Comienzo de la Indicción – El Año Aceptable del Señor [Lucas 4,16-30] π. Atanasios Mitileneos

 

Comienzo de la Indicción – El Año Aceptable del Señor [Lucas 4,16-30]

π. Atanasios Mitileneos

La homilía en Nazaret, 4:14-30.

14 Jesús regresó a Galilea pleno en dinamis (potencia y energía increada) del Espíritu, y se extendió su fama por toda la comarca por los milagros que hacía;

15 y él enseñaba en las sinagogas de los Judíos, siendo admirado y elogiado por todos.

16 Y llegó a Nazaret, donde había sido criado, y en el día sábado entró en la sinagoga, y conforme a su costumbre se levantó a leer un pasaje de la Biblia.

17 Y le fue entregado el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, encontró el lugar donde estaba escrito lo siguiente:

18 El Espíritu del Señor está sobre mí, porque con este me crismó-ungió como hombre y me ha enviado a predicar, a los hombres pobres y desnudos de fe, el mensaje alegre de la redención, y sanar-psicoterapiar a los que el corazón se les ha quebrantado y oprimido por el peso del pecado,

19 a proclamar a los esclavos del pecado el perdón y la liberación, y a restaurar la vista a los ciegos físicamente y espiritualmente, es decir, regalar la iluminación a los que tienen el nus/espíritu ciego y oscurecido por los pazos del pecado; me ha mandado a proclamar a los hombres el principio de la nueva era o época que será aceptada y agradable a Dios y a los hombres.

20 Y habiendo envuelto el libro, lo devolvió al asistente, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él.

21 Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta escritura en vuestros oídos.

22 Y todos daban testimonio de Él, y se maravillaban de las palabras de jaris-gracia que salían de su boca, pero decían: ¿No es éste el hijo de nuestro José, el carpintero?

23 Entonces les dijo: Sin duda me diréis este proverbio: Médico, cúrate a ti mismo. Cuantas cosas oímos que se han hecho en Capernaum, hazlas también aquí en tu tierra.

24 Y añadió: En verdad os digo que ningún profeta ha sido bien recibido con su debido honor en su tierra;

25 y os recuerdo también esta verdad, que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, mientras hubo una gran hambre en toda la tierra de Palestina;

26 pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda desconocida e insignificante en Sarepta de Sidón.

27 Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue limpiado, sino sólo Neemán el sirio.

28 Oyendo estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira incontrolable; porque creyeron que el Señor los pone en posición inferior que a los idólatras;

29 y levantándose, lo sacaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual había sido edificada la ciudad de ellos, para despeñarlo;

30 pero él, atravesando por medio de ellos de una forma admirable, se fue.

 

Comienzo de la Indicción – El Año Aceptable del Señor [Lucas 4,16-30]

π. Atanasios Mitileneos

 

Hoy, queridos míos, nuestra Iglesia celebra su Año Nuevo. Es decir, el inicio del año para una obra importante. Y cada Año Nuevo puede, por supuesto, ser convencional, por acuerdo, pero la voluntad de Dios se encuentra en la medición del tiempo. Y esta medición del tiempo es necesaria tanto para las obras del hombre como para su salvación. Por eso Moisés escribe en el primer capítulo del Génesis: «Y dijo Dios: ‘Haya lumbreras en el firmamento de los cielos’ —es decir, el sol y la luna— ‘para iluminar la tierra, para separar el día de la noche, y sean por señales, para estaciones, días y años’.»

Aquí vemos la división del tiempo. Y dentro de esta noción del tiempo se expresa aquello inspirado por Dios: “Todo tiene su tiempo”, que dice el Eclesiastés.

El tiempo, queridos míos, es creación de Dios junto con el espacio. Así, hoy, 1 de septiembre, es el primer día del año eclesiástico. “Comienzo de la Indicción” dice el Horologion. Y mientras que para los pueblos se establecieron años nuevos convencionales, para los hijos de Dios se establecieron algunos años nuevos muy grandes y universales. Los judíos celebraban la Fiesta de las Trompetas el 1 de septiembre. El mes de Nisán, que va del 15 de marzo al 15 de abril, es designado por Dios como el primer mes del año, porque en ese mes los judíos cruzaron el Mar Rojo al salir de Egipto. Por eso Dios dijo: “Este será el primer mes del año. Contadlo como primero.” De ahí la Pascua. Pascua significa “paso”, el paso por el Mar Rojo. Así también el Señor sufrió en el mes de Nisán. Es decir, Su Resurrección coincide con la Pascua judía, que, como dije, era en el mes de Nisán, entre marzo y abril.

Así, la noción de Año Nuevo tiene importancia para el inicio de un nuevo período temporal. Por ejemplo, para la Pascua, nosotros —saben el Evangelio, el gran Evangelio que contiene las lecturas— comenzamos la primera lectura del Evangelio desde el Domingo de Pascua. Esto, por supuesto, es una medición eclesiástica con inicio en la Pascua. Sin embargo, el Año Nuevo más antiguo, el primero y el más alegre del mundo, fue el 27 de noviembre del seiscientos uno, primer año de la vida de Noé. Cuando Noé salió del Arca, toda la humanidad se había ahogado —el pecado había inundado la tierra y la había corrompido, todo estaba cubierto por las aguas—. Cuando Noé salió del Arca, tenía seiscientos un año. Esto sucedió porque permaneció aproximadamente un año dentro del Arca, hasta que las aguas se calmaron —fueron aguas terribles…. Esto ocurrió el 27 de noviembre. Así, el mundo antiguo terminó con el Diluvio y surgió un mundo nuevo con muchas esperanzas.

Pero también este mundo envejeció, y era necesario establecer un nuevo y verdadero Año Nuevo. Este nuevo Año Nuevo lo inaugura ahora Dios con la Encarnación de Su Hijo. Pero antes de inaugurarla, Dios lo anuncia proféticamente a través de Isaías.

Veamos los acontecimientos en su orden. El Señor se encontraba en Nazaret, “donde había sido criado”, como nos dice el evangelista Lucas, allí donde creció. Y según Su costumbre, un sábado entró en la Sinagoga, se levantó para leer, como era la costumbre entonces, la lectura de las Escrituras. Quien podía, leía y explicaba lo que leía, es decir, como hoy tenemos el pasaje evangélico y su explicación, el sermón sobre la pasaje. Así, el Señor se levantó para leer la lectura de aquel sábado. Se le dio el libro de Isaías, lo abrió y eligió esta sección —Lucas nos la menciona— de Isaías, repito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para evangelizar a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a proclamar libertad a los cautivos y vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar el año aceptable del Señor.»

Vemos al Señor Jesús, en este pasaje, siendo Él mismo profetizado. Y ahora viene a interpretar la profecía Él mismo. El profetizado interpreta la profecía acerca de sí mismo. Es la forma más perfecta de profecía: que quien interpreta la profecía sea precisamente aquel a quien la profecía concierne. Así vemos que el Señor comienza a referirse a Su propia persona, no solo en esta ocasión en la sinagoga de Nazaret, sino también en otros casos, comenzando desde los profetas lo que dijeron sobre Él.

Vemos, por ejemplo, cómo los hechos se combinan con la profecía de manera asombrosa. El apóstol Pedro escribe:

«Tenemos más seguro el logos profético, al cual hacéis bien en atender, como a una lámpara que alumbra en lugar oscuro.»

La profecía es superior al hecho, pero se verifica mediante el hecho, y el hecho confirma la profecía. Y no olvidemos esto: aquí, al encontrar la profecía en el Antiguo Testamento, vemos el valor del Antiguo Testamento, sin el cual el Nuevo Testamento, subrayo, queda suspendido. No sabríamos quién es Jesús Cristo sin el Antiguo Testamento, que tantos menosprecian. ¡Error! El Antiguo y el Nuevo Testamento son la Sagrada Escritura. Ni el Antiguo es superior ni inferior al Nuevo, son la Sagrada Escritura. Allí encontramos las profecías, la identidad de Jesús Cristo.

¿Qué tenemos en el Antiguo Testamento? Las profecías.

¿Qué tenemos en el Nuevo Testamento? Los hechos. La persona de Jesús Cristo.

No olvidemos esto, porque el conocimiento de las profecías es el principio y la base de la fe consciente. ¿Quieres creer conscientemente, sin vacilaciones en tu fe? Ve a las profecías. Ve al Antiguo Testamento.

La profecía verdadera, por sí misma, está herméticamente cerrada. Herméticamente cerrada. Recuerden al etíope que leía Isaías. Leía en voz alta, era costumbre entonces. Dios envió a Felipe, quien se acercó al carro de este eunuco —importante, no era judío, era africano— y le pregunta: “¿Entiendes lo que lees?” El etíope responde: “¿Cómo podría entenderlo si no tengo a alguien que me lo explique?”

Y yo te pregunto: ¿de quién habla aquí el profeta? ¿De sí mismo o de otro? No entiende nada. La profecía está herméticamente cerrada. El apóstol Pedro escribe: «Primero debéis saber esto: que ninguna profecía de la Escritura se interpreta por sí misma.»

No puede nadie explicar la profecía si no tiene algo. ¿Qué? Se necesita un profeta. Un profeta escribió la profecía, un profeta debe explicarla. El profeta formula y el profeta interpreta. Esto es muy importante.

Ahora bien, ¿quién profetiza aquí? Jesús Cristo. El profetizado que interpreta la profecía acerca de sí mismo. Cuando, el día de Su Resurrección, se adelantó a los dos discípulos de Emaús, “Comenzando desde Moisés y todos los profetas, les interpretaba en todas las Escrituras lo que de Él decían”, dice Lucas. Explicaba a los dos discípulos lo que concernía a Él mismo según los profetas. Desde todos los profetas. ¿Lo ven?

Pero los destinatarios de una profecía también deben tener el Espíritu Santo. Si no lo tienen, reaccionarán negativamente. Por eso los dos de Emaús aceptaron lo que Jesús les decía, aunque no Lo habían reconocido —sus ojos estaban velados. Y cuando, por un momento, Jesús desapareció ante ellos, allí en la mesa de la casa de uno de los dos, se dijeron entre sí: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos abría las Escrituras?”

¿Qué significa esto? Que los dos discípulos aceptaban lo que el Señor les decía, sin saber que era el Señor —Lo conocían desde antes, pero en otra forma. No es momento de profundizar más en esto.

Ahora, el Señor está en Nazaret, como vimos en el pasaje evangélico de hoy, y Él mismo interpreta la profecía de Isaías que se refería a Sí mismo. Pero Sus oyentes, aunque por un momento quedaron fascinados y pendientes de Sus labios, dijeron: “¿Cómo sabe este de letras sin haberlas aprendido?” —“Si no fue a la escuela, ¿cómo sabe tales letras…”. Sin embargo, cuando el Señor avanzó un poco más, dado que no se les había dado el Espíritu Santo —porque en el fondo no querían aceptar lo que el Señor les decía—, dijo el Señor estas palabras: “Ningún profeta es aceptado en su propia tierra”. No es aceptado; como dicen: “¿Tú nos vas a decir esto? ¿Quién eres tú?” ¿Lo escucharon? “¿Tú nos vas a decir esto? ¿Quién eres tú?”

¿Y qué hicieron? Escuchen: “Todos se llenaron de ira al oír estas cosas en la sinagoga, y levantándose, lo sacaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para precipitarlo”. Lo tomaron, lo sacaron afuera; Nazaret estaba en una región montañosa, y lo llevaron a un despeñadero para arrojarlo… No tenían el Espíritu Santo. Por lo tanto, no basta que un profeta escriba y que un profeta interprete; también el receptor, los receptores, deben tener el Espíritu Santo.

¿Y qué interpreta aquí el Señor? Que ha venido a establecer un Año Nuevo. Ese era Su propósito. Predicar, como dice al finalizar el pasaje: “el año aceptable del Señor”. “Año” significa tiempo. Un tiempo de 360 días. Es decir, un tiempo que sea aceptable para el Señor —desde el punto de vista de los hombres, se entiende—. Un inicio de tiempo que sea aceptado por Dios, a partir de las obras de los hombres. Los primeros padres comenzaron su vida en un momento; para ellos fue un Año Nuevo. Pero fracasaron. Su comienzo fue en el Paraíso. Luego, los descendientes de Noé, de quienes les hablé antes; también fracasaron. Y se hace un tercer intento —presten atención a esto que subrayo—, y último —verán más adelante por qué—, y último.

Este Año Nuevo, es decir, este inicio de un nuevo tiempo, de esta nueva era, tenía como contenido, según lo describe la profecía y lo explicó el Señor:

Primero: La evangelización de los pobres en conocimiento (gnosis) de Dios —no eran pobres porque no tuvieran qué comer, sino personas pobres en conocimiento de Dios. El Señor evangelizará a los pobres en el conocimiento de Dios, en el conocimiento de la divinidad. Apocaliptará-revelará quién es Dios.

Segundo: Procederá a sanar a los quebrantados de corazón. ¿Por qué? Por el pecado. El pecado destruye al hombre, queridos.

Tercero: Se anuncia la liberación de los cautivos. ¿De qué cautivos? ¿De una guerra, de un conflicto? No. De los lazos y la esclavitud del diablo, de la corrupción y la muerte. Estos tres: diablo, corrupción y muerte.

Cuarto: Ha venido a anunciar la apertura de los ojos de la psique-alma a nuevas perspectivas y dimensiones. Que puedan ver de manera diferente, bajo la perspectiva de la eternidad; que la muerte será vencida, la corrupción será superada, el diablo será sometido, y por lo tanto deben ver con otra perspectiva.

Quinto: El otorgamiento de la verdadera libertad. Como dijo Cristo: “Ha venido el Hijo del Hombre para liberarlos”. Y esto no lo entendieron los judíos en ese tiempo. Que nosotros sí podamos comprenderlo.

El “año del Señor”, el “año del Señor”, ¿cómo debemos entender este año del Señor? Es un año en el sentido amplio de la palabra. Es la época de Cristo en la tierra. Es el tiempo comprendido entre las dos parusías (presencias, venidas) de Cristo, entre Su primera y segunda parusía; ese tiempo es aceptable para el Señor. Porque todo lo que se pida se puede recibir dentro de ese período. Es el milenio del Apocalipsis, que los herejes milenaristas (testigos de jehová) interpretan erróneamente y dicen lo que dicen. ¿Qué es este reino milenario de Cristo? El tiempo comprendido entre las dos parusías, la primera y la segunda de Cristo.

Asimismo, el “año del Señor” es también el tiempo de la conversión. Para un pueblo, para un alma, para un grupo, para una persona. Es el tiempo del conocimiento (gnosis) del verdadero Dios. Ese es el “año del Señor”, el verdadero Año Nuevo aceptado por Dios.

Fíjense en algo. En nuestros días —como les dije— la tercera y última celebración de Año Nuevo no tiene reemplazo; en sentido amplio, es el inicio del aprovechamiento del tiempo. En nuestros días surgió un nuevo Año Nuevo. Podríamos llamarlo cuarto Año Nuevo… Es la llamada Nueva Era, New Age, como la llaman en Europa y América. La Nueva Era… Fíjense: la Nueva Era. Se convirtió en canciones, en música popular, en todo tipo de difusión con tal de propagarse por toda la tierra. Dicen que es el Año Nuevo de Acuario. “Pasó”, dicen, “la era de Piscis”. Tenemos los doce signos zodiacales. Uno de ellos se llama Piscis, dos peces, según los antiguos griegos. Otro signo se llama Acuario. Representado por un joven que sostiene un cántaro y derrama agua; eso es Acuario.

Y dicen estos —¿quiénes?—, los de la Nueva Era, que la era de Piscis, la era del cristianismo, ha pasado. Dicen: “Pasó. Se terminó”. Por coincidencia, ΙΧΘΥΣ —I-Χ-Θ-Υ-Σ— es un acróstico de las palabras: Iisús Jristós Zeú Yiós Sotir (Jesús Cristo Hijo de Dios Salvador). “Entonces la era del cristianismo ha pasado. Cristo se terminó. Todo lo que tenía que dar, lo dio, ya no tiene nada más que ofrecer. Ahora viene una Nueva Era, la era de Acuario”. Que es el Año Nuevo —¡sí, sí!—, el Año Nuevo del Anticristo. ¿Lo entendieron? Lo repito: el Año Nuevo del Anticristo. Este “mono o simio”, como dice San Agustín, del Cristo, imita a Cristo para engañar a los hombres y aparecer como si fuera Cristo. Y ¡ay de quien se deje engañar!

Queridos, tenemos también el Año Nuevo del llamado año político o económico. Decimos 1 de enero: año político, año económico. Pero el verdadero Año Nuevo aceptado es aquel que Cristo inauguró en la tierra. Y Su Encarnación constituye el punto de partida. Este Año Nuevo es el centro de la Historia. Por eso el apóstol Pablo nos advierte: “He aquí ahora el tiempo aceptable, he aquí ahora el día de la salvación”. ¡Ahora! ¡Ahora conviértete, vuelve en la metania! Ahora es el tiempo aceptable para Dios porque Cristo ha venido a predicar el “año aceptable del Señor”, perdón de los pecados, etc.

Presten atención —lo repito: este es el último Año Nuevo de la Historia, y también de cada persona.

Cualquier otro Año Nuevo, como el de la Nueva Era, es ilegítimo y engañoso. Quien comienza, cuando comienza, realiza un Año Nuevo del Señor. Y es el inicio de la fe, el inicio de la conversión, de la metania. Y conversión metania significa retorno a Dios, vuelta a Cristo. Por eso, pidamos al Creador de la Creación y de los siglos, del tiempo, que bendiga “la corona del año de Su bondad”, que sea un “año” de conversión, inicio de vida espiritual y bendición. Un “año” aceptado por el Señor. ¡Buen mes, buen año!

Añadido

”Indictio” indicción, se llamaba así cada período de 15 años que se pagaban los impuestos a los emperadores romanos. Según la tradición eclesiástica, el principio de la indicción fue introducida por Cesar Augusto (1-14), que ordenó el censo general de los habitantes del Imperio romano y la recaudación de los impuestos a partir del día 1 de septiembre.

Desde Constantino el Grande (313) se hizo oficialmente el uso de la Indicción como cronología. A partir de entonces la Iglesia de Constantinópolis hasta hoy celebra el día 1 de septiembre como inicio del año eclesiástico.

PARA LA GLORIA DEL SANTO DIOS TRINO

y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, el 1-9-1996. Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai.gr/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

LA PRECISIÓN EN LA FE Y EN LA MORAL Atanasio Mitilineos

LA PRECISIÓN EN LA FE Y EN LA MORAL

Atanasio Mitilineos

Domingo de los Santos Padres del IV Sínodo Ecuménico

 

Hoy, queridos míos, nuestra Iglesia honra a los Padres del IV Concilio Ecuménico. Una característica de los Padres, ya sea dentro del Concilio o fuera de él, fue siempre la ακρίβεια (akrívia: precisión, exactitud) en la formulación de los términos de la fe y del ήθος (ízos: carácter, moral, ética). Y esto porque conocían el valor y la importancia de la ακρίβεια precisión.

Es bien conocida la disputa entre los términos utilizados por san Atanasio el Grande: ὁμοιούσιος omiúsios y ὁμοούσιος omoúsios. Fue toda una polémica. Pero fue una polémica esencial. No es lo mismo decir “omiúsios”, es decir, que el Hijo es “semejante” al Padre, que decir “omousios”, o sea, “de la misma esencia” que el Padre. No es lo mismo decir “plata” que decir “níquel plateado”. ¿Es lo mismo? Por lo tanto, los Padres se mantenían firmemente en la ακρίβεια precisión. Usaban las palabras con exactitud.

Y la precisión en el dogma da lugar también a la precisión en la moral del carácter, en la vida espiritual. Por eso nuestra Iglesia, hoy, en este Domingo de los Santos Padres del IV Sínodo Ecuménico, como les he dicho, ha escogido un pasaje adecuado del Evangelio, como escuchamos, para subrayar el valor de la ακρίβεια precisión, exactitud.

El Señor Jesús pronunció aquella expresión tan solemne: “En verdad os digo: hasta que pasen el cielo y la tierra —(¡Ah! entonces pasarán el cielo y la tierra…)—, ni una ι yota (i) ni una tilde pasará de la ley hasta que todo se cumpla” (Mt 5:18).

Y todo esto significa la precisión de la profecía en su realización, en lo que concernía a la persona de Jesús Cristo, pero también a su Ley; y por tanto, la precisión tanto de la letra como del espíritu de la Escritura.

La “yota” o “yod” o “giont”, es la letra más pequeña del alfabeto hebreo. Tal vez sepan que esta “giont” (como la llamamos) también se usa como número imaginario en el álgebra. Seguro que lo conocen. Ese es el “giont” que decimos en álgebra. Algo semejante a la ι yota (i) suscrita en griego. Es decir, algo muy pequeño.

Y la “tilde”, como dijo el Señor, “ni una yota ni una tilde pasará…”, es un signo del alfabeto hebreo, como puede ser un apóstrofo, una coma, o en el alfabeto griego, un acento. Algo muy leve, muy pequeño. Con esto quiere decir lo más mínimo de la Escritura y su contenido. La Escritura exige que la cuidemos. Con ακρίβεια akrívia precisión. Porque la falta de precisión conduce a errores, a veces literalmente fundamentales.

¿Qué significa ακρίβεια precisión”? Significa, atención al detalle. Fidelidad y exactitud en todo el conjunto del asunto, el cual debe ejecutarse con precisión. Precisión en la expresión, en la formulación, en la letra y en el espíritu, para que no se introduzca una interpretación errónea. Por consiguiente, precisión como claridad. Algo muy importante…

Anoche leía… buscaba algo en el Antiguo Testamento, y allí Dios dice:
“Escribiréis la Ley sobre tablillas con claridad —escuchen esto— con gran claridad.” Claridad con intensidad. Que esté bien escrito, con una redacción precisa. Eso lo dice el mismo Dios, como les he mencionado.

También implica una correcta traducción e interpretación, una verificación cuidadosa. Siempre bajo la luz de la precisión.

Heródoto, nuestro historiador, el Heródoto que tenemos nosotros, dice acerca de la precisión que es: “el conocer con exactitud”. El tener un conocimiento exacto. «Ἐπίστασθαι Epístasze: conocer bien». «Καθορᾱν kazorán: ver bien, μαθεῖν mazín: aprender bien» (infinitivos): es decir, nos da el sentido, la imagen de lo que significa ακρίβεια precisión.

Los Padres de nuestra Iglesia, mis queridos, amaban la ακρίβεια precisión en el lenguaje. Por eso encontramos expresiones como la de Gelasio, quien dice: «La exactitud de los dogmas apostólicos». O como san Juan Damasceno, que afirma: «He descuidado la exactitud en lo que concierne a mi Señor». San Juan Crisóstomo también dice: «La exactitud en la conducta y mi autogobierno». Exactitud en todo, precisión.

Y en la Epístola de Bernabé, un texto antiguo, leemos: «Por tanto, debemos procurar la exactitud en lo referente a nuestra salvación». “Debemos”, dice, “permanecer con exactitud”. Ammonio por su parte dice: «La precisión de la fe», y san Epifanio de Chipre habla de «la exactitud en la predicación o kerigma».

Mis queridos, es algo que cuido —se los confieso: que exista ακριβεία exactitud en la predicación. Pero también claridad. Exactitud y claridad. Gracias a Dios, nosotros los helenos-griegos al menos, que tenemos nuestra lengua helénika-griega, poseemos una lengua de ακριβεία precisión, exactitud. Y de una precisión tal que nos sorprende la exactitud de su expresión. Un escritor eclesiástico, por ejemplo, dice: «El que pecó antes, debe arrepentirse con precisión». Y finalmente, Clemente de Alejandría nos dice: «Debe haber mucha exactitud».

Ahora bien, para serles sincero, cuando debemos permanecer en temas serios y hablar con precisión, debemos hablar con precisión durante toda nuestra vida y las 24 horas del día. Un profesor nuestro solía decir: “¿Saben por qué discuten las personas? Porque no hay precisión en su manera de expresarse”. El otro no lo entiende bien, no lo interpreta correctamente y al final terminan peleando. No, mis queridos. No, mis queridos. Debemos acostumbrarnos, también en nuestra conversación cotidiana con otras personas —en los asuntos diarios, naturalmente— a mantener esta exactitud. Y debemos aprender a hablar con precisión.

Esta precisión en la fe y en la ética, moral está ordenada y se manifiesta a lo largo y ancho de toda la Sagrada Escritura. Todo esto que venimos diciendo quedaría muy claro si leemos los Hechos de los Apóstoles, donde san Lucas escribe en el capítulo 18 lo siguiente —se los leo rápidamente—:

“Un judío llamado Apolos, natural de Alejandría, hombre elocuente y poderoso en las Escrituras, llegó a Éfeso. Había sido instruido en el camino del Señor y, con fervor de espíritu, hablaba y enseñaba con exactitud lo referente al Señor, aunque solo conocía el bautismo de Juan”. -No conocía el bautismo de Cristo, sino solo el de Juan, el cual, por supuesto, había precedido en el tiempo-. “Éste comenzó a hablar con valentía en la sinagoga. Al oírlo, Priscila y Aquila -este admirable matrimonio, judíos del Ponto- lo tomaron aparte y le expusieron con mayor exactitud el camino de Dios”.

Es decir, hablaba con exactitud y, sin embargo, aquí vemos una exactitud aún mayor que la exactitud. Para que comprendamos cuán importante es, mis queridos, la precisión especialmente en temas espirituales, dogmáticos y éticos. Aquí vemos la precisión más precisa.

Como también escribirá el Apóstol Pablo a los Tesalonicenses: “Pues vosotros sabéis con exactitud que el día del Señor vendrá como ladrón en la noche” (1Tes 5:2). “Sabéis con exactitud”, dice. Y, por supuesto, se refiere a los acontecimientos esjatológicos, que son parte de nuestra fe. Pero, ¿ven ustedes lo que circula hoy en día…? Pasó ya el 4 de julio. ¿Dónde están todos esos que divagaban y hablaban sin cesar diciendo que venía el fin del mundo, que abrían los libros de Nostradamus y hablaban y hablaban y hablaban…? ¿Y sólo Nostradamus? ¡Tantos otros falsos profetas! ¿Vieron ustedes que ocurriera algo? ¿Pasó algo?

Ese día estaba nublado —lo escuché en la radio— y el periodista comenzó a hablar con una señora que salía de la Iglesia. Le pregunta: “¿Usted qué piensa?” “¿No lo ve?”, le dice ella. “Se nubló, ¡el mundo se acaba!”. ¿Porque se nubló se acaba el mundo? ¿Ocurrió algo?

Y ahora esperamos, dicen, algo para después del 21 o 22 de julio, según dicen ciertos individuos, etc., etc. No tengo tiempo para analizarlo más. Es que no permanecen en la precisión de la Escritura, sino que dicen lo que se les ocurre, lo que llevan en el vientre, como dice el dicho popular. Eso no está bien. Por eso les hablo hoy sobre este tema, para que comprendamos que debemos permanecer en la exactitud.

Pero si debemos hablar de los últimos tiempos con exactitud, también debemos hablar con exactitud del ήθος (ízos: carácter, moral), la ética. Escribe el apóstol Pablo a los Efesios lo siguiente: «Βλέπετε οὖν πῶς ἀκριβῶς περιπατεῖτε» —«Vigilad, pues, cómo os conducís con exactitud». «Βλέπετε» significa “prestad atención”. «Περιπατεῖτε» significa “vivid” o “conducíos” en términos morales. «Ἀκριβῶς» -¿veis?- “con exactitud”, «μὴ ὡς ἄσοφοι, ἀλλ᾿ ὡς σοφοί… συνιέντες τί τὸ θέλημα τοῦ Κυρίου» —no como necios (a-sofos), sino como sabios, entendiendo cuál es la voluntad del Señor.

Por tanto, la exactitud en la fe y la exactitud en la moral, la ética -por la que lucharon los Padres en los Sínodos, pero también en sus enseñanzas y escritos personales- no es una escolástica estéril, una pérdida de tiempo en algo infecundo y seco. No. Es, como ya os dije, una necesidad sumamente importante.

La ausencia de esta ακρίβεια exactitud es obra del diablo, pero también de la negligencia humana, de la pereza. Y esto da como resultado una gran variedad de opiniones sobre la fe, pero también sobre la moral. Y la moral (ήθος izos) es la vida ética. Acabamos teniendo, porque no somos precisos, nuestras opiniones personales, nuestras posiciones individuales. Llegamos al punto de decir que el Evangelio debe adaptarse a nuestra época -¿lo oís?- que el Evangelio debe adaptarse a nuestro tiempo… y a lo que yo quiero. Y no al revés: no que yo me adapte -independientemente de la época en la que vivo- a lo que dicta el Evangelio eterno. Es decir, cada uno de nosotros fabrica su propio Evangelio, personal, individual, según lo que le parece. “Yo lo quiero así”. “El otro lo quiere asá”. ¡Pero el Evangelio es uno! No vendrá a adaptarse a nuestra época ni a cada persona y cada sujeto. ¡Nosotros debemos adaptarnos a él en toda época, lugar y persona!

