgullo aborrecido por Dios» [Everghetinós]. Un hombre que es sencillo, iletrado, si no tiene cuidado y se enorgullece de su sencillez, cae en el orgullo aborrecido y odiado por Dios. Por lo tanto, también el sencillo necesita trabajar para permanecer sencillo y humilde, y aquel que tiene gnosis-conocimiento de la verdad, que conoce el Evangelio, debe esforzarse por aplicarla y no enorgullecerse por sus conocimientos-gnosis espirituales. Y así guardará la gnosis y entrará en la esfera de su catarsis, de su iluminación y de su θέωσις (zéosis: divinización, glorificación), de su salvación.

«Aquel que desprecia la prudencia», dice el Abad Marcos, «y se jacta de su ignorancia, no solo es ignorante según el logos y la palabra, sino también según la gnosis» [Everghetinós]. Porque hay también hombres iletrados que se glorían en su ignorancia. Y este, ciertamente, dice, es doblemente desdichado, tanto ignorante según el logos y palabra como según la gnosis de Dios. No ha avanzado en nada, ni en el conocimiento-gnosis mundano o intelectual de la verdad, ni en el conocimiento-gnosis experiencial que nace del esfuerzo por Dios.

«Así como una cosa es la sabiduría de logos y palabra y otra la prudencia, del mismo modo una cosa es la sencillez del logos (discurso) y otra la falta de prudencia y discernimiento» » [Everghetinós]. En nada perjudica la ignorancia de la palabra y del logos al hombre muy piadoso. Puede no tener conocimiento-gnosis mundano, como hemos dicho en otras ocasiones, sabiduría exterior, es decir, formación filosófica, educación secular (mundana), haber estudiado en universidades, etc. Eso no daña en absoluto al hombre, el ser ignorante respecto a estas cosas, al conocimiento-gnosis mundano, si es muy piadoso, si tiene devoción, si tiene temor de Dios y si es humilde. En nada le dañará la ignorancia mundana. Adquirirá la verdadera sofía-sabiduría, la sabiduría según Dios. Y esta es la verdadera sabiduría: conocer por experiencia y vida a Dios, de modo que luego Dios, que es su amigo, le apocalipte-revele la verdadera gnosis de las cosas.

«No digas: No sé lo que debo hacer y por eso no soy responsable si no cumplo lo que corresponde. Porque si cumplieras lo bueno que claramente ya conoces, entonces se te apocaliptarían-revelarían también los demás.» Esto es algo muy importante. Porque algunos dicen: “¿Qué debo hacer? No sé qué hacer espiritualmente…”. ¿Has puesto en práctica lo que ya sabes, lo que ya conoces? Escríbelos y ponlos en praxis, acción, hazlos realidad, y Dios te apocaliptará-revelará también lo demás, todo lo que necesitas hacer para salvarte. No digas, entonces, que no sabes y que, puesto que no sabes, estás justificado. Si hicieras lo que sabes, Dios te revelaría también lo que aún ignoras.

«La praxis, acción que todavía es desconocida se comprenderá a través de la conocida, de la misma manera que en las aldeas rurales, después de encontrar una casa, descubrimos la siguiente» [Everghetinós]. Es decir, si el hombre aplica en sí mismo lo que ya conoce en su esfuerzo espiritual, Dios le revelará-apocaliptará a su tiempo lo que aún no conoce. No te excuses, pues, en la ignorancia para no hacer nada. Haz lo que sabes, aunque sea poco y humilde, aquello que tu padre espiritual ya te ha indicado: tu modesto y cotidiano canon espiritual. Y Dios te revelará-apocaliptará también lo demás que necesitas para que te salves.

«No te conviene», continúa Abad Marcos, «conocer lo que sigue, antes de ejecutar con arduo esfuerzo lo que precede.» Es como en la escuela: no pasamos al curso siguiente si antes no aprendemos al menos lo básico del curso anterior. Del mismo modo, Dios no nos da la lección siguiente si antes no aprendemos la que ahora debemos aprender. «Porque la gnosis-conocimiento, cuando proviene de la ociosidad, infla al hombre de orgullo, mientras que la ἀγάπη (agapi: amor desinteresado, incondicional) edifica, soportándolo todo, como enseña también el apóstol que subió al cielo» [Everghetinós].

No busques, entonces, simplemente acumular gnosis-conocimientos, aunque sean espirituales, en tu mente o intelecto; procura más bien aplicar lo que sabes para adquirir la ἀγάπη agapi. La gnosis-conocimiento sin el trabajo espiritual correspondiente infla al hombre, lo hace orgulloso. En cambio, la agapi —es decir, la aplicación en la práctica de lo que hemos conocido sobre la fe, sobre Dios, sobre la vida ortodoxa que debemos llevar—, esa ἀγάπη agapi es la que edifica, la que nos ayuda a soportarlo todo y a beneficiarnos realmente a nosotros mismos y a los demás. Como dice el Apóstol: «La gnosis-conocimiento conocimiento hincha, pero la ἀγάπη agapi edifica» (1Cor 8:2). Simplemente acumular gnosis-conocimientos espirituales nos llena de jactancia, orgullo y soberbia. Aplicarlos mediante la ἀγάπη agapi es lo que edifica espiritualmente tanto a nosotros como a los demás.

«Un pecado refuerza a otro en la fuerza del mal», dice Abba Marcos, «de la misma manera que las obras buenas crecen unas con otras y ayudan a quien participa de ellas en su progreso y ascenso espiritual» [Everghetinós]. Es decir, los pecados se encadenan unos con otros como en una cadena, y cada uno refuerza al otro. Por el contrario, los bienes y las virtudes también se apoyan entre sí y ayudan al hombre que las cultiva en su ascenso y progreso espiritual. Una virtud favorece a otra virtud. Por eso, en el hombre que lucha espiritualmente vemos que, en cierto grado, tiene todas las virtudes. En cambio, el hombre negligente e indiferente puede tener un pazos (vicio, pasión) dominante, pero junto a él posee, en cierto grado, todos los demás pazos (vicios, pasiones).

«Sin el recuerdo constante de Dios es imposible la verdadera y genuina gnosis», dice otra vez Abad Marcos. Si no oramos continuamente, si no recordamos a Dios, no podemos tener el conocimiento-gnosis verdadero. Porque el conocimiento-gnosis auténtico es el que procede de Dios. ¿Y cómo lo tendremos, si no estamos en comunión con Él a través de la oración incesante? «La gnosis sin el recuerdo de Dios es ilegítimo» [Everghetinós)], es falso, adulterado, no es conocimiento verdadero. ¡Ved cómo se conecta el verdadero conocimiento-gnosis con la oración incesante! Cuando alguien ora sin cesar, vive en Dios, vive en la Jaris-Gracia divina, vive también el conocimiento-gnosis verdadero, que es Dios mismo, la fuente de la sofía-sabiduría. Por eso también el Hijo y Logos de Dios se llama Sofía-Sabiduría de Dios, y de ahí el templo de la Santa Sofía-Sabiduría en Constantinopla.

«Al que aún no se le ha ablandado el corazón con ἀγάπη agapi de Dios, le conviene y beneficia un logos de una gnosis más elevada y sutil. Porque este hombre no puede, sin temor, asumir los trabajos de la μετανοία metania» [Everghetinós]. Es necesario, pues, recordar constantemente a Dios para tener la genuina gnosis, el verdadero conocimiento, el conocimiento-gnosis de Dios, y no un conocimiento-gnosis adulterado. ¿Por qué cayeron los herejes en la herejía? Precisamente porque no oraban; tenían arrogancia, orgullo, y por tanto no tenían ni podían tener el verdadero conocimiento-gnosis de Dios. En cambio, los santos Padres portadores de Dios, los que llegaron a la zéosis, tenían oración incesante; sus corazones ardían continuamente por Dios y, en su interior, invocaban constantemente al Señor, y así nos transmitieron la gnosis verdadera y genuina de Dios. Por eso tenemos los Sínodos Ecuménicos, en los que participaron tales hombres divinizados, como san Atanasio el Grande, san Gregorio Palamás, san Gregorio el Teólogo, etc., quienes, mediante la oración incesante, alcanzaban la verdadera gnosis de Dios. Y por eso los Sínodos Ecuménicos son infalibles.

Sin este recuerdo constante de Dios no podemos tener la gnosis verdadera y genuina de Dios. Y cuando el hombre no ha amado a Dios, entonces —dice Abad Marcos— le beneficia un logos y palabra de un conocimiento-gnosis más elevado y sutil. Veamos cómo lo dice en el original: «A los de corazón duro les beneficia el logos y palabra de un conocimiento más sutil, porque fuera del temor no acepta los trabajos de la μετανοία metania» [Everghetinós]. Cuanto más duro de corazón es el hombre, tanto más necesita —dice Abba Marcos— de una gnosis más sutil, de manera que comience a aceptar los dolores de la metania. Temeroso, al recibir esta gnosis más fina sobre Dios, sobre la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios y sobre el infierno eterno, empieza a temer al infierno y comienza a trabajar en la μετανοία metania. Es necesario, pues, también el conocimiento-gnosis intelectual, pero debe convertirse en trampolín para la conversión, en motivo para que, temiendo el infierno eterno, el hombre comience a arrepentirse y a corregir su vida.

Y finalmente, «al hombre apacible, manso le corresponde la ocupación con los asuntos de la fe», dice el Abad Marcos, «porque el hombre apacible no molesta la magnanimidad de Dios y no es reprendido por su conciencia a causa de transgresiones continuas» [Everghetinós]. Para que alguien se ocupe de los temas de la fe, es decir, de los dogmas, necesita poseer esta gran virtud de la mansedumbre y apacibilidad. Este hombre no molesta la paciencia y magnanimidad de Dios y no es reprendido por su conciencia por continuas transgresiones. En cambio, el hombre turbulento, colérico e iracundo, no puede dedicarse a los dogmas, porque perderá continuamente su paz y después también será reprendido por su conciencia a causa de estas constantes transgresiones.

Vemos cuánto amaban los Santos al hereje; no amaban la herejía. Tenían dentro de sí esta mansedumbre de Dios, por eso amaban a cada hombre, a todo engañado y arrastrado por el diablo, pero no amaban el error ni la herejía. Por eso permanecían apacibles e impasibles frente a estas provocaciones de los hombres extraviados, frente a las diversas provocaciones de los engañados.

«De san Diádoco: Tanto la sabiduría como la gnosis, al igual que todos los demás dones divinos, provienen del mismo único Espíritu Santo. Sin embargo, cada uno de ellos es en cierto modo autónomo y tiene una energía distinta en la psique-alma. Por esta razón, a uno se le da sabiduría, a otro conocimiento, según la medida del don del mismo Espíritu Santo, tal como explica el divino Pablo»[Everghetinós], en la Primera a los Corintios, capítulo 12, versículos 4-11. «La gnosis, entonces, conecta y une al hombre con Dios por medio de la experiencia interior, sin mover al alma a la búsqueda de las causas de las diversas cosas ni dotarla con la fuerza expresiva del logos (discurso). De ahí que algunos de los filósofos del desierto, los ascetas, se iluminan con el resplandor de la gnosis divina, cuya energía increada sienten interiormente, sin ocuparse, sin embargo, de enseñanzas divinas y elevadas» [Everghetinós]. Por lo tanto, de una manera diríamos mística y vivencial, el hombre de Dios, como los ascetas del desierto, tenían esta gnosis divina, se iluminaban por el resplandor de esta gnosis divina, sin dedicarse a enseñanzas. No se les había dado tampoco el don de enseñar a los demás, sino que ellos mismos vivían de manera experiencial lo que es Dios, teniendo esta gnosis divina.

«El otro don del Espíritu Santo, la sofía-sabiduría, cuando se da a alguien junto con gnosis interior, aunque esto es raro, y va acompañado del temor de Dios, apocalipta-revela las energías (increadas) mismas de la gnosis (divina e increada), porque por naturaleza la gnosis, con la fuerza de la energía (increada), y la sabiduría, con la fuerza del logos, iluminan la psique-alma. La gnosis trae a la psique-alma la fuerza de la oración, mucha ἡσυχία (hisijía: serenidad mental y paz cordial) y la total despreocupación. La sofía-sabiduría, en cambio, la trae el estudio libre de vanagloria de los logos de Dios y sobre todo la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Él que otorga gratuitamente el don de Su sabiduría» [Everghetinós].

Un hombre que estudia sin vanagloria, eso es muy importante. Porque existen también hombres que estudian el logos de Dios con vanidad. ¿Qué significa esto? Lo estudian con el propósito de después tener algo que decir a los demás, de hacer de maestros. Alimentan esta pasión llamada vanagloria, el querer agradar a los hombres; el intento de impresionar a los demás con nuestros conocimientos espirituales, con los bonitos logos y bellas palabras piadosas. Este hombre no alcanza la verdadera sofía-sabiduría de Dios. El hombre que estudia el logos de Dios sin vanagloria, sin la intención de después hacerse el sabio usando lo que lee, ese hombre alcanza la verdadera sofía-sabiduría de Dios, la auténtica sabiduría que Dios concede, la cual Él regala a los humildes. La sofía-sabiduría es un don o carisma, la sabiduría espiritual. Y el hombre que llega a conocer quién es Dios no es simplemente aquel que estudia el logos de Dios, sino el que ora, es humilde, guarda la hisijía (serenidad mental y paz cordial) y quietud y practica la total despreocupación, como dice san Diádoco de Fótica. Cuando el hombre tiene estas virtudes, guarda silencio, ora y permanece libre de preocupaciones, llega a la gnosis de Dios. (ver: https://logosortodoxo.es/filocalia/tomo-i/filocalia-tomo-1-san-diadoco-de-fotica-100-capitulos-gnosticos-10-condiciones-para-la-zeosis/)

«El logos espiritual», continúa, «protege a la psique-alma de la pasión de la vanagloria, porque enriquece todos sus miembros con el sentido interior de la Luz divina e increada y la hace tan dichosa que ya no necesita el honor de los hombres» [Everghetinós]. Cuando estudiamos el logos de Dios y profundizamos en él, entonces nos protegemos de la pasión de la vanidad, porque tenemos un sentido y percepción interior de Dios, de la Luz divina e increada, y el hombre se vuelve tan feliz, tan lleno, tan completo, que ya no busca el reconocimiento ni el honor ni el consuelo humano. Así como un hombre que no tiene este consuelo divino al estudiar el logos de Dios, luego buscará los “bravos” y los “muy bien” y el reconocimiento y el afecto de los hombres. Honra la gloria del mundo. El logos espiritual protege la psique-alma de esta pasión y llena al hombre con este consuelo divino y no busca ya el honor de los hombres.

«A causa de esta luz interior, el logos espiritual guarda siempre también la mente (o el intelecto) de los peligrosos engaños de la imaginación, la fantasía porque la transforma de modo que esté continuamente orientada hacia la agapi-amor de Dios. En cambio, el logos que se apoya en la sabiduría mundana provoca al hombre a amar siempre la vana gloria de este mundo presente, porque concede a sus admiradores la amistad de los elogios, ya que no tiene el poder de beneficiar a la psique-alma con la experiencia interior de la vivencia mística divina, puesto que es creación de hombres vanidosos» [Everghetinós]. ¡Así de sutiles, hermosas enseñanzas y discernimientos finos hace el Santo! Cuáles son los frutos del logos espiritual, del logos de Dios, en la psique-alma, y cuáles son los resultados del logos mundano, que se apoya en la sabiduría mundana y humana. Este logos mundano, humano, hace que el hombre busque la gloria de los hombres, porque está hecha por hombres vanidosos; formado así, compuesto por personas que quieren agradar al mundo presente, al siglo presente, el engañoso. Y así también el hombre que estudia este logos mundano adquiere también el deseo de los elogios de los hombres. Es aquello que dice el proverbio: «Lo semejante siempre se acerca a lo semejante». El semejante se asocia con su semejante. Si te asocias con hombres vanidosos o estudias sus libros, sus escritos, también tú acabas siendo vanidoso, complaciente con los hombres, y adquieres también el deseo de agradar. Porque este logos, el mundano, aunque parezca espiritual, es producto de hombres vanidosos y no de hombres que tienen activo dentro de sí el Espíritu Santo; este logos no otorga consuelo a la psique-alma, esta percepción, sentimiento y sensación interior de Dios, y por tanto el hombre queda vacío. Puede que lea obras teológicas, estudios, etc., pero son vacíos de χάρις (jaris: gracia, energía divina increada), no tienen jaris-gracia de Dios, y el hombre, queriendo llenar su vacío, busca la gloria de los hombres.

