La resurrección de Lázaro. Cada uno de nosotros es Lázaro

La resurrección de Lázaro. Cada uno de nosotros es Lázaro, (Juan 11: 38-44).
(† Archimandrita Georgios Kapsanis, Hegúmeno del Monasterio Gregorio del Monte Athos)

 

Este día, el Sábado antes del Domingo de Ramos, celebramos la resurrección de san Lázaro, el justo y amigo de Cristo, el que estuvo cuatro días muerto.

Lázaro era judío, fariseo y, según se menciona en algún lugar, hijo del fariseo Simón. Era originario del pueblo de Betania y también él llegó a ser amigo de nuestro Señor Jesús Cristo.

Como Cristo conversaba continuamente con Simón -pues también él creía en la resurrección de los muerto- y frecuentemente visitaba su casa, Lázaro se convirtió en un verdadero amigo de Cristo, al igual que sus dos hermanas, Marta y María.

Cuando se acercaba la Pasión salvadora, y porque era necesario que se confirmara con mayor claridad el misterio de la Resurrección, Cristo se encontraba en la región más allá del Jordán, tras haber resucitado primero a la hija de Jairo y al hijo de la viuda. Entonces su amigo Lázaro cayó gravemente enfermo y murió.

Jesús, aunque no estaba allí, dijo a sus discípulos: «Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido». Y un poco después agregó: «Lázaro ha muerto».

Entonces dejó el Jordán y fue a Betania, que se encuentra a unos tres kilómetros de Jerusalén. Lo recibieron las hermanas de Lázaro diciéndole: «Señor, si hubieras estado aquí, nuestro hermano no habría muerto; pero aun ahora, si quieres, puedes resucitarlo».

Cristo preguntó a la multitud: «¿Dónde lo habéis sepultado?», y todos fueron inmediatamente a mostrarle la tumba.

Cuando retiraron la piedra que cubría el sepulcro, Marta dijo: «Señor, ya huele mal, porque hace cuatro días que murió».

Jesús lloró por el difunto, luego oró y gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, sal fuera!». Y enseguida el muerto salió del sepulcro, y después de desatarlo de las vendas funerarias, volvió a su casa.

Este milagro extraordinario provocó la envidia del pueblo judío, que se enfureció contra Cristo, pero Él nuevamente se retiró.

Los sumos sacerdotes incluso pensaron en matar también a Lázaro, porque muchos, al verlo, creían en Cristo. Pero Lázaro lo supo y se marchó a Chipre, donde más tarde fue ordenado obispo de Kition por los Apóstoles. Y habiendo vivido bien y piadosamente, murió de nuevo treinta años después de su resurrección, y fue sepultado allí, realizando muchos milagros.

Se dice que durante todos los años que vivió, nunca comía sin añadir algo dulce a su comida, y que su omoforio (ornamento episcopal) fue confeccionado por la misma purísima Madre de Dios con sus propias manos y se lo regaló.

Sus santas y veneradas reliquias, por divina inspiración, fueron trasladadas a Constantinopla por el sabio emperador León (886-912), quien las colocó con honor en la Iglesia de San Lázaro, que él mismo había construido, y allí permanecieron durante muchos años, desprendiendo una fragancia indescriptible.

Nuestros santos y teóforos padres, o mejor dicho, los santos apóstoles, establecieron que celebremos en el día de hoy la resurrección de Lázaro -una vez concluida la Cuaresma de los cuarenta días, tras la cual siguen la Pasión santa de nuestro Señor Jesús Cristo-, porque este milagro, más que cualquier otro, fue considerado el inicio y causa del furor de los judíos contra Cristo, y por eso fue ubicado en esta fecha. Este milagro sobrenatural solo lo menciona el evangelista Juan, mientras que los otros evangelistas lo omitieron, quizá porque Lázaro aún vivía en ese tiempo.

Se dice, además, que el evangelista Juan escribió todo su Evangelio precisamente por este milagro, y también porque los otros tres evangelistas no hablaron sobre el nacimiento eterno (sin principio) de Cristo. Porque lo importante era que se creyera que Cristo es el Hijo de Dios, Dios mismo, que resucitó y que habrá resurrección de los muertos, lo cual se prueba sobre todo con Lázaro.

Lázaro, por su parte, no dijo nada sobre el Hades; o bien no se le permitió ver nada, o, si vio, se le ordenó guardar silencio. Por eso, a partir de él, toda persona que muere se llama “Lázaro”, y también al acto de amortajar se le dice “lazaroma”, para recordar a aquel primer Lázaro. Porque, así como él fue resucitado por el logos de Cristo y volvió a vivir, así también el difunto, aunque haya muerto, al sonar la trompeta final resucitará y vivirá eternamente.

 

Lázaro somos todos

El Apóstol Pablo, el iluminador de la Οικουμένης (icumeni: el mundo, toda tierra habiada) la boca de Cristo, nos enseñó que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Cristo nos hace miembros suyos y así participamos de Su vida divina.

Los santos Misterios, y en especial el santo Bautismo y la divina Comunión, nos incorporan a Cristo.
Toda la vida de la Iglesia nos ayuda a permanecer unidos en el Cuerpo de Cristo y a ser miembros vivos y sanos de Él.
Sin embargo, el cristiano que se separa de la Iglesia muere espiritualmente, porque ya no despierta espiritualmente y no se vivifica con la vida de Cristo.
Cristiano no es quien acepta el cristianismo como ideología o moral, sino quien está unido a Cristo dentro de Su Cuerpo. Por eso los santos Padres insisten en que fuera de la Iglesia no hay σωτηρία (sotiría: redención, sanación y salvación).

La divina Liturgia es el centro de nuestra vida eclesial. El mismo Cristo se ofrece a nosotros como alimento, con Su Cuerpo y Su Sangre, para que nos unamos con Él.
Además de la divina Liturgia, los fieles nos reunimos en otros momentos o horas en la Iglesia también para venerar y adorar a nuestro Padre celestial, a nuestro Redentor crucificado y resucitado, y al Santísimo Espíritu.
Las oraciones del Vísperas, el Oficio de Medianoche, el Maitines, las Horas, nos preparan para la divina Liturgia, nos ayudan a vivir en el espíritu de la Divina Liturgia y a injertar el tiempo pasajero de nuestra vida terrenal en la eternidad de la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios.

A través de los piadosos Oficios de la Gran Cuaresma somos guiados gradualmente hacia la μετάνοια metania, el arrepentimiento, la humildad, la catarsis, la crucifixión y la resurrección con Cristo.
Sin esta preparación y participación en los santos Pazos (pasiones, padecimientos) y la luminosa Resurrección, celebramos exterior y superficialmente. Según san Gregorio Palamás, seguimos siendo «sin amor por ese έρως (eros: amor ardiente) divino que se ve y se siente por sí mismo». Un cristianismo sin έρως eros: divino no consuela ni sacia en lo profundo el ardiente anhelo redentor del ser humano.

Como ejemplo de cómo la Iglesia nos prepara con los himnos llenos de la Χάρις (Jaris: Gracia, energía increada) del Espíritu Santo, mencionamos los versos del himno vespertino del miércoles anterior al Domingo de Ramos:

«Imitemos, oh fieles, a Marta y a María, y enviemos al Señor, como intercesoras llenas de fervor, nuestras acciones inspiradas por Dios, para que Él venga y resucite nuestro νούς (nus: espíritu de la psique-alma), que yace como muerto, temiblemente en el sepulcro, insensible por la negligencia, sin sentir en absoluto temor divino, y que ahora no posee energía divina vivificante. Gritemos: Mira, Señor, y así como en otro tiempo con terrible solicitud resucitaste a tu amigo Lázaro de entre los muertos, oh Misericordioso, así vivifica también a todos nosotros, concediéndonos tu gran misericordia».

Imitemos a Marta y María, quienes enviaron a llamar a Jesús para que salvara a su hermano Lázaro, que estaba por morir.

Nosotros también tenemos a alguien que yace terriblemente muerto: nuestro νούς (nus: espíritu de la psique-alma). Por negligencia se ha vuelto insensible, no siente respeto y temor de Dios, carece de divina energía vivificante, es decir, de la divina Χάρις Jaris increada.
Enviemos, pues, como embajadoras intercesoras, nuestras acciones divinas para llamar a Jesús, clamando: Mira, Señor, y así como antes, oh Misericordioso, resucitaste con gran preocupación a tu amigo Lázaro, así también despierta y vivifica a todos nosotros concediéndonos tu gran misericordia.

Durante toda la Sexta Semana de la Cuaresma andamos juntos con Jesús hacia el enfermo y luego difunto Lázaro. Pero Lázaro es cada uno de nosotros, que necesita constante y diariamente al Vencedor de la muerte.
Nuestro νούς (nus: espíritu de la psique-alma) con la mente, separado de Dios, se apega con pasión a las cosas perecederas. Así, se dispersa y muere. Ya no puede gobernar toda nuestra existencia.
Y sin el νούς nus que gobierne y esté iluminado, el ser humano se convierte en esclavo de los πάθος pazos y de los demonios. «El νούς nus-espíritu que con la mente se separa de Dios», dice san Gregorio Palamás, «se vuelve o bestial o demoníaco».

¿Podemos nosotros mismos solos resucitar nuestro νούς nus muerto y así liberarnos del egoísmo y de la φιλαυτία (filaftía: egolatría, amor egocéntrico y excesivo a sí mismo y al cuerpo)? Jesús, el Θεάνθρωπος (zeánzropos) Dios-Hombre, el único Vencedor de la muerte, nos resucita ahora de la vida apasionada, patética, egocéntrica y mortal, y también resucitará nuestros cuerpos, como hizo con Lázaro, en su Segunda Παρουσία (Parusía: Presencia, Venida) y en la resurrección final.

Por eso, el Sábado de Lázaro y el Domingo de Ramos cantamos con júbilo universal:

«Creyendo en la resurrección común antes de tu Pasión, resucitaste de entre los muertos a Lázaro, oh Cristo Dios; por eso también nosotros, como los niños, llevando los símbolos de la victoria, te aclamamos, a ti, Vencedor de la muerte: ¡Hosanna en las alturas! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!»

Hoy, lamentablemente, incluso los cristianos que asisten a la Iglesia se limitan a participar en la divina Liturgia del Domingo y de las grandes fiestas, sin interesarse por asistir a las Vísperas o los Maitines. Esto sucede no solo por falta de tiempo, sino también por ignorancia del valor y significado que puede tener la participación regular en el culto de la Iglesia. Así, no nos dejamos conducir por la Iglesia hacia su Esposo, Cristo, ni nos dejamos transformar, metamorfosear por ese buen y divino cambio que nos forma «en Cristo», es decir, que nos da la forma de Cristo para que lleguemos a ser conformes a la imagen-icona del Hijo de Dios (cf. Romanos 8:29).

Al permanecer fuera de la vida litúrgica de la Iglesia, nos perjudicamos gravemente a nosotros mismos. Impedimos que la Iglesia nos ayude a crucificarnos (crucificar nuestro egoísmo y orgullo) y resucitar con Cristo. En esencia, permanecemos sin Cristo, y por eso sin resurrección, sin alegría, sin paz y sin αγάπη (agapi: amor desinteresado, altruista, incondicional).

El mundo en el que vivimos nos envenena diariamente con el espíritu de la φιλαυτία filaftía egolatría, de la incredulidad y del egoísmo, separándonos de Dios y de nuestros hermanos.
Al entrar en la Iglesia Ortodoxa y participar de su vida, respiramos otro aire, vivimos en otro mundo: el mundo de la agapi-amor, de la agapi-amor incondicional a Dios, de la filantropía y de la agapi-amor al prójimo. Comprendemos nuestra enfermedad, nos liberamos de la vida muerta del mundo y nos llenamos de la vida verdadera que es Cristo.

Por eso, es de gran ayuda para todos nosotros la participación frecuente y consciente en la adoración y culto de nuestra Iglesia.
Cuando no tenemos la posibilidad de asistir a la Iglesia, podemos leer los Oficios en nuestras casas, como los Maitines, las Vísperas o Completas. Así vivimos y adoramos a Dios no de manera individual, sino eclesial, «junto con todos los santos».

Nuestro filántropo (amigo del hombre) Señor Jesús Cristo, lleno de amor por la humanidad, se dirige hacia la muerte voluntaria.

«Vayamos, pues, también nosotros» (junto con toda la Iglesia) «con mente catartizada purgada y purificada, a acompañarlo, y crucifiquémonos y muramos con Él a los placeres (hedonismos) de la vida, para que también vivamos con Él…»

¡Qué mejor deseo y bendición podemos expresar para nuestros hermanos y para nosotros mismos! ¡Que nos crucifiquemos y resucitemos con nuestro dulcísimo Señor Jesús!

Por las intercesiones de tu amigo Lázaro, Cristo Dios nuestro, compadécete o ten misericordia de nosotros. Amén.

(†Archimandrita Georgios Kapsanis, Hegúmeno del Monasterio Gregorio del Monte Athos)

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

JESÚS CRISTO – LA VIDA DEL MUNDO

ΙΗΣΟΥΣ ΧΡΙΣΤΟΣ – Η ΖΩΗ ΤΟΥ ΚΟΣΜΟΥ

REPASADA TRADUCCIÓN 09/04/2025

JESÚS CRISTO – LA VIDA DEL MUNDO

© Ioanis Romanidis

 

CONTENIDOS

  1. El Cristo en el Antiguo Testamento y los Sínodos Ecuménicos
  2. Iniciación en la Vida y en «toda la Verdad», es decir, en Cristo, a través del Espíritu Santo en Pentecostés.
  3. Diagnosis y terapia
  4. El cuerpo de Cristo
  5. Profetizar y Teologizar
  6. Consecuencia y conclusiones

NOTA: [Discurso pronunciado durante el Consejo Ortodoxo del C.M.I. (Consejo Mundial de Iglesias) en Damasco, del 5 al 9 de febrero de 1982, y publicado en *Xenia Ecuménica*, núm. 39, págs. 232-275, Helsinki, 1983.]

 

JESÚS CRISTO – LA VIDA DEL MUNDO

Introducción

El principal objetivo de la fe, de la teología y del dogma sobre el Cristo y Su relación con Su Padre y el Espíritu Santo es conducir la humanidad 1) a la catarsis e iluminación del corazón, es decir, a la terapia del centro de la personalidad humana y 2) a la θέωσις (zéosis: glorificación o divinización), que es el perfeccionamiento de la personalidad en la visión, expectación o contemplación de la δοξα (doxa: luz increada gloria) y βασιλεία (vasilía: realeza increada) de Cristo a través de Sus Santos, los miembros de Su Cuerpo, de la Iglesia. La fe, la oración, la teología, el dogma y los Misterios Ortodoxos son los métodos “psicoterapéuticos” terapéuticos y las señales o faros sobre el camino de la catarsis e iluminación del corazón hacia la zéosis, la cual, cuando se alcanza, anula la fe, la oración, la teología y el dogma, ya que la finalidad última, definitiva de estos es abolirlos en la zéosis y la αγάπη (agapi: amor desinteresado y altruista) (1Cor 13, 8-10).

Por tanto, el tema “Jesús Cristo – La Vida del Mundo”, es, en su esencia, psicoterapéutico, sanador y perfeccionador por naturaleza, y en este sentido, eclesiológico.

Sólo los iluminados y glorificados son miembros del Cuerpo de Cristo y templos del Espíritu Santo. Desde esta perspectiva, la catarsis y la iluminación tienen algunos paralelismos con las ciencias terapéuticas, especialmente con la psiquiatría, pero la zéosis es conocida y preservada sólo en el núcleo de la tradición cristiana ortodoxa y posiblemente también en el judaísmo. Son parientes con las ciencias sociales, pero no como principios morales (moralísticos), sino como ascetismo o ejercicio espiritual psico-terapéutico.

Tal como no se puede separar la gnosis-conocimiento psiquiátrico de su aplicación práctica, igualmente la fe, la oración, la teología y el dogma no pueden separarse de la aplicación psicoterapéutica y sanadora. Así como uno no puede cambiar el conocimiento psiquiátrico en un sistema abstracto o metafísico, tampoco se puede hacer esto con la santa Tradición Ortodoxa.

La relación entre el diagnóstico y la psicoterapia es casi la misma para la teología patrística ortodoxa que en la ciencia médica. La verdad se mide por el éxito y el acierto de la psicoterapia, sanación y la terapia acertada demuestra el análisis descriptivo de los métodos y los medios por los que se consigue.

Dividiremos nuestro tema en los siguientes capítulos:

1) Cristo en el Antiguo Testamento y en los Sínodos Ecuménicos,

2) Iniciación a la Vida y en “toda la Verdad” de Cristo a través del Espíritu Santo durante el Pentecostés,

3) Diagnóstico y terapia,

4) El Cuerpo de Cristo,

5) Profetizar y Teologizar

6) Consecuencia y conclusiones.

1) Cristo en el Antiguo Testamento y en los Sínodos Ecuménicos

Hay un punto de vista esencial sobre las condiciones y fundamentos teológicos de todos los Sínodos Ecuménicos, relacionado con la Persona de Cristo, que fue rechazado, ignorado y omitido por aquellos que siguen a Agustín. Esto plantea la pregunta: ¿Hasta qué punto aquellos que operan, actúan de esta manera realmente aceptan estos Sínodos (Concilios)?

Con la única excepción de Agustín, los Padres sostienen que Jesús Cristo antes de Su nacimiento de la Virgen Zeotocos, en Su Persona creada es el Ángel del Señor, el Ángel de la Gran Voluntad, el Kirios-Señor de la Doxa-Gloria (increada), el Kirios-Señor Sabaóz, es Éste mismo que se apocaliptó-reveló “en Sí mismo” como Dios a los Patriarcas y a los Profetas del Antiguo Testamento. Arrianos y Eunomianos, ambos estaban de acuerdo que Cristo era Aquel el Cual hizo esto en Su Persona o Hipóstasis (base substancial, subsistencial), la cual existía antes de la creación de los siglos, pero ellos insistían que Éste fue creado «ex nihilo» (a partir de la nada) y, por lo tanto, no era de la misma naturaleza (ομοούσιος omoúsios) con el Dios, el Cual es solo Dios verdadero “por naturaleza”.

Para demostrar estos puntos suyos los arrianos y los eunomianos argumentaban, igual que el judío Trifón con Justino Mártir y filósofo, de que en la zarza ardiente y sin consumirse, no era el Ángel del Señor quien dijo “YoSoY el Ων (on) el ser o auto-existencia” (Ex 3,14), sino el mismo Dios mediante el creado Logos-Ángel. Los Padres sin embargo, insistieron que el Ángel-Logos también apocaliptó-reveló esto de Sí Mismo y no sólo acerca Dios. El Ángel del Señor habló de Sí Mismo, cuando dijo a Moisés: “¡YoSoY el Señor Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacobo!” (Ex 3,6).

San Atanasio argumentó contra los arrianos que el nombre de «ángel» a veces se aplica al Logos increado y otras veces a un ángel creado. Él insiste que no puede haber confusión entre un ángel creado y el Hijo increado de Dios, quien en algunas ocasiones es llamado «Ángel» en el Antiguo Testamento. Insiste, además, en que «cuando se ve al Hijo, entonces se ve al Padre, porque Él (el Hijo) es el resplandor (la irradiación) del Padre, y así, el Padre y el Hijo son uno…

Está muy claro que todo lo que dice Dios, lo dice mediante el Logos y no por medio de algún otro… Y el que ha visto al Hijo, conoce que ha visto a Él y no simplemente un ángel, ni alguien mayor que los ángeles, ni, en resumen, una criatura cualquiera, sino al mismo Padre. Y quien escucha al Logos, conoce que está escuchando al Padre. Así como quien recibe luz del resplandor, conoce que está iluminado por el sol. [5 San Atanasio el Grande, Contra los arrianos 3,12-14]. Como clave o llave para la interpretación del Antiguo y Nuevo Testamento, san Atanasio dice que “no hay ninguna cosa más que el Padre que energiza, opera… a través por el Hijo” *[6 Ibid, 3, 12.6. Al final de este capítulo el texto entero de san Atanasio]

Esto significa que el Antiguo Testamento es Cristocéntrico, puesto que el Cristo es el Ángel del Señor y de la Gran Voluntad antes de la encarnación, el Señor de la Doxa-Gloria (increada) y el Señor Sabaoz, en el Cual los patriarcas y los profetas ven y escuchan a Dios y mediante de Él reciben la χάρις (jaris: gracia, energía increada), la ayuda y el perdón.

El hecho de que tanto los ortodoxos como los arrianos estuvieran de acuerdo en que el Ángel-Logos era quien se manifestó y apocaliptó-reveló a Dios a los Profetas, y que este mismo era la Persona que se hizo Hombre y Mesías, debe considerarse como la llave para comprender las decisiones del Primer y los siguientes Sínodos Ecuménicos.

Es importante que uno entienda que Ortodoxos y Arrianos no discrepaban teóricamente sobre una Segunda Persona de la Santa Trinidad de una manera abstracta, cuya identidad y naturaleza alguien podría delinear subjetivamente mediante la reflexión sobre pasajes bíblicos con la ayuda de la filosofía eclesiástica y del Espíritu Santo. Aquello por lo que realmente discrepaban y discutían era la experiencia espiritual de los profetas y los apóstoles, en particular, si el Logos que se les aparecía en doxa-gloria era creado o increado, el Cual se manifiesta “en doxa (gloria, luz increada)” en ellos y se apocalipta-revela “en Sí Mismo” en ellos, como Icona-Imagen de Dios, revelando al Padre, como Arquetipo.

Debido a que los Evnomianos aceptaban las mimas tesis o posiciones que los Arrianos, respecto a las apariciones del supuesto creado Logos-Ángel ante los profetas, esta misma discusión fue trasladada al II Sínodo Ecuménico.

San Basilio el Grande con un poco de impaciencia e inquietud se dirige a Evnomio, de la siguiente manera: «No cesarás, oh ateo, de llamar inexistente, a éste que realmente existe, la fuente de la vida, a éste que da en todos los entes, seres la existencia. Él mismo encontró un nombre propio y adecuado a su eternidad cuando se reveló a su siervo Moisés, llamándose a sí mismo: “YoSoY el ὤν on o soy el que soy o el ser real o existente” (Ex 3,14). Y nadie podría contradecir que estas palabras fueron pronunciadas por el Señor, a menos que tenga el velo judío cubriendo su corazón al leer a Moisés, las que como velo cubren el verdadero sentido y significado cristiano (ver Cor 3,15). Pues está escrito: «Se apareció a Moisés un ángel del Señor en una llama de fuego en medio de la zarza» (Ex. 3, 28).  Aunque la Escritura, al mencionar primero un ángel en la narración, introduce después la voz de Dios que dice a Moisés: “YoSoY el Dios de tu padre Abraham” (Ex. 3, 6), y un poco después nuevamente: “YoSoY el ὤν on soy el que soy o el ser real o existente”. ¿Quién, pues, es a la vez ángel y Dios? ¿No es acaso aquel de quien hemos aprendido que su nombre es el “Ángel de la Gran Voluntad”? (Is. 9, 6)

Después resumiendo sus propias observaciones sobre el encuentro entre el Ángel-Logos y Jacob, que se encuentran en San Atanasio el Grande y en los Padres anteriores, San Basilio expresa el mismo principio exegético (explicativo) que hemos visto en el obispo de Alejandría, san Atanasio: «Es evidente para todos, que donde el mismo ser es llamado ángel y Dios, se indica al Unigénito, quien se manifiesta a las generaciones de los hombres y comunica a sus santos la voluntad del Padre. Por lo tanto, cuando se nombró a sí mismo ante Moisés, no se debe entender a otro sino al Logos de Dios, que en el principio es y estaba en Dios» (Logos contra Evnomiano pag 173-176).

Evnomio contestó a estos argumentos de san Basilio con la reivindicación de que el Hijo es el ángel del Ων-Ser, pero no el Mismo “Ων-Ser”. Este ángel se llama Dios para mostrar su superioridad o supremacía sobre todas las cosas que fueron creadas por él, pero esto no significa que él es “el Ων-Ser”. Así que Evnomio insiste que “el que envió a Moisés es era el On (Ser, existente), pero aquel por quien fue enviado y habló, era su ángel, y, para todo lo demás, Dios» (San Gregorio de Nisa, contra Evnomio 11, 3).

La habilidad y astucia sofística de este argumento puede parecer extraña, pero es significativa como testimonio del hecho de que la identificación del Ángel, quien es llamado Dios en el Antiguo Testamento, con el Cristo, el Unigénito Hijo de Dios y Creador, estaba tan firmemente afianzada y asegurada en la tradición, que los Eunomianos nunca podrían haber pensado en no cuestionarla, al igual que Agustín, un contemporáneo más reciente de ellos, estaba dispuesto a hacerlo en el norte de África, a pesar de que su supuesto maestro Ambrosio y todos los demás Occidentales Padres latinos estaban de acuerdo con la tradición que hemos descrito aquí.

San Basilio el Grande no podía contestar a las preguntas de Evnomio, contra sus argumentos, porque había muerto. Así que su hermano san Gregorio de Nicea ha hecho esto en sus 12 libros, “Contra Evnomio”, los cuales comunicó a san Jerónimo durante el II Sínodo Ecuménico, el año 381.

San Gregorio, entre otras cosas, sostiene que «si Moisés rechaza al ángel» (Ex. 33;15, 34: 9), pero aquel que le habla se convierte en su compañero de viaje y guía del ejército (Ex. 33, 17), entonces queda claramente demostrado que aquel que se llama a sí mismo con el nombre verdadero, el Unigénito es Dios.

Si alguien se opone a esto, entonces será defensor de la concepción judía, ya que no reconoce que el Hijo participa en la salvación del pueblo. Porque, si un ángel no acompaña a los israelitas y aquel que se designa mediante el nombre verdadero no es el Unigénito, como sostiene Eunomio, entonces no ocurre otra cosa sino la transferencia de las enseñanza y dogmas de la Sinagoga a la Iglesia de Cristo.

Por lo tanto, están obligados a admitir una de dos cosas: o bien que el Dios unigénito no estuvo en absoluto presente con Moisés, o bien que aquel que hablaba con el siervo (es decir, Moisés) era el mismo Hijo, aquel que es el «Ων-Ser» (es decir, el Dios existente). Sin embargo, los opositores presentan como objeción el mismo texto de la Escritura (Ex. 3, 2), que dice que primero habló la voz de un ángel y luego siguió el diálogo con el «Ων-Ser». Pero esto no es una objeción, sino una confirmación de nuestra posición. Porque también nosotros decimos que el profeta, queriendo revelar a los hombres el misterio de Cristo, llamó «ángel» al «Ων-Ser», para que no se pensara que, si en el diálogo solo se mencionaba el nombre «Ων-Ser», la mente de los oyentes se dirigiera exclusivamente al Padre, pasando por alto la presencia del Hijo (Contra Evnomio 11 3).

Estos textos de los ilustres y distinguidos Padres del I y II Sínodos Ecuménicos deberían ser demostraciones suficientes de que, para los Padres de los Sínodos, el dogma de la Santa Trinidad era idéntico a las apariciones de Cristo, el Logos no encarnado, a los profetas y del mismo Logos con Su naturaleza humana ante los apóstoles. Ninguno dentro de la Tradición Ortodoxa, excepto Agustín, dudó alguna vez de esta identidad del Logos con esa Persona concreta, que revelaba “en Sí mismo” a Dios invisible del Antiguo Testamento a los Profetas y, Quien se hizo hombre y continuó esta misma apocálipsis-revelación de la doxa (gloria, luz increada) de Dios dentro y mediante Su propia naturaleza humana, la que recibió de la Virgen.

La disputa entre los Ortodoxos, los Arrianos y los Evnomianos no era en relación sobre quién era el Logos en el Antiguo y Nuevo Testamento, sino en relación con lo qué era el Logos y cuál era Su relación con el Dios Padre. Los Ortodoxos sostenían que el Logos es increado, inmutable e inalterable, siempre existiendo eternamente desde la usía-esencia o hipóstasis del Padre, el Cual eternamente y por naturaleza es causa de la existencia de Su Hijo antes de todos los siglos. Los Arrianos y Evnomianos insistían que este mismo Ángel Logos es una creación-criatura alterable, mutable de Dios, el cual tiene Su existencia antes de los siglos ex nihilo, (de la nada o del no ser), no de la naturaleza de Dios sino por Su voluntad.

Así que la pregunta fundamental era la siguiente: ¿Los Profetas y Apóstoles vieron dentro de la doxa-gloria increada de Dios (según los Ortodoxos y los Arrianos) o dentro de la energía creada (según los Evnomianos), a un Logos increado o a un Logos creado? ¿Un Logos que es Dios por naturaleza y, por lo tanto, tiene todas las energías y poderes de Dios por naturaleza, o un Dios por la jaris (gracia), el Cual tiene algunas, pero no todas las energías del Dios Padre, por lo tanto, por la jaris y no por naturaleza? Tanto Ortodoxos como Arrianos y Eunomianos en principio estaban de acuerdo que si el Logos tiene todas las dinamis poderes, fuerzas y energías del Padre por naturaleza, entonces es increado, si no, entonces Él es creado o una criatura.

El problema central de esta controversia eran las experiencias de la apocálipsis-revelación o la zéosis glorificación, las que otorga el Dios, en Su Espíritu por Su Logos-Ángel-Cristo a los Profetas, Apóstoles y Santos.

Estas experiencias o más bien las mismas vidas de los santos están registradas en la Biblia, pero también en la continuación post-bíblica del Pentecostés dentro del cuerpo de Cristo, la Iglesia. Por lo tanto, ambos lados apelaban a los Padres de todos los siglos, empezando de las vidas de los que estaban registrados en el Génesis, y los que se habían extendido hasta su propio tiempo. No podían ponerse de acuerdo basándose en la autoridad de los testigos de su época, pero tenían un punto en común de discusión en el Antiguo y el Nuevo Testamento, así como en la tradición patrística precedente.

De esta manera, tanto los Ortodoxos como los herejes utilizaban indistintamente el Antiguo y el Nuevo Testamento para demostrar si los profetas y apóstoles vieron una hipóstasis divina creada o increada, o una persona, rostro de Cristo creada o increada. La argumentología es sencilla. Las dos partes enumeran todas las potencias, energías y poderes de Dios que están escritas en la Biblia. Hacen lo mismo para el Ángel-Logos-Hijo Unigénito. Luego comparan estas energías para ver si coinciden o no. No basta que estas energías y actividades sean simplemente similares, sino que deben ser idénticas.

Ambos, Ortodoxos y Arrianos, estaban de acuerdo plenamente con la tradición heredada del Antiguo Testamento, atestiguada por los Apóstoles y los Santos, en los cuales el Dios apocalipta-revela Su doxa (gloria, luz increada) en Su Hijo Encarnado, porque las creaciones no pueden conocer la increada usía-esencia de Dios y porque entre increado y creado de la nada, no hay ninguna similitud o semejanza.

Así, para demostrar que el Logos es creado, los Arrianos afirmaban que Él no conoce ni la esencia de Dios ni su propia esencia y que no es en absoluto semejante a Dios. Los Ortodoxos, en cambio, afirmaban que el Logos conoce la esencia del Padre y es en todo semejante al Padre, teniendo todo lo que tiene el Padre por naturaleza, excepto la Paternidad, es decir, el ser causa de su propia existencia y de la existencia del Espíritu Santo.

Ortodoxos y Arrianos estaban de acuerdo en que el Dios es en Sí Mismo por naturaleza, y lo que Él es y lo que hace por voluntad no se identifican, sino que discrepaban agudamente en la aplicación del discernimiento entre divinas esencia y voluntad o energía. Así, los Ortodoxos sostenían que el Dios es la causa de la existencia del Logos por naturaleza y de la existencia de las creaciones por voluntad; en cambio los Arrianos sostenían que ambos, es decir, el Logos y todas las demás creaciones son productos de la divina voluntad.

Contra estas tesis o posiciones los Evnomianos sostenían que la esencia y la energía increada de Dios es lo mismo y que el Logos es producto de la energía creada de Dios y que el Espíritu Santo es producto de la energía creada del Logos y que cada género creado es producto de las distintas energías creadas del Espíritu Santo. Según Eunomio, si cada género o especie no tuviera su propia energía procedente del Espíritu Santo, sólo existiría una especie creada o género creado y no muchos, según Evnomio.

Con estas ideas, Evnomio, en realidad imitaba a su manera el testimonio bíblico y patrístico de la zéosis glorificación. En la zéosis glorificación bíblica y patrística, todo creado y cada santo participa, comulga y está en comunión con el Logos, el Cual está presente en cada uno, multiplicándose indivisiblemente Su increada doxa (gloria, luz), la cual está completamente presente y no en parte en cada persona, estando en cada uno y dentro de cada uno, tal como enseñó Cristo (Jn 14 2-2) y apocaliptó-reveló en Pentecostés (Hechos. 2, 3-4), y la cual, en el Logos, también lleva consigo al Padre y al Espíritu Santo.

Esto significa que en Dios no hay arquetipos y que el Dios contiene no sólo los géneros o especies sino cada parte terrible de la existencia en todas sus múltiples formas. Así, que el átomon-individuo nunca está sacrificado por el Cristo en aras de un supuesto bien común, sino que al mismo tiempo el bien común es el bien de cada individuo. Como consecuencia del misterio de la Ascensión de Cristo en Su propia doxa-gloria principal y en Su aparición a Sus discípulos en Espíritu de la doxa-gloria en el Pentecostés. Él está ahora completamente presente en cada uno y en el interior de aquel que se encuentra en los estadios o etapas de iluminación y zéosis glorificación.

Por esta razón cada uno que toma la comunión (comulga) con el Cuerpo y Sangre de Cristo en la Divina Efjaristía, no recibe solo una parte de Cristo, sino la totalidad de la naturaleza humana de Cristo, la cual desde el Pentecostés se divide indivisiblemente (o se distribuye quedándose entera) a cada miembro de Su Cuerpo. Así por la coparticipación al pan efjarístico, el cual también está en el cáliz, que es uno, cada miembro del Cuerpo de Cristo recibe no una parte, sino la totalidad de Cristo, y se convierte en lo que ya es: templo o morada del Padre y del Espíritu Santo en el Logos Encarnado, en comunión con los demás miembros del Cuerpo de Cristo.

*[5-6] San Atanasio el Grande, Contra los arrianos 3,12-14.] Si el Logos no fuera uno con la esencia del Padre y no fuese un engendrado propio de la esencia del Padre, como el rayo o resplandor de la luz, sino que estuviese separado en naturaleza del Padre, habría bastado que el Padre diera solo, sin que ninguna de las criaturas tuviera comunión con el Creador en lo dado. Pero ahora, tal donación muestra la unidad del Padre y del Hijo. Pues nadie pediría recibir de Dios y de los ángeles, ni diría ‘Que Dios y el ángel te concedan’, sino ‘del Padre y del Hijo’, debido a su unidad y la manera común en que dan. Porque el Padre obra a través del Hijo, y así, quien recibe, tiene la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de manera segura.

Si el patriarca Jacob, al bendecir a sus nietos Efraín y Manasés, decía: ‘El Dios que me alimentó desde mi juventud hasta el día de hoy, el ángel que me libró de todo mal, bendiga a estos niños’, no unía a los ángeles creados y de naturaleza creada con el Dios que los creó, ni dejando al Dios que lo sustentaba pedía la bendición para sus nietos de un ángel. Sino que, al decir ‘El que me libró de todos los males’, mostró que no se refería a ningún ángel creado, sino al Logos de Dios, a quien unía con el Padre en su súplica, pues por Él es que Dios libra a quienes quiere.

Porque conocía que este es llamado el Ángel de la gran voluntad del Padre, no decía que fuese otro quien bendice y libra de los males, sino Él mismo. No es que él mismo pidiera ser bendecido por Dios y quisiera que sus nietos fueran bendecidos por un ángel, sino que aquel a quien él mismo suplicaba, diciendo: ‘No te dejaré ir si no me bendices’ (y este era Dios, como él mismo dice: ‘He visto a Dios cara a cara’), a este suplicaba que bendijera también a los hijos de José.

Porque propio del ángel es servir al mandato de Dios; muchas veces se adelanta para expulsar a los amorreos, y es enviado para guardar al pueblo en el camino; pero incluso estas cosas no son obra suya, sino del Dios que le ordenó y le envió, y también le pertenece a Él el poder de librar a quienes Él quiera librar. Por eso, no otro sino el mismo Señor Dios que se apareció le dijo: ‘He aquí, yo estoy contigo, guardándote en todo el camino por donde vayas’, y no otro, sino el mismo Dios que se apareció, detuvo la conspiración de Labán, ordenándole que no hablara mal a Jacob; y él mismo no suplicaba a otro sino a Dios, diciendo: ‘Líbrame de la mano de mi hermano Esaú, porque le temo’. Y hablando con sus esposas, decía: ‘Dios no permitió que Labán me hiciera daño’.

«Por eso también David no suplicaba a otro sino a Dios mismo para ser librado, diciendo: ‘A ti, Señor, en mi aflicción clamé, y me escuchaste. Señor, libra mi alma de labios injustos y de una lengua engañosa’, y atribuyendo a Dios esta gracia, habló y pronunció las palabras del cántico en el Salmo diecisiete, en el día en que el Señor lo libró de la mano de todos sus enemigos y de la mano de Saúl, y dijo:  ‘Te amaré, Señor, fortaleza mía. El Señor es mi roca, mi refugio y mi libertador».

