Sobre el ayuno salud física, psíquica y espiritual, A. Mitilineos

Sobre el ayuno

salud física, psíquica y espiritual

El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.

Índice

  1. ¿El ayuno es una virtud?
  2. Sobre la virtud del ayuno.
  3. Algunos versículos de los Santos Padres sobre el ayuno

Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua helénica-griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos el Nuevo Crisóstomo. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes del bachillerato.

1. ¿El ayuno es una virtud?

Por supuesto que sí. El ayuno es una virtud, y no solo eso: es la primera de todas las virtudes, como veremos a continuación, y os demostraré por qué lo es.

¿De dónde podemos saber que el ayuno es una virtud? Antes que nada, debemos entender qué significa “virtud”, para que lo sepáis siempre y podáis juzgar si algo lo es o no.

San Juan Clímaco, el de la Escalera, responde a la pregunta “¿qué es virtud?” de esta manera: “Es ἔργον (érgon): obra, trabajo hacia Dios por libre voluntad, buena disposición y preferencia”. Esta es la definición de la virtud.

¿Qué quiere decir esto? Tres cosas: a) Si algo es ἔργον (érgon), es decir, una obra o esfuerzo personal, b) si está dirigido a Dios, y c) si se realiza con libre voluntad; entonces eso es virtud.

Ahora, consideremos el ayuno.

¿Es un esfuerzo? Sin duda, lo es. Cuando uno no come lo que quiere y, en cambio, come algo sencillo y austero, eso implica esfuerzo. Segundo: ¿se hace esto con el corazón, con buena disposición interior? Tercero: ¿se hace para Dios?
Si la respuesta a estas tres preguntas es afirmativa, entonces estamos ante una virtud.

Pero si falta uno solo de estos tres elementos, no hay virtud.

Por ejemplo, si alguien hace una dieta: hay esfuerzo, lo hace con interés, pero lo hace para adelgazar o mejorar su figura, entonces no es virtud, aunque haya sacrificio.

Otro ejemplo: Si lo que hago, lo hago para Dios, entonces es una obra, un ἔργον (érgon). Pero si no lo hago con el corazón, si lo hago gimiendo y quejándome, entonces no es virtud.

Imaginad que en casa el padre o la madre dice: “Empieza el ayuno”, y vosotros protestáis: “¡Ay, otra vez ayuno…!”, entonces no hay virtud. ¿Por qué? Porque no lo hacéis con libre voluntad ni con buena disposición.

Por lo tanto, veis que, si falta alguno de los tres elementos mencionados, no hablamos de virtud.
Así que el ayuno es virtud porque contiene estos tres elementos. Veamos algo más.

No olvidéis que el ayuno es una de las tres primeras virtudes que Dios dio a los primeros en ser creados.

La primera: trabajar el Paraíso.

La segunda: vigilarlo o guardarlo.

La tercera: ayunar, es decir, no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal.

Así que desde el principio hubo tres virtudes. San Basilio el Grande dice que el ayuno, o la abstinencia, es tan antiguo como el ser humano mismo. Ved, pues, qué antiguo es este mandamiento. Y no solo lo es cronológicamente, sino también en su profundo valor cualitativo.

Tal vez digáis: ¿no es más importante la humildad, el amor (agapi), la fe…?
Escuchad: ¿sabéis cuáles son los pecados mortales? Son siete.
¿Sabéis cuál es el primer pecado mortal?
La gula o glotonería.

¿Y por qué es el primero?
Porque la gula, el ansia por comer, abre la puerta a los otros seis pecados mortales. Y se llaman “mortales” porque conducen la psique-alma a la muerte (espiritual). Si uno no se arrepiente ni se confiesa, pierde su alma con seguridad.

Entonces, el primer pecado es la gula o glotonería. ¿Qué es la gula? Es el pazos (pasión, adicción, vicio,) ansia de querer comer, satisfacer dos cosas: a) la saciedad del estómago, que es el deseo insaciable de comer (gula), y b) el placer del paladar, es decir, comer por el sabor (glotonería).

Cuando alguien se esclaviza a esta pasión (pazos), es terrible, y justo al lado están y vienen los pecados carnales, que son el segundo pecado mortal etc.

Así que, ¿cuál es la puerta de entrada a los pecados mortales?
La gula y la glotonería.

¿Y cuál es la puerta de las virtudes?
Su contrario: el ayuno o abstinencia.

Por tanto, el ayuno es la puerta de todas las virtudes. Así lo afirma nuestra himnografía, por eso, en la Gran Cuaresma, hablamos tanto sobre el ayuno. Se inicia el ayuno para que se cultiven las demás virtudes.

Ahora bien, ¿cuál es la esencia de la virtud del ayuno?

Debéis saber que la virtud del ayuno es esférica o poliédrica, es decir, tiene múltiples caras, múltiples dimensiones valiosas. Obviamente, en este momento no puedo hacer un análisis completo sobre el ayuno; solo quiero aclarar esta duda.

Pero supongamos que el ayuno no tuviera ningún otro valor, aún le quedaría uno esencial: la obediencia. Es decir: Dios lo dijo. Punto final.
-¿Por qué ayunas?
-Porque lo dijo Dios. Fin de la discusión.

Los primeros en ser creados podrían haberle dicho eso al diablo: “Dios nos ha dicho que no comamos. Punto.” Pero no lo cumplieron.

Así pues, queridos míos, es importante que sepáis por qué ayunamos.

Y algunos preguntan: “¿Dónde está eso escrito?”
Siempre hay personas con pereza espiritual, holgazanes que no quieren hacer ningún esfuerzo y preguntan: “¿Dónde está eso escrito? ¿Dónde lo dice?”
Pues la respuesta es sencilla: Lo ha dicho Dios. Y como lo ha dicho Dios, con esto basta, se acabó. O lo ha dicho Dios mediante la Iglesia.

Aunque el ayuno aparece abundantemente en las Sagradas Escrituras, aunque no estuviera allí, si lo dice la Iglesia, basta. Obedecer a la Iglesia es obedecer a Dios. Amén. (21, 43´40´´)

2. Sobre la virtud del ayuno.

Aquí debería decir muchas cosas, porque el tema es muy amplio, pero me limitaré a exponeros la columna vertebral del ayuno, un tema muy rico. Atención: el ayuno es un mandamiento de Dios, y debemos cumplir los mandamientos de Dios. Los primeros en ser creados no cumplieron el mandamiento del ayuno. ¿Qué dijo Dios? “No comeréis del fruto de este árbol” (Gén 2:17). No comer -es decir, ayuno. Los primeros en ser creados transgredieron este mandamiento. ¿Cuál mandamiento? “No comeréis”. Y pecaron, perdiendo así el Paraíso. ¿Lo veis? ¿Era pequeño este mandamiento? Hay quienes creen que el mandamiento del ayuno es pequeño, sin importancia. Incluso lo tergiversan, diciendo que “no molestan las cosas que entran, sino las que salen” y muchas otras cosas que no tienen relación con el ayuno, sino que son enseñanzas del Señor sobre otros temas.

El ayuno, pues, es un mandamiento de Dios. Pero, además, es un mandamiento con un carácter pedagógico muy rico. Especialmente porque fue el primero que se dio en el Paraíso, y del cual podríamos decir que es el introductor de las demás virtudes. Por eso, entre los pecados mortales -que son siete-, el primero, que da paso a los demás, es la gula o glotonería. Y su contrario es el ayuno. Si la gula es la puerta de los pecados mortales, entonces está claro que el ayuno es la puerta de las virtudes. Pero como virtud introductoria, el ayuno tiene un carácter pedagógico profundo, y necesitaría mucho tiempo para desarrollar plenamente esta tesis.

Os diré que cuando una persona puede decir “NO” simplemente porque Dios lo dice, esto significa, primero, que posee una noesis, una comprensión ejercitada, que percibe y capta la voluntad de Dios. Segundo, que tiene una voluntad fortalecida, de acero, capaz de sostener ese “NO”. No es fácil decir “NO”. Por ejemplo, cuando me llaman las sirenas del pecado, ¿puedo decir “NO”? En la vida diaria, ¿cuántas cosas me conducen al pecado? ¿Puedo decir “no”? Solo si fortalezco mi voluntad. ¿Y qué fortalece la voluntad? El mandamiento, la virtud del ayuno. Porque si aprendo a decir “NO” a la comida, a la bebida (sobre todo alcohólica) también sabré decir “no” a la indecencia. ¿Habéis escuchado esto bien? Si alguien me pregunta: “¿Cómo podré ser casto, tener autodominio, evitar los pecados carnales?”, le diré: Aprende a ayunar, con todas las consecuencias que implica. ¿Qué significa eso? Aprender a decir “NO”. Y cuando aprendas a decir “no” a las comidas (y bebidas), también sabrás decir “no” a las ηδονές (hidonés: voluptuosidades, placeres carnales, hedonismo). Esto tiene un valor y una importancia enormes.

Además, cuando digo “no” y mi voluntad se fortalece, la emoción tampoco queda al margen. Porque amo a Dios, quien me pide que diga “NO”, para así poder permanecer ajeno al pecado. Entonces, mi comprensión percibe el mandamiento; mi emoción lo acepta con amor a Dios y lo cumple con alegría; y mi voluntad se hace de acero. Si una persona logra formar un carácter sólido –noesis comprensión clara, voluntad fuerte y emoción sana-, ¿no se convierte en una personalidad bella? He aquí el valor pedagógico del mandamiento del ayuno.

Y para que no olvidéis su importancia, os recuerdo un ejemplo muy típico de la Santa Escritura. Cuando el Reino del Sur, el de Judá, fue conquistado por el rey Nabucodonosor, este se llevó a todo el pueblo a Babilonia, incluyendo a cuatro jóvenes brillantes. Eran menores de veinte años. Los conocemos como “los tres jóvenes” y el famoso Daniel, quien era un poco mayor. Eran de la tribu de Judá y tenían educación principesca. Esto es importante, porque significa que desde casa fueron educados como príncipes. Al llegar a Babilonia, el rey eligió de todos los pueblos conquistados a los jóvenes más especiales para vivir en su palacio. Les hizo pasar test, exámenes rigurosos. De todos los hebreos cautivos, eligió solo a estos cuatro. Imaginad qué tipo de examen fue.

El rey ordenó que recibieran instrucción y comieran de su comida real. Uno podría pensar: “Si eran príncipes, qué suerte tuvieron de volver a un ambiente real”. Pero ellos no creían en la suerte, sino en Dios. Cuando vieron que la comida de los babilonios contradecía la ley mosaica (de Moisés) -como carnes de cerdo bien asadas-, dijeron: “Nosotros, no”. ¿Lo veis? Dijeron “no”: ayuno. Especialmente fueron y se lo dijeron al cocinero. En aquella época, el cocinero era también consejero del rey, incluso un general. No tengo tiempo de explicaros en detalle cómo era eso. Lo principal es que el mismo que rodeó y quemó Jerusalén fue este cocinero de Nabucodonosor.

Esto lo interpretan místicamente los Padres de la Iglesia de la siguiente manera: dicen que Jerusalén representa la Iglesia, la psique (alma) del hombre. ¿Y quién la conquistó? El cocinero, es decir, la gula, la glotonería, la ansiedad o avaricia por la comida.

Entonces los jóvenes dijeron al cocinero que querían comer solo legumbres y verduras. “Imposible”, respondió él, “porque si el rey nota que habéis adelgazado, ¡ay de mí!”. Pero ellos insistieron: “Prueba durante diez días dándonos solo legumbres, y si ves que adelgazamos, entonces nos das de las carnes que tenéis preparadas para el rey”. Dios iluminó al cocinero, y este les dijo: “De acuerdo, vale”.

Esto también responde a la pregunta anterior: ¿cómo afrontamos a nuestra familia cuando no quiere ayunar? Pues estos jóvenes comían legumbres. Cuando pasaron los diez días, el cocinero vio que estaban robustos y muy saludables. Finalmente, acordaron que nunca más les daría de comer de la mesa real.

Mientras tanto, los demás estudiantes del palacio comían aquellos cerditos bien cocinados, con salsas y asados, y hasta se los llevaban delante de las narices a los cuatro jóvenes para provocarlos. Pero ellos nunca comieron. Atención: ni una sola vez probaron.

Cuando llegó el tiempo de los exámenes, el mismo rey quiso comprobar personalmente la sabiduría de los alumnos. ¿Y qué descubrió? Que los únicos que eran realmente sabios eran estos cuatro jóvenes. A todos los demás los descartó. ¿Por qué? Está claro: cuando uno come y bebe en exceso, la mente se embota. Los antiguos helenos decían que una “panza ancha” -es decir, comer en exceso- no permite tener una mente sutil e inteligente. No se puede pensar bien.

Prueba a comer y beber abundantemente, y luego intenta estudiar o rezar. No se puede. Ni estudiar ni orar si uno está demasiado satisfecho. Pero estos cuatro jóvenes, al alimentarse con comidas ligeras, no grasas, desarrollaron una mente ágil. Sus pensamientos cortaban como cuchillas, como se suele decir: eran genios. Y fueron elevados a cargos altísimos, tanto Daniel como los tres jóvenes.

Cómo pudieron, más adelante, decirle al mismo rey Nabucodonosor: “No reverenciamos la imagen de Marduc, dios y protector de Babilonia”. Porque ya habían aprendido a decir “NO” en la comida. Y así, cuando se encontraron en el horno, Dios los protegió ¡y no se quemaron!

Quiero añadir unas palabras sobre los familiares. No creo que hacer ayuno sea tan difícil para una familia. Comer unas patatas, unas legumbres o cualquier comida de ayuno no es una molestia tan grande, tampoco para los familiares. Si en casa insisten, aprended cada uno a preparar vuestra propia comida.

Lo importante es que, si permanecéis firmes, podéis estar seguros de que un día ellos también empezarán a ayunar. ¿Cuándo? Cuando vean firmeza y estabilidad en vosotros. No los obliguéis. Es precisamente la estabilidad lo que regala el ayuno, cuando se ama y se aprende. El ayuno nos forma un carácter de acero, un carácter bello. Y ese carácter bello solo se forma con el ayuno en Cristo.

Esto es todo sobre este tema por hoy. (15, 15’18»)

3 Algunos versículos de los Santos Padres sobre el ayuno

San Juan de Kronstadt

Cuando el hombre come en exceso, se vuelve carnal, sin espíritu. Se convierte en carne sin alma. En cambio, con el ayuno, el hombre atrae al Espíritu Santo y se hace espiritual.

Cuando el algodón está seco y no empapado en agua, es liviano y vuela alto por el aire. Pero si se moja, se vuelve pesado y cae al suelo de inmediato. Lo mismo sucede con el alma. Es algo muy importante mantener nuestra alma liviana por medio del ayuno.

Yérontas Germano de Stavrovuni

El ayuno y la moderación en la comida son elementos de la μετάνοια metania y penitencia. Debemos comer lo necesario para vivir y para soportar nuestros trabajos. Debemos rechazar los alimentos refinados y lujosos. Además, quienes comen este tipo de alimentos se enferman con mayor facilidad y mueren más rápidamente.

San Ignacio Brianchaninov

La oración es débil si no está fundada sobre el ayuno, y el ayuno es estéril si no está edificado sobre la oración. El ayuno aleja al hombre de las pasiones carnales, mientras que la oración combate las pasiones del alma.

Quien siembra en tierra no cultivada, pierde la semilla y, en lugar de trigo, cosecha espinas. Así también nosotros, si sembramos oración en el alma mientras el cuerpo está gordo, en lugar de buen fruto, cosecharemos pecado. La oración se perderá o se contaminará con pensamientos vanos, fantasías impuras y sensaciones placenteras.

Nuestra carne proviene de la tierra y si no la cultivamos como la tierra, nunca dará buen fruto: el fruto de la verdad. Y si alguien cultiva la tierra con esmero, pero la deja sin sembrar, ésta se llena de parásitos. De igual modo, si debilitamos el cuerpo con el ayuno, pero no cultivamos el alma con la oración, la lectura espiritual y la humildad, entonces el ayuno engendra muchos parásitos: pasiones del alma, como la soberbia, la vanagloria y el desprecio hacia los demás.

Yérontas Efrén de la Skite de San Andrés de Athos

El ayuno se distingue en material (abstención de ciertos alimentos) y espiritual (abstención del pecado). Quien ayuna solo materialmente y no espiritualmente, no obtiene ningún beneficio. El verdadero ayuno consiste en un 80% de ayuno espiritual y solo un 20% de ayuno material.

Aquellos que solo practican el ayuno material son fariseos modernos.

Los enfermos no deben ayunar materialmente, sino espiritualmente.

El ayuno espiritual debe realizarse por todos los seres humanos y debe ser permanente.

Con el ayuno el hombre honra a Dios, ya que fue el primer mandamiento dado por Dios a los primeros en ser creados en el paraíso.

El hombre recibe χάρις (jaris: gracia, energía increada) no por comer poco, sino por obedecer al mandamiento del ayuno.

No ayunamos para perder peso ni para hacer dieta. En general, en el ayuno corporal uno debe levantarse de la mesa sin estar completamente lleno.

Sin ayuno, ninguna oración es aceptada por Dios. El verdadero ayuno está relacionado con la pureza del pensamiento.

Yérontas Efrén de la Skete de San Andrés (sobre los matrimonios)

Cuando uno de los dos esposos no quiere ayunar, por causa de la paz conyugal, el que desea ayunar debe ceder y romper el ayuno.

Dios ve la buena intención de quien quiere ayunar y esta persona debe intensificar su oración a Cristo para que ilumine a su cónyuge, de modo que cambie de actitud y también ayune.

Porque solo con esta táctica podemos ganar un alma y llevarla poco a poco al camino de Dios.

Yérontas Efrén de la Skete de San Andrés, Athos

Ayunamos los miércoles porque ese día Cristo fue traicionado y, principalmente, porque el diablo logró condenar a uno de los discípulos de Cristo, ¡a Judas! Y si uno de los doce fue condenado, ¡cuánto más en peligro estamos nosotros si no tenemos cuidado!

También ayunamos los viernes porque es el día de la Crucifixión de Cristo y, sobre todo, porque nuestros pecados crucificaron a Cristo, ya que Él fue crucificado por los pecados de todo el género humano. Por lo tanto, cada persona contribuyó a la crucifixión de Cristo.

Yérontas Simón Arvanitis

Quien ayuna según el ayuno que enseña nuestra Iglesia, se psicoterapia y se sana. Por eso hoy el mundo está lleno de enfermedades: porque se han abolido los ayunos.

Yerontisa Macrina Vassopulu

No sirve de nada ayunar de alimentos si al mismo tiempo criticamos, murmuramos, hablamos ociosamente y andamos de un lado a otro. “Oración, silencio y trabajo…”

Yerontisa Theosemni

El ayuno debe hacerse por Cristo, por ninguna otra razón. Muchas veces deseamos ayunar por algún tipo de conveniencia: como medio de dieta o para agradar a los hombres. Eso está mal. El único objetivo del ayuno debe ser el amor a Cristo y el asemejarnos a Él, siguiendo el ejemplo de los ascetas y santos.

Yérontas Efrén de Arizona, Athonita

La χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios no se posa sobre un hombre con el estómago lleno. Por eso el ayuno es importante y de gran valor. Como dijo Cristo, los demonios se expulsan con ayuno y oración. Los Padres, cada vez que querían emprender alguna obra, la bendecían y la sostenían con ayuno. Cuando el ayuno se combina con la oración y la nipsis (vigilancia, alerta, sobriedad) el hombre alcanza grandes alturas.

Aquellos que no pueden ayunar debido a enfermedad, lo compensan con paciencia y gratitud a Dios.

Yérontas Anthimos de Agiannanis

El ayuno no es otra cosa que un verdadero desafío práctico al diablo, el gran mentiroso, que siempre intenta convencernos de que dependemos solo del pan, construyendo sobre esa mentira toda la ciencia mundana y nuestra existencia. El ayuno es la verdadera lucha contra el diablo. El que se domina y ayuna, endulza su boca con la oración del corazón. El ayuno es fármaco, medicina para la mejor salud y aumento de la virtud, protegiendo al hombre de todo ataque del mal.

Yérontas Joseph del Monasterio Vatopedi

Con el ayuno se derriba y se encadena uno de los gigantes de la perversión: la glotonería o gula, el invencible aliado de la naturaleza caída y del diablo. A través de ella, el diablo atrapa a la mayoría de sus víctimas.

La necesidad del ayuno la demostró el mismo Señor, cuando emprendió la regeneración de la humanidad, tras su bautismo en el Jordán. ¿Quién puede ahora negar este fundamento de la μετάμοια metania, la regeneración, la resurrección y la salvación? Si el mismo Cristo, sin pecado y sin pasiones (pazos), ayunó -y de manera prolongada-, ¿quién puede excusarse con debilidad o negación?

Y no olvidemos también la práctica de la sed (o bebida sobre todo alcoólica), que los experimentados en la templanza promueven como excelente lucha contra los deseos irracionales.

Yérontas Germán del Monasterio de Stavrovouni

Muchos han enfermado gravemente o incluso han muerto por comer y beber en exceso. Pero nadie ha sufrido daño alguno por guardar los ayunos de la Iglesia. Al contrario, el ayuno trae salud, no solo psíquica a la psique-alma, sino también física al cuerpo.

Yérontas Thaddaeus de Vitovnicha

El ayuno no es tanto abstenerse de comida, como abstenerse de pensamientos impuros. Uno puede no comer nada, pero eso es en vano si guarda rencor en su corazón y no puede reconciliarse con los demás.

San Arsenio Boca

El ayuno es el agua que apaga la llama de las pasiones.

Quien no guarda el ayuno, encenderá en su boca la llama de la ira, de donde surgen todas las discordias, mientras que las enfermedades vendrán una tras otra.

Padre Epifanio Theodoropulos

El ayuno tiene dos objetivos: ejercitar la templanza y autodominio del cuerpo mediante la restricción de alimentos ricos en nutrientes, y la conformidad con los mandamientos de la Iglesia, lo cual es una práctica para la psique-alma.

Ese es el propósito del ayuno: no es un billete directo al Paraíso, pero nos ayuda a adquirirlo.

Archimandrita Jaralambos Vasilopulos

La ignorancia es la principal causa del desprecio hacia el ayuno. Muchos desconocen los grandes beneficios que trae el ayuno, y por eso lo desprecian. Quien conoce los beneficios del ayuno -tanto para el cuerpo como para la psique-alma— ciertamente ayuna y no se deja influenciar por nadie.

Padre Atanasios de Mitileneos

No debemos ocultar que ayunamos cuando nos preguntan o nos ofrecen alimentos no aptos para el ayuno en días de ayuno. Eso es una confesión de fe, no hipocresía.

No lo hacemos para ser elogiados por ayunar, sino que confesamos nuestro ayuno por amor al Señor, aunque se burlen de nosotros.

Por supuesto, no vamos a salir a la calle anunciando que ayunamos, pero si la ocasión lo requiere en la vida, no debemos ocultarlo.

https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/pantiseis-pori-n

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

Espíritu Santo, recaídas y progreso espiritual, Mitilineos

Espíritu Santo, recaídas y progreso espiritual, C 15

El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.

Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua helénica-griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos el Nuevo Crisóstomo. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes del bachillerato.

Índice

  1. ¿Cuál es la importancia de la presencia del Espíritu Santo para la vida de la Iglesia?
  2. ¿La blasfemia contra el Espíritu Santo se perdona?
  3. ¿Qué papel o importancia tienen las recaídas en la vida espiritual?
  4. ¿Cómo puede uno discernir si el calor, la alegría o el recogimiento que siente en el corazón es auténtico, enfermizo o meramente emocional?
  5. ¿Cuáles son las cualidades y características del progreso espiritual, y cuáles no lo son?
  1. ¿Cuál es la importancia de la presencia del Espíritu Santo para la vida de la Iglesia?

Para la Iglesia, el Espíritu Santo lo es todo. ¡Atención! Es “el todo”, porque fue el Espíritu Santo quien descendió en Pentecostés y quien regula todo lo que llamamos vida espiritual.

Pero, ¿qué significa vida espiritual?
Vida espiritual no se refiere a la vida del espíritu humano, sino a la vida del Espíritu Santo manifestada en la existencia humana. Vivir la vida espiritual significa, por tanto, vivir esencialmente en la presencia del Espíritu Santo. Esto lo resume todo.

La Iglesia recibió su identidad como el Cuerpo de Cristo, y en el día de Pentecostés recibió también la presencia del Espíritu Santo. Por ello, la Iglesia se presenta con dos dimensiones fundamentales:

a) La dimensión cristológica, como Cuerpo de Cristo.
b) La dimensión pnevmatológica o espiritual, como presencia activa del Espíritu Santo en ella.

Debo deciros que, dado que este punto es muy importante, fuera de la vida del Espíritu Santo no existe vida cristiana. No lo olvidéis jamás.
Debemos preguntarnos en cada momento: ¿tengo al Espíritu Santo?
Veis, entonces, que sin el Espíritu Santo es imposible que exista la Iglesia.

La vida espiritual es el otro Paráclito, tal como nos lo dijo Cristo. Porque el primer Paráclito (Suplicador, Consolador) es Jesús Cristo, y el segundo Paráclito es el Espíritu Santo.
Las tres personas de la Santa Trinidad -el Padre, de quien procede y quien envía al Paráclito; el Hijo, que nace y es enviado por el Padre al mundo; y el Espíritu Santo- colaboran en perfecta sinergia (cooperación) para nuestra psicoterapia, redención, sanación y salvación.

Conclusión

El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia y su guía constante. La vida cristiana no puede existir sin su presencia activa. Esto nos recuerda que la fe no consiste únicamente en una adhesión a enseñanzas o prácticas externas, sino que es una vida vivida en comunión con el Espíritu Santo, quien regula, transforma y guía nuestra existencia hacia la psicoterapia, redención y salvación.

Sin el Espíritu Santo no hay Iglesia, ni vida cristiana ortodoxa auténtica. (23:25:40)

  1. ¿La blasfemia contra el Espíritu Santo se perdona?

Es conocido que el Señor dijo: «…pero quien blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás, sino que es reo de juicio y condena eterna» (Marc 3:29).

Pero cuando hablamos de blasfemia, ¿a qué se dirige nuestra mente? ¿Pensáis que se refiere a las blasfemias que oímos en los mercados o en la calle?

Ciertamente, alguien que blasfema contra lo divino comete algo gravísimo, algo incalificable.
¡Atención! Es incalificable. Basta con deciros que no existe un canon específico de sanción para el blasfemo, precisamente porque es inconcebible que un cristiano llegue al punto de blasfemar contra las cosas divinas y sagradas. Es algo incomprensible. A pesar de esto, seguramente habréis visto a muchísimas personas que, habiendo blasfemado o insultado las realidades divinas, se han arrepentido sinceramente. Os puedo asegurar que un porcentaje muy alto de quienes se confiesan, ya sea en su juventud o en edad adulta, reconocen haber blasfemado en algún momento lo confiesan y buscan el perdón.

Desgraciadamente, nosotros, los griegos y los latinos, tenemos el triste privilegio de blasfemar e insultar las cosas divinas, y esto es una gran herida y una verdadera desgracia.

Pero, ¿es esto lo que se entiende como blasfemia contra el Espíritu Santo? No.

Aunque la blasfemia en sí es algo incalificable, terrible e incomprensible, no es esto a lo que se refería el Señor.

Debéis tener en cuenta el contexto en el que Cristo habló de esta blasfemia. Fue cuando los fariseos atribuían a fuerzas demoníacas los milagros que realizaba el Señor. Decían: “Por el poder de los demonios expulsa a los demonios” (Mt 12:24, Luc 11:15, Marc 3:22).

Sin embargo, sabemos que era el Espíritu Santo quien obraba en Jesús y realizaba los milagros. No olvidéis que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios, en tres hipóstasis o personas. En la Sagrada Escritura leemos que “el dedo de Dios” es el que realiza los milagros, y este “dedo” es una referencia al Espíritu Santo.