«Discerniremos, pues, con certeza la presencia mística del logos divino en nuestra psique-alma, si dedicamos el tiempo de las discusiones filosóficas a la ardiente memoria de Dios mediante el silencio, libre de toda preocupación y pensamiento mundano» [Everghetinós]. ¿Quieres, entonces —dice san Diádoco— ver si dentro de ti existe realmente la búsqueda de Dios, de la doxa-gloria increada de Dios y de Su presencia? Lo comprobarás si, en lugar de gastar tu tiempo en discusiones filosóficas, lo dedicas a la ardiente memoria de Dios, a la oración incesante, en silencio, sin tener ninguna preocupación ni pensamiento mundano. Y esto nos recuerda también la enseñanza semejante de san Gregorio el Teólogo, quien dice que «lo divino se vive en el silencio». Lo divino, es decir, Dios, se experimenta en el silencio, en la ησυχία (hisijía: serenidad mental y paz cordial), quietud y tranquilidad exterior. Allí el hombre puede encontrar a Dios con la oración ferviente, y no con discusiones filosóficas ni con estudios vanos de libros y escritos —diríamos— vanidosos, escritos por hombres que buscan agradar a los demás.

«Del Abba Isaac: Cuídate —dice Abad Isaac— de no leer los dogmas de los herejes, porque esto incita al espíritu de blasfemia a molestarte» [Everghetinós]. Aquí el Abad Isaac nos dice algo muy importante sobre la causa de los pensamientos blasfemos, que son muy dolorosos, y muchas personas que no saben que proceden directamente del diablo, se atormentan, se horrorizan y hasta tiemblan de confesarlos, cuando en realidad no son pecado propio. ¿Qué dice aquí el Abad Marcos? Estos pensamientos de blasfemia pueden provenir del espíritu maligno precisamente porque lees libros heréticos, lo cual revela soberbia, orgullo y arrogancia. Y después, claro, el diablo te trae también estos pensamientos blasfemos. Así, el espíritu de blasfemia se siente provocado a molestarte cuando te ve leyendo libros de herejes.

«El verdaderamente sensato y prudente es aquel que comprendió bien que hay un fin de la vida presente, y se apresura también él a poner fin a sus errores y defectos» [Everghetinós]. ¡Maravilloso! Este es el sentido de la vida. ¿Quién comprendió el sentido de la vida? Aquel que entendió que la vida tiene un fin, tiene término. Y decide también poner fin a sus defectos, a sus errores. Es decir, se arrepiente, vuelve a la metania. Decía san Paísios que, si alguien fuera a leer a Abad Isaac en un hospital psiquiátrico, ¡se vaciaría el hospital! Porque la gente captaría el sentido de la vida. Y el sentido de la vida es la μετάνοια metania, arrepentimiento y confesión. Comprender que la vida se acaba, tiene un final, no es infinita. Solo entonces se hará eterna, y por lo tanto, también nosotros debemos poner fin a nuestros errores, a nuestros pecados.

«Porque, ¿qué gnosis o prudencia es mayor que ésta?», dice Abad Isaac. «Es decir, que alguien se haga sabio para salir de la vida presente hacia la eternidad sin haber sido corrompido por el pecado, sin que ninguno de sus miembros haya sido manchado por el olor de los deseos de este mundo y sin que su psique-alma haya sido contaminada por la dulzura aparente y externa de éste» [Everghetinós]. ¿Quién, pues, ha comprendido el sentido de la vida? Aquel que lucha por su catarsis salir limpio, purísimo, sin que su psique-alma quede dañada por el pecado ni cargada con las inmundicias de los malos deseos, pensamientos y praxis (actos).

«El hombre que ha refinado sus pensamientos —dice el Abad Isaac— y ha conseguido comprender todos los misterios de la naturaleza, ha alcanzado muchos inventos y ha interpretado con éxito diversos fenómenos, si sigue teniendo su psique-alma cubierta por la suciedad del pecado y su conciencia no le ha testificado de algún bien, ese hombre busca alcanzar la perfección mediante sus gnosis-conocimientos y con la esperanza puesta en el mundo. Este es, de todos, el más insensato, porque nunca ha gustado ni espera los bienes futuros. Solo entre los suyos puede ser considerado prudente» [Everghetinós]. Es decir, entre otros semejantes a él, que se apoyan en el conocimiento-gnosis mundano, en sus inventos. Así como hoy los hombres se glorían en su tecnología, en sus robots, en sus ciencias y conocimientos-gnosis mundanos, pero carecen de la gnosis divina, del conocimiento de Dios, de la experiencia de lo divino. Este hombre, dice el Abad Isaac, es el más engañado, el más desdichado, el más infeliz de los hombres. Y nada prudente. Solo es llamado prudente por sus semejantes, aquellos que también ponen toda su esperanza en este mundo, en esta vida, y se glorían en sus obras. Se auto-elogian, se autoglorifican y buscan esa gloria también de los demás, pero ignoran a Dios.

«Pregunta de Abba Isaac: ¿Quién es aquel que ha sido iluminado en sus pensamientos y en sus propósitos?» Y responde: «El que descubrió la amargura que se esconde en la dulzura del mundo y cerró su boca para no beber de esta copa. El que cuida siempre de la salvación de su alma y no detiene su camino de ascesis (práctica espiritual) y de virtud hasta que parta de este mundo. Y, finalmente, el que cierra las puertas de sus sentidos para que por ellas nunca entre el deseo de la vida presente y robe sus tesoros» [Everghetinós]. Este es el hombre que ha sido iluminado en sus pensamientos y propósitos: el que entendió cuán amargo es el mundo y cómo esconde esta amargura en su aparente dulzura. El que se impidió a sí mismo beber de esta copa del mundo. El que se ha muerto para el mundo y para los deseos mundanos: este es el verdaderamente iluminado en sus pensamientos y propósitos. El que cuida de la salvación de su psique-alma y no detiene la ascesis y la virtud hasta su salida de este mundo. Porque uno puede empezar bien y quedarse a mitad de camino, o incluso poco antes del final abandonar la ascesis según Dios y el camino espiritual. Bienaventurado y verdaderamente iluminado es aquel que persevera hasta la muerte en la ascesis y la lucha. Y también el que cierra las puertas de sus sentidos, para que no entre por ellas el deseo de esta vida presente, el amor a esta vida, y robe sus tesoros espirituales. Este hombre posee la verdadera gnosis-conocimiento de Dios, la verdadera iluminación en sus pensamientos y en sus propósitos.

Y un último texto de san Efrén, para concluir también la enseñanza de hoy: «Hermano mío, la sofía-sabiduría no se encuentra en muchos conocimientos ni en muchas letras, sino como dice la Sagrada Escritura: principio de la sabiduría es el temor de Dios, y consejo de santos es prudencia, y conocer la ley es de mente buena o intelecto bueno» [Prov 9,10]. Este es el principio de la verdadera sofía-sabiduría: el temor de Dios. Cuando uno comienza a temer, es decir, a respetar a Dios y a aplicar y guardar Su voluntad, entonces comienza a hacerse realmente sabio, verdaderamente gnóstico-conocedor. «Principio de la sabiduría es el temor de Dios, y consejo de santos, prudencia, y conocer la ley es de mente buena o intelecto bueno» [Everghetinós]. Entonces el hombre adquiere una mente recta, un intelecto recto, un pensamiento recto, una espíritu-nus recto, cuando conoce la ley de Dios, no simplemente de modo intelectual, leyendo, sino de modo experiencial, aplicando en su vida el logos de Dios. Y este hombre se hace verdaderamente prudente, como lo fueron los Santos, porque precisamente lucharon en la devoción, en la μετάνοια metania, santificaron su ser, y así sus decisiones, sus propósitos, sus pensamientos, todo fue prudente según Dios, sabio según Dios. Es correcto esto, es decir, que la sofía-sabiduría no está en muchas gnosis-conocimientos, en muchas letras, sino en mucha oración, en mucha lucha espiritual, en la aplicación fiel de los mandamientos (logos, principios espirituales) de Dios. «Es correcto esto», dice san Efrén, «porque la fe en Dios engendra mente buena o intelecto bueno. Y la mente buena es un río de agua viva, y quien la adquiere se llenará de sus aguas benéficas y vivificantes. No puede existir verdadera sofía-sabiduría ni prudencia allí donde no hay temor de Dios; porque la riqueza de la sofía-sabiduría es respetar al Señor, a quien pertenece siempre la gloria. Amén» [Everghetinós].

A nuestro Dios sea siempre la gloria, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Ἱερομ. Σάββα Ἁγιορείτου

https://hristospanagia3.blogspot.com/2025/09/blog-post_618.html#more  Ὁμιλία στίς 13-09-2025.
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

Aprendamos a perdonar – P. Atanasio Mitilineos Domingo XI de Mateo

Aprendamos a perdonar – P. Atanasio Mitilineos

Domingo XI de Mateo

Consejo a los culpables, el perdón y la parábola del deudor, 18:15-35.

15 Por tanto, si tu hermano peca, ve, muéstralo y repréndelo estando tú y él solos. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano para Dios y para ti;

16 pero si no escucha, toma contigo a uno o dos y hazle la observación, para que por boca de dos o de tres testigos quede firme la verdad de todo lo dicho.

17 Y si los desoye a ellos, dilo a la Iglesia; y si desoye a la Iglesia, sea para ti como el gentil idólatra y el publicano que están sin metania, los cuales no pertenecen a la Iglesia.

18 De cierto os digo que todo cuanto dejéis atado y no perdonado en la tierra, quedará atado y no perdonado en el cielo, y todo cuanto perdonéis en la tierra será perdonado y desatado en el cielo.

19 Otra vez os aseguro, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa buena que pidan por la oración, les será concedida por mi Padre celestial.

20 Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre y este objetivo es de acuerdo a mi voluntad, allí estoy yo en medio de ellos para iluminarlos, bendecirlos y fortalecerlos.

21 Acercándose entonces Pedro, le dijo: Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano las ofensas que hace contra mí? ¿Hasta siete veces?

22 Jesús le dice: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete, es decir, siempre tienes que perdonar.

23 El deber de perdonar es ilimitado; por esto, el reinado de la realeza increada de los cielos es semejante a cierto rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos a quienes había dejado la administración de sus bienes económicos.

24 Y cuando comenzó a arreglar las cuentas, le fue presentado uno que debía la gran cantidad de diez mil talentos.

25 Y no teniendo éste con qué pagar, el señor ordenó que fuera vendido junto con su esposa, sus hijos y todo cuanto tenía, para que fuera pagada parte de la deuda.

26 El siervo entonces, cayó postrado ante sus pies y le suplicó: Señor, ten paciencia y tolerancia conmigo, dame un plazo y te pagaré todo lo que te debo.

27 Y el señor se compadeció de aquel siervo, y lo despidió perdonándole toda la deuda.

28 Pero al salir aquel siervo, encontró a uno de sus consiervos que le debía poco dinero, unos cien denarios, lo agarró del cuello y de forma dura, le decía: ¡págame lo que me debes!

29 Su consiervo entonces, postrado en sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia y tolerancia conmigo y te devolveré todo lo que te debo.

30 Pero él no quiso saber nada, sino que fue lo denunció y lo hizo encerrar en la cárcel hasta que pagara la deuda.

31 Viendo pues lo ocurrido, sus consiervos se disgustaron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido.

32 Su señor entonces, llamándolo, le dice: Siervo astuto malvado, toda aquella deuda te la condoné, porque me suplicaste.

33 ¿No debías tú también tener misericordia y compasión de tu consiervo, como yo tuve compasión y misericordia de ti y te condoné la deuda?

34 Y enfurecido, su señor lo entregó a los verdugos hasta que pagase toda la deuda.

35 Así también os hará mi Padre celestial si cada uno de vosotros no perdonase de corazón a su hermano todas las culpas, ofensas, errores y faltas que os ha hecho.

 

Atanasio Mitilineos: Aprendamos a perdonar (Domingo XI de Mateo)

 

Siempre, mis queridos, en las relaciones humanas existirán diferencias. Y muchas veces uno será el que hace la injusticia y el otro el que la sufre. Tanto en un sentido estricto como en uno más amplio. Y surge la pregunta: ¿Cómo pueden restablecerse estas relaciones, algo tan necesario para la convivencia armónica de los hombres? ¿De qué otro modo sino con la indulgencia, la bondad o con el olvido del rencor, sin resentimiento, es decir, que nadie guarde en su memoria la maldad del otro, lo cual se expresa con un perdón profundo, desde lo más hondo del corazón? Y si ocurren, supuestamente, innumerables fricciones, ¿hasta qué punto puede mantenerse este perdón? Hasta el infinito. Basta, por supuesto, que el que comete la falta, el que yerra, pida perdón.

Según la concepción judía, el perdón, incluso si se pedía, estaba limitado más bien a tres veces. Se entiende: al día. No en toda la vida. ¡Al día! Y en una ocasión el apóstol Pedro oyó al Señor decir: «Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndelo; si te escucha, habrás ganado a tu hermano». Es decir, se sobreentiende que lo perdonas. Y no sólo eso, sino que además lo recuperas. Y con generosidad el apóstol Pedro pensaba que, si sobrepasaba ese límite judío —que existía, aunque no estaba escrito en el Antiguo Testamento, existía como concepción entre los judíos, era enseñanza de los rabinos—, preguntó entonces al Señor: «Señor, ¿hasta siete veces si peca contra mí mi hermano lo perdonaré?». Repito: en un solo día, siete veces. Y el Señor le respondió: «No hasta siete veces, como piensas, sino hasta setenta veces siete». Es decir, setenta veces siete al día. No es 7×7 = 49 ni 490. Sino que significa: ¿dijiste siete? Yo te digo setenta veces siete. Es una expresión que muestra lo ilimitado. Todas las veces que tu hermano peque contra ti y venga a pedirte perdón, tienes el deber de perdonarlo. Prestad atención: tienes el deber de perdonarlo.

Y para afianzar el Señor esta importantísima posición ética y moral, que define las relaciones entre los hombres, dijo la parábola de los diez mil talentos y del siervo deudor, que hemos escuchado, amados míos, en la lectura evangélica de hoy.

¿Cómo comenzó el Señor Su logos-discurso, para mostrar esta gran verdad del perdón? Dijo: «Por eso se parece la Βασιλεία (vasilía: realeza increada) de los Cielos…». Y sigue la parábola. Muy a menudo el Señor utiliza esta frase, casi como un modo estereotipado. Por ejemplo: «¿Con qué compararé el Reino de los Cielos?», o «El Reino de los Cielos se parece a…». Esa pregunta: «¿Con qué compararé la Βασιλεία de Dios?», muestra el esfuerzo del Señor de trasladar una realidad celestial aquí a la tierra. El Señor pronunció siete parábolas, que forman un conjunto; y todas comienzan así: «¿Con qué compararé el Βασιλεία de los Cielos?». Esto muestra que esas siete parábolas no son otra cosa que siete facetas de una misma realidad: la de la Βασιλεία Realeza increada de Dios.

Pero la Βασιλεία Realeza increada de Dios, o la Βασιλεία Realeza increada de los Cielos, es una realidad celestial, mientras que aquí en la tierra vivimos dentro de una realidad terrenal. Esta traslación —por eso dice el Señor: «¿Con qué compararé?»—, esta traslación de realidades celestiales a realidades terrenales, ¿con qué lenguaje puede hacerse? ¿Cuál es el lenguaje que pueda transmitir estas realidades celestiales? Es difícil. Es imposible. El apóstol Pablo, que vio cosas celestiales, dice que no es posible transmitirlas en la tierra. No existe descripción. «No le es dado al hombre expresarlas». No es posible, se escapan, la descripción de las cosas celestiales no puede trasladarse. Y, sin embargo, esta traslación es necesaria. ¿Y cómo se logra? Se logra con comparaciones. El lenguaje de las comparaciones.

Por eso una parábola no es otra cosa que una comparación, una imagen, un modo de expresar lo inexpresable dentro del marco de las realidades terrenales. Y en este caso tenemos la parábola que hoy hemos escuchado.

La parábola, hablando ahora en general, quisiera que lo sepan, tiene la desventaja de la ausencia de definición. ¿Cómo definir? ¿Pueden definirse las realidades (increadas) celestiales? ¿Qué es la Βασιλεία Realeza increada de Dios, puede definirse? ¿Qué hay en la Βασιλεία Realeza increada de Dios, puede definirse? No puede definirse. Es decir, no es posible usar una definición. La palabra misma lo dice: “definir” significa poner límites. Pero la Βασιλεία Realeza increada de Dios no puede definirse, no tiene límites. No puede meterse, entonces, dentro de los moldes de una definición. Por eso no puede definirse.

Es bien sabido —y lo decimos incluso en lenguaje científico— que cuando queremos dar una descripción precisa de algo, damos una definición. Si no damos definición, no hablamos en términos científicos. Lo sabemos. Ésta es entonces una desventaja: que falta la definición. Pero, por la naturaleza misma de las cosas, no es posible —como dijimos— dar una definición. Y así hablamos con muchas comparaciones, con muchas imágenes. Eso es una ventaja, pues podemos contemplar de muchos modos, muchos aspectos de una misma realidad, y así tenemos una riqueza interpretativa. Esto es sumamente importante. Así, tenemos la desventaja de la falta de definición, pero a la vez la ventaja de una interpretación abundante.

