«Condenados a ser inmortales» San Justino Popović

«Condenados a ser inmortales»

San Justino Popović

¡!!Χριστός Ἀνέστη Jristós anesti Cristo ha resucitado!!!

Los hombres condenaron a Dios a la muerte; pero el Dios por Su Resurrección “condena” a los hombres a la inmortalidad.

A los golpes respondió con abrazos;

a los insultos, con bendiciones;
a la muerte, con la vida eterna.

Nunca los hombres mostraron tanto odio hacia el Dios como cuando Le crucificaron; y nunca el Dios ha mostrado tanta agapi (amor, energía increada) hacia los hombres, que cuando resucitó.

Los hombres quisieron hacer a Dios mortal, pero el Dios, mediante Su Resurrección, los hizo inmortales.

Resucitó el Dios crucificado y mató a la muerte. La muerte esencialmente ya no existe. La inmortalidad inundó al hombre y todos sus mundos.

Por la Resurrección del Θεάνθρωπος (Zeánzropos: Dios-Hombre) la naturaleza humana fue conducida irrevocablemente por el camino de la inmortalidad, y se ha convertido terrible para misma muerte.

Porque antes de la Resurrección de Cristo la muerte era temida y terrible por el hombre, pero desde de la Resurrección se vuelve el hombre terrible para la muerte.

Si el hombre vive por la fe en el Resucitado Θεάνθρωπος (zeánzropos), vive por encima de la muerte. Se vuelve invulnerable e intocable incluso ante la muerte.

La muerte se convierte en “estrado de Sus pies”: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh Hades, tu victoria?» (cf. 1Cor 15:55-56). Así, cuando el hombre en Cristo muere, simplemente deja el vestido de su cuerpo para volver a vestirlo el día de la Segunda Παρουσία (Parusía: Presencia Venida.

Hasta la Resurrección del Θεάνθρωπος Dios-Hombre Cristo, la muerte era la segunda naturaleza del hombre. La primera era la vida, y la muerte, la segunda.

El hombre se había acostumbrado a la muerte como algo natural. Pero con Su Resurrección el Señor lo cambió todo: la inmortalidad se convirtió en la segunda naturaleza del hombre, en algo natural para él, y la muerte se volvió lo antinatural.

Tal y como antes de la Resurrección de Cristo era natural para los hombres ser mortales, así después de la Resurrección se volvió natural para ellos la inmortalidad.

Por el pecado, el hombre se volvió mortal y finito; por la Resurrección del Dios-Hombre, se vuelve inmortal y eterno.

Exactamente en esto reside precisamente la fuerza, el poder, la autoridad y la omnipotencia de la Resurrección de Cristo. Por ello, sin la Resurrección de Cristo ni siquiera existiría el Cristianismo.

Entre todos los milagros, la Resurrección del Señor es el mayor milagro. Todos los demás milagros emanan y son resumidos en este.

De este milagro brotan y emanan la fe, la ἀγάπη (agapi: amor desinteresado, emoción de la energía increada divina), la esperanza, la oración y la piedad en Dios.

Los discípulos fugitivos, aquellos que se alejaron de Jesús cuando estaba muriendo, regresan a Él cuando resucitó.

Y el centurión romano al ver a Cristo resucitado del sepulcro, lo confesó como Hijo de Dios.

De la misma manera también los primeros Cristianos se hicieron Cristianos, porque Cristo resucitó y porque venció la muerte.

Esto es algo que ninguna otra religión tiene; esto es lo que de manera única e indiscutible muestra y prueba que el Jesús Cristo es el único Dios verdadero y Señor en todos los mundos visibles e invisibles.

Gracias a la Resurrección de Cristo, gracias a la victoria sobre la muerte, los hombres se hacían, se hacen y se irán haciendo siempre Cristianos.

Toda la historia del Cristianismo no es otra cosa que la historia del uno y único milagro extraordinario: el de la Resurrección de Cristo, que continúa incesantemente en todos los corazones de los Cristianos, de día en día, de año en año, de siglo en siglo, hasta la Segunda Παρουσία (Parusía: Presencia, Venida).

El hombre nace verdaderamente, no cuando su madre lo da a luz y lo trae al mundo, sino cuando cree en el Salvador Resucitado Cristo, porque entonces nace en la vida inmortal y eterna, en cambio la madre da a luz a su hijo hacia la muerte, para la tumba.

La Resurrección de Cristo es la madre de todos nosotros, de todos los Cristianos, la madre de los inmortales.

Por la fe en la Resurrección del Señor, nace de nuevo el hombre, nace para la eternidad.

– ¡Esto es imposible!- dice el escéptico.

Y el Resucitado Θεάνθρωπος (Zeánzropos: Dios-Hombre) le responde:

“Todo es posible para quien cree” (Mr 9,23). Y el que cree con todo su corazón, con toda su psique y con todo su ser, es que vive según el Evangelio del Señor Resucitado Jesús Cristo.

Nuestra fe es la victoria por la cual vencemos la muerte, es decir, la fe en el Resucitado Señor.

«¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» «El aguijón el centro de la muerte es el pecado”» (1Cor 15, 55-56).

 Con Su resurrección, el Señor “desafiló y destruyó el centro de la muerte”.

La muerte es la serpiente y el pecado es su aguijón.

Por el pecado, la muerte inyecta el veneno en la psique-alma y el cuerpo del hombre. Cuantos más pecados tiene un ser humano, tantos más son los aguijones y los canales por los cuales la muerte vierte su veneno en ella.

Cuando una avispa pica al hombre, este hace todo lo posible para sacar el aguijón de su cuerpo.

Sin embargo, cuando le pica el pecado –el aguijón de muerte- ¿qué debe hacer?

Debe con la fe y la oración invocar al Resucitado Salvador Cristo, para que Él mismo extraiga ese aguijón de su psique-alma.

Y Él como muy caritativo y misericordioso lo hará, porque es Dios de la Misericordia (increada) y de la Ἀγάπη (Agapi: amor incondicional, increada).

Cuando muchas avispas atacan y llenan el cuerpo de aguijones dejándolo lesionado gravemente, entonces el hombre se envenena y muere.

Lo mismo pasa también con la psique-alma del hombre cuando es lesionado por muchos aguijones de los pecados. Así tiene una muerte sin resurrección.

El hombre con Cristo venciendo el pecado de su interior, también vence la muerte.

Si ha pasado un día y tú no has vencido ni un pecado, ten por seguro que ese día te hiciste un poco más mortal. ¡Pero si has vencido uno, dos o tres pecados tuyos, te volviste más joven con esa juventud que no envejece: la inmortal y eterna!

No olvidemos jamás que: cuando uno cree en el Cristo Resucitado, esto significa que lucha constantemente contra el pecado, el mal y la muerte.

La verdadera fe en el Resucitado se demuestra en la lucha diaria contra el pecado y los πάθος pazos.

Y si luchas, entonces debes conocer que lo haces por la inmortalidad y la vida eterna; pero si no luchas, ¡entonces tu fe es vana! Porque, si la fe del hombre no es la lucha para la inmortalidad y la eternidad, ¿entonces qué es?

Si con la fe en Cristo uno no llega a la victoria sobre el pecado y la muerte, entonces, ¿qué sentido tiene nuestra fe?

Si el Cristo no ha resucitado, esto significa que el pecado y la muerte no han sido vencidos. Y si no han sido vencidos, entones ¿por qué creer en Cristo?

Pero aquel que, por la fe en el Cristo Resucitado, lucha y combate contra cada uno de sus pecados, este refuerza gradualmente en lo profundo de su ser, la percepción, el sentido y sentimiento que el Señor verdaderamente ha resucitado, verdaderamente ha destruido el aguijón de la muerte y realmente ha vencido en todos los frentes de la batalla.

El pecado reduce gradualmente la psique-alma del hombre y la acerca hacia la muerte, la transforma de inmortal en mortal, de incorruptible y eterna en limitada, corruptible y perecedera.

Cuando más pecados tiene el hombre, más mortal es.

Y si el hombre no se siente en sí mismo como inmortal, está claro que está hundido en los pecados, en pensamientos lúgubres y en sentimientos mortificados.

El Cristianismo es una llamada hasta el último respiro de la lucha contra la muerte, es decir, hasta la victoria definitiva sobre ella. Cada pecado es una retirada y cada πάθος pazos es una traición y cada maldad una derrota.

Y que nadie se pregunte por qué también los cristianos mueren físicamente: porque la muerte del cuerpo es una siembra. «Se siembra un cuerpo mortal», dice el Apóstol Pablo (cf. 1Co 15, 42 ss.), y brota, crece y se convierte en inmortal.

Igual que la semilla sembrada, así también el cuerpo se disuelve, para vivificarlo y perfeccionarlo el Espíritu Santo.

Si el Señor Jesús no hubiera resucitado el cuerpo, ¿qué beneficio habría obtenido éste de Él? Si Él no ha resucitado el cuerpo, no habría salvado al hombre entero.

Si no resucitó el cuerpo, entonces ¿para qué se encarnó, para qué asumió un cuerpo, si no le otorgó nada de Su Deidad o Divinidad? (San Juan el Crisóstomo, comentario a la Epístola a los Corintios).

Si el Cristo no ha resucitado, ¿por qué entonces creer en Él? Yo, sinceramente, confieso que yo jamás habría creído en Cristo si no hubiera resucitado y vencido a la muerte, nuestro mayor enemigo.

