Demostraciones sobre el Cristianismo, A. Mitilineos

Demostraciones sobre el Cristianismo C,1O.

El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.

 

Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua helénica-griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos el Nuevo Crisóstomo. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes del bachillerato.

Índice

  1. “Se dice que todo el cristianismo está fundamentado, o se fundamenta, en la resurrección de Cristo. ¿Pero existen testimonios que prueben la Resurrección de Cristo?”
  2. ¿Cómo podemos nosotros, los cristianos, explicar y demostrar a alguien que creemos en el Dios verdadero?
  3. “Muchos ateos sostienen que todas las religiones tienen sus propias percepciones, convicciones, y creen que cada una tiene sus fines y propósitos superiores. Así, irónicamente, preguntan: ¿Dónde se ve que el cristianismo es una religión verdadera?” ¿Qué podemos responder a estas palabras?
  1. “Se dice que todo el cristianismo está fundamentado, o se fundamenta, en la resurrección de Cristo. ¿Pero existen testimonios que prueben la Resurrección de Cristo?”

Es cierto que podemos decir que el cimiento del cristianismo es la Resurrección de Cristo. Os diré, con un pequeño ejemplo, que se trata de un cimiento enorme. Cuando voy a comulgar, es decir, a recibir el cuerpo y la sangre de Cristo, en el santo cáliz hemos colocado vino y pan -el prósforo (ofrenda especial de pan para la comunión) que hemos preparado. Y decimos que esto es el cuerpo y la sangre de Cristo.

Atención, mi lengua, ¿qué percibe? Percibe vino y pan. ¿Es vino y pan? No. ¿Qué es, entonces? Es el cuerpo y la sangre de Cristo, aunque mis sentidos no lo perciban. Del mismo modo que no percibían con los sentidos la persona o hipóstasis de Cristo. Cristo, entre los hombres, era un hombre humano, tan hombre que lo apresaron y lo crucificaron. No comprendían, y no alcanzaban a captar con sus sentidos, que era el Hijo de Dios, algo que ni siquiera los ángeles ni los demonios comprendían. Ni los ángeles ni los demonios conocían quién era Jesús Cristo.

Porque la divinidad o deidad es completamente invisible; no existe ojo de criatura creada que pueda ver la divinidad o deidad. La Santa Escritura dice: “Nadie ha visto jamás a Dios”. ¿Qué veían los sentidos de los hombres en Jesús Cristo? Veían Su cuerpo; la divinidad, no la veían.

Así como no podían ver la divinidad de Cristo, de la misma manera, ahora no podemos ver el matábole (cambio, transformación) del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo.

¿Pero cómo lo perciben nuestros sentidos? Como vino y pan.

¿Cómo percibieron los sentidos de los hombres cuando lo prendieron y lo clavaron en la cruz? Como a un hombre crucificado, y nada más.

¿Dónde está la base y el cimiento de que aquello que comulgamos es el cuerpo y la sangre de Cristo? Simplemente en que Cristo ha resucitado, y como ha resucitado, es Dios.

Por lo tanto, cuando nos dijo que tomaríamos vino y pan -por decirlo de una manera sencilla- y celebraríamos la Divina Liturgia, eso sería Su cuerpo y Su sangre.

¿Cómo sé que es el cuerpo y la sangre de Cristo? Respuesta: Lo dijo Cristo, ¡y se acabó, con eso basta!

¿Y cómo sé que lo que dijo es cierto?

Cristo resucitó de entre los muertos, ascendió, y descendió el Espíritu Santo, quien certificó quién es el Jesús Cristo.

Así que, la llave de la gnosis (conocimiento) de todo lo que Cristo nos dijo, es la Resurrección de Cristo. Correctísimo. Os decía que el cimiento, la clave, es la Resurrección de Cristo.

Entonces, si alguien pregunta: ¿ahora esto qué es? ¡Lo dijo Cristo, y se acabó, con eso basta!

¿Y por qué lo dijo?, ¿es así?

Sí, es así, ¡porque ha resucitado! ¡Se acabó, con eso basta!.

¿Queréis ver cómo lo dice el apóstol Pablo? Vamos al capítulo 15 de la Primera Epístola a los Corintios: “Y si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe y vana nuestra predicación” (1 Cor 15,14).

Es decir, que la identidad misma del cristiano cae en el vacío. Todo lo que antes decíamos sobre nuestro nombre como cristianos se desvanece.

Aún más: el cristianismo, el Evangelio, es crucificador o cruciforme. Dice: cortarás tus pazos (vicios, pasiones, adicciones etc.), no serás un hombre vano, ni rico, etc. Aceptarás las injusticias en vez de ser injusto. Más bien, en esta vida sufrirás y llevarás tu cruz.

Si el cristianismo no es verdadero, ¿por qué habría de sufrir? ¿Por qué tendría que llevar esta prenda negra constantemente, que es color de luto? Y si queréis, no es solo para el sacerdote esta prenda; es para cada creyente. En realidad, significa que todos debemos llevar luto por nuestros pecados. Dice el Señor en las Bienaventuranzas: “Bienaventurados y felices los que están en luto, afligidos por sus pecados y del mal que domina al mundo… bienaventurados y felices serán los pobres del espíritu porque de ellos es y será el reinado de la realeza increada de los cielos, etc.” (Mateo 6)

¿Qué significa esto? Que, para ser cristiano, uno debe asumir unas tesis, unas posiciones.
Pues si el cristianismo no es verdadero, y me encuentro en esta situación sin disfrutar de la vida, ¿qué vida? Esta vida mundana y materialista. Ni siquiera es digno hablar de la vida mundana, pero en ese caso, ¿por qué no hacer lo que quiero? Hacer lo que me da la gana, seguir mi propia voluntad. ¿Por qué no hacerlo?

Dice el apóstol Pablo: “Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, somos los más miserables, los más desgraciados y dignos de conmiseración de todos los hombres” (1Cor 15,19).

Es decir, perdemos una vida futura que, en ese caso, no existiría -porque si Cristo no ha resucitado, nosotros no somos nada-, pero además también perdemos esta vida presente. ¿Por qué no comer, beber y disfrutar de todo?

El mismo apóstol Pablo lo afirma: “Si en Éfeso luché contra hombres que parecían fieras, ¿de qué me sirvió? Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana moriremos (como dicen los infieles y materialistas)” (1Cor 15,32).

Sea que haya luchado contra fieras reales, como mártir en la arena, o metafóricamente contra bestias humanas, ¿por qué tendría que sacrificarme si no existe la Resurrección de Cristo?

Pero dice el apóstol Pablo: “¡Pero el Cristo resucitó primero de entre los muertos y se hizo primicia de la resurrección de todos los que durmieron o murieron!” (1Cor 15,20).

Y el apóstol Pablo ofrece sus testimonios, porque la pregunta también es: ¿cómo se demuestra?, ¿cómo se prueba? Y, más aún, ¿cómo se prueba históricamente?

Atención.
Primero, cuando hablamos de fundamento o cimiento histórico, entendemos por ello los acontecimientos. Segundo, el testimonio de los acontecimientos. No basta con que algo haya ocurrido; debemos tener testificación de los hechos acontecidos.

He aquí lo que dice el apóstol Pablo en la Primera Carta a los Corintios: “Os transmito, en primer lugar, lo que yo mismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras” (1Cor 15,3).

Atención, mucha atención: cuando queremos asegurar un acontecimiento históricamente, decimos que basta con tener testimonios históricos. Esto es un fundamento.

Especialmente en el ámbito de la fe, en el campo del cristianismo, tenemos dos cimientos. Atención: dos fundamentos.

  1. El acontecimiento histórico y su testimonio.
  2. La profecía cuando se cumple.

Para las cosas del mundo, normalmente, no tenemos profecía. Por ejemplo, decimos: “Alejandro Magno”, aunque en realidad sí aparece profetizado en el libro del profeta Daniel. Pero, en términos generales, hablamos de historia mundana, que nos dice que Alejandro vivió, hizo, conquistó, etc.

¿Cómo demostrar que existió Alejandro Magno?
Solo a través de los acontecimientos históricos.

¿Cómo demostramos un acontecimiento del cristianismo?
Por dos vías:

  1. Por los hechos históricos
  2. Y por la profecía cumplida.

Por eso, si leemos el Nuevo Testamento, encontraremos a cada paso expresiones como: “Está escrito” o “Según las Escrituras”, o se menciona a tal o cual profeta.

Aquí, el apóstol Pablo dice que: “Cristo murió según las Escrituras”.

Esto es testimonio, y además es según las Escrituras, es decir, según las profecías.

Y añade: “y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1Cor 15,4). El apóstol Pablo afirma que esto lo recibió como tradición, porque es un hecho, un acontecimiento. Es testificado y está según las Escrituras, es decir, profetizado.

“Fue sepultado… y resucitó al tercer día, según las Escrituras”

Su Resurrección es, por tanto, acontecimiento, hecho, entregado, testificado, y también profetizado. En el Símbolo de la fe decimos: “…según las Escrituras”.

Esa pequeña frase, “según las Escrituras”, ¿sabéis cuán fundamental e importante es?

Ahora se mencionan acontecimientos y muchísimos testigos que confirman lo siguiente: “y que apareció a Kefás o Pedro y después a los doce Apóstoles. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen o han fallecido. Después apareció a Jacobo (Santiago); después a todos los apóstoles; y al último de todos, como a uno que nace antes de tiempo o como a un aborto, me apareció a mí” (1 Cor 15,5-8).

¿Dónde se apareció a Pablo? En el camino hacia Damasco.

El mismo apóstol Pablo dirá: “¿Acaso no he visto a Jesús Cristo, nuestro Señor?” (1Cor 9,1).
Sí, lo ha visto. Y él mismo apela a este testimonio como auténtico.

Porque cuando iba hacia Damasco, no estaba solo. Había otros con él. Los demás vieron la luz, el resplandor, escucharon la voz, pero no comprendieron lo que Cristo le decía a Pablo, porque no se les debía revelar.

Por tanto, el testimonio de la aparición del Cristo resucitado fue un testimonio real, acontecido en presencia de muchas personas. No fue una visión privada o un fenómeno puramente interior. Fue exterior, visible y ante varios hombres.

Queridísimos míos, la mayor respuesta a este tema es la siguiente:

Pablo no se habría convertido en el gran Pablo, si Cristo no se le hubiera aparecido. La gran espina para los hebreos fue San Pablo. Y el gran testimonio de la Resurrección de Cristo es Pablo mismo. Por eso lo perseguían con intención de matarlo. Así como también quisieron matar a Lázaro, que era la demostración viva de su propia resurrección y la prueba de que Cristo lo había resucitado.

Así que tenemos testimonio, y tantos testigos. Y lo más importante: este testimonio sigue vivo hasta hoy.

¿Hubo acaso una época en que no existieran cristianos, y luego comenzaran de nuevo a hacerse cristianos? No. Tenemos, entonces, una continuidad histórica ininterrumpida de cristianos. Esto es la Tradición viva.

¿Y cuál es esa Tradición?

Que Cristo resucitó de entre los muertos. Por lo tanto, el cristianismo es verdadero. Esto es grandioso, enorme. Todo está sostenido sobre esto.

Por consiguiente, el cristianismo es la demostración de la historicidad de la Resurrección de Cristo.

¿Y saben cómo el Señor garantiza esto?

El Señor dijo al apóstol Pedro, cuando habría de fundarse la Iglesia -el cristianismo- sobre la tierra: “Las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mt 16,18). Hasta hoy el cristianismo permanece en pie, y sigue luchando. Por lo tanto, tenemos esta testificación histórica, que es la misma presencia continua del cristianismo en el mundo.

Me gustaría preguntaros: ¿sabéis cuántos testimonios tenemos sobre la existencia histórica de Alejandro Magno? ¿Sabéis, quizá, quién nos da testimonio de que existió Alejandro Magno? Queridos míos, solo un escritor: Arriano. Y él no fue contemporáneo de Alejandro.

Hoy, ciertamente, no tenemos las conquistas de Alejandro Magno ante nuestros ojos. Lo que tenemos son hallazgos antiguos. Pregunto: encontrar en los extremos de Persia y en las orillas del río Indo monedas helénicas antiguas, ¿es una demostración más contundente de que Alejandro llegó hasta allí que el hecho de que el cristianismo siga vivo en la historia? ¿Es más significativa la aparición de una moneda o de un monumento helénico que la continuidad viva del cristianismo?

Y si queréis, pensad: hoy no existe Alejandro Magno, ni sus conquistas. ¿Puede alguien dudar de que existió? Nadie. Entonces, ¿por qué se duda de la historicidad de la Resurrección de Cristo, cuando está tan abundantemente testificada?

Os lo diré con claridad: la duda y la respuesta se encuentran en el siguiente punto. Que Alejandro Magno haya existido o no, no tiene repercusión en nuestra vida, en nuestro futuro ni en nuestros problemas. En cambio, si existe el infierno y la βασιλεία (vasilía: realeza increada) de Dios, si el alma vivirá eternamente o no, si habrá resurrección de los muertos y cuál será mi destino como persona, eso sí tiene importancia.

Que Alejandro Magno haya existido o no, no importa. Por tanto, que haya quienes duden o no de su existencia, no tiene trascendencia. Pero en el caso de Cristo, sí la tiene. Porque si acepto que Cristo ha resucitado, entonces el cristianismo es verdadero, entonces Cristo es Dios, el Dios hecho hombre. Y ese mismo Cristo nos habló del infierno eterno y de la βασιλεία vasilía eterna de Dios. Pero eso no me interesa, porque quiero seguir pecando. Y como quiero mantenerme en el pecado, quiero hacer desaparecer las pruebas de la Resurrección de Jesús Cristo. Esta es la gran verdad: quiero hacer desaparecer estas realidades, quiero destruirlas.

San Juan lo expresa en su Evangelio: “La luz (increada unida con la creada) vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas del engaño que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo hombre que obra mal, odia y detesta la luz y no viene a la luz para que no sean descubiertas y juzgadas sus obras malas (cf. Jn 3,19-20).

Esta es la psicología de quienes niegan la historicidad de la Resurrección de Cristo: quieren permanecer en sus pecados -en sus enfermedades espirituales.

Y me pregunto una vez más: ¿Acaso molesta a alguien si Alejandro Magno existió o no? Para nada. ¿Estorba, en cambio, si Jesús Cristo fue o no Dios verdadero? ¡Eso sí, molesta! Y mucho.

Por eso, hijos míos, estad atentos: La prueba y la demostración las llevamos en el bolsillo. ¿Sabéis cuál es? Escuchad con atención:

Cada domingo incensamos la Santa Mesa, el Altar, y decimos: “La Resurrección de Cristo hemos contemplado; veneramos y reverenciemos al Señor Jesús Cristo, el único impecable…”

Mirad bien esta expresión: “La Resurrección de Cristo hemos contemplado”.
¿Dónde la hemos visto? ¿Somos testigos presenciales? ¿Es acaso una expresión equivocada o un recurso poético?
No lo es. El creyente experimenta interiormente a Cristo resucitado.
¿Sabéis qué dice el alma del creyente?

“Fiel es el Señor. Verdadero es Jesús. Verdadero es Jesús Cristo.”

Por tanto, sí hemos contemplado a Jesús Cristo.

Queridos míos, esta es la experiencia personal que vive cada creyente.

  1. ¿Cómo podemos nosotros, los cristianos, explicar y demostrar a alguien que creemos en el Dios verdadero?

Muchas veces nos dicen: “¿Cómo sé yo que cuando dices que tienes fe, el Dios en el que crees es verdaderamente Dios?”

La respuesta es simple: Viviremos de tal manera el cristianismo que, por la forma en que vivamos, demostraremos que lo que creemos es verdadero. Es decir, si vivimos con consecuencia y coherencia, entonces daremos testimonio a los demás de que nuestro Dios es el Dios verdadero, el Dios vivo. Porque llevaremos sobre nosotros la jaris (la gracia, la energía increada) de Dios y los j-carismas (los dones) del Espíritu Santo.

¿Sabéis lo que decían los idólatras?
Esto lo recoge Tertuliano. Decían: “¡Mira cómo se aman los cristianos antes de conocerse!” Esa inmensa agapi, ese amor desinteresado entre los cristianos, ¿qué indicaba?
Que lo que creían era verdadero, porque ¿cómo podrían tener esa gracia sin el verdadero Dios?

Escribe el apóstol Pablo algo muy digno de mención: “Nuestra carta sois vosotros mismos, escrita en nuestros corazones, conocida como auténtica y verdadera y leída de todos los hombres, pues notorio es que sois carta de Cristo, escrita por él utilizando a nosotros como instrumentos suyos, y escrita no con tinta, sino por la χάρις-gracia, energía increada, y la iluminación del Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, como la ley de Moisés, sino en las tablas de carne de vuestros corazones que sienten y viven las dádivas y las verdades que da el Espíritu santo” (2 Corintios 3, 2-3).

Como podéis ver, demostraremos a los demás que esto es verdadero por nuestra consecuencia y congruencia. Debemos vivir rectamente, para que el otro diga: “Este sí que es un verdadero cristiano”.

¿Sabéis lo que dice Dios en el caso contrario?
Dice: “Por vuestra causa es blasfemado mi nombre entre las naciones” (cf. Romanos 2,24).

Porque la gente dice: “¿Tú eres cristiano? ¿Esto es el cristianismo?” Y así, se blasfema a Dios. Por eso debemos tener mucho cuidado, para convertirnos verdaderamente y hacernos personas divinizadas, de manera que nuestra propia vida y luz divina resplandezca a Dios. Cristo nos dijo: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos:
si tenéis amor (agapi) entre vosotros
” (Juan 13,35).  Por esto conocerán todos -los ateos, los idólatras, todos- que somos de Cristo.

Esto es muy importante: ser consecuentes y congruentes en nuestra vida espiritual. Esa es la mayor y mejor demostración de que nuestro Dios es el verdadero Dios.

Y si queréis, es también el mejor kerigma (discurso, predicación) que podemos hacer a los hombres: no con muchas palabras, sino con la forma de nuestra vida, mostrar cómo debe vivir y moverse realmente el ser humano.

  1. “Muchos ateos sostienen que todas las religiones tienen sus propias percepciones, convicciones, y creen que cada una tiene sus fines y propósitos superiores. Así, irónicamente, preguntan: ¿Dónde se ve que el cristianismo es una religión verdadera?” ¿Qué podemos responder a estas palabras?

Es muy sencillo. No olvidemos que todas las religiones, excepto el cristianismo, son invención del hombre, es decir, son descubrimientos humanos.
Por ejemplo, mirad la masonería: ¿qué colocan delante de ellos? El sol.
Dicen: “Ay, solecito mío, te hago mi dios”. Esto es creación humana, lo inventa el hombre. Pero el cristianismo no es invención humana, sino que, en primer lugar, es por apocálipsis, por revelación divina.
Y en segundo lugar, el cristianismo tiene acontecimientos concretos.

¿Cuáles son esos acontecimientos? No me detendré en los milagros de Cristo, aunque son muchos. Los mayores acontecimientos son tres:

  1. La Resurrección de Cristo
  2. Su Ascensión
  3. El Pentecostés

Son acontecimientos reales, palpables, tangibles. Y no hablo aún de Su enseñanza, ni de Sus milagros. Tomo solo estos tres porque son piedras inquebrantables de la fe que demuestran que el cristianismo es verdadero. Porque, si Cristo no fuera verdadero Dios, ¿vendría el Espíritu Santo sobre sus discípulos?

Los hebreos decían que usurpaba atributos divinos. ¿Y qué dijo Pilato? Dijo: “Ha dicho que es Hijo de Dios”, en un sentido muy especial. ¿Qué otro testimonio queremos? Y sin embargo, fue condenado a muerte por la asamblea del tribunal que gritaba: “¡Culpable! ¡Crucifícalo!”

Pero si realmente hubiera sido culpable frente a Dios, habría descendido a los tártaros del Hades, es decir, a las oscuridades más profundas.

Sin embargo, Dios se complace en Él y envía el Espíritu Santo. Además, Cristo resucitó y luego envió el Espíritu Santo, quien da testimonio de quién es Cristo. Por eso Cristo dijo: “El Espíritu Santo dará testimonio sobre quién soy yo” (cf. Juan 14,26; 15,26; 16,13).

Por consiguiente, podemos afirmar con claridad:

  • Las demás religiones, por más que se jacten de tener algo especial, son invenciones de la mente humana.
  • En cambio, el cristianismo es αποκάλυψις apokálipsis revelación divina, y además, tiene acontecimientos históricos reales.

¿Qué acontecimientos presentan las demás religiones? ¿Que vino el sol a tocar la tierra y decirnos “buenos días, señores, yo soy el dios”? El sol nunca dijo tal cosa.

No olvidéis que Jesús de Naví (Josué) detuvo al sol. ¿Por qué? Porque proclamó el nombre del Dios verdadero. El verdadero Dios, el revelado-apokaliptado, está más allá y por encima de Su creación. Todo lo creado es obra suya. Y por eso nosotros tenemos fe en la única religión verdadera: el cristianismo. Fuera de ella no hay nada más verdadero.

Fuente: https://arnion.gr/ y https://athanasiosmytilinaios.blogspot.com/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

 

Domingo del ciego de nacimiento

Domingo del ciego de nacimiento [Juan capítulo 9]

  1. «Diferencias en la fe», por Atanasio Mitilineos
  2. «¿Dónde está aquel?» (Jn 9,12), por G. Dorbarakis

 

               Curación del ciego de nacimiento Capítulo 9

9:1 Pasando el Señor por medio de la ciudad, vio a un hombre ciego de nacimiento;

2 y sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién pecó, él o sus padres, para que naciera ciego?”

3 Respondió Jesús: «Ni éste pecó, ni sus padres, sino para que se manifiesten en él, el poder y las obras milagrosas de Dios.

4 Es preciso que yo haga las obras del que me envió al mundo mientras es de día; cuando llega la noche ya nadie puede trabajar.

  1. «Yo debo trabajar para la salvación del hombre y hacer las obras de Dios, quien me ha enviado al mundo, mientras sea de día, es decir, mientras estoy en la vida presente. Viene la vida futura, que es como la noche cuando los hombres paran de trabajar, es decir, cuando yo me vaya, los hombres paran sus obras, así también en la vida futura nadie de los hombres podrá trabajar ya para el cumplimiento de su misión. Por lo tanto no debo perder ni un momento».

5 Mientras estoy en el mundo, yoSoy la luz del mundo».

  1. «Mientras estoy en el mundo con mi enseñanza, los milagros y mi forma de vivir, yoSoy la luz del mundo».

6 Diciendo esto, escupió en la tierra, hizo con la saliva un poco de lodo y untó con el lodo los ojos del ciego,

7 y le dijo: «Ve a lavarte en el estanque de Siloam, que quiere decir “enviado”». Fue, se lavó y regresó a casa con la vista.

8 Los vecinos y los que antes le conocían que era ciego, decían: “¿no es éste que estaba sentado pidiendo limosna?”

9 Unos decían: es él. Otros no, sino que es uno que se le parece. Él decía: “yo soy el ciego de antes”.

10 Entonces le decían: “¿Cómo se te han abierto y sanado los ojos?”

11 Él respondió: Ese hombre llamado Jesús, hizo lodo, me untó los ojos y me dijo: «Ve a lavarte al estanque de Siloam».  Fui, me lavé y recibí la vista.

12 Le dijeron: “¿Dónde está él?” Él contestó: “No lo sé”.

Tumulto e investigación de los judíos 9:13-34.

13 Llevaron a los Fariseos al que antes había sido ciego,

14 y era sábado el día que Jesús había hecho lodo y le abrió los ojos.

15 De nuevo le preguntaron los fariseos, cómo había recobrado la vista. Él les dijo: “Un hombre me puso lodo sobre los ojos, me lavé y veo”.

16 Dijeron entonces algunos de los fariseos: “Éste hombre no viene de Dios porque no guarda reposo el sábado”. Otros decían: “¿Cómo es posible un hombre pecador hacer semejantes señales y milagros?” Y hubo desacuerdo y división entre ellos.

17 Otra vez dijeron al ciego: “¿Qué dices tú del que te abrió y curó los ojos?” Él respondió: “Que es profeta”.

18 No querían creer los judíos que aquél había sido ciego y que se había curado la vista, hasta que llamaron a sus padres,

19 y les preguntaron: “¿Es éste vuestro hijo, de quien vosotros decís que nació ciego? ¿Cómo es que ve ahora?”

20 Respondieron los padres y les dijeron: “Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego;

21 pero cómo ve ahora no lo sabemos; quién le sanó la vista de los ojos lo ignoramos; preguntadle a él que es mayor de edad, puede hablar por sí mismo”.

22 Sus padres hablaron así por miedo a los judíos, ya que habían decidido que, si alguno reconocía que Jesús era el Cristo, fuera expulsado de la sinagoga.

23 Por eso sus padres dijeron: “Ya es mayor de edad, preguntádselo a él”.

24 Volvieron a llamar al que había sido ciego y le dijeron: “Da gloria y gracias a Dios por tu sanación; nosotros conocemos que ese hombre es pecador”.

  1. «Llamaron, pues, por segunda vez el que había sido ciego, y le dijeron: “Da gloria y gracias a Dios que te ha sanado. Pero cuidado con éste hombre al que llamó antes profeta, nosotros a causa de la posición y el axioma que tenemos, podemos conocer y saber bien que éste hombre es pecador, porque anula el reposo del sábado. Porque nosotros estudiamos y conocemos la voluntad de Dios».

25 Entonces respondió él y les dijo: “No sé si es pecador o no, sólo sé bien y reconozco que yo era ciego y ahora veo”.

26 Le volvieron a decir: “¿Qué terapia te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?”

27 Él les respondió: “Ya os lo he dicho y no me habéis escuchado. ¿Para qué queréis oírlo otra vez? ¿Es que queréis también vosotros haceros discípulos suyos?”

28 Ellos le injuriaron, y le dijeron: “Tú eres discípulo de él, pero nosotros somos discípulos de Moisés.

29 Nosotros, como estudiosos y soberanos del pueblo, sabemos que Dios habló a Moisés. En cuanto a éste, nos es desconocido y no sabemos de dónde es y de dónde viene”.

30 El hombre les respondió: “Esto es curioso, que vosotros no sepáis de dónde viene, si es de Dios o no, pero él me ha abierto mis ojos y veo.

31 Sabemos todos muy bien que Dios no escucha a los pecadores. Pero si uno es piadoso, temeroso y respetuoso con Dios y cumple Su voluntad, a ése le escucha.

32 Desde que existe este mundo, jamás se ha oído decir que alguien haya abierto y sanado los ojos de un ciego de nacimiento.

33 Si él no fuera enviado de Dios, nada podría hacer, ni el mínimo milagro».

34 Ellos enfadados le dijeron: “Has nacido todo entero en pecado, ¿y te atreves a enseñar a nosotros?” Y le echaron fuera.

La fe y la ceguera 9:35-41.

35 Oyó Jesús que le habían echado fuera, y encontrándose con él, le dijo: «¿Tú crees, en el hijo de Dios, a pesar de lo que te dijeron los soberanos del consejo de los judíos

36 Respondió él y le dijo: “¿Quién es, Señor, para que yo crea en él?”

37 Le dijo Jesús: «Le estás viendo, el que habla contigo, él es».

38 Respondió él, iluminado por la jaris, la energía increada de Dios y dijo: “Creo Señor con todo mi corazón”, y se puso de rodillas ante él y le veneró.

39 Dijo entonces Jesús: «Yo he venido a este mundo para un juicio, para que los que no ven, vean, y los que ven vuelvan ciegos espiritualmente».

  1. «Dijo entonces Jesús: «Yo he venido a este mundo para que se haga juicio y distinción entre los hombres buenos y los malos. Así que aquellos que por los estudiosos de la ley, los gramatís-escribas, intelectuales y los fariseos, son considerados como ignorantes y ciegos espiritualmente, serán iluminados por la luz increada y conocerán la verdad. Y aquellos que se presentan presumiendo como conocedores de las Escrituras y por sí mismos iluminados, a causa de su altanería, serán cegados espiritualmente».

40 Escucharon esto algunos fariseos que estaban con él, y le dijeron: “¿acaso nosotros también somos ciegos física y espiritualmente?

41 Jesús les dijo: «Si fuerais ciegos no tendrías culpa o pecado; pero como decís que veis, seguís permaneciendo en el pecado».

  1. «Les dijo Jesús: «Si fuerais ciegos espiritualmente no conoceríais las escrituras y no tendríais pecado por vuestra incredulidad. Pero ahora decís: Vemos y conocemos las Escrituras, por eso vuestro pecado permanece imperdonable, porque se hace con conocimiento».

 

 

 

DOMINGO DEL CIEGO DE NACIMIENTO [Jn. 9, 1-38]

Transcripción de una homilía del bienaventurado padre Atanasio de Mitileneos con el tema:

«Diferencias en la fe»

[Pronunciada en el Monasterio Komninio de Larisa el 4 de junio del 2000]

El Señor Jesús, queridos míos, dijo en cierta ocasión:
«Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?» Pero ¿qué fe buscará encontrar el Señor cuando, en Su Segunda Παρουσία (Parusía: Presencia, Venida), regrese a la Tierra?

Es un pasaje que, personalmente, me ha impresionado muchísimo; porque se da indirectamente la información de que no habrá fe sobre la Tierra. Es decir, concretamente, la fe será algo raro en la Tierra. ¿Y qué fe? La fe en Su persona Θεανθρώπινο (zeanzrópino: divino-humana). Es decir, con el paso del tiempo, las personas dejarán de creer en Jesús Cristo como verdadero Dios y verdadero hombre. Y esto sucede porque todos hablan de fe, pero en muchos de nuestros cristianos, la fe se ha diferenciado. Presten atención: la fe se ha diferenciado. Existe una fe subjetiva, con innumerables variantes y cambios.

Así ocurrió también entonces, cuando el Señor realizó el milagro de la curación del ciego. Cada uno decía lo que quería. Algunos cuestionaban si el milagro era real. Otros aceptaban el milagro, pero no lo confesaban, tal como los padres del ciego no lo confesaban -nos lo dice claramente el evangelista Juan-, porque temían ser expulsados de la sinagoga, ya que las autoridades habían dicho que cualquiera que confesara que Jesús era el Mesías, sería expulsado de la sinagoga.

Los dirigentes soberanos planteaban muchas dudas sobre si realmente se trataba de un milagro. Por eso, cuando llamaron o llevaron al ex ciego y le preguntaron cómo había sucedido todo aquello, él les relató cómo había ocurrido. Y de nuevo le vuelven a preguntar: «¿Y cómo fue que sucedió?». Y otra vez: «¿Y cómo sucedió?». Entonces él dice: «Bueno, esperen un momento. ¿No se los dije ya? ¿Por qué preguntan y repreguntan una y otra vez? ¿Acaso también ustedes quieren hacerse discípulos suyos?».

Entonces ellos se enfurecieron contra el ex ciego y lo echaron fuera. «¡Tú -le dicen- que estás completamente en pecados, nos vienes a decir a nosotros que queremos hacernos discípulos de Ése?». No dicen su nombre… dicen «Ése». No pronuncian su nombre… Y noten que existía la creencia de que quien nacía con algún defecto -un niño, o él mismo, se decía- había pecado (¿cuándo? ¿Pecó en el vientre de su madre? ¿Cuándo?), o que sus padres habían pecado. Así que, como este hombre había nacido ciego, entonces, según esa lógica, sus padres debían haber pecado. Y así sucesivamente…

El único que aceptó el milagro fue, queridos míos, el mismo ciego. Y cuando, un poco más tarde, el Señor encontró fuera al ex ciego, después de saber que lo habían echado fuera, etc., le dijo: «¿Tú crees en el Hijo de Dios?».
Y el ciego -el ex ciego- respondió: «¿Quién es, Señor, para que crea en Él?». Y el Señor le respondió: «Lo has visto, y el que está hablando contigo, ése es». (Y le estaba diciendo: “Aquel en quien te pregunté si crees, el Hijo de Dios, ese soy Yo que estoy hablando contigo”).
Y entonces el ciego responde: «Creo, Señor». Y «le reverenció y le adoró».

Un breve y lleno de gracia diálogo sobre la capacidad de alguien para creer. Permítanme, además, una pequeña observación.
Por supuesto, el Señor no abrió los ojos de todos los ciegos de Palestina. Ni tampoco se abren los ojos de los ciegos a lo largo de la historia por parte de cristianos, misioneros, sacerdotes, etc. Entonces, ¿por qué el Señor abría los ojos de los ciegos?
Para que pudieran ver el rostro del Mesías.
Eso es algo profundamente conmovedor. Aquel a Quien, si se salvan, verán por los siglos de los siglos. Estar en la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Cristo es como un pequeño anticipo de que veremos Su persona, rostro, como dice el evangelista Juan en su primera carta: «Porque lo veremos, contemplaremos tal como es». Presten atención: «tal como es».

Hemos visto diversas actitudes de fe o de incredulidad frente a la Persona divino-humana de Cristo. Es decir, una diferenciación de la fe, o, mejor dicho, muchas diferenciaciones de la fe, como les dije desde el principio. Exactamente lo que dijo también el Señor sobre Su Persona divino-humana en los últimos tiempos: «¿Acaso -dijo- encontraré fe sobre la tierra?»

Claro está que “fe” y “creo” son palabras fáciles de pronunciar. Pero la fe verdadera tiene también condiciones previas y consecuencias.
Una condición previa de la fe sana es la humildad, queridos míos; para que puedas aceptar lo que se te revela. Sin añadir ni quitar, sin sacar conclusiones según tu parecer o como te parezca.
Hoy en día, nuestros cristianos tienen sus propias elecciones. Fíjense: sus elecciones personales respecto al tema de la fe.
Uno dice: «Yo creo a mi manera».
¿Cuántas veces no hemos escuchado esto? «Yo creo a mi manera»…
Hermano mío, ¿existe una fe subjetiva “a tu manera”?
La fe es una sola y no se puede modificar. Aquí vemos claramente que falta humildad. No quieren aceptar la fe que se predica y se enseña objetivamente. No. Esa la rechazan. Quieren creer como ellos consideran conveniente. Unas cosas las aceptan, otras no.
¿Ven, entonces, que aquí tenemos un orgullo? Es decir, ¿una ausencia de humildad?

También está la buena disposición del corazón. ¿Qué clase de disposición tienes como persona?
Está la sencillez de la psique-alma, como la expresó el Señor, queridos míos, cuando vio a Natanael: «He aquí -dijo- un verdadero israelita». Un hombre recto.
¿Saben, a pesar de esto, cuántos dicen que son rectos y no lo son?
Se engañan a sí mismos y a los demás. O mejor dicho… se engañan a sí mismos, porque los demás, una, dos, tres veces, acabarán dándose cuenta de que esas personas no son rectas.

Y también están las consecuencias…
Si la fe que uno tiene es correcta, esa será justificada, será elogiada.
Pero si la fe no es como Dios la quiere, porque cada uno cree “a su manera”, entonces no habrá justificación alguna.

Una fe, en verdad, «a gusto de cada uno» -decidme, por favor-, ¿haría milagros? ¡Nunca. Jamás!

Los judíos creían en el Mesías; es decir, que algún día vendría el Mesías. Pero cargaron su persona con tantas suposiciones, que cuando vino Cristo no Le reconocieron ni Le aceptaron; aunque la Sagrada Escritura, el Antiguo Testamento, nos da innumerables características del Mesías, una multitud. Pero estos hombres estudiaban, estudiaban a los profetas, etc., y al final no reconocieron a Jesús Cristo.

Dijeron los de entonces, contemporáneos del ciego, del ex ciego: los gobernantes, fariseos, escribas, sacerdotes, sumos sacerdotes -eran varios sumos sacerdotes, porque los ponían y los quitaban, simplemente respondo aquí a una posible duda que podrían tener-, los ponían y los quitaban los romanos. Basta deciros que el sumo sacerdote era vitalicio, y debía ser solo uno. Pero según convenía a los romanos -quienes, por supuesto, eran un ejército de ocupación-, ponían y quitaban a los sumos sacerdotes.

¿Qué respondieron ahora ante el caso de este ex ciego?

«Nosotros sabemos que Dios habló a Moisés; pero a este, no sabemos de dónde es» (Jn 9,29). «Sabemos», dicen, «que Dios habló a Moisés. ¿Este? ¿Jesús? No sabemos su procedencia». Y sin embargo, si hubieran estudiado el logos de Dios, habrían conocido muchas cosas.

Así pues, ridiculizan al ex ciego que defendía a Jesús Cristo. Él dice: «No sé lo que decís vosotros, pero solo esto os digo: que Dios no escucha a los pecadores». Y le respondieron con aquello que ya os mencioné: «Tú naciste enteramente en pecados, ¿y tú nos enseñas a nosotros?» (Jn 9,34). Y como os dije, lo expulsaron. Una verdadera odisea…

Mientras tanto, el Señor afirmaba, sobre el mismo asunto, que la ceguera de aquel hombre -pues fue preguntado por sus discípulos-, la ceguera de ese hombre concreto no era resultado de ningún pecado. «Ni sus padres pecaron», dijo, «ni él pecó».

¿Cuándo habría tenido tiempo de pecar, si nació ciego? «Esto ocurrió», dijo el Señor, «para que se manifiesten en él las obras de Dios» (Jn 9,3).

Sobre esta sola frase podríamos decir muchísimas cosas. Desgraciadamente, no tenemos tiempo. Es decir, que se preparó una situación, para que se realizara el milagro cuando el Logos increado de Dios viniera a la Tierra. Os diría, así a modo de ejemplo, que el monte Sion fue dispuesto de antemano para que se cumpliera la obra del Mesías, etc., etc., etc. ¡Una multitud! Una multitud de elementos…

Y la elección de este lugar, Palestina, a donde fue conducido Abraham, fue hecha por Dios, el Logos increado de Dios, la segunda persona de la Santa Trinidad. Le dice: «Ve allí, ve allá…». Y finalmente le dice: «Aquí te quedarás». Aquí. Esta es la Tierra Prometida, etc., etc.

Así es como quiso Dios el Logos increado aparecer dentro de la Historia. No digo más.

Y se plantea la pregunta: Bueno, ¿los escribas y los demás, no sabían leer? ¿Cómo leían a los profetas? ¿Cómo leían a Isaías? ¿Y cuando leían a los profetas, cómo los comprendían? ¿Y cómo los interpretaban?
Aquí uno puede ver que los intérpretes se habían puesto una venda sobre los ojos. ¿Por qué? Porque querían interpretar basándose en sus deseos personales. Curioso… Y no son pocos los que interpretan el logos de Dios basándose en sus deseos personales.

Entonces, ¿cuáles eran esos elementos que los llevaban a interpretarlo así? Eran, queridos míos, aspiraciones nacionales y condiciones económicas. ¿Lo oyeron bien? Aspiraciones nacionales y condiciones económicas.
Así pues, atribuyeron y cargaron al Mesías con la idea de que sería una figura que los liberaría del terrible yugo romano -antes vinieron los griegos, antes aún otros, los babilonios, los asirios, etc., habían estado más de 600 años bajo ocupación-, con la esperanza de recuperar su libertad.

Ahora, en pleno siglo XX después de Cristo -2.500 años bajo ocupación-, esa percepción se distorsionó dentro de ellos: el Mesías se convirtió en una figura nacionalista.
Y además, cuando viniera, los judíos -según creían-comerían con cucharas de oro. Hasta el día de hoy sabemos que los judíos siempre aspiran a la prosperidad, en todos los rincones del mundo. Se han convertido en banqueros, ustedes ya saben eso. Sí. Llevan en la sangre esa idea de liberación nacional -la cual, en efecto, ocurrió, pero… mmm… luchan con los palestinos…
No estoy haciendo política, simplemente describo la situación actual. Y siempre, en todas partes, quieren tener dinero. Enriquecerse, enriquecerse… Como si les hubiera faltado alimento, y ahora quieren comer. Y no solo comer, quieren prosperar con cucharas de oro.

Así también, queridos míos, nuestros cristianos. Sí. También nuestros cristianos se dejan engañar por falsas creencias, distintas formas de fe.
Y Dios permite que se extravíen porque anteponen sus pazos pasiones, vicios y sus deseos.

La fe, queridos míos, es un asunto de gran importancia. El Señor dijo: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a este monte: “Muévete de aquí allá”, y se movería; y nada os sería imposible».
Con esta imagen quiere el Señor mostrar cuál es el poder de la fe. Así podríamos decir que todo es posible para el que cree. Los discípulos, por supuesto, ya tenían fe cuando siguieron al Señor. Sin embargo, ruegan al Señor que les aumente la fe: «Auméntanos la fe, Señor».
Es decir, a la que ya tenían, que se le añada más, y más fe.
La fe es un don para los corazones de buena voluntad. Es una energía increada que desciende sobre los corazones nobles. Una energía increada. Viene de Dios.

Debemos decir que los cristianos contemporáneos caen en el racionalismo. “Racionalizar” quiere decir: intento entender algo con mi mente, cerebro o intelecto. Y como naturalmente mi mente no lo abarca todo, lo que no entiendo, lo rechazo.
Pero no es correcto rechazar todo lo que no comprendo.

Ahora mismo, por ejemplo, en este lugar, hay emisiones musicales… ¿Las oyen? ¿Las ven?
Se revelan mediante un receptor de radio.
¿Significa que, porque ahora no oímos nada, no existen todas esas voces?

Por supuesto, la ciencia moderna ha demostrado, y ha demostrado claramente, que el racionalismo no es más que una enfermedad, una enfermedad de la mente.

Pregunten: ¿cuántos de nuestros cristianos creen en la Resurrección de Cristo? Pregunten: ¿cuántos creen en la resurrección de los muertos, que los muertos resucitarán…? Pregunten sobre la Segunda Παρουσία (Parusía: Presencia, Venida) de Cristo y sobre el Juicio Final, si creen en ello… Pregunten sobre el infierno eterno y la vida eterna… Y entonces verán qué respuestas reciben a todas esas preguntas.
Verán cuán debilitada está la fe, cómo varía la fe entre nuestros cristianos.
“Ah, en la Resurrección de Cristo sí creo… pero en la resurrección de los muertos no estoy tan seguro, tengo mis dudas.” Así hacían también nuestros antepasados, los corintios. Y San Pablo les escribe:
“Si los muertos no resucitan, entonces tampoco Cristo resucitó.” Porque lo uno es consecuencia de lo otro.
Y, por tanto, estaríamos todos en el mismo punto de partida, en nuestros pecados, y no habría salvación para nosotros.

El bienaventurado (ahora santo) Justino Popovich decía: Si quieres ver en qué medida tu fe es recta y saludable, compárala con los artículos del Símbolo de la Fe (Credo).
Y yo, muchas veces, cuando alguien me dice: “No creo en la resurrección de los muertos, no me cabe en la cabeza”, ¡eso es racionalismo! Digo: “Dios nos hizo de la nada, ¿y no nos hace de lo que ya somos, de lo existente? ¿Qué estás diciendo, hombre? Después… ¿sabes el Símbolo de la Fe (Credo)?” “¡Por supuesto!”, me responde. Entonces le pido que lo diga: “Espero la resurrección de los muertos…” ¿Entiendes lo que estás diciendo? Estás confesando que esperas la resurrección de los muertos, ¡y luego dices que no crees!

Hoy, queridos míos, ¡los cristianos vivimos una ceguera terrible! Hoy es el domingo del ciego, por eso tratamos este tema.
¡Ceguera terrible!
El Señor dijo: “Si os hablé de cosas terrenales y no creéis, ¿cómo creeréis si os hablo de las celestiales?” Les dije cosas terrenales y no creyeron. ¿Y si les dijera cosas del cielo, creerían? Seguramente no.

¿Y qué son las cosas “terrenales”?
Cuando el tabaco daña, no es necesario que nos lo diga Cristo. Lo vemos ante nuestros ojos, en los grandes carteles publicitarios del cigarro, donde abajo dice: “Fumar perjudica gravemente la salud.” Díganme, ¿quién ha dejado de fumar o quién ha evitado comenzar a fumar, especialmente los jóvenes, por ese mensaje escrito? ¿Ha servido de algo? En ninguna parte. Nada. La gente no cree ni siquiera en lo que ve.

Dicen: “El SIDA…” “El número de víctimas del SIDA está aumentando.” Y, sin embargo, no lo creen. Muchas veces, al oír programas y campañas contra las drogas -sobre todo contra las drogas y el cigarro-, uno se pregunta: ¿No entienden, personas, que se van a enfermar? ¡No lo creen! Dicen muchas cosas. Dicen que es cuestión de información. Pero no es solo un asunto de información. Es también cuestión de fe. Fe en lo referente a cosas terrenales. Sí, hay que estar informados, pero también hay que creer que verdaderamente hacen daño, por ejemplo, las drogas. Si lo sabes, ¿por qué las consumes? ¿Han desaparecido las drogas a pesar de tanta información y campañas? ¡No! ¿Por qué? Porque falta ese elemento de la fe. No de la fe en Dios -en este caso-, sino la fe en que las cosas son como son, y que realmente hacen daño.

¿Qué podemos decir sobre la necesidad de la fe respecto a los últimos (ésjatos) tiempos y acontecimientos?
Muchos consideran que la historia es cíclica. Que volvemos siempre al mismo punto. No es así. La historia es lineal. Presten atención a esto. El mundo comenzó y el mundo tendrá un final. Al menos en la forma en que lo conocemos ahora. Muchos creen en un mundo mejor, cuando en realidad el mundo va de mal en peor. La decadencia que azota al mundo en este momento, a nivel global, no tiene precedentes.
¿Quiénes ven todo esto?
Aquellos que tienen ojos para ver, lo ven. Todo se deshace, todo se desmorona, todo se hunde en el fango. ¡Todo! Cuando están por aprobar el matrimonio homosexual (año 2000), ¿qué dirían ustedes?
Caí en una tentación.
Ayer lo pensé. Lo comentaba con unos que estaban aquí, en una charla por la tarde. Por ejemplo… está bien, que no se incluya la religión [en documentos oficiales], no lo sé… no lo sé… Pero… ¿que tampoco figure si estás casado o no? ¿Que no aparezca el nombre del cónyuge? No lo entiendo. ¿Ustedes lo entienden? En un momento pensé y dije: Supongamos… ¿Qué cónyuge va a poner un hombre cuando está casado con otro hombre homosexual? Si hasta reciben apartamentos en Inglaterra, no sé dónde más. Sí. Como si recibieran un apartamento en una vivienda municipal. ¿Dónde va a aparecer el cónyuge si el hombre está casado con otro hombre? Sí. Acéptenlo si quieren. Y sin embargo, todo esto está escrito, y solo lo leen quienes pueden ver.

El profeta Daniel dice: “Hablará logos y palabras contra el Altísimo (el Anticristo), y desgastará a los santos del Altísimo, y pensará en cambiar los tiempos (el clima y la historia) y la ley, y le serán entregados hasta un tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo”. Voy a detenerme en un solo versículo: Planea cambiar “los tiempos y la ley”. ¿Saben qué significa eso?

  • La “ley” es la corrupción de la ley; tenemos la ley escrita también en nuestra conciencia.
  • ¿Y qué son los “tiempos”? Es la naturaleza misma y el clima.

El matrimonio es algo natural. Pero cuando tú cambias algo natural y te casas con alguien del mismo sexo… ¡ahí lo tienes! Está escrito esto. ¿Quién lo lee? ¿Y quién puede detener el mal que se acerca a galope? Muchas cosas están ocurriendo en nuestra época, que anuncian el fin de la Historia. Y sin embargo, predomina la ceguera, y las personas no perciben nada.

Amados míos, Dios, a través del profeta Ezequiel, proclama: “Así dice el Señor: El fin ha llegado, ha llegado el fin a los cuatro extremos de la tierra. El fin ha llegado sobre ti, habitante de la tierra”. El fin ha llegado. Y aun el mismo pueblo de Dios quiere seguir sufriendo una ceguera profunda.