Por eso, cuando interpretamos el Evangelio, vemos que un Padre de la Iglesia lo explica de un modo, otro de otro modo, y otro de otro distinto. ¿Qué significa eso? ¿Contradicciones? ¿Faltas? No. Lo que interpretamos son realidades celestiales. Y, por lo tanto, tenemos la posibilidad de decir muchísimas cosas. Tantas, que —permítanme decirlo— son inagotables. Cuanto más se cava, más se encuentra. Sí. Cuanto más se investiga, más se conoce.

De este modo, en la parábola que hemos escuchado hoy en la lectura evangélica, se despliega precisamente una faceta de la Βασιλεία Realeza increada de los Cielos: la del perdón y el olvido del rencor sin resentimiento. Aquí tenemos una hermosa y profunda revelación del espíritu de la Βασιλεία Realeza increada de Dios. ¿Qué es la Βασιλεία Realeza increada de Dios? La Βασιλεία Realeza increada de Dios es αγάπη agapi amor. ¿Qué es la Βασιλεία de Dios? Es esperanza. ¿Qué es la Realeza increada de Dios? Es la visión del rostro de Cristo. ¿Qué es la Βασιλεία Realeza increada de Dios? Es perdón y ausencia de rencor, sin resentimiento. Y así sucesivamente. Ven, entonces, que esta parábola nos da, en una de sus facetas, el espíritu de la Βασιλεία Realeza increada de Dios.

Debemos decir además que la Βασιλεία Realeza increada de Dios tiene dos aspectos. Es uno, único, lo repito. Pero tiene dos aspectos: el celestial y el terrenal. El aspecto celestial es la realidad de lo alto. El aspecto terrenal es aquí, en la Tierra. ¿Y saben qué es la Βασιλεία Realeza increada de Dios? ¡Oh, si lo supiéramos! Lo sabemos, pero quizá nunca lo hemos pensado. Es la Iglesia. La Iglesia en la historia es el la Βασιλεία Realeza increada de Dios en su aspecto terrenal.

Pero ambos aspectos forman un solo cuerpo. La Βασιλεία Realeza increada de Dios es una. El que soy aquí, en el aspecto terrenal de la Βασιλεία Realeza increada de Dios, ése seré también allá. No puedo ser una cosa aquí y otra distinta allá. Por eso, si me marcho santo, viviré en santidad en la Βασιλεία Realeza increada de Dios. Si no me marcho santo, sino malvado, perverso, transgresor de los mandamientos de Dios, etc., no puedo entrar en la Βασιλεία Realeza increada de Dios. No es posible. Porque no he entrado ya en la realidad terrenal. No he entrado en los misterios de la Iglesia, en la vida espiritual, en la vida del Espíritu Santo en Cristo Jesús. O en la vida de Cristo en el Espíritu Santo. No he entrado. Por eso, tampoco puedo entrar en esa realidad celestial.

¿Con qué, pues, se asemeja la Βασιλεία Realeza increada de los Cielos? «A un rey humano, que quiso ajustar cuentas con sus siervos». Es decir, quiso pedirles cuentas de cómo estaban en sus asuntos económicos. En efecto, mientras se rendían cuentas, se encontró —nos dice la parábola— con un siervo que debía a su señor ¡diez mil talentos! El número “mýria miríada”, como saben, significa diez mil (10.000). Por lo tanto, “mýria tálanta” significa una suma de 10.000 talentos.

Debemos decir, desde el inicio, que en esta parábola vemos que cada hombre tiene que dar cuentas a Dios de sus obras. Es una gran verdad, una gran realidad, que lamentablemente pasa desapercibida para muchos de nuestros cristianos. Y en cuanto a aquellos que hablan de libertad —una libertad fabricada en su propia mente— dicen: «Pues si soy libre, ¿por qué tengo que rendir cuentas de mis actos? Porque eso es ser libre: no tener que dar cuentas a nadie, ni a los hombres ni a Dios».

Pero estos hombres quedarán sorprendidos cuando comprendan que el concepto de libertad no es como ellos pensaban, dándole una dimensión filosófica, sino como lo entiende el logos de Dios. Así, el juicio de Dios, queridos míos, es una realidad tremenda. Y es un juicio tanto personal como general. Cada uno que sale de este mundo es juzgado. Y cuando venga Cristo, será juzgada toda la humanidad, en el juicio universal.

Y entonces aparece, como dice el pasaje, un deudor de diez mil talentos. No sé si saben qué era el talento. Era la moneda de mayor valor, que no sólo usaban los griegos, sino también otros pueblos, y existía en tres tipos: talento de oro, talento de plata y talento de bronce.

De hecho, cuando Tobit envía a su hijo a Ragües de Media con motivo de una antigua deuda de un amigo, se trataba justamente de talentos. El talento de oro, naturalmente, era el de mayor valor. Pesaba mucho, era prácticamente imposible de cargar. El valor de un talento de oro ático —les mencioné a Tobit para mostrar que también en Oriente se usaba el talento—, no como antigüedad arqueológica, sino en valor real de oro, equivalía, atención, a doscientas cuarenta libras esterlinas de oro. Ese era el talento ático.

Diez mil talentos significan ¡dos millones cuatrocientas mil libras esterlinas de oro!, en valor real actual. Esto muestra cuánto debía aquel hombre frente a Dios.

Sí. La deuda son los pecados. Por eso decimos en la oración dominical: «Perdónanos nuestras deudas», es decir, perdónanos, bórranos, ¿qué cosa? Las deudas. “Deuda” significa obligación pendiente. Que borres nuestras deudas. Y esas deudas son de transgresiones y de omisiones: lo que he transgredido y lo que debía hacer y no hice.

¡Qué gran oscuridad existe, queridos míos, en muchos que creen que son inocentes delante de Dios! «Yo», dicen, «yo no tengo pecados». Y si acaso se les señalan algunos, responden: «¿Y qué tiene eso? Todos los hombres hacen esto, hacen aquello». ¡Cosa terrible, terrible! La deuda permanece sin pagar.

En una ocasión dije —y lo he dicho muchas veces, no importa si lo repito rápido ahora entre paréntesis— que la deuda crece ante Dios porque es Dios. Según la persona contra la que se comete, así es la magnitud de la ofensa. Es decir, para que lo comprendamos: ¿Qué dijimos que es la deuda? Transgresión. Y también, ¿qué es? Omisión.

Pongamos un ejemplo con la transgresión de un mandamiento. Si doy una bofetada a un niño pequeño, no tiene gran importancia: llorará, a lo sumo protestarán sus padres. Si doy la misma bofetada al alcalde de la ciudad, la cosa es distinta. Si se la doy al presidente de la república, y en público, la cosa cambia aún más. Ahora bien, si hago una ofensa a Dios, ¿cuánto vale esa ofensa? Tanto como la dignidad de la persona ofendida. Dios es infinito, y la ofensa es infinita. Dios es eterno, y la ofensa es eterna.

Pregunta alguien —dice San Juan Crisóstomo—: «Bueno, yo pequé un minuto, ¿y voy a ser castigado eternamente?». Sí. ¿Por qué? Porque contra Aquel contra quien pecaste es infinito y eterno.

De este modo comprendemos por qué con esa cantidad el Señor quiso mostrar que cada ser humano es deudor. Y no digamos, queridos míos, ese cuento —en el sentido literal, ese engaño del diablo— de que no tenemos pecados, de que no hacemos nada malo, y de que somos personas buenas, inocentes.

Así, ¿quién puede pagar ese volumen inmenso de deuda? Sólo uno. Dios.

Como en la parábola, el siervo va y suplica a su señor: «Señor, ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo». Pero, ¿qué pagarás, hombre? ¿Qué pagarás? Eres esclavo y no tienes posibilidad de trabajar para dar dinero a tu señor. Eres esclavo. ¿Qué harás?

Uno solo pagó la deuda por cada uno de nosotros: Jesús Cristo.

Dice san Pablo a los colosenses: «Y a vosotros, que estabais muertos en vuestros delitos —muertos en las faltas—, os dio vida juntamente con Cristo —el Padre nos dio vida junto con Él—, perdonándoos todos los pecados; cancelando el documento escrito contra nosotros —saben que una deuda está documentada con un pagaré, con un contrato, con un papel; como decimos: “tu acreedor te envuelve en una hoja de papel”—, borrándolo, lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz».

¡Allí quedó la deuda! Es como si el acreedor al que le debemos nos dijera: «¿Lo ves? Lo tengo en mi mano, me debes, ¿lo ves?». Y que justo delante de nuestros ojos lo rompiera en pedazos. Eso significa: lo clavó en la cruz. Impresionante.

Y no teniendo el siervo con qué pagar la deuda en la parábola, ¿qué hace el señor? No tenía. «Ἐκέλευσεν πραθῆναι». «Mandó que se vendiera». «Que se vendiera», dice, «su mujer –así sucedía en la antigüedad. El material de la parábola está tomado de la antigüedad y de la realidad–, sus hijos, todo lo que tenía y no tenía, y que se computara». ¿Saben cuánto costaba un esclavo? Baratísimo. La mujer aún más barata. Entonces, ¿qué podrías pagar, hombre? ¿Y qué sucede ahora? Mientras tanto el siervo era vendido… también él mismo sería vendido, para que el amo cobrara la deuda que le debía. ¿Qué significaba eso? Que sufriría alteración, enajenación. Sería alienado de su señor. ¿Qué quiere decir esto? Esta enajenación es el infierno eterno. El amo te vende. Dios te expulsa. Y cuando Dios te expulsa, ¿a dónde vas? ¿A dónde más? No hay ningún otro lugar, sino el infierno. Esa es la alteración, enajenación.

El siervo vio que no había salvación. «Entonces, postrándose el siervo, le rogaba: Ten paciencia conmigo», decía. Cayó, se arrodilló. Y el amo: «Movido a compasión el señor…». ¡Qué imágenes tan hermosas! Fue un simple acto de pedir paciencia; el siervo dijo: «Ten paciencia conmigo». Y eso trajo todo el cambio, la cancelación de la deuda. «Ten compasión de mí». «Te lo perdono». «Ten compasión de mí». «¡Te lo perdono!». Esto muestra claramente que la μετάνοια metania el arrepentimiento y la petición de perdón, mis queridos, nos liberan de la condenación eterna.

Pero atendamos también a un detalle interpretativo. Cuando el Señor dice «ἐκέλευσεν ekélefsen prazine πραθῆναι, mandó que se vendiera», esto expresa el espíritu del Antiguo Testamento. Porque «toda transgresión y desobediencia recibió su justa retribución». ¿Transgrediste? Serás castigado. En cambio, el «movido a compasión» expresa el espíritu del Nuevo Testamento. Esto, por supuesto, en lo que respecta a las relaciones entre el hombre y Dios. Pero también permanecen las relaciones entre los hombres.

Y señala la parábola: «Saliendo aquel siervo…». Apenas salió de la oficina del amo, bajando las escaleras, encuentra a un consiervo suyo. «Ah, ven aquí, ven aquí. Me debes 100 denarios». Cien denarios… dos libras. «Anda, págame la deuda que me debes». Allí pone la palabra: «Ἒπνιγεν αὐτόν le ahogaba». Lo que decimos en nuestra lengua: «Me ahogó mi acreedor». Esto es literal. No es metafórico. Pues el acreedor ponía el pulgar, el dedo grande, aquí en la nuez del cuello del deudor y lo apretaba con el dedo, y literalmente lo ahogaba. «Dame lo que me debes». «Ἒπνιγεν αὐτόν le ahogaba». «Te ruego», le dice, «ten paciencia conmigo, te lo pagaré». ¿Qué son 100 denarios? Dos libras. ¡Es fácil! «¡No! ¡Ahora no!». Y lo metió en la cárcel. Vieron esta conducta los otros consiervos, se asustaron y fueron a informar a su señor lo que habían visto y oído. Entonces el señor llamó al siervo y le dice: «Siervo malvado y perverso, yo te perdoné una cantidad tan enorme, ¿y tú no pudiste tener paciencia con tu consiervo?». Aquí se muestra la inmensa diferencia entre lo que debemos a Dios y lo que los demás nos deben a nosotros. Sin embargo, aunque la cantidad sea pequeña… ¿qué quiere decir? Hombre con hombre. Me dan una bofetada… como el ejemplo que les dije antes. ¿Es lo mismo esa bofetada con la bofetada que yo doy a Dios al ofenderlo? Es algo pequeño, muy pequeño. Y, sin embargo, no podemos superar nuestro ego, nuestro egoísmo y orgullo para poder perdonar a los demás por lo que nos han hecho. Mucho más cuando nos piden insistentemente perdón.

¿La conclusión de la parábola? ¡Oh!, la conclusión la da el mismo Señor: «Así también os hará mi Padre celestial si cada uno de vosotros no perdonase de corazón a su hermano todas las culpas, ofensas, errores y faltas que os ha hecho».

Mis queridos, Dios reveló el espíritu de Su Βασιλεία vasilía Realeza increada. Pero los hombres no se conforman a ello. Y surge la pregunta: ¿Nos conviene? ¿No conformarnos? No entraremos en la Βασιλεία Realeza increada de Dios. ¿Nos conviene? Y aun si se supusiera que Dios, no obstante, nos perdonara, si nosotros no perdonáramos a los demás, ¿tendríamos paz, pregunto, tendríamos paz en nuestra alma, y nuestras relaciones serían buenas con nuestro prójimo? No. ¿Nos conviene? No. ¿Acaso uno que no perdona no se autocastiga y se atormenta a sí mismo? ¿Nos conviene? No. Así, pues, no nos conviene. Porque ni Dios nos perdona, ni podemos tener, ni desarrollar buenas relaciones con los demás, si no aprendemos tanto a pedir el perdón de Dios, como a conceder perdón a los demás. ¡Adelante, pues, mis queridos, adelante, aprendamos a perdonar sin límites! Y es fácil, y nos conviene.

Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario,
y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, el 30-8-1992.

Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

El buen comienzo, p. Atanasio Mitilineos Domingo I de Lucas

El buen comienzo, p. Atanasio Mitilineos

Domingo I de Lucas 5,1-11

La admirable pesca y el llamamiento de los cuatro discípulos, 5:1-11.

5,1 Sucedió que al agolparse la multitud sobre él para oír el logos de Dios, él estaba de pie junto al lago Genesaret,

2 y vio dos barcas ancladas en el lago, pues los pescadores habían salido de ellas y lavaban las redes.

3 Subiendo a una de las barcas, la cual era de Simón, le rogó que se alejara un poco de la orilla, y, sentado, enseñaba a las multitudes desde la barca.

4 Cuando cesó de hablar, dijo a Simón: rema mar adentro, y echad vuestras redes para pescar.

5 Y respondiendo Simón, dijo: Maestro, después de bregar durante toda la noche, nada hemos pescado; pero obedeceré a tu logos y echaré la red.

6 Y cuando hicieron esto, capturaron tan gran cantidad de peces que casi se rompían sus redes.

7 E hicieron señas a los compañeros en la otra barca para que vinieran a ayudarles. Y fueron y llenaron ambas barcas, hasta tal punto que casi se hundían.

8 Al verlo Simón Pedro, se postró a los pies de Jesús, y dijo: ¡Apártate de mi barco Señor, que soy hombre pecador y no soy digno de estar contigo!

9 Porque el asombro lo había dominado a él y a todos los que estaban con él, ante la pesca realizada;

10 e igualmente a Jacobo/Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, los cuales eran compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: No temas, desde ahora serás pescador de hombres vivos por tu kerigma y los conducirás al reinado de la realeza increada de Dios

11 Y después de arrimar las barcas a tierra, dejando todas las cosas, siguieron a Cristo como fieles discípulos.

 

El buen comienzo, p. Athanasios Mitilineos

Domingo I de Lucas 5,1-11

 

Queridos míos, ya estamos entrando en el período evangélico de Lucas. Terminó el de Mateo y, como os dije, ahora entramos en el período evangélico de Lucas. A partir de ahora, las lecturas evangélicas serán tomadas del Evangelio de Lucas. Por eso, la Iglesia nos presenta en este primer domingo de Lucas, hoy, un pasaje que se refiere al inicio del  κήρυγμα (kírigma: kerigma, predicación, discurso, sermón) de Jesús.

Todo muestra, como hemos escuchado en el pasaje evangélico, el buen comienzo. El primer, los primeros oyentes, los primeros discípulos, las primeras impresiones, el primer milagro, en un sentido amplio, un milagro de gran publicidad, porque ya había tenido lugar el milagro de Caná, los primeros frutos. Vale la pena ver todo esto. Porque nosotros también, en algún momento, hacemos algunos comienzos en muchos aspectos de nuestra vida, en todos los aspectos de nuestra vida.

