El uso de demostraciones en la teología según san Gregorio Palamás

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El uso de demostraciones en la teología según san Gregorio Palamás

Protopresbítero Teodoro Zisis, protopresbítero y catedrático de la Facultad de Teología de Tesalónica

 

Repasado 30/11/2025

Actas de los Congresos Internacionales de Atenas 1998 y de Limasol de Chipre 1999
San Gregorio Palamás en la historia y en el presente

Editado por Santo monasterio Vatopedi, Athos 2000

índice

  1. El tema básico e importante de la Tradición Patrística
  2. Fundamento bíblico
  3. El doble método. Esencia y energías increadas y creadas
  4. Los dogmáticos contemporáneos que “barlaamizan”

 

El uso de demostraciones en la teología según san Gregorio Palamás

 

  1. El tema básico e importante de la Tradición Patrística

 

Es bien sabido que el estudio y la investigación de la enseñanza de san Gregorio Palamás han experimentado, en las últimas décadas, un avance sorprendente. Aquello que en el siglo XVIII intentaron realizar los representantes del movimiento filocálico —los llamados Kolivades— en cuanto a la recopilación y edición de las grandes obras del padre y maestro san Gregorio Palamás, se está llevando a cabo ahora en nuestros días.

La edición de sus obras está casi concluida y actualmente circulan no sólo en heleno-griego clásico, sino también traducidas al heleno-griego moderno. Asimismo, se han escrito numerosos estudios sobre los aspectos fundamentales de su enseñanza.

Los Kolivades —san Macario Notarás, san Nicodemo el Aghiorita y san Atanasio de Paros— advertían un claro peligro: que, por influencia del Renacimiento europeo, se introdujeran secretamente en el ámbito de la teología ortodoxa el racionalismo y el escolasticismo. De este modo, se corría el riesgo de ignorar el método teológico propio de la tradición patrística ortodoxa, transformándola en una teología dialéctica (discursiva) y filosófica. En parte, este peligro no se logró evitar, como quedó demostrado por muchos ponentes durante el I Congreso de Teología Ortodoxa, celebrado en Atenas en 1936, donde se señalaron numerosas influencias occidentales y se recalcó la necesidad de un retorno a la casa de los Padres de la Iglesia.

La enseñanza de san Gregorio Palamás abarca y suministra hoy satisfactoriamente casi todas las ramas de la teología, devolviéndolas a la línea tradicional; puesto que San Gregorio no innovó ni creó un sistema teológico propio, sino que simplemente codificó y organizó en unidades coherentes lo que anteriormente habían enseñado los Padres sobre los temas que había suscitado el monje humanista Barlaam de Calabria, quien introdujo en Constantinopla y Tesalónica una mentalidad y una problemática de origen occidental.

Por este motivo, tal como ya se ha recalcado, no es correcto que los ortodoxos utilicen los términos “Palamismo” o “teología palamita”, como hacen los occidentales, quienes consideran heréticas sus posiciones; por ello, junto al arrianismo, el nestorianismo y otras herejías, colocan el “Palamismo” como una supuesta innovación personal de san Gregorio Palamás. Basta recordar, para demostrar la falsedad de tal interpretación, que en los índices de Cavallera —la conocida llave que todos utilizamos para la Patrología Graeca del abad Migne— se sitúa el hisijasmo (hesicasmo) entre las herejías1.