No olvidemos que, como dice el apóstol Pablo: «Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre» (Hebreos 13:8). Cristo no cambia. No digamos entonces que el Evangelio es anticuado y que necesita una actualización. En realidad, ¿sabéis lo que sería eso? Una secularización (mundanización).

Cristo dijo lo que escuchamos: “Por tanto, aquel que suprima uno solo de estos mandamientos-logos que parecen pequeños e insignificantes, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reinado de la realeza increada de los cielos; pero aquel que practique y aplique todos los mandamientos-logos y enseñe también a los hombres, éste será proclamado grande en el reinado de la realeza increada de los cielos” (Mt 5:19). Hombre, si minimizas el Evangelio y lo predicas como a ti te parece, entonces tú también serás minimizado. Serás juzgado como indigno.

Dicen: “¿Y qué es el ayuno?”. Os lo digo como ejemplo. “¿Qué es el ayuno?”. ¿Qué es? ¡Es un mandamiento! “Pero… no es importante”. ¿Que no es importante? Ya sea importante o no -según el juicio humano- es un mandamiento de Dios. Y todos los mandamientos de Dios, sin duda, son importantes. ¿Por qué? Porque es Dios quien los manda. Y eso demuestra que no puedes tú, hombre, estar regulando los mandamientos, diciendo: “Este es importante, grande; este no lo es, es pequeño”. No, queridos. Eso es un egoísmo desmedido que se convierte en juez de los mandamientos de Dios. Estás llamado, hombre, con humildad, a aceptar lo que Dios te dice. ¿Qué dirás? “Lo dice Dios”. ¿Qué más dirás? “Lo dice Dios”. Nada más. Con eso basta.

Y sin embargo, dentro de este pueblo de Dios, dentro de esta Iglesia, dentro de esta administración de la Iglesia, prevalece una lucha entre la exactitud y la inexactitud, entre lo genuino y lo falso. Los dogmas, desgraciadamente, se dejan de lado cuando nos molestan. Porque de los dogmas nace la moral. Sí. De los dogmas nace la moral.

Por ejemplo, cuando decimos: “No forniques”, ¿qué es eso? Moral. Pero eso nace del dogma. “¿Qué dogma?”, me diréis. ¿No dice el apóstol Pablo que nuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo? ¿Y eso qué es? ¿No es una verdad, un dogma? Entonces, ¿de dónde proviene la moral de no fornicar? Del dogma que dice que tu cuerpo es templo del Espíritu Santo. Así que, si corrompo el dogma, si lo transformo, si lo altero, necesariamente también se alterará la moral. Es algo totalmente, queridos míos, natural.

Queremos el ήθος (ízos: carácter, moral), la ética, no como nos la ofrece el Evangelio, sino más bien sobre una base de ética filosófica. No ética evangélica; ética filosófica. Es bien sabido que todos los sistemas filosóficos tienen su propia ética. Todos. Incluso el sistema materialista tiene su ética, etc. El tema es enorme, como podéis ver. (ver: https://logosortodoxo.es/preguntas-y-respuestas-mitilineos/etica-cristiana-y-etica-filosofica-a-mitilineos/). Porque define nuestra salvación. Un evangelio adulterado nunca salva. Por eso los Padres de nuestra Iglesia lucharon por la exactitud del dogma en los Sínodos Ecuménicos y en los concilios locales.

Sí. Una vez escuché a una persona muy destacada, un importante político, hace ya más de 40 años, que calificó a San Atanasio el Grande de escolástico y limitado, que no tenía, según él, una mentalidad amplia. Este político falleció hace muchos años. En ese momento pensé, porque estaba junto a él y lo escuché: «¡Pobre y mísero hombre! ¿Te atreves a llamar de mente estrecha a San Atanasio el Grande? ¿Quién eres tú para decir eso?». Lo que ocurre es que muchas veces el Evangelio adulterado sirve de cobertura a nuestras debilidades. Y se convierte en un silenciador de nuestra conciencia. Hablamos y repetimos constantemente sobre el amor, diciendo que todo el Evangelio es amor… Pero hay otras cosas que también expresan el amor. No debemos reducir todos los temas del Evangelio a una visión relajada y superficial de amor.

Hoy en día, los significados de las palabras se están distorsionando. Hablan de amor. Sí. Pero entienden el amor en su forma carnal y lujuriosa… Hablan del amor de Dios y le han quitado su atributo de Juez. «Ah», dicen, «Dios es amor, ¿cómo va a juzgar?». Pero sí, hombre, te juzgará. Ambas cosas son ciertas. Hablan de Parádosis Tradición -¡ay, aquí especialmente!- y se refieren principalmente a la tradición griega antigua, no a la tradición cristiana de la Iglesia. Y con el pretexto de la tradición, introducen todo tipo de cosas en nuestras vidas. Porque la tradición griega antigua ha penetrado en nuestra vida cristiana y ha alterado muchas cosas profundamente.

¿Y cuál es el resultado? Paso a paso avanzamos hacia la descristianización de nuestro pueblo, hasta el punto de que ahora a nivel mundial se dice -escuchad las consecuencias- que la era de Piscis, es decir, la época del Cristianismo que ha durado 2000 años, ya ha terminado. Y ahora viene la era de Acuario, es decir, la era del Anticristo, bajo el nombre de «Nueva Era» (New Age), que no es otra cosa que la época de la apostasía. Al no mantener la precisión doctrinal y ética, veis hasta dónde hemos llegado. Esta es la importancia y el valor de lo que dijo Cristo sobre la exactitud tanto de la fe como de la ética o moral.

Queridos hermanos, la ακρίβεια precisión de la fe y de la moral ha sido marginada como si fuera algo anticuado. Y por tanto, considerado como algo difícil de manejar. Pero se nota un rápido deterioro del cristianismo. Y no penséis que cuando el hombre espiritual decae, no arrastra con él toda forma de decadencia. ¿Acaso creéis que nuestra civilización no está en decadencia? No me digáis que hemos hecho grandes avances tecnológicos. Es cierto, pero en esencia, estamos en una decadencia espiritual. En términos generales: decadencia. Sí. Hablamos de humanismo, pero vivimos en el siglo más inhumano de todos los siglos del Cristianismo.

Hoy el verdadero y exacto cristiano atraviesa una prueba. Se convierte en mártir de conciencia. Y quizás mañana sea también mártir de sangre. Es el mismo martirio que sufría Lot como habitante de las decadentes Sodoma, tanto que el apóstol Pedro escribe en su segunda epístola: «Y si libró al justo Lot, entristecido ante la conducta lujuriosa de aquellos hombres malvados y desenfrenados que pisoteaban los lazos naturales de la conciencia, porque el justo Lot, que habitaba entre ellos, cada día sentía su psique-alma justa atormentaba, viendo y oyendo los hechos inicuos de ellos» (2Pedro 2:7–8). Todo lo que veía, era sucio, espantoso: ver a la gente revolcarse en la calle en la homosexualidad. «¡Qué horror!», decía. Cerraba los ojos. «¡Ay de mí, allá también…!» ¿Conocéis aquel episodio, cuando todos -desde pequeños hasta mayores- llegaron a la casa de Lot, tras ver a los dos varones -ángeles- que eran imagen del Hijo y del Espíritu Santo, y eran descritos como jóvenes hermosos, etc., y acudieron a la puerta de Lot? Tocan la puerta:
«¡Ábrenos!».
«¿Qué queréis?».
«Danos esos jóvenes para que nos acostemos con ellos».
¿Lo oís? Querían unirse con ellos homosexual y carnalmente. ¿Podía esa ciudad continuar existiendo? ¿Podía seguir? Y vino la destrucción, como todos sabéis.

No olvidemos que seremos juzgados según el Evangelio que nos dejó Cristo y los Apóstoles. Tal como fue conservado en nuestra parádosis tradición eclesial. Y como nos lo transmitieron los Santos Padres de nuestra Iglesia. No según cómo lo deforma -escuchad esto- el llamado «Derecho Eclesiástico».
¿Qué es el Derecho Eclesiástico? Es la forma en que se relacionan Iglesia y Estado. Y como el Estado cambia constantemente sus leyes, también cambian sus relaciones con la Iglesia. Recordad el divorcio automático, recordad el adulterio, recordad el aborto, (ahora el matrimonio homosexual) recordad… recordad…

Queridos hermanos, cualquier otra cosa que provenga del mundo es del diablo. Debemos saber esto. Los que entienden, que entiendan. Y los que quieran salvarse, ciertamente se salvarán.
Sólo la ακρίβεια (akrívia: precisión, exactitud) en la fe y en la moral salva. Sólo esa.

Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario,
y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, 18-7-1999. Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai_kyriakvn/omiliai_kyriakvn_535.mp3

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

«Multitud y autoridades», por P. Mitilineos

«Multitud y autoridades», por P. Mitilineos

Domingo VI de Mateo [Mt. 9,1-8]

 

Terapia del paralítico, 9:1-8.

9:1 Y Jesús entrando en una barca, pasó a la otra orilla del lago y fue a su propia ciudad, o sea, en Capernaum.

2 Y he aquí le trajeron un paralítico, acostado en una cama, y viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Ten ánimo, hijo, no tengas miedo a que tus pecados te impedirán la terapia, porque por tu fe ya tus pecados son perdonados.

3 Pero algunos de los gramatís escribas presentes pensaron dentro de sí: Éste blasfema, es decir, que es impío porque se apropia del poder de Dios de perdonar pecados.

4 Y Jesús como omnisciente viendo sus pensamientos malignos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?

5 Porque, ¿qué es más fácil, decir: tus pecados son perdonados, o decir: levántate y anda? (Lo primero al ser interior, uno no lo ve y no puede verificarlo. Lo segundo como exterior y visible, uno no puede negarlo por muy incrédulo que sea).

6 Pues, para que sepáis bien que el Hijo del Hombre tiene en la tierra autoridad de perdonar pecados y dar terapia, -dice entonces al paralítico: ¡Levántate sano, toma tu cama y vete a tu casa!

7 Y él inmediatamente siendo levantado y sanado totalmente, se fue a su casa.

8 Al ver esto, las multitudes tuvieron temor y glorificaron a Dios, porque había dado tal autoridad a Jesús, que le consideraban como uno de los hombres, es decir, tener poder de perdonar los pecados, psicoterapiar y sanar a los hombres de enfermedades físicas, psíquicas y demoníacas o espirituales.

 

«Multitud y autoridades»

Domingo VI de Mateo [Mt. 9,1-8] A. Mitilineos

 

Hoy, queridos míos, el evangelista Mateo nos relata el milagro de la curación de un paralítico. El Señor vio la fe de aquellos que llevaban al paralítico y le dijo: «¡Ánimo, hijo mío! Tus pecados te son perdonados».

Allí cerca, como casi siempre, se encontraban algunos escribas (gramaticales, hoy teólogos de academia, sin práctica)). Y al oír que al paralítico le eran perdonados sus pecados, cada uno pensó para sus adentros: «Este blasfema». Y Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?». ¿Y qué les dice el Señor? «¿Qué es más fácil decir: «Tus pecados te son perdonados», o decir: «Levántate y anda»?». Porque, en definitiva, una curación, por supuesto con la fuerza y poder de Dios, puede también realizarla la medicina. Pero, ¿no es acaso más fácil eso que decirle a alguien: «Tus pecados te son perdonados», algo que pertenece únicamente a Dios?

«Pero para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados…» —y acto seguido dice al paralítico que se levante, tome su lecho y se vaya a su casa.

Un pequeño paréntesis. ¿Cómo podemos saber que los pecados de ese hombre fueron realmente perdonados?, podríais preguntar. ¿No es esto algo oculto, invisible? Vamos a la confesión y recibimos la absolución de nuestros pecados. ¿Cómo sabemos que en verdad se nos perdonan? Entonces aquí, ¿cómo podía saberse que fueron perdonados los pecados de ese paralítico? Por el milagro que siguió. Porque Aquel que con tanta facilidad dijo: «Levántate y anda», evidentemente posee también la otra autoridad. Y Aquel que dijo: «A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados», es el mismo que actúa en el misterio de la confesión y perdona los pecados.

Cuando las multitudes vieron el milagro, «se maravillaron -anota el evangelista Mateo- y glorificaron a Dios, que había dado tal autoridad a los hombres». Así vemos, por un lado, a las autoridades -otro evangelista dice que no eran solo gramatís escribas, sino también fariseos- pensar con malicia y desprecio hacia Cristo, y por el otro lado, al pueblo maravillarse y glorificar a Dios. Dos actitudes completamente distintas ante Jesús Cristo. Y lo asombroso es que, a lo largo de la historia, con pocas excepciones, esta misma actitud se conserva frente a Jesús Cristo, tanto por parte del pueblo como por parte de los gobernantes. La misma actitud. A través de los siglos.

Los gobernantes del pueblo. Todos sabemos cuán negativa fue la actitud de los gobernantes hacia Jesús, con algunas pocas excepciones, claro está. Cuando veían que el pueblo seguía al Señor y que Él realizaba milagros, se llenaban de envidia. Así nos lo dicen los santos evangelistas, especialmente el evangelista Juan. Por todos los medios intentaban desacreditarlo ante los ojos del pueblo. Así, por ejemplo, decían los fariseos: «Expulsa a los demonios por el poder del príncipe de los demonios». Es decir: «¿A quién vais a que os cure? ¿A este? ¡Este es Beelzebúl, el jefe de los demonios! Y con el poder del diablo expulsa a los demonios».

Cuando una vez los gobernantes enviaron a sus sirvientes para arrestar a Jesús, estos regresaron diciendo: «Jamás hombre alguno habló como este hombre».
¿Y qué respondieron aquellos?
«¿También vosotros os habéis dejado engañar? ¿Acaso alguno de los gobernantes o de los fariseos ha creído en Él? Pero esta muchedumbre que no conoce la Ley, está bajo maldición».
—En otras palabras: «Este pueblo ignorante de la Ley está maldito. Ellos son los que siguen a Jesús».

¿Veis, pues, cómo menospreciaban a Jesús los gobernantes? Los sumos sacerdotes, los sacerdotes del Templo, los fariseos y los escribas, desde el punto de vista religioso. Y desde el punto de vista político, Herodes (el nieto de Herodes el Grande), Pilato, Poncio Pilato y todos ellos fueron enemigos de Jesús.

Cuando los sumos sacerdotes lo crucificaron, también fueron allí, al pie de la cruz, los gobernantes del pueblo. ¿Y qué hicieron?
«También los gobernantes se burlaban de Él diciendo: ‘A otros salvó, que se salve a sí mismo, si es el Cristo de Dios, el Elegido’».
—Es decir: «A ver si Dios lo salva, si realmente es el elegido de Dios, si verdaderamente es el Mesías».

Y cuando los soldados que custodiaban el sepulcro informaron a los sumos sacerdotes que Jesús había resucitado, aquellos —¡hombres miserables!— les pagaron para que difundieran la historia de que los discípulos habían robado el cuerpo durante la noche.

Toda esta actitud hostil, queridos míos, tanto de los gobernantes religiosos como de los políticos, se resume proféticamente en una frase del Salmo 2: «Se presentaron los reyes de la tierra, y los gobernantes se reunieron a una contra el Señor y contra su Ungido».

La misma actitud -fijaos bien, con raras excepciones- han mostrado los gobernantes de todos los pueblos hacia Jesús Cristo. Hasta hoy. Los gobernantes de los pueblos, sean políticos, gobernantes o administrativos, no tienen una relación amistosa con Jesús.

¿Habéis oído alguna vez, en la realidad griega (y española), a los gobernantes del pueblo -políticos, autoridades, todos ellos-, hablar de Jesús Cristo? ¿En algún discurso, electoral o no, habéis escuchado alguna vez que mencionen el nombre de Jesús Cristo? Yo, personalmente, nunca lo he oído.
Y si acaso, muy de vez en cuando, se escucha el nombre de Dios, como un «Gracias y gloria a Dios» (Δόξα τῷ Θεῷ), en alguna expresión tipo: «Gracias a Dios, nos fue bien»… Aun así, no podemos saber en qué Dios creen.

Dice el padre Justino Popovich (serbio, ahora Santo), porque está tomado de la Sagrada Escritura: «Si no confiesas a Cristo, no confiesas a Dios».
Y como dice el evangelista Juan: «Quien no tiene al Hijo, tampoco tiene al Padre».
Por tanto, no sabemos en qué Dios creen estas personas, ya que jamás se ha escuchado en público, de labios de gobernantes, alcaldes o quien sea, el nombre de «Jesús Cristo». ¿Lo habéis escuchado alguna vez? Decídmelo si es así.

La masonería, queridos míos, aquí puede verse claramente, ha infiltrado por completo a nuestros gobernantes, con pocas excepciones. Y como se ha vuelto una moda, una tendencia, el no mencionar el nombre de Jesús Cristo, incluso aquellos que tal vez no son masones, se reprimen y no lo mencionan.

¿Y el ateísmo? Lo mismo.
¿Y el portador del ateísmo, el materialismo? También.
Raramente en la historia ha habido líderes que tuvieran una postura amistosa hacia Jesús Cristo. Muy raramente.

Y hay algo aún peor. Actual. Aunque quizás también antiguo. Pero, en cualquier caso, actual. Sin creer en Cristo, los gobernantes hablan de la Ortodoxia.
¿Habéis visto cuánta discusión hay hoy en día sobre la ortodoxia de los pueblos del Este de Europa?
Hoy, políticamente, la Ortodoxia es considerada una fuerza muy importante.
Y así —¡qué trágico!— se explota políticamente.
Lo que se intenta es, apelando al sentimiento ortodoxo del cristiano, posicionarse frente a los otros -que también son cristianos, pero de Occidente-, pertenecientes a lo que podríamos llamar la Iglesia Occidental.

Ni en los círculos de los gobernantes se habla de Cristo. ¿Habéis estado alguna vez en círculos de gobernantes? ¿Hablan de Cristo? Se considera un asunto pasado de moda, completamente obsoleto. Cristo es objeto de burla y desprecio. Incluso los líderes religiosos, como en tiempos de Jesús, los líderes religiosos de Occidente, es dudoso que realmente crean en Cristo. Es dudoso.

¿Y por qué? Cuando promueven el ecumenismo, que en realidad es sincretismoel sincretismo con «η», no derivado de “comparar” sino de “συν” y “Κρήτες” [“juntos” y “cretenses”]. El sincretismo no es otra cosa que un embudo en el que se mezclan todas las religiones.
Si apoyamos el ecumenismo -y no son pocos los de nuestra Iglesia Ortodoxa Oriental que creen en el ecumenismo, incluso personas de alto rango, nos preguntamos: ¿Realmente creen en Cristo? Cuando pueden poner a Cristo al mismo nivel que Mahoma o Buda, os pregunto: ¿Pueden esos llamarse cristianos? ¿Pueden creer en Cristo? ¿Es posible que crean en Cristo?

Y como lo demuestran los recientes acontecimientos en los Balcanes, no estoy haciendo política con esto que digo, como lo demuestran, los líderes religiosos, sabéis bien que esto es una guerra religiosa, fundamentalmente.
¿Os habéis dado cuenta de que todo este tumulto en los Balcanes es una guerra religiosa? ¿Os habéis dado cuenta? Y detrás de esa guerra religiosa se esconden intereses abismales… ¿Lo habéis percibido?

Pues bien, sabed que los líderes religiosos —entendéis, no diré nombres— son quienes inician y sostienen esas operaciones bélicas. ¿Os lo podéis imaginar? ¿Es posible que estos hombres crean en Cristo? ¿Puede decirse que creen?
Podríamos exclamar: «¡Oh Señor, tanto los gobernantes del Estado como los de Tu Iglesia —los políticos y todos— te han traicionado!»

Y queda la multitud… La multitud… Muy frecuentemente se habla en los Evangelios de la muchedumbre o las multitudes que seguían a Jesús. En el pasaje evangélico de hoy, escribe Mateo: «Y al ver las multitudes —¿qué vieron?— el milagro, se maravillaron y glorificaron a Dios que había dado tal autoridad a los hombres».

¿Qué hicieron? Se maravillaron y glorificaron a Dios.

Pero aquí hay que aclarar algo: Cuando oímos la palabra «muchedumbre» (ὄχλος), solemos interpretarla en sentido negativo.
Como dice san Gregorio el Teólogo: «Un pueblo tumultuoso». Gente sin educación, manipulable, que grita… populacho, turba.
Permítaseme la expresión: «Gente de chancleta», por así decirlo.
Una turba incontrolable. De hecho, el evangelista Lucas nos da un ejemplo de esta clase de populacho en el episodio de Tesalónica.
Cuando Pablo fue allí, escribe que: «Pero los judíos que no obedecían, tomando consigo algunos hombres malvados del mercado —¿veis?, hombres malvados, de la calle— formaron una turba y alborotaron la ciudad, gritando: ‘¡Esos que han alborotado al mundo entero han venido también aquí!’» Así que, en ese sentido negativo, se diría:
«¡Estos son una turba!»

Pero el término «muchedumbre» en el Nuevo Testamento también significa el pueblo, y especialmente el pueblo de Dios. Con frecuencia, los términos «pueblo» (λαός) y «muchedumbre» (ὄχλος) se usan de forma intercambiable. Por eso, no debemos entender la palabra «muchedumbre» en sentido peyorativo. El Señor mismo le dice a Pablo en Corinto: «No temas, habla y no calles, porque tengo mucho pueblo en esta ciudad». Es decir, «Aquí hay mucho de mi pueblo». Y claro, ese pueblo lo era en potencia. Todavía no había oído la predicación de Pablo. Así también aquí: los que se maravillan ante los milagros de Cristo son, en potencia, pueblo de Dios.
Pero tanto si ya lo son en acto como si lo son en potencia, son el pueblo del Señor. Es el «pueblo del Señor», como dice Clemente de Alejandría: «Laós Kyriakós» —el pueblo del Kyrios (del Señor).

La actitud del pueblo o de la muchedumbre hacia el Señor fue admirable, admirable… En claro contraste con la actitud de los gobernantes. Así vemos, en la Sagrada Escritura, muchas variaciones en la actitud del pueblo hacia Jesús Cristo, y realmente nos sorprenden.

Por ejemplo: «Jesús enseñaba cada día en el templo. Pero los sumos sacerdotes, los gramatís escribas y los principales del pueblo buscaban matarlo. Pero todo el pueblo lo escuchaba con atención, colgado de sus labios».

¿Lo veis?
También nosotros tenemos esa expresión: «Estar colgado de las palabras de alguien». Pues así, dice: «todo el pueblo colgaba de Su boca».

Aún más: «Y todo el pueblo venía a Él», iban. ¿Y los otros? ¿Los gobernantes? Iban para acusarlo. Iban para espiarlo. Iban para encontrar un motivo para condenar a muerte a Jesús—. «Y sentándose, les enseñaba».

También: «Y toda la multitud madrugaba para ir a Él al monte, a escucharle». Iban desde el amanecer, para oírle.

Aún más: «Y todo el pueblo, al oírlo, y los publicanos, justificaron a Dios». Es decir, aceptaron a Jesús y dijeron: «Tiene razón: Dios envió a Jesús».

También: «Y todo el pueblo, al verlo, dio alabanza a Dios». Al ver los milagros, ofrecían alabanza, glorificación a Dios.

También: «Y las multitudes se asombraban de Su enseñanza». ¿Las multitudes? Se asombraban. «¡Qué enseñanza! ¡Qué maravillosa!». Lo mismo que dijeron también los sirvientes de los gobernantes: «Nunca habló hombre alguno como este hombre».

Y finalmente, si es que es el final: «Y la gran multitud lo escuchaba con agrado». «La gran multitud lo escuchaba con gusto, lo escuchaba dulcemente».

Además, de entre esta multitud se oyó también una voz femenina en una ocasión, que bendijo a la Θεοτόκος Zeotokos Madre de Dios. Y nosotros en nuestra Iglesia, en cada fiesta de la Panaghía, tenemos esta voz como un trofeo. Cuando dijo: «Y ocurrió que, mientras Él decía estas cosas, una mujer levantó la voz de entre la multitud y le dijo: “Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que mamaste”». Es decir: «Feliz la madre que te dio a luz y te crió». Así escuchaba la multitud, así escuchaba el pueblo. Es impresionante.

Claro, los gobernantes, frente a esta aceptación del pueblo, murmuraban, acusaban e interpretaban como ignorancia la actitud del pueblo. Decían: «¿Ha creído acaso alguno de los gobernantes en Él, o alguno de los fariseos? Pero esta multitud, que no conoce la Ley, está maldita». ¿Ah, sí? ¿El pueblo que no conoce la Ley está maldito? Pobres gobernantes, ¿ese es su argumento? Pero ese argumento se vuelve contra ustedes. ¿Por qué? Ustedes son los encargados por Dios de enseñar al pueblo. Y de consolar al pueblo. Y de ayudarle. ¿Enseñaron ustedes al pueblo la Ley de Dios? ¿Y ahora dicen que el pueblo, la multitud, ignora la Ley de Dios y por eso es maldito? ¿Estos, que son el pueblo escogido de Dios, ustedes, los gobernantes, los llaman “malditos”?

Por eso el Señor, queridos míos, vio al pueblo abandonado y despreciado, y dijo: «Siento compasión, me dan lástima. Están como ovejas sin pastor». De ahí parte la enorme responsabilidad de los gobernantes.

Queridos, a lo largo de todo el Nuevo Testamento, observamos un fuerte contraste entre los gobernantes -políticos o religiosos- y el pueblo. Atención: también los religiosos. Al fin y al cabo, en las Escrituras, en el juicio de Jesús, los gobernantes políticos mostraron, en efecto, cierta pasividad. ¿Qué decía Pilato? «No hallo culpa alguna en este hombre». ¿Qué decía Herodes? A quien Pilato envió a Jesús. Tampoco encontró nada en Él. Pero fueron los líderes religiosos, los gobernantes eclesiásticos, quienes con fanatismo lo crucificaron. Sí, sí. Y fue bien dicho -aunque lo dijo un negador de la fe, un escritor contemporáneo-, pero lo que dijo era verdad: que si Cristo volviera, los eclesiásticos lo volverían a crucificar. Y eso es cierto.

¿Pero qué significa esto? Que los gobernantes, en aquel tiempo, se habían desviado, se habían alejado. Y esto ocurre a lo largo de toda la historia. Lo repetiré: salvo excepciones. Los gobernantes, también en nuestra época —políticos y eclesiásticos— se han desviado, se han alejado de Cristo. Existe una ambición miope por la vana gloria. Existen intereses materiales. Hay una búsqueda de una vida cómoda y placentera. Si Jesús viniera, nos pediría ser más ascéticos, más austeros. Entonces, no lo queremos. Esto lo vemos, queridos míos, entre los líderes eclesiásticos. Si algunos cumplen correctamente el Evangelio, otros —también eclesiásticos— los miran mal, los odian y los persiguen. Eso mismo harían de nuevo a Jesús Cristo.

El pueblo, claro está, muchas veces se deja arrastrar y sigue su mal ejemplo. Y, lamentablemente, muchas veces el pueblo se convierte en «imagen y semejanza» de sus gobernantes. Y… «Como es el pueblo -dice un dicho-, tales son sus gobernantes». Y al revés: «Como son los gobernantes, así es el pueblo». Claro que el pueblo debe respeto a sus gobernantes. Pero no debe imitarlos. El pueblo no es un rebaño irracional. Son personas. Tienen lógica, tienen juicio. Y especialmente en nuestra época, el pueblo está compuesto, en gran parte, por personas educadas, alfabetizadas. Por lo tanto, ¿no pueden juzgar? Es lo que dijo el Señor: «Todo lo que os digan que apliquéis, hacedlo; pero no hagáis según sus obras, porque dicen y no hacen».

Pero el sentido y el criterio del pueblo, queridos míos, en su mayoría, es infalible. Presten atención: es infalible. El pueblo intuye dónde está la verdad, dónde está lo auténtico. Lo mismo ocurría también con las decisiones de los Sínodos Ecuménicos, sin extenderme más en el discurso.

Queridos míos, los gobernantes, tanto políticos como eclesiásticos, se han corrompido. No solo en su modo de vida, como dijo el Señor, sino también en sus palabras: dicen cosas torcidas, cosas extrañas. Porque incluso han perdido la vergüenza pública. La mayoría, la gran mayoría, está corrompida y es indigna.

