El valor del cuerpo humano en la enseñanza de san Gregorio Palamás

 

 

 

 

 

 

 

 

El valor del cuerpo humano en la enseñanza de san Gregorio Palamás

Por Archimandrita Efrén, Santo Monasterio Batopedion, Athos

Repasado 05/12/2025 y también marravillosamente explicado en español claro aquí; https://www.youtube.com/watch?v=2NcUJQIv9wY&t=1321s

Actas de los Congresos Internacionales de Atenas 1998 y de Limasol de Chipre 1999
San Gregorio Palamás en la historia y en el presente

Editado por Santo monasterio Vatopedi, Athos 2000

 

San Gregorio Palamás (1296-1359), siguiendo la tradición de los Santos Padres hesicastas y considerando que escribir trae muchas preocupaciones y problemas, no escribió sistemáticamente, sino según los acontecimientos, para defender la fe y la vida ortodoxas.

El tema del «valor del cuerpo humano» surgió a raíz de la acusación que había hecho Barlaam contra los monjes aghioritas o athonitas, de que actuaban mal «cuando intentan retornar y contener el νούς (nus: energía o espíritu del corazón de la psique) dentro del cuerpo»¹. San Gregorio, apelando a san Pablo, dice que “el cuerpo, con el bautismo, se hace templo del Espíritu Santo que está en su interior”, “casa de Dios”, y que en él “habita y camina juntamente” Dios. ¿Por qué, entonces, no introducir el nus en el templo de Dios? ¿Acaso Dios ha actuado mal al poner el nus a habitar en el cuerpo?²  Quienes creen que el cuerpo es malo, como si fuera creación del maligno, son heréticos.

El cuerpo es bueno; mala es la conducta y actitud somática–corporal³. Cuando san Pablo habla sobre el “cuerpo mortal”, no acusa a la carne, sino al impulso pecaminoso que procede de la desobediencia⁴. El cristiano depone la conducta somática y concentra el nus dentro de su cuerpo, porque en él existe inicialmente lo “según la imagen”. San Gregorio, siguiendo y apelando a la tradición patrística, enseña que lo “según la imagen” no se delimita en algunos elementos de la naturaleza humana, sino que se extiende a la existencia humana entera.

Por el contrario, la filosofía helénica veía el cuerpo despectivamente. Según Platón, la naturaleza humana es únicamente “la prenda”, “la cárcel” y “el sepulcro” de la psique⁵. El soma–cuerpo es la parte negativa de la existencia humana, mezquino y malo, y la psique se encuentra unida a él hasta que cumpla con lo debido. El soma no puede influir positivamente en la psique⁶. Por su parte, el neoplatónico Plotino decía que se avergonzaba de la idea de tener soma–cuerpo⁷.

San Gregorio, frente a “las tendencias espiritualizantes del helenismo, que siempre tendían a despreciar la materia”⁸, y frente a “la pneumatocracia platónica de la antropología barlaámica”, antepuso la concepción bíblica compuesta del hombre. El soma-cuerpo constituye un elemento ontológico infranqueable del hombre. El hombre jamás existió solo como espíritu, porque desde el principio el Creador unió sólidamente estos dos elementos. El ser humano es el punto fronterizo del mundo espiritual y material, la “suscripción de todo”, la “recapitulación de las creaciones de Dios”.

Entre psique y soma-cuerpo existe un lazo estrecho. La psique, según san Gregorio, no está encarcelada en el soma ni desea liberarse de él. Es tanta la armonía que no quiere salir del cuerpo “si no es atacada por una enfermedad o una herida exterior”¹¹.

Barlaam, despreciando el soma–cuerpo humano, llama απάθεια (apázia: impasibilidad, sin pazos) de la psique a la mortificación de su parte pasional. Despreciaba y negaba todos los ejercicios que utilizaban los monjes, como el ayuno, la vigilia, el estar de pie o postrados, la diligencia cuidadosa —esto que san Gregorio llama “dolor o padecimiento del tacto”—, las lágrimas y el luto o duelo (espiritual) durante la oración, porque decía que “hay que dar quietud a los sentidos durante la oración y mortificar totalmente la parte pasional de la psique-alma”. Por eso san Gregorio llamaba a Barlaam “maestro de la apraxía”, es decir, de la falta de práctica ascética¹².

En el Tomo Aghiorítico, san Gregorio habla sobre la metamorfosis o transformación de la parte pasional de la psique, y no de su mortificación¹³. Con la instrucción ascética adecuada de las fuerzas psíquicas y de los miembros del cuerpo¹⁴, “se adquiere y se contempla la divina Χάρις (Jaris: gracia, energía increada) en el interior del hombre”, la cual el Señor prometió a quienes han hecho la catarsis de su corazón. Y este tesoro lo tenemos “en recipientes de barro”, es decir, en nuestros cuerpos–somas¹⁵.

El valor del soma–cuerpo se engrandece con la encarnación del Señor. Como dice característicamente san Gregorio, el Hijo de Dios se hizo hombre “para que se muestre que la φύσις fisis (naturaleza humana), por encima de todas las creaciones, ha sido creada como a imagen de Dios. Porque esta naturaleza es tan pariente de Dios que puede reunirse en sí misma hacia una base substancial, subsistencial o hipóstasis”¹⁶. Como muy bien se ha señalado respecto a lo que san Gregorio dice sobre el honor que el Hijo de Dios ha dado con su encarnación a la sarx–cuerpo mortal del hombre, estas enseñanzas constituyen un himno del ascetismo (práctica espiritual) cristiano hacia el hombre y su soma–cuerpo¹⁷.

La presencia de Cristo en el mundo unió al Dios eterno con el hombre mortal. El Logos de Dios, dice san Gregorio, tomó la sarx–cuerpo de la Θεοτοκος (Zeotókos: Madre de Dios, la que da a luz a Dios), totalmente limpia y pura, pero también mortal y pasional. La unión hipostática de las dos naturalezas en Cristo tuvo como resultado la renovación y la θέωσις zéosis de la naturaleza humana. La naturaleza humana creada y la deidad increada, sin mezclarse ni confundirse en la esencia, se conectan y se unen mediante la energía divina increada. Pero la naturaleza humana permanece creada; recibe de la deidad, por la jaris, aquello que la deidad posee por naturaleza (es decir, la energía increada).

Esta renovación de la naturaleza humana se hace sensible y accesible en cada hombre por la jaris increada del Espíritu Santo que actúa dentro de la Iglesia. La zéosis se refiere al hombre entero. El hombre entero, como existencia psicosomática, se une, conecta y comulga con la jaris increada del Espíritu Santo, y se convierte en “espiritual”, en “nueva creación”. Así también “el cuerpo, de alguna manera, toma algo de la Jaris energizada, activada en el nus”¹⁹. Esto conduce a san Gregorio a decir que “el hombre espiritual está compuesto de tres cosas: de la jaris increada del Espíritu Santo, de psique lógica y de soma–cuerpo terrenal”²⁰.

La posición central en la vida y enseñanza del hesicasta atonita, amigo de Dios, es el acontecimiento de la Metamorfosis de Cristo. Además, la Metamorfosis constituye el núcleo de las discusiones teológicas con Barlaam y el corazón de la lucha hesicasta. En la Metamorfosis, enseña san Gregorio siguiendo a los Padres de la Iglesia, Cristo no tomó algo que antes no tuviera²¹, sino que apocaliptó/reveló a los tres discípulos “parcialmente” la doxa–gloria increada que tenía desde el principio, y sobre todo “no entera, para que no pierdan la vista y la vida”²². San Gregorio recalca que los Apóstoles no podrían ver la luz increada “sin recibir ojos que antes no tenían… aunque fue vista por los ojos, fue percibida por los ojos superiores, metamorfoseados (transformados por la jaris)”²³. Esta luz increada provenía del cuerpo de Cristo, que estaba “fuera de los Apóstoles, pero a la vez se iluminaron también en su interior por la nube que los cubrió”²⁴. El resplandor interior constituye el elemento básico de la expectación o contemplación de la luz increada. Se distingue de la luz del engaño o del diablo, que es creada y solo ilumina exteriormente. Y del mismo modo que el acontecimiento de la Metamorfosis tuvo lugar en la hora de la oración, así también el divino esplendor se da a quien ejerce la oración pura.

Durante la Metamorfosis no resplandeció solo el rostro del Señor, sino también sus vestiduras. Comentando este punto, san Gregorio afirma que, con la misma luz, resplandecieron “también aquel cuerpo venerable de Cristo y sus vestiduras, pero no de la misma manera”²⁵. Porque el soma–cuerpo era la fuente de la doxa–gloria increada, y las vestiduras, al tocar aquel cuerpo, se hicieron brillantes también²⁶. Con el resplandor de las vestiduras, Dios mostró la vestidura que llevarán los santos en el siglo futuro. Esta prenda la tenía también Adán antes de la desobediencia²⁷. La luminosidad de las vestiduras certifica la enseñanza de los Padres de que la Jaris increada, que viene a la psique-alma y por medio de ella se transmite al cuerpo y a la creación irracional, la asiste benéficamente²⁸.

De todo lo dicho se hace evidente que la enseñanza antropológica de san Gregorio se interpreta Cristológicamente. La relación entre la deidad o divinidad y la naturaleza humana constituye el prototipo o modelo de la relación entre la divina Jaris y la naturaleza humana de cada creyente. Así como la deidad del Θεάνθρωπος (Zeánthropos: Dios-Hombre) es común a su psique-alma y a su cuerpo, así también la Jaris increada del Espíritu Santo, pasando de la psique-alma al cuerpo en los hombres espirituales, proporciona al hombre la posibilidad de padecer, sufrir y disfrutar lo divino o las realidades divinas²⁹.

“Durante la vida presente, el enlace (nuncio o arras) de los futuros bienes no lo recibe sólo la psique-alma, sino también el cuerpo, el cual co-camina con ella en el camino de la santificación o zéosis. Quien rechaza esta verdad rechaza también la participación del cuerpo del hombre en la bienaventuranza del siglo futuro. Porque si el cuerpo está destinado a participar de los bienes de la Βασιελία (Vasilía: reinado de realeza increada) de Dios, es natural que tampoco se excluya durante esta vida de la participación en la comunión de la psique-alma a las divinas donaciones que se le proporcionan”³⁰.

La Jaris increada de Dios se ofrece al hombre creado por medio de elementos creados. Esto se realiza en los Misterios (sacramentos) de la Iglesia. Pero el hombre debe, detrás de estos elementos creados de los Misterios, contemplar la deidad o divinidad increada. San Gregorio, en sus homilías, se refiere a todos los Misterios, pero insiste en el Bautismo y en la Divina Efjaristía (Ef-Jaris), porque en estos dos Misterios está contenida toda nuestra psicoterapia, sanación, redención y salvación³².

Con el Bautismo comienza la renovación personal en Cristo³³. El hombre se hace la catarsis. se renueva, se purifica y se hace hijo de Cristo. La Jaris del Bautismo no solo renueva la psique-alma, sino también el cuerpo del hombre, aunque esto no sea visible ahora, “sino más bien por la fe se hace sensible”.

Además, en el Misterio de la Divina Efjaristía tenemos la reconstitución de Dios con el hombre. Tal como apunta característicamente san Gregorio, Cristo “nos unió y se adaptó a sí mismo como el novio a la novia, mediante la comunión de su misma sangre, haciéndose un cuerpo (una sarx)”. La luz increada de Cristo durante la Metamorfosis iluminaba a los discípulos exteriormente. Ahora, con la reconstitución efjarística (eucarística) con nosotros, el Señor “aborda e ilumina la psique-alma en el interior”³⁵. “La increada y deificante Jaris de Cristo, que constituirá también nuestro cuerpo de la misma forma que el cuerpo en doxa–gloria de Él, se engendra desde la vida presente en el hombre y trabaja y opera su zéosis”³⁶. Pero el perfeccionamiento de la zéosis se realizará en el siglo futuro con la coparticipación del hombre en la Resurrección y la Ascensión de Cristo.

Cristo, si no se encarnara, muriera y ascendiera por nosotros, no llegaríamos a conocer la sublime agapi (amor increado, emoción de la energía increada) de Dios hacia nosotros³⁷. En otro punto, el santo nos dice que: “Resucitando su cuerpo, lo llevó al cielo en doxa–gloria”, y “la naturaleza humana la ha divinizado y la hizo homótrona (del mismo trono que Dios)”³⁸. La Resurrección y la Ascensión están unidas y vinculadas con nuestra vida. Cristo ha resucitado y ascendido por nosotros, pre-economizando nuestra resurrección y ascensión para los siglos infinitos⁴⁰.

Durante “el día último o ésjato día”, en la gloriosa Segunda Parusía Presencia de Cristo, en la que vendrá con el cuerpo, todos resucitarán. Mientras que los cuerpos de los impíos o incrédulos resucitarán para ser entregados al infierno eterno, los cuerpos de los justos resucitarán para participar de la incorruptibilidad y de la divina felicidad y bienaventuranza. San Gregorio considera como un don particular para los creyentes, no la Resurrección, sino la Ascensión. Solo aquellos que vivieron en Cristo ascenderán por las nubes al encuentro del Señor en el aire⁴¹.

Cerraremos nuestra introducción sobre el valor del cuerpo humano refiriéndonos a la honorable peregrinación de las reliquias de los santos. “También, peregrinaréis las reliquias de los santos”, dice san Gregorio en su Decálogo sobre la legislación de Cristo. Así como el cuerpo del Señor, durante la muerte en la cruz, permaneció unido a la deidad, así también en los cuerpos muertos de los santos permanece y no se retira el Espíritu divino incorporado (o la energía increada jaris)⁴². La demostración son los milagros que se realizan a través de ellos, los cuerpos y las reliquias⁴³.

La santidad y el honor a las reliquias emanan de una excelente teología desarrollada sobre el cuerpo humano. Asimismo, la fe en la metamorfosis del mundo durante la Segunda Parusía Presencia explica por qué la Iglesia otorga un honor y una alabanza especiales a las reliquias, a los huesos y no solo a ellos, sino también a las vestiduras y cualquier cosa particular relacionada con los santos.

San Gregorio Palamás basa toda su enseñanza acerca del hombre en el Θεάνθρωπος (Zeánthropos, Dios-Hombre) Cristo. Reconoce como supremo valor al ser humano, sin caer en el humanocentrismo⁴⁴. El cuerpo del hombre está destinado a vivir en κοινωνία (kinonía: conexión, participación, unión y comunión) con Dios. Por eso, desde la vida presente, se hace respetable como “templo del Espíritu Santo”, dentro del cual se renueva la creación entera. Amín.

Archimandrita Efrem, Santo Monasterio Batopedion, Athos

Traducido por: χΧ jJ logosortodoxo.es/

 

 

 

 

La teología de San Gregorio Palamás y el Tomismo

La teología de San Gregorio Palamás y el Tomismo

Por Joost van Rossum, Profesor del Instituto Ortodoxo de Teología de San Sergio, París

Repasado 05/12/2025

Actas de los Congresos Internacionales de Atenas 1998 y de Limasol de Chipre 1999

San Gregorio Palamás en la historia y en el presente

Editado por Santo monasterio Vatopedi, Athos 2000

Desde una perspectiva histórica, se puede afirmar que la disputa entre San Gregorio Palamás y Barlaam aún no había alcanzado las dimensiones de un conflicto entre la teología «oriental» y «occidental». La calificación de Barlaam como «nominalista» por parte de Juan Meyendorf ha sido objeto de debate tanto por estudiosos ortodoxos como heterodoxos. Sin embargo, se sabe que Barlaam, originario de Calabria, al sur de Italia, escribió dos libros titulados Contra Tomás. Es plausible suponer que Barlaam había leído en latín algunas obras de Tomás de Aquino. A pesar de esto, también podría haber conocido otras obras teológicas latinas, como las de Guillermo de Ockham, representante del nominalismo. No obstante, no podemos confirmar si su pensamiento estuvo influenciado por el escolasticismo occidental.

En su conocido estudio sobre San Gregorio Palamás, el padre Meyendorf señala que «no disponemos de los testimonios necesarios para investigar una posible influencia directa de Guillermo de Ockham en Barlaam; no obstante, ambos crecieron en un ambiente espiritual similar». Se podría afirmar, al menos, que Barlaam representa una tendencia en la teología bizantina que generalmente se denomina «humanismo», es decir, una corriente que favorece a los filósofos helenos antiguos, como Platón y Aristóteles.

En términos generales, la disputa entre San Gregorio Palamás y sus adversarios refleja una tensión que preexistía en la teología bizantina desde hacía siglos: por un lado, la tradición ascético-mística, que pone énfasis en la experiencia vivida de Dios, y por otro, la tradición humanística, con su tendencia racionalista. En el siglo XI, estas dos tradiciones se representan por San Simeón el Nuevo Teólogo y Juan Mavrópoda, respectivamente, como señala J. M. Hyssey. He usado la expresión «en términos generales» porque, aunque San Gregorio Palamás era especialmente crítico con los filósofos helenos, reconocía que su pensamiento tenía algún valor, y él mismo no era ajeno a la filosofía helénica5 (de hecho, desde joven fue considerado un genio, y cuando fue presentado al rey, este exclamó, deslumbrado: «Si Aristóteles estuviera aquí, se quedaría atónito ante este joven»).

Por otro lado, Barlaam atacó especialmente el racionalismo del sistema teológico de Tomás de Aquino y el uso de sus silogismos.

En principio, la discusión entre San Gregorio Palamás y Barlaam giró en torno al tema de la gnosis (conocimiento) de Dios. A pesar de considerarse enemigo de Tomás de Aquino, el enfoque racionalista de Barlaam sobre el conocimiento de Dios guarda notables similitudes con el de Tomás. Para ambos teólogos, la gnosis de Dios es siempre un conocimiento «intelectual»: la iluminación del νούς (nus: espíritu o energía del corazón de la psique) humano no se diferencia esencialmente de la reflexión filosófica. Barlaam, en sus comentarios sobre los filósofos helenos, afirmaba que estos se habían «iluminado» por Dios (Barlaam el Calabro, Epistola Greca, ed. G. Schiró, Palermo, 1954, p. 290). Palamás acusó a Barlaam de interpretar las obras de San Dionisio Areopagita sobre la gnosis de Dios de manera intelectual, malinterpretando y omitiendo la «gnosis más allá del nus» («gnosis hipernus», Triadas II,3,68). Por su parte, Tomás, en su obra Sobre los Nombres Divinos de Dionisio, se mantiene dentro de los límites de la «reflexión filosófica» (Jurgen Kuhlman, Die Taten des einfagen Gottes, Würzburg, p. 14).

Una muestra adicional del parentesco entre Barlaam y el pensamiento teológico occidental es su conversión al papismo romano-católico tras su condena por parte de la Iglesia Ortodoxa. Además, a mediados del siglo XIV, cuando las obras de Tomás comenzaron a ser conocidas en Bizancio gracias a las traducciones al griego de los hermanos Dimitrios y Prójoro Kidonis, muchos de los adversarios de la teología de Palamás se convirtieron en tomistas y papistas.

A pesar de todo esto, es importante señalar que la segunda fase de disputas hesicásticas, una vez que la teología de san Gregorio Palamás fue aceptada como enseñanza de la Iglesia Ortodoxa, no puede considerarse como una disputa entre “tomistas” y “palámicos”. Por ejemplo, Ioanis Kiparisiotis (según un investigador) “es un adversario importante que nunca conoció la teología de Palamás” y, sin embargo, no era tomista. Lo que resulta digno de mención es que existieron teólogos palámicos que eran grandes admiradores de la teología de Tomás de Aquino, como Nilos Kabásilas, sucesor de San Gregorio Palamás como obispo de Tesalónica, y especialmente Genadio Escolario, el primer patriarca tras la caída de Constantinopla. El discípulo de Nilos, Dimitrios Kidonis, escribe que su maestro “admiraba mucho los libros de Tomás”.

Genadio, por su parte, escribe lo siguiente:

«¡Ojalá no hubieras nacido en Occidente, querido Tomás, donde, por obligación, tuviste que defender los errores de la Iglesia de allí, entre ellos, aquellos que tocan la procedencia del Espíritu y el discernimiento entre la divina Esencia y la Energía increada! Porque podrías haber sido inagotable en tus escritos teológicos, como lo eres en tus escritos éticos.»

A pesar de su admiración por Tomás, Genadio se distinguió, tras la muerte de su maestro Marcos de Éfeso, como uno de los representantes de la resistencia a la unión del Sínodo de Florencia.

Como se puede ver en las citas anteriores, Genadio acepta casi todo lo que enseña Tomás, excepto el dogma del filioque y la parte que niega el discernimiento entre la divina Esencia y las Energías increadas. A pesar de esto, en su comentario sobre la obra de Tomás “De Ente et Essentia”, Genadio afirma que la diferencia entre la teología de San Gregorio Palamás y la de Tomás no es tan grande como se había entendido por los «seguidores de Palamás y de Akindinos». Genadio sostiene que Tomás no enseña únicamente un discernimiento noético o nominativo (por invención intelectual o idea) entre la divina Esencia y las Energías de Dios, sino un discernimiento que es más sutil, «real».

Genadio tenía razón al afirmar que Tomás no era nominalista. Para Tomás, los atributos divinos no son meros nombres; en su comentario sobre las Sententiae de Pedro Lombardo, Tomás explica que los atributos divinos como “sabiduría” y “bondad” constituyen una unión plena y real en Dios, pero que se distinguen según su logos (ratione). En este contexto, ratio no significa simplemente idea o concepción, sino más bien intención, fin o propósito. Tomás sostiene que la ratio (razón) de un ser existe por sí misma, independientemente de la concepción humana o de la percepción del nus.