Por tanto, cuando los fariseos atribuían los milagros del Señor a una fuente demoníaca, blasfemaban contra el Espíritu Santo, ya que era Él quien obraba en Cristo.

¿Qué debemos hacer nosotros para no caer en este terrible pecado?

Hay dos o tres aspectos importantes que debemos tener en cuenta:

  1. No persistir en la herejía. Dice el apóstol Pablo en su epístola a Tito: “Al hombre hereje, después de la primera y segunda amonestación, evítalo. Sabe que tal persona se ha pervertido y peca, condenándose a sí misma” (Tito 3:10-11). El hereje, por voluntad y preferencia propia, insiste en su error y permanece obstinadamente en la herejía. Esa persistencia deliberada, a pesar de haber sido advertido, lo lleva a una autoexclusión de la divina χάρις jaris gracia increada.
  2. La “a-metania” (falta de metania y arrepentimiento). Esto incluye la ausencia de conversión, de rectificación y de confesión. Es decir, cuando alguien insiste en no arrepentirse ni confesarse. Tenemos muchos casos de personas que no quieren confesarse, ya sea por vergüenza, por enfermedad, o por indiferencia. Sin embargo, cuando se les habla con tacto y se les acompaña pastoralmente, muchos acaban confesándose. A veces, cuando se les lee la oración de sanación, aprovechan ese momento para abrir el corazón y confesar algún pecado. Hemos visto muchos casos así.

Atención a una imagen evangélica para entender este llamado. Este tipo de situaciones se asemeja a lo que el Señor dice en la parábola de la gran cena: “Sal a los caminos y obliga a entrar a los pobres, cojos, ciegos y enfermos, porque aún hay lugar en la casa” (Lucas 14:21–23). Esta expresión “oblígalos a entrar” no significa usar la fuerza física, sino insistir con amor, especialmente cuando alguien dice: “¿Cómo voy a presentarme yo ante el Rey, a su cena?”

Y tú le responderás: “El Señor de la casa es filántropo, amigo de los hombres. Te aceptará tal como eres, con la ropa que tienes. No tengas miedo ni vergüenza.” Ese es el verdadero sentido de “oblígalos a entrar”: vencer la falsa humildad, el miedo o la desesperanza, y ayudar a los que dudan a acercarse al amor y al perdón de Dios.

Pero existen casos en los que la persona permanece sin arrepentimiento ni confesión. Esto ocurre con frecuencia. Me acuerdo de un caso que viví aquí, con una persona mayor, un greco-americano. Era de edad avanzada y tenía cáncer. Las hermanas enfermeras me informaron que esta persona estaba cerca de la muerte. Entonces pensamos cómo podríamos ayudarle a confesarse. Me acerqué varias veces con delicadeza, tratando de animarle, pero él me respondió:
“No quiero confesarme.” Entonces se me ocurrió una idea: confesar a toda la sala. Y, en efecto, toda la sala se confesó. Había una pequeña habitación vacía, y allí se confesaron unas diez personas, todas las que estaban en esa sala de la clínica. Tal vez -pensé- al ver a los demás, se conmovería. Repetí esta estrategia una y otra vez. Pero al final, me dijo con un tono claramente molesto: “No me entiendes, cura. No quiero confesarme.” Este hombre murió así, sin confesión. Es algo verdaderamente terrible: una persistencia extraña, un rechazo absoluto.

Tercero: el rechazo consciente y voluntario de la Verdad. Este es el caso más profundo y alarmante: el rechazo deliberado y consciente de la Verdad, es decir, la tergiversación intencionada de la verdad divina. Así como hicieron los fariseos. Ellos podían conocer la Verdad, pero la distorsionaban deliberadamente. Eso es blasfemia contra el Espíritu Santo.

Os daré un ejemplo muy claro: Cristo ha resucitado. Sabemos que el Hijo fue resucitado por el Padre, por el Espíritu Santo, pero también por Él mismo. Las personas divinas actúan en perfecta unidad, como se refleja en varias expresiones de la Sagrada Escritura.

Ahora bien, los soldados romanos que custodiaban el sepulcro vieron lo sucedido y fueron a informar que Jesús había resucitado, y que habían presenciado cosas extraordinarias.

¿Y qué hicieron los fariseos y los sumos sacerdotes?

Les dieron dinero y les dijeron: “No digáis nada de esto. Decid que, mientras dormíais, vinieron sus discípulos y robaron el cuerpo” (Mateo 28:12-13)

¿Habéis escuchado una tergiversación más grande que esta? En vez de estremecerse y decir: “¡Es verdad! Hemos cometido un grave error al condenar a muerte a este hombre. ¡Ay de nosotros!”, hicieron todo lo contrario: pagaron para ocultar la verdad. Esto, hermanos, es blasfemia contra el Espíritu Santo, porque niegan y distorsionan la acción directa del Espíritu de Dios.

¿Se han salvado estos hombres?

La Sagrada Escritura no nos dice que se hayan arrepentido, sino que malamente se perdieron, tal como dice el Señor en una parábola: “A los malos, malamente los hará perecer el Dios”.

Por tanto, este es, más o menos, el verdadero sentido de la blasfemia contra el Espíritu Santo. Hay también otras formas, pero esta es central. Tengamos mucho cuidado, hermanos, de no caer nunca en este terrible pecado y enfermedad espiritual, que impide que podamos volver y hacer la μετάνοια metania, es decir, arrepentirnos y confesarnos. (19:30)

  1. ¿Qué papel o importancia tienen las recaídas en la vida espiritual?

Podríamos decir que existen recaídas en la vida espiritual, pero, al menos, no deberían prolongarse demasiado. Todos tenemos recaídas; no hay ningún ser humano que no las experimente. Nadie está exento. Solo cuando hayamos partido de esta vida y el estado de nuestra psique-alma se haya congelado o estabilizado, podremos hablar de una ausencia de recaídas. Pero, por ahora, todos las tenemos.

Las recaídas se deben a múltiples causas. En primer lugar, a nuestro estado psicológico y emocional. Cuando tenemos una disposición favorable, una especie de euforia del alma -ya sea porque en un momento dado gozamos de buena salud, hemos leído un pasaje inspirador de la Sagrada Escritura, hemos escuchado una buena homilía o palabra espiritual, etc., experimentamos una exaltación, una emoción espiritual más elevada.

Sin embargo, puede suceder que nos duela la cabeza, tengamos un dolor de muelas, o se presenten tentaciones que se introducen en nuestra vida o pensamiento, y frente a las cuales mostramos condescendencia. Entonces, inmediatamente entramos en un estado de caída. Estos estados son variables, cambiantes.

No obstante, estos cambios o metáboles (metabolismos) deben ser leves. Si tomáramos como referencia el álgebra y sus signos positivos y negativos, diríamos que nuestras recaídas deberían mantenerse alrededor del “cero”: un poco negativas y un poco positivas, pero mínimamente, sin llegar a recaídas grandes ni prolongadas.

Sabéis que los grandes cambios de temperatura en la Tierra, según una teoría, transformaron parte del planeta en desierto, como en el caso de África. Esta teoría sostiene que, cuando durante el día hay temperaturas muy elevadas y por la noche muy bajas, los materiales de la Tierra, por efecto de estos cambios sucesivos —una continua sístole y diástole, una dilatación y contracción—, se descomponen: las fuerzas que mantienen unidas las moléculas se disuelven, se rompen, se fragmentan, y así la materia terrestre se convierte en arena. Existe una teoría que así lo explica.

Entonces, esto mismo puede ocurrir también en la psique-alma. Si nuestras recaídas llegan a ser de gran magnitud y duración, transforman nuestra psique-alma en un desierto, la reducen a ruinas. Y esto no se refiere solo al ámbito de la virtud y el pecado, sino también al aspecto psicológico. Tened mucho cuidado con lo psicológico.

Existen personas muy emocionales, y son ellas quienes más sufren este fenómeno. Experimentan una exaltación, una gran alegría, se les ve saltar de entusiasmo; pero si se les dice algo que les resulta desagradable, caen en depresión, melancolía o en oscuridades tétricas. ¿Qué les sucede? En su eje emocional hay una gran distancia entre la Λύπη (lipi: tribulación, tristeza, pena o depresión) y la alegría. Se mueven, por tanto, entre extremos opuestos. Este salto de un extremo al otro termina arruinando la psique.

¡Atención! El hombre equilibrado psicológicamente posee tres fuerzas en armonía: la emoción, la voluntad y la lógica (comprensión, sano juicio). No sufre sobresaltos emocionales. Puede entristecerse, puede alegrarse, pero sus cambios -sus metáboles (metabolismos)– son pequeños y controlados. (38:10´ 29´´)

Esto respecto a esta pregunta que continúa y se enlaza con otra pregunta relacionada con esta:

  1. ¿Cómo puede uno discernir si el calor, la alegría o el recogimiento que siente en el corazón es auténtico, enfermizo o meramente emocional?

Es muy válida esta pregunta. Muchas veces experimentamos en nuestro interior una especie de euforia, y si esta se da en el contexto de la fe, puede ser aún más intensa. La pregunta es: ¿cómo podemos saber si esa experiencia es verdadera, falsa o enfermiza?

La respuesta es similar a la que di en la pregunta anterior. Cuando puedo examinarme interiormente y constatar que tengo equilibradas las tres dinamis -las tres fuerzas y energías de la psique-alma: emoción, voluntad y lógica (comprensión, sano juicio)-, entonces hay indicios de autenticidad. Por supuesto, una igualdad perfecta solo la tuvo la naturaleza humana de Cristo.

Veamos un ejemplo: cuando Cristo fue al sepulcro de Lázaro, se conmovió al ver los llantos de los familiares del difunto. Entonces, Jesús lloró, y los presentes dijeron: «Mirad cómo lo amaba». El texto sagrado dice que Jesús derramó lágrimas, aun sabiendo que poco después resucitaría a Lázaro. Esto demuestra que la naturaleza humana de Cristo tenía emoción. Y añade: «Jesús se estremeció profundamente y se turbó» (Juan 11:33 y 38). ¿Por qué? Porque en Él, la emoción, la voluntad y la comprensión estaban en equilibrio.

Nosotros, si bien no poseemos esa perfección, podemos tolerar cierta variabilidad mientras no haya un gran desnivel entre esas tres fuerzas. Por ejemplo, si consideramos que 100 es la base, y la lógica opera en un nivel 10 mientras que la emoción alcanza 150, entonces esa desproporción puede llevar a que la emoción caiga fácilmente de un estado a otro. Es un terreno inestable.

Por eso, debemos también cultivar la lógica. Cuando desarrollamos nuestra capacidad de razonamiento o sano juicio, nuestras emociones se equilibran, se moderan, y entonces no caemos en un estado emocional enfermizo.

  1. ¿Cuáles son las cualidades y características del progreso espiritual, y cuáles no lo son?

    Es decir, ¿cómo podemos reconocer nosotros mismos -y hacer entender a los demás- que hay un verdadero progreso espiritual?

Entenderéis que es una pregunta muy interesante, porque, así como un médico puede evaluar la salud física de una persona, del mismo modo, en el ámbito espiritual, también podemos estimar si hay salud o enfermedad espiritual.

Cuando visitas al médico, lo primero que te dice es: “Saca la lengua”, porque la lengua es considerada el espejo de la salud. Si estamos enfermos, la lengua cambia de color y presenta un aspecto desagradable. Luego el médico revisa otras partes del cuerpo.
Lo mismo ocurre en la vida espiritual: ¿cuáles son los signos que indican que realmente estamos progresando espiritualmente? Porque puede ser que no haya progreso, aunque pensemos que sí.

Así como un maestro en la escuela puede valorar si un alumno progresa o no, es natural que también aquí se haga un diagnóstico. Escuchad, pues.

Primero: Debe haber interrupción del pecado. Es decir, si hasta ahora una persona cometía pecados, debe comenzar a interrumpirlos, a ponerles fin. Cuando hablo de pecado, me refiero al menos a los pecados graves:

  • si antes te emborrachabas, ahora ya no te emborracharás;
  • si blasfemabas, ya no blasfemarás;
  • si cometías actos indecentes, dejarás de cometerlos.

En resumen, los pecados más graves deben cesar como señal evidente de progreso.

Segundo: Deben empezar a manifestarse las virtudes. Antes no las tenías, ahora comienzan a brotar del campo de tu psique-alma. Las virtudes comienzan a aparecer naturalmente en quien se esfuerza espiritualmente: humildad, paciencia, templanza, caridad, etc.
Este florecimiento interior es un indicador claro de que hay un cambio, un avance, una regeneración de la psique-alma.

Tercero: Cuando ves a una persona que tiene espíritu de aprendizaje, que tiene ganas de aprender… ¡esto es muy bello! Quiere conocer, desea profundizar en el conocimiento de Dios. Va a escuchar el logos de Dios, tiene deseo de escucharlo, de leerlo, de asimilarlo. Ese impulso por aprender y crecer espiritualmente es una señal clara de progreso.
Debe, pues, haber en la persona este deseo constante de aprender. Y sabed que esto se nota; no es algo oculto. Estas señales se ven claramente, como el sol, en quien verdaderamente progresa.

Cuarto: Debe haber un espíritu de μετάνοια metania, es decir, un cambio de mentalidad, introspección, arrepentimiento y confesión.
La persona que progresa espiritualmente se dice constantemente a sí misma: “¿Qué hacía antes?, ¿quién era?, ¿cómo estaba?” Y se entristece por su antigua condición. Se dirige a Dios y le dice: “Señor, ¿quién era yo antes?” Esto es una señal segura de progreso: no se jacta, no se enorgullece. ¿Sabéis que hay personas que hacen barbaridades y pecados terribles… y se jactan de ello?
Os contaré un ejemplo que leí hace tiempo, aunque sea algo antiguo.
Un alumno del último curso del bachillerato llegó al colegio una mañana mostrando un anillo. Decía que lo había ganado de la siguiente manera: Estaba en una casa jugando a las cartas, y había varias mesas de juego. En una de ellas, su madre estaba jugando y perdiendo, mientras él ganaba. En cierto momento, la madre le pide dinero prestado. Él responde: “Sí, pero dame tu anillo como garantía.” Ella se lo quita y se lo entrega como prenda para recibir el dinero. Y al día siguiente, este joven se jactaba en el colegio de haberle ganado el anillo a su propia madre.

¿Habéis oído bien? Qué terrible relación madre-hijo… Esta es la jactancia del pecado, y es un signo claro de ceguera espiritual.
Hoy en día hay personas que se glorían por haberse embriagado por primera vez, por haber cometido actos pecaminosos como si fueran logros.
Por eso, diremos que la μετάνοια metania verdadera consiste en entristecerse profundamente por esos actos, arrepentirse sinceramente, y no enorgullecerse por ellos.

Quinto punto del progreso espiritual: Este punto es más bien una señal interna, una información que el propio hombre percibe, pero que no es visible externamente. Se trata del ardor del corazón, cuando el corazón arde interiormente.
¿Dónde y cómo arde el corazón? Aquí no daré muchas explicaciones; sólo os diré: probadlo, y veréis lo que es. Este ardor del corazón es algo profundo y extraordinario; podríamos decir que es incluso «doloroso», en el buen sentido, porque es un estado en el que la psique-alma experimenta una parte de la βασιλεία (vasilía: realeza increada) de Dios.
San Isaac el Sirio dice: ¿Qué es el ardor del corazón? Es cuando el corazón tiene agapi (divino amor incondicional) por toda la creación.
Y sabéis que, cuando uno se quema, llora. Así también, del ardor espiritual brotan lágrimas. Son lágrimas del corazón, no por dolor físico, sino porque el corazón se ha encontrado con su verdadero propósito, con su destino. Estas lágrimas son un derramamiento del alma por haber hallado la verdad de su existencia en Dios.

Sexto punto: Es una alteración del corazón, que está relacionada con el punto anterior. No se trata de una alteración biológica, por supuesto, sino espiritual. Es el corazón espiritual el que se altera, y esta alteración se refleja en el rostro y en la vida del hombre. El hombre espiritualmente transformado se distingue a lo lejos, se nota incluso a un kilómetro de distancia, como se suele decir.
Por lo tanto, cuando veas a una persona espiritualmente alterada, transformada por el ardor del corazón, dices con certeza: Este vive el ardor del corazón.

Los contrarios del progreso espiritual

Ahora, por el poco tiempo que queda, permitidme señalaros brevemente los signos contrarios al progreso espiritual. Se trata de aquellos casos en los que una persona había alcanzado cierta altura espiritual, pero ahora comienza a no ir bien. Es como cuando un buen alumno, que antes iba bien, de repente empieza a perder el ritmo y sus resultados empeoran.

¿Cuáles son los signos de este retroceso espiritual?

  1. Degeneración de las virtudes: Las virtudes que antes se habían cultivado con esfuerzo empiezan a debilitarse y a perder fuerza. Se cae nuevamente en los hábitos que se habían superado.
  2. Aparición de las maldades: A medida que las virtudes se debilitan, comienzan a surgir nuevamente los πάθος (vicios, pasiones, adicciones, etc.) y los pecados que antes se habían reprimido o vencido.
  3. Acedia (pereza espiritual): La persona empieza a vivir con desgana espiritual, cae en la negligencia, pierde el interés por la vida espiritual y por las cosas de Dios. Se vuelve apática y descuidada en la psique-alma.
  4. Descuido y desorden interior: Empieza el despiste y la falta de vigilancia espiritual. El hombre deja de prestarle atención a su estado interior y a su vida diaria. Son señales claras que pueden verse con facilidad, y es entonces cuando uno puede decirle, con amor, pero con firmeza: “No vas bien. No estás funcionando bien.” Y personalmente, me habréis escuchado muchas veces decirle a alguien estas palabras. ¿Y en qué me baso para decirlo? En estos puntos que ahora os expongo.
  5. Asociación con el mundo pecaminoso: La psique-alma empieza a mezclarse con el mundo y a navegar en la misma dirección que aquellos que viven sin Dios, sin conciencia espiritual, adoptando sus hábitos, sus gustos, sus estilos de vida.
  6. Pérdida del temor de Dios: Finalmente, el signo más trágico: ya no hay respeto y temor de Dios. Cuando una persona pierde este santo temor y respeto, que protege y guarda la psique-alma, ha llegado al punto más profundo de su desgracia espiritual.

Que Dios os proteja, os guarde y os bendiga. Amín.

https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/pantiseis-pori-n

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

Pentecostés, señal de unión y la Globalización, señal de disolución

«Pentecostés, señal de unión y la Globalización, señal de disolución»

Domingo de Pentecostés, P. Atanasio Mitilineos

El Espíritu Santo, queridos míos, ya había sido retirado de la Tierra. El Padre lo dijo claramente: «Mi Espíritu no permanecerá para siempre con estos hombres, porque son carne» (Gen 6:3). Los hombres se habían degenerado. A pesar de que Dios había ordenado que no se mezclaran las dos ramas de Adán: una era la de Caín y la otra la de Set. Sin embargo, se mezclaron, impulsados por motivos materialistas. «Vieron» -dice- «los hijos, los descendientes de Set que las hijas de los descendientes de Caín eran muy hermosas, y se mezclaron con ellas» (Gen 6:1-2). Y se corrompieron. Y llegaron a un punto tal que provocaron la decisión de Dios de enviar el Diluvio. Por eso dice… presten atención a esta frase: «Mi Espíritu no permanecerá para siempre con estos hombres» -no dice “por los siglos”- «porque se han hecho carne». Se volvieron carnales. Por tanto, retiro mi Espíritu Santo.

De aquí debemos aprender que el hombre carnal no puede tener el Espíritu de Dios. El Espíritu Santo, por así decirlo, no puede posarse suavemente sobre el hombre carnal. Ya sabemos por el Nuevo Testamento que el hombre no es solo su psique-alma, sino también su cuerpo -y sobre todo su cuerpo- es templo del Espíritu Santo. ¿Cómo, pues, este cuerpo, que será arrastrado hacia la inmoralidad, hacia diversas formas de inmoralidad, cómo es posible, después de haberse traicionado como templo del Espíritu Santo, que aún permanezca allí el Espíritu Santo?

En efecto, toda la vida de los hombres continuó por 120 años más. Y vino el Diluvio. Solo se salvó la familia de Noé. Y la humanidad comenzó de nuevo a expandirse por la Tierra. Pero la raíz de la humanidad seguía siendo maliciosa. La intención, el pensamiento. De hecho, en un punto, el texto sagrado del Génesis dice que «la inclinación de la mente e intelecto del hombre está orientada y consiste continuamente al mal desde su juventud» (Gén 8:21). Y cuando los hombres decidieron extenderse por toda la Tierra, dijeron entre ellos que construirían un monumento material, para recordar el punto de partida de su camino. De dónde partieron, de dónde comenzaron. Y comenzaron a construir la torre de Babel.

Pero era una obra… Porque, como saben, dejar un monumento, un símbolo material que provoque memoria (μνήμη mnimi) -eso es lo que significa “μνημείον mnimíon monumento»- no es algo malo. Sin embargo, para ellos fue una obra de arrogancia. “¡Miren lo que hicimos, miren qué y quiénes somos!” Eso, por supuesto, no lo bendijo Dios. Y entonces Dios dijo: “Vamos, bajemos y confundamos allí su lengua, para que no se entiendan entre ellos. Y el Señor los dispersó desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad y la torre” (Gén 11:7–8)
No completaron la torre ni la ciudad. La torre de Babel. Babel significa “confusión”. Y se llamó así porque se produjo una confusión de lenguas. Uno decía una cosa y el otro entendía otra.

Cincuenta días después de la Resurrección de Cristo, queridos míos, vino nuevamente, como es sabido, el Espíritu Santo sobre los hombres. Por eso, nuestra Iglesia señala en su Himnografía algo muy característico: “Cuando descendiendo confundía las lenguas (Dios descendió y confundía las lenguas), el Altísimo dividía las naciones -separaba en grupos, grupos de personas. Presten atención: “dividía las naciones”. También lo dice el Deuteronomio. Es decir, puso límites a cada nación y fronteras. Guarden esto. Es muy útil. Veremos el por qué.
Cuando distribuyó las lenguas de fuego -en Pentecostés ahora-, a todos llamó a la unidad, y con un mismo espíritu glorificamos al Santísimo Espíritu.”

Vemos entonces que Pentecostés fue correctivo de la arrogancia humana que intentó levantar la torre de Babel. Y, por supuesto, desde entonces lo que une a todos los seres humanos ya no es la cultura, ni los edificios, ni los monumentos, sino el Espíritu Santo. Y quien acepta la persona divino-humana de Cristo, siempre acepta también al Espíritu Santo. Si no tienes al Espíritu Santo, no es posible que tengas… perdón, si no tienes a Jesús Cristo, no es posible que tengas al Espíritu Santo. Y Él es quien realiza la vida espiritual. Eso que llamamos “vida espiritual”, eso es: la vida del Espíritu Santo. No la vida del espíritu humano. Cada uno tiene su espíritu. Pero la vida espiritual no se ejerce basada en el espíritu humano, sino basada en el Espíritu Santo.

Sin el Espíritu Santo no podemos salvarnos. Si los hombres sufren, es porque no tienen el Espíritu Santo. Porque no lo aceptan. Lo más esencial que hoy nos falta -especialmente en nuestra época- es precisamente esto: el Espíritu Santo. Eso es lo que nos falta. Con la condición, sin embargo -ya lo dije antes- de que los hombres hayan creído en Cristo. Debes tener a Cristo para tener al Espíritu Santo.

¿Y qué puede darnos el Espíritu Santo? Tal vez os lo hayáis preguntado.
Y ante todo, con el Espíritu Santo adquirimos el espíritu de Cristo. Dice Pablo en la primera carta a los Corintios: “Pero nosotros tenemos el espíritu de Cristo” (1Cor 2:16))

¿Por qué?
Porque si tenemos a Cristo, tenemos al Espíritu Santo, que nos da el espíritu de Cristo. Y esto significa que pienso como pensaba Cristo.
Imagínate: que mis pensamientos sean cristiformes. Son anticósmicos (opuestos al mundo). Y tienen como medida la eternidad y la voluntad de Dios. Eso significa tener el espíritu de Cristo.

Segundo. Tenemos el Espíritu de la Verdad, como nos dice el evangelista Juan en el capítulo 14. Como Dios, por supuesto, el Espíritu Santo siempre dice la verdad. El Espíritu Santo no puede mentir. Esto se dice en contraposición al espíritu de la mentira y del error, que es el diablo.
Escribe el evangelista Juan: “No creáis a todo espíritu” (es decir: no creáis a todo espíritu, sino solo al Espíritu Santo, que es el Espíritu de la Verdad). Esto significa que en el mundo prevalece el espíritu del engaño, el cual debemos conocer para poder distinguirlo del Espíritu Santo.

¿Y cuál es el fruto del espíritu del engaño? Presten atención: el espiritismo, los médiums, la brujería, la herejía, las religiones naturales. Y nosotros, los ortodoxos -los cristianos en general y especialmente los ortodoxos- vamos como enloquecidos a conocer esas religiones extranjeras y naturales, provenientes de Oriente. Queremos conocer, dicen, el budismo, esto o aquello. ¡Ay de nosotros! El modo de vida y de pensamiento mundano son espíritus de error.

Y es más, les diré algo totalmente nuevo. Se publicó en un periódico que en algunas escuelas primarias -en escuelas piloto- en primer grado de primaria (¡sí, lo oyeron bien!, en primer grado de primaria) se introduce la materia de la Magia. Y el periódico muestra ejemplos: así como existe un abecedario en primero de primaria para aprender las letras, A, B, etc., existe también un libro, un auxiliar, que se refiere a la iniciación de los niños en la magia. ¿Lo escucharon? Es muy natural. Hay una frase que dice: “La naturaleza aborrece el vacío.”
Ahora apliquemos esto: En el momento en que expulsamos a Cristo de nuestra vida, es muy natural que el diablo ocupe su lugar. Porque la magia tiene como patrón al diablo.
¿Lo oyeron, por favor?

Yo quiero provocarlos: si ven que esta cuestión se generaliza, (si es que no fracasa desde su inicio), ustedes los padres, abuelas y abuelos, protesten para salvar a nuestros niños.

El Espíritu Santo es la unción de la verdad. Escribe el evangelista Juan en su primera carta: “Y vosotros —es decir, ustedes—, la unción que recibisteis de Él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe, porque sois enseñados por Dios. Sino que la misma unción o crismación os enseña acerca de todo”-el Espíritu Santo, que hemos recibido, nos enseña acerca de todo.
Es un misterio separado, después de nuestro bautismo somos ungidos. El santo Crisma. El bautismo es una cosa, la unción es otra. El Crisma es recibir de manera material —con ese aceite, el “myron”— el Espíritu Santo. Lo repito: de manera material, porque el Espíritu Santo tiene su sede (noten la palabra: sede, asiento) en ese aceite santificado y perfumado.
Así recibimos el Crisma, ese segundo sacramento, que es el que nos dará todo el bien que Dios quiere darnos. El santo Crisma es nuestra dote, nuestro capital espiritual. Sí, nuestra dote.

Y continúa: “Y es verdadero y no es mentira, y como os ha enseñado, permaneced en Él.” ¿Dónde? En el Espíritu Santo. Con el Espíritu Santo, queridos míos, tenemos una clara distinción entre lo verdadero y lo falso, o entre lo falso terrenal y pasajero, y lo celestial y eterno; entre lo que nos conviene y lo que no; entre lo genuino y lo falso. Podemos discernir. Eso es lo que decíamos en nuestras catequesis del martes: es el discernimiento espiritual.
Porque también tenemos el discernimiento natural: Discernir con los ojos, por ejemplo: esto es oscuridad y aquello es día, luz. Eso es discernimiento natural. Esto es una pared y aquello es agua. Discernimiento natural. Pero el discernimiento de los elementos que les mencioné antes, (no los repito), constituyen el llamado discernimiento espiritual.