Pero el Cristo ha resucitado y nos ha regalado la inmortalidad.

Sin esta verdad, nuestro mundo no es más que una caótica exposición de absurdos repugnantes y tonterías odiosas.

Solo por Su gloriosa Resurrección el admirable Señor y Dios nuestro, nos ha liberado del sinsentido, de lo paradójico y de la desesperación.

Porque, sin la Resurrección, no hay en el cielo ni bajo el cielo algo más absurdo que este mundo, ni mayor desesperación que la vida sin inmortalidad.

Por eso, en todos los mundos, no hay existencia más desgraciada que el hombre que no cree en la Resurrección de Cristo y en la resurrección de los muertos (cf. 1 Co 15, 19): «¡Más le valdría no haber nacido ese hombre!» (Mt 26, 24).

En nuestro mundo humano, la muerte es el mayor tormento, y la más espantosa y horrible inhumanidad.

La liberación de este tormento y de esta inhumanidad es precisamente la salvación.

Este tipo de salvación ha regalado al género humano únicamente el Vencedor de la muerte – el Resucitado Θεάνθρωπος (Zeánzropos: Dios-Hombre).

A través de Su Resurrección Él nos ha apocaliptado-revelado todo el misterio de nuestra salvación.

Salvación significa asegurar para el cuerpo y la psique-alma la inmortalidad y la vida eterna.

¿Pero cómo se consigue esto?

¡Sólo por medio de la vida divino-humana, la nueva vida en el Resucitado y por el Resucitado Cristo!

Para nosotros los Cristianos, esta vida en la tierra es una escuela, en la cual aprendemos cómo asegurar la inmortalidad y la vida eterna.

Porque, ¿qué beneficio tenemos de esta vida, si con ella no podemos asegurar la eterna?

Pero, para que el hombre resucite con Cristo, debe primero morir con Él y vivir la vida de Cristo como su propia vida.

Si hace esto, entonces en el día de la resurrección podrá decir junto con san Gregorio el Teólogo: “Ayer fui co-crucificado con Cristo, hoy soy co- glorificado con Él, ayer estaba muriendo, hoy revivo; ayer estaba sepultado con Él, hoy resucito con Él” (Logos en la Pascua).

En solo cuatro palabras se resume todo el contenido de los cuatro Evangelios de Cristo:
¡Cristo ha resucitado! – ¡Verdaderamente ha resucitado! ¡Χριστός Ἀνέστη Jristós anesti! – ¡Ἀληθῶς Ἀνέστη alizós anesti!

En cada una de estas palabras se halla uno de los Evangelios, y en los cuatro Evangelios se encuentra el sentido y significado de todos los mundos de Dios, visibles e invisibles. Y cuando todos los sentidos, sentimientos y pensamientos del hombre se concentran en el trueno de este saludo pascual: «Χριστός Ἀνέστη Cristo ha resucitado!», entonces la alegría de la inmortalidad sacude a todos los seres, y ellos, con júbilo y gozo responden confirmando el milagro pascual: «¡!!Ἀληθῶς Ἀνέστη verdaderamente ha resucitado!!!»

¡Sí, es verdad, el Señor ha resucitado! y testigo de esto eres tú, yo y cada Cristiano, empezando por los santos Apóstoles hasta la Segunda Παρουσία Parusía.

Porque sólo el poder, potencia y energía increada del Resucitado Θεάνθρωπος Dios-Hombre Cristo fue capaz de dar, -y da continuamente y seguirá dando- la potencia y energía increada a cada Cristiano, desde el primero hasta el último, para vencer todo lo mortal y la misma muerte, todo lo pecaminoso y al mismo pecado, todo lo demoníaco y al mismo diablo.

Porque sólo con Su Resurrección el Señor, mostró y demostró de la manera más convincente que Su vida es Vida Eterna, Su verdad es Verdad Eterna, Su agapi-amor es Agapi-Amor Eterna, Su bondad es Bondad Eterna, Su alegría es Alegría Eterna.

Y también mostró y demostró que todo esto lo concede Él, por Su incomparable filantropía y amor al ser humano, a todo cristiano de todas las épocas.

Por eso, no existe ningún acontecimiento, no sólo en el Evangelio, sino tampoco en toda la historia del género humano, que esté tan sólidamente atestiguado, tan indiscutiblemente y tan irrebatiblemente confirmado como la Resurrección de Cristo.

Sin duda, el Cristianismo en toda su realidad histórica, su fuerza y omnipotencia histórica, está fundamentado en el acontecimiento de la Resurrección de Cristo, es decir, la eternamente viva Hipostasis-Persona (base subsistencial) del Θεάνθρωπος Dios-Hombre Cristo.

Y de esto da testimonio toda la larga y siempre milagrosa historia del Cristianismo.

Porque si hay un acontecimiento en el cual sería posible resumir todos los acontecimientos y hechos de la vida del Señor, de los Apóstoles y generalmente de todo el Cristianismo, ese acontecimiento es la Resurrección de Cristo.

Además, si hay una verdad en la que puedan resumirse todas las verdades evangélicas, esa verdad sería la Resurrección de Cristo.

Y si hay una realidad en la que puedan resumirse todas las realidades del Nuevo Testamento, esa realidad sería la Resurrección de Cristo.

Y finalmente si hay un milagro Evangélico en el cual puedan resumirse todos los milagros del Nuevo Testamento, ese milagro sería la Resurrección de Cristo.

Porque sólo en la luz increada de la Resurrección de Cristo, se destaca admirablemente también la persona del Θεάνθρωπος Dios y hombre Jesús Cristo y Su obra.

Sólo en la Resurrección de Cristo se explican y se esclarecen plenamente todos Sus milagros, todas Sus verdades, todos Sus logos y todos los acontecimientos del Nuevo Testamento.

Hasta Su Resurrección, el Señor enseñaba acerca de la vida eterna, pero después de Su Resurrección mostró realmente que Él mismo es la vida eterna.

Hasta Su Resurrección, el Señor enseñaba sobre la resurrección de los muertos, pero con Su propia Resurrección mostró que Él mismo realmente es la Resurrección de los muertos.

Hasta Su Resurrección enseñaba que la fe en Él transfiere de la muerte a la vida, pero con Su Resurrección demostró que Él mismo venció la muerte y aseguró para los muertos esa transición de la muerte a la Resurrección.

Sí, sí, sí: el Θεάνθρωπος Dios-Hombre Jesús Cristo con Su Resurrección, mostró y demostró que Él es el único verdadero Dios, el único verdadero Θεάνθρωπος Dios-Hombre en todos los mundos humanos.

Y algo más: sin la Resurrección del Θεάνθρωπος Dios-Hombre no puede explicarse ni la misión o apostolidad de los Apóstoles, ni el martirio de los Mártires, ni tampoco la confesión de los Confesores, ni la santidad de los Santos, ni la ascesis de los Ascetas, ni el don de hacer milagros de los Taumaturgos, ni la fe de los creyentes, ni la agapi-amor desinteresado de los que aman, ni la esperanza de los desesperanzados, ni el ayuno de los que ayunan, ni la oración de los que oran, ni la apacibilidad de los apacibles, ni la μετάνοια metania (arrepentimiento, conversión) de los que están en metania, ni la caridad ni cualquier otra virtud cristiana o práctica-ascesis.

Si el Señor no hubiera resucitado, y como Resucitado no hubiera llenado a sus discípulos con el poder y la energía vivificante y la sabiduría milagrosa, ¿quién habría podido reunir a esos hombres atemorizados y fugitivos, y darles el valor, la fuerza y la sabiduría para que pudieran predicar y confesar con tanto coraje, poder y sabiduría al Señor Resucitado, y marchar con tanta alegría hacia la muerte por Él?

Y si el Señor Resucitado no los hubiera colmado con Su sabiduría, fuerza y energía increada, ¿cómo podrían encender el fuego inextinguible de la fe del Nuevo Testamento aquellos hombres simples analfabetos, ignorantes y pobres?

Si la fe Cristiana no fuera la fe en el Resucitado y en consecuencia, en el Señor eterno vivo y vivificador, ¿quién podría haber inspirado a los Mártires a emprender el combate del martirio, y a los Confesores el de la confesión, y a los Ascetas el de la ascesis, y a los Anárgiros (sin dinero, plata) el de la gratuidad, y a los que ayunan el de la abstinencia y la templanza, y a cualquier cristiano en cualquier hazaña y lucha evangélica?

Todas estas cosas, pues, son verdaderas y reales para mí, para ti y para toda existencia humana.

Porque el admirable, maravilloso y dulcísimo Señor Jesús Cristo, el Resucitado Θεάνθρωπος Dios-Hombre, es el único Ser bajo el cielo con quien el hombre, aquí en la tierra, puede vencer tanto a la muerte como al pecado y al diablo, y hacerse bienaventurado, feliz e inmortal, partícipe en la Eterna Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de la Agapi-Amor incondicional de Cristo…

Por eso, para la existencia humana, el Resucitado Señor es todo en todos los mundos: Él es lo Bello, lo Bueno, lo Simpático, lo Favorito, lo Feliz, lo Alegre, lo Divino, lo Sabio lo Eterno, lo Increado y el triunfo.

Él es toda nuestra Agapi, toda nuestra Verdad, toda nuestra Alegría, toda nuestra Bondad, toda nuestra Vida y la Vida Eterna e Increada en todas las eternidades y dimensiones divinas.