Comenzamos. El Señor se encuentra en la orilla del lago de Genezaret, una mañana. Ya había algo de gente que deseaba escuchar de Su boca algún logos bueno. Era la gente que solía estar cerca de Juan el Bautista. Y había escuchado de la boca de ese profeta del desierto que Jesús era el Cordero de Dios, el que había profetizado Isaías, el que quita los pecados del mundo. Y Juan lo había señalado: «Este es el Cordero de Dios». Y Juan dijo también que no era digno de desatar las correas de las sandalias de Jesús. Era tan grande. Por supuesto, en términos de tiempo, Juan llega primero. Por eso decía: «Yo vengo primero, Él sigue, en cuanto al tiempo. Pero Él es antes de mí». Es decir, «es una personalidad tan grande que está por delante de mí». Y Juan también decía que el Espíritu Santo «como una paloma se posó sobre Jesús, como el dedo del Padre, señalando al Hijo». Y también se escuchó una voz desde el cielo que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia. Y a quien todos deben escuchar».

Y Juan proclamaba todo esto en el desierto. Así preparaba el camino, como debía ser, por eso se le llama también el Precursor, preparaba el camino para Jesús. Y ahora, la gente que lo escuchaba en el desierto, cerca del Jordán, esa misma multitud ahora se agolpa en la orilla del lago de Tiberíades para escuchar a Jesús, «el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo».

Y el kerigma (predicación, discurso, sermón) del Señor, de Jesús, fue el primero. No sabemos, claro está, en ese lugar junto al lago, qué enseñó, porque Lucas lo registra de la siguiente forma: «Y sentado, enseñaba desde la barca a las multitudes». Enseñaba en la orilla, pero la multitud era tan grande que había un gran tumulto. Y pidió a Pedro —aún no era Su discípulo—, a Simón: «Por favor, ¿puedo subir a tu barca y desde allí predicar?». Así fue como el Señor se sentó. Estaba un poco más alto, se podría decir, que la orilla, y la gente lo veía desde allí, y allí el Señor predicaba.

Pero dice aquí: «Y sentado, enseñaba desde la barca a las multitudes. Y cuando cesó de hablar…». Así que el evangelista Lucas no nos conserva el contenido del primer kerigma de Jesús. Sin embargo, Mateo nos dice lo siguiente: «Desde entonces…». ¿Cuándo? Después del bautismo y de haber pasado cuarenta días en el desierto: «Jesús comenzó a predicar y a decir: «μετανοείτε metanoite, volved a la metania, arrepentíos, convertíos, cambiad de mentalidad y de forma de vida, porque el reinado de la realeza increada de los cielos que nos traerá el Mesías ya se ha acercado» (Mt 3:2). Entonces, ¿cuál fue el contenido del kerigma de Jesús? «μετανοείτε metanoite, volved a la metania, arrepentíos, convertíos, cambiad de mentalidad y de forma de vida, porque el reinado de la Βασιλεία (Vasilía: realeza increada) de los Cielos que nos traerá el Mesías ya se ha acercado». Este, de hecho, era también el contenido del kerigma (discurso, predicación) de Juan al pueblo, y ahora Jesús viene a conectar Su sermón con el de Juan, diciendo el mismo tema, tanto para honrar a Juan, diciendo que acertadamente predicaba lo que predicaba, como para comenzar desde Juan.

Porque, si preguntáis: «¿Cuál es el corazón de los kerigmas del Señor?», la respuesta es que la Βασιλεία reinado de la realeza increada de los cielos está cerca. Ha llegado. No está cerca de vosotros, está delante de vosotros. ¿Qué es la Βασιλεία? Es esta Persona divina y humana de Jesús Cristo. Por lo tanto, como el Hijo de Dios vino como hombre, la Βασιλεία Vasilía ha llegado. Claro que sí. Pero la Βασιλεία ha venido entre nosotros. Repito, la Βασιλεία del Cielo no es algo separado de Dios, no es algo separado de Cristo. ¡Es Él, este Jesús Cristo! Entonces, ese “se ha acercado”, diríamos: ¿Cuánto más se podría haber acercado? No podría acercarse más. Solo un salto, permítanme la expresión, entre comillas, un “salto” desde la boca de Cristo que era el kerigma, hasta llegar dentro de mí. ¿Quién? Jesús Cristo. Y hacer de Jesús Cristo mi propio Cristo. Esto se realizará finalmente en el misterio de la Santa Efjaristía. Como los discípulos, que tenían al Señor a su lado durante tres años, esa noche, en la cena que el Señor preparó, en la última cena, el Señor ya no estaba junto a ellos, sino dentro de ellos. Así que, permítanme decirlo, una sola zancada fue toda la historia. Es decir, Jesús, el portador de Su Βασιλεία Vasilía, estará dentro de nosotros.

La multitud, -otro punto- la multitud, los oyentes, se agolpaban alrededor del Señor. Querían escuchar. La verdad es que muchas veces, incluso para nosotros, nos molesta en exceso la gente. No se preocupa si tenemos o no necesidades, si podemos o no, pero en el fondo, la gente tiene razón. Tiene razón. Porque el pueblo tiene necesidades. Quiere, quiere ser salvado el pueblo. Esto es cierto. Así que, el evangelista Lucas lo señala: «Y ocurrió que al acercarse la multitud…». ¿Qué hizo la multitud? «Se acercaban a Él». «Acercarse» (ἐπικεῖσθαι epikisze) es una palabra compuesta de ἐπί (sobre) y κεῖμαι (yazco). Estaban sobre Él. ¿Cómo lo traducimos? Lo aplastaban, lo apretujaban. Y el Señor pidió a Simón, el futuro Pedro, que era pescador, que le prestara su barca por un rato… Su barca estaba cerca de la orilla, porque toda la noche habían estado pescando sin conseguir nada, así que la llevó un poco más adentro del mar, y desde allí comenzó a predicar a la multitud. Era la primera gran multitud, por lo que el evangelista Lucas la llama «ὄχλος ojlos», gran multitud. Pero, ¿cómo escuchaba esta multitud? ¿Escuchaba? Sí, escuchaba. Pero, ¿cómo escuchaba? Mostraban mucho interés, claro. Pero probablemente no podían llegar al fondo del significado y la realidad de la Βασιλεία Vasilía de Dios. Escuchaban sobre la Βασιλεία Vasilía de Dios. ¿Cómo podían llegar a comprenderlo? No importa. El Señor lo soporta. Conoce la debilidad humana y sus limitaciones. Llegará el momento en que esta multitud sabrá qué es la Βασιλεία Vasilía realeza increada de Dios. Ahora, el Señor simplemente predica sobre la Βασιλεία Vasilía de Dios.

Pero surge la pregunta: Nosotros, después de 2000 años de Cristianismo, habiendo escuchado repetidamente el logos de Dios, habiendo asistido a la Iglesia, comulgado, confesado una y otra vez, ¿realmente hemos comprendido el concepto de la Βασιλεία Vasilía realeza increada de Dios? Si buscamos, si hacemos una descripción de la Βασιλεία Vasilía realeza increada de Dios aquí en la Tierra, en nosotros, en la Tierra, ¿dónde está la Tierra? En la Iglesia. ¿Qué es la Iglesia? ¿Qué es la Iglesia? El Cuerpo de Cristo. ¿Qué hay dentro de nosotros? ¿Qué dijo Cristo? “La Βασιλεία Vasilía realeza increada de Dios está dentro de vosotros”. ¿Es Cristo el Rey de nuestros corazones? ¿Y cuál es esta Βασιλεία Vasilía realeza increada de Cristo? ¿Es subjetivo? ¿No es objetivo? La Iglesia de Dios, la Iglesia de Cristo, es tanto subjetiva como objetiva. Está dentro de mí y fuera de mí. ¿Por qué? Porque es también objetiva. Veremos el rostro de Cristo en Su Βασιλεία Vasilía. Veremos a los demás. Tanto subjetiva como objetiva. ¿Sabemos esto? ¿Sabemos la naturaleza de la Βασιλεία Vasilía realeza increada de Dios, a pesar de los kerigmas y del tiempo que ha pasado, 20 siglos? ¿Podemos decir que lo sabemos?

Este kerigma fue salvador. Trajo la salvación, la salvación celestial, la salvación eterna, esa que cambia al hombre. Y lo capacita para llegar desde la realidad terrenal de la Realeza —como os dije, es la Iglesia—, hasta la realidad celestial de la Βασιλεία Vasilía realeza increada, la objetiva, después de la resurrección de los muertos. Las lecciones sobre la Βασιλεία Vasilía realeza increada de Dios eran difíciles. No porque fueran difíciles, sino porque es como una persona que puede haber pasado por la primaria, la secundaria y hasta la universidad, y que después de 50 años alejada de los libros, tal vez cuidando ovejas o no sé dónde, si alguna vez lo llevas y le pides que escriba algunas cosas o hable contigo, ya lo habrá olvidado. Porque perdió el contacto y olvidó lo que aprendió. Así también, el hombre. Estaba hecho, estaba preparado para recibir la Βασιλεία Vasilía realeza increada de Dios. Pero al salir del Paraíso, el hombre se volvió más salvaje. Quedó “analfabeto”. Analfabeto respecto a las lecciones de la Βασιλεία Vasilía realeza increada de Dios. Por eso, las lecciones sobre el Βασιλεία de Dios parecen difíciles. Parecen difíciles. Hay que aprenderlas con especial atención, paciencia y perseverancia.

Sin embargo, el pueblo que había quedado en la ignorancia y en la falta de instrucción, ¿cómo podía comprender estas lecciones sobre la Βασιλεία Vasilía realeza increada de Dios? ¿Qué dije antes? El pueblo de Israel, que había sido descuidado por sus dirigentes… ¿acaso nosotros hoy qué hacemos? ¿No está también descuidado el pueblo de Dios? ¿No está ignorado? ¿No ha sido puesto al margen? ¿Quién trabaja verdaderamente por el pueblo? Solo hay excepciones. ¿Quién trabaja de verdad? Existen trescientas cincuenta herejías que recorren libremente nuestra patria. ¿Quién viene a clamar y a formar a nuestro pueblo? Y no se trata solo de señalar las herejías y advertir al pueblo que tenga cuidado. No, no, no… Lo que debemos hacer es anunciar al pueblo el mensaje ortodoxo. De este modo, sea cual sea la herejía que llegue, no podrá adherirse. ¿Acaso una cinta adhesiva se pega en una superficie sucia o polvorienta? Por supuesto que no. Así también, un pueblo formado en la fe ortodoxa y cristiana, aunque se presenten mil herejías, ¿se pegarán a su ser? No. Pero nuestro pueblo no está formado. Ese es nuestro drama.

¿Y de quién es la culpa? De nosotros. Nosotros. Nosotros tenemos la culpa.

El materialismo y el hedonismo, con el estilo de vida que llevamos, han puesto tapones en los oídos de los cristianos, de modo que no entienden nada. El materialismo y el hedonismo han embotado la mente y el corazón o espíritu de nuestros cristianos ortodoxos, y ya no comprenden nada. Y lo peor: se hace una condescendencia para que el pueblo pueda entender. Es como alguien que debería comprender lecciones universitarias, pero como ya no las entiende, descendemos al nivel de la primaria para ayudarle a comprender.

Lo dice el Apóstol en la carta a los Hebreos: «En otro tiempo os alimenté con leche. Según el tiempo transcurrido, deberíais ser ya maestros y, por lo tanto, recibir alimento sólido. Pero aún pedís leche». Así ocurre también aquí. Descendemos, descendemos, descendemos, lo simplificamos mucho. Y terminamos diciendo solo cinco cosas, nada más, acerca de la Βασιλεία Vasilía realeza increada de Dios. Pero esta condescendencia, dado que nuestro pueblo está atado al mundo, ya no la hacemos únicamente en el plano del lenguaje o de las ideas, sino que introducimos elementos mundanos. Y, en consecuencia, mundanizamos el logos de Dios. Pero es bien sabido: la secularización del cristianismo no salva. Recordad esto cuando os marchéis: el cristianismo mundanizado o secularizado no salva. (Ver: https://logosortodoxo.es/herejias/%ce%ba%ce%ba%ce%bf%cf%83%ce%bc%ce%af%ce%ba% ce%b5%cf%85%cf%83%ce%b7-ekosmikefsi-secularizacion-de-la-iglesia-una-herejia-muy-sutil-y-peligrosa/)

No obstante, Jesús comenzó a sembrar su primera semilla. Poco después, con la parábola del sembrador, mostrará que no todos los oyentes recibían el logos de Dios con fervor, con interés, con entusiasmo; y así, en la mayoría de los casos, el logos de Dios -que cae como semilla- se perdía. Solo una pequeña parte encontraba respuesta. ¡Qué pena, qué pena…!

Sin embargo, allí estaban ya los primeros discípulos en potencia. Eran dos pares de hermanos: Andrés y Pedro, Jacobo (Santiago) y Juan. Ya había existido un primer encuentro con Jesús Cristo. Recordad al apóstol Andrés, que había sido discípulo de Juan el Bautista. Y cuando Juan señaló al Señor… dice el texto que Jesús caminaba allí, a la orilla del Jordán, y exclamó: «He aquí el Cordero de Dios». Andrés lo oyó. Y junto con otro, fueron y lo siguieron. Y le dijeron: «Señor, ¿dónde vives?». Así pues, ya existía un primer contacto. Como dije antes, una gran multitud conocía a Jesús por la predicación de Juan. Así tenemos al primer par de hermanos, Andrés y Pedro. Andrés llevó a Pedro a Jesús. Después tenemos al segundo par, Jacobo y Juan.

Estas dos parejas de hermanos tenían dos barcas, cada pareja con la suya. Eran socios —«compañeros», dice el texto— en el trabajo, y vivían de la pesca. Era su profesión. Ciertamente, el evangelista Juan nos relata que, en las bodas de Caná, a las que fue invitado Jesús, también estaban allí algunos —no sabemos quiénes exactamente—, algunos discípulos. Pero aquí, en la orilla del mar de Tiberíades, ocurre algo conmovedor.

Después de que los dos pares de hermanos escucharon la predicación de Jesús y, sin duda, quedaron conmovidos, sucede ahora el milagro de la pesca milagrosa. Y sin embargo, las redes se rompían de la multitud de peces. Pescaron a mediodía. ¿Qué pescador echa las redes a esa hora? Pedro dijo: «Señor, a mediodía no se pescan peces. Además, toda la noche, que es el momento adecuado, no cogimos nada. Pero porque Tú lo dices, porque Tú lo dices, lo haré». Y fueron tantos los peces que las redes comenzaban a romperse.

Los discípulos, aquellos pescadores candidatos a discípulos, quedaron asombrados. Y el impulsivo Pedro se arrodilla delante de Jesús y le dice: «Aléjate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador». No lo decía para rechazarlo, sino: «No tienes lugar Tú aquí, en mi barca. Yo soy un hombre pecador. Tú eres santo». ¿Y todo esto por qué? Porque tanto Pedro como los demás discípulos fueron sobrecogidos por algo. «Θάμβος zamvos», dice el texto. «Θάμβος» significa «asombro», ese abrir los ojos de par en par ante algo que no puedo explicar. Eso es «θάμβος». «Un asombro sobrecogió a Pedro y a todos los que estaban con él». Así veis que este asombro, este estupor, nunca se apagará de los ojos y del corazón de los discípulos, y por eso se convertirán desde entonces en discípulos de Cristo.

Son los primeros discípulos y más tarde Apóstoles. Y algo impresionante, que muestra la medida de ese asombro: «Y arrastrando las barcas a tierra, lo dejaron todo y lo siguieron». ¡Lo dejaron todo! No llevaron aquellos muchísimos peces a venderlos en Jerusalén o en otro lugar. Nada de eso. Los dejaron tal como estaban. Y como nos dice el evangelista Mateo sobre Santiago (Jacobo) y Juan: «dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron». ¡Dejaron incluso a su padre para seguir a Cristo! Eso demuestra la magnitud del asombro. Y más tarde, en los tres años de la vida del Señor, viendo lo que vieron —sobre todo la Resurrección y la Ascensión—, conservaron ese asombro en su corazón. Porque, al fin y al cabo, la Resurrección y la Ascensión eran mucho más grandes que la impresión causada por una pesca milagrosa.

¿Podemos comprender toda esta historia? Si hoy alguien dejara a su padre y a su madre… ¡Hoy mismo! Le dirían: «Estás loco». Le dirían muchas, muchísimas cosas. Y sin embargo, el Zebedeo, queridos míos, el padre del segundo par de hermanos, Jacobo y Juan —fijaos, lo llamo por su nombre: Zebedeo—, si hubiera sido un padre común, habría dicho a sus hijos: «¿Qué? ¿A este vais a seguir? Quedaos aquí, que tenemos trabajo». ¿Quién conocería hoy a Zebedeo, a Jacobo y a Juan? Pero hoy conocemos a Zebedeo, al padre de ellos. ¿Por qué? Porque dejó que sus hijos siguieran a Jesús. ¡Pobres padres, vosotros que no dejáis a vuestros hijos seguir al Señor y servir a Su Evangelio! ¡Pobres padres…!

