Búsqueda y hallazgo de la fe, P. Atanasio Mitilineos

Búsqueda y hallazgo de la fe

P. Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo

 

Terapia del hijo del criado del centurión, Domingo IV Mateo 8: 5-13

5 Cuando Él entró en Capernaum, se le acercó con respeto un centurión, rogándole y diciendo:

6 Señor, mi criado yace en casa paralítico, atrozmente atormentado por terribles dolores.

7 Le dice: Yo iré y lo sanaré.

8 Pero el centurión, respondiendo, dijo: Señor, no soy digno de que Tú el omnipotente entres bajo mi techo, pero sólo con un logos tuyo, mi siervo será sanado inmediatamente,

9 porque yo, siendo hombre sujeto al mando, tengo bajo mis órdenes soldados, y digo a éste: Ve, y va; y a otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.

10 Al oír estas palabras llenas de fe, Jesús se maravilló y dijo a los que lo seguían: De verdad os digo, que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande como esta.

11Y de verdad os digo que muchos vendrán del oriente y del occidente y se sentarán a la mesa de la cena espiritual con Abraham, Isaac y Jacob en el reinado de la realeza increada de los cielos,

12 pero los herederos del reinado de la realeza increada de los cielos, es decir, los descendientes de los patriarcas que tienen las promesas de Dios, serán expulsados y echados a las tinieblas exteriores o del más allá. Allí será el llanto y el crujido de los dientes.

13 Entonces dijo Jesús al centurión: Ve, que se te haga como has creído, es decir, que puedo con un logos sanar a tu siervo gracias a ti. Y el siervo inmediatamente quedó sano en aquella hora.

 

Búsqueda y hallazgo de la fe – P. Atanasio Mitilineos

Terapia del hijo del criado del centurión

 

Escuchamos hoy, queridos hermanos, el hermoso pasaje del Evangelio según San Mateo, en el que un centurión pide al Señor la curación de su siervo, que estaba terriblemente atormentado. Y este centurión, por supuesto, no pertenecía al pueblo de Dios. Era ciudadano romano, oficial del ejército y pagano. Sin embargo, su actitud ante el Señor fue verdaderamente admirable. Dice el texto sagrado: «Al oír estas palabras llenas de fe, Jesús se maravilló y dijo a los que lo seguían: De verdad os digo, que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande como esta» (Mt 8:10).

Y dijo el Señor esa maravillosa frase con la que pone en pie de igualdad a los gentiles —es decir, a los paganos— con el pueblo de Dios, siempre que, por supuesto, acepten Su rostro (persona) divino y humano: «Y de verdad os digo que muchos vendrán del oriente y del occidente y se sentarán a la mesa de la cena espiritual con Abraham, Isaac y Jacob en el reinado de la realeza increada de los cielos, pero los herederos del reinado de la realeza increada de los cielos, es decir, los descendientes de los patriarcas que tienen las promesas de Dios, serán expulsados y echados a las tinieblas exteriores o del más allá. Allí será el llanto y el crujido de los dientes» (Mt 8: 11-12). Es decir, que de entre los gentiles será aceptado Su Persona divinohumana, mientras que los hijos del reinado de la realeza increada de los cielos, —aquellos que fueron los primeros llamados a entrar en la realeza increada de Dios, el pueblo de Dios, los judíos—, esos, dice, serán echados fuera. Y ese «fuera» no es otro que, como claramente lo expresa aquí el Señor, el infierno.

¿Pero qué es lo que otorga tantos privilegios?
La fe.
¿En qué?

En el rostro  (persona) divino-humano de Jesús Cristo.
Uno ve la actitud del centurión, del militar, frente al Señor: una actitud de plena fe. Y, por otro lado, uno ve la actitud de los hijos del reinado de la Realeza increada, -los judíos-, quienes dicen del Señor que es el príncipe de los demonios, un usurpador de atributos divinos y, en consecuencia, digno de muerte en la cruz y del castigo del infierno.

En efecto, la presencia de Cristo en el mundo provocó una crisis, una crisis en las almas humanas. Y las dividió en dos bandos: los que creerían y los que no creerían.

