Domingo del Paralítico en la piscina de Bethesda

Domingo del Paralítico en la piscina de Bethesda, Juan  5,1-15

  1. «El paralítico y los paralíticos», por Metropolita Augustinos Kantiotis)
  2. «Terapia salvadora del paralítico», por Jristakis Efstacíu, teólogo
  3. «No tengo a nadie», por Georgios Dorbarakis
  4. «Las pedagogías de Dios», por Yérontas A. Mitilineos

 

La terapia del paralítico en la piscina de Bitsesdá 5:1-15.

5:1 Después de esto había una fiesta de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén.

2 Allí en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas de la muralla, hay un estanque de agua, llamado en hebreo Bethesda, que tiene cinco pórticos.

3 En estos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, que esperaban el movimiento del agua;

4 porque el Ángel del Señor descendía de tiempo en tiempo al estanque y agitaba el agua y el primero que bajaba y tocaba el agua después de la agitación, quedaba sano de cualquier enfermedad que padeciese.

5 Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo;

6 Cuando Jesús le vio yaciendo en el suelo y supo que llevaba mucho tiempo así, le dice: «¿Quieres curarte?».

7 Respondió el enfermo: “Sí, quiero Señor, pero no tengo a nadie que al moverse el agua me meta en el estanque, y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo”.

8 Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y anda».

9 Al instante quedó el hombre sano y tomó su camilla y se fue caminando. Aquel día era sábado.

10 Y los judíos decían al hombre que había sido sanado: “Es sábado y no te es lícito llevar la camilla”.

11 Él les respondió: “El que me curó me dijo: Coge tu camilla y anda”.

12 Ellos le preguntaron: “¿Quién es el hombre que te dijo: toma tu camilla y anda?”

13 Pero el curado no sabía quién era, porque Jesús había desaparecido entre la muchedumbre que allí había.

14 Más tarde, Jesús le encontró en el templo, y le dijo: «Mira, estás curado, no vuelvas a pecar más para que no te suceda algo peor».

15 Se fue el hombre y dijo a los judíos que le había curado Jesús.

 

El paralítico y los paralíticos

Metropolita Augustinos Kantiotis

 

«Levántate, toma tu camilla y anda» (Jn 5,8)

Queridos míos, ¡han escuchado el Evangelio de hoy! El evangelista Juan nos narra un milagro: cómo el Señor sanó a un paralítico que llevaba treinta y ocho años enfermo. Es un milagro conocido, pero no por ello menos impresionante.

Sin embargo, muchos escuchan el Evangelio con indiferencia. Los hechos que relata no los conmueven. Algunos incluso comentan con ironía: “Esas cosas pasaban en aquellos tiempos…” Como si los relatos del Evangelio no sólo fueran inverosímiles, sino irrelevantes para la vida del hombre moderno.

Pero las cosas que describe el Evangelio, queridos míos, no pertenecen únicamente al pasado. Son también para nosotros, los que vivimos hoy aquí, y para todos los que vendrán después de nosotros, a lo largo de los siglos. Son realidades eternas que tocan el corazón de todo ser humano. Lo que el evangelista Juan ha escrito es de interés vivo y permanente para todos los hombres.

El paralítico que contemplamos hoy en el Evangelio es, en realidad, una imagen viva de la sociedad actual y de todos nosotros. Tal vez alguien diga: “Gracias a Dios, ninguno de nosotros está paralítico o en una silla de ruedas”. Y es cierto: si este Evangelio se dirigiera exclusivamente a los paralíticos físicos, su mensaje sería ciertamente consolador para ellos. Se les podría decir: “Os traigo un saludo fraterno y, junto a él, os ofrezco el medicamento del alma: la paciencia”. Este milagro sin duda consuela a quienes sufren físicamente. Pero no es sólo para ellos… también es para nosotros.

Y lo digo con firmeza: nosotros también somos paralíticos. No tanto en el cuerpo, sino en la parte más noble de nuestro ser: la psique- alma. Y esta parálisis espiritual, en muchos casos, acaba manifestándose también en el cuerpo. El hombre de hoy, aunque busca satisfacer todos sus deseos carnales, vive en una inquietud constante. Pero, en lo esencial, se encuentra paralizado -psíquica y físicamente- para todo lo que es elevado y verdadero.

El ser humano fue creado para moverse hacia el bien, hacia la realización de la voluntad de Dios. Pero no se mueve. Está detenido. Por eso os digo: hay muchos más paralíticos de los que imagináis.

Permitidme que os dé un ejemplo.

¿Qué día es hoy? Domingo, el día del Señor. El primer y más alto deber que tenemos, como seres racionales y cristianos, es que, al escuchar el sonido de la campana, deberíamos correr al templo para dar gracias a Dios. Pero, os pregunto: ¿lo hacen todos?

En cada parroquia hay personas perfectamente sanas, capaces de caminar kilómetros por otras razones, pero a quienes la Iglesia no ha visto nunca; su presencia en el templo los domingos es prácticamente inexistente. ¿Por qué? Porque son paralíticos. Tienen pies para muchas actividades y compromisos, pero no para caminar hacia Dios. Están espiritualmente paralizados, y esa parálisis ha terminado por afectar su vida entera.

Y no son sólo ellos… hay más.

Hay personas que tienen recursos, personas con posibilidades de ofrecer mucho y de ayudar enormemente. Pero las manos de esas personas están paralizadas para ese tipo de acciones, no las meten al bolsillo, no abren su cartera, ni desbloquean su caja fuerte para socorrer a un necesitado. Son manos acostumbradas sólo a tomar; tomar aún de allí donde no está permitido, incluso toman hasta las ofertas del diablo.. Toman hasta de lo que pertenece al prójimo o lo que corrompe la psique- alma. Pero manos para dar, no tienen. La avaricia, el amor desmedido al dinero, ha paralizado sus almas y también sus manos, no dan, no ofrecen nada.

Paralíticos, entonces, no sólo son los que no van a la Iglesia; también lo son quienes no practican la caridad. Pero hay más paralíticos aún.

Algunos tienen oídos, sí, pero sólo para escuchar a toda hora las cosas del mundo: los ruidos, los mensajes de la corrupción y la perversión. Oídos pegados a los auriculares, a los discos, a las radios y a las pantallas. Pero esos mismos cristianos no tienen oídos para escuchar un himno, un tropario, un cántico eclesiástico. Tienen oídos… y no los tienen. Escuchan, pero no oyen la voz de Dios.

Y digo que no tienen oídos porque no los utilizan para el propósito por el cual Dios se los ha dado. Hasta las creaciones inanimadas obedecen a Sus mandamientos: los animales, las plantas, las piedras, las aguas, los planetas y las estrellas… todos escuchan, a su manera, y cumplen la voluntad de Dios. Sólo el hombre es paralítico del oído.

Pero no quiero terminar sin mostrarles otro tipo de paralítico. Hay personas que tienen lengua, y la usan como una cotorra: hablan y hablan todo el día. Hablan de todo, pocas veces de cosas necesarias, y la mayoría de las veces de cosas vanas y sin sentido. Pero entre miles de palabras que pronuncian, no se oye la palabra más grande e importante: Dios. Es una palabra ausente de su vocabulario. Aunque, pensándolo bien, la pronuncian… ¿pero cuándo? Cuando blasfeman. Entonces sí que tienen lengua. Cuando deberían agradecer a Dios, alabarle por sus donaciones y grandezas, su lengua queda muda, paralizada. Espiritualmente paralíticos. Paralíticos como individuos, como familias, como sociedad y como naciones. ¡Si existieran hombres con vida interior, cristianos fervientes, cuántas cosas cambiarían! ¡Cuántos males serían prevenidos! Pero los paralíticos espirituales observan el mal avanzar y no mueven un dedo para detenerlo. Ven al demonio y a sus instrumentos destruirlo todo, y nadie se levanta para apagar el fuego. Parecen no paralíticos… sino muertos.

¿Quieren más ejemplos?

En espacios públicos se escucha una blasfemia atroz. Muchos la oyen, pero nadie protesta. Nadie abre la boca para decir una sola palabra. Es como si aquel blasfemara en un cementerio, rodeado de cadáveres. ¡Es una sociedad paralítica! Escucha cómo se blasfema el nombre de Dios… y permanece indiferente.

Otro caso. Se publican impresos repugnantes, que hasta los niños pueden leer. Y tú, aunque lo ves, no haces nada. No los quitas, no los destruyes, no los rechazas. Esos textos serán fuego en tu propia casa. ¿Qué indica esto? Que estamos muertos. Sólo tenemos el nombre de vivos (cf. Apoc 3,1).

¡Queridos míos! Hay muchos paralíticos. Fuerzas enormes, que podrían transformar el mundo en un paraíso, están inmóviles. No se activan. Permanecen quietas. Pero no basta con constatar el mal. Es necesario también hallar el camino para sanarlo. Es decir, cómo mover la mano para hacer el bien; cómo hacer que los pies corran hacia la Iglesia; cómo abrir los oídos y los ojos a la voluntad y los mandamientos de Dios; cómo lograr que todo el hombre se convierta en un instrumento dócil y activo en manos de Dios. En pocas palabras: cómo los paralíticos volverán a la vida.

El motor, la fuerza que vivificó al paralítico del Evangelio fue el logos omnipotente de Cristo. Por eso necesitamos entrar en contacto con la corriente vivificante de la energía increada, la Jaris (gracia) de Dios. Si nos acercamos a Cristo, si tocamos esa fuente de vida, también nosotros veremos el milagro.

Sí, Cristo curó al paralítico de Bethesda con un solo logos, y hoy puede obrar el mismo milagro en cada uno de nosotros. Es el mismo. No ha perdido ni un solo electrón de su potencia infinita. El sol, que alumbra el mundo desde hace milenios, parece inmutable, pero cada día pierde algo. Lenta e imperceptiblemente se consume, y llegará el día en que también se apagará como una vela. Pero el Sol que es Cristo permanece “el mismo ayer, hoy y siempre” (Heb 13,8). Él está por encima de toda luz creada, del sol, de las estrellas… Él vive y reina eternamente.

¡Con cuánta facilidad dijo al paralítico: “Levántate, toma tu camilla y anda”! (Jn 5,8), con la misma facilidad puede decirnos a nosotros: “Levántate”, y despertar, resucitar nuestra psique-alma, nuestras familias, nuestra sociedad, hacia una vida nueva.

Escuchemos, pues, la voz de los ángeles: ¡Acérquense al Señor y crean firmemente en Él! Y entonces, amanecerá dentro de nosotros una vida nueva, una vida eterna, para doxa-gloria increada de Dios. Amén.

+Obispo Agustín Homilía grabada el 12 de mayo de 1957 Fuente: ΑΚΤΙΝΕΣ

 

Terapia salvadora del paralítico (Jn 5,1-15)

Jristakis Efstacíu, teólogo-Iglesia

“Más tarde, Jesús lo encontró en el templo y le dijo: «Mira, has sido sanado; no vuelvas a pecar más, para que no te suceda algo peor». Ἰδού, ὑγιὴς γέγονας· μηκέτι ἁμάρτανε, ἵνα μὴ χεῖρόν σοι τι γένηται.”

**Χριστός Ανέστη – ¡Cristo ha resucitado!**

Es verdaderamente admirable el acontecimiento que hoy nos describe el evangelista Juan. Concretamente, el Señor sana al paralítico en Jerusalén, un milagro realizado durante el segundo año de Su vida pública.

**Οἶκος εὐσπλαχνίας – Casa de caridad**

El Señor había subido a Jerusalén y se acercó a la piscina llamada Betsesda, que en griego significa “Casa de misericordia” o “Casa de caridad”, es decir, un lugar marcado por la αγάπη αgapι -el amor incondicional, altruista y desinteresado. Es significativo que, de forma sobrenatural, Dios manifestaba allí su gran αγάπη esa emoción de la divina energía increada, hacia los que sufrían.

Cristo se encuentra frente a un hombre paralítico, dolido, abandonado, que anhela su curación y redención. Se trata de un paralítico que llevaba treinta y ocho años postrado en el lecho del dolor. Del diálogo entre el Señor y el paralítico se deduce que esta aflicción tenía relación con su pecado. En un lugar donde reinaba la competencia por el milagro -pues sólo el primero en lanzarse a las aguas movidas por el ángel era sanado-, él llevaba años esperando, sin ayuda, y en absoluta soledad.

**Ἡ λύτρωσις – La redención**

“¿Quieres sanarte?” -una pregunta que, a primera vista, parece innecesaria. Pero si profundizamos, entendemos su profundo significado: este milagro no es sólo físico, sino también espiritual.

En este caso concreto, la salud del paralítico -y, en general, la de toda persona- está estrechamente vinculada con la libertad que el ser humano puede ejercer, siempre bajo la perspectiva de la renuncia al pecado. Es decir, la sanación está profundamente relacionada con el uso correcto de la libertad, en dirección a la comunión con la agapi-amor de Dios, y no con una vida que se encierra en la esclavitud del pecado.

Cristo, al preguntar al paralítico si quiere ser sanado, lo invita a dar un paso de fe, condición indispensable para su psicoterapia y sanación. No se trata simplemente de un deseo superficial, sino de una apertura profunda del corazón hacia la jaris divina.

Con el milagro, Cristo no sólo sana físicamente al paralítico, sino que, a través del perdón y su agapi, elimina la causa misma de su enfermedad: el pecado. El pecado es ese estado en el que el ser humano se encierra en sí mismo, se autodeifica y destierra a Dios de su vida, cuando precisamente Dios es su único apoyo y verdadera seguridad.

Por eso el Señor llama la atención del hombre sanado con estas palabras: «Mira, has sido sanado; no vuelvas a pecar más, para que no te suceda algo peor». Cuántas veces, tras recibir las donaciones de la agapi de Dios, las olvidamos con facilidad, dejándonos arrastrar de nuevo al barro del pecado, que -como se ha subrayado- es la raíz y causa de todo mal.

**Hermanos queridos**, los mensajes que emergen del milagro de la psicoterapia y sanación del paralítico siguen siendo profundamente actuales. También nosotros sufrimos de una forma de parálisis: la espiritual. Lo que debemos hacer es reconocer nuestra enfermedad interior y acudir con fe al único que puede psicoterapiarnos y sanarnos: Cristo, nuestro Sanador, Salvador y Redentor. Su *agapi* nos persigue, nos sostiene y nos invita en cada paso. Y no olvidemos la exhortación del Señor: “Mira, has sido sanado, no vuelvas a pecar más, para que no te suceda algo peor” (Jn 5,14).

Jristakis Efstacíu, teólogo-Iglesia Chipre     Fuente: ΑΚΤΙΝΕΣ

 

Domingo de la sanación del paralítico en Bethesda: “No tengo a nadie”

Georgios Dorbarakis

El paralítico del Evangelio de este domingo es, antes que nada, un milagro de paciencia y esperanza, incluso antes de recibir del Señor Jesús Cristo el milagro de su psicoterapia y sanación. Durante treinta y ocho años esperó con anhelo ser psicoterapiado y sanado, aguardando el momento en que pudiera recibir el movimiento sanador de las aguas que lo curaría. Esa admirable paciencia y esperanza fueron recompensadas por Dios de manera única: no mediante una persona, sino a través de la presencia misma de Dios encarnado -el Jesús Cristo, Dios perfecto y hombre perfecto-, quien vino personalmente a sanarlo.

Su lamento: “No tengo a nadie que me introduzca en la piscina cuando el agua se agita, y mientras voy, otro desciende antes que yo”, recibe como respuesta la visita y acción del mismo Dios.

El Cristo siempre viene al encuentro del hombre, especialmente de aquel que está afligido, herido o necesitado. Y aún más, se acerca con ternura a quienes viven el dolor en soledad, sin presencia ni consuelo humano. Estas personas -los sufrientes, los necesitados, los solitarios-son los predilectos, los amados de Dios, como decía el Yérontas (Anciano) Paisios. Él mismo experimentó este amor particular de Dios -esta agapi amor emoción de la energía increada- cuando se encontró enfermo y aislado durante una fuerte nevada. El Señor, como nos reveló el mismo Yérontas, le envió ángeles para que lo calentaran y sirvieran. Tanto fue así, que cuando unos monjes, preocupados por su estado, lograron llegar hasta él, se lamentó porque con su llegada los ángeles se habían marchado.

El Señor viene siempre, aunque a veces parece que tarda.

Volviendo al paralítico del Evangelio, alguien podría preguntarse con razón: ¿treinta y ocho años no son demasiados? ¿Por qué Dios tardó tanto en manifestar su presencia? Sin embargo, la pregunta debería plantearse más bien al revés: la presencia de Dios, que en este caso se hizo evidente y tangible, ¿estuvo realmente ausente durante todo ese tiempo?

Es evidente que no. La paciencia y la esperanza del paralítico fueron un donaciones del mismo Dios, una χάρις (jaris: gracia, energía increada) concedida que, aunque invisible, lo sostenía interiormente. Este favor divino tenía como propósito elevarlo a alturas espirituales mayores. A pesar de su dolorosa queja, el paralítico no acusa a nadie, ni culpa a otros, y mucho menos se le oye murmurar contra Dios o blasfemar -como tristemente se ve en tantas situaciones similares. Esta actitud indica que era un hombre de oración, que vivía en la fe y aplicaba en la práctica lo que dice la Escritura: “Pacientemente esperé al Señor, y Él se inclinó hacia mí” (Sal 40,2). Su vida no era simplemente de sufrimiento pasivo, sino de experiencia carismática, y su sanación corporal por parte de Cristo vino a ser el sello final de esta experiencia espiritual.

Este caso nos recuerda un episodio de la vida de san Antonio el Grande. Cuando sus hermanos de comunidad lo encontraron medio muerto a causa de los ataques demoníacos, lo llevaron al templo. Allí, en medio de su debilidad, expresó su queja al Señor, apenas percibiendo un rayo de Su presencia y consuelo. Le preguntó por qué lo había dejado solo, sin ayuda en sus duras luchas espirituales. Y el Señor le reveló (apocaliptó) que siempre había estado a su lado: lo observaba, lo fortalecía interiormente, y esperaba precisamente su perseverancia en la fe y su esperanza inquebrantable en Él. Por esa fidelidad, le prometió hacerlo grande hasta los confines del mundo.

Así también sucede con nosotros: cuando parece que Dios está ausente en nuestros sufrimientos y pruebas, en realidad está presente, aunque de forma distinta. Debemos recordar siempre lo que dice san Isaac el Sirio -siguiendo el pensamiento del logos del Evangelio y del apóstol Pablo: que en medio de nuestras pruebas, ya hemos recibido de antemano la fuerza del Señor para resistirlas. Por Su Jaris (la energía increada), podemos atravesar nuestros sufrimientos. San Isaac enseña con precisión que la jaris de Dios y sus auxilios nos preceden, y sólo después Él permite o concede la prueba. Este es el método de Dios para elevarnos a un grado espiritual superior.

Así, el paralítico del homónimo Domingo no es, en absoluto, una persona simple. En todo este acontecimiento se revela su grandeza interior, tanto psíquica como espiritual, su humildad profunda y su fe firme en Dios. Él nos recuerda constantemente que, cuando nosotros perseveramos con paciencia en la fe frente a las pruebas y sufrimientos -sin “chantajear” a Dios con nuestra desesperación, la cual en el fondo manifiesta una fe débil-, debemos estar preparados para la sorpresa de la admirable y tangible presencia de Cristo en nuestra vida.

Tal vez debamos pensar también que esta paciencia y esperanza en la fe, al final, nos introducirán en la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios como verdaderos mártires, es decir, testigos delante de Él.

ΑΚΟΛΟΥΘΕΙΝ  παπα Γιώργης Δορμπαράκης  Jorge Dorbarakis

 

Atanasio de Mitilineos, Domingo del Paralítico

Transcripción de una homilía del venerable padre Atanasio de Mitilene con el tema:
«LAS PEDAGOGÍAS DE DIOS»

Una nueva página admirable, queridos míos, nos relata el evangelista Juan sobre los milagros de nuestro Señor Jesús Cristo.

También en esa ocasión el Señor había subido a Jerusalén. Y visitó la piscina, es decir, el estanque de Bethesda. Allí había un lugar de dolor, desgracia y desdicha. Alrededor del estanque, que estaba rodeado por cinco pórticos, se encontraba una multitud de personas enfermas que esperaban su terapia.

Como pueden ver, el amor de Dios había ofrecido un pequeño consuelo a este pueblo que sufría, lo siguiente: Escribe y señala el evangelista Juan: «Porque el Ángel del Señor descendía de tiempo en tiempo al estanque y agitaba el agua y el primero que bajaba y tocaba el agua después de la agitación, quedaba sano de cualquier enfermedad que padeciese» (Jn 5:4)

Claro está, esta piscina era una imagen del Mesías, quien habría de convertirse en la fuente de toda terapia, psicoterapia y sanación. A ese lugar llegó en una ocasión Jesús. Y se acercó a un enfermo, a quien el Señor sabía que yacía allí desde hacía mucho tiempo. Y le dice: «¿Quieres ser sano?» «¿Quieres curarte?»

¿Pero qué significa el énfasis en que esa enfermedad del hombre era conocida por Jesús?
Y en efecto, ¡hacía 38 años completos que era paralítico! Sin poder moverse fácilmente de allí. Para que se muestre la magnitud del milagro, pero también la pedagogía de Dios, como veremos a continuación.

¿Qué es la enfermedad? Decimos: «Estoy enfermo». ¿Qué significa eso? ¿Qué es la enfermedad?
Es el resultado de una alteración en la relación del ser humano con Dios. Lo repito: Es una alteración en la relación del hombre con Dios. Y lo que perturba esa relación entre el hombre y Dios es el pecado. Solamente el pecado.

Además, esto quedará evidente justo después, cuando el Señor le diga a ese paralítico -al que había curado y que encontraría días después en los atrios del templo de Salomón: «Mira, has quedado sano. No peques más, para que no te suceda algo peor».

¿Y qué es ese “algo peor”?
Lo peor, queridos míos, es el endurecimiento, depravación de la psique-alma, si volvía a pecar.
¿Y qué más? También es el infierno eterno.

Así pues, vemos, queridos míos, la relación entre enfermedad y pecado con muchísima claridad. Decimos en el Súplica Paraclítica a la Θεοτόκος Madre de Dios (¿y quién no conoce este versículo de la Paráklesis?): «A causa de mis muchos pecados, se debilita y se enferma mi cuerpo y mi psique-alma».

Y esta verdad la confirma en este caso la Sabiduría de Sirácides (Eclesiástico), en el capítulo 38: «Apártate del error, endereza tus manos, y haz la catarsis de tu corazón de todo pecado».
Y añade, la Sabiduría de Sirácides siempre con estilo conciso:
«Quien peca contra su Creador o Hacedor, caerá en manos de un médico».

En una ocasión, cuando visitaba nuestro hospital militar, deseaba mucho poner este versículo como inscripción. Finalmente, no se colocó.
¿Y qué significa? Significa: ¡Ten cuidado, ser humano! Vas a enfermar si transgredes los mandamientos de Dios.
Por ejemplo: si bebes más vino del que debes, ¿no vas a enfermar? Si comes más de lo debido, ¿no vas a enfermar? Si pasas las noches sin dormir y vives en la disipación, ¿no vas a enfermar?

Como pueden ver, la realidad es clara. Y no me digan que no hay personas que llevan este tipo de vida desordenada. Lo veremos enseguida más adelante.

Sin embargo, en un congreso médico que se celebró hace algunos años en Bossey, Suiza, se dijo que la enfermedad es algo más que la simple presencia de un microbio. Es algo más. Son cosas que incluso la propia ciencia médica ha empezado a reconocer. O la llamada -si es que han oído hablar de ella- Medicina de la Personalidad.

Una vez, un discípulo de Jung ejercía su profesión en Francia. Y se le presentó un joven con abundante neurosis. Lo interrogó, tomó su historial, lo examinó por un lado, por el otro, y dentro de ese historial el médico descubrió que este joven se había relacionado con una muchacha -una maestra, en concreto-, le había sacado el dinero que tenía y luego la abandonó.

Le dijo entonces el médico: «Oye, vas a reparar el daño y te vas a casar con ella».
El joven se enfadó: «¿Y qué tiene que ver eso con mi neurosis?», preguntó.
¿Que si tiene que ver? ¡Tiene muchísimo que ver!
El joven se enfadó y se fue, convencido de que una cosa no tenía relación con la otra.
¡Y sin embargo sí la tenía! Y de hecho, una relación directa e inmediata.

Ahora bien, si enfermamos, ¿qué debemos hacer? Bueno, hemos enfermado… ¿y ahora qué? Somos humanos; no hay persona que no haya estado enferma, poco o mucho.

Lo primero, queridos míos, es reconciliarnos con Dios.
Reconciliarnos a través del sacramento de la Santa Confesión.
Y después, ir al médico.

Vuelve a aconsejarnos la Sabiduría de Sirácides y dice: «Hijo mío, cuando caigas enfermo, no descuides tu enfermedad, sino ora al Señor, y Él te sanará».

¿Quién es, entonces, el médico? Es alguien enviado por el Señor.
Porque también el mismo Señor Jesús curaba a los enfermos. Claro, su propósito principal no era curar. Su propósito principal era apocaliptar/revelar al Dios Trino y Santo y, con la naturaleza humana que asumió, ser Dios eternamente con los hombres, con aquellos que se salvarían, por supuesto.

El tema de la sanación de los enfermos, queridos míos, era secundario, si así lo quieren. Secundario. Y sin embargo, el Señor no dejó de sanar a los enfermos. En concreto, ¿qué nos dice el apóstol Pedro? Que el Señor no hizo otra cosa mientras estuvo en la tierra que sanar a los enfermos. Pero si ese hubiera sido el propósito principal, el cristianismo -¡atención a este punto!- se limitaría al tiempo en que Cristo estuvo sobre la Tierra.
¿Acaso no seguirían existiendo enfermos después? ¿Y, por tanto, no tendría ya valor el cristianismo? ¿Ven entonces claramente que el hecho de que el Señor sanara a los enfermos, o más ampliamente que la Iglesia sane, a través de las manos de los Apóstoles y de sus sucesores, sería algo muy limitado? ¿Acaso ahí se encierra el cristianismo?
¡Dios nos libre!
No debemos, por necedad o por ceguera voluntaria, restringir el alcance y el significado del cristianismo.

Sin embargo, el médico es de parte del Señor. Y debe tener conciencia de eso el médico: que es enviado por el Señor. A todo el que se me acerque -estudiante de medicina, médico nuevo, recién graduado- siempre le recomiendo y le digo: «Mira, cuando salgas de tu casa por la mañana, haz tu oración matutina y pide a Dios que te ilumine para hacer un buen diagnóstico». Es bien sabido que un buen diagnóstico, uno preciso, es la mitad de la curación.
¿Y quién no lo sabe esto?

Si no se hace un buen diagnóstico, el paciente sufre y va de médico en médico, precisamente porque no se ha hecho ese diagnóstico correcto.

«Y cuando entres en contacto con tu paciente, haz también desde dentro una pequeña oración, una oración espiritual, mental, para que Dios te ilumine y te ayude. Porque no olvides que estás ahí de parte de Cristo». Sí. Y debes sanar.

Sería algo muy feo que Cristo estuviera delante de un enfermo y no lo sanara. No lo piensen a la ligera, eso ocurrió con los nueve discípulos.

Cuando el Señor estaba en el monte Tabor, los nueve estaban abajo, en la llanura. Y entonces un padre trajo allí a su hijo, que estaba gravemente endemoniado, y ese padre, el pobre padre, llevó a su hijo a los discípulos, pero ellos no pudieron curarlo. A pesar de que ya habían recibido ese permiso para sanar, y hasta el mandato. Pero en algún punto flaquearon en la fe. Algo les ocurrió a los discípulos.

Y luego preguntarán, cuando el Señor baje y sane al niño, le preguntarán: «¿Por qué nosotros no pudimos?»

Mientras tanto, los otros que estaban allí alrededor -unos fariseos, unos Γραμματείς (gramatís: gramaticales, escribas, intelectuales)-, los cuales no se despegaban ni un instante del Señor Jesús Cristo, comenzaron a burlarse, a reírse, a mofarse de los discípulos. Entonces, ¿no sería una burla también que la Iglesia, que los sacerdotes, no pudieran sanar?

Repito: Esto no es el elemento principal del cristianismo.

Y después, ¿quién les dijo que Dios necesariamente quiera que se quite una enfermedad?

Vamos a ver esto y lo comentaremos un poco más abajo: Jesús sabía que ese paralítico estaba allí desde hacía 38 años.

¿Fue acaso a preguntarle antes alguna vez? No. Cuando fue allí, a la piscina de Bethesda, fue directamente hacia él.

¿Qué significa que «sabía»? Significa que el Señor dejó que ese hombre madurara en su enfermedad.

¿Por qué? Porque, simplemente, una enfermedad tiene muchas veces -y sobre todo- un carácter pedagógico. Esto es muy importante.

Así que, si Dios no quiere sanar a una persona, si Dios no quiere sanarme a mí, ¿cómo lo sé yo? ¿Y si con ese modo no me está educando, instruyendo espiritualmente?

Sin embargo, continuamos con lo que dice la Sabiduría de Sirácides acerca del médico. Dice -es más, lo dice en el primer versículo del capítulo 38: «Honra al médico por las necesidades que tienes de él, con el honor que le corresponde, porque también a él lo ha creado el Señor. La terapia, “psicoterapia” proviene del Altísimo.» Es decir, debes honrar al médico. Dios creó al médico para tus necesidades.

¿Lo ven? Ya estaba previsto que Adán caería. Y que con su caída entrarían las enfermedades, los sufrimientos y los males.

Entonces, Dios le dio al hombre la capacidad de desarrollar hasta cierto punto la civilización. Pero no en grado superlativo. Porque entonces la civilización se convierte en un peligro en manos del hombre.

Lo repito: un peligro. Es como darle a un niño cerrillas o merchero y decirle: «Haz con ellos lo que quieras». Te va a prender fuego a la casa. Así también, la civilización suaviza, endulza un poco la áspera vida del hombre. Le permite tener una vivienda, ropa, en fin… civilización.

Pero también dio la Ciencia Médica. Dio también los medicamentos para que el hombre pueda encontrar allí algo de alivio.