Y sin embargo, también hoy, queridos, alguien que estudia con sensibilidad el logos de Dios puede recibir esa transformación de la diestra del Altísimo, puede hacerse un discípulo ardiente de Cristo, puede sentir ese asombro en su corazón. Permitidme deciros algo por experiencia personal. Conozco a algunos hermanos cristianos, hombres y mujeres, que han recibido este asombro en lo profundo de su corazón. Permitidme que lo diga, para que no penséis que vivimos en una atmósfera utópica. El Señor Jesús siempre ha tenido, en todos los siglos y en todas las épocas, a Sus escogidos, a Sus discípulos.

¿Y cuáles fueron las primeras impresiones de la presencia de Jesús? La multitud apiñándose para escucharlo. La predicación dejando asombrados a los oyentes. Los discípulos sobrecogidos por lo que vieron y oyeron. Y el fruto: los cuatro primeros pescadores convertidos en Sus discípulos y Apóstoles. Y cuando más tarde, el día de Pentecostés, Pedro habló ante una muchedumbre inmensa —este mismo pescador—, como Jesús entonces junto al lago de Tiberíades, tres mil de sus oyentes creyeron en el nombre del Señor Jesús Cristo.

Queridos, ¡también nosotros comencemos! Puede que hayamos sido bautizados como cristianos ortodoxos, pero no hemos activado aún esa condición. Ahora, en septiembre, cuando tantas cosas comienzan, hagamos también nosotros un comienzo: que tomemos conciencia de lo que ya somos, cristianos ortodoxos bautizados. Pongamos más empeño en la ascesis (práctica espiritual), esa que mantiene y enriquece las virtudes. En nuestras relaciones familiares, con nuestros compañeros, en el trabajo, procuremos ser mejores. En todo se necesita un inicio, un buen comienzo. Y entonces nuestra vida empezará a cambiar.

El Señor Jesús, que entonces habló en la orilla del lago de Tiberíades, se habrá instalado en nuestro corazón. Ese será el milagro más impresionante. Más alto que aquella pesca milagrosa, que no fue sino figura de toda pesca de hombres a lo largo de la historia, realizada por la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios.

Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario,

y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, 26-7-1992.

Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p _ athanasios/omiliai_kyriakvn/omiliai_kyriakvn_535.mp3

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

Los sobrenombres del Evangelista Juan. P. Atanasio Mitilineos

Los sobrenombres del Evangelista Juan. P. Atanasio Mitilineos

La Traslación del Santo Juan el Teólogo [Jn. 19,25-27 & 21,24-25]

Juan 19: 25 Mientras los soldados hacían estas cosas, estaban en pie junto a la cruz de Jesús su Madre, y la hermana de su madre, María la mujer de Cléopas y María Magdalena.

26 Jesús viendo su Madre, y junto a ella al discípulo preferido, dice a su Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo o éste será tu hijo a partir de ahora». 27 Después dice al discípulo: «He aquí tu Madre». Y desde aquel momento el discípulo la acogió en su casa.

21: 24 Éste es el discípulo que da testimonio de estas cosas y el que las ha escrito en su Evangelio; y conocemos bien que su testimonio es verdadero. 25 Y hay también otras muchas cosas que hizo Jesús Cristo. Si se escribieran una por una, creo que en el mundo entero con sus bibliotecas no cabrían los libros que podrían escribirse. Amín.

Hoy, nuestra Iglesia, queridos hermanos, honra la memoria del santo y glorioso apóstol y evangelista Juan. Y dado que nuestro Monasterio tiene el privilegio de considerar como su protector al amado discípulo, después de la Santa Madre de Dios y el gran mártir Demetrio, debemos alabar al gran Apóstol de Cristo. Pero, ¿cómo puede alguien alabar a un santo? Debe estar a la altura de este, para rendirle la debida honra. Además, como dice la Escritura: «La alabanza, la glorificación, no es hermosa en la boca de un hombre pecador». Sin embargo, por el amor al pueblo de Dios y por el amor al gran Apóstol, intentaremos algunas palabras sencillas, como flores silvestres de nuestra montaña, que hemos recogido para ofrecérselas.

El santo Juan vivía en Betsaida de Galilea. Era hijo de Zebedeo y Salomé, y hermano menor de Santiago, quien también llegó a ser Apóstol y se distingue del Santiago, el obispo de Jerusalén, llamado «hermano del Señor», y el primero, el Apóstol, es conocido como Santiago el Mayor, mientras que el segundo, el primer obispo de Jerusalén, es llamado Santiago el Menor, para diferenciarlos.

El gran apóstol Juan fue discípulo primero en el círculo de los discípulos de San Juan Bautista, junto con el hermano de Pedro, Andrés. Y en un momento en que el Señor se presentó en el horizonte y Juan el Bautista dijo: «He aquí el Cordero de Dios», Andrés y Juan el Teólogo dejaron a Juan el Bautista y siguieron al Señor. Y de hecho, se dice que Jesús se volvió para ver quién lo seguía. No osaban hacer nada más que, cuando el Señor preguntó: «¿A quién buscáis?», respondieron los dos, desconcertados: «Señor, ¿dónde moras?». «Venid y veréis», les respondió el Señor, sacándolos de su desconcierto. Y se quedaron, dice, ese día, escuchando Sus palabras. De hecho, el evangelista Juan, quien siempre habla como testigo ocular, pone atención en los detalles, indicando claramente que él mismo fue testigo. «Era», dice, «alrededor de las 4 de la tarde», lo cual lo dice con la habitual manera en que contamos las horas, porque la hora, tanto para los antiguos griegos como para los judíos, comenzaba a las 6 de la mañana. 6 más 4 después del mediodía, son las 10. Así que, dice Juan: «Era alrededor de la décima hora», ¡recordando incluso la hora! Son experiencias que nunca se borran de la memoria…

Juan fue discípulo, tras ser llamado por el Señor, en el círculo de los doce apóstoles y quizás Juan fue el más joven de todos los discípulos, célibe, mientras que Pedro estaba casado. Juan tenía un carácter impulsivo, en el buen sentido de la palabra, pero también profundos y tiernos sentimientos. A partir de los nombres y títulos que recibió de parte del Señor, podemos concluir que era un alma santa, elevada hasta los bordes de la Divinidad, que sin embargo nació y creció en una época de decadencia del pueblo de Israel, con una religión que se había vuelto superficial y una abundante pecaminosidad. Sí, Juan el Teólogo nació en tal época. Era, como se dice en el Cantar de los Cantares, «como un lirio en medio de espinas». Sin embargo, esto no impidió que desarrollara la personalidad que llegó a tener. Lo menciono para que lo tengamos en cuenta, porque muchas veces, al justificar nuestra pereza o desidia, decimos: «¿Sabéis en qué época vivimos?». Yo sé en qué época vivimos. Todos los santos no vivieron en tiempos hermosos, florecientes, fáciles o favorables, ¡no! Cada uno vivió lo que le tocó en su época. Así, Juan vivió en una época, en un mundo muy corrompido. Había corrupción tanto en el liderazgo como en el pueblo. Por eso se dice «como un lirio en medio de espinas». Y como continúa el «Cantar de los Cantares», «vino el que pastorea en los lirios, para recogerlo»; es decir, Jesús Cristo, el pastor de los lirios.

Veamos ahora la posición de Juan cerca del Señor y los nombres o caracterizaciones que el mismo Señor le otorgó. Primero: fue elegido entre los Doce, los más escogidos bajo el cielo. No importa si también fue elegido Judas; Cristo no eligió a Su traidor, Cristo eligió a Judas como discípulo suyo. ¿Sabéis que fue enviado con los doce, de dos en dos, de tres en tres, a aldeas y ciudades de Judea y Galilea para anunciar: «La Βασιλεία (Vasilía: reinado de la realeza increada) de Dios está cerca»? ¿Sabéis que incluso Judas recibió el poder de hacer milagros? Así pues, el Señor no eligió a Su traidor, ¡no!, eligió a un discípulo. Fue Judas quien se convirtió en traidor. Y no porque el Señor lo ignorase; Él mismo nos dice: «Yo os elegí, sé quién es cada uno». Judas se hizo traidor, perdió la χάρις (jaris: gracia, energía increado) y, además, el gran privilegio de ser llamado discípulo de entre los Doce. Y aun así, cuando el Señor dijo, estando presente Judas: «Os sentaréis en doce tronos, juzgando a las doce tribus de Israel»; esas «doce tribus de Israel» no son literalmente las doce tribus de Israel —tomad nota— sino que se usan como una expresión figurada para significar todo el mundo. Toda la humanidad está simbolizada en doce tribus, según el modelo de las doce tribus de Israel. Es decir, es una expresión que muestra que el juicio de los apóstoles se extiende sobre toda la tierra. ¡Sobre todo el mundo!

Segundo: Juan fue elegido entre los tres de los doce apóstoles que formaban ese círculo especial y supremo, junto con Pedro y Santiago. Recordad el Tabor: el Señor llevó consigo a estos tres —no es momento de preguntar: «¿Por qué precisamente ellos?»—. Recordad también que los llevó cuando resucitó a la hija de Jairo. Los demás quedaron fuera. Todos eran escogidos, pero ellos eran los escogidos entre los escogidos. Y en ese círculo estaba Juan. Recordad además aquel estado sobrenatural en que se halló el Señor en el monte Tabor: solo estos tres estaban presentes y, más aún, escucharon la voz del Padre Celestial: «Escuchadlo a Él». Oyeron la voz del Padre Celestial, de modo que Juan, junto con los otros, no fue únicamente discípulo de Cristo, sino también discípulo del Padre, porque la voz celestial dijo: «Escuchadlo a Él»; obedecieron y se convirtieron en aprendices de esa voz celestial. Además, vieron a dos personajes asombrosos del pasado: a Moisés, que vivió 1500 años antes de Cristo, y a Elías, que vivió 8 siglos antes. ¿Sabéis lo que significa tener ante la vista la historia, tanto el pasado como el presente y, en otros casos, incluso del siglo futuro? ¡Es algo extraordinario! Un privilegio reservado solo a almas absolutamente escogidas.

Además, queridos hermanos, Juan se convierte en autor del Evangelio, del libro del Apocalipsis y de tres epístolas. Si dejamos de lado el Apocalipsis —no porque se le reste valor, sino para expresar lo que quiero decir ahora, ya que contiene escenas terribles—, el Evangelio y las epístolas tienen una textura de ternura y grandeza, especialmente con aquellas repeticiones en perfecto, como «hemos visto» (el perfecto del verbo «ver»), que hacen tan encantador el estilo de Juan en su Evangelio y en sus epístolas. ¡Verdaderamente encantador! No que falte en el Apocalipsis, pero allí, como os dije, predominan las escenas de los castigos, y ese tono tierno se ve limitado. Así debía ser.

Además, tuvo el privilegio de ser evangelista, el cuarto, no en cuanto a calidad, sino en cuanto a orden cronológico. Es el último en escribir su Evangelio y, como menciona el libro de los Números en el Antiguo Testamento, los israelitas se habían repartido en divisiones administrativas, y cada división tenía su estandarte. Así tenemos cuatro estandartes, que son los símbolos de los cuatro evangelistas: el toro, el león —y de hecho, el león pertenecía a la tribu de Judá—, y tomó el lugar de uno de los cuatro animales de aquellos estandartes de Israel. Esto lo representamos, como sabéis, en la cúpula bajo el Pantocrátor. Así recibió también este privilegio, si se quiere, y por eso su Evangelio es el más majestuoso y el más insuperable en altura teológica: nada sobrepasa la redacción del Evangelio de Juan.

Sobre el libro del Apocalipsis, os dije anteriormente: en el Tabor, Juan vivió el presente —el presente: el Maestro se metamorfosea (transforma); allí están también Santiago y Pedro. Tiene la experiencia del presente. Pero cuando ve, con sus propios ojos, a Moisés y a Elías, vive el pasado. Vive también un destello de la eternidad del Dios eterno, que dice: «Escuchadlo a Él». Pero vive además otra cosa: aquello que os dije antes y que en otro lugar está escrito, lo diré ahora: exactamente lo que se refiere en el Apocalipsis. ¿Y qué dice allí, por favor, Jesús Cristo, que está detrás y sobre Juan en la isla Patmos? Dice: «Escribe lo que es y lo que ha de suceder después». Para que escriba lo que existe y lo que ha de suceder después. ¡He aquí el futuro! Ese futuro lo contempla ahora Juan con su ojo profético. ¿No es asombroso?

Vivió todos los acontecimientos de los tres años de la vida pública del Señor tan de cerca como nadie más. Solo él, entre los Apóstoles, antes y después, alcanzó el privilegio de ser llamado Virgen. Hoy, la virginidad es objeto de burla y de escarnio incesante —¡incesante!—, y mucho más si se trata de un varón: ¡cuánto lo ridiculizan los demás si descubren que vive en virginidad! Pues bien, Juan no recorrió los caminos de la impureza, y por eso es llamado aquí Virgen. Escuchad lo que dice san Gregorio Palamás sobre la virginidad del santo Apóstol: «Solo él, al parecer, conservó la virginidad de por vida, tanto en el alma como en el cuerpo». Es lo que decía san Basilio el Grande: «No he conocido mujer, pero no soy virgen». ¿Por qué? Porque veía el estado de su psique-alma. En cambio, san Gregorio Palamás dice que Juan fue virgen también en su alma. Y añade: «Virgen en psique-alma y cuerpo, en espíritu y sentidos. La virginidad del cuerpo pocos la han alcanzado; pero casi todos saben que la verdadera virginidad de la psique-alma es aquella disposición incompatible con toda maldad». Y concluye: «De modo que con este apelativo se le reconoce a Juan una pureza casi perfecta, hasta el punto de poder ser llamado casi sin pecado, y por eso fue amado por el único que es sin pecado por naturaleza: Cristo, el único Virgen, y solo Juan obtuvo este sobrenombre entre todos». ¿Lo veis?

Queridos hermanos, aún se le llama a Juan hijo de la Virgen. ¿De qué Virgen? De la Θεοτόκος Zeotokos Madre de Dios. ¿Por qué? Porque, sencillamente, cuando el Señor dijo a Juan: «He ahí a tu madre» y a Su Madre: «He ahí a tu hijo», el virgen recibió en su casa a la Virgen. Solo al discípulo virgen confió su Madre, la Virgen. ¿No os impresiona esto? Así, Juan es hijo de la Virgen María y hermano del Virgen Jesús. ¡Qué privilegios, acumulados unos sobre otros!

Dice de nuevo san Gregorio Palamás: «El Hijo amado es Él (Cristo), y el discípulo amado es aquel (Juan). Él está en el seno del Padre; este en el pecho de Jesús. Él, Virgen por naturaleza; este, virgen por la jaris-gracia de Aquel. Él, Hijo de la Virgen; este también, hijo de la misma Virgen. Tronó el Señor desde el cielo —como dice el salmo 17—, y este fue llamado trueno. Y Cristo mismo lo llamó Boanerges, es decir, hijo del trueno de energías. Por eso Juan es llamado más que los demás “trueno” e hijo del trueno». Y continúa san Gregorio Palamás: «Y es un trueno eminentemente teológico, que resuena hasta los confines de la tierra, teologiza el Logos del Padre: “1:1 Ἐν ἀρχῇ ἦν Λόγος… (en arjí in o logos) Junto con el principio era y siempre es el Logos; y el Logos existía con Dios y está en Dios; y el Dios era y es siempre Logos.

   1:1 «En el principio junto con y en el espíritu infinito e increado de la creación espiritual y material existía siempre el Logos increado, como Hijo y Logos de Dios nace siempre de-el Padre como Logos vivo, increado e infinito de Nus perfecto y sabio. El Logos como segunda hipóstasis o persona de la Santa Trinidad existía y está siempre inseparable de Dios; y el Logos era y es siempre Dios, increado, perfecto e infinito, tal como el Padre y el Espíritu Santo; (un Dios tres hipostasis/bases subsistenciales o substanciales y una usía-esencia/sustancia y una energía increadas)».

2 Él existía y está siempre desde el principio de la creación unido con Dios.  3 Todo fue hecho por él y sin él no se hizo nada de todo lo creado. 4 En Él existe y está la vida y la vida era y es la luz de los hombres.

  1. «En Él existe y es la vida increada, y como fuente increada de la vida creó y mantiene toda vida creada. Para los hombres lógicos además de la vida natural, es también la luz ética y espiritual que ilumina el nus de ellos, es decir, el espíritu de los corazones de sus psiques y sus mentes/intelectos, que los conduce a la comprensión, a la gnosis y a la aceptación de la verdad»(Jn 1:1-4). Estas son las palabras de san Gregorio Palamás.