¡Por eso, una vez más, y muchas veces, y en innumerables ocasiones:

¡!!Χριστός Ἀνέστη Jristós anesti Cristo ha resucitado!!!

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

 

HEMOS CONTEMPLADO LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

HEMOS CONTEMPLADO LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

Liberación de la muerte y la resurrección

Por el Yérontas Georgios Kapsanis, Monasterio San Gregorio del Monte Athos

 

¡!!Cristo ha resucitado Χριστός ἀνέστη, Jristós anesti!!!

¡!!En verdad ha resucitado Ἀληθῶς ἀνέστη, alizós anesti!!!

 

Mensajes sobre la fiesta de Pascua, extractos de varias homilías

Prólogo

Con el conocido himno del Pentecostarion: «Hemos contemplado la Resurrección de Cristo, alabamos al Santo Señor Jesús el único sin pecado…» Estamos llamados los creyentes que hemos visto al Resucitado Señor a alabarle, reverenciarle, cantarle y glorificarle. Es posible que no lo hayamos visto con los ojos del cuerpo, pero, dado que lo vieron «…los que desde el principio fueron testigos oculares y se convirtieron después en ministros del Logos» (Lc 1,2), «A estos mismos, después de su pasión, se les presentó con muchas pruebas evidentes de que estaba vivo, dejándose ver ante ellos durante cuarenta días y hablándoles de la βασιλεία (vasilía: realeza increada) de Dios» (Hec 1,3), Le vemos también nosotros con los ojos espirituales de nuestra psique-alma.

Es igualmente significativo el hecho de que en la Santa Montaña Athos, el oficio de la Resurrección empieza con la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles. Porque en este libro contemplamos de una manera particular los admirables hechos de la nueva Iglesia fundada por Cristo, la δύναμις (dinamis: poder, potencia y energía increada) del Resucitado Señor.

Todo el edificio de nuestra santa Iglesia está edificado sobre esta piedra angular que es el Θεάνθρωπος (Zeánzropos: Dios-Hombre) Cristo. Y el Señor manifiesta y revela claramente que es el Θεάνθρωπος, -el único Θεάνθρωπος-, principalmente por el hecho de Su Resurrección. Con Su muerte mostró que es hombre perfecto, y con Su Resurrección que es perfectísimo Dios.

La Iglesia de Cristo no es religión, como son las demás religiones que se han creado por los hombres; no es filosofía, ni una fe en dioses inexistentes transcendentales o en hombres deificados. Es el cuerpo de Cristo, el Crucificado y Resucitado. Es el edificio cimentado «sobre el cimiento de los Apóstoles y los Profetas, siendo piedra angular el mismo Cristo Jesús, en quien todo edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor» (Ef 2,20-21). La fe de ellos que «nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, que es Jesús Cristo» (1Cor 3,11), el Crucificado y Resucitado, fue confirmada por los santos Apóstoles, los Mártires, los Confesores, los Santos, los Justos, los creyentes y piadosos Cristianos a lo largo de los siglos con su propia sangre, sus esfuerzos ascéticos, el martirio de sus conciencias y sus vidas prudentes y obedientes hacia los santos mandamientos (logos o principios espirituales) del Señor.

Así nosotros, también siguiendo sus huellas, podemos ver al Resucitado Señor, reverenciarle y alabarle con gemidos inefables de nuestro corazón, predicarle y proclamarlo con nuestros labios, y, sobre todo, con nuestra vida, como el único Santo, el único Señor y el único Dios verdadero, que nos ha redimido de nuestros grandes enemigos: el diablo, el pecado y la muerte.

Gracias al Resucitado Señor redescubrimos también el sentido y significado de nuestra vida, la cual, sin Él, según san Justino Pópovits, no es más que «una exposición caótica de tonterías y absurdidades repulsivas». Por eso, sólo Él es nuestra salvación y la esperanza de este mundo tan sufriente y torturado.

Esta pequeña colección está constituida de mensajes Pascuales de nuestro Monasterio, es una humilde ofrenda a nuestros hermanos “en Cristo”.

Deseamos y bendecimos que este escrito humilde y sencillo nos ayude a todos a vivir en μετάνοια metania a la luz del Resucitado Señor y hacernos dignos, tras nuestra salida de esta vida, de disfrutar y gozar la Pascua del «día sin crepúsculo de la βασιλεία (vasilía: realeza increada) de Cristo Dios». (Pascua 2005)

Hemos contemplado la resurrección de Cristo (Pág. 17

Creemos y confesamos que el más que filántropo (amigo del hombre) Señor nuestro «se entregó a la muerte por nuestras faltas, pecados y ha resucitado para nuestra justificación» (Rom 4,5).

Creemos y confesamos que el Resucitado Señor es el único Salvador de los hombres, porque es el único que con independencia venció la muerte y se hizo «el primogénito de los muertos» (Col 1,18) y «como primicia de los que se han dormido o muerto» (1Cor 15,20).

Nuestra co-resurrección con Cristo (Pág. 60)

Se ha dicho que el único benefactor del género humano es el Señor Jesús Cristo, porque sólo él nos libera de nuestro mayor enemigo: la muerte. Todos los demás benefactores ofrecen algo, pero su ofrenda es provisional, es útil sólo para la vida terrenal, en cambio, el Resucitado Señor nos regala la vida eterna, y por eso es el único Salvador nuestro.

El Θεάνθρωπος (Zaeántropos Dios-Hombre) contesta al hombre (Pág. 9)

El hombre tiene necesidades espirituales profundas: la necesidad de amar y ser amado con la agapi (amor desinteresado); la necesidad de perpetuar su especie y, sobre todo la necesidad de superar, vencer la muerte; también necesita sentir el perdón de sus pecados, que, conscientes o inconscientes, generan remordimiento, ansiedad y angustia, envenenando su vida. Finalmente, su anhelo de trascendencia despierta el deseo de superar la convencionalidad y relatividad, y a extenderse hacia lo infinito y absoluto.

A estas necesidades responde la persona y la obra del Zeántropos (Dios-hombre) Salvador Cristo, especialmente mediante Su muerte en la Cruz y Su Resurrección.

Pág 10. A la necesidad básica del hombre por su inmortalidad, el Señor responde con Su Resurrección. Con Su muerte vence nuestra muerte y nos regala resurrección y vida eterna. Al himno condensado de la Iglesia: «Cristo ha resucitado de entre los muertos, por la muerte pisoteó la muerte y los que están en las tumbas les regaló la vida», se anuncia el acontecimiento mayor de la historia: la victoria suprema del mundo.

Aquel que coparticipa en la agapi del Crucificado Jesús Cristo, coparticipará en Su victoria contra la muerte. El que que está privado de esta experiencia, está llamado a hacerlo, probarla, y estoy seguro de que sentirá como suya esta realidad: la de su victoria sobre la muerte y la vida eterna con Cristo. La nube oscura de la muerte se disolverá por la supra-esplendorosa luz de la Resurrección de Cristo.

Pascua, pase de la muerte hacia la vida (1994 Pág. 54).

Todo el misterio de nuestra Fe Ortodoxa, de acuerdo con el maestro universal, el Apóstol Pablo, se resume en el misterio de la Resurrección de nuestro Cristo. Dice el santo Apóstol: «Y si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe…» (1Cor 15,17). Y eso, porque el mundo tiene muchos maestros, muchos fundadores de religiones (pero sus huesos están ela tumbas). Pero el redentor que resucitó al hombre de la muerte, sólo tiene uno, nuestro Salvador Cristo.

Por eso sólo el Señor Jesús Cristo, el Crucificado y Resucitado es el redentor de los hombres. Por consiguiente, nosotros solamente adoramos a Él adoramos, creemos, seguimos, glorificamos y alabamos. Sólo Él y nadie más, por muy sabios y virtuosos que hayan sido otros, no pudieron resucitar de entre los muertos ni redimir al hombre de su peor enemigo: la muerte.

La cuestión de la sanación y salvación del hombre no consiste simplemente en hacerse más ético, ni en aplacar a Dios para conseguir un indulto, un salvoconducto. Nuestra sanación y salvación está en que el hombre pueda, estando muerto, vivificarse (despertar espiritual) y resucitar. Por lo tanto, sólo aquel que vivifica al hombre es el Salvador y Redentor de los hombres.

Éste pues, nuestro Señor, ofrece en toda la humanidad la vivificación. Primero toma al hombre muerto y le vivifica (espiritualmente). Y con esta resurrección espiritual, le resucita somáticamente, corporalmente también en Su Segunda Παρουσία (Parusía: Presencia, venida).

Creemos firmemente que esta segunda resurrección es un acontecimiento indudable, porque proviene de la alianza de esta Resurrección, que es la Resurrección espiritual. Los que por la Jaris increada de Dios, se hacen partícipes desde esta vida en la primera Resurrección, (la espiritual), no solo tienen la esperanza, sino la certeza de la segunda: la corporal.

En paralelo, el Señor nos ha dado también muchas demostraciones tangibles de que realmente el cuerpo del hombre santo se glorifica, no se corrompe, resucita también, antes de la futura resurrección junto con el Resucitado Señor. Por eso, también, las santas reliquias tienen puntos de incorruptibilidad, perfuman, hacen milagros y permanecen siglos inalterados sin gastarse y se convierten en símbolos de la futura gloria que disfrutarán los cuerpos de los Santos, cuando resucitarán durante la Segunda Parusía del Señor.