Entonces, ¿qué dice? Para tus necesidades, el Señor creó al médico. Pero debes ir al médico.

Pero atención. Decía Paracelso: «El médico cuida, pero Dios es quien sana.»

¡Cuánto me alegra cuando vienen personas y me dicen: «Fui al médico y me dijo: ‘A partir de aquí, ya no podemos hacer nada más. La palabra la tiene Dios’». Eso me alegra. Cuando nuestros médicos reconocen que sus límites son limitados y cortos, y que, de allí en adelante, el asunto está en manos de Dios. Pero con mayor exactitud, es eso mismo: El médico cuida. Te examina, te dice esto, aquello… Pero finalmente, la sanación la recibirás de Dios.

Y además, el sabio Sirácides añade: «Y da lugar al médico -es decir, dale la posibilidad de sanarte-, porque también a él lo creó el Señor; y que no se aparte de ti, porque tienes necesidad de él». Es decir: No alejes al médico. Lo necesitas. Realmente lo necesitas. Y, además, en otro pasaje dice: «Hay ocasiones en que el médico tiene éxito, que logra descubrir tu enfermedad y ayudarte».

Dirigiéndose el Señor al paralítico, le pregunta: «¿Quieres quedar sano?» ¿Quieres curarte?

Curiosa, queridos míos, en verdad curiosa pregunta. ¿Ir al médico y que me pregunte si quiero curarme? Uno diría: esta pregunta sobra. Pero si para eso vine, doctor. Para que me cures. ¿Y me preguntas si quiero sanarme?

Sin embargo, cuando el Señor dijo: «¿Quieres quedar sano, y estar saludable?», Su pregunta tenía profundidad. El Señor se dirige a la voluntad del hombre. Y está sugiriendo la integridad de la salud.

Lo diré de nuevo: la integridad de la salud. Es decir, que te cures como ser humano completo.

Porque, creo que no estaréis en desacuerdo conmigo, que

muchos quieren sanarse, por ejemplo… que se les cure el estómago, que no tengan úlcera, que se les pase el problema estomacal, pero solo en lo físico y no en lo psíquico ni en lo espiritual. Es decir, no se busca una psicoterapia y sanación que devuelva la integridad completa al hombre.

Como ya vimos aquí y lo mencionamos: ¿Qué es la enfermedad ante Dios? Es el trastorno del orden. Entra el pecado.

¿Por qué quieres, hermano mío, que solo se te cure el estómago? ¿Para volver a ser un glotón? ¿Por qué no pides, por ejemplo, aprender a ser moderado en tu alimentación? Es verdad, debemos comer para vivir, sin duda. Pero también, debes ser ordenado en tu vida y en tu comida.

Así vemos que no pedimos una psicoterapia y sanación completa.

Es decir, la sanación también de nuestra ψυχή (psijí: psique, alma, ánima la que anima vivifica el cuerpo) de nuestros pazos. Solo pedimos sanarnos físicamente, corporalmente para luego arrojar de nuevo este pobre cuerpo al desgaste del pecado: a la fornicación, a la embriaguez, a las drogas y no sé qué más…

Y aún más quiere decirle el Señor, cuando le pregunta: Que no se trata solo del agua de la piscina, en la que esperas entrar, diciendo: «No tengo a nadie que me meta».

Eso también es un gran tema: «No tengo a nadie»… En concreto, San Juan Crisóstomo dice algo encantador: «Yo me hice hombre por ti. ¿Y tú dices que no tienes a nadie?» Para que, cuando se agite el agua, alguien te arroje dentro de la piscina, etc.

Queridos míos, que nadie piense que se trataba solo del agua. Era también Jesús Cristo. Así que no es solo la Medicina, sino también Dios.

Primero Dios y luego la Medicina.

Atención: no despreciamos la Medicina, pero primero viene Dios y luego la Medicina.

Porque muchos cometen el error de decir: «Haré oración y no iré al médico». ¡Eso es un error! Si Dios dio la Medicina, significa que debes acudir también al médico. Solo que debes poner las cosas en su orden correcto: Primero Dios y después la Medicina. Así como nos aconseja el libro de la Sabiduría de Sirácides, como ya os mencioné antes.

Observamos un punto importante. Lo que ya te señalé. El evangelista sagrado anota: «Jesús, sabiendo que hacía mucho tiempo que estaba así». Jesús sabía que hacía mucho tiempo que ese hombre estaba allí,

en los pórticos junto al estanque. Esto significa que la enfermedad del paralítico no había escapado al conocimiento ni a la atención de Dios.

No se le escapó. Entonces esa enfermedad tenía un carácter pedagógico. Estoy enfermo para ser educado, instruido.

Ese hombre joven… llevaba 38 años paralítico. Debemos calcularlo como un hombre de unos 60 años. Vivió una vida disoluta, una vida libertina, hasta quedar paralizado.

Así que, vemos, la enfermedad tiene carácter pedagógico. Quédate ahí, para que entre en razón tu cerebro, para que entiendas. Eso es tener un carácter pedagógico.

Nuevamente, es por el hombre, por su salvación. Esto debe llamarnos especialmente la atención. Debemos prestarle mucha atención.

Dios dice en el Deuteronomio: «Yo hiero, y Yo sanaré».

Entonces, cuando estamos enfermos, debemos preguntarnos si acaso estamos chocando con la voluntad de Dios. Claro que no toda enfermedad es consecuencia de desobedecer los mandamientos de Dios. Eso lo sabemos. Y la Escritura lo testifica, si así lo desean.

Job cayó en aquella indecible desgracia, sin que fuera él quien pagara pecados. Porque él no podía ver lo que pasaba detrás del telón; el diablo fue y pidió permiso, etc. Ustedes ya conocen la historia. Para no alargarme más.

Así, hoy nosotros sabemos muchas cosas. Conocemos también la historia de Job. Pero Job no sabía por qué se volvió leproso, perdió a sus hijos… una desgracia indescriptible.

¡Indescriptible!

Y hoy es ejemplo de paciencia. Incluso, si lo desean, es figura o prefiguración, modelo de Jesús Cristo.

Lo mismo ocurrió con Tobit. (No contaré toda la historia). O aquel que nació ciego. Los discípulos preguntaron: «Señor, ¿quién pecó?».

(Porque así decían los judíos: que alguien debía haber pecado necesariamente). ¿Sus padres o él? ¿Pero cómo él, si nació ciego?

¿Cuándo iba a pecar?

Y el Señor respondió: «Ni él pecó, ni sus padres, sino que esto fue para doxa-gloria increada de Dios».

Entonces, podía servir a la gloria de Dios. Y así fue. Ese hombre siguió a Cristo, se hizo cristiano. Ahí está. Ahí lo tienen. En todo caso, el tema es que tenemos muchos casos que no son resultado del pecado. Dios lo sabe. Pero con todos estos casos hay una ganancia:

la παιδαγωγία pedagogía educación, instrucción del pueblo.

Queridos míos, en la historia de Israel siempre se sigue esta secuencia: Apostasía castigo arrepentimiento salvación.

Y este esquema no es solo para un pueblo; es también para cada persona. Lo repito: para cada persona. Dios pedagogiza educa, instruye para salvarnos.

¿Y qué te parecería que Dios dejara a su pueblo en el desierto durante 40 años completos? Era un asunto de pocos días. Pasar por donde hoy está el Canal de Suez, cruzar el pueblo y llegar a la tierra de Canaán.

¿Por qué Dios dejó a su pueblo 40 años en el desierto?

Para educarlo, instruirlo.

El desierto era áspero. El desierto era un desafío. Y, sin embargo, Dios lo dejó ahí 40 años para educarlo.

No olvidemos aquella frase bíblica que dice San Pablo en la carta a los Hebreos: «Habéis olvidado la exhortación y el consuelo que os dirige Dios cuando os habla como a hijos: Hijo mío, no desprecies, ni descuides la corrección y la pedagogía del Señor, ni te desalientes cuando eres revisado y reprendido de Él; porque el Señor pedagogiza-educa y corrige al que ama, y le disciplina con castigos pedagógicos al que recibe como hijo» (Heb 12:5-6).

Corrige a todo hijo que reconoce como suyo. (No voy a castigar al hijo del vecino, voy a castigar al mío. Porque yo reconozco quién es mi hijo).

«Castiga a todo hijo al que acoge; para su bien».

¿Y cuál es ese bien?

Escúchalo: «Para que participemos de su santidad». Amén.

Con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bienaventurado Padre Athanasios Mitilineos,

Transcripción de la conferencia y edición electrónica: Eleni Linardaki, Filóloga

Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai _kyriakvn/omiliai_kyriakvn_137.mp3

Traducido por: χΧ jJ  https://logosortodoxo.es/

 

HUMILAD, por A. Mitilineos

El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.

 

Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua helénica-griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos el Nuevo Crisóstomo. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes.

HUMILDAD, capítulo 4

  1. ¿Cómo se obtiene la humildad?
  2. ¿Cómo puede uno llegar al estado de la auténtica humildad en su conducta interior?
  3. En los humildes se da la χάρις (jaris: gracia, energía increada)”, da a entender que la humildad atrae la jaris de Dios. ¿Cómo se puede atraer la humildad sin jaris increada de Dios?
  4. ¿Qué es autocrítica? ¿Conduce a la humildad?

 

  1. ¿Cómo se obtiene la humildad. 

Cierto que podría contestar con dos palabras de la siguiente manera: Si quieres la humildad es cuestión de voluntad y no sólo para la humildad sino para cualquier cosa. ¿Quieres hacerte rico? Con voluntad, puedes. ¿Quieres llegar a ser estudioso y sabio? Con voluntad, puedes.  ¿Quieres hacerte santo? Con voluntad, también puedes. Cuando el Dios dice: “haceos santos porque yo soy santo”, significa que se dirige al hombre, indicando que todo depende de su voluntad, estimar bien y correctamente las cosas y decir con firmeza: “quiero hacerme santo”, y así llegar a serlo. Ahora bien, el modo concreto de alcanzar este fin supone una conducción, una orientación particular.

Debemos tener cuidado, porque muchas veces, sospecho que, cuando pedimos que alguien nos explique «cómo» obtener algo, en realidad buscamos una excusa para no esforzarnos. Desear alcanzar un bien sin esfuerzo es obra del egoísmo. Pero os advierto que sin esfuerzo no se logra nada. El hombre debe trabajar y esforzarse. Los antiguos decían que “los bienes se consiguen con esfuerzos y dolores”. Así pues, como podéis ver, debemos esforzarnos y luchar para alcanzar cualquier meta.

No pretendo aquí exponer todo en detalle, sino distribuir el tema, es decir, explicar qué es la humildad y en qué ámbitos y dimensiones de la existencia humana está, se manifiesta y actúa. Señalaremos algunos puntos fundamentales y luego, si queréis, indicaremos algunos caminos concretos para obtenerla. Sin embargo, en el fondo siempre permanece este acto de la voluntad: «quiero». Y no solo el «quiero» humano: también existe el «divino quiero», es decir, la voluntad de Dios. Como Dios ya quiere nuestra santificación, solo hace falta que nuestro «quiero» se una al Suyo para que se realice el milagro. Este es el milagro de la santificación, de la divinización, de los cuales la humildad es parte esencial.

Ciertamente no agotaremos aquí el misterio de la humildad, que es extenso e inagotable, pero intentaremos considerar algunos de sus elementos fundamentales.

Quiero deciros que la humildad se refiere a muchos aspectos de la existencia humana. Tenemos la humildad de la διάνοια (diania: mente, intelecto, cerebro o inteligencia); la humildad del corazón; la humildad de la voluntad y también la humildad del cuerpo.

He escogido estos cuatro aspectos porque creo que en ellos se resume toda la existencia del ser humano. Es posible que alguien posea humildad en su mente, pero no en su cuerpo, o viceversa. Por eso, vamos a ver en qué consiste cada una de estas formas de humildad, con la esperanza de ayudarnos a encontrar el modo correcto de orientarnos.

Primero vamos con la humildad de la διάνοια (diania, mente, intelecto, cerebro o inteligencia).

Esta humildad de la diania mente se expresa a través de una realidad profunda y fundamental: la sencillez, también llamada simplicidad o naturalidad. La sencillez no es, propiamente hablando, una virtud particular, sino la fuente y constructora de todas las virtudes (que es la sencillez en Cristo)*. A esta sencillez podemos atribuirle distintas manifestaciones o aspectos. Aquí nos referimos específicamente a la sencillez de la διάνοια (diania: mente, intelecto, inteligencia). También podríamos hablar de una sencillez de vida, abarcando así al ser humano en su totalidad.

¿Y en qué consiste esta sencillez de la diania mente? * https://logosortodoxo.es/psicoterapia-ortodoxa/la-sencillez-en-cristo-y-la-fantasia/

Consiste en que el hombre reconoce los límites de su propia diania (mente, intelecto) y su entendimiento y no pretende sobrepasarlos con soberbia. Es decir, conoce hasta dónde alcanza su capacidad mental e intelectual y no se acoge a lo que está más allá de ella. Es esto que dice san Juan el Clímaco que no debe dedicarse a demasiadas cosas inefables, ocuparse de cosas que no es posible que ellas sean objeto de investigación.

Sabéis que en la Sagrada Escritura abundan los misterios. Y estos misterios pueden dividirse en dos categorías: Una primera categoría corresponde a los misterios que el hombre debe conocer y está llamado a penetrar. La segunda categoría incluye los misterios que el hombre no debe pretender comprender, ni siquiera tocar.

Allí donde el Dios dice a Moisés: «Quítate las sandalias de tus pies, porque el lugar que pisas es santo», significa que le está enseñando que debe despojarse de los «zapatos» de la διάνοια diania, es decir, la mente o intelecto debe renunciar a su racionalismo, a su afán de curiosidad, y aceptar el misterio con reverencia, sin pretender investigarlo.

La otra categoría son aquellos misterios que sí debemos conocer. Si os habéis fijado el Evangelio de hoy, en la parábola del sembrador, el Cristo dijo a Sus discípulos “que habla en parábolas”, de modo que aquellos que no tienen buena disposición y obran con mala voluntad escuchen, pero no entiendan; vean, pero no perciban. Este es precisamente el sentido de las parábolas: esconden misterios.

Sin embargo, a sus Apóstoles el Señor les interpreta el sentido oculto, y les dice: “A vosotros os ha sido dado conocer los misterios de la realeza increada de Dios, en cambio el resto cerrado, sólo en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan» (cf. Lc 8,10), porque no son dignos. Es decir, los discípulos reciben la apocálipsis/revelación directa porque son dignos de ella, mientras que a los demás los misterios permanecen velados. Estos misterios -los de la βασιλεία vasilía realeza increada de Dios- sí deben ser investigados, pero con humildad.

Como enseña san Isaac el Sirio, los misterios se apocaliptan (es decir, se revelan) a aquellos que tienen una conducta interior humilde. Los misterios se revelan a los humildes, no a los arrogantes ni a los curiosos soberbios.

Así que este principio es muy importante: el hombre debe saber qué misterios puede y debe investigar, y cuáles debe aceptar reverentemente, sin pretender penetrarlos.

Además, en la vida interior debe reinar una profunda franqueza, ser sencillo en lo que se reflexiona o medita, confesar sus puntos débiles, reconocer su ignorancia, sus errores y su falta de comprensión.

Aún tiene que haber una franqueza en lo que medita, lo que piensa e imagina, aún, tiene que manifestar sus puntos débiles, su ignorancia, sus errores y su incomprensión.

Esto es exactamente lo que enseña san Pablo: «Sed unánimes, tened un mismo sentir unos con otros; no aspiréis a cosas altas, sino acomodaos a los humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión» (Rom 12,16). Es decir, no actuar como si uno lo supiera todo, ni atribuirse grandeza de virtud para enorgullecerse.

Esto, precisamente, es la humildad de la διάνοια (diania: mente, intelecto, inteligencia).

El humilde también acepta la fe sin poner en duda su contenido, sin decir: “¿Será esto cierto o no?”. Por eso, debe hacer suyo lo que el Apóstol Pablo enseña a Timoteo: «Es palabra fiel y digna de toda aceptación» (1Tim 1,15). El humilde piensa como tener conducta interior serena y sana. Escuchad y responded con sencillez: “Lo ha dicho Dios”. Si surge una duda en vuestro interior, responded sin complicaciones sencillamente: “Lo ha dicho Dios; basta, se acabó”.

¿Es verdad que resucitaremos?

-Sí.

-¿Por qué?

-Porque lo ha dicho Cristo. Basta se acabó; y así, me quedo tranquilo y en paz.

¿Es verdad que resucitaremos? Sí. ¿Por qué? Porque lo dijo Cristo. ¿Y por qué decimos que «lo dijo Cristo»? Porque Cristo resucitó, ascendió a los cielos y envió el Espíritu Santo al mundo. Por consiguiente, Sus logos y palabras son verdaderos. Por tanto, basta con afirmar: «Lo dijo Cristo» y se acabó, con eso nos basta.

Del mismo modo: ¿Esto que recibimos en la Divina Comunión es verdaderamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo? Pero mi lengua lo percibe como pan y vino, pero Cristo lo dijo, y eso basta.

Esto es lo que llamamos humildad de la διάνοια (diania: mente, intelecto, cerebro): aceptar con fe lo que excede las fuerzas de la razón, sometiendo nuestra mente e intelecto a la verdad apocaliptada/revelada por Dios.

Por el contrario, el hereje carece de humildad en su διάνοια diania, por eso es incapaz de regresar a la verdad, pues permanece encerrado en su propio egoísmo intelectual. Saben que el orgulloso, arrogante en la διάνοια diania, intenta hacer interpretación o hermenéutica racional o reinterpretar los misterios revelados de la Αποκάλυψις Apocálipsis, -la Revelación divina contenida en la Sagrada Escritura- pretende someter la Apocalipsis a su propio juicio humano. Quiere comprender, captar, interpretar y racionalizar todo lo que, por su naturaleza, pertenece al misterio de la fe. Esto es orgullo, soberbia de la διάνοια (diania, mente, intelecto, cerebro, inteligencia): querer alcanzar con la razón lo que sólo puede recibirse con humildad.

Ciertamente, hay muchas otras expresiones de la humildad de la διάνοια (diania: mente, intelecto, inteligencia). Por ejemplo, la exactitud en el logos -tanto hablado como escrito- es también una manifestación de esta humildad. La ambigüedad o la imprecisión no son fruto de la humildad, sino, a menudo, del orgullo.

Muchos desean aparentar sabiduría a través de su manera ambigua de hablar, precisamente porque carecen de verdadera sabiduría. Intentan impresionar ofreciendo palabras vagas, como si la oscuridad de su lenguaje fuera señal de profundidad o importancia.

Ved cómo actúa el orgullo en la mente e intelecto: se disfraza de sabiduría donde sólo hay confusión.

Ahora pasemos a la humildad del corazón, el centro psicosomático del ser humano. Esta humildad se manifiesta en la comunión con los demás, e incluso diría: en la comunión con toda la creación.

El humilde de corazón contempla a cada ser humano como una imagen/icona viva de Dios, nunca los desprecia ni rebaja a nadie.

San Santiago dice en su carta: “Porque si en vuestra congregación entra un hombre con anillo de oro y con ropa espléndida, y también entra un pobre con vestido barato y andrajoso y miráis con agrado al que trae la ropa espléndida y le decís: Siéntate tú aquí en buen lugar; y decís al pobre: Estate tú allí en pie, o siéntate aquí bajo mi estrado; ¿no hacéis distinciones entre vosotros mismos, y venís a ser jueces injustos con malos pensamientos contrarios a la agapi-amor desinteresada y a la justicia de Dios?” (Santiago 2, 2-4).

¿Por qué?, dice el Santo, ¿no son todos lo mismo?

Es cierto, sin embargo, que existe una diferencia entre el honor debido a una persona por su cargo o función y el desprecio hacia otros. A veces se ofrece un lugar de distinción no por desprecio a los demás, sino por respeto al cargo o ministerio que una persona representa.

¡Atención a este punto! Son dos cosas totalmente distintas: no se honra al hombre por su persona, sino al oficio o cargo que ejerce en el servicio de Dios o de los hermanos.

Aún más, el Apóstol Pablo nos exhorta a que nos relacionemos con los humildes (cf. Rom 12,16).

El hecho de decir lo mismo que los demás, de no querer sobresalir, es también una manifestación de la humildad del corazón. Porque muchas veces, por orgullo, buscamos decir algo extraordinario o superior a los otros, con el deseo de llamar la atención.

¿Por qué tenemos que llamar la atención con cosas paradójicas y fuera de tono? Debemos ser como los demás. Dice san Isaac el Sirio: “ten cuidado no despreciar ni sentir asco por ninguna persona, porque tú también estás vestido de carne”. Debo mirar a todos con el mismo respeto y amor, pues esto es señal de tener un corazón humilde y una actitud recta.

Después tenemos la humildad de la voluntad. La voluntad es una de las tres dinamis (potencia y energía) de la psique-alma, las otras dos son la emoción y la comprensión. La humildad de la voluntad se realiza con la diaconía, (el servicio). Cuando sirvo a los demás, practico la humildad de la voluntad. El mismo Señor nos dijo que: «El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir» (cf. Mt 20,28). ¿Y qué imagen nos dejó a sus discípulos? Se ciñó un delantal, tomó una palangana con agua y comenzó a lavarles los pies, diciendo: “Pues si yo os he lavado los pies, siendo vuestro Maestro y Señor, también vosotros debéis de lavar los pies los unos a los otros. Y os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho” (Jn 13,14-15). El que sirve es verdaderamente grande, no el que busca ser servido. Por eso, el servicio -la diaconía- es la verdadera expresión de la humildad de la voluntad.

También el Apóstol Pablo, al hablar de las viudas en la Iglesia, dice:

«Y estar acreditada por sus buenas obras, tales como haber educado bien a sus hijos, haber ejercitado la hospitalidad, haber lavado los pies a los creyentes que venían andando de largo viaje, haber ayudado a los atribulados, haber practicado toda clase de obra buena a medida de sus posibilidades» (1 Tim 5,10).

La humildad de la voluntad consiste en servir las necesidades de los hermanos, no en el brillo de la inteligencia ni en bellas palabras. La humildad aquí se manifiesta en el servicio concreto, en el amor hecho obras.

La cuarta categoría de humildad es la humildad del cuerpo.

¿Y cómo se manifiesta esta humildad?

A través de una vestimenta sencilla, un peinado modesto, un modo de caminar sobrio y un comportamiento digno y natural.

La Sabiduría de Sirácides enseña: «Por su aspecto se conoce al hombre y por su semblante, al sensato. El vestir, el reír y el caminar denuncian lo que uno es» (Sir 19,29-30).Por el exterior, se manifiesta si el hombre es humilde o soberbio.

Seguir la moda no es humildad. La misma palabra moda indica un modo de vivir impuesto desde fuera. El que sigue la moda se convierte en esclavo de las tendencias, como una oveja que sigue el rebaño sin discernimiento. Hoy, por ejemplo, vemos cómo las mujeres adoptan el uso del pantalón, que pertenece tradicionalmente al atuendo masculino. Esto -lo hemos dicho también el año pasado- no expresa humildad, sino una pérdida de los signos propios de cada sexo. El concepto de «unisex» no tiene cabida en el Evangelio. En el cristianismo, no se diluyen los géneros: la mujer no puede hacerse varón ni el varón mujer. La semejanza total entre los sexos no corresponde al orden creado por Dios.

Humildad corporal significa vestir siempre con decoro, sencillez y limpieza, conforme a la dignidad de cada uno.

Pero ahora vamos a un punto aún más importante -aunque no pretendemos agotarlo, porque es un tema inmenso:

¿Cómo se alcanza la verdadera humildad?

Primero con la μετάνοια (metania: cambio de mentalidad -metanús-, introspección, arrepentimiento y confesión). La humildad comienza cuando acepto sinceramente quién soy. Cuando reconozco mi realidad, veo mi pequeñez, mis caídas, y empiezo a hacer metania ante Dios, entonces puedo aceptar con paz las tentaciones, los desprecios, las deshonras y las injurias. Si, ante una prueba o dificultad, me quejo diciendo «¡Ay de mí!», debo preguntarme humildemente: ¿Quién soy yo para no aceptar esto? Aceptar todo cuanto Dios permite para mí, sin rebelarme ni quejarme, es señal de verdadera humildad. Quien ha hecho y va haciendo la metania comprende su nada, su nimiedad y, reconociendo su miseria, se abandona confiadamente en la voluntad de Dios.

En segundo lugar, debemos tener el luto por Dios.

(https://logosortodoxo.es/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo/: Πένθος (penzos) luto: el término en los textos patrísticos, es «luto por Dios, tristeza, sufrimiento, angustia, que nace la metania, introspección, arrepentimiento y confesión». El luto por Dios no se identifica con el luto cósmico mundano, el que sienten los hombres cuando, por ejemplo, pierden seres queridos, sino que es resultado de su concienciación del pecado y la creación de sanas vivencias de metania y regreso al Señor. Se trata de un luto con originalidad propia, que con la divina energía Jaris, combina la alegría y la tristeza del luto (χαρμολύπη: jarmolipi:«luto alegre, pena-alegre»). No causa conflictos, ni perturbaciones psíquicas, al contrario, trae paz y serenidad a la psique, disposición para cumplir los divinos mandamientos y esperanza en Dios.)

El luto por Dios destierra el enfado, la ira, guarda también el corazón de la cólera y del juicio contra su hermano. Me preguntaréis: ¿cómo es posible no enfadarse si estoy viviendo un luto interior?

El abad Isaías responde: “El no herir la conciencia del prójimo, de esto nace la humildad”. (https://logosortodoxo.es/filocalia/filocalia-de-los-santos-nipticos-tomo-1-san-isaias-el-anacoreta-27-capitulos-sobre-la-vigilancia-y-proteccion-del-%ce%bd%ce%bf%cf%8d%cf%82-nus-y-la-%ce%b4%ce%b9%ce%ac%ce%bd%ce%bf%ce%b9%ce%b1-diania/)

En tercer lugar, debemos tener un espíritu de aprendizaje. El Señor Jesús dijo: «Aprended de mí, que soy apacible y humilde de corazón» (Mt 11,29). «Aprended de mí»: necesitamos, por tanto, un modelo, un prototipo. Este modelo perfecto es nuestro Señor Jesucristo, el gran y verdadero Humilde. No basta teorizar sobre la humildad; es necesario aprender de Cristo, mirarlo, imitarlo, beber de su mansedumbre, de su obediencia y de su anonadamiento hasta la cruz.

Así pues, cuando unimos estos tres elementos: la μετάνοια metania, el luto por Dios y el espíritu de aprendizaje, tenemos el camino y el instrumento para entrar en el espacio de la verdadera humildad. Fuera de ellos, cualquier esfuerzo será en vano.

Humildad es también propia de la deidad.

Humildad en la διάνοια (diánia: mente, intelecto) es la sencillez.

Humildad es espíritu de μετάνοια metania y de aprendizaje en Dios.

Humildad es una virtud que se relaciona directa e indirectamente con todas las demás virtudes.

Preguntan algunos tergiversadores del Evangelio preguntan: ¿Dónde estaba Cristo desde sus doce años hasta los treinta? Respondemos según el mismo Evangelio: «Estaba sometido a ellos» (Lc 2,51). Dicho de otro modo: nos enseñaba las virtudes de la obediencia y la humildad. Pero estos, desgraciadamente, no someten su fe a Cristo, sino que pretenden someter a Cristo a su propia fe, a sus creencias deformadas. Toda la vida terrenal de Cristo fue un continuo caminar en la humildad, con palabras y con obras. (2,1´)

 

  1. ¿Cómo puede uno llegar al estado de la auténtica humildad en su conducta interior?

Hijos míos, no es una tarea fácil. Es, de hecho, una de las obras más difíciles que debe realizar el ser humano en esta vida. Si consideramos que el egoísmo es lo opuesto a la humildad interior, y además la causa de todos los males y pazos, entonces debemos reconocer que la humildad es la fuente de todas las virtudes y de todo bien.

Por lo tanto, ser humilde implica negar al egoísmo.

Pero, ¿qué es exactamente el egoísmo? Es un tema inmenso y profundo.

Cuanto más lo investigas, más se te escapa; no es fácil definir con exactitud qué es el egoísmo. Podríamos decir que el egoísmo es una enfermedad de la personalidad.

Porque no es el “yo” o “εγώ egó”, no es malo en sí mismo; al contrario, es lo que define a la persona. Porque si yo no tengo autoconciencia, conciencia de mí mismo, es decir, no poseo el yo o εγώ egó, entonces entendéis que la cosa es muy difícil y seria; es decir, no tengo personalidad, estoy loco. Por lo tanto, el εγώ egó-yo es lo que define la personalidad, la autoconciencia es constitutiva del ser personal. Egoísmo quiere decir enfermedad del egó o yo, una corrupción del yo. ¿Y cómo se define esta enfermedad? Es muy difícil. Es compleja, escurridiza, camaleónica. ¿Cómo descubrir en nosotros el egoísmo? ¿Qué formas reviste? ¿Qué lo provoca? No sabría dar una definición única; me siento perplejo. Incluso el propio ser humano, muchas veces, no logra descender hasta lo más profundo de esa gravísima enfermedad, que tal vez sea la primera -o incluso la única- consecuencia directa del pecado original.

Por eso, el primer paso para acercarse a la humildad es el conocimiento de uno mismo: “¿Quién soy?”, debe preguntarse el hombre con honestidad. Desde esta pregunta -fundamental y existencial- comienza el camino hacia la verdadera humildad interior.

Ahora hablaré en un nivel más cercano al vuestro. Una vez, un estudiante se me acercó y me preguntó: ¿Dígame, por favor, ¿cómo me ve usted?

Yo no le respondí. Le dije: No te lo voy a decir.

Y él me replicó: ¿Por qué no?

Le contesté: Porque no soportarías escucharlo.

Y esto no lo digo por dureza o por desprecio, sino por experiencia. Sencillamente, porque una vez, un profesor amigo mío les hizo a sus alumnos una pregunta similar: les pidió que escribieran de forma anónima en un papel cómo lo veían a él.

¿Y sabéis qué ocurrió?