Quizás se pueda hacer una comparación con la enseñanza de San Máximo el Confesor sobre los divinos logos. Tomás, en sus obras, afirma que las rationes o atributos divinos no existen únicamente en el nus humano («non sunt tantum in intellectu»), sino que tienen su raíz en la realidad misma de Dios («quia habent proximum fundamentum re quae Deus est»)13.

Debido a esto, Tomás se vio obligado a abordar el axioma teológico sobre la «simplicidad» de Dios, es decir, la ausencia de cualquier «composición» en Dios. En este intento, afrontó el mismo problema teológico que también trataría más tarde San Gregorio Palamás. Según Palamás, las divinas Energías existen en la supertrascendental Esencia de Dios “de modo único y uniforme o simple” 14. Tomás, por su parte, explica que la multiplicidad de las rationes se debe a que Dios “superat intellctum nostrum”, supera nuestra διάνοια (diania: mente o intelecto, inteligencia). En Dios no hay multiplicidad, sino solo la plenitud de la perfección, que supera cualquier concepción de nuestro nus. Tomás sostiene que la multiplicidad de las rationes no existe solo en el nus, sino que también corresponde a la realidad misma de Dios15.

Ambos teólogos coinciden en que la multiplicidad de los atributos divinos no contradice la «simplicidad» de Dios y, al mismo tiempo, se distancian de cualquier explicación racional de este misterio. En este sentido, la aproximación teológica de ambos podría calificarse como «apofática».

A pesar de todo esto, Tomás y Palamás abordan el tema de la supertranscendencia de Dios de manera distinta. Tomás sostiene que Dios, por sí mismo, es plenamente conocido (quantum omni permixtione potentiae), ya que es actus purus y, como tal, no tiene nada en estado de potencia (absque omni permixtione potentiae). Sin embargo, una gnosis (conocimiento) plena de Dios sigue siendo imposible, porque Su Ser es infinito y ninguna criatura puede conocerlo “de manera infinita”. Por su parte, Palamás también afirma que la Esencia de Dios es “desconocida”. No obstante, y aquí radica la gran diferencia con Tomás, él basa esta supertranscendencia de Dios en la experiencia humana de relación con Dios, y no simplemente en los límites cognitivos o noesis (compresiones) humanos. Según Palamás, la experiencia de Dios implica la vivencia de Su supertranscendencia. Aquellos dignos de esta θεωρία (zeoría: contemplación, expectación o visión) de Dios «padecen, sufren y viven de una manera una sustracción»17.

Palamás discierne claramente entre la teología apofática como método intelectual y la experiencia directa de la supertranscendencia de Dios. La última forma de gnosis, el conocimiento de Dios, es superior a la primera. Para San Gregorio Palamás, la supertranscendencia de Dios no es simplemente el resultado de las limitaciones humanas, como sostiene Tomás, sino que se nos apocalipta/revela por el mismo Dios. Dios «sale, se extiende de Sí mismo» y se une a nuestro nus mediante una praxis de condescendencia. Así, Dios, por Su libre voluntad y Su agapi (amor increado), se aproxima a nosotros, dejando entrever Su supertranscendencia, aunque sin dejar de ser trascendental.

Hablando en la lengua de san Dionisio el Areopagita, Palamás utiliza la icona (imagen) del divino gnofos (luz que transciende toda luz y el desconocimiento de su esencia): «dentro de aquel supra-luminoso gnofos», que según san Dionisio es el medio por el cual las realidades divinas se dan a los santos. En la experiencia de este gnofos, el mismo Dios está presente. Se trata de un atributo o de Su Energía increada. San Gregorio Palamás nunca diría, como Tomás, que «de por Sí Mismo o de Su Usía-Esencia es plenamente conocido». Esto no significa, según Palamás, que Dios no se conozca a Sí Mismo. Lo «conocido» y lo «desconocido» de Dios se refieren a la gnosis y la agnosía (desconocimiento) de Dios en relación con nosotros, los seres humanos. Todos los atributos o propiedades de Dios manifiestan algo sobre Él, en la medida en que Él quiere revelarse/apocaliptarse, y no algo sobre Dios «por Sí Mismo». La agnosía desconocimiento también constituye un atributo o propiedad de Dios, mediante el cual Él se revela/apocalipta y está plenamente presente. Lo mismo ocurre con todos los nombres que le atribuimos, como vida, luz, «oscuridad», bondad, simplicidad, etc.

Por consiguiente, observamos en este caso dos aproximaciones distintas respecto a la trascendencia de Dios. En la teología de san Gregorio Palamás, el punto de partida es el mismo Dios; en cambio, Tomás empieza desde el ser humano y sus límites. Además, podemos notar una diferencia en el enfoque respecto a la enseñanza sobre Dios. San Gregorio Palamás no reduce el Ser de Dios simplemente a Su Esencia, mientras que, según Tomás, todas las cosas que se pueden decir sobre Dios se refieren a Su Esencia: «El Ser de Dios es Su Esencia» («Ipsum igitur esse Dei est sua essentia»). La idea de Dios de Tomás podría calificarse como una «teología sobre la esencia», mientras que la de san Gregorio Palamás podría ser llamada, según las palabras de Meyerdof, una «teología existencial, ontológica»21. Meyerdof ha sido criticado por el uso de esta expresión, ya que la teología de san Gregorio no tiene nada en común con las ideas contemporáneas del «existencialismo» cristiano. ¿Pero existe algún término mejor para expresar la diferencia entre la «concepción» y la percepción viva de Dios según san Gregorio Palamás y la comprensión «sustancial, esenciativa» de Dios según Tomás? Sin duda, la idea de Dios de Tomás no es estática: Dios es actus purus. Sin embargo, la referencia del Ser de Dios únicamente a Su Usía-Esencia lleva a problemas en relación con el dogma de la creación. Según Tomás, el cosmos se ha creado de la esencia de Dios: «Essentia creat et gubernat». A causa de esto, para él era un problema demostrar que la creación no constituía una praxis «necesaria», sino una praxis de la libre voluntad de Dios. No pudo resolver este problema, tal como sostienen muchos de sus estudiosos. Realmente, sólo la enseñanza de san Gregorio Palamás, o mejor dicho, la enseñanza patrística sobre el discernimiento en Dios entre Esencia y voluntad o Energías increadas, puede dar solución a este dilema, un discernimiento que pertenece al misterio de Dios y no puede explicarse de manera racional.

Estas diferencias respecto a la enseñanza sobre Dios están estrechamente relacionadas con la teología de la χάρις (jaris: gracia, energía increada) en los dos teólogos. San Gregorio Palamás recalca la totalidad de la unión del hombre con Dios. Dios está plenamente presente por Sus Energías increadas. Aunque Dios permanezca super-trascendental en Su Esencia, la unión del hombre con Él es total, íntegra. Por ello, Palamás no dudó en hablar sobre la θέωσις zéosis de la manera más realista. Así, está capacitado para decir que el hombre puede llegar a ser «increado por la jaris». Pero esto no implica que el hombre se identifique con Dios o se haga «uno sobre la esencia» con Él. En este caso, san Gregorio Palamás dice que el hombre se convertiría en miriohipóstatos (miríadas de hipóstasis, bases subsistenciales). Dios y el hombre permanecen siempre diferenciados el uno del otro debido a la super-trascendencia de la Esencia de Dios, pero el hombre participa plenamente en la Vida divina de la Santa Trinidad. Este es el aspecto paradójico de la enseñanza patrística sobre la salvación, que constituye la base y el contenido de la teología de san Gregorio Palamás: Dios es a la vez conocido y desconocido, o «partícipe y no partícipe, accesible e inaccesible»28 . La expresión «increado por la jaris», ciertamente ajena e inexistente en el pensamiento de Tomás de Aquino, no podría corresponder con su propia concepción de la esencia de Dios, ya que esta conduciría a la conclusión de que el hombre que es «increado» por la jaris se ha identificado con la Esencia de Dios.

Según Tomás, la jaris es una donación creada de Dios a la psique humana, un «atributo, cualidad, propiedad o forma» creada (habitus cratus), mediante la cual el hombre se une con Dios. Tomás quiere separar claramente lo divino y lo humano. Es digno de señalar que rara vez utiliza el verbo unire cuando se refiere a la relación del hombre con Dios, y prefiere el término conjungere (contraer, conectar). Las donaciones de la jaris increada, aunque a menudo se llaman sobrenaturales, son los resultados creados de la presencia de Dios en la psique-alma humana. Estas donaciones se añaden a la naturaleza humana de manera que no la anulan, sino que la perfeccionan. Al contrario, según san Gregorio Palamás, la jaris increada es el mismo Dios, es decir, la divina Vida o Energía. El término zéosis significa metamorfosis o, mejor dicho, transformación de la naturaleza humana entera dentro de la divina e increada Vida: el hombre, en su totalidad, incluyendo el cuerpo, se convierte en Espíritu33. En lugar de Gratia non tollit naturam, sed perfecit eam, Palamás diría: Gratia tollit naturam, sed transfiguram eam.

De este estudio comparativo de la teología de San Gregorio Palamás y del Tomismo, que aún no está agotado, se pueden hacer las siguientes conclusiones:

1) Tomás identifica el Ser de Dios con Su Esencia, mientras que San Gregorio Palamás se refiere al Ser de Dios a través de Su Esencia. Palamás enseña un discernimiento pragmático y real entre la Esencia de Dios y Su Ser o Energías increadas, sin negar Su “simplicidad”.

2) Tomás no era nominalista. Para él, los atributos o propiedades divinas no son simplemente nombres, sino que tienen su raíz en el Ser de Dios. A causa de esto, la “simplicidad” de Dios también plantea un problema para Tomás.

3) Ambas teologías pueden ser consideradas apofáticas en la medida en que subrayan los límites del ser humano en cuanto al conocimiento (gnosis) de Dios.

4) La aproximación de Tomás hacia el conocimiento (gnosis) de Dios puede calificarse como dual y racionalista (la gnosis de Dios afecta al nus y la psique; Tomás considera el cuerpo humano como un impedimento para la gnosis de Dios.) En cambio, la de San Gregorio Palamás es místico-ascética (la verdadera y plena gnosis de Dios afecta a la zéosis o theosis del hombre entero, incluido su cuerpo).

5) Existe un enfoque distinto sobre la trascendencia de Dios. El pensamiento de Tomás está marcado por el reconocimiento de los límites humanos, mientras que Palamás parte de una experiencia directa de la divina trascendencia, que es revelada/apocaliptada al hombre por el mismo Dios.

6) En cuanto a la enseñanza sobre la χάρις (gracia o energía increada), observamos que San Gregorio Palamás recalca la unión directa del hombre con Dios, lo que implica que la naturaleza humana se transforma en su integridad, mientras que Tomás separa estrictamente lo divino y lo humano, lo “natural” y lo “sobrenatural”.

Por Joost van Rossum, Profesor del Instituto Ortodoxo de Teología de San Sergio, París

Traducido por Χρῆστος Χρυσούλας (Jristos Jrisulas) logosortodoxo.es/  heleno-griego nativo, instruido en la Santa Parádosi (Tradición) y en la lengua katharévusa del Nuevo Testamento, la cual es hablada actualmente por el clero y el pueblo fiel heleno-ortodoxo.

El uso de demostraciones en la teología según san Gregorio Palamás

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El uso de demostraciones en la teología según san Gregorio Palamás

Protopresbítero Teodoro Zisis, protopresbítero y catedrático de la Facultad de Teología de Tesalónica

 

Repasado 30/11/2025

Actas de los Congresos Internacionales de Atenas 1998 y de Limasol de Chipre 1999
San Gregorio Palamás en la historia y en el presente

Editado por Santo monasterio Vatopedi, Athos 2000

índice

  1. El tema básico e importante de la Tradición Patrística
  2. Fundamento bíblico
  3. El doble método. Esencia y energías increadas y creadas
  4. Los dogmáticos contemporáneos que “barlaamizan”

 

El uso de demostraciones en la teología según san Gregorio Palamás

 

  1. El tema básico e importante de la Tradición Patrística

 

Es bien sabido que el estudio y la investigación de la enseñanza de san Gregorio Palamás han experimentado, en las últimas décadas, un avance sorprendente. Aquello que en el siglo XVIII intentaron realizar los representantes del movimiento filocálico —los llamados Kolivades— en cuanto a la recopilación y edición de las grandes obras del padre y maestro san Gregorio Palamás, se está llevando a cabo ahora en nuestros días.

La edición de sus obras está casi concluida y actualmente circulan no sólo en heleno-griego clásico, sino también traducidas al heleno-griego moderno. Asimismo, se han escrito numerosos estudios sobre los aspectos fundamentales de su enseñanza.

Los Kolivades —san Macario Notarás, san Nicodemo el Aghiorita y san Atanasio de Paros— advertían un claro peligro: que, por influencia del Renacimiento europeo, se introdujeran secretamente en el ámbito de la teología ortodoxa el racionalismo y el escolasticismo. De este modo, se corría el riesgo de ignorar el método teológico propio de la tradición patrística ortodoxa, transformándola en una teología dialéctica (discursiva) y filosófica. En parte, este peligro no se logró evitar, como quedó demostrado por muchos ponentes durante el I Congreso de Teología Ortodoxa, celebrado en Atenas en 1936, donde se señalaron numerosas influencias occidentales y se recalcó la necesidad de un retorno a la casa de los Padres de la Iglesia.

La enseñanza de san Gregorio Palamás abarca y suministra hoy satisfactoriamente casi todas las ramas de la teología, devolviéndolas a la línea tradicional; puesto que San Gregorio no innovó ni creó un sistema teológico propio, sino que simplemente codificó y organizó en unidades coherentes lo que anteriormente habían enseñado los Padres sobre los temas que había suscitado el monje humanista Barlaam de Calabria, quien introdujo en Constantinopla y Tesalónica una mentalidad y una problemática de origen occidental.

Por este motivo, tal como ya se ha recalcado, no es correcto que los ortodoxos utilicen los términos “Palamismo” o “teología palamita”, como hacen los occidentales, quienes consideran heréticas sus posiciones; por ello, junto al arrianismo, el nestorianismo y otras herejías, colocan el “Palamismo” como una supuesta innovación personal de san Gregorio Palamás. Basta recordar, para demostrar la falsedad de tal interpretación, que en los índices de Cavallera —la conocida llave que todos utilizamos para la Patrología Graeca del abad Migne— se sitúa el hisijasmo (hesicasmo) entre las herejías1.

El estudio de la enseñanza del Santo ha logrado presentar hasta hoy los temas más importantes y fundamentales: ουσία (usía: esencia sustancia) y energías, creado e increado, πάθος pazos y απάθεια apazia, θεοπτία zeoptía visión de Dios, θεολογία t(z)eología, θέωσις zéosis deificación, γνώσις conocimiento increado de Dios, monaquismo, ascética, luz e iluminación, sofía-sabiduría divina (increada) y humana, la Santa Trinidad, entre muchos otros. Especialmente los tomos de congresos y las recopilaciones especializadas han ofrecido abundante material para el estudio de este gran Padre; como, sin duda, ofrecerá también el presente y magnífico congreso que organiza el Santo Monasterio de Vatopedi en honor del gran monje del Athos, quien comenzó sus luchas ascéticas como discípulo del célebre asceta Nicodemo, fuera de la antigua gran laura de Vatopedi, donde recibió también la primera respuesta divina a la insistente y secreta súplica de su oración a la Santísima Θεοτόκος Madre de Dios:

«Φώτισόν μου τὸ σκότος, φώτισόν μου τὸ σκότος, Κύριε!» «¡Señor, ilumina mi σκότος (skotos: oscuridad e ignorancia), ¡ilumina mi skotos!»—, refiriéndose a la oscuridad de la ignorancia espiritual.

Dentro de la gran cantidad y la variedad de temas que actualmente existen sobre su bibliografía, pocas cosas se han escrito acerca del método demostrativo que utilizó san Gregorio Palamás en su teología, en contraste con el método dialéctico (discursivo) o silogístico de su oponente Barlaam de Calabria. Este asunto se encuentra en el punto de partida de sus luchas teológicas, puesto que con esto comenzó el conflicto entre dos mundos: el Oriente Santo–espiritual y el Occidente humanista, encarnados en estas dos personas enfrentadas. Pero también se relaciona inmediatamente con la formulación del tema fundamental del discernimiento entre οὐσία (usía: esencia o sustancia) y energías increadas en la divinidad. Dicho discernimiento surgió precisamente debido al planteamiento divergente sobre el uso de las demostraciones en los debates acerca de Dios, es decir, en la teología en su sentido más propio.

Barlaam, el Calabrés, negaba totalmente el método demostrativo. Sostenía, basándose en Aristóteles, que todas las cosas de Dios no se someten a demostraciones, que son indemostrables y “superiores a la demostración”. De este modo adoptaba un agnosticismo teológico, convirtiendo la teología en una mera especulación —un tratado de posibilidades—, puesto que carece de un fundamento firme y demostrable, apoyándose solamente en razonamientos lógicos, racionales fácilmente vulnerables e inestables, que se derivan en el curso de discusiones o debates sobre los temas de la fe.

San Gregorio Palamás, auténtico teólogo tradicional, sabe por la precedente tradición patrística que en sus escritos los Santos Padres y otros teólogos utilizan —tanto en los títulos de sus obras como en el desarrollo de los temas— el método y la terminología demostrativa. Así, por ejemplo, san Juan Damasceno, que condensó la enseñanza patrística en su conocida obra dogmática “Exposición exacta de la fe ortodoxa”, y también Eutimio Zigavinós en su “Armadura (Panoplia) dogmática”.

Recordemos, para una mejor comprensión del tema, que uno de los primeros capítulos de la Dogmática de san Juan Damasceno lleva por título: «Demostración de que Dios existe»; con un contenido demostrativo correspondiente, del cual se deduce que no sólo quienes aceptan la Sagrada Escritura, sino también la mayoría de los helenos/griegos, no dudan de la existencia de Dios. Esta existencia es necesariamente aceptada por el νούς nus humano que no ha sido oscurecido por el pecado, pues «el conocimiento de que existe Dios está sembrado en nosotros por naturaleza»; y también porque «la misma cohesión, conservación y gobierno de la creación nos enseñan que existe Dios, el que formó este universo, lo mantiene unido, lo conserva y lo gobierna siempre con providencia».

La incredulidad, la falta de fe y el ateísmo no se deben a una supuesta debilidad de la teología para formular un logos demostrativo, como si no existieran demostraciones, sino al funcionamiento incorrecto del nus (la energía o el “espíritu del corazón”, el ojo de la psique-alma) de quienes no creen, los cuales deben ser tratados como enfermos. La incredulidad y el ateísmo carecen de todo fundamento lógico: son paralogismós (insensatez, absurdo) y locura. Los incrédulos no son lógicos: son profundamente ilógicos, insensatos y parálogos (irracionales). Por eso el profeta David los reprende por su imprudencia: “Dijo el necio en su corazón: no hay Dios” (Sal 13,1).

Los Santos Padres tampoco dejan de subrayar que la incredulidad en la existencia de Dios se debe a la malicia de los seres humanos, quienes desean pecar libremente, como si no existiera Dios que observa y vigila la vida de los hombres. Por eso, quienes pecan continuamente y por costumbre, niegan en los hechos a Dios, incluso si no lo proclaman con sus labios.

Interpretando, por ejemplo, el mencionado versículo del Salterio: «Dijo el necio en su corazón: no existe Dios», san Cirilo de Alejandría escribe: «Esto es la cumbre de toda maldad. Pues pensar que no existe Dios, sino que todo ha llegado a ser por sí mismo, se ha convertido en el comienzo de todo desenfreno y toda acción ilegal. Así, la Escritura muestra que el género humano ha llegado a tal grado de impiedad, que ya ni siquiera admite que Dios presida sobre los seres, sino que piensa que todo este mundo ha recibido su constitución por casualidad y de manera espontánea».

Y añade: «Y todo el que peca sin freno, por lo que se ve despreciando (a Dios), aunque no lo diga con palabras, con sus obras mismas y con la torpeza de su vida casi grita: “No existe Dios”. Porque quienes se han acostumbrado a vivir como si Dios no vigilara, haciendo todas las cosas irreflexivamente, con sus obras y sus hechos niegan a Dios»3.

 

  1. Fundamento bíblico

 

Además de invocar la tradición patrística en favor del uso de demostraciones, san Gregorio recomienda a Barlaam —quien sostenía que no existe conocimiento (gnosis) de las realidades divinas ni demostración, sino que la teología se basa sólo en la fe («que no hay conocimiento ni demostración de nada divino, sino sólo fe»)4— que estudie lo que dice el apóstol Pablo en el primer capítulo de la Epístola a los Romanos. Allí, Pablo declara sin excusa no a los judíos creyentes, sino a los helenos-griegos incrédulos que, aunque por su sofía-sabiduría debían haber sido conducidos a Dios y a la vida y conducta según Dios, terminaron en la impiedad de la idolatría y en múltiples pazos y males. Son, pues, injustificables, aunque vivan fuera del ámbito de la Antiguo Testamento, y afrontarán la ira de Dios, «ya que la gnosis-conocimiento de Dios y su voluntad, a la medida que se puede caber en el hombre, en ellos está a la vista y conocida; porque Dios mismo se lo ha manifestado» (Rom 1:19).

