Egolatría, egocentrismo φιλαυτία (filaftía), P. Atanasios Mitilineos

Φιλαυτία (filaftía) egolatría, egocentrismo

Atanasios Mitilineos (Domingo IX de Lucas (12, 16-21)

 

[Φιλαυτία (filaftía) egolatría, egocentrismo, excesivo amor a sí mismo y al cuerpo, narcicismo. La φιλαυτία (filaftía), entendida como el amor excesivo hacia uno mismo, ha sido objeto de reflexión desde la filosofía clásica hasta la psicología contemporánea. Aunque en su origen griego podía referirse tanto al cuidado propio como a la vanidad extrema, hoy se vincula con actitudes como la egolatría, el egocentrismo y el narcisismo. Este concepto permite examinar cómo el desmesurado aprecio por la propia imagen o cuerpo puede distorsionar las relaciones humanas, afectar la identidad y limitar la capacidad de empatía. Analizar la filaftía implica, por tanto, explorar las fronteras entre la sana autoestima y el amor a uno mismo llevado al exceso. La psicoterapia y la sanación de la filaftía se encuentran ampliamente desarrolladas en la Filocalía, así como en las enseñanzas de todos los Santos Padres.]

 

La parábola del rico insensato, queridos míos, siempre, después de escucharla, nos deja melancólicos y preocupados. Esta parábola tiene elementos de una rica enseñanza, principalmente negativa. Desde un punto de vista, podríamos decir que la parábola del rico insensato es una historia sobre la φιλαυτία egolatría, el egoísmo. Y esto se hace evidente, ya que hay un abuso aquí del pronombre posesivo. “Mis frutos”, dice el rico insensato, “mis graneros, mis cosechas, mis bienes, mi psique-alma”. Ven, cinco veces usa este pronombre posesivo, “mi”. Y mientras escuchamos esta parábola, sentimos una sensación sofocante, con estos repetidos “mí”. Escuchar a una persona hablar constantemente sobre sí misma de manera tan intensa es algo que nos resulta feo e incómodo.

Y en medio de esta sensación sofocante vive y se mueve el φίλαυτος (fílaftos) ególatra, egocéntrico, solo, autosuficiente, inasociable, apartado. Y como dice Teofilacto: “No tengo compañía”, dice el fílaftos ególatra, “No tengo a nadie conmigo. No busco repartir mis bienes. No son de Dios, son míos. Yo solo disfrutaré de lo que tengo. No aceptaré a Dios en mi disfrute”. ¿Y cómo se acepta a Dios? Dios dice que hagamos limosna, caridad. “No quiero entonces. Los bienes son míos. Todos son vagos. Yo soy el que progresa. Son míos. Solo yo los retendré. Solo para mí”. Un fenómeno social es el φίλαυτος (fílaftos) ególatra, egocéntrico, queridos míos.

Pero, ¿qué es la φιλαυτία egolatría, (egocentrismo, narcicismo, excesivo amor a sí mismo y al cuerpo)? Dice san Máximo el Confesor: “φιλαυτία egolatría es la amistad irracional con el cuerpo”. “Es”, dice, “el egoísmo, el amor irracional hacia el cuerpo”. Prestad atención a esto. El amor irracional hacia el cuerpo. Es muy natural que el ser humano cuide de su cuerpo, de su salud, de su alimentación y de su vida. Es algo muy natural. Pero cuando sobrepasa ciertos límites, entonces se llama “amistad irracional con el cuerpo”, según el santo padre Máximo el Confesor.

Recordad cuando los israelitas estaban en el desierto y Dios iba a darles el maná, dio la siguiente orden: “Recogeréis maná solo lo que necesitéis para ese día. No recogeréis más maná”. Y esto porque Dios quería que cada israelita sintiera su dependencia de Dios. No quería que se sintiera solo, sino que dependiera de Dios. Cuando, queridos míos, Dios envió el maná, algunos se encontraron recogiendo maná para muchos, muchos días. Y notad que Dios les dio una señal. El maná de ayer se echaba a perder hoy. No se podía conservar. A excepción del maná del viernes, que se conservaba para el sábado, ese no se echaba a perder. Y eso era una señal. Para que quien recogía los bienes supiera lo que les sucedería. Para que lo entendiera.

Pues bien, como os dije, algunos encontraron que recogían maná para muchos, muchos días. ¿Por qué lo hacían? Porque eran φίλαυτοι (fílafti: ególatras, egocéntricos, egoístas.) Hicieron este razonamiento egocéntrico, ególatra: “No sabes… puede que mañana Dios se arrepienta y no envíe maná. Al menos nosotros tendremos algo para comer. ¡Tal vez mañana Dios muera! Al menos nosotros tendremos comida”. ¿Veis, queridos míos, la necedad? ¿Veis, como diría san Juan Crisóstomo, “la insensatez”? ¿Cómo se puede calificar a alguien que piensa de esta manera?

La φιλαυτία filaftía egolatría también se muestra en lo que respecta a psique-alma, no solo al cuerpo como os he explicado hasta ahora. Dice san Pedro Damasceno: “φιλαυτία es amar nuestros propios deseos, pensamientos y voluntades”. ¿Qué es φιλαυτία egolatría? Es amar tus propios deseos y tus propios pensamientos, aquellos que piensas tú. Es decir, es una autocomplacencia, un narcicismo que tiene el ególatra y que vive una especie de narcisismo psíquico, sin interesarse por los demás.

El hombre que vive en filaftía menosprecia el valor de los demás. Considera correctos solo aquellos pensamientos o deseos que él mismo puede querer o pensar. Cuando habla, y aún peor, cuando habla de temas religiosos, teológicos o espirituales, no le interesa si el otro los entiende, basta con que él lo haya dicho y se siente satisfecho con lo que ha expresado, incluso si es en un lenguaje incomprensible, elevado, quizá teológico o filosófico. No le preocupa si lo han comprendido. Lo único que le importa es que él mismo se haya complacido al decirlo. Al respecto, el apóstol Pablo dice: “En la Iglesia prefiero hablar cinco palabras con mi entendimiento, para enseñar también a los demás, que diez mil palabras en una lengua extraña” (1 Corintios 14:19). «Prefiero», dice, «cuando estoy en la Iglesia, o en una reunión de personas, decir cinco palabras claras, correctas y comprensibles, en lugar de decir miles de palabras literarias que queden incomprensibles». O como también dice en su carta a los Corintios: “Que ninguno busque su propio bien, sino el del otro” (1 Corintios 10:24). «Cada uno no debe buscar su propia satisfacción, sino cómo dar satisfacción al otro». Porque cuando siempre busco mi propia satisfacción, soy φίλαυτος (fílaftos: ególatra, egocéntrico, egoísta, narcisista).

Si me lo permitís, quiero deciros que el hombre que vive en la lujuria es φίλαυτος fílaftos. Lo dice un psicólogo contemporáneo: «Si queréis sanar la lujuria, curad el egoísmo». La filaftía egolatría es una forma, una manifestación del egoísmo. Permitidme explicarlo de manera más detallada. Cuando vas a pecar con alguien, esa otra persona se convierte en un espejo, de alguna manera, en el que ves tu propio ser. Buscas al otro para tu propia satisfacción. Y el otro se convierte en un espejo en el que proyectas tu propio yo. Y a su vez, el otro te ve a ti como un espejo donde ve su propio ser para satisfacer solo su ego. Si queréis, no me digáis, conozco los argumentos, pero lo cierto es que, en estas situaciones, en esencia, cada uno ve su propio reflejo. ¿Queréis sanar la inmoralidad? Sanad la φιλαυτία filaftía.

Dice el mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39). Entonces, el mandamiento presupone que yo me amo a mí mismo. Sí. Sería impensable no amarme a mí mismo. Pero solo hasta cierto punto. Cuando borro de mi horizonte al prójimo, entonces tengo una filaftía egolatría desenfrenada. Pero ¿qué dice el mandamiento? Dice: “Con la medida y el criterio de tu propio amor hacia ti mismo – porque cada uno, por naturaleza, ama a sí mismo – debes amar también al prójimo” (Levítico 19:18; retomado por Jesús en Mateo 22:39, Marcos 12:31 y Lucas 10:27). Ahora bien, si amas al prójimo más que a ti mismo, entonces superas el mandamiento y manifestarías el fenómeno de la abnegación, del sacrificio personal. Y no hay límites en este tema. De todos modos, veis que puedo amar a mi propio ser, pero bajo la condición de que el prójimo no se desvanezca de mi horizonte. Lo repetiré, mantendré como criterio mi amor hacia mí mismo para amar al otro. Por ejemplo, amo mi ησυχία (hisijía: serenidad mental y paz cordial) y tranquilidad. Quisiera que el otro también tuviera su paz y no lo molestaría. Me gustaría que me prestaran atención. Pues me aseguraré de atender también al otro, porque yo también valoro eso. Entonces, con este entendimiento, ya he superado la egolatría y me encuentro dentro del campo del mandamiento, es decir, de la virtud.

No obstante, si borro al prójimo de mi horizonte, entonces tengo una distorsión de mi personalidad, la cual ya fue señalada en los primeros en ser creados. Ellos fueron engañados por el diablo a través de la egolatría y el placer. «El fruto es hermoso», dice Eva, «es hermoso verlo, pero aún más hermoso es probarlo». Veis, el placer, la satisfacción. Pero, ¿y la filaftía? Al separarse los primeros en ser creados del amor de Dios, se quedaron en el amor a sí mismos. Ya no necesitarían a Dios. Porque el diablo les susurró: «…seréis como dioses; por lo tanto, no necesitáis a Dios». ¿Veis cuándo nació la egolatría? Nació en el Paraíso, en los primeros en ser creados. Por eso, en tiempos de apostasía, la φιλαυτία filaftía se manifiesta. De todos modos, así es como se presenta la filaftía en toda su gloria y esplendor.

¿Pero, cuál es la anatomía de la filaftía?

Escribe san Máximo el Confesor: «La φιλαυτία filaftía es la madre de todos los males». Y continúa: «El principio de todos los πάθος pazos (pasiones, vicios, adicciones, padecimientos, patologías) es la filaftía; es la raíz, el comienzo, el origen de todos los pazos. Y su fin es la soberbia u orgullo. La egolatría y la soberbia son el principio y el fin de un mismo eje». «El que corta la egolatría, ha cortado todos los demás pazos que de ella nacen». Ya os he dicho antes que los pecados carnales tienen su raíz en la egolatría. Corta la filaftía, y no tendrás donde reflejarte. No tendrás puntos de apoyo para la maldad. No tienes dónde sostenerte, me refiero en cuanto al pecado. No tienes bases y argumentos del pecado.

¿Y qué pazos nacen de la filaftía? Dice san Hesiquio el Presbítero: «Los hijos de la filaftía son: los elogios en el corazón – ‘¡Ah!, me elogian’ –, la presunción, auto-gustarse – querer agradar y gustar a uno mismo y disfrutar de ello. Ya os he hablado antes de la palabra ‘narcisismo’. Permitidme deciros esto. Narciso era un joven que se enamoró de sí mismo. Quería verse en el espejo. No había espejos entonces, por lo que ponía un recipiente con agua y se miraba en la superficie del agua tranquila. Y se veía una y otra vez, y continuamente se enamoraba de sí mismo. Eso es el narcisismo. Y este querer autocomplacerme, agradarme y gustarme a mí mismo, presunción, vanidad. Admirar mi propio reflejo. Sentarme frente al espejo, ver mi imagen y disfrutar de los elogios, y que me elogien de diversas formas». También la glotonería es un hijo de la filaftía, la fornicación – como os he dicho antes –, la vanagloria, la envidia y, la corona de todo esto, la soberbia u orgullo». Y como también dice san Máximo el Confesor: «Aquel que tiene filaftía, está claro que tiene todos los pazos (pasiones, vicios)».

Pero, ¿de dónde viene la φιλαυτία filaftía? Evidentemente, surge de un «εγώ egó yo» enfermo. El «εγώ yo”  está enfermo. El » εγώ yo » constituye la personalidad. No es algo malo. Al contrario, constituye, os he dicho, la personalidad. Y la autoconciencia; es decir, «yo soy el padre Atanasio». Eso constituye la autoconciencia. Pero cuando este «εγώ yo» se enferma, entonces empieza a manifestar defectos. Uno de estos defectos es, en primer lugar, la enfermedad del «εγώ yo», que se llama egoísmo. La enfermedad del «yo» es el egoísmo (yoísmo). Y uno de los primeros «hijos» de esta enfermedad es la φιλαυτία filaftía. Comenzar a amarme a mí mismo.

Sin embargo, dice aquí san Máximo una observación muy sutil. Prestad atención a esto. Dice: «De la ignorancia sobre Dios proviene la φιλαυτία filaftía «. ¿De dónde nace? De la ignorancia de Dios. Cuando no conoces a Dios. Por eso, los primeros en ser creados se separaron de Dios y cayeron en el amor a sí mismos. Prestad atención a este punto. Quiero dirigirme a aquellos que quieren llamarse piadosos. Este fenómeno de la ignorancia de Dios y, por lo tanto, el nacimiento de la φιλαυτία filaftía, se observa en la teología del mundo protestante. El protestantismo cree en la salvación individual. «¡Me salvaré solo! No necesito a nadie más». Es decir, al estudiar y reinterpretar subjetivamente la Santa Escritura, dicen: «Toma, lee la Escritura. ¿Qué vas a entender? Lo que tú entiendas. No hay criterio eclesiástico».

Así, dado que existe el criterio subjetivo, es muy natural que también surja un criterio subjetivo para la salvación: «Quiero salvarme. Entonces no me salvaré dentro de la Iglesia». Pero escuchad lo que dice el apóstol Pablo: «Haced en todo como yo, que me esfuerzo en complacer a todos en todo, no buscando mi interés, sino el beneficio y bien de los demás, para que se salven» (1 Corintios 10:33). En la Iglesia no busco mi propio interés. No busco cómo yo me satisfaceré, sino el beneficio de los demás. Así que este espíritu de la salvación fuera de la Iglesia, prestad atención, fuera de la Iglesia, hoy en día, con gran tristeza, está muy extendido en nuestro mundo ortodoxo. Cuando vamos a la Iglesia, por ejemplo, ignoramos quién está a nuestro lado. En la antigua Iglesia, cuando el diácono decía «¡Las puertas, las puertas!» – es decir, los no bautizados, los no miembros de la Iglesia, los catecúmenos, debían salir. Cada uno solo tenía que mirar a su lado, a aquellos que no conocían o sabían que no estaban bautizados, no podían quedarse dentro de la Iglesia. Hoy en día entra el más impío, el más ateo, el más hereje entra en la Iglesia. ¿Quién lo conoce? Viene a comulgar. ¿Quién lo conoce? Nadie lo conoce. Así que esta es la ignorancia que tenemos sobre los miembros de la Iglesia. Y lo peor es que no nos importa quiénes son los miembros de la Iglesia, qué hacen, quiénes son, dónde viven, cómo se llaman.

Cuando tenemos un memorial —lo habréis notado miles de veces—, se realiza después del final de la Divina Liturgia, cuando todo, absolutamente todo, ha terminado; el sacerdote dice el «Evlogitós bendito» para comenzar el memorial, ¡y toda la congregación se marcha! ¿Por qué, hermanos míos, os vais? «Bueno, es que alguien ha muerto y le hacen el memorial». ¿Quién se lo hace? «Sus familiares». Estáis equivocados. Lo hace la comunidad eclesiástica. Y un miembro de nuestra comunidad eclesial, de nuestra parroquia, ha partido hacia la otra vida. ¿No os interesa eso? ¿Acaso no queremos encontrarnos todos en el Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de Dios? ¿Allí sí y aquí no? ¿Veis estas contradicciones? ¿Veis que buscamos la salvación fuera de lo que se llama Iglesia? Debes quedarte en el memorial. «Pero no lo conozco». Sin embargo, es una persona bautizada y es miembro del Cuerpo de Cristo, es miembro de la Iglesia.

Lo mismo ocurre con el bautismo, lo mismo con el matrimonio. En otro tiempo, el bautismo de un nuevo miembro era un acontecimiento. Toda la Iglesia asistía. Un nuevo miembro entraba en la Iglesia por medio del bautismo. Hoy te dicen: «asunto privado». Invitamos a los parientes, enviamos algunas invitaciones, vendrán ellos para el bautismo del niño y nada más. No nos interesa nada más…

Todo esto, queridos míos, es lo que ya os dije antes. Es la percepción de la salvación fuera de la Iglesia, de manera individual. Es decir, sin que los fieles participen en el conjunto del Cuerpo de la Iglesia. En cambio, los Padres de la Iglesia se interesaban por toda la Iglesia. San Basilio el Grande enviaba cartas en todas direcciones cuando oía que, en alguna diócesis, en algún rincón del mundo, ocurría algo incorrecto o torcido. Alguien podría decirle: «Ocúpate de tu diócesis». «No. No es ese el asunto. Cuidaré y pastorearé mi diócesis, pero me intereso por toda la Iglesia». Muchos, por ejemplo, hoy no asisten a la Iglesia, alegando que son buenos cristianos pero que se escandalizan en la Iglesia. Así tenemos una concepción egoísta y ególatra de la salvación. Una concepción ególatra. «Yo, por mí mismo, cómo me voy a salvar yo. ¿Qué? ¿Voy a ir a la Iglesia para ver a uno y al otro, o para soportar al mal cantor o al sacerdote extraño, raro? Yo me quedaré en casa, yo me salvaré. Haré mi oración y asunto terminado». ¿Lo entendéis? Tenemos una concepción ególatra, egoísta de la salvación, queridos. Cuando oramos, el Señor nos enseñó a decir «Padre nuestro». No nos dijo que digamos «Padre mío». Y ese «nuestro» significa que el Padre es común y la oración también es común. La elevamos a Dios y Padre.

Además, la Divina Liturgia no puede celebrarse con una sola persona, una sola figura, sino con muchas personas. ¿Por qué? Porque muestra que la salvación está dentro de la Iglesia. Por eso, debemos comprender que la salvación es un asunto eclesial. Mientras que, por el contrario, la filaftía (el amor desordenado a uno mismo) es un asunto anticristiano y antisocial.

Por supuesto, la φιλαυτία filaftía siempre ha tenido su lugar entre los cristianos, queridos míos, pero llegará a constituir un fenómeno especialmente propio de los últimos tiempos. El apóstol Pablo escribe a Timoteo, en su segunda carta: «Pero debes saber esto: que en los últimos días vendrán tiempos difíciles. Porque los hombres serán amantes de sí mismos, avaros, arrogantes, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, incontinentes, enemigos del bien, amantes de los placeres más que de Dios» (2 Timoteo 3:1-4). Prestad atención: el calificativo «φίλαυτοι (fílafti) amantes de sí mismos» aparece en primer lugar. Si queréis, todo lo demás que sigue son frutos de la filaftía. Cuando yo soy un tipo hedonista y, digamos, no me intereso por mis padres, cuando soy una persona sin bondad, ¿no son todos esos frutos de la φιλαυτία filaftía? Todo lo que os he leído, queridos míos, son engendros de la filaftía. Es lo que dijo el Señor en otra ocasión: que «el amor de muchos se enfriará». Eso es. Precisamente porque los hombres se habrán vuelto fílaftos amantes de sí mismos. Y el amor se habrá convertido en un refrigerador. Y los hombres serán refrigeradores ambulantes.

Pero también la fe, incluso esta, esj(c)atológicamente, habrá disminuido. El Señor dijo: «Pero cuando el Hijo del Hombre venga, ¿encontrará fe en la tierra?» (Lucas 8:18). ¿Por qué? Porque la filaftía, por naturaleza, es miope. Y el ojo del hombre no puede penetrar al universo sensible, sino que se queda solo en lo que ve. Y entonces la fe habrá muerto.

Queridos míos, la filaftía es un fenómeno de degeneración religiosa, por el cual el hombre pasa de la comunión a la noción de «άτομο átomo individuo». El Señor nos dio una imagen maravillosa y muy fiel en la parábola del rico insensato. Vive solo y únicamente para sí mismo, ignorando tanto a Dios como a los demás. La filaftía es una enfermedad grave, cuyo remedio es el constante florecimiento de la fe, de la teología y de la αγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado, altruista). El Señor dirá en el Día del Juicio: «Estuve enfermo y me visitasteis». «Y vinisteis a encontrarme»; lo cual muestra que en el rostro del prójimo —esto es teología— está Cristo, está la fe, está la αγάπη agapi. Y no está la φιλαυτία filaftía. Pero también dirá: «Estuve enfermo y no vinisteis a mí». Lo contrario; lo cual significa: «Estáis llenos, rebosantes de filaftía». Dios, por agapi, queridos míos, «salió» de sí mismo y creó el universo, el mundo visible e invisible. Otra vez Dios «sale» de sí mismo y se encarna. Nuevamente por agapi-amor. La filaftía no existe en Dios. Y no debe existir tampoco en el hombre. Además, como dice el apóstol Pablo, «la agapi-amor no busca lo suyo». Y donde hay agapi-amor, allí está Dios. Y donde está Dios, la filaftía ha muerto. Y la φιλαυτία (filaftía: egolatría, egocentrismo, excesivo amor a sí mismo y al cuerpo), queridos míos, debe y tiene que morir. Amín.

A la gloria del Dios Trino y Santo,
Homilía realizada en el Santo Monasterio Komnineo, Larisa, 22-11-1987, con inmensa gratitud a nuestro guía espiritual, el venerable y bendito Padre Atanasios Mitilineos,

FUENTES: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/omiliai-kyriakvn

Transcripción digitalización y edición de la homilía: Sr. Atanasios K. y Eleni Linardaki, filóloga.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

 

 

La filaftía (φιλαυτία) egolatría, egocentrismo, Kostantino Ikonomu

Actualizado 25/11/25

La filaftía (φιλαυτία) egolatría, egocentrismo

Kostantino Ikonomu, maestro y escritor, hijo espiritual del Yérontas Mitilineos

 

Introducción

Φιλαυτία (filaftía) es egolatría, el excesivo amor a sí mismo y al cuerpo. El hombre que sufre de filaftía suele ser identificado con el egoísta, el egocéntrico. Este no posee una imagen real de su estado o de sí mismo: gran parte de su “yo” es fantasioso e imaginativo, mientras que su autoimagen narcisista cambia constantemente. Busca continuamente la confirmación de los demás. Considera sus voluntades como derechos y omite sus errores. Por su egoísmo, siente miedo, sufre dolor, se avergüenza, se angustia y ansía; es fácil burlarse de él, ya que basta halagar su yo para inflarlo.

Sin embargo, el egoísmo no se limita al comportamiento egocéntrico; es principalmente lo que llamamos filaftía-egolatría. Los Padres nípticos, en sus escritos ascéticos, describen las manifestaciones de la filaftía y los medios para combatirla. La filaftía es la condensación de todos los πάθος pazos*. A causa de ella, el hombre contemporáneo intenta ser “Dios” sin Dios y actúa como los primeros en ser creados. Olvida que, como hijo auténtico después de la caída, es imagen de Dios, adoptado como hijo mediante el bautismo, y que la θέωσις zéosis (glorificación, divinización, la semejanza con Dios) es un don. A pesar de ello, busca reconocimiento personal, gloria propia, vanagloria y autodeificación. Dios, queriendo liberarnos de este amor enfermizo hacia nosotros mismos, nos manda amar enteramente a Él y, por extensión, a nuestro prójimo. Por eso el Señor dice: “Bienaventurados los humildes”, porque ellos pueden amar verdaderamente. *(Ver sobre el término pazos aquí: https://logosortodoxo.es/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo/ y también https://logosortodoxo.es/12-lexis-apocalipticas/)

Filaftía como πάθος pazos: El Apóstol Pablo a Timoteo advierte: “Debes saber que en los ésjatos-últimos días, vendrán momentos difíciles y se presentarán en el camino de la Iglesia circunstancias peligrosas. Porque los hombres serán egoístas, avaros amigos del dinero, altivos, orgullosos, blasfemos, maldicientes, rebeldes con los padres, ingratos, injustos, desnaturalizados, desleales, diabólicos, calumniadores, diabólicos, desenfrenados, inhumanos, enemigos de todo lo bueno, traidores, temerarios, obcecados, inflados y oscurecidos por la vanagloria, más amigos de los placeres carnales del hedonismo que de Dios, los cuales tendrán una apariencia exterior de piedad, pero en realidad están lejos, habiendo negado la fuerza de ella. Apártate lejos de ellos. Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella” (2 Tim 3,1-5).

La filaftía es señalada primero como el pazos por excelencia, porque de ella nacen los demás. Los Padres consideran que la terapia “psicoterapia” de la persona comienza con el vaciamiento del egoísmo, madre y alimento de los pazos. La filaftía es “principio de todos los males” (san Máximo el Confesor), “la reina de los pecados” (san Gregorio el Diálogo) y “la necrosis, mortificación de la vida divina” (san Nicodemo el Aghiorita).

Si uno se ama excesivamente a sí mismo y se halaga, no se esforzará ni tendrá paciencia ante la tentación, ni aceptará lo malo que le sucede. San Hisiquio señala que los hijos de la filaftía son el auto halago, la autocomplacencia, la gula, la lujuria, la vanagloria, la envidia y el orgullo. El hombre fílaftos ególatra, incapaz de amar a sus semejantes, percibe a su prójimo como infierno suyo, un enemigo.

La Ilustración, el Romanticismo y la filosofía contemporánea de la “New Age” han transformado la visión del hombre, pasando de una perspectiva Θεανθρωποκεντρική (zaenzropoentikí) divino-humanocéntrica a una antropocéntrica. La sociedad occidental actual ensalza el yo; cada persona considera “verdad” aquello que produce conceptualmente. El hombre humanista busca autojustificación y autodeificación, la persona se convierte en individuo (átomo) y la sociedad en masa. Como consecuencia, vive en soledad: el “desierto de las ciudades”, según el Yérontas Moisés de Athos.

El Yérontas José de Vatopedi decía: “La filaftía se divide en dos partes: material y espiritual. A causa de ello, se irritan los dos tipos de pazos, los somáticos (corporales) y los psíquicos. La ira, el enojo aparece cuando se obstaculiza el camino de la filaftía. Quienes están dominados por los pazos corporales son movidos por deseos, apetitos y placeres insensatos; la ira surge por miedo a la privación de su satisfacción. Lo mismo ocurre con los pazos psíquicos, como la vanagloria, el egoísmo y el orgullo. Todos estos son motivos y herramientas de la ira, que nos separan de la agapi completa y de Dios, y nos preparan un lugar en el Hades y la muerte, el reino de Satanás”.

San Juan el Sinaíta aconseja: “Estate en nipis, vigílate y ten cuidado con la madre de todos los males, la filaftía, que es el paradójico amor al cuerpo. De ella nacen los apasionados y malignos loyismí (pensamiento simples o compuestos con la fantasía, ideas o reflexiones) de la gula, la avaricia y la vanagloria, que se originan bajo la excusa de la supuesta necesidad del cuerpo. De estos loyismí surge de nuevo la lista completa de todos los males. Por ello, es necesario tener cuidado y luchar contra la filaftía con mucha nipsis (atención, vigilancia y sobriedad). Contra la filaftía combaten la αγαπη (agapi: amor incondicional, desinteresado, altruista) y la εγκράτεια (enkgratia: templanza, continencia, autodominio). Dice el Apóstol Pablo: “Porque nadie aborreció jamás a su propia carne (cuerpo) (Ef 5,29), sino que la trata con austeridad y dureza, y la somete a servidumbre (1 Cor 9,27), proporcionándole solo ropa y comida (1 Tim 6,8), y únicamente lo necesario para vivir”.

El Yérontas Paísios enseña: “Cuando el νούς nus (espíritu del corazón de la psique) se dirige a Dios, tiene al cuerpo como esclavo y le da sólo lo necesario para la vida. Si se dirige hacia el cuerpo, queda sometido a los pazos y busca continuamente satisfacciones corporales”.

La filaftía religiosa: Existe otra forma de filaftía, muy difícil de distinguir, vinculada con la religiosidad que es farisaísmo, fanatismo, fundamentalismo, superstición y celo exagerado. Uno puede cumplir rigurosamente los divinos mandamientos, pero si su voluntad no se alinea con la de Dios, sino con su propio reconocimiento y deseo de alimentar la filaftía, su religiosidad se convierte en formalismo vacío. Tal persona transforma la moral eclesiástica en un conjunto de cánones o leyes rígidas, creyéndose justa y salvada mientras impone a los demás órdenes absurdas, innecesarias y sin sentido. Permaneciendo atrapada en la forma externa sin discernimiento, pierde la esencia verdadera de la vida espiritual, convirtiendo la fe en un instrumento de vanagloria y autoengrandecimiento en lugar de camino hacia la unión con Dios.

Espejo del autoexamen: Según san Nicodemo el Aghiorita, el hombre debe examinarse, despreciarse y odiarse a sí mismo. Este odio, según el Santo, no es destructivo, sino que es sanador y salvífico, pues permite contradecir la conducta de la carne y la voluntad del diablo, sometiéndose así plenamente a la voluntad de Dios. Sin embargo, quien se halaga y se ama a sí mismo de manera desordenada e inconmensurable no podrá esforzarse, fatigarse, soportar las tentaciones ni someterse a la voluntad del Señor. El Santo Aghiorita añade: “Si eres fílaftos y te amas a ti mismo, en realidad te odias y te arruinarás”, recalcando que: “sin la filaftía, el diablo no puede perjudicar al hombre ni en lo más mínimo”.

Según los Santos Padres, Dios no mata al hombre; espera su metania —es decir, su introspección, conversión, arrepentimiento y confesión—. Por ello, en esta vida nos ofrece el perdón mediante la metania, como señala san Gregorio Palamás. El autoexamen que propone san Nicodemo contiene esta misma metania: “Examina la metania cómo la haces; observa primero cuál es tu disposición y ánimo interior, tu metania, y en qué consiste el aborrecer y odiar tus pecados más que cualquier otro mal”. Asimismo, sugiere examinar nuestras obras, discernir si se realizan por agapi o por mera obligación. San Nicodemo advierte: “Si son simplemente mundanas —que tú consideras valiosas y meritorias— los santos las llaman inútiles y perdidas, porque no contribuyen a la sanación ni a la salvación. Si tus obras son de este tipo, ódialas, recházalas y ocúpate únicamente de aquellas acciones y praxis por las que recibirás recompensa en el cielo”.

De este modo, el autoexamen se convierte en un instrumento indispensable para reconocer la verdadera intención de nuestras acciones y orientar la vida hacia la χάρις (jaris: gracia, energía increada) y la salvación.

Terapia. Los Santos Padres describen la terapia “psicoterapia” contra la filaftía. San Juan Crisóstomo enseña que el fílaftos (ególatra, egocéntrico, narcisista) debe adquirir humildad. Uno debe hacerse humilde contemplando el sacrificio del Novio (Cristo, Dios y Hombre), la perfección de las creaciones y Su infinita sabiduría. Un medio de ayuda fundamental es la Divina Efjaristía, donde todos actuamos como Iglesia con absoluta piedad y respeto. Pero también, de manera personal, cada uno de nosotros, al entrar en el espacio del ayuno, la oración, la obediencia, la ascesis y la lectura de los Evangelios, experimenta la debilidad de su propia naturaleza y contempla la altura a la que han ascendido los santos mediante la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios.

Si el fílaftos no desea corregirse, debe escuchar la Santa Escritura: “Porque cualquiera que se enaltece, será humillado” (Lc 18,14) y “Dios resiste a los soberbios” (1Ped 5,5).

Cuando el hombre no comprende ni se beneficia de la jaris de las donaciones de Dios, sino que las toma tal vez como causa de vanagloria, entonces llega la gracia de las tentaciones. En algún momento, sin quererlo, es profundamente quebrantado y puede perder todo lo que creía tener como seguro: salud, fortuna y familiares.

Según san Máximo el Confesor, el desprecio del cuerpo y de la filaftía conduce a la θέωσις zéosis: “Si Gedeón no hubiera roto los cántaros, no hubiese visto la luz de las antorchas” (Juec. 7,20).

Así, si el hombre no desprecia su cuerpo, no podrá percibir la luz increada de la Deidad. Dios nos indica, mediante Su santa vida y logos, el camino de salida de la filaftía, hacia la redención y la libertad:

Si alguno quiere venir en pos de mí y quiere ser mi discípulo, olvídese y niéguese a sí mismo, de su pecaminosidad y se prepare a sufrir muchas tribulaciones incluso hasta muerte por la cruz, tome su cruz y me siga” (Marc 8:34; Mat 16:24; Luc 9:23).

Soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor” (Ef 4,2)

Ninguno busque su propio bien, sino el del otro” (1 Cor 10,24)

A cualquiera que te pida, dale; y al que tome lo que es tuyo, no pidas que te lo devuelva” (Lc 6,30)

Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mt 5,44)

Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis” (Rom 12,14).

Será verdaderamente feliz quien Le siga, porque: «12 Otra vez Jesús les habló, diciendo: «YoSoY la luz increada del mundo, y el que me sigue a mí fielmente, éste no andará en la oscuridad, sino que tendrá la luz increada de la vida. [12. Jesús le habló de nuevo, diciendo: YoSoY la luz increada del mundo. Aquel que me sigue con plena confianza y esperanza y obedece con buenas ganas mis logos, no caminará ni se encontrará jamás en la oscuridad del engaño y del pecado. Sino que tendrá en su interior la luz increada, vivificante y espiritual, que proviene de la verdadera vida increada, de Dios»] (Juan 8,12).

El Yérontas contemporáneo Georgios Kapsanis, en una entrevista, afirma: “Mientras nuestro corazón no esté liberado de la φιλαυτία filaftía, la χάρις (jaris, gracia, energía increada) de Dios no puede morar en él, expulsar la oscuridad, resaltar la belleza divina de nuestra psique creada por Dios, ni hacernos hijos de Dios y coherederos de Su realeza increada. La lucha contra la filaftía debe ser el deber de todos los cristianos: clérigos, monjes y laicos, porque la participación en el reinado de la Realeza increada de Dios es una vocación para todos. Deseo y espero que, con la χάρις de Dios, todos emprendamos esta lucha contra la filaftía, de modo que nos convirtamos en coherederos de la Realeza increada de Dios en Cristo”. (Yérontas Georgios, Monasterio San Gregorio, Athos: “La filaftía es la condensación de todos los pazos”).

Kostantino Ikonomu, maestro y escritor, hijo espiritual del Yérontas Mitilineos

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

La Zéosis θέωσις o theosis

 

REPASADA TRADUCCIÓN 24/11/2025

La θέωσις zéosis

como finalidad de la vida del hombre

Archimandrita Georgios Kapsanis

Monasterio de Sant Gregorio, Monte Athos

 

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/ Adaptado por el P. Josep Moya, presbítero de la Parroquia Ortodoxa de la Protección de la Madre de Dios de Barcelona, (Calle Aragón 181 tel. 934 53 25 08) de la Diócesis de la Iglesia Ortodoxa del Santo Sínodo de Serbia en Europa Occidental, bajo la presidencia del Obispo Justin.

 

Contenido          

Prólogo a la presente edición

Prólogo

  1. La θέωσις (zéosis) como finalidad de la vida del hombre
  2. La encarnación de Dios como causa de la θέωσις (zéosis) del ser humano
  3. La contribución de la Zeotokos en la θέωσις (zéosis) del hombre
  4. La Iglesia, el lugar de la θέωσις (zéosis) del hombre
  5. La θέωσις (zéosis) es posible mediante las energías increadas de Dios
  6. Condiciones y requisitos para la θέωσις (zéosis)
  7. Experiencias de la θέωσις (zéosis)
  8. Fracaso de muchos en alcanzar la θέωσις (zéosis)
  9. Consecuencias de la instrucción hacia la θέωσις (zéosis)
  10. Consecuencias de la instrucción que no conduce a la θέωσις (zéosis)

Glosario

 

Prólogo a la presente edición

Algunas precisiones sobre el trabajo de traducción

Las traducciones al castellano que hasta hoy llegan a nuestras manos de textos como la Filocalia, o de Padres de la Iglesia e incluso el mismo Evangelio, no han surgido de la experiencia del cristianismo ortodoxo y, en consecuencia, algunos términos empleados están cargados naturalmente de connotaciones culturales propias de la cultura y la filosofía occidentales. Por esta razón, carecen de los significados nítidos con que la tradición helénica los forjó y los emplea todavía hoy.

Veamos algunos ejemplos relevantes.

La palabra νοῦς (nus) ha sido traducida indistintamente por palabras como mente, intelecto y espíritu, cuando, de hecho, no existe ningún concepto occidental equivalente al concepto patrístico de νοῦς (nus).

El error más grande en cuanto a la comprensión de los términos bíblicos, concierne a la palabra bíblica ψυχή (psijí) psique. Durante los pasados 150 años, el campo semántico de este término se ha separado en dos áreas distintas. Por un lado tenemos los conceptos alma, vida y aliento; por otro los de psique y mente, como en la psicología moderna y en el dualismo mente-cuerpo. A causa de esta división conceptual, existe poca o casi ninguna relación entre la salud psíquica y el eterno principio vivificador, el cual en occidente conocemos como alma. Así en occidente se dice que se sana la psique pero nunca que se salva; la salvación se aplica exclusivamente al alma. Devolviendo a la palabra el sentido helénico original, queda totalmente claro que la psique se terapia y se sana para salvarse[1].

Los términos deificación, divinización, glorificación con que la teología en occidente suele traducir zéosis difieren, como ilustra el autor a lo largo de la obra, de la auténtica participación en la vida divina tal como enseña la Iglesia Ortodoxa. No es solo cuestión léxica, de la diferencia de los idiomas, sino que la distancia entre los conceptos occidental y oriental se deriva de la diferente contemplación de la Divinidad, expresada en la teología de la Gracia. La distinción en Dios Trinidad entre Esencia y Energía no es reconocida por la Teología occidental. De ahí que la palabra gracia, utilizada para traducir la helena Χάρις, Jaris, sea incapaz de significar la realidad de las Energías divinas increadas.

Así mismo añadimos que tanto Palabra como Verbo para designar la Segunda Persona de la Santa Trinidad son totalmente incapaces de abarcar el elevado, amplio y profundo sentido de la voz griega Logos. En el glosario anexo puede apreciarse con claridad.

Con la intención de subsanar estas dificultades, el traductor, Jristos Jrisoulas, heleno de nacimiento, ha optado por, en algunos términos clave, mantener la palabra griega original, siguiendo un uso que las traducciones monásticas recientes han comenzado generalizar; al hacerlo se eliminan las ambigüedades y las malas interpretaciones. Junto al término original, en la presente traducción, encontraremos la transcripción fonética, que el castellano permite hacer con gran fidelidad. La primera vez que aparecen en el texto, así como en alguna otra ocasión como recordatorio, entre paréntesis y en cursiva damos las voces castellanas más cercanas a la idea expresada. Además, como anexo ha elaborado un breve glosario que debe ayudar al lector a una correcta comprensión de la obra.

Quizás el lector deberá hacer un pequeño esfuerzo para incorporar con normalidad los nuevos términos. No quisiéramos que eso nublara la belleza de este libro ni la simplicidad con que expone el propósito original de la vida cristiana, a saber, la Zeosis. Su autor, el Archimandrita Giorgios Kapsanis, ha sido abad del Monasterio de San Gregorio del Monte Athos desde 1974 hasta su traspaso, el año 2014. Es ampliamente conocido en todo el mundo ortodoxo tanto como teólogo como padre espiritual. Ha escrito numerosos libros y artículos sobre teología y vida espiritual, traducidos a muchos idiomas.

[1] Cf. Συγκριτικὴ μελέτη μεταφράσεως ὅρων τῆς Ὀρθοδόξου θεολογίας ἀπὸ τὴν ἑλληνικὴ στὴν ἀγγλικὴ γλῶσσα, (Un estudio de los términos ingleses teológicos ortodoxos comparados con el original griego), Monasterio de san Gregorio, Athos, julio 2004

P. Josep Moya

PRÓLOGO

Es muy atrevido hablar de la zéosis, cuando uno no la ha saboreado. Nos hemos atrevido pues y nos impulsa un poder superior, esperanzados en la caridad y afecto de nuestro gran Señor Jesús Cristo, Dios y Salvador.

Para no ocultar a nuestros hermanos Cristianos Ortodoxos el altísimo y definitivo propósito divino para el cual hemos sido creados.

Para dejar claro que sólo la pastoral ortodoxa es pastoral que conduce a la zéosis y no lo son, en cambio, las propuestas morales de perfeccionamiento humano, sin contar con la increada energía χάρις de Dios, como sugieren los occidentales.

Para anhelar y luchar por conseguir todos cuotas superiores y objetivos altos, ya que sólo éstos facilitan y hacen posible el profundo descanso de la psique, alma por la sed y  el anhelo hacia el Absoluto, el Dios Trinitario.

Para inundarnos de agradecimiento hacia nuestro Hacedor y Creador por Su gran regalo, nuestra zéosis por la χάρις.

Para percibir y sentir que nuestra Santa Iglesia, en esto insubstituible, solamente ella, sobre la faz de la tierra, es capaz de darnos a conocer y conectar con la zéosis.

Para percatarse de la grandeza y verdad de nuestra Fe Ortodoxa, que solamente ella educa y proporciona la zéosis a sus miembros.

Para que se consuelen y se alivien nuestras almas, que por muy envenenadas y nubladas que estén, por los πάθος pazos las pasiones, fracasos, errores, angustias, tormentos y defectos, ansían la luz del rostro de Cristo.

Señor Caritativo, haznos crecer en tu inmenso amor y haznos dignos de entrar en el camino de la zéosis, antes de abandonar nuestro mundo temporal.

Señor Caritativo, guía la búsqueda de la zéosis de nuestros hermanos Ortodoxos que no están felices ni alegres, porque ignoran la grandeza de su llamada como «llamados a ser dioses»

Caritativo Señor, guía también los pasos de los Cristianos no ortodoxos al conocimiento de Tu Verdad para que no se queden fuera de tus bodas, privados de la χάρις de la zéosis.

Caritativo Señor, ten piedad de nosotros y de tu mundo,  Amén.

+Archimandrita Gheorgios Kapsanis

Yérontas del monasterio de San Gregorio, Santa Montaña Athos

La θέωσις zéosis

como finalidad de la vida del hombre

 

  1. La θέωσις (zéosis) como finalidad de la vida del hombre

La cuestión del propósito de nuestra vida es sumamente importante, ya que toca el asunto más crucial para el ser humano: saber el objetivo, la finalidad con que nos encontramos sobre la tierra. Si el ser humano se orienta correctamente respeto a este tema y encuentra su verdadero propósito, entonces podrá abordar correctamente los asuntos cotidianos y particulares de su vida, como son sus relaciones con los demás, sus estudios, su trabajo, el matrimonio y la educación de los hijos. Sin embargo, si no se orienta bien en este asunto fundamental, fallará también en los objetivos parciales de su vida. ¿Qué sentido pueden tener los objetivos parciales, si la vida humana en su totalidad carece de significado?

Ya desde el primer capítulo de las Sagradas Escrituras se declara la finalidad de nuestra vida, cuando el autor sagrado dice que Dios creó al hombre «a su imagen y semejanza». Advertimos así, el inmenso amor que el Dios Trinitario tiene al ser humano. Dios no lo quiere simplemente como un ser dotado de ciertos talentos, de ciertas cualidades o una cierta superioridad sobre el resto de la creación; sino que lo quiere dios por la Χάρις (Jaris, gracia, energía increada). Exteriormente, el hombre nos aparece como una existencia biológica, como los demás seres vivos, los animales. Es ciertamente animal, pero «animal… que hacia Dios orienta e inclina la cabeza contemplándolo y puede ser divinizado». Es el único ser que se distingue de toda la creación, el único que puede llegar a ser dios.

La expresión «a imagen» de Dios significa, en el hombre, los dones o carismas que Dios le otorgó exclusivamente a él, aparte del resto de sus criaturas, de modo que fuera constituido en imagen de Dios. Estos dones incluyen: el νούς (nus, espíritu de la psique) lógico, la conciencia, la independencia o autonomía, es decir, la libertad, la creatividad, el έρως (eros, amor ferviente) y el anhelo por lo absoluto y por Dios, la autoconciencia personal, y todo aquello que eleva al ser humano por encima del resto de la creación viviente y hace que sea hombre y persona. Es decir, lo que hace al ser humano πρόσωπο (prósopo, personalidad, persona con rostro), son los dones o carismas del «a imagen de Dios». Siendo «a imagen de Dios», el hombre está llamado a alcanzar la «semejanza», es decir, la θέωσις (zéosis). El Creador, que es Dios por naturaleza, llama al hombre a convertirse en dios por Χάρις (Jaris). Dios otorgó al hombre los dones del «a imagen de Dios» para que pudiera alcanzar las más altas cimas, logrando así la semejanza con su Dios y Creador y no para tener simplemente una relación externa y moral con Él, sino una unión personal con su Creador.

Quizás pueda parecer muy atrevido decir y pensar que la finalidad de nuestra vida es ser dioses por la Χάρις (Jaris). Pero la Sagrada Escritura y los Padres de la Iglesia no nos han ocultado esta verdad.

Lamentablemente, existe ignorancia tanto entre las personas de fuera de la Iglesia como entre muchas de dentro. Muchos creen que la finalidad de la vida es, en el mejor de los casos, una sencilla mejora moral, convertirse en mejores personas. Pero el Evangelio, la Παράδοση (Parádosis, transmisión y entrega, Tradición) de la Iglesia y los santos Padres nos enseñan que la finalidad de la vida no es esta, que el ser humano se vuelva solo mejor de lo que es, más moral, más justo, más autocontrolado, más cuidadoso. Todo esto debe hacerse, pero no es la gran finalidad, el propósito final por el cual nuestro Hacedor y Creador ha formado al hombre. ¿Cuál es ese propósito? La θέωσις (zéosis): la unión del hombre con Dios, no de manera externa o emocional, sino ontológica, pragmática. Así de alto sitúa la antropología ortodoxa al ser humano. Si comparamos las antropologías de todos los sistemas filosóficos, sociales y psicológicos con la antropología ortodoxa, nos daremos cuenta fácilmente de cuán pobres son aquéllas y de cómo no responden al gran anhelo del ser humano por algo muy grande y verdadero en su vida.

Dado que el hombre está «llamado a ser dios», es decir, fue formado para hacerse dios, si no está en camino de la θέωσις (zéosis), siente un vacío interno, un desajuste, que algo no anda bien. Incluso cuando intenta llenar ese vacío con otras actividades, no encuentra paz y la alegría. Puede narcotizarse él mismo, adormecer su conciencia, construir un mundo deslumbrante y fantasmagórico, pero al mismo tiempo pobre, pequeño y limitado, y quedar enjaulado, encarcelado dentro de él. Puede organizar su vida de tal manera que casi nunca se quede solo consigo mismo en paz cordial y serenidad mental. Puede, a través del ruido, la intensidad, la televisión, la radio y la información constante sobre cualquier cosa, como si fueran drogas, intentar olvidar, no pensar, no preocuparse y no recordar que no está caminando correctamente, que se ha desviado de su finalidad. Pero al fin, el desafortunado hombre moderno no encuentra descanso hasta que descubre ese algo más, lo superior que realmente existe en su vida, lo verdaderamente bello y creativo.

¿Puede el ser humano unirse a Dios? ¿Puede comulgar y unirse con Él? Sí, el hombre puede llegar a ser dios por Χάρις (Jaris), la Gracia, la energía increada.

  1. La encarnación de Dios como causa de la θέωσις (zéosis) del ser humano

Los Padres de la Iglesia dicen que Dios se hizo hombre para hacer al hombre dios. El ser humano no podría alcanzar la θέωσις (zéosis) si Dios no se hubiera encarnado.

En los tiempos anteriores a Cristo, surgieron muchos hombres sabios y virtuosos. Por ejemplo, los antiguos helenos-griegos habían alcanzado niveles bastante altos de filosofía acerca del bien, de la bondad y de Dios. Su filosofía contenía, de hecho, semillas de verdad, el llamado «logos espermático»[2]. Además, eran personas muy religiosas; no eran en absoluto ateos, como algunos contemporáneos, que no conocen bien la historia, intentan presentarles. Ciertamente, no conocían al verdadero Dios; eran idólatras, pero eran muy piadosos, temerosos y respetuosos de Dios. Por ello, aquellos educadores, maestros o autoridades políticas que, irrespetuosos con las memorias del pueblo heleno-griego, se empeñan en sacar de la psique-alma de nuestro respetuoso y piadoso pueblo su fe en Dios, incluso sin su consentimiento, de hecho se atreven a cometer una ύβρις (hybris, injuria)[3], en el sentido antiguo de la palabra. Esencialmente están intentando su des-helenización, ya que la Παράδοσις (Parádosis) de los helenos, desde la antigüedad hasta la historia más reciente, es una Parádosis de devoción y respeto a Dios, sobre la cual se basó y sigue basándose toda la cultura universal, que es una aportación del Helenismo.

[2] Semilla, germen de verdad que sembró Dios en todos los hombres, en cambio, toda la verdad la dio con el Cristo.

[3] Para los antiguos helenos griegos la hybris era injuria contra la voluntad divina y el orden natural.

En la filosofía de los antiguos helenos-griegos se distingue una nostalgia por el Dios desconocido, por la experiencia de Dios. Eran creyentes y piadosos, pero carecían del conocimiento correcto y completo de Dios; les faltaba la κοινωνία (kinonía, conexión, comunión, unión, participación) con Dios. Por lo tanto, la θέωσις (zéosis) no era posible.

En el Antiguo Testamento también encontramos hombres justos y virtuosos. Sin embargo, la plena unión con Dios, la θέωσις (zéosis), se hace posible y alcanzable con la encarnación del Logos de Dios.

Esta es también la finalidad de la encarnación de Dios. Si la finalidad de la vida del hombre fuera simplemente volverse moralmente mejor, no habría sido necesario que Cristo viniera al mundo, ni que se realizara toda esta historia de la Economía divina, de la encarnación del Señor, su cruz, su muerte, su resurrección, todo lo que creemos los cristianos que sucedió a través de Cristo. Porque con los profetas, los filósofos, los hombres justos y los maestros, se podría enseñar al género humano a hacerse moralmente mejor.

Sabemos que Adán y Eva fueron seducidos y engañados por el diablo y quisieron convertirse en dioses, pero no cooperando con Dios, no con humildad, obediencia y αγάπη (agapi, amor incondicional, desinteresado), sino confiando en su propia fuerza, en su propia voluntad de manera egoísta y autónoma. La esencia de la caída es el egoísmo. Así, adoptando el egoísmo y la autosuficiencia, se separaron de Dios, y en lugar de alcanzar la θέωσις (zéosis), lograron precisamente lo contrario: la muerte espiritual.

Como dicen los Padres de la Iglesia, el Dios es vida. Quien se separa de Dios, se separa de la vida. Por lo tanto, la muerte y la necrosis espiritual, es decir, la muerte física y espiritual, fueron el resultado de la desobediencia de los primeros en ser creados.

Todos conocemos las consecuencias de la caída. La separación de Dios arrojó al hombre a una vida carnal, bestial y demoníaca. La gloriosa creación de Dios cayó gravemente enferma, casi muerta. La «imagen» fue oscurecida. Después de la caída, el hombre ya no tiene las condiciones que tenía antes de errar y pecar para avanzar hacia la θέωσις (zéosis). En este estado de grave enfermedad, casi muerto, ya no puede orientarse nuevamente hacia Dios. Se necesita una nueva raíz en la humanidad. Necesita un nuevo hombre que esté sano y que pueda orientar nuevamente la libertad del hombre hacia Dios.

Esta nueva raíz, el nuevo hombre, es el Θεάνθρωπος (Zeánzropos, Dios-Hombre), Jesús Cristo, el Hijo y Logos de Dios, que se encarna para para constituir la nueva raíz, el nuevo principio, la nueva semilla de la humanidad.

Con la σάρκωση (sarkosis, encarnación) del Logos, como teologiza san Gregorio el Teólogo, se realiza una segunda comunión entre Dios y los hombres. La primera comunión fue la que existía en el Paraíso. Pero esta se malogró y se disgregó. El hombre se separó de Dios. El Dios, la suprema bondad, dispuso entonces una segunda comunión, es decir, una unión entre Dios y los hombres que no pudiera desunirse más. Porque esta segunda comunión entre Dios y los hombres se realiza en la persona de Cristo.

El Θεάνθρωπος (Zeanzropos, Dios-hombre) Cristo, el Hijo y Logos de Dios y del Padre, tiene dos naturalezas perfectas: la divina y la humana. Según el ilustre canon del IV Sínodo Ecuménico de Calcedonia, que en resumen constituye en Espíritu Santo la armadura teológica de nuestra Iglesia Ortodoxa contra todo tipo de herejías cristológicas a lo largo de los siglo, estas dos naturalezas perfectas se unen «inmutablemente, inconfundiblemente, indivisiblemente, inseparablemente» en la sola persona de Cristo. Así, pues, tenemos un Cristo con dos naturalezas: la divina y la humana.

Ahora ya, la naturaleza humana, a través de la unión hipostática (base fundamental, esencial, subsistencial) de las dos naturalezas en la persona de Cristo, está definitivamente unida con la naturaleza divina. Porque Cristo es eternamente el Θεάνθρωπος (Dios-Hombre).

Como Dios-Hombre ascendió al cielo. Como Dios- Hombre se sienta a la derecha del Padre. Como Dios-Hombre vendrá a juzgar al mundo en su Segunda Παρουσία (Parusía, Presencia, Venida). Por lo tanto, la naturaleza humana ahora está entronizada en el seno de la Santísima Trinidad. Nada puede separar ya la naturaleza humana de Dios.

Por eso, ahora, después de la encarnación del Señor –por mucho que como seres humanos pequemos, por mucho que nos alejemos de Dios– si deseamos unirnos de nuevo con Él en μετάνοια (metania), podemos lograrlo. Podemos unirnos con Él, podemos llegar a ser dioses por Χάρις ( Jaris).

 

  1. La contribución de la Zeotokos en la θέωσις (zéosis) del hombre

El Señor Jesús Cristo nos da esta posibilidad de unirnos a Dios y de regresar al objetivo primordial que Dios había establecido para el hombre. Por eso, en la Sagrada Escritura, se anuncia como el Camino, la Puerta, el Buen Pastor, la Vida, la Resurrección y la Luz (increada). Es el nuevo Adán, quien corrige el error del primer Adán. El primer Adán nos separó de Dios con su desobediencia y su egoísmo. El segundo Adán, Cristo, nos reintegra nuevamente a Dios con su αγάπη (agapi) y su obediencia al Padre, obediencia hasta la muerte, «y muerte de cruz». Reorienta nuestra libertad hacia Dios, de modo que, al ofrecérsela, nos unimos a Él.

Sin embargo, la obra del nuevo Adán presupone la obra de la nueva Eva, la Παναγία (Panaghía, Todasanta) Virgen María, quien también corrigió el error de la antigua Eva. Eva empujó a Adán a la desobediencia. La nueva Eva, la Virgen María, contribuye a la encarnación del nuevo Adán, quien guiará al género humano a la obediencia a Dios. Por eso, la Señora Θεοτόκος (Zeotokos, la que da a luz a Dios, madre de Dios), como el primer ser humano que alcanzó la θέωσις (zéosis)de una manera excepcional e irrepetible, desempeñó un papel importante en la obra en nuestra salvación no solo un papel fundamental, sino necesario e insustituible.

Si la Παναγία (Panaghía) no hubiera ofrecido su libertad a Dios con su obediencia y, según San Nicolás Cabásilas, el gran teólogo del siglo XIV, no hubiera dicho «sí» a Dios, el Dios no habría podido encarnarse. Porque el Dios no podía quebrantar la libertad que había otorgado al ser humano. No podría haberse encarnado sin encontrar un alma tan pura, santísima e inmaculada como la de la Virgen Θεοτόκος (Zeotokos), quien entregó totalmente su libertad, su voluntad, su ser completo a Dios, atrayéndolo así hacia ella y hacia nosotros.

Le debemos mucho a nuestra Παναγία (Panaghía). Por eso la Iglesia honra y reverencia tanto a la Θεοτόκος (Zeotokos). Por eso San Gregorio Palamás, resumiendo la Teología Patrística, dice que nuestra Παναγία (Panaghía) tiene el segundo lugar después de la Santa Trinidad, que es «dios después de Dios», un puente o frontera entre lo creado y lo increado. «Ella es la guía de los que se salvan, preside a los salvados», según otra hermosa expresión de un teólogo de nuestra Iglesia. San Nicodemo el Aghiorita, esa nueva estrella iluminadora y maestro inconfundible de la Iglesia, menciona que incluso los coros angélicos se iluminan con la luz que reciben de la Παναγία (Panaghía). Por eso, nuestra Iglesia la alaba como más honorable que los Querubines e incomparablemente más gloriosa que los Serafines».

La encarnación del Logos y la θέωσις (zéosis) del hombre son el gran misterio de nuestra Fe y de nuestra Teología. Este misterio lo vive nuestra Iglesia Ortodoxa diariamente a través de sus μυστήριά (misterios, sacramentos), su himnología, sus iconos y toda su vida litúrgica. Incluso la arquitectura de un templo ortodoxo lo expresa: la cúpula de las Iglesias, en la que está pintado el Pantocrátor, simboliza el descenso del Cielo a la tierra. Es el testimonio de que el Señor «inclinó los cielos y descendió», que Dios se hizo hombre y «habitó entre nosotros», como escribe el Evangelista Juan (Jn 1:14).

Y como se hizo hombre a través de la Θεοτόκος (Zeotokos), ella está representada en el ábside del altar, para mostrar que por medio de ella Dios viene a la tierra y a los hombres. Ella es «el puente por el que Dios descendió» y, al mismo tiempo, «la que lleva a los de la tierra al cielo», la η Πλατυτέρα των ουρανών (Platytera ton Uranón), la que es más vasta que los cielos, el lugar de lo incontenible, la morada de lo inabarcable, quien contuvo en sí al Dios inconmensurable para nuestra salvación. Luego, nuestra Iglesia nos muestra a las personas divinizadas (las que adquirieron la zéosis), aquellos que se han convertido en dioses por la Χάρις (Jaris), porque Dios se hizo hombre. Por eso, en nuestras Iglesias ortodoxas podemos representar no solo al Dios encarnado, Cristo, y a u purísima Madre, la Señora Θεοτόκος (Zeotokos), sino también a los Santos, alrededor y debajo del Pantocrátor. En todas las paredes del templo pintamos los frutos de la encarnación de Dios: los Santos y los hombres glorificados que consiguieron la zéosis. Por lo tanto, al entrar en un templo ortodoxo y ver en los iconos las hermosas hagiografías, inmediatamente experimentamos algo especial: aprendemos cuál es la obra de Dios para el hombre y cuál es la finalidad de nuestra vida. Todo en la Iglesia habla de la encarnación de Dios y de la zéosis del hombre.

  1. La Iglesia, el lugar de la θέωσις (zéosis) del hombre

Quienes desean unirse a Cristo y, a través de Él, al Dios Padre, saben que esta unión se realiza en el Cuerpo de Cristo, que es nuestra Santa Iglesia Ortodoxa. No se trata, por supuesto, de una unión con la esencia divina, sino con la naturaleza humana glorificada de Cristo. Esta unión con Cristo no es externa, ni meramente moral. No somos seguidores de Cristo como quizás las personas pueden serlo de un filósofo o un maestro o un gurú.

Somos miembros del Cuerpo de Cristo en un sentido real y no solo moral, como algunos teólogos han escrito equivocadamente al no comprender a fondo el espíritu de la Santa Iglesia. El Cristo toma a los cristianos, a pesar de nuestra indignidad y pecaminosidad, y nos incorpora en Su Cuerpo, haciéndonos miembros de Él. Y así nos convertimos verdaderamente en miembros del Cuerpo de Cristo, no de manera moral. Como dice el apóstol Pablo: «porque realmente nosotros los fieles que constituimos la Iglesia somos miembros de Su cuerpo-carne con sus huesos» (Ef 5, 30).

Por supuesto, según el estado espiritual de cada uno, los cristianos son, unas veces, miembros vivos del Cuerpo de Cristo, y otras, miembros muertos. Sin embargo, aunque estén muertos espiritualmente, no dejan de ser miembros del Cuerpo de Cristo. Por ejemplo, una persona que está bautizada se ha convertido en miembro del Cuerpo de Cristo. Si no se confiesa, no comulga y no vive una vida espiritual, es un miembro muerto del Cuerpo de Cristo. Pero cuando se arrepiente y vuelve a la μετάνοια (metania), recibe inmediatamente la vida divina, que lo penetra, convirtiéndose así en un miembro vivo del Cuerpo de Cristo. No necesita ser rebautizado. Sin embargo, el no bautizado no es miembro del Cuerpo de Cristo, incluso si vive una vida moral según los estándares humanos. Necesita ser bautizado para convertirse en miembro del Cuerpo de Cristo e incorporarse a Cristo.

Como somos miembros del Cuerpo de Cristo, la vida de Cristo se nos ofrece y se convierte en nuestra vida. Así, somos ζωοποιούμαστε και σωζόμαστε και θεωνόμαστε, vivificados, salvados (esto es, psicoterapiados) y divinizados (logramos la zéosis). No podríamos ser divinizados o glorificados (lograr la zéosis) si Cristo no nos hubiera hecho miembros de su santo Cuerpo. No podríamos psicoterapiarnos y salvarnos si no existieran los santos Misterios de nuestra Iglesia, los cuales nos incorporan a Cristo y, según los santos Padres, nos hacen consustanciales e idénticos a Cristo. Es decir, ser un solo cuerpo y una sola sangre con Cristo.

¡Qué gran bendición es comulgar los santos Misterios! El Cristo se hace nuestro, su vida se hace nuestra vida, su sangre se hace nuestra sangre. Por eso dice san Juan Crisóstomo que el Dios no tiene nada más grande que darnos que lo que nos ofrece en la divina Εὐχαριστία (Efjaristía, Comunión), y tampoco el ser humano puede pedir a Dios nada mayor que lo que recibe en Cristo a través de la Εὐχαριστία (Efjaristía).

Así, bautizados, ungidos, confesados, comulgamos con el Cuerpo y la Sangre del Señor, y también nos convertimos en dioses por la energía increada Χάρις (Jaris, Gracia increada), nos unimos con Dios, y ya no somos extraños, sino familiares suyos.

Dentro de la Iglesia, en la que nos unimos a Dios, vivimos esta nueva realidad que Cristo trajo al mundo: la nueva creación. Esta es la vida de la Iglesia Ortodoxa, la vida de Cristo, que también se convierte en nuestra como un regalo y un don del Espíritu Santo.

Todo en la Iglesia conduce a la zéosis. La Divina Liturgia, los Misterios (Sacramentos), la adoración divina, la predicación del Evangelio, el ayuno, todo conduce allí. La Iglesia es el único lugar de zéosis.

La Iglesia no es una institución social, cultural o histórica que pueda asemejarse a otras instituciones en el mundo. No es como las diversas organizaciones e instituciones del mundo. Aunque el mundo pueda tener instituciones, organizaciones y fundaciones hermosas, nuestra Iglesia Ortodoxa es el lugar único e irrepetible de la comunión entre Dios y el ser humano, el lugar de la zéosis del hombre. Solo dentro de la Iglesia el ser humano puede convertirse en dios, en ninguna otra parte. Ni en las universidades, ni en instituciones de servicios sociales, ni en ninguna otra cosa buena y hermosa que ofrezca el mundo. Todo esto, por bueno que sea, no puede ofrecer lo que ofrece la Iglesia. Por eso, por mucho que progresen las instituciones y sistemas mundanos, nunca podrán sustituir a la Iglesia.

Es posible que nosotros, débiles y pecadores, pasemos por crisis y dificultades en algún momento determinado, estando dentro de la Iglesia. Es posible que ocurran escándalos dentro de ella. Esto sucede porque estamos en camino hacia la θέωσις (zéosis), y es natural que existan debilidades humanas. Devenimos, pero no somos dioses. Sin embargo, por mucho que ocurran estas cosas, nunca abandonaremos la Iglesia, porque solo en ella tenemos la oportunidad de unirnos con Dios. Por ejemplo, cuando vamos al templo para participar en el culto, asistir a las Divinas Liturgias, tal vez nos podamos encontrar con personas que no prestan atención a la Divina Liturgia e incluso conversan entre sí, distrayéndonos por momentos. Entonces, puede venirnos un pensamiento, aparentemente razonable y bondadoso, que nos dice: «¿Qué ganas al venir a la Iglesia? ¿No sería mejor quedarte en casa, donde tendrás más tranquilidad y comodidad para orar?» Debemos responder con sabiduría, rechazando este pensamiento astuto y maligno: «Sí, quizás tenga más tranquilidad exterior en mi hogar, pero no tendré la Χάρις (Jaris) increada de Dios que me diviniza y me santifica. No tendré a Cristo, quien está presente en su Iglesia. No tendré su santo Cuerpo y su preciosa Sangre, que se encuentran en su templo sagrado sobre el Santo Altar. No participaré en la Cena Mística de la Divina Liturgia. Estaré separado de mis hermanos en Cristo, con quienes juntos formamos el Cuerpo de Cristo». Por eso, ocurra lo que ocurra, no dejaremos la Iglesia, porque solo en ella encontramos el camino hacia la zéosis.

  1. La θέωσις (zéosis) es posible mediante las energías increadas de Dios

En la Iglesia Ortodoxa de Cristo, el hombre puede alcanzar la zéosis porque la Χάρις (Jaris, gracia, energía increada) de Dios, según la enseñanza de las Sagradas Escrituras y de los Padres de la Iglesia, es increada. Dios no es solo esencia o sustancia, como afirman en Occidente; Dios es también energía. Si Dios fuera únicamente esencia, no podríamos unirnos a Él ni tener comunión con Él, porque Su esencia es terrible e inaccesible para el hombre, como dice la Escritura: «porque no puede verme el hombre y seguir viviendo» (Éx 33, 20).

Pongamos un ejemplo humano, aunque limitado, para lo que acabamos de decir. Si tocamos un cable descubierto de alto voltaje eléctrico, moriremos. Sin embargo, al conectar una lámpara al  mismo cable, obtenemos luz. Podemos ver y disfrutar de la energía de la corriente eléctrica, que nos es útil, pero no podemos tocar su esencia. Algo similar, si se nos permite la comparación, ocurre con la energía increada de Dios.

Si pudiéramos unirnos a la esencia de Dios, también seríamos dioses por esencia. En ese caso todo sería divino, se generaría confusión y nada sería en esencia dios. Es una idea similar a la de algunas religiones orientales, como el hinduismo, en las que dios no es una existencia personal, sino una fuerza difusa, extendida por el cosmos-universo, en las personas, los animales y las cosas (Panteísmo, todo-dios). Además, si Dios tuviera únicamente su esencia inalcanzable, no participable, sin sus energías, permanecería como un Dios autosuficiente, cerrado en sí mismo, sin comunión con sus criaturas.

Dios, desde la perspectiva y la consideración teológica ortodoxa, es a la vez Unidad en Trinidad y Trinidad en Unidad. Como señalan característicamente san Máximo el Confesor, san Dionisio Areopagita y otros santos Padres, Dios está lleno de una divina αγάπη (agapi, amor incondicional), un divino έρως (eros, amor ferviente) hacia sus criaturas. Es esta infinita y extática αγάπη (agapi) la que lo mueve a salir de Sí mismo, buscando unirse a ellas. Esta unión se expresa y realiza mediante su energía, o mejor dicho, mediante sus múltiples energías increadas. Con estas energías increadas, el Dios creó el cosmos-mundo y sigue manteniéndolo. Da esencia e hipostasis (base substancial) a nuestro cosmos-mundo a través de sus energías esencializadoras (que crean esencia). Está presente en la naturaleza y mantiene el universo con sus energías conservadoras. Ilumina al ser humano con sus energías iluminadoras. Lo santifica mediante sus energías santificadoras. Finalmente, lo diviniza o glorifica a través de sus energías divinizadoras. Así, mediante sus energías increadas, el santo Dios penetra en la naturaleza, en el mundo, en la historia y la vida de los hombres.

Las energías (increadas!) de Dios son divinas; son también Dios, sin ser su esencia. Son Dios, y por eso pueden divinizar o glorificar al hombre. Si las energías de Dios no fueran divinas e increadas, no serían Dios y no podrían divinizarnos ni unirnos a Él. Habría una distancia insalvable entre Dios y los hombres. Pero dado que Dios tiene energías divinas y, mediante estas energías, se une a nosotros, podemos tener comunión con Él uniéndonos con su Χάρις (Jaris increada), sin identificarnos con Dios, como ocurriría si nos uniéramos a su esencia. Nos unimos a Dios, pues, a través de sus energías divinas increadas y no a través de su esencia. Este es el misterio de nuestra Fe Ortodoxa y de nuestra vida.

Sin embargo, los herejes occidentales no aceptan esta verdad. Debido a su racionalismo, no distinguen entre la esencia y las energías de Dios y afirman que Dios es solo esencia. Por eso no pueden hablar de la zéosis del hombre. Si no aceptan las energías divinas increadas y consideran que son creadas, ¿cómo podría, según ellos, divinizarse, glorificarse (lograr la zéosis) el hombre? Y ¿cómo podría algo creado, es decir, algo fuera del mismo Dios, divinizar o glorificar al hombre creado? Por miedo de no caer en el panteísmo, simplemente no hablan de la zéosis. Así, según ellos, ¿cuál es la finalidad de la vida del hombre? Solo mejorar moralmente. Si el hombre no puede lograr la zéosis, divinizarse con la Χάρις (Jaris) divina, las divinas energías increadas, ¿cuál es entonces la finalidad de su vida? Simplemente convertirse moralmente en una mejor persona. Pero la perfección moral es insuficiente para el hombre. No nos basta con ser un poco mejores que antes y realizar acciones, praxis moralmente buenas. Nuestro objetivo final es unirnos al Dios santo, y este es el objetivo y finalidad de la creación del universo. Eso es lo que queremos. Esta es nuestra alegría, nuestra felicidad, nuestra integridad y perfeccionamiento progresivo.

La ψυχή (psijí, psique-alma humana), creada a imagen y semejanza de Dios, anhela a Dios, desea la unión con Él. No importa cuán bueno o moralmente correcto sea el hombre o cuántas buenas praxis haga; si no encuentra a Dios, si no se une con Él, no descansará, no hallará paz. Esto se debe a que el mismo Dios santo ha puesto en él esta sed santa, este divino έρως (eros, amor ardiente), este deseo de unión con Él, esta aspiración a la zéosis. Dios ha puesto en el hombre la capacidad de amar verdadera, fuerte y desinteresadamente, tal como el santo Creador ama y se enamora de su mundo, de todos sus seres. El ser humano debe amar a Dios, enamorarse, con esta fuerza divina y amorosa. Si el hombre no tuviera la imagen de Dios dentro de sí, no podría buscar su prototipo, su imagen original. Cada uno de nosotros es imagen de Dios, y el Dios es el prototipo u original. La imagen busca el original o prototipo y solo descansa cuando lo encuentra.

En el siglo XIV hubo una gran controversia en la Iglesia, provocada por un monje escolástico occidental llamado Barlaam. Este monje oyó que los monjes de Athos hablaban sobre la zéosis. Se enteró de que después de una intensa lucha, de hacer la κάθαρση (kazarsis, catarsis, sanación, terapia, psicoterapia, limpieza, purgación, purificación) de los πάθος (pazos, pasiones, debilidades, defectos) y de mucha oración, lograban unirse a Dios, tener experiencias de Dios y ver, contemplar a Dios. Oyó que veían la luz increada que los santos Apóstoles vieron en la Metamorfosis del Salvador Cristo en el monte Tabor. Sin embargo, Barlaam, con su espíritu occidental, francolatino, herético y racionalista, fue incapaz de comprender la autenticidad de estas experiencias divinas de los humildes monjes. Comenzó entonces a acusar a los monjes de Athos de estar engañados, de herejes y de idólatras. Decía que era imposible para uno ver la Χάρις (Jaris) de Dios, porque no sabía nada sobre el discernimiento entre la esencia y las energías increadas en Dios.

Entonces, la Χάρις (Jaris) de Dios destacó a un gran sabio e iluminado maestro de nuestra Iglesia, el monje de Athos Gregorio Palamás, Arzobispo de Tesalónica. Él con mucha sabiduría y con la iluminación de Dios, y también a través de su experiencia personal, enseñó y escribió, de acuerdo con las Sagradas Escrituras y la Santa Parádosis (Tradición) de la Iglesia, que la luz de la Χάρις (Jaris) de Dios es energía increada divina. Enseñó que aquellos que alcanzan la zéosis realmente ven esta luz como la máxima experiencia de zéosis y, en cierto sentido, se ven dentro de esta luz de Dios. Esta luz es la δόξα (doxa, gloria) de Dios, su esplendor, la luz de Tabor, la luz de la Resurrección de Cristo y de Pentecostés, y la nube luminosa de la Antiguo Testamento. Esta es la verdadera luz increada de Dios y no una luz simbólica, como equivocadamente pensaban y creían Barlaam y sus colegas. A continuación, toda la Iglesia, en tres grandes concilios en Constantinopla, justificó a San Gregorio Palamás y proclamó que la vida en Cristo no es simplemente una mejora moral del ser humano, sino la zéosis, lo cual significa participación en la δόξα (doxa, gloria) de Dios, expectación, contemplación de Dios, de su Χάρις (Jaris) increada, de su Luz increada.

Debemos gran gratitud a san Gregorio Palamás, porque con la iluminación que recibió de Dios, con su experiencia y teología, nos transmitió la enseñanza y la experiencia eterna de la Iglesia sobre la zéosis del hombre. Un cristiano no es cristiano simplemente porque puede hablar de Dios. Es cristiano porque puede tener experiencia de Dios. De la misma manera que cuando amas verdaderamente a una persona y hablas con ella la sientes y la disfrutas, así ocurre en la comunión del hombre con Dios. No existe una relación externa, sino una unión mística entre Dios y el hombre en el Espíritu Santo.

Hasta hoy, los occidentales consideran la divina Χάρις (Jaris), la energía de Dios como creada. Lamentablemente, esta es una de nuestras muchas diferencias, que debe tomarse seriamente en cuenta en el diálogo teológico con los francolatinos romano-católicos. No son solo el «Filioque», la primacía del poder, la infalibilidad del Papa o el celibato sacerdotal, las diferencias básicas entre la Iglesia Ortodoxa y los Papistas. Es también esta diferencia. Si los romano-católicos papistas no aceptan que la Χάρις (Jaris) de Dios es increada, no podemos unirnos a ellos, aunque acepten todo lo demás. Porque si no fuera así, ¿quién realizará la zéosis, si la Gracia divina es creada y no es la energía increada del Espíritu Santo?

  1. Condiciones y requisitos para la θέωσις (zéosis)

Dicen ciertamente los santos Padres que dentro de la Iglesia podemos alcanzar la zéosis. Sin embargo, la zéosis es un don de Dios. No es algo que logramos por nosotros mismos. Por supuesto, debemos querer, esforzarnos y prepararnos para ser dignos, capaces y propensos para recibir y conservar este gran regalo de Dios, dado que el Dios no quiere hacer nada en nosotros sin nuestra libertad. No obstante, la zéosis es un regalo de Dios. Por eso los santos Padres dicen que nosotros anhelamos la zéosis, pero es Dios quien la realiza.  Distinguimos, de este modo, algunos requisitos y ciertas condiciones necesarias en el camino del hombre hacia la zéosis.

a) La Humildad

El primer requisito según los santos Padres para la zéosis es la humildad. Sin la bendita humildad, el hombre no puede estar en la trayectoria de la zéosis, recibir la divina Χάρις (Jaris) increada, ni unirse a Dios. Y solo para reconocer que la finalidad de su vida es la zéosis, se necesita humildad. Porque, sin la humildad, ¿cómo reconocerás que la finalidad de tu vida está fuera de ti mismo, es decir, está en Dios?

Mientras el hombre vive de manera egocéntrica, antropocéntrica y autónoma, se sitúa a sí mismo como el centro y la finalidad de su vida. Cree que puede autoperfeccionarse, autodefinirse y autodivinizarse o autoglorificarse por sí mismo. Este es, además, el espíritu de la actual cultura moderna y de la política contemporánea. Que hagamos un mundo al menos mejor, más justo, pero de forma autónoma. Un mundo que tendrá como centro al hombre, sin referencia a Dios, sin reconocer que Dios es la fuente de todo bien. Este error lo cometió también Adán, quien creyó que solo con sus propias fuerzas podía convertirse en Dios, completarse y perfeccionarse solo. El error de Adán lo cometen todos los humanismos de todos los tiempos. No consideran necesaria la relación con Dios para la realización completa del ser humano.

Todo lo ortodoxo es θεανθρωποκεντρικό (zeanzropokéntrico, divino-humano céntrico), tiene como centro al Θεάνθρωπος (Zeánzropoς, Dios-Hombre), Cristo. Todo lo no ortodoxo, papismo, protestantismo, masonería, budismo, milenarismo tipo testigos de Jehová, ateísmo o cualquier otra cosa, fuera de la Ortodoxia, tiene este denominador común: el centro es el hombre. Para nosotros, el centro es el Θεάνθρωπος (Zeánzropos) Cristo. Por eso es fácil convertirse en hereje, milenarista, masón, budista o cualquier otra cosa, pero es difícil convertirse en cristiano ortodoxo. Para ser cristiano ortodoxo, debes aceptar que el centro del mundo no eres tú, sino Cristo.

Por lo tanto, el comienzo del camino hacia la zéosis es la humildad, es decir, reconocer que la finalidad de nuestra vida está fuera de nosotros, está en nuestro Padre, nuestro Creador y Hacedor.

También se necesita mucha humildad para ver que estamos enfermos, que estamos llenos de πάθος (pazos, pasiones, debilidades y defectos). Y aquel que empieza el camino hacia la zéosis, debe mantener siempre la humildad para permanecer constantemente en este camino. Porque si acepta el pensamiento de que, con sus propias fuerzas, lo está haciendo bien y avanza, entonces entra en él el orgullo, la soberbia y la vanagloria. Pierde lo que ha ganado y necesita comenzar de nuevo, humillarse, ver su debilidad, su enfermedad humana, su impotencia y no basarse en sí mismo. Debe basarse en la Χάρις (Jaris) increada de Dios, para poder permanecer constantemente en el camino hacia la zéosis.

Por eso, en la vida de nuestros Santos, nos impresiona mucho su gran humildad. Aunque estaban cerca de Dios, brillaban con su luz, eran milagrosos, emanaban mirra, al mismo tiempo creían para sí mismos que estaban muy bajos, muy lejos de Dios, que eran los peores entre los hombres. Esta humildad fue la que los convirtió en dioses por la Χάρις (Jaris) increada.

b) La άσκησις áskisis [ascesis ortodoxa, ejercicio espiritual]

Los Padres también nos dicen que la zéosis tiene etapas. Comienza desde los niveles más bajos y avanza hacia los más altos. Con la humildad, comenzamos con μετάνοια (metania) y mucha paciencia nuestra lucha diaria en Cristo, el ejercicio de aplicar los santos mandamientos de Cristo, para hacer la catarsis, psicoterapiarnos, purgarnos, limpiarnos y sanarnos de los πάθος (pazos). Los santos Padres dicen que dentro de sus mandamientos se esconde el mismo Dios, y cuando el cristiano los aplica y los cumple por αγάπη (agapi), entonces se une a Él.

Esta es, según los santos Padres, la primera etapa hacia la zéosis, llamada πράξις (praxis, acción, práctica). Es la instrucción práctica, el comienzo del camino hacia la zéosis.

Naturalmente, esto no es nada fácil, ya que la lucha para desarraigar los πάθος (pazos) de nuestro interior es grande y ardua. Se necesita mucho esfuerzo, para que poco a poco nuestro árido campo interior se limpie de los espinos y las piedras de los πάθος (pazos) y se cultive espiritualmente, de modo que pueda caer la semilla del logos de Dios y fructifique. Se requiere una gran y continuo esfuerzo duro contra uno mismo para todo esto. Por eso, el Señor dijo: «El reinado de la realeza increada de los cielos se adquiere con dura lucha, fervor, esfuerzo, ascética y violencia por los que luchan y combaten con valentía contra el pecado y los pazos que existen en su interior y en el mundo, y la arrebatan y la retienen fuerte y firmemente» (Mt 11, 12). Y nuevamente los santos Padres nos enseñan: «Da sangre y recibe Espíritu», es decir, no puedes recibir el Espíritu Santo si no das la sangre de tu corazón en la lucha por hacer catarsis, limpiarte y sanarte de los πάθος (pazos), volver a la μετάνοια (metania), arrepentirte realmente y en profundidad, y adquirir las virtudes.

Todas las virtudes son facetas de una gran virtud, la virtud de la ἀγάπη (agapi). Cuando el cristiano adquiere la ἀγάπη (agapi), tiene todas las virtudes. La ἀγάπη (agapi) es la que expulsa de la ψυχή (psique-alma) del hombre la causa de todos los males y de todos πάθος (pazos), que según los santos Padres es la φιλαυτία (laftía). Todos los males dentro de nosotros nacen de la φιλαυτία (laftía), que es el amor distorsionado y enfermizo por uno mismo. Por eso la Iglesia nos enseña la άσκησις (áskisis, ascesis) ortodoxa. Sin la práctica, sin la ascesis ortodoxa, no hay vida espiritual, ni lucha, ni progreso. Obedecemos, ayunamos, velamos, nos esforzamos con postraciones, estamos de pie, para poder limpiarnos, psicoterapiarnos, y sanarnos de nuestros πάθος (pazos). Si la Iglesia Ortodoxa deja de ser ascética, deja de ser Ortodoxa. Deja de ayudar al hombre a psicoterapiarse y liberarse de sus πάθος (pazos), y a convertirse en dios por Χάρις (Jaris).

Los Padres de la Iglesia desarrollan una profunda y amplia enseñanza antropológica sobre la ψυχή (psijí) y los πάθος (pazos) humanos. Según ellos, la psique-alma se divide en dos partes: la parte lógica y la parte pasional. La parte pasional, a su vez, se divide en irascible y anhelante. En la parte lógica se encuentran las energías y acciones lógicas de la psique-alma, es decir, los conceptos, los pensamientos, las ideas. En la parte irascible se encuentran los sentimientos o emociones tanto positivos como negativos, como el amor o el odio. En la parte anhelante están los buenos deseos de las virtudes, por un lado, y los malos deseos de los placeres hedonista, como la avaricia, la gula o glotonería, la lujuria, el culto al cuerpo, los πάθος (pazos) carnales.

Si estas tres partes de la psique-alma, la lógica, la irascible y la anhelante no hacen la catarsis, no se purgan, el ser humano no puede recibir la Χάρις (Jaris) increada de Dios y lograr la zéosis. La parte lógica se psicoterapia, se limpia y se sana con la νήψις (nipsis, sobriedad y vigilancia), que es la constante vigilancia del νούς (nus, espíritu de la psique) y el examen de los pensamientos de la mente o intelecto manteniendo los buenos pensamientos y rechazando los malos. La parte irascible hace la catarsis, se purga y se purifica con αγάπη (agapi). Y la parte anhelante, finalmente, hace la catarsis, se purga y se purifica con la ἐγκράτεια (engratia, templanza, contención, autodominio). Todas estas facultades, sin embargo, se psicoterapian, se curan y se santifican en conjunto mediante la oración.

c) Los Santos Misterios y la oración

Cristo se instala en el corazón del hombre a través de los Santos Misterios: el Santo Bautismo, la Crismación, la Santa Confesión o Metania y la Sagrada Ευχαριστία (Efjaristía). En los cristianos ortodoxos que están en comunión con Cristo, Dios, su Χάρις (Jaris) está dentro de ellos, en sus corazones, porque están bautizados, crismados, confesados y han comulgado.

Sin embargo, los πάθος (pazos) cubren la divina Χάρις (Jaris), así como las cenizas cubren las brasas. Con el ejercicio espiritual ortodoxo y la oración, el corazón hace la catarsis, se purga y se limpia de los pazos, las brasas de la divina Χάρις (Jaris) se reavivan, y el creyente siente a Cristo en su corazón, que es el centro de su existencia.

Cada oración de la Iglesia ayuda a la catarsis del corazón. Sin embargo, ayuda especialmente la oración conocida como «monológica», «oración noerá, con el nus» u «oración del corazón», la cual consiste en la invocación: «Jesús Cristo Señor, Hijo de Dios, compadécete de mí, el pecador». Esta oración, que desde siempre nos la entrega el Monte Athos, tiene la siguiente ventaja: debido a que es monóloga, es decir, consta de una sola frase, nos ayuda a concentrar fácilmente nuestro νούς (nus, mente, espíritu de la psique). Al concentrar nuestro νούς (nus, mente), lo sumergimos en el corazón y nos aseguramos de que no se ocupe con otros pensamientos o conceptos, ni buenos ni malos, sino solo con Dios.

La ascesis ortodoxa, ejercicio espiritual, en esta oración del corazón, que con la Χάρις (Jaris) de Dios puede llegar a ser continua con el tiempo, es toda una ciencia, un arte sagrado, que los Santos de nuestra Fe describen detalladamente en sus escritos sagrados, como en la gran colección de textos patrísticos llamada Φιλοκαλία (Filocalía).

Por tanto, esta oración ayuda y alegra mucho al hombre. Y cuando el cristiano ortodoxo progresa en esta oración, y al mismo tiempo su vida está conforme a los santos mandamientos de Dios y de la Iglesia, entonces se le concede experimentar la divina Χάρις (Jaris). Empieza a saborear la dulzura de la comunión con Dios, a conocer por experiencia el «gustad y ved que bueno es el Señor» (Sl 33, 9). Para nosotros los ortodoxos, Dios no es solo una idea, algo sobre lo que pensamos, discutimos o leemos, sino una Persona con la que entramos en una relación viva y personal, Alguien que vivimos, y de Quien recibimos experiencia. Entonces vemos cuán grande, incomprensible e inexpresable es la felicidad de tener a Cristo dentro de nosotros y ser cristianos ortodoxos.

Es de gran ayuda para los cristianos que viven en el mundo, entre las diversas preocupaciones y ocupaciones de cada día, encontrar al menos unos minutos de tranquilidad exterior y de ησυχία (hisijía, serenidad mental y paz cordial) para practicar esta oración.Sin duda, todas las obras y deberes según Dios santifican a los cristianos, cuando se realizan con humildad y αγάπη (agapi). Sin embargo, también se necesita la oración.

En una habitación tranquila (es recomendable, quizás, después de algún estudio espiritual, tras haber encendido incienso y un candil con aceite delante de un icono ortodoxo), tan lejos como sea posible de ruidos y ocupaciones, y después de serenarse y calmarse respecto a otros pensamientos y reflexiones, sumergir su mente con el νούς (nus) en el corazón, diciendo la oración: «Jesús Cristo Señor, Hijo de Dios, compadécete de mí, que soy pecador (o pecadora)». ¡Cuánta paz y fuerza reciben las psiques-almas con esta ησυχία (hisijía) según Dios! ¡Cuánto las fortalece en las demás horas del día, para mantenerse en paz, sin nerviosismo, tensión o ansiedad, y para que todas sus fuerzas estén en armonía y unidad!

Algunos buscan algo de ησυχία (hisijía) psíquica mediante medios artificiales en otros campos, engañosos y demoníacos, como en las llamadas religiones orientales. Intentan encontrar ησυχία (hisijía) con ejercicios externos, meditación, dialogismos, yoga, etc., para lograr algún tipo de equilibrio entre la psique-alma y el cuerpo. El error es que en todo esto, el hombre, al tratar de olvidar diversos pensamientos y el mundo material, no está realmente entablando un diálogo con el Dios, sino un monólogo consigo mismo. Es decir, vuelve a caer en el antropocentrismo y fracasa.

  1. Experiencias de la θέωσις (zéosis)

Las experiencias de la θέωσις (zéosis) están directamente relacionadas con la catarsis del hombre. A medida que el hombre va haciendo la catarsis y se purifica de sus πάθος (pazos), mayor es la experiencia que recibe de Dios y llega a contemplar a Dios mismo, conforme al dicho: «Bienaventurados los que han hecho la catarsis y son puros del corazón, porque ellos verán (contemplarán con el νούς [nus]) a Dios» (Mt 5, 8).

Cuando una persona comienza por la μετάνοια (metania) a arrepentirse, a confesarse y a llorar por sus pecados, recibe las primeras manifestaciones y experiencias de la divina Χάρις (Jaris). Estas experiencias son primeramente las lágrimas de μετάνοια (metania), que traen una alegría indescriptible a la psique-alma, y la paz profunda que sigue a este proceso. Por ello, este lamento, esta pena, por nuestros pecados se denomina «luto, pena alegre, o lamento gozoso», como señaló el Señor en las Bienaventuranzas: «Bienaventurados y felices los que están en luto, afligidos por sus pecados y del mal que domina al mundo, porque ellos serán consolados por Dios» (Mt 5, 4).

Luego avanza a etapas superiores, como es la iluminación divina, con la cual νούς (nus) se ilumina y ve las cosas, el mundo y a las personas con otra Χάρις (Jaris). Entonces el cristiano ama más a Dios, y surgen en él otras lágrimas superiores, lágrimas de αγάπη (agapi) hacia Dios, de divino έρως (eros). Ya no por sus pecados, porque tiene la certeza de que Dios ha perdonado sus pecados. Estas lágrimas traen consigo una mayor felicidad, gozo y paz a la psique-alma, siendo una experiencia aún más profunda de la zéosis.

Después, el hombre alcanza la απάθεια (apázia, impasibilidad, sin pazos), un estado de vida sin los pazos reprochables, las debilidades pecaminosas. En este estadio, la persona es imperturbable, pacífica y serena ante cualquier ataque o asalto externo, libre de orgullo, odio, rencor y apetencias carnales y materiales. Este es el segundo estadio de la zéosis, denominado θεωρία (zeoría, contemplación, visión, expectación) de Dios, donde el hombre, ya catartizado purgado y purificado de los πάθος (pazos), es iluminado por el Espíritu Santo, y se diviniza logrando la zéosis. Θεωρία (zeoría) significa θέα (zea), visión, expectación, contemplación. La θεωρία (zeoría) de Dios es la visión, expectación de Dios mismo. Sin embargo, para poder ver a Dios, uno debe estar divinizado o glorificado, es decir, ser hombre con zéosis. Por lo tanto, la θεωρία (zeoría) de Dios significa θέωσις (zéosis).

Sobre todo, cuando una persona se ha catartizado (purgado y purificado) completamente y se entrega totalmente a Dios, recibe la mayor experiencia de la divina Χάρις (Jaris), la cual, según los santos Padres, es la visión, expectación de la luz increada de Dios. Esta luz es contemplada por aquellos que están muy avanzados en la zéosis, pocos en cada generación. Los Santos de Dios la ven y se ven dentro de esta luz, tal como se representan en sus iconos sagrados con las aureolas.

Por ejemplo, en la vida de San Basilio el Grande, se relata que cuando él oraba en su celda, aquellos que podían lo observaban que resplandecía, y toda su celda se llenaba de esta luz increada de Dios, la luz de la divina Χάρις (Jaris). En las vidas de muchos de los nuevos santos Neomártires de nuestra fe, leemos que, después de que los turcos, tras infligirles horribles torturas, colgaran sus cuerpos en las plazas de las ciudades para intimidar a los demás cristianos, con frecuencia, por la noche, se veía una luz que los envolvía. Esta luz brillaba tan clara e intensa que los propios conquistadores, al ver que aquello demostraba irrefutablemente la verdad de nuestra fe, ordenaban bajar los cuerpos para evitar la vergüenza ante los cristianos, quienes veían cómo Dios glorificaba a sus Santos Mártires.

La Χάρις (Jaris) de la zéosis también mantiene incorruptibles los cuerpos de los Santos, sus santas reliquias siguen perfumando y haciendo milagros. Como señala San Gregorio Palamas, la divina Χάρις (Jaris) de Dios, después de unirse con las psiques-almas de los Santos, también se mantiene sobre sus cuerpos cubriéndolos de Χάρις (Jaris). Y no solo sobre sus cuerpos, sino también sobre sus tumbas, sus iconos y sus templos. Es por esto que veneramos y besamos los iconos, las santas reliquias, las tumbas y los templos de los santos, ya que todo esto posee algo de la Χάρις (Jaris) de Dios que el Santo poseía en su psique-alma debido a su unión con Él, a causa de su zéosis. Por esta razón, dentro de la Iglesia, disfrutamos de la Χάρις (Jaris) de la θέωσις (zéosis) no solo con la psique-alma, sino también con nuestro cuerpo. Esto se debe a que el cuerpo, al cooperar con la psique- alma, también es divinizado o glorificado, como templo del Espíritu Santo que mora en él.

Esta Χάρις (Jaris) (energía increada), emanando del Santo Señor, el Θεάνθρωπος (Zeánzropos, el Dios-Hombre) Cristo, se derrama sobre nuestra Παναγία (Panaghía), sobre los Santos, y llega también a nosotros, los humildes.

Es importante señalar que no todas las experiencias que vive un cristiano son necesariamente experiencias auténticas de la zéosis y espirituales. Muchos se han dejado engañar por experiencias demoníacas o psicológicas. Para evitar el peligro del engaño y la influencia demoníaca, todas las experiencias deben ser relatadas humildemente al Guía confesor espiritual, quien, con la iluminación de Dios, podrá discernir la autenticidad de estas experiencias y guiará la psique-alma que se confiesa en consecuencia. De manera general, nuestra obediencia al Guía espiritual es uno de los aspectos más fundamentales de nuestro camino espiritual, a través de la cual adquirimos un espíritu eclesiástico de aprendizaje en Cristo y se garantiza nuestra legítima lucha, que nos llevará a la unión con Dios.

Un espacio particular para la zéosis, siempre dentro de la Iglesia, es el monacato, en el cual los monjes, al ser santificados, reciben altas experiencias de unión con Dios. Así, a medida que los monjes participan en la zéosis y santificación, ayudan también a toda la Iglesia. Tal como creemos los cristianos, siguiendo la antigua Tradición Sagrada de la Iglesia, la lucha de los monjes tiene una influencia positiva en la vida de cada fiel que lucha en el mundo. Por eso, en nuestra Ortodoxia, el pueblo de Dios tiene una gran devoción y respeto por el monacato y a la vida monástica.

En nuestra Iglesia, además, participamos en la comunión de los Santos, tenemos la experiencia y la alegría de la unidad en Cristo. Esto significa que, dentro de la Iglesia, no somos individuos aislados, sino una unidad, una hermandad, una comunidad fraternal. Y no solo entre nosotros, sino también con los Santos de Dios, ya sea que estén vivos hoy en la tierra o que hayan dormido en el Señor, ya que, con la muerte, los cristianos no se separan. La muerte no puede separar a los cristianos porque todos están unidos en el cuerpo resucitado de Cristo.

Es por esto que cada domingo, y cada vez que se celebra la Divina Liturgia, todos estamos presentes, junto con los Ángeles y los Santos de todos los siglos. También están allí nuestros familiares que han fallecido, si están unidos con Cristo. Todos estamos allí y en comunión mística entre nosotros, no de forma externa, sino en Cristo. Esto se hace patente en la Προσκομιδή (Proskomidia, exposición y preparación de los Santos Dones de la Eucaristía) donde en el santo Δισκάριο (Discario, patena), alrededor del Cordero de Cristo, se colocan las porciones de la Panaghía, de los Santos y de los cristianos vivos y fallecidos. Todas estas porciones, tras la consagración de los Dones Sagrados, se sumergen en la Sangre de Cristo. Esta es la gran bendición de la Iglesia, que somos miembros de ella y podemos conectar y comulgar no solo con Dios, sino también entre nosotros como miembros del Cuerpo de Cristo.

La cabeza de este santo Cuerpo es el mismo Cristo. La vida fluye de la cabeza al cuerpo. El cuerpo por supuesto tiene miembros vivos, pero también miembros que no tienen la misma vitalidad, que no gozan de una salud perfecta. Así somos la mayoría de nosotros. Sin embargo, de Cristo mismo y de los miembros sanos de Su Cuerpo procede la vida, la sangre sana, que llega también a los miembros menos sanos, para que poco a poco se sanen y se fortalezcan. ¡He aquí, la razón por la que debemos estar dentro de la Iglesia! Para recibir salud y vida, porque fuera del Cuerpo de la Iglesia no existe esta posibilidad de psicoterapiarnos, recuperarnos y vivificarnos. Naturalmente, todo esto no llega de inmediato. A lo largo de su vida, el cristiano ortodoxo debe esforzarse para poder, poco a poco, con la Χάρις (Jaris) increada de Dios, dentro de la Iglesia, con humildad, μετάνοια (metania), oración y los santos Misterios, santificarse, divinizarse, logrando la zéosis.

Esta es la finalidad de nuestra vida, el gran objetivo final. No tiene tanta importancia hasta dónde podremos llegar exactamente. Lo que tiene valor es nuestra lucha, la cual Dios bendice abundantemente tanto en este como en el futuro siglo.

  1. Fracaso de muchos en alcanzar la θέωσις (zéosis)

Aunque hemos sido llamados a este gran objetivo, a unirnos con Dios, a llegar a ser dioses por la Χάρις (Jaris)  y a disfrutar de esta magnífica bendición para la cual el Creador nos plasmó, muchas veces vivimos como si este gran y extraordinario objetivo no existiera. Así, nuestra vida se llena de fracasos. El santo Dios nos creó para la zéosis. Si no nos divinizamos, no logramos la zéosis, toda nuestra vida es un fracaso. A continuación, mencionaremos algunas causas de este fracaso, como son el apego a las preocupaciones mundanas, el moralismo y el humanismo antropocéntrico.

 

a) La dedicación y apego a las preocupaciones mundanas.

Es posible que hagamos cosas buenas y bellas: estudios, profesión, familia, bienes, filantropías etc. Cuando vemos y usamos el mundo de manera gozosa y gratificante, como un regalo de Dios, entonces todas las cosas se enlazan y conectan con Él y se convierten en caminos de unión con el santo Dios. Sin embargo, si no nos unimos con Dios, fracasamos y todo es inútil.

Normalmente, las personas fracasan porque se dejan arrastrar por estos objetivos secundarios en la vida. No ponen la zéosis como el primer y principal finalidad de sus vidas. Se absorben y se deslumbran por las cosas bellas de este mundo y pierden las eternas. Se entregan completamente a las secundarias y olvidan que «solo una cosa es necesaria» (Lc 10, 42).

Hoy en día, especialmente, existe una ocupación constante, actividades continuas –tal vez sea una trampa del diablo para engañar incluso a los elegidos– por lo que descuidamos nuestra σωτηρία (sotiría, psicoterapia, sanación y salvación). Por ejemplo, ahora tenemos estudios, lectura, y no tenemos tiempo para orar, ir a la Iglesia, confesarnos, comulgar. Mañana tenemos conferencias, reuniones, responsabilidades sociales y personales, ¿cómo encontrar tiempo para Dios? Pasado mañana el matrimonio, responsabilidades familiares, ¡es imposible ocuparnos de los asuntos espirituales! Y constantemente repetimos también a Cristo, «no puedo ir… te ruego, deja de insistir». «Entonces Jesús le dijo la siguiente parábola: Un hombre daba una gran cena, y convidó a muchos. Y a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los convidados: Venid, que ya está preparado todo. Y todos a una comenzaron a excusarse. El primero dijo: He comprado un terreno, y necesito ir a verlo; te ruego que me excuses no puedo participar en la cena. El segundo dijo: He comprado cinco pares de bueyes, y voy a probarlos; te ruego que excuses mi ausencia. Y otro dijo: Acabo de casarme, por tanto, no puedo ir». (cf. Lc 14, 16-20). Así, pierden también su valor todas estas cosas encantadoras, buenas y leales.

Todas estas cosas tienen un valor real y esencial cuando se hacen con la Χάρις (Jaris) de Dios, por ejemplo, cuando intentamos hacerlas todas para la δόξα (doxa, gloria) de Dios; pero únicamente cuando no dejamos de añorar y tratar de lograr lo que está más allá de los estudios, más allá de la profesión, más allá de la familia, más allá de las buenas y santas responsabilidades y actividades; sólo cuando no dejamos de anhelar la zéosis, entonces, todas estas cosas encuentran su verdadero sentido y su perspectiva eterna, y nos benefician.

El Señor dijo: «Buscad, pues, primero el reinado de la realeza increada y la justicia (virtud) que Él quiere de vosotros, y todos estos bienes terrenales os serán añadidos junto con los incalculables bienes de la realeza increada de los cielos» (Mt 6, 33). La realeza (increada) de Dios es la zéosis, es recibir la energía increada Χάρις (Jaris) del Espíritu Santo. Cuando llega la divina Χάρις (Jaris) y reina en el ser humano, éste es gobernado por Dios. A través de los hombres que consiguen la zéosis, la Χάρις (Jaris) de Dios se extiende también a los demás y a la sociedad. Y, como enseñan los Padres, en la oración del «Padre nuestro», la petición «venga tu realeza» significa «venga la Χάρις (Jaris) del Espíritu Santo», que al venir aporta la zéosis, diviniza al ser humano.

b) El moralismo

El espíritu del moralismo, que hemos mencionado antes, lamentablemente es el intento de reducir la vida cristiana a una mejora moral; esto ha afectado muy negativamente, también en nuestra tierra, en la piedad, el respeto y en la espiritualidad de los cristianos ortodoxos. Debido a la influencia de la teología occidental, muchas veces dejamos de aspirar y pretender la zéosis.

Sin embargo, la enseñanza de la mejora moral es una enseñanza antropocéntrica, centrada en el hombre. En ella, la prioridad es el esfuerzo humano, no la Χάρις (Jaris) increada de Dios. Parece que nos salva nuestra moral y no la Χάρις (Jaris) de Dios. Por ello, en tal estado y vida, no tenemos verdaderas experiencias de Dios, y la psique-alma no descansa verdaderamente ni apaga su sed. Esta enseñanza, que, examinada, ha fallado en representar el genuino espíritu de la Iglesia de Cristo, es en gran parte responsable también del ateísmo y la indiferencia hacia la vida espiritual de muchos de nuestros semejantes, especialmente los jóvenes.

Los padres, los profesores, los clérigos y todos los servidores de la Iglesia, en lugar de hablar, en nuestras reuniones, catequesis y homilías o en cualquier parte, de una estéril mejora del hombre, conviene que eduquemos a los cristianos hacia la zéosis, como es el genuino espíritu y la experiencia de la Iglesia Ortodoxa.

Además, las virtudes, por muy grandes que sean, no constituyen la finalidad de nuestra vida cristiana, sino medios y formas que nos preparan para recibir la zéosis, la Χάρις (Jaris) increada del Espíritu Santo, como enseña de manera muy concisa San Serafín de Sarov.

c) El humanismo antropocéntrico

El humanismo autónomo, como sistema filosófico-social, separado e independiente de Dios, conduce al hombre contemporáneo a una cultura del egoísmo y del callejón sin salida. Quiere alejarnos de nuestra Fe Ortodoxa en nombre de la supuesta valorización y dignidad, desarrollo y liberación del ser humano. Pero, ¿acaso existe una mayor valorización y dignidad, desarrollo y liberación para el ser humano que la zéosis?

  1. Consecuencias de la instrucción hacia la θέωσις (zéosis)

La instrucción que nos da la Iglesia Ortodoxa, a través del Culto Divino, la Teología Patrística y el Monacato, es una instrucción hacia la zéosis, una instrucción teántropocéntrica (divinohumano-céntrica), con centro el Θεάνθρωπος (Zeánzropos, Dios-Hombre), Cristo.

Esta instrucción trae gran alegría a nuestras vidas, cuando conocemos qué gran destino tenemos, qué beatitud, felicidad y bienaventuranza nos espera. Endulza el dolor en cada prueba, angustia y dificultad de la vida, al ofrecernos la perspectiva de la zéosis.

Cuando luchamos con la perspectiva de la zéosis, también cambia nuestra actitud hacia nuestros semejantes. Es decir, cuando vemos a los demás como futuros dioses. ¡Cuánto se profundiza y se hace más significativa la educación que damos a nuestros hijos! ¡Cuán agradables a Dios son entonces el amor y el respeto que el padre y la madre tienen por sus hijos, sintiendo la responsabilidad y la misión sagrada que tienen frente a ellos, ayudándoles a alcanzar la zéosis, la finalidad por la que con la Χάρις (Jaris) de Dios los trajeron al mundo! Y, naturalmente, ¿cómo los van a ayudar si no están ellos mismos orientados hacia este objetivo, la zéosis? ¡Y cuánta autoestima tendremos hacia nosotros mismos, sin egoísmo ni orgullo antidivinos, cuando nos damos cuenta y sentimos que estamos creados para esta gran finalidad!

Los Santos Padres y Teólogos de la Iglesia dicen que, al superar la filosofía antropocéntrica del egoísmo y de la φιλαυτία (filaftía), nos convertimos realmente en personas, en verdaderos seres humanos. Nos encontramos con Dios con respeto y αγάπη (agapi), y también con el prójimo con estima y verdadera dignidad, viéndolo no como un instrumento de placer y explotación, sino como una imagen de Dios destinada a la zéosis. Mientras estamos encerrados en nosotros mismos, en nuestro «yo», somos individuos, pero no personas. En el momento en que salimos de nuestra existencia cerrada e individual y comenzamos –con la instrucción hacia la zéosis, con la Χάρις (Jaris) increada de Dios y nuestra sinergia, cooperación– a amar y a entregarnos cada vez más a Él y a nuestro prójimo, nos convertimos en verdaderas personas. Es decir, cuando nuestro «yo» se encuentra con el «Tú» de Dios y el «tú» del hermano, comenzamos a encontrar nuestro yo perdido, nuestro verdadero ser. Ya que dentro de la comunión de la zéosis para la cual fuimos plasmados, podemos abrirnos, comunicarnos y alegrarnos verdaderamente unos con otros, no de forma ególatra y egoísta.

Este es también el espíritu de la Divina Liturgia, en la que aprendemos a superar nuestro estrecho interés individual, al que nos empuja el diablo, el pecado y nuestros πάθος (pazos), y abrirnos a una comunión de sacrificio y αγάπη (agapi) en Cristo. Esta percepción y sentimiento de tan magnífica llamada, es decir, la zéosis, es la que realmente descansa, consuela y completa al hombre.

El humanismo ortodoxo de nuestra Iglesia se basa en esta gran llamada del hombre, por eso desarrolla, valora y aprovecha al máximo todas sus fuerzas. ¿Qué otro humanismo, por muy progresista y liberal que parezca, es tan revolucionario como el humanismo de la Iglesia Ortodoxa, que puede hacer al hombre Dios? ¡Realmente tal humanismo elevado y magnífico solo lo tiene la Iglesia Ortodoxa! Por eso, especialmente hoy en día, cuando muchos intentan engañar a las personas, principalmente a los jóvenes, presentándoles sus falsos humanismos, que en realidad mutilan al hombre y no lo completan, es de gran importancia y valor especial destacar esta instrucción de la Iglesia

  1. Consecuencias de la instrucción que no conduce a la θέωσις (zéosis)

Hoy en día, los jóvenes buscan experiencias. No se conforman con una vida materialista ni con una sociedad racionalista –llena de egoísmo y orgullo intelectual– como la que les entregamos los mayores. Nuestros hijos, que son imágenes de Dios, «llamados a ser dioses», buscan algo más allá de los esquemas lógicos de la filosofía materialista y la educación atea que les ofrecemos. Buscan experiencias de vida verdadera. Ni siquiera les basta escuchar sobre Dios. Desean experimentarlo, ver Su luz, experimentar Su energía increada Χάρις (Jaris). Y como muchos de ellos no saben que la Iglesia Ortodoxa tiene la capacidad de consolarlos y ofrecerlos este descanso, y que tiene la experiencia que ansían, en vano buscan y recurren a diversos otros substitutos baratos, con la esperanza de encontrar algo más allá de lo lógico, algo sobrenatural. Algunos son atraídos hacia los misticismos orientales, tipo yoga. Otros hacia el ocultismo o el gnosticismo y, últimamente, por desgracia, abiertamente en el satanismo.

Pero incluso en la ética no conocen barrera alguna, ya que esta, separada y privada de su esencia y de su finalidad, que es unirnos con el santo Dios, se convierte totalmente en algo sin ningún sentido. Así, proliferan fenómenos trágicos como el anarquismo y el terrorismo, en los cuales muchos jóvenes, que en el fondo desean satisfacer un dinamismo que llevan en su interior, -y cuyo anhelo profundo no se cumple porque no han recibido esa educación de la zéosis-, recurren a actos de violencia contra sus semejantes.

La mayoría de los jóvenes, y no solo ellos, derrochan y malgastan el valioso tiempo de sus vidas y sus energías, que Dios otorgó para alcanzar con éxito el objetivo y finalidad de la zéosis, despilfarrándolos en el estilo de vida consumista, en el culto al cuerpo y el hedonismo; muchas veces por desgracia, con la tolerancia del propio estado, se convierten en los ídolos modernos, los «dioses» actuales, causando así una gran destrucción en sus cuerpos y psiques-almas. Otros, viviendo sin ideales, se consumen en actividades innecesarias, inútiles, dañinas y sin objetivo; otros buscan placer corriendo de manera desmesurada a grandes velocidades por las carreteras, con trágicas consecuencias en muchos casos, de heridos y muertes; y otros, tras sus peripecias, se entregan sin reservas a la dependencia demoníaca del alcohol y de las drogas, la nueva plaga y látigo de nuestro tiempo. Finalmente, muchos, después de una vida relativamente corta, llena de fracasos y decepciones, conscientemente o inconscientemente, ponen fin al martirio de su búsqueda vana, recurriendo lamentablemente a la última forma de desesperación, el suicidio.

No son gamberros ni vagos todos estos jóvenes que recurren a estas decisiones irracionales, absurdas y trágicas. Son jóvenes, hijos de Dios e hijos nuestros, que, decepcionados por la sociedad materialista, autosuficiente y egocéntrica que les entregamos, no encuentran aquello para lo que fueron creados, lo verdadero, lo eterno, lo que no les hemos dado y por eso lo ignoran. Desconocen la gran finalidad de la vida del hombre, la zéosis. Por eso, al no encontrar descanso en nada, huyen y se refugian en la desesperación en las formas antes mencionadas.

Hoy en día, muchos pastores de nuestra santa Iglesia, arzobispos, sacerdotes, guías espirituales, y también hermanos laicos, con agapi, amor desinteresado, se entregan cada día en guiar a nuestros jóvenes hacia la finalidad de sus vidas, a que alcancen la θέωσις (zéosis). Les estamos agradecidos por su sacrificio y entrega, por esta obra piadosa con la que, por la Χάρις (Jaris), la increada energía de Dios, se psicoterapian, se divinizan y se salvan psiques-almas por las que Cristo murió.

De manera humilde, el Monte Athos también ayuda y colabora en este gran dolor de la Iglesia. El Jardín de nuestra Παναγία (Panaghía) , siendo un lugar especial de santificación y de ησυχία (hisijía)  según Dios, disfruta de la bendición de la zéosis, vive en la comunión con Dios, y tiene una experiencia viva y clara de su Χάρις (Jaris), de su Luz increada. Por ello, muchos de nuestros semejantes, la mayoría jóvenes, se benefician, se fortalecen y se renuevan en Cristo con alguna peregrinación al Monte Athos o incluso manteniendo vínculos más estrechos con él. Así, disfrutan y se alegran de Dios en sus vidas y comienzan a entender qué es la Ortodoxia, la vida Cristiana ortodoxa, la lucha espiritual, y ¡qué alegría y gran sentido dan estas cosas a sus existencias! Experimentan y saborean algo de este gran regalo y don de Dios al hombre: la zéosis.

No olvidemos, por tanto, todos los pastores de la Iglesia, los teólogos, los catequistas, la instrucción hacia la zéosis, mediante la cual los jóvenes, pero también todos nosotros los humildes, con la Χάρις (Jaris)  de Dios y en nuestra lucha diaria, la lucha de μετανοία (metania) y de aplicar y cumplir y aplicar sus santos mandamientos (αγίων εντολών, logos, principios espirituales) adquirimos la posibilidad de disfrutar de esta bendición de Dios, de unión con Él, de alegrarnos y gozar intensamente en esta vida, pero también de ganar la eterna felicidad y bienaventuranza.

Demos gracias continuamente al santo Señor por el don de su αγάπη (agapi). Respondamos a su agapi con nuestra propia agapi. El Señor quiere y desea que seamos deificados. Además, ese fue el propósito y la finalidad por la cual se hizo hombre y murió en la cruz. Para brillar como el sol entre los soles, como Dios en medio de dioses. Así sea. Amén.

+Archimandrita Gheorgios Kapsanis, Yérontas del Monasterio de San Gregorio, Monte Athos

Glosario

Extraido del Gran Léxico Alfaωmega de: https://logosortodoxo.es/alfa%CF%89mega-gran-lexico-ortodoxo/

Ver también  https://logosortodoxo.es/12-lexis-apocalipticas/

Logos Λόγος:

«Ἐν ἀρχῇ ἦν Λόγος…» (en arjí in o logos) «Junto con el principio era y siempre es el Logos eternamente e infinitamente…» (Jn 1,1); «Está vestido con un manto teñido de sangre, de su propia sangre que derramó en la cruz; y su nombre, que ha sido dado, y llamado desde la perpetuidad, la pre-eternidad, y es: el Logos de Dios» (Ap 19:13).

Cuando este término está escrito con la “L” mayúscula alude a Jesús Cristo. Logos significa el desarrollo del pensamiento expresado con la voz propia del lenguaje. Logos también significa causa, razón, motivo, relato, opinión, dicho, discurso, expresión, intelección y tratado. De logos provienen los términos: λογική (lógica) y λογισμοί (los loyismí, pensamientos simples o compuestos con la fantasía).

En la Iglesia Ortodoxa, Apostólica y Católica, el Logos es la Segunda Persona e Hipóstasis de la Santísima Trinidad. El Logos como principio cósmico unificador, contiene todos los logos, que son los principios, las esencias interiores y los pensamientos de Dios con los cuales todas las cosas se crean y desarrollan en el tiempo y el espacio.

San Juan escoge el término Logos para combinar conceptos, nociones e imágenes que se habían formado en el pensamiento judaico con términos filosóficos de su época provenientes de la filosofía Helénica. Es sabido que en la antigua filosofía helénica, y también en la presocrática, el logos no es la lógica, la razón, sino aquella fuerza que, en el universo, dirige y coloca en armonía la multiplicidad de las cosas creadas en toda la naturaleza. Sobre este concepto se denominó Logos a la Segunda Persona de la Santa Trinidad, como Aquél que expresa la voluntad de Dios, como Aquél que ha creado el mundo.

En los escritos patrísticos, los λογισμós/οί loyismós/i, son los pensamientos simples o compuestos, buenos o malos, unidos a la fantasía, a razonamientos, meditaciones…, a las tendencias conscientes e inconscientes de la psique o a las vivencias en las que actúan todas las fuerzas de la psique. En este último caso tenemos la forma total de los loyismí. Los loyismí entran en la psique y activan los pazos por el siguiente proceso: choque del nus y el loyismós; conversación del nus con él; aceptación por la psique; cautiverio de la psique por el loyismós; deseo, ansia y caída en el pecado, pazos.

 

Psique, Ψυχή psijí alma, ánima:

En el Nuevo Testamento y en los santos Padres, se usa a menudo en lugar de la palabra anzropos, hombre, ser humano (Rm 13, 1). A veces en la Sagrada Escritura significa simplemente la vida (Mt 2, 20; Jn 10, 11; Rm 16, 4). Pero psijí se dice sobre todo del elemento espiritual, no material de nuestra existencia (Mt 10, 28); es uno de los dos componentes de nuestra naturaleza física; el otro es el cuerpo. Es la parte que anima el cuerpo y le da vida; es nuestra naturaleza inmaterial, creada pero eterna, que comprende nuestros aspectos cognitivo, volitivo y afectivo, incluidos tanto el consciente como el inconsciente.

El propósito de la Iglesia es sanar, sanar y salvar (psicoterapiar) la psique-alma; y, así, de enferma hacerla saludable. Σωτηρία (sotiría –sanación, redención y salvación–) proviene de σώος (soos sano, entero, salvado), y significa que el hombre permanece sano, es decir, entero y en plenitud, no separado ni dividido.

La energía de la psique se llama νοερὰ ἐνέργεια (energía noerá). Cuando se encuentra dentro del corazón de la psique del hombre, los santos Padres la denominan νούς (nus) o espíritu humano; pero cuando está y funciona en el cerebro la llaman lógica o διάνοια (diania), inteligencia, intelecto, mente o energía lógica.

 

Nus Νοῦς o νοερά ενέργεια, noerá ο energía espiritual:

Los Padres la usan con varios significados. El verbo de donde proviene es: νοῶ (noó) que quiere decir entender, significar, percibir y concebir. Nοερá ενέργεια (noerá energía) significa la energía humana espiritual, perceptiva y conductiva del corazón espiritual o psicosomático.

El nus constituye la fuerza más alta del hombre, es el principal ojo de la psijí (psique-alma), que cuando está sano ve la Luz divina. El estado natural del nus en el hombre, tal como fue creado por Dios, es la permanencia por medio de la oración y de la alabanza en la memoria de Dios, con la expulsión de los loyismí del corazón. Y esta es exactamente la práctica ascética ortodoxa (la áskisis  ‘`ασκησις): el regreso y permanencia en el  corazón del nus, el cual, por causa de la caída del hombre, se pierde y se esclaviza, se convierte en idólatra o se autodeifica y alaba sus propias creaciones en vez de agradecer y alabar a Dios. El punto culminante de la akisis es la isijía (serenidad mental y paz cordial), a través de la cual se van alcanzando los grados de la zéosis.

Νo debe confundirse el nus con la διάνοια diania, la facultad de formalizar conceptos abstractos para llegar a conclusiones mediante argumentaciones y silogismos.

La diania coopera con la fantasía en la creación de los loyismí compuestos, es como una fantasía del logos, puesto que da forma a las meditaciones sin hipóstasis (base substancial) que se extienden en las opiniones incorrectas y el mal uso de las cosas.

 

Pazos πάθος:

Pasión, padecimiento, o también emoción, hábito, adicción, mala costumbre, vicio, patología, o también fervor, manía u obsesión según el contexto.

En la terminología patrística se llama así a todo movimiento anormal, en el sentido de no natural, de las fuerzas y energías de la psique. Los pazos son fuerzas que con su energía o voluntad han tomado el camino equivocado. Nos referiremos a ellos como pazos negativos.

Muchos Padres Helenos consideran los pazos como males negativos por naturaleza, una enfermedad y defecto de la psique. Otros Padres, sin embargo, los consideran como instintos que Dios sembró en el hombre y que por naturaleza son bienes positivos, aunque pueden deformarse por los pecados. Distinguen así entre los pazos nobles u honestos e indignos o deshonestos. Pazos nobles son el hambre, la sed…; indignos, los ocho pazos capitales: gula, lujuria, avaricia, ira, acedia, pena o aflicción o depresión, soberbia u orgullo y vanagloria. De acuerdo con esta segunda consideración, los pazos deberán reeducarse y no desarraigarse. Es preferible volver a educarlos y transformarlos que oprimirlos, para finalmente usarlos de forma fructífera y no negativa.

El tema de los pazos negativos de la psique es ignorado por muchos, al considerarlos naturales, es decir, elementos congénitos de la φύσις fisis (naturaleza); sin embargo, se trata de situaciones parafísicas (contra naturales, anormales) cuyo punto de partida son los loyismí. Es ciertamente un fenómeno sorprendente que la psique-alma, que es una sustancia noerá (espiritual) bondadosa y creada por Dios «a su imagen y semejanza», adquiera estos pazos tiránicos a causa del mal uso de su libertad.

Todos los pazos negativos nacen de algún pecado que se repite, de manera que una tendencia pecadora compulsiva y adictiva llega a consolidarse en la psique y, que con el tiempo, llega a ser una segunda naturaleza, influyendo así en los pensamientos y las decisiones, dominando la voluntad y sellando todo el estado psíquico.

La palabra pecado es la traducción de la griega αμαρτία (amartía), del antiguo verbo ἀμαρτάνω (amartano) pecar, que es fracasar, errar, fallar el blanco.

Cuando decimos absolución de los pecados principalmente lo debemos de comprender como terapia de los pazos, las patologías, producidos a causa del pecado repetido.

 

Metania, Μετάνοια:

Del verbo μετάνοώ, metá (después de) y noó (comprender, concebir o percibir con el nus (energía o espíritu del corazón). El Nuevo Testamento empieza y acaba con la metania, «…μετανοεῖτε (metanoíte)» que define un tiempo continuo, sin interrupción. «Cambiad de actitudes, conductas y modo de vivir porque la Realeza increada de los Cielos se ha acercado» (Mt 3, 2); y termina con: «y se proclamará en su nombre la mετάνοια (metania), la absolución y perdón de los pecados, faltas y errores en todos los pueblos…» (Lc 24, 47).

Μetania significa arrepentimiento, penitencia, introspección, renovación, cambio, conversión, metamorfosis, renacimiento, despertar espiritual e injerto del Espíritu Santo en el nus; giro del nus, conversión de la conducta del hombre y sobre todo giro, cambio de actitud de la vida en el pecado y en el mal por la vida en Cristo. La metania en la Tradición Ortodoxa no proviene de una percepción psicológica de culpabilidad, sino de la apocálipsis-revelación de la deformación de la psique, apocálipsis-revelación que se manifiesta por la energía increada de la divina Luz en el corazón psicosomático del hombre.

Metania se llama también a uno de los Misterios de nuestra Iglesia Ortodoxa con el cual se facilita la absolución y perdón de los pecados. La metania es confesión, aceptación, arrepentimiento, rectificación, psicoterapia y sanación.

Sólo con la metania un gran ladrón “robó” hasta el paraíso

[1] Cf. Συγκριτικὴ μελέτη μεταφράσεως ὅρων τῆς Ὀρθοδόξου θεολογίας ἀπὸ τὴν ἑλληνικὴ στὴν ἀγγλικὴ γλῶσσα, (Un estudio de los términos ingleses teológicos ortodoxos comparados con el original griego), Monasterio de san Gregorio, Athos, julio 2004

[2] Semilla, germen de verdad que sembró Dios en todos los hombres, en cambio, toda la verdad la dio con el Cristo.

[3] Para los antiguos helenos griegos la hybris era injuria contra la voluntad divina y el orden natural.

Depósito legal: B-51864 – 2004

Más sobre el tema: https://logosortodoxo.es/category/theosis-o-zeosis-%ce%b8%ce%ad%cf%89%cf%83%ce%b9%cf%82/

Domingo IX de Lucas, ¿Acaso tengo insensatez? A. Mitilineos

Domingo IX de Lucas [Lc 12, 16-21] “¿Acaso tengo insensatez?”

Atanasio Mitilineos

La parábola del rico insensato, 12:16-21.

16 También les dijo una parábola: Las fincas de un hombre rico habían producido mucho.

17 Y él pensaba dentro de sí, meditando: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar las cosechas de mis tierras?

18 Y se dijo: esto haré, derribaré mis graneros, los ampliaré, y allí guardaré todas mis cosechas y mis bienes;

19 y luego diré a mi psique-alma: Psique-alma mía, muchos bienes y riquezas tienes guardados para muchos años; ahora repósate, come, bebe y pásalo bien.

20 Pero cuando lo tenía todo preparado para disfrutar, Dios le dijo: hombre necio, esta noche que creíste que vas a comenzar a disfrutar de la vida buena vienen los demonios a pedirte tu psique-alma; y lo que has acaparado, ¿de quién será?

21 Así le sucederá al que egoístamente amontona riquezas para sí, y no es rico con obras de las que Dios se agrada.

Es grave que Dios te atribuya la calificación de insensato, de falto de juicio, queridos míos. Dios elogia al ser humano cuando es un hombre correcto, como Dios lo quiere. Pero también le atribuye calificativos severos cuando el ho   mbre se desvía de Su voluntad. Y esto se ve claramente en la parábola del rico insensato que escuchamos hoy, queridos míos, en la lectura evangélica.

Nos dice el Señor en esta parábola que los campos de un hombre aquel año dieron una cosecha extraordinaria. Y este hombre —se precisa— era rico. Cayó, pues, en una profunda reflexión. Pensaba dónde podría almacenar la nueva cosecha. ¿Ven? Cayó en preocupación. Como ven, preocupación tiene también el pobre. Tanto el pobre como el rico. Las dos categorías caen en una preocupación. Uno dice: “¿Qué voy a comer?”. Y el otro dice: “Todo esto que tengo, ¿cómo voy a consumirlo?”.

Sin embargo, el rico no pensó en dar algo de la cosecha del año anterior a los pobres, sino que quería reunir todo lo que tenía en nuevos graneros. Al rico —al rico de la parábola, se entiende— lo caracteriza una terrible φιλαυτία (filaftía: excesivo amor a sí mismo y al cuerpo, egolatría, egocentrismo), un amor desordenado hacia sí mismo. Y esto se hace evidente en la formulación verbal de toda la parábola, por la repetición del pronombre “mío o mis”.

«… esto haré, derribaré mis graneros, los ampliaré, y allí guardaré todas mis cosechas y mis bienes; y luego diré a mi psique-alma: Psique-alma mía, muchos bienes y riquezas tienes guardados para muchos años; ahora repósate, come, bebe y pásalo bien».

¿Ven? “Mis bienes. Lo mío. No me interesa lo que hagan los otros. Me interesa lo que hago yo. Cómo yo voy a pasarlo bien”. Ningún pensamiento de filantropía, de presencia hacia el prójimo.

Pero aquella noche en que hacía estos pensamientos egocéntricos —como nos presenta el Señor en la parábola— se le aparece Dios en sueños y le dice:

«Insensato, hombre necio, esta noche que creíste que vas a comenzar a disfrutar de la vida buena vienen los demonios a pedirte tu psique-alma; y lo que has acaparado, ¿de quién será?».

“Insensato, necio —ἄφρον áfron—, sin juicio. Esta noche te pedirán tu alma —¿Quiénes? Los demonios—. Y todas esas cosas que has preparado, ¿de quién serán?”.

Tremenda, queridos míos, la voz de Dios. Tremenda también la calificación “ἄφρον áfron insensato, necio”. Que Dios te llame “insensato”… ¿Podemos realmente concebir que Dios nos diga semejante calificación? ¿Podemos comprender qué significa? Pero ¿qué significa “insensato ἄφρον áfron”? Es lo opuesto al hombre sensato. La insensatez es lo opuesto a la prudencia. Aquel que no es sensato, que no es prudente, ese es el insensato. Proviene del prefijo privativo a- —como decimos en gramática— y de la palabra frín–frinós, es decir, mente; por lo tanto, “sin mente, sin juicio, sin discernimiento”.

Es sabido que en el ser humano existen cuatro virtudes cardinales, de las cuales brotan todas las demás virtudes. Muchas veces me he referido en mis homilías a estas virtudes cardinales. No importa repetirlas, porque la predicación no es un adorno, sino una lección, una catequesis. Y así como el maestro en la escuela dice y repite una y otra vez las mismas cosas —no con el fin de agradar a sus alumnos, sino para que se graben en su conocimiento—, así también aquí. Son, pues: φρόνησις frónisis la prudencia, η σωφροσύνη sofrosyni la templanza, ανδρεία angría la fortaleza y δικαιοσύνη dekeosýni la justicia. Estas cuatro.

Dice el 4º libro de los Macabeos, refiriéndose a este cuatrinomio, en el primer capítulo, versículo 18: «Las formas de la sabiduría son cuatro: prudencia, justicia, fortaleza y templanza».

Debemos decir que estas cuatro virtudes cardinales se encuentran también entre nuestros sabios, los sabios griegos. Allí también encontramos estas cuatro virtudes cardinales.

La φρόνησις frónesis prudencia corresponde a la comprensión (nóesis), al pensamiento, a la mente. De ahí también el “ἄφρον áfron”, “falto de mente”, “insensato”. Sensato es aquel que tiene mente. A la σωφροσύνη sofrosýni templanza corresponde el sentimiento, el corazón. A la ανδρεία andría fortaleza corresponde la voluntad. Y en la δικαιοσύνη dikeosini justicia —que también se llama discernimiento— se encuentra el equilibrio de parte de ella misma: la justicia equilibra a las tres primeras. Cuando decimos “justicia”, siempre entendemos una balanza. El símbolo de la justicia es la balanza. Es aquella que —repito— equilibra la prudencia, la templanza y la fortaleza. ¿Qué significa “equilibrar”? Que no haya una virtud muy grande y otra muy pequeña. Como si fuera un triángulo, digamos un triángulo rectángulo, en el que uno de los lados sea muy grande —por ejemplo, la comprensión (nóesis), —, mientras que el lado inferior sea muy pequeño, por ejemplo, diríamos la fortaleza.  Tener una mente fuerte, pero no tener fortaleza suficiente; tener, digamos, una fortaleza infantil. Así, la virtud de la justicia equilibra las otras tres virtudes. Y se produce una armonía. Esto es muy importante.

Y ahora veamos cómo se manifiesta la αφροσύνη afrosini insensatez, de la cual hablamos hoy. Crea la ilusión de que la felicidad se encuentra en la abundancia. “¡Oh,que felicidad! ¡Oh, tantos bienes, tantos! Y el año pasado me sobraron muchísimos; quizá también del antepasado. Y este año, ¡tantos bienes!”. Así nace esta ilusión, la ilusión de que la felicidad está en tener mucho. Que si no tengo dinero —como dice san Casiano el Romano, refiriéndose, lamentablemente, a un monje que recogía dinero y lo escondía bajo una tablilla del suelo de su celda— que “si no tengo dinero, moriré miserablemente”. La frase proviene de allí: “moriré miserablemente”.

Atención; hago una aclaración. No me refiero, por supuesto, a que alguien diga a sus hijos: “Hijos, mirad, este dinero lo tengo para mí funeral”; o “Este sudario —que compran en los Santos Lugares— me lo ponéis cuando me enterréis”. No hablamos de algo así. Nada que ver.

La pobreza voluntaria, la pobreza por libre decisión, es la que sana este problema. Esta pobreza voluntaria es, según los Padres, la primera en la lista de las virtudes. ¿Cómo comenzó el Señor sus Bienaventuranzas? “Bienaventurados los pobres de espíritu”. ¿Qué significa esto? “De espíritu” quiere decir “aquellos que son pobres por su propia elección”. Porque quieren. No son tontos. No son incapaces de ganar dinero. Sino que desean ser pobres. ¿Por qué? Por un propósito. Por ejemplo: porque quiero trabajar por la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de Dios. Como ocurre con la virginidad. No es que uno sea incapaz —como diría alguno: “ráspame un poco y verás si soy incapaz”—, sino que es por la Βασιλεία de Dios.

Pues bien: “Bienaventurados los pobres de espíritu”, es decir, por su propia voluntad. Porque de ellos es la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de Dios. Si abrís las Obras completas de san Isaac el Sirio, veréis que la primera homilía —la primera, entre muchas, 80 o 90 homilías— habla de la pobreza voluntaria. ¿Por qué? Porque es el punto de partida de todas las demás virtudes. No es que un rico no pueda salvarse. Aunque el Señor dijo que un rico difícilmente entra en la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de Dios, porque se engaña por las cosas que posee, por las riquezas que tiene. Entonces dijeron los discípulos: “Ah, entonces ¿quién puede salvarse?”. Y el Señor respondió: “Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios”. Puedes ser rico y salvarte, cuando eres misericordioso, caritativo, cuando nada te impide hacer el bien y tu corazón no se apega a los bienes materiales.

Así pues, el que es avaro, ambicioso, el que quiere acumular, en el fondo es orgulloso. Posee soberbia, arrogancia del cuerpo. ¿Sabéis que quien no ayuna tiene una forma de soberbia corporal, no espiritual? La soberbia del cuerpo consiste en esto: “Yo como, quiero alimentar mi cuerpo”. En cambio, el ayuno es la humildad del cuerpo. Es decir, humillo mi cuerpo dándole comida con moderación, tanto en cantidad como en calidad. El ayuno rompe esta soberbia del cuerpo. Además, la avaricia, arogancia, fue lo que llevó al Señor a decir la parábola del rico insensato. Había tenido una conversación previa. Y el Señor, para mostrar las cosas con claridad, dijo la parábola del rico insensato. Esa conversación le dio el motivo.

Y dijo: «Mirad y guardaos de toda avaricia, ambición, porque aun cuando uno tenga en abundancia, su vida no depende de sus bienes». Prestad atención, poneos en guardia: no penséis que adquiriréis una vida más plena por la abundancia de vuestros bienes. Esta es la ilusión, el engaño del que ya os hablé, en lo que se mueve el hombre. Se engaña. ¿Cuál es la medida? Nos la dice el apóstol Pablo: «La piedad con contentamiento». “Sé piadoso con lo que tienes. Sé piadoso y contento con lo que posees. Limítate”. «Teniendo —dice el apóstol Pablo, para completar— abrigo y sustento, con esto estaremos contentos». ¿Qué es el abrigo? La ropa que llevamos. En verano, dice san Basilio el Grande, usamos ropa ligera; en invierno, ropa abrigada, incluso de más. Abrigo es también el techo, las tejas: es decir, nuestra casa. Nuestra vivienda y nuestra vestimenta. «Teniendo —dice— también alimento». Tenemos qué comer. Doxa-gloria a Dios. No busquemos hacernos ricos. Porque quienes buscan enriquecerse y emplean todos los medios para ello, caen —dice san Pablo— en trampas y clavan, dice, en su propio cuerpo estacas, y se hieren a sí mismos. En efecto, el rico tiene mucha preocupación, mucho más que el pobre. Sí. Pero casi ninguna preocupación tiene el que se conforma con lo poco y vive con su jornal, etc.

En la insensatez —de la que hablamos constantemente— falta la conciencia del prójimo. Este es otro punto. “Bueno, ¿es que existen otros seres humanos?”. Sí, hombre. Hay otros seres humanos. “¿Existen otros seres humanos?”. ¿Sabéis qué digo? “Ah, nosotros tenemos nuestra calefacción, tenemos comida, tenemos nuestra mesa, nuestra ropa… Pero cuántas personas en este mismo momento, en todo el mundo —y especialmente en el hemisferio norte, donde ahora tenemos invierno— duermen bajo los puentes de los ríos. En París, debajo de los puentes del Sena, duermen pobres. En Londres, debajo de los puentes del Támesis, duermen pobres… En edificios a medio construir duermen pobres y hambrientos”. ¿No es esto conocido? Y son, podríamos decir, muros infranqueables —porque la mente está enferma— la presencia misma de los pobres. No comprende nada. Muros infranqueables, porque la mente está enferma. Y la prudencia, ese maravilloso fruto del corazón, es casi inexistente. Porque somos insensatos… Así, la misericordia y la sensibilidad social no pueden desarrollarse.

Además, en la insensatez nace la idea de que “todos pueden morir excepto yo”. Muere tal persona. “Bueno, murió él. Yo no he muerto”. Así se crea la ilusión y engaño de que “todos pueden morir menos yo”. Para ese tipo de persona, para el insensato, no existe la muerte que pueda hacerle entrar en razón; la muerte no existe. Así también el rico de la parábola no consideró siquiera la posibilidad de morir. “Ah”, dice, “tienes bienes almacenados para muchos años. Tienes vida por delante”. Y llega la sorpresa: «Esta noche te reclamarán el alma». ¡Terrible! El énfasis recae en este “esta noche”; esta noche, ¡esta misma noche morirás! Y esto nos pasa a todos, queridos míos. Pensamos que no moriremos. Si lo observáis… claro, existe una explicación interior: que Dios hizo al ser humano para la inmortalidad; por eso no cree en la muerte. Explicación interior. Pero aquí tenemos el caso del que no piensa que morirá porque quiere disfrutar de sus bienes. La mente dice: “Morirás; es lógico, puesto que todos mueren”. El corazón dice: “No, no morirás”.

Y aún otro engaño. En la insensatez se cultiva la destructiva idea de que no hay otra vida. “¿Y quién fue, vio y volvió para decirnos que existe otra vida?”. Esta idea es realmente un suicidio puro de nuestra existencia. ¿Cómo negarlo, si existe? Si tú dices que no existe, ¿no te estás suicidando? Es decir, ¿no avanzas hacia la condenación eterna y el infierno eterno? Y, sin embargo, muchos quieren pensar así: “No hay otra vida. Lo que comas y lo que bebas; ésa es la vida. Nada más después”. Un materialismo grosero. En la base de la estatua de Sardánapalo, último rey de Asiria, él mismo ordenó que se escribiera la siguiente inscripción: “Viajero, la vida es lo que comas, lo que bebas y el placer sexual que disfrutes”. “Αφροδισιάζω afrodisiazo” significa tener relaciones fornicadoras, la vida sexual. Es decir: comer, beber y ejercer el placer del sexo. Y pensad que Sardánapalo era… en grado superlativo, homosexual. Emperador… Y se presentaba al pueblo vestido con ropas de mujer… ¡Situaciones espantosas! En fin… Y esta orientación espiritual equivocada se difunde abundantemente incluso por la prensa y los medios de comunicación: “¿Qué hay después? Nada. ¿Adónde iremos? ¿A las estrellas vamos a ir? A las estrellas, quién sabe… ¿Y después qué haremos? Nada”.

A continuación, la voz de Dios —mis queridos— al rico insensato es: «¿Y lo que preparaste, de quién será?». Es decir: “Aquellas cosas que preparaste, ¿de quién quedarán?”. Hm… en efecto, llegan los herederos a decir aquello que dice el pueblo: “Grano a grano lo junta el difunto”. Es decir, uno recolecta granito a granito cuando quiere hacer fortuna. “Grano a grano lo junta el difunto… ¡y el heredero hace la sopa de todos los granos juntos!”. El heredero los toma todos y se los come. En verdad, en verdad: acumulas, hombre, acumulas… ¿para quién? ¿Para tus hijos? ¿Para tus sobrinos? Pues claro que se lo comerán. Tú recoges habita (grano de judías) a habita; ellos harán un guiso con todas juntas. Es decir: se lo comerán todo. ¡Cuán necio, en realidad, es el ser humano!

Pero cuando de este modo se alimenta la insensatez, la falta de juicio, entonces engendra un monstruo llamado ateísmo. Para un insensato de este tipo dice el Salmista en el Salmo 13: «Dijo el necio en su corazón: no hay Dios». ¿Quién dijo que no hay Dios? El necio, el hombre sin juicio. Sí. La ausencia de sensatez engendra el ateísmo; porque la propia naturaleza, la naturaleza sensible, es ella misma la que puede abrirse ante nosotros como un libro para que aprendamos Quién la creó. ¿Y tú dices “No hay Dios”? ¿Y dices que todo ha ocurrido al azar? ¿Azar? ¿Azar? ¿Qué hay de azaroso? ¿Y dices que todo esto se hizo solo? ¿Solo? ¿Generación espontánea? ¿Así, sin más? ¿Todo hecho por sí mismo? Eres un necio. ¡Eres un necio! “Pero soy un sabio científico”. ¡Eres un necio! Eres un hombre sin juicio. La ausencia, pues, de sensatez lleva también a este ateísmo.

El ateo es necio en toda la longitud, anchura y altura que lo rodea. El ateo no tiene “sus facultades en orden”. Lo pongo entre comillas. No es que esté loco para el manicomio. Pero sí está loco. Es un necio. Un insensato. Porque el ateísmo es un desvarío. Dice san Basilio Magno: «A este necio le habló Dios debido al ateísmo que llevaba dentro». Le dijo —lo llamó necio— porque Dios veía en su alma que había ateísmo. Y la insensatez, lamentablemente, hoy está muy extendida. Debemos decirlo si queremos ser sinceros. Dice otra vez el Salmista: «El Señor se inclinó desde el cielo —dice— para mirar a los hijos de los hombres, para ver —como si fuese un piso y Dios se asomara por una ventana; es una imagen hermosa— si hay alguno que entienda, o que busque a Dios». ¿Si existe alguien que tenga juicio? ¿Si existe alguien que, por fin, trate de encontrar a Dios? «Todos se desviaron —tomaron el camino torcido—, a la vez se hicieron inútiles; no hay quien haga el bien, no hay ni uno», dice David en el Salmo 13.

Queridos, desgracia grande es la falta de sensatez. Dios nos dio la mente para que esté siempre orientada hacia lo que es verdadero, real y provechoso. Y nos ama. Y clama hacia nosotros: «Aferraos a la instrucción —“agarrad con el puño”, dice: coged con la mano la instrucción— no sea que se enoje el Señor y perezcáis del camino recto», dice en el Salmo 2. ¿Cuál es esta Instrucción? Es uno de los muchos nombres de la segunda Persona de la Santa Trinidad. Así como lo es también el nombre Sabiduría. Por eso aquí nos dice: “Agarraos a Cristo. No sea que el Señor se enoje. Porque Él os dará la sensatez”. Sí. En el libro de los Proverbios: «El necesitado de entendimiento que se acerque a mí». Habla el autor de los Proverbios en nombre de la Sabiduría Hipostática. “Aquel que es pobre —dice— en entendimiento, que venga a mí para adquirir sensatez”.

¿Qué es sensatez? «Conocimiento (gnosis) —dice san Pedro Damasceno— de lo que debe hacerse y de lo que no debe hacerse, y vigilancia del nus, del corazón y la mente». ¿Qué debo hacer? ¿Qué no debo hacer? Y la vigilancia del νούς nus, el estar despierto mentalmente. ¿Y quién nos da la sensatez? La Sabiduría Hipostática de Dios. Entonces tendremos la verdadera sensatez y no la sensatez mundana del rico de la parábola. Aquella sensatez que muestra ante todo la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de Dios. Todo lo demás es relativo. Que la insensatez nunca —mis queridos— conquiste nuestro corazón. Amén.

A la gloria del Dios Trino y Santo,
Homilía realizada en el Santo Monasterio Komnineo, Larisa, 22-11-1998, con inmensa gratitud a nuestro guía espiritual, el venerable y bendito Padre Atanasios Mitilineos,

FUENTES: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/omiliai-kyriakvn

Transcripción digitalización y edición de la homilía: Sr. Atanasios K. y Eleni Linardaki, filóloga.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

 

La Entrada al Altar de los Altares de la Θεοτόκος Zeotokos San Gregorio Palamás

La Entrada al Altar de los Altares de la Θεοτόκος Zeotokos

San Gregorio Palamás

 

Si el árbol se reconoce por su fruto, y el buen árbol produce también buen fruto, [cf. Mt 7,16: «Por sus conductas, obras y frutos que producen los conoceréis bien. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos?» y Lc 6,44: «Cada árbol se distingue y se reconoce por el fruto que da; porque de los espinos no se recogen higos ni de las zarzas se cosechan uvas»], la Madre de la Bondad misma, la generadora de la belleza eterna, ¿cómo no habría de sobresalir incomparablemente en excelencia y bondad sobre todo bien, tanto terrenal como supraceleste?

Porque la fuerza que creó y cultivó todas las cosas, la imagen coeterna e inmutable de la Bondad, el Logos increado, preeterno, suprasustancial y sumamente bueno, por inefable filantropía y compasión quiso revestirse de nuestra propia icona/imagen para resucitar la naturaleza que había sido arrastrada a las profundidades del Hades, renovarla porque se había envejecido, y elevarla hacia la altura supraceleste de Su βασιλεία (vasilía: realeza increada) y de Su divinidad.

Para unirse, pues, con ella hipostáticamente (substancialmente), como necesitaba asumir cuerpo-carne y una naturaleza humana nueva y al mismo tiempo nuestra, a fin de renovarnos desde dentro de nosotros mismos, y además requería concepción y nacimiento similares a los nuestros, alimento después del nacimiento y una educación adecuada, volviéndose para nuestra salvación en todo semejante a nosotros, encuentra para todo ello una sierva apropiada y dadora de naturaleza incontaminada de sí misma, a esta la siemprevirgen, a quien nosotros celebramos  y cantamos en himnos y cuya maravillosa (o “paradójica”, “asombrosa”) entrada en el Santo de los Santos (Altar de los Altares) celebramos hoy; porque a ella destina Dios desde siglos para la salvación y restauración del género humano, y la elige de entre todos, no simplemente entre la multitud, sino entre aquellos que desde los siglos habían sido escogidos, admirables y célebres por su piedad y prudencia, así como por sus costumbres, palabras y obras al mismo tiempo provechosas para todos y agradables a Dios.

Porque al principio se levantó contra nosotros la serpiente inteligible y primigeniamente malvada, y nos derribó a los abismos del Hades. Y existen muchas razones por las que se alzó contra nosotros y sometió nuestra naturaleza: la envidia, los celos, el odio, la injusticia, el engaño y el sofisma; y junto con tales cosas, la fuerza mortífera que tenía en sí mismo y que él solo engendró, siendo el primero en apostatar de la vida verdadera. Realmente, al principio envidió a Adán cuando lo vio vivir en el lugar de deleite incorruptible, resplandecer con doxa-gloria semejante a la divina y ser conducido desde la tierra al cielo, del cual él había sido justamente expulsado; y, consumido por la envidia, se enfureció contra él con la peor de las iras y manía, hasta el punto de querer incluso darle muerte.

Porque la envidia es padre no solo del odio, sino también del homicidio; y este lo provocó en nosotros mezclándolo con engaño o dolo el astuto malo y verdaderamente misántropo ofidio (serpiente). Pues, poseído de un deseo injustísimo de tiranizar y destruir al que había sido creado a imagen y semejanza de Dios, pero sin atreverse a atacarlo abiertamente cara a cara, recurrió al engaño y a la mala astucia. Después de acercarse mediante la serpiente visible como amigo y buen consejero, este terrible y verdadero enemigo y conspirador consigue, ¡ay!, alcanzar su propósito ocultamente, y con aquel consejo contrario a Dios vierte como veneno en el hombre su fuerza mortífera.

Si, pues, Adán, manteniendo firmemente entonces el mandamiento divino, hubiera rechazado el consejo malvado del enemigo, habría aparecido vencedor del adversario y superior a la corrupción mortal, avergonzando al furioso y engañoso agresor. Pero como él, cediendo voluntariamente —cosa que nunca debió hacer—, fue vencido y se hizo indigno, y así, siendo raíz de nuestro linaje, produjo brotes mortales semejantes, era absolutamente necesario, si queríamos devolver la derrota y obtener la victoria, rechazar con psique-alma y cuerpo el veneno mortífero, y gozar de la vida, y especialmente de la vida eterna y sin pazos, impasible.

Por tanto, nuestro linaje necesitaba una nueva raíz, es decir, un nuevo Adán: no solo sin pecado, sino completamente incapaz de ser engañado e invencible, y además capaz de perdonar los pecados y de absolver a los culpables convirtiéndoles en inocentes; uno que no solo viviera, sino que vivificara, de modo que transmitiera vida y remisión de los pecados también a quienes se unieran a Él y fueran de su misma estirpe, vivificando no solamente a los que vinieron después de Él, sino también a los que habían muerto antes de Él.

Por eso Pablo, la gran trompeta del Espíritu, exclama diciendo: «El primer hombre, Adán, fue animado con un alma viviente, que da vida también al cuerpo. El último Adán —es decir, el Señor—, que recibió toda la presencia y morada del Espíritu Santo, estuvo lleno del Espíritu, el cual transmite vida espiritual» (1 Cor 15,45).

Y nadie es sin pecado, vivificante y capaz de perdonar pecados sino solo Dios. Por consiguiente, era necesario que el nuevo Adán fuera no solo hombre, sino también Dios, que fuera literalmente Vida y Sabiduría, Justicia y Amor, Misericordia y todo bien, para realizar la renovación y vivificación del viejo Adán con misericordia, sabiduría y justicia. Porque la serpiente inteligible y primigeniamente malvada, usando lo contrario de esto, nos había provocado envejecimiento y necrosis (mortificación).

Así como al principio el homicida del hombre se levantó contra nosotros por envidia y odio, así también el Autor de la vida se movió en nuestra defensa por sobreabundante filantropía y bondad. Porque amó justamente la salvación de Su criatura —la cual Él debía volver a llevar a Su dominio y salvar nuevamente—, del mismo modo en que aquel primigeniamente malvado amó injustamente la perdición de la criatura de Dios —que él deseaba someter a su poder y tiranizar. Y así como aquel realizó su victoria y la caída del hombre mediante injusticia y engaño, con fraude y sofistería, así también el Libertador, con justicia, sabiduría y verdad, llevó a cabo la derrota final del primigeniamente malvado y la renovación de Su criatura. Pero desarrollar ahora el tema de la sabiduría que se manifiesta en esta divina Economía no es propio del tiempo presente.

Era también cuestión de estricta justicia que la misma naturaleza humana, que había sido vencida y voluntariamente se había esclavizado, volviera también voluntariamente a luchar por la victoria y a rechazar la esclavitud. Por esto Dios se dignó asumir de nosotros nuestra naturaleza, uniéndose a ella de modo maravilloso e hipostático. Pero era imposible que aquella pureza suprema, trascendente al pensamiento, se uniera a una naturaleza manchada; porque una sola cosa es imposible para Dios: unirse a lo impuro antes de que sea purificado.

Por eso era absolutamente necesaria una Virgen completamente incontaminada y purísima para la concepción y el nacimiento de Aquel que es a la vez amante y dador de la pureza. Ella fue destinada, formada y manifestada, y el misterio relativo a ella se realizó por medio de muchos acontecimientos maravillosos que en diversos momentos convergieron en uno.

Por eso los acontecimientos que contribuyeron a ello los celebramos hoy, pues por el resultado comprendemos sobre todo la grandeza de los hechos que condujeron a tan alto fin: porque Aquel que es «de Dios, hacia Dios y Dios», el Logos e Hijo del altísimo Padre, coeterno y consustancial con Él, se hace hijo del hombre, de esta siemprevirgen. «Jesús Cristo, ayer, hoy y por los siglos, es el mismo» (Heb 13,8), inmutable según la divinidad e impecable según la humanidad. «Él solo», como ya lo había anunciado Isaías (Is 53,9), «no hizo injusticia ni se halló engaño en su boca».

Y no solo eso, sino que también Él solo no fue concebido en iniquidades ni nacido en pecados, como David da testimonio en los Salmos sobre sí mismo y sobre todo hombre, de modo que también en cuanto al asumir nuestra naturaleza fuese totalmente puro e inmaculado, y no necesitase ningún medio de purificación para Sí Mismo. Así sería posible —transmitiéndonos con justa y sapiencial eficacia tanto la purificación como la pasión, por causa nuestra— aceptar también la muerte y la resurrección.

En verdad, el impulso carnal hacia la génesi generación —impulso involuntario y desobediente a la ley del espíritu—, aunque algunos lo someten con esfuerzo y otros lo permiten sobriamente sólo para la procreación, lleva sin embargo las señales de la condena original; pues es y se llama corrupción (desgaste) y, de cualquier manera, engendra para la corrupción; y es un movimiento pasional del hombre, que no guardó el honor que nuestra naturaleza había recibido de Dios, sino que se asemejó a los animales.

Por eso Dios no sólo vino entre los hombres, sino que vino de una Virgen pura y santa —más aún, Purísima y Santísima—, puesto que es virgen no sólo superior a toda mancha de la carne, sino también por encima de los pensamientos carnales manchados. Su concepción no fue obra de deseo carnal, sino causada por la venida del santísimo Espíritu; fue provocada por el anuncio el evangelismo del ángel y por la fe en la encarnación de Dios, que vence toda razón por ser un misterio admirable y supra–lógico; pero no experimentó nunca consentimiento ni vivencia apasionada o pasional, pues concibió y dio a luz teniendo completamente alejado de sí todo deseo de ese tipo, gracias a la oración, a la alegría y al gozo espiritual; pues dijo la Virgen al ángel de la Anunciación: “He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu logos (dicho)” (Lc 1,38) [He aquí la sierva del Señor; estoy dispuesta a servir Sus voluntades. Que se haga en mí tal y como Tú has dicho]. Para que, pues, se encontrara una Virgen idónea para esto, Dios la había destinado desde los siglos y la eligió de entre los elegidos desde los siglos, a esta doncella siempre virgen que ahora celebramos y cantamos en himnos.

Y veis de dónde comenzó la elección. Entre los hijos de Adán fue elegido por Dios el admirable Set, quien, con la modestia de sus costumbres, el orden de sus sentidos y la hermosura de sus virtudes mostraba ser un cielo animado, y por eso obtuvo la elección, de la cual habría de brotar esta Virgen como vehículo digno de Dios sobre los cielos, para llamar a los hombres de nuevo a la adopción celestial.

Por eso todos los descendientes de Set: «Y a Set le nació un hijo, y le puso por nombre Enós; éste creyó, apoyó sus esperanzas en Dios, le dio culto y hacía siempre invocación del nombre del Señor Dios» (Génesis 4,26); eran llamados “hijos de Dios”, porque de esa estirpe había de hacerse Hijo del Hombre el Hijo de Dios; y, además, porque el nombre Set significa resurrección, más aún resurrección renovada, que es principalmente el Señor, que promete y otorga la vida inmortal a quienes creen en Él.

¡Y cuán apropiado es el tipo! Set llegó a ser para Eva, como ella misma dice, en lugar de Abel, a quien Caín mató por envidia: «Y conoció Adán a Eva su mujer, y ella concibió y dio a luz un hijo, y llamó su nombre Set, diciendo: ‘Porque Dios me ha hecho levantar otro descendiente en lugar de Abel, a quien mató Caín’ (: Y se unió Adán con su mujer Eva, la cual, habiendo quedado embarazada, dio a luz un hijo y le puso por nombre Set, diciendo con dolor de alma: “Lo he llamado Set [:resurrección], porque Dios me ha dado otro hijo en lugar de Abel, a quien mató Caín”)»  (Gén 4,25); y el fruto del seno o nacimiento de la Virgen, Cristo, llegó a ser para la naturaleza en lugar de Adán, al que mató por envidia el príncipe y guía de la maldad. Pero Set no resucitó a Abel, pues era sólo tipo (prefiguración) de la resurrección; en cambio, nuestro Señor Jesús Cristo resucitó a Adán, pues Él es la verdadera Vida y Resurrección de los hombres. Por esta razón también los descendientes de Set fueron hechos dignos de la adopción divina según su esperanza, llamándose “hijos de Dios”.

Que se llamaban hijos de Dios por esta esperanza se ve claramente en el primero así llamado, que sucedió en la elección. Y este fue Enós, hijo de Set, quien, según lo escrito por Moisés, primero «este esperó invocar el nombre del Señor Dios (: él creyó y apoyó sus esperanzas en Dios, le dio culto y hacía siempre invocación del nombre del Señor Dios)» (Gén 4,26). ¿Veis claramente cómo alcanzó el nombre divino conforme a su esperanza?

Puesto que, entonces, la elección de aquella que según Su presciencia sería la Madre de Dios comenzó ya desde los mismos hijos de Adán, y se fue realizando a lo largo de las sucesivas generaciones, descendió finalmente hasta el rey y profeta David y sus descendientes en el trono y en su linaje. Y como había llegado ya el tiempo oportuno para que esta elección divina alcanzase su cumplimiento, fueron escogidos por Dios Joaquín y Ana de la casa y del linaje de David. Aunque no tenían hijos, vivían con perfecta continencia y eran superiores en virtud a todos los que reclamaban para sí el origen noble —tanto del linaje como de la conducta— que procedía de David. Este matrimonio pedía a Dios, con ascesis y oración, el fin de su esterilidad y Le prometía ofrecer a Él, desde su infancia, al hijo que les fuera concedido.

Entonces se concede la promesa y fue dado un hijo, actual Θεομήτωρ (Zeomítor: Madre de Dios.), para que la toda-virtuosa naciera de padres muy virtuosos y sobrios, y recibiera como fruto la vierud, prudencia y sobriedad, unida a la oración y a la ascesis, para llegar a ser fuente o generadora de la virginidad, y en concreto la virginidad o castidad que manifiesta sin corrupción en la carne al eternamente engendrado de Padre virginal según la divinidad.

¡Qué alas tenía aquella oración! ¡Qué franqueza y libertad ante Dios alcanzó!

Y porque ellos, con esta oración, obtuvieron lo que suplicaban y vieron la promesa divina cumplida en praxis, en hechos, se apresuraron —hombres veraces, amantes de Dios y amados por Dios— a cumplir también su promesa, y así, inmediatamente después del destete, llevaron al templo de Dios a la verdadera niña sagrada y ahora Θεομήτωρ Madre de Dios, y la presentaron al altar de Dios y al sacerdote del templo que se encontraba allí.

Ella, llena de divina χάρις (jaris: gracia, energía increada) y de un νούς (nus: espíritu de la psique) de entendimiento perfecto incluso a aquella edad, percibía y comprendía entonces —y más aún que los demás— lo que sucedía con ella; y mostró, en la medida que podía, que no era llevada por otros, sino que ella misma, con opinión y voluntad libre, se acercaba a Dios, como si tuviera alas propias hacia el sagrado y divino έρως (eros: amor ferviente, ardiente), y considerara como un honor y un bien el entrar y habitar en el Santo de los Santos (Altar de los Altares).

Por eso el sumo sacerdote, al percibir que la niña poseía la divina χάρις increada semejante a la de Dios más que todos los demás, consideró justo honrarla con aquello que es superior a todo: la introdujo en el Santo de los Santos, con el fin de que lo que estaba ocurriendo moviera a todos los presentes a amar este acto, y lo hizo con la cooperación y decisión de Dios mismo, que enviaba desde lo alto —por medio de un ángel— un alimento inefable o misterioso para la Virgen allí dentro.

Con este alimento fortalecía mejor su naturaleza y conservaba y perfeccionaba a sí misma en el cuerpo, más puro y elevado que las potencias incorpóreas, teniendo como servidores a los espíritus celestiales, porque no fue simplemente introducida en el Santo de los Santos, sino que de algún modo fue acogida por Dios en convivencia con Él durante no pocos años; de manera que, en el tiempo adecuado, se abrieran las moradas celestiales y se dieran como morada eterna a quienes creen en su maravilloso alumbramiento o nacimiento extraordinario.

Por eso, y por estas razones, fue depositada con toda justicia hoy en los recintos sagrados más profundos, como un tesoro de Dios, la doncella (o hija) escogida entre los elegidos desde antiguo, manifestada como santa de las santas, la que posee un cuerpo más puro y divino incluso que los espíritus purificados por la virtud, de modo que no solo fuese capaz de recibir la impronta de los logos divinos, sino también al mismo Logos nnhipostasiado (substanciado o personal) y unigénito del Padre eternamente anterior al tiempo: como un tesoro que el Logos (increado) utilizaría en su momento —como de hecho sucedió— para enriquecer el mundo con un adorno sobrecelestial y a la vez universal.

Y así, por esta razón también, Él glorifica a Su Madre tanto antes como después del nacimiento. Y nosotros, comprendiendo la grandeza de la salvación que se nos preparó por medio de Ella, le damos con todas nuestras fuerzas acción de gracias, himnos y alabanzas.
Porque realmente, si aquella mujer agradecida, mencionada en el Evangelio, apenas al escuchar solo un poco de los logos salvadores del Señor, elevó su voz entre la multitud proclamando bendita a Su madre —«¡Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!» (Luc 11,27)—, ¿cómo nosotros, que tenemos junto a nosotros escritos todos los logos de la vida eterna, y no solo los logos, sino también los milagros, las pasiones (pazos), la resurrección de nuestra naturaleza de entre los muertos y su ascensión de la tierra al cielo, y la inmortalidad y salvación inmutable prometidas por ellos, cómo no vamos a alabar y bendecir continuamente a la Madre del Autor de la salvación, del Dador de la vida, celebrando ahora su concepción, su nacimiento y su entrada en el Santo de los Santos?

Pero trasladémonos también nosotros, hermanos, de la tierra a lo alto; pasemos del cuerpo-carne al espíritu; cambiemos nuestros deseos de lo transitorio a lo permanente; despreciemos los placeres carnales, que se han descubierto como un señuelo contra la psique-alma y que pasan prontamente; deseemos los carismas, dones espirituales que permanecen incorruptibles; elevemos nuestra actitud y nuestra diania (mente, intelecto) por encima del tumulto de abajo; llevémosla a los recintos celestiales, a aquellos Santos de los Santos (Altar de los Altares) donde ahora reside la Θεοτόκος (Zeotokos: la que da a luz a Dio, Madre de Dios).

Porque así entrarán en Ella, provechosamente para nosotros y con buena acogida ante Dios, nuestros cantos y nuestras súplicas; y de ese modo, además de los bienes presentes, por su intercesión llegaremos a ser herederos de los bienes futuros y eternos, por la χάρις (jaris: gracia, energía increada) y filantropía de Jesús Cristo nuestro Señor, que nació de Ella por nosotros, a Quien corresponde doxa-gloria, honor y adoración, junto con Su Padre eterno y el Espíritu coeterno y vivificante, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

San Gregorio Palamás.

Fuentes: Gregorio Palamás, Obras completas, Homilías 43-63, Homilía 52. Ediciones patrísticas “Gregorio Palamás” (EPE), Editorial To Byzantion, Tesalónica 1986, tomo 11, pp. 237–258.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Entrada de la Zeotokos en el Santo de los Santos, comentarios teológicos

La Entrada de la Zeotokos en el Santo de los Santos, comentarios teológicos

 

a) «Hoy es llevada al templo la incontaminada Virgen»

b) La Madre de Dios, modelo de vida hisijasta o hesicasta

 

a) «Hoy es llevada al templo la incontaminada»

Lampros K. Skontzos – Teólogo, profesor

Dedicado a la fiesta de la Entrada de la Zeotokos)

La fiesta de la Entrada de la Θεοτόκος (Zeotokos: la que da a luz a Dios) Madre de Dios es una importante celebración dedicada a la Zeotokos, que los fieles ortodoxos celebran con respeto y solemnidad en todo el mundo. Se estableció alrededor del siglo VI en Jerusalén, basándose en la antigua tradición de nuestra Iglesia. San Sofronio de Jerusalén (634-638) menciona esta fiesta en sus escritos. En Constantinopla se estableció hacia finales del siglo VII o comienzos del VIII. En ella se celebra el acontecimiento de la entrada de la Virgen María en el Templo de Salomón cuando tenía tres años.

Ciertamente, no existen testimonios bíblicos sobre este acontecimiento. Obtenemos información de la santa Παράδοσης* (Parádosis: Sagrada Tradición, Transmisión, Entrega) de nuestra Iglesia, que ha conservado numerosos hechos que no se narran en los Santos Evangelios. Aprovechamos la ocasión para subrayar una vez más que los Evangelios no son textos históricos en el sentido estricto del término, sino principalmente textos misioneros, escritos para servir necesidades misioneras y pastorales concretas de la Iglesia antigua. *(ver: https://logosortodoxo.es/teologia-ortodoxa/santa-tradicion-de-la-una-santa-iglesia-catolica-apostolica-ortodoxa/)

Por eso, pues, quedó fuera de los relatos evangélicos la mayor parte de la presencia terrena del Señor y de la vida de otras personas sagradas relacionadas con la obra de la salvación. En cambio, parte de esta información fue conservada por la Santa Tradición, la cual, como sabemos, tiene la misma autoridad que la Sagrada Escritura.

Según la Santa Parádosis los padres de la Zeotokos, Joaquín y Ana, eran personas piadosas y justas. Pertenecían a aquel pequeño grupo de judíos fieles y devotos que esperaban con anhelo la venida del Mesías. Estos piadosos esposos se esforzaban por tener hijos, esperando que entre sus descendientes naciera el Mesías.

Los padres de la Zeotokos vivían con la esperanza de tener descendencia, pero, lamentablemente, eran estériles. Durante veinte años intentaron concebir sin resultado. El oprobio de la esterilidad y la soledad que esta les causaba llenaban sus almas de profunda tristeza. Sin embargo, no perdieron su fe en Dios ni por un instante. Tenían la convicción de que Dios es el dador de todo bien, y sobre todo de la fecundidad. Sus vidas transcurrían en oración, ayuno y una intensa esperanza de que Dios escucharía sus súplicas y finalmente los tendría misericordia.

En efecto, Dios escuchó sus oraciones. Un ángel del Señor se apareció a Santa Ana y le anunció la gozosa noticia de que sería madre. La anciana pareja obtuvo finalmente descendencia. La piadosa y anciana Ana dio a luz una niña llena de χάρις (jaris: gracia, energía increada), a quien llamaron María (en hebreo Mariam), que significa “Señora”. Expresaron su inesperada alegría con himnos y acciones de gracias a Dios. Consideraron al recién nacido como un regalo Suyo y, por eso, desde el primer momento la dedicaron a Él de todo corazón.

La pequeña María, desde su nacimiento, estaba adornada con gracias y cualidades difícilmente explicables en términos humanos. Desde entonces se mostró que había sido apartada por Dios para servir el plan de la salvación del mundo. Su prudencia, apacibilidad, mansedumbre, humildad y obediencia sorprendían a sus padres y a quienes vivían en su entorno.

Cuando María cumplió tres años, sus piadosos padres decidieron cumplir su promesa a Dios: ofrecerle como un don a su amada hija. Además, según la tradición, ambos se encontraban ya en edad muy avanzada y no podían cuidar adecuadamente a la pequeña María. Así emprendieron camino hacia el Templo del Señor en Jerusalén. Allí encontraron a su pariente el sacerdote Zacarías, padre de Juan el Precursor, quien también era entonces estéril. Servía el santuario con temor de Dios y oraba incesantemente para que Dios lo favoreciera y le concediera también un hijo con su esposa Isabel.

La llegada al esplendoroso Templo colmó sus almas de devoción y reverencia. Pisaban el lugar sagrado donde la presencia del Señor era palpable. Los judíos creían que el Templo era la morada de Dios y que el Santo de los Santos (Sancta Sanctorum o Altar de los Altares) era su trono; por eso, aquel recinto era considerado un lugar de temor y sobrecogimiento. Nadie podía entrar allí, excepto el Sumo Sacerdote una vez al año, el Día de la Expiación, para incensar, descalzo, descubierto y con una túnica sencilla.

El sacerdote Zacarías los recibió en una de las grandes puertas del amplio atrio. Al pueblo no le estaba permitido entrar en el Templo. Solo el Sumo Sacerdote, los sacerdotes y levitas entraban al santuario y al Santo para ofrecer los sacrificios establecidos por Moisés y cumplir las ceremonias. El pueblo permanecía en el espacioso atrio y en las numerosas galerías anexas, donde observaba los sacrificios, las oraciones y los diversos rituales de los sacerdotes.

Con asombro y admiración observaron que la pequeña María no solo no mostró resistencia natural al separarse de sus padres, sino que siguió con alegría al venerable Zacarías hacia el Templo del Señor. La χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios había cubierto toda reacción natural y ya la había convertido en un precioso vaso de elección. La antigua tradición cristiana relata que el anciano Zacarías, por inspiración divina, condujo a María al Sancta Sanctorum, Altar de lo Altares. Allí, en la estancia más sagrada, oscura e inaccesible del Templo, entró para pasar los años de su infancia intacta de la mancha del pecado humano, como un tesoro precioso custodiado en una cámara segura.

Las condiciones de vida en aquel lugar eran sumamente desfavorables para un mortal común. Como dijimos, allí reinaba una densa oscuridad y la entrada de cualquier persona estaba estrictamente prohibida, incluso para llevar alimento. Pero la pequeña María no era una simple mortal. Había sido llamada desde el vientre de su madre para convertirse en la Madre de Dios. El inhóspito espacio del sancta sanctorum del Templo se transformó por causa de Ella en un ambiente paradisíaco. Una luz celeste e increada, visible solo para Ella, iluminaba abundantemente y de manera deslumbrante aquel lugar. Ángeles de Dios estaban incesantemente a su lado y le hacían compañía. Otros ángeles le traían alimento celestial secreto, y otros la servían.

Esto duró doce años completos, hasta que cumplió quince. Entonces, Zacarías, junto con otros venerables y piadosos sacerdotes del Templo, decidieron sacar a María de los Santos de los Santos y conducirla nuevamente al mundo. Para su protección, la desposaron con el piadoso y anciano José (su guía espiritual y padrino), quien, según la tradición, era viudo y tenía hijos de su primera esposa. Se establecieron en la hermosa y tranquila aldea de Nazaret, donde poco tiempo después ocurrió su santo Anuncio, el Evangelismo.

La gran y universal fiesta dedicada a la Madre de Dios, la Entrada de la Zeotokos, es celebrada solemnemente por nuestra Iglesia. Los oficios sagrados tienen un carácter festivo. Grandes himnógrafos, como Jorge de Nicea, León el Magistro, José el Himnógrafo, Sergio el Hierosolimitano y Basilio el Pigorita, compusieron himnos de gran valor poético y teológico. Un himno dice:

«Se alegran el cielo y la tierra al ver que el cielo espiritual avanza para ser criado dignamente en la casa divina».

Los fieles llenamos los templos y honramos a la Siempre Virgen, quien se convirtió en causa de nuestra salvación y nos cubre bajo sus incesantes oraciones dirigidas a su Hijo y Salvador Jesús Cristo.

 

SIGNIFICADO TEOLÓGICO DE LA FIESTA DE LA ENTRADA DE LA ZEOTOKOS

La Zeotokos es la más santa de todas las criaturas humanas, la Elegida por Dios entre millones de mujeres para desempeñar un papel absolutamente central en la obra de la salvación del género humano y de toda la creación. La divina sabiduría vio en su santísimo rostro la absoluta pureza y santidad necesarias para convertirse en la Madre del Dios absolutamente santo.

La fiesta de la Entrada tiene como objetivo enseñarnos conceptos muy elevados sobre la personalidad de la Zeotokos. Pretende iniciarnos en la profundidad inconcebible de la teología referente a su incomparable contribución en la realización del plan divino de la salvación del mundo.

El núcleo histórico del acontecimiento preocupa poco a la Iglesia en comparación con su significado teológico. Algunos sostienen que, dado que el primer testimonio escrito procede del apócrifo Protoevangelio de Santiago, no debería considerarse fiable. Pero para nuestra teología ortodoxa, este hecho histórico en sí mismo tiene poca importancia frente a su significado moral y teológico.

El Templo de Jerusalén es imagen de la Madre de Dios. Es bien conocida la fe de los judíos en la sacralidad del Templo. Creían que Dios habitaba en su interior y por eso subían al monte Sión con reverencia y temor, como si se acercaran al mismo Dios. El Arca de la Alianza era considerada el trono de Dios y su presencia visible en la tierra. Nadie se atrevía a aproximarse al recinto del Templo llamado Santos de los Santos, excepto el Sumo Sacerdote una vez al año, en el solemne Día de la Expiación. Entraba descalzo, vestido con una túnica de lino, para incensar. Después de esto, nadie se atrevía a acercarse allí.

El pueblo llano no podía entrar en ninguna estancia del Templo; solo el sacerdocio accedía al pronaos y al Santo. Los fieles permanecían en el amplio atrio y en las diversas galerías anexas, desde donde oraban y observaban las ceremonias de los sacerdotes.

Nuestra Panaghía es el templo espiritual de Dios. El santísimo santuario espiritual en el que quiso habitar el Dios eterno e infinito. El himnógrafo sagrado, queriendo destacar esta sorprendente comparación, escribió que la Zeotokos es: «El purísimo templo del Salvador, la cámara nupcial preciosísima y virgen, el sagrado tesoro de la doxa-gloria increada de Dios».

Si el Templo de Jerusalén era considerado santo por los judíos porque creían que Dios habitaba en él, ¡pensemos cuánto más santa debe considerarse la Zeotokos, que llevó verdaderamente en su purísimo seno al Logos encarnado y lo alimentó con su propia sangre!

El Templo de Jerusalén fue destruido y borrado por los romanos. En cambio, el templo espiritual de Dios —la Virgen María— permanece por los siglos y recibe los más altos honores de los innumerables fieles de todas las épocas.

La entrada de la Zeotokos en el Templo de Jerusalén quiere revelar lo inconcebible de su pureza y santidad. En los inaccesibles Santos de los Santos se preservó su virginidad y se cultivó su santidad. Solo en un lugar tan sagrado se podía proteger la pureza necesaria para recibir en sus entrañas al Dios absolutamente santo. Solo la convivencia con los santos ángeles podía cultivar su santidad. La fuerza y el ímpetu de la iniquidad humana eran tales que, si la Virgen María hubiera permanecido en el mundo, no sabemos si habría podido mantener el grado de santidad necesario para recibir en su seno al Dios santísimo.

En la persona de la Zeotokos vemos la superación de la naturaleza humana caída y la restauración de su estado anterior a la caída. Ella nació, ciertamente, con la naturaleza caída, como heredera del pecado de los primeros padres en ser creados. Pero la divina χάρις (jaris: gracia, energía increada) la fue elevando progresivamente desde su infancia hasta la Anunciación, momento en que, por la sombra del Espíritu Santo, fue purificada absolutamente del pecado ancestral y recibió la naturaleza incorrupta previa a la caída. Solo así, liberada de la carga de la naturaleza caída y de la corrupción del pecado, podía cumplir su misión suprema. Las piadosas narraciones sobre Su maravillosa estancia en el Templo expresan precisamente esta fe en Su progresiva catarsis y purificación.

La bendita entrada de la Virgen María en el Templo constituye el comienzo de la realización del plan eterno del Dios Trino para la salvación del mundo. En los himnos de la gran fiesta cantamos: «Hoy es el prólogo de la benevolencia de Dios y la proclamación de la salvación de los hombres». Representa la aurora de la liberación del género humano de la esclavitud del pecado. Por ello, nuestra Iglesia celebra espléndidamente este acontecimiento.

Como fieles conscientes de Cristo, somos fervientes e incesantes honradores del sagrado rostro de la Madre de Dios, pues su contribución a nuestra salvación fue decisiva. Con intenso entusiasmo celebramos la gran fiesta y honramos a la Θεοτόκος Zeotokos, cantando «con una sola voz» junto al himnógrafo sagrado del día:

«Χαίρε jere Alégrate, cumplimiento de la economía del Creador». Amín.

Lampros K. Skontzos

 

b) La Madre de Dios, modelo de vida hisijasta o hesicasta

Comentario sobre la Entrada de la Madre de Dios en el Templo

Archim. Pablo Dimitrakópulos, Teólogo–escritor –

Santa Metrópolis de Citera y Anticitera  21 de noviembre de 2025

 

La entrada legal en el Templo y la dedicación de nuestra Santísima Señora Θεοτόκος (Zeotokos: la que da a luz a Dios, Madre de Dios), queridos hermanos, constituyó desde la antigüedad un acontecimiento de fiesta en honor de la Θεοτόκος, que nuestra Iglesia celebra el 21 de noviembre, porque representa una de las etapas más importantes de su vida terrena. En torno a los marcos históricos de esta fiesta la Sagrada Escritura no nos proporciona ninguna información; todo lo que conocemos procede de la Tradición de la Iglesia.

Según la Tradición, los padres de la Θεοτόκος, los santos Joaquín y Ana, al vivir sin hijos, suplicaban con ayunos y oraciones al Señor que les concediese un hijo, prometiendo que, si su petición se cumplía, dedicarían a Dios al niño que naciera. Y en efecto, Dios escuchó su súplica después de muchos años, cuando ellos habían llegado ya a edad avanzada y la concepción parecía imposible. Ana dio a luz a la Θεοτόκος Zeotokos, la que habría de convertirse en la Madre de Dios y en la salvación de todo el linaje humano. Cuando ella alcanzó los tres años de edad, tras su sobrenatural y prodigioso nacimiento, sus padres, cumpliendo la promesa hecha a Dios, la llevaron al Templo y la entregaron al sumo sacerdote Zacarías. Él la recibió y la condujo al lugar más interior del Templo, al llamado Santo de los Santos (Altar de los Altares), donde según la Ley sólo el sumo sacerdote podía entrar una vez al año, el día de la Expiación. Allí permaneció la Virgen doce años, alimentada por mano de ángel, hasta que fue confiada al santo José (su padrino y guía espiritual), quien la tomó bajo su cuidado y la desposó.

Como todos los acontecimientos de la vida terrena de la Madre de Dios fueron maravillosos y extraordinarios, sobrepasando las leyes de la naturaleza, así también su entrada y permanencia durante doce años en el Templo constituye un hecho igualmente admirable y paradójico. Porque, ¿cómo puede explicarse racionalmente la firme orientación de una niña hacia una vida de dedicación total a una edad tan temprana, cuando otros niños buscan el calor de sus padres, la compañía de otros pequeños y el juego? ¿Cómo explicar la renuncia a todo trato y comunicación con el mundo exterior para entregarse sin distracción, con alma y cuerpo, al cultivo de las virtudes? Con la oración elevaba la mente y el corazón por encima de las realidades visibles y pasajeras de este mundo hacia el mundo espiritual celestial, y gozaba de la doxa-gloria de Dios.

Y como observa san Gregorio Palamás en un sermón sobre este tema, «vivía como si estuviera en el paraíso, en un lugar elevado por encima de la tierra, más bien en los atrios celestiales, de los cuales aquellos lugares sagrados inaccesibles (el Santo de los Santos) eran figura o tipo. Vivía una vida sin preocupaciones, sin cuidados, sin ansiedad, libre de dolor, ajena a las pasiones viles, superior incluso al placer, no exento de sufrimiento, viviendo sólo para Dios, vista sólo por Dios, alimentada por Dios, custodiada sólo por Dios, el cual iba a habitar entre nosotros por medio de ella; y ella veía sólo a Dios, teniendo por delicia a Dios, a quien estaba continuamente dedicada».

San Juan Damasceno, refiriéndose al mismo acontecimiento, escribe que la Θεοτόκος Zeotokos, «plantada y cultivada con el poder del Espíritu Santo en la casa de Dios como un olivo fecundo, se convirtió en morada de toda virtud. Habiendo apartado su mente de todo deseo mundano y carnal, conservó su alma y su cuerpo virginales, como era digno y apropiado para quien iba a recibir en su seno a Dios. Porque Dios, que es santo, reposa en los santos». Y en otro pasaje, dirigiéndose a ella, dice: «No vivías para ti misma, porque no naciste para ti misma. Vivías para Dios, para quien viniste al mundo, a fin de servir a la salvación del mundo. Y así se cumplió por ti el antiguo designio de Dios: la encarnación del Logos y la zéosis divinización nuestra» (https://logosortodoxo.es/la-zeosis/ .

La permanencia de la Madre de Dios en el Templo en este período de su vida constituye un tiempo de preparación y de prólogo, inscrito en el sapientísimo plan de la divina Providencia para la realización de la Economía Divina encarnada. Permaneciendo en el Templo y orando incesantemente, la Virgen conservó, por la χάρις (jaris: gracia, energía increada) del Espíritu Santo, su virginidad limpia, pura e incontaminada por toda mancha del mundo exterior. Más aún, esta conducta y modo de vida en el Templo la presenta como modelo de vida hisijasta (hesicasta) y de oración continua, subrayando la importancia y el valor de la ησυχία (hisijía: serenidad mental y paz cordial) y de la oración como condiciones necesarias para la fructificación espiritual del creyente. Sobre estas dos virtudes hablan abundantemente los santos Padres.

San Basilio el Grande, que experimentó personalmente los frutos de la ησυχία hisijía y cuánto contribuye a la catarsis del corazón, escribe en una carta: «La ησυχία hisijía es el principio de la catarsis de la psique-alma, pues la lengua no pronuncia cosas humanas ni se deja arrastrar a palabras frívolas, cosa que especialmente paraliza la fuerza de la psique-alma».

Este modo de vivir de la Madre de Dios tiene una importancia especial para nosotros, los cristianos del siglo XXI. Porque vivimos en una época marcada por la extroversión, la dispersión de la mente y la constante proyección hacia el mundo exterior. Una multitud de noticias, informaciones y acontecimientos inundan literalmente nuestros sentidos por medio de la televisión, internet y los medios de comunicación, buscando atraer nuestro interés y atención. Por otro lado, nuestra vida se ha vuelto múltiple y llena de preocupaciones. Intentamos responder a numerosas tareas y obligaciones, bajo cuyo peso se oprime nuestra vida interior, de modo que nuestra existencia se vuelve ansiosa, depresiva y agotadora. El tiempo para la oración es mínimo. Y la poca oración que hacemos, por ser mecánica y formal, acompañada de distracciones, fantasías e imaginaciones, no da fruto en nuestras almas.

Ciertamente, quienes vivimos en el mundo no podemos vivir como los ascetas, ni como vivió la Virgen en el Templo. Pero sí podemos simplificar nuestra vida y reducir cuidados y preocupaciones innecesarias, en la medida de lo posible. Podemos recortar la dispersión producida por la televisión y el teléfono móvil evitar el daño espiritual que proviene de ellos, para dar alas a la oración. Dios conoce las condiciones en que vivimos y no nos pide cosas que superen nuestras fuerzas. Hagamos, pues, lo que depende de nosotros, para que Dios haga lo que depende de Él. Él espera ver nuestro esfuerzo y está dispuesto a suplir lo que falta para concedernos abundantemente su χάρις (jaris: gracia, energía increada). Amén. Archim. Pablo Dimitrakópulos.

Traducido por: χΧ jJ  logosortodoxo.es/

 

El divino Logos espermático y san Justino filósofo y mártir

El divino Logos espermático y san Justino filósofo y mártir

 

Traducción especial dedicada al Padre Francisco e hijo de DOXATV – Iglesia Ortodoxa https://www.youtube.com/@ortodoxonet

Índice

a)       El Logos espermático. Texto navideño adecuado para lectura a niños de Secundaria y Bachillerato

b)      Consideración del “Logos espermático” en la teología de san Justino, filósofo y mártir

c)       El Logos espermático en el ámbito de la misión ortodoxa en África

1.       ¿Qué es el Logos espermático?

2.       «Id, pues, y haced discípulos a todas las naciones»

3.       Ejemplos del “Logos espermático” en la sagrada misión ortodoxa en África

 

a) El Logos espermático

Texto navideño adecuado para lectura a niños de Secundaria y Bachillerato

El texto fue enviado por el catecismo del templo de Santa Bárbara, Municipio de Metamorfosis, Ática

[Por el traductor: Hay palabras que llegan como semillas destinadas a despertar muchos años después. Así sucedió en mi con el logos espermático. Lo escuché por primera vez cuando tenía quince o dieciséis años, en una clase del colegio que me dejó profundamente marcado. Me prometí que, cuando creciera, investigaría más, pero al salir a Occidente (a los 19 años) esa promesa quedó enterrada en mi interior, como una semilla dormida, guardada en la tierra oscura del alma.

Todo cambió el 02/02/2002, cuando conocí a CristoDios en el Monasterio de San Gregorio del Monte Athos. Mientras leía “La zéosis, la finalidad o propósito de la vida del hombre”, encontré nuevamente el término logos espermático, (en el segundo capítulo) y aquella antigua semilla despertó con fuerza, reclamando su cumplimiento. Desde entonces inicié una búsqueda seria, hallando en los Santos Padres textos que iluminaron mis dudas y apaciguaron mis guerras interiores. Gracias, en especial, a san Máximo el Confesor, pude comprender y experimentar la profundidad del término teológico gnosis increada, inolvidable gnosis y discernir entre la gnosis creada (https://logosortodoxo.es/teologia-ortodoxa/mistagogia-%ce%bc%cf%85%cf%83%cf%84%ce%b1%ce%b3%cf%89%ce%b3%ce%af%ce%b1-iniciacion-en-los-misterios/).

Hoy sé que Dios guarda nuestras semillas, incluso cuando nosotros las olvidamos, y las hace brotar justo en el momento en que estamos listos para recibir Su luz y saber quiénes somos, dónde estamos y hacia dónde vamos.]

 

¿Habéis oído hablar del «Logos espermático»?

La Iglesia nos dice que Dios no preparó solo a los judíos para la venida del Hijo de Dios, sino también a los demás pueblos, iluminando a ciertas personas para que hablaran de alguien que vendría a salvarlos.

¿No os convence?

Escuchad entonces lo que dijo Sócrates ante el tribunal de los atenienses: «El resto de vuestra vida lo pasaréis en este letargo, si Dios, cuidando de vosotros, no os envía a alguien que os salve».

Platón, en su obra «Πολιτεία (politía) La República», menciona que de modo paradójico se conserva una historia según la cual los hombres esperan a un Dios Salvador.

El romano Cicerón habla de una época en la que en todas partes gobernará un Maestro y Soberano: el Dios.

Confucio esperaba a un Santo que gobernaría el mundo con gran poder: un rey enviado por Dios, con el cual en una sola generación la humanidad volvería al Bien.

Los antiguos persas esperaban al Salvador, que nacería de una mujer virgen y sería mediador entre los hombres y Dios, y combatiría contra el espíritu maligno que había envidiado a los hombres.

Los habitantes de Siam, Ceilán y Japón creían que vendría alguien para salvar al género humano, satisfaciendo al Altísimo Dios por los pecados de los hombres.

Los Salivas, un antiguo pueblo de América, creían que el gran Dios había enviado desde el cielo a Su Hijo para matar a la terrible serpiente que devoraba a los pueblos del Orinoco.

Y muchos otros ejemplos, junto con lo que sabemos de los profetas.

¡Qué sabiamente lo preparó todo Dios!

Fuente: https://synathlountes.agonistes.gr/2024/12/katixitiko-omada/%CF%83%CF%80%CE%B5%CF%81%CE%BC%CE%B1%CF%84%CE%B9%CE%BA%CF%8C%CF%82-%CE%BB%CF%8C%CE%B3%CE%BF%CF%82/

 

b) Consideración del “Logos espermático” en la teología de san Justino, filósofo y mártir

Antónis Násios, Teólogo

 

A mediados del siglo II d. C., un grupo de escritores con formación y preparación filosófica asumió la defensa de la fe cristiana frente a las acusaciones falsas que constituían también la causa principal de las persecuciones.

El más importante de ellos es san Justino, el filósofo y mártir (prob. 100 – ca. 165 d. C.) [1], quien emprendió la difícil tarea de armonizar el Cristianismo con la filosofía helénica-griega.

A pesar de su conversión al cristianismo, san Justino aceptaba el calificativo de filósofo —«salve, filósofo»—[2], y continuaba llevando el tribón (túnica) filosófico como señal de su antigua condición.

San Justino nunca consideró que la filosofía y el conocimiento (gnosis) paganos fueran falsedad o engaño. Cree que las verdades de los filósofos provienen en gran medida del logos profético, el cual algunos filósofos conocieron y aprovecharon.[3] Además, sostiene que incluso los filósofos anteriores a Cristo contienen en sus reflexiones verdades que se les han revelado como «semillas (espermas) de verdad».[4]

En cuanto a la consideración del logos espermático, la terminología no es cristiana. Procede del vocabulario de la filosofía estoica y fue utilizada por san Justino con fines apologéticos, dado que Marco Aurelio, a quien se dirigía la Segunda Apología, era seguidor de la filosofía estoica.[5]

Según la enseñanza de los estoicos, el logos espermático se entiende o bien como el Logos divino universal y cósmico, o bien como un logos particular. Como Logos universal (καθολικό cazólico) y cósmico, reside en la materia, constituyendo esa fuerza intramundana, el principio divino que crea, penetra y vivifica todos los seres particulares. Puesto que el mundo es una unidad lógica, es natural que sus distintos miembros orgánicos tengan sus propios logos espermáticos, que están contenidos en el Logos divino universal. En el ser humano, el logos espermático es su propia ψυχή (psijí: psique, alma, ánima, la que anima, vivifica y contiene el cuerpo y no al revés, cuando la psique se va el cuerpo (soma) se convierte en πτωμα ptoma cadáver).

Así, el ser humano refleja esencialmente todo el universo, siendo él mismo un microcosmos, puesto que todo el mundo es concebido como un cuerpo animado y cohesionado por el Logos universal y cósmico. La función de los logos espermáticos es asegurar la identidad de las realidades a las que están asociados a través del cambio de los seres, del mismo modo que el esperma (semilla) humano tiene la capacidad de producir seres semejantes a aquel del cual provino el esperma (semilla).

Lo que observamos es que en el estoicismo los logos espermáticos poseen principalmente un carácter naturalista, y constituyen los principios de la generación, conservación y desarrollo lógico de los seres; además tienen un carácter panteísta, algo que caracteriza a toda la filosofía estoica.[6]

La enseñanza de san Justino filósofo y mártir sobre el logos espermático presenta diferencias respecto de la enseñanza correspondiente de los estoicos. Debemos descartar la idea de que para Justino el logos espermático es una emanación del Logos universal, como ocurre en el estoicismo. Asimismo, debemos descartar la posibilidad de que el logos espermático constituya una parte del alma humana, la parte lógica (racional). Para Justino, el logos espermático está relacionado con el Logos de Dios, tal como se menciona también en el prólogo del Evangelio según Juan.

El logos espermático es aquella energía u operación del Logos de Dios, mediante la cual, iluminando la διάνοια (diania: mente, intelecto, cerebro) de los seres humanos, la eleva y la guía hacia el hallazgo parcial de la verdad.[7]

San Justino se plantea a sí mismo la siguiente pregunta: puesto que el cristianismo encierra toda la verdad y apareció en la tierra hace 150 años, ¿acaso todos los que vivieron antes de Cristo no participaron de la verdad?

Y la respuesta que da es: «Hemos sido instruidos y hemos anunciado que Cristo es el primogénito de Dios y que es el Logos preanunciado, del cual participó todo el género humano; y quienes vivieron conforme al Logos son cristianos, aunque se les consideró ateos: como entre los helenos-griegos Sócrates, Heráclito y los semejantes a ellos, y entre los bárbaros Abraham, Ananías, Azarías, Misael, Elías y muchos otros… De modo que también los anteriores que vivieron sin el Logos eran inútiles y enemigos de Cristo, y asesinos de los que vivieron conforme al Logos».[8]

La humanidad participó siempre de la energía (increada) apocalíptica/reveladora del Logos. Esta energía no apareció por primera vez con la encarnación del Hijo, sino que incluso antes de su venida al mundo iluminaba a los seres humanos. Todos aquellos —no sólo los hombres del Antiguo Testamento que recibieron la apocálipsis/revelación del Logos inmaterial, sino también los filósofos guiados por el divino Logos espermático— que vivieron de acuerdo con las exigencias de su naturaleza lógica, eran cristianos y, por tanto, receptivos a la salvación.[9]

Según Justino, en ciertos filósofos existió una forma más imperfecta de apocálipsis/revelación mediante las semillas del Logos, «a causa de la semilla del Logos innata en todo género humano».[10]

Aquí, el término apocálipsis/revelación se usa en un sentido impropio; es decir, no se trata de apocálipsis/revelación en el sentido estricto del término, sino de una manifestación de Dios a los filósofos, especialmente a aquellos que tenían las disposiciones y condiciones necesarias para algo semejante. La verdad enseñada por los filósofos es fragmentaria, parcial y expresa sólo una parte de la verdad.

Es un hecho indiscutible que las semillas del Logos que existen en cada ser humano son un regalo divino y ponen al hombre en comunión con Dios. Algunos filósofos aprovecharon este regalo de tal modo que alcanzaron logros importantes: «No porque las enseñanzas de Platón sean ajenas a las de Cristo, sino porque no son completamente iguales, del mismo modo que tampoco lo son las de los demás: estoicos, poetas y escritores. Porque cada uno, viendo lo que le era afín gracias a la parte del divino Logos espermático, habló bien».[11]

San Justino sostiene que, de todos los filósofos, Sócrates fue «el más vigoroso en este respecto». El conocimiento de Cristo por parte de Sócrates no significaba un encuentro personal con el Logos, ni una apocálipsis/revelación al modo de los Profetas, sino que era fruto de la fuerza del logos natural humano. Así pues, Sócrates obtenía sus verdades «por medio de un razonamiento verdadero, investigador y crítico» [12], es decir, mediante la investigación lógica y la contemplación. Sin embargo, «nadie fue persuadido» finalmente por su enseñanza, a pesar de que lo que dijo era fruto del Logos espermático.[13]

Tanto san Justino como otros apologistas reconocen en el pensamiento filosófico indicios de verdad y no dudan en tomar prestados conceptos y expresiones de la filosofía a los cuales otorgaron un contenido cristiano. La teoría del Logos espermático de san Justino, así como la actitud globalmente positiva que mantuvo hacia la filosofía, sentaron las bases para el inicio de un diálogo fructífero y constituyeron un punto de encuentro entre cristianismo, helenismo y judaísmo. A través del pensamiento de los apologistas vemos el primer encuentro sustancial entre la teología cristiana y el pensamiento helénico-griego.

(El helenismo se cristianizó; no fue el cristianismo el que se helenizó, como muchos occidentales quieren presentar.)

Referencias

  1. Sobre Justino, véase Χρήστου P., «Justino», ΘΗΕ 6 (1965), col. 972–973; Skouteris K., Historia de los Dogmas, t. A, Atenas 1998; Theodorou A., Historia de los Dogmas. La historia del Dogma desde los tiempos apostólicos hasta el I Concilio Ecuménico de Nicea. Parte segunda: La historia del Dogma desde la época de los Apologistas hasta el 318 d.C., t. A, Atenas 1978.
  2. Justino, Diálogo con Trifón el Judío, P.G. 6, 472A.
  3. Justino, Primera Apología, P.G. 6, 396A, 416C–420B.
  4. «Parece que hay semillas de verdad entre todos», Justino, Primera Apología, P.G. 6, 396B; Skouteris, Historia de los Dogmas, p. 222.
  5. Theodorou A., Historia de los Dogmas, p. 47.
  6. Theodorou A., Historia de los Dogmas, pp. 47–48; Martzelos G., «La teología del Logos seminal y su importancia para los diálogos teológicos e interreligiosos», Simposio Interreligioso Internacional “Enfoque ortodoxo para una teología de las religiones”, Tesalónica.
  7. Theodorou, Historia de los Dogmas, pp. 48–49.
  8. Justino, Primera Apología, P.G. 6, 397C.
  9. Theodorou, Historia de los Dogmas, p. 50.
  10. Justino, Segunda Apología, P.G. 6, 457A.
  11. Justino, Segunda Apología, P.G. 6, 465B–C; Skouteris, Historia de los Dogmas, pp. 222–223.
  12. Justino, Primera Apología, P.G. 6, 336B.
  13. Skouteris, Historia de los Dogmas, p. 223.

Fuente: https://www.pemptousia.gr/2025/06/i-theoria-tou-spermatikou-logou-sti-theologia-tou-ioustinou/

 

c) El Logos espermático en el ámbito de la misión ortodoxa en África

Escribe el Obispo de Goma y del Gran Kivu, Timoteo

Querrían un Cristo que sabe cazar animales en el bosque.

 

  1. ¿Qué es el Logos espermático?

Cristo, «el Logos increado era y es siempre la verdadera Luz increada que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. [«Como Hijo y Logos de Dios, segunda hipóstasis-persona de la Santa Trinidad era y es siempre el Cristo, la luz increada y verdadera, la única fuente de la luz que ilumina a cada hombre que viene a este mundo»] (Jn 1: 9). Es decir, Cristo era y es Aquel que ilumina a toda persona de buena voluntad que viene a este mundo.

Cristo es la luz del mundo, como Él mismo dice en el Evangelio: “Otra vez Jesús les habló, diciendo: «YoSoY la luz increada del mundo, y el que me sigue a mí fielmente, éste no andará en la oscuridad, sino que tendrá la luz increada de la vida” (Jn. 8, 12). Por lo tanto, todo el que viene al mundo recibe gradualmente la luz de Cristo, según su capacidad espiritual de recibirla. Sin embargo, puesto que el hombre es un ser libre, tiene la posibilidad de rechazar o conservar esa luz. Puede aumentarla permaneciendo siempre unido a Cristo o disminuirla.

Según los Padres apologistas (siglos II y III d. C.), especialmente san Justino, Cristo, como Logos de Dios, fue quien iluminó también a los filósofos para que formularan ciertas verdades; de ahí la legitimidad de que los servidores del Logos hagan uso de algunas de sus enseñanzas o consideraciones, contemplaciones, en la medida en que contienen verdades acordes al espíritu del Evangelio.

El término mismo «Logos espermático» es filosófico, estoico, tomado y desarrollado con contenido cristiano por san Justino (probablemente 100–165 d. C.).

San Justino, filósofo y mártir, sostiene que incluso los filósofos anteriores a Cristo expresaron verdades en sus pensamientos y reflexiones, verdades que les fueron reveladas «desde lo alto» como «semillas de verdad».

«Parece que hay semillas de verdad en sus enseñanzas» (Justino, Primera Apología, P.G. 6, 396B; Skouteris, Historia de los Dogmas, p. 222).

San Justino sostiene que, entre todos estos filósofos, Sócrates es «el más claro y categórico en este asunto — el más vigoroso de todos en relación con esto».

San Justino y otros Apologistas reconocen también «indicios de verdad» en el pensamiento filosófico y no dudan en tomar prestados términos helénicos, conceptos y expresiones filosóficas, dándoles un contenido cristiano.

A través del pensamiento de los Apologistas asistimos al primer encuentro real entre la Teología Cristiana y el pensamiento heleno-griego.

Sin embargo, Cristo, como Logos de Dios, es la luz que ilumina a todo ser humano que viene al mundo, independientemente de su origen o trasfondo.

Esta verdad posee un valor universal y atemporal y se refiere a todos los paganos: africanos, europeos, asiáticos y otros que no habían conocido a Moisés ni a los Profetas del Antiguo Testamento. Y esto constituye un testimonio elocuente de la justicia de Dios.

El «Logos espermático» de los filósofos es un poco de luz, un rayo del Logos de Dios, mediante el cual Dios ilumina el νούς (nus: espíritu de la psique), el corazón y la mente (intelecto) de los seres humanos y así los eleva y los guía hacia el descubrimiento (anakálipsis) parcial de la verdad.

Es decir, constituye una primera apocálipsis/revelación de Dios al hombre. Esta aproximación inicial de Dios por parte del ser humano, este conocimiento (gnosis) de Dios, se realiza en la conciencia humana, la cual se considera la sede del Logos espermático.

Así, el conocimiento de Dios comienza en la conciencia humana, crece a través del estudio de la armonía del universo y de la creación visible, y se perfecciona mediante el conocimiento de la Παράδοσης Parádosis Tradición Escrita y Oral transmitida por Cristo y Sus Apóstoles, y conservada auténticamente (custodiada como tesoro) en la Iglesia Ortodoxa.

 

  1. «Id, pues, y haced discípulos a todas las naciones»

Cristo no dijo simplemente: «haced discípulos a todas las naciones», sino «Id»«Id, y después de ir, haced discípulos a todas las naciones»—, es decir: «marchad, y una vez que marchéis, haced discípulos a todas las naciones». Y estas fueron sus últimas palabras, podríamos decir Su Testamento, que Cristo dejó a Sus Apóstoles (Mt. 28, 19).

¿A dónde debían ir? ¡A la Ιεραποστολή! (ierapostolí: santa, sagrada misión). Debían hacer a todos los hombres cristianos ortodoxos, discípulos de Cristo, santos.

Pero si no se hacen cristianos, ¿acaso no se salvarán?

Aquí surge una gran pregunta que debe conducirnos al estudio del logos de Dios, y no a razonamientos humanos que, como mínimo, esconden poca fe respecto a la gran misericordia y caridad de nuestro Señor.

Cristo responde a esta pregunta en varios pasajes del Nuevo Testamento, a veces subrayando las condiciones de la salvación y otras señalando las causas de la condenación. Dice:

«El que crea y sea bautizado, se salvará; pero el que no crea, será condenado» (Mc. 16, 16).

Jesús les dijo: «Amín, amín, de verdad en verdad os digo que, si no coméis la sarx cuerpo y carne del Ηijo del hombre y no bebéis su sangre, a través del misterio de la divina Efjaristía, no tendréis vida en vosotros; El que come mi sarx cuerpo y carne y bebe mi sangre, mediante el misterio de la divina Efjaristía, ya desde el presente tiene vida eterna y yo lo resucitaré al ésjato-último gran día del juicio» (Jn. 6, 53-54).

Pero ¿qué será de aquellos que murieron antes de escuchar la predicación (el kerigma) de la salvación en Cristo, para poder creer, bautizarse y comulgar el Cuerpo y la Sangre de Cristo para salvarse? ¿Irán todos al infierno?

Una vez le hice esta pregunta a san Paísios. Me respondió: «No. No irán todos al infierno solo porque no conocieron a Cristo y a Su Iglesia. El Dios, que es Omnisciente, dirá: “Si este hubiese conocido la Ortodoxia, se habría hecho santo; por eso lo salvo”. ¡Y lo salva!»

En efecto, este Santo de la Iglesia tenía presente la verdad apocaliptada/revelada de Dios, que nos enseña que, si alguien no tuvo la oportunidad de conocer a Dios, será juzgado según su conciencia y no según la ley escrita, puesto que jamás escuchó nada al respecto.

El apóstol Pablo dice «según mi Evangelio», es decir, según el Evangelio de Cristo que él amó, predicó y asumió como propio: «Porque todos los que pecaron sin estar bajo la ley también perecerán, pero no será utilizada la Ley como medida de juicio contra ellos; y cuantos pecaron bajo conocimiento de la ley escrita de Moisés, según la ley serán juzgados. Porque no son justos y dignos de recompensa ante Dios los que oyen la ley, sino los que cumplen y aplican la ley, ésos serán justificados y salvados. Pues cuando los paganos de las naciones, que no han recibido la ley escrita de Dios, practican y hacen por el impulso ético natural lo que manda la ley, aunque no tengan ley, ellos mismos son su propia ley, porque tienen como guía sus conciencias» (Rom. 2, 12-16).

La conciencia, por lo tanto, es el lugar donde se manifiesta el «Logos espermático», el lugar donde cada ser humano que viene al mundo, independientemente de su origen o de la época en que vivió, es iluminado gradualmente por el Logos de Dios, nuestro Señor Jesús Cristo.

Pero ¿acaso este juicio basado en la conciencia —y no en la Ley— para quienes no conocieron la Apocálipsis/Revelación de Dios, no conocieron el Antiguo ni el Nuevo Testamento, ni la Iglesia, implica que se salvarán del mismo modo que los santos, que fueron bautizados, comulgaron los Sagrados Misterios, estuvieron en la metania, se arrepintieron, se confesaron, hicieron obras de misericordia y caridad, amaron a Dios y a su prójimo?

Por supuesto que no. No tendrán ni la misma doxa-gloria ni el mismo lugar en el Paraíso.

En el Libro del Apocalipsis, que habla de la condición de los salvados en el Paraíso, se dice: «En medio de la plaza de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol son destinadas para la terapia de los hombres de las naciones» (Ap. 22, 2).

Y vemos una distinción similar en Ezequiel: «Y junto al río subirán árboles de toda clase para alimento; su hoja no se marchitará ni su fruto faltará. Darán fruto nuevo cada mes, porque las aguas que los riegan salen del Santuario. Su fruto será para comida y su hoja para sanidad y salud» (Ez. 47, 12).

Es decir, hay árboles fructíferos en el Paraíso (espiritualmente hablando), cuyos frutos son para los cristianos bautizados que se salvaron, y cuyas hojas son para las naciones. Con la palabra «naciones», se refiere a quienes se salvaron por la ley de la conciencia y no recibieron el Santo Bautismo.

¿Es injusto Dios por darles hojas?

Por supuesto que no. La justicia de Dios es incomprensible para el espíritu y mente humana.

 

  1. Ejemplos del “Logos espermático” en la sagrada misión ortodoxa en África

Entre nuestros antepasados africanos, el conocimiento de Dios estaba en gran medida mezclado con creencias sobre poderes divinos atribuidos a los ancestros fallecidos: “ancestrolatría”, culto a los antepasados. Creencias que el cristianismo acoge como punto de partida para la predicación, corrige y les da su verdadero sentido y significado.

Estos conocimientos, convicciones y creencias de nuestros hermanos locales nos ayudan a construir un puente entre el evangelizador y el oyente del mensaje. De lo contrario, no existiría entre ambos ningún punto de referencia ni, mejor dicho, ninguna vía o manera de acercamiento.

La frase que san Juan menciona en el Evangelio sobre Cristo —«Era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene al mundo»— incluye y abarca al mundo entero.

En cada ser humano existen semillas de verdad, aunque no la verdad completa, que es solo Cristo. «YoSoY la verdad», dijo el Señor. San Justino, filósofo y mártir, utiliza esta realidad para hablar del Logos espermático.

La referencia al «Logos espermático» no aparece solo en filósofos antiguos como Sócrates, que habla de un solo Dios (en singular: “el Dios”) a pesar de vivir en un mundo politeísta, sino también en muchos otros filósofos y sabios de otros pueblos. No nos extenderemos ni analizaremos este tema en toda su amplitud.

En todas las tradiciones ancestrales existe la semilla del Logos de Dios, especialmente en la conciencia de cada persona y de cada pueblo.

Por supuesto, este conocimiento y experiencia contienen errores y desviaciones que la Biblia y, en general, la fe cristiana, completan y corrigen.

  1. Primer ejemplo. En la antigüedad, aquí en África, nuestros antepasados ya creían en la vida después de la muerte, antes incluso de conocer el cristianismo. Creían que el ser humano continuaba viviendo después de la muerte. No, claro está, en el Paraíso, ni en el seno de Abraham, sino en un lugar desconocido, en el más allá.

Allí, necesitaban ropa, comida, calzado, etc. Pero todo esto debía serles proporcionado desde la tierra, por los vivos de su tribu. A cambio, ellos les «concedían su protección».

Por eso las personas solían ir a las tumbas para dejar allí diversos objetos, que a veces rasgaban para evitar que fuesen robados. Creían que los muertos los utilizaban de manera incomprensible para ellos, es decir, para comer o vestirse, según el objeto depositado en sus tumbas.

De esta costumbre surgía la ancestrolatría veneración o culto a los antepasados, que eran considerados vivos y capaces de venir y ayudar cuando se les invocaba. Un antepasado muerto podía venir a luchar por ellos contra sus enemigos, miembros de otra tribu…

Existe, pues, toda una enseñanza escatológica. El misionero ortodoxo empieza —como san Pablo en Atenas— su predicación tomando como base estas creencias.

Y luego comienza a hablarles de la resurrección de los muertos, de los memoriales, del kolyva (masa de trigo hervido que se ofrece a la memoria de los difuntos), de las oraciones por el descanso de las almas. De este modo, la veneración o culto de los ancestros puede corregirse explicándoles la veneración o culto de los santos en la Iglesia y cómo alguien se convierte en santo.

También se puede explicar cómo un santo es honrado después de su muerte, aclarando que no es adorado, sino venerado u honrado. En este punto, el misionero puede explicar las diferencias entre las terminologías (veneración, adoración) y cómo se canoniza un santo en la Iglesia Ortodoxa, después de ser reconocido como tal en la conciencia del pueblo…

Los antiguos africanos también conservaban y veneraban los objetos dejados por sus antepasados y los utilizaban como tótems o amuletos, creyendo que poseían algún poder.

En cambio, en la santa Parádosis Tradición Ortodoxa los cristianos honran las reliquias de los santos y sus objetos personales, sin atribuirles poderes mágicos, sino creyendo que participan y transmiten la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios, que el santo poseía abundantemente en vida. Además, un santo es «universal», es ecuménico, es decir, pertenece a toda la Iglesia, no exclusivamente a su tierra, familia o tribu.

Todos estos aspectos de la vida y fe ancestral africana pueden constituir puntos de partida muy útiles para la enseñanza de las verdades cristianas de la fe Ortodoxa.

  1. Segundo ejemplo. En la antigüedad, antes de la difusión del cristianismo, existía entre los africanos —tras el nacimiento de un niño— una ceremonia llamada «ceremonia de nombramiento». Hasta recibir un nombre, el niño no era considerado plenamente persona. Con el nombre adquiría personalidad.

A partir de aquí, podemos desarrollar y explicar en profundidad el significado del bautismo cristiano y del nombre que uno recibe en ese momento. Se trata de un nombre que trasciende la realidad terrenal, porque está inscrito en el Libro de la Vida.

Para Cristo, la inscripción del nombre del creyente en el Libro de la Vida, que tiene lugar en el bautismo de cada persona, es mucho más importante que la expulsión de demonios: «No os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en los cielos» (Lc. 10, 20).

Aquí, el misionero ortodoxo puede avanzar en su reflexión teológica y hablar a los oyentes locales sobre el Nombre de Jesús, que está por encima de todo nombre: «y, estando en su condición y forma de hombre simple, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, sin dejar ni un momento de ser también Dios perfecto. Por ello Dios le glorificó y le exaltó a lo sumo y como hombre le otorgó el nombre Kirios-Señor Jesús Cristo, que está por encima de cualquier otro nombre en la tierra y en el cielo, para que al nombre de Jesús doblen su rodilla los ángeles del cielo, los hombres de la tierra y hasta los malignos espíritus del abismo, y toda lengua confiese Jesús Cristo Kirios-Señor para doxa-gloria de Dios Padre» (Fil. 2, 8-11).

Y desde ahí hablarles, naturalmente, del poder del Nombre de Jesús y de la invocación del Nombre de Jesús en la oración: «Señor Jesús Cristo, Hijo de Dios, ten misericordia o compadécete de mí», que es herencia del cristianismo y síntesis de toda la fe ortodoxa.

  1. Tercer ejemplo. La convicción de la presencia de Dios junto a nosotros, como Ser supremo, estaba profundamente arraigada entre los africanos incluso antes del Cristianismo. No conocían a Cristo, ni sabían la verdad fundamental de la fe cristiana: que el Dios supremo se hizo plenamente hombre para nuestra salvación y permaneció también lo que era: plenamente Dios.

Los antiguos africanos eran mucho más teocéntricos que antropocéntricos (humanocéntricos) en sus costumbres ancestrales. Cuando un africano emprendía un viaje, no se le decía «buen viaje», sino «que Dios te conceda un buen viaje», o «que los antepasados te den un buen viaje». Incluso al comer, no se decía «buen provecho», sino «que Dios te dé salud». Siempre pensaban que el buen viaje o la buena comida no eran fruto del esfuerzo humano, sino de la benevolencia de los antepasados o del poder invisible del Ser Supremo.

Además, querían que su Dios fuese como ellos. Muchas veces preguntaban a los misioneros:

«¿Ese Cristo del que nos hablan sabe cazar? ¡Porque solo les oímos hablar de pesca en el lago de Tiberíades!»

Querían un Cristo que supiera cazar animales en el bosque.

Esta realidad tuvo como consecuencia que, en varias traducciones de la Biblia protestante a diversas lenguas del Congo, se vertiera que Cristo dijo a Pedro y a los demás discípulos: «síganme y los haré cazadores de hombres», aunque el texto original dice: «los haré pescadores de hombres».

Aquí vemos su deseo de que Dios se parezca a ellos, y cómo su fe se ve influida por este deseo, llevándolos a un Dios «como ellos». Esta es una constatación evidente de la existencia del «Logos espermático» entre nuestros hermanos, porque en realidad Cristo vino al mundo semejante a nosotros, excepto en el pecado, y habitó entre nosotros:

«Y el Logos se hizo hombre de manera sobrenatural y plantó su tienda o acampó entre nosotros y nosotros hemos contemplado su δόξα doxa (gloria, luz increada) como de unigénito de la misma naturaleza del Padre, pleno de Χάρις Jaris (Gracia energía increada) y de Verdad» (Jn. 1, 14).

  1. Cuarto ejemplo. Otro ejemplo, esta vez en el ámbito litúrgico.

Las fiestas entre los antiguos africanos siempre comenzaban por la tarde, con los preparativos en el lugar de reunión o en las chozas de culto, y culminaban al día siguiente, desde la mañana hasta el mediodía.

La tarde anterior era la preparación de la fiesta; la mañana siguiente era el día principal de la celebración. Por eso, los africanos de hoy no tienen dificultad en comprender por qué celebramos las vísperas, que son en esencia la preparación para una fiesta del Señor, de la Madre de Dios o de un santo en la Ortodoxia.

  1. Quinto ejemplo. Incluso los practicantes de la magia en la antigüedad, cuando no lograban dañar a alguien con sus artes, decían: «Dios no lo quiso».

Aquí viene Cristo a completar esta idea diciendo a los creyentes: «¿No se venden cinco pajarillos por dos cuartos (unos 15 céntimos)? Con todo, ni uno de ellos está olvidado delante de los ojos de Dios. Pues aún los cabellos de vuestra cabeza están todos contados, quien observa y conoce hasta los más mínimos detalles de vuestra vida. No temáis, pues, más valéis vosotros que muchos pajarillos» (Lc. 12, 6-7). Y también: «Y seréis odiados de todos por mi nombre, pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá, sin que Dios lo permita, y esto sólo por vuestro beneficio espiritual y la propagación del Evangelio» (Lc. 21, 17-18).

El conocimiento (gnosis) que tenían los antiguos africanos sobre Dios estaba muy mezclado con la fe en el poder de sus antepasados, el poder de la magia o con sus supersticiones.

  1. También daban gran honor a las virtudes. Una mujer debía ser previsora. Por ejemplo, no debía salir de noche para pedir sal al vecino. Tenía que hacerlo durante el día. Si salía por la noche y encontraba un gato negro, sufriría un gran mal. No tendría la protección de sus antepasados.

Esta actitud puede aprovecharse ampliamente en el cristianismo, hablando de nuestra obligación de ser siempre prudentes y coherentes en nuestra vida espiritual, y puede servir además como pedagogía para la ama de casa: ser trabajadora y previsora como madre y esposa.

  1. Por último, existe algo que recuerda a la parábola de las diez vírgenes (Mt 25, 1-12). Nuestros antepasados valoraban especialmente la virginidad. Pero solo se entendía respecto a la mujer, aunque el cristianismo la considera para ambos sexos, hombre y mujer.

Puesto que según las costumbres locales es el hombre quien entrega la dote por la joven, una joven virgen daba derecho a pedir una dote mucho mayor que aquella que correspondía a una que no era virgen.

Este hecho tenía también un carácter educativo (es decir, era una enseñanza moral práctica) para las demás niñas que aún eran menores.

En el cristianismo, como es sabido, quienes guardan la virginidad son honrados, siempre y cuando lo hagan por la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de los Cielos.

Tienen además la obligación de unir la virginidad con la caridad, de ser prudentes, sabias, de mantener siempre encendida su lámpara y de velar esperando el encuentro con su Esposo, Cristo, que «es la luz que ilumina a todo hombre que viene al mundo», a Quien corresponde toda doxa-gloria, honor y adoración, junto con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén. ( (ver también sobre el mismo tema: https://logosortodoxo.es/navidad/logos-espermatico-de-la-venida-de-cristo/)

Fuente: https://www.romfea.gr/katigories/10-apopseis/71576-o-spermatikos-logos-ston-xoro-tis-orthodoksis-ierapostolis-stin-afriki

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

 

Sobre el ayuno

Sobre el ayuno

En la luz de los cuarenta días

Hemos entrado, en Cristo, hermanos y hermanas, en los 40 días de ayuno por el Amor de nuestro Cristo, por el Nacimiento del Dios-Hombre y Redentor y Salvador, del Crucificado, del que padeció, fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras, de nuestro Señor Jesús Cristo, del Logos Encarnado y Segunda Persona de la Santa Trinidad.

Mateo 4,4: “Pero Él, respondiendo, dijo: Escrito está en las Santas Escrituras: no sólo de pan vivirá el hombre, sino de todo logos, dicho que sale de la boca de Dios, es decir, cuando Dios quiera y lo diga, el hombre vive también sin comida.

Mateo 17,21: “Esta clase de demonios no se expulsa con nada más que con oración y ayuno.”

Romanos 14,17: “porque el reinado de la realeza increada de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo que las regala.”

Juan 6,51: «YoSoY el pan vivo que descendió del cielo; si uno come de este pan vivirá para siempre; y el pan que yo les daré es mi sarx cuerpo y sangre, que yo ofreceré como sacrificio para la vida y la salvación del mundo». [51. «YoSoY el pan vivo, el que ha bajado del cielo, en mi interior tengo la vida que también la transmito a los demás; el que come de este pan vivirá eternamente. Y el pan que yo daré para que comulguen y se alimenten los fieles, es mi naturaleza humana o mi sarx (cuerpo y sangre) que la ofreceré como sacrificio para el despertar espiritual, la psicoterapia, terapia, redención y salvación de todo el mundo».]

Ayuno, Vigilia, Oración: ¡recibiendo dones celestiales!

Santiago 1,17: “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces increadas y creadas, en el cual no hay cambio, ni sombra de variación.”

Ayunen, hijos míos; no escuchen a quienes dicen que el ayuno no es nada y que esas cosas las dicen los monjes.
No lo dicen los monjes, hijos míos, perdónenme: ¡lo dice Dios!
El primer mandamiento de Dios fue el ayuno, y también Cristo ayunó.
Y los demonios, y las enfermedades, y todas las pasiones, con el ayuno y la oración son expulsados. ~ San Jacobo (Iákovos) Tsalikis

❈El ayuno es también cuestión de Fe. ~ San Porfirio de Kavsokalivita

❈Pero si queremos que nuestro ayuno sea verdadero ante Dios, así como ayunamos de los alimentos, así debemos abstenernos también de toda otra falta y pecado espiritual y corporal. ~ San Teodoro el Estudita, el Gran Confesor

❈Si el ayuno no fuera nada, como muchos sostienen, ¿por qué entonces ayunó Cristo 40 días y 40 noches en el desierto?
Cristo no tenía necesidad de ayunar, pero dio ejemplo para nosotros, para mostrarnos que también nosotros debemos ayunar y que el camino hacia el Paraíso pasa por el ayuno, cosa que no cumplieron los Primeros en ser Creados.

Quien ayuna, restringe las causas de sus tentaciones; quien no ayuna, las aumenta, con el resultado de caer más fácilmente en el pecado.

El hombre debe ayunar con agrado y no hacer el ayuno a regañadientes, pues de lo contrario ese ayuno, ante los ojos de Dios, es como comida quemada. ~ Dimitrios Panagópulos, el Predicador†

❈El ayuno es el contrapeso de la desobediencia de los primeros en ser creados, cuyo núcleo es la obediencia.

Los primeros en ser creados no guardaron el mandamiento del ayuno, desobedeciendo. ~ P. Atanasios Mitilineos† (https://logosortodoxo.es/preguntas-y-respuestas-mitilineos/sobre-el-ayuno-salud-fisica-psiquica-y-espiritual-a-mitilineos/)

❈¡El ayuno engendra profetas!
¡Fortalece a los fuertes!
¡Hace sabios a los legisladores!
¡Arma a los héroes!
¡Entrena a los atletas!
¡Rechaza las tentaciones!
¡Convive con la sobriedad y la pureza!
¡En las guerras hace proezas y en tiempo de paz enseña la quietud!
¡Santifica a los consagrados y perfecciona a los sacerdotes!
¡Nadie puede acercarse al Altar y celebrar la Divina Liturgia sin haber ayunado antes! ~ San Basilio el Grande

❈Todos los libros patrísticos hablan sobre el ayuno… Los Padres insisten en que no comamos alimentos difíciles de digerir o grasos y pesados, porque hacen daño al cuerpo y también a la psique-alma.

Dicen que el corderito come las hierbas de la tierra y es tan apacible…
¿Ves que dicen “manso como oveja”?
En cambio el perro, el gato y todos los carnívoros son animales salvajes…
La carne hace daño al hombre…
Son buenos los vegetales, las frutas, etc.

Por eso los Padres hablan de ayuno y condenan la glotonería y el placer que siente uno con los alimentos ricos.
¡Que sean más sencillos nuestros alimentos!
¡Que no nos ocupemos tanto de ellos!

No es la comida ni las buenas condiciones de vida las que aseguran la buena salud…
Es la vida santa, la vida de Cristo.

Sé de ascetas que ayunaban mucho y no tenían ninguna enfermedad…
Nadie corre riesgo de sufrir algo por el ayuno.
Nadie ha enfermado por el ayuno.
Más bien enferman quienes comen carnes, huevos y lácteos que quienes son frugales.
Esto está comprobado…
Incluso la ciencia médica ahora lo recomienda.

Los que ayunan, ayunan y no sufren nada; es más, ¡se curan de enfermedades!

Pero para hacer estas cosas, deben tener Fe; de lo contrario, les entra ansia de comer…
El ayuno es también cuestión de Fe.

No les hará daño si digieren bien su comida…
Los ascetas transforman el aire en albúmina y el ayuno no les perjudica.
Cuando tienen έρως (eros: amor ardiente) hacia lo Divino, pueden ayunar con alegría y todo es fácil; de lo contrario, todo les parece una montaña.

Quienes dieron su corazón a Cristo y con amor ferviente decían la oración, dominaron y vencieron la gula y la falta de templanza, autodominio.

 

Reflexiones Meteoritas (santos Monasterios Meteoros) sobre ayuno

“La Luz de los Cuarenta Días” del Archimandrita Varlaam Meteorita

❈Amaneció el 15 de noviembre y las campanas sonaban melodiosamente en el pueblo.
El anciano Iosif abrió la Iglesia antes del alba, como hacía cada año para la primera Liturgia de los Cuarenta Días.

Dentro del templo, la lámpara temblaba suavemente.
El anciano recordó las palabras de su maestro:
«La Cuaresma, hijo mío, no es privación. Es espera, es preparación del corazón para el gran misterio».

Poco a poco, los aldeanos comenzaron a llegar.
Primero la pequeña Elena con su abuela, llevando una pequeña vela.
Luego Manolis el pescador, el maestro, los jóvenes, los ancianos.

«¡Buena Cuaresma!», se susurraban unos a otros, y en sus ojos brillaba algo sagrado.

Comenzaban cuarenta días de lucha espiritual.
Cuarenta amaneceres con oración.
Cuarenta noches con ayuno, metania y arrepentimiento.
Todo para recibir a Aquel que viene: el Divino Niño en el pesebre.

Enseñanza moral:

La lucha espiritual no es una carga, sino alas para la psique-alma.
Cuando el corazón se prepara con ayuno y oración, la Navidad se convierte en un verdadero nacimiento de la luz (divina, increada) dentro de nosotros.

 

❈Con la entrada de la Cuaresma de Navidad, la psique-alma es llamada a permanecer con cierta vergüenza interior, como si contemplara una luz más intensa de lo que puede soportar. No se trata de ruido ni de sentimientos simpáticos, sino de ese suave golpe de la χάρις (jaris: gracia, energía increada) que impulsa a la vigilancia y a la metania (cambio de mentalidad, conversión, introspección y confesión). Porque, como dicen los Padres, “empezar la obra buena exige honestidad, mansedumbre y humildad”. Y el inicio de todo esfuerzo espiritual se acompaña de titubeo, duda o vacilación; señal no de debilidad, sino de conciencia de nuestra enfermedad.

Esta Cuaresma, más tranquila y fragante precursor de la gran fiesta del Señor, nos exhorta no a la severidad del ejercicio externo, sino a la práctica más profunda de la catarsis del corazón. Cristo, que va a nacer “en un pesebre y cueva de animales”, pide de nosotros un espacio en la psique-alma, un espacio limpio y pacífico. Y ese espacio se abre no con gritos, sino con humilde oración, con silenciosa paciencia, con moderada templanza y continencia.

El hombre, sin embargo, teme comenzar. Ve sus defectos, su descuido, la debilidad de su conducta y ánimo. “¿Qué puedo ofrecer al Nacido?” se pregunta. Los Padres responden simplemente: ofrece tu libre buena voluntad o predisposición. No la perfección, sino la disposición. Porque Dios no pide logros de nosotros, sino un corazón quebrantado y humillado. Así incluso el pequeño esfuerzo, la escasa oración, el trabajo de un ayuno moderado, la abstención de una palabra amarga, se vuelven aceptables ante Dios, cuando se acompañan de sinceridad.

Esta Cuaresma nos enseña a suavizar el corazón endurecido y rectificar conductas enfermas. A dejar que entre un poco de χάρις donde anida la egolatría, el egoísmo. A reconciliarnos con el hermano. A vencer la oposición o contradicción. A regresar al silencio interior. Y todo esto con discreción, sin excesos, sin fingimiento, sin exigencias espirituales hacia nosotros mismos que generen orgullo y luego caída.

Cristo no nos pide que lleguemos perfectos al pesebre. Viene para completar Él aquello que nosotros dejamos incompleto. Viene como niño pequeño, para enseñarnos la simplicidad; como pobre, para enseñarnos el desprendimiento; como silencioso, para enseñarnos la fuerza de la paz interior. Y si nosotros lo recibimos con un poco de humildad, Él añadirá el exceso de Su χάρις jaris.

Entremos, pues, en la Cuaresma de Navidad con atención, con recato y con la conciencia de que el camino de la salvación no se abre con nuestras propias fuerzas, sino con la misericordia de Dios. Y si logramos algo, que sea esto: abrir un poco nuestro corazón, para que se encuentre un espacio para el Venidero o El que Viene. Amín.

 

❈En el pequeño puerto, el viejo Kostas tejía sus redes con devoción. Hoy, 14 de noviembre, fiesta de San Felipe el Apóstol, era el último día en que se comía pescado.

“Mañana —murmuró para sí mismo— comienza la Cuaresma de Navidad.”

Por la noche, su esposa cocinó una lubina que olía a mar y limón. Mientras la servía en el plato, su pequeña nieta preguntó: “Abuelo, ¿por qué no comeremos pescado a partir de mañana?”

El viejo Kostas acarició su cabecita. “Mira, hija mía, el ayuno es como preparar la casa para un gran invitado. Limpiamos nuestra alma para recibir a Cristo.”

Miró el pescado en su plato —un regalo del mar, bendición de San Felipe. Mañana comenzaría la preparación, silenciosa y dulce, como la primera nieve que cae sobre las montañas.

Enseñanza Moral:

El ayuno no es privación, sino preparación. Limpiamos nuestra alma para hacerla digna de recibir la luz del Nacimiento.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

Memoria de San Mateo el Evangelista – Interpretación del pasaje evangélico, San Juan Crisóstomo

Memoria de San Mateo el Evangelista – Interpretación del pasaje evangélico

San Juan Crisóstomo

 

Apolytikion Tono 3º. “De la fe divina”.

De la voz divina del Logos escuchaste,
y recibiste la luz de la fe,
abandonando el vínculo del telonio;
por eso anunciaste, oh Mateo Apóstol,
la inefable kénosis de Cristo.
Y ahora intercede
para que a quienes te honran
se les conceda el perdón de las faltas
y gran misericordia.

Ἀπολυτίκιον Ἦχος γ’. Θείας πίστεως.

Θείας ἤκουσας, φωνῆς τοῦ Λόγου, καὶ τῆς πίστεως, τὸ φῶς ἐδέξω, καταλείψας τελωνείου τὸν σύνδεσμον ὅθεν Χριστοῦ τὴν ἀπόρρητον κένωσιν, εὐηγγελίσω Ματθαῖε Ἀπόστολε. Καὶ νῦν πρέσβευε, δοθήναι τοὶς σὲ γεραίρουσι, πταισμάτων ἱλασμὸν καὶ μέγα ἔλεος.

 

“Pasando de allí, Jesús vio a un hombre sentado en su despacho de los tributos de aduana, llamado Mateo, y le dice: Sígueme. Y Mateo levantándose, lo siguió inmediatamente. Y aconteció que estando Él sentado a la mesa en la casa, he aquí que muchos publicanos y pecadores llegaron y se sentaron a la mesa con Jesús y sus discípulos. «Y al pasar Jesús de allí, vio a un hombre sentado en el puesto de los impuestos, llamado Mateo, y le dijo: “Sígueme” [Mt 9,9-10]. (El hecho de que el Señor psicoterapiaba y sanaba también las piques-almas lo mostró nuevamente poco después. Pues, cuando se marchó de allí y pasaba cerca del lago, vio Jesús a un hombre que estaba sentado en la mesa de recaudación de impuestos, el cual se llamaba Mateo. Y a ese publicano le dice Jesús: “Sígueme”)

Así pues, después de realizar el milagro de la curación del paralítico, no permaneció más tiempo en aquel lugar, para no aumentar la envidia de Sus enemigos que lo veían allí, sino que, por consideración hacia ellos, se retiró, calmando con esta acción su pasión de odio. En efecto, también nosotros hacemos lo mismo cuando evitamos el trato con quienes nos son hostiles y mitigamos su tristeza con nuestras concesiones, reduciendo así la intensidad de su pena.

Pero, ¿por qué motivo no llamó también a este hombre (a Mateo) junto con Pedro y Juan? Del mismo modo que entonces fue allí y los llamó solo cuando vio que aceptarían bien Su invitación, así también llamó a Mateo cuando tuvo plena certeza de que lo seguiría. Por esta misma razón también atrajo a Pablo después de Su Resurrección. Porque Aquel que conoce bien los corazones de los hombres, y también las intenciones ocultas de cada uno, sabía cuándo cada uno de ellos aceptaría Su llamada, invitación. Por eso no lo llamó al principio, cuando su disposición hacia Él era aún dura, sino después de la multitud de milagros que había realizado y cuando la fama de Su nombre se había extendido ampliamente; así sabía que obedecería con mayor facilidad a su invitación.

Y merece admiración la filosofía y nobleza del evangelista, porque no oculta su vida anterior, sino que incluso menciona su propio nombre, mientras que los otros evangelistas lo encubren utilizando otra denominación.

¿Por qué dijo que estaba sentado “en el telónio puesto de los impuestos”? Lo dijo con el fin de mostrar el poder de Aquel que lo llamó, es decir, que no había abandonado aún esa ocupación injusta, ni se había apartado de esa mala práctica, sino que fue arrancado de en medio de esos mismos males. De modo semejante, también al bienaventurado Pablo le cambió el curso de su vida en el mismo momento en que estaba desatando su furor y su ira, lanzando su fuego contra los cristianos. Así también Pablo, invocando esto como prueba del poder de Jesús que lo llamó, escribe en su carta a los Gálatas: «Porque habéis oído acerca de mi conducta anterior en el judaísmo: que perseguía con exceso a la Iglesia de Dios y trataba de destruirla» (Y el hecho de que el Evangelio me fue transmitido por apocálipsis-revelación sobrenatural del mismo Dios, se prueba por mi conducta pasada; porque ciertamente habéis oído de la manera en que me comportaba antes, cuando seguía la ley y las costumbres de los judíos; habéis oído que perseguía con exceso a la Iglesia de Dios y procuraba destruirla) [Gál 1,13].

También a los pescadores los llamó al grupo de Sus discípulos en el momento mismo en que estaban trabajando. Pero la profesión de aquellos (la pesca) era un tipo de oficio que no deshonraba, sino que era el trabajo de hombres sencillos del campo, puros y de gran candidez que vivían al pueblo; mientras que esta otra (la profesión del publicano; los publicanos en Judea trabajaban para los romanos. Tenían muy mala reputación porque cobraban más de lo que establecía la ley y se enriquecían a costa del pueblo; por eso eran considerados pecadores y marginados sociales) era una ocupación llena de desvergüenza y audacia, sin justificación razonable alguna, y un comercio rebosante de insolencia, así como un robo cubierto exteriormente por la apariencia de legalidad.

Sin embargo, Aquel que lo llamó no sintió vergüenza de nada de esto. Pero, ¿por qué me sorprendo de que no sintió vergüenza al llamar como discípulo a un publicano? En realidad, ni siquiera sintió vergüenza de llamar a una mujer pecadora, a la que no solo le dio el derecho de besar sus pies, sino también de mojarlos con sus lágrimas. Porque, en efecto, por este motivo vino al mundo: no solo para curar los cuerpos, sino también para liberar la psique-alma de la maldad. Lo que hizo también en el caso del paralítico. Pues, después de haber demostrado claramente que tiene la autoridad de perdonar los pecados, se acercó al publicano, para que ya no sorprendiera a nadie ver al publicano incluido entre los discípulos de Jesús. Pero, ¿por qué te sorprendes si incluso a él lo convierte en uno de sus apóstoles, Él que tiene el poder de perdonar todos los pecados?

Pero, así como has visto el poder de Aquel que lo llamó, observa también la obediencia de quien fue llamado. Porque no puso objeciones, ni le dijo con duda: “¿Qué significa esto? ¿Acaso me llamas a mí, siendo yo un hombre de tal clase, con un propósito dudoso?”, ya que una tal humildad habría sido inapropiada en ese momento. Sino que inmediatamente aceptó la invitación y no pidió ir a su casa a anunciarlo a sus familiares, como tampoco lo hicieron los pescadores. Y así como ellos abandonaron las redes, el barco y a su padre, de la misma manera él, después de dejar el puesto de recaudación de impuestos y la ganancia que obtenía de ello, siguió a Jesús, demostrando que su disposición estaba preparada para todo. Y, habiendo apartado inmediatamente su mente de todas las preocupaciones de la vida, confirmó con su total obediencia la invitación de Jesús en el momento apropiado.

¿Y por qué, podrías preguntar, no nos describió la llamada de los demás discípulos, cómo y de qué manera fueron llamados por el Señor, sino que simplemente describió la llamada de Pedro [cf. Mt 4,18-20: «Mientras caminaba junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano, echando al mar una red, pues eran pescadores, y les dijo: ‘Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres’»], de Santiago, de Juan [cf. Mt 4,21-22: «Y pasando de allí vio a otros dos hermanos, a Jacobo hijo de Zebedeo, y a Juan su hermano, en la barca con su padre Zebedeo, que remendaban las redes; y los llamó. Y ellos, dejando al instante la barca y a su padre, le siguieron»], y de Felipe [cf. Jn 1,44: «Al día siguiente Jesús decidió salir hacia Galilea, y encontró a Felipe, y le dijo: ‘Sígueme’»], pero no se mencionan los demás.

Porque ellos se dedicaban principalmente a los oficios más humildes y despreciables. En efecto, no hay nada más bajo que el trabajo de un publicano, ni más insignificante que el oficio de los pescadores. Que incluso Felipe era de una familia muy humilde lo demuestra su lugar de origen [cf. Jn 1,45: «Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y Pedro»].

Por esta razón, los evangelistas nos describen principalmente a estos, junto con sus oficios, con el propósito de hacernos entender que debemos creerles incluso cuando nos narran hechos sorprendentes. Porque aquellos que consideraron apropiado no omitir nada de lo que se consideraba deshonroso, sino que antes que todo nos describen esto con total precisión, tanto en lo que se refiere a su Maestro como a sus discípulos, ¿cómo podrían ser considerados sospechosos al describir hechos sobrenaturales? Y más aún, cuando omiten muchos eventos y milagros, pero revelan con gran claridad y exactitud los Pasos de Cristo en la cruz, que eran considerados deshonrosos, así como cuando exponen de manera brillante los oficios y defectos de los discípulos y los antepasados de su Maestro, ¿cuyas faltas todos conocían? Por tanto, es evidente que narraban los hechos con absoluta verdad, sin escribir nada por interés de algún otro, ni por ostentación alguna.

Así pues, después de llamarlo, lo honró con un honor grandísimo sentándose inmediatamente a la mesa con él; porque de esta manera lo hizo tener esperanza de bienes para el futuro y le infundió aún más confianza y ánimo. Pues le curó su maldad de inmediato y no tras un largo tiempo. Y no se sentó a la mesa solo con él, sino junto con muchos otros, aunque esta acción se consideraba un delito, dado que no rechazó a los pecadores. Pero ni siquiera esto ocultan los evangelistas, mientras que los enemigos del Señor intentan acusarlo por estas acciones suyas.

Se reunieron también los telonis (aduaneros, publicanos) en la casa de Mateo, porque tenían el mismo oficio que él; pues él, lleno de orgullo y alegría por la venida de Cristo a su casa, los invitó a todos. Porque Cristo empleaba todo tipo de métodos de psicoterapias y sanaciones, no solo cuando enseñaba, ni solo cuando curaba, ni cuando reprendía a sus enemigos, sino incluso comiendo corregía a muchos de los malvados. Con todas estas cosas nos enseña que cada momento y cada acción pueden proporcionarnos provecho espiritual.

Aunque los manjares que en aquel tiempo se servían en la mesa procedían de injusticias y de avaricias, Cristo no rehusó participar, porque sabía que de allí iba a resultar un gran beneficio; y por eso entra en aquella casa y se sienta a la misma mesa con quienes habían cometido tales injusticias. Así debe ser el médico: porque si no puede soportar la suciedad de los enfermos, no puede librarlos de su enfermedad. Y por esta acción adquirió una mala reputación: tanto por haber comido con él, y como aquello tuvo lugar en su casa, y también por haber comido con muchos otros publicanos. Observa, pues, a sus enemigos, que lo acusaban por esta obra Suya: “Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: He aquí un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y pecadores” (Mt 11,19).

Que lo oigan esto aquellos que intentan, con su ayuno, adquirir gran fama para sí mismos, y entiendan que nuestro Señor fue llamado “comilón y bebedor”, y no se avergonzó por ello, sino que pasaba por alto todas esas acusaciones para alcanzar Su propósito; lo cual, en efecto, sucedió. Porque el telonis (aduanero, publicano) volvió a la metania, se arrepintió y se hizo mejor. Y para que entiendas que esta acción suya —comer con él— produjo gran provecho, escucha lo que dice Zaqueo, que también era telonis (aduanero, publicano). Porque, cuando oyó a Cristo decir: “Zaqueo, baja pronto, porque hoy debo hospedarme en tu casa” (Lc 19,5), lleno de alegría exclamó: “He aquí, Señor, la mitad de mis bienes la doy a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devuelvo cuatro veces más” [Lc 19,8] “(He aquí, Señor, la mitad de mis bienes la doy en limosna a los pobres, y si acaso, como recaudador de impuestos, utilicé calumnias, falsas denuncias o informes para perjudicar a alguien en algo, se lo devuelvo cuadruplicado)”. Entonces Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, por cuanto también él es hijo de Abraham” [Lc 19,9], (Jesús se volvió hacia él y dijo: ‘Hoy, con mi visita a esta casa, ha venido la salvación tanto para el dueño como para los suyos. Y era necesario que se salvara también este jefe de publicanos, porque él también es hijo y descendiente de Abraham, igual que vosotros que protestáis. También a él, por tanto, Dios le dio la promesa de la salvación). Así debe uno enseñar mediante todas sus acciones.

Pero, ¿cómo sucede entonces?, dirá alguno, cuando Pablo en 1 Co 5,11 manda: “Lo que os decía es que no trataseis con el que presume de cristiano y es lujurioso, avaro, idólatra, calumniador, borracho o ladrón; con este tipo de hermano no debéis comer juntos.”

Ciertamente lo dice; pero no queda claro si lo ordena también a los maestros, y no solo a los hermanos cristianos. Además, aquellos aún no eran espiritualmente perfectos ni contaban todavía entre los hermanos. Y además Pablo manda evitar incluso a los que ya eran cristianos, si persistían voluntariamente en pecar. Estos, sin embargo, habían dejado de pecar y se habían transformado por completo.

Pero nada de esto logró que los fariseos se corrigieran; al contrario, acusaban a los discípulos diciendo: “¿Por qué come vuestro Maestro con publicanos y pecadores?”. Y cuando creían que los discípulos pecaban, acusaban otra vez al Maestro diciendo: “Mira, tus discípulos hacen lo que no está permitido en sábado” (Mt 12,2); mientras que en este caso difamaban al Maestro ante sus discípulos. Todas estas eran acciones propias de criminales, que intentaban separar del Maestro al grupo de los discípulos.

¿Y qué les responde la infinita Sabiduría? “No tienen necesidad” —les dice— “los sanos de médico, sino los que están enfermos” (Mt 9,12). Observa cómo transforma su acusación y le da un sentido contrario. Porque ellos consideraban un delito el que Él tratara con personas de ese tipo, mientras que Él afirma, por el contrario, que lo que no Le conviene —ni a Él ni a Su filantropía— es no relacionarse con personas de esta clase; y que no solo no es un delito corregir a hombres de ese tipo, sino que es algo de máxima importancia, que debe hacerse y que es digno de muchos elogios.

A continuación, para que no parezca que ofende a los invitados al decir: “ellos están enfermos”, observa cómo nuevamente suaviza esta expresión, reprendiendo a aquellos y diciendo: “Id, pues, y aprended qué significa: ‘Misericordia quiero y no sacrificio’. Id, por tanto, a aprender qué significa aquello que dijo el profeta Oseas: “Quiero misericordia y compasión, y no sacrificio exterior que no está animado por una disposición interior buena y compasiva” (Mt 9,13; cf. Os 6,6) (:Porque quiero misericordia y compasión, y no un sacrificio externo y meramente ritual, que no esté animado por una buena disposición interior y por la misericordia. Quiero un conocimiento exacto de Dios y de Su voluntad, más que los sacrificios de holocaustos). Esto lo decía reprendiendo su ignorancia de las Escrituras.

Por esta razón emplea un lenguaje más severo, no porque se irrite —¡de ningún modo!—, sino para reducirlos a total desconcierto. Aunque, ciertamente, habría podido decirles: “¿No comprendisteis cómo perdoné los pecados del paralítico? ¿Cómo curé su cuerpo paralizado?”. Sin embargo, no dice nada de esto, sino que primero dialoga con ellos recurriendo a argumentos comunes y después utiliza testimonios de la Escritura. Porque, después de decir: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos”, y de revelarles veladamente que Él es el Médico, entonces añade: “Id y aprended qué significa ‘Quiero amor activo y no sacrificio exterior’”.

De la misma manera actúa también Pablo. Primero, en efecto, recurre a ejemplos comunes y dice: “¿Quién apacienta un rebaño y no se alimenta de la leche del rebaño?” (1 Co 9,7). Luego añade ejemplos tomados de las Escrituras, diciendo: “Porque en la Ley de Moisés está escrito: ‘No pondrás bozal al buey que trilla’” (1 Co 9,9). Y de nuevo: “Así también el Señor ahora ordenó que los que anuncian el evangelio vivan del evangelio” (:Así pues, como Dios lo dispuso entonces, del mismo modo ahora el Señor ha establecido que quienes predican el Evangelio vivan del apoyo y de las contribuciones de todos aquellos que escuchan la predicación evangélica (1 Co 9,14).

En cambio, hacia Sus discípulos, el Señor no habla del mismo modo que habla a Sus enemigos, sino que les recuerda los milagros, diciéndoles: “¿Aún no entendéis ni recordáis los cinco panes de los cinco mil y cuántas cestas recogisteis?” (Mt 16,9).

Pero hacia Sus enemigos no habla así, sino que, al contrario, les recuerda la común debilidad humana y les demuestra que también ellos están enfermos; pues no conocieron bien las Escrituras y, descuidando todas las demás virtudes, ponían todo el peso en los sacrificios. Al insinuar esto mientras les habla, sintetiza brevemente lo proclamado por todos los profetas diciendo: “Aprended el significado de ‘misericordia quiero y no sacrificio’”. Porque con estas palabras demuestra que no es Él quien transgrede, sino ellos mismos; como si dijera: “¿Por qué me acusáis? ¿Porque quito los pecados de los pecadores? Entonces también acusad al Padre por lo mismo”.

Esto mismo mostró también en otra ocasión, cuando dijo: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo también trabajo” (Jn 5,17); (:Mi Padre Dios trabaja hasta ahora continuamente y sin interrupción; porque no solo creó, sino que también gobierna el mundo y provee para él. Y Yo, por lo tanto, su Hijo, trabajo continuamente como mi Padre, sin interrumpir mi obra salvadora en los días de sábado) [Jn. 5,17]; y en este caso vuelve a decir: «Id, pues, y aprended qué significa: “Misericordia quiero y no sacrificio (:Id, pues, a aprender qué significa aquello que dijo el profeta Oseas: ‘Quiero misericordia y compasión, y no un sacrificio exterior que no esté animado por una buena disposición interior y por la misericordia’)”». «Porque así exactamente —dice— como el Padre quiere esto, así también lo quiero Yo». ¿Comprendes que aquellas cosas son superfluas, mientras que estas son necesarias? Porque no dijo: «quiero misericordia y sacrificio», sino: «quiero misericordia y no sacrificio». Pues aprobó lo uno, pero rechazó lo otro, y demostró que no solo no es prohibido aquello por lo cual lo acusaban, sino que además se enseña en la Ley y es incluso superior al sacrificio. Es decir, presenta también al Antiguo Testamento como concordante con lo que Él dice y como conteniendo estas enseñanzas en su propia legislación.

Después, pues, de reprenderlos con testimonios basados en ejemplos comunes y en las Escrituras, añade nuevamente: “Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, a conversión o a la metania (Mt 9,13). Y se los dice como si los estuviera ironizando, del mismo modo que dice: “He aquí que Adán se ha convertido en uno de nosotros” (Gn 3,22), y también: “Si tuviera hambre, no te diría que me des de comer, porque mía es la tierra y todo lo que ella contiene” (Sal 49,12). Porque el hecho de que no había ningún justo sobre la tierra lo declaró Pablo con estas palabras: «Porque todos han pecado y están privados de la doxa-gloria de Dios» [Rom. 3,23]. Con esto, además, consoló también a aquellos que habían sido llamados allí. «Pues», dice, «tan lejos estoy de sentir aversión por los pecadores; además, solo por ellos he venido al mundo». Luego, para que no se volvieran más negligentes al oír que dijo «pecadores», no guardó silencio, sino que añadió: «para μετάνοια metania». «Porque no he venido al mundo para que permanezcan pecadores, sino para que vuelvan a la metania, se arrepientan y se hagan mejores». Amín

PARA GLORIA DEL DIOS TRINITARIO
Edición del texto: Eleni Linardaki, filóloga FUENTES: · https://greekdownloads3.files.wordpress.com/2014/08/in-matthaeum.pdf · Juan Crisóstomo, Obras Completas, Comentario al Evangelio según Mateo, Homilía XXX (fragmentos seleccionados), ediciones “Gregorio Palamás”, Editorial “El Bizancio”, Tesalónica 1978, vol. 10, pp. 298–315.

Traducido por: χΧ jJ  https://logosortodoxo.es/

 

Domingo del Evangelista Mateo: Mateo un gran pecador se convierte en Apóstol

Un gran pecador se convierte en Apóstol (Domingo del Evangelista Mateo)

Archimandrita Pablo Dimitrakópulos, teólogo–escritor

Santa Metrópolis de Citera y Anticitera
En Citera, el 16 de noviembre de 2025

 

Hermanos míos muy queridos, un lugar destacado entre los santos de nuestra Iglesia lo ocupa la figura apostólica del santo y glorioso apóstol y evangelista Mateo. Y esto porque san Mateo no solo fue apóstol de Cristo, procedente del círculo de los doce, sino también evangelista, autor del primer Evangelio del Nuevo Testamento. Además, el modo de su llamado al oficio apostólico y su radical conversión nos inspiran y nos enseñan cuán grande es la fuerza de la μετάνοια metania (cambio de mentalidad, giro de la vida en Cristo, arrepentimiento, instrospección, conversión y confesión), que puede tomar al pecador desde el fondo mismo de la maldad y elevarlo hasta la cima de la santidad.

El apóstol Mateo era hebreo de origen, hijo de Alfeo; su nombre original era Leví, mientras que después de su llamado al cargo apostólico recibió de Cristo el nombre Mateo, que traducido al griego significa Θεοδώρητος (zepdóritos) “regalo de Dios”. Probablemente era originario de Cafarnaún y ejercía la profesión de publicano, es decir, funcionario de aduanas. Pertenecía al servicio de Herodes Antipas y recaudaba los impuestos de Cafarnaún o incluso de toda la región, evidentemente por cuenta de alguna compañía de recaudadores que había comprado a Herodes el derecho de cobrar los impuestos. Su conversión radical —su decisión de abandonar la profesión de publicano, que le aseguraba grandes riquezas y comodidades, para seguir la vida llena de privaciones, tristezas y peligros de Cristo y de los apóstoles— constituye un milagro de la Χάρις (Jaris: Gracia energía increada) de Dios. Es una resurrección (despertar) espiritual de la psique-alma, que estaba sepultada en la tumba de la avaricia, y confirma el logos del Señor: «lo imposible para los hombres es posible para Dios».

Los publicanos en la época de Cristo eran célebres por su avaricia y codicia, su dureza e inhumanidad, que al cobrar impuestos llegaba incluso al uso de la fuerza, al despojo y al saqueo de bienes ajenos. Por ello eran considerados personas particularmente odiadas y dignas de toda repulsión, y atraían sobre sí la condena general del pueblo con los calificativos más severos.

Tal era aproximadamente la vida de Mateo antes de conocer a Cristo. Aunque se había dejado arrastrar a un gran abismo de males y había llegado al extremo de la pecaminosidad, en lo profundo de su alma conservaba ciertos elementos de buena disposición, mantenía algunas chispas de sinceridad y amor por la verdad. Y precisamente esas chispas distinguió el Señor omnisciente, para finalmente llamarlo al oficio apostólico. Este llamado es el más sorprendente y admirable de todos los llamados de los otros discípulos. Se considera casi seguro que Mateo había oído hablar de Cristo ya desde el inicio de su vida pública. Es posible que hubiese visto alguno de sus milagros y escuchado algunas de sus enseñanzas antes de que Cristo lo llamase.

La personalidad del Señor, su figura radiante, su mansedumbre, su bondad, la dulzura de sus palabras, su condescendencia con todos, incluso con los más pecadores, actuaron con enorme fuerza en su alma. Veía que aquel maestro no se parecía en absoluto a los demás rabinos y doctores de la ley, en quienes distinguía la soberbia y la arrogancia, el fariseísmo y la hipocresía. Tenía algo único e irrepetible, que lo hacía ejercer encanto y atracción hacia su persona. Todo esto influyó de manera benéfica en su alma. La semilla de la enseñanza de Cristo encontró en él un terreno adecuado y germinó. La luz de sus logos atravesó la densa oscuridad de su psique-alma. Su corazón comenzó poco a poco a ablandarse. La jaris increada de Dios produjo la transformación salvadora: desprender su corazón del culto al dinero y adherirlo al amor de Cristo.

El Señor, conocedor de los corazones, cuando vio esta transformación salvadora y se aseguró de que ya estaba maduro y no rechazaría su invitación, entonces lo llamó. Después del milagro de la curación del paralítico, y seguido de sus discípulos, llega al lugar donde Mateo estaba sentado cobrando los impuestos. Se acerca, lo mira a los ojos y le dirige solo dos palabras: «Sígueme». Y Mateo inmediatamente, sin demora, «dejándolo todo, le siguió». Abandonó todo —libros, dinero contado, mercancías, etc.— y lo siguió. No dejó que la oportunidad que se le había dado se perdiera. Aquel que robaba bienes ajenos, ahora “arrebata” el βασιλεία (vasilía: Realeza increada) de los Cielos, de modo que se cumple en él el logos de Cristo: «la βασιλεία de Dios sufre violencia, y los violentos lo arrebatan». Cristo lo llama en el mismo momento en que trabajaba en la aduana, así como anteriormente había llamado a los pescadores mientras remendaban sus redes. La llamada tan sencilla de Jesús y la respuesta tan sencilla de Mateo —y precisamente en plena jornada de trabajo— revelan el poder de Aquel que logró arrancarlo de la pasión de la avaricia y la intensa atracción ejercida sobre él.

Según la Tradición, después de Pentecostés Mateo predicó el Evangelio primero y durante mucho tiempo en Palestina, donde también escribió su Evangelio. El historiador Eusebio nos informa además que predicó en la India y posiblemente en otros lugares, aunque no lo sabemos con certeza. Otros mencionan Etiopía, Ponto, Persia, Siria, Macedonia e Irlanda. Tampoco es seguro si selló su obra apostólica con una muerte martirial. Su memoria se celebra el 16 de noviembre.

El apóstol Mateo, con su Evangelio —que nos dejó como un tesoro precioso e invaluable—, se convierte en un apóstol y maestro universal, que transmite el mensaje redentor de la salvación en Cristo a toda lengua, pueblo y nación. Es un apóstol para todos los tiempos, que continúa proclamando a Cristo durante 20 siglos hasta hoy. Evangeliza también a nosotros, los cristianos del siglo XXI. Cuando leemos su Evangelio, es como si lo tuviéramos vivo ante nosotros, predicándonos a Cristo. Sus logos destilan la χάρις (jaris: gracia energía increada) y la fragancia del Espíritu Santo. Nos llama, pues, también a nosotros a creer en Cristo como él creyó. A amarlo como él lo amó. A no preferir nada por encima de ese amor, así como él no amó nada en este mundo más que a Cristo. Nos llama además a evangelizar a Cristo primero dentro de nuestro propio corazón: a llevar la predicación evangélica hasta lo más profundo de nuestra alma; a permitir que la verdad del Evangelio impregne todo nuestro mundo interior; a no oponer ninguna resistencia a su acción benéfica, para que esta realice su obra salvadora: la transformación de nuestra alma. Y cuando esto se haga realidad, entonces podremos ayudar también a otras almas en el camino de la salvación. Esto es lo que deseo de todo corazón para todos nosotros, por las intercesiones de la Señora Θεοτόκο Zeotokos, del santo apóstol Mateo y de todos los santos. Amén.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/