Lo que le escribieron fue asombroso. Le dijeron de todo -cosas muy duras, críticas inesperadas, palabras que le hirieron profundamente. Él se enfadó y, hasta hoy, sigue arrepentido de haber hecho esa pregunta. Me contó lo ocurrido y yo le dije: muy bien lo que te ha pasado, ¿a quién se le ocurre pedir una cosa así si no está preparado para escucharla? ¿Por qué sucede esto? Porque nuestro egoísmo no nos deja escuchar lo que los demás piensan realmente de nosotros y se pica y queda herido. Queremos conocernos, sí, pero solo hasta donde no nos duela. Queremos oír cosas buenas, confirmaciones, halagos… pero no toleramos las verdades que nos desnudan.

Así que, al estudiante aquel, me negué a decirle cómo lo veía. Porque el ser humano, por un lado, desea conocerse a sí mismo, pero por otro lado se justifica de cualquier manera. Puede que diga:Algunos me dicen que soy egoísta… pero yo no me veo así. Y luego añade: Otros amigos me dicen que soy una persona normal, que no tengo ningún egoísmo.

Esto es una clara muestra de cómo el hombre se protege, se autoengaña. El egoísmo tiene mil máscaras: racionalizaciones, comparaciones, autojustificaciones… por eso es tan difícil arrancarlo.

El verdadero conocimiento de uno mismo empieza cuando dejamos de defendernos y aceptamos lo que somos, tal como somos, sin excusas.

El egoísmo no consiste simplemente en que uno insista en algo de vez en cuando, ni la humildad es dejarse pisotear pasivamente o agachar la cabeza sin discernimiento. Las cosas no son tan superficiales.

Tenemos que aprender bien qué es el egoísmo y qué es la humildad. Son dos capítulos opuestos: el egoísmo es una enfermedad, mientras que la humildad es salud de la ψυχή (psijí: psique, alma, ánima, la que anima, vivifica el cuerpo, https://logosortodoxo.es/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo/).

La humildad es la apocatástasis —es decir, el restablecimiento— del εγώ egó o yo, que se ha visto liberado del padecimiento del egoísmo. Es el proceso en que la personalidad, el verdadero εγώ yo (la perla que nos ha dado Dios), deja de estar esclavizado por el egocentrismo, se psicoterapia, se sana y se vuelve plena, libre, en comunión con Dios y con los demás.

Este restablecimiento se logra cuando empezamos a adquirir franqueza interior, esa capacidad de vernos con honestidad. Pero no se trata de lograrlo de inmediato. Nadie empieza juzgándose o condenándose a sí mismo completamente. Es un proceso gradual. Uno debe comenzar poco a poco a observarse, a mirarse con sinceridad.

Así que, con la ayuda del Logos de Dios, el estudio y la forma de vida orientada a la verdad, nos permite empezar a vernos con mayor claridad. Esto es lo que llamamos trabajo espiritual. Entendéis, pues, que tenemos que hacer mucho trabajo sobre nosotros mismos. Es el arte de observarnos con lucidez, de preguntarnos continuamente: ¿Qué estoy haciendo? ¿Dónde estoy interiormente? ¿Quién soy realmente? Este trabajo no termina nunca. Pero es precisamente en este ejercicio constante donde se forja la humildad, no como algo pasivo, sino como un estado activo de la psique-alma en verdad, en libertad y en comunión con Dios.

Exactamente, esta última idea corona todo lo anterior: Cristo mismo es el modelo supremo de humildad, no solo como maestro que enseña, sino como Dios que se vacía voluntariamente (kenosis) por agapi-amor incondicional. San Pablo, en Filipenses 2:5-8, nos presenta esta verdad con toda su profundidad: «En esto procurad a imitar a Jesús Cristo, es decir, cultivar la virtud de la humildad ante los demás y la agapi amor incondicional hacia los otros, esto que había también en Jesús Cristo, Cristo teniendo la naturaleza gloriosa de Dios con sus infinitas cualidades, y como imagen/icona de Dios existía en forma de Dios, no consideró como codiciable tesoro el mantenerse igual a Dios, sino que se despojó y se vació a sí mismo (kenosis) y solo empequeñeció provisionalmente su infinita e increada doxa-gloria de su deidad, y tomó la naturaleza de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y, estando en su condición y forma de hombre simple, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, sin dejar ni un momento de ser también Dios perfecto.»

La medida de la humildad ya no es una norma humana, sino una imitación del descenso voluntario de Dios hasta nuestra pequeñez, para elevarnos desde dentro. Esta kenosis (vaciamiento) es el acto más radical de humildad, y por ello mismo, es el acto más radical de agapi-amor. No es una humillación impuesta, sino una elección divina de servicio y entrega. La humildad cristiana, por tanto, no es solo virtud, sino participación en el modo de ser de Dios apocaliptado/revelado en Cristo. (33,29´)

 

  1. En los humildes se da la χάρις (jaris: gracia, energía increada)”, da a entender que la humildad atrae la jaris de Dios. ¿Cómo se puede atraer la humildad sin jaris increada de Dios?

Aquí tenemos lo siguiente. Decimos que el hombre ama. ¿Por qué ama? La agapi (amor divino incondicional) viene de afuera, viene de Dios. El Dios envía la energía increada de Su agapi, atención: la emoción de energía increada de Su agapi- y los hombres aman, corresponden, tal como el sol envía sus rayos. Por lo tanto, Dios es quien da el primer paso. Primero actúa la χάρις jaris increada de Dios, porque Él quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

Ahora bien, ¿correspondemos o no? Si tienes una disposición buena o una voluntad bondadosa y generosa, corresponderás, si tienes mala no. Cuando correspondas a la agapi de Dios, entonces Él te da más agapi, y tú, correspondiendo con más entrega, Él te da aún más, y así sucesivamente.

Os diré un ejemplo que no es mío, sino de san Teófilo de Antioquia. Dice el santo: “Nosotros somos espejos que reflejamos la energía de las cualidades divinas, las energías increadas. Tomad la agapi como luz, y pensad en un espejo oscurecido. Si la luz cae sobre él, refleja poco. Pero si lo limpio un poco más, refleja un poco más, y así continúo: cuanto más limpio el espejo, más luz refleja.”

Así, cuanto más humilde soy, más atraigo la jaris increada de Dios. Cuando yo correspondo a la agapi de Dios, tanto más la recibo. Por lo tanto, el primer paso siempre lo da Dios. Yo debo corresponder. El problema está aquí: ¿responderé o no? Y luego, las cosas toman por sí solas su camino.

Es lo mismo que cuando un visitante nos trae un regalo y nosotros se lo devolvemos con otro mayor, y él corresponde con otro regalo mayor, y así continuamente. Dios nos ofrece Su agapi, nosotros le ofrecemos la nuestra; más agapi de Él, más agapi de nuestra parte, y así nos vamos haciendo santos. Así nos convertimos en personas con agapi (amor desinteresado), con humildad, y hombres de la χάρις jaris increada de Dios.

¿No es bello? ¡Es maravilloso, es admirable! Basta que correspondamos.

¿Saben que algunas veces la primera agapi de Dios es imperceptible? ¿Saben que uno de los nombres de Cristo es “ladrón”? Puede parecer extraño. Decimos que Cristo es el Camino, la Vida, la Verdad, etc., pero uno de sus nombres es también “ladrón”. Dice: “He aquí, vengo como un ladrón.”

¿Y qué hace el ladrón? Al principio, toca con una piedrecilla la puerta o la ventana para ver si quienes están dentro de la casa están dormidos. Si alguien responde: “¿Quién es?”, piensa que están despiertos y no procede con su acto. Pero si toca un poco y no oye nada, intenta entrar.

Atención ahora: Cristo viene y toca suavemente la puerta. Si nosotros escuchamos y preguntamos: “¿Quién?”, entonces este ladrón especial no se va. Le abrimos la puerta y entra.

Es decir, hay pequeñas llamadas. Por ejemplo: “Venid a la catequesis, escucharéis algo bueno” o “Venid a escuchar el logos de Dios”. Esas son pequeñas llamadas. ¿Has respondido? Entonces recibirás ricamente la jaris de Dios.

Estas son apenas unas pocas palabras sobre el tema de la humildad, que es grandioso y sobre el cual hay también mucha literatura escrita por los Padres. (1,52´)

27:33 “La humildad”, según san Basilio el Grande, “es volver a tu propia realidad. Porque si estás por encima de lo que en verdad eres, entonces eres un hombre orgulloso, arrogante. Y si estás por debajo de lo que realmente eres, entonces padeces de complejos, no has estimado con justicia lo que eres. Valorar y estimar lo que realmente soy, eso es humildad”.

Por ejemplo, si alguien me dice que tengo talento y capacidad para cantar, para salmodiar, y yo niego tener esa facultad, entonces estoy enterrando un talento. Debo, por lo tanto, cultivar aquello que sí tengo. Humildad significa cultivar lo que tengo, y no esforzarme en cultivar lo que no tengo, es decir, talentos inexistentes. Y si son inexistentes, ¿por qué he de perder el tiempo intentando desarrollarlos?

Humildad no es bajar la cabeza. El Señor dijo: “Aprended de mí que soy apacible y humilde de corazón” (Mateo 11:29). ¿Creen que el Señor andaba con la cabeza agachada? No. Eso no es humildad.

El Señor hablaba, reprendía; pronunció aquellos terribles “ay” en Mateo capítulo 23: “¡Ay de vosotros!”, “¡Ay de vosotros, γραματείς (gramatís: (escribas, intelecuales, gramaticales) y fariseos hipócritas…!”, reprendiendo los poderes políticos, intelectuales y religiosos de su tiempo. Porque en la época de Cristo, había una gran decadencia. ¿Eso significa que el Señor dejaba de ser humilde? No.

Cuando el Señor tomó el látigo y empezó a volcar las mesas de los vendedores en el templo, y abrió las jaulas de las palomas para que se escaparan, ¿no era humilde? Claro que sí lo era.

Vemos, pues, que debemos adquirir y tener una cierta percepción y gnosis de las dimensiones de las virtudes, y en este caso, de la mayor: la humildad.

El santo yérontas (starets) Ticón, del monasterio ruso de San Panteleimón en el Monte Santo Athos, con su peculiar griego, decía:

“Dios, cada mañana, con una mano bendice a toda su creación, y cuando encuentra un humilde, lo bendice con las dos manos.”

 

  1. ¿Qué es autocrítica? ¿Conduce a la humildad?

Esta pregunta es importante, como veréis. La autocrítica es el medio por el cual llegamos a conocernos a nosotros mismos. Es decir, mediante la autocrítica nos juzgamos, y esto nos conduce a la αυτογνωσία aftognosía al autoconocimiento.

Por tanto, la autocrítica lleva al autoconocimiento, y este no es otra cosa que el comienzo del arreglo o corrección de uno mismo. Esto es fundamental. Los Santos Padres dicen que, cuando comienza este proceso de corrección -es decir, cuando comienza el “conocerse a uno mismo”-, el beneficio es grandioso. Porque sin este autoconocimiento, sin ese “conocerse a sí mismo”, no es posible progresar en el reconocimiento de nuestras faltas y defectos de carácter ni en su corrección.

Es conocido que los antiguos helenos decían: “γνῶθι σεαυτόν gnozi seaftón conócete a ti mismo”. Esta frase era de gran importancia en la antigua Grecia; estaba inscrita en el oráculo de Delfos y se atribuía a uno de los siete sabios presocráticos, posiblemente a Tales de Mileto. Más tarde, Sócrates la adoptó y la convirtió en el fundamento de un sistema filosófico: la conocida solución filosófica al problema antropológico. Así, con Sócrates comienza la antropología en sentido filosófico, a partir precisamente de ese lema: “Conócete a ti mismo”.

Ciertamente, nunca podremos conocernos a nosotros mismos si no nos detenemos, de una vez por todas, a observarnos y examinarnos. El hombre contemporáneo no tiene tiempo para mirarse a sí mismo. Uno de los fenómenos del ser humano actual es su superficialidad: siempre está en movimiento, inmerso en situaciones y manifestaciones externas, y rara vez gira hacia su interior. ¿Por qué? Porque no tiene tiempo. Su tiempo está comprimido: debe hacer esto o aquello, ir aquí o allá, decir algo, escuchar otra cosa, y así sucesivamente. No puede parar. En general, tanto el hombre como la mujer viven en constante agitación y no logran contemplarse a sí mismos. El resultado es que el ser humano queda vacío e inexplorado, y por tanto no llega a conocerse. Esto es, sin duda, una desgracia. En épocas antiguas, el hombre sí disponía de tiempo para volver la mirada hacia su interior.

Hay un pasaje en los Salmos que dice: “Sentaos y conoced que YoSoY el Señor (Kyrios)”. Es decir, sentaos un poco. Por eso el sábado fue dado a los hebreos como día festivo: para que no hicieran ningún trabajo, y en ese estado de descanso pudieran conocer a Dios. ¿Cómo? Estudiando el Logos de Dios, contemplando sus admirables obras en la naturaleza y en la Ley. Esto también se puede extender así: “Sentaos y conoced vuestro interior”. Me podríais preguntar: ¿por qué no dice “sentaos y conoced a vosotros mismos” y en cambio dice “sentaos y sabed que YoSoY el Señor”? Es muy sencillo -y a la vez muy profundo-, y me gustaría que lo supierais y lo recordéis.

La Ortodoxia conoce al hombre a través de Dios. El cristianismo occidental, en cambio, se mueve siempre en un espacio hermenéutico o interpretativo en el que se busca conocer a Dios por medio del hombre. Si me preguntáis cuál es el método más correcto, en principio os diría que son dos caminos distintos, pero el más acertado es el de la Ortodoxia. Porque si quisiera conocer a Dios a través del hombre, cometería errores. Me encontraría frente al hombre caído, pecador, descendiente de Adán. Este no constituye un modelo ni un prototipo válido para conocer a Dios.

Ciertamente, existe un pasaje en los Salmos que dice: “De mi formación te has hecho tú, el Dios admirable”. Estudiando, pues, al hombre, podemos admirar a Dios, sí. Pero repito: hablamos del hombre caído y pecador; y especialmente el que estudia psicología, estudia al hombre caído. Desgraciadamente, este no es el hombre verdadero, el modelo original. Nuestro modelo, nuestro prototipo, es el Θεάνθρωπος (Zeánzropos: Dios-Hombre) CristoDios.

Debemos conocer primero a Dios, y entonces, a través de Él, conoceremos también al hombre. Por eso, toda la Teología Ortodoxa Oriental se mueve en esta dirección: del conocimiento de Dios hacia el conocimiento del hombre, y no al revés.

Es cierto que existen ciertas situaciones en las que podríamos decir que se pasa del hombre a Dios: por ejemplo, a través de la caridad, la misericordia, la limosna. Pero esto no es un estudio intelectual, sino una praxis de compasión. Como dice el Señor: “…estaba enfermo y me habéis visitado”. ¿Cómo llegamos a Dios? Por medio del prójimo. Pero, repito, esto es solo praxis.

Pero el verdadero conocimiento -la gnosis- tanto de uno mismo como del otro, no se nos dará nunca si no lo recibimos a través de Dios.

Debemos, de una vez por todas, sentarnos a reflexionar y reconocer que es necesaria la autocrítica para alcanzar el autoconocimiento. O, si lo preferís, debemos estudiar el Logos de Dios; debemos estudiar, estudiarnos, hacer teología y conocer al mismo Dios para poder conocer y comprender al ser humano. ¿Creéis que esto es importante? De este conocimiento de Dios y del autoconocimiento humano emanan todas las virtudes: la humildad, cada buena praxis, etc. Amín. (26,31´)

El Yérontas Mitilineos Copyright: Monasterio Komnineon de “Dormición de la Zeotocos” y “san Demetrio” 40007 Stomion, Larisa, Fax y Tel: 0030. 24950.91220 Fuente: https://arnion.gr/ y https://athanasiosmytilinaios.blogspot.com/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

Obediencia y su relación con la libertad.

Preguntas y respuestas

Yérontas A. Mitilineos el Nuevo Crisóstomo

3. Obediencia y su relación con la libertad.

1. ¿Qué es obediencia, y qué relación tiene con la libertad?

2¿Por qué tanto pequeños como grandes deben ejercer la virtud de la obediencia?

La primera pregunta está compuesta de cuatro tesis-preguntas más que conciernen la obediencia.

  1. ¿Qué es la obediencia?
  2. ¿Puede el hombre encontrar la verdadera libertad a través de la obediencia?
  3. ¿Qué implica la desobediencia al padre espiritual?
  4. ¿Puede el hombre del mundo ejercitarse en esta virtud, si es que realmente puede considerarse una virtud, y cómo?

27,1´ Como podrán comprender, este tema no es del agrado de muchos en el mundo actual, ya que se considera anticuado e incluso esclavizante. Sin embargo, no se trata de eso.

De hecho -y lo diré desde el principio, aunque esta pregunta se plantea al final- la obediencia es una virtud, y en especial, la primera virtud. ¿Por qué? Porque obedecer no significa otra cosa que acoger y aceptar una autoridad auténtica, y en este caso, hablamos de la autenticidad de Dios. Y es a esta autenticidad de Dios a la que debemos aceptar y obedecer. Porque, si la negamos, entonces lo que hacemos es colocar a nosotros mismos como autoridad suprema, como medida de la verdad. Y eso es un egoísmo anárquico y extremo.

Eso es, en esencia, eosforismo (luciferismo, demonismo), porque, ¿qué fue lo que hizo el diablo, como Eósforos (Lucifer), siendo un ángel de luz? ¿Cayó en la gula, o en cualquier otro pecado físico? No. Cayó en el orgullo, en la soberbia. Y esa soberbia fue precisamente no dejar margen a la autenticidad de Dios.

Por lo tanto, desde el momento en que niego la autenticidad de Dios, automáticamente me elevo a mí mismo como la única autenticidad o autoridad. Y si hago esto con Dios, inevitablemente esta actitud se extiende también hacia otras realidades terrenales.

Por ejemplo, cuando rechazo tempranamente la autoridad de mis padres, me digo: “¿Quiénes son ellos para tener el control de mi vida? Yo soy quien tiene la verdad, yo soy la autenticidad.” Luego rechazaré la legitimidad del Estado o de la nación. Me pregunto: “¿Qué significan las leyes? No creo en ningún poder ni en ninguna autoridad”. Y cuando ya no creo en leyes, en autoridades ni en gobiernos, esto hoy se llama anarquía, es decir, desorden.

¿Veis hasta dónde se puede llegar? Pero esa anarquía es fruto de Lucifer, es decir, de origen demoníaco.

Después no acepto la Iglesia, ni los sacerdotes, ni los pobres, ni nada que esté fuera de mi autoridad, de mi propio yo. Entonces, es evidente que yo me convierto en la única medida de todo. Y esto, queridos míos, es algo muy grave.

¿Os podéis imaginar dónde nació la anarquía?

La anarquía no nació en Oriente, ni en África, ni en los países del lejano Oriente como India, ni en el mundo árabe. La anarquía como tesis teorética nació y se desarrolló sobre suelo cristiano: en Europa y en América. ¡Es un hecho, una verdad! Es decir, justamente donde el cristianismo fue conocido y proclamado.

¿Os sorprende esto? A mí me impresiona profundamente esto.

¿Por qué? Porque el hombre oriental jamás puso en duda el tema de la autenticidad de Dios. En cambio, el cristiano sí lo hizo. Y esto, paradójicamente, muestra que el cristianismo es verdadero, porque el diablo no lucha contra lo que ya le pertenece; a aquellos otros pueblos ya los tiene atados, cautivados; pero al cristianismo, que es la verdad, ha venido -y sigue queriendo y viniendo- a atacarlo con más fuerza, a destruirlo desde dentro. Viene precisamente porque Dios es verdadero, y es dentro del cristianismo, donde la fe es auténtica, que el enemigo busca infiltrar su influencia. Viene a inspirar, a sembrar la semilla que él mismo lleva dentro de sí: la desobediencia, el orgullo, y la eliminación y sustitución de cualquier otro principio que no sea el propio ego.

Como dice el Antiguo Testamento, Lucifer (Eósforos) dijo: “Pondré mi trono por encima de las estrellas, me sentaré frente al Altísimo y seré igual que Él”. “¿Quién eres tú y quién soy yo? ¡Midámonos!” Eso es terrible.

Esto, pues, es lo que el diablo inspira hoy a los pueblos cristianos, y así tenemos el fenómeno de la anarquía. Veis que el tema es antiguo y muy profundo. Además, la desobediencia fue la causa por la cual los primeros en ser seres humanos fueron expulsados del paraíso.

¿Y Quién se convirtió en primero que enseño la desobediencia? El diablo. Él dijo: “no son así las cosas; Dios no quiere que seáis como Él. Dios os tiene envidia. No quiere que lleguéis a ser dioses. Debéis comer del fruto, para que se os abran los ojos y os hagáis como dioses”. Fue exactamente esta desobediencia a la voluntad de Dios la que sacó a los primeros en ser creados fuera del paraíso, con los resultados que todos conocemos.

Ahora, como Dios nos ama, se ha hecho hombre e insiste en el mismo método: ¿Hombre, quieres regresar al Paraíso, sobre todo a un Paraíso superior al antiguo? Si quieres, atención: deberás mostrar obediencia a la persona teantrópina (divino-humana) de Jesús Cristo.

¿Habéis visto la agapi-amor de Dios que nos da el poder de regresar y readquirir en aquello que hemos perdido? Así, pues, vemos que el tema de la obediencia nace de la humildad. Debo hacerme humilde, y de esta manera, ganar aquello que perdí. Además, ¿qué podría ganar si no acepto la autenticidad de Dios? Un hijo que no acepta la autoridad de sus padres, ¿qué tiene que ganar?

Me diréis, esta es la segunda parte de la pregunta: ¿puede el hombre encontrar la verdadera libertad en la obediencia? Y os responderé: quizás el hombre se engaña creyendo que, al obedecer, queda cautivo, como si la obediencia fuera una forma de esclavitud, y que sólo desobedeciendo podría liberarse. Porque, en nuestra época, en todas partes se exalta el tema de la libertad de forma exagerada. Y sí, es cierto, se trata de una libertad profundamente tergiversada y distorsionada. Se ha pervertido el sentido mismo de lo que significa ser libre. Tan deformado está el concepto de libertad, que ya casi no se reconoce. No podéis imaginar hasta qué punto se ha desfigurado esta idea tan esencial. Se ha convertido en una excusa para la autosuficiencia, la desobediencia y, al final, para la desconexión con Dios, con los demás y hasta con uno mismo.

Por eso surge la pregunta: ¿Si me entrego a Dios, si muestro mi obediencia, mi libertad queda comprometida?

¡No! Porque libremente pongo mi libertad, mi ser, bajo Dios. Por ejemplo: tú eliges trabajar en un lugar, allí habrá un encargado.

¿Pero acaso no sabías que al buscar trabajo alguien te daría instrucciones? ¿No sabías que tendrías que obedecer? Pues sí. Entonces, ¿quién te obligó a ir? Nadie. Tú elegiste libremente. Así, la obediencia que manifiestas nace de tu propia decisión. No te han vendido como esclavo en un mercado. No.  Sino que eres tú quien libremente ha juzgado conveniente obedecer.

Del mismo modo, también mi fe en Dios, mi obediencia a Dios, mi obediencia a mis padres o a cualquier otra autoridad legítima, todo eso lo hago libremente.

¿Queréis una demostración?

Los anarquistas, por ejemplo, afirman libremente que no se someten no obedecen a nada. ¿Tienen derecho a ello? Sí. ¿Pero les conviene? Observad cómo viven, cómo se desarrollan y hacia dónde van, entonces veréis si realmente interesa, si vale la pena.

Sobre el tema de la libertad hemos hablado muchas veces, pero ahora lo relacionamos y lo unimos con la obediencia.

La tercera parte de la pregunta es: ¿Qué consecuencias tiene la desobediencia al padre espiritual? Muchos males. Simplemente porque el padre espiritual es aquel, por decirlo de alguna manera, que está en lugar de Dios, es decir, representa la persona de Cristo. Cristo ascendió al cielo, y dejó a los pastores y maestros de la Iglesia.

Si, entonces, tu pastor o guía espiritual -tu Πνευματικός-Pnevmaticós-  te aconseja algo, y tú insistes en hacer lo contrario, si él te dice que eso que haces es erróneo y puede traerte graves perjuicios, y tú no le escuchas, entonces ese daño vendrá a ti. Es muy natural.

Lo que sucedió con los primeros en ser creados al ser expulsados del Paraíso se repite en cada historia personal, cuando el hombre, por desgracia, quiere seguir su propia voluntad (egoísta). Y el resultado, lo repito, es terrible. Por eso, no nos conviene hacer desobediencia al Pnevmaticós-padre o guía espiritual.

Cuarta tesis: ¿Puede el hombre del mundo ejercitarse en esta virtud, si es que realmente se puede llamar virtud?

Claro que sí. El kerigma del Evangelio está dirigido precisamente al mundo, y llama al mundo entero a la obediencia a Dios. Por eso, si leéis las epístolas del apóstol Pablo, y en general todo el Nuevo Testamento, veréis cómo se habla de la obediencia y la desobediencia. El mensaje evangélico está dirigido al mundo y Dios llama al mundo a obedecerle.

Es por la obediencia que entramos en el Evangelio, y es por la obediencia que entramos en la Iglesia. Pero la obediencia presupone humildad y μετάνοια metania (es decir, cambio de mentalidad, arrepentimiento y confesión).

Si alguien realmente desea “psicoterapiarse”, sanarse, salvarse -porque la pregunta es “¿cómo?”- el primer paso es la humildad.

Debe preguntarse sinceramente: ¿quién soy yo? Debe adquirir un autoconocimiento elemental, reconocer la grandeza y realeza de Dios, y preguntarse: ¿Por qué habría de quedarme fuera? Preguntarse, yo quién soy y adquirir quién soy yo, veo la grandeza de Dios y su Realeza, ¿porqué, pues, yo deberé quedarme fuera? Ve el mundo que está alejado de Dios; por eso dice el apóstol Pablo que viene “la ira de Dios sobre los hijos de la desobediencia”.

¿Y qué fue el pueblo de Israel? Un pueblo desobediente. ¿Dónde está ahora? ¿Qué hace?

Incluso cuando parece haber algún progreso, este progreso suele ser negativo, porque es progreso materialista, de riquezas y superficialidades. Y como ya hemos dicho muchas veces -y lo repetimos-, este tipo de progreso prepara el camino al anticristo. Es una cosa terrible.

Entonces, uno ve todo esto y se pregunta: ¿Por qué yo insisto en permanecer fuera de la agapi (amor) de Dios? No me conviene seguir siendo desobediente. Por eso el alma dice: “Haré obediencia. Me someteré a la disciplina de Dios.” Este pensamiento nace de la humildad y de esta humildad nace la obediencia. Esto sobre esta pregunta.

A lo referente al Πνευματικός (Pnevmaticós: guía espiritual), escribe el apóstol Pablo en en la carta a los Hebreos: “Obedeced a vuestros guías, pues ellos velan por vosotros como quienes han de dar cuenta. Que lo hagan con alegría y no quejándose, porque esto no os sería provechoso” (Heb 13:17).

 

  1. ¿Por qué tanto pequeños como grandes deben ejercer la virtud de la obediencia?

2.42´ Sabemos que los primeros creados en el Paraíso no obedecieron. No creyeron en los logos (los dichos, mandatos) de Dios, y por lo tanto transgredieron la obediencia.

Es importante entender que la obediencia se alimenta de la fe. Si no crees, tampoco puedes obedecer. La fe da a luz la obediencia. Por eso, la obediencia es absolutamente necesaria.

Dice el apóstol Pablo que el primer Adán se hizo hombre de la desobediencia y el segundo Adán, es decir, el Jesús Cristo, se hizo hombre de la obediencia.

Adán no hizo caso, desobedeció la voluntad de Dios, y, por ello murió. El segundo Adán, el Jesús Cristo, siempre con su naturaleza humana, obedeció plenamente la voluntad de Dios, por eso se convirtió el genarca-patriarca de la vida. No lo hizo por medio de su naturaleza divina, sino, más exactamente, por medio de su naturaleza teantrópina (divino-humana). Es en virtud de esta naturaleza que Jesús Cristo es el genarca, el dador de la vida. Porque, como vuelve a decir la Santa Escritura: “Desobediencia es muerte, y obediencia es vida.”

¿Qué dijo Dios a los primeros en ser creados? “Si me escucháis y obedecéis, viviréis, si no me escucháis o no me obedecéis, moriréis”.

Ahora, bien ¿cómo podemos ver la obediencia de una manera más práctica?

Podríamos decir que la obediencia, en principio empieza, con obediencia a los padres. Son las primeras personas que encontramos en nuestra vida al venir a este mundo. La obediencia a los padres es un capítulo muy grande. Que un hijo le diga a su padre o a su madre: “Yo lo entiendo de otra manera, y es natural que lo vea así, pero como tú me lo dices, lo haré”, ¡qué valioso es esto! Decir: “Porque tú me lo pides, lo haré”.

Si un hijo muestra obediencia a sus padres, y obviamente, se supone que los padres son personas piadosas y correctas, entonces esa obediencia es fuente de bendición. No hablamos aquí de obedecer a los padres cuando estos inducen a algo torcido o contrario a la voluntad de Dios. Por desgracia, también existen esos casos. En tales situaciones, desearemos y oraremos para que Dios ilumine directamente a los hijos, cuando no escuchen a sus padres si estos les hablan en contra de la voluntad de Dios. Este caso es como aquel en que el Señor dice: “El que quiere más a su padre o a su madre que a mí, no es digno de mí”. Si quieren lo modificamos un poco siempre en el mismo espíritu: “El que escucha y obedece más a su padre o a su madre que a mí, no es digno de mí”. Es decir, si Cristo te llama a una vida espiritual, y tus padres te dicen lo contrario -que no vivas esa vida espiritual-, entonces, si les obedeces, sí, haces obediencia, pero una obediencia equivocada y mala. Y no solo será inútil, sino incluso perjudicial para ti.

Por eso, debemos tener cuidado con este tema. Me refiero, insisto, a los padres que son personas piadosas, justas y correctas; en ese caso, debemos escucharlos y obedecerlos. Porque, al hacerlo, creceremos en madurez, y con el tiempo reconoceremos que lo que nos decían eran cosas buenas. Porque cuando los escuchamos y obedecemos, entonces maduraremos y daremos la razón a nuestros padres que estas cosas que nos han dicho eran cosas buenas; y así, habremos ganado en nuestra.