¿Quién es el pueblo de Dios?
Los cristianos. Para que vuelva a resonar la voz y logos de Dios que está escrito en libro del Apocalipsis: “Porque tú, a pesar de tu pobreza espiritual, dices: Yo soy rico en virtudes, y me he enriquecido con tesoros espirituales y de nada tengo necesidad; y no sabes que en realidad tú eres el desgraciado, el miserable, el pobre, el ciego en el reconocimiento de la verdad y el desnudo en obras de virtud.  Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, el espiritual, para enriquecerte en virtud, y vestiduras blancas para vestirte en tu psique-alma, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez espiritual; y unge tus ojos (de tu psique) con colirio (la enseñanza de mi luz increada), para que veas (tu propio estado y el camino que seguirás)” (Apocalipsis 3:17-18)

¿Y qué es el colirio que abrirá nuestros ojos y que debemos comprar de Cristo?

Es, amados míos, el Espíritu Santo. Sobre Él dice San Juan Crisóstomo: “El Espíritu Santo es el que crea otros ojos”. Él te dará otros ojos, para que veas la realidad. Y entonces veremos en qué estado de descomposición se encuentra el mundo actual…

Permítanme usar el lenguaje del evangelista San Juan, quien confiesa:

No améis al mundo, ni lo que hay en el mundo (en sentido moral). Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo: la codicia de la carne, la codicia de los ojos -(la televisión)-, y la arrogancia de la vida…” (1Juan 2:15-16). Tres coches a disposición de cada familia… Y continúa San Juan: “Hijitos, ya es la última hora, y como habéis oído que el Anticristo viene, ahora han surgido muchos anticristos. Por eso sabemos que es la última (ésjato) hora” (1Juan 2:18). Amén.

PARA GLORIA DEL DIOS TRIUNO
Y con profunda gratitud a nuestro guía espiritual, el padre Athanasios Mitilineos, transcripción y edición de la charla grabada: Eleni Linardaki, filóloga.

Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai _kyriakvn/omiliai_kyriakvn_137.mp3

Traducido por: χΧ jJ  https://logosortodoxo.es/

 

Domingo de la curación del ciego de nacimiento

¿Dónde está aquel? (Jn 9,12) Ποῦ ἐστιν ᾽Εκεῖνος;

Ante el gran milagro de la curación del ciego de nacimiento por parte de Jesús Cristo, los judíos se desconciertan y buscan al autor del milagro: “¿Dónde está aquel?”. Y el ciego, que recibe la pregunta, no puede dar otra respuesta más allá del nombre de Jesús y del hecho de su curación. Porque el Señor -a quien el ciego aún no conoce- le había mandado a lavarse en la piscina de Siloé. El hombre obedeció al logos (mandato) y, respondiendo con fe, fue sanado. Así, los judíos buscan a Cristo.

Pero la búsqueda de Jesús es un fenómeno recurrente en el Evangelio. Cuando era niño, lo buscaba Herodes porque lo consideraba una amenaza, ya que los magos lo habían reconocido como “el rey de los judíos”. Lo buscan muchas veces los fariseos y los líderes religiosos de Israel, porque lo consideran “peligroso”: transgrede el sábado y pone en cuestión sus tradiciones. Lo busca el pueblo sencillo, porque les dio de comer. Lo busca Herodes Antipas, deseoso de entretenimiento y diversión, pues había oído hablar de sus milagros. También lo buscan los discípulos de Juan el Bautista, porque su maestro les había señalado a Jesús como el Mesías. Viene a buscarlo Natanael, que había escuchado cosas admirables sobre Él por boca de su amigo Felipe. Lo buscan los samaritanos, llamados por una compatriota suya que testificaba que Jesús le había revelado toda su vida.

Y no solo en aquellos años en que Jesús caminó entre los hombres. En cada época y mientras exista el mundo, habrá personas que lo busquen. Pero no todos lo harán por las mismas razones ni con el mismo propósito. Como entonces, así será siempre: unos buscarán a Cristo movidos por odio y enemistad; otros, por mera curiosidad; otros, por una búsqueda sincera desde lo profundo del corazón, sedientos del “agua viva”; y otros, por amor (ἀγάπη) verdadero y desinteresado hacia Él, porque han sentido que la llama encendida en su interior por Cristo se extiende sin cesar, con fuerza y vigor.

¿Dónde está Aquel?

Esta pregunta no es solo de quienes están lejos de Cristo, sino también de quienes están cerca. Revela una verdad evangélica atemporal: nadie puede permanecer indiferente ante Él. Ante Cristo, uno siempre se ve obligado a tomar una decisión -positiva o negativa-, tal como Él mismo nos lo enseñó: “El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama” (Mt 12,30).

Si se quisiera juzgar la variedad de quienes niegan a Cristo -es decir, sus enemigos, opositores o simplemente los indiferentes-, podríamos decir que los indiferentes son, tal vez, sus peores enemigos. Porque quienes luchan contra Él aún están ocupados con Cristo, aunque sea de manera negativa, y eso deja abierta la posibilidad de conversión. En cambio, los indiferentes no lo rechazan abiertamente, pero tampoco muestran preocupación ni interés alguno. A estos tibios se dirige con dureza el Señor en el Apocalipsis: “Yo conozco tus obras, que no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, (y en estos por supuesto pertenecen los que son indiferentes sobre la fe), y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Porque tú dices: ‘Soy rico, me he enriquecido y no tengo necesidad de nada’; y no sabes que eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo” (Ap 3,15-17). Este pasaje claramente incluye a quienes viven su fe con indiferencia.

¿Dónde está Aquel?
En la búsqueda de Cristo -sobre todo como Sanador y Salvador de nuestra vida- no hay un solo camino. Y tampoco nadie puede asegurar cuándo ni cómo responderá Él. A nosotros nos corresponde buscarle; a Él, juzgar dónde y cómo se manifestará. Lo que sí sabemos es que su aparición lleva siempre el sello de la sorpresa: Aparece cuando menos lo esperamos, y donde menos lo imaginamos. Llega “con las puertas cerradas”, o en medio de las olas de la vida, cuando estás a punto de hundirte… y allí está Él, caminando sobre el agua junto a ti. Te acercas a alguien esperando ayuda, y de repente escuchas tu nombre… y es Él quien te llama. Caminas con un desconocido y, en un momento, se revela como “el mismo en otra forma”. Especialmente, se hace presente en la fracción del pan, en el Misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía. Pero apenas lo reconoces y quieres tocarlo… desaparece de tu vista. Sin embargo, Él mismo nos ha dicho con claridad dónde podemos encontrarle siempre en nuestra búsqueda: en el rostro de cada hermano, especialmente en los más pequeños y necesitados.
“Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto, en verdad os digo, en cuanto lo hicisteis a uno de éstos, mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis. (El Cristo, el Rey, que es el Hijo de Dios y también Hijo del hombre, a los pacientes, a los pobres y a los desnudos, a estos que los vanidosos y orgullosos menosprecian, los considera como hermanos suyos, hijos del Padre celestial y los asiste con toda Su agapi. Por eso cada ayuda que se ofrece a ellos la considera como ofrecida a él mismo) (Mt 25,40).

Amén.

ΑΚΟΛΟΥΘΕΙΝ     παπα Γιώργης Δορμπαράκης      Padre Jorge Dorbarakis

Traducido por: χΧ jJ  logosortodoxo.es/

 

 

 

 

MIEDOS Y COMPLEJOS, Yérontas A. Mitilineos

MIEDOS Y COMPLEJOS, C. 9

El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.

Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua helénica-griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos el Nuevo Crisóstomo. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes del bachillerato.

Índice

  1. Cómo luchar contra nuestro miedo: el temor a la muerte.
  2. ¿Por qué existe el miedo, generalmente, en los hombres?
  3. ¿Por qué a veces nos sentimos tan vacíos y con tanta soledad?
  4. ¿Por qué algunas personas sienten que su vida no tiene sentido? ¿Cómo pueden superar este sentimiento?
  5. ¿Cómo puedo afrontar y detener situaciones psíquicas en las que pierdo el interés y las ganas de vivir y lo veo todo negro?
  6. ¿Cómo puedo anular los complejos de inferioridad que tengo y que me crean problemas de comunicación en mis relaciones diarias? ¿A qué se debe que me siento diferente de los demás, rara, aislada y pierdo mi naturalidad en la comunicación o conexión con los demás?
  7. ¿Qué sentido positivo puede tener el “fracaso” en la vida del cristiano?
  8. Muchos temen a Dios, otros lo insultan en momentos difíciles y algunos se acuerdan de Él sólo cuando tienen problemas. Si Dios es nuestro Padre, ¿cuál es la mejor actitud hacia Él?
  9. ¿Dios castiga, prueba o instruye?
  10. ¿Es pecado cuando deseo ver en mi sueño a una persona querida?

1. Cómo luchar contra nuestro miedo: el temor a la muerte.

Es cierto que el fenómeno del miedo a la muerte es universal y profundamente humano. Además -si quieren- si no existiera el miedo a la muerte, el hombre no filosofaría. Como decíamos en otras clases, el hombre busca la verdad, y en el fondo lo hace precisamente porque existe la muerte.

¿Me diréis que el hombre podría filosofar (reflexionar) aunque no existiera la muerte? Os digo que, en el fondo, todo parte del fenómeno de la muerte. ¿Qué hay más allá? ¿Viviré eternamente o acabaré en la tumba? Esta pregunta dio origen a la filosofía.

Por eso afirmamos que se trata de un fenómeno universal. Y, como el hombre no puede encontrar la verdad de manera plena, precisamente por eso siente miedo y temor. Tal vez algún sistema filosófico pueda tranquilizarme ante la muerte, pero el hombre se pregunta: ¿Es verdad esto que se me dice? ¿Es una realidad dada o simplemente una construcción filosófica o un dato filosófico?

Vosotros sabéis que, en los tiempos de Jesús Cristo, es decir, en los años del Nuevo Testamento, todos los sistemas filosóficos habían caducado y todas las religiones se encontraban en deuda y en duda.

Aún quedaba algo por decir respecto a la filosofía estoica, la cual, como sabéis, sirvió de base al emperador Marco Aurelio. Marco Aurelio fue filósofo y escribió un libro titulado “A mí mismo” (Meditaciones). Pero lo curioso -y trágico, para él- es que, siendo filósofo y autor, fue también perseguidor de los cristianos. La Santa Paraskeva, cuyo nombre lleva este templo en el que nos encontramos, fue martirizada en tiempos de Marco Aurelio. Estas son las cosas curiosas y contradictorias. Si realmente fueras filósofo, dejarías libre el campo para que el otro busque, filosofe, encuentre y tenga fe. ¿Por qué, entonces, sometes a martirio terrible a los cristianos, Marco Aurelio? Es, verdaderamente, curioso.

Pero este miedo proviene de la ignorancia respecto a lo que existe más allá de esta vida. Dentro del judaísmo, poseemos una gnosis, un conocimiento, sobre lo que existe en el más allá; sin embargo, el miedo permanece, no se va ni huye. ¿Sabéis por qué? Porque el hebreo conoce, por αποκάλυψις apokálipsis revelación, lo que existe después de la muerte. ¿Y qué aprende? Aprende que existe el oscuro Hades. Por eso, David, en uno de sus salmos, dice: “Señor, antes de que me lleves de esta vida, déjame un poco para alegrarme aún en esta vida. Además, ¿quién te alabará en el Hades?, ya que nuestro cuerpo, con sus órganos fonéticos, se disolverá en el sepulcro.” Por esta razón, la larga vida era considerada uno de los mayores regalos naturales de Dios. Acordaos de que el primer mandamiento con promesa dice:

“Honra a tu padre y a tu madre”, para que vivas largo tiempo en la buena tierra.

¿Por qué vivir en la tierra buena y durante muchos años? Exactamente porque el lugar de las almas -el Hades- era terrible. Sobre el Hades hablaron también los antiguos helenos (griegos), pero no podían asegurarlo: ¿existe?, ¿no existe?, ¿y cómo existe? En cambio, en la αποκάλυψις apokálipsis revelación cristiana sabemos que el Hades existe, y que es terrible, oscuro y lúgubre para las psiques-almas.

Por lo tanto, para el creyente, vivir muchos años sobre la tierra es un regalo, porque cuanto más tarde llegue al Hades, mejor. Y entonces viene Cristo, quien descendió al tétrico Hades. Y una parte del Hades -donde estaban los justos- se convirtió en paraíso. Cuando dijo al ladrón: “En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”,

¿a dónde fue el ladrón? Fue al Hades. Cristo fue un poco antes, porque el Señor murió en la cruz a las tres de la tarde. Los ladrones murieron después, pues les rompieron las piernas para acelerar su muerte. Así que el ladrón llegó poco después. Pero el buen ladrón no encontró el Hades: encontró el Paraíso.

Esto ocurrió en sentido estricto, pues así lo dijo Cristo: “Hoy estarás conmigo en el paraíso.”

¿Y cuándo es “hoy”? Antes de que se ponga el sol, según el calendario hebreo. El buen ladrón que estaba en la cruz no fue al Hades, sino al paraíso.

Así, cuando Cristo murió y descendió al Hades, una parte de éste -la de los justos- fue transformada en Paraíso. Porque aquellos que no creyeron y permanecieron como almas pecadoras, congeladas en su incredulidad, no aceptaron a Cristo ni siquiera allí. No os parezca extraño esto, pues están a la espera del juicio final para entrar en el infierno. Pero las psiques-almas de los justos aceptaron a Cristo, y Él se las llevó, transformando parte del Hades en Paraíso.

El paraíso, entonces, es luminoso. Lo único que le falta es la plenitud del cuerpo: allí sólo están las almas, y están en bienaventuranza, en la divina δόξα doxa gloria increada. Estas almas están divinizadas, glorificadas. Todos los santos están allí, pero todavía esperan -como os dije- recuperar el cuerpo perdido por la muerte o el martirio. Cuando se realice la resurrección de los muertos, ellos pasarán del paraíso a la βασιλεία (vasilía: realeza increada) de Dios. En la realeza increada de Dios vivirán con sus cuerpos. En el paraíso están sólo como psiques-almas; y en el Hades, también los pecadores están sólo como almas. Pero en el infierno estarán con sus cuerpos.

Por consiguiente, aquel que sabe que la muerte fue vencida por Cristo, y si parte de esta vida amando a Cristo y cumpliendo Sus mandamientos, ¿acaso tiene aún miedo a la muerte? Por supuesto que no. Por eso existe el fenómeno de los mártires.

Como sabéis, en el Antiguo Testamento no encontramos mártires, con excepción de una familia: la familia de los Macabeos. Ellos poseen todas las características del martirio cristiano, aunque se trata de un caso de religiosidad nacional.

Uno de los siete hijos de Salomé la mártir, y también su maestro Eleazar, ¿sabéis lo que dijo Salomé al tirano Antíoco, un griego descendiente de Alejandro Magno?: “Tirano, si ahora destruyes nuestra vida y nos cortas los miembros de nuestros cuerpos, te digo esto: Dios nos resucitará y nos devolverá los miembros perdidos de nuestros cuerpos.”

He ahí por qué os dije que el martirio de los Macabeos es un precursor del martirio cristiano.

Si en el ámbito del Antiguo Testamento, aun con la revelación del Dios verdadero, encontramos como mártires solamente a estas almas, echad ahora una ojeada al Nuevo Testamento: tenemos millones de mártires. ¿Por qué? Porque el Hades ya no es tétrico. El cristiano ya no teme a la muerte.

Solo debo deciros algo más: el tema no es simplemente no tener miedo a la muerte. La verdadera cuestión es: ¿Fui fiel? ¿Fui cumplidor de los mandamientos de Dios? ¿Fui verdaderamente obediente? Quizás no lo fui. Entonces puedo sentir miedo. Un miedo no por la muerte en sí, sino por el juicio: ¿seré absuelto? ¿Me perdonará Dios?

Esto lo vemos incluso en la vida de muchos santos, que sentían cierto temor. Es también un elemento natural -permitidme decirlo así-, aunque los cristianos se encaminen hacia el martirio con valentía.

¿Por qué ese pequeño temor? Porque la separación del alma y el cuerpo es algo antinatural. Es el precio que pagamos por nuestra caída, por el pecado. Por eso, siempre queda un poco de miedo. Pero ese miedo es mínimo, casi nulo, o incluso inexistente.

El hombre de fe, el que ama a Jesús Cristo, no teme la muerte, siempre que tenga la certeza interior de que Cristo habita en él. Y, naturalmente, que la muerte ha sido vencida por Cristo. El fiel queda entonces incorporado en Cristo, y por eso comulgamos Su Cuerpo y Su Sangre. Como dice el apóstol Pablo: “Cuando aparezca Cristo, durante la Segunda Παρουσία Parusía, es decir, el Cristo que es nuestra vida, entonces también vosotros apareceréis con Él en δοχα doxa gloria.”

¿Por qué? Porque Él vive, y nosotros también viviremos en Él. Estamos injertados, incorporados en Cristo. Por eso vivimos la vida mistiríaca, participando en los Misterios (sacramentos), y se nos llama a vivir esta vida correctamente, precisamente para ser resucitados, como dice el Señor, en el día ésjato, el último día. Así sea.

  1. ¿Por qué existe el miedo, generalmente, en los hombres?

Por ejemplo, si en este momento explotara una bomba, todos saltaríamos de nuestras sillas. ¿Por qué existe el miedo? Porque existe la culpabilidad.

Hijos míos, el miedo tiene una dimensión metafísica. Adán le dijo a Dios: “He escuchado tu voz y me asusté.” Adán, ¿por qué antes, cuando escuchabas la voz de Dios, no te asustabas y ahora sí tienes miedo? Porque eres culpable.

Hijos míos, nuestro subconsciente es culpable. No hay ser humano con el subconsciente totalmente limpio, y por eso tenemos miedo. ¿Qué debemos hacer? Luchar para limpiar, purgar, psicoterapiar y sanar la conciencia y el subconsciente. Luchar para permanecer bajo la χάρις jaris gracia, la energía increada de Dios, bajo Su bendición.

Por eso, san Juan el Evangelista dice: “La agapi-amor perfecta echa fuera el miedo.” Cuando habla de “miedo” o “temor”, no se refiere al miedo de perder las cosas que hemos conquistado. Por ejemplo: si llevo joyas de incalculable valor en los bolsillos y salgo a la ciudad, y alguien se da cuenta, estoy en peligro. Entonces, cerraría bien los bolsillos con imperdibles y otras precauciones. ¿Por qué? Porque tengo miedo de perder lo que poseo.

Este es el tipo de miedo al que se refiere el apóstol Pablo cuando dice:

Con temor y temblor guardad vuestra salvación”, es decir, tened cuidado de no perderla. Es un miedo, temor que vigila y protege lo sagrado.

Pero cuando san Juan habla del temor a Dios y dice que “el amor perfecto lo expulsa”, se refiere a un temor servil, el miedo que proviene de la culpa y la separación de Dios. Y si alguien dijera: “Yo tengo amor perfecto (agapi perfecta)”, le respondería: Vete, que aún tienes mucho trabajo por delante. Esa αγαπη agapi perfecta aún está muy lejos de ti. (2.29)

  1. ¿Por qué a veces nos sentimos tan vacíos y con tanta soledad?

Es una buena pregunta. Se trata de un estado psicológico que experimenta el ser humano, pero especialmente, lo vive con mayor intensidad el joven. Muchos fenómenos de este tipo ocurren en la juventud, y, ciertamente, muchas veces sus causas permanecen inexploradas. Es decir, uno no puede fácilmente identificar la razón por la cual se siente así. Por eso también surge la pregunta.

Veamos, entonces, qué podemos decir al respecto.

En primer lugar, esa soledad, ese vacío interior de nuestra ψυχή (psijí: psique, alma, ánima, la que anima vivifica el cuerpo) se debe a la ausencia del Espíritu Santo. Cuando el Espíritu Santo se ausenta, el ser humano se siente así. El hombre contemporáneo, sin duda, es un hombre que no posee el Espíritu de Dios, por eso se siente vacío. Esto lo subrayo con énfasis, y debemos comprenderlo profundamente. Porque aquello que desde siempre necesita el ser humano, y más aún el hombre actual, es la presencia viva del Espíritu Santo. Y si lo desean, la vida cristiana consiste precisamente en obtener el Espíritu Santo.

Cristo vino al mundo para que viniera el Espíritu Santo, para hacernos portadores del Espíritu, para espiritualizarnos, para llenarnos del Espíritu Santo a nosotros, los cristianos, de modo que el Pentecostés se repita constantemente en nuestras psiques-almas.

Es innecesario decir que hoy ignoramos esta realidad, y eso constituye una desviación grave en la manera en que vivimos la vida espiritual. Porque, además, cuando decimos “vida espiritual”, no nos referimos a una simple religiosidad exterior, sino a la vida en el Espíritu Santo.

Así que, cuando no vivo esa vida en el Espíritu Santo, cuando me falta Su presencia, es totalmente natural que me sienta vacío y solo. Esa es la raíz profunda de esa experiencia interior de vacío y soledad.

Pero ¿cuándo se va el Espíritu de Dios? Porque podríais decir: cuando fuimos bautizados, recibimos el Espíritu de Dios y cuando fuimos crismados, recibimos los dones (la χάρις jaris gracia increada) del Espíritu Santo. Sí, esto es verdad. Sin embargo, estos dones pueden quedar inactivos cuando el ser humano peca. Es decir, cuando no desarrolla ni aprovecha la presencia del Espíritu Santo, lo aísla. Y así, finalmente, se siente tal como os he dicho: vacío, seco, sin la χάρις jaris, lejos de Dios.

Entonces, cuando pecamos y nos vanagloriamos, sentimos ese vacío interior. No os podéis imaginar cuán profundo es el vacío que experimenta la psique-alma cuando se llena de vanagloria. Si queréis, aquí se forma un círculo vicioso, y os lo explicaré para que lo entendáis. Este círculo debemos romperlo, para que esta historia termine en nosotros.

¿Y qué significa «me vanaglorio»? Quiere decir que busco y deseo una gloria vana, es decir, vacía y sin contenido real. Por ejemplo: cuando quiero que me digan que soy bello, moderno; que tengo joyas costosas o un coche de lujo; que visto con ropa cara y de última moda; que soy culto, sabio, el más brillante, el más destacado. Todo esto es gloria vana, porque simplemente el tiempo pasa, y todas estas cosas pasan. Y lo peor es que puedo perderlas en cualquier momento, con un solo giro del destino.

Si alguna vez habéis visto a un hombre enfermo, sabéis de qué hablo. Pues yo lo he visto. Hace poco fui a visitar a un conocido mío en el hospital. Tiene 35 años y está casado. Este hombre tiene cáncer de hígado. Cuando lo vi, me quedé sorprendido: era imposible reconocerlo. Sólo tenía piel y huesos, y lo único que resaltaba eran sus orejas… era completamente irreconocible. Fue terrible verlo así. Me quedé anonadado, sin palabras, igual que los tres amigos de Job. Dice la Escritura que durante tres días aquellos jóvenes no podían hablar, por el shock de ver la miseria en la que se encontraba su amigo Job.

¡Ay, hombre! ¡Y te jactas de ser guapo! Todas estas cosas las pierdes rápidamente. Te jactas de ser inteligente… Resbalas por la calle, te das en la cabeza, sufres una lesión cerebral y te conviertes en un clásico idiota. ¡Atención, esto es importante! En unos segundos se puede perder todo. Hijos míos, ¡qué terrible es esto!

¿Qué pasa con la vanagloria?
Prestad mucha atención. El hombre empieza a proyectarse a sí mismo. Pero cuando se proyecta a sí mismo ante los demás, en su ambiente, entonces el Espíritu Santo se aleja. Porque dice la Escritura: “Dios resiste a los soberbios”. Y la vanagloria es el principio del orgullo. Entonces la χάρις (jaris: gracia, la energía increada de Dios) se retira. No puedes sentir en tu interior la presencia del Espíritu Santo. Y por lo tanto, el vacío interior se hace aún mayor. Empiezas a comprobar que realmente hay un vacío en tu psique-alma. En las psiques-almas de los vanagloriosos hay vacío.

Y ¿qué hace entonces el vanaglorioso? Se proyecta aún más. Se muestra más, se expone más, con la esperanza de llenar ese vacío interior. Pero como está más lejos de Dios, siente aún más el vacío. Así se forma un círculo vicioso.
¿Y sabéis cómo se rompe ese círculo?
Con humildad. El hombre debe hacerse humilde, y entonces regresa el Espíritu de Dios. Y cuando regresa, uno siente que su interior se ha llenado. ¡Esto es todo! Pero el hombre no lo entiende. Y hace como aquel que quiere calmar su sed bebiendo agua salada: cuanto más bebe, más sed tiene (o como la dipsomanía, sed maniática del alcohólico).

Aún más, ese vacío interior también lo sentimos cuando tenemos una ilimitada extroversión. Este punto es muy importante. ¿Cómo se manifiesta esta extroversión?
Cuando hablamos mucho, cuando charlamos sin cesar, cuando reímos descontroladamente, cuando decimos bromas, cuando estamos todo el tiempo en encuentros, relaciones, visitas, charlatanerías con la gente… todo esto, al final, vacía la psique-alma.

Una persona que se observe a sí misma, verá que después de muchas risas, de muchos chistes, de conversaciones vanas -especialmente si ha acusado a otros o ha dicho bromas o chistes sucios-, si tiene, aunque sea un poco de conciencia en su alma, si tiene un mínimo de autoconocimiento, sentirá que se ha vaciado por dentro. Es eso que a veces decimos entre nosotros: “Sentí que la χάρις jaris, la energía increada gracia de Dios, se fue”. Y es cierto: se va.
Claro que es algo temporal. En ese momento se va. Pero cuando uno vuelve en sí, cuando vuelve a su sano juicio, entonces la χάρις jaris de Dios regresa.

Por consiguiente, para que nuestra psique-alma se sienta siempre nueva, viva y plena, y para que no experimentemos ese vacío interior, debemos permanecer con Jesús Cristo, mantener la θεωρία (zeoría: contemplación) de Jesús Cristo.
¿Sabéis qué significa zeoría? Significa tener a Jesús Cristo continuamente en el corazón (en contacto consciente con la oración) y pensar en Él en todo momento y en todo lugar.

Quizás os parezca extraño lo que digo: ¿cómo puedo estar pensando en Jesús Cristo en todo lugar y todo momento?
Cuando uno se ha ejercitado y educado en pensar en Cristo, llega a tenerlo presente siempre, en todas partes. Cristo está dentro de toda la creación; mejor dicho, el Cristo, el Logos de Dios, está dentro de los λόγος* (logos: causas, razones profundas, principios) de los seres. (*124 Logos Λόγος y logos de los seres : https://logosortodoxo.es/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo/)
Cuando el hombre ve la creación, encuentra en ella el sello del Logos divino, de Su sabiduría personificada (enhipostasiada), y entonces se alegra hasta contemplando una flor o una estrella.

Aún dentro de la ciencia -cuando contempla los seres y las relaciones entre ellos-, el hombre espiritual percibe los λόγος de los seres, y dentro de ellos encuentra al Logos de los logos, es decir, la causa primera y verdadera de todo lo creado. ¡Y se regocija con esto!

Después, encuentra a Dios también dentro de la historia: observa cómo se mueven los hombres, las guerras, las catástrofes, las situaciones difíciles tanto en personas como en pueblos, y discierne cómo Dios actúa dentro de todo ello. Y esto lo contempla, lo estudia.
También ve a Jesús Cristo en el libro Apocalipsis, en todo el Evangelio. Vive en una zeoría contemplación continua de Cristo, ve y escucha espiritualmente. Puede incluso encontrar al Logos de Dios en el estudio, en la oración.

Aún más, si el corazón no ha hecho ni ha sufrido la catarsis (la purgación, la sanación), nos sentimos vacíos.
¿Queremos sentirnos llenos, plenos? Entonces, nuestro corazón debe de hacer y sufrir la catarsis.

Algunos dicen: “No he cometido pecados, no he ido donde no debía, he hecho lo que debía hacer”. Sí, pero eso no es suficiente. El corazón debe ser catartizado, purgado y purificado. No debe albergar ni siquiera un deseo de mal, ni por un instante.

La catarsis del corazón -sanación, purgación, psicoterapia terapia espiritual- es una labor ardua, no es fácil. Es un esfuerzo continuo del hombre, una ascesis, un ejercicio o práctica constante. Lo dice Cristo: 8 Bienaventurados los sanados, puros y limpios del corazón, o los que han hecho la catarsis, la purgación, sanación y limpieza de su corazón de cada mancha del pecado, porque ellos contemplarán y verán la doxa-gloria luz increada de Dios. Y lo verán ya en esta vida presente.

Es más, san Simeón el Nuevo Teólogo llega a decir: “Si no has visto a Dios en esta vida, tampoco lo verás en la otra”. Y eso sólo se alcanza a través de la catarsis del corazón.

Pero atención: ni siquiera la catarsis es suficiente. La catarsis es el medio, pero el corazón debe también llenarse. Puede estar limpio, sí, pero tiene que estar lleno. ¿Y lleno de qué? Del Espíritu de Dios (es decir de la χάρις jaris, la divina energía increada, de Su presencia.

Veis cuánto trabajo espiritual tenemos por delante.

Y dónde están aquellos que dicen: “Como me dijo mi guía espiritual, no fui a tal sitio, no hice tal cosa…” Pero si aún deseas esas cosas, si las anhelas -la moda, las diversiones, los placeres-, entonces tu corazón no está en el camino de la catarsis. El corazón debe purgarse, limpiarse… y debe llenarse.

Finalmente, en ocasiones el hombre espiritual se siente solo. Percibe una soledad profunda y siente su corazón como vacío. Puede descubrir que alguna forma de vanagloria se ha infiltrado en su interior, sí, pero no siempre es esa la causa. Muchas veces esta sensación es permitida por Dios con fines pedagógicos.

Dios parece ausentarse, no para castigar, sino para que la psique vuelva a buscarlo con mayor fervor. Así se despierta en la psique-alma una necesidad renovada de llamarlo, y con ello, se genera en el hombre una ocasión para alcanzar una mayor madurez espiritual.

No olvidemos que los escalones de la madurez espiritual se suben a través de las correspondientes ausencias de Dios. Es decir, en un momento sentimos la plenitud de Su presencia, y en otro, sentimos que algo nos falta, que esa plenitud ha disminuido, que nos falta Dios.

Y realmente, Dios se ha retirado, pero no para castigarnos, sino por razones de pedagogía espiritual, para que maduremos.

¿Qué hacer entonces?

Clamar con sinceridad: “Dios mío, ¿dónde estás? ¡Te busca mi alma!”.

Tal como expresa san Simeón el Nuevo Teólogo en sus poesías, este clamor sincero vuelve a atraer la jaris (gracia, energía increada) de Dios.

Entonces, dentro de la psique-alma, tras haber experimentado la ausencia, entra en una nueva experiencia de Su presencia.

Y así, a través de estas ausencias sucesivas, se generan experiencias sucesivas de madurez en la vida espiritual.

Si tenemos cuidado, vigilancia y atención (nipsis) a esto, os aseguro con verdad: esta es una auténtica vía de progreso espiritual. Por eso me he detenido tanto en responder a esta muy buena pregunta que me habéis planteado: para explicaros por qué muchas veces sentimos ese vacío interior. (5,1)

  1. ¿Por qué algunas personas sienten que su vida no tiene sentido? ¿Cómo pueden superar este sentimiento?

Este es un sentimiento que experimentan muchas personas, especialmente en nuestra época.

Diría, epigramáticamente, que es porque han perdido su camino. Pero esto merece una explicación más profunda.

En tiempos antiguos, cuando los hombres tenían ocupaciones sencillas y cotidianas -por ejemplo, quienes vivían en pueblos y trabajaban en el campo- rara vez experimentaban este sentimiento de que la vida carece de sentido o significado.

Una prueba de ello es que no había suicidios, salvo en casos excepcionales de pasiones enfermizas, como ciertos amores eróticos frustrados. Sí, alguno podía suicidarse por un fracaso amoroso, pero nadie se quitaba la vida por sentir que su existencia no tenía sentido.

Otra prueba más: antiguamente, el hombre hacía lo imposible por seguir viviendo. Cada dificultad intentaba superarla con esfuerzo, porque tenía un impulso vital fuerte: quería vivir. Por tanto, encontraba un significado en su existencia, aunque fuese básico.

Y ¿qué es lo que le daba ese sentido? El tener una ocupación. Incluso una tarea sencilla da significado a la vida. El hombre que no trabaja o no tiene una finalidad concreta, difícilmente encuentra sentido en su existencia.

Recuerdo el caso de un joven en Estados Unidos, hijo de un millonario, que se suicidó a los diecisiete años. Dejó una nota en la que decía: “He probado todo en la vida, y no encuentro sentido a nada. Por eso me suicido”. Era evidente que, al ser rico, no trabajaba, no luchaba por nada. Y sin lucha, sin esfuerzo, sin propósito, no hay sentido.

En cambio, mirad a los pájaros del cielo, a las hormigas, a los mosquitos: todos quieren vivir. ¿Por qué?

Porque encuentran sentido en su lucha por alimentarse y sobrevivir.

Todos los seres, de algún modo, encuentran significado en su existencia.

Claro que también hay tristeza, frustración, decepciones y momentos en que la fe tambalea. Pero quiero ir más allá. No se trata solo de factores puntuales. El problema más profundo es cuando el hombre pierde el camino que lo conduce a Dios. El trabajo puede distraerlo, puede evitar que se detenga a pensar. Pero la clave última del sentido de la vida es llegar a Dios. Cuando el hombre se aleja de Dios, pierde el verdadero significado de su existencia.

Si, pues, el hombre pierde el camino y no encuentra a Dios, entonces su νούς (nus: espíritu del corazón) se vuelve filósofo y comienza a preguntarse: -“Cada día voy a trabajar, cada año siembro y cosecho mi campo… ¿pero qué sentido tienen todas estas cosas? He tenido hijos, mis hijos tendrán a los suyos, y los hijos de mis hijos también… ¿y qué resulta de todo esto?”

Cuando el νούς nus comienza a reflexionar y se torna verdaderamente filosófico, se enfrenta a esta pregunta fundamental.

Y la respuesta es esta: Dios nos ha creado para Sí mismo, y este mundo, este cosmos actual, es una especie de casa de pruebas. Es decir, aquí pasamos exámenes, aquí se nos prueba. Y al final, si pasamos estas pruebas, nos encontraremos de nuevo cerca de Dios.

¿Por qué sucede esto?

Porque una vez nos alejamos de Dios. Y como seres humanos debemos conocer nuestra historia espiritual. Si estuviésemos ya cerca de Dios, no tendríamos estas dudas ni estas preguntas existenciales. Porque nuestra existencia tendría un sentido pleno: vivir en la bienaventuranza, en la felicidad divina del paraíso. Pero como hemos perdido ese paraíso, ahora estamos en el mundo de los padecimientos, sufrimientos y angustias de esta vida presente.

Sin embargo, hay esperanza: podemos reencontrar el camino que lleva de nuevo hacia Dios.

Por eso, el hombre que no pierde ese camino hacia Dios jamás podrá decir que su vida no tiene sentido o significado. Porque Dios es el verdadero sentido de la vida. Solo en Él la existencia encuentra plenitud. (28:19)

  1. ¿Cómo puedo afrontar y detener situaciones psíquicas en las que pierdo el interés y las ganas de vivir y lo veo todo negro?

Esta es una situación bastante común, especialmente entre los jóvenes, aunque también se presenta en adultos. Por la forma en que está escrita la pregunta, parece que la haya formulado una chica, aunque no es algo exclusivo de un género.

Diría lo siguiente: si te pones gafas oscuras, no ves la luz del sol; si te pones gafas verdes, lo verás todo verde; si te pones gafas rojas, todo se tiñe de rojo.

Del mismo modo, si en tu interior y a tu alrededor lo ves todo negro, es porque tus «gafas», es decir, tu visión interior, no es la correcta.

No tienes los ojos del alma en buen estado, no ves la realidad tal como es.

Entonces, ¿qué ocurre realmente aquí?

Hijos míos, lo que falta es Cristo. Y cuando falta Cristo, falta también el sentido y el significado profundo de la vida.

¿Y qué quiere decir esto de encontrar el significado de la vida “en Cristo”?

Es cierto que alguien podría intentar buscarle sentido a la vida incluso fuera de Cristo. Pero, finalmente, no encontrará ni verdadero sentido ni significado duradero.

Puede ser un joven que empieza a filosofar, o una persona mayor que, mirando atrás, dice: -“He vivido muchos años, ¿pero qué sentido ha tenido todo? ¿Qué he ganado? Tengo títulos, conocimientos, he viajado por el mundo… ¿y qué? Voy a morir, ¿para qué sirvió todo esto?”

¿Sabéis qué es lo que crea realmente estos pensamientos oscuros? La muerte. Sí, la conciencia de la muerte es la que genera estas crisis existenciales. Porque, si de todas formas voy a morir, uno se pregunta:

—“¿Para qué vivir? ¿Para una vida llena de sufrimientos, pruebas, tormentos, enfermedades, traiciones, angustias?”

Y así, si uno busca el sentido de la vida sólo con la razón o la filosofía humana, llegará a la conclusión de que la vida es una vanidad, una frustración.

Pero entonces pregunto:

-¿Acaso cuando Dios crea, crea vanidades? ¿Es posible que Dios, siendo perfecto, cree algo sin propósito?

Aquí está la clave: La muerte entró en el mundo porque el hombre pecó. Y con la entrada de la muerte, el hombre perdió el sentido de su existencia. Pero ese sentido puede recuperarse cuando se vive “en Cristo”. Por eso os digo: el verdadero significado de la vida está “en Cristo”. Porque en Cristo fue vencida la muerte. ¿No decimos en el Símbolo de la Fe (Credo): “Espero la resurrección de los muertos…”? ¡Claro que sí! Porque si la muerte ha sido vencida, entonces la vida tiene un nuevo y eterno significado.

El hombre que vive sin Cristo cree que sólo se trata de “vivir el momento”, de disfrutar, de experimentar. Pero quien vive en Cristo comprende que esta vida no es el todo, sino una etapa previa a la vida verdadera, la eterna.

Por eso, si vemos la vida oscura, si todo nos parece sin sentido, es porque aún no hemos conocido verdaderamente a Cristo. Y sin Él, es imposible encontrar el sentido último de nuestra existencia.

Dice más abajo la pregunta:

  1. ¿Cómo puedo anular los complejos de inferioridad que tengo y que me crean problemas de comunicación en mis relaciones diarias? ¿A qué se debe que me siento diferente de los demás, rara, aislada y pierdo mi naturalidad en la comunicación o conexión con los demás?

La ausencia de sencillez es, en realidad, presencia de egoísmo. En todos estos fenómenos -sentimientos de inferioridad, aislamiento, dificultad para comunicarse- se esconde el egoísmo, aunque a veces no lo parezca.

¿Sabéis lo que es el egoísmo?

Es como un pulpo, con muchas patas, que se enreda en todo nuestro interior. Es algo terrible. Y al final, hace que el hombre quede aislado, encerrado en sí mismo.

Sí, todos estos problemas que mencionas nacen de un “εγώ egó yo” enfermo.

Pero quiero decirte algo que quizá te consuele: no eres la única que tiene ese “yo” enfermo. Te aseguro que, en mayor o menor medida, todos lo tenemos. Nadie sobre la tierra tiene un egó-yo perfectamente sano, porque todos llevamos dentro al “viejo Adán”.

Entonces, ¿de dónde viene ese sentimiento de que no encajo, de que soy rara, diferente o inferior?

De nuestro propio egoísmo, sí, pero también de la falta de sencillez. He dicho muchas veces que la sencillez es la consecuencia y el fruto de todas las virtudes.

Una persona sencilla ve con claridad el mundo, la creación, los demás y a sí misma, sin complicaciones, sin comparaciones, sin necesidad de destacar o esconderse. La sencillez te libera. El egoísmo, aunque a veces se disfrace de timidez o retraimiento, te encierra y te aísla.

Por eso, para vencer estos complejos y bloqueos en la comunicación, hay que comenzar por la lucha contra el egoísmo y el cultivo de la sencillez.

Cuando una persona sencilla se expresa, lo hace con naturalidad, sin temor al juicio, sin pensar tanto en sí misma. Y cuando uno se olvida un poco de sí mismo, entonces se comunica verdaderamente. (https://logosortodoxo.es/psicoterapia-ortodoxa/la-sencillez-en-cristo-y-la-fantasia/)

  1. ¿Qué sentido positivo puede tener el “fracaso” en la vida del cristiano?

Si suspendes todo un curso de tus estudios o una asignatura, entonces entenderás y sabrás qué sentido tiene el fracaso. Si fallas en algunos aspectos de tu vida y, ciertamente, eres un nus (espíritu) filosófico -es decir, si te sientas y reflexionas sobre cómo han sucedido las cosas en tu vida-, entonces seguramente entenderás el sentido y el significado que puede tener un fracaso.

Pues bien, hijos míos, atención: la manera en que vivimos en nuestra época es tal que intentamos quitarnos de encima el fracaso como si no fuera nuestra responsabilidad. Y esto es, precisamente, el peor enemigo. En primer lugar, hemos expulsado el concepto de fracaso del ámbito educativo. Y así hemos llegado al punto de que, cuando tenemos un fracaso evidente, este se oculta o se disfraza, y se convierte en una gran herida dentro de la persona. Uno mismo puede verlo con claridad.

Así que luchamos para no fracasar, y, al final, nos encontramos con múltiples fracasos. Lo mismo ocurre en nuestra vida: luchamos por evitar el fracaso y, sin embargo, terminamos enfrentándolo una y otra vez.

Recuerdo una vez a un chico muy bueno. Lo que voy a contar sucedió antes de 1960 -apuntaos que desde entonces han ocurrido muchas historias similares, pero esta la viví personalmente, y por eso os la cuento. Este chico sacaba siempre sobresalientes, con 20 como la máxima puntuación. En el colegio recibía muchos premios, alabanzas, etc. Pero, sin darse cuenta, desarrolló lo que llamamos el “complejo del éxito”, es decir, un miedo constante al fracaso.

Recuerdo que, antes de que yo me marchara de Atenas y viniera hacia aquí, el chico fue a examinarse para entrar en la universidad y estudiar Derecho. Era hijo de un periodista, bien posicionado, con grandes elogios sociales. Entró en la sala de exámenes y lo invadió un miedo terrible al pensar que no obtendría una nota sobresaliente. Se juzgó a sí mismo como no suficientemente preparado, y no se examinó; simplemente se fue.

Los demás le insistieron en que se quedara, que, aunque sacara la nota mínima, igual entraría a la universidad. Le dijeron que lo importante era ingresar, no la calificación. Pero él estaba acostumbrado -tanto él mismo como su entorno- a las notas altas, y ya era un esclavo de ese ambiente.

Por favor, prestad atención a estas cosas. Ahora este fenómeno se ha generalizado mucho. Entonces eran casos aislados, pero hoy día dependemos demasiado del enfermizo “¿qué dirán?”. Como os decía, él era esclavo de su entorno, dependía de las opiniones ajenas y tenía miedo de que disminuyeran las buenas impresiones que los demás tenían de él.

Al final, no se presentó al examen. Decidió prepararse para el año siguiente. Volvió a presentarse… pero, una vez más, entró en el aula y se marchó sin examinarse. Se repitió la misma historia.

Entonces decidió ir a Alemania a estudiar en una escuela, y acabó trabajando en obras de construcción. Diez años después, volvió a Grecia y vino a verme, aquí en la ciudad de Lárisa, donde estoy ahora. Me dijo: “Padre, voy a tomar el último tren de mi vida. He pedido un salario de diez mil dracmas, cuando el salario normal es de mil”.

Yo le respondí: Eso es demasiado dinero para empezar. Comienza con menos y, poco a poco, irás ascendiendo.

Él me contestó: Eso no puede ser.

Y entonces le dije: Aún no has cambiado.

La verdad es que, al final, no supe qué fue de aquel chico.

¿Habéis visto cómo pensaba? Porque, en su ambiente, tenía que decir siempre que era un hombre con éxito, que “tengo” y “tengo”, etc. En fin, falta la humildad. Esta forma de conducta la aprendemos desde nuestra juventud. Y, por desgracia, nos la enseñan, muchas veces de forma errónea, en nuestras propias casas. Son nuestros propios padres -que nos aman, sin duda- quienes nos inspiran este espíritu. Cierto es que no ocurre en todas las familias, pero sí en bastantes.

Confieso que hoy esto está muy de moda. También se da en el ámbito escolar, por cómo funciona el sistema. Vemos, sobre todo en las niñas, cómo compiten entre ellas y sufren angustia, llegando a destruirse emocionalmente cuando se acercan los exámenes, por el temor de no ser las mejores.

Recuerdo que una vez una maestra vino muy amargada a decirme que su hijo no había salido primero en los exámenes, sino segundo. Estaba profundamente disgustada. Su hijo, en cambio, le decía: -¿Madre, no te basta con que sea un buen estudiante? No pasa nada por ser el segundo, no se ha acabado el mundo.

Y yo le respondí: -Tu hijo es más sabio que tú.

Debo deciros que los jóvenes que piensan de esta manera están expuestos a enfermedades psíquicas. Se empieza con la angustia y el estrés, y no se sabe dónde puede terminar.

Pues bien, hijos míos, el fracaso tiene un sentido y un significado. Empezando por el colegio. Y no quiero decir con esto que seáis perezosos para justificar el fracaso, no. Pero si ocurre, no se acaba el mundo, no pasa nada. No podemos vivir obsesionados por lo que los demás piensan de nosotros. ¿Qué significa eso de “impresionar”? Eso no existe realmente. Lo que sí tiene valor es que seas trabajador, honesto, y que rindas en la medida de tus capacidades. Nada más. Y si alguna vez fracasas, no se termina el mundo. Al contrario: ese fracaso puede convertirse en motivo para luchar más.

Todo lo que estamos diciendo ahora sobre el colegio, también se aplica a la profesión, a la sociedad en que vivimos, y también a la vida espiritual.

¿Quién os ha dicho que no vamos a tener caídas en la vida espiritual? ¿Y si caemos, qué debemos hacer? ¿Dimitir de toda lucha? No. ¿Entonces qué hacemos?

El fracaso tiene su importancia y su sentido. Muchas veces, Dios permite un fracaso nuestro, por ejemplo, cuando somos egoístas, para que nos volvamos humildes. Así, a través del fracaso, podemos adquirir la virtud de la humildad, hacernos autocrítica, crecer espiritualmente.

Cuando el apóstol Pablo, en su epístola a los Corintios, dice: “Se me ha dado un aguijón en la carne, un ángel de Satanás que me abofetea, para que no me engría o enorgullezca” (2Cor 12,7), san Juan Crisóstomo explica que no se trataba de una enfermedad física, sino de las tentaciones que le venían de su propio pueblo, los hebreos. Apenas comenzaba a hacer algo, los judíos aparecían para estropearle su trabajo.

Y dijo que le había sido dado este “parásito” para someter su carne, es decir, para que se convirtieran y creyeran en Cristo sus compatriotas -su “cuerpo-carne”, o sea, sus parientes o conciudadanos. Esto lo dice san Juan Crisóstomo, y es posible que esta sea la interpretación más acertada. Por lo tanto, sus compatriotas no lo dejaban tranquilo. Todos estos fracasos fortalecían aún más a Pablo.

¿Sabéis lo que decía?: “Cuando estoy enfermo, entonces soy fuerte”, es decir, cuando lo provocaban o le impedían avanzar -justamente en los temas donde podía progresar-, eso mismo lo fortalecía para que no se enorgulleciera. Por lo tanto, se ve claramente el sentido y la importancia que puede tener el fracaso.

Sabéis que el gran Moisés, que fue escogido por Dios para aquella gran misión y que se convirtió en una figura inmensa, tanto en la historia como en el cielo, tenía una voz débil y apenas se le oía, y además, su lengua era torpe al hablar. Le pidió al Señor que lo liberara de esa dificultad, de ese defecto que tenía. Pero Dios le respondió que no. Le dijo simplemente: “Irás”. Porque Dios quería manifestar a través de su debilidad lo que más tarde diría también san Pablo: “Mi fuerza se perfecciona en la debilidad”. Con mi fuerza -le dijo Dios- se completará tu debilidad. “¿Quién eres tú para no obedecerme?”

Así pues, no busquemos lo absoluto, lo perfecto, el éxito, el sobresaliente. También vendrá el fracaso y deberemos inclinar la cabeza y decirnos a nosotros mismos: “No pasa nada. Gracias y doxa-gloria a Dios”. Y a luchar otra vez, ya sea en el campo de los estudios, en el laboral o en el ámbito de la vida espiritual.

Debemos aprender a volver a empezar frente al fracaso. Repito: el fracaso tiene mucha importancia. No lo despreciemos, no lo echemos fuera, es útil.

Sobre el fracaso (continuación del anterior):

El día anterior hablamos sobre la pregunta: ¿Cómo y cuánto puede contribuir el fracaso en la vida del cristiano? Yo diría que no solo en el cristiano, sino en cualquier persona, el fracaso es un material importantísimo, que no sé por qué, en nuestra época, hemos rechazado y abandonado.

Creemos que nuestra vida es un camino lleno de rosas. Una vez había unas postales -quizás aún existan- que se enviaban a los recién casados y decían: “Os deseamos que vuestra vida se llene de rosas”, u otros deseos utópicos similares. Pero la vida es un camino de cruz, no de rosas. Esto es lo que quería deciros, para que no vivamos en utopías: no existe una vida humana sin fracasos. Y si el ser humano no sabe utilizar este material, que es el fracaso, entonces no sabe vivir. No conoce el secreto ni el arte de la vida. Esto es lo que decíamos, más o menos, anteriormente.

Pero quiero continuar con esta pregunta a raíz de una carta que he recibido. Me pareció de gran interés y pensé compartírosla. Es del 29 de mayo de 1987, hace aproximadamente un año. Me la envió un joven al que no conozco, ni él me conoce. Puede ser que sus padres hayan venido alguna vez al monasterio; parece algo así. Ciertamente, es un chico muy amable. Escuchad lo que escribe:

“Estimado Padre, el domingo a las diez de la mañana me examino en unas pruebas gimnásticas panhelénicas; si paso esta ronda, por la tarde estaré en las finales, donde competiré por el primer lugar. Por eso, le ruego que oréis al bondadoso Dios y a la Santísima Madre para que me ayuden en estas pruebas, para que sea el primero, pasando todas las eliminatorias. Que por la mañana quede primero y por la noche, en las finales, obtenga la máxima puntuación. Perdóneme por tantas cosas que le he escrito y por haberle molestado.”

Posteriormente añade: “Si salgo primero, la medalla y la mitad del premio -que es de veinticinco mil dracmas- los he prometido a la Santísima Madre.”

¿Habéis notado cuántas veces repite que quiere ser el primero, el sobresaliente? Y además, dona solo la mitad del dinero a la Madre de Dios. Escuchad: si uno tiene en su interior el deseo profundo de ser el primero, entonces dona todo el premio, no la mitad. Porque así también será el primero en generosidad. Y los periódicos, todos, dirán que “tal campeón ha donado su premio completo”.

¡Veis lo que domina en nuestra época! Ser el primero, la primacía -como el papa de Roma. Ser el primero, el number one. Es decir, el fracaso no se considera valioso, es un material que debemos eliminar de nuestras vidas.

Pero si supierais, hijos míos… si rechazáis el fracaso en la juventud, ¡si supierais lo que os espera después en la vida! Cuando no podamos salir adelante, podríamos incluso llegar al suicidio. Por eso, es mejor que pasemos un poco de hambre -aunque sea simbólica, como el ayuno de una Cuaresma-, un poco de sed, no pasa nada. No tenerlo todo de inmediato. Y si se tiene dinero, tener un poco de autodominio, no comprar compulsivamente. Pensad: si viene una guerra, hambre, una catástrofe o cualquier desgracia que destruya todas estas facilidades… ¿entonces qué haremos?

Hijos míos, luchad y utilizad en vuestras vidas los elementos de vuestros fracasos. Que sean para vosotros una lucha constante de progreso, de ejercicio, de fortalecimiento. Decirse a uno mismo: ¿Tener miedo a la vida? ¿Por qué? Dios es nuestro ayudante. ¿Por qué no temer? Porque nos hemos formado con nuestros propios fracasos.

¿Has tenido una caída en las notas? No te sientas fracasado: estudia más y lo recuperarás. ¿Una enfermedad? No se termina el mundo: te curarás. ¿No te has recuperado del todo? Pues, doxa-gloria y gracias a Dios, así lo ha querido Él. ¿Vas a morir? ¿Y qué? Ya hemos dicho que nuestra verdadera patria es el cielo.

Entonces, no nos desesperemos. No nos sintamos fracasados al punto de desarrollar enfermedades psicológicas sin salida. Guardad esto muy bien: estas cosas no son mitos. Los mitos son todas las demás cosas, esas que aparentemente prometen éxito y felicidad, pero que en realidad conducen a una vida sin salida.

Y ahora continúo con otra pregunta.

  1. Muchos temen a Dios, otros lo insultan en momentos difíciles y algunos se acuerdan de Él sólo cuando tienen problemas. Si Dios es nuestro Padre, ¿cuál es la mejor actitud hacia Él?

Todos los casos mencionados en esta pregunta son negativos e interesados. Si insultas al Señor porque las cosas no te van bien, tu actitud es negativa. La culpa no es de Dios. Pero, por otro lado, enciendes tu vela y quieres que todo te salga bien, incluso tus pretensiones pecaminosas.

Sabed que existen personas que, para conseguir una relación ilícita -una relación que a Dios le repugna- no dudan en entrar en la Iglesia y encender velas. Incluso, a veces, dentro del ámbito ortodoxo, ocurre que tejen o cruzan dos o más velas: una para sí y otra para la persona que desean conquistar. Las encienden como parte de una práctica mágica.

¿Para conseguir qué? Algo que Dios prohíbe. ¿Lo veis? Repito: cuando lo que pedimos no es voluntad de Dios y pretendemos forzarlo para obtenerlo, eso se llama práctica, praxis mágica.

¿Y sabéis cuántos elementos de nuestra vida espiritual y cultos cristianos hemos convertido -sin darnos cuenta- en actos mágicos? Una infinidad.

Mirad ese icono que antes reverencié. Tiene una moneda encima. Muchas veces la moneda no está ahí como una ofrenda o donación sincera, sino porque existe la creencia de que, si el icono está en posición vertical y la moneda se queda pegada, entonces se cumplirá lo que pedimos. Esto, que puede comenzar como una expresión de fe, se transforma en superstición. Si la moneda no se pega, decimos que no se hará realidad nuestra petición. Entonces buscamos trucos: le ponemos un poco de cera a la moneda para que se quede pegada. En el fondo, nos decimos a nosotros mismos: “Lo quieras o no, Dios mío, me lo darás”. Así de lejos podemos llegar. Esto demuestra cuántos elementos mágicos y supersticiosos hemos introducido en nuestra vida de fe.

Pues bien, todas estas cosas, hijos míos, son actitudes negativas o utilitarias frente a Dios. Existe un dicho popular: “Nos acordamos de Dios cuando Santa Bárbara truena”. Es decir, nos importa sólo nuestro propio interés. Lo entendamos bien o mal, nos interesa nuestro beneficio.

Por eso, se ha dicho muy bien que nuestra relación con Dios se parece a un paraguas, cuando llueve, lo abrimos; cuando hace buen tiempo, lo cerramos. Así también, cuando tenemos necesidad de Dios, lo buscamos, le rezamos, lo invocamos; pero cuando no lo necesitamos, cuando todo va bien, lo olvidamos y lo dejamos a un lado.

Esto mismo lo dice un salmo: “Cuando la mano de Dios caía con fuerza sobre los hebreos en el desierto, por la mañana salían de sus tiendas a implorar, honrar y alabar a Dios; pero cuando pasaba el castigo, se olvidaban de Él.” Y también dice otro: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.”

Entonces, ¿cuál es la actitud correcta frente a Dios? La respuesta, hijos míos, es la agapi, el amor verdadero. Debemos amar a Dios.

Os diría incluso algo extremo: Si se supone que yo no fui correcto, y voy al infierno, entonces incluso allí seguiré amando a Cristo. Solo entonces hablamos de una relación correcta con Dios. Una relación que no busca utilidad egoísta ni provecho personal, donde todo interés desaparece, y queda solo el amor puro.

Un pequeño ejemplo natural: si os habéis fijado en niños muy pequeños, de entre 3 y 4 años, cuando hacen una travesura y su madre, por corregirlos, empieza a pegarles (suavemente o con firmeza), ¿qué hace el niño? Cuanto más le pega su madre, más se agarra y se apega a ella. Esto es una imagen muy significativa. Es la imagen del creyente verdadero: “Señor, castígame, haz de mí lo que quieras, lo merezco… pero yo te amo. Y cuanto más me golpees, más me aferro a ti, más te abrazo.”

¿Habéis visto a Job? Cuando cayó fuertemente la mano de Dios sobre él -y no porque fuera injusto, pues no tenía culpa-, no se olvidó de Dios. Conocéis ya la historia de Job, no es necesario repetirla.

Lo importante es esto: nuestras relaciones con Dios deben ser relaciones de agapi, de amor incondicional y desinteresado. Todo lo que hagamos -sea caridad o cualquier otra obra- debe hacerse porque amamos al Señor. Cada virtud que practiquemos, cada sacrificio, cada esfuerzo, cada acto, debe nacer del amor hacia el Señor. Todo lo que hagamos, lo haremos porque amamos al Señor. Amín. (39:15)

  1. ¿Dios castiga, prueba o instruye?

Las tres cosas: castiga, prueba e instruye. Pero hay algo que debemos tener muy presente: hemos aprendido muchas ideas sobre Dios que, en realidad, son herejías, aunque no lo sepamos.

¿Cuántas cosas aceptamos o repetimos, incluso dentro de la Iglesia, y en realidad son contrarias al Evangelio?

Por ejemplo, si promovemos la inmoralidad o la indecencia, eso es una herejía en el campo ético y existencial del Evangelio.

Otra herejía común es eliminar la justicia de Dios y hablar solamente de Su amor (agapi). Esto es gravísimo: pretender ver sólo un Cristo dulce, misericordioso y amoroso, y no reconocer que también es juez justo, es deformar la fe. Por eso, muchos hablan de un «dulce Cristito» o «Jesusito», reduciendo su imagen a algo sentimental. Pero Cristo, aunque dulcísimo, también es infinitamente justo. No podemos separar una cosa de la otra.

Esto lo muestra claramente la iconografía ortodoxa, que a diferencia del arte occidental -que muchas veces suaviza en exceso la imagen de Cristo-, nos presenta su rostro completo, con amor y justicia.

Un ejemplo claro es el icono de Cristo Pantocrátor del monasterio de Dafni, en la cúpula. Si miras ese icono, incluso por un instante, te invade el temor y el respeto, porque ahí está representado el Señor Pantocrátor, Todopoderoso.

¿Por qué nos asustamos del trueno y el relámpago, pero no del Creador de ambos?

Haz la prueba: observa ese icono del Pantocrátor fijándote en cada mitad del rostro de Cristo, mirando un solo ojo por separado. Verás que un ojo transmite paz, serenidad y agapi-amor. Ahora, observa la otra mitad del rostro: ese ojo expresa justicia, autoridad y exigencia. En una sola imagen o icono, el arte ha logrado plasmar perfectamente tanto la misericordia como la justicia del Señor.

¿Y cuántas veces en el Evangelio se revela esa justicia?

No hablaré siquiera del Juicio Final, donde Cristo dice: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno”, sino simplemente de la parábola de las diez vírgenes. Cinco eran necias, no se prepararon, y aunque eran vírgenes -una gran virtud-, no hicieron nada con esa cualidad. Claman: “¡Señor, ábrenos!”, pero desde su Βασιλεία (reinado de la realeza increada) Él les responde: “No os conozco.” ¡Tremendo!

O en otro pasaje: “¿Acaso no comimos contigo, no predicaste en nuestras plazas?” Y Él responde: “Apartaos de mí, obradores de iniquidad, no os conozco.”

Decidme, ¿ ahí dónde está la agapi-amor) de Cristo? Si permanecemos únicamente en la agapi de Cristo y hemos extraviado la justicia de Dios, eso es herejía. Hijos míos, Cristo está lleno de agapi-amor, pero también de justicia. Por lo tanto, es cierto que Dios castiga, tanto en esta vida como en la otra. De lo contrario, ¿cómo se explica la existencia del infierno eterno? También aquí, en esta vida, Dios castiga. Y muchas veces, castiga severamente. Tal como ocurrió con Caín: fue castigado severamente, con un castigo condenatorio.
Es cierto, sin embargo, que también existe el castigo que no es condenatorio, sino pedagógico, como sucedió con Israel en el desierto. Allí, Dios castigó a su pueblo, ciertamente con dureza, pero no para condenarlo ni destruirlo, sino para que se volviera sobre sí mismo, regresara a Él y pudiera entrar en la Tierra Prometida.

Aun Dios también prueba. Me referiré solo a un caso, aunque existen muchos: el caso de Abraham. Dios puso a prueba a Abraham, probó su fe. Él dejó atrás sus posesiones materiales, atravesó innumerables peripecias, y aun así no llegó a instalarse plenamente en la Tierra Prometida. No tuvo en propiedad ni un solo acre de tierra, pero confió en las promesas de Dios. Eso es sorprendente. ¿Y por qué lo hizo? Es un tema grande y profundo. Pero solo os diré esto: cuando Dios le pidió al hijo de la promesa, a Isaac, para que lo ofreciera en sacrificio, Abraham no dudó. Cuando se dispuso a sacrificar a su hijo, Dios le detuvo y le dijo: “No sacrifiques a tu hijo; te he probado y he visto quién eres”. No porque Dios no supiera quién era Abraham, sino porque quería dejar un gran monumento de fe con esa prueba, inscrito para siempre en la historia.

Así que, en resumen: Dios castiga con condena, Dios castiga pedagógicamente, Dios prueba, y también, Dios instruye. (32:07)

  1. ¿Es pecado cuando deseo ver en mi sueño a una persona querida?

Veis, aquí hay algo muy interesante. Prestad atención a lo que voy a deciros.

Desde el momento en que una persona rompe la comunicación viva con los demás seres humanos, a causa del egoísmo -como os dije antes-, empieza a buscar comunicación con los muertos. Desea ver, por ejemplo, a una persona querida que ya ha partido, y busca hacerlo incluso a través de los sueños.

Ahora bien, ¿es pecado esto?

En principio, sí, es un error ocuparse o dar demasiada importancia a los sueños, incluso cuando parecen piadosos o emotivos. Además, ¿quién te ha dicho que lo que ves en el sueño es realmente tu madre, tu padre, o esa persona querida?

La mayoría de las veces es simplemente una proyección de tu propia fantasía, como también lo dice la Santa Escritura. Y muchas veces, los sueños no son más que un contra-reflejo de nuestros deseos, ansiedades o recuerdos. No son revelaciones, ni auténticas presencias espirituales.

Esto que planteas es muy común, sobre todo en el mundo moderno y desarrollado, en sociedades como Europa o Estados Unidos.

Allí, vemos que muchas personas han perdido la verdadera comunicación con otros seres humanos. Dicen que se han desilusionado, se han cerrado. Y entonces, reemplazan esa falta de relación con animales: gatos, perros, loros…

Y lo que es aún más extremo y absurdo: algunos llegan a dejar millones de dólares de herencia a un perro o a un loro, cosas que leemos a menudo en las noticias.

¿No es esto una excentricidad?

Claro que podemos y debemos amar a los animales, son también creación de Dios, pero no podemos aislarnos amando sólo a ellos y no a los hombres. No tiene sentido gastar grandes sumas de dinero en alimentos caros para animales, mientras hay niños y personas muriendo de hambre.

Por tanto, el deseo de ver a un ser querido en sueños puede ser reflejo de una desviación emocional, una búsqueda enfermiza de consuelo, una salida emocional ante la falta de verdadera relación con los demás.

Incluso, si alguien dijera: “yo sólo quiero tener una comunicación íntima y especial con Dios”, esto también podría ser una trampa del egoísmo espiritual, es enfermiza.

¿Y los ascetas?, me dirás.

Sí, pero los verdaderos ascetas son los más filántropos (los que más aman a los hombres).

Tomad como ejemplo a San Antonio el Grande. Vivió 20 años sin ver a nadie ni ser visto por nadie. Sin embargo, no hubo hombre más filántropo que él, porque su comunión con Dios aumentó su amor por los hombres, no lo disminuyó.

En cambio, las otras formas de vivir la “espiritualidad”, aisladas de los demás, son enfermizas, son señales de un desequilibrio, de un egoísmo disfrazado de fe. Muchas veces escuchamos o incluso decimos: “Yo y mi Dios, no necesito a nadie más”. No es así. La respuesta a esta actitud la da claramente San Juan el Evangelista en sus epístolas: “Si dices que amas a Dios, a quien no ves, pero no amas a tu hermano, a quien sí ves, eres un mentiroso” (1Juan 4:20).

Porque, de esta manera, nos engañamos a nosotros mismos creyendo que tenemos una comunicación auténtica con Dios o que hemos encontrado una manera «especial» de relacionarnos con Él.
Pero no es así. Se trata, más bien, de situaciones espiritualmente enfermizas.

Fuente: https://arnion.gr/ y https://athanasiosmytilinaios.blogspot.com/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

 

 

El Neoarrianismo Occidental y la gracia (des-gracia) creada

EL NEO-ARIANISMO DEL HERÉTICO CRISTIANISMO OCCIDENTAL
Referencia a la herejía papista sobre la «gracia (des-gracia) creada»

SANTA METRÓPOLIS DE EL PIREO
OFICINA SOBRE HEREJÍAS, SECTAS Y PARARELIGIONES
En Pireo, 5 de mayo de 2025

[Amigos en y de CristoDios, al final del texto hemos puesto los términos teológicos: 101. Increado (Ἀκτιστο, áktisto) e Creado (Κτιστό, ktistó) y 128. Luz increada]

 

Este año se cumplen 1700 años desde la convocatoria del Santo Primer Sínodo (Concilio) Ecuménico, en el año 325, por el primer emperador cristiano y santo de nuestra Iglesia, Constantino el Grande, con el fin de enfrentar la temible herejía del arrianismo, la cual sacudió a la Iglesia y amenazó su propia existencia. Su exponente fue el presbítero alejandrino Arrio, quien, impulsado por energía demoníaca, por la enseñanza y doctrina herética de reconocidos fundadores de herejías y por la soberbia y arrogancia personal, intentó derribar desde sus cimientos todo el edificio de la Iglesia, atacando de manera crucial el Dogma de la Santa Trinidad.

El objetivo inmediato del arrianismo fue la Persona teántrica divino-humana de Cristo, cuya divinidad negó, definiéndolo como “la primera criatura (o creación) de Dios”. Al negar la divinidad del Logos, también niega la Trinidad de Dios, reconociendo como Dios solo al Padre y considerando al Espíritu Santo como una “fuerza impersonal”.

La Santa Iglesia de Cristo, con la certeza absoluta de que la verdad es sinónimo de psicoterapia, redención y salvación, ha librado titánicas batallas contra las herejías, que como enfermedad endémica comenzaron a atacarla desde los primeros días de Su presencia terrenal.

Nuestro Señor, Psicoterapeuta, Redentor y Salvador Jesús Cristo nos enseñó que Él es “el camino, la verdad y la vida” (Juan 14,6). El evangelista Juan nos revela que Cristo era, es y será siempre “la luz de los hombres… la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene al mundo” (Juan 1,4.9). Esto significa que el mundo, antes de que el Logos se encarnara, se encontraba “en tinieblas”, las cuales conducían al género humano a “la sombra de la muerte”. El hombre caído en el pecado era incapaz de ver y experimentar la verdad, y aún más de conocer a Dios, ya que “el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría” (1 Cor. 1,21). Por ello Dios quiso que “la Χάρις (Jaris: Gracia energía increada) y la Αλήθεια (Alízia: Verdad)” se difundieran en el mundo “por medio de Jesús Cristo” (Juan 1,17).

La verdad proviene de Dios y la mentira del diablo. La verdad psicoterapia, salva y libera, mientras que la mentira esclaviza y destruye. Por eso Cristo nos exhorta: “conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8,32). Esta liberación se entiende como la redención del engaño demoníaco, que esclaviza al hombre, oscurece su nús-espíritu y mente, debilita sus defensas espirituales y morales, enferma psíquica y espiritualmente y lo conduce al desastre, a la perdición y a la destrucción total.

Condición necesaria para la santificación del hombre es su participación en la Verdad, según el logos de Cristo: “Santifícalos en tu verdad; tu logos es verdad… para que también ellos sean santificados en la verdad” (Juan 17,17.19). Así, “Amín, amín, de verdad en verdad  os digo: el que escucha los logos de mi enseñanza y cree en el Padre que me ha enviado, éste ha ganado la vida eterna y no será juzgado, sino que ha pasado de la muerte espiritual del pecado a la vida eterna” (Juan 5,24); y, por el contrario, “el que me rechaza y no recibe los logos de mi enseñanza, tiene ya quien lo juzgue; el logos que yo he hablado, le condenará en el ésjato-último gran día del Juicio universal” (Juan 12,48). Cuando participamos de la verdad, recibimos una riqueza inagotable, como nos asegura el apóstol Pablo: “Pues conocéis la χάρις (jaris: gracia energía increada) de nuestro Señor Jesús Cristo que, siendo rico, se hizo pobre por agapi-amor incondicional nuestro, para que vosotros fueseis ricos espiritualmente por su pobreza; Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Cor. 8,9).

¿Dónde podemos encontrar y experimentar la verdad que salva?
Solo en la Iglesia de Cristo, la Ortodoxa, que es «la columna y fundamento de la verdad» (1 Tim. 3,15), como Su Cuerpo glorificado, deificado, cuya Cabeza es Él mismo (Col. 1,18), y eterno maestro suyo el Paráclito, el Espíritu de la Verdad, que la guía «a toda la verdad» (Juan 16,13).

Por eso, no puede errar. Solo Ella puede ser infalible y ningún ser humano, quien al separarse de la Iglesia formula enseñanzas y dogmas de su propia inspiración e invención, enseñanzas que el apóstol Pedro llama «herejías destructivas» (2 Pe. 2,1). Y verdaderamente son herejías de perdición, pues son semillas del diablo con el fin de frustrar la psicoterapia, redención y salvación.

«El Logos (increado) se hizo cuerpo-carne» (Juan 1,14) para liberar al género humano y a toda la creación de la cautividad de Satanás, la esclavitud del pecado, la corrupción y la muerte. Para devolvernos la capacidad de «llegar a ser hijos de Dios» (Juan 1,12). Para que recuperáramos la filiación adoptiva que habíamos perdido con Dios Padre (Gál. 4,5).

Según san Justino Popovich: «El Θεάνθρωπος (Zeánzropos: Dios-Hombre) Cristo, habiendo vencido la muerte mediante la resurrección, destruyó “el cuerpo de la muerte” como una realidad ontológica (cf. Apoc. 20,14.10), redimió al género humano de la muerte, y le otorgó la Vida eterna, la Verdad eterna, la Αγάπη (agapi: amor) eterna, la Justicia eterna, la Alegría eterna y todos los demás bienes divinos eternos que solo el Dios de la Agapi-Amor y de la Misericordia puede conceder, regalar. Y así resolvió todo el problema del hombre, todo el gran problema del ser humano. En verdad, desde que Dios se hizo hombre, se reveló como Θεάνθρωπος Dios-Hombre y, a través de Su Cuerpo -la Iglesia-, permaneció como Θεάνθρωπος Dios-Hombre en el mundo terrenal. Se convirtió una vez y para siempre en la máxima dignidad y en el criterio supremo del género humano, siendo Él el Único Dios verdadero y el Único Hombre verdadero, el Único Dios perfecto y el Único Hombre perfecto. […] Solo por medio del Θεάνθρωπος Dios-Hombre el hombre alcanza su destino establecido por Dios: se convierte en “Dios por la χάρις (jaris: gracia, energía increada)” y así llega a la plena realización de su existencia y de su personalidad. Llega a su eternidad divina a través de la divino-humanidad de Cristo. Viviendo en el cuerpo divino-humano de la Iglesia “junto con todos los santos”, el hombre se divino-humaniza gradualmente por medio de los santos misterios y las santas virtudes» ([1] https://www.impantokratoros.gr/anthropos-theanthropos.el.aspx)

Pero el diablo, “homicida desde el principio” (Juan 8,44), al conocer el divino plan de nuestra salvación en Cristo, se esfuerza por frustrarlo, sembrando «cizaña» (cf. Mt. 13,25) en el “campo divino”, engaños, errores y herejías. Porque sabe que Cristo salva como Dios encarnado, intenta desencarnar al Dios-Hombre, anulando así la posibilidad de la psicoterapia, redención y salvación.

«Toda la guerra de Satanás contra Cristo tiene un único propósito: desencarnar al Θεάνθρωπος Dios-Hombre, expulsar a Dios del cuerpo humano, de la materia, y dominarla por completo. Es decir, demostrar que Cristo no es Dios, sino un simple y débil hombre, y así apartar a los hombres de la fe en Cristo, quien es el único que puede vencer al dios del mal.» ([2] Justino Pópovits Άνθρωπος Hombre και Θεάνθρωπος y Dios-Hombre, Atenas 1970, pág 134)

Esa es la esencia de las herejías, y ese es el objetivo que han servido y sirven a lo largo de los siglos. Por ello, como se dijo anteriormente, la Iglesia ha librado heroicas batallas para anular su acción demoníaca. A través de los Santos Sínodos y los escritos de los teóforos (portadores de la luz increada) y santos Padres, se ha demostrado su origen satánico, sus errores, y se ha definido con precisión la fe psicoterapéutica, sanadora y salvadora de nuestra Iglesia.

Sin embargo, el arrianismo, a pesar de su condena en el Primer Santo Sínodo Ecuménico y en los Santos Sínodos posteriores, no ha desaparecido y sigue a través de los siglos intentando desencarnar al Dios encarnado y Salvador nuestro Jesús Cristo. El cristianismo occidental herético, tras su separación del único e indivisible tronco de la Iglesia Ortodoxa en el siglo XI, sigue «engendrando» nuevos errores y herejías atacando la fe «una vez revelada a los santos» (Judas 3). Añade enseñanzas erróneas y niega verdades, de modo que en nuestros días se predica un cristianismo herético y en gran medida anticrístico.

El Papismo y su otra cara, el Protestantismo, con sus decenas de enseñanzas erróneas, adulteran la verdad psicoterapéutica y salvífica de la Iglesia, atentando incluso contra sus dogmas más fundamentales. Entre otras cosas, ofenden también el Símbolo de la Fe (Credo), redactado por el Primer Sínodo Ecuménico y completado por el Segundo Sínodo Ecuménico, con la terrible herejía del (maldito hijito) Filioque, que altera la fe de la Iglesia en lo referente a Dios.

Uno de los más graves errores del cristianismo occidental es la enseñanza y dogma de la χάρις jaris gracia creada”, la cual tiene consecuencias enormes en la teología de la psicoterapia y salvación.

Sobre este tema, citamos un fragmento de un texto bien fundamentado del folleto del Santo Monasterio del Paráclito en Oropós, Ática: “Uno de los mayores errores del Papismo es que identifica la esencia increada de Dios con Sus energías increadas. Y, además, que atribuye a Dios energías creadas. Pero sólo las criaturas tienen energías creadas. El Dios increado tiene únicamente energías increadas. En la teología ortodoxa se hace una distinción entre la esencia increada de Dios y Sus energías increadas. La esencia de Dios, por supuesto, es completamente incomprensible e inefable, y el creyente no puede tener comunión con ella. Sin embargo, sí se comunica con las energías divinas (la divina χάρις jaris gracia). Estas, al igual que la esencia divina, son increadas y no creadas. Es decir, son distintas de la esencia divina, pero no distintas de la Divinidad.

El creyente, mediante la μετάνοια metania, el arrepentimiento, el ascetismo (ejercicio, práctica espiritual), la oración y su participación en los Santos Misterios de la Iglesia, entra en comunión con las energías divinas increadas, y llega a ser “partícipe de la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4). Es decir, a través de estas energías divinas increadas, y según el nivel de su lucha espiritual, el corazón del ser humano hace su catarsis, se purga y se sana de los πάθος (pazos: pasiones, vicios, adicciones, etc) su νούς (nus: espíritu de la psique, alma) se ilumina y es digno de “ver”, de forma mística e inefable, la divina doxa-gloria, la Luz Increada. Esta es la tradición ησυχαστική hisijástica de nuestra Iglesia.

Los Papistas, en cambio, no aceptan que existan energías increadas en Dios. Creen que Dios es una esencia inaccesible que no se comunica personalmente con el ser humano. Opera, energiza en el mundo no directamente, sino sólo indirectamente, a través de energías creadas. Para ellos, la jaris gracia divina es una entidad creada, que Dios produce para salvar al hombre. También creada es la gracia de los Santos Misterios, como también -según ellos- fue creada (hecha y deshecha o descreada) la luz del Tabor durante la Metamorfosis de Cristo.

Esta enseñanza tiene consecuencias desastrosas en la vida del cristiano. Porque, si en realidad la jaris gracia divina es creada, el hombre no puede alcanzar la terapia (psicoterapia), la santificación ni la θέωσις (zéosis: divinización, glorificación y unión con Dios). Y esto se debe, simplemente, a que una criatura -una energía creada (gracia)- no puede redimir ni divinizar a otra criatura -el ser humano.

Así, los occidentales no hablan de θέωσις zéosis como objetivo de la vida humana, sino de una perfección moral: que debemos ser mejores personas, pero no llegar a ser “dioses por la jaris gracia inceada”. En consecuencia, la Iglesia no puede ser una comunión de θέωσις zéosis, sino una institución que brinda justificación a los hombres de forma legalista y judicial, a través de una gracia (des-gracia) creada. En última instancia, esto significa la anulación de la misma verdad de la Iglesia como una realidad de comunión teándrica (divino-humana).

La teología occidental, al rechazar la existencia de energías divinas increadas en Dios, se ha alejado de la teología patrística, y esto ha llevado a muchas otras herejías y kakodoxías. Porque los Padres de la Iglesia, cuando hacían teología, expresaban en lenguaje humano la experiencia que habían adquirido de su comunión con las energías divinas del Espíritu Santo (experiencia de θέωσις (zéosis); su teología era, por tanto, αποκάλυψις apokálipsis revelación directa del mismo Dios. En cambio, los Papistas, al no tener posibilidad de comunión con las energías divinas increadas, hacen teología basándose en la especulación humana y meditación. Su teología, por tanto, es una ideología metafísica humana, que no tiene relación con la verdad divina.

La profunda alteración que provoca en la vida de la Iglesia la teoría de la gracia creada ocupó intensamente a la Ortodoxia oriental en cinco grandes Sínodos celebrados en Constantinopla durante el siglo XIV. En estos Sínodos se formuló claramente la experiencia ortodoxa, siendo el principal defensor de esta enseñanza el arzobispo de Tesalónica, san Gregorio Palamás. ([3] https://www.impantokratoros.gr/papismos-xteskaisimera.el.aspx)

El hereje Papismo, con su abundancia de errores y engaños, entre los que se cuenta también la herejía de la gracia creada, separó al cristianismo occidental de la Una y Santa Iglesia indivisible de Cristo, con consecuencias realmente aterradoras para el rumbo del mundo occidental. En primer lugar, la despojó de la increada Χάρις Gracia Divina, la cual opera y da fruto solamente dentro de la Iglesia, y que, según el recordado profesor padre Ioanis Romanidis, al ser portadora de las Energías Divinas Increadas, es también ella misma increada. Escribió: “La Iglesia es la doxa-gloria increada y Βασιλεία (vasilía: realeza increada) donde habita Dios y donde están llamados a habitar también Sus amigos. Así, la Iglesia es increada y creada, ya que lo creado recibe la Χάρις Gracia increada de Dios. En primer lugar, la Iglesia es la doxa-gloria increada de Dios. Incluso antes de la creación existía la Iglesia increada, como βασιλεία (vasilía) y doxa-gloria escondidos en Dios, en la cual habita Dios con el Logos y el Espíritu Santo. En este caso, la Iglesia es increada, es decir, es la doxa-gloria increada del Dios Trino, la Jerusalén celestial, que es madre de todos nosotros (Gálatas 4:26). Por eso también, “nuestra ciudadanía y política de gobierno está en los cielos” (Filipenses 3:20), y por lo tanto, como la Βασιλεία (vasilía: realeza increada) de Dios, la Iglesia “no es de este mundo” (Juan 18:36). Luego, a través de esta doxa-gloria increada del Dios Trino, fue creado el mundo, en el cual se revela, se apokalipta la Iglesia increada que está en los cielos”. ([4] https://www.oodegr.com/).

Y continúa este gran teólogo ortodoxo: “La encarnación de Cristo reveló-apokaliptó esta Iglesia increada en el cuerpo glorificado, divinizado y deificado de Cristo, el cual se convierte en fuente de la jaris gracia y energía increadas de Dio. Esto se manifiesta -como veremos más adelante- en el hecho de que, así como la Χάρις Gracia increada de Dios ‘se reparte indivisiblemente entre los divididos’ y ‘se multiplica sin disminución entre muchos’, lo mismo sucede con el Cuerpo de Cristo en el Misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía. En cualquier caso, aquellos que viven dentro de la Iglesia increada, que ahora se manifiesta más perfectamente en el cuerpo-carne de Cristo, se santifican y se glorifican participando de la Χάρις Gracia increada de Dios, y pasan a la Βασιλεία (vasilía) increada de Dios, al Paraíso, a la Iglesia celestial, a la doxa-gloria increada de la Santa Trinidad.

Bajo estas condiciones, decimos que la Iglesia es la Βασιλεία (vasilía: realeza increada) de Dios; no se trata de una realidad creada, sino de una doxagloria increada. Por lo tanto, la Iglesia es increada y creada: porque es la doxagloria increada y la naturaleza humana creada que asumió Cristo, pero también esta naturaleza humana creada que Cristo asumió y divinizó, glorificó, participa de la Χάρις Gracia increada de la naturaleza divina, en virtud de la unión hipostática (subsistencial, substancial) de la naturaleza divina y humana en Su persona, y también ella se convierte en fuente de la Χάρις Gracia increada. Y aquellos que se unen a Cristo se hacen partícipes de la δόξα doxa gloria increada de Dios y son divinizados, glorificados por la χάρις gracia increada, convirtiéndose así en eternos e increados por la χάρις jaris increada. Esto sucede por medio del Misterio de Pentecostés”[5].

En nuestra Iglesia Ortodoxa existe una distinción, un discernimiento entre la esencia y las energías de Dios. Por lo tanto, Dios no es un ser extraño y ajeno, como lo concibe el cristianismo occidental, sino el Dios personal “de nuestros padres”, inaccesible en cuanto a Su esencia increada, pero accesible en cuanto a Sus Energías Increadas, mediante las cuales Él se comunica con Sus criaturas, y ellas con Él, siendo sanadas, santificadas, salvadas y glorificadas.

«Con base en este discernimiento, mientras antes se consideraba que Dios era inaccesible en Su esencia, ahora se hace accesible a través de Sus energías divinas eternas e increadas. Aunque las energías divinas son inseparables de la esencia divina, pueden descender al mundo y acercarse a él, del mismo modo que los rayos del sol calientan la tierra. Así, las energías increadas pueden crear las condiciones para la αποκάλυψις apokálipsis revelación y la continua comunión de la naturaleza divina con el ser humano y la participación en ella.

Desde esta perspectiva, Dios revela-apokalipta Su doxagloria mística al mundo, que ahora puede ser experimentada carismáticamente y como don (ya que ‘nadie es digno’), viviendo mística y verdaderamente la presencia de Dios, participando de la revelación-apokálipsis de la naturaleza divina a través de las energías divinas increadas, las cuales, sin embargo, siguen siendo inseparables del seno de la Santa Trinidad.

Gracias al discernimiento entre esencia y energía, la inmutable e inalterable doxa-gloria de Dios se vuelve visible mediante la participación del creyente en el conocimiento-gnosis iluminador eterno, que se activa a través de los Santos Misterios, la veneración de la Santa y Vivificadora Cruz, de los santos íconos y de las santas reliquias» ([6] π. Δ. Λαζαρίδη https://www.romfea.gr/pneumatika/68457-i-akataliptos-ousia-tou-theoy-kai-i-gnosis-ton-akiraton-theion-energeion).

El Dios, según la herejía de la gracia creada, es concebido como un ser ajeno y extraño, totalmente inaccesible al hombre. Sus energías y Su gracia, al ser realidades creadas, permanecen ajenas a la Divinidad, y por tanto, aunque el hombre entre en contacto con ellas, no participa realmente de Dios.

Esta ausencia de participación fue compensada en el escolasticismo por la “gnosis-conocimiento de Dios” a través de la razón (racionalismo occidental). Pero, ¿acaso es posible que la mente (intelecto) humana finita comprenda al Dios completamente inaccesible e inparticipable? Por supuesto que no. ¿Entonces qué es lo que “comprende”? Una imagen de Dios, una construcción del intelecto humano. Lamentablemente, este ídolo (imagen) “divino” fue colocado en el lugar del Dios verdadero por el cristianismo occidental. Un ídolo que no tardó en “morir”, y cuyo “certificado de defunción” firmó la intelectualidad europea, a través de Nietzsche y Sartre. Un ídolo lamentable, hace tiempo ya rechazado por el hombre occidental, que se ha dirigido hacia las formas más extremas de ateísmo combativo de los tiempos modernos.

Puesto que, para el cristianismo occidental, la Χάρις Gracia Divina es una realidad creada, también lo es la Iglesia. Ya no es un hospital general, un taller de santificación, glorificación y divinización, como fue instituida por Su Fundador Divino, sino que ocupa el lugar de una organización terrenal, una asociación con actividades religiosas, morales, sociales e incluso políticas. La ausencia de la Χάρις Gracia Divina increada es reemplazada por autoridades humanas.

Un caso característico es el “Papa” en el Papismo, quien “encarna” la Iglesia, la cual no puede existir sin él. En el Protestantismo, la gracia divina increada es reemplazada por las Escrituras (separadas de la Iglesia) y por los líderes “carismáticos” de las distintas denominaciones.

Y aún más: dado que la Iglesia es “encarnada” por autoridades humanas, Cristo deja de ser necesario, y por eso ha sido “exiliado” al cielo, siendo representado por el “Papa” en el Papismo y por las Escrituras en el Protestantismo (y de cada fiel protestante que se hace infalible, enfermedad engendrada y heredada de su Padre el Papa, porque el Padre del protestantismo es el Papa, según los santos Padres).

Como realidad creada y “administradora” de una gracia creada, la “iglesia” del cristianismo occidental no tiene (ni puede tener) Misterios, y por lo tanto, no puede psicoterapiar, santificar y glorificar. Especialmente en el Misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía, la gracia creada no puede transformar los elementos creados -el pan y el vino- en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Por esta razón, este Misterio supremo ha sido corrompido en la herética Occidente: su necesidad ha sido devaluada y su esencia distorsionada.

En el papismo, los elementos materiales han sido prácticamente desmaterializados: el pan ácimo se ha convertido en la “hostia”, es decir, una especie de “chip” casi transparente, y el vino no se administra a los laicos. ¡Los niños, hasta los siete años, no pueden comulgar!

En el protestantismo, la Divina Ευχαριστία Efjaristía no es un Misterio, sino una ceremonia, sin transformación alguna del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, entendiéndose simplemente la “presencia” de Cristo en ellos.

Distorsiones similares han ocurrido también en los otros Misterios. Es característico, por ejemplo, cómo falta la Jaris Gracia Divina en el “agua bendita” de los papistas, la cual conservan con sal para que no se descomponga, realizando una ceremonia especial para ello. No es casualidad que los “misterios” y otras acciones litúrgicas de ellos presenten un trasfondo casi mágico.

Los “sacerdotes” papistas no invocan al Espíritu Santo para que envíe la JarisGracia Divina Increada y realice el Misterio; ¡son ellos mismos los que lo “efectúan”, con frases como: “yo te bautizo”, “yo te unjo”, “yo te absuelvo”, etc.! En el protestantismo, ¡cada creyente se convierte en su propio “sacerdote”! (e infalible).

Debido a la negación de la Jaris-Gracia Increada en el cristianismo occidental, no existen santos, sino simplemente “buenas personas”, desde el punto de vista moral y de su aporte social.

Sobre esto escribió san Gregorio Palamás: «Si en verdad el don divinizante, deificante del Espíritu en los Santos es creado, y más aún como hábito o imitación natural (según lo enseña quien nos calumnia), entonces los Santos divinizados, glorificados y deificados no sobrepasan la naturaleza; no nacen de Dios, no son espíritu nacido del Espíritu, no se hacen un solo espíritu con el Señor al unirse con Él. Cristo no concedió el poder de llegar a ser hijos de Dios únicamente a quienes creen en su Nombre por el hecho de haberse encarnado, (cf. Jn 1:12 y 3:6; 1 Cor 6:17). Porque también antes de su encarnación esto existía en todas las naciones (si al menos existe en nosotros de manera natural), y también en todos los impíos y ateos actuales». ([7] https://amethystosbooks.blogspot.com/)

También son bien conocidos los criterios con los que el papismo “canoniza” a personas que se han distinguido sobre todo por su moralidad o contribución social, sin vacilar incluso en canonizar criminales (véase el caso del nazi Alojzije Stepinac), con base en los servicios que prestaron al sistema papal.

Tampoco existen reliquias sagradas, ni milagros, los cuales son fruto de la Jaris-Gracia Divina Increada, y que la gracia creada no puede realizar.

Genadio Escolario escribe: «Los apóstatas que se separaron de la Iglesia ya no tienen en sí mismos la Jaris-Gracia del Espíritu Santo, pues la transmisión se interrumpió con la ruptura de la sucesión». ([8]https://fdathanasiou.wordpress.com  τ. 3).

La ausencia de la Jaris-Gracia Divina Increada en la “iglesia” papal ha llevado y sigue llevando al papismo de caída moral en caída. Su historia milenaria no es otra cosa que un interminable teatro de inmoralidad y crímenes. ¡El colmo de esto son los miles de casos de pedofilia y corrupción de menores, un número indeterminado de niños inocentes, en su mayoría con discapacidad, por parte de miles de sacerdotes francos criminales y corruptos, de todos los rangos!

Esto constituye también una prueba contundente de que el papismo, y en general el cristianismo occidental, desprovisto de la Jaris-Gracia Divina, no otorga a sus fieles la fuerza para superar sus πάθος (pazos: vicios, pasiones, adicciones etc.) y alcanzar al “nuevo hombre en Cristo”. Sin la Jaris-Gracia Divina increada, el hombre es incapaz, por sí mismo, de realizar este elevado objetivo. A esto se refería el Señor cuando dijo: “sin Mí no podéis hacer nada” (Juan 15:5). Como también escribió el difunto hegúmeno del Monasterio de San Gregorio del Monte Athos, el venerable Georgios Kapsanis: “Las desviaciones en la fe no alteran solamente la teología de la Iglesia, sino que también distorsionan la vida espiritual y eclesiástica misma, y por ello ponen en peligro inmediato la salvación del hombre. Fe y vida se interpenetran y, por lo tanto, cuando se pervierte la fe, la vida tampoco quedará indemne”, ([9] https://logosortodoxo.es/herejias/ortodoxia-y-romanocatolicismo-el-papismo-principales-diferencias/) .

¿Qué significan todas estas cosas? ¡Que las “iglesias” del cristianismo occidental no son Iglesias! La Iglesia es una y única, indivisible, la que conserva intacta la fe “una vez dada a los santos” (Judas 3), sin añadiduras ni alteraciones, y esta es, demostrado está, nuestra Iglesia Ortodoxa Católica y Apostólica. (ver: https://logosortodoxo.es/teologia-ortodoxa/el-termino-%ce%ba%ce%b1%ce%b8%ce%bf%ce%bb%ce%b9%ce%ba%cf%8c%cf%82-kazolikos-catolico-una-iglesia-santa-catolica-o-universal-y-apostolica/) Es la verdadera y única Iglesia de Cristo, porque permaneció y permanece absolutamente fiel a la santa parádosis tradición hagiográfica, hagio-sinodal y patrística, y existe en el mundo para psicoterapiar, salvar, santificar, divinizar y glorificar a las personas humanas. Funciona como un hospital espiritual, con Cristo como el Gran Médico y la Jaris-Gracia Divina Increada como medicina espiritual, la cual, en combinación con la verdad y la libre voluntad de los fieles, psicoterapia y sana a través de los Santos Misterios. Según el difunto profesor p. Ioanis Romanidis: “La función de la Iglesia y de la teología ortodoxa es terapéutica, psicoterapeutica a través de la catarsis, la iluminación y la θέωσις zéosis”. Sus demás actividades- educativas, sociales, formativas, etc.- son de importancia secundaria.

Hace poco tiempo, el Vaticano y el Fanar acordaron establecer una celebración común de la Pascua, así como conmemorar juntos los 1700 años desde la convocatoria del Primer Santo Sínodo Ecuménico. Pero nos preguntamos: ¿cómo podemos honrar ese gran Sínodo, que fue convocado para delimitar la verdad psicoterapéutica y salvífica de la Iglesia, junto con los heréticos occidentales que se han alejado enormemente de la fe genuina?

¿Cómo podremos celebrar junto al herético papismo ese gran acontecimiento, cuando él ha alterado el Símbolo de la Fe (Credo) establecido por ese gran Sínodo con la adición del (maldito hijito) filioque?

¿Cómo podremos celebrar junto al cristianismo occidental ese importante acontecimiento, cuando este ha reducido a Cristo y en gran parte lo ha expulsado de la tierra al cielo, tomando su lugar el “Papa”, autoproclamado como Su “representante” (como un comercial)?

¿Cómo es posible honrarlo a Él a través de su “representante”, que en esencia es quien lo ha sustituido, aceptando así, implícita pero claramente, Su ausencia en la tierra, a pesar de que Él nos aseguró que “he aquí Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20)?

¿Cómo podemos celebrar el aniversario del Primer Sínodo Ecuménico con los neo-arrianos, cuando dicho Sínodo condenó al cabecilla de esa terrible herejía, Arrio, y condena eternamente a sus seguidores, que en este caso son los heréticos occidentales neo-arrianos?

¡Pero Dios nos reveló-apokaliptó claramente Su oposición a esta celebración profana con la muerte del “Papa” Francisco, y quizás también nos manifieste Su oposición mediante otros signos

Concluyendo nuestra declaración, señalamos una vez más la tragedia del hombre occidental, que permanece atrapado en el torbellino del cristianismo corrompido, el cual no solo no tiene nada positivo que ofrecer al mundo contemporáneo, sino que más bien actúa como un obstáculo en el camino espiritual de la humanidad, conduciéndola de caída en caída. La abundancia de herejías tanto del papismo como del protestantismo tiene consecuencias desastrosas para toda la situación general. En este caso concreto, la herejía papista sobre la gracia creada ha despojado a los seguidores de las comunidades religiosas occidentales del poder vivificador de la Χάρις Jaris Gracia Increada, de modo que ya no pueden vencer las fuerzas impías del mal, !y las sociedades occidentales se han convertido en verdaderos infiernos sobre la tierra!

Pero también advertimos otra tragedia (en su fase inicial) en nuestra propia Ortodoxia oriental. Actores eclesiásticos, embriagados por el opio del sincretismo ecumenista, se niegan a ver, desde la perspectiva de la tradición ortodoxa, la acción demoledora de las herejías del cristianismo occidental, considerándolas simplemente como “tradiciones diferentes” (por no decir traiciones), avanzando así a pasos acelerados hacia la “unión de las iglesias”, sin exigir la μετάνοια metania conversión, arrepentimiento y confesión de los herejes. En los interminables y ya tediosos diálogos teológicos, ortodoxos y herejes se esfuerzan por “ortodoxizar” (hacer parecer como ortodoxas) sus propias herejías, tratando de “entenderse” mutuamente y de encontrar “puntos de acuerdo”, para lograr una “unión” ya sea en un nivel minimalista o maximalista. Pero tal “unión” no será una unión verdadera, sino una fusión —una amalgama— de verdad y falsedad, totalmente incompatible con la propia naturaleza de la Iglesia y con nuestra parádosis tradición ortodoxa y patrística.

Nos seguimos preguntando: ¿por qué hasta ahora no se ha planteado para su discusión la herejía papista sobre la gracia (des-gracia) creada? ¿Nuestros representantes en el diálogo teológico no la consideran una herejía? ¿Acaso revocan su condena sinodal en múltiples ocasiones? ¿Nos encaminamos hacia una “unión” también con esta terrible herejía?

Sin embargo, tenemos la firme convicción de que todas las “uniones” que se realicen sin las condiciones que establece la Una e Indivisible Iglesia Ortodoxa de Cristo están destinadas a correr la misma suerte que las “uniones” del pasado: ¡terminarán en un fracaso lamentable! ¡Ese mismo será el destino de una posible “unión” con las “iglesias” del cristianismo occidental neoarriano!

Desde la Oficina de Herejías, Sectas y Falsas religiones, en Pireo, 5 de mayo de 2025

https://hristospanagia3.blogspot.com/2025/05/blog-post_327.htm

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

De nuestro léxico https://logosortodoxo.es/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo/

  1. Increado (Ἀκτιστο, áktisto) y Creado (Κτιστό, ktistó)

Ἀκτιστο (áktisto) significa «increado», «no constituido», «no construido» o «no formado», mientras que κτιστό (ktistó) significa «creado», «formado», «constituido».
No existe ninguna similitud entre lo increado y lo creado. En principio, Dios es áktistos, es decir, increado. Se llama «increado» a aquello que no tiene principio ni fin; en cambio, lo creado tiene un principio concreto, aunque no necesariamente un fin, porque Dios quiere que no lo tenga.
Dios no tiene cuerpo; el hombre sí. Lo increado es inalterable, inmutable e infinito. En cambio, lo creado cambia, se altera, se corrompe y se desgasta.

San Máximo el Confesor dice: «En Dios no hay nada creado, así como en el hombre no hay nada increado».

De la esencia increada de Dios son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La voluntad divina y la energía increada son comunes a los tres. Según el santo, en uno de sus pasajes se observa que, de las obras de Dios, algunas son iniciadas -es decir, tienen un principio de existencia- y otras no. Aquí, las energías increadas y perpetuas de Dios se califican como perpetuas porque lo perpetuo va más allá del tiempo y de los siglos. Y lo que trasciende el tiempo y los siglos es divino e increado.

Energía es la δύναμις dínamis -fuerza o potencia  y energía- que manifiesta toda esencia, y de la cual la nada está completamente privada. La energía es el movimiento de la esencia de Dios, es decir, de la Deidad, aunque la esencia en sí no es movimiento.

Está claro, entonces, que la virtud, la bondad, la santidad, la inmortalidad y la agapi (amor) son energías de Dios, y que estas energías son perpetuas e increadas.
Existe una diferencia fundamental entre las energías increadas de Dios y las energías creadas de la creación. La virtud es una energía increada de Dios; sin embargo, las cosas virtuosas son creadas. La vida es luz, una energía increada de Dios, pero los seres vivos son creados; son el resultado de esa energía increada.

Por lo tanto, las energías de Dios no tienen principio: son perpetuas e increadas. Y como la esencia de Dios es divina, también Sus energías son divinas. Esta es una cuestión fundamental en la teología ortodoxa. Porque si consideramos que las energías de Dios son creadas, entonces se obstaculiza la posibilidad de alcanzar la zéosis (divinización, glorificación). Es decir, si Dios se comunica con el mundo a través de energías creadas, entonces no podríamos alcanzar la κοινωνία (koinonía: conexión comunión y unión) con Dios, y la salvación se vuelve imposible mediante esas energías.

En consecuencia, Dios permanecería desconocido para el hombre. Y si intentáramos unirnos con Su esencia directamente, se anularía la diferencia ontológica entre lo creado y lo divino increado.

No existe ninguna relación analógica entre lo creado y lo increado.
Por eso, lo Increado solo puede ser conocido por medio de Su autoapokálipsis (autorrevelación).

128 Luz increada

Ἄκτιστον Φῶς (áktiston fos) increada Luz. Es la energía increada de Dios que muchas veces se puede ver como Luz. Esta energía de Dios es la δόξα doxa (gloria, luz) increada de la deidad. Se llama increada Luz porque es divina por consecuencia increada. No es energía de la existencia creada. Es la energía y luz increada de la Metamorfosis del Señor en monte Tabor.

 

 

 

Domingo de la Samaritana: Conocimiento y adoración a Dios, Mitilineos

DOMINGO DE LA SAMARITANA [Jn 4,5-42]

Transcripción de una homilía del bienaventurado yérontas Atanasio de Mitileneos con el tema:

«CONOCIMIENTO Y ADORACIÓN DEL DIOS VERDADERO»

[Pronunciada en el Monasterio Komnineon de Larisa, el 17-5-1998]

 

A todos nosotros nos es conocido, queridos míos, aquel maravilloso diálogo que tuvo lugar entre el Señor y la mujer samaritana, como lo hemos escuchado hoy en la lectura evangélica del Domingo de la Samaritana.

Este diálogo se desarrolló junto al pozo de Jacob, del patriarca Jacob, cuando el Señor, cansado del viaje desde Judea hacia Galilea, se sentó allí. Pero era necesario, por razones de brevedad del camino, pasar por Samaria. Era Judea–Samaria–Galilea. Como diríamos hoy, Peloponeso–Tesalia–Macedonia. Para que tengamos, así, una imagen. Galilea era una provincia del norte.

Los discípulos habían ido a la ciudad para comprar alimentos. El Señor los esperaba allí, junto al pozo de Jacob. En ese intervalo llegó una mujer samaritana, es decir, originaria de la ciudad de Samaria. Y entonces se desarrolló este maravilloso diálogo, cuyo objeto, el tema principal, era acerca de Dios y del Mesías. Ella, asombrada por los logos del Señor, corre a la ciudad para anunciar a sus compatriotas acerca del Mesías. Dice: «¿No será este el Mesías?». Mientras tanto, regresaron los discípulos de la ciudad y prepararon una comida sencilla.

Pero el Señor, que esperaba a la Samaritana -esperaba que regresara con sus compatriotas- responde a los discípulos que le decían que comiera: «32 Él les dijo: «Yo tengo una comida que vosotros no sabéis ni la habéis visto». 34 Jesús les dijo: «Mi alimento es hacer la voluntad de aquel que me envió, y que acabe la obra, es decir, la σωτηρία sotiría redención, sanación y salvación del hombre. 35 ¿No decís vosotros que aún faltan cuatro meses para la siega? Pues yo os digo: «Alzad vuestros ojos y ved los campos ya dorados para la siega. [35. «¿No decís vosotros que aún faltan cuatro meses para la siega? Pues yo os digo que también existe la siega espiritual, en la que el logos de Dios puede fructificar en tiempo muy breve. Y para que os convenzáis, pues, alzad vuestros ojos y ved la multitud de samaritanos que están viniendo; además, de los otros pueblos que están listos para venir. Estos son como los campos de personas lógicas, en los cuales aún no se ha sembrado el logos de la verdad, pero que están dorados y preparados ya para la siega. Así también en todas partes del mundo las psiques-almas de los hombres ahora están maduras para recibir la σωτηρία sotiría es decir, la auténtica psicoterapia, terapia, redención y salvación»] (Jn 3: 32, 34-35)

Es decir, en otras palabras, ¿cuál era el alimento del Señor Jesús, del que dijo: «Yo tengo para comer»?
Era la salvación de los hombres. Ese era el principal propósito de Jesús Cristo; y, de hecho, para eso vino al mundo. Como también dice el Οίκος íkos de la fiesta —es un… para decirlo sencillamente, un canto-tropario que escuchamos en el Oficio de Maitines y que se llama íkos, este tropario particular y dice: «Vino buscando Su propia imagen».
Porque el ser humano es imagen del Logos de Dios. Con exactitud, el hombre no es imagen de Dios en general, sino imagen del Logos de Dios encarnado, aunque esta forma de decirlo parezca un poco anticipada en el tiempo, ya que Adán existió antes de la Encarnación del Hijo. Pero Jesús Cristo, en su naturaleza humana, es imagen del Padre celestial. Por lo tanto, el hombre es imagen de una imagen. Esto lo dice de manera muy bella san Ireneo de Lyon.

«Vino, pues, buscando su imagen», al hombre.
Más específicamente, dice un kekragario (tropario himno) del Oficio de Maitines. Tienen una posición y significado especial, por eso reciben nombres específicos: «Junto al manantial se presentó la Fuente de los milagros, a la hora sexta, para capturar el fruto de Eva».
Dice: La Fuente (Cristo) vino y se sentó junto al manantial; porque Cristo es la fuente de la vida. Y vino allí, donde está la fuente de los milagros, al manantial de Jacob, para sentarse al mediodía, a la hora sexta. ¿Quién?
A capturar el fruto de Eva.
El verbo zogréo (ζωγρέω) significa literalmente “pescar vivo”, atrapar. Pero aquí significa recoger el fruto de Eva. ¿Y quién era ese fruto de Eva? La mujer samaritana. Vino allí precisamente para recoger el fruto de Eva.
¡Qué hermosa es la himnografía y cuán precisa en su lenguaje! Por eso, queridos míos, la usamos tantas veces.

Nos conmueve especialmente el logos del Señor que dijo a Sus discípulos: «Levantad vuestros ojos y contemplad los campos, que ya están blancos para la siega».
Es decir: «Levantad los ojos para ver, mirad los campos, porque se han emblanquecido, se han secado, están listos para la cosecha». Y, naturalmente, se refería a los campos espirituales, a las personas. El Señor quería subrayar las necesidades espirituales de cada época, las cuales deben ser comprendidas.
Es una imagen hermosa la de esas espigas blanqueadas, que esperan la cosecha. Es decir, esperan el Evangelio, esperan que los hombres maduren espiritualmente.

¿Y cuáles son esas necesidades? Queridos míos, dos fundamentales y básicas. Todo lo demás viene después.
Primero: el conocimiento del Dios verdadero y del Mesías.
Segundo: la adoración del Dios verdadero.
Podríamos expresarlo de la siguiente manera —y muchas veces uso esta estructura, no importa si la repito:
Son tres elementos: Dios, yo (el ser humano) y el medio por el cual me acerco a Dios.

Así: yo soy el sujeto —no les estoy haciendo una clase de gramática; yo soy el sujeto. El Dios es el objeto. Y la relación que tengo con Dios es el modo en que me acerco a Él. O si se quiere, también el modo en que Él se acerca a mí. Como dice la Escritura: «Inclinó los cielos y descendió». Él viene, y yo voy, y nos encontramos.

De este modo, el conocimiento de Dios tiene una importancia fundamental. Por supuesto.
Pero también el camino es esencial. Ese camino es el Mesías. El Mesías es el Camino. Jesús Cristo dijo: «YoSoY el Camino». ¿El camino hacia dónde? Hacia el Padre. Y luego, una vez que conozco el Camino —retened esto, les diré algo al final— y también conozco al Padre, o sea, a Dios en general, entonces no me queda otra cosa más que adorarlo. Porque ese es el propósito de ese conocimiento.

Pero veamos esto más de cerca: el conocimiento del verdadero Dios y del Mesías. En verdad, el diálogo que se desarrolló con la mujer samaritana tenía como propósito la αποκάλυψις apokálipsis revelación del verdadero Dios.
Los samaritanos eran, en cierto modo, casi idólatras. Y esto, debido a una desgracia histórica. No tenían un conocimiento claro y preciso de Dios. Esta desgracia histórica fue, como ya les dije, que toda la región de Israel era una sola provincia. En concreto, en la parte norte vivían las diez tribus. Y debido a esa desgracia histórica, fueron conquistados por enemigos, fueron trasladados a otros lugares. Algo parecido a lo que ocurre hoy en el norte de Chipre: expulsamos de allí a los habitantes griegos y colonizamos con turcos.

Este tipo de cosa, este cambio de población, trae consecuencias terribles. Es una táctica antigua.
Y la usan generalmente los bárbaros. Sí. Los civilizados nunca recurren a este método.
Por eso les digo, fue una verdadera desgracia histórica para ellos.

En esa alteración de la población, olvidaron al verdadero Dios. Se mezclaron con quienes habían llegado desde otras regiones, desde otros países, y casi —no del todo—, casi se convirtieron en idólatras.
Y lo mismo sucede hoy, como pueden ver, lamentablemente, en nuestra época (y en Europa con los OTAN_NAZI que bombardean pueblos Cristianos Ortodoxos; véase Serbia y ahora quieren lo mismo con Rusia).

Por lo tanto, el conocimiento del verdadero Dios está terriblemente ausente, tanto entonces como hoy, entre nuestros cristianos. Sí. ¡Está ausente!

El ateísmo no acepta en absoluto la existencia de Dios.
El panteísmo (tododios), ese que identifica a Dios con la naturaleza o diviniza la naturaleza. El panteísmo confunde a Dios con la naturaleza. Es decir, idolatría.

El deísmo deísmo, con delta- acepta la existencia de un Dios trascendente, pero indiferente respecto a la creación. Dice: “Dios hizo el mundo, pero ya no le interesa nada más. Se encuentra en su propia bienaventuranza. ¿Y qué?”. Lo decimos. Sin darnos cuenta, somos deístas. “¿Qué, Dios se va a ocupar de nosotros, tan pequeños? ¿Su majestad divina se interesará por nosotros?”. Eso es deísmo. Es una concepción deísta. Atención, con delta: deísta.

El politeísmo, además, considera divinas las fuerzas de la naturaleza.
Decimos: “¡Qué cosas tan hermosas crea la naturaleza! ¡Qué cosas crea el sol!”. ¿El sol crea? El sol es una creación. Simplemente todo está dentro del plan de la Creación, tal como Dios lo quiso.

En todo caso, la ignorancia más trágica del ser humano después de la caída de los Protoplastos, primeros en ser creados, (Adán y Eva) es la ignorancia de Dios. Es el primer síntoma. Adán y Eva conocían a Dios. Sus hijos conocían a Dios. Los posteriores y posteriores olvidaban a Dios. Pero con el tiempo, lo olvidaron. Y lo perdieron de su horizonte visual. Lo único que tenían ante sus ojos era la φύσις fisis naturaleza: “La φύσις naturaleza, el sol, todas estas cosas me vivifican, me dan vida. ¡Así que este es mi dios!” Inmediatamente, los hombres cayeron en la idolatría. Es el primer síntoma de la caída: la idolatría, que se debe a la ignorancia —subrayo la palabra ignorancia— del verdadero Dios.

Por supuesto, esta ignorancia de Dios generaba también ignorancia sobre la verdadera naturaleza del ser humano. El hombre perdió el conocimiento de sí mismo. Así vemos en todos los sistemas filosóficos la gran pregunta: «¿Quién soy? ¿Yo, quién soy? No lo sé…»

«El hombre, ese misterio, ese desconocido», escribía Alexis Carrel, un francés. Escribió un libro titulado: «El hombre, ese desconocido».

Desconocido. Incluso aquello que vemos de la naturaleza humana es un misterio. Es decir, su organismo. ¡Cuánto más aún lo es su destino!

Así, desde el momento en que el hombre pierde a Dios, se pierde también a sí mismo. Pierde el conocimiento de Dios y, al mismo tiempo, pierde el conocimiento de su propio ser. Porque si decimos que el ser humano es imagen de Dios… ¿de qué Dios?

¡Si he perdido a Dios! Entonces, he perdido también mi propio ser, que soy imagen de Dios.

Por eso, el οίκος (ikos: canto) de la jornada -como os mencioné antes, el íkos del día- lo dice maravillosamente: El Logos de Dios «vino buscando Su propia imagen». Vino en busca de Su imagen, del hombre.

¿Y qué le dice ahora Jesús a la Samaritana?

«Dios es Espíritu». Y así como Dios se reveló a Moisés y le dijo, cuando Moisés le preguntó frente a la zarza ardiente: «¿Qué les diré a los hebreos cuando vaya a Egipto, donde Tú me envías? ¿Qué Dios me envía? ¿Cuál es Tu nombre?»

Y Dios respondió -¿sabéis Quién hablaba allí desde la zarza?- Era el Logos increado de Dios quien hablaba. Subrayadlo bien: No era Dios Padre, era el Logos increado de Dios. También en el Sinaí no era el Padre, sino el Logos de Dios, el que más tarde se encarnó.

¿Y qué responde, pues, el Señor?

«YoSoY el Ser (existente, existencia) Ἐγώ εἰμι ὁ ὤν egó imí el ón) ».

Eso dirás; (ὤν ón, es un participio del verbo «ser» (εἰμί).

Aquí tenemos una primera y gran aproximación a Dios: Dios es espíritu. Es decir, es un Dios trascendente. Está más allá de la creación.

Eso significa trascendente: no se confunde ni se identifica con la materia, ni con el mundo, ni con sus fuerzas. Es increado. Está completamente fuera de su creación. Por eso, incluso la palabra “Dios” es insuficiente.

Debo deciros que San Juan Damasceno se refiere muy a menudo a este asunto: que incluso la palabra “Dios” es inadecuada, porque también al dios Zeus lo llamaban “dios”, e incluso a la naturaleza la llaman “dios”.

Entonces, ¿qué es Dios? ¿Cómo Lo llamamos? Por eso, Lo llamamos “Hiper-Dios” (Ὑπέρθεος ipérzeos). Muy a menudo encontramos esta expresión: “Ὑπέρθεος ipérzeos”. Especialmente en las oraciones de la fiesta de la Teofanía: «¡Ὑπέρθεε ipérzee!»

¿Qué quiere decir “Ὑπέρθεε”? Es como decir: “Señor, no sabemos qué palabra usar, y usamos la palabra ‘Dios’”.

Pero como esa palabra ya está tan desgastada, decimos: “Eres más allá incluso de lo que entendemos como “Dios”’.

También Lo llamamos “ὑπερούσιον iperúsio”, es decir, “supraesencial”. Decimos “la esencia de Dios”, aunque por supuesto no tiene ninguna relación con la creación. Pero ¿cómo lo vamos a expresar? ¿Cómo vamos a denominarlo? Tenemos una incapacidad humana de expresión, de conocimiento, tenemos limitaciones.

Y así, colocamos este “«υπέρ hipér» delante y decimos: “¡Ὑπερούσιε iperúsie! Eres superior a todas las esencias, concebibles o inconcebibles”.

Todo esto muestra que Dios existe, es el ὢν ón, el que existe verdaderamente. Existe eternamente. Porque dice: “No fui, ni seré: Yo existo”. Y existe en el pasado, en el presente y en el futuro.

Por consiguiente, no tiene principio, es ἄναρχος (ánarjos: sin principio), eterno.

Venid ahora a comprender lo que significa “sin principio … y además: infinito.

Dios es también un ser personal. Cuando utiliza el participio del verbo εἰμί imí soy, ¿qué significa εἰμί?

Significa: “yo existo”.

¿Y qué significa «ἐγώ egó yo»?

Muchísimas veces encontramos esta frase en el Antiguo Testamento. Cientos de veces: «YoSoY el Señor, tu Dios» (Ἐγώ εἰμί Κύριος ὁ Θεός σου), «YoSoY» (Ἐγώ εἰμί). El «yo ἐγώ» expresa persona, el ««εἰμί soy» expresa ser (existencia). Por lo tanto, es una existencia personal.

Cosas muy importantes, queridos míos. Basta con ver cuán profundamente estaba hundida la antigüedad en esa ignorancia.

Así pues, Dios es un ser con autoconciencia.

Muy simple, muy sencillo, pero poderoso y esencialmente claro,

esta verdad la revela-apokalipta la Sagrada Escritura de la siguiente manera: «¿El que plantó el oído, no oye? ¿Y el que formó el ojo, no ve?» Aquel que ha hecho miles de millones de oídos, no solo en los humanos, también en los animales, ¿Él no oye? Aquel que formó los ojos… (os lo he dicho muchas veces, lo sabéis, queridos míos: la mosca, la abeja… ¡tienen seis mil ojos!, porque tienen dos grandes ojos compuestos)… ¿Aquel que hizo los ojos, no ve? Pero si oye y ve, significa que tiene autoconciencia.

«YoSoY el Ser»  (el que existe, existente Ἐγώ εἰμί ὁ ὢν). Un Dios. Uno solo. Solo un Dios. Y la última αποκάλυψις (apokálipsis: revelación fue hecha por Jesús Cristo, quien dijo: «Te he revelado-apokalitado Tu Nombre a los hombres», etc.

“He revelado-apokaliptado Tu Nombre a los hombres”.

¿Cuál nombre?

No en plural, sino en singular, porque Dios es Uno, como concluye el Evangelio según Mateo: «Bautizándolos en el nombre -no “en los nombres”- del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».

Esta es la αποκάλυψις apokálipsis completa y final, tanto en la historia como en la eternidad.

Esta, pues, es la verdad sobre Dios. Fuera de la Sagrada Escritura, hay una profunda oscuridad sobre Dios. Mirad a nuestros antepasados, a nuestros sabios antepasados, los helenos-griegos, que se supone eran refinados en mente… echad un vistazo a la teología idolátrica, para ver lo que creían.

Sí… ¡cosas terriblemente absurdas!

Con razón dijo Pascal: «Hoy creemos en un dios filosófico» (la mayoría de los cristianos hoy, en efecto, creen en un dios filosófico), «un dios que moldeamos nosotros mismos» -dice Pascal- «y no en un Dios revelado-apokaliptado». No debes imaginarlo. No debes fabricarlo. Sino que se te revelará. Y se ha revelado en la persona de Jesús Cristo.

Desgraciadamente, cuántos cristianos hoy no creen en Jesús Cristo,

y permanecen en la oscuridad del desconocimiento de Dios. Y lo extraño es que nos resistimos al Dios que se revela-apokalipta, y nos empeñamos en crear nuestro propio dios imaginario.

Todavía hace unos días se escuchó por la radio, decía alguien -un político: «Y ese dios, que cada uno crea según quiera creerlo». “Como cada uno quiera creer en él”…

El primer síntoma del pecado original fue la ignorancia de Dios. Y el primer síntoma de la salvación es el conocimiento-gnosis verdadero de Dios.

Un segundo misterio es el conocimiento del Mesías, del rostro, persona de Jesús Cristo, del Dios hecho hombre.
Es el conocimiento, vuelvo a decir, del Logos increado de Dios, que se hace hombre.

¿Y por qué se hace hombre?

Escribe san Cirilo de Jerusalén: «¿Acaso el Hijo de Dios descendió del cielo en vano, o fue para sanar una herida tan grande y grave?»
Cuál es esa herida? La ignorancia de Dios. «¿Acaso vino el Hijo en vano, para que el Padre fuera conocido?» «¿Comprendiste lo que motivó que el Unigénito descendiera del trono a la derecha del Padre?» «Se había despreciado al Padre, y era necesario que el Hijo corrigiera esa desviación». El Hijo debía corregir el desprecio que nosotros, las criaturas, le habíamos manifestado al Padre Dios.

«Era necesario que Aquel por quien todo fue hecho —el Señor de todas las cosas— trajera todas las cosas nuevamente a Él.» «Era necesario sanar la herida. Porque, ¿qué enfermedad puede haber peor que esta? ¿Adorar una piedra en lugar del verdadero Dios?»

Y ahora, la samaritana, queridos míos, dice al Señor: «Sé —cuando se abrió el diálogo— que viene el Mesías, el que es llamado Cristo»
(Mesías es en hebreo, Cristo en heléniko. El ungido/crismado, el designado por Dios). «Cuando Él venga, nos lo revelará todo» (Todo eso de lo que estamos conversando ahora, dice ella, Él nos lo explicará).

¿De dónde lo sabía la samaritana? De Moisés. Del Pentateuco.

Aprovecho para deciros que los samaritanos aceptaban solo los cinco primeros libros del Antiguo Testamento. Todos los demás —profetas, libros históricos, etc.— los rechazaban. Por eso el Señor, donde les habló, les habló desde el Pentateuco. Por esa razón.

Y ciertamente esta mujer tenía un conocimiento ortodoxo, correcto, aunque incompleto, del Mesías que se esperaba. Por eso el Señor le responde: «Yo soy, el que te habla». «YoSoY», el Mesías. He venido. YoSoY.

Queridos míos, no se podría dar una respuesta más conmovedora.

¿Quién estaba frente a ella?
El Dios Logos encarnado. El Mesías.

La mujer quedó asombrada.
¡El mismo que habló en el Sinaí!
El Santo de Israel. El Señor. ¡Él mismo!

«Y nadie conoce al Padre si no conoce al Hijo». «Nadie va al Padre sino por el Hijo». «Y el que niega al Hijo, también niega al Padre».

Y es ateo, según el sentido que da la Sagrada Escritura. Lo dice claramente el evangelista Juan: «El que no tiene al Hijo, tampoco tiene al Padre». Y el conocimiento del verdadero Dios y de Su naturaleza nos da la primera fase de nuestra salvación.

¿Y cuál es la segunda fase?
La adoración: «Y los que le adoran, deben adorarlo en Espíritu y en Verdad».(Con E mayúscula en Espíritu y con V mayúscula en Verdad).

¿Qué significa esto?

Primero, está la adoración. Luego, la adoración es culto. Una cosa es hacer mi oración y otra encender una vela o mi lámpara de aceite. Eso es culto. Una cosa es venir aquí a orar, y otra muy distinta celebrar el Misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía. Eso es culto. La oración es una cosa. El culto, otra. Y el culto es la aceptación de Dios, la humildad ante Él,
el conocimiento de Quién es Dios y quién es el hombre. Es la ofrenda de la fe, es la ofrenda del amor.

Y todo esto, tanto externamente, con gestos, como internamente. Una cosa no anula a la otra. Ni una complementa a la otra. Ambas se ofrecen simultáneamente: el interior y el exterior.

El Señor, por supuesto, enfatiza el culto interior. No porque quisiera descartar el culto exterior, sino porque los judíos se habían quedado solo en el culto exterior.
Y los samaritanos también se quedaron en el culto exterior. Eso era todo.

Pero los Santos Padres ven algo aún más profundo, y prestad atención:
La adoración del Padre se realiza “en Espíritu”. Dice: «El Padre es adorado en Espíritu y en Verdad».
Como ya os dije, con «E» mayúscula, en Espíritu. No solo con el espíritu humano, sino con el Espíritu Santo.

Y también dice: «y en Verdad», con «V» mayúscula.
¿Y quién es la Verdad?
Es Cristo. El Cristo dijo: «Yo soy la Verdad».

Por lo tanto, el Padre es adorado por medio de la Tercera y de la Segunda Persona de la Santa Trinidad.
Eso significa «en Espíritu y en Verdad debe ser adorado».

Y si queremos extender aún más esto, como lo hace la Sagrada Escritura, el Nuevo Testamento: Nadie puede confesar a Jesús como «Señor» sino por el Espíritu Santo. Y nadie puede venir al Padre sino por el Hijo. Es decir, la adoración abarca a las tres Personas de la Santa Trinidad, en la relación que hemos mencionado.

Queridos míos, esta es la realidad.
Así, estos dos inmensos temas:

  • El conocimiento del verdadero Dios y del Mesías,
  • y mi relación con Dios, es decir, la adoración,

constituyen los grandes capítulos de nuestra fe,
que -si queréis así- dan sentido y valor a mi propia existencia.

Porque desde el momento en que conozco Quién es Dios, conozco también quién soy yo.

PARA LA GLORIA DEL TRINO Y SANTO DIOS,
y con inmensa gratitud a nuestro guía espiritual,
el venerable y bienaventurado padre Atanasio de Mitileneo,

Digitalización y edición de la transcripción: Eleni Linardaki, filóloga.

Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai _kyriakvn/omiliai_kyriakvn_137.mp3

Traducido por: χΧ jJ  https://logosortodoxo.es/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DOMINGO DE LA SAMARITANA

DOMINGO DE LA SAMARITANA

Diálogo con la Samaritana 4:1-30.

4:1 Cuando Jesús se enteró de que había llegado a oídos de los fariseos que él hacía más discípulos y bautizaba más que Juan,

2 aunque el mismo Jesús no bautizaba, sino sus discípulos,

3 abandonó Judea y partió de nuevo hacia Galilea.

4 Tenía que pasar por Samaria.

5 Llega, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca a la heredad que Jacob dio a su hijo José.

6 Y allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino se sentó sin más al pozo; era como la ora sexta, (cerca las doce del mediodía).

7 Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dijo: «Dame de beber.»

8 Porque sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar comida.

9 La samaritana le dijo: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? Dijo esto, porque los judíos odiaban a los samaritanos y no querían tener ningún trato con ellos”.

10 Respondió Jesús y le dijo: «si conocieras el regalo o donación que da Dios a los hombres, y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le pedirías y él te daría a ti agua viva». (Es decir, le daría la energía increada Jaris-gracia  del Espíritu Santo que es el agua de fuente increada e inagotable, que como agua espiritual hace la catarsis, consuela, refresca, psicoterapia, ilumina y vivifica las psiques-almas, haciéndolas brotar y fructificar las virtudes y las obras buenas, más los frutos espirituales del Espíritu Santo.)

11 La mujer le dijo: Señor, si no tienes con qué sacar el agua, y el pozo está hondo; ¿de dónde, pues, te viene y tienes esa agua viva?

12 ¿Acaso, eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebió él mismo, sus hijos y sus ganados?

13 Respondió Jesús y le dijo: «Quien bebe de esta agua volverá a tener sed;

14 pero, el que beba del agua que yo le dé, no tendrá jamás sed, además, el agua que yo le daré se convertirá en agua manantial espiritual de fuente inagotable que siempre brotará regalándole vida eterna».

15 Le dijo la mujer: “Señor dame de esta agua para que no sienta más sed ni tenga que venir aquí a sacarla”.

16 Jesús le dijo la mujer: «Anda, llama a tu marido y vuelve aquí con él».

17 Respondió la mujer y dijo: “No tengo marido”. Le dijo Jesús: «Bien has dicho que no tienes marido,

18 porque cinco tuviste, y al que tienes ahora no es tu marido legal; en esto has dicho la verdad».

19 La mujer le dijo: “Señor, de todo lo que me has revelado, veo y considero que tú eres profeta. (Y aprovecharé la ocasión para preguntarte sobre un asunto religioso serio).

20 Nuestros padres adoraron a Dios en este monte. Pero vosotros los judíos decís que es Jerusalén el sitio donde hay que adorar a Dios”, ¿tú como profeta que dices sobre esto?

21 Jesús le dijo: «Mujer, créeme que está llegando la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre.

22 Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.

  1. «Vosotros los Samaritanos habéis rechazado la mayoría de los libros del Antiguo Testamento y adoráis lo que muy poco conocéis. Los judíos adoramos lo que conocemos mejor que vosotros y los demás pueblos. Porque el Mesías quien dará la sotiría redención, sanación y salvación de todos los pueblos proviene de los judío».

23 Pero llega la hora, y en ella estamos, en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así son los adoradores que el Padre quiere.

  1. «Pero viene la hora, y ya estamos en ella, en que los auténticos y verdaderos adoradores venerarán y harán culto lógico al Padre en espíritu y en verdad. No un culto típico y simbólico, sino con el nus (el espíritu del corazón de la psique) iluminado y el corazón psicosomático psicoterapiado, limpio y purificado, así quiere el Padre que sean los adoradores».

24 Dios es espíritu y los que le adoran han de hacerlo en espíritu y en verdad».

  1. «Porque Dios es espíritu omnipresente y perfectísimo, por eso ilimitado, no se limita en lugares. Y aquellos que le adoran deben de hacerlo con toda fuerza y energía de su voluntad, con toda su psique, con todo su corazón y mente/intelecto, y con verdadera gnosis iluminada de Él, y con el culto que Le merece».

25 Le dijo la mujer: “Yo sé que vendrá el Mesías, que en helénico/griego se llama Cristo; y cuando él venga nos enseñará y nos aclarará todo.

26 Le dijo Jesús: «YoSoY, el que habla contigo».

27 En esto llegaron los discípulos y se maravillaron de que hablaba con una mujer. Pero ninguno se atrevió a decirle: “qué le estaba preguntando o por qué estaba hablando con ella”. Cosa que prohibían hacer en un lugar público los rabinos de los judíos.

28 Entonces la mujer muy emocionada dejó su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente:

29 “Venid a ver a un hombre que me ha adivinado todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?”

30 Entonces los samaritanos salieron de la cuidad y venían hacia donde estaba Jesús.

Diálogo con sus discípulos 4:31-38.

31 Entre tanto los discípulos le insistían diciendo: “Maestro come”.

32 Él les dijo: «Yo tengo una comida que vosotros no sabéis ni la habéis visto».

33 Entonces los discípulos, como no habían captado el significado de los logos del Señor, se decían unos a otros: “A lo mejor las horas que hemos faltado, alguien le habrá dado de comer”.

34 Jesús les dijo: «Mi alimento es hacer la voluntad de aquel que me envió, y que acabe la obra, es decir, la σωτηρία sotiría redención, sanación y salvación del hombre.

35 ¿No decís vosotros que aún faltan cuatro meses para la siega? Pues yo os digo: «Alzad vuestros ojos y ved los campos ya dorados para la siega.

  1. «¿No decís vosotros que aún faltan cuatro meses para la siega? Pues yo os digo que también existe la siega espiritual, en la que el logos de Dios puede fructificar en tiempo muy breve. Y para que os convenzáis, pues, alzad vuestros ojos y ved la multitud de samaritanos que están viniendo; además, de los otros pueblos que están listos para venir. Estos son como los campos de personas lógicas, en los cuales aún no se ha sembrado el logos de la verdad, pero que están dorados y preparados ya para la siega. Así también en todas partes del mundo las psiques-almas de los hombres ahora están maduras para recibir la σωτηρία sotiría es decir, la auténtica psicoterapia, terapia, redención y salvación».

36 Y el que siega en este campo recibe salario, se alegra y goza porque recoge fruto para la vida eterna, de modo que el sembrador se alegra y goza igual que el segador.

  1. «Y el que siega en este campo espiritual, recibe su salario por el Señor y se alegra viendo su cosecha espiritual no sólo ahora aquí sino también en la vida futura, la eterna. Porque está llamando y reuniendo hombres para la vida eterna. Así también por la siembra espiritual que se hace ahora, yo el sembrador me alegro junto con vosotros que segaréis».

37 En este caso se cumple aquel proverbio: “Uno es el que siembra y otro el que siega”. Yo he sembrado y vosotros mis descendientes segaréis.

38 Yo os he enviado a segar lo que no habéis trabajado; otros labraron, yo y los profetas antes que yo y vosotros os beneficiaréis de su trabajo».

  1. «Yo, el Señor del campo, os he mandado a segar lo que vosotros no habéis labrado; otros han labrado y sembrado, es decir, yo y los profetas, y vosotros entrasteis en sus labores para segar lo que no habéis sembrado».

La fe y conversión de los samaritanos 4:39-42.

39 Muchos de los Samaritanos de aquella ciudad creyeron en él, por el testimonio de la mujer, que decía: “Me ha adivinado todo lo que he hecho”.

40 Entonces cuando llegaron los Samaritanos donde él, le rogaron que se quedase con ellos en su ciudad para siempre; y se quedó allí dos días,

41 y muchos más creyeron al escuchar sus logos.

  1. «Y por las enseñanzas de sus logos que él mismo les instruyó, durante estos dos días, creyeron muchos más de los que habían venido al pozo rogándole que se quedara en su ciudad».

42 Entonces dijeron a la mujer: “Ya no creemos por las palabras que tú nos has dicho. Porque nosotros mismos hemos visto y escuchado, por lo tanto, estamos convencidos de que él es realmente el Sanador, Redentor y Salvador del mundo, el esperado Mesías, el Cristo.

 

Domingo de la Samaritana

Metropólita Serafín de las Islas de Kizira

«EL AGUA VIVA»


«…pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá jamás sed. Además, el agua que yo le daré se convertirá en un manantial espiritual, una fuente inagotable que brotará continuamente, otorgándole vida eterna …
τό ὕδωρ ὅ δώσω αὐτῷ, γενήσεται ἐν αὐτῷ πηγή ὕδατος ἁλλομένου εἰς ζωήν αἰώνιον» (Juan 4,14)

Queridos hermanos:

Estamos en el quinto domingo después de la Santa Pascua, conocido como el Domingo de la Samaritana.

El domingo pasado, la lectura evangélica nos habló del acercamiento lleno de amor y del don de la curación física otorgado al paralítico crónico por el gran y divino Médico, el Θεάνθρωπος (Dios-Hombre).

Hoy, el Santo Evangelio nos presenta el encuentro del Médico y Salvador Cristo con la Samaritana, junto al pozo de Jacob. A ella, nuestro Señor filántropo, tras un diálogo sanador y revelador sobre el “agua viva”, el “verdadero culto divino”, y la “apocálipsis” (revelación) de su identidad como Mesías, le otorgó la sanación espiritual y el verdadero conocimiento de Dios (teognosía).

Cristo pidió a la Samaritana agua natural -la que sacia la sed física del ser humano- para iniciar el diálogo con ella. Y, ante su duda, le dijo que, si conociera la donación del Espíritu Santo y al que le hablaba, ella misma le habría pedido y habría recibido el agua viva: el agua inagotable de la Jaris (gracia, energía increada) del Espíritu Santo. Esta agua espiritual limpia, refresca, consuela, sana y vivifica las psiques-almas.

Literalmente, “agua viva” es el agua de una fuente que fluye, no aquella que se encuentra estancada en un depósito o pozo. Es agua que no permanece quieta. Como dice un intérprete eclesiástico: no es como las aguas de ciénagas o pozos, que desprenden hedor, están corrompidas o podridas, sino agua viva: es decir, aquella que brota, salta y está en continuo movimiento.

“Agua viva” es también un símbolo de la vida eterna, de la psicoterapia, la sanación y la salvación, como plena satisfacción de todos los anhelos y necesidades del corazón. Es también “el agua manantial de la divina enseñanza”.

Por un lado, es agua que limpia la suciedad del pecado, apaga la llama de los pazos y sana la sequedad de la incredulidad y la esterilidad espiritual. Por otro lado, es agua viva porque es imparable y está en movimiento perpetuo.

San Cirilo de Alejandría dice que “agua viva” se llama la dación vivificante del Espíritu Santo, con la que la humanidad -ya seca y estéril de toda virtud- bebe la jaris (gracia, energía increada) vivificante, con la cual se adorna con múltiples y buenas ideas de los bienes celestiales.

Según Teofilacto, otro intérprete eclesiástico, se llama también “agua viva” porque la jaris del Espíritu Santo convierte la psique-alma en un movimiento continuo hacia el bien y le regala ascensiones espirituales.

Cuando la Samaritana, después de la revelación de su pasado pecaminoso hecha por Cristo, se convenció de que no tenía delante a un hombre cualquiera, sino a un profeta, le pidió que resolviera la diferencia entre samaritanos y judíos respecto a la manera correcta de rendir culto a Dios. Entonces, el Divino Maestro le reveló la gran verdad sanadora y salvadora sobre la manera del Culto Divino, al decir: «Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad» (Jn 4,24).

Dios es espíritu, porque es Νούς (Nus) infinito, increado y eterno. Es un Ser lógico, incorpóreo, invisible e incorruptible. Es más fácil afirmar lo que Dios no es (teología apofática) que definir lo que Dios es (teología catafática). Es Espíritu: no tiene cuerpo, ni huesos, ni carne. ¿Pero quién conoce los caminos del Espíritu de Dios?

San Juan Crisóstomo aconseja que nuestro culto al Dios incorpóreo debe ser ofrecido a través de aquello incorpóreo que hay en nosotros, es decir, con el alma (psique), y con la limpieza, pureza y claridad del νούς (nus: espíritu de la psique-alma) No sacrifiques, pues, ovejas y terneros, sino que con todo vuestro ser haced un sacrificio vivo: crucificad vuestros egoísmos y rechazad y degollad los deseos animales carnales.

El culto a Dios, que es Espíritu, exige ante todo la participación de la naturaleza más interior del ser humano, aquella que ha sido liberada de todo impedimento. Es allí, en lo profundo del corazón, donde tiene lugar la αποκάλυψις apocalipsis revelación de Dios, ya sea a través del culto interior o mediante el culto exterior ofrecido por el cuerpo.

El culto exterior debe estar íntimamente unido al culto que se realiza en el altar interior del corazón, siendo su expresión visible. Porque el verdadero culto implica la entrega total de nuestra naturaleza a Dios. Es el despertar de nuestra conciencia a Su santidad, la saciedad de nuestra διάνοια (diania: mente, intelecto) en Su verdad, la catarsis de nuestra fantasía en Su belleza, la apertura de nuestro corazón a Su agapi (amor incondicional), y la apacibilidad de nuestra voluntad a Sus divinas voluntades.

Es el agua viva -Cristo mismo, Su Santísimo Espíritu y el Culto Divino- lo que apaga nuestra sed, alivia nuestra ansiedad, nos fortalece y nos estimula en la lucha espiritual de la vida.

Por medio de la Jaris (gracia, energía increada) y la fuerza de los Santos Misterios, somos alimentados, vivificados y santificados.

Esto mismo ocurrió con la Samaritana, quien antes era una mujer mundana y extraviada. Sin embargo, cuando conoció a Cristo y dialogó con Él, se volvió hacia el alimento espiritual de la enseñanza divina. Su vida fue transformada radicalmente mediante la verdadera μετάνοια (metania: conversión, introspección, arrepentimiento y confesión) y se convirtió en predicadora de las verdades divinas, dando testimonio de fe y martirio junto con sus hermanas e hijos.

¡Ojalá tengamos sus santas intercesiones!

† Metropolita Serafín de la isla de Kízira

 

Domingo de la Samaritana

Páter Georgios Dorbarakis

«Entonces dijeron a la mujer: Ya no creemos por las palabras que tú nos has dicho. Porque nosotros mismos hemos visto y escuchado, por lo tanto, estamos convencidos de que él es realmente el Sanador, Redentor y Salvador del mundo, el esperado Mesías, el Cristo» (Jn 4,42).

El Señor, en el Evangelio de hoy, se encuentra con una mujer samaritana junto al pozo de Jacob. Y, aunque el relato no parece centrarse en un tema puramente “moral” -pues la mujer había tenido cinco maridos y vivía con un hombre que no era su esposo-, en realidad Cristo le revela verdades fundamentales acerca de Dios y sobre la manera en que se debe venerarlo y adorarlo.

Evidentemente, el Señor valora más su búsqueda sincera que su estado moral actual. Él ejerce una forma de control espiritual indirecto, pero eficaz, como se manifiesta en las preguntas que ella le formula apenas se da cuenta de que está hablando con un profeta.

Tal es la conmoción que experimenta por lo que el Señor le revela (apocalipta) -sobre su vida personal, sobre Dios y, sobre todo, sobre la identidad mesiánica de Cristo- que corre a compartir su testimonio con sus compatriotas en Samaria. Y estos, confiando en la veracidad de su palabra, acuden a Jesús. Aquel mismo Jesús a quien, tiempo atrás, habían rechazado junto a sus discípulos, negándose a recibirle. Pero ahora se acercan, le escuchan y le ruegan que se quede con ellos.

Y a aquella mujer, quien, en esencia, los condujo hasta Cristo, y que más tarde sería conocida como Santa Φωτεινή Fotiní la Isapóstolos (la Iuminada o Luminosa , igual que un apóstol), le dicen: “Ya no creemos solamente por lo que tú nos dijiste; porque nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que Él es realmente el Sanador y Salvador del mundo, el Mesías, el Cristo” (cf. Jn 4,5–42).

Este es precisamente el proceso de la fe: uno llega a Cristo porque alguien cercano -un amigo, un familiar- le ha compartido una experiencia personal con Él.

En este caso, fue la exclamación de la Samaritana la que despertó el interés de sus compatriotas. Lo mismo sucedió con los primeros discípulos: después de su llamado por parte del Señor, sintieron inmediatamente la necesidad de llamar a otros. Así, el apóstol Andrés fue a buscar a su hermano Simón, quien más tarde sería llamado Pedro; del mismo modo, Felipe llamó a su amigo Natanael.

Incluso en la historia de la Iglesia, vemos que el primer anuncio de Cristo en muchas regiones no fue realizado por misioneros oficiales o clérigos, sino por simples fieles, personas comunes que, tras haber tenido un verdadero encuentro con Cristo, quisieron compartir la Χάρις (Jaris: gracia, energía increada) y la Χαρά Jará alegría recibidas.

No actuaron como “misioneros profesionales” ni como “mercaderes del Logos de Dios” (2 Cor 2,17), como dice el Apóstol Pablo, sino como almas que no podían contener la plenitud de su alegría, una explosión del corazón ardiente que deseaba decir a los demás que había encontrado el tesoro de su vida.

Εscribe san Juan en su primera.«1:1 El que desde siempre junto y en el principio ἦν (in) existía y siempre es, lo que hemos oído, lo que hemos visto y contemplado con nuestros ojos, lo que han palpado nuestras manos, acerca del Logos (causa) de la vida.

1 Sobre el Hijo y Logos increado de Dios, el cual existía junto y en el principio, era y es coeterno antes que cualquier creación espiritual y material y lo que hemos escuchado, más lo que hemos visto con nuestros ojos y hemos vuelto a contemplar muchas veces con nuestros ojos espirituales y físicos, y lo que palparon nuestras manos acerca del enhipostasiado-substanciado Logos increado, el Cual en su interior co-eternamente tiene la vida y transmite la vida.

  1. Y la vida se ha manifestado, la hemos visto, damos testimonio de ella y os anunciamos la vida eterna, que existía, estaba y está siempre junto al Padre y se nos ha manifestado.
  2. Y esta vida enhipostasiada-substanciada en persona ha tomado naturaleza humana y se ha manifestado entre nosotros y la hemos visto con nuestros ojos y damos testimonio oficialmente de ella; y os anunciamos la vida eterna que existía, estaba y está siempre junto al Padre y se ha revelado a nosotros los Apóstoles y a muchos más hombres.
  3. Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos para que mediante el Cristo estéis unidos con nosotros en κοινωνία kinonía conexión, comunión, unión y participación, como estamos nosotros en kinonía-comunión y unión cordial con el Padre y con su Hijo Jesús Cristo.
  4. Os escribimos todo esto para que nuestra alegría, que procede o emana de esta comunión con Dios y nosotros, sea plena y perfecta también en vosotros» (1Jn 1:1-4).

En realidad, el testimonio que alguien da sobre Cristo funciona como una llamada de parte de Dios para aquellos que escuchan. Se entiende como un llamamiento divino, pues Dios mismo utiliza como instrumento suyo al testigo. Tal como dijo el Señor a sus discípulos: «27 Y vosotros también daréis el buen testimonio, porque habéis estado desde el principio conmigo. [27. «Y vosotros también daréis el buen testimonio, porque estáis conmigo desde el principio de mi aparición pública, e iluminados por el Espíritu Santo entenderéis más profundamente y daréis testimonio de todo lo que yo hice y dije, predicando con claridad y certeza»] (Jn 15,27). En otras palabras, todo fiel que ha saboreado la dulzura de la presencia de Cristo en su vida se convierte en partícipe del testimonio del mismo Dios Padre, el cual comienza con Jesús mismo, el Primer Testigo de Dios: «Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para predicar y dar testimonio de la verdad. Y todo aquel que siente la disposición y el anhelo por la verdad, escucha, acepta y aplica los logos de mi enseñanza y así se convierte en copartícipe de mi realeza increada espiritual y celeste» (Jn 18,37). Este testimonio no se detiene en Él, sino que se extiende a todos los que creen en Él, como una cadena viva de fe. Porque, como también dijo el Señor: «Nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo atrae por su energía increada jaris-gracia, y yo lo resucitaré en el ésjato-último gran día del juicio.» (Jn 6,44).

Esto se ve claramente en el caso de la Samaritana. Aunque al inicio no comprendía del todo, fue convertida -a través de su experiencia personal- en instrumento de Dios para llamar a otros de su pueblo. Y no se quedó en eso: después de ser plenamente incorporada a Cristo por el santo Bautismo, se movió como misionera no sólo dentro de Samaria, sino también más allá de sus fronteras. Su camino en Cristo fue sellado con el martirio de su sangre durante la persecución de Nerón, poco después de la mitad del primer siglo. No sólo ella, sino también sus parientes e hijos ofrecieron sus vidas por la causa de Jesús Cristo.

En una primera etapa, los samaritanos creyeron gracias al testimonio verbal de la futura Santa Φωτεινή Fotiní, que significa “la Iuminada o Luminosa”.

Pero luego avanzaron a una segunda etapa más profunda: la experiencia personal: «Entonces dijeron a la mujer: Ya no creemos por las palabras que tú nos has dicho. Porque nosotros mismos hemos visto y escuchado, por lo tanto, estamos convencidos de que él es realmente el Sanador, Redentor y Salvador del mundo, el esperado Mesías, el Cristo» (cf. Jn 4,42). Y es justamente esta segunda fase -el paso de la fe oída a la fe vivida- la que corona y completa el camino dinámico de la fe cristiana. Si uno no da ese paso, permanece en un estado infantil, una fe inmadura que no llega a dar fruto: «El hombre de doble moral es inconstante en todos sus caminos» (Sant 1,8). Es decir, el hombre con la duda, la vacilación y la fe tibia, su vida se vuelve caótica, y termina sumido en el sufrimiento, en la negación de la fe, o en una fe reducida a ideología superficial, sin fuerza para transformar su vida positivamente.

Este es, tristemente, el drama de muchos cristianos contemporáneos: permanecen estancados en lo que oyeron de pequeños, en lo que recibieron de sus padres o de algún entorno religioso. Pero no hicieron suya esa fe, no la vivieron ni la convirtieron en experiencia personal. Por ello, siguen siendo cristianos sólo de nombre, con una fe vacía. Por tanto, tiene plena validez lo que dijo de ellos el santificado Yérontas Paísios el Athonita: padecen “el síndrome del saco vacío”. Es decir, son personas que fueron incorporadas a la Iglesia por el santo Bautismo, pero nunca activaron ni desarrollaron este estado carismático.

Ciertamente, el mismo Señor ha apocaliptado (revelado) lo que sucede en estos casos, y esta apokálipsis (revelación) suena terrible y sombría: se trata de los “fieles” que, siendo ramas de Su viñedo, al no permanecer unidos a Él -a través de Sus santos mandamientos, logos y, por consiguiente, de la participación en la μετάνοια metania y la Divina Efjaristía- se secan, son cortados y echados al fuego (cf. Jn 15,1-6).

Por otro lado, cuando un fiel alcanza una relación personal con Cristo, se convierte en oyente atento y obediente libre de Su logos, y experimenta Su presencia viva en su vida. Esto indica que camina correctamente en la Iglesia, viviendo como miembro del Cuerpo de Cristo, Su Santa Iglesia Ortodoxa. Entonces, confirma continuamente que la sorpresa espiritual producida por la constante jaris (gracia, energía increada) en él, se convierte en un estado estable. Caminará siempre “de fe en fe y de doxa-gloria en doxa-gloria”, porque la experiencia de Cristo es un camino interminable, un constante ascenso hacia la θέωσις (zéosis: divinización, glorificación), como lo manifiestan con humildad nuestros santos.

De todos modos, es pena y lástima que nosotros permanezcamos en las “cáscaras” o “algarrobas” de los primeros pasos del camino espiritual, cuando tenemos en nuestras manos la fuerza, la energía increada y la alegría de la fe personal en Cristo, aquella que constituye la solución de todos los problemas esenciales de la existencia humana. Amín.

ΑΚΟΛΟΥΘΕΙΝ παπαΓιώργης Δορμπαράκης Padre Jorge Dorbarakis

 

Domingo de la Samaritana Κυριακή της Σαμαρείτιδος

Santa Metrópolis de Filipos y Thasos

«El culto a Dios en espíritu y verdad»
«Η εν πνεύματι και αληθεία λατρεία του Θεού»

Una de las enseñanzas más ricas y completas de nuestro Señor nos la narra el Evangelio del domingo llamado característicamente “Domingo de la Samaritana”. En él, el Señor dialoga con una mujer de Samaria, algo completamente inusual y extraño para la época por dos razones:

  1. La mujer, por el hecho de serlo, no era considerada igual al hombre y, por tanto, se la consideraba indigna e incapaz de recibir enseñanza religiosa.
  2. Existía una profunda enemistad y división entre judíos y samaritanos.

En el pozo de Jacob, Jesús encuentra a la mujer samaritana y, tomando como punto de partida el agua del pozo y el deseo de saciar la sed, comienza una enseñanza sobre el verdadero culto a Dios. Ante la pregunta de la mujer sobre el lugar adecuado para orar y rendir culto, Jesús cambia el enfoque: no se trata del “lugar”, sino de la forma y el modo de la adoración. Le dice que ha llegado la hora en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre “en espíritu y en verdad” (cf. Jn 4,23). Es decir, con la fuerza y energía increada del Espíritu (Πνεύμα), el cual revela la verdad (αλήθεια alízia).

Estas son las cualidades esenciales del culto verdadero: adoración en espíritu y en verdad.
Pero ¿qué significan realmente estos dos conceptos?

Sólo los renacidos del Πνεύμα (Pnevma) el Espíritu, tienen el derecho de adorar a Dios. Es decir, aquellos que, por el santo Bautismo y la Santa Crismación, han recibido Su sello, se han hecho miembros de Su Cuerpo, participan de Su vivificante Jaris (gracia, energía increada), y obedecen con fidelidad Su santa Voluntad.

El culto espiritual no se limita a actos exteriores ni a un cumplimiento formal de los mandamientos. No se mide por la cantidad de obras o virtudes con la intención de obtener recompensas futuras. No es un simple deber religioso, como asistir mecánicamente a la Iglesia, encender una vela, o recitar oraciones sin atención. El culto verdadero no emana de los labios, sino brota del corazón que arde de έρως (amor ardiente) hacia Dios.

Adoración espiritual significa devoción y entrega total a Dios: con toda el alma, todo el corazón, toda la mente, y todas las fuerzas de la voluntad. Es el agradecimiento sincero por las donaciones visibles e invisibles que Su Providencia nos ofrece en cada momento. Es vivir nuestra existencia como templo del Espíritu Santo, desde el cual se alaba y glorifica Su santísimo Nombre.

La verdad (αλήθεια) del culto nos ha sido enseñada por el mismo Cristo.
Con Su Encarnación, Su enseñanza, y Su sacrificio, nos ha revelado (apocaliptado) al verdadero Dios Uno en Trinidad, y el plan de la Divina Economía (concesión) para nuestra psicoterapia, sanación y salvación. Nos ha concedido el privilegio de participar en el Misterio de la Divina Efjaristía, de comulgar con Su Cuerpo inmaculado y Su Sangre preciosa, para así convertirnos verdaderamente en hijos de Dios. Ha abierto las puertas de Su eterna e increada Realeza, que estaban cerradas herméticamente a causa de la desobediencia y la falta de μετάνοια metania y arrepentimiento del hombre.

Adorando y alabando a nuestro Dios “en espíritu y en verdad”, recibimos jaris y fortaleza. Sentimos Su presencia viva a nuestro lado. Tomamos valor, coraje y ánimo para continuar nuestra vida, a pesar de los problemas y dificultades diarias. Ponemos nuestra esperanza en Él y seguimos subiendo nuestro propio Gólgota.
Levantamos nuestra cruz, sabiendo que después de la crucifixión viene la Resurrección, la serenidad eterna, el gozo sin fin y la entrada en la Realeza increada de Dios.

Santa Metrópolis de Filipos y Thasos

 

Domingo de la Samaritana – Veneración en la Verdad

Jristakis Efstazíu, teólogo – Iglesia de Chipre

«Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad…Πνεῦμα ὁ Θεός, καὶ τοὺς προσκυνοῦντας αὐτὸν ἐν πνεύματι καὶ ἀληθείᾳ δεῖ προσκυνεῖν» (Jn 4,24)

El descubrimiento del sentido más profundo de nuestra vida ocurre dentro de la verdad de la Iglesia Ortodoxa, tal como nos la ha apocaliptado (=revelado) el mismo Señor. La lectura evangélica de hoy nos sitúa precisamente frente a este gran desafío: abrirnos y hacernos diáfanos, transparentes para poder recibir la gran verdad de la vida, que es la que sana, salva y eleva al ser humano a alturas espirituales insospechadas.

Nos encontramos cronológica y litúrgicamente a la mitad del camino hacia Pentecostés, y tal vez sea este el momento más adecuado para participar de la apocálipsis (revelación) que el Señor nos entrega en Su encuentro con la Samaritana: Él mismo es “el agua viva, el manantial para la vida eterna”.
Una verdad que debe tocar existencialmente al hombre, aterrizarlo y elevarlo espiritualmente.

Χριστοειδής ανύψωση – Elevación Crística

Cristo, en la persona de aquella mujer samaritana -de etnia distinta, estigmatizada social y religiosamente- se encuentra con cada uno de nosotros personalmente. Nos apocalipta (=revela) verdades impactantes. No se trata simplemente de un diálogo entre un judío y una samaritana, sino del encuentro entre el Hijo de Dios, Psicoterapeuta, Sanador y Salvador del mundo, que comunica incluso con los más despreciados, para ofrecer Su agapi (amor incondicional) y Su χάρις (jaris: gracia, energía increada).

Su verdad, que es la misma vida, fluye como agua viva que sacia la sed más profunda del ser humano, por más herido o extraviado que esté. Nos dignifica como personas, con un valor y una nobleza espiritual inigualables.
Este mensaje toca profundamente al hombre contemporáneo, que deambula desorientado, sin brújula ni norte, en un mundo que ha perdido el sentido. Pero Cristo sigue esperándonos, como nos lo recuerda en el libro del Apocalipsis: “Estoy a la puerta y llamo” (Ap 3,20). Nos llama a todos y cada uno por separado, personalmente. Nos llama por nuestro nombre, como el buen pastor a sus ovejas, para que recibamos el don de Su divina agapi (emoción divina).

En el pozo de la vida

Cristo está sentado junto al pozo de Jacob y conversa con una mujer samaritana, desconocida y marginada hasta entonces. Le pide agua.
El Señor también nos pide algo a nosotros: pequeños actos, movimientos, un ofrecimiento de nuestro amor, para que podamos salir de nuestro egoísmo, nuestro individualismo y abrirnos al encuentro con Él. Hoy más que nunca, cuando hemos abandonado nuestra alma al engranaje asfixiante del egocentrismo, es fundamental responder a Su invitación, permitir que Él nos quite la sed (dipsomanía) y nos sacie con Su verdad.

El agua viva

Como muchos de nosotros hoy, también la Samaritana, al principio, reaccionó racionalmente. Su razón le decía que aquel judío era su enemigo, que no valía la pena prestarle atención.
Pero Cristo quiso ofrecerle la luz verdadera, la energía increada de la vida.
A través del diálogo, la lleva a mirar su propia psique-alma, su estado espiritual. La confronta con su verdad.
Y entonces se rompe el muro del ego. Empieza a ver con los ojos del corazón. Reconoce las capacidades proféticas de su interlocutor y se hace digna de recibir la mayor αποκάλυψις apokálipsis revelación:
“YoSoY, el que habla contigo” (Jn 4,26).

La adoración verdadera

Queridos hermanos, Cristo nos pide abrir el corazón para recibir Su agapi, amor incondicional.
Cuando nuestra existencia se ilumina con Su presencia divina, nace en nosotros el deseo de adorar verdaderamente a Dios.
El verdadero culto -como afirma el Señor- es “en Espíritu y en verdad”.
Es la señal de que nuestra vida se renueva por la presencia transformadora de Su agapi, y se convierte en una existencia crística, irradiando toda la luz que el alma puede contener. Amén.

Jristakis Efstazíu, teólogo – Iglesia de Chipre Fuente: ΑΚΤΙΝΕΣ

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

ORACIÓN C.8 Yérontas Mitilineos responde a dudas y preguntas

ORACIÓN C.8

El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.

 

Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua helénica-griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos el Nuevo Crisóstomo. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes del bachillerato.

Lo sublime: “Oración y Ayuno” (Mc 9,29; Mt 17,21)! Lo dijo Cristo-Dios, ¡y con eso basta!

Contacto consciente con Cristo-Dios, atención en la oración y oración con atención, participación en los Santos Misterios de nuestra Una, Santa, Católica, Apostólica y Ortodoxa Iglesia, y en Su Divina Liturgia… No se necesitan estudios académicos ni conocimientos intelectuales o teológicos Desde niño he visto en mi aldea —mis propios abuelos y padres incluidos— hombres y mujeres analfabetos o con muy pocos estudios (mi padre cursó tres años de EGB, mi madre era analfabeta a causa de la guerra con los nazis alemanes), salir de la Divina Liturgia iluminados, como ángeles, llenos de Jaris (divina energía gracia increada), Δοξα (gloria), Jaris y gracias a ellos que han guardado la Santa Παράδοσις (Parádosis: Tradición y entrega) como la pupila de sus ojos y la han entregado a nosotros!!!

Así se alcanza la verdadera psicoterapia sublime y divina de la Ortodoxia, que es: la divina Ησυχία (Hisyjía): ¡serenidad mental y paz cordial! 

Amigos en y de CristoDios, compartid este majestuoso texto a los confines de la tierra!!! (por el traductor xX jJ)]

Índice

  1. ¿Qué se puede decir sobre las fantasías que surgen durante la oración y qué debemos hacer para tener mejores λογισμοί (loyismí, pensamientos simples o compuestos con la fantasía, meditaciones, reflexiones)? ¿De qué manera podemos rechazar los pensamientos malignos y las fantasías?
  2. ¿Es indispensable la oración matinal? ¿No basta con la de la noche?
  3. ¿Por qué el calor, la alegría y la dulzura de la oración a Jesús y a su Inmaculada Madre no permanecen fijos ni sensibles? ¿Cómo puede uno hacerlos constantes, sentidos y permanentes?
  4. ¿Vale la pena continuar con la oración si estoy distraído o no tengo ganas?
  5. ¿Cómo puede ser nuestra oración bien recibida y agradable a Dios? ¿Cómo podemos experimentar que, a través de la oración, el hombre habla verdaderamente con Dios?
  6. ¿La oración incesante del corazón o de Jesús ayuda a la catarsis del corazón y del νούς nus espíritu?

 

  1. ¿Qué se puede decir sobre las fantasías que surgen durante la oración y qué debemos hacer para tener mejores λογισμοί (loyismí, pensamientos simples o compuestos con la fantasía, meditaciones, reflexiones)? ¿De qué manera podemos rechazar los pensamientos malignos y las fantasías?

Queridos míos, esto es un problema, y quizás sea el problema número uno en el ámbito de la oración: los λογισμοί (loyismí, pensamientos simples o compuestos con la fantasía meditaciones o reflexiones).

En primer lugar, existen los loyismí pensamientos propios o particulares. Estoy orando y empiezo a pensar en qué hora es, si me dará tiempo de tomar el autobús, qué diré en el trabajo al llegar, qué voy a comprar en el mercado… Y mientras mis labios pronuncian la oración, mi mente corre tras las preocupaciones de la vida. Estas preocupaciones biológicas no son malignas.

Los pensamientos verdaderamente malignos aparecen cuando mi mente se dirige hacia cosas viles, indecentes o inmorales. Estos pensamientos fatigan y atormentan a la ψυχή (psijí: psique, alma, ánima, la que anima, vivifica el cuerpo) humana.

Existe también un tercer tipo, si quieren: los loyismí pensamientos de incredulidad y blasfemia. Estos pensamientos blasfemos no nos pertenecen, no somos responsables de ellos. Lo único que debemos hacer es rechazarlos y no considerarnos culpables por su aparición. Esta es la clave: no sentirnos culpables porque han venido estos loyismí pensamientos. No son nuestros; el diablo nos los presenta. No nos pertenecen, y por tanto, no pecamos.

Si desean profundizar más, lean la bellísima y característica homilía 23ª de san Juan Clímaco (o de la Escalera). Esto que he dicho es solo una parte; aún queda mucho por decir, y os compartiré qué debemos hacer.

Yo ahora os estoy haciendo una homilía. Estamos resolviendo dudas. Supongamos que viene una mosca y se posa en mi nariz, ¿qué hago? La ahuyento. Da una vuelta y vuelve a posarse en mi nariz. La vuelvo a ahuyentar. Sabéis que las moscas, desgraciadamente, tienen una terquedad: por mucho que las echemos, vuelven al mismo sitio. (El que tiene la mosca se mosquea, dice un dicho popular) ¿Qué haría entonces? O tendría que detener la homilía, o tendría que estar echando continuamente la mosca. ¿Qué preferís? Obviamente, preferimos seguir predicando y ahuyentar la mosca las veces que sea necesario sin interrumpir la homilía.

Pues bien, exactamente lo mismo debemos hacer durante la oración. Estaremos siempre luchando para rechazar los loyismí pensamientos malignos y viles, los cuales se parecen a una mosca molesta que viene y no nos deja orar. No nos frustraremos, ni nos decepcionaremos, ni detendremos nuestra oración; al contrario, persistiremos luchando continuamente para expulsar estos pensamientos.

Os dije antes: cuando estoy orando, puede venir a mi mente el pensamiento de si tengo tiempo para coger el autobús. Inmediatamente retiro mi mente de ese pensamiento. Pero como el νούς (nus: espíritu y la atención de la psique), es espíritu, en un momento resbala y otra vez se va hacia el autobús. Entonces, lo recojo y le digo: «Ven aquí, ¿a dónde vas otra vez?».

¿Habéis visto alguna vez cómo una madre agarra a su hijo de la oreja o del cuello cuando se escapa? Así haremos nosotros. Arrebataremos nuestro nus y lo devolveremos a su lugar. Él siempre estará intentando escaparse, y nosotros siempre lo estaremos trayendo de vuelta.

Esa es la respuesta: él siempre se irá, y nosotros siempre lo recogeremos. Y el resultado de esta vigilancia, de esta guardia continua y esta ascesis (ejercicio espiritual), será que con el tiempo se convertirá en un hábito, en un estado interior. Así como el nus se acostumbró a dispersarse, ahora aprenderá a concentrarse. Llegará un momento en que no será necesario recogerlo constantemente, porque ya habrá aprendido a mantenerse recogido por sí mismo.

Esto es muy importante: se trata de un trabajo ascético, de ejercicio espiritual. La ascesis de recoger nuestro nus y su energía es el problema más importante dentro de nuestra vida de oración.

Yo suelo usar otro ejemplo. Si se te cae la cartera al suelo, ¿qué haces? Te agachas y la recoges. Si vuelve a caer, la vuelves a recoger. Tantas veces como se caiga, otras tantas la recoges. Puede que alguna vez te canses y digas: “Estoy harto, siempre se me cae la cartera. La voy a dejar ahí”. Pero nunca lo decimos. Siempre nos agachamos y la recogemos.

De la misma manera, quiero deciros que debemos tener persistencia. Y al final, la cartera dejará de caerse. Como os dije, recogeremos nuestro nus (espíritu de la psique) con la mente y su energía. Esta es la respuesta a esta pregunta. (26,39’). (El tema de la fantasía es muy importante, por ahí nos atacan los demonios, según los Padres, por tanto necesiterapia e instrucción, ver aquí: https://logosortodoxo.es/psicoterapia-ortodoxa/la-fantasia-instruccion-terapeutica/

Y

https://logosortodoxo.es/psicoterapia-ortodoxa/la-sencillez-en-cristo-y-la-fantasia/

Más

https://logosortodoxo.es/psicoterapia-ortodoxa/los-tipos-o-generos-de-la-fantasia-y-la-lucha-contra-ella/)

  1. ¿Es indispensable la oración matinal? ¿No basta con la de la noche?

Es un punto muy delicado. Los años que llevo aquí, en Tesalia, este tema sinceramente me ha agotado. Cada vez lo repito, tanto a pequeños como a grandes. Es casi un estereotipo:

—¿Haces oración por la mañana?

—No, solo por la noche.

—¿Y por la mañana, por qué no?

No hay respuesta.

Queridos míos, prestad atención. Lo que sucede es lo siguiente: es un tema de educación. Si algún día vais a ser padres, debéis saber que los padres que no hacen oración por la mañana no enseñan a sus hijos a orar por la mañana. Así de simple. Es una cuestión de educación y de costumbre.

De la misma manera que aprendemos a lavarnos los dientes por la mañana y por la noche, así también debemos aprender a orar en esos momentos del día. No es solo una necesidad, sino también una costumbre. Y, como es obvio, toda costumbre debe comenzar a practicarse para consolidarse.

Cuando una persona toma conciencia de que está haciendo algo por costumbre, esa costumbre puede llegar a cubrir una necesidad más profunda. Por lo tanto, ¿debemos orar por la mañana? Por supuesto que sí.

Nuestra Iglesia establece que debemos orar tanto por la mañana como por la noche. Y, si queremos ser más exactos, en realidad la oración debería ser incesante. ¿Acaso no dice el apóstol Pablo a los Tesalonicenses: «Orad sin cesar»? (1Tes 5:17). Sí, es bien conocida la oración incesante, que podemos repetir en distintas formas. No importa si la variamos.

Podemos decir:

“Jesús Cristo, Señor, ten compasión de mí”,

“Cristo, eleisón me”,

“Kyrie-Señor, perdóname”,

“Kyrie-Señor, ilumíname”,

“Kyrie-Señor, ayúdame”,

“KyrieSeñor, sáname”… continuamente.

“Kírie eléisonme, compadécete o ten misericordia de mi”

Si ve a alguien pecando por la calle, el creyente dice: “Señor, perdónanos”. Si escucha a alguien blasfemar, dice: “Señor, perdónale, no le castigues”. Y así, el creyente ora sin cesar. Nada le impide hacerlo, ni estar con otras personas, ni moverse, ni trabajar. Su oración es constante. Por eso el apóstol Pablo dice: “Orad sin cesar”.

Ahora bien, como esta oración continua puede debilitarse con el tiempo, nuestra Iglesia Ortodoxa ha establecido que los fieles hagan oración por la mañana y por la noche. Esto no significa que si uno hace oración continua no deba orar en esos momentos concretos. Al contrario: la oración matinal y la nocturna son dos puntos de referencia dentro del día, dos momentos definidos en el ciclo de veinticuatro horas en los que el creyente debe detenerse y orar.

Por la noche, antes de ir a la cama, hago mi oración y pido a Dios que me guarde mientras duermo. Por la mañana, al despertar, le agradezco por haberme permitido ver un nuevo día y le pido su ayuda para lo que me espera. Tengo tantas cosas que pedirle durante el día que no hace falta detallarlas aquí.

Por lo tanto, el fiel debe agradecer, alabar y rogar a Dios, tanto por la mañana como por la noche. Ambas oraciones son necesarias.

En el capítulo 16 del libro de la Sabiduría de Salomón, se dice algo muy característico refiriéndose al maná que caía del cielo: “Los hebreos recogían el maná y, aunque lo asaban, no se destruía con el fuego. Pero apenas lo tocaba un rayo de sol, se fundía, tal como el hielo se derrite en la tierra. Así también el maná desaparecía y no quedaba nada sobre la tierra.» Esto fue para que los hijos de Israel aprendieran una lección: que los hijos de Dios deben alabar y agradecer a Dios antes de que salga el sol, y que con el amanecer deben encontrarse con Él en oración. Así como el maná se fundía con la salida del sol, también las obras de los hombres, si no están precedidas por la oración matinal, se funden y se pierden.

¿Queréis que vuestras obras se fundan y se desvanezcan, queden a medio hacer y vuestros propósitos no lleguen a buen término durante el día? Pues entonces, no hagáis oración.

¿Queréis que vuestras obras permanezcan y lleven el sello de la protección de Dios? Entonces, haced oración cada mañana.

Y continúa el texto: “La esperanza del ingrato es como la escarcha del invierno: al salir el sol, se derrite y se convierte en agua inútil.”

¿Quién es el ingrato? Es aquel que no ora por la mañana, que no agradece a Dios al despertar. Las obras de ese hombre son como la escarcha: se deshacen con el sol, no tienen consistencia ni valor.

Entonces, ¿creéis que se debe o no hacer oración por la mañana? El logos de Dios es claro y categórico: sí, se debe.

Y, finalmente, recordad: la oración matinal es también una cuestión de hábito. Si uno adquiere este hábito, esa costumbre lo llevará naturalmente a cumplir lo que debe hacer.

  1. ¿Por qué el calor, la alegría y la dulzura de la oración a Jesús y a su Inmaculada Madre no permanecen fijos ni sensibles? ¿Cómo puede uno hacerlos constantes, sentidos y permanentes?

En primer lugar, porque no luchamos lo suficiente.

Y en segundo lugar, porque el ser humano cambia constantemente: vive en un mundo sumamente variable, y experimenta esas metáboles -es decir, cambios, alteraciones-, lo quiera o no.

En un momento puede tener una euforia espiritual, y en otro, sequedad. En un momento siente entusiasmo por trabajar espiritualmente, y en otro, pereza. Como podéis ver, el hombre se transforma continuamente y vive en un estado de cambio constante, una especie de “metabolismo espiritual” permanente.

Por eso, sentir siempre -de forma continua e irreductible- una emoción, una sensación de dulzura, de calor o de alegría espiritual, como se plantea en la pregunta, es imposible.

Para que algo así se acercara a la realidad, sería necesaria una oración incesante y una lucha espiritual muy intensa, como ya os he dicho. Solo entonces el hombre podría llegar a un estado en el que no estuviera sometido a las metáboles cambios del mundo presente.

Sin embargo, no debemos pensar que estas metáboles son solo externas o provocadas por situaciones mundanas, como por ejemplo: “vino alguien y me hizo daño, me creó una tentación”. No. Incluso aunque uno esté completamente solo, estas variaciones y cambios suceden igualmente.

¿Por qué? Porque hay cambios en el tiempo, en la salud, en el cuerpo… Y todo esto produce, inevitablemente, cambios interiores: en el ánimo, en el afecto, en la disposición espiritual.

Así que, para decirlo claramente: en este mundo no es posible tener estados espirituales fijos, estables y fervientes de manera continua. Esto debemos comprenderlo profundamente.

La estabilidad espiritual perfecta, esa constancia del gozo y la dulzura de la oración, pertenece al otro mundo, a la vida eterna.

Además, si no sentimos siempre la dulzura, la alegría u otras divinas emociones espirituales, debemos saber que también hay causas pedagógicas detrás de esto.

No olvidemos lo siguiente -y prestad atención, porque es un punto muy importante: cuando el hombre comienza su vida espiritual, necesita la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios. Esta járis se manifiesta al principio de la siguiente manera: como alguien que camina delante de nosotros y nos guía.

Pero cuando la jaris increada de Dios percibe que comenzamos a tener un poco de madurez, entonces pasa a caminar a nuestro lado. Es decir, seguimos sintiendo su presencia, pero ahora se nos permite tomar ciertas iniciativas en nuestra vida espiritual.

Y cuando la jaris de Dios ve que hemos madurado aún más -o que es necesario que maduremos más-, entonces pasa detrás de nosotros. Ya no la vemos ni la sentimos, pero nos observa atentamente. En ese momento, muchas veces creemos que hemos perdido la járis de Dios. Sin embargo, no la hemos perdido. No se ha marchado. Simplemente, la jaris energía increada de Dios nos educa, nos forma, para que aprendamos a tomar la iniciativa en nuestra vida espiritual y aprender a luchar.

Poned atención a este ejemplo: Un niño pequeño, mientras siente siempre la presencia de sus padres y no puede hacer nada sin ellos, nunca madurará. En algún momento, especialmente cuando empieza a caminar, el padre debe dejarle solo. El niño cae, se golpea, llora… pero el padre y la madre no se angustian. ¿Por qué? Porque saben que deben dejarlo caminar por sí mismo. Si lo sostienen continuamente, ¿cómo aprenderá ese niño a andar? No lo hará nunca. No desarrollará ni el ánimo ni la valentía necesarias para caminar solo.

Del mismo modo, la jaris de Dios se oculta detrás de nosotros, y a veces incluso nos deja caer. Entonces nos herimos, tropezamos, lloramos y decimos: “Señor, ¿me has abandonado?”

No, no te ha abandonado.
Simplemente te deja madurar.

Y una de las formas más auténticas de madurez espiritual es aprender a pedir más y más intensamente la jaris de Dios.

Y aún podríamos decir, en relación con lo que plantea la pregunta: ¿cómo podría uno fijar esta dulzura?

Ya lo hemos dicho: manteniendo siempre la catarsis y la pureza del corazón, junto con un anhelo constante por Dios.

Es cierto que ese anhelo no es algo fijo ni permanente, pero debemos esforzarnos por mantenerlo tanto como nos sea posible.

Hemos percibido y experimentado que cuando en nuestro interior existe ese anhelo de Dios, sentimos nuestro corazón lleno. Pero cuando ese anhelo se va, sentimos una especie de vacío, como si nos hubiésemos vaciado por dentro.

Os daré un ejemplo muy sencillo, para que veáis cómo fácilmente se vacía el hombre. Esto lo enseñan todos los Santos Padres, y no tenéis más que experimentarlo por vosotros mismos -siempre que ya hayáis comenzado a vivir una vida espiritual ortodoxa, correcta.

Cuando estamos solos, o incluso acompañados por una buena compañía, solemos sentirnos llenos interiormente. Pero en cuanto empezamos, primero, a reír incesantemente, a hacer bromas constantemente y a molestar a los demás; y segundo, cuando empezamos a hablar mal o a juzgar y acusar a personas ausentes, entonces, cuando volvemos a quedarnos a solas, sentimos que nuestra psique (alma) se ha vaciado.

¿Por qué sucede esto?

Porque la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios se ha retirado.

Por eso, si tenemos cuidado con ciertas cosas -con lo que hablamos, con lo que permitimos que entre en nuestro corazón y nuestra mente-, entonces nuestro corazón permanecerá lleno.

Y un inciso más: ¿Puede uno alcanzar esto sin un guía espiritual?

Seguro que no.

Porque, sin πνευματικός (pnevmatikós: guía espiritual), el hombre se vuelve autónomo y no es capaz de discernir con claridad: -¿Cuándo esto viene de Dios? ¿Cuándo viene del enemigo? ¿Cuándo es fruto de mi propia debilidad?

Por eso, nuestro πνευματικός pnevmatikós debe ser nuestro conductor en estos caminos, en estos senderos de la vida espiritual.

Él nos enseñará a discernir, a caminar con seguridad, y a no dejarnos engañar por los falsos sentimientos, por impresiones engañosas, por autoengaños y por el astuto maligno demonio.

  1. ¿Vale la pena continuar con la oración si estoy distraído o no tengo ganas?

Responderé con un ejemplo sencillo: Cuando estamos resfriados o nos ha alcanzado una gripe, ya sabéis que nuestra nariz no funciona bien, y nuestro olfato se ve afectado. Comemos algo, pero lo sentimos sin sabor, insípido, porque el olfato no colabora. El gusto por sí solo percibe lo dulce o lo amargo, pero todos los demás matices del sabor vienen del olfato. Y como este flaquea, la comida nos sabe a poco.

Entonces pregunto: ¿Solamente porque no sentimos sabor ni aroma, decimos que no vamos a comer? Porque, si no comemos, ¿acaso no moriríamos de hambre? Comemos, pues. A pesar de todo.

Lo mismo sucede con la oración. Puede que, en un momento dado, la mente se distraiga o se disperse, puede que sintamos la oración como una carga pesada. Pero, aun así, ¡orarás! Pase lo que pase. Quizá la oración no tenga buena calidad, quizá no sea fervorosa ni concentrada, pero la harás. Porque si dejas de orar hoy, ¿quién te asegura que mañana no te sentirás igual? ¿O pasado mañana?

Y esto es justamente el pretexto que el diablo usa para cortarte la oración: decirte que «n o vale la pena», que «cuando me sienta mejor, oraré».

No, hijos míos. Haremos nuestra oración por la mañana y por la noche -estas horas prometidas-, sin importar cómo nos sintamos.

¿La calidad?

Basta con que haya oración. La calidad vendrá con el tiempo, con el esfuerzo. Está en nuestras manos mejorarla. Podemos decirnos:

“Voy a recoger un poco más mi mente y mi corazón para que esta oración sea más consciente, más viva.”

Esto en respuesta a vuestra pregunta. (40:26)

  1. ¿Cómo puede ser nuestra oración bien recibida y agradable a Dios? ¿Cómo podemos experimentar que, a través de la oración, el hombre habla verdaderamente con Dios?

La oración es el alimento de la ψυχή (psijí: psique, alma, ánima, la que anima, vivifica el cuerpo). En algunos momentos sentimos claramente la necesidad de orar, y percibimos la gran fuerza y energía sanadora divina que emana de la oración.

Pero, ¿cómo lograr que cada día nuestra psique-alma se vivifique con la oración? Ese es, en el fondo, el centro de esta pregunta: ¿cómo puede nuestra oración ser agradable a Dios?

Si quisiéramos representarlo con una imagen (icona), pensemos en el relato del sacrificio ofrecido a Dios por Caín y Abel. Icónicamente, vemos que el humo del sacrificio de Abel sube recto hacia el cielo, hacia Dios. En cambio, el humo del sacrificio de Caín se dispersa, como si el viento lo esparciera oblicuamente. Esto simboliza el rechazo de Dios a aquel sacrificio. Y así fue, en efecto.

Entonces, ¿qué es aquello que hace que nuestra oración sea agradable y bien recibida por Dios?

La oración es un sacrificio, una ofrenda, especialmente una ofrenda espiritual que el hombre eleva a Dios. Los antiguos ofrecían sus oraciones siempre acompañadas de sacrificios. El cristiano también puede acompañar su oración con elementos exteriores que expresan una actitud de sacrificio y entrega.

Por ejemplo: Encender el candil cuando oramos. No hacemos oración con el candil apagado; encenderlo es ya un acto simbólico de ofrecimiento. Encender una vela, paralelamente al candil, tiene el mismo valor. El incienso, igualmente, es una expresión material de sacrificio. Por eso, cuando vamos a la Iglesia y encendemos una vela, estamos ofreciendo un sacrificio. Un sacrificio sin sangre, pues en el Nuevo Testamento ya no se permiten sacrificios sangrientos. Ese sacrificio se ofreció una sola vez y fue el de Jesús Cristo. De este modo, ofrecemos una expresión visible, exterior de nuestra devoción y sacrificio.

Pero ahora os pregunto: ¿Creéis que sólo por encender una vela, ese sacrificio ya es aceptado por Dios?

Cuando uno enciende una vela, puede ser que diga una oración en ese mismo momento, sea en la Iglesia o en su casa.

Pongamos el ejemplo en la Iglesia: ¿Qué podría estar diciendo interiormente el que enciende su vela?

Podría decir: “Señor, dame iluminación”, o “Así como esta vela da luz, haz que yo también sea luz”, porque Tú lo dijiste: “Vosotros sois la luz del mundo.” Que yo me convierta verdaderamente en luz y no en oscuridad.

O también podría orar: “Que mi vida sea una ofrenda para Ti y para Tu agapi (amor); así como esta vela se consume, que también mi existencia se consuma por amor a Ti y al prójimo.”

Pero también -y atención a esto- puede que alguien al encender la vela esté pidiendo cosas como: dinero, éxito en negocios injustos, o incluso amoríos ilegales. Sí, muchos encienden velas pidiendo éxito en relaciones impuras o en deseos ilícitos.

Y ahora preguntad: ¿Qué escuchará Dios de esas oraciones? ¿Veis cómo hay una gran diferencia entre la oración y el sacrificio u ofrenda?

Por eso, con razón quien ha hecho esta pregunta se cuestiona: ¿Cómo puedo saber si mi oración es bien recibida y agradable a Dios? Y la pregunta es muy válida.

Pues bien, os diré algunas condiciones fundamentales para que la oración sea verdaderamente agradable a Dios.

Primero y ante todo: la oración debe hacerse con espíritu humilde. Es decir, debe haber una actitud interior de humildad. Acordaos de la parábola del publicano y el fariseo. Dios rechazó la oración del fariseo porque no era humilde. Dice Cristo: “¿Quién creéis que fue escuchado: el publicano o el fariseo?” Y concluye: “El publicano volvió a su casa justificado.” Esto significa que su oración fue escuchada. En cambio, la oración del fariseo no fue aceptada. Por eso no salió del templo justificado.

¿Y qué quiere decir humildad?

Es muy curioso que uno, estando delante de Dios, se enorgullezca. Y no os parezca raro, porque sucede mucho. Os contaré una icona -una imagen muy común- de cómo los hombres, exactamente, no son humildes delante de Dios. La confesión, ¿qué es? Es un Misterio.

El sacerdote tiene el sacerdocio y lleva el epitrajilio (la estola sacerdotal), que es condición oficial del Misterio.

Cuando alguien se acerca a confesarse, ¿ante quién se presenta? Ante la persona de Dios. Atención: ¡ante la persona de Dios! Pues bien, muchas veces los que se confiesan comienzan diciendo cosas como:

-«Yo soy buena persona. Nunca he hecho daño a nadie. Siempre he sido justo, me gusta la justicia…» Esto lo escuchamos en abundancia. Y yo os pregunto: ¿A qué os recuerda esto?

Primero, a una falta total de autoconocimiento. Este hombre no tiene autognosía (autoconocimiento), y quien no tiene esto, tiene orgullo.

¿Qué decía el fariseo en la parábola?

Decía: «Soy buena persona, doy limosna, hago caridades, no soy injusto… y no soy como aquel indecente publicano, el pecador.»

¿Lo habéis visto?

Y escucharéis esto muchas veces, y os lo decimos los confesores que lo vivimos a diario: -«Yo no soy como los demás.»

Si supierais cuántas veces escuchamos esa frase, os sorprenderíais.

Pero, ¡hombre cristiano!, ¿a mí, el confesor, me dices esto?

Yo no tengo interés en saber quién eres tú. Tú no viniste ante mí, viniste ante Dios.

Por tanto, ¿crees que tu confesión será bien recibida por Dios?

Sin duda que no. Pues esto mismo, queridos, se repite también en la oración. Por desgracia, muchísimas personas oran de esta misma manera. Si supierais cuán realista es la parábola del publicano y el fariseo, y cuánto refleja la realidad, entenderíais por qué insisto tanto en esto.

Así que, la primera condición para que nuestra oración sea escuchada y agradable a Dios, es la humildad: Presentarnos delante de Dios con humildad y con conocimiento de nuestra pecaminosidad.

La segunda condición es haber perdonado a tu enemigo. No puedes estar en oración, pidiéndole a Dios lo que vas a pedir, mientras tienes maldad en tu corazón contra alguien. Es cierto que Cristo también tenía enemigos, y los santos también. Pero eso se entiende porque los demás tenían enemistad hacia ellos. La cuestión es: ¿si tú tienes enemistad hacia alguien?

Ese “si tú” es fundamental.

Acordaos de lo que dijo Cristo: “Si al presentar tu ofrenda en el altar, recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve y presenta tu ofrenda.” (Mt 5,23-24) Es decir, tu oración no será escuchada si estás en conflicto con tus hermanos, especialmente si tú has sido la causa.

¿Qué queréis que os diga?

Os lo diré claramente: hay personas que no perdonan, y dicen cosas como: -«Aunque me vaya al infierno, no te perdono.» ¡Esto es terrible!

Hijos míos, somos humanos, y en este mundo inevitablemente hay roces y escándalos. Es imposible vivir sin que ocurran fricciones. Pero incluso dentro de este mundo de conflictos, lo que nos corresponde a nosotros es pedir perdón. Nosotros no debemos tener enemigos. Si hay personas que no nos soportan, eso les concierne a ellos. Pero nosotros debemos perdonar, incluso si alguien nos ha herido, molestado o sido injusto con nosotros etc.

Tercera condición para que la oración sea bien recibida: Cuando el hombre es misericordioso. Cuando su oración va acompañada de obras de misericordia. Os recuerdo al centurión Cornelio, a quien se le apareció un ángel y le dijo: «Cornelio, tus oraciones y tus limosnas subieron a la presencia de Dios, que se ha acordado de ti» (Hch 10,4).

¿Habéis visto? Subieron. Como la ofrenda de Abel: su humo subía hacia el cielo, verticalmente. En cambio, el humo de Caín era desviado, como llevado por el viento, y no llegaba a Dios. Así también es la oración: la que va acompañada de misericordia, sube rectamente y es agradable a Dios. Esto es un elemento muy importante, y no debemos olvidarlo.

Cuarta condición: Cuando la oración está acompañada de ayuno. Esto es evidente. Aunque no ayunamos siempre, tampoco debemos pensar que sin ayuno no debemos orar. Por ejemplo, si durante los cincuenta días después de la Resurrección no ayunamos, no significa por eso que no debemos orar.

Pero también tenemos tiempos establecidos para el ayuno: Las dos Cuaresmas (Navidad y Pascua), los miércoles y viernes y otras fechas señaladas.

¿Por qué ayunamos?

Porque, como dice san Pablo: “Para dedicarnos con perseverancia a la oración y el ayuno” (cf. 1 Cor 7,5). Oración y ayuno van de la mano. Los Padres dicen que el ayuno da alas a la oración, la vuelve ligera, viva, penetrante. Cuando llenamos el estómago -y también bebemos vino-, ya no tenemos ganas de orar. Hoy, muchos comen y beben todo el año sin medida, y luego dicen que no pueden orar. Claro, no pueden. No es posible. Pero cuando ayunamos, entonces oramos con dulzura, con belleza, con concentración. Y cuando decimos “ayuno”, no hablamos solo de cambiar los alimentos, sino también de reducir la cantidad.

¿Queréis un ejemplo?

¿Por qué el domingo por la mañana -aunque no comulguemos- vamos sin comer a la Iglesia?

Esta es la razón: Porque el ayuno fortalece la oración. Claro está, si una persona se desmaya o está muy débil, entonces puede comer. Esto no lo hace por gula, sino por necesidad real. A veces el diablo provoca esto también, y hay que discernir. Pero si está médicamente justificado, se permite.

El ayuno, lo encontramos en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. La Iglesia nunca ha iniciado y encomendado una misión sin ayuno. Por ejemplo, san Pablo con Bernabé, antes de su primera misión a Chipre, ayunaron ellos y toda la Iglesia (cf. Hch 13,2-3).

Un libro muy antiguo llamado “Διδαχή Didají” -la enseñanza de los doce Apóstoles- habla del ayuno antes del Bautismo.

Así que, en cada obra importante, especialmente en la oración, el ayuno hace la oración agradable y bien recibida por Dios.

Quinta condición: No pedir cosas materiales, sino espirituales. El Señor nos dijo: “Buscad primero la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios y Su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6,33).

¿Qué significa “todo lo demás”?

Las cosas materiales. Hijos míos, pidamos la Βασιλεία Vasilía de Dios y la vida espiritual. Lo demás vendrá solo. No digamos: “Dios mío, dame dinero.” “Dame dulces, pan, ropa…” ¡No! Eso no vale. Si buscamos la justicia de Dios, Su virtud, Su santidad y Su realeza, entonces Él, que es nuestro Padre y sabe lo que necesitamos, nos lo dará.

Sexta condición: Orar por las necesidades del otro. Esto es muy importante. Aquí incluso podemos pedir cosas materiales, pero para el otro. ¡Atención! Para el otro. San Isaac el Sirio dice algo bellísimo en su Logos 30: “Sea que tu prójimo tiene hambre, o está sufriendo, o está de luto, o ha fracasado en algo -sea lo que sea-, cuando tú en tu oración personal tomas sobre ti su sufrimiento y lo presentas ante Dios, entonces te conviertes en una fuente de misericordia. Y Dios comenzará a conceder lo que tú pides por él.”

Hijos míos, muchas veces preguntamos: ¿La oración hace milagros?

Ciertamente que sí. Es bien conocido que los santos, orando, hacían milagros. Y ahora os pregunto: ¿Queréis también vosotros hacer milagros en vuestra vida?

Obviamente no por vanagloria, sino con humildad. Entonces, pongámonos en oración con esa primera condición que mencionamos al principio: la humildad. Y pidamos a Dios no para nosotros mismos, sino por los demás: por sus necesidades espirituales y también por sus necesidades materiales.

Por ejemplo: “Señor, mi compañero de clase o de trabajo no tiene habilidad mental. Intenta, pero no puede. Dale luz para que pueda entender y avanzar en sus estudios.”

O también: “Padre mío, el padre de mi compañero es un hombre que lleva una vida descuidada. Te ruego, dale tu misericordia, para que se arrepienta y cambie de mentalidad (metania), y así entre en Tu camino.”

Hijos míos, si oráis por causas ajenas de esta manera, veréis con vuestros propios ojos milagros, y esto os lo aseguro. Esto lo certifica San Isaac el Sirio, y también la experiencia de los Santos/as, que así se hacen los milagros. Pero Dios quiere algo más todavía. No basta con orar por las necesidades del prójimo. Debemos orar también por nuestros enemigos.

¿Y qué nos dice el Señor?

“Orad por los que os persiguen y os insultan.” (Mt 5,44). Es decir, por aquellos que os molestan, os crean problemas, os hacen la vida difícil. Cuando oramos también por ellos, nuestra oración se vuelve preciosa a los ojos de Dios y es escuchada con agrado.

Séptima condición: Tener fe y αγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado) a Dios.

Cuando encuentras a un amigo o a un pariente, y sientes simpatía y agapi hacia él, ¿cómo hablas con esa persona? Obviamente, la conversación no es fría ni formal. No decimos simplemente: “¿Sabes?, te quiero.” Eso no se dice así, abiertamente. Pero ¿cómo se expresa el amor? Con el tono, con la actitud, con la delicadeza en la voz,

con la ternura en el modo de hablar y comportarse. Es el lenguaje de la agapi.

Así también ocurre en nuestra oración. Cuando amamos a Dios, adoptamos una actitud especial frente a Su agapi. No somos secos, ni rígidos, ni formales. El hombre que no ama, se muestra duro, severo, frío. Pero el que ama, es blando, tierno, dulce. Tiene una disposición amable, agradable, abierta. Y deja que su corazón se derrame en oración, lleno de agapi hacia Dios.

Octava condición para que nuestra oración sea escuchada: Cuando ortodoxamos. Es decir, cuando nuestra fe es ortodoxa, verdadera. La oración del herético no es bien recibida por Dios. Por eso el Señor dijo: “Es necesario orar en espíritu y en verdad” (Jn 4,24)

¿Y qué significa “en verdad”?

Significa que debemos orar ortodoxamente, conforme a la verdad apokaliptada-revelada por Dios, no con herejías ni creencias distorsionadas.

Novena condición: Cuando insistimos en nuestras oraciones. El Dios a veces no da enseguida lo que pedimos, porque quiere que valoremos el don cuando nos sea dado, para que lo recibamos con alegría profunda. Para enseñarnos esto, nos contó una parábola: la del juez injusto. Una viuda acudía cada día a pedirle: “Hazme justicia contra mi adversario.” Pero él, hombre vil y sin escrúpulos, no la escuchaba.

Sin embargo, al final dijo para sí: “Ni a Dios temo ni a los hombres respeto; pero como esta mujer me molesta tanto, le haré justicia para que deje de venir” (Lucas 18:2-5).

Y Cristo pregunta: “Si este juez injusto, solo por cansancio, resolvió el caso, ¿no escuchará Dios a sus hijos, que claman a Él día y noche?”

¡Por supuesto que sí!

Pero Dios quiere que no dejemos de orar, que persistamos, que no nos cansemos, que no abandonemos la súplica.

Décima condición -escuchadla bien, con atención especial: ¿Qué pedimos en nuestra oración? Si ahora os diera papel y lápiz y os pidiera, anónimamente, que escribierais lo que pedís en vuestras oraciones, no sé lo que pondríais… Pero os pregunto: ¿Cuál es lo más alto que debemos pedir? ¿Cuál es el puntal de toda oración?

Hoy vino una persona importante al monasterio. Se iba de Larisa y me dijo: “Padre, decidme un consejo.”

Yo le respondí: “Te deseo y te bendigo para que entiendas que lo que más nos hace falta es tener el Espíritu Santo, y eso debes pedir en tu oración.”

Me dijo: “Gracias, pero, ¿qué más?”

Le respondí: “Nada más. Porque si tienes el Espíritu Santo, lo tienes todo.” ¡Escuchad esto bien! ¡Lo tenemos todo! Lo más alto que podemos pedir es: “Señor, dame tu Espíritu Santo.”

“Padre Santo, Padre Celestial, concédeme tu Espíritu Santo.”

Porque el Espíritu Santo es Dios, es una Persona divina, una Hipóstasis (Base subsitencial, substancial). Decimos: “Padre nuestro, danos el Espíritu Santo”, porque el Espíritu procede del Padre.

Decimos: “Señor Jesús Cristo, envíanos tu Espíritu Santo”, porque el Espíritu se envía por el Hijo. (No que proceda del Hijo esto es la herejía del maldito hijito filioque, sino porque es enviado por Él.) Es como una carta que nuestro Padre ha escrito, y nos la da por medio del Hijo, para que llegue a nosotros.

Y también oramos directamente al Espíritu Santo: “Espíritu Santo, ven a mí.” Porque es Dios, y como Dios también nos dirigimos a Él. Dice san Pablo en la epístola a los Romanos: “El Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad, porque no sabemos orar como conviene,

pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rom 8,26). Es decir, el Espíritu Santo intercede, ora dentro de nosotros, sobre-orando, incluso cuando no sabemos qué decir. Por eso os digo, hijos míos: Lo necesitamos en nuestra oración, y también en toda nuestra vida. Porque el Espíritu Santo es insustituible.

Y si lo tenemos… ¡lo tenemos todo!

Onceava condición para que nuestra oración sea escuchada por Dios:

Cuando en la oración hay lágrimas.

No os asombréis de esto: sí, se llora en la oración. Y no es algo extraño, sino algo profundamente espiritual. Dice un Salmo: “Los que siembran entre lágrimas, con gozo cosecharán” (Sal 124,5)

¿Qué son las lágrimas?

Las lágrimas son como la lluvia sobre el campo. Imagina que siembras semillas en la tierra. Si no cae la lluvia, esas semillas no brotarán. Así también, en el campo del alma-psique, cuando sembramos nuestras súplicas a Dios, las lágrimas son como la lluvia espiritual que hace brotar nuestra oración. Pero atención: Las lágrimas no deben convertirse en un fin en sí mismas. Algunos se deleitan con las lágrimas, buscan emocionarse para sentir placer. Esto no es correcto. Dice san Nilo el Sinaíta, en la Filocalía: “Utiliza las lágrimas para conseguir cualquier petición, porque tu Señor se alegra al verte orar con lágrimas. Pero ten cuidado: no conviertas en pasión aquello que fue dado para combatir los pasiones. Porque si haces de las lágrimas un objetivo, puedes llegar a ofender a Dios, que fue quien te dio esta jaris (gracia increada) (https://logosortodoxo.es/filocalia/filocalia-1-san-nilos-el-asceta-153-reflexiones-sobre-la-oracion-del-corazon/)

Así que, las lágrimas son un medio, no el objetivo. Un don que acerca a Dios, no una emoción que se busca por sí misma.

Aún más, como afirma san Nilo el Sinaíta: ‘¿Cómo podremos adquirir una oración que sea agradable a Dios? Cuando hayamos recibido el carisma de la oración.’

¿Existe realmente este carisma?

Sí, hijos míos. Es lo que decimos de ciertas personas: “Este hombre es un hombre de oración.”

¿Y qué significa eso?

Significa que su corazón está siempre vuelto hacia Dios, que ama tener una continua referencia a Dios en todo momento y lugar. Esto es el carisma de la oración, y es muy raro, muy valioso.

¿Qué debemos hacer entonces?

Debemos pedir a Dios que nos conceda este carisma, que nos haga personas orantes, que no hagamos nada sin oración, que nos volvamos orantes en todo momento del día. No sólo orar por la mañana y por la noche -aunque eso es importante y os lo ruego-, sino también: Cuando sales del coche. Cuando entras en el autobús. Cuando caminas por la calle. Cuando subes a casa, o entras en una tienda. En cada momento, una referencia a Dios: “Señor, ilumíname.” “Ten misericordia de mí.” “Ayuda a esta persona.” “Sáname.” “Guíame.” “Dame tu paz.”

“Muéstrame tu voluntad.”

Esto es lo que san Gregorio el Teólogo llama: “La memoria de Dios”

y dice: “Tener memoria de Dios es más necesaria que la respiración.”

Porque esta memoria genera oración, y la oración verdadera nos eleva hacia lo alto.

  1. ¿La oración incesante del corazón o de Jesús ayuda a la catarsis del corazón y del νούς nus espíritu?

La oración es: “«Κύριε Ιησού Χριστέ Ελέησόν με… Kyrie (Señor) Jesús Cristo, eleisón me». Esta oración se llama incesante porque no cesa nunca; crea una memoria continua de Jesús Cristo y contiene los siguientes elementos.

Cuando decimos “Kyrie Jesús Cristo”, empleamos tres nombres que pertenecen a una misma Persona. Lo llamamos: Kirios-Señor, Jesús y Cristo. Esta es la primera parte, que se refiere al Nombre. La segunda parte de la oración es: “eleisón me”. La oración completa consta, pues, de dos partes: una se refiere a Cristo, y la otra a mí mismo, con el “eleisón me”.

“Eleisón me” es una expresión general que abarca toda petición: compadécete de mí, ten misericordia, dame caridad, ayúdame, sáname, alíviame, etc. Pero lo más importante es el Nombre, porque es en la dínami (potencia y energía) del Nombre de Cristo donde reside todo el fruto y la cosecha espiritual.

En concreto: Cuando decimos Kyrie (Señor), confesamos la divinidad de Jesús. Cuando decimos Jesús, confesamos Su humanidad, es decir, que es perfecto Dios y perfecto hombre. Por lo tanto, la expresión “Kyrie Jesús” es una confesión de que Cristo es Θεάνθρωπος (Zeánzropos: Dios-Hombre). Esto es algo enorme, grandioso: confesar la naturaleza divino-humana de Cristo. Finalmente, cuando decimos Cristo, confesamos Su obra, como Θεάνθρωπος, el mediador entre Dios y los hombres.

¿Y cuál es su obra? Es la mediación de Dios, es decir, la obra mesiánica de Cristo a favor de los hombres ante Dios. Esta obra comienza, en primer lugar, con Su encarnación (Su humanización), continúa con Su sacrificio en la Cruz, y luego con Su Ascensión al cielo. Allí, Cristo, con solo Su presencia, es decir, con su naturaleza humana glorificada, actúa como mediador ante el Santo Dios Trinitario, en favor de nosotros, los seres humanos.

Por tanto, con estos tres nombres (Kyrie, Jesús, Cristo), confesamos tanto la naturaleza divina como la naturaleza humana, así como la obra salvífica de Cristo. Esto constituye una confesión plenamente Ortodoxa.

Porque si no confieso a Cristo como Kyrios (Señor), entonces caigo en la herejía de Arrio, quien negaba la divinidad de Cristo. Y si no confieso a Cristo como Jesús, entonces soy monofisita, ya que niego Su naturaleza humana.

¿Y cuál es su obra?

La obra de Cristo es la psicoterapia, la redención, la sanación y la salvación de los hombres. Cristo no vino a hacer política, ni a darnos de comer con cucharas de oro, ni a cumplir los deseos materiales de quienes, como los de Cafarnaúm, pensaban que podrían seguirlo por el desierto sin trabajar, recibiendo de Él en abundancia pan y peces. No, nada de eso. Toda la teología sobre la persona de Cristo se resume en esta breve oración: “Kyrie Jesús Cristo”. Ahora bien, puesto que te confieso ortodoxamente como Señor, Jesús y Cristo, ahora te digo: “eleisón me”.

Y el “eleisón me” es una expresión que abarca toda necesidad personal, cada situación mía, todo lo que me sucede y todo lo que necesito. Y como no sé con exactitud qué pedir, simplemente digo CristoDios: “eleisón me”, y Él, que todo lo sabe, sabrá qué darme. Amén. (18:01) Más sobre oración aquí: https://logosortodoxo.es/category/oracion/

Fuente: https://arnion.gr/ y https://athanasiosmytilinaios.blogspot.com/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

ÉTICA CRISTIANA Y ÉTICA FILOSÓFICA, A. Mitilineos

El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.

 

Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua helénica-griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos el Nuevo Crisóstomo. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes del bachillerato.

 

ÉTICA CRISTIANA Y ÉTICA FILOSÓFICA, capítulo 6 

 

  1. ¿Qué relación existe entre la ética cristiana y la filosófica?
  2. ¿Dónde se encuentra el verdadero contenido y valor de la praxis ética?
  3. “Un maestro de filosofía sostiene que el cristianismo es una filosofía. ¿Qué argumentos podría uno utilizar para refutar esta teoría?”
  4. ¿Puede uno ser ético sin creer en Dios, o ser religioso sin practicar una vida ética?
  5. ¿Qué es la ética evangélica?
  6. ¿Es necesario creer en algún Dios? ¿No basta con ser honestos, éticos, verdaderos, etc., sin esperar una recompensa?
  7. ¿Por qué, para ir al paraíso, debemos amar a Dios? ¿No basta con ser buenas personas?
  8. ¿Quizá el paraíso nos vuelve codiciosos e interesados en hacer la voluntad de Dios, no porque lo deseamos sinceramente, sino únicamente para obtenerlo?
  9. ¿Hoy el hombre está de acuerdo con lo de “a semejanza” según la Santa Escritura? Si no, ¿por qué?

 

  1. ¿Qué relación existe entre la ética cristiana y la filosófica?

(Hay que tener en cuenta que el Padre está hablando a estudiantes de bachillerato 16-18 años).

La ηθική (izikí) ética, este tema es muy importante. Si preguntáis si esta ética, con el título de «ética cristiana» que tenéis en los libros, es realmente ética cristiana, os contestaría: no. Puede ser que tenga ese título, pero en realidad se trata de ética filosófica. Y si esto lo entendéis bien a tiempo, podréis salir fácilmente de la confusión que os puede causar esta llamada ética filosófica. Porque podríais pensar que algo es ético y, si un día tomáis el Evangelio y entendéis algo distinto, entonces veréis la ética evangélica como algo curioso, incluso asfixiante o sofocante.

En cambio, la ética filosófica, al tener el “crisma” o la bendición de ser supuestamente cristiana, os ofrece una forma cómoda de practicar la ética, como si fuera una ascesis sin demasiadas exigencias.

En principio, ¿qué quiere decir «ética»?

[Añadido por el traductor: La ηθική ética es una rama de la filosofía que se ocupa principalmente de la siguiente pregunta: ¿qué acciones humanas son aceptables y correctas, y cuáles son inapropiadas y erróneas? Sin embargo, en cuestiones éticas rara vez existe un consenso general, e incluso la determinación de cuál es el tema central o fundamental que constituye motivo de desacuerdo. Las teorías éticas consecuenciales y deontológicas plantean como cuestión central los criterios para determinar si las acciones son correctas o incorrectas, aunque difieren en cuanto a cuáles son esos criterios, mientras que las éticas virtuosas consideran como cuestión principal los elementos que definen el ήθος (izos: carácter, contextura moral, costumbre), las virtudes morales del carácter o el modo de vida que debe seguirse. https://el.wikipedia.org.]
Ética ηθική es el modo mediante el cual aprendemos cómo vivir -no necesariamente una ciencia en sí misma. Cada sistema filosófico tiene su propia ética. Si creo en un sistema filosófico materialista, tendré una ética análoga, es decir, una ética y un ήθος (izos: carácter, contextura moral, costumbre) materialista. Si es idealista, tendré una ética e izos idealista, etc.

¿Qué quiere decir esto? Significa que la ética procede o emana de las conclusiones derivadas de las tesis del sistema filosófico en el que creo. Así pues, tanto si se formula expresamente como ética como si no, esa ética existe esencialmente en relación con el sistema filosófico correspondiente.

El materialista de nuestra época -como el de cualquier época- vive según la ética del materialismo. ¿Y qué es esa ética? Pues bien: «comamos y bebamos, porque mañana moriremos». Esta frase también la recoge el apóstol Pablo. Cierto que no era suya, sino una expresión del materialismo de su época. Por ejemplo, de los epicúreos, que decían: “comamos y bebamos, porque mañana moriremos”.

Si leéis el segundo o tercer capítulo -no recuerdo con exactitud- del libro de la Sabiduría de Salomón, encontraréis una excelente descripción de esta forma materialista de pensar y vivir. ¿Cómo puedo vivir según mis conclusiones? Dice la Sabiduría de Salomón:

“¿Qué es nuestra vida? Es como una nubecilla; hoy estamos, mañana no.” Pues bien, come y bebe, vive tu vida, disfrútala, porque no hay otra cosa; solo esto vale la pena.

Por lo tanto, formo una ética, es decir, un modo de vida basado en mis datos filosóficos. Diríamos que esta ética está de acuerdo con mi orientación cosmoteórica. Y es muy natural que esto ocurra.

Cuando, pues, decimos «ética», damos a entender esto. Así que, como cada sistema filosófico tiene su ética, está claro que el cristianismo también tiene la suya.

Cierto es que, como ya os he dicho en otra ocasión, la ética del cristianismo -es decir, la práctica del cristianismo- nunca se separa de los dogmas. Y son precisamente los dogmas los que determinan el camino, la manera de vivir.

Por eso, aquellos que dicen: “no necesitamos los dogmas”, es como si dijeran: “no necesitamos los indicadores del camino” o “no necesitamos las condiciones para seguir este camino ético, este camino de vida práctica”. Es una tontería estar en contra de los dogmas; es inconcebible. Los dogmas definen e indican el camino.

Y, sobre todo, si queréis, los dos grandes dogmas fundamentales: el dogma de la Santa Trinidad y el dogma de la Economía de Dios, es decir, la encarnación, humanización del Logos de Dios.

(ver: https://logosortodoxo.es/teologia-ortodoxa/dogma-y-conducta-moral/

Os comentaré algo de manera indicativa. Cuando decimos que Dios es una sola esencia, pero tres personas -tres hipostasis (bases subsistenciales)-, no queremos decir otra cosa que de este misterio surge también una forma de comportamiento humano. Porque también nosotros, los hombres, somos una sola esencia, pero multipersonales, como la Santa Trinidad, que es una en esencia y tres en personas.

Entonces, cuando hablamos de lo ομοούσιο omoúsio (consubstancial, es decir, de la misma esencia) y de lo multipersonal, ¿de dónde procede esto? Esto procede, emana, del dogma de la Santa Trinidad.

Entonces, ¿cómo podemos, los hombres, hablar de la relación entre nosotros? Pues, tomando como modelo la relación que existe entre las tres Personas de la Santa Trinidad. ¿Qué tipo de relación es esa? Es una relación agapítica, es decir, una relación de agapi (amor incondicional).

Así que, ¿cómo puedo yo considerarte a ti como enemigo, como contrario, como alguien extraño o ajeno, cuando tú eres de la misma esencia que yo?

Sobre este tema ya os hablé el año pasado, y os conté un ejemplo muy característico -y puede parecer infantil, pero no lo es tanto. Os lo repito: una vez, iba sentado en el asiento trasero de un autobús. Delante de mí había otro hombre y descubrí que él también tenía orejas, iguales que las mías. Parece una tontería, pero no lo es: descubrí que el viajero que tenía delante era como yo, y me conmoví. Pensé: “Así que este hombre es lo que yo soy”.

Si alguna vez llegamos a descubrir esto de manera vivencial, por experiencia -no sólo con palabras-, realmente nos conmoveremos.

¿Y de dónde emana esto? Procede del dogma de la Santa Trinidad.

Después está el dogma de la humanización, encarnación: que Dios se hace hombre y que yo tengo comunión, conexión y unión con Dios mediante la naturaleza teantrópina (divino-humana) de Cristo y con Dios. ¿Esto es una cosa pequeña o algo enorme?

Pues veis que la ética cristiana emana de los dogmas, de las grandes verdades del Evangelio.

Ahora, en cuanto a la pregunta: ¿qué relación existe entre la ética cristiana y la filosófica?

Cuando hablamos de filosofía, no entendemos otra cosa que este intento humano de construir respuestas a las grandes preguntas de la vida. Pero es un intento de invención humana, es decir, basado en lo que piensa la mente del hombre.

Entonces, ¿dónde se sostiene la filosofía y cualquier tipo de filosofía?
Se sostiene en el logos humano, es decir, en la lógica o razón humana.

¿Y dónde se sostiene el cristianismo?
Se sostiene en el divino Logos increado, el Logos en-hipostasiado (personificado), que se hizo hombre.

Entonces, ¿puede haber relación entre la filosofía y el cristianismo? No. Porque el logos humano debe retirarse para que se reciba al divino Logos increado.

¡Y el divino Logos increado se apocalipta, es decir, se revela, no se inventa!
¡Se apokalipta-revela, no se inventa! Lo repito para que quede claro.

En cambio, el logos humano no se revela, sino que se inventa, se idea.
Puesto que uno -el cristianismo- se apocalipta-revela y concierne a Dios, y el otro -la filosofía- se inventa y concierne al hombre
, decidme: ¿qué relación puede haber entre uno y otro?

Puesto que el cristianismo no tiene relación con la filosofía por esta razón que os he explicado, ¿cómo sería posible que existiera una verdadera relación entre la ética de cualquier filosofía -sea materialista, idealista u otra- y el cristianismo? No puede haber relación. Si existe alguna especie de parentesco en ciertos aspectos, es solo aparente o parcial. ¿Por qué?
Porque el hombre ha sido creado “como imagen, icona de Dios”, y aunque ha perdido su resplandor original, aún conserva elementos de la antigua doxa (gloria increada) y de ese antiguo resplandor.

Así que, basándose en esto, el ser humano puede encontrar algunas “cositas”, algunas intuiciones éticas, pero estas están ocultas y cubiertas de mucho óxido.

Por eso necesitamos la αποκάλυψις (apocálipsis) revelación, de la ética cristiana. La necesitamos, porque la ética cristiana es resultado de la αποκάλυψις (apocálipsis) revelación, no lo olvidéis.

Cristo mismo dijo: “Os he dicho cosas terrenales y no creéis, ¿cómo vais a creer si os digo cosas celestiales?”

Incluso para las cosas terrenales, ¿hace falta fe? Pues sí.

Le decimos a alguien: “Hijo mío, no consumas drogas, porque te destruirás”. Y aunque ve a muchos destruirse con las drogas, él también se acerca a ellas y se destruye.

¿Qué significa esto? Significa que le faltaba fe.

Anotad esto: en la ética cristiana, el acercamiento se hace por la fe.

En cambio, en la ética filosófica, el acercamiento no se hace por la fe, sino por el llamado ορθός λόγος (orzós lógos: razón recta o racionalismo), es decir, se piensa: “con mi razón lo entenderé y lo haré”.

Le decimos a alguien: “El tabaco te hace daño, ¿por qué lo fumas?”. Y lo sigue haciendo.

¿Por qué?
Porque la razón no basta. El logos humano -la lógica o razón- es insuficiente, hace falta la fe.

Esto es lo que diría sobre este tema.

Además, quiero añadir que la llamada “ética cristiana” -esta que circula y que os enseñan en el colegio- no es verdadera ética cristiana, sino ética filosófica con elementos cristianos. Es un invento, algo así como un objeto bañado en oro: por fuera parece valioso, pero por dentro no lo es.

¿Sabéis dónde aprenderéis la verdadera ética cristiana? Dentro del Evangelio.

Y, como ya os he dicho, la ética cristiana es fruto de αποκάλυψις (apocálipsis) revelación, y por eso muchas veces se considera irracional desde el punto de vista humano.

Un pequeño ejemplo: Decimos que, puesto que sentimos ciertas situaciones interiores -impulsos, deseos, emociones-, según una ética filosófica, podemos utilizarlos y disfrutarlos.

Viene el cristianismo y te dice: la indecencia, la lujuria, la prostitución son pecado (es decir, son una enfermedad de la psique-alma).

Y uno se pregunta: “¿Pero por qué es pecado, si yo lo entiendo de otra manera?”

Me acuerdo ahora de un soldado, graduado en la universidad politécnica, que hablaba sobre esto cuando estaba en el ejército. Preguntaba: “¿Por qué dice la Sagrada Escritura ‘ilumina nuestros corazones para pisotear y vencer nuestros deseos’? ¿Por qué dice ‘pisotear’, ‘vencer’ nuestros deseos carnales, si lo que queremos es provocarlos y estimularlos, no pisotearlos?”

Este hombre vivía con una ética filosófica, y sacaba sus conclusiones desde una lógica puramente racional.

Pero la ética cristiana, en muchas de sus partes, es irracional —o más exactamente, es anti-orthologística, antiracional, es decir, contraria a las invenciones y razonamientos humanos. Y te dice: “No. Tienes que bloquear, combatir y dominar los deseos carnales.”

¿Y por qué?
Porque el cristianismo tiene otra perspectiva sobre el ser humano.

No ve al hombre simplemente como un ser encerrado dentro de un marco físico o natural. El ser humano, en realidad, es una existencia teológica, es decir, tiene una lógica divina, sublime, trascendente.

El hombre no se agota ni se explica completamente dentro de los límites biológicos, físicos o naturales.

Pero para entender esto, se necesita la αποκάλυψις (apocálipsis) revelación.

Espero que con estas pocas cosas que os he dicho hayáis comprendido un poco mejor.

  1. ¿Dónde se encuentra el verdadero contenido y valor de la praxis ética?

Esto es muy importante. Hago una praxis (acción), ¿dónde está el valor de esta praxis? ¿Dónde se encuentra? Es importante señalar que los motivos de una praxis, digamos, una praxis ética o una praxis buena, pueden ser varios. Uno de los motivos principales puede ser la vanagloria. Por ejemplo, puedo hacer una donación para que mi nombre sea escuchado y halagado, para que lo escriban en una placa de mármol, para que se publique en el periódico y el mundo hable sobre la obra que he realizado. ¿Qué es esto? Es vanagloria. ¿Cuál fue el motivo de esta praxis ética mía? Fue algo pecaminoso o enfermo. ¿Es posible que haya un motivo pecador en una praxis ética, buena y bondadosa? Sí, el ejemplo que acabo de mencionar lo demuestra.

Entonces, ¿qué es lo que le da el verdadero contenido correcto a una praxis ética?

Atención, vamos a ver. En principio, diríamos que una praxis ética, ¿a qué debe aspirar? ¿Somos cristianos? Sin duda que sí. Entonces, no vamos a desarrollar el tema más allá, porque hablamos para cristianos.

¿Dónde quiero que se mantenga mi praxis ética?

Pues, en los ojos de Dios. Quiero que sea aprobada por Dios y que resista a la eternidad. El Cristo dijo: “El que recibe a un profeta por el nombre de profeta, recibirá recompensa de profeta, y el que recibe a un justo por el nombre de justo, recibirá recompensa de justo. Y cualquiera que dé a beber tan sólo un vaso de agua fría a uno de estos pequeños e insignificantes discípulos míos, de cierto os digo que de ningún modo perderá su recompensa de Dios” (Mt 10: 41-42). Esto quiere decir que si alguien toca mi puerta y me dice: “Por favor, soy misionero o discípulo de Cristo, trabajo para Cristo, dame un vaso de agua», y no me pide específicamente agua fría, yo voy y le traigo agua fría para dejarle contento. Mi recompensa será la misma que la de un discípulo o profeta, porque, aunque el acto sea pequeño, lo he hecho en nombre de Cristo.

Es decir, si realizo esta praxis ética en nombre de Cristo, para esta persona enviada por Cristo, recibiré el salario de Dios, de Cristo. Aquí vemos claramente que una obra nunca puede estar desconectada de lo que Dios desea. La virtud, el bien ético, no puede ser autónomo; debe depender de Dios, y por ello tiene su verdadero valor.

Ahora bien, os voy a dar una definición bellísima y característica de la virtud que nos da San Juan Clímaco: “Pregunta qué es virtud, y responde: en Dios, por voluntad, predisposición o preferencia.”
Tres palabras: έργον (ergon: obra, labor, trabajo) hacia Dios por libre voluntad o preferencia. (De la palabra ergon proviene la palabra energía en griego, en-ergon).

Esto significa que aquello que voy a hacer debe tener estos tres elementos:

  1. έργον (ergon: obra, labor, trabajo). Debe implicar esfuerzo, cansancio y ser una verdadera acción.
  2. Hacia Dios: Todo lo que hago debe estar dirigido hacia Dios.
  3. Por voluntad o preferencia: Es decir, debe ser algo que elijo hacer libremente, por amor y devoción a Dios.

Es importante destacar este punto: hay muchas cosas que parecen teoría, pero en realidad son praxis. Por ejemplo, la oración es érgon, es praxis, no es simplemente teórica. El ayuno, el arrodillarse, son érgon; son trabajo, esfuerzo, cansancio. Estas cosas no son solo teorías, son acciones concretas que deben ser realizadas con este enfoque.

Entonces, este έργον (ergon: obra, labor, trabajo) debe ser realizado hacia Dios. ¿Qué quiere decir esto? Lo que dice el apóstol Pablo: “Todo es de Él, con Él y por Él.”
Lo que hago, cualquier praxis, debe ser de Dios, con Dios y para Dios. Esto es muy fundamental.

Apuntad esto: cualquier cosa que haga, si no proviene de la fe en Dios, caerá al vacío. San Pablo dice: “Todo lo que no proviene de la fe es pecado.” Cualquier praxis que no tenga el sello de la fe no solo es insulsa e indiferente, sino que también es pecaminosa.

En relación con la pregunta que se planteó sobre la masonería: puede que una persona sea masón, pero si realiza obras buenas y filantrópicas, su obra, por muy buena que sea, no será aprobada si no lleva el sello de la fe ortodoxa. Y no solo eso, sino que también será considerada pecaminosa.

¿Lo entendéis? Aquellos que dicen: “Este es muy bueno”, deben saber que, si su obra no tiene el sello de la fe, no es buena. Si tiene el sello de la fe, entonces es buena; si no lo tiene, está desaprobada.

Pues bien, cada ergon (obra) o praxis que se haga debe ser “de Dios, con Dios y para Dios”, es decir, debe ser aceptada por Dios.

Un último elemento importante es la libre voluntad, predisposición o preferencia, lo que significa que yo lo quiera hacer, sin que haya presión externa, y que haya verdadera libertad. Lo quiero, lo pongo en energía, en acción (sinergia con Dios, que es la energía de la voluntad humana unida con la energía increada de la voluntad divina), y así esta praxis comienza de Dios, con Dios y para Dios. Solo entonces puedo hablar de virtud.

Por ejemplo, supongamos que hago ayuno. Si ayuno para adelgazar y tener un cuerpo bello, esta praxis no tiene valor. Pero si ayuno porque yo lo quiero, sin que nadie me lo imponga, y lo hago porque Dios lo quiere, lo hago con la ayuda de Dios y lo ofrezco a Dios, entonces mi ayuno tiene el sello de la virtud. Esto sobre esta pregunta. (24, 20′)

 

  1. “Un maestro de filosofía sostiene que el cristianismo es una filosofía. ¿Qué argumentos podría uno utilizar para refutar esta teoría?”

Hijos míos, no es solo ese maestro de bachillerato quien sostiene tal cosa, sino también catedráticos y, en general, hombres del pensamiento intelectual, que tienen la impresión de que el cristianismo es una filosofía.

Sin embargo, si afirmamos que el cristianismo es una filosofía, lo subestimamos, lo rebajamos, lo degradamos en incontables niveles. El cristianismo no es una filosofía, si entendemos por filosofía aquello que tradicionalmente define esta disciplina. Más adelante veremos que el término “filosofía” puede usarse dentro del cristianismo, pero solo bajo ciertas condiciones y con presuposiciones concretas. Aun así, en su contenido esencial, según la definición clásica de filosofía, el cristianismo no es filosofía.

Y os repito: considerarlo como tal es rebajarlo en grado sumo, porque el cristianismo es αποκάλυψις (apocálipsis) revelación.

Es bien sabido que la filosofía no es otra cosa que una investigación noble y elevada, pero realizada mediante un instrumento llamado logos humano, es decir, la razón o lógica humana. Este es el órgano propio de la filosofía. Tampoco puede confundirse con el experimento o la ciencia.

Aprovecho para aclarar que επιστήμη (epistimi: ciencia) se basa en la observación y el experimento. No podemos incluir la filosofía dentro de la ciencia ni convertirla en ciencia. Ahora bien, la filosofía es fundamental para la ciencia, ya que abre caminos, despierta la inquietud intelectual, estimula la exploración de nuevos campos del conocimiento-gnosis. En este sentido, es una herramienta valiosa para extender el espíritu humano hacia nuevas investigaciones.

La filosofía puede decir: “esto o aquello podría ser así”, y entonces la ciencia interviene con observación y experimentación, los cuales son atributos exclusivos de la ciencia.

Por tanto, la ciencia se basa en la observación, el experimento, la lógica y la medición. No olviden: si no hay medición, no hay ciencia. La medición es lo que permite capturar, conquistar el objeto de estudio. Es un elemento absolutamente esencial.

Estos son, entonces, los elementos que definen a la ciencia, y también los límites que nos permiten ver claramente que el cristianismo, como αποκάλυψις (apocálipsis) revelación divina, no puede reducirse a una filosofía ni a una ciencia.

La filosofía es un pensamiento libre que se extiende hacia espacios desconocidos, utilizando como órgano la lógica, el logos humano. No se basa en el experimento y, en muchos casos, ni siquiera en la observación.

A menudo, la filosofía y la ciencia -cuyas relaciones ya hemos mencionado- colaboran, y esta colaboración es hermosa; nadie lo duda, ni la acusa ni la subestima. De hecho, no solo abre caminos para que la ciencia explore nuevos campos, sino que incluso la propia filosofía reconoce: “yo soy filosofía, pero esto no es ciencia”.

Podríamos decir, en líneas generales, que la filosofía permanece en el ámbito de la teoría, en aquello que aún no ha sido demostrado. Sin embargo, no solo abre caminos hacia lo desconocido, sino que también puede volver atrás para interpretar cuestiones que la ciencia, por sí sola, no logra traducir. Esto también es valioso, y nadie lo niega.

Ahora bien, el cristianismo no es ni ciencia ni filosofía. ¿Qué es, entonces? ¡Es αποκάλυψις (apocálipsis), es decir, revelación divina!

¿Qué significa αποκάλυψις apocálipsis? Que no se utiliza el logos humano para alcanzar la verdad, sino que se emplea el Logos divino, es decir, es el mismo Dios quien me apocalipta, quien me revela la verdad.

No olvidéis que el fin último, tanto de la ciencia como de la filosofía -y también del cristianismo- es el conocimiento (gnosis) de la verdad. Siempre tendemos hacia la verdad; deseamos conocer lo realmente verdadero, no solo lo fenoménico.

Así, pues, el cristianismo ortodoxo no es filosofía, porque utiliza el Logos divino, y el hombre no tiene que investigar algo, sino que lo dado ya existe, y es sobre eso que el cristiano excava, profundiza y ahonda. Es importante destacar esto. En la filosofía y la ciencia, no existe lo dado; el material es desconocido. En cambio, en el cristianismo, sobre el material dado, es decir, sobre la verdad apocaliptada-revelada, el hombre, el cristiano, excava para profundizar en esa verdad. Para ilustrarlo de alguna manera, tomo la Santa Escritura, la estudio, y empiezo a preguntarme qué significa una palabra, por qué se eligió esa palabra y no otra, cuál es el fondo de esa palabra y su concepto, y qué relación tiene con otros pasajes de la Escritura. Con este sentido y significado, puedo decir que estoy filosofando dentro del espacio del cristianismo, pero partiendo siempre de la verdad apocaliptada-revelada.

En resumen, la filosofía se mueve en regiones desconocidas, teniendo como órgano el logos humano para la obtención de la verdad. El cristianismo ortodoxo, en cambio, utiliza el divino Logos increado, es decir, la αποκάλυψις (apocálipsis) revelación divina. Se trata de una verdad ya dada, apocaliptada-revelada por Dios, y es sobre esta materia dada que el cristiano investiga y profundiza. En este sentido específico puede utilizarse el término “filosofía” dentro del cristianismo, aunque con condiciones muy claras.

De hecho, en los primeros siglos, el cristianismo fue denominado «filosofía», pero con la aclaración que acabo de exponer, y no con el concepto que el término tiene dentro de la filosofía secular. Así, por ejemplo, el monaquismo también era llamado filosofía. El uso del término no era fraudulento, sino preciso dentro de este contexto. Los Padres decían: “camino sobre el filosofar”, es decir, emprendo la vida monástica. San Basilio expresó una idea admirable sobre el monaquismo y la vida social: “Ni lo filosófico insociable, ni lo social afilosófico”. Una frase verdaderamente hermosa. En este contexto, lo “filosófico” hace referencia a la vida monástica.

Si quisiéramos expresarlo con lenguaje contemporáneo: ni el monaquismo debe ser asocial, ni la vida social debería privarse de los principios monásticos, es decir, no debe ser “afilósofa”. Así vemos que el término “filosofía” se emplea dentro del cristianismo ortodoxo (y los helenos-griegos), pero siempre bajo ciertas condiciones muy específicas.

Debo añadir que, hoy en día, existe un abuso considerable del lenguaje, y es necesario aclarar este punto también. En el ámbito de la filosofía y la ciencia se utilizan los términos cosmoteoría y bioteoría. Cosmoteoría significa la consideración sobre el cosmos-mundo, es decir, la percepción que uno tiene del universo, ya sea desde el campo filosófico o científico: qué es el mundo, cómo lo entiendo, qué imagen tengo de él.

Cuando se trata de la vida del ser humano (βίος vios), hablamos de bioteoría, es decir, qué visión o consideración tenemos sobre la vida humana: cómo debe vivir el hombre.

Ambos términos –cosmoteoría y bioteoría– pertenecen al campo de la ciencia y de la filosofía, pero no pertenecen al ámbito del cristianismo. Lamentablemente, es cada vez más común encontrar que incluso teólogos, académicos y articulistas cristianos recurren a estos términos en sus escritos, lo cual no es correcto.

¿Por qué? Porque en el cristianismo no tenemos teoría sobre el cosmos, sino αποκάλυψις (apocálipsis) revelación divina sobre el cosmos. No hay cosmoteoría en el cristianismo; hay apocálipsis.

La bioteoría, también, es apocálipsis, revelación; es la espiritualidad evangélica. No tenemos una consideración o estimación sobre la vida, ni una teoría de cómo debemos vivir. Esto está definido, y apocaliptado, revelado: nos dice el Espíritu de Dios cómo debemos vivir.

Por tanto, los términos cosmoteoría y bioteoría resultan inapropiados en el lenguaje teológico cristiano. El cristianismo no opera con teorías humanas sobre el mundo o la vida, sino con verdades apocaliptadas-reveladas por Dios.

Esto en cuanto a esta pregunta, que verdaderamente era importante. Me alegra que me hagan preguntas difíciles, porque así me motivan a profundizar más. (24:29)

  1. ¿Puede uno ser ético sin creer en Dios, o ser religioso sin practicar una vida ética?

Es cierto que he respondido a esta pregunta muchas veces, de una forma u otra, pero sigue siendo una cuestión importante, y me gustaría decir algo más al respecto.

Como pueden ver, en esta pregunta se plantea una separación entre ética y fe. Es decir: ¿puede alguien practicar la fe, la religiosidad sin ética, o vivir éticamente sin tener fe o religiosidad?

Como sabrán, en todas las religiones idolátricas antiguas -por ejemplo, en el caso de los helenos- el tema de la ética era totalmente independiente del culto. Con excepción de algunos pecados graves, como el homicidio, muchas prácticas claramente pecaminosas, que serían inadmisibles en la ética y espiritualidad cristianas, eran permitidas al adorador de los ídolos. El idólatra no necesitaba más que cumplir con ciertos cultos y sacrificios para estar en regla con sus dioses.

Pero esto no ocurre en el cristianismo ortodoxo. En el cristianismo, la ética no puede autonomizarse ni separarse de la fe, porque el modo de vida depende directamente del modo en que uno cree. La ética cristiana no se sostiene sin una fe viva.

Es más, la fe misma es lo que agrada a Dios. La Escritura dice: “Todo lo que no proviene de la fe es pecado”. Esto es muy significativo. Los primeros en ser creados, Adán y Eva, pecaron precisamente porque no creyeron a Dios. Ahora yo, el hombre posterior a la caída, si creo en Dios, en su Logos, en lo que Él dice, me hago agradable y gustado a Dios. Nunca puedo hacerme agradable o ser gustado por Dios sin fe, aunque tenga el coloso de la ética, aunque practique una ética admirable, no soy agradable y gustado a Dios.

Por eso, si alguien me dice: “Conozco a un masón que es muy bueno, muy ético, filántropo, que hace muchas obras de caridad”, yo respondo: todo eso, desde la perspectiva de Dios, no tiene valor. No solo no tiene valor, sino que -como dice la Escritura- es pecado y maldición. Es duro, sí, pero es claro: Todo lo que no proviene de la fe es pecado”. Es una afirmación tremenda.

Por tanto, no podemos separar la ética y la vida espiritual de la fe. Es la fe la que determina la ética. Podríamos decir que la fe pone los signos y límites que configuran la vida espiritual. Por eso los Padres luchaban en los Sínodos por la preservación de la Ortodoxia. La Ortodoxia no es un adorno o una etiqueta (decir que somos ortodoxos). En primer lugar, no podemos agradar a Dios si no tenemos fe ortodoxa. Y en segundo lugar, una fe no ortodoxa produce una vida espiritual desviada e incorrecta.

Así pues, fe y vida espiritual, religiosidad y ética, están íntimamente unidas y no pueden separarse. San Cirilo de Jerusalén, en su cuarta catequesis, párrafo segundo, dice: “Dios no acepta ni los dogmas sin obras ni las obras sin dogmas”. Son realidades unidas de forma indisoluble. No se puede ser un buen cristiano si uno dice: “Creo”, pero su vida no es coherente. Tampoco se puede ser buen cristiano simplemente porque uno demuestra agapi (amor desinteresado) y filantropía, si ha fracasado en la fe. (24:42)

 

  1. ¿Qué es la ética evangélica?

Es muy natural que me hagan esta pregunta, especialmente porque en ocasiones anteriores señalamos que los manuales escolares tienden a mezclar la ética cristiana con la ética filosófica.

Podría responder con una sola frase muy breve: la ética evangélica es lo que apocalipta, es decir, lo que revela Cristo. Esta es la esencia de la respuesta, pero haré un pequeño análisis.

Lamentablemente, debo decir que muchos cristianos -y no pocos- no conocen lo que realmente es la ética evangélica. Esto ocurre, ya sea porque en las escuelas estudiaron manuales que ofrecían una falsa ética bajo el nombre de “ética cristiana”, ya sea porque, sin darnos cuenta, estamos rodeados por una ética de tipo filosófico que se presenta como cristiana.

La auténtica ética cristiana, que hoy también se denomina con más propiedad espiritualidad ortodoxa (ya que, de forma muy desacertada, el término “ética ortodoxa” ha caído en desuso), consiste precisamente en eso: en lo que tomo de los Evangelios, inspirado por el Espíritu Santo, con el fin de que yo mismo llegue a tener al Espíritu Santo.

Atención a este punto: estoy haciendo un análisis de lo que es la ética evangélica.

Cuando leo el Evangelio, comprendo que esas enseñanzas están escritas por el Espíritu Santo. Y cuando las leo, deseo ponerlas en práctica. Ahora bien, ¿cuál es el fin o propósito de aplicarlas?

En la ética filosófica, el propósito no es simplemente comportarse correctamente: no robar, no matar, etc. Sabéis cuántos vienen a confesarse y me dicen: “No he robado, no he matado”, y se creen a sí mismos éticos. Si en una reunión preguntas a alguien cómo ha vivido su vida, te responderá: “La he vivido bien, plenamente”; y con ello da por supuesto que ha vivido conforme a la ética evangélica. Grave error.

El fin de la ética evangélica no es simplemente ser una buena persona según criterios humanos. El propósito de la ética evangélica es la adquisición del Espíritu Santo. Es decir, vivir de un modo tal que me convierta en un campo adecuado, en una tierra preparada para el “aterrizaje” del Espíritu Santo, para que el Espíritu de Dios venga a habitar en mí.

Por eso, no puedo mentir ni actuar de modo contrario a esta verdad. Dice el apóstol Pablo: “No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención” (Ef 4,30). No lo entristezcáis, porque sois morada del Espíritu Santo.

El fin, entonces, de esta vida ética -es decir, del cumplimiento de los mandamientos- es recibir y conservar al Espíritu Santo.

Desde una interpretación que ofrece san Serafín de Sarov sobre la parábola de las diez vírgenes, el aceite representa precisamente eso: el Espíritu Santo. Aquellas vírgenes tenían buenas obras, sí, pero no tenían al Espíritu Santo.

Es trágico para un cristiano vivir una vida aparentemente virtuosa, cumplir con los mandamientos, y sin embargo, estar fuera de la presencia del Espíritu Santo sin siquiera sospecharlo.

Por eso, si deseamos una renovación, una revitalización, un auténtico despertar en el pueblo de Cristo, debemos volver a esta conciencia esencial: que la vida cristiana tiene como meta la obtención y experiencia del Espíritu Santo.

Además, ¿qué significa vida espiritual?
Es la vida que se inspira en el Espíritu de Dios y que contiene al Espíritu de Dios. No solo es inspirada por Él, sino que lo alberga en su interior. ¡No creáis que esto es algo pequeño! ¡Es algo profundamente importante!

Y en cuanto a los mandamientos, ¿sabéis cuánto se diferencian de cualquier sistema ético filosófico, ya sea idealista o materialista?
Permitidme hacer un inciso: el idealismo no tiene ninguna relación con el cristianismo, aunque, lamentablemente, muchos hoy creen que el cristianismo es una forma de idealismo. Dicen: “Soy idealista, por lo tanto, soy un buen cristiano”. ¡Gravísimo error!

La Iglesia rechazó el idealismo de raíz. El idealismo, que también puede llamarse platonismo, fue combatido y corregido por la Iglesia, especialmente en el caso de Orígenes, condenado en sínodos por sus enseñanzas influenciadas por el pensamiento platónico. Bien, dicho esto como paréntesis, volvamos al tema principal.

Escuchad ahora algo muy característico. Tomemos un solo mandamiento: “amad a vuestros enemigos”.

Leía en un periódico -de esos que promueven el regreso de la idolatría a Grecia- una crítica sobre este mandamiento, en especial sobre lo que significa la agapi (amor) al enemigo. El autor decía: “¿Qué quiere decir eso de amar al enemigo? Es algo incomprensible”. Y tiene razón: los antiguos helenos nunca hablaron de amar al enemigo, porque el amor al enemigo es una revelación, una apocálipsis.

Porque la agapi-amor al enemigo es apokálipsis, es decir, revelación. Y aún así, puedo decir: “Amaré a mi enemigo, aunque al final él me destruya”.

Esa es una postura filosófica, es la ética de la filosofía: pienso racionalmente y me digo a mí mismo, ¿cómo voy a amar a mi enemigo, si corro peligro por su causa? Y no solo amarlo, sino también ayudarlo desinteresadamente.

El cristianismo, sin embargo, dice: “Amad a vuestros enemigos”. Esto permanece incomprensible para la lógica humana. Y sigue: “¿Cómo voy a amar a mi enemigo y encima permitir que me destruya?” Este razonamiento, tesis es típicamente filosófico: se analiza racionalmente el riesgo y se llega a la conclusión de que no tiene sentido ayudar a quien puede hacerme daño. Y mirad, esto es solo un mandamiento.

Otro ejemplo: “Bienaventurados y felices serán los pobres del espíritu porque de ellos es y será el reinado de la realeza increada de los cielos; (bienaventurados y felices son y serán aquellos que están pobres de males y pecados en el espíritu de su corazón de la psique e humildemente sienten su pobreza espiritual y su dependencia integra con fe y humildad a Dios, porque de ellos es y será la realeza increada de los cielos) (Mt 5,3).

Es decir, bienaventurados los pobres por su propia libre voluntad y preferencia del espíritu, porque de ellos es la Realeza de Dios. Aquí se trata de la pobreza voluntaria. Es pobre quien así lo desea, no por ser perezoso, incapaz o ingenuo para obtener riqueza u otras cosas, sino porque así lo quiere. Y ese “así lo quiero” se basa en que lo quiere Cristo. Dijimos que hay dependencia, y por eso permanezco sin bienes no por un capricho filosófico, sino porque Cristo lo quiere, y yo lo quiero porque Él lo quiere. Esto es lo que tiene valor.

Pero esta pobreza, en este sentido… ¿entienden lo que significa? Os daré un ejemplo extremo para que se vea con claridad.

Una vez, un asceta tenía un ejemplar de la Santa Escritura. En aquella época, las Escrituras estaban escritas a mano y eran muy costosas. Leyó en ella que uno debe ayudar a los demás. Un día fue al mercado y vio que vendían esclavos. Se conmovió tanto que pensó: “Yo tengo un libro muy valioso”. Vendió el libro y con ese dinero liberó a un esclavo. Este hombre había cumplido el Evangelio.

Y aún más impresionante: que alguien vaya y se venda a sí mismo como esclavo para liberar a otro. Esto lo hacían algunos ascetas, con el fin de convertir a sus amos al cristianismo. ¿Puede esto sostenerse en la ética filosófica? Por supuesto que no. La ética evangélica no nace de la lógica ni de la experiencia humana, sino de la αποκάλυψις apokálipsis revelación del Espíritu Santo.

Gracias por vuestra pregunta, fue muy buena. (24:48)

 

  1. ¿Es necesario creer en algún Dios? ¿No basta con ser honestos, éticos, verdaderos, etc., sin esperar una recompensa?

Como veis, el tema es muy importante, y me gustaría responder de la siguiente manera.

La fe y la virtud, ciertamente, no implican necesariamente una recompensa. Sin embargo, la fe en Dios hace que la virtud sea dependiente de Él. ¿Qué significa creer en Dios? Significa tener una relación de dependencia con Dios. Si practico la virtud como fruto de la fe, entonces esa virtud está indudablemente ligada y dependiente de Dios. Pero esta dependencia no implica que yo actúe esperando una recompensa. Simplemente actúo así porque, de otro modo, estaríamos repitiendo continuamente el pecado ancestral u original. Este no es otra cosa que la autonomía, incluso la autonomía de la virtud. No solo autonomía de opinión, sino de la virtud misma.

Por ejemplo, decir: “Quiero ser así, quiero ser filántropo, caritativo y amar a los hombres porque me gusta, porque me conviene, no porque lo dice Dios”. Esto es algo muy grave. ¡Veis cuántas reediciones del pecado original existen en nuestra época!

No obstante, nuestra relación con Dios, queridos míos, no es simplemente una relación de fe. Porque la fe es apenas la primera aproximación. Nuestra relación con Dios es una relación de αγάπη (agapi: amor incondicional, desinteresado). El Dios no es simplemente una persona con la que tengamos una relación de reconocimiento o de respeto formal. La fe implica reconocer que Él es Dios, pero también el obrero reconoce a su jefe como superior, aunque entre ellos no haya necesariamente una buena relación.

El cristianismo no se conforma con una relación basada solo en la fe, entendida como reconocimiento. Lo que Dios desea de nosotros es una relación de αγάπη agapi. Esta relación se manifiesta cuando hacemos lo que Él quiere no por interés o por esperar una recompensa, sino simplemente porque Le amamos.

Para entender mejor esto, os pondré un ejemplo;
¿Por qué amáis a vuestros padres, hijos míos? ¿Porque os alimentan, os cuidan y os ayudan a crecer? Llegará un día en que ya no podrán alimentaros, más bien seréis vosotros quienes los alimentaréis y cuidaréis. Decidme entonces: ¿si la relación con vuestros padres fuera solo una relación de reconocimiento -sé que eres mi padre porque nací de ti-, tendría sentido seguir amándolos cuando ya no pueden daros nada? ¿Debéis abandonarlos si no pueden daros una herencia o ayuda? Por supuesto que no. Los amáis porque son vuestros padres, no por lo que puedan ofreceros. Ese amor es auténtico.
De la misma manera, nuestra relación con Dios debe ser una relación de amor, no de interés. Si practico la virtud, no debe ser porque espero una recompensa, sino porque amo a Dios, amo a Cristo.

Una vida sin Dios es una vida sin medida. Sin Él, perdemos la medida Porque una vida sin Dios es una vida sin medida en nuestras relaciones con nosotros mismos, con los demás seres humanos y con la creación a-loga (ilógica). No olvidéis esto. Decir: “haré lo que quiero, ejerceré la virtud sin Dios”, es perder la medida.

La medida, entonces, es esta: cuando guardo la medida de la fe y de la agapi-amor hacia Dios -es decir, una medida de dependencia sin esperar recompensa-, entonces tendré el criterio con el que podré regular mis relaciones conmigo mismo, con los demás y con toda la creación.

Hoy, el hombre contemporáneo se ha emancipado de la voluntad de Dios, y esto es una gran desgracia, pues como consecuencia sufre precisamente porque ha abandonado a Dios. En otras palabras, el hombre contemporáneo se expresa en la misma actitud que plantea la pregunta.

¿Es indispensable y necesario tener una relación con Dios? ¿No puedo ejercer las virtudes -eso que llamamos humanismo- sin Dios? ¿Es realmente indispensable?

La respuesta se verá en la praxis. Y la praxis muestra que el ser humano contemporáneo, al haberse emancipado de Dios, finalmente no practica la virtud. Ha terminado convirtiéndose en un lobo, incluso para sí mismo, y también para los demás. Se autodestruye. Por eso vemos hoy que las relaciones humanas no son las que Dios quiere, porque hemos construido una ética autónoma. Hemos apartado a Dios, lo hemos dejado al margen y pretendemos vivir sin Él.

Les agradezco mucho por sus preguntas, han sido muy buenas. Que la jaris (gracia) increada, la energía de Dios, los bendiga. (25:20)

  1. ¿Por qué, para ir al paraíso, debemos amar a Dios? ¿No basta con ser buenas personas?

Esta pregunta es muy importante, no es simple, y me gustaría que le prestaran especial atención.

Es sabido que muchas personas hoy en día dicen: “Yo quiero ser una buena persona sin necesidad de amar a Dios”. Por ejemplo, en un matrimonio, la mujer asiste a la Iglesia y el marido no. Y el marido, como pretexto ante la insistencia de su esposa, le dice: “Yo soy mejor persona que tú, que vas a la Iglesia”. Y muchas veces, la propia mujer puede llegar a decir: “Realmente, mi esposo es un muy buen hombre, lo único es que no va a la Iglesia”. Esto incluso puede tranquilizarla o hacerla despreocuparse, ya que él “es buena persona”, aunque no tenga relación con la Iglesia. Es decir, no tiene una relación con Dios a través del culto, no participa en la Divina Liturgia, lo cual implica que no ama a Dios desde la experiencia del culto eclesial, a la divina Liturgia.

¿Es correcto esto? Es inútil que intentemos decir que sí. No es correcto.

Atención: una vez, el Señor fue preguntado por un abogado o legislador: “¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?”. Y el Señor le respondió: “Amarás al Señor tu Dios con toda tu alma, con todo tu corazón, con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Lc 10,28).

¿Qué significa eso de «amarás al Señor tu Dios»? Significa que no puedes decir que amas a tus padres o a tu prójimo si no amas a Dios. ¿Cómo es posible que ocurra algo así? ¿Cómo puedes decir que crees en Dios, pero no lo amas?

Porque el dogma de que Dios es Trino, de que es nuestro Padre, de que es Providente, etc., todo eso constituye lo que llamamos dogma. Es decir, verdades que han sido apocaliptadas-reveladas y que están contenidas y garantizadas dentro del Logos de Dios. Esto es lo que significa “dogma”. (ver también: https://logosortodoxo.es/teologia-ortodoxa/dogma-y-conducta-moral/)

Atención: el término “dogma” ha sido tergiversado por algunos, quienes lo entienden como abuso de poder o despotismo. Dicen: “Este dogmatiza”, como si fuera arbitrario o autoritario. Pero no se trata de eso. Repito: los dogmas son verdades apokaliptadas-reveladas, como por ejemplo que Dios es uno en esencia y tres en personas -Padre, Hijo y Espíritu Santo-, que Dios es bueno, providente, etc. Estas verdades no son invenciones humanas, sino que nos han sido apokaliptadas-reveladas.

Por tanto, cuando hablamos de dogmas, nos referimos a verdades depositadas en el Logos de Dios, en la Sagrada Escritura, de las cuales nosotros nos informamos y que nos conducen a una fe ortodoxa, correcta. Esta fe ortodoxa, a su vez, nos conduce a la agapi-amor hacia Dios.

¿Y cómo podría yo amar a Dios si no sé quién es Él? ¿Puedo amar a Dios si no sé que es mi Padre?

Si, por el contrario, hago el bien y soy una buena persona, pero no amo a Dios, entonces ese bien lo convierto en algo autónomo, desligado de Dios. Aquí radica el gran problema, y aquí también se engaña y pisa en falso incluso la filosofía. Por ejemplo, la filosofía kantiana se equivocó en este punto: propuso una ética autónoma que no necesita a Dios. Según esta perspectiva, basta con que cada uno sea una buena persona, y así se constituiría una universalidad del entendimiento humano, una suerte de armonía mundial (lo que hoy algunos llaman “globalización”).

Pero esto es un gran error. Esa autonomía no es otra cosa que una trampa demoníaca. Al diablo no le importa que seas buena persona. Es más: hasta puede ayudarte a serlo, con tal de que no tengas ninguna relación con Dios.

¿Y cómo tenemos relación con Dios? A través de la fe y de la agapi-amor, el amor verdadero. El diablo puede incluso decirte: “Sí, sé buena persona, pero no te unas a Dios”. Es decir, se promueve un bien autónomo, un bien separado de Dios.

Pero como Dios es la fuente de todo bien y de toda bondad, si cortamos el bien de su fuente -de Dios-, entonces ese supuesto “bien” se convierte en algo demoníaco. Y esto es precisamente lo que Dios rechaza y castiga.

¿Y qué fue lo que quisieron hacer los primeros creados, Adán y Eva? Quisieron deificarse. ¿Acaso no querían algo bueno? Sí, pero ¿de qué manera? De la forma en que se lo sugirió el diablo: sin Dios. Una zéosis (deificación) autónoma, separada de Dios. ¿Cuál fue el resultado? Que cayeron.

Ahora podéis entender cuál es la diferencia entre ser una “buena persona” y ser un “buen cristiano”. Es una diferencia enorme. El ser “buena persona” no salva; sólo se salva el buen cristiano.

Lo mismo escucharéis decir sobre los masones: “Sí, es masón, ¡pero es muy buena persona!”. ¿Y qué importancia tiene eso? ¿Le hace superior? “Sí, pero es un gran filántropo”. ¿Y qué importa eso? Absolutamente nada. Todo esto se invalida si ese bien está separado de la fe, de Dios.

Dice la Sagrada Escritura: “Todo lo que no proviene de la fe es pecado” (Rm 14,23). Es decir, todo lo que no proviene de la persona de Jesús Cristo, de la persona del santo Dios Trinitario y del Hijo de Dios humanado (hecho hombre), es pecado. Incluso el bien es pecado si está separado de la fe.

Por lo tanto, no podemos decir simplemente que nos haremos “buenas personas”; debemos convertirnos en buenos cristianos. Y volviendo a la pregunta: no podemos entrar en la βασιλεία (vasilía: realeza increada) de Dios si no amamos a Dios. Y para llegar a amar a Dios, debemos ser fieles a Él.

  1. ¿Quizá el paraíso nos vuelve codiciosos e interesados en hacer la voluntad de Dios, no porque lo deseamos sinceramente, sino únicamente para obtenerlo?

Muy buena esta pregunta. Diríamos que es el móvil o motivo: ¿por qué quiero ser cristiano?, ¿por qué quiero cumplir los mandamientos de Dios? ¿Será acaso por un motivo egoísta, buscando un provecho personal?

La verdad es que algunos, como Kant u otros filósofos, nos acusan a los cristianos de actuar por interés, como si todo se tratara de ganar algo. Pero no tienen razón. Ciertamente, el tema es muy profundo, especialmente cuando hablamos del salario o recompensa, pero en realidad, no existe un salario en el sentido mercantil. Lo que existe es una recompensa recíproca. ¿Y saben cuál es?

Cristo tiene su propio salario, fruto de sus mismos padecimientos. Lo diré brevemente, porque es un tema muy amplio y profundamente teológico. Cristo mismo dice: “He aquí que vengo, y mi recompensa está conmigo”. No dice: “vuestra recompensa”, como lo diría un encargado a sus obreros: “su salario está conmigo, en mi bolso”. No. Dice: “mi recompensa”, es decir, el salario de Cristo.

¿Y cuál es ese salario? El salario de Cristo son los hombres que se han salvado. ¡Esto es algo verdaderamente majestuoso! Cuando hablamos de redención, hablamos también de esta paga: “habéis sido comprados por precio”, dice el apóstol Pablo. ¿Cuál fue ese precio? Nosotros somos el salario de Cristo.

¿Pero acaso yo no me he esforzado por vivir según los mandamientos de Cristo? Entonces, también yo recibo una recompensa. ¿Y cuál es? Lo contrario: ¡Cristo mismo!

Así pues, el Cristo me tiene como recompensa porque me ha salvado, y yo tengo a Cristo como recompensa porque he creído en Él y he vivido según sus mandamientos. Este es el verdadero salario.

¿Es esto reprochable? No. Sólo aquellos que desconocen la dimensión cristiana del salario dicen lo que dicen, y lo hacen con ignorancia.

Sin embargo, existen tres alicientes o motivos para aspirar a la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios. Pero debo decir que lo verdaderamente importante no es el Paraíso en sí, ni siquiera la Realeza de Dios como fin en abstracto. Lo más importante es ganar a Cristo. Porque si gano a Cristo -como ya os he dicho antes-, entonces tengo también el Paraíso, la Realeza increada de Dios, y todos los bienes que esta conlleva. No debemos ver la Realeza increada de Dios como algo separado o abstracto, sino mirar a Cristo mismo como el centro y el fin. No pongamos ante nosotros simplemente el Paraíso, sino a Cristo, directamente frente a nosotros.

Ahora bien, existen tres motivos legítimos por los que uno puede aspirar al Paraíso, tal como lo plantea esta pregunta. Estos tres motivos son aceptados por Dios, con la única diferencia de que se encuentran en distintos niveles espirituales: uno inferior, otro medio y otro superior.

El primer motivo es el temor: temo a Dios, temo Su juicio. ¿Qué cuentas le rendiré a Dios? Como ya os leí antes en el tropario del Domingo del Juicio, veréis que todos los himnos se mueven en este nivel del temor. Todos lo expresamos en nuestras oraciones: “Señor, ¿cómo me juzgarás? Soy un hombre pecador, te temo, Señor.” Esto es totalmente legítimo. De hecho, la Santa Escritura dice: “El principio de la sabiduría es el temor del Señor.” El temor, por tanto, es fecundo y fundamental: un motivo válido y aceptable.

El segundo motivo es el interés. ¿Qué clase de interés? Un interés bien entendido: no ya por miedo al Juicio o al infierno, sino por el deseo de alcanzar la Βασιλεία Realeza increada de Dios. Este deseo de adquirir el Realeza increada por interés -porque lo amo, porque me conviene espiritualmente- es también legítimo y, sin duda, más elevado que el temor. Podemos decir que el temor pertenece al hombre esclavo, mientras que el interés corresponde al hombre libre.

Y el tercer móvil o motivo es el del hijo: la agapi-amor desinteresado e incondicional. Es el nivel más alto, aquel en que uno puede decir:

“Cristo mío, si tú decides juzgarme y llevarme al infierno, y tu agapi así lo ha dispuesto, no es cuestión de tenerte miedo ni de buscar recompensa. Yo te amo, y si me llevas al infierno, allí mismo seguiré amándote”.

Este es el último y más alto criterio, el más deseado de todos. Y este no corresponde ni al esclavo que actúa por miedo (catarsis), ni al libre, que actúa por interés (iluminación, sino al hijo, que actúa por amor (zéosis). El hijo ama. El esclavo teme. El libre busca su conveniencia. Pero el hijo simplemente ama. Este móvil de la agapi debe ir desarrollándose poco a poco dentro de nosotros. Quizá pasemos del primer móvil, el miedo (catarsis) al segundo el interés, (iluminación), y de este al tercero, la agapi- amor incondicional, (zéosis), pero es imprescindible que lleguemos a este punto.

Y diciendo la verdad, quien tiene como móvil o aliciente a Cristo, difícilmente lo pierde. No se deja arrastrar ni engañar; ni el pecado, ni el mundo, ni sus tentaciones logran desviarlo, porque todo eso tergiversa y arrastra, pero no al que ama verdaderamente.
El miedo a la atracción del mundo puede ser vencido. El interés -ya sea bien o mal entendido, incluso relacionado con el dinero u otros deseos- también puede superarse con ciertas presiones.
Pero la agapi el amor desinteresado, es poderoso como la muerte.
Si amas a Cristo, nunca -pero nunca- lo traicionarás, porque lo amas de manera auténtica, profunda y verdadera. Este es el nivel más alto, lo mejor, lo más perfecto, y os lo deseo con todo mi corazón.

 

  1. ¿Hoy el hombre está de acuerdo con lo de “a semejanza” según la Santa Escritura? Si no, ¿por qué?

Realmente, como recordaréis, el año pasado, al tratar la antropología en los tres primeros capítulos del Génesis, vimos que el hombre está hecho “a imagen de Dios”, con destino a llegar a ser “a semejanza”.
El “a imagen” es el don del hombre, lo que se le ha dado: son las condiciones iniciales. El “a semejanza” es el fin o propósito.

Antes dijimos que el cristianismo es esperanza, y que el sentido y significado de la existencia sólo se entienden a través del cristianismo.
¿Cuál es ese sentido? Precisamente pasar del “a imagen” al “a semejanza”; es decir, teniendo en potencia (en dynamis) el ser imagen, transformarnos y realizarnos “como a semejanza”. Por eso dice Cristo: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”; es decir, que lleguéis a realizar el “a semejanza”. Si no llegamos a realizar ese “a semejanza”, no podemos entrar en la βασιλεία realeza increada de Dios.

Pero no debemos desanimarnos. Quizá alguien se pregunte: ¿cómo podré lograrlo? Poco a poco, con la jaris (gracia, energía increada) de Dios, con Su ayuda.
Del mismo modo que un niño de primaria no debe desanimarse pensando cómo llegará a ser médico o abogado leyendo esos enormes libros, así también quien empieza el camino espiritual no debe desesperarse al ver lo largo del recorrido.

Ese es el objetivo: debemos llegar ahí.

Entonces, la pregunta es: ¿Hoy el hombre alcanza esa “semejanza”?
Y parece que quien hace la pregunta percibe que actualmente esto no se está logrando, y por eso pregunta: ¿por qué?

Hijos míos, hemos dicho cuál es nuestro fin o propósito. La historia, en relación con esta pregunta, puede ilustrarse de la siguiente manera:

Imaginemos que un día nos detenemos en un cruce de caminos y preguntamos cómo llegar al lugar al que deseamos ir. Entonces, alguien se nos acerca y nos dice: “Tomad este camino, y llegaréis allí de esta manera; encontraréis esto y aquello en el camino”, etc. Pero en lugar de comenzar a caminar hacia ese destino, nos quedamos simplemente curioseando en ese cruce de caminos. El hombre ya nos lo dijo: tomad ese camino y llegaréis.

Así es, aparentemente, nuestra época. Nuestra época no quiere recorrer el camino del “a semejanza”, sino que prefiere andar por el camino que ella misma se ha fabricado, el que le acomoda.

Además, no olvidemos que para recorrer el camino hacia el “a semejanza”, es necesario tener un prototipo, un modelo.
¿Qué significa “a semejanza”? Que debo tener algo o alguien con quien asemejarme, seguir su camino, imitar su ejemplo.

Pero hoy ese prototipo ha sido eliminado. Hoy decimos que cualquier cosa preestablecida no nos hace falta, que es anticuada.
Es una verdadera desgracia que hayamos reducido a Dios a algo preestablecido, como si fuera una idea vieja y obsoleta. Me sorprende que no hayamos hecho lo mismo con el sol, llamándolo también preestablecido o anticuado. Me extraña que no hayamos llamado anticuados también al agua y al pan, siendo cosas igualmente fundamentales.

Es decir, ¿por qué no se ha oído decir que el pan es algo preestablecido y anticuado, y por eso ya no deberíamos comerlo? ¿O que el sol es algo preestablecido y anticuado, y no queremos que salga más? Y como el sol tiene la “desfachatez” de salir cada mañana, nosotros nos esconderemos en agujeros como ratas para no verlo, para así no tener que juzgarlo como anticuado o preestablecido.

¿No creen que estas cosas son absurdas? Pues eso es justamente lo que hemos hecho con Dios: lo hemos convertido en una reliquia, en algo “preestablecido”, antiguo, innecesario.

Decimos que ya no nos hace falta, que ya ha reinado bastante sobre la humanidad, y que ha llegado el momento de derribar su “ídolo” y quitarlo de en medio.

Hemos echado a Dios, y ahora hablamos de ateísmo, de que no creemos en nada. No es simplemente que no creemos en Jesús Cristo, ¡es que no creemos en nada!

Decidme, por favor: si eliminamos el modelo, la muestra, ¿cómo es posible hablar de imitación alguna?
Porque lo de “a semejanza” no es otra cosa que imitación del prototipo. Yo soy la reproducción, la copia, y debo asemejarme al prototipo. Pero si ya no existe el prototipo, porque lo hemos descartado, ¿cómo podremos jamás hablar de “semejanza”?
Debemos regresar al prototipo, al modelo original, para poder realizar el “a semejanza”, para encontrar el sentido y significado de nuestra existencia, el propósito de nuestras vidas, y dignificar nuestra existencia para encontrarnos en la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios. Esa es la razón por la cual hoy no se realiza el “a semejanza”.

Y si me preguntáis: ¿por qué hemos quitado a Dios? Porque nos hemos hartado de Él. Decidme: ¿Quién ha dicho que se ha hartado de comer pan o de respirar aire?
Pero, sí, hay personas que dicen estar hartas de comer. ¿Quiénes son?
Los enfermos. Llevad a un enfermo la mejor comida, y os dirá que no puede. Ve la mejor comida y se siente mal, pero no es por la comida, es porque está enfermo.

Entonces, ¿no pensáis que nuestra época está enferma?
Gravemente enferma, cuando llega a pensar y actuar así. Sí, hijos míos, nuestra época está enferma.

¿Me diréis que todos los hombres están enfermos?
No, no todos. Pero vosotros, que venís aquí a escuchar el logos de Dios, tenéis que tener mucho cuidado para no enfermar. Todos podemos enfermar, sí, todos, incluso yo, que os hablo, puedo enfermar.

¿A qué me refiero con enfermarme?
No me refiero a las enfermedades físicas comunes, sino a esta enfermedad espiritual: llegar a decir que Dios es algo preestablecido, anticuado, y tirarlo fuera de nuestras vidas.
Ojalá que esto no nos suceda. ¡Que Dios nos guarde!

Por eso, os exhorto: en medio de esta situación infecciosa y enferma del mundo, mantengamos la salud de la ψυχή (psijí: psique, alma, ánima, la que anima vivifica el cuerpo) para que podamos encontrar el sentido y significado de nuestra existencia, que es la realización del “a semejanza”.

Fuente: https://arnion.gr/ y https://athanasiosmytilinaios.blogspot.com/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

Ἐσχατολογία Esjatología, Anticristo, Hades, Infierno, Muerte, Paraíso, Realeza y Resurrección.

Ἐσχατολογία (Esjatología: Escatología), Anticristo, Hades, Infierno, Muerte, Paraíso, Realeza y Resurrección.

El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.

 

Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua helénica-griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos el Nuevo Crisóstomo. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes del bachilerato.

Índice

  1. En la parábola del rico y Abraham ¿cómo lo conoció que era Abraham?
  2. ¿Cuándo uno muere va directo al Paraíso, al infierno o al Hades? Acláranos esto.
  3. ¿Podemos matar al anticristo y liberarnos de él?
  4. ¿Qué significa anticristo o anticristos?
  5. ¿Cuando venga el anticristo al mundo, vendrá como hombre con cuerpo, carne y sangre o como espíritu? ¿Cuáles serán las señales o signos que tendremos en el mundo que testificarán la venida del anticristo?
  6. ¿Cuál es la posición de los hombres ante la muerte?
  7. ¿Por qué algunos hombres no creen en la resurrección de los muertos?
  8. ¿Habrá cosmos-mundo después de la Segunda Parusía, Presencia?
  9. ¿Cómo será el paraíso?
  10. ¿Por qué el Dios hará inmortales también a los pecadores?
  11. ¿El anticristo puede tomar una u otra forma, por ejemplo, la misma forma de Cristo?
  12. ¿Uno que muere y está en el paraíso ve lo que pasa aquí en la tierra?
  13. ¿Puede el hombre volver a la μετάνοια metania (cambio de mentalidad, arrepentirse) después de la muerte?
  14. Sabemos que el Hades se encuentra debajo de la tierra y Dios está en el cielo. Si aceptamos que Dios está entre nosotros, y que las almas de los muertos están en Él, ¿significa esto que se hallan entre nosotros, debajo de la tierra como los pecadores, o en el cielo como los justos? Si no es así, ¿dónde van entonces las psiques-almas de los muertos?

[Ἐσχατολογία, esjatología: El término proviene de ésjatos (último, postrero, extremo) y logos (tratado, discurso), y se refiere al estudio o reflexión sobre las últimas cosas o acontecimientos. Así como el término Cristología expresa el logos (tratado) sobre Cristo, o Eclesiología sobre la Iglesia, lo mismo ocurre con Esjatología, que trata sobre los últimos tiempos o realidades finales.

La palabra ésjato se emplea con múltiples significados. En principio, claro está, se refiere a lo último, ya sea en términos de lugar, grado (superior-inferior), estado o situación personal, o tiempo. Así, podemos hablar del último lugar, del hombre inferior o humilde, del hombre falso, o de acontecimientos que ocurrirán en el futuro.

En el Nuevo Testamento, cada vez que aparece el término ésjato puede tener diversas interpretaciones. A continuación, mencionaré algunos ejemplos representativos:

Cristo, hablando sobre la dóxa (gloria increada) de los santos Apóstoles que lo dejaron todo para seguirlo, dijo: «Muchos de los primeros serán ésjatos (últimos), y los ésjatos primeros» (Mt 19,30). En este contexto, el término se usa en relación con el valor. Los Apóstoles, considerados últimos en su época frente a los sabios y poderosos, se volvieron los primeros en valor y dignidad espiritual. Este sentido aparece en muchos pasajes de la Sagrada Escritura.

En otro caso, refiriéndose a los banquetes, Cristo enseñaba que uno debe elegir el último lugar, de modo que el anfitrión pueda invitarlo a subir más alto: «Mas cuando fueres convidado, ve y siéntate en el ésjato (último) lugar, para que cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba…» (Lc 14,10). Aquí, el término en contraposición con la parte anterior, también significa la parte inferior. Además, el término también implica humildad, una virtud que debe distinguir a los discípulos de Cristo. Por eso, en otro pasaje, el Señor enseña: «…Si alguno quiere ser el primero, será el postrero (ésjato) de todos, y el servidor de todos» (Mc 9,35).

Ésjato también se usa en sentido geográfico, para indicar el último punto, el límite del horizonte o de la tierra. Cristo dijo a sus discípulos: «…recibiréis una fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los ésjatos (confines) de la tierra» (Hch 1,8). Con estas palabras anuncia la universalidad de su mensaje y que recibirán el Espíritu Santo y se convertirán en testigos Suyos en todo el mundo.

Es cierto que el término esjatología se utiliza principalmente para referirse al final del tiempo. En este sentido, encontramos numerosos pasajes en el Nuevo Testamento. A continuación, examinaremos algunos de ellos, dejando de lado aquellos que utilizan la palabra ésjato con otros significados.

En sus enseñanzas, Cristo vincula los ésjatos (postreros) con la resurrección de los cuerpos y, naturalmente, con el Juicio que le sigue. Afirmaba: «Y esta es la voluntad del Padre que me ha enviado: que yo no pierda ninguno de todos los que él me ha dado, sino que les resucite gloriosamente aquel ésjato-último gran día (de la Parusía, Presencia universal)» (Jn 6,39). Esta era también la creencia común entre los judíos. Por eso Marta, hermana de Lázaro, al escuchar que su hermano resucitaría, respondió: «…sé que resucitará durante la resurrección de aquel gran ésjato (último) día» (Jn 11, 23-24).

Como ya hemos dicho, la resurrección está unida al Juicio Final. Por ello, Cristo también afirma: «El que me rechaza y no recibe los logos de mi enseñanza, tiene ya quien lo juzgue; El logos que yo he hablado, lo condenará en el ésjato o último, el gran día del Juicio universal» (Jn 12,48).

Los ésjatos también se refieren al período previo a la segunda venida de Cristo para juzgar a los hombres, es decir, al final de los tiempos, cuando los hombres se endurecerán y el mal alcanzará su máxima expresión y exaltación. Por eso San Pablo escribe a Timoteo: «Has de saber que en los ésjatos-últimos días sobrevendrán tiempos difíciles» (2Tim 3,1). En la misma línea, San Pedro advierte: «Ante todo debéis saber que en los últimos días vendrán burladores, andando según sus propios deseos, concupiscencias…» (2Pe 3,3).

Así, el término esjatología abarca los tiempos finales, el fin del cronos (tiempo), la Parusía (Segunda Venida de Cristo), el Juicio Universal y todo lo que lo antecede y sigue. También incluye el momento en que la psique (alma) se separa del cuerpo, comenzando el juicio parcial inmediatamente después de la muerte.

De esta breve introducción se deduce que no es fácil delimitar la esjatología en una sola etapa temporal. En la percepción ortodoxa del tiempo, se experimentan pasado, presente y futuro como un «aquí y ahora», pues los santos —pasados, presentes y futuros— viven como presentes dentro de la Iglesia. Por eso hablamos de una esjatología diacrónica, ya que los ésjatos abarcan tanto los primeros como los últimos tiempos.

La esjatología ortodoxa es, en esencia, el Hisijasmo.]

  1. En la parábola del rico y Abraham ¿cómo lo conoció que era Abraham?

La parábola del Rico y de Lázaro: “Había un hombre rico, que vestía púrpura y lino y celebraba cada día espléndidos banquetes. Por el contrario, un pobre, por nombre Lázaro, estaba tendido junto a su portal, cubierto de úlceras, y deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico; hasta los perros venían y lamían sus úlceras. Sucedió, pues, que murió el pobre, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico, y fue sepultado. Y estando en el infierno, levanta sus ojos, en medio de tormentos, y ve a Abraham a lo lejos y a Lázaro en su seno. Y levantando la voz, dijo: Padre Abraham, ten piedad de mí y manda a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en estas llamas. Dijo Abraham: hijo recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro recibió males; ahora, en cambio, él es aquí consolado y tú eres atormentado. Además, entre nosotros y vosotros hay un gran abismo, de manera que los que quieran pasar de aquí a vosotros no puedan, ni tampoco de ahí pasan a nosotros. Y dijo: Te ruego, pues, padre, que le envíes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento. Dice Abraham: Tienen ya a Moisés y a los profetas, que los escuchen. Él dijo: No, padre Abraham, sino que, si fuere a ellos alguno de la legión de los muertos, harán metania, penitencia. Le dijo: Si a Moisés y a los profetas no escuchan, tampoco se rendirán si alguno resucitase de entre los muertos (Lc 16, 19-31).

En la parábola, el rico se dirige a Abraham llamándole por su nombre, «Padre Abraham», etc. ¿Cómo supo que era él? Sin duda, estamos ante una parábola, y una parábola es una construcción, una creación que tiene como objetivo transmitir ciertas verdades que el Señor desea comunicar. Es importante entender, ¿qué es una parábola? Una parábola es una historia que no ocurrió, pero que es posible que ocurra. Todas las parábolas de Cristo están dentro del ámbito de lo posible y lo realizable.

Los mitos de Esopo, en cambio, no son posibles de realizar. Por ejemplo, en uno de los relatos, la zorra le dice al cuervo, que tiene un trozo de carne, «¡Ay, cuervo mío! Qué bien cantas, ¿por qué no cantas un poco para que oiga tu dulce voz?» Y el cuervo, al cantar (exclamar krá), deja caer la carne al suelo. Obviamente, estos son mitos, pero no son posibles de realizar. En cambio, las parábolas del Señor son historias creadas, que no existieron como tal, pero son ejemplos de algo que sí podría ocurrir. Hay que tener en cuenta esta diferencia.

Es cierto que, en este caso, la historia se presenta de manera económica (por concesión), porque Abraham le dice al rico que, aunque quisiéramos cruzar a la otra orilla, hay un gran abismo entre ambos. Entonces, nos podríamos preguntar, ¿cómo se lleva a cabo la conversación? Se hace por economía (por concesión), para que haya un diálogo. Pero independientemente de este detalle, la pregunta sigue siendo válida. Y la pregunta es la siguiente: ¿cómo sabía Pedro, en la metamorfosis de Cristo, que los dos acompañantes eran Elías y Moisés? Tal vez, ¿escuchó el Señor llamándoles por su nombre? Es posible.

Sin embargo, lo que sí sabemos es que, en la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios -y la Transfiguración fue una manifestación de esta Realeza increada-, existe un reconocimiento inmediato de las personas. Este es un aspecto de la Realeza increada de Dios. No me dirán que el apóstol Pedro o Pablo debían tener características específicas, como en una foto o una iconografía, para reconocer a alguien. No es necesario. Hay un reconocimiento instantáneo.

Es importante señalar que nuestra iconografía no pretende reproducir los rostros de los santos tal como eran en su naturaleza. En el caso de los santos contemporáneos de los que existen fotografías, no está permitido representarlos en el iconostasio, en su lugar, se coloca una hagiografía del santo. ¿Qué significa esto? Intentamos cambiar las características físicas del rostro del santo, especialmente en el caso de aquellos que vivieron en una época en la que ya existían las fotografías. Así, el rostro del santo en el icono no es el natural, sino el rostro santificado (divinizado, deificado), el rostro metamorfoseado.

Por esta razón, no es necesario tener una descripción detallada del rostro de Jesús Cristo en los Evangelios. No tenemos ni la más mínima referencia sobre cómo era físicamente. A pesar de esto, si Cristo se te manifiesta, Le reconocerás de inmediato. Lo mismo ocurre con la Παναγία (Panaghía: (Todasanta o Santísima Virgen) o cualquier santo: si se manifiestan, los reconocerás inmediatamente.

Por economía (concesión), para que el reconocimiento ocurra en este mundo presente, es posible que el santo se manifieste de acuerdo con un icono. De ahí que muchas veces digamos: «He tenido un sueño o una visión, he visto un santo, y cuando voy a la Iglesia, me quedo perplejo al ver el icono, porque se parece al santo que he visto». Esto es por economía. Sin embargo, en la βασιλεία (vasilía: realeza increada) de Dios, el reconocimiento es inmediato, sin que intervenga nada más; allí la situación es completamente diferente. (36, 42´)

  1. ¿Cuándo uno muere va directo al Paraíso, al infierno o al Hades? Acláranos esto.

Cuando una persona muere, no va ni al infierno ni a la Realeza increada de Dios. Va al Hades, que actualmente está dividido. Si la persona es piadosa, irá al Paraíso, es decir, a la parte del Hades que se transformó en Paraíso. Esto ocurrió porque el Señor, con su presencia, dejó allí la luz de Su divina doxa (gloria increada), y ese lugar se convirtió en Paraíso. Allí se encuentran las almas (psiques) de todos los santos, los apóstoles y también san Juan el Bautista, con la excepción de la Θεοτόκος (Zeotokos: la que da a luz a Dios, Madre de Dios).

Todas estas almas están en estado espiritual, esperando la resurrección de los muertos para que, una vez reunidas con sus cuerpos renovados, entren en la Realeza increada de Dios.

Por otro lado, los hombres impíos y pecadores están en el Hades, en un lugar oscuro. Cómo es exactamente ese lugar, sólo Dios lo sabe; es como era antes de que Cristo descendiera al Hades. Allí siguen yendo las psiques-almas de los pecadores, y también ellas esperan la resurrección para ser juzgadas junto con sus cuerpos.

Los justos serán los primeros en entrar en la Realeza de Dios, y los impíos, entonces -y por primera vez-, irán al infierno, en el cual actualmente no hay nadie, ni siquiera los demonios. Según el libro del Apocalipsis, allí estarán el diablo, el anticristo y los hombres pecadores.

No añadiré más, porque ya hemos tratado este tema en otras ocasiones. (35:55)

  1. ¿Qué significa anticristo o anticristos?

La palabra anticristo se encuentra en el Nuevo Testamento. Es cierto que no es un término inventado posteriormente por la literatura eclesiástica, sino que es un término bíblico y hagiográfico. Es utilizado por el evangelista Juan en sus epístolas, y él mismo da su definición: anticristo es aquel que niega la naturaleza humana de Cristo. De forma más precisa: si niegas la naturaleza divina de Cristo -como lo hizo Arrio- eres anticristo; si niegas su naturaleza humana y aceptas solo la divina -como en el caso del monofisismo- también eres anticristo, porque no aceptas lo que verdaderamente es Cristo.

Por lo tanto, la negación de lo qué es el Jesús Cristo, ya sea en su naturaleza humana o en su naturaleza divina, constituye la postura del anticristo. Así lo define el mismo evangelista Juan.

Muy correctamente, pues, el padre y santo Justino Pópovits dijo: “El primer anticristo -se entiende, después de Cristo, porque también existieron anticristos antes de su venida- fue Judas. Porque no creyó en quién era su Maestro. Si hubiera creído, nunca habría hecho lo que hizo. Por tanto, negó la naturaleza divina de su Maestro al venderlo por unas monedas. No reconoció su divinidad.

El segundo anticristo, que negó la naturaleza divina de Cristo, fue Arrio, quien sostenía que Cristo era simplemente una creación y no Dios verdadero.

El tercer anticristo -antes del último, que será el cuarto- ¿quién es? Temblarán al escucharlo: es el cristianismo occidental, en la figura del Papa y de cada Papa de Roma”. No lo digo yo, lo dijo el santo padre Justino, y también san Cosme de Etolia. Por eso san Cosme decía: «Al Papa, maldecid», y lo llamaba anticristo.

¿En qué consiste ser anticristo?

Porque la falsificación del kerigma evangélico se encuentra en el cristianismo occidental. Y una falsedad del kerigma cristiano no sana ni salva. Y en el momento en que algo no sana ni salva, en definitiva, se convierte en una negación del cristianismo. Así pues, este es el anticristo según san Juan.

Aún más, se llama anticristo a aquel que usurpa la persona de Cristo. Avanzando un paso más: por ejemplo, si insultas a Cristo, eres anticristo. Kazantsakis -el conocido escritor heleno- insultaba a Cristo; quien lea sus obras lo podrá comprobar. A este se le puede llamar anticristo. Pero Kazantsakis, al herir a Cristo, no se detenía allí: quería crear una nueva religión y proclamarse a sí mismo como mesías.

Aquí vemos un paso más allá: no solo se hiere a Cristo, sino que se le sustituye. Es decir, se usurpa el título de Cristo y del Mesías. Esto mismo hará el último anticristo: usurpará el título de Cristo.

Podemos entonces resumir que hay dos formas fundamentales de ser anticristo: El que no acepta la persona teantrópina (divino-humana) de Cristo. El que pretende sustituir a Cristo, proclamando a otro -o a sí mismo- como Mesías. Porque el último anticristo, el definitivo -cuyo número será 666-, ¿qué hará? El apóstol Pablo nos lo dice: entrará en el templo de Dios -el templo de Salomón, que será reconstruido- y se proclamará a sí mismo como Dios. Para entonces ya habrá destruido toda forma de piedad en este mundo, no solo del cristianismo, sino de todas las religiones. Anulará cada forma religiosa para proclamarse él mismo como Dios.

Ved, pues, que este segundo paso -el proclamarse como Dios- es la consumación del espíritu del anticristo. (34. 41,30´)

  1. ¿Podemos matar al anticristo y liberarnos de él?

¿Podemos matar al anticristo para así nos liberarnos de él y que nos deje tranquilos de una vez por todas? Esta sería una medida drástica: matar al Anticristo para salvarnos.

Pues bien, hijos míos, ante todo quisiera deciros lo siguiente: en cierto sentido, sí, nosotros podemos «matarlo». Veamos cómo.

En principio el Anticristo, como persona, es el resultado de una época de apostasía, de decadencia espiritual, ética y moral. Por eso, según el Evangelista Juan en el Apocalipsis, se dice que surge del mar, y que vio tres bestias. La primera bestia estaba en el aire: es el diablo. La segunda bestia, semejante a la primera porque toma sus poderes de ella, surge del mar. La tercera bestia surge de la tierra: es el falso profeta, el pseudoprofeta.

La bestia que surge del mar -el Anticristo- representa, precisamente por su origen marino, el caos y la agitación de las naciones. El mar es símbolo del desorden de los pueblos. Así, el Anticristo es fruto de la apostasía de las naciones, de la plenitud de la iniquidad. En este sentido, el Anticristo será una persona real -insisto en ello-, pero su aparición será el resultado de la gran apostasía de las naciones de la tierra. Ese es el primer punto.

Por tanto, es un hecho que el Anticristo vendrá. ¿Cuándo? No lo sabemos. Puede ser en nuestros días, dentro de cien años, quinientos, mil… o incluso mañana. Su venida está estrechamente ligada a la Segunda Παρουσία (Parusía: Presencia, Venida) de Cristo, cuya fecha es también desconocida. Sin embargo, esto no significa que no podamos discernir ciertos signos.

El Señor nos ha dado suficientes señales para que podamos intuir la cercanía de Su Segunda Parusía y, en consecuencia, también la del Anticristo. Si queréis saber más, venid mañana a la homilía cuyo tema es la recreación del universo. Es decir, todo está encaminado hacia su final.

Así de acuerdo con esto, algo podemos afirmar, naturalmente sin analizar en profundidad el tema del Anticristo. Yo así lo entiendo desde hace unos años, porque existen ciertos signos o indicios objetivos -no subjetivos- que nos permiten percibir que la Segunda Parusía, Venida del Señor no está muy lejana, y, en consecuencia, tampoco la manifestación del Anticristo. Hay señales concretas que indican que la Segunda Venida de Cristo podría no estar muy distante, y por tanto, tampoco la del Anticristo. Son hechos que ya han ocurrido, otros que están ocurriendo actualmente, y algunos más que se esperan. Es cierto que no parece que vaya a suceder mañana, pero tampoco parece estar muy lejos.

La historia se dirige claramente hacia su consumación: la historia universal, no solo la de los seres humanos, sino también la del universo entero.

Entonces, nosotros y nuestros hijos, ¿cómo podemos resistir?, ¿podemos matar a esta persona, como se pregunta? Sí, podemos «matar» al Anticristo. ¿Cómo? Con nuestra fe en la persona teantrópina (divinohumana) de Cristo.

Si permanecemos fijos, firmes en nuestra fe, que Jesús es perfecto Dios y perfecto hombre. Muy claro lo dice san Juan el Evangelista: anticristo es aquel que niega la naturaleza humana o la divina del Señor Jesús Cristo. Esto constituye el corazón de todo lo demás que el anticristo como persona puede presentar. ¿Cómo pues, podemos matarle, es decir, rechazarle? Quedándonos inamovibles en la persona divino-humana del Señor Jesús Cristo.

Y no os preocupéis de matarle, de su destrucción definitiva se encargará otro. El apóstol Pablo, en su epístola a los Tesalonicenses, nos revela que el Señor lo destruirá con la espada de Su Logos. Así también lo afirma el Apocalipsis: el Anticristo, junto con el diablo, será arrojado al lago de fuego y azufre, imagen del infierno eterno.

Por lo tanto, el anticristo será destruido por la Parusía (Presencia) gloriosa de Jesús Cristo. Así podemos afirmar con seguridad: sí, podemos «matar» al Anticristo, permaneciendo fieles a Cristo. (19,12´32´´)

  1. ¿Cuando venga el anticristo al mundo, vendrá como hombre con cuerpo, carne y sangre o como espíritu? ¿Cuáles serán las señales o signos que tendremos en el mundo que testificarán la venida del anticristo?

El tema es muy amplio y no puede ser desarrollado en el poco tiempo que nos queda, pero os compartiré algunas palabras esenciales.

El Anticristo será un hombre real, con cuerpo, carne, huesos y sangre, nacido de forma natural, no sobrenatural. Será cien por cien hombre. No será el diablo encarnado ni una transformación de éste en hombre, porque el diablo no puede hacerse hombre. Aunque puede tomar apariencia humana -como también los ángeles pueden aparecer con forma humana-, esa apariencia es ilusoria, no sustancial.

Los ángeles y los demonios pueden manifestarse con aspecto de hombre, pero no son verdaderos hombres. El único hombre real que ha venido del cielo es el Hijo de Dios. Es decir, la «llave» de la encarnación, de la verdadera humanización, la posee únicamente Dios. El diablo no tiene ese poder.

Así, el Anticristo será completamente humano, pero según el apóstol Pablo, actuará bajo la influencia del poder, potencia y energía de Satanás. Es decir, Satanás estará obrando en su interior, y él será una persona completamente entregada al diablo. Será el «hijo» más auténtico del diablo que jamás haya existido sobre la tierra. No ha habido, ni habrá, otra persona en la historia humana que se haya entregado tan plenamente al maligno diablo.

No me digáis: «¿Será como Judas?» Pues recordemos que cuando Judas tomó el pan mojado en vino, el evangelista dice: entonces Satanás entró en su corazón. Aun así, ni siquiera Judas llegó a la plenitud de entrega que alcanzará el Anticristo.

Es decir, Judas ya era un instrumento ciego de Satanás. Pero el Anticristo será, sobre todo, un instrumento completamente entregado al diablo, ciego y sumiso, no por un breve periodo, como ocurrió con Judas. Este, al día siguiente, se suicidó porque no pudo soportar su estado. En cambio, el Anticristo no será como Judas. Será, pues, hombre.

Ahora bien, respecto a las señales mencionadas en la pregunta: ¿cuáles serán? Son muchas, pero el apóstol Pablo nos da una clave esencial: la señal será la apostasía -es decir, la renuncia o deserción de la fe. La apostasía ocurre cuando los pueblos o naciones cristianas, los que han conocido a Cristo y han sido bautizados, abandonan su fe. No se refiere a los pueblos que nunca han sido cristianos, sino a los que lo fueron y reniegan de Dios.

No vayáis muy lejos: ayer mismo, en un programa médico de radio, se hablaba sobre la difteria, y dos veces el locutor dijo lo siguiente: “Los padres deben estar agradecidos a este científico francés que descubrió la vacuna contra la difteria y a sus dioses”. ¿Lo habéis oído? ¡A sus dioses! Y más adelante, volvió a repetir: “los dioses”. ¿Por qué dice “los dioses” y no “Dios”? Esto es señal de que estamos dejando al Dios verdadero y volviendo a los dioses falsos. Es un retorno a la idolatría.

Recordad los temas que tratamos el año pasado sobre la idolatría. Vuestros ojos verán cosas impensables; quedaréis perplejos y anonadados ante lo que está por venir. En nuestras clases, por la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios, intentamos prepararos para lo que vendrá.

Atención: la idolatría se extiende a nuestro alrededor. No hablo solo de la antigua idolatría -la de Afrodita, Dionisos o Baco- expresada en la embriaguez o la prostitución, sino de una idolatría más sutil: aquella en la que se invocan “los dioses”, o en la que todo vale, incluso sobre la fe cristiana.

¡Mucho cuidado!

La señal principal de la venida del Anticristo es, precisamente, la apostasía: cuando los pueblos cristianos abandonan a Dios. Esa será la evidencia de que su manifestación está cerca. (17.20´15´´)

  1. ¿Cuál es la posición de los hombres ante la muerte?

Hoy en día, los hombres se detienen ante la muerte -como dice el apóstol Pablo- “como los ateos del mundo, sin tener esperanza”.

¿Sabéis lo que significa esto?

Significa que ignoran la resurrección de los muertos. Viven como si no hubiera esperanza, como si la muerte fuera el fin absoluto. ¡Qué pena y tristeza! El apóstol Pablo dice a los tesalonicenses: “No quiero que os apenéis, os entristezcáis como los demás, los que no tienen esperanza en la resurrección de los muertos”.

Hijos míos, la actitud de los verdaderos creyentes ante la muerte -es decir, la de los ortodoxos, cristianos auténticos- es totalmente distinta. Nuestra fe se basa en un hecho fundamental: Cristo ha resucitado. Y, dado que Cristo resucitó, también los muertos resucitarán.

El Cristo es el primogénito de entre los muertos que resucitó y nosotros Le seguimos. Puesto que resucitaremos, ¿cuál debe ser nuestra postura frente a la muerte?

Debe ser aquella que llena la psique-alma de la esperanza en la Resurrección.

Esa es la verdadera respuesta cristiana ortodoxa. (8.15´55´´)

 

  1. ¿Por qué algunos hombres no creen en la resurrección de los muertos?

El apóstol Pablo lo expresa con claridad: “La fe no es para todos”. Aunque el Evangelio se ofrece a todos los hombres, lamentablemente no todos están en disposición de recibirlo con un corazón abierto y receptivo. No todos están dispuestos a aceptar lo que dice el Logos de Dios.

Por eso, el apóstol afirma con dureza esta gran verdad: la fe no es para todos. Y aunque nos parezca una afirmación dura, no deja de ser una realidad. No todos creen.

Roguemos, entonces, que no formemos parte de esa categoría de hombres que se resisten a creer. Nuestro deber y nuestro anhelo deben ser aceptar únicamente aquello que apocalipta-revela el Logos de Dios, es decir, que tengamos una fe firme, clara y obediente a la verdad apocaliptada-revelada. (32,55´)

8- ¿Habrá cosmos-mundo después de la Segunda Parusía, Presencia?

Cuando se plantea si existirá «cosmos» o mundo después de la Segunda Presencia de Cristo, evidentemente no se está refiriendo a la existencia de los seres humanos, porque los hombres ciertamente existirán. La Segunda Venida de Cristo no anulará a los hombres; al contrario, con la resurrección de los muertos, todos comparecerán ante Él.

La pregunta, más bien, se refiere a la creación material, al universo como tal. Y la respuesta es afirmativa: el universo existirá, pero en una forma renovada, tras la recreación.

Cuando Dios creó el mundo, dijo que todo era “muy bueno”. Aunque el mundo actual se ha corrompido y desgastado a causa del pecado del hombre, esto no significa que Dios destruirá Su creación hasta hacerla desaparecer. El Dios no revoca ni se arrepiente de lo que crea. Él no devuelve las cosas a la nada, sino que las renueva.

Veamos dos ejemplos: El diablo no puede ser renovado; los hombres pecadores no desaparecerán, sino que recibirán la retribución justa, y para algunos será el infierno eterno.

Esto es algo admirable y a la vez impresionante: que lo que el Dios ha traído a la existencia no puede volver a la nada. El hombre no puede anularse a sí mismo, aunque muchos pecadores, en su desesperación, quisieran convertirse en “cero”; no pueden. Y lo mismo ocurre con el cosmos: la creación no será aniquilada, sino transformada.

Repito, lo que Dios ha creado del cero o de la nada no regresará al cero, sino que será restaurado, renovado, a pesar de que el mundo actual esté alterado y envejecido. Por eso, encontramos numerosos pasajes tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento que hablan claramente sobre esta renovación de la creación.

Pero me limitaré sólo al Nuevo Testamento, porque el tiempo es escaso. En el libro del Apocalipsis se dice: “He aquí, todo lo hago nuevo”.

Estas palabras las pronuncia el Renovador de la creación, que es al mismo tiempo el Creador de todo. Es decir, quien creó todas las cosas es también quien las renueva.

¿Saben por qué el Cristo dice: “He aquí, todo lo hago nuevo”? Porque Él es el creador de todo, y en esta afirmación también se manifiesta Su identidad divina.

Ahora bien, si alguien se pregunta: ¿Este mundo es perfecto?

La respuesta es: no, no lo es completamente.

Y con esto respondo también a una pregunta que me han planteado. Algunas cosas en la creación son imperfectas, y esto tiene una razón:

Dios hizo todo “muy bueno”, como dice el Génesis, pero no absolutamente perfecto en el sentido final y definitivo. Dio al mundo una configuración provisional, abierta a la transformación y a la plenitud que vendrá con la renovación final.

Dicen los Padres, por ejemplo, san Irineo, obispo de Lión, que el Dios previó que los hombres pecarían y por eso desde el principio hizo una creación que fuese menos buena que aquella en que se convertirá cuando será renovada. Y dentro de la creación ha dado figuras, planos, que estarán después de la renovación del universo. Dicen los Padres de la Iglesia, como san Ireneo, obispo de Lyon, que el Dios, previendo la caída del hombre, creó desde el principio un mundo «menos bueno» que aquel en el que se convertirá tras su renovación. Esta creación inicial contenía figuras y planos que anticipaban la gloria futura del universo renovado. Por ejemplo, en el libro del Apocalipsis, el evangelista Juan escribe: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no estaba más [es decir, el mar que es el símbolo de la situación caótica que había dominado a toda la icumeni-tierra habitada no existe ya]” (Ap 21, 1-2).

Atención: cuando decimos “pasaron”, no queremos decir que se han puesto a un lado para que algo nuevo ocupe su lugar -lo cual sería incomprensible-, sino que todo lo creado pasará de una forma a otra, y de la corrupción a la incorrupción.

Repito la misma creación, el cielo y la tierra pasan a la incorrupción y a una inmensa belleza. Es sabido que el mar constituye un elemento fundamental, al menos sobre nuestra tierra; es esencial, porque mantiene la vida. Si falta el agua, ¿cómo se sostendría y se mantendría la vida? La mención de que «el mar ya no existía» puede interpretarse simbólicamente. En la cosmología bíblica, el mar representa el caos y las fuerzas del desorden. Su desaparición en la visión apocalíptica simboliza la eliminación definitiva del mal y el establecimiento de un orden divino perfecto. Así, la creación no será aniquilada, sino transformada, metamorfoseada y llevada a su plenitud en la renovación prometida por Dios.

Por lo tanto, significa que tenemos un nuevo modo de vida y una nueva creación. Apuntad una cosa más, en otro punto del  libro del Apocalipsis dice: “No he visto en ninguna parte el sol, ni la tierra”. Esto muestra que la nueva creación, posiblemente no tendrá la forma esférica que tiene ahora el cosmos-mundo tal como lo sabemos. Porque el universo entero está constituido con galaxias, estrellas, etc., billones de billones, todas estas están de forma esférica y se mueven circundantemente.

¿Cómo será esta nueva creación?

Podemos decir, como afirma el apóstol Pablo: «Lo que el ojo no vio, lo que el oído no oyó, lo que ninguna inteligencia y mente humana imaginó, eso preparó Dios antes de la creación del mundo para los que le aman» (1Cor 2:9). Será un nuevo mundo, y este nuevo mundo será la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios. Tendremos la misma naturaleza, pero en estado incorruptible e inmortal. Nuestra figura no cambiará; permanecerá como es, tal como la figura de Jesús Cristo, quien está ahora incorruptible e inmortal -si se me permite expresarlo así-, pues Cristo permitió que su cuerpo muriera en la cruz.

La naturaleza de Cristo, desde el principio, era incorruptible e inmortal, pero asumió un estado de kénosis (vaciamiento). Y la nueva naturaleza que contemplamos no es realmente “nueva”; es aquella que existía desde el principio, pero que se manifiesta como nueva tras la resurrección, siendo incorruptible e inmortal.

Además, después de Su resurrección, Jesús pide ser tocado y que vean las marcas de los clavos; come, aunque no necesita hacerlo, para certificar que es Él mismo y que conserva la misma figura: no ha cambiado. Sin embargo, en el Nuevo Testamento encontramos algunos pasajes en los que, aunque lo reconocen y dicen «es el Señor», no se atreven a preguntarle: “¿Tú quién eres?”, porque se manifiesta de otra forma, como nos dice el evangelista Marcos. Es decir, es algo nuevo: entra y sale sin necesidad de que se abran o cierren las puertas, y, a pesar de ello, sigue siendo el mismo.

Así también los hombres serán renovados, pero conservarán su figura. Ya no habrá necesidad de género; no podemos hablar de bodas, porque Cristo lo dejó claro: “En la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios no hay boda ni matrimonio” etc. Por lo tanto, vemos que se nos promete un nuevo cosmos, un mundo transformado. Quien cree en Jesús Cristo, cree en este nuevo mundo.

El Señor se refirió a este nuevo mundo con la palabra παλιγγενεσία (paliyenesía), que significa recreación o nueva génesis. Dijo: «Estaré con vosotros en la paliyenesía» (Mateo 19:28), es decir, en la recreación del mundo. Así, nuestro mundo será hecho nuevo.

Esto responde a la pregunta. (22,1´)

  1. ¿Cómo será el paraíso?

Os dije anteriormente que el paraíso se diferencia de la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios. El paraíso es el lugar donde se encuentran las psiques-almas, solo las almas. Obviamente, gozan de la doxa (gloria increada) de Dios y de la θεωρία (zeoría: contemplación, expectación) de Cristo, de Dios. Pero esta bienaventuranza no es plena, sencillamente porque falta el cuerpo. Estas almas están esperando la resurrección de los muertos, aunque ya estén en el paraíso. Es una especie de agonía, una inquietud o una búsqueda, por decirlo de algún modo. Esto lo encontramos en la Sagrada Escritura, en el libro del Apocalipsis.

Cuando el apóstol Pablo fue arrebatado hasta el tercer cielo, es decir, fue llevado al paraíso, él mismo lo dice claramente en su carta a los Corintios. Afirma que vio y experimentó cosas en el paraíso, y se pregunta, dos veces, si fue con el cuerpo o sin él: “¿Con el cuerpo o sin el cuerpo? No lo sé; Dios lo sabe” (2Cor 12:2-3).

Dice que ha visto y vivido cosas en el paraíso. Sobre todo, se pregunta si realmente se fue somáticamente o no. Lo menciona dos veces: “¿con mi cuerpo o sin mi cuerpo?. No lo sé, el Señor lo sabe”. Es decir, se encuentra en un estado en el que no tiene autoconciencia de su existencia, y se cuestiona si solo está el cuerpo o si también está la psique-alma junto con el cuerpo. Esto se dice en honor a la Santa Escritura, que no menciona nada al respecto. Y Pablo dice: “No es posible, pero tampoco permitido, hablar o decir sobre aquel estado o situación”.

El mismo apóstol Pablo dice que, si os hablara de aquellas cosas que existen -y que, en cierto modo, se supone que alguien pudiera contarlas, aunque no se pueden expresar-, os explicaré por qué no puedo hacerlo: si las dijera, me tomaríais por un ser superior, y no sé cómo os comportaríais conmigo. Para que eso no ocurra, tampoco yo os lo digo. Pero Dios me ha dado un ‘parásito’, un ángel de Satanás que me tienta y no me deja levantar cabeza, para que no me enorgullezca.

Así que Dios toma precauciones: le muestra el paraíso, pero también le da una tentación. ¿Qué tentación? Pruebas. El diablo se burla y desprecia al apóstol Pablo únicamente para que no se enorgullezca. Él mismo dice: no es posible para el ser humano expresar aquellas cosas que «ojo no ha visto, oído no ha escuchado, ni corazón ha deseado o sentido».

Hijos míos, aquellas que existen allí son increadas. En este mundo en que vivimos, habitamos entre cosas importantes y admirables, pero creadas. Y lo creado se puede describir. En cambio, lo increado, cuando se manifiesta dentro del campo de lo creado (como la luz o las energías increadas), sólo puede ser percibido por el νούς nus -el ojo o energía del corazón de la psique-alma- pero no puede ser descrito con logos y palabras.

Así, podemos entender esta frase de Pablo “que no es posible para uno describir aquello que el Dios ha preparado para los que le aman”, no se pueden hablar, es imposible explicarlas. Por eso en la Santa Escritura no hay descripciones del otro mundo y si existen como son en el libro del Apocalipsis, las descripciones se hacen con lenguaje simbólico e iconas, imágenes simbólicas.

Dice que «he visto la Βασιλεία (vasilía: realeza) increada de los Cielos, la Jerusalén celestial, con una muralla de oro». Obviamente, la realeza increada de Dios no está hecha de oro ni tiene muros literales. Estas son iconas simbólicas que expresan, de algún modo, cómo una persona puede acercarse por un momento a esa realidad y describir, aunque sea en parte, esas cosas y realidades increadas.

Apuntad una cosa más: una cosa es el Paraíso y otra, la Βασιλεία Realeza increada de Dios. El Paraíso es un estado de la psique-alma y espacio de los espíritus buenos, de las psique-almas que esperan la resurrección. Cuando resucitemos y recuperemos nuestros cuerpos -si Dios quiere y nos llama-, entonces entraremos en Su Realeza increada. Si el Paraíso ya es algo indescriptible, ¿cuánto más lo será la Realeza increada de Dios?

Sólo os digo esto: la Βασιλεία Realeza increada de Dios será este mundo transformado, metamorfoseado, un cosmos totalmente nuevo. Y en ese nuevo mundo se incorporarán nuestras nuevas existencias. Así que, no podemos tener absolutamente ninguna icona, ninguna imagen, sino sólo creer que Dios ha preparado, como dice Su Espíritu, “cosas grandiosas para aquellos que lo aman”.

Esto en cuanto a esa pregunta. (20, 37´)

  1. ¿Por qué el Dios hará inmortales también a los pecadores?

Es cierto que muchos pecadores desearían no ser inmortales. Además, la idea de que los hombres pecadores morirán definitivamente -es decir, que desaparecerán, se convertirán en nada o dejarán de existir- es una enseñanza constante del milenarismo (como en los Testigos de Jehová), especialmente del nuevo milenarismo. Es decir, según ellos, el pecador no resucitará. ¿Y saben de dónde sacan esta idea? Del Salmo 1, que en realidad no tiene nada que ver con lo que ellos sostienen.

Incluso se basan en aquella palabra πνεῦμα (pnévma: “espíritu” o “aire” según contexto), en la frase: “Como la flor del campo, pasó el pnévma y se marchitó”. Pero πνεῦμα, en la Santa Escritura, tiene varios significados. En este caso específico, significa “aire” o “viento”. Tal como decimos coloquialmente: pasó el aire cálido, el ábrego, y secó las flores.

Esto os lo digo para que comprendáis la terrible mala interpretación que hacen estos grupos. Además, afirman que el pecador será resucitado por Cristo y que entonces Él le preguntará si quiere volver a la μετάνοια metania arrepentirse. Si responde que no, entonces -según ellos- será reducido a la nada. Obviamente, sería absurdo que alguien no se arrepintiera en ese momento. Por tanto, podéis ver claramente la incoherencia y falta de lógica en las ideas de estas personas

Sin embargo, la pregunta es, ¿por qué el Dios hará inmortales también a los pecadores?

Queridos míos, debemos saber que el Dios lo que hace, lo hace desde la nada o cero. Sólo Él es autoexistente. Antes de su acción creadora, no existía absolutamente nada: ni los santos ángeles -pues son criaturas-, ni la creación visible, ni la lógica ni la ilógica. Todo fue creado ex nihilo, desde el cero.

Ahora bien, como todo fue creado desde el cero, podría -en teoría- volver al cero, pero esa relación con la nada sólo la tiene Dios. Os pregunto: ¿acaso nosotros podemos anular completamente algo del mundo material? Por ejemplo, ¿podemos hacer que un átomo, un fotón o un electrón se conviertan en nada, en cero absoluto? Es imposible. Si los transformamos, lo digo a grosso modo, se convierten en otra cosa, pero no desaparecen por completo.

Por tanto, si ni siquiera lo material puede volverse nada, entendemos que la capacidad de devolver algo al cero pertenece exclusivamente a Dios. Pero Dios no es como nosotros, que decimos y nos desdecimos. El Dios no se contradice. Lo que crea, lo hace con propósito, y aunque lo renueve, no lo anula.

Así pues, como todas las creaciones de Dios son «muy buenas» (Génesis 1,31), ninguna volverá a la nada, sino que serán renovadas. Incluso el más pequeño átomo, durante la renovación del mundo, no se convertirá en cero. Absolutamente nada se hará inexistente.

La Escritura lo afirma con claridad: «Esperamos una renovación total, un cielo nuevo y una tierra nueva», como lo anuncian san Juan el Evangelista, san Pedro, el profeta Isaías, los Salmos, y otros muchos pasajes bíblicos. Se habla de renovación del universo, pero nunca de anulación. Y si nada creado vuelve al cero, tampoco lo harán los pecadores.

Además, pensemos en la justicia de Dios. Cometemos un error si creemos que Dios es solamente agapi (amor incondicional). Es cierto que la agapi-amor de Dios se manifiesta mientras existe el mundo. Pero cuando termine la historia, entonces también se expresará Su justicia.

No olvidemos que la justicia de Dios es parte esencial del misterio trinitario y de la βασιλεία realeza increada de Cristo. Como Rey del universo, ejercerá Su justicia. Y esto no tendría sentido si los pecadores desaparecieran completamente. Si alguien se convierte en cero, ya no hay autoconciencia, y por lo tanto, no puede experimentarse y manifestarse la justicia divina.

Un ejemplo, imaginemos que alguien desea vengarse de su enemigo. Se esconde en una esquina de la calle con un arma, lo mata y se dice a sí mismo: “Me he vengado de él.” El que ha muerto, ¿tiene conciencia de que ha sido vengado? No, porque no ha tenido tiempo de comprender el motivo de su muerte. Por lo tanto, ¿dónde está el concepto de “me he vengado de él”? No existe.

Aún más, recordad la parábola del rico y Lázaro, en la que el rico, estando en el tormento, dice: “Estoy sufriendo en este fuego…” (Lc 16, 19-31). Esto muestra que tiene memoria de su vida terrenal, de sus parientes. ¿Qué significa esto? Si no tuviera memoria, podría preguntarse: «¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Y por qué?» La memoria justifica la justicia de Dios. Si pierdo mi cabeza, mi lógica y me castigan, no me preguntaré, “¿por qué me castigan?” Así, debemos tener no solo existencia, sino también una percepción clara y un entendimiento consciente de esa existencia.

Por lo tanto, el Dios no vuelve nada a cero. Su justicia se debe manifestar. Así, tanto el pecador como el justo no son inmortales por naturaleza, al igual que la psique-alma humana no es inmortal por naturaleza. Uno podría decir que la psique-alma es inmortal, pero, aunque la psique es inmortal, es una creación de Dios, al igual que el cuerpo. Y como toda creación, podría tener un final. Sin embargo, Dios no quiere que la vida tenga un final en el sentido de ser aniquilada, sino que Él desea que sea inmortal. La inmortalidad de la psique-alma existe porque Dios lo ha dispuesto así.

Aún más, un teólogo contemporáneo (refiriéndose a san Agustín Pópovits) dice algo muy bello y significativo: “Los pecadores, con la Crucifixión, condenaron a Dios a muerte; y Dios, por su parte, los condena a la inmortalidad.” Es decir, les condena a ser inmortales para siempre, sin poder, por mucho que lo deseen, hacerse cero o desaparecer. Nunca podrán hacerlo. ¡Es algo tremendo! ¡Es terrible la condena a la inmortalidad!

Por eso, queridos míos, tengamos cuidado, porque esto lo ha dicho Dios. No queremos encontrarnos en la eternidad como condenados, sino en la eternidad de la vida eterna e inmortal, no en la del infierno, sino en la de la βασιλεία realeza increada de Dios. Y no olvidéis que no solo los crucificadores de entonces fueron los que condenaron a Dios a muerte; las personas de cada época son, en cierto sentido, los crucificadores de los siglos.

¿Queréis que os lo demuestre? Pues bien, en los últimos años, y esto comenzó en el siglo XIX, especialmente en Europa, se comenzó a predicar la muerte de Dios. ¡Dios ha muerto! Incluso Kant lo dijo, y la metafísica moderna también explica que Dios ha muerto. Así que, de alguna manera, estáis condenando a Dios a la inexistencia, a la muerte, pero Él, en cambio, os condenará a una existencia inmortal, castigadora y sufriente.

Esto es lo que proclama la justicia de Dios, es decir, el axioma real de Cristo. Estas realidades son para que entendáis esta duda. (26,1´).

  1. ¿El anticristo puede tomar una u otra forma, por ejemplo, la misma forma de Cristo?

Sí, tomará la forma de Cristo. Y cuando decimos “forma”, os pregunto: ¿sabéis cuál es la forma de Cristo? Me diréis, “la que vemos en el icono”.

Hijos míos, la verdadera forma de Cristo no la conocemos. Porque, en cuanto a sus características somáticas, la Santa Escritura no nos da ninguna descripción precisa, ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento. Es cierto que el Antiguo Testamento habla de la belleza, pero se refiere más a cualidades interiores que exteriores. No hay ni una sola palabra en el Nuevo Testamento que nos describa cómo era Cristo físicamente: si era bajo o alto, rubio o moreno, etc. No dice absolutamente nada al respecto.

Las características de Cristo que conocemos no son las exteriores, sino las interiores. Estas cualidades nos han sido apocaliptadas-reveladas para que sepamos que Él es el Hijo de Dios, el Mesías. Es decir, es el que está lleno de agapi (amor) y de obediencia a Su Padre con Su naturaleza humana; es el que murió en la cruz para nuestra salvación…

Todas estas son las características del auténtico Cristo, el Mesías. ¿Qué hará el anticristo? Según el Antiguo Testamento, para aparecer y engañar a los hebreos, sus características serán las mismas a las que se refiere el Antiguo Testamento, pues intentará imitar a Cristo. Se presentará como un filántropo, lleno de agapi e interés, etc., etc. Por eso san Agustín de Hipona dice que el anticristo será como un “mono de Cristo”, es decir, tratará de imitar a Cristo.

Supongo que conocéis el mito de Esopo, que dice: Un burro se puso la piel de un león y apareció en medio de sus compañeros, asustándolos. Todos comenzaron a correr. Entonces, un pequeño burrito gritó: «Compañeros, este tiene orejas grandes como las nuestras, no es un león.» Al oír esto, todos comprendieron que no era el león y, al final, volvieron y le dieron una buena paliza. Este es el relato del mito de Esopo.

Así, por mucho esfuerzo que haga el anticristo para aparentar virtud, filantropía, agapi, realizar milagros e incluso resucitar algunos muertos, todo esto será mediante la magia de Satanás. Su verdadero rostro, sin embargo, se manifestará después de un tiempo, probablemente después del primer año, y entonces se comportará de manera tiránica y cruel.

¿Entonces qué creen? ¿Acaso no dejará huellas y señales evidentes para que los hombres puedan ver y comprobar que él no es el Cristo?

El otro día, alguien planteó una pregunta: “No vaya a ser que nos confundamos… etc., etc.” Hijos míos, atención, porque el Cristo nos ha dado muchas señales y signos. Yo os diré uno de ellos, que es muy importante y fundamental: El evangelista Juan ve en las profecías a tres bestias. La primera es, en realidad, el diablo; la segunda es el anticristo; y la tercera es el pseudoprofeta. La tercera bestia, el pseudoprofeta, viene de la tierra, es decir, es un hombre común, nacido de un padre y una madre. Este hombre, por tanto, procederá de la tierra, lo que significa que, como nosotros, provenimos de la tierra. No venimos del cielo, no habitamos en el cielo, y no descendemos a la tierra desde allí.

Sin embargo, el Cristo dijo que Su presencia será desde el cielo, que Él vendrá desde allí. Así que, cuando se dice: “he aquí el Mesías”, pero no veo nada que descienda del cielo, esto es una señal. El Cristo dijo que Su presencia será tan brillante y manifiesta como el relámpago que va de oriente a occidente. Por lo tanto, si no veo nada en el cielo, no es el Cristo, no es el Mesías verdadero, es un pseudomesías.

Probablemente, ya que a lo largo de la historia muchos se han presentado de esta manera, el último pseudomesías será el anticristo.

Hay algo más que dice San Cirilo: Precederá a Cristo y veréis la señal de la cruz en el cielo. Esto lo dijo Cristo: que verán la señal del Hijo del Hombre. Esta señal es la Santa Cruz. Como muy bien saben los Testigos de Jehová, ellos no aceptan la señal de la cruz. Los masones también tienen el símbolo de la cruz, pero le dan otro significado, cualquier otro, menos el real. Esta señal, ellos no la aceptan, no creen en ella.

Pero lo que no aceptan, y es por divina economía que no lo aceptan, aparecerá en el cielo. Esta señal precederá al Hijo del Hombre cuando venga para juzgar al mundo. ¿Quieren una señal? Pues, el Cristo vendrá desde el cielo, y precederá la Santa Cruz.

¿Es grande esta señal? Pues sí, grandísima. Si uno quiere, lo sabe, lo cumple y tiene cuidado, de ninguna manera será engañado.

Esto también responde a esta duda.

  1. ¿Uno que muere y está en el paraíso ve lo que pasa aquí en la tierra?

No, está en su espacio o lugar. Y si lo quisieran, nunca desearían ver la tierra, esta terrible tierra nuestra, con sus problemas y sus pecados. Así, los hombres que están en el paraíso oran por nosotros, pero nunca desearían ver la penuria de la tierra.

  1. ¿Puede el hombre volver a la μετάνοια metania (cambio de mentalidad, arrepentirse) después de la muerte?

Después de la muerte el hombre no puede hacer metania, (es decir, cambio de mentalidad, arrepentimiento y confesión). En concreto, el ser humano queda fijado en el estado espiritual en el que se encontraba al momento de abandonar esta vida. Cuando la Santa Escritura afirma que no existe metania en el Hades, no significa que Dios no perdonaría a alguien que se arrepintiera, sino que no es posible la metania en el Hades. Del mismo modo, tampoco es posible para el diablo; él jamás se arrepentirá ni cambiará.

Algunos, como los seguidores de la enseñanza errónea de Orígenes sobre la apocatástasis (la restauración final de todos los seres), sostienen que incluso los demonios serán finalmente restaurados y volverán a ser ángeles luminosos. Sin embargo, esto es falso. Para que haya perdón, debe existir también metania como condición previa. Si después de la muerte no hay posibilidad de metania, ¿cómo habría entonces perdón?

Los demonios, hijos míos, no pueden arrepentirse. Por eso el Señor afirmó que el infierno es eterno. Y la palabra “eterno” aparece en el mismo Evangelio, en el mismo capítulo, en la misma frase donde se habla de la vida eterna: “… y se irán estos al infierno, tormento eterno y los otros a la vida eterna” (Mt 25,46).

Prestad atención, si se interpreta que la palabra “eterno” es relativa y que, por tanto, el infierno un día terminará, entonces también debería ser relativa la vida eterna en Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios. Pero no es así. Ambas realidades /el castigo eterno y la vida eterna/ son descritas con la misma palabra, y ambas son verdaderamente eternas e interminables. Tengámoslo bien claro.

Por consiguiente, repito: no es que Dios no perdonaría, sino que no es posible la metania después de la muerte. Ahora bien, si alguien pregunta: “¿Por qué Cristo descendió al Hades y permaneció allí tres días? ¿Y por qué lo precedió san Juan el Bautista?” -la respuesta es esta: San Juan, aquí en la tierra, predicó el kerigma de la metania, pero en el Hades predicó el kerigma de la fe. Así lo afirman también sus troparios litúrgicos: que el Mesías venía. Uno de ellos, bellísimo, dice: “Viniste y descendiste hasta el Hades para encontrar a Adán.”

La iconografía ortodoxa representa precisamente esto: a Cristo descendiendo al Hades, levantando a Adán y a Eva de entre los muertos.

Atención con este punto: en el Hades no hay metania, pero sí se anunció la fe en la Persona de Cristo. ¿Quiénes creyeron allí? Aquellos que, si Cristo hubiera venido en su época, habrían creído en Él. Es decir, según la disposición interior y la libre voluntad de cada uno. En cambio, quienes no habrían creído en vida, tampoco creyeron en el Hades.

Así, Cristo se llevó consigo a los justos y a los que creyeron en Su nombre, y los condujo al Paraíso. Es decir, transformó una parte del Hades en Paraíso.

Por tanto, vemos claramente que después de la muerte no hay posibilidad de metania; hay una “congelación” de la psique humana en el estado espiritual en que se hallaba al partir de esta vida. Por eso, debemos aprovechar el tiempo presente, arrepentirnos y confesarnos mientras todavía tenemos abiertos los ojos y respiramos. (27,43´)

  1. Sabemos que el Hades se encuentra debajo de la tierra y Dios está en el cielo. Si aceptamos que Dios está entre nosotros, y que las almas de los muertos están en Él, ¿significa esto que se hallan entre nosotros, debajo de la tierra como los pecadores, o en el cielo como los justos? Si no es así, ¿dónde van entonces las psiques-almas de los muertos?

Hijos míos, atención. Siempre ha existido la imagen o representación de que el Hades se encuentra en las profundidades de la tierra, pero sin duda, el Hades no está literalmente en la tierra. Incluso en nuestra himnografía encontraréis imágenes y cantos como: “Descendiste a lo más profundo de la tierra”, en referencia a Cristo cuando bajó al Hades. Pero no debemos tomar esto de manera literal. En la oda de Jonás, por ejemplo, cuando fue tragado por el cetáceo y estuvo en su vientre, llama a ese lugar «Hades». Es una imagen, una figura que simboliza un sitio oscuro, separado de la luz, aislado también de los hombres y de la comunión con ellos.

Por lo tanto, aunque Dios es ciertamente omnipresente, ni el Hades está en la tierra, ni el Paraíso al que van ahora las psiques-almas, ni tampoco la Βασιλεία Realeza de Dios. Estas realidades no están en ubicaciones físicas según nuestra comprensión material, sino que pertenecen a un orden espiritual. Existe un discernimiento entre la Realeza increada de Dios y el Paraíso. El Paraíso es el espacio o estado donde se encuentran las almas-psiques de los justos que esperan la resurrección. Estas psiques-almas, en el tiempo final, se unirán con sus antiguos cuerpos ya renovados, y entonces, juntas, entrarán en la Realeza increada de Dios. Por tanto, el Hades no está literalmente en la tierra, ni el Paraíso en las nubes.

¿Dónde están el Paraíso y el Hades? Sólo lo sabe Dios. Es algo que no podemos definir ni ubicar con precisión. Lo que sí sabemos es lo siguiente: el Hades es un estado o espacio de oscuridad, de ausencia de Dios, donde van las psiques-almas de los pecadores. No es aún el infierno, sino un presabor de él

El Paraíso, en cambio, es un espacio o estado de luz, de comunión con Cristo, aunque no en plenitud, porque falta el cuerpo. Ya lo dijimos anteriormente: los gnósticos enseñaban erróneamente que el principio del mal es el cuerpo o la materia. ¡Qué lejos están de la verdad! El cuerpo no es la causa del mal, sino que la raíz del mal es la libre voluntad, la preferencia humana mal orientada.

Así pues, el cuerpo resucitará y co-reinará con la psique-alma por los siglos de los siglos en la Βασιλεία Realeza increada de Dios. Y si queréis más, veremos con nuestros propios ojos al Jesús Cristo glorificado, tal como dice la Escritura: “…lo veremos, lo contemplaremos con nuestros ojos tal como es” (1Jn 3,2). Lo veremos con ojos y cuerpo renovados, incorruptibles e inmortales, aunque será el mismo cuerpo que hemos recibido aquí en la tierra.

En resumen, no conocemos la ubicación del Paraíso ni del Hades. Lo que sí sabemos es que Dios, siendo omnipresente, está en todas partes: está también en el Hades, pero allí no manifiesta su presencia; está en el Paraíso, y allí sí la manifiesta; y en Su Βασιλεία Realeza increada, se apocalipta-revela plenamente con toda su doxa gloria increada. Esto es lo que tenía que contestar a esta serie de preguntas. (10,48´) Amín

El Yérontas Mitilineos Copyright: Monasterio Komnineon de “Dormición de la Zeotocos” y “san Demetrio” 40007 Stomion, Larisa, Fax y Tel: 0030. 24950.91220 Fuente: https://arnion.gr/ y https://athanasiosmytilinaios.blogspot.com/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

 

Sobre la ΨΥΧΗ (psijí: psique, alma, ánima), Mitilineos

El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.

 

Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua helénica-griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos el Nuevo Crisóstomo. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes del bachilerato.

Sobre la ΨΥΧΗ (psijí: psique, alma, ánima)

  1. ¿Existe la ψυχή psique-alma?
  2. “Estimado Yérontas, ¿nos puede decir cuáles son las cualidades de la psique después de la muerte?

 

  1. ¿Es cierto que existe o no existe la ψυχή (psijí: psique, alma, ánima, la que anima, vivifica el cuerpo)?

Creo que la pregunta se formuló en el siguiente sentido. Esta persona creyente ortodoxa que hace esta pregunta, obviamente cree que existe la psique-alma, pero creo que querría escuchar quizás algunos argumentos, tal vez para poder transmitirlos a otros, sobre todo a aquellos que dicen que no existe la psique. No puedo imaginarme que un cristiano ortodoxo que viene aquí para escuchar el logos de Dios dude de la existencia de la psique-alma. A no ser que haya leído o escuchado algo de manera perturbadora, tal como temas de increencia y negación de Cristo, como la idea de que no existe la ψυχή, lo que de alguna manera podría haberlo influido y hecho tambalear.

Entonces, ¿existe la ψυχή psijí? Basta con decir que, cuando se creó la ciencia de la psicología, que se supone investiga y analiza el comportamiento de la psique-alma, esta misma psicología llegó a negar la existencia de la ψυχή psique-alma. Me diréis que esto es un oxímoron (tontería), algo absurdo, que la psicología niegue la existencia de la psique. Pues sí, porque, cuando adoptamos una visión materialista, ¿qué es la ψυχή psique-alma? Según el materialismo, la psique no es nada, no existe. Pero lo que entendemos por comportamiento psicológico no es otra cosa que una forma o modo de actuar del ser humano, y esta forma no es más que la energía que existe dentro del ser humano. Es decir, que no aceptan la ψυχή psique-alma como tal. Así que hemos llegado a tener psicología sin psique. Hay muchos psicólogos y psiquiatras que ni siquiera creen que la psique exista.

Así que entiendo bien vuestra duda y me gustaría responder, no ocupándome de la filosofía, ni de la ciencia, ni tampoco de la experiencia universal sobre este tema.

Es sabido que el fenómeno de la creencia en la existencia de la ψυχή (psijí: psique, alma ánima) es universal y, sobre todo, en la psique inmortal. Así se explica en todos los pueblos de la Tierra, a lo largo de todos los siglos y en todas las épocas. Los egipcios, los helenos, etc. Cuando los egipcios embalsamaban a los muertos, ¿en qué creían, sino en la inmortalidad de la psique? Todo lo relacionado con lo fúnebre que ha llegado hasta nosotros de todos los pueblos de la Tierra y que conocemos, como sepulcros, cultos, objetos depositados en las tumbas, etc., son testimonios de la existencia de la psique y, sobre todo, de la psique inmortal. No me detengo en estas cuestiones; no las tomo como argumentos, pues no me hacen falta. Tampoco recurriré a la filosofía ni a nada de esto, pero hablaré solamente de la Santa Escritura.

La Santa Escritura no nos dice si existe la ψυχή (psijí: psique, alma ánima), lo cual se considera un hecho, sino que nos habla sobre el valor de la psique. Sabéis que el hombre es «como icona-imagen de Dios». ¿Cómo puede el ser humano ser imagen de Dios si no refleja en nada a su prototipo o modelo, ni en la inmortalidad ni en las cualidades de la psique-alma? Contestaré como el Señor contestó a los saduceos, quienes no creían en la existencia de la ψυχή psijí y mucho menos en la inmortalidad de ella.

Los saduceos decían que, una vez muerto el hombre, se acababa la historia. Aquí acaba todo. Le presentaron un ejemplo imaginario: un hombre tenía una mujer y murió; según la ley, su hermano la tomó como esposa, y así hasta que fueron siete los hombres que tuvieron a la misma mujer. Cuando llegue la resurrección de los muertos, que tú dices, es decir, Jesús, que estaba enseñando sobre este tema, ¿de quién será esposa, si resucitarán los siete? Y el Señor les contestó: «Os equivocáis terriblemente; estáis en un tremendo error, no conocéis las Escrituras; porque en la resurrección, ni los hombres ni las mujeres se casan, sino que todos son como los ángeles en el cielo” (Mt 22: 23-33). Y fijaros en qué argumento tomó. Lo tomó de Moisés, porque de los 49 libros del Antiguo Testamento, los saduceos aceptaban solo los cinco primeros. Todo el resto, los 44 libros del Antiguo Testamento, los rechazaban. Eran los materialistas de aquella época.

Además, en los años de Jesús Cristo, mantenían el sacerdocio Anás, Caifás, quienes eran saduceos. ¡Es tremendo! Y escuchad lo que les contestó el Señor: ¿qué le dijo Dios a Moisés desde la zarza ardiente? “YoSoY el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Es decir, esto significa que Abraham, Isaac y Jacob, quienes habían vivido dos mil años antes que ellos, viven. Porque, ¿cómo podría ser Dios el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, si Abraham se hubiese convertido en nada? Es como si yo dijera que soy el dueño de esta casa o de otra; eso presupone que yo soy realmente el dueño para decir que la casa es mía. Dios dice que es el Dios de Abraham, y eso implica que Abraham tiene a su Dios. ¿Cómo puedo decir que una casa es mía si no soy el dueño de ella? Por lo tanto, cuando la Escritura dice que Abraham tiene su Dios, quiere decir que Abraham vive; es decir, que su ψυχή psique-alma está viva.

¿Qué queréis que os diga? La Escritura está llena de esto. Os citaré algunos ejemplos. En la Metamorfosis del Señor, cuando aparecieron Elías y Moisés. O lo que dice el Señor: “¿De qué se beneficia el hombre si gana todo el mundo, pero pierde su psique?” Y “¿qué dará el hombre a cambio de su ψυχή psique-alma?” Y aún, ¿qué dice el apóstol Pablo en su primera Epístola a los Tesalonicenses? “Nuestro espíritu entero con la psique-alma y el cuerpo que permanezca sin mancha, limpio hasta la Segunda Parusía Presencia de nuestro Señor Jesús Cristo”. Y ¿qué dice el libro del Apocalipsis de san Juan el evangelista? “Vi debajo de la mesa del sacrificio las psiques-almas de los degollados por causa del Logos de Dios” (Ap. 6,9).

¿Sabéis cuál es la mesa del sacrificio o altar donde están las psiques vivas? Es el Paraíso. No es la Βασιλεία (vasilía: realeza increada) de Dios. Por eso las psiques debajo del altar o la mesa, no alrededor, porque alrededor es el espacio de la Βασιλεία Realeza increada de Dios. El espacio de la Realeza increada de Dios será allí donde nos encontraremos con nuestros cuerpos, porque se hará la resurrección de los muertos y entraremos en la Βασιλεία realeza increada de Dios. Las psiques volverán a unirse con nuestros cuerpos perdidos, los cuales los resucitará el Señor, aunque se hayan convertido en polvo, o se hayan ahogado en el mar y los hayan comido los peces, pase lo que pase, volveremos a tomar el cuerpo humano que tenemos cada uno ahora. Y la Βασιλεία que es inmortal se volverá a unir con el antiguo cuerpo, incorruptible, entero e inmortal. Entonces es cuando entraremos en la Realeza increada de Dios. Hasta ese momento, el cuerpo estará disuelto y las psiques-almas, según se dice, están debajo del altar: el lugar del Paraíso. Obviamente, tienen la visión y expectación de Dios, de la persona o rostro de Cristo, porque están en el Paraíso, pero aún no han alcanzado la plenitud de la bienaventuranza o felicidad divina. Por eso allí las psiques-almas protestan de una manera y dicen: “Y clamaban a gran voz, diciendo: ¿Hasta cuándo, Soberano Señor, Santo y Verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre [que se derramó injustamente] en los que moran sobre la tierra]?” (Apoc 6:10) Esto es equivalente a: ¿Cuándo resucitaremos? Porque las psiques-almas no quieren permanecer así. Dice el apóstol Pablo: “No buscamos quitarnos o desvestirnos de nuestro cuerpo, sino vestirnos la incorruptibilidad y la inmortalidad” (2Cor 5:4). No como decía Platón, que el cuerpo es la cárcel de la ψυχή psique-alma o que es malo y debe eliminarse; no, no pedimos esto. Lo que pedimos es quitar la corrupción y la muerte del cuerpo. Son cosas muy importantes estas.

Yo os diría y con esto termino, ¿por qué razón se ha encarnado el Logos de Dios? ¿Por qué razón murió el Hijo de Dios? ¿Por qué resucitó el Hijo de Dios? ¿Por qué los profetas han dado sus profecías y el cielo, como dice san Crisóstomo, se extendió por encima de nosotros? Pues, para esta psique-alma. Así que, ¿no existe la psique-alma? Sí, la psique existe. La ψυχή psijí es todo; es lo principal en el ser humano. Esta ψυχή (psijí: psique, alma ánima) es inmortal y vivirá junto con el cuerpo resucitado dentro de la Βασιλεία (vasilía: realeza increada) de Dios, en los siglos de los siglos; (17,47´). Amén.

 

  1. “Estimado Yérontas, ¿nos puede decir cuáles son las cualidades de la ψυχή psijí después de la muerte?

Cierto que, sobre esto, de una manera u otra, ya hemos contestado en muchas homilías, pero os contestaré de forma resumida.

En este mundo, ¿cómo se manifiesta la ψυχή (psijí: psique, alma ánima)? En primer lugar, tiene autoconciencia. Es decir, conoce que es ella. Digo, «yo soy». Sabéis que un animal nunca puede decir «yo soy», porque no tiene autoconciencia. Sólo el hombre tiene autoconciencia. Si abrís el Antiguo Testamento veréis que en incontables ocasiones el Señor dice: “YoSoY”, es decir, “yo lo dije”, es el Kirios (Señor y Dueño), lo repite infinitas veces, aunque a veces omite la palabra «Señor» o «Kirios» y simplemente dice: «YoSoY«, repitiéndolo una y otra vez. Porque el Dios es personal, tiene autoconciencia, es decir, sabe que es Él. También el hombre dice: yo soy. El “yo”, expresa conciencia y el “soy”, expresa existencia. Por lo tanto, conciencia de la existencia es autoconciencia. Debemos, pues, decir que la psique-alma tiene su autoconciencia.

Luego, la psique tiene todas aquellas cualidades propias de su naturaleza. Una de las cualidades básicas de la psique es la memoria. Porque si no tuviera memoria, no podría conectarse nunca con el pasado, y nunca podría tener una historia. Así que, cuando la psique-alma abandona la vida presente, en principio no se convierte en cero ni en «no ser», como dicen los θνητοψυχήτες (zitopsijitas), es decir, los que creen que la psique desaparece, que muere. La psique-alma no está durmiendo, como dicen otros herejes, es decir, que entra en un letargo o hibernación. Quien toma un narcótico hipnótico fuerte duerme y no tiene conciencia de sí mismo, ni de nada. Si alguna vez os habéis sometido a una operación y os han dormido con narcóticos, sabéis que en esa narcosis no hay sueños ni conocimiento, ni absolutamente nada. La hora que dura la narcosis es un vacío en la vida del hombre, no hay nada, ni autoconciencia, ni memoria. Al contrario, cuando dormimos normalmente, la psique-alma no duerme. Mantenemos nuestra autoconciencia, tenemos sueños, y tenemos subconscientemente esa autoconciencia. Por ejemplo, si dormimos sobre una tabla y no debemos caernos, podemos permanecer toda la noche sobre una superficie de veinte o treinta centímetros sin caer al suelo, ya que nuestra psique-alma conserva la autoconciencia de que estamos durmiendo sobre una tabla, incluso en estado de sueño. Este fenómeno es particularmente muy característico y revelador.

En esta vida la psique-alma, aunque el cuerpo duerma, ella no duerme; mantiene su sensibilidad y sus sentidos. Por lo tanto, después de la muerte no hay un letargo de la psique, no existe tal cosa. ¿Pero qué existe después de la muerte? Existe una plena autoconciencia de la psique-alma y una plena memoria. Memoria que supera la memoria que tenemos en la vida presente. ¿Por qué? Porque, como sabemos, la memoria tiene como órgano el cerebro (enkéfalos). Decimos que ciertas moléculas en una parte del cerebro son los centros de la memoria. Si esos centros se dañan, como por ejemplo en un accidente que nos golpea la cabeza, decimos que no recordamos nada. Una vez una persona en un accidente de tráfico se dio en la cabeza y perdió toda la memoria de su pasado, viviendo solo en el presente. Esto es un hecho real. Un día, mientras caminaba por la calle, sufrió otro accidente: un coche lo atropelló en la acera. Tras este segundo accidente, la memoria le volvió de golpe. Por lo tanto, el segundo golpe arregló el daño del primero.

Así que, vemos que la psique-alma se manifiesta y se expresa mediante el cuerpo, mediante el cerebro. Entonces, cuando el cerebro falla o está dañado, la memoria sigue estando intacta. Porque el que padece es el cerebro no la psique-alma. La memoria en la psique-alma está completa. El cerebro es el que no tiene la capacidad de desarrollar la memoria. En un niño pequeño, no tiene el cerebro la capacidad de almacenar y desarrollar la memoria. ¿Os acordáis de algo de cuando erais niños pequeños, de cuando nacisteis? No. Yo tampoco.

Por lo tanto, ¿qué nos dice esto? Nos dice que el cerebro aún no está organizado para grabar íconos, imágenes, ni para constituir un centro de memoria. Pero después de la muerte, cuando la psique-alma se libera del cuerpo, tiene la memoria completa. Además, tiene plena autoconciencia y conocimiento del ambiente.

Hoy en día decimos: «¿Dónde te he visto? Te conozco, pero no sé dónde te conocí… Ah, ya sé, eres tú». «Hijo mío, hace unos diez años que no te veía, has crecido, has cambiado, pero ahora sí que me acuerdo.»

Acordaos de la parábola del rico y Lázaro: “Había un hombre rico, que vestía púrpura y lino y celebraba cada día espléndidos banquetes. Por el contrario, un pobre, por nombre Lázaro, estaba tendido junto a su portal, cubierto de úlceras, y deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico; hasta los perros venían y lamían sus úlceras. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Y estando en el infierno, levantó sus ojos, en medio de tormentos, y vio a Abraham a lo lejos y a Lázaro en su seno. Y levantando la voz, dijo: Padre Abraham, ten piedad de mí y manda a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en estas llamas. Dijo Abraham: Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro recibió males; ahora, en cambio, él es aquí consolado y tú eres atormentado. Además, entre nosotros y vosotros hay un gran abismo, de manera que los que quieran pasar de aquí a vosotros no puedan, ni tampoco de ahí pasen a nosotros. Y dijo: Te ruego, pues, padre, que le envíes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento. Dice Abraham: Tienen ya a Moisés y a los profetas, que los escuchen. Él dijo: No, padre Abraham, sino que, si fuere a ellos alguno de la legión de los muertos, harán metania, penitencia. Le dijo: Si a Moisés y a los profetas no escuchan, tampoco se rendirán, si alguno resucitase de entre los muertos” (Lc 16, 19-31).

¿Qué dice el rico al pobre Lázaro?

Dice el rico que ve desde lejos al pobre Lázaro en el seno de Abraham. A Abraham lo conoce, ¿por qué? Porque no hay ninguna limitación de metabolismo ni cambio como los que existen en esta vida. Y ¿qué le dice a Abraham? Le ruega, “Abraham, te ruego…”. Y Abraham le responde: “Hijo mío, acuérdate…”.

Pero si nos preguntamos más allá de la parábola, ¿cómo podría hacerse el Juicio si faltara la memoria? Porque si de la psique-alma faltase la memoria, el hombre pecador diría: «¿Por qué me encuentro en el Hades?», o, cuando se realice la resurrección de los muertos, «¿por qué me encuentro en el infierno?». Diría que Dios es injusto y hace una elección arbitraria: a uno lo manda a Su Βασιλεία vasilía Realeza increada y a mí me manda al infierno. ¿Por qué? Esto sería lo que diría, si la memoria faltara. Pero, cuando tengo memoria, sé muy bien por qué voy al infierno.

Por lo tanto, vemos que existen la autoconciencia y también la memoria.

Y una tercera cosa más, es porque la ψυχή psijí disfruta, deleita o padece. Hoy, en el hades o en el paraíso y mañana después de la resurrección de los muertos, en la realeza increada de Dios o en el infierno. Cómo padece o cómo se deleita la psique-alma es algo para nosotros desconocido e incomprensible, no lo sabemos. En la parábola se dice: «Sufro por este fuego». ¿Qué es esto? No lo sabemos, es una imagen, una icona. No podemos saber cómo existe el sufrimiento para quien está en el Hades o el infierno, ni la alegría divina para quien está en el paraíso. Tampoco lo comprendemos completamente. Porque el Hades es un pre-sabor del infierno y el paraíso es un pre-sabor de la Βασιλεία (vasilía: realeza increada) de Dios. Esto también responde a esta pregunta. (26, 45´) También sobre ΨΥΧΗ (psijí: psique, alma, ánima) en https://logosortodoxo.es/%CF%88%CF%85%CF%87%CE%B7-psiji-psique-alma/

Yérontas Mitilineos

Copyright: Monasterio Komnineon de “Dormición de la Zeotocos” y “san Demetrio” 40007 Stomion, Larisa, Fax y Tel: 0030. 24950.91220

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