
San Juan Crisóstomo sobre la actitud ante la muerte
(Domingo III de Lucas, 7:11–16)
Quien posee un pensamiento verdaderamente filosófico y se guía por la esperanza de los bienes futuros, no considera la muerte como una muerte real. El justo, es decir, aquel que camina por el camino de Dios y espera cada día entrar en Su Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada), no se turba, no se desordena, ni se entristece cuando se enfrenta a la muerte, cuando, por ejemplo, ve muerto a un pariente o a un amigo. Porque sabe que la muerte, para quienes han vivido virtuosamente en la tierra, no es más que una traslación a una vida mejor, un viaje hacia un lugar superior, un camino que conduce a las coronas.
¿Qué quiero decir con todo esto? Que cuando alguien acude al notario para redactar un testamento, sabe muy bien que la muerte visitará en algún momento a él mismo o a uno de los suyos. Lo considera algo completamente natural e inevitable. Pero cuando llega la muerte, olvida lo que había escrito y habla de otro modo.
“¿Tenía yo que sufrir algo así?”, grita con lamentos y suspiros el hombre que ha quedado viudo. “¿Esperaba yo una desgracia como esta, perder a mi esposa?”
¿Qué dices, hombre? Cuando estabas —o más bien creías estar— lejos de la muerte, conocías bien las leyes de la naturaleza; ¿y ahora que has sufrido la desgracia las has olvidado? Tal vez Dios se llevó a tu esposa porque quiere conducirte a la templanza, porque te considera capaz de mayores combates espirituales, de una vida más alta; y por eso te liberó del lazo conyugal.
Y tú también, mujer, que perdiste a tu esposo, ¿por qué lloras? ¿Acaso porque perdiste a tu protector y quedaste sola en el mundo? ¡Nunca digas tal cosa! Porque no has perdido a Dios, que es el verdadero protector de todos nosotros. Si tienes a Dios por ayudante, no necesitas de ningún otro.
¿Acaso, cuando tu esposo vivía, no era Dios quien les concedía todo? Piensa y di como David: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es el defensor de mi vida, ¿de quién he de amedrentarme?” (Salmo 26,1). Ahora, pues, Él, “el Padre de los huérfanos y defensor de las viudas” (Salmo 67,6), cuidará de ti aún más que antes.
¿Ves, entonces, que un pariente tuyo parte de este mundo? No te asustes, no llores, no te desesperes. Recógete en ti mismo, examina tu conciencia y piensa que dentro de poco a ti también te espera el mismo fin. “Pero el muerto —me dirás— se corrompe, se convierte en polvo.”
Precisamente por eso debes alegrarte más. Cuando alguien quiere reconstruir una casa vieja y ruinosa, primero saca a los habitantes, la derriba y luego la edifica de nuevo, más hermosa. Y cuando eso ocurre, los habitantes no se entristecen por haber salido de la vieja casa, sino que se alegran, porque no se preocupan por la demolición que ven, sino que piensan en la nueva y bella construcción que se levantará, aunque todavía no la vean.
Así también actúa Dios. Cuando va a disolver nuestro cuerpo, primero extrae la psique-alma que habita en él, como quien saca a alguien de una casa vieja y que amenaza ruina, para volver a instalarla con mayor doxa-gloria en la nueva morada que edificará.
Y Adán, cuando fue creado, no vio que había sido formado del polvo. Dios, en efecto, no creó primero la psique-alma, para que no presenciara la formación del cuerpo y conociera su bajeza. Por eso la psique-alma no conocía la vileza del cuerpo. Pero cuando llegue la resurrección universal, la psique- alma se hallará revestida de un nuevo cuerpo incorruptible, no ya de su viejo vestido terrenal.
El muerto, aunque no pueda verse a sí mismo, ve sin embargo a aquellos que murieron antes que él convertirse en polvo, y de esto aprende mucho. ¡Mira cuán recogidos y contenidos se muestran ante los difuntos incluso los más orgullosos y los más insensibles e inútiles! Basta que se oiga la palabra “muerte”, y el corazón de todos se estremece de temor.
Y filosofamos ante las tumbas, reflexionamos sobre nuestro destino, hablamos de la vanidad de las cosas terrenas… pero apenas nos alejamos del cementerio, olvidamos nuestra fragilidad. Por ejemplo: cuando alguien asiste al funeral de un amigo, se vuelve hacia el que está a su lado y le dice palabras como éstas: “En verdad, ¡qué miserables somos! ¡Qué insignificante es nuestra vida! ¿Qué será de nosotros después de la muerte? Debemos pensar en esto y no calumniar, no cometer injusticias, no guardar rencor…”. Habla con tanta aparente sinceridad, que quien lo escucha podría creer que en ese mismo instante renunciará por completo a su maldad y comenzará a vivir virtuosamente. ¡Ay!, pero una vez terminada la ceremonia fúnebre, olvida su miedo, olvida sus palabras y continúa viviendo en el pecado, igual que antes.
Volvamos, sin embargo, a nuestro tema. Dime, ¿por qué lloras con tanto dolor al que ha muerto? ¿Acaso porque era malo? Entonces no sólo no deberías llorar, sino dar gracias a Dios, que ha puesto fin a su maldad. ¿O era, por el contrario, un hombre bueno? También en ese caso debes alegrarte, porque murió “antes de que la maldad y el engaño corrompieran y sedujeran su psique-alma” (Sabiduría de Salomón 4,11). ¿Era joven? También por eso da gracias a Dios y glorifícalo, porque lo ha tomado junto a sí. Así como despedimos con alegría y satisfacción a quienes parten para asumir un cargo honorable, así también debemos despedir a quienes dejan esta vida, pues van hacia Dios, donde gozarán de gran honra y felicidad.
No digo, por supuesto, que no debamos sentir tristeza por la separación de los seres queridos que mueren, sino que no debemos entristecernos más de lo justo. Porque nos consolaremos bastante si pensamos que la persona que perdimos era mortal, como todos nosotros. Con nuestra indignación no mostramos otra cosa sino que deseamos lo que es incompatible con la naturaleza humana. Has nacido hombre, por tanto, eres mortal.
¿Por qué, entonces, sufres por algo tan natural como la muerte? ¿Acaso te lamentas porque, para vivir, necesitas alimentarte? ¿Pretendes vivir sin comer? Entonces, ¿por qué pretendes no morir?
Tan natural como es comer, así también lo es morir. Siendo mortal, no busques ser inmortal, porque esto fue establecido y decretado una vez y para siempre. No seamos como los ladrones, que quieren apropiarse de lo que pertenece a otros.
Así también, cuando Dios toma de nosotros el dinero, el honor, la gloria, incluso el cuerpo o la psique-alma, toma lo que es Suyo. Y si incluso toma a tu hijo, no toma propiamente lo que es tuyo, sino lo que Él mismo ha creado.
Por tanto, si nosotros no nos pertenecemos a nosotros mismos, ¿cómo van a pertenecernos las cosas que son de Él? Si tu psique-alma no es tuya, ¿cómo van a serlo tus riquezas? Y si no te pertenecen, ¿por qué gastas de modo vano o indecoroso lo que pertenece a Otro?
No digas: “Gasto lo mío, me divierto con lo mío”, porque gastas y te diviertes con lo ajeno. Y lo llamo ajeno, porque Dios considera verdaderamente tuyas aquellas cosas que te dio para compartir con los pobres. Sólo entonces lo ajeno se convierte en propio. Si, en cambio, lo gastas en ti mismo, entonces lo tuyo se convierte en ajeno.
¿No ves que nuestras manos sirven a todo el cuerpo? ¿No ves que la boca mastica el alimento antes de enviarlo al estómago? ¿Acaso el estómago dice: “Ya que he recibido el alimento, me pertenece por derecho”? ¿Acaso los ojos, porque son los que reciben la luz, la retienen para sí y no la ponen al servicio de todo el cuerpo? ¿O los pies, porque sólo ellos caminan, mueven únicamente a sí mismos y no a todo el cuerpo? Del mismo modo, entre los que ejercen un oficio, si cada uno quisiera guardar para sí el beneficio de su trabajo, no sólo dañaría a los demás, sino también a sí mismo. Y aun los pobres, si fueran tan duros como vosotros, los ricos —que no pensáis en otra cosa sino en aumentar vuestras ganancias—, y no dieran de su pobreza a los más necesitados, pronto os arrastrarían también a vosotros a la miseria.
Pero alguno dirá: «He perdido mi hijo único, en quien tenía puestas todas mis esperanzas». ¿Y qué con ello? Da gracias al Señor, que te lo pidió, y así no serás inferior al patriarca Abraham, quien, por mandato divino, condujo a su hijo Isaac al monte para ofrecerlo en sacrificio. De la misma manera que aquel, sin queja ni murmuración, ofreció al Altísimo su unigénito, así también ofréceselo tú; y no será menor tu galardón. No llores, no te quejes, no gimas. Di más bien lo que dijo el bienaventurado Job cuando perdió todos sus hijos: «El Señor me los dio, el Señor me los quitó; como al Señor gustó, así se hizo; sea bendito el nombre del Señor por los siglos de los siglos» (Job 1,21). Con estas palabras cerró la boca de su mujer, y añadió aún otras que causan admiración a cuantos las oyen: «¿Si de la mano del Señor recibimos los bienes, no soportaremos también los males?» (Job 2,10).
Así también debes tú pensar: tu hijo no cayó en manos de enemigo ni de malhechor, sino que fue recibido por Dios, quien de él cuida más que tú mismo y conoce mejor que tú su beneficio y salvación. Mira, en cambio, cuántos hijos, aunque vivan, hacen amarga y penosa la vida de sus padres.
Dirás tal vez: «¿Y los buenos hijos? ¿No los ves?»
Sí, los veo; pero la suerte del tuyo es más segura que la de ellos. Ahora quizá están bien, pero su fin es incierto. Tú, en cambio, nada has de temer por el tuyo: ni que enferme, ni que se extravíe del buen camino.
Por eso, te repito: no llores, sino bendice al Señor, como hizo Job.
«¿Y cómo no he de llorar», dirás, «si ya no soy padre?»
¡Oh palabras insensatas!
¿Acaso perdiste a tu hijo?
Antes bien, ahora lo posees de manera más firme. No has dejado de ser padre; al contrario, eres algo mayor: no ya padre de un ser mortal, sino de uno inmortal. No pienses que realmente perdiste a tu hijo porque no está contigo. Así como seguiría siendo tu hijo si hubiese emigrado a tierra lejana, así lo sigue siendo ahora que ha partido hacia el cielo. Y cuando veas sus ojos cerrados, su boca muda, su cuerpo inmóvil, no digas: «Esa boca ya no habla, esos ojos ya no ven, esos pies ya no caminan». Antes piensa así: «Esa boca hablará palabras más sublimes; esos ojos contemplarán cosas más hermosas; esos pies andarán por los cielos; ese cuerpo resucitará incorruptible, y volveré a recibir a mi hijo más glorioso que antes».
«Pero no sé —dirás— adónde ha ido». ¿Cómo que no lo sabes? Ya sea que viviera piadosamente o no, sabes bien cuál es su destino. «Por eso precisamente lloro —responderás—, porque se fue cargado de pecados». Pero aunque no los tuviera, ¿acaso no llorarías también y no murmurarías contra Dios? Ahora te lamentas diciendo: «¿Por qué me lo quitaste lleno de culpas?»; y si fuera justo, dirías: «¿Por qué me lo quitaste tan bueno?» En ambos casos, sin embargo, debes alegrarte: si fue pecador, porque cesó de pecar y no añadió más peso de iniquidad a su alma; y si fue justo, porque voló al descanso eterno. Y tú, que poco podías ayudarle mientras vivía —pues no atendía tus consejos—, ahora puedes socorrerle, no con lágrimas ni lamentos, sino con oraciones, limosnas y ofrendas.
Estas obras las establecieron los santos Apóstoles, no al azar, sino por inspiración del Espíritu Santo. Cuando el sacerdote, ante el altar sagrado, celebra los temibles Misterios de Cristo, hace memoria no sólo de los vivos, sino también de los difuntos, y así se alivian las almas que partieron. Y cuando nosotros ofrecemos por ellos donativos a la Iglesia o limosnas a los pobres, les procuramos algún consuelo, por grandes que hayan sido sus pecados. Si, por otro lado, tu hijo fue bueno y virtuoso, con mayor razón aún no debes entristecerte; pues, así como el sol, puro y resplandeciente, asciende al cielo, así también la psique- alma limpia, al dejar el cuerpo, sube luminosa con escolta de ángeles al reinado de Dios.
No es, pues, cosa mala el morir.
¿Por qué, entonces, tememos la muerte?
Porque no nos ha poseído el έρως (eros: amor ardiente) de la patria celeste, ni nos ha inflamado el deseo de los bienes futuros. Si ese fuego divino nos abrasase, despreciaríamos todos los deleites de la tierra. Quien teme de continuo el infierno, jamás temerá la muerte. No tengáis, pues, pensamiento de niño, sino inocencia de niño. Los pequeños se espantan ante las máscaras fieras, aunque sean inofensivas; pero no temen el fuego peligroso. Así nosotros: tememos lo que no debe temerse, y nos acercamos sin temor a lo que puede perdernos. Pues como el niño que, sin pensar, pone la mano sobre la llama del candil y se quema, así también el insensato se hiere por no temer el verdadero peligro.
¿Queréis que os diga otra causa de este miedo a la muerte?
Porque no vivimos virtuosamente, ni poseemos la conciencia pura. De otro modo, la muerte no nos causaría espanto. Demuéstrame que heredaré la βασιλεία realeza increada de los cielos, y dame muerte ahora mismo: te quedaré agradecido, porque con ello me enviarás rápidamente a aquellos bienes eternos.
«Mas temo morir injustamente», dirás tal vez.
¿Querías, pues, morir justamente? ¿Quién es tan miserable que, pudiendo morir injustamente, prefiera morir justamente?
Si hay que temer alguna muerte, teman los que mueren con justicia;
porque quien muere injustamente, se asemeja a los santos. La mayor parte de los que agradaron a Dios fueron muertos sin culpa. El primero de todos, Abel: no lo mató Caín por ofensa, sino porque honró al Señor. Y Dios permitió aquella muerte no porque aborreciese a Abel, sino porque le amaba, y quiso adornarle con corona más resplandeciente por la injusticia de su sacrificio.
¡Ves, pues, que no debemos temer morir injustamente, sino temer por morir cargados de pecados!
Abel murió injustamente, pero Caín vivió largo tiempo con la maldición de Dios, suspirando y temblando sin cesar.
¿Quién de los dos fue más dichoso? ¿Aquel que cesó de vivir en virtud, o aquel que vivió en el pecado? ¿El que injustamente murió, o el que justamente fue castigado?
No lloremos, pues, sin discernimiento a todos los difuntos, sino a quienes mueren teniendo muchos pecados. A éstos convienen las lágrimas y los lamentos; pues, ¿qué esperanza les queda, cuando ya no pueden limpiarse y purificarse de sus pecados? Mientras se hallaban aún en esta vida presente, había esperanza de que se arrepintiesen;
pero allí adonde fueron, ya nadie gana nada con la penitencia.
Lloremos por ellos, sí, pero no con llanto desmedido ni con gestos impropios; no arrancándonos los cabellos, ni desgarrando el rostro,
ni clamando y gritando sin medida, sino con modestia y templanza,
dejando que las lágrimas corran mansamente de los ojos. Tal llanto nos aprovecha también a nosotros; porque, llorando así al difunto, procuraremos con mayor diligencia no caer nosotros mismos en los mismos pecados. Con los gritos y los tirones de cabellos se oscurece el entendimiento, en cambio con el duelo sereno la psique-alma conserva su claridad, y puede filosofar, meditar provechosamente acerca de la muerte.
De esta manera has de filosofar, reflexionar, no sólo cuando muere algún conocido tuyo, sino también cuando veas a un extraño conducido en procesión por las calles hacia su última morada, seguido de sus hijos huérfanos, de su esposa viuda, de sus deudos y amigos, todos llorosos y abatidos. Entonces medita en tu corazón que la vida y las cosas de este mundo no tienen valor alguno, ni difieren en nada de las sombras y de los sueños.
¡Mira, oh hombre, cuántos castillos y palacios de reyes, de príncipes y de señores están hoy reducidos a polvo y ruinas! ¡Considera cuánta fuerza, cuánta gloria, cuánta riqueza tuvieron en otro tiempo! Y ahora… ¡hasta los nombres de aquellos poderosos han caído en el olvido! Dice la divina Escritura: “«Muchos príncipes y tiranos perdieron su poder y se sentaron en el polvo; y un hombre humilde, a quien nadie imaginaba que llegaría a ser rey, ciñó la corona.» (Sabiduría de Sirácides (Eclesiástico) 11,5)
¿No te bastan tales ejemplos?
Reflexiona entonces sobre lo que tú mismo eres, aun cuando duermes:
¿acaso no puede un simple insecto quitarte la vida?
Sí, muchos perecieron así, mientras dormían. En verdad, ¡de un hilo pende nuestra existencia! Rompes la hebra… y todo se acaba.
Así has de filosofar, meditar, y no dejarte seducir por la hermosura, ni por las riquezas, ni por la gloria, ni por las voluptuosidades o hedonismo. Una sola cosa debe ocupar tu mente: que todas ellas tendrán fin. ¿Admiras las maravillas de esta tierra? Más dignas de admiración son las que anuncia la Santa Escritura.
Muéstrame —te lo ruego— a un soberbio potentado o a un rico con sus guardaespaldas y vestido de púrpura, cuando yace ardido en fiebre, cuando agoniza entre respiraciones, y dime entonces:
¿Dónde está aquel que caminaba ufano, presuntuoso por la plaza, rodeado de guardias y aduladores? ¿Dónde su pompa, sus festines, sus esclavos, sus carcajadas, su abundancia, sus derroches y sus deleites? Todo se desvaneció como humo, todo huyó como sombra. ¿Dónde está ahora el cuerpo que gozaba de tantos placeres? Acércate al sepulcro y contempla el polvo, la corrupción, los gusanos. Mira… y gime con amargura. ¡Y ojalá el mal terminase en ese polvo visible! Desde la tumba y desde los gusanos eleva tu pensamiento hacia el gusano que no duerme, al crujir de dientes, a las tinieblas perpetuas,
al fuego que no se apaga, a las penas amargas e insoportables que no conocerán fin. En este mundo, los bienes y los males acaban al fin, tarde o temprano; pero en el otro, ambos son eternos. Y tan distinta es la naturaleza de aquellos bienes y de aquellos males respecto de los de aquí, que ningún lenguaje humano podría expresarla.
¿Qué se hicieron, pues, todas aquellas grandezas? ¿Qué fue de los tesoros y de las heredades? ¿Qué viento sopló y los dispersó? ¿Y para qué esa vana y costosa pompa funeraria, que ni aprovecha al difunto ni beneficia a sus parientes?
Cristo nuestro Señor resucitó desnudo del sepulcro. No convirtamos, pues, el entierro en ocasión de vanagloria y ostentación. El Señor dijo:
«Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me acogisteis; estuve desnudo, y me vestisteis» (Mt 25,35-36).
Pero no dijo: «Estuve muerto, y me sepultasteis». Porque si nos manda no poseer más que lo necesario mientras vivimos, ¡cuánto más cuando hayamos muerto! ¿Qué excusa daremos, entonces, cuando malgastamos inmensas sumas en lujosos ataúdes y coronas innumerables, mientras Cristo, en la persona de los pobres, vaga hambriento y desnudo, y nosotros indiferentes de esto le cerramos el corazón?
Todo cuanto os digo, hermanos, ya no beneficia a los que partieron;
pero, óiganlo los vivos, y despierten, y se enmienden. Porque pronto vendrá también su hora —y la nuestra—, cuando todos comparezcamos ante el terrible Tribunal, para dar cuenta de nuestras obras.
¡Luchemos, pues, por corregirnos! Abandonemos el pecado y sigamos la virtud, para no perder la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada de los cielos, sino alcanzar los bienes incorruptibles que el filántropo (amigo, amante de los hombres) Señor tiene preparados para los que le aman. Amín.
San Juan el Crisóstomo.
Para la doxa-gloria del Dios Trino y Santo.
(Adaptación y cuidado del texto: Ελένη Λιναρδάκη, filóloga.)
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/