Queridos míos, el evangelista Juan fue el discípulo amado; fue el que se reclinó en el pecho de Jesús. ¿Sabéis cuántas veces lo dice? Cinco veces. Y así se da a sí mismo su propia identidad: «Aquel discípulo a quien amaba Jesús», «aquel discípulo que se recostó en su pecho». Cinco veces lo dice. Y de este modo nos enseña también que «Dios es agapi-amor». Sí, agapi-amor. Y nos enseñó en sus epístolas y en su evangelio la suprema virtud del amor. Nos enseñó que la energía del amor es doble: hacia Dios y hacia el prójimo. Y como dice de nuevo san Gregorio: «dividiendo sin dividirse». Distingue los dos amores, pero los distingue inseparablemente. Los distingue sin separarlos. ¿Cómo? El que ama a Dios, ama también al prójimo. El que ama al prójimo, ama también a Dios. Dos amores, pero inseparables. Así, el evangelista Juan nos mostró los dos pies del conocimiento (gnosis) de Dios: la agapi-amor como praxis, acción y la teología como contemplación. Con estos dos pies debemos caminar nosotros, queridos míos, hacia Dios y buscarlo. Con estos dos pies caminó también nuestro bienaventurado obispo Teólogo, cuyo memorial celebramos hoy. No hay otro camino. Cualquier otro modo es utopía.

Queridos: san Juan el evangelista, el discípulo amado, el virgen, el hijo de la Virgen, el hijo del trueno, de la teología y del amor, permanece como un hito en nuestros pasos hacia Dios. Nosotros, en la medida de nuestras fuerzas, sigámoslo.

Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario,
y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, 8-5-2000.

Fuente: https://arnion.gr/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

Sobre la santa Metamorfosis: «A Él escuchad» (Mt 17,5), Atanasio Mitilineos

 

Μεταμόρφωση του Σωτήρος

Sobre la santa Metamorfosis: «A Él escuchad» (Mt 17,5), Atanasio Mitilineos

La metamorfosis del Señor, Mateo 17:1-13.

17,1 Y después de seis días, Jesús toma consigo a Pedro, a Jacobo y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte muy alto.

2 Y se metamorfoseó, transformó ante ellos, y su rostro resplandeció como el sol, y sus vestiduras se hicieron blancas como la luz.

3 Y he aquí, se les aparecieron Moisés y Elías conversando con Él.

4 Entonces Pedro entusiasmado por el espectáculo tomó la palabra y dijo a Jesús: ¡Señor, bueno es quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres tiendas de cabaña: una para ti, una para Moisés, y otra para Elías.

5 Estando él aún hablando, he aquí una nube luminosa los cubrió, y de la nube salió una voz, diciendo: Éste es mi Hijo unigénito, mi amado y predilecto, en quien me he complacido y reposado; a Él tenéis que escuchar y obedecer.

6 Y los discípulos, al oírlo, cayeron sobre sus rostros en la tierra, aterrados de miedo.

7 Pero Jesús se acercó, y tocándolos, dijo: levantaos, no temáis.

8 Y alzando sus ojos, a nadie vieron, sino al mismo Jesús solo.

9 Y mientras ellos descendían del monte, Jesús les encargó, diciendo: a nadie digáis la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de los muertos.

10 Y los discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Por qué, pues, dicen los escribas-gramatís que Elías debe venir primero y después el Mesías?

11 Él respondió y dijo: Realmente Elías vendrá antes que el Mesías a ponerlo todo en orden, según las Escrituras,

12 pero Yo os digo que Elías ya vino antes que yo, y no lo reconocieron, sino que hicieron con él todo mal cuanto quisieron. Así también el Hijo del hombre va a padecer de parte de ellos.

13 Entonces los discípulos comprendieron que les había hablado acerca de Juan el Bautista, quien había venido como otro Elías.

 

La Metamorfosis, Marcos 9:1-13.

9,1 Y les decía: «De verdad os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta que hayan visto la realeza increada de Dios, es decir, la Iglesia, instalarse y cimentarse en la tierra con la dinamis potencia y energía increada del Espíritu Santo, durante el día del Pentecostés».

2 Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan, y los llevó aparte solos a un monte alto; y se metamorfoseó, se transformó delante de ellos.

3 Y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve, tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos.

4 Y les apareció Elías como representante de los profetas y Moisés como representante de la ley, que hablaban con Jesús. Entonces Pedro dijo a Jesús:

5 “Maestro, que bien es estarnos aquí; y hagamos tres tiendas de cabaña, una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías”.
6 Es que no sabía lo que decía, pues él y los otros dos estaban dominados por el miedo que les había mareado sus cerebros y perturbado sus nus/espíritus.

7 Entonces vino una nube que les hizo sombra, y desde la nube una voz que decía: «Este es mi Hijo amado, el predilecto; a él escuchad y obedeced».

8 Y luego, cuando miraron, no vieron más a nadie consigo, sino a Jesús solo.

9 Y mientras descendían ellos del monte, les ordenó severamente que a nadie dijesen lo que habían visto, sino sólo cuando el Hijo del hombre hubiese resucitado de entre los muertos.

10 Y guardaron secreto el acontecimiento de la metamorfosis, pero entre ellos estaban discutiendo qué quería decir aquello de “resucitar de entre los muertos”.

11 Y le preguntaron diciendo: ¿Por qué dicen los escribas-gramatís-gramaticales que es necesario que Elías venga primero?

12 Respondiendo él, les dijo: «Cierto que Elías, vendrá primero, preparará y restablecerá todas las cosas; ¿pero por qué no dicen los gramatís-escribas también, cómo está escrito y profetizado sobre Hijo del hombre, que padecerá mucho y será despreciado por sus enemigos?

13 Pero os digo que Elías ha venido, y que hicieron todo lo que quisieron contra él, como de él está escrito». (Y estas cosas las decía sobre san Juan el Bautista, quien vino en poder y espíritu de Elías, para preparar el pueblo).

La Metamorfosis, Lucas 9:28-36.

28 Como ocho días después de estos logos, sucedió que tomando a Pedro, a Juan y a Jacobo, subió al monte a orar.

29 Y mientras oraba, se transformó el aspecto de su rostro, y sus vestidos se volvieron de una blancura resplandeciente.

30 Y he aquí dos hombres hablaban con Él, los cuales eran Moisés y Elías,

31 quienes, habiéndose aparecido en esplendor glorioso, hablaban del éxodo, de su partida de este mundo, la cual, de acuerdo con las profecías, Él estaba a punto de cumplir en Jerusalén.

32 Y Pedro y los que estaban con él se encontraban cargados de sueño, pero habiéndose sacudido el sueño, vieron su doxa-gloria luz increada, y a los dos hombres que estaban con Él.

33 Y sucedió que al tiempo que ellos se apartaban de Él, dijo Pedro a Jesús: Maestro, que bien se está aquí, bueno es quedarnos aquí y hacer tres tiendas de cabaña, una para ti, y otra para Moisés y otra para Elías, sin entender claramente qué es lo que decía.

34 Y diciendo Pedro estas cosas, apareció una nube que los cubrió con su sombra, y Pedro y los otros dos discípulos, se asustaron al entrar en aquella nube paradójica, la cual era una señal de la presencia de Dios como otra vez antiguamente al monte Sinaí.

35 Y de la nube vino una voz que decía: ¡Este es mi Hijo unigénito, el amado, a él oíd y obedeced!

36 Y al venir la voz, Jesús se quedó solo; y los tres discípulos callaron el acontecimiento, y en aquellos días nada dijeron a nadie de las cosas que habían visto.

 

«A Él escuchad» (Mateo 17,5)

El propósito de una fiesta, queridos míos, es revivir un acontecimiento y generar, si esto es posible, las mismas experiencias que cuando el hecho tuvo lugar.

Así, cuando los discípulos Pedro, Santiago y Juan presenciaron el sobrenatural milagro de la Metamorfosis del Señor, fueron movidos entre dos sentimientos extremos. Sentimientos a los que cada creyente, como les dije, está llamado a experimentar según el propósito de las fiestas. Uno fue el encanto de la visión, tanto que el apóstol Pedro llegó a pedir al Señor que permanecieran para siempre en el monte Tabor. Pero también sintieron un temor sobrecogedor, hasta caer rostro en tierra, como lo expresa de forma muy vívida y poderosa la iconografía bizantina, cuando escucharon la voz del Padre Celestial desde el interior de la nube: «Y he aquí una voz desde la nube que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; a Él escuchad».

Era el gran testimonio del Padre a favor del Hijo, y por esta razón —como dijimos ayer en vísperas— se preparó el escenario de la nube luminosa. El testimonio del Padre tiene un peso infinito, porque es una revelación/apocálipsis directa.

¿De quién era la voz?

Era necesario que también hubiera un testimonio sobre la voz, para asegurar su autenticidad. Y este testimonio se dio a través de la presencia de la nube luminosa. Es decir, uno da testimonio del otro: la nube confirma la autenticidad de la voz, y la voz auténtica da testimonio sobre la persona del Hijo. Por eso precisamente dice un intérprete: “La voz y la nube, juntas, para que los discípulos estén seguros de que se trata de la voz de Dios”.

Y la voz era la del Padre, del Padre Celestial. Aquí, al igual que en el Bautismo, tenemos una plena Teofanía. En la Metamorfosis, el centro de la Teofanía lo ocupa el Hijo. Así como en el Bautismo, también el centro de la Teofanía es el Hijo que se bautiza.

El Espíritu Santo, en el Bautismo, apareció en forma de paloma; aquí, en la Metamorfosis, se manifiesta como una nube luminosa. El Padre se manifiesta como voz, tanto en el Bautismo como aquí, y siempre con el mismo testimonio: «Este es mi Hijo amado».

El oyente en el Bautismo fue principalmente Juan el Bautista. Aquí, los oyentes de la voz son Pedro, Santiago y Juan. No es atrevido decir que también lo fueron Moisés y Elías, como veremos más adelante.

Así, aquí tenemos otro testimonio del Padre con voz, el segundo que aparece en los Evangelios.

Pero también hay un tercer testimonio de la voz del Padre Celestial. Cuando el Señor hablaba en cierta ocasión a las multitudes, hizo una breve oración y recibió una respuesta sobrecogedora: «Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo. Y la multitud que estaba allí y había oído la voz decía que había sido un trueno. Otros decían: Un ángel le ha hablado. Jesús respondió: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros» (Juan 12:28-30).

Es decir: «Para que se os dé un testimonio de quién soy Yo, a quién me dirijo y cómo responde Aquel a quien Me dirijo».

Tenemos, por tanto, tres testimonios de la voz del Padre Celestial: en el Bautismo, en la Metamorfosis y ahora ante las multitudes, en favor de la identidad del Hijo.

¿Y cuál es ese testimonio en este caso? Lo hemos dicho: «Este es mi Hijo amado». Este es el testimonio, un testimonio de enorme importancia, y como hemos visto, es el segundo en orden cronológico.

El testimonio del apóstol Pedro, como recordaréis, fue cuando el Señor hizo aquella pregunta a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?» (Es decir: ¿Qué dicen los hombres sobre mí? Sobre mí, el Hijo del Hombre, ¿quién dicen que soy?).

Y entonces… —porque existían diversas opiniones sobre la persona de Jesús—, el apóstol Pedro, en nombre también de los otros discípulos, pronunció aquellas palabras de enorme peso: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». (Tú eres el Mesías, el verdadero Hijo de Dios, del Dios viviente).

Por supuesto, fue un gran testimonio, y el Señor elogió ese testimonio, diciendo que sobre esa confesión de fe se fundaría la Iglesia.
Pedro se llamaba originalmente Simón o Cefas. Y allí el Señor le llama Pedro, es decir, “piedra”, “roca”, y declara que sobre esa roca —¿qué roca?— sobre esta confesión —¿qué confesión? Que Jesús es el verdadero Hijo de Dios— se edificará la Iglesia.
Una Iglesia cuyos cimientos no podrán ser conmovidos por las fuerzas oscuras del Hades a lo largo de la historia.

Sin embargo, ese testimonio de Pedro fue un testimonio indirecto, porque simplemente le fue revelado. El propio Señor lo confirma al decirle: «Simón, hijo de Jonás, eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre» (es decir, un hombre), «sino mi Padre que está en los cielos» (Mateo 16:17). Por tanto, también aquí tenemos una revelación y un testimonio del Padre, pero de manera indirecta, a través del testimonio de un discípulo.

Pero en la Metamorfosis tenemos el testimonio directo del Padre sobre el Hijo. Y a este testimonio del Padre le precedió otro testimonio sobre el Hijo: el testimonio de Moisés. Porque en el momento en que se daba el testimonio del Padre, Moisés estaba presente. Y él había dado ese testimonio unos quince siglos antes de Cristo.

Escuchad cómo lo dice el mismo Moisés en el libro del Deuteronomio, capítulo 18, versículo 15. Es el pasaje más importante, no solo del Deuteronomio, sino de todo el Pentateuco, de todo el Antiguo Testamento: «Un profeta de entre tus hermanos, como yo, te suscitará el Señor tu Dios; a Él escucharéis». Es decir, le dice al pueblo: «Dios os suscitará un profeta de entre vuestros hermanos, como yo» —¿Y qué era Moisés? Un legislador. Atención: subrayo esto: un legislador. Lo repito por tercera vez: un legislador. Dios traerá a la historia a otro legislador. Y dice: «A Él escucharéis».

Escuchad bien esta frase: «A Él escucharéis».
¿Y qué dijo el Padre en la Metamorfosis?
«A Él escuchad».

Así que Él es el otro Legislador, el nuevo Profeta. Y Dios confirma esa profecía de Moisés con estas palabras, un poco más adelante en el mismo capítulo: «Un profeta les suscitaré de en medio de sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y Él les hablará todo lo que Yo le mande». Y continúa: «Y el hombre que no escuche las palabras que Él diga en mi nombre, Yo le pediré cuentas».

Es decir: «Aquel que no obedezca a este nuevo Legislador, yo lo castigaré».

¿Y cuál es el contenido de este testimonio?
Que “Este que ahora se transforma, metamorfosea” —como también en el Bautismo, Este que ahora se bautiza, Este que ahora se metamorfosea delante de los tres discípulos: Pedro, Santiago y Juan, y ante los visitantes celestiales, Moisés y Elías—, Éste es mi Hijo amado.

Ese “Éste” («Οὗτος»), es un pronombre demostrativo que indica con precisión. Significa: Este es, y no otro. No hay ningún otro, solo Él. Esto es lo que escribirá más adelante el apóstol Pablo: «En ningún otro hay salvación». No hay salvación en nadie más, sino solo en Jesús Cristo.

«Οὗτος ἐστίν utos estín»: Esto significa Éste es. Es Él, siempre. No es que sea hoy y no ayer, sino que Él es siempre. Lo escribirá más adelante el apóstol Pablo en su carta a los hebreos: «Jesús Cristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos». El Único, el Eterno, el Inmutable, el único Salvador.

Y este, del que ahora el Padre parece decir con ese «Οὗτος» (Éste) —porque al decir «Éste» uno señala con el dedo—, el Padre lo señala: “Éste es mi Hijo”. No simplemente “mi hijo” (como se podría decir de cualquier creyente), sino «El Hijo mío», con artículo definido: «ὁ υἱός μου» (o iós mu “el Hijo mío”), lo que indica que es Hijo no por adopción, como se nos llama a todos “hijos de Dios”, sino por naturaleza.

Como bien lo entendieron los judíos -sí, lo entendieron correctamente-, y por eso tomaron piedras para apedrear al Señor.
Lo entendieron bien.

El Señor les preguntó: «¿Por cuál buena obra me apedreáis?»
Y ellos respondieron: «No te apedreamos por ninguna buena obra, sino porque dijiste que eres Hijo de Dios».

¿Y eso qué significa? ¿Que ellos no eran hijos de Dios? ¿Acaso no fue llamado todo Israel: «Mi hijo primogénito», aquel a quien llamé desde Egipto? Claro que sí. Aunque esa profecía, en un segundo nivel, se refiere también a Jesús Cristo.

Sí, bien lo entendieron los judíos cuando dijeron: «¿Por qué haces de ti mismo Hijo de Dios?» ¿De qué Hijo hablamos? Del Hijo único de Dios, con una cualidad absolutamente única.

Y como dice Zigavinós (comentarista bizantino): «No es simplemente hijo como aquellos que por virtud son adoptados por mí». Es decir, aquellos que llegan a ser hijos míos por alcanzar la santidad.

Igualmente, el testimonio de Pedro cuando dijo: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo», está expresado con artículo definido.

Incluso cuando el Señor calmó el mar, dormía en la barca y se desató una gran tormenta. Lo despertaron diciendo: «¡Señor, despierta, que perecemos!» Entonces el Señor se levantó y dijo al viento y al mar:
«Calla, enmudece» —es decir, cierra la boca, ponte bozal. Y de inmediato sobrevino la calma. Instantáneamente.

Y entonces, los que estaban en la barca se postraron ante Él y dijeron —fijémonos bien en la precisión: «Verdaderamente este es Hijo de Dios». O sea, Hijo verdadero, no simplemente “un hijo”, un buen hombre al que Dios escucha. ¿Por qué? Porque todavía no conocían Quién era Jesús. Pero cuando lo conocieron, ya no era “un hijo”, sino el Hijo, el único y verdadero.
Y este Hijo es de la misma esencia que el Padre, es eterno, sin principio ni fin, como el Padre. Es la Segunda Persona de la Santa Trinidad. Él es de quien se escribió en el Salmo 2: «Tú eres mi Hijo, Yo te he engendrado hoy». Y es consubstancial con el Padre, ¿por qué?
Porque —dice Dios— «Yo te he engendrado. Yo, el Padre». Por tanto, eres de la misma naturaleza que Yo. Este «hoy» y este «he engendrado» contienen presente y pasado, y expresan el eterno nacimiento del Hijo. Y este Hijo es amado. Amado como Unigénito, por su naturaleza divina. Amado también como hombre, porque siempre se presenta ante el Padre como hombre que le agrada en todo. Por eso dice: «En Él me complazco», es decir, «en quien Yo me complazco, en quien Yo descanso». Y el Padre da testimonio de ello.