Explica además el Apóstol cómo Dios revela y demuestra su existencia y su sofía-sabiduría, mediante la afirmación conocida y clásica de que el Dios invisible se deja ver a través de las criaturas, a través de la creación: «Porque las cosas invisibles de Él, desde la creación del mundo, se hacen claramente visibles, siendo entendidas a través de lo creado, tanto su eterno poder como su divinidad, de manera que ellos quedan sin excusa»5.

También en los Hechos de los Apóstoles, cuando Pablo habla a los habitantes idólatras de Listra, quienes después del milagro de la curación de un tullido creyeron que él y Bernabé eran dioses y se preparaban para ofrecerles sacrificios, los condujo a la verdadera teognosía diciendo que Dios permitió a las naciones antes de Cristo seguir libremente el camino de la fe o de la incredulidad, aunque existían testimonios y demostraciones de su existencia y de su presencia; es decir, no dejó de dar testimonio de sí mismo: «Él, en las generaciones pasadas, dejó que todas las naciones siguieran sus propios caminos; con todo, no dejó de dar testimonio de sí mismo, haciendo el bien, dándoos lluvias del cielo y estaciones fructíferas, llenando vuestros corazones de sustento y alegría»6.

Si, por tanto, el único camino para conocer a Dios fuera la fe, y nadie pudiera ser conducido a Dios por razonamientos demostrativos que se basan en las energías y acciones de Dios en el mundo, entonces quienes están fuera de la fe deberían ser justificados; no deberían ser considerados sin excusa ni dignos de la ira de Dios, como enseña el apóstol Pablo7.

Conviene señalar incidentalmente que estas afirmaciones responden también a la pregunta tan frecuente en nuestros días y promovida por muchos, generalmente por una tendencia a un igualitarismo sincretista* que quiere poner al mismo nivel a todos los seres humanos, pertenezcan o no a alguna religión, o por el deseo de aliviar las responsabilidades de quienes conocieron a Dios dentro de la Iglesia. *(La palabra “sincretista” se refiere a algo o alguien relacionado con el sincretismo, que es la combinación, fusión o integración de elementos distintos, generalmente de religiones, culturas, doctrinas o corrientes de pensamiento.)

Y la pregunta es: ¿qué será de quienes no son cristianos, de quienes están fuera de la Iglesia? ¿Tienen también alguna responsabilidad y darán razón por su incredulidad, dado que no conocieron a Dios?

La respuesta, basándonos en lo dicho, es sencilla: todos deben conocer y aceptar a Dios, porque el conocimiento de Él es innato en todos, pero también porque el mundo mismo, la creación, el cosmos armonioso grita y proclama su existencia y su sabiduría: «porque lo que se puede conocer de Dios es manifiesto en ellos»8.

Nosotros, simplemente, que vivimos dentro de la Iglesia, tenemos mayor bendición y mayor donación, pero también mayor responsabilidad: porque nuestro conocimiento (gnosis) no se basa sólo en los medios naturales, no es sólo un conocimiento natural, sino que se fundamenta también en los logos y palabras dignos de fe por sí mismos y autoevidentes de Cristo, de los Apóstoles y de los Santos, en el Dios que fue revelado en la persona de Cristo y que se revela continuamente en la Iglesia mediante las visiones de Dios y las experiencias divinizantes, deificantes y contemplativas de los Santos.

 

  1. El doble método. Esencia y energías increadas y creadas

 

San Gregorio Palamás, sin embargo, sabe y acepta que no todo lo que concierne a Dios es conocido y demostrado. No comete el error de Barlaam de generalizar y, así como éste enseñó que todo en Dios es desconocido e indemostrable, enseñar él lo contrario —la otra exageración—, que todo es conocido y demostrable, restableciendo en lugar del agnosticismo barlaamita el racionalismo arriano-eunomiano, según el cual el nus humano puede comprender incluso la esencia de Dios y entrar en el ámbito de lo desconocido, lo incomprensible y lo oculto de la divinidad.

Justifica a Barlaam cuando éste apela pasajes de la Sagrada Escritura como: «A Dios nadie lo ha visto jamás» o «puso la oscuridad como escondite suyo», y observa que efectivamente existe el aspecto desconocido e indemostrable de Dios que permanece inaccesible e incomprensible para el hombre. Sin embargo, aprovecha el discernimiento entre esencia y energías increadas en la divinidad, que ya habían desarrollado los Padres Capadocios, especialmente san Basilio el Grande, quien enseñó que: «Nosotros decimos que conocemos a nuestro Dios a partir de sus energías, pero no prometemos acercarnos a Su esencia. Pues Sus energías increadas descienden hacia nosotros, mientras que Su esencia permanece inaccesible, ininteligible»9.

Respondiendo además este Padre Capadocio a la pregunta de si en la teología precede el conocimiento a la fe, dice que, en efecto, el conocimiento precede: «Precede el concepto de que existe Dios, y éste lo deducimos de las creaciones. Porque conocemos que es sabio, poderoso y bueno y todo lo invisible desde la creación del mundo, entendiendo estas cosas, las conocemos»10.

Basándose entonces en este discernimiento entre esencia y energías, Dios no es ni sólo desconocido ni sólo conocido: es ambas cosas, desconocido y conocido, indemostrable y demostrable; desconocido según la esencia, conocido según las energías. Aquí tenemos la célebre dualidad, el doble método teológico de los Padres, que san Gregorio desarrolla de muchas maneras, aunque aquí nos limitaremos a pocas formulaciones suyas.

Frente a la afirmación de Barlaam según la cual «nada de lo divino es conocido ni demostrado», san Gregorio dice que «de las cosas divinas, unas se conocen, otras se buscan; algunas incluso se demuestran, mientras que otras son totalmente inescrutables e ininvestigables»11. Lo que es irrefutable y conforme a la Sagrada Escritura es que lo divino es y no es demostrable: unas cosas lo son y otras no. Repite que «unas realidades divinas se conocen y se demuestran, mientras que otras son inconcebibles e inescrutables». Por eso es erróneo afirmar «que no hay demostración de ninguna realidad divina; lo divino es demostrable e indemostrable»12.

Apela en este contexto también los escritos de san Dionisio el Areopagita,  —los mismos que Barlaam utiliza unilateralmente para sostener sólo lo desconocido e incomprensible de Dios—, y le dice que el autor «enseña claramente que la teología es doble: una mística, iniciática, secreta e inefable, que conduce y establece en Dios mediante mistagogías (instrucciones místicas o iniciaciones inefables); y otra manifestada, filosófica y demostrativa, que explica, convence y confirma la verdad de lo que se dice»13.

Incluso ante la afirmación que hace Barlaam de que el hombre no puede pretender tener demostraciones acerca de Dios porque las demostraciones se limitan sólo a las realidades sensibles que son afines u homogéneas al hombre —y «Dios no tiene nada homogeneo o afín»—, san Gregorio pone por delante la experiencia teóptica (visión, expectación) divina de los Santos, la cual, por χάρις gracia y por acción de la energía increada, los transforma en afines a Dios y los diviniza (los dona la zéosis): «Saben aquellos que han hecho la catarsis de su corazón, por la prueba de la sagrada iluminación que nace en su interior, que Dios existe y qué tipo de luz es; o mejor dicho, que Él es la fuente de una luz espiritual, increada e inmaterial». La pureza de su corazón los hace capaces de recibir y manifestar la iluminación divina.

Por supuesto, quienes aún no han avanzado a la θεωρία zeoría (contemplación) ni a la θέωσις zéosis, pueden —por la providencia divina— ver y conocer al proveedor común de todas las cosas: en los bondadosos, la Bondad en sí; en los vivificados, la Vida en sí; en los sabios, la Sabiduría en sí; y, en general, el Ser real de todo y Aquel que trasciende todas las cosas. Es aquella suprema Esencia, al mismo tiempo poliónima (de muchos nombres) y anónima, se apocalipta/revela según la medida de cada uno.

Con todas estas pruebas se forma una demostración irrefutable e infalible «de que existe un guía y providente anterior a todo, todopoderoso, que todo lo ve, sumamente bueno, causa de todo y sobrenatural»14.

 

  1. Los dogmáticos contemporáneos que “barlaamizan”

 

El tema del uso de las demostraciones en la teología tiene también otro aspecto interesante que se refiere a la teología actual, especialmente a la dogmática. San Gregorio Palamás sostiene que Barlaam el Calabrés constituye un caso único de teólogo, a lo largo de todos los siglos, que descubrió y enseñó por primera vez que no existe demostración alguna para nada de lo divino o las realidades divinas: «De ahí que no haya demostración sobre nada de lo divino o realidades divinas, cosa que ahora por primera vez entre todos los teólogos de todos los siglos él descubrió y proclamó»15. Esto parece ser válido para todos los períodos de la parádosis tradición hasta el siglo XVIII. Si después de la tradición patrística bizantina se estudian los dos conocidos manuales dogmáticos de los tiempos de la dominación turca —el “Teológico” de Eugenio Vulgaris y la “Epítome de los dogmas divinos de la fe” de San Atanasio de Paros—, se constata que continúa la parádosis tradición patrística respecto al uso de las demostraciones, con la aceptación de la “dualidad”, es decir, del doble conocimiento (gnosis): Dios es desconocido según la esencia increada, pero conocido según las energías increadas.

Sin embargo, la situación cambia en el siglo XIX, y este cambio sigue existiendo hasta hoy. La prevalencia de los ilustrados neogriegos en la educación, junto con el giro hacia la idolatría de la Antigüedad y el clasicismo, así como la transferencia e introducción del método escolástico de hacer teología a las escuelas teológicas ortodoxas por parte de los profesores obligados a estudiar en Occidente, y el interés cada vez menor por los Padres y sus enseñanzas, crearon una seria ruptura y herida en la continuidad de la tradición dogmática. Como consecuencia, ahora Barlaam ya no es el único que afirma que respecto a Dios no valen las demostraciones ni el método demostrativo. Teólogos dogmáticos modernos que desconocen e ignoran el discernimiento patrístico entre esencia y energías increadas y creadas desconocen también el doble método teológico. Cuando examinan en sus tesis Dogmáticas el tema de las demostraciones, se encuentran en apuro y perplejos; porque saben que las demostraciones son útiles y ayudan, pero atrapados en la opinión filosófica escolástica de que Dios, por ser sobrenatural o suprasensible, está más allá de la demostración, admiten que las demostraciones no pueden conducir a Dios, sino que simplemente pueden reforzar la fe preexistente, que así queda como el único camino de conocimiento de Dios, mientras que, como ya vimos, el conocimiento precede a la fe y se obtiene demostrativamente a través de las criaturas.

Así, Chr. Andrutsos escribe que «las demostraciones de la existencia del ser supremo no proporcionan, por tanto, al hombre el concepto de Dios —el cual procede de otro origen—, sino que, siendo argumenta ad hominem, aclaran ese concepto preexistente… En el Cristianismo resultan superfluas para todo creyente que tenga un vivo sentimiento de fe y esté iluminado por la luz de la divina Apokálipsis/Revelación (y desde esta perspectiva muchos las excluyeron de la Dogmática), pero ofrecen apoyo al cristiano de fe débil y vacilante por un momento». Él mismo concluye que simplemente «pueden reclamar una mención en la Dogmática», mientras que como demostraciones reales no tienen validez16.

Trembelas sigue el mismo camino, aceptando que las demostraciones no son verdaderas ni reales; no son argumenta ad veritatem, sino argumenta ad hominem, porque si fueran verdaderas «serían lógicamente necesarias, es decir, no podría ningún hombre que piensa correctamente dejar de aceptar aquello que ellas demuestran». Sin embargo, la Sagrada Escritura y los Padres enseñan que quien piensa correctamente se dirige hacia Dios; el ateo es insensato, oscurecido y enfermo. De todos modos, corrige la opinión de Andrutsos de que sólo refuerzan la fe preexistente, que proviene de otro lado: para las personas de buena disposición, que no han sido cegadas por prejuicios pecaminosos y culpables, las demostraciones tienen validez; de lo contrario, Pablo atribuiría equivocadamente responsabilidad y culpa a los gentiles, a quienes caracteriza como inexcusables, porque, aunque «lo que se puede conocer de Dios les era manifiesto», ellos veneraron y adoraron «a la creación antes que al Creador»17. Sin embargo, también Trembelas cree que el tratamiento sistemático de las demostraciones no pertenece a la Dogmática, sino a la Apologética18.

Un teólogo dogmático más reciente, respondiendo a la pregunta de si existen argumentos racionales que demuestran la existencia de Dios, afirma que tales argumentos no existen. Nadie puede demostrar racionalmente la existencia de Dios como demuestra las verdades naturales… Las verdades naturales el hombre las demuestra científicamente, de modo que quienes las niegan son irracionales. Pero nadie puede demostrar la existencia de Dios con argumentos racionales, de modo que el que la niegue incurra en irracionalidad. Concluye diciendo que no se trata de demostraciones, sino de indicios —argumentos verosímiles, señales que orientan el pensamiento hacia la posibilidad de la existencia de Dios. No la demuestran necesariamente, pero, existiendo, la hacen verosímil o al menos no absurda19.

Debe señalarse, por supuesto, que la investigación de los manuales dogmáticos modernos puede mostrar otras variantes interesantes, ya sean convergentes con la teología demostrativa de San Gregorio Palamás o divergentes hacia el agnosticismo de Barlaam. No hemos tenido tiempo de completar la investigación, la cual continuaremos. Debemos decir también que en la actualidad hay muchos manuales que muestran la teología demostrativa.

Epílogo

San Gregorio Palamás desarrolla extensamente el tema del método demostrativo en muchos de sus escritos. Los dos “Logos (discursos) Demostrativos sobre la procedencia del Espíritu Santo” dieron ocasión, solo por su título, para iniciar la discusión sobre este tema. Lo desarrolla ampliamente en dos tratados epistolares dirigidos a Akíndino y en otros dos dirigidos a Barlaam. Nosotros simplemente hemos señalado el problema en su dimensión fundamental, especialmente en relación con nuestra literatura dogmática contemporánea.

Vale la pena subrayar aquí lo que otros han observado: que la Teología no es una ciencia teórica, sino positiva y empírica. No solo porque las propias criaturas truenan, claman y proclaman y nos conducen hacia Dios —la misma naturaleza humana y el mundo en perfecta armonía—, sino también por la experiencia real de los Santos, de los amigos de Dios, quienes, después de haber hecho su catarsis, vieron a Dios, que se apocalipta-revela a los psicoterapiados, sanados y puros, merecedores y dignos. Estos testigos oculares y presentes de la majestad divina nos aseguran acerca de la existencia y la bondad de Dios con un logos (discurso) demostrativo, y no mediante razonamientos silogísticos o logos dialécticos.

Traducción Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

[1] Véase al respecto: Protopresbítero Theodoros Zisis, Teólogos de Tesalónica, Tesalónica² 1997, p. 6.
[2] Juan Damasceno, Exposición exacta de la fe ortodoxa, EPE (= Padres Griegos de la Iglesia) 1, p. 60. Salmo 13,1.
[3] Cirilo de Alejandría, Interpretación de los Salmos, PG 69,801.
[4] Gregorio Palamás, A Barlaam 2,12, EPE 1, p. 526.
[5] Rom. 1,18-32.
[6] Hech. 14,16-17.
[7] Gregorio Palamás, A Barlaam 1, 31-33, EPE 1, p. 480 ss.
[8] Rom. 1,19.
[9] San Basilio Magno, Carta 234, 1, EPE 1, p. 152.
[10] Carta 235,1, EPE 1, pp. 156-158.
[11] A Barlaam 2, 19, EPE 1, p. 530.
[12] Ibid. 22, EPE 1, p. 540.
[13] Ibid. 20, EPE 1, p. 538.
[14] A Aquínidés 1,11-12, EPE 1, pp. 422-426.
[15] A Barlaam 2, 9, EPE 1, p. 524.
[16] Chr. Andrutsos, Dogmática de la Iglesia Ortodoxa Oriental, Atenas² 1956, pp. 38-39.
[17] P. Trembelas, Dogmática de la Iglesia Ortodoxa Católica, Atenas 1959, vol. 1, p. 155.

 

Por enésima vez las mismas equivocaciones ecuménicas del Patriarcado Ecuménico

Por enésima vez las mismas equivocaciones ecuménicas del Patriarcado Ecuménico

Archim. Pablo Dimitrakopoulos, teólogo y escritor  

Metropolis de Kythira y Antikythira, 3 de diciembre de 2025

 

Por enésima vez se repitieron las mismas equivocaciones ecuménicas en la festividad trónica de este año del Patriarcado Ecuménico. Con gran tristeza y amargura seguimos también este año, a través de los medios de comunicación y la red, cuanto de espantoso y digno de lamentos y quejidos se desarrolló y proclamó durante la festividad trónica de este año del Patriarcado Ecuménico. Dicha festividad tenía algo particular, porque incluyó tanto la participación del nuevo Papa León XIV como la veneración conjunta del Patriarca Ecuménico Sr. Bartolomé con el Papa en Nicea, para honrar el 1.700º aniversario del Concilio Ecuménico I.

Por enésima vez el Patriarca Ecuménico empleó la conocida y para él preferida ideología y lenguaje ecuménicos en su saludo al nuevo Papa durante la Divina Liturgia de la fiesta, para confirmar aparentemente ante el clero y el pueblo fiel de Dios su firme convicción en sus posturas y teorías. Y también la declaración conjunta con el Papa, firmada en la víspera de la fiesta, está asimismo impregnada de la misma ideología ecuménica.

No tiene ningún sentido ocuparnos, una vez más, en refutar (con base en la Sagrada Escritura, los Sagrados Cánones y nuestra tradición patrística) lo digno de muchos lamentos dicho y hecho durante la festividad trónica de este año, porque no va a tener absolutamente ninguna resonancia, ni alcanzará la mente ni el corazón del Sr. Bartolomé, ni, por supuesto, recibiremos respuesta alguna. Cuando una persona se desvía de la fe ortodoxa, es muy difícil, si no imposible, que llegue al arrepentimiento y a la conciencia de su error, cosa que también señala el apóstol Pablo: «A los que causan divisiones, después de una y otra amonestación, evítalo; sabiendo que tal persona se ha pervertido y está pecando, estando condenada por sí misma.» (Tit. 3,10–11). Hemos escrito multitud de artículos hasta hoy con ocasión de las festividades trónicas del Patriarcado Ecuménico de años anteriores sin ver, desgraciadamente, la más mínima inquietud ni el menor cambio de rumbo. Teníamos la sensación de hablar a “oídos que no oyen”, de que nuestra palabra era “voz que clama en el desierto”, que al final estábamos haciendo una inútil batalla epistolar.

Sin embargo, esta trágica realidad no nos desanima hasta permanecer en silencio. Porque puede que nuestra palabra haya sido “voz que clama en el desierto” para los que perseveran impenitentemente en la herejía, pero no lo fue para el pueblo fiel de Dios. El pueblo fiel de Dios, por ser en su mayoría no catequizado, necesita oír “una y otra vez” el logos anti-herético a fin de protegerse del peligro mortal de la herejía, la cual conduce al hombre con precisión matemática a la pérdida. Esta necesidad se vuelve aún más apremiante en estos días postreros y apocalípticas/reveladoras que vivimos, en los cuales la panherejía del Ecumenismo ha arrasado casi todo. Por eso nosotros no dejaremos de presentar nuestro logos antiherético, con la Χάρις (Jaris: Gracia, energía increada) de Dios, sea cual sea el costo, y “el que tenga oídos para oír, oiga”.

A continuación, el breve comentario que sigue va exactamente dirigido al pueblo fiel de Dios con el propósito de informarlo, sostenerlo en la verdad de la Ortodoxia y preservarlo de la herejía y de quienes la expresan y promueven. Señalaremos solo algunos puntos del saludo del Sr. Bartolomé al Papa, dejando el comentario de los demás a otros hermanos en Cristo, para no alargar el discurso y fatigar al lector con análisis extensos.

Se dijeron, entre otras cosas, en la alocución del Patriarca Ecuménico lo siguiente:

«Como sucesores de los dos santos Apóstoles, fundadores de nuestras respectivas Iglesias, nos sentimos ligados por vínculos de fraternidad espiritual que nos obligan a trabajar diligentemente para proclamar el mensaje de la salvación al mundo. Su bendita visita hoy… expresa de un modo muy concreto y personal nuestro profundo compromiso en la búsqueda de la unidad cristiana y nuestro sincero deseo por la restauración de la plena comunión eclesiástica».

El Sr. Bartolomé, una vez más, habla al Papa como hablaría a un Patriarca ortodoxo, partiendo de un punto de partida eclesiológico erróneo. Y esto porque desea ignorar que el Papismo no es una «Iglesia hermana», sino una herejía que ha sido condenada por innumerables Sínosos/Concilios Ortodoxos. Quiere ignorar que el Papa, como hereje, ha perdido la sucesión apostólica y, por tanto, no puede ser considerado sucesor del apóstol Pedro. Quiere ignorar, además, que jamás ningún líder eclesiástico ortodoxo se consideró a sí mismo ligado «por vínculos de fraternidad espiritual» con un hereje, porque este, al encontrarse en herejía y engaño, ha sido separado del cuerpo de la Una, Santa, Católica y Apostólica Iglesia Ortodoxa. Finalmente insiste en ignorar que la unidad cristiana y la «restauración de la plena comunión eclesiástica», que tanto desea, no pueden alcanzarse de otro modo sino únicamente mediante el repudio de todas las enseñanzas heréticas de los papistas que introdujeron en su enseñanza dogmática, y mediante su retorno a la Ortodoxia. Por lo tanto, si realmente desea «la restauración de la plena comunión eclesiástica», lo primero que debería haber recordado y subrayado ante el Papa es que el Papismo no es Iglesia, sino que se encuentra en estado de herejía y engaño, señalando al mismo tiempo las abismales y caóticas diferencias dogmáticas que nos separan de la parasinagoga papista, la cual insiste en autodenominarse «Iglesia Católica», y aun «auténtica», mientras considera a la Ortodoxa como «deficitaria».