El estudio de la enseñanza del Santo ha logrado presentar hasta hoy los temas más importantes y fundamentales: ουσία (usía: esencia sustancia) y energías, creado e increado, πάθος pazos y απάθεια apazia, θεοπτία zeoptía visión de Dios, θεολογία t(z)eología, θέωσις zéosis deificación, γνώσις conocimiento increado de Dios, monaquismo, ascética, luz e iluminación, sofía-sabiduría divina (increada) y humana, la Santa Trinidad, entre muchos otros. Especialmente los tomos de congresos y las recopilaciones especializadas han ofrecido abundante material para el estudio de este gran Padre; como, sin duda, ofrecerá también el presente y magnífico congreso que organiza el Santo Monasterio de Vatopedi en honor del gran monje del Athos, quien comenzó sus luchas ascéticas como discípulo del célebre asceta Nicodemo, fuera de la antigua gran laura de Vatopedi, donde recibió también la primera respuesta divina a la insistente y secreta súplica de su oración a la Santísima Θεοτόκος Madre de Dios:

«Φώτισόν μου τὸ σκότος, φώτισόν μου τὸ σκότος, Κύριε!» «¡Señor, ilumina mi σκότος (skotos: oscuridad e ignorancia), ¡ilumina mi skotos!»—, refiriéndose a la oscuridad de la ignorancia espiritual.

Dentro de la gran cantidad y la variedad de temas que actualmente existen sobre su bibliografía, pocas cosas se han escrito acerca del método demostrativo que utilizó san Gregorio Palamás en su teología, en contraste con el método dialéctico (discursivo) o silogístico de su oponente Barlaam de Calabria. Este asunto se encuentra en el punto de partida de sus luchas teológicas, puesto que con esto comenzó el conflicto entre dos mundos: el Oriente Santo–espiritual y el Occidente humanista, encarnados en estas dos personas enfrentadas. Pero también se relaciona inmediatamente con la formulación del tema fundamental del discernimiento entre οὐσία (usía: esencia o sustancia) y energías increadas en la divinidad. Dicho discernimiento surgió precisamente debido al planteamiento divergente sobre el uso de las demostraciones en los debates acerca de Dios, es decir, en la teología en su sentido más propio.

Barlaam, el Calabrés, negaba totalmente el método demostrativo. Sostenía, basándose en Aristóteles, que todas las cosas de Dios no se someten a demostraciones, que son indemostrables y “superiores a la demostración”. De este modo adoptaba un agnosticismo teológico, convirtiendo la teología en una mera especulación —un tratado de posibilidades—, puesto que carece de un fundamento firme y demostrable, apoyándose solamente en razonamientos lógicos, racionales fácilmente vulnerables e inestables, que se derivan en el curso de discusiones o debates sobre los temas de la fe.

San Gregorio Palamás, auténtico teólogo tradicional, sabe por la precedente tradición patrística que en sus escritos los Santos Padres y otros teólogos utilizan —tanto en los títulos de sus obras como en el desarrollo de los temas— el método y la terminología demostrativa. Así, por ejemplo, san Juan Damasceno, que condensó la enseñanza patrística en su conocida obra dogmática “Exposición exacta de la fe ortodoxa”, y también Eutimio Zigavinós en su “Armadura (Panoplia) dogmática”.

Recordemos, para una mejor comprensión del tema, que uno de los primeros capítulos de la Dogmática de san Juan Damasceno lleva por título: «Demostración de que Dios existe»; con un contenido demostrativo correspondiente, del cual se deduce que no sólo quienes aceptan la Sagrada Escritura, sino también la mayoría de los helenos/griegos, no dudan de la existencia de Dios. Esta existencia es necesariamente aceptada por el νούς nus humano que no ha sido oscurecido por el pecado, pues «el conocimiento de que existe Dios está sembrado en nosotros por naturaleza»; y también porque «la misma cohesión, conservación y gobierno de la creación nos enseñan que existe Dios, el que formó este universo, lo mantiene unido, lo conserva y lo gobierna siempre con providencia».

La incredulidad, la falta de fe y el ateísmo no se deben a una supuesta debilidad de la teología para formular un logos demostrativo, como si no existieran demostraciones, sino al funcionamiento incorrecto del nus (la energía o el “espíritu del corazón”, el ojo de la psique-alma) de quienes no creen, los cuales deben ser tratados como enfermos. La incredulidad y el ateísmo carecen de todo fundamento lógico: son paralogismós (insensatez, absurdo) y locura. Los incrédulos no son lógicos: son profundamente ilógicos, insensatos y parálogos (irracionales). Por eso el profeta David los reprende por su imprudencia: “Dijo el necio en su corazón: no hay Dios” (Sal 13,1).