Sobre ese «me complazco», dice San Juan Crisóstomo: «Es como si dijera: En quien me agrado, en quien encuentro placer».

Y Zigavinós comenta: «Lo amo como a mi Hijo; lo amo como Amado, como Aquel que me agrada, que me complace, porque hace mi voluntad; y también es aquel a quien Yo agrado».

¿Y entonces? ¿Cuál es la conclusión? «A Él escuchad». Escuchadlo a Él, porque Él es el otro profeta que predijo Moisés, como os dije. Él es el nuevo Legislador. Porque Moisés dijo: «Un profeta como yo».

Este «profeta como yo» lo encontramos también en el capítulo 2 del profeta Isaías, que dice lo siguiente, de manera asombrosa: «De Sion saldrá la ley, y de Jerusalén el logos del Señor».

Sí, pero la ley salió del Sinaí. Desde allí fue entregada la ley, desde el Sinaí. Pero aquí Isaías, ochocientos años antes de Cristo, dice que saldrá ley desde Sion, es decir, desde Jerusalén. Y el Logos, desde Jerusalén. Pero solo Cristo legisló en la tierra de Palestina. Mientras que Moisés recibió la ley en el Sinaí. Esto muestra claramente que Cristo es el nuevo Legislador de un nuevo orden.

Y por eso, como dice Zigavinós: «A Él obedeced, a Él creed, sea lo que sea que diga o haga. A Él escuchad». Porque: «Cristo es el cumplimiento de la Ley y de los Profetas».

Y así: «Todo aquello llegó a su fin, concluyendo únicamente en Él».

Todo fue realizado —dice— hasta llegar a Él, hasta la persona de Jesús Cristo, y no más allá. En Su persona se cumplieron todas las profecías.

Y como dice Teofilacto: «Escuchadle a Él; y aunque quiera ser crucificado, no os opongáis a Él».
El apóstol Pedro dijo: «¡Compasión para ti, Señor!», es decir, «¡Que no suceda eso! ¡Ten misericordia de ti mismo! Que no te pase eso de ir a Jerusalén, donde tú mismo dices que los judíos te matarán».
Y el Señor recibe oposición de Pedro. Pedro lo decía sin querer, sin entender. Detrás de Pedro estaba el diablo. Entonces el Señor le dice a Pedro: «¡Apártate de mí, Satanás!»

La frase «Aυτόν ακούετε» («Escuchadle a Él»), esa forma «αὐτοῦ» está en genitivo porque el verbo «escuchar» en griego rige genitivo. Escuchadle solo a Él y no a otro. Esta orden se dirige tanto a los tres discípulos como también a Moisés y Elías, que ya habían profetizado acerca de Él y ahora se encuentran ante Aquel a quien profetizaron.
Incluso ellos debían escuchar al Señor. Todos los santos (los cristianos) en la tierra necesitan escuchar y obedecer a ese «Escuchadle a Él».

San Juan el Bautista, queridos míos, dice lo siguiente: «Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, Él me dijo: «Aquel sobre quien veas descender y permanecer el Espíritu, ese es». Y yo vi y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios». No lo conocía. Así que también Juan necesitaba ese «Escuchadle a Él».

Y Abraham, tanto cuando vivía en la tierra como después en el Hades, necesitaba ese «Escuchadle a Él». Y esperaba a Jesús. Y se regocijó en el Hades cuando vio la Encarnación del Hijo en la tierra.
¿Cómo la vio?… El Señor lo revela. El Señor lo sabe. Todos los santos del Antiguo Testamento, todos los justos y los profetas, a Él escucharon.
Porque el Hijo prevalece también en el Antiguo Testamento, y fueron justificados y salvados porque escucharon a Jesús incluso antes de su Encarnación. Los profetas a Él escucharon, etc.

Así que quien escucha a Jesús, tendrá vida eterna. Porque habrá creído en Él y vivido según Sus mandamientos. El que le escucha, nunca se desorientará en su vida. Ningún problema existencial lo atormentará. Porque Él es quien tiene las llaves de la muerte y del Hades.

En el libro del Apocalipsis, capítulo 1, versículo 18, dice: «Y tengo las llaves de la muerte y del Hades». El que le escucha, queridos míos, tendrá comunión con Dios.
Como escribe el evangelista Juan en su primera epístola: «Nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesús Cristo. Y estas cosas os las escribimos para que vuestra alegría y gozo sea completos».

Y finalmente, quien escucha a Jesús, no escucha la voz del Anticristo ni las voces de los anticristos. Si no queremos oír la voz del Anticristo ni creer en él, no tenemos más que escuchar siempre la voz de Aquel de quien el Padre dio testimonio, de Jesús Cristo.

Queridos míos, ¿qué podemos decir y describir sobre nuestra época, que es un abismo, un valle de lágrimas, un infierno? Así es nuestra época, porque no escucha al Señor Jesús Cristo. Y no solo no lo escucha, sino que lo blasfema y lo reniega. Pero nosotros que creemos en el Señor, a Él escuchamos. Y así cumplimos también el mandato del Padre Celestial, que nos dijo que lo escuchemos. Nosotros no somos hijos de desobediencia y de ira, sino hijos de luz y obediencia.

Queridos míos, este sublime milagro de la Metamorfosis de nuestro Señor Jesús Cristo nos da también el mensaje de nuestra propia Metamorfosis, que consiste en la obediencia suprema al Hijo, conforme al mandato del Padre. Como escribe el apóstol Pablo en la carta a los Romanos: «Metamorfoseaos, transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que comprobéis cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta» (Rom 12:2). Amín.

(Ver también: https://logosortodoxo.es/san-gregorio-palamas/la-metamorfosis-de-cristo/

Y https://logosortodoxo.es/lecturas-evangelicas/la-metamorfosis-del-salvador/)

Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario,
y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, 6-8-1988.

Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai_kyriakvn/omiliai_kyriakvn_535.mp3

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

La procedencia de la oración de Jesús y su valor. Yérontas Atanasio Mitilineos

La procedencia de la oración de Jesús y su valor.

Yérontas Atanasio Mitilineos

DOMINGO 7 DE MATEO [Mt. 9, 27-35]

27 Y pasando Jesús de allí, lo siguieron dos ciegos diciendo a gritos: ¡Hijo de David ἐλέησον eléison nos ten misericordia/compasión de nosotros, y danos la luz de nuestros ojos!

28 Y llegando a la casa, acudieron a Él los ciegos y Jesús les dice: ¿Creéis que realmente puedo hacer esto que pedís? Le respondieron: Sí, Señor.

29 Entonces les tocó los ojos, diciendo: Conforme a vuestra fe os sea hecho.

30 Y se les abrieron los ojos, y Jesús con tono severo los avisó: Mirad que nadie lo sepa.

31 Pero ellos, en cuanto salieron, divulgaron su fama en toda aquella tierra.

32 Al salir ellos, he aquí le trajeron un mudo endemoniado.

33 Y echado fuera el demonio, el mudo habló, y la multitud, asombrada, exclamó: ¡Nunca se vio en el pueblo de Israel tantos grandes milagros!

34 Pero los malvados fariseos decían: Éste echa fuera los demonios por la fuerza del jefe de los demonios.

35 Jesús recorría todas las ciudades y las aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando el evangelio de la realeza increada, y sanando toda enfermedad y toda dolencia.

 

https://logosortodoxo.es/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo/: Κύριος (kirios) Señor y «Κύριε ελέησον  Kirie eleison».

Κύριος (kirios) Señor con mayúscula Dios, Señor, Don o Cristo y con minúscula: dueño,  propietario, amo, lo más importante, principal, esencial. De Kirios viene Kiriakí Domingo. La palabra Kirios se usa en las traducciones del Antiguo Testamento de acuerdo con la antigua tradición, como atributo del nombre del Dios Hebraico que posiblemente se pronuncia “Γιαχβέ Yahvé”.  Los autores del N.T. usando fragmentos del A.T. donde Dios se llama “Kirios” en relación con el prósopon (persona, rostro) y la obra de Jesús, reconocen a Cristo como verdadero Kirios y Dios, (El. 3,5 con Hec 2.21 y Rom. 10.9-13, El. 3,4 y Am. 5.8 con Cor.1.8, Is.45.22-25 con Fil.2.9-11). San Dionisio el Areopagita sobre Nombres Divinos 2cap.1, 10 dice: “Además, la conjuntiva deidad posee la kiriotis (propiedad, posesión) de todo y es enteramente clara sobre la paternidad y la filiación, porque el nombre Kirios se atribuye al Padre y al Hijo en tantos puntos de la teología (se refiere a los autores teológicos del Evangelio), de manera que no hace falta ni que se mencione. También se dice “Kirios el Espíritu”, (2Cor 2,7).

«Κύριε, ἐλέησον» “Kirie eleison” es la oración más corta, condesada y concisa que lo dice todo. El “Kirie eleison” hace milagros. «Κύριε, ἐλέησον Kirie eleison» es una calificación, petición general de cada necesidad mía, de cada caso mío, de lo que me pasa y de lo que quiero y como no sé lo que voy a pedir, entonces digo a Dios, eleisón me” o “Kirie-Señor eléison”, y Él sabe lo que me va a dar.

Eléison ἐλέησον significa ten compasión, caridad, misericordia, clemencia, sanación, ayuda, alivio, consuelo, socorro… No tiene nada que ver con piedad que muchos lo traducen en castellano. Piedad en griego es ευσέβια (efsevia) de aquí viene el nombre Eusebio, piadoso en castellano o latino.

Pero decir, “Eléisonme ἐλέησον με Ten compasión, misericordia o caridad de mí”, implica no sólo el deseo de perdón que comienza del miedo, sino que se trata de la súplica sincera del amor filial, que pone mi esperanza en la misericordia de Dios, y uno reconoce humildemente que es demasiado débil para doblegar su propia voluntad y mantener una cuidadosa vigilancia sobre sí mismo. Es una llamada a la misericordia, es decir, a la jaris (gracia, energía increada) que se manifestará en el don por parte de Dios de la fuerza que nos permite resistir a la tentación y superar nuestras inclinaciones pecaminosas. Es como un deudor sin dinero que pide a su benigno acreedor no sólo que le condone la deuda sino que se compadezca también de su extrema pobreza y le dé una limosna; esto es lo que estas profundas palabras “Eléison me ἐλέησον με Ten compasión, misericordia o caridad de mí”, es como decir: «Dios misericordioso, perdona mis pecados y ayúdame a corregirme; despierta en mi psique-alma un fuerte impulso a seguir Tus mandatos. Dispensa Tu jaris (gracia, energía increada) en el perdón de mis pecados presentes, conscientes e inconscientes, y para que solo dirija hacia Ti la atención de mi nus (espíritu), de mi mente, de mi voluntad y de mi corazón negligentes.»

 

La procedencia de la oración de Jesús y su valor.

Yérontas Atanasio Mitilineos

Alguna vez, queridos míos, el Señor, al pasar por un lugar, se encontró con dos ciegos que clamaban: «¡Jesús, hijo de David, ἐλέησον ἡμᾶς (eléison imás) ten misericordia, compasión de nosotros!» «¡Jesús, descendiente de David!», es decir, el Mesías, «ten misericordia de nosotros».
Es muy conmovedor ver a personas ciegas, generalmente enfermas, apresurarse a buscar su salud, y aún más, cuando se trata de la visión y no ven nada a su alrededor, sino solo oscuridad, apurarse a pedirle su curación a Dios. Pero lo que realmente sorprende es que aquellos que tenían sus ojos no veían, para confesar a Jesús como «hijo de David». Es decir, el Mesías. Porque el título «hijo de David» significa el Mesías, es decir, el Cristo. Aquellos que no tenían los ojos y no habían visto ningún milagro, sino que solo habían oído, por lo tanto, habían creído, son los que confiesan a Jesús como «hijo de David». Esto impresiona.

Y un poco más adelante, cuando el Señor les pregunta: «¿Qué queréis?» en realidad les dice: «¿Creéis que puedo hacer esto?» En la fe permanece el Señor – ¿que yo puedo hacerlo?» Ellos le responden: «Sí, Señor». No dicen: «Sí, Jesús». No dicen: «Sí, hijo de David». Sino que dicen: «Sí, Señor». Por lo tanto, al llamar a Jesús «Señor», confiesan su divinidad. Al llamarlo «Jesús», confiesan su humanidad. Y al llamarlo «hijo de David», es decir, el Mesías, el Cristo, confiesan su naturaleza divina y humana, y la obra divina y humana de la salvación. Es impresionante.

Pero, queridos míos, la ceguera no es una cosa tan grave cuando está en los ojos. Qué importa ahora, qué importa mañana, qué importa dentro de un año, qué importa algún día, cerraremos nuestros ojos. Y los abriremos en otra vida. Pero nuestros ojos no se abrirán en otra vida, si no se han abierto algunos otros ojos en esta vida. Y estos son los ojos de la ψυχή (psijí: psique, alma, ánima, la que anima, vivifica el cuerpo). Por lo tanto, no se trata aquí de ciegos en el cuerpo. Sino de ciegos en el alma. Todos los hombres estamos ciegos. ¿Ciegos en qué? En ver a Dios. Si lo desean, Cristo sanaba no para traer alguna suerte de felicidad social, podríamos decir. La prueba de esto es que la Iglesia que Él dejó en este mundo, y el Espíritu Santo que permanece en la Iglesia, no sana a todos los enfermos. Tenemos muchos enfermos. Y la mayoría de los santos, si no todos, eran enfermos. Por lo tanto, Cristo no hizo milagros para dejar un legado de sanación para aquellos que vinieran a Su Iglesia. Entonces la fe se aniquilaría. Cristo hacía milagros para confirmar Su divinidad. Pero también algo más. Cristo abría los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos y expulsaba a los demonios de las personas, para que pudieran ver a Dios con sus sentidos y con su νούς (nus: espíritu de la psique). Escuchad: ver a Dios. Porque aquellos que veían a Jesús, veían a Dios. Porque Él era Dios encarnado, hecho hombre.

Así, pues, los sentidos son restaurados, para que el ser humano vea a Dios no solo con los ojos del alma, sino también con los ojos del cuerpo. Esto es algo incomprensible, y muchos quisieran desmenuzarlo, es decir, convertirlo en una forma de idealismo, eliminando los ojos del cuerpo, como si fuera posible ver a Dios únicamente con los ojos del alma. Sin embargo, el evangelista Juan dice en su primera carta universal: «Lo veremos tal como es». Es decir: «Le veremos tal como es, y nosotros como somos». Así como resucitaremos con nuestros cuerpos, con nuestros cuerpos completos, también lo veremos a Él con Su existencia corporal plena, que está en los cielos. Es decir, Le veremos tal como es y nosotros tal como somos. Por eso Cristo abría los ojos, curaba los oídos, etc.

Pero, queridos míos, aquí debemos detenernos en algo. ¿Qué fue lo que finalmente abrió los ojos de esos dos ciegos? Fue un clamor. En efecto, un clamor continuo. Se dice aquí que los ciegos clamaban. Y además, el Señor no les prestó atención -a propósito, entre comillas- para evitar a la multitud, ya que el milagro iba a hacerse. Y cuando entró en una casa, estos ciegos también entraron en ella, y allí continuaron clamando: «¡Υἱέ Δαυΐδ, ἐλέησον ἡμᾶς! ¡Hijo de David, ten misericordia, compasión de nosotros!». Por tanto, veían, tenían delante de ellos a Jesús, cuyo rostro no ponían en duda, hacia quien dirigían su súplica. Por eso os dije que aquí no mencionan el nombre «Jesús», pero está implícito. Lo llaman «Hijo de David«. ¿Qué fue lo que les hizo abrir los ojos? Esta confesión. Prestad atención a esto: «Jesús, hijo de David», tú que eres el Señor, «ten misericordia de nosotros».