La cuestión es, cómo el Cristiano podrá hacer la vida de Cristo en su propia vida, de manera que resucite él también. Cómo se convertirá la Resurrección de Cristo, también en su resurrección propia.

Hermanos y Padres:

El Señor no ha dejado en el mundo solamente una enseñanza ética ni unas recetas sociales. Ha dejado Su Cuerpo, el Sí Mismo y a cada uno que quiera resucitar no tiene que hacer otra cosa sino unirse con el Cuerpo del Resucitado Señor. El Cuerpo del Resucitado Señor es la Iglesia. Cada uno que se hace miembro vivo de la Iglesia, inmediatamente recibe la vida de Cristo y la hace su propia vida. Por lo tanto, cuando vivimos dentro de la Iglesia, luchamos con humildad y oración, coparticipamos en los santos Misterios y especialmente de la divina Efjaristía (Eucaristía) que es el Cuerpo y Sangre de Cristo, adquirimos esta experiencia de vivificación de nuestro cuerpo mortal, que es el paso de la muerte a la vida. Esto es la verdadera Pascua. Porque Pascua quiere decir paso, paso de “la muerte hacia la vida.”

Cada vez que el Cristiano ora con humildad y agapi hacia Dios, realiza un traspaso, un paso desde el egoísmo a la participación en la vida divina. Cada vez que el Cristiano vence su propia voluntad egoísta, apasionada y mal astuta y hace la santa voluntad de Dios, realiza un traspaso, paso de la muerte hacia la vida. Cada vez que el Cristiano comulga el Cuerpo y Sangre de Cristo, entonces realiza el mayor de todos los pasos: de la muerte a la vida.

Estos grandes y gloriosos misterios de nuestra vivificación e inmortalidad existen dentro de nuestra santa Iglesia Ortodoxa, y es una pena, hermanos míos, no aprovecharlos, ignorarlos o abandonarlos, no valorizarlos para nuestro beneficio, salvación y plenitud.

Es triste que hoy, mientras todos estamos espiritualmente asfixiados y principalmente nuestra juventud al igual que muchos adultos sensibles, ignoremos o neguemos en conectarnos con el Jefe de la vida, el Salvador Jesús Cristo, y no decidimos hacer Su vida, nuestra vida, de manera que pasemos de la muerte a la vida. Y mientras existe el Vivificador Cristo, nuestra alegría, gozo y paz, nosotros preferimos morir en la soledad, la ansiedad, la angustia, el vacío y la falta de significado y sentido en nuestra vida.

Humildemente deseo a todos los festejan con nosotros, y en nombre también de parte de los hermanos de nuestro Monasterio (san Gregorio de Athos) que, en esta santa noche de Resurrección, durante la cual “todo se colma de luz, el cielo, la tierra y los abismos infernales”, se realice este traspaso en todos nosotros, esta pascua, el traspaso de la muerte hacia la vida. Que creamos y amemos más a Cristo. Unirnos con Cristo, de manera que nuestra vida se convierta en vida de Resurrección.

Entonces ya no tendremos miedo a la muerte somática o biológica. Porque el que se ha unido con el Señor Resucitado, no tiene miedo a la muerte corporal, porque ya ha pasado de la muerte a la vida. Ya se ha resucitado y ya ha entrado en la Realeza increada de Dios.

Deseo, una vez más, que el Resucitado Señor nos conduzca en Su unión, consolar nuestros corazones, llenarnos todos de Su Jaris (gracia, energía increada, regalarnos la iluminación de la teognosia (conocimiento de Dios), de manera que estemos unidos junto a Él.

Finalmente deseo que nuestra vida esté siempre plena de luz y alegría resucitante.

El Señor ha reinado (Pág 15).

Separados del Señor resucitado, el sabor amargo de la muerte nos invade. Nuestra cultura, al negar al Resucitado, se autocondena a ser una cultura de muerte.

Ni los disfrutes ni placeres, ni los logros, ni nuestras exaltaciones humanas pueden vencer la ley de la corrupción total. Sentimos la muerte reina sobre nosotros y nos inunda.

Pero mientras nos acercamos y comulgamos con el Señor Resucitado, sentimos que la muerte ya no nos domina. La fuerza del Resucitado vivifica nuestros miembros, penetra hasta nuestros huesos, nos da paz, jaris (gracia, energía divina) y libertad de la muerte. Nos vestimos nosotros también con Su propia dignidad y Su resplandor.

Cruz y Resurrección (Pág.22)

La Cruz, la Resurrección y los supralógicos Misterios del Logos, nos sacan del parálogo, (contra-lógico o paradójico) del mundo. Nos dan la posibilidad de vivir, en la medida que participamos de ellos, la victoria del Logos sobre lo parálogo, el pecado, la muerte y el diablo.

Hoy todos vivimos el drama del hombre y de nuestras sociedades “culturales”, que, en medio de la abundancia y su autosuficiencia, se están tiranizando por la falta de sentido y significado de su vida. Quiere la alegría, pero no la encuentra, porque rechazan la Cruz y la Resurrección del Crucificado y Resucitado.

Esta sociedad conduce a los jóvenes desesperados hacia las drogas, a los psiquiátricos y al desorden. Así, el hombre contemporáneo está crucificado por la ansiedad, la angustia, el estrés, el nihilismo, la desesperación y la soledad. Esta crucifixión no es la Cruz de Cristo, por ello, carece de esperanza, de resurrección y de alegría.

La crucifixión del infiel trae la muerte.

La crucifixión del fiel en Cristo trae vida y resurrección.

El crucificado y resucitado Jesús, el único Salvador del mundo.

Pág 90. De la Cruz de Cristo emana la absolución de nuestros pecados. La sangre de Jesús Cristo “nos psicoterapia y nos sana de todos los pecados” (1Jn 1,7). Comemos y bebemos Su Cuerpo y Sangre durante la divina Ευχαριστία Efjaristía en absolución de los pecados y la vida eterna.

¿Quién, por muy pecador que haya sido, si se arrepiente y pide el perdón al Crucificado, no recibirá abundantemente la absolución y no sentirá el perdón de Su agapi (amor incondicional e increado)?

Un monje piadoso, ya de mediana edad y próximo a la muerte por una enfermedad incurable, dijo: Con la Jaris de Dios he luchado, tal como debía hacerlo como monje. Pero ahora no tengo esperanza en mis virtudes y mi lucha. Sólo tengo esperanza en la Sangre del Crucificado”.

Un monje budista, Soma Ram Thero, condenado a muerte, pidió ser bautizado la víspera de su ejecución porque, según sus propias palabras, sólo en Jesús Cristo encontró perdón, en ninguna otra religión.

Además, por esto el Señor nos llama a acercarnos a Él, para darnos realmente descanso, perdonando nuestros pecados: Venid a mí todos los que estáis psíquicamente cargados y cansados, agotados y afligidos, agobiados y deprimidos por vuestros pecados, autoengaños, sufrimientos y perturbaciones y yo os daré psicoterapia, alivio y paz en vuestra psique-alma y os haré descansar psíquica y espiritualmente(Mat 11,28).

Pág 91. Creemos en el Señor Jesús Cristo, el Θεάνθρωπος (Zeántropos: Dios-Hombre), como nuestro único Salvador y Redentor, porque sólo Él ha vencido la muerte, el pecado y el diablo y por Él y en Él, participamos también nosotros los pecadores en Su victoria y nos hacemos inmortales y eternos.

Los que antes eramos hijos de la muerte, nos hacemos “hijos de la Resurrección” (Lc 20,36). Esta es nuestra alegría, que según el logos del Señor es “completa” (Jn 16,24), es decir, perfecta.

La Cruz y la Resurrección (Pág 23)

La Iglesia es el Cuerpo del Señor Crucificado y Resucitado. La Iglesia lo largo de los siglos ha sido crucificada por los pecados de sus miembros y los ataques de sus enemigos. Pero no muere, porque su Cabeza el Zeántropos (Dios-Hombre) Cristo venció la muerte. El mundo con sus soberanos, el poder mundano, la jerarquía de la Iglesia que algunas veces está conciliada con el poder, la prensa y otros medios, intentan y quieren nuevamente enterrar el Cuerpo de Cristo. Pero esto es imposible. Porque el Resucitado no se puede limitar en ninguna tumba.

Los Cristianos conocen que tienen una cabeza inmortal y, por eso, no desesperan con la agonía de la desesperación. Conocen que Cristo siempre vence a la muerte mediante sus miembros, aunque estos deban enfrentar nuevas crucifixiones por parte de sus “verdugos” contemporáneos. También conocen que los que atacan al Crucificado y Resucitado son los que más le necesitan.

Ayer me co-enterraba contigo Cristo, hoy me co-levanto con Su Resurrección (Pág 49)

La Semana Santa que pasó, se nos ha ofrecido la posibilidad y el poder de crucificarnos místicamente también nosotros y enterrarnos con nuestro Señor. Hoy hemos escuchado en los escritos de los santos: “llevamos a cabo los santos Pazos-Padecimientos del Señor”. No sólo festejamos, sino que realizamos los santos Pazos. No es que nosotros crucifiquemos a Cristo, -así lo entiendo- sino que nosotros nos co-crucificamos con Cristo y sentimos Sus Pazos como nuestros pazos, y Su Cruz como nuestra. Así podemos vivir hoy Su Resurrección como nuestra propia resurrección.

Pág 50. …Realmente, una señal de que nuestra fe es viva y que nos hemos co-enterrado y encontrado con Cristo, es nuestra actitud frente a la muerte. Es decir, no tememos la muerte, como la temen los idólatras y los no creyentes, sino que la miramos con esperanza, puesto que nuestro Señor venció la muerte, ya que nosotros también nos hacemos copartícipes Su muerte y Su Resurrección.

Entonces tenemos alegría verdadera: la Santa Pascua. Porque, ¿cómo uno puede tener alegría si no ha enfrentado la cuestión de la muerte, como también la cuestión de absolución y perdón de los pecados y del destino eterno de su existencia? Cuando estos grandes misterios se resuelven, entonces el hombre puede tener alegría y festejar la Pascua del Señor con gozo, júbilo y felicidad auténtica.

La alegría de la Pascua no viene de las buenas comidas, ni de las diversiones. Con esto intentamos esconder nuestro vacío y nuestra miseria y desgracia. La verdadera alegría de la Pascua brota y emana del sentido profundo de haber sido co-enterrados y encontrados con Cristo, y con Él haber vencido a nuestros mayores enemigos: la muerte, el diablo y el pecado.

Habiendo conseguido estas victorias, podemos alegrarnos en esta vida y sentir la obra de Cristo y tener sentido que realmente Cristo es nuestro redentor. Y nadie más puede ser nuestro Redentor que el vencedor de la muerte, el Señor Jesús Cristo.

San Justino Pópovits dice “el hombre crucificó a Dios y Dios lo condenó a la inmortalidad. Antes de la resurrección de Cristo la muerte era terrible para el hombre, desde la Resurrección de Cristo el hombre se convierte en terrible para la muerte. En su libro “Condenados a ser inmortales” leemos que el Señor vence a la muerte y nosotros podemos vencer a la muerte, mientras venzamos al pecado. Cada vez que pecamos, dice san Justino Pópovits, nos volvemos más mortales. Cada vez que superamos el pecado nos hacemos más inmortales.

Roguemos al Resucitado Cristo a que nos ayude y nos fortalezca en esta lucha por victoria contra el pecado y nuestros pazos, para que también nosotros nos revistamos con la vestidura de la inmortalidad. Y que con Su presencia, que está llena de luz increada, ilumine nuestras psiques-almas, el hombre interior que todos llevamos dentro y que aún conserva zonas oscuras. Cuanto más cerca de Cristo está uno, tanta más luz existe en su interior y menos oscuridad. Sólo los hombres santos, los que se han unido totalmente con Dios han podido expulsar toda oscuridad de su interior y todo su mundo interior sea luz plena.

Depende de nosotros, de nuestra voluntad, de nuestra lucha, de nuestro clamor al Señor Jesús, pedir al Señor Jesús que entre y habite en nuestro interior, para que expulse las oscuridades y traiga la luz, de manera que todo nuestro mundo interior se llene de Su luz. Entonces seremos dignos de la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de la Luz increada sin crepúsculo.

Por la muerte pisoteó la muerte (pág 86)

El hombre contemporáneo absorbido por la multitud de ocupaciones, los programas de la televisión y diversos medios de comunicación y “ocio”, no tiene tiempo para conocerse a sí mismo, a su prójimo, ni a su Dios. Así, también desvía su atención de los problemas existenciales más serios, como el problema de la muerte. Solo cuando muere algún familiar o conocido reflexiona brevemente sobre ella, para luego regresar rápidamente a la rutina diaria.

Las fiestas sobre los divinos Pazos (padecimientos, pasiones) y la santa Resurrección de nuestro Dios, nos ofrecen la ocasión de mirar de frente el acontecimiento de la muerte y afrontarlo con profundidad.

Contemplando la muerte del Señor, comprobamos que la muerte es realidad, la cual también el mismo Hijo de Dios sufrió, experimentó.

Vemos también que su raíz se encuentra en la transgresión y el pecado del hombre: “En cuanto más se alejaba de la vida, más se acercaba a la muerte. “Porque Dios es vida y la privación de la vida es la muerte, Dios no es la causa de los males” (San Basilio, EPE tom 7). Según el aviso del Santo Dios: “El día que comeréis de ello, por la muerte, moriréis” (Gen 2,17).

Cada muerte es trágica, no solo por la separación temporal de quienes amamos, sino también porque es consecuencia y manifestación de nuestra pecaminosidad.

El Señor Jesucristo, impecable y sin mancha, muere por nuestros pecados. Muere voluntariamente por infinita agapi (amor) por nosotros. Su muerte es sacrificio, ofrenda de agapi por la vida del mundo, la sanación y salvación.

Nuestros pecados le han subido a la Cruz. Pero la divina agapi ha venció a la muerte.

A la realidad de la muerte se suma otra realidad aún más poderosa: la Resurrección.

La última palabra que sella al mundo no es el todo “se ha terminado” del Señor, sino el Evangelio (buena noticia) de las Mirroforas (las mujeres que llevan la mirra), que el Señor ha resucitado de los muertos. Esta es también nuestra esperanza y nuestra alegría. Nadie puede arrebatárnosla, a menos que nosotros mismos, por incredulidad o tibieza en la fe, la rechacemos.

Si la agapi de Cristo fue tan fuerte de modo vencer la muerte, también nuestra agapi hacia Cristo vencerá nuestra muerte.

Durante estos días santos, rogamos a nuestro Señor que nos haga dignos de vivir este misterio: mirar cara a cara nuestra muerte y no temerle, porque ha sido vencida por el Señor Crucificado y Resucitado.

La agapi, la esperanza y la alegría del Crucificado y Resucitado Señor deseamos y esperamos que colme también vuestros corazones durante estas santas fiestas, en esta vida presente y en la eterna.

Hermanos

¡!!Cristo ha resucitado Χριστός ἀνέστη, Jristós anesti!!!

 ¡!!En verdad ha resucitado Ἀληθῶς ἀνέστη, alizós anesti!!!

Yérontas Georgios Kapsanis, Monasterio San Gregorio del Monte Athos (Extractos de varias homilías).

 

DOMINGO DE PASCUA LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

παπα Γιώργης Δορμπαράκης       

῾Δεῦτε λάβετε φῶς… Venid a tomar la luz…᾽

En la noche del Sábado Santo, el sacerdote un poco antes de empezar la celebración sobre “la Resurrección de Cristo”, sale de la “Bella Entrada” con una vela encendida tomada del candil imborrable, para proclamar en voz alta al laós-pueblo: “Venid y tomad luz de la luz sin crepúsculo (increada) …” Es decir, no podemos entender la Resurrección de Cristo y mucho menos participar en ella, si antes no recibimos esta luz sin crepúsculo. Ciertamente, no se trata de la luz material de la vela. Esta luz material es un símbolo de la otra luz: la luz increada de Dios, que amaneció –y sigue amaneciendo–en la tumba vacía del Dios resucitado. Es precisamente esta luz (increada) de la resurrección del Señor que ha inundado los universos, como proclama el himno pascual: “¡Ahora todo se ha llenado de luz, en el cielo, en la tierra y en el infierno!

Estamos llamados, pues, de nuestra Iglesia a tomar esta luz y hacernos partícipes de ella. Esto significa que, mientras la Iglesia posee la luz –porque es el Cuerpo de Cristo y Él, como su Cabeza, es la Luz increada del mundo (“Yo soy la luz del mundo”, Jn 8,12)– nosotros estamos en tinieblas o necesitamos aumentar esa luz. Cristo transmite su luz a su Cuerpo, la Iglesia.

El hombre, por sí mismo, se encuentra en oscuridad a causa del pecado, que es tiniebla. Solo mediante la relación con Cristo recibe la luz. Y si todos los hombres tienen algo de luz de Cristo, como creaciones Suyas – pues Cristo es “la verdadera luz (increada) que ilumina a cada hombre que viene al mundo” (Jn 1,9)- cuánto más aún la reciben y poseen aquellos que son sus discípulos: los bautizados en Su nombre, los cuales se han relacionado con Él y se convirtieron miembros Suyos, templos de Su Santo Espíritu.

Los Cristianos, pues, por excelencia se convierten en luz, no por mérito propio, sino por la fuerza del Señor Jesús Cristo. Los Cristianos entienden muy bien que la luz (increada) no es es suya: son iluminados de la luz increada de Cristo.

Así se diferencian del hombre secularizado, mundanizado, quien cree que lo que tiene es suyo y por eso presume y se enorgullece de ello. Para el cristiano vale siempre el logos del apóstol Pablo: “¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” (1 Cor 4,7).

Desde esta perspectiva, el cristiano es iluminado a la medida en que es humilde. El sentimiento, sensación y concienciación de que todo es donación de Cristo, le conduce en la plena concienciación de sus restringidos fines y límites creados. El creyente conoce que sin Cristo no es nada (Jn 15,5), oscuridad y pobreza. La luz (increada) de Cristo en su interior, le detiene con temor y por eso lucha por ofrecer a Dios una constante alabanza: “A ti se debe la doxa-gloria y alabanza, Señor Dios nuestro…” es el continuo clamor del Cristiano que vive dentro de la luz increada de Cristo.

Esta luz de Cristo, luz increada de vida eterna, que destruye la corrupción y anula la muerte, es decir, Su Χάρις (jaris: gracia, energía increada) y δοξα (doxa: gloria, luz increada) ilumina especialmente el corazón del hombre, “el hombre escondido del corazón”, como dice el Apóstol Pedro (1 Ped 3,4). Porque allí se encuentra el centro de la existencia psicosomática del hombre. Pero desde allí también se irradia en toda su existencia, incluso al cuerpo. Las reliquias de los santos, su fragancia, su mirra, son señales de la presencia de la luz increada de Dios en todo el ser humano, no solo en su psique-alma. La lucha de san Gregorio Palamás y los sínodos del siglo XIV ratificaron claramente esta verdad. Cuerpo y psique-alma están expuestos a las energías santificantes, sanadoras e increadas de la luz increada de nuestro Dios Trinitario.

Por supuesto, para ver y sentir esta luz y jaris increadas en la psique-alma y en el cuerpo del hombre, es necesaria su catarsis de la psique-alma. Los pazos y las maldades son los obstáculos para recibir la luz increada de Dios. Sin su eliminación, sin la lucha por transformar los malos pazos en pazos divinos, es decir, transformación del egoísmo en agapi (amor desinteresado) no hay participación en la luz increada. Si alguien pretendiera participar de las energías iluminantes e increadas de Dios sin haber trabajado en su catarsis, entonces sentirá a Dios “como fuego consumidor”, como un infierno terrible y abrasador.

En el cánon de la resurrección san Juan el Damasceno señala esta realidad mística. “Limpiemos, sanemos y purifiquemos nuestros sentidos y emociones para contemplar con claridad la luz resplandeciente de la Resurrección de Cristo”. Por tanto, la Resurrección de Cristo constituye también resurrección del hombre, en la medida en que participa de esa luz increada del Cristo resucitado.

No se trata de una expectación exterior y superficial. Hablamos de la unión del creyente con con su propio Dios. Por supuesto, desde la perspectiva de la creación, se trata del camino hacia ser “imagen-icona de Cristo”. San Gregorio de Nisa nos dice: “El Señor no ha bendecido a aquel que sabe algo sobre el Dios, sino a aquel que en su interior tiene a Dios”. 

Desde esta perspectiva el cristiano que lucha vivir con agapi en su vida festeja la Resurrección como un triunfo sobre el ésjato, último-extremo enemigo del hombre, la muerte” (1Cor 15,26): “Día de la Resurrección… abracémonos unos a otros… Perdonemos todo por la Resurrección, y juntos exclamemos:
¡!!Cristo ha resucitado de entre los muertos… Χριστός ἀνέστη ἐκ νεκρῶν…᾽!!!

παπα Γιώργης Δορμπαράκης        ΑΚΟΛΟΥΘΕΙΝ        Padre Jorge Dorbarakis

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

Sábado Santo

 

Sábado Santo

†Yérontas Georgios, Monasterio Gregorio, Monte Athos.

 

El Señor nos ha dignado celebrar la sepultura de Su Santidad durante tres días y anticipar Su Santa Resurrección. Nuestro Señor no solo se hizo hombre por nuestra salvación, no solo soportó bofetadas, escupitajos, golpes y la horrenda muerte en la cruz, sino que también se humilló y soportó incluso Su propia sepultura.

La sepultura del Señor es el último punto de Su kenosis vaciamiento, de Su humillación. ¡Este Señor de la vida y de la muerte yace muerto en la tumba! «Contado entre los muertos», como dice nuestra Iglesia. Y así, mientras Él mismo fue contado entre los muertos desde siempre, como muerto Él mismo venció la muerte, resucitó de entre los muertos y resucitó con Él a Adán y a todo el género humano.

El Señor no quiso salvarnos externamente, como un dios deus ex machin que interviene desde fuera mecánicamente, como en las tragedias antiguas. Nos salvó entrando dentro de nuestra propia tragedia, dentro de nuestro propio callejón sin salida, dentro de nuestra muerte, y hasta dentro de nuestra tumba. Y cuando realizó la mayor obra de Su filantropía, entrar incluso en nuestra tumba, en ese momento venció la muerte, Él mismo resucitó y nos resucitó a nosotros también.

No quiso resucitarnos sin que Él mismo fuera contado entre los muertos que yacen en los sepulcros. Así sabemos que el Dios en quien creemos es un Dios que realmente compartió todo nuestro dolor y sufrimiento. Y no hay punto de desgracia e infelicidad humana que Él no haya compartido, que no haya hecho Suyo. Hizo Suyos todos nuestros sufrimientos y πάθος pazos, salvo el pecado, para curarnos de ellos. Si no hubiera hecho Suya también nuestra muerte, no nos habría resucitado ni hubiera sanado nuestra muerte.

Por eso hoy, con profunda gratitud, con la conciencia que podamos tener debido a nuestra insensibilidad espiritual, adoramos mental y espiritualmente al Señor puesto en la tumba, lo agradecemos y lo reconocemos como el único verdadero benefactor de nuestras vidas, porque es el único que venció nuestra muerte. Y al mismo tiempo le pedimos que nos ayude a adquirir la virtud cristiana, es decir, el carácter de Cristo, un carácter ético semejante al suyo, el cual el santo Ignacio el Teóforo llama «semejanza con Dios», es decir, un carácter con ética semejante al de Dios.

Este carácter de Cristo se muestra hoy y se mostró también ayer, en el Viernes Santo. Es el carácter de la profunda humildad, es el carácter del sacrificio, es el carácter de la entrega, es el carácter de darlo todo por aquellos a quienes amas, incluso si son tus enemigos. Y si nosotros, los cristianos, no luchamos, superando nuestro egoísmo y φιλαυτία (filaftía: egolatría, egocentrismo, excesivo amor a sí mismo y al cuerpo), por tener el carácter humilde de Cristo, no somos dignos de ser Sus discípulos.

Con estos pensamientos nos preparamos para recibir esta noche el alegre mensaje de Su Santa Resurrección, de la manera tan hermosa en que nuestra Iglesia lo vive litúrgicamente en esta noche tan gloriosa y tan luminosa.

Deseo que todos los que están aquí, hermanos, el Señor nos digne a celebrar esta noche con una sensación espiritual, con los ojos de nuestra psique-alma, que podamos ver al Señor Resucitado, hacerlo nuestro y hacer de Su Resurrección nuestra propia resurrección.

(Monasterio San Gregorio, Monte Athos, 1981).

El descenso del Señor al Hades

Como nos enseñan los santos Padres de nuestra Iglesia, el Señor, durante el intervalo de Su sepultura de tres días, la cual hoy celebramos, debía completar Su obra. Debía anunciar la salvación y liberar a aquellos que estaban cautivos por el diablo, incluso aquellos que estaban en el Hades.

Y por eso, Su santísima psique-alma inmaculada descendió al Hades y «a los espíritus encarcelados, fue a predicarles» (1Pedro 3:19), como dice el santo Apóstol Pedro. Y allí, lo esperaban. Así como los vivos lo esperaban para liberarlos del diablo y de la muerte, así también los muertos, aquellos que habían partido desde tiempos inmemoriales, lo esperaban para ser liberados.

Por eso, el Señor, con gran misericordia y amor, descendió al oscuro Hades, y allí brilló la luz de Su rostro, iluminando y consolando a aquellos que, injustamente, estaban cautivos por el diablo.

***

Así, una vez más, vemos el gran amor del Hijo de Dios y nuestro Dios, quien no dejó a nadie sin beneficiar con Su Muerte en la cruz y con Su Santa Resurrección. Pero también vemos Su extrema humildad, porque Él, siendo Dios eterno, no solo se hizo hombre, no solo sufrió las terribles Pasiones que hemos vivido durante estos días santos, y soportó la Muerte en la cruz como si fuera el último de los malhechores, sino que aceptó aún esta humillación: entrar muerto en el sepulcro.

Es verdad que esta sepultura del Señor de tres días, durante la cual Su Cuerpo fue colocado en el sepulcro como el de cualquier hombre común, muestra cuánta humildad se nos entregó Dios.

Sabía que nosotros lo maltrataríamos, pero como nos amaba, aceptó ser maltratado, aceptó ser condenado a muerte, aceptó ser colocado en la tumba. Creo que no hay mayor humildad que la que Dios pudo aceptar que la que hoy celebramos: Su sepultura completa de tres días.

Es una humillación aún mayor que Su Muerte en la cruz, porque en la cruz Él aún tenía Sus sentidos y podía controlar la situación, pero allí, en la tumba, muerto, el Señor se entregó y fue sepultado, y la piedra del sepulcro lo cubrió.

***

Así, con esta gran humildad, que no tiene mayor igual, corrigió nuestro gran egoísmo. Porque lo que separó al hombre de Dios y al hombre del hombre fue el egoísmo.

El Señor, para curar nuestro gran egoísmo, que llegó a tal extremo que el hombre llegó a traicionar incluso a Dios, al Padre Celestial, debía, como contrapeso, llegar al otro extremo, a la mayor humildad que un ser humano pudiera alcanzar. Y esa humildad fue la que alcanzó el Θεάνθρωπος (Zeánzropos: Dios-Hombre), nuestro Señor).

Y así, con la mayor humildad, con Su suprema humildad que mostró el Señor, corrigió nuestro supremo egoísmo y ahora también nos ayuda a no ser personas del egoísmo, sino personas de la humildad.

Por eso, hermanos míos, si queremos resucitar a una nueva vida como Cristianos, una vida de fe, amor y oración, debemos entrar también en una tumba. Esta tumba es la tumba de la humildad. Allí debemos enterrar nuestro egoísmo, para resucitar con Cristo a una nueva vida.

Ojalá que el día de hoy sea para nosotros también un día en el que tomemos la decisión de amar a Cristo, luchar contra nuestro egoísmo y nuestros πάθος pazos, y pedirle al Señor que, con nuestro esfuerzo diario, nos conceda esa nueva vida que da a todos Sus hijos fieles y humildes.

†Archimandrita Georgios,  Monasterio Gregorio, Monte Athos, 1990.

 

Santo Sábado
Padre
Jorge Dorbarakis

“Este es el Sábado altamente bendito, durante el cual el Cristo mientras durmió el sueño de la muerte, resucitará en tres días”.

῾Τοῦτό ἐστι τό ὑπερευλογημένον Σάββατον, ἐν ᾧ Χριστός ἀφυπνώσας, ἀναστήσεται τριήμερος᾽

El día de hoy es totalmente distinto. No sólo es Grande sino también supra-bendecida. La razón de esta bendición es el hecho que el Señor Jesús Cristo, mientras pasó de la Cruz, encima de la que fue realizada principalmente la sanación y salvación del género humano mediante la abolición, eliminación del cuerpo del pecado, cesó de Sus obras y fue sepultado como un mortal común; con esto, Su psique-alma descendió al reino de la muerte. El Señor, como apunta el conocido tropario, está “en la tumba físicamente, en el Hades con psique-alma como Dios, en el Paraíso con el ladrón y en el trono con el Padre y el Espíritu, cubriéndolo todo como omnipotente”.  Los troparios (tipo de himnos) del Sábado Santo son maravillosos, empleando conceptos de percepción poética inigualable.

De manera excelente se describe en principio el misterio mismo del entierro, que provoca la sorpresa no sólo de los hombres fieles, sino también de las potencias angelicales. Y esto sucede porque se enfrenta la mayor paradoja: ser enterrada la misma vida. “Cristo, Tú que eres la Vida, fuiste puesto en la tumba, y las legiones de los ángeles se sorprendían, gloriando Tu condescendencia”. A la vez se reafirma y se expande la fe de la Iglesia por lo que ha ocurrido este día desde el encuentro del Señor con el Hades, es decir, lo que la muerte ha sufrido por la deidad de Cristo unida a Su santa psique-alma humana: “Cuando descendiste a la muerte, Tú que eres inmortal, entonces has mortificado al Hades con el rayo de Tu deidad”.  “El Hades fue herido justo en su pecho, puesto que ha recibido Aquel que fue herido con la espada en el pecho, y está gimiendo mientras arde en fuego”; “Los guardianes del Hades son horrorizados, viéndote vestido con la vestidura ensangrentada de la venganza”; “El enemigo Hades fue desnudado”.

Este desmantelamiento del reino del Hades, la muerte de la muerte significa también la liberación del hombre de estas cadenas mortales. «La Vida duerme, y el Hades tiembla, y Adán es liberado de sus cadenas». La vida está preparada para reinar nuevamente, porque precisamente para esto vino al mundo el Creador. “Venid a ver a Aquel que es nuestra vida, quien yace en las tumbas, con el propósito de dar vida a los que están en las tumbas”; Así como el león, medio dormido y preparado para levantarse, así Cristo, matando al Hades y a la muerte, está listo para resucitar. “Venid hoy, viendo dormido a Aquel que ha venido del linaje de Judas, a clamarle fuertemente con voz profética: Te has estirado y dormido como un león. ¿Quién te despertará, oh Rey? Pero con Tu voluntad, resucítate Tú que te has entregado a Ti mismo libremente con Tu voluntad para nuestra gracia”.

Pero el Señor incluso estando en el Hades, no viene violentamente hacia el hombre esclavizado. Realmente disuelve el reino de la muerte, pero llama a las psiques-almas allí presentes para que respondan a Su llamada. El Señor, incluso allí, predica la fe en Él, de modo que las psiques-almas sean salvadas libremente y resuciten junto con Él. Esto nos lo revela principalmente el apóstol Pedro, cuando nos dice que el Señor “predicó también a los espíritus encarcelados”, para que nadie diga que la salvación vino unilateralmente a los hombres, es decir, solamente para los hombres después de Cristo. Tanto los que vivieron antes de Cristo como los que vivieron después, todos fueron llamados y están llamados con sus responsabilidades personales a rendirse ante Él.

Volviendo al tema, el Sábado Santo puede compararse con la calma que precede a la tormenta. Hay una aparente calma: la vida está a punto de resurgir, la luz está por amanecer. La victoria está dada. Simplemente estamos esperando el momento que aparecerá.  “Hoy el Hades grita gimiendo: desapareció mi fuerza, el Pastor fue crucificado y ha resucitado a Adán. He sido privado de aquellos sobre quienes dominaba, y a los que devoraba como fuerte que era, los he vomitado todos. El que fue crucificado ha vaciado las tumbas. Ya el estado y poder de la muerte no tiene fuerza”. El conocido icono de nuestra Ortodoxia de la bajada del Señor al Hades, presenta esta realidad de forma palpable. Es decir, el Señor disuelve el reino de la muerte y se resucita, resucitando simultáneamente también a los hombres, representados por Adán y Eva.

Nuestra Iglesia, con este amanecer de la luz (increada) de la Resurrección que testifica el día de hoy, empezando con la víspera del Viernes Santo, la proyecta triunfalmente ya con sus troparios, que están llenos de alegría y luz; dejamos atrás el luto de los días anteriores, pero también con las vestiduras brillantes del Altar y los ornamentos de los sacerdotes. Todo nos orienta hacia el nuevo día, «el primero de los Sábados, la fiesta de las fiestas y el festival de los festivales».

παπα Γιώργης Δορμπαράκης        ΑΚΟΛΟΥΘΕΙΝ        Padre Jorge Dorbarakis

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

Viernes Santo: «Apologética y sobre el ladrón»

Viernes Santo: «Apologética y sobre el ladrón»
San Teófano el Recluso
(4ª homilía)

 

“Μνήσθητί μου, Κύριε, ὅταν ἔλθῃς ἐν τῇ βασιλείᾳ Σου. Acuérdate de mí, Señor, cuando vengas en tu βασιλείᾳ vasilía realeza increada” (Luc 23:42)

“¿Y cómo”, se pregunta alguien, “presentaré mis súplicas al Señor, siendo yo un hombre rudo, campesino e inculto?”

Para peticiones de este tipo no necesitas habilidades literarias, sino únicamente sencillez. Volvamos, como hizo el hijo pródigo. Suspiramos, como suspiró el publicano. Derramemos lágrimas de arrepentimiento como la prostituta, y como el ladrón, exclamemos: “¡Acuérdate de mí, Señor, cuando vengas en tu Βασιλείᾳ vasilía realeza increada!” (Luc 23:42). ¿Dónde ves la dificultad o la complejidad en estas palabras tan simples?

“Sí”, responde, “pero yo no me veo a mí mismo crucificado junto al Señor. ¿Cómo, entonces, repetir las palabras del ladrón?”

¿Qué dices, hombre? ¿Quieres ver cada día a Cristo crucificado? Nada te impide que cada día vuelvas la mirada de tu mente y contemples la salvadora crucifixión, y luego digas: «Acuérdate de mí, Señor, cuando vengas en Tu Βασιλείᾳ vasilía realeza increada» (Luc 23:42)

Y él vuelve a preguntar:

“¿Cómo es que Cristo se crucifica cada día, para que yo lo vea de forma espiritual?”

-«No digo que lo veas cada día crucificado, sino que cada día, con la mente, contemples la salvadora crucifixión, que entonces, una vez y para siempre, tuvo lugar, y que digas con frecuencia y de todo corazón:

“¡Acuérdate de mí, Señor, cuando vengas en Tu Βασιλείᾳ vasilía realeza increada!” (Luc 23:42). Y también cuando crucificamos nuestro yo pecador “junto con los pazos y los deseos”, como dice el divino y bienaventurado Pablo, entonces también nosotros somos crucificados con Él y podemos decir: “¡Acuérdate de mí, Señor, cuando vengas en Tu Βασιλείᾳ vasilía realeza increada!» (Luc 23:42)”. ¿Ves cuánta utilidad produce este breve y sencillo texto bíblico?

No dijo: Perdóname, Señor, por mis infames crímenes, asesinatos, engaños, robos, brutalidades, y las incontables impurezas, sino: “¡Acuérdate de mí, Señor!”. Y ni siquiera pidió que lo recordara de inmediato, sino “entonces”. Cuando las potestades celestiales sean conmovidas. Cuando vengas de manera manifiesta. Cuando la luz inefable e increada de Tu presencia se manifieste como relámpago desde el oriente hasta el occidente. Cuando suene con fuerza la trompeta y los muertos resuciten. Cuando envíes a Tus santos ángeles a reunir a Tus elegidos desde los cuatro puntos cardinales. Entonces, cuando se haya manifestado ya Tu Βασιλείᾳ vasilía realeza increada, ¡acuérdate de mí, Señor! No me olvides por ser ladrón, sino: “¡Acuérdate de mí, Señor, cuando vengas en Tu Βασιλείᾳ vasilía realeza increada!”

Cuando los ejércitos angélicos recorran toda la tierra y reúnan a tus escogidos desde los confines del mundo, no me olvides por mis obras de ladrón, sino: “¡Acuérdate de mí, Señor, cuando vengas en Tu Βασιλείᾳ vasilía realeza increada!” No pido más que esto, pues ni siquiera tuve tiempo de volver a la μετάνοια metania convertirme, arrepentirme y confesarme de aquellas terribles iniquidades y faltas mías —por eso fui apresado y crucificado como un ladrón— para que Tú, Señor, que estás por encima de toda justicia, fueses contado entre los inicuos.

Así también, con esta condescendencia tuya, de un modo que supera todo mérito, pasas por alto la vergüenza de mis obras, y me haces digno de que te acuerdes de mí en Tu Βασιλείᾳ vasilía realeza increada. Cuando miles de millares y miríadas de miríadas de fuerzas celestiales te rodeen con temor. Cuando te sientes en el trono glorioso como Rey de los ejércitos celestiales y de todo el mundo, y todas las naciones se reúnan ante Ti. Entonces separarás, como hace el pastor, las ovejas de los cabritos. Entonces colocarás las ovejas a tu derecha y los cabritos a tu izquierda. ¿Cómo no será un acontecimiento grandioso el que te acuerdes de mí entonces, oh Rey del universo, a mí, un ladrón inútil, desgraciado e indigno?

¡Y Él le responde!:
¿De dónde supiste, ladrón, que yo soy Rey?
¿Qué ves en mí digno de realeza?
¿Dónde ves el manto real que me cubre?
¿Dónde los ejércitos, los carros dorados?
¿Dónde los acompañantes reales, los guardianes del orden de Tu Βασιλείᾳ vasilía realeza increada?
¿Dónde los palacios, las mansiones espléndidas y los signos de la realeza?
¿Cómo llamas Rey a alguien que no tiene dónde reclinar la cabeza y que está crucificado como un criminal entre dos ladrones?

¿Y qué leyes estudiaste, o qué profecías favorables a mí leíste, para saber llamarme Rey?

Cuando estuve ante Pilato y poco antes ante Caifás, por mi propia voluntad revelé este misterio oculto. A uno le dije: “…desde ahora veréis al Hijo del hombre, como Θεάνθρωπος Zeánzropos Dios-Hombre que es, sentado a la diestra del omnipotente Dios, y viniendo sobre las nubes del cielo” (Mt 25:64).

Y al otro: «El reinado de mi realeza no proviene de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo mis súbditos hubiesen luchado para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero el poder de mi realeza no está basado en las armas y no proviene de este mundo, sino del cielo» (Jn 18:36). Ellos lo oyeron, pero permanecieron incrédulos. Tú, por supuesto, no oíste nada de esto, porque siendo ladrón y criminal estabas preso.

¿De dónde, entonces, me conoces y me reconoces como Rey, y me pides que me acuerde de ti y te haga digno de mi realeza increada?

-“No aprendí nada”, responde el ladrón, “de boca de los hombres, para saber que eres Rey, Dios, Hijo consustancial del eterno Rey, Dios Padre. Pero tan solo el estremecimiento de los elementos de la naturaleza en este momento enseña claramente que Tú eres el Rey, Creador y Sustentador de toda la creación. Por eso también las criaturas sufren con su Creador. Al ver la luz del día al verdadero Sol de justicia clavado en la cruz —la luz verdadera, que vino al mundo y alumbra a todo hombre, permaneciendo fiel y obediente a Ti— escondió sus rayos, y la creación se sumió en la oscuridad.”

Entonces también la tierra tembló, igualmente, al ver colgado en la cruz a Aquel que la había cimentado sobre las aguas del mar. Y las piedras se partieron al verte a Ti, la «piedra» de la vida, sufrir. Y los sepulcros se abrieron por Ti, que en poco tiempo habrías de ser colocado voluntariamente en la tumba, y los muertos resucitarán por Ti como precursores de la resurrección.

El velo del templo se rasgó en dos, de arriba a abajo, sin poder soportar ver crucificado el templo de tu cuerpo purísimo y santísimo. Contemplando todo esto, de todo corazón te clamo: “¡Acuérdate de mí, Señor, cuando vengas en Tu Βασιλείᾳ vasilía realeza increada!” (Luc 23:42)

Y el Señor le dice: «De verdad te digo, te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso» (23:43)

Como hombre, voluntariamente fui colgado en la cruz, y como Dios indescriptible me encuentro en el paraíso y en todas partes. Como hombre muero y soy sepultado, y desciendo al Hades: «y tú estarás hoy conmigo en el paraíso.»

Mi cuerpo santificará las tumbas, mi psique-alma liberará las almas de los fieles del Hades: «Y tú estarás hoy conmigo en el paraíso.»

Voluntariamente voy al Hades para liberar a los que allí están prisioneros y para resucitarlos: «Y tú estarás hoy conmigo en el paraíso.»

Allí, en el Hades, está prisionero no solo el primero en ser creado, Adán, sino toda la multitud de los justos, incluso el más grande y superior de todos los profetas.

Y si el gran Juan, el Bautista, el Precursor y profeta, no escapó del yugo del Hades, ¿quién más entre los justos podría haberlo evitado? Por eso me apresuro a liberarlos:  «Y tú estarás hoy conmigo en el paraíso.»

Hasta ahora, el tirano retenía tanto a los justos como a los inocentes como si fueran culpables, pero desde ahora en adelante ni siquiera podrá retener al ladrón arrepentido en su tiranía. El Hades quedará, desde este momento, bajo el peso de su responsabilidad: «y tú estarás hoy conmigo en el paraíso.»

Desde allí fue expulsado Adán, el creado por Dios y primer hombre, pero tú, ladrón, entras antes que todos. De esto todos comprenderán que no es el lugar, sino la actitud la que salva al hombre. El pecador no debe desesperar, aunque haya llegado a ser ladrón, con tal de que se arrepienta sinceramente y ardientemente. Pero tampoco el justo debe enorgullecerse, aunque haya logrado hazañas divinas y habite el paraíso como morada suya.

¿Hemos comprendido qué gran bien representa esta súplica? ¿Nos hemos percatado del tesoro que encierra en su brevedad?

Por tanto, también nosotros debemos aprender a decir de todo corazón: “¡Acuérdate de mí, Señor, cuando vengas en Tu Βασιλείᾳ vasilía realeza increada!” (Luc 23:42)

Y si uno es agricultor, mientras ara; y si es pastor, mientras pastorea su rebaño; y si otro cuida sus viñas o huertos, o si es artesano; ya sea montado a caballo o caminando, puede decir: “¡Acuérdate de mí, Señor, cuando vengas en Tu Βασιλείᾳ vasilía realeza increada!”

Creo que esto también significa: «Buscad primero la βασιλείᾳ vasilía realeza increada de Dios», y aquello de: “Pedid de Dios bienes espirituales y de los materiales los necesarios y se os dará, buscad y encontraréis el bien que queréis, llamad a la puerta de la divina agapi-amor incondicional y se os abrirá. Porque todo el que pide con fe a Dios recibe, y el que busca encuentra, y el que llama a la puerta de Dios, se le abre” (Mat 7: 7-8).

Ojalá también nosotros podamos pedir dignamente y recibir, buscar y encontrar el camino de la vida. Que lo recorramos rápidamente para llegar pronto a llamar, y que se nos abra la puerta de la eternidad por la χάρις (jaris: gracia, energía increada) y la gran misericordia increada de nuestro Señor, Dios y Salvador Jesús Cristo.

A Él, junto con el Padre y el Espíritu Santo, pertenece la doxa-gloria, ahora y siempre, y por toda la eternidad. Amén.

 

VIERNES SANTO

Padre Georgios Dorbarakis

“Tus santos padecimientos (pazos, pasiones) veneramos, Cristo”
῾Προσκυνοῦμέν Σου τά πάθη, Χριστέ᾽

  1. Los santos, sanadores, salvadores y terribles Pazos del Señor y Dios y Salvador nuestro” que celebramos el Viernes Santo y Grande, constituyen el punto culminante de todos los Pazos-Padecimientos del Señor. Porque toda Su vida fue un padecimiento, desde el inicio mismo de Su venida al mundo —recordemos los acontecimientos de Su nacimiento— y también después.

Por tanto, estas cosas que ocurren los últimos días de Su vida en la tierra y principalmente Su sacrificio en la cruz, culminan Sus Pazos.  Y aún más, el Apóstol Pablo destaca otra dimensión mística del Pazos del Señor, especialmente tras Su Resurrección: la continuación de esos padecimientos en los miembros de Su Cuerpo vivo, es decir, en los cristianos. Es un acontecimiento que significa que el Señor finalmente siempre en la Cruz hasta el fin de los siglos. Como dice san Pablo: “Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi cuerpo-carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24);
Por eso se ha formulado la opinión teológica de que el Pazos del Señor sobre la tierra debe ser relacionado también con Sus cualidades divinas, como la Segunda Persona (Hipóstasis) de la Santa Trinidad. Esto nos ayuda a comprender también la razón de la encarnación del divino Logos increado, y no de otra Persona.

  1. Los pazos (padecimientos, pasiones) del Señor y sobre todo Su sacrificio en la cruz, van más allá de los límites de la lógica y la razón humana. Su Cruz es un misterio, porque exactamente Quien sufre no es una persona humana común, sino el mismo Dios encarnado. Es Dios quien padece en Su humanidad. Por eso no podemos comprender lo que sucede con nuestras propias fuerzas, con nuestra lógica, ni con la intuición o las emociones. Vemos un hombre que sufre en la Cruz, pero se nos escapa el trasfondo y la verdad escondida.

¿Qué puede ayudarnos, aunque sea