Los Santos Padres tampoco dejan de subrayar que la incredulidad en la existencia de Dios se debe a la malicia de los seres humanos, quienes desean pecar libremente, como si no existiera Dios que observa y vigila la vida de los hombres. Por eso, quienes pecan continuamente y por costumbre, niegan en los hechos a Dios, incluso si no lo proclaman con sus labios.

Interpretando, por ejemplo, el mencionado versículo del Salterio: «Dijo el necio en su corazón: no existe Dios», san Cirilo de Alejandría escribe: «Esto es la cumbre de toda maldad. Pues pensar que no existe Dios, sino que todo ha llegado a ser por sí mismo, se ha convertido en el comienzo de todo desenfreno y toda acción ilegal. Así, la Escritura muestra que el género humano ha llegado a tal grado de impiedad, que ya ni siquiera admite que Dios presida sobre los seres, sino que piensa que todo este mundo ha recibido su constitución por casualidad y de manera espontánea».

Y añade: «Y todo el que peca sin freno, por lo que se ve despreciando (a Dios), aunque no lo diga con palabras, con sus obras mismas y con la torpeza de su vida casi grita: “No existe Dios”. Porque quienes se han acostumbrado a vivir como si Dios no vigilara, haciendo todas las cosas irreflexivamente, con sus obras y sus hechos niegan a Dios»3.

 

  1. Fundamento bíblico

 

Además de invocar la tradición patrística en favor del uso de demostraciones, san Gregorio recomienda a Barlaam —quien sostenía que no existe conocimiento (gnosis) de las realidades divinas ni demostración, sino que la teología se basa sólo en la fe («que no hay conocimiento ni demostración de nada divino, sino sólo fe»)4— que estudie lo que dice el apóstol Pablo en el primer capítulo de la Epístola a los Romanos. Allí, Pablo declara sin excusa no a los judíos creyentes, sino a los helenos-griegos incrédulos que, aunque por su sofía-sabiduría debían haber sido conducidos a Dios y a la vida y conducta según Dios, terminaron en la impiedad de la idolatría y en múltiples pazos y males. Son, pues, injustificables, aunque vivan fuera del ámbito de la Antiguo Testamento, y afrontarán la ira de Dios, «ya que la gnosis-conocimiento de Dios y su voluntad, a la medida que se puede caber en el hombre, en ellos está a la vista y conocida; porque Dios mismo se lo ha manifestado» (Rom 1:19).

Explica además el Apóstol cómo Dios revela y demuestra su existencia y su sofía-sabiduría, mediante la afirmación conocida y clásica de que el Dios invisible se deja ver a través de las criaturas, a través de la creación: «Porque las cosas invisibles de Él, desde la creación del mundo, se hacen claramente visibles, siendo entendidas a través de lo creado, tanto su eterno poder como su divinidad, de manera que ellos quedan sin excusa»5.

También en los Hechos de los Apóstoles, cuando Pablo habla a los habitantes idólatras de Listra, quienes después del milagro de la curación de un tullido creyeron que él y Bernabé eran dioses y se preparaban para ofrecerles sacrificios, los condujo a la verdadera teognosía diciendo que Dios permitió a las naciones antes de Cristo seguir libremente el camino de la fe o de la incredulidad, aunque existían testimonios y demostraciones de su existencia y de su presencia; es decir, no dejó de dar testimonio de sí mismo: «Él, en las generaciones pasadas, dejó que todas las naciones siguieran sus propios caminos; con todo, no dejó de dar testimonio de sí mismo, haciendo el bien, dándoos lluvias del cielo y estaciones fructíferas, llenando vuestros corazones de sustento y alegría»6.