Es bien sabido que tenemos muchos criterios o elementos para decir que el mundo está dividido en dos. Por ejemplo, decimos: «el bloque oriental y el bloque occidental». O: «la civilización oriental y la civilización occidental», y así sucesivamente.
Pero, queridos míos, en realidad, sólo una cosa divide a la humanidad. Una sola. Todo lo demás son divisiones aparentes. Como cuando dividimos un libro en capítulos, pero los capítulos están unidos por un hilo común. Así también aquí, podemos decir esto o aquello, pero en el fondo se trata de personas que están, de una forma u otra, conectadas entre sí. Se diferencian y se relacionan.

Una sola cosa divide a los seres humanos: la fe y la incredulidad. La fe en el rostro (persona) divino-humano de Cristo, la incredulidad y el rechazo de esa Persona (rostro). Esta es, por tanto, la mayor crisis en toda la historia de la humanidad, porque el final de la historia se basará precisamente en esta crisis. Cuando llegue el fin de la historia, los hombres no serán juzgados como orientales u occidentales, como civilizados o incivilizados, como blancos o negros, sino como creyentes y no creyentes.

Y aquellos que creen, los que quieren creer, son los que buscan y encuentran a Jesús Cristo, y también aquellos a quienes Cristo busca y encuentra. Se trata de una búsqueda mutua y un hallazgo mutuo. Y vale la pena acercarnos a esta realidad.

No nos interesa el grupo de personas que no creen. Por eso, el apóstol Pablo muchas veces, cuando trata este tipo de temas, ignora lo que pasará con los incrédulos. Él dice: «Nosotros, los que quedamos vivos, seremos arrebatados junto con ellos en las nubes al encuentro del Señor», etc.
Pero, Apóstol Pablo, ¿qué ha pasado con los pecadores?
No nos interesa. Son dignos de su suerte. Sí, nos duele, pero son dignos de su suerte, porque simplemente es el resultado de su mala voluntad. Por eso, permítanme aquí centrarme en Cristo y en los creyentes.
Como ya les dije, se trata de una búsqueda mutua, pero también de un encuentro mutuo. Aquellos que no buscan, naturalmente, no encuentran. No nos interesa. Y aquellos que Cristo busca, pero no responden, tampoco lo encuentran.
Tampoco nos interesa.

No se piense que este «no nos interesa» implica falta de compasión. Porque si así fuera, el primero en carecer de compasión sería Cristo mismo, que remite al infierno a tales personas. O mejor dicho, más correctamente: se remiten ellos mismos.
Un alumno, cuando repite el curso, no lo remite el consejo de profesores. Él mismo se remite a repetirlo.

Así, pues, Dios busca y encuentra. Dios busca al ser humano. Es el gran imán que atrae sus copias, sus imágenes. El original tiene sus copias. Y en cuanto a lo que dice: «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tim 2:4), no hay objeción alguna. Dios quiere salvar a todos.

Antes de la caída, Dios tenía comunión con el hombre. Pero esta comunión se interrumpió a causa del pecado de los primeros en ser creados. Y como dice el apóstol Pablo, desde entonces Dios no abandonó al hombre. Lo vigilaba. Prestad atención al verbo: lo vigilaba. Y dirá a los habitantes de Listra: «No dejó a sí mismo sin testimonio», Dios. Haciendo el bien. No dejó su Ser sin testimonio» (Hechos 14:16-17).

Esto es muy importante, sumamente importante. Que alguien diga: «Pero no conozco a Dios». Dios da siempre, a lo largo de la Historia, el testimonio de Su existencia y de Su personalidad. Así: «Haciendo el bien, dándonos desde el cielo lluvias y estaciones fructíferas (da la lluvia, da los tiempos favorables para que la tierra produzca), llenando de alimento y alegría nuestros corazones». «Y llena, sacia», dice, «y da también regocijo, alegría, por los bienes de la Tierra».