Así que, quisiera deciros, haciendo un llamado: tengan cuidado con nosotros, yo soy clérigo y os hablo, lo cual significa que soy un dirigente eclesiástico en este momento, y lo digo con tristeza: tengan cuidado con lo que les decimos. No se escandalicen. Sigan adelante. Téngannos compasión, por favor, se los ruego. Y recen también por nosotros. Porque nos hemos dañado. Y esta situación en conjunto —debo decirlo, y no se enciendan por dentro, no se irriten— es también un signo de los tiempos finales. Sí, un signo de los últimos tiempos.

El libro del Apocalipsis dice que la cola del dragón, de la serpiente, de la bestia —el dragón antiguo, el grande, el diablo— subió al cielo y arrastró un tercio de las estrellas. Aquí está: «Y su cola arrastró la tercera parte de las estrellas del cielo, y las arrojó sobre la tierra» (Apocalipsis 12,4). Se trata de la caída de los dirigentes. Las «estrellas» son los gobernantes.

El pueblo de Dios debe seguir a Cristo, incluso si sus dirigentes —y en especial los eclesiásticos— lo han traicionado.
Como dice el apóstol Pablo a los corintios: «Porque la locura o necedad de Dios es más sabia que la gnosis y sofía-sabiduría de los hombres; y la debilidad de Dios, la debilidad aparente del kerigma sobre el Crucificado, es más poderosa que los hombres más poderosos del mundo. Los sabios según el mundo, a causa de su egoísmo, cierran los ojos y los oídos físicos y espirituales a la sabiduría-sofía de Dios. Pues, mirad si no, hermanos, que vuestro grupo de llamados por Dios, no hay muchos sabios según el mundo, ni muchos poderosos, ni muchos nobles, porque muchos de ellos no aceptaron ni obedecieron a la llamada divina; pero Dios eligió a los débiles, simples y humildes, a los que el mundo tiene por necios, para avergonzar y humillar a los sabios y a los poderosos del mundo; y lo vil, lo despreciable, lo que es nada, ha escogido Dios para anular y demostrar que no son nada ni nadie a los que el mundo considera que son potentes y grandes; para que nadie presuma delante de Dios, (ni tampoco los Cristianos, porque la salvación se debe a Dios y no a ellos)» (1Cor 1:25–29).
¡A vosotros, los sencillos! Dijeron que Pablo recogió, supuestamente, los desechos del Mediterráneo. ¡Eso es un honor para él! El pueblo de Dios, que vino para avergonzar a los poderosos y a los nobles. Lo “necio del mundo” es el pueblo de Dios. Así que, deseemos ser siempre el pueblo de Dios, que escucha Su voz y lo sigue.

Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario,
y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, 26-7-1992.

Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai_kyriakvn/omiliai_kyriakvn_535.mp3

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

«María, el nombre que lo encierra todo en la Madre de Dios», A. Mitilineos

«María, el nombre que lo encierra todo en la Madre de Dios»

Atanasio Mitilineos, homilía en la Natividad de la Madre de Dios

 

Hoy, mis queridos, nuestra Iglesia celebra la Natividad de la Madre de Dios. Es sabido que “día natalicio” no es el día en que uno nace, sino el día en que uno renace. Por eso podríamos decir que el verdadero día natalicio de cada hombre es el día de su bautismo; porque allí, en la pila bautismal, fue regenerado. Y la consumación de este día natalicio, considerando la vida entera como un solo día, es el día en que el hombre sale de esta vida presente.

Por eso, el día natalicio de todos los santos no se considera ni el día en que nacieron —mucho menos— ni el día de su bautismo, sino el día de su partida de esta vida, es decir, cuando se marchan de este mundo. Ese día se llama “día natalicio”, porque en realidad el hombre renace entonces para la vida verdadera, que es la vida eterna.

Naturalmente, el día del bautismo y el día de la muerte de una persona, que es su consumación, es decir, su plenitud, hasta donde haya llegado, coinciden. Tenemos una confluencia de estos dos límites. De ninguna manera, sin embargo, el día natalicio es el día en que el hombre nace biológicamente. Por eso el mundo antiguo celebraba siempre el cumpleaños, es decir, el día en que uno había nacido biológicamente. En el mundo cristiano, en cambio, no está permitido —es un error— celebrar, dicho sencillamente, los cumpleaños. Y, sin embargo, tiende a establecerse esta costumbre —cosa extranjera, ajena a nuestra tradición— de celebrar los cumpleaños. Es algo foráneo y anticristiano.

No ocurre lo mismo, sin embargo, con la Santísima Θεοτόκος (Zeotokos: la que da a luz a Dios, Madre de Dios). Y esto porque la Santísima Madre de Dios ya era santa desde sus ancestros. Y, sobre todo, la misma Madre de Dios fue profetizada y preparada por Dios mismo, sin que esto signifique, por supuesto, que Dios forzara su voluntad de tal manera que Ella fuera toda santa por un modo preestablecido. ¡Jamás! La Santísima Madre de Dios trabajó en sí misma para llegar a ser la Παν-αγία Panaghía (Toda Santa). Pero Dios preparó a la Santísima Madre de Dios desde sus antepasados, desde el ámbito en el que habría de ser concebida, gestada y nacida.

¿Y de dónde comienzan estos antepasados? Más de mil años antes. Por eso se dice de la Madre de Dios que es la flor que “brotó de la raíz de Jesé”. Ahora bien, Jesé era el padre de David, quien vivió más de mil años antes de que naciera la Madre de Dios. Y la Madre de Dios pertenece a la estirpe real de David. Y sus padres eran justos, y justos más que cualquier otro justo del Antiguo Testamento.

La Santísima Madre de Dios, queridos míos, es aquella de la que dice el libro de los Proverbios, en el capítulo 9: “La Sabiduría se edificó una casa”. ¿Quién es esa Sabiduría? Es la Sabiduría hipostática (base substancial): el Logos de Dios, antes de encarnarse. La Sabiduría hipostática, el Logos de Dios, la segunda persona de la Santa Trinidad, dice que “se construyó una casa” para Sí Mismo. ¿Y cuál es esa casa? Esa casa que el Logos de Dios edificó para habitar es la Θεοτόκος Madre de Dios. Porque en esa casa, en esa naturaleza humana, vino y puso su morada el Logos de Dios. Y esa es la Santísima Madre de Dios.

Por lo tanto, puesto que Ella, la Señora Madre de Dios, iba a traer al Logos de Dios al mundo, su nacimiento, su nacimiento biológico, era motivo de alegría y de gran bendición para todo el universo. Por eso, Ella es la única persona —si quieren más exactitud, también san Juan el Bautista, pero no tengo tiempo ahora para hablarles de él—, son las únicas personas cuya natividad biológica se celebra. Son las únicas.

Es sabido que el nombre se daba a los niños, especialmente a los varones, el día de la circuncisión, al octavo día. A la Madre de Dios se le dio el nombre de María. Este nombre, María, tiene mucho que decir. Dejando de lado la etimología de la palabra —en la que no me detendré— quisiera decirles únicamente que los Padres de nuestra Iglesia toman el nombre griego «Μαρία» y aíslan sus letras, es decir, hacen lo que hoy llamaríamos un acróstico. ¿Qué significa acróstico? Se toma el nombre en forma vertical, y de cada letra se extrae un contenido. Así, María. Estas cinco letras expresan cinco nombres femeninos importantes en el Antiguo Testamento, cuyas virtudes y dones se reúnen en la persona de la Madre de Dios; y, por consiguiente, el nombre de María es un nombre que abarca todos aquellos nombres femeninos del Antiguo Testamento, junto con las gracias y donaciones que habían recibido de Dios.

María.

La M recuerda a Maríam, la hermana de Moisés y de Aarón.

La A —siguiendo el acróstico, letra por letra— corresponde a Abigaíl, esposa de David.

La R es Raquel, esposa de Jacob.

La I es Ιουδήθ (Iudiz, Judith).

Y la última A es Ana, la madre de Samuel, esposa de Elcaná.

Veamos ahora estas cinco mujeres.

¿Qué rasgo característico tenía la hermana de Moisés y de Aarón, Maríam? Cuando Maríam escuchó a su hermano componer aquel cántico después del paso del Mar Rojo, en el que Dios era glorificado, reunió a todas las mujeres, encabezó un coro y, en forma de antífona, entonó también ella el cántico que habían cantado los hombres bajo la dirección de su hermano Moisés, en acción de gracias por la salvación frente a los egipcios y el paso a través del Mar Rojo. Mariam era profetisa.

Atención: aquellos cánticos de Moisés eran proféticos. Y lo que hizo Mariam no fue sino repetir la profecía de su hermano. Para que lo comprendan mejor, les recuerdo al anciano Simeón el Teóforo cuando dijo: «Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz». Es decir: «Ahora, Señor, puedo morir, porque mis ojos han visto tu salvación, han visto al Salvador del mundo; que es luz para revelación de las naciones». En ese mismo momento, una mujer, Ana, dijo: «Sí, sí, sí, ¡es Él!». Y la Sagrada Escritura la llama «profetisa». Pues bien, esto mismo hizo Mariam: confirmó la profecía de su hermano. Es profetisa. Y aquel cántico de Moisés es de principio a fin totalmente profético. Además, Mariam era virgen. Dos rasgos, entonces: profetisa y virgen.

La Madre de Dios también fue profetisa. Observen su cántico: «Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada». Y la admirable Isabel, madre de Juan, ¿qué dijo? «Bienaventurada —hablando en tercera persona— la que creyó en todo lo que le fue dicho de parte del Señor». Feliz, porque creyó. ¿En qué? En lo que le anunció Dios por medio del ángel, y la Madre de Dios, basándose en eso, proclama y dice: «De ahora en adelante todas las generaciones me proclamarán bienaventurada, porque he traído al Mesías al mundo»; porque creyó en lo que le había sido dicho por Dios a través del ángel. La Santísima Madre de Dios es, pues, eminentemente profetisa. Y virgen. Así, posee los dos rasgos de la antigua Maríam, la hermana de Moisés.

¿Quién era Abigaíl? Abigaíl era una mujer admirable, cuya historia es muy grande, y lamento no poder contársela en detalle. Aunque estaba casada, y su esposo —un hombre extraño, egoísta y mezquino— se negó a dar pan y víveres a David cuando combatía en los montes, Abigaíl creyó en David y en su obra. Y esto porque era una mujer muy humilde. Su esposo murió de repente, y Abigaíl llegó a ser esposa de David. Una mujer admirable. Su historia es muy rica, y lamento no tener ahora el tiempo ni la posibilidad de contárselas en detalle. Pero tenía un rasgo fundamental: era humilde. Y la Madre de Dios poseía en grado superlativo la humildad.

Raquel era la segunda esposa de Jacob, a la que Jacob amaba de manera extraordinaria. Tenía hermosura, belleza tanto espiritual como corporal. Su hermana, Lía, no era bella y tenía los ojos muy pequeños. Todo esto son figuras, por supuesto. No se trata de culpar a alguien por tener ojos bonitos o feos, etc. Son simplemente tipos. Atención: tipos. Y Jacob tenía siempre su corazón puesto en Raquel. Ella fue la que dio a luz a dos hijos únicamente, de los doce: a José y a Benjamín. Y precisamente en el parto de Benjamín murió la admirable Raquel. Jacob la lloró mucho.

Así también, la Madre de Dios posee estos dos dones de Raquel, pero en grado sumo: la belleza, la hermosura tanto del cuerpo como del espíritu. Sobre todo, la hermosura del alma.

¿Y Ιουδή iudiz Judit? ¿Quién era esta Judit? Era una mujer viuda. Hermosísima. De una belleza deslumbrante. Viuda, y verdaderamente viuda: guardaba luto por su marido. En cierta ocasión, el general de Babilonia, Holofernes, se apoderó de su ciudad amurallada. Estaban en peligro su ciudad, toda Judea y todo Israel. El campamento de Holofernes estaba un poco lejos de la ciudad, porque ésta se encontraba en altura y sus tropas no podían instalarse cerca. Entonces a Iudit le viene una inspiración. Se quita sus vestidos de luto, se pone sus mejores ropas, sus mejores perfumes, y dice a los jefes de la ciudad: «Abridme la puerta». Toma consigo a su criada, y se dirige al campamento de Holofernes. Cuando los guardias la vieron, quedaron maravillados de su hermosura. Pero ella elevó una ardentísima oración para que Dios la protegiera, no sólo de sufrir algún mal, sino de que no se mancillara su pureza, de que nada atentara contra su dignidad.

Para resumirles —porque también aquí la historia es admirable—: estuvo algunos días en el campamento, diciéndole a Holofernes que «por la noche me permitirás salir» —él creyó que iba a revelarle secretos— «porque quiero salir a orar». Pasados dos, tres o cuatro días, cuando quedó a solas con Holofernes en su tienda —él, dominado por la pasión hacia ella, y además embriagado de vino, pues Dios no permitió que la tocara—, I (J)udit tomó la espada que estaba colgada sobre su lecho y lo decapitó. Puso la cabeza en su cesta, con la que decía ir a recoger higos, y salió con su criada. Los guardias, sin sospechar nada, la dejaron pasar porque sabían que todas las noches salía a orar. Llegó a la puerta de la ciudad y clamó: «¡Abridme, abridme!». Le abrieron, entró en la ciudad, sacó la cabeza de la cesta y la mostró: «¡Aquí está Holofernes!». Quedaron atónitos. La proclamaron «jueza». La ciudad se salvó, y con ella toda la nación.

La Madre de Dios es la que exterminó al Holofernes espiritual: al diablo. ¡Lo aplastó literalmente!

Y la última es Ana, esposa de Elcaná, la segunda mujer de Elcaná. Estéril, pero admirable mujer. Oraba al Señor pidiéndole un hijo. Día y noche lloraba para que le concediera un hijo. Y Dios se lo concedió. Le dio un león, le dio al insigne profeta y último juez: Samuel.

Entonces la estéril Ana fue la que glorificó a Dios y elevó hacia Él un cántico. Es uno de los nueve cánticos de la Sagrada Escritura, y pertenece a esta admirable Ana.

¿Qué era Ana? Era estéril. ¿Da a luz una estéril? Evidentemente, no. Pero dio a luz. ¿Da a luz una virgen? Evidentemente, no. Pero la Madre de Dios, siendo virgen, dio a luz. Y la estéril recibió la gracia de Dios para concebir. Y la Virgen recibió la gracia de Dios para concebir. No ya un Samuel, sino al Redentor del mundo, al Salvador de todos: del cielo y de la tierra, de ángeles y de hombres.

Esto expresa, mis queridos, el nombre de la Santísima Madre de Dios, cuya Natividad celebramos hoy.

Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario,
y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, 8-9-1987. Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai.gr/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Παράδοσις Parádosis Tradición Apostólica», Atanasio Mitilineos

«La Παράδοσις Parádosis Tradición Apostólica», Atanasio Mitilineos

Domingo octavo de Mateo 14:13-23

Aquí la palabra clave es Παράδοσις parádosis, con la P en mayúscula significa la Santa Ortodoxa Παράδοση Parádosi (entrega, transmisión y tradición, según contexto, ver https://logosortodoxo.es/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo/)

Hoy, queridos míos, el evangelista Mateo nos ha narrado el milagro de la saciedad de los cinco mil. Un milagro que nos relatan los cuatro evangelistas.

Veamos, sin embargo, cómo lo registra el sagrado evangelista Mateo, en una de sus versiones.

«La multiplicación de los panes, 14:13-23.

13 Al oírlo Jesús, se retiró de allí en una barca a un lugar apartado y solitario con sus discípulos. En cuanto lo oyeron las multitudes, lo siguieron a pie desde las ciudades.

14 Y al salir, vio una gran multitud de gente, y se compadeció por ellos, y sanó a todos sus enfermos.

15 Al atardecer se acercaron a Él los discípulos, diciendo: El lugar es desierto y es pasada la hora, despide pues a las multitudes, para que vayan a las aldeas y compren alimentos para sí.

16 Jesús les dijo: No tienen necesidad de ir. Dadles vosotros de comer. (Dijo esto para dar la oportunidad a los discípulos de mostrar agapi y para prepararlos psicológicamente para el milagro).

17 Le dicen ellos: No tenemos aquí sino solamente cinco panes y dos peces.

18 Entonces Jesús dijo: Traédmelos acá.

19 Y habiendo ordenado a las multitudes que se recostaran en la hierba, tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, para agradecer al Padre, pronunció la bendición, y partiendo los panes, los dio a los discípulos, y los discípulos a las multitudes.

20 Y comieron todos y se saciaron, y de lo sobrante de los trozos, recogieron doce cestos llenos.

21 Y los que comieron, aparte de las mujeres y los niños, eran como cinco mil varones.

22 Seguidamente obligó a los discípulos a subir a la barca, para que fueran delante de Él a la orilla opuesta, mientras despedía a las multitudes. (Esto lo hizo para que no sean arrastrados y engañados los discípulos por el entusiasmo ferviente de esta gente que querían proclamarle como rey).

23 Y luego de despedir a las multitudes subió al monte a orar en privado, y al anochecer estaba allí solo» (Mt 14: 13-23).

Todo el pasaje, queridos hermanos, es de suma importancia. Y está lleno de profundas afirmaciones teológicas. Sin embargo, nos detendremos solo en una. En el punto que dice: «Les dio a los discípulos los panes, y los discípulos a la multitud». Es decir, después de bendecir, dio los panes partidos, los cinco panes que tenían, a sus discípulos, y los discípulos, a su vez, a la multitud. En este punto nos vamos a detener.

Observamos una παράδοσις (parádosis: entrega, transmisión) del alimento. De las manos de Cristo a las manos de los discípulos. Y de las manos de los discípulos a las manos de la multitud. Es decir, entre la multitud y Jesús, están los discípulos. Aquí vemos una παράδοσις transmisión o entrega literal. Yo entrego, tú entregas. Una παράδοσις entrega. Este será nuestro tema hoy y les pido que presten mucha atención.

Esta παράδοσις, en el contexto de la saciedad de los cinco mil, fue una pequeña representación de toda la παράδοσις entrega y tradición apostólica, que luego se convertiría en el fundamento de la Iglesia. Decimos en el Símbolo de la Fe (Credo): «Creo en una Iglesia, Santa, Católica y Apostólica». Es decir, una Iglesia que fue fundada sobre los doce Apóstoles, o cuya base son los doce Apóstoles. La apostolicidad de la Iglesia es uno de los pilares fundamentales de la Iglesia. Y significa que se basa en la enseñanza de los Apóstoles, que la recibieron directamente del mismo Cristo. Es sabido que el Señor no escribió nada. Los Apóstoles escribieron. Solo enseñó el Señor, y los discípulos recibieron Su enseñanza, la cual preservaron, tal como está escrita en los cuatro evangelios. Así se les llama, es decir, los cuatro Evangelistas. Como también las cartas de Pablo y las demás epístolas, cartas.

Posteriormente, los discípulos enseñan lo que aprendieron. Basándose en lo que escribieron. Esta παράδοσις parádosis de la Iglesia, como les dije, es de importancia fundamental. En el Antiguo Testamento se formula de la siguiente manera. Y muy a menudo se menciona esta frase que les diré: «Pregunta a tu padre y te lo dirá, a tus ancianos y te responderán».

Por supuesto, con respecto a la celebración de la Pascua, quienes pasaron por el Mar Rojo fueron los testigos. Dice, entonces, escribe allí Moisés: «Cuando tu hijo te pregunte». Porque cada año celebraban la fiesta de la Pascua, es decir, el paso del Mar Rojo. Pasaron muchísimos años. De hecho, desde la época de Moisés hasta la época de Cristo transcurrieron 1500 años. Así que dice: «Si tu hijo te pregunta: Padre, ¿por qué comemos hierbas amargas? Padre, ¿por qué comemos pan sin levadura? Tú le explicarás». Por lo tanto, ¿cómo se conservó esa tradición de la Pascua del Mar Rojo? De generación en generación. De padre a hijo. Por eso dice: «Pregunta a tu padre y él te lo contará; a tus ancianos, y ellos te lo dirán».

Dios, por supuesto, podría revelarse/apocaliptarse a cada generación. Una generación se considera de unos 30 años. Es decir, Dios podría revelarse cada treinta años y no existiría esta tradición. Sin embargo, Dios quiere que exista esa Παράδοσις Parádosis. Y si preguntas por qué, es porque en la Παράδοσις Parádosis se conserva un elemento fundamentalísimo: lo que se llama fe. Es decir, se conserva la fe. Uno debe creer. Nosotros no vemos en nuestras vidas milagros ni todas esas cosas que se describen en el Antiguo Testamento, etc., etc. Nada de eso. Pero ¿qué hacemos? Como nos han sido transmitidas, las creemos. De este modo se mantiene —como ya os dije— y se manifiesta lo que se llama fe.

Aquel «Pregunta a tu padre», es el fundamento —presten atención— de la παράδοσις parádosis patrística, no de la apostólica. Sino de la patrística. Por eso, en la festividad de los Sínodos Ecuménicos, que celebramos en determinadas ocasiones del año, se utiliza como lectura vespertina ese pasaje que dice: «Pregunta a tu padre».

Claro que la παράδοσις parádosis apostólica difiere de la παράδοσις parádosis patrística. Debemos distinguir entre ambas. La παράδοσις parádosis apostólica viene de los Apóstoles como testigos oculares y auditivos; vieron con sus ojos, escucharon con sus oídos, y ahora transmiten lo que vieron y oyeron. Eso se llama παράδοσις parádosis apostólica.

El Señor dijo a sus discípulos: «Y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra» (Hechos 1:8).
Dondequiera que vayan —dice— serán mis testigos. Decir: «Nosotros lo vimos, nosotros oímos a Jesús».
Y aún más, el apóstol Pedro escribirá: «Comimos y bebimos con Él».
Y si quieren saberlo, la razón por la cual fue elegido un duodécimo discípulo —aunque Pablo no ocupó el lugar del duodécimo, simplemente fue el decimotercer apóstol— fue porque, como dice en el primer capítulo de los Hechos: «Para que sea uno con nosotros, los once, testigo de la Resurrección de Cristo». «Yo vi a Jesús, al Jesús resucitado». Ven, entonces, que aquí tenemos la visión directa y la audición directa.

El apóstol Pablo dice en algún lugar —aunque es posterior en el tiempo— que es igual a los Apóstoles. Totalmente igual. Él mismo lo dice. Y así es. Si no lo fuera, entonces sus escritos, sus cartas, no estarían dentro de la Sagrada Escritura. Serían textos de segunda categoría. Y él sería un apóstol de segunda categoría. No testigo ocular ni auditivo.

Pero ¿qué dice?
«¿Acaso no vi yo al Señor Jesús?» ¿Dónde lo vio? Camino a Damasco. En aquel resplandor tremendo. Y Le vio, y Le escuchó. Por lo tanto, es igual, con igual dignidad que los demás discípulos.

Y este fue el último encargo que dio Cristo: «Vayan y digan lo que oyeron y vieron de mí».
Y después de decir esto —nos relata el libro de los Hechos— «fue elevado», es decir, ascendió. Fue la última orden.

Aquel «seréis mis testigos» encierra todo el espíritu de la παράδοσις parádosis apostólica. Para que podamos decir: «Creo en una Iglesia, santa, católica y apostólica ».
El evangelista Mateo escribe: «Id —les dijo el Señor— y haced discípulos a todas las naciones, enseñándoles a aplicar y cumplir todo cuanto os he mandado» (Mt 28:20).
Así que la παράδοσις parádosis apostólica significa la transmisión —ven, insisto en repetirlo—, la παράδοσις transmisión de los Apóstoles, de lo que vieron y oyeron del Señor.

Por el contrario, la παράδοσις parádosis patrística, la parádosis de los Padres —no la de los apóstoles—, tal como la menciona el Antiguo Testamento, es la interpretación tanto como letra o palabra como en vida del Evangelio por parte de los Padres y los Santos. San Juan Crisóstomo es un Padre, y por tanto, nos conserva la παράδοσις parádosis patrística. Él vivió en los siglos III-IV d.C. Y así también los demás Santos. Los Padres y los Santos de la Iglesia preservan lo que se llama παράδοσις parádosis patrística.

¿Cómo la conservan? ¿Qué es exactamente lo que conservan? Presten atención la correcta interpretación del texto del Evangelio. La correcta interpretación, que no se mantiene solo con palabras, sino también con su vida misma; porque su vida es la expresión de esa correcta, ortodoxa interpretación de la letra del Evangelio.

Tenemos, entonces, dos παραδόσεις paradósis: la apostólica y la patrística. Naturalmente, la patrística está en total y absoluta consonancia, se podría decir que se identifica, con la παράδοσις parádosis apostólica. La παράδοσις parádosis patrística es la auténtica interpretación del contenido apostólico transmitido. La παράδοσις parádosis patrística es tan importante como la παράδοσις parádosis apostólica, como ya les dije. Y esto se ve claramente en el fenómeno del protestantismo.

Los protestantes rechazaron la tradición patrística, dijeron que “no tiene valor ni significado”, y acabaron dividiéndose en unas 400–500 denominaciones. ¡Cada rama mantiene su propia “tradición”!
¿Y por qué? Porque rechazaron la παράδοσις parádosis de los Padres y de los Santos. Ese es el resultado. Por eso es de gran importancia, de importancia inmensa.

Cuando el evangelista Juan ve en su visión, en el Apocalipsis, la Jerusalén Celestial descendiendo del cielo, dice que era cuadrada, y muchas otras cosas más describe de sus características. Pero entre ellas dice también esto: «Y el muro de la ciudad tenía doce cimientos» (nótenlo bien: la Jerusalén celestial es la Iglesia) «y sobre ellos, los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero» (Apocalipsis 21:14). Clarísimo.

La παράδοσις parádosis apostólica es también otra cosa, queridos míos. Es la παράδοσις parádosis —y esto debemos verlo— de la misma Iglesia como tal. ¿Es decir? Es decir, cuando el Señor entregaba los panes a sus discípulos en el milagro de los cinco mil, que escuchamos hoy, entregaba su propio cuerpo, que es la Iglesia.
Porque —presten atención— todo el milagro de la multiplicación es una prefiguración, pero también un primer acercamiento y experiencia del misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía.

Esto se ve claramente en la descripción que nos da el evangelista Juan, el día siguiente al milagro, cuando los habitantes de Cafarnaúm buscan a Jesús, y Él les dice: «En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque visteis señales, sino porque comisteis de los panes y os saciasteis» (Juan 6:26). “Este nos conviene” —dirían— “¡Hagámoslo rey!” Allí en el desierto, incluso, querían proclamarlo rey. Por eso —y escuchen una palabrita que nos explica Juan, aunque hoy hayamos leído el evangelio según Mateo— el texto dice que Jesús “obligó” a los discípulos a subir a la barca. La palabra obligar significa forzar. Los forzó: “Subid a la barca y marchad al otro lado a esperarme”.

¿Por qué los obligó? Porque circulaba entre la multitud —recordemos que comieron solo los hombres, cinco mil— la intención de apresarlo para hacerlo rey. Y, por consiguiente, a los discípulos, ministros suyos. ¡Eso les agradaba a los discípulos! Les gustaba. Y entonces el Señor —permitidme la expresión— los tomó de la oreja, los forzó: “¡Subid al barco, id al otro lado!”. Y el Señor pasó luego en la madrugada caminando sobre el mar. Ese conocido milagro.

¿Lo ven? No era porque vieron un milagro, sino porque comieron y se saciaron. Y entonces dice Jesús: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que permanece para vida eterna» (Juan 6:27). Y añade: «YoSoY el pan de vida».

¿Lo ven?
YoSoY”, dice, “el pan de vida”. Y no lo dice en sentido metafórico. «Y el pan que yo daré, es mi carne». El misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía.

De hecho, los habitantes de Cafarnaúm que vinieron a decirle todo esto… ¡sintieron repulsión! ¡Y damos gloria a Dios que el Espíritu Santo permitió que se registrara esa repulsión suya, esa repulsión!
¿Saben por qué?
Dijeron: “¡Bah! ¿Nos va a dar a comer su carne, su cuerpo? ¿Quién puede soportar escuchar tales palabras?” Y lo dejaron y se fueron.

Pero Cristo insistió: “Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tenéis vida eterna” (Juan 6:53).
Y llegó a decir incluso a sus discípulos: “¿Os escandaliza esto? Si os molesta, podéis iros también vosotros junto con los de Cafarnaúm. Yo insisto en lo que os digo” (6:61–62). Es decir, el milagro de la multiplicación y saciedad de los cinco mil fue una imagen, un bosquejo del misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía.
Y así como Cristo les entregó entonces los pedazos de pan, luego les entregaría su propia carne.
¿Qué quiere decir esto?
Que les daría el misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía. Presten atención también a las palabras eucarísticas en el milagro de la multiplicación.
¿Cómo se conserva esto? ¿Lo saben?
Mediante el sacerdocio. Escuchen las palabras eucarísticas: “Tomó los cinco panes, levantó los ojos al cielo, los bendijo, los partió y los dio a sus discípulos” (Marc 6:41, Luc 9:16, Juan 6:11).