Si, por tanto, el único camino para conocer a Dios fuera la fe, y nadie pudiera ser conducido a Dios por razonamientos demostrativos que se basan en las energías y acciones de Dios en el mundo, entonces quienes están fuera de la fe deberían ser justificados; no deberían ser considerados sin excusa ni dignos de la ira de Dios, como enseña el apóstol Pablo7.

Conviene señalar incidentalmente que estas afirmaciones responden también a la pregunta tan frecuente en nuestros días y promovida por muchos, generalmente por una tendencia a un igualitarismo sincretista* que quiere poner al mismo nivel a todos los seres humanos, pertenezcan o no a alguna religión, o por el deseo de aliviar las responsabilidades de quienes conocieron a Dios dentro de la Iglesia. *(La palabra “sincretista” se refiere a algo o alguien relacionado con el sincretismo, que es la combinación, fusión o integración de elementos distintos, generalmente de religiones, culturas, doctrinas o corrientes de pensamiento.)

Y la pregunta es: ¿qué será de quienes no son cristianos, de quienes están fuera de la Iglesia? ¿Tienen también alguna responsabilidad y darán razón por su incredulidad, dado que no conocieron a Dios?

La respuesta, basándonos en lo dicho, es sencilla: todos deben conocer y aceptar a Dios, porque el conocimiento de Él es innato en todos, pero también porque el mundo mismo, la creación, el cosmos armonioso grita y proclama su existencia y su sabiduría: «porque lo que se puede conocer de Dios es manifiesto en ellos»8.

Nosotros, simplemente, que vivimos dentro de la Iglesia, tenemos mayor bendición y mayor donación, pero también mayor responsabilidad: porque nuestro conocimiento (gnosis) no se basa sólo en los medios naturales, no es sólo un conocimiento natural, sino que se fundamenta también en los logos y palabras dignos de fe por sí mismos y autoevidentes de Cristo, de los Apóstoles y de los Santos, en el Dios que fue revelado en la persona de Cristo y que se revela continuamente en la Iglesia mediante las visiones de Dios y las experiencias divinizantes, deificantes y contemplativas de los Santos.

 

  1. El doble método. Esencia y energías increadas y creadas

 

San Gregorio Palamás, sin embargo, sabe y acepta que no todo lo que concierne a Dios es conocido y demostrado. No comete el error de Barlaam de generalizar y, así como éste enseñó que todo en Dios es desconocido e indemostrable, enseñar él lo contrario —la otra exageración—, que todo es conocido y demostrable, restableciendo en lugar del agnosticismo barlaamita el racionalismo arriano-eunomiano, según el cual el nus humano puede comprender incluso la esencia de Dios y entrar en el ámbito de lo desconocido, lo incomprensible y lo oculto de la divinidad.

Justifica a Barlaam cuando éste apela pasajes de la Sagrada Escritura como: «A Dios nadie lo ha visto jamás» o «puso la oscuridad como escondite suyo», y observa que efectivamente existe el aspecto desconocido e indemostrable de Dios que permanece inaccesible e incomprensible para el hombre. Sin embargo, aprovecha el discernimiento entre esencia y energías increadas en la divinidad, que ya habían desarrollado los Padres Capadocios, especialmente san Basilio el Grande, quien enseñó que: «Nosotros decimos que conocemos a nuestro Dios a partir de sus energías, pero no prometemos acercarnos a Su esencia. Pues Sus energías increadas descienden hacia nosotros, mientras que Su esencia permanece inaccesible, ininteligible»9.

Respondiendo además este Padre Capadocio a la pregunta de si en la teología precede el conocimiento a la fe, dice que, en efecto, el conocimiento precede: «Precede el concepto de que existe Dios, y éste lo deducimos de las creaciones. Porque conocemos que es sabio, poderoso y bueno y todo lo invisible desde la creación del mundo, entendiendo estas cosas, las conocemos»10.