Un tercer punto: Isaías dice que tenemos el espíritu del temor de Dios; lo dice en su capítulo 11. Sí. El Espíritu Santo nos da el temor de Dios. Por tanto, el temor de Dios no es algo que debamos desechar. Al contrario, es deseable. Es algo que debemos anhelar. ¿Y la falta de temor? La falta de temor, mis queridos, nos hace perder lo que hemos alcanzado. Me ayudará a no temer al diablo, pero sí temeré a Dios. Porque la falta de temor -lo repito- hace perder lo adquirido. Por eso dice el apóstol Pablo: “Con temor y temblor -que es la intensificación del temor- trabajad por vuestra salvación” (Filipenses 2:12). Con temor y temblor. ¿Y si pierdo mi salvación? ¿Qué sucede entonces? La falta de temor sacó a los primeros en ser creados del Paraíso. Sin duda. Pero el temor de Dios introdujo al ladrón en el Paraíso. Cuando él mismo le dice al otro ladrón: “¿Ni tú temes a Dios?”. Porque al principio ambos blasfemaban contra Cristo. Luego él recapacitó. Le sobrevino el temor de Dios. Se espantó. Se estremeció. Y cuando el otro continuaba blasfemando, le dijo: “¿No temes a Dios?” Porque Él es justo, etc.

Para quien no tiene el temor de Dios, que es infundido por el Espíritu Santo, todo está permitido, como dice Dostoievski. Lícito e ilícito. Matar, robar, hacer el mal. Todo se permite. Porque no tiene temor de Dios. Por eso nuestro pueblo dice: “Ese no tiene temor de Dios”. Es ateófobo (literalmente: sin temor de Dios). En cambio, ¿cómo se llamaban los cristianos en la antigüedad? “Los temerosos o los que temen al Señor”.

Cuarto. Y lo que es de máxima importancia: El Espíritu Santo se convierte para nosotros en Espíritu de libertad. Pablo escribe: “El Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (2Cor 3,17). ¿Lo ven? Allí está la libertad. Donde está el Espíritu Santo. Profundo logos. Realmente un logos clave. Porque hoy, como muchos no tienen el Espíritu Santo, tampoco tienen una correcta percepción de la libertad. La libertad es hoy una de las cosas más malinterpretadas. La consideran como libertinaje. Y eso es un signo de autodestrucción. Como dice otra vez el logos de Dios: “Aquellos que invocan la libertad son esclavos de la corrupción” (2 Pedro 2:19). Una frase del Nuevo Testamento. Esclavos de la corrupción. La anarquía, el amoralismo -amoralismo significa no tener ninguna ética- son signos de ausencia del Espíritu Santo, que otorga una percepción correcta de la libertad.

Un quinto punto, si lo desean. El salmista dice que recibimos un espíritu hegemónico, de gobierno. ¡Oh, maravilla! Está en el Salmo 50. “Y con un espíritu hegemónico, de gobierno, fortaléceme, dice, etc. Es el espíritu del νοῦς ἡγεμὼν nus hegemón (nus gobernante, hegemónico). Es decir, aquel nus-espíritu que se establece como dirigente, inspirado por el Espíritu Santo. Así gobierna el nus-espíritu. No gobiernan los pies, ni los talones, ni las patadas del fútbol. Ni, ni, ni… Es el νοῦς ἡγεμὼν nus hegemón, gobernante. Por eso David se estremece y dice: “No retires de mí tu Espíritu Santo” (Salmo 50). A causa de mis pecados, no retires de mí tu Santo Espíritu. Porque estoy perdido.

Y un último punto -si es que es el último. El Espíritu Santo nos trae una multitud de donaciones. Pero lamentablemente el tiempo siempre es limitado. Cuando se nos da el Espíritu Santo, también se nos da el Espíritu de adopción. Dice el apóstol Pablo en su carta a los Romanos: “Habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: ‘¡Abba, Padre!’” (Rom 8:15). Con este Espíritu llamamos a Dios Padre. Abba significa “Padre”. Son dos idiomas. Es en siríaco y en griego. Αββά ο πατήρ Abba el páter (padre). En dos idiomas. Dile a alguien -para que no me digas que es obvio llamar a Dios Padre- dile a alguien que llame a Dios Padre cuando no está en paz con Dios. Imposible. Aunque le cortes la cabeza, no invocará a Dios como Padre. Para que veáis que realmente el Espíritu Santo nos inspira a llamar a Dios Padre. Y cuando decimos “Padre nuestro”, ese “Padre nuestro” es fruto del Espíritu Santo. Y de la adopción nace el sentimiento de seguridad. Como un niño pequeño. Fíjate -una niñita aquí duerme. ¿Dónde duerme? Al lado de su madre. Sí. Es su madre. Así también, mis queridos, cuando tengo el apoyo, el cobijo del padre, me siento seguro. ¿Saben cuándo el ser humano no se siente seguro? Cuando no tiene a Dios como Padre. Por eso hoy tenemos tantas y tan malas situaciones. Es decir, decirle a Dios “Padre” con toda la coherencia, eso tiene una enorme importancia psicológica.

Mientras tenemos tantas cosas, queridos, del Espíritu Santo -y muchas otras más que no podemos enumerar-, os dije: ¿quién hubiera creído e imaginado jamás, que los cristianos que recibieron la Unción o Crismación del Espíritu Santo pensarían en volver para terminar la torre de Babel? ¿Qué dijisteis? ¿Quién podría haberlo imaginado, que los cristianos volverían a construir la torre de Babel? Y sin embargo, queridos míos, así es. ¿Qué es esto? Es la reconstrucción de la torre de Babel: la negación de Pentecostés que se llama Globalización. ¿Lo oísteis? La negación de Pentecostés se llama Globalización.

No tengo más tiempo para deciros que Dios puso los límites entre las naciones. Está en el Deuteronomio. Lo menciona el apóstol Pablo en el Areópago, en Atenas, etc. Dios quiere fronteras. Así como quiere también muros en cada casa, en cada familia. No podemos todos… ¿sabéis lo que ocurrió una vez? En Rusia, el experimento: “¿Qué quiere decir familia?”, decían. “Pues, todo en común.” Pronto entendieron que eso no se sostiene. ¿Se sostiene eso? Así pasa también con las naciones. Y no se trata simplemente de una nivelación cultural. Eso, creedme, eso es lo de menos. Lo que buscamos con la globalización es la unión de las personas en lo social, en lo comercial, en lo cultural y, sobre todo, en lo religioso. Eso es precisamente lo que llamamos Ecumenismo. En ese crisol echamos todas las religiones para sacar eso que llamamos Ecumenismo. Así pues, echamos a Dios a un lado, al Dios que detuvo la construcción de la torre entonces y nos dio la Pentecostés. Lo expulsamos. No necesitamos a Dios. Esa unidad es absolutamente, absolutamente demoníaca.

Y es con esa unidad -atención- que terminará el mundo. Dios no volverá. Se acabó. Ese es el camino: Torre de Babel – Pentecostés – y de nuevo regresamos a la Torre de Babel. Ahí terminará el mundo. Y su final será trágico. El final del mundo lo inspirará el diablo, el Anticristo y el Falso Profeta. Esa tríada impía.

Dijo el Señor: “¿Cuando vuelva el Hijo del Hombre, hallará fe sobre la tierra?” (Luc 18:8) Esa pregunta formuló. Queridos míos, encontrará la fe en la tierra, pero en pocos. En el remanente, como dice el apóstol Pablo. Una pequeña parte. Por eso, queridos, hoy celebramos la Santa Pentecostés. ¿Hemos comprendido la gran importancia y lo que nos regaló el Espíritu Santo? Sin el Espíritu Santo no tenemos razón de existir. Así como no la tenían tampoco los hombres antes del Diluvio. Los sermones de las diversas globalizaciones, despreciadlos. Sobre todo, en el ámbito religioso: el Ecumenismo. Cerrad vuestros oídos y afianzad la fe ortodoxa en vuestros corazones. Hemos entrado en el tiempo de los últimos días. Todo lo indica. Nosotros, teniendo el Espíritu Santo, debemos volvernos más y más santos. Y entonces esperamos al Señor Jesús, que nos asegura:
“He aquí, vengo pronto. Y el Espíritu y la Esposa -el Espíritu Santo y la Iglesia, porque el Espíritu permanece en la Iglesia. Es decir, la Iglesia y el Espíritu Santo, con una sola voz, porque el Espíritu Santo ayuda a la Esposa, es decir, a la Iglesia- dicen: ¡Ven! Y el que escucha -el que escucha a lo largo de la historia- diga: ¡Ven! Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome gratis agua de la vida (Apoc 22:17). Amén.

PARA LA GLORIA DEL DIOS TRINO Y SANTO
y con inconmensurable gratitud a nuestro guía espiritual, el bienaventurado padre Atanasio de Mitileneos,
digitalización y edición de la transcripción: Eleni Linardaki, filóloga.

Fuente: https://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai_kyriakvn/omiliai_kyriakvn_838.mp3

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

DOMINGO DE PENTECOSTÉS el Espíritu Santo, el dedo del Padre, por Mitilineos

DOMINGO DE PENTECOSTÉS [HECHOS 2, 1-11]
«El Espíritu Santo, el dedo del Padre»

[Pronunciada por el bienaventurado Yérontas Atanasio Mitilineos en el Santo Monasterio de Komninéo, Larisa, el 19-6-1994]

Hechos – Πράξεις – praxis Capítulo 2:  La venida e infusión del Espíritu Santo, 2:1-11.

2:1. Al llegar el día de pentecostés, estaban todos juntos una piña o unidos en una psique-alma en el mismo lugar.

  1. Y de repente un ruido del cielo, como de viento impetuoso, llenó toda la casa donde estaban sentados los discípulos.
  2. Y se les aparecieron como lenguas de fuego, que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos.
  3. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar y predicar en lenguas extranjeras verdades altísimas, según les iluminaba el Espíritu Santo y les otorgaba la fuerza para expresarse.
  4. Había durante aquel día en Jerusalén judíos piadosos de todas las naciones que hay bajo el cielo.
  5. Al oír el ruido viniendo del cielo, la multitud se reunió allí y se quedó estupefacta, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua y dialecto.
  6. Fuera de sí todos y admirados por aquella maravilla, decían: “¿No son galileos todos los que hablan?
  7. Pues, ¿cómo nosotros los oímos cada uno en nuestra lengua materna?
  8. Partos, medos y elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea y Capadocia, de Ponto y de Asia,
  9. Frigia y Panfilia, Egipto y las regiones de Libia y de Cirene, forasteros romanos,
  10. judíos y prosélitos, de la isla de Creta y Árabes, los oímos hablar y predicar en nuestras lenguas las grandezas de Dios”.

«EL ESPÍRITU SANTO, EL DEDO DEL PADRE»
Transcripción de una homilía del bienaventurado Yérontas Atanasio Mitilineos

Vivimos nuevamente, queridos míos, en fiesta, la alegría de Pentecostés. Es la alegría de la presencia del Espíritu Santo, que el Señor prometió a sus discípulos, pero también a toda la Iglesia a través de los siglos. Y el Señor dijo: «no salir y alejarse de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, que muchas veces de mí oísteis hablar, es decir, el envío del Espíritu Santo, porque Juan bautizó sólo con agua, sin poder transmitir el renacimiento y vida espiritual, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días» (Hec 1: 4-5). Y la promesa de Cristo se cumplió diez días después de su Ascensión. Para que el Espíritu Santo descendiera, era necesario que el Hijo ascendiera al Padre. Por eso el Señor dijo: «os conviene que yo me vaya. Porque si no me voy, el Paráclitos, Consolador no vendrá a vosotros, pero si me voy, os lo enviaré. [«Pero yo os digo la verdad, os conviene que yo me vaya, porque si no muero en la cruz y no me voy, el Paráclitos no vendrá a vosotros. Pero si ofrezco mi redentor sacrificio de expiación sobre la cruz y me voy de este mundo hacia mi Padre, os enviaré el Paráclitos»] (Jn 16:7).

Porque también el Hijo es llamado Paráclito, la segunda Persona. Y de igual modo la tercera Persona, el Espíritu Santo, es llamado Paráclito. Y esto porque era necesario que cambiara la vida de los hombres, y esto no sucedería simplemente por la enseñanza de Cristo, sino por la presencia del Espíritu Santo. Es decir, el sacrificio de Cristo abriría el camino al Espíritu Santo, que divinizaría y glorificaría a los hombres.

Porque el Espíritu Santo fue retirado por el Padre de entre los hombres cuando pecaron. Los primeros en ser creados, al pecar, y mucho más aún en el tiempo del Diluvio -antes del Diluvio- cuando Dios dijo: «No permanecerá mi Espíritu entre ellos, porque se han hecho carne» (Gén 6:3), es decir, se convirtieron en hombres carnales, materialistas.

El Hijo y el Espíritu Santo son las dos Personas de la Santa Trinidad que son enviadas por el Padre al mundo para que, por medio de ellos, el mundo sea salvado. Y el Espíritu Santo revela al Hijo al mundo, da testimonio de Él en el mundo; y también el Hijo presenta al Espíritu Santo al mundo. Tenemos un testimonio mutuo. Una Persona, un Paráclito, presenta a la otra Persona, al otro Paráclito. Esta es la colaboración mutua del Hijo y del Espíritu Santo -repito, de los dos Paráclitos, la segunda y la tercera Persona. Presten atención: colaboración mutua.

En Pentecostés, el Hijo envía al Espíritu Santo. ¿Qué había dicho antes? «Os lo enviaré a vosotros» (es decir: «Yo os enviaré al Paráclito, Yo a vosotros»). Así, en Pentecostés, el Hijo envía al Espíritu Santo y, a su vez, el Espíritu da testimonio -como veremos hacia el final de nuestra homilía- de que el Hijo es verdadero. De esta manera, el Espíritu Santo se convierte en el indicador, el dedo del Padre que señala al Hijo. Guarden este punto bien presente, porque en él se centrará nuestro tema: El Espíritu Santo se convierte en el indicador, el dedo del Padre, que señala al Hijo. Es decir: «Este es mi Hijo». Señala al Hijo. Y como dedo del Padre, continuamente señala al Hijo. Y esto lo vemos reflejado por todas partes en la Sagrada Escritura. Por todas partes, queridos míos.

En el Bautismo, el Padre muestra al Hijo. ¿Cómo lo muestra? Por medio de la presencia del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo, como paloma -no era una paloma, ni “se convirtió” en paloma, (Luc 3:22, Mat 3:16 Marc 1:10) para decirlo más correctamente. El Espíritu Santo no se transformó en paloma, sino que descendió como paloma-, muestra al Hijo. ¿Por qué? Escuchemos lo que dice el mismo Juan Bautista el sobre su testimonio: «Y yo no lo conocía (dice Juan Bautista sobre el Hijo), pero el que me envió a bautizar con agua, Él me dijo: “Aquel sobre quien veas que el Espíritu desciende y permanece sobre Él —como paloma, repetimos—, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo”» (Jn 1:33-34). -Ese es el Mesías. Ese es el que bautiza con el Espíritu Santo.
Como ahora, en aquel Cenáculo donde estaban reunidas 120 personas -una gran piscina espiritual-, todos los presentes fueron bautizados allí con el Espíritu Santo.

Además, todos los milagros que realizaba el Hijo como hombre, ¿quién los realizaba realmente? ¿Saben? El Espíritu Santo. Todos los milagros que realizó Cristo, los hizo por medio del Espíritu Santo. Ya les dije que estas dos Personas colaboran entre sí.
Si tuviéramos más tiempo, me extendería mucho más sobre esto.

En una ocasión en que acusaron a Jesús diciendo: «Por el príncipe de los demonios expulsa los demonios» (Mat 12:24 Marc 3:22, Luc 11:15), el Señor respondió: «Si yo expulso los demonios por el dedo de Dios…» Y, ¿quién es este dedo de Dios? Es el Espíritu Santo.
San Cirilo de Alejandría dice claramente: «El dedo de Dios es el Espíritu Santo.» ¿Quién es, entonces, el dedo de Dios? El Espíritu Santo. ¿Y qué dijo Cristo? «Yo expulso los demonios con el dedo de Dios», es decir, «expulso los demonios con el Espíritu Santo».

Esto es muy significativo. Y, lamentablemente, no lo sabemos. No por malicia, sino por ignorancia, dejamos de lado al Espíritu Santo. Cuando, en realidad, el Espíritu Santo debería estar en primer lugar,
porque por medio de Él vamos hacia el Hijo, y por el Hijo vamos hacia el Padre.

Por eso, ¿cómo comienza toda oración nuestra?

«Rey celestial, Consolador, Espíritu de verdad…» La primera oración que hacemos es el «Rey celestial».

Y también San Basilio el Grande dice: «En aquellos milagros realizados por Moisés y en los del Señor, se ha dicho que el dedo de Dios es el Espíritu». Todos los milagros que hizo Moisés en el Antiguo Testamento -y, por supuesto, también los profetas-, y todos los milagros que hizo Cristo en el Nuevo Testamento, se atribuyen al Espíritu Santo.

Por eso, la negación de los milagros de Cristo por parte de los líderes religiosos -y no solo los negaban, sino que incluso decían que los hacía por el poder de Satanás: «Por el príncipe de los demonios expulsa los demonios» (Mat 12:24, Marc 3:22, Lucas 11:15), esto equivale, según la afirmación de Cristo, a blasfemia contra el Espíritu Santo.

¿Y por qué es blasfemia contra el Espíritu Santo?
Porque es el Espíritu Santo quien realiza los milagros. Y el Señor llega a decir que quien blasfema contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón ni en este siglo ni en el venidero. Jamás.

Aquí hago una breve aclaración. Sé, queridos míos, que muchos al oír esta enseñanza se angustian. Se les viene la idea: «Quizás he blasfemado contra el Espíritu Santo», y les entra un gran temor: «Entonces… ¿no seré perdonado?»

¡Por el amor de Dios! Eso es una obsesión mental, no es lo que Cristo quiere decir. Y les ruego mucho: no se dejen atrapar por esa idea, porque los atormentará profundamente. ¡Presten atención! Es algo muy serio comprender qué significa blasfemar contra el Espíritu Santo. Y el simple hecho de que me preocupe por si acaso he blasfemado, demuestra precisamente que tengo dentro de mí el Espíritu de Dios. Por tanto, no he blasfemado. Lo digo, porque esa idea se pega al alma como una ostra.

Pero veamos, dentro del ámbito de la Sagrada Escritura, cómo actuaba el Espíritu Santo y cómo nosotros lo hallamos y lo glorificamos. Basta con que tengamos en cuenta que Él, el Espíritu Santo, nos muestra al Hijo y nosotros creemos. Si el Espíritu Santo no nos muestra al Hijo, a Jesús Cristo, jamás llegamos al Hijo. He aquí lo que dice el apóstol Pablo: «Nadie puede decir: Jesús es el Señor, si no es por el Espíritu Santo» (1 Cor12:3). Nadie; no puedes llamar Señor -es decir, Dios- a Jesús, el hombre Jesús, si no tienes el Espíritu Santo. Y sobre esta base, os daré una “prueba”, un criterio de discernimiento. Cuando os venga la idea de que quizá habéis blasfemado contra el Espíritu Santo, preguntaos: «¿Creo que Cristo es Dios? Sí, creo. Entonces se acabó. No he blasfemado contra el Espíritu Santo. Tengo el Espíritu de Dios. Lo tengo». No puedes reconocer al Hijo como Dios si no tienes el Espíritu de Dios. Y aquí, en efecto, queridos míos, preguntad a vuestro alrededor, especialmente en nuestros días: -«¿Crees que Jesús es verdaderamente Dios?» -«No sé, lo dudo, vaya, debe haber sido una persona importante». Esa persona no tiene el Espíritu Santo. Porque si tuviera el Espíritu Santo, confesaría la divinidad de Jesús. Quiero que lo recordéis esto. Por favor.

Leemos en el libro del Éxodo, en el Antiguo Testamento: «Escritas las tablas por el dedo de Dios». Está en el capítulo 31. Que las tablas que Moisés llevó al monte, al Sinaí, no fueron escritas por la mano de Moisés, sino que fueron escritas por el dedo de Dios. El dedo de Dios grabó las letras. ¿Cuál es aquí el dedo de Dios? Es el Espíritu Santo. El Espíritu Santo graba la ley en las tablas de piedra. Lo mismo encontramos en el Deuteronomio, en el capítulo 9: «Las dos tablas escritas con el dedo de Dios». Así que el Espíritu de Dios graba las tablas que contendrán la Ley. Y nos lo explica la Epístola de Bernabé (Padre Apostólico): «Y recibió -¿quién? Moisés- del Señor, las dos tablas hechas por el dedo de la mano del Señor en el Espíritu». Es de la epístola de Bernabé; si queréis, párrafo 14, si os interesa. Así que, ¿quién es el dedo de Dios? El Espíritu Santo. Sí. Y San Atanasio el Grande lo afirma: «Llama al Espíritu Santo el dedo de Dios». Y también Dídimo el Alejandrino dice: «El Espíritu que también es llamado dedo de Dios, así se nos enseña en el Evangelio». ¿Dónde? ¿Dónde en el Evangelio? Aquello que os mencioné antes: «con el dedo de Dios expulsó los demonios», dijo Cristo. Está en el capítulo 11, versículo 20 de Lucas. ¿Qué aprendemos? Que el dedo de Dios es el Espíritu Santo.

Y nuevamente Dídimo: «El dedo de Dios, que transformó el polvo ο barro en seres vivos, en animales, era el Paráclito, el Espíritu de la verdad». ¡Qué bello esto! ¡Maravilloso!

¿Qué es el dedo de Dios? «Aquel que transformó el polvo -el barro- en seres vivos, es decir, en vidas, en existencias, en seres vivientes». Dijo Dios que brotara la hierba, que se hicieran los animales, uno tras otro, primero los reptiles, luego los mamíferos, las aves… ¿Quién es aquí el que transforma el polvo o barro -porque también al hombre Dios lo formó del χοῦν (jún: polvo de la tierra especial, acaso hecho puesto por el divino escritor, porque tierra normal es χώμα joma)… -quién es el que transforma la materia inerte, para hablar en lenguaje moderno, en vida, en lo que llamamos el fenómeno de la vida, en materia viviente? El Espíritu Santo. ¿Qué dice aquí? Era el Paráclito. Era el Paráclito, el Espíritu de la verdad. Es impresionante, queridos míos.

Además, ya desde los primeros versículos, en el primer capítulo del Génesis, la Sagrada Escritura nos dice: «El Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas». “Se cernía”. Si tomamos la imagen de la paloma, del ave -es solo una imagen, no es un ave, Dios nos guarde; el Espíritu Santo no es un ave, es una imagen–, entonces completamos la imagen así: ¿Qué hace el Espíritu Santo sobre las aguas? –completando la imagen– Incuba la vida sobre las aguas.
Y por eso, y esto lo sabemos por la Ciencia, que la vida apareció primero en las aguas, en los mares.

Los milagros de Moisés son también calificados como «el dedo de Dios». Cuando Moisés produjo aquella plaga de los mosquitos que atormentaban a hombres y animales, los magos del Faraón intentaban replicar la plaga para endurecer así el corazón del faraón, como diciendo: “¿Quién es Moisés y quién es su Dios?”.
¿Y saben qué dijeron entonces los magos al Faraón?
«¡Esto es el dedo de Dios!». «No podemos hacer nada», dijeron. Es el dedo de Dios.

Además, si el dedo de Dios es el Espíritu Santo, el Hijo es llamado el brazo de Dios. El Padre es Dios, el Hijo es su brazo, y el dedo (o los dedos) es el Espíritu Santo. En otras palabras, si quieren que lo diga con una expresión teológica, sería esta: «Todo lo que se crea, todo lo que existe, todo lo que se sostiene, ¿cómo se realiza? El Padre, mediante (o por) el Hijo, en el Espíritu Santo». Esa es la expresión teológica. De esta misma manera actúa el Dios Trino. No solo en la creación del ser humano, sino también en su re-creación, es decir, en su σωτηρία redención, sanación y salvación.

Escribe el apóstol Pablo a los Corintios: «Vosotros sois nuestra carta». Porque envía una carta y les dice: “Vosotros sois nuestra carta”. ¿Dónde? ¿Cómo? «Escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres» (Ah, este es cristiano. ¿Por qué? Porque cambió su vida. Es una persona nueva). «Siendo manifiesto que sois carta de Cristo, ministrada por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios viviente; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne, en los corazones» (2 Corintios 3:2–3).

No como entonces que el Espíritu Santo escribió la ley en tablas de piedra, sino ahora -diríamos- en las páginas de vuestros corazones viene de nuevo el Espíritu Santo y allí escribe la ley.

De modo que sois una carta conocida, reconocida y leída. Y que las personas puedan leerla. Que digan: “Eso es el cristianismo. Almas (psiques) bellas…”.
Esto muestra que el cambio del corazón es obra del Espíritu Santo, quien escribe sus mandamientos con su dedo, es decir, con el Espíritu Santo.

Un mártir del año 250 d.C., Pionio, que fue martirizado en Esmirna y se refirió a san Policarpo, dice: «Teniendo los mandamientos de Dios escritos en la tabla de la psique-alma y en la piedra del corazón con el dedo de Dios, es decir, con el Espíritu Santo».
¿Quién los tiene? Policarpo, obispo de Esmirna.
¿Qué? Los mandamientos de Dios, escritos en la tabla del alma y en la piedra del corazón, por el dedo de Dios, es decir, por el Espíritu Santo.
¡Qué hermoso!

Por lo tanto, si yo creo, si guardo los mandamientos, ¿quién ha escrito todo eso en mi corazón? El Espíritu Santo.

Y esto es paralelo, en sentido, a lo que dice el Salmo 76: «Y esta es la transformación causada por la diestra del Altísimo».
¿Y cómo es que esa persona ha cambiado así?
Simplemente, ha sido transformada por la diestra de Dios.

¿Y cuál es la diestra de Dios?
El Padre es Dios, el Hijo es su brazo y el dedo o los dedos son el Espíritu Santo. Así ocurre esa transformación.

Algo similar menciona también san Cirilo de Alejandría: «El cálamo (o pluma) del Padre ha grabado en los corazones de todos los creyentes -otra figura aquí–, es decir, el Hijo (como cálamo), el conocimiento de todo bien, como si fuese con el dedo de Dios, es decir, el del Padre, utilizando Su propio Espíritu». El Padre graba con cálamo o con cincel. El cálamo es el instrumento con el que se escribía (una especie de pluma o caña para escribir). O sea, el Hijo, dice.
¿Y qué se graba ahora?
Como si fuera el dedo de Dios que graba los bienes divinos, el Padre los inscribe en el corazón humano.

Mis queridos hermanos, hoy celebramos la Santa Pentecostés. ¿Qué significa esto? Que el Espíritu Santo viene sobre los discípulos, pero también sobre todos los que han creído que el Hijo es verdaderamente Dios. Dijo Cristo: «Y cuando él venga, (¿quién? el Paráclito)- examinará al mundo en lo referente de pecado, -de justicia y de juicio, más la condena del diablo» (Jn 16,7). Y el mismo Señor lo explica: «Acerca del pecado, porque no creen en mí».

¿Qué significa “examinará”?
Significa, como dice san Juan Crisóstomo, “mostrará”. Mostrará que han pecado de manera imperdonable, aquellos que no han creído en Jesús Cristo. Y el Espíritu Santo los examinará, les mostrará esto.
¿Qué mostrará?
Su obstinación en la incredulidad, a pesar de todas las señales de la identidad de Jesús. Y ese será el pecado por excelencia de los últimos tiempos.

De ellos, pues, no solo de los judíos de entonces, sino también de los cristianos que rechazarán, que negarán la fe. Así como también nuestros contemporáneos griegos (y europeos) hoy rechazan a Jesús Cristo. Cuando salen y hablan y desean Feliz Año Nuevo, Navidad, esto y lo otro y Pascua… ¿han oído alguna vez…? Dicen “Dios”, pero de Dios también hablan los budistas, también los masones. ¿Han oído ustedes alguna vez, alguna vez, el nombre de Cristo? Rechazamos a Jesús Cristo. Ese es el gran pecado. Y el Espíritu Santo muestra por qué pecamos.

