
«El fenómeno de la posesión demoníaca»
Domingo VI de Lucas [Lc 8, 26-39]
Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo
Terapia del endemoniado de los gerasenos, 8:26-40.
26 Y navegaron hacia la región de los gerasenos (gadarenos), que está frente de Galilea.
27 Y al llegar a tierra, salió al encuentro un hombre de la ciudad que tenía demonios, y desde hacía mucho tiempo andaba desnudo, no se vestía ni vivía en casas, sino entre los sepulcros.
28 Al ver a Jesús, se puso a gritar y se postró ante Él, gritando a gran voz: ¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te ruego, ¡no me atormentes y no me encierres desde ahora al terrible Hades!
29 Porque Jesús mandó al espíritu inmundo salir del hombre, porque durante mucho tiempo se había apoderado de él, y aunque atado con cadenas y grillos para ser custodiado, rompía las cadenas y era conducido por el demonio a lugares desiertos.
30 Jesús le preguntó: ¿Cómo te llamas? Y él dijo: “Legión”, porque habían entrado muchos demonios en este hombre.
31 Y los demonios le rogaban que no les mandara ir al abismo, a las profundidades del Hades.
32 Y había allí una piara de muchos cerdos paciendo en el monte; y le rogaron que los dejara entrar en ellos; y los dejó. (En realidad deberían ser castigados los dueños de los cerdos, con la pérdida de los cerdos, porque los apacentaban y los alimentaban, a pesar de la prohibición por la ley de Moisés).
33 Saliendo entonces del hombre, los demonios entraron en los cerdos, y la piara se precipitó por el despeñadero al lago, y se ahogó.
34 Al ver lo sucedido los pastores de los cerdos, huyeron y lo contaron en la ciudad y en los caseríos.
35 Salieron entonces a ver lo sucedido, y fueron adonde Jesús, y encontraron al hombre de quien habían salido los demonios sentado a los pies de Jesús, vestido y en su sano juicio; y se llenaron de miedo.
36 Y los que lo vieron, les contaron cómo el endemoniado había sido liberado.
37 Y toda la multitud de alrededor de los gerasenos le rogó que se alejara de ellos, porque estaban sobrecogidos de un gran miedo. Como se sentían culpables tenían miedo a más castigos. Y Jesús entrando en una barca, regresó.
38 Y el hombre de quien habían salido los demonios le rogaba estar con Él; pero le mandó a su casa en paz, diciendo:
39 Vuelve a tu casa, y cuenta lo que ha hecho Dios contigo. Y él fue proclamando por toda la ciudad cuán grandes cosas le había hecho Jesús con él.

«El fenómeno de la posesión demoníaca»
Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo
Nos invade el temor, queridos míos, cada vez que escuchamos un pasaje evangélico que se refiere a los demonios y a los hombres poseídos, es decir, a las víctimas de los demonios.
El Señor había pasado a la orilla oriental del lago de Genesaret precisamente para encontrarse con aquel hombre endemoniado que se describe en el pasaje evangélico que acabamos de oír. Y lo liberó.
Y como escribe el evangelista Juan: «Para esto se manifestó el Hijo de Dios: para deshacer y destruir las obras del diablo» (1Jn 3:8).
Y la obra del diablo consiste en dominar la creación y al hombre, e impedir la intervención de Dios. Y la creación irracional (la naturaleza material) se ve siempre poseída por el demonio con fines destructivos. Un ejemplo inmediato es la posesión de los dos mil cerdos que se arrojaron y se ahogaron en el lago.
Pero también el hombre se endemonia, puede ser poseído. Y el espectro de la posesión demoníaca es amplísimo: desde el hombre endemoniado del evangelio de hoy, que vivía solo al aire libre como una bestia salvaje, hasta la posesión de los habitantes de Gerasa (los Gerasenos), que no quisieron recibir al Señor, y hasta la posesión de los porqueros (los cuidadores de cerdos) que ejercían un oficio prohibido por Dios.
¿Ven? Muy amplio es el abanico de los hombres poseídos.
¿Pero qué es la posesión demoníaca o demonismo?
Todo aquello que aleja o mantiene lejos de Cristo. Todo lo que no está cerca de Cristo. El Señor dijo: «El que no está conmigo, está contra mí» (Mt 12:30). No existe una tercera categoría: o estás con Cristo o no estás con Cristo. Aún más, posesión demoníaca es todo lo que se opone a Cristo.
El hombre, queridos míos, por su propia estructura es pariente de Cristo, puesto que fue creado “a imagen de Cristo”. Por tanto, no tiene razón alguna para estar lejos de Él. Él (Cristo) tomó nuestra forma. Para ser más exactos dogmáticamente: nosotros tomamos Su forma, porque —basándose en la forma que Él iba a asumir para abrazar y revestirse de la creación— tomó aquella forma que luego nos dio a nosotros. No importa que cronológicamente haya una diferencia. Es decir: no fue que Cristo se hizo como Adán, sino que Adán fue hecho como Cristo, como el Logos divino tal como habría de encarnarse. Por consiguiente, el alejamiento del hombre, su aislamiento de Cristo, es un estado contra natura, es decir, demoníaco.
Ya que tenemos parentesco con Cristo y no nos acercamos a nuestro propio pariente, eso constituye un comportamiento contrario a la naturaleza. Con la fe que los primeros en ser creados alguna vez otorgaron al diablo, pasaron de Dios al diablo. Es decir, creyeron los logos y palabras engañosas del diablo y no creyeron el logos de Dios: «No comeréis de este fruto, porque el día que comáis de él, moriréis» (Gén 2:16-17). Y ciertamente la muerte fue ante todo espiritual, y mucho después, corporal.
Desde entonces, dado que los primeros en ser creados creyeron en el diablo, desde entonces pasaron a ser su propiedad. Por eso, como nos dice el evangelista Juan: «Todo el mundo yace bajo el poder del maligno» (1Jn 5:19).
¿Habéis observado eso?
El mundo, con su mentalidad, su modo de vida, etc., entero yace en los brazos del diablo. ¡Es algo terrible!
Entonces, en el Paraíso, como dije, los primeros en ser creados no creyeron en el logos de Dios, sino en el logos del diablo.
Así, para que el hombre se libere del diablo, debe volver atrás y creer ahora en la persona θεανθρώπινo (th-zeantrópino: divino-humana) de Cristo. Y esto debe ocurrir desde el momento de la Encarnación hasta el fin de la historia.
El tiempo restante de la Historia se convierte en un criterio para cada hombre en particular. Hombre, vienes al mundo: antes que tú, el Hijo y Logos de Dios se encarnó. Se te aparece.
¿Crees?
De este modo, cada momento histórico se convierte en un juicio para la vida de cada persona. Además, la expresión más pura de la posesión demoníaca es la idolatría, es decir, la adoración de la creación, detrás de la cual se oculta el diablo. Y no olvidemos que la idolatría vuelve.
¿Lo creerían?
El logos de Dios nos lo dice en el Apocalipsis. El ángel que guía —por así decirlo— a Juan el Evangelista a los misterios del presente y del futuro, ve una bestia, al dragón, y el ángel le dice: ¿Te asombras?… «La bestia que has visto, —el dragón— estaba y ya no está; y ha de resurgir y va a subir de nuevo del abismo [y encarnarse en personas de imperios ateos y en soberanos] y a encaminarse hacia su ruina, perdición; y los habitantes de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo, se asombrarán viendo la bestia que estaba y no está, y vuelve a reaparecer» (Apocalipsis 17:8). Esa bestia es la idolatría, que prevaleció como la más genuina expresión —como ya os dije— del dominio de satanás. La más auténtica.
Con la venida de Cristo, los hombres comenzaron a creer en Él; por tanto, la bestia “ya no está”. Pero la bestia volverá. Sin embargo, no durará mucho; irá a la perdición, al abismo. Es decir, cuando la idolatría regrese -¿lo han obsrvado?- cuando vuelva la idolatría y está volviendo, el tiempo hasta el fin no será largo. Por consiguiente, la idolatría es un signo del fin de la Historia.
La posesión demoníaca puede afectar al hombre entero. A veces sólo al cuerpo, como cuando atormentó a Job: le produjo llagas y sus fuerzas corporales quedaron reducidas. Sufría una enfermedad exclusivamente corporal. Especialmente, el mismo Señor, cuando el diablo pidió permiso para tentar a Job, le dijo: «Cuidado, no toques su mente y su nus-espíritu, su pensamiento. Cuidado». Otras veces, la posesión es sólo de la psique-alma. Como los Gerasenos, que no recibieron a Cristo. «Te rogamos», le dijeron, «Señor, vete, vete». Porque se dirigía hacia su ciudad para predicar. «Vete, vete, vete». Tuvieron miedo. Pensaron: «Si por causa del endemoniado sufrimos tal pérdida con nuestros cerdos, ¿qué otra cosa nos hará cuando entre el Señor Jesús en nuestra ciudad?». «Te rogamos, vete».
Entonces el Señor volvió a subir a la barca y regresó. Eso también es demonismo, posesión demoníaca. Sí, posesión del alma. Quizás no parezca tan espectacular como hacer locuras, pero este caso es el más grave y extremo.
Aún hoy nace con la posesión de la psique-alma (es decir, con el demonismo interior del alma) la incredulidad y el ateísmo. Y naturalmente, estas no son cosas pequeñas. La posesión demoniaca del alma es también el dominio demoníaco de las potencias y energías de la psique-alma.
¿Y cuáles son las “potencias y energías del alma”?
La νόησις (noisis: comprensión o entendimiento), el sentimiento (o emoción) y la voluntad. Estas tres constituyen la personalidad del hombre, su autoconciencia. Aquello que llamamos el «εγώ egó yo». Y sé que yo soy yo; que no soy otra cosa, que no soy otro. Es decir, mi personalidad, persona. Eso es la persona: el yo, mi yo personal. La posesión demoníaca llega hasta cubrir (o “ocupar”) el “yo” humano; es decir, llega hasta cubrir —podríamos decir— la misma personalidad.
¿Qué respondió el endemoniado cuando el Señor le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?»?
No dijo: «Me llamo tal o cual», sino: «Legión».
¿Por qué?
Porque hablaban los demonios…
Queridos míos, es algo terrible. Conocí a un hombre que tenía un demonio en su alma. Cuando el demonio lo dominaba, le ordenaba levantar la mano y golpear su propio rostro; golpearlo con tal furia que se lo desfiguraba. Y el “yo” humano —que estaba como apartado, sin poder decir nada ni actuar— rogaba al “yo” demoníaco: «Déjame, te lo ruego, déjame…». Sí. Yo mismo tuve el testimonio directo de este hombre cuando me lo contó.
¿Ven, entonces, que el rostro del hombre —es decir, su personalidad, su “egó, yo”— queda cubierto, sometido, oscurecido?
Podríamos decirlo así: el hombre “pierde” (pongo “pierde” entre comillas) su personalidad.
¿Por qué lo pongo entre comillas?
Porque cuando el Señor curó al endemoniado, entonces éste encontró su propio ser, encontró su yo, encontró su personalidad. Así pues, el entendimiento (o comprensión), la voluntad y el sentimiento (o emoción) quedan encadenados por el diablo. Y otras veces, finalmente, la posesión o demonismo se refiere tanto al cuerpo como al alma, es decir, al hombre entero. Esto, queridos míos, es lo más espantoso en toda la Creación: el dominio demoníaco. Lo más espantoso.
¿Pero qué es lo que demoniza al hombre?
La incredulidad y, en general, es decir, en su totalidad, el pecado. Estas dos cosas. En lo que respecta a la fe, en particular, la idolatría, y más aún si has sido bautizado.
Prestad atención, por favor, al rito del Bautismo, para ver cómo la Iglesia expulsa a los demonios. Cuando dice: «Χάσου jasu» (es decir, “¡Desaparece, piérdete, desvanécete!”), eso significa literalmente . ¡Desaparece!”, y el que va a ser bautizado, en la parte de los catecúmenos, mira hacia occidente. «Y que no vuelvas jamás a la criatura de Dios». ¡Es algo terrible! Esto es la idolatría… sí.
Luego, expresiones de la idolatría son las llamadas “religiones orientales”: el budismo, los gurús… todas esas cosas; la magia. La magia es un elemento principal de la idolatría; también el espiritismo, los médiums.
Y también está esa música demoníaca: llámala rock, llámala pop… El caso es que, cuando nuestros jóvenes se divierten, gritan histéricamente. La música los impulsa a eso; es una música chillona, estridente, como si se oyeran los gritos de los endemoniados en el infierno, que son atormentados: aquellos alaridos inarticulados, aquellos gritos sin palabras…
Una vez me dijo un joven estudiante de música en la Universidad de Tesalónica: «¿Qué dice usted, padre? ¡Eso es melodía!».
Pues claro —le respondí. También las gallinas, perdonen la expresión, cuando picotean la suciedad, dicen: «¡Qué sabroso es!». ¿Qué se puede decir?
Así también los hombres, escuchando esa música africana —porque los africanos eran idólatras, y aquella era música idolátrica, música ritual—, nosotros, los “civilizados”, la hemos tomado y la hemos convertido en música de nuestros salones.
¡Ay de nosotros! Así, los chillidos, el ritmo de la música, los saltos de los bailes… demonizan a las personas.
Luego está la blasfemia o insulto—en sentido amplio, toda blasfemia es una forma de posesión: desde la blasfemia (insulto) común contra lo divino (esas palabras que nuestros oídos escuchan en las calles) hasta la herejía, que también es una blasfemia “de palabra”, un insulto.
Es decir, cuando uno blasfema contra Dios diciendo, por ejemplo,
que Jesús Cristo no es consustancial (ομοούσιος omoúsios) con el Padre, o que el Espíritu Santo es sólo una energía de Dios y no una Hipóstasis-Persona. Cuando uno dice esas cosas, eso es blasfemia.
Eso es lo que dicen los herejes: los milenaristas (testigos de Jehová) y otros herejes.
Pero hay también la blasfemia “en obra” (ἔργῳ ergo, en eclinación dativa),que son los pecados carnales. Es decir, se opera la blasfemia — no sólo se dice, sino que se hace—, porque el cuerpo humano, como ya dije, es templo del Espíritu Santo.
En general, es el pecado, todo pecado, que persiste y no quiere ser borrado mediante la μετάνοια (metania: conversión, arrepentimiento y confesión).
Y, finalmente, hay otro aspecto: la recepción de los santos dones en la Santa Comunión. Cuando alguien comulga teniendo todavía pecados no confesados, y con incredulidad acerca de qué es realmente la Efjaristía. Nosotros renovamos, en el momento mismo en que nos acercamos a comulgar, nuestra fe en que esto que recibimos es verdaderamente el Cuerpo de Cristo y esto verdaderamente es la Sangre de Cristo. Nuestros sentidos, claro está, no nos lo revelan,
porque todo esto ocurre en secreto, en misterio (ἐν μυστηρίῳ):
sentimos vino y pan, pero en realidad son el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Por eso dice el apóstol Pablo: «¿Qué perdón recibirá el hombre que recibe el Cuerpo y la Sangre de Cristo si “considera común la sangre de Cristo” —es decir, si la tiene por algo común, sin valor—, cuando precisamente por medio de ella recibe el perdón?» Por lo tanto, ese hombre no puede recibir perdón. Y sobre esto hay ejemplos estremecedores, tanto de los Santos Padres de nuestra Iglesia como de tiempos recientes: que alguien comulga, da dos pasos atrás y cae al suelo, echa espuma por la boca, se retuerce. ¿Por qué? Porque fue poseído, queridos míos, ya que comulgó sin creer.
¿Y cuáles son los resultados del demonismo?
Nos dice el pasaje evangélico de hoy que este pobre hombre, el endemoniado, «no vestía ropa alguna». No se vestía. Se quitaba la ropa. Hoy tenemos la moda moderna y el nudismo contemporáneo, invierno y verano, no lo crean, que son un escándalo para los hijos de Dios, para el pueblo de Dios. Las mujeres no ponen freno a la moda. Me gustaría entender, saber, ver: si la falda ya mide solo veinte centímetros, esos súper, súper mini, ¿qué será dentro de poco tiempo?
¡Ahí está la posesión demoníaca! Ese hombre, dice, no se vestía.
¿Por qué Dios hizo, dice, túnicas de piel y vistió a los primeros hombres? ¿Por qué? Porque la sencillez se había perdido. Y así, siempre existió la necesidad del vestido.
Si no existe, si quitamos, digamos, el vestido que Dios nos dio, el vestido que tenemos, escandalizamos a los demás.
Por ejemplo, en el libro del Apocalipsis, el Señor en Su carta al obispo de Pérgamo dice: «Pero tengo unas pocas cosas contra ti: que tienes ahí a los que retienen la enseñanza de Balaam, mago de los nacionales, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, para arrastrarlos a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a extraviarse en fornicación, prostitución o a prostituirse. Y también tienes a los que retienen la enseñanza de los nicolaítas, [la que algunos judíos la han mantenido como en la época de Balaam, la que yo odio]» (Apocalipsis 2:14-15). Balac era un rey de los moabitas. Vio venir a los hebreos desde el desierto, dos millones de personas. «¿Qué voy a hacer? —dijo— me devorarán la ciudad. Me lamerán, como la vaca lame la hierba». Y llamó a un mago de Persia, de Mesopotamia, llamado Balaam. El rey se llamaba Balac. Y le dijo: «¡Quiero que los maldigas!». Pero nada funcionó. Tres veces lo intentó. Entonces Balaam le dijo: «Te daré un consejo. Haz ceremonias, eran las ceremonias de Baal-Peor, e invita a los hebreos a las fiestas. Ellos ofrecerán sacrificios a los ídolos y luego, como era costumbre en las fiestas de los idólatras, se entregarán a banquetes, a borracheras y a la fornicación. Y entonces Dios —dijo— se apartará de ellos». Y así lo hizo Balac. Y aquel día murieron veintitrés mil hombres. Es una historia terrible. Se escribe en el libro de Números, del Antiguo Testamento.
¿Qué le dijo Balaam a Balac?
«Para que tengas éxito, deja que Dios mismo los castigue».
Así también aquí, dice: «Tienes a los nicolaítas, que muestran su desnudez y sus fornicaciones». No diré más, no hay tiempo, sobre los nicolaítas.
«Y a estos», dice, «los castigaré». El nicolaísmo era el erotismo (el pansexualismo que vivimos hoy). ¿Y el erotismo, pansexualismo hoy? ¡Desbordante por las calles, desbordante! ¿Ven? Escándalo.
Aún más, este pobre endemoniado «no permanecía en casa». La posesión demoníaca es también, si quieren que hagamos un paralelismo, cuando las personas, especialmente los jóvenes, desde la mañana salen de su casa. Vayan a la plaza de Larisa a ver, en los paseos peatonales, cuando hace buen tiempo —si no, se sientan adentro—, están allí chicos y chicas, sin hacer nada, en pura ociosidad.
Muchacha, ¿no tienes nada que hacer en tu casa? ¿Y sales a la calle temprano? Y tú, joven, ¿no tienes nada que hacer? Y los ves extendiendo las piernas, con su café, su cigarrillo, etc. Llenos los paseos de Larisa. Vayan a verlo.
¿Qué significa esto? Que la gente no se queda en su casa para progresar un poco. Salen fuera. Andan sin rumbo. No me refiero a una excursión, un paseo normal, eso es legítimo. Sino a esto que ocurre diariamente.
Y aún dice: que este endemoniado vivía entre los sepulcros. No vivía en casa, sino «entre las tumbas». En aquella época, las tumbas eran pequeñas cuevas en colinas, etc. Son las tumbas del pecado, donde reina la necrosis, muerte espiritual. Son los diversos antros del pecado: las cafeterías, las discotecas, los cabarets, etc., que la Sagrada Escritura llama, queridos míos, «sótanos de muerte y cámaras o cajas del Hades». Allí se refugian los hombres…
Díganme, pues, si no tenemos la posesión demoníaca en sentido amplio, en cada época, y especialmente en la nuestra.
Queridos, terrible es el fenómeno de la posesión demoníaca. La sola visión del endemoniado del Evangelio de hoy basta para convencernos. En casa, vuelvan a leer el pasaje. Vean qué hombre tan desdichado era.
Pero también hoy los hombres tienen un comportamiento demoníaco. Especialmente muchos de nuestros jóvenes.
Dijimos que dos causas demonizan al hombre: la incredulidad y el pecado. Así que, ¡cuidémonos! Mantengamos cerradas las puertas de la psique-alma frente a los πάθος (pazos: pasiones, vicios, adicciones) y a la alienación (alteración) de Dios. Vivamos la fe dinámica y la santidad dinámica. Dije “dinámica”. Es decir, una fe que crece, como pedían los discípulos: «Señor, auméntanos la fe». Esta se llama fe dinámica. Y también se llama santidad dinámica, por el crecimiento espiritual. Y no tengamos miedo. Pase lo que pase. Nuestro Señor Jesús Cristo vino al mundo para destruir las obras del diablo. Basta con que pertenezcamos, única y exclusivamente, a nuestro Señor Jesús Cristo.
Amén.
A la gloria del Dios Trino y Santo,
Homilía realizada en el Santo Monasterio Komnineo, Larisa, 20 de octubre de 1996 con inmensa gratitud a nuestro guía espiritual, el venerable y bendito Padre Atanasios Mitilineos,
FUENTES: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/omiliai-kyriakvn
Transcripción digitalización y edición de la homilía: Sr. Atanasios K. y Eleni Linardaki, filóloga.
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/