Basándose entonces en este discernimiento entre esencia y energías, Dios no es ni sólo desconocido ni sólo conocido: es ambas cosas, desconocido y conocido, indemostrable y demostrable; desconocido según la esencia, conocido según las energías. Aquí tenemos la célebre dualidad, el doble método teológico de los Padres, que san Gregorio desarrolla de muchas maneras, aunque aquí nos limitaremos a pocas formulaciones suyas.

Frente a la afirmación de Barlaam según la cual «nada de lo divino es conocido ni demostrado», san Gregorio dice que «de las cosas divinas, unas se conocen, otras se buscan; algunas incluso se demuestran, mientras que otras son totalmente inescrutables e ininvestigables»11. Lo que es irrefutable y conforme a la Sagrada Escritura es que lo divino es y no es demostrable: unas cosas lo son y otras no. Repite que «unas realidades divinas se conocen y se demuestran, mientras que otras son inconcebibles e inescrutables». Por eso es erróneo afirmar «que no hay demostración de ninguna realidad divina; lo divino es demostrable e indemostrable»12.

Apela en este contexto también los escritos de san Dionisio el Areopagita,  —los mismos que Barlaam utiliza unilateralmente para sostener sólo lo desconocido e incomprensible de Dios—, y le dice que el autor «enseña claramente que la teología es doble: una mística, iniciática, secreta e inefable, que conduce y establece en Dios mediante mistagogías (instrucciones místicas o iniciaciones inefables); y otra manifestada, filosófica y demostrativa, que explica, convence y confirma la verdad de lo que se dice»13.

Incluso ante la afirmación que hace Barlaam de que el hombre no puede pretender tener demostraciones acerca de Dios porque las demostraciones se limitan sólo a las realidades sensibles que son afines u homogéneas al hombre —y «Dios no tiene nada homogeneo o afín»—, san Gregorio pone por delante la experiencia teóptica (visión, expectación) divina de los Santos, la cual, por χάρις gracia y por acción de la energía increada, los transforma en afines a Dios y los diviniza (los dona la zéosis): «Saben aquellos que han hecho la catarsis de su corazón, por la prueba de la sagrada iluminación que nace en su interior, que Dios existe y qué tipo de luz es; o mejor dicho, que Él es la fuente de una luz espiritual, increada e inmaterial». La pureza de su corazón los hace capaces de recibir y manifestar la iluminación divina.

Por supuesto, quienes aún no han avanzado a la θεωρία zeoría (contemplación) ni a la θέωσις zéosis, pueden —por la providencia divina— ver y conocer al proveedor común de todas las cosas: en los bondadosos, la Bondad en sí; en los vivificados, la Vida en sí; en los sabios, la Sabiduría en sí; y, en general, el Ser real de todo y Aquel que trasciende todas las cosas. Es aquella suprema Esencia, al mismo tiempo poliónima (de muchos nombres) y anónima, se apocalipta/revela según la medida de cada uno.

Con todas estas pruebas se forma una demostración irrefutable e infalible «de que existe un guía y providente anterior a todo, todopoderoso, que todo lo ve, sumamente bueno, causa de todo y sobrenatural»14.

 

  1. Los dogmáticos contemporáneos que “barlaamizan”

 