Después cómo voy a explicarlo, no lo sé con exactitud- viene el didáskalos maestro, en el sentido amplio de la palabra. Por ellos también oramos en la Iglesia: “Que Dios dé descanso a nuestros padres y a nuestros maestros.”

Alejandro Magno decía: “El vivir se lo debo a mi padre y a mi madre, pero el bien vivir, el vivir correctamente, se lo debo a mi maestro Aristóteles. Él me enseñó a leer, a escribir, a pensar, etc.”

Así pues, el maestro -en este sentido amplio- es una figura fundamental.

No sé qué puede decir uno hoy en día. Por eso dije que me resulta difícil expresar estas cosas, porque hoy se han derrumbado casi todos los valores y el honor del ser humano. Qué decir, no lo sé. Si un muchacho escucha al maestro en el colegio y luego, al llegar a casa, dice: “Así nos lo enseñó el maestro, que provenimos del mono…”, ¿qué puedes responderle tú ahora? ¿Qué quieréis que os diga?

Deseo y rezo que Dios ilumine directamente a nuestra juventud, para que pueda afrontar a malos padres y malos maestros. Lo deseo y lo ruego; no sé qué más hacer ni qué más decir. De todos modos, después de los padres vienen los maestros y los sacerdotes, porque todos ellos hablan “en persona, en nombre de Dios”.

El Πνευματικός (Pnevmaticós: guía espiritual), cuando te dice algo, lo hace en nombre del Evangelio, en nombre de Cristo. Debo obedecer lo que me dice el Pnevmaticós, porque lo dice Dios. Yo hago una distinción, como también lo hace el apóstol Pablo: cuando me preguntas algo que se refiere a la ética o a la conducta, te respondo: “Esto lo dice el Logos de Dios, no lo digo yo”. Pero si me preguntas, por ejemplo, si debes estudiar medicina, derecho, o si deberías ser cerrajero o carpintero, ahí te daré una opinión personal, porque el Evangelio no dice en qué ámbito laboral debes desarrollarte. Así se distingue lo que es mandato del Evangelio de lo que es una opinión mía. Y si se trata de una opinión personal, no estás obligado a obedecerla. Además, decimos: “Mira, yo soy humano y puedo equivocarme; si tú quieres hacer algo distinto, hazlo. Pero los mandamientos —los logos de Dios— que te transmito no son míos, sino de Dios, y debes obedecerlos”.

La obediencia es un tema muy amplio, la obediencia es vida, como ya he explicado. Por eso, aprendamos a ser hijos de la obediencia.

El apóstol Pablo lo expresó así: “No seamos hijos de la ira, sino hijos de la obediencia”. ¿Quiénes son los hijos de la ira? Aquellos que desobedecen a Dios. ¿Y quiénes son los de la obediencia? Aquellos que se conforman a la voluntad de Dios.

Sabed que, a causa de la desobediencia, los primeros seres humanos perdieron el Paraíso. Nosotros, en cambio, volveremos al Paraíso -al reinado de la realeza increada de Dios- por medio de la obediencia.

Por eso, hijos míos, convirtámonos en hijos de la obediencia. Tanto pequeños como grandes debemos obedecer y tener siempre a Dios como referente. Hagámonos, pues, hijos de la obediencia.

Dado que aún quedan preguntas y dudas, aquí finalizamos este tema, pues el tema de la obediencia es tan extenso que ni una ni dos horas bastarían para agotarlo.

El Yérontas Mitilineos Copyright: Monasterio Komnineon de “Dormición de la Zeotocos” y “san Demetrio” 40007 Stomion, Larisa, Fax y Tel: 0030. 24950.91220

Fuente:https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/pantiseis-pori-n  y https://athanasiosmytilinaios.blogspot.com/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

 

LA CREMACIÓN DE LOS MUERTOS

LA CREMACIÓN DE LOS MUERTOS

«Por eso Él, ¿cómo nos liberó del pecado y de la muerte? Pues con su crucifixión y con su muerte, como representante nuestro, como el Hijo del Hombre», como Él mismo dice (Hch. 7:56; Ap. 1:9,13, 14:14, Is. 52,12;53,5;56,2)
Y «No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él;» (1 Cor.3, 16-17)

 

Índice

A) LA CREMACIÓN DE LOS MUERTOS EN LA IGLESIA ORTODOXA. Emmanuíl K. Dundulakis

Master en Teología, Universidad Aristóteles de Tesalónica (Estudios de Teología Ortodoxa)

  1. La cremación de los muertos en la Sagrada Escritura
  2. La cremación de los muertos en la Santa Tradición
  3. Motivos de la posición negativa de la Iglesia Ortodoxa frente a la cremación de los muertos

 

B) La cremación de los muertos desde el punto de vista de la antropología y la ética cristiana

Georgios I. Mantzaridis, Profesor Emérito de la Facultad de Teología de la Universidad Aristóteles de Tesalónica

 

C) Preguntas y respuestas. Yérontas Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo

¿No es más preferible quemar a los muertos en vez de enterrarlos? ¿La Iglesia adoptaría fácilmente una ley

 

A) LA CREMACIÓN DE LOS MUERTOS EN LA IGLESIA ORTODOXA

Para responder a las cuestiones mencionadas anteriormente, es necesario partir de un enfoque del tema de la cremación en las fuentes de la apocálipsis/revelación, es decir, en la Sagrada Escritura y la Santa Parádosis/Tradición de la Iglesia.

  1. La cremación de los muertos en la Sagrada Escritura

No existen pasajes en la Sagrada Escritura que condenen explícitamente la cremación de los muertos. Sin embargo, en los casos del Antiguo Testamento donde se menciona la cremación, se observa su carácter negativo, ya que aparece como una acción abominable o como castigo, consecuencia de un acto impío o criminal. Un ejemplo representativo se encuentra en el Levítico, donde se dice: “Si la hija (prometida o casada) de un sacerdote se deshonra prostituyéndose, deshonra el nombre de su padre —será quemada en el fuego”.

Asimismo, en otros casos se confirma el carácter negativo y «castigable» de este fenómeno. También en otros casos se encuentra el uso de la cremación en contextos de enemistad, cuando los adversarios querían eliminar completamente a sus enemigos. Un ejemplo representativo es el caso de Amós 2,1. Según este pasaje, los moabitas quemaron los huesos del rey de Edom tras exhumarlos, convirtiéndolos en polvo para preparar cal.

Cabe señalar que la mayoría de los casos mencionados anteriormente se refieren a la quema de personas vivas, con excepción del mencionado en el libro de Amós.

Solo existe un caso de «cremación» que plantea dificultades interpretativas: la incineración de los cuerpos de Saúl y su hijo por parte de los habitantes de Jabés de Galaad antes de ser enterrados:

«Y tomaron el cuerpo de Saúl y el cuerpo de Jonatán su hijo… y los quemaron allí, y recogieron sus huesos y los enterraron.»

Algunos, comentando esta acción, la consideran simplemente un caso aislado relacionado con el tema; otros lo interpretan como un acto de venganza. También hay conjeturas sobre el uso de la cremación con el fin de proteger los cuerpos de nuevos ultrajes por parte de los filisteos y para facilitar la ocultación de sus restos. Finalmente, otros comentan que la cremación aquí podría referirse a la quema de perfumes y aromas (incienso) cerca de los cuerpos de los muertos, una práctica común con los reyes.

Kukulis, refiriéndose al tema de la cremación de los muertos en relación con el Nuevo Testamento, señala: «En ninguna parte del Nuevo Testamento se prohíbe la cremación de los muertos, pero tampoco se permite en ninguna parte.»

La palabra «cremación» aparece solo una vez en el Nuevo Testamento, en Hebreos 6,8, donde, en relación con otros pasajes, se interpreta como una expresión con matiz esjatológico.

La cremación de los muertos en la Santa Tradición

  1. La cremación de los muertos en los Padres y Escritores Eclesiásticos

Los escritores eclesiásticos que hacen mención del fenómeno de la cremación expresan su oposición a esta práctica. Tatiano se manifestó críticamente hacia la cremación, y Tertuliano (siglo II) la calificó como un acto inhumano que no concuerda con el espíritu cristiano, una postura que fue reiterada también por san Juan Crisóstomo.

Una muestra indicativa del juicio crítico de los Padres hacia la cremación se halla en Efstacio (Eustaquio) de Tesalónica (siglo XII). Este Padre relaciona la cremación con el mundo pagano, señalando:

«Era costumbre entre los helenos quemar a sus muertos, costumbre que aún perdura entre algunos bárbaros. Aquellos hacían esto… porque consideraban el cadáver como impuro; la quema era una forma de purificación del muerto, ya que el fuego purifica, y por eso también se realizaban purificaciones por medio del fuego… Sin embargo, está claro que no a todos les agradaba la cremación de los muertos.» San Nicodemo el Hagiorita, finalmente, señala que quienes recurren a la cremación de un difunto deben ser considerados y tratados canónicamente como homicidas.

  1. Cremación y resurrección de los muertos

En ciertos momentos, algunos organismos eclesiásticos han intentado interpretar la posición negativa de la Iglesia Ortodoxa hacia la cremación alegando, entre otros argumentos, la supuesta imposibilidad de la resurrección de los cuerpos cremados. Otros, interpretando de forma desacertada el versículo Mateo 3:9 y sin considerar el contexto, refuerzan la posibilidad de la resurrección también en estos casos.

Pero ¿cómo se posiciona la Iglesia Ortodoxa ante esta cuestión, según la enseñanza de los escritores eclesiásticos?

Un caso característico que refleja indirectamente -por parte de los perseguidores- la creencia de que la cremación obstaculiza la resurrección de los muertos es el que menciona Efsevio (Eusebio) de Kesárea.

Ya en el siglo II d.C., en la obra de Minucio Félix Octavio -que presenta un diálogo entre el pagano Cecilio y el cristiano Octavio- se destaca que los cristianos no evitan la cremación por su fe en la resurrección, sino por la tradición del entierro.

Debe considerarse erróneo todo intento de «limitar» la resurrección a ciertas categorías de difuntos, ya que: «La resurrección es obra del poder y energía increada de Dios» y constituye una «donación» regalo divino hacia la creación, con el fin de restaurar su belleza original69.

La resurrección, con su carácter y dimensión70 «universal», es la continuación natural del estado post mortem del ser humano y la ausencia de ella, «no podría mantenerse la naturaleza humana como tal.»

Relacionar la cremación con la impiedad o la incredulidad, y considerar que los impíos no resucitarán, no concuerda con la tradición de la Iglesia. Orígenes señala al respecto:

«De ahí que algunos de los creyentes más simples crean que los impíos no participarán de la resurrección, pero ¿qué entienden por resurrección, y qué tipo de juicio imaginan? No lo explican claramente.»

Ecumenio también subraya el carácter y dimensión «universal» de la resurrección: «¿Qué diremos entonces? ¿…será parcial la resurrección, como si los incrédulos no resucitaran? No es así: todos resucitarán, aunque no todos serán llevados a la doxa-gloria increada».

En conclusión, puede afirmarse que la resurrección es un » regalo (donación) irrevocable», una herencia de Dios hacia el hombre, dado que éste ha sido «honrado con la resurrección». Por tanto, también participan de ella quienes han sido cremados. Negarlo implicaría una forma de «mutilación» de esta expresión amorosa de Dios hacia el ser humano. Sin embargo, debe entenderse que la resurrección de quienes fueron cremados voluntariamente no implica justificación de dicha acción.

III. Motivos de la posición negativa de la Iglesia Ortodoxa frente a la cremación de los muertos

Aunque la Iglesia Ortodoxa Católica no ha intentado sistematizar de manera formal las razones que la llevan a oponerse a la cremación, los estudiosos del fenómeno han intentado en distintas ocasiones enumerarlas.

El argumento que apela a la fe en la resurrección del cuerpo y de los muertos en general para rechazar la cremación, ha quedado claro que no cuenta con fundamentos «lógicos» ni patrísticos. Asimismo, la vinculación de la cremación con costumbres paganas puede haber sido válida en los primeros siglos del cristianismo como argumento en contra, pero hoy día ya no puede sostenerse del mismo modo.

i) La tradición del entierro en el seno de la Iglesia Ortodoxa, en relación con el entierro corporal de Cristo, aunque algunos lo consideran un argumento poco sólido, se presenta como una de las principales razones por las que la Iglesia mantiene su oposición a la cremación y acepta el entierro de los cuerpos.

ii) La visión espiritual del cuerpo humano y su santificación mediante el bautismo, la Divina Efjaristía y los demás Misterios de la Iglesia, es otro factor que aboga por el respeto al cuerpo y, por ende, por la praxis del entierro y no la cremación.

iii) En los últimos cinco años, entre los argumentos que se han presentado contra la cremación de los muertos, también se destaca el respeto a la persona humana como una unidad psicosomática, que se extiende al respeto del cuerpo humano.

iv) En este contexto también se incluyen los cuerpos incorruptos de los santos, mártires y sus reliquias sagradas, con las cuales se consagran templos. Es indicativo el logos de Simeón el Nuevo Teólogo sobre los cuerpos de los santos: “Cuando llega el fin y la ψυχή (psijí: psique, alma, ánima, la que anima vivifica el cuerpo) se separa del cuerpo, entonces la χάρις (jaris: gracia, energía increada) del Espíritu Santo se apropia y santifica completamente todo el cuerpo, y por eso los huesos desnudos y las reliquias de los santos emanan perfume, sanaciones y curan toda enfermedad”.

v) La muerte es considerada por la Iglesia Ortodoxa como un “ascenso, promoción”, un sueño y un descanso. San Juan Crisóstomo señala al respecto: “Porque… vino Cristo, y murió por la vida del mundo, la muerte ya no se llama muerte, sino sueño y descanso”;

y continúa: “Por eso también este lugar (refiriéndose al cementerio) se llama κοιμητήριον (kimitírion)* lugar de descanso, para que comprendas que los que han fallecido yacen aquí no como muertos, sino como dormidos y descansando”. Esta visión de la muerte constituye, en nuestra opinión, otro motivo por el cual la Iglesia Ortodoxa acepta el entierro y rechaza la cremación. *(De aquí viene la palabra en español “cementerio”, porque la “c” en el latín-bizantino se pronuncia como K)

vi) El “papel pedagógico” que ejerce -según la Parádosis (Tradición) Patrística- sobre los fieles a través de la visión de los difuntos y de los cementerios, y más ampliamente la “memoria de la muerte”; lo lógico (parte de la psique-alma) opuesto de la sociedad occidental con su “fobia neurótica” hacia la situación previa a la muerte y sus dimensiones post mortem, no podría considerarse independiente de la postura negativa de la Iglesia Ortodoxa hacia la cremación de los muertos. En particular, la insistencia de las sociedades occidentales en rechazar, aunque sea de manera indirecta, la muerte y sus indicios visibles, las llevó al silenciamiento de la muerte, al intento de embellecerla o -en el último intento- a su rechazo mediante la cremación. No olvidemos que, según la Iglesia Ortodoxa, la visión de los dormidos (difuntos) y de los cementerios contribuye positivamente a la autoevaluación, reconsideración y reorientación de los fieles en el “misterio de la vida”.

vii) También se considera importante la contribución del entierro al desarrollo del arte (arquitectura, iconografía, etc.), en contraposición con la cremación, que actúa como obstáculo para cualquier forma análoga de progreso cultural.

viii) Por último, la reserva expresada por círculos forenses respecto a la cremación, como posible medio para encubrir homicidios, puede ser aprovechada por la Iglesia como argumento en contra de la cremación de los muertos.

Fuente: https://www.impantokratoros.gr/88D1EA4D.el.aspx

 

B) La cremación de los muertos desde el punto de vista de la antropología y la ética cristiana

Georgios I. Mantzaridis, Profesor Emérito de la Facultad de Teología de la Universidad Aristóteles de Tesalónica

El entierro de los muertos no constituye un tema dogmático en el sentido de un término dogmático. La resurrección de los muertos, en la que cree la Iglesia, no dependerá de si fueron enterrados o incinerados. Pero, por otro lado, el entierro de los muertos no es ajeno a la fe dogmática de la Iglesia. La preferencia por el entierro y el rechazo de la cremación de los muertos están estrechamente relacionados con la fe de la Iglesia respecto al ser humano y al propósito de su existencia.

La Iglesia no desprecia el cuerpo, sino que lo honra. El ser humano representa la icona/imagen de Dios no solo como psique-alma, sino también como cuerpo. Imagen de Dios es el conjunto, psique-alma y cuerpo. Y el propósito del ser humano como persona que iconiza, representa a Dios es albergar en sí mismo al representado, es decir, al mismo Dios. Todo lo demás se somete y se integra en ese propósito. Si la cremación del cuerpo llegara a servir este propósito, podría no solo ser aceptada, sino también deseada.

Los cristianos que eran condenados a la muerte por el fuego no la evitaban, sino que la soportaban mirando hacia su unión final con Cristo. Es significativa la súplica que formula san Ignacio el Teóforo para sí mismo: «Fuego y cruz, agrupaciones de fieras, cortes, separaciones, dispersión de huesos, mutilación de miembros, trituración de todo el cuerpo… que vengan sobre mí, con tal de que yo alcance a Jesús Cristo». Este deseo de completa aniquilación no se debe a enemistad hacia el cuerpo o la materia, sino a la αγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado) hacia Cristo. Es el anhelo de la manifestación de la verdad ontológica (existencial) de la icona-imagen.

La hostilidad, enemistad hacia el cuerpo se observa en las religiones orientales y en la idolatría. La Iglesia no ve el cuerpo con enemistad ni lo considera como una “señal”, es decir, tumba, como lo consideraba Platón, para querer aniquilarlo. El cuerpo humano es templo del Espíritu Santo. Es la Iglesia viva, dentro de la cual el ser humano es llamado a adorar, alabar y rendir culto a Dios. Y quienes adoran verdaderamente a Dios, fundan con sus reliquias las iglesias (templos) creadas, construidas, que albergan a los vivos. Por eso la Iglesia honra las reliquias de los santos y las conserva como tesoros preciosos.

Para la Iglesia, la naturaleza humana es tan sagrada y afín a Dios, que pudo unirse a Él en una sola e indivisible hipóstasis (base subsistencial, substancial). Así, en la hipóstasis de Cristo, el cuerpo humano se une de manera indivisible e inconfundible con Su divinidad, mientras que en las hipostasis humanas el cuerpo recibe la divina χάρις jaris energía, gracia increada y participa en la vida divina. Por eso el cristiano no desprecia su cuerpo, ni desea desecharlo como enemigo, sino que anhela su renovación en Cristo y su incorruptibilidad.

Quien ve el cuerpo muerto como reliquia, es decir, como un vestigio respetado de la existencia humana, desea honrarlo. Y en ese caso, el entierro o la posterior conservación de los huesos es sagrada. Además, hoy sabemos que incluso los huesos secos conservan viva la identidad biológica del difunto, cosa que no ocurre con las cenizas. Quien, en cambio, ve el cuerpo humano muerto como un cadáver macabro, es natural que lo rechace y quiera eliminarlo. No percibe ni discierne símbolos, sino objetos físicos con valor monetario, de uso o de intercambio comercial. Olvida el corazón y piensa racionalmente. Con la problemática propia de los grandes centros urbanos, considera más lógica y práctica la cremación de los muertos. La única laguna lógica que queda aquí es por qué realizar una cremación inútil, sin un uso simultáneo del material que puede derivarse del cuerpo muerto.

A lo largo de toda la historia del Antiguo Testamento y del cristianismo indiviso, la cremación de los muertos se enfrenta como una costumbre idolátrica y se considera una práxis repulsiva. En particular, la muerte por fuego en el Antiguo Testamento está vinculada con crímenes horrendos. El Nuevo Testamento da por sentado el entierro de los muertos, mientras que en la historia de la Iglesia solo los perseguidores de la misma recurrieron a la cremación de los cuerpos de los cristianos, para borrar su memoria y dañar la esperanza de su resurrección. En tiempos más recientes, finalmente, la cremación de los muertos también se aplicó como una forma de purificación del mundo de su presencia.

La voluntad de hacer desaparecer o conservar el cuerpo muerto en la tumba está directamente relacionada con la actitud del ser humano frente a la muerte. Cuando alguien desea olvidar la muerte, es natural que quiera hacer desaparecer todo lo que se asocie con ella o la recuerde. Y esto se ve reforzado por los sistemas de nuestra sociedad. Todo contribuye al silenciamiento de la muerte. En este clima, es natural que se busque también la desaparición del cuerpo humano muerto. El entierro en la tumba conserva la memoria: la memoria del difunto, pero también la de la muerte. Y para conservar esa memoria sin tortura, se necesita tener fe en la victoria sobre la muerte.

El cristiano cree en esa victoria y espera la resurrección: «Espero la resurrección de los muertos», dice el Símbolo de Fe (Credo). Espera la resurrección que concierne a toda su existencia psicosomática. Espera la resurrección del nuevo hombre a partir del cuerpo que se corrompe, como espera también el nuevo trigo a partir del grano que se pudre en la tierra. Cuando existe esa fe o esa esperanza, también la actitud hacia la muerte y el cuerpo muerto es correspondiente. Y esa actitud inspira la ética que se ha cultivado durante siglos en esta tierra, mientras que la cremación introduce una nueva ética.

La cremación de los muertos no ataca directamente el dogma de la resurrección. Pero ataca el sentimiento y la ética que cultiva ese dogma. Deforma la perspectiva y la esperanza de la Iglesia respecto al ser humano. Así, se afecta también el dogma, ya que este está orgánicamente unido con la ética, la “psicoterapia” y la vida de la Iglesia. En esta tierra, donde la cremación de los muertos no era desconocida, fue establecida por la enseñanza cristiana y se mantuvo posteriormente como evidente el entierro de los muertos. Un acto simbólico, que ya desde el Apóstol Pablo se compara con la siembra del grano de trigo y se vincula con la esperanza de la nueva vida. Cuando se apaga esa esperanza, el entierro pierde también su dimensión simbólica.

Por supuesto, el comportamiento desviado no puede ser prohibido, especialmente por la Iglesia, que siempre presupone la libertad humana. La Iglesia no impone la fe ni sus ritos a aquellos que son ajenos a ella. Pero aquellos que son ajenos a la Iglesia no pueden exigirle que bendiga sus elecciones arbitrarias. (Extracto)

Georgios I. Mantzaridis, Profesor Emérito de la Facultad de Teología de la Universidad Aristóteles de Tesalónica

 

C) Preguntas y respuestas.

Yérontas Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo

¿No es más preferible quemar a los muertos en vez de enterrarlos? ¿La Iglesia adoptaría fácilmente una ley así?

Prestad atención, hijos míos, a este tema.

El entierro de los muertos es una costumbre antiquísima y universal, mucho más antigua que la cremación. Por lo tanto, desde el principio, ha sido práctica común entre todos los pueblos y en todas las épocas enterrar a los difuntos. El entierro es lo más natural: lo que ya no vive sobre la tierra se descompone, y naturalmente vuelve a la tierra. En cambio, la cremación no es una praxis natural. La praxis más acorde con la naturaleza es, sin duda, el entierro.

Aun así, la cremación fue adoptada por algunos pueblos en épocas posteriores. Por ejemplo, los egipcios jamás incineraban a sus muertos. Es bien sabido que los momificaban, los embalsamaban, y muchos de esos cuerpos se han conservado hasta nuestros días. Tampoco los helenos (griegos) practicaban la cremación como costumbre general; aunque hay casos aislados, en su mayoría se inclinaban por el entierro.

En el cristianismo predomina el entierro. No solo porque Cristo fue sepultado, sino también porque este acto expresa de manera más profunda la fe en la resurrección. Decir que la cremación impide la resurrección sería absurdo. Sería una broma decir que, si quemamos un cuerpo, entonces no podrá resucitar. Es ridículo pensarlo. Para confirmarlo, recordemos el Apocalipsis 20,14: “Y la muerte y el Hades fueron arrojados al lago de fuego increado [para que no salgan más de allí, se habrán anulado para siempre]. Esta es la muerte segunda [es decir, la separación eterna de Dios, el terrible, horrible e interminable infierno]” (Ap 20,14).

El fuego, el agua y el mar devolverán los cuerpos. Es decir, en cuanto a la materia, el cuerpo no se pierde. ¿Cómo recogerá Dios esa materia para recomponer el cuerpo humano? Esa es una cuestión de Su sabiduría, de Su αγάπη (agapi: amor incondicional) y de Su δύναμις (dínamis: poder, potencia y energía increadas). No es asunto nuestro. El punto esencial es que la cremación no impide la resurrección de los muertos.

Pero, prestad atención: el entierro es una icona, una imagen viva de la fe en la resurrección. Por eso, en los kóliva (ofrendas con trigo hervido en los memoriales) usamos trigo, que además tiene un simbolismo geográfico y bíblico. Nos recuerda la Resurrección: así como el grano de trigo cae en la tierra y brota en una nueva forma, así también -dice san Pablo- se siembra el cuerpo en corrupción y resucita en incorrupción.

Enterrar a los muertos es, por tanto, un acto simbólico que representa la fe en la resurrección. Por eso usamos el verbo griego κοιμοῦμαι (kimúme), que significa “dormirse”. No decimos “quemar”, decimos “dormitorio”, no “crematorio”. El difunto está dormido, y se despertará. No es ceniza, sino que espera la resurrección.

En conclusión: el entierro es icona, símbolo y representación de la Resurrección de los muertos. Por tanto, los cristianos no deberían ser cremados o incinerados. La cremación es preferida por los panteístas o por quienes niegan la resurrección de los muertos.

Os recordaré dos artistas griegos muy conocidos: Dimitri Mitrópoulos, famoso director de orquesta, y María Kalas. Ambos dejaron testamento pidiendo ser incinerados. Esa decisión va en contra del dogma ortodoxo sobre la resurrección. No porque no vayan a resucitar, lo repito, sino porque se pierde la icona visible de la resurrección al evitar el entierro.

Por eso, la Iglesia jamás aceptará la cremación de los muertos como práctica, sino solamente el entierro. Si alguien es ateo, panteísta o de otra creencia y desea ser incinerado, está en su derecho. Pero en ese caso, esa persona ya no tiene relación con la Iglesia (Increada unida con la creada).

Yérontas Atanasio Mitilineos. Fuente: https://www.impantokratoros.gr/dat/storage/dat/27A550C9/peri_kafseos_nekron.mp3

Traducido por: χΧ jJ  https://logosortodoxo.es/

LA MUJER EN EL ÁMBITO DEL NUEVO TESTAMENTO, DOMINGO DE LAS MIRÓFORAS

«LA MUJER EN EL ÁMBITO DEL NUEVO TESTAMENTO»

DOMINGO DE LAS MIRÓFORAS [Marcos 15,43–16,8]

La sepultura de Jesús, capítulo 15:42-47 y la Resurrección del Señor, capítulo 16: 1-14.

42 Cuando llegó la noche, porque era la preparación/viernes, es decir, la víspera de reposo del Sábado,

43 José de Arimatea, diputado distinguido y noble, quién había creído en Cristo y también esperaba la realeza increada de Dios, vino y entró osadamente a Pilatos, y pidió el cuerpo de Jesús.

44 Pilatos se sorprendió de que ya hubiese muerto; y haciendo venir al centurión, le preguntó si hacía mucho rato que estaba muerto.

45 E informado por el centurión, dio el cuerpo a José,

46 el cual compró una sábana nueva, y bajándolo de la cruz, lo envolvió en la sábana, y lo puso en un sepulcro que estaba cavado en una roca, y luego hizo rodar una piedra pesada a la puerta del sepulcro.

47 Y María Magdalena y María madre de José miraban con atención, dónde ponían el cuerpo del Señor.

La Resurrección del Señor, 16:1-18

16,1 Pasado el Sábado, María Magdalena, María la madre de Jacobo, y Salomé, compraron especias aromáticas para ir a ungirlo.

2 Y muy de madrugada, el primer día de la semana, al alba vinieron al sepulcro.

3 Pero decían entre sí: ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?

4 Pero cuando miraron, vieron removida la piedra, que era muy grande y pesada.

5 Y cuando entraron en el sepulcro, vieron a un joven sentado al lado derecho, cubierto de una túnica blanca larga; y quedaron sobrecogidas de mucho miedo y espanto.
6 Pero él les dijo: No os asustéis; sé que buscáis a Jesús el nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado, no está aquí; mirad el sitio donde le pusieron.

7 Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro que él precederá a Galilea antes que vosotros; allí le veréis, como os ha dicho.

8 Y ellas se fueron huyendo del sepulcro, porque les había tomado mucho temblor, espanto y éxtasis; y a nadie dijeron nada, porque tenían miedo. (Al ver al ángel y sobre todo oír sobre la resurrección, quedaron anonadadas, y les sobrecogió mucho temor y éxtasis)

9 Habiendo, pues, resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana, apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios.

10 Ella fue y lo hizo saber a los que habían estado con él, que estaban sumidos en luto, tristeza y llanto.

11 Ellos, cuando oyeron que el Maestro vivía, y que había sido visto por ella, no lo creyeron.

12 Pero después apareció en otra forma a dos de ellos que iban de camino, y se dirigían al campo.

13 Estos volvieron para dar la noticia a los otros Apóstoles; y ni aun a estos creyeron.

14 Finalmente se apareció a los once estando ellos sentados a la mesa para comer, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado.

DOMINGO DE LAS MIRÓFORAS 

Padre Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo

[Transcripción de una homilía pronunciada en el Santo Monasterio de Komnineon en Lárisa, el 3-5-1998] con el tema:

«LA MUJER EN EL ÁMBITO DEL NUEVO TESTAMENTO»

Hoy, queridos míos, nuestra Iglesia, en este Domingo de las Miróforas, honra de manera muy especial a aquellas personas que contribuyeron al cuidado del cuerpo muerto de Jesús, como José, Nicodemo y las demás mujeres miróforas.

Para comprender qué servicios ofrecieron y en qué condiciones ofrecieron estos servicios, debemos trasladarnos al clima de aquellos días, es decir, a cómo era considerado Jesús por las autoridades después de Su Crucifixión. Así, escribe Marcos el Evangelista que el miembro del consejo, José, “se atrevió a presentarse ante Pilato y pedir el cuerpo de Jesús”. Se atrevió… Tuvo el valor de ir a la sede del gobernador, a pedir el cuerpo de Jesús. ¿Por qué usa la palabra “se atrevió”? Porque se consideraba algo extremadamente temerario el ser conocido o partícipe con Jesús Cristo, quien había sido condenado como criminal y colgado en la cruz.

