La fiesta papal del “Sagrado Corazón de Jesús”

La fiesta papal del “Sagrado Corazón de Jesús”
(Producto de un enfermizo misticismo demoníaco, emocional y del irracionalismo)

 

Santa Metrópolis del Pireo
Oficina para las Herejías y las Pararreligiones
En El Pireo, a 20 de octubre de 2025.

También en audio aquí: https://www.youtube.com/watch?v=ED9CABZ-kqM

El Papismo, desde que se separó, en el siglo XI, del cuerpo único e indivisible de la Una, Santa, Católica y Apostólica Iglesia de Cristo, la Ortodoxa y al haber quedado privado de la Divina Χάρις (Jaris: Gracia, energía increada) cayó en una serie de errores dogmáticos y herejías, tales como el filioque, la gracia creada, el purgatorio, el primado y la infalibilidad, la concepción jurídica de la salvación, la doctrina de la “satisfacción” de la justicia divina por medio de la muerte en cruz de Cristo, la mariolatría, etc. También alteró la vida misma de la Iglesia Occidental: la introducción del pan ácimo en la Divina Eucaristía, el modo de consagrar los Santos Dones, el bautismo por aspersión, la no concesión a los laicos de la Sangre del Señor, la negación de la comunión a los niños hasta la edad de siete años, la limitación del sacramento de la Unción solo a los moribundos, la sustitución de los santos iconos en los templos por cuadros de pintura mundana (de estilo naturalista), totalmente desprovistos de espiritualidad y devoción, la introducción de música secular en los templos, que recuerda más a conciertos musicales que al culto eclesiástico.

Asimismo, eliminó del santoral a Santos de la antigua Iglesia y añadió —y sigue añadiendo— a otros propios, la mayoría de los cuales no solo son de dudosa santidad, sino incluso de moralidad, e incluso asesinos, como el fundador de la temible orden de los jesuitas, Ignacio de Loyola, y el recientemente “canonizado” instigador moral y material del genocidio de 880.000 serbios ortodoxos durante la Segunda Guerra Mundial, el infame Alojzije Stepinac, condenado por la comunidad internacional por horrendos crímenes de guerra.

También alteró el calendario litúrgico, introduciendo “fiestas” no solo desconocidas para la Una e Indivisible Iglesia, sino también contrarias a su enseñanza dogmática, como por ejemplo la fiesta de la “Inmaculada Concepción de la Virgen María”.

Una de esas fiestas no testimoniadas y contrarias a la enseñanza de la iglesia del Papismo —y de hecho considerada una “fiesta principal”— es la de “El Sagrado Corazón de Jesús”.

¿De qué se trata?
“El Sagrado Corazón de Jesús (en latín Cor Jesu Sacratissimum, Corazón Muy Bendito de Jesús) es una de las devociones papistas más extendidas y conocidas, según la cual el corazón de Jesús se considera símbolo del amor ilimitado y apasionado de Dios por la humanidad… la fiesta litúrgica del Sacratísimo Corazón de Jesús se celebra el tercer viernes después de Pentecostés. Las 12 promesas del Sacratísimo Corazón de Jesús también son muy populares entre los romanocatólicos. Esta devoción se centra especialmente en el amor y la compasión del Corazón de Cristo hacia la humanidad, según la Iglesia” [1].

Sorprende la prehistoria y la historia de su establecimiento. Como se mencionó antes, esta recientemente instituida fiesta papal no tiene el menor fundamento en la Sagrada Escritura ni testimonio alguno en la Iglesia Indivisible de Cristo. Ninguno de los Padres menciona nada sobre el culto al “corazón de Jesús”. Se basa en visiones de ciertas mujeres papistas soñadoras, a las que supuestamente se les apareció Cristo pidiéndoles que comunicaran a los fieles de la “iglesia” papal que deseaba que se le rindiera culto a su corazón.

Según una publicación al respecto, tal tendencia comenzó en los tiempos más oscuros de la Edad Media, cuando el Papismo se hallaba en su máxima decadencia. “En los siglos XII y XIII, junto con el entusiasmo de los cruzados que regresaban de Tierra Santa, surgió una devoción a la Pasión de Jesús Cristo y especialmente prácticas en honor a las Santas Llagas” [2].

En la época del místico “santo” Francisco de Asís vivía una monja, Lutgarda, quien “entró en la vida mística a través de una visión del Corazón traspasado del Salvador, y completó su matrimonio místico con el Logos Encarnado mediante un intercambio de corazones con Él” [3].
¡Sí! ¡Aquella mujer soñadora imaginó que se casaba con Cristo y que Él “la visitó ofreciéndole cualquier don de gracia que deseara”! Y no solo eso, sino que “Cristo extendió su mano dentro de Lutgarda y, retirándole el corazón, lo reemplazó con el suyo propio, mientras al mismo tiempo escondía el corazón de ella dentro de Su pecho” [4]. ¡Totalmente blasfemas, irreverentes, impías e ingenuas son las cosas expresadas por aquella monja papista soñadora y fantasiosa!

Otra soñadora papista, Matilde de Hackeborn, vio a Jesús: “En una visión, relató que Jesús se le apareció y le pidió que lo amara con fervor y honrara lo más posible Su Sagrado Corazón dentro del Santísimo Sacramento. Jesús le ofreció Su Corazón como garantía de Su amor, como lugar de refugio durante su vida y como consuelo en la hora de su muerte” [5].

A continuación, se menciona a Gertrudis la Magna, quien fue una de las primeras “devotas” del “Sagrado Corazón de Jesús”, experimentando, según sus propios testimonios, ciertas visiones relacionadas.

Determinantes para el establecimiento de la fiesta fueron las visiones de la monja papista María Margarita Alacoque (1647–1690), quien afirmó haber recibido “revelaciones del Sagrado Corazón” de Jesús Cristo entre los años 1673 y 1675.
“La primera aparición tuvo lugar el 27 de diciembre de 1673, día de la fiesta de San Juan Evangelista, durante la cual Jesús permitió a María Margarita apoyar su cabeza sobre Su Corazón, diciéndole que deseaba que Su amor fuera conocido por toda la humanidad y que la había elegido para difundir la devoción a Su Sagrado Corazón. Poco después, tuvo visiones de ese corazón coronado de espinas, rodeado de llamas y con una cruz encima. Esta imagen se convirtió en la representación del Sagrado Corazón que María Margarita utilizó para propagar la devoción”[6].

Asimismo, afirmó haber tenido otras apariciones, durante las cuales Jesús Cristo le reveló diversos modos de culto al “Sagrado Corazón”.

Finalmente, otra monja papista, llamada “María del Divino Corazón” (1863–1899), declaró haber recibido varias inspiraciones interiores y visiones de Jesús Cristo.

Es verdad que la “iglesia” papal al principio trató con escepticismo y reserva todas esas intuiciones, que tenían un carácter de extremo subjetivismo, y no estableció ninguna forma de culto al “Corazón de Jesús”. Pero, después de una carta de “María del Divino Corazón” dirigida al “Papa” León XIII (1878–1903), en la que le pedía que “consagrara todo el mundo al Sagrado Corazón de Jesús”, este encargó a un grupo de teólogos que examinaran la petición a la luz de la Revelación y de la tradición sagrada. El resultado fue positivo, y en 1899 dispuso que la consagración de toda la humanidad al Sagrado Corazón de Jesús se realizara el 11 de junio de 1899 [7].

Posteriormente, el “Papa” Pío XI (1922–1939), con su encíclica Miserentissimus Redemptor (1928), reiteró la importancia de la consagración y la reparación al Sagrado Corazón de Jesús, y confirmó como “auténticas” las visiones de María Margarita Alacoque, declarando que Jesús “se apareció” a Alacoque y le “prometió que quienes honraran Su Corazón recibirían abundancia de gracias celestiales”. Paralelamente, “canonizó” a María Margarita Alacoque e incluyó la “Gran Promesa” de la Devoción de los Primeros Viernes en la bula de canonización del 13 de mayo de 1920. El Papa Benedicto XV alentó la práctica de esta devoción reparadora durante los primeros nueve viernes en honor al Sagrado Corazón [8].

Esta es, pues, la prehistoria y la historia de la institución de esta “gran fiesta” de la “iglesia” papal. Un conocimiento elemental de cómo se establecen las Fiestas en la Una e Indivisible Iglesia muestra la magnitud de la completa ausencia de espíritu eclesiástico genuino, de la mentalidad y del sentir del herético Papismo. Ninguna fiesta de la Iglesia tiene un origen tan superficial desde el punto de vista teológico y eclesiológico. Los Santos Padres, cuando fijaban las fiestas, estudiaban a fondo su concordancia con la dogmática de la Iglesia y examinaban con seriedad las fuentes, la historicidad y los datos.

Jamás se basaron en relatos aislados de “experiencias” personales de individuos imaginativos, imposibles de verificar como auténticas y que podían ser fruto de alteraciones psíquicas. Y lo más importante: tales experiencias podían tener un origen demoníaco, pues, según el Apóstol Pablo: “Y no es de extrañar, porque el mismo Satanás se metamorfosea y se disfraza de ángel de luz” (2 Corintios 11,14).

Los santos synaxaria (vidas de los santos), y especialmente las de los ascetas, están llenos de ejemplos de falsas experiencias de origen demoníaco. Por el contrario, las experiencias genuinas son raras. Para comprobar su autenticidad, los santos se sometían a intensas dudas y a fervientes oraciones a Dios, y solo las aceptaban como verdaderas tras apocalipsis-revelaciones divinas. Y lo más importante: nunca publicitaban sus experiencias espirituales; las consideraban parte de su vida interior personal.

Así se demuestra que las experiencias místicas de los papistas, al igual que las de todos los herejes (por ejemplo, las glosolalias de los pentecostales), no pueden ser auténticas ni inspiradas por el Espíritu Santo. En el mejor de los casos, son fenómenos de alteraciones psíquicas, estados de fuerte emotividad o de personas muy sugestionables.

Pero también pueden ser efectos de influencias demoníacas, pues los herejes, privados de la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios, se convierten fácilmente en instrumentos de fuerzas satánicas, las cuales atrapan a quienes están lejos de la santificadora jaris increada de la Iglesia, conduciéndolos al misticismo enfermizo, es decir, a la acción y energía demoníaca.

Por tanto, las visiones de las mencionadas mujeres papistas tienen, sin duda, el carácter de un misticismo enfermizo y de experiencias demoníacas.

Existe además otra dimensión importante en el establecimiento de esta “gran fiesta” del Papismo. Como se mencionó, la “iglesia” papal enfrentó con escepticismo las “visiones”, las supuestas “manifestaciones de Cristo”, las “conversaciones” con las visionarias, los “intercambios de corazones”, e incluso su “matrimonio místico” con Él, y los antiguos “Papas” se negaban a instituir la fiesta del “Sagrado Corazón”. En cambio, los Papas más recientes “reconocieron” como “auténticas” dichas visiones y establecieron la fiesta.

Surge, por tanto, la pregunta lógica: si, según la doctrina de la “iglesia” papal, cada “Papa” es “infalible”, ¿cómo puede haber desacuerdo entre ellos? En este caso, ¿quiénes fueron los “infalibles”, aquellos que no creyeron en tales visiones, o aquellos que las aceptaron como “divinas” y “auténticas” y establecieron la correspondiente “gran fiesta”?

Concluimos nuestro comunicado señalando que la decadencia del Papismo tiene un carácter universal, que se manifiesta en todas sus expresiones. Incluso sus propias “fiestas” evidencian su alejamiento de la Una e Indivisible Iglesia Ortodoxa de Cristo y la enorme distancia que lo separa de Ella. Muestran la ausencia de una auténtica espiritualidad inspirada por el Espíritu Santo, que ha sido reemplazada por estados de enfermizo sentimentalismo y subjetivismo.

La “gran” fiesta papal del “Sagrado Corazón” es el ejemplo más representativo. Su instauración se basó en individualismos subjetivos, en manifestaciones de estados emocionales enfermizos de unas pocas mujeres imaginativas o psíquicamente perturbadas, quizá incluso poseídas por espíritus malignos, productos del irracionalismo y la ingenuidad.
Lo mismo ocurre con su celebración, tal como se presenta en los medios de comunicación de la “iglesia” papal: tiene el carácter de un sentimentalismo ingenuo, carente por completo de espiritualidad. Se exalta una parte del cuerpo de Jesús —el corazón, es decir, el “centro” de la emotividad humana— para “revelar el amor de Cristo por el mundo”.

Pero, para nuestra Iglesia, la αγάπη (agapi: energía increada de la emoción del amor) de Cristo se manifiesta en Su Encarnación, en todo el Θεάνθρωπο Dios-Hombre, quien “se hizo cuerpo-carne” (Juan 1,14), y “Cristo teniendo la naturaleza gloriosa de Dios con sus infinitas cualidades, y como imagen-icona de Dios existía en forma de Dios, no consideró como codiciable tesoro el mantenerse igual a Dios, sino que se despojó y se vació a sí mismo y solo empequeñeció provisionalmente su infinita e increada doxa-gloria de su deidad, y tomó la naturaleza de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y, estando en su condición y forma de hombre simple, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, sin dejar ni un momento de ser también Dios perfecto (Filipenses 2,6–8), para redimirnos de la esclavitud de Satanás, del pecado, de la corrupción y de la muerte.

Por consiguiente, Su αγάπη agapi-amor incondicional por nosotros los seres humanos no se limita a un órgano de Su Cuerpo —el corazón—, sino que se expresa en todo Su θεανδρικό (zandriko: divinaohumana) Persona y en Su obra redentora en la tierra.
El culto al “Sagrado Corazón” más bien desorienta a los fieles y, lo que es peor, los encierra en un sentimentalismo vano que los aleja de la verdadera κατάνυξη espiritual (katánixi: compunción, dilatación del corazón).

Y una última observación: La fiesta papal del “Sagrado Corazón”, fruto del enfermizo misticismo medieval papista y del irracionalismo, dio origen también a un tipo de “arte”. Los papistas, además de la cruz, utilizan “corazoncitos” como objetos de culto, amuletos y elementos decorativos, que remiten al culto del corazón de Jesús.
Desgraciadamente, estos “sagrados corazones” son aceptados —sin saberlo— también por muchos ortodoxos.
Por ello, recomendamos a nuestros hermanos evitar tales símbolos, que no solo no forman parte de nuestra tradición ortodoxa, sino que más bien provocan confusión espiritual y desviación del verdadero sentido de la fe. Amín.

[1]https://el.wikipedia.org/wiki/%CE%99%CE%B5%CF%81%CE%AC_%CE%9A%CE%B1%CF%81%CE%B4%CE%AF%CE%B1_%CF%84%CE%BF%CF%85_%CE%99%CE%B7%CF%83%CE%BF%CF%8D [2] Véase más arriba [3] Véase más arriba [4] Véase más arriba. [5] Véase más arriba. [6] Véase más arriba. [7] Véase más arriba. [8] Véase más arriba.

Fuente: Del Departamento de Herejías y Pararreligiones Santa Metrópolis del Pireo, https://imp.gr/category/%CE%B3%CF%81%CE%B1%CF%86%CE%B5%CE%AF%CE%BF-%CE%B1%CE%B9%CF%81%CE%AD%CF%83%CE%B5%CF%89%CE%BD/

 

Traducido por Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas http://www.logosortodoxo.com/

 

 

 

Memoria de San Demetrio Megalomártir y Mirovlita: soldado y atleta

Memoria de San Demetrio Megalomártir y Mirovlita: soldado y atleta

Por Atanasio Mitilineos

Amados, se alegra el cielo y se alegra también la tierra cuando se celebra la memoria de un Santo. Se alegra el cielo porque ha ganado de la tierra a un santo; se alegra también la tierra porque ha entregado al cielo a uno de sus hijos. Y los santos ángeles también se alegran, porque hacen de un hombre su compañero de conversación. Y los hombres se alegran porque se les abre la posibilidad de su santificación celestial.
Y san Demetrio fue un gran mártir de Cristo, que con su martirio glorificó al Señor y dio un buen ejemplo de fe y de amor a Cristo a miríadas de fieles a lo largo de la historia.

El gran mártir de Cristo, Demetrio, era de Tesalónica. Y tenía el más alto cargo de gobernador de la ciudad cuando, en el año 303 d.C., se presentó la ocasión con la visita de Maximiano a la ciudad. No fue a recibirlo; esa fue la ocasión. Era tiempo de persecuciones contra los cristianos, y san Demetrio mostró plenamente la medida de su fe en Cristo. Por eso fue arrestado y ejecutado como mártir. Era joven, apuesto, vigoroso (es decir, valiente y atlético). Era comandante militar; por eso poseía las cualidades propias de la vida militar y atlética.

Y con mucha propiedad nuestra Iglesia le dedicó el pasaje apostólico de Pablo a Timoteo, que escuchamos anteriormente, y que se refiere —en sentido figurado, por supuesto— a la vida militar y atlética que Timoteo necesitaba. Pero también a todo “Timoteo” dentro de la vida de la Iglesia.

Y escribe: “Tú soporta las fatigas, como buen soldado de Cristo. Ningún soldado se enreda en asuntos de la vida civil si quiere complacer al que lo alistó en el ejército. El atleta no puede conseguir la victoria si no se atiene a las reglas del deporte. Si el labrador quiere recoger la cosecha, antes tiene que trabajar el campo, lo mismo debes disfrutar del campo espiritual que trabajas por mandato de Dios. Creo que comprendes lo que te quiero decir. En todo caso, el Señor te lo hará comprender.  Acuérdate de Jesús Cristo, resucitado de entre los muertos”, (2Tim 2:3-8). Y cuántas veces el gran mártir de Cristo, Demetrio —que estudiaba las Sagradas Escrituras— no habrá leído estos versículos y se habrá conmovido por ellos…

El doxástico de los apósticos (el himno de alabanza en las vísperas) dice del Santo en su fiesta: “Y también posee tu preciosísimo y muy atlético cuerpo este célebre —es decir, famoso y renombrado— templo sobre la tierra”, refiriéndose al templo de san Demetrio en Tesalónica. Era, pues, militar, joven y atlético.

Veamos ahora qué quiere decir Pablo con estos versículos:

Tú, pues, hijo mío, sufre penalidades como buen soldado de Jesús Cristo. Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo alistó.” Aquí Pablo quiere subrayar que quien se incorpora al servicio de Cristo se convierte en “soldado del campamento del Señor”. “Campamento” significa ejército o campamento militar, y “campamento del Señor” expresa la existencia de un campamento enemigo: el campamento del mundo y del diablo; con el cual el campamento de Cristo se halla en continua guerra, sin pausa ni tregua.

Ser soldado de Cristo significa estar bajo la bandera de Cristo, bajo Sus órdenes y mandamientos. Y para poder responder adecuadamente, uno no debe enredarse en las preocupaciones terrenales ni en los apegos a amigos y familiares que puedan interrumpir su fidelidad a Cristo.

Ser soldado de Cristo significa además que la condición básica es el padecimiento, sufrimiento. Lo repetiré: el padecimiento. El padecimiento permanente, de por vida. La ausencia de comodidad a causa de las continuas tentaciones y persecuciones. Cuando los demonios y los hombres persiguen; cuando las pasiones se movilizan para abatir al combatiente. Su símbolo es la cruz: el creyente, el fiel soldado, lleva la cruz. Y la cruz es la síntesis del padecimiento.
El cristiano sin padecimiento vive un cristianismo falso. Más bien, se comporta como enemigo de la cruz de Cristo. Porque Pablo escribe, por ejemplo, a los Filipenses, refiriéndose a ciertos cristianos que eran amantes de la comodidad —y esto le dolía profundamente—, y los llama “enemigos de la cruz de Cristo”.
¿Por qué? Porque la cruz, como dijimos, es la expresión máxima del padecimiento. ¿No fue en la cruz donde fue crucificado Cristo? No fue a descansar sobre la cruz, sino a sufrir el martirio.

¿Y qué escribe ahora Pablo a los Filipenses sobre los “enemigos de la cruz de Cristo”?

Cuyo fin es la perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria está en su vergüenza (se glorían en cosas de las que deberían avergonzarse), los que piensan en las cosas terrenales”, (Filip 3:18–19)

¿Visteis cómo llama Pablo a esos cristianos? Los llama “enemigos de la cruz de Cristo”.
Una señal del verdadero soldado —dice un intérprete, el Ecumenio— es el sufrir penalidades, y este sufrimiento, padecimiento procede de la guerra espiritual que libra el creyente.

Pablo escribe a los Efesios: “Porque nuestra lucha no es contra gente de carne y hueso, sino contra los principados y potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso que dominan sobre los hombres de este siglo pecador, contra los espíritus del mal, que moran en los espacios entre tierra y cielo. Por esto, recibid la armadura y las armas de Dios, para que podáis resistir en el día malo de ataques demoníacos y tentaciones y si aplicáis con exactitud vuestros deberes, los principios espirituales y mantenéis firmes vuestra posición, seréis vencedores y perfectos en todo” (Ef 6:12-13).

Así también comenta el intérprete Teodoreto: “Mira, observa de quién eres soldado, para que puedas soportar con valentía los esfuerzos de tu milicia.”

Además, el concepto del buen soldado incluye la disposición al martirio. La disposición al martirio es el criterio que mide la profundidad de la fe y del amor del creyente en Cristo. “Y también el que lucha como atleta no es coronado si no lucha legítimamente” (2Tim 2:5). Aquí Pablo exige una lucha legítima. “, dice, lucharás, pero legítimamente.” La lucha es un ejercicio continuo, un mantener los miembros y facultades de la psique- alma —nus (espíritu), sentimiento y voluntad— en estado de flexibilidad y preparación. La lucha debe desarrollarse en legitimidad, como dijimos.
San Juan Crisóstomo comenta: “Si no guarda todas las reglas del ejercicio —tanto las relativas a la alimentación, como a la templanza, a la modestia y a las de la palestra (el lugar de lucha)—”; es decir: “debes observarlo todo correctamente, no basta con ejercitarte, sino que también has de ser prudente, casto, puro, cumpliendo los mandamientos de Dios; entonces tu lucha será legítima. La ley de la dieta, de la templanza y de la modestia son requisitos, como también lo son las normas de cada competencia o deporte. Si no cumples las reglas de cada deporte, no puedes ser coronado. Por ejemplo, si hay cinco corredores alineados en la pista, ¿cuándo comienzan? Cuando se da la señal. Si alguien parte antes, su carrera es nula.

Así pues, comprendemos que debemos tener legitimidad en la lucha.
Y en el ámbito de la fe, las leyes de la lucha espiritual son dos:

1) No luchar autónomamente, sino en dependencia de la voluntad de Dios. No porque a ti te plazca mostrar una lucha nacida del capricho o de la autosuficiencia, es decir, separado de Dios. ¡No! “A mí me gusta hacerlo así”, dices. Eso no es legítimo.

2) La aplicación exacta y evangélica de las condiciones de la lucha; hacer lo que dice el Evangelio, tanto en el modo como en la expresión. Ser una persona de discernimiento. Entonces tu lucha será legítima. Y solo entonces será aceptada.

Pero Pablo añade una tercera imagen, que presenta a Timoteo y le dice: “El labrador que trabaja debe ser el primero en participar de los frutos” (2Tim 2:6) Esto significa que, así como el labrador es el primero en participar de los frutos de su esfuerzo; -“¿Plantaste viñas? ¿Cultivaste el viñedo? Pues tú serás el primero, por supuesto, en comer las uvas”—, así también el soldado maestro de Cristo será el primero en participar de los frutos espirituales. Y estos frutos son los dones del Espíritu Santo y la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios. Él será quien primero experimente estos dones del Espíritu Santo, los cuales no pueden permanecer ocultos.

«En el mismo esfuerzo —dice san Juan Crisóstomo— está la recompensa.» Es decir: “por el esfuerzo que hayas hecho, recibirás también tu don, donación”. Y también: «Si hemos muerto con Él, también viviremos con Él; si perseveramos, también reinaremos con Él» (2Tim 2:11-12). Esto es la lucha legítima.

¿Y cómo alcanzaremos todo esto? Pablo dice a Timoteo —y, como os dije, muchas veces debió san Demetrio leer este pasaje:

«Acuérdate de Jesús Cristo, que resucitó de los muertos». Sí. Es la memoria constante, la meditación y la contemplación del misterio de la muerte y la resurrección de Cristo. Es el estudio y la contemplación de la persona del Θεάνθρωπος (zeánzropos) Dios-Hombre Jesús Cristo. Si no tienes esta contemplación, esta mirada interior, esta memoria, nunca tu lucha podrá ser legítima. Será simplemente una lucha según tu propio deseo y gusto. Allí, precisamente, está el secreto del éxito: recordar a Jesús Cristo. No como un ejercicio de autosugestión, sino porque la persona de Cristo está viva y actúa profundamente en el creyente.

Amados:
La memoria del gran mártir san Demetrio nos ha conducido por las huellas evangélicas de la interpretación práctica del logos de Cristo.
La vida de los santos es la verdadera interpretación del Evangelio. Es, por decirlo así, un Evangelio ilustrado.

Y como dice Pablo: “Sois una carta conocida y leída por todos los hombres” (2Cor 3:2-3).  Los hombres ven, conocen y leen esta carta, es decir, la vida misma del creyente, del santo, es aquello que realmente manifiesta la plenitud de su fe y de su amor.
Por tanto, la vida de los santos es la verdadera interpretación del Evangelio. Sí. Así cómo vivieron ellos, así debemos vivir también nosotros. Sin recortes, sin mutilaciones, sin selecciones. “No, esto del Evangelio me gusta, aquello no me gusta. Esto lo hago, aquello no, porque no me agrada.”
¡No! Sin recortes ni mutilaciones. Tal como el Señor enseñó el Evangelio, así también lo vivió.

El gran peligro de los últimos tiempos —cuando lleguemos al final de la Historia—, amados, será tanto el Evangelio recortado como el Cristo mutilado. “Así me gusta que sea Cristo, no como es realmente. A mí me agrada este tipo de Cristo. El Evangelio me impresiona solo en lo que coincide con mis preferencias.”

¡Cuántas veces escuchamos a personas ajenas a la fe decir: “Bueno, Cristo habla del amor”!… Pero ¿cómo entienden ese amor? Es otra cosa muy distinta…
Os lo diré: hasta la fornicación se llama “amor”. Y casi todas las canciones —el 99,9% de las llamadas “canciones mundanas”— están llenas de “amor”…
Pero, ¿qué tipo de amor?
¡Amor carnal, amor fornicario!

Por eso, tengamos cuidado. Los santos nos han mostrado el camino correcto, y por eso los necesitamos. San Demetrio el Mirovlita, cuya memoria celebramos hoy, es el firme indicador del camino espiritual de la fe y de la vida, en todos los siglos. Amén.

Para gloria del Dios Trino y Santo.
Homilía realizada en el Santo Monasterio Komnineo, Larisa, 26-10-200,1con inmensa gratitud a nuestro guía espiritual, el venerable y bendito Padre Atanasios Mitilineos,

FUENTES: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/omiliai-kyriakvn

Transcripción digitalización y edición de la homilía: Sr. Atanasios K. y Eleni Linardaki, filóloga.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

La actitud negativa de una ciudad – A. Mitilineos

«La actitud negativa de una ciudad»

Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo

Domingo VI de Lucas [8, 26-39]

El Señor, queridos míos, junto con sus discípulos, desembarcó en barca al otro lado de Galilea, hacia el oriente, en la región de los gerasenos. Gérgesa o Gadara era una ciudad de la Decápolis (diez ciudades helénicas) de Palestina, y allí habitaban principalmente helenos-griegos. No se sorprendan. Se dice incluso que aquellos griegos eran descendientes de los soldados de Alejandro Magno. Es bien sabido dónde murió Alejandro y que su ejército quedó esparcido por todas partes, estableciéndose los hombres en diversas regiones, etc.

Así, podríamos decir que la vida de los habitantes era descuidada; además, criaban cerdos, cosa que estaba estrictamente prohibida a los judíos. De esta manera podemos comprender también la presencia de personas poseídas por demonios.

Sin embargo, esta ciudad mostró una actitud negativa hacia nuestro Señor. De hecho, le pidieron que se marchara de su territorio, que se fuera. Ciertamente con cortesía, pero que se fuera. Y con cortesía, porque tenían miedo de lo que habían visto. Es una actitud triste que se repite continuamente en la Historia, y por eso debe servirnos de ejemplo —para nosotros los helenos-griegos y a todos los cristianos—, un ejemplo que debemos evitar.

El Señor atravesaba el desierto de la región de los gerasenos cuando, en cierto momento, se encontró con un hombre de aquella ciudad. Era claramente un hombre poseído por demonios. Sin embargo, debemos distinguir —y sería un grave error no hacerlo— la posesión demoníaca de la locura. Una cosa es el loco y otra el endemoniado.

Recuerdo una vez que visité a un joven poseído en su casa y me dijo ¡qué tenía yo dentro de mi maletín, qué libro llevaba y qué estaba escrito en tal página concreta! El loco no sabe tales cosas. Pero el poseído sí las sabe, porque le son dictadas por el demonio; y de esa manera se nos revela esta imagen tan terrible.

Este hombre, nos informa el santo Evangelista, desde hacía mucho tiempo tenía muchos demonios. No vestía ropa. No vivía en una casa, sino entre las tumbas abovedadas —así podemos entender cómo habitaba entre los sepulcros de aquella región. Eran tumbas como la del Lázaro o la del mismo Cristo: excavadas en la roca, en cavidades, no subterráneas, sino abiertas en laderas o montículos. Así que allí podía efectivamente alguien refugiarse y vivir.

Era el terror de los que pasaban por aquella zona, como nos lo dice otro Evangelista. Lo ataban con cadenas, pero las rompía y huía nuevamente al desierto. Cuando el Señor le preguntó cuál era su nombre, respondió: «Legión». Legión era el nombre del regimiento romano compuesto por seis mil soldados. Es decir, significaba multitud de demonios. «Ese es mi nombre, decía, una multitud de demonios». Por supuesto, hablaba un demonio en nombre de todos los demás.

Y los demonios rogaron, si el Señor los expulsaba —pues habían reconocido el poder de Cristo—, que no los enviara al Hades, mejor dicho, al infierno, al abismo, sino a los cerdos que pastaban por allí cerca.
Y el Señor les dijo: «Vayan». «Eso piden, vayan». Aquí vemos que el Señor realiza la voluntad de los demonios. Ciertamente, es una voluntad por concesión, permisión, no por beneplácito o complacencia. No olvidemos esas dos formas de voluntad divina: la por concesión o permisión y la por beneplácito o complacencia. Entonces los demonios salieron de aquel hombre, entraron en los cerdos —que pacían tranquilos a la orilla del lago—, y los cerdos se volvieron furiosos y se precipitaron todos juntos, un rebaño de unos dos mil, al lago, donde se ahogaron.

Los pastores de cerdos se llenaron literalmente de terror. Huyeron y contaron a los habitantes de Gerasa lo sucedido: lo que había ocurrido con los cerdos y con el endemoniado. Entonces ellos salieron de su ciudad para ver con sus propios ojos lo que había pasado. Y cuando llegaron, un miedo indescriptible los invadió; no sabían cómo reaccionar. Porque, por un lado, veían los cerdos ahogados —eso no podían negarlo—, y por otro, veían a su antiguo conciudadano, el antes endemoniado, sentado a los pies de Jesús, tranquilo, vestido y en su sano juicio. No podían negar ni lo uno ni lo otro, queridos míos.

Y cuando toda la ciudad salió y vio lo acontecido, entonces —como nos informa el evangelista Lucas— «toda la multitud de la región de los gadarenos le rogó que se marchara de allí, porque un gran temor se había apoderado de ellos» (Luc 8:37).
Le rogaron al Señor; no lo expulsaron por la fuerza. Pensaron: «Aquí ocurren cosas sobrenaturales». ¿Y cómo podían actuar violentamente ante eso? Por eso le dijeron con respeto: «Por favor, Señor, márchate de aquí».

Pero en verdad, ¿por qué se asustaron y tuvieron tanto miedo? Existen, queridos míos, dos formas de temor ante Dios.

La primera forma es el temor nacido de la conciencia del propio pecado. Eso fue lo que le ocurrió al apóstol Pedro, cuando el Señor habló desde su barca —pues la multitud lo apretujaba—, y le pidió que se alejara un poco de la orilla para poder enseñar desde allí. Después de la enseñanza, el Señor le dijo a Pedro que echara las redes, a plena luz del mediodía. Pedro, al ver la pesca tan abundante, se asombró; comprendió —por lo que había oído y por lo que veía— que estaba ante una Persona extraordinaria, una Persona divina, aunque aún no sabía quién era exactamente Jesús. Si quieren saberlo, los discípulos entendieron plenamente quién era Cristo solo después de Pentecostés. Entonces Pedro cayó de rodillas ante el Señor y le dijo: «Señor, apártate de mí, porque soy un hombre pecador» (Lc 5:8). Temía que Dios viera sus pecados y lo castigara. Aquí vemos el temor reverente, el temor santo ante Dios, nacido de la humildad y del reconocimiento de la propia miseria y pecaminosidad.

La segunda forma de temor ante Dios es el miedo que provoca Su presencia, cuando el hombre vive en impenitencia, sin metania. Es el miedo del que no quiere cambiar. Yo quiero seguir pecando, no quiero que Dios me vea… -¡qué necio es el ser humano!- se esconde, como dice el pueblo, «detrás de su dedo».

Así pues, «que se vaya ese hombre divino, Jesús», pensaban, «para que podamos vivir tranquilos, como nosotros queremos». Tendremos nuestros manjares y tapas de carne de cerdo, al menos, y todas las demás comodidades y pecados que disfrutamos.

¿Por qué mencioné «nuestros manjares o tapas de cerdo»?
Porque la Ley prohibía comer carne de cerdo, y ellos la comían.
Tenían grandes manadas, dos mil cerdos, nos dice el Evangelio. Por eso el Señor permitió que los demonios entraran en los cerdos, para que no entrasen en los hombres, que violaban la Ley de Dios, sino en los animales.

Sin embargo, los gerasenos querían seguir viviendo a su manera. Como mencioné antes, en la región vivían helenos-griegos, pero no exclusivamente, había también judíos. Y como muchos de los griegos habían impuesto su modo de vida a los judíos del lugar, por eso eran considerados personas muy pecadoras.

Y, evidentemente, aquí vemos que los gadarenos o gerasenos debían haberse conmovido por el milagro que había ocurrido a su conciudadano.
¿Se emocionaron? No, queridos míos. Solo sintieron miedo. Pero miedo por el motivo que les expliqué: porque temían perder los bienes que disfrutaban, sus placeres pecaminosos. Así, no prestaron atención.
¿Y cómo puede prestar atención el hombre que lleva un velo sobre los ojos, que no ve las maravillas de Dios?

No se dieron cuenta de la impresionante diferencia —en comportamiento y en estado— entre su antiguo conciudadano, el endemoniado, y lo que ahora veían ante sus ojos. Antes, aquel hombre, como nos dice el evangelista Lucas, «era llevado por el demonio hacia los desiertos». Ahora, en cambio, lo veían sentado, sereno y vestido, a los pies de Jesús. Antes no vestía ropa alguna. Sabemos que quienes están bajo la influencia demoníaca suelen romper o quitarse la ropa. Una pequeña observación: ¿acaso aquellos que en verano se desnudan y caminan casi sin ropa no podrían, en cierto grado, estar dominados por el mismo espíritu? Cada uno que lo piense por sí mismo…

Antes, ese hombre tenía el comportamiento de un maniático; ahora está tranquilo, en su sano juicio. ¿No vieron los desdichados gerasenos esa diferencia? Antes este conciudadano era un hombre aislado, sin contacto humano. ¿Con quién podía tener compañía? ¿Quién querría estar con él? Ahora, en cambio, lo vemos entre personas: con el Señor y Sus discípulos. Y sin embargo, todo esto que veían… ¿realmente lo veían? No se conmovieron. Y ese fue su desgracia, su infortunio.

Además, los gerasenos fueron informados del diálogo que tuvo lugar entre el endemoniado y Jesús. El Santo Evangelio dice: «Y los que lo habían visto -principalmente los pastores de los cerdos– les contaron cómo había sido salvado el endemoniado». Les dijeron: «Esto fue lo que sucedió; esto dijo el Señor, y esto respondió aquel hombre». Supieron también los detalles de esa conversación. Y ese diálogo reveló cosas maravillosas, de gran profundidad y con una teología riquísima. No eran imaginaciones ni invenciones de los testigos.
¿Quiénes hablaron?
Jesús y el endemoniado. No se trataba de fantasías ni de cosas improvisadas que pensaran en ese momento para decirlas o hacerlas. Porque, repito, por un lado, el endemoniado fue sanado y por otro lado, se ahogaron dos mil cerdos.
¿Es posible que todo eso fuera fruto de la imaginación?
¡De ningún modo!

Los demonios, queridos míos, son una realidad. Son espíritus, son rostros con personalidad. Y cuando decimos “persona o rostro con personalidad”, entendemos un ser con lógica, razón y autoconciencia. Los seres humanos somos personas, rostros con personalidad; nuestros gatos o perros, no. El rostro humano —los ojos, la nariz, las cejas— no es lo que define a la persona. Persona significa tener conciencia de uno mismo, saber quién soy. Así pues, el ser humano es persona; los demonios también son personas, al igual que los santos ángeles.
En su naturaleza, los demonios no han cambiado respecto a los ángeles santos: eran ángeles, pero por su orgullo se transformaron en demonios, se endemoniaron, es decir, se separaron de la divina doxa-gloria (luz increada), se apartaron de Dios. Por eso decimos que los demonios son seres personales y reales.

Sin embargo —y esto quiero subrayarlo— incluso hoy hay cristianos que no creen en la existencia de los ángeles ni de los demonios. Yo mismo lo he oído muchas veces: «Ah, yo no creo que existan los ángeles», dicen.

¿Y cómo los consideran?
Como simples elementos decorativos en los relatos de la Sagrada Escritura.

Y a los demonios, ¿cómo los ven?

Como una personificación del mal. Así como los antiguos griegos hablaban de las Erinias —las Furias— como figuras simbólicas del mal, del mismo modo muchos dicen ahora: «Los demonios no existen; son solo una forma de hablar, una personificación del mal». Pero no, queridos míos, no se trata de una personificación del mal.

El santo apóstol Juan nos dice en su primera carta: «El Hijo de Dios se manifestó para destruir las obras del diablo». Este es el propósito por el cual el Hijo de Dios vino al mundo: para deshacer y destruir las obras del diablo, para aniquilar su poder. Y les pregunto: ¿Fue entonces la presencia de Cristo en el mundo una especie de locura quijotesca?

¿Saben quién era Don Quijote? Ese personaje del poema (novela) del escritor español, etcétera, etcétera. Cuando veía molinos de viento, los tomaba por terribles gigantes. Y con una lanza intentaba atacarlos. Pero no eran otra cosa que molinos de viento. No eran, por supuesto, gigantes.

¿Acaso, entonces, vino Cristo al mundo de manera “donquijotesca”,
a luchar contra cosas inexistentes, contra enemigos imaginarios,
contra personas que no existen?
¡De ningún modo! ¡Imposible!

Cristo vino a luchar contra realidades verdaderas, a vencer al maligno y a liberar al hombre de su dominio.

Los demonios, queridos míos, son una realidad aterradora. La presencia de ángeles y demonios en la vida cotidiana de las personas es, debemos decirlo, frecuentísima.
¿Saben cuántas personas nos han contado que han visto al diablo? No en sueños, sino despiertos. Que te diga: “Me está tirando la manta de la cama. ¿Debería decir que es mi imaginación? Pero te está tirando la manta de la cama. Y muchos otros fenómenos extraños y curiosos, de los que tenemos muchísimos testimonios cotidianos. Muchos han visto demonios. Muchos han visto ángeles. Tenemos así testimonios de la vida diaria, una experiencia tangible.
Además, toda la Sagrada Escritura, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, está llena de la presencia de ángeles y demonios.

Ahora quiero señalar un caso negativo. Si no crees, hermano, en la Sagrada Escritura, presta atención, tomaré un testimonio que no puedes negar: la magia y el espiritismo. El espiritismo y la magia son instrumentos del diablo. Cuando te dicen cosas que un ser humano no puede saber… Cuando te dicen: «El difunto escondió dinero en tal lugar de tu huerto», ¿de dónde lo sabe?

Tomen nota: fuera del ámbito del médium (médium significa intermediario) esa persona no sabe nada. Dentro del ámbito de la situación, sabe dónde está ese dinero y te dice: “Está allí”. ¿No han oído a personas decir: “Voy al médium para saber esto o aquello”? ¿De dónde lo sabría el médium para decírtelo a ti? Se lo informan los demonios. Si quieres, hermano, acepta este testimonio. Este testimonio, que no es de la Sagrada Escritura, repito, al menos es el testimonio del espiritismo.

Lo importante es que hoy en día sociedades enteras de personas no quieren a Jesús Cristo.  No lo quieren. Como los gerasenos de entonces, quieren vivir en la tranquilidad de su pecaminosidad. Temen perder sus placeres y comodidades. Ya que Evangelio es ascético, practicante por eso muchas personas rechazan el Evangelio hoy.

¿Qué buscan entonces?
Se sorprenderán: buscan el Islam.
¿Saben que Europa está cerca de convertirse en islámica?
Sí, Europa cristiana, Occidente cristiano.
¿Por qué? Porque el Islam todas estas cosas las perdona, todo lo permite y lo acepta.
¿Por tanto, por qué ir al cristianismo, que es ascético, practicante?

Y aunque el islamismo —fíjense en este punto— fue derrotado fuera de Viena, ¿lo recuerdan de la Historia, de la escuela, cuando los turcos llegaron hasta las afueras de Viena? Entonces finalmente se venció a los turcos. Y el islamismo fue derrotado. Sin embargo, hoy en día el islamismo vence e irrumpe en Europa y en América a su manera. De manera pacífica. Sí. ¿Por qué? Porque, sencillamente, los cristianos se van degradando espiritualmente de manera continua. Y dejan margen, sí, margen, para que el islamismo entre. Además, no olviden, cómo ese hombre se endemonió, ¿lo saben? Dejó ventanas abiertas al diablo. Y hoy los europeos y los occidentales en general dejan ventanas abiertas al diablo, su vida espiritual se degrada, hasta llegar a aceptar finalmente ese islamismo que lo perdona todo.

Así, los cristianos occidentales rechazan continuamente a Cristo de sus sociedades. El Evangelista nos dice: «Y toda la multitud de la región de los gadarenos le rogaron que se marchara de ellos, porque tenían gran temor» (Luc 8:37). ¡Que se vaya, que se vaya…dicen!

Y Jesús se marchó. Entró en la barca y regresó. Es decir, dejó a aquellos que amaban más a sus cerdos que a Él.

¿Qué significa que Cristo se marche?
Significa que retira Su χάρις (jaris: gracia, energía increada) de esa gente, y entonces llegan todos los males, especialmente la dominación demoníaca. El diablo reina.
Cristo dijo claramente: “Si no creen que YoSoY, morirán en sus pecados”; el peso cae en este YoSoY; ¿Quién? El Hijo de Dios encarnado. Un mensaje pesado, tremendo y absoluto: «Si no creen en mí, se perderán». Esto debemos tenerlo siempre presente.

Pero si aquella ciudad no aceptó al Señor, como sí lo hizo el hombre sanado, “el hombre le rogaba a Él, desde que los demonios habían salido de él, que estuviera con Él”, es decir, el hombre que había sido poseído le suplicaba al Señor: “Señor, que yo también vaya contigo”. Terrible contraste, ¿verdad?, para el día del Juicio. El Señor dirá: “Este quiso venir conmigo. Ustedes, toda la ciudad, no quisieron”.
Pero ¿qué dice el Señor? “Vuelve a tu casa y narra lo que Dios ha hecho por ti”. “Ve a tu casa y relata todas las cosas buenas y grandes que Dios ha hecho por ti”. Sí. El Señor se iba, pero dejaba un monumento vivo de Su amor y de Su bondad, a este hombre, dentro de aquella ciudad pecadora.

Pero, ¿qué significa “vuelve a tu casa”? Significa “vuelve a ti mismo”. Porque hasta ahora habías estado fuera de ti. Volver a uno mismo significa, primero, autoconocimiento. Segundo, recuperación de las fuerzas de la psique-alma, porque hasta ahora había dispersión de la personalidad. Tercero, conexión de tu propio yo con Dios, para que no haya aperturas al diablo, ventanas o puertas por donde el diablo pueda entrar en tu vida. Y cuarto, embellecimiento de la casa de tu propio yo; es decir, esforzarse por vivir la santidad, la divina jaris (gracia, energía increada), adornarse espiritualmente. Y además, conviértete en misionero en aquella ciudad, que me negó a Mí, al Señor, y no quiso aceptarme. Y el hombre actuó como se le dijo. Es muy conmovedor.

Queridos, tenemos mucho que aprender de una ciudad que se negó a aceptar a Cristo. Y dado que hoy Cristo tampoco es aceptado en parte de nuestra patria y en el mundo, poco a poco nos estamos descristianizando, reflexionemos sobre las terribles consecuencias que podríamos enfrentar si no volvemos a la μετάνοια metania… Sí. Depende de nosotros. Amén.

A la gloria del Dios Trino y Santo,
Homilía realizada en el Santo Monasterio Komnineo, Larisa, 22 de octubre de 2000 con inmensa gratitud a nuestro guía espiritual, el venerable y bendito Padre Atanasios Mitilineos,

FUENTES: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/omiliai-kyriakvn

Transcripción digitalización y edición de la homilía: Sr. Atanasios K. y Eleni Linardaki, filóloga.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

 

El fenómeno de la posesión demoníaca, A. Mitilineos

«El fenómeno de la posesión demoníaca»

Domingo VI de Lucas [Lc 8, 26-39]
Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo

Terapia del endemoniado de los gerasenos, 8:26-40.

26 Y navegaron hacia la región de los gerasenos (gadarenos), que está frente de Galilea.

27 Y al llegar a tierra, salió al encuentro un hombre de la ciudad que tenía demonios, y desde hacía mucho tiempo andaba desnudo, no se vestía ni vivía en casas, sino entre los sepulcros.

28 Al ver a Jesús, se puso a gritar y se postró ante Él, gritando a gran voz: ¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te ruego, ¡no me atormentes y no me encierres desde ahora al terrible Hades!

29 Porque Jesús mandó al espíritu inmundo salir del hombre, porque durante mucho tiempo se había apoderado de él, y aunque atado con cadenas y grillos para ser custodiado, rompía las cadenas y era conducido por el demonio a lugares desiertos.

30 Jesús le preguntó: ¿Cómo te llamas? Y él dijo: “Legión”, porque habían entrado muchos demonios en este hombre.

31 Y los demonios le rogaban que no les mandara ir al abismo, a las profundidades del Hades.

32 Y había allí una piara de muchos cerdos paciendo en el monte; y le rogaron que los dejara entrar en ellos; y los dejó. (En realidad deberían ser castigados los dueños de los cerdos, con la pérdida de los cerdos, porque los apacentaban y los alimentaban, a pesar de la prohibición por la ley de Moisés).

33 Saliendo entonces del hombre, los demonios entraron en los cerdos, y la piara se precipitó por el despeñadero al lago, y se ahogó.

34 Al ver lo sucedido los pastores de los cerdos, huyeron y lo contaron en la ciudad y en los caseríos.

35 Salieron entonces a ver lo sucedido, y fueron adonde Jesús, y encontraron al hombre de quien habían salido los demonios sentado a los pies de Jesús, vestido y en su sano juicio; y se llenaron de miedo.

36 Y los que lo vieron, les contaron cómo el endemoniado había sido liberado.

37 Y toda la multitud de alrededor de los gerasenos le rogó que se alejara de ellos, porque estaban sobrecogidos de un gran miedo. Como se sentían culpables tenían miedo a más castigos. Y Jesús entrando en una barca, regresó.

38 Y el hombre de quien habían salido los demonios le rogaba estar con Él; pero le mandó a su casa en paz, diciendo:

39 Vuelve a tu casa, y cuenta lo que ha hecho Dios contigo. Y él fue proclamando por toda la ciudad cuán grandes cosas le había hecho Jesús con él.

«El fenómeno de la posesión demoníaca»

Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo

Nos invade el temor, queridos míos, cada vez que escuchamos un pasaje evangélico que se refiere a los demonios y a los hombres poseídos, es decir, a las víctimas de los demonios.
El Señor había pasado a la orilla oriental del lago de Genesaret precisamente para encontrarse con aquel hombre endemoniado que se describe en el pasaje evangélico que acabamos de oír. Y lo liberó.
Y como escribe el evangelista Juan: «Para esto se manifestó el Hijo de Dios: para deshacer y destruir las obras del diablo» (1Jn 3:8).
Y la obra del diablo consiste en dominar la creación y al hombre, e impedir la intervención de Dios. Y la creación irracional (la naturaleza material) se ve siempre poseída por el demonio con fines destructivos. Un ejemplo inmediato es la posesión de los dos mil cerdos que se arrojaron y se ahogaron en el lago.

Pero también el hombre se endemonia, puede ser poseído. Y el espectro de la posesión demoníaca es amplísimo: desde el hombre endemoniado del evangelio de hoy, que vivía solo al aire libre como una bestia salvaje, hasta la posesión de los habitantes de Gerasa (los Gerasenos), que no quisieron recibir al Señor, y hasta la posesión de los porqueros (los cuidadores de cerdos) que ejercían un oficio prohibido por Dios.
¿Ven? Muy amplio es el abanico de los hombres poseídos.

¿Pero qué es la posesión demoníaca o demonismo?
Todo aquello que aleja o mantiene lejos de Cristo. Todo lo que no está cerca de Cristo. El Señor dijo: «El que no está conmigo, está contra mí» (Mt 12:30). No existe una tercera categoría: o estás con Cristo o no estás con Cristo. Aún más, posesión demoníaca es todo lo que se opone a Cristo.
El hombre, queridos míos, por su propia estructura es pariente de Cristo, puesto que fue creado “a imagen de Cristo”. Por tanto, no tiene razón alguna para estar lejos de Él. Él (Cristo) tomó nuestra forma. Para ser más exactos dogmáticamente: nosotros tomamos Su forma, porque —basándose en la forma que Él iba a asumir para abrazar y revestirse de la creación— tomó aquella forma que luego nos dio a nosotros. No importa que cronológicamente haya una diferencia. Es decir: no fue que Cristo se hizo como Adán, sino que Adán fue hecho como Cristo, como el Logos divino tal como habría de encarnarse. Por consiguiente, el alejamiento del hombre, su aislamiento de Cristo, es un estado contra natura, es decir, demoníaco.
Ya que tenemos parentesco con Cristo y no nos acercamos a nuestro propio pariente, eso constituye un comportamiento contrario a la naturaleza. Con la fe que los primeros en ser creados alguna vez otorgaron al diablo, pasaron de Dios al diablo. Es decir, creyeron los logos y palabras engañosas del diablo y no creyeron el logos de Dios: «No comeréis de este fruto, porque el día que comáis de él, moriréis» (Gén 2:16-17). Y ciertamente la muerte fue ante todo espiritual, y mucho después, corporal.

Desde entonces, dado que los primeros en ser creados creyeron en el diablo, desde entonces pasaron a ser su propiedad. Por eso, como nos dice el evangelista Juan: «Todo el mundo yace bajo el poder del maligno» (1Jn 5:19).
¿Habéis observado eso?
El mundo, con su mentalidad, su modo de vida, etc., entero yace en los brazos del diablo. ¡Es algo terrible!

Entonces, en el Paraíso, como dije, los primeros en ser creados no creyeron en el logos de Dios, sino en el logos del diablo.
Así, para que el hombre se libere del diablo, debe volver atrás y creer ahora en la persona θεανθρώπινo (th-zeantrópino: divino-humana) de Cristo. Y esto debe ocurrir desde el momento de la Encarnación hasta el fin de la historia.

El tiempo restante de la Historia se convierte en un criterio para cada hombre en particular. Hombre, vienes al mundo: antes que tú, el Hijo y Logos de Dios se encarnó. Se te aparece.

¿Crees?
De este modo, cada momento histórico se convierte en un juicio para la vida de cada persona. Además, la expresión más pura de la posesión demoníaca es la idolatría, es decir, la adoración de la creación, detrás de la cual se oculta el diablo. Y no olvidemos que la idolatría vuelve.
¿Lo creerían?
El logos de Dios nos lo dice en el Apocalipsis. El ángel que guía —por así decirlo— a Juan el Evangelista a los misterios del presente y del futuro, ve una bestia, al dragón, y el ángel le dice: ¿Te asombras?… «La bestia que has visto, —el dragón— estaba y ya no está; y ha de resurgir y va a subir de nuevo del abismo [y encarnarse en personas de imperios ateos y en soberanos] y a encaminarse hacia su ruina, perdición; y los habitantes de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo, se asombrarán viendo la bestia que estaba y no está, y vuelve a reaparecer» (Apocalipsis 17:8). Esa bestia es la idolatría, que prevaleció como la más genuina expresión —como ya os dije— del dominio de satanás. La más auténtica.

Con la venida de Cristo, los hombres comenzaron a creer en Él; por tanto, la bestia “ya no está”. Pero la bestia volverá. Sin embargo, no durará mucho; irá a la perdición, al abismo. Es decir, cuando la idolatría regrese -¿lo han obsrvado?- cuando vuelva la idolatría y está volviendo, el tiempo hasta el fin no será largo. Por consiguiente, la idolatría es un signo del fin de la Historia.

La posesión demoníaca puede afectar al hombre entero. A veces sólo al cuerpo, como cuando atormentó a Job: le produjo llagas y sus fuerzas corporales quedaron reducidas. Sufría una enfermedad exclusivamente corporal. Especialmente, el mismo Señor, cuando el diablo pidió permiso para tentar a Job, le dijo: «Cuidado, no toques su mente y su nus-espíritu, su pensamiento. Cuidado». Otras veces, la posesión es sólo de la psique-alma. Como los Gerasenos, que no recibieron a Cristo. «Te rogamos», le dijeron, «Señor, vete, vete». Porque se dirigía hacia su ciudad para predicar. «Vete, vete, vete». Tuvieron miedo. Pensaron: «Si por causa del endemoniado sufrimos tal pérdida con nuestros cerdos, ¿qué otra cosa nos hará cuando entre el Señor Jesús en nuestra ciudad?». «Te rogamos, vete».
Entonces el Señor volvió a subir a la barca y regresó. Eso también es demonismo, posesión demoníaca. Sí, posesión del alma. Quizás no parezca tan espectacular como hacer locuras, pero este caso es el más grave y extremo.

Aún hoy nace con la posesión de la psique-alma (es decir, con el demonismo interior del alma) la incredulidad y el ateísmo. Y naturalmente, estas no son cosas pequeñas. La posesión demoniaca del alma es también el dominio demoníaco de las potencias y energías de la psique-alma.
¿Y cuáles son las “potencias y energías del alma”?
La νόησις (noisis: comprensión o entendimiento), el sentimiento (o emoción) y la voluntad. Estas tres constituyen la personalidad del hombre, su autoconciencia. Aquello que llamamos el «εγώ egó yo». Y sé que yo soy yo; que no soy otra cosa, que no soy otro. Es decir, mi personalidad, persona. Eso es la persona: el yo, mi yo personal. La posesión demoníaca llega hasta cubrir (o “ocupar”) el “yo” humano; es decir, llega hasta cubrir —podríamos decir— la misma personalidad.
¿Qué respondió el endemoniado cuando el Señor le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?»?
No dijo: «Me llamo tal o cual», sino: «Legión».
¿Por qué?
Porque hablaban los demonios…

Queridos míos, es algo terrible. Conocí a un hombre que tenía un demonio en su alma. Cuando el demonio lo dominaba, le ordenaba levantar la mano y golpear su propio rostro; golpearlo con tal furia que se lo desfiguraba. Y el “yo” humano —que estaba como apartado, sin poder decir nada ni actuar— rogaba al “yo” demoníaco: «Déjame, te lo ruego, déjame…». Sí. Yo mismo tuve el testimonio directo de este hombre cuando me lo contó.

¿Ven, entonces, que el rostro del hombre —es decir, su personalidad, su “egó, yo”— queda cubierto, sometido, oscurecido?
Podríamos decirlo así: el hombre “pierde” (pongo “pierde” entre comillas) su personalidad.
¿Por qué lo pongo entre comillas?
Porque cuando el Señor curó al endemoniado, entonces éste encontró su propio ser, encontró su yo, encontró su personalidad. Así pues, el entendimiento (o comprensión), la voluntad y el sentimiento (o emoción) quedan encadenados por el diablo. Y otras veces, finalmente, la posesión o demonismo se refiere tanto al cuerpo como al alma, es decir, al hombre entero. Esto, queridos míos, es lo más espantoso en toda la Creación: el dominio demoníaco. Lo más espantoso.

¿Pero qué es lo que demoniza al hombre?
La incredulidad y, en general, es decir, en su totalidad, el pecado. Estas dos cosas. En lo que respecta a la fe, en particular, la idolatría, y más aún si has sido bautizado.
Prestad atención, por favor, al rito del Bautismo, para ver cómo la Iglesia expulsa a los demonios. Cuando dice: «Χάσου jasu» (es decir, “¡Desaparece, piérdete, desvanécete!”), eso significa literalmente . ¡Desaparece!”, y el que va a ser bautizado, en la parte de los catecúmenos, mira hacia occidente. «Y que no vuelvas jamás a la criatura de Dios». ¡Es algo terrible! Esto es la idolatría… sí.

Luego, expresiones de la idolatría son las llamadas “religiones orientales”: el budismo, los gurús… todas esas cosas; la magia. La magia es un elemento principal de la idolatría; también el espiritismo, los médiums.
Y también está esa música demoníaca: llámala rock, llámala pop… El caso es que, cuando nuestros jóvenes se divierten, gritan histéricamente. La música los impulsa a eso; es una música chillona, estridente, como si se oyeran los gritos de los endemoniados en el infierno, que son atormentados: aquellos alaridos inarticulados, aquellos gritos sin palabras…

Una vez me dijo un joven estudiante de música en la Universidad de Tesalónica: «¿Qué dice usted, padre? ¡Eso es melodía!».
Pues claro —le respondí. También las gallinas, perdonen la expresión, cuando picotean la suciedad, dicen: «¡Qué sabroso es!». ¿Qué se puede decir?
Así también los hombres, escuchando esa música africana —porque los africanos eran idólatras, y aquella era música idolátrica, música ritual—, nosotros, los “civilizados”, la hemos tomado y la hemos convertido en música de nuestros salones.
¡Ay de nosotros! Así, los chillidos, el ritmo de la música, los saltos de los bailes… demonizan a las personas.

Luego está la blasfemia o insulto—en sentido amplio, toda blasfemia es una forma de posesión: desde la blasfemia (insulto) común contra lo divino (esas palabras que nuestros oídos escuchan en las calles) hasta la herejía, que también es una blasfemia “de palabra”, un insulto.
Es decir, cuando uno blasfema contra Dios diciendo, por ejemplo,
que Jesús Cristo no es consustancial (ομοούσιος omoúsios) con el Padre, o que el Espíritu Santo es sólo una energía de Dios y no una Hipóstasis-Persona. Cuando uno dice esas cosas, eso es blasfemia.
Eso es lo que dicen los herejes: los milenaristas (testigos de Jehová) y otros herejes.

Pero hay también la blasfemia “en obra” (ἔργῳ ergo, en eclinación dativa),que son los pecados carnales. Es decir, se opera la blasfemia — no sólo se dice, sino que se hace—, porque el cuerpo humano, como ya dije, es templo del Espíritu Santo.

En general, es el pecado, todo pecado, que persiste y no quiere ser borrado mediante la μετάνοια (metania: conversión, arrepentimiento y confesión).

Y, finalmente, hay otro aspecto: la recepción de los santos dones en la Santa Comunión. Cuando alguien comulga teniendo todavía pecados no confesados, y con incredulidad acerca de qué es realmente la Efjaristía. Nosotros renovamos, en el momento mismo en que nos acercamos a comulgar, nuestra fe en que esto que recibimos es verdaderamente el Cuerpo de Cristo y esto verdaderamente es la Sangre de Cristo. Nuestros sentidos, claro está, no nos lo revelan,
porque todo esto ocurre en secreto, en misterio (ἐν μυστηρίῳ):
sentimos vino y pan, pero en realidad son el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Por eso dice el apóstol Pablo: «¿Qué perdón recibirá el hombre que recibe el Cuerpo y la Sangre de Cristo si “considera común la sangre de Cristo” —es decir, si la tiene por algo común, sin valor—, cuando precisamente por medio de ella recibe el perdón?» Por lo tanto, ese hombre no puede recibir perdón. Y sobre esto hay ejemplos estremecedores, tanto de los Santos Padres de nuestra Iglesia como de tiempos recientes: que alguien comulga, da dos pasos atrás y cae al suelo, echa espuma por la boca, se retuerce. ¿Por qué? Porque fue poseído, queridos míos, ya que comulgó sin creer.

¿Y cuáles son los resultados del demonismo?

Nos dice el pasaje evangélico de hoy que este pobre hombre, el endemoniado, «no vestía ropa alguna». No se vestía. Se quitaba la ropa. Hoy tenemos la moda moderna y el nudismo contemporáneo, invierno y verano, no lo crean, que son un escándalo para los hijos de Dios, para el pueblo de Dios. Las mujeres no ponen freno a la moda. Me gustaría entender, saber, ver: si la falda ya mide solo veinte centímetros, esos súper, súper mini, ¿qué será dentro de poco tiempo?
¡Ahí está la posesión demoníaca! Ese hombre, dice, no se vestía.
¿Por qué Dios hizo, dice, túnicas de piel y vistió a los primeros hombres? ¿Por qué? Porque la sencillez se había perdido. Y así, siempre existió la necesidad del vestido.
Si no existe, si quitamos, digamos, el vestido que Dios nos dio, el vestido que tenemos, escandalizamos a los demás.

Por ejemplo, en el libro del Apocalipsis, el Señor en Su carta al obispo de Pérgamo dice: «Pero tengo unas pocas cosas contra ti: que tienes ahí a los que retienen la enseñanza de Balaam, mago de los nacionales, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, para arrastrarlos a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a extraviarse en fornicación, prostitución o a prostituirse. Y también tienes a los que retienen la enseñanza de los nicolaítas, [la que algunos judíos la han mantenido como en la época de Balaam, la que yo odio]» (Apocalipsis 2:14-15). Balac era un rey de los moabitas. Vio venir a los hebreos desde el desierto, dos millones de personas. «¿Qué voy a hacer? —dijo— me devorarán la ciudad. Me lamerán, como la vaca lame la hierba». Y llamó a un mago de Persia, de Mesopotamia, llamado Balaam. El rey se llamaba Balac. Y le dijo: «¡Quiero que los maldigas!». Pero nada funcionó. Tres veces lo intentó. Entonces Balaam le dijo: «Te daré un consejo. Haz ceremonias, eran las ceremonias de Baal-Peor, e invita a los hebreos a las fiestas. Ellos ofrecerán sacrificios a los ídolos y luego, como era costumbre en las fiestas de los idólatras, se entregarán a banquetes, a borracheras y a la fornicación. Y entonces Dios —dijo— se apartará de ellos». Y así lo hizo Balac. Y aquel día murieron veintitrés mil hombres. Es una historia terrible. Se escribe en el libro de Números, del Antiguo Testamento.

¿Qué le dijo Balaam a Balac?
«Para que tengas éxito, deja que Dios mismo los castigue».
Así también aquí, dice: «Tienes a los nicolaítas, que muestran su desnudez y sus fornicaciones». No diré más, no hay tiempo, sobre los nicolaítas.
«Y a estos», dice, «los castigaré». El nicolaísmo era el erotismo (el pansexualismo que vivimos hoy). ¿Y el erotismo, pansexualismo hoy? ¡Desbordante por las calles, desbordante! ¿Ven? Escándalo.

Aún más, este pobre endemoniado «no permanecía en casa». La posesión demoníaca es también, si quieren que hagamos un paralelismo, cuando las personas, especialmente los jóvenes, desde la mañana salen de su casa. Vayan a la plaza de Larisa a ver, en los paseos peatonales, cuando hace buen tiempo —si no, se sientan adentro—, están allí chicos y chicas, sin hacer nada, en pura ociosidad.
Muchacha, ¿no tienes nada que hacer en tu casa? ¿Y sales a la calle temprano? Y tú, joven, ¿no tienes nada que hacer? Y los ves extendiendo las piernas, con su café, su cigarrillo, etc. Llenos los paseos de Larisa. Vayan a verlo.

¿Qué significa esto? Que la gente no se queda en su casa para progresar un poco. Salen fuera. Andan sin rumbo. No me refiero a una excursión, un paseo normal, eso es legítimo. Sino a esto que ocurre diariamente.

Y aún dice: que este endemoniado vivía entre los sepulcros. No vivía en casa, sino «entre las tumbas». En aquella época, las tumbas eran pequeñas cuevas en colinas, etc. Son las tumbas del pecado, donde reina la necrosis, muerte espiritual. Son los diversos antros del pecado: las cafeterías, las discotecas, los cabarets, etc., que la Sagrada Escritura llama, queridos míos, «sótanos de muerte y cámaras o cajas del Hades». Allí se refugian los hombres…

Díganme, pues, si no tenemos la posesión demoníaca en sentido amplio, en cada época, y especialmente en la nuestra.
Queridos, terrible es el fenómeno de la posesión demoníaca. La sola visión del endemoniado del Evangelio de hoy basta para convencernos. En casa, vuelvan a leer el pasaje. Vean qué hombre tan desdichado era.

Pero también hoy los hombres tienen un comportamiento demoníaco. Especialmente muchos de nuestros jóvenes.

Dijimos que dos causas demonizan al hombre: la incredulidad y el pecado. Así que, ¡cuidémonos! Mantengamos cerradas las puertas de la psique-alma frente a los πάθος (pazos: pasiones, vicios, adicciones) y a la alienación (alteración) de Dios. Vivamos la fe dinámica y la santidad dinámica. Dije “dinámica”. Es decir, una fe que crece, como pedían los discípulos: «Señor, auméntanos la fe». Esta se llama fe dinámica. Y también se llama santidad dinámica, por el crecimiento espiritual. Y no tengamos miedo. Pase lo que pase. Nuestro Señor Jesús Cristo vino al mundo para destruir las obras del diablo. Basta con que pertenezcamos, única y exclusivamente, a nuestro Señor Jesús Cristo.
Amén.

A la gloria del Dios Trino y Santo,
Homilía realizada en el Santo Monasterio Komnineo, Larisa, 20 de octubre de 1996 con inmensa gratitud a nuestro guía espiritual, el venerable y bendito Padre Atanasios Mitilineos,

FUENTES: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/omiliai-kyriakvn

Transcripción digitalización y edición de la homilía: Sr. Atanasios K. y Eleni Linardaki, filóloga.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

Sobre la curación del endemoniado de los gerasenos, San Gregorio Palamás

San Gregorio Palamás

Domingo VI de Lucas [Lc 8,27-39]
Sobre la curación del endemoniado de los gerasenos (gadarenos)

 

Terapia del endemoniado de los gerasenos, 8:26-40.

26 Y navegaron hacia la región de los gerasenos (gadarenos), que está frente de Galilea.

27 Y al llegar a tierra, salió al encuentro un hombre de la ciudad que tenía demonios, y desde hacía mucho tiempo andaba desnudo, no se vestía ni vivía en casas, sino entre los sepulcros.

28 Al ver a Jesús, se puso a gritar y se postró ante Él, gritando a gran voz: ¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te ruego, ¡no me atormentes y no me encierres desde ahora al terrible Hades!

29 Porque Jesús mandó al espíritu inmundo salir del hombre, porque durante mucho tiempo se había apoderado de él, y aunque atado con cadenas y grillos para ser custodiado, rompía las cadenas y era conducido por el demonio a lugares desiertos.

30 Jesús le preguntó: ¿Cómo te llamas? Y él dijo: “Legión”, porque habían entrado muchos demonios en este hombre.

31 Y los demonios le rogaban que no les mandara ir al abismo, a las profundidades del Hades.

32 Y había allí una piara de muchos cerdos paciendo en el monte; y le rogaron que los dejara entrar en ellos; y los dejó. (En realidad deberían ser castigados los dueños de los cerdos, con la pérdida de los cerdos, porque los apacentaban y los alimentaban, a pesar de la prohibición por la ley de Moisés).

33 Saliendo entonces del hombre, los demonios entraron en los cerdos, y la piara se precipitó por el despeñadero al lago, y se ahogó.

34 Al ver lo sucedido los pastores de los cerdos, huyeron y lo contaron en la ciudad y en los caseríos.

35 Salieron entonces a ver lo sucedido, y fueron adonde Jesús, y encontraron al hombre de quien habían salido los demonios sentado a los pies de Jesús, vestido y en su sano juicio; y se llenaron de miedo.

36 Y los que lo vieron, les contaron cómo el endemoniado había sido liberado.

37 Y toda la multitud de alrededor de los gerasenos le rogó que se alejara de ellos, porque estaban sobrecogidos de un gran miedo. Como se sentían culpables tenían miedo a más castigos. Y Jesús entrando en una barca, regresó.

38 Y el hombre de quien habían salido los demonios le rogaba estar con Él; pero le mandó a su casa en paz, diciendo:

39 Vuelve a tu casa, y cuenta lo que ha hecho Dios contigo. Y él fue proclamando por toda la ciudad cuán grandes cosas le había hecho Jesús con él.

 

SAN GREGORIO PALAMAS
Sobre la curación del endemoniado de los gerasenos (gadarenos)

 

«El que es de Dios o el que es siempre de Dios, escucha y acepta los logos de Dios», (Jn 8,47); aquél que proviene de Dios y ha adquirido, mediante el ejercicio de la virtud, una verdadera relación de parentesco con Dios, escucha con atención e interés los logos y palabras de Dios y las acoge dentro de sí, dice el Señor. Es decir, obedece los mandamientos de Dios y transforma sus logos en obras, vive, se gobierna y se conduce conforme a Cristo, cumple la voluntad del Padre celestial, y se convierte en “heredero de Dios, coheredero de Cristo”. Si somos hijos, somos también herederos, herederos de Dios, coherederos de Cristo, si es que sufrimos con Él, para que también seamos glorificados con Él” (Rom 8,17) [Por lo tanto, dado que somos hijos, es natural que seamos también herederos de Dios como nuestro Padre y coherederos de Cristo como nuestro hermano. Y llegamos a ser coherederos de Cristo si, ciertamente, sufrimos con Él, para que también seamos glorificados juntamente con Él].

Pero quien desobedece a Dios comete pecado y se entrega a él de manera impenitente. Es esclavo del pecado y no pertenece a Dios, sino al Maligno, porque con su mala voluntad transforma la naturaleza que recibió de Dios y la asemeja a la naturaleza del padre de la perdición. Por eso, el Señor decía a los judíos: «Vosotros tenéis como padre al diablo, y queréis hacer los deseos, las codicias, y las ambiciones de vuestro padre. Él era homicida desde el principio de la creación humana y no se mantuvo en la verdad, ni está en su interior el deseo por ella. Cuando inventa y habla la mentira, habla según su propia naturaleza, porque es mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44).

[Vosotros, que os jactáis de ser hijos de Dios, tenéis por padre al diablo. De él procedéis, y su carácter y sus inclinaciones habéis heredado. Y todo lo que desea vuestro padre —sus obras pecaminosas y homicidas— eso mismo queréis hacer y estáis decididos a realizar. Él fue homicida desde el principio de la creación del hombre, y con su mentira arrastró al ser humano al pecado y a la muerte. No puede mantenerse en la verdad, porque no hay en él ningún deseo de la verdad ni disposición alguna para decirla. Cuando habla mentira, lo hace de lo que es propio de él, porque es mentiroso y padre de la mentira: el primer inventor y principal instigador de ella].

Este tipo de personas son claramente más miserables aún que los endemoniados, aunque pasen inadvertidas a los ojos de muchos. En efecto, mientras los endemoniados desgarran sus cuerpos y, en ocasiones, dañan físicamente a quienes se encuentran, aquellos que, mediante sus malos πάθος (pazos: pasiones, vicios, adicciones, patologías) se han asimilado al enemigo primordial y maligno, corrompen sus propias psiques-almas y las de quienes tratan con ellos sin precaución. Y mientras los primeros, en el momento de la muerte, se liberan junto con el cuerpo de la influencia de los demonios, los segundos, al pecar sin μετάνοια metania, sin arrepentimiento y confesión, conservan un daño inmortal y permanente.

Además, al que está visiblemente atormentado en su cuerpo por el demonio, todos lo compadecemos cuando lo vemos; pero al homicida, al avaro, al soberbio, al desvergonzado, al rebelde y a todos los semejantes a ellos, no solo no los compadecemos, sino que los aborrecemos. Porque el primero cae en su padecimiento de manera involuntaria, mientras que quien ama el pecado atrae libremente sobre sí el mal, ocultando a veces incluso la perversidad y la malignidad de su enfermedad.

Pero como la mayoría de los hombres no puede percibir el furor del diablo contra nosotros, manifestado en sus ataques contra la psique-alma y su cooperación con nosotros en el pecado, Dios permitió que existieran también endemoniados corporalmente, para que todos aprendiéramos, por medio de ellos, cuán terrible es el estado del alma que ha hecho de él su morador mediante las obras malignas.

Cuando, pues, el Hijo unigénito de Dios, movido por un océano inconmensurable de filantropía, “inclinó los cielos y descendió a la tierra” [cf. Sal 143(144),5] «Señor, inclina los cielos y desciende; toca las montañas, y humeen». Pero Tú, Señor, que eres tan condescendiente con nosotros, los humildes y frágiles hombres, inclina los cielos y desciende; toca con tus manos las montañas, y se encenderán y se llenarán de humo, para liberar nuestras almas de la tiranía del diablo, expulsaba también los demonios de los que estaban visiblemente poseídos en sus cuerpos. Hacía esto para mostrar y confirmar, mediante una liberación y curación visibles, la liberación y terapia. “psicoterapia” invisibles que se obraban en las psiques-almas.

En efecto, cuando concedió la sanación, “psicoterapia” a la psique-alma del paralítico, no solo no fue alabado por quienes veían únicamente las apariencias, sino que incluso fue blasfemado. Por eso curó también la parálisis de su cuerpo, para que aprendieran, como Él mismo decía a los presentes, que «el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados» (Mt 9,6). Que el Hijo del hombre —el Mesías, el representante de toda la humanidad y glorioso Juez de ella en Su Segunda Venida— tiene autoridad para perdonar en la tierra los pecados de los hombres.

Por esta razón, principalmente, expulsa el Señor a los demonios de los endemoniados: para que aprendamos que Él es quien los expulsa también de nuestras psiques-almas y nos regala la libertad eterna.

«Y cuando salió a tierra…» —según la lectura evangélica de hoy—, «le salió al encuentro un hombre de la ciudad, que tenía demonios desde hacía mucho tiempo. No vestía ropa alguna ni habitaba en casa, sino que vivía entre los sepulcros» (Lc 8,27).

Dice “cuando salió”, no “cuando llegó a tierra”, para mostrar que vino en barco, ya que previamente había calmado la tempestad del viento y apaciguado el mar con Su reprensión. Porque, cuando embarcó con Sus discípulos en Galilea, les dijo —como refiere antes el evangelista: «Pasemos al otro lado del lago» (Lc 8,22). De esto se ve que había previsto el acontecimiento y, movido por su compasión, vino voluntariamente en auxilio de aquel que tanto tiempo y tan terriblemente había sido atormentado por los demonios.

Lucas dice, pues, que era un hombre que tenía muchos demonios; Marcos también habla de uno “poseído por un espíritu inmundo”, mientras que Mateo afirma que eran dos los que estaban poseídos y atormentados por muchos demonios. La razón por la cual unos evangelistas mencionan a uno y otros a varios —tanto en lo que respecta a los poseídos como a los demonios mismos— la revelan tanto Lucas como Marcos; en efecto, aquel a quien Marcos llama “espíritu inmundo”, interrogado luego por el Señor, responde: «Mi nombre es Legión, porque somos muchos» (Mc 5,9).

La “legión” significa una multitud o un conjunto numeroso de ángeles o de hombres que están organizados, se mueven juntos y actúan con un mismo propósito y fin. Por eso también aquellos endemoniados, que se movían impulsados y dominados de manera semejante, convivían inseparablemente entre los sepulcros y los montes; de ahí que unas veces se hable de ellos en singular y otras en plural, tanto en lo que respecta a los poseídos como a los espíritus malignos que los atormentaban.

Asimismo, no fue solo que la Legión de espíritus malignos encontrara y reconociera a Jesús a través de aquel hombre, sino que también, «al ver a Jesús, lanzó un gran grito, cayó ante Él y con voz fuerte dijo: “¿Qué tengo yo que ver contigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te ruego que no me atormentes” ni me impongas desde ahora el castigo de ser encerrado en las tinieblas del Hades», (Lc 8,28).

«Porque [Jesús] mandó», dice el Evangelio, «al espíritu inmundo que saliera y se alejara de aquel hombre» (Lc 8,29).

El Señor, habiendo llegado por compasión a aquella orilla donde vivía el endemoniado, dio la orden a la legión de demonios de salir del hombre, pero no les dijo adónde debían ir. Por eso, aquella inmunda multitud de espíritus malignos se llenó de confusión y de temor, no fuera que el Señor los entregase desde entonces al castigo futuro, al infierno del fuego preparado para ellos, donde serían entregados a una completa inmovilidad, al quedar abolida toda su actividad.

Por ello, se vieron obligados a acercarse y postrarse, usando palabras más humildes y verdaderas ante el Señor, las cuales testificaban que Él era el Hijo del Altísimo. Pero, en su malicia, pensaban que, con tal testimonio, como con una especie de adulación, podrían persuadir y manipular al Señor de todo.

Y el Señor toleró el testimonio de los demonios, para instrucción de los que se encontraban con Él en la barca; porque, poco antes, cuando los que estaban con Él vieron sus grandes milagros sobre el mar, se decían con asombro unos a otros: «¿Quién es este, que incluso manda a los vientos y al agua, y le obedecen?» (Lc 8,25).

Ahora, sin embargo, aprendieron que Él es el Hijo del Dios Altísimo. Porque siempre —incluso el mismo diablo— coopera, aunque sin quererlo, con los designios y la voluntad de Dios; no porque lo desee ni porque lo tenga como propósito. Por eso uno de los padres teoforos portadores de Dios dice que «el mal coopera con el bien, pero no por buena intención» (cf. san Juan Crisóstomo, A Estagirio; san Basilio el Grande, Que Dios no es causa de los males).

El Señor, pues, queriendo mostrar a los presentes que el demonio que tanto temblaba ante Él no era uno solo, sino muchos, le preguntó:
«¿Cuál es tu nombre?». Y él respondió: «Legión; porque muchos demonios han entrado en él», por eso tenía este nombre.

Algunos dicen que una legión está compuesta de unos seis mil [espíritus].

Y continúa el Evangelio: «Y le rogaban (los demonios) que no les mandara ir al abismo (es decir, que no los enviara a las profundidades del Hades)».

¿Ves que fue el miedo, como dijimos antes, lo que los obligó a acercarse, a postrarse y a usar palabras verdaderas y humildes?
Observa también la omnipotente autoridad del Señor, Dios y Salvador nuestro, Jesús Cristo. En efecto, el demonio, aun contra su voluntad, lo reconoció como Señor incluso del abismo.
¿Y quién es Aquel que domina los abismos sino el que está sentado en los cielos, el que todo lo abarca y gobierna?

Mira además que el ejército de los demonios no puede permanecer en ningún lugar sin haber recibido de Él permiso o concesión. Por eso, cuando fue mandado por el Señor a salir, pero no recibió orden sobre adónde debía ir, fue dominado por gran angustia, y encontró como refugio a los cerdos que pastaban en el monte, buscando huir por medio de ellos.

Pero ni siquiera sobre los cerdos tenía poder por sí mismo, y con mucha mayor razón no lo tiene sobre los hombres. Porque dice la Escritura: «Había allí un hato numeroso de cerdos que pastaban en el monte; y los demonios le rogaron que les permitiera entrar en ellos, y Él se lo permitió. Y salidos los demonios del hombre, entraron en los cerdos, y el hato se precipitó por el despeñadero al lago y se ahogó»; es decir, cerca de allí había un rebaño numeroso de cerdos que pastaban en la montaña; y los demonios rogaron al Señor que les permitiera entrar en esos cerdos. Y el Señor se lo permitió, porque quienes criaban los cerdos lo hacían infringiendo la Ley mosaica, que prohibía el consumo de carne de cerdo por considerarla impura. De este modo, el Señor castigó su transgresión. Y cuando los demonios salieron del hombre, entraron en los cerdos. Entonces, el hato se lanzó con furia irresistible por el precipicio, cayendo al lago y ahogándose.

Los demonios, pues, buscando supuestamente un pretexto para huir y con mala intención, pidieron permiso para entrar en los cerdos, porque el Salvador los expulsaba de los hombres. Se dieron cuenta de que en aquel momento no estaban siendo expulsados por uno o dos, sino por el Único de todos los hombres. Y el Señor se lo permitió, para que nosotros comprendamos, por lo que les sucedió a los cerdos, que ni siquiera habrían tenido compasión de aquel hombre, sino que lo habrían destruido por completo, si no hubiesen sido detenidos de antemano, de modo invisible, por el poder de Aquel (Cristo).

«Cuando los pastores vieron lo que había sucedido», dice el Evangelio, «huyeron y lo contaron a la ciudad y a los campos», es decir: apenas vieron lo sucedido, los que cuidaban los cerdos huyeron y anunciaron la destrucción de los cerdos a los habitantes de la ciudad y a los que estaban en los campos, (Lc 8,34).

Considerad ahora, por favor, al hijo pródigo del Evangelio, que fue salvado al alejarse de los cerdos, para entender quiénes eran aquellos que cuidaban los cerdos, o mejor dicho, quiénes se asemejan a ellos. En efecto, la vida porcina, debido a su inmundicia, simboliza todo πάθος pazos (pasión, vicio, adicción) maligno. Y por cerdos se entienden principalmente aquellos que llevan el manto manchado por la carne. Sus jefes, un tipo de pastores, son aquellos que los superan en placer o hedonismo y cuidado de la carne y de la alimentación, de manera que cumplen sus deseos.

A nosotros, sin embargo, el tiempo no nos permite, ni el bullicio de la multitud, ocuparnos con detalle de la continuación: es decir, de cuál es la desnudez que provoca en la psique-alma el pecado —la cual indicaba aquel endemoniado—, y cuál es la vida en los montes, porque dice: «no vestía ropa ni habitaba en casa, sino que vivía entre los sepulcros» y cuáles las cadenas, grilletes y ataduras que rompía y de las que escapaba perseguido.

Pero debemos también evitar, nosotros, sobre todo los monjes, la compañía y convivencia con los cerdos. Porque según la enseñanza de Pablo: «No os engañéis; las malas compañías corrompen las buenas costumbres» (es decir, no os dejéis engañar con falsedades, ni os asociéis con los viejos amigos que teníais cuando erais idólatras; recordad que las malas compañías corrompen las buenas costumbres) (1 Cor 15,33). Y, por lo general, cada uno llega a ser semejante a sus compañeros.

¿Cuál es el provecho de retirarse completamente del mundo y refugiarse en los lugares dedicados a Dios, si luego sales diariamente de ellos y te mezclas de nuevo con el mundo? ¿Cómo, dime, vagando por los mercados, evitarás los impulsos de las pasiones que provocan la muerte de la psique-alma, separándola de Dios? Esta es la muerte «que entra en nosotros a través de las ventanas», es decir, de los sentidos. Precisamente por estas se alejaron de la inmortalidad los primeros en ser creados.

Por eso, alejémonos todos nosotros de la convivencia con lo malo, aunque nos parezca que superamos a muchos en linaje, gloria, fuerza corporal y riqueza material; y alejémonos también de la semejanza a los cerdos, teniendo en mente aquella laguna de fuego calcinante, en la cual, ¡ay!, caerán los que, sin metania impenitentes sirven las injurias de los demonios. Y al ver el abismo en que son precipitados al morir, los que hasta el final de sus vidas imitan la conducta de los cerdos, alejémonos sin retorno del verdaderamente hediondo modo de vida del pecado, y acerquémonos así, de manera buena y justa, a la fuente de los perfumes que Dios nos ha dado, que brota del arca del venerable mártir cristiano de nuestra tierra (Tesalónica), san Demetrio.

Y una vez que por su uso nos santifiquemos y fortalezcamos, proclamemos también en los campos y en las ciudades, dondequiera que estemos, el poder y la energía divina e increada de aquel santo perfume. No me refiero con la lengua o con palabras —porque ¿quién no ha oído con sus propios oídos la multitud de milagros que se realizan aquí?—, sino con la transformación de nuestra vida hacia lo mejor, de modo que, viéndonos, todos digan: «Esta transformación de nuestra condición es obra de la diestra del Altísimo» (Sal 76,11), con cuya diestra ha sido consagrado el gran Demetrio, y mediante la cual transforma a quienes se le acercan hacia lo más divino, de modo que también en el cielo tenga por conciudadanos a aquellos que tuvieron la dicha de ser en la tierra sus compañeros de morada.

Esto así sea por las oraciones de aquel santo (Demetrio) y que todos logremos las prometidas moradas celestiales y la convivencia allí con los santos, por la jaris-gracia y filantropía de nuestro Señor Jesús Cristo, a quien sea la doxa-gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Edición y revisión: Eleni Linardaki, filóloga FUENTES: San Gregorio Palamás, Obras completas. Homilías (43–63), Homilía 50, Ediciones patrísticas “Gregorio el Palamás” (EPE), editorial “To Byzantion”, Tesalónica 1986, tomo 11, pp. 197–211.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

La teología, el primer don del Espíritu Santo

«La teología, el primer don del Espíritu Santo» 

 

a) El valor de la teología como primer carisma o don del Espíritu Santo, por el padre Atanasio de Mitilineos.

b) Teología catafática y apofática. Jeremías, Metropolita de Megalupolis

(Θεός Zeós= Dioa y Λόγος logos. Ο Λόγος του Θεού el Logos de Dios)

También pueden escuchar esta traducción vocalizada o hablada en Yutube:

https://www.youtube.com/watch?v=D4fD3VpAqHs

a) El valor de la teología como primer carisma o don del Espíritu Santo, por el padre Atanasio de Mitilineos.

Queridos míos:
Tenemos hoy mucha alegría, porque tenemos el honor de recibir la visita de la Universidad Teológica de Tesalónica. Una Escuela de Teología Cristiana Ortodoxa es, por supuesto, un capítulo muy grande y amplio de nuestra Iglesia Ortodoxa. Por eso, os damos la bienvenida.

¿Pero, qué es la teología?

San Pedro el Damasceno nos enseña que “la gnosis (conocimiento) de Dios se llama teología” (https://logosortodoxo.es/filocalia/tomo-iii/filocalia-3-san-pedro-el-damasceno-libro-primero/).
Por supuesto, lo que se enseña en la Universidad podemos llamarlo Teología Académica, la cual es, sin duda, de mucha utilidad y provecho —lo subrayo: de mucha utilidad y provecho. Pero la teología no se agota allí. Se extiende también en la teología catafática y la teología apofática (ver aquí más abajo, segunda parte).

San Gregorio Palamás dice que la teología apofática no se opone, ni refuta ni contradice a la catafática. La teología catafática tiene, asimismo, la fuerza y la energía propias de la apofática. Del mismo modo, la Teología Académica no se opone a la teología apofática ni a la catafática, sino que posee también su propia razón de ser. Simplemente, la Teología Académica debe reconocer su insuficiencia para alcanzar la gnosis de Dios y la salvación del hombre.

Hace muchos años leí en San Simeón el Nuevo Teólogo:

“¿Cómo puedes hablar sobre Dios si no has visto a Dios?”

Y realmente me atormenté y me decepcioné. ¿Cómo voy a hablar de Dios si no lo he visto, si no he experimentado a Dios?
El Santo Padre quería subrayar que la gnosis de Dios —es decir, la teología— debe convertirse en sentido y sentimiento de Dios en el ser humano, en el fiel. Y este sentido, percepción y sentimiento de Dios abren también el camino hacia la σωτηρία (sotiría: sanación, redención y salvación). No son realidades separadas: gnosis y sotiría no están disociadas.

San Máximo el Confesor se refiere a tres estadios o etapas en el proceso de la sotiría (sanación, redención y salvación):
a) el de la virtud,
b) el de la gnosis (conocimiento), y
c) el de la teología.

Estos tres grados se ilustran en la icona de la Metamorfosis de Cristo, cuando el Apóstol Pedro, ante la visión gloriosa, dice al Señor que pongan tres tiendas: una para Elías, otra para Moisés y otra para Él.
Los Santos Padres —como en este caso san Máximo— ven en ello una correspondencia: Elías representa la praxis (acción), Moisés la gnosis o contemplación natural, y el Señor la teología.

La oración, en efecto, es el modo perfecto para que el fiel alcance la teología. Esto también nos lo enseñó el Señor: cuántas veces, cuando oraba como hombre, se abría el cielo ante Él. Porque es el Dios Logos hecho hombre. La oración es el espacio de las divinas apocalipsis (revelaciones) y visiones divinas.
Por eso dice san Nilos el Asceta, en su conocida enseñanza: “Si quieres ser teólogo, ora verdaderamente; y el que ora verdaderamente es un teólogo.”
(https://logosortodoxo.es/oracion/filocalia-1-san-nilos-el-asceta-153-reflexiones-sobre-la-oracion-del-corazon/).

¿Por qué quien ora verdaderamente es teólogo? Porque allí, en la oración, tiene la visión, el sentido, el sentimiento y la percepción de Dios.

Debemos decir que la teología es un regalo del Espíritu Santo, y en concreto, el primero y más alto de los dones, carismas.
San Diádoco de Fótica enseña: “Todos los carismas de Dios son muy buenos y están llenos de bondad. Pero, entre todos los carismas del Espíritu Santo, el que realmente enciende y conmueve el corazón es la teología.”

A veces alguien pregunta:
—¿Hijo mío, tienes el carisma de sanación?
Y, en efecto, da alegría cuando un enfermo se cura ante ti. Pero no hay comparación con la alegría que produce la gnosis teológica, como dice el santo.

Por eso, si el Espíritu Santo nos preguntara: “¿Qué quieres que te dé: el carisma de la teología o el de la sanación?”

Y el santo Padre enumera los grandes beneficios que ofrece la teología. El carisma de la teología es el que nos concede gran alegría, pues nos ayuda a desapegarnos de las cosas corruptibles y a sostenernos en las incorruptibles.
¡Cuánta alegría experimenta el alma cuando, iluminada por la teología, ya no se apega a las cosas de este mundo! Si no les damos tanto valor, si sólo conservamos lo necesario para vivir, entonces se cumple lo que dice el Apóstol Pablo: “Debemos contentarnos con tener qué comer y con qué vestirnos” (1 Tim 6:8).

Cuando vemos que nuestro corazón no se apega a las cosas terrenales, ni siente inclinación por la riqueza o la vanidad, ¿no nos llena eso de alegría? Sí, tienes mucha alegría.

Además, lo más importante es que sentimos alteraciones en nuestro corazón. ¡Oh, esas alteraciones, cambios en nuestro corazón!
Es aquello que dice el Salmo: “Esta alteración ha venido porque tocó el corazón la diestra del Altísimo, y se cambió” (Sal 76 [77]:11).

He visto y conocido hombres en quienes se produjo esta alteración, esta transformación interior. Y también lo contrario: personas sin ninguna alteración, a quienes las cosas más serias y sagradas no les conmueven, les dejan indiferentes. Eso es lo verdaderamente triste y decepcionante.
De todas formas, la teología —como don del Espíritu Santo— es precisamente esto: alteración, cambio del corazón.

Por supuesto, para que el hombre reciba el carisma de la teología, debe trabajar en sí mismo. No es algo que Dios concede simplemente porque quiere. No. Dios pide condiciones.
Por eso el mismo Padre nos dice: “Dios no concede el carisma de la teología si el hombre no se ha preparado realmente, de modo que adquiera todas las virtudes y facultades necesarias gracias a la doxa (gloria) del Evangelio de Dios.”

Tú, ¿qué haces por ti mismo?
Dios quisiera —si fuera posible— que todos los hombres de la tierra conocieran Su voluntad, poseyeran Su gnosis (conocimiento) y todos recibieran el carisma de la teología. Pero no sucede así, porque los hombres no quieren.
¿Tú te preparas para recibir este carisma?

La preparación consiste en una piedad creciente:

  • Negativamente, en la separación del mal;
  • Positivamente, en el cultivo de las virtudes, del temor de Dios y de la agapi (amor incondicional) hacia Cristo.

No digo fe, sino agapi, amor verdadero, amor sin medida.
En la Divina Liturgia decimos: “Con temor de Dios, fe y amor, venid…”.
Esa agapi-amor no se refiere al amor hacia el prójimo, sino al amor a Cristo. Y esta agapi-amor hacia Cristo se ha subestimado, se ha empobrecido terriblemente.
Este es un hecho doloroso: vemos a muchos hombres que ya no aman a Jesús Cristo. Sí, es necesario que tengamos una gran agapi-amor por Jesús Cristo. Entonces todo esto abre el camino hacia la teología.

Creo, amados míos, que la ciencia teológica —la llamada Teología Académica— debe ser el punto de partida y el motivo para avanzar hacia una teología soteriológica, es decir, psicoterapéutica, sanadora, redentora y salvadora.
Porque la teología académica, por sí sola, no sana ni salva, lo subrayo intensamente: no sana ni salva, especialmente si uno se detiene únicamente en ella.

Por tanto, el estudiante debe aceptar con buena disposición y voluntad que, cuando estudia la Teología Académica, entra en un campo desconocido, inmenso y misterioso, digno de ser investigado y vivido.
Y vale la pena hacerlo, porque así la teología valora y enriquece nuestra identidad cristiana, es decir, nuestro bautismo, nuestra condición de cristianos.

Pero para vosotros, estudiantes de teología científica, todas estas cosas son dos logos, dos mensajes dirigidos a vuestra agapi- amor. Si habéis puesto interés y las habéis escuchado, me alegraré mucho.

Pero surge una pregunta: ¿Puede el estudiante contemporáneo de teología —y, en general, el joven de hoy— vivir una auténtica vida cristiana, que es la condición fundamental y primordial para ascender al misterio y carisma de la teología? Es decir, ¿puede el joven contemporáneo ser un hombre espiritual?

¿Qué es un hombre espiritual?
Es aquel que tiene el Espíritu Santo.

Una vez preguntaron a San Simeón el Nuevo Teólogo si en todas las épocas los cristianos pueden tener el Espíritu Santo que concede la vida espiritual. Ya que algunos decían que ese don sólo existió cuando Cristo vino al mundo, ahora ya no podemos tener el Espíritu Santo.
Al oír esto, el santo se entristeció profundamente y respondió: “¿Qué son estas cosas que decís? ¿Así piensan los cristianos? ¿Acaso el Espíritu Santo no permanece en la tierra, en la Iglesia junto con nosotros, para que lo tengamos siempre, en cada época?”

Se nos olvida que el cristianismo es diacrónico, y que:

Cristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos” (Heb 13:8); esto se nos olvida.

Los santos nunca dejarán de existir; los hombres πνευματοφόρος (pnevmatoforos: portadores del Espíritu), nunca desaparecerán.

Y el mandamiento de Dios, dado ya en el Antiguo Testamento a Isaías y retomado por el Apóstol Pablo en su segunda carta a los Corintios, dice: “Salid de en medio de ellos y apartaos, dice el Señor, y no toquéis nada impuro, y yo os recibiré”, (2 Cor 6:17). En tiempos de Isaías, todos los pueblos de alrededor eran idólatras.
El mandamiento es claro: separarse de lo impuro, y no toquéis nada impuro, dice el Señor, y así yo os aceptaré.
Y Pablo añade: “Amados míos, tenemos estas grandes promesas de Dios, hagámonos nuestra catarsis y purifiquémonos de toda mancha de nuestra carne y de nuestro espíritu, luchando y avanzando continuamente hasta al fin del camino de la santidad en el temor de Dios”, (2 Cor 7:1)

¿Veis?
Negativamente, debemos limpiarnos, hacer nuestra catarsis de toda mancha y contaminación; positivamente, debemos llenarnos de santidad, de la divina χάρις (jaris: gracia, energía increada). Esto es lo que Dios desea.

Por tanto, podemos ser hombres espirituales en toda época y tiempo.
Es cierto, sin embargo —y lo digo con gran tristeza—, que hoy muchos cristianos se han secularizado, mundanizado. Y el cristianismo occidental, debemos reconocerlo, se ha secularizado totalmente. Por eso debemos guardar nuestra Ortodoxia como la pupila de nuestros ojos.

Incluso con el paso del tiempo, la fe y la agapi-amor hacia Cristo se debilitan, desvanecen. El Señor lo dijo: “Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (Lc 18:8). Esta es la gran pregunta.

Cuando Cristo venga -como hemos escuchado en el pasaje apostólico de hoy, donde el Apóstol Pablo habla del remanente-, se cumplirá lo que ocurrió en tiempos del profeta Elías, quien se quejaba diciendo: “Señor, me he quedado solo; nadie más te respeta.” Esto sucedía en el reino del norte.
Pero Dios le respondió: “No. Hay seis mil hombres que no han doblado sus rodillas ante Baal”, no reverenciaron los ídolos.

Así también, dice el Apóstol Pablo —y lo habéis oído hoy: igual que entonces, también al final de la historia habrá un remanente, un resto de cristianos que recibirá a Cristo cuando venga. Y este remanente se salvará.

El cristiano contemporáneo es, pues, testigo y mártir, en concreto mártir de los ésjatos —de los últimos tiempos. Y como enseña San Cirilo de Jerusalén, estos mártires y testigos serán más grandes, superiores que los de los primeros tiempos de la Iglesia. Porque no se trata simplemente de que te quiten la piel; deberán resistir algo aún peor: la indiferencia.
La indiferencia es un martirio más doloroso que la persecución, porque cuando el otro no te da importancia, niega incluso tu valor. Si alguien te quita la piel, al menos reconoces —aunque sea en medio del sufrimiento— que para él tienes importancia; pero cuando te ignora, cuando no le importas, ese martirio del desprecio silencioso es todavía más penoso.

Amados míos:
Una sola es la verdadera teología. Ella conserva la fe y la agapi-amor hacia Cristo. Por eso, salgamos de este mundo trópicamente, es decir, en nuestro modo de vida, no físicamente.
El Apóstol Pablo no nos pide huir a las montañas, sino transformar nuestro vivir cotidiano.

Escuchad lo que dice el antiguo libro Epístola a Diógnito:

“Los cristianos viven en ciudades griegas o bárbaras, donde la suerte los ha colocado. Siguen las costumbres locales en la vestimenta, la comida y el resto de su vida, pero su modo de vivir es admirable y, al mismo tiempo, paradójico. Habitan en su propia patria, pero como extranjeros. Participan en todo como ciudadanos, y todo lo soportan como forasteros. Cada tierra extranjera es para ellos una patria, y cada patria, tierra extranjera. Se casan como todos y engendran hijos, pero no los abandonan. Comparten la mesa, pero no el lecho. Viven en la carne, pero no según la carne. Habitan en la tierra, pero su ciudadanía y modo de autogobierno está en el cielo. Obedecen las leyes del Estado, pero con su vida superan las leyes.”

Esto, amados míos, es salir del mundo: no apartarse físicamente de él, sino vivir en medio de él con otro espíritu, con una forma de vida distinta, celestial.

Amados míos, todas estas cosas son muy importantes, y así debemos vivir y movernos.
Nuestro Señor Jesús Cristo es verdaderamente Θεάνθρωπος (Zeánzropos: Dios-Hombre) y verdaderamente nuestro Salvador. Nuestra posición dentro de nuestro pueblo ortodoxo y de nuestra sociedad es una posición de luz.
¿Lo habéis oído? Posición de luz.

Como dijo el Señor: “Vosotros sois la sal de la tierra” (Mt 5:13), esa sal que preserva al mundo de la putrefacción y corrupción moral y espiritual.

Mañana, como sacerdotes, como predicadores del logos de Dios, y como catequistas, vuestra vida auténticamente cristiana será vuestro logos y palabra más elocuente. Tendréis mucho que enseñar, sobre todo con vuestro ejemplo. Por eso el Apóstol Pablo exhorta: arraigados, sobreedificados en él, y confirmados en la fe; y el Señor Jesús Cristo, nuestro Señor, siempre os bendecirá. Amín.

Atanasio Mitilineos, (Homilía realizada en santo Monasterio el 19/02/2000).

FUENTES: https://arnion.gr/index.php

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

 

b) Teología catafática y apofática

Jeremías, Metropolita de Megalupolis

(“Καταφατική (catafática) de confirmación positiva y ἀποφατική (apofática) de confirmación negativa”)

 

1 De acuerdo con lo que dijimos en nuestro kérigma anterior, hermanos cristianos, Dios es a la vez desconocido y conocido, oculto y revelado, anónimo y poliónimo (de muchos nombres), luz increada y gnofos increado (luz que deslumbra, nube oscura supraluminosa); el Ser (ὁ ὤν) y el No-ser (ὁ μή ὤν o mí on).
Cuando decimos que Dios es “no-ser” (μή ὤν, mí on), entendemos y queremos decir que no es uno de los seres o entes creados, como creían los idólatras acerca de sus dioses, sino que está más allá de todas las sustancias y esencias, es decir, es y está infinitamente por encima de toda la creación (cf. San Dionisio Areopagita https://logosortodoxo.es/category/san-dionisio-el-areopagita/).
Pero nuestro Dios, el “Ὤν” el On pragmático, el Verdadero Ser es la causa de todos los seres creados (ὄντων).

Parece, pues, que nos encontramos ante un camino contradictorio hacia la teognosía, es decir, en nuestro intento y esfuerzo por conocer a Dios. Esto se debe a que Dios se nos presenta, por un lado, como ἀκατάληπτος (akatáliptos: ininteligible, inefable, incognoscible y anónimo, sin nombre), y por otro lado, como revelado a los hombres y poliónimo (de muchos nombres).
A pesar de ello: “No solo no se hace absolutamente ningún esfuerzo por resolver la antífasis (contradicción), sino que incluso se destaca la necesidad de una contradicción semejante. La teología corre el riesgo de traicionar su contenido si, por ventura, quisiera dejar de lado esta vía antitética de teognosía.” (Nikos Matsukas, “Teología dogmática y simbólica pag 129”).

“Nuestra teología ortodoxa nos da muchos nombres, abundantes nombres, tanto positivos como negativos, para expresar a Dios (esto se llama ‘teología catáfática’ o afirmativa); pero finalmente, mediante la negación, elimina todos los nombres (esto se llama ‘teología apofática’ o negativa), porque Dios no tiene nombre; permanece ‘inefable e innombrable’.”

2 Por un lado, Dios es perfectamente trascendental y, por tanto, inexpresable. Es Misterio.
Pero, por otro lado, Dios no está separado de Su creación. Está infinitamente por encima y fuera de ella, como Dios trascendental, pero también está presente en ella. Él dirige la historia del hombre. Conoce todas las cosas, está y es a nuestro alrededor, dentro de nosotros y en todas partes.
Es, como decimos en la oración conocida, el “Rey Celestial, omnipresente, que todo lo llena”.

Para hablar sobre Dios, primero debemos reconocer nuestra ignorancia, nuestra debilidad y nuestra incapacidad para hablar acerca de Él.
Moisés habló con Dios en el Monte Sinaí, una vez que entró en el “gnofos” (Ex 20,21).
Y Dios, nuevamente, se apocaliptó —es decir, se reveló— a Moisés en una luz mezclada con oscuridad o tiniebla, en “la columna de nube y fuego” que acompañaba a los israelitas en el desierto (Ex 13,21).

Esto es teología apofática: el “gnofos (supraluz deslumbrante que ciega)” y el “skotos” (oscuridad), la declaración y admisión de nuestra ignorancia al intentar hablar de Dios.
Pero esta misma declaración —esta forma apofática de hablar de Élmanifiesta nuestra gnosis (conocimiento) de que Dios no puede ser expresado, porque es trascendental.

3 Deseando expresar a Dios —ya que Él es inexpresable, porque es Misterio— utilizamos imágenes y símbolos para darle un sentido y significado. Nuestra teología, en gran medida, es simbólica.

Hemos dicho que Dios es inexpresable, debido a que es trascendental. Sin embargo, aun cuando Dios se nos apocalipta, es decir, se revela, tampoco podemos expresarlo absolutamente, por muchas denominaciones positivas o negativas que le hayamos atribuido mediante la teología catafática.
Así, reconociendo nuestra incapacidad, recurrimos a la ‘teología apofática’ para expresar, por este camino, la perfección absoluta de Dios mediante Su ‘anonimato’; porque no pudimos (mediante la teología catáfática) atribuirle nombres o propiedades que le correspondan plenamente.

He aquí, más sencillamente, cuál es la manera ‘catafática’ y ‘apofática’ de hablar acerca de Dios: Cuando, orando a Dios, queremos alabar Su doxa-gloria y Lo invocamos con expresiones positivas y negativas, entonces utilizamos el método ‘catáfático’.

Por ejemplo, cuando decimos: “Oh Dios mío, Tú eres muy misericordioso y no eres como nosotros los humanos, que somos malos; eres santo, omnisciente, omnipotente, no eres injusto, sino justo y recto en todas Tus obras. Eres el omnipresente, el único bienaventurado, etc.”

Pero, diciendo todas estas cosas —e incluso más— sobre Dios, en algún momento cesan nuestras palabras, y caemos en una dulce profundidad, sintiendo nuestra incapacidad y debilidad para expresar quién es realmente Dios.
Ese silencio es nuestro modo o forma apofática de hablar y de orar acerca de Él.

Y, disolviendo ese silencio, continuamos hablando a Dios con palabras como: “¡Dios mío, Tú eres el Todo! ¡No puedo expresar cuán grande eres!…”

De esta manera, proseguimos nuestro diálogo con Dios en forma apofática, reconociendo que toda expresión humana es insuficiente para describir Su infinita realidad.

Muchas bendiciones y χάρις (jaris: gracia, energía increada) para todos.

† Jeremías, Metropolita de Górtina y Megalópolis, Helas (Grecia) 10 de mayo de 2017

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

 

 

 

 

 

Logos psicoterapéuticos de San Paísios de Athos

 

 

 

Λόγοι Οσίου Παϊσίου

Logos psicoterapéuticos de San Paísios de Athos

 

  1. Que luchemos con todas nuestras fuerzas para ganar el paraíso. La puerta de la entrada es muy estrecha, no escuchéis a los que os dicen que todos se salvarán.

“Να αγωνιζόμαστε με όλες μας τις δυνάμεις για να κερδίσουμε τον παράδεισο. Είναι πολύ στενή η πύλη και μην ακούτε αυτούς που σας λένε ότι όλοι θα σωθούμε”.

  1.  Hombre prudente y sensato es aquel que está bien concienciado que en esta vida hay un fin y él mismo va a poner fin a sus defectos y errores.

“Συνετός και μυαλωμένος άνθρωπος είναι εκείνος που αντελήφθη καλώς ότι υπάρχει τέρμα της παρούσης ζωής και σπεύδει και αυτός να θέσει τέρμα εις τα σφάλματα και ελαττώματά του”.

  1. La confianza en Dios es una continua oración mística, secreta que trae silenciosamente las fuerzas de Dios allí donde son necesarias y al momento que hacen falta.

“Η εμπιστοσύνη στον Θεό είναι μια συνεχής μυστική προσευχή που φέρνει αθόρυβα τις δυνάμεις του Θεού εκεί που χρειάζονται και την ώρα που χρειάζονται”.

  1. Confiar y asignar nuestro futuro a Dios. La absoluta confianza en Dios, es la madre de la fe, con la que oramos y disfrutamos los frutos de la esperanza.

“Να αναθέτουμε το μέλλον μας στο Θεό. Η απόλυτη εμπιστοσύνη στο Θεό, έχει μητέρα την πίστη, με την οποία προσευχόμαστε και απολαμβάνουμε τους καρπούς της ελπίδας”

  1. La plena disposición y entrega de nuestra vida a Dios, es una liberación de la inseguridad que trae la fe en nuestro yo, y nos hace disfrutar el paraíso desde esta vida.

“Η πλήρης ανάθεση της ζωής μας στο Θεό, είναι μια λύτρωση από την ανασφάλεια που φέρνει η πίστη στο εγώ, και μας κάνει να χαρούμε τον παράδεισο από αυτή τη ζωή”

  1. Cuando el hombre lucha con esperanza, entonces viene el divino consuelo y alivio y la psique siente intensamente las caricias de la agapi (amor, energía increada) de Dios.

«Όταν αγωνίζεται με ελπίδα ο άνθρωπος, έρχεται η θεία παρηγοριά και νιώθει έντονα η ψυχή τα χάδια της αγάπης του Θεού»

  1. Cuando más vive uno la vida mundana, tanto más gana en angustia, estrés, ansiedad y depresión. Sólo cerca de Cristo uno descansa, porque el hombre está creado para el Dios.

«‘Οσο περισσότερο ζει κανείς την κοσμική ζωή, τόσο περισσότερο άγχος κερδίζει. Μόνο κοντά στο Χριστό κανείς ξεκουράζεται γιατί ο άνθρωπος είναι πλασμένος για το Θεό»

  1. La alegría superior nace del sacrificio. Solamente cuando uno se sacrifica se emparenta con el Cristo, porque el Cristo es sacrificio.

«Η ανώτερη χαρά βγαίνει από τη θυσία. Μόνον όταν θυσιάζεται κανείς συγγενεύει με τον Χριστό, γιατί ο Χριστός είναι θυσία»

  1. El Dios quiere de nosotros sólo la predisposición y la buena disposición que la manifestamos con un poco de pundonor, buena voluntad y concienciación de nuestra pecaminosidad (enfermedad espiritual). Todo lo demás nos lo da Él.

«Ο Θεός από εμάς θέλει μόνο την προαίρεση και την αγαθή διάθεση που θα την εκδηλώνουμε με το λίγο φιλότιμο αγώνα μας και την συναίσθηση της αμαρτωλότητάς μας. Όλα τα άλλα μας δίνει εκείνος»

  1. ¡El que se cansa para su prójimo por agapi puro, descansa con el cansancio! ¡El que ama a sí mismo y gandulea, se cansa con sentarse!

«Όποιος κουράζεται για τον πλησίον του από καθαρή αγάπη, ξεκουράζεται με την κούραση! Αυτός που αγαπάει τον εαυτό του και τεμπελιάζει, κουράζεται με το να κάθεται!»

  1. Progreso espiritual hay allí donde hay la sensación de que todo está desbarajustado.

«Πνευματική πρόοδος υπάρχει, εκεί που υπάρχει η αίσθηση ότι όλα είναι χάλια»

  1. No te recuerdes las heladas del invierno, porque tendrás frío también en Agosto.

«Να μην θυμάσαι τα κρύα του χειμώνα, γιατί θα κρυώνεις και τον Αυγουστο»

  1. Mientras viva el hombre tiene derecho a dar exámenes espirituales. Luchemos para prender aunque sea la base espiritual para pasar al paraíso.

«Όσο ζει ο άνθρωπος έχει δικαίωμα να δίνει πνευματικές εξετάσεις. Μετεξεταστέος δεν υπάρχει. Ας αγωνιστούμε να πιάσουμε έστω την πνευματική βάση για να περάσουμε στον παράδεισο»

  1. Bienaventurados y felices los que tienen como eje en sus corazones a Cristo y giran alegres alrededor de Su santo nombre, espiritual e incesantemente.

«Μακάριοι είναι όσοι έχουν στην καρδιά τους άξονα τον Χριστό και περιστρέφονται χαρούμενοι γύρω από το άγιο όνομά του, νοερώς και αδιαλείπτως»

  1. Al cielo uno no sube con el ascenso mundano, sino con el descenso espiritual. Sólo así, caminando “bajo”, cabes en la estrecha entrada del paraíso.

«Στον ουρανό δεν ανεβαίνει κανείς με το κοσμικό ανέβασμα, αλλά με το πνευματικό κατέβασμα. Μόνο έτσι, βαδίζοντας «χαμηλά», χωράει από την στενή πύλη του παραδείσου»

  1. Los esfuerzos corporales no pueden reconciliarnos con el Dios tanto como la simpatía de la psique, la filantropía y la agapi (amor desinteresado) al prójimo.

«Δεν μπορούν να μας συμφιλιώσουν με τον Θεό τόσο οι σωματικοί αγώνες και οι κόποι, όσο η συμπάθεια της ψυχής και η φιλανθρωπία και η προς τον πλησίον αγάπη»

  1. Nuestra agapi (amor desinteresado) a Dios debe ser la misma con todos. Sólo entonces es agapi de Dios. Bajo de esta todo se doblega. A lado de esta todo se derrite.

«Η αγάπη μας πρέπει να είναι ίδια προς όλους. Μόνο τότε είναι αγάπη Θεού. Κάτω από αυτήν τα πάντα λυγίζουν. Δίπλα της όλα λειώνουν»

  1. Cuando tenemos autoconocimiento, entonces se hace “la fisión espiritual” de nuestro άτομο (átomo) individuo. Así se libera la energía, superamos la gravedad de nuestra naturaleza y dibujamos una trayectoria espiritual.

«Όταν έχουμε αυτογνωσία, τότε γίνεται η «πνευματική διάσπαση» του ατόμου μας. Έτσι απελευθερώνεται η ενέργεια και ξεπερνάμε την βαρύτητα της φύσεώς μας και διαγράφουμε πνευματική τροχιά»

  1. En nuestros tiempos, desgraciadamente la lógica, razón ha sacudido la fe y ha llenado las psiques de dudas. Así es normal que seamos privados de milagros, porque el milagro se vive, no se explica.

«Στην εποχή μας, δυστυχώς η λογική κλόνισε την πίστη και γέμισε τις ψυχές με αμφιβολίες. Έτσι, επόμενο είναι να στερούμαστε τα θαύματα, γιατί το θαύμα ζείται και δεν εξηγείται»

  1. No tengamos confianza en nosotros mismos. La autoconvicción es un obstáculo a la Divina Jaris (gracia, energía increada). Cuando lo asignamos, dejamos todo en manos de Dios, él “está obligado” a ayudarnos.

«Μην έχουμε εμπιστοσύνη στον εαυτό μας. Η αυτοπεποίθηση είναι εμπόδιο στη Θεία Χάρη. Όταν αναθέτουμε τα πάντα στο Θεό, αυτός «υποχρεώνεται» να μας βοηθήσει»

  1. Controlando el mal no sale nada. Pero presentando el bien, el mal es controlado por sí mismo. ¡Solamente con buenos ejemplos son controlados y amonestados los que han hecho moda el pecado!

«Ελέγχοντας το κακό, δε βγαίνει τίποτε. Παρουσιάζοντας όμως το καλό, ελέγχεται από μόνο του το κακό. Μόνο με καλά παραδείγματα ελέγχονται όσοι έκαναν μόδα την αμαρτία!»

  1. ¡La madurez espiritual es creer que no hacemos nada! Sólo dentro de un estado de humilde frustración de nosotros mismos se esconde el buen estado espiritual.

«Πνευματική ωριμότητα είναι να πιστέψουμε ότι δεν κάνουμε τίποτε! Μόνο μέσα στην ταπεινή κατάσταση της απογοητεύσεως από τον εαυτό μας κρύβεται η καλή πνευματική κατάσταση»

23 El Dios no permite ninguna tristeza, ni aflicción y ningún mal, si dentro de todo esto no sale algo mejor de lo que nosotros humanamente considerábamos que es lo más y todo.

«Ο Θεός δεν επιτρέπει καμιά θλίψη και κανένα κακό, αν μέσα απ’ αυτά δεν βγει κάτι καλύτερο από αυτό που εμείς ανθρώπινα θεωρούσαμε ότι είναι το παν!»

  1. La mayor enfermedad es el orgullo o soberbia, que nos ha traspasado desde el paraíso en la tierra y desde la tierra intenta llevarnos al infierno.

«Η μεγαλύτερη αρρώστια είναι η υπερηφάνεια, η οποία μας μετέφερε από τον παράδεισο στη γη και από τη γη προσπαθεί να μας πάει στην κόλαση»

  1. Si quieres “agarrar” a Dios, para que te escuche, cuando hayas orado, gira el botón en la humildad, porque en esta frecuencia trabaja el Dios.

«Εάν θέλεις να «πιάσεις» τον Θεό, για να σε ακούσει, όταν προσευχηθείς, γύρισε το κουμπί στη ταπείνωση, γιατί σ’αυτήν την συχνότητα εργάζεται ο Θεός»

  1. No hay que evitar el pecado para no ir al infierno, sino por agapi y pundonor para no entristecer y lastimar a nuestro benefactor Cristo.

«Δεν πρέπει να αποφεύγουμε την αμαρτία για να μην πάμε στην κόλαση, αλλά από αγάπη και φιλότιμο για να μην λυπήσουμε τον ευεργέτη μας Χριστό»

  1. Aquel que pide milagros para creer en Dios, no es noble. Para el Dios esto tiene valor: amar sólo a Dios y sólo porque es bueno.

«Εκείνος που για να πιστέψει στο Θεό ζητά θαύματα, δεν έχει αρχοντιά. Για το Θεό αυτό έχει αξία. Να αγαπήσουμε τον Θεό μόνο και μόνο επειδή είναι αγαθός»

  1. Los loyismí (pensamientos, reflexiones) purifican nuestra psique y desactivan las armas del demonio de la lujuria, porque en el cuerpo casto se mantiene la psique casta en la que permanece la Divina Jaris (energía increada).

«Οι αγνοί λογισμοί εξαγνίζουν την ψυχή μας και αχρηστεύουν τα όπλα του δαίμονος της πορνείας, διότι μέσα στο αγνό σώμα διατηρείται η αγνή ψυχή και στην οποία παραμένει η Θεία Χάρις»

  1. Nada se hace sin la providencia de Dios, y donde hay providencia de Dios, seguro que lo que ocurre, por muy amargo que sea, traerá beneficio a la psique.

«Τίποτα δεν γίνεται χωρίς την πρόνοια του Θεού, και όπου υπάρχει η πρόνοια του Θεού, σίγουρα αυτό που συμβαίνει, όσο πικρό κι αν είναι, θα φέρει ωφέλεια στην ψυχή»

  1. Asegúrense en llenar la batería del corazón ahora que sois jóvenes. Porque cuando seréis viejos, entre la música bizantina sonarán también los buzukis.

«Φροντίστε να γεμίσετε τη κασέτα της καρδιά σας τώρα που είστε νέοι. Γιατί αλλιώς, όταν γεράσετε, ανάμεσα από βυζαντινή μουσική θ’ ακούγονται και μπουζούκια»

  1. ¡El Dios ayuda y no comete injusticia! Ve más allá y le interesa como buen padre tenernos cerca de él, en el paraíso. Por eso da pruebas en esta vida.

«Ο Θεός βοηθάει και δεν αδικεί! Βλέπει πιο πέρα και τον ενδιαφέρει, σαν καλός πατέρας, να μας έχει κοντά του στον παράδεισο. Γι’ αυτό δίνει δοκιμασίες σ’ αυτή τη ζωή»

Buen paraíso para todos, San Paísios el Aghiorita.Όσιος Παΐσιος ο Αγιορείτης

Fuente: http://hristospanagia3.blogspot.gr/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

Las visitas de Dios-A. Mitilineos

Las visitas de Dios-A. Mitilineos

Domingo III de Lucas [7, 11–16]

Un día, queridos míos, Jesús quiso visitar la ciudad de Naín. Lo acompañaban sus discípulos y una gran multitud. Cuando llegaron a la puerta de la ciudad —pues era una ciudad amurallada—, en ese mismo momento, como nos señala el evangelista Lucas, «se sacaba fuera un muerto», un cortejo fúnebre.
Había muerto un joven, descrito como un muchacho, hijo único de una madre viuda. Acompañaba el cortejo mucha gente, que naturalmente había ido para consolar a aquella madre enlutada. El encuentro se produjo allí, en la puerta de la ciudad: la multitud que seguía al Señor con sus discípulos y la multitud que acompañaba el entierro.

Entonces el Señor se compadeció de aquella mujer —realmente digna de compasión— y le dijo: «No llores». Y acercándose al féretro, donde yacía el joven, los que lo llevaban se detuvieron. Entonces el Señor, como si se tratara de lo más natural del mundo, se dirigió al joven muerto y le dijo: «¡Joven, a ti te digo, levántate!» ¡Y el joven se asentó en su féretro y comenzó a hablar!

Sin duda, fue un milagro asombroso. Todos los presentes quedaron fuera de sí, sobrecogidos de temor. Porque todo lo que tiene relación con el mundo invisible, el mundo espiritual, provoca en el ser humano temor y estremecimiento.
Y anota Lucas: «Todos quedaron llenos de temor y glorificaban a Dios diciendo: “Un gran profeta se ha levantado entre nosotros” y “Dios ha visitado a su pueblo”». El temor los invadió a todos; glorificaban a Dios y decían: «Un gran profeta ha aparecido entre nosotros» y «Dios ha visitado a su pueblo». Consideraban aquello como una visita de Dios, en la persona de Jesús Cristo, a quien tenían por un gran profeta.

Pero cuando el pueblo decía que Dios había visitado a Su pueblo, ¿qué querían decir realmente? ¿Eran capaces de captar que se trataba de una visita personal de Dios mismo? ¿Comprendían que Dios estaba presente en persona? ¿Podía el pueblo concebir algo así?

Cuando los rabinos, los maestros de la Ley, leían al pueblo la profecía de Baruc, donde se dice: «Después de esto —es decir, después de la creación de la luz y del universo— se apareció en la tierra aquel que había dicho: “Hágase la luz, y la luz fue hecha”, y convivió entre los hombres», ¿cómo podían los rabinos y el pueblo entender esta profecía?

El que el Dios invisible y espiritual se manifestara en el ámbito de la tierra y de la materia, siempre resultaría algo incomprensible.
¿Cómo podría ser posible? ¿Cómo podían entonces los rabinos explicar expresiones tan realistas de los profetas? Si tuviéramos que interpretarlas, ¿cómo lo haríamos?
Seguramente, la interpretación se haría de modo figurado, alegórico, y no literal. Por ejemplo, donde se dice: «Sus pies se posaron» —es decir, los pies de Dios— «sobre el monte de los Olivos».
¿Cómo podríamos interpretar eso? ¿Tiene Dios pies?
No: es una expresión metafórica, alegórica, como dije. Significa que Dios concede Su favor, Su protección, que toca la tierra, que derrama Su bondad. Pero que Dios estuviera presente de manera personal, tangible, que pudiera ser visto y tocado, eso era algo inconcebible. Porque el pueblo no podía —ni siquiera los rabinos podían— imaginar la Encarnación del Logos de Dios. No podían entenderlo. A pesar de la claridad de los profetas, interpretaban sus palabras alegóricamente.
¿Por qué? Porque existía un racionalismo.
¿Pero es posible acaso?
Hasta hoy, incluso entre muchos de nuestros propios cristianos, subsiste ese racionalismo: ¿Es posible que Dios sea un Dios “que se toca”? ¿Es posible? ¿Y de manera real, no simplemente simbólica y metafóricamente?

En el profeta Isaías dice: «Yo soy un Dios que se acerca y se toca».
Sí, pero allí —podría decirse— tal vez se trata de una expresión alegórica: “Estoy cerca”, en el sentido figurado. Pero, de un modo tal que pueda uno tocar, palpar, entrar en contacto con este Dios, ¿cómo podría ser posible? ¿Cómo, entonces, podía el pueblo comprender esta visita de Dios cuando se decía que “Dios visitó a su pueblo”?
Claro que es una expresión muy correcta —que Dios visitó a Su pueblo—, pero, ¿cómo? Ese cómo

Zacarías, el padre del profeta Juan el Bautista, glorifica a Dios cuando nace su hijo y dice de manera profética un cántico: «Bendito el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y ha obrado la redención de su pueblo». La palabra «ὁ ἐποίησεν» (epíisen: ha obrado) es más fuerte que simplemente «dio»; indica que Dios trabajó activamente en la salvación. «En los cuales nos visitó el Amanecer desde lo alto para iluminar a los que moran en tinieblas y sombra de muerte». Dos veces utiliza la palabra «ἐπεσκέψατο episképsato», el verbo “visitar” (ἐπισκέπτομαι episképtome).

No obstante, el Señor llega a la Tierra de la manera que los profetas anunciaron, según lo puso el Espíritu Santo en sus labios, de manera perceptible. Porque, por supuesto, se vistió con Su creación: se hizo hombre. El salmista se maravilla y pregunta: ««¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, o el hijo del hombre para que lo cuides?» (Sal 8:5) Se pregunta: “Señor, ¿qué es realmente el hombre que lo tienes en memoria, que lo visitas; quién es?”

Aquí tenemos una apocálipsis-revelación: que Dios visite al hombre de manera perceptible, mediante la Encarnación, muestra el valor del hombre como a imagen de Dios. Es decir, Cuando Dios llega a visitarlo de esta manera y realiza la Encarnación, entonces ¿quién es el hombre?
¡De un valor inmenso! Vemos a los demás, a los niños, a los ancianos, y decimos: «Bueno, ¿quién es este? Un anciano, un niño». No podemos captar el valor del “hombre”. Era necesario que hubiera una apocálipsis-revelación, y aquí tenemos quizás el argumento más fuerte sobre el valor del hombre: ¡Dios se hace hombre, ser humano!

Así, en la Encarnación, tenemos una apocálipsis-revelación clarísima: entre el Dios Logos y el hombre existe una atracción mutua. De otro modo, la Encarnación no habría sido posible. Un έρως (eros: amor ardiente, ferviente) que permanece incomprensible. Nuestra propia capacidad de amor, lamentablemente, se ha debilitado y distorsionado, pero el amor del Dios Logos permanece inalterable: nos creó, nos formó, nos ama, y Su sentimientos y afecto hacia los hombres no cambia. Crea a los primeros humanos y los coloca en el hermoso paraíso, llamado “paraíso del deleite”. «Después, el paraíso, que era una morada maravillosa, es decir, una residencia del hombre. Después, cuando coloca al hombre en el Paraíso, ¿qué hace? ¡Lo visita! ¡Lo visita!

¿Qué haremos en el Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios? Lo veremos y Él nos verá. Ese es el bien supremo. Tal como, cuando casamos a nuestro hijo, hacemos una visita a su casa. ¿Por qué? Para verlo y que nos vea. Nada más. Claro, eso de “nada más” es un decir.
Porque de esa contemplación, de ese ver, se derivan todos los bienes: la paz, el amor, la alegría, etc…

Cuando Dios visitaba a los primeros en ser creados, no podemos comprender cómo era esa visita, porque el Logos de Dios aún no se había encarnado. Sin embargo, los primeros en ser creados no se asombraban ante las visitas del Logos: lo consideraban natural. ¡Veis que son cosas incomprensibles, inconcebibles…!

Pero cuando pecaron, se escondieron; se sintieron incómodos ante la visita del Dios Logos. No porque —podríamos decir— tuvieran miedo por haber transgredido el mandamiento, ni porque temieran la presencia del Dios Logos, ya que estaban acostumbrados a ella.
Fíjense bien: estaban acostumbrados. Para ellos, la visita del Dios Logos —lo repito— era lo más natural, lo más propio. Así también, la resurrección del hijo de la viuda fue lo más natural.
¿Por qué?
Porque la muerte no es algo natural; es algo absurdo, contrario a la lógica.

¿Y qué hizo Cristo?
Realizó un acto natural: restauró la vida, porque la vida es lo natural, no la muerte. La muerte es una caricatura dentro de la creación. Por supuesto, Dios no es el autor de la muerte; el instigador de la muerte es el diablo y el pecado de los primeros en ser creados. Así pues, también aquí, ¿qué podría ser más natural que el Dios Logos nos visite? Pero, dado que la visión de Dios ya no era posible para los primeros en ser creados después de su caída, Dios se retira.

Dios se retiró. Pero no dejó —como dice el apóstol Pablo en uno de sus discursos en Listra— no dejó de dar testimonio de Sí mismo. No se quedó sin testimonio. Ahora da Su testimonio de manera indirecta. Llueve: eso es doxa-gloria del Señor. ¿Por qué? Porque la tierra debe ser regada. “Embriagaste sus surcos”, dice un salmo. Los surcos, donde están sembradas las plantas… ¡qué hermosa expresión!: “los embriagaste”. Beber vino significa beber un poco; pero cuando se bebe mucho, uno se embriaga. Es decir: “Tú diste tanta agua, que embriagaste la tierra, los surcos de la tierra donde crecen las plantas”. Esto es doxa-gloria de Dios. Sale el sol: también es doxa-gloria de Dios.
Así como los hebreos cruzaron el mar Rojo —nada menos que eso—, Dios les dijo: “Ahora veréis mi doxa-gloria”. ¿Y cuál fue su doxa-gloria? Que los hebreos pasaron el mar Rojo “con los pies secos”, sin mojarse. Estas son las acciones y energías increadas de Dios. Así, Dios no dejó de dar testimonio de Sí Mismo, no se quedó sin testimonio. Solo que ya no existía la visión directa de Él. Eso era lo que había desaparecido.

Hasta que el Logos de Dios se vistió —porque Él nos creó— se revistió de su creación y vino entre nosotros de manera perceptible. Y todo esto fue por amor, porque nos amaba.
Sin embargo, cuando vino ocurrió lo siguiente, el evangelista Juan señala en el capítulo 1:10-11 de su Evangelio: «A los suyos vino, y los suyos no le recibieron». Vino, pero no lo recibieron. Un poco más adelante, añade: «Y el mundo no le conoció».
¿Por qué no lo conoció? ¿Acaso porque vino con humilde apariencia? Sí, vino como hombre, con humilde forma, porque vuestro antepasado, Adán, quiso obtener algo más que la forma que tenía; buscaba la igualdad con Dios. Esa pasión la sufría también el diablo y la sugirió a Adán. No era el simple, sencillo Adán; buscó la igualdad con Dios y cayó.

Por eso, dice Cristo, que vengo de manera contraria: vengo humilde, sencillo. ¿Puedes recibirme? ¿Puedes comprender esto? ¿Puedes descubrirme precisamente en esta humildad mía? Humildad, no en el sentido de virtud, sino en el sentido de humillación, degradación. Como dice Pablo: «Tomando la forma de siervo».

Sin embargo, esto sorprende. Pero no pudimos conocerlo y comprenderlo plenamente. Él trató de ayudarnos a comprender y conocer que nos visitó.
Sin embargo, en el Antiguo Testamento, la visión de Dios estaba limitada solo a los justos: Abraham, Isaac, Jacob, y aun entonces de manera enigmática. Cuando Abraham cae en éxtasis, Dios le habla de muchas cosas.

Jacob, en su sueño, lucha con alguien al volver a la tierra de Canaán, y le dice: «Déjame ir». — «No te dejaré». — «Déjame ir». — «No te dejaré si no me bendices». Y Dios le dice: «Desde ahora no te llamarás Jacob —que significa “el que agarra el talón”, “el que sigue por detrás”—. No era, por cierto, un nombre de honra. Se le llamó así porque, al nacer como gemelo de Esaú, tomó con su mano el talón de su hermano. “El que agarra el talón”: es una condición poco digna. Desde ahora te llamarás Israel, es decir, “el amado de Dios”.
Veis, por tanto, que Dios se manifiesta, pero de modo enigmático.
¿Y al pueblo? A él se le manifiesta a través de sus actos y energías increadas, por medio de todos aquellos prodigios admirables. Por ejemplo, hace descender el maná durante cuarenta años enteros, no una hora, ni un día, ni una semana: cuarenta años completos. Eso es una acción y energía de Dios. Así se manifiesta Dios, indirectamente, por medio de Sus energías. Solo mediante aquellos prodigios que el pueblo podía experimentar.

Por eso, la Encarnación del Logos de Dios es el acontecimiento central de la historia. Totalmente incomprensible, pero real, pragmático. Dios, por tanto, visita también los corazones humanos individuales, podríamos decir. En Apocalipsis, capítulo 3, 20, dice: «He aquí, yo estoy de pie a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, yo entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo (y nos alegraremos los dos por su retorno y su salvación). Dice llamo, no llamé. Aquí encontramos expresiones profundamente familiares: «Llamar a la puerta». La “puerta” representa la libre buena voluntad del ser humano. Y el “golpear de quien llama” son esos pequeños milagros cotidianos que abren e iluminan la mente, el espíritu y el corazón. Permiten al creyente decir: «Señor, ¿quién eres? ¿Quién llama? ¿Qué es esto que experimento?» Es lo que provoca asombro y maravilla.

San Isaac el Sirio dice en sus escritos: «De vez en cuando, y de manera imperceptible, cae sobre todo el cuerpo un deleite y júbilo que la lengua no puede describir, hasta que el hombre considera todas las cosas terrenas como polvo y ceniza. Esto sucede durante la oración, la lectura o el estudio continuo, cuando la mente se expande y se calienta el corazón. Esta sensación ocurre incluso entre el sueño y la vigilia: como si uno estuviera durmiendo, pero no dormido. Y cuando llega este deleite, que inunda todo el cuerpo, el hombre siente que esto es la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios».

Y esta experiencia, me es difícil de expresarla, no tiene imágenes, ni representaciones, es incorpórea, no es un sueño. Solo un sentimiento de bienaventuranza infinita. No hay ninguna imagen, ninguna en absoluto. Solo un sentimiento de felicidad y bienaventuranza indescriptible. Y entonces el ser humano recibe un pequeño anticipo de la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios; algo que no puede transmitirse ni con imágenes ni con palabras. Es… ¿cómo podría decírtelo? Como cuando alguien te ofrece un pequeño bocado para que pruebes el sabor del banquete que seguirá. Así también Dios envía estas “degustaciones”, para mostrarte cómo es la mesa de la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada).
Presta atención: todo esto es real. Te lo repito, no es un sueño. No es ni sueño ni vigilia. Es un estado en el que el hombre tiene plena conciencia de sí mismo. Y si se produjera algún ruido, desearía que no ocurriera, para que esa experiencia no terminara nunca. Tiene plena conciencia de sí mismo.

Queridos, el corazón es el lugar del encuentro entre el hombre y Dios. Y después de la resurrección, no solo el corazón, sino todo el hombre será lugar de encuentro con Dios.
Por eso Juan dice: «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos, pero sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como es».
¡Le veremos tal como es!

Y aún hay también este otro aspecto, tan realista: algo que comienza aquí en la tierra y se cumple plenamente en la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios, que lo dice Dios tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Y lo utiliza el Apóstol Pablo: «Como Dios ha dicho, habitaré entre ellos y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo». Por ello, dice Pablo: «Teniendo estas promesas, hagámonos la catarsis de toda contaminación de carne y espíritu, realizando santidad en el temor de Dios».

Por tanto, cuidemos nuestra vida, nuestra conducta, nuestra fe y nuestro corazón. Por eso la Escritura dice: «¡Ay de vosotros los que habéis perdido el corazón! ¿Qué haréis cuando el Señor os visite?» (Sabiduría Sirac). Israel perdió su corazón, y Cristo lo dijo desde el Monte de los Olivos: «¡Ay de ti, Israel, que no reconociste tu visita, que te visitó el Santo de Israel, tu Señor!» Perdió su corazón. Tal y como muchos pierden su corazón. [Lucas 19: 43-44 Porque vendrán días terribles en que tus enemigos te rodearán con trincheras, te cercarán y te estrecharán por todas partes y te estarán dañando, y arrasarán tus edificios, matarán a tus hijos y no dejarán de ti piedra sobre piedra, porque no quisiste conocer y aceptar el tiempo en que te ha visitado Dios para salvarte».]

Las visitas de Dios son poderosas y maravillosas, siempre que Dios encuentre un lugar: ese lugar es el corazón. Entonces el creyente puede decir verdaderamente que recibe visitas divinas, porque Dios está muy cerca y ama visitarnos.

A la gloria del Dios Trino y Santo,
Homilía realizada en el Santo Monasterio Komnineo, Larisa, 6 de octubre de 1996, con inmensa gratitud a nuestro guía espiritual,
el venerable y bendito Padre Atanasios Mitilineos,

FUENTES: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/omiliai-kyriakvn

Transcripción digitalización y edición de la homilía: Sr. Atanasios K. y Eleni Linardaki, filóloga.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

a) Las lágrimas y, b) El duelo o luto A. Mitilineos

a) Las lágrimas y, b) El duelo o luto

A. Mitilineos-Domingo III de Lucas [7, 11-16]

Resurrección del hijo de la viuda de Naín, 7:11-17.

11 Un poco después, aconteció que fue a una ciudad llamada Naín. E iban con Él sus discípulos y mucha gente.

12 Y cuando se acercó a la puerta de la ciudad, he aquí estaban sacando a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, siendo ella misma viuda; y una gran multitud de la ciudad estaba con ella acompañándola en el entierro.

13 Viéndola el Señor se compadeció de ella, y le dijo: «No llores».

14 Y acercándose, agarró el féretro, de manera que los que lo llevaban se detuvieron; y dijo: «Joven, a ti te digo: ¡Levántate!»

15 Y el muerto inmediatamente se levantó, se sentó y comenzó a hablar. Y Jesús lo entregó a su madre.

16 Y un gran temor los sobrecogió a todos, y glorificaban a Dios, diciendo: ¡Un gran profeta ha surgido entre nosotros, Dios bondadoso ha visitado a su pueblo!

 

a) “Las lágrimas”

Mitilineos-Domingo III de Lucas [7, 11-16]

 

Queridísimos míos, el pasaje evangélico de hoy nos conmueve profundamente. El Señor, como escuchamos, se dirigía hacia una pequeña ciudad llamada Naín —que significa “bella”. Pero, por una coincidencia providencial, mientras una gran multitud de discípulos lo seguía, al llegar a la puerta de aquella pequeña ciudad se encontraron con un cortejo fúnebre.
Era otra multitud que acompañaba la procesión que salía de la ciudad hacia el cementerio. Era el entierro de un joven, hijo único de una madre viuda. El Señor, al verla llorar, se compadeció de ella y le dijo: «No llores». Y se acercó al féretro. Los que lo llevaban se detuvieron. Entonces el Señor, con una orden llena de autoridad, dijo al muerto: «Joven, a ti te digo: ¡Levántate!»
Y el joven, queridos míos, volvió a la vida, se sentó en el féretro y comenzó a hablar; lo que demostraba que no se trataba de una ilusión, sino de una realidad. Había centenares de testigos, tanto de la multitud que seguía al Señor como de la que acompañaba el entierro de aquel joven. Y el Señor lo entregó de nuevo a su madre.

El milagro fue extraordinario, indiscutible. Las gentes se llenaron de temor y glorificaban a Dios. Todos decían que había aparecido un gran profeta entre ellos, y que Dios había visitado a Su pueblo.

En verdad, cuántos temas y asuntos podrían surgir para ser examinados en este pasaje. Pero permitidme que nos detengamos sólo en una frase: en ese «No llores» que el Señor dijo a la madre del joven muerto.
«No llores», dijo. A primera vista, podríamos pensar que fue un consejo inhumano. ¡Cuánto dolor tenía aquella mujer! Viuda, con su único hijo, y además tan joven… ¿Y que alguien le diga: “No llores”? ¿No parece cruel? ¿No suena duro?

Pero cuando el Señor pronunció esas palabras, no pretendía privar a la madre del derecho de llorar por su hijo. Se lo dijo porque, en unos instantes, tendría de nuevo a su hijo vivo. Por eso exactamente le dijo:
«No llores; dentro de pocos segundos yo devolveré la vida a tu hijo, le devolveré su psique-alma y te lo entregaré».

De este modo, a través de todo este episodio, podemos comprender cuál debe ser nuestra actitud frente al duelo. ¿Podemos llorar? ¿Está permitido el llanto?
El Señor, o mejor dicho, el Espíritu de Dios ha dejado escrito en la Sagrada Escritura que llegará el momento en que el llanto será abolido, las lágrimas desaparecerán, toda forma de lágrima, porque ya no habrá motivo para llorar.

Dice, por ejemplo, en el libro del Apocalipsis, capítulo 7, entre muchas otras descripciones —negativas y positivas— acerca de la vida después de la resurrección de los muertos: «Y Dios enjugará, eliminará toda lágrima». Y cuando dice «toda lágrima», se refiere a toda clase de lágrimas.

Pero mientras permanezcamos en este mundo, ¿podemos decir que no debemos llorar? Surge entonces la pregunta: ¿Las lágrimas están permitidas o no? ¿Habéis notado que ningún animal llora? Ninguno. Solo el ser humano tiene lágrimas. Los animales sienten tristeza; pueden expresarla de otras formas. Si observáis a una madre pájaro cuando le quitan sus polluelos, o a una gata separada de sus gatitos, o a una perra de sus cachorros, veréis que protestan, se inquietan. Pero ningún animal llora. Solo el ser humano llora. Es un privilegio del hombre. ¿Un privilegio? Hasta cierto punto, sí lo es. Este por qué lo veremos.

Podemos formular otra pregunta: ¿Cómo ve Dios las lágrimas? Porque fue Él quien creó al hombre capaz de llorar. Entonces, ¿cómo las contempla Dios?

Es un hecho que el mismo Señor Jesús —como menciona la Carta a los Hebreos— durante los días de su vida terrenal, lloró muchas veces.
Dice el capítulo quinto: «Él, Jesús Cristo, en los días de su humanización y su vida terrenal, ofreció oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas a Dios y Padre, el cual podría salvarlo del terrorífico martirio de agonía y muerte en la cruz, y fue escuchado gracias a su obediencia y piedad de beber pacientemente el cáliz de su muerte en la cruz» (Hebreos 5:7).

El Señor, pues, oraba con lágrimas. Y además, el mismo Señor, cuando desde el monte de los Olivos vio la ciudad asesina de profetas —y que pronto sería asesina de Cristo—, Jerusalén, el evangelista Lucas dice :«Y al ver la ciudad, lloró sobre ella» (Lucas 19:41). Lloró. Lloró.

También el apóstol Pablo, como muestra de gran nobleza y delicadeza espiritual, escribe a su muy amado Timoteo en su segunda carta lo siguiente: «Recordando tus lágrimas, deseo profundamente verte, para llenarme de alegría» (2 Tim 1,4).
Y sabéis, hermanos, que Pablo era un hombre de carácter fuerte. Si quisiéramos citar mil episodios de su vida —tal como se registran en los Hechos de los Apóstoles y en sus epístolas—, veríamos que era un hombre duro, severo. Pero, al mismo tiempo, era extremadamente tierno. Y eso es lo admirable: saber ser firme cuando es necesario, y tierno cuando también lo requiere la ocasión.

El mismo Señor, en sus bienaventuranzas, dice: «Bienaventurados y dichosos  sois los que ahora lloráis por vuestros pecados y por otras tribulaciones que estáis padeciendo, porque reiréis y os alegraréis» (Lc 6,21). Es decir: «Vosotros reiréis; seréis los últimos en reír. Mientras el mundo ríe, vosotros lloráis y os lamentáis por el estado del mundo. Pero sois bienaventurados porque lloráis y os entristecéis: en verdad, vosotros reiréis al final, porque Dios os justificará. Mientras los otros, que ríen insensiblemente, serán condenados».

Y nuevamente el apóstol Pablo, como una regla —digámoslo así— de vida social y espiritual, escribe en la carta a los Romanos: «Llorad con los que lloran» (Rom 12,15). No puedes ir a un funeral y ponerte a reír; llorarás, compartirás el dolor del otro. Llorarás con él. Esa es una bellísima expresión de comunión humana: «Llorar con los que lloran».

Entonces, ¿qué podríamos decir? ¿Debemos llorar o no?

San Juan Clímaco, en su séptimo logos de La Escala Divina, escribe: «El logos, tratado sobre las lágrimas enseña que éstas nacen de muchas y diversas causas». Es decir, que las lágrimas tienen distintos orígenes, diferentes motivos. El santo padre enumera:

De la naturaleza: hay personas que por temperamento tienen las lágrimas siempre a flor de piel.
De Dios. De la aflicción o de situaciones adversas.
Del elogio: incluso cuando alguien es alabado, puede conmoverse hasta las lágrimas.
De la vanagloria.
De la lujuria.
Del amor.
Del arrepentimiento.
Del recuerdo de la muerte.
Y de muchas otras causas, dice san Juan Clímaco.

De todas estas, ¿cuáles lágrimas son aceptables ante Dios? ¿Cuáles son dignas de elogio y realmente útiles?

Son, queridos míos, las lágrimas de la μετανοία metania y del arrepentimiento, las lágrimas del recuerdo de la muerte y las lágrimas de la αγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado, altruista). Sólo esas tres.
El santo Crisóstomo sólo aprueba esas tres. En cambio, las lágrimas que provienen de las desgracias, de las dificultades o del duelo las llama «lágrimas de cobardía», y las rechaza. Porque demuestran que el hombre no tiene un espíritu valiente.

Pensadlo: ser mártir, ir al martirio, y ponerse a llorar…
Leed, por favor, todo el martirologio de nuestra Iglesia: ¿qué mártir fue al sacrificio llorando?
¡Ninguno! Todos iban con gozo, con alegría espiritual. Por eso, san Juan Crisóstomo condena las lágrimas nacidas de la cobardía.
En cambio, las lágrimas de la metania y del arrepentimiento, las del recuerdo de la muerte y las del amor a Dios convienen a todo ser humano; no destruyen la virilidad —en el hombre—, ni menoscaban la dignidad humana.

Por tanto, las lágrimas son el adorno más precioso y más delicado del ser humano. De otro modo, el hombre se vuelve como de piedra, sin corazón, sin sentimientos. Y el hombre sin corazón, el hombre de piedra, resulta aborrecible y antipático tanto a Dios como a los hombres.

Veamos primero las lágrimas de la metania, del arrepentimiento.
¿Qué escribe el santo Crisóstomo? «¿Qué son las lágrimas? —dice— Son la gran esponja que viene a borrar los pecados». Y añade: «Te diré cuán grande es la fuerza de las lágrimas. ¿Cuánto poder tienen? Los mártires derraman su sangre; los pecadores, sus lágrimas. Para que sepas cuánta fuerza tienen las lágrimas, considera a aquella mujer pecadora —dice— que lloraba y con sus lágrimas lavaba los pies del Señor, y con el perfume y con sus cabellos los secaba. ¿Ves? Fue justificada. No derramó sangre, sino lágrimas».

Y prosigue: «No derramó más que una fuente de lágrimas, y con ellas borró sus pecados».

«¿Acaso Pedro no negó al Cristo? ¿Acaso derramó sangre?
No: derramó fuentes de lágrimas, y lloró, y Cristo mismo vino y borró su negación».

Y añade sobre este tema san Juan Clímaco: «Después del bautismo, el mayor bautismo son las lágrimas». Por eso se las llama también “segundo bautismo”, el bautismo de la metania, del arrepentimiento, que se realiza con lágrimas, «aunque sea algo atrevido decirlo así», comenta el santo. Sin embargo, es verdad. Y esta verdad se fundamenta en la misma Sagrada Escritura.

En una ocasión, el piadoso rey Ezequías, cuando el profeta Isaías le anunció: «Prepara tu testamento, porque vas a morir; ordena tu casa»,
Ezequías se volvió hacia la pared y comenzó a llorar. Entonces el Señor dijo a Isaías, que todavía se hallaba en el patio del palacio: «¿Ves? El rey llora. Ve y dile que no morirá, sino que vivirá quince años más» (cf. Is 38,1-5).
¡Qué grande es, en verdad, la fuerza de las lágrimas!

Y continúa san Juan Clímaco diciendo: «Aquel (el bautismo) es catártico, el purificador de los males pasados; éste (las lágrimas) limpia los pecados posteriores. Y como todos recibimos el bautismo en la niñez, hemos manchado la túnica bautismal; si Dios, por su amor al hombre, no nos hubiese concedido este segundo bautismo de las lágrimas, realmente serían muy pocos y raros los que pudieran salvarse».

Aún existen, queridos míos, las lágrimas del duelo o luto según Dios.
Atención: no del duelo en general, sino del duelo conforme a Dios. Llorar por tu pobreza espiritual, por tus pecados. Hombre, llora por tu pequeñez. Llora porque el mundo va mal, porque se aproxima la destrucción, porque muchos desertan, abandonan el campamento del Señor y se pasan al campo del enemigo, al ejército del Anticristo, al campamento del diablo. Llora y sufre por eso. Ese es el duelo o luto según Dios.

Dice san Atanasio el Grande: «No todos poseen el don de las lágrimas, sino sólo aquellos cuyo pensamiento está en lo alto, los que se olvidan de las cosas terrenas, los que no se preocupan de la carne, los que ignoran completamente qué es el mundo, los que han muerto a los miembros que están sobre la tierra». Es decir: los que han despreciado lo terreno y tienen su mente en el cielo, éstos son los que poseen el duelo según Dios. «A ellos solos —dice— se les concede el don de las lágrimas». ¡Ah, “se les concede”! Así que las lágrimas son un regalo. Y esto lo veremos más adelante.

Existen también, queridos míos, las lágrimas de la αγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado, altruista). Aquí se encuentra toda la grandeza y la plaza de oro de la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios, tal como la contempla el evangelista Juan en el libro del Apocalipsis. Ya que «Dios es agapi-amor», la energía increada de ese amor divino hiere el corazón con la herida del amor. Y esa herida es terrible —la herida del amor de Dios.
Por eso exclama el alma humana —la Esposa del Cantar de los Cantares,
que es la Iglesia, la persona, la misma psique-alma—: «Porque estoy herida de agapi-amor» (Ct 2,5). ¡Grande es la herida de la agapi-amor!, especialmente del amor divino.

Escribe san Isaac el Sirio: «¿Qué es un corazón misericordioso?», se le preguntó. Y respondió: «Es el corazón que arde por toda la creación». Atended a la palabra καῦσις (kafsis: arde, ardor, quema, combustión). Recordad lo que dijeron los dos discípulos de Emaús: «¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras nos hablaba en el camino?» (Lc 24,32). Quien siente ese ardor debe saber que es un regalo de Dios, un privilegio divino.

Es, pues, el corazón inflamado por toda la creación —por todos los hombres, por las aves, por los animales e incluso por los demonios—. El hombre que ama a Dios dice: «¡Pobres seres, oh demonios, miserables criaturas que ni podéis arrepentiros ni amar! ¡Desdichadas existencias!», y llora por ellos. Así lo enseña san Isaac el Sirio. Llora por toda criatura, dice el santo. Y al recordar o contemplar la creación —cuando ve los pajarillos caer en la nieve, los árboles abatidos, la fragilidad de la vida—, sus ojos se llenan de lágrimas. Ese es el hombre que ama; es el que tiene las lágrimas fáciles, prontas.

Y en otro diálogo, le preguntaron a san Isaac el Sirio: «¿Cuál es la perfección de los múltiples frutos del Espíritu?» Y él respondió: «Cuando uno es hallado digno de la perfecta caridad de Dios».

¿Y cómo se reconoce que alguien ha llegado a esa caridad perfecta?, le preguntaron.

Y contestó: «Cuando el recuerdo de Dios se mueve en su mente, inmediatamente el corazón se enciende en el amor divino, y los ojos se llenan de abundantes lágrimas. Porque es propio del amor —por el recuerdo de los amados— producir lágrimas. Y cuando alguien posee siempre ese amor, jamás carece de lágrimas» (Logos 85).

Pero, queridos míos, las lágrimas no deben convertirse en un fin en sí mismas. No son un fin, sino un medio: un medio rico, hermoso, noble, pero siempre un medio. No deben transformarse en una búsqueda de satisfacción emocional ni en una forma de narcisismo espiritual.
Algunos hacen la limosna —sabéis— para sentir una alegría interior: «Haz una buena acción y verás qué bien te sentirás». Y así, tanto la buena obra como las lágrimas se convierten en un fin.
¡Nunca debe ser así!

Las lágrimas son sólo un medio para acercarnos más a Dios, para calentar el corazón, para encender el amor divino.

Por eso dice san Nilo del Sinaí: «Usa las lágrimas para alcanzar cualquier petición; porque el Señor se alegra mucho cuando recibe tu oración acompañada de lágrimas. Pero no conviertas en pasión aquello que fue dado para librarte de las pasiones, para no irritar a Aquel que te concedió la jaris-gracia de las lágrimas».

Las pasiones (pazos), queridos míos, y la insensibilidad del corazón impiden las lágrimas. Lo mismo sucede con la glotonería, las conversaciones vanas, la excesiva charla, y también con una vida espiritual superficial, ocasional, descuidada. Todo esto obstaculiza las lágrimas. En cambio, la práctica de los mandamientos de Dios conduce a la κατάνυξη (katánixi: compunción, dilatación del corazón) y a las lágrimas. Las lágrimas pueden nacer durante la oración, en la lectura y reflexión del logos Dios, al contemplar la creación, viendo la belleza del mundo, en la comunión espiritual y el diálogo con hermanos creyentes, durante la Divina Liturgia, en la reflexión interior, en el viaje, en el camino, en el autobús, en el tren… en cualquier lugar, en cualquier momento. Todo depende del estado del corazón: si ha hecho la catarsis y si mantiene viva la memoria de Dios.

Concluyamos, sin embargo, con una hermosísima oración de san Efrén el Sirio, que se refiere precisamente a la oración con lágrimas.
Dice así: «Señor, Tú solo sabes que nuestra psique-alma tiene sed de Ti, como la tierra árida que ansía el agua. Derrama en nuestro corazón una gota de Tu divina χάρις (jaris: gracia, energía increada) y enciende en él la llama de Tu agapi-amor. Toca nuestra lira de diez cuerdas con melodías de κατάνυξη (katánixi: compunción, dilatación del corazón) y alegría. Tú que abriste los ojos del ciego, abre también los ojos de nuestra psique-alma, para que contemple la belleza de Tu doxa-gloria (luz increada). Tú que diste agua en el desierto a un pueblo rebelde y contencioso, concédenos κατάνυξη katánixi y lágrimas en los ojos, para que podamos llorar cada día de nuestra vida con humildad, con amor y con corazón puro. Que nuestra súplica se acerque a Tu amor y nos conceda la santa semilla de Tu verdad, para que podamos ofrecerte manojos llenos de κατάνυξη katánixi y alabanza. Escucha, Señor, la oración de Tus siervos, por la intercesión de Tu Santísima Madre, la Θεοτόκος Zeotokos, y de todos Tus santos, Tú, bendito sobre todos, por los siglos de los siglos. Amén

A la gloria del Dios Trino y Santo,
Homilía realizada en el Santo Monasterio Komnineo, Larisa, 6 de octubre de 1991, con inmensa gratitud a nuestro guía espiritual, el venerable y bendito Padre Atanasios Mitilineos,

FUENTES: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/omiliai-kyriakvn

Transcripción digitalización y edición de la homilía: Sr. Atanasios K. y Eleni Linardaki, filóloga.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

b) El duelo o luto – A. Mitilineos

Domingo III de Lucas [L7, 11-16]

Queridos míos, la lectura evangélica de hoy nos conmueve profundamente. El Señor se dirigía a una pequeña ciudad llamada Naín, cuyo nombre significa “hermosa”. Pero, por coincidencia, mientras una gran multitud de discípulos lo seguía, al llegar a la puerta de esa pequeña ciudad se encontraron con un cortejo fúnebre. Otra multitud salía acompañando el entierro. Era el funeral de un joven, hijo único de una mujer viuda.

El Señor, al verla llorar, se compadeció de ella y le dijo: «No llores». Luego se acercó al féretro; los que lo llevaban se detuvieron. Y entonces el Señor, con una orden llena de autoridad, dijo al joven muerto: «¡Joven, a ti te digo, levántate!». Y el joven se incorporó y comenzó a hablar. ¡Fue algo asombroso! Luego el Señor lo entregó a su madre. Era el consuelo más grande y más representativo que aquella viuda podía recibir.

Su duelo o luto, como era natural, se transformó en alegría. Pero detengámonos un poco en este duelo. ¿Qué es el duelo o luto?
La palabra griega «πένθος pénzos» proviene de la palabra «πάθος pazos (pasión)» y «πάσχω pasjo», que significan “padezco”, “sufro”, “soy afligido”, “soy presionado”. El duelo, por tanto, es una condición del hombre posterior a la caída. Dios no creó al hombre para que sufriera duelo. Es consecuencia de la caída de los primeros en ser creados.

En efecto, Adán, sentado frente al Paraíso, lloraba su pérdida. Y como dice el santo himnógrafo, poniendo en boca de Adán aquel monólogo fúnebre —el que se canta en el Οίκος ikos del Domingo de Quesos: «Entonces Adán se sentó y lloró frente a las delicias del Paraíso, golpeándose el rostro con las manos, y decía: “Oh Misericordioso, ten compasión, misericordia de mí que he caído; compadécete, oh Paraíso, de tu dueño empobrecido o ven, Paraíso, y compadece conmigo a aquel que te poseía por heredad y ahora ha empobrecido», etc.

Vemos, pues, que Adán está en duelo. Y la consecuencia de aquella caída de Adán fue la muerte del hijo de la viuda, es decir, la muerte de todo ser humano; pero ahora viene el Señor a reabrirnos el Paraíso.
Pérdida, entonces, del Paraíso y muerte: dos males. Desde entonces, esos dos males, esas dos calamidades, deprimen y afligen a la humanidad.

Pero, ¿cómo debe situarse el hombre frente al duelo? Porque el duelo existe, aunque el Señor lo haya vencido, como veremos enseguida.
La actitud del hombre no debe ser otra que la del gentío y de la madre del joven muerto frente a Cristo, es decir, mirar de frente a Cristo. Esa debe ser nuestra actitud ante el duelo. Cristo dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida» (Jn 11:25). El que cree en Jesús Cristo tiene en sí mismo la Resurrección y la Vida. Y esto no es una expresión literaria o poética, como si dijéramos que alguien es la luna, el sol o las estrellas del cielo… No. Cristo es realmente la Vida y la Resurrección; Él es Autovida, la Vida misma, Aquel que nos dio la resurrección real. Porque Él mismo resucitó y venció definitivamente a la muerte. Resucitó, por supuesto, según su naturaleza humana, pues como Dios es inmortal.

«Ahora bien, Cristo ha resucitado de entre los muertos —dice el apóstol Pablo— y se ha convertido en primicia de los que duermen». Dice de los que duermen, no de los muertos, para mostrar que desde ahora la muerte no es más que un episodio pasajero. Y repite las palabras del profeta Isaías: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde está, oh Hades, tu victoria?» Es decir: “Muerte, ¿dónde está tu aguijón, como otra avispa que venías a envenenar a todo hombre? Hades, ¿dónde está tu victoria, tú que los reunías a todos?”

Y con tono triunfal, el evangelista Juan escribe en su libro Apocalipsis:
«Y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos; y la muerte no existirá más» (Apocalipsis 21:4).

¿Se ha oído jamás semejante cosa en los siglos? “Y la muerte no existirá más.” No se trata de la muerte metafórica, sino de la que llamamos muerte biológica, ese “morir” que todos vemos. Puede decirse con toda realidad.

Así como Juan, para mostrar que el Hijo de Dios, el Logos divino, se hizo verdaderamente hombre, usó la expresión: «El Logos se hizo cuerpo-carne» (Jn 1:14) —no dijo “hombre”, sino “cuerpo-carne”, para subrayar con realismo lo que el Logos de Dios llegó a ser—, así también aquí no tenemos un sentido figurado. La muerte realmente dejará de existir.
¿Cuál muerte? Aquella que vemos a diario en nuestra vida. «Ni habrá ya clamor, ni dolor, porque las cosas primeras pasaron» (Apocalipsis 21:4)

Si se nos permite decirlo, podríamos afirmar que la humanidad ha pasado por tres etapas: La primera, dentro del Paraíso; la segunda, fuera del Paraíso; y la tercera, nuevamente dentro del Paraíso, en la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de Dios.

Si quisiéramos subdividirlas, diríamos que el hombre, estando fuera del Paraíso —antes incluso de dejar la vida presente y antes de la resurrección de los muertos—, ya ha pasado de la muerte a la vida.
Así lo dice maravillosamente el Señor en el Evangelio según san Juan:
«¿Has creído en Cristo?», pregunta el evangelista. «Entonces has pasado de la muerte a la vida» (1Jn 5:24). Es decir, no se trata de pasar de la muerte biológica, como si dijera: “O, mejor aún, has pasado de la muerte espiritual a la vida eterna.” Ahora bien, si pasarás o no por la muerte biológica, es otro asunto. Porque puede suceder que no pases por la muerte biológica. ¿Cuándo? Cuando Cristo vuelva. Entonces, los que estén vivos no pasarán por la muerte biológica.

Debemos, queridos míos, estudiar y aprender el misterio de la muerte. Debemos aprenderlo, debemos mirarlo de cerca. Familiarizarnos con él, pero no en el sentido en que el hombre moderno intenta familiarizarse con la muerte, embelleciéndola. La muerte es espantosa. Se hacen hermosos monumentos, se organizan funerales solemnes, se pronuncian elogios, se embellecen las cosas… No. La muerte es terrible. Pero nuestra aproximación a ella debe ser mirarla de cerca, comprender qué es realmente, y reconocer que Cristo ha vencido aquello que se llama “muerte”.

Por lo tanto, esas cosas dejarán de existir, porque, como dice el Apocalipsis: «Las cosas primeras pasaron». Y continúa: «Y el que estaba sentado en el trono dijo: “He aquí, hago nuevas todas las cosas.” Y me dijo: “Escribe, porque estos logos son fieles y verdaderos.” Y me dijo: “¡Hecho está!”» (Apocalipsis21:5). Podríamos decir que esta expresión “Hecho está” (Γέγονεν yégonen) es la forma griega del hebreo amén: “Amén”, es decir: se ha hecho, se hace, se hará.
Γέγονεν Gégonen: ya se ha hecho. Y está en tiempo pasado para mostrar la certeza de que todas estas cosas son verdaderas y se cumplirán.

Debemos, pues, situarnos ante Jesús Cristo, con la absoluta certeza de que Él es el único, el único, el único que ha vencido la muerte. No hay nadie más, ni en el cielo —entre los santos ángeles—, ni en la tierra, ni en el universo, ni en el Hades, que sea vencedor de la muerte. Solo, único, incomparable: Jesús Cristo. Y repito: ante Él, la muerte no es más que un incidente.

Ciertamente, nos causa tristeza. Pero no debe desesperarnos. El duelo debe afrontarse a la luz de la Resurrección, con la conciencia de que resucitaremos; de que la muerte es un suceso pasajero. Resucitaremos. El apóstol Pedro, en su primera predicación ante las multitudes después de Pentecostés, dice: «Dios Padre resucitó a Jesús, habiendo roto las angustias y dolores de la muerte». La muerte tiene “dolores” —no en el momento de morir, no—, sino después. El Hades tiene angustias y dolores.

Si el cristiano no se consuela, queridos míos, con todo lo que hemos dicho, se le imputa incredulidad. Un duelo y una tristeza sin consuelo constituyen pecado; incluso, si lo queréis, uno de los siete pecados capitales, que es la λύπη* (lipi: tristeza, sufrimiento, depresión). Del duelo pasa el hombre a la lipi tristeza. Y escribe el apóstol Pablo: «La tristeza del mundo produce muerte». (*https://logosortodoxo.es/preguntas-y-respuestas-mitilineos/sobre-los-siete-pecados-mortales-y-la-%ce%bb%cf%8d%cf%80%ce%b7-lipi-pena-depresion-tristeza-mitilineos/)
¿Veis? Porque se trata de una tristeza de dimensiones mundanas.

En cambio, existe la λύπη lipi tristeza según Dios, con dimensiones espirituales: “Lloro mis pecados.” Esa lipi tristeza la quiere Dios. No, desde luego, de modo desesperado o sin consuelo, sino porque he afligido al Señor con mis pecados. Pero me alegro, porque Él me los ha perdonado. Por tanto, tengo una pena-alegre, pena gozosa (χαρμολύπη jarmo-lipi): tristeza y alegría. Tristeza por lo que hice; alegría por lo que el Señor me dio. Pero, tengamos cuidado, queridos míos, porque esa tristeza con dimensiones mundanas trae depresión, mata tanto la psique-alma como el cuerpo. Mata la psique-alma con la muerte eterna —no en el sentido de disolución o desaparición o aniquilación, sino en el sentido de condenación eterna o infierno eterno—, y mata el cuerpo en el sentido que todos conocemos.

Así pues, la λύπη tristeza mata la psique-alma y el cuerpo. Por eso aconseja el sabio Sirácides (Eclesiástico), en el capítulo 38. Escuchad:

«Hijo mío, derrama lágrimas por el muerto y, como quien sufre mucho, comienza el lamento». —Pero atención, esto pertenece al Antiguo Testamento. Sin embargo, hay en esto una apreciación verdaderamente muy correcta; salvo algunos puntos que ahora han sido superados en el ámbito del Nuevo Testamento.—

«Envuelve su cuerpo según la costumbre” -significa amortajar-
“y no descuides su sepultura», es decir, según la costumbre establecida, ocúpate de él. (De hecho, la palabra “funeral” [en griego «κηδεία» kidía] viene del verbo «κήδομαι kídome», “me preocupo, cuido”; por eso «Κηδεμών kidemón tutor», significa “el que cuida de ti”. En consecuencia, “funeral” quiere decir “el cuidado del difunto”).

«Llora con amargura y haz duelo, golpeando el pecho.»

(No olvidéis que también por Esteban, el protomártir, “hombres piadosos hicieron gran lamentación golpeando el pecho”. El «κοπετός kopetós» es el golpearse el pecho, arrancarse los cabellos. Estas cosas, sin embargo, se corrigen en el Nuevo Testamento.  En el Nuevo Testamento ya no existen los lamentos ni las lamentaciones de ese tipo. Pero, como os dije, conserva su sentido y su valor espiritual: “Haz duelo por él conforme a su valor; un día o dos, por causa de la murmuración, y consuélate luego de la tristeza” (Eclesiástico 38,17).

¿Veis cómo lo dice? “Por causa de la murmuración”, χάριν διαβολῆς, es decir, para que no te acusen de insensible, para que no te censuren de dureza de corazón. Mas después, ¿qué ordena? —“Después”, dice, “te consolarás.” He aquí el valor del precepto: “Porque de la tristeza brota la muerte, y la pena del corazón debilita las fuerzas” (Eclesiástico 38,18). Si te dejas abatir por un dolor prolongado, morirás; enfermarás. La tristeza del alma quebranta la fortaleza del cuerpo. ¿Sabéis acaso —pregunta el orador— que uno de los factores del cáncer es también la tristeza? Si lo sabéis… No es sólo cuestión de lo que comemos o respiramos, sino también del estado psicológico de nuestra psique-alma. Así, la lipi tristeza, pena, aflicción desmedida no sólo hiere el espíritu, sino que consume la carne y marchita la vida misma.

Y continúa diciendo el sabio Sirácides: «No entregues tu corazón a la lipi tristeza; aparta de ti la pena, recordando tu también morirás. No lo olvides, pues no hay retorno. ¿Por qué lloras ? ¿Acaso puede el hombre volver? No. No vuelve nadie. Tampoco podrás ayudar al difunto,
y a ti mismo te harás daño.»

«Recuerda su destino, porque será también el tuyo:
Ayer fue para mí; hoy será para ti.»

Es como si el muerto te dijera:
“Para mí, la muerte fue ayer; para ti será hoy.”
Es decir: hoy él, mañana yo.
Entonces, ¿por qué esa lipi tristeza ilimitada?

«Cuando el difunto haya sido sepultado, cesa el recuerdo de su dolorosa memoria; ¿Qué recuerdo? El triste recuerdo. Y no te entregues al llanto sin medida, ni dejes que, cada vez que te lo evoquen, tus ojos se inunden en lágrimas. No; sólo una dulce memoria puedes conservar, y consuélate en ella, pues su espíritu ha partido». Nada más. Y repito, por tercera vez: todo esto pertenece al ámbito del Antiguo Testamento.

¿Qué diremos, pues, en el ámbito del Nuevo Testamento, donde tenemos la Resurrección de Cristo y la resurrección de los muertos?
Una realidad que no era conocida en el Antiguo Testamento, o al menos era incierta y velada.

Así ocurre que el cristiano, cuando está de duelo, muchas veces no solo permanece inconsolable, sino que se vuelve contra Dios y lo acusa de injusto o maldo. “¿Por qué tuvo que llevarse a mi hijo?”, dicen algunos hombres irrespetuosamente, ¡qué palabras tan impías! ¿Veis cómo un exceso de λύπη lipi tristeza, pena puede conducir hasta la blasfemia contra Dios?

Y además, cuando el hombre permanece inconsolable, deja de ir a la Iglesia. Porque, consciente o inconscientemente, considera a Dios responsable de la muerte de su ser querido. Como si dijera: “Yo iba a la Iglesia porque Tú necesitabas de mí. ¿Me quitaste a mi hijo, a mi esposo, a mi esposa? Pues ahora ya no voy más a la Iglesia. No quiero honrarte. ¡No quiero!”

¿Veis qué relación de trueque —una especie de “comercio inconsciente”— se introduce entre el hombre y Dios en el culto? ¡Qué actitud tan equivocada! Posiciones malas y muy equivocadas.

O incluso —principalmente las mujeres—, no van a la Iglesia cuando muere su esposo, para que no las critiquen diciendo: «Mira, ¿eh?, apenas murió su marido —dicen, y añaden ese “¿eh?” tan vulgar—, ¡y ya anda arreglada!». ¡Por el amor de Dios! ¿Qué significa eso? ¿Acaso fui a bailar? ¿Fui a divertirme? ¿Qué es la Iglesia, entonces? ¿No es acaso el lugar de la consolación? Y sin embargo, esa es la mentalidad que existe.
Y cuando yo digo, lo he repetido miles de veces: «Te suspenderé la Sagrada Comunión, señora mía, si no vas a la Iglesia», ella prefiere que se la suspenda, pero no acude mientras está de duelo.

¿Por qué? Porque teme ser criticada por los vecinos del pueblo.
He aquí el espíritu mundano. Si preguntáis qué es el espíritu del mundo, ¡ahí lo tenéis! ¿Queréis otro ejemplo? La búsqueda de la aprobación humana, que prevalece sobre la piedad. Y eso, queridos míos, es una desgracia.

¿Cómo debemos comportarnos frente a quienes están de duelo?

El Eclesiastés aconseja y dice: «Mejor es ir a la casa donde hay duelo que a la casa donde hay banquete». Es decir, mejor ir a consolar al que sufre que a un lugar de fiestas o banquetes. Eso, además, manifiesta una auténtica sociabilidad, porque ir donde hay bebida y jolgorio es una acción mundana, no social. En cambio, ir a una casa donde hay luto es una expresión de verdadera comunión humana.

El sabio Sirácides también dice (Eclesiástico 22,12): «El duelo por el difunto dura siete días.» Moisés, porque era una figura muy grande, fue llorado durante cuarenta días. Queridos míos, no más. Y nosotros, cargándonos de negro durante tres o siete años… Otra cosa es una mujer anciana que viste de negro hasta su muerte: eso es distinto, es propio de su edad y su disposición. Pero los niños protestan: «No podemos ver tanto negro», dicen. El color negro es psicológicamente negativo para ellos.

Además, cuando hacemos duelo —tanto durante el funeral como después—, no debemos adoptar costumbres paganas. No romperemos platos, vasos o cántaros. Tampoco colocaremos monedas o frutas en el ataúd del difunto. No va a cruzar ningún Aqueronte para pagarle. ¡Qué cosas son esas! ¡Pura idolatría! Ni pondremos botellas de agua o de vino para obtener el llamado “agua helada del alma” (fríxonéri) u otras supersticiones semejantes. No tengo tiempo ahora para analizarlas todas. Cuando encendemos una lámpara o una vela en la tumba o en casa, no significa que estemos iluminando el alma del difunto porque está en tinieblas. No. Honramos la imagen de Dios en quien ha dormido. Es solo un acto de honor, no de ser iluminado.

Tampoco pondremos comida sobre la tumba, como hacían los antiguos paganos antes de Cristo. Ni creeremos que el alma del difunto vaga alrededor de la casa o del cementerio o de cualquier otro lugar. San Juan Crisóstomo dice claramente sobre esto: «El alma fue a su propio lugar.» Es decir, al lugar que le corresponde. No anda errante de un sitio a otro. No debemos creer que el alma del difunto se convierte en un vampiro o que viene a vengarse, o que revela secretos, o que se aparece en sueños. Muchas veces, en sueños, vemos a un ser querido que ha fallecido. Tened cuidad, no le deis importancia. No es el difunto. No es su alma. Él ya ha ido «a su propio lugar. Cuando, después del funeral o en los memoriales, ponemos una mesa, no debe servirse carne si estamos en Gran Cuaresma o en cualquier otro período de ayuno.

Muchos dicen: «¡Pero nos van a malinterpretar!» ¡De nuevo la búsqueda de aprobación humana! ¡De nuevo el espíritu mundano!

Tampoco debemos ayunar cuarenta días por el difunto. ¡Atención! A menudo no guardamos los ayunos establecidos por la Iglesia, pero sí ayunamos “por el difunto”. Eso no está bien. Ni haremos funerales lujosos: solo el funeral digno y sobrio, el que corresponde a la imagen de Dios que es el hombre. Y no debemos dar dinero “en lugar de memorial”. A menudo lo vemos en los periódicos: «En lugar de memorial, donación a instituciones benéficas.»

¡No!
Eso es un error. Es pecado. El memorial no puede ser sustituido por nada. En cambio, sí puede hacerse “en lugar de coronas” o “en lugar de un funeral lujoso”: entonces sí, se pueden donar los fondos a un hospital o institución. Pero nunca “en lugar de memorial”.

Queridos míos,
cuando hacemos duelo, debemos hacerlo como cristianos, como personas que creen en la resurrección de los muertos
y en la resurrección de Cristo. Debemos tener un comportamiento sereno y dulce. No haremos lamentaciones, ni llantos, ni cantos fúnebres. La muerte de nuestro ser querido debe dejarnos solo un recuerdo bueno y dulce. En cada oración, pidamos por su descanso. En la Divina Liturgia, ofrezcamos con frecuencia un pan consagrado (prósforo) y un poco de vino, para que se haga la conmemoración de su nombre. Y con la esperanza puesta en Cristo, esperemos la resurrección común. Todos resucitaremos. Y diremos:

«Cristo ha resucitado, y los muertos se levantan.» Esa será nuestra mejor consolación. Amín.

A la gloria del Dios Trino y Santo,
Homilía realizada en el Santo Monasterio Komnineo, Larisa, 7 de octubre de 1990, con inmensa gratitud a nuestro guía espiritual, el venerable y bendito Padre Atanasios Mitilineos,

FUENTES: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/omiliai-kyriakvn

Transcripción digitalización y edición de la homilía: Sr. Atanasios K. y Eleni Linardaki, filóloga.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

San Juan Crisóstomo sobre la actitud ante la muerte

San Juan Crisóstomo sobre la actitud ante la muerte

(Domingo III de Lucas, 7:11–16)

Quien posee un pensamiento verdaderamente filosófico y se guía por la esperanza de los bienes futuros, no considera la muerte como una muerte real. El justo, es decir, aquel que camina por el camino de Dios y espera cada día entrar en Su Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada), no se turba, no se desordena, ni se entristece cuando se enfrenta a la muerte, cuando, por ejemplo, ve muerto a un pariente o a un amigo. Porque sabe que la muerte, para quienes han vivido virtuosamente en la tierra, no es más que una traslación a una vida mejor, un viaje hacia un lugar superior, un camino que conduce a las coronas.

¿Qué quiero decir con todo esto? Que cuando alguien acude al notario para redactar un testamento, sabe muy bien que la muerte visitará en algún momento a él mismo o a uno de los suyos. Lo considera algo completamente natural e inevitable. Pero cuando llega la muerte, olvida lo que había escrito y habla de otro modo.
“¿Tenía yo que sufrir algo así?”, grita con lamentos y suspiros el hombre que ha quedado viudo. “¿Esperaba yo una desgracia como esta, perder a mi esposa?”
¿Qué dices, hombre? Cuando estabas —o más bien creías estar— lejos de la muerte, conocías bien las leyes de la naturaleza; ¿y ahora que has sufrido la desgracia las has olvidado? Tal vez Dios se llevó a tu esposa porque quiere conducirte a la templanza, porque te considera capaz de mayores combates espirituales, de una vida más alta; y por eso te liberó del lazo conyugal.

Y tú también, mujer, que perdiste a tu esposo, ¿por qué lloras? ¿Acaso porque perdiste a tu protector y quedaste sola en el mundo? ¡Nunca digas tal cosa! Porque no has perdido a Dios, que es el verdadero protector de todos nosotros. Si tienes a Dios por ayudante, no necesitas de ningún otro.
¿Acaso, cuando tu esposo vivía, no era Dios quien les concedía todo? Piensa y di como David: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es el defensor de mi vida, ¿de quién he de amedrentarme?” (Salmo 26,1). Ahora, pues, Él, “el Padre de los huérfanos y defensor de las viudas” (Salmo 67,6), cuidará de ti aún más que antes.

¿Ves, entonces, que un pariente tuyo parte de este mundo? No te asustes, no llores, no te desesperes. Recógete en ti mismo, examina tu conciencia y piensa que dentro de poco a ti también te espera el mismo fin. “Pero el muerto —me dirás— se corrompe, se convierte en polvo.”
Precisamente por eso debes alegrarte más. Cuando alguien quiere reconstruir una casa vieja y ruinosa, primero saca a los habitantes, la derriba y luego la edifica de nuevo, más hermosa. Y cuando eso ocurre, los habitantes no se entristecen por haber salido de la vieja casa, sino que se alegran, porque no se preocupan por la demolición que ven, sino que piensan en la nueva y bella construcción que se levantará, aunque todavía no la vean.

Así también actúa Dios. Cuando va a disolver nuestro cuerpo, primero extrae la psique-alma que habita en él, como quien saca a alguien de una casa vieja y que amenaza ruina, para volver a instalarla con mayor doxa-gloria en la nueva morada que edificará.
Y Adán, cuando fue creado, no vio que había sido formado del polvo. Dios, en efecto, no creó primero la psique-alma, para que no presenciara la formación del cuerpo y conociera su bajeza. Por eso la psique-alma no conocía la vileza del cuerpo. Pero cuando llegue la resurrección universal, la psique- alma se hallará revestida de un nuevo cuerpo incorruptible, no ya de su viejo vestido terrenal.

El muerto, aunque no pueda verse a sí mismo, ve sin embargo a aquellos que murieron antes que él convertirse en polvo, y de esto aprende mucho. ¡Mira cuán recogidos y contenidos se muestran ante los difuntos incluso los más orgullosos y los más insensibles e inútiles! Basta que se oiga la palabra “muerte”, y el corazón de todos se estremece de temor.
Y filosofamos ante las tumbas, reflexionamos sobre nuestro destino, hablamos de la vanidad de las cosas terrenas… pero apenas nos alejamos del cementerio, olvidamos nuestra fragilidad. Por ejemplo: cuando alguien asiste al funeral de un amigo, se vuelve hacia el que está a su lado y le dice palabras como éstas: “En verdad, ¡qué miserables somos! ¡Qué insignificante es nuestra vida! ¿Qué será de nosotros después de la muerte? Debemos pensar en esto y no calumniar, no cometer injusticias, no guardar rencor…”. Habla con tanta aparente sinceridad, que quien lo escucha podría creer que en ese mismo instante renunciará por completo a su maldad y comenzará a vivir virtuosamente. ¡Ay!, pero una vez terminada la ceremonia fúnebre, olvida su miedo, olvida sus palabras y continúa viviendo en el pecado, igual que antes.

Volvamos, sin embargo, a nuestro tema. Dime, ¿por qué lloras con tanto dolor al que ha muerto? ¿Acaso porque era malo? Entonces no sólo no deberías llorar, sino dar gracias a Dios, que ha puesto fin a su maldad. ¿O era, por el contrario, un hombre bueno? También en ese caso debes alegrarte, porque murió “antes de que la maldad y el engaño corrompieran y sedujeran su psique-alma” (Sabiduría de Salomón 4,11). ¿Era joven? También por eso da gracias a Dios y glorifícalo, porque lo ha tomado junto a sí. Así como despedimos con alegría y satisfacción a quienes parten para asumir un cargo honorable, así también debemos despedir a quienes dejan esta vida, pues van hacia Dios, donde gozarán de gran honra y felicidad.

No digo, por supuesto, que no debamos sentir tristeza por la separación de los seres queridos que mueren, sino que no debemos entristecernos más de lo justo. Porque nos consolaremos bastante si pensamos que la persona que perdimos era mortal, como todos nosotros. Con nuestra indignación no mostramos otra cosa sino que deseamos lo que es incompatible con la naturaleza humana. Has nacido hombre, por tanto, eres mortal.
¿Por qué, entonces, sufres por algo tan natural como la muerte? ¿Acaso te lamentas porque, para vivir, necesitas alimentarte? ¿Pretendes vivir sin comer? Entonces, ¿por qué pretendes no morir?
Tan natural como es comer, así también lo es morir. Siendo mortal, no busques ser inmortal, porque esto fue establecido y decretado una vez y para siempre. No seamos como los ladrones, que quieren apropiarse de lo que pertenece a otros.
Así también, cuando Dios toma de nosotros el dinero, el honor, la gloria, incluso el cuerpo o la psique-alma, toma lo que es Suyo. Y si incluso toma a tu hijo, no toma propiamente lo que es tuyo, sino lo que Él mismo ha creado.

Por tanto, si nosotros no nos pertenecemos a nosotros mismos, ¿cómo van a pertenecernos las cosas que son de Él? Si tu psique-alma no es tuya, ¿cómo van a serlo tus riquezas? Y si no te pertenecen, ¿por qué gastas de modo vano o indecoroso lo que pertenece a Otro?
No digas: “Gasto lo mío, me divierto con lo mío”, porque gastas y te diviertes con lo ajeno. Y lo llamo ajeno, porque Dios considera verdaderamente tuyas aquellas cosas que te dio para compartir con los pobres. Sólo entonces lo ajeno se convierte en propio. Si, en cambio, lo gastas en ti mismo, entonces lo tuyo se convierte en ajeno.

¿No ves que nuestras manos sirven a todo el cuerpo? ¿No ves que la boca mastica el alimento antes de enviarlo al estómago?  ¿Acaso el estómago dice: “Ya que he recibido el alimento, me pertenece por derecho”? ¿Acaso los ojos, porque son los que reciben la luz, la retienen para sí y no la ponen al servicio de todo el cuerpo? ¿O los pies, porque sólo ellos caminan, mueven únicamente a sí mismos y no a todo el cuerpo? Del mismo modo, entre los que ejercen un oficio, si cada uno quisiera guardar para sí el beneficio de su trabajo, no sólo dañaría a los demás, sino también a sí mismo. Y aun los pobres, si fueran tan duros como vosotros, los ricos —que no pensáis en otra cosa sino en aumentar vuestras ganancias—, y no dieran de su pobreza a los más necesitados, pronto os arrastrarían también a vosotros a la miseria.

Pero alguno dirá: «He perdido mi hijo único, en quien tenía puestas todas mis esperanzas». ¿Y qué con ello? Da gracias al Señor, que te lo pidió, y así no serás inferior al patriarca Abraham, quien, por mandato divino, condujo a su hijo Isaac al monte para ofrecerlo en sacrificio. De la misma manera que aquel, sin queja ni murmuración, ofreció al Altísimo su unigénito, así también ofréceselo tú; y no será menor tu galardón. No llores, no te quejes, no gimas. Di más bien lo que dijo el bienaventurado Job cuando perdió todos sus hijos: «El Señor me los dio, el Señor me los quitó; como al Señor gustó, así se hizo; sea bendito el nombre del Señor por los siglos de los siglos» (Job 1,21). Con estas palabras cerró la boca de su mujer, y añadió aún otras que causan admiración a cuantos las oyen: «¿Si de la mano del Señor recibimos los bienes, no soportaremos también los males?» (Job 2,10).

Así también debes tú pensar: tu hijo no cayó en manos de enemigo ni de malhechor, sino que fue recibido por Dios, quien de él cuida más que tú mismo y conoce mejor que tú su beneficio y salvación. Mira, en cambio, cuántos hijos, aunque vivan, hacen amarga y penosa la vida de sus padres.

Dirás tal vez: «¿Y los buenos hijos? ¿No los ves?»
Sí, los veo; pero la suerte del tuyo es más segura que la de ellos. Ahora quizá están bien, pero su fin es incierto. Tú, en cambio, nada has de temer por el tuyo: ni que enferme, ni que se extravíe del buen camino.
Por eso, te repito: no llores, sino bendice al Señor, como hizo Job.

«¿Y cómo no he de llorar», dirás, «si ya no soy padre?»
¡Oh palabras insensatas!
¿Acaso perdiste a tu hijo?
Antes bien, ahora lo posees de manera más firme. No has dejado de ser padre; al contrario, eres algo mayor: no ya padre de un ser mortal, sino de uno inmortal. No pienses que realmente perdiste a tu hijo porque no está contigo. Así como seguiría siendo tu hijo si hubiese emigrado a tierra lejana, así lo sigue siendo ahora que ha partido hacia el cielo. Y cuando veas sus ojos cerrados, su boca muda, su cuerpo inmóvil, no digas: «Esa boca ya no habla, esos ojos ya no ven, esos pies ya no caminan». Antes piensa así: «Esa boca hablará palabras más sublimes; esos ojos contemplarán cosas más hermosas; esos pies andarán por los cielos; ese cuerpo resucitará incorruptible, y volveré a recibir a mi hijo más glorioso que antes».

«Pero no sé —dirás— adónde ha ido». ¿Cómo que no lo sabes? Ya sea que viviera piadosamente o no, sabes bien cuál es su destino. «Por eso precisamente lloro —responderás—, porque se fue cargado de pecados». Pero aunque no los tuviera, ¿acaso no llorarías también y no murmurarías contra Dios? Ahora te lamentas diciendo: «¿Por qué me lo quitaste lleno de culpas?»; y si fuera justo, dirías: «¿Por qué me lo quitaste tan bueno?» En ambos casos, sin embargo, debes alegrarte: si fue pecador, porque cesó de pecar y no añadió más peso de iniquidad a su alma; y si fue justo, porque voló al descanso eterno. Y tú, que poco podías ayudarle mientras vivía —pues no atendía tus consejos—, ahora puedes socorrerle, no con lágrimas ni lamentos, sino con oraciones, limosnas y ofrendas.
Estas obras las establecieron los santos Apóstoles, no al azar, sino por inspiración del Espíritu Santo. Cuando el sacerdote, ante el altar sagrado, celebra los temibles Misterios de Cristo, hace memoria no sólo de los vivos, sino también de los difuntos, y así se alivian las almas que partieron. Y cuando nosotros ofrecemos por ellos donativos a la Iglesia o limosnas a los pobres, les procuramos algún consuelo, por grandes que hayan sido sus pecados. Si, por otro lado, tu hijo fue bueno y virtuoso, con mayor razón aún no debes entristecerte; pues, así como el sol, puro y resplandeciente, asciende al cielo, así también la psique- alma limpia, al dejar el cuerpo, sube luminosa con escolta de ángeles al reinado de Dios.

No es, pues, cosa mala el morir.
¿Por qué, entonces, tememos la muerte?
Porque no nos ha poseído el έρως (eros: amor ardiente) de la patria celeste, ni nos ha inflamado el deseo de los bienes futuros. Si ese fuego divino nos abrasase, despreciaríamos todos los deleites de la tierra. Quien teme de continuo el infierno, jamás temerá la muerte. No tengáis, pues, pensamiento de niño, sino inocencia de niño. Los pequeños se espantan ante las máscaras fieras, aunque sean inofensivas; pero no temen el fuego peligroso. Así nosotros: tememos lo que no debe temerse, y nos acercamos sin temor a lo que puede perdernos. Pues como el niño que, sin pensar, pone la mano sobre la llama del candil y se quema, así también el insensato se hiere por no temer el verdadero peligro.

¿Queréis que os diga otra causa de este miedo a la muerte?
Porque no vivimos virtuosamente, ni poseemos la conciencia pura. De otro modo, la muerte no nos causaría espanto. Demuéstrame que heredaré la βασιλεία realeza increada de los cielos, y dame muerte ahora mismo: te quedaré agradecido, porque con ello me enviarás rápidamente a aquellos bienes eternos.

«Mas temo morir injustamente», dirás tal vez.
¿Querías, pues, morir justamente? ¿Quién es tan miserable que, pudiendo morir injustamente, prefiera morir justamente?
Si hay que temer alguna muerte, teman los que mueren con justicia;
porque quien muere injustamente, se asemeja a los santos. La mayor parte de los que agradaron a Dios fueron muertos sin culpa. El primero de todos, Abel: no lo mató Caín por ofensa, sino porque honró al Señor. Y Dios permitió aquella muerte no porque aborreciese a Abel, sino porque le amaba, y quiso adornarle con corona más resplandeciente por la injusticia de su sacrificio.

¡Ves, pues, que no debemos temer morir injustamente, sino temer por morir cargados de pecados!
Abel murió injustamente, pero Caín vivió largo tiempo con la maldición de Dios, suspirando y temblando sin cesar.
¿Quién de los dos fue más dichoso? ¿Aquel que cesó de vivir en virtud, o aquel que vivió en el pecado? ¿El que injustamente murió, o el que justamente fue castigado?

No lloremos, pues, sin discernimiento a todos los difuntos, sino a quienes mueren teniendo muchos pecados. A éstos convienen las lágrimas y los lamentos; pues, ¿qué esperanza les queda, cuando ya no pueden limpiarse y purificarse de sus pecados? Mientras se hallaban aún en esta vida presente, había esperanza de que se arrepintiesen;
pero allí adonde fueron, ya nadie gana nada con la penitencia.

Lloremos por ellos, sí, pero no con llanto desmedido ni con gestos impropios; no arrancándonos los cabellos, ni desgarrando el rostro,
ni clamando y gritando sin medida, sino con modestia y templanza,
dejando que las lágrimas corran mansamente de los ojos. Tal llanto nos aprovecha también a nosotros; porque, llorando así al difunto, procuraremos con mayor diligencia no caer nosotros mismos en los mismos pecados. Con los gritos y los tirones de cabellos se oscurece el entendimiento, en cambio con el duelo sereno la psique-alma conserva su claridad, y puede filosofar, meditar provechosamente acerca de la muerte.

De esta manera has de filosofar, reflexionar, no sólo cuando muere algún conocido tuyo, sino también cuando veas a un extraño conducido en procesión por las calles hacia su última morada, seguido de sus hijos huérfanos, de su esposa viuda, de sus deudos y amigos, todos llorosos y abatidos. Entonces medita en tu corazón que la vida y las cosas de este mundo no tienen valor alguno, ni difieren en nada de las sombras y de los sueños.

¡Mira, oh hombre, cuántos castillos y palacios de reyes, de príncipes y de señores están hoy reducidos a polvo y ruinas! ¡Considera cuánta fuerza, cuánta gloria, cuánta riqueza tuvieron en otro tiempo! Y ahora… ¡hasta los nombres de aquellos poderosos han caído en el olvido! Dice la divina Escritura: “«Muchos príncipes y tiranos perdieron su poder y se sentaron en el polvo; y un hombre humilde, a quien nadie imaginaba que llegaría a ser rey, ciñó la corona.» (Sabiduría de Sirácides (Eclesiástico) 11,5)

¿No te bastan tales ejemplos?
Reflexiona entonces sobre lo que tú mismo eres, aun cuando duermes:
¿acaso no puede un simple insecto quitarte la vida?
Sí, muchos perecieron así, mientras dormían. En verdad, ¡de un hilo pende nuestra existencia! Rompes la hebra… y todo se acaba.

Así has de filosofar, meditar, y no dejarte seducir por la hermosura, ni por las riquezas, ni por la gloria, ni por las voluptuosidades o hedonismo. Una sola cosa debe ocupar tu mente: que todas ellas tendrán fin. ¿Admiras las maravillas de esta tierra? Más dignas de admiración son las que anuncia la Santa Escritura.

Muéstrame —te lo ruego— a un soberbio potentado o a un rico con sus guardaespaldas y vestido de púrpura, cuando yace ardido en fiebre, cuando agoniza entre respiraciones, y dime entonces:
¿Dónde está aquel que caminaba ufano, presuntuoso por la plaza, rodeado de guardias y aduladores? ¿Dónde su pompa, sus festines, sus esclavos, sus carcajadas, su abundancia, sus derroches y sus deleites? Todo se desvaneció como humo, todo huyó como sombra. ¿Dónde está ahora el cuerpo que gozaba de tantos placeres? Acércate al sepulcro y contempla el polvo, la corrupción, los gusanos. Mira… y gime con amargura. ¡Y ojalá el mal terminase en ese polvo visible! Desde la tumba y desde los gusanos eleva tu pensamiento hacia el gusano que no duerme, al crujir de dientes, a las tinieblas perpetuas,
al fuego que no se apaga, a las penas amargas e insoportables que no conocerán fin. En este mundo, los bienes y los males acaban al fin, tarde o temprano; pero en el otro, ambos son eternos. Y tan distinta es la naturaleza de aquellos bienes y de aquellos males respecto de los de aquí, que ningún lenguaje humano podría expresarla.

¿Qué se hicieron, pues, todas aquellas grandezas? ¿Qué fue de los tesoros y de las heredades? ¿Qué viento sopló y los dispersó? ¿Y para qué esa vana y costosa pompa funeraria, que ni aprovecha al difunto ni beneficia a sus parientes?

Cristo nuestro Señor resucitó desnudo del sepulcro. No convirtamos, pues, el entierro en ocasión de vanagloria y ostentación. El Señor dijo:
«Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me acogisteis; estuve desnudo, y me vestisteis» (Mt 25,35-36).

Pero no dijo: «Estuve muerto, y me sepultasteis». Porque si nos manda no poseer más que lo necesario mientras vivimos, ¡cuánto más cuando hayamos muerto! ¿Qué excusa daremos, entonces, cuando malgastamos inmensas sumas en lujosos ataúdes y coronas innumerables, mientras Cristo, en la persona de los pobres, vaga hambriento y desnudo, y nosotros indiferentes de esto le cerramos el corazón?

Todo cuanto os digo, hermanos, ya no beneficia a los que partieron;
pero, óiganlo los vivos, y despierten, y se enmienden. Porque pronto vendrá también su hora —y la nuestra—, cuando todos comparezcamos ante el terrible Tribunal, para dar cuenta de nuestras obras.

¡Luchemos, pues, por corregirnos! Abandonemos el pecado y sigamos la virtud, para no perder la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada de los cielos, sino alcanzar los bienes incorruptibles que el filántropo (amigo, amante de los hombres) Señor tiene preparados para los que le aman. Amín.

San Juan el Crisóstomo.

Para la doxa-gloria del Dios Trino y Santo.
(Adaptación y cuidado del texto: Ελένη Λιναρδάκη, filóloga.)

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/