El tema del uso de las demostraciones en la teología tiene también otro aspecto interesante que se refiere a la teología actual, especialmente a la dogmática. San Gregorio Palamás sostiene que Barlaam el Calabrés constituye un caso único de teólogo, a lo largo de todos los siglos, que descubrió y enseñó por primera vez que no existe demostración alguna para nada de lo divino o las realidades divinas: «De ahí que no haya demostración sobre nada de lo divino o realidades divinas, cosa que ahora por primera vez entre todos los teólogos de todos los siglos él descubrió y proclamó»15. Esto parece ser válido para todos los períodos de la parádosis tradición hasta el siglo XVIII. Si después de la tradición patrística bizantina se estudian los dos conocidos manuales dogmáticos de los tiempos de la dominación turca —el “Teológico” de Eugenio Vulgaris y la “Epítome de los dogmas divinos de la fe” de San Atanasio de Paros—, se constata que continúa la parádosis tradición patrística respecto al uso de las demostraciones, con la aceptación de la “dualidad”, es decir, del doble conocimiento (gnosis): Dios es desconocido según la esencia increada, pero conocido según las energías increadas.

Sin embargo, la situación cambia en el siglo XIX, y este cambio sigue existiendo hasta hoy. La prevalencia de los ilustrados neogriegos en la educación, junto con el giro hacia la idolatría de la Antigüedad y el clasicismo, así como la transferencia e introducción del método escolástico de hacer teología a las escuelas teológicas ortodoxas por parte de los profesores obligados a estudiar en Occidente, y el interés cada vez menor por los Padres y sus enseñanzas, crearon una seria ruptura y herida en la continuidad de la tradición dogmática. Como consecuencia, ahora Barlaam ya no es el único que afirma que respecto a Dios no valen las demostraciones ni el método demostrativo. Teólogos dogmáticos modernos que desconocen e ignoran el discernimiento patrístico entre esencia y energías increadas y creadas desconocen también el doble método teológico. Cuando examinan en sus tesis Dogmáticas el tema de las demostraciones, se encuentran en apuro y perplejos; porque saben que las demostraciones son útiles y ayudan, pero atrapados en la opinión filosófica escolástica de que Dios, por ser sobrenatural o suprasensible, está más allá de la demostración, admiten que las demostraciones no pueden conducir a Dios, sino que simplemente pueden reforzar la fe preexistente, que así queda como el único camino de conocimiento de Dios, mientras que, como ya vimos, el conocimiento precede a la fe y se obtiene demostrativamente a través de las criaturas.

Así, Chr. Andrutsos escribe que «las demostraciones de la existencia del ser supremo no proporcionan, por tanto, al hombre el concepto de Dios —el cual procede de otro origen—, sino que, siendo argumenta ad hominem, aclaran ese concepto preexistente… En el Cristianismo resultan superfluas para todo creyente que tenga un vivo sentimiento de fe y esté iluminado por la luz de la divina Apokálipsis/Revelación (y desde esta perspectiva muchos las excluyeron de la Dogmática), pero ofrecen apoyo al cristiano de fe débil y vacilante por un momento». Él mismo concluye que simplemente «pueden reclamar una mención en la Dogmática», mientras que como demostraciones reales no tienen validez16.

Trembelas sigue el mismo camino, aceptando que las demostraciones no son verdaderas ni reales; no son argumenta ad veritatem, sino argumenta ad hominem, porque si fueran verdaderas «serían lógicamente necesarias, es decir, no podría ningún hombre que piensa correctamente dejar de aceptar aquello que ellas demuestran». Sin embargo, la Sagrada Escritura y los Padres enseñan que quien piensa correctamente se dirige hacia Dios; el ateo es insensato, oscurecido y enfermo. De todos modos, corrige la opinión de Andrutsos de que sólo refuerzan la fe preexistente, que proviene de otro lado: para las personas de buena disposición, que no han sido cegadas por prejuicios pecaminosos y culpables, las demostraciones tienen validez; de lo contrario, Pablo atribuiría equivocadamente responsabilidad y culpa a los gentiles, a quienes caracteriza como inexcusables, porque, aunque «lo que se puede conocer de Dios les era manifiesto», ellos veneraron y adoraron «a la creación antes que al Creador»17. Sin embargo, también Trembelas cree que el tratamiento sistemático de las demostraciones no pertenece a la Dogmática, sino a la Apologética18.

Un teólogo dogmático más reciente, respondiendo a la pregunta de si existen argumentos racionales que demuestran la existencia de Dios, afirma que tales argumentos no existen. Nadie puede demostrar racionalmente la existencia de Dios como demuestra las verdades naturales… Las verdades naturales el hombre las demuestra científicamente, de modo que quienes las niegan son irracionales. Pero nadie puede demostrar la existencia de Dios con argumentos racionales, de modo que el que la niegue incurra en irracionalidad. Concluye diciendo que no se trata de demostraciones, sino de indicios —argumentos verosímiles, señales que orientan el pensamiento hacia la posibilidad de la existencia de Dios. No la demuestran necesariamente, pero, existiendo, la hacen verosímil o al menos no absurda19.

Debe señalarse, por supuesto, que la investigación de los manuales dogmáticos modernos puede mostrar otras variantes interesantes, ya sean convergentes con la teología demostrativa de San Gregorio Palamás o divergentes hacia el agnosticismo de Barlaam. No hemos tenido tiempo de completar la investigación, la cual continuaremos. Debemos decir también que en la actualidad hay muchos manuales que muestran la teología demostrativa.

Epílogo

San Gregorio Palamás desarrolla extensamente el tema del método demostrativo en muchos de sus escritos. Los dos “Logos (discursos) Demostrativos sobre la procedencia del Espíritu Santo” dieron ocasión, solo por su título, para iniciar la discusión sobre este tema. Lo desarrolla ampliamente en dos tratados epistolares dirigidos a Akíndino y en otros dos dirigidos a Barlaam. Nosotros simplemente hemos señalado el problema en su dimensión fundamental, especialmente en relación con nuestra literatura dogmática contemporánea.

Vale la pena subrayar aquí lo que otros han observado: que la Teología no es una ciencia teórica, sino positiva y empírica. No solo porque las propias criaturas truenan, claman y proclaman y nos conducen hacia Dios —la misma naturaleza humana y el mundo en perfecta armonía—, sino también por la experiencia real de los Santos, de los amigos de Dios, quienes, después de haber hecho su catarsis, vieron a Dios, que se apocalipta-revela a los psicoterapiados, sanados y puros, merecedores y dignos. Estos testigos oculares y presentes de la majestad divina nos aseguran acerca de la existencia y la bondad de Dios con un logos (discurso) demostrativo, y no mediante razonamientos silogísticos o logos dialécticos.

Traducción Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

[1] Véase al respecto: Protopresbítero Theodoros Zisis, Teólogos de Tesalónica, Tesalónica² 1997, p. 6.
[2] Juan Damasceno, Exposición exacta de la fe ortodoxa, EPE (= Padres Griegos de la Iglesia) 1, p. 60. Salmo 13,1.
[3] Cirilo de Alejandría, Interpretación de los Salmos, PG 69,801.
[4] Gregorio Palamás, A Barlaam 2,12, EPE 1, p. 526.
[5] Rom. 1,18-32.
[6] Hech. 14,16-17.
[7] Gregorio Palamás, A Barlaam 1, 31-33, EPE 1, p. 480 ss.
[8] Rom. 1,19.
[9] San Basilio Magno, Carta 234, 1, EPE 1, p. 152.
[10] Carta 235,1, EPE 1, pp. 156-158.
[11] A Barlaam 2, 19, EPE 1, p. 530.
[12] Ibid. 22, EPE 1, p. 540.
[13] Ibid. 20, EPE 1, p. 538.
[14] A Aquínidés 1,11-12, EPE 1, pp. 422-426.
[15] A Barlaam 2, 9, EPE 1, p. 524.
[16] Chr. Andrutsos, Dogmática de la Iglesia Ortodoxa Oriental, Atenas² 1956, pp. 38-39.
[17] P. Trembelas, Dogmática de la Iglesia Ortodoxa Católica, Atenas 1959, vol. 1, p. 155.

 

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