Y Pablo, después de soportar muchas persecuciones, no daba gracias a otro sino a Dios, diciendo:

“Y el Señor me ha librado de toda obra mala (2 Tim 4:18), y en Él hemos puesto nuestra esperanza; y no otro sino Dios bendijo a Abraham y a Isaac. Y cuando Isaac bendecía a Jacob, decía: ‘Dios te bendiga, y te haga crecer y multiplicarte, y llegues a ser una congregación de naciones, y te conceda la bendición de Abraham, mi padre’.

Si, pues, bendecir y librar es algo propio solo de Dios, y no hubo otro que librara a Jacob sino el mismo Señor, y el patriarca invocó al que lo libraba sobre sus nietos, es evidente que no unía a otro en su oración con Dios sino a su Logos, a quien por eso mismo también llamó ‘ángel’, porque solo Él es quien apocalipta-revela al Padre.

Lo mismo hacía el Apóstol cuando decía: ‘Gracia y paz a vosotros de Dios Padre nuestro y del Señor Jesús Cristo’. Pues así era segura la bendición, debido a la indivisibilidad del Hijo respecto al Padre, y porque la χάρις (jaris: gracia, energía increada dada) es una y la misma.

Porque si el Padre da, lo hace a través del Hijo y en el Hijo. Así lo dice el Apóstol escribiendo a los corintios: ‘Doy gracias a mi Dios siempre por vosotros, por la gracia de Dios que os ha sido dada en Cristo Jesús’.  Esto mismo puede observarse en la luz y su rayo: lo que ilumina la luz, eso mismo lo ilumina el rayo; y lo que es iluminación de la luz, eso mismo es el rayo. Así también, viendo al Hijo, se ve al Padre como su rayo; así, el Padre y el Hijo son uno.

Esto, sin embargo, no puede decirse de los seres creados y de las criaturas. Pues cuando el Padre obra, ninguno de los ángeles ni de las criaturas obra con Él, porque ninguna de ellas es causa creadora, sino que son seres creados. Además, están separados y distantes del único Dios, siendo distintos en naturaleza y resultando obras suyas; ni pueden hacer lo que Dios hace, ni, como ya he dicho, pueden conceder gracia junto con Dios, ni, viendo a un ángel, podría alguien decir que ha visto al Padre. Porque los ángeles, como está escrito, son ‘espíritus diáconos, ministradores, enviados para diaconía, servicio’, y anuncian a quienes reciben los dones y donaciones dadas por Dios a través de su Logos.  Y el mismo ángel, cuando es visto, reconoce que ha sido enviado por el Señor, como lo hizo Gabriel con Zacarías y con María, la Madre de Dios. Y quien ve una visión de ángeles sabe que ha visto un ángel y no a Dios»

2) Iniciación en la Vida y en «toda la Verdad», es decir, en Cristo, a través del Espíritu Santo en Pentecostés.

Todos los discernimientos que se desarrollaron y aclararon durante las conversaciones relacionadas con los dos primeros Sínodos Ecuménicos, se transfirieron y transmitieron a través de todos los concilios ecuménicos posteriores, los cuales, en realidad, fueron extensiones del Primer Sínodo. Pero los logos, términos, significados y conceptos de los Padres no pueden separarse de sus presuposiciones. Puede haber variedad en los términos y significados, pero no en sus presuposiciones y fundamentos de estos.

Las presuposiciones y bases de los logos, conceptos y significados de los Padres sobre Dios se encuentran en las etapas espirituales de: 1) la catarsis de corazón, 2) la iluminación del corazón y 3) zéosis (divinización, glorificación) del corazón y de toda la existencia de cada uno, en el cual el Logos se manifiesta en su Espíritu y en Si Mismo apocalipta-revela al Padre. Aquel que, por el Espíritu ve a Cristo ve al Padre. Esta experiencia es la piedra angular de las formulaciones dogmáticas en la tradición patrística.

Ya hemos citado algunos textos Patrísticos que muestran claramente que los Padres del Primero y Segundo Sínodos Ecuménicos tomaron como un hecho la tradición heredada, según la cual, en sus experiencias de zéosis, los Profetas, Apóstoles y Santos tuvieron una visión real de Dios en Su Ángel- Logos increado, antes y después de Su Encarnación.

El Cristo al apocaliptar-revelar la increada doxa (gloria, luz increada) o la realeza increada del Padre durante Su Metamorfosis como Su propia doxa-gloria natural, es decir, delante de los tres discípulos en presencia de Moisés y Elías, es una repetición de las mismas manifestaciones de Cristo como Kirios-Señor de la Doxa-Gloria increada en el Antiguo Testamento, pero ahora a través de Su naturaleza humana. El grave error del Apóstol Pedro al sugerir que se construyeran tiendas para el evento (una para Cristo, una para Elías y una para Moisés), imitando la Tienda del Testimonio en la que Moisés había experimentado la doxa-gloria increada de Dios, se debía al hecho de que la naturaleza humana de Cristo había reemplazado tanto la Tienda del Testimonio de Moisés como el Templo de Salomón, haciéndolos innecesarios; y que el Cristo mismo es quien apocalipta-revela Su doxa-gloria increada, que posee por naturaleza del Padre.

Según los Padres de la Iglesia, la homilía (discurso) y la oración de Cristo que está relatada en el Juan 13:31 y 17:26, contienen la promesa que cuando venga el Espíritu de la Verdad “Él… os conducirá a toda la Verdad” (Jn 16:13), se cumplieron durante el Pentecostés, que se ha convertido en experiencia continua de aquellos que desde entonces se han unido a la comunión de los glorificados, divinizados (los que alcanzaron la zéosis).

Esto no significa que los Profetas y Apóstoles no se habían conducido a la Verdad, algunos a través de la iluminación y otros a través de la zéosis (glorificación, divinización). Sino que significa que los Apóstoles serán conducidos a toda la Verdad con la apocálipsis-revelación del Pentecostés. De ninguna manera esto significa que la Iglesia sería

guiada gradualmente a una comprensión más completa de toda la Verdad, ni a la restauración, apocatástasis o creación de la unidad entre las iglesias divididas. La homilía (discurso) y la oración de Cristo por la unidad, se refieren a la unidad de los Apóstoles y los creyentes en la experiencia de la zéosis (glorificación, divinización), es decir, la visión, expectación de la doxa-gloria increada de la Santa Trinidad en la naturaleza humana de Cristo (Jn 17:24), regalada en su plenitud a través de la participación en la experiencia del Pentecostés.

La zéosis glorificación del Pentecostés, siguió las etapas de la catarsis e iluminación de los discípulos de Cristo, como se refleja claramente en la tradición evangélica. Los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas corresponden a la etapa de la catarsis del corazón de los catecúmenos, y el Evangelio de San Juan a la etapa de la iluminación y la zéosis (glorificación, divinización). En el estadio de iluminación, el amor egoísta e interesado se transforma en agapi-amor desinteresado y prepara los discípulos para ver en Cristo la deidad o divinidad de la Santa Trinidad, como doxa (gloria, luz increada) y no como fuego ardiente consumidor. La desinteresada αγάπη (agapi: amor, emoción de la energía increada) es la condición para que el creyente sea conducido “a toda la verdad”, a través del Espíritu de Cristo.

Esto significa que los dogmas y la espiritualidad están inseparablemente unidos en las etapas de catarsis e iluminación. Pero en el estado de zéosis, el dogma de la gnosis-conocimiento sobre Dios es reemplazado por la realidad increada, la cual el dogma quiere indicar, mostrar, pero no puede expresar.

San Gregorio el Teólogo, quien apela su propia experiencia de zéosis (glorificación, divinización) para refutar las afirmaciones de los eunomianos de que el hombre puede conocer la esencia (ουσία usía) de Dios, este punto lo recalca y enfatiza claramente sin ninguna duda 21 (Logos teológico 2,3). Se refiere que un filósofo (Platón) decía que “expresar a Dios es imposible, comprenderlo es difícil”.  San Gregorio discrepa, enfatizando y recalcando que “expresar a Dios es imposible, pero comprenderlo es aún más imposible; porque lo que ha sido comprendido podría tal vez ser expresado en palabras, aunque no de manera adecuada, sino al menos vagamente…” (Logos teológico 2,4). Esto significa que uno para comprender y expresar a Dios no es solo imposible para los incrédulos, sino incluso para los amigos de Dios, quienes han alcanzado la iluminación o la zéosis glorificación. Dios permanece misterio incluso cuando es visto y contemplado.

A pesar de esto, aquellos que llegan a la iluminación y a la zéosis glorificación, usan logos, frases, palabras y conceptos al hablar de Dios. Ciertamente, estos conceptos, significados y logos son inspirados por la experiencia de la zéosis (glorificación, divinización). Los padres espirituales emplean logos, conceptos y significados para conducir a los demás a través de la catarsis, hacia la iluminación, tal y como hacían los profetas, los apóstoles y el mismo Cristo. Por lo tanto, utilizar estos logos, conceptos y significados como un medio de reflexión y especulación filosófica sobre el Dios es un uso erróneo de estos; es decir, esto automáticamente conduce a alguien al engaño, al fraude, alejándolo de la posibilidad de estar catartizado (purgado, limpio ysanado) en su corazón y de alcanzar la iluminación. Este mal uso de los logos, conceptos y significados sobre el Dios es la fuente de todas las herejías (errores, fraudes y engaños).

La especulación, meditación piadosa y filosófica sobre la Biblia, así como la crítica bíblica dentro de estos marcos de relación, son caminos sin salida, los cuales no conducen a la realidad, la que el Cristo indica en el Antiguo y Nuevo Testamento. La Biblia no es apocálipsis-revelación o Logos de Dios, sino que está relacionada con estos. La apocálipsis-revelación y Logos de Dios son comunicados, participados y conectados en los hombres solo a través de la catarsis en las etapas de la iluminación y especialmente con la θέωσις (zéosis: divinización, glorificación), en las que la Pentecostés es transmitida de generación en generación como la base y el punto central de la tradición y sucesión apostólica.

En el Antiguo Testamento tenemos las manifestaciones y apariciones de Dios a los profetas a través del Ángel-Logos, el cual continúa apareciendo en Su Encarnación con doxa-gloria increada a algunos Apóstoles, por ejemplo, durante Su Metamorfosis. Él explica a Sus discípulos que dentro de poco ya no le verán, porque debe ir hacia Su Padre, pero otra vez dentro de poco ellos le verán, (Jn 16:11,16-33). Esto se realizó previamente en las apariciones de Cristo a Sus discípulos después de la Resurrección, manifestaciones en las que el mundo no podía participar libremente. A continuación, tenemos Su desaparición definitiva de la vista del mundo en su Ascensión y su reaparición en Pentecostés en el Espíritu Santo, el cual desde entonces forma a Cristo enteramente en cada uno de los discípulos y creyentes reconciliados con Cristo y amigos de Dios (Jn 16:27), quienes han superado el estado de siervo o esclavo (Jn 15:14-15).

El término y condición de Pablo sobre la Iglesia, como Cuerpo de Cristo, es el resultado de la nueva forma o manera por la que la naturaleza humana de Cristo participa al misterio de la presencia de Dios través del el Ángel-Logos en los iluminados y glorificados, dividiéndose en Sí mismo indivisiblemente en Su doxa (gloria, luz increada).

Así que, desde el Pentecostés, la naturaleza humana de Cristo también se divide indivisiblemente, de modo que está completamente presente en cada uno de los amigos reconciliados de Dios. Esto es precisamente lo que Cristo explicó que sucedería en Juan 14, 23. Así, cada amigo de Dios se convierte y se hace portador de todo el Cuerpo de Cristo y, al mismo tiempo, todos los amigos de Dios son un solo Cuerpo de Cristo reunidos en el mismo lugar participando en el uno, único Pan y en el uno, único Cáliz. Este es el Misterio de la Iglesia fundado durante el Pentecostés y “toda la verdad”, la que había prometido Cristo, de que el Paráclitos conducirá a Sus amigos. Así el Cuerpo de Cristo está edificado con la adición de los iluminados y glorificados o divinizados de cada generación hasta el fin de los tiempos.

Antes de la muerte y Resurrección de Cristo, incluso los glorificados o divinizados, como los Patriarcas y los Profetas, morían con muerte física y espiritual, y esperaban su resurrección espiritual y corporal, que los Padres llaman primera y segunda resurrección.

La muerte espiritual es o bien no ver la gloria de Dios, o ver esta misma doxa-gloria increada como un «fuego consumidor» y «tinieblas exteriores» del infierno. La primera resurrección es la visión, expectación o contemplación continua e ininterrumpida de la creación en la doxa-gloria increada de Dios en Cristo. como ocurre en la comunión de los Santos, más allá de la tumba, desde la muerte y resurrección de Cristo. Ellos han perfeccionado su unión o boda con Cristo, la que se completará con la resurrección definitiva y la apocatástasis (restauración) de todo. Más allá de la tumba, los creyentes tienen «las arras del Espíritu» en sus corazones, es decir, la oración noerá-espiritual o del corazón (2Cor 1, 22, 5, 5, Efe 1, 14).

No existe reconciliación sin el Misterio de la Cruz, el cual se identifica con la zéosis (glorificación, divinización). Nadie puede llegar a ser amigo de Dios, salvo que voluntariamente levante su propia cruz y siga a Cristo. Ser glorificado, divinizado significa ser crucificado, lo cual, a su vez, significa tener la fuerza y energía increada de Dios para metamorfosear, transformar el amor interesado y egocéntrico en divina agapi (amor desinteresado), es decir, “que no busca ni pide nada para beneficio para sí mismo”. Esta reconciliación del hombre con el Dios estaba operativa y energizada en los Patriarcas, los Profetas y los Apóstoles antes de la Crucifixión, porque ellos participaban al Misterio de la Cruz. Por ello, ellos se convirtieron en amigos de Dios y recibieron gratuitamente la libertad (la franqueza) para debatir con ánimo y lealtad con Dios a favor de la sanación y salvación de los demás.

El Misterio de la Cruz es la fuerza y energía increada reconciliadora de Dios, la que sana las enfermedades de aquellos que quieren aceptar la psicoterapia, terapia y sanación, obedeciendo hasta la muerte la voluntad del Dios Logos, el Cual dio la ley a Moisés y las bendiciones y bienaventuranzas a los Apóstoles. La Crucifixión voluntaria del Kirios-Señor de la Doxa-Gloria es manifestación plena, aunque no la única, en la historia de la fuerza y poder del Misterio de la Cruz. Cada zéosis (glorificación, divinización) de un amigo de Dios antes y después de la Crucifixión de Cristo es también manifestación de la fuerza, poder y energía increada de este Misterio.

3) Diagnosis y terapia

La tradición patrística se vio obligada a utilizar el lenguaje filosófico de su época para que la enseñanza se volviera comprensible y para combatir las desviaciones heréticas de la tradición eclesiástica. Sin embargo, esto no significa que la filosofía sirvió para entender la enseñanza de Cristo. En todo caso, los Padres rechazaban las meditaciones especulativas y abstractas sobre el Dios y Su relación con la creación, e insistían en una aproximación empírica, por experiencia de la comunión y unión con el Dios, mediante la catarsis y la iluminación del corazón. Dentro de estos marcos deben entenderse éstos términos que usan los Padres: «πράξις praxis acción » (catarsis, iluminación) y «θεωρία zeoría » (contemplación, visión, expectación). Esto no tiene ninguna relación con la distinción medieval occidental, entre acción social y zeoría contemplación especulativa (intelectual o meditativa) sobre el Dios, la cual para los Padres es demoníaca y fuente de todas las herejías.

«Πράξις» praxis (acción) es la catarsis del corazón y «θεωρία zeoría » es la visión, expectación de la doxa (gloria, luz increada) de Dios, que el corazón tiene por su fe interior de la iluminación o por la zéosis (glorificación, divinización). Θέωσις zéosis es visión, expectación de la doxa-gloria increada de Dios en Cristo. La zéosis no es iluminación o la simple participación en la Divina Efjaristía, como parece que creen algunos Ortodoxos hoy en día.

Estos discernimientos presuponen el hecho que el centro de la espiritualidad es el corazón, y no la διάνοια (diania: mente, intelecto, cerebro), y que es en el corazón donde se forma el teólogo, además del hecho de que el corazón usualmente no funciona adecuadamente. Aquellos cuyos corazones solo bombean sangre de manera natural, piensan y creen que el cerebro y el sistema nervioso son los centros cognitivos del hombre para analizar las relaciones internas y externas respecto al Antiguo y al Nuevo Testamento. El corazón parece se toma, en tales casos, como ese centro. Naturalmente, ellos concluyen que esto ocurre debido a la percepción primitiva y errónea de esto.

En cambio, la tradición Ortodoxa conoce y enseña que el corazón, paralelamente con el bombardeo de la sangre, cuando se cultiva adecuadamente es el lugar de la comunión, conexión y unión con Dios mediante oración ininterrumpida, es decir, la perpetua memoria de Dios. Los logos de Cristo “bienaventurados y felices los catartizados (los que han hecho la catarsis, sanados de sus pazos y pecados) del corazón, porque ellos contemplarán y verán a Dios” (Mt 5:8), se han tomado muy en serio, porque se han cumplido en todos aquellos que recibieron el carisma de la θέωσις (zéosis: glorificación, divinización) tanto antes como después de su Encarnación.

La Teología Patrística y Dogmática es, para los Padres, es la misma realidad y se aprende adecuadamente, cuando la διάνοια diania (mente, intelecto, cerebro) observa las energías y acciones del Espíritu Santo en el corazón y coopera, (co-energiza) en la expulsión de todos los λογισμοί (logismí: conceptos, pensamientos simples o unidos con la fantasía) -buenos y malos-, los cuales no pertenecen a ese lugar, para sustituirlos con el único pensamiento-oración-memoria de Dios, la monóloga bendición u oración del corazón o de Jesús.

Con el paso del tiempo, algunos Padres denominaron «νοῦς nus» a la energía y actividad de la psique-alma en el interior del corazón, cuando retorna en su estado natural, y conservaron los nombres «λόγος-logos» y «διάνοια-diania» para referirse a la lógica, la que hoy muchos llamarían el enkéfalos-cerebro y el sistema nervioso. Otros Padres incluirán la energía y actividad orante del corazón con el término «νοῦς-nus», en el cual se engloban también las actividades intelectuales y lógicas de la psique-alma reunidas en el cerebro. Para evitar confusiones, utilizamos los términos “noerá (o espiritual) energía” y “noerá (o espiritual) oración”, para definir y designar la actividad y energía del «νοῦς» nus en el corazón, la denominada “noerá (o espiritual) oración (o bendición noerá)”.

La oración del corazón se puede convertir y hacerse incesante, mientras que la oración de la διάνοια (diania: mente, intelecto cerebro) opera por la decisión de quien ora y en períodos de tiempo elegidos por él. Aquel que tiene el χάρισμα c-jarisma o don de la oración incesante en su corazón, ora también con su diania (mente, intelecto cerebro) cuando ora con y por los otros en su presencia, para la su instrucción, formación y edificación. De hecho, en esos momentos realmente, él mismo ora con su diania y, al mismo tiempo, ora en su corazón con el Espíritu, con la lengua de Pentecostés o con el logos que le fueron dado por Dios en Cristo. Una es la oración del hombre a Dios, y la otra es la oración del Espíritu Santo en Cristo hacia Dios.

En esto, Apóstol Pablo toma esta doble oración de los carismáticos, como un fenómeno natural en la Iglesia de Corinto, pero amonesta a los Corintios que tenían este carisma, porque no oraban también con la diania (cerebro, mente, intelecto) para el beneficio de los demás que estaban presentes, quienes eran capaces de orar solo con el cerebro (1Cor 14:14). En verdad, Pablo nos dice que, cuando los fieles alcanzan la filiación o adopción en Cristo, esto significa que: “Y como prueba de que sois hijos, Dios ha enviado a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, para que podáis dirigiros a Dios clamando: ¡Abba, es decir, nuestro Padre! De modo que ya no eres esclavo de las cosas y elementos del mundo, sino hijo de Dios; y si eres hijo, eres también heredero por la χάρις jaris-gracia increada de Dios mediante Jesús Cristo. (Gal 4: 6-7). Cuando Pablo habla sobre esta oración por el Espíritu o por la lengua, no se refiere a una oración audible para los demás. “Porque el que clama o habla en lengua extranjeras no habla-clama a los hombres ya que no le entienden, sino a Dios; porque nadie le escucha y entiende, aunque por el Espíritu habla misterios, (es decir, su psique iluminada está dirigida por la energía increada del Espíritu Santo y habla verdades místicas o logos inefables) (1Cor 14:2). “Ahora pues, hermanos, si yo fuera a veros y os hablara en idiomas o lenguas extranjeras, ¿qué os aprovecharía, si no os hablare con apocálipsis-revelación, o con gnosis-conocimiento, o con profecía-teología, o con enseñanza edificante?” (1Cor 14:6)

Esto no debe confundirse con el hecho de que los Apóstoles fueron percibidos y comprendidos por los oyentes cada uno en su propia lengua o dialecto durante el día del Pentecostés. Pablo habla para los que no tenían la oración del Espíritu en sus corazones, y, por lo tanto, no conocían que oraban los demás, ya que no escuchaban nada.

Pablo considera esta oración en el Espíritu o por las lenguas en el corazón como una condición del χαρίσμα c-jarisma o don de la profecía. Afirma que aquellos que recibieron la χάρις (jaris: gracia energía increada) y don de la oración de Dios están obligados a llegar a profetizar (teologizar): “Así que, quisiera que todos vosotros hablaseis lenguas/idiomas extranjeras, pero más quiero que profeticéis o teologicéis y tengáis la riqueza de la gnosis del Espíritu Santo para anunciar las voluntades del Señor; porque mayor es el que profetiza o teologiza que el que habla en lenguas, a no ser que el mismo las traduzca y explique para que en la Iglesia los creyentes reciban edificación espiritual” (1Cor 14:5). Esta donación de la oración en Espíritu es la venida de Dios en Cristo al corazón y el levantamiento del velo del corazón que oscurece la correcta lectura de Moisés. “Sino que hasta el día de hoy, siempre que leen a Moisés, el velo persiste tendido sobre sus corazones y sus rostros; mas cuando alguno de ellos sea conducido de vuelta al Señor Jesús Cristo, entonces es corrido el velo del su corazón para que pueda entender claramente la verdad. El Señor es espíritu, y donde está el espíritu del Señor, está la libertad, por el espíritu del Señor se quita el velo y la esclavitud de la ley y allí se encuentra la verdadera libertad” (2Cor 3,15-17).

Sin embargo, este don, donación de la profecía ya no predice la venida del Ángel de la Gran Voluntad, sino que explica cómo se ha cumplido la profecía del Antiguo Testamento en el Kirios-Señor de la Doxa (Gloria, luz increada), el Cual se hizo Cristo, por el Nacimiento como Hombre de la Virgen, y cuya obra fue perfeccionada a través de Su muerte, Crucifixión, Ascensión y el regreso en Espíritu Santo durante el Pentecostés. Esto ocurrió, porque éste que ora en lenguas o en el Espíritu, conoce personalmente al Cristo resucitado, que habita en su corazón con el Padre: «El que me ama aplicará y cumplirá la enseñanza de mis logos, y mi Padre lo amará y vendremos a él y en él nos alojaremos permanentemente, metamorfoseando y convirtiendo su corazón y su cuerpo en templo vivificado y deificado del Dios vivo» (Jn 14,23), convirtiéndose en templo de Dios y no simplemente en alguien que lee acerca de Él en la Escritura.

La oración en Espíritu o la oración noerá (del corazón o espiritual, con el nus), también se llama memoria incesante de Dios. Es esta la que desapareció con la caída, teniendo como consecuencia el oscurecimiento del nus y la dureza del corazón.

Hoy en día, generalmente existen dos sistemas de memoria que se conocen en los seres vivos:

1) La memoria celular, que es la que define el desarrollo y la actividad del individuo en relación consigo mismo

2) La memoria encefálica o cerebral que es la que regula y define las energías, las acciones y las relaciones del individuo consigo mismo y con su ambiente, el entorno.

Además, existe en los hombres una memoria de Dios no energizada, inoperativa o sub-activa en el corazón, la cual, cuando vuelve en su función normal (estado operativo natural), lleva a la restauración, apocatástasis de todas las demás relaciones, mediante la conversión, transformación del -amor egoísta e interesado, basado en el miedo, en una agapi-amor desinteresada liberada del miedo. «En la agapi-amor incondicional, desinteresada e increada no hay lugar para el miedo o temor, la perfecta agapi-amor echa fuera el miedo, porque el miedo en sí infierna y supone culpabilidad y castigo; y el que teme no ha logrado la perfección de la agapi»; [18. El temor o miedo al Señor, a causa de nuestra culpa, por la que nos juzgará, en aquel que ama no existe; pero cuando la agapi-amor es perfecta, ella echa fuera de la psique-alma al temor o miedo que le está infernando. Porque el miedo presupone y condiciona sufrimiento y castigo, a causa de la culpabilidad. Por lo tanto, aquel que tiene miedo a causa de su culpabilidad, está claro que no ha progresado ni se ha perfeccionado en la agapi-amor incondicional, desinteresada e increada] (1Jn 4:18).

La caída del hombre o situación, estado de pecado heredado es: a) el fracaso de la energía noerá en funcionar correctamente o que no funcione nada estando bloqueada, b) la confusión con las funciones del cerebro-enkéfalos y del cuerpo en general y c) Su consecuente esclavitud al miedo y al entorno o ambiente. Cada persona experimenta la caída de su propia energía espiritual en diversos grados, dependiendo de su exposición a un entorno de actividades inactivas o de baja intensidad. Lo contrario suele ser cierto, cuando el ambiente es dominado por la iluminación en Cristo en distintos grados.

Los resultados del funcionamiento incorrecto de las energías noerás o del nus (espirituañes), son las relaciones no naturales entre Dios y el hombre, entre los hombres entre sí y también la utilización interesada de ambos, Dios y hombre caído para la comprensión y la compensación individual de seguridad y felicidad.

El Dios o los Dioses que imagina el hombre que existen fuera de la iluminación, son proyecciones psicológicas a causa de su necesidad de seguridad propia. Debido al miedo, la ansiedad y la inquietud, sus relaciones con los demás y con Dios son por conveniencia y para provecho propio. Pero no menos, cada individuo sigue existiendo bajo la creadora y cohesiva doxa, gloria, luz, fuerza, jaris etc. (energías increadas) de Dios, incluso cuando no es miembro del cuerpo de Cristo, puesto que no se ha conducido en la iluminación mediante la catarsis de su noerá energía en el corazón. Esta reacción de su inmediata relación o comunión con el Dios, llega desde la corrupción, dureza o embotamiento del corazón, (es decir, corte, extinción de la chispa de la jaris, la increada energía), hasta la experiencia de la glorificación o divinización de los santos. Esto significa que todos los hombres son iguales en la posesión de la noerá-espiritual energía, pero no en el grado, cualidad o funcionamiento de ella.

Es interesante apuntar la clara y precisa distinción o discernimiento entre la espiritualidad que inicialmente está arraigada en la fuerza noerá (espiritual) del corazón y de la intelectualidad que está arraigada al enkéfalos (cerebro). Así, tenemos las siguientes cuatro categorías de hombres: 1) Aquellos con pocas facultades que alcanzan el más alto nivel de perfeccionamiento noeró- espiritual (del nus-espíritu). 2) Aquellos que con altísimas cualidades o facultades intelectuales caen en un nivel bajo, aún en el nivel más bajo de la imperfección noerá (espiritual). 3) Aquellos que alcanzan ambos niveles, o sea, en altísimas facultades, cualidades intelectuales y perfección noerá-espiritual del nus y 4) Aquellos que con poca capacidad intelectual y cualidades llegan a la corrupción, al embotamiento y dureza del corazón.

Estos factores son la llave de la comprensión de la didascalía-enseñanza patrística, la bíblica y las formulaciones de los dogmas de los Sínodos Ecuménicos. No tienen nada que ver ni hacer con la filosofía y las metafísicas, y son mucho más similares con la psiquiatría contemporánea. El hombre, no tiene la natural noerá energía, la que debería funcionar correctamente en el corazón. La terapia, psicoterapia de esta enfermedad, que se llama pecado ancestral u original, es el perpetuo recuerdo o memoria eterna de Dios, llamada de otra manera “ininterrumpida, incesante oración o iluminación”, la cual no tiene nada que ver ni hacer con la percepción agustiniana o platónica de iluminación mediante visión o la gnosis-conocimiento de los arquetipos.

La preparación adecuada para la visión, contemplación de Dios en Su doxa (gloria, luz increada) común junto con Cristo, es que uno se convierta en templo del Espíritu Santo mediante la conversión de la agapi-amor egoísta interesada y de conveniencia, en agapi-amor desinteresada y no utilitaria o de interés propio de esta. Esta conversión se hace en el más alto nivel del estadio de la iluminación que se llama θεωρία (zeoría) contemplación espiritual, es decir, visión o expectación – en éste caso es visión de los increados logos o energías increadas de Dios en la creación por la incesante oración y la perpetua memoria de Dios. La noerá energía (nus) se libera de su esclavitud en su διάνοια (diania, cerebro, mente, intelecto) en la lógica, razón, en los pazos y en el ambiente o el entorno y es influenciada únicamente por esta memoria de Dios, la cual funciona a la vez con las distintas actividades de la vida diaria. Cuando la noerá energía (nus) se encuentra en este estado o situación, el hombre se ha convertido en naós-templo de Dios en Cristo por el Espíritu Santo.

San Basilio el Grande escribe a San Gregorio el Teólogo que: «Esto es la morada de Dios: tener a Dios arraigado en uno mismo a través de la memoria. Así nos hacemos templo de Dios, cuando el recuerdo continuo de Él no se interrumpe por preocupaciones terrenales, cuando el νούς (espíritu de la psique) con la mente no se turba por pasiones inesperadas, sino que, evitándolas todas, la psique- alma con su nus amante de Dios se retira hacia Él y, expulsando todo lo que nos incita al mal, se ocupa en prácticas orientadas a la virtud, (Erga-obras 1 2,4 pag 69). San Basilio el Grande no dice aquí que un individuo se convierte en templo de Dios mediante la interrupción de la ocupación de sí mismo de sus ocupaciones terrenales, y pensar constantemente en Dios solo con su lógica, sino que se refiere a la memoria de Dios y la energía noerá-espiritual a la vez continúa con la ocupación con los asuntos diarios y especialmente cuando uno sufre molestias y fatigas.

San Gregorio el Teólogo (Logos teológico A´5), destinatario de esta carta, subraya lo siguiente: «Es necesario recordar a Dios más que respirar, y si se me permite decir algo tan audaz, no debe hacerse otra cosa más que esto… Si debemos mencionar también a Moisés [Deut 6,8], mientras descansaba, se levantaba, caminaba, o hiciera lo que hiciera, debía estar impregnado por la memoria de Dios, como sello hacia la pureza.» Una expresión profundamente contemplativa que destaca la centralidad de la memoria de Dios en toda acción del hombre espiritual.

San Gregorio el Teólogo insiste en que filosofar sobre Dios sólo se permite en aquellos que han superado a los exámenes (no académicos), las pruebas y han alcanzado la θεωρία (zeoría: visión, expectación, contemplación) y los cuales antes han sido catartizados, sanados y limpiados en la psique y cuerpo o al menos están en este proceso; es decir, en sus propias palabras, aquellos que han sido «examinados y aprobados en la θεωρία zeoría y, antes de esto, tanto la psique-alma como el cuerpo se han catartizado, purgado o están siendo purgados, al menos en alguna medida media» (Logos teológico A´3).

Este estado de θεωρία zeoría tiene dos etapas, que ya nos hemos mencionado: a) La correlación del ambiente de alguien mediante la memoria perpetua de Dios en el corazón y b) la visión ambiental, del entorno de uno y de sí mismo, erosionado por la doxa (gloria, luz increada) de Dios y con el alojamiento de la naturaleza humana de Cristo. La zéosis glorificación, divinización es regalo de Dios que uno no lo pide, sino que lo da el Dios a Sus amigos, de acuerdo con sus necesidades y con las necesidades de los demás.

Durante este último estadio de la doxa (gloria, luz increada), la oración incesante, la profecía y la gnosis-conocimiento de Dios (la Teología) terminan, puesto que son reemplazadas por la visión de la doxa-gloria de Dios en Cristo, momento en el que solo queda la agapi-amor: “Las profecías serán abolidas… lenguas cesarán… gnosis-conocimiento queda abolido… cuando venga lo perfecto…” pero “la agapi nunca recae nunca se acaba o disminuye, sino que queda permanente para siempre”(1Cor 13:8-9). “Porque ahora vemos como en el espejo borroso, como enigma de manera que nos queden muchas cosas desconocidas y oscuras, problemas y dudas insolubles, entonces conoceremos y veremos cara a cara, claro y limpio; ahora conozco una parte de la verdad, entonces la conoceré tal y como la he conocido” (1Cor 13:12). Aquí Pablo habla para una experiencia futura, la que el mismo conoció y vivió, “tal y como la he conocido y he sido reconocido, (por Dios)”.

Cuando, por su parte, la zéosis glorificación en Cristo por este encuentro “cara a cara” termina, entonces la noerá oración (del corazón), la profecía y la gnosis-conocimiento sobre Dios (Teología) retornan. Así, aunque todo esto había cesado en Pablo durante su zéosis, él volvió a la oración a través del Espíritu, a la profecía (teología) y a la gnosis, esperando la repetición de esta experiencia, ya sea en su forma intermedia o final, con la manifestación general de Cristo en doxa (gloria, luz increada).

Antes del Pentecostés la zéosis glorificación era provisional y no continuaba después de la muerte. Ahora la zéosis en el Cuerpo de Cristo es nuevamente una experiencia temporal aquí, en la tumba, pero para los Santos en Cristo es experiencia permanente después de la muerte de sus cuerpos. Además, la zéosis glorificación en el Cuerpo de Cristo no se limita al corazón ni se manifiesta sólo en la cara, tal y como ocurría con los profetas, cuya doxa-gloria había sido abolida (2Cor 3,7), sino que se extiende a todo el cuerpo de aquellos que han sido glorificados o divinizados. Así, incluso los cuerpos de los santos manifiestan la glorificación permanente de sus poseedores, ya que son inspirados irrevocablemente por su glorificación permanente, habiéndose convertido en reliquias sagradas.

Durante la zéosis glorificación, los pazos irreprochables del cuerpo como el sueño, el hambre, la sed, el miedo, las fobias, la muerte, el cansancio, la corrupción, se retienen, se suspenden. Desde otro punto de vista, el cerebro y el cuerpo funcionan regularmente, una vez que uno sea adaptado a verse a sí mismo y su ambiente o entorno envuelto abundantemente por la doxa (gloria, luz increada) de Cristo, la cual es tanto luz como gnofos (nube de luz que oscurece deslumbra, o luz que supera toda la luz) y nada de eso, puesto que no se parece a nada creado. Totalmente distinto de la iluminación es la zéosis que no es gnosis-conocimiento creado, porque es superior y está por encima de la gnosis-conocimiento creada, es gnosis increada. La primera zéosis glorificación de alguien se realiza con su pérdida de orientación, porque inicialmente ve lo increado, pero, cuando delinque o peca empieza otra vez a ver su ambiente creado en esta Luz, la que es el día del Kirios-Señor, que no tiene fin. Así, aunque la oración incesante y la gnosis sobre el Dios (teología) cesan y finalizan, sin embargo, la gnosis-conocimiento y la experiencia del ambiente del entorno del glorificado continúan.

La justificación, sanación, absolución y salvación solo por la fe, es la enseñanza de la Biblia. Pero esta fe psicoterapéutica, sanadora y salvadora es un estado de la iluminación del corazón, tal y como hemos descrito hasta ahora, la cual en algunas ocasiones se denomina fe interior o íntima: “Porque todos sois hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús, porque los que os habéis bautizado en Cristo, os habéis revestido a Cristo” (Gal 3: 26-27). “Puesto que sois hijos, envió Dios en vuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abba, el Padre! De manera que ya no eres esclavo o siervo, sino hijo; y si hijo también heredero de Dios mediante Cristo” (Gal 4: 6-7). La adopción, salvación y oración del Espíritu Santo en el corazón son realidades idénticas. No hay salvación, justicia y perdón por la ley o por las obras, sino solo por Cristo, Quien dio la ley. La ley no da vida, sólo Cristo da vida: “Si se hubiera dado una ley capaz de vivificar, entonces la justicia y la salvación hubiera sido realmente por la ley” (Gal 3:21). Es la fe la que se forma en aquellos que tienen por el Santo Espíritu el regalo de la oración en los corazones, la que confirma la agapi-amor de Dios en Cristo y resulta a la agapi-amor “la que no busaca lo suyo” (1Cor 13:5).

Esta terapia, psicoterapia y transformación de la personalidad humana en relación con la humanidad en general, hace la diferencia sea muy clara y precisa entre los que se psicoterapian, se sanan y aquellos que aún no se han sanado. La Fe en Cristo sin el sometimiento a la psicoterapia, sanación en Cristo, no es fe para todos. Tener confianza en un médico, sin someterse a la terapia, tratamiento que él recomendó, sería exactamente el mismo tipo de antífasis-contradicción, en cuanto a la terminología.