Desgraciadamente, con lo que dijo, el Sr. Bartolomé demostró que permanece fiel a la eclesiología ecumenista heterodoxa que fue oficialmente institucionalizada en el falso sínodo de Creta, según la cual las comunidades cristianas heterodoxas adquieren entidad eclesiástica y se reconocen como «Iglesias» con sucesión apostólica y sacramentos válidos. Por eso, como era de esperar, no hizo ningún esfuerzo por convencer al Papa y a su séquito de abandonar el error del Papismo y acudir al seno de la Ortodoxia.

A continuación, menciona el hecho del levantamiento de los Anatemas entre el entonces Papa Pablo VI y el Patriarca Ecuménico Athenágoras, en 1965, como gran acontecimiento y como un gran paso hacia la unión de las «Iglesias». Sin embargo, ese hecho no solo no puede considerarse de gran importancia histórica, sino que, por el contrario, constituye uno de los acontecimientos más trágicos de nuestra historia eclesiástica. Y esto porque el levantamiento de los Anatemas se intentó, como es sabido, unilateralmente por el Patriarcado Ecuménico, sin haberse eliminado las causas que condujeron a dichos Anatemas, sin que hubiera precedido un Sínodo Panortodoxo (Universal) y sin el consentimiento de los demás Patriarcados Ortodoxos. Y lo más importante: sin que hubiera precedido el arrepentimiento de los papistas y su retorno a la Ortodoxia. ¿Es necesario añadir también las rupturas de comunión que provocó este tristísimo acontecimiento por parte de casi la totalidad de los Padres del Monte Athos (entre los cuales también san Paísios), así como fuera del Monte Athos?

Se hace un extenso discurso en torno al tema de la restauración de la unidad pancristiana o intercristiana. Hablando sobre la importancia del I Concilio Ecuménico escribe: «…Y el Primer Sínodo/Concilio Ecuménico sigue siendo el fundamento en nuestra búsqueda de la unidad cristiana hoy. Su Símbolo de la Fe, sus cánones y sus decisiones —especialmente aquella que concierne al establecimiento de criterios comunes para el cálculo de una fecha común de la Pascua— constituyen la herencia de toda la cristiandad, y solo profundizando en esta rica herencia los cristianos divididos se acercarán unos a otros y alcanzarán su tan anhelada unidad».

Sin subestimar la importancia del I Concilio Ecuménico, no podemos ignorar la importancia de los demás, los cuales también poseen en la conciencia de nuestra Iglesia Ortodoxa una autoridad inspirada por Dios y permanente, razón por la cual todos juntos pertenecen a nuestra Tradición Sinodal Ortodoxa. En consecuencia, todos ellos juntos deben constituir fundamento para la unidad pancristiana. Además, el Símbolo de la Fe, del que se habla más adelante, no fue obra exclusivamente del I, sino también del II Concilio Ecuménico.

Más abajo se señala correctamente que los Cánones del I Concilio Ecuménico establecieron los criterios comunes «para el cálculo de una fecha común de la Pascua», sin embargo se silenció el hecho de que estos criterios solo fueron observados con precisión por los ortodoxos y no por los papistas, con el resultado de que la Pascua papista no coincide siempre con la de los ortodoxos. Asimismo, aunque es cierto que tanto el Símbolo de la Fe como el I Concilio Ecuménico «constituyen la herencia de toda la cristiandad», se silenció el hecho de que esta preciosa herencia ha sido custodiada como la pupila de los ojos únicamente por la Iglesia Ortodoxa. Por lo tanto, lo que se necesita ahora es que los heterodoxos (y no nosotros) profundicen en «esta rica herencia», de modo que, al profundizar en ella, sean conducidos a la fe ortodoxa de la cual se separaron.

Pero más allá de esto, lo que es importante subrayar —y de hecho con letras mayúsculas— es: ¿De qué unidad pancristiana tiene derecho a hablar el Fanar, cuando ha torpedeado la unidad panortodoxa, por un lado, debido al falso mini-sínodo de Creta, y por otro debido al Autocefalia ucraniana? Y explicamos: Como es sabido, cuatro Iglesias locales (los Patriarcados de Antioquía, Rusia, Bulgaria y Georgia), que representan los dos tercios de la totalidad del pueblo ortodoxo, se negaron a participar en el falso mini-sínodo de Creta, por un lado por razones de orden canónico —porque se violó el Reglamento de Funcionamiento del Concilio, y por ello consideraron anticanónica , irregular su convocatoria y funcionamiento— y por otro lado (y sobre todo) por el carácter antiortodoxo de los textos presinodales, porque estos contradicen directamente nuestra prolongada Tradición Ortodoxa Canónica y Sinodal, así como la enseñanza dogmática de nuestra Iglesia sobre la Iglesia. Por esta razón, dichas Iglesias juzgaron que los textos presinodales necesitaban correcciones adicionales y, por lo tanto, era necesaria la postergación del Sínodo/Concilio. Desgraciadamente el Patriarcado Ecuménico ignoró y desoyó las objeciones de las cuatro Iglesias y procedió a la convocatoria del falso sínodo, con lo cual hirió gravemente la unidad panortodoxa.

¿Y qué decir sobre la Autocefalia ucraniana? Se han publicado multitud de artículos y estudios que demuestran con toda claridad que dicha Autocefalia es nula e inválida. Ya nos hemos referido en comunicados anteriores al respecto, donde expusimos sus principales parámetros y subrayamos la anticanonicidad de su otorgamiento basándonos en los Sagrados Cánones, así como sus funestas consecuencias, principalmente la creación de un cisma de dimensiones panortodoxas, con responsabilidad absoluta y total del Patriarcado Ecuménico.

Concluyendo, rogamos al clero y al pueblo fiel de Dios que velen y no se dejen influir por las solemnes concelebraciones y las ceremonias deslumbrantes que organizó el Fanar en la festividad trónica de este año. Y, sobre todo, que no se dejen influir ni acepten las palabras y actos antiortodoxos que se dijeron y se realizaron en dichas ceremonias, permaneciendo firmes e inamovibles en la fe y la tradición ortodoxas.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

DOXATV – Iglesia Ortodoxa-Theosis θέωσις zéosis

Amigos en CristoDios, por favor inscribíos al canal DoxaTV, a ver si pasamos de 20. 000 así más se difunde el mensaje de la Iglesia Ortodoxa al mundo hispanohablante.

DOXATV – Iglesia Ortodoxa en colaboración y unión en CristoDios con nosotros Logosortodoxo χΧjJ

 […ἐλήλυθεν ἡ ὥρα… (Juan, 12,20-23), …ha llegado la hora…] Con la zéosis en mano, revolucionar —hacer nuestra verdadera revolución ortodoxa en Cristo— para el mundo hispanohablante, porque Cristo es Ortodoxo, como dicen los Santos Padres. La Ανάσταση Resurrección es únicamente επΑνάσταση Revolución.

¡Deseo y bendigo que a todos les explote la Jaris…! ¡Δύναμις dínamis, y que la Jaris siga iluminándolos a todos!!!»

La Θέωσις zéosis leída y comentada La Theosis en la iglesia ortodoxa – Clase 01 aquí: https://www.youtube.com/watch?v=vJboUbQxNy4&t=1488s

 

Iglesia Ortodoxa y pedagogía revolucionaria

«Iglesia Ortodoxa y pedagogía revolucionaria»

San Nicolás Velimirovich

 

«La Ανάσταση Resurrección es επΑνάσταση revolución»

[La palabra «επάνασταση epanástasi revolución» proviene del heleno-griego antiguo y es una palabra compuesta por los siguientes dos términos:

Επί (epí) – que significa «sobre», «hacia», «en», o «a».

Άναστασις (anástasis) – que significa «resurrección», «levantamiento», «revivificación», y proviene del verbo ἀνίστημι (anístēmi), que significa «resucitar», «levantar», «devolver a la vida».

Cuando se combinan, la palabra επΑνάσταση significa según contexto, “revolución” y “hacer resurgir de nuevo” o “volver a la vida”, en el sentido de regeneración o de hacer revivir algo que había muerto o se había perdido. Se usa con frecuencia en un sentido religioso o metafórico, como en el caso de la resurrección cristiana de Jesús Cristo, pero también en contextos más generales o cotidianos para indicar la “revolución”, “revitalización” o el “retorno al estado anterior a su destrucción o pérdida de valor”.]

La Ανάσταση Resurrección es únicamente επΑνάσταση Revolución. ¿No es acaso una revolución vencer a la muerte? Es la subversión de todas las cosas: de la lógica, de la naturaleza, del mundo entero. ¿No es una revolución que, por su Ανάσταση Resurrección, Cristo “resucitó juntamente a todo el linaje de Adán”, ¿arrastrando a toda la humanidad hacia la vida?

Si antes de la Ανάσταση Resurrección la muerte era un muro impenetrable y opaco, con la Ανάσταση Resurrección ha adquirido transparencia y permeabilidad. Desde allí puede verse la eternidad, y uno puede atravesar la muerte hacia la vida eterna. La muerte ya no es un retorno a la inexistencia: es una transición a la vida eterna, una plenitud de la existencia. Por eso, con la Ανάσταση Resurrección celebramos “el comienzo de otra vida, la vida eterna”. No existe revolución mayor que la Ανάσταση Resurrección.

Podemos afirmar con certeza: ¡Cristo fue un Επαναστάτης (apanastátis) Revolucionario y un heraldo (predicador) de la επΑνάσταση revolución!

 

«Iglesia  Ortodoxa y pedagogía revolucionaria».

 

Todos nosotros nos consideramos a nosotros mismos como άτομα (átoma: individuos o indivisibles según contexto, el elemento átomo) mientras a los demás los consideramos ceros. (Púshkin)

La Iglesia de Cristo, desde el principio, posee un carácter revolucionario.

Y cuanto más, en el curso de la historia, esta Iglesia se mantenía cerca del ideal de Cristo, tanto más claramente mostraba ese carácter revolucionario. Pero cada vez que la Iglesia, cubierta por el polvo irresistible del tiempo, se alineaba junto a la larga fila de las instituciones humanas comunes, su color revolucionario se desvanecía.

Fundada sobre la revolución, edificada por revolucionarios, la Iglesia mostró su mayor esplendor en la capacidad revolucionaria de la humanidad. La pedagogía cristiana ortodoxa es tan revolucionaria como la Iglesia cristiana ortodoxa en su conjunto. Educar ha significado siempre, para la verdadera Iglesia cristiana ortodoxa, revolución. Cuando dentro de la Iglesia se habla de educación, se habla sin duda y sin confusión. Sin embargo, no ocurre lo mismo con los libros escolares de pedagogía.

La educación en la Iglesia sólo puede significar una cosa: revolución.

El ideal personal de la Iglesia es Cristo.

La Iglesia muestra siempre este ideal a los creyentes. La formación y la acentuación del modelo educativo se consideran indispensables en todas las pedagogías. El modelo de la pedagogía cristiana es Cristo. La Iglesia Ortodoxa identifica la educación cristiana con la acción revolucionaria, puesto que Cristo fue y es un επαναστάτης epanastátis revolucionario.

¿Fue Cristo un revolucionario, hermanos? Esta pregunta se impone lógicamente.

¿Es Cristo un revolucionario y un heraldo (predicador) de la revolución?

Si revolución significa derribo y destrucción, entonces sería una blasfemia y un insulto llamar a Cristo revolucionario.

Si la επανάσταση revolución significa venganza por la venganza, sangre por sangre y fuego por fuego, entonces los revolucionarios podrán llamar a cualquier hombre de la tierra su hermano, menos a Cristo.

Si por “revolucionario” entendemos a un hombre esclavo de sus debilidades y juez del otro, un hombre que para calentarse es capaz de quemar el mundo entero y para alimentarse es capaz de devorar el mundo entero, entonces Cristo, en efecto, no es revolucionario.

Si revolucionarios son solamente los asesinos, manifiestos o encubiertos, y los demagogos profesionales de la subversión, entonces sólo los incrédulos podrían contar al Salvador en esa incrédula compañía.

Y, sin embargo, podemos decir con certeza: Cristo fue un revolucionario y un heraldo, predicador de la revolución.

La revolución que Cristo trajo al mundo es la mayor y la más lograda de todas las revoluciones.

Cristo comenzó su revolución encendiendo una pequeña llama en las psiques-almas de algunos fieles. Estas pequeñas llamas se iban inflamando gradualmente y extendiéndose, encendiendo otras llamas cercanas hasta que, finalmente, se encendió un fuego en el cual ardían los poderosos imperios de los incrédulos, y del cual surgían nuevas creaciones políticas, artísticas y sociales.

Alguien podría decir que Cristo estaba en contra de la revolución exterior, que Él buscaba únicamente oponer la psique-alma humana a su propia debilidad y a su pecado, provocando así únicamente una revolución interior, ética, moral, de carácter estrictamente individual, sin tocar la vida social en su totalidad.

Pero esto lo diría quien no conoce la psicología de las revoluciones, y especialmente de aquellas inspiradas religiosamente.

A toda revolución exterior la precede una interior, en las psiques-almas de los hombres. La revolución exterior que el cristianismo trajo al mundo es sólo la consecuencia natural de la revolución interior que el fundador del cristianismo sembró durante los tres años de Su ministerio público.

Cristo no levantó insurrecciones contra la autoridad del Estado para obtener un cambio efímero y local. Cristo trabajaba por una revolución cuyo objetivo era un derrumbe y una transformación universal y global. Cristo no agitaba al pueblo contra las dinastías de Herodes y Augusto —eso habría sido un pequeño “trabajo guerrillero”— sino que ponía los cimientos de una obra mucho mayor. Fue más lejos y más profundo que todos los revolucionarios del mundo.

En el árbol del mal no podaba ramas ni retiraba hojas; ponía el hacha en la misma raíz. No tenía prisa en ver rápidamente el éxito de su obra; le bastaba Su fe en ese éxito.

Sabía que Dios lo había elegido como artesano de una gran edificación, que no podía construirse en un siglo humano. Cristo preveía y previó la conclusión de Su edificio al final de la historia del mundo. Para tal construcción, en el breve tiempo de su vida terrena, sólo podía labrar unas pocas piedras.

Los hombres que siguieron a Cristo eran esas piedras vivas que el gran Maestro tallaba para la Iglesia, su edificio. Con diligencia tallaba y pulía el Maestro estas piedras vivas, que a su vez debían tallar y pulir otras piedras.

«Revolucionaos primero contra vosotros mismos y luego contra el mundo» —tal podría ser el mensaje que se desprende del núcleo de la predicación de Cristo. Ésta fue la herramienta para tallar y para pulir.

De la obra de San Nicolás Velimirovich, Cristo camina despacio, capítulo «Iglesia y pedagogía revolucionaria».

Ediciones En Plo. Traducción del serbio a griego,Svetlana Petsin, Elías Saragoudas, Nefeli Saragouda-Petsin. Revisión teológica: Alexios P. Panagópulos.

El Cristianismo ortodoxo como revolución

Por Acción Estudiantil Cristiana “San Basilio”

 

La fe y la lucha por la mejora de nuestro mundo y de sus sistemas son indudablemente buenas. Millones son los luchadores por la libertad, por la lucha contra la pobreza y por la reivindicación de la justicia. Sin embargo, nuestro mundo ha mejorado muy poco a lo largo de los siglos. Un punto de inflexión fundamental de ese cambio fue una “invasión en la historia humana”: la vida y la obra de Cristo sobre la tierra.

Para los investigadores de buena voluntad, el Cristianismo ortodoxo ha sido la más grande de las revoluciones. La más grande revolución espiritual. No presentó un programa revolucionario destinado a cambiar el sistema social o político mediante reformas externas. Arrojó dentro de la humanidad —o más bien en los corazones— una semilla revolucionaria que los remueve incesantemente. No trajo simplemente un nuevo programa de vida: trajo una vida nueva. No buscó cambiar por la fuerza y de manera precipitada las costumbres externas o los sistemas sociales.

Quiso cambiar no los sistemas, sino a las propias personas, metamorfosear, transformar los corazones y, así, con hombres nuevos y renacidos, edificar una nueva sociedad. Sabía muy bien que cualquier cambio, reforma o revolución que no cambia y no transforma al ser humano, que no renueva y no hace catarsis de su corazón, es vanidad y engaño. Sin una revolución dentro del corazón, los resultados son superficiales, temporales e insignificantes. Lo hemos visto en muchas “revoluciones” o “cambios”. Sin un proceso de auto-transformación, los sujetos del cambio se corrompen y los movimientos revolucionarios se convierten en reaccionarios.

¿No fue, por tanto, revolucionaria la enseñanza del Cristianismo ortodoxo? ¿Y no fue Cristo ortodoxo un revolucionario? Pero la primera palabra que pronunció al comenzar su actividad pública, su primer sermón, empezó con una palabra eminentemente revolucionaria: «Μετανοείτε metanoite» (Mt 4,17). Es decir: cambiad de mentalidad y de vida; convertíos, arrepentíos y confesaos, cambiar de modo de vivir, porque la βασιλεία (vasilía) realeza increada de los cielos se ha acercado; ha llegado la vida santa y espiritual de la redención, bienaventuranza y felicidad; (μετανοεῖτε metanoite, el verbo aquí en tiempo continuo, metania ininterrumpida). Dad un giro de ciento ochenta grados y estableced nuevos principios y orientaciones. Iniciad una vida completamente nueva.

¿Qué significa ahora “vida nueva” para el cristiano? Una vida así no podría imaginarla ni el más audaz revolucionario del materialismo. Una vida verdaderamente progresista: vida de αγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado, altruista) justicia, verdad, libertad; una vida que incluso hoy, dos mil años después, sigue siendo incomprensible para muchos. Es la vida nueva que trajo Cristo a la tierra, verdaderamente revolucionaria y pionera, como ninguna otra que haya conocido o vaya a conocer jamás el mundo. Una vida exigente, radical, que rechaza los términos medios y los compromisos, las concesiones y las claudicaciones. Quienes quieran ver si la enseñanza y la vida nueva que trajo Cristo fueron verdaderamente progresistas y radicales, que lean atentamente su célebre Sermón de la Montaña (las Bienaventuranzas). No existe enseñanza más revolucionaria. Ella dio el lema y la fuerza para romper las cadenas del pecado y de toda tiranía. Allí son bienaventurados, felices y propuestos como modelos “los que tienen hambre y sed de justicia” (Mt 5,6), y no de injusticia; los “pacificadores”, y no los que comercian con la paz. Avanza de la superficie a la profundidad y golpea el mal en su raíz, porque ve detrás de la acción el deseo que se gestó y nació en el corazón.

Desgraciadamente, los dos mil años transcurridos han desdibujado muchas cosas. Para muchos, el Cristianismo se ha convertido en institución establecida, rutina, un formalismo apagado y muerto, una fe anémica y sin columna vertebral, peor incluso que la incredulidad. Para otros, es un sedante, un analgésico para las pruebas de la vida. Otros lo perciben como una aseguradora de vida eterna.

Pero, ¿qué relación tienen todas estas cosas con el Cristianismo? La απάθεια (apázia: sin pazos, impasibilidad)*, la inercia y el fatalismo pueden tener relación con las religiones orientales; pero la distancia que las separa de la religión y fe dinámica del más grande Revolucionario espiritual —el que “vino a traer fuego a la tierra” (Lc 12,49)— es astronómica. *Ver en: https://logosortodoxo.es/12-lexis-apocalipticas/  5. ΠΑΘΟΣ κ ΑΠΑΘΕΙΑ PAZOS y APAZIA)

Desde el principio hasta el final, el mensaje del Evangelio —para quienes lo estudian con seriedad y responsabilidad— es una επΑνάσταση revolución. Este aspecto radical del Cristianismo a menudo se nos escapa. Se escapa no sólo a los negadores o enemigos de la fe, sino también a muchos cristianos bienintencionados. Pero ha llegado el momento de que todos conozcamos el mensaje tan actual y tan despertador de Cristo para nuestra época. Con la oración lo disuelves todo. ¡Cristo es una επΑνάσταση revolución de bondad!

Por Acción Estudiantil Cristiana “San Basilio” 3 de noviembre de 2007 Fuente: https://xfd.gr/keimena

Traducido por Χρῆστος Χρυσούλας, logosortodoxo.es/

Domingo XIII de Lucas, San Andrés el Primer Llamado

Domingo XIII de Lucas (de San Andrés el Protóklitos Primer Llamado)

 

Primeros discípulos de Jesús, 1:35-52.

35 Al día siguiente, Juan, estaba todavía allí con dos de sus discípulos,

36 y vio a Jesús que andaba por allí y dijo: “He aquí el Cordero de Dios”.

37 Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús.

38 Y Jesús volviendo hacia ellos y viendo que le seguían, les dice:

39 «¿Qué buscáis?» Ellos le dijeron: “Rabí, que significa Maestro, ¿dónde vives?”

40 Él les dijo: «Venid y lo veréis».  Fueron y vieron donde vivía y se quedaron con él aquel día. Era como la hora décima las cuatro de la tarde.