Y como dice un verso de los Encomios del Epitafio, del himno «La vida en el sepulcro», que cantamos cada Viernes Santo: «Bajaste a la tierra para salvar a Adán, y al no hallarlo, Señor, en la tierra, bajaste hasta el Hades buscándolo».
¡Qué belleza tiene este verso!
«Bajaste a la Tierra para salvar a Adán. Pero no lo hallaste porque había muerto». Habías dicho: «Si transgreden Mi mandamiento, ciertamente morirán». «No lo hallaste. Había muerto. No descansaste. Y bajaste al Hades para ir a encontrarlo».
¡Qué hermoso verso! Si así sentimos el asunto…

Así, pues, queridos míos, esto muestra que Cristo cuida, busca, busca encontrar y salvar.

La parábola de la oveja perdida es característica: «Perdió», dice, «una oveja, tenía cien, dejó las noventa y nueve y fue a buscar la que se perdió». Eso representa a la humanidad. También, la parábola de la higuera estéril: «Vino», dice, «buscando —buscando— fruto en ella, y no halló» (Luc 15:3–7 y Mat 18:12–14). «Busca fruto, pero no lo encontró». Inicialmente, esto se refiere al pueblo de Israel. Buscaba fruto. Pero no encontró. Sin embargo, buscaba.

En la parábola de la dracma perdida: «Y la busca», dice, «con diligencia hasta que la encuentra» (Lucas 15:8–10). Una mujer tenía diez dracmas. Perdió una. En algún lugar dentro de su casa. Encendió una lámpara, dice, y empezó a buscar. Y encontró la dracma perdida.
Observa esta frase: «Y la busca con diligencia hasta que la encuentra». Es el ser humano perdido, a quien Cristo busca encontrar. Por medio de Isaías, dice: «Me manifesté a los que no preguntaban por Mí; fui hallado por los que no me buscaban» (Isaías 65:1).
Y eso significa una acción voluntaria, espontánea.

Cristo busca encontrar al hombre. «Dije: Aquí estoy, en la nación que no invocó Mi nombre» (Isaías 65:1). «Dije: Aquí estoy con ese pueblo» —específicamente, los gentiles—, «los idólatras específicamente, de los cuales los primeros somos nosotros los helenos-griegos, a ellos me manifesté, a los que no me invocaron por mi nombre».

Y el Señor contrapone: «Extendí mis manos todo el día hacia un pueblo desobediente y contradictor» (Isaías 65:2 y Rom 10:21)-habla de los judíos. «Extendí mis manos…». Sabes, muchas veces, cuando hablamos con indignación, extendemos las manos. Eso significa «extendí mis manos». Todo el día. Cada día. A un pueblo que desobedece y contradice.

¡Observa el contraste!

Por eso, el Señor busca la fe en Su persona divino-humana, para dar Su Realeza increada. Por eso, queridos míos, se maravilló verdaderamente del centurión por su comportamiento; como os dije, era idólatra.

Así, el Señor pregunta en cuanto al tema de la fe. Porque los judíos no creyeron. Y he aquí el misterio, como dice el apóstol Pablo: por dos mil años no creyeron. Una parte —si me permites completar la idea— una parte de ellos creerá poco antes de la Segunda Parusía Presencia, Venida de Cristo. Si ves que los judíos empiezan a creer en masa, dirás: “¡Ha llegado el fin!”. Es una señal de los últimos tiempos.

En una ocasión se le preguntó al Señor si vendría. “No hay cuestión sobre eso”, dijo el Señor. “El problema no es si vendré o no vendré. Por supuesto que vendré”. El problema está en otra parte: “Pero, cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe sobre la Tierra?” (Lucas 18:8). Yo vendré, pero, ¿hallaré fe sobre la Tierra? El Señor nos dijo que la fe… —lo plantea en forma de pregunta y no responde, pero sabemos por otros pasajes que no encontrará fe, salvo en un pequeño número de cristianos. Como tampoco encontrará αγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado). Salvo en un pequeño número de cristianos. Porque el Señor nos dijo que también la agapi-amor se enfriará, se congelará. Y habla, naturalmente, de los cristianos.