Con el propósito de que esta psicoterapia, sanación se tendría en cuenta en relación con el mundo en general, se podría recalcar que si el Judaísmo profético y su heredero Cristianismo Ortodoxo apareciesen en el siglo XX, probablemente no se habrían clasificado como religiones, sino como ciencias médicas similares, como la psiquiatría, con amplia repercusión sobre la sociedad, debido al éxito por psicoterapiar, sanar en distintos grados la enfermedad de los parcialmente o insuficientemente funcionamientos de las personalidades humanas. De ninguna manera estas podrían confundirse con las religiones que, mediante diversos métodos y trucos mágicos, prometen la escapatoria de un supuesto mundo material proyectado por el mal o fenómenos ilusorios sin fundamento hacia un supuesto mundo de seguridad y ευδαιμονία (efdemonía: bienestar, dicha y felicidad).

Otra perspectiva sobre este tema es enfocarnos un poco más en las consecuencias de la percepción y comprensión bíblica y patrística sobre el paraíso y el infierno. Dios mismo es ambas cosas: paraíso e infierno, recompensa y castigo. Todos los hombres fueron creados para contemplar y ver incesantemente a Dios en la doxa (gloria, luz increada) de Cristo. Si Dios será para cada hombre paraíso o infierno, recompensa o castigo, depende de la correspondencia del hombre a la αγάπη (agapi: amor, emoción de energía increada, incondicional y desinteresada) de Dios en Cristo y de su aceptación de la receta para transformar su agapi-amor interesado y egocéntrico en agapi-amor de cualidad divina, “la cual no busca lo suyo”.

Con esto se entiende que ninguna religión o iglesia puede reivindicar para sí mismo el derecho de decidir quién va al paraíso y quien va al infierno, ya que todos, tarde o temprano, verán la doxa (gloria, luz increada) de Dios en Cristo, ya sea como luz o como fuego ardiente consumidor. La verdadera vida en Cristo es una preparación mediante la catarsis y la iluminación del corazón, de manera que esta visión, expectación sea paraíso y no infierno. La responsabilidad principal de aquellos que se encuentran en la etapa de la iluminación es iluminar a los demás, de modo que, mediante un amor desinteresado y no utilitarista, vivan y trabajen juntos en la comunidad, y al mismo tiempo se preparen a sí mismos y mutuamente para la experiencia eterna que cada uno tendrá.

El momento en que alguien separa el paraíso y el infierno y cree que estos son lugares, o que el infierno es la privación de la visión de Dios, entonces automáticamente introduce concepciones mágicas en la percepción y comprensión bíblica de la psicoterapia, terapia y sanación. Así la visión de Dios se convierte en paraíso para todos aquellos que por una manera u otra alcanzan este estadio. Esta magia puede adoptar la forma de predestinación, salvación solo por la fe o por las obras buenas, o por participación en los misterios o por las expiaciones sacerdotales de pecados o por una combinación de todo esto.

Estas variantes y cambios de la tradición mueven indefectiblemente la necesidad de cambio del hombre hacia Dios, cuya postura salvadora hacia el hombre está determinada por una obediencia servil y esclavizadora a Su voluntad. Estos no conocen que Dios ama a todas Sus creaciones sin excepción (incluido al mismo diablo) con la misma agapi-amor, que Dios ha sido y siempre será amigo de los hombres, y que es el hombre y no el Dios, quien necesita reconciliación, es decir, la psicoterapia, terapia y sanación de la parte disfuncional de su personalidad.

4) El Cuerpo de Cristo

El que Cristo vino con el Espíritu Santo y el Padre después de Su Resurrección, Su Ascensión y regreso para habitar en los fieles, esto es una premisa básica tanto del Apóstol Pablo como para del Apóstol y Evangelista Juan. Dada la relación de Apóstol Lucas con Pablo, el acontecimiento del Pentecostés, referido por Lucas, es muy posible que tenga una base eclesiológica Paulina. Sin embargo, desde un punto de vista importante, es decir, en relación con el fenómeno de la γλωσσολαλία glosolalia (hablar o clamar en lenguas), Lucas realmente se convierte en la clave para Pablo en lugar de lo contrario.

Cabe señalar que las epístolas del Apóstol Pablo se dirigen a aquellos ya iniciados en los misterios de la Iglesia. El Evangelio de Juan es un libro de catequesis después del Bautismo, destinado para aquellos que ya tienen el Espíritu Santo. Sin embargo, el Evangelio de Luca, al igual que los de Marcos y de Mateo, son catequesis antes del bautismo y los Hechos de los Apóstoles están destinados a una audiencia no iniciada en la vida interior de Cristo. No obstante, dado que Lucas fue discípulo y acompañante de Pablo, sus escritos presuponen y reflejan esa vida interior en Cristo. A pesar de esto, puesto que Lucas era discípulo y de Pablo, sus escritos presuponen y reflejan esta vida interior en Cristo.

Para el Evangelista Juan, la venida del Espíritu Santo es un cumplimiento de la promesa de Cristo, que preparará un lugar allí donde, cuando regrese, llevará Sus discípulos Consigo, de modo que los mismos estén donde está Él (Jn 14, 2-3). Mediante la intercesión de Cristo, el Padre dará a Sus discípulos otro Paráclito (Suplicador, Consolado, es decir, el Espíritu Santo), a quien ellos le conocen, porque habita en ellos y estará en sus interiores (Jn 14, 16-17). “En aquel día” los discípulos de Cristo conocerán que el Cristo está “en el Padre” y ellos están “en Cristo” y Él “en ellos” (Jn 14,20). Ellos ven a Cristo porque vive y vivirán (Jn 14,19). El Cristo estará revelándose en aquel que Le ama (Jn 14,21). El Cristo y Su Padre vendrán y habitarán en él (Jn 14,23). Cuando el Espíritu de la verdad venga, los enseñará toda la verdad y los recordará con todo detalle lo que Él les dijo (Jn 15, 26). Cuando el Espíritu de la verdad venga, que lo enviará el Padre mediante el Cristo, testificará sobre Cristo y los discípulos darán testimonio, porque ellos están con el Cristo desde el principio (Jn 15, 26-27). Cuando el Espíritu de la verdad venga, conducirá a los discípulos “a toda la verdad”, porque Éste no hablará “de Sí Mismo, sino que hablará de lo que ha escuchado y anunciará lo que ha de venir” a Sus discípulos. Él glorificará a Cristo, porque tomará de Él lo que tiene que anunciar a Sus discípulos. El Cristo dijo: “todo lo que tiene el Padre” es también Suyo. Por eso el Espíritu de la Verdad tomará de Él y lo anunciará a los discípulos. Después el Cristo repite que “aún poco tiempo y ya no me veréis más…” Después llega al punto final de los capítulos Juan 14-17: “Pero cuando venga Aquel, el Espíritu de la verdad, os guiará a toda la verdad. Porque no os hablará por su cuenta, sino que os hablará lo que ha oído del Padre y os anunciará las cosas que habrán de ocurrir en mi Iglesia.  Aquel me glorificará, porque tomará de mi infinita riqueza y os lo revelará. Todo lo que el Padre tiene es mío; por eso os he dicho que el Paráclitos tomará de lo mío, es decir, de mí sabiduría y conocimiento que son también del Padre y os lo revelará.  Aún poco tiempo y ya no me veréis más con vuestros ojos y dentro de otro poco (después de mi resurrección) me veréis, contemplaréis (espiritualmente en Espíritu Santo), porque yo me voy a mi Padre. [16. Todavía un poco ya no me veréis, y todavía otro poco y me veréis, es decir, inmediatamente después de mi resurrección, en Espíritu Santo me estaréis contemplando espiritualmente con los ojos de vuestra psique y me estaréis sintiendo en vuestro interior, porque yo me voy al Padre, al cual yo rogaré que os envíe el Paráclitos o Espíritu Santo.]

Después viene el punto definitivo de los capítulos 14-17: “Padre, quiero los que tú me has dado estén conmigo donde yo estoy, para que vean y disfruten de mi doxa (gloria, luz increada), que me has dado antes de los siglos, porque me has amado desde antes de la creación del mundo” (Jn 17,24).

Para Juan, la Ascensión de la naturaleza humana de Cristo es una condición absolutamente necesaria para el envío del Espíritu Santo por parte de Cristo, como se ve claramente en Lucas y, por extensión, en Pablo: Juan 16, 5-7 “Ahora voy al que me envió y como estáis tristes por la separación y las persecuciones que os he anunciado, ninguno me pregunta: ¿A dónde vas? Antes, porque os he dicho estas cosas, vuestro corazón se ha llenado de tristeza, de modo que no podéis estar atentos a mis promesas gratificantes y salvadoras. Pero yo os digo la verdad, os conviene que yo me vaya. Porque si no me voy, el Paráclitos, Consolador no vendrá a vosotros, pero si me voy, os lo enviaré. [7. Pero yo os digo la verdad, os conviene que yo me vaya, porque si no muero en la cruz y no me voy, el Paráclitos no vendrá a vosotros. Pero si ofrezco mi redentor sacrificio de expiación sobre la cruz y me voy de este mundo hacia mi Padre, os enviaré el Paráclitos.]

El que Juan no confunda las apariciones de Cristo después de la Resurrección con Su retorno en Espíritu Santo durante Pentecostés, es claro porque menciona las palabras de Cristo a María Magdalena: “No me toques, porque aún no he subido a mi Padre” (Jn 20,17). Pero en las posteriores apariciones mencionadas, Cristo le dijo a Tomás el gemelo que pusiera su mano en Su costado. Tomás creyó, más viendo que tocando: “Porque me has visto, has creído” (Jn 20,29).

El lugar de la casa común de este, quien ama al Padre en Cristo, es la naturaleza humana de Cristo, el Templo del Logos por naturaleza y de Su natural doxa (luz increada gloria), la que el Cristo como Logos ha recibido del Padre y por naturaleza participa con el Espíritu Santo. Al convertirse alguien en miembro del Cuerpo de Cristo, se convierte en templo de Dios y al mismo tiempo permanece en Dios, como en Su templo. El Pentecostés es el nacimiento y cumpleaños de la Iglesia, porque la naturaleza humana de Cristo está presente y unida por la jaris (gracia, energía increada) con cada miembro de Su Cuerpo; pero no como parte de Cristo en cada uno, sino el Cristo entero está en cada miembro por la Jaris increada. El Cristo se fue, porque debía volver en Espíritu Santo a través de una nueva presencia de Su naturaleza humana, la cual, como doxa-gloria increada de Dios, se reparte indivisiblemente entre muchos fieles, de manera que el Cristo por la jaris increada está presente en el interior y unido a cada miembro de Su Cuerpo. Al mismo tiempo, el Cuerpo de Cristo permanece Uno, de modo que Sus miembros sean uno con cada otro en la doxa (gloria) y βασιλεία vasilía realeza increada de la Santa Trinidad.

De acuerdo con los Hechos de los Apóstoles, el Cristo les dijo a Sus discípulos antes de Su Ascensión que pronto serán bautizados en Espíritu Santo (Hec 1,5 y Mt 3,12). Durante el Pentecostés “les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hec 2, 3-4).

En vista de la conexión de Juan sobre la venida del Espíritu Santo con la reaparición de Cristo en sus discípulos, como hemos visto, y las verdaderas apariciones de Cristo después del Pentecostés, por ejemplo, a Esteban (Hec 7,55-56) y a Pablo (Hec 9,3 y 22,6 y 17) etc, hay una probabilidad y una base incluso para aceptar que el pasaje de los Hechos 1,11, podría tomarse como realizado mediante el pasaje de los Hechos 2,1 y siguientes. Mientras Cristo ascendía “he aquí dos hombres que se les presentaron vestidos de blanco», diciéndoles a los Apóstoles que Cristo «volverá de la misma manera que le habéis visto ir al cielo· (Hec 1,11).

En cualquier caso, el «λαλείν ετέραις γλώσσαις hablar en otras lenguas» y el «αποφθέγγεσθαι apofzénguesze* hablar en apotegmas” no se deben confundir. El»αποφθέγγεσθαι apofzénguesze hablar en apotegmas” en el pasaje de los Hechos 2,4 significa profetizar, como se ve claro de toda la homilía del Apóstol Pedro en el pasaje 2,14 y siguientes. Primero, alguien recibe el carisma de γλωσσολαλίας (glosolalia: hablar o clamar en lengua) en el corazón y después es inspirado en el cerebro, mente para entender los profetas y a Cristo, con el fin de profetizar. Estas distinciones son claras en Apóstol Pablo y en Mateo. Una vez que el ser humano haya recibido la donación de glosolalia (clamar en lenguas), entonces el Espíritu Santo puede, si quiere, crear o no tales situaciones como en el pasaje en los Hechos 2, 6-13.

[*«Aποφθέγγεσθαι apofzénguesze producir en voz o hablar en frases breves que se formulan razones o juicios como axiomas; opiniones que son consideradas de indudable prestigio y en general con carácter didáctico. El sustantivo del verbo es la palabra αποφθέγμα apofzégma apotegma en español.»]

En cualquier caso, el bautismo en Espíritu es lo mismo con el recibimiento del regalo de la glosolalia y está claramente distinguido del bautismo en agua. Pablo primero fue glorificado en su visión con el Cristo en doxa (gloria, luz increada) y después fue bautizado (Hechos. 9, 18, 22, 16). Cuándo recibió el don de lenguas no nos lo dice, aunque se registró que lo poseía. Los doce discípulos de Apoló, los cuales habían recibido el bautismo de μετανοία metania de Juan, “cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban (teologizaban)” (Hec 19, 5-6).

En el caso del ecatóntarco centurión Cornelio y su séquito, ellos primero fueron bautizados en Espíritu, puesto que han recibido la donación de don lenguas en y por la glorificación, y después se bautizaron en agua; por lo tanto, Pedro así ya no podría reaccionar: “Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el logos, discurso. Y todos de la circuncisión, los que habían venido con Pedro se quedaron atónitos de que también sobre los gentiles se había derramado el don del Espíritu Santo. Porque los oían que hablaban en lenguas, y que magnificaban a Dios. Entonces respondió Pedro: ¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros?” (Hec 10,44-47). En su apología (confesión) que hizo para esto, Pedro recordó lo que dijo el Cristo antes de Su Ascensión sobre el Bautismo en Espíritu Santo (Hec 1,5) y concluyó: “Si Dios, pues, les concedió también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesús Cristo, ¿quién soy yo para estorbar a Dios? (Hec 11,17). La palabra helénica “ίση isi igual” en el texto significa que la donación recibida aquí no es solamente la misma, como en el Pentecostés, sino también igual, idéntica. Es esta idea de igualdad, la que se encuentra en el núcleo de los problemas en Corinto, donde muchos con sólo la donación de lenguas se consideraban a sí mismos que son iguales que los otros, sin darse cuenta que esto ocurre sólo cuando las lenguas se preceden o siguen la zéosis glorificación; puesto que durante la visión, expectación o contemplación de Dios todos los dones, carismas quedan abolidos excepto la divina agapi-amor.

Este bautismo en Espíritu, que culmina en la donación del don de lenguas y que normalmente está acompañado por el don de la profecía (teología), obviamente es el principio de la crismación, del misterio mediante el cual alguien se hace miembro del Cuerpo de Cristo y templo de Dios. Para el Apóstol Pablo la donación del don de lenguas-idiomas parece ser el mínimo requisito para convertirse en miembro del Cuerpo de Cristo. Es la base no solo de la profecía (teología), sino también de todos los carismas. Después de aquellos que hablan en lenguas, están los laicos o particulares y los no creyentes. Estos no son miembros del Cuerpo de Cristo, ni carismáticos.

Los laicos o particulares tienen un lugar especial en la Iglesia y dicen amén en los momentos adecuados durante las oraciones (1 Cor 14, 16). El hecho que ellos digan amén en las oraciones eucarísticas, significa que probablemente fueron bautizados con agua y esperaban la llegada del Espíritu Santo en sus corazones; es decir, la donación del don de lenguas, y así podrían participar en la comunión eucarística, como habían hecho los apóstoles antes del Pentecostés. Estos, obviamente, eran laicos bautizados de la comunidad apostólica.

Es obvio que los catecúmenos eran de procedencia pagana, idólatra, quienes no podían tener el mismo trato que los judíos. Los judíos aún se consideraban como fieles, siempre que no rechazaran completamente al Señor Encarnado de la Doxa (gloria, luz increada).

Estos, con los carismas mencionados en 1Cor 12, 4-10 (en los cuales se incluyen los «ministerios» y los «actos» que se enumeran en este pasaje, como se explica en 1Corintios 12:28-31) y estos con los carismas en los últimos versículos de la epístola, son todos miembros del clero, registrados según sus dones espirituales, pero no estrictamente por su actividad litúrgica, funcional o su ordenación. Ellos fueron llamados directamente de Dios, Quien otorga la donación de la oración en lenguas, después de la preparación adecuada por parte de un padre espiritual. Pablo dice que los Corintios puede que tengan muchos maestros en Cristo, pero no muchos padres: “pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio” 1Cor 4,15). Sin embargo, Pablo agradece a Dios, porque no ha bautizado a ninguno de los Corintios salvo a unos pocos. Esto significa que Pablo los introdujo, engendró en el campo de los carismas, en los cuales el cimiento o la base es hablar en lenguas o rezar en lenguas. En otras palabras, los carismas son fruto del bautismo en Espíritu Santo y una señal de que uno se ha hecho miembro del Cuerpo de Cristo. “Porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo, sean judíos o helenos, sean esclavos o libres y de un mismo Espíritu todos hemos bebido (1Cor 12,13). Esto es evidentemente el bautismo en el Espíritu Santo. De todo lo que sigue, el Cuerpo de Cristo incluye solo a aquellos que han sido bautizados de esta manera.

Al igual que en los Hechos, para Pablo, hablar en lenguas es una señal clave de que alguien ha sido bautizado en el Espíritu Santo. Pero en el pasaje 1Cor 12,10 y 12,28-30, lo de “γένη γλωσσών géneros de lenguas” a primera vista se ve que está separado de los carismas, dones más altos, dando la impresión que la Iglesia puede operar y funcionar sin ellos. Sin embargo, el pasaje “no todos tienen el carisma de lenguas” (1Cor 12,30), no se refiere a los carismáticos más altos, sino más bien que los “laicos o particulares” y los “infieles” no hablan en lenguas, como está claro en el pasaje 1Cor 14, 15, 23, 24. Cuando Pablo enumera a los que el Dios ha puesto en la Iglesia, él empieza en el primer lugar con los Apóstoles y acaba con el “género de lenguas” en el último lugar. En el pasaje 1Cor 14,16 los “laicos, particulares” aquí no están incluidos, ni en el orden de la Iglesia en el pasaje 1 Cor 14,26, etc. La razón de esto es que aún no poseen en su interior la donación del don del Espíritu Santo para poder orar incesantemente en ellos, y por tanto no han sido colocados por el Dios en el Cuerpo de Cristo.

El que los carismas más altos incluyen los más bajos, pero no viceversa, está claro de lo que dice el Apóstol Pablo de sí mismo: “Doy gracias a Dios porque me ha dado el carisma y hablo en lenguas más que todos vosotros; pero en la iglesia prefiero hablar cinco palabras con mi entendimiento, para enseñar también a otros, que diez mil palabras en lengua desconocida (1Cor 14,18-19). Esto no significa que el Apóstol Pablo no ora en la Iglesia en lengua, es decir, en Espíritu, sino que en la Iglesia él estaba obligado a orar con la διάνοια (diania: cerebro, mente, intelecto) para la edificación de los demás: “Oraré con el carisma en espíritu, pero oraré también con la διάνοια intelecto, entendiendo y explicando lo dicho”76 (1Cor 14,15).

Con “los géneros de lenguas” el Apóstol Pablo obviamente se refiere a la oración, recitar salmos y psalmodiar, cantar himnos y odas espirituales: “antes bien sed plenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones; dando siempre gracias por todo a Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesús Cristo (Ef 5,18-20). Así, algunos tienen “géneros de lenguas” y otros tienen además “interpretación de lenguas” (1Cor 12, 18,29). “Buscad y anhelad la agapi-amor; y procurad los dones espirituales, pero sobre todo que profeticéis o teologicéis, (es decir, la inspiración, por la energía increada jaris, del carisma de profecía o teología para enseñar y formar a los creyentes)… Así que, quisiera que todos vosotros hablaseis en lenguas, pero más que profetizaseis o teologizaseis; porque mayor es el que profetiza (teologiza) que el que habla en lenguas, a no ser que el mismo las interprete y explique para que la iglesia, los creyentes, reciban edificación espiritual” (1Cor 14, 1-5). Al igual que en los Hechos, así también aquí la profecía existe a causa de las donaciones de lenguas, pero este último no siempre puede conducir a la profecía. No hay muestra de que Cornilio y su séquito profetizaban, aunque hablaban lenguas como resultado de su zéosis glorificación.

Cuando el Apóstol Pablo dice: “quisiera que todos vosotros hablaseis en lenguas, pero más que profetizaseis; porque mayor es el que profetiza (teologiza) que el que habla en lenguas, a no ser que el mismo las interprete y explique para que la iglesia, los creyentes, reciban formación y edificación espiritual” (1Cor. 14, 5),  no da a entender que aquel que sólo “habla lenguas” debe aprender a interpretar los salmos y las oraciones en su corazón, es decir, traerlos en su diania (mente, intelecto) para que sean escuchados: “13 Por lo cual, el que habla o clama en lengua, pida en oración poder interpretarla. Porque si oro con el carisma de lengua, ora mi espíritu del corazón (y la psique-alma que se encuentran bajo la jaris energía increada del E. Santo), pero mi mente queda sin fruto (porque no puede conceptuar, intelectualizar y ofrecer beneficio espiritual a los demás). Entonces, ¿qué hacer? Oraré con el carisma en espíritu, pero oraré también con la mente (entendiendo y explicando lo dicho). Cantaré salmos con el carisma en espíritu, pero también los cantaré con la mente. Porque si con el carisma de lenguas glorificas a Dios ¿cómo dirá «amén» a tu acción de gracias el que ocupa el lugar del particular o simple oyente no iniciado, puesto que no sabe lo que has dicho? Porque tú, bien das gracias y glorificas a Dios; pero el otro no es edificado espiritualmente. Doy gracias a Dios porque me ha dado el carisma y hablo en lenguas más que todos vosotros; pero en la iglesia prefiero hablar cinco palabras con mi entendimiento, para enseñar también a otros, que diez mil palabras en lengua desconocida” (1Cor 14, 13-19).

Pablo nunca dice que alguien interprete lo que otro «habla en lenguas». Uno interpreta lo que el mismo “habla en lenguas” en su corazón. Por lo tanto, el pasaje 1Cor 14, 27-28 significa que “si habla alguno en lengua, sea esto por dos, o a lo más tres, y por turno y que uno interprete. Si no hay quien interprete, guarde silencio en la iglesia, y hable consigo mismo y con Dios”. Está claro que el intérprete, quien tiene la jaris (gracia, energía increada) de traer la oración del espíritu de su corazón a su diania (mente, intelecto) para que sea escuchada para la edificación de los demás.

El Apóstol Pablo se entristeció, porque un grupo de Corintios carismáticos, obviamente había convencido a los otros hacer un culto grupal del corazón, sin que transmitan la oración del Espíritu Santo a través de la lógica del intelecto, de modo que no pudieran escuchar los demás. Para Pablo, esto no está bien: “Porque tú, bien das gracias y glorificas a Dios; pero el otro no es edificado espiritualmente” (1Cor 14, 17) y “porque si con el carisma de lenguas glorificas a Dios ¿cómo dirá «amén» a tu acción de gracias el que ocupa el lugar del laico o particular o simple oyente no iniciado, puesto que no sabe lo que has dicho? (1Cor 14,16). Está claro que orar en lengua o por el Espíritu son términos intercambiables.

El apóstol Pablo discute de los tipos de voces que existen en el mundo, tanto las de objetos inanimados como flautas, arpas y trompetas, como también la humanas. El que Pablo hablara sobre voces en sí mismas, las cuales son producidas y no de voces confusas e incomprensibles, se ve claramente por el término “sonido confuso o voz indeterminada” en 1Cor 14,8, que significa una voz que no se oye. En el pasaje 14,9 Pablo habla de la debilidad de entender el logos (discurso o concepto), al no ser que sea transmitido con palabras formadas por la lengua. Luego continúa diciendo, “tantas clases de idiomas hay, seguramente, en el mundo, y ninguno de ellos carece de significado. Pero si yo desconozco el valor del lenguaje seré un bárbaro, como extranjero para el que me habla; y el que me habla, un bárbaro ο como extranjero para mí” (1Cor 14, 10-11).

Se ve claro que el capítulo 14 de la 1Epístola a los Corintios no se contradice en ningún punto con aquel punto que principalmente se planteó desde el principio como objeto de discusión: “Porque el que clama-habla en lengua no habla a los hombres, sino a Dios; pues nadie le entiende, aunque por el Espíritu habla misterios, (es decir, su psique iluminada está dirigida por la energía increada del Espíritu Santo y habla verdades místicas o logos inefables) 1Cor 14,2. Y “ahora pues, hermanos, si yo voy a vosotros hablando en lenguas, ¿qué os aprovechará, si no os hablare con apocálipsis (revelación de Dios), o con gnosis (conocimiento), o con profecía (teología), o con enseñanza? (1Cor 14,6).

Este hecho de que algunos Corintios hablaban en lenguas, pero no interpretaban ni profetizaban (o ni teologizaban), sería la demostración definitiva que esto, es decir, la “glosolalia” no sería lo mismo que «αποφθέγγεσθαι apofzénguesze* hablar en apotegmas” de los Hechos 2:1 y siguientes. Por otro lado, Pablo no hace la menor insinuación para que unos comprendan a otros. Se ve que sólo los laicos o particulares y no creyentes no podían participar en lo que ocurría. Sin embargo, cuando todo el cuerpo de los carismáticos se ocupa de la profecía (teología), entonces tanto los laicos como los no creyentes se dan cuenta y conciencian que “investigados y examinados en su interior por todos, así las cosas ocultas de sus corazones se hacen manifiestas” (1Cor 14, 24-25). Este es el diagnóstico del que hemos hablado en el último capítulo. Ellos adquirían la convicción de que los profetas (teólogos) realmente tenían a Dios en su interior. Pero la confianza definitiva y la subordinación de ellos en la terapia de los Padres espirituales, conduce a la adopción en Espíritu Santo y a la unión con el Cuerpo de Cristo, es decir, a la recepción del carisma de lenguas.

Así, el diagnóstico de la enfermedad espiritual del corazón por uno de los terapeutas con el carisma del discernimiento de espíritus (Cor 12,10), es la condición más fundamental y básica para la adquisición de la oración terapéutica del Espíritu Santo en el corazón, que es la que da la compresión de aquellas cosas que se refieren a Cristo y a Su Cuerpo, es decir, la Iglesia. Esto es porque “las lenguas sirven de señal sobrenatural, no a los creyentes, sino a los incrédulos, para que vuelvan en la fe; pero la profecía (teología), no a los incrédulos, sino a los creyentes, para que sean edificados e iluminados espiritualmente (1Cor 14, 22).

En otras palabras, las lenguas no son un signo para aquellos que tienen el carisma de la oración interior en su corazón, puesto que tienen el carisma de lenguas, sino para aquellos que no tienen este carisma. La profecía (teología), por otro lado, es una señal no para aquellos que no tienen esta fe, ya que no tienen el carisma de lenguas, el cual hace posible también la profecía (teología) y su comprensión, sino que es un signo para aquellos que tienen la fe, puesto que teniendo este carisma de lenguas comprenden la profecía (teología). Así que, uno debe empezar con la fe exterior la aceptación de la autenticidad o con la capacidad del terapeuta. Permanecer en el estado de oración y recitando salmos en su corazón, sin progresar por lo menos en la interpretación, la que edifica espiritualmente a los demás, es una detención del progreso y crecimiento espiritual y no será conducido a la αγάπη (agapi: amor desinteresado) la que “no busca lo suyo, sus propios intereses” (1Cor 12, 5) y “Por eso muchos de vosotros que indignamente comulgáis de los divinos regalos, estáis enfermos y débiles, y otros han muerto” (1Cor 11, 30).

La γλωσσολαλία glosolalia (clamar, hablar en lengua) no es un fenómeno exclusivo de Corinto. El Apóstol Pablo en la epístola a los Romanos habla sobre “el culto lógico” y sobre la metamorfosis, transformación mediante la renovación del νούς (nus: espíritu de la psique) (Rom 12, 1-2). Esto es posible mediante la liberación del nus de la ley que habita en los miembros de uno, y combate, lucha contra la ley, la que ha aceptado a través del nus y cautiva (al hombre) a la ley del pecado: “En mi interior me agrada con todo mi corazón la ley de Dios; pero veo en mi cuerpo y en sus miembros una ley que lucha contra la ley de mi espíritu y contra de lo que me dicta mi conciencia y me esclaviza a la ley del pecado que domina en mi cuerpo y en sus miembros, es decir, domina a mi naturaleza física humana.” (Rom 7: 22-23). “Doy gracias a Dios que, por Jesús Cristo, nuestro Señor me ha liberado, sanado y salvado. En conclusión, pues, es que yo trabajo en dos señores; con el espíritu y la conciencia sirvo a la ley de Dios, pero con el cuerpo y sus miembros sirvo a la ley del pecado. Por consiguiente, no hay condenación alguna para los que creen y están unidos a Jesús Cristo, los cuales viven y son gobernados de acuerdo con los mandamientos o principios espirituales del Espíritu y no de acuerdo con las codicias, con los deseos perversos y pecadores de la carne. Porque la ley del Espíritu, la jaris-gracia energía increada, la iluminación y la potencia del Espíritu Santo que cultiva, desarrolla y da la vida en Cristo, me ha librado de la ley, del dominio del pecado y de la muerte espiritual” (Rom 7, 25 y 8,1-2). “Y si Cristo está en vuestro interior, aunque el cuerpo está sujeto a la muerte a causa del pecado, sin embargo, vuestro espíritu tiene vida eterna gracias a la justicia y la sotiría redención, sanación y salvación que habéis recibido de Cristo” (Rom 8, 10). “Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, ellos realmente son hijos de Dios. Y vosotros, cuando creísteis y os bautizasteis, no recibisteis en vuestra psiques-almas el espíritu de esclavitud y conductas tiranas, para recaer de nuevo en el temor, sino que recibisteis del Espíritu Santo la χάρις jaris-gracia energía increada de ser hijos adoptivos, que nos hace exclamar con ánimo y valor hacia Dios: ¡Abba! ¡Padre! El mismo Espíritu Santo da testimonio y confirma juntamente con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios” (Rom 8, 14-16). En otras palabras, uno conoce la absolución, la justificación, la salvación y la adopción en Cristo por el Espíritu, cuando escucha la oración del Espíritu incesantemente en su corazón sin cesar.

El que esta ley del Espíritu de la vida en Cristo es el carisma de la 1Epístola a los Corintios y de los Hechos, está claro y cierto por el desenlace de la exposición de Pablo: “Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos” (Rom 8, 26-27). En otras palabras, para que uno sea miembro del Cuerpo de Cristo, debe tener este carisma de lenguas: “Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él” (Rom 8, 9). Entonces uno puede entender por qué san Juan el Evangelista llama al Espíritu Santo “el otro Paráclitos que literalmente significa suplicante, alguien que intercede, interviene por otro.

Quizás uno de los pasajes más asombrosos sobre el “género de lenguas” es el de Efesios 5, 18-20: “No os embriaguéis con vino, en el que hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones, dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesús Cristo” (Ef 5,18-20) («…sino sed llenos del Espíritu, hablándo entre vosotros…» (compárese la expresión «hablándo entre vosotros» con «hable para sí mismo y para Dios» de 1 Corintios 14,28). Esto ciertamente se distingue de “cantaré o psalmodiaré con el nus (espíritu o energía del corazón de la psique)”. Esto también es un reflejo claro de lo qué ha dicho Pablo para sí mismo en el pasaje 1Cor 14,8 “si la trompeta de guerra diere sonido confuso, ¿quién se preparará para la batalla?”, y también el testimonio sobre la naturaleza incesante de “los géneros de lenguas”.

A la luz de todo esto, uno puede dirigirse hacia la 1Epístola a los Tesalonicenses: “Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias en todo, porque ésta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús. No apaguéis al Espíritu. No menospreciéis las profecías (o teología). Examinadlo todo; retened lo bueno. Absteneos de toda especie de mal” (1Tes 5,16-22). Esto es el resumen de lo que hemos examinado hasta ahora.

Por lo tanto, la ley del Espíritu de vida en Cristo no está en oposición a la Torá creada (Pentateuco), sino que es la que hace posible su cumplimiento. Uno puede ver por qué los Padres no piensan dentro de los marcos de que el Antiguo Testamento es la ley y el Nuevo Testamento la χάρις (jaris: gracia, energía increada). Para Pablo, la fe no es simplemente la aceptación de los dogmas, sino el carisma de lenguas en el corazón. Estas mismas posiciones se destacan claramente en la carta de Pablo a los Gálatas: “De manera que la ley ha sido nuestro maestro, instructor, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos salvados por la fe; pero venida la fe, ya no estamos bajo maestro” (Gal 3, 24). Pablo aquí no hace una contraposición histórica entre Antiguo y Nuevo Testamento en la terminología de la ley, la que supuestamente fue abolida por la jaris (energía increada) con la llegada de Cristo. Él habla sobre el discernimiento entre los catecúmenos bajo la conducción de la ley y también de aquellos que se han bautizado en el Espíritu en su época. Los Gálatas, como hijos espirituales, estaban bajo la conducción de la Torá, pero ahora, habiendo recibido el bautismo “en el Espíritu” ya no son particulares o laicos, porque tienen la ley increada del Espíritu Santo de Cristo en sus corazones. Aquí la fe no es solo una convicción o confianza en Cristo, sino fe profunda, íntima e interiorizada, la que viene como el carisma de lenguas: “porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos… Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo” (Gal 3, 26-27 y 4, 6-7). Absolución, reconciliación, justicia y salvación por la fe, el carisma de lenguas, bautismo en Cristo, reconciliación y adopción son una y la misma realidad.

En los marcos de la vida en Cristo, “ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3,28). En el nivel de la oración en lenguas y profecías, todos son uno en Cristo. Así tenemos “todo varón hombre que ora o profetiza” y “toda mujer que ora o profetiza” de 1Cor 11, 4-5. Sin embargo, los hombres podían hacer esto con sus cabezas descubiertas y las mujeres con sus cabezas cubiertas, porque “quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo” (1Cor 14, 3). Puesto que uno profetiza para edificación de los demás (1Cor 14,3) y de la Iglesia (1Cor 14,4) uno esperaría que las mujeres también profeticen en la Iglesia: “Pues, podéis profetizar (teologizar) todos por turno para que todos aprendan y sean exhortados y consolados” (Cor 14, 31). Sin embargo, Pablo prohíbe a las mujeres hablar en la Iglesia (1Cor 14, 34-36), y, por otro lado, el mandamiento de Pablo es que las mujeres deberían profetizar con la cabeza cubierta parece que se refiere en relación con la ropa que vestían en las asambleas de la Iglesia. El hecho de que las mujeres profetizan (teologicen) paralelamente con los hombres es el cumplimiento primordial de la profecía del Antiguo Testamento mencionada por Pedro en su homilía en Pentecostés: “Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu (es decir, el Espíritu Santo derramará la energía increada jaris) sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán (teologizarán)…” (Hec 2,17).

Los profetas mencionados en Efesios 2,20 obviamente no son aquellos del Antiguo Testamento, sino los de la Iglesia, como en el caso de Efesios 3,5: el Cristo “en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas (teólogos) por el Espíritu”. Esto parece ser una clara referencia al hecho de que aquellos que tienen la segunda posición en la Iglesia son los profetas (teólogos) después de los Apóstoles (1Cor 12,8), la tienen porque el Cristo se ha apocaliptado (revelado) a Sí Mismo en doxa (gloria, luz increada) en ellos, tal y como lo había hecho a los Apóstoles. En otras palabras, ellos no sólo profetizaban (teologizaban) porque tenían el carisma de lenguas, sino también porque habían sido glorificados en Cristo a través del Espíritu Santo. Ante la duda de que los todos miembros del Cuerpo de Cristo, no son lo iguales, Pablo concluye diciendo: “…si un miembro es glorificado, todos los miembros gozan con él y participan de su alegría. Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular; y así los puso el Dios en la Iglesia, en primer lugar, apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan a los necesitados, los que administran y los que tienen el don de lenguas, cada uno según su capacidad ha recibido de Dios su carisma y su sitio” (1Cor 12, 26-2). A la luz de Efesios 3,5 esto significa que los profetas (teólogos) fueron llamados de la misma manera que los Apóstoles. Obviamente desde esta perspectiva debe entenderse el pasaje Efesios 2,19: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas (teólogos), siendo la principal piedra angular Jesús Cristo mismo…”.