41 Era Andrés, hermano de Simón Pedro, uno de los que escucharon de Juan lo que había dicho sobre Jesús y le siguieron.

42 Andrés, encontró primero a su hermano Simón y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías, que en la lengua helénica-griega significa Cristo”. (Dios Logos iniciado y ungido en hombre que no es lo mismo que el creado hombre con logos iniciado y ungido en Dios),

43 y le condujo ante Jesús. Jesús mirándolo cariñosamente, le dice: «Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefás, que significa Pedro». (Que cuando te conviertas, te harás con fe firme como la piedra y en la lengua helénica-griega te llamarás Pedro).

44 Al día siguiente, Jesús decidió salir de Judea hacia Galilea; encontró a Felipe, y le dice: «Sígueme». (Felipe también era discípulo de Juan Bautista de quien había escuchado hablar mucho sobre el Mesías.)

45 Felipe era de Betsaida, de la ciudad de Andrés y Pedro,

46 Felipe encontró a Nataniel y le dice: “Hemos encontrado a aquel sobre quien Moisés escribió en la ley y los profetas; es Jesús de Nazaret, el hijo de José”.

47 Nataniel respondió: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” Felipe le contestó: “Ven y lo verás”.

48 Jesús, vio a Nataniel que se le acercaba y dijo de él: «He aquí un israelita de verdad, en quien no hay engaño, ni mala astucia».

49 Nataniel le dijo: “¿de qué me conoces?” Jesús le contestó: «Antes que Felipe te llamase, cuando estabas debajo de la higuera, yo te vi».

50 Respondió Nataniel y le dice: “Rabí, tú eres el hijo de Dios, tú eres el rey de Israel, al que según las profecías esperábamos”.

51 Jesús le contestó y le dijo: «¿Porque te he dicho que te he visto debajo de la higuera crees? Cosas mayores que estas verás».

52 Y añadió: «Amín, amín, de verdad en verdad  os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

  1. «Y añadió: «Amín, amín, de verdad en verdad os digo, a partir de ahora que el cielo se ha abierto por mi bautismo, veréis el cielo abierto también para vosotros y los ángeles subiendo y bajando sobre el Hijo de Dios, quien se ha hecho hombre perfecto; y como hijo del hombre será y es el único representante o vicario del género humano; y que volverá a venir como juez glorioso sentado sobre las nubes; y los ángeles estarán subiendo y bajando para servir a Él y Su Iglesia».

 

Domingo XIII de Lucas (de San Andrés el Protóklitos Primer Llamado)

Presbítero Atanasio Minas

 

«Ven y lo verás, Ἔρχου καί ἴδε ».

Nada eleva tanto la psique-alma hacia el amor de Dios como el conocimiento del misterio de la divina Encarnación. Es evidente que esto acontece en l  a vida del ser humano cuando se encuentra con el supremo Logos, llamado por los Ortodoxos el Hijo Encarnado, nacido del Espíritu Santo y de María la Virgen. Este encuentro se perfecciona y llega «para que cobren ánimo y sean consolados sus corazones, se mantengan unidos cultivando la agapi-amor incondicional entre sí y por ella se unan armónicamente y serán informados así con sabiduría y prudencia de toda la riqueza de la verdad que se refiere a su salvación y conocerán en el fondo el misterio de Dios Padre y de Cristo» (Colosenses 2:2).

El apóstol Natanael, hasta su encuentro con Cristo, había expresado dudas acerca de si «de Nazaret puede salir algo bueno» (Juan 1:47). Sin embargo, la bondad infinita y suprabondadosa, Cristo, le reveló que Él mismo es la fuente de toda bondad. Pues aquello que es lo más excelso entre los bienes no puede estar ausente de la perfecta bondad, es decir, del Hijo encarnado de Dios.

¿Qué otra cosa, pues, impulsa a la psique-alma a aceptar la fe en el Rey Mesías, sino cuando Él mismo apocalipta-revela al hombre los rincones más profundos de la psique-alma, guiándolo hacia la profundidad del conocimiento de las realidades celestiales? Esto es exactamente lo que le ocurrió hoy al apóstol Natanael: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel» (Jn 1:50).

Consideramos, hermanos, que por eso Dios ofrecerá Sus bienes para participación a todos los que estén purificados de la maldad y no tengan engaño, bienes de los cuales dice la Escritura: «ni ojo vio, ni oído oyó, ni subieron al corazón del hombre» (1Cor 2:9). Y esto no es otra cosa que llegar hasta el mismo Dios. No existe, pues, cristianos míos, sabiduría eterna ni conocimiento inmortal que no se halle en Cristo.

Por consiguiente, los santos apóstoles Felipe y Natanael nos dan hoy la definición de lo que significa ser cristiano.

Ser cristiano ortodoxo es llegar a la κοινωνία (kinonía: conexión, participación, unión, comunión) con Cristo, construir en comunión con Él una vida elevada en carismas; es un movimiento hacia la perfección, cooperando con la Χάρις (Jaris: Gracia, energía increada) en la medida en que sea humanamente posible.

Dice Cristo: «Estad quietos y sabed que YoSoY»; es decir: lo que Yo hice, también vosotros debéis moveros en esa dirección, convirtiéndoos en modelo de verdadera teología. Así, hoy el Señor le dice al apóstol Natanael: «Lo que Yo os he dado, hacedlo también vosotros con alegría, con la presencia del Espíritu Santo y la complacencia del Padre».

«…verás cosas mayores que estas»; tal es el amor del Dios que nos amó. Este amor está precedido por la extrema pobreza espiritual, la absoluta humildad; el hacerse el primero servidor de todos, diácono de todos, amar y preferir el último lugar, lo cual significa amor hasta el fin.

No existe amor superior que este; es el amor del Dios que nos amó, el que nos ha establecido sobre la Roca de la confesión de Jesús Cristo, nuestro Salvador. Así, los dos Apóstoles que saborearon la dulzura de la presencia del Θεανθρώπο zeánzropo Dios-Hombre se unieron a Cristo, y así como Dios hace llover y salir el sol sobre justos e injustos, malos y buenos, así también ellos extendieron por todas partes los rayos de la verdad del Evangelio, iluminando y regando los corazones de quienes desean salvarse, con los ríos de inmortalidad que brotan de Jesús, el Paraíso.

Sin embargo, hermanos, debemos descubrir la verdad que está dentro de nosotros. La Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de Cristo está dentro de nosotros. El Señor dice: «Buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá; pedid y se os dará». Adelante, pues: Cristo nos anima a pedir con fe al Padre, en Su nombre, y Él nos lo concederá. Es decir, a encontrar la semilla de la forma divina; a que se manifieste y florezca el tesoro escondido, de modo que la imagen de Dios quede impresa en nuestro interior.

Dios, queridos cristianos, por Su jaris increada —con nuestras oraciones en humildad y confesión, por Jesús Cristo— concede inmediatamente lágrimas de κατάνυξις (katánixis: dilatación del corazón, compunción) que brotan como fuente inagotable y endulzan los sentidos de la psique-alma, llenándola de toda alegría y luz divina. Y además, quebrantan el corazón y llenan el pensamiento con buenos razonamientos, y los sentidos con la contemplación de las realidades divinas; ayudándonos así a evitar hacer aquello que no es santo. Allí también el Rey Cristo, junto con los Apóstoles, reparte las donaciones del Espíritu Santo a los discípulos de la humildad y les concede Sus grandes carismas y axiomas.

Consideramos Su logos de conocimiento, Su sabiduría inefable, la visión de las realidades divinas, la previsión de las cosas humanas y, finalmente, la unión con Él, tal como sucedió hoy con el Santo Apóstol Natanael, quien respondió a la llamada del Santo Apóstol Felipe, cuando éste lo invitó y él dudaba, diciéndole: «Ven y verás» (Juan 1:47); también a todos: «Venid y lo veréis» (Juan 1:40).

Al Salvador y Rey Jesús Cristo, el verdadero Dios, Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada), la Soberanía y la Δύναμις Dínamis por los siglos de los siglos. Amén.

Traducción Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

La herejía, el cisma y la actitud pastoral que conviene hacia los herejes y cismáticos

Archimandrita Georgios Capsanis († 2014)
Hegúmeno del Santo Monasterio de San Gregorio, Monte Athos

 

La tradición de la Iglesia, tal como se expresa en los santos Cánones, siempre ha comprendido la herejía y el cisma como medios terribles y abominables mediante los cuales el enemigo de la salvación intenta “dividir el Cuerpo de Cristo” para frustrar la salvación del hombre. [1]: (San Atanasio el Grande, carta al obispo Rufiniano, 12 Teófilo, 7θ Cartago, 28 Cartago, 29 Cartago). [01]. “El malvado, sembrando la siembra de cizaña de los herejes en la Iglesia de Cristo, al verlas cortadas de raíz por la espada del Espíritu, siguió otro camino de astucia, intentando con la furia de los cismáticos dividir el cuerpo de Cristo…” (13 AB).

Los Padres de la Iglesia, siguiendo la enseñanza del Nuevo Testamento, y especialmente la de san Pablo Apóstol y san Juan Evangelista, que condenan con gran severidad la herejía, no aceptaron jamás reconciliación ni convivencia con ella, rechazando considerarla bajo el prisma del relativismo o del escepticismo, como si fuera un intento equivocado pero noble y legítimo de interpretar la verdad cristiana.
Así, los que persisten en la herejía son considerados por los santos Padres como “impuros, sucios”, “adversarios de Cristo”, “sacrílegos y pecadores”, “enemigos y anticristos”, “a quienes el Señor llama enemigos y adversarios en los Evangelios” (Canon de Cartago), “muertos” (San Atanasio, Epístola festal 39), “enemigos de la verdad” (Canon 1º del VI Sínodo).
La herejía es además caracterizada como “engaño” y “depravación” que trae consigo la perdición (Canon 57 de Cartago); como “torcimiento” (Canon de Cartago); como “lamentable error” en el cual “han quedado atrapados” los herejes (Canon 66 de Cartago); como “comunión contaminada” (Canon 69 de Cartago); como “raíz de amargura que brota arriba”, la cual “se ha convertido en mancha para la Iglesia ortodoxa católica o universal: la herejía de los calumniadores de los cristianos” (Canon 16 del VII Sínodo).

La herejía, que abandona directa o indirectamente a nuestro Señor Jesús Cristo, Hijo de Dios, se convierte en idolatría encubierta (Canon 35 de Laodicea) y en ateísmo (“han caído desde la impiedad en el abismo de la perdición y de la impiedad misma”), por lo cual el que los sigue “sea expulsado y excluido del registro de los cristianos, como ajeno” (Canon 1 del VI Sínodo).

En efecto, quien sigue la herejía no tiene posibilidad de alcanzar el perfeccionamiento y la salvación en Cristo, puesto que, “separado de la unión eclesiástica” (Canon 69 de Cartago), o “por una discordia que perturba la unión del Cuerpo del Señor” (Canon 66 de Cartago), se aparta para ir allí donde la Iglesia no existe (Canon de Cartago), al “sínodo (concilio) de la apostasía”.
Los herejes se hallan “expulsados de toda comunión eclesiástica y desprovistos de toda energía increada espiritual” (Canon 1 del III Sínodo), estando bajo el dominio del diablo: “Dios les concederá μετάνοια metania y arrepentimiento para conocer la verdad y escapar de los lazos del diablo, en los cuales fueron capturados para hacer su voluntad” (Canon 66 de Cartago). [02]: De igual modo enseña San Gregorio de Nisa que mediante la herejía “se produce un traslado desde la Jerusalén celestial, es decir, desde la Iglesia de Dios, hacia esta confusión de dogmas” (según Eunomio, P.G., 45, 836 A).

Esta actitud severa de los santos Padres es consecuencia de su Eclesiología. Dado que solo existe una Iglesia (así como un solo Cuerpo corresponde a una sola Cabeza), es natural que quienes se separan de la Una Iglesia por la herejía o el cisma dejen de ser miembros del Cuerpo de Cristo y de poseer el Espíritu Santo. Su “casa queda desierta” y degeneran en una “iglesia de los que obran iniquidad y mala astucia” (Nicéforo el Confesor, Epístola III).

De ahí que los misterios de los herejes sean considerados nulos, puesto que carecen del Espíritu Santo. Entre los herejes no existe ni siquiera un verdadero bautismo ni crismación: “Sostenemos con certeza que nadie puede ser bautizado fuera de la Iglesia universal, la católica Ortodoxa, puesto que hay un solo bautismo y este existe solo dentro de la Iglesia Ortodoxa católica; por lo tanto, no puede haber en modo alguno crismación entre los herejes.”

La razón es evidente: “Entre los herejes, donde no hay Iglesia, es imposible recibir remisión de los pecados. Pues si en parte pudiese prevalecer, quien tuviera poder de bautizar tendría también poder de dar el Espíritu Santo; pero si no puede, por hallarse fuera (de la Iglesia), y no teniendo Espíritu Santo, no puede bautizar al que viene a él. Ya que hay un solo bautismo, un solo Espíritu Santo y una sola Iglesia fundada por Cristo nuestro Señor, sobre Pedro el Apóstol desde el principio, por eso todo lo que ellos hacen, siendo falso y vacío, es enteramente inválido.” (Canon de Cartago).[3] Véase también el canon 65 de los Apóstoles.

Este canon no constituye ninguna novedad en la Iglesia, sino que refleja la eclesiología del Apóstol Pablo: “Hay un solo cuerpo y un solo y el mismo Espíritu que os vivifica, como una es también la esperanza a la que habéis sido llamados todos. Hay un solo Señor, una sola fe de todos los Cristianos, un solo bautismo que han recibido” (Efesios 4, 4–5). Toda otra consideración de las herejías derrumbaría y destruiría este fundamento eclesiológico.

Con los Padres de Cartago concuerdan también los cánones 46 y 47 de los Santos Apóstoles: «Mandamos que sea depuesto todo obispo o presbítero que reciba el bautismo o el sacrificio de los herejes. Pues, ¿qué concordia hay entre Cristo y Beliar? ¿O qué parte tiene el fiel con el infiel?» (canon 47). «Si un obispo o presbítero… no bautiza al contaminado, es decir, al bautizado por los impíos, sea depuesto, porque se burla de la cruz y de la muerte del Señor, y no distingue entre sacerdotes y falsos sacerdotes». [04]: (Véase el canon 18 de los Apóstoles.)

Según el canon 57 de Cartago, los misterios (sacramentos) de los herejes contribuyen incluso a su condenación: «En la única Iglesia ortodoxa se incluyen todos los santos dones —salvíficos, eternos y vivificantes—, los cuales, para aquellos que persisten en la herejía, se convierten en causa de una gran condenación; para que aquello que en la verdad era para ellos un camino luminoso hacia la vida eterna, en el error se torne más oscuro y más condenado. Algunos, sin embargo, escaparon de esto, y al reconocer con rectitud a la santa Iglesia católica ortodoxa como su madre, creyeron y recibieron con amor de la verdad todos aquellos santos misterios.»

El hecho de que el bautismo de ciertos herejes y cismáticos sea considerado válido al convertirse a la Ortodoxia (cf. cánones 95 del VI Concilio y 7 del II Concilio Ecuménico) no significa que en sí mismos el bautismo o los misterios de los herejes sean válidos, ni según la exactitud o precisión (ακρίβεια akríbia) ni siquiera según la economía (οικονομία ikonomía). [6] (Según Jerónimo Kotsónis: “Dado que no existe una orden o mandato alguno, ni siquiera “por economía”, que reconozca el bautismo de los herejes por sí mismo como válido, significa que, incluso “por economía”, éste se rechaza como inválido” (“Bautismo de los herejes”, en Θ.Η.Ε., vol. 1, p. 1092).

No solo los herejes, sino también los cismáticos carecen de la Χάρις (jaris: gracia, energía increada) del Espíritu Santo: «Porque el comienzo de la separación de los apóstatas se produce por el cisma; y los que se apartaron de la Iglesia ya no tienen la Χάρις increada del Espíritu Santo sobre ellos, pues cesó la transmisión al interrumpirse la sucesión. Los primeros que se separaron de los Padres tuvieron la ordenación, y por la imposición de manos tenían el don, carisma espiritual; pero los que se desgarraron de ellos, al hacerse laicos, ya no tenían poder ni de bautizar ni de ordenar, ni podían transmitir a otros la Χάρις gracia increada del Espíritu Santo, de la cual ellos mismos habían caído. Por eso, a los que son bautizados por ellos, la Iglesia los manda ser purificados mediante el verdadero bautismo de la Iglesia» (San Basilio el Grande, canon 1). [7]: («Según la misma regla de San Basilio el Grande, los antiguos llamaron “herejías” a aquellos movimientos que estaban completamente separados de la Iglesia y cuyos seguidores se habían alienado, caído de la verdadera fe; y “cismas” a las disputas que surgían por algún motivo eclesiástico, y que podían resolverse mediante terapia, sanación, es decir, con reconciliación entre las partes. Finalmente, “para-sinagogas” llamaron a las asambleas organizadas por presbíteros o obispos desobedientes y por pueblos no instruidos…»)

A pesar de la distinción entre herejía y cisma, en la conciencia de la Iglesia ambos se consideran como separaciones del Cuerpo de Cristo. [8]:Véase también el canon 19 de Cartago: “Acerca de predicar la paz y la unidad, sin la cual la salvación de los cristianos no puede lograrse”. La enseñanza de los santos Padres es unánime, según San Ireneo: “Examina a aquellos que causan cismas, estando vacíos del amor de Dios, y buscando lo que es beneficioso para sí mismos, pero no la unión de la Iglesia; y por las causas menores y mayores dividen el gran y glorioso cuerpo de Cristo, y tanto como dependen de ellos”; por ello, entre los cismáticos “no puede lograrse nada de esta magnitud; tal es el daño del cisma” (Refutación de conocimientos falsos, IV, 33,7, BEPES, t.5, 155).

«Según San Juan Crisóstomo, aquellos que guardan la virginidad entre los herejes y los cismáticos no sólo no recibirán recompensa alguna, sino que se han hecho culpables del mismo castigo que los que fornican o cometen adulterio.» (Homilía sobre Efesios 11, §5. Véase también Filipenses 2, §3.) Según San Ignacio de Antioquía: “Quien sigue a quien divide, no heredará la βασιλεία (vasilía: el reinado de realeza increada) de Dios” (Epístola a Filadelfia III,3, BEPES t.2,277), y “Hijos de la luz de la verdad, huid del cisma y de las malas enseñanzas” (Epístola a Filadelfia II,1). Véase también el Pedalion, p.26.

«Llamamos herejes no solo a los que antiguamente fueron rechazados de la Iglesia, ni solo a los que después fueron anatematizados por nosotros, sino también a aquellos que, aparentando confesar la sana fe, se separan y se congregan aparte contra nuestros obispos canónicos» (canon 6 del II Sínodo (Concilio) Ecuménico). Quien se atreve a “apartarse” se considera «extraño y ajeno a la Iglesia, porque no solo acumula pecado sobre sí mismo, sino que se convierte en causa de corrupción y ruina para muchos» (canon 1 de Antioquía).

La causa de los cismas es el orgullo y la vanidad, que conducen a la ruptura de la unidad de la Iglesia y a la celebración de los santos misterios “por separado”, en altares extraños «contra la fe ortodoxa y el orden eclesiástico».[09]: Canones 10 y 11 de Cartago. Según N. Milas (p. 698): “El cisma se divide en dos categorías: cisma de fe y cisma de Iglesia. El cisma de fe es la separación de la Iglesia universal debido a diferentes interpretaciones o percepciones de ciertos elementos de la enseñanza eclesiástica, menos importantes o fácilmente solucionables. El cisma de Iglesia es la negación de la obediencia y sumisión a la autoridad eclesiástica legítima”.

Y puesto que el hereje carece de χάρις (jaris: gracia, energía increada) no puede conservar la condición de miembro de la Iglesia. El anatema no lo separa de la Iglesia, pues él mismo ya se ha separado al caer de la fe verdadera ortodoxa, sino que simplemente proclama ante el pueblo de Dios su autoexclusión, para salvaguardar la fe y la salvación tanto de él mismo como de los demás fieles.

Del mismo modo, quien se separa de la Iglesia Católica ortodoxa (es decir, de la Iglesia Universal Ortodoxa) por cisma, al carecer de la divina jaris increada, si es clérigo, es depuesto; si es laico, es excomulgado. [10] (Véase Apóstoles 30, Cartago 10, 13, 14 y 15 de AB. Los cánones 6 de Gangra y 11 de Cartago imponen la pena de anatema.)
Los epitimios (penitencias) eclesiásticos, también en el caso del cismático, no son arbitrarios, sino que reconocen el estado en que él mismo, por su voluntad, se ha colocado al separarse.

El canon 5 de Antioquía lo expresa con claridad: «Si algún presbítero o diácono, despreciando a su propio obispo, se separa de la Iglesia y celebra aparte, y levanta un altar propio, y no obedece cuando el obispo lo llama una y otra vez, sea depuesto totalmente y no tenga ya posibilidad de recuperación ni de volver a su dignidad. Y si persiste perturbando y escandalizando a la Iglesia con ayuda del poder civil, sea tratado como sedicioso. insurrecto».

Este canon indica también el método pastoral para el retorno de los cismáticos. Precede la primera y segunda invitación del obispo y la amonestación en privado; sigue la imposición de la destitución, como algo inevitable, y después de ella, en caso de que continúa escandalizando, incluso la corrección del que peca mediante la autoridad civil, para frenar su daño espiritual. El recurso a la autoridad civil no es falta de amor, pues mediante él, el que escandaliza al pueblo de la Iglesia puede ser detenido y llevado a la corrección para su propio bien.

La actitud particular de los pastores de la Iglesia hacia los herejes debe ser tal que no atenúe, debilite, ni en las conciencias de los miembros de la Iglesia ni en las de los propios herejes, el sentido de lo que es la herejía, como algo completamente incompatible con la Verdad de la Iglesia ortodoxa y causa de perdición psíquica y espiritual.La herejía es absolutamente contraria a la Ortodoxia. Es significativo que los Padres empleen los términos “Ortodoxia” y “Ortodoxo” no pocas veces (cf. cánones 1 y 3 del III Sínodo, 7 del II, 95 del VI, 2 de Teófilo) en oposición a heterodoxia, kakodoxia-mala o falsa doctrina y herejía. No puede haber comunión entre Cristo y Belial, ni entre la mesa de Dios y la mesa de los ídolos. Esta severa postura se adopta por razones eclesiológicas (porque solo hay una Verdad, un Cristo y una Iglesia) y por razones pastorales y pedagógicas.

Si los pastores de la Iglesia adoptan una actitud sincretista* frente a la herejía, el rebaño perderá su sensibilidad confesional y fácilmente caerá en el error, mientras que los herejes formarán la impresión de que no están lejos de la Verdad y, por tanto, de que no necesitan arrepentirse; * (el término sincretista se aplica a creencias, cultos o personas que mezclan elementos de distintas religiones, filosofías o tradiciones espirituales.) De ahí que la severísima actitud que prescriben los Santos Cánones hacia los herejes sea, en su fondo, una actitud verdaderamente filantrópica; por un lado, porque protege al rebaño de la corrupción de la herejía; y, por otro, porque despierta la conciencia de los mismos herejes e insinúa en ellos el llamado al retorno.

Esta filantropía escondida bajo la severidad de los Padres se manifiesta también en la distinción que ellos hacen entre la herejía, a la que aborrecen, y el hereje, al que aman.

Característico es el canon 33 de los Apóstoles, que ordena que los clérigos forasteros no sean recibidos en comunión sin cartas de recomendación.
Cuando las presenten, debe examinarse si son predicadores de la piedad, es decir, ortodoxos; y si no lo son, se les debe proporcionar lo necesario para su sustento, pero no admitirlos en la comunión eclesiástica. Bajo esta luz deben entenderse todas las medidas estrictas que imponen los Cánones respecto a las relaciones con los herejes. Estas medidas se refieren tanto al ámbito litúrgico como a la vida social.

Así, se prohíbe orar conjuntamente con herejes o cismáticos (canon 33 de Laodicea), o en general con excomulgados, incluso en el hogar, bajo pena de excomunión (canon 10 de los Apóstoles). El obispo, presbítero o diácono que ore junto con herejes queda excomulgado, y si les permite realizar algo como clérigos, es depuesto (cánones 45, 46, 65 de los Apóstoles; canon 9 de Laodicea). [11]: (Véase también la carta 11 de Niceforo de Constantinopla, donde los clérigos que habían convivido con herejes y se arrepintieron no celebran liturgia, pero, en ausencia de sacerdote, pueden bautizar, distribuir los dones consagrados, bendecir agua teofánica y conferir el hábito monástico.)

Igualmente, se prohíbe que los herejes impenitentes entren en el templo ortodoxo (canon 6 de Laodicea), o que asistan durante la celebración de la Divina Efjaristía (canon 9 de Timoteo de Alejandría). Los ortodoxos no deben entrar en los cementerios o santuarios de los herejes para orar (canon 9 de Laodicea), [12]: (Solo por necesidad se permite entrar en cementerios controlados por herejes para venerar reliquias de santos (Niceforo, Epístola 5: R.P.S., IV, 431 e).

También los que acuden a las tumbas de los falsos mártires herejes, pues quienes lo hacen son anatematizados (canon 34 de Laodicea). [13]: (También, en iglesias consagradas por herejes, los ortodoxos no deben entrar “en absoluto”, considerando esos lugares como “casas comunes” (carta de Niceforo, 3). Solo en caso de necesidad pueden entrar. La celebración de la Divina Liturgia solo se permite si el templo regresa a los ortodoxos y las puertas son consagradas por “obispo o sacerdote legítimo… con la oración correspondiente” (íd., 4).

Asimismo, los laicos ortodoxos no deben recibir bendiciones de los herejes, porque tales bendiciones son “irracionales” (canon 32 de Laodicea), ni celebrar festividades junto a ellos ni aceptar de ellos regalos festivos (canon 37 de Laodicea).

Los herejes no son considerados dignos de confianza por la Iglesia, y por eso no pueden ser admitidos como testigos en causas contra un obispo (canon 65 de los Apóstoles), ni como acusadores en juicios contra clérigos (canon 129 de Cartago).

Tampoco se permite que los ortodoxos formen lazos de parentesco con los herejes. Por tanto, se prohíbe el matrimonio con herejes, así como con los de otra religión (cánones 14 del IV Concilio, 72 del VI, 31 de Laodicea, 21 de Cartago).

Finalmente, es inadmisible que los obispos u otros clérigos, al redactar su testamento, dejen sus bienes a parientes herejes o les hagan donaciones en vida (canon 22 de Cartago). Y el obispo que deje parte de sus bienes a parientes herejes o paganos, es anatematizado incluso después de su muerte (canon 81 de Cartago).

Junto a estas medidas preventivas hacia los herejes y cismáticos, la Iglesia, a través de sus pastores, toma también medidas positivas para su retorno “a la ortodoxia y a la parte de los que se salvan” (canon 95 del VI Concilio Ecuménico). La Iglesia mantiene siempre abierta su puerta para el regreso de los herejes, con una condición: que haya una renuncia penitente de su error y una aceptación unánime de la Verdad.

Los herejes que se acercan a la Iglesia deben anathematizar “toda herejía que no piense como piensa la santa Iglesia católica y apostólica de Dios”, la Ortodoxa (canon 7 del II Concilio Ecuménico, canon 7 de Laodicea). La sinceridad de su deseo de unirse a la Iglesia se demuestra mediante una confesión escrita, en la que declaran que aceptan y deciden seguir en todo los dogmas de la Iglesia Católica Ortodoxa (canon 8 del I Concilio Ecuménico; San Atanasio el Grande, Carta al obispo Rufián “sobre los que tuvieron comunión con los herejes”). La catequesis de los herejes que regresan debe realizarse “con todo esmero” (canon 8 de Laodicea) antes de su admisión plena en la Iglesia.

Con el fin de facilitar el regreso de los herejes, la Iglesia Ortodoxa, en ciertos casos y bajo ciertas condiciones, acepta reconocer a los pastores que regresan desde la herejía su dignidad clerical (San Atanasio el Grande, carta al obispo Rufiniano, 12 Teófilo, 7θ Cartago, 28 Cartago, 29 Cartago).

Yérontas Georgios Capsanis († 2014)

(La Diaconía Pastoral según los Santos Cánones, ediciones Athos, 2003)
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

Teología Ortodoxa y Filosofía

Teología Ortodoxa y Filosofía

(Extractos de varios Padres antiguos y actuales)

 

Θεολογία (Zeología: Teología Θεός Zeós Dios y Λογος Logos)

El primer teólogo es el Logos increado del Antiguo Testamento: “Y dijo Dios: hágase la luz” (Gn 1,3). Este mismo Logos increado es el que se encarna, el Cristo del Nuevo Testamento: “Ἐν ἀρχῇ ἦν ὁ Λόγος… (en arjí in o Lógos), en el principio el Logos era, es y será infinitamente eterno… todo fue creado por Él” (Jn 1,1-3).

El segundo “teólogo” es el diablo, cuya actividad queda manifiesta en las tres tentaciones del Señor (Mt 4,3-6) en el Nuevo Testamento, así como en el libro de Job y otros pasajes del Antiguo Testamento.

El cristianismo ortodoxo y su teología, en su expresión auténtica como Ortodoxia, constituyen la continuación de la teologización profética empírica. Para teologizar de manera auténtica y ortodoxa debemos tener como base la virtud del correcto “discernimiento” entre las divinas energías increadas y las energías humanas creadas. Este discernimiento entre lo increado y lo creado es fundamental para la teología verdadera y ortodoxa.

La divina οὐσία (usía, sustancia o esencia) es absolutamente inefable, ininteligible e inaccesible, y el ser humano no puede participar de ella. El hombre puede participar de las divinas energías increadas, pero nunca de la increada οὐσία divina.

En la tradición patrística ortodoxa, la teología no es fruto del estudio de libros ni de una ocupación intelectual, sino fruto de la gnosis espiritual increada y de la experiencia de Dios. Según los Padres, teólogo es aquel que ha llegado a la θέωσις (zéosis: divinización, deificación o glorificación, santificación, unión con Dios por la energía increada jaris).

Dicen los Santos Padres en la Filocalía: “El que ora es un teólogo, y el mejor teólogo es el que ora”. (https://logosortodoxo.es/category/la-askisis/er)

Θεόλογος zeólogos teólogo, indistintamente, es aquel que ha pasado por la áskisis (ascesis), el método-ejercicio espiritual en el Espíritu Santo propio del hombre ortodoxo. Este camino se fundamenta en la catarsis del corazón, en la iluminación del nus y en la nípsis (sobriedad y vigilancia del nus). (ver https://logosortodoxo.es/category/theosis-o-zeosis-%ce%b8%ce%ad%cf%89%cf%83%ce%b9%cf%82/)

Las premisas y condiciones de la teología son la catarsis psicosomática y la unión de los sentidos físicos y psíquicos del ser humano con Dios: “La finalidad de la catarsis es condición para la teología. Aquel que ha unido totalmente sus sentidos con Dios se mistagogiza (es instruido e iniciado) místicamente en los Santos Misterios, en la teología misma de Dios. Pero si los sentidos físicos y psíquicos no se han unido con Dios, es difícil y peligroso teologizar”.

San Juan Clímaco afirma: “En vez de teología sobre Dios tenemos logos del hombre caído y mortal, charlatanerías de auto-teólogos (‘teólogos’ de academia), que en lugar de vida y Jaris (gracia, energía increada) se convierten en instrumentos de escándalo, muerte y desgracia”.

Es decir, si el ser humano no se convierte y no se hace instrumento de la energía increada divina —Jaris (gracia increada)— no puede llegar a ser teólogo. (ver https://logosortodoxo.es/teologia-ortodoxa/la-teologia-el-primer-don-del-espiritu-santo/)

En los textos de la Filocalía de los Padres Nípticos, teología significa mucho más que el simple conocimiento de Dios o el dogma eclesiástico alcanzado por medios académicos: significa la percepción viva, consciente y participativa de la realidad divina, la dimensión práctica de la gnosis espiritual increada.

La teología, en su manifestación plena, presupone un estado de ησυχία (hisijía: serenidad mental y paz cordial, quietud interior) y απάθεια (apázia: impasibilidad, sin pazos), que se alcanza mediante la oración pura, imperturbable y lúcida, en la que el hombre pide dones que sólo son concedidos a muy pocos.

Los ortodoxos distinguimos tres tipos de teología:

a) Apofática, que expresa lo que Dios no es.

b) Catafática, que expresa lo que Dios sí es.

Ambas se complementan y nunca se contradicen.

c) Teología trascendental, mística y sublime, que se manifiesta cuando el ser humano alcanza el tercer estadio de su áskisis: la Θέωσις zéosis, es decir, la glorificación, divinización, santificación o deificación, la unión con Dios por la energía increada Jaris y la Doxa —la gloria increada—. (ver: https://logosortodoxo.es/teologia-ortodoxa/teologia-mistica-san-dionisio-el-areopagita/)

Según los sabios Santos Padres helénicos: “El filósofo ama conocer; el teólogo conoce amar”.

La filosofía mundana —la del filósofo— es la pregunta eterna. Pilato (imagen del filósofo) plantea lo abstracto: “¿Qué es la verdad?”. En cambio, Cristo (imagen del teólogo ortodoxo) define la Verdad como persona, como quién: “Yo soy la Verdad, la Vida, la Luz y la Agapi” (Jn 14:6); y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32), dice el Logos de Dios en el Evangelio de san Juan.

La base de la filosofía es lo abstracto, el “qué”, que pregunta y busca sin encontrar respuesta plena; la base del teólogo ortodoxo es el “quién”, la persona, el Θεάνθρωπος (Zeántropos, Dios-Hombre), el Logos increado de Dios.

La agapi —el amor divino— es más difícil que la filosofía, y a la vez es la filosofía más profunda y exigente.

Teología demostrativa y dialéctica

La santa Παράδοσις Parádosis Tradición íntegra de la Iglesia Ortodoxa —de la cual el gran hisijasta/hesicasta e iluminante Obispo de Tesalónica, san Gregorio Palamás, es columna firme y faro inextinguible— subraya en la teología el carácter ἀπρόσιτο (aprósito: inaccesible, inefable, invisible) de Dios y, en la economía, la manifestación de Sus energías increadas: doxa (gloria), jaris (gracia) y realeza.

Deseoso de hallar la expresión más auténtica de la enseñanza ortodoxa, san Gregorio Palamás, tras mucha insistencia por parte de sus amigos, redactó sus tratados sobre la procedencia del Espíritu Santo. En ellos, en lugar del método dialéctico o discursivo de Barlaam, aplica el método demostrativo, por lo cual titula sus logos como “Logos demostrativos”. (https://logosortodoxo.es/san-gregorio-palamas/demostraciones-en-la-teologia/)

San Gregorio considera que la dialéctica —“la que intenta convencer con conceptos filosóficos humanos”— no produce ningún resultado válido para la comprensión de lo divino, dado que “lo divino es superior a todo nus y logos”.

En lo referente a Dios, sólo es posible hablar de manera θεοπρεπής (zeoprepís: de modo divino, según el modo de Dios), “movido por el Espíritu”; a este método san Gregorio lo llama precisamente demostrativo.

Punto de partida del método demostrativo es la convicción de que la verdad “sobre los dogmas o logos de Dios” no está compuesta por conceptos filosóficos abstractos ni definiciones racionales. La teología examina “con palabras los supremos logos o supra-logos”, pero se manifiesta y se regala de forma “crística e inefable” por el Dios Uno y Trino, “el único dador y guardián de la verdadera teología, de los dogmas y de los logos acerca de ella”.

San Gregorio Palamás sostiene como fundamental que la teología no es producto de la dialéctica, sino verdad pura, preservada auténticamente en la teosofía de los Santos Padres, quienes para vivirla y anunciarla se apoyaron en los testigos y oyentes inmediatos: los discípulos y los Apóstoles.

Los Apóstoles fueron enseñados en todas las cosas directamente por Cristo: “El pre-eterno Logos de Dios se hizo también para nosotros teólogo; siendo la Verdad misma, se hizo mensajero y predicador de la verdad para nosotros”.

Por ello, los Apóstoles, “enseñados e iluminados, fueron enviados a enseñar tal como fueron enseñados, a iluminar tal como fueron iluminados y a predicar con franqueza lo que sus oídos habían escuchado… por apocalipsis (revelación) dentro de la suprema luz del gnofos —la luz increada que trasciende toda luz y todo desconocimiento de la usía (esencia)—”.

La diferencia entre logos dialéctico y logos demostrativo es clara:

El logos dialéctico es εὐπερίτρεπτος (efperítreptos: fácilmente invertido, contradictorio y cambiante), y por ello mismo inestable, indeciso y perturbador.

En cambio, el logos demostrativo es consistente, firme, no variable ni mudable, plenamente consolidado, afirmativo e inamovible (increado).

En la teología ortodoxa hablamos de la existencia de Dios a través del testimonio de los Santos, quienes han llegado a la Apocálipsis (Revelación), a la expectación y visión de Dios, es decir, a la divina Luz increada. La certeza de la existencia de Dios se fundamenta en el testimonio de los santos y en las santas reliquias. Por tanto, nuestras demostraciones sobre la existencia de Dios no son racionalistas, sino empíricas y tangibles.

Al acercarnos a las reliquias y a las iconas (representaciones o imágenes sagradas), adquirimos certeza de la existencia de Dios, porque la Jaris, energía increada de Dios, energiza, opera y se manifiesta a través de ellas de diversas maneras: a veces por suave fragancia, otras por su incorruptibilidad, o bien mediante milagros o sanaciones físicas o psíquicas. Todo ello lo perciben quienes poseen fe y sentidos espirituales sanos y purificados.

Los Santos Padres han respondido de forma demostrativa y empírica a todas las cuestiones de la vida, incluyendo aquellas planteadas por los filósofos.

Uno de los mayores problemas sociológicos es la muerte; pero en cada hombre el tiempo y su percepción son distintos. Las reliquias de los santos testifican que la superación de la muerte es una realidad. Comprendemos así que la enseñanza sobre la victoria de Cristo sobre la muerte es completamente verdadera. Las reliquias muestran que, en realidad, la muerte es un sueño: los santos están simplemente dormidos somáticamente (físicamente) hasta la Segunda Presencia y la resurrección común.

Otro problema que atormenta al ser humano es el carácter limitado del tiempo. Las reliquias de los santos muestran la superación de este límite, puesto que participan ya de lo inmortal. Dios, por medio de las reliquias, ayuda a los hombres de múltiples maneras.

La filosofía de los heterodoxos y de los heréticos se diferencia claramente de la teología de los Santos Padres en que sus teorías no pueden demostrarse, verificarse ni certificarse, mientras que las enseñanzas de los santos sí lo son. Por ejemplo, la teoría clásica del “mundo de las ideas”, según la metafísica tradicional, no se puede demostrar científicamente y por ello hoy se considera inválida.

En cambio, que Dios es energía-luz increada se demuestra y certifica en la enseñanza de los santos a través de la experiencia. (Y también que es Persona, pues si no lo fuera, ¿quién activaría y manifestaría la energía increada?).

Quien desea asegurar la verdad de esto puede seguir el método que vivieron los Padres y, si Dios lo concede, llegar a los mismos resultados. Esto se demuestra incluso médicamente: el ser humano en tal estado se santifica y su cuerpo se vuelve incorruptible. Esto muestra que supera la corruptibilidad, cosa que la misma ciencia médica puede constatar.

Es cierto que el único Teólogo, Terapeuta y Psicoterapeuta de los hombres es Cristo, y esta obra la realiza la Iglesia mediante los clérigos, que son sus instrumentos para la terapia “psicoterapia” del ser humano. Pero para que el clérigo no ejerza este trabajo de manera filosófica, racionalista, moralista o antropocéntrica, debe ser él mismo conocedor por experiencia de todo este camino hacia la θέωσις zéosis. Esto significa que ha vivido la energía increada sanadora, iluminadora y divinizante (deificante, glorificadora) de Dios; así es un verdadero teólogo en el sentido patrístico. Entonces puede ser Padre Espiritual e indicar el camino de la terapia —la auténtica “psicoterapia”—, de la santificación y de la zéosis. Aquí se cumple el logos de Cristo: “Médico, sánate a ti mismo” (Lc 4,23).

Así, el Teólogo es también Padre Espiritual, y viceversa. Esto significa que el verdadero teólogo discierne entre energías divinas increadas y energías creadas demoníacas, gracias a su experiencia personal; conoce la enfermedad espiritual y el modo de alcanzar la terapia —la auténtica psicoterapia—; conoce por experiencia tanto los “tejemanejes” del diablo como la energía increada de la divina Jaris (Gracia increada). Por ello puede guiar a sus hijos espirituales por el camino de la catarsis, la iluminación y la zéosis.

San Gregorio Palamás nos dice: «Porque hablar sobre Dios no es lo mismo que hablar con Dios».

La teología ortodoxa presenta ciertos contenidos como unidos y otros como discernidos; por ello, no es correcto dividir lo que la santa parádosis tradición entiende como inseparable, ni mezclar y confundir aquello que debe permanecer claramente distinguido.

La gnosis (conocimiento) de la filosofía y la riqueza de la διάνοια (diania: mente, intelecto, cerebro) deben someterse a la humildad y a la santidad.

 

La teología ortodoxa y la teología secularizada

(por Ierotheo Vlajos, Metropolita de Lepanto)

El término ἐκκοσμίκευση (ekosmíkefsi, secularización, mundificación) proviene de kósmos (mundo) en el sentido de mundo dominado por los πάθος pazos (pasiones, vicios, adicciones, patologías). (Ver sobre el término Pazos: https://logosortodoxo.es/12-lexis-apocalipticas/)

Últimamente este término se utiliza con frecuencia, pero a menudo cada uno lo emplea para acusar como “secularizada” alguna expresión teológica de otro con quien no concuerda; en realidad, lo usa para exaltar su propia teología, que por costumbre considera auténtica.

Es cierto que el término ἐκκοσμίκευση lo utiliza la teología ortodoxa para calificar la teología occidental, tanto la escolástica como la protestante, que se apartaron de la tradición níptica–hesicasta de los santos y sabios Padres, identificándose así con la filosofía racionalista, la meditación intelectual, la logicocracia (racionalismo extremo) y la eticocracia (moralismo).

Por extensión, esto también describe la situación cuando algunos teólogos ortodoxos intentan teologizar siguiendo las condiciones y datos de la teología occidental. En ese caso, desde el principio se desligan de la tradición hisijasta (o hesicasta) —que es el modo ortodoxo de teologizar— y caen así en la secularización en toda su profundidad.

Por lo tanto, estos teólogos (ortodoxos o no), influidos por métodos occidentales, expresan una teología secularizada.

He subrayado repetidamente que la teología de la Iglesia Ortodoxa, tal como la expresaron casi todos los Santos Padres divinizados, (los que alcanzaron (zéosis) —especialmente san Dionisio el Areopagita, san Gregorio el Teólogo, san Gregorio de Nisa, san Focio, san Simeón el Nuevo Teólogo, san Máximo el Confesor, san Gregorio Palamás, san Marcos el Amable, san Nicodemo el Aghiorita, y los Padres hesicastas hasta nuestros días— se fundamenta en los estadios de la vida espiritual: catarsis, iluminación y zéosis.

Todos insisten en estas etapas del perfeccionamiento espiritual, que constituyen la participación progresiva en la Χάρις Jaris, la energía increada de Dios: unas veces como catártica (sanadora, purificadora, limpiadora, psicoterapéutica); otras como iluminadora; y otras como divinizante, glorificadora, santificante o perfeccionadora (zeótica).

Teólogo secularizado es aquel que no es θεόπτης (zeóptis: divino-visionario, el que ha visto la luz increada) ni sigue a los santos divinizados, deificados, sino que mezcla sus meditaciones, invenciones y fantasías con los dogmas de la Iglesia Ortodoxa.

Es aquel cuya teología no brota de su catarsis, iluminación y zéosis, sino que es producto de la meditación intelectual o de la fantasía e imaginación característica propia de la teología escolástica.

Cristianos secularizados son quienes no siguen a los teólogos visionarios θεόπταις (zeóptes, plural de zeóptis), partícipes de la luz increada, ni tampoco siguen a pastores que aceptan la autoridad de estos Padres visionarios. No se orientan hacia la visιón divina, sino que siguen a pastores espiritualmente enfermos, impregnados de teología escolástica, ética moralista protestante o teología nacida de sus propios πάθος pαzos.

Pastores de este tipo conducen a sus hijos espirituales según criterios filosóficos, humanocéntricos o antropocéntricos, o según la “psicología” académica, y no según la experiencia y la enseñanza de los Santos visionarios de Dios, receptores de la energía y luz increada del Dios Trino.

Finalmente, creo con absoluta firmeza que la ἐκκοσμίκευσις (ekosmíkefsiw: mundificación, secularización) es un desprecio de la tradición níptico-hesicasta, condición imprescindible para la vivencia y experiencia de la teología verdadera, que es una gnosis increada, una experiencia existencial de Dios: es decir, la visión y contemplación de Dios o de la luz increada.

Toda teología que se apoya en la meditación racional y en la fantasía e imaginación, y que se aleja de la experiencia de los santos, es una teología sobre el no-ser (inexistencia), una teología intelectual, meditativa, imaginativa, fantasmática, apoyada en los sentidos físicos y en las cosas sensibles; en suma, una teología enferma.

Toda teología que no se ocupa del camino que uno debe recorrer para sanarse, para “psicoterapiarse” de los pazos (pasiones, vicios, adicciones, patologías), y llegar a la κοινωνία (kinonía: comunión, unión, conexión, participación) y a la gnosis (conocimiento) increada de Dios, es una teología secularizada.

Una teología formada por fraseología bella, palabras agradables e inteligentes meditaciones, pero que se mueve fuera de los marcos de la parádosis tradición hisijasta/hesicasta, es realmente mundificada y secularizada.

Una teología secularizada de este tipo —basada en análisis meditativos, filosóficos o incluso científicos— no conduce al ser humano a la libertad existencial ni a la gnosis increada y personal de Dios. Por eso, aunque los hombres secularizados puedan apreciar este tipo de teología, en realidad constituye una herida para la verdadera vida eclesiástica ortodoxa.

 

Θεολογία (zeología) — Teología y Φιλοσοφία — Filosofía

En la Teología Patrística Ortodoxa, definida dogmáticamente, el uso de la filosofía helénica se limitaba a la terminología, las formas y los estilos, pero nunca implicaba “la aceptación del pensamiento teologizante del antiguo helenismo”.

“La helenicidad patrística presupone y supone la superación y trascendencia de la helenicidad previa al cristianismo”, tal como certifican los mismos Padres helénicos hasta el siglo XIV, cuando en el Sinodikón de la Ortodoxia queda resuelto y codificado este asunto. Allí se describe y se acepta el estudio formativo de la filosofía, distinguiéndolo claramente de la teología.

El cristianismo ortodoxo y su teología, en su auténtica expresión como Ortodoxia, constituyen la continuación de la empírica teologización profética.

La teología es ἀποκάλυψις (apokálipsis: revelación, manifestación) de Dios al hombre, sobre todo a aquel que ha realizado la catarsis (purgación, limpieza, terapia) del corazón, donde Dios se revela a través de Su jaris, Su energía increada.

La filosofía, en cambio, es ἀνακάλυψις (anakálipsis: descubrimiento, invención, hallazgo) humano, basada en la razón o lógica cerebral, en la imaginación y en la fantasía.

La diferencia entre νούς nus (ojo de la psique; espíritu humano; energía y atención fina) y διάνοια (diania: mente, lógica, cerebro, intelecto) es la misma diferencia que existe entre teología y filosofía.

El ser humano posee dos centros gnósticos.

Uno es el nus, instrumento adecuado para recibir la apokálipsis —la revelación de Dios—, la cual posteriormente se proyecta, se formula y se expresa mediante la lógica de la diania (intelecto, mente, cerebro).

El otro centro es precisamente la lógica o razón, que conoce y analiza el mundo sensible que nos rodea.

Con el nus adquirimos la gnosis increada de Dios; en cambio, con la lógica de la mente e intelecto obtenemos la gnosis creada del mundo y el aprendizaje de la ciencia sensible. (ver: https://logosortodoxo.es/san-gregorio-palamas/el-uso-de-la-noera-energia-y-de-la-energia-logica-del-hombre-segun-san-gregorio-palamas/)

Si intentamos definir la filosofía, comprobamos la dificultad de ofrecer una definición exacta, pues cada filósofo la entiende de modo distinto. Sin embargo, etimológicamente, el término filosofía expresa “la sabiduría (sofía) de la amistad o del amor (agapi)”.

Según la tradición, el primero en llamarse a sí mismo filósofo —y de ahí proviene el término filosofía— fue Pitágoras. Antes se empleaban los términos sofós (sabio) y sofista.

En los filósofos helenos antiguos, el término filosofía aludía principalmente a la enseñanza sobre Dios, el hombre y el cosmos, que intentaban interpretar mediante la lógica, la meditación y la fantasía estas grandes verdades. En esencia, se ocupaba de la metafísica.

Así, a simple vista, se ve que el dios de los filósofos no es el Dios de la Iglesia Ortodoxa, que el dios de la filosofía es abstracto, y que el hombre de la filosofía no es el hombre de la Iglesia. Esto se evidencia en la abierta oposición entre los Santos Padres y la filosofía de los filósofos…

Todos los aspectos e ideas de los filósofos fueron desaprobados por los Padres de la Iglesia. En la Iglesia no aceptamos la enseñanza acerca de las ideas, ni la ontología de Dios tal como la describen los filósofos, ni la preexistencia de la psique-alma, ni la eternidad o incorruptibilidad del mundo y del tiempo. Tampoco aceptamos lo que dicen sobre la redención del ser humano —por ejemplo, que la psique debe escapar del cuerpo, que sería la “cárcel” de la psique-alma—, ni que Dios es el primer motor inmóvil, etc.

Por el contrario, los santos Padres expresan la verdad de la Iglesia Ortodoxa: El Dios no es la idea del Bien, como enseñaba Platón, sino el Dios personal que se manifestó a los Profetas, a los Apóstoles y a los Santos. La psique-alma no preexiste, sino que es creada por Dios al mismo tiempo que el cuerpo. El cuerpo no es la cárcel de la psique-alma, sino que, junto con ella, constituye al ἄνθρωπος (ánzropos: hombre, ser humano). El cuerpo no es el ἄνθρωπος en plenitud, sino su cuerpo; y la psique-alma no es el ἄνθρωπος completo, sino su psique-alma.

Los santos Padres enseñan también que el mundo no ha llegado a la existencia por la caída del llamado “mundo real” o de las ideas, sino que ha sido creado por Dios de manera positiva. Enseñan igualmente que el mundo ha sido creado “desde el cero o no ser”, es decir, de la nada, y que es dirigido por la Providencia y por la gobernante energía increada de Dios.

Enseñan asimismo que el έρως (eros: amor ardiente) no es sólo un movimiento del hombre hacia Dios, como afirmaba Platón, ni expresa la debilidad del ser humano que se mueve hacia el primer motor inmóvil para alcanzar su plenitud. El eros es una energía increada, una acción positiva. Dios no es simplemente el motor inmóvil, sino que también se mueve hacia el hombre: mueve y se mueve. El eros no es un elemento de debilidad humana, puesto que eros se llama también Dios mismo, que es eros, amor y amado; que se mueve y mueve.

Que la Iglesia haya rechazado todas estas teorías puede verse de manera sinóptica en el Sinódico de la Ortodoxia, texto que se lee el Domingo de la Ortodoxia.

Los Padres rechazaron también la manera en que los antiguos filósofos llegaron a sus conclusiones, es decir, su metodología, porque conduce a teorías falsas acerca de Dios, del hombre y de la creación. Los filósofos filosofaban mediante la meditación, la imaginación y la fantasía, teniendo como centro la lógica o razón del cerebro y una base antropocéntrica; en cambio, los sabios y santos Padres tienen como centro el νούς nus. Primero realizaron la catarsis del corazón de los pazos, y su nus fue iluminado —y esta iluminación no es simplemente el conocimiento de los arquetipos de los seres, sino la venida de la χάρις (járis: gracia, energía increada) al corazón—; y posteriormente alcanzaron la θεωρία zeoría contemplación de Dios, que es visión y expectación de Dios dentro de la Luz increada.

Así, los Profetas, los Apóstoles y los Santos recibieron la apokálipsis/revelación, la manifestación de Dios en sus corazones, y después, movidos por el Espíritu divino, hicieron teología en la verdadera Iglesia Católica Ortodoxa; (no en los frankolatinos de Roma)

Por lo tanto, la teología ortodoxa no tiene parentesco con la filosofía, sino más bien con la medicina. Observamos que todos los heréticos, a lo largo de los siglos, realmente utilizaron la filosofía, mientras que los santos Padres vivieron el hisijasmo/hesicasmo*. Esto se observa en toda la Santa ΠαράδοσιςParádosis, Tradición eclesiástica ortodoxa y en los tres Jerarcas: san Basilio el Grande, san Gregorio el Teólogo y san Juan Crisóstomo. Ellos siguieron un método distinto para participar de la divina energía increada, que es la χάρις jαris de Dios, y adquirir la gnosis pragmática, real, la increada.

En la ciencia médica existe la terapia, y mediante ella el ser humano es conducido a la salud. Lo mismo ocurre en la teología ortodoxa: el hombre cura y sana su órgano gnóstico, que es el nus, y así llega a la salud y adquiere la gnosis increada de Dios, que implica su psicoterapia, redención, sanación y salvación.

San Juan Damasceno ofrece seis definiciones de la filosofía:

  1. La filosofía es gnosis de los seres, es decir, de los entes creaturas naturales. De esta gnosis se ocupa la ciencia.
  2. La filosofía es gnosis de las cosas divinas y humanas, es decir, de las visibles e invisibles. Con el término “filosofía” se designa también la ciencia y la teología que tratan de Dios.
  3. La filosofía es el estudio de la muerte natural y de la muerte voluntaria. La muerte natural es la salida de la psique-alma del cuerpo; en cambio, la muerte voluntaria es la mortificación, conversión o transformación de los pazos, que se alcanza mediante la catarsis del corazón. Por esta razón, san Máximo el Confesor llama a la catarsis del corazón “filosofía práctica”.
  4. Filosofía es la misma semejanza a Dios. En este sentido, filosofía es el camino del ser humano hacia la θέωσις zéosis. Es característico de los textos patrísticos que los términos “filosofía” y “teología” se intercambien: los filósofos se llaman teólogos porque se ocupan de Dios, y los teólogos son llamados filósofos porque poseen, por excelencia, la teología apocalíptica. En el sentido ortodoxo, los verdaderos teólogos son los θεόπτες (theóphtes, “los que ven, contemplan a Dios”, es decir, los que han visto, contemplado la luz increada).
  5. Filosofía es arte de los artes y ciencia de las ciencias. Aquí se ve que la filosofía se concibe también como una ciencia.
  6. Filosofía es amor o amistad hacia la sofía —la sabiduría—.
    Y la verdadera Sabiduría es Dios; por lo tanto, la agapi hacia Dios es la verdadera filosofía.

Después de estas definiciones, San Juan Damasceno afirma que la filosofía se divide en teorética y práctica.

a) La parte teorética se subdivide en teológica, natural y matemática y b) La parte práctica se divide en ética, económica¹ y política.

Se observa claramente que en ninguna parte habla de la metafísica, ya que, como se ha señalado, los Padres no la aceptan.

Conclusión:
El filósofo ama conocer; el teólogo ortodoxo conoce amar.
La agapi (amor desinteresado) es más difícil que la filosofía, y, a la vez, la filosofía es más difícil que muchas otras disciplinas. La libertad ama, y la agapi libera. (Todo esto, dicho telegráficamente, pues el tema es grandísimo, ver también las 4 cuatro centurias sobre la agapi, que son verdadera psicoterapia o teología psicoterapéutica por la agapi divina: https://logosortodoxo.es/filocalia/tomo-ii/filocalia-tomo-2-san-maximo-el-confesor-4-centurias-sobre-la-%ce%b1%ce%b3%ce%ac%cf%80%ce%b7-agapi/) ).

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  1. Nota sobre Οἰκονομία (ikonomía, “Economía de Dios”)

Etimología: Οἰκονομία (ikonomía) proviene del verbo οικονομῶ (ikonomó): “arreglo, dispongo, ordeno”, derivado de οἶκον νέμω —ikon nemō, “distribuyo/ordeno mi casa”–. De ahí procede el sentido de “dirección”, “gestión”, “administración” o “plan”.

Tres significados principales del término en la Tradición Ortodoxa

Primero: La presencia, permitida por concesión de Dios, de un acontecimiento en nuestra vida para nuestro beneficio o instrucción espiritual (empleándose aquí el verbo economizar con este mismo sentido “ordenar providencialmente”.).”

Segundo: Designa el plan ancestral de Dios para la salvación del género humano, llevado a su cumplimiento en la Encarnación del Hijo. Es la Economía divina por excelencia.

Tercero: Tercero: en la justicia canónica regular, es la desviación provisional y concreta de la exactitud del cumplimiento absoluto de un canon, regla eclesiástica o tradición, aplicada en una circunstancia particular con discernimiento —sin alterar, por supuesto, los términos dogmáticos— con el fin de alcanzar un propósito de salvación de las psiques-almas.”

Sentido teológico profundo de la Economía: El mismo Dios viene a lavar la derrota ancestral y a sanar el trauma de la raíz del género humano. La Economía en Cristo constituye una nueva recapitulación de la creación primigenia. De el Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo, se celebra así la regeneración y renovación del mundo, con el ser humano como centro.

Discernimiento entre Teología y Economía: Este principio fue formulado primero por san Atanasio el Grande.

San Gregorio Palamás explica: “La obra de la naturaleza divina es el perpetuo nacimiento del Hijo y la proyección —o influjo— del Espíritu Santo, movimiento que no tiene ninguna relación con los seres creados. En cambio, la obra de la voluntad divina y de su proyección es la constitución de la creación en el tiempo y en absoluta libertad.

Por lo tanto, aquello que opera en el ámbito de la Deidad, opera por la esencia increada; aquello que se relaciona con la economía, opera por la voluntad divina y por la energía increada.”

Traducición Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

Sobre la egolatría, egocentrismo (φιλαυτία filaftía) y la libertad

Sobre la egolatría, egocentrismo (φιλαυτία filaftía) y la libertad

†Yérontas Georgios Kapsanis

Anterior Abad del Santo Monasterio Grigoriu de Athos

 

  1. La filaftía-egolatría, egocentrismo madre de los πάθος pazos
  2. La filaftía es egocentrismo
  3. La filaftía trae la pereza en el combate espiritual, la poca fe y el engaño.
  4. La filaftía es la muerte de la vida divina e instrumento del diablo
  5. La superación de la filaftía egolatría

[Φιλαυτία (filaftía) egolatría, egocentrismo, excesivo amor a sí mismo y al cuerpo, narcicismo. La φιλαυτία (filaftía), entendida como el amor excesivo hacia uno mismo, ha sido objeto de reflexión desde la filosofía clásica hasta la psicología contemporánea. Aunque en su origen griego podía referirse tanto al cuidado propio como a la vanidad extrema, hoy se vincula con actitudes como la egolatría, el egocentrismo y el narcisismo. Este concepto permite examinar cómo el desmesurado aprecio por la propia imagen o cuerpo puede distorsionar las relaciones humanas, afectar la identidad y limitar la capacidad de empatía. Analizar la filaftía implica, por tanto, explorar las fronteras entre la sana autoestima y el amor a uno mismo llevado al exceso. La psicoterapia y la sanación de la filaftía se encuentran ampliamente desarrolladas en la Filocalía, así como en las enseñanzas de todos los Santos Padres.]

 

La filaftía-egolatría, egocentrismo madre de los πάθος pazos

 

Durante todo este período de la Gran Cuaresma se recita la muy conocida oración de San Efrén: «Señor y Dueño de mi vida, no me des un espíritu de pereza, curiosidad, ambición y chisme. Más bien, concédeme un espíritu de sobriedad, humildad, paciencia y amor. Sí, Señor Rey, concédeme ver mis propios pecados y no juzgar a mi hermano.» En el fondo, todas estas peticiones apuntan a liberarnos de la filaftía egolatría, que, según los santos Padres, es la raíz de todos los males.

Antes de profundizar en el tema, quisiera leer brevemente la muy iluminadora interpretación de San Nicodemo el Haghiorita sobre las palabras del apóstol Pablo en la Segunda Carta a Timoteo, capítulo 3:1

«Debes saber que en los ésjatos-últimos días, vendrán momentos difíciles y se presentarán en el camino de la Iglesia circunstancias peligrosas. Porque los hombres serán egoístas, avaros amigos del dinero, altivos, orgullosos, blasfemos, maldicientes, rebeldes con los padres, ingratos, injustos, desnaturalizados, desleales, diabólicos, calumniadores, desenfrenados, inhumanos, enemigos de todo lo bueno, traidores, temerarios, obcecados, inflados y oscurecidos por la vanagloria, más amigos de los placeres carnales del hedonismo que de Dios, los cuales tendrán una apariencia exterior de piedad, pero en realidad están lejos, habiendo negado la fuerza de ella. Apártate lejos de ellos.»

Veamos algunas realidades de estas, cómo las interpreta san Nicodemo el Hagiorita, quien es intérprete (exégeta) patrístico del Nuevo Testamento. El Apóstol señala inmediatamente el primer πάθος * vicio de todos y la raíz de todos los males: la filaftía. Esto se debe a que, naturalmente, uno primero ama a sí mismo y luego, por uno mismo, ama también a los demás y a las demás cosas del mundo. Por lo tanto, la filaftía es un amor excesivo, desordenado hacia nosotros mismos, del cual, al ser vencidos, hacemos todos los males y caemos en pazos (pasiones, vicios) en lugar de sanar nuestro propio ser. La filaftía egolatría nos hace no pensar en el bien del prójimo, sino solo en nuestro propio beneficio. Se llama φίλαυτος (filaftos: ególatra, egocéntrico, egoísta, narcisista) la persona que solo se ama a sí misma, de cuyo amor propio se deriva incluso la incapacidad de amarse a sí mismo verdaderamente. *(Ver sobre el término pazos aquí: https://logosortodoxo.es/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo/ y también https://logosortodoxo.es/12-lexis-apocalipticas/)

Porque tal como sucede con los miembros del cuerpo, el daño de un solo miembro, como el ojo, la mano o el pie, afecta a los demás miembros; así también sucede en la casa o en la estructura de un edificio, si alguien quita una piedra del muro, sacude y perturba las demás piedras. Así ocurre también en la Iglesia de los Cristianos, quien se ocupa solo de sí mismo y descuida a su hermano, perjudica también su propio ser.

Luego, se menciona al «φιλάργυρο (filághiro: amante del dinero y las riquezas, avaro». Y continúa: «Así como todo bien nace del amor, todo mal nace de lo contrario, de la filaftía, que es lo opuesto al amor. El amor es amplio, generoso y derrama sus beneficios a todos; la filaftía, en cambio, estrecha el alcance del amor y concentra sus ‘beneficios’ únicamente en una persona: uno mismo.»

«Αλαζόνες» (alaszones: altivos, jactanciosos, presuntuosos). En los tiempos finales, los hombres serán altivos, jactanciosos, es decir, presumidos, pensando que son superiores a los demás. De la filaftía egolatría nace también esta rama venenosa de la jactancia, pues alguien se enorgullece porque ama demasiado a sí mismo y desea ser glorificado sobre los demás.

«Soberbios u orgullosos y blasfemos». Cuando la jactancia crece, se convierte en soberbia u orgullo, y la soberbia, a su vez, en arrogancia, insulto y blasfemia contra Dios. Porque quien se jacta y se considera superior a los demás, entonces se enorgullece, se atribuye todos sus logros y virtudes a su propia fuerza y no a la Χάρις (Jaris: gracia, energía increada) y la δύναμις (fuerza, poder) de Dios; al pensar esto el desdichado, blasfema contra Dios, de quien proviene toda virtud y todo bien. Es evidente, entonces, que tanto la soberbia u orgullo como la blasfemia hacia Dios nacen de la filaftía egolatría.

Después, comenta sobre los términos: desobedientes a los padres, ingratos, impíos, despiadados, implacables.

Y concluye: «¿Ves, hermano, cómo los pazos y los males están interconectados como una cadena y uno engendra al otro? Así como, por el contrario, las virtudes también están interconectadas y una engendra a la otra.»

Luego interpreta el término «διάβολοι» (diávoli: diablos, demonios/maliciosos) y dice que: «Los hombres llegarán, en los tiempos finales, a ser como diablos, demonios, es decir, calumniando a todos los hombres y difamándolos, porque aquel que no conoce ningún bien ni virtud en sí mismo, difama a los demás como si ellos fueran iguales. ¿Por qué? Porque piensa que con esto obtiene algún consuelo para sí mismo, para que no parezca que solo él es malo, sino que también los demás lo son. ¿Ves, querido, que la filaftía egolatría es la raíz que engendra incluso las calumnias en el mundo?»

San Nicodemo continúa y explica que, efectivamente, la raíz de todos los males es la filaftía.

Veamos también lo que dicen otros santos Padres sobre este tema.

San Hesiquio el Presbítero, en su carta a Teódulo, dice: «No hay veneno más poderoso que el veneno del escudo y del basilisco (serpiente mítica de África). Y no hay maldad peor que la filaftía egolatría. Hijos de la filaftía, que actúan con ímpetu, son la autoalabanza en el corazón, la vanidad, la glotonería, la fornicación, la vanagloria, la envidia y la cúspide de todas, la soberbia u orgullo, que no solo hace caer a los hombres sino incluso a los ángeles del cielo, vistiendo su ser de oscuridad en lugar de luz.»

San Talasio dice: «Si quieres liberarte de los males de una vez, rechaza a la madre de los males, la filaftía.» (https://logosortodoxo.es/filocalia/filocalia-tomo-2-san-thalasio-el-libio-4-centurias-sobre-la-agapi-la-continencia-y-sobre-la-conducta-y-gobierno-del-nus/)

 

La filaftía es egocentrismo

 

La filaftía no es el amor correcto que debemos tener hacia nosotros mismos, sino un amor enfermo, egoísta, que tenemos hacia nuestro yo. Amar a nosotros mismos es voluntad de Dios: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Pero amar de manera enfermiza, egoísta y egocéntrica nuestro yo es filaftía egolatría, un amor irracional y animal de nosotros mismos.

San Máximo el Confesor dice: «El principio de todos los pazos es la filaftía; el fin, la soberbia u orgullo. La filaftía es un amor irracional hacia el cuerpo; quien lo corta, corta todos los pazos que de ella nacen.»

En efecto, el filafto ególatra evita la disciplina corporal para no fatigar ni maltratar su cuerpo.

San Talasio también dice: «La filaftía precede a todos los pazos, y la soberbia u orgullo sigue como el último de todos.»

Cuando alguien logra superar y eliminar la filaftía, todos los males se eliminan, porque la filaftía es la raíz de todos los males: «Quien elimina a la madre de los pazos, la filaftía, con Dios fácilmente elimina los demás pazos, como la ira, la tristeza, la envidia y los demás.» Pero quien está dominado por la filaftía, aunque no lo quiera, es herido también por los otros pazos.

Según San Máximo, de la filaftía nacen también todos los λογισμοί (pensamientos pasionales simples o unidos con la fantasía, imaginación, ideas): «La filaftía, como se ha dicho muchas veces, es la causa de todos los pensamientos pasionales, viciosos e indecentes. De ella nacen los tres pensamientos generales del deseo: de la glotonería, de la avaricia y de la vanagloria; de la glotonería, nace la lujuria; de la vanagloria, la soberbia u orgullo; y todos los demás siguen a estos tres: la ira, la tristeza, la envidia, la calumnia y los demás.»

San Talasio afirma de nuevoque los pensamientos de deseos malignos e indecentes provienen de la filaftía: «Los tres pensamientos generales del deseo tienen su origen en el pazos de la filaftía. Comprende los pensamientos de la glotonería, la vanagloria y la avaricia, y todos los demás pensamientos patéticos pasionales siguen a estos.»

Con la filaftía, el diablo atacó al hombre y lo separó de Dios y de su prójimo. San Máximo dice: «Debemos saber que el diablo, con engaño y malicia, usando como instrumento la filaftía, después de habernos engañado y atacado con el placer (hedonismo), nos separó de Dios y de nuestros semejantes.» Y agrega de manera muy bella: «No seas filaftos ególatra, vanidoso y no odiarás a tu hermano; no seas filaftos y amarás a Dios.»

De todo lo que hemos dicho, entendemos que la filaftía egolatría es una forma de egocentrismo: preferir la propia voluntad y los propios pensamientos antes que la voluntad, los conceptos y los pensamientos de Dios. Dice san Pedro de Damasco, santo hieromártir y uno de los Padres de la Filocalía: «Este es el comienzo de la salvación: que el hombre abandone sus propias voluntades y pensamientos, y haga los pensamientos y las voluntades de Dios»; (https://logosortodoxo.es/filocalia/tomo-iii/filocalia-3-san-pedro-el-damasceno-libro-primero/)

Cuando el ser humano deja sus propias voluntades y empieza a acoger, a aceptar y a cumplir en su vida las voluntades y pensamientos de Dios, entonces supera su filaftía. Dice también: «Muchos fueron hallados justos antes de la Ley, en la Ley y después de la Ley».

¿Y por qué fueron justos? Porque «prefirieron el conocimiento increado (gnosis) de Dios y Su voluntad antes que sus propios pensamientos y voluntades».

La filaftía nos impide amar verdaderamente a Dios y también a nuestro prójimo. San Pedro Damasceno dice: “Quien con filaftía ama a sí mismo no puede con su psique-alma amar plenamente a Dios, sino solo a medias o parcialmente”. «Si amamos a nosotros mismos y a muchas otras cosas vanas, ¿cómo podemos decir que amamos verdaderamente a Dios?»

Y cuando —dice— amamos a nuestro propio yo o a nosotros mismos y nos hemos apegado también a tantas otras cosas vanas, ¿cómo podemos o nos atrevemos a decir que amamos verdaderamente a Dios? «Si la vida temporal, y quizá también la futura, no la entregamos por el prójimo, como Moisés y el Apóstol, ¿cómo decimos que lo amamos?». Este es un logos terrible. Si —dice— no estamos dispuestos a sacrificar por el prójimo no solo la vida presente, sino también la vida futura, ¿cómo podemos decir que amamos al prójimo?

«Porque él (Moisés) dijo acerca del pueblo a Dios: si perdonas sus faltas, perdónalos; pero si no, bórrame también a mí del libro de la vida que has escrito» (Éxodo 32:32). Es decir: si vas a perdonar también al pueblo, perdónalo; pero si no, bórrame también a mí del libro de la vida.

«Y el Apóstol Pablo dice: ser anatema de Cristo, y lo demás; pues deseaba que su propia perdición se realizara, para que otros se salvasen, y estos eran los que buscaban matarlo, los cuales son israelitas».

¿Y qué hacía el apóstol Pablo? Deseaba hacerse él anatema de Cristo para que se salvaran los israelitas. ¿Qué israelitas? Aquellos que buscaban matarlo.

«Tales son las psiques-almas de los santos: aman a los enemigos más que a sí mismos, prefiriendo la salvación del prójimo en esta vida y en la otra, incluso si quizá éste es su enemigo por mala intención y por malicia».

Esta es la misterioso y aterradora αγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado, altruista) de los santos, que nosotros a menudo tenemos mucha dificultad en comprender.

El opuesto de la filaftía es la φιλοθεΐα (filozeía: amistad o amor a Dios) y φιλαδελφία. y la filadelfía (amistad o amor fraternal). Según el santo Pedro Damasceno: «El insensato φίλαυτος (filaftos: ególatra, amante excesivo de sí mismo) no puede ser φιλάδελφος (filadelfos) ni φιλόθεος (filozeos)». Es decir, nadie puede ser filafto ególatra y al mismo tiempo filadelfo y filotheos. Cuando alguien es filaftos ególatra, no será ni filadelfo ni filotheos. Pero cuando alguien es filotheo y filadelfo, no será filafto ególatra.

El hombre filafto ególatra egocéntrico tampoco tiene control sobre los placeres: «No tiene templanza respecto a los placeres, es decir, respecto a los deseos y voluntades que le agradan; ni paciencia ante los dolores y padecimientos». La falta de paciencia es un signo de filaftía egolatría (egocentrismo). «Cuando logra su propio deseo egoísta, se incrementa en él el placer, la altanería y la arrogancia; pero cuando falla y es angustiado y oprimido por el dolor de su fracaso, llega a la mezquindad y sofocamiento de la psique-alma, lo cual es un anticipo del infierno.»

Es decir, aquel que no puede satisfacer sus pazos pasiones cae en mezquindad de la psique-alma, en cobardía espiritual y en asfixia de la psique-alma, como si su alma se ahogara, y este estado que vive es un preludio (arras) del infierno, es infierno antes del infierno. Es digno de atención cómo los Padres estudiaron y conocen la psicología del hombre caído.

El filafto (egocéntrico, ególatra) es indiferente hacia los semejantes. San Basilio el Grande dice en sus “Reglas resumidas”: «El filafto es quien ama solo a sí mismo.» En el fondo, la filaftía es un amor falso hacia uno mismo, no un amor verdadero, porque el filafto finalmente se hace daño a sí mismo. Una característica del filafto es que no desea sacrificar nada de sí mismo por el bien del prójimo. San Basilio comenta: «Si alguien, por el bien del descanso de sí mismo, omite algo que necesita su hermano, ya sea algo espiritual o corporal, revela a los demás la maldad de la filaftía, cuyo fin es la perdición.»

Además, la calumnia, la difamación y el juicio injusto también son resultados de la filaftía. San Juan de la Escala dice: «Porque, si alguien quitara el velo de la filaftía (egocentrismo, amor propio exagerado) y descubriera sus propios errores, viéndolos con plena claridad, entonces no se ocuparía de nada más en la vida. Pensaría que ni siquiera el tiempo de toda su existencia le bastaría para llorar y borrar sus pecados —aunque viviera cien años, aunque de sus ojos brotara todo el río Jordán convertido en lágrimas. En cambio, quien está dominado por la filaftía no puede ver su propia enfermedad y observa las faltas ajenas.»

Aquel que ha descubierto y quitado de su psique-alma la filaftía y ha visto correctamente su propio ser y descubrió sus propios errores, nunca condenará a los demás ni se ocupa de los otros, porque sabe que, aunque viviera cien años en metania y arrepentimiento, y aunque derramara todo el río Jordán en lágrimas, no le bastarían para borrar sus propios pecados. Así pues, ¿cómo condenará al otro? Pero si tiene la filaftía, no puede ver su propia enfermedad: ve las enfermedades de los demás.

 

La filaftía trae la pereza en el combate espiritual, la poca fe y el engaño.

 

Otro efecto de la filaftía es la pereza en la lucha espiritual. Muchas veces no tenemos disposición para esforzarnos, para orar, para permanecer en la Iglesia o cumplir nuestros deberes espirituales. Esto proviene de la filaftía. San Gregorio el Sinaíta, citado por San Nicodemo, dice: «Nada hace tan paralizada, perezosa, endurecida e insensata la psique-alma del virtuoso como la filaftía, es decir, el amor irracional hacia a uno mismo, hacia nuestro propio yo, que es madre, causa y alimentadora de los pazos (pasiones, vicios, adicciones), porque prefiere más que los esfuerzos de la virtud el descanso del cuerpo, y cree, con conocimiento, que mantener sano el cuerpo es suficiente, excepto esforzarse voluntariamente en las obras de la virtud, y sobre todo en los pocos y modestos sudores de los mandamientos, y de esta manera provoca gran pereza y debilidad en la psique-alma del que practica la ησυχία (hisijía: serenidad mental y paz cordial), y fortalece la parálisis en las obras de la práctica ascética hasta el punto de hacerlo impotente para la lucha». (https://logosortodoxo.es/category/filocalia/tomo-iv/)

Pero también la incredulidad, la poca fe y el engaño son, igualmente, resultados de la filaftía. «Principalmente aquellos que son carnales y aman la filaftía, son siempre esclavos del placer y la vanagloria; en ellos está arraigada la envidia… no aceptan ni creen en el Espíritu Santo, ni pueden ver ni conocer a Dios debido a su poca fe.» Tampoco pueden, por tanto, aceptar a Dios, ya que tienen a sí mismos como Dios. ¿Puede el filaftos creer sinceramente en Dios si tiene a sí mismo como Dios? ¿Y acaso no es esto lo que hemos sufrido hoy? Esta autonomía, que es también antropocentrismo y humanismo, que es el espíritu de este siglo, ¿no tiene aquí su raíz? En que el hombre se hace a sí mismo Dios.

 

La filaftía es la muerte de la vida divina e instrumento del diablo

 

Los santos Padres continúan: la filaftía es la necrosis, mortificación de la vida divina. San Máximo el Confesor dice: «Realmente es algo terrible y más allá de toda condena que alguien mate voluntariamente la vida que nos fue dada por Dios, como donación del Espíritu Santo, por amor a las cosas corruptibles. Y sin duda conocen este temor quienes han estudiado y preferido la verdad en lugar de la filaftía (del amor propio, egolatría, egoísmo).» (https://logosortodoxo.es/category/filocalia/tomo-ii/)

Veis pues, que la filaftía es una muerte voluntaria de la vida divina que el Espíritu Santo nos ha regalado.

Sin filaftía, el diablo no puede dañar al ser humano. La ventanita que abrimos y por la cual entra el diablo para perjudicarnos es la filaftía. Donde no hay filaftía, el diablo no tiene poder. Por medio de la filaftía entra y nos tienta. Dice san Nicodemo: “Pero si tú adulas y amas a ti mismo de manera desordenada, y más de lo que te corresponde, ¡ay de ti! Así no podrás ni esforzarte, ni entristecerte, ni soportar penalidades, ni sufrir tentación alguna, ni someterte hasta la muerte a la voluntad y a los mandamientos del Señor, como exige la vocación del cristiano. En pocas palabras: si eres ególatra, amante de ti mismo y te quieres de forma egoísta, en realidad te odias verdaderamente y perderás tu psique-alma; pero si no te amas de ese modo egoísta, entonces te amas verdaderamente y salvarás tu psique-alma, tal como dijo el Señor: “El que ama su psique-alma la perderá, y el que odia su psique-alma en este mundo la conservará para la vida eterna” (Juan 12:25)»” (https://logosortodoxo.es/psicoterapia-ortodoxa/la-guerra-invisible-san-nicodemo-el-aghiorita/)

Por eso todos los Padres coinciden: la filaftía es la raíz y fuente de todos los males y pazos (pasiones, vicios), y sin ella el diablo no puede dañar al hombre ni en lo más mínimo…” Cuando el hombre es dominado por la filaftía, se separa de Dios y con frecuencia llega a la desesperación, la pérdida total y la caída, asemejándose a los demonios. Es decir, con la filaftía, el hombre, en lugar de hacerse según la semejanza de Dios, se hace según la semejanza de los demonios. Porque fue esta filaftía la que derribó también a los ángeles y los convirtió en demonios.

 

La superación de la filaftía egolatría

 

De todo lo que hemos dicho, queda claro que la filaftía (egolatría, egocentrismo, egoísmo, narcicismo) es nuestra enfermedad. Si no nos psicoterapiamos y no nos sanamos de ella, no podemos psicoterapiarnos y sanarnos espiritualmente, ni unirnos a Dios, ni avanzar en la θέωσις (zéosis o theosis), que es el propósito de nuestra vida. Por lo tanto, el contenido de la lucha del cristiano ortodoxo debe ser la superación de la filaftía; es decir, cómo luchar contra la filaftía.

Por ello existe la bendita ascética (práctica) de la Iglesia, para liberarnos de esta enfermedad y, liberados, poder entregarnos a Dios, dejando de ser filaftos (ególatras, egocéntricos, narcisistas) para convertirnos en filotheos (amigos o amantes de Dios) y filadelfos (amigos o amantes de los hermanos). Por eso la Iglesia Ortodoxa tiene períodos como este, la Santa y Gran Cuaresma. Toda la lucha de la Cuaresma —con el ayuno, las postraciones, las largas oraciones, la permanencia de pie, las vigilias— apunta a que podamos, poco a poco, superar la filaftía y alcanzar la filotheía y la filadelfía. ¡La Iglesia, siendo madre cariñosa, nos pedagoghiza (instrucción pedagógica), nos educa! Si prestamos atención a las lecturas que hacemos ahora en la Iglesia, así como a toda la tradición ascética (práctica) de la Iglesia, veremos que en el fondo se trata de una educación que la Iglesia ofrece a sus hijos para superar la filaftía. Este espíritu de lucha contra la filaftía ha sido y es vivido por nuestro pueblo ortodoxo. Lo vemos reflejado en nuestras tradiciones y en la vida eclesiástica del pueblo.

Por supuesto, hoy en día estamos perdiendo estas prácticas poco a poco debido a la secularización (mundanización), pero mientras nuestro pueblo era practicante ortodoxo, las mantenía. Por ejemplo, en los escritos del gran héroe Makriyannis se menciona que sus padres le enseñaron, desde niño, a hacer postraciones. Le decían: «Haz postraciones para atrapar perdices.» Y él las hacía para atrapar las perdices. Sus padres se las traían y le decían: «Mira, hiciste postraciones y las atrapaste.» Así aprendió poco a poco. Más adelante llegó a hacer, en un solo día, hasta tres mil postraciones, incluso siendo adulto y ya con dolencias físicas, unas veces para agradar a Dios y otras para interceder por el pueblo, que pasaba por grandes dificultades. La vida de Makriyannis refleja este espíritu ascético.

Lo mismo ocurre con San Cosme de Etolia. Si prestamos atención, veremos que su predicación es una invitación a superar la filaftía y a vivir la vida ascética (practicante) de la Iglesia, en la que se vence la filaftía.

Debemos enfatizar que la filaftía no se vence de la noche a la mañana. Es una enfermedad profundamente arraigada en nuestro interior, como todos sabemos por experiencia propia. Por ello, debemos luchar contra la filaftía toda nuestra vida. No se puede decir: «Ahora he superado la filaftía y soy filotheos y filadelfo.» Sus raíces son muchas, como la Hidra de Lerna: si cortas una cabeza, crecen diez.

Por eso se requiere lucha continua. Toda la vida en la Iglesia nos ayuda en esto: los santos Misterios, las oraciones, las Liturgias, la oración constante como el “Señor Jesús Cristo” que decimos en el Monte Athos y que ustedes seguramente también dicen, son un combate constante para salir del cierre egoísta y filafto hacia uno mismo y abrirnos a Dios y a nuestros hermanos.

Cuanto más disminuye la filaftía en una persona, más libre se siente y más se une a Cristo. Los cristianos ortodoxos que luchan tienen la experiencia de que cuanto más se abren a Dios, más Dios viene a ellos. Esto ocurre porque Dios respeta nuestra libertad. Mientras estemos llenos de nosotros mismos y de nuestra filaftía, ¿cómo puede entrar Dios? No hay espacio. Debemos vaciarnos para que Dios pueda entrar. Y mediante esta lucha, vaciándonos de nuestros deseos, voluntades y pensamientos —como dice San Pedro Damasceno—, de nuestra vanidad, autosuficiencia, confianza en nosotros mismos y autoafirmación, y entregándonos a Dios, Él viene a nosotros.

Una monja me confesó que una vez su Yerontisa, a quien obedecía con total entrega, le dijo: «Hija mía, con tu obediencia me das descanso.»

En ese momento, sintió que todo Dios entraba en ella. Se había vaciado completamente a sí misma y a su voluntad individual y Dios llenó todo su ser interior.

Lo mismo ocurrió con un trabajador campesino, de un pueblo cercano al Monte Athos, que trabajaba en nuestro monasterio como leñador. Una vez, pues, mientras yo pasaba por el bosque del Monasterio, me saludó y me dijo: “Siéntate, Yéronta, para que te cuente un gran milagro que me hicieron los santos Cuarenta, para que veas cuán milagrosos son los santos Cuarenta. Me dolía la pierna durante años. Iba a los médicos, a los hospitales, pero no me hicieron nada. Y yo, porque amo mucho a los santos Cuarenta, fui a su fiesta, en la Iglesia de mi pueblo. Allí había mucha gente, la Iglesia estaba llena. Apenas llegué a la Iglesia, comenzó a dolerme mucho la pierna. Entonces pensé en salir fuera de la Iglesia para descansar la pierna. Pero el loyismós (pensamiento) me dijo: «Judas dejó la divina Eucaristía y salió fuera. ¿Judas te vas a hacer tú también?’. ‘Te quedarás dentro, aunque te duela’. Al poco rato me dolía aún más y pensé en sentarme en una silla para descansar la pierna. Pero entonces vi frente a mí el icono de los santos Cuarenta, los vi congelándose en el lago y me dije: ‘Ellos tuvieron tanta paciencia y se congelaron por Cristo, ¿y tú no puedes mantenerte de pie?’. “Te mantendrás de pie, aunque te mueras”.

En el momento en que dije esto, vino una corriente, me envolvió desde la cabeza y pasó por todo mi cuerpo hasta mi pierna dolorida. Desde entonces quedé sano y no volví a sentir dolor. “¿Ves, Yéronta, cuán milagrosos son los santos Cuarenta?” Él no tenía ninguna sensación de haber hecho algo meritorio. Creía que era un milagro de los santos Cuarenta. Pero vemos: ¿cuándo ocurrió el milagro y cuándo vino Dios dentro de él? Cuando él mismo se vació completamente de sí mismo y de su filaftía, y decidió morir por amor a Dios.

†Yérontas Georgios Kapsanis

Anterior Abad del Santo Monasterio Grigoriu de Athos

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/