El Señor también habla de una gran tentación que abarcará toda la Tierra en los últimos tiempos de la Historia. Esto lo dice al ángel de Filadelfia, es decir, (en libro del Apocalipsis) al obispo, a la Iglesia de Filadelfia, una de las siete iglesias históricas de Asia Menor. Y dice: “Por cuanto has aplicado, guardado y cumplido el logos que habla sobre la paciencia (en las tribulaciones y persecuciones), yo también te guardaré o te protegeré de la hora de la prueba o tentación que ha de venir sobre el mundo entero, para probar o tentar a los que habitan sobre la tierra” (Apoc 3:10). “Te protegeré”, dice. Sabed que estos siete mensajes a las siete iglesias históricas son siete aspectos de la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica. Y evidentemente se dirige al remanente, al resto. A ese pequeño rebaño que se salvará, que se mantendrá fiel. “No temas, pequeño rebaño”, dice Cristo, “no temas, oh pequeño rebaño” -es vocativo, no nominativo– “porque agradó y complació al Padre daros la Realeza increada”. “Así pues”, dice, “porque guardaste mis mandamientos, los aplicaste, Yo también te guardaré o te protegeré de aquella tentación que está por venir sobre toda la tierra habitada” —¡Prestad atención!: “¡οικουμένη (icumeni) la tierra habitada”!— “para poner a prueba a los que habitan sobre la Tierra”.

¿Cuál es esa tentación? Escuchad cuál es, y temed. Porque ya hemos entrado en la zona de esa tentación. Y nosotros los helenos-griegos, incluso… ¿Cuál es la tentación? La negación de la naturaleza divina y humana de Cristo. Ésa es la tentación. ¿Lo escuchasteis? La negación de la naturaleza divina y humana de Cristo. “Cristo no es Dios”. Eso es. Es decir, el arrianismo que siempre ha existido de manera latente y que resurge en los últimos tiempos. Ese arrianismo que, por supuesto, negaba la naturaleza divina de Jesús Cristo. La incredulidad en Cristo, para decirlo claramente. Y lo vemos, lo vemos —como os dije— avanzar rápidamente, a pasos agigantados, en nuestra época, en nuestro país, en todo el mundo.

¿Europa? Desde hace tiempo que la Europa cristiana… es arriana. No lo digo yo. El bendecido padre Justino Popovich escribió un libro entero. Léelo. «Άνθρωπος και Θεάνθρωπος Hombre y Dios-Hombre». ¿América? América es Europa. Son los mismos habitantes. ¿Los griegos? ¡Oh, los griegos…! Encended, por favor, radios, televisores, no sé… Encended, y escuchad lo que se dice cada vez. Escuchad lo que se dice y sentiréis indignación… Literalmente.

Así pues, durante el tiempo entre las dos venidas de Cristo, el Señor continuamente busca encontrar la fe. Y donde la encuentra, la elogia. Y se maravilla. Tal como el Señor se maravilló de la fe del centurión, como escuchamos en la lectura evangélica de hoy.

Pero también está el lado del hombre. Cuando el hombre ahora busca a Cristo y lo encuentra. Cuando Felipe le dice a Natanael: “¡Hemos hallado al Mesías!” (Jn 1:45). Obviamente aquí se da a entender que lo estaban buscando. ¿Por qué? ¿Dónde lo buscaban? No, por supuesto, en los caminos o en las montañas. En las Escrituras. Y allí conocían muy bien las características del Mesías. Leed el Antiguo Testamento y lo veréis. Leed a Isaías; a todos los profetas; a Isaías, para ver cuán literalmente y con muchos detalles se refieren el profeta y los profetas a las señales, a las características del Mesías.

Los judíos no lo reconocieron. No prestaron atención a las características anunciadas por los profetas. Pero Felipe y Natanael, que eran amigos, estudiaban de manera imparcial. No de manera parcial, pensando que vendría un Mesías que nos liberaría de los romanos y comeríamos con cucharas de oro… Como cree hoy el sionismo. El mismo clima, el mismo clima… Y que nos convertiríamos en gobernantes del mundo, como dice el sionismo. No, no, no. Queremos al Mesías. Con las características que vemos en la Sagrada Escritura. Y cuando Cristo habló con Felipe, Felipe lo reconoció. De inmediato.