Lo que tenemos ante nosotros es una escalera de perfeccionamiento que culmina en la agapi-amor, la que “no busca lo suyo, sus propios intereses” (1Cor 13, 5) y la que solo “nunca decae” (1Cor 13, 8), cuando todos los carismas quedan abolidos con la venida de lo perfecto, es decir, la zéosis glorificación o expectación de Dios en el encuentro de “cara a cara o persona a persona” con el Cristo en doxa (gloria, luz increada) (1Cor 13, 10-12). Sin embargo, después de este encuentro, la agapi-amor permanece paralelamente con la fe y la esperanza y los carismas que las acompañan.

Lo que ha sido conocido como eclesiología eucarística es un fenómeno estructural, cuya original expresión conexa fue la realidad Paulina del Cuerpo de Cristo. En el centro de esta estructura estaba el diagnóstico de la enfermedad del corazón y su terapia con los conceptos de los carismas, de los cuales la oración del Espíritu Santo en el corazón era la condición indispensable y la base de la zéosis glorificación, divinización. Cuando la comunidad local era el Paulino Cuerpo de Cristo, la eclesiología eucarística era su expresión estructural fluida o natural. Sin embargo, con las diversas etapas de debilitación de este centro eclesiástico local, la estructura de la Iglesia sufrió una evolución, y el resultado de esta evolución, que fue el resultado de la determinación de aquellos que preservaron con valentía la tradición de la oración del Espíritu Santo en el corazón de generación en generación, puesto que ella es el centro o la columna vertebral de la tradición apostólica y sucesión.

El clero se supone que es elegido por los fieles, es decir, por aquellos que se encuentran en el estadio o etapa de iluminación o de zéosis glorificación. La elección era el reconocimiento de la autenticidad de la autoridad espiritual a la que alguien había llegado. El proceso histórico por el cual algunos patriarcas y metropolitanos llegaron a ordenar obispos que no habían alcanzado la experiencia espiritual a la que los dogmas conducen, pero cuyo misterio no podían expresar, se describe por Simeón el Nuevo Teólogo (quien murió en 1042) reconocido como uno de los más grandes de los santos padres. Esto significa que su análisis histórico es una parte integral de la autocomprensión de la Iglesia Ortodoxa.

En un trabajo relacionado con la confesión, a veces atribuido a San Juan el Damasceno, san Simeón explica que los “laicos o particulares” en la Iglesia fingían y simulaban como si hubiesen llegado a la iluminación –la que no tenían-, y empezaron a ser ordenados obispos (hoy igual que los obispos de academia, sin iluminación y zéosis). Debido a aquellos no iluminados aparecieron las herejías en la Iglesia. Sin embargo, esto no significa que alguien es ortodoxo, porque no introduce dogmas nuevos, sino porque está iluminado. Incapaces de encontrar tales candidatos, o habiéndolos encontrado, preferían a los indignos e inútiles.

Así, algunos obispos y metropolitas ordenaban obispos los cuales no habían llegado a la etapa o estadio de la iluminación. En lugar del estado de iluminación, estos «solo requerían que se expusiera por escrito el símbolo de la fe, y solo aceptaban esto, sin ser celosos por el bien ni oponerse a algo malo, procurando paz aquí en la Iglesia, que es peor que cualquier enemistad y gran desorden (aún hasta hoy en día). PG 95, 300ΑΒ,

En la persona de san Simeón el Nuevo Teólogo, uno puede discernir claramente la antigua lucha ancestral entre la tradición apostólica del diagnóstico, la psicoterapia y la sanación, y, de aquellos que rebajan y subestiman la sanación y salvación a una cuestión de fe y confianza en los dogmas, y en la recompensa y mérito por las buenas obras y la moral.

Cualesquiera que fueran las causas reales de la procedencia y del surgimiento del monacato, la oración del Espíritu Santo en el corazón permaneció su centro y su psique-alma. Ya desde los primeros días de la vida de San Antonio, el santo Atanasio nos informa que «oraba continuamente, aprendiendo que es necesario orar en privado sin cesar». San Juan Casiano nos informa que la oración incesante es la obra «de cada monje en su progreso hacia la memoria continua de Dios…»

Esta tradición estuvo muy viva también en los reinos Merovingios de los Francos. Sin embargo, el episcopado se transformó en un órgano administrativo de los reyes francos.

Así, aunque san Gregorio de Tours era un gran admirador de san Casiano, de san Basilio el Grande y de sus descendientes espirituales de Galia (Francia), realmente no entendía qué hacían. En su descripción sobre de la vida de Patroclo el Ermitaño, Gregorio escribe que “su comida era pan mojado en agua y salpicado con sal. Sus ojos nunca se cerraron para dormir. Oraba incesantemente, y cuando paraba de orar por un momento, gastaba su tiempo escribiendo o leyendo” (Historia de los Francos, 5, 10).

Gregorio cree que, para orar sin cesar, uno debe permanecer en cierta forma despierto constantemente. Además, dado que Patroclo era conocido por pasar su tiempo leyendo y escribiendo, esto le lleva a pensar que debía detenerse de orar para dedicarse a esas actividades. Su afirmación de que «los ojos de Patroclo nunca se cerraban para dormir» es extremadamente improbable. Solo cuando Pátroclo estaba en el estado de zéosis glorificación, divinización no dormía. Pero no comía pan ni bebía agua y lo más importante durante este estadio dejaba de orar también (lenguas cesarán-1Cor 13,8). Cuando él no estaba en este estadio de doxa (gloria, luz increada), oraba sin cesar, tanto cuando estaba despierto como cuando dormía, y cuando leía y escribía.

  1. Profetizar y teologizar

Lo que hemos observado hasta ahora son fuertes indicios de que profetizar y convertirse uno en profeta, según el Apóstol Pablo, es similar, por no decir idéntico, que teologizar y convertirse en teólogo, según el sentido de la tradición patrística. La desaparición del término “profeta” y “profecía”, puede ser que se deba en la aparición del Canon del Nuevo Testamento, en el que predominaron los términos presbítero y obispo y a la escasez de la experiencia de la zéosis glorificación, divinización y a causa de esto el de profeta con la subsiguiente escasez del don de lenguas. Pero, las realidades de los carismas de lenguas y de zéosis glorificación, no han desaparecido y se han mantenido vivos en el movimiento monástico, que se convirtió en el principal centro de esta tradición, la cual proporciona a la Iglesia con sus metropolitas, arzobispos, y, finalmente con obispos también.

Lo que hemos investigado en la Epístola 1Corintios 12, 13, 14, y especialmente 1Cor 14,26 es la Escuela Teológica de la Iglesia. Esta es la escuela en la que asistieron y estudiaron los Padres de la Iglesia. Recordamos el argumento más importante que utilizó san Gregorio el Teólogo contra los Evnomianos, que teologizar o filosofar sobre el Dios es permitido sólo en aquellos que han alcanzado la θεωρία (zeoría: expectación contemplación de la luz increada), lo cual significa que la oración incesante del Espíritu Santo está en el corazón, es decir, la memoria incesante de Dios, la cual se interrumpe durante la zéosis glorificación, divinización.

Así, para uno profetizar o teologizar es interpretar las Sagradas Escrituras bajo la dirección del carisma o don de lenguas y convertirse en profeta o teólogo es haber llegado a la zéosis glorificación, divinización.

Sin embargo, esta teología es puramente terapéutica y una expresión de la salud. El que uno vaya ascendiendo a la zéosis glorificación encima del carro de la oración incesante (o noerá, del corazón o de Jesús), es el camino para la psicoterapia, sanación, y llegar a la zéosis glorificación es el sabor del comienzo de la salud y del perfeccionamiento. A la vez esta zéosis glorificación es “la apocálipsis-revelación de toda la verdad” por el Espíritu Santo.

Según los Padres de la Iglesia, los profetas tenían también la oración incesante, que era el camino natural de ellos hacia la zéosis glorificación. Sin embargo, estas experiencias no contenían ni a los miembros del Cuerpo de Cristo, ni la anulación, eliminación definitiva de la muerte. Estas aún no eran el carisma de las lenguas del Pentecostés. Así, el último don abarca el anterior, pero no al revés. Por lo tanto, quien posee el último don comprende el sentido y significado del anterior. Aquel que tiene el carisma de lenguas u oración noerá o de Jesús, pero sin la zéosis glorificación, puede llegar a discernir el sentido del pensamiento profético. Pero quien no posee este carisma o don no puede serlo. “Y nosotros, en cambio, no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que podamos entender y conocer lo que Dios nos ha concedido, regalado…” (1Cor 2,12).

Dentro de una cohesión de este tipo, cada Corintio carismático, durante las reuniones, interpretaba un salmo o un punto de la enseñanza o una experiencia de la apocálipsis (revelación) o tenía algo que decir, interpretar y enseñar sobre el carisma de lenguas (1Cor 14,26): “En cuanto a los profetas (teólogos), hablen dos o tres, y los demás juzguen si es un profeta o un falso-profeta. Si algún otro que está sentado tiene una apocálipsis-revelación, cállese el primero. Pues, podéis profetizar (teologizar) todos por turno para que todos aprendan y sean exhortados y consolados. Los espíritus de los profetas (teólogos) o los carismas de las profecías están sometidos a los profetas-teólogos, así pueden hablar o callar cuando lo quieran, pues el Dios no es Dios de confusión, sino de paz (1Cor 14, 29-33). En otras palabras, los profetas conocen el método de profetizar. Así cada enseñanza e intercambio de opiniones o aspectos entre aquellos que estudian a los profetas, pero que aún no han llegado a ser profetas, debe realizarse bajo la dirección de los profetas. Son los glorificados o divinizados en Cristo, quienes juzgan a los demás, pero ellos no son juzgados por nadie: “En cambio el espiritual juzga todas las cosas; pero él no es juzgado de nadie. Porque ¿quién conoció la mente-intelecto y el espíritu del Señor? ¿Quién le instruirá? Además, nosotros tenemos la diania (mente, intelecto) y el espíritu-nus de Cristo” (1Cor 2, 15-16). Es decir, los νούς nus o las διάνοια dianias (mentes, intelectos, cerebros) de los Apóstoles y de los profetas se han hecho como los de Cristo, gracias a la zéosis glorificación, el resultado es que ya no viven, se han crucificado y muerto para el pecado, sino que vive el Cristo “en el interior de ellos”. Estos son por excelencia los amigos de Dios (Gal 2, 18-20).

Lo que tenemos en 1Cor 14, 26-33 es un intercambio de la experiencia del Espíritu Santo de uno bajo la dirección de los profetas para la edificación, el aumento de la comprensión, del entendimiento y del perfeccionamiento. Esta es la forma apostólica de confesión pública ante la Iglesia, como también queda muy claro en 1Cor 14,24; donde la profecía (teología) conduce al interrogatorio de los laicos o particulares y la revelación de las cosas escondidas, los secretos del corazón de ellos. Se ve muy claro y cierto que el término profecía de Pablo y el término teología de la percepción y concepción patrística son lo mismo. El profeta y el teólogo se forman a través de la catarsis, la iluminación y la zéosis glorificación, y en esta zéosis o glorificación la energía increada del Espíritu Santo erosiona la διάνοια (diania: mente, intelecto) y los pazos, de modo que transforma la agapi-amor interesada en agapi desinteresada, “la que no busca lo suyo”.

Lo importante es que Cristo, a Quien los carismáticos han conocido a través de la experiencia en sí mismos y de vez en cuando vieron a través del Espíritu Santo en doxa (luz increada gloria,) de Dios que es el Mismo Cristo, a Quien encontraron en el Antiguo Testamento en la zéosis glorificación de los Profetas. Pablo revela una breve observación la estructura fundamental del culto y de la fe de las comunidades apostólicas. “Porque si hubieran conocido la doxa (gloria, luz increada), nunca habrían crucificado al Señor de gloria-doxa increada (1Cor 2, 8). La forma en la que se inserta este pasaje y la singularidad de las epístolas de Pablo, significa que es la base de la fe de todos los creyentes. No puede haber ninguna duda sobre el sentido y el significado, porque un poquito más abajo Pablo dice que el Cristo fue Quien condujo a los hebreos durante la salida de Egipto y los apoyaba mientras estaban al desierto: “Porque no quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube, y todos pasaron el mar; y todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar, y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo (1Cor 10, 1-5). Los Gálatas recibieron a Pablo “como ángel de Dios, como Jesús Cristo” (Gal 4,14) -probablemente como una comparación de la filoxenía (hospitalidad, acogimiento) de Abraham del Ángel de la Doxa (gloria, luz increada). Pablo no ve a Cristo en el Antiguo Testamento como una especie de Mesías celestial o terrenal, sino como el Mismo Señor de la Doxa-Gloria, Quien se hizo Mesías por Su Nacimiento de la Virgen.

El nombre profeta, según el uso Paulino, significa aquel que ha visto al mismo Señor de la Doxa-Gloria increada, como los Profetas del Antiguo Testamento. Este es el factor clave de la experiencia del carisma de la profecía y es el centro del culto y del estudio de la congregación, asamblea Paulina de los carismáticos. La Santa Escritura que utilizaban era el Antiguo Testamento, en el cual, con el testimonio de su propia experiencia de los dones de lenguas, veían a Cristo por todas partes dentro de la vida de los profetas, como el Señor y Ángel de la Doxa-Gloria. Si leyeran el Antiguo Testamento con las condiciones, presuposiciones y perspectivas de Agustín y sus descendientes teológicos, no habrían existido Arrianos y Evnomianos, ni Sínodos Ecuménicos históricos, no, porque no existirían heréticos, sino porque no existirían Arrianos, ni Evnomianos, naturalmente tampoco Ortodoxos. El que uno teologice sobre un monoteísmo abstracto que cree encontrar en el Antiguo Testamento, o sobre una idea filosófica sobre el Dios, es como hacer astronomía con la fantasía, imaginación en lugar de con telescopios bajo la dirección de expertos. Desde este aspecto los Arrianos y los Evnomianos pertenecían a la tradición patrística y bíblica de la teología empírica, en cambio Agustín deambulaba en el campo del misticismo neoplatónico y del monoteísmo abstracto.

El que el Apóstol Pablo creyera que el Dios en Cristo por el Espíritu Santo apocalipta/revela “toda la verdad” durante la zéosis glorificación, divinización, se desprende claramente por su exposición sobre la distinción entre el niño y el hombre. “Cuando yo era niño pensaba, razonaba y hablaba como un niño. Cuando llegué a ser hombre, se despojaron y desaparecieron las cosas de niño, las niñerías. Porque ahora vemos confusamente como en un espejo de manera que quedan muchos enigmas e interrogantes que no podemos explicar. Entonces, es decir, cuando alcancemos la zéosis, veremos y será claramente, cara a cara, en persona a Persona o hipóstasis a Hipóstasis. Ahora conozco parcialmente la verdad, pero entonces tendré perfecta τέλεια (télia) la gnosis, tan perfecta como cuando fui reconocido por Dios como apóstol (1Cor 13, 9-12). Uno pasa de la niñez, que estaba bajo la ley, a la madurez a través de la fe, teniendo el don, carisma de lenguas (oración del corazón), en el cual la ley creada es reemplazada por la ley increada en el corazón en su naturaleza humana. Durante este tiempo, uno “ve como en un espejo oscuramente, de manera que quedan muchos enigmas e interrogantes, conoce y profetiza parcialmente” (1Cor 13, 9-12).

Pablo habla ante aquellos que profetizan como resultado del carisma de lenguas. “Cuando venga lo perfecto, entonces desaparecerá lo parcial e imperfecto… entonces tendré perfecta τέλεια (télia) la gnosis, tan perfecta como cuando fui reconocido por Dios como apóstol” (Cor 13, 10-12). Lo que Pablo dice es que uno no es profeta solamente porque, a través del don de lenguas, él profetiza (1Cor 12,29). Superior de la profecía (teología) es la abolición o suspensión (parcial) de esta por la (duración) de la zéosis glorificación que es la venida de lo perfecto, cuando uno “es conocido”, puesto que Pablo “fue conocido, reconocido” por el Dios. Esta es la experiencia que hace Apóstoles y Profetas.

Que el Apóstol Pablo se enfurecería completamente con la idea de que la Iglesia es conducida “a toda la verdad” o a una mejor percepción y comprensión hacia “toda la verdad”, se ve claramente por lo siguiente: “«Lo que el ojo no vio, lo que el oído no oyó, lo que ninguna inteligencia y mente humana imaginó, eso preparó Dios antes de la creación del mundo para los que le aman». Y a nosotros nos lo manifestó Dios por medio de su Espíritu Santo; porque el Espíritu Santo lo penetra todo, hasta las cosas infinitamente profundas de Dios, (y Espíritu es capaz de transmitir las grandezas de Dios, las que puedan caber en cada διάνοια diania mente/intelecto e inteligencia humana)» (1Cor 2, 9-10). Para Pablo el Dios apocalipta-revela a cada glorificado o deificado aquellas cosas de las que Dios ha preparado para los que le aman. En otras palabras, “toda la verdad” (Jn 16,13) en la que participarán aquellos que aman a Dios.

Se ve claramente que en ninguna parte del Nuevo Testamento encontramos la idea de que “toda la verdad” se apocalipta-revela en la Iglesia, o que la Iglesia está conducida a una comprensión de “toda la verdad”. “Toda la verdad”, la que es el Cristo, y se apocalipta-revela mediante Su Espíritu o Espíritu de la Verdad, a aquellos que son glorificados, divinizados en Su Cuerpo. Los otros miembros del Cuerpo de Cristo, quienes son miembros, porque tienen el don de la oración del Espíritu Santo incesantemente en sus corazones, conocen, profetizan o teologizan de manera parcial. Son aquellos que ven confusamente como en un espejo de manera que quedan muchos enigmas e interrogantes y en parte conocen y profetizan o teologizan, (1Cor 13,12). Los restantes entre los que creen en Cristo son niños bajo la ley. El que ellos deberían profetizar o teologizar para los Padres serían heréticos o laicos, quienes simularían que son Teólogos.

Dado que sería seguro suponer que el profeta era, en el pensamiento de Pablo, un miembro necesario de la estructura del Cuerpo de Cristo (Ef 2,19-22, 5-6 11-13 y 1Cor 12,28), cuya parte esencial son los cimientos del mismo, junto con los Apóstoles, también parecería seguir que sin ellos no hay Iglesia. Esto, por supuesto, es cierto, si entendemos que el nombre de profeta significa aquel que, como los Apóstoles, tiene la experiencia de la zéosis glorificación, divinización. Así, ya sea que se llamen profetas o Padres de la Iglesia, es secundario. Lo importante es que aquellos que con la oración incesante llegan a la zéosis glorificación son la piedra angular, el núcleo central y básico de la Santa Παράδοσις (Parádosis: Entrega y Tradición divina), ya que sin ellos no hay Cuerpo de Cristo.

Por tanto, ya sea que alguien tenga tales Padres en las Iglesias locales concretas, o en los monasterios, no cambia el hecho de que ellos son los expertos en el progreso de los miembros del Cuerpo de Cristo. Sin ellos los Misterios de la Iglesia se convierten en un sistema de magia. El Apóstol Pablo no dice que el Cuerpo de Cristo se edifica realmente mediante el bautismo, el crisma o crismación, la divina efjaristía, etc., sino por los Apóstoles y los profetas, entendiendo por Apóstoles y Padres, quienes generan espiritualmente a otros en Cristo, preparándolos para recibir la oración del Espíritu Santo en sus corazones. Solo dentro de estos marcos, los Misterios del Bautismo, del Crisma o unción, divina Efjaristía, Sacerdocio, confesión y metania, etc., no son magia.

Con las condiciones que se han dado y presentado en este estudio, debería ser claro por qué, excepto Agustín, ningún Padre de la Iglesia se ha imaginado a sí mismo estar dedicado a un supuesto intento de la Iglesia de entender mejor el misterio de Dios y de la Encarnación progresivamente con el paso del tiempo. La formulación y redacción del dogma no tiene ninguna relación con un intento de comprender estos misterios.

Todos los Padres están de acuerdo con san Gregorio el Teólogo, quien es llamado así porque había alcanzado la glorificación o zéosis, y se remiten a él que dijo: “Es imposible hablar de Dios, y mucho más imposible comprenderlo». Teología es la gnosis increada, conocimiento de Dios en oración incesante del corazón, el estudio de la Santa Escritura y del Dogma. Es un camino o guía hacia el Dios en un océano de presunciones, supersticiones y conceptos erróneos acerca de Él. Ambos son abolidos o suspendidos durante la visión, expectación de Cristo en doxa (gloria, luz increada) de Su Padre, por el Espíritu Santo, y simultáneamente es una experiencia que supera, trasciende los logos, los conceptos y los significados, y, que inspira estos logos, conceptos y significados creados, los cuales conducirán a otros hacia Él. Esto significa que uno debe determinar y establecer un discernimiento claro entre el dogma y el misterio de Dios. Agustín confundía los dos y creía que al aceptar uno podría comprender el otro por la fe. Pero el propósito y fin del dogma no es entender el misterio, sino que quede abolido o trascendido el dogma en el misterio de la zéosis glorificación que está por encima de la comprensión, puesto que el Dios es un misterio y permanece misterio incluso para aquellos que en Cristo ven a Dios. Además, nadie comprende el dogma, sino sólo cuando conoce su propósito y fin, y no lo confunde ni lo mezcla con el Mismo Dios.

La formulación del dogma en el Símbolo de la Fe (Credo) y en los Sínodos Locales y Ecuménicos de la Tradición Ortodoxa se ha hecho en cada caso para una reacción y oposición contra toda herejía y malinterpretación de los términos teologizados (teologúmenos) y para la protección de los falsos dogmas. Los Padres teologizan mediante la formación y conformidad de su noesis (percepción comprehensiva con el nus-corazón) con: 1) la noerá-espiritual oración del corazón incesante 2) la Escritura dentro de la Tradición de sus propios Padres y 3) su propia zéosis glorificación, divinización ya sea si estuvieran en este estadio o en la zéosis de los otros, pero no a través de la dialéctica y la especulación.

Para cerrar este capítulo, apuntar que Orígenes (aproximadamente 185-255) identifica la “glosolaliá o clamor de lenguas”, de la primera epístola a los Corintios, con la oración incesante del Espíritu Santo en el corazón y ve que esta tradición estaba funcionando también en el Antiguo Testamento, puesto que es la que hace revelar y destacar a los Profetas.

Los Padres Capadocios no muestran signos de desavenencia en este punto con Orígenes, hasta el punto que me fue posible investigar y verificar. Sin embargo, durante la época de san Juan el Crisóstomo (344-407), la tradición que había dominado en algunos círculos de Antioquía era que el carisma de la “glosolaliá o clamor de lenguas-idiomas” era el que tenían los Apóstoles en hablar lenguas de las naciones y pueblos donde estaban evangelizando. Pero no menos, este carisma de lenguas o idiomas presuponía que estaba acompañado por el carisma de la incesante noerá-espiritual oración del corazón, por la que se refiere san Juan Crisóstomo que Pablo describe en 1 Cor 14,14-16. San Cirilo de Alejandría (375-444) parece seguir un camino intermedio, puesto que apunta, tal y como nosotros también hemos recalcado, que “nadie escucha” (1 Cor 14,2). Él no parece ser tan seguro, como san Juan el Crisóstomo, de que esto significa que nadie entiende. Es claro que esta predisposición o tendencia estaba suficientemente desarrollada, de modo que los Apóstoles se encontraban en un nivel espiritual tal que, en comparación con sus propios carismas, los carismas sobrevivientes del Espíritu Santo en la Iglesia eran considerados inferiores. De todos modos, lo que es importante para este trabajo que realizamos, es que el carisma o don de la oración incesante en el corazón y la zéosis glorificación, divinización nunca dejaron de ser consideradas como núcleo o columna vertebral de la tradición desde la época de los profetas del Antiguo Testamento.

6) Consecuencias y conclusiones

1) Parece que, para ser coherentes con la comprensión paulina, la del cristianismo primitivo y la patrística sobre Jesús Cristo como la Vida del Mundo, sería necesario abordar el tema desde la perspectiva de la teología empírica (por experiencia), la cual abarca las ciencias terapéuticas, “psicoterapéuticas”. Probablemente, uno metodológicamente, puede distinguir la experiencia de la oración del Espíritu Santo en el corazón del interés por la vida después de la muerte, con el propósito de examinar este fenómeno en relación con aquellas ciencias afines a la medicina.

La existencia de la energía noética o noerá (del nus) y su funcionamiento o disfunción, no puede concernir únicamente a los teólogos. En verdad, su terapia hace la tradición, que conoce cómo lograr esta psicoterapia y sanación, en una ciencia más positiva que la psiquiatría en su forma moderna actual. En cualquier caso, la cuestión de reunificación de la cristiandad se debe de conseguir con la participación de científicos dedicados y experimentados en esta terapia y que estudien este enfoque. Podríamos señalar y anotar que ni la Biblia ni los Padres consideran la zéosis glorificación, divinización como una experiencia exclusiva de la vida después de la muerte. Terapeutas o “psicoterapeutas” normales y verdaderos no son solamente aquellos que tienen la incesante oración del Espíritu Santo en sus corazones, sino también los que tienen la experiencia de la zéosis glorificación, divización en esta vida. Ellos son los principales portadores de la tradición de la “psicoterapia” terapia de la energía noerá (o noética, espiritual), es decir, νοῦς (nus).

2) Esto significa que la tradición de los Profetas, Apóstoles y Padres, no es muy diferente que la tradición de las sociedades científicas contemporáneas. Las hipótesis, consideraciones y teorías no pueden separarse de la tradición de la comprobación, verificación empírica. La medicina no puede ser separada de la diagnosis (diagnóstico) y de la terapia. Diagnosis y terapia no pueden ser cambiadas en actos rituales o litúrgicos que no pueden producir la apocatástasis-restablecimiento de una salud verificada. De la misma manera, los misterios y la divina liturgia no pueden ser separados de la catarsis y la iluminación del νοῦς (nus: espíritu de la psique-alma), ni tampoco puede ser que la fe, la oración, la teología y el dogma sean separadas de la confirmación verificación empírica de la incesante oración del Espíritu Santo en el corazón y de la zéosis glorificación.

3) Pero en realidad, la fe, la oración, la teología y el dogma, por un lado, y los misterios (sacramentos) y la liturgia, por otro lado, se han separado de la diagnosis (diagnóstico) y la terapia de la enfermedad del νοῦς (nus). Esto ha ocurrido no sólo fuera de la Tradición Ortodoxa, sino dentro de ella también. De hecho, en algunos casos, esto ha sucedido también en amplios sectores de las iglesias sinodales y durante largos períodos de tiempo, especialmente cuando el monaquismo tradicional o patrístico ha sido reprimido o marginado temporalmente.

4) Uno puede fácilmente discernir de la relación entre iluminación y zéosis glorificación o entre dogma y misterio, que existe una gran amplitud para el desarrollo de los medios noéticos (mentales, intelectuales) y gloseológicos (lingüísticos) usados, que ayuden a preparar a alguien para recibir el don, carisma de la oración incesante y la fe interior, íntima con el fin de convertirse en un templo del Espíritu Santo y miembro del Cuerpo de Cristo. Pero este desarrollo noético y lingüístico no es un signo de una comprensión más profunda. La comprensión suprema es la participación en la zéosis glorificación, que supera y transciende el entendimiento y la comprensión intelectual.

El Pentecostés nunca puede ser superado y siempre está operativo, energizando en la iluminación y la zéosis glorificación. Ni la iluminación ni la zéosis glorificación se pueden constituir artificialmente. La identidad de la experiencia de la iluminación y de la zéosis glorificación entre los carismáticos, no supone identificación exacta en la formulación dogmática, especialmente cuando los carismáticos están separados geográficamente por largo período de tiempo. Pero cuando se encuentran, concuerdan fácilmente en la uniformidad de la formulación dogmática de su experiencia espiritual idéntica.

El gran impulso para una formulación dogmática idéntica se dio durante la época en que el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio Romano y facilitó la necesidad del gobierno de distinguir a los auténticos terapeutas de los charlatanes (matasanos, curanderos), de la misma manera que las instituciones gubernamentales actuales tienen la responsabilidad de diferenciar los auténticos miembros de la ciencia médica de los charlatanes matasanos curanderos o de las tribus primitivas para la protección de sus ciudadanos. La terapéutica ortodoxa se creía que era un fenómeno verdaderamente comprobado y verificado.

5) La tradición bíblica, tal como fue preservada por los Padres, no puede identificarse ni reducirse a un sistema de enseñanzas morales o ética cristiana. Más bien es un ascetismo terapéutico “psicoterapéutico”, el cual no se intimida por ningún grado de la enfermedad del nus o del corazón, excepto por su completa insensibilización, corrupción o embotamiento. El que uno tome y asume la forma de este ascetismo (ejercicio espiritual) sin su corazón y núcleo, y aplicarlo como un sistema de normas morales para la ética personal y social, equivale a presentar una sociedad de puritanos hipócritas que creen tener un derecho especial al amor de Dios debido a su moralidad, su predestinación o ambas.  Los mandamientos de Cristo no pueden cumplirse mediante una decisión de actuar o confiando en que uno es elegido. Un hombre con las piernas rotas no puede correr en una carrera, no puede correr la carrera, por mucho que lo desee. Solo puede lograrlo cuando sus piernas han sanado y han recuperado un nivel competitivo de fuerza. Del mismo modo, nadie puede cumplir los mandamientos sin antes pasar por la catarsis y la iluminación del νοῦς nus y alcanzar al umbral de la zéosis divinización, glorificación.

6) La aproximación patrística sobre el tema de la Asamblea General CMI Consejo Internacional de Iglesias en Vancouver el 1983, y que está descrito en esta introducción, debería de ser una clara indicación de que la atención también debería girar y dirigirse a un estudio cuidadoso de la identidad del Antiguo y del Nuevo Testamento, al ascetismo terapéutico “psicoterapeutico” y su Cristo-centrismo. Esto podría resultar clave para el diálogo con los hebreos.

Cristo en el Antiguo Testamento no es el Mesías, sino el Ángel del Kirios-Señor y de la Gran Voluntad, el Kirios-Señor de la Doxa-Gloria increada. No es algún Mesías que fue exaltado a deidad por el cristianismo primitivo. Al contrario, era el Señor de la Doxa-Gloria increada, Quien se hizo hombre mediante Su nacimiento de la Virgen Mariam y así se convirtió en Mesías.

7) Nunca en la historia de la Tradición Ortodoxa, se ha recalcado y considerado que los creyentes son una comunidad de iniciados, los cuales no tienen responsabilidad para la sociedad en general. Al contrario, el Cristianismo Ortodoxo se introdujo y penetrado en todos los aspectos de la sociedad, especialmente a través del ascetismo terapéutico o psicoterapéutico, en el cual participaban igualmente emperadores, funcionarios públicos, militares, intelectuales, comerciantes, campesinos, obreros, jóvenes y viejos, los cuales veían el monaquismo como centro de la áskisis (ascesis, ejercicio, práctica espiritual) del perfeccionamiento de sus terapeutas o psicoterapeutas.

8) El interés de la Παράδοσις Parádosis Ortodoxa (entrega, depósito y tradición divina) para todos los aspectos de la Sociedad, la cultura y las expresiones culturales también proviene del sentimiento, concienciación y percepción de que todos los hombres no sólo tienen la energía noerá-espiritual (del nus), sino también la doxa-gloria increada, la χάρις jaris increada y la βασιλεία vasilía realeza increada de Dios en su interior, aunque estas de una forma muy baja, casi inoperante, innenergizadas o casi inactivas debido a la enfermedad de su νοῦς nus (el ojo espiritual o espíritu del corazón de la psique) y su esclavitud en la lógica, la razón, los pazos y el ambiente o entorno, con consecuencia del predominio del miedo, la ansiedad, la angustia y las percepciones irreales exteriores. Los Ortodoxos también operan, actúan bajo la percepción y convicción de que: 1) Dios mismo opera, energiza directamente en cada ser humano, independientemente de sus convicciones y creencias equivocadas, erróneas y su estado terapéutico de salud espiritual. 2) Ama a todas sus creaciones con la misma agapi-amor. 3) Todos verán la doxa-gloria increada de Dios, unos como luz y otros como fuego y oscuridad, tiniebla exterior, en función de si sus corazones han sido iluminados o embotados, endurecidos.

9) No hay otra unión con Cristo de esta que se consigue a través de la catarsis, la iluminación y la zéosis glorificación, divinización, en esta vida presente. La estructura visible de la Iglesia Ortodoxa es a la vez la expresión de esta unión y el aval, la garantía de que todos aquellos que lo desean pueden introducirse y avanzar en este proceso de terapia o psicoterapia ofrecida por Cristo a través de Sus santos.

10) Los criterios para la reunificación de los Cristianos divididos, no pueden ser diferentes de los que rigen y se usan para la unión de las asociaciones científicas. Los astrónomos se horrorizarían ante la idea de unirse con los astrólogos. Los astrólogos tendrían que convertirse en astrónomos para ser aceptados. Del mismo modo, los miembros de una asociación médica moderna contemporánea se escandalizarían ante la sugerencia de fusionarse con matasanos charlatanes y curanderos de tribus primitivas. De la misma manera, los Padres de la Iglesia se horrorizarían ante la idea de unir su tradición con iglesias que tienen poca o ninguna comprensión del proceso de terapia “psicoterapia” de catarsis, iluminación y zéosis glorificación y a la vez dejar el lugar de co-asociación o autoridad institucional en manos de matasanos, charlatanes, curanderos o impostores espirituales. El problema de la unión se simplifica y se resuelve por sí solo y está en el éxito que las iglesias logren producir los resultados, por los que se supone que están. “Bienaventurados los catartizados purgados, psicoterapiados y sanados de sus pazos y pecados del corazón, porque ellos contemplarán y verán a Dios” (Mt 5:8).  Amín.

+Ioanis Romanidis, catedrático y sacerdote. https://www.romanity.org/htm/rom.e.21.insous_xristos _i_zoi_tou_çkosmou.01.htm

Traducido por: Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La κατάνυξις katánixis y las lágrimas, Mitilineos

De la vida de Santa María Egipcíaca: La κατάνυξις katánixis y las lágrimas
(Atanasio Mitilineos: Domingo V de Cuaresma)

(Kατάνυξις katánixis, es un término teológico que no hay palabra exacta en español, el que lo ha experimentado entenderá que es: perforación, pinzamiento, compunción y dilatación del corazón, que da como resultado las lágrimas (espirituales). Más abajo en el texto el Padre Atanasio hace un análisis más completo del término).

Nuestra Iglesia, queridos míos, el Quinto Domingo de Cuaresma lo ha dedicado a Santa María de Egipto. No es su conmemoración hoy -su memoria es el 1 de abril-, pero la coloca aquí, como ha colocado también en domingos anteriores la memoria de otros santos: San Gregorio Palamás, San Juan Clímaco, un domingo de veneración de la Cruz y otro domingo de la Ortodoxia. Lo hace porque quiere resaltar algo.

¿Qué quiere resaltar la Iglesia? Quiere decirnos exactamente esto: que la vida de nuestra santa madre María la Egipcia fue miserabilísima, un desastre. Sin embargo, el fruto de su μετανοία metania y de sus lágrimas la introdujo en la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios y se convirtió en santa. Por tanto, la Iglesia con esto quiere decirnos: “No se desanimen. La Gran Cuaresma es un foso, un estadio, un campo de lucha y combate. Luchen, arrepiéntanse, lloren, clamen, y serán perdonados; no solo perdonados, sino también santificados. Y no solo santificados, sino también justificados. Es decir, reconocidos como hijos amados de Dios, viviendo en la eternidad junto a Él”.

En efecto, queridos míos, si preguntan qué fue exactamente lo que hizo que Santa María se arrepintiera y volviera a la μετανοία metania, es esto: era egipcia, -vivió en tiempos de Justiniano el Grande, en el siglo VI-, durante su vida vivía en desenfreno, pasó muchos años en el pecado, y un día fue con sus amigos, sus amantes, a Jerusalén para peregrinar. Como vemos hoy, por ejemplo, el Viernes Santo, los jóvenes van con sus novias -entiéndase: novias en el sentido inmoral, no bueno, sexual, lujurioso- al Santo Sepulcro, a la procesión del Επιτάφιο (Epitafio: procesión del Santo Entierro), a las celebraciones, a las procesiones de iconos, etc.

No se extrañen, esto ya es parte de la decadencia de los cristianos, que viven en la inconsecuencia, en el desliz. Porque si pensaran un poco, tendrían que preguntarse: “¿Qué estoy haciendo ahora? ¿A quién estoy siguiendo? ¿Estoy en la procesión del Επιτάφιο Epitafio de Cristo? ¿Y tengo a mi lado a mi amante, y peco?”. Es algo inconcebible.

Así era también Santa María de Egipto. Fue con sus amantes a Jerusalén para venerar. Era el día de la Exaltación de la Santa Cruz, el 14 de septiembre. Intentó entrar en la Iglesia, pero una mano invisible la detenía en la puerta y no podía entrar. Lo intentaba, pero era imposible. ¡No podía! Entonces comprendió. Comenzó a tomar conciencia: “¡Soy pecadora! ¡Soy prostituta! Panaghía mía, Virgen María -dijo- ayúdame a entrar, y dejaré mi vida de pecado”. Y apenas dijo eso, se quebró y se dilató su corazón. Lágrimas brotaron de sus ojos, y en ese momento, la mano invisible dejó de impedirle el paso. Entró, veneró. Luego, al terminar la Liturgia, salió y desapareció. Cruzó el Jordán, y allí en el desierto del Jordán, queridos míos, vivió sola con Dios durante 41 años.