Y sobre la justicia, dice que Él va a convencer, va a mostrar. ¿Qué? Dice Teofilacto: «Mostrarles que siendo justo (el Hijo, que es justo) y habiendo llevado una vida irreprochable, fue injustamente condenado a muerte por ellos». Él era el Santo por excelencia. Y los hombres lo condenaron a muerte. Es decir, los jueces de Cristo lo declararon culpable, pero la Pentecostés revocará esa decisión. ¿Cómo? El Paráclito mostrará al mundo que Jesús fue, que Cristo fue el Justo. Porque, de otro modo, si hubiese sido un usurpador de atributos divinos… ¿Qué decían los judíos? “Ha dicho”, decían, “que es Hijo de Dios”, le dijeron a Pilato. “¡Merece la muerte!”. Como un usurpador de atributos y características divinas, ¿dónde debería estar? En el infierno. Pero no está en el infierno. ¿Dónde está? En el cielo, junto al Padre. Así, la Pentecostés revoca la decisión del Sanedrín de que Jesús era culpable.

Aún más, Cristo dijo sobre esto de la justicia: «Voy al Padre y ya no me veréis». “No voy al Hades. Voy a mi Padre”. Y cuando fue ascendido, y lo vieron más de 500 personas, ¿a dónde fue llevado? Al cielo. ¿Y dónde se sentó? A la derecha de Dios Padre.

Y también sobre el juicio. El Espíritu Santo juzgará. ¿Qué quiere decir esto? ¿Quién es el príncipe de este mundo? El diablo. Está condenado definitivamente. Sobre el juicio, dirá el Señor: «pero en cuanto al juicio, el príncipe de este mundo ha sido juzgado» (Jn 16:11). El príncipe de este mundo ha sido juzgado, ha sido condenado. De manera definitiva e irrevocable. Porque los hombres creen en Cristo, y de esta manera apartan, ante todo, al diablo de sus vidas. Lo rechazan. Y también, con el nombre de Cristo, el diablo huye; cuando leemos Exorcismos.

Todo esto lo obra el Espíritu Santo. ¿Dónde? Como el dedo del Padre, justifica al Logos Encarnado ante el mundo, ante la Historia, y también graba los mandamientos de Dios en los corazones humanos, que se transforman y se hacen nuevos. Por eso, queridos hermanos, glorifiquemos al Espíritu Santo, la tercera persona de la Santa Trinidad; que descendió a la Iglesia y salva constantemente a los hombres. Amén.

PARA GLORIA DE DIOS TRINO Y SANTO
y con inmensa gratitud a nuestro guía espiritual, el recordado padre Atanasio de Mitileneos, transcripción y edición del audio original: Eleni Linardaki, filóloga.

Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai _kyriakvn/omiliai_kyriakvn_137.mp3

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

Sobre el diablo y las tentaciones, Yérontas Atanasio Mitilineos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sobre el diablo y las tentaciones C 14.

El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.

 

Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua helénica-griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos el Nuevo Crisóstomo. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes del bachillerato.

  1. Cuando se presenta Satanás ante el hombre con forma de Dios, ¿Dios siempre revela algún indicio del diablo, como cuernos, cola, etc.?
  2. ¿Por qué Dios permite al diablo tentar a los hombres, si he leído que Dios quiere que todos los hombres se salven y entren en su Realeza? Creo que, por mucha fe que tenga, el hombre puede doblegarse ante el diablo. En ese momento, ¿qué puede hacer el hombre?
  3. ¿Por qué algunas veces nos molestamos o nos dejamos tentar tanto hasta el punto de desesperarnos, y cuáles son las armas con las que vencemos las tentaciones?
  4. ¿Es verdad que algunos hombres tienen demonio en su interior y cómo ocurre esto?

1 Cuando se presenta Satanás ante el hombre con forma de Dios, ¿Dios siempre revela algún indicio del diablo, como cuernos, cola, etc.?

Ver también: https://logosortodoxo.es/demonios-y-sus-obras/

Hijos míos, no siempre. El diablo puede venir a tentar al hombre y aparecer, como dice el apóstol Pablo, «como ángel de luz». Pablo, refiriéndose a ciertos hombres que atacaban la fe pero que se hacían pasar por cristianos, los llama falsos hermanos, perros, malos obreros. Y añade: si su jefe, el diablo, se disfraza, se metamorfosea como ángel de luz, ¿por qué habría de sorprendernos que sus seguidores e instrumentos también se presenten como buenos, virtuosos y prudentes, ocultando su verdadera naturaleza?

Así pues, el diablo no siempre se presenta con señales evidentes. Pero entonces, ¿cómo puede salvarse el creyente? Aquí es importante prestar atención a algo muy relevante.

¿Queréis discernir si una aparición o experiencia proviene de Dios o del diablo, especialmente si sucede en un sueño o visión? Prestad atención: si tenéis humildad -mucha humildad- y no estáis predispuestos a aceptar estas cosas fácilmente, estad seguros de que Dios os dará una señal en medio de esa pseudo-visión, pseudo-sueño, falso Cristo, falsa Panaghía o falso santo. Os mostrará una pequeña señal que vosotros mismos reconoceréis, y en cuanto la veáis, diréis con certeza: “Esto viene del diablo”. Esa señal será evidente para la psique-alma humilde, y al verla, sabrá inmediatamente que se trata de una falsa visión, una trampa del diablo.

Pero, si no hay humildad, entonces Dios permite que la visión siga su curso, y el hombre se engaña. Ese engaño se convierte en castigo, porque nace del orgullo.

Si alguien me pregunta: ¿qué clase de humildad debo tener?, responderé que, en primer lugar, hay que vivir con humildad en todos los aspectos de la vida. Pero, en este caso concreto, la humildad se manifiesta de esta manera: no debo estar predispuesto a reverenciar cualquier cosa que se me presente, teniendo en cuenta que el propio Señor nos advirtió que estemos atentos y cuidadosos: “Os dirán: “He aquí el Cristo’ o ‘allí está’, no los creáis”.

Os daré dos ejemplos con ascetas:

  1. Una vez, el diablo se apareció a un asceta despierto y le dijo: “Soy Cristo”. ¿Qué hizo el asceta? Contestó con las palabras del propio Señor: “Cristo nos dijo que nos dirían ‘He aquí el Cristo’, pero que no lo creyéramos”. Al decir esto, mostrando humildad y fidelidad a las palabras de Jesús, la visión desapareció de inmediato, porque era el diablo disfrazado.
  2. En otro caso, el diablo también se presentó a un asceta diciendo que era Cristo. ¿Sabéis cuántos se han dejado engañar y lo han reverenciado? ¿Cuántos han perdido el sano juicio y la cordura por rendir culto al diablo creyendo que era el Señor? Pero aquel asceta gimió y dijo humildemente: “¿Soy yo digno de ver a Cristo? No quiero ver a Cristo sino sólo cuando llegue la resurrección de los muertos”. Y el diablo desapareció. Esto es humildad.

¿Queréis saber qué es el orgullo? Escuchad: apenas alguien cree haber visto a Cristo, corre a contarlo por todas partes. “¡He visto al Cristo! ¡He visto a la Panaghía!” -y se jacta. Eso es orgullo. Alardea de algo extraordinario, como si fuera una señal de santidad o de pureza, y en ese orgullo está su engaño.

Muchas veces, en confesión, algunas personas vienen a mí -hombres o mujeres- y cuando les pregunto si han pecado, no dicen nada. Pero luego, para justificarse o tapar cualquier falta, me dicen: “¿Sabes? Yo he visto a Cristo”. ¡Muy bien! Precisamente ahí está su engaño. Creen que, por haber tenido esa experiencia, ya no tienen pecados. Sacan esta conclusión errónea: “Si he visto a Cristo, entonces estoy en buen estado espiritual”. Pero esto es un grave error. Y la raíz de este error es el orgullo y la soberbia del hombre.

Creo que ahora comprendéis cómo funciona todo esto. (15:08´ 33)

2 ¿Por qué Dios permite al diablo tentar a los hombres, si he leído que Dios quiere que todos los hombres se salven y entren en su Realeza? Creo que, por mucha fe que tenga, el hombre puede doblegarse ante el diablo. En ese momento, ¿qué puede hacer el hombre?

Es una pregunta que muchos se hacen y un problema para muchos.

Cuando Dios vino a renovarnos o reformarnos, no destruyó al diablo, sino que lo anuló definitivamente. Sin embargo, lo dejó dentro de la creación, porque lo tiene reservado para el gran juicio. El diablo será juzgado.

No olvidemos que, en algún momento, fuimos propiedad del diablo. Cuando Dios nos creó, éramos propiedad Suya. Pero después, por nuestra libre elección y voluntad, al desobedecer a Dios y obedecer al diablo, nos convertimos automáticamente en propiedad del diablo. Aunque no dejamos de pertenecer a Dios -porque Él lo permite-, caímos bajo la influencia del enemigo.

¡Atención! El diablo presume de tener todo el dinero del mundo, cuando en realidad no posee ni una sola moneda. San Cirilo de Jerusalén dice: “Dios permite que el diablo utilice lo que está alejado de Él.” Así, el hombre que, por su propia voluntad, se aleja de Dios, se convierte -como ser libre- en propiedad del diablo.

Ahora veremos otro aspecto de la pregunta.

Hijos míos, si no sois esclavos de Dios, sois esclavos del diablo. Si estáis libres del diablo, entonces sois esclavos de Dios. Seréis esclavos de uno o del otro. Me diréis: ¿por qué tengo que pertenecer a uno o al otro? Ya os lo expliqué antes: cada uno debe escoger y decidir si quiere estar bajo el dominio de Dios o bajo el dominio de Satanás.

¿Y quién es el Señor que castiga? ¿Y quién es el Señor que ama, que da bienaventuranza, felicidad y adopción, haciendo hijo suyo al hombre?

Volvamos a la pregunta: ¿por qué tiene que existir el diablo y seguir castigándonos, si Dios quiere que todos nos salvemos? ¿Sabéis que ni siquiera el pecado original, como inclinación, se ha anulado con el bautismo? Esto es así porque Dios quiere que exista la libre voluntad, la elección y la lucha. Uno debe luchar y combatir para alcanzar la vida espiritual.

Dios permite, entonces, la presencia del diablo en este mundo como material de lucha y combate. El diablo ya no tiene gran fuerza. La verdadera pregunta es: ¿será el hombre tambaleado? Eso depende del mismo hombre.

Después de la Crucifixión de Cristo, el diablo está enfermo y débil. Y si queréis, también el pecado está debilitado. Porque ahora tenemos, por un lado, la Χάρις (Jaris: Gracia, la energía increada) de Cristo, y por otro, al diablo ya vencido por Cristo mediante Su honrada Cruz. Si nos acercamos a Cristo, entonces el Señor nos fortalecerá.

Sin embargo, es muy característico que muchas veces Dios permita al luchador enfrentarse directamente con el diablo, para que se fortalezca y sea probado.

Es muy ilustrativo el ejemplo de san Antonio el Grande -supongo que lo conocéis. Cuando se apartó del mundo, se fue a vivir a un sepulcro oscuro, donde permaneció para luchar contra Satanás. El diablo se transformaba en distintos animales, lo asustaba con voces salvajes e incluso, en ocasiones, lo golpeaba.

Pero no os asustéis, que el diablo no puede golpearos todavía: no estamos a la altura de un Antonio Grande. Cuando lleguemos a esa altura, entonces también podrá golpearnos. Ahora, por desgracia, estamos muy cerca del diablo… demasiado cerca.

San Antonio, pues, luchaba e imploraba al Señor: “Cristo mío, ¿dónde estás?” Pasaba días enteros combatiendo al diablo que lo maltrataba. Después de una lucha dura, volvió a clamar: “Señor, ¿dónde estabas?”
Y entonces escuchó al Señor decir: “Aquí estoy, Antonio, observando cómo combates.”
“Señor, ¿y por qué no viniste antes?”
“Estaba viendo cómo luchabas.”

Así que, no sólo existe el diablo en el mundo, sino que el Señor permite que sus santos luchen contra él. No olvidéis que, después de Su Bautismo, el Señor fue conducido por el Espíritu Santo al desierto para combatir al diablo.

¿Queréis otro ejemplo? ¿Habéis asistido alguna vez a un bautismo? Habéis visto que se unge con aceite al bautizado. El aceite es un símbolo de preparación para la lucha. Los antiguos luchadores se ungían con aceite en todo el cuerpo para que, al luchar, resbalaran de las manos del adversario y no pudieran ser atrapados fácilmente.

La Iglesia, pues, utiliza el aceite para señalar que el bautizado, como luchador espiritual, recibe la Jaris (energía increada) de Dios, de modo que pueda escapar de las trampas del satanás. Si tiene, entonces, la Jaris de Dios, ¿qué tiene que temer?

Sin embargo, debe luchar. Es cierto que Dios quiere que todos se salven, pero no se salvarán pasivamente, sino activamente, con esfuerzo. La salvación se alcanza mediante la lucha y el combate espiritual. ¿No es acaso este el verdadero sentido de la salvación?

Eso es todo respecto a esta pregunta. (10, 23’)

3 ¿Por qué algunas veces nos molestamos o nos dejamos tentar tanto hasta el punto de desesperarnos, y cuáles son las armas con las que vencemos las tentaciones?

En primer lugar, debo deciros que nunca debemos desesperarnos, porque la desesperanza es el arma más fuerte del satanás. Esto no lo olvidéis nunca. El último bastión del hombre es la esperanza; si este bastión cae, todo cae. Incluso puede llevar al suicidio si la esperanza ha sido destruida. Eso es lo primerísimo y más importante.

Después, si nos desesperamos, tal vez sea por culpa nuestra. No necesariamente porque la tentación sea tan grande, sino porque nuestra idiosincrasia, nuestro temperamento o la forma en que afrontamos una tentación o una dificultad, puede ser lo que genere la desesperanza. Es decir, quizás no tengamos espíritu de valentía, de fortaleza interior.

Y esto es muy importante: el espíritu de la valentía. Si pudiera pediros algo con todo mi corazón, sería que toméis conciencia de esta virtud: la valentía, de la cual nacen la paciencia y la persistencia, y de estas nace incluso el martirio. ¿Creéis que alguien puede soportar cualquier cosa, y sobre todo el martirio, si no ha cultivado antes esta virtud?

La valentía pertenece al campo de la voluntad. No está ni en el corazón ni en la inteligencia, sino en la voluntad. Por eso os ruego que prestéis mucha atención a esto.

Por ejemplo: tenéis sed y no hay agua cerca. No digáis: “me voy a marear”. No tengáis miedo. No os vais a marear. Tenéis hambre y, como es cuaresma, buscáis desesperadamente algo que comer, pensando que desfalleceréis. No, no moriréis. No tengáis miedo. Es decir, tened una actitud valiente y decid: “No”.

¿Hemos aprendido a decir “no”? ¿Y cuándo se puede decir “no”? Cuando uno se ha ejercitado previamente, en cosas pequeñas.

Un escritor de libros infantiles contaba: Vas caminando y pasas frente a una pastelería. Hueles los dulces. Entonces metes la mano al bolsillo, tomas el dinero, y una de tus piernas ya ha subido el primer escalón de la pastelería. En ese momento, puedes decir “no” y darte la vuelta. Eso significa tener fuerza de voluntad. No ser dominado como la gata que huele pescado. La gata no tiene conciencia de que no debe comer pescado en cuaresma. Huele el pescado y empieza el “miau, miau”.

Pero tú, si hueles pescado, dulces o cualquier otra cosa, y dices “no”, eso viene de una voluntad fuerte. Y os debo decir que esta es una virtud que, por desgracia, en nuestra época prácticamente ha desaparecido. Por eso, no sé qué ocurrirá en el futuro. Que Dios ponga Su mano. (33:49:40)

4 ¿Es verdad que algunos hombres tienen demonio en su interior y cómo ocurre esto?

Todos tenemos demonio, no os asustéis, pero con la siguiente diferencia. Cuando expulsamos el Espíritu Santo de nuestro corazón, el lugar lo toma el demonio. Pero hay una diferencia, porqué sé cómo es la pregunta y qué da a entender el que pregunta, es en dos sentidos o fases: uno es si tenemos el demonio en nuestro interior habitando, porque nos hemos alejado de Dios. El otro punto es si tenemos instalado el demonio en nuestro interior castigándonos y ya domina nuestra psique-alma y cuerpo o los dos. Es lo que por costumbre decimos cuando un hombre está endemoniado, grita, hace cosas extrañas, etc. En este segundo sentido decimos que el hombre está “endemoniado”. Pero el demonio puede encontrarse en cualquier momento en cada hombre, tened cuidado en esto. Os he dicho que cuando se marcha el espíritu de Dios, su lugar lo toma el demonio, sobretodo con especialidades, si lo quieren. Parece raro, pero desgraciadamente es así. Si, por ejemplo, caigo en pecados carnales, es imposible por completo que permanezca el Espíritu Santo, esto es irreductible.

Lo dice claramente el apóstol Pablo: “¿No sabéis que vuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo?”. Si yo, pues, entrego el templo del Espíritu Santo -que es mi cuerpo- a la indecencia, en cualquiera de sus formas, entonces el Espíritu Santo ya no puede permanecer en mi interior. El Espíritu Santo se aleja, tal como las abejas huyen por efecto del humo.

Entonces, este espacio interior de mi psique-alma es ocupado por el demonio de la lujuria o de la prostitución. Sin embargo, mediante la μετάνοια metania (es decir, el cambio de mentalidad, el arrepentimiento y la confesión), expulso este demonio y puedo lograr la reinstalación del Espíritu Santo en mi psique-alma.

Cuando, pues, lucho dentro de este espacio interior -donde unas veces está el Espíritu de Dios y otras se va, o unas veces viene el demonio y otras se aleja- entonces es cierto que tengo al demonio, aunque no en la forma visible que tienen las personas abiertamente endemoniadas, como solemos imaginar.

¡Atención!: si el pecado se vuelve crónico, entonces existe una gran posibilidad de llegar a estar verdaderamente endemoniado. Pero no penséis que tener al demonio significa simplemente gritar por la calle, romper la ropa o comportarse de manera violenta. No. Estar endemoniado también significa rechazar el arrepentimiento, negarse a confesarse, rehusar comulgar y persistir en una vida sin Dios. En tal caso, sí se tiene al demonio dentro.

Una vez trajeron al monasterio a un muchacho de quince años. No sabían qué le pasaba exactamente. Algunos pensaban que estaba enfermo. Pero, si fuera una simple enfermedad, ¿por qué tendría ciertas “especialidades”? ¿Cómo se explica esto?

El muchacho se movía normalmente, aceptaba dulces y los comía como cualquier otro, hablaba con corrección. Pero cuando lo acercaron al icono de la Panaghía (la Toda Santa, la Santísima Virgen) para que la reverenciara, fue imposible. Era como un burro cuando se niega a cruzar un riachuelo: estira las patas, se aferra a lo que tiene cerca, retrocede con fuerza. Así hizo este joven. Se resistía, se agarraba de los objetos del entorno para no acercarse al icono.

¿Qué significa esto?
Significa que ese joven tenía al demonio, en esta segunda forma, no necesariamente escandalosa, pero sí espiritual y profunda: una forma en la que el demonio se apodera de la psique-alma del hombre y no le permite sanarse ni salvarse.

Pero existen muchas otras formas de manifestación del demonio. ¿Acaso no lo tienen también los ateos, los que blasfeman, los que hablan contra Jesús Cristo y contra la Iglesia? ¿No lo tienen también los que no se confiesan, no comulgan y no llevan una vida espiritual?

Hijos míos, os digo una cosa con todo mi corazón: Que Dios nos guarde y que tengamos mucho cuidado. (32:23:45) Ver también: https://logosortodoxo.es/teologia-ortodoxa/como-trabaja-el-demonio/

Fuente:https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/pantiseis-pori-n

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

Sobre monasterios y monaquismo ortodoxo

Sobre monasterios y monaquismo ortodoxo C 13

El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.

Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua helénica-griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos el Nuevo Crisóstomo. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes del bachillerato.

Índice

  1. ¿Qué ideales salvaguardan los monasterios cenobíticos?
  2. Hay quienes sostienen que el monaquismo tiene sus raíces en un período de recesión espiritual.

1. ¿Qué ideales salvaguardan los monasterios cenobíticos?

Los monasterios cenobíticos (de vida común) no salvaguardan ningún ideal. Simplemente expresan e interpretan ortodoxamente, correctamente, el Evangelio. Eso es todo.

La palabra «ideal» y las «ideas» las utilizamos en nuestro lenguaje, pero, si se quiere, no es una formulación correcta, como tampoco lo es decir «metafísica». Estos términos no son adecuados en el contexto del cristianismo, ya que provienen de la filosofía y, desde una perspectiva cristiana, están desaprobados. Lo mismo ocurre con términos como «bioteoría», «cosmoteoría», y otros similares: todos provienen del campo filosófico. Del mismo modo, los conceptos de «ideas», «ideales», etc., también pertenecen a esa esfera, y el cristianismo no los adopta.

¿Por qué? Porque si tuviésemos que definir qué son las ideas y los ideales, veríamos que el cristianismo no tiene ideas, sino αποκάλυψις apocalipsis, revelación de Dios. Y las αποκαλύψεις revelaciοnes de Dios no son ideas.

Por consiguiente, los monasterios no salvaguardan ideales, sino que expresan el Evangelio.

¿Qué quiere decir esto?
Es cierto que, en cada época, han existido los monasterios junto a la figura de la parroquia. No obstante, el monasterio ha sido siempre una forma más auténtica , más ortodoxa de expresar la vida cristiana.
Un monasterio, en el contexto de la expresión y praxis del cristianismo, representa cómo debería vivir siempre un cristiano, en relación con el mundo exterior.

Pero voy a decir algo triste: no se trata simplemente de comparar un monasterio del siglo pasado con uno del siglo X, VI o V. Porque, si tuviéramos que juzgar un monasterio actual comparándolo con uno del siglo V, tendríamos que rendirnos y marcharnos.
Sí, y para que no penséis que esto lo digo solo yo, me remito a san Simeón el Nuevo Teólogo. ¿Sabéis lo que significa ese título? Nuestra Iglesia ha llamado a muchos padres “teólogos”, pero sólo ha dado el título de “Teólogo” a tres: san Juan el Teólogo, san Gregorio el Teólogo y san Simeón el Nuevo Teólogo. Una personalidad muy importante, que decía lo siguiente a sus monjes: “Está bien que no nos asemejamos en nada a los ascetas y monjes del siglo V, de la época de san Antonio el Grande, pero al menos que tengamos un poco de agapi (amor desinteresado)”.

Dijo esto en un contexto de gran crisis, incluso con amenazas de muerte. ¡Fue algo terrible! El asunto llegó a tal punto que tuvo que intervenir el propio emperador.
Y fijaos lo que dijo: “Por lo menos que tengamos un poco de agapi, ya que no alcanzamos la talla de los ascetas de la época de san Antonio el Grande.”

Entonces, si esto lo decía san Simeón en el siglo X, ¿qué podríamos decir nosotros en el siglo XX?

Estamos, pues, ante una degradación continua y constante. Ahora bien, por qué ocurre esto, cómo ocurre y qué resultará de todo ello, no es el momento para analizarlo.
Solo os digo que un monasterio debe ser juzgado por cómo vive en relación con el mundo, por cuánto refleja ortodoxamente la vida cristiana, y por su capacidad de invitar al mundo a imitar ese modo de vida. Es decir, el monasterio es como una vitrina, un escaparate.

Aún más: el monasterio es también el vigilante del dogma ortodoxo. Es bien sabido que, históricamente, fueron principalmente los monasterios quienes descubrieron y señalaron las herejías.
Por lo tanto, veis que los monasterios son los guardianes de la vida y de la fe ortodoxa, correcta, son los castillos invencibles decía el santo Padre.

  1. Hay quienes sostienen que el monaquismo tiene sus raíces en un período de recesión espiritual.

    Algunos afirman que el monaquismo surge como una respuesta a una época de decadencia espiritual. Incluso, dentro del segundo centenario bizantino, se han puesto en duda ciertos criterios que, supuestamente, conducen al monaquismo. ¿Podría decirnos algo sobre sus raíces y estos incentivos?

La pregunta es muy importante, y respondo no por otro motivo sino porque el tema del monaquismo no concierne solamente a los monjes, sino a todos los fieles. Si se tiene en cuenta que el monaquismo es un elemento constitutivo de la misma Iglesia, entonces no puede simplemente despreciarse, aunque históricamente haya sido atacado o menospreciado.

Obviamente, no haremos aquí un estudio exhaustivo, pero sí podemos aportar algunos elementos fundamentales para responder a la pregunta.

El monaquismo no es otra cosa que lo más selecto y noble que existe dentro de la Iglesia. No está al margen de ella, sino que representa su esencia más elevada. Podríamos decir que es la “crema”, la élite, la aristocracia espiritual de la vida eclesial. Porque es, simplemente, la forma en que un creyente dentro de la Iglesia elige dedicarse plenamente a Dios.

Y esta dedicación no tiene solo un carácter pasivo, como si uno se limitara a dar sin esperar nada. Más bien se trata de un intercambio, una relación viva: me entrego a Dios con el fin de alcanzar la gnosis, el conocimiento de Dios. Es, en cierto modo, una transacción espiritual entre el monje y Dios.

Recordemos a san Antonio el Grande, quien al escuchar en la Iglesia lοs λόγος logos del Señor dirigidas al joven rico: “Ve, vende todo lo que tienes, repártelo entre los pobres y luego ven y sígueme…” (Mat 19:21, Luc 18:22m Marc 10:21)

El Señor le dijo: ven conmigo, es decir, una dedicación plena. Ese joven, aunque era rico, ético y buscaba algo más elevado, no pudo responder a la llamada, porque no quiso desprenderse de sus posesiones, y se marchó entristecido. En cambio, san Antonio hizo lo contrario: vendió todo lo que tenía, lo repartió entre los pobres y se retiró al desierto para seguir al Señor. Así nace su vocación monástica: una dedicación total. En esa entrega hay también una gnosis, un conocimiento profundo de Dios. Esta es la retribución, el «salario» espiritual que recibe quien se entrega totalmente a Dios. Porque cuando doy, también recibo.

En el libro del Apocalipsis se dice que el Señor -Cristo- salió “teniendo su salario en su mano”. ¿Qué significa esto? No se refiere al salario que Él da, sino al que recibe: Su salario somos nosotros, los creyentes. Es decir, Cristo se hizo hombre, se entregó y se sacrificó para obtener Su retribución: la psique-alma del creyente. Ese es su “sueldo”.

A su vez, el salario del creyente es Cristo mismo. Nuestra recompensa es haber ganado a Cristo. Así que, en términos espirituales, el salario de Cristo es el creyente, y el salario del creyente es Cristo.

Esto es muy característico y revelador, porque se trata de una relación recíproca. Y en el monaquismo esta reciprocidad se vive de forma mucho más intensa.

Pero vamos a abordar las cosas desde una perspectiva más histórica. Hemos visto que el monaquismo es lo mejor que ha ofrecido la Iglesia. Las raíces del monaquismo se encuentran ya en el mismo Antiguo Testamento. Evidentemente, cuando hablamos de raíces del monaquismo cristiano, no nos referimos a las formas externas, ya que estas cambian con el paso del tiempo. No importa si se construye un monasterio o no, o si tiene tal o cual estructura; esas cosas varían de una época a otra.

Sin embargo, es importante señalar que, en el Antiguo Testamento, el profeta Elías vivía en celibato. Fue el único profeta de liderazgo que era célibe, mientras que otros como Moisés, Aarón y muchos más estaban casados. El profeta Elías fue célibe, puro, pobre y vivía en obediencia a Dios. Estas tres virtudes -pureza, pobreza y obediencia- son precisamente las que caracterizan la vida monástica.

Cuando Elías llamó a Eliseo, este tenía bienes: tierras, animales, y trabajaba en el campo. Dice la Escritura que, mientras araba con sus bueyes, Elías lo llamó. Eliseo, también célibe, rompió los arados -instrumentos de madera-, sacrificó los bueyes, hirvió la carne, la repartió entre los pobres y siguió a Elías, convirtiéndose en su sucesor.