Y va y le dice a Natanael: “Hemos encontrado al Mesías”. ¿A quién? “Aquel de quien escribió Moisés y los profetas”. Porque a ellos estudiaban. Así que decir “lo encontramos” significa que lo estaban buscando. Solo quien busca encuentra. Por eso también señala Pablo a los atenienses —nuestros antepasados, los atenienses, eran idólatras: “Busquen al Señor, por si acaso lo palpan y lo encuentran”. ¡Palpa! Y lo encontrarás. Está dentro de nosotros. Palpa. Palpa en la creación y lo encontrarás. Está dentro de nosotros. ¿Por qué? Porque Dios, como dijo en Listra, no dejó a sí mismo sin testimonio. “Y no está lejos de ninguno de nosotros”. “Porque en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hechos 14:17). En Él existimos, en Él nos movemos. No en un sentido panteísta.

Y añade a los atenienses: “Como han dicho algunos de vuestros poetas y filósofos”. Y el mundo antiguo, fuera de los límites de Israel, también buscaba al Señor. Y el Señor, para mostrar esta búsqueda y hallazgo humano, contó la parábola de la perla preciosa. “El que halló —dice— una perla muy valiosa, se fue, vendió todo lo que tenía y la compró” (Mateo 13:45–46). Vendió todo lo que tenía para comprar esa perla. ¿Qué vendió? La civilización es buena, pero si me aleja de Cristo… porque, a partir de cierto punto, la civilización se vuelve contra el ser humano —no necesito explicarlo más—, entonces la vendo para comprar la perla preciosa. Y todo lo demás, todo lo demás… Lo mismo en la parábola del tesoro escondido. Dice que alguien encontró un tesoro en un campo. Reunió sus ahorros, compró el campo para tener el tesoro. Esa es la Escritura, es la Escritura; y allí dentro encontrarás el tesoro. Estas dos parábolas, de la perla preciosa y del tesoro escondido, muestran que Cristo es esa perla preciosa (Mateo 13:44,44,45). Por eso el Señor recomienda insistentemente: “Buscad y hallaréis” (Mateo 7:7).El que busca —dice en otro lugar— encuentra” (Mateo 7:7-8 y también en Lucas 11:9-10).

Queridos, no hay problema si buscamos al Señor para encontrarlo. No hay problema ahí. El problema está en si existe la búsqueda. Y preguntamos: ¿Hoy buscamos al Señor? Ciertamente, algunas personas lo buscan y no dejarán de buscarlo. Y, por supuesto, lo encuentran. Pero son pocos. Muchos lo buscan en los sustitutos. Por eso hay tantas sectas y religiones orientales que encuentran eco entre nuestros cristianos. ¿Saben cuál es el último sustituto de la búsqueda de Cristo y de la bienaventuranza? ¡El alcohol y las drogas! Porque no encuentran a Cristo o no quieren encontrarlo, se van a los sustitutos. Es triste. Buscar a Cristo donde Él no está. Por eso el Salmista escribe con melancolía: “El Señor se inclinó desde el cielo para ver a los hijos de los hombres, para ver si hay alguno sabio o que busque a Dios”. Y añade melancólicamente: “Todos se desviaron, a una se corrompieron; no hay quien haga el bien, no hay ni uno solo”. ¡Ninguno! Y no buscamos al verdadero Señor Jesús Cristo porque nos hemos desviado. Es decir, nos hemos alejado. Como dijimos, nos descarriamos. Porque nos hemos vuelto inútiles. Nuestra ética se ha vuelto ruin. Porque no practicamos la bondad. No ejercemos la virtud. Nuestra época es terrible. Derriba todo. Por eso el Señor permite, como castigo, que caigamos en el error.

¿Qué se necesita? Humildad y autoconocimiento. Como el centurión que dijo: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo”. Y añadió con fe: “Pero solo di un logos, y mi siervo sanará” (Mt 8:8). Y cuando hay humildad y autoconocimiento, entonces viene también la teología. Y la teología es buscar y encontrar al Dios Logos. Porque primero Él te buscó. Y tú lo encuentras y Él te encuentra. Y tú lo admiras y Él te admira. Como cuando el Señor admiró al centurión.

Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario,
y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, 9 de julio de 1995.

Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai.gr/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

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