Iglesia Ortodoxa y pedagogía revolucionaria

«Iglesia Ortodoxa y pedagogía revolucionaria»

San Nicolás Velimirovich

 

«La Ανάσταση Resurrección es επΑνάσταση revolución»

[La palabra «επάνασταση epanástasi revolución» proviene del heleno-griego antiguo y es una palabra compuesta por los siguientes dos términos:

Επί (epí) – que significa «sobre», «hacia», «en», o «a».

Άναστασις (anástasis) – que significa «resurrección», «levantamiento», «revivificación», y proviene del verbo ἀνίστημι (anístēmi), que significa «resucitar», «levantar», «devolver a la vida».

Cuando se combinan, la palabra επΑνάσταση significa según contexto, “revolución” y “hacer resurgir de nuevo” o “volver a la vida”, en el sentido de regeneración o de hacer revivir algo que había muerto o se había perdido. Se usa con frecuencia en un sentido religioso o metafórico, como en el caso de la resurrección cristiana de Jesús Cristo, pero también en contextos más generales o cotidianos para indicar la “revolución”, “revitalización” o el “retorno al estado anterior a su destrucción o pérdida de valor”.]

La Ανάσταση Resurrección es únicamente επΑνάσταση Revolución. ¿No es acaso una revolución vencer a la muerte? Es la subversión de todas las cosas: de la lógica, de la naturaleza, del mundo entero. ¿No es una revolución que, por su Ανάσταση Resurrección, Cristo “resucitó juntamente a todo el linaje de Adán”, ¿arrastrando a toda la humanidad hacia la vida?

Si antes de la Ανάσταση Resurrección la muerte era un muro impenetrable y opaco, con la Ανάσταση Resurrección ha adquirido transparencia y permeabilidad. Desde allí puede verse la eternidad, y uno puede atravesar la muerte hacia la vida eterna. La muerte ya no es un retorno a la inexistencia: es una transición a la vida eterna, una plenitud de la existencia. Por eso, con la Ανάσταση Resurrección celebramos “el comienzo de otra vida, la vida eterna”. No existe revolución mayor que la Ανάσταση Resurrección.

Podemos afirmar con certeza: ¡Cristo fue un Επαναστάτης (apanastátis) Revolucionario y un heraldo (predicador) de la επΑνάσταση revolución!

 

«Iglesia  Ortodoxa y pedagogía revolucionaria».

 

Todos nosotros nos consideramos a nosotros mismos como άτομα (átoma: individuos o indivisibles según contexto, el elemento átomo) mientras a los demás los consideramos ceros. (Púshkin)

La Iglesia de Cristo, desde el principio, posee un carácter revolucionario.

Y cuanto más, en el curso de la historia, esta Iglesia se mantenía cerca del ideal de Cristo, tanto más claramente mostraba ese carácter revolucionario. Pero cada vez que la Iglesia, cubierta por el polvo irresistible del tiempo, se alineaba junto a la larga fila de las instituciones humanas comunes, su color revolucionario se desvanecía.

Fundada sobre la revolución, edificada por revolucionarios, la Iglesia mostró su mayor esplendor en la capacidad revolucionaria de la humanidad. La pedagogía cristiana ortodoxa es tan revolucionaria como la Iglesia cristiana ortodoxa en su conjunto. Educar ha significado siempre, para la verdadera Iglesia cristiana ortodoxa, revolución. Cuando dentro de la Iglesia se habla de educación, se habla sin duda y sin confusión. Sin embargo, no ocurre lo mismo con los libros escolares de pedagogía.

La educación en la Iglesia sólo puede significar una cosa: revolución.

El ideal personal de la Iglesia es Cristo.

La Iglesia muestra siempre este ideal a los creyentes. La formación y la acentuación del modelo educativo se consideran indispensables en todas las pedagogías. El modelo de la pedagogía cristiana es Cristo. La Iglesia Ortodoxa identifica la educación cristiana con la acción revolucionaria, puesto que Cristo fue y es un επαναστάτης epanastátis revolucionario.

¿Fue Cristo un revolucionario, hermanos? Esta pregunta se impone lógicamente.

¿Es Cristo un revolucionario y un heraldo (predicador) de la revolución?

Si revolución significa derribo y destrucción, entonces sería una blasfemia y un insulto llamar a Cristo revolucionario.

Si la επανάσταση revolución significa venganza por la venganza, sangre por sangre y fuego por fuego, entonces los revolucionarios podrán llamar a cualquier hombre de la tierra su hermano, menos a Cristo.