Sin embargo, la actitud de aquellas mujeres, a quienes, como ya les dije, nuestra Iglesia ha llamado Mirróforas, porque compraron mirra y querían ungir el cuerpo de Jesús, naturalmente sobre las vendas funerarias- será hoy el tema que nos ocupará de manera especial.

Es bien conocida, queridos míos, la posición de la mujer en el mundo antiguo, incluso en el civilizado mundo de los helenos-griegos. Sin embargo, la posición de la mujer en el ámbito del Antiguo Testamento superaba con mucho la condición de la mujer extrabíblica, es decir, de aquella que estaba fuera del pueblo de Dios, fuera del contexto bíblico del Antiguo Testamento. Pero incluso esta posición de la mujer en el Antiguo Testamento es ampliamente superada por la posición que ocupa la mujer en el Nuevo Testamento.

Sin exagerar, la posición de la mujer dentro del cristianismo es la posición que tenía Eva en el Paraíso antes de la caída. Y aún más: la mujer cristiana dignificada tiene como modelo a la Θεοτόκος (Ζeotokos: Madre de Dios, la que da a luz a Dios). Esta es la mujer que presenta el Nuevo Testamento: la Zeotokos, quien, por supuesto, es infinitamente superior a la antigua Eva, incluso antes de su caída. Basta con considerar que la primera persona que entra en la Βασιλεία (Vasilía: Realeza de Dios) es la Zeotokos, es decir, una mujer.

Dije «entra», porque nuestra Iglesia cree firmemente que la Zeotokos resucitó, al igual que su Hijo, y que, así como Él ascendió con Su carne a la Realeza, de la misma manera también la Zeotokos resucitó y ascendió con su cuerpo. Mientras que en la Realeza increada de Dios no hay nadie aún con su cuerpo: ni Juan el Bautista, ni los Apóstoles, ni Pablo. Solo la Zeotokos. Todos nosotros esperamos la resurrección de los muertos. Y entonces entraremos -subrayo- con nuestros cuerpos en la Realeza increada de Dios. ¿Lo oyeron bien? Con nuestros cuerpos.

Así, queridos míos, la única que ha entrado en la Realeza increada de Dios con su cuerpo es la Santísima Zeotokos. ¿Qué significa esto? Que la mujer es la primera en entrar en la Realeza increada de Dios con su cuerpo. Y eso dice mucho.

Pero vale la pena observar históricamente la posición de la mujer con respecto al hombre, porque la mujer hoy tambalea en su intento por comprender cuál es realmente su lugar. Realmente, tambalea…

Una imagen del ser humano verdadero -ya sea hombre o mujer- es el ser humano dentro del Paraíso. Es la creación auténtica, sin las heridas de la aventura de la libertad. Porque la libertad, para ser conquistada, no deja pocas heridas, traumas. A veces, son heridas de sangre. Pero, sobre todo, traumas, heridas de la psique-alma, traumas emocionales. La libertad no se conquista fácilmente.

De todos modos, allí -en el Paraíso- tanto el hombre como la mujer son persona humana. Hombre es el varón, persona humana también es la mujer. Porque más tarde, después de la caída, la mujer sería considerada por el hombre como res, es decir, como una cosa. Como un rostro … uso aquí la palabra «rostro» de forma abusiva, como una existencia cuya única función sería complacer y agradar al hombre. Y eso no es otra cosa que un objeto. Res. Una cosa.

Leemos en la Sagrada Escritura: «Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y según nuestra semejanza. Y creó Dios al hombre; a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó» (Génesis 1:26-27).

Así, tanto el hombre como la mujer, el varón y la hembra, son seres humanos. Lo subrayo, porque esto constituye el criterio fundamental de lo que veremos a continuación. El hombre es persona humana, y la mujer también es persona humana. Por tanto, la mujer es ser humano, y en nada es inferior al hombre, porque si lo fuera, entonces no sería verdaderamente humana. Si fuera inferior al hombre, dejaría de ser persona. Otra cosa es que existen ciertos rasgos que distinguen al hombre de la mujer, precisamente para que puedan cumplir el misterio del matrimonio, para que puedan dar a luz al tercer ser humano en este mundo: su hijo, ese tercer ser humano.

La mujer procede de Adán. Es carne de su cuerpo-carne y “hueso de sus huesos”. Lo que es Adán, eso mismo es también la mujer. Lo repito: ser humano. Esta palabra lo dice todo. No tiene, por tanto, una creación separada o distinta. Exceptuando -como ya dije- algunos rasgos específicos, aquellos que definen al hombre como varón, como sexo masculino, y aquellos que definen a la mujer como mujer, como sexo femenino. Lo repito una vez más: para el propósito que ya les expliqué.

La mujer fue creada como ayuda para el hombre. Principalmente, en la obra de la salvación. Decimos: la mujer es ayuda del hombre. ¿En qué? En la salvación. No para ayudarlo, permítanme expresarlo de manera muy simple, en lavarle los platos o cocinarle. Otra cosa, por supuesto, es que también el hombre debe colaborar en las tareas del hogar. Así como juntos construirán su casa, juntos también la ordenarán, la decorarán y juntos, siempre juntos, la servirán, para que esa casa les sirva a ellos. Pero ¿no creen ustedes que es muy simplista decir que la mujer es una ayuda… —es decir, que el sentido de la palabra “ayuda” se reduce solo a asistir al hombre en tareas domésticas? ¡De ninguna manera! ¡Imposible!

La ayuda debía ser mutua. Porque ambos debían cumplir con el propósito de la existencia humana, que es la comunión del ser humano con Dios. En eso debía ayudar la mujer. Pero también ella debía ayudar al hombre a encontrar su propósito: la θέωσις (zéosis: divinización, glorificación), y a la vez, el hombre debía ayudar a la mujer a encontrar su propio propósito, es decir, también la θέωσις zéosis.

Porque el ser humano —como dice san Juan Damasceno— es un “ser vivo en proceso de divinización” (ζῷον θεούμενον). Cuando decimos ζῷον (ser viviente), no piensen en los animales. Nos referimos al ser que vive, a la existencia viviente. Eso es el ζῷον. Y, por lo tanto, es algo vivo con destino a la zéosis divinización. Tanto el hombre como la mujer. Lo vemos, por ejemplo, en el Martirologio de nuestra Iglesia: hay santos y hay santas. Decimos: san Alfonso, san Benito, santa Ana, santa Bárbara. Lo ven esto.

Sin embargo, las cosas no permanecieron tal como Dios las había dispuesto, sino que se alteraron. La mujer -y aquí quisiera llamar especialmente su atención-, la mujer sobrepasó sus límites. ¿Lo repito? La mujer sobrepasó sus límites, cosa que no debía hacer. Pero también el hombre sobrepasó sus propios límites, lo cual tampoco debía haber hecho.

Porque “la relación entre el hombre y la mujer es la relación entre la cabeza y el cuerpo”, como dice el apóstol Pablo. Así, podríamos decir que existían límites, y debían existir, tanto para la mujer como para el hombre. Y esos límites son los límites humanos. No debemos sobrepasarlos, ni el hombre ni la mujer.

Dice san Gregorio el Teólogo: «Φιλοσοφούμεν (filosofumen) filosofamos dentro de nuestros propios límites» (εἴσω τῶν ἡμετέρων ὅρων). Aunque lo que dice san Gregorio, por supuesto, es algo mucho más amplio. Lo dice en su primer discurso teológico, y se refiere al “dentro”, es decir, dentro de los límites, no fuera de ellos -fuera de los límites de la διάνοια humana (diania: mente, intelecto, cerebro). “Dentro”, dentro de los límites de los mandamientos de Dios. No debes sobrepasar nada. ¿Ni siquiera los mandamientos? Sí, ni siquiera los mandamientos. Porque entonces caemos en desviación. No es el momento ahora de desarrollar esto en profundidad: que hay desviaciones tanto hacia la izquierda, que es la transgresión, como hacia la derecha, que es el exceso. Dentro de los mandamientos. Dentro de su naturaleza debe mantenerse el ser humano.

Pero esto es algo muy general. ¿Ven, qué bien lo expresa san Gregorio? “Φιλοσοφούμεν filosofamos dentro de nuestros límites.” Que filosofemos, sí, pero dentro de nuestros límites. Así como el ser humano no debe sobrepasar aquellos límites que incluso su propia naturaleza le impone. Saben, este asunto es muy serio. Hoy hablamos de clonación, de cosas semejantes, y en algún momento vamos a terminar produciendo monstruos. Porque el ser humano sobrepasa sus propios límites. Y noten que esto no siempre es progreso. Porque si fuera progreso, los ecologistas contemporáneos no estarían preocupados por el futuro de la humanidad. Pero sí están preocupados. ¿Por qué? Porque el ser humano, en su insensata curiosidad y en sus acciones igualmente insensatas, sale fuera de sus límites. En fin…

La mujer mostró insolencia (o desvergüenza), y no voluntad (deliberación) junto al hombre. Eva con Adán. Dice san Juan Crisóstomo: «No soportó permanecer dentro de sus propios límites». Y al sobrepasar sus propios límites, llegó al punto de transgredir su papel de ayuda en la salvación, tanto del hombre como de ella misma. Desde entonces recibe la sanción de Dios. Desde la época de Eva —esto está escrito en el capítulo 3, versículo 16 del Génesis: “y a tu marido, que te dominará”. ¡Vaya! ¿Saben lo que significa esto? “Buscarás” aquí significa inclinación o giro. Es decir, “estarás bajo la obediencia de tu marido y él será tu señor”. Aunque no lo desee la mujer -especialmente la mujer moderna… No tanto la antigua, ya que Sara, por ejemplo, decía esto: “mi señor”, refiriéndose a Abraham. Hoy en día se dice: “Este es mi señor”. Y está bien dicho, porque el hombre es señor de la mujer. En cambio, no es correcto cuando el hombre dice: “Esta es mi señora”. No. Se debe decir: “mi esposa”. No “mi señora”, sino “mi esposa”. Porque el hombre tiene dominio sobre la mujer. No la mujer sobre el hombre.

Sin embargo, es bien sabido que el tema del dominio lo dio Dios tanto al hombre, Adán, como a la mujer. Y dijo: “Dominen” -en plural- “toda la tierra, los animales, las aves… y los peces del mar”. Pero ahora Dios añade que el hombre también dominará a la mujer. Esa es su sanción, su pena. Y la mujer debe sentir su seguridad junto al hombre.

Mis queridos, mirad. Puede que alguna señora de entre vosotras diga: “No soporto estas cosas”. Las dice Dios. No las digo yo. Dentro del cristianismo, la mujer regresa a su condición anterior a la caída. Pero dentro del cristianismo. Y en concreto, a la medida de la Θεοτόκος Zeotokos (La que dio a luz a Dios, Madre de Dios). Siempre y cuando, otra vez, guarde lo mismo que entonces en el Paraíso. Es decir, mantenga sus términos, sus límites.

Pero esto no le gustó a la mujer cristiana de los tiempos posteriores. Y ya sea por su propio egoísmo no le gustó esto, o por el egoísmo de su marido, porque él también traspasó sus propios límites, términos, siendo egoísta y sin cuidar de su esposa, olvidando que ella salió de su costado, y que ambos son humanos, y entonces, queridos míos, las cosas empiezan a no ir bien.

Y esta transgresión de los términos, de los límites, tanto por parte de la mujer como por parte del hombre, engendró un monstruo, que se llama… –cosa antinatural, monstruo– que se llama feminismo. Todos habéis oído la palabra feminismo. Es ese movimiento que quiere dar derechos a la mujer.

¿Pero por qué dar derechos? ¿Acaso no tiene sus derechos la mujer? Sí, pero el hombre hizo una transgresión. Correcto. Esto es verdad. Dijimos que ambos traspasaron sus límites. Pero, la mujer no entiende que este movimiento del feminismo la lleva a su propia condenación. Sí, sí. A su degradación, a su corrupción.

No quiero ofender a las señoras que trabajan fuera. Pero ¿no es una degradación que la mujer trabaje fuera, mientras es la reina de su hogar? Si lo pensamos bien, si lo filosofamos y lo estudiamos, cuando la mujer sale a trabajar, en esencia se degrada. Unos años atrás, algunas décadas atrás, solo salía a trabajar la mujer que lo necesitaba, es decir, si era viuda, si su padre estaba enfermo o era muy anciano, entonces salía a trabajar la mujer. Era una vergüenza que una mujer saliera a trabajar. Hace unas décadas.

Y si la mujer se corrompe, entonces, por supuesto, también se corromperá el hombre. Si la mujer se degrada, también se degradará sin duda el hombre.

Y si queréis, veámoslo así. Leemos un pasaje curioso del apóstol Pablo; a primera vista, curioso. No haré un análisis completo, solo esto. El apóstol Pablo ordena que las mujeres, cuando rezan, lleven velo. Que lleven un velo. Un pañuelo. ¿Sabéis por qué? Así como al hombre se le prohíbe oficiar o rezar –lo dice el apóstol Pablo– con la cabeza cubierta. Porque él es para doxa-gloria del Hijo de Dios. La mujer es para doxa-gloria de su marido. Y muestra sujeción. Es un símbolo. Pero si abolimos los símbolos, es decir, las formas, entonces también aboliremos la esencia. Y así sucede exactamente. Por tanto, es un símbolo. Cuando la mujer se cubre la cabeza, cuando va a la Iglesia, muestra su sujeción al hombre.

Dice el apóstol Pedro en su primera carta: «Porque así también las santas mujeres que esperaban en Dios, se adornaban a sí mismas, sujetándose a sus propios maridos, como Sara obedeció a Abraham, llamándole señor. De la cual vosotras habéis llegado a ser hijas, si hacéis el bien, y no teméis ninguna amenaza.» (1 Pedro 3:5-6)

Así, en el contexto del Nuevo Testamento, pero también en la Historia Eclesiástica, queridos, vemos quién es la mujer dignificada. Primero, las mujeres mirróforas que tienen un ánimo y una actitud valiente, sin transformarse en hombres. Sin transfigurarse en hombres. Un ánimo y actitud valiente. «¿Quién halló una mujer valiente?» –dice el último capítulo de Proverbios en el Antiguo Testamento– «Halló un tesoro». La mujer valiente. No la “hombrecita”. La mujer valiente. Valiente en su ánimo y actitud. No en «los ratones», golpeando al marido. En el ánimo y actitud. Se enferma el esposo, sufre un accidente. «¿Por qué te preocupas, mi esposo? Yo iré a trabajar». «¿Qué harás?» «Lavaré escaleras de edificios. ¿Qué te importa a ti?». Esta es la mujer valiente; que con ánimo y actitud valiente criará también a sus hijos, etc.

Marta y María, que saben cómo amar y cómo hospedar, ocupándose tanto de su hogar como de escuchar al logos divino. La madre de Rufo, como señala el apóstol Pablo, a quien también llama su propia madre, Pablo, que fue atendido por la madre de Rufo: «Saludad a Rufo, el elegido en el Señor, y a su madre, y a la mía», escribe en la carta a los Romanos. Y a su madre, que es la suya, ella lo parió, «pero también a mí me ha ayudado, me ha cuidado, y a mi propia madre». ¿Lo veis?

Lidia, con su carácter dinámico, que convierte su casa en una Iglesia. Y allí hospeda a Pablo. Y Jloé, como diácona (servidora) que sirve en la Iglesia de Corinto. Y si lo desean, a ella le confió el Apóstol Pablo su carta a los Romanos. ¿Sabéis lo que significaba confianza para una carta? No es el momento de explicarlo más. Prisca, esta maravillosa apóstol y teóloga, que corrige a un gran Apolós. Y es el brazo derecho de Pablo. Olimpia, en tiempos posteriores, aquella famosa diácona de Constantinopla y brazo derecho de San Juan Crisóstomo en las obras de caridad.

Y llegamos a los tiempos más recientes. Filothea la Ateniense. La señora y dama de Atenas, que, en los oscuros tiempos de la dominación turca, protege a las jóvenes atenienses de la corrupta avaricia del conquistador. Y todas aquellas mujeres que se mencionan en las cartas de Pablo y de Pedro.

Pero el modelo de todas es la Señora Θεοτόκος Zeotokos. Toda su vida, que fue verdaderamente una vida de entrega. Desde la concepción de su Hijo en sus entrañas, el Hijo de Dios, hasta la Cruz y hasta su presencia entre los doce Apóstoles y los 120 cristianos el día de Pentecostés.

Queridos, con estos criterios examinaremos y evaluaremos el feminismo contemporáneo; que es un producto del hombre desviado y decadente. Un feminismo que se mueve con criterios puramente materialistas, que niega a Dios y finalmente llega a la negación incluso del propio ser humano. Un feminismo que niega la ética cristiana y busca proclamar la emancipación de Dios y la ética, para vivir en este libertinaje, es algo muy malo. Este libertinaje, por cierto, no es libertad, es libertinaje, como cuando decimos de una mujer deshonesta «de moral y costumbres libres». Este libertinaje, de hecho, engendrará al Anticristo. Porque dicen los Padres que el Anticristo nacerá de una mujer prostituta. Así, los opuestos, diríamos, de este feminismo, y que son la castidad y la virginidad de la Θεοτόκος Zeotokos, traen al Cristo al mundo.

Por eso es necesario que la mujer cristiana recupere su verdadero camino y no acepte las posiciones y las influencias del feminismo negativo. En esto, también el hombre tiene responsabilidad. No es para ofrecerle a su mujer un cigarro para que ella aprenda a fumar… Qué decir, qué decir, ya lo sabéis. Ella no debe aceptar el movimiento feminista. Pero el hombre debe cesar de oprimir a la mujer. Él es la cabeza. Y la cabeza no oprime al cuerpo. Lo guía, lo protege, lo ama, comparte y se compadece con él.

Queridos, el eterno ejemplo está frente a nosotros: Cristo y la Iglesia; la cual, como esposa, Cristo la ama y entregó Su Ser por ella. Así hoy, el tercer Domingo después de la Pascua, nuestra Iglesia dedica este día a aquellas maravillosas y valientes mujeres, las Myroforas. Para mostrarles a las mujeres cristianas de todos los tiempos y épocas, el camino correcto de la mujer cristiana.

Para gloria de la Santa Trinidad

Con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bienaventurado Padre Athanasios Mitilineos,

Transcripción de la conferencia y edición electrónica: Eleni Linardaki, Filóloga

Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai _kyriakvn/omiliai_kyriakvn_137.mp3

Traducido por: χΧ jJ  https://logosortodoxo.es/

 

 

LIBERTAD CRISTIANA

Preguntas y respuestas

Yérontas A. Mitilineos el Nuevo Crisóstomo

2 LIBERTAD CRISTIANA

1.¿Por qué el Dios, siendo omnisciente y sabiendo que tanto los ángeles como los hombres caerían, no creó al ser humano perfecto, inalterable e invulnerable? Es decir, que la realeza increada de Dios fuese desde el principio sin que nadie terminara en infierno.

2. “Sabemos que los hombres se dividen en dos categorías: los que creen y siguen a Cristo y los que no tienen ninguna relación con Él. Sabemos también que Cristo dijo que los hombres son libres para seguirle, pero que después los juzgará. Entonces, si aquellos que no le siguen no tienen ninguna relación con Él, ¿por qué después interviene en la vida de ellos y los juzga?”

3.Puesto que Cristo nos ha dejado libres para escoger el camino que queremos, ¿por qué en Su Segunda Parusía, Presencia nos juzgará.

4. ¿Con las condiciones actuales el hombre está libre?

5. Qué es lo que lleva y continúa llevando al hombre lejos de Dios     

  1. ¿Por qué el Dios, siendo omnisciente y sabiendo que tanto los ángeles como los hombres caerían, no creó al ser humano perfecto, inalterable e invulnerable? Es decir, que la realeza increada de Dios fuese desde el principio sin que nadie terminara en infierno.

(1, 28´) Esta, hijos míos, es una duda que muchos hombres tienen. Ayer por la noche, casualmente leía sobre este tema en san Juan el Damasceno y en él encontré la respuesta. Naturalmente, la respuesta de san Juan el Damasceno tiene una profundidad muy grande que no os relataré por completo, pero sí compartiré algunos elementos de ella, y os responderé en la medida en que podamos comprenderlo.

En algún momento nos preguntamos ¿por qué será que el hombre está sujeto a la alteración, a la vulnerabilidad, o puede cambiar de un estado a otro? ¿Y por qué también el ángel? Es cierto que el Dios es invulnerable, no cambia en absoluto. Pero si Dios hubiese creado un lugar, una creación con seres lógicos -como lo son los hombres y los ángeles- inalterables e invulnerables, que no cambian, entonces pregunto: ¿dónde quedaría espacio para la libertad? La perfección de las creaciones no reside en la invulnerabilidad sino en la libertad.

Sabéis que en nuestra época tenemos percepciones y opiniones tan equivocadas sobre la libertad, que no cesamos de hablar y repetir muchas cosas acerca de ella. Y cuando queremos hacer nuestra propia voluntad, apelamos a la libertad y gritamos que nos presionan y oprimen, precisamente porque queremos y deseamos expresar nuestra voluntad.

Por otro lado, pensamos y decimos: ¿por qué tiene que existir esta libertad?, ¿por qué no somos invulnerables e inalterables? Pero ser invulnerable, in-cambiable e inmutable significa no tengo libertad, no tengo el poder y la capacidad de ser otra cosa. Porque libertad significa el poder ser otra cosa. No porque Dios desee que seamos otra cosa, sino porque existe la posibilidad, el poder, de serlo.

Por eso, una vez más -como tantas veces lo he dicho- os explicaré cómo se entiende la libertad en el ámbito cristiano.

La libertad no consiste en elegir entre el bien y el mal. La libertad es la capacidad de hacer tanto lo uno (el bien) como lo otro (el mal), como posibilidad o poder. Pero el hombre libre elige siempre el bien. Por tanto, la libertad no es un asunto de elección, sino de posibilidad, de poder.

Esto lo expresa dos veces el Apóstol Pablo en su primera epístola a los Corintios de la siguiente manera: “Todo me está permitido, lícito, pero no todo me conviene”. Es cierto que todo me está permitido, si quiero beber hasta un vaso de petróleo, o cualquier otra cosa, pero no me conviene, no me interesa. Porque si bebo petróleo o aguafuerte moriré, este ejemplo ahora, aplicadlo en el espacio espiritual.

Debo discernir si muchas cosas me interesan, me convienen o no. Esto es lo que debo decir como hombre libre: ¿me conviene o no? Si me invitan a una fiesta particular o a una discoteca, ¿me interesa ir? Podría ir, si así lo deseo. ¿Creéis que sólo vosotros podéis ir? ¿Que yo, el padre Atanasio, no puedo? Nadie me lo prohíbe. ¿Acaso no puedo bailar y divertirme? También soy una persona. Pero pregunto: ¿me conviene? ¿Me conviene estar en ese lugar? Entonces, vosotros también deberíais preguntaros: ¿me conviene ir allí? ¿Cuál será el criterio para saber si me conviene? Será la salvación, la vida eterna, la voluntad de Dios. ¿Me conviene o me haré daño? Si juzgo de esta manera, no iré, y me salvaré. Así pues, este es el verdadero significado de la libertad según el Evangelio y no el falso concepto de que consiste en elegir entre el bien y el mal.

¿Queréis que os lo demuestre? Es muy sencillo. Si la libertad consistiera en elegir entre lo uno o lo otro -es decir, si la libertad fuera simplemente una cuestión de elección-, entonces, al escoger el mal, ¿por qué habría de ser castigado? En tal caso, ¿acaso no estaría verdaderamente libre? Si elegí el mal libremente, ¿por qué recibir castigo? Esto demuestra que la libertad no es simplemente un asunto de elección.

El Dios preparó la Realeza increada y el infierno. ¿Y por qué tiene que existir el infierno? Exactamente porque la libertad no es hipótesis, ni una mera cuestión de elección. Es real. Puedo ir al infierno, es cierto, pero no me interesa, no me conviene, y no debo ir al infierno.

¿Veis pues, cómo se entiende la libertad? Ojalá, hijos míos, desearía que esto lo comprendierais muy bien, profundamente, porque es algo muy sutil. Esto constituye la llave o clave de muchos de los grandes de nuestra época. En muchísimos temas o asuntos, -por no decir que concierne toda nuestra vida-, todo depende de cómo captemos y comprendamos este concepto delicado y profundo de la libertad.

Y vuelvo a la pregunta para concluir: cuando aquí dice “¿por qué uno tiene que estar sujeto a la alteración, a la vulnerabilidad, y no ser perfecto desde el principio?, ¿por qué debe existir el infierno?”. La respuesta es que la perfección no se encuentra en la invulnerabilidad, sino en la libertad.

La virtud no puede ser coronada si no contiene el elemento de la libertad personal y del esfuerzo propio. Según los Padres de nuestra Iglesia, la virtud se compone de tres elementos:

Primero, que haya sido realizada libremente.

Segundo, que haya sido alcanzada con esfuerzo.

Tercero, que sea atribuida a Dios.

Porque también existe la virtud de los filósofos, pero esa carece de valor espiritual cuando se le priva del tercer elemento: la atribución a Dios.

Esto que estoy llamado a hacer -es decir, divinizarme, santificarme- debo hacerlo porque Dios así lo quiere. Estamos llamados a divinizarnos, a hacernos santos. Sólo entonces se puede hablar de una virtud digna de ser coronada. Lo repito: la virtud consiste en libertad, esfuerzo y orientación por y hacia Dios.

Por lo tanto, allí está el gran valor, allí está la virtud que se premia, que recibe recompensa. No se trata simplemente de haber sido creados invulnerables o inmutables, pues en tal caso seríamos como marionetas, como si Dios nos dijera: “siéntate, levántate, siéntate, levántate”. En cambio, yo soy un ser libre, y como tal, le ofrezco a Dios, libremente, aquello que Él quiere, para que me corone. Por eso también existe el infierno. El infierno no lo creó Dios. El infierno fue creado por el diablo y por el hombre para sí mismos, porque allí ya no existe la verdadera libertad. O mejor dicho, allí se encuentra una mala interpretación de la libertad, -una libertad mal entendida, una “libertad paranoica”. ¿Qué creéis? Aquellos que viven según esa libertad paranoica han preparado, ya desde esta vida, un verdadero infierno. Los que consumen drogas, se embriagan, y así sucesivamente, ¿qué han preparado? Infierno. ¿Quién les dio ese infierno? ¿Dios? No. Ellos mismos lo han creado.

Así pues, debemos ser verdaderamente libres para poder ser glorificados, alabados y honrados por Dios.

  1. “Sabemos que los hombres se dividen en dos categorías: los que creen y siguen a Cristo y los que no tienen ninguna relación con Él. Sabemos también que Cristo dijo que los hombres son libres para seguirle, pero que después los juzgará. Entonces, si aquellos que no le siguen no tienen ninguna relación con Él, ¿por qué después interviene en la vida de ellos y los juzga?”

(10,9´) Es cierto, esta pregunta -formulada de forma más refinada- se plantea muchas veces. E incluso, en muchas ocasiones, se acusa a Cristo con estas palabras: “¿Por qué ha de juzgarme Cristo, si yo solo quise vivir mi vida? ¿No dice Cristo que soy libre para hacer lo que quiera?”

Pues bien, esto nace de una percepción equivocada de la libertad. Os lo he dicho muchas veces, y no me cansaré de repetirlo.

La libertad, hijos míos, no es poder hacer lo que quiera. La libertad consiste, precisamente, en lo siguiente: “Puedo hacer lo que quiero, pero no todo me conviene, no todo me interesa.” Es en este sentido que debe entenderse la libertad. Dios nos ha creado para el bien. No nos creó para que escojamos entre el bien y el mal; eso sería impensable.

Realmente la pregunta es legítima: ¿cómo puede Dios juzgarme si me dice que soy libre para hacer lo que quiera? ¿Acaso Dios miente cuando afirma que soy libre, y luego me juzga? Entonces, o soy verdaderamente libre y no debería ser juzgado, o no soy libre. Pero no se trata de eso. La clave, como ya os he dicho, está en que tenemos una percepción equivocada de la libertad.

¡Atención! El Dios nos creó para que sigamos siempre el bien, solo el bien. Sin embargo, tenemos el poder de seguir el mal. Pero hacerlo no nos conviene. La libertad, en su verdadero significado, es esta: la capacidad de elegir y seguir siempre el bien, sin que nos esté impedido hacer el mal. Pero si elijo el mal, seré juzgado. Seré juzgado no porque no tenga libertad, sino porque no debería haber optado por el mal, a pesar de tener la posibilidad de hacerlo.

Este punto es el que no comprendemos. Por eso la humanidad -y especialmente el mundo cristiano- no ha entendido aún la libertad en Cristo. Y por esa razón nos torturamos y nos atormentamos con tantas interpretaciones erróneas de la libertad. De allí proviene también el caos social, como el que vemos en ciertas juventudes indisciplinadas, los llamados anarquistas. Pero estos, en realidad, caen en contradicción. Porque cuando alguien afirma: “soy libre para hacer lo que quiero” y se rebela contra un Estado o contra leyes que me obligan, ¿sabéis qué ocurre en realidad? Está comprometiendo la libertad de los demás.

Porque cuando peligra mi vida al salir a la calle, por sabotajes, por calles cortadas o por tiendas destruidas en una ciudad, ¿qué es eso? ¿No está afectando la libertad de los demás? ¿Cómo puede hablarse entonces de una libertad unilateral? ¿Cómo es posible que el anarquista tenga libertad para hacer lo que quiera y el otro no? Eso no es libertad, eso es confusión. Y por eso, al tener una percepción equivocada de la libertad, nos destrozamos a nosotros mismos —como los pulpos que se golpean contra las rocas.

Quiero que lo entendáis. Un niño tiene la libertad de coger las cerillas y prender fuego a la casa, ¿es eso algo deseable y agradable? Como los padres esconden las cerillas ¿es porque presionan al niño para que no las use? Y si los fármacos se guardan fuera de su alcance, en un lugar seguro, ¿es eso una privación de la libertad del niño? No, en absoluto. Es exactamente lo mismo: el mal existe, la destrucción existe.

De igual forma ocurrió con los primeros en ser creados. Ellos también eran libres, pero eligieron el mal. ¿Les convenía? No, no les convenía. Aún eran inmaduros para lo que Dios quería darles: que alcanzaran la experiencia, la madurez, y se divinizaran. Eran libres, sí, pero perdieron esa oportunidad porque, siendo inmaduros, se adelantaron al tiempo adecuado. Igual que un niño que usa cosas para las que aún no está preparado.

Pero permitidme deciros una cosa más: ¿quién os ha dicho que somos realmente libres? Somos libres para escoger, sí, pero con consecuencias. No somos libres en el sentido absoluto. Somos propiedad de Dios, y lo somos por partida doble: primero, porque somos Su creación; y segundo, porque hemos sido recreados en Cristo. Dios nos ha sellado. ¿Quién os ha dicho que no somos propiedad de Dios? Si Dios, finalmente me mande al infierno -lo quiera o no, me guste o no- ¿es eso algo que yo pueda regular, cambiar o controlar? Por supuesto que no. Por tanto, no soy completamente libre. Tengo libertad, sí, pero dentro de unos límites. Y, como os he dicho antes, esa libertad ha sido dada para seguir el bien, no el mal.

Además, somos propiedad de Dios por recreación, por renovación. Es decir, el Cristo vino al mundo, se sacrificó por nosotros y nos ha rescatado de la corrupción y del pecado, por consiguiente, somos Su propiedad, le pertenecemos. En la Sagrada Escritura hay muchos pasajes que lo confirman. Os cito, por ejemplo, la primera epístola a los Corintios, donde se dice que debemos cuidar el cuerpo, porque es templo del Espíritu Santo. No podemos entregar el cuerpo a la indecencia (1 Cor 6,19).

Hoy en día, sobre todo muchas mujeres dicen: «Mi cuerpo me pertenece, hago lo que quiero con él.» ¿Quién te ha dicho que tu cuerpo te pertenece? Especialmente en el tema del aborto: el hijo que llevas en el vientre, ¿quién te ha dicho que es tu propiedad? Es una persona distinta. Muchas veces ni siquiera tiene el mismo grupo sanguíneo que tú. Tú solamente lo alimentas. ¿Con qué derecho dices que puedes disponer de su vida? No tienes ese derecho.

Dice el Apóstol Pablo. “Cuidado no entreguéis y gastéis vuestros cuerpos a la indecencia, porque son templos del Espíritu Santo. Lo que tenéis no pertenece a vosotros mismos, porque os habéis comprado, rescatado bajo precio. Y el precio es el cuerpo y la sangre de Cristo que nos ha comprado, rescatado encima de la Cruz”.

¡Veis pues, que no somos propiedad, dueños de nosotros mismos!  No podemos hacer simplemente lo que nos da la gana. Y por eso rendiremos cuentas.

Pensemos ahora desde otra perspectiva: el cristianismo es la Verdad. Y si esa Verdad nos dice que daremos cuentas a Dios, ¿no deberíamos entonces reconsiderar nuestras ideas sobre la libertad? ¿Quizá lo que hemos creído hasta hoy como libertad no lo era realmente? Sin duda que sí.

Por eso, tengamos esto bien presente: no somos otra cosa que propiedad de Dios. Y lo somos por partida doble: por naturaleza, cuando nos creó, y por sobrenaturaleza, cuando nos recreó. El Señor nos renueva con Su Cuerpo y Su Sangre, y por medio del Espíritu Santo nos transforma en verdaderos seres humanos, espirituales.

Somos, por tanto, propiedad de Dios. Y ¿sabéis lo que podría decir un alma que ha comprendido esto en profundidad? “Señor mío, no solo deseo ser comprado por Ti dos veces, sino infinitas veces. Porque junto a Ti está la bienaventuranza y la felicidad, mientras que lejos de Ti sólo hay desastre.”

Nuestra libertad está en poder decir: “Puedo escoger lo contrario, pero no me conviene.” Como dice el apóstol Pablo: “Todo me está permitido, pero no todo me conviene.” Y en esta vida muchas cosas nos están permitidas -hasta el hecho de tirarnos desde un balcón-. ¿Está permitido? Sí, nada nos lo impide. ¿Queréis hacer la prueba? Pero no nos conviene, no nos interesa.

  1. Puesto que Cristo nos ha dejado libres para escoger el camino que queremos, ¿por qué en Su Segunda Parusía, Presencia nos juzgará.

(19.40´30´´) Esto significa que debemos reconsiderar seriamente nuestra concepción de la libertad. Es muy sencillo, y además, muchas veces os he hablado sobre este tema. La libertad, tal como se entiende en el Logos de Dios, y la libertad tal como Dios se la dio al hombre, no es como nosotros la imaginamos hoy en día. Literalmente, la hemos maltratado y tergiversado.

La libertad, desde nuestra percepción mundana -especialmente desde la óptica contemporánea-, se entiende como descontrol, como desmadre. Es decir, “hago lo que me da la gana y nadie puede decirme nada”. Y además se exige que no haya sanciones ni consecuencias. Porque, si las hay, entonces —dicen— ya no sería libertad. Así es como se piensa hoy.

Observad cómo algunos jóvenes se sientan en las aceras, interrumpen el paso de los transeúntes, consumen drogas, sostienen ideas anarquistas, destruyen escaparates… y cuando se les llama la atención, responden: “Tenemos democracia.” Como si la democracia justificara romper vidrios, o como si la libertad implicara destruirlo todo cuando uno quiere.

Desgraciadamente, esta es la percepción que se tiene sobre la libertad en buena parte de la sociedad actual.

Pero en una sociedad, si se aplica la libertad de esta forma, es imposible que sobreviva. No puede sostenerse. ¿Acaso puedes presentarte ante un tribunal después de matar a alguien y decir?: “Así me dio la gana, así lo quise” No. Nadie lo aceptará. La libertad no es eso.

La libertad no significa descontrol o desmán. La verdadera libertad consiste en que puedes hacer el mal, pero no debes hacerlo. Por tanto, cuando Dios nos concede la libertad, lo hace para que tenga valor aquello que libremente escojamos seguir: la virtud, la santidad. Y así, al ejercer nuestra libertad correctamente, podamos ser elogiados y coronados por Él.

Deberemos entender lo que nos dice el apóstol Pablo en la primera epístola a los Corintios: “todo me está permitido, pero no todo me conviene”. Esta frase resume el sentido profundo de la libertad. No todo lo que puedo hacer es verdaderamente libertad; lo que me conviene, lo que edifica y me conduce al bien, eso es lo que constituye la libertad auténtica.

La prueba de que debemos reconsiderar nuestra percepción de la libertad es la misma existencia del infierno. Porque Dios nos dice: “Si quieres, puedes pecar, pero no te interesa.” Si pecas, te haces daño, te castigas a ti mismo. Por eso hay sanciones, consecuencias, porque has malinterpretado tu libertad.

Además, esta comprensión de la libertad ha sido reconocida no solo por pueblos cristianos, sino también por sociedades no cristianas a lo largo de la historia. Encontradme en el mundo antiguo, en la historia de los pueblos, un caso donde exista el desmadre como ideal de libertad. No lo hallaréis. Porque incluso fuera del cristianismo, las civilizaciones han entendido que la libertad sin responsabilidad no puede sostenerse.

Así pues, recordémoslo: daremos cuentas a Dios. Porque no fuimos creados para hacer lo que queramos sin consecuencias, sino para escoger libremente el bien, en comunión con Él.

  1. ¿Con las condiciones actuales el hombre está libre?

(7. 13´30´´) Hijos míos, debemos entender esto de una vez por todas: las condiciones de una época no determinan la existencia ni el ejercicio de la libre voluntad. La pregunta que debemos hacernos no es si las circunstancias permiten la libertad, sino si yo quiero o no quiero actuar libremente, ¿estoy libre? Esa es la verdadera cuestión.

Es cierto que el tema de la libertad ha preocupado siempre al ser humano, especialmente a la filosofía. Pero cuando preguntamos si en las condiciones actuales el hombre tiene libre voluntad, la respuesta es clara: sí, porque la voluntad libre no depende de las condiciones externas, sino de lo que cada uno lleva dentro, como don o donación de Dios.

Las condiciones de vida de una época nunca pueden determinar la libertad de la voluntad. ¿Por qué? Porque la libertad de la voluntad es un elemento que le ha sido dado a cada ser humano en su condición de “imagen de Dios”, como un don o regalo de Dios.

Por ejemplo, es como tener dos manos. Hay dos elementos fundamentales que constituyen la «imagen de Dios» en nosotros: la lógica y la libertad.

Decidme, ¿acaso la lógica cambia de una época a otra? ¿O podríamos decir que en cierta época las personas nacen con una sola mano? Tener dos manos es un don de Dios. Del mismo modo, también es un don divino nacer con lógica y con libertad.

Esto es fundamental. Por lo tanto, no puedo decir que en ciertas épocas no tengo libertad de voluntad. Incluso en la terrible época del anticristo -que ha de venir, pero que también está viniendo constantemente y en la cual ya estamos inmersos en cierto modo-, la libertad de la voluntad sigue teniendo su lógica y sentido. Nadie puede decir: “Me forzó el anticristo, ¿qué podía hacer?”. No. Siempre puedes decir “no”. Es decir, la libertad de la voluntad permanece. Lo que cambia con el tiempo es que, en cada época, se vuelve a plantear la pregunta: ¿el ser humano es verdaderamente libre? Y esta búsqueda suele hacerse desde la psicología y la filosofía. Por eso también surge esta pregunta en el estudiante.

Es decir, si me han entendido, el Logos de Dios nos enseña que somos libres dondequiera que estemos. Ya sea en medio del mar Mediterráneo en plena tormenta, como Jonás, cuando dijo que lo arrojaran al mar para calmar la tempestad; ya sea dentro del vientre del gran pez: estés donde estés, puedes decir con certeza: “Soy libre”. Esto lo afirma claramente la Santa Escritura.

Pero cuando el ser humano deja de ocuparse del Logos de Dios en la Sagrada Escritura y se dedica exclusivamente a la psicología y la filosofía, entonces, en cada época surge una nueva interpretación, y unas veces se dice una cosa, otras veces otra. Y así, el pobre y desgraciado hombre se tambalea, preguntándose: “¿Existe o no existe la libertad de la voluntad?”.

Por eso. Hijos míos, nosotros somos cristianos, no acudiremos a las conclusiones de la psicología ni de la filosofía, sino al Logos de Dios, que afirma claramente que somos libres en cualquier época y en cualquier circunstancia.

Entended bien esto y tened cuidado con los diversos mensajes y discursos que intentan redefinir la libertad de la voluntad.

Aquello que debemos recalcar especialmente, es que nuestra época, ciertamente, es catalizadora, es decir, acelera los procesos y nos pone a prueba, por lo que necesitamos una voluntad fortalecida. Y aquí viene una verdad amarga: la voluntad de muchos cristianos no está fortalecida porque no viven una auténtica vida cristiana. Por eso, nuestra voluntad debe fortalecerse. Y esa fortaleza solo viene de la vida espiritual. Esto en cuanto a la pregunta.

  1. Qué es lo que lleva y continúa llevando al hombre lejos de Dios

(7,1) Haré una pequeña conclusión, porque ayer hablamos sobre este tema. Resumiendo, como respuesta a la pregunta, diría que hay tres cosas que hacen que el hombre continúe lejos de Dios.

Lo primero es su propia voluntad. Pensad en cuán importante es esto. Basta con recordar que los primeros en ser creados, en el paraíso, se guiaron por su propia voluntad. Dios les dijo: “No comeréis de este fruto”. Pero ellos siguieron su propia voluntad.

Por eso, dentro del cristianismo -si queréis-, eso es exactamente lo que se trabaja: el esfuerzo y la lucha contra nuestra propia voluntad. ¿Y qué significa eso? Tener obediencia. ¿Pero obediencia a quién? A Dios.

Lo dice el Dios. ¿Por qué ayunaré hoy? Porque lo dice el Dios. Me lo dice por medio de la Santa Escritura y mediante la Iglesia. Puesto que me lo manda el Dios hago obediencia. Desde el momento que vivo la obediencia estoy cerca de Dios.

Por eso dice el apóstol Pablo sobre Jesús Cristo, el cual es el Nuevo Adán, es la medida o modelo que nosotros debemos aspirar y llegar, Jesús Cristo es el criterio del hombre verdadero, dice: “”Se hizo obediente hasta la muerte y muerte por la cruz. Obediente, ¿veis? Obedeció hasta la muerte. Y especialmente, qué muerte: una muerte cruciforme. Exactamente por esta razón, si queréis que no nos marchemos ni nos alejemos nunca de Dios, debemos vivir con obediencia, obediencia a la voluntad de Dios.

El segundo punto es la fascinación y atractivo del logos humano. Logos (lógica) humano quiere decir el racionalismo humano, esto que mi cerebro, mi mente me dice y me informa. Esto tiene mucho encanto, atracción y fascinación. Es, ¿cómo decíroslo? Espero que os acordéis de esto a lo largo de vuestra vida: la lógica humana tiene un gran poder de seducción y encanto, el hombre siente como si tuviera un arma, y no acepta nada más allá de lo que su propio cerebro y entendimiento humano puede comprender.

Obviamente, es cierto que hemos desarrollado la ciencia, la filosofía, y muchas otras cosas, pero finalmente, este encanto, esta fascinación, este encanto, nos hunde.

El tercer punto es la magia de autozéosis o autodeificación. Es como aquel caso en que, una vez que se dio el permiso para que las chicas fueran al colegio sin la bata escolar, al día siguiente muy pocas fueron con ella puesta. La chica sintió la magia de liberarse de aquello que se le imponía y ponerse lo que ella quería. Rechazó lo anterior y eligió lo suyo. Así también, el hombre rechaza y expulsa la zéosis divinización, deificación que Dios le ofrece, y se siente atraído por la magia de hacerse dios por sí mismo. Dice: “Yo quiero hacerme Dios por mí solo. Dios, no te necesito. Hasta te niego. No me haces falta. Yo soy mi propio dios. Yo seré lo que yo quiera ser”.

Estas tres cosas, pues, hijos míos, son las que alejan al hombre de Dios. Es decir, la voluntad propia, el encanto del logos humano y la magia de la auto-zéosis o autodeificación.

¿Pero sabéis qué ocurre al final? El hombre acaba como el herido de la parábola del Buen Samaritano: Tirado, herido, despojado, medio muerto a un lado del camino. Así termina el hombre.

Y entonces, viene aquel a quien el hombre había negado: el Dios hecho hombre, y le ofrece ahora la obediencia; no el logos humano, sino el Logos divino, que es la segunda Persona-Hipóstasis de la Santa Trinidad, es decir, Dios mismo, y le dice: “Yo te deificaré.” Lo sube en su animal de carga y lo lleva a la posada, el hospital que es la Iglesia, para que allí sea sanado con el aceite y el vino, con los Misterios, con la Jaris (gracia) increada y la Misericordia increada de Dios. Allí es donde finalmente resurge el hombre.

Tenía un amigo que vivía -y desgraciadamente aún medio vive- en los senderos del racionalismo. Hace unos años me envió una carta donde compartía un monólogo suyo, una especie de oración dirigida a Dios, como una descarga de rabia o un estallido del alma. Decía: “Dios mío, cógeme de la oreja y llévame cerca de Ti para salvarme de estos caminos del racionalismo.” Quería salvarse, sentía que se ahogaba… pero aún no lo ha conseguido, y han pasado casi veinticinco años.

Es algo terrible cuando el hombre, en el fondo de su ser, quiere permanecer en esa condición.

Podríais preguntarme: “¿Por qué no se ha liberado aún?”

Pues bien, queremos y no queremos, es algo curioso y profundamente humano. Atención, lo veréis.

Es como cuando decimos que no queremos comer el dulce que preparó nuestra madre, pero sólo lo pensamos después de haberlo comido. No debimos hacerlo, pero no pudimos resistirnos. Estábamos delante de la nevera, y se nos hacía agua la boca.

San Agustín lo expresó de manera muy característica y profundamente psicológica: “Rogaba a Dios que me liberara de mis pasiones (pazos), pero en el fondo de mi ser deseaba que Su intervención tardara, porque amaba mis pazos pasiones.”

Por eso no nos liberamos, porque no hemos odiado a nuestros pazos. Existe una frase en la Santa Escritura que dice: “El que no renuncia, el que no abandona, el que no odia incluso su propia vida, no puede ser mi discípulo.”

Esto quiere decir que debemos adquirir un rechazo profundo hacia ese “yo” deseante, ese yo interior que se esconde en lo más profundo de nuestro ser, en el núcleo de nuestra psique-alma y personalidad.

Ese antiguo yo pasional, vicioso, enfermo y patético, debemos odiarlo, rechazarlo. De otro modo, no podemos sanarnos, ni podemos liberarnos.

El Yérontas Mitilineos Copyright: Monasterio Komnineon de “Dormición de la Zeotocos” y “san Demetrio” 40007 Stomion, Larisa, Fax y Tel: 0030. 24950.91220

Fuente: https://arnion.gr/https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/pantiseis-pori-n 

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

¿Qué es αγάπη agapi-amor?

Χριστός ἀνέστη! amigos en CristoDios estoy repasando las traducciones en preguntas y respuestas e iré poniendo  cada tema por separado aquí en esta categoría…Χάρις!!!

 

Preguntas y respuestas

Yérontas A. Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo

Prólogo

[Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes.]

Quisiera deciros que el propósito de este diálogo de preguntas y respuestas es contribuir a la formación y al crecimiento en la vida espiritual. Porque principalmente las preguntas dudosas se refieren a temas espirituales y generalmente de carácter espiritual, es decir, cómo podremos encontrar nuestro camino y el modo adecuado de vivir nuestra vida espiritual en Espíritu Santo, es decir, adquirir el Espíritu Santo con su energía increada Χάρις Jaris Gracia.

Vida espiritual no significa ni se refiere a la vida del espíritu humano, sino la vida del Espíritu Santo en el ser humano. Es decir, vivo espiritualmente significa que vivo la presencia y comunión continua del Espíritu Santo con Su increada Χάρις Jaris Gracia. Esa es la verdadera vida espiritual. Esto es el todo.

El Dios nos ha dado la apocálipsis, revelación y nos ha dado también la ciencia, es decir, la gnosis/conocimiento natural. Por eso, ¿pueden confundirse o mezclarse alguna vez estos dos caminos? ¿Es posible? La respuesta es no. Si llegaran a mezclarse, significaría que algo no está bien en el funcionamiento de nuestra mente.

Apocálipsis significa revelación, y no depende del logos humano para encontrar la verdad, sino el Logos divino e increado, es decir, es el Dios mismo quien me apocalipta-revela la verdad, al νούς (nus: espíritu de la psique-alma) es decir, en el corazón el centro espiritual del ser humano.

Total 114 preguntas.

  1. ΑΓΑΠΗ AGAPI Amor increado, incondicional y desinteresado
  2. La doble dimensión de la agapi. San Pablo en Atenas (Hechos 17,26)
  3. ¿Cómo se manifiesta la agapi al prójimo y cómo cuando el otro no es tan creyente como nosotros?
  4. El cristiano ama al cosmos-mundo, pero, ¿en qué exigencias del mundo debe decir los grandes no?
  5. Agapi y libertad en Cristo

“Ὁ θεός γάπη στίν (O zeós agápi estín), Dios es agapi-amor (1Jn 4,8)”

[ΑΓΑΠΗ AGAPI Amor increado y desinteresado: Según nuestro léxico heleno-ortodoxo, la Agapi es la forma más elevada del amor: un amor increado y desinteresado, que no nace del hombre, sino que tiene como única fuente a Dios. Es, de hecho, la emoción de la energía increada superior de la Χάρις Jaris (Gracia). Como afirma la Escritura: “Porque la Agapi proviene de Dios” (1 Jn 4,7). Dicen los Santos Padres Ortodoxos: Nadie puede conocer la increada agapi como energía increada de Dios si no es por medio de la energía increada Jaris del Espíritu Santo. El propósito de la “psicoterapia” de la Iglesia Ortodoxa consiste en transformar, mediante la continua μετανοια metanía y la confesión, la φιλαυτία (filaftía: egolatría) -amor creado, mezquino y enfermizo dirigido al propio yo- en la divina y desinteresada agapi de Dios. Esta comprende tres estadios: catarsis, iluminación y θέωσις (zéosis: divinización, glorificación).

Dios creó al cosmos (mundo y adorno, ornamento) de la nada, libremente sin ninguna necesidad y por agapi. No sólo creó al cosmos, mundo, sino que lo mantiene con Sus energías increadas. Para nosotros los Ortodoxos Dios es el gran Presente y para los occidentales es el gran ausente, ya que ignoran la existencia de las energías increadas, “la mayor de ellas la agapi” (Cor. 12,13). Es preciso aclarar que en el helénico-griego “agapi” no designa ni los ágapes festivos (banquetes) ni la “caridad” puesto que, en helénico, caridad es φιλανθρωπία (filanzropía) o ευσπλαχνία (efsplajnía).]

  1. Pregunta ¿Qué es αγάπη agapi-amor?

(4,1´) En principio el hombre no es fuente de la Agapi, como tampoco es fuente de otras cosas. Atención, quizás algunos puntos os pueden clarificar lo que es la agapi, porque los occidentales malinterpretan mucho este tema y lo confunden con la praxis de la caridad. El hombre no tiene luz propia como la luna que recibe su luz del sol. De igual modo, el hombre recibe únicamente de Dios todas estas cualidades importantes y estas, como veremos más abajo, se llaman energías increadas de Dios. La fuente, pues, de la agapi es el Dios.

San Isaac el Sirio, en su Logos 33, dice: “La agapi tiene como causa a Dios, es una fuente que siempre emana y fluye y jamás sus corrientes cesan, ni se cortan, porque Dios es la única fuente de Agapi, y Él mismo es su energía y esencia inagotable.”

Cuando san Juan el Evangelista escribe: “El Dios es agapi” (1Jn 5,8). Está claro que no se refiere a la esencia de Dios (en el sentido que se nos apocalipte-revele la esencia de Dios, que permanece inaccesible e inefable para el ser humano), sino que la agapi es una energía increada de Dios. Por tanto, la fuente de la agapi es el Dios. Ahora bien, las energías divinas —emanaciones de Su esencia— son también increadas al igual que lo es la esencia misma.  Atención a este punto, pues es fundamental. Cada energía de Dios es increada, así como Su esencia es increada, el Dios es increado, por decirlo de una manera simple, Dios no fue hecho ni creado por nadie, es autoexistente, increado, no nacido. Su esencia, pues, es eterna, perpetua, sin principio ni fin, algo inconcebible, imposible de captar, percibir o comprender. Cuando más profundiza y medita uno sobre esto más vértigo le da. Así también sus energías son increadas, no creadas. Atención a este punto, los heterodoxos occidentales y los herejes sobre esto tienen mucha confusión, no distinguen entre lo increado y lo creado.

Para entenderlo de alguna manera, os daré un ejemplo. Como el sol es una masa candente —esa masa sería la analogía de la esencia de Dios—, a la vez emite luz y calor que se difunden en el ambiente: esto sería la analogía de las energías de Dios. Esta luz que llega a la tierra comienza y proviene desde sol, está claro, y es de la misma esencia del sol. Por lo tanto, lo que está en el sol también está, por analogía, en Dios.  Las energías de Dios comienzan, proceden de la esencia de Dios y como la esencia es increada, las energías también son increadas.

Una de las energías de Dios es la agapi-amor. Tenemos muchas energías, la creativa, la cohesiva, la crecedera, la sapiencial, la catártica o sanadora, la iluminadora, etc. Ahora bien, la energía increada de Dios, como la radiación del sol, se derrama por todas partes, también sobre los corazones humanos. ¿Y qué ocurre entonces? Cuando la energía increada del rayo de la agapi de Dios cae en un corazón, entonces este -desde su misma creación- posee una facultad o cualidad en su constitución semejante a un espejo. Igual que un rayo del sol cae y se refleja, vuelve otra vez hacia su origen; de igual modo cuando la agapi divina toca mi corazón, entonces yo correspondo y empiezo a amar a Dios. Así que, yo no soy la fuente de la agapi, la fuente de la agapi es el Dios, y yo sólo correspondo. Pero me diréis, ¿por qué existen hombres que aman a Dios y otros no? Sencillamente —como dice san Teófilo de Antioquía—, depende del estado del espejo del corazón. Si el espejo de tu corazón está cubierto de suciedad, virus u óxido, ¿entonces cómo este espejo podrá reflejar la luz? Es imposible. Ese «óxido o virus » del corazón son los pazos (pasiones, vicios) y los pecados. Cuando, pues, yo entro en la región de los pazos, del egoísmo, del interés propio, de mi vanagloria, etc., entonces mi corazón ya no está en situación de reflejar la energía increada de Dios, que es Su agapi-amor increada. ¿Y qué sucede? Que no amo. Para amar, ¿qué debo hacer? Empezar a limpiar, hacer la catarsis y sanar mi corazón. Por eso los santos Padres cuando hablan de un “corazón sano y puro”, se refieren a la agapi que es fruto de la catarsis. 8´

Cuando los Padres dicen: “corazón sano, puro”, se refieren a la agapi-amor. Desde el momento que hago la catarsis del corazón inmediatamente empiezo a amar. Porque no olviden que hay formas de agapis-amores enfermizas y también pecaminosas.

Cuando, por ejemplo, un joven exige de su madre una agapi que se exprese en constantes besos, caricias y abrazos, esto es una agapi enfermiza. Si, por otro lado, busco la agapi en los pecados carnales, no se trata de una agapi enferma, sino pecaminosa. Por lo tanto, tengo que distinguir, saber y reconocer cuál es la agapi-amor pura, limpia y sana. Esto solo puede lograrse cuando el corazón haya hecho la catarsis, ha sido purgado, limpiado y sanado. El criterio de la auténtica agapi —pura, verdadera, sanadora y salvadora— es precisamente la catarsis del corazón. No lo olvidemos.

Por eso tenemos que practicar ascesis, (ejercicio espiritual ortodoxo) para purgar, limpiar y sanar nuestro corazón. Por ejemplo, si vuestro guía espiritual os dice: “No veas televisión”, ¿por qué lo hace? Porque de lo contrario, no harás catarsis, no purgarás ni sanarás el corazón. O si te dice: “No escuches palabras sucias”, es por la misma razón, no sanarás nunca tu corazón. Algunos replican: “Sí, pero no cometo praxis, actos pecaminosos”. Pero llegará el día en que los cometerás. Si no limpias ni purificas ni sanas el corazón, ¿de qué sirve no cometer actos pecaminosos? No hay ningún beneficio con decir que no hago praxis pecaminosas. El beneficio no está solo en evitar actos, sino en alcanzar la pureza interior. Debo tener pureza del corazón. Que lo entendamos bien esto.

La pureza del corazón tiene un aspecto positivo (lo que debo hacer) y otro negativo (lo que debo evitar). Pero este es un tema amplio, propio de largas homilías.

Sobre la auténtica agapi os emplazo y sugiero que leáis el “logos 81” de san Isaac el Sirio. Considero que es uno de los más hermosos dentro de su obra.

Os diré en resumen las características de la auténtica y verdadera agapi:

La cima de la agapi es asemejarnos a la agapi de Dios. Por eso tengamos cuidado, no busquemos la agapi en cosas bajas o sucias impuras, vayamos directamente a lo alto, a la cima, sabiendo que debemos “psicoterapiar”, limpiar y sanar nuestro corazón para amar correctamente y corresponder a la fuente de la agapi, que es el Dios. Muchas veces vemos, sobre todo en mujeres, que dicen: “Quiero que me amen y que me lo demuestren”. ¿Por qué deseas que te amen? ¿No ves que eso te convierte en egocéntrica? Por lo tanto, no es solo desear que te amen, sino también que te lo manifiesten y demuestren, y eso es egoísmo. Esfuérzate en amar, y entonces comprenderás qué es la agapi, sabrás cómo entenderla correctamente, cómo posicionarte y evitar caer en formas enfermizas

Además, la agapi tiene que corresponder a la comprensión, a la emoción y a la voluntad. Cuidado, la agapi no es un fruto del corazón, es un fruto del hombre entero. Acordaos el primer mandamiento qué dice: “Amarás al Señor tu Dios con toda tu psique, con tu diania (mente, cerebro) entera, con todo tu corazón y con toda la fuerza de tu voluntad”.

Esto quiere decir que debo amar a Dios con mi mente, mi entendimiento, saber por qué lo amo- con mi corazón-, es decir, con mi afectividad mi emoción; y también con mi voluntad, es decir actuar y corresponder adecuadamente a la agapi de Dios.

La agapi con la diania (mente, intelecto) significa saber por qué amo: sé que Dios me ha dado la existencia, que creó el universo por mí, que se hizo hombre por mí, que me regala su energía increada y me deifica. es cuando sé porque amo, sé que Dios me ha traído en la existencia, sé que Dios hizo el universo para mí, sé que Dios se hizo hombre para mí, sé que Dios me regala una realeza (energía increada) y me diviniza, glorifica o deifica, etc. Si entiendo esto, entonces le amo con toda mi diania (mente sin lugar para la duda), no debe de haber ni una esquinita en la mente que tenga opinión contraria, sino que sepa que tiene que amar a Dios totalmente.

Después con mi emoción o corazón entero no en trocitos; y con toda la fuerza de mi voluntad, porque cuando amo correspondo; es la voluntad la que me lleva a corresponder a la agapi de Dios.

Así se alcanza la agapi correcta, la que hace feliz al ser humano y, sobre todo, la agapi que “psicoterapia” sana y salva. Esta es la agapi increada y evangélica.

  1. La doble dimensión de la agapi. San Pablo en Atenas (Hechos 17,26)

“Dios hizo, de una sola sangre, a los hombres de todas las naciones que habitan sobre la tierra, determinando los tiempos y las fronteras de sus casas y patrias” (Hec 17,26). Es decir, de una sola pareja humana, para que habiten toda la tierra.

Todos los hombres, de todas las épocas, somos hermanos. Esta verdad, que la filosofía aún no ha descubierto ni asumido plenamente, necesita sernos revelada-apocaliptada constantemente. Desgraciadamente los hombres no hemos podido ni sabido acercarnos a esta verdad.

Ya dijimos la otra vez que los seres humanos proceden y existen de una misma sangre y aquí se manifiesta una doble dimensión de hermandad: una en Adán y otra en Cristo Jesús. Por un lado, está la dimensión biológica, que nos une por nuestra naturaleza común, heredada de Adán y por eso somos hermanos, descendientes todos de una sola pareja. Por otro lado, está la dimensión espiritual, que se da en nuestra unión con la persona teantrópina (divino-humana) de nuestro Señor Jesús Cristo, quien nos une por Su Cuerpo y Sangre.

Ahora somos miembros del cuerpo del Cristo; Él nos ha incorporado a su Cuerpo. Atención: nos ha incorporado Él, no nosotros a Él.  El Cristo no se hace cuerpo nuestro, sino que nos hacemos Cuerpo Suyo. Esto tiene mucha importancia. Por lo tanto, todos nos encontramos como miembros orgánicos de un mismo cuerpo: el Cuerpo de Cristo. Por consiguiente, aquí tenemos una hermandad, es nuestra segunda hermandad en Cristo. Y el parentesco biológico es obligatorio. No puede un humano venir de un animal, sin duda tiene que nacer de humanos. Forzosamente, pues, somos hermanos, descendientes de Adán y Eva.

Pero el otro parentesco en Cristo Jesús es fruto de nuestra libre voluntad, predisposición y de la fe. La fe nos introduce en la familia de Dios. Si creemos, pues, como Dios manda en Cristo todos, y participamos del Cuerpo y la Sangre del Señor, entonces entramos en una nueva hermandad, espiritual. Así pues, vemos que aquí tenemos una doble dimensión de hermandad, y, en consecuencia, una doble dimensión de agapi (amor). Y la agapi naturalmente tiene esta doble dimensión. Porque, ¿qué es la agapi? Es el vínculo o elemento que responde y corresponde a una unidad existente, a una relación de hermandad. Por eso, existe una agapi natural, que proviene de nuestra dimensión biológica; y una agapi espiritual, que nace de nuestra incorporación al Cuerpo de Cristo.

Así que agapi natural es la que existe entre una madre y su hijo, como descendientes de Adán. Y la otra agapi la espiritual tiene su origen en Cristo: así como amo mi mano o mi pie por ser parte de mí, así debo amar al otro cristiano como a mí mismo, porque es miembro del mismo Cuerpo de Cristo.

Permítanme hacer aquí un breve paréntesis. El Señor nos llamó a trascender nuestra dimensión natural y encontrarnos en la sobrenatural. Dijo lo siguiente: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10,37); esta es una agapi natural. Para amar verdaderamente a Cristo, debemos superar incluso la agapi biológica. Si uno no llega ni siquiera a este nivel, está por debajo de los animales, que sí tienen amor natural hacia sus crías. Todos los animales hembra aman a sus hijos, ¿qué animal hembra no ama a sus hijos? No digo los masculinos, porque muchas veces, Dios así lo hizo para dar una variedad de imagen de sociabilidad. Incluso hay animales machos que cuidan sus hijitos, por ejemplo, las golondrinas, las aves, y otros muchos. Pero hay unos animales que los machos no aman a los hijos, como son los gatos o los conejos machos, estrangulan a sus hijos, porque no quieren ser sustituidos por ellos. Pero así lo hizo Dios, los animales no cometen ningún crimen, simplemente Dios de distintas maneras nos enseña cuál debe ser nuestra dimensión social, en principio la biológica y después la espiritual. Y cierro este paréntesis.

Quería decir, pues, que, para amar verdaderamente a mi padre y a mi madre, debo superar, trascender, la agapi biológica; solo entonces los amaré de verdad. Si no me quedo en el plano superficial del “me amas, te amo” o “te amo, me amas”, sino que procuro sinceramente la salvación de mi padre y de mi madre, entonces, sin duda, habré superado la agapi biológica y me habré adentrado en el espacio de la agapi en Cristo. Entonces, no solo se ama, sino que se procura la salvación del otro, lo cual es signo de una agapi auténtica y elevada.

Sin embargo, independientemente de esta diferencia, seguimos siendo hermanos. Es algo que todavía no hemos descubierto plenamente, y hay personas que aún lo ignoran. Los atenienses, por ejemplo, no lo conocían. En la Atenas de aquella época, se creía que los dioses de cada lugar o ciudad eran los creadores de los hombres. Incluso hoy en día, esta percepción persiste en muchos.

Pero ahora sabemos que todos los hombres somos hermanos, y esto se evidencia en nuestras características humanas comunes. En cualquier parte de la tierra que vayamos, reconocemos al otro como humano, igual que nosotros. Desde esta doble hermandad —en Adán y en Cristo—, ¿cómo se puede justificar la guerra entre los hombres? Es algo insensato y aberrante, una barbarie, una cosa incomprensible y paranoica. Realmente, la guerra es una locura; no se justifica por ningún motivo. Otra cosa, sin embargo, es cuando, como pueblo, debo defenderme de otros hombres que vienen a atacarnos: en ese caso, no me rendiré, y si el agresor tiene malas intenciones contra mi gente, no le diré: “Haz conmigo lo que quieras”.

(11,30) Caín al matar a su hermano Abel, cometió el acto más absurdo posible dentro de la creación, tanto física como espiritualmente. Así también, la muerte misma es el fenómeno más paradójico del mundo creado: es como un disparo en medio de un concierto. ¿Por qué? Porque la muerte es la gran caricatura dentro de la creación.

Sin embargo, cuando comprendemos que la muerte no fue hecha por Dios, sino que fue introducida como consecuencia de una mala elección del ser humano, entonces queda claro que el hombre -y no Dios- es el responsable de la muerte. De modo similar, la guerra es una caricatura dentro de la sociedad humana: es el acto más absurdo y paradójico. No es Dios quien hace la guerra, sino los hombres entre sí.

La afirmación de Pablo de que “todos somos de una sola sangre” cobra pleno sentido cuando los atenienses, al convertirse posteriormente en cristianos, pueden también comprender la segunda dimensión de esta verdad. Si se llega a entender esta tesis de Pablo, adquiere una importancia inmensa y fundamental para el mantenimiento de la paz entre los hombres y las naciones. Incluso la enemistad entre vecinos resulta algo absurdo, insensato y antinatural.

Es una verdad que descendemos todos de una sola pareja, una verdad que nos revela el Antiguo Testamento y que se renueva en el Nuevo, adquiriendo así una nueva dimensión: la hermandad en Cristo. El Antiguo Testamento nos enseña que todos los hombres descienden de una pareja humana, Adán y Eva. Lo más sorprendente es que Eva no fue creada de la misma manera que Adán. Es decir, mientras que Adán fue formado del χούν (tierra especial), con elementos especialmente dispuestos por Dios, Eva no fue creada directamente de la tierra, sino que procede de Adán. Solo Adán proviene de la tierra. Incluso si Eva también hubiese sido formada de la tierra, compartirían un punto de referencia común, el símbolo de su origen terrenal. Sin embargo, el hecho de que Eva provenga de Adán establece un parentesco tan estrecho, tan profundo, que puede entenderse más allá del parentesco mismo: se trata de una identidad. Adán es igual a Eva, y Eva es igual a Adán.

Esta tesis se confirma claramente en el parentesco que se da en el matrimonio. Nos preguntamos: ¿cuál es el parentesco entre los hijos y los padres? Decimos que es de primer grado. Si el padre tiene con su hijo un parentesco de primer grado, lo mismo ocurre con la madre. Pero, ¿cuál es el parentesco entre el hombre y la mujer, es decir, entre los cónyuges? No hay un parentesco como tal, hay algo más profundo: hay identidad. La misma palabra “parentesco” indica cercanía, afinidad de origen o especie. En este caso no se trata de un grado de parentesco, sino de lo que podríamos llamar un “parentesco cero”; no en el sentido de ausencia de vínculo, sino en el sentido de una identificación plena. Si digo “el hombre”, también digo “la mujer”; y si digo “la mujer”, digo también “el hombre”. “Y serán los dos una sola σάρξ (sarx: carne-cuerpo)” (Gén 2,24). Si el hombre y la mujer llegan a ser una sola sarx, ¿podéis decirme qué parentesco tiene mi mano derecha con la izquierda? Ninguno. No hay parentesco, hay identidad, porque ambas manos forman parte del mismo cuerpo, del mismo organismo. Del mismo modo, el hombre y la mujer forman juntos un solo organismo; no son dos seres separados. ¿Dónde se ve esto claramente? En el hijo. El hijo no es únicamente del padre, ni solamente de la madre, sino de ambos. La presencia del hijo revela de forma tangible esta unión profunda entre el hombre y la mujer. Esto es algo verdaderamente muy importante, asombroso.

Perdonadme por extenderme un poco en el tema; no importa, es para que aprendáis algunas cosas más. Ahora pensad en otra cuestión: antes hablábamos de la guerra, y cuando esta guerra se da entre los cónyuges y desemboca en divorcio, se trata de algo inconcebible, incomprensible. Pues sí, así de incomprensible es. ¿Acaso puedes cortarte a ti mismo y colocar una parte aquí y otra allá? Eso es lo que ocurre con el matrimonio. El matrimonio no se puede separar, la unión conyugal no se puede romper. No se debe hacer. Y más aún, porque se trata de un Misterio, de un Sacramento. San Pablo dice: “Es un gran misterio la boda”. Por eso, aunque exista una dimensión física o natural, sobre todo existe una dimensión espiritual. Porque el matrimonio es un misterio, una “imagen” o “ícono” del misterio de Cristo y la Iglesia. ¿Qué es la Iglesia? El cuerpo de Cristo. ¿Y puede Cristo, que ha asumido la naturaleza humana y se ha unido a la Iglesia, separarse de su naturaleza divina? Nunca, jamás. La naturaleza divina no se separa de la humana por los siglos de los siglos. ¿Cómo, entonces, aquello que representa este gran misterio del matrimonio puede acabar en divorcio? Ni lo penséis. Los cónyuges deben tener paciencia cuando las cosas no van bien. Pero, ¿por qué no puede haber comprensión suficiente como para que el egoísmo se aparte? ¿Por qué? Me diréis: porque no llevan una vida cristiana, porque no están cerca de la Iglesia. Y por eso falta esa comprensión y ese sentido común.

Eso fue un largo paréntesis. Retomo lo principal: Adán y Eva, y todos los hombres que descendemos de ellos, somos hermanos.

  1. ¿Cómo se manifiesta la agapi al prójimo y cómo cuando el otro no es tan creyente como nosotros?

(30, 25´) Esta cuestión no se juzga según si el otro es creyente o no. Porque existen dos condiciones fundamentales.

La primera condición es que el otro ser humano -sea quien sea, de cualquier color, en cualquier situación moral, creyente o no, niño o adulto, sano o enfermo, incluso un recién nacido- es icona/imagen de Dios en dinami (en potencia y en energía), tal como Dios creó a Adán en el principio. Por lo tanto, el otro humano es icona/imagen de Dios, al igual que yo también lo soy. Además, soy ομοούσιος (homoúsios), es decir, de la misma esencia que él.

La segunda condición es que Cristo murió también por ese hombre. Por eso tengo dos fundamentos que me llevan a una relación profunda y cercana con cualquier otro ser humano.

El primero, de dimensión natural, es que el otro es icona/imagen de Dios. El segundo, sobre todo cuando el otro es cristiano en dinami (potencia y energía), es que compartimos una misma sangre, la sangre de Cristo.  Digo “misma sangre” porque tanto él como yo comulgamos del mismo Cuerpo y Sangre de Cristo.

Y si aún no es creyente, como Cristo también murió por él, entonces ese hombre tiene la posibilidad de acercarse a Dios y salvarse.

Estas dos condiciones fundamentales son las que me obligan a valorar y amar al otro hombre.

Queridos míos, el verdadero humanismo cristiano comienza aquí.

Todos esos otros humanismos nacidos de sistemas filosóficos y corrientes ideológicas, etc., carecen de fundamento sólido. Son cosas inútiles si no parten de estas verdades.

Pero debo deciros que, cuando valoro y estimo al otro ser humano, entonces me preocuparé de sus necesidades materiales y, sobre todo, por sus necesidades espirituales. Solo os recuerdo la parábola del buen samaritano. ¿Qué hizo el buen samaritano? ¿Se preguntó o investigó quién era el enfermo? El Cristo puso intencionalmente a un samaritano como ejemplo, porque judíos y samaritanos no se toleraban entre sí, no se podían ni ver. Y la respuesta es bellísima. ¿Qué hizo el samaritano? Lo recogió, le curó las heridas sin hacerle discursos, lo subió a su montura, lo llevó a una hospedería y dejó dos denarios.

Como estamos interpretando la Escritura, esos dos denarios representan el Logos de Dios y los Misterios de la Iglesia, a través de los cuales puede sanar y recuperarse el herido y enfermo.

¿Lo veis? Curar heridas significa cubrir tanto las necesidades físicas como las espirituales.

La parábola del buen samaritano nos da la medida. Siempre si mantenemos siempre esta imagen ante nuestros ojos —es decir, que el otro es imagen de Dios y que por él también murió Cristo—, entonces, hijos míos, viviremos con el corazón bien dispuesto hacia el prójimo. Amín.

  1. El cristiano ama al cosmos-mundo, pero, ¿en qué exigencias del mundo debe decir los grandes no?

[En nuestro léxico heleno-ortodoxo. Κόσμος kosmos mundo: el verbo es κοσμώ (kosmó) adornar, ornamentar. Esto nos muestra que el mundo es, en su origen, un adorno, una belleza, una obra decorativa creada por Dios para sí mismo, como expresión de Su doxa-gloria. Sin embargo, en muchos pasajes del Nuevo Testamento, el término kosmos no se refiere ya al mundo como creación buena, sino a una realidad caída: a la conducta carnal, a los deseos maliciosos, y al comportamiento arrogante de los hombres sometidos al diablo (1 Jn 2,16). En este sentido, el kosmos representa una forma de vida dominada por los pazos parciales, un manojo de pazos y deseos desordenados. Kósmico, mundano, término contenido en las pasiones, pazos, el «sentido del cuerpo» deformado, la moral mundana, cósmica y «las cosas que pertenecen en este mundo vanidoso». Según san Máximo el Confesor: “Cosmos llama la Escritura a las cosas materiales de este mundo, y cósmicos, mundanos son los que se ocupan con el nus y la mente de estas”.]

 

  1. Es cierto que el cristiano ama al cosmos-mundo. Como también el Dios ama al cosmos. Dice en el Evangelio de san Juan: “3:16 Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo aquel que en él cree no perezca, sino que tenga vida eterna. [3:16. «Porque de tal manera amó Dios a los hombres del mundo hundido al pecado, de modo que entregó, por muerte en la cruz, hasta su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, tenga vida eterna y no sea autocondenado a la perdición eterna».]

Así, pues, ya que el Dios ama al mundo, también el cristiano está llamado a amarlo. Pero atención, el cristiano ama al mundo en un sentido ético y espiritual, no mundano.  Ama a las personas —a los seres humanos como hipóstasis, como existencias únicas e irrepetibles—, porque cada uno es icona/imagen viva de Dios. Lo que no ama el cristiano son las obras y las prácticas del mundo caído.

Porque la misma Sagrada Escritura nos dice que no amemos las cosas del cosmos-mundo.

El mismo evangelista nos lo advierte en una de sus epístolas, no améis al mundo ni lo que hay en él, porque en el cosmos -en el mundo entendido como sistema alejado de Dios- reina la envidia, los pazos (pasiones desordenadas), la apostasía y el pecado en todas sus formas.

Entonces, ¿cómo se debe amar al cosmos-mundo?

Lo amaré viendo en los hombres la imagen de Dios, como hijos suyos, aunque aún no hayan conocido la salvación. Amaré a los hombres, me acercaré a ellos, y colaboraré con lo que me pidan, siempre que no contravenga la ley de Cristo, ni su conducta evangélica. Porque de otra manera, si yo obedezco al cosmos-mundo, entonces me convertiré yo mismo cosmos-mundo y me mundanizo o secularizo, es decir, no tener miedo decir a los hombres un no, aquí está la clave. Puede que uno te diga por favor necesito que me ayudes. Pues, con mucho gusto. Pero cuidado, todo debe hacerse con humildad, sin buscar reconocimiento y vanagloria.

San Diádoco de Fótica sobre las diez virtudes del camino hacia la zéosis, dice: Humildad auténtica es olvidarme inmediatamente de mis buenas obras”, https://logosortodoxo.es/filocalia/filocalia-tomo-1-san-diadoco-de-fotica-100-capitulos-gnosticos-10-condiciones-para-la-zeosis/ .

Podemos y debemos ayudar al prójimo, pero cuando sus propuestas o deseos son mundanos, ahí no debemos ceder. Debemos ser capaces de decir: “Te quiero, te ayudo… pero no puedo ir donde me llevas.” A este tipo de personas -aunque las amamos- debemos decirles los grandes NO. Nunca debemos caer en la trampa del “acuerdo aparente”, de pensar que un poco de agua al vino no pasa nada, como quien se dice: “Bueno… puedo ser un poco cristiano y un poco mundano”. No. O seré cristiano, o no lo seré. O seré sal con sabor, o me volveré insípido, y seré echado fuera y pisoteado por los hombres, como dijo el Señor. Estamos llamados a ser sal de la tierra y luz del mundo. A vivir dentro del mundo, sí, pero iluminándolo. Por tanto, nunca conciliación con el mundo cuando éste nos aparta de Cristo. Amamos al mundo, pero no hacemos alianza con su pecado. Amín.

  1. Agapi y libertad en Cristo

Juan capítulo 8:31 Jesús decía a los judíos que habían creído en él: «Si permanecéis firmes en la enseñanza de mi logos practicándolo en vuestras vidas, entonces seréis verdaderos discípulos míos,

32 y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.

Por mi enseñanza y por vuestra experiencia personal, conoceréis la verdad y ella os hará libres de la tiranía y la muerte (espiritual) que trae el pecado.»

El que tiene la verdad está realmente libre. Es decir, verdad igual libertad. Pero sabemos que el Cristo dijo: “yoSoy la verdad” (Jn 14,6), entonces, Cristo igual a la verdad y la libertad.

Muchos en nuestra época y en cada época prometen libertad o hablan sobre libertad, pero todos estos engañan y se engañan, en realidad, son esclavitudes disfrazadas, sólo el Cristo es Libertad, la verdadera Libertad.

Como decía san Pedro: “Les prometen la libertad, mientras ellos son esclavos de los pazos y de la corrupción que conduce a la destrucción; porque de aquel pazos por el que uno ha sido vencido, en este pazos se ha esclavizado” (2Ped 2,19). Todos aquellos que promueven una supuesta libertad, entendida como la liberación de principios establecidos o de antiguas tesis y percepciones sobre la ética, afirman hoy que debemos desechar los tabúes para ser verdaderamente libres. Es decir, para ellos ser libres equivale a no tener vergüenza de nada. Actualmente, hemos convertido los conceptos de “libertad” y “desvergüenza” en sinónimos, los hemos identificado erróneamente. Pero llegará el momento en que comprenderán que quienes empujan a los hombres a actuar en nombre de esta falsa libertad son, en realidad, esclavos de la corrupción (o del demonio).

La posición de los Apóstoles Juan y Pedro durante el consejo fue clara: debemos obedecer a Dios antes que a los hombres: “Juzgad si es justo ante Dios obedeceros a vosotros antes que a Él; porque nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hechos 4, 29-30). Este pasaje nos ofrece una medida de comportamiento aplicable a situaciones semejantes.

Sobre esto, tened cuidado, como os he dicho muchas veces, nunca debe faltar la amabilidad. Cuando alguien aprende a valorar correctamente las cosas y sitúa siempre la voluntad de Dios por encima de cualquier otro criterio, entonces, cualquier circunstancia que enfrente puede juzgarla con sabiduría. Incluso si llega a convertirse en mártir, seguirá siendo libre.

¿Por qué?

Porque está dentro de la verdad. Aquel que está en la verdad mantiene su libertad. Es un “libre asediado”, como dice el gran poeta Solomós. Libre asediado: puede que me aten las manos y los pies, puede que me arrojen a una cárcel oscura y húmeda, sin poder ver los rayos del sol ni comunicarme con otros hombres, pero mientras diga la verdad, sigo siendo libre.

No se trata de una libertad entendida como la simple capacidad de mover manos y pies, como hacen los animales o las aves. La libertad no consiste en el movimiento físico, sino en la libertad de la conciencia. Y esta, la libertad de la conciencia, la libertad de la persona–hipóstasis, es algo grandioso.

Es cierto que hoy esta libertad de la persona–hipóstasis casi no existe. Libre es aquel que expresa la voluntad de Dios y no su propia voluntad. Atención a este punto, lo repito: libre es quien expresa la voluntad de Dios, no su propia voluntad.

Sé que alguno quizá me dirá: “Entonces, ¿no expresamos nuestra libertad, sino la de Dios, si hago y sigo aquello que Dios quiere?”

Os diré algo muy importante, que quizás es un punto crítico para entender la maltrecha y malinterpretada noción de la libertad. La libertad solo puede comprenderse dentro del espacio de la agapi. Una libertad fuera del espacio o ámbito de la agapi no es libertad, sino simplemente movimientos físicos de miembros, movimientos de un yo autonomizado o autónomo, que al final se conduce a una auto-catástrofe y autodestrucción.

Si, por ejemplo, amas, aunque debieras expresar libertad ajena, como en el caso de Dios o del prójimo, estás libre, pero ¿cuándo? Cuando amas. Cuando amo a alguien, entonces me convierto en servidor de sus deseos, libremente, porque así lo quiero. Yo quiero servir a Dios. ¿Qué desea Dios? Yo también lo deseo. Deseo aquello que Él desea. Por lo tanto, a mí mismo me esclavizo libremente a Dios. Pero esta libertad que sirve a la agapi tiene sentido y está posicionada correctamente. Por consiguiente, la libertad sirve a la agapi. La libertad debe estar incorporada dentro de la agapi y servirla. La agapi está por encima de la libertad.

Tomad como ejemplo a los mártires -un ejemplo grandioso-, millones de mártires en nombre de Cristo; solo entre los helenos (griegos), once millones en los tres primeros siglos del cristianismo. De ellos diríamos que tenían comprometida su libertad. Primero, por parte de los hombres, que los apresaban y los mataban. Luego, ellos mismos comprometían su libertad ante Dios. Y a pesar de todo, estaban libres. Porque amaban y se entregaban libremente a la agapi.

Yo os diré un ejemplo humano muy común. Tenéis un hijo pequeño, único, lo amáis mucho, y este hijo enferma. He dicho único para recalcar la intensidad del caso, no porque quiera insinuar que, si uno tiene diez hijos, no pueda amar al décimo. No, en absoluto. Como dice el dicho: “cualquier dedo que cortes duele”.

Tomamos, entonces, el caso de un hijo único y este hijo enferma, y vosotros entráis en inimaginables peripecias y sufrimientos. No solo que ya no podéis salir de fiesta ni de diversiones, quizás ni un paseo elemental, y muchas noches no podéis dormir. Inmovilizados, pues, en esta peripecia que se vuelve crónica por la enfermedad del niño, os pregunto: ¿alguien os ha inmovilizado alguien la libertad? ¿Alguien os ha restringido la libertad, no podéis salir a divertiros, hacer lo “normal”, como se dice? Estoy hablando desde la experiencia común, tal como viven los hombres. ¿No pueden salir a divertirse? Por supuesto que sí. ¿Qué se los impide? Pues, la agapi-amor. Pero todo esto que hacéis por vuestro hijo lo hacéis libremente, porque lo amáis.

Por eso os dije que no se puede entender la libertad sin la agapi. Esto no debemos olvidarlo jamás. Otra cosa es que algunas veces también la agapi puede estar al servicio de la libertad, no por otra razón, sino porque es, en sí misma, agapi.

Mirad como escribe estas cosas el Apóstol Pablo: “Siendo libre de todos y de todo, me hago esclavo de todos para ganarlos a todos o a los más que pueda”, (1Cor 9,19, leed hasta el final del pasaje). Esto san Pablo, lo creía hasta lo más profundo de sus entrañas: “que soy libre de todos, de personas y de cosas”, porque Pablo no tenía fortuna, no tenía nada. Una vez la tuvo y la donó a los pobres. Pablo no se había atado a sí mismo con ninguna persona, ni con nobles ni con gobernantes, ni con sumos sacerdotes, ni con los Pilatos; no se había ligado, atado con nadie, ni a nada. Estaba verdaderamente libre, libre de todo.

No sé quién podría decir esto hoy con sinceridad. A veces decimos: “Si tienes cosas, estás libre.” Leía en una revista que en una sucursal de la Caixa o de un banco alemán, había un cartel publicitario que decía: “Si tienes algo, eres algo.” Claro que, si tienes algo, los demás te tienen en cuenta, -diría uno- entonces estás libre y te mueves como quieres. Pero esto en el fondo es un engaño. Sé que muchos no lo entenderán, incluso me desmentirán. Pero tanto si lo entiendo como si no, os diría que, por medio de Pablo lo entiendo. Pablo lo decía y lo creía; estaba libre porque no estaba unido con nada.

Cuantas más cosas reunimos para “ser algo”, para “ser libres” y movernos como queremos, tanto más agrandamos la carga de la vida que nos ata, que de verdad nos ata. Es cierto que, a veces, uno puede estar atravesando un momento difícil, que le pesan y fastidien muchas cosas, teniendo quebraderos de cabeza por bienes, fortunas, herencias, trabajos, hacienda, robos etc., y podría ver a un hombre pobre en la calle pidiendo y sentir envidia. No miento, puede a veces que veamos un pájaro del cielo volando y decir, mira este pájaro vuela despreocupado, disfrutando del sol y del aire. En cambio, yo estoy atado con tantas cosas, tengo ataduras por todas partes.

Pablo estaba libre de todo, y sin embargo se hace esclavo de todos para ganar a la mayoría. Veis que está libre, en el sentido que os dije antes, pero ahora se esclaviza porque los ama. Veis que aquí la libertad viene a servir a la agapi, “Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número… todo lo hago por el evangelio para co-participar con todos de sus bienes y beneficios” (1Cor 9,19-23). ¡Cosa grandiosa, queridos míos, es sentir el verdadero significado de la agapi y de la libertad, y cómo la libertad debe estar incorporada en la agapi!

Dicen los Padres, ortodoxia es igual a ortopraxía. Debemos recalcarlo que el cristiano ortodoxo, el que practica su fe, es el hombre verdaderamente libre.

El Yérontas Mitilineos Copyright: Monasterio Komnineon de “Dormición de la Zeotocos” y “san Demetrio” 40007 Stomion, Larisa, Fax y Tel: 0030. 24950.91220

Fuente: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/pantiseis-pori-n 

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

Qué significa: «Αμήν Amín» y «La paz sea con vosotros»

Qué significa: «Αμήν Amín» y «La paz sea con vosotros»

La palabra Αμήν Amín constituye una transliteración de la palabra hebrea amén (אמן‎) y significa «así sea», «verdaderamente», «en verdad». “ojalá” o «hágase» como una fuerte afirmación de lo dicho o como expresión de un deseo. Proviene del verbo hebreo “emán”, que significa «ser fiel, confiable». A través del idioma del Nuevo Testamento, pasó como una expresión estereotipada al culto cristiano en todas las lenguas. Sin embargo, también se usa en el Judaísmo y en el Islam. Los cristianos han adoptado generalmente el término en su liturgia al finalizar oraciones, doxologías o himnos. Un uso similar se hacía entre los miembros de la comunidad de Qumrán.

En las Escrituras Hebreas, la palabra se usa junto a sustantivos ya sea como adjetivo con el sentido de «verdadero», «fiel», «constante», o bien como expresión abstracta de compromiso legal respecto a un juramento o pacto y sus consecuencias. Más comúnmente, se emplea como adverbio para confirmar lo anteriormente dicho, de donde se estableció su uso al final de las oraciones para expresar un deseo: «hágase», «que así sea». (Números 5:22; Deuteronomio 27:15-26; Nehemías 5:13), o como manifestación de acuerdo con una oración, un acto de alabanza o una declaración de propósito. (1 Crónicas 16:36; Nehemías 8:6; 1 Reyes 1:36; Jeremías 11:5).

El «Amén» aparece en los Evangelios, así como en el Apocalipsis de Juan.
¿Qué significa la palabra «Amén»?
«Amén» expresa el deseo ardiente de que algo se cumpla, y se manifiesta, por ejemplo, en expresiones como: «¡Amén, y ojalá sea pronto!».
Otros interpretan que señala un final definitivo, como cuando decimos: «Hemos llegado al amén», es decir, hemos llegado al límite.
Cuando hablamos de los textos cristianos o de las oraciones, el «amén» indica la voluntad del creyente de aceptar la salvación que Dios ofrece.
Pero también refleja la certeza y la convicción del creyente.

Jesús Cristo mismo parece haber utilizado esta palabra en su predicación y enseñanza, muchas veces al iniciar una afirmación sobre un hecho, una promesa o una profecía, dando así énfasis a la absoluta veracidad y fiabilidad de sus palabras (Mateo 5:18; 6:2, 5; 24:34).
En el Apocalipsis de Juan, Cristo también se presenta a sí mismo invocando el título: «el Amén, el testigo fiel y verdadero» (Apocalipsis 3:14)

 

¿Qué significa el saludo de nuestro Señor: «La paz sea con vosotros»?

(Fragmento de un kerigma del Protopresbítero Teodoro Zisis,

profesor emérito de Patrología de la Universidad Aristóteles de Tesalónica)

El Señor, en ambas ocasiones en que se apareció a los Apóstoles después de su Resurrección, les dijo: «La paz sea con vosotros».

Este saludo está relacionado con el miedo a la muerte.

Los hombres nos turbamos porque tememos a la muerte.

Todo lo que ocurre en nuestra vida, y todo temor, toda cobardía y toda agitación interior, se deben a que tememos enfermarnos, sufrir, ser perseguidos, o no tener qué comer.

Todo proviene del miedo y del temor a la muerte.

Y así perdemos nuestra paz, la paz de nuestra psique-alma.

Aquellos que superan el miedo a la muerte, aquellos que creen en la Resurrección, aquellos que creen que Cristo venció a la muerte, «aplastando la muerte con su propia muerte», estos tienen una paz constante en sus corazones.

Ésta fue la bendición que dio Cristo: «La paz sea con vosotros; la paz sea con vosotros».

Y con esta paz vivieron todos nuestros Santos, los cuales, incluso cuando marchaban como mártires hacia la muerte para testificar su fe,

sentían en sus corazones una paz inquebrantable.

Que esta paz, que brota de nuestra fe en la Resurrección, de nuestra fe en la victoria sobre la muerte, acompañe a todos nosotros en nuestra vida. Amén.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/category/oracion/

 

DOMINGO DE TOMÁS: DOS FACETAS DE LA INCREDULIDAD

DOS FACETAS DE LA INCREDULIDAD, DOMINGO DE TOMÁS: [Juan 20, 20-29]

Yérontas Atanasio Mitilineos

La aparición a los discípulos 20:19-25.

19 En la tarde de aquel mismo día, el primero de la semana, (el domingo,) estando cerradas las puertas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por temor de los judíos, de repente vino Jesús, y puesto en medio de ellos, les dijo: «La paz con vosotros».

20 Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado, para que vean las señales de las heridas y creer que él es el maestro de ellos. Entonces los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor resucitado.

21 Jesús les dijo otra vez: «La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió mí, así yo os envío a vosotros.

  1. «Jesús les dijo otra vez: «La paz esté con vosotros. Tal y como el Padre me ha enviado a mí para terminar la obra de la psicoterapia, sanación, redención y salvación de los hombres, así yo también os envío a vosotros para continuar transmitiendo mi obra».

22 Diciendo esto, sopló sobre la cara de ellos y les dijo: «Recibid Espíritu Divino».

  1. «Al decir esto, les sopló en sus rostros el vivificante aliento de la nueva vida celeste, y les dijo: «Recibid Espíritu Divino; es decir, la energía increada Jaris–Gracia, (tal y como al principio el Dios sopló al rostro de Adán)».

23 A quienes perdonéis los pecados les serán perdonados; a quienes se los retengáis, les serán retenidos».

24 Pero Tomás, uno de los doce, a quien llamaban Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús.

25 Le dijeron, pues, los otros discípulos: “Hemos visto al Señor”, pero él les dijo: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y meto mi dedo en el lugar de los clavos y mi mano en su costado, no creeré.

Aparición a Tomás, 20:26-29

26 Pasados ocho días, de nuevo estaban dentro en la casa los discípulos y Tomás con ellos. Mientras las puertas estaban cerradas, de repente se presentó Jesús en medio de ellos y dijo: «La paz esté con vosotros»

27 Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo, y mira mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente».

28 Entonces Tomás contestó, diciendo: “¡Señor mío y Dios mío!”

29 Jesús le dijo: «Porque me has visto, has creído, a partir de ahora en los siglos de los siglos, bienaventurados y felices serán los que creen sin haberme visto. Así creerán las futuras generaciones de mi Iglesia».

Primer epílogo 20:30-31.

30 Aparte de este milagro de la resurrección y de los que había hecho anteriormente Jesús hizo muchos más milagros y señales en presencia de sus discípulos, los cuales demostraban su deidad y no están escritas en este libro sagrado.

31 Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.

  1. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, Hijo y Logos increado de Dios, el Θεάνθρωπος Zeánzropos Dios-Hombre; y creyendo en él con la iluminación de la fe operativa, tengáis nueva vida inalienable, divina y eterna, la que se transmite en el nus (el espíritu o ojo o energía del corazón de la psique) de los hombres por la oración implorando su nombre.

(Es decir, Jesús Cristo Hijo y Logos de Dios, eleisón me, compadécete de mí pecador, o ten misericordia, caridad o alíviame, sáname, ayúdame, consuélame).

 

DOS FACETAS DE LA INCREDULIDAD DOMINGO DE TOMÁS: [Juan 20, 20-29]

Transcripción de la charla del bendito yérontas  Atanasio Mitilineos, con el tema:

Dos facetas de la incredulidad

[pronunciada en el Monasterio Comneneo de Larisa el 8 de mayo de 1994]

Una de las apariciones del Señor resucitado, queridos míos, es esta, con la presencia de Tomás, que tuvo lugar ocho días después de la Resurrección de nuestro Señor. El santo Evangelista señala: «Al cabo de ocho días –entendiéndose que se incluyen los dos domingos, así se cuenta, seis días intermedios y dos domingos, en total ocho– los discípulos estaban nuevamente dentro, y Tomás con ellos.»

Esto es lo que señala el evangelista Juan. Y el Señor, dirigiéndose a Tomás, ocho días después, le dice: «Trae aquí tu dedo, y mira mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente». Aquí, con las mismas palabras que Tomás había dicho: «Si no pongo mi dedo en el lugar de los clavos…» y así sucesivamente, «no creeré», con las mismas palabras el Señor le invita ahora a hacer lo que él mismo había dicho.

¿Era realmente Tomás incrédulo? ¿Y ahora es reprendido por el Señor? Tomás, queridos míos, no era incrédulo. Porque, de lo contrario, ¿cómo habría seguido al Señor como el Mesías? Al igual que los otros discípulos lo siguieron. Su incredulidad se daba frente a un simple acontecimiento, que su mente no podía abarcar. Era como la incredulidad del Apóstol Pedro, cuando el Señor lo llamó en el lago de Genesarét para caminar sobre las aguas. Él comenzó a caminar. Pero en un momento, al ver el viento contrario, es decir, en dirección opuesta, se asustó. Y ¿qué le dijo el Señor? Nosotros decimos la palabra «se asustó». ¿Qué le dijo el Señor? «¿Por qué dudaste, oh hombre de poca fe?» Por lo tanto, el Señor se refirió nuevamente al tema de la fe. Clemente de Alejandría dice: «El ser incrédulo es dudar y dividirse». ¿Qué significa «ser incrédulo»? Dudar. Y dividirse. Este «dividirse», significa separarse de aquello con lo que antes estaba unido. Dividirse el pensamiento entre el «sí» y el «no». Este es una duda. ¿Debo hacerlo o no hacerlo? ¿Debo aceptarlo o no aceptarlo?

En la liturgia de la festividad de Tomás, ayer en Vísperas, en los himnos, escuchamos: «¡Oh buena incredulidad de Tomás, que condujo los corazones de los fieles al conocimiento!» No a un conocimiento-gnosis cualquiera, sino al epígnosis (conocimiento profundo). Es decir, a una comprensión y un reconocimiento más profundo de la Resurrección y de la naturaleza del cuerpo resucitado de Cristo. De este modo, la incredulidad de Tomás dio una gran oportunidad para que los fieles, en todos los tiempos y todas las edades, pudieran darse cuenta y llegar a comprender las dimensiones reales del Cuerpo Resucitado de Cristo.

De nuevo, otro himno dice: «Porque al dudar tú, Tomás, todos aprendieron los padecimientos y la Resurrección de mí a gritar contigo: «¡Mi Señor y mi Dios, gloria a Ti!»». «Aprendieron», dice, «todos, el significado de mis padecimientos, que fueron voluntarios – ese fue el contenido de mis padecimientos – el contenido de mi Resurrección, y comenzaron a gritar contigo, comprendiendo y reconociendo: «¡Mi Señor y mi Dios, gloria a Ti!»».

Nos sorprende, queridos, que el himnógrafo aquí llame la incredulidad de Tomás «buena». ¿Acaso existe una buena incredulidad? ¡Por supuesto que sí! ¿Y cuáles son las características de esta buena incredulidad? En primer lugar, cuando esta buena incredulidad excluye la fácil credulidad. Sin, por supuesto, llegar al extremo opuesto, al de la racionalización. La credulidad, es decir, el «creer fácilmente» – ¿lo imaginan? – corrompe, destruye la fe correcta y es una seria deficiencia en la persona crédula. Y no solo en cuestiones espirituales y religiosas, sino también en la vida cotidiana. Cuántas veces vemos a personas que, desafortunadamente, crecen (permítanme esta expresión), crecen todo lo que les dicen, sin control. Esto se llama «fácil credulidad». Incluso cuando se les presenta una herejía, la aceptan. ¿Por qué? Porque son crédulos. Por esta razón, la credulidad corrompe la fe correcta. La credulidad es una fe superficial; que no ha involucrado a la mente y el espíritu en ella. El ser humano entero debe participar. Pero también el racionalismo, el otro extremo, que solo acepta lo que la mente entiende y rechaza lo que no comprende, esto también es una enfermedad de la psique-alma. Ni racionalismo, ni fácil credulidad, evidentemente.

Además, la buena incredulidad presupone buena voluntad y un corazón sincero. Debes ser una persona de buena voluntad. No debes ser aquel que constantemente – lo veremos más abajo – es siempre un opositor. No. Debes pensarlo, sentirlo, tener una buena disposición y aceptarlo.

Además, esta buena incredulidad puede surgir de un malentendido. Porque no entendiste algo, y al final te quedas incrédulo. Pero no por una disposición de incredulidad. También, como Tomás, quien dijo: «¡Señor mío y Dios mío!». Aquí malinterpretó las cosas. Dijo: «¡Señor mío y Dios mío!» cuando comprendió que las cosas se habían colocado correctamente. Sin utilizar, a pesar de la invitación del Señor: «Ven», le dice, «trae tu dedo y ponlo en el lugar de los clavos», sin usar ni su dedo, ni su palma, ni su mano para tocar el costado traspasado de Cristo. Esto lo sabemos porque más abajo el Señor le dirá: «Porque me has visto, creíste». No dijo «me tocaste», sino «me has visto». Porque en cuanto Tomás vio al Señor frente a él, inmediatamente desechó su incredulidad. No permaneció en la incredulidad, diciendo: «Ah, espera, voy a poner mi dedo en el lugar de los clavos, voy a pasar mi dedo por el otro lado donde los clavos abrieron». No. Y esto lo tenemos como testimonio de lo que dijo Cristo: «Porque me has visto, creíste». No dijo: «Porque me tocaste, creíste». Por lo tanto, vemos aquí un malentendido de las cosas.

La buena incredulidad también puede surgir de una ignorancia. Como en el caso de Natanael. Recuerden a Natanael, que decía sobre Jesús: «¿Puede salir algo bueno de Nazaret?». Y Felipe le respondió: «Ven y verás». ¿Por qué mostró esa resistencia Natanael? Y sin embargo, cuando vio a Cristo, ¿saben qué dijo? «Tú eres el Maestro, el Rey de Israel». ¡Vaya confesión! ¿Por qué? A causa de una ignorancia. ¿Dónde radicaba su ignorancia? En que las profecías decían que el Mesías vendría de Belén. Ahora bien, el Señor sí nació en Belén. Sí, pertenecía a la tribu de Judá -por supuesto, ya que David nació en Belén. Pero Natanael no tenía el conocimiento completo de que Jesús, siendo perseguido por Herodes, huyó a Egipto, y cuando José regresó, al enterarse de que Arquelao reinaba en lugar de Herodes, temió y se fue a Nazaret, en Galilea. Fue por esta ignorancia que dijo: «¿Puede salir algo bueno de Nazaret?».

En el terreno de la ignorancia, lamentablemente, se encuentran muchos de nuestros cristianos; pero cuando son iluminados, entonces no persisten en la incredulidad. Cuántas personas, estando en la ignorancia, en algún momento fueron iluminadas y creyeron. Y llegaron a ser cristianos fervorosos, muy fervorosos.

Puede también, queridos míos, la buena incredulidad surgir de un celo no conforme a la verdadera comprensión y conocimiento. Que alguien esté aferrado, apegado a algo y crea que eso es lo correcto, sin admitir otra posibilidad. Aquí, sin duda, pertenece Pablo; quien confiesa en su carta a los Filipenses que «por un celo desmedido perseguía a la Iglesia y no podía comprender qué era Cristo y su Iglesia». ¿Qué podemos decir? ¿Decir que Pablo se hizo un cristiano fervoroso? ¿Solo fervoroso? ¡El más fervoroso de la Historia!

Además, la buena incredulidad busca investigar, desea profundizar. No debemos estar dispuestos a decir… y lanzar piedras de anatema contra Tomás porque dijo: «Quiero poner mi dedo en la marca de los clavos». Sí, ciertamente, en un momento pidió algo contradictorio. ¿Qué era lo contradictorio? Pedir ver para creer. Eso es lo contradictorio. ¿Cómo vas a creer si ves? Cuando ves, ya no crees; entonces conoces. Para creer, es necesario no ver. Este dilema contradictorio fue el que vivió Tomás. Sin embargo, tenía algo positivo: deseaba investigar. No estaba dispuesto a tragarse -vuelvo a usar el verbo- todo lo que se le ofreciera, sino que quería investigar, quería profundizar. ¿Por qué? Para afirmarse. Para saber con certeza en qué creía. Para poder dar incluso su vida. Y efectivamente, Tomás dio su vida por Cristo. ¿Por qué? Porque se había asegurado y confirmado en la fe.

Así, el creyente o, mejor dicho, el que tiene la buena incredulidad, se le puede ver en un momento dudar de algo, tener una vacilación respecto a algo, pero no por mala disposición. Corre a las Escrituras, estudia, estudia, para encontrar aquello que busca. Y todas estas formas de buena incredulidad, el Señor las tolera. Y espera la maduración de la fe correcta. Por eso dijo: «Y no te vuelvas incrédulo, sino creyente». Prestad atención: esta expresión «no te vuelvas», que es un tiempo prolongado, significa «no te vayas haciendo»; indica que Tomás se encontraba en camino de volverse incrédulo. Aquí hay un punto peligroso. Es un punto crítico, donde podríamos finalmente caer en la incredulidad. Sí, podríamos llegar a la incredulidad. Por eso le dijo: «No te vuelvas», es decir, «No sigas por el camino de la constante oposición». Cuidado, porque puedes encontrarte del otro lado. Cuando finalmente la crisis se prolonga, especialmente si se prolonga mucho, entonces podemos quedar atrapados en la incredulidad. Desafortunadamente. Un punto crítico, os lo repito. Por eso se requiere suma atención. Todo debe ser aclarado dentro de nuestra conciencia.

Sin embargo, es diferente cuando algo no lo comprendo. Prestad atención. ¿Qué hemos comprendido de la Sagrada Escritura? Si hay mil cosas, no sé si hemos comprendido diez. ¿Tanto? Sí, tanto. Solo si comenzamos a comprender más y más, entonces nos daremos cuenta de que existe una diferencia abismal entre conocimiento-gnosis e ignorancia. Pero algo que no sé, lo dejo para el conocimiento-gnosis, como un conocimiento que, si queréis, llegará en el futuro. Y mi fe no debe depender de aquello que ignoro. No lo sé. Pero mi fe no depende de eso. Lo repito. A veces, y lo he oído también de otras personas y me sucede a mí mismo, tardamos diez, veinte, cincuenta años en comprender algo. Y aun así, puede que no comprendamos muchas cosas. ¿Qué significa esto? ¿Que nuestra fe debería depender de lo que no comprendemos? ¡De ninguna manera! Que Dios nos guarde. Nuestra ignorancia en algunos puntos no debe afectar nuestra fe. Decimos: «No lo sé, no lo comprendo. Si Dios alguna vez me ilumina, lo entenderé. Si no me ilumina, no lo entenderé». Y si queréis, como un consuelo —porque así es en verdad, no es solo consuelo—, en la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios, allí lo aprenderemos todo. ¿Qué aprenderemos? Todo lo que necesitemos saber.

Sin embargo, existe también, queridos míos, el aspecto de la mala incredulidad. Aquella incredulidad condenable y digna de castigo. ¿Qué es la incredulidad? Dice nuevamente Clemente de Alejandría: «Es una separación un distanciamiento de la fe». Y también añade: «El no creer en la verdad trae la muerte (espiritual)». Por supuesto. «No creer en la verdad y persistir en esa incredulidad te traerá la muerte». Y San Juan Crisóstomo dice: «Persistir en la incredulidad sin μετάνοια metania es condenación». Es algo terrible, queridos míos, permanecer en la incredulidad y no poder alcanzar la fe. Es tan terrible y sufre tanto el ser humano…

Tengo un amigo que, cuando era joven, leyó literatura atea y toda esa lectura destruyó su fe. Era un buen muchacho. Hasta hoy no puede creer. Una vez me escribió una carta donde decía: «Dios mío, te ruego —es una forma de decirlo—, tómame de la oreja y guíame hacia la fe, porque no puedo creer». Lo pedía, pero no podía.

Tuve también una profesora de un instrumento musical —todavía vive esta mujer, tiene más de noventa años. Una mujer muy culta, con conocimientos de lenguas y una formación muy amplia. Y, sin embargo, hasta hoy, esta mujer no puede creer. Recuerdo que me dijo una vez sobre el profesor Ioannis Karmiris —ya fallecido, profesor de la Universidad de Atenas y miembro de la Academia—: «Quisiera preguntarle alguna vez: ¿Tú crees realmente en esas cosas, siendo un gran profesor y un académico?» No podía creer. Y hasta hoy no puede. ¡Es algo terrible!

Así como la fe es un misterio, permitidme decirlo, también la incredulidad es un misterio. Y no soy yo quien llama misterio al tema de la incredulidad, sino el propio apóstol Pablo, quien dice esto refiriéndose a su pueblo, los judíos: «La incredulidad de este pueblo es un misterio». Es, pues, algo muy terrible permanecer en la incredulidad. ¡Es algo peor que demoníaco! Sí, peor. ¿Por qué? Porque los demonios también creen y tiemblan creyendo, como nos dice san Jacobo/Santiago el Hermano del Señor. Los demonios creen no solo en la existencia de Dios, sino también en su veracidad. Creen en su eterna condenación.

Recordad lo que dijeron —a través de los poseídos en la región de los Gerasenos: «¿Has venido aquí antes de tiempo para atormentarnos?». ¿Qué tormento? «¿Vas a enviarnos ya al infierno?». Porque los demonios todavía no están en el infierno. Y pidieron: «Permítenos entrar en los cerdos».

Así, el incrédulo es peor que el demonio. Y esta incredulidad demoníaca se manifiesta con los siguientes rasgos:

Primero, como una distorsión de la verdad. Una distorsión de la verdad provocada por una disposición demoníaca. Sabed que los demonios nos inducen a la incredulidad, aunque ellos mismos no son incrédulos. A pesar de toda la información y comprensión que podamos tener, nosotros persistimos, por una disposición demoníaca, en distorsionar la verdad. Así fueron los sumos sacerdotes, los fariseos, los escribas, gramaticales y los doctores de la ley. Por ejemplo, cuando el Señor obraba milagros, ¿sabéis qué decían? «Expulsa a los demonios por el poder del príncipe de los demonios». ¿No es esto una distorsión de la verdad?

¿Queréis otro ejemplo? Cuando los soldados vinieron y dijeron: «¡Jesús ha resucitado!» —¡qué cosa tan tremenda!—, les dijeron: «¡Silencio! Tomad dinero y decid que sus discípulos vinieron de noche y robaron el cuerpo».

Decidme, ¿esto no es una distorsión demoníaca de la verdad? ¿Puede acaso una persona así llegar a creer? Escuchad bien: jamás. ¿Por qué? Porque ha blasfemado contra el Espíritu Santo.

Esto es una forma de blasfemia contra el Espíritu Santo.

Además, esta terrible incredulidad se manifiesta también como mala fe, según la expresión: «No me convencerás, aunque me convenzas». Es decir: «Aunque me persuadas, yo seguiré en mi incredulidad».

Se trata de una obstinación verdaderamente egoísta.

Incluso, alguien puede moverse en el ámbito de la incredulidad por motivos de interés. Porque dice: «Si confieso mi fe, perderé ciertos beneficios».

Aquí, evidentemente, tenemos una visión miope de las cosas.

Escuchad lo que decían los fariseos en el consejo que convocaron junto con los sumos sacerdotes para decidir qué hacer con Jesús: «Este hombre realiza muchos milagros. ¿Qué haremos? Si le dejamos actuar así, todos creerán en Él. Entonces vendrán los romanos -recordad que estaban bajo ocupación romana- y destruirán nuestro templo y nuestra nación».

¿Por qué, señores, teméis que los romanos os ataquen si creéis en Jesús? ¿Acaso porque pensáis que sería proclamado rey y se opondría al César? No es eso. Porque Cristo no vino para ser un rey terrenal. Vino para ser Rey de los corazones, no rey terrenal de este mundo.

Entonces, ¿qué teméis?

Además, si fuera el verdadero Mesías, ¿no habría vencido a los romanos y liberado a su pueblo?

¿Qué teméis, pues?

Simplemente, todos ellos vivían cómodamente bajo el dominio romano, tenían riqueza, poder, y eran amigos de los romanos —como en nuestro tiempo hablábamos de germanófilos o italófilos durante la ocupación—. Así también ellos eran romanófilos.Tenían intereses. «Si aceptamos a Cristo, perderemos nuestros privilegios».

¡Tremendo!

Además, la incredulidad puede manifestarse como psicología de masas.

¿Qué es esta psicología de masas?

Es la que se observa en los regímenes totalitarios, donde uno no cree porque el partido no cree. «No creo, porque el partido no cree».

O también: «Hoy está de moda no creer. Hoy está de moda no mencionar el nombre de Jesús Cristo». Esto muestra inmadurez de personalidad, superficialidad y, ¿por qué no decirlo?, también estupidez y necedad.

Incluso, la vida corrompida también induce a la incredulidad.

Nos informa el evangelista Juan en el capítulo 3: «Porque sus obras eran malas. Todo aquel que obra mal odia la luz y no viene a la luz para que sus obras no sean reprendidas». No podría haberse hecho un perfil psicológico más profundo que el que nos ofrece el evangelista Juan.

Amados, la incredulidad es algo terrible.

En la parábola del rico y Lázaro, cuando el rico pidió a Abraham que enviara a Lázaro —es decir, que resucitara— para que sus cinco hermanos vieran a un muerto y creyeran, Abraham le dijo:

«Hijo mío, aunque un muerto resucite, no creerán. Tienen las Escrituras. Si no creen en las Escrituras, tampoco creerán, aunque un muerto resucite».

Dirán… «es un caso de muerte aparente», dirán… «es un fenómeno espiritista», dirán… no sé qué dirán.

Pero no creerán.

La incredulidad de Tomás fue corregida porque no provenía de mala fe ni de mala disposición. ¡Por eso su incredulidad fue buena, como dijimos antes!

De hecho, dice un himno (Kekrágario): «En aquel momento Tomás no se halló con ellos por disposición divina».

¿Qué significa «por disposición divina»?

Que el amor de Dios dispuso que faltara, para que su incredulidad sirviera para asegurar la fe de los creyentes futuros a lo largo de la Historia.

Así, la fe y la incredulidad dependen de la buena o mala disposición de la voluntad del hombre.

La fe, como energía increada, viene de fuera, viene de Dios.

Es aceptada o no por el hombre, según la bondad o malicia de su voluntad.

Cuando es aceptada, se refleja de nuevo hacia Dios como fe del hombre. Es una energía increada.

Sin embargo, nosotros, que vivimos veinte siglos después de Tomás, somos más bienaventurados que él.

Así lo dijo Cristo: «Porque me has visto, has creído; bienaventurados los que no vieron y creyeron».

Cuando nosotros creemos en la predicación y el testimonio de los Apóstoles, somos más bienaventurados que aquellos que vieron, oyeron y tocaron al Señor resucitado.

Hoy, el Evangelista Juan nos dice: «Aquél que nuestras manos tocaron, que vimos y oímos» (1Jn 1:1).

Hemos recibido su testimonio.

En todo caso, damos gracias a Dios, quien, por disposición divina, permitió la ausencia de Tomás, para que tengamos una certeza más firme de la Resurrección. Así, junto con Tomás, exclamamos al Señor resucitado:

«¡Mi Señor y mi Dios!».

PARA LA GLORIA DEL DIOS TRIUNO

y con inmensa gratitud hacia nuestro guía espiritual, el venerable Yérontas Athanasios de Mitilene, digitalización y edición de la transcripción: Eleni Linardaki, filóloga

fuente: https://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai_ kyriakvn/omiliai_kyriakvn_599.mp3

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

El regreso de los Hijos de la Luz

Η ΕΠΙΣΤΡΟΦΗ ΤΩΝ ΠΑΙΔΙΩΝ ΤΟΥ ΦΩΤΟΣ

«El regreso de los Hijos de la Luz»

(Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/ con este texto me identifico, ya que traduzco 25 años al español y lo estoy viviendo en el mundo hispanohablante)

GEWKWN 21/04/2025

“Nos tomaron por el polvo de la Historia, y sin embargo, fuimos la luz que la iluminaba desde el principio. Los helenos-griegos no se acabaron. Los griegos ahora comienzan.»

La Historia nos enseñó a mirar hacia atrás, a honrar las ruinas, las glorias pasadas, los textos antiguos. Pero lo que olvidamos es que el Helenismo nunca fue un resto del pasado. Siempre estuvo destinado A REGRESAR, A RESPLANDECER, A CUMPLIR UNA MISIÓN.

Esta misión trasciende fronteras geográficas, políticas o económicas. No concierne solo a una nación, sino al papel único del Helenismo en la historia espiritual de la humanidad.

La luz del Helenismo no se apagó, simplemente no lo veían, oculta tras guerras, ocupaciones, tierras perdidas y traiciones nacionales. Pero algo permaneció encendido. No era una llama de orgullo nacional, sino la Luz Sagrada de la Fe. Y esta Luz increada, durante más de 2.000 años, nunca se ha apagado en las manos de los helenos-griegos.

Cada Sábado Santo, mientras el mundo espera con ansiedad, el Santo Sepulcro arde en fuego… pero solo cuando el Patriarca heleno-griego se arrodilla.

Si fuese un simple “ritual”, ¿por qué no aparece con nadie más?
¿Por qué la Luz se niega a aparecer cuando no está el jerarca heleno-griego?

¿POR QUÉ LA PROVIDENCIA DIVINA GUARDA ESTE MILAGRO EXCLUSIVAMENTE PARA LOS HELENOS-GRIEGOS?

Porque el Fuego Santo es el sello de Dios sobre la Misión del Pueblo Griego. Es el recordatorio de que este pueblo, con todos sus defectos, nunca fue abandonado por la Χάρις Gracia increada.

Los helenos-griegos no son solo portadores de cultura, sino vasijas de Apocálipsis/Revelación. Los historiadores reconocen que la Helade-Grecia antigua trajo la lógica, la libertad de pensamiento, la organización política, la filosofía.
Los teólogos conocen que la lengua helénica no fue elegida al azar para el Nuevo Testamento.

El apóstol Juan escribió:
“Ἐν ἀρχῇ ἦν ὁ Λόγος” (“En el principio era y siempre es el Logos”) —una idea que solo la mente griega podía y puede comprender. El Logos no es solo “palabras”. Es Νούς (Nus: Espíritu de la psique), Mente, , Orden, Verdad, Creador, motor de la Creación.

El apóstol Pablo no predicó en Londres ni en Roma, sino en Atenas, en el Areópago, diciendo a los helenos-griegos:

“A ese Dios desconocido y anώνυμο, al que ustedes adoran sin conocer, a ese les anuncio yo” (Hechos 17:23)

Ese “Dios desconocido y anώνυμο” no era otro que Cristo, al que los helenos-griegos, sin saberlo, buscaban desde siglos antes de su nacimiento.
Los filósofos, los trágicos, incluso los presocráticos, hablaron de un Dios único, de una Justicia eterna, de una Verdad incorruptible.

¿Quién puso los cimientos de la Ortodoxia?
Los Tres Jerarcas, Gran Gregorio, Gran Basilio, Gran Crisóstomo – todos helenos-griegos.
Desde San Gregorio de Nisa hasta Máximo el Confesor, desde Simeón el Nuevo Teólogo hasta Focio y Marcos de Éfeso, el cuerpo teológico de la Ortodoxia fue escrito en heleno-griego, por manos helenas-griegas, para todo el mundo.

El Regreso de la Luz no es un mito…
ES UNA PROMESA.

Los santos del siglo XX – Paisios, Porfirio, Iakovos – no hablaron con lenguaje poético, sino con apocálipsis-revelación.
Dijeron que llegará un tiempo en que Helade-Grecia, herida y humillada, volverá a ser un faro.

San Paisios: “Grecia será glorificada espiritualmente. No porque lo merezca, sino porque así lo quiere Dios.”

Las profecías de San Cosme de Etolia (Patrokosmas) hablan de un resplandor, de un dolor catártico, purificador antes de la Resurrección, de tiempos en que todo parecerá perdido, Y SIN EMBARGO, ALLÍ APARECERÁ EL MILAGRO.

CUANDO EL MUNDO SE DESMORONE, EL HELENISMO PERMANECERÁ ESTARÁ EN PIE.
La civilización se desintegra, la moralidad se descompone, la Fe es ridiculizada. Y sin embargo, en un monasterio, un monje reza con los ojos llenos de lágrimas, una abuela enciende su lámpara de aceite,
en algún rincón del mundo, un joven aprende griego para leer el Nuevo Testamento en su lengua original y auténtica.

LA LLAMA NO SE APAGÓ, FUE GUARDADA, Y AHORA REGRESA.

La Grecia que viene no será un destino turístico, será Líder Espiritual, no un imperio con ejércitos, sino un REESPLANDOR Espiritual, un chispazo o un destello con santos, no discursos políticos, sino μετάνοια metania arrepentimiento, fe, humildad y luz increada.

Cuando el mundo se canse de todas las mentiras, buscará la verdad.
Y esa Verdad tiene un nombre, una lengua, una patria.

Los helenos-griegos no han terminado, los helenos-griegos ahora comienzan… Y la Luz que regresa… será una luz para todos.
¡CRISTO HA RESUCITADO ΧΡΙΣΤΟΣ ΑΝΕΣΤΗ!

GEWKWN 21/04/2025

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

Fuente: https://www.triklopodia.gr/gewkwn-%ce%b7-%ce%b5%cf%80%ce%b9%cf%83%cf%84 %cf%81%ce%bf%cf%86%ce%b7-%cf%84%cf%89%ce%bd-%cf%80%ce%b1%ce%b9%ce%b4%ce%b9%cf%89%ce%bd-%cf%84%ce%bf%cf%85-%cf%86%cf%89%cf%84%ce%bf%cf%83/