Es decir, si lo organizamos un poco, sería: «Señor» -porque «Jesús, hijo de David» significa «Cristo»-, «Señor Jesús Cristo, ten misericordia de nosotros». ¿Os dice algo esto? Es la oración conocida. La conocida súplica: «Señor Jesús Cristo, ten misericordia de nosotros». Esa es la oración. Por tanto, lo que tenemos aquí no es otra cosa que el origen de la oración, de la conocida oración: «Señor Jesús Cristo, ten misericordia de mí» o «ten misericordia de nosotros»; su origen está en la Sagrada Escritura. No es una invención humana. Nos la enseñaron incluso los mismos Apóstoles. No tengo tiempo ahora para hablaros más al respecto. El apóstol Pablo, el apóstol Pedro y el evangelista Juan se refieren exactamente a esta invocación de Jesús Cristo. Y este nombre todopoderoso, porque detrás del nombre hay una Persona todopoderosa: la Persona del Θεάνθρωπος Dios-Hombre Jesús, el Dios perfecto y el hombre perfecto, que tiene una misión especial encomendada por el Padre para la salvación de todo el mundo. Esta Persona es todopoderosa, ante la cual se dobla toda rodilla en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra. Esa es, pues, la fuerza que abrió los ojos de los ciegos.

Así también nosotros… oh, también nosotros… no dejemos de pedir… Dios no nos prohíbe pedir también la sanación de nuestro cuerpo, queridos míos, no nos lo prohíbe; Él mismo nos dijo que también lo pidamos. Pero muchas veces, por amor, Él no nos concede la sanación de alguna enfermedad corporal. Pero nuestra psique-alma, esa sí debe sanarse a toda costa. A toda costa. Por eso, con la ceguera que tenemos y que nos impide ver a Dios, que nos impide sentir Su presencia, que nos impide acercarnos a Él, lo que hará que podamos acercarnos, lo que nos permitirá ir hacia Él, es esta oración: «Κύριε Ιησού Χριστέ, ελέησόν με (Kirie Iisú Jristé eleisón me) Señor Jesús Cristo, ten compasión, misericordia de mí o compadécete de mí)

Pero prestemos atención, queridos míos, a algo aquí. Esta oración tan breve, tan fácil de recordar, es una oración completa. Cuando decimos “oración completa” queremos decir que contiene todos aquellos elementos que la constituyen como verdadera oración, y que la hacen agradable a Dios.

Si habéis notado, en las oraciones de nuestra Iglesia, cuyo modelo es la Oración Principal, el Padre Nuestro, hay dos partes o, mejor dicho, dos secciones. En la primera sección, que es también la primera en orden, nos dirigimos a Dios y a Sus atributos. En la segunda, hablamos de nuestras propias necesidades.

Tomad el Πάτερ ἡμῶν (Páter imón) Padre Nuestro como ejemplo. Mirad: «Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga tu realeza (increada), hágase tu voluntad…» Todo esto se refiere a la persona de Dios. Luego vienen los temas nuestros: «Danos hoy el pan nuestro ἐπιούσιον (epiúsion) sobreesencial; perdona nuestras deudas (y ofensas), tal como nosotros perdonamos nuestras deudas; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del astuto mal». Es decir, nuestras propias súplicas.

En cada oración, por tanto, existen estas dos partes: a) La teología, es decir, nos dirigimos a Dios, y b) nuestras necesidades.

Cuando decimos “teología”, nos referimos aquí a la doxología, la alabanza a Dios. Porque si digo que Dios es “Padre”, eso es una doxa-gloria para Él, ya que lo confieso como Padre. Por tanto, eso es una alabanza. Si digo “sea santificado”, es decir, glorificado, “tu nombre”, eso también es una alabanza.

He notado que existen oraciones, especialmente litúrgicas, como la oración del Himno Trisagio en la Divina Liturgia, en la que tres cuartas partes de la oración entera son doxología a Dios. Esa es la primera sección. Por eso, uno modula su tono de voz de cierta manera al dirigirse a Dios, y cambia el tono para la última cuarta parte de la oración, que se refiere a que se nos perdonen nuestros pecados y seamos dignos de cantar también nosotros el Himno Trisagio.

Así también aquí, esta oración es completa. Escuchadla:
«Señor Jesús Cristo», es la primera parte, la teológica.
«Ten misericordia o compasión de mí», es la segunda parte, la que me concierne a mí, el ser humano. Así que, esta es una oración completa.

Pero, queridos míos, analicémosla. Cuando decimos “Señor” refiriéndonos a la Segunda Persona de la Santa Trinidad, lo estamos llamando Dios. Porque el título “Señor” significa Dios. “Jesús” significa hombre. Por tanto, aquí confesamos que Jesús es Dios completo y hombre completo.

«Señor Jesús Cristo». “Cristo” significa Mesías, lo cual expresa la obra especial que asumió el Hijo de Dios encarnado: la Encarnación, la Cruz, la Resurrección, la Ascensión, y Su Segunda Parusía Presencia (Venida). Todo esto está incluido en la misión especial del Mesías. Es decir, la obra redentora del Mesías para el hombre y para toda la creación.

Por tanto, en la palabra “Cristo” se encierra todo el misterio de la divina economía, el cual aquí confesamos. Y con esta confesión damos gloria a Dios. No solo glorificamos a la Segunda Persona de la Santa Trinidad, sino a todo el Santo Dios Tríadico o Trino.
Así que, como vemos, queridos míos, esta primera parte es teológica, doxológica, y se refiere a la doxa-gloria de Dios.

Y aún más: ¿Visteis que en la Divina Liturgia recitamos el Símbolo de la Fe (Credo)? Esto es fundamental.
¿Qué significa recitar el Símbolo de la Fe?
«Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso… y en un solo Señor Jesús Cristo… y en el Espíritu Santo que procede del Padre…».
¿Qué quiere decir? Que al final (perdón, al principio) del Símbolo de la Fe confesamos: Padre, Hijo y Espíritu Santo=Dios, es decir, el Santo Dios Tríadico. Esa es la más alta confesión, la más alta teología.
Debemos, por tanto, recitar el Símbolo de la Fe para proclamar nuestra fe en el Santo Dios Tríadico o Trino y, porque dentro de poco vamos a comulgar. Y es un pecado gravísimo comulgar el Cuerpo y la Sangre de Cristo sin creer en dos cosas: a) En la divinidad, es decir, en la Santa Trinidad, b) y en el misterio de la divina economía. Gravísimo pecado. Hasta el punto de que el apóstol Pablo dice: «Por eso muchos están enfermos y no pocos han muerto». Ese es el gran pecado: la incredulidad.

Así pues, al recitar el Símbolo de la Fe, renovamos nuestra fe en el Santo Dios Trino y en el misterio de la Divina Economía, es decir, en la Encarnación.

De la misma manera aquí, cuando decimos «Señor Jesús Cristo», escuchadlo bien, al decir «Señor», nos dirigimos directamente contra todos los herejes, encabezados por Arrio, que negaron la naturaleza divina de Jesús. Cuando decimos «Jesús», nos dirigimos contra los monofisitas y contra los docetas, que negaron la naturaleza humana de Jesús, sosteniendo que era solo aparente o que su humanidad fue absorbida por su divinidad.
Y cuando decimos «Señor Jesús Cristo», estamos confesando toda la obra de Cristo y rechazando a todos los herejes -especialmente a los herejes modernos- que no reconocen a Jesús como el Cristo, es decir, como redentor, sino simplemente como reformador de la humanidad, como filósofo, como un “gurú”, porque hoy en día también oímos eso, como maestro con un nombre de estilo hindú o cualquier otra cosa.

Por lo tanto, al decir «Señor Jesús Cristo», realizamos una confesión completa y nos posicionamos contra toda herejía con esta sola declaración.

¿Entonces qué? Es una oración completa, completamente completa. Por eso, si solo hacemos esta oración, lo hemos hecho todo. Por eso muchas veces, los ascetas, que no tienen la posibilidad -o que prefieren, en su aislamiento- no realizar los oficios litúrgicos de la Iglesia, como el Orthros (Maitines) o el Vísperas, se quedan solo con esta oración. ¿Por qué? Porque es una oración completa, total.

Pero fijaos también en otra cosa: Ya que es una oración completa, y contiene la súplica «ten misericordia, compasión de mí o compadécete de mí», que analizaremos más adelante, no buscamos en realidad otra cosa sino alcanzar, de forma concentrada, la virtud práctica y la contemplación espiritual. Es decir, alcanzar las virtudes y, por el camino de la oración, llegar a contemplar el rostro (persona) de Cristo.

Pero atención. Algunos dirán la oración así: «Señor Jesús Cristo, ten misericordia de nosotros». Pero muchos la dicen: «Señor Jesús Cristo, ten misericordia de mí». El plural expresa algo diferente. En el caso de los dos ciegos, ellos decían: «ten misericordia de nosotros».
Cada uno de ellos podría haber dicho individualmente: «Señor Jesús Cristo, ten misericordia de mí». Es como en el ejército, donde está prohibido expresar una petición en plural: “Queremos pan”, “estamos enfermos”, “estamos cansados”. Está prohibido, porque se considera un acto de rebelión. En el ejército debes decir: “Quiero pan”, no “queremos pan”; “estoy cansado”, “estoy enfermo”, no “estamos enfermos”.

Aquí, en cambio, no existe ningún peligro de rebelión o desobediencia. Aquí existe la expresión de la αγάπη (agapi: amor incondicional). «Ten misericordia, compasión de nosotros». Cada ciego no se quedaba en sí mismo, sino que pensaba también en el otro. Así, al decir «ten misericordia de nosotros», querían ambos ser curados. Tal vez cada uno pensaba: “Señor, si vas a curarme a mí, pero no al otro, entonces no me sanes tampoco a mí. A mí y al otro también.” Eso expresa un amor inmenso. Expresa el segundo gran mandamiento: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
Así que, cuando decimos «ten misericordia o compasión de nosotros», abrazamos a todos: a nuestros amigos y a nuestros enemigos, y a toda la creación. Como en el Padre nuestro: no decimos “Padre mío”, sino «Padre nuestro». Nuestro Padre.

Así, queridos míos, tenemos ante nosotros el cumplimiento de los dos mandamientos: a) el del amor a Dios, a quien nos dirigimos, glorificamos y confesamos; y b) el del amor al prójimo, al incluir en nuestra oración a las personas que nos rodean, a todos los seres humanos.

Pero además, ¿qué significa esta palabra: ««ἐλέησον ten misericordia, compasión, o cempadécete»?
Es una palabra rica en contenido. Y expresa al mismo tiempo doxología, acción de gracias, arrepentimiento y súplica. ¡Todo lo contiene! Todo, absolutamente todo. Es, como os dije, una palabra que lo abarca todo: Ten misericordia de mí: ayúdame, sálvame, ten compasión.

¿Y qué significa «ten misericordia de mí»?
Significa, como dice san Nicodemo el Haghiorita, que la misericordia de Dios es la χάρις (jaris: gracia, energía increada) del Espíritu Santo.
Eso es la misericordia de Dios: la χάρις del Espíritu Santo.

Y san Nicodemo, en la Filocalía, dice lo siguiente, tan precioso: “Cuando quieras pedir la misericordia de Dios, ten en mente esto” —así lo escribe literalmente. Incluso lo traduce, en el tomo V de la Filocalía, al final, para que sea comprensible por todos, para que nadie quede sin entender esta oración: «Compadécete de mí y dame —primero— el espíritu de fortaleza. Dame fuerza para no tener cobardía.» Porque la cobardía es propia de los que no son cristianos. No lo olvidéis. Las personas que están bajo el dominio de Satanás son cobardes. El creyente jamás es cobarde. Incluso, cuando se encuentra ante la enormidad de la vida espiritual y dice: “¿Qué puedo hacer yo?” A veces, al leer un libro espiritual o al oír un sermón, sentimos que todo eso es excesivo, que es muy exigente, que no tenemos la capacidad de vivirlo.

Queridos míos, nos falta el espíritu de fortaleza. Por eso el apóstol Pablo dice: «Dios no nos ha dado espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.»

«Ten compasión de mí y dame –en segundo lugar– espíritu de sensatez. Que tenga juicio sano, lógico cristiano. Que pueda razonar». Porque la sensatez tiene dos significados. Tiene el significado de pensar correctamente, pero también el de mantener alejado de los pecados carnales mi cuerpo, que es recipiente sagrado, templo de Dios.

«Ten compasión de mí y dame» –en tercer lugar– «espíritu de temor de Dios». Hoy intentamos eliminar de la educación de las nuevas generaciones el temor de Dios. Y decimos que el miedo crea complejos de inferioridad. No es el temor el que los crea. También nosotros lo reconocemos, sí. El miedo puede generar complejos de inferioridad. El miedo es algo negativo. Es un fenómeno propio del estado caído del hombre. Pero no el temor de Dios. El temor de Dios es fecundo. Fecunda la psique-alma. Porque cuando el Apóstol dice: «Con temor y temblor trabajad vuestra salvación», ¿qué quiere decir? Que con temor y temblor debo trabajar por mi salvación, no sea que la pierda, no sea que pierda a Dios. Ese temor es fecundo. «El principio de la sabiduría –es decir, el principio de la virtud, ya que para los hebreos sabiduría equivale a virtud– es el temor del Señor». ¿Has eliminado ese temor fecundo? Entonces, hermano mío, nunca podrás adquirir virtud. Y así, peldaño tras peldaño, irás descendiendo al fondo del mal y de la impiedad. Precisamente porque los hombres arrojaron de sí el temor de Dios, por eso caen en el abismo de la impiedad. ¿Qué dijo un ladrón al otro? «¿Ni siquiera tú temes a Dios?». «¿No temes a Dios? ¿Y blasfemas contra Jesús?». Uno de los ladrones en la cruz, al otro ladrón en la cruz. ¿No temes a Dios? Así pues, Señor, ten compasión de mí y dame el temor de Dios.

«Dame, Señor, espíritu de agapi-amor. Que te ame. Es la cima de todo. Que te ame. Que cuando pronuncie la oración, sienta que no existe nada más en el mundo sino Tú. El mundo produce. El mundo pasa. Nada permanece en su sitio. Ayúdame, pues, a sentir que el único firme eres Tú, y solo Tú. El único rostro digno de ser amado, el rostro deseable, el sumamente deseado, es Tu rostro. Ayúdame, pues, dame tu misericordia, es decir, ayúdame a amarte. Sí, Señor. Dame espíritu de paz. Que mi alma tenga paz. Que esté reconciliada contigo. Que no me sienta culpable ante Ti. Y que, en este mundo, sienta paz. Que estoy seguro dentro de Tu mano. Sí, Señor. Dame espíritu de pureza. Que sea puro en todo. Que tenga sinceridad, que sea limpio y puro en el alma, puro en el cuerpo. Ten compasión de mí, Señor, ten misericordia y dame espíritu de humildad. Que vea que soy muy pequeño. Que soy una pequeña criatura Tuya, pero criatura Tuya al fin. Muy pequeña dentro de la Creación. Que sienta que no soy nada, que Tú lo eres todo».

Así, mis queridos, todos estos y muchos otros clamores, todo lo que no hemos dicho, todo eso –lo tomo del santo Nicodemo el Agiorita– significa: «¡Ten misericordia de nosotros!». «Κύριε Ἰησοῦ Χριστέ, ἐλέησον ἡμᾶς Kýrie Iisú Jristé, eléison imás ¡Señor Jesucristo, ten misericordia de nosotros!».

Breve oración. Repetida. Constantemente. ¿Cuán constantemente? Nos lo dice el apóstol Pablo: «Orad sin cesar» (1 Tesalonicenses 5:17). Podemos trabajar y tener en nuestra mente a Dios. Podemos viajar, podemos leer, y aquellos que han avanzado mucho en esta oración, entonces su corazón la dice incluso mientras duermen. Extraño. Increíble. Y, sin embargo, es verdad, queridos míos. ¡Es verdad! ¿Puede alguien decir la oración mientras duerme? Sí, os digo, ¡es verdad! Y se verifica lo que dice el «Cantar de los Cantares»: «Yo duermo, pero mi corazón vela». El corazón vela y dice la oración. Pero solo para aquellos que han avanzado mucho en la oración. Así pues, cuando el apóstol Pablo nos ordena: «Orad sin cesar», a la pregunta: «¿Y qué podemos orar sin cesar?», la respuesta sería: «Señor Jesús Cristo, ten misericordia de nosotrosΚύριε Ἰησοῦ Χριστέ, ἐλέησον ἡμᾶς»».

No es, por tanto, una oración que concierne solo a los monjes. No es una oración que surgió en los monasterios. Simplemente se cultiva allí. Es una oración que proviene de la Sagrada Escritura. Vemos a aquellos ciegos decir: «Υἱέ Δαυίδ, ἐλέησον ἡμᾶς Hijo de David, ten misericordia de nosotros». Señor, hijo de David, Jesús, ten misericordia de nosotros. Cristo, ten misericordia de nosotros. Así pueden decirla todos. Todo aquel que ha sido bautizado. Pequeño o grande, instruido o sin instrucción, con mucha sabiduría según el mundo o una persona sencilla; alguien que no tiene muchos estudios ni conocimientos en su vida. Todos pueden decir esta oración. En cualquier lugar. Y en la cama si estamos enfermos. Y de pie cuando estamos sanos…

[Lamentablemente, en este punto se terminó la cinta de la grabación de la charla del bienaventurado yérontas, y no se completó la grabación.]

Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario,
y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, 25-7-1982.

Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai_kyriakvn/omiliai_kyriakvn_535.mp3

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/