Allí, al final de su vida, la encontró San Zosimás, un sacerdote, a quien le narró su vida. Él le dio la Comunión y ella le dijo: “Vuelve el próximo año para comulgarme otra vez”. Pero el mismo día que recibió la Comunión, sintiendo su fin cercano, murió. San Zosimás encontró su cuerpo y lo enterró un año después.

A ella nos presenta hoy nuestra Iglesia. Es algo grande, queridos míos. ¿Qué fue el inicio de su despertar espiritual y su salvación? La κατάνυξις (katánixis: dilatación del corazón, compunción, recogimiento) y las lágrimas (espirituales). En efecto, San Simeón el Nuevo Teólogo dice que su padre espiritual, San Simeón el Piadoso, decía: “Nunca comulgues si no has llorado antes”. Esto es muy grande: que uno debe acercarse a Dios con κατάνυξις katánixis. La κατάνυξις es el punto de partida para acercarse a Dios, pero también, si quieren, es un fruto. Como fruto de la κατάνυξις katánixis son las lágrimas.

¿Qué es la κατάνυξις katánixis? Muchas veces lo decimos, pero debemos explicarlo. A menudo creemos que la κατάνυξις katánixis es una luz tenue, un espacio pequeño, un ambiente que inspira. Decimos: “Este templo es κατανυκτικό (kataniktikó: afectivo, de recogimiento, compungido”; o “la Liturgia fue kataníktika (afectiva, compungida, de recogimiento)”; o “los cantores fueron kataníktikos (afectivos, compungidos)”. Pero, ¿todo eso qué significa realmente? No estoy seguro de que se acerque a la realidad. “Κατανύσσω” (katanysso) significa literalmente “perforar profundamente”. Viene de “νύττω” (nito) que significa “pinchar”. “Κατανύσσω”, entonces, significa perforar profundamente, herir y dilatar el corazón. Es decir, cuando el corazón es traspasado y dilatado. ¿De qué es traspasado? De algo. Eso que lo hiere provoca las lágrimas. Eso es κατάνυξις katánixis: perforación, pinzamiento, compunción y dilatación del corazón, que da como resultado las lágrimas.

Así, el inicio de la vida espiritual con sentido es, queridos míos, la κατάνυξις katánixis. Y su fruto, como les dije, las lágrimas. Yo, personalmente, he sido testigo de algunas psiques-almas así, en las que uno puede ver que la χάρις (jaris, gracia, divina energía increada) de Dios ha tocado su corazón, y ya están en κατάνυξις katánixis (compungido, con el corazón dilatado). Uno lo ve en su rostro, porque ya ha ocurrido una transformación en su psique-alma. Y esta transformación es “el cambio, alteración de la diestra del Altísimo”. Cuando la mano derecha de Dios toca la psique-alma, esta se inflama, se hiere, se dilata. Entonces vienen las lágrimas. Y cuando uno ve esto en una psique-alma, dice: “Esa psique-alma ha cambiado de verdad”. Ha regresado, vuelto en sí con sentido. Es decir, con conciencia. Comprende, siente.

Créanme, queridos míos, no sé si lo que voy a decir, es fuerte, pero me temo que de cada cien personas que se arrepiente y vuelven en la metania solo una comienza con κατάνυξις katánixis. La mayoría vienen fríos a arrepentirse y se van fríos… Es como una olla que se pone sobre el fuego, pero no hay fuego debajo. Y no se puede cocinar nada. Así exactamente, cuando no hay el fuego de una herida divina, no puede haber vida espiritual. Es imposible.

Por eso vemos a muchos cristianos que, aunque comienzan a confesarse, a comulgar y a ir a la Iglesia, en realidad son como refrigeradores ambulantes. Y eso es algo terrible… Por eso también están preparados, ante cualquier tentación, a abandonar su vida espiritual, porque en el fondo no les ha costado nada… Uno no abandona lo que le ha costado. Un hijo que has dado a luz, no lo abandonas. ¿Por qué? Porque te ha dolido. Y una vida espiritual que ha nacido de un parto espiritual, de un dolor espiritual, de una herida en el corazón, no se abandona. Porque, simplemente, te ha dolido. Has provocado un parto espiritual.

San Gregorio de Nisa dice algo maravilloso: “Dios Padre es el arquero; el Hijo es la flecha. Y el Padre lanza con su arco la flecha -Jesús Cristo- hacia los corazones humanos. Y cuando el corazón es herido, traspasado por esta flecha, ¡oh entonces…!”. Herido por la flecha, es decir, por Jesús Cristo, entonces realmente, queridos míos, ¡es algo completamente distinto!

Recuerden al Apóstol Pedro cuando negó a Cristo. Lo negó con cierta facilidad. Así como con cierta facilidad le había dicho que no lo negaría. Y apenas lo negó, el Señor estaba a pocos metros de distancia, como acusado. Entonces, cuando Pedro lo niega, canta el gallo y el Señor se vuelve y lo mira. Miren: solo se volvió y lo miró. ¡Ah, esa mirada! ¡Ah, esa mirada fue una flecha! Con el centro, el blanco, en el corazón de Pedro. Fue tan herido que, inmediatamente, como nos dice el Santo Evangelio, salió afuera y lloró amargamente.

Recuerden también a aquella mujer pecadora, cuando el Señor fue a casa de cierto fariseo llamado Simón. Ella entró allí y con lágrimas le lavaba los pies. ¿Por qué? Porque se había conmovido y dilatado su corazón profundamente por la presencia del Señor, sintiendo el peso de su vida pecadora. Por eso también el Señor dijo -vale la pena mencionarlo- a Simón, que le dice: «Simón, ¿me permites preguntarte algo?» -Porque él había pensado en su interior: «Si este fuera profeta…» Ni siquiera como profeta lo consideraba Simón; simplemente lo tenía por un maestro. -«Debería saber quién es esta mujer que ahora le está lavando los pies, y debería darle una patada y rechazarla». Entonces Jesús le dijo: «Simón, te contaré una historia. Dos personas le debían dinero a un patrón. Uno le debía 50 monedas y el otro 500. Como ninguno de los dos podía pagar, les perdonó la deuda a ambos. Dime, ¿cuál de los dos estará más agradecido?»

Simón respondió: «Pues, obviamente, aquel a quien se le perdonó la deuda mayor, las 500 monedas». Y Jesús dijo: «Exactamente. Esta mujer es a quien se le perdonaron las 500 monedas. Esta es la prostituta que fue perdonada. Por eso llora. Tú, pobre hombre, miserable, eres de los 50. También se te perdonaron tus pecados, pero no lo sientes, no tienes conciencia de ello…». ¡Es impresionante, asombroso!

Recuerden también, queridos míos, a las multitudes en el día de Pentecostés. Cuando el Apóstol Pedro salió al balcón del aposento alto para decir que lo que oían y veían era la manifestación, infusión del Espíritu Santo, que vino a testificar que Jesús no era un criminal, ni un engañador del pueblo, ni un falso mesías. El cielo mismo viene a dar Su testimonio. Porque si Jesús hubiera sido un engañador, un falso Cristo, ¿cómo habría venido Pentecostés? Cristo mismo lo había dicho: “Yo me iré, y enviaré al Espíritu Santo”. Y también: “Ustedes me verán como criminal, como embaucador del pueblo, pero Él, el Paráclito, el Espíritu Santo, dará testimonio de Mí, de quién soy Yo”.

El testimonio de quién es Jesús Cristo es la misma Pentecostés. Y Pedro salió al balcón… y les decía precisamente estas cosas. Y la multitud que se había reunido, quedó profundamente conmovida, herida y dilatada en su corazón. “Y al oír esto” -dice el texto sagrado- “quedaron compungidos, dilatados del corazón”, heridos en el corazón. Y dijeron: “Hermanos, ¿qué debemos hacer para salvarnos?”

Como comprenderán, el tema de la κατάνυξις katánixis es una obra de Dios. Una obra de la diestra del Altísimo. Pero no es solo obra de Dios. También es una obra de la buena disposición y voluntad del hombre. Si una persona no tiene buena voluntad y disposición, entonces Dios no puede hacer nada. Precisamente porque delante de Él está el tema del libre albedrío, es decir, de la libertad. Y verán que ni siquiera Dios interviene en el corazón humano si el mismo hombre no lo abre.

¿Qué dice en el libro del Apocalipsis?
“He aquí que estoy golpeando, a la puerta y toco, llamo”.
¿Qué significa “toco”? Golpeo, vengo a herir.
“Pero, si alguien oye mi voz, entonces me abrirá. Si no oye mi voz, sin duda no me abrirá”.

Dice San Efrén el Sirio algo realmente maravilloso que, por favor, escúchenlo, porque nos interesa:

“Puesto que Dios nos ama a todos y quiere que todos seamos salvos, entonces Su Χάρις (Gracia, energía increada) viene y sobrevuela sobre nuestros corazones. Sobrevuela. El corazón está sucio, impuro, lleno de πάθος pazos. Entonces lanza una flecha. Viene, abre y hiere el corazón, un poco. Y produce una κατάνυξις katánixis, aunque quizás no tengamos buena disposición. Nada. Somos personas pecadoras. Así que Dios hiere un poco el corazón. A través de una predicación, de un ambiente, de un logos y una palabra, de un acontecimiento, de una situación. Y el corazón se hiere, es decir, se conmueve, se dilata y entonces siente una dulzura. Y Dios da una muestra, y te dice: ‘Esto sentirás cuando realices la catarsis y limpies tu corazón. Ahora he lanzado la flecha y me voy. Retiro mi flecha. Tú, si quieres, ofrece tu disposición y voluntad, y entonces crearás las condiciones para tener esta dulzura permanentemente’”. En otras palabras, nos da una muestra. Una muestra de Su αγάπη (agapi: amor incondicional) y de Su presencia. ¿Cuál es nuestra tarea a partir de ahí? Hacer la catarsis, purgar y limpiar nuestro corazón.

Pero digamos también unas palabras, queridos míos, sobre las lágrimas.
Dice San Juan Clímaco en su séptimo logos:
“El logos sobre las lágrimas puede nacer de muchas y diversas causas y motivos”, dice: Por naturaleza; hay personas que tienen facilidad para llorar. A veces se debe a una relajación del sistema nervioso, y con cualquier cosa lloran; por Dios; por tristeza contraria; por alabanza, cuando alaban a alguien, se emociona y llora; por vanagloria (puede llorar); por lujuria o sexo (puede llorar); por amor; por arrepentimiento y metania; por el recuerdo de la muerte, (puede llorar) cuando se recuerda la muerte, no con resignación pasiva, sino diciendo: “¿Qué estoy haciendo yo? ¿Qué estoy haciendo yo? Cometo injusticias, peco, como si fuera a vivir eternamente… ¿Qué estoy haciendo?” Esa es la memoria fructífera de la muerte, dice san Juan el Clímaco; por todo esto llora. Y muchas otras cosas.

Como ven, hay muchas causas para las lágrimas. Pero, ¿cuáles de ellas son legítimas? ¿Cuáles son las que realmente hacen la catarsis, purgan y limpian el corazón? ¿Cuáles son las que me darán espiritualidad auténtica? Son tres:

  1. a) Las lágrimas de la metania, arrepentimiento,
  2. b) Las lágrimas por la memoria de la muerte, y
  3. c) Las lágrimas por la agapi-amor de Dios.

Y las lágrimas de la metania, del arrepentimiento, queridos míos, son aquellas que uno derrama cuando comprende su terrible condición. Que ha sido un pecador. Tanto así que San Juan Clímaco se atreve a decir una expresión atrevida -lo dice él mismo: “Es un logos atrevido, pero así es: ¡Las lágrimas constituyen un segundo bautismo!”

Porque con el agua del bautismo somos catartizados, purgados y limpiados del pecado. Y con las lágrimas (espirituales del corazón) somos catartizados, purgados y limpiados de la suciedad, de la inmundicia del pecado.

Pero también están las lágrimas del luto o duelo según Dios, de la memoria de la muerte. Cuando el ser humano ve sus pecados y se entristece por sí mismo y se lamenta profundamente. Si alguien ve a una persona así, dirá que es infeliz, que está melancólica. No lo está. Es feliz.

Queridos, ¡pueden imaginar que detrás de un duelo o luto según Dios hay felicidad! ¡Que hay paz! Si conocieran que cuando alguien ve sus pecados y llora por ellos, siente una paz indescriptible, ¡la paz de Dios!… ¿Lo comprenden? Quien no ha experimentado tales estados cree que esa persona debe estar triste y desgraciada. Pero es un recuerdo esperanzador de la muerte. Es decir, es esto: préstenle atención. Es lo que dice el santo yérontas Siluán: «mantén nus-espíritu con tu mente en el Hades y no desesperes». ¿Qué significa «mantén tu nus-espíritu con tu mente en el Hades»? Porque el Hades es el lugar de las psiques-almas infernadas, por ahora; hasta que Cristo vuelva y se realice la resurrección de los muertos. El Hades es la antesala y presabor del infierno. No es el infierno. Es el preludio del infierno. «Mantén, pues, tu nus-espíritu con tu mente en el Hades», significa: «Ten tu mente en el lugar del castigo y del tormento». Decir: «No me salvaré». Esto es algo grande. Lloras y te lamentas por tus pecados. «No me salvaré. Soy muy pecador…».

Presten atención: algunos lo dicen hipócritamente: «No me salvaré». No lo creen en lo profundo de su ser. Pero creerlo verdaderamente: «No me salvaré», y al mismo tiempo, no perder la esperanza de que uno puede salvarse. Porque si uno está en luto o duelo por sus pecados y pierde la esperanza de su salvación, entonces sí es verdaderamente desgraciado e infeliz. Entonces verdaderamente corre el riesgo incluso de enfermar psíquica y mentalmente. Pero la persona que está en luto o duelo, llora, tiene duelo, luto según Dios, y tiene la esperanza de la salvación, esa persona es bienaventurada y feliz. Es lo que dice el Señor en las Bienaventuranzas: «Bienaventurados los que lloran y están en luto o duelo por sus pecados, porque ellos reirán». ¿Lo ven? Declara felices a los que lloran y están en luto, duelo por sus pecados. Pero no se refiere, claro está, a perder a un ser querido, a perder tus bienes. No se refiere a eso el Señor. Se refiere a que llores y estés en luto por tu condición pecadora. Entonces, sin duda, tendrás la paz. ¿Ven? Métodos contrarios a los métodos que propone el mundo. ¿Qué propone el mundo? «¡Diviértete, pasa de todo, pásalo bien, juégatelo todo, no te prives de nada! Y verás cuánta alegría tendrás». Allí es donde hallarás la depresión y la ausencia de paz… ¿Ven los métodos? ¡Contrarios! Los métodos de Dios son contrarios a los métodos del mundo. ¡Cosas completamente opuestas!

Y, finalmente, están las lágrimas que vienen de la agapi-amor incondicional a Dios. Quien ama a Dios, ama también Sus criaturas. A las personas, a los pájaros, a las plantas, a las piedras. Ama todo. Porque todo es creación de Dios y refleja Su sabiduría, Su agapi-amor y su fuerza y energía divina. Así, quien ha amado verdaderamente a Dios, es otra cosa. Dice incluso San Juan Crisóstomo: «Mira, cuando ofendas a Dios con un pecado, entristécete; no porque serás castigado, sino porque has entristecido a Dios». Esto sólo puede decirlo alguien que ama a Dios. Que lo ama verdaderamente. Y entonces, como dice San Isaac el Sirio, en una admirable enseñanza suya: «Y cuando uno tiene esta θεωρία (zeoría: contemplación) y por el recuerdo de esas criaturas y al contemplarlas, brotan de sus ojos lágrimas». Y esa es la agapi-amor indecible e incondicional. La agapi-amor indecible. La agapi-amor incondicional a Dios y a sus criaturas. Humaniza al ser humano, lo convierte en Hombre con H mayúscula.

Si tuviéramos que ver un modelo de ser humano, cuál sería ese modelo que se han propuesto a lo largo de la Historia, desde diferentes sistemas sociales y filosóficos, modelos o prótipos de personas. Nosotros diríamos: Este es el modelo de ser humano: el verdadero ser humano; el que tiene la χάρις (jaris, gracia increada) de Dios y la agapi-amor de Dios, la agapi-amor a todas las criaturas, y es un verdadero paraíso…

Oh queridos, la Iglesia nos ha puesto hoy la memoria de Santa María la Egipcia para decirnos que la κατάνυξις katánixis y las lágrimas son el punto de partida de nuestra vida espiritual.

PARA LA GLORIA DEL SANTO DIOS TRINITARIO
Atanasio de Mitileneos, homilía pronunciada en el Monasterio Komnineio de Larisa, el 8 de abril de 1984, transcripción de la grabación y edición en formato digital por: Eleni Linardaki, filóloga.
FUENTES: https://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai _kyriakvn/omiliai_kyriakvn_226.mp3

Traducido por: χΧ jJ  https://logosortodoxo.es/

El valor de la profecía Domingo V de Cuaresma, Atanasio Mitilienos

«El valor de la profecía»

Domingo V de Cuaresma, Mrc 10, 32-45. Atanasio Mitilienos

Queridos míos, el final de la vida y acción terrenal de nuestro Señor Jesús Cristo está cerca. Sus enemigos ya han mostrado claramente sus intenciones homicidas. Y el Señor conoce muy bien ya cuál es el camino. Además, por este camino vino al mundo: el camino del sacrificio.

Poco antes de Su Pazos (Pasión, Padecimiento) -que conoce perfectamente- el Señor revela todo a sus discípulos, lo que estaba por suceder. Es decir, profetiza el futuro inmediato relacionado con Su Persona. Veamos el texto sagrado:

«Subían a Jerusalén, y Jesús iba delante de sus discípulos, quienes estaban llenos de temor. Le seguían, pero con miedo, tanto por Jesús como por ellos mismos, por lo que podría esperarles en la ciudad. Entonces llamó a los Doce y comenzó a decirles lo que les iba a suceder: ‘Vean, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre —es decir, Yo, el Mesías— será entregado a los sumos sacerdotes y escribas, quienes lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos. Se burlarán de Él, lo azotarán, lo escupirán y lo matarán. Pero después de tres días resucitará’» (Mrc 10: 32-34).

Se plantea, sin embargo, una pregunta razonable: ¿Por qué el Señor revela este futuro inmediato? Tan inmediato que era cuestión de días; pues se trataba de la tercera predicción del Señor sobre este tema. Ya habían precedido otras dos. Esta, por tanto, es la tercera, y se da a las puertas de Su martirio.

¿Por qué, entonces, el Señor revela este futuro tan próximo?
¿No causaría angustia y turbación a los discípulos al oírlo de antemano? ¿Qué propósito podría servir una profecía así? Y, si quieren, ¿cuál es el valor de una profecía como esta? Ese será el tema que abordaremos, queridos míos.

Primero, veamos quién es la persona que profetiza. En este caso, es Jesús Cristo. Jesús fue profetizado por todos los profetas del Antiguo Testamento. Todas las profecías convergen en una sola persona: la Suya.

Cuando el Señor profetiza, en realidad, está reconociendo a todos los profetas antiguos, confirmándolos, verificándolos, renovando lo que dijeron, con la afirmación básica de que el personaje del que hablaban era Él mismo. Ellos hablaban de alguien; el Señor los confirma diciendo ahora que: «Esta persona YoSoY «.

Por tanto, Jesús es profeta, así como lo fue Juan el Bautista, quien es el mayor de los profetas. Saben, San Juan no escribió nada. Solo hizo un gesto: dio testimonio de Jesús. Dijo: «Es Él». Porque entre hablar de alguien y mostrarlo en persona, hay una diferencia inmensa. Y mostrar una persona, si no eres un verdadero profeta, no puedes hacer eso nunca. Así, Juan es el mayor de los profetas en ese punto.

El Señor, entonces, identifica al Mesías de las profecías con Su propio rostro: «YoSoY».

Recordemos al profeta Isaías, cuán vivamente describe El Pazos-Padecimiento, Pasión del Mesías en el capítulo 53. Cuando el Señor profetiza Su propia Pasión -con menor viveza y dramatismo quizás que Isaías-, identifica el personaje profético de Isaías con Él mismo, para establecer la verdad de lo que está anunciando que sucederá en Jerusalén.

No olvidemos que el elemento más fundamental de la verdad de la Sagrada Escritura es la profecía. Quisiera decirles que no es el milagro. El milagro, por un instante, puede resultar falso. Incluso el diablo puede hacer milagros, aunque sean falsos o meramente aparentes.

Pero el diablo no conoce el futuro. Por tanto, no puede jamás hacer una profecía verdadera. Ni siquiera puede interpretar correctamente una profecía existente, porque eso requiere la presencia del Espíritu Santo. Y el diablo no tiene el Espíritu Santo. Así que no puede ni profetizar ni interpretar profecías.

Dice el Apóstol Pedro que ninguna profecía fue interpretada por voluntad humana, sino por hombres que portaban el Espíritu Santo. Para escribir profecía, el Espíritu Santo debe poner los logos y las palabras en tu boca. Para interpretarla, el Espíritu debe darte también esa capacidad.

Así pues, repito: el diablo no tiene el Espíritu Santo. Puede hacer milagros. Pero profecía, no.

Por eso, la certeza de la verdad de la fe, del mensaje de Dios y de la Persona de Jesús Cristo, no está en el milagro. Los milagros complementan, pero no son el punto central. El punto central es la profecía.

Lo digo porque a lo largo de la historia, muchos han hecho milagros -inspirados por demonios, claro. Por ejemplo, Apolonio de Tiana, un mago de la antigüedad, podía ver a distancia y hacía milagros impresionantes. Pero nunca hizo una profecía verdadera. Y menos aún profecías que se cumplieran 500, 1000 o 2000 años después, desde la época de Adán y Eva. ¡Nadie, absolutamente nadie!

Así, todas las profecías del Antiguo Testamento, aunque estaban disponibles -¿a quién?- al diablo, pero le estaban selladas. No podía interpretarlas. No las comprendía, aunque las sabía al dedillo, las leía, como también lo hacen los herejes. Pero si no tienes el Espíritu de Dios, no entiendes nada. No basta conocer la letra; necesitas el Espíritu. Para entender el espíritu del Evangelio, debes tener el Espíritu Santo.

¿Acaso las profecías no decían quién era Jesús? ¿No oyó el diablo la voz del cielo: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco», en el Bautismo? El diablo lo oyó todo. Además, basándose en esto último, ¿no vino a tentar al Señor? «Si eres Hijo de Dios», le dice allí en el desierto, «di a estas piedras que se conviertan en panes» (Mt 4:1-11 y Luc 4:1-13) con esa triple tentación.

Finalmente, el diablo duda de quién es Jesús. ¿Por qué? Porque -lo repetiré una vez más- no tenía el Espíritu Santo.

Y entonces, crucificó al Señor. Sí, el diablo crucificó al Señor. Porque los gobernantes del pueblo fueron sus instrumentos, y lo fueron porque se parecían a él: tenían envidia. El diablo también tiene envidia y los usó como instrumentos suyos.

Así se da cuenta uno, queridos, de que finalmente la profecía no puede ser comprendida fuera del ámbito del Espíritu Santo. Solo cuando el diablo tuvo experiencia de la bajada de Cristo al Hades, entonces comprendió con Quién tenía que ver. Pero para él ya era demasiado tarde. Ya había sido vencido. El Señor ya lo había derrotado.

¿Pero quiénes son los destinatarios de una profecía?

En aquel entonces, en el Antiguo Testamento, era todo el pueblo de Dios. Ahora lo son los Apóstoles y la Iglesia. Solo dentro de la Iglesia existe la auténtica profecía. Si hay personas fuera de la Iglesia que profetizan y… -presten atención- se cumple su profecía, aun así, están fuera de la Iglesia. Es conocido, como menciona el Antiguo Testamento, que Dios lo permite para que aquellos que crean en ellos reciban el espíritu del engaño. Ese es su castigo. Y eso es lo terrible. Si vas a que la adivina, la que lee el café, la pitonisa o el médium te diga tu futuro —lo cual puede parecer una profecía por un momento— y se cumple…, sepan que el diablo no sabe nada, ¿eh? Si se cumple, es porque Dios lo permitió. Y cuando tú dices: “Pero a mí se me cumplió”, sí, significa… ay de ti, Dios permitió que viniera sobre ti el espíritu del engaño. Y eso es terrible. Es, diría, el castigo más extremo que puede dar Dios al hombre orgulloso.

En cualquier caso, los incrédulos no pueden recibir y aceptar la profecía. Porque —repito— no tienen el Espíritu Santo y la rechazan. Y no la comprenden y la rechazan. Por eso escribe el Apóstol Pablo: “La profecía”, dice, “no es para los incrédulos, sino para los que creen, es una señal, un milagro, una prueba” (1Corintios 14:22). ¿Para quiénes? Para los que creen.

Así, la fe en la Iglesia precede, y la profecía le sigue, siempre dentro de la Iglesia. Crees en Cristo, y después ves cuán tremendamente convincente es la profecía que se refiere a la persona divina y humana de Cristo. Pero primero debes creer. Y después, mediante la profecía, verás Quién es Jesús Cristo. Así tenemos, queridos míos, siempre dentro de la Iglesia —para los de afuera no tiene ninguna importancia— las profecías cristológicas, es decir, aquellas que se refieren a la persona de Cristo, y que literalmente sostienen la fe. Si tú has creído, hermano mío, en Cristo y ahora te ocupas de las profecías, sinceramente adquirirás la fe más segura en la persona divina y humana de Cristo. Y el propósito de esta profecía cristológica es siempre confirmar, tanto en la Iglesia como en cada creyente, la identidad de Jesús Cristo. Por esta razón escriben los santos evangelistas, toman y usan profecías del Antiguo Testamento para confirmar la identidad de Jesús Cristo.

Pero también existe la profecía que se refiere a la Iglesia, además de las cristológicas. Dice Teofilacto:
“¿Por qué razón el Señor anuncia con anticipación a sus discípulos lo que le va a suceder? Para preparar sus mentes, de modo que, al haberlo escuchado de antemano, lo soporten mejor y no se queden sorprendidos por lo repentino del hecho”.

Así que la profecía que se refiere a la Iglesia prepara a cada creyente, y también a la Iglesia misma, con una preparación psicológica. Según aquello de: “Me preparé por eso no me perturbé”.

Además, la profecía prepara ante la posibilidad del martirio. Así, la Iglesia y el creyente saben a quién pertenecen. Para que se mantengan fieles a su bautismo. Que no digan: “Pero no lo sabía”.

También, la profecía prepara al creyente para la aparición de tiempos de decadencia espiritual. Para que permanezca firme y no se deje arrastrar. Que no diga: “Todos hacen lo mismo”. No. El Espíritu Santo da aviso. Dice el Apóstol Pablo a Timoteo:

«Pero debes saber esto: que en los últimos días vendrán tiempos difíciles. Porque los hombres serán egoístas, avaros, jactanciosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres (piensen en el tema de los hijos que se rebelan y abandonan sus hogares…), ingratos (por más dinero que les des, quieren más… El germen de la ingratitud ha penetrado. Nadie llega a decir: “Ya es suficiente, estoy satisfecho”. ¡Terrible!), impíos, insensibles, sin afecto natural, implacables, calumniadores, incontinentes, crueles, aborrecedores del bien, traidores, impetuosos, envanecidos, amantes de los placeres más que de Dios -característico del siglo XX es la φιληδονία (filidonía: amor al placer, hedonismo); ess su sello distintivo-, teniendo apariencia de piedad, pero negando su poder; tienen, claro, una forma de piedad. Es decir, se trata de cristianos. No de personas no cristianas. Pero el poder, la energía increada y potencia de la fe, la fuerza y poder de la vida espiritual no lo tienen».

Además, la profecía también prepara para la aparición de herejes y herejías en el entorno. Dice el Apóstol Pablo a los presbíteros de Mileto: Esto sé y esto les digo; profecía: «Yo sé que después de mi partida se introducirán entre vosotros lobos crueles y heréticos (los lobos feroces son los herejes), que nos les importará nada sobre las ovejas lógicas de Cristo, sino que intentarán a arrastrarlas en sus engaños y destruirlas psíquicamente y espiritualmente; y que de entre vosotros mismos surgirán hombres egópatas y ególatras que enseñarán doctrinas falsas y perversas alejando los discípulos del camino ortodoxo de sotiría salvación con el fin de arrastrarlo en pos de sí como seguidores suyos. Por lo cual, ¡estad en alerta y vigilancia, manténganse despiertos! (Hechos 20: 29-31-para ganar discípulos, para arrancarlos de Cristo y hacerlos suyos. Manténganse alerta)».

Por tanto, el propósito de la profecía es que yo permanezca despierto, que sepa lo que vendrá. Que no me sorprenda —como les dije— un acontecimiento inesperado.

La Iglesia también profetiza sobre el Anticristo. Y los Padres incluso analizan este tema para ayudar a los fieles. Sin embargo, el propósito de la profecía del Anticristo no es asustar ni alarmar a los creyentes. Quiero subrayar esto. El propósito es que se armen espiritualmente y esperen, no pasivamente, sino activamente.

¿Visteis últimamente cuánto alboroto se ha causado en torno a este asunto? Algunos padres han llegado a decir a profesores y sacerdotes: “Nuestros hijos, nuestros familiares, no pueden dormir por las noches”. ¿Por qué? Lo veremos más adelante. Por eso, se necesita una actitud combativa, pero alegre, podríamos decir. Algo así como decir: “¡Vamos, te estamos esperando! ¡Vamos a luchar!”.

Exactamente lo que hicieron los 300 de Leónidas esperando a los persas en el desfiladero de las Termópilas. Cuando los persas enviaron espías para ver qué hacían los 300, regresaron diciendo: “¡Se están peinando, bailando y ejercitándose!”. Es decir, un afrontamiento alegre, una lucha alegre.

Así eran, queridos míos, también los mártires de nuestra Iglesia: valientes y alegres. No lloraban cuando iban al martirio. ¡Iban con gozo, tenían alegría! Entonces, ¿por qué debemos alarmarnos cuando oímos hablar de la profecía del Anticristo? ¿Quizás nos falta algo? Sí. ¿Quizás no tenemos el Espíritu de Dios? Me temo que…

Con todo esto, se nos prepara para contemplar los últimos tiempos.
«No tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la futura».
Además, estos sufrimientos de la Iglesia no son interminables. El Señor dice: «Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguid y levantad vuestras cabezas hacia el cielo, porque se acerca vuestra redención». Así pues, existe el gozo de que todas las pruebas pasarán y nos encontraremos en la Βασιλεία (vasilía, realeza increada)de Dios.

También tenemos profecías, queridos míos, que se refieren a personas específicas o a Iglesias locales, como cuando el Señor profetiza sobre el apóstol Pablo, o el Espíritu Santo sobre el apóstol Pedro, o sobre las siete Iglesias de Asia Menor en el libro del Apocalipsis, etc.

Pero también hay profecías que no se refieren solo al futuro, sino también al presente y al pasado. Prestad atención a este punto.
En el Apocalipsis, el Señor dice a Juan:
«Escribe, pues, lo que has visto, lo que es y lo que ha de suceder después de estas cosas».
Es decir: el presente y el futuro.

La profecía del presente es la revelación de lo oculto en el ahora.
Esto lo vemos en la vida de los santos, en innumerables casos, profetizando el presente.

Pero también existe la profecía del pasado, queridos míos. Prestad atención a esto también.
Gracias a esta profecía del pasado, el profeta Moisés escribió sobre la creación del mundo y la creación del hombre.
Como dice un padre de nuestra Iglesia:
«Todo el género profético se divide en tres: el futuro, el presente y el pasado».

¿Dónde está el valor de esto?
En que, para los creyentes, el conocimiento del pasado es correcto y verdadero, y no permite que el creyente se deje arrastrar por las teorías de cada época que intentan definir el pasado. Así tenemos,
por ejemplo, la teoría de la eternidad de la materia, es decir, el materialismo; la teoría de la generación espontánea de la vida (“la vida surgió por sí sola”); tenemos la teoría de Darwin sobre el origen de las especies…

El creyente dirá: «Tengo la profecía. Y la profecía me dice: Dios hizo el mundo y al hombre». ¡He aquí, ahí está el valor!
¿Veis cuál es el valor de la profecía dentro de la Iglesia?

Queridos míos,

El valor de la profecía para la Iglesia es enorme.
Y también en nuestros días existe el carisma, don profético, el cual nunca faltará hasta el fin de la historia.

Solo debemos tener cuidado con algunos que tienen una psique-alma orgullosa, un carácter curioso, y que usurpan los dones del Espíritu Santo, fingiendo profetizar para obtener gloria personal.
Estos no son pocos en cada época. Y parece que en nuestra época son bastantes. Mucho cuidado.

El Antiguo Testamento dice: «¡Ay de aquel que profetiza sin que Dios haya puesto Su logos y palabra en su boca! Ese es un falso profeta». El genuino don profético siempre protesta, advierte, de que vienen días difíciles para la Iglesia. Y debemos saberlo. No para desanimarnos, sino para armarnos de alegría. Y esa alegría es la alegría de Cristo que iba a Jerusalén para ser crucificado y anunciaba Su pazos (pasión, padecimiento). Es la alegría de Pablo, la alegría de los santos mártires. Solo nos queda tener el Espíritu Santo para posicionarnos correctamente ante la profecía, y entonces descubriremos el valor que tiene dentro de la Iglesia.

PARA LA GLORIA DEL SANTO DIOS TRINITARIO Y (

(Transcripción de la grabación y edición del texto electrónico: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komninéo, Larisa, el 27-3-1988] P. Atanasios Mitilineos

Traducido por: χΧ jJ  https://logosortodoxo.es/

 

5º Domingo de Cuaresma, santa Maria la Egipcia

 Ε’ Κυριακή των Νηστειών (Μαρκ. ι΄32-45) 

5º DOMINGO DE CUARESMA (Mrc 10, 32-45)

Tercer anuncio de su pasión y muerte 10:32-35.

32 Iban de camino subiendo a Jerusalén; y Jesús caminaba delante, y ellos iban sobrecogidos; entonces el Señor volviendo a tomar a los doce aparte, comenzó a decir lo que había de sucederle. 

33 «He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas-gramatís, y le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles idólatras, a los soldados de Roma; 

34 se burlarán de él y le azotarán, le escupirán y le matarán; pero al tercer día resucitará».

Jesús corrige la ambición de los hijos de Zebedeo, 35-45.

35 Entonces Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, se le acercaron, diciendo: Maestro, querremos que nos hagas lo que vamos a pedirte. 

36 Él les dijo: «¿Qué queréis que os haga?» 

37 Ellos le dijeron: que nos concedas sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda en tu gloria cuando te sientas como rey en el trono real de Jerusalén

38 Entonces Jesús les dijo: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber del cáliz del dolor y del martirio que yo bebo, o ser bautizados con el bautismo de sangre con que yo soy bautizado?»

39 Ellos sin pensarlo, dijeron: “Podemos”. Jesús les dijo: «Del cáliz del martirio del cual yo he de beber, beberéis, y con el bautismo del sufrimiento y sacrificio con que yo he de ser bautizado, seréis bautizados vosotros; (porque vosotros también probaréis los sufrimientos y persecuciones a causa de vuestra fe en mí);

40 pero el sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no me toca a mí dároslo, sino que es para aquellos para quienes está preparado»; (es decir, será dado a los dignos-áxios, a aquellos que lucharán y vivirán según el Evangelio, por los que se ha preparado).

41 Cuando lo oyeron los diez, comenzaron a enojarse contra Jacobo y contra Juan por esta actitud ambiciosa.

42 Pero Jesús, llamándolos a sí, les dijo: Sabéis que los jefes de las naciones se comportan con sus pueblos como si fueran dueños absolutos de ellos; y los que tienen grandes axiomas y poderíos hacen mal uso de su posición y poder y los oprimen como si fueran sus esclavos. 

43 Pero no debe haber esta tendencia y comportamiento egoísta entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros debe hacerse vuestro servidor y serviros con agapi-amor desinteresado e incondicional, 

44 y el que de vosotros quiera ser el primero, sea siervo de todos, y comportarse con la humildad, la paciencia y la obediencia del esclavo. 

45 Porque el Hijo del hombre no vino para ser servido de los hombres, sino para servir, y para dar su psique y vida en rescate por muchos por muchos (ἀντὶ πολλῶν), y los muchos librarse de la culpabilidad del pecado y de la muerte eterna. 

 

Quinto domingo de cuaresma. Santa María la Egipcia

Padre Georgios Dorbarakis

 El quinto Domingo de Cuaresma marca el principio de la última semana del Gran Cuaresma. El próximo sábado, el de San Lázaro, señala el final de este período sagrado, el cual se considera un modelo de toda la vida del cristiano; en el sentido que todo esto que estamos llamados a vivir de manera especial durante el Cuaresma -la oración más intensamente, el ayuno más constante, la μετάνοια metania más profunda, y una mayor agapi-amor y caridad- todo esto debe determinar también nuestra vida cada día. No olvidemos que “la forma de vida, la figura de este mundo la produce este mundo y pasa” (San Pablo), así que lo más sustancial para el hombre es su giro hacia el Dios y vivir en comunión con Él en agapi-amor ferviente.

Las palabras del santo Yérontas Paísios en este caso son muy impactantes y estimulantes: “¡Toda mi vida es una Cuaresma!” Así, durante esta última semana, nuestra Iglesia nos da por última vez la “campanilla”, la señal de advertencia sobre nuestra sanación y salvación. No nos excusemos diciendo: «Ya pasó el tiempo, ya no se puede hacer nada». Y la Iglesia hace esto presentándonos a una persona que experimentó la μετάνοια metania de manera conmovedora y que, por ello, se considera un modelo de μετάνοια metania: ¡Santa María la Egipcia!

Una breve referencia a la vida de la santa y algunas reflexiones sobre ella nos convencerán plenamente de la verdad de este mensaje.

Santa María, cuando tenía doce años, se escapó de sus padres y fue a Alejandría, donde vivió una vida libertina, disoluta durante diecisiete años. Movida por la curiosidad, viajó con muchos otros peregrinos a Jerusalén, para asistir a la Exaltación de la Santa Cruz. Sin embargo, allí nuevamente se entregó a toda clase de desenfreno y pecado, arrastrando a muchos a la perdición. Pero cuando intentó entrar en la Iglesia el día en que se celebraba la Exaltación de la Cruz, sintió tres y cuatro veces que una fuerza invisible le impedía el acceso, mientras que la multitud ingresaba sin dificultad. Este acontecimiento le hirió el corazón y decidió cambiar de vida, dedicándose desde entonces a Dios con su μετάνοια metania.

Entonces, regresó a la Iglesia con esta decisión y, esta vez, pudo entrar sin dificultad. Veneró la Santa Cruz y, ese mismo día, partió de Jerusalén. Cruzó el río Jordán y se adentró en el desierto, donde vivió durante 47 años. Estos años fueron para María un tiempo de extrema y sobrehumana ascesis, de oración incesante a Dios.

En los finales de su vida encontró un eremita, llamado Zosimás, se confesó en él toda su vida y le rogó que la trajera los misterios (sacramentos) inmaculados para comulgar. Esto se hizo el año siguiente, el Jueves Santo. Cuando el año próximo el Abad Zosimás volvió, encontró a María muerta, mientras que a lado de ella habían escritas las siguientes palabras: “Abad, entierra aquí el cuerpo de la desgraciada María. He muerto el mismo día que comulgué los inmaculados misterios. Que ores por mí”.

Reflexiones 

1) Lo que ha conducido a María a Jerusalén no era un deseo piadoso, como el que tienen muchos cristianos que dicen: «Vayamos a Jerusalén, a los Santos Lugares, y luego que muramos». Su motivo fue algo muy llano, mundano y, en muchos casos, condenable: la curiosidad. Y lo peor es que esta curiosidad estaba relacionada con la práctica de su vergonzoso y miserable oficio de ramera. En otras palabras, su visita a la Ciudad Santa no tenía ningún fondo metafísico o espiritual. Se podría decir que fue solo una oportunidad para romper la monotonía de su vida, algo que sin duda aprovechó el antiguo enemigo del hombre, el maligno, para empujarla aún más en su actividad pecaminosa.

¡Sin embargo! Incluso esta situación fue utilizada por el Dios bondadoso. Encontró la oportunidad de llamarla a la μετάνοια metania de una manera muy personal para ella. Sin ridiculizarla, sin humillarla, sin exponer la miseria de su vida, la hace concienciar el abismo de su penuria y degradación. Y, de hecho, el método de Dios tuvo éxito. María se arrepiente, se convierte y vuelve a la μετάνοια metania. La primera observación y lección que aprendemos, pues, concierne la ingenuidad y creatividad de la ἀγάπη (agapi: amor desinteresado, incondicional, altruista) de Dios. El Dios aprovecha y utiliza nuestra vida para atraernos a Sus brazos. ¿Y la razón? ¡Es que es nuestro Padre!

2) Una segunda reflexión se refiere a una aparente paradoja: el Dios cierra la entrada del templo solo para María. ¿Por qué es paradójico? Porque el Dios, a través de Su Iglesia, acepta cada hombre que se acerca a Él. “Al que viene hacia a mí no lo echaré fuera” (Jn 6,37), dijo el Señor. ¿Cómo, entonces, pudo suceder esto, si precisamente el Señor vino para llamar a los pecadores a la μετάνοια metania? Cualquier pecador que se acerca a Dios y a la Iglesia, está bien recibido y aceptado por Él. Además, todos venimos a la Iglesia de esta manera, o al menos deberíamos hacerlo: como pecadores (enfermos psíquica y espiritualmente) que tenemos necesidad de psicoterapia, sanación y salvación. Es por eso que nuestra Iglesia nunca hace una distinción entre personas pecadoras y no pecadoras. Porque todos los hombres absolutamente somos pecadores (enfermos psíquicamente y espiritualmente). “Todos hemos pecado y todos nos privamos de la doxa=gloria (luz increada) de Dios” (san Pablo).

Entonces, ¿por qué el Dios entonces cerró la entrada a la pecadora María que se acercaba a Él? Precisamente porque se acercaba al templo sin la disposición de acercarse a Él. Es decir, María quiso entrar al templo sin μετάνοια metania, sin una decisión tomada de cambiar su vida. Sin embargo, esta prohibición funcionó positivamente para María. La conmovió y la condujo a la μετάνοια metania. Tan pronto como tomó la decisión para el cambio de modo de vida, inmediatamente se abrió la entrada para ella.

Precisamente el Dios así llama y acepta a todos, por muy pecadores que sean, pero con la única condición de volver a la μετάνοια metania convertirse, arrepentirse y confesarse. Esto se debe a que una relación del hombre con Dios, sin metania, significará la condena y la perdición del hombre. El Dios no ofrece su Jaris (gracia, energía increada) de manera mágica. Busca la correspondencia del hombre, que se expresa principalmente a través de la μετάνοια metania. Además, no olvidemos que el infierno ha sido definido por nuestros santos como una relación con Dios, pero en un estado sin metania, en el sentido que la agapi-amor de Dios para una persona en tal estado, funciona y actúa negativamente, es decir, como infierno.  Así que, el antídoto para cualquier pecado nuestro, por muy grande que sea, es la μετάνοια metania. Esta es la llave que nos abre la puerta del Cielo y la felicidad.

3) Sin embargo, quisiéramos hacer una tercera observación. Dios quiso llevarse a Santa María de este mundo cuando ella había completado y perfeccionado su μετάνοια metania. Y eso sucedió con su confesión y la comunión de los inmaculados misterios. Realmente es conmovedor, cuando uno piensa que, para María, los 47 años de su vida ascética fueron años de preparación. Se había hecho la catarsis, purgado y sanado a la medida que fue posible para ella. Superó sus pazos y pecados. Y, sin embargo, lo perfecto –dentro de los marcos y límites humanos creados- llegó con la confesión y la divina Comunión o Efjaristía. La demostración de ello: en cuanto apenas comulgó, se durmió y su psique-alma voló a las manos de su Creador.

Por supuesto que esto entre otras cosas significa que nunca el hombre puede perfeccionarse, nunca puede divinizarse o lograr la zéosis, en términos teológicos, si no participa en la jaris increada-gracia activa de los santos Misterios de la Iglesia y sobre todo el de la divina Efjaristía.  En otras palabras, la plenitud del hombre no es cuestión de su propio poder, sino de su cooperación con la todopoderosa χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios.

La μετάνοια metania es el monódromo camino único. Otro camino para nuestra introducción en la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios no existe. Y esto es nuestro mayor consuelo. Considerando la agapi-amor incondicional de Dios y nuestra pecaminosidad, la μετάνοια metania es el vínculo que une estos dos elementos. No tenemos más opción que recorrer este camino junto con nuestros santos, junto con la Santa María Egipcia, cuya festividad celebramos hoy. Es el camino que, en cada paso nos acerca y lleva a la relación directa e inmediata con Cristo Dios.  Amín.

παπα Γιώργης Δορμπαράκης              ΑΚΟΛΟΥΘΕΙΝ     Padre Jorge Dorbarakis

 

5º Domingo de Cuaresma, santa Maria la Egipcia

El sentido del poder

Jristakis Efstacíu, Teólogo- Iglesia de Chipre

 

“No vino para ser servido, sino para servi

r” (Mrc 10,45)

El período solemne de la Gran Cuaresma se acerca hacia su fin. Ya desde la lectura evangélica del día nos introduce a los Pazos-Pasiones de los días santos, y lo hace con logos clarísimo que dice el Cristo mismo. Se trata, en esencia, de una guía espiritual que el ser humano está llamado a seguir para asimilar los mensajes, conceptos y significados más profundos de los acontecimientos de la Semana Sa

nta. En este momento del tiempo litúrgico, adquiere especial importancia la proyección de la memoria de una santa mujer, la santa María la Egipcia, quien, tras haber caído en el abismo de la suciedad pecaminosa e inmoralidad, conoció un camino sanador y salvador de perfeccionamiento a través de la ascesis (práctica, ejercicio espiritual), puesto que su μετάνοια metania se hizo un modelo y ejemplo de vida.

Primacías o primeros puestos

El Señor cuando predecía Su Pazos-Pasión, quería precisamente preparar a Sus discípulos para que entendieran los acontecimientos que estaban por venir. Exactamente quería que co-caminaran con Él en el Pazos-Pasión con el corazón y la psique-alma, tal como corresponde a cada uno que quiere ser discípulo verdadero Suyo. Sin embargo, los discípulos parecían seguir viviendo en su propio mundo, dominado por ambiciones personales y efímeras. Dentro de sus percepciones limitadas y estrechas, querían ver a Cristo subiendo a Jerusalén como un rey terrenal, sin estar en situación de entender el fondo de Su misión y Su vía soteriológica, salvífica. Por eso, los vemos disputándose puestos primeros, cargos especiales y honores. En lugar de seguir el ejemplo de servicio de su Maestro, ellos buscaban poder, primacías y prestigio.

El poder como diaconía, servicio

Las primacías de poder y autoridad que anhelaban los discípulos adquieren, a la luz de la αγάπη (agapi: amor desinteresado, increado e incondicional) de Cristo, un significado y un contenido completamente diferentes. No tienen el sentido de imposición, promoción y proyección sino de ofrecimiento, sacrificio y servicio. No se otorgan como privilegios, sino que los reciben aquellos que aceptan y responden a la agapi-amor de Dios, y dejan sus existencias transparentes para que sean inundadas de la χάρις (jaris: gracia, energía increada) que Él mismo otorga. Cristo deja claro a sus discípulos, y a cada uno de nosotros, que «quien quiera hacerse grande, que sea servidor de los demás, y quien quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos».

En realidad, cuando el ser humano vive sirviendo y ayudando a los demás, transforma su propia existencia en un recipiente de la agapi-amor de Dios. De esta manera, se eleva a la más noble de las grandezas y primacías. El propio Señor nos da el ejemplo supremo: “no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”. El servicio ya no es una idea abstracta, sino que se revela como agapi-amor en su forma más genuina. Además, la manifestación de Dios en el mundo se basa y está instituida en su sacrificio “por la sanación, la salvación y la vida del mundo”. 

El camino salvífico

El sacrificio y el servicio como estilo de vida surgen y toman cuerpo desde lo más profundo de la μετάνοια (metania: introspección, arrepentimiento, conversión y confesión). Las lágrimas de la metania elevaron en puntos culminantes de santidad a hombres que por muchos años estaban sumidos en el pecado, la prodigalidad y la inmoralidad. Un ejemplo de ello es Santa María la Egipcia. Su historia es un testimonio vivo de cómo la psique-alma puede ascender a las alturas infinitas de la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios. La Iglesia nos presenta su memoria en este momento litúrgico como un modelo a seguir. Porque exactamente la santa María de Egipto conoció el caos del pecado, pero también reveló el significado de la verdadera μετάνοια metania y del perdón, viviendo 47 años en el desierto de Jordán. Con toda su vida ha demostrado cuán inmenso es el mar de la agapi-amor de Dios, quien nunca cesa de invitarnos a reposar es sus brazos abiertos.

La santa María la Egipcia, se convierte en un nuevo modelo para quienes se atrapan en la tentación de la autojustificación y la autosuficiencia. Porque ella entrega toda existencia desnuda para para que fuera revestida majestuosamente con la agapi increada de Dios. Con su vida y su ejemplo revela que la μετάνοια metania no es un mero cumplimiento de leyes, normas y reglas sino un encuentro profundo y conmovedor de la persona con el Cristo.

Queridos hermanos, la agapi-amor incondicional de Cristo nos muestra un nuevo camino y una nueva manera de vivir. La verdadera grandeza del ser humano pasa por el sendero del sacrificio y del servicio. Es el amor ofrecido el que eleva al hombre y lo conduce a la más auténtica nobleza espiritual. En esta órbita, la agapi que emana del sacrificio de la crucifixión, invita al hombre a vivir la μετάνοια metania para descubrir su auténtico sí mismo, su verdadero yo y ser. El ejemplo de la santa María la Egipcia nos muestra que, por más que hayamos caído en la vida, la agapi-amor incondicional de Cristo nos persigue y nos invita para elevarnos a lo más alto, en primacías que nada tienen que ver con los poderes de este mundo, sino con las orientaciones a los valores más sólidos y eternos. Amín.

Jristakis Efstacíu, Teólogo- Iglesia de Chipre 

 

5º Domingo de cuaresma – Camino hacia el Pazos-Pasión, Marcos 10, 32-35

“Ο ΣΩΤΗΡ” Sotir

  1. Hacía el Pazos-Padecimiento voluntario

El Señor Jesús Cristo y Sus discípulos caminan hacia Jerusalén. Pero este camino no es un viaje común. Es un camino hacia el Pazos-Pasión o Padecimiento, el martirio y la muerte. Además, el Θεάνθρωπος (Zeántropos: Dios y hombre) había advertido a Sus discípulos. Había predicho en términos generales que sería entregado en las manos de los hombres (Mrc 10:31). Ahora determina concretamente que será entregado en los líderes, soberanos judíos y ellos le condenarán a muerte, y también será entregado a los soldados idólatras, paganos de Roma: «He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los gramatís (gramaticales, escribas)-, y le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles idólatras, a los soldados de Roma; se burlarán de él y le azotarán, le escupirán y le matarán; pero al tercer día resucitará» (Mrc 10: 33-34).

Además, añade los detalles de los pazos que él sufriría, las burlas, los azotes y los escupitajos, concluyendo con la certeza de que al tercer día resucitará.

¿Pero por qué el Señor profetiza las cosas que Le van a suceder? Para preparar las psiques-almas de los discípulos, de modo que no se asusten y se turben en exceso, cuando Le vean sufriendo los terribles pazos-padecimientos, pero también cuando ellos mismos enfrenten persecuciones y martirios en el futuro. Y por una razón más: para que Sus discípulos y todos nosotros, que ahora estudiamos Su vida, comprendamos que se entrega voluntariamente, padece, sufre y es llevado a la muerte. Porque, si él quisiera, podría haber huido, puesto que conocía de antemano lo que Le iba a suceder. Sin embargo, el hecho de que avance con determinación hacia el sacrificio revela su obediencia voluntaria y su dedicación a la voluntad divina de sacrificarse «por la vida y la salvación del mundo» (Divina Liturgia de San Basilio el Grande).

  1. Nuestro interés real

Sin embargo, mientras que el Señor habla a Sus discípulos sobre los terribles padecimientos que iba a sufrir, ellos comienzan a discutir sobre quién ocupará el puesto más honorable en Su reinado, que en ese momento concebían como un reino terrenal. ¡Plena, total paranoia! Por eso el Señor les dijo claramente: «No sabéis lo que pedís» (Mrc 10.

Sin duda, nos sorprende la actitud poco reflexiva de los discípulos, quienes aún no habían sido renacidos y transformados por la χάρις (jaris: gracia, energía increada) del Espíritu Santo. Pero, a veces, también nosotros cometemos el mismo error.

El Señor nos pide unas cosas ciertas, pero nosotros con nuestras obras buscamos y perseguimos otras. El Señor nos indica la humildad, el anonimato, ser desapercibidos, pero nosotros, puede que estemos buscando el reconocimiento de nuestras obras, la proyección, el prestigio, el estatus y el reconocimiento social.

El Señor nos recomienda acumular tesoros en el cielo, pero a menudo nos aferramos a los bienes materiales como si fueran la única fuente de dicha y felicidad.

El Señor nos pide que renunciemos al mundo del pecado y a sus deseos, y nosotros, en cambio, nos preocupamos demasiado por «lo que dirá la gente».

Todas estas cosas que nosotros pedimos insistentemente, generalmente suelen meternos en líos y problemas. En cambio, si aprendemos a discernir lo que el Dios quiere, entonces tendremos todo lo que realmente necesitamos. Porque sólo el Dios bondadoso y omnisciente sabe lo que nos conviene. A Dios pues, debemos rogarle y pedirle que nos regale “las cosas buenas y beneficiosas para nuestras psiques-almas”, y entonces no solo tendremos lo que nos beneficia, sino que también estaremos completamente reposados, en paz cordial y serenidad mental.

  1. Quién resulta primero

¡Qué gran diferencia hay entre la mentalidad del mundo y el espíritu de la enseñanza de Cristo! Según la mentalidad y los criterios del mundo, el más grande entre los hombres es quien tiene el poder en sus manos y todos dependen de sus órdenes. Pero el Evangelio revela una evaluación completamente diferente sobre quién es verdaderamente grande y el primero. El Señor lo dijo claramente: “Quien de vosotros quiera ser el primero, sea siervo de todos, y comportarse con la humildad, la paciencia y la obediencia del esclavo(Mrc 10:44); es decir, quien quiera ser grande ente vosotros, debe servir a los demás y esforzarse por ser útil y beneficioso a los demás.

Los verdaderamente grandes no son aquellos que ocupan los primeros lugares y disfrutan de atenciones y halagos de los demás. Los verdaderamente grandes son los que están bien dispuestos a servir. Aquellos que “se hacen en pedazos” por agapi (amor desinteresado) a sus hermanos.

El mismo Θεάνθρωπος (Zeánzropos: Dios y hombre) nos enseñó esta lección de servicio humilde de manera práctica, cuando Él mismo se ciñó con un delantal para lavar los pies de sus discípulos. En los próximos días, veremos esta lección proclamada silenciosamente por el Crucificado. Por lo tanto, mientras se va acercando la Semana Santa, giremos pues, nuestra mente y mirada hacia el Señor que avanza hacia Su Pazos (Pasión, Padecimiento) voluntario, para inspirarnos en Su espíritu: espíritu de sacrificio, entrega y ofrecimiento, espíritu de humildad y ἀγάπη (agapi: amor desinteresado, incondicional, altruista). Amín.

“Ο ΣΩΤΗΡ” Sotir          Fuente: https://aktines.blogspot.com/

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

 

El espíritu mudo y sordo y la nueva generación. 4 Domingo de Cuaresma, Mitilineos

El espíritu mudo y sordo y la nueva generación. 4 Domingo de Cuaresma

[Transcripción de una homilía pronunciada en el Sagrado Monasterio de Komnineio, Larisa, el 28-3-1993, por el Yérontas Atanasios Mitilineos] con el tema:
«El espíritu mudo y sordo y la nueva generación»

Hoy, queridos míos, nuestra Iglesia celebra el Cuarto Domingo de Cuaresma. En este domingo se destaca la figura de San Juan Clímaco, autor del libro La Escalera, para recordarnos que debemos ascender, peldaño a peldaño, en la escala de las virtudes. En verdad, ¿una Cuaresma se convierte en una escalera de progreso espiritual? Es una pregunta que debemos hacernos. ¿O nos limitamos simplemente a un ayuno formal, que muchas veces alimenta en nosotros un orgullo oculto? De hecho, esta es una buena oportunidad, si hasta ahora no hemos conocido este maravilloso libro, para acercarnos a él. Es una obra extraordinaria.

Además, nuestra Iglesia nos presenta el pasaje evangélico que relata la curación de un joven poseído por un demonio, que sucedió inmediatamente después del descenso de nuestro Señor del Monte Tabor, tras la Metamorfosis. Y aquel desdichado padre de este niño endemoniado dice al Señor:
«Maestro, traje a mi hijo ante ti, pues tiene un espíritu mudo. Y dondequiera que lo toma, lo derriba, echa espumarajos, rechina los dientes y se va secando» (Marcos 9,17-18).

Se trata de una descripción espantosa de una persona poseída por un demonio, y más aún de un joven. Pero, al mismo tiempo, también se presenta la historia de un padre que sufre debido a la posesión demoníaca de su hijo. El niño está poseído. El padre está desesperado. Acerquémonos a estos dos personajes trágicos. El niño, el joven, tenía un demonio que lo volvía mudo y sordo. No es que no pudiera oír ni hablar por naturaleza, sino que, al ser poseído, perdió ambas facultades. Tenía, pues, un espíritu mudo y sordo. Juzgamos la acción del demonio por sus efectos y lo denominamos así.

Sin embargo, esta historia, aunque pueda parecer rara, no lo es. Por el contrario, se presenta en formas más graves, especialmente cuando no solo se refiere a una mudez o sordera, sino a algo mucho, mucho peor, como veremos más adelante, incluso en nuestros días. Observamos que una gran parte de nuestros jóvenes hoy en día están influenciados (energúmenos, activados) por Satanás. No nos sorprendamos: están bajo la influencia (energúmenos) del diablo. Así como en la época de Cristo había muchos poseídos, endemoniados, lamentablemente, también en nuestros tiempos hay muchos jóvenes endemoniados, especialmente jóvenes, que están dominados (energúmenos, activados) por el maligno satanás.

¿Por qué sucede esto? Primero, porque hacen un mal uso de la libertad. El Logos de Dios dice:
«Hermanos, vosotros habéis sido llamados por el Señor a hacerse y a permanecer hombres libres; pero procurad que la libertad no sea un pretexto para dar rienda suelta a la vida de los pazos, a la vida carnal de las pasiones bajas de los instintos animales, antes bien, servíos unos a otros por la agapi-amor incondicional de Cristo» (Gálatas 5,13).

Pero tengamos cuidado, porque la libertad que nos dio Cristo, tanto en nuestra naturaleza, es decir, según la imagen de Dios, como con la χάρις (jaris: gracia, energía increada) que nos concedió con Su παρουσία (parusía: presencia, venida) al mundo, no debe convertirse en un pretexto para una vida carnal. Porque, lamentablemente, a pesar de la aclaración que nos hace aquí del logos de Dios, muchísimos jóvenes, muchísimas personas, tanto pequeños como mayores, consideran la libertad como libertinaje, desenfreno. Y de hecho, consideran la libertad como una oportunidad para una vida carnal. Y de hecho, intentan defender de cualquier manera este derecho, su libertad, para hacer todo lo que deseen viviendo una vida carnal. Sin embargo, de tal concepción de la libertad nace la brutalidad, cuando existe la anarquía, el desenfreno nace la brutalidad, el anarquismo, el desprecio y el pisoteo de toda autoridad que exista, incluso la de la Iglesia de Dios.

La verdadera libertad de los primeros en ser creados consistía en decir «no» al maligno, y no en elegir entre Dios y el diablo. No se trataba de elegir, sino de tener la capacidad de rechazar al diablo. Esa es la esencia de la libertad. Este es un tema de enorme importancia que define al ser humano y que llamamos «libertad». Y es crucial entender su verdadero significado.

Lo segundo. El por qué nuestros jóvenes hoy en día caen bajo la influencia demoníaca y se demonizan, por un lado, es porque son instrumentos (energúmenos) del Satanás; por otro lado, es porque hacen un mal uso de la lógica. Sabemos que la lógica es el soberano hegemónico νούς (nus: espíritu de la psique-alma) que gobierna y guía al ser humano. En el Salmo 50 pedimos:
«y sostenme con un espíritu hegemónico y recto».

Desgraciadamente, en muchos jóvenes de la nueva generación, la lógica ha sido reducida al racionalismo. Y el racionalismo es una enfermedad del nus-espíritu y de la mente: solo acepta lo que puede entender. Lo que no puede comprender, lo rechaza. Precisamente por eso, el racionalismo descarta la fe.

Una lógica así, sin embargo, es demoníaca. Es una lógica que no puede comprender aquello para lo que fue creada: comprender a Dios. Esta lógica sirve a cosas inferiores, indignas de ella, y no a propósitos superiores ni siquiera a la salvación. El nus-espíritu con la mente no asciende, sino que desciende. No se eleva, sino que se degrada. Por lo tanto, cuando tenemos un espíritu así, una mente y una lógica así, ¿cómo es posible que no le demos la oportunidad a Satanás de conquistarnos, de poseernos? Para usar una expresión moderna. Así, el hombre que tiene u espíritu-nus y una mente tan pobre ya no piensa en Dios; aunque debería pensar en Dios. Para eso se le dio la lógica. No piensa en Dios, sino en cosas terrenales, pobres, superficiales e insignificantes.

En tercer lugar, ¿por qué los jóvenes de hoy son energúmenos o están influenciados por el diablo? Porque hacen mal uso de su cuerpo. Creen que les pertenece. Pero el logos de Dios nos dice en 1Corintios, capítulo 6, hacia el final del capítulo, en el versículo 19: «καί οὐκ ἐστὲ ἑαυτῶν» («y no sois vuestros»). El apóstol Pablo habla allí del cuerpo, que las personas entregan a la inmoralidad. Dice: «Sois templo del Espíritu Santo y no pertenecéis a vosotros mismos». El Espíritu de Dios, porque es dueño de nuestro cuerpo, lo convierte en Su morada, en Su templo. Así, en lugar de ser templo del Espíritu Santo, nuestro cuerpo, debido a la inmoralidad, se convierte principalmente en una cueva de ladrones y demonios.

Además, están todos esos placeres, desde la glotonería hasta el alcohol, el tabaco y las drogas, tan extendidos en nuestra época, que transforman literalmente, literalmente, como dice la palabra, el cuerpo humano, especialmente el del joven, en una morada de demonios. ¡Qué lástima! En lugar del Espíritu Santo.

Así, el cuerpo humano se convierte en una ruina, inútil para quien lo lleva. Se convierte en una persona que ya no puede ni pensar, ni trabajar, ni formar una familia, ni estudiar, nada, nada. Se convierte en una carga para la tierra, un peso para el mundo.

Si nuestros hijos están influenciados (energúmenos) por Satanás, entonces, queridos míos, llega el demonio mudo y sordo. Tenemos diversos tipos de demonios, porque incluso ellos tienen cierta especialización; atacan al ser humano de diferentes maneras. No es casualidad que la Escritura, el mismo Señor, haya dicho: «tú, el demonio mudo y sordo», o con cualquier otra descripción, dependiendo de cómo afecte a la existencia humana. Así, el demonio mudo y sordo llega y se instala en un cuerpo así, en una persona así, en cuerpo y alma. Y transforma al joven en un ser mudo y sordo.

Hoy en día, con la presencia de la televisión, se ha reducido —y permitirán que use metáforas—, se ha reducido, y no es menos demoníaco lo que voy a mencionar, se ha reducido mucho el vocabulario de nuestros jóvenes, se ha empobrecido, empobrecido… Nuestros jóvenes ya no hablan entre ellos. Ni siquiera esta maravillosa capacidad que Dios nos dio, la del habla articulada o el logos articulado. Ya no hablan nuestros jóvenes, sino que gruñen. Mmm… mmm… mmm… Gruñen, no hablan. ¡Qué hermosa es la lengua helénica-griega, qué hermosa es! Es tan rica, tan rica. Y no conocemos nuestra propia lengua.

Además, han dejado de hablar de Dios. El espíritu sordo y mudo no les permite hablar de Dios. Se ocupan de cualquier otra cosa, excepto de Dios. No rezan. No hablan de temas espirituales. Muchos de nuestros jóvenes han llegado al olvido de Dios, han olvidado a Dios. ¡Qué desgracia! Y han entrado en el ámbito del ateísmo. A veces incluso en el ateísmo organizado. En cambio, el satanismo prolifera. ¿Por qué no? Con solo el hecho de que el satanismo está difundido en nuestra época, a través de la música, que se convierte en un vehículo del satanismo, y muchos jóvenes se endemonian con la música, hasta llegar a rituales de culto satánico, ¿podemos acaso decir que hoy nuestra juventud no está poseída? ¿Podemos?

Los jóvenes, poseídos por el espíritu sordo, tampoco pueden escuchar. El espíritu sordo, el demonio sordo, no les permite escuchar. ¿Qué? No aceptan ningún buen consejo que se les dé, ya sea de los padres o de los maestros. No reconocen ninguna autoridad. Son autónomos, individualistas. Demoníacamente autónomos. Lo que tiene el diablo, lo transmite. Por eso el diablo se endemonió y convirtió en diablo. Buscó la autonomía. Y así, la ofrece a los hombres para que se alejen de Dios. En nombre de una libertad. Qué trágico, en verdad: No quieren escuchar el Evangelio. No quieren escuchar la Divina Liturgia. Dicen que se marean cuando van a la Liturgia. Sienten aburrimiento. Entran y salen rápidamente. No pueden soportarlo. ¿Por qué? ¿Qué ocurre? ¿Por qué no les pasa esto en otros lugares? ¿Y por qué les ocurre específicamente en la Liturgia? No los deja el espíritu sordo escuchar la Divina Liturgia, santificarse y salvarse. Nunca quieren escuchar nada bueno. Porque lo consideran algo establecido, anticuado, caducado, pasado de moda, viejo, fuera de tendencia y moda…

Y, ¿cuáles pueden ser las consecuencias de una posesión demoníaca como esta? ¿Cuáles pueden ser? El pobre padre, en el Evangelio, las enumera cuando habla con el Señor sobre su hijo endemoniado. Y dice: «Señor, donde quiera que lo toma, lo sacude». ¿Qué significa? Lo arroja al suelo. Cae al suelo. Y nuestros jóvenes van de caída en caída y de abismo en abismo. Y nadie puede ayudarlos, porque no quieren escuchar para ser ayudados. Es sabido que una persona solo puede ser ayudada cuando acepta la ayuda. Incluso la ayuda médica. Un médico no puede intervenir y tratarte si no aceptas el tratamiento. Mucho más en otros temas, en cuestiones espirituales, no es posible que te ofrezcan ayuda si no la aceptas. Pero el demonio no te deja aceptarla.

El segundo rasgo característico de aquel joven es que echaba espuma. A causa del baile moderno, nuestros jóvenes literalmente son poseídos por una manía. Son tomados por un frenesí y echan espuma. Rompen todo, destruyen, arrasan después de una locura así. Espuman, literalmente espuman. Un ejemplo típico es la presencia de los jóvenes en los estadios de fútbol. Lo que sucede allí… No es un buen lugar para ir. Seguramente no lo es. Es un lugar de locura. Como dice San Cirilo de Jerusalén, en su época era el Hipódromo; hoy, el equivalente es el fútbol. Porque, aunque alguien quiera ir, teme hacerlo por la locura y la violencia que se ejerce en esos lugares. Así pues, la gente espuma, literalmente espuma. Sin mencionar que incluso el tipo de diversiones que hoy tienen y frecuentan nuestros jóvenes, las discotecas iglesias del satanás, los hace literalmente drogarse y espumar.

Un tercer rasgo característico, según dice el atribulado padre al Señor, es que rechinaba los dientes. «Mi hijo, Señor,» dice, «rechina los dientes». ¿Sabéis qué significa esto trasladado a nuestra época? La politización y la división partidista de nuestros jóvenes, la anarquía, etc., que hace que unos rechinen los dientes contra otros. Se ven entre ellos como adversarios, dentro de la misma escuela, en la sociedad, en la calle, en todas partes, y unos rechinan los dientes contra los otros.

Y un cuarto rasgo característico. «Mi hijo,» dice el padre, «Señor, se reseca». Dijo también otras cosas. Dijo que a veces intentaba arrojarse al fuego y otras veces al agua. Es decir, una tendencia suicida. Según algunas estadísticas, y no solo una, en nuestra época, en nuestro propio país, ¿sabéis cuánto han aumentado los suicidios? Y especialmente entre nuestros jóvenes que están en el servicio militar. ¿Qué nos muestra esto? ¿No indica una especie de posesión demoníaca? Entonces, «se reseca,» dice el padre. ¿Qué significa? Decimos «se ha secado esta persona», es decir, como si se hubiera petrificado. Como sucede a menudo en la historia. Es bien sabido que nuestra juventud está adquiriendo insensibilidad de nus-espíritu y mente, corazón y conciencia. Nuestros jóvenes se vuelven insensibles.

Pero también está el padre. ¿Qué podemos decir de este padre? Cuando el Señor le preguntó a este padre «¿cuánto tiempo hace que sufre tu hijo?», él respondió: «Desde niño». Esto significa que el Señor, que estuvo predicando por tres años, pues esto sucedió después de Su Metamorfosis y poco antes de Su Pasión, ¿acaso durante esos tres años este padre nunca había oído hablar de Él? ¿Por qué no llevó a su hijo al Señor? Por eso el Señor exclamó: «¡Oh, generación incrédula!» Porque el padre fue reprendido por el Señor cuando le dijo: «Si puedes hacer algo…». ¿Si puedo? La cuestión no es si Yo puedo, sino si tú crees. Este padre, claramente, carecía de fe. Y no llevó a su hijo al Señor en tres años.

Cuando los padres no educan cristianamente a sus hijos, no los motivan a ir a la Iglesia, no vigilan que recen por la mañana y por la noche… Permitidme deciros que he repetido esto incansablemente a las mismas personas durante años: que hagan oración matutina y no la hacen. Y se casan, tienen hijos, y sus hijos tampoco hacen oración matutina. ¿Qué esperáis? No los incentivan a confesarse, a comulgar, a ser piadosos. Aquí recae la gran responsabilidad de la generación de los padres y abuelos, porque muchas veces ni siquiera los abuelos dan un buen ejemplo, ya que no crearon las condiciones para guiar a la nueva generación hacia Cristo.

Amados, ¿esperáis que hable de la psicoterapia, terapia, curación? ¿Queréis que os hable de la terapia, el remedio? Solo hay un remedio, una terapia: Cristo. Él es el único que dijo al demonio, dirigiéndose al niño: «Espíritu mudo y sordo, Yo te ordeno (-¿Quién? Yo. No otro, Yo. Yo te ordeno-), sal de él y no entres más en él».

Pero, ¿por qué hablar de psicoterapia, curación y no de prevención? ¿Por qué no educar cristianamente desde la infancia, a tiempo? ¿Debe enfermar nuestro hijo? ¿Debe endemoniarse, volverse poseído para que corramos de aquí para allá? Y cuando veamos que no logramos mucho o nada, porque la incredulidad anida en nuestro corazón, ¿cuál es la prueba? Vamos a otras puertas: la del brujo, la de la quiromántica, la de la adivinadora, al espiritismo, pseudopsiquiatras ateos e incrédulos, etc.

¿Acaso, de todos los que escuchan el pasaje evangélico, quién de ustedes pensará seriamente? No digamos que esto es para los demás, porque tú, padre, hermano mío, no sabes qué encontrará tu hijo mañana. No sabes qué le espera, qué se cruzará en su camino. Y para que no digas, cuando algo malo le suceda, que… «fue una mala hora». No existen malas horas. Es el diablo quien encuentra a tu hijo porque no le enseñaste a luchar contra Satanás.

Por tanto, hoy, desde ahora mismo, guía a tu hijo hacia CristoDios. Es la mejor y más correcta dirección. Primero, conviértete tú en un verdadero y ferviente cristiano. No se trata solo de llevar a tu hijo a Cristo; lo llevarás cuando tú mismo lo hayas encontrado. Así tendrás la esperanza—no la certeza, porque los tiempos son difíciles—pero sí la esperanza de ver a tus hijos no solo liberados del demonio mudo y sordo, sino también bañados en la Χάρις (Jaris: Gracia, energía increada divina) de Dios, sumergidos en la luz increada de Cristo.

**PARA LA GLORIA DE LA SANTA TRINIDAD**

y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual Padre Athanasios Mitilineos. Transcripción y edición del discurso grabado en formato electrónico: **Eleni Linardaki, filóloga**

**FUENTES: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai_kyriakvn/omiliai_kyriakvn_559.mp3

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

TERAPIA DEL JOVEN EPILÉPTICO, 4º Domingo del Cueresma

4º DOMINGO DEL CUARESMA, EVANGELIO MARCOS 9:14-31

Terapia del niño endemoniado, 9:14-31.

14 Cuando llegó a donde estaban los otros nueve discípulos, vio una gran multitud alrededor de ellos, y escribas-gramatís que disputaban intensamente con ellos. 

15 Y en seguida toda la gente, viéndole, se asombró, y corriendo a él, le saludaban. 

16 Y preguntó a los gramatís-escribas: ¿De qué discutís entre vosotros?

17 Y respondiendo uno de la multitud, dijo: Maestro, traje a ti mi hijo, que está poseído de un espíritu maligno que le ha quitado el habla dejándole mudo, 

18 el cual, dondequiera que le toma, le sacude; y echa espumarajos, y cruje los dientes, y se queda seco y tieso; y dije a tus discípulos que lo echasen fuera, y no pudieron. 

19 Jesús respondiendo, les dijo: «¡Oh generación incrédula! Que permaneces aún sin creer, a pesar de los milagros que has visto; ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar y tolerar? Traédmelo». Y se lo trajeron;

20 y cuando el espíritu maligno vio a Jesús, sacudió con violencia al muchacho, quien cayendo en tierra, se revolcaba y echaba espumarajos. 

21 Jesús preguntó al padre: «¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto?» Y el padre respondió: Desde niño. 

22 Y muchas veces le echó en el fuego y en el agua, para matarle; pero si tú puedes hacer algo, ten misericordia/compasión de nosotros, y ayúdanos. 

23 Jesús le dijo: «Si puedes creer, al que cree todo le es posible». 

24 E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: “Sí creo, Señor, ayúdame a librarme de mi incredulidad y adquirir fe viva. 

25 Y cuando Jesús vio que la multitud se agolpaba, reprendió al espíritu inmundo, diciéndole: «Espíritu mudo y sordo, yo te lo ordeno, sal del muchacho y nunca más entres en él». 

26 Entonces el espíritu, clamando y sacudiéndole con violencia, salió; y el joven quedó como muerto, de modo que muchos decían: Está muerto. 

27 Pero Jesús, tomándole de la mano, le enderezó; y se levantó en pie. 

28 Cuando el Señor entró en casa, sus discípulos le preguntaron aparte: ¿Por qué nosotros no pudimos echarle fuera este espíritu impuro? 

29 Y les dijo: «Este género de demonios con nada puede salir, sino con oración y ayuno».

30 Habiendo salido de allí, caminaban por Galilea en lugares apartados; y no quería que nadie supiera que pasaba por allí. 

31 Porque enseñaba particularmente a sus discípulos, y los informaba que: «El hijo del hombre será entregado en manos de hombres malvados, y le matarán; pero después de muerto, resucitará al tercer día». 

 

LA TERAPIA DEL JOVEN EPILÉPTICO

Ο ΣΩΤΗΡ El Salvador

  1. Los niños a Cristo

Un padre dolorido lleva a su hijo enfermo, quien estaba poseído por un espíritu demoníaco. El joven, que sufría por un demonio mudo, no estaba en condiciones de pedir él mismo la curación al Señor Jesús. En su lugar, es el padre quien se dirige a Cristo. Y Él responde: «Traedlo hacia mí». Y lo trajeron cerca de Él.

Hoy el Cristo pide de nosotros conducir cerca de Él cada niño y cada joven. En un mundo donde el diablo, el asesino de los hombres, usa todos los medios para arrastrar y destruir las almas infantiles y juveniles, las palabras del Señor nos señalan el camino salvador: «Traedlo hacia mí».

Por lo tanto, debemos guiar a los niños hacia el Salvador Cristo Dios. Padres y educadores, debemos intentar protegerlos y armarlos desde una edad temprana con el temor de Dios. Debemos enseñarles ir a la Iglesia y a participar en los santos Misterios. Debemos sembrar en sus psiques-alma las palabras de Dios y alentarlos a luchar conforme a Su voluntad. Incluso, si algunos jóvenes se desvían del camino, debemos intentar señalarles el camino correcto con agapi-amor y discernimiento, y sobre todo, con nuestro buen ejemplo. Al mismo tiempo, debemos elevar por ellos fervientes oraciones, para que se liberen de las garras del diablo y regresen al Redentor, la fuente de la verdadera felicidad.

  1. Señor ayuda mi incredulidad

El Padre del joven demonizado tenía su fe incompleta; sin embargo, no sabía a dónde más podría tener esperanza. Así que se dirige hacia al Señor y, con palabras que revelan su desesperación e incredulidad, Le dice: “si puedes hacer algo, compadécete de nosotros y ayúdanos”.

Pero la cuestión no es si el Señor Jesús podría hacer el milagro. Es absolutamente cierto que el Θεάνθρωπος (Zeánzropos: Dios-Hombre) tenía la fuerza de ayudar y sanar al joven atormentado.

El obstáculo realmente es la poca fe o incredulidad del padre. Por eso, antes de sanar al niño, el divino Maestro ayuda al padre a sentir y a reconocer su debilidad y confesar con lágrimas: “Creo, Señor, ayuda mi incredulidad”.

El Señor es παντοδύναμος (pantodínamos: todopoderoso, omnipotente). No hay nada que sea imposible para Él. Lo que «limita» Su fuerza es nuestra poca fe e incredulidad. Esta no le permite obrar milagros en nuestras vidas. Recordemos lo que sucedió con los compatriotas del Señor, los de Nazaret. Aunque Él estaba tan cerca de ellos, no creyeron en Él. Por su incredulidad, Nazaret se privó de Sus milagros y obras admirables.

Oremos, pues, al filántropo Señor para que fortalezca nuestra fe. La fe pasa por diversas etapas hasta llegar a su perfección. Debemos decir nosotros también como los Apóstoles: “Señor, aumenta nuestra fe” (Lc 17,5).

Y si alguna vez enfrentamos dificultades y tenemos la sensación de que el Señor no escucha nuestras oraciones, debemos tener paciencia y aprovechar cada prueba para fortalecer y hacer crecer nuestra fe y nuestra dependencia del Todopoderoso Dios.

  1. Por encima de cualquier otra fuerza

El Señor se volvió hacia el joven que yacía en el suelo, y habló severamente al espíritu sucio, impuro: “Espíritu astuto, mudo y sordo, yo te mando, sal de él, y no entres más en él…”.  Te lo ordeno Yo el Hijo y Logos de Dios.

Y el espíritu maligno, después de gritar fuerte y sacudir al niño, salió de él y se fue lejos. Esta es la sorprendente y asombrosa potencia y energía increada de Cristo. Su logos como “una espada aguda” (Apoc 19,15), destruye a los demonios y sus obras astutas y malvadas. El diablo aunque se presenta “como un león rugiente” (1Ped 5,8), no puede parar frente a Cristo. En el nombre del Señor Jesús Cristo se someten todas las fuerzas “de las que están en los cielos, en la tierra y en los abismos debajo de la tierra” (Fil 2,10). El cristiano que invoca el nombre del Señor Jesús con fe y vive unido a Él, no tiene miedo a hechizos, ni el mal de ojo, ni magias, ni la maldición, ni la brujería, ni ninguna otra influencia demoníaca. Lucha con firmeza contra los ataques del maligno y los rechaza con seguridad y certeza, porque cree al Señor Jesús Cristo, παντοδύναμο todopoderoso Dios y Vencedor eterno del diablo y de la muerte.

“Ο ΣΩΤΗΡ” El Salvador   Fuente: https://aktines.blogspot.com/

IIII Domingo del Cuaresma: El Cristo, la única terapia y metamorfosis del hombre (Mrc 9,17-31)

Miguel Julis, Teólogo

El Cristo, metamorfoseado en el monte Tabor, dejó que se manifestara y se viera la luz increada de Su doxa-gloria increada, y que los discípulos la percibieran «según podían soportarlo». Así mostró que Él es Dios sobre la tierra y que, porque lo quiere—no por debilidad—, será conducido a la cruz y a la muerte, para favor de la vida del mundo.

Mientras que en el Tabor los discípulos participaban, en la medida de sus posibilidades, paralelamente Sus discípulos en el valle de lágrimas, en los pies de la llana y dura cotidianidad, no pudieron, sin la presencia de Cristo, obrar el milagro y expulsar la influencia satánica del desgraciado niño epiléptico. Allí donde es ausente el Cristo, la fuerza humana por sí sola es débil e impotente. Esto significan las palabras de Cristo: «Sin no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Y Él mismo continúa: «Si permanecéis unidos en mí, las enseñanzas de mis logos permanecen como tesoro en vuestros corazones, pedid todo lo que queráis, mediante la oración en mi nombre, y os será concedido. En esto será glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto de virtud y así os convertiréis y os haréis dignos discípulos míos» (Jn 15,7-8). Sin la psicoterapéutica, sanadora y universal Jaris (gracia, energía increada) divina, es demostrado que las fuerzas humanas son insuficientes o incluso llenas de arrogancia. Los hombres sin la fuerza de lo alto, no pueden hacer otra cosa que discutir con los discípulos de Cristo, tal y como lo hacían los judíos gramaticales y pasionales de la ley, y ocuparse principalmente en el aspecto intelectual de la fe. Pero la fe viva obra milagros. El Cristo asegura que si tenemos fe del tamaño de un grano de mostaza (muy pequeño, pero que crece hasta convertirse en un árbol), podremos mover montañas (es decir, cualquier dificultad se disipa con la fuerza y energía increada de Dios). No obstante, la duda y la vacilación se consideran fe débil e incompleta, o incluso peor, una «generación incrédula y perversa» que no da frutos (Mateo 17,17).

La enseñanza y los milagros de Jesús son una clara respuesta a sus discípulos, quienes se sintieron seguros y personalmente redimidos en el monte Tabor, creyendo que eso les bastaba: “Maestro, está bien que nos quedemos aquí (Mr 9,5), dice Pedro a Jesús, puesto que siente que está envuelto del calor cordial de la divina Presencia. Es como si los tres Apóstoles le dijeran: «No necesitamos más el ruido, la ansiedad, la angustia del mundo, pues te tenemos a Ti». Pero el Cristo desciende pronto de Tabor y continúa Su obra de bondad, ofrecimiento, sacrificio y servicio hacia los hombres, porque nadie se sana y se salva sin ofrecerse y servir a su prójimo, saliendo de su egoísmo. Así el Cristo les muestra que es necesario que el mundo cambie carismáticamente y se metamorfosee en βασιλεία (vasilía) realeza increada de Dios. Este es el trabajo de la Iglesia y de los cristianos: la prolongación de la Metamorfosis en la sociedad y en la historia.

El padre del joven epiléptico informa al Θεάνθρωπο (Zeánzropo: Dios y hombre) que su hijo sufre, padece “desde la infancia”. Desde su origen y nacimiento, la naturaleza y el hombre son débiles e imperfectos, y solo la fuerza y energía divina puede ayudarlos y fortalecerlos. La humanidad, sin Dios, es como un niño sin Padre, desierta, abandonada y desorientada. O se encamina hacia Su doxa-gloria increada o se pierde en un camino de confusión, insensatez y absurdo. No existen términos medios ni mundos embellecidos artificialmente. Desgraciadamente muchos hombres utilizan adornos y alteraciones exteriores para olvidarse de su muerte que les viene, o cuidan sus jaulas para que no les recuerde que están en prisión. Sólo la Iglesia es hospital espiritual, donde nos introducimos heridos, como niños en la virtud, y nuestra psicoterapia, sanación y salvación es que salgamos como creyentes psicoterapiados, sanados y carismáticos a través del Espíritu Santo, es decir, sanos, santos y portadores de la divina Jaris, energía increada.

Los discípulos del Señor no pudieron obrar el milagro. Se encontraron en un callejón sin salida. Preguntaban a Cristo: ¿Por qué no pudimos lograrlo nosotros?”. Pero, el milagro solo se realiza a través de Cristo, y además, este no fuerza ni chantajea la voluntad humana. La fe del padre del niño era casi inexistente: “Si puedes hacer algo eléisón nos compadécete o ten misericordia de nosotros”, le dice a Jesús (Marcos 9,22). El Cristo, a continuación, valoró el esfuerzo del padre en creer y ponerse del lado de Dios, más que su fe en sí misma, que era imperfecta y muy débil. El milagro ocurrió. Todo es posible para el Dios. Si la voluntad se dirige hacia el Cielo, el Dios en la mayoría de las veces responde. Los milagros, especialmente por intercesión de la Θεοτόκος (Zeotokos: Madre de Dios) y sus santos, son incontables.

El Cristo recalca a los apóstoles la necesidad de la oración y ayuno” (Mrc 9,29), para que el creyente pueda avanzar espiritualmente y hacer posible el milagro. La destrucción del orgullo, la llamada personal a Dios, el cambio de rumbo, la catarsis (psicoterapia y sanación) interior y la verdadera agapi-amor desinteresado, solamente se logran mediante la oración y el ayuno. Sobre todo, a través del ayuno, esta virtud olvidada por muchos, son limpiadas, purgadas y expulsadas las fuerzas de miras altaneras, llenas de soberbia y el hombre se ejercita, es decir, domestica su yo enfermo, alineando cada vez más su voluntad con la del Señor Jesús. Así, el caído hombre anterior se encamina hacia la vida santa en el Espíritu Santo y «hacia la perfección, cuya medida es Cristo» (Ef 4,13).

«Todo es posible para el que cree» (Mrc 9,23). Además, el Cristo lo demostró: (a) con sus milagros únicos, con los cuales llamaba y sigue llamando a la comunión con Dios, (b) con su mano sanadora, que ofreció y sigue ofreciendo a todos, como hizo con el niño poseído por un espíritu maligno, al que «tomó de la mano, lo levantó y este se puso en pie» (Mrc 9,27). En pie, derechos y protegidos de las trampas de la vida, de los peligros y de todo mal físico, psíquico y espiritual, podemos permanecer, si extendemos la mano en la ya expuesta mano de ayuda del Dios Triádico, (c) con sus repetidas predicciones a sus discípulos sobre Su inminente muerte martirial y Su resurrección, que fue una puñalada profunda a las entrañas del poderoso hades devorador y la muerte; Su resurrección no solo es precursora que anuncia la victoria temporal sobre el mal, el dolor, los callejones sin salida, los conflictos y las injusticias, sino sobre todo el preludio de nuestra resurrección integral, cuerpo y alma, y de nuestra unión, por la Χάρις (Jaris: gracia, energía increada), con Él, tanto ahora como en la perfección infinita del Paraíso. Amín

Μιχαήλ Χούλη, Θεολόγου Miguel Julis, Teólogo.

 

4º DOMINGO DEL CUARESMA, EVANGELIO MARC 9,17-31

(†) Obispo Agustino (un loco de Cristo)

El niño, el problema más importante.

Cristo preguntó al padre: ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto? Y él dijo: Παιδιόθεν (pediozen) desde niño, desde la infancia (Marc 9,21).

Nuestra tierra, queridos míos, es pobre, los recursos escasos. ¿Cómo vamos a vivir, cómo progresaremos? Los expertos se rompen las cabezas y proponen distintos planes; uno sugiere una cosa, otro sugiere otra, cada uno sugiere lo suyo. Y puede que todo lo que proponen se haga realidad, pero ¿será entonces feliz nuestra patria? Porque la felicidad no está en las carreteras, las plazas, las fábricas, la industria, etc.

La felicidad reside en otra parte. Nuestro problema es otro. El secreto de la felicidad está escondido dentro en el Evangelio que hemos escuchado hoy. Está en una palabra, que si la entendiéramos y la adoptáramos como lema nacional, nuestra patria se convertiría en el país más feliz. ¿Cuál es esta palabra, el “botón” que si lo presionamos veremos el cambio verdadero? Es la palabra: «Παιδιόθεν (pediozen) desde niño», (Mr 9,21). Porque con una palabra del Evangelio basta para sanarnos y salvarnos.

«Παιδιόθεν (pediozen) desde niño», es decir, desde la infancia, desde la cuna. Esta palabra, que el Señor obligó al padre del joven desgraciado a decir, es una advertencia e inspección para todos los adultos. Este «Παιδιόθεν (pediozen) desde niño» significa que, de todos los problemas que tiene una nación, el más importante es el niño, la infancia, la educación de la nueva generación.

El niño de la lectura evangélica de hoy, desde muy temprana edad fue poseído por la influencia demoníaca. Unas veces caía al agua, otras al fuego, espumaba por la boca y rechinaba los dientes. Corrían detrás de él, lo sujetaban, pero la situación seguía igual. El niño se estaba torturando, sufría, pero más se torturaba y sufría el padre. El Evangelio no nos dice cuál era la situación económica del padre. Puede ser que tuviera casas y fortuna, que fuera rico; pero seguramente daría todo lo que tenía para que su hijo sanara. Por lo tanto, la felicidad en su hogar no dependía de sus bienes materiales, sino principalmente de la salud física, psíquica y espiritual de su hijo.

Por tanto, este «Παιδιόθεν (pediozen) desde niño», que hemos escuchado hoy tiene un gran significado también para nosotros. Este joven, que lo torturaban y atormentaban los demonios, es la fotografía, imagen también de la juventud contemporánea, el modelo representativo de los jóvenes y los niños de hoy, cómo viven, cómo se comportan, cuál es su conducta general. Echad un vistazo a vuestro alrededor.  Uno insulta, otro es malhablado, otro peor aún blasfema lo divino, otro sale por la noche molesta y asusta las chicas, ninguna chica se atreve a pasar cerca de él, otro levanta la mano y pega a sus padres, otro fuma, se droga, y otro… En general, nuestros jóvenes hoy hacen una vida que provoca gran inquietud. No tienen vergüenza y hacen cosas feas e indecentes por la calle, como los perros rabiosos y los caballos desenfrenados.  Crímenes sobre crímenes, cometidos en su mayoría por jóvenes de entre 15 y 30 años.

Muchos se extrañan y se preguntan, cómo se ha degradado así la juventud helena-griega (y la española), cómo se ha demonizado así, peor de lo que hemos escuchado hoy en el evangelio. ¿Se sorprenden? Yo no me sorprendo. Me sorprende y me asombra otra cosa: cómo algunos niños aún logran creer en Dios, ir a la Iglesia y amar a sus padres. Eso es lo que me sorprende. Porque, – debemos admitirlo – todos nosotros somos causantes y responsables de esta decadencia, todos hemos corrompido a la juventud; unos directamente y otros indirectamente. El niño, desde el momento que salga de su casa hasta el momento que regresa, está rodeado de tentaciones. ¿Y qué he dicho? Me he equivocado. Dije «desde que sale de casa», pero no, incluso dentro de casa está en peligro.!

Está en peligro por los malos ejemplos que ve. Además, con solo presionar un botón, todos los demonios del mundo han entrado en su hogar. Está en peligro dentro de casa. Pero cuando sale, está en aún más peligro. Porque afuera lo esperan los grandes demonios; dentro están los pequeños, afuera están los grandes demonios.  Y afuera de casa, ¿quién es el primero que lo espera?

El mal amigo. Él tendrá la primera palabra. Y la primera palabra es que no debe escuchar a su madre y a su padre, que no debe prestar atención a las palabras de sus padres. Así comienza la cuesta abajo, la caída…

Después del mal amigo, el joven es esperado por “las mujeres corruptas”. Tenemos los centros más corruptos. El país está lleno de ellos. ¡Esto que lo escuchen los padres!

Otro demonio que espera al joven fuera de casa es la revista vulgar, asquerosa y los anuncios obscenos.

Pero las grandes “escuelas” de corrupción, escuelas con… diplomas, son los espectáculos, el cine y la televisión.

El mal lo completan los campos de fútbol, los distintos juegos de azar, los botellones, las cartas, las loterías, los casinos, los bingos, las tragaperras, toda la basura y la corrupción en general.

Mil diablos, demonios empujan al joven a caer. No solo estos niños, sino incluso si San Antonio el Grande viviera hoy, sería tentado en esta sociedad. Mientras todos empujan al niño al mal, luego se preguntan cómo ha llegado la juventud a este estado degradado.  Por eso les digo que yo me extraño cómo existen aún jóvenes que mantienen alta su fe y su honor. Es un milagro de Dios. Sólo la mano de Dios los sostiene.

-Pero el Estado» -dirán- «¿no hace nada? ¿No ve hacia dónde va la juventud?»… Deja al estado. Estado somos todos, y todos somos culpables como dijimos antes. Tiene la culpa también el sacerdote, el maestro, el obispo, pero la mayor responsabilidad es de la tienen los padres. ¿Por qué? porque el padre y la madre están cerca del niño. Porque padre y madre no se llaman así simplemente por haber dado a luz. “Dar a luz es fácil”, dice san Juan el Crisóstomo. También los animales dan a luz hijos, es la ley biológica dentro de la creación. Así que dar a luz es lo fácil. ¿Qué es pues lo difícil?  ¡Oh, Dios mío! Lo difícil es tomar este trozo de “carne” que caerá del vientre de su madre, criarlo, educarlo, convertirlo en un ser humano con altos ideales. No solo dar a luz, sino criar correctamente, eso es lo que te hace padre y madre.

¡Qué gran responsabilidad tienen los padres! Pero ¿qué pueden hacer los pobres padres? Llevan a su hijo a la catequesis, lo llevan a confesar… Pero ¿qué puede hacer la catequesis, ¿qué puede hacer la predicación?  ¿Qué puede hacer sólo el kerigma? Díganme, si yo construyo y otro destruye, ¿puede construirse una casa? Pues, eso es lo que pasa aquí hoy.

Unos construyen y otros destruyen. La Iglesia construye con las catequesis, la madre, el padre, el maestro construyen…, pero llega el diablo, da una patada y pone todo patas arriba. ¿Cómo pueden ser culpables entonces los padres?

-Pero existen asociaciones de padres» -dirán- ¿Cómo aceptan y toleran ver este desastre?

¡Padres y madres! Les diré ahora cuál es la llave de todo esto.

¿Cuántas manifestaciones ha visto nuestro país? En nuestra época ha habido muchas: manifestaciones por cuestiones importantes, pero también por cosas pequeñas e insignificantes.  Pero una cosa no ha visto. Si realmente queremos que este país sobreviva, debe hacerse la manifestación más grande de todas. Las mujeres deben dejar la cocina, los hombres deben dejar las fábricas y las oficinas, todos deben reunirse y gritar. Para qué. No por los alquileres, no por los puentes, no por las plazas, no por nada de eso. Que vayan al ministerio de educación, al obispado, al primer ministro del país, llevando una pancarta grande que tenga escritas las palabras de Cristo, las palabras del Evangelio: «Παιδιόθεν (pediozen) desde niño»

Y si desde una ventana alguno de los que nos gobiernan pregunta:

—»¿Qué les pasa? ¿Qué quieren?»

Debemos responderles:

—«Παιδιόθεν (pediozen) de niño»,

Y si preguntan:

—»¿Qué significa «Παιδιόθεν (pediozen) de niño»?»

Debemos explicarles:

—«Παιδιόθεν (pediozen) de niño», significa la protección de la nueva generación.

Exigimos, primero, que se controle y se prohíban todos los espectáculos inmorales; es una vergüenza que se presenten aquí semejantes «basuras».

Segundo, que en una sola noche la policía arreste y limite a todas las mujeres corruptas, que con su actividad pervierten y arruinan a cualquier persona.

Tercero…, cuarto…, quinto…, sexto…

Padres, ¿lo harán?

¡Oh, qué alegría! Entonces podrán dormir tranquilos.

Si se toman medidas drásticas, en pocos años—vengan y firmemos un contrato— nuestro país se convertirá en el más feliz del mundo.

De lo contrario, el «Παιδιόθεν (pediozen) desde niño», será un juicio y una maldición para nosotros.

Amín

(†) ἐπίσκοπος Αὐγουστῖνος (†)Obispo Agustino (un loco de Cristo)

Homilía grabada en el templo de San Eleuterio (Libertario), Atenas, 19 de marzo de 1961.

 

Domingo 4 del Cuaresma: “Si puedes creer, todo es posible para el que cree”.

Metropolis de Pafos Chipre

Queridos hermanos, el vínculo de unión entre los hombres es una condición necesaria para la existencia de las sociedades y la preservación de la estructura social, es la confianza mutua. Sobre la confianza se edifican las relaciones, se forjan las amistades y se sustentan familias. Muchas veces, con compromisos menores o mayores, aceptamos afirmaciones, garantías y promesas de amigos o colaboradores, incluso de nuestro círculo más cercano, nuestra familia. Desgraciadamente, este es el destino de las relaciones humanas. Desde el principio hasta el final siempre permanece también la duda. Y solo nos aliviamos cuando hay un resultado positivo. Pero muchas veces ocurre que nos decepcionamos cuando comprobamos qué superficial, frívolo e infundado era el fundamento y el trato que hemos acordado, confiados en afirmaciones, garantías y promesas fáciles y falsas.

Esto ocurre en las relaciones humanas. Porque existe una otra dimensión y un nivel distinto de relaciones: nuestra relación con el Dios.

Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible.

Esta es la afirmación y la garantía de Jesús. Es la afirmación válida y absoluta hacia al atormentado, entristecido y castigado padre de la parábola del milagro en la lectura evangélica de hoy. También es una observación represiva a Sus discípulos que mostraron poca fe y no lograron sanar al epiléptico. Pero también es un anuncio esperanzador de nuestro Señor hacia todos nosotros que escuchamos esta afirmación y promesa Suya. Nos permite tener todas las esperanzas que provienen del mismo Dios. Mientras que nuestras relaciones con los seres humanos y sus afirmaciones y promesas dependen de numerosos factores y circunstancias impredecibles —su carácter, sus relaciones con otras personas e intereses, las de la vida— en cambio la promesa y la garantía de Jesús permanecen firmes, inalterables e inmutables por los siglos.

También tiene otra característica aún más importante: es absoluta y general. «Todo es posible». No hay limitaciones. Todo se puede hacer. Naturalmente, hay una condición simple, lógica y coherente que es “para el creyente».  Todo, sin excepción alguna, es posible y realizable para quien cree sin dudas ni vacilaciones, ni reservas; es condición necesaria e imprescindible si queremos que se cumplan nuestros deseos. El asunto, queridos míos, es fundamental: «¿Puedes creer, tener fe?» ¿Cuánta confianza tenemos en Dios?

Como seres humanos que somos, queridos hermanos míos, buscamos y pedimos cosas que vemos, que podemos percibir con nuestros sentidos, principalmente con nuestros ojos y manos. En ellas, que hoy las tenemos y mañana las perdemos, depositamos nuestra confianza. Sin embargo, conocemos que son temporales, pasajeras y perecederas. Tal como son temporales y perecederas nuestras relaciones con los demás, por muy amistosos y cariñosos que sean hacia nosotros. En cambio, creemos que lo Divino está lejos de nosotros. Cerramos los ojos de nuestra psique-alma y no tenemos en cuenta la constante y absoluta presencia de Dios en nuestra vida diaria, a través de las donaciones y bendiciones habituales y sencillas de Dios.

También con nuestras oraciones, con nuestros pensamientos y deseos más íntimos oramos y pedimos a Dios. Algunas veces estas peticiones y demandas son paradójicas, tontas o incluso ya las tenemos sin darnos cuenta.  Esperamos correspondencia inmediata de Dios. Pero debe llegar en el momento adecuado. Y solo Dios sabe cuál es ese momento.

¿Cuánto habría luchado aquel pobre padre por su hijo desgraciado y atormentado? De cuántos más habría pedido ayuda antes. Cuántas veces habría rogado a Dios sanar a su hijo. Sin embargo, el momento adecuado para su sanación llegó más tarde. Primero recurrió a los discípulos, quienes no valoraron ni creyeron en el poder que el Señor les había dado. «Generación incrédula», fueron calificados por el Jesús. El momento adecuado para el hijo enfermo y para el atormentado padre, llegó cuando se acercó a Jesús. Sintió la fe en su psique-alma. Por eso se acercó a Cristo. Pero consideraba muy grande y exagerada su petición. Por lo que él sabía, nadie jamás había sido curado antes. Mantenía cierta duda. «Creo Señor, ayuda mi incredulidad o falta de fe».

Llanto de agonía y angustia del padre. Con gran humildad, confesó la debilidad de su fe, pero pidió a Jesús que la fortaleciera. Por un momento, olvidó su petición por su hijo y en su lugar pidió al Señor que le ayudara a superar su falta de fe. ¡Y el milagro ocurrió!

Para Jesús, conocedor de todos los corazones, esa súplica de ayuda fue suficiente. Dio a entender que el milagro lo realizó el padre con la declaración de su fe. Para los discípulos fue una lección grande y esencial. Por eso para la multitud que presenciaba al Maestro y fue informada sobre el acontecimiento, fue una oportunidad de alabar y glorificar a Dios.

Me detendré, queridos míos, en un punto último. «Todo es posible para el que cree». Se sobreentiende que esto se refiere a quien cree en Dios y ora a Él. Hemos visto que tenemos mucha experiencia de la desafortunada confianza en los hombres. Pero aquel que cree en Dios, ¡puede hacer cualquier cosa, todo! Tal como lo presenta aquí el Señor, el poder de obrar milagros se atribuye a quien lo desea y tiene una fe firme e inquebrantable, sin dudas. Por lo tanto, cualquiera de nosotros, con oración y ayuno que catartizan, purgan, psicoterapian y sanan el νούς (nus: espíritu de la psique-alma) y la mente, puede hacer milagros cuando se apoya en Dios con agapi-amor incondicional y fe inquebrantable. Él nos escucha, nos ve y sabe cuándo debe concedernos lo que deseamos y pedimos con fe.

Queridos hermanos, ¡creedme, el Dios está a nuestro lado y nos escucha porque nos ama! Amín.

Metropolis de Pafos Chipre.  Fuente: https://aktines.blogspot.com/

Traducido por Jristos Jrisulas Χρῆστος Χρυσούλας  logosortodoxo.es/

  

El significado del dolor, sufrimiento

El significado del dolor, sufrimiento,

Yérontas Georgios Kapsanis, del Monasterio de Grigoriu, Monte Athos

 

Es fácil filosofar o teologizar sobre el dolor. Sin embargo, es difícil enfrentar correctamente el dolor cuando uno mismo experimenta un gran dolor y sufrimiento en la vida. Considero muy atrevido hablar del dolor cuando uno mismo no tiene dolor y sufrimiento. Pienso en todos nuestros hermanos en todo el mundo, que se duelen y sufren física, psicológica o espiritualmente.

El sufrimiento, dolor físico proviene de enfermedades, privaciones y hambre.
El sufrimiento, dolor psicológico surge de persecuciones, calumnias, falta de amor, y la falta de respuesta al amor ofrecido a otras personas queridas, deseos incumplidos, enfermedades y muertes de seres queridos, entre otras causas.
El sufrimiento, dolor espiritual lo experimentan aquellos que aman a Dios y al prójimo y, sin embargo, ven que sus pecados entristecen a Dios y afectan la imagen de Dios en el ser humano.

¿Cómo entró el dolor en nuestra vida?

Por supuesto que no entró por la voluntad de Dios, sino por Su permiso o concesión, cuando el ser humano, por su desobediencia egoísta, perdió la Fuente de la Vida, su Creador.

De un estado sin dolor y sufrimiento en la Βασιλεία (Vasilía) Realeza Divina, pasó a otro en el cual, al no reinar la verdadera Vida, dominaba una vida corrupta, ligada a la muerte, los πάθος pazos y el pecado.

En esta nueva condición y estado, la muerte y el dolor parecían tener un significado positivo, al igual que las otras “túnicas de piel” con las que Dios vistió a los primeros en ser creados cuando fueron expulsados del Paraíso, para consolarlos en su exilio.

La muerte pone fin al mal, que de otro modo sería inmortal en la tierra.
El dolor físico avisa de la enfermedad para que se reciba el tratamiento adecuado. Los médicos saben cuán beneficioso es el dolor.

Además, todos los dolores nos ayudan a tomar conciencia de nuestra fragilidad y corruptibilidad, liberándonos de cualquier forma de autodeificación y autoadoración.

El dolor nos ayuda a revisar y reconsiderar el rumbo de nuestra vida y a orientarla nuevamente hacia el verdadero centro, que es el Dios Tríadico o Trino.

El dolor nos ayuda a purificar y abrillantar nuestro amor hacia Dios, de modo que lo amemos no por las donaciones que nos da (como la salud, la felicidad familiar, etc.), sino por Él mismo.

Así, el sumamente atribulado y sufrido Job, con la manera en que enfrentó las enfermedades y otras pruebas insoportables, demostró que amaba a Dios, y no a Dios por Sus donaciones, regalos. Amaba a Dios con la misma intensidad cuando estaba tirado sobre el estiércol, cubierto de llagas y con sus diez hijos muertos, que cuando era feliz y próspero.

El dolor también nos ayuda a ubicarnos correctamente ante nuestros prójimos, a quienes muchas veces, cuando no sufrimos, despreciamos y hacemos sufrir con nuestra actitud egoísta. Cuando el placer con el que absorbemos a los demás se convierte en dolor, entendemos que los placeres ilícitos nos destruyen.

Muchas veces, las personas que han sufrido profundamente han encontrado a través del dolor su verdadero rostro, su verdadera persona, superando las máscaras, y por eso agradecieron mucho a Dios por el regalo del dolor, incluso si era una enfermedad incurable y dolorosa.

En otras ocasiones, el dolor ayuda a los maduros espiritualmente a alcanzar formas más altas de perfección espiritual, a fortalecer y consolar muchas psiques-almas. Un ejemplo de esto es el bienaventurado Yérontas Paísios (ahora santo), quien aceptó la llamada “enfermedad maldita” (cáncer) con alegría, pensando que los mundanos que sufren se consuelan cuando saben que los monjes también la padecen. Así, para el p. Paisios, la enfermedad maldita se convirtió en una enfermedad bendita.

En los labios de quien sufre, a veces surge un profundo “¿por qué, por qué, Dios mío?”. En este “por qué” no creo que haya una respuesta humana. Solo hay una respuesta: la participación de Dios en nuestro dolor. La Cruz de Cristo. Creemos en un Dios Crucificado, lo que significa un Dios humillado, despreciado y torturado.

En el templo de Omar en Jerusalén, hay la siguiente inscripción: “Que nadie diga la blasfemia de que Dios tiene un Hijo”. Un poco más allá está el monte del Gólgota, donde el Hijo de Dios sufrió por todos nosotros.

No nos avergonzamos de creer en un Dios hecho hombre, crucificado y resucitado. Un Dios que, por agapi-amor incondicional, infinito e increado, compartió nuestra enfermedad, asumió nuestro cuerpo-carne mortal y sufridor para inmortalizarla.

Un Dios inaccesible, cerrado en sí mismo, desconectado, incomunicable, no participable no lo creeríamos, no lo sentiríamos, no lo aceptaríamos.

Una vez, una estudiante de secundaria me dijo: “Admiro a Sócrates por su muerte, que la aceptó con indiferencia filosófica, pero amo a Cristo por su muerte humana”. No olvidemos tampoco el “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

La sensibilidad divina ante el dolor de todas las criaturas también es experimentada por los hombres de Dios, que sufren por todo mal y sufrimiento que padecen las criaturas de Dios. El abad Isaac dice: “El corazón misericordioso es un ardor del corazón por toda la creación, es decir, por los hombres, las aves, los animales, los demonios y toda criatura. Desde la memoria y la contemplación de ellos brotan lágrimas, y debido a la gran simpatía y misericordia, el corazón del misericordioso se empequeñece y no puede soportar ver o escuchar daño, dolor o sufrimiento que ocurra en la creación. Por esto, incluso por los animales irracionales, por los enemigos de la verdad y por aquellos que lo dañan, ora constantemente con lágrimas para que Dios tenga misericordia de ellos, los proteja y los perdone. También ora por los reptiles debido a su gran misericordia, que se mueve en su corazón inmensamente” (Logos 85).

Y aún más, el dolor de los Santos por las criaturas de Dios no es una simpatía inactiva de tipo budista, sino una participación activa en el dolor del hermano. El abad Agathon, por ejemplo, pedía encontrar a un leproso para darle su cuerpo sano y recibir el cuerpo enfermo de aquel.

Al final, el dolor sigue siendo siempre un misterio, entrelazado con la inmensa profundidad de la libertad del ser humano. Ahora, solo de manera “parcial y en parte” nos es revelado este misterio. Cuando se abran nuestros ojos, veremos y contemplaremos más claramente.

Detengámonos con respeto, oración, amor fraternal y comprensión al lado de cada hermano dolido, sufriente y pidamos al Crucificado Señor que nos dé Χάρις (Jaris: gracia, energía increada), luz y fuerza para enfrentar correctamente cualquier dolor que, por su amor, permita que experimentemos en nuestra vida terrenal, mientras caminamos hacia el cielo.

(+)Yérontas Georgios Kapsanis, del Monasterio de Grigoriu, Monte Athos

 

Cristiano y Cruz

San Juan Crisóstomo

Cristiano significa “pequeño Cristo” y Cristo es el Crucificado, por lo tanto, el cristiano es la persona de la cruz.

Por eso es inapropiado y extraño para un cristiano buscar facilidades y comodidad.

Tu Señor fue clavado en la cruz, ¿y tú buscas comodidad y vives con lujo?

Si amas a tu Señor, muere como Él.

Crucifica tu yo, aunque nadie te crucifique.

La cruz es la lucha contra la maldad y los celos.

Crucificas tu “yo” cuando rechazas satisfacer tus malos deseos.

Cuelgas tu ser en la cruz cuando dejas que Dios dirija tu vida sin tus intervenciones lógicas.

Muere como tu Señor cuando te sometes a Su voluntad sin los interminables “por qué”.

El Señor pidió y sigue pidiendo que le sigan aquellos que están decididos a tomar su cruz, aquellos que están dispuestos a morir, a renunciar a los placeres y al lujo.

Quien ama la seguridad y los placeres de esta vida es enemigo de la cruz, de la cruz que el cristiano ama y lleva con paciencia por amor al Señor Crucificado…!!!

San Juan Crisóstomo, Hacia los Filipenses 13, EPE 22, 8-10

Traducido por: χΧ jJrisoulas  https://logosortodoxo.es/

¿Existe un intercambio de la psique-alma? Domingo III de Cuaresma

«¿Existe un intercambio de la psique-alma?»

«¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, pero perder su psique-alma?» (Mrc 8:36)

[Domingo III de Cuaresma, Marcos 8,34-9,1 Homilía pronunciada del p. Athanasios Mitilineos, Monasterio Comneno en Larisa, el 30-3-1997] titulada: «¿Existe un intercambio de la psique-alma?»

[Ψυχή psijí psique, alma, ánima: En el Nuevo Testamento y en los santos Padres, se usa a menudo en lugar de la palabra anzropos, hombre, ser humano (Rm 13, 1). A veces en la Sagrada Escritura significa simplemente la vida (Mt 2, 20; Jn 10, 11; Rm 16, 4). Pero psijí se dice sobre todo del elemento espiritual, no material de nuestra existencia (Mt 10, 28); es uno de los dos componentes de nuestra naturaleza física; el otro es el cuerpo. Es la parte que anima el cuerpo y le da vida; es nuestra naturaleza inmaterial, creada pero eterna, que comprende nuestros aspectos cognitivo, volitivo y afectivo, incluidos tanto el consciente como el inconsciente.

El propósito de la Iglesia es sanar, sanar y salvar (psicoterapiar) la psique-alma; y, así, de enferma hacerla saludable. Σωτηρία (sotiría –sanación, redención y salvación–) proviene de σώος (soos sano, entero, salvado), y significa que el hombre permanece sano, es decir, entero y en plenitud, no separado ni dividido.

La energía de la psique se llama νοερὰ ἐνέργεια (energía noerá). Cuando se encuentra dentro del corazón de la psique del hombre, los santos Padres la denominan νούς (nus) o espíritu humano; pero cuando está y funciona en el cerebro la llaman lógica o διάνοια (diania), inteligencia, intelecto, mente o energía lógica.]

«¿Existe un intercambio de la psique-alma?»

Hoy, en el tercer domingo de Cuaresma, queridos míos, la Iglesia nos presenta la festividad de la Veneración de la Santa Cruz. La razón de esta veneración de la cruz es, primero, el fortalecimiento de los fieles en medio de la Gran Cuaresma, ya que, como dice el Horologion, que generalmente, en el medio de una tarea, ya es evidente el cansancio, de modo que uno pueda ser ayudado por este esfuerzo, al ver la Santa Cruz siendo presentada ante nosotros.

Segundo, es una proclamación de la Cruz de Cristo, que es el símbolo de la vida crucificada. El cristiano debe vivir siempre una vida crucificada si desea ser un verdadero discípulo del gran didáskalos-maestro Jesús Cristo crucificado. Si este elemento no existe en el cristiano, es completamente imposible considerarlo cristiano. Y este elemento debe ser vivido, es decir, debe tener participación en la Cruz de Cristo.

Sin embargo, todo este proceso, el ser aquel que ha aceptado la Cruz de Cristo y está dentro de ella, viviendo la Cruz de Cristo, por supuesto, no es un juego en el que se da y se recibe, o en el que se puede pagar y luego anular. Es un asunto muy serio, no es algo con lo que se pueda jugar. Se trata de la ganancia o la pérdida de la psique-alma, como veremos a continuación. Por eso el Señor dijo: «¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, pero perder su psique-alma?» (Mrc 8:36) Es decir, «¿qué tiene que ganar si gana el universo entero, pero pierde su psique-alma? ¿O qué puede dar el hombre a cambio de su psique-alma?» Presten atención a este punto: «¿Qué intercambio puede dar el hombre por su psique-alma?» Te doy mi psique-alma, ¿y tú qué me das? ¡Ya que la psique-alma no tiene ningún intercambio!

Para entender lo serio de esto, amigos míos, el Señor habló sobre este intercambio. Y para hacerlo comprensible, Él habló del valor de la psique-alma. Pero veamos las cosas en su orden.
¿Tiene valor la psique-alma?
Un valor muy grande. Es tan grande el valor de la psique-alma, nos dijo el Señor, que no puede ser calculado ni medido con todo el mundo visible y creado. Decimos que alguien ha conquistado, que es un conquistador, que se hizo como un Alejandro Magno. ¿Y qué conquistó Alejandro Magno? Es completamente relativo su esfuerzo, sus conquistas, lo mismo con Napoleón, nada, todo es muy relativo. ¡Conquistar todo el universo! ¡Imposible! Pues bien, tu psique-alma tiene más valor que todo el universo entero y no puede ser comparada. ¿Por qué? Porque la psique-alma es la icona-imagen de Dios. Mientras que el universo no es la imagen de Dios. Ni nuestro sistema planetario, ni la tierra, ni el sol y la luna, nada de eso… Ni las estrellas incontables. Nada de todo eso es la imagen de Dios. La imagen de Dios está solo en el ser humano. Y por lo tanto, lo que hace grande al ser humano es que es icona-imagen de Dios.

Pascal tiene un buen ejemplo. Dice que el sol es aterradoramente más grande que el hombre. Aterradoramente más grande. «El sol», dice, «con un solo rayo te mata». Y especialmente ahora que tenemos los rayos sin esa cobertura protectora sobre la Tierra y entra la radiación del sol, la llamada «brecha en la capa de ozono», mata al hombre. Le provoca cáncer y muere. «El sol no sabe que mata. ¡El hombre sabe que muere!». Es decir, el hombre tiene conciencia, conciencia cognitiva (gnóstica). Sabe. Y, por lo tanto, el ser humano es incomparablemente superior incluso al sol y, repito, a todo el universo.

Y, por lo tanto, el hombre es incomparablemente superior tanto del sol como, repito, del universo entero.

Para darnos una idea del valor de la psique-alma, basta, queridos míos, con pensar que, por el bien del hombre, por el bien de la psique-alma humana, ¡el Logos increado se hizo cuerpo-carne! Es decir, este Dios Logos se hizo hombre. Cuando el Señor dijo: «¿Qué puede dar el hombre a cambio de su psique-alma?» ¿Qué puede dar el hombre como intercambio?, quería decir que no existe ningún intercambio. Excepto uno. Y aquí está el punto principal. Y ese único intercambio es el Dios Logos encarnado. Él viene y nos dice: «Dame tu psique-alma y te daré a Mí mismo». O si lo prefieren: «¡Dame tu muerte y te daré mi vida!». Es el único intercambio. Se menciona este tema, queridos míos, en una oración de San Basilio el Grande que hemos escuchado hoy.

Pero, veamos también qué significa «intercambio». Es bien sabido que en el Antiguo Testamento la idea del intercambio era la siguiente: cuando Dios estaba a punto de sacar a Su pueblo de Egipto, la última noche antes de su partida cayó sobre Egipto la décima plaga. ¡Fue terrible! Todos los primogénitos de los egipcios murieron. Y los primogénitos de los animales también. Murieron. ¡Todos! Excepto, por supuesto, los primogénitos de los hebreos. Así, cuando Dios envió esta plaga, dio también una orden: que los hebreos pintaran los dinteles de sus casas con la sangre de un cordero que debían sacrificar. No debían hervirlo para comerlo, sino asarlo. Porque lo asado se cocina más rápido que lo hervido. Es decir, era una señal de prisa. Que las cosas no podían esperar. Que debían irse esa misma noche. «Y, además, sus zapatos», dice, «los llevarán en la mano». ¿Han visto alguna vez a mujeres campesinas cuando quieren correr rápido? Se quitan los zapatos, (yo, el traductor, lo hacía de niño en mi aldea). Para la gente de la ciudad, esto es incomprensible. Para darles una idea. Y, además, debían ceñirse con un cinturón, porque sus túnicas eran largas y podían estorbarles al correr.

Las cosas, pues, no podían esperar. Así que debían comer el cordero asado, marcharse, con cuya sangre habían pintado los dinteles de sus puertas, para que el ángel exterminador, al ver esa sangre, no entrara a matar al primogénito de la familia. Y esto, por supuesto, solo sucedió en las casas de los egipcios. Atención. Esto fue un secreto que pudo difundirse entre todo un pueblo sin que se rompiera su confidencialidad. Sobre este punto, tendría mucho que decir. Pero sigo adelante. Sobre el tema de la confidencialidad. Si yo les digo algo y les pido: «¡No se lo digan a nadie!», toda la ciudad Larisa se enterará. Aunque les dije que no lo dijeran. Se lo contarán a la vecina, a la amiga, al pariente, pero no se mantendrá en secreto. Aquí tenemos un caso de mantenimiento del secreto de una manera sorprendente y única. ¿Cómo podrían saberlo los egipcios? ¿Cómo podrían saber los hebreos, en primer lugar, que la plaga sería selectiva? Sus primogénitos no sufrirían nada; pero los primogénitos de los egipcios sí. Con solo la sangre. ¿Qué era esta sangre? ¡Un intercambio!

Cuando más tarde los hebreos llegaron a la Tierra Prometida, Dios les dijo lo siguiente: «Miren, Yo salvé a sus primogénitos; entonces, ¿qué me darán a cambio de lo que Yo les di?». Atención. «¿Qué me darán?». Dios quería un intercambio. Aquí está la idea del intercambio. ¿Y qué? Cuando el niño, porque se trataba de varones, cumplía 40 días, cada hebreo debía ofrecerlo a Dios. Le pertenecía. Le pertenecía. Porque Dios dijo: «Los primogénitos me pertenecen. Pero no me los quedaré. Me darán un intercambio. Y ese intercambio será o un cabrito o un cordero o, si la persona es pobre, un par», dice, «de tórtolas». «Me das y te doy». Esta es la idea del intercambio. Creo que lo hemos entendido.

Aquí, sin embargo, las cosas… –por eso, en la Fiesta de la Presentación del Señor en el Templo, que celebramos, José llevó un par de tórtolas, lo que indicaba, por supuesto, que eran muy pobres. La Θεοτόκος (Zeotokos: la que da a luz a Dios, Madre de Dios) y José eran personas muy pobres. Pero esto era un símbolo. Era un símbolo de un gran intercambio, que estaría relacionado con nuestra naturaleza pecadora y con el Dios Logos encarnado. Es decir, «Hombre, dame tu naturaleza pecadora y te daré mi naturaleza santa. Humana. Dame un cuerpo mortal y corruptible, y te daré un cuerpo inmortal e incorruptible. Te daré mi Cuerpo y mi Sangre y, de este modo, a través de la Cruz, te harás incorruptible e inmortal». ¿Conviene este intercambio? ¿Qué significa, pues, «intercambio»? Doy lo mío y tomo lo tuyo. ¿No es inteligente? ¿No es ventajoso? Pero presupone fe. Si no lo crees, te quedas sin este intercambio. Pero no es una compraventa. Anótenlo. Es un intercambio de ciertas cantidades y cosas. La cantidad de mi existencia, la cantidad de la existencia humana de Cristo.

Hemos dicho que la psique-alma no tiene intercambio por nada. Porque nada es superior a ella. Excepto la naturaleza humana -humana, no divina- del Logos de Dios. Así, Jesús viene y toma lo que tenemos y nos da lo que Él tiene. A través de la Cruz. Esto se muestra maravillosamente, queridos míos, en la Divina Liturgia. Le damos nuestro pan y nuestro vino y recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Eso es un intercambio. Le damos y Él nos da. Dice San Atanasio el Grande: «La preciosa sangre de Cristo, es el intercambio por la vida del mundo». Le damos, -lo repetiré, no importa si me repito- nuestra mortalidad y corrupción, y Él nos da la inmortalidad y la incorruptibilidad. Y continúa San Atanasio el Grande diciendo: «No era posible dar otra cosa como rescate, sino que dio cuerpo por cuerpo y psique-alma por psique-alma». Porque Cristo tenía psique-alma humana. No era solo cuerpo y Logos de Dios. Sino que era el Logos de Dios unido a la naturaleza humana. Y por «naturaleza humana» entendemos un cuerpo perfecto y una psique-alma perfecta. Nos da, pues, su Cuerpo y toma el nuestro. Nos da su psique-alma, la humana, y toma la nuestra. Un intercambio es, pues, el mayor beneficio, y no hay nada superior, sino solo esto: el Cuerpo y la Sangre de Cristo. La naturaleza humana de Jesús Cristo.

Y continúa: «Y una existencia perfecta para todo el mundo. Es decir, el intercambio de Cristo». Este es el intercambio de Cristo. Cristo no dio un rescate al Dios Padre, como quieren creer y decir los occidentales en la teología occidental. No dio un rescate al Dios Padre. Mucho menos dio un rescate al diablo. Porque también se dice eso. Que dio un rescate al diablo para redimirnos. No. La noción del rescate significa el intercambio. Como dice San Basilio el Grande: «Él dio a Sí mismo como un intercambio por la muerte, en la cual estamos cautivos». «Tomó lo que nos pertenecía, nosotros se lo dimos a Él, y Él nos dio lo que Le pertenece». Así, nos da lo que Él es y toma en la Cruz lo que somos. Nos da Su vida y toma nuestra muerte. «Da», dice San Gregorio de Nisa, «Él se dio a Sí mismo como un intercambio por tu muerte». «Él te toma la muerte y te da la vida».

En la cruz, la humanidad debió subir normalmente y pagar por sus pecados. Pero en lugar de la humanidad, subió Él. «Recibid el intercambio del caído, Cristo», dice San Gregorio el Teólogo. Cuando el evangelista Juan escribe que «el Padre dio al Hijo», este «dio» significa este intercambio misterioso y divino. «Te doy, me das». O, mejor dicho, «me das, te doy». En este orden. Y señala San Cirilo de Alejandría: «El Padre ha dado al Hijo propio como un intercambio por nuestra salvación». Y lo admirable de la αγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado) de Dios al hombre, por lo tanto, es este intercambio.

El Señor también habló, queridos míos, sobre la pérdida de la psique-alma. Que uno puede perder su psique-alma. O sobre el intercambio de la psique-alma. Pero, ¿cuándo se pierde la psique-alma? Es decir, ¿cuándo se separa de Dios? Porque la psique-alma en sí misma es inmortal. No se pierde. Es imposible. No se pierde. Porque Dios no quiere que se pierda. Es decir, que regrese a la nada o se transforme en algo diferente. Imposible. Porque así lo quiere Dios. La psique-alma no es inmortal por naturaleza, como decían los platónicos o el mundo antiguo, los filósofos. No es inmortal por naturaleza. Y de hecho, Platón se basa en la lógica de la psique-alma para apoyar la inmortalidad de la psique-alma. Error. ¡Error! La lógica es simplemente una cualidad de la psique-alma. Dios quiere que la psique-alma sea inmortal. Sólo Dios es inmortal por naturaleza. Dice el apóstol Pablo: » el único que posee la inmortalidad, que habita una luz inaccesible e increada, a quien ningún hombre vio ni puede ver. A él, honor y poder eterno. Amén El único que tiene inmortalidad, habitando en luz inaccesible»(1Tim 6,16), etc. Todo lo demás es creado. Y lo que es creado no puede permanecer, salvo que Dios quiera que permanezca.

Entonces, ¿qué significa aquí “que la psique-alma se pierde?” Que simplemente se separa de Dios. Cuando peca y sobre todo cuando niega a Dios y lo rechaza. Entonces «se pierde». El «se pierde», entre comillas. Tiene el infierno eterno. Ni los demonios se perderán. Ni las psique-almas pecadoras se perderán. Nada se pierde. Dice un padre: «»¡Vaya! ¿Acaso tienes otra alma guardada en reserva, para perder esta y quedarte con aquella como alma de repuesto? No tenemos una psique-alma de repuesto, queridos míos. Todo lo demás se puede intercambiar: una casa, e incluso… ἀνδράποδα esclavos. ¿Perdiste tu psique-alma? No puedes dar otra en su lugar. Se acabó. Es única e irrepetible.»

Y añade que esto no es admirable solo para la psique-alma, sino también para el cuerpo. Y esto, por qué será resucitado. Aunque lleves muchas coronas y diademas, si tienes un cuerpo enfermo, ¿qué puedes intercambiar para obtener un cuerpo sano? ¿Puedes? Dice un escritor eclesiástico: «Sólo uno puede dar el intercambio de nuestra psique-alma perdida: Él que dio Su preciosa sangre por nosotros».

Pero también el cuerpo se hará incorruptible e inmortal. No lo olvidemos. Cristo dio Su cuerpo para que tomemos un cuerpo incorruptible e inmortal. Cristo dio Su psique-alma humana para que tomemos la unión eterna con el Dios Trinitario. Entonces, si no hay intercambio para la psique-alma humana excepto Jesús Cristo, entonces, si alguien niega a Jesús Cristo, ¿con qué intercambiará su psique-alma para permanecer en la eternidad? No hay…

El apóstol Pablo dice una palabra terrible y muy coherente. Voy a explicarles un poco; está en la carta a los Hebreos10:26-31. «Si continuamos pecando voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio por los pecados», es decir, no hay otro sacrificio por tus pecados. Es uno, el sacrificio de Cristo. Pero en si algún momento, rechazas a Cristo, «terrible es la espera del juicio y del fuego ardiente que devorará a los adversarios». «El fuego ardiente», es el infierno eterno. «El que rechace la ley de Moisés, sin misericordia morirá bajo el testimonio de dos o tres testigos». El juicio de la ley mosaica es implacable. Si cometiste un crimen ante dos o tres testigos, morirás. «¿Cuánto más severa será la pena para el que pisotee al Hijo de Dios y tenga por común la sangre del pacto, en la cual fue santificado, y ofenda al Espíritu de la jaris-gracia increada?» ¿Cómo podrá ese, que desprecia la sangre de Cristo, considerarla común? Como si fuera cualquier otro tipo de sangre. «Espantoso es caer en manos del Dios vivo». «Es espantoso», dice, «caer en las manos del Dios vivo». Está en el décimo capítulo de Hebreos. Es decir, te bautizaste, conociste la verdad, la viviste, la negaste, la pateaste. ¿Volver a atrás? Hmmm…

Advertencia al que peca deliberadamente, Hebreos 10:26-31

«Porque si pecamos deliberadamente, despreciando así el sacrificio redentor de Cristo, después de haber recibido el conocimiento claro de la verdad, ya no queda sacrificio alguno para la remisión de nuestros pecados, sino que debemos esperar, una horrenda expectación y terror del juicio de Dios, y de hervor de fuego increado de la ira de Dios, que devora aquellos que voluntariamente y sin metania resisten a la voluntad de Dios y la pisotean con desprecio. (Fuego increado, según los santos Padres, es la misma luz increada que opera infernalmente como fuego consumador sin consumirse contra los malvados y pecadores, en cambio para los salvados opera como luz paradisíaca). Pues si el que viola la ley de Moisés es condenado irremisiblemente a muerte por el testimonio de dos o tres testigos, ¿de cuánto mayor castigo pensáis vosotros que será digno quien haya menospreciado y pisoteado al Hijo de Dios y haya tratado como cosa profana e indigna la sangre del testamento por el cual fue santificado, y haya blasfemado, ultrajado y despreciado el Espíritu Santo que concede la χάρις la jaris-gracia energía increada? Porque conocemos bien a aquel que ha dicho: “A mí la venganza, yo recompensaré a cada cual lo que merezca”. Y otra vez: “El Señor juzgará a su pueblo”. Es espantoso para uno caer como culpable en las manos del Dios vivo» (Hebr 10:26-31).

También dice: «Porque es imposible los que una vez fueron catequizados e instruidos al logos de Dios, bautizados e iluminados, que gustaron la dulzura de las donaciones de Dios y que fueron hechos partícipes de los carismas del Espíritu Santo… y habiendo caído, renovarlos nuevamente para la μετάνοια metania y arrepentimiento» (Hebr 6:4) ¿Qué dice? ¡Imposible! Es imposible volver a la metania arrepentimiento y renovarse. Un ejemplo claro son los demonios. Por eso no pueden arrepentirse. Es imposible. Si los ángeles santos se consolidaron con la Encarnación y el sacrificio de Cristo, no es el momento de explicar por qué, pero su santidad se ha consolidado, ya no pueden moverse los ángeles santos, lo mismo ocurre con los demonios. No pueden salir, es decir, de su estado pecaminoso. Queridos míos, que Dios tenga misericordia de nosotros.

Así que vemos claramente, queridos, que la psique-alma es invaluable. Y nada puede reemplazarla o intercambiarla, excepto Cristo. «¡Hombre, dame tu vida y te daré la mía! ¡Hombre, dame tu cuerpo y te daré el mío! ¡Hombre, dame tu psique-alma y te daré la mía!».

Pero si negamos a Cristo después de nuestro bautismo, ¿con qué intercambiaremos nuestra psique-alma pecaminosa? Se trata de una pérdida definitiva. Son cosas serias. Por eso, temamos a Aquel que puede hacernos perder. Y escuchemos una vez más Sus logos y palabras tan significativas:

«¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su psique-alma? O ¿qué dará el hombre a cambio de su alma?»

(Por el traductor jJ: Este versículo fue una revelación apocalíptica para mí. Mientras estudiaba las interpretaciones de los Santos Padres, comprendí que en él se esconde una clave esencial: el camino hacia el Primer Mandamiento. “Amar a CristoDios sobre todas las cosas, con toda mi alma, con toda mi mente y con toda la fuerza de mi voluntad.”

Es un mandamiento que rara vez confesamos, pero que debería ser el primero en hacerse en Misterio de la Confesión y cumplirse. Y al reflexionar en ello, entendí el inmenso valor que CristoDios me otorga: soy más valioso que todo tesoro del mundo. Nadie más podría darme esto. Por eso, le amo por encima de todo.

Él me rescató del infierno de una enfermedad incurable, me sacó de la oscuridad en la que me hallaba. Desde ese momento, mi corazón se llenó de certeza y alegría inexplicable interior: no necesito amor ni aprobación de nadie, porque ya tengo al que más me da, al que más me ama, me valora y me aprecia. Me ha regalado lo que ningún ser humano podría ofrecerme.

Por eso, proclamo con todo mi ser: «Amo a CristoDios más que todas las cosas del mundo.» Y este pasaje, que transformó mi vida, es para mí una puerta abierta hacia el cumplimiento del Primer Mandamiento.)

A LA GLORIA DEL SANTO DIOS TRINIDAD

Y con inmensa gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito Yérontas Athanasios Mltilineos, transcripción de la charla grabada a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga.

FUENTES: • http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/ omiliai_kyriakvn/omiliai_kyriakvn_712.mp3

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

Domingo III de cuaresma, veneración de la Cruz

 

Domingo III de cuaresma, veneración de la Cruz (Mar 8,34-9,1)


34 Y llamando a la gente y a sus discípulos, les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese de sí mismo, tome su cruz, y sígame. El que quiere seguirme como fiel discípulo mío, niéguese a su pecador sí mismo con sus debilidades y sus pazos, y que tome la decisión de que por mí sufrirá fatigas e incluso muerte por la cruz, y si quiere entonces que me siga en el camino que yo he marcado».

35 Porque todo el que quiera salvar su vida terrenal, éste perderá la vida eterna y bienaventurada; y todo el que sacrifique y pierda su vida por causa de mí y del evangelio, éste salvará su psique-alma y vida en la eterna felicidad y bienaventuranza.

36 Porque ¿de qué le vale al hombre ganar el mundo entero material, si pierde su psique-alma y vida? 

37 ¿O qué recompensa dará el hombre por su psique-alma, o para recuperar su psique-alma desde el Hades/Infierno, ya que el mundo entero no puede contrapesar el valor de la psique-alma

38 Porque el que, a causa de su egolatría y cobardía, se avergüenza y niega de mí y de mis logos en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del hombre se avergonzará también de él y le renegará y rechazará, cuando venga, como juez de los hombres, con la doxa-gloria luz increada de su Padre acompañado por los santos ángeles,.

9,1 Y les decía: «De verdad os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta que hayan visto la realeza increada de Dios, es decir, la Iglesia, instalarse y cimentarse en la tierra con la dinamis potencia y energía increada del Espíritu Santo, durante el día del Pentecostés».

Domingo III de cuaresma, veneración de la Cruz

Jristakis Efstazíu, Teólogo – Iglesia de Chipre

El verdadero hombre

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame». Este logos de Cristo Dios, viene a supervisar y derrocar los desatinos y los absurdos de mundo actual. Y esto porque nuestro Cristo nos invita a seguir un camino completamente opuesto al que el ser humano suele ser empujado por sus fracasadas y arruinadas aproximaciones racionalistas, las cuales vemos que finalmente lo dejan a merced de las formas más frías, duras y abominables de esclavitud.  

 Cadenas de esclavitud

Observamos que, muchas veces, el ser humano se atrapa a sí mismo en los engranajes fríos del egoísmo y la φιλαυτία (filaftía: egolatría, excesivo amor a sí mismo y al cuerpo, egocentrismo). A través del pecado, cierra su corazón y se entrega al individualismo y la autodeificación. La crisis que pasa hoy la humanidad no es otra cosa que el resultado de esta trayectoria autodestructiva. En esta dirección, lo que acaba imponiéndose es la ley del más fuerte y la humillación de los débiles. Se promueve una cultura y civilización que, al final, vemos que se construye sobre el sacrificio de la persona humana en nombre de la imposición de duros y fríos intereses e indicadores económicos.

La esclavización del ser humano en todos los ámbitos de su vida se convierte, sin duda, en un martirio y tormento insoportable. En contraste, la exhortación de Cristo a renunciar a nosotros mismos, cargar con nuestra cruz y seguirlo, representa un rechazo a esta esclavitud e introduce al ser humano en el espacio de la verdadera libertad. En realidad, con estas palabras impactantes, Cristo nos llama a un camino en el que la persona se reivindica, se realiza y se dignifica como una personalidad verdaderamente libre. Nos invita a liberarnos de la esclavitud de nuestro mal carácter y yo egoísta, de este carácter que está dominado por egoísmo y la filaftía desmedida, para descubrir nuestro auténtico yo, que en su esencia en el fondo lleva impresa la imagen y sello de Dios.

Exactamente aquí en este punto, es importante destacar que la fuerza de Dios es su αγάπη (agapi: incondicional, desinteresado, emoción de la divina energía increada). Él la ofrece generosamente a su imagen, que es el ser humano, el hombre. Es por esto que, nuestra existencia se caracteriza por la entrega, el servicio y el sacrificio. Existimos para ofrecer, dar, no para tomar, saquear y destruir. Además, este es el sentido y significado de la “cruz”, que el Dios con su agapi-amor incondicional, ha colocado como cimiento de nuestra existencia y centro de nuestra vida.

Δύναμις Dinamis (Fuerza, potencia y energía) vivificante

Nuestra madre, la Iglesia, al establecer el Domingo de la Veneración de la Santa Cruz, nos presenta la cruz como símbolo de fuerza, esperanza y vida. Nos recuerda que la sanación y salvación que podemos seguir y el camino que conduce al encuentro con el Cristo resucitado, pasa a través de nuestra crucifixión. Esta crucifixión se descodifica en la vida del hombre como una muerte vivificante y una resurrección (despertar espiritual) con forma cruciforme, que desarrolla la vida en toda su autenticidad y en su sentido y su significado más profundo.

La exhortación de Cristo a seguirlo, renunciando a nosotros mismos y cargando con nuestra cruz, es una fuerte señal para descubrir la verdadera riqueza en nuestra vida. Nos permite comprender qué significa ser discípulos de Cristo. Las condiciones degradantes y de miseria que nos imponen los diversos tipos de Troikas (masones y mamones de Bruselas o de la CEE) de la época actual, sólo pueden sembrar pobreza, miseria y desgracia entre los hombres; sin embargo, el hombre al lado de Cristo, renunciando a su yo dominado por el pecado y cargando su cruz, puede sentir la nobleza más auténtica, aquella que ningún hombre puede arrebatar, ni «recortar», ni usurpar.

Queridos hermanos, cada uno de nosotros que siente la necesidad de saltar y escapar de los duros y fríos engranajes de una esclavitud insoportable, en la que nos atrapan los sistemas y modelos contemporáneos, no tiene más que atreverse a hacer de la exhortación de Cristo una experiencia de vida. Renunciar, negar a nuestro yo egoísta y ególatra y cargar nuestra cruz, en cuya profundidad emerge la autenticidad de la agapi (amor desinteresado). Esta abnegación se traduce en salir del ego y depositarnos con absoluta confianza en la αγάπη (agapi: incondicional, desinteresado, emoción de la divina energía increada) de Dios. En esta dimensión, el ser humano puede descubrir la verdadera riqueza de su vida, que está unida a su destino eterno como imagen auténtica de Dios. Amín.

Fuente: ΑΚΤΙΝΕΣ            Jristakis Efstazíu, TeólogoIglesia de Chipre

LA CRUZ DE CRISTO COMO CONDICION DE LA RESURRECCIÓN

Lampros Skontzos, Teólogo –Profesor

En el tercer Domingo de cuaresma se proyecta la Santa Cruz para ser venerada por los fieles, con el fin de que encuentren en ella fortaleza y continúen su lucha espiritual hasta la Resurrección. Es una ocasión para recuperarse del agotamiento de los días anteriores y resistir victoriosamente los furiosos ataques del diablo en este período sagrado. La veneración de la Santa Cruz es el arma suprema contra el diablo y sus trampas. Es un trofeo irrepetible de la victoria contra las fuerzas adversas y el consuelo de cada hombre dolido.

La Cruz del Señor es el símbolo supremo de sacrificio y santificación en la fe cristiana, ya que su significado es realmente inmenso. La Cruz junto con la Resurrección, funcionan como dos ejes fundamentales sobre los cuales se mueve la vida de los cristianos. La Resurrección es después de la Cruz y la Cruz presupone y presagia la Resurrección, sin Cruz, no hay Resurrección. Sobre estos principios se basa la Teología de la Cruz y su enorme importancia para la vida de la Iglesia.

El gran Apóstol de las Naciones, Pablo, es el teólogo por excelencia de la Cruz, en sus epístolas de inspiración divina  repetidamente recalca que la Cruz de Cristo es su mayor orgullo y jactancia: “Yo, por mi parte, sólo quiero presumir de la muerte en la cruz de nuestro Señor Jesús Cristo, por la cual el mundo está crucificado y mortificado para mí y yo gracias a la Cruz del Señor me he crucificado y mortificado para el mundo”, (Gal 6,14); y “porque el logos sobre la cruz, para los que no creen y se pierden, es una necedad y locura; pero para nosotros, que nos salvamos, es dinamis poder, potencia y energía increada de Dios, como lo certifica también nuestra experiencia personal. el logos de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios” (1Cor 1,18) El Señor de la doxa=gloria increada “por las manos de inicuos” fue clavado encima de la Cruz de madera, para sufrir el doloroso martirio de la crucifixión y morir como el peor de los criminales. Pero esta criminalidad y atrocidad humana, a causa de la infinita αγάπη (agapi: incondicional, desinteresado, emoción de la divina energía increada), funcionó beneficiosamente para el género humano asesino de Dios: “Dios muestra y confirma su agapi-amor incondicional para con nosotros en que, siendo aún pecadores, Cristo se sacrificó y murió por nosotros. Por tanto, con mucha más razón, justificados ahora por la sangre de su sacrificio, seremos salvos y librados por él de la ira futura y del castigo. Porque si, siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por medio de la muerte cruciforme de su Hijo, mucho más, una vez reconciliados, seremos salvados por medio de la vida de nuestro Jesús Cristo sacerdote y mediador, quien vive eternamente cerca de Dios.” (Rom 5,8-10).

Según la alta teología de San Pablo, la Cruz de Cristo, de ser un instrumento de ejecución deshonroso y cruel para criminales, se transformó, después de la muerte de Cristo, en un símbolo de salvación, un medio de reconciliación con Dios y una fuente de santificación. La maldad humana ha dado a Dios dolor y muerte a través de la Cruz de madera, ¡pero la infinita misericordia, tolerancia y amor de Dios devolvieron amor y redención al verdugo. La fuerza de la Cruz, pues, radica en la insaciable agapi-amor de Dios, que ahora se vierte sobre la humanidad y en toda la creación a través de la Cruz.

Sin embargo, para que el hombre pueda recibir la santificación divina a través de la Cruz, es esencial que crea en Cristo, el Redentor, y en Su sacrificio redentor en la Cruz. Además, debe crucificar también su propio ser, su yo, como lo hizo Cristo, ser crucificado con Él, por supuesto no literalmente, como hacen algunos romanocatólcios papistas, que cada año en Viernes Santo se crucifican en una cruz de madera, en vez de crucificar su yo o su carácter pecaminoso y “los hedonismos, placeres mundanos”, tal y como nos exhorta el sagrado himnógrafo de Semana Santa, “con las delicias, placeres de la vida crucifiquémonos, para que vivamos con Él”.

Aquí cabe señalar el claro rechazo e incluso la hostilidad y odio de muchas sectas cristianas hacia la Cruz de Cristo. En general, el mundo protestante no le otorga ningún valor y honor a la Cruz. Es sabido que los protestantes no hacen la señal de la Cruz y la usan solo como un mero elemento decorativo.

Peor aún, los Testigos de Jehová combaten ferozmente y con rabia la Cruz, evitando incluso mencionarla, llamándola «palo», en el N. Testamento han sustituido la palabra Cruz …por madero o palo. Esto, por sí solo, bastaría para caracterizar y calificara su organización como claramente satánica.

Nosotros los Ortodoxos, que conservamos la enseñanza cristiana auténtica, sin adulterar, sin falsedades, veneramos la Santa Cruz y obtenemos de ella fuerza y santificación. Cada año, además de las múltiples fiestas de veneración de la Cruz del Señor, durante los días sagrados de la Semana Santa, acudimos con respeto y devoción a los templos para venerar a Cristo crucificado y alabar Sus padecimientos sanadores y salvíficos. Para nosotros la Semana Grande y Santa es un tiempo festivo indispensable y esencial para recibir la luminosa y alumbrante Resurrección.

La κατάνυξις (katánixis: dilatación del corazón, compunción) y la χαρμολύπη (jarmolipi, alegre-pena, sentimiento sublime divino, mezclado con pena y alegría) de los Santos e Inmaculados Pazos del nuestro Cristo, pueden darnos la verdadera alegría de la Resurrección. Esto nos permite soportar con esperanza y paciencia los problemas de nuestra vida, es decir, cargar y aguantar nuestra cruz personal (Mt 16,24), con la esperanza segura de la resurrección venidera, tanto en sentido metafórico como literal.

Esta inquebrantable fe nuestra, nos da fuerza y nos permite enfrentar la vida con optimismo, en contraste con la mentalidad católico-protestante occidental, que busca de forma diagonal y ansiosamente la ευδαιμονία (efdemonía: felicidad bienestar social y material) sin el sacrificio, es decir, busca la resurrección sin la cruz. Por eso tampoco puede encontrarla en ninguna parte. Nuestra tradición ortodoxa tiene como base el principio paulino: “Y si por el bautismo morimos con Cristo, respecto al pecado, creemos que también viviremos en doxa-gloria increada con él en la eternidad; porque conocemos muy bien que Cristo resucitado de entre los muertos, ya no vuelve a morir, la muerte ya no tiene ningún dominio y poder sobre él.” (Rom 6, 8-9).

Esto nos diferencia de la herética Occidente, que huele e hierve de pesimismo, a causa de su muerte espiritual, ya que no tiene esperanza en la resurrección, pues no cree en la fuerza de la Cruz de Cristo ni tiene la humildad de ser co-crucificada con Él para poder co-resucitar y encontrarse con Él. Nuestra Ortodoxia es la Iglesia de la Cruz y, por lo tanto, vive y experimenta incesantemente la alegría indecible de la Resurrección.

Así pues, acerquémonos el santo día de la Veneración de la Cruz a los templos sagrados, inclinando nuestras rodillas ante la Santa Cruz, para recibir fuerza y continuar nuestra lucha espiritual hasta el final. Crucifiquemos, una vez más, a nuestro mal carácter, a nuestro mal interior y ego que es nuestro peor enemigo, que trata de destruirnos. A través de esta crucifixión espiritual, seremos dignos de ver, experimentar y venerar al Cristo resucitado, y esperar la bienaventurada esperanza de nuestra propia resurrección en Cristo, Dios. Amín.

Fuente: ΑΚΤΙΝΕΣ       Lampros Skontzos, Teólogo –Profesor

Cristiano y Cruz

San Juan Crisóstomo

Cristiano significa «pequeño Cristo» y Cristo es el Crucificado, por lo tanto, el cristiano es la persona de la cruz.

Por eso es inapropiado y extraño para un cristiano buscar facilidades y comodidad.

Tu Señor fue clavado en la cruz, ¿y tú buscas comodidad y vives con lujo?

Si amas a tu Señor, muere como Él.

Crucifica tu yo, aunque nadie te crucifique.

La cruz es la lucha contra la maldad y los celos.

Crucificas tu «yo» cuando rechazas satisfacer tus malos deseos.

Cuelgas tu ser en la cruz cuando dejas que Dios dirija tu vida sin tus intervenciones lógicas.

Muere como tu Señor cuando te sometes a Su voluntad sin los interminables «por qué».

El Señor pidió y sigue pidiendo que le sigan aquellos que están decididos a tomar su cruz, aquellos que están dispuestos a morir, a renunciar a los placeres y al lujo.

Quien ama la seguridad y los placeres de esta vida es enemigo de la cruz, de la cruz que el cristiano ama y lleva con paciencia por amor al Señor Crucificado.

San Juan Crisóstomo, Hacia los Filipenses 13, EPE 22, 8-10

ver también 

 

Traducido por: χΧ jJ    https://logosortodoxo.es/