Si por “revolucionario” entendemos a un hombre esclavo de sus debilidades y juez del otro, un hombre que para calentarse es capaz de quemar el mundo entero y para alimentarse es capaz de devorar el mundo entero, entonces Cristo, en efecto, no es revolucionario.

Si revolucionarios son solamente los asesinos, manifiestos o encubiertos, y los demagogos profesionales de la subversión, entonces sólo los incrédulos podrían contar al Salvador en esa incrédula compañía.

Y, sin embargo, podemos decir con certeza: Cristo fue un revolucionario y un heraldo, predicador de la revolución.

La revolución que Cristo trajo al mundo es la mayor y la más lograda de todas las revoluciones.

Cristo comenzó su revolución encendiendo una pequeña llama en las psiques-almas de algunos fieles. Estas pequeñas llamas se iban inflamando gradualmente y extendiéndose, encendiendo otras llamas cercanas hasta que, finalmente, se encendió un fuego en el cual ardían los poderosos imperios de los incrédulos, y del cual surgían nuevas creaciones políticas, artísticas y sociales.

Alguien podría decir que Cristo estaba en contra de la revolución exterior, que Él buscaba únicamente oponer la psique-alma humana a su propia debilidad y a su pecado, provocando así únicamente una revolución interior, ética, moral, de carácter estrictamente individual, sin tocar la vida social en su totalidad.

Pero esto lo diría quien no conoce la psicología de las revoluciones, y especialmente de aquellas inspiradas religiosamente.

A toda revolución exterior la precede una interior, en las psiques-almas de los hombres. La revolución exterior que el cristianismo trajo al mundo es sólo la consecuencia natural de la revolución interior que el fundador del cristianismo sembró durante los tres años de Su ministerio público.

Cristo no levantó insurrecciones contra la autoridad del Estado para obtener un cambio efímero y local. Cristo trabajaba por una revolución cuyo objetivo era un derrumbe y una transformación universal y global. Cristo no agitaba al pueblo contra las dinastías de Herodes y Augusto —eso habría sido un pequeño “trabajo guerrillero”— sino que ponía los cimientos de una obra mucho mayor. Fue más lejos y más profundo que todos los revolucionarios del mundo.

En el árbol del mal no podaba ramas ni retiraba hojas; ponía el hacha en la misma raíz. No tenía prisa en ver rápidamente el éxito de su obra; le bastaba Su fe en ese éxito.

Sabía que Dios lo había elegido como artesano de una gran edificación, que no podía construirse en un siglo humano. Cristo preveía y previó la conclusión de Su edificio al final de la historia del mundo. Para tal construcción, en el breve tiempo de su vida terrena, sólo podía labrar unas pocas piedras.

Los hombres que siguieron a Cristo eran esas piedras vivas que el gran Maestro tallaba para la Iglesia, su edificio. Con diligencia tallaba y pulía el Maestro estas piedras vivas, que a su vez debían tallar y pulir otras piedras.

«Revolucionaos primero contra vosotros mismos y luego contra el mundo» —tal podría ser el mensaje que se desprende del núcleo de la predicación de Cristo. Ésta fue la herramienta para tallar y para pulir.

De la obra de San Nicolás Velimirovich, Cristo camina despacio, capítulo «Iglesia y pedagogía revolucionaria».

Ediciones En Plo. Traducción del serbio a griego,Svetlana Petsin, Elías Saragoudas, Nefeli Saragouda-Petsin. Revisión teológica: Alexios P. Panagópulos.

El Cristianismo ortodoxo como revolución

Por Acción Estudiantil Cristiana “San Basilio”

 

La fe y la lucha por la mejora de nuestro mundo y de sus sistemas son indudablemente buenas. Millones son los luchadores por la libertad, por la lucha contra la pobreza y por la reivindicación de la justicia. Sin embargo, nuestro mundo ha mejorado muy poco a lo largo de los siglos. Un punto de inflexión fundamental de ese cambio fue una “invasión en la historia humana”: la vida y la obra de Cristo sobre la tierra.

Para los investigadores de buena voluntad, el Cristianismo ortodoxo ha sido la más grande de las revoluciones. La más grande revolución espiritual. No presentó un programa revolucionario destinado a cambiar el sistema social o político mediante reformas externas. Arrojó dentro de la humanidad —o más bien en los corazones— una semilla revolucionaria que los remueve incesantemente. No trajo simplemente un nuevo programa de vida: trajo una vida nueva. No buscó cambiar por la fuerza y de manera precipitada las costumbres externas o los sistemas sociales.

Quiso cambiar no los sistemas, sino a las propias personas, metamorfosear, transformar los corazones y, así, con hombres nuevos y renacidos, edificar una nueva sociedad. Sabía muy bien que cualquier cambio, reforma o revolución que no cambia y no transforma al ser humano, que no renueva y no hace catarsis de su corazón, es vanidad y engaño. Sin una revolución dentro del corazón, los resultados son superficiales, temporales e insignificantes. Lo hemos visto en muchas “revoluciones” o “cambios”. Sin un proceso de auto-transformación, los sujetos del cambio se corrompen y los movimientos revolucionarios se convierten en reaccionarios.

¿No fue, por tanto, revolucionaria la enseñanza del Cristianismo ortodoxo? ¿Y no fue Cristo ortodoxo un revolucionario? Pero la primera palabra que pronunció al comenzar su actividad pública, su primer sermón, empezó con una palabra eminentemente revolucionaria: «Μετανοείτε metanoite» (Mt 4,17). Es decir: cambiad de mentalidad y de vida; convertíos, arrepentíos y confesaos, cambiar de modo de vivir, porque la βασιλεία (vasilía) realeza increada de los cielos se ha acercado; ha llegado la vida santa y espiritual de la redención, bienaventuranza y felicidad; (μετανοεῖτε metanoite, el verbo aquí en tiempo continuo, metania ininterrumpida). Dad un giro de ciento ochenta grados y estableced nuevos principios y orientaciones. Iniciad una vida completamente nueva.

¿Qué significa ahora “vida nueva” para el cristiano? Una vida así no podría imaginarla ni el más audaz revolucionario del materialismo. Una vida verdaderamente progresista: vida de αγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado, altruista) justicia, verdad, libertad; una vida que incluso hoy, dos mil años después, sigue siendo incomprensible para muchos. Es la vida nueva que trajo Cristo a la tierra, verdaderamente revolucionaria y pionera, como ninguna otra que haya conocido o vaya a conocer jamás el mundo. Una vida exigente, radical, que rechaza los términos medios y los compromisos, las concesiones y las claudicaciones. Quienes quieran ver si la enseñanza y la vida nueva que trajo Cristo fueron verdaderamente progresistas y radicales, que lean atentamente su célebre Sermón de la Montaña (las Bienaventuranzas). No existe enseñanza más revolucionaria. Ella dio el lema y la fuerza para romper las cadenas del pecado y de toda tiranía. Allí son bienaventurados, felices y propuestos como modelos “los que tienen hambre y sed de justicia” (Mt 5,6), y no de injusticia; los “pacificadores”, y no los que comercian con la paz. Avanza de la superficie a la profundidad y golpea el mal en su raíz, porque ve detrás de la acción el deseo que se gestó y nació en el corazón.

Desgraciadamente, los dos mil años transcurridos han desdibujado muchas cosas. Para muchos, el Cristianismo se ha convertido en institución establecida, rutina, un formalismo apagado y muerto, una fe anémica y sin columna vertebral, peor incluso que la incredulidad. Para otros, es un sedante, un analgésico para las pruebas de la vida. Otros lo perciben como una aseguradora de vida eterna.

Pero, ¿qué relación tienen todas estas cosas con el Cristianismo? La απάθεια (apázia: sin pazos, impasibilidad)*, la inercia y el fatalismo pueden tener relación con las religiones orientales; pero la distancia que las separa de la religión y fe dinámica del más grande Revolucionario espiritual —el que “vino a traer fuego a la tierra” (Lc 12,49)— es astronómica. *Ver en: https://logosortodoxo.es/12-lexis-apocalipticas/  5. ΠΑΘΟΣ κ ΑΠΑΘΕΙΑ PAZOS y APAZIA)

Desde el principio hasta el final, el mensaje del Evangelio —para quienes lo estudian con seriedad y responsabilidad— es una επΑνάσταση revolución. Este aspecto radical del Cristianismo a menudo se nos escapa. Se escapa no sólo a los negadores o enemigos de la fe, sino también a muchos cristianos bienintencionados. Pero ha llegado el momento de que todos conozcamos el mensaje tan actual y tan despertador de Cristo para nuestra época. Con la oración lo disuelves todo. ¡Cristo es una επΑνάσταση revolución de bondad!

Por Acción Estudiantil Cristiana “San Basilio” 3 de noviembre de 2007 Fuente: https://xfd.gr/keimena

Traducido por Χρῆστος Χρυσούλας, logosortodoxo.es/

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