Ambos, Elías y Eliseo, fundaron las llamadas «escuelas proféticas». Cuando Elías fue llevado al cielo, no sólo Eliseo fue testigo de su ascensión, sino también entre doscientas y trescientas personas que pertenecían a estas escuelas. La Escritura los llama «hijos de los profetas», y puedes encontrarlos con ese nombre en el Segundo Libro de los Reyes, capítulo cuatro.

Estos “hijos de los profetas” vivían en pobreza, predicaban al pueblo y también conservaban la memoria histórica del mismo. A ellos se les atribuye la escritura de algunos libros del Antiguo Testamento.

Sólo os contaré un acontecimiento. En una ocasión, le dijeron al profeta Eliseo que fueran él y sus discípulos a habitar en un bosque al otro lado del río Jordán. Eliseo les dio su aprobación. ¿Qué harían allí? Cortarían madera y construirían cabañas para quedarse a vivir.

Uno de ellos, mientras cortaba un árbol, dejó caer su hacha al río. Comenzó a gritar: “¡Ay, lo que me ha pasado! ¡Se me ha caído el hacha al río, y ni siquiera era mía!”. El profeta Eliseo estaba cerca. Es decir, vemos aquí un κοινόβιο kinobio (un monasterio de vida en común), donde nadie tiene posesiones personales, sino que todo es compartido. Así pues, se evidencia dónde están las raíces del monaquismo.

Por otro lado, el último gran monje, santo y perfecto del Antiguo Testamento, ya con una forma profundamente santificada, es San Juan el Precursor. No es casual que los Evangelios describan qué comía, cómo vestía y cómo vivía. ¿Quién podría ofender a San Juan? Sin embargo, como lamentablemente los hombres muchas veces no comprenden, terminan insultando o despreciando incluso lo sagrado.

Ya en la época de Cristo y de Juan, esto lo confirma el mismo Jesús cuando dice: “Vino el Hijo del Hombre comiendo y bebiendo” -porque el Señor llevaba una vida social, no vivía en el desierto. Así debía ser, y cuando lo invitaban a una comida o a una cena, comía y bebía normalmente. Y vosotros decís: “¿Este es el Mesías? ¡Es un comilón y un bebedor!”. Vino Juan, haciendo ascesis y ayuno, y decís: “Tiene un demonio”. ¿Por qué dijeron que tenía un demonio? Porque no podían comprender una vida que excedía las dimensiones naturales.

Tomemos un solo caso que va más allá de lo natural: ¿Por qué no te casas?, preguntan muchos. “Es natural”, dicen, “¿acaso Dios no bendijo el matrimonio?”. ¡Atención! Sí, Dios bendijo el matrimonio, pero fue una concesión, no Su voluntad original. El matrimonio no existiría si los primeros en ser creados no hubiesen pecado, para morir luego. La prueba es que, en Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios -como dice claramente el Señor- no se casan. Allí, el matrimonio no existe.

El matrimonio, entonces, no es la voluntad de Dios por complacencia, sino por condescendencia. En cambio, el celibato representa la voluntad original, la voluntad plena de Dios. ¿Qué hace aquel que permanece célibe? Pues, sencillamente, anticipa la realidad de la Βασιλεία Vasilía de Dios, aún antes de su manifestación plena, la cual ciertamente se revelará con el regreso del Señor. Por lo tanto, el celibato no es antinatural.

Si lo vemos desde esta perspectiva, podríamos preguntarnos: ¿Quién es más natural, el hombre que vive sobre la tierra en su condición actual, o el hombre nuevo que habitará en la Βασιλεία Vasilía de Dios? Sin duda, el segundo.

Así que os digo esto porque muchos acusan y dicen: “Mirad, éste lleva una vida no natural, anormal.” Pero no es así. No es una vida antinatural o anormal. En realidad, es tu propia vida la que es antinatural, si la observamos desde el prisma de la dogmática, es decir, desde la verdad de nuestra fe. Por tanto, no es antinatural.

Quisiera añadir una cosa más. Repito, no agotaremos el tema, porque es inmenso. El monaquismo apareció poco antes del cese de las persecuciones, hacia mediados del siglo III, quizá un poco antes. En ese tiempo, los cristianos perseguidos huían al desierto. Si alguien me preguntara por qué no surgió el monaquismo antes, respondería: porque los cristianos ya vivían en un estado de martirio debido a las persecuciones.

¿Sabéis por qué? No os extrañe: porque el cristianismo, en esencia, es un martirio. Pero no me extenderé más en esto.

Así que, mientras existía el martirio, ¿para qué añadir otro tipo de martirio? Pero cuando la Iglesia se pacificó, y lo que es peor, cuando muchos hombres paganos, por interés, especialmente los que ocupaban cargos importantes, empezaron a hacerse cristianos, la calidad espiritual de la Iglesia comenzó a deteriorarse. El fervor se fue enfriando. Entonces, algunos comenzaron a retirarse al desierto para mantener vivo ese fervor evangélico.

Del mismo modo, esto sucedió también en Rusia, cuando millones se bautizaron sin la catequesis adecuada. Recordad que, en la Iglesia primitiva, los catecúmenos pasaban por un período de preparación que duraba uno, dos o incluso tres años. Sólo cuando eran considerados aptos, se les bautizaba y crismaba. Luego, esta práctica se perdió, y con ello, surgieron los signos del enfriamiento espiritual, y si se quiere, del comienzo del declive.

En ese contexto surge el monaquismo, no como una señal de decadencia, sino como una respuesta salvadora. Por lo tanto, el monaquismo es un signo de esplendor. Es exactamente lo contrario de lo que muchos piensan. El monaquismo no es señal de decadencia, sino un punto culminante en la vida de la Iglesia.

Por eso, una Iglesia que no tiene monasterios corre el riesgo de perderse, de secularizarse o de mundificarse por completo.

Por ejemplo, en el mundo protestante: ellos no tenían monasterios y con el tiempo observaron que su ausencia era una carencia. Se dieron cuenta de que los hombres, viviendo en el mundo, se iban mundanizando día tras día, año tras año, siglo tras siglo. Por eso, en los últimos años -aunque parezca extraño- algunos protestantes han comenzado a fundar monasterios. Obviamente, lo hacen según su propio entendimiento e invención, pero, en cualquier caso, han comenzado a formar monasterios.

¿Qué significa esto? Significa que el monasterio y el monaquismo no son señales de decadencia, sino de esplendor. Especialmente en aquellos lugares donde florecieron en número, como ocurrió en los desiertos de Egipto, donde llegaron a haber miles de monjes y monjas, se desarrolló una forma de vida y una cultura espiritual única.

De allí provienen los Gerónticos, esos libros que recogen la vida de los ascetas, santos y padres. Son obras que no morirán jamás y que seguirán escribiéndose con nuevas hazañas hasta el fin de la historia.

¿Y qué más puedo deciros? Solo esto: los monjes eran quienes percibían las herejías que surgían en las ciudades. Entonces, descendían de los desiertos y advertían al pueblo: “Esto es herético.”

También contribuyeron los monasterios en temas de enfermedades, hambrunas, etc. Acordaos de san Antonio el Grande, que vivía en el desierto: dos veces bajó a Alejandría a causa de situaciones graves. Una vez para luchar contra la herejía de los arrianos, y otra vez porque había una epidemia, y fue a ayudar.

Os diré más: los monasterios son la mayor fuente (la fábrica) de santos, de defensa de la fe dogmática y de producción himnográfica. Casi toda la himnografía -el noventa y nueve por ciento- pertenece a los monjes y monjas. Esta música que llamamos bizantina es suya. Así que cualquiera puede constatar que tenemos una gran producción espiritual, tan grande que no sabría por dónde empezar.

En Europa, los museos están llenos de manuscritos que fueron preservados gracias a los monjes. Los libros de la Santa Escritura se conservaron porque ellos los copiaron. La cultura helénica antigua, los escritos de los filósofos -incluso Homero- se salvaron por obra de los monasterios. ¿Sabéis cómo se salvaron? Porque en la ησυχία (hisijía: serenidad mental y paz cordial) del monasterio, los monjes se sentaban a copiar a mano libros originales, raros y difíciles de encontrar. Todo lo que se ha conservado del mundo helénico antiguo, en gran parte, es obra de ellos. Solo por eso, el mundo debería mirar con respeto al monaquismo.

Y también, como os dije antes, en el desierto se desarrolló una auténtica cultura espiritual, una cultura que ofrecía a los hombres modelos concretos para vivir incluso en medio de las ciudades. Era una cultura basada en la αγάπηel amor desinteresado e incondicional- y en la pureza del corazón y del cuerpo.

Os daré un pequeño ejemplo que muestra la lucha contra la φιλαυτία (filaftía: egolatría, excesivo amor a sí mismo y al cuerpo). Porque dentro de este mundo nuestros cristianos son ególatras, materialistas y en grado grande.

Una vez, a un asceta le ofrecieron un racimo de uvas por la mañana. Él pensó: “¿Por qué debo comerlo yo? Mejor se lo doy a aquel otro asceta, que tal vez lo necesite más.” Lo envió. Pero ese otro asceta, al recibirlo, hizo el mismo pensamiento y lo envió a otro hermano. Así fue pasando de uno a otro, hasta que por la tarde volvió, sin que nadie lo planeara, al primero que lo había recibido. Cuando lo vio, se admiró y dio gracias a Dios, porque así se le reveló que entre los hermanos había un verdadero amor desinteresado, una comunión de agapi, amor incondicional. Entonces se santificó… y lo comió.

Decidme, ¿puede suceder esto en la sociedad actual, que es como una jungla? He aquí por qué digo que en el desierto se desarrolló una cultura de la psique-alma profunda.

¿Qué más puedo deciros? Terminaré aquí porque el tema es inmenso. Solo os insisto en esto: el monaquismo no es, en absoluto, una señal de decadencia. Al contrario, es un signo de esplendor de la Iglesia. Y os lo he demostrado. Obviamente, esto depende de una condición: que los monjes tengan conciencia de su vocación y respondan a ella como deben, para que la Iglesia se glorifique y se mantenga firme.

Estas son solo unas pocas cosas, mencionadas de forma indicativa, sobre este tema tan grande, para responder a vuestra pregunta. (40:29-30)
Yérontas Mitilineos

Fuente: https://arnion.gr/ y https://athanasiosmytilinaios.blogspot.com/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

Las herejías (papismo, protestantismo, ecumenismo) son EL MAYOR ENEMIGO DE LA IGLESIA

Las herejías (papismo, protestantismo, ecumenismo) son EL MAYOR ENEMIGO DE LA IGLESIA
(Fragmentos del libro Luz de la Luz del padre Georgios Metalinós)

Hoy, que nuestra Iglesia honra la memoria de los Santos y Teóforos Padres del Primer Concilio Ecuménico (Nicea, 325 d.C.), porque liberaron a la Iglesia de la enfermedad espiritual de la herejía arriana, consideramos oportuno referirnos de forma general al concepto de herejía, el mayor enemigo de la unidad de la Iglesia.

HEREJÍA, en el lenguaje teológico eclesiástico, es cuando alguien presenta sus propias opiniones y convicciones como doctrina, enseñanza de la Iglesia, y su interpretación personal de la αποκάλυψις apokálipsis revelación divina como interpretación y enseñanza eclesiástica.

La herejía causa un mal mayor en la Iglesia que el pecado.
El pecador cae como individuo, y puede recuperarse de nuevo, usando los medios redentores de la Iglesia.
Pero el hereje cae permanentemente del cuerpo de la Iglesia.
Porque no cree en la Iglesia como arca de la αποκάλυψις apokálipsis revelación divina. Cree solo en sí mismo y se coloca como juez de la fe “transmitida”.

Cada herejía es una erupción de la misma enfermedad: el egoísmo humano.
Por eso, la herejía constituye una blasfemia contra el Espíritu Santo.
En consecuencia, la herejía desgaja el cuerpo de la Iglesia. Destruye su unidad. Mezcla la verdad con el engaño. No viene desde fuera, y por eso no se percibe. Circula como verdad con vestimenta y apariencia eclesiástica, y así logra engañar fácilmente.
Es el arma más temible de Satanás contra la Iglesia, más temible aún que las persecuciones. Porque no mata cuerpos corruptibles, sino almas inmortales.

Fuente: https://aktines.blogspot.com/2025/05/blog-post_277.html

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

La Ascensión del Señor, A. Mitilineos

La Ascensión del Señor [Hechos 1,1-12], A. Mitilineos

Hechos – Πράξεις – praxis 1:1-12

1:1. Querido Teófilo: En mi primer libro, es decir, al Evangelio, traté de todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio

  1. hasta el día en que ascendió al cielo después de haber dado mandamientos e instrucciones por medio del Espíritu Santo a los apóstoles que él mismo había elegido.
  2. Después de su pazos-pasión se presentó a ellos, dándoles muchas pruebas evidentes de que realmente estaba vivo: se apareció durante cuarenta días y les hablaba y les enseñaba verdades sobre realeza increada de Dios.
  3. Y mientras que estaba comiendo y relacionándose con ellos les mandó: «no salir y alejarse de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, que muchas veces de mí oísteis hablar, es decir, el envío del Espíritu Santo.
  4. porque Juan bautizó sólo con agua, sin poder transmitir el renacimiento y vida espiritual, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días».

La Ascensión, 1:6-14.

  1. Los que estaban con él le preguntaron: “Señor, ¿vas a restablecer ya de nuevo el reinado de la realeza gloriosa de Israel?”.
  2. Les respondió: «No os toca a vosotros conocer los tiempos y las circunstancias que el Padre ha fijado con su propia autoridad y omnisciencia;
  3. pero recibiréis la dinamis potencia y energía increada del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, entonces os convertiréis en mis testigos y seréis los que enseñaréis en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra».
  4. Y habiendo dicho esto, mientras ellos le veían, se elevó hacia arriba y una nube luminosa lo llevó hasta que lo ocultó de sus ojos.
  5. Ellos se quedaron mirando fijamente al cielo mientras él se iba, cuando se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco, que eran ángeles del cielo,
  6. que les dijeron: “Hombres Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Este Jesús que ha sido arrebatado entre vosotros al cielo, volverá tal como lo habéis visto irse al cielo encima en una nube gloriosa”.
  7. Entonces regresaron a Jerusalén desde el monte de los Olivos, que está cerca de Jerusalén, es decir, un kilómetro, lo que se permitía a los israelitas andar en sábado.

    Tema: Sobre la Ascensión de Cristo: «Dios se manifestó en la carne… fue elevado en gloria»

(Transcripción de una homilía del venerable padre Atanasio Mitilineos)

La Iglesia, queridos míos, queda deslumbrada ante el hecho de la Ascensión al cielo de su Fundador y Señor. Vivió la Encarnación del Logos increado de Dios, lo vio predicar como “quien tiene autoridad”, lo contempló en la Cruz, comprobó Su Resurrección y ahora lo contempla con asombro ascender corporalmente al cielo.

Este ciclo -o si lo prefieren, este descenso del Logos de Dios en su creación y su resurgimiento desde ella-, después de haberse convertido en “el que despoja o el saqueador, desvalijador”, el conquistador de sus propias criaturas que el diablo había usurpado, dejó a los hombres maravillados.

Toda esta historia -del Dios que está fuera del tiempo, ciertamente- es expresada de manera concisa y poética por el apóstol Pablo en su primera carta a Timoteo. Escribe:

«Y sin discusión, grande es el misterio de la piedad:
Dios fue manifestado en cuerpo-carne,
justificado en el Espíritu,
visto por los ángeles,
predicado entre las naciones,
creído en el mundo,
ascendió en doxa-gloria».

Esto se encuentra en el capítulo tercero de la primera carta a Timoteo. Este pasaje es un resumen brevísimo del Cristianismo. Y, de hecho, para subrayar su importancia, comienza con la Encarnación y concluye con la Ascensión.

Veamos ahora este texto sagrado del apóstol Pablo, para analizarlo, para acercarnos a él: «Y, sin discusión, grande es el misterio de la piedad».

Aquí, el término «piedad» (εὐσέβεια, efsevia) designa al Cristianismo. El Cristianismo se llama «εὐσέβεια, efsevia», porque manifiesta -como dice Ecumenio- la actitud del hombre hacia Dios según Su beneplácito.
En verdad, es un misterio, porque el hombre, al revelársele (apokaliptársele) este misterio, quedó, queda y quedará siempre asombrado.
Se llama «misterio», además, porque es algo que estaba oculto y ahora se ha manifestado. Por eso dice el apóstol Pablo en su epístola a los Colosenses: «es decir, predicar el plan secreto de Dios, escondido desde los siglos y desde las generaciones y ahora manifestado a los creyentes por el kerigma del Evangelio a los santos de Dios, a los Cristianos, a quienes Dios quiso descubrir cuál es la riqueza sublime de este secreto de la salvación de los hombres entre los paganos de las naciones, que es Cristo entre vosotros, por el cual todos tenemos la esperanza de adquirir la doxa-gloria luz increada eterna» (Col 1:26-27).

Todo el misterio es Jesús Cristo. Y quiso el Dios Padre revelarnos (apokaliptarnos) este misterio, precisamente a nosotros, a las naciones, a los pueblos, para mostrarnos la medida de Su αγάπη (agapi: amor incondicional). Y es único en valor. Por eso es tan grande este misterio. Y, al desglosarlo, continúa: «Dios se manifestó en cuerpo-carne».

¿Qué sugiere aquí el término «se manifestó»?
Sugiere la revelación (apokálipsis) de la existencia eterna previa del Logos increado. Que el Logos increado de Dios existía desde siempre.

Permítanme hacer una distinción -que muchas veces he hecho- entre lo eterno (αἰώνιο) y lo perpetuo (ἀΐδιο aídio). «Eterno» significa algo que tiene un comienzo, pero no tiene fin. Nosotros, por ejemplo, una vez que nacemos, que entramos en la existencia, ya sea que nos encontremos en la Βασιλεία (Vasilía: Realezza increada) de Dios o en el Hades (Infierno), no tendremos fin. Así, el ser humano es eterno.

Pero Dios es perpetuo o sempiterno (ἀΐδιος aídios), lo cual significa que no tiene ni principio ni fin. Esa es la diferencia entre eterno y perpetuo o sempiterno.

«Siendo Dios e Hijo de Dios», dice Teodoreto, «y teniendo una naturaleza invisible, se hizo manifiesto a todos por haberse encarnado». Se hizo visible para todos –«δῆλος dílos», evidente, manifiesto-, para todos los hombres. La sabiduría y la agapi-amor de Dios hicieron visible al Dios invisible, a través del cuerpo-carne. Dios es invisible; incluso para los santos ángeles. Lo diré más adelante con más detalle: incluso para los santos ángeles. Solo era conocido plenamente por Sí mismo: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esa κοινωνία (kinonía: conexión, unión y comunión de las tres Personas de la Santa Trinidad constituye también la Iglesia (increada). La Iglesia es -y la encontramos así- perpetua o sempiterna (ἀΐδιος aídios); porque encontramos a la Iglesia como la κοινωνία comunión de las tres Personas de la Trinidad. Y dado que Dios siempre existió, siempre existió también esta comunión de las Personas, y por tanto, siempre existió también la Iglesia. Así, la Iglesia es perpetua o sempiterna (ἀΐδιος aídios).

Pero quiso Dios, por Su agapi-amor, hacer una manifestación exterior de esta κοινωνία kinonía comunión. Es decir, quiso transmitir y extender esa comunión que Él tenía, hacia los santos ángeles y hacia el hombre, hacia los hombres. Y así, entonces, la Iglesia procede desde Dios, y al haber sido también comunicada a los santos ángeles, ahora se extiende también a los hombres.

Ésta es la Iglesia. Esa que tanto despreciamos. Porque no es otra cosa que la κοινωνία kinonía comunión de las Personas.

Así pues, la sabiduría y la  agapi-amor de Dios hicieron visible al Dios invisible a través del cuerpo-carne. Es lo que señala el evangelista Juan, el Teólogo, el auténtico Teólogo: «El Logos se hizo sarx carne» (Ὁ Λόγος σὰρξ ἐγένετο).

Muchas veces lo he dicho -pero no importa repetirnos-, puede que me hayan escuchado decir lo mismo una y otra vez en ciertos puntos, porque el propósito de nuestras homilías no es otro que el de una enseñanza. Para aprender y afianzar esta lección, si tradujéramos esta frase «Ὁ Λόγος σὰρξ ἐγένετο» literalmente, ¿saben cómo sería?
«El Logos se hizo carne» o incluso, más literalmente aún: «El Logos se hizo carne cruda» (carne viva, como carne animal). Una expresión dura. Dura, lo repito.

Pero ¿por qué el evangelista Juan utiliza la palabra «sárx» (carne)? ¿Por qué no dice: «el Logos se hizo hombre»? ¿Por qué no dice: «el Logos se hizo cuerpo»? Sino que dice: «se hizo carne», algo tosco, algo que a primera vista puede parecer repulsivo.

¿Por qué?
Porque el evangelista Juan quería subrayar que verdaderamente el Logos de Dios se hizo lo que no era. Es decir, asumió la naturaleza humana, pero de una manera que no podemos comprender. Y aunque esta forma de encarnación se nos ha revelado (apokaliptado), es decir, se hizo hombre, no podemos entender nada más allá de eso.

Y lo hizo así el Logos, desplegando o declinando los cielos y descendiendo. Abajó los cielos y descendió a la tierra. Es una expresión que procede del Salmo 17, que muestra cómo Dios baja, desciende. Podríamos decirlo con una sola palabra: condescendió. Esta es la condescendencia de Dios al nivel de la naturaleza humana.

Y continuamos con este análisis del apóstol Pablo -ya les he dicho que es de gran importancia y valor: «fue justificado en el Espíritu» (ἐδικαιώθη ἐν Πνεύματι).

Que «el Logos se hizo carne» y que «Dios se manifestó en carne, fue justificado en el Espíritu».
¿Qué significa «fue justificado en el Espíritu»? ¿Quién daría testimonio de que el hombre Jesús es, en verdad, el Logos de Dios encarnado? Solo el Espíritu Santo. Y este testimonio se da constantemente…

Recuerdo y les traigo a la memoria aquel momento del Bautismo, cuando descendió el Espíritu Santo y se escuchó aquella voz:
«Este es mi Hijo amado, en quien se complace mi corazón». Pero también, el mismo Señor -lo señala el Evangelio según san Lucas- decía que los milagros que realizaba en este mundo eran hechos
«con el dedo de Dios» (ἐν δακτύλῳ Θεοῦ). ¿Y quién es ese «dedo de Dios»? Es el Espíritu Santo.

Así como el Espíritu Santo, en forma de paloma, dio testimonio sobre Jesús Cristo -¿qué era la paloma en el Bautismo? Era el dedo del Padre. Así, entonces, el Espíritu Santo es el dedo del Padre.

«Y el Paráclito», como dice el mismo Cristo, «dará testimonio de mí». «Él será mi testigo». Especialmente en el día de Pentecostés. Porque, así como los judíos decían que Jesús era un engañador, un usurpador de atributos divinos -decía, afirmaba, cometía, como ellos decían, un «crimen de sacrilegio»- que era el Hijo de Dios. Entonces, decían: «Es reo de muerte». ¿Por qué? Decían a Pilato: «Se hizo igual a Dios». Y Pilato se asustó… «¿Igual a Dios? ¿Quién es este Jesús?»

¡Presten atención! Si Jesús fuera realmente un impostor, un usurpador de atributos divinos, entonces al morir no solo no debería haber resucitado, sino que debería haber permanecido en el Hades. Pero lo vemos ascendiendo al cielo. ¿Cómo puede entonces ser un usurpador? Por tanto, Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios, ομοούσιος omoúsios consustancial con el Padre.

Y no solo es Pentecostés el momento en que vemos que el Hijo asciende y el Espíritu Santo desciende, sino que además el Espíritu Santo permanece en la Iglesia y da continuamente Su testimonio sobre la persona de Jesús Cristo.

Por eso dijo el apóstol Pablo: «Nadie puede llamar a Jesús “Señor” sino por el Espíritu Santo». No puedes confesar que Jesús Cristo es Dios, que es el Señor, a menos que tengas el Espíritu Santo.

Así que, lo contrario también es verdad: Si no confiesas que Jesús es el Hijo de Dios, que es Dios, entonces no tienes el Espíritu Santo.

¿Quieren, entonces, hacer una prueba? ¿Una autoevaluación? Una pregunta: «¿Tengo yo el Espíritu Santo?» ¿Creo que Jesús Cristo es Dios? Si respondo: «¡Sí!», entonces tengo el Espíritu Santo. Si no lo digo, entonces no tengo el Espíritu Santo.

Claro, esto podríamos decir que es una primera etapa. Porque hay muchas otras señales más adelante que también revelan la presencia del Espíritu Santo.

Así, pues, vemos que el testimonio del que aquí escribe el apóstol Pablo, «fue justificado en el Espíritu», significa que fue justificado como Dios encarnado por el Espíritu Santo. Esto se ve con absoluta claridad.

Y continúa el apóstol Pablo: «Fue visto por los ángeles».  Es la primera vez en la historia de la Creación visible e invisible que Dios se hace visible. La primera vez. Jamás los ángeles, los santos ángeles, habían visto a Dios. ¡Nunca, jamás, en absoluto! Ahora lo vieron en el rostro de Jesús Cristo. Pero, ¿cómo sabían que existía Dios? Por la fe. Porque la fe no es solo para los hombres, también es para los ángeles.

Sin embargo, dice Ekumenios: «Con nosotros vieron los ángeles a Cristo antes no lo veían. Porque la naturaleza invisible de la divinidad, ni siquiera ellos podían verla». Dice, entonces, que ni siquiera los santos ángeles podían contemplar la naturaleza invisible de Dios. Pero cuando se encarnó, lo vieron».

¿Sabían ustedes que la salvación a través de la encarnación del Logos de Dios no fue solo para los hombres? También fue para los santos ángeles. Y esa salvación se consolidó cuando creyeron. Ese niño en Belén es el Logos de Dios. El que sirvió este misterio, ¿quién fue? El arcángel Gabriel. La santidad de los ángeles se consolidó, se estabilizó, y ya no corren peligro de caer.

Tomen nota: algunos sí cayeron; esos son los demonios. Pero los santos ángeles fueron afianzados con la Encarnación del Logos de Dios. Y los santos ángeles son agradecidos al Logos de Dios, porque lo vieron y se afianzaron en la santidad.

Pero también son agradecidos a la Santísima Θεοτόκος (Zeotokos: la que da a luz a Dios), porque ella trajo al Hijo de Dios al mundo. No vino a través de los ángeles, sino a través del ser humano, de la Santísima Virgen María. Sé que esto que les digo es un poco difícil, perdónenme, pero es necesario que lo aprendamos.

Así, pues, el primero que vio la Encarnación del Logos fue el arcángel Gabriel.
¿Escucharon lo que dice el texto sagrado?
Bueno, no el texto sagrado exactamente, sino lo que decimos en los Saludos o Acatisto a la Virgen (Χαιρετισμοί, jeretismí saludos):

«Un ángel principal -es decir, un arcángel- fue enviado desde el cielo para decirle a la Zeotokos el “Χαῖρε jere Alégrate ” y con su voz incorpórea, al verte encarnarte, Señor, quedó maravillado». «Te vio encarnarte, Señor». Cuando decía a la Virgen: «¡Χαῖρε jere Alégrate!», al mismo tiempo veía -cuando la Virgen preguntó: «¿Cómo sucederá esto?», y él respondió: «Por el Espíritu Santo» -veía al Logos de Dios encarnarse, tomar la naturaleza humana. ¿Dónde? En el seno de la Virgen. «Estaba de pie y quedaba extasiado» -dice el texto poético-«permanecía firme y al mismo tiempo en éxtasis». Y durante toda la vida terrenal de Cristo, los ángeles veían su vida y la seguían. Sí. Y también a ellos, como les he dicho -lo repito-, se les dio la fe. Y al creer, los santos ángeles fueron salvados definitiva, inmutable e irrevocablemente.

Pasamos ahora al siguiente versículo del apóstol Pablo: «Fue predicado», dice, «entre las naciones». Sí. ¿A quiénes?, pregunta Zigavinós. «Fue predicado a aquellos que estaban alejados del conocimiento-gnosis de Dios». A los desesperados, a aquellos que habían sido acusados como si fueran rechazados por Dios, como si no fueran hijos suyos. A estos se les predicó Jesús Cristo. El Evangelio y la salvación siguieron el camino de la predicación, porque la fe tenía que ser conservada.

Dice el apóstol Pablo en su epístola a los Romanos:

«¿Cómo, pues, invocarán a Aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en Aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin que haya quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados?» (Rom 10:14-15)

Tal como dijo el Señor: «Id a todas las naciones…», etc., etc. Y continúa Pablo: «Así que la fe viene por el oír, y el oír por el logos de Dios». Esto lo dice, como les mencioné, en el capítulo 10 de la carta a los Romanos.
La fe viene del oír: escuchas y crees. No verás primero. Escucharás primero. Verás después. Y el oír viene por el logos de Dios.

¡Saben ustedes aquellos que sirven al logos de Dios -porque ahora veo aquí delante de mí algunas personas que sirven al Evangelio— si pudieran comprender lo que realmente significa lo que hacen, se asustarían! ¡Se espantarían! Porque por medio del logos de Dios llegan hasta los oídos de los demás, para que nazca dentro de ellos la fe, y esa fe es la que salva. Así sea.

Y continúa el Apóstol: «Fue creído en el mundo». El Logos de Dios fue creído en el mundo gracias a la predicación (kerigma). Y fue creído a pesar de los tremendos obstáculos del diablo, porque la salvación era auténtica. Por eso hubo obstáculos. El diablo hizo todo lo posible para frustrar la venida de Cristo.

¿Quieren una revisión muy rápida de la historia?
Lamentablemente no tenemos tiempo, pero muy brevemente: El diablo escuchó que sería aplastado por Aquel que nacería de Eva.
No dice «del linaje de Adán», sino «de la descendencia de Eva». Eva no tiene esperma, simiente. La mujer no tiene esperma. Esto lo oyó el diablo cuando fue condenado aquella tarde en el Paraíso. Presten atención ahora…

El diablo buscaba -como dicen los Padres de la Iglesia- a todas las vírgenes, tratando de averiguar cuál sería la que traería al mundo Aquel que le aplastaría la cabeza. Adán y Eva tuvieron hijos. El diablo notó que Abel era un niño dulce, apacible. Kaín, en cambio, tenía maldad. (No sé qué significará esa «k» de «Kaín»… en fin). Y entonces hizo que Kaín matara a Abel.
¿Saben por qué? Para frustrar la venida del Mesías.

¿La prueba? La prueba está en que, como sustituto de Abel, Adán y Eva tuvieron a Set (Seth). El nombre «Set» significa sustituto. Pero ¿por qué, habiendo tenido muchos otros hijos, se considera que Set sustituye a Abel?

Porque era el sustituto en la línea genealógica del Mesías.

¿Quieren prueba? Vayan a casa, abran el Evangelio según san Lucas, donde aparece la genealogía ascendente de Cristo, y allí dice que «Cristo es descendiente de Set, de Adán, de Dios». Entonces, ¿qué representaba Caín? Representaba al Anticristo. La historia del Anticristo comienza desde ahí. Pero… se nos acabó el tiempo.

Así, pues, fue creído en el mundo, a pesar de los terribles obstáculos del diablo, como les dije, porque el Espíritu Santo iluminó las buenas disposiciones del corazón, y creyeron todos aquellos cuyos nombres estaban escritos en el libro de la vida, pues tenían buena voluntad y disposición interior. La fe es siempre antigua y siempre nueva; es el camino eterno para acercarse a Dios y alcanzar la salvación. Por eso el Hijo de Dios asumió la naturaleza humana: para subrayar el valor de la fe.

«Ascendió en doxa-gloria», el último versículo. El Hijo de Dios entró en la creación sin traer nada material. Entró como Dios, desnudo de todo lo material. No trajo nada físico. Y se fue -como dice san Nicodemo el Aghiorita-, «enriquecido en bondad». Se llevó consigo la naturaleza humana. Vino pobre y se fue rico, llevándose con Él la humanidad. ¿Entienden? No desechó la naturaleza humana, porque justamente eso es lo que vino a salvar. Y se fue junto con ella. Ascendió sobre las nubes, como Señor, Todopoderoso, dice Zigavinós, servido por ángeles. Fue la salida natural del Logos de Dios, quien, con el gran misterio de la Encarnación, unió el cielo con la tierra, lo increado con lo creado. Él es el gran Recapitulador, porque recapitulación significa reunión, unión, fusión.

Queridos hermanos:

Hoy celebramos el acontecimiento de la Ascensión de nuestro Señor Jesús Cristo. Y Su Ascensión no significa abandono del mundo, sino salvación del mundo. Y todos nosotros vivimos estos acontecimientos,
porque nos han precedido. Y la Iglesia canta al gran autor de nuestra salvación diciendo:

«Ascendiste en doxa-gloria, oh Cristo Dios nuestro,
alegrando a tus discípulos con la promesa del Espíritu Santo,
habiéndoles confirmado por medio de la bendición,
que tú eres verdaderamente el Hijo de Dios,
el Redentor del mundo». Amén.

PARA GLORIA DEL DIOS TRIUNO
y con inmensa gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, Transcripción y edición: Eleni Linardaki, filóloga

Traducido por: χΧ jJ  https://logosortodoxo.es/

 

 

 

 

El Cristianismo y las demás religiones, Mitilineos

 

El Cristianismo y las demás religiones

El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.

 

Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua helénica-griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos el Nuevo Crisóstomo. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes del bachillerato.

Índice

  1. ¿Es correcto pensar que la razón por la cual muchos hoy se encuentran alejados de la Iglesia se debe únicamente a los errores de sus líderes, de los fieles, u otras razones?
  2. ¿En qué medida influyeron las religiones orientales en el cristianismo, y esto pone en duda su carácter apocalíptico-revelativo?
  3. ¿Quizá Dios es uno, pero se presentó en los pueblos de Oriente como Buda, Mahoma, etc., y en nosotros como Jesús Cristo?

 

  1. ¿Es correcto pensar que la razón por la cual muchos hoy se encuentran alejados de la Iglesia se debe únicamente a los errores de sus líderes, de los fieles, u otras razones?

En el mismo papel que me han entregado, aparece una segunda pregunta relacionada con la anterior: ¿Por qué existe una diferencia porcentual tan marcada entre el cristianismo y las demás religiones? ¿Por qué el cristianismo, si contiene la verdad, no ha sido proclamado igualmente a otros pueblos que son inteligentes y sedientos de verdad, como por ejemplo los chinos? A esta pregunta se adjunta también un recorte de la revista Iglesia, que informa lo siguiente: En un artículo se menciona que, el año pasado, se realizó un censo de los fieles pertenecientes a las principales religiones y confesiones. Los resultados fueron los siguientes: ortodoxos, católicos romanos, protestantes, musulmanes, hinduistas, confucianos y budistas. Omitiendo aquí los números exactos, se concluye que sólo el 32,28 % de la población mundial es cristiana. Es decir, aproximadamente uno de cada tres. El resto profesa otras religiones.

Surge entonces la duda: ¿a qué se debe esta disparidad? El Señor dijo: “Id, pues, a enseñar la metania y la verdad a todas las naciones; y a los que creerán y se harán vuestros discípulos, bautizadlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo;” (cf. Mt 28,19). ¿Por qué, después de dos mil años, no se ha cristianizado toda la humanidad?

Hijos míos, esto no se debe a que el cristianismo no sea la verdad. El cristianismo es la verdad. Las demás religiones, en cambio, son falsas. Esto puede entenderse de manera sencilla y lógica.

Atención: ¿Qué son, en esencia, todas las religiones? Son invenciones humanas, creaciones nacidas del mismo hombre. Especialmente las religiones asiáticas son producto del pensamiento humano. El hombre, por naturaleza, lleva dentro de sí una inclinación hacia lo divino -lo que llamamos el fenómeno de la religiosidad-, y como resultado, tiende a construir una religión que le brinde sentido y satisfacción según sus propias convicciones.

Estas religiones se denominan endocósmicas (es decir, originadas dentro del mundo), y por ser endocósmicas, no pueden salvar. Sólo una religión que revele-apokalipta (del griego apokalipto), al verdadero Dios -un Dios que existe y se da a conocer- puede ser verdadera. Esa religión no proviene del mundo (no es endocósmica), sino que viene desde fuera del mundo: es exocósmica.

¿Cómo podemos comprender esto?

Os doy un ejemplo, que ya he mencionado en otra ocasión. Si tú pesas 70 kg, podrías levantar 100 kg. Pero si te pidieran que te levantaras a ti mismo, ¿podrías hacerlo? No. La física nos enseña que no podemos elevarnos a nosotros mismos porque nuestras fuerzas son cerradas en sí mismas. Por más que lo intentes, no puedes levantarte tirando de tu propio cabello. Puedes levantar 100 kg, pero no a ti mismo.

¿Qué significa esto?

Que no podemos salvarnos con nuestras propias fuerzas. La salvación requiere de una fuerza que venga desde fuera. Todas las religiones del mundo, al ser endocósmicas o naturales, buscan la salvación mediante medios ideados por el ser humano. Pero ¿puede el hombre salvarse de este modo? No. Necesita recibir una fuerza externa, y esa fuerza y energía es el cristianismo.

El cristianismo es la apocálipsis-revelación del que vino del cielo, el que existe en el cielo, como nos dice el Evangelista Juan acerca de Jesus Cristo: «A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo unigénito que es el Ὤν on (existente, el ser, “el que era y siempre es”), que está en el seno del Padre, él nos ha apocaliptado/revelado, explicado y dado a conocer a Dios». [«Por tanto es natural que recibamos la apocálipsis/revelación perfecta de la verdad. A Dios nadie lo ha visto, es decir, su ουσία usía/esencia; el Hijo unigénito que es el Ὤν on, (existente, el ser, “el que era y siempre es”), nacido de la esencia del Padre y está en el seno siempre del Padre inseparable, él nos ha apocaliptado/revelado, explicado y dado a conocer a Dios» (Jn 1,18).

Esto es, de forma clara y definitiva, la verdadera religión: el Cristianismo.

¿Qué ocurrió, pues, a lo largo de dos mil años, que el mundo no se hizo cristiano, a pesar del mandamiento que recibieron los discípulos de Cristo, y, a través de ellos, todos los que debían obrar de la misma manera, de ir a todas las naciones y enseñar el Evangelio?

Escuchad: existe un pasaje que aparece en el Antiguo Testamento y que también es citado en el Nuevo Testamento. Dios dice: “Por causa vuestra, mi nombre es blasfemado entre las naciones idólatras” (cf. Is 52,5; Rom 2,24).

Así pues, el kerigma (predicación) del Evangelio es auténtico, verdadero y salvador. Entonces, ¿dónde está la culpa? La culpa no está en el Evangelio, sino en quienes lo portan: los hombres, los cristianos, tanto los de ayer como los de hoy.

Gandhi expresó con sabiduría: “Me gusta Cristo, pero no me gustan los cristianos”. El cristianismo es bueno, pero los cristianos muchas veces no lo son. La manera en que los cristianos viven, actúan y se conducen no siempre ha sido -ni es- el factor que impulsa a los pueblos a aceptar el Evangelio. Más bien, a menudo ha sido motivo de rechazo.

Os pondré un ejemplo claro. Cuando los europeos comenzaron a colonizar África, intentaron cristianizar a los africanos con el objetivo de explotarlos. Gracias a Dios, los cristianos ortodoxos no participaron en esas empresas coloniales. Tenemos, en cambio, el caso ejemplar de san Frumencio, enviado por san Atanasio el Grande a Etiopía para evangelizar a su pueblo. Cuando san Frumencio llegó, no llevaba consigo intereses coloniales. Su intención era puramente evangelizadora. En cambio, cuando llegaron los europeos y la Iglesia occidental a África, la motivación era la conquista. Colonizaron tierras, explotaron recursos y utilizaron el cristianismo como instrumento de dominación. Para ellos, la fe no era el fin, sino un medio.

¿Queréis otro ejemplo?

Cuando los europeos llegaron a la India -sin entrar aquí en detalles sobre cuáles naciones en particular-, lo hicieron con fines coloniales y de dominación. Pero si tú, que afirmas tener la religión verdadera, vienes y das el peor ejemplo posible, si te conviertes en opresor y yo, el indígena, me convierto en objeto de tu explotación, entonces, ¿cómo voy a aceptar la religión que me traes?

Lo mismo ocurrió en América cuando llegaron los europeos. Si tú vienes con una cruz en una mano y una espada en la otra, si vienes a conquistarme y aprovecharte de mí, lo natural es que yo -hinduista, africano, chino o indígena americano- rechace la religión que me ofreces. Y con razón.

Esta es, en gran medida, la causa por la cual el mundo no se hizo cristiano: el mal testimonio de los cristianos. El escándalo que han producido con su comportamiento ha cerrado muchas puertas que el Evangelio, por su verdad intrínseca, habría podido abrir.

Y si queréis más razones, ¿por qué mirar tan lejos cuando basta con observar nuestro entorno más cercano? ¿Por qué nuestros propios familiares aún no se han hecho cristianos verdaderos? ¿Por qué, yo mismo, que he comenzado el camino espiritual, aún no me he convertido en un cristiano auténtico? ¿Por qué, en el colegio, no soy un alumno que viva según los principios cristianos?

¿Cómo entonces puedo influir en los demás?

Por esta razón, daremos cuentas muy serias ante Dios, porque nosotros hemos sido causa de que los pueblos y las naciones no hayan sido sostenidos por el logos de Dios ni acogidos en la Iglesia.

Tal vez me diréis: ¿acaso todos están obligados a creer?

Ciertamente, existen también otros factores en los que los cristianos no tienen responsabilidad directa, como dice la Escritura: “la fe no es de todos” (2 Tes 3,2). Sin embargo, eso no nos exime de nuestra parte de culpa.

Cuando Cristo profetiza sobre el final de la historia, incluye también el comportamiento de los cristianos, y revela que el mundo entero no será cristianizado. Prestad atención a este detalle: el Señor dio una señal y dijo que “el Evangelio será predicado y escuchado en todo el mundo”. Fijaos en la precisión de la profecía: “se escuchará”.

Hasta el día de hoy, el Evangelio, el logos de Dios, se ha traducido a más de 1.700 lenguas y dialectos, es decir, prácticamente a todas las lenguas del mundo. Sin embargo, no toda la tierra es cristiana. ¡Atención, observad qué exactitud tiene la profecía, esto nos muestra la exactitud del anuncio: “se escuchará el Evangelio”!

Hoy en día, el Evangelio puede ser leído por cualquier persona, pero no todos lo aceptan ni lo viven. Por eso no debemos esperar que toda la humanidad se haga cristiana. El logos del Evangelio ha sido escuchado, sí, pero no ha sido aplicado, vivido, y eso se debe -en gran medida- al mal testimonio de los cristianos. Esto también estaba contenido en la profecía.

Por eso el Señor dijo: “Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18,8). Alude a que la fe desaparecerá, que ya no existirá sobre la faz de la tierra. Y no solo en aquellos que desde el principio no la aceptaron, sino incluso en los mismos cristianos. ¿Encontrará fe en nosotros? Hoy  , un tercio de la humanidad está bautizado, pero ¿vivimos de acuerdo con nuestra fe? Sin duda, no.

¡Cuánta negación vemos entre nosotros mismos! Incluso aquí, entre los griegos que nos consideramos cristianos ortodoxos, ¡cuánta negación hay! Aunque estamos bautizados, muchos nos hemos convertido en ateos, incrédulos, pecadores, indiferentes, incluso indecentes. No nos conformamos a la voluntad de Dios.

Y aún más: el Señor anunció que, antes de su venida, habría una gran indiferencia espiritual y una especie de congelamiento del corazón. Dijo que “el amor (agapi) de muchos se enfriará”. Es decir, habrá una decadencia moral, una ruina interior, una caída generalizada.

Todo esto, como vemos, ya está profetizado.

Lo repito una vez más: el deseo de Dios es que todo el mundo conozca el Evangelio, pero nosotros, los portadores -los cristianos-, desgraciadamente no hemos respondido fielmente a este mandato del Señor. No hemos sabido evangelizar ni siquiera al que está a nuestro lado.

Por lo tanto, la causa está en nosotros, y el castigo también caerá sobre nosotros.

 

  1. ¿En qué medida influyeron las religiones orientales en el cristianismo, y esto pone en duda su carácter apocalíptico-revelativo?

La pregunta es bastante amplia, pero la he resumido en la frase anterior, y dice: Al estudiar la historia de los antiguos pueblos orientales, encontramos elementos religiosos comunes con los contenidos del Antiguo Testamento. Por ejemplo, la idea de la lucha entre el bien y el mal en la religión de los antiguos persas, o el mito del cataclismo (diluvio) en la tradición religiosa de los sumerios.

Además, escuchamos frecuentemente a profesores y académicos afirmar que, en estos aspectos, hay influencias de religiones orientales sobre el cristianismo. ¿Podría aclararnos en qué medida esto es cierto y si puede poner en duda al cristianismo como religión revelada o de carácter apocalíptico?

En realidad, este es un tema muy interesante y extenso. Pero, dado que estamos en el contexto de preguntas y dudas, intentaré responder de manera breve.

Es cierto que se afirma que existen influencias en el Antiguo Testamento, ya que encontramos acontecimientos, fenómenos, ideas y conceptos que también aparecen en religiones anteriores a la tradición bíblica del Antiguo Testamento. Por ejemplo, el relato del diluvio universal (el cataclismo), que se relaciona con un antiguo poema considerado uno de los más antiguos textos escritos dentro de la filología mesopotámica.

Sin embargo, no se trata propiamente de influencias. La respuesta y explicación a este fenómeno es la siguiente:

Tomemos el tema del cataclismo. El tema del cataclismo fue un fenómeno de carácter universal. Universal no en el sentido absoluto, ya que es posible que no haya ocurrido literalmente en toda la tierra, sino solo en una región específica. Cuando decimos universal, lo entendemos en relación con su ecumenicidad, es decir, con el ámbito donde vivían seres humanos. Allí, según el relato bíblico, todos perecieron, excepto Noé, su esposa, sus tres hijos y las esposas de estos, en total ocho personas.

Estas ocho personas, al sobrevivir al cataclismo, conservaron el recuerdo de aquel acontecimiento en su memoria y lo transmitieron a sus descendientes. Fue un suceso tan aterrador y significativo que quedó profundamente grabado en sus conciencias. No se trató de un hecho trivial, sino de uno que marcó la historia de la humanidad.

Así, al narrar a sus hijos -que no fueron testigos del evento- lo sucedido, comenzaron a transmitir diferentes versiones del mismo acontecimiento. Con el paso del tiempo, la población creció y los descendientes de Noé se dispersaron en todas direcciones, especialmente después del evento conocido como la Torre de Babel, momento en el que la humanidad se dispersó por toda la tierra.

Naturalmente, esta humanidad dispersa llevó consigo las tradiciones orales heredadas de sus antepasados. Como estas tradiciones se transmitían oralmente y estaban revestidas de un carácter religioso, y dado que procedían de una misma fuente común, era natural que con el tiempo adoptaran formas variadas, parecidas a relatos míticos o leyendas. Sin embargo, el núcleo de esas historias contenía una verdad histórica.

Por lo tanto, lo que relata el Antiguo Testamento no es producto de influencias de otros pueblos, sino que constituye apocálipsis, es decir, revelación divina, especialmente en relación con los hechos que el ser humano no pudo presenciar directamente ni transmitir por simple experiencia histórica.

Por ejemplo, Moisés, quien escribió el libro del Génesis, donde se describe el cataclismo a partir del capítulo seis, ¿cómo podría saber cómo se creó el mundo? Le fue revelado, le fue apocaliptado por Dios. Esta revelación constituye un testimonio inspirado por el Espíritu de Dios (θεόπνευστος zeópnefstos), que sorprendentemente ha resistido el tiempo y, en muchos casos, armoniza incluso con ciertos descubrimientos científicos modernos.

Por ejemplo, en el relato bíblico, primero se crea la luz y solo después se menciona el sol. Esto es coherente con la comprensión actual de que el sol no es en sí mismo la luz, sino un portador de ella. En realidad, la luz -como forma de energía- precede al sol. Por tanto, la primera creación fue la energía.

Sabemos que una de las grandes preguntas de la ciencia es: ¿qué fue primero, la materia o la energía? La ciencia responde que fue primero la energía, en forma de luz. Esto es exactamente lo que leemos en el relato del Génesis: Dijo Dios: “Hágase la luz”, y la luz fue hecha.

Traducido al lenguaje contemporáneo: Dios dijo: “Hágase la energía”, y la energía fue hecha. Y de esa energía se formó el mundo material tal como lo conocemos.

Este hecho es inmensamente grandioso y difícil de explicar si no aceptamos que el relato bíblico fue θεόπνευστο zeópnesto -inspirado por Dios y Su Espíritu.

Así que, como bien señala el geólogo francés Delonei, Moisés no poseía los conocimientos científicos de nuestra época. Además, la geología como ciencia tiene apenas unos doscientos años de existencia. Por tanto, la explicación es clara: Moisés fue θεόπνευστος zeópnefstos (inspirado por el Espíritu de Dios).

De este modo, la manera en que describe los seis días de la creación en el Génesis -especialmente la ordenada secuencia en la que aparecen el mundo físico, vegetal, animal y, finalmente, el ser humano- resulta verdaderamente admirable y sorprendente. Todo esto, como ya he dicho, no proviene de conocimientos humanos, sino de αποκάλυψις apocálipsis, es decir, de revelación divina.

Del mismo modo, Dios le revela a Moisés el relato del cataclismo. Aquello que, con el tiempo, fue recubierto de un lenguaje mítico por otras culturas, Dios se lo muestra a Moisés como la única y auténtica verdad.

Por eso es natural que lo que afirma la Sagrada Escritura sea cierto hasta su última palabra, y que, a la vez, muestre semejanzas con ciertas tradiciones de los pueblos. Esto se debe a que todos los pueblos partieron de una cuna común, y desde allí comenzaron a transmitir estas tradiciones, aunque más tarde las rodearan de elementos mitológicos.

Es natural entonces que, con el paso del tiempo, dieran nombres diversos a sus dioses, diciendo: “este es tal dios, aquel es otro”, etc. Pero al hacerlo, perdieron de vista al verdadero Dios y cayeron en la idolatría, formando imágenes divinas según su propia fantasía. Esto es un proceso comprensible en el desarrollo de las religiones humanas.

Otro tema que se menciona aquí es el del bien y el mal. Este es, sin duda, un fenómeno universal y un problema tanto filosófico como religioso: ¿Por qué existe el mal, si existe el bien? ¿Y por qué parece necesario que exista el mal? Esto ha dado lugar a la conocida “dualidad” en muchas religiones del mundo, que presentan dos principios opuestos: uno del bien y otro del mal.

Pero atención, este punto es fundamental. La “dualidad” es solo un intento humano de interpretar la presencia del mal en el mundo y en la vida. Lo característico del Antiguo Testamento, que es revelación (apocalipsis) y no mito, es que no presenta ningún elemento dualista. No habla de dos dioses contrapuestos, sino de un solo Dios.

Desde el primer momento del relato, este Dios único es el creador de todo: de la materia y de los espíritus. Dice el texto: “Dijo Dios: hágase la luz”, y la luz es una realidad material. Luego: Hágase el firmamento”, “hágase esto o aquello”, los animales, las plantas todo esto pertenece al orden material. Más adelante, Dios crea al ser humano y sopla en él aliento de vida, es decir, le da ψυχή (psijí: psique, alma, ánima la que anima, vivifica el cuerpo), y lo vivifica espiritualmente.

¿Quién, entonces, es el creador tanto de lo espiritual como de lo material? Uno solo: el Dios. No hay dualidad alguna en el Antiguo Testamento. Esto deja claro que sus escritos no están influenciados por enseñanzas exteriores, sino que han permanecido puros y libres de contaminación ideológica.

Esto, en resumen, es lo que podemos decir sobre esta duda, (28,1´).

 

  1. ¿Quizá Dios es uno, pero se presentó en los pueblos de Oriente como Buda, Mahoma, etc., y en nosotros como Jesús Cristo?

Esta pregunta refleja la influencia de una gran confusión espiritual. La idea de que Dios se haya manifestado en cada pueblo con diferentes rostros, a través de distintas personas, con leyes distintas -y que aquellos que cumplan dichas leyes heredarán la vida eterna- es una noción peligrosa.

Más abajo aparece otra pregunta: ¿Por qué no debemos leer a Kazantzakis y por qué fue condenado su libro “La última tentación”? Pues bien, no debemos leerlo precisamente para evitar que se nos formen percepciones erróneas como la de esta primera pregunta. Cuando uno lee libros que difunden ideas extrañas o falsas, es natural que comience a pensar así.

¡Atención! Yo aquí lo considero solo como una pregunta, y nada más. Ya hemos tratado este tema cuando hablamos sobre la teosofía. Pero si llegamos al punto de aceptar que Jesús Cristo está al mismo nivel que Buda, Mahoma o cualquier otro -a quienes muchos llaman “maestros místicos” o “instructores espirituales”, según su propia conveniencia-, entonces ¡ay de nosotros!

Existe, por ejemplo, un libro antiguo del siglo XIX titulado “Los grandes místicos”, de un autor llamado Siré, que desprende un mal olor espiritual. Allí, sin dificultad, uno puede leer cómo colocan a Jesús Cristo en la misma categoría que Confucio, Buda, Mahoma y otros personajes. Pero esto es un enorme error.

Quisiera responder a esta confusión con la siguiente reflexión: ¿Es posible que exista un solo Dios que se manifieste con diferentes rostros y dé leyes contradictorias a lo largo de la historia y en distintos pueblos? ¿Puede ser que el mismo Dios haya dado las enseñanzas del budismo, del cristianismo, del islam, cuando muchas de sus afirmaciones se contradicen abiertamente entre sí? ¿Pueden todas estas religiones provenir de un solo y mismo Dios?

Claramente, no.

Hijos míos, es lógico que se difundan estas ideas en un contexto influido por la teosofía desde el siglo XIX, como ya lo mencionamos antes. La teosofía intenta crear un sincretismo religioso, es decir, una fusión de todas las religiones para mostrar que todo viene de un solo Dios, con el objetivo de preservar superficialmente el monoteísmo y, al mismo tiempo, arrastrar a personas de todas las religiones hacia sus propios postulados.

Así, uno puede convertirse en un masón, pues la metafísica de la masonería es, de hecho, la teosofía. Y una vez ahí, puedes sentarte en la misma mesa con un budista y pensar que todo está bien, creyendo que el Dios al que tú oras, sea Cristo o Buda, es el mismo. Entonces tu conciencia se tranquiliza, pero lo hace falsamente, como si estuvieras anestesiado.

Pero yo pregunto: ¿podemos alcanzar la salvación que nos ofrece Jesús Cristo con esta mentalidad? Imposible.

¿Y qué pasa con la fe? Se desvanece en el aire.

Esto mismo lo dijimos al tratar el tema del ateísmo. Porque, en realidad, pensar que Dios se manifiesta cada vez de una forma diferente en la historia no es fe… es ateísmo encubierto. Es ateísmo al 100%.

Por eso, tengamos mucho cuidado con estas ideas, que lamentablemente se encuentran en muchos libros que circulan y dominan en nuestra época. Y cuando analicemos más a fondo el tema del ateísmo, volveremos sobre esto para que estéis en alerta y en guardia. Amén. Yérontas Mitilineos

Fuente: https://arnion.gr/ y https://athanasiosmytilinaios.blogspot.com/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

El Misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía o Comunión, A. Mitilineos, preguntas y respuestas

Capítulo 11: El Misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía o Comunión, 

El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.

 

Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua helénica-griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos el Nuevo Crisóstomo. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes del bachillerato.

Índice

Evangelio de san Juan, capítulo 6

  1. ¿Cuál es el pan ἐπιούσιο (epiúsio: “sobre-esencial” o “más que esencial”) que pedimos a Dios en la oración del Padre Nuestro?
  2. ¿Cuál es el sentido más profundo que se da en el culto cristiano al misterio de la Divina Comunión o Efjaristía?
  3. ¿Durante la celebración del Misterio de la Divina Efjaristía la presencia de Cristo es real, pragmática o simplemente simbólica y espiritual?
  4. Se dice que comulgamos dignamente el Misterio de la Divina Comunión. Si es así, ¿cómo pueden los creyentes hacerse dignos y merecedores de recibirlo? ¿Tomamos realmente el cuerpo y la sangre del Señor?

(Todas las preguntas y dudas relacionadas con el Misterio de la Divina Efjaristía tienen, en su mayoría, que ver con el capítulo sexto del Evangelio de San Juan. Por ello, hemos considerado conveniente incluir el capítulo seis completo, traducido tanto del griego antiguo como del griego moderno).

Evangelio de san Juan, capítulo 6

Multiplicación de los panes y los peces 1-15. Jesús camina sobre las aguas 16-21. El pan de la vida 22-59. El retiro de algunos discípulos 60-66. La confesión de Pedro 67-71.

Multiplicación de los panes y los peces 6:1-15.

6:1 Después de esto Jesús pasó al otro lado del mar de Galilea, el llamado Tiberiades,

2 y le seguía una gran multitud, porque veían los prodigios y los milagros que hacía en los enfermos.

3 Entonces subió Jesús a un monte y se sentó allí con sus discípulos.

4 Y se acercaba la pascua, la fiesta de los judíos.

5 Jesús alzó los ojos y contemplando la gran multitud que había venido a él, dijo a Felipe: «¿De dónde y con qué dinero compraremos pan para que coman éstos?»

6 Esto se lo decía en broma para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer.

7 Felipe le respondió: “Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno reciba un trozo”.

8 Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro:

9 “Hay aquí un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es esto para tantos?”

10 Entonces Jesús le dijo: «Mandadlos que se sienten y se acomoden». Había en aquel sitio mucha hierba verde, porque era primavera. Se acomodaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil varones. Sin contar mujeres y niños.

11 Tomó entonces Jesús los panes, y dando gracias al Padre, los repartía a los discípulos y ellos a la vez a los hombres que estaban acomodados y lo mismo hizo con los peces, y les dio todo cuanto querían.

12 Cuando se saciaron, dijo a sus discípulos: Recoged los trozos sobrantes, para que nada se pierda.

13 Recogieron pues, y llenaron doce cestas de trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido.

14 Aquellos hombres viendo el milagro que había hecho Jesús, decían: “Este verdaderamente es el Profeta que había de venir al mundo”, según la profecía de Moisés.

15 Jesús conociendo que iban a venir a arrebatarlo por la fuerza y hacerlo rey, se retiró de nuevo al monte él solo.

Jesús camina sobre las aguas 6:16-21.

16 Al anochecer descendieron sus discípulos al mar,

17 y subiendo en una barca, se dirigían al otro lado del mar, hacia Capernaum. Había oscurecido y Jesús aún no había venido con ellos.

18 Y el mar estaba alborotado por el fuerte viento que soplaba.

19 Habiendo, pues, remado como veinticinco o treinta estadios, (alrededor de 5,5 km), vieron a Jesús que caminaba sobre el mar y se acercaba ya a la barca, y tuvieron mucho miedo.

20 Pero él les dijo: YoSoY, no temáis.

21 Cuando confirmaron que era el maestro, quisieron recogerlo en la barca, pero al instante la barca tocó tierra en el lugar adonde se dirigían.

El pan de la vida 6:22-59.

22 El día siguiente, la gente que había quedado al otro lado del mar, notó que allí no había más que una sola barca, y que Jesús no había subido con sus discípulos en la barca, sino que los discípulos habían partido solos.

23 Entretanto, llegaron de Tiberiades otras barcas y atracaron junto al sitio donde habían comido el pan multiplicado por la divina efjaristía (acción de gracias) y el milagro del Señor.

24 Y cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subieron en las barcas y fueron a Capernaum en busca de Jesús.

25 Y lo encontraron al otro lado del mar y le dijeron: Maestro, ¿cuándo has llegado aquí?

26 Respondió Jesús y les dijo: «Amín, amín, de verdad en verdad os digo, vosotros me buscáis no porque habéis visto los milagros, sino porque ayer comisteis de los panes y os saciasteis.

  1. «De verdad en verdad os digo que vosotros me buscáis porque habéis comido de los panes y os habéis saciado y otra vez queréis que os dé bienes materiales. No me buscáis por los milagros que habéis visto y os han convencido sobre mi misión divina y la verdad sanadora y salvadora de mi enseñanza, para que seáis beneficiados espiritualmente».

27 Procuraos, no el alimento perecedero, sino el alimento espiritual que permanece hasta la vida eterna, el que os da el Hijo del hombre; a quien Dios Padre acreditó con su sello.

  1. «Trabajad no para el alimento material natural que es provisional y perecedero, sino para el alimento espiritual, que permanece incorruptible y os lleva a la vida eterna. Este alimento os lo dará únicamente y exclusivamente el Hijo del hombre. Porque el Dios Padre a él ha acreditado y sellado por el testimonio de sus milagros como el único donador del alimento espiritual y de la vida eterna».

28 Le preguntaron: “¿Qué debemos hacer para trabajar las obras que Dios quiere?”

  1. «Después de esta observación de Jesús, preguntaron ellos: “¿Qué tenemos que hacer para realizar estas obras, las cuales pide Dios de nosotros, como condición indispensable, para darnos el alimento incorruptible y la vida eterna?”»

29 Respondió Jesús y les dijo: «La obra que Dios quiere que hagáis, es que creáis en el que él ha enviado».

30 Ellos le dijeron: “Pues, ¿tú qué signos y milagros haces que demuestran tu misión y qué obra sobrenatural trabajas, para que veamos y creamos en ti?”

31 Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito en los salmos: “Les dio a comer pan del cielo”.

32 Respondió Jesús y les dijo: «Amín, amín, de verdad en verdad, yo os digo que Moisés no os ha dado el verdadero y eterno pan del cielo, sino el material, (que es prótipo, prefiguración del pan espiritual.) Mi Padre, pues, quien entonces por Moisés os dio aquel pan material, ahora también os da el verdadero pan celestial y espiritual.

33 Porque el verdadero pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida infinita y eterna a todo el mundo».

34 Entonces le dijeron: “Señor danos siempre de este pan”.

  1. «Después de estos logos del Señor y sin que ellos haber captado lo que les había dicho, le dijeron: Señor danos siempre este pan, tal y como se daba diariamente a nuestros padres».

35 Entonces Jesús les dijo: «YoSoY el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá más hambre; y el que cree en mí no tendrá sed jamás;

  1. «Jesús les contestó: «YoSoY el pan de la vida, que lo transmito por la comunión de mi cuerpo y sangre, pero también por mi enseñanza y por la χάρις jaris gracia, la energía increada del Espíritu Santo. El que viene a mí con metania y fe, espiritualmente no pasará hambre nunca y el que cree en mí jamás tendrá sed espiritual. Además que recibirá las dinamis potencias y energías divinas y encontrará psicoterapia en su psique y, descanso y alivio espiritual en su corazón psicosomático o espiritual».

36 Pero ya os he dicho que, aunque me habéis visto, no creéis;

  1. «Pero ya os he dicho que a pesar de haberme visto quién yoSoy y me testifico con mis milagros, vosotros no creéis que soy el Mesías».

37 Todo ser lógico que el Padre me dé, vendrá a mí, se convertirá en mi discípulo y se salvará. Y al que venga a mí no lo rechazaré, ni lo despreciaré, ni tampoco lo echaré fuera.

38 Porque he descendido del cielo y estoy ya en la tierra como hombre, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad de aquel que me ha enviado.

39 Y esta es la voluntad del Padre que me ha enviado: que yo no pierda ninguno de todos los que él me ha dado, sino que les resucite gloriosamente en aquel ésjato-último gran día de mi Parusía-Presencia y Juicio universal.

40 Y los resucitaré, porque esta es la voluntad de mi Padre que me ha enviado, que todo el que ve al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna y yo le resucitaré en el último día glorioso».

  1. «Sí los resucitaré, porque esta es la voluntad de el Padre que me ha enviado al mundo, el que tenga los ojos de su psique limpios, purificados e iluminados que contemple y vea al Hijo y crea en Él, y tenga ya desde la vida presente la vida eterna. Por tanto, yo le resucitaré gloriosamente en el ésjato-último glorioso día del Juicio».

41 Los judíos entonces indignados gemían, murmuraban y criticaban a Jesús porque había dicho: «YoSoy el pan que descendió del cielo». Por consiguiente, no he nacido como han nacido los demás hombres.

42 Y decían: “¿No es éste el Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos? ¿Cómo dice ahora éste: “que ha bajado del cielo”?

43 Jesús respondió y les dijo: «Dejad de gemir y criticar entre vosotros indignados. Vuestros gemidos son resultado de vuestra incredulidad.

44 Nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo atrae por su energía increada jaris-gracia, y yo lo resucitaré en el ésjato-último gran día del juicio.

45 Esto está escrito en los libros proféticos: “Todos aquellos que creerán al Mesías serán enseñados por Dios”. Todo el que escucha en su corazón la voz de mi Padre y acepta su enseñanza, aprende la verdad y recibe la iluminación, y viene a mí.

46 No que alguno haya visto al Padre, sino sólo el Ων On, el ser, (el existente, el que es y está y existe siempre en Dios) que vino de Dios, éste ha visto al Padre.

47 Amín, amín, de verdad en verdad os digo, el que cree en mí tiene ya desde la vida presente la vida eterna.

48 YoSoY el pan de la vida.

  1. «YoSoY el pan que transmite la vida real y eterna. Tal y como el pan natural material refuerza y propaga la vida física, lo mismo también yo con mi enseñanza y con mi cuerpo vivifico y alimento vuestras psiques-almas y les doy vida eterna».

49 Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron.

50 Pero este pan que yo os digo ahora que desciende del cielo, tiene potencia y energía incalculable e increada de modo que el que lo coma no muera espiritualmente, sino que disfrute mediante él la vida eterna.

51 YoSoY el pan vivo que descendió del cielo; si uno come de este pan vivirá para siempre; y el pan que yo les daré es mi sarx cuerpo y sangre, que yo ofreceré como sacrificio para la vida y la salvación del mundo».

  1. «YoSoY el pan vivo, el que ha bajado del cielo, en mi interior tengo la vida que también la transmito a los demás; el que come de este pan vivirá eternamente. Y el pan que yo daré para que comulguen y se alimenten los fieles, es mi naturaleza humana o mi sarx (cuerpo y sangre) que la ofreceré como sacrificio para el despertar espiritual, la psicoterapia, terapia, redención y salvación de todo el mundo».

52 Entonces los judíos disputaban entre sí diciendo: “¿Cómo puede éste darnos a comer su sarx cuerpo y carne o cuerpo físico y a la vez permanecer pan vivo?”

53 Jesús les dijo: «Amín, amín, de verdad en verdad os digo que, si no coméis la sarx cuerpo y carne del Ηijo del hombre y no bebéis su sangre, a través del misterio de la divina Efjaristía, no tendréis vida en vosotros;

54 El que come mi sarx cuerpo y carne y bebe mi sangre, mediante el misterio de la divina Efjaristía, ya desde el presente tiene vida eterna y yo lo resucitaré al ésjato-último gran día del juicio.

55 Porque mi sarx cuerpo y carne es verdadera comida espiritual y mi sangre es verdadera bebida espiritual.

  1. «En efecto, éste tendrá la vida eterna, porque mi sarx cuerpo y carne es alimento verdadero, espiritual y real, de lo que el fiel no sólo recibe refuerzo para la vida provisional. Y mi sangre es bebida verdadera, de la que el hombre no sólo satisface su sed o ansiedad provisionalmente, sino que se sacia eternamente».

56 El que come mi sarx cuerpo y carne y bebe mi sangre en mí permanece y yo en él.

  1. «Cada uno que come mi sarx-cuerpo y carne y bebe mi sangre, se une conmigo en un cuerpo espiritual, de modo que éste permanece dentro de mí y yo en su interior y se convierte en templo mío».

57 Así como me envió el Padre vivo, y yo vivo por el Padre, así también el que me come vivirá por mí.

  1. «El fruto que disfrutará de esta unión será la vida eterna. Así como el Padre me envió al mundo, quien tiene por sí mismo la vida increada y es la fuente increada de la vida, y yo como hombre también tengo la vida eterna, puesto que me la ha dado el Padre y yo vivo por Él; lo mismo el que comulga, mediante el misterio de la divina Efjaristía, vivirá también porque recibirá de mí la vida eterna».

58 Este es el pan que descendió del cielo; no como el maná que comieron los padres en el desierto y murieron. El que come este pan realmente celeste, resucitará gloriosamente de la tumba y vivirá eternamente.

59 Todo esto dijo enseñando a la multitud en la sinagoga de Capernaum.

El retiro de algunos discípulos 6:60-66.

60 Luego, muchos de sus discípulos al oír estos logos dijeron: “Son duros estos logos ¿quién puede oírlos y creerlos? Esto que dice escandaliza, es inadmisible”.

  1. «Muchos de sus discípulos al oír estos logos dijeron: “son muy duros y repulsivos estos logos, ¿quién puede escucharlos y creerlos? Es inadmisible lo que está diciendo. ¿Quién puede escuchar apaciblemente, sin exasperarse, cuando se presenta como indispensable comer carne humana?”»

61 Conociendo Jesús por sí mismo, por su divina gnosis increada, que sus discípulos gemían y murmuraban sobre esto, les dijo: «¿Esto que he dicho os escandaliza y perturba vuestra fe?

62 Pues, ¿qué sería si vierais al Hijo del hombre ascender adonde estaba antes?

  1. «Pues, ¿qué sería si vierais al Hijo del Hombre subir, por la Ascensión, a donde estaba antes de encarnarse y hacerse hombre? ¿Entonces creerías a este acontecimiento que se oye por primera vez?»

63 El espíritu es el que da vida. La sarx cuerpo y carne no sirve para nada. Los logos que yo hablo y enseño son espíritu y son vida, por eso transmiten vida.

   «63. Os habéis escandalizado porque os he dicho que tenéis que comer mi sarx cuerpo y carne, para tener la vida eterna. Para mayor aclaración os añado también lo siguiente: El divino espíritu el que vivifica; y mi sarx-cuerpo y carne da la vida eterna, porque se ha concebido por el vivificante Espíritu Santo y en la sarx habita la Χάρις Jaris energía increada. Cualquier otra sarx/cuerpo y carne como no habita la deidad, no sirve para nada. Y los logos que yo os hablo y enseño, como son espíritu de Dios, dentro de estos logos está el espíritu, o sea la jaris, por eso tienen y transmiten vida».

64 Pero hay algunos de vosotros que no creen». Porque conocía Jesús desde el principio quiénes eran los que no creían y quién le había de entregar.

65 Y dijo Jesús: «Por esto os dije que nadie puede venir a mí, y seguirme con fe, si este carisma no se le es concedido por el Padre.

  1. «Y decía que: «porque conozco que en algunos de vosotros se tambaleará la fe y no permanecerá hasta el final, por esto os dije que nadie puede venir a mí y seguirme con fe; porque nadie puede sentir en su interior que yoSoy el Sanador, Salvador y Redentor y con esta fe venir hacia a mí, si esto no se le es concedido por mi Padre».

66 Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, a sus casas y a sus trabajos, y ya no le seguían.

La confesión de Pedro 6:67-71.

67 A causa de la marcha de estos, dijo Jesús a los doce: «Acaso queréis iros vosotros también».

68 Entonces le respondió Simón, el Pedro: “Señor ¿a quién vamos a seguir? Tú tienes logos que transmiten y dan vida eterna.

69 Y nosotros hemos creído y tenemos conocimiento por experiencia personal que tú eres Cristo, el Hijo del Dios vivo”.

70 Jesús les respondió: «¿No os he escogido yo a vosotros los doce? Sin embargo, uno de vosotros es un diablo, es decir, es diabólico, que sirve las indicaciones del diablo».

71 Hablaba de Judas el Iscariote hijo de Simón; porque éste era el que al futuro iba a traicionarlo y a entregarlo, y era uno de los doce

  1. ¿Cuál es el pan ἐπιούσιο (epiúsio: “sobre-esencial” o “más que esencial”) que pedimos a Dios en la oración del Padre Nuestro?

“Τὸν ἄρτον ἡμῶν τὸν ἐπιούσιον  (ton arton imón ton epiúsion) El pan nuestro, el sobre-esencial

δὸς ἡμῖν σήμερον (dós imín símeron) dánoslo hoy”

Sabemos que esta oración se llama «la oración del Señor» porque Él mismo nos la enseñó. En ella encontramos seis peticiones: las tres primeras están dirigidas a Dios y las otras tres se refieren a las necesidades del ser humano.

Una de estas últimas, y, si se quiere, la primera entre las relacionadas con el hombre, es: “El pan ἐπιούσιος danos hoy”.

Es evidente que las palabras del Logos de Dios tienen una profundidad grande. Son como una tierra con múltiples niveles, estratos. En el primer nivel de comprensión, cuando hablamos de «pan», entendemos lo que literalmente expresa la palabra: satisfacer nuestras necesidades materiales.

Es un hecho que necesitamos alimentos, vivienda, ropa y calzado. Es algo muy sencillo. Incluso hoy decimos: “Voy a trabajar para ganarme el pan de cada día”. Con esto no nos referimos solamente al pan que compramos en la panadería, sino también a todos los bienes necesarios para nuestra subsistencia: otros alimentos, el pago del alquiler, el mantenimiento del hogar, etc.

En este sentido amplio, el término «pan» abarca todo lo esencial para la vida humana. En este primer nivel de interpretación, por tanto, “pan” se refiere a nuestras necesidades materiales básicas.

¿Queréis que os lo muestre con un ejemplo paralelo?

En la parábola de la multiplicación de los panes, una vez concluido el milagro, Cristo se retiró al desierto para que sus discípulos pudieran descansar un poco. Más tarde, la multitud -al querer encontrar a Cristo- cruzó el lago de Tiberíades. También el Señor llegó en una barca. Entonces, durante todo el día, el Señor les enseñó y curó a los enfermos. Al final, dijo: “Me compadezco de esta multitud y me da pena, porque han estado aquí todo el día y han venido desde lejos”. Para que no desfallecieran en el camino de regreso, pidió que se les diera de comer. Y los alimentó de una manera milagrosa. Solo había cinco trozos de pan y un par de pescados. El Señor los multiplicó de manera admirable y se sació aquella gran multitud que había ido a su encuentro. Volveré más adelante sobre este milagro.

Atención: el segundo nivel de la palabra “pan” es el pan celestial, no el terrenal, sino el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Este es el Misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía. Cuando el Señor estaba solo en el desierto, después de cuarenta días de ayuno, se le acercó el diablo y le dijo que convirtiera las piedras en pan. El Señor respondió: “No solo de pan vive el hombre, sino de todo logos y palabra que sale de la boca de Dios.” Es decir, si Dios dice que el hombre puede vivir sin alimento, vivirá sin alimento, tal como será en la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios. Allí no necesitaremos comer, no por otra razón sino porque Dios decretará y obrará que no sea necesario que los ciudadanos de la Βασιλεία coman. Esto es algo muy sencillo y absolutamente posible para Dios.

Entonces, ¿qué es el Misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía? ¿Por qué se llama ἐπιούσιος (epiúsios), “sobresencial” o “más que esencial”?

Significa “por encima de la esencia”, o “más que esencial”; es aquello que verdaderamente alimenta nuestra existencia. Y nuestra existencia entera no se alimenta solo del pan. Porque el pan del horno no puede alimentar la ψυχή (psijí: psique, alma, ánima, la que anima, vivifica el cuerpo). Por lo tanto, mi esencia es mi cuerpo y mi espíritu. Y así, no solo necesitamos pan terrenal, sino también el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que alimentan la ψυχή psijí:.

Vuelvo ahora a lo que antes dejé pendiente.

El Señor, después de haber multiplicado los panes y los peces en el desierto, vio que la multitud se había saciado. Al día siguiente lo buscaron, especialmente los de Cafarnaúm, y le dijeron: “Señor, te buscábamos”. Y el Señor les respondió: “Me buscáis porque os habéis saciado de pan. No busquéis el pan que perece, que cuando uno lo come vuelve a tener hambre y muere, sino buscad el pan que, cuando uno lo come, no muere jamás” (Juan 6:48-51). Y este pan, hijos míos, no es otro que el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Siguió entonces un diálogo continuo. Los de Cafarnaúm preguntaron:
“¿Cuál es ese pan?”
Y el Señor respondió: “Mi Cuerpo”.
Ellos dijeron: “¿Y quién puede comer tu Cuerpo?”
No comprendieron el sentido espiritual profundo, y por eso, lamentablemente, se alejaron. Se quedaron en el primer nivel de la palabra “pan”, en ese nivel que representa solo el pan material, del horno.

Pero el hombre creyente desciende a un nivel espiritual más profundo y contempla la teología del término “pan”. Así comprende que es necesario cubrir tanto las necesidades materiales como las espirituales.

Y si lo consideramos bien, el pan terrenal no es el pan ἐπιούσιος, porque Cristo mismo nos enseñó en el Sermón de la Montaña: “Buscad, pues, primeramente el reinado de la realeza increada y la justicia (virtud) que Él quiere de vosotros, y todos estos bienes terrenales (lo material: la comida, etc.) os serán añadidos junto con los incalculables bienes de la realeza increada de los cielos” (Mt 6,33)

Diríamos, en una primera aproximación, que no debemos pedir las cosas materiales, sino pedir a Cristo, porque si pedimos a Cristo, tendremos todo lo demás. Amén. (32:13:13)

  1. ¿Cuál es el sentido más profundo que se da en el culto cristiano al misterio de la Divina Comunión o Efjaristía?

Hijos míos, el misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía o Comunión, constituye el corazón de todos los Misterios de la Iglesia, y, por tanto, el núcleo mismo de la Divina Liturgia que lo encierra y sostiene. Es el corazón del corazón, no sólo del culto cristiano, sino también de nuestra fe. En ella se celebra y se honra solemnemente el Cuerpo y la Sangre del mismo Cristo. No se trata de un símbolo, sino de la presencia real del mismo Cristo, con su verdadera naturaleza humana. Esta realidad conmueve profundamente, pues constituye la esencia del misterio efjarístico.

El mismo Señor dijo: «Este cáliz es el nuevo pacto o alianza sellada con mi sangre, la cual es derramada por vosotros, (esto que contiene la copa no es ya el vino, es el Nuevo Testamento que se sella y se consagra con mi sangre, la que dentro de poco será derramada para vuestra sotiría: sanación, redención y salvación) (Lc 22,20). Así nos lo transmite el evangelista Lucas. Y el apóstol Pablo, en su primera carta a los Corintios, confirma y desarrolla esta enseñanza. Nadie como los discípulos de Cristo comprendió tan profundamente este misterio, y ellos nos lo transmitieron fielmente tal como lo recibieron del Señor.

Por eso Pablo escribe: «Yo recibí del Señor lo que os he transmitido, o sea, que Jesús, el Señor, en la noche que fue entregado, tomó pan, dio gracias al Padre, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto vosotros también en memoria mía y de mi sacrificio que ofrezco para vosotros» (1 Cor 11,23–24). El apóstol Pablo recibió esta enseñanza directamente del Señor, por apocálipsis-revelación, y no por medio de otro apóstol o discípulo. Por tanto, sabemos con certeza que las palabras que nos han llegado son exactamente las que pronunció Cristo.

Ahora bien, si quisiéramos ver la otra cara, la de la incomprensión, encontramos un ejemplo en el episodio del Evangelio según san Juan. Después de la multiplicación de los panes, en Cafarnaúm, cuando la multitud lo buscaba, Jesús les dijo: «26 Respondió Jesús y les dijo: «Amín, amín, de verdad en verdad os digo, vosotros me buscáis no porque habéis visto los milagros, sino porque ayer comisteis de los panes y os saciasteis. [26. «De verdad en verdad os digo que vosotros me buscáis porque habéis comido de los panes y os habéis saciado y otra vez queréis que os dé bienes materiales. No me buscáis por los milagros que habéis visto y os han convencido sobre mi misión divina y la verdad sanadora y salvadora de mi enseñanza, para que seáis beneficiados espiritualmente»]. Procuraos, no el alimento perecedero, sino el alimento espiritual que permanece hasta la vida eterna, el que os da el Hijo del hombre; a quien Dios Padre acreditó con su sello. [27. «Trabajad no para el alimento material natural que es provisional y perecedero, sino para el alimento espiritual, que permanece incorruptible y os lleva a la vida eterna. Este alimento os lo dará únicamente y exclusivamente el Hijo del hombre. Porque el Dios Padre a él ha acreditado y sellado por el testimonio de sus milagros como el único donador del alimento espiritual y de la vida eterna]» (Jn 6,26–27).

Ellos le preguntaron: “¿Cuál es ese pan?” Y el Señor respondió: «YoSoY el pan vivo que descendió del cielo; si uno come de este pan vivirá para siempre; y el pan que yo les daré es mi sarx cuerpo y sangre, que yo ofreceré como sacrificio para la vida y la salvación del mundo». [51. «YoSoY el pan vivo, el que ha bajado del cielo, en mi interior tengo la vida que también la transmito a los demás; el que come de este pan vivirá eternamente. Y el pan que yo daré para que comulguen y se alimenten los fieles, es mi naturaleza humana o mi sarx (cuerpo y sangre) que la ofreceré como sacrificio para el despertar espiritual, la psicoterapia, terapia, redención y salvación de todo el mundo»] (Jn 6,51). Son palabras profundamente conmovedoras y verdaderas. Y añadió con fuerza: Amín, amín, de verdad en verdad os digo que, si no coméis la sarx cuerpo y carne del Ηijo del hombre y no bebéis su sangre, a través del misterio de la divina Efjaristía, no tendréis vida en vosotros (Jn 6,53).

Muchos de los que lo oyeron se escandalizaron. Dijeron: 60 Luego, muchos de sus discípulos al oír estos logos dijeron: “Son duros estos logos ¿quién puede oírlos y creerlos? Esto que dice escandaliza, es inadmisible”. [60. «Muchos de sus discípulos al oír estos logos dijeron: “son muy duros y repulsivos estos logos, ¿quién puede escucharlos y creerlos? Es inadmisible lo que está diciendo. ¿Quién puede escuchar apaciblemente, sin exasperarse, cuando se presenta como indispensable comer carne humana?»] (Jn 6,60). Y lo abandonaron. Entonces Jesús se volvió hacia los doce y les dijo: «¿Acaso queréis iros vosotros también?» (Jn 6,67).

Porque esto es precisamente lo que dije: que el pan y el vino son -no representan- mi Cuerpo y mi Sangre. Si se quisiera interpretar literalmente de forma carnal, podría parecer un error o una malinterpretación. En ese caso, Jesús podría haber dicho a los presentes -aquellos que vinieron desde Cafarnaúm: “No penséis que hablo de ser partido en trozos para ser comido; hablo en sentido metafórico, icónico, alegórico o simbólico. Entendedlo como queráis”. Pero no hizo tal cosa. Al contrario, se volvió hacia sus discípulos y les dijo: “¿También vosotros queréis marcharos?”, como si dijera: “Si pensáis que lo que os he dicho es otra cosa distinta, entonces podéis iros también vosotros”.

Así pues, el Señor quiso dar a entender exactamente lo que los discípulos comprendieron y transmitieron: que el pan y el vino consagrados son verdaderamente Su Cuerpo y Su Sangre. Para comprender mejor esta verdad, recordemos una confesión importante realizada por Dositheo de Jerusalén, especialmente en la condición número 17 de su profesión de fe, redactada en respuesta a la aparición del protestantismo en la historia de la Iglesia.

Dositheo afirma: “Durante el Misterio de la Divina Eucaristía creemos que está verdaderamente presente Jesús Cristo. ¿Pero de qué manera está presente? Porque Cristo está presente también cuando va a la montaña o a cualquier otro lugar. Sin embargo, en el pan y el vino, su presencia no es ‘en tipo’, es decir, no son meramente una figura o representación simbólica de su Cuerpo y Sangre. Tampoco es una presencia ‘icónica’, como si fueran una imagen o representación de Cristo. Ni el pan ni el vino contienen una jaris-gracia o energía divina que los eleve a una presencia superior, ni esta presencia se da por coexistencia o por simple asociación con Cristo. Nada de eso que afirman los protestantes. Sino que, real y verdaderamente, Cristo mismo está presente.”

Así, después de la santificación del pan y del vino, se produce un cambio real: la metábole, es decir, la transformación, como enseña la Tradición de la Iglesia Ortodoxa. De estos términos, ha prevalecido hablar de “transformación o transformado por el Espíritu Santo”.

Por tanto, el pan, una vez santificado, se convierte en el verdadero Cuerpo del Señor. ¿Cuál Cuerpo? Aquí se revela un misterio sobrecogedor: el mismo Cuerpo que el Logos asumió al encarnarse de la siempre Virgen María, la Θεοτοκος (Zeotokos: la que dio a luz a Dios); el mismo Cuerpo que fue bautizado en el Jordán, que padeció en la Cruz, fue sepultado, resucitó glorioso, fue tocado por los discípulos, ascendió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre, y con el cual vendrá de nuevo sobre las nubes del cielo para juzgar a vivos y muertos.

Del mismo modo, el vino, una vez santificado, se transforma en la verdadera Sangre del Señor, aquella Sangre que fue derramada para la vida del mundo cuando Cristo fue clavado en la Cruz.

¡Este es el gran y estremecedor Misterio! Por esta razón toda nuestra fe adquiere su pleno sentido: porque recibimos en la Comunión el mismo Cuerpo y la misma Sangre de Cristo. Por eso, no podemos comulgar sin la debida preparación; no debemos hacerlo indignamente, y de ahí la necesidad de una preparación espiritual adecuada para no recibir en perjuicio lo que ha sido dado para la vida.

Repito: nuestra fe carecería de sentido si Cristo no estuviera realmente presente en la Ευχαριστία Efjaristía, tal como lo afirma con claridad y autoridad esta confesión de fe de Dositheo de Jerusalén.

Y san Cirilo de Jerusalén afirma con claridad: “El Señor dijo: ‘Esto es mi Cuerpo’. ¿Quién, entonces, se atreverá a dudar de que no es realmente el Cuerpo de Cristo? Si Él mismo lo certificó y afirmó diciendo: ‘Esta es mi Sangre’, ¿quién podrá negar que es la Sangre de Cristo?”

Algunos objetarán: “Pero cuando comulgamos, sólo percibimos el sabor del pan y del vino.” Y es verdad: esa es la experiencia sensible. Algunos incluso, al acercarse a comulgar, cierran los ojos, buscando sentir emocionalmente la presencia del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Pero esto, aunque bienintencionado, no es lo más conveniente, pues incluso puede ser riesgoso o poco respetuoso si se pierde la atención en el acto. La fe no busca evadir los sentidos, sino iluminarlos.

¿Entonces, nuestros sentidos no perciben más que pan y vino? La respuesta es sencilla. Cuando Jesús Cristo -el Logos increado de Dios- se hizo hombre y caminó entre los hombres, ¿qué veían los ojos humanos? Veían a un hombre. Sin embargo, en ese hombre habitaba la plenitud de la divinidad, unida a la naturaleza humana. Por tanto, así como entonces veían un hombre común, aunque era el Logos encarnado, ahora vemos pan y vino comunes, pero en realidad, recibimos el mismo Cuerpo y Sangre del Señor.

Del mismo modo en que entonces no se veía Su divinidad, ahora tampoco vemos con los ojos corporales ni saboreamos con el gusto físico el Cuerpo y la Sangre de Cristo, como si se tratara de carne y sangre en sentido carnal. Y esto, no solo preserva el misterio de la fe, sino que, -como dicen los Padres- evita el escándalo que sufrieron los judíos en Cafarnaúm, cuando dijeron: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?” (Jn 6,52). Si se nos diera en forma carnal, literal, sería chocante.

Hijos míos, este es el centro mismo de nuestra fe, el eje en torno al cual gira todo el contenido de nuestra fe ortodoxa y si esto lo sacáis de contexto, entonces no tenemos nada. Si quitáis este misterio, si lo reducís o desvirtuáis (como el papismo, protestantismo, etc.), el cristianismo ortodoxo pierde su alma y queda reducido a un sistema filosófico, social o ético -llamadlo como queráis-, pero ya no es fe en el Dios vivo.

Y una cosa más: ¿en qué se fundamenta todo esto? En que quien lo dijo, Jesús Cristo, es el mismo que resucitó de entre los muertos y ascendió glorioso a los cielos. Por tanto, todo lo que Él dijo es verdadero. Todo está sostenido en esta certeza: que Cristo resucitó. Sin la Resurrección, estas palabras no tendrían valor. Pero como Él vive, todo lo que enseñó permanece. Todo está basado en esto. Todo lo concerniente a esta pregunta es muy importante ya está respondido y tengamos mucho cuidado sobre esto.

Por eso, os exhorto: estudiad siempre algo sobre el acto litúrgico, para que comprendáis bien la praxis litúrgica de la Iglesia Ortodoxa. Porque a través de la Divina Liturgia, entramos en contacto consciente y real con la fe viva y con el Misterio. La Divina Liturgia no es un mero rito: es el lugar donde se hace presente, aquí y ahora, la salvación que Cristo nos ha traído. (40,1´)

  1. ¿Durante la celebración del Misterio de la Divina Efjaristía la presencia de Cristo es real, pragmática o simplemente simbólica y espiritual?

Esta es una cuestión muy importante, que nos concierne a todos los creyentes, ya que debemos tener una conciencia clara y profunda sobre la grandeza del Misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía. No existe nada mayor, no sólo en nuestra vida personal ni en nuestra tierra, sino en todo el universo visible e invisible. Incluso dentro del mundo espiritual, en el ámbito de los santos ángeles, no hay realidad más grande que este Misterio. La Divina Efjaristía es el centro absoluto, el culmen y el fundamento de todo lo que posee valor. Frente a este Misterio, el universo entero pierde toda comparación, pues lo que está presente en la Divina Efjaristía es el verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre de Cristo.

Ahora bien, antes de responder directamente a la pregunta, es necesario corregir la formulación de una palabra que aparece: durante el Misterio de la Divina Efjaristía. Es decir, quien formula esta pregunta parece preguntarse: ¿Cristo está presente solamente durante el tiempo que dura la celebración de la Divina Liturgia? ¿Y una vez concluida, deja de estar presente? En consecuencia, ¿el pan y el vino consagrados vuelven a ser lo que eran al principio, es decir, simples elementos materiales? Esta forma de pensar, expresada en la palabra “durante”, es inadecuada y debe ser rechazada, porque presupone una presencia efímera y limitada de Cristo en la Efjaristía, lo cual contradice la enseñanza de la Iglesia Ortodoxa.

Sin embargo, para muchas confesiones protestantes, esta idea sí es aceptable. Ellos creen que Cristo está presente sólo durante la celebración litúrgica, y de forma puramente espiritual, simbólica o subjetiva. Según esta perspectiva, el pan y el vino permanecen siendo simplemente pan y vino, y Cristo se hace presente “espiritualmente” sólo para el momento de la comunión. Esta visión no es ortodoxa y contradice la enseñanza apostólica y patrística de la Iglesia          

La enseñanza ortodoxa afirma con claridad que Cristo permanece verdaderamente presente en el pan y el vino consagrados. Su presencia no se limita al tiempo de la celebración: Él permanece. Por eso, los Dones consagrados pueden reservarse y conservarse, como hacemos cada Jueves Santo, cuando se celebran dos Corderos para guardar el segundo y utilizarlo en las Liturgias de los Presantificados durante la Gran Cuaresma.

Por ejemplo, durante la Gran Cuaresma, celebramos Liturgias de los Dones Presantificados los miércoles y los viernes, y a veces incluso en más días de la semana. Para ello, consagramos previamente el pan eucarístico (el «Cordero») y lo reservamos en la Santa Patena. Así, el domingo anterior consagramos tres Dones: uno se utiliza ese mismo día, y los otros dos se reservan para las celebraciones de miércoles y viernes. Esto es posible porque los Dones consagrados contienen verdaderamente a Cristo.

Por esta razón, la Liturgia de los Presantificados no es una Liturgia completa, en el sentido de la Liturgia de San Juan Crisóstomo o de San Basilio el Grande, sino una celebración que ya presupone que Cristo está presente en los Dones previamente consagrados, y por tanto permite a los fieles comulgar con reverencia y preparación, aunque no se realice una nueva consagración.

Entonces, si Cristo estuviera presente sólo durante la celebración de la Divina Liturgia, no tendría sentido conservar el pan consagrado para la Comunión, tanto en las Liturgias de los Dones Presantificados como durante el resto del año, cuando es necesario comulgar a los enfermos u otros fieles en situaciones especiales. Por lo tanto, esta visión es incorrecta: el pan consagrado sigue siendo verdadero Cuerpo de Cristo, y el vino, verdadera Sangre de Cristo, en todo momento.

Tened en cuenta que los protestantes, que aceptan únicamente una «presencia espiritual» o simbólica de Cristo en la Efjaristía, desechan lo que sobra de la Comunión al finalizar el culto, arrojándolo incluso al fregadero, pues lo consideran solamente un símbolo. Para ellos, después de la celebración, el pan y el vino ya no tienen valor sagrado. Estas ideas son absolutamente inconcebibles para la Ortodoxia.

Hijos míos, lo que nosotros recibimos en la Divina Comunión es realmente el Cuerpo y la Sangre de Cristo. ¿Qué significa “realmente”? Tan real como puede serlo el Cuerpo y la Sangre del Señor mismo. Existen innumerables testimonios de los santos Padres que, por experiencia personal, vivieron profundamente este Misterio, tal como lo transmitieron los santos Apóstoles a la Iglesia. Además, esto está firmemente atestiguado en la misma Sagrada Escritura.

El apóstol Pablo advierte: “Quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación; por eso hay entre vosotros muchos enfermos y no pocos han muerto” (1 Cor 11,29-30). ¿Qué significa “sin discernimiento”? Que comulgan creyendo que reciben pan común, sin reconocer que es el Cuerpo y la Sangre de Cristo. No es pan común, ni un simple símbolo de Cristo, ni se trata de una presencia espiritual. Tampoco está “escondido” Cristo dentro del pan. Ese pan es el Cuerpo de Cristo, y ese vino es Su Sangre, aunque los sentidos perciban aún pan y vino. Dice san Cirilo de Jerusalén: “Después de la consagración, el pan ya no es pan, aunque lo parezca al gusto; es el Cuerpo de Cristo. Lo mismo el vino: aunque sepa o tenga sabor a vino, es Sangre de Cristo.”

Os lo explicaré de forma sencilla: ¿quién podría haber imaginado que detrás de la naturaleza humana de Jesús estaba oculto el divino Logos? Nadie. Si los demonios hubieran reconocido esa realidad, habrían temblado. Jamás se habrían atrevido a tentarlo, como hizo Satanás en el desierto, ni a crucificarlo. Tampoco Pilato, Herodes, Caifás o Anás se habrían atrevido a juzgarlo, si hubieran visto Su divinidad o deidad. Pero no la veían, y es natural: la divinidad no es accesible a la vista, ni siquiera a los ángeles. Era verdaderamente Dios hecho hombre, pero ante sus ojos veían sólo a un hombre. Lo mismo sucede en la Divina Efjaristía: vemos pan y vino, pero en realidad están presentes el Cuerpo y la Sangre del Señor, porque Él mismo lo dijo. Si no fuera por Su propia afirmación, nadie podría sostener que se trata de una realidad.

Por tanto, al ver pan y vino, nos encontramos ante una presencia sacramental real, del mismo modo que quienes veían a Jesús veían sólo a un hombre sin sospechar la divinidad que habitaba en Él. Algunos intentan provocarse una falsa emoción o convicción sensible, diciéndose: «Estoy comulgando la Sangre de Cristo», como si tuvieran que forzar la experiencia. Pero esto no es necesario, incluso puede ser perjudicial. No hace falta que los sentidos lo perciban, porque Cristo está presente en el Misterio de forma real y verdadera. Y eso basta.

Por eso dice san Juan Damasceno: “La metábole (cambio, transformación) se realiza por el Espíritu Santo.” Así lo proclamamos en la oración litúrgica, cuando imploramos: “Padre, envía tu Espíritu Santo para que santifique estos dones que te hemos ofrecido -el pan y el vino que están ante ti- y los transforme, por tu Espíritu Santo, en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.”

Así pues, es el Espíritu Santo, enviado por el Padre, quien transforma los dones en el verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre de Cristo.

Atención aquí: esto se realiza del mismo modo en que el Logos de Dios se encarnó en el seno de la Θεοτόκος (Zeotocos: la que da a luz a Dios). Cuando la Virgen María preguntó al arcángel Gabriel: “¿Cómo será esto?”, él respondió que el Padre enviaría al Espíritu Santo para que la cubriera con su sombra. Ese mismo Espíritu sería el que encarnaría al Logos. Así, tal como el Logos se hizo “sarx” cuerpo-carne con sangre, (Jn 1,14), el Espíritu Santo operó el misterio de la Encarnación, y de igual manera opera ahora la metábole, la transformación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Por tanto, si creemos que el Hijo de Dios se hizo hombre, de la misma manera debemos creer que el pan y el vino consagrados son el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Y si no creemos esto último, entonces tampoco creemos verdaderamente en la Encarnación del Hijo de Dios, porque se trata de la misma economía (concesión) divina, de la misma acción salvífica, la misma praxis del Espíritu.

Ahora bien, podríais preguntar: ¿Qué es este Cuerpo de Cristo que recibimos? ¿Es el mismo antes o después de la Resurrección?  No podemos distinguir el Cuerpo de Cristo como si fuera diferente antes o después de la Resurrección. El Cuerpo de Cristo es uno solo, y siempre ha estado glorificado. Esto quedó manifiesto en el episodio de la Metamorfosis. Después de la Resurrección, se reveló como incorruptible e inmortal. Sin embargo, por economía divina y condescendencia, el Señor permitió que su Cuerpo se manifestara entre nosotros como si fuera susceptible al sufrimiento y a la muerte, como si estuviera sujeto a enfermedad o a necesidad, aunque en realidad no lo era. El cuerpo de Cristo no era mortal por naturaleza —sería impropio pensar que lo fuera—, sino que voluntariamente asumió la condición de mortalidad para poder atravesar el umbral de la muerte. Porque en su Cuerpo se realiza anticipadamente lo que también nosotros estamos llamados a vivir: la muerte y la resurrección. Así, nos abre el camino.

Atención, pues: el Cuerpo de Cristo es siempre el mismo. Antes de la Cruz, se manifiesta como pasible y mortal, y después de la Resurrección, también puede aparecer de ese modo, no porque lo sea por naturaleza, sino porque así lo quiso el Señor. Pero en todo momento es el mismo Cuerpo glorioso y divino.

La confesión de Dositeo de Jerusalén afirma: ¿Qué cuerpo comulgamos? Comulgamos el cuerpo de Aquel que se encarnó en el seno de la Zeotocos, que fue crucificado, resucitado, ascendió a los cielos, se sienta a la derecha de Dios Padre y que volverá para juzgar al mundo. Este es el cuerpo, dice el santo, que comulgamos.

San Juan Crisóstomo también enseña: Lo que comulgamos no es de menor dignidad que lo que comulgaron los discípulos cuando el Señor les dijo: “Tomad, comed; esto es mi cuerpo”. Cada Divina Liturgia, cada templo -o mejor dicho, cada Santa Mesa o Banquete, es la misma Santa Cena del Jueves Santo. Esto es lo que comulgamos, por eso se nos pide tanto cuidado: que no se derrame nada, que no caiga al suelo, que nuestra vida no sea indigna de este Misterio, y que no comulguemos sin preparación adecuada.

Por eso nos preparamos, por eso decimos: atención, cuidado, vas a recibir la Divina Comunión. Y cuando alguien ha cometido un pecado, le decimos con insistencia: “¡Cuidado!, no te atrevas a comulgar sin estar preparado.” ¿Por qué tanta atención? Porque realmente es así de serio. Por ello también, en la Divina Liturgia se eleva una oración que pide: que no comulguemos indignamente, sino con sobriedad del alma (nipsis), con la absolución de nuestros pecados, para vida eterna y para la consumación (completación) de la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios.

Así pues, tenemos realmente el cuerpo y la sangre de Cristo. Decidme ahora: ¿Existe algo superior a Cristo, que es el Creador de todo? No. Hoy, por tanto, tenemos con nosotros el cuerpo y la sangre de Cristo, que son superiores a todo el universo, al mundo angelical y a cualquier cosa creada. Esto es lo fundamental, lo culminante, porque es el mismo Creador encarnado.

Hoy vivimos el Misterio de Cristo. Y mañana, cuando nos encontremos en Su Realeza increada, Le veremos -como dice el evangelista Juan- cara a cara.

Debo deciros que Dios, a veces, concede -y esto ocurre hasta hoy-, lo que también apunta san Simeón de Tesalónica en sus obras: que puede suceder que alguna vez aparezcan en el Santo Cáliz carne y sangre reales. Y sobre todo, dice lo siguiente: puede que Dios lo permita por la incredulidad de alguien.

El santo encomienda al sacerdote -¡atención!-: no comulguéis de esto que es visible como sangre y carne, es decir, cuando los sentidos lo perciben así. Cuidado: no des la comunión de esto, sino que toma del pan consagrado del Jueves Santo, y con eso comulgarás a las personas. Y cuando Dios lo disponga, quitará esta visión del Santo Cáliz, cuando los sentidos lo ven como carne y sangre.

¿Veis? Esto no lo acepta la Iglesia como práctica ordinaria, sino solo como Misterio; no quiere verlo. Hay algunos que, por vanagloria, desean verlo. Esto es terrible. Es inútil que os diga que tenemos muchísimos testimonios de sacerdotes y laicos santos que realmente vieron dentro del Santo Cáliz, no carne y sangre, sino al mismo Cristo como niño. Esto es algo terrible; y si digo “terrible” quiero decir que produce en el alma un gran temblor y profundo temor.

Porque, como dice san Juan Crisóstomo, conoce a una persona -y seguramente habla de sí mismo- que ve ángeles cuando celebra la Divina Liturgia. Y los ángeles, ¿cómo se disponen alrededor de la Santa Mesa? Con temor y temblor, porque allí está Cristo yacente, en honor del cual se celebra.

Y cuando los sacerdotes damos la comunión a un moribundo, los ángeles llevan su psique-alma, siempre que haya comulgado dignamente. Como se dice en la parábola del rico y de Lázaro, los ángeles tomaron la psique-alma de Lázaro. San Crisóstomo se pregunta: ¿no bastaba con un solo ángel? No. Pero no es en honor de la persona, sino en honor del cuerpo y sangre de Cristo que el creyente ha comulgado.

Esto en relación con la pregunta, y debemos, de vez en cuando, renovar este conocimiento, para saber con exactitud qué es lo que comulgamos.

  1. Se dice que comulgamos dignamente el Misterio de la Divina Comunión. Si es así, ¿cómo pueden los creyentes hacerse dignos y merecedores de recibirlo? ¿Tomamos realmente el cuerpo y la sangre del Señor?

Aquí debo deciros que el Misterio de la Divina Eucaristía que recibimos es verdaderamente el cuerpo y la sangre del Señor, tanto si lo tomamos dignamente como si no, merecidamente o no. La pregunta aquí se refiere a cómo uno puede valorar y hacerse merecedor del Misterio, es decir, cómo se puede decir que se comulga y se participa dignamente.

En principio, uno participa dignamente cuando reconoce que no es digno ni merecedor. Nadie puede acercarse a este Misterio diciendo: “He comulgado digna y merecidamente”. Eso sería orgullo. ¿Quién es verdaderamente digno? Una oración de la Divina Liturgia dice claramente: “Ninguno de los que están atados con los deseos y placeres carnales es digno de acercarse…”. Es la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios la que nos hace dignos. Es una dignidad relativa, nunca absoluta. Cuando decimos “relativa” nos referimos a que hacemos una preparación para el Misterio, pero nadie es absolutamente digno: ni el sacerdote, ni el laico, nadie.

Ahora bien, si queremos establecer condiciones para valorar el Misterio y acercarnos con reverencia, la misma Iglesia nos indica cómo hacerlo cuando nos llama a participar diciendo: “Con temor de Dios, fe y agapi (amor), acercaos”. Estos son los elementos fundamentales:

Temor de Dios: Al tener respeto y temor de Dios, uno vive con la conciencia de Su presencia constante, sabiendo que Dios ve y escucha en todo momento.

Fe: Fe firme en que lo que vamos a recibir es verdaderamente el cuerpo y la sangre de Cristo.

Agapi (amor): Amor incondicional y puro hacia Dios y hacia el prójimo.

Por eso, en el último momento antes de comulgar, se recitan los troparios finales. Si es posible, los dice el sacerdote; si no, los dice el salmista; y si tampoco, entonces cada creyente los recita en silencio por su cuenta. El primer tropario dice: “Creo, Señor, que esto es verdaderamente Tu cuerpo y Tu sangre”. Aquí, el creyente renueva su confesión de fe.

Porque, como dice el apóstol Pablo: “Por eso muchos enferman y mueren, porque no disciernen que es el cuerpo y la sangre de Cristo, y lo toman como si fuera simple pan y vino.”

A veces, si un niño está llorando antes de comulgar, su madre puede decirle: “Ven, hijito mío, el sacerdote te dará un panecillo y un vinillo.” Esta es una expresión sumamente equivocada, gravemente errónea. Encierra una forma de incredulidad disimulada. Porque el Misterio no es pan ni vino: es verdaderamente el cuerpo y la sangre de Cristo.

Por eso renovamos nuestra fe en Dios, confesando con claridad y convicción que esto que vamos a recibir es Su verdadero cuerpo y Su verdadera sangre.

Y después viene la agapi, el amor desinteresado. Pero, ¿dónde se manifiesta la agapi?

Este Misterio es el Misterio de la agapi. ¿Cómo podría uno acercarse si no tiene agapi, primero hacia Aquel que nos llama, que es Dios, y luego hacia nuestros prójimos y hacia toda la creación?

  1. ¿Es posible que el Espíritu Santo de Dios actúe en los Misterios de la Iglesia incluso a través de un mal sacerdote?

Ciertamente, si en cada Misterio dependiéramos de la calidad moral o espiritual del sacerdote, podemos imaginar lo que ocurriría; tendríamos que estar juzgando constantemente quién es digno o no para que la jaris, la gracia, energía increada de Dios, actúe a través de él. La Iglesia se convertiría en tribunal, y cada creyente se transformaría en juez. ¿Deberíamos, entonces, analizar la vida de cada sacerdote antes de acercarnos a los Misterios?

El derecho de juzgar pertenece sólo a Dios. No es correcto ni saludable que el creyente evalúe la validez de un Misterio en función de la virtud o del pecado del sacerdote. Eso sería un error grave.

La posición correcta es la siguiente: cada Misterio es una obra realizada por Cristo. Así lo enseña la teología dogmática de la Iglesia: es una «obra trabajada» por el mismo Señor. Lo que se ofrece en los Misterios no es una obra del sacerdote, sino una obra que ya ha sido realizada por Dios, por Cristo mismo.

Tomemos como ejemplo el Misterio de la Divina Efjaristía. ¿Quién ha obrado este Misterio? Es Cristo quien lo ha instituido, quien lo ha realizado y quien lo ofrece. Es Su cuerpo y Su sangre; es el mismo sacrificio de la Cruz, que permanece activo y presente en la historia de manera perpetua.

Por tanto, la obra del Misterio no la realiza el sacerdote -y esto es importante discernirlo con cuidado. El sacerdote no «celebra» por su propia autoridad o poder personal. Más bien, podemos decir que el sacerdote presta sus manos, su voz y su presencia para que continúe el Misterio de la Encarnación dentro del tiempo y la historia.

Por lo tanto, el sacerdote puede ser comparado con un camarero que toma la comida ya preparada en la cocina y la sirve a los comensales. No es él quien ha cocinado, sino quien distribuye lo que ya ha sido preparado. También puede compararse con una conducción de agua que lleva el agua desde un pantano hasta nuestros hogares. La tubería no produce el agua; simplemente la transporta.

Así, el sacerdote no genera la gracia de los Misterios; él es el canal a través del cual la jaris gracia increada fluye hacia el pueblo de Dios.

Ahora bien, si este “tubo”, es decir, el sacerdote, es como un conducto de piedra porosa, también absorbe parte del agua mientras ésta pasa por él. Es decir, cuando celebro la Divina Liturgia, yo mismo también comulgo, y si tengo temor de Dios y piedad, sin duda yo soy el primero en recibir los frutos espirituales.

Pero si, por el contrario, me limito a ejecutar mecánicamente el rito, sin participación interior, sin fe ni reverencia, como quien simplemente cumple con una orden, entonces me convierto en una tubería metálica, que, aunque transporta el agua, no se impregna de ella. Aun así, quien pide agua -es decir, el creyente que se acerca con fe y preparación- la recibe y la bebe con provecho, aunque el canal por el que le haya llegado no haya absorbido nada.

Así pues, si yo como sacerdote no soy moralmente digno -es decir, si peco o no vivo virtuosamente-, aun así, los Misterios siguen siendo válidos y se transmiten eficazmente para la gracia de los fieles. Sin embargo, el único que no se beneficia espiritualmente en este caso es el mismo sacerdote.

Este principio es fundamental y no debemos olvidarlo, porque los Misterios son siempre válidos bajo una condición esencial: que el sacerdote sea ortodoxo canónico, es decir, que haya sido legítimamente ordenado por un obispo ortodoxo canónico dentro de la comunión de la Iglesia.

Lo importante aquí no es la virtud personal del sacerdote, sino su situación eclesiástica: si no hay ningún impedimento canónico -es decir, si el poder eclesiástico no le ha restringido el ejercicio de sus funciones- entonces su sacerdocio está activo y los Misterios que celebra son plenamente válidos.

Es importante saber que la gracia del sacerdocio no actúa automáticamente “para siempre”, sino que su ejercicio depende del permiso actual de la Iglesia. Es decir, el poder de actuar sacramentalmente se otorga en cada momento, según la economía y la disposición del obispo.

Por ejemplo, si por alguna razón el obispo le dice a un sacerdote: “No confesarás”, entonces ese sacerdote está impedido de confesar válidamente. O si se le dice: “No celebrarás la Divina Liturgia”, entonces ese Misterio celebrado sin permiso sería inválido. En esos casos, el sacerdocio se vuelve inenergizado (ἀνεργόν), no operativo, sin eficacia sacramental.

Pero cuando no existe ningún impedimento canónico, y el sacerdocio del clérigo está activo y reconocido por la Iglesia, entonces los Misterios son completamente válidos y espiritualmente fructíferos para los fieles, independientemente de la vida personal del sacerdote.

Podemos imaginarlo así: si tienes mucha sed y vas a una fuente con una cañería de metal que no absorbe nada, tú igual bebes abundantemente y te sacias. El sacerdote, en este caso, puede no beneficiarse personalmente si no participa con reverencia y fe, pero tú como fiel sí recibes la Χάρις Jaris, la energía increada de Dios, de forma plena y verdadera.

Fuente: https://arnion.gr/ y https://athanasiosmytilinaios.blogspot.com/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/