Ahora escuchen lo que nos dice Mateo en la Divina Ευχαριστία Efjaristía, en el misterio: “Jesús tomó el pan, y habiendo dado gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo”.
Con las mismas palabras. ¿Les llama la atención esto?

Así que, la Παράδοσις Parádosis Apostólica no es solo lo que los discípulos vieron y oyeron, sino también la recepción del Misterio (Sacramento) de la Divina Ευχαριστία Efjaristía. Si quieren, otros también podrían haber conservado lo que vieron y oyeron de Jesús. Pero no recibieron la Iglesia. La recepción del misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía es idéntica a la recepción del sacerdocio. Y, por lo tanto, idéntico a la Iglesia. ¡Un tema inmenso!

La Iglesia existe allí donde hay sucesión sacerdotal. Los protestantes no tienen Iglesia. Son simplemente —presten atención— comunidades religiosas. La Iglesia es Una.
¿Por qué no tienen Iglesia?
Porque abolieron, arrojaron fuera el misterio del sacerdocio. Y por eso, cuando celebran la Divina Ευχαριστία Efjaristía, ¿saben cómo lo hacen? Hmm, ¡cómo la hacen! Creen que es solo un recuerdo, una conmemoración, un símbolo. Después de que los fieles comulgan, lo que sobra lo tiran al fregadero. ¡Y hacen bien en tirarlo al fregadero!, porque eso no es ni cuerpo ni sangre de Cristo.

¿Lo escuchan, por favor? Para que no nos dejemos arrastrar alguna vez por algún protestante, evangélico, pentecostal, etc., etc. Por tanto, Iglesia existe donde hay sucesión sacerdotal. Sacerdocio, misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía e Iglesia son una misma cosa. Estas tres realidades. Por eso también, el misterio del sacerdocio se celebra durante la Divina Liturgia, durante el misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía. Estas tres cosas mantienen viva la verdadera Παράδοσις Parádosis, que “psicoterapia”, sana, redime y salva, que regenera y que introduce en la Realeza increada de Dios.

El apóstol Pablo escribe a los Corintios, presten atención: “Yo recibí del Señor…” es decir, directamente. Es lo que el mismo Cristo dijo a su discípulo Ananías: “Tú solo lo bautizarás a Pablo; no le predicarás, no le catequizarás. Eso es obra mía”, dice Cristo.

¿Lo ven?
Ahí tienen otro punto en el que Cristo enseña directamente a Pablo.

¿Cómo? No olviden que Pablo se retiró tres años al desierto de Arabia, y allí recibió revelaciones. Después de eso, salió al mundo.

Entonces escribe: “Porque yo recibí del Señor —directamente, se entiende— lo que también os he transmitido”. —He ahí la Παράδοσις Parádosis (trasmisión, entrega y tradición)— “Que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y habiendo dado gracias, lo partió y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo, que por vosotros es partido”. El misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía. Es decir, “Él me entregó la Iglesia, y yo os la transmito a vosotros”. Así que, la Παράδοσις Parádosis es aquí, además, lo más importante: el misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía.

Queridos hermanos, ¿por qué hemos dicho todo esto? No, desde luego, para cansarlos. Sino porque todo esto constituye el fundamento de nuestra sanación, redención y salvación.

El apóstol Pablo escribe de nuevo a los Corintios: «Os hago saber, hermanos, el Evangelio —es decir, todo lo que dijo y realizó Cristo; eso es el Evangelio— que os anuncié, el cual también recibisteis, en el cual habéis perseverado, y por el cual también sois salvados».

¿Lo ven?
“Yo os lo entregué, vosotros lo recibisteis; aceptasteis con fe el contenido del Evangelio, lo aplicasteis, y ahora habéis sido salvados”.

Por lo tanto, la Παράδοσις Parádosis es realmente el fundamento de nuestra sanación, redención y salvación. Es una Παράδοσις Parádosis viva. Si lo prefieren, el mismo Cristo es la Παράδοσις Parádosis, porque es transmitido de generación en generación mediante el misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía.

Cuando el Señor entregaba el pan y los peces en el milagro de los cinco mil, los entregaba a manos de sus discípulos, y al hacerlo, se entregaba a sí mismo, porque Él es el Pan verdadero, como lo dirá al día siguiente a los habitantes de Cafarnaúm: el que «descendió del cielo», y que es, incluso, el místico Ι.Χ.Θ.Υ.Σ (ijzís: pez).

Porque el acróstico de la palabra griega Ι.Χ.Θ.Υ.Σ. —y esto en honor a la lengua griega— significa: Jesús Cristo, Hijo de Dios, Salvador (Iisús Jristós Zeú Iós Sotir).

El Espíritu Santo, por mano del apóstol Pablo, nos ordena: «Hermanos, permaneced firmes y conservad las παραδόσεις paradósis que os fueron enseñadas, ya sea de logos, palabras o por carta nuestra» (2 Tesalonicenses 2:15). Ya sea por epístola, dice: «Estad firmes y mantened» —lo que significa: vivid y experimentad—¿el qué? «Las παραδόσεις paradósis que os fueron enseñadas». Quien acepta la Παράδοσις Parádosis apostólica y patrística, recibe en sus manos el Pan Verdadero y el Pez Místico Ι.Χ.Θ.Υ.Σ. Amén.

Se sugiere leer también: https://logosortodoxo.es/teologia-ortodoxa/santa-tradicion-de-la-una-santa-iglesia-catolica-apostolica-ortodoxa/

Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario,
y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, 2-8-1998.

Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai_kyriakvn/omiliai_kyriakvn_535.mp3

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

 

La pérdida de la psique-alma, p. Atanasios Mitilineos

La pérdida de la psique-alma, p. Atanasios Mitilineos

Domingo después de la Exaltación de la Santa Cruz [: Marcos 8,34-9,1]

Necesidad de abnegación, 8:34-9:1
34 Y llamando a la gente y a sus discípulos, les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese de sí mismo, tome su cruz, y sígame. El que quiere seguirme como fiel discípulo mío, niéguese a su pecador sí mismo con sus debilidades y sus pazos, y que tome la decisión de que por mí sufrirá fatigas e incluso muerte por la cruz, y si quiere entonces que me siga en el camino que yo he marcado».

35 Porque todo el que quiera salvar su vida terrenal, éste perderá la vida eterna y bienaventurada; y todo el que sacrifique y pierda su vida por causa de mí y del evangelio, éste salvará su psique-alma y vida en la eterna felicidad y bienaventuranza.

36 Porque ¿de qué le vale al hombre ganar el mundo entero material, si pierde su psique-alma y vida?

37 ¿O qué recompensa dará el hombre por su psique-alma, o para recuperar su psique-alma desde el Hades/Infierno, ya que el mundo entero no puede contrapesar el valor de la psique-alma?

38 Porque el que, a causa de su egolatría y cobardía, se avergüenza y niega de mí y de mis logos en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del hombre se avergonzará también de él y le renegará y rechazará, cuando venga, como juez de los hombres, con la doxa-gloria luz increada de su Padre acompañado por los santos ángeles,.

9,1 Y les decía: «De verdad os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta que hayan visto la realeza increada de Dios, es decir, la Iglesia, instalarse y cimentarse en la tierra con la dinamis potencia y energía increada del Espíritu Santo, durante el día del Pentecostés».

 

La pérdida de la psique-alma

 

Hoy, queridos míos, celebramos el Domingo después de la Exaltación de la Santa Cruz. Como podemos ver, la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz está rodeada por dos domingos: el domingo antes de la Exaltación y el domingo después de la Exaltación. Esto, litúrgicamente, muestra la importancia de la Santa Cruz para nuestra salvación. Por eso el Señor enfatizó: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame». Aquí el Señor pide una identificación de la cruz del creyente con la Cruz de Él mismo. «El que quiera ser mi discípulo, el que me acepta, tomará su cruz y me seguirá». Y todo esto, porque el valor de la salvación de la psique-alma no tiene comparación.

Luego, el Señor dijo, como escuchamos hoy en la lectura evangélica: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? O, ¿qué puede dar el hombre a cambio de su alma?». Es decir, ¿qué provecho tiene el hombre si gana el mundo, en el sentido que el diablo le dijo alguna vez a Cristo: «Adórame y te daré todos los reinos del mundo»? O en el sentido del universo entero. Lo que sea que obtengas, lo que sea que tomes, el valor del alma es superior a todo el mundo visible y creado. Entonces, ¿qué ganaría el hombre si conquista, gana todo el universo, pero pierde su alma? «¿Perderá?» —fíjate bien en el verbo— «¿perderá su alma?». O, ¿qué precio podría dar el hombre por su alma? No hay precio.

Así que, el valor de la psique-alma. ¡Es algo grande! ¿Qué es el alma? ¿Por qué tiene tanto valor? «Imagen de Dios», dice San Gregorio de Nisa. «Soplo de Dios», dice San Ireneo de Lyon. «Nuestra alma», también dice San Atanasio el Grande, «es una esencia espiritual, incorpórea, impasible, inmortal». Y es inmortal no por creación, sino porque Dios lo quiere. Al igual que los santos ángeles, no son inmortales por naturaleza, sino porque Dios quiere que sean inmortales. De lo contrario, Dios es el único, como dice el Apóstol Pablo, «el único que posee la inmortalidad». La inmortalidad la tiene Dios por sí mismo. Nosotros la tenemos de Dios, porque es Su voluntad. Su valor, de todos modos, el valor de la psique-alma, se puede medir también por el hecho de la Encarnación del Logos de Dios. ¡Si el Logos de Dios llega a encarnarse por amor a los hombres, esto es impresionante! Y además, llegar hasta la muerte, y especialmente, como dice el Apóstol Pablo, la muerte en cruz.

Vemos entonces que realmente el valor de la psique-alma humana es inconmensurable. Si quieren, para ser precisos, el valor de la existencia humana. El cuerpo, en esencia, no queda fuera de la salvación, ya que también experimentará la resurrección. Pero ahora, hablemos de la psique-alma. La psique-alma está unida al cuerpo, y el cuerpo está unido al alma. Es un vínculo, una unión incomprensible…

Sin embargo, esta psique-alma inapreciable, viene ahora el dueño de ella, el hombre, y la pone en juego en los dados de los placeres de esta vida. ¡Sí! La pone en juego en los dados. Si tuviéramos dos o más almas, queridos míos, tal vez podríamos arriesgar una, ponerla a suerte. Pero tenemos solo una psique-alma, única y exclusiva. No tenemos una segunda o tercera. Entonces, ¿podemos realmente dañar esta alma inapreciable que hemos visto en solo dos palabras, qué valor tiene? ¿Podemos arruinarla? El Señor utilizó este verbo: «¿Quién», dice, «llegaría a dañar su psique-alma, porque desearía cosas que estarían fuera de mí?». El Señor dijo entonces: «¿Y dañará su alma?». Esto significa, según el logos de Cristo, que la psique-alma es susceptible tanto de salvación como de daño. Y ambas, tanto la salvación, es decir, la ganancia, como el daño, son sorprendentes, ¡con dimensiones eternas! Debemos entonces pensar, debemos pensar mucho en esta «dimensión eterna»…

¿Y qué daña la psique-alma?

Todo lo que no pertenece a la voluntad de Dios. Y lo principal es el pecado. ¿Qué significa pecado? Es la transgresión de los logos-mandamientos de Dios. Los mandamientos de Dios nos sacan de lo «contra natura» en el que vivimos, y nos llevan a lo «según naturaleza». Y a partir de ahí, a lo «superior a la naturaleza o a lo sobrenatural». Adán en el Paraíso vivía una vida según naturaleza, tal como Dios había creado las cosas. Pero con la caída, pasó al ámbito de lo «contra natura». Así, viene el Cristo a restaurarnos de lo «contra natura» a lo «según naturaleza». Por eso, dice un padre de la Iglesia que el cristianismo… ¿qué es el cristianismo? Claro, podemos decir muchas cosas sobre qué es el cristianismo, pero en una sola perspectiva: es el retorno al estado natural del ser humano. Esto es el cristianismo.

Por ejemplo, para mostrar esta diferencia entre «contra natura» y «según natura», tomemos el uso del vino. Dios nos dio el vino, y por tanto, su uso es conforme a la naturaleza. De hecho, basta con pensar que el Señor Jesús tomó vino en la hora de la Última Cena, lo santificó y dijo: «Este es mi Cuerpo». Por lo tanto, vemos aquí una transfiguración del vino. Se convierte en la Sangre de Cristo. Así, de lo que es «según naturaleza», pasa a lo sobrenatural, lo «superior a la naturaleza». Por lo tanto, no es algo malo el vino. Indudablemente. Sin embargo, si nos emborrachamos con el vino, entonces estamos en lo «contra natura». Y en consecuencia, pecamos. Todo lo que pertenece a lo «contra natura» es pecado.

Tomemos también el matrimonio. Dios bendijo el matrimonio. Es conforme a la naturaleza el tener hijos, etc. Porque, dado que la muerte entró, ciertamente, el matrimonio entra también. Porque si no hubiera muerte, no habría matrimonio. Presten atención a esto. Es una forma del presente siglo. Sin embargo, el matrimonio recibe una bendición. Pues toda la constitución del ser humano, incluso si fue hecha de antemano, fue hecha por Dios «previendo», como dice San Ireneo, que el hombre caería, y por tanto, esta maravillosa creación de Dios se perdería. Por eso entra el matrimonio. Pero si vives en la fornicación, en la lujuria, es decir, en una situación no bendita, entonces estás fuera de la ley de Dios y pecas.

Sin embargo, hay pecados que están fuera de la naturaleza y fuera de la ley. La fornicación está en la naturaleza, pero no está en la ley, está fuera de la ley. Pero ese pecado que está tanto fuera de la naturaleza como fuera de la ley es la homosexualidad, que va en aumento, aumenta, aumenta. Pronto seguiremos lo que escribió Ionesco en una obra de teatro, en la que dice que en una ciudad alguien salió con un cuerno. No sabía cómo esconderlo. Llegó una fiebre, una epidemia, y todos empezaron a sacar un cuerno. ¡Uuuh! ¿Cómo escondería el cuerno que había sacado? Pero pronto la fiebre se extendió por toda la ciudad y todos los hombres sacaron un cuerno. Solo uno no había sacado. Y el que no sacó el cuerno, después se avergonzaba de mostrarse ante todos los que ya lo habían sacado. Aquí encontramos la aplicación de este fenómeno.

Y cuando esta situación, queridos, se vuelva cuantitativamente grande, y lo está siendo, se está volviendo más y más cada día, entonces será la época del Anticristo. Esto lo dice San Jerónimo. «Cuando en los pueblos cristianos, dice, la homosexualidad se haga abundante, el fin de la Historia será cercano». Además, tenemos un precedente histórico, las ciudades de Sodoma y Gomorra. El fuego y el azufre que quemó Sodoma y Gomorra, se representa con el fuego y el azufre que se representa el infierno. Por lo tanto, la destrucción de Sodoma es un precedente histórico. Porque vendrá el Anticristo y se favorecerán todos estos vicios. Porque, como dice el libro de Daniel en el capítulo 7: «El Anticristo hará lo siguiente: «Él pensará cambiar los tiempos y la ley»». «Cambiará los tiem pos», aquí se refiere a la naturaleza, «cambiará la naturaleza y cambiará la ley» (y también al cambio climático que pregonan hasta la saciedad hoy los poderes demoníacos). Todo esto sucederá en los días del Anticristo. Es decir, cuando llegue esta «Nueva Orden de Cosas». Se habla mucho de esta nueva orden. Entre ellas está esto: la alteración de la naturaleza y la ley de Dios.

Lo que dice Isaías, llegaremos al punto, en relación con lo que les dije sobre la obra teatral de Ionesco, que dice… uno sacó un cuerno, etc. «¡Ay!», dice el profeta Isaías, «¡Ay!», los que llaman malo a lo bueno y bueno a lo malo, los que ponen la oscuridad por luz y la luz por oscuridad, los que ponen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo. Es decir, aquí tenemos una completa perversión de lo correcto. Hoy, si un chico saliera y dijera a sus compañeros de clase o a sus compañeros de armas que «vivo en castidad»… ¡Uy! ¿Dónde lo diría? ¿Dónde lo diría? Todo esto, cuando ocurra, habrá perdido, por supuesto, el sentido del pecado. El otro te dice: «¿Por qué? ¿Es pecado tener novia? ¿Tener un amigo? ¿Qué pasa? ¿Es pecado?». Se ha perdido el sentido del pecado. Esta situación, ciertamente, daña profundamente el alma. Si, por supuesto, el alma no llega a arrepentirse y volver a la metania. Porque ustedes comprendieron lo que estamos diciendo. ¿Qué daña el alma?

Tenemos un segundo. Es aquello que, por supuesto, daña el alma: la incredulidad. Incredulidad significa separación de Dios, significa apostasía. Y nuestra época es una época de apostasía. Y no es simplemente una época de apostasía, sino también un giro contra Dios, una actitud hostil hacia Dios. Una guerra contra Dios, por todos los medios y con toda insolencia. La palabra «ύβρις» (hybris) en su sentido de la antigua Grecia («ύβρις», para los antiguos helenos griegos la hybris era injuria contra la voluntad divina y el orden natural.) Y en este caso temo que ya no existe, queridos míos, arrepentimiento. Es blasfemia contra el Espíritu Santo, que el Señor nos dijo que, en ese caso, no hay arrepentimiento. Por mucho que Kazantzákis se arrepintiera, otros no se arrepentirán de la misma manera. Porque Kazantzákis cayó en la hybris contra Jesús Cristo. Cómo cayó, todos lo saben. Y para que vean que aquí no hay arrepentimiento —no es que Dios no perdone, sino que el hombre que ha llegado a la hybris no puede arrepentirse y volver a la metania— ¡no puede!

Y para confirmarlo, escuchen dos pasajes de la carta a los Hebreos. Uno está en el capítulo 6. Dice: «Porque es imposible —¿Lo ven? Imposible. Mantengan esta palabra, porque seguirá un texto extenso—, para los que una vez fueron iluminados, que han gustado del don celestial y han sido hechos partícipes del Espíritu Santo, y que han gustado la buena palabra de Dios y las potencias del siglo venidero, y luego han caído…» —no la habitual falta que cometemos cada día. Por eso la misericordia de Dios nos dio el sacramento de la Santa Confesión, pero en el sentido que expliqué antes, en relación con la hybris. Atención: hybris no son simplemente los blasfemos que blasfeman contra lo divino. No, no, no… Eso no es hybris. Sino cuando te vuelves contra Dios, cuando ridiculizas a Dios, cuando te burlas de Cristo, etc.; «volver a renovar para arrepentimiento» —tomamos el “imposible” del comienzo del pasaje—. Es imposible que alguien se renueve otra vez para la metania, el arrepentimiento. ¡No puede arrepentirse! «Volviéndose a crucificar a sí mismos al Hijo de Dios» —Lo vuelven a crucificar al Hijo de Dios. Fíjense en una palabrita: «και παραδειγματίζοντας». «Παραδειγματίζω paradigmatizo» significa «poner como ejemplo de escarnio al Hijo de Dios», burlarse de Él. ¿Lo oyeron? Me burlo de Él. Me vuelvo contra Él.

De igual modo escribe el apóstol Pablo en Hebreos, capítulo 10: «Porque si voluntariamente pecamos después de haber recibido el conocimiento de la verdad —tras el Bautismo, etc.—, ya no queda sacrificio por los pecados». —No queda otro sacrificio. Uno es el sacrificio: la Sangre de Cristo. Si has despreciado la Sangre de Cristo, ¿cómo te salvarás?— «sino más bien queda una terrible expectativa de juicio y de fuego ardiente que devorará a los adversarios». —Se refiere al Antiguo Testamento; lo omito para no extenderme— «¡cuánto más!, aquel que pisoteó al Hijo de Dios y consideró inmunda la sangre del pacto por la cual fue santificado, y ultrajó al Espíritu de la jaris-gracia». No hay μετάνοια metania. ¿Cuánto daña eso al alma? Apenas hace falta decirlo.

Y Juan, Juan, el discípulo del amor, oigan por favor lo que dice en su primera carta: Tiene mucho; tomo el punto principal: «Hay pecado que conduce a la muerte; no digo que pidáis por eso» —es decir, hay pecados que se perdonan, los pecados que cometemos cada día; son perdonables. Pero hay, dice, un pecado que conduce a la muerte. Por ese pecado, por ese pecador con tal pecado, no puedes rogar a Dios. ¿Lo ven? «No digo para que pida por ello». «Pedir» significa suplicar. No se puede suplicar ni a Dios, nada, nada, nada. No se puede. Es el pecado a muerte. ¿Cuál es ese pecado a muerte? Es lo que les leí detalladamente del apóstol Pablo en la carta a los Hebreos. Es comprensible, pues, que aquí tenemos una situación que es terriblemente dañina para el alma, y es irreversible. Allí el alma ya vive su muerte eterna.

Y un tercer punto. Aquello que definitivamente daña la psique-alma y del cual ya no se puede salir: el infierno eterno. El fin. El hombre se convierte en hijo de la perdición. Como le ocurrió a Judas —el hombre perdido. Lo repito: infierno eterno. Fíjense bien: de ahí no hay esperanza de escape. Y allí está el tormento eterno. Tinieblas externas, crujir de dientes, fuego que no ilumina, fuego sin resplandor. Pero, por supuesto, también la pérdida de la visión —la pérdida de la contemplación— del rostro de Cristo. Ya no puedes ver el rostro de Cristo, que verán aquellos que estén en la Βασιλεία (Vasilía: realeza increada) de Dios. Y a eso llora el santo Juan Crisóstomo con respecto al infierno: «¡Ah! —dice—, no cuento los tormentos del infierno; cuento que perderé la visión —del verbo «θεωρῶ zeoró», ver, contemplar, espectar— de aquel sereno rostro de Jesús Cristo».

Recordad los logos de Cristo: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles». «E irán éstos al infierno eterno, y los justos a la vida eterna». Atención: al infierno entraremos con nuestros cuerpos. Porque antes del infierno tendrá lugar la resurrección de los muertos. Y a la Βασιλεία Vasilía de Dios entraremos con nuestros cuerpos. Así como os veo y me veis. ¿Dónde están aquellos que se burlan y se ríen diciendo: «¿Qué es el infierno? ¿Caldos hirviendo y cosas semejantes?»? ¡Oh… si fueran calderas con agua hirviendo y el fuego fuera simplemente lo que ponemos debajo para calentarla, estaría bien! Pero este fuego, ¿sabéis cuál es? Este fuego procede de Dios. Es la energía increada de la luz. Quise no decíroslo, pero… lo afirma san Basilio el Grande. Atención: en cierto modo, esta luz increada se divide. Como luz, permanece en la Βασιλεία Vasilía increada de Dios; por eso los hombres salvados serán portadores de luz. Como fuego sin luz, va a los infernados, los condenados. Por eso es fuego que quema y no ilumina. Procede de Dios. Es energía increada este fuego del infierno. ¡Horror! ¡Horror! Una imagen amarga podéis tomar de los endemoniados, cuando se acercan a algún santo: san Nectario, san Dionisio, san Gerásimo, san Espiridión… ¿sabéis qué gritan? «¡Me quemas, me quemas, me quemas!». ¿Qué es lo que les quema? Los demonios lo gritan: «¡Me quemas, me quemas!». Por eso llaman a cada uno de estos santos «los que queman» —καψάληδες kapsálides quemadores—. «¡Me quemas, me quemas!». El diablo se quema, los demonios se queman con este fuego increado que viene de Dios. Y no olvidemos que el logos de Dios es veraz, no miente. Dice el apóstol Pablo: «Fiel es el logos y digno de toda aceptación». Cristo lo dijo. No hay posibilidad de que no se cumpla.

Queridos, todo esto que hemos mencionado daña la psique-alma. Nuestra salvación no es cosa de juego. No es objeto con el que juguemos. Debemos pensar con seriedad. Una sola psique-alma tenemos. Y no volverá de nuevo a este mundo. No la entreguemos, pues, al «azar» —a los dados de los juegos de suerte. Dice el apóstol Pablo: «al azar del error y del pecado». Pero también en lo cotidiano, con el roce de nuestras distracciones, perdemos nuestra paz, nuestro amor, nuestra alegría. Y esto igualmente daña el alma. ¿Por qué dañar cada día? Escuchemos, pues, una vez más el logos de Cristo: «¿De qué le servirá al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? ¿O qué dará el hombre a cambio de su alma?».

PARA GLORIA DEL DIOS TRIUNO

y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, 21-9-1997. Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai.gr/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

La Cruz de Cristo, nuestra eterna gloria. Atanasio Mitilineos

La Cruz de Cristo, nuestra eterna gloria. Atanasio Mitilineos

 Domingo antes de la Exaltación de la Santa Cruz [Gál. 6,11-18]

 

Magnanimidad y agapi, Gál 6:1-10.

  1. Hermanos, si un hombre por su debilidad ha caído en alguna falta, vosotros, los hombres avanzados de espíritu, corregidle con espíritu de amabilidad y serenidad. Pero tú también que has rectificado al otro, ten mucho cuidado, pues tú también puedes ser puesto a prueba y caer en el mismo pecado o al pecado de la altanería y vanagloria.
  2. Ayudaos unos a otros a llevar y soportar los defectos de carácter y las cargas que son molestas y pesadas, y así cumpliréis la ley de Cristo que enseña la agapi-amor incondicional y desinteresada.
  3. Porque si alguno se imagina ser algo, y en realidad, a causa de su egoísmo, no es nada, éste se estafa y se engaña a sí mismo.
  4. Por eso que cada uno examine con cuidado su propia conducta, y si la encuentra de acuerdo con la voluntad de Dios, entonces encontrará en sí mismo, y no en otro, el motivo de sentirse satisfecho;
  5. porque en la segunda parusía-presencia cada uno llevará y soportará su propia carga.
  6. El que es instruido en el logos de Dios y está conducido al camino de la salvación, que comparta sus bienes con el que lo instruye.
  7. No os engañéis, de Dios no se burla nadie. Porque durante el gran día del juicio lo que el hombre haya sembrado, eso mismo cosechará.
  8. Porque el que siembra en su propia carne las obras del pecado y de la corrupción, éste cosechará de las obras de la carne la perdición, el infierno eterno; pero el que siembra y cultiva en el espíritu las obras que inspira el Espíritu Santo, cosechará de las obras del espíritu la vida eterna.
  9. No nos cansemos de hacer el bien, porque a su tiempo cosecharemos los frutos de nuestras obras si ahora no desfallecemos y no nos paralizamos.
  10. Por consiguiente, ahora que estamos en la vida presente siempre que tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, y especialmente a los hermanos en la fe en Cristo, que se han hecho familiares y hermanos nuestros.

Consejos varios, Pablo se gloría en la cruz de Cristo y conclusión 6:11-18

  1. Fijaos con qué detalle y claridad os escribo de mi propia mano.
  2. Los que os quieren obligar a circuncidaros, lo hacen únicamente para quedar bien ante los demás y sólo para no ser perseguidos por los hebreos por causa del kerigma sobre la cruz de Cristo.
  3. Esto se ve por el hecho que ni los mismos circuncidados guardan la Ley de Moisés; pero quieren que vosotros os circuncidéis la carne para presumir de que ellos os han convencido a hacerlo.
  4. Yo, por mi parte, sólo quiero presumir de la muerte en la cruz de nuestro Señor Jesús Cristo, por la cual el mundo está crucificado y mortificado para mí y yo gracias a la Cruz del Señor me he crucificado y mortificado para el mundo.
  5. Porque en la nueva situación de la salvación y de la vida espiritual, que ofrece el Cristo, da igual estar o no estar circuncidado; lo que importa es la nueva creación espiritual y el renacimiento para ser un hombre nuevo que se dona por Cristo.
  6. Paz y misericordia de Dios tendrán a todos los que seguirán y vivan conforme a esta regla y enseñanza de Cristo, como en general el nuevo Israel de la jaris, el laós-pueblo cristiano de Dios tendrá paz y misericordia.
  7. Que en adelante nadie me haga sufrir más, y me moleste por cuestiones de circuncisión y otros preceptos típicos y formales de la Ley, convenceos por lo que os digo, que bastante tengo con llevar marcadas en mi cuerpo las señales por la heridas que sufrí para el Jesús, el Señor y estas testifican mi fe pura y veraz a Cristo.
  8. Hermanos, que la χάρις jaris-gracia energía increada de nuestro Señor Jesús Cristo esté siempre con vosotros fortaleciéndoos en el progreso de vuestra vida espiritual en Cristo Dios-Hombre. Amén.

 

La Cruz de Cristo, nuestra eterna gloria.

 

El 14 de septiembre, queridos míos, nuestra Iglesia celebra la Exaltación universal de la Santa Cruz. Esto significa que, después de su hallazgo por la emperatriz Santa Elena, la Cruz preciosa fue elevada desde el ambón por el entonces Patriarca de Jerusalén, Macario, hacia el año 325.

Nuestra Iglesia, para otorgarle esplendor y honor, consideró la fiesta de la Santa Cruz como un eco de la Gran Cuaresma y del Viernes Santo. Por eso ayunamos ese día. Todos lo sabemos. Además, fijó la fiesta de la Metamorfosis cuarenta días antes de la Exaltación. Son cuarenta días, y crea así un reflejo de la Gran Cuaresma. El Nuevo Testamento escribe que la Metamorfosis tuvo lugar poco antes de la Pasión; es decir, pocos días antes del 15 del mes de Nisán, hacia mediados de febrero o marzo. Asimismo, la Iglesia estableció dos domingos, uno antes y otro después, con contenido himnológico y evangélico relacionado con la Santa Cruz. Así, estos dos domingos —el primero es hoy— se yerguen como columnas de honor y acompañamiento de la gran fiesta.

Si preguntáis por qué todo esto, la respuesta es que toda la teología de la agapi-amor de Dios por el hombre culmina en el sacrificio de la cruz de Cristo. Como lo escuchamos también en la lectura evangélica de hoy: «Porque tanto amó Dios al mundo —tan profundamente amó Dios al mundo— que entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Ese “tanto amó” es inconmensurable.

Aún más: el centro del Evangelio es la Cruz de Cristo. Es el centro de la vida espiritual: la Santa Cruz. El centro —lo subrayo y lo repito— de la vida espiritual. Si no pones en tu vida como centro la Santa Cruz, es imposible comprender, y mucho más aún vivir, la vida espiritual. Lo que nosotros —permitidme decirlo— llamamos vida espiritual, muchas veces no es más que un barniz. No constituye realmente la vida espiritual. Porque, muy sencillamente, con frecuencia falta en todo ello el sentido de la Cruz. Si se elimina la Cruz, o la predicación sobre la Cruz, entonces no hay salvación.

Por eso escribe el apóstol Pablo en su Primera carta a los Corintios: «El logos de la cruz —logos quiere decir predicación, discurso—, la predicación de la Cruz, para los que se pierden es necedad —para aquellos que permanecen impenitentes y, por tanto, se condenan, la Santa Cruz es locura: “¿Cómo es posible que un Dios encarnado sea crucificado?” Y, además, para los judíos es escándalo. Porque, si es Yahvé, el Señor de la doxa-gloria, el Santo de Israel, como lo vio el profeta Isaías sentado en un trono suspendido, ¿cómo podría jamás llegar a la Cruz? Entonces, dicen, no lo es. Eso es un escándalo para los   judíos que les impide volver a Cristo; pero para los que se salvan, para nosotros, es poder y fuerza de Dios» (1Cor 1,18). Y, por supuesto, es también expresión del amor de Dios Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, es decir, del Santo Dios Trino.

Por la Cruz, queridos míos, retornamos al Paraíso perdido; que es símbolo de la renuncia al mundo, porque el mundo crucificó a Cristo. Y nosotros, si aceptamos la Cruz, en esencia permanecemos en la negación del mundo.

La Santa y Preciosa Cruz es también el símbolo del ascetismo. No dice el Apóstol a los Filipenses que algunos cristianos, «de los cuales su Dios es su vientre», es decir, su preocupación es qué comer, qué beber, y cómo satisfacer sus deseos carnales, y los llama «enemigos de la cruz de Cristo». ¿Por qué? Porque, sencillamente, han rechazado la ascética y, por ende, la Santa Cruz.

Además, la Santa Cruz de Cristo es el árbol de la vida. Recuerden que en el Paraíso, Dios, dice, plantó dos árboles. El Paraíso, les recuerdo, estaba en la Tierra. La palabra «Paraíso» es persa y significa «gran jardín». Estaba entre los dos ríos, el Éufrates y el Tigris. Entonces, dice que Dios plantó allí dos árboles. Uno era el árbol del conocimiento (gnosis) del bien y del mal. El otro era el árbol de la vida. Y les dijo a los primeros en ser creados: «No comeréis del árbol del conocimiento». Sin embargo, engañados por el diablo, probaron del fruto, a pesar de la advertencia de Dios que dijo: «El día que comáis de él, ciertamente por la muerte moriréis». Y Dios los expulsó del Paraíso. Ese lugar era una región. El resto de nuestro planeta se llamaba Tierra. Esa porción en la que vivían se llamaba Paraíso, símbolo del Βασιλεία (Vasilía: Reinado de la Realeza increada) de Dios. Hoy, si lo desean, ese lugar sería la región del actual Irak. Un símbolo. El árbol del cual fueron engañados y comieron su fruto los condujo a la muerte. El amor de Dios los expulsó para que no pudieran acercarse al árbol de la vida. Porque, como dicen los Padres, si el mal hubiera tocado el árbol de la vida, entonces el mal habría quedado inmortal. Así que Dios reservó el fruto del árbol de la vida para más adelante.

Y, ¿cuál es el árbol de la vida? Es, queridos míos, Jesús Cristo. O, si lo prefieren, es la Cruz. Y así como en el Paraíso colgaban los frutos del árbol de la vida, aquí es donde cuelga Cristo. Por lo tanto, si comemos el fruto de ese árbol y recibimos la orden, si no probamos el fruto de ese árbol de la vida, estamos pecando. Es lo contrario de lo que sucedió entonces. Es decir, ¿qué es el fruto? El cuerpo y la sangre de Cristo. Y con eso tenemos la vida, la vida eterna.

¿Vieron, entonces, cómo todo esto fue prefigurado, cómo preparó al hombre y la venida del Hijo de Dios con la Encarnación en este mundo? Debemos, por tanto, para vivir, comer el fruto del árbol de la vida; que repito es la Santa Cruz, sobre la cual está Cristo: Su cuerpo y Su sangre.

Un tal conocimiento de la Santa Cruz, todo lo que hemos dicho, nos revela la magnitud del amor de Dios. Y es la clave de nuestra reincorporación a la Βασιλεία (Vasilía: Reinado de la Realeza increada) de Dios. Así, regresamos a la Βασιλεία de Dios. Pero la Βασιλεία de Dios es mucho mejor y mucho más feliz que el antiguo Paraíso. Es Βασιλεία de la inmortalidad y la incorrupción; como dice el apóstol Pablo a los Gálatas: «Para mí», dice, «no me dé doxa-gloria en nada. Mi doxa-gloria es la Santa Cruz», dice Pablo, «sobre la cual murió Jesús Cristo, mi Señor». A través de esa Cruz, «para mí el mundo ha sido crucificado y yo para el mundo». ¿Para el mundo? He muerto para el mundo. No soy más vivo para el mundo». Se entiende por «mundo» la mentalidad mundana, lo que critica en su carta a los Filipenses, como mencioné antes, «de los cuales su Dios es su vientre», y no se preocupan por nada más… No. «La mentalidad de la carne, la mentalidad del mundo, pensar de manera mundana, eso, para mí, Pablo, está muerto. Y yo he muerto para el mundo». Esto es muy importante. Nos abre el camino para vivir lo mismo. Así que la doxa-gloria de Pablo, y de hecho su única doxa-gloria, es la Cruz de Cristo. ¡El Cristo crucificado! Porque, saben, muchas veces nos avergonzamos de decir que veneramos a un Dios crucificado.

San Cirilo de Jerusalén, en sus Catequesis, específicamente en la 13ª, se refiere a la Santa Cruz. Podemos tomar una pequeña selección de lo que dice sobre la Santa Cruz. Presten atención. Escribe: «La doxa-gloria de la Iglesia universal y toda obra de Jesús es doxa-gloria, pero la doxa-gloria de todas las doxas-glorias es la cruz». Cada acción de Jesús es para la Iglesia una doxa-gloria. Pero la doxa-gloria de las doxas-glorias es la cruz.

Y señala que, por eso, San Pablo decía que su doxa-gloria era la cruz. Y añade: «Y no te sorprendas de lo que te digo: si todo el mundo fue redimido por medio de la Cruz», dice, «es porque, sencillamente, Aquel que fue crucificado no era un simple hombre —“simple” con iota, repito—, es decir, un hombre desnudo, mero hombre. ¿Sino qué era? El Hijo de Dios, que se hizo hombre, el Unigénito, Él mismo, que muere por todos».

También escribe San Cirilo: «No nos avergoncemos de la cruz de nuestro Salvador, sino más bien, gloriémonos en ella».

¿Han visto cómo cambian las cosas? ¿Han visto cómo el diablo ha logrado que escondamos nuestra cruz, para que los demás no nos vean y no digan que… hmm, que somos cristianos? Pero, ¿no fuiste bautizado? ¿No eres cristiano? ¿Por qué escondes esta identidad? Como mencioné recientemente, y lo he dicho muchas veces, cuando pasan cerca de una Iglesia, hacen la señal de la cruz bajo su chaqueta. Fuiste invitado, querido amigo, a una mesa diplomática, que está… eh, ¿quiénes están allí? – claro, algunos creen, otros no creen -, tú haces la señal de la cruz y comienzas a comer. Fuiste al restaurante, ¿quién hace la señal de la cruz en un restaurante? Pero ¿por qué? Recibimos el beneficio, es decir, la comida, pero rechazamos la confesión. ¿No es esto inconsistente, incoherente? ¿Qué haremos? Haremos la señal de la cruz. Y diremos la oración. El «Padre Nuestro», por ejemplo, si es mediodía. Así dice San Cirilo, que no debemos avergonzarnos de la Santa Cruz, sino que debemos confesar a Cristo a través de la Santa Cruz.

Y continúa: «Confieso la cruz, porque he visto y conozco la resurrección», dice San Cirilo: «Confieso a Cristo, no me avergüenzo. ¿Por qué? Porque siguió la Resurrección». «Porque si Él no hubiera resucitado, entonces quizás no habría confesado y me habría avergonzado, porque mi Maestro murió en la cruz». Y fue considerado, después de todo, incluso siendo crucificado entre dos ladrones, quizás como un gran criminal. ¿Quién sabe cómo? Pero como siguió la Resurrección, ¿por qué esconder la confesión de que creo en el Señor Jesús Cristo, el Crucificado? – «Después de la resurrección, la cruz se ha convertido en un signo de doxa-gloria, y no me avergüenzo de narrar la crucifixión de Cristo».

Continúa San Cirilo: «Si alguien no cree en el poder del Crucificado, que observe lo que hacen los demonios ante Cristo». Este es un buen argumento, aunque indirecto. «Si alguien no cree en el poder de Cristo, que vea lo que hacen los demonios cuando se enfrentan a Cristo». Repito, es una prueba indirecta. No deberíamos quedarnos ahí. Pero, en tales circunstancias, por permiso, podemos también detenernos allí. «Si alguien no cree en las palabras, que crea en los fenómenos». ¿Qué quiere decir con esto? Como el fenómeno del espiritismo, donde los demonios se alejan. Ha sucedido muchas veces. Una señora, un hombre, van a un médium, a una mesa espiritista. Y allí – ¡oh, qué increíble! – supongamos que es una mujer la que es médium. Médium significa «intermediario». Ella les dice inmediatamente: «Señora, saque el crucifijo que tiene en su cuello».

¿Por qué?

Porque los demonios le han informado que no revelarán nada si su cliente no quita el crucifijo.

«¿No es esto una prueba de que los demonios se aterrorizan ante la cruz de Cristo?», dice.

Además, como ocurre con los hechizos y las artes malignas del diablo. Todo esto muestra que, cuando llevamos la Santa Cruz, fulminamos a los demonios.

Así como sucedió una vez con aquel endemoniado o con los endemoniados: «¿Τί ἐμοί καί σοί, Ἰησοῦ υἱέ τοῦ Θεοῦ;» —«¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús, Hijo de Dios?» (Mt 8,29). ¿Ven cómo tiemblan los demonios? No solo entonces, en el Evangelio que está escrito, sino también ahora, hoy, como les he explicado. Si vas a la bruja, te dirá que te quites la cruz que llevas o cualquier otro signo.

Y continúa, san Cirilo, fueron crucificados en todo el mundo, muchos». Era, además, el modo romano de ejecutar a los condenados. Romano. «Pero a ninguno de ellos», dice, «temieron los demonios».

«Pero ante Cristo, que fue crucificado por nosotros, con solo ver la señal de la cruz, los demonios huyen despavoridos». Corren y se van. Basta que vean la cruz, aunque no vean al mismo Cristo.

Todo esto, ¿qué significa? Y prosigue: En efecto, cuando dice «κατὰ ἀλήθειαν según la verdad», significa realmente que murió en la Cruz. No fue una muerte aparente en la Cruz. Por eso mismo lo dice el Apóstol Pablo: que «murió bajo Poncio Pilato», realmente, fíjense bien, «según las Escrituras». Esto lo tomamos nosotros y lo tenemos en el Credo: tal como lo dicen las Escrituras. Murió de verdad.

«La cruz no fue una apariencia», dice, «porque, de ser así, también la redención sería una apariencia, una fantasía. La muerte no fue imaginaria, porque entonces también la salvación sería un mito».

«La pasión, pues, fue verdadera. En verdad fue crucificado, y no nos avergonzamos de decirlo». «Fue crucificado, y no lo negamos, sino que más bien nos gloriamos en decirlo».

«Porque, si ahora lo negara, me acusaría este mismo Gólgota, junto al cual todos nosotros nos encontramos ahora». Como saben, san Cirilo de Jerusalén fue obispo de Jerusalén; esto lo escribe hacia el año 350 d.C., y dice: «Aquí, cerca de nosotros, está el Gólgota». ¡Impresionante parádosis (entrega, transmisión, tradición), de que Jesús murió en la Cruz! Etc…

«Me acusa la madera de la Cruz», que había sido hallada por santa Elena apenas 25 años antes. «Me acusa la madera de la Cruz, que fue cortada en pequeños fragmentos y distribuida por toda la tierra». Hoy, el mayor trozo de la Santa Cruz se encuentra en el Monte Athos.

«¿Quieres ver claramente que la cruz es la doxa-gloria de Jesús?» Escucha lo que Él mismo dice: «Ha llegado la hora de que el Hijo del Hombre sea glorificado» (Jn 12,23). Y lo decía a sus discípulos poco antes de ser crucificado. «¿Ves cómo reconoce como propia doxa-gloria la cruz?»

Si Él, pues, la consideró doxa-gloria, porque hacía la voluntad del Padre y por la Cruz salvaba al mundo, ¿yo por qué voy a avergonzarme?

Queridos, el Apóstol Pablo escribe: «He sido co-crucificado con Cristo». Y si la Cruz es la doxa-gloria de Jesús, también quien se crucifica con Jesús es co-glorificado con Él. Todos los santos llevaban la cruz. Y todos fueron glorificados. Nuestra doxa-gloria, pues, es la cruz de Cristo.

Hoy, como les dije, muchos, por desgracia, reniegan de la cruz, porque reniegan de Cristo. Así, nuestra confesión y nuestro orgullo por la cruz de Cristo nos coloca espiritualmente en la época de Pablo y de los primeros mártires. Expresión de esta doxa-gloria y de esta jactancia es hacer la señal de la cruz (santiguarse) correctamente.

Hace un rato vino aquí a comulgar un señor… una caricatura de la cruz… Queridos míos, haremos bien la señal de la cruz, correctamente. ¿Oyeron? Correctamente. Se ha convertido en una caricatura. Y se hace así, como queriendo siempre esconder que hemos hecho la señal de la cruz.

Así, pues, haremos la señal de la cruz en todo lugar y tiempo, a la vista tanto de creyentes como de incrédulos.

Y así, concluyamos con las palabras apostólicas de hoy, las que dijo Pablo: «En cuanto a mí, ¡Dios me libre de gloriarme en otra cosa que no sea en la cruz de nuestro Señor Jesús Cristo, por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo!» (Gal 6,14). Amén.

Leer también: https://logosortodoxo.es/la-cruz-de-cristo-y-su-importancia-en-nuestra-vida/ por † Yérontas Gheorgios Kapsanis, Santo Monasterio Grigoriu de Athos

PARA GLORIA DEL DIOS TRINO Y SANTO

y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, 10-9-2000. Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai.gr/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

Memoria de la decapitación del Precursor Por San Gregorio Palamás

Memoria de la decapitación del Precursor

Por San Gregorio Palamás

 

Al Santísimo Profeta de Cristo, el Precursor y Bautista Juan

Si la muerte de los santos es digna de honor, y la memoria de los justos debe ir acompañada de alabanzas, como está escrito: «La memoria del justo es acompañada de elogios, pero el nombre del impío se extingue» (Prov. 10,7), ¡cuánto más debemos celebrar con himnos de alabanza la memoria de la más alta cima de los santos y de los justos, de Juan, quien saltó de gozo, precedió y anunció el logos de Dios encarnado para nosotros, y que fue proclamado y testificado por él mismo como superior a todos los profetas, santos y justos de los siglos!

Ahora bien, el hecho de que lo referente a él sobrepasa toda palabra y logos humano, y que recibió testimonio y honor del mismo Hijo unigénito de Dios, sin necesitar de nosotros ofrenda alguna de alabanza, no constituye motivo para callar ni dejar sin honra —en cuanto dependa de nosotros— a esta voz del supremo Logos. Así está escrito: «Voz de uno que clama en el desierto: preparad el camino del Señor, enderezad las sendas de nuestro Dios» (Is. 40,3; cf. Mt. 3,3; Jn. 1,23).

Se oyó una voz de un hombre que clamaba en el desierto y decía: «Preparad el camino por donde pasará el Señor que viene para vuestra liberación y salvación; enderezad y allanad los senderos por donde ha de pasar nuestro Dios que viene hacia vosotros».

Asimismo, compárese con Mt 3,3: «Este es aquel de quien habló el profeta Isaías, diciendo: Voz de uno que clama en el desierto: preparad el camino del Señor, enderezad sus senderos».

En efecto, en aquellos días debía aparecer Juan y escucharse su predicación, pues él era aquel hombre de quien había profetizado Isaías, inspirado por el Espíritu de Dios, cuando dijo: «Voz de uno que clama en el desierto y dice: Preparad el camino por donde vendrá a vosotros el Señor; haced rectos y llanos los senderos por donde ha de pasar. Es decir, arrancad de vuestras almas las espinas de las pasiones (pazos) pecaminosas, arrojad lejos las piedras del egoísmo y de la dureza de corazón, y limpiad vuestro interior con la μετάνοια metania, para que pueda acoger al Señor».

Compárese también con Jn 1,23: «Él dijo: Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías». Es decir, entonces dijo Juan: «Yo soy la voz de uno que clama fuertemente en el desierto y repite lo que dijo el profeta Isaías: Enderezad el camino por donde ha de pasar el Señor; preparad, pues, vuestras almas para recibir al Señor que viene».

Por el contrario, precisamente porque fue proclamado y atestiguado por Cristo, el Señor de todo, como alguien tan grande —«En verdad os digo: entre los nacidos de mujer no ha surgido otro mayor que Juan el Bautista» (Mt 11,11)—, toda lengua de los fieles debe moverse, en la medida de sus fuerzas, a su alabanza. Y esto, no para añadir algo a su doxa-gloria —¿cómo podría hacerse tal cosa?—, sino para que nosotros cumplamos nuestro deber, glorificándolo y narrando, cada uno en particular y todos juntos, las maravillas y milagros que le conciernen.

En verdad, toda la vida de aquel hombre, que entre los nacidos de mujer supera a todos, es un prodigio de prodigios. Y no solo toda la vida de Juan (el Precursor o Bautista) —que incluso antes de nacer era ya profeta y mayor que profeta—, sino también los acontecimientos mucho antes de su vida y los posteriores a ella, todo lo que se refiere a él, sobrepasa todos los milagros.

En efecto, divinas profecías de profetas inspirados por Dios lo presentan como ángel y no como hombre, como lámpara de luz, resplandeciente de Dios y estrella matutina, porque precedió al Sol de justicia, siendo la voz misma del Logos de Dios.

¿Y qué hay más cercano y afín al Logos divino que la voz de Dios?

Cuando ya se acercaba su concepción, no un hombre sino un ángel descendió volando del cielo y disolvió la esterilidad de Zacarías y de Isabel, anunciando que los que desde su juventud habían sido estériles engendrarían en su vejez un hijo, y prediciendo que el nacimiento de este niño traería gran alegría, pues sería salvador para todos. Porque el ángel dijo a su padre Zacarías, acerca del hijo que iba a nacer:

«Será grande delante del Señor, y se llenará del Espíritu Santo aun desde el seno de su madre. Y convertirá a muchos de los hijos de Israel al Señor su Dios. E irá delante de Él con el espíritu y el poder de Elías, para volver los corazones de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes a la prudencia de los justos, a fin de preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto» (Lc 1,15-17).

(«Su nacimiento traerá tanta alegría, porque este hombre será verdaderamente grande y reconocido por el mismo Señor. Y estará lleno de los dones del Espíritu Santo aun desde el tiempo en que se halle en el seno de su madre. Y hará que muchos de los descendientes de Israel, que se han extraviado y apartado de Dios por sus pecados, vuelvan con μετάνοια metania al Señor encarnado, su Dios. Él se adelantará a la venida del Θεανθρώπο (zaánzropo) Dios-Hombre Mesías, poseyendo el mismo carisma profético del Espíritu y la misma franqueza y poder de acción que tuvo Elías. Y empleará estos dones para volver a los hijos los corazones de los padres, que se habían enfriado y perdido incluso su natural afecto, y así caldear y estrechar más los lazos familiares. Y también para reconducir a los desobedientes y rebeldes, de modo que adquieran los pensamientos y la disposición de los justos y se hagan virtuosos. Y de esta manera preparará para el Señor un pueblo dispuesto religiosa y moralmente, capaz de recibirlo y abrazarlo como a su Salvador» (Lc 1,15-17).)

Porque también él, como Elías, sería virgen, habitante del desierto aún más que aquel, y censor de reyes y reinas que transgredían la ley. Pero aquello que lo hace incluso superior al profeta Elías es que sería el Precursor de Dios mismo. Porque dice la Escritura: «Irá delante de Él» (Lc 1,17), es decir, precederá la venida del Θεάνθρωπο (zeánzropo) Dios-Hombre Mesías.

Como Zacarías consideró estas cosas increíbles, quedó mudo. Pues, porque no quiso proclamar voluntariamente, con su silencio proclamó involuntariamente la concepción prodigiosa del niño, hasta que vio manifestarse la voz del Logos. Y habiendo sido concebido con tantas y tan grandes promesas, fue ungido como profeta antes incluso de nacer, transmitiendo —¡qué maravilla!— el carisma a su madre. Según las palabras de Isaías, se revistió de «vestidura de salvación y de manto de alegría» (Is 61,10); y, como Elías, ungió a un profeta en su lugar. Y alcanzó, e incluso superó, la perfección de ambos profetas aún siendo embrión, al manifestar ya tales dones delante del Señor.

En efecto, el embrión, después de formados sus miembros, tiene movimiento, pero todavía no voz, ya que aún no vive en el aire. Pero cuando vino la Virgen que llevaba en su seno a Dios, Juan, estando aún en el vientre, no dejó escapar la presencia y economía divinas, sino que la glorificó desde allí, teologizando a través de la lengua de su madre. Saltó de gozo desde dentro y se alegró —¡qué maravilla también esto!—, porque el Espíritu Santo le comunicó ya en el vientre materno la perfección del siglo futuro.

Así lo atestigua el evangelio (Lc 1,41-44): «Y sucedió que cuando Isabel oyó el saludo de María, el niño saltó de gozo en su seno; e Isabel se llenó del Espíritu Santo, y exclamó con gran voz y dijo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Y de dónde a mí esto, que la madre de mi Señor venga a mí? Porque he aquí, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno». («Y en el momento en que Isabel oyó el saludo de María, el niño saltó en su vientre. E Isabel se llenó del Espíritu Santo. Y, a causa de la gran alegría y admiración, exclamó con fuerte voz y dijo: “Bendita eres tú por Dios más que todas las mujeres. Y bendito es también el fruto de tu vientre, nacido como germen purísimo y virginal. ¿Y de dónde a mí esta jaris-gracia, por qué virtud o mérito mío, que venga a visitarme la madre de mi Señor? Porque en verdad, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, el niño saltó de alegría incontenible en mis entrañas”» (cf. Lc 1,41-44).)

Así como el gran Pablo, anunciando de antemano el misterio de la vida eterna, dice: «Se siembra cuerpo animal, resucita cuerpo espiritual» (1 Cor 15,44), «se siembra y se entierra un cuerpo que era vivificado y gobernado por las fuerzas naturales inferiores del alma; resucita un cuerpo que será vivificado y dirigido por las fuerzas espirituales», es decir, gobernado y movido por la fuerza sobrenatural del Espíritu divino en el siglo venidero. Así también Juan fue sembrado y formado como cuerpo “anímico” en el seno materno, pero, por el uso prodigioso del Espíritu divino en él, se manifestó como cuerpo espiritual, saltando y gozándose en el espíritu, y haciendo profetisa a la que lo llevaba en su seno. Pues con la lengua de ella bendecía a Dios con gran voz, proclamaba madre del Señor a la Virgen encinta y al que en ella se gestaba lo llamó “fruto de su vientre”, mostrando que era a la vez encinta y virgen.

Así, no solo antes de conocer el mal eligió el bien Juan, conforme a lo escrito: «Porque antes que el niño sepa discernir lo bueno o lo malo, rechazará lo malo y elegirá lo bueno» (Is 7,16), (…porque antes de que el niño comprenda y sea capaz de discernir entre el bien y el mal, a causa de la bondad que hay en él desobedecerá a toda maldad, para elegir y preferir siempre lo bueno), sino que fue sobre-mundano incluso antes de conocer el mundo, siendo aún embrión.

Y cuando nació, alegró y asombró a todos con los maravillosos acontecimientos que lo rodearon; porque dice la Escritura: «La mano protectora del Señor estaba con él» (Lc 1,66), realizando prodigios, como antes. Pues la boca de su padre, que había quedado muda por no haber creído en la concepción prodigiosa del niño, fue abierta y, lleno del Espíritu Santo, profetizó tanto de otros asuntos como de su propio hijo, diciendo: «Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo; porque irás delante del Señor para preparar sus caminos, para dar a su pueblo conocimiento de salvación, en el perdón de sus pecados» (Lc 1,76-77).

Así como, desde el mismo momento en que fue concebido, este divino niño, siendo ya un instrumento viviente de la χάρις (jaris: gracia, energía increada) se movía y se regocijaba en el Espíritu Santo dentro del seno materno, así también, cuando nació, crecía y se fortalecía nuevamente en el Espíritu. Y porque el mundo no era digno de él, habitaba desde la infancia, por así decir, continuamente en los desiertos, llevando una vida austera, libre de cuidados mundanos, sobria, sin tristeza, sin participación en las pasiones (pazos) groseras, superior a la baja y material voluptuosidad (o hedonismo) que halaga solamente al cuerpo y a los sentidos corporales. Vivía solo para Dios, viendo solo a Dios, teniendo a Dios como su gozo y delicia.

Así pues, moraba en un lugar como elevado por encima de la tierra: «Y estaba en los desiertos», dice la Escritura, «hasta el día de su manifestación a Israel» (Lc 1,80), es decir, hasta el día señalado por la Divina Providencia para ser revelado y reconocido como profeta y enviado de Dios al pueblo de Israel.

¿Y cuál fue ese «día» de su «manifestación»? Cuando llegó el tiempo del Bautismo del Señor, acerca del cual está escrito que no habría ninguno sensato que buscara a Dios, sino que todos se habrían desviado, todos se habrían corrompido: «El Señor miró desde el cielo sobre los hijos de los hombres, para ver si había alguno con entendimiento que buscara a Dios. Todos se desviaron, todos se corrompieron; no hay quien haga el bien, no hay ni uno solo» (Sal 13,3-4). (El Señor se inclinó desde lo alto del cielo y dirigió su mirada sobre todos los hombres, para ver si había entre ellos alguno con entendimiento, que conociera a Dios o que lo buscara e invocara, procurando agradarle con sus obras virtuosas. ¡Ay!… Todos se desviaron del camino recto y llegaron a la depravación y corrupción. No hay quien haga el bien, no hay ni siquiera uno)» Salmo 13,3.)

Así como el Señor entonces, mientras todos éramos impíos, descendió por indescriptible amor a los hombres desde el cielo para nuestro bien, así también Juan salió de la soledad por nosotros, para servir la voluntad de Aquel. Conforme al culmen de la maldad de aquellos tiempos y a la inconmensurable condescendencia de la caridad de Dios, se necesitaba un servidor como él, que no dejara ningún exceso de virtud; porque así atraería a quienes lo observaran —como efectivamente los atrajo—, dirigiéndolos hacia sí con admiración, dado que estaba apartado de lo mundano y se mostraba diferente, con conducta sobrehumana.

Además, su predicación correspondía a su conducta; proclamaba la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de los Cielos, amenazaba con fuego inextinguible y señalaba a Cristo como Rey de los Cielos: «Su aventador está en su mano» (Lc 3,17), es decir, su juicio justo está listo para actuar; «limpiará completamente su era, recogerá el trigo en su granero, y la paja la quemará con fuego inextinguible», refiriéndose a separar a los justos de los impíos y preparar el juicio divino. (Y limpiará por completo su era, es decir, el mundo entero. Recogerá el trigo en su granero, es decir, a los justos en la Βασιλεία (Vasilía: realeza increada) de los Cielos, y la paja, es decir, a los impenitentes, la quemará con fuego que nunca se apaga» (Lc 3,17).

No solo con palabras, sino también con hechos, Le reveló a todos: Le bautizó, Le señaló con el dedo, Le presentó a sus discípulos y dio testimonio con todo, mostrando que Él es el Hijo del Padre, el Cordero de Dios, el Novio de las psiques-almas que se acercan a Él, quien quita el pecado del mundo, remueve la corrupción y otorga la santificación. Así, al preparar de esta manera el camino del Señor, según la profecía de Zacarías, y cumplir todo lo que le fue encomendado como precursor y Bautista en el Jordán, entregó a Cristo la enseñanza a los reunidos y se retiró de la multitud, dejándolos al Señor.

Pero Herodes, hijo de aquel homicida de infantes, no heredó todo el poder de su padre —pues solo era tetrarca—, pero en maldad lo superaba, viviendo en lujuria y presentándose ante los judíos como ejemplo de toda perversidad. Juan no podía permanecer en silencio —¿cómo podría hacerlo siendo voz de la verdad?— y lo reprendió por todas sus malas acciones, y especialmente por la mujer de su hermano, Herodías, a quien había tomado y desposado. Le dijo: «No te es lícito tener la mujer de tu hermano» (Mc 6,18).

Herodes, incapaz de tolerar la reprensión, añadió esto a sus otras maldades, encerrando a Juan en la cárcel.

Felipe, el legítimo esposo de Herodías, también hijo de Herodes y tetrarca de otra región, estaba vivo entonces. Cuando su padre Herodes, tras la cruel y frenética matanza de los niños, cayó en calamidades y enfermedades incurables y, por exceso de locura y dolor, terminó matándose, el ángel dijo a José en Egipto: «Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a la tierra de Israel, porque han muerto los que buscaban la vida del niño» (Mt 2,20).

Así, cuando aquel Herodes terminó mal su vida, el emperador de entonces, César [Octavio Augusto], dividió su reino en cuatro partes, colocando a otros a la cabeza de dos de ellas, y a los hijos de Herodes, Felipe y aquel Herodes, como tetrarcas de las otras dos. Por eso el evangelista Lucas dice que él era tetrarca en Judea, y su hermano Felipe en Iturea y Traconítide, cuando Juan se presentó en el Jordán proclamando el bautismo de μετανοία metania.

Este, entonces, el nuevo Herodes, después de haber apresado a Juan, lo ató y lo encarceló, como dicen los evangelistas Mateo y Marcos, debido a que lo reprendía por Herodías, a quien había usurpado siendo esposa de su hermano [Mt 14,3: «Herodes, habiendo apresado a Juan, lo ató y lo puso en prisión por causa de Herodías, la esposa de su hermano Felipe»; Mc 6,17: «Porque Herodes había enviado a prender a Juan y lo ató en prisión por causa de Herodías, la esposa de su hermano Felipe, a quien él había tomado por esposa»].

Lucas, además, dice que Juan lo reprendía no solo por Herodías, sino por todos los actos malvados que Herodes cometía [Lc 3,19-20: «El tetrarca Herodes fue reprendido por Juan a causa de Herodías, la esposa de su hermano, y por todos los actos malvados que había hecho. Y añadía esto a todos los demás, y encarceló a Juan»]. Por eso, los otros evangelistas mencionan únicamente la reprensión sobre Herodías: porque las causas del encarcelamiento de Juan eran muchas, casi todas las obras del rey ambicioso, por las cuales no podía tolerar la franqueza de Juan; la única causa de la decapitación fue la mujer adúltera, que planeó y ejecutó el acto con sus maquinaciones y artificios.

Ella, realmente, guardaba rencor y estaba enojada contra Juan, quien reprendía y exponía a Herodes por su acción ilegal y quería matarlo, ya que de otra manera no podía silenciar la reprensión que él, según ella, le hacía. Su abominación no era simple, ni siquiera doble, sino múltiple. Porque era adulterio, el más vil de todos los pecados, cometido no por cualquier otro, sino por el hermano del esposo de la adúltera, que ya había engendrado hijos con ella y la hija aún vivía. Incluso si aquel hubiera muerto, la Ley de Moisés no permitía al hermano casarse con la esposa, y aun estando vivo su hermano y teniendo hija, codició la cama; y no cometía la abominación en secreto, sino públicamente y sin vergüenza.

Así, empeñado con todo su corazón en la maldad y sin poder soportar la reprensión, encerró a Juan en prisión. Pero la propia prisión era un reproche aún mayor, porque se escuchaba y se veía, y, a través de la fama, recorría todos los lugares. Por eso Herodías le guardaba enemistad, es decir, alimentaba dentro de sí la ira contra Juan y quería matarlo, pero no podía; porque Herodes, dice, «temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo» [Mc 6,20].

Herodes temía a Juan por su extraordinaria virtud, pero no temía a Dios, de quien la virtud se otorga a los hombres; ni tampoco temía a Juan en sí mismo, aunque lo reconocía como hombre justo y santo, sino que lo temía por causa de las multitudes, porque lo consideraban profeta, como dice Mateo [Mt 14,5: «Y queriendo matarlo, temió al pueblo, porque lo tenían por profeta»]. Así, como escribe, no solo Herodías, sino el mismo Herodes, deseando matar a Juan, temía al pueblo.

Lo que dice Marcos acerca de Herodes, que escuchaba con gusto a Juan [Mc 6,20: «Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y lo conservaba; y cuando lo escuchaba, hacía muchas cosas de las que Juan enseñaba y lo escuchaba con placer»] significa lo siguiente: en los medicamentos ocurre lo contrario que en las enseñanzas espirituales; sentimos amargura, pero las aceptamos porque entendemos el beneficio que aportan, mientras que en las enseñanzas espirituales ocurre lo inverso: son por naturaleza tan dulces que incluso los que no se persuaden por ellas las disfrutan, aunque no las acepten completamente, porque perciben que se oponen a sus deseos malvados.

Quizá Herodes lo escuchaba con gusto antes, porque, como se dice, lo mantenía con vida y, al escucharlo, hacía muchas de las cosas que Juan enseñaba. Los malvados por naturaleza odian a quienes los reprenden; habiendo surgido el odio por la reprensión, despreciando todo lo demás, se alineó con la adúltera en su disposición asesina. Pero, aunque él también quería matar a Juan, como dice Mateo, temía al pueblo [Mt 14,5: «Y queriendo matarlo, temió al pueblo, porque lo tenían por profeta»], no porque temiera una posible revuelta, sino solo por la crítica del pueblo, que lo consideraba profeta.

En realidad, sabía que nadie ignoraba la abundancia de virtud y jaris-gracia de Juan, y como amaba la aprobación de muchos, temía la acusación de ellos; y, buscando elogio por ciertos actos, fingía obediencia y devoción hacia Juan.

Pero Herodías, que era astuta en la maldad, disipó ese temor y lo arrastró hacia el asesinato sin motivo, según lo aconsejó, o más bien, según lo engañó. Llena de odio y disposición homicida, buscaba oportunidad para eludir la desaprobación del pueblo y ejecutar su furia contra el Bautista y profeta.

Cuando se presentó, dice, el día adecuado para la trama homicida, mientras se celebraban los cumpleaños de Herodes y todo el pueblo estaba reunido, y todos los oficiales se sentaban, entró entre todos, dejada a propósito por ella, su hija, y bailó ante la vista de todos, agradando tanto a los presentes como a Herodes. ¿Cómo no habría de bailar audazmente y agradar a Herodes, si era su hija y de ella había aprendido? Tan impresionó al rey aficionado a los espectáculos la audaz danza, que le dijo a la niña: «Pídeme lo que quieras, y te lo daré. Y le juró que le daría lo que pidiera, incluso hasta la mitad de mi reino» [Mc 6,22-23].

La audaz niña salió hacia su madre y maestra en esos movimientos descarados, le informó del juramento, pidió instrucción sobre qué pedir, aprendió de inmediato y se mostró dispuesta; y regresó rápidamente al rey y presentó sin vergüenza su petición: «Quiero», dijo, «que me des ahora mismo, en un plato, la cabeza de Juan el Bautista» [Mc 6,25].

Esto fue lo que pidió descaradamente la niña; y la adúltera, como creía, justificaba con esto la acusación contra el rey por el asesinato del Bautista y profeta, diciendo que parecería que la ejecución se realizaba por respeto al juramento y no por odio al justo. «Entonces el rey», dice, «se entristeció mucho, porque había hecho juramentos, y estaban presentes los que se sentaban con él a la mesa, a quienes no quería parecerles mentiroso ni incumplidor. Y aunque le dolía mucho matar a Juan, no quiso negarle lo pedido y quebrantar su promesa» [Mc 6,26].

Por eso envió a la prisión a unos hombres que decapitaron a Juan, y la cabeza fue llevada y entregada a la niña.

¡Ay, cuántos males causa la vanagloria, ese intenso deseo de realce y promoción personal! No pudo matar a Juan por temor al pueblo, pero lo mató por causa de los presentes; se entristeció no por otra razón sino porque pensó que le habían privado de la gloria de los muchos. Verdaderamente, las cosas se habían estrechado por todos lados para el rey: si mataba al justo, la censura por el asesinato sería segura; si no lo mataba, parecería deshonesto. El juramento fue por ostentación, el temor por quebrantarlo por ambición, el asesinato para cumplir el juramento. Verdaderamente, todo aquel banquete lo organizó la vanagloria. Por eso dice bien el Señor en los Evangelios: «¿Cómo podéis creer, recibiendo gloria y elogios unos de otros, y no buscáis la doxa-gloria que viene del único Dios?» [Jn 5,44].

Al buscar los judíos esta gloria de los hombres, quebrantaron la fe hacia Él y, en cuanto pudieron, cortaron la cabeza de todos los profetas, matando incluso a la plenitud de los profetas, al mismo Señor Jesús Cristo. Tales eran las obras del rey gobernado por adúlteras y bailarinas; con ellas se deleitaba y se complacía, por ellas sacrificaba y traicionaba el reino, y así se dirigía a semejante acto.

De algo así sufre también nuestra mente y nuestro nus-espíritu, hermanos; porque, aunque ha sido creada por Dios como rey y soberano de las pasiones (pazos), cuando se deja seducir por ellas, se conduce hacia servidumbres inapropiadas y actos desordenados. Así, cada uno de los esclavos del pecado y las pasiones, cuando son reprendidos por su conciencia, primero se irrita y se resiste, y por ello la encierra de algún modo, como Herodes a Juan, no queriendo escucharla; así también rechazan los logos y palabras escritas sobre la renuncia al pecado y el estímulo hacia toda bondad, negándose a escucharlas.

Cuando, además, son totalmente dominados por Herodías, que cohabita con ellos en pecado, entonces niegan incluso el logos innato de la jaris-gracia en su interior, es decir, la conciencia, anulándola completamente, descreen y contradicen a las Sagradas Escrituras, volviéndose totalmente inconscientes y opuestos al logos de Dios, como Herodes con Juan.

Pero aquellos que contradicen la verdad de la piedad sufren de manera semejante, o más bien, actúan de manera semejante. Porque, cuando son reprendidos por palabras proféticas, apostólicas o patrísticas propuestas por nosotros, primero, de algún modo, las encarcelan dentro de los libros, diciendo: «Déjenlas allí y que nadie las use ni las difunda», sin escuchar siquiera al Señor que dice: «Investigad y escudriñad las Escrituras, porque en ellas hallaréis la vida eterna» [Jn 5,39]. Luego, avanzando hacia lo peor por la influencia de Herodías, es decir, por su impía vanagloria, las presentan como sacrificadas sobre el plato, anulándolas con sus propios escritos, por malicia y perjuicio de sus semejantes.

Así, Herodes es el modelo de toda maldad e impiedad, y Juan la columna de toda virtud y piedad; es decir, Herodes es la plenitud del mal, la potencia de la impiedad, el instrumento de la ilegalidad, el hombre verdaderamente carnal, pues vivía y pensaba según la carne; Juan Bautista, en cambio, es la cumbre de los teoforos (portadores de Dios y de la luz increada) de todos los tiempos, el tesoro resplandeciente de los dones del Espíritu, el epónimo de la jaris-gracia divina, el morador de toda piedad y virtud.

Hoy, por tanto, existen dos imágenes frente a nosotros, que se resisten y se oponen de manera extrema: una de ellas, aunque parece alegrar y honrar por poco tiempo y de manera limitada a quienes deciden vivir según su ejemplo, los entrega a deshonra y sufrimiento interminables e insoportables; la otra, aunque permite que los que la buscan sufran un poco, luego les concede doxa-gloria y gozo divino, inexpresable, verdadero y eterno.

Si vivimos según la carne, moriremos imitando al efímero Herodes, como dice el apóstol [Rm 8,13: «Porque si vivís según la carne, moriréis; pero si por el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis»]. Porque si vivís como siervos de los deseos de la carne, ciertamente moriréis la muerte inmortal del infierno eterno, que trae al hombre la separación eterna de Dios. Pero si, con las fuerzas espirituales renacidas por la gracia divina, matáis las malas obras del cuerpo, viviréis para siempre y felices.

Si, además, con la ayuda del Espíritu Santo y siguiendo el celo de Juan, nos oponemos a los deseos y actos malvados del cuerpo, viviremos por los siglos.

El fin de la vida según el espíritu está ahora oculto en Cristo ante Dios y aún no es visible para todos; pero cuando se revele, seremos semejantes a Él, herederos de Dios, coherederos de Cristo [Rm 8,17: «Si somos hijos, también somos herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo, si es que sufrimos con Él para que también podamos ser glorificados con Él»], y habremos alcanzado esos bienes eternos e incorruptibles, que ni ojo vio, ni oído oyó, ni subieron al corazón del hombre, porque están por encima de la percepción, del pensamiento y del entendimiento. Para quienes viven según la carne, no solo los placeres son mortales y pasajeros, sino tan pequeños y despreciables que se asemejan a bellotas y comida de cerdos.

Si incluso esos placeres fueran eternos, aun así deberíamos preferir los bienes superiores, incomparablemente más excelsos; y si esos placeres fueran grandes y admirables como los bienes eternos, debido a que los primeros son pasajeros y los segundos eternos, todavía debemos preferir los eternos como permanentes; y dado que los eternos son infinitos e incomparables, y los pasajeros inútiles y efímeros, dejemos de lado los pasajeros, aunque halaguen por un instante; apropiémonos de los futuros como permanentes e incorruptibles; evitemos asemejarnos a Herodes; apresurémonos, en la medida de lo posible, a imitar la jaris-gracia del Precursor, y más aún nosotros que llevamos vida monástica; nosotros, cuya conducta se ha apartado de los hábitos y asuntos mundanos y se aproxima, de algún modo, a la vida eremítica y monástica del profeta y Bautista, quien, como profeta, previendo que la orden monástica algún día podría imitarle moderadamente, se apartó en soledad, luchando no solo por la piedad, sino por la virtud, para que también nosotros estemos preparados para resistir el pecado hasta la muerte, sabiendo que aquel que vence las pasiones (pazos) mediante la virtud recibirá la corona del martirio.

Verdaderamente, cuanto menor es el mal del pecado en comparación con la impiedad, mayor será el bien naturalmente al defender la virtud; ¿cómo no habría de dar su vida por el bien mayor, es decir, la piedad, aquel que la entregó por el menor?

Por eso el más grande de los nacidos de mujeres, el predicador de la μετανοία metania, el Precursor y Bautista del Salvador, fue decapitado, luchando por la virtud; quien no solo fue el Precursor de Cristo, sino también de Su Iglesia y de nuestra ciudadanía, hermanos. Él nació de una mujer estéril, Elisabet, y nosotros nacimos de la Iglesia de entre los gentiles, para la cual está escrito: «Alégrate, estéril que no dabas a luz; rompe a gritar y clama, tú que no tenías dolores de parto, porque más son los hijos de la desolada que los de la que tenía marido» «Alégrate, Iglesia de los gentiles, que hasta ahora eras estéril y no dabas fruto. Grita y clama con voz de gozosos dolores, tú que no experimentaste los sufrimientos del parto, porque los hijos del hombre y de la viuda del desierto, como tú has sido hasta ahora, son más numerosos que los de la sinagoga judía, que tenía como Esposo espiritual a Dios». «Está escrito: “Alégrate, estéril que no das a luz; rompe a dar voces y clama, tú que no has padecido dolores; porque más son los hijos de la desierta que los de la que tiene marido”»]. [Is 54,1; cf. Gal 4,27].

«Y la Iglesia es madre de todos nosotros, porque está escrito por Isaías: “Alégrate tú, Iglesia, que antes de la venida de Cristo y antes de que se concediera el Espíritu Santo eras estéril y no dabas a luz. Ahora alza tu voz y clama con gran gozo, tú que no sufriste dolores de parto. Porque, aunque estabas vacía de hijos, ahora tus hijos son más numerosos que los hijos de la Jerusalén terrenal, que conocía al verdadero Dios y se relacionaba con Él, y así se mostraba como si tuviera marido”».

Después de su nacimiento, aquel (Juan Bautista) fue perseguido con furia asesina por el rey Herodes, el matador de niños, combatiéndolo también a causa de su enemistad hacia Cristo; pero él encontró refugio en el desierto, considerándolo más querido que el mundo, y allí habitó. Y también después de nuestro nacimiento espiritual, el Herodes mental se levanta contra nosotros, persiguiendo finalmente a Cristo a causa nuestra.

Por eso, nosotros también evitamos el mundo y buscamos refugio en estos lugares dedicados a Dios, escuelas de la virtud, y así escapamos de los implacables satélites y portadores de cuchillos de aquel, de los ataques de las pasiones (pazos), con los cuales se produce la muerte espiritual, separando al hombre de Dios. Esta es la muerte que nos alcanza a través de las “ventanas” que tenemos, es decir, los sentidos; porque a través de ellos entró también al principio y derribó a nuestra raza, expulsando a los antepasados de la inmortalidad. Eva escuchó el malicioso consejo del maligno; vio, experimentó, comió, murió, sedujo al hombre y lo hizo partícipe tanto de la comida como de la caída. Ellos no lograron resistir la tentación: inmediatamente cerraron los oídos ante una palabra engañosa, fueron vencidos por una visión hermosa, aunque aún no eran apasionados, sino indiferentes, moviéndose en un lugar libre de pasiones. ¿Acaso nosotros, alimentándonos perpetuamente en el mundo, podremos frente a las variadas visiones de las pasiones, frente a los charlatanes y no menos dañinos oídos y discursos, no sufrir daño, no ser heridos y no adquirir una disposición maligna en nuestro hombre interior? No es posible, no lo es.

Por eso los Padres, imitando al Precursor en la jaris-gracia increada, después de renunciar al mundo y evitar la convivencia con los que pertenecen a él, unos habitaron en el desierto e hicieron que muchos de los posteriores se acercaran a él; otros se ejercitaron en recintos sagrados amurallados y constituyeron en ellos comunidades espirituales; nosotros, adaptándonos cada uno a alguno de estos con celo, residimos en estos sagrados santuarios. No basta con habitar en ellos, sino que debemos vivir según aquellos Padres; porque en estos otros paraísos de Dios sobre la tierra no falta el árbol del conocimiento del bien y del mal, ni el asesor maligno; pero es posible para nosotros, después de aprender de los ejemplos de la antigüedad, atender al único consejero sabio y bueno y seguir los pasos de aquellos que antes y ahora le obedecen, imitando, para expresarnos apostólicamente, la conducta de aquellos de los que hemos visto el resultado.

“Recuerden siempre el santo ejemplo de sus líderes y guías espirituales, quienes les enseñaron el logos de Dios. Reflexionen y estudien el santo y piadoso final de su vida y comportamiento, e imiten su fe” (Hebreos 13:7), así como la conducta de aquellos de los que hemos visto el resultado. Hay también bestias y animales tanto en el desierto como en estos sagrados lugares de estudio, y hay gran temor de que, si no seguimos el ejemplo, podamos igualarnos a los necios animales y asemejarnos a ellos.

“Y el pobre hombre, aunque tenía honor y valor llevando en sí la imagen de Dios, no lo comprendió, se igualó a los necios e irracionales animales y se asemejó a ellos” (Salmo 48:13), si no imitamos, cada uno según su capacidad, la vida de Juan.

¿Y qué entonces? Él siempre tenía la cabeza descubierta, señal de oración ininterrumpida y de franqueza ante Dios; porque el hombre debe orar con la cabeza descubierta, según el logos del apóstol: “Todo hombre, ya sea casado o soltero, que ora en la adoración común o manifiesta la voluntad de Dios como profeta iluminado por el Espíritu Santo, cuando tiene sobre su cabeza un velo, que es símbolo de sumisión, deshonra su cabeza. Porque se acerca a adorar o servir a Cristo sin reconocer, con el velo de sumisión que lleva, la dignidad y la autoridad que le ha dado Cristo” (1Cor 11:4), de modo que, con rostro descubierto, podamos reflejar la doxa-gloria increada del Señor. “Y todos nosotros, con el rostro descubierto de nuestro hombre interior, como espejos espirituales, recibimos y reflejamos la gloria del Señor. Así nos transformamos y tomamos la misma imagen gloriosa del Señor. Y progresamos de un grado de gloria a otro más elevado, como es natural que progrese el hombre iluminado por el Espíritu Santo, que es el Señor” (2Cor 3:18).

Que los que están atados al mundo lo cubran debido a los daños que los rodean, o más bien que son inherentes a ellos y a los continuos obstáculos a sus pies, ya que no logran mantener la oración continua como nosotros. Pero nosotros, que hemos partido correctamente del mundo, partamos también con la mente y el nus-espíritu, uniendo nuestro entendimiento a Cristo mediante salmos, himnos y oraciones espirituales, y hagamos de nosotros mismos un tabernáculo del Nombre salvador, recordando a Aquel por quien salimos del mundo. Porque quien se aparta del mundo y de los bienes terrenales por Él, sin duda anhela la unión con Él; y esta unión se provoca mediante la continua memoria de Aquel que hace la catarsis y purifica la psique-alma, del nus y la mente.

Así que hagamos la catarsis y purifiquemos el ojo de la διανοία (diania: mente, intelecto) con obras, palabras y pensamientos, mirando hacia Dios; porque incluso solo deseando mirar, en la medida de lo posible, hacia la vida de Juan, no tenemos nada de lo que nos aleja de Dios. Él vagaba sin techo; nosotros contentémonos con un pequeño techo, y que cada uno acepte la habitación que le da el superior, recordando a aquel que estuvo siempre sin hogar. Él se conformaba con frutos secos y hierbas silvestres que crecen espontáneamente en el desierto, cuyas raíces usaron para alimentarse también los padres ermitaños posteriores; los frutos secos son las frutas de cáscara dura. Así, vivía de frutos, raíces y miel de montaña, vestía con una túnica simple y tenía un cinturón de cuero alrededor de la cintura; de este modo, por un lado, mostraba simbólicamente que llevaba la mortificación de los vicios en su cuerpo, y por otro, poseía él mismo la virtud de la pobreza y nos enseñaba con sus acciones. ¿Cuánta riqueza de alimentos y vestimenta poseemos nosotros, teniendo depósitos llenos de trigo y vino, panaderías y hornos, y en general todo tipo de provisiones?

Agradezcamos, entonces, a Dios, proveedor de estos bienes, y a Su Precursor, gracias a quien se recolectan sin esfuerzo, como si fluyeran hacia nosotros desde una fuente; y recibámoslos para Su gloria, devolviéndole la gratitud con nuestras obras. Si nos conformamos con estos bienes comunes entre los hermanos del monasterio, no estamos muy lejos de la pobreza y el dominio propio de Juan; porque él también es inigualable en todos los aspectos, pero, así como él se alimentaba de Dios, así también nosotros nos alimentamos de los tesoros de Dios. Pero si poseemos propiedades y tesoros propios, este es el mal que nos separa de la comunión de los santos; porque quien se apartó del mundo y tiene propiedad, ya sea traída de allí o adquirida aquí, lleva consigo el mundo y nunca se separa del mundo, incluso si está en el Monte Santo Athos y reside en estos monasterios que representan el espacio celestial. Tal hombre, mientras dependa de ello, contamina el lugar y no permite que sea superior al mundo; seguramente será condenado, porque consideró mundano lo sagrado de Dios.

Pero ¿acaso el Bautista y Precursor del Señor, Juan, permaneció en esa tranquilidad y soledad? Lo hizo porque fue enviado por Él para dar conocimiento de salvación a Su pueblo y para reprender a los desobedientes, y por esa reprensión hoy perdió también su cabeza a manos de ellos. Realmente, él no debía sufrir la muerte natural; pues tal muerte es un castigo por la transgresión de Adán, de la cual el siervo de la ley, aún sujeto a Dios desde el vientre materno, no es culpable. Los santos deben dar su vida por la virtud y la piedad según el mandato del Señor; por eso la muerte violenta por el bien es más apropiada para ellos; y así probó la muerte también el Señor. La muerte de Juan debía ser también precursora de la muerte de Cristo, de manera que, según la profecía paterna, precediera al Señor para dar conocimiento de salvación a los que se encuentran en las tinieblas del Hades, para que ellos también acudieran y lograran la vida bienaventurada e inmortal en Cristo.

Ojalá que todos nosotros logremos esta vida, mediante las oraciones de aquel que la alcanzó desde el vientre materno y la proclamó a los que están sobre la tierra y bajo ella ha guiado y guía hacia ella a todos los hombres con su obra, logos y súplicas a Dios, en nuestro propio Señor Jesús Cristo, a quien solo sea la gloria eterna. Amén.

San Gregorio Palamás.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

 

Sobre la Santa y Vivificadora Cruz, san Gregorio Palamás

Sobre la Santa y Vivificadora Cruz

De san Gregorio Palamás

 

La Cruz de Cristo fue anunciada y prefigurada mística y secretamente por generaciones antiguas, y nunca nadie se reconcilió con Dios sin la fuerza de la Cruz. En efecto, después de aquella trasgresión de nuestros primeros padres en el paraíso de Dios por medio del árbol, el pecado se multiplicó y nosotros morimos, habiendo padecido ya antes de la muerte corporal, la muerte de la psique-alma, como se manifiesta en la separación de Dios. Mientras vivíamos después de la trasgresión, vivíamos en el pecado y en la vida carnal; y el pecado «no se somete a la ley de Dios, ni tampoco puede; los que viven según la carne no pueden agradar a Dios» (Rom 8, 7-8), «(:No se somete a la ley de Dios, porque tampoco tiene la fuerza para someterse. Por lo tanto, aquellos que están entregados a una vida carnal y mundana no pueden agradar a Dios)».

Pues bien, como dice el apóstol: «La carne desea contra el espíritu, y el espíritu contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisierais» (Gál 5,17), «(:nuestra naturaleza inferior, que sirve a los deseos de la carne, desea contra nuestra naturaleza superior y espiritual, que se inspira en el Espíritu Santo. Pero también esta naturaleza superior desea contra nuestra naturaleza inferior. Y ambas, es decir, la carne y el espíritu, se enfrentan mutuamente, de modo que no podáis hacer sin resistencia aquello que deseáis. Ni el mal, es decir, sin resistencia, porque entonces se levanta dentro de vosotros la voz de la conciencia; ni el bien, porque muchas veces debéis imponer fuerza sobre vosotros mismos para hacerlo. Cuando, pues, domine dentro de vosotros el espíritu, la carne con sus deseos se someterá, y nunca realizaréis ningún deseo de la carne)». Y siendo Dios espíritu y bondad por esencia y virtud, y habiendo sido creado nuestro espíritu a imagen y semejanza de Él, el cual quedó desvirtuado a causa del pecado, ¿cómo podría renovarse y reconciliarse alguien con Dios en el espíritu, sin que antes se anule el pecado y la vida según la carne? Pues esto es precisamente la Cruz del Señor: la abolición del pecado. Por eso, uno de nuestros padres teoforos portadores de Dios, cuando fue preguntado por un incrédulo si creía en el Crucificado, respondió: «Sí, en Aquel que crucificó el pecado».

Y muchos amigos de Dios fueron revelados por Él mismo, tanto antes de la ley mosaica como después de ella, aun sin haberse manifestado todavía la Cruz. El rey y profeta David, seguro de que entonces existían ciertamente amigos de Dios, dice: «¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus amigos!» (Sal 138,17). ¿Cómo, pues, hubo hombres que llegaron a ser amigos de Dios antes del sacrificio de Cristo en la Cruz? Yo os lo mostraré, si me ofrecéis vuestros oídos atentos y amantes de Dios.

Así como antes de que venga el hombre de la iniquidad, el hijo de perdición, el Anticristo, el teólogo amado de Cristo dice: «Ya han surgido muchos anticristos» (1 Jn 2,18), de igual modo también la Cruz estaba presente en los antiguos antes de realizarse, antes de consumarse el sacrificio del Θεάνθρωπος (zeánzropos) Dios-Hombre en ella. En verdad, el gran Pablo, enseñándonos claramente que el Anticristo está entre nosotros aun sin haber venido todavía, dice: «Ya está obrando el misterio de la iniquidad» (2 Tes 2,7) «(:Pero aún no ha llegado el tiempo señalado; porque ahora está en acción la fuerza secreta del mal y de la iniquidad, la cual en gran medida permanece oculta y aún no se ha manifestado completamente)». Así también la Cruz de Cristo estaba entre los patriarcas antes de ser realizada, porque su misterio obraba en ellos.

Y para dejar ahora a Abel, Set, Enós, Henoc, Noé y todos los que agradaron a Dios hasta Noé y sus contemporáneos, comenzaré desde Abrahán, que se hizo padre de muchas naciones: de los judíos según la carne, y de nosotros según la fe. Si, pues, comienzo por este nuestro padre según el espíritu, ¿cuál fue el primer logos que le dirigió Dios? «Sal de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, y vete a la tierra que yo te mostraré» (Gén 12,1), «(sal, vete y aléjate de tu tierra, de tus parientes y de la casa de tu padre; deja todos tus bienes inmuebles y ve a un país que no conoces y que no te revelo; viaja a un lugar que te señalaré)».

Este logos contiene en sí el misterio de la Cruz, pues es exactamente lo que Pablo dice cuando se gloría en la Cruz: «El mundo está crucificado para mí» (Gál 6,14) , («con la fe en Su muerte, aquel ha sido crucificado y ha perdido su poder el mundo sobre mí»). En efecto, para quien salió de su patria —es decir, del mundo— sin retorno, la patria según la carne y el mundo quedaron muertos y abolidos; y esto es la Cruz.

Pero a Abrahán, antes incluso de que saliera de la convivencia con los impíos, le dice: «Sal de tu tierra y ven a la tierra», no «que te daré», sino «que te mostraré», en el sentido de que a través de aquella se señala otra tierra, espiritual. Y a Moisés, cuando salió de Egipto y subió al monte, ¿qué le dice el primer logos de Dios? «Quítate las sandalias de tus pies, porque el lugar donde tú estás es tierra santa y pura» (Ex 3,5).

Esto es otro misterio de la Cruz, que sigue naturalmente al anterior. Pues dice: «Y aunque saliste de Egipto y abandonaste el servicio al Faraón, y despreciaste el honor de ser llamado hijo de la hija del Faraón, y en cuanto dependía de ti aquel mundo de malvado servicio quedó deshecho y abolido, sin embargo, es necesario que añadas algo más. ¿Qué es eso? Quitar el calzado de tus pies, es decir, despojarte de las túnicas de piel con las que se te vistió y dentro de las cuales obra el pecado, apartándote de la tierra santa. Quita, pues, ese calzado de tus pies, es decir, deja de vivir según la carne y en el pecado; que se destruya y muera la vida contraria a Dios, el querer de la carne y la ley en los miembros, que se oponen a la ley del νούς (espíritu de la psique) y me hacen cautivo bajo la ley del pecado» (cf. Rom 7,23), «(sin embargo, veo que domina otra ley y otro poder en mis miembros, la ley y el poder del pecado. Y esta ley se opone a lo que mi nus y mi conciencia reconocen como ley correcta, y me hace esclavo cautivo de la ley del pecado que reina en mis miembros)». Que no prevalezca ya ni actúe más, siendo muerto por la fuerza de la visión de Dios. ¿No es esto, acaso, la Cruz? Pues la Cruz es también, según el divino Pablo, crucificar la carne «con los pazos y los deseos» (Gál 5,24).

«Quítate, pues», dice, «el calzado de tus pies, porque la tierra donde estás es santa». Así, Su logos significaba la santificación que habría de cumplirse sobre la tierra por medio de la Cruz, después de la manifestación de nuestro Señor, Dios y Salvador Jesús Cristo, al contemplar aquel gran espectáculo: la zarza que ardía en fuego sin consumirse. De manera que también la contemplación en Dios de la Cruz es un misterio, mayor aún que el anterior. Tanto el gran Pablo como nuestros divinos padres insinúan que son dos: el primero, no solo diciendo que «para mí el mundo está crucificado», sino añadiendo: «y yo para el mundo»; y los padres, mandándonos que no nos apresuremos a subir al madero antes del madero, dando a entender que los misterios de la Cruz son dos.

Según el primer misterio de la Cruz, que es la huida del mundo y la separación de los parientes según la carne —si en verdad obstaculizan la piedad y la vida piadosa—, así como el ejercicio corporal, que, según Pablo, es de poca utilidad (cf. 1 Tim 4,8), «(:y te recomiendo este ejercicio, porque el ejercicio físico y el entrenamiento corporal son útiles en un grado limitado, ya que se dirigen solo al cuerpo, que es perecedero; pero la piedad es útil para todo, tanto para el cuerpo como para el alma, porque promete bienes y recompensas tanto para esta vida como para la futura)», en esto se crucifican para nosotros el mundo y el pecado, cuando nosotros salimos del mundo.

Según el segundo misterio de la Cruz, somos nosotros los que nos crucificamos para el mundo y para las pasiones (pazos), que se alejan de nosotros. Porque ciertamente no es posible que estas se aparten completamente de nosotros, que no obren ya ni en los pensamientos, si no llegamos a la contemplación de Dios. Cuando, en efecto, por la práctica alcanzamos la contemplación y cultivamos y hacemos la catarsis al hombre interior, buscando el tesoro divino escondido en nosotros y escudriñando la βασιλεία (vasilía: realeza increada) de Dios que está dentro de nosotros, entonces nos crucificamos para el mundo y para los pazos. Pues por este ejercicio se enciende en el corazón un cierto fuego que sofoca los malos pensamientos como moscas, infunde en el alma paz espiritual y consuelo, y concede al cuerpo la santificación, según el salmista que dijo: «Se encendió mi corazón dentro de mí, y en mi meditación se inflamará fuego» (Sal 38,4). Y esto es lo que uno de nuestros padres teoforos portadores de Dios nos enseñó al decir: «Procura de todas las maneras que tu obra interior sea según la voluntad de Dios, y vencerá a los pazos exteriores» (cf. Apotegmas, Nistero, 3).

Además de esto, el gran Pablo, exhortándonos, dice: «Digo, pues: andad en el Espíritu, y no cumpláis el deseo de la carne» (Gál 5,16), «(:Y con lo que les digo, quiero decir que deben comportarse de acuerdo con las inspiraciones del Espíritu Santo, y entonces no cumplirán los deseos de la carne, y por lo tanto no se harán daño unos a otros, ni habrá odio entre ustedes)». Y en otro lugar manda: «Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad» (Ef 6,14), «(:Pónganse, por lo tanto, en la formación de la lucha. Ciñan la verdad como un cinturón, para que la iluminación de la verdad les dé fuerza espiritual y agilidad)», ya que lo contemplativo fortalece y ayuda a la parte apetitiva y aparta los deseos carnales. Pues el gran Pedro nos indica más claramente cuáles son estos «lomos» y cuál es la «verdad»: «Por eso, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, estaos en nipsis (sed sobrios), y poned toda vuestra esperanza en la jaris (gracia, energía) increada que os será traída en la manifestación de Jesús Cristo» (1 Pe 1,13), «(:Por eso, reúnan», dice, «vuestro nus-espíritu y la mente de la dispersión y concentren vuestros pensamientos, liberando el alma de todo lo que le impide servir a Dios. Y practicando la templanza en todo, esperen sin la más mínima duda que recibirán la gracia de la salvación que le trae Jesús Cristo el día de Su segunda y majestuosa apocálipsis/revelación y manifestación)»

Ya que no es posible que se alejen completamente de nosotros las pasiones (pazos) malignas y el mundo del pecado, ni que dejen de obrar en nosotros de modo racional, si no llegamos a la contemplación de Dios, por eso también la contemplación de este género, que crucifica para el mundo a quienes son dignos de ella, es un misterio de Dios. Así también aquella visión de Moisés, de la zarza que ardía sin consumirse, era un misterio de la Cruz, más grande y perfecto que aquel misterio en tiempos de Abrahán. ¿Acaso, pues, Moisés fue iniciado en el misterio más perfecto de la Cruz, y Abrahán no? ¿Qué lógica tendría esto? Más bien, en el momento mismo de su vocación Abrahán aún no había sido iniciado; pero después de la llamada lo fue, una vez, dos veces y muchas más, aunque no es ahora el momento de hablar de todas ellas.

Yo también os recordaré la aún más admirable visión de Dios que tuvo Abrahán, cuando vio claramente al único Dios en tres hipostasis (bases substanciales), aunque todavía no se proclamaba así: «Se apareció a él Dios junto a la encina de Mambré, mientras estaba sentado a la puerta de su tienda en el calor del día. Alzó sus ojos y miró, y he aquí tres varones estaban de pie ante él; y al verlos, corrió desde la puerta de su tienda a su encuentro y se postró en tierra» (Gén 18,1-2), «(: el Dios se apareció a Abraham, mientras el Patriarca estaba junto a la encina de Mambré y sentado frente a la puerta de su tienda al mediodía. Así que Abraham levantó la vista y de repente vio a tres hombres de pie un poco más allá frente a él; apenas los vio, sin esperar a que se acercaran, corrió desde la puerta de su tienda para recibirlos. Y cuando llegó cerca de ellos, se postró hasta el suelo y los adoró humildemente, con respeto)». He aquí que veía al único Dios manifestado como tres. Pues dice: «Se le apareció Dios»; y he aquí tres varones. Y habiendo corrido hacia los tres, habla de nuevo como a uno solo, diciendo: «Señor, si he hallado jaris-gracia ante tus ojos, no pases de largo junto a tu siervo» (Gén 18,3). Y ellos, siendo tres, conversan con él como si fueran uno.

La Escritura dice que dijo a Abrham: «¿Dónde está Sara, tu mujer? Volviendo vendré a ti al tiempo señalado, y Sara, tu mujer, tendrá un hijo». Y Sara escuchaba en la puerta de la tienda, que estaba detrás de él (Gén 18,9-10). Más adelante, añade el texto sagrado: «Y dijo el Señor a Abrahán: ¿Por qué se rió Sara dentro de sí, diciendo: “¿Será cierto que daré a luz, siendo ya vieja?”» (Gén 18,13). He aquí que el único Dios es tres hipostasis, y estas tres son un solo Señor; pues dice: «Y dijo el Señor».

Así, pues, se realizaba en Abrahán el misterio de la Cruz. Y también Isaac era en sí mismo figura de Aquel que fue clavado en ella, pues obedeció a su padre hasta la muerte, como Cristo. Y el carnero que se le dio como sustituto prefiguraba al Cordero de Dios, entregado al sacrificio por nosotros. Y la planta en la que el carnero estaba atado contenía el misterio del tipo de la Cruz; por eso se llamaba en hebreo «sabek», es decir, «planta de remisión», así como la Cruz era llamada «madera de salvación».

El misterio y la figura de la Cruz actuaban también en Jacob, hijo de Isaac, pues multiplicó sus rebaños con maderas y agua. La madera, en efecto, prefiguraba la madera de la Cruz, mientras que el agua prefiguraba el divino bautismo que encierra en sí el misterio de la Cruz. «¿O ignoráis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?» (Rom 6,3), «(:¿Acaso no saben que los que fuimos bautizados con fe en Jesús Cristo, uniendo nuestra existencia con Él, participamos mediante el bautismo de Su muerte en la cruz, y nuestro viejo hombre de pecado fue crucificado y murió, así como Cristo murió en la cruz?)», dice el apóstol. Y Cristo también multiplicó en la tierra Sus rebaños lógicos por medio de la madera y del agua.

Jacob, tanto cuando se postró apoyado en la punta de su bastón (cf. Gén 47,31), «dijo: ‘Júrame’. Y él le juró. Entonces Israel, confiando en que Dios ayudaría para que su cuerpo fuese trasladado a Canaán y enterrado allí, se inclinó y adoró a Dios, apoyando su cabeza en el extremo de su vara, sobre la cual se apoyaba debido a la debilidad de la vejez. Con este acto de adoración expresaba su gratitud hacia Dios»] y cuando bendecía a sus nietos [Gén.48,9-20], señalaba aún más claramente la figura de la Cruz.

Y además, siendo obediente a sus padres hasta el fin, y por ello amado y bendecido, pero odiado por Esaú a causa de esto, soportando así toda tentación, en toda su vida obraba en él el misterio de la Cruz. Por eso Dios decía: «A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí» (Rom 9,13), (:amé a Jacob y a los israelitas que descienden de él. En cambio, desaprobé a Esaú y a sus descendientes, los edomitas)»

Lo mismo sucede también con nosotros, hermanos. Pues aquel que obedece tanto a los padres según el espíritu como a los padres según la carne, conforme al mandamiento apostólico: «Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor, porque esto es justo» (Ef 6,1), este, al asemejarse en ello al Hijo amado de Dios, es amado también por Dios; mientras que el que desobedece, como ajeno a la semejanza con el Amado, es aborrecido también por Dios. El sabio Salomón, mostrando que esto no ocurrió solo con Jacob y Esaú, sino que sucede siempre y con todos, dice: «El hijo inteligente y sabio obedece al padre, pero el hijo desobediente y necio va a la ruina» (Prov 13,1).

¿Acaso el hijo de la obediencia, Jacob, no alcanzó también el mayor misterio de la Cruz, el de la visión de Dios, mediante la cual el hombre se crucifica y muere más perfectamente al pecado y vive para la virtud? Él mismo da testimonio de sí y de esta contemplación y testimonio, pues dice: «He visto a Dios cara a cara, y mi alma fue salvada» (Gén 32,30), (:Entonces Jacob comprendió Quién era Aquel con quien había luchado, y lleno de gratitud glorifica y da gracias a Dios. Por esta razón llamó a aquel lugar: “Aparición de Dios” – Teofanía, en hebreo Fanuel –, porque dijo: “He visto a Dios cara a cara y, sin embargo, no he muerto, sino que continúo viviendo. ¡Grande es la condescendencia de Dios”)

¿Dónde están ahora los que todavía se alinean con las abominables charlatanerías de los herejes aparecidos en nuestros tiempos? Que escuchen que Jacob vio el rostro de Dios, y no solo no perdió la vida, sino que, como él mismo dice, fue salvado; aunque Dios dice: «Ningún hombre podrá ver mi rostro y vivir» (Éx 33,20).

¿Acaso, entonces, existen dos dioses, uno cuyo rostro es visible a los santos y otro cuyo rostro está por encima de toda visión? ¡Es la peor blasfemia! El rostro (persona) de Dios que puede ser visto es la energía increada y gracia de Dios manifestada a los dignos; pero el mismo «rostro, persona» que nunca se ve, se refiere a la naturaleza divina que está por encima de toda manifestación y visión. Pues nadie ha permanecido en la hipóstasis y esencia del Señor, según lo escrito: «¿Quién se mantuvo en la intimidad del Señor y contempló su logos? ¿Quién escuchó y prestó oído?» (Jer 23,18), (:Pero, ¿quién de esos falsos profetas se acercó y se mantuvo con santo temor y sinceridad ante el Señor Juez, esperando la acción divina, y fue digno de recibir iluminación y conocer Su logos? ¿Quién de ellos prestó oído, prestó atención y escuchó el logos de Dios? Ninguno) o que vio y describió la naturaleza de Dios.

Así también la contemplación según Dios y el divino misterio de la Cruz no solo expulsa de la psique-alma las pasiones (pazos) malignas y a sus artífices, los demonios, sino también las falsas opiniones, y cubre a sus defensores y los aleja del recinto de la santa Iglesia de Cristo. Dentro de esta Iglesia nos ha sido concedido ahora celebrar y proclamar la gracia increada y energía divina de la Cruz, presente ya entre los patriarcas antes de la Cruz.

Así como en Abrahán obraba el misterio de la Cruz, e Isaac, su hijo, era figura de Aquel que después sería crucificado, de la misma manera en toda la vida de Jacob actuaba el misterio de la Cruz; y José, el hijo de Jacob, era figura y misterio del Θεάνθρωπος Dios-Hombre, el Logos, que más tarde había de ser crucificado. Pues también él, por envidia, fue llevado a la muerte, y precisamente por sus propios parientes según la carne, para cuyo bien mismo había sido enviado por su padre, al igual que Cristo después. Y si José no fue degollado, sino vendido, no es de extrañarse; tampoco Isaac fue sacrificado, pues ellos no eran la verdad, sino la figura o tipo de la futura verdad.

Y si es necesario reconocer también en ellos el doble misterio del Jesús, doble según la naturaleza, la conducción a la matanza prefiguraba la pasión según la carne del Θεάνθρωπος Dios-Hombre, mientras que la evitación de la pasión prefiguraba la impasibilidad de la divinidad. Lo mismo puede verse en Jacob y en Abrahán: aunque fueron probados, salieron victoriosos, y esto mismo está escrito también de Cristo. De los cuatro grandes hombres antes de la Ley, dos —Abrahán y Jacob— tenían el misterio de la Cruz obrando en sus vidas; los otros dos —Isaac y José— anunciaron de manera admirable el misterio de la Cruz.

¿Y qué diremos del primero que recibió la Ley de Dios y la transmitió a los demás, Moisés? ¿No fue salvado él mismo antes de la Ley por medio de la madera y el agua, cuando fue expuesto en las aguas del Nilo dentro de una cesta (Éx 2,3ss)? Y con madera y agua salvó al pueblo de Israel (Éx 14,15ss), prefigurando con la madera la Cruz y con el agua el divino Bautismo, como Pablo, el contemplador de los misterios, declara claramente: «Y todos fueron bautizados en Moisés, en la nube y en el mar» (1 Cor 10,2), «(:Y todos, con confianza, siguieron a Moisés y se unieron a él, al ser bautizados en la nube y en el mar)»; él que aun antes del paso por el mar y de la vara que utilizó allí, da testimonio de que soportó voluntariamente la Cruz de Cristo; pues dice: «Consideró el oprobio de Cristo como mayor riqueza que los tesoros de Egipto; porque miraba hacia la recompensa» (Heb 11,26), «(:Consideró mayor riqueza que los tesoros y bienes de Egipto los desprecios que se asemejaban al oprobio y desprecio que más tarde sufriría Cristo. Y todo esto porque tenía fijos los ojos en las recompensas celestiales)». El «oprobio de Cristo» para los insensatos es, en efecto, la Cruz, como el mismo Pablo dice de Cristo, que «soportó la cruz, despreciando la vergüenza» (Heb 12,2), «(:Y en ninguna otra parte dirijamos nuestra mirada y atención sino únicamente a Jesús, que es el autor y consumador de nuestra fe y quien nos perfecciona en ella. Él, por la alegría que tenía delante de sí y que experimentaría al salvar a muchos con su pasión, soportó la muerte en la cruz y despreció la vergüenza y la deshonra de esa muerte. Por eso ahora está sentado a la derecha del trono de Dios)».

Avanzando aún más, Moisés mostró de la manera más clara tanto la figura como la forma misma de la Cruz, y la salvación que proviene de esa figura. Pues, habiendo erigido verticalmente la vara, extendió sus manos sobre ella y, al configurarse él mismo en forma de cruz sobre la vara, derrotó de inmediato a Amalec con aquel espectáculo; y así los israelitas vencían a los amalecitas (Éx 17,8ss). Asimismo, al colocar la serpiente de bronce sobre una asta, y así levantar libremente la figura de la Cruz, ordenó a los israelitas mordidos por las serpientes que miraran hacia ella, y de este modo sanaba las mordeduras de las serpientes (Núm 21,8ss).

No me alcanzaría el tiempo si quisiera relatar acerca de Josué, hijo de Nun, y de los jueces y profetas que vinieron después de él, de David y de los que lo siguieron, quienes, obrando mediante el misterio de la Cruz, detuvieron ríos, hicieron parar al sol, derribaron ciudades de impíos, fueron victoriosos en la guerra, destruyeron campamentos enemigos, escaparon del filo de la espada, apagaron la fuerza del fuego, cerraron bocas de leones, reprendieron a reyes, redujeron a cenizas a capitanes, resucitaron muertos, cerraron el cielo con el logos y nuevamente lo abrieron, haciendo estériles y fecundas las nubes según convenía. Porque si Pablo dice que estas cosas se realizaron por la fe (Heb 11,32-40), y la fe es poder para la salvación, y «todo es posible para el que cree» (Mc 9,23), así también es, sin duda, la Cruz de Cristo para los que creen: «El logos de la cruz» —como dice Pablo— «es necedad para los que se pierden, pero para nosotros, los que nos salvamos, es poder y fuerza de Dios» (1 Cor 1,18), «(:En verdad, pues, la difusión de esta predicación se debe a su poder divino. Porque la predicación de la cruz), para hablar con las palabras de Pablo, «para los que se pierden es necedad, pero para nosotros, los que nos salvamos, es poder de Dios (:para aquellos que caminan en el camino de la perdición parece locura y tontería; pero para nosotros, que estamos en el camino de la salvación, es poder y fuerza de Dios que salva)».

Y dejando a un lado a todos los que vivieron antes de la Ley mosaica y a los que estuvieron bajo ella, el mismo Señor, por Quien y para Quien todo fue hecho, ¿no dijo acaso antes de la Cruz: «Y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí» (Mt 10,38), «Y el que no toma la decisión de someterse a la muerte en la cruz y no me sigue con esa resolución, no imita por completo mi ejemplo; no es digno de mí.» ¿Ven cómo, aun antes de ser levantada, la Cruz era lo que salvaba? Y cuando el Señor anunciaba claramente a Sus discípulos Su pasión y muerte en la Cruz, y Pedro —al no soportar escucharlo, sabiendo que Él tenía poder para evitarlo— lo tomó aparte y le rogó: «¡Dios no lo quiera, Señor! No te sucederá tal cosa» (Mt 16,22), el Señor lo reprendió porque pensaba en esto de manera humana y no divina.

Luego, llamando a la multitud junto con Sus discípulos, les dijo: «El que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por causa de mí, la encontrará» (Mt 16,25), «Porque quien quiera salvar su vida la perderá —la vida espiritual y bienaventurada eterna—; pero quien pierda su vida por causa de su testimonio y obediencia a mí, la encontrará en el siglo venidero y obtendrá la vida eterna».

En efecto, convoca también a la multitud junto con los discípulos y entonces proclama y manda estos pensamientos grandes y sobrehumanos, verdaderamente no humanos sino divinos, para mostrar que no exige tales esfuerzos solo a los discípulos escogidos, sino también a todo aquel que cree en Él.

Seguir a Cristo significa vivir según Su Evangelio, practicando toda virtud y piedad. Negarse a sí mismo y tomar su cruz significa no tener compasión de sí mismo cuando el tiempo lo requiera, sino estar dispuesto a una muerte ignominiosa por causa de la virtud y de la verdad de los dogmas (verdades inalterables) divinos. Y esto, negarse a sí mismo y entregarse a la más extrema deshonra y a la muerte, aunque es grande y sobrehumano, no es irracional. Pues los reyes de la tierra no aceptarían jamás, cuando parten a la guerra, ser seguidos por hombres que no estén dispuestos a morir por ellos. ¿Dónde, pues, está lo admirable si también el Rey de los cielos, habiendo descendido a la tierra según Su promesa, busca tales seguidores para enfrentar al enemigo común del género humano?

Pero los reyes de la tierra no pueden devolver la vida a quienes mueren en la guerra, ni recompensar adecuadamente a quienes se distinguen entre ellos; ¿qué podría recibir, en efecto, un hombre que ya no vive? Mas para los que mueren en el Señor hay esperanza; así el Señor recompensa con la vida eterna a quienes se destacan en seguirLo.

Los reyes de la tierra piden a sus seguidores que estén dispuestos a morir por ellos; en cambio, el Señor entregó a la muerte a Sí Mismo por nosotros, y a nosotros nos manda estar dispuestos a la muerte, no por Él, sino por nosotros mismos. Y mostrando esto —que la muerte es en favor nuestro— añade: «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará» (Mc 8,35), «(:Que nadie dude en hacer esos sacrificios; quien quiera conservar su vida la perderá —la vida espiritual, feliz y eterna—. En cambio, quien pierda y sacrifique su vida por causa de mi testimonio, confesión y obediencia al Evangelio, ese salvará su alma para la vida futura y obtendrá la felicidad eterna. Esa salvación lo es todo: ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si al final pierde su alma? La psique-alma, siendo espiritual y eterna, no se puede comparar con los bienes materiales del mundo perecedero)».

¿Qué significa aquello de: «El que quiera salvar su vida la perderá, y el que la pierda la salvará»? El hombre es doble: el exterior, es decir, el cuerpo; y el interior, es decir, la psique-alma. Cuando, pues, el hombre exterior se entrega a la muerte, pierde su alma, que se separa de él. Quien así pierde su alma por Cristo y por el evangelio, verdaderamente la salvará y la ganará, procurándole vida celestial y eterna, y recibiéndola en tal condición en la resurrección; y por medio de ella aparecerá él mismo celestial y eterno, incluso en su cuerpo.

Pero el que prefiere esta vida temporal y no está dispuesto a perderla, porque ama esta lucha pasajera y las cosas de este siglo, dañará su alma, privándola de la vida verdadera, y la perderá, entregándola —¡ay!— con él al infierno eterno. A éste, en cierto modo llorando, el misericordioso Señor, y mostrando la magnitud del infortunio, dice: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar el hombre a cambio de su alma?» (Mc 8,36-37), «¿Pues de qué aprovechará al hombre, si gana todo este mundo material y al final pierde su alma? Porque su alma, que es espiritual y eterna, no se compara con ninguno de los bienes materiales del mundo corruptible. O, si un hombre pierde su alma, ¿qué puede dar como intercambio para rescatarla de la perdición eterna?»

Porque ni su gloria descenderá con él, ni nada de lo que parece valioso y agradable en esta vida temporal, que él prefirió al salvador morir. ¿Y qué de entre estas cosas podría hallarse como equivalente a la psique-alma lógica, la cual vale más que todo este mundo?

Si, pues, aun cuando un hombre pudiera ganar el mundo entero, esto no le reportaría ningún provecho si perdiera su alma, ¡cuánto peor será si cada uno, que apenas puede adquirir una pequeñísima parte de este mundo, con el esfuerzo por lo mínimo pierde su alma, al no querer llevar la figura y el logos de la Cruz, ni seguir al dador de la vida! Porque cruz es tanto la venerable figura como el logos acerca de esta figura.

Y puesto que hemos hablado antes del logos y el misterio de esta figura, expliquémoslo ahora con más claridad a vuestra agapi-amor. Más bien, ya antes lo explicó también Pablo: el mismo Pablo que se gloría en la Cruz, que estima no saber nada sino a Cristo, y a Éste crucificado. ¿Qué dice, entonces? «Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones (pazos) y deseos» (Gál 5,24).

¿Pensáis que lo dijo solo respecto de la glotonería, la sensualidad y los bajos instintos? ¿Cómo, entonces, escribe a los corintios: «Mientras haya entre vosotros envidia, contiendas y divisiones, ¿no sois carnales y no camináis según lo humano?» (1 Cor 3,3). Así, también el que ama la gloria o el dinero, o simplemente quiere imponer su voluntad y procura vencer de este modo, es carnal y camina según la carne. Precisamente de aquí surgen las contiendas, como dice también Santiago, el hermano del Señor: «¿De dónde proceden las guerras y pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones que combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis, ardéis de envidia, y no podéis obtener; combatís y guerreáis, y no tenéis, porque no pedís» (Sant 4,1-2), «(:Después de haberos hablado acerca de la desorganización, la confusión y la turbación, os planteo ahora la siguiente pregunta: ¿De dónde provienen entre vosotros las contiendas y los conflictos? ¿Acaso no provienen de esta causa, es decir, del esfuerzo que hacéis por satisfacer vuestros deseos pecaminosos, que levantan expediciones y guerras teniendo ya como fortaleza y cuartel general a vuestros miembros? Deseáis algo. Y no tenéis aquello que satisface vuestro deseo. Y en vuestro intento por conseguirlo, llegáis incluso al asesinato. Deseáis con intensidad, y no podéis alcanzar aquello que deseáis. Por eso surgís en contiendas y disputas. Y no lo tenéis, porque no lo pedís a Dios mediante la oración. Habéis puesto como meta el placer, el hedonismo y os habéis separado de Dios)».

Esto, pues, es crucificar la carne junto con los pazos y los deseos: que el hombre quede inactivo frente a todo lo que no agrada a Dios. Y si incluso el cuerpo lo fatiga y lo atormenta, cada uno debe, con esfuerzo, elevarlo hasta la altura de la Cruz. ¿Qué quiero decir con esto? El Señor, cuando vino a la tierra, vivió una vida sin posesiones, y no solo vivió así, sino que también lo predicó, diciendo: «Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo» (Lc. 14,33), «(:Así pues, cada uno de vosotros que no hace de antemano su cálculo y no renuncia a todo, a todos sus bienes, es decir, también a sus vínculos naturales, a sus riquezas, a sus placeres y a su propia vida, no puede ser mi discípulo».

Pero nadie, os ruego, hermanos, debe molestarse cuando escucha que proclamamos sin adulteración la voluntad de Dios —la buena, agradable y perfecta—, ni entristecerse pensando que los mandamientos son difíciles de cumplir. Primero debe comprender que la Βασιλεία (Vasilía: realeza increada) de los Cielos se conquista con esfuerzo duro y violencia, y que quienes se esfuerzan con celo y violencia contra sí mismos la arrebatan con prontitud. Y debe escuchar al primero de los apóstoles de Cristo, Pedro, cuando dice: «Porque para esto fuisteis llamados: ya que también Cristo padeció por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas» (1 Pe. 2,21), «(:Porque por eso os llamó Dios: para que hagáis el bien y seáis benefactores, incluso cuando se os ignore o sufráis injustamente; porque Cristo también padeció por vosotros, sin haber cometido falta alguna, y os dejó un ejemplo perfecto para imitar, para que sigáis exactamente sus pasos)».

Después, debes reflexionar también esto: que cada uno, una vez que comprenda de verdad cuánto le debe a su Señor, si no puede devolverle todo, ofrezca una parte con humildad, en la medida en que pueda y lo desee; y en cuanto a lo que falta, que se humille ante Él, y atrayendo Su compasión mediante esta clase de humildad, complete así su carencia. Si, pues, alguien ve que su pensamiento desea riquezas y muchas posesiones, debe saber que este pensamiento es carnal, y por eso se mueve de esa manera; en cambio, quien está fijado en la Cruz no puede inclinarse hacia tales cosas. Por eso es necesario elevar el pensamiento hasta la altura de la Cruz, para que no caiga por sí mismo abajo y se separe de Cristo, que fue crucificado en ella.

¿Y cómo empezará a elevarlo hasta la altura de la Cruz? Confiando en Cristo, el dador y sustentador del universo, debe abstenerse de todo ingreso proveniente de la injusticia; y lo que tenga de ganancia justa, sin apegarse demasiado ni siquiera a ello, debe usarlo bien, compartiéndolo en la medida de lo posible con los pobres. El mandamiento ordena negar el cuerpo y cargar con la cruz; los amigos de Dios poseen ciertamente el cuerpo y viven conforme a Dios, pero como no están demasiado apegados a él, lo usan como colaborador en lo necesario, y si llega el momento, están dispuestos incluso a entregarlo. Lo mismo sucede con los bienes y posesiones materiales; quien obra de esta manera, si no puede hacer algo mayor, actúa bien y de manera agradable a Dios.

Y si alguno ve dentro de sí que se agita con más fuerza el pensamiento de la lujuria, sepa que aún no ha crucificado su ser. ¿Cómo, pues, lo crucificará? Evitando las miradas curiosas hacia las mujeres, así como los tratos inapropiados con ellas y las conversaciones fuera de lugar; reduciendo los alimentos que alimentan la pasión; absteniéndose de la embriaguez, la gula y el exceso de sueño. Que mezcle la humildad con esta abstinencia de las pasiones, invocando a Dios con corazón contrito contra la tentación. Entonces podrá decir también él: «Vi al impío enaltecido y elevado como los cedros del Líbano; pero pasé, y he aquí, ya no estaba; lo busqué, y no se halló ni su lugar» (Sal. 36,35-36), «(:Vi al impío prosperar, elevarse con poder y extender su influencia como los cedros del Líbano. Y cuando apenas pasé por allí, he aquí que en ese instante había desaparecido. Y volví a pasar y lo busqué, y no se encontró no solo a él, sino tampoco el lugar donde antes estaba erguido y altivo. Todo rastro suyo había desaparecido)».

¿Otra vez te molesta el pensamiento de la ambición, amor a la gloria vana? En el senado o en la asamblea recuerda para ello el consejo del Señor en los evangelios: en tus conversaciones no busques sobresalir por encima de los demás; las virtudes, si las posees, practícalas solo en lo secreto, mirando únicamente a Dios y siendo visto solo por Él. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público (cf. Mt. 6,6).

Y si incluso después de cortar toda pasión (pazos) todavía te molesta el pensamiento interior, no temas; porque esto se convierte en causa de coronas para ti, ya que con sus molestias no te persuade ni actúa, sino que es un movimiento muerto, vencido por tu lucha según Dios.

Tal es, pues, el logos de la Cruz, y como tal no solo antes de cumplirse fue misterio grande y verdaderamente divino para los profetas, sino también ahora, después de realizado, sigue siendo misterio. ¿Cómo? Porque aparentemente, el que se rebaja a sí mismo y se humilla en todo se procura deshonra; el que huye de los placeres corporales se procura dolor y sufrimiento; y el que entrega sus bienes se hace causa de pobreza para sí mismo. Pero por el poder y fuerza de Dios, esa pobreza, ese sufrimiento y esa deshonra engendran doxa-gloria eterna, gozo inefable y riqueza inagotable, tanto en este mundo como en el venidero. En cambio, a los que no creen en Él y no muestran su fe con obras, Pablo los coloca junto a los que son destruidos o Pablo los sitúa al lado de los que perecen, e incluso entre los idólatras.

Pues dice: «Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos —a causa de su incredulidad en la pasión salvadora—, y locura para los griegos —pues por su desconfianza en las promesas divinas prefieren solo lo pasajero—; mas para los llamados, tanto judíos como griegos, Cristo es fuerza, poder y sabiduría de Dios» (1 Cor. 1,23-24), «(:Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado. Y el Cristo crucificado, para los judíos que esperan al Mesías como rey terrenal, es un escándalo, un tropiezo sobre el cual tropiezan y no creen. Para los griegos, en cambio, el Dios crucificado que no venció a sus enemigos se presenta como una idea necia e insensata; pero a aquellos que Dios ha hallado dignos de llamar a la salvación, ya sean judíos o griegos, les predicamos a Cristo, quien es la fuerza de Dios que da vida y santifica, y la sabiduría de Dios que ilumina a todo creyente)».

Esto, pues, es la sabiduría, la fuerza y el poder de Dios: vencer mediante la debilidad, ser exaltado a través de la humildad, enriquecerse mediante la pobreza. Y no solo el logos y el misterio de la Cruz son santos y dignos de veneración, sino también su forma misma: porque es un sello sagrado, salvador y venerable, santificador y consumador de los bienes sobrenaturales y secretos que Dios obró en el género humano; destruye la maldición y la condena, derriba la corrupción y la muerte, otorga vida eterna y bendición, es la madera de salvación, el cetro real, el trofeo divino contra los enemigos visibles e invisibles, aunque los seguidores de las herejías, extraviados, se irriten contra él. Estos últimos no alcanzaron la jaris-gracia apostólica para poder comprender, junto con todos los santos, cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad: que la Cruz del Señor representa toda la economía de la Encarnación y encierra todo el misterio de ella; se extiende hasta los confines del universo y lo abarca todo: lo de arriba, lo de abajo, lo de alrededor y lo intermedio. Y ellos, en lugar de unirse a nosotros para venerar el símbolo del Rey de la Doxa-Gloria increada—cosa que deberían hacer si tuvieran juicio—, lo desprecian, aunque el mismo Señor lo llama claramente Su exaltación y Su doxa-gloria cuando estaba a punto de subir a él; y en su futura venida anuncia de antemano que aparecerá esta señal del Hijo del Hombre con gran fuerza, poder y doxa-gloria.

Pero dicen: «En él murió clavado Cristo, y por eso no soportamos ver la figura ni la madera en la que fue ejecutado». ¿Y acaso el documento de nuestra deuda —escrito a causa de nuestra desobediencia a la madera, cuando el primer padre extendió la mano—, en qué fue clavado y con qué fue borrado y destruido, de modo que volvimos a recibir la bendición de Dios? ¿Y con qué Cristo despojó y eliminó totalmente a los principados y potestades de los espíritus de la maldad —que se habían impuesto a nuestra naturaleza por el árbol de la desobediencia—, y los avergonzó triunfando sobre ellos, para que nosotros recuperásemos la libertad? ¿Con qué fue derribada la pared divisoria, abolida y muerta nuestra enemistad con Dios, y mediante qué fuimos reconciliados con Él y aprendimos la paz que viene de Él? ¿No fue acaso en la Cruz y por la Cruz?

Que escuchen al apóstol, que a los Efesios escribe: «Él es nuestra paz, quien hizo a los dos en uno, y derribando el muro intermedio de separación, la enemistad, abolió en su carne la ley de los mandamientos con sus preceptos, para crear de los dos un solo hombre nuevo, haciendo la paz, y reconciliar a ambos en un solo cuerpo con Dios mediante la cruz, matando en ella la enemistad» (Efesios 2,14-16), «(:Acérquense a Dios y a sus pactos mediante la sangre de Cristo, porque Él es nuestra paz. Él hizo de los dos mundos enfrentados, el judaísmo y el paganismo, uno solo. Derribó y abolió el muro que erigía la barrera de la ley entre los dos pueblos y los separaba. Es decir, abolió la enemistad entre los dos pueblos, al eliminar con su sangre la ley de los mandamientos, la cual, aunque contenía preceptos impuestos, no otorgaba la jaris-gracia para cumplirlos ni ponerlos en práctica. Y abolió la ley de manera que, uniendo a los dos pueblos Consigo mismo, creara un hombre nuevo, una nueva humanidad, y así trajera paz entre ellos; y con Su muerte en la cruz reconciliara a ambos pueblos con Dios, ahora unidos en un solo cuerpo, después de haber destruido previamente la enemistad con Su muerte)».

Y a los Colosenses escribe: «Y a vosotros, que estabais muertos en vuestros delitos y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándonos todos los delitos, borrando el acta de los decretos que había contra nosotros, y clavándola en la cruz, despojando a los principados y potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en ella» (Colosenses 2,13-15), «(:En verdad, el Dios Padre, junto con Cristo, dio vida también a ustedes, que estaban muertos a causa de los pecados y de su alejamiento de Dios, lo cual se evidenciaba en la falta de circuncisión corporal. Y así perdonó todos los delitos, tanto los suyos, de los gentiles, como los nuestros, de los judíos. Y borró por completo el documento de deuda que estaba en nuestra contra y que había sido creado por las disposiciones de la ley mosaica, las cuales era imposible cumplir, y por eso nos habíamos convertido en culpables y deudores ante Dios. Y aquel documento, que estaba en nuestra contra, el Señor lo quitó del medio y lo clavó en la cruz, donde con Su sangre lo borró. Allí, en la cruz, despojó a los principados y potestades malignas y los deshonró, los humilló públicamente delante de todo el mundo espiritual y arrastró a los demonios vencidos en un triunfal desfile. Y lo realizó todo esto con Su cruz, la cual se convirtió para Cristo en un carro triunfante del vencedor)».

¿Acaso no debemos nosotros también honrar y utilizar este sagrado trofeo de la libertad común del género humano, que con solo verlo ahuyenta, humilla y avergüenza al antiguo enemigo, proclamando su derrota y humillación, y glorifica y engrandece a Cristo, mostrando al mundo su victoria? Y sin embargo, si la Cruz se considera trivial porque en ella soportó la muerte Cristo, tampoco Su muerte debería ser respetada y salvadora; ¿cómo, entonces, según el apóstol, hemos sido bautizados en Su muerte? (Rom. 6,3: «¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte?», «(:¿O no saben que los que hemos sido bautizados con fe en Jesús Cristo, al identificarnos nuestra existencia con Él, participamos mediante el bautismo de Su muerte en la cruz, y nuestro viejo hombre de pecado fue crucificado y murió, así como Cristo murió en la cruz?)». ¿Cómo no participaremos en Su Resurrección, si efectivamente hemos sido unidos a Él tras su muerte? (Rom. 6,5: «(:Si hemos sido plantados juntamente con Él en la semejanza de Su muerte, también lo seremos en la semejanza de Su resurrección», «(:Sí. Nosotros también hemos resucitado a una nueva vida santa; porque si, como los árboles que están plantados y nutridos juntos, nos hemos hecho uno con Cristo en el bautismo, que es símbolo de Su muerte, por consecuencia natural también seremos uno con Él en Su resurrección)».

Ciertamente, si alguien adorara una figura de cruz que no llevase inscrito el nombre del Señor, sería justo acusarlo de proceder indebidamente. Pero dado que «en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los celestiales, terrestres y subterráneos» (Filipenses 2,10), «(:Lo exaltó, de manera que en el nombre de Jesús se arrodillen humildemente y le rindan adoración tanto los ángeles en el cielo como los hombres en la tierra y las almas de los muertos en los inframundos; y también que esos seres demoníacos que están en los inframundos se inclinen con temor ante Su grandeza)», y este nombre venerable se impone por la Cruz, ¿cuán insensato sería no postrarnos ante la Cruz de Cristo?

Pero nosotros, inclinando rodillas y corazones, adoraremos junto con el salmista y profeta David (Salmo 131,7: «Entraremos en sus atrios, adoraremos en el lugar donde estuvieron sus pies»), en el lugar donde estuvieron Sus pies y se extendieron las manos que sostienen el universo, y donde se tendió Su Cuerpo vivificante por nosotros; y adorándole y besándole con fe, recibamos de allí abundante santificación y la conservemos. Así, en Su futura y excelsa venida del Señor, Dios y Salvador nuestro Jesús Cristo, viéndole adelantarse glorioso, nos regocijaremos y saltaremos de alegría, porque habremos alcanzado la posición junto a Su diestra y la bendita voz y bendición prometidas, en doxa-gloria del Hijo y Dios crucificado por nosotros en carne.

A Él sea la alabanza, junto con Su Padre sin principio y el Espíritu Santo, todo santo, bueno y vivificante, ahora, siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

San Gregorio Palamás.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

 

CONMEMORACIÓN DE LOS APÓSTOLES PEDRO Y PABLO. A Mitilineos

CONMEMORACIÓN DE LOS APÓSTOLES PEDRO Y PABLO
Transcripción de una homilía del bendito Yérontas Atanasio Mitilineos

 

Queridos míos, si el gran Apóstol Pablo fue llamado «Apóstol de las Naciones», para nosotros los helenos-griegos es el Apóstol de Helade-Grecia. Grecia le debe mucho. Es el Apóstol que amó a los griegos, porque también los griegos lo amaron a él. Se esforzó por nosotros en grado sumo. Aquello que escuchamos hoy en la lectura apostólica, que se refiere a sus fatigas, también nos concierne a nosotros, nosotros los griegos compartimos parte de las fatigas del gran Pablo. Todo lo que nos dijo cuando vino aquí, se resume en su discurso en el Areópago de Atenas. Es un discurso que refleja el estado espiritual de Grecia, pero también la ofrenda de Pablo. Por eso debemos estudiar con frecuencia ese discurso suyo en el Areópago (Hechos, capítulo: 17).

Y lo primero que nos dijo es que, a pesar de nuestro politeísmo y la multitud de templos y altares, en realidad desconocíamos al verdadero Dios. Incluso elogió a los griegos por su religiosidad, dijo que nos encontró, a nosotros los griegos, muy religiosos. Eso es muy halagador, aunque no conociéramos al verdadero Dios. Pero sí, nos encontró muy religiosos. Por eso nos predica al Dios desconocido y anónimo, o más bien, al Dios olvidado. Después de la caída de los primeros en ser creados, la verdad es que los hombres olvidaron al verdadero Dios y comenzaron a adorar lo que veían, lo que tenían ante sus ojos, es decir, la creación. Como dice Pablo en su carta a los Romanos, en el primer capítulo: “los hombres adoraron a la creación en lugar del Creador”. Entonces vino la oscuridad. El primer síntoma de la caída de los primeros en ser creados fue la idolatría.

Un segundo punto: “Y este Dios desconocido” —nos dijo allá, en la Pnika (Atenas) “es uno, y solo uno: un único Dios”, no hay politeísmo, hay un solo Dios, “y Él es el Creador de todo”. Literalmente dijo: “Dios, que hizo el mundo”. Dios. Un solo Dios.

Un tercer punto: que este Dios es Señor. “Señor” significa Señor absoluto. No hay otro que tenga dominio sobre la creación; Él es el único Señor. “Este”, dijo, “es Señor del cielo y de la tierra”.

Y un cuarto punto: que este Dios es providente. “Él da”, dijo, “a todos vida, aliento y todo”. Sí. No es una bienaventuranza pasiva que no se interesa por el mundo, como después surgieron varias teorías sobre Dios, que el universo es simplemente una máquina, que Dios lo dio cuerda, lo puso en marcha y luego se retiró, y ya no se interesa por el mundo, puesto que estableció previamente las llamadas leyes naturales. No. Dios interviene en todo. Nos impresiona lo que nos dijo Cristo: que “un gorrión”, ¿qué es un gorrión? un pajarito, ¿qué es el gorrión? Nada… “Dios lo conoce, y por eso cuida de él; no cae al suelo, es decir, no muere, si no lo sabe el Padre celestial, si no lo permite el Padre celestial”.
¿Hasta ese nivel de detalle, Señor?

Aún más, dirá el Cristo: “Los cabellos de vuestra cabeza están todos contados”. ¿Quién se ha sentado jamás a contar los cabellos de su cabeza? Dios lo sabe todo y cuida de todo. Y además, nos dijo: “si cuida de las aves del cielo, ¡cuánto más cuidará de vosotros, los hombres!”, como dijo en Sus bienaventuranzas de Su homilía en el monte.

Además, dijo Pablo que Dios es el Dios de todos los hombres. Sin distinción de razas. Hoy sufrimos precisamente por el tema de las discriminaciones raciales. E incluso, a veces exageramos las cosas cuando calificamos como “racismo” acciones entre nosotros mismos -ya os lo dije, exageramos- y decimos que eso es racismo. Incorrecto, porque en esos casos ya no hay racismo. El racismo se da cuando existen verdaderas distinciones raciales, como por ejemplo cómo los blancos ven a los negros, cómo ven a los amarillos, a los chinos del Lejano Oriente, etc. Esas son las discriminaciones raciales.

Y sin embargo, Pablo nos dijo: «Y Él hizo», es decir, Dios, «hizo, de una sola sangre -de Adán y Eva- a todo pueblo humano para que habite sobre toda la faz de la tierra».
Si todos los hombres, sobre nuestro planeta, conocieran, vivieran y aceptaran el cristianismo, no existirían esas “discriminaciones raciales”. Allí encontraríamos también lo que llamamos “igualdad”, por la que tanto pelean, discuten las mujeres… Allí, en el Evangelio, encontraríamos la ausencia, como ya os dije, de distinciones raciales. Si tan solo viviéramos el Evangelio… Pero no lo vivimos, y permanecemos en la ignorancia, a pesar de que han pasado dos mil años desde la predicación de Pablo en Atenas. ¡Debería darnos vergüenza!

Y finalmente, otro punto o mejor dicho, el penúltimo punto: «Dios puso en cada ser humano Su imagen, para que cada persona desee buscar el original». El original. Es decir, dijo: «que busquen al Señor —que lo busquen y acaso, lo palpen y lo hallen. Porque en Él vivimos, nos movemos y existimos».
Palpa un poco en tu interior y hallarás a Dios dentro de ti. Eso fue lo que nos dijo Pablo: «Porque en Él vivimos, nos movemos y somos». Y existimos. Y estamos.

También nos habló de Jesús Cristo. Un último punto. Lo dejé para el final. Hablaba en general de Dios. Ahora concreta su mensaje y nos habla de Jesús Cristo, es decir, del Dios Logos que vino al mundo y nos anunció nuestra libertad, nuestra libertad espiritual, nos reveló al verdadero Dios, y demás.
Pero no teníamos la capacidad de entender a Pablo. Porque cuando habló de Jesús Cristo y habló de su Resurrección… ¡vaya! los sabios atenienses… no entendieron nada… ¿Qué significaba “resurrección”? Pensaron que era una deidad, la Resurrección, porque hasta entonces estaban acostumbrados a adorar a los dioses en pareja. Por ejemplo, en Egipto: Osiris e Isis. Aquí: Apolo y Deméter. Divinidad masculina y divinidad femenina. Y la divinidad masculina fecunda a la femenina, como en el caso de la tierra, por ejemplo, Apolo, el dios… el Sol, fecunda a la tierra. No es casualidad que el sol sea de género masculino, ni que la tierra sea de género femenino; el sol fecunda la tierra, y la tierra produce. Osiris —masculino— fecunda a la Tierra —Isis— y la tierra produce. Es decir, la divinización de la creación: del sol y de la tierra.

Así pues, al tomar a los dioses en pareja, cuando los griegos oyeron hablar de Jesús Cristo y de la Resurrección —la palabra resurrección es de género femenino— pensaron que se trataba de una divinidad. No pudieron escuchar más. Empezaron a malinterpretar. Empezaron a tergiversar. Pablo no pudo decir nada más —¿sabéis por qué?— porque los atenienses comenzaron a burlarse.
Pablo podría haberles dicho: “¡Esperad, sabios atenienses, no me habéis entendido! ¡Me habéis malinterpretado!”. Pero no lo hizo. Porque no se lo permitían, a causa de las burlas que le dirigían. Y le dijeron aquella frase… inimitable: «Está bien, está bien lo que nos dijiste. Te escucharemos en otra ocasión». Y Pablo descendió del estrado.

Sin embargo, más tarde empezaríamos a comprender. Como por su predicación creyó Dionisio el Areopagita —un gran hombre; ¡con un cargo importante, eh!— y Dámaris, una mujer importante de Atenas, y poco a poco se formó la Iglesia de los atenienses, la Iglesia de Corinto, la de Tesalónica… comenzamos a palpar realmente las palabras de Pablo y a empezar a encontrar la verdad. Eso fue lo que representó Pablo cuando vino a Grecia. Pablo…

Cuando Pablo llegó a Atenas —nos señala Lucas en el libro de los Hechos 17— «su espíritu se irritaba dentro de él al ver la ciudad entregada a los ídolos».
Un judío no podía ver ídolos. Pablo sufría al moverse entre los gentiles y ver los ídolos. No podía con eso. Se indignaba. Y aquí dice “se irritaba”.
¿Cómo explicamos esto de “se irritaba”? Se asombraba, se rebelaba, «al ver», cuando veía que la ciudad de Atenas estaba completamente entregada a los ídolos. De hecho, muchos atenienses mandaban esculpir estatuas de varias divinidades y las colocaban en las aceras, en sus jardines, etc. Hasta el punto que alguien contemporáneo dijo que en Atenas había más dioses que atenienses…

Sin embargo, si Pablo regresara hoy a Grecia, después de veinte siglos, queridos míos, y subiera a la Acrópolis de Atenas, ¿cómo vería a Atenas y, en general, a Grecia? ¿Y cómo la caracterizaría?

Hoy, queridos míos, volveríamos a tener necesidad de que nos hablara del Dios desconocido y anónimo. Porque hoy existe el ateísmo, algo peor que en aquella época. Entonces no existía el ateísmo; existía la idolatría. Y como ya os dije, Pablo elogió la religiosidad de los atenienses: “Veo”, dice, “que sois los más religiosos de todos los griegos”.

Pero hoy no sólo hay idolatría; también hay ateísmo. No creemos en nada. Ese es nuestro infortunio. En consecuencia, tenemos αγνωσία agnosia desconocimiento de Dios. Sí, αγνωσία desconocimiento de Dios. No conocemos a Dios. ¿Hablemos de nuestros cristianos? Alguien podría decir: “¡Pues claro que conocemos a Dios!”. ¿Pero qué conocemos? ¿Podemos decir cosas elementales sobre Dios?

Si, muchos cristianos ni siquiera creen, para empezar, en la Trinidad de Dios. No creemos en la Providencia de Dios. Pensamos que Dios es como nosotros, perdonadme por expresarme así, cuando en nuestra lengua popular decimos expresiones diversas y extrañas: “¿Qué puede hacer Dios? ¿A quién mirar primero…?”. ¿A quién mirar primero? ¿Qué significa esto? ¿Que Dios es más o menos como nosotros, y le cuesta ver a los hombres y ayudarlos? Es decir, no creemos que Dios se preocupa por todos los hombres, etc., etc., etc.

Nosotros, los cristianos ortodoxos… Si fuéramos un poco más allá, veríamos esta αγνωσία ignorancia que existe… Y eso es una desgracia.

¿Sabéis, queridos míos, que estamos volviendo al dodecateísmo (12 dioses) del Olimpo y nos llaman dodecateístas? ¿Lo sabéis? Sí. Volvemos otra vez al politeísmo del Olimpo. ¡Qué desgracia la nuestra! Claro, os lo he dicho muchas veces y espero no sorprenderos con lo que digo; simplemente lo digo como recordatorio. Alguien que fue a Delfos nos contaba que encontró allí a un profesor universitario que estaba orando a Apolo…: “¡Oh dios Apolo…!” ¿Qué queremos, una paliza? ¿Acaso Pablo trabajó en vano para nosotros los griegos?

Cuidémonos, queridos míos, porque la mano de Dios se avecina con fuerza. Leía en el profeta Jeremías lo siguiente. Escuchad. Dios se dirige a Su pueblo, Israel, antes de Cristo. Y dice: Como Su pueblo se había desviado y había caído en la idolatría, porque envidiaba lo que adoraban los pueblos vecinos, dejaron al Dios verdadero y se volvieron a los ídolos, dice: “Aunque Moisés se pusiera delante de mí y Samuel —grandes personajes del Antiguo Testamento— y me rogaran por el pueblo, no los escucharía”. ¿Lo habéis oído? “¡No los escucharía!”.

Hoy, si pedimos la intercesión del apóstol Pablo para que salve a nosotros los griegos, ¿acaso dirá lo mismo Dios? “No escucharé al apóstol Pablo”. Y el pueblo preguntó: “¿Y a dónde iremos?”. Y Dios responde —lo diré, que Dios me perdone por decirlo así: “Id al diablo”. Perdonadme también vosotros. Para nosotros los griegos: “Id al diablo… Llevo dos mil años esperando. ¿Qué habéis hecho?”.

No es que no haya también un pueblo creyente. Lo hay. Escuchad pues lo que Dios dice aquí: “Una parte de vosotros morirá por la espada; una parte morirá de hambre; una parte irá al cautiverio”.

Entonces, queridos míos… Tenemos señales visibles de amenaza sobre nuestra patria, sobre nuestro pueblo. Tenemos señales visibles de amenaza sobre nuestra patria —¿lo oís? Lo digo dos veces. Si alguien se durmió por un momento, que lo oiga.

Queridos míos. San Pablo es la primera obra de arte de la divina χάρις jaris gracia. Pero también es el brillante ejemplo de buena voluntad. Así pues, imitemos al gran Pablo. Hagámonos pequeños Pablos. Sería la mejor respuesta a sus muchos esfuerzos por cristianizar nuestra patria. Helade-Grecia le debe mucho. Si honramos a Pablo, eso significa que tenemos a Cristo. Y si tenemos a Cristo, tenemos lo mejor para la conservación de nuestra identidad cristiana ortodoxa. Pero también de nuestra identidad helénica.

Y en este momento, como ya os he dicho, ambas están amenazadas. Nuestra Ortodoxia está amenazada -¿no lo veis?- y también nuestra helenidad está amenazada -¿tampoco lo veis? Por eso, es necesario aferrarnos fuertemente a Cristo, a quien nos predicó Pablo. Sí. Pablo. El gran Pablo, a quien tanto le debemos. Amén.

PARA GLORIA DEL DIOS TRINO
y con inmensa gratitud hacia nuestro guía espiritual,
el difunto y bienaventurado padre Atanasio de Mitileneos,
Transcripción y digitalización de la charla: Eleni Linardaki, filóloga [Homilía pronunciada en el Santo Monasterio de Komninio, Larisa, el 29-6-2001]

Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai kyriakvn/omiliai_kyriakvn_137.mp3

Traducido por: χΧ jJ  https://logosortodoxo.es/