Los engaños de los papistas, protestantes y otros herejes acerca de la Virgen María

Traducción repasada  12/11/2025

Los engaños de los papistas, protestantes y otros herejes acerca de la Virgen María

Por presbítero Atanasio Minas

Introducción

El lector común e inadvertido se siente atraído y seducido por la dulzura de la logotecnia novelística (el arte retórico de las palabras); sin embargo, junto con ella, ingiere también el contagioso, maligno e infeccioso virus de la herejía.
Si el organismo espiritual del creyente posee suficientes “anticuerpos” de fe, tarde o temprano detectará, aislará y expulsará el virus herético. Pero si el lector carece de defensas —quizás porque las haya consumido recientemente al enfrentarse a otro virus maligno proyectado por la Nueva Era— puede infectarse mortalmente.
En el “mejor” de los casos, su mente será bombardeada por incesantes e infinitos pensamientos y reflexiones compulsivas de duda (logismí), que, a causa del pegajoso y maligno virus anticristiano, se multiplican progresivamente, provocando acedía (desgana espiritual), ansiedad e incredulidad.

El conocido objetivo de la Nueva Era no es vaciar las Iglesias de fieles, sino lograr que esos “fieles” dejen de ser verdaderamente creyentes. Mientras la Nueva Era consiga mantener a los creyentes dentro de confesiones y alabanzas heréticas —infectados por sus virus espirituales—, podrá introducirse en sus conciencias y dar cuerpo y vigor a sus programas e ideologías.
Porque, si el cuerpo de la Iglesia —nos referimos únicamente a la Una, Santa, Católica y Apostólica Iglesia, es decir, la Iglesia Ortodoxa de Cristo— se debilita por la acción reiterada de esos virus malignos, su Verdad se iguala y nivela con la mentira de la herejía, y puede entonces ser asimilada por la Πανθρησκεία (Pánzriskía: “Todareligión”, “Multirreligión” o “Religión Única”), tan deseada y promovida por la Nueva Era.

Expresamos nuestro más sincero agradecimiento al padre Atanasio por su vivo interés en informarnos con responsabilidad sobre los temas que amenazan nuestra fe ortodoxa. Nos ilumina el calor de su lámpara de fe en Cristo, ayudándonos a percibir el peligro de la herejía y a no permitir que la oscuridad del engaño ocupe nuestro espacio y nuestro tiempo.

Este libro, con las homilías del padre Atanasio, nos ayuda también a tomar conciencia de nuestro deber cristiano ortodoxo frente a todas las herejías, no solo frente a las contemporáneas de la Nueva Era, sino también frente a las antiguas herejías de los papistas y protestantes.
Ellos necesitan de nuestra verdadera confesión y de la ortodoxa catequesis, para que quizá —si se despiertan del sueño de sus engaños— se alejen de la oscuridad de la mentira y regresen a la Verdad: a Cristo, a quien únicamente nuestra Santa Ortodoxia enseña, confiesa, instruye e implora incesantemente.

Refutación de los engaños de los papistas, protestantes y otros herejes sobre la persona de la Παναγία (Panaghía: Todasanta, la más Santa, Santísima)

San Simeón el Nuevo Teólogo dice: “Desde que el hombre fue exiliado del Paraíso y de Dios a causa de su desobediencia, el diablo, con sus demonios, tiene la posibilidad de remover y perturbar las energías lógicas y noerás (espirituales) de la parte logística de la ψυχή (psijí: pique, alma, ánima) de cada hombre, día y noche.
A esta parte logística no le es posible fortalecerse de otra manera que con la incesante memoria de Dios, es decir, con la fuerza de la cruz: engendrando e ensomatizando en su corazón la divina memoria que consolidará al hombre, lo convertirá y lo hará constante, inamovible e imperturbable.
A esta finalidad conduce la lucha espiritual, la cual ha sido dada a cada cristiano ortodoxo para combatir dentro del estadio de la fe en Cristo; de otro modo, lucha en vano.
Por causa de esta lucha se realiza la άσκησις (áskisis: práctica espiritual, ejercicio, ascesis, entrenamiento) de muchas maneras, en la cual cada uno sufre y se sacrifica por Dios, con el fin de conmover las entrañas del Bondadoso y lograr que vuelva a conceder al hombre el axioma inicial, y que Cristo selle la parte logística de su psique-alma, tal como dice el Apóstol Pablo, «Gálatas 4:19: ¡Hijos míos, amados hijos míos espirituales, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que la personalidad de Cristo sea formada, ensomatizada en vuestro interior!»

”. Y añade San Simeón el Nuevo Teólogo:

“En la psicoterapia Ortodoxa, dentro de la parte logística de la psique-alma, se introduce el Logos de Dios, por la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Cristo quien es el único Médico (psicólogo, terapeuta y sanador) de nuestras psiques-almas y de nuestros cuerpos, tal como proclama la Divina Liturgia”.

Teniendo en cuenta estos logos de nuestro Santo Padre Simeón el Nuevo Teólogo —citados por San Nicéforo en la Filocalia (págs. 168–169)—, que constituyen una recapitulación de toda la didascalía enseñanza de los Santos Padres de nuestra Iglesia, podemos comprender tanto la causa de nuestro exilio del Paraíso como la lucha que cada cristiano debe sostener para entrar en el estadio de la fe. (https://logosortodoxo.es/filocalia/tomo-iv/filocalia-4-san-niceforo-el-monje-logos-sobre-la-nipsis-y-la-vigilancia-del-corazon/ )
Y, conociendo la agapi-amor de nuestros Santos por la Θεοτόκο Zeotoko, la Nueva Eva, que con su obediencia nos ha reintroducido en el Paraíso, así como su certeza de que nuestra Panaghía (Todasanta) es el eterno πρότυπο (prótipo: modelo, prototipo) digno de imitación —además que la santidad de los santos pasa por Su Santidad y Su intercesión—, escribimos las líneas que siguen.

Emprendemos esta tarea porque la Nueva Era intenta infiltrar, mediante su multiculturalismo, enseñanzas heréticas sobre la persona de la Zeotokos, la Siempre Virgen María.
Nuestra ofrenda es humilde, con la finalidad de proteger, en primer lugar, a nuestro pueblo fiel ortodoxo de los blasfemos e insultantes dogmas de los heréticos papistas y protestantes acerca de Su Santísima Persona.
Y, en segundo lugar, para que muchos de los seguidores de estas herejías se vean llevados a reflexionar, a dudar más y más de sus errores, y lleguen a pedir conocer la didascalía enseñanza inspirada por Dios de la Una, Santa, Católica (en su sentido auténtico helénico, no papista) y Apostólica Iglesia, es decir, la Iglesia Ortodoxa.

Los santos Joaquín y Ana, padres de la Santísima Virgen, al llegar al conocimiento de su propia naturaleza —que es buena en los perfectos y en aquellos que han vivido la divina zeoría (contemplación espiritual)—, proyectando en sí mismos la grandeza de Dios y sin temer ninguna recaída, comieron y conocieron el fruto del árbol de la Gnosis, el del conocimiento del bien y del mal, sin malicia ni prejuicio.
Y el justo Dios los bendijo en su vejez y les concedió fruto de vientre: la Siempre Virgen María.

La concepción se realizó de modo divino, pero absolutamente natural. Nuestra Panaghía, pues, heredó el pecado original como todos los hombres.
A la edad de tres años, sus santos padres la ofrecieron al Templo de Dios. Allí entró en el Santo de los Santos y se entregó a grandes combates ascéticos y espirituales: ayunos, vigilias, oraciones, silencio, lágrimas, prosternaciones, estudio del Antiguo Testamento, obediencia a los justos sacerdotes del Templo —como san Zacarías— y conocimiento del Dios de las profecías, del siglo apócrifo y del misterio de la Divina Economía. Tuvo también la comprensión mística de su ofrecimiento a este misterio.

Con estos y muchos otros esfuerzos, desconocidos para nosotros, luchó nuestra Panaghía. Superó el dolor de la ausencia de sus padres y la falta de afecto familiar, pues en Ella no faltaban los sentimientos, las emociones ni la agapi-amor hacia ellos.

Así, con la paciencia en Dios, con su amor divino y su voluntad perfectamente entregada, puso siempre a Dios en primer lugar, superando cualquier dificultad o tribulación sentimental o emocional.
Estas luchas la convirtieron en Πάναγνη (Pánagni: todapura, purísima) y Χαριτωμένη (Jaritoméni: llena de gracia, enriquecida con la energía increada de la Jaris), humilde ante todos los hombres, más pura y más brillante que las milicias celestiales.

Por eso san Gregorio Palamás la llama “la línea fronteriza que une la naturaleza creada con la increada”.
El Dios Trinitario, agradecido por su amor (agapi) hacia Él y por todos los jarismas (carismas, dones) que había adquirido por la divina Jaris (energía increada), la escogió para servir en el mega-misterio de la divina encarnación del Dios Logos, para la σωτηρία (sotiría: psicoterapia, sanación, redención y salvación) del género humano.
La liberó, en el momento mismo de la concepción de su Hijo, del pecado original que llevaba como una semilla seca, sin vida ni fruto.

Nuestra Santa Iglesia Ortodoxa nos enseña que el mismo Logos-Dios, con el beneplácito del Padre y la cooperación (sinergia) del Todopoderoso Espíritu Santo, entró en su Santísimo vientre y se creó a Sí mismo, es decir, asumió una naturaleza humana (fisis) con psique-alma distinta de la divinidad o deidad.
Dicen nuestros Santos Padres: “Tomó de lo nuestro para darnos de lo Suyo; es decir, la vida eterna y el Paraíso.”

¿Dónde están ahora los heréticos papistas y los protestantes que insultan a la Zeotokos, los unos por la derecha y los otros por la izquierda?

San Juan Damasceno, dirigiéndose a Nestorio, quien intentaba suprimir el título de “Θεοτόκος” (Zeotokos), le llama “utensilio y recipiente de deshonestidad, hijo de Satanás”.
Y sobre nuestra Panaghía dice: “Mereció honra por encima de toda criatura, siendo Ella misma criatura.”

Con esto responde tanto a los protestantes, que llaman a la Panaghía “buena mujer” y niegan que sea Θεοτόκος (Zeotokos: Madre de Dios), como a los papistas romanocatólicos, que enseñan la concepción inmaculada y la asunción sin muerte de la Panaghía a los cielos; es decir, que la consideran una creación distinta, no ὁμοούσιος (omoúsios, consubstancial) con nuestra naturaleza humana, elevándola al rango de diosa 8dios), por encima de su propio Hijo, que padeció, fue sepultado y resucitó.

Con esta enseñanza blasfema, los heréticos papistas anulan los ejercicios y luchas espirituales de la Panaghía y el ofrecimiento de sus justos padres. Olvidan que Ella misma vivió durante doce años en el Templo de Dios en ascesis, obediencia y oración.
De este modo también anulan toda la obra del Dios Trino para la sanación y salvación del hombre por medio de Jesús Cristo, y rechazan que la Panaghía sea el eterno prótipo (modelo, prototipo) de santidad.

Y todo esto porque, según su herejía, la concepción de la Panaghía fue “sin mácula, sin semilla” —¡qué blasfemia!—.
De ser así, los hombres podrían justificarse diciendo: “Como nosotros fuimos concebidos de modo natural, llevando el pecado original, y Ella, en cambio, de modo sobrenatural y sin pecado, no podemos tenerla como modelo ni ejemplo”.
De esta manera se justificarían nuestros pazos (pasiones), nuestra acedía (desgana, pesadez espiritual), negligencia y pereza.
Así se anula la didascalia enseñanza de san Simeón el Nuevo Teólogo —que mencionamos al principio—, la cual es también la enseñanza de todos los Santos Padres.

¡!!Se anula así también la obra sanadora y salvadora de Su Hijo, Su Dios y nuestro Dios!!!
¡Dios mío, a qué desastroso y degenerado estado han llegado!

Si pudieran escuchar, aunque sólo fuera ahora, a San Juan Damasceno, quien denuncia sus engaños de la siguiente manera: “A la Santa Virgen la proclamamos verdaderamente Zeotokos (Madre de Dios), en su justa palabra; porque así como Él, que nació de ella, es verdadero Dios, así también ella, que dio a luz al verdadero Dios encarnado, es verdadera Zeotokos. Decimos que de ella nació el Dios, no porque la divinidad del Logos haya tomado su principio de ser de ella, sino porque el mismo Dios Logos, que nació intemporalmente del Padre antes de los siglos y existe sin principio ni fin con el Padre y el Espíritu, y en los últimos tiempos y para nuestra sanación y salvación, se instaló en la matriz de la Zeotokos, se encarnó invariablemente y nació de ella.
La Santa Virgen ciertamente no parió un hombre desnudo, sino a Dios verdadero, pero encarnado; sin que Él bajara el cuerpo del cielo y lo pasara a través de ella como un canal, sino que, tomando de ella sarks —un cuerpo de sangre, carne y hueso igual al nuestro—, lo creó para Sí mismo.
Porque si hubiese traído el cuerpo del cielo y no lo hubiese tomado de nuestra naturaleza, ¿cuál sería entonces la necesidad de la encarnación?
La encarnación del Dios Logos se hizo para que la misma naturaleza humana, que pecó, cayó, se corrompió y se desgastó, pudiera vencer al tirano que la engañó y así liberarse del desgaste y la corrupción, tal como dice el divino Apóstol: “Como por el hombre vino la muerte, también por el hombre vino la resurrección” [1 Corintios 15:21]. (Edición exacta de la fe Ortodoxa, 1992, pág. 253).”

Se demuestra, por lo anterior, que la concepción sin semilla de los heréticos papistas es una variación de la herejía nestoriana; ambas herejías parten de puntos distintos, pero llegan al mismo resultado engañoso:

  • Nestorio enseña que el cuerpo de Cristo es celeste, que no proviene de la Panaghía, sino que pasó por Ella como por un tubo.
  • Los papistas afirman que la Panaghía tomó cuerpo sin pecado ancestral u original.

¡Dios mío, qué engaño! Así, la sanación y salvación en Cristo se vuelve imposible.

¿Veis, pues, engañados papinos (romanocatólicos) y protestantes, cómo habla el santo? A la Siempre Virgen la proclama Zeotokos, contestando tanto a los papistas como a los protestantes, y afirma que toda la obra del Dios Trino, sanador y salvador nuestro Jesús Cristo, se apoya en la verdad de que la sarks (carne, cuerpo) que tomó Cristo de la Panaghía es igual, de la misma esencia que la nuestra; la tomó de nuestra fisis-naturaleza, que pecó, cayó y se corrompió, según San Juan Damasceno.

Así, en nuestra Iglesia, proclamamos la única verdad bajo el sol: el Señor tomó cuerpo y psique-alma igual que la nuestra en todo, pero sin pecado. “Mandó Dios a Su Hijo, el Unigénito, hecho de mujer.” No dice “hecho por mujer”, sino “hecho de mujer”.

San Juan Damasceno interpreta esta parábola: “Así revela el divino Apóstol que Éste es el Unigénito Hijo de Dios y Dios, que se hizo hombre de la Virgen, y Él mismo es el que nació de la Virgen; el Hijo de Dios y Dios, puesto que nació corporalmente. Se hizo hombre, sin instalarse en un hombre creado previamente como profeta, sino que Él mismo se hizo esencial y verdaderamente hombre; construyó en su hipóstasis (bae substancial) viva sarks (carne, cuerpo) con psique-alma lógica y noerá (espiritual) y se hizo Él mismo en esta hipóstasis. Esto significa ‘hecho de mujer’. Porque, ¿cómo podría el Logos de Dios hacerse hombre bajo la ley si no se hiciera hombre omoúsios, de la misma esencia que nosotros?”

De repente surge la pregunta: si los papistas, los protestantes y la plaga de herejes e incrédulos se encuentran en estos engaños, ¿cómo podrán luchar contra los pazos (pasiones, vicios, apegos, adicciones y emociones enfermizas) de manera que la parte logística (fuerza y energía lógica, que viene del Logos), por naturaleza libre, no se esclavice a lo pasional —es decir, a las otras dos partes y energías de la psique-alma, que son la irascible (emocional) y la volitiva o anhelante, esclavas de lo pasional?

Si lo que es libre por naturaleza se hace esclavo de las pasiones, también se justifica la deshonestidad: que los cardenales pederastas, en ocasiones, indemnicen a los padres de los niños que arruinan, con dinero del “Banco del Espíritu Santo” del Vaticano (y muchas otras cosas más).

Se justifican, entonces, se autoabsuelven y se autojustician, cuando degradan y niegan a los santos mártires, como el megalomártir Geórgios (Jorge) y la Santa Caterina, y proclaman falsos santos, asesinos y pederastas.

¿Comprendéis el crimen contra la humanidad que cometéis, herejes, pervertidos? Decís que lo comprendéis; por eso vuestro pecado permanece en este mundo. Por eso fundamentasteis y decretasteis como dogma la infalibilidad y la primacía del poder del César Papa, enseñando sin vergüenza —aparentemente como si fuera didascalía enseñanza de la Santa Escritura— la herejía del purgatorio (fuego purgador) y formulando, de manera distinta, el engaño de la metempsicosis (samsara, nirvana) de la Nueva Era (Nuevo Orden).

Dais falsas esperanzas mediante papeles de perdón y del fuego purgatorio, como ya señalamos. Pero, por un último intento, volved al sano juicio y escuchad otra vez lo que enseñan y cómo interpretan nuestros Santos Padres el pasaje de San Pablo: “Si la obra que uno ha edificado sobre este cimiento que es el Cristo, resiste la prueba del fuego, recibirá el premio o el salario; si se consume, lo perderá todo, aunque él se salvará con gran dificultad, pero como el que escapa atravesando las llamas del fuego. (Se salvará si la justicia de Dios lo juzga digno de salvación y perdón por lo menos por su buena disposición e intención)” (1ª Corintios 3:14-15).

La interpretación de San Juan Crisóstomo se ha publicado en la prensa ortodoxa por el distinguido profesor de la Universidad de Atenas. La obra de San Nectario, Sobre la inmortalidad de la psique-alma y los oficios en memoria de los muertos, es ampliamente conocida. Nosotros exponemos la opinión de otro gran santo para mostrar el acuerdo entre los Santos Padres.

Según San Nikita Stizatos. En la Filocalía: «79. El último día del Juicio se manifestará de modo candente y serán probadas con fuego las obras de cada uno, según dice Pablo (1Cor 3, 13-15). Es decir, si las obras por las que uno se ha edificado a sí mismo, son de materia incorruptible, quedarán incorruptas en medio del fuego, y no sólo no se quemarán, sino que serán iluminadas, ya que serán completamente limpiadas y purificadas de cualquier mancha que pudieran tener. Pero si las obras que uno se ha cargado sobre sí mismo son pesadas y de materia destructible, serán quemadas y destruidas, dejándolo con las manos vacías en medio del fuego. Las obras incorruptibles que permanecen son las lágrimas de la μετανοία metania, la caridad, la misericordia, la compasión, la oración, la humildad, la fe, la esperanza, la αγάπη agapi (amor incondicional y desinteresado) y cualquier otra cosa que se hace para la piedad. Todas estas cosas, junto con el hombre mientras todavía está vivo, son co-edificadas en el santo templo de Dios, y cuando se marcha, van junto con él y permanecen incorruptibles a lo largo de los siglos. Las obras que son destruidas por ese fuego son evidentes para todos: lujuria, hedonismo o amor al placer, vanagloria, avaricia, codicia, ambición, odio, envidia, hurto, ebriedad, maledicencia, condena y cualquier otra cosa mala que se realiza con el cuerpo por el deseo o la ira. Estas, mientras el hombre viva, se consumen con él, ya que este es quemado por el fuego del deseo, pero también cuando se separa del cuerpo, lo siguen, aunque no permanecen con él para siempre; porque al ser consumidas, dejan al hombre que las hizo, en el fuego, infernándose y sufriendo eternamente en los siglos de los siglos.» https://logosortodoxo.es/filocalia/tomo-iv/filocalia-tomo-4-san-nikitas-stizatos-tres-centuria-de-varios-capitulos-practicos-gnosticos-catarsis-agapi-y-perfeccionamiento/#Tercera_centuria_de_captulos_gnsticos_sobre_la_agapi_y_el_perfeccionamiento_durante_la_vida

Terminando con sentimientos de dolor y humildad, nos dirigimos también a los ortodoxos que se han injertado y mezclado con este veneno del papismo y del protestantismo.

Padres y hermanos, alejemos de nuestra Santa Iglesia Ortodoxa —la única arca de sanación y salvación del mundo— la herejía papista y protestante sobre nuestra Panaghía. Mientras no se observe disposición de metania, arrepentimiento y regreso a la Tradición paterna, deben cesar los falsos pseudodiálogos, las falsas pseudoágapes (de degenerados agapitos/as) y las falsas pseudopiedades y respetos, con abrazos que se expresan en supuestos renacimientos litúrgicos —mejor dicho, anarquía— y en liturgias alteradas con blasfemas traducciones.

Tenemos el deber y la obligación, frente a estos engañados hermanos, de predicarles y enseñarles la Ortodoxia, y solo la Ortodoxia. Debemos evitar rodear sus pseudoreliquias de supuestos santos con nuestros santos sacrificios ortodoxos, porque aunque, alguna de esas reliquias fuera verdadera, no energiza ni opera con la energía increada Jaris cuando se usan como anzuelo para capturar, tergiversar, arruinar y derrumbar la fe ortodoxa.

Son muy características las palabras con que se refiere San Juan Crisóstomo en su 1ª homilía sobre los Hebreos (tomo IV). Si se usan como anzuelo reliquias verdaderas, cuerpos de santos o libros de profetas para engañar a los creyentes, no energiza ni opera la Divina Jaris (la increada energía gracia).

Padres y hermanos, ¿por qué deben jactarse los papistas romanocatólicos de que, de esta manera, aceptamos la primacía y lo infalible del heresiarca (patriarca de los trileros) César Papa? Sabed que “vive el Kirios (Señor) Sabaoz” y que pronto apokaliptará-revelará los fraudulentos planes de todos ellos, que insisten y permanecen en la herejía del papismo y del protestantismo, y de todos sus co-caminantes, quienes, según el Yérontas (ahora santo) Porfirio, “hacen la guerra a la Iglesia dentro de la Iglesia”.

El Kirios-Señor viene. En Él, y en el Padre y en el Espíritu Santo procedente del Padre, pertenece la doxa (gloria) y el poder en los siglos.
Sí, Kyrie-Señor Jesús, ven. Amén.

 

La Ortodoxia no es una religión: es fe en Apocalipsis/Revelación.
La columna vertebral de la Ortodoxia es catarsis, iluminación y zéosis, junto con el discernimiento entre esencia y energías —increadas y creadas—, la auténtica psicoterapia; es “fe energizada por el agapi-amor” (Gal. 5,6), la increada energía agapi de Jristós, activada por la increada energía Jaris (gracia) del Dios Trino.

En nuestra Iglesia se sana al hombre, física y psíquicamente, como proclama la Divina Liturgia: “Jristós, el médico de nuestros cuerpos y psijes”, psicoterapia y sanación del hombre (Adán) enfermo a causa del obscurecimiento de su nus por el movimiento de la energía maligna de su propia voluntad —egoísta y orgullosa como la de Eva— y del Maligno.

“Ven y lo verás” (Juan 1:47)

Presbítero Athanasio Minas

Templo Sagrado de San Elefterios de Areos ATENAS 2005

Traducido por: Jristos Jrisulas Χρῆστος Χρυσούλας  www.logosortodoxo.com

La fe ortodoxa, punto de partida y fundamento de nuestra psicoterapia, sanación y salvación

 

La fe ortodoxa, punto de partida y fundamento de nuestra psicoterapia, sanación y salvación

(Domingo VII de Lucas Resurrección de la hija de Jairo y terapia de la mujer con hemorragia)
Archimandrita Pablo Dimitrakópulos, teólogo y escritor
Metrópolis de Citera y Anticitera Citera, 9 de noviembre de 2025

La Iglesia celebra hoy, queridos hermanos, el séptimo domingo de Lucas. La lectura apostólica de este día proviene de la Epístola del apóstol Pablo a los Gálatas, mientras que el Evangelio pertenece al capítulo octavo del Evangelio según san Lucas.
En este pasaje, el evangelista Lucas nos relata dos milagros bien conocidos: el primero, la curación de la mujer hemorroísa (con hemorragia), y el segundo, la resurrección de la hija de Jairo.

Una vez más, aquí vemos que el Señor obra milagros en ambas ocasiones en base a la fe —a una fe ortodoxa, ardiente y firme—, tanto la de Jairo como la de la mujer hemorroísa.

Como nos enseñan los Santos Padres, la fe —la fe ortodoxa, verdadera y ferviente— es el punto de partida de nuestra psicoterapia y salvación, el fundamento sobre el cual se edifica todo el edificio de nuestra vida espiritual.
Como señala el apóstol Pablo en su Epístola a los Hebreos, es imposible agradar a Dios sin fe. Y aún más, esta misma fe no es un logro humano, sino un regalo de Dios, según vuelve a decir el apóstol Pablo en la Epístola a los Efesios: “Porque por la χάρις (jaris: gracia, energía increada) habéis sido salvados mediante la fe; y esto no procede de vosotros, sino que es regalo de Dios”, (Ef. 2,8). Se trata de un regalo precioso, que Dios ofrece no al azar, sino solo a aquellos que desean recibirlo, es decir, a quienes están dispuestos a corresponder al regalo de la fe.

Todos los santos de nuestra Iglesia fueron atletas de la fe, los que demostraron su autenticidad renunciando a sí mismos y crucificándose junto con Cristo. La fe es una cruz, porque requiere esfuerzo y lucha constantes para vencer los pensamientos de duda y desesperanza. Es una cruz someter tu lógica, tu razón a la voluntad de Dios y aceptar aquello que sobrepasa la lógica. Es una cruz sacrificar la opinión del mundo y sus placeres para agradar siempre a Cristo.
Es una cruz soportar sacrificios y pruebas, perseverar en todo por amor a Cristo, con la esperanza de gozar en el futuro aquello que ahora no se ve con los ojos del cuerpo, sino con los ojos de la psique-alma.

Volvamos al caso de la mujer hemorroísa. Como narra el evangelista, esta mujer sufría una hemorragia desde hacía muchos años, y ningún médico podía curarla. Cuando oyó hablar de Cristo, creyó firmemente que solo Él podía sanarla, y que bastaba tocar el borde de Su manto exterior para quedar curada. Mientras tanto, una gran multitud rodeaba al Señor por todas partes y lo apretaba tratando de acercarse a Él. Finalmente, la hemorroísa, después de mucho esfuerzo, logró acercarse y tocó el borde de Su manto, y en ese mismo instante fue sanada.

Vale la pena observar, hermanos míos, que la multitud no solo tocaba a Cristo, sino que literalmente lo presionaba. Y sin embargo, solo la hemorroísa fue curada. Y no solo fue curada, sino que también halló la salvación, conforme al logos del Señor: “Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado” (Lc 8,48).

Aquí vemos que el Señor no solo exalta y alaba la ardiente fe de la hemorroísa, sino que además le asegura su salvación.

¿Podemos acaso decir que el resto de la multitud que lo apretaba no tenía fe?

Todos los que rodeaban al Señor mostraban, al menos externamente, cierta fe. Sin embargo, el Señor solo elogia y ensalza la fe de la mujer hemorroísa, porque la fe de los demás tenía un carácter superficial, no ortodoxa; era un entusiasmo pasajero, sin profundidad, que no tocaba el fondo de sus corazones y, por tanto, esta fe no podía dar como fruto la salvación. Todos aquellos que rodeaban al Señor no se acercaban a Él conscientes de que son enfermos, si no corporal, al menos psíquica y espiritual. No se acercaban porque creyeran de verdad que solo el Señor podía curar, psicoterapiar las heridas de la psique-alma, sanar sus pazos (pasiones, adicciones, emociones y vicios) y sus males. No se acercaban con deseo y contrición de corazón, para pedirle la psicoterapia (sanación) de su psique-alma. Por eso, la fuerza psicoterapéutica y sanadora de la divina χάρις (jaris: gracia, energía increada), que solo ella puede psicoterapiar y sanar las enfermedades de la psique-alma, no entró en ellos.

Y aquí se plantea una pregunta: ¿Se parece nuestra fe a la fe de la hemorroísa o más bien a la del resto de la multitud que rodeaba al Señor?

De algún modo, todos nosotros mostramos que somos personas religiosas, que no somos incrédulos, que tenemos cierta relación con la Iglesia, ya que durante años asistimos a los oficios, escuchamos el Evangelio, ayunamos, oramos, hacemos limosnas, etc.
Pero, ¿cuántos de nosotros nos psicoterapiamos y nos sanamos realmente de nuestros pazos y del “hombre viejo”? ¿Cuántos encontramos la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios?

Nos acercamos a comulgar los Sagrados Misterios, recibimos a Cristo dentro de nosotros, lo tocamos y lo presionamos con nuestra lengua dentro de la boca, como el gentío que presionaba al Señor, pero ¿cuántos de nosotros somos realmente dignos de recibir la fuerza psicoterapéutica y sanadora de la divina jaris? ¿Cuántos comulgamos con la preparación adecuada y con la bendición de nuestro confesor espiritual? ¿Cuántos nos confesamos regularmente y obedecemos al consejo de nuestro padre espiritual?

Hemos dicho antes que la ortodoxa, verdadera fe significa someter nuestra lógica, razón a la voluntad de Dios y aceptar aquello que supera la lógica. Esta exigencia de Dios —-a de trascender la lógica, razón- se ve claramente en el caso de la resurrección de la hija de Jairo. Cuando Cristo llegó a la casa de Jairo para resucitar a su hija, dijo a los presentes que no había muerto, sino que dormía.
Y ellos, ¿qué hicieron?
Comenzaron a burlarse de Él, diciendo: “¿Qué es eso que dice? Nosotros vimos con nuestros propios ojos que está muerta, no dormida.” Lo que el Señor dijo parecía contrario a la razón.
¿Cómo puede alguien aceptar algo cuando sus sentidos le muestran lo opuesto? Especialmente hoy, en nuestra época, donde todo se juzga según la lógica, razón, nada se acepta si contradice la razón. Y, sin embargo, eso es precisamente lo que el Señor nos pide. Solo entonces tenemos fe verdadera, ortodoxa, cuando trascendemos nuestra lógica, razón.

La trágica realidad de nuestros días es que, lamentablemente, muchos cristianos permanecen prisioneros de su propia lógica razón (en la cárcel de su racionalismo). Y como no pueden ir más allá de ella, les resulta imposible recibir la jaris de Dios en su interior. Exteriormente parecen creyentes -van a la Iglesia, comulgan, participan en los ritos-, pero la psique-alma permanece enferma, esclavizada por los pazos y por el hombre viejo.

Es necesario, hermanos míos, que superemos nuestros propios conocimientos, nuestro juicio y nuestras conclusiones humanas, y que confiemos nuestra vida al Señor con sinceridad, honestidad y rectitud de corazón. Entonces Él nos concederá el regalo de la fe y también Su χάρις (jaris: gracia, energía increada), que psicoterapiará y curará nuestra psique-alma. Cuando empezamos a pensar y a luchar de esta manera, poco a poco superaremos nuestro propio yo y seremos dignos de recibir aquello que recibió la hemorroísa -la santa Verónica- y todos los santos: la psicoterapia, la curación, la catarsis y la santificación de la psique-alma.

Que esto se realice en todos nosotros, por la χάρις jaris y la misericordia de nuestro Señor Jesús Cristo, por las intercesiones de la Santísima Madre de Dios y de todos los santos. Amén. (Archimandrita Pablo Dimitrakópulos, teólogo y escritor)

Fuente: http://aktines.blogspot.com/2025/11/blog-post_61.html

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

“Ánimo, hija, tu fe te ha salvado”.

(La mujer con hemorragia y la resurrección de la hija de Jairo (Domingo VII de Lucas)

Por presbítero Athanasios Minás

“Ánimo, hija, tu fe te ha salvado”.

Fe: un sabor de la inmortalidad, fuerza que vence al mundo, camino hacia la filiación divina, virtud que anula la corrupción; medicina y medicamento para todas las enfermedades de la psique-alma y del cuerpo.

La fe ortodoxa, santa sabia, es la Roca sobre la cual se sostiene toda la edificación espiritual; la piedra angular porque abre los ojos, y los rayos de la luz iluminan la psique-alma, liberándola de la miopía del engaño. San Juan Damasceno dice: «Él nos restauró completamente».

Allí, en los Padres, hallarás, cristiano, que la fe se distingue de la ciencia, y el conocimiento mundano se distingue de la fe de un modo completamente distinto. Allí descubrirás que el conocimiento (gnosis) de Dios es la base de la fe ortodoxa, la χάρις (jaris: gracia energía, increada) y la voluntad del hombre. Se desarrolla en los corazones fieles que, mediante obras buenas, demuestran la fe como verdadera visión de Dios, la cual bendice el Señor Jesús Cristo en los Evangelios.

Por lo tanto, la fe ortodoxa es el vehículo del poder evangélico, la visión del corazón, por encima de todos los sentidos y todas las inteligencias, pues trasciende todas las fuerzas espirituales e intelectuales de nuestra psique-alma. Testigos de la verdad son hoy la mujer con hemorragia (hemorroísa) y Jairo, quienes obedecieron con fe, esperanza y amor el logos del Salvador. «Ánimo, hija», dijo a la hemorroísa. «No temas; solo cree…», dijo a Jairo.

Entonces, ¿cómo pueden los hombres caminar con el Θεάνθρωπο (zaánzropo) Dios-Hombre Cristo? Solo en la medida en que estén “enraizados y edificados en Él”. Nos enraizamos en Cristo mediante los sagrados misterios (sacramentos) y las santas virtudes ortodoxas, especialmente con la fe; agregando a la fe la virtud, a la virtud el conocimiento (gnosis), al conocimiento la piedad, devoción, a la piedad la filadelfia-fraternidad, a la filadelfia-fraternidad la agapi (amor incondicional, desinteresado).

Esta estabilidad de la fe se logra cuando llenamos nuestro corazón, nuestra mente y nuestra conciencia con su espíritu.

Hermanos, consideremos que, en este estado espiritual, todo el fundamento de nuestro ser está en Cristo y nuestra vida es de Cristo. Entonces, los esfuerzos y luchas espirituales producen alegría en la  Psique-alma, una vez que se haya logrado la pacificación de las pasiones (pazos). Esta es la causa de la alegría espiritual; mientras que para los impíos que se burlan y dudan, como ocurrió hoy en la casa de Jairo, son motivo de gemidos y dolor. «Él, echando fuera a todos… gritó diciendo: la niña, levántate».

Se demuestra así, cristianos míos, que la fe en Cristo produce descanso, alegría del cuerpo y alegría resucitada en la psique-alma, y es causa de la victoria definitiva de los cristianos sobre el pecado, el diablo y finalmente la muerte.

Sin embargo, si deseas, hermano, alcanzar los límites extremos de la virtud y hallar el camino que conduce a Dios sin extraviarte, no des sueño a tus ojos, ni somnolencia a tus párpados, ni descanso a tus sienes, hasta que con muchos esfuerzos y lágrimas encuentres un lugar de desapego sin pazos para tu alma e ingreses en el santo templo del conocimiento (gnosis) de Dios; allí contemplarás la belleza de lo invisible (Padre Sarantis Sarantos).

La Sabiduría Subsistente o en Hipostasis (base substancial) del Padre, en el Espíritu Santo, dará donaciones celestiales para que, con discernimiento, contemples los fines últimos de los asuntos humanos y los razonamientos de los hombres, reconociendo su vanidad. Por consiguiente, la psique-alma que se ha liberado de toda malicia y del extraño pensamiento de la más mala arrogancia, y que ha adquirido la riqueza de un corazón simple e inocente mediante la fe ortodoxa, por la visita del Espíritu Santo se acerca directamente a Dios y a sí misma (véase San Porfirio, San Paísio, San Iakovos Tsalikis).

Entonces y solo entonces, lo que ve y oye por la jaris gracia increada lo considera confiable y verdadero sin vacilación, porque ha superado los abismos terribles de la incredulidad y se mueve por encima del Hades de la envidia y del engaño.

Aprendemos hoy, santa sabia, que: de todas las virtudes, la primera es la fe, que debe estar profundamente enraizada; cuando la psique-alma no duda en absoluto, sino que expulsa completamente el amor a sí mismo, egolatría. Porque esta es la barrera para el progreso de los que luchan en los combates espirituales. Esta introduce en la mente enfermedades (depresión) y pasiones corporales difíciles de curar. El amor a sí mismo, egolatría, es el amor irracional al cuerpo, que endurece y hace implacable al ególatra, amante de sí mismo, alejándolo de Dios, de Cristo y de Su Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada); según la Sagrada Escritura: «El que ama su psique-alma, la perderá» (Juan 12,25).

¡Pero ánimo, cristianos míos! Nuestra Santa Iglesia Ortodoxa otorga a su rebaño—como levadura—la verdadera fe apocaliptada-revelada, y el testimonio y la promesa en el Espíritu Santo, de que el presente, el futuro y el fin de los siglos pertenecen al Θεάνθρωπο (zaánzropo) Dios-Hombre Salvador Jesús Cristo. Jesús Cristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos. A Él «toda rodilla se doblará en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra» (Filipenses 2,10).

Al Señor Jesús, el Mesías, la gloria, la realeza, la psicoterapia, la sanación y la resurrección por los siglos de los siglos. Amén.

Presbítero Athanasios Minas, Fuente: http://aktines.blogspot.com/2025/11/blog-post_60.html

Traducido por Jristos Jrisulas Χρῆστος Χρυσούλας  logosortodoxo.es/

La omnisciencia de Dios. Referencia a San Nectario

Atanasios Mitilineos: La omnisciencia de Dios. Referencia a San Nectario

(Domingo VII de Lucas) [Lc 8, 40-56]

 

Resurrección de la hija de Jairo y la terapia de la mujer con hemorragia, 8:41-56.

40 Al regresar Jesús, la multitud entusiasmada le dio la bienvenida, porque todos lo estaban esperando.

41Y he aquí llegó un hombre que era jefe de la sinagoga, cuyo nombre era Jairo; y postrándose a los pies de Jesús, le rogaba que fuera a su casa,

42 porque tenía una hija única, como de doce años, y se estaba muriendo. Y mientras Él iba, las multitudes lo apretujaban,

43 y una mujer que padecía hemorragia desde hacía doce años, la cual había gastado toda su fortuna en los médicos sin que ninguno pudiera curarla,

44 acercándose por detrás, se agarró del borde de su manto; e inmediatamente cesó la hemorragia.

45 Y dijo Jesús: ¿Quién me ha tocado? Y negándolo todos, dijo Pedro y los discípulos que estaban juntos allí: Maestro, las multitudes te apretujan y te oprimen y tú dices: ¿Quién se agarró de mí?

46 Pero Jesús dijo: Alguien se agarró de mí, porque percibí que ha salido una dinamis (milagrosa potencia y energía) de mí.

47 Entonces la mujer, viendo que no había pasado inadvertida, se acercó temblando, y después de postrarse ante Él, confesó delante de todo el pueblo por qué lo había tocado, y cómo había sido curada al instante.

48 Él entonces le dijo: Ánimo, hija mía, tu fe te ha psicoterapiado, curado y salvado. Ve en paz y alegre sin ninguna inquietud y sufrimiento que antes tenías por tu enfermedad.

49 Estando Él aún hablando, llega uno de la casa del jefe de la sinagoga, diciendo: Tu hija ha muerto. No molestes más al Maestro.

50 Pero Jesús, al oírlo, le respondió: No temas; solamente sigue creyendo y será salva y sana tu hija.

51Y entrando en la casa, a nadie permitió entrar consigo, sino a Pedro, a Juan y a Jacobo, y al padre y a la madre de la joven.

52 Y todos lloraban y lamentaban por ella. Pero Él dijo: No lloréis, porque no está muerta, está dormida.

53 Y se reían de Él, sabiendo bien que la hija había muerto.

54 Pero Él, tomando su mano, clamó, diciendo: ¡Niña, levántate!

55 Y su espíritu volvió, y al instante se levantó; y ordenó que se le diera de comer.

56 Y sus padres se asombraron, pero Él les encargó no decir a nadie lo sucedido.

 

La omnisciencia de Dios. Referencia a San Nectario

El hecho principal del pasaje evangélico de hoy, queridos míos, es la resurrección de la hija de Jairo. Cuando el Señor fue solicitado por Jairo para sanar a su hija, el Señor se dirigía hacia su casa para curarla. Pero, entretanto, la joven murió, y Él la resucitó. Este es el tema principal del pasaje evangélico de hoy.

Sin embargo, dentro de este tema principal se inserta otro más pequeño, que en absoluto es de menor importancia. Mientras el Señor se dirigía a casa de Jairo, una gran multitud lo seguía. Tan grande era el gentío que lo oprimía en el camino. Una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años —y que había gastado toda su fortuna buscando sanar por medio de los médicos— creyó que, si tan solo tocaba el borde del manto del Señor, sería curada. Y, efectivamente, aquella mujer logró abrirse paso entre la multitud, acercarse al Señor y, con gran fe, tocar el borde de su manto. Inmediatamente —como nos señala el evangelista Lucas— “cesó su hemorragia”. Es decir, la pérdida de sangre se detuvo al instante y quedó completamente curada.

Entonces el Señor se detuvo. Mientras caminaba, se detuvo y comenzó a mirar a su alrededor diciendo: “¿Quién me ha tocado?”
Nadie respondió, y todos, atemorizados, se apartaban. Pero el Señor insistía: “¿Quién me ha tocado?”

Entonces se atrevieron a decirle Pedro y los demás discípulos: “Señor, la gente te oprime y te aprieta por el camino, todos te tocan realmente; ¿y Tú preguntas: quién me ha tocado?” Es decir, como si le dijeran: “Lo que preguntas parece absurdo”.

Pero el Señor insistió: “¿Quién me ha tocado? Porque yo sé que una fuerza ha salido de mí”.

La mujer, comprendiendo que no podía ocultarse del Señor, dijo temblando: “Señor, he sido yo”.
Tenía miedo de que el Señor la reprendiera o la amonestara. Pero Él le dijo: “Vete en paz; tu fe te ha salvado”.

Este, queridos míos, es el suceso que aconteció mientras el Señor iba hacia la casa de Jairo.

Sin embargo, este pequeño episodio, tan característico, es rico en profundidad y enseñanza espiritual.
Mientras aquella mujer pensaba que sería curada si tocaba al Señor, pero deseaba hacerlo en secreto, sin revelar su enfermedad ni su situación, el Señor la pone de manifiesto. Ella obra en secreto, pero Él revela abiertamente. Por eso se detiene y pregunta: “¿Quién me ha tocado?”.
Pero el Señor no la revela para reprenderla, sino para alabarla, para elogiar su fe. Además, el Señor quiso también fortalecer la fe de Jairo, que lo acompañaba en ese momento, justo cuando llegaban unos siervos que le decían: “No molestes más al Maestro; no vengas a casa, tu hija ha muerto”.
De este modo, al ver Jairo que la fe había salvado a aquella mujer, y que el Señor reconocía expresamente su fe diciendo “tu fe te ha salvado”, también él recibiría consuelo y su fe sería fortalecida. Y, en efecto, Jairo se turbó tanto, que el Señor le dijo: “No temas; solo ten fe. No importa que tu hija haya muerto. No temas; cree solamente”.

Además, queridos míos, el Señor quiso mostrar algo más: que no todos los que lo tocan reciben su χάρις (jaris: gracia, energía increada) sino únicamente aquellos que lo tocan con fe.

Y, finalmente —cuarto punto—, el Señor quiso mostrar con este hecho que es omnisciente, que todo lo ve, que nada se le escapa, ni siquiera aquello que se encuentra en lo más profundo de la psique-alma y de la conciencia humana.

Así, verdaderamente, este breve pasaje nos muestra y nos revela a nuestro Señor como el que todo lo ve y todo lo sabe. Pero si, queridos míos, sabemos que el Señor es omnisciente, que todo lo conoce y todo lo ve, ¿qué significa esto para nosotros?
Significa que este conocimiento nos impide cometer el pecado. Si tenemos presente que el Señor nos ve, ese pensamiento es un admirable freno frente al pecado. Si todos los hombres bajo el sol pudieran saber, tener una profunda conciencia de que Dios los ve, estad seguros: nadie pecaría.
Pero lo que hacemos primero es sacar a Dios de nuestro horizonte, apartarlo de nuestra mirada interior; y entonces empezamos a pecar. En otras palabras: cuando queremos hacer algo malo, deseamos que ni Dios ni los demás nos vean.

Pero cuando, queridos míos, sé que dondequiera que me esconda, dondequiera que me encuentre, Dios me ve, ¿cómo podría pecar?
La Sagrada Escritura nos lo enseña bellamente. Dice el libro de la Sabiduría de Sirácide (Eclesiástico), presentando al hombre pecador que se habla a sí mismo: “¿Quién me ve? Oscuridad me rodea, las paredes me cubren, y nadie me observa. ¿De qué he de tener respeto? El Altísimo no recordará mis pecados.” (Es decir: “¿Quién me ve? Hay oscuridad a mi alrededor, las paredes de mi casa me cubren. ¿Por qué preocuparme? Nadie me ve. ¿El Altísimo? ¿Dios? Oh… Él no recordará mis faltas, no lo sabrá. Las paredes y la oscuridad me protegen; puedo hacer lo que quiera”).

¡Cuánto pecado, queridos míos, se comete en la oscuridad! ¡Cuánto pecado!
Y, sin embargo, el libro de la Sabiduría de Sirácide responde a las palabras insensatas de aquel hombre necio que piensa que Dios no lo ve: “Los ojos del Señor son mil veces más luminosos que el sol.”

Si se supusiera que el sol pudiera entrar y llenar tu habitación, la inundaría completamente de luz. Pues bien, los ojos de Dios son miles de veces más luminosos que el sol, y te ven. “Observan todos los caminos de los hombres y penetran en los lugares más ocultos.” Es decir: Dios ve todos los caminos, toda la vida y conducta de los hombres, y también ve lo que está en lo más escondido. No existe nada, queridos míos, oculto para Dios. Todo está desnudo y descubierto ante Él.

Si los ángeles pueden ver a través de la materia, no pueden ver a través del espíritu. El espíritu —cada espíritu— es un ámbito cerrado para todo otro espíritu. Mi alma, mi interior, no lo ve ni el ángel ni el demonio; solo lo ve Dios. Mi espíritu es transparente para Dios. Por eso, nada hay oculto ni cubierto, sino que todo está desnudo y manifiesto ante Él.

El salmista David lo expresa bellamente, con profunda sabiduría, en el Salmo 138: “¿A dónde huiré de tu espíritu, y a dónde escaparé de tu presencia? Las tinieblas no son oscuras para Ti, y la noche brilla como el día.” Tú lo ves todo, lo oyes todo, lo comprendes todo, y no existe absolutamente nada que pueda suceder sin que Tú lo sepas.

¡Cuánta importancia práctica tiene esto para nuestra vida!
Casi no hace falta que lo diga. Solo os daré un ejemplo.

El bienaventurado José, hijo de Jacob, cuando llegó a Egipto, quizá no conocía muchas cosas acerca de la ley de Dios, porque aún no existía la Ley; esta fue dada cuatro o cinco siglos después.
Y sin embargo, cuando se le presentó la ocasión del pecado, siendo un joven de veinte años, hermoso, como dice la Escritura, “de aspecto muy bello”, y se vio rodeado por la tentación del adulterio, cuando la esposa de Putifar quiso pecar con él, ¿qué fue lo que José invocó?
No conocía el mandamiento “no cometerás adulterio”, todavía desconocido; ni tenía preceptos escritos. Y además, siendo esclavo, vendido, lejos de su hogar, sin una tradición religiosa fuerte más allá de la apocálipsis-revelación que Dios había hecho a su padre y a su abuelo…

¿Qué dijo José?
Dijo aquello que lo salvó a él, y que salvaría a todo hombre: “¿Cómo podría hacer esta maldad ante los ojos de Dios y pecar contra Él?”

¿Qué había en el corazón de José?
Tenía una profundísima conciencia de la presencia omnipresente de Dios. Pensaba: “Dios me ve. No importa si estoy lejos de mi casa, vendido en Egipto como esclavo; Dios me ve. Dios está en las tiendas de Jacob y también en Egipto. Dios está en todas partes”. Está en las profundidades de los océanos, en las entrañas de las partículas y los átomos de la materia, y en los inmensos cielos. Dios está presente en todo lugar. No es que Su mirada esté en todas partes: es Él mismo quien está presente.
Prestad atención: yo, en este momento, no lleno todo el espacio del templo; ocupo un punto de él, y desde aquí contemplo el templo, lo veo, os veo a vosotros. Dios, en cambio, no supervisa desde fuera: Dios está presente en cada punto del espacio, sin tener relación física con él, porque el espacio mismo es Su creación. Está fuera del espacio por naturaleza, pero presente en cada lugar del espacio. Y conoce todo. Lo ve todo. Dios es, por así decirlo, “todo ojos”. Eso fue lo que salvó a José. Y eso mismo me salvará a mí, pobre de mí, cuando piense: “Dios me ve. ¿Cómo, pues, voy a cometer el pecado?”

Pero, queridos míos, esto también tiene un aspecto positivo. Cuando sé que Dios me ve, entonces cada lágrima, cada esfuerzo -a veces agotador- hecho por amor a Cristo, cada virtud, todo lo que los hombres no han visto ni comprendido, ya sea porque no pueden saberlo o porque lo han despreciado, o incluso cuando los hombres me han hecho injusticia… todo eso lo ve Dios. No importa si el bien que hago lo ven los hombres o no. Dios lo ve. Y si Dios lo ve, descanso, me sosiego. Sé que de la mirada de Dios nada se escapa. Y puesto que Él conoce todas las cosas, descanso en Su mano, descanso en Su amor, descanso en Su omnisciencia.

¿Veis, queridos míos, qué grande cosa es tener esta conciencia? ¡Tener la sensación viva de que Dios está en todas partes y todo lo conoce!

Pero hoy nuestra Santa Iglesia celebra también la memoria de un santo recientemente manifestado, del santo Nectario, (homilía hecha el 1980). Quisiera señalar dos o tres cosas acerca de su vida, en relación con lo que os he dicho.

Lo he llamado un “santo recién manifestado”, un nuevo santo. Y esto, aunque quizá no sea del todo consciente en la mente de la Iglesia, revela algo profundo.

Cuando la Iglesia llama a sus santos más recientes “nuevos” o “recién aparecidos”, no lo hace por una mera clasificación histórica, como si se tratara de una subdivisión cronológica para comodidad de estudio.
¡No, queridos míos, no!

Con ello nuestra Iglesia Ortodoxa quiere expresar algo teológico: que en su interior vive intensamente la conciencia de los últimos tiempos. Vive la sensación del fin. Y aunque hasta el siglo XV la Iglesia no solía llamar a sus santos —ya fuesen mártires o ascetas— con apelativos que indicaran novedad, después de la caída de Constantinopla (1453) comenzó a hablar de “nuevos mártires” y de “recién manifestados santos”. Si habéis escuchado el himno de su oficio, dice así: “Al santo que apareció en los últimos tiempos…” Τὸν ἐν ἐσχάτοις καιροῖς φανέντα ἅγιον —.

¿Y cuáles son esos “últimos tiempos”?
La conciencia de la Iglesia siente precisamente esto: que vivimos en los últimos tiempos. Por eso san Nectario es uno de los santos de los últimos tiempos. Y nosotros también debemos luchar, estamos llamados a luchar, para pertenecer a esos santos de los últimos días. Vivimos ya en los tiempos finales, en los que la historia se acerca a su término, su fin. Ese es el primer punto.

El segundo punto es el siguiente: San Nectario llevó una vida que no era visible a los ojos de los hombres. Fue un hombre muy sencillo entre los hombres. Ciertamente era obispo, -me diréis-, y hay muchos obispos. Era metropolita de Pentápolis, en Egipto, obispo auxiliar del patriarca. Y, sin embargo, aunque hay muchos obispos, cuando -por celos y envidias- fue expulsado de Egipto y vino a Grecia, se convirtió en un obispo que había perdido su trono. Hoy también existen muchos obispos que han perdido su sede -por causas justas o injustas-, pero ¿quién podría sospechar que en el corazón de un obispo así podría habitar toda la grandeza de la santidad?

San Nectario vivió una vida oculta. Cuando llegó a Atenas, subía y bajaba las escaleras de los Ministerios de Educación y de Asuntos Exteriores para rehabilitar su nombre y su reputación, y para que lo nombraran en algún cargo. Después de mucho, muchísimo tiempo y de muchos esfuerzos, consiguió ser designado —¿quién lo hubiera imaginado de un obispo?— predicador itinerante, en Calcis, en Lamía, en nuestra propia región, como cualquier otro predicador nombrado oficialmente por la Iglesia. Viajaba de aldea en aldea, predicando. Se ha conservado una fotografía suya, publicada hace poco en un periódico religioso: en ella aparece san Nectario en algún lugar de Eubea, rodeado de muchísima gente durante una fiesta popular.
Se ven hombres vestidos con el traje tradicional griego, con fustanela, algunos con clarinetes; era una fiesta. Y san Nectario aparece en la foto junto a ellos. Seguramente le habrán dicho: “¡Vamos a tomar una foto de recuerdo!”.

¿Quién podría haber sospechado jamás que aquel humilde jerarca, aquel obispo depuesto de su trono, aquel que había perdido su sede episcopal, escondía dentro de sí una montaña de santidad?

Solo Dios conocía sus pruebas, sus dificultades, sus sufrimientos interiores. Y fue Dios quien lo sacó a la luz, del mismo modo que sacó a la luz a la mujer hemorroísa (con hemorragia), revelándola ante todos. Dios revela la virtud, por oculta que sea.

Y hay un segundo punto.
¿Qué fue lo que “salió de los vestidos del Señor”?
Δύναμις (Dínamis: potencia y energía increada).
¿Qué significa que “salió dínamis de los vestidos del Señor”?
Significa que esa dínamis procede de la divinidad misma.
¿Y cómo lo reciben también los vestidos?
No lo digo yo; está claramente expresado en la descripción de la Sagrada Escritura.

Sí, queridos míos: los vestidos también. La mujer solo dijo: “Tocaré el borde de su manto”. Aun si hubiese tocado Su cuerpo, también el cuerpo era, en cierto modo, un “segundo vestido” de la divinidad.
Porque también el cuerpo es material: carne y huesos, materia; y también el manto es materia. Eso fue lo que ella tocó. Y a través de esa materia recibió la χάρις (jaris: gracia, energía increada), la bendición, la curación.

Pues bien, lo mismo hace hoy el Señor por medio de sus santos. A través de los objetos sagrados que los santos tocaron, o de sus santos restos, de sus huesos, Dios concede milagros, curaciones y muchos otros dones, para que se demuestre que Cristo es verdadero, y que los santos vivieron correctamente lo que Cristo enseñó, el Evangelio; y para que se vea que Cristo lo ve todo, que es omnisciente, que todo lo conoce, y que diviniza, glorifica y elogia a quienes han vivido conforme a Su voluntad.

¡Cuántas enseñanzas, queridos míos, se desprenden de este pasaje, en el que el Señor va de camino para resucitar a la hija de Jairo!

Deseo que, por las intercesiones de san Nectario, cuya memoria hoy celebramos —y a quien tanto amamos los helenos-griegos—, nos veamos todos bendecidos por su intercesión.
Ha obrado miles de milagros, yo diría innumerables milagros, porque si miles son los que conocemos, ¿cuántos son aquellos que han recibido sus beneficios sin que nadie lo haya publicado?
¡Son muchísimos!

Somos todos, queridos míos, beneficiados por este santo de Dios, a quien con toda razón se ha llamado “el santo de nuestro siglo”, porque nos muestra el camino para que también en el siglo XX -y en los últimos tiempos- podamos ser santos, ya que el mandamiento de Dios sigue vigente hasta el fin de la historia: “Sed santos, porque Yo soy santo”, (Lv 19,2). Amín.

PARA GLORIA DEL DIOS TRINO

Homilía realizada en el Santo Monasterio Komnineo, Larisa, el 9 de noviembre de 1980, con inmensa gratitud a nuestro guía espiritual, el venerable y bendito Padre Atanasios Mitilineos,

FUENTES: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/omiliai-kyriakvn

Transcripción digitalización y edición de la homilía: Sr. Atanasios K. y Eleni Linardaki, filóloga.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Άσκησις Ascesis en la Ortodoxia, por Yérontas Georgios, Athos

Traducción repasada 08/11/2025

La Άσκησις (áskisis) Ascesis en la Ortodoxia

Por bienaventurado Yérontas Georgios Kapsanis

 

De su libro “Temas de Eglesiología y Pastoral”. Editado por Santo Monasterio de Grigoriu, Athos

Índice

1. La Áskisis según la Santa Escritura

2. Condiciones de la Áskisis Ortodoxa

1.       La áskisis no es un fin, no constituye la finalidad en sí misma, sino el medio.

2.       La áskisis activa la sinergia cooperación.

3.       La áskisis es obra de todos los cristianos

4.       La agapi (amor divino) y la áskisis

5.       Carácter eclesiástico de la áskisis

6.       La áskisis no desprecia el cuerpo

7.       La áskisis tiene carácter escatológico

3. La modernización de la áskisis

[[De nuestro Miniléxico filocálico: https://logosortodoxo.es/filocalia/minilexico-filocalico/: 7. Ἄσκησις áskisis ascesis, práctica, ejercicio espiritual, físico, conceptual o matemático.

En la terminología Ortodoxa se llama así la lucha y práctica continua del hombre para aplicar y cumplir los mandamientos divinos y el método que usa para corresponder a la llamada de Cristo para entrar en Su realeza increada, (Mc 8, 34 Mt 11, 12). Son tres las etapas, la catarsis del corazón, la iluminación del nus y la zéosispor la energía increada, Jaris. La áskisis es una tarea de toda la vida, pero se consuma con el descanso de la απάθεια apázia (impasibilidad, sin pazos)
«En occidente la ascesis o (práctica espiritual) se relaciona con alguien que vive apartado del mundo y vive con lo mínimo en algún sitio apartado. Pero en la palabra ascesis en griego, su significado principal, se relaciona con todo el cuerpo de la Iglesia y jerarquías, patriarcas, obispos, sacerdotes, monjes anacoretas-hisijastas y fieles, que sin apartarse del mundo físicamente, sólo lo hacen espiritualmente, es decir, sin dejarse arrastrar por las pasiones (pazos) y las cosas mundanas que te arrastran a hacer lo malo, y esto es posible con la ayuda de Dios, que es quien siempre nos da la victoria. En el fondo sólo se trata de obedecer y aplicar cada día lo que Cristo como Cabeza de su Cuerpo (que es la Iglesia) dirija por el Espíritu Santo en nosotros (2Co 3:4-6; Mt 10:19; Mt 6:34 «no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán.»; Hec 5:32).»]

 

La Άσκησις (áskisis) Ascesis en la Ortodoxia

“Κύριε Ιησοῦ Χριστέ, ἐλεισόν με”
“Kyrie-Señor Jesús Cristo, compadécete de mí”

 

1. La Áskisis según la Santa Escritura

La Αγάπη (Agapi: amor incondicional, energía increada de la emoción del amor) atemporal de Dios hacia el hombre, que se manifestó magnánimamente después de la creación de Adán en el tiempo, constituye una continua invitación del Creador hacia la criatura para que esta responda a esa divina Agapi con su propia agapi (amor).

Es sabido que Adán fue creado άκακος ákakos (sin maldad) e inocente, y que, en el Paraíso, disfrutando de los bienes materiales y espirituales, ya estaba en comunión y conexión con Dios. Sin embargo, Adán dependía de sí mismo el sumergirse cada día más profundamente en el océano de la divina Agapi, cultivando una disposición agapítica (amorosa), que el Creador había implantado en su corazón. Así, el hombre podía desarrollarse cada vez más en Agapi (amor) y divino Έρως (Eros: amor ferviente, ardiente) – un amor cualitativamente superior- hasta llegar a la perfecta y bienaventurada unión con la Toda-Santa Trinidad. A través de la Χάρις (Jaris: gracia, energía increada), Adán se habría transformado en θεάνθρωπος (zeántropos: dios-hombre).

El Señor plantó en el Paraíso el árbol del conocimiento (gnosis) del bien y del mal, y le pidió a Adán que no comiera de su fruto. Si el hombre hubiera obedecido la voluntad divina y practicado la áskisis, haciendo buen uso de su libertad, habría ganado el camino de la zéosis (divinización, glorificación, deificación). La sinergia cooperación con la divina jaris increada, era esencial, incluso dentro del Paraíso. La áskisis de Adán, que consistía en obedecer fielmente la voluntad de Dios, era el medio para alinear completamente su voluntad con la voluntad del Padre Celestial, de modo que correspondiera plenamente a la Agapi divina.

Todos sabemos dónde habría concluido si Adán hubiera cumplido con el canon de la obediencia a través de la áskisis. Metamorfoseándose de belleza en belleza, de δύναμις (dínamis: potencia y energía) en dínamis, de doxa (gloria) en doxa, habría llegado a la zéosis, con el resultado de la impecabilidad y la inmortalidad.

Hoy lloramos y lamentamos por el pecado de Adán, cuyas consecuencias nos afectan a todos. Su desobediencia anuló la zéosis que habría alcanzado a través de la áskisis. El apóstata, el hombre desertor, rompió los lazos con la primera Iglesia, es decir, con la comunión del Dios Trino, los ángeles y los primeros en ser creados. Al apartarse de esta comunión, Dios lo separó de ella y comenzó a saborear los amargos frutos del árbol de la desobediencia.

No obstante, la oscuridad de su exilio no lo hizo impermeable al reflejo de la Agapi (amor) de su Padre, quien no cesó de llamarlo e invitarlo de innumerables formas y maneras para su regreso. El Padre Celeste, como buen pedagogo, utilizó todos los medios (promesas, amenazas, la ley mosaica, los profetas) para el retorno de Su pueblo, y a través de él, al mundo entero.

Sin embargo, ¡cuán difícil es para el hombre, después de la caída, negar su propia voluntad y adoptar la voluntad de Dios! El hombre, como imagen de Dios, se ha oscurecido. Su φύσις (fisis: naturaleza) se ha enfermado, el νούς (nus: ojo de la psique, espíritu y corazón como esencia) se ha oscurecido, y su voluntad se ha vuelto débil e indecisa, inclinándose más hacia el mal que hacia el bien.

La áskisis es ahora más necesaria que nunca para vencer esas debilidades, para la Katarsis de los πάθος (pasiones, vicios, adicciones, padecimientos) para fortalecer la voluntad hacia el bien, para adquirir las virtudes y aplicar la voluntad divina. Antes de la caída, la áskisis era un esfuerzo para cultivar una tierra fértil. Ahora, tras la caída, la áskisis se parece al esfuerzo para cultivar una tierra árida, desértica, llena de espinas y cizañas. Pero cuanto más difícil y dura es la áskisis, tanto más necesaria es. No es un simple esfuerzo físico, sino un esfuerzo integral del νούς nus, corazón y voluntad.

En el Antiguo Testamento, Dios llama a Su pueblo a lα μετάνοια (metania: arrepentimiento, giro del nus con la mente hacia su interior, arrepentimiento, introspección, conversión y confesión, cambio de mentalidad). Él les da la Ley, pero la metania y el cumplimiento de la Ley requieren de áskisis. La áskisis no consiste solo en cumplir los mandamientos (como el Decálogo), sino en seguir muchos otros rituales, ayunos, festividades y catarsis variadas. A través de todos estos medios, el propósito es uno solo: que la áskisis del hombre consista en hacer la voluntad de Dios tanto en los grandes como en los pequeños asuntos de su vida diaria.

Cuando los ayunos se reducen a una mera práctica exterior, sin una renovación interior y sin metania, los profetas no dudan en censurar la hipocresía y la injusticia de aquellos que se muestran devotos y hacen ayuno de forma ostentosa. Isaías nos recuerda que el ayuno verdadero no consiste solo en abstenerse de alimentos, sino en disolver la injusticia, liberar a los oprimidos, perdonar a los pecadores y ayudar a los necesitados. “No he elegido ni establecido yo tal ayuno, dice el Señor, sino que desata todo lazo y vínculo con la injusticia. Anula y rompe los acuerdos perversos que, por violencia y coacción, has hecho con los demás. Envía libres a los que están quebrantados por el dolor y la desgracia, y rompe todo contrato de trato injusto. Corta tu pan y compártelo con el pobre. Recibe en tu casa a los sin techo; si ves a alguien desnudo, vístelo, y no muestres indiferencia ni desprecio hacia los de tu propia casa. Si cumples estas cosas, entonces brillará como el amanecer la alegre luz de tu paz y de tu gozo. Pronto surgirá la curación de tus heridas y se restaurará tu salud. Tu virtud irá delante de ti, y la doxa-gloria increada de Dios te rodeará siempre” (Is 58:6-8).

San Juan el Bautista, el eslabón que une el Antiguo y el Nuevo Testamento, es un modelo perfecto de ασκητής (askitís: asceta, practicante). Lo mismo ocurre con la profetisa Ana, que “no abandonaba el templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones, de noche y de día” (Lucas 2:37). Ambos fueron dignos de recibir el Espíritu Santo y de reconocer al Mesías.

¿Qué significan los cuarenta días de ayuno del Salvador en el desierto? ¿Acaso no es un acto de extrema filantropía y humildad por parte del Señor, quien quiso dejarnos un ejemplo a seguir?

«Así pues, por el placer del primer hombre, Adán, el Señor ayunó cuarenta días, obedeció a Dios para cumplir el ayuno que no realizó el primer Adán. Los Santos Apóstoles establecieron que la Cuaresma, antes de la Pascua, tuviera una duración de cuarenta días en honor al Señor, que ayunó cuarenta días en el desierto. Este ayuno no lo cumplió Adán y, por ello, perdió la incorruptibilidad. Nosotros, en cambio, conservamos y disfrutaremos de esa incorruptibilidad mediante el ayuno», (Del Sinaxario del Domingo del Queso)

El mismo Señor nos hablará de la puerta estrecha, del camino difícil, del verdadero ayuno, y de la necesidad de que el creyente se esfuerce a sí mismo por alcanzar la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de Dios, así como de la importancia de la lucha constante. Todo esto constituye la quintaesencia de la áskisis, sin la cual nuestra naturaleza caída (fisis) no puede transformarse ni metamorfosearse por la energía increada de la Jaris (Gracia).

Además, el Señor, con toda Su vida —Su perfecto Agapi (amor), pobreza, ayuno, contención, oración y obediencia— nos mostró el modelo del nuevo hombre: el hombre ascético (practicante, ejercitante).

El ejemplo ascético del Señor fue seguido por los Santos Apóstoles, y de modo particular por el asceta por excelencia, San Pablo, quien no solo se retiró al desierto de Arabia para practicar la Áskisis, sino que sintió durante toda su vida una profunda necesidad de ejercitarla. Se esforzaba constantemente y sometió su cuerpo al dominio de su psique-alma, para que, habiendo predicado a otros, él mismo no quedara descalificado (1 Corintios 9:27).

 

2. Condiciones de la Áskisis Ortodoxa

Ya hemos hablado sobre la necesidad de la áskisis en relación con la identificación de la voluntad humana con la santa voluntad de Dios. Sin embargo, a pesar de ello, la naturaleza (fisis) enferma del hombre puede llegar a tergiversar e incluso pervertir esta necesaria, sanadora, psicoterapéutica y salvadora áskisis, utilizándola como medio de perdición para aquel que la practica.

Por eso es necesario examinar las condiciones de la verdadera y auténtica áskisis, tal como la enseña la Santa Parádosis Tradición Ortodoxa, a fin de evitar el peligro de falsificación y engaño espiritual.

 

1. La áskisis no es un fin, no constituye la finalidad en sí misma, sino el medio.

El propósito y meta de la áskisis es siempre la unión del creyente askitís (asceta, practicante) con la Santa Trinidad en Cristo, y, por consiguiente, dentro del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia Ortodoxa. La áskisis es el camino hacia la unión θεανρώπινη (zeanzrópini: divino-humana).

Es fácil, sin embargo, que el practicante olvide el motivo por el cual realiza la áskisis y confunda el medio con el fin. En tal caso, su psicoterapia, sanación y salvación ya no dependerán de la energía increada de la Jaris (Gracia) de Dios, sino de sus propias obras.
El resultado será la autojusticia (autoabsolución, creerse justo por sí mismo) o el eticismo (moralismo legalista), es decir, la reducción de la vida espiritual a un sistema moral o jurídico humano, que finalmente conduce al fariseísmo —un cristianismo burgués o “a la carta”.

Además, ¿de qué serviría que el hombre conociera principios morales o incluso llegara a la catarsis de sus pazos si no se llena plenamente del Espíritu Santo? Sería como un recipiente bonito y limpio, pero vacío de la preciosa mirra del Espíritu Santo. Esto es lo que ocurre con todos los moralistas, los estoicos y aquellos que practican el ayuno, la contención o la áskisis sin Cristo, o que utilizan el nombre de Cristo solo para aparentar que son virtuosos.

El Señor trató este asunto con claridad desde el comienzo de Su kerigma (predicación, discurso), especialmente en la sexta bienaventuranza: “Bienaventurados los sanados, puros y limpios del corazón, o los que han hecho la catarsis, la purgación, limpieza y sanación de su corazón de cada mancha del pecado, porque ellos contemplarán y verán la doxa-gloria luz increada de Dios” (Mateo 5, 8). Es decir, bienaventurados aquellos que, mediante la áskisis, han hecho la catarsis en su corazón de los pazos.
A través de la áskisis, el hombre va haciendo la catarsis, se purga y se limpia para ser capaz de ver, conectarse, comunicarse, comulgar y finalmente unirse con Dios.

Desde entonces, todos los santos didáscalos (maestros) de la Iglesia han fundamentado su vida espiritual y su obra pastoral en esta misma enseñanza y línea.

Es característica la enseñanza de San Diádoco de Fótica, quien dice: “El ayuno, en efecto, es motivo para la jactancia, pero no frente a Dios. Es una herramienta que puede ayudar a los que quieren adquirir humildad, sobriedad y templanza. Por tanto, los luchadores de la piedad no deben tener una gran idea de ello, sino sólo esperar en la fe en Dios el cumplimiento de nuestro objetivo. Los artesanos nunca se jactan de las herramientas de su oficio, sino que cada uno espera el resultado de su esfuerzo para mostrar así con exactitud su arte”. (Filocalía, tomo I, Logos ascético 47, https://logosortodoxo.es/filocalia/tomo-i/filocalia-tomo-1-san-diadoco-de-fotica-100-capitulos-gnosticos-10-condiciones-para-la-zeosis/).

En la misma línea nos enseña San Simeón el Nuevo Teólogo, quien insiste en que toda práctica ascética fuera de la jaris-gracia increada conduce a la vanagloria y al orgullo.

Esta enseñanza fue también transmitida por el stárets San Serafín de Sarov en el siglo XIX. A la pregunta de su discípulo Motovílov sobre cuál es la finalidad de la vida cristiana, San Serafín respondió que el propósito de la vida en Cristo es que el creyente reciba y adquiera el Espíritu Santo. Y en efecto, tras la oración del Santo, ambos fueron dignos de experimentar la presencia del Espíritu Santo, siendo metamorfoseados en la increada luz de Dios. Según San Serafín, las buenas obras, los ayunos, las vigilias, la oración y toda forma de áskisis son medios para alcanzar la adquisición del Espíritu Santo, que es la finalidad suprema de la vida cristiana.

En este acontecimiento vemos que aquellos que se ejercitan y practican la áskisis en Cristo llegan a ser dignos, ya en esta vida, de recibir una experiencia inmediata y personal de Dios, según su grado de καθαρότης (kazarótis), es decir, de pureza, claridad y limpieza interior. Esta experiencia, sin embargo, no es una conquista humana, sino un regalo, una donación gratuita de Cristo, una jaris-gracia increada que Él concede al corazón limpio. Dios no permanece en ellos como algo exterior, ajeno o distante, sino que se hace accesible, comunicativo y participativo.

La medida de la acción y energía puesta en la áskisis determina también la medida de la acción y energía con que se experimenta a Dios. La χαρά (jará: alegría) interior, los sentimientos de inefable agapi-amor hacia Dios, las lágrimas de recogimiento, el sosiego del alma, los momentos de iluminación del nus y la visión de la luz increada son diversas formas de experiencia divina, tal como se testimonia en las vidas de los Santos.

San Gregorio Palamás, sintetizando la teología de todos los Santos Padres anteriores, nos enseña que es posible, incluso en esta vida, que quienes practican la áskisis en Cristo reciban una experiencia personal de Dios y contemplen con los ojos espirituales —el nus y la dianía— la luz increada, la misma que los discípulos vieron durante la Divina Metamorfosis en el Monte Tabor. Porque, aunque Dios en Su οὐσία (usía: esencia, sustancia) es in-participable, imperceptible e invisible al hombre, Sus energías increadas, que emanan de Su divina esencia, son participables, perceptibles y comunicables. Por medio de estas energías increadas, el hombre creado puede unirse verdaderamente con Dios. En el interior del hombre que contempla a Dios —aquel que ha alcanzado la zéosis (divinización, deificación)— se realiza la unión entre lo creado y lo increado, restableciéndose así en la doxa-gloria y la bienaventuranza del Paraíso.

El fruto maduro de la áskisis es la obediencia plena del hombre a Dios y, como consecuencia, la perfecta obediencia de los irracionales y animales pazos al logos humano, que así el logos se convierte en su hegemón soberano y señor. Cuando el hombre se resigna y se somete a Dios, y somete sus pazos al logos, entonces puede también dominar su áloga (animal, ilógica, irracional) naturaleza, como rey de ella. Por eso los santos obran milagros sobre la naturaleza, como Cristo, o conviven pacíficamente con los animales salvajes, que les obedecen y les sirven. De este modo se cumple la profecía mesiánica de Isaías: “Los lobos y los corderos pacerán juntos, y los leones comerán paja con los bueyes” (Isaías 65, 25).

Otro fruto esencial de la áskisis es la vestidura del creyente con la prenda de la humilde modestia, la misma con que Cristo se revistió al hacerse hombre. Según san Isaac el Sirio: “Por eso, cuando la naturaleza terrenal ve a un santo revestido con esta prenda de humildad, reconoce en él la humildad misma de Cristo. El humilde se acerca a las fieras perecederas y, apenas lo ven, son domadas de su ferocidad; se acercan a él como a su soberano, inclinando sus cabezas y besando sus manos y pies, porque perciben en él aquella fragancia que exhalaba Adán antes de la desobediencia, y que entonces perdimos;
Cristo, con Su venida, nos la devolvió, perfumando nuevamente a la humanidad…, pero también los demonios, con toda su violencia, impetuosidad, amargura y soberbia megalómana, cuando se acercan al humilde y sencillo, se debilitan hasta volverse como polvo; su malicia se marchita, y todas sus maquinaciones y astucias se disuelven, quedando sin fuerza ni energía. (Ascéticos logos de San Isaac el Sirio, Atenas, 1871, pp. 95–96)

Finalmente, debe señalarse que, a través de la áskisis, el hombre disgregado se unifica interiormente. El nus, la voluntad y el corazón dejan de estar en conflicto entre sí. El practicante o asceta en Cristo, con su libre voluntad, quiere a Cristo; con su nus con la mente, piensa en Cristo; y con su corazón, ama a Cristo. Todo su ser se cristifica, convirtiéndose en un nuevo hombre armonioso, cuya paz interior se extiende también a su fisis áloga, es decir, a la parte animal e irracional de su naturaleza.

 

  1. La áskisis activa la sinergia cooperación.

La sinergia, es decir, la cooperación divino-humana (zeantrópica) para la psicoterapia, sanación y salvación del hombre, no puede concebirse sin la áskisis. Dios psicoterapia, sana y salva a quienes desean ser psicoterapiados, sanados y salvados. Y querer sanarse y salvarse significa luchar por ello.

Quienes ignoran, desprecian o confunden el valor y el sentido de la lucha y de la áskisis para la psicoterapia, la sanación y la salvación, lo hacen porque no alcanzan a comprender la profundidad de la corrupción y la pérdida de la belleza de la imagen de Dios en el hombre; o bien, porque desprecian al hombre considerándolo incapaz de cooperar libremente con Dios en la obra de su propia sotiría sanación, redención y salvación.

Los Santos Padres nos enseñan que el camino de la áskisis es arduo y difícil, y que el hombre debe esforzarse y cooperar activamente con Dios para alcanzar su sotiría sanación, redención y salvación.

El cristiano combate no solo contra sus propios pazos, sino también contra el diablo, “que anda como león rugiente, buscando a quién devorar” (1 Pedro 5:8). Por ello, el cristiano debe renegar de Satanás, de su voluntad perversa y destructora, odiarlo, escupirlo y rechazarlo, para así acoger y adoptar la voluntad bondadosa de Dios, adhiriéndose plenamente a Cristo.

La lucha contra el Diablo es ardua, porque es astuto, engañoso y seductor del hombre. El Diablo se metamorfosea en ángel de luz, utilizando “fantasmas” y “figuras”, es decir, visiones engañosas de rostros o espectros. El Diablo presenta el mal como bien, lo feo como bello, lo vano como interesante y lo inútil como útil; reviste lo destructivo con apariencia de plenitud y sentido, ocultando su verdadero rostro: catastrófico, vacío y sin significado. Después de estos engaños, la misma naturaleza del hombre se debilita y reacciona con acedia, desolación, negligencia, descuido, pereza y pesadez espiritual del corazón.

Por eso, el cristiano debe permanecer en áskisis continuamente, hasta su último suspiro. Las tentaciones y la posibilidad de caída están siempre presentes, incluso para los cristianos perfectos y los yérontas (guías espirituales). Lo único que cambia con el tiempo son las formas y clases de tentación.

Finalmente, el contenido de la áskisis no es solo negativo, es decir, la catarsis de los pazos y la lucha contra el Diablo, sino también positivo: es el combate por la semejanza con Cristo, la adquisición de las santas virtudes, la plenitud del Espíritu Santo y la continua comunión con Dios mediante la oración espiritual del corazón (noerá o de Jesús). En esto se consuma, se mejora, se perfecciona y se dignifica la áskisis.

 

  1. La áskisis es obra de todos los cristianos

La áskisis es obra (tarea, trabajo) de todos los cristianos: clérigos y laicos, monjes y seglares. Cierto es que existen diversos modos y grados de áskisis, como enseñan los Santos Padres. San Juan Crisóstomo, por ejemplo, “no consideraba la vida monástica como una vía superior, reservada a los escogidos, sino como una regla general evangélica para todos los cristianos”. Este punto —dice Florovsky— concuerda con la tradición principal de la antigua Iglesia, desde San Basilio y San Agustín hasta Teodoro el Estudita y los siglos posteriores (Florovsky, San Juan Crisóstomo, el profeta del amor, En Rayos, tomo 18, 1959, p. 9).

El mismo oficio del Santo Bautismo nos recuerda que todos los cristianos están llamados a la áskisis, tanto en su aspecto negativo como en el positivo.
El catecúmeno, antes de ser bautizado, renuncia a Satanás y se unge con aceite en la cabeza, como los antiguos combatientes, para estar preparado para la guerra espiritual y capaz de resistir al enemigo. El recién nuevo-iluminado es llamado “soldado de Cristo”, y la Iglesia ora y bendice para que sea “invicto luchador contra aquellos que vanamente son sus enemigos”. Las oraciones del Pequeño y del Gran Hábito Monacal confirman que el “don monástico” no es otra cosa que la dedicación perfecta, continua y sin distracciones a la vida ascética (ejercitante), que el cristiano inicia ya en el Bautismo.
Los monjes —monajós, es decir, “solos con Dios”— representan la cumbre de la áskisis. Toda la Iglesia practica, combate y se alista junto a ellos, pues los monjes constituyen la primera línea del ejército espiritual. El monje es el modelo, el ideal del cristiano: una existencia de continua áskisis, que renuncia a todo lo que no pertenece a Dios ni a Su voluntad, para alcanzar relación y la total comunión con Él. Este desprendimiento total del mundo y dedicación a Dios se expresa en las promesas monásticas de obediencia continua, integridad y pobreza (indigencia) voluntaria. ¿No debe también el cristiano que vive en el mundo —aunque esté casado— ejercitarse en la misma áskisis interior, viviendo en obediencia a los mandamientos de Dios, en pureza de vida y en libre desapego de los bienes materiales?

Así, cada fiel, permaneciendo en su propio estado de vida, puede recorrer el mismo camino ascético que conduce a la unión con Cristo y a la adquisición del Espíritu Santo, finalidad común de todos los miembros del Cuerpo de la Iglesia.

El hecho de que el monacato no fuera algo ajeno a la Iglesia, sino expresión del ideal de la áskisis para todo el cuerpo de los creyentes, se demuestra por el aprecio y el respeto que el pueblo fiel siempre ha tenido hacia los ascetas. Los más grandes Didáscalos (maestros) y Padres de la Iglesia provinieron de las filas de los monjes. Las costumbres monásticas en el Culto, el ayuno y el orden eclesiástico se introdujeron muy pronto en la vida de la Iglesia que vive en el mundo, y no solo en los monasterios, influyendo profundamente en su vida, su espíritu y su praxis (acción, práctica).
Cristianos con estudios y con cargos elevados en la sociedad renunciaban muchas veces a la gloria y al poder mundanos para revestirse del hábito monástico. Los monjes sustituyeron, en la conciencia de la Iglesia, a los mártires y a los carismáticos de las primeras generaciones. Por eso no es correcto interpretar el monacato como resultado de influencias ajenas —de otras religiones— ni como mera protesta frente a la secularización (mundanización) de la Iglesia.
El monacato constituye, más bien, el fruto natural del ideal ascético de toda la Iglesia. Cuando este ideal se debilita, también el monaquismo entra en crisis, Tal vez ahí deba buscarse la raíz de la crisis que atraviesa el monacato en nuestros días; (así ocurría hacia la década de los setenta; pero, gracias a la enseñanza de este y de otros libros, y sobre todo por la acción de numerosos yérontas iluminados —como el padre Georgios, José de Vatopedi, Theóklitos el Dionisiatita, los hoy santos Paísios, Porfirio, José el Hesicasta, Jacobo Tsalikis, y muchos otros padres iluminados e inspirados del Monte Athos y de otros monasterios—, el mundo monástico experimentó y sigue experimentando un admirable crecimiento y resurgimiento espiritual.)

 

  1. La agapi (amor divino) y la áskisis

La agapi y la áskisis están íntimamente unidas, entretejidas y complementarias entre sí.
Vivimos en la época de la Jaris —la energía increada gracia—, por la cual la plenitud de la ley y la condición de la verdadera sanación, redención y salvación es la agapi. Pero esta agapi solo puede alcanzarse mediante la áskisis.

San Isaac el Sirio enseña: “Aquellos que aman este mundo no pueden adquirir la agapi por los hombres” (Askíticos salvados, Logos 81).

Cada áskisis, en su profundidad, es preparación para la agapi.
¿Cómo podrá uno compartir su pan con el hambriento si no ha vencido antes la gula o glotonería por el ayuno?
¿Cómo mirará al otro sexo como persona creada a imagen de Dios, y no como objeto (REM), si no ha sofocado la voluptuosidad o hedonismo y la sarcolatría (culto a la carne) mediante la continencia, el autodominio y la templanza?

La agapi en Dios es, pues, el estímulo y a la vez el fruto de la verdadera áskisis, como se manifiesta en las admirables vidas de los santos.

Esta perfecta agapi se expresa en los siguientes logos del mismo San Isaac el Sirio: “Corazón caritativo y misericordioso es aquel que arde de compasión por toda criatura: por los hombres, los pájaros, los animales, los demonios incluso y toda la creación. De ese recuerdo y contemplación brotan lágrimas de sus ojos. De tanta simpatía y amor, el corazón del compasivo se empequeñece y no puede soportar ver o escuchar ningún mal o tristeza en la creación. Por eso ora incluso por los animales, por los enemigos de la verdad y por los que le hacen daño, rogando a Dios que los proteja y les conceda la misma misericordia y caridad. También ruega por los reptiles, movido por la abundancia de caridad y ternura que rebosa en su corazón sin medida” (Logos 81, p. 381).

¿Y cómo podrá el cristiano alcanzar este corazón misericordioso sin una dura lucha contra las conductas pasionales de su carne?
En concreto, cuando los eremitas y anacoretas llegan a adquirir esta agapi y sienten hacia el cosmos lo mismo que siente Dios, pueden entonces dejar la áskisis solitaria del desierto y volver al mundo para asumir el ministerio de padres espirituales y guías.

 

  1. Carácter eclesiástico de la áskisis

La áskisis tiene un carácter eclesiástico y no individualista. El regulador de la áskisis no es la diania (mente, intelecto) enferma o morbosa del hombre, sino la voluntad de Dios, expresada en los santos cánones de la Iglesia y en los consejos del padre espiritual o Yérontas. Así, por ejemplo, el ayuno no se establece según la voluntad personal, sino según la disciplina de la Iglesia.

El cristiano, obedeciendo a la Iglesia, practica la humildad y actúa como verdaderamente católico (no en el sentido que entienden los romanocatólicos, sino en el sentido ortodoxo del término; la palabra καθολικός (kazolikós) católico proviene del griego καθόλου (kazólu), que significa pleno, íntegro o según el todo). Es decir, el cristiano es aquel que lleva en su interior la conciencia de la Iglesia y de Dios mismo, y cuya conciencia personal se ha consagrado y armonizado con la conciencia íntegra (católica, universal) de la Iglesia. De este modo, el cristiano vive y obra sinódicamente, eclesiásticamente, en comunión y unidad con sus hermanos en Cristo, con los cuales constituye un solo Cuerpo.

El cumplimiento, sobre todo, de las abstinencias (ayunos), las oraciones y las costumbres eclesiásticas contribuye al fortalecimiento del vínculo del asceta con la Iglesia Católica Ortodoxa, que se extiende en lo ancho y largo del tiempo.

El cumplimiento de los cánones fruto de la propia voluntad —y no de la voluntad del guía espiritual o de Dios—, así como las reglas individualistas en la áskisis y, especialmente, en el ayuno, constituyen una forma de arrogancia espiritual y, por ello, son severamente condenadas.

Dice el Canon 19 del Santo Sínodo de Gangra: “Si alguno de los ascetas, sin necesidad corporal, se enorgullece y desprecia las normas sobre el ayuno establecidas por los santos Padres —determinadas para todos los cristianos y custodiadas por la Iglesia—, y con ello interrumpe su práctica común, aquel que se considera perfecto anula los santos cánones; sea anatema por tal acto.” (De este espíritu nacieron los Cátaros.)

La obediencia al yérontas es condición indispensable para la verdadera áskisis. El desprendimiento de la propia voluntad conduce a la aceptación plena de la voluntad de Dios, expresada por medio del Yérontas (guía espiritual). Obedecer al yérontas significa obedecer a Dios.
Por esta vía se logra la identificación de la voluntad humana con la divina, alcanzando así la sotiría sanación, redención y salvación del hombre. Es característica la enseñanza de San Simeón el Nuevo Teólogo (Filocalía IV, c.19): “Quien ha adquirido una fe pura y firme en su padre guía según Dios, viéndolo a él considera que ve al mismo Cristo. Y cuando se encuentra junto con él o lo sigue, cree firmemente que se encuentra junto con Cristo y que a Él sigue. Este discípulo obediente nunca deseará relacionarse con algún otro, ni preferirá alguna de las cosas del mundo por encima del recuerdo y la αγάπη agapi (amor incondicional, desinteresado, altruista) de su padre espiritual. Porque ¿qué hay más grande y beneficioso, tanto en la vida presente como en la futura, que estar junto con Cristo? ¿Y qué es más bello y más dulce que ver, contemplar a Cristo? Y si además se le concede hablar, conversar con Él, sin duda de ello absorberá y obtendrá vida eterna”; (https://logosortodoxo.es/filocalia/tomo-iv/filocalia-4-san-simeon-el-nuevo-teologo-154-capitulos-practicos-y-teologicos/)

La obediencia al yérontas protege al asceta o practicante cristiano de toda exageración o exceso, y de las ilusiones y engaños espirituales que pueden tener consecuencias desastrosas en su vida espiritual.

 

  1. La áskisis no desprecia el cuerpo

La verdadera áskisis no tiene ninguna relación con el desprecio platónico o maniqueo de la materia o del cuerpo; no somos matacuerpos sino matapazos, dicen los Padres de la Filocalía.
Los ascetas no practican porque desprecien el cuerpo, sino porque desean hacerlo instrumento obediente a la psique-alma. En los casos en que surgieron desviaciones de esta regla —por influencias heréticas—, la Iglesia las condenó con claridad.

Así lo enseña el Canon 51 de los Santos Apóstoles: “Si algún obispo, presbítero, diácono o cualquiera del orden jerárquico se abstiene del matrimonio, de la carne o del vino, no por áskisis, sino por desprecio de ellos, olvidando que Dios creó el mundo perfecto y al hombre masculino y femenino, y así acusa e insulta al Creador, acúsese a sí mismo de impiedad. Si no corrige su actitud, sea excomulgado y expulsado de la Iglesia; lo mismo vale para el laico.”

De igual manera, el Canon 47 de San Basilio el Grande establece:

“Los que detestan el matrimonio y afirman que las creaciones de Dios son impuras, no pueden ser admitidos en la Iglesia sin recibir el santo Bautismo. Y que no aleguen haber sido bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, pues, al considerar a Dios como creador del mal, se hacen heréticos, semejantes a Marción y a los demás herejes.”

Y el Canon 53 de los Santos Apóstoles ordena: “Repréndase severamente a los que se mutilan o castran a sí mismos para adquirir la εγράτεια (engratia: continencia, autocontrol, templanza). A los autocastrados no se les permite ejercer ningún ministerio sacerdotal;
si ya lo tienen, deben ser depuestos.”

Característico del espíritu de la Iglesia Occidental es el Canon 13 del VI Sínodo Ecuménico, el cual condena la práctica de la Iglesia de Roma que obliga a los futuros diáconos o presbíteros a separarse de sus esposas. El canon establece: “Si alguien se atreve a ir contra las Reglas Apostólicas y priva o separa de su legítima esposa a algún diácono, subdiácono, presbítero o a cualquiera que tenga ministerio en la Iglesia, sea destronado o destituido. Igualmente, si el presbítero o diácono se separa de su mujer bajo pretexto de piedad, sea excomulgado.” La misma regla prescribe, sin embargo, que los clérigos casados observen los días establecidos por la Iglesia para la contención, la abstinencia y la oración, “especialmente durante el tiempo de los oficios sagrados”.

Reveladoras también del espíritu evangélico de la Iglesia son las Reglas del Sínodo de Gangra, que, frente a los herejes eustatianos (Cánones 1º, 4º, 9º y 14º), condena a quienes desprecian el matrimonio, a los que se abstienen de la carne (Canon 2º), a quienes adoptan vestimentas pobres o extrañas por hipocresía y no según el uso común de su tiempo (Cánones 12º y 13º), a quienes abandonan padres e hijos bajo el pretexto de piedad o de servir a Dios (Cánones 15º y 16º), y también a los vírgenes que desprecian a los casados. “Si alguno de los castos o vírgenes por el Señor se burla o desprecia a los casados, sea anatema” (Canon 10º).

La áskisis, según el Sínodo, solo tiene valor cuando se realiza con humildad, modestia y espíritu eclesial: “Los Santos Padres enseñan que debemos alabar por igual la castidad si se practica con humildad y modestia; aceptar la abstinencia si se hace con decencia, piedad y santidad; apreciar el desprendimiento de las cosas mundanas cuando se vive con humildad; y del mismo modo honrar el matrimonio digno, así como respetar la riqueza adquirida con justicia y acompañada de buenas obras.” (Canon 21).

 

  1. La áskisis tiene carácter escatológico

La áskisis posee también un sentido esj(c)atológico, pues la εσχατολογία (esjatología: escatología) -aunque su plenitud aún no ha llegado- ha sido ya inaugurada desde la venida de Cristo y se vive sacramentalmente en los misterios de la Iglesia.

Nuestra Santa Iglesia Ortodoxa puede caracterizarse, entre otras cosas, como Iglesia de la áskisis. Lo testimonian los prolongados períodos de ayuno y abstinencia, las vigilias, los largos oficios en los que los fieles permanecen de pie (como en la antigua Iglesia, donde no había asientos cómodos), las severas amonestaciones a los pecadores, el respeto de los laicos hacia los monjes severos y ascetas y el cansancio en largas peregrinaciones hacia los santos lugares.

Resulta casi inconcebible para el cristiano occidental el permanecer en la Iglesia tres, cuatro o cinco horas durante los oficios sagrados, como hacen los fieles ortodoxos, especialmente en la Semana Santa. Por el contrario, entre los protestantes es costumbre comulgar incluso después de un abundante desayuno —como es habitual en los países del norte de Europa—, y no faltan quienes, con el estómago lleno, se acercan a recibir la Divina Comunión. Los romano-católicos en América, por su parte, han suprimido en los últimos tiempos incluso la “sombría” abstinencia del Viernes Santo.

Lo maravilloso y admirable es que el espíritu ascético (practicante) de nuestra Iglesia Ortodoxa se combina y se correlaciona con el espíritu escatológico de anticipar -de presaborear– la χαρά (jará: alegría) de la Βασιλεία (Vasilía: realeza increada) de Dios, de la Resurrección y de la agapi, amor divino.

La áskisis de los ortodoxos es una áskisis gozosa y gratificante, una áskisis que alegra y regocija, del mismo modo que el luto cristiano es un luto consolador, una pena alegre (χαρμολύπη, jarmolipí) (San Juan el Clímaco, logos 7.

El cristiano, mediante la áskisis, se desprende del mundo malicioso y corruptor para unirse a Cristo. Según San Isaac el Sirio: “El que desea encontrar la preciosa perla, se sumerge desnudo en el mar; y el monje o asceta (practicante) sensato, desnudo e insolvente, atraviesa la vida presente hasta encontrar en sí mismo la preciosa perla: Jesús Cristo” (Logos 73). Aquí radica el carácter escatológico de la áskisis: en la preparación de la psique-alma para el advenimiento de Cristo, el Esposo de la psique-alma, y en la transformación de todo en Βασιλεία (Vasilía: reinado de la realeza increada) de Dios. Por eso, la áskisis, como espera vigilante del Esposo, no debe degenerar en pesimismo, ni en aversión o desprecio hacia el mundo, sino mantenerse como expectativa gozosa de la Βασιλεία.

Tan intenso es el carácter ascético–escatológico de nuestra Iglesia Ortodoxa, que si, por desgracia, llegara a perderlo, se convertiría en algo distinto, irreconocible para nosotros mismos.

 

3. La modernización de la áskisis

¿Es posible modernizar la áskisis? El tratado sobre nuestro tema podría terminar aquí si nuestro interés no fuera pastoral, terapéutico y salvífico. Precisamente por ello, debemos examinar algunas cuestiones candentes relacionadas con la áskisis del cristiano contemporáneo.

1) ¿Debe la Iglesia, para atraer al hombre moderno —y especialmente a los jóvenes—, presentar un cristianismo fácil o “light”, despojado de su carácter práctico, ascético? En realidad, la áskisis resulta incomprensible para el hombre contemporáneo, cuya conciencia se ha vuelto mundanizada (secularizada) e influenciada por una cultura atea y hedonista. Los ideales de esta cultura son el éxito, el bienestar, el placer, la diversión, el sexo, el individualismo y la autosuficiencia, etc. El sentido del pecado casi ha desaparecido. Hoy, el pecado no se entiende como la transgresión, violación de la ley divina, sino como su no-transgresión, no-violación, es decir, como una represión de los deseos y apetitos. Según Freud, el mal consiste en impedir la satisfacción de los instintos reprimidos, y sobre esta base se edifican tanto el psicoanálisis freudiano como el estilo de vida derivado de él.

Pero si el pecado se considera un engaño, una ilusión de la que uno debe liberarse, ¿qué significado puede tener entonces la áskisis y la lucha contra el pecado?

Si el hombre ya no cree en Dios, fuente del sentido y legitimidad de la existencia humana, el mundo se vuelve absurdo y carente de propósito, como lo expresa la filosofía y el arte del absurdo, ilógico y disparatado nihilismo. En un mundo así, desprovisto de sentido y de trascendencia, ilógico, disparatado y nihilista, ¿qué lugar podría tener la áskisis?

Muchos teólogos occidentales han respondido que la Iglesia debe “vaciarse” y olvidarse de sí misma para ganarse al mundo. Así predicaron que “Dios ha muerto”, negaron la Resurrección de Cristo como hecho histórico y redujeron el Evangelio a una ética circunstancial.

Pero esto no es kénosis (vaciamiento en Cristo), sino caída y mundificación (secularización) de la Iglesia. Es conformarse con el mundo, no salvarlo.

Si la Iglesia dejara de ser askítica, practicante, traicionaría a su Señor, que la quiso así, y también traicionaría al hombre, pues sin la áskisis es imposible la zéosis —la divinización, deificación —, que es la finalidad de la vida humana por medio de la Χάρις Jaris, la energía increada del Espíritu Santo.

Es dudoso que con tales medios pudiera atraer siquiera a unos pocos hombres. Los que poseen auténticas inquietudes espirituales no se sacian con apariencias ni novedades: buscan la verdad, no la mentira; anhelan una respuesta esencial para su vida, no los espejismos del modernismo.

Si la Iglesia no ofrece a estos hombres el “pan consubstancial”, aunque resulte muy indigesto para sus estómagos espirituales, ellos acabarán buscándolo en otras fuentes de sanación, redención y salvación.

Por lo tanto, la respuesta a la primera pregunta es categóricamente negativa, tal como habría respondido el apóstol Pablo ante los atenienses o los corintios.

2) Cabe plantearse ahora una segunda cuestión: ¿Está permitida la modernización o adaptación de la áskisis a las necesidades, la situación psicosomática y la resistencia del hombre contemporáneo?

Es bien sabido que la capacidad del hombre moderno para soportar el dolor, la privación o la dureza se ha reducido notablemente. Ello se debe, en parte, al desarrollo de la medicina, al aumento de la longevidad por los fármacos y la comodidad. Las condiciones del modo de vida actual -el ruido constante de las grandes ciudades, la velocidad de los transportes, el ritmo acelerado, la inseguridad y el miedo- hacen del hombre un ser hipersensible, nervioso y agotado.

Ante este panorama, P. Evdokimov escribió palabras muy certeras:

“La mortificación hoy consistiría en liberarse de todo estimulante: la velocidad, el ruido, los excitantes, las bebidas alcohólicas de todo tipo. La áskisis sería más bien un descanso necesario, una disciplina de calma, serenidad y silencio, practicada con regularidad, en tiempos y espacios determinados, donde el hombre recobra la capacidad de detenerse, de orar, de reflexionar, incluso en medio del ruido del mundo, y, sobre todo, de sentir la presencia del prójimo.”

Los logos de discernimiento y de filantropía pastoral permiten -e incluso, en ciertos casos, imponen- una adaptación de la áskisis, con la condición de que ésta no se convierta en un simple tranquilizante, sino que conserve su carácter de privación, de desprendimiento de la propia voluntad, de lucha y de sacrificio.

Incluso cuando la Iglesia, por economía, permite a sus hijos una forma más atenuada de áskisis, lo hace temporalmente, hasta que la madurez espiritual o las condiciones de vida permitan asumir un ejercicio ascético más riguroso.

3) Surge finalmente una tercera cuestión: ¿De qué modo aprende el creyente a practicar, a ejercitarse? ¿Cómo se forma en la disciplina espiritual?

La mejor escuela e instrucción de la áskisis es la vida y el culto de la Iglesia Ortodoxa. La Iglesia instruye a sus hijos con sabiduría y ternura en la áskisis. Las abstinencias (ayunos) sabiamente distribuidas, los oficios recogidos, las Grandes Vigilias, los Salmos, los Saludarios, y las fiestas deleitosas y luminosas intercaladas entre los períodos de ayuno -como la Anunciación o la veneración de la Santa Cruz, inspiran, sostienen y acompañan al cristiano practicante en su esfuerzo ascético a lo largo del año litúrgico. El verdadero problema pastoral hoy es cómo transmitir y encauzar esta experiencia al pueblo fiel. En tiempos pasados, la familia ortodoxa era la escuela natural de la áskisis. Allí el niño aprendía el ayuno, la contención, la templanza y las buenas tradiciones eclesiásticas. Gracias a esa educación, al llegar a la edad de las pasiones podía controlarse y dominarse.

Hoy, cuando muchas familias han dejado de ser cristianas, la enseñanza sistemática de estas sagradas tradiciones debe darse en los colegios de catequesis, en los kerigmas (discursos, homilías) y en toda ocasión pastoral posible.

Vivimos una época de apostasía, relativismo, sincretismo religioso y confusión espiritual. En medio de este caos, la Iglesia proclama con modestia, humildad y fe el kérigma de la μετάνοια metania, el de la ἐγκράτεια (engráteia: templanza, contención, dominio de sí) y de la áskisis, para volver a nuestro Padre y Creador.

El resurgimiento del ideal askítico (ascético, practicante) en la Iglesia Ortodoxa será, al mismo tiempo, medio y fruto de su renovación en el Espíritu Santo. Dará un nuevo impulso y vitalidad a su obra pastoral y misionera, una tarea que solo pueden asumir psiques-almas altruistas, abnegadas y dispuestas al sacrificio.

Es significativo un himno de la Iglesia que provoca lágrimas de metania y resume toda la teología ortodoxa de la áskisis.
Se canta en las Vísperas del Domingo de los Quesos, último día antes de la Gran Cuaresma: «Comencemos con alegría el tiempo del ayuno, ejercitándonos en los ejercicios espirituales que nos conducen a la vida interior para nuestro bien. Haciendo la catarsis, psicoterapiemos, sanemos y purifiquemos nuestra psique-alma y nuestro cuerpo. Así como ayunamos de los alimentos, abstengámonos también de las pasiones (pazos), para poder gozar las virtudes del Espíritu Santo. Encontrándonos en medio de las virtudes, con el anhelo y el deseo de adquirirlas, ojalá que todos seamos dignos de contemplar la venerable Pasión de Cristo Dios y de celebrar con gozo espiritual la Santa Pascua.» Amén.

Yérontas Georgios Kapsanis (De su libro “Temas de Eglesiología y Pastoral”. Editado por Santo Monasterio de Grigoriu, Athos).

Traducido por: χΧ jJ  https://logosortodoxo.es/

 

Sobre la Parádosis Tradición Eclesiástica, Atanasio Mitilineos

Sobre la Παράδοσις Parádosis Tradición Eclesiástica,

Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo

 

*[Amigos en y de CristoDios, el término clave aquí es Παράδοση (ις) Parádosi (s) singular, y la P en mayúscula significa la Ortodoxa Santa Παράδοση Parádosi Tradición, entrega, depósito, transmisión y traspaso. Al final del texto está el término desarrollado]

Domingo XII de Mateo, lectura apostólica: 1Corintios 15,1-11

La Resurrección del Señor hecho indudable, 15:1-11.

15:1. Además os recuerdo, hermanos, el evangelio que os he evangelizado y enseñado, y lo recibisteis con fe, en el que también perseveráis firmes e inquebrantables;

  1. por el cual también os estáis sanando y salvando, si retenéis el logos tal como os lo prediqué y enseñé; al no ser que creísteis en vano;
  2. Porque primeramente os he enseñado lo que a mi vez recibí: Que Cristo murió en la cruz por nuestros pecados, conforme lo habían profetizado las Escrituras;
  3. y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras;
  4. y que apareció a Kefás o Pedro y después a los doce Apóstoles.
  5. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen o han fallecido.
  6. Después apareció a Jacobo (Santiago); después a todos los apóstoles;
  7. y al último de todos, como a uno que nace antes de tiempo o como a un aborto, me apareció a mí.
  8. Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la Iglesia de Dios.
  9. Pero por la χάρις jaris-gracia energía increada de Dios, hoy soy lo que soy, es decir, Apóstol; y su jaris no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos los demás Apóstoles; pero no yo, sino la jaris de Dios que está conmigo.
  10. Pues bien, tanto ellos como yo predicamos y ofrecemos a los hombres del mismo modo y el mismo Evangelio; así también vosotros habéis recibido el mismo Evangelio y esto habéis creído.

 

Sobre la Παράδοσις Parádosis Tradición Eclesiástica

Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo

Si tuviéramos, queridos míos, que preguntar qué es el Evangelio, podríamos responder brevemente: «La παράδοσις parádosis de la verdad».

Pero ¿qué es la verdad? La verdad es Cristo y Su logos. No Su logos, sino también Su logos. Porque Él mismo dijo: «YoSoY la Verdad». Por lo tanto, la verdad son Sus logos. Pero la fuente de Sus logos es Él mismo. Por consiguiente, la fuente de la verdad es Su persona.

Volviendo entonces a la pregunta, si debiéramos preguntar qué es el Evangelio, responderíamos: «La Verdad, la Parádosis de la Verdad». Es decir, Cristo y Su logos.

Sin embargo, muchas veces, queridos míos, olvidamos esta Parádosis de la Verdad, que es el Evangelio. El apóstol Pablo se encontró en una situación muy difícil, desagradable, cuando escribió la primera epístola a los Corintios y les dijo: «Además os recuerdo, hermanos, el evangelio que os he evangelizado y enseñado, y lo recibisteis con fe, en el que también perseveráis firmes e inquebrantables; por el cual también os estáis sanando y salvando, si retenéis el logos tal como os lo prediqué y enseñé; al no ser que creísteis en vano; Porque primeramente os he enseñado lo que a mi vez recibí: Que Cristo murió en la cruz por nuestros pecados, conforme lo habían profetizado las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Kefás o Pedro y después a los doce Apóstoles» (1Cor 15;1-4), etc. Es decir, algunos corintios ponían en duda la resurrección de los muertos.

Y, por supuesto, como dice muy atinadamente un Padre: «Si dudas de la resurrección de los muertos, entonces no hables más del Evangelio, ya no tienes nada». Y, en consecuencia, el apóstol Pablo, viendo cuán grande es este asunto, dedica un capítulo entero y larguísimo en defensa de la resurrección de los muertos, ya que, evidentemente, la garantía se funda en la Resurrección de Cristo. Y les dirá: «Os hago saber, hermanos», es decir, aquí «os hago saber» tiene el sentido de «Os lo recuerdo. Porque lo sabéis. ¿Pero acaso lo habéis olvidado?». No los hiere diciéndoles: «¿Lo habéis puesto en duda?». Les dice: «Os lo recuerdo, pues, hermanos, el Evangelio. Aquello que yo os anuncié. Aquello que vosotros recibisteis y sobre el cual os mantuvisteis firmes, por medio del cual sois salvos, si lo retenéis, siempre que realmente lo guardéis».

Aquí vemos, en esta expresión suya, queridos míos, todo el proceso de la parádosis transmisión de la verdad. Porque es un gran tema la parádosis transmisión de la verdad. Es aquello que yo recibí, debo entregarlo al otro. Pero lo que entregaré al otro, ¿cómo lo entregaré? Y aquel que lo reciba de mí y lo entregue a la siguiente generación, ¿cómo lo entregará? ¿Lo dará íntegro, correcto, tal como salió de la fuente? ¿O será distinto?

Así surge, queridos míos, un problema. Naturalmente, lo que aquí dice el Apóstol, que «yo os entregué el Evangelio -os anuncié el Evangelio- el cual vosotros recibisteis y sobre el cual os mantuvisteis firmes», en aquel entonces no se planteaba tanto como problema en la generación del Apóstol, porque él mismo fue quien recibió directamente de la Fuente el logos de Dios, al igual que los santos Apóstoles. Incluso dirá un poco más abajo, como oímos en la lectura apostólica, que: «Sea yo o sean ellos, así predicamos y así creísteis». «Así predicamos y así creéis».

Pero el tema es este: aquello que yo os entregué, ¿cómo lo recibisteis vosotros? Y aún más, cuando vosotros lo entreguéis después, ¿cómo lo recibirán los posteriores?

Cuando decimos, queridos míos, «Parádosis», ¿qué entendemos exactamente? Es lo que dice la palabra en una primera dimensión: aquello que recibo y transmito. «Lo que recibí —dice el Apóstol— eso mismo os entregué». ¿Qué? Que Cristo murió y al tercer día resucitó. Eso recibí, eso os entregué. Eso, básicamente, es Parádosis.

Pero la cuestión es que, cuando esta Parádosis se escribe, y esta Parádosis se escribió, eso es el Evangelio. Por ejemplo, lo que Pablo escribe a los Corintios, eso, queridos, está depositado, se convirtió en libro. Entonces surge la pregunta: Las generaciones posteriores, cuando lean esto, ¿cómo lo entenderán? Es decir, ¿cómo interpretarán el Evangelio? Porque si no hubiera problema de interpretación, entonces no habría tema de Parádosis. Si existiera una manera de que todas las generaciones comprendieran el Evangelio correctamente, exactamente como fue transmitido por el Señor a Sus discípulos, repito, no habría necesidad de Parádosis.

La Parádosis, por lo tanto, no es otra cosa que el sentir de la Iglesia, la manera exacta en que contempla las Escrituras. Cómo la Iglesia, siempre la Iglesia, desde la época de los Apóstoles, desde la Iglesia Apostólica hasta hoy, cómo la Iglesia contempla las Escrituras y qué piensa acerca de ellas. Es decir, cómo interpreta las Escrituras. Y así, la clave de la interpretación se encuentra dentro de este sentir de la Iglesia, es decir, dentro de esta Parádosis de la Iglesia. Es bien sabido que esto es algo absolutamente fundamental, de lo más esencial. Porque si no tengo esto en mis manos, ¿cómo podré comprender la Escritura?

Y no crean que esto es simplemente una cuestión teórica, con la que podamos entretenernos ahora y que pertenezca a ciertos círculos académicos. No, en absoluto. El experimento ya se hizo: se hizo con los protestantes. Ellos tomaron la Escritura y comenzaron a estudiarla. Y porque querían reaccionar contra la iglesia romanocatólica, la iglesia de Occidente, la iglesia de Roma, por esa razón empezaron a decir: «Estudien la Escritura y entiéndanla como puedan». Y así, cada estudioso se convirtió en una autoridad de interpretación.

¿El resultado? Como no aceptaron la Parádosis, el sentir, conducta y moral de la Iglesia, el modo en que la Iglesia interpreta, el resultado fue dividirse en mil pedazos. Y también la fe se fragmentó y se introdujo una multitud innumerable de herejías. Era inevitable. Porque cuando cada uno interpreta como quiere, ¿no se introducirán de surgir herejías? Cada protestante heredó el mayor defecto de su padre el Papa, hacerse infalible.

Acusan a nuestra Iglesia Ortodoxa de que mantenemos la Parádosis. Atención: no las tradiciones (con minúscula), sino la Parádosis (con mayúscula y con artículo definido). La Parádosis. No una parádosis cualquiera, sino la Parádosis. Un elemento concreto, esencial. La Parádosis. Y nos acusan por ello. E incluso, si quieren, nuestra misma época es tal que nosotros mismos, los ortodoxos, nos ponemos contra la Parádosis y decimos: «¿Y de dónde sacaste eso? ¿Y qué significa eso?».

Y muchos que quizás querrían vivir una vida espiritual, pero fuera de la Iglesia, fuera de la Parádosis de la Iglesia, como sucede a menudo con personas instruidas que toman la Escritura, la estudian, la admiran, pero la entienden como ellos quieren. Entonces eso no tiene ningún valor. Porque, sencillamente, la Escritura sólo se entiende dentro de la Iglesia. Sólo allí. Nunca puedo encontrar a Cristo si no estudio la Escritura dentro de la Iglesia; lo cual significa dentro del sentir y moral, con el sentir de la Iglesia.

Ahora bien, esta Parádosis está en el corazón mismo del cristianismo.

Podríamos responder, entonces, lo siguiente: cuando Cristo entregó la verdad a los Apóstoles, ¿qué dijo? Dijo lo siguiente: «Yo no hablé nada que no haya oído del Padre. Nada dije más ni menos de lo que oí del Padre. Y lo que oí del Padre, eso hablo». Pero lo que Cristo habla se confirma por el Espíritu Santo en el día de Pentecostés.

Por lo tanto, observamos que en las mismas Personas de la Santísima Trinidad existe una especie peculiar de transmisión o parádosis. Digo «peculiar» porque Dios es uno. La esencia de Dios es única. Y sin embargo, como «el cristianismo es imitación de la Santísima Trinidad», como dice San Gregorio el Teólogo, en este aspecto la Iglesia imita a la Trinidad. ¿En qué? En la Parádosis.

Ya que el Hijo no dice nada que no haya oído del Padre, y el Espíritu Santo confirma todo lo que el Hijo dijo en el día de Pentecostés —pues entonces se entendió plenamente—, pero lo importante es que jamás hubiera llegado Pentecostés si el hombre Jesús, tal como lo veían los hombres, no hubiese sido verdadero. Por tanto, el Espíritu Santo probó el día de Pentecostés que Jesús es verdadero, y por lo tanto es Θεάνθρωπος (zeánzropos) Dios-Hombre.

De modo que esta Parádosis dentro de la vida de la Santísima Trinidad, que muestra una disciplina que nos asombra, se convierte en modelo, en ejemplo para nosotros dentro de la Iglesia.

Así, ahora la fuente es Jesús Cristo. Él enseña. Los discípulos escuchan. Luego ellos reciben el mandato: «Id por todas las naciones, enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado».

¡Atención!: todo. Ni más ni menos. Y el valor, queridos míos, del Apóstol está en la fidelidad. El Apóstol no innova. Su valor no está en la originalidad. Su valor está en la fidelidad: en si transmitió con exactitud aquello que recibió.

Y después, esta Parádosis pasa a los santos de nuestra Iglesia, a los Padres. Y, en consecuencia, la Parádosis Apostólica se convierte en Parádosis Patrística. Y es el sentir, virtud y moral de la Iglesia. Es la clave para la interpretación de la Sagrada Escritura. Dice el evangelista Juan, de modo característico, en su Primera Epístola —yo os digo solo tres palabras, aunque él las repite varias veces con sinónimos: «Ὃ ἑωράκαμεν, ὃ ἀκηκόαμεν ἀπαγγέλλομεν ὑμῖν» “Lo que hemos visto y lo que hemos oído, eso os anunciamos”. Es decir: aquello que vimos y escuchamos, eso os transmitimos. Nada más de lo que vimos, oímos y lo que nuestras manos, añade más adelante: “palparon acerca del logos de la vida, y os lo decimos no para mostrarnos sabios, sino para que también vosotros tengáis la vida como la tenemos nosotros”. Es asombroso, amadísimos míos, este sentido de fidelidad.

Más tarde nos dirá san Atanasio el Grande algo admirable: «Hemos contemplado esa misma Parádosis desde el principio, y la enseñanza y la fe de la Iglesia Católica-Universal (Católica en sentido correcto de la palabra helénica, no la falsedad romanocatólica) la cual el Señor entregó, los Apóstoles predicaron y los Padres conservaron».

«Y los Padres la conservaron». Por lo tanto, el tesoro de la verdad se encuentra en aquello que los Padres guardaron, lo cual recibieron de lo que enseñaron los Apóstoles, los cuales a su vez oyeron de la boca de Cristo. «En esta Parádosis se ha fundamentado la Iglesia». «Aquí», dice, «está fundada, sobre esta Parádosis».

Así, amados, vemos que no podemos decir que tomaremos la Escritura para leerla como si fueran lemas de vida, explicándola como nos parezca o como nos convenga. O incluso eligiendo lo que nos gusta y dejando de lado lo que no. La Escritura entera es la verdad.

Pero quiero subrayar aún algo más. Muchas veces, cuando estudiamos la Escritura, pensamos que es solo una carta con letras. Como si alguien nos hubiera enviado una misiva, una epístola, y nos olvidáramos por un momento del remitente, quedándonos solo con el papel. Así sucede a menudo: queremos quedarnos en un versículo que deseamos aplicar. Correcto. Nadie lo niega. Pero olvidamos algo muy esencial: que no basta con decir: “Pondré por obra el Evangelio, con disciplina naturalmente”. No debo olvidar que detrás de lo que leo, detrás de aquello que con todo esfuerzo intento hacer mío, hay una Persona. No es solo una palabra, un logos. Es una Persona. Y esa Persona es Jesús Cristo. Por eso, la Parádosis no es una letra muerta. Es una realidad viva. Y la expresión más perfecta de esta Parádosis, no como letra, sino como vida, es la Divina Liturgia. Aquella noche en que iba a ser entregado tu Hijo, oh Padre, tomó en sus manos el pan y el vino y dijo: “Esto es mi Cuerpo, y esto es mi Sangre; porque soy Yo mismo lo que ahora os entrego”. Y la Iglesia conservó esta suprema Parádosis: la Divina Liturgia. Ese tesoro incalculable. Ya no tenemos una parádosis de letra, sino una Parádosis de Persona. Del mismo Cristo, que es… Su Cuerpo, la Iglesia. Así, Cristo y la Iglesia son Uno. Como la cabeza y el cuerpo. «Y el cuerpo de Cristo», dice el apóstol Pablo, «es la Iglesia». Cuando comulgamos dignamente, como se debe, el Cuerpo y la Sangre de Cristo, mantenemos la Parádosis, la Parádosis viva. Por eso dice el apóstol Pablo que este Misterio se celebrará «hasta que Él venga». No importa, amadísimos míos, aunque sean pocos los que lo guarden. Aunque solo quede un resto, un remanente. Siempre, no obstante, permanecerá la Ortodoxia.

Pero no la identifiquemos —quiero que despertemos un poco, que despertemos—, no la identifiquemos con “ELAS-GRECIA Y ORTODOXIA”. Alguna vez la Ortodoxia huirá de Grecia. Huirá. No sé a dónde irá. ¿A China? ¿A Uganda? ¿Al Polo Norte? No sé. ¿A los esquimales? No sé. Una sola certeza: la Ortodoxia permanecerá hasta que venga Cristo. Nos lo dijo el apóstol Pablo.

Por supuesto, si la Ortodoxia no permaneciera en Grecia —allí donde fue anunciada y desde donde partieron los misioneros—, eso sería verdaderamente algo muy doloroso para nosotros. Muy doloroso. Pero, tal como vamos, tal como pensamos y nos movemos los ortodoxos cristianos, temo que pronto perderemos esta gran gloria y honor nuestro. Así como lo perdieron también los judíos: el honor de reconocer a Cristo.

No lo penséis mal: Dios no es parcial. Dios no se deja llevar por sentimentalismos. No. “¿Has guardado? Te elevaré y te glorificaré. ¿No guardaste? Te rechazaré”. No vaciló —dice el apóstol Pablo en su carta a los Romanos— en rechazar a Israel. ¿Y tú quién eres? Tú eres un olivo silvestre. Te rechazará. Porque si rechazó al olivo cultivado por naturaleza, a ti, que eres silvestre y fuiste injertado, con mucha más razón te rechazará.

Por esta razón, si amamos también a nuestra patria, a Grecia, debemos prestar atención. Grecia existe porque existe la Ortodoxia. O mejor dicho, la doxa-gloria de Grecia es la Ortodoxia. Y la Ortodoxia es la Parádosis de la Iglesia, es la Parádosis de los Apóstoles, es la Parádosis de los Padres. Y nosotros somos el depósito viviente de esta herencia. Pero no debemos olvidar algo más. Los Padres, al igual que Platón, Aristóteles, Tales de Mileto, Sócrates y cualquier otro sabio e ilustre, así como los grandes artistas, no pertenecen solo a Grecia sino al mundo entero. Son patrimonio de toda la humanidad. Ciertamente, los Padres son griegos, pero pertenecen al mundo entero. No debemos, pues, gloriarnos diciendo que los Padres eran griegos. ¿Visteis lo que os leí? La opinión de San Atanasio el Grande. Y, sin embargo, los mismos Padres dirían: «Pertenecemos al mundo entero. Dondequiera que exista Ortodoxia. Y a vosotros os ignoramos». No debemos quedarnos, pues, solo con el nombre, con el mero título de que los Padres son griegos, sino conservar nuestra fe.

San Pablo dice: «Conservad las paradósis tradiciones». Guardad las paradósis tradiciones que yo os transmití. Esto significa que debemos mantenerlas, custodiarlas. ¿Y qué dice el Señor en el Apocalipsis en una de sus cartas a una Iglesia? «Mantén lo que tienes hasta que yo venga».

¿Y sabéis qué? Esta Iglesia de Asia Menor… —aunque las siete Iglesias de Asia Menor son figura de la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica con siete dimensiones, siete aspectos; una sola es la Iglesia. Estas Iglesias locales son figura. Pues bien, aquella Iglesia que recibió la orden de mantener lo que tenía hasta que viniera Cristo, no lo mantuvo. Su lámpara se apagó. Definitivamente en 1922. Se apagó. Desapareció. Ved, no conservó la lámpara hasta que viniera Cristo. ¡Qué desgracia…!

Así pues, la voz de Cristo nos advierte: «lo que tenéis, retenedlo y mantenedlo hasta que yo venga» (Apocalipsis 2:25). Amín.

 

*[Amigos en y de CristoDios, el término clave aquí es Παράδοση (ις) Parádosi (s) singular, y la P en mayúscula significa la Ortodoxa Santa Παράδοση Parádosi Tradición, entrega, depósito, transmisión y traspaso.

El Cristo es Ortodoxo Católico y el Fundador de Su Una Santa Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa, la de los 12 Apóstoles y Patrística-profética, continuación de los Hechos, que no en vano el libro acaba con punto y seguido, junto con Su bella Παράδοση PARADOSI Tradición Santa, Una, Única y Ortodoxa que παρέδοσε PARÉDOSE transmitió y entregó en nosotros el PARADISO Παράδεισον (Gén 2,8), bajo supervisión del Espíritu Santo… de la que las fuerzas demoníacas del Hades jamás destruirán…y del El Mismo Cristo que dijo: “He aquí YoSoY y estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén” Mateo 28, 20.”

El verbo es παραδινω paradino ο παραδιδω paradído y de este muy importante de las Santas Escrituras procede, tiene la raíz y sentido la palabra παράδεισος parádiso, en el sentido paraíso increado entregado de Dios al interior y unido al corazón del hombre, entonces el corazón y la psique hace un paraíso creado unido con el increado porque «…ἡ βασιλεία τοῦ Θεοῦ ἐντὸς ὑμῶν ἐστιν…la realeza increada de Dios está en vuestro interior (Luc 17:21), en nuestros corazones.

La palabra o término teológico Παρά-δοση compuesta de “para” elemento compositivo prefijal, mucho, demasiado y dosi/s dación. El verbo es παραδινω paradino ο παραδιδω paradído y de este muy importante de las Santas Escrituras procede, tiene la raíz y sentido la palabra παράδεισος parádiso, en el sentido paraíso increado entregado de Dios al interior y unido al corazón del hombre, entonces el corazón y la psique hace un paraíso creado unido con el increado porque «..ἡ βασιλεία τοῦ Θεοῦ ἐντὸς ὑμῶν ἐστιν…la realeza increada de Dios está en vuestro interior (Luc 17:21), en nuestros corazones.

El verbo es παραδινω paradino ο παραδιδω paradído significa: entregar, hacer entrega ‖transmitir, pasar‖ traspasar, transferir‖ depositar, confiar‖ impartir, dar, por ejemplo dar clases; παραδινομαι paradinome rendirse, entregarse, someterse ‖metafóricamente entregarse a mis pazos, pasiones o me he entregado a los brazos…

Παράδοση Parádosi en helénico significa: s/f entrega ‖ transferencia, traspaso, relevo‖tradición, εκ παραδοσις/εως ek parádosis/eos, por costumbre, de tradición, tradicionalmente‖ (clases) impartición de clases, enseñanza‖ rendición‖ y en la Iglesia Ortodoxa: Santa Tradición fundada por CristoDios,  “he aquí yosoy y estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén” Mt 28,20. (Estará siempre junto con nosotros porque Él es el Εμμανουηλ Emanuil o Emanuel en español, del que el nombre significa: Dios junto con nosotros). Del “nuevo diccionario 1 tomo de griego-español y 1 tomo de  español-griego”. Editorial: TEXTO COMUNICIÓN SERVIS, TRANSLASION & PUBLISHING. calle/ II AMYNTA ST., 116 ATHENS 35, GREECE. Tel +301 210 72 32 201, WWW.texto.gr. Ver también: https://logosortodoxo.es/teologia-ortodoxa/santa-tradicion-de-la-una-santa-iglesia-catolica-apostolica-ortodoxa/]

PARA GLORIA DEL DIOS TRINO

Homilía realizada en el Santo Monasterio Komnineo, Larisa, el 17-8-1980, con inmensa gratitud a nuestro guía espiritual, el venerable y bendito Padre Atanasios Mitilineos,

FUENTES: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/omiliai-kyriakvn

Transcripción digitalización y edición de la homilía: Sr. Atanasios K. y Eleni Linardaki, filóloga.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

Búsquedas juveniles, Atanasio de Mitileneos

 

Búsquedas juveniles

Atanasio de Mitileneos, el Nuevo Crisóstomo

Domingo XII de Mateo, 19,16-26 El joven rico

El joven rico, 19:16-30.

16 Y he aquí, acercándose uno, le dijo: Maestro bueno, ¿qué cosa buena tengo que hacer yo para tener vida eterna?

17 Entonces Él le dijo: ¿Por qué me dices bueno, ya que crees que soy un hombre simple? Nadie es absolutamente bueno sino sólo el Dios; pero si quieres entrar en la vida eterna, guarda y aplica los mandamientos-logos de Dios.

18 Le dice: ¿Cuáles? Y Jesús dijo: los conocidos, es decir, no matarás, no cometerás adulterio, no hurtarás, no dirás falso testimonio,

19 honra y respeta al padre y a la madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo.

20 Le dice el joven: todas estas cosas las he conocido y cumplido desde joven, ¿qué más me falta para ser digno del reinado de la realeza increada de los cielos?

21 Jesús le dijo: Ya que quieres ser perfecto, anda, vende tus posesiones y repártelas a los pobres, y adquirirás un tesoro en los cielos, después ven y sígueme.

22 Pero al oír el joven este logos, se fue entristecido, porque tenía muchas posesiones y bienes y su corazón estaba apegado en estos bienes materiales.

23 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: de verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el reinado de la realeza increada de los cielos.

24 Otra vez os digo: Es más fácil pasar una cuerda gorda de las que atan el camello o el barco por un ojo de aguja, que un rico entrar en el reinado de la realeza increada de Dios (o kámilon se llamaban y eran las cuerdas gordas que los helenos-griegos ataban los barcos en el puerto).

25 Y oyéndolo los discípulos, se asombraban en gran manera, diciendo: Entonces, ¿quién puede salvarse?

26 Y mirándolos Jesús, les dijo: para con los hombres es imposible, pero para con Dios, todas las cosas son posibles, (por tanto, es posible la salvación también de todos aquellos que de alguna manera se enredan con dineros y posesiones; basta que tengan buena disposición y voluntad de abnegación y sacrificio).

27 Interviniendo entonces Pedro, le dijo: he aquí, nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué, pues, tendremos o cuál será nuestra recompensa?

28 Y Jesús les dijo: de cierto os digo y os aseguro que en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su doxa-gloria (luz increada), vosotros, los que me habéis seguido, también os sentaréis sobre doce tronos gloriosos, para juzgar a las doce tribus de Israel.

29 Y todo el que dejó casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos, o campos, por causa de mi nombre, recibirá aquí en la tierra cien veces más, y, lo más importante, heredará la vida eterna.

30 Pero muchos que en este mundo a causa de los axiomas que tienen y no por su virtud, son considerados primeros, ellos serán los últimos, y muchos que en este mundo son considerados los últimos serán los primeros en reinado de la realeza increada de Dios.

 

Búsquedas juveniles, por P. Atanasio de Mitileneos

Domingo XII de Mateo, 19,16-26

Es conmovedor, queridos míos, cuando vemos a los jóvenes buscar el bien, lo perfecto, para conocerlo y vivirlo. Una situación ejemplar, con un aspecto positivo y otro negativo, nos presenta hoy el evangelista Mateo. Nos relata que un joven rico, de buen corazón y buena disposición, se acercó al Señor y le preguntó:

«Maestro bueno, ¿qué bien he de hacer para tener vida eterna?»

Y el Señor le respondió: «Si quieres entrar en la vida, aplica y guarda los mandamientos». Es decir: «Si quieres alcanzar la vida eterna, si deseas entrar en ella, cumple los mandamientos».

Aquel joven, sorprendido —pues quizá esperaba otra cosa— preguntó: «¿Cuáles son?». Y el Señor le contestó que se trataba de los mandamientos bien conocidos del Decálogo: el primero, el segundo, el décimo.

El joven, sin embargo, observó que esos mandamientos los había guardado desde niño, por lo cual quedó desconcertado. Aquí se manifiesta —permítaseme decirlo— lo que llamaríamos la “cotidianidad” o “llaneza” de los mandamientos. Decimos: «Bueno, los mandamientos…». Y no sabemos apreciar su peso. Los hombres buscan siempre algo nuevo, algo diferente. Y cuando se encuentran ante un maestro sorprendente, entonces esperan precisamente ese “algo distinto”. Pero el Señor remite al Decálogo: el conocido, el eterno, el inmutable Decálogo de la ley de Dios.

Sin embargo, ya que el joven afirmó haber cumplido la Ley desde su niñez, el Señor lo invita a una etapa más alta de la vida espiritual. Y le dice: «Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme». Es decir: «Si deseas la perfección» —una superación de los mandamientos, no porque éstos no conduzcan a la perfección, sino porque aquí se trata de un paso más allá— «vende tus bienes, repártelos entre los pobres y tendrás tu tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme».

Pero el joven rico, porque poseía muchos bienes y era amante del dinero, se entristeció ante esta respuesta del Señor y se alejó sin querer buscar nada más.

Podemos notar en la actitud de este joven aspectos muy interesantes, y justamente en ellos, queridos míos, conviene que prestemos atención.

Ante todo, se acerca al Señor no solo por la fama que tenía, sino también por Su autoridad. El Señor tenía autoridad. Su enseñanza era verdaderamente auténtica. Por eso el evangelista Mateo señala en el capítulo 7, después del célebre Sermón de la Montaña: «Y sucedió que, cuando Jesús terminó estas palabras, las multitudes estaban maravilladas de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los γραμματείς gramatís, gramaticales, escribas». Es decir, era auténtico.

Así, una condición fundamental para la búsqueda de un maestro es su autoridad. Presten atención, por favor, a este punto: la autoridad.

Pero nuestra época —si miramos nuestra época— ha derribado toda autoridad: tanto la del hombre como la de Dios.

Entonces, ¿a quién podrá acudir un joven que busca aprender, si nadie puede darle una respuesta auténtica?

¿A los padres?… Los padres, queridos míos, han dejado de ser autoridad. ¿A los maestros? Por desgracia, han perdido toda autoridad. Diría que el joven ya no se convence, diga lo que se le diga, sobre todo cuando se le proponen enseñanzas meramente humanistas. Ya no se convence.

Es más, los propios educadores se apresuraron a despojarse de toda autoridad, porque consideran que la autoridad es un mito. Es decir, ellos mismos se han desmitificado. Y eso es tremendo.

¿El Estado? ¿Los gobernantes, los líderes? También ellos, por su parte, han rechazado toda autoridad frente a sus ciudadanos. La autoridad, en realidad, ha desaparecido. Políticos, militares, jueces, ya no inspiran ninguna autoridad en el ciudadano.

Nos hemos empeñado, con las diez manos y con las diez uñas de nuestros dedos, en cavar y enterrar la autoridad. La hemos ridiculizado, la hemos ironizado. Hemos dicho: «¡Bah! ¿Autoridad? ¿Qué significa la autoridad de los padres, de los maestros, de los educadores, del Estado? ¡Pamplinas!». —Perdónenme la expresión.

Lo mismo sucedió también en el ámbito eclesiástico. Las sociedades modernas han quitado incluso la autoridad a Dios. Y, por extensión, también al clero que sirve a Dios y al pueblo. Así, la autoridad ya no existe. O, más exactamente, la autoridad se ha convertido en cada individuo: «¿Por qué tú eres autoridad y yo no? Yo soy, pues, autoridad. Y no tengo que reconocer a nadie más fuera de mí mismo».

De esta manera surge un fenómeno, el fenómeno del llamado protestantismo social.

Es sabido que el protestantismo no reconoce como autoridad al Papa —por eso precisamente se separó de la Iglesia de Occidente, la Iglesia católica romana—, porque ya no aceptaba la autoridad de la sede papal. ¿Y qué dijo el protestantismo? «La autoridad, cristiano, eres tú, cada uno. No tienes que mirar a nadie más que a ti mismo. Estudia la Sagrada Escritura y ella te dirá lo que tenga que decirte, tal como tú la entiendas».

Nosotros decimos: «Tenemos la autoridad de los Padres en la interpretación de la Sagrada Escritura». Pero el protestantismo responde: «No, la autoridad eres tú. Y lo que tú entiendas, eso es lo correcto». Es decir, se trata de una condición puramente subjetiva.

Por eso les dije que hoy tenemos una especie de protestantismo social en lo referente al problema de la autoridad. Tenemos, en nuestra época, lo mismo que ocurrió en tiempos de Sócrates: el fenómeno de la enseñanza de los sofistas. Con sus doctrinas —Protágoras, Pródico de Ceos, y otros— corrompieron a los ciudadanos de Atenas y, en general, de toda Grecia. Y Grecia decayó religiosamente, porque ellos predicaban que Dios o los dioses no existían. Grecia se corrompió religiosamente, culturalmente, políticamente: en sus leyes, en sus costumbres y en sus instituciones.

Recuerden lo que Sócrates dijo a Hipócrates, el joven Hipócrates, que quería hacerse discípulo de Protágoras: «¿Y qué vas a aprender allí?», le dijo. «¿Qué vas a aprender allí, que has venido tan temprano a pedirme que te lleve a ser discípulo del sofista? ¿Qué vas a aprender allí?».

Son realmente muy valiosas aquellas palabras de Sócrates al joven Hipócrates.

Si queremos, queridos míos, una restauración, una verdadera reforma, debemos devolver el peso y la autoridad a todo aquello que, por naturaleza, debe tener peso y autoridad.

El joven rico, a continuación, pregunta al Señor: «¿Qué bien he de hacer para tener vida eterna?»

Aquí vemos en él la búsqueda del bien: «¿Qué bien debo hacer?», como medio para alcanzar la vida eterna.

Pero, en verdad, ¿qué es el bien? La respuesta debería ser obvia, porque el bien es algo comprensible para todo ser humano. Sin embargo, el bien no es evidente, queridos míos. Porque la caída de Adán lo fragmentó y lo convirtió en algo subjetivo.

¿Qué es el bien? «Lo que yo creo que es bueno. Eso es el bien». Así, el bien deja de ser objetivo y se vuelve subjetivo.

La respuesta depende, entonces, de la cosmovisión de cada persona. Cada uno tiene una respuesta distinta sobre qué es el bien: una da el materialista, otra el idealista, otra el cristiano. Lo mismo sucede con la verdad.

Recuerden lo que dijo Pilato: «¿Qué es la verdad?».

Pero no lo dijo como una pregunta auténtica, sino en tono de desdén: «¡Bah! ¿Qué es la verdad? Tú vienes a dar testimonio de la verdad, ¿y qué es la verdad?». Y enseguida —nos dice el Evangelio— salió fuera, al pretorio. Es decir: «¡Bah! Muchos hablan de la verdad. Y tú eres uno más, entre tantos que dicen tener la verdad. ¿Qué es, pues, ¿la verdad?». (Le eterna pregunta del filósofo o de cualquier hombre: ¿qué es la verdad?, para el cristiano la Verdad es Persona es Cristo quién dijo YoSoY la verdad y la vida…”, no una idea abstracta)

Así también aquí: «¿Qué es el bien? ¡Bah! ¿Qué es el bien?».

Del mismo modo que la verdad requiere apocálipsis/revelación, queridos míos, también el bien requiere apocálipsis/revelación. Debe ser Dios mismo quien nos lo apocalipte/revele. Por eso el joven rico hizo bien en preguntar al Señor.

Pero hoy, ¿cómo entiende nuestra generación el bien? ¿Qué es para nuestra generación el bien?

En primer lugar, es una libertad mal entendida. O, si se quiere, una mala copia de la libertad. Este es el primer “bien”. Hablamos de libertad. Pero hoy nuestra generación ha abusado terriblemente de esa libertad.

Además, para algunos el bien es la anarquía. O la liberación de todos los tabúes. Es el hedonismo. Es la diversión entendida como “δια-σκέδασις di-a-skédasis diversión”: del verbo diaskedánnymi, que significa dispersar, esparcir. Y así, lo mismo que dice el Señor en la parábola del hijo pródigo, que «dispersó los bienes de su padre» —y los bienes del Padre son el ser a imagen de Dios—, del mismo modo el hombre moderno dispersa, derrocha esa imagen. Se divierte, pero en realidad esparce y dilapida la imagen de Dios en sí mismo.

Hoy, cuando el hombre va a divertirse, en realidad se desfigura. Desfigura la imagen de Dios que lleva dentro.

El pansexualismo es considerado un bien. O el freudismo. El dinero. La aergía (no la anergía). El áergos es el que no quiere trabajar, mientras que ánargos es aquel que no encuentra trabajo. Así vemos que muchos jóvenes hoy salen por la mañana de casa, regresan al mediodía a comer, y luego se van a las cafeterías… No quieren trabajar. ¡Algo incomprensible!

Antes, la gente iba a los cafés, jóvenes y mayores, pero por la noche. Ir a un café en horas de la mañana era inconcebible; solo iban los jubilados. Hoy, en cambio, las cafeterías están repletas de jóvenes en pleno horario matutino. Esta es la aergía.

Otro “bien” que se busca: el aventurerismo. Y también el “burguesismo”: un acomodo profesional, una comodidad técnica, una casa bonita, e incluso una buena salud. Leemos infinidad de recetas para conseguir, mantener y conservar una buena salud. Es decir, un vitalismo desenfrenado, un puro biologismo: aquello que caracteriza a los animales: «¡Vivir, vivir, vivir!». No una vida espiritual, sino una vida meramente animal.

Todo esto, queridos míos, es lo que responderán los hombres de hoy cuando se les pregunte qué es el bien. Y la razón es que la orientación ideológica de nuestro tiempo es materialista. Lo vemos claramente: vivimos el llamado “materialismo práctico”. Volveremos a decir, una y otra vez, que la noción del bien necesita apocálipsis/revelación. Ha de venir de una fuente auténtica. Y esa fuente es Dios.

El joven rico, además, dijo al Señor: «¿Qué bien debo hacer?». No busca una respuesta teórica, sino una respuesta práctica. Pero nuestra época busca sin querer esforzarse. El elemento del esfuerzo ascético resulta repulsivo. Porque el cristianismo es ascesis (práctica, ejercicio espiritual). Es más aún: es ascesis crucificada, ascesis de la cruz.

Y los antiguos decían: «Los bienes se adquieren con fatigas». Sin embargo, hoy el cristianismo, para agradar a las mayorías —presten atención a este punto—, ha sido adulterado hasta un grado excesivo. Y así, para atraer supuestamente a los jóvenes, que no quieren fatigarse y aborrecen todo lo que se llama ascesis en sentido amplio —siendo la más mínima de sus formas el ayuno—, el cristianismo ha sido transformado, ofrecido bajo la forma de sociologismo y humanismo.

Es decir, ha perdido todo el elemento del misterio de Dios. Se ha vuelto humano, antropocéntrico, no teocéntrico (centro Dios). Ya no cuenta lo que Dios dice, sino cómo lo entendemos nosotros los hombres. Y así, vivimos —aparentemente— ciertos aspectos del cristianismo, solo para llamarnos cristianos.

¿Ven ustedes? Haría falta mucho tiempo para explicar cómo, por desgracia, el cristianismo se transformó en sociologismo y en humanismo.

Todo esto, claro está, sin Dios. Autónomamente. Porque aquel que acepta un cristianismo reducido a sociologismo, fácilmente coloca a Dios tan lejos, que ni Él se interesa ya por el hombre ni el hombre por Dios. En esencia, es una condición autónoma. Por eso nuestros jóvenes, al final, terminan superficiales, sin teología, sin rumbo. No tienen profundidad. Carecen de hondura.

¿Y por qué? Porque la profundidad es Dios.

El joven dijo aún: «Para que tenga vida eterna». Es decir, veía el bien como un medio con un fin: la vida eterna. Pero, en sus búsquedas, los jóvenes de hoy —que tienen sed de vida eterna— en realidad no la buscan. Se asemejan a un enfermo que sufre deshidratación sin saberlo. Tiene sed, pero ya entró en el estado de deshidratación, y no sabe que lo que le falta es el agua. Así también, nuestra generación —y especialmente la juventud— tiene una sed latente, una sed oculta. Pero su mirada se limita únicamente a este siglo presente, a la vida actual. El joven moderno no quiere algo que esté en el futuro, algo que trascienda la vida presente. Y aquí se muestra, precisamente, su superficialidad y su miopía espiritual.

Claro que no todos los jóvenes son así. Debemos decirlo.

Pero en épocas de decadencia… ¿no se dan cuenta ustedes de que nuestra época es de decadencia? ¿De terrible decadencia? A pesar de la abundancia del progreso técnico y de la civilización material, vivimos una terrible decadencia. Y, en una época de decadencia, de desorientación y de sustitución de todo lo auténtico, debemos decir que también existen maravillosos jóvenes que, de manera muy concreta —no abstracta—, dentro del espacio de la Iglesia y del cristianismo, buscan la vida eterna. ¡La vida eterna!!!

La buscan como ausencia de la muerte y de los sufrimientos humanos; como incorruptibilidad, como juventud eterna, como bienaventuranza eterna. Así la desean, tal como la ofrece el logos de Dios. También la buscan como conocimiento y contemplación de Cristo.

Dice el Señor: «Y esta es la vida eterna…». ¿Cuál? «Que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesús Cristo, a quien has enviado» (Jn 17,3).

Queridos míos, la vida eterna es el mismo Jesús Cristo. No está Cristo aquí y la vida eterna allí. No está Cristo aquí y Su Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) allá. Cuando decimos “Βασιλεία”, cuando decimos “vida eterna”, no es otra cosa que Cristo mismo, Su presencia, el espacio que Él llena con Su ser.

Muchas veces los jóvenes buscan la vida eterna en el monacato. Es el mismo fenómeno que se observó después de la oficialización del cristianismo bajo Constantino el Grande. Muchos jóvenes vieron que, de manera imparable, entraba la mundanidad (secularización) en la Iglesia. Por eso abandonaron las ciudades y se retiraron al desierto. Hasta entonces, mientras había martirio en las ciudades, no había necesidad de marchar al desierto. Pero ahora que la Iglesia se mundanizaba, abandonaban las ciudades y buscaban el desierto. Por supuesto, una Iglesia viva ofrece siempre posibilidades de vida eterna, incluso dentro de la ciudad. Pero debe ser una Iglesia viva, que atraiga a los jóvenes ya sea en el desierto de las ciudades o en el desierto sin hombres. Una Iglesia viva y vibrante.

Por eso, queridos míos, diremos que a nuestra Iglesia hoy se le aplican las palabras que el Señor dirigió al ángel de la Iglesia en Sardes, en el Apocalipsis, capítulo 3: «Yo conozco bien tus obras, que tienes sólo nombre que manifiesta de que vives, pero estás muerto. Sé vigilante o estate despierto, en alerta continua, y apoya las otras personas que estuvieron a punto morir; porque no he hallado tus obras perfectas delante de Dios. Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído (por el kerigma del Evangelio); y guárdalo, aplícalo, y arrepiéntete, vuelve a la metania. Pues si no despiertas, no eres cuidadoso y no velas, vendré de repente como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré a ti (para por la muerte recogerte)».

Nuestra Iglesia Ortodoxa necesita vuelta a la metania,  arrepentirse. Es decir, nosotros mismos debemos volver atrás, mirar a la Iglesia primitiva tal como la vieron los Padres, tal como ellos la sostuvieron e interpretaron el Logos de Dios —correctamente, de ahí el nombre “Ortodoxa”.

Los miembros de una Iglesia viva deben buscar siempre la vida eterna. Siempre. Si se detienen y buscan otras cosas, cosas mundanas, han errado el blanco. Siempre la vida eterna. «Aférrate a la vida eterna», dice el apóstol Pablo.

Y para épocas de terrible decadencia también están escritas las palabras del Salmista: «El Señor mira desde el cielo a los hijos de los hombres para ver si hay alguno que entienda, alguno que busque a Dios. Todos se desviaron, a una se corrompieron; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno» (Sal 13).

Queridos míos, el joven rico se marchó entristecido. También en nuestra época hay sed de vida eterna, pero cuando escuchan las condiciones para alcanzarla, protestan y dicen: «Duro es este logos o esta palabra, ¿quién puede escucharlos?». «Cosas terribles, ¿quién puede soportar lo que dice la Iglesia?».

Y el Señor, nos dice otro evangelista, miró al joven y «lo amó». Es decir, lo compadeció. Así como Dios compadece a cada joven que le da la espalda…

Queridos míos, el Señor es el portador de la vida eterna. Mejor dicho, como dije antes: Él es la apocalipsis/revelación del Logos de Dios hecho hombre entre nosotros, es la apocalipsis/revelación de la vida eterna, la cual ahora, por Jesús Cristo y en Jesús Cristo, podemos acercar y conquistar.

Hubo una vez un joven de veinte años, Antonio el Grande, que al escuchar este mismo pasaje evangélico de hoy se conmovió profundamente. Y dijo: «¿Y yo qué hago?». Vendió sus bienes y se fue al desierto. Lo que no hizo el joven rico en tiempos de Cristo, lo hizo san Antonio.

¿Se acuerdan acaso del nombre de aquel joven rico? No, no tenía nombre. Su nombre no quedó en la eternidad. Pero Antonio… Antonio quedó para siempre. ¿Y por qué? Porque buscó precisamente la eternidad.

Queridos míos, la búsqueda suprema debe ser la vida eterna. Especialmente para los jóvenes. De hecho, san Pablo le escribió a un joven, a Timoteo, en su primera carta: «Combate el buen combate de la fe, aférrate a la vida eterna».

“Aferrarse” significa sujetar con fuerza, tomar con decisión. «Aférrate a la vida eterna».

Queridos míos, esta vida eterna debemos también nosotros asirla, tomarla con firmeza y sostenerla, para poder vivir en ella.

PARA GLORIA DEL DIOS SANTO Y TRINITARIO

y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, el 30-8-1992.

Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

Fuentes de la fe, Atanasio Mitilineos

«Fuentes de la fe»

Atanasio Mitilineos
Parábola del rico y Lázaro, [Domingo V de Lucas [16, 19-31]

 

La parábola del rico y del pobre Lázaro, Luc 16:19-31.

19 Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía espléndidamente cada día banquetes muy costosos.

20 Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta del rico, lleno de llagas,

21 y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; hasta los perros venían y le lamían las llagas de su cuerpo.

22 Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles en el seno de Abraham, es decir, al paraíso donde Abraham junto con los justos deleitan y reposan; y murió también el rico, y fue sepultado con pompa y grandeza, pero su psique-alma bajó al Hades, al infierno.

23 Y estando en tormentos en el Hades alzó sus ojos y vio de lejos a Abraham y a Lázaro en su seno o golfos/bahías.

24 Entonces él, que había mostrado tanta dureza e indiferencia cuando vivía en la tierra, ahora gritando, dijo: Padre Abraham, ἐλέησόν με eleisónme ten misericordia/compasión de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado terriblemente en esta llama del Hades.

25 Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste, disfrutaste y deleitaste continuamente a lo máximo tus bienes en tu vida, y Lázaro, por el contrario, los males, la pobreza y la enfermedad; pero ahora éste, por su paciencia en el tiempo de su tribulación, es consolado disfrutando y deleitando aquí, y tú eres atormentado allí continuamente a causa de la egolatría, de la crueldad y de la dureza de tu corazón.

26 Y no es sólo esto, entre nosotros y vosotros hay un gran abismo, de tal manera que los que quisieren pasar de aquí para allá a vosotros no pueden, ni los de allá pueden pasar aquí a nosotros

27 Entonces el rico le dijo: Te ruego, pues, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre,

28 porque tengo cinco hermanos, para que les testifique lo que aquí ocurre, a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento.

29 Y Abraham le dijo: A Moisés y a los profetas tienen; ¡que los escuchen!

30 Él entonces dijo: No, padre Abraham; que si alguno de entre los muertos va a verlos, volverán a la metania y se arrepentirán.

31 Abraham contestó: Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, aunque alguno resucitara de los muertos. (Cuando falta la buena voluntad y predisposición, ni siquiera el mayor milagro puede conducir a la fe y a la metania.)

Ver también sobre esta Parábola aquí: https://logosortodoxo.es/category/esjatologia/

 

«Fuentes de la fe»-

Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo

Todos conocemos, queridos míos, la maravillosa parábola del rico y Lázaro. Cada frase, cada palabra, es una apocálipsis-revelación teológica. Y es una apocálipsis-revelación, porque el mismo Señor la enseñó. En medio de todo lo que se dijo en el diálogo entre el rico y Abraham, se encuentran estas palabras. Les leo: «Entonces le pido, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, para que no vengan también ellos a este lugar de tormento». Abraham le dijo: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen». Y él dijo: «No, padre Abraham, pero si alguien de entre los muertos va a ellos, volverán a la metania y se arrepentirán». Abraham le respondió: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque alguien resucite de entre los muertos».

Aquí tenemos un diálogo que trasciende el mundo físico. Abraham ya está en el Paraíso, el rico en el Hades; y ahí se establece un diálogo. Dije «se economiza, se establece», porque como bien se ha dicho, «hay un gran abismo entre nosotros y ustedes». Porque el rico pidió que Abraham enviara a Lázaro para que mojara la punta de su dedo, debido al intenso sufrimiento en el fuego, y mencionó que «gran abismo hay entre nosotros y ustedes, etc…» Así, este diálogo se establece, porque en realidad no sería posible abrir este diálogo en el mundo físico.

Sin embargo, aquí el rico le pide a Abraham que envíe a Lázaro a la casa de su padre, «porque», dice, «tengo cinco hermanos», para que les avise y no vengan también a este lugar de tormento. Y Abraham le responde: «Tienen a Moisés y a los profetas. Que los escuchen sobre la otra vida». «No», dice él, «padre Abraham, si alguien resucita de entre los muertos, entonces volverán a la metania y se arrepentirán». «Oh, hijo mío, si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque alguien resucite de entre los muertos».

En estos cinco pasajes del diálogo, queridos míos, el Señor quiere destacar dos fuentes de fe. Dos fuentes de fe. Son los milagros, como la resurrección de Lázaro, y las enseñanzas que podemos obtener al estudiar las Sagradas Escrituras. Y por supuesto, el Señor acepta ambas fuentes de fe sin duda, pero da prioridad y seguridad a la fuente de fe que es la Sagrada Escritura. Allí irás a obtener la información. No te quedarás solo con el milagro. Ahí buscarás la información. Simplemente, el milagro confirma la Sagrada Escritura. Este es un tema de gran importancia, y les ruego que lo tengamos en cuenta y lo recordemos. Siempre es relevante, porque la gente, en todas las épocas, incluso en la nuestra, no sabe distinguir entre estas dos fuentes de fe: el milagro, repito, de obtener información del milagro y la Sagrada Escritura. Por supuesto, desprecian la fuente de fe que es la Sagrada Escritura. No le dan mucha importancia. Y buscan la fuente de fe en el milagro.

Si, con un ejemplo muy simple, dijera, anunciara, publicara que habrá una charla sobre la resurrección de los muertos, ¿cuántos vendrían para escucharla? Pocos, de nuestra ciudad. En cambio, si se oyera que alguien ha resucitado, ¡todos correrían! ¿Han visto los casos cuando, dicen, «en algún lugar apareció Cristo», «en algún lugar la Virgen María», «el icono de la Virgen María llora, el de Cristo», vieron cuánta gente va? Allí buscan, en la fuente del milagro, alguna información. Es algo característico. Diríamos que el Señor, después de la respuesta que da a los fariseos, porque fue para ellos que contó la parábola, les está diciendo que hay vida después de la muerte. «Atención, atención, fariseos, hay vida después de la muerte. Y hoy están aquí y quieren ser los primeros, pero cuando cambien las circunstancias, ya no serán los primeros. Ténganlo en cuenta».

Así, el tema principal aquí es que la fuente de información más importante es la Sagrada Escritura. Los milagros, y el Señor hizo milagros, ejecutó milagros, pero el énfasis lo ponía en la Sagrada Escritura. De allí es de donde sacarás la fe. De la enseñanza de Cristo. ¿Comprendemos estas dos fuentes, queridos míos? Son claras. Espero haber podido hacer que lo comprendan. Muchos dicen que quieren ver un milagro para creer. ¿Cuántas veces hemos escuchado esto? Y no se dan cuenta de que están pidiendo algo contradictorio. ¿Por qué? Si se quedan en el milagro, entonces con ese conocimiento destruyo la fe. Y el milagro no existe para destruir la fe, sino para confirmar la fe. Si lo prefieren, el milagro es principalmente para los creyentes, no para los incrédulos. Muchas veces pensamos que el milagro es útil para los incrédulos. No. Es para los creyentes.

Recuerden a Tomás, para que vean la contradicción. «Si no veo la marca de los clavos —decía—, si no pongo mi dedo en el agujero que dejaron los clavos con los que fue crucificado el Maestro, no creeré».
Pero, querido Tomás, si ves, entonces la fe deja de existir. ¿Qué significa fe? «Aceptar cosas que no se ven», como dice el apóstol Pablo en la carta a los Hebreos: “La fe es la convicción firme y garantía de las cosas que se esperan, la prueba de aquellas que no se ven por los ojos físicos” (Hebreos 11:1). Por lo tanto, si ves, has abolido la fe.

Un ejemplo que suelo dar con frecuencia: si les digo que en mi bolsillo tengo cierta cantidad de dinero, y luego se los muestro, ya no se trata de fe, sino de conocimiento. Entonces, cuando alguien pide ver para poder creer, es decir, conocer de antemano por medio de los cinco sentidos, ¿no está anulando la fe? ¿Y no es eso una contradicción? Indudablemente.

Así pues, ¿qué le dijo el Señor a Tomás? «Porque me has visto, has creído; bienaventurados los que no vieron y creyeron» (Juan 20:29).
«Porque me has visto, por eso creíste», si eso puede llamarse fe… no, no lo es. Por lo tanto, bienaventurados y felices aquellos que aceptaron, que creyeron, sin haber visto.

Tomemos ahora el texto sagrado en su orden. Observamos que el rico de la parábola conservaba ciertos sentimientos de amor natural. «Que no vengan mis hermanos también aquí, decía. Tengo cinco hermanos. Yo sufro; al menos que ellos se salven». Eso, por supuesto, es una forma de amor natural, porque eran sus hermanos. Sin embargo, ese amor natural no fue suficiente para acercarse al pobre Lázaro, a quien veía desde las ventanas de su casa, allí enfrente, «junto al portal» del rico. Compadecerse de él, mostrarle amor, ayudarlo, atenderlo, alimentarlo. No. ¿Veis? Ese amor natural se limitaba solo a los suyos. No iba más allá.

Del mismo modo ocurre cuando alguien ama a su hijo, a su esposa, a su esposo, a su madre o a su padre: eso es amor natural. Pero no es suficiente. Por supuesto, debemos amar a quienes son cercanos y familiares, pero ese amor no basta; debe extenderse también a los demás seres humanos.

Y ahora, este hombre de la parábola, el rico, pide no solo que alguien regrese de entre los muertos a la tierra, sino que sea Lázaro quien vuelva. ¿Por qué? Porque Lázaro era conocido por los hermanos del rico. Y por lo tanto, se convencerían de que existe otra vida. De algún modo traería también un mensaje del rico, hermano de ellos, que estaba en el Hades. Pero incluso esta petición del rico se vuelve contra él mismo. Es como si se le dijera: «¿Así que conocías a Lázaro? Ah, lo conocías, veías su miseria… ¿por qué no lo ayudaste entonces?». Por lo tanto, queda claro que sí lo conocía.

El pasaje también revela que el tormento del Hades, aunque es un juicio antes del Juicio Final —un juicio temporal—, comienza inmediatamente después de la muerte del hombre pecador.
Presten atención a esto. No se espera el juicio final: tenemos lo que se llama el “juicio parcial”. La parábola lo revela con absoluta claridad.

Pero cuando, con la resurrección, recuperemos nuestros cuerpos, entonces vendrá el Juicio Final. Y seremos juzgados como personas completas: no solo como psiques-almas, sino como seres humanos plenos. Esto dice mucho, y debemos prestarlo atención…

Abraham, en su respuesta, no se detiene en la posibilidad de que Lázaro resucite y vaya a hablar con los hermanos del rico para contarles lo que sucede después de la tumba. Eso no es lo importante.
Sino que responde así: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen».

¿Qué significa «tienen a Moisés»? Significa que tienen los libros que Moisés escribió, el Pentateuco. Los cinco primeros libros del Antiguo Testamento fueron escritos por Moisés. Por lo tanto, tienen la Sagrada Escritura: los cinco primeros libros. Y en ellos pueden ver si hay vida más allá de la tumba.

¿Y después?

Tienen también a los profetas, los libros proféticos. Que abran y estudien la Sagrada Escritura, y allí verán cómo habla sobre la otra vida. Moisés es mencionado como representante, sobre todo, de la ley moral, ya que él entregó el Decálogo de la ley moral. Así puede comprenderse qué es el pecado…

Me llamó una persona desde algún lugar de Grecia. Había escuchado una grabación mía, emitida por una emisora de radio, en la que hablaba sobre los pecados carnales —fornicaciones, adulterios, etc.—.
Y me dijo: «¡No sabía que eso era pecado!». Un desconocido para mí… «No sabía, usted me iluminó».
¿No sabías que eso es pecado?

Pues abre la Sagrada Escritura, y encontrarás el Decálogo: «No fornicarás, no cometerás adulterio». Y allí obtendrás la información que necesitas para corregir tu conducta moral.

¿Y los profetas?

Los profetas, porque ellos prefiguran el rostro (persona) θεανθρώπινο divino y humano de Cristo, y así puedes llegar a creer en Jesús Cristo.

Dos temas, entonces. Dos categorías: la moral, y la fe en la persona divinohumana θεανθρώπινο de Cristo.
¿Y quién presenta estos dos temas?

La Sagrada Escritura. Toma y estudia la Sagrada Escritura, y allí encontrarás todo esto.

Sin embargo, el rico tiene una objeción. Insiste en que la fuente de la fe debe ser el milagro. Dice: «No, padre Abraham, pero si alguien de entre los muertos va a ellos, se volverán a la metania»,—piensa él—, cuando alguien resucite y vaya a contarles lo que ocurre».

¿Pero por qué el rico no acepta la propuesta de Abraham? Todo esto ocurre —recordemos— en la otra vida. Porque las Escrituras no tienen nada espectacular, mientras que el milagro, sobre todo el de una resurrección, tiene algo extremadamente impresionante.
«¡Ah! ¡Alguien ha resucitado! ¡Vamos a preguntarle qué vio, qué sabe!»

Además, como dice el Teófilacto: «¿Quién conoce lo que hay en el Hades? ¿Quién ha venido de allí para anunciarnos qué existe?».
Y como señala Zigavinós: «Desconfían de las Escrituras, porque, dicen, fueron escritas por hombres vivos que aún no habían visto las realidades del siglo venidero. Pero si alguien resucita de entre los muertos, le creerán, porque él ha visto esas cosas en la otra vida».

Estas son, queridos míos, las mismas posturas que siempre adoptan quienes no tienen disposición de creer. No quieren creer, y así, quieran o no, justifican su incredulidad.

Y, sin embargo, Dios insiste. Insiste en salvarnos a través de las Sagradas Escrituras. De allí debemos obtener la instrucción.
¿Eres tú, hombre, más sabio que Dios?
Dios quiere salvarnos, y ha encontrado el modo de hacerlo mediante el estudio de las Sagradas Escrituras. Pero tú dices: «No, debo ver un milagro para creer». Así, el rico usa incluso la palabra —presten atención— «volverán a la metania, se arrepentirán». El milagro, en algunos casos, puede provocar metania y arrepentimiento. Es verdad. Pero debemos decir que este tipo de arrepentimiento o no tiene raíces para mantenerse, o muy pronto se desvanece, y las personas vuelven a vivir como antes.

¿Ven, queridos míos, cómo los hombres se aferran a lo espectacular?
¡Cuántos —lo sabemos bien—, porque murió repentinamente un amigo, porque tuvieron un sueño, o porque presenciaron un milagro, de pronto se conmueven! Pero muy pronto, ese arrepentimiento superficial, sin raíces, desaparece. Muy rápido se va.

¿Por qué?
Porque hay una especie de coacción, ¿lo comprenden? Lo quiera o no, el milagro me obliga a aceptar. Es como una apisonadora que lo aplana todo. Así es un milagro: quieras o no, te fuerza a admitirlo.

¿Y qué lugar queda entonces para la libre voluntad? La libertad interior no está presente para discernir las cosas. Por eso, un arrepentimiento nacido de esa manera se desvanece muy rápidamente. Y no tiene valor. No da fruto.

Y la respuesta de Abraham es perfecta: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas —y puesto que él le llamó “padre Abraham”, podríamos parafrasearlo así—, hijo mío, si no escuchan a Moisés y a los profetas, es decir, si no se dejan convencer por la Sagrada Escritura, tampoco se convencerán, aunque alguien resucite de entre los muertos». Una respuesta absolutamente correcta.

Es bien sabido que en esta parábola —la del rico y Lázaro— es la única vez que el Señor utiliza un nombre propio. En ninguna otra parábola ocurre esto. Por ejemplo, ¿cómo se llamaba el padre del hijo pródigo? El Señor no dice su nombre. ¿Y el hijo pródigo? Tampoco. Solo aquí se da un nombre: Lázaro. ¿No les llama la atención? No es casualidad. En absoluto. El Señor hace aquí una concesión. Como si dijera: «¿Quieren que Lázaro vuelva y les hable? ¡Oh, escribas, fariseos y saduceos inefables!». ¿Saben que los saduceos no creían en nada de esto? Y, sin embargo, ¡eran los que ocupaban el cargo de sumo sacerdote! ¿Lo oyen? El sumo sacerdote, en tiempos de Cristo, era saduceo. Y no creía en nada. «¿Lo escuchan? -parece decir el Señor-: les traeré a Lázaro de nuevo».
Y efectivamente, es el Lázaro de Betania, el de los cuatro días en el sepulcro, al que Cristo resucitó. ¿Acaso fueron a preguntarle: “Lázaro, ven aquí, tú que fuiste resucitado por Jesús, ¿qué viste en la otra vida?” ¿Hicieron eso? No.
Escuchen lo que hicieron. Cuando se difundió la noticia de la resurrección de Lázaro, convocaron un consejo y dijeron: «Debemos matar también a Jesús, que realiza tales milagros, pero también a Lázaro, que es la prueba viviente de ese milagro».
¿Oyeron? ¡Querían matar también a Lázaro!

¿Y saben qué más? Esa decisión no fue improvisada. Ni Mateo, ni Marcos, ni Lucas mencionan el milagro de la resurrección de Lázaro.
Solo Juan lo hace.
¿Y saben por qué?
Porque fue el último en escribir su Evangelio. Los demás lo hicieron antes, y temían que la vida de Marta, María y Lázaro corriera peligro.
Por eso no publicaron ese milagro, sino que solo lo hizo Juan, cuando ya todos habían muerto y no había riesgo. La furia de los líderes, sin embargo, permanecía: querían asesinar incluso al resucitado. ¿Creyeron? No. No creyeron. ¡Es terrible!

¿Y acaso aceptaron la resurrección de Cristo, muerto tres días?
No solo no la aceptaron, sino que pagaron a los soldados para que dijeran: «Mientras dormíamos, vinieron sus discípulos y robaron el cuerpo de Jesús» etc… Cuando el hombre no está dispuesto a creer en las Escrituras, -aunque Cristo mismo anunció Su resurrección, y también los profetas-, entonces, queridos míos, ni aunque un muerto resucite creerán. Al contrario, ¿saben qué dirán? «Ah, una ilusión, una catalepsia… parecía muerto». Y conocemos ese fenómeno. «Fue un suceso espiritista», o cualquier otra excusa.

El Teofílacto lo dice claramente: «Si no escuchamos las Escrituras, tampoco creeremos a quienes vuelvan del Hades».

¿Quieren otra prueba más?
La Sagrada Escritura nos narra algo asombroso: Que, durante el terremoto que siguió a la muerte de Cristo, se abrieron muchos sepulcros, y los cuerpos de muchos santos resucitaron. Y, con la resurrección del Señor, entraron en la ciudad santa, Jerusalén.
¿Recuerdan ese pasaje? Entraron en Jerusalén. ¿Acaso la gente fue a preguntarles qué ocurre en el más allá?  ¡Ahí tienen testimonios!
¿Creyeron entonces? ¿El pueblo creyó en Cristo? Solo unos pocos. Y hasta hoy, dos mil años después, los hebreos siguen negándose a creer.

Queridos míos, las fuentes de la fe son, ante todo, el logos de Dios,
y como confirmación secundaria, el milagro, que, además, no siempre es necesario. Hubo ocasiones en que el Señor rehusó realizar un milagro cuando se lo exigían, incluso Herodes le dijo: «Haz un milagro», como si el Señor fuera un simple hacedor de prodigios. Pero si la salvación dependiera de los milagros, entonces, al negarse Cristo, habría sido culpable de nuestra perdición. Nada de eso. Multiplicó los panes y los peces, alimentó a cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. Todos vieron ese milagro. Pero cuando el Señor les habló del misterio de la Santa Efjaristía, le abandonaron diciendo: «¡Duro es este discurso! ¿Quién puede escucharlo?». «¿Comer su carne y beber su sangre? ¡Imposible!».

Queridos, debemos convencernos por las Escrituras, tanto acerca del destino eterno de los fieles como acerca de la conducta moral.

¿Sabes, hermano mío, qué gran pecado es la fornicación? ¿Sabes qué gran pecado es el adulterio? No te lo diré por sus consecuencias sociales, sino por la Santa Escritura: es un pecado gravísimo.

¿Dónde encontrarás esto? En la Sagrada Escritura.

Por tanto, no busquemos milagros. El gran milagro es el mismo Dios hecho hombre, el Logos encarnado, y todo lo que Él dijo y enseñó.

Eso nos basta. Porque eso, en esencia, es la fe: aceptar lo que está escrito sin exigir que se satisfagan los sentidos, ya que esa exigencia no es fe, sino una forma elegante de incredulidad.

 

Añadido de otra homilía realizada el 4-11-1995

También tenemos la psicografía del pobre Lázaro. De él, la parábola nos ofrece varios rasgos característicos. Era pobre. No sabemos si esa pobreza se debía al azar o a alguna circunstancia concreta; el texto no lo aclara. Sin embargo, no era pobre por causa de su desenfreno o mala conducta, pues poseía piedad y fe. Por tanto, no fue su miseria fruto de la disipación y derroche como el hijo pródigo. Así sucede muchas veces: la pobreza acompaña de forma permanente a muchas personas sin que ellas tengan culpa alguna.

Pero lo que realmente hace del pobre un personaje con identidad, es que tenía nombre. Se llamaba Lázaro. Y aquí conviene detenernos:
“Lázaro” significa “Dios es mi ayuda”. Me gustaría preguntar: Si Dios era su ayuda, ¿por qué no lo liberó de su pobreza? ¿Por qué no lo sanó de su enfermedad? ¿Por qué no lo libró de las llagas, de las cuales, dice el texto, estaba cubierto? ¿Por qué?

Lo he dicho muchas veces, y lo repetiré una vez más: Debemos cambiar nuestra idea de lo que significa la ayuda divina. La ayuda de Dios no consiste en que Él nos saque de la pobreza, ni en que nos cure de nuestras enfermedades, ni en que nos aparte de las circunstancias adversas. La verdadera ayuda de Dios consiste en darnos la fuerza de la χάρις (gracia, energía increada) para soportarlo todo, para que finalmente podamos contemplar Su rostro, el rostro de Dios. Esa es la verdadera ayuda, es decir, la salvarme. Y hay todavía mucho más que decir…

[…] Volviendo al pobre de la parábola, colocado a la puerta del rico, crea un vivo contraste con el acaudalado propietario. Sin embargo, no se queja. No reclama igualdad social. No insulta al rico ni a la sociedad en la que vive. Nunca levantó el puño, ese símbolo moderno de la venganza social. Jamás se sació de comida, y lo poco que comía provenía de las migas, de los desechos de la casa del rico.

¿Qué muestra esto?

Que poseía gran humildad. No era solo un simple pobre, sino también enfermo. Más aún: lleno de llagas. Eso lo hacía apartarse de los demás hombres, pues todos lo despreciaban. Cubierto de heridas, desarrolló también la virtud de la paciencia. Su única compañía eran los perros callejeros, los únicos que mostraban cierta amistad hacia él. Parece que la pobreza acerca al ser humano a la Creación, tal como esta se ofrece naturalmente. El niño pobre juega con la tierra, está más cerca de la creación. El niño rico, no sé con qué juguetes juega. El dinero, la riqueza pensadlo bien, aleja al hombre de la naturaleza; la pobreza, en cambio, lo hace más próximo a ella, lo convierte en un ser más natural. Sus alimentos son más sencillos, su modo de vida más auténtico. La riqueza, por el contrario, crea un mundo artificial, un mundo falso.

En el pobre Lázaro encontramos además una virtud digna de admiración: la santa humildad del silencio. En ese santo silencio, que tanto tiene que decir, se esconde el misterio de la personalidad humana. Encontramos a Jesús, que también guardaba silencio.
«¿No me respondes?», le dijo Pilato. «Pero Jesús callaba».
Precisamente porque tenía mucho que decir, callaba. Solo calla quien tiene mucho que decir.

Finalmente, la presencia del pobre frente al rico era una provocación al poder del dinero; una provocación que debía causar impacto y vergüenza. El rico debería ocultar su rostro ante la miseria de Lázaro. Pero cuando falta la vergüenza, entonces aparece la arrogancia.

Queridos hermanos, el Señor hoy nos presenta, en la parábola del rico y Lázaro, dos figuras, dos posiciones en la vida, dos actitudes frente a Dios y frente al prójimo. En ellas cada uno de nosotros debe mirarse como en un espejo.

Ni la riqueza en sí misma es mala, como dijimos, ni la pobreza en sí misma es buena. Son, simplemente, dos oportunidades que Dios concede al hombre para desarrollar su personalidad, tanto al pobre como al rico.

Son dos niveles distintos que crean una diferencia dinámica, de potencial, por así decirlo, donde se desarrolla el interés humano y el amor al prójimo. No es la diferencia social lo que destruye la vida, sino la aislación, la ruptura de la comunión. De ahí nacieron las revoluciones, la envidia, el odio y la guerra.

La parábola del rico y de Lázaro es, queridos míos, una miniatura de dos psiques-almas, dos psicografías espirituales que debemos estudiar siempre, para aprender cómo debemos situarnos ante Dios y ante los hombres.

A la gloria del Santo y Trino Dios.

Ver también aquí: https://logosortodoxo.es/category/esjatologia/

Homilía realizada en el Santo Monasterio Komnineo, Larisa, 2-11-19977, con inmensa gratitud a nuestro guía espiritual, el venerable y bendito Padre Atanasios Mitilineos,

FUENTES: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/omiliai-kyriakvn

Transcripción digitalización y edición de la homilía: Sr. Atanasios K. y Eleni Linardaki, filóloga.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

San Juan Crisóstomo Interpretación del pasaje apostólico Gálatas 2,16–21

San Juan Crisóstomo

Interpretación del pasaje apostólico Gálatas 2,16–21

(Domingo V de Lucas)

  1. Pero sabemos que nadie se justifica y se salva por las obras de la ley, sino por la energía increada y la fe operativa en Jesús Cristo; nosotros creemos en Jesús Cristo para ser justificados y salvados por la fe en Cristo, no por las obras de la Ley de Moisés; porque nadie será justificado y salvado por las obras de ella.
  2. Pero si buscando ser justificados y salvados por la fe en Cristo resulta que somos pecadores, ¿será acaso el Cristo que nos ha llamado en este camino del pecado y nos ha engañado como un servidor del pecado? De ninguna manera, nunca lleguemos a pensar esta blasfemia.
  3. Porque si reconstruyo las mismas cosas que destruí como inútiles, es decir, las obras típicas formales de la Ley mosáica (de Moisés), a mí mismo me demuestro que soy pecador.
  4. Pues yo, por la ley, he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios gracias a mi fe a Cristo.
  5. Estoy crucificado con Cristo; y ya no vivo yo el viejo hombre natural, sino que es Cristo el que vive en mí. Mi vida presente, la que ahora vivo en la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo a la muerte cruciforme por mí, para mi salvación.
  6. No rechazo la χάρις jaris-gracia energía increada de Dios; pues si la justicia y la salvación se obtiene por la ley, entonces Cristo murió inútilmente. Pero esto es utopía y blasfemo.

 

San Juan Crisóstomo

Interpretación del pasaje apostólico Gálatas 2,16–21

«Pero sabemos que nadie se justifica y se salva por las obras de la ley, sino por la energía increada y la fe operativa en Jesús Cristo; nosotros creemos en Jesús Cristo para ser justificados y salvados por la fe en Cristo, no por las obras de la Ley de Moisés; porque nadie será justificado y salvado por las obras de ella» (Gál. 2,16). Aprendimos —dice— por nuestra propia experiencia que el hombre no se hace justo ni se salva mediante la disciplina y aplicación de las prescripciones rituales de la Ley mosaica, sino solo por la fe en Jesús Cristo. Por eso también nosotros hemos creído en Él, para ser hechos justos y salvarnos por la fe en Cristo, y no por las obras de la Ley mosaica; porque, como está escrito en los Salmos, «ningún hombre será justificado por las obras de la Ley.

Observa aquí cómo el Apóstol habla con suma prudencia. Dice esto, no porque la Ley sea mala, sino porque es débil para otorgar la salvación. «Por eso —dice— hemos abandonado la Ley de Moisés».
Si, pues, la Ley mosaica no confiere al hombre la justificación ni la salvación, resulta innecesaria la circuncisión. Pero aquí lo dice de modo moderado; más adelante, sin embargo, mostrará que la circuncisión no solo es innecesaria, sino incluso peligrosa. Esto es más digno de atención todavía: que al principio dice que «el hombre no se justifica por las obras de la Ley», pero luego emplea expresiones más fuertes.

«Pero si buscando ser justificados y salvados por la fe en Cristo resulta que somos pecadores, ¿será acaso el Cristo que nos ha llamado en este camino del pecado y nos ha engañado como un servidor del pecado? De ninguna manera, nunca lleguemos a pensar esta blasfemia» (Gál. 2,17). Es decir: si suponemos que la disciplina y aplicación de la Ley mosaica sigue siendo obligatoria, entonces nosotros, que la hemos abandonado, somos pecadores por buscar la justificación y la salvación en Cristo. En tal caso, se seguiría absurdamente que Cristo sería servidor del pecado, puesto que Él mismo nos impulsó a dejar la Ley. ¡Lejos de nosotros tal blasfemia! Porque, si la fe en Cristo no tiene fuerza —dice— para justificar, y sigue existiendo la necesidad de la ley mosaica, entonces aquellos que abandonaron la ley por Cristo y no son justificados por el perdón, sino que son condenados, resultaríamos haciendo responsable de la condenación a Aquel en quien, habiendo abandonado la ley, hemos buscado refugio por medio de la fe.

¿Ves, pues, a qué contradicción absurda conduce tal razonamiento y con qué fuerza argumenta el Apóstol? Dice: «Si no se debe abandonar la Ley, y nosotros la hemos abandonado por Cristo, entonces seremos juzgados». ¿Por qué, entonces, reprochas y dices esto a Pedro, quien conoce mejor que nadie estas cosas? ¿No le reveló Dios mismo que no debía llamar impuro o inmundo a ningún hombre no circuncidado? ¿Acaso cuando hablaba de estas cosas a los judíos no se les opuso valientemente desde este punto de vista? ¿Y no envió desde Jerusalén una enseñanza clara sobre tales asuntos?

Por tanto, el Apóstol Pablo no dice esto para corregir a Pedro, sino que parece hablarle a él, cuando en realidad está reprendiendo a los discípulos. Estas palabras, pues, las dirige no solo a los gálatas, sino también a todos los que sufren el mismo mal. Porque, aunque muchos ahora no se circuncidan, ayunan sin embargo y aplican el descanso sabático, y al hacer esto junto con los judíos, se separan de la χάρις (jaris: gracia, energía increada). Porque si Cristo no los beneficia en nada a los que practican solo la circuncisión, cuando además se añaden el ayuno y el sábado, y no uno sino dos mandamientos de la Ley se cumplen, observa cómo el peligro con el tiempo se ha hecho aún más grave; porque los antiguos obraban así cuando todavía existían la ciudad (Jerusalén), el templo y todo lo demás; pero estos, después de haber visto el castigo que sobrevino a los judíos y la destrucción de la ciudad, persisten en tales prácticas y se dañan más a sí mismos y a otros. ¿Qué excusa o apología podrán tener por cumplir la Ley ahora, cuando ni siquiera los mismos judíos, aunque quisieran con todo su corazón, pueden ya cumplirla?

Tú te has revestido de Cristo, te has hecho miembro del Señor, has sido inscrito en la ciudad celestial, ¿y todavía te arrastras bajo la Ley mosaica? ¿Cómo podrás entonces alcanzar la βασιλεία (vasilía: realeza increada)?

Escucha a Pablo, que dice que el Evangelio se destruye cuando se aplica la Ley mosaica. Y si quieres, aprende también el modo en que esto sucede; tiembla ante ello y evita el precipicio.

Porque dime, ¿por qué guardas el sábado y ayunas junto con ellos?
Es evidente que lo haces porque temes la Ley y temes abandonar esos mandamientos. Pero no temerías abandonar la Ley si no consideraras débil a la fe, incapaz de salvarte por sí sola. Porque, si temes no guardar el sábado, es claro que temes a la Ley como si aún dominara.

Y si hay necesidad de la ley nuevamente, no se trata de una parte de ella, ni de un solo mandamiento, sino, ciertamente, de toda la ley. Pero si toda la ley mosaica resulta necesaria, entonces queda expulsada gradualmente la justificación que viene por la fe. Porque si cumples los sábados, ¿por qué no también la circuncisión? Y si te circuncidas, ¿por qué no ofrecer sacrificios?
Porque si es preciso guardar algo de la Ley, es preciso guardarla toda;
y si no se debe guardar toda, tampoco se debe guardar parte alguna.

Si no te espantas al cumplir una parte, temiendo ser condenado por infracción, también deberías temer al guardar toda la Ley; y si la transgresión de toda la Ley no infierna, no acarrea castigo, tampoco la de una parte; pero si la transgresión de una parte infierna, castiga, ¡con cuánta más razón la transgresión de toda ella!

Por tanto, si es necesario guardar toda la Ley, habría que desobedecer a Cristo, o, si obedecemos a Cristo, convertirnos en transgresores de la Ley. Porque si debemos cumplirla, todos los que no la cumplen son transgresores, y Cristo resultará ser el causante de esa transgresión,
pues Él abolió la Ley dada a los antiguos y mandó que fuese abolida.

¿Ves lo que demuestran los judaizantes?
Presentan a Cristo —al autor (o causante) de nuestra justificación— como autor incluso del pecado, tal como dice Pablo: «¿Será acaso el Cristo que nos ha llamado en este camino del pecado y nos ha engañado como un servidor del pecado?» (Gál 2,17). Y después de haber mostrado lo absurdo de ese razonamiento, ya no necesitó más pruebas para refutarlo, sino que se bastó con una sola prohibición, diciendo: «¡«¡De ningún modo! ¡Que nunca suceda que digamos una blasfemia semejante!» Porque para lo que es desvergonzado e insolente, no hay necesidad de argumentos demostrativos, sino que basta simplemente con prohibirlo.

«Porque si reconstruyo las mismas cosas que destruí como inútiles, es decir, las obras típicas formales de la Ley mosáica (de Moisés), a mí mismo me demuestro que soy pecador» (Gál 2,18); y caemos necesariamente en esa blasfemia si admitimos la hipótesis anterior.
Porque si aquello que destruí y abolí como inútil -las aplicaciones rituales típicas de la Ley- lo restablezco de nuevo como necesario para la salvación, con mi regreso a la Ley me declaro a mí mismo transgresor, porque pruebo con mis actos que me equivoqué antes al abolirla, y que pequé cuando preferí la salvación que viene de Cristo.

¡Mira cuánta prudencia muestra Pablo!
Aquellos querían demostrar que quien no guarda la Ley es transgresor; él, por el contrario, demuestra que transgresor es el que la guarda. Porque con las palabras «reconstruyo lo que destruí» se refiere a la Ley. Esto, pues, es lo que quiere decir: «La Ley ha cesado en su vigor, y nosotros lo confesamos al abandonarla para refugiarnos en la salvación por la fe. Si ahora tratamos de revivirla, nos hacemos transgresores de ella misma, esforzándonos por guardar lo que Dios ha abolido».

Luego muestra también cómo fue abolida la Ley mosaica: «Pues yo, por la ley, he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios gracias a mi fe a Cristo» (Gál 2,19); Pero no, no he pecado ni soy transgresor; porque según la medida de la ley que he abolido, la cual castiga con la muerte a todo el que la infringe, he muerto respecto a la ley, para vivir para la doxa-gloria de Dios.

Esto puede entenderse de dos maneras: O bien llama “Ley” a la jaris-gracia -porque también la jaris-gracia la nombra Pablo como “ley”, cuando dice: «La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte», es decir, (:Porque la Ley del Espíritu, es decir, la jaris-gracia increada, la iluminación y el poder del Espíritu Santo, que comunica, cultiva y desarrolla la vida según Cristo, me ha liberado de la ley y del dominio del pecado y de la muerte) [Rom 8,2]-, o bien se refiere a la antigua Ley, mostrando que por medio de la Ley misma murió para la Ley. Es decir: «Esa misma Ley me condujo a dejar de estar sujeto a ella. Si ahora intento volver a someterme, transgredo incluso esa misma Ley».

¿Y cómo, y de qué modo sucede esto?
Moisés, hablando acerca de Cristo, dice: «El Señor tu Dios suscitará para ti, de entre tus hermanos, un profeta como yo; a Él escucharéis» (Dt 18,15). Por consiguiente, quienes no obedecen a Cristo son los verdaderos transgresores de la Ley.

También debe entenderse de otro modo la expresión: «Por la Ley morí a la Ley». La Ley —dice— manda que todo lo escrito en ella se cumpla y castiga o infierna a quien no lo cumple. Por tanto, todos, conforme a la Ley, hemos muerto, porque nadie la ha cumplido perfectamente. Y observa cómo aquí también combate contra la Ley con moderación, no dice «la Ley murió para mí», sino «yo morí para la Ley». Lo que quiere decir es esto: “así como un muerto no puede obedecer los mandamientos de la Ley, tampoco yo, que he muerto respecto de su maldición; pues precisamente por causa de ella morí.” No debe, entonces, la Ley mandar al que ya está muerto, a aquel mismo a quien ella dio muerte, y con una muerte no solo corporal, sino también espiritual, por medio de la cual trajo también la corporal.

Que esto es lo que quiere decir, lo aclara con las siguientes palabras:
«para vivir para Dios» (:Porque yo morí respecto a la Ley por medio de la misma Ley, para vivir para Dios), añade, «con Cristo estoy co-crucificado». Porque habiendo dicho «he muerto», para que nadie dijera: «¿cómo, pues, sigues viviendo?», añade la causa de su vida, y muestra que la Ley mató incluso al vivo, pero Cristo, al recibir al muerto, le regaló vida con Su propia muerte. Y al decir «vida» se refiere a la vida inmortal, porque eso significa «para vivir para Dios».

«Con Cristo estoy co-crucificado», es decir, por el bautismo he sido crucificado y he muerto con Cristo; y, siendo ya muerto, la Ley no tiene poder alguno sobre mí.

¿Y cómo dice que ha sido crucificado aquel que vive y respira?
Que Cristo fue crucificado, todos lo sabemos; pero tú, Pablo, ¿cómo has sido crucificado y vives?
Observa cómo él mismo lo explica, diciendo: «Cristo Estoy crucificado con Cristo; y ya no vivo yo el viejo hombre natural, sino que es Cristo el que vive en mí. Mi vida presente, la que ahora vivo en la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo a la muerte cruciforme por mí, para mi salvación» (Gál 2,20), porque al decir «he sido crucificado con Cristo», alude al bautismo; y al decir «ya no vivo yo», alude a la vida posterior, en la cual nuestros miembros quedan muertos para el pecado.

¿Y qué significa «vive en mí Cristo»? Quiere decir: «Nada hago por mí mismo, sino aquello que Cristo quiere». Así como cuando habla de «muerte» no se refiere a la natural, sino a la que proviene de los pecados, así también al hablar de «vida» entiende la liberación de los pecados. Porque no es posible vivir para Dios de otro modo que muriendo para el pecado.

Así pues, como Cristo sufrió la muerte corporal, así también yo he sufrido la muerte al pecado. «Por tanto, destruid y mortificad todo lo que hay de terrenal en vuestros miembros del cuerpo: la lujuria, la impureza, los pazos pecadores, expulsar el hedonismo y deleites terrenales, los malos deseos que manchan al hombre y le conducen a malas praxis, y la ambición, la vanagloria y la avaricia que son idolatría», (Col 3,5). Y de nuevo dice: «Al conocer que nuestra naturaleza corrupta, nuestro hombre viejo por el pecado ha sido crucificado con Cristo por el bautismo, para que desentone ya y sea como muerto nuestro cuerpo ante el pecado, a fin de que ya no seamos esclavos de nuevo en el pecado» (Rom 6,6), es decir, (:Nos uniremos y nos haremos uno con Cristo si comprendemos que la naturaleza corrompida por el pecado, que heredamos de Adán, fue crucificada junto con Cristo de manera misteriosa en el bautismo, para que nuestro cuerpo, esclavizado al pecado, quede inactivo y muerto, de modo que no sirva más como instrumento del pecado ni seamos ya siervos y esclavos de él), y esto se realiza en el bautismo.

Por tanto, después de todo esto, si permaneces muerto al pecado, vives para Dios; pero si resucitas nuevamente el pecado, destruyes también esa vida.

Pablo, sin embargo, no era así, sino que permanecía completamente muerto al pecado. «Si, pues, vivo para Dios —dice—, mi vida es distinta de la que está bajo la Ley; y siendo yo muerto para la Ley,
ya no puedo vivir bajo su yugo ni cumplirla.»

Observa la perfección de su vida y admira aquella bienaventurada alma. Porque no dijo: «Yo vivo», sino: «Cristo vive en mí».
¿Quién se atrevería a pronunciar una palabra semejante?

Porque, habiendo hecho su psique-alma completamente obediente a Cristo, habiendo desechado todas las cosas del mundo y obrando siempre conforme a Su voluntad, no dijo: «Vivo para Cristo», sino algo mucho más sublime: «Cristo vive en mí». Porque, así como el pecado, cuando domina, es él mismo quien vive, guiando el alma hacia lo que desea, así también, cuando el pecado ha sido muerto, se cumplen las cosas que quiere Cristo; y ya no es una vida humana aquella que se vive, cuando Él mismo vive en nosotros, es decir, cuando actúa y reina en nosotros.

Y como también decía: «Por el bautismo he sido crucificado y he muerto con Cristo. Y, puesto que estoy muerto, la ley mosaica ya no tiene poder sobre mí», y también: «Ya no vivo yo, sino que he muerto», añadió: «Y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios» (es decir: me he hecho partícipe de la muerte de Cristo en la cruz y estoy muerto; por tanto, ya no vivo yo —es decir, el hombre viejo—, sino que Cristo vive en mí. Y la vida natural que ahora vivo en mi cuerpo, después de haberme vuelto a Cristo, la vivo inspirada y gobernada por la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a Sí Mismo por mi salvación) [Gál. 2,20].

«Lo que he dicho hasta ahora» —dice el Apóstol—, «se refiere a la vida espiritual. Pero si alguien quiere considerar también esta vida sensible, también ésta la vivo en la fe del Hijo de Dios. Porque mientras vivía según la antigua manera de vivir y bajo la ley, era digno del último castigo y me habría destruido y perecido». Pues «todos pecaron y están privados de la doxa-gloria divina» [Rom. 3,23]; y todos nos hallamos bajo la sentencia de condenación; todos hemos muerto, no empíricamente, en la experiencia, sino según el decreto divino; y, como recibimos la herida, porque la ley nos acusó y Dios dictó sentencia, cuando vino Cristo y entregó Su vida a la muerte, arrancó a todos nosotros de la muerte.

Por eso dice: «La vida que ahora vivo en el cuerpo, la vivo en la fe en Dios», es decir, vivo por la fe en Él. Porque si esto no existiera, nada impediría que todos pereciéramos; como sucedió en el diluvio. Pero la venida de Cristo, al apaciguar la ira de Dios, hizo posible que viviéramos mediante la fe.

Y que esto es lo que quiere decir, lo demuestra con lo siguiente, después de afirmar que: «la vida que ahora vivo en el cuerpo, la vivo en la fe del Hijo de Dios», añadió: «el cual me amó y se entregó a Sí Mismo por mí».

—¿Qué haces, Pablo, ¿apropiándote de lo que pertenece a todos y aplicando a ti mismo lo que fue hecho por todos? Porque no dijo: «que nos amó», sino: «que me amó».

Pero el Evangelista Juan dice: «Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo aquel que en él cree no perezca, sino que tenga vida eterna. [«Porque de tal manera amó Dios a los hombres del mundo hundido al pecado, de modo que entregó, por muerte en la cruz, hasta su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, tenga vida eterna y no sea autocondenado a la perdición eterna»] (Juan 3:16); y no te parezca extraño —dice— que el Hijo del Hombre haya de ser levantado en la cruz para vuestra salvación; porque tanto amó Dios al mundo de los hombres que vivía en el pecado, que entregó a la muerte a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca en la muerte eterna, sino que tenga vida eterna. Y tú mismo dices: «El que no perdonó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros a la muerte por la cruz, ¿cómo junto con él no nos dará gratuitamente todas las cosas que nos hacen falta? ¿Si nos ha regalado lo infinitamente superior, como no nos va a regalar los demás bienes inferiores?» (Rom. 8,32) [Es decir: Aquel que no se apiadó ni siquiera de su Hijo unigénito, sino que por amor a todos nosotros lo entregó a la muerte en la cruz, ¿cómo no nos dará junto con Él todas las cosas que necesitamos para nuestra salvación?] No por ti solo, sino «por todos nosotros». Y otra vez: «mientras esperamos con esperanza el feliz cumplimiento de lo que se nos ha prometido y la manifestación de la doxa-gloria (luz increada) del gran Dios y Salvador nuestro Jesús Cristo, que se entregó a sí mismo a la muerte cruciforme por nosotros para redimirnos y hacer de nosotros un pueblo escogido, limpio de toda contaminación y de todo pecado, dispuesto a hacer siempre el bien y buenas obras» (Tito 2:13-14), [es decir: fortalecidos en la vida virtuosa, esperamos con gozo la felicidad prometida y la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador Jesús Cristo, que entregó su vida por nosotros, para liberarnos de toda transgresión de la ley, purificarnos y hacernos su pueblo escogido, lleno de celo por las buenas obras.]

¿Qué es, pues, lo que dice aquí?
Habla de esta manera porque comprendió la desesperada condición de la naturaleza humana y la indescriptible providencia de Cristo y, de qué males nos liberó y qué bienes nos otorgó, y se inflamó de amor hacia Él; porque también los profetas muchas veces se apropian de Dios con palabras como: «Dios mío, tú eres mi Dios, desde la aurora oro hacia Ti y te busco» (Sal. 62,1). Y, además de esto, quiere mostrar que cada uno de nosotros, si es justo, debe deber tanta gracia a Cristo como si Él hubiera venido solo por su causa; porque no habría rehusado realizar toda esa “economía” divina (es decir, el plan de salvación) aunque fuera para salvar a un solo hombre; porque ama a cada ser humano con tanta intensidad como a todo el universo entero. Así, el sacrificio se ofreció por todo el mundo, y fue suficiente para liberar a todos. Pero quienes reciben el beneficio son únicamente los que creen. Sin embargo, el hecho de que no todos se acerquen a recibir el beneficio no hizo que Él desistiera de Su providencia; del mismo modo que en la parábola evangélica del banquete, aunque la cena fue preparada para todos, los que fueron invitados no quisieron venir, y, no por eso, el anfitrión retiró lo preparado, sino que llamó a otros. De igual manera obró también aquí; porque la oveja que se separó de las noventa y nueve era una sola, y sin embargo, no la despreció.

Así también, hablando de los judíos, Pablo insinuaba lo mismo cuando decía: «No importa que algunos fueran infieles. ¿Es que su infidelidad va a anular la fidelidad y la verdad de Dios?  ¡Nunca jamás diga uno esto! Pues Dios es veraz y leal a lo que dice y los hombres desleales y mentirosos en sus promesas y obligaciones, como dice la Escritura en los Salmos: “Tus logos, oh Dios, demostrarán que eres justo y veraz y saldrás vencedor si alguna vez los hombres se atreven a juzgarte» (Rom. 3,3-4), (:Y este privilegio, de que ellos posean las promesas y los compromisos de Dios, no ha sido anulado; porque, ¿qué importa si algunos de los judíos mostraron incredulidad? ¿Acaso su incredulidad anulará la fidelidad y la verdad de Dios? ¡De ningún modo! Nunca suceda que alguien diga que Dios podría mostrarse infiel o violador de sus promesas. Más bien, que Dios sea reconocido como veraz en sus palabras, mientras todo hombre es inconstante y mentiroso, conforme a lo que está escrito en los Salmos: “Tus logos, oh Dios, demostrarán que eres justo y veraz y saldrás vencedor si alguna vez los hombres se atreven a juzgarte”). Después de todo esto, Él te amó tanto que se entregó a Sí Mismo, y cuando no tenías esperanza de salvación, te condujo a una vida tan grande y tan nueva, ¿y tú, después de tantos bienes, vuelves a las cosas antiguas?

Por eso, habiendo establecido Pablo con precisión las conclusiones de sus razonamientos, proclama con fuerza y énfasis diciendo: «No rechazo la χάρις jaris-gracia energía increada de Dios; pues si la justicia y la salvación se obtiene por la ley, entonces Cristo murió inútilmente. Pero esto es utopía y blasfemo» (Gál. 2,21). Es decir: «No desprecio como inútil la jaris-gracia increada que me dio Dios; pero ciertamente la anularía si volviera a la ley mosaica. Porque si regreso a la Ley, eso significa que reconozco que puedo ser justificado y salvado por medio de ella. Pero si creyera que la justicia y la salvación del hombre se obtiene por acatamiento y aplicación de la ley, significaría que el sacrificio de Cristo fue innecesario y Su muerte, en vano».

¡Escuchen esto aquellos que todavía judaizan y se aferran a la ley! Porque estas palabras también a ellos se dirigen.

«Pues si la justificación se concede por la aplicación de la ley mosaica, entonces Cristo murió en vano» (Galatas 2:21).
¿Qué puede haber más terrible que este pecado? ¿Qué palabras más vergonzosas que éstas?
Porque si Cristo murió, es evidente que lo hizo porque la ley no tenía poder para justificarnos; pero si la ley podía otorgar justificación, entonces la muerte de Cristo habría sido inútil.

Y ¿cómo sería razonable decir que algo tan grande, lleno de tanta maravilla y temor, que sobrepasa la mente y el espíritu humano, un misterio tan profundo que los profetas lo anunciaban con dolores de parto, los patriarcas lo predecían, los ángeles se asombraban al contemplarlo, y todos lo reconocen como la cima de la providencia paternal de Dios, cómo, digo, sería razonable afirmar que todo esto ocurrió en vano y sin propósito?

Así pues, al comprender la enorme incongruencia de semejante pensamiento, que una obra tan grande y tan divina pudiera considerarse inútil, el Apóstol emplea una severa reprensión contra ellos en las palabras que siguen inmediatamente después, (en el capítulo tercero de la Epístola a los Gálatas).

(Juan Crisóstomo, Obras completas, Comentario a la Epístola a los Gálatas, homilía sobre el capítulo II, y ediciones patrísticas “Gregorio Palamás” (EPE), editorial “El Bizancio”, Tesalónica, 1979, tomo 20, pp. 267-283).

PARA GLORIA DEL DIOS TRIUNO
Edición y revisión del texto: Eléni Linardáki, filóloga

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

La incredulidad y sus causas, el racionalismo – P. Atanasio Mitilineos

La incredulidad y sus causas, el racionalismo

P. Atanasio Mitilineos

Terapia del lunático, Décima semana de Mateo 17:14-23.

14 Y cuando llegaron donde estaba la gente, se le acercó un hombre arrodillándose con devoción ante Él, y diciendo:

15 Señor, ten compasión o misericordia Κύριε, ἐλέησόν (Kirie eléison) de mi hijo, pues es lunático, y padece muchísimo, porque muchas veces cae en el fuego y muchas veces en el agua;

16 y lo traje a tus discípulos, pero ellos no pudieron proporcionarle la terapia y sanarlo.

17 Respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh generación incrédula y perversa por el mal! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os soportaré? ¡Traédmelo acá!

18 Y Jesús reprendió el demonio y salió del joven, y el muchacho quedó sano, psicoterapiado desde aquella hora.

19 Entonces los discípulos se acercaron a Jesús aparte, y dijeron: ¿Por qué no pudimos echarlo nosotros? (Esto lo dijeron porque en otras ocasiones habían expulsado los demonios).

20 Y Jesús les dice: Por vuestra poca fe; porque os aseguro que si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a este monte: ¡Pásate de aquí allá!, y se pasaría, y nada os sería imposible.

21 Esta clase de demonios no se expulsa con nada más que con oración y ayuno.

Segundo anuncio de la pasión 17:22-23

22 Reunidos en Galilea, les dijo Jesús: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de hombres malvados,

23 y lo matarán, pero al tercer día resucitará. Y ellos se entristecieron mucho.

 

La incredulidad y sus causas – P. Atanasio Mitilineos

Cuando, queridos míos, el Señor regresó del monte Tabor con sus tres discípulos —Jacobo, Juan y Pedro— llegó al lugar donde estaban los otros nueve discípulos, quienes se hallaban rodeados por una gran multitud, fariseos y también un padre desgraciado que había traído a su hijo ante los discípulos del Señor para que lo sanaran, pues estaba endemoniado, pero no pudieron hacerlo. Entonces aquel padre se acerca al Señor y le dice: «Señor, te ruego, cura a mi hijo, porque lo traje a tus discípulos y no pudieron sanarlo».
El Señor suspiró y dijo: «Oh generación incrédula torcida, incrédula y perversa ¿hasta cuándo estaré con vosotros, hasta cuándo os soportaré, que habéis visto tantos milagros y aún permanecéis en vuestra incredulidad?» Entonces pidió que le trajeran al niño, expulsó el demonio y lo liberó.

Cuando quedó a solas con sus discípulos, los nueve le preguntaron:
«¿Por qué nosotros no pudimos expulsar el demonio?»
Y el Señor les respondió: «Por vuestra incredulidad». Es decir: «A causa de vuestra falta de fe no pudisteis expulsarlo».

Y aquí surge la pregunta: ¿Es posible que, siendo bautizados cristianos, como los discípulos que seguían al Señor, viviendo cerca de Cristo y recibiendo Sus bendiciones, podamos al mismo tiempo ser incrédulos? ¿Es posible que aquellos que fueron enviados a predicar el Evangelio de la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada), a hacer milagros y expulsar demonios, se hallen de pronto incrédulos? ¿Puede existir incredulidad en el núcleo mismo de la fe?
Así parece, queridos míos. Los hechos así lo muestran. Y podríamos decir que la incredulidad puede esconderse bajo una apariencia de fe, e incluso a veces de una fe ferviente.

¿Qué es aquello que puede engendrar la incredulidad?
Y aun respecto a nuestra fe, no podemos estar absolutamente seguros… no podemos.
¿Qué hizo que el apóstol Pedro, por un lado, confesara que el Señor es el Hijo del Dios viviente, y por otro lado lo negara?
Oh santo Pedro de Dios, santo apóstol del Señor, ¿Aquel a quien confesaste como el Hijo del Dios viviente, por qué ahora temes confesarlo ante dos o tres personas sin importancia? ¿Por qué? ¿Será que realmente, en el núcleo —lo repito, en el núcleo— de la fe se anida la incredulidad? Así parece, vuelvo a decir. ¿Qué es lo que puede crear, albergar o mantener esta incredulidad? Creo que nos interesa a todos, porque todos quisiéramos ser creyentes.

Queridos míos, lo primero es nuestro racionalismo.
¿Qué es el racionalismo?
Es aquello que el Señor dice en otra ocasión: «Si creéis, no dudéis» (cf. Sant. 1,6). «Dudar» significa tener una incredulidad que se apoya en mi razonamiento, en mi λογισμός (loyismós, pensamiento simple o mezclado con la fantasía, idea,). Esto, dicho en términos actuales, es lo que llamaríamos «racionalismo».
¿Y qué es exactamente el racionalismo? Es querer interpretar las cosas únicamente con mi propia lógica. El Señor dijo más adelante, en el mismo pasaje: «Si tenéis fe como un grano de mostaza» —es decir, una fe pequeña, pero ardiente— «podréis decir a este monte: “Muévete de aquí allá” y se moverá, y nada os será imposible».

¿Y qué hace el racionalismo?
Dice: «¿Cómo es posible que una montaña se mueva de su lugar y vaya a caer al mar? ¿Será posible eso alguna vez?».

¿Queréis todavía algo más? ¿Tenemos algún precedente histórico?
Si tuviéramos un precedente histórico, podríamos intentar hacerlo.
Pero si no existe precedente, entonces, ¿por qué?
Eso, precisamente, es el racionalismo: no poner por delante la confianza en del logos de Dios, sino poner mi propio razonamiento, mi propio esquema lógico, para interpretar los fenómenos. Esto se llama racionalismo.
En otras palabras, es una enfermedad de la misma lógica (razón).

Porque la lógica es creación de Dios. Pero la lógica (razón) misma, como creación de Dios, debería decirse a sí misma: «Tengo mis límites». La propia lógica (razón) debería dictar al hombre: «Como tengo límites, más allá de esos límites has de confiar en el amor, en el poder y en la sabiduría de Dios». Pero la lógica (razón) no lo hace, porque está enferma. Y al estar enferma, produce razonamientos enfermos. Por eso, el racionalismo es un estado patológico. Es el estado enfermo del hombre caído, del hombre degradado. Es este racionalismo en el que se apoya, del que se alimenta, vive y crece el hombre en general, y en particular el hombre occidental.
El hombre de Occidente se nutre de este racionalismo. Y aunque Occidente es cristiano (era, ahora no sabe ni lo qué es, atea y degenerada totalmente), este racionalismo anida en el corazón del hombre occidental, engendrando incredulidad, y por eso tenemos tantos fenómenos de incredulidad en él.

Pero hay otra causa que puede generar la incredulidad: la vida corrompida.
Es decir, cuando alguien cree en Dios y, al mismo tiempo, vive una vida corrompida y depravada, una vida pecaminosa. Una vida de pecado que, sin embargo, la ama. No lo confiesa, claro está. Porque, ¿quién no es pecador? Si dijéramos entonces: «Ya que todos somos pecadores, todos cojeamos en la fe», indudablemente no sería así.
No es la pecaminosidad que reconozco y por la cual me arrepiento y admito. Es la pecaminosidad que no reconozco; la que quiero conservar para mí, mantener en mi vida, e incluso justificar —trágicamente para el hombre— con el mismo Evangelio. Pretender que el Evangelio me justifique mi vida corrupta… ¡Es terrible! ¡Terrible!

En estos casos, queridos míos, podríamos decir que se cumple lo que dice el logos de Dios, como lo expresa san Juan: «La luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz»; y añade: «porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas».

He aquí la psicología del asunto, he aquí la interpretación: «Todo el que obra lo malo, odia la luz».
¿Por qué?
La odia porque, mientras persista y quiera persistir en obrar el mal, es natural que, si se acerca a la luz —que es el Cristo—, su vida sea expuesta y desenmascarada.
Y entonces, si por un lado insiste en vivir así y por otro se encuentra cerca de la luz, ¿qué ocurre?
Se siente atacado, despreciado, y para evitar ese desprecio, ¿qué hace?
No se acerca a la luz. Y no solo no se acerca a la luz, sino que la odia.
Ataca a la luz, quiere crucificarla, hacerla desaparecer, para que no haya un elemento que le confronte la conciencia.

Es terrible la psicología del hombre que quiere permanecer en el pecado sin volver a la metania, sin convertirse ni arrepentirse. Esto le lleva, finalmente, a la incredulidad.
Cuando se le dice a alguien: «No caigas en la inmoralidad», —esa inmoralidad que ama— responderá:
«¿Y dónde está escrito eso?».
—«Lo dijo Cristo».
—«Lo pongo en duda».
—«¿Crees en Cristo?».
—«¡Por supuesto!».
—«¿Y cómo puedes decir que crees en Cristo si pones en duda Sus logos, mandamientos?».

Creer en Cristo significa creer en sus logos y palabras.
Aquí hay una incoherencia.
¿Cómo puedes decir «creo» y, al mismo tiempo, dudar de lo que Él dice?

Ved aquí al hombre que quiere permanecer en el pecado… En cambio, el pecador que tiene arrepentimiento y metania dirá: «No lo sabía. Si lo dice Cristo, cambiaré de vida». Esta es una situación normal y sana.

Recordad lo que dice el versículo del salmo: «Dijo el necio en su corazón: “No hay Dios”».
¿Quién es ese necio?
Es el hombre pecador que dice: «No existe Dios».

De modo que hoy, si suponemos que alguien dice —y lo dice— que no existe Dios, ¿qué significa?
Significa dos cosas. La palabra «necio» (ἄφρων áfron) tiene dos sentidos: En primer lugar, literalmente, significa «el que no tiene juicio», el insensato, el hombre que no tiene entendimiento. Decir que no hay Dios, entonces, ¿es fruto de la insensatez? Esto no necesita mucha filosofía para comprenderse.

En segundo lugar, «necio» aquí significa también «pecador». Así pues: «Dijo el necio en su corazón…».
¿Dónde lo dijo?
«En su corazón».
¿Por qué «en su corazón»?
Porque el corazón, según el Señor, es la sede de los pensamientos, de los deseos y de todo aquello que después el corazón exteriorizará en actos. Dice el Señor: «Del corazón salen adulterios, fornicaciones, robos…».

Muy bien lo dice san Agustín: «Nadie niega a Dios sino aquellos a quienes les conviene que Él no exista».

Pero hay también un testimonio muy notable, el de san Teófilo de Antioquía, del siglo II, quien en su primera carta a Autólico —un amigo suyo o quizá un personaje ficticio, no lo sabemos con certeza—, presenta el siguiente diálogo.
Este amigo pagano, según lo cuenta Teófilo, duda de la existencia de Dios. Y Teófilo le dice: «Si tú me dices: “Muéstrame a tu Dios”, yo te responderé: “Muéstrame a tu hombre, y yo te mostraré a mi Dios”».

Esta frase es clásica, escuchadla bien, es muy importante. «Si me dices: “Muéstrame a tu Dios del que tanto hablas diciendo ‘mi Dios, mi Dios’”, te lo mostraré, si tú me muestras quién eres tú». «Muéstrame a tu hombre». Muéstrame quién eres, cómo es tu vida. Porque Dios se deja ver a quienes pueden verlo. «Muéstrate tú también a ti mismo, si no eres adúltero, ladrón, iracundo, envidioso, arrogante, violento, avaro». Si no eres nada de esto, entonces no tienes razones para decir que no hay Dios. Pero si eres todo esto y quieres seguir siéndolo, entonces sí tienes razones para decir: «¿Dónde está Dios?».

Y algo más, muy importante, que no es un simple ejemplo, sino una realidad —lamento no poder desarrollarlo más—, es lo siguiente: La psique-alma humana se asemeja a un espejo. Si la superficie del espejo está oxidada, no puede reflejar la luz. Todos los dones, todas las energías divinas llegan al hombre desde Dios. El amor no es sino una energía (increada) de Dios que viene al hombre. El hombre no puede amar si Dios no le envía esa energía Suya, esa energía increada.

Y lo mismo ocurre con la fe. La Sagrada Escritura lo muestra en muchos pasajes. Recordad, hablando de la fe, lo que dice Cristo: «Si el Padre no os atrae hacia mí, no podéis venir a mí».
¿Qué significa «si no os atrae»?
Significa que debe enviar Su energía divina increada que actúa en la atracción hacia la fe. De otro modo, no es posible. «Pero entonces» —podría decir alguien— «si yo no creo, es porque no fui atraído».
No es así. Ya que hablo de atracción, permitidme usar la imagen de la propiedad magnética. Hermano mío, si eres hierro, serás atraído; si eres bronce, no serás atraído; si eres aluminio, tampoco. El imán sigue ejerciendo su fuerza de atracción, pero tú no eres atraído porque eres de otra naturaleza.

Así también aquí: Cuando llegan a ti los rayos divinos, las energías divinas increadas, y han de reflejarse en la psique-alma para retornar —porque todo lo que se refleja vuelve—, ¿qué significa «reflejar» aquí?
Reflejar significa que cuando Dios te envía Su energía para que creas, tú debes devolverla, es decir, corresponder. Él te envía Su energía y tú debes decir: «Creo, Señor».

¿Y cuándo se produce esta reflexión de los rayos divinos?
Cuando el espejo de tu alma está liso, limpio y puede reflejar.
¿Y cuándo se oxida?
Por los pecados voluntarios. Porque el pecador se salva, se arrepiente. Pero los pecados voluntarios —donde está presente el egoísmo, profundamente enraizado en el centro de la psique-alma— no dejan espacio para reflejar esa energía divina. Por eso el Señor dijo: «Bienaventurados los limpios de corazón (los que han hecho la catarsis), porque ellos verán a Dios».
¿Cómo?
Exactamente como os lo he estado diciendo todo este tiempo.

Pero aún hay algo más que, queridos míos, engendra la incredulidad.
Es decir, en el centro mismo de la fe se forma el germen de la incredulidad.
¿Qué es eso?
Es —permitidme que use una palabra moderna, que no me gusta como término, pero la diré porque es conocida— el esnobismo. O, dicho en griego puro, la imitación. Pero imitación de cosas lamentables, no de cosas nobles. Imitar lo bueno, imitar lo bello, eso no es esnobismo. La palabra —extranjera, como dije— se ha asentado en nuestro idioma para expresar la imitación de cosas absurdas, sin que la persona tenga criterio o juicio sano para discernir si eso es bueno o no lo es. Simplemente, porque lo hacen muchos, lo hago yo también.

Si alguien se viste como un payaso, yo también me visto como un payaso, no porque mi lógica o mi razón no me diga que eso… salgo con mi pijama, como hoy en día hacen algunas mujeres, que salen a la calle con pantalones que parecen pijamas; algo que antes les habría avergonzado incluso para salir del dormitorio al salón de su casa, y ahora lo llevan por la calle.
Si le dices: «Señora, ¿no le da vergüenza salir así?», si es sincera, te responderá: «Lo sé».
«¿Entonces por qué lo hace?».
«Porque todas salen así».

Entonces, ¿qué es el esnobismo?
Es la imitación de cosas en las que la lógica, la razón y el sano juicio han sido anulados y puestos a un lado. Es una desgracia cuando un hombre actúa de esta manera… un hombre que debería ser lógico.

Pues bien, queridos míos, hoy vemos que el fenómeno de la incredulidad y el ateísmo se presenta ampliamente en nuestro propio país, sin ir más lejos. Si preguntas a alguien: «¿No crees? Pero si hasta ahora eras creyente». Si es sincero, te dirá que sí cree. Entonces, ¿por qué habla como si fuera ateo?
Si sigue siendo sincero, te contestará: «Porque todos hablan así».

¿Pero no tienes personalidad, hombre? ¿No tienes criterio propio? ¿Eres tan servil que sigues ciegamente lo que dice la masa? ¿No tienes juicio propio? Eso es lo terrible.

En nuestra época, queridos míos, en nuestro país, este fenómeno, este misterio de la iniquidad, está en acción. Y competimos por aparecer como más incrédulos que el otro, más ateos que el otro. Pero esto ya es una degradación de esta tierra, que siempre fue cristiana.
Y si queréis, la fe existía incluso en nuestros antepasados paganos, porque si no la hubieran tenido, aunque fueran idólatras, no habrían construido Partenones y magníficos templos con obras de arte admiradas en todo el mundo.

¿Qué significa esto?
Significa que nos hemos marchitado, nos hemos deslucido. Y vemos que el ateísmo se proclama por todas partes del modo que os dije: por esnobismo.

¿En la familia?
Oh, en la familia… La fe en la familia empieza a debilitarse y a dar lugar a la incredulidad. Ya no se hace oración; los padres no enseñan a sus hijos desde pequeños a orar, a persignarse en la mesa, a comulgar, a confesarse, a ir a la Iglesia.

¿En la sociedad? ¿Qué se puede decir? ¿En nuestras escuelas? Que reflejan precisamente la formación de la nueva generación… Quitamos las iconas (representaciones) de Cristo, los maestros y profesores hablan contra Cristo; unos lo hacen con total desprecio, y otros, los algo más «educados» pero no menos venenosos, hablan solo de la naturaleza humana de Cristo.

Así vemos que, continuamente, en estos ámbitos —la familia, la escuela y la sociedad— florece el fenómeno del ateísmo y la incredulidad.
¿No es una lástima? ¿No es una lástima?

Los helenos-griegos no somos muchos. Somos diez millones.
Pero, queridos míos, si algunos logran escapar de este cerco —porque de un cerco se trata— que se llama «esnobismo» y se mantienen firmes y dicen: «Espera un momento, hermano; si tú eres incrédulo, yo no lo soy.
¿Dices que eres tradicional?
¿Y qué es la tradición?
¿El bouzouki? ¿Las fiestas culturales? ¿Los santouri (órganos musicales)?
Porque eso es lo que ponemos continuamente en la radio y en la televisión, y decimos… “tradición” y “tradición”. En los pueblos, las fiestas duran de uno a siete días, con santouri y bailes.
¿Eso es la Tradición? ¿Eso es la Tradición?
¡Pobres hombres!

La Tradición es conservar el alma de tu pueblo. Y el alma de tu pueblo es la fe: la fe en Cristo y el amor a tu patria. Si no conservas estas dos cosas, has perdido tu psique-alma.

Recordad lo que decía san Cosme de Etolia: «Que os hagan lo que quieran —que os despellejen, que os frían, que os hagan esto y aquello— pero no perdáis ni vuestra alma ni a Cristo». Esto es la Παράδοσις Parádosis Tradición. Esto es lo que Pablo dice a Timoteo: «Guarda el buen depósito, la parádosis (transmisión y entrega, tradición)». Eso significa depósito: significa tradición Παράδοσις. Es decir, lo que yo recibo, te lo entrego. Eso es un depósito: recibo y te entrego, y te digo “Guárdalo bien”.

¿Y qué dice Cristo en el Apocalipsis?
«Aférrate a lo que tienes, para que nadie te quite la corona», es decir, que no sueltes lo que guardas. Aférrate bien a lo que tienes.
¿Y qué es eso que tienes?
Es lo que os he dicho durante todo este tiempo: eso es la Παράδοσις Tradición. El que ha comprendido bien esto —que es el alma de nuestra alma— no se deja arrastrar por las corrientes de esta época, por este esnobismo necio, absurdísimo y, al mismo tiempo, profundamente demoníaco. Sino que se mantiene erguido, firme, diciendo: «Yo conservo la Παράδοσις parádosis tradición de mis antepasados; guardo lo que recibí de mi madre y mi padre, y ellos de sus padres, y estos de los Apóstoles, y los Apóstoles de Cristo.
Esta es la verdad, esta es la única fe, esta es la única Παράδοσις Tradición, por la que merece la pena morir».

Si, pues, nosotros los helenos-griegos somos diez millones, y algunos no ceden a estas tentaciones modernas «por un plato de lentejas» —para obtener ciertos bienes y comodidades—, entonces quizá Dios se apiade de nosotros y sobrevivamos. Pero si todos los helenos-griegos llegamos a esta situación de renunciar a todo, entonces… Helade-Grecia habrá terminado su vida en la Historia; habrá terminado.
No quisiera nunca ser profeta de desgracias, pero imitemos al menos a Abraham, que pidió: «Si hay algunas personas justas en Sodoma, que las ciudades se salven». Así también, si hay algunos helenos-griegos fieles, que permanezcan fieles a pesar de la corriente de la época, entonces Helade-Grecia vivirá.

¿Comprendéis, queridos míos, lo que recae sobre nuestros hombros?
¿Comprendéis lo que estamos asumiendo? Tanto nosotros, los clérigos, como vosotros, los laicos —nosotros, los creyentes—.
¿Comprendéis?
Tenemos una gran responsabilidad: he de cargar sobre mis hombros aquello que el otro no carga… y el de más allá, y el de más allá.
¿El peso? Pesadísimo. Pero debo cargarlo. Y Cristo me ayudará a cargarlo, a cargarlo entre todos. Y si cargamos, queridos míos, ese peso, entonces no solo nos salvaremos nosotros, sino que habremos expresado a nuestros compatriotas —helenos-griegos y cristianos— el amor más puro, el más limpio, el más importante: un amor cimentado en una fe profunda.

Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario,
y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, el 4 de septiembre de 1983.

Fuente:  http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai.gr/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

Halloween: ¡Una horrenda festividad pagana-satánica!

Halloween: ¡Una horrenda festividad pagana-satánica!
(Cuando el terror y el horror se transforman en… diversión, ocio)

 

Santa Metrópolis de Pireo, oficina de herejías y seudo-religiones. En Pireo, 27 de octubre de 2025.

También en audio aquí: https://www.youtube.com/watch?v=LWWDj4FlXdY

El ocultismo es la «espiritualidad» del mundo moderno, promovida por oscuros centros del exterior, a menudo como «folclore», como «festividades», para que sea fácilmente asimilado por la mayoría de la gente. Y, por supuesto, esta «espiritualidad» es demoníaca, y las expresiones folclóricas y los actos «festivos» no son más que iniciaciones en el ocultismo y, en última instancia, en el satanismo.

Una de estas «festividades» es Halloween, que no solo tiene «popularidad» en nuestros días, sino que está causando una verdadera histeria en el mundo occidental y, en los últimos años, también en nuestro país. Como veremos más adelante, todo el «ritual» es la vivencia de los «celebrantes» de actos aterradores.

El tiempo de «celebración» es el 1 de noviembre, que coincide con la festividad papal de Todos los Santos. De hecho, «Halloween significa ‘La noche antes del Día de Todos los Santos’ – que también se llama Hallowmas o All Hallows’ Day» [1].

En estos días, el Occidente «celebrará» con disfraces con máscaras espeluznantes (calabazas) y atuendos, danzas desenfrenadas, desvergüenza moral, vino, drogas, bebidas alcohólicas y embriaguez, etc. Incluso esta repulsiva «festividad» ha invadido rápidamente nuestro país, como uno de los muchos y desastrosos «préstamos» del mundo occidental, espiritualmente decadente (y no solo eso). Por eso, hemos decidido redactar este comunicado, para informar a los fieles de nuestra región metropolitana y a nuestros queridos lectores.

Pero, ¿de qué se trata realmente? Nos lo explica el P. Estéfanos Stefópoulos, escritor antiherético: «El origen de Halloween se puede rastrear en la festividad celta de Samhain. En esta festividad se marca el final del verano y el comienzo del nuevo año celta, durante el cual los druidas ofrecían sacrificios a los dioses. Creían que Samhain, el dios de la muerte, desparramaba espíritus malignos durante este período en todo el mundo para atacar a los seres humanos. Estos espíritus malignos jugaban trucos (tricks) tan pronto como llegaba el invierno y la luz del sol se debilitaba. Para evitar los espíritus malignos, las personas debían disfrazarse de… espíritus malignos» [2].

Y continúa el P. Estéfanos Stefópoulos: «Halloween también es la época favorita de las brujas y los seguidores de la Wicca. […] La Wicca, como filosofía y también como práctica de magia, es una mezcla de religiones y rituales precristianos de Europa, con fuertes influencias de la antigua religión griega, celta y sajona. Según los seguidores, la fuerza primordial y suprema es la ‘Naturaleza’, que se expresa a través del dios y la diosa, quienes a menudo toman sus formas del antiguo panteón griego. Los seguidores de la Wicca creen que la noche del 31 de octubre, la barrera entre la realidad física y la espiritual es más delgada y menos custodiada. Así que este es el mejor momento para aquellos que tienen habilidades necrománticas para comunicarse con los muertos» [3].

La «fiesta» de Halloween tiene claramente contenido pagano, pero también satánico, ya que todos los grupos ocultistas modernos comparten un mismo «paraguas», el fenómeno mundial de la llamada «Era de Acuario», que es un fenómeno interconectado, con muchos elementos y características comunes que se intercambian entre sí. No es casualidad que los pioneros del renacimiento del paganismo antiguo, los creadores del fenómeno neopagano global, fueron magos y satanistas, como los notorios Alister Crowley, Gerald Gardner, Lavey, etc.

El inspirador del renacimiento del paganismo celta fue el mago inglés y notorio ocultista Gerald Gardner (1884-1964), conocido con el seudónimo de Scire, quien en 1945 fundó la religión mágica-pagana de la Wicca, tomando elementos del paganismo celta, la masonería, la magia ritual y los escritos del satanista Alister Crowley. Gardner nombró como sacerdotisas a las famosas brujas Doreen Valiente, Lois Bourne, Patricia Crowther y Eleanor Bone, a través de las cuales la comunidad Gardneriana se expandió por toda Gran Bretaña y luego a Australia y Estados Unidos a finales de la década de 1950 y principios de la de 1960. De hecho, «El rol de Gardner en el desarrollo de comunidades neopaganas y ocultistas fue tal que una placa en su lápida lo describe como ‘El Padre de la Wicca'» [4].

El infame fundador de la aterradora «Iglesia de Satanás» (1966), Anton LaVey, dijo que quien adopta creencias y prácticas paganas se entrega, consciente o inconscientemente, a Satanás, y se dedica subconscientemente al diablo. Al disfrazarse con las espeluznantes máscaras y disfraces, celebrando Halloween, ¡declaras tu sumisión a él! Y enfatizó con vehemencia: «Me alegra que los padres cristianos dejen que sus hijos adoren al diablo al menos una noche al año. ¡Bienvenidos a Halloween!» [5]. El John Ramirez (1963), ex-sumiller del Satanismo, convertido al cristianismo, dijo que incluso cuando te vistes como un ángel o una sirena para Halloween, «le das al diablo los derechos legales para cambiar tu personalidad». También reveló en una entrevista con CBS News (20 de octubre de 2018) que, «Fui general en el reino de las tinieblas y en la magia. Estaba sentado con el diablo y le hablaba como les hablo a ustedes ahora. Era ese tipo de comunicación. Era ese tipo de relación» [6].

También igualmente reveladora y aterradora es la información sobre Halloween de la Sacerdotisa de la «Iglesia de Satanás», Blanche Barton: «Halloween es tradicionalmente una época en que la puerta oscura a los reinos de las tinieblas, la muerte y lo sobrenatural se abre. Los demonios y los espíritus tienen carta blanca por una noche, presumidos, tentándonos en sus fiestas y revelándonos visiones del futuro. Como niño atraído por pasiones más oscuras desde mi nacimiento, siempre disfruté del miedo y las fantasías de Halloween. Incluso da a las personas más mundanas la oportunidad de probar la maldad por una noche. Tienen la oportunidad de bailar con el diablo, ya sea tropezando, cansados y nerviosos en los brazos del Príncipe Negro, o con valentía, compartiendo con frenesí los excesos sensuales y el terror de los demás en esta noche mágica e impía». «Sí, los demonios realmente me proporcionaron una visión cristalina del futuro, esta noche más desinhibida. Veo la luz del fuego parpadeando salvajemente en los ojos de mi hijo mientras baila feliz con su disfraz de pirata… Veo satanistas de todo el mundo encontrándose en pequeños grupos esta noche de Halloween, 500 años después, levantando una copa por los Condenados…» [7].

La «Asociación Internacional de Exorcistas contra Halloween» afirma que en esta festividad pagana, «las noches entre finales de octubre y principios de noviembre, además de numerosas ceremonias mágicas, se realizaban sacrificios de animales y, probablemente, incluso sacrificios humanos» [8].

El horror que se oculta tras las «celebraciones» de Halloween se vuelve evidente también por los modos en que se «celebra». Como observa la Sra. Angeliki Jatzioannu, doctora en Teología, en un artículo revelador: «!Según la costumbre de la festividad, los niños pequeños, el 31 de octubre de cada año, se visten con disfraces de brujas, duendecillos, demonios y fantasmas, visitan las casas para recolectar la mayor cantidad posible de dulces, ¡una actividad conocida como ‘trick or treat’ (‘truco o trato’)!” [9] Y continúa: «Según varios informes, durante la noche del 31 de octubre se llevan a cabo ceremonias satánicas y sacrificios de animales. Es característico que en los Estados Unidos las organizaciones protectoras de animales dejan de entregar gatos negros para adopción en la víspera de la festividad y hasta el 2 de noviembre, “por temor a las brutalidades hacia los felinos, que suelen ser el centro de atención en esta época del año”, mientras que otras prohíben la adopción de gatos negros durante todo el mes de octubre. Según la periodista Rachel Quigley, ¡la organización protectora de animales «Animal Orphanage» informa que muchas personas sacrifican gatos negros el día de Halloween! [10]!

En otras palabras, padres desinformados e inconscientes del verdadero contenido de la «festividad» están llevando a los inocentes niños hacia el ocultismo, entregándolos al diablo, quien «desde el principio es asesino de hombres» (Juan 8:44). ¡Y aún más, se cultiva en sus psiques-almas inocentes el misterio, lo irracional, la sangre derramada! Tiene un efecto destructivo sobre ellos. «La festividad de Halloween, como se celebra hoy en varios países del mundo occidental, no es tan inocente como los partidarios de la misma tratan de demostrar. Halloween promueve creencias paganas sobre el mundo y la relación de los espíritus con él, y es un intento de familiarizar a los niños con el elemento mágico. Esta festividad crea la impresión en sus seguidores de que es posible la comunicación con los espíritus del inframundo, y podría ser una antesala para la inclusión en grupos de brujas (Wicca) de personas que deseen involucrarse particularmente con esto» [11].

Aprovechamos la ocasión para señalar que la «Iglesia» Papal tiene su propio «Halloween», el «Día de los Muertos», una festividad centroamericana en la que se celebra el regreso temporal a la Tierra de los muertos, familiares y seres queridos. Se celebra en todo México, especialmente en las regiones centrales y del sur, Guatemala, Honduras, Nicaragua y El Salvador, así como en otras regiones del mundo por personas de origen centroamericano, a finales de octubre y principios de noviembre. […] Coincide (no casualmente) con la celebración de Halloween, Todos los Santos y el Día de las Almas en las iglesias occidentales. Entre los manjares de este día, destacan las “Calaveras”, dulces en forma de calaveras, ataúdes o esqueletos, bebidas alcohólicas y el famoso «pan de muerto», que está espolvoreado con azúcar roja que simboliza la sangre, mientras que en las decoraciones predominan las flores naranjas, conocidas como «flores de los muertos», para ahuyentar al mal. Las tradiciones del Día de los Muertos incluyen la creación de altares privados, conocidos como ofrendas, para honrar a los muertos utilizando calaveras (modelos de cráneos), cempasúchiles y las comidas y bebidas favoritas de los difuntos, además de visitas a las tumbas con ofrendas. En los altares de los muertos siempre hay flores, pan de muertos, comidas y bebidas que los muertos disfrutaban para honrarlos. Siempre se coloca una fotografía del difunto y, por supuesto, se acompañan de las famosas calaveras (cráneos) hechas de azúcar» [12]. Otro vestigio del animismo precristiano que fue incorporado a la tradición y culto de la herejía del Papado, lo que revela la falta de verdadera espiritualidad en el papismo.

Desafortunadamente, Halloween «se celebra» también en nuestro país en los últimos años, que acoge cualquier cosa que «prospera» en la decadente Occidente. Las tiendas de artículos para niños han llenado sus escaparates con los conocidos «accesorios» espeluznantes de la «festividad». Los municipios organizan festivales, como el del Municipio de Peristeri, donde se llevará a cabo «el mayor festival de Halloween de Atenas». Según un informe: «(Halloween) regresa después del triunfante éxito del año pasado, donde más de 13,000 visitantes abarrotaron el lugar en solo tres días de funcionamiento. Este año, les esperamos con aún más sorpresas, decorados impresionantes y una experiencia que promete ser inolvidable. Halloween en Atenas tiene ahora su propio hogar: Aidonakia Halloween Festival, donde la diversión se encuentra con el miedo…» [13]. ¡También un autobús del KTEL de Salónica, línea 57, «se ha vestido de naranja y negro, con telarañas, esqueletos y murciélagos que transforman su interior en una espeluznante y divertida experiencia de Halloween» [14]! En otras palabras, ¡transforman el terror y el horror en… entretenimiento! Al fin y al cabo, el objetivo de los ocultistas es que las personas, especialmente los niños, se familiaricen con lo sobrenatural y lo aterrador, para que finalmente no teman al terrorista Satanás y a sus obras oscuras, ¡y se reconcilien con él!

Concluimos nuestro comunicado, haciendo un cálido y fraternal llamado a nuestros queridos lectores a que comprendan el carácter demoníaco de la «festividad» de Halloween y no dejen que sus hijos participen en estos «supuestos» «inofensivos festejos», entregándolos al diablo. Deben abandonar la falsa idea de que tales «festividades» tienen un simple carácter folclórico y son una «oportunidad para la diversión». No jugamos ni nos divertimos con las obras del diablo, porque son trampas mortales que nos apartan de la Χάρις (Jaris: Gracia energía increada) de Dios y nos convierten en sus esclavos (esclavos de la des-gracia creada humana). El Apóstol Pablo nos aconseja: «No deis lugar al diablo» (Efesios 4:27). Por eso, nuestra Santa Iglesia nos llama, a través de los Santos Cánones y los escritos de los Santos Padres, a no participar en tales eventos. El 62º Canon del Concilio Ecuménico de la Pentarquía condena los disfraces y las máscaras, imponiendo la pena de excomunión. Debemos abstenernos de participar en manifestaciones que son vestigios de antiguos cultos paganos precristianos, mediante los cuales el diablo lucha por someternos a su desastrosa dominación. Amín.

Santa Metrópolis de Pireo, oficina de herejías y seudo-religiones. En Pireo, 27 de octubre de 2025. https://imp.gr/category/%CE%B3%CF%81%CE%B1%CF%86%CE%B5%CE%AF%CE%BF-%CE%B1%CE%B9%CF%81%CE%AD%CF%83%CE%B5%CF%89%CE%BD/

 

Traducido por Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas http://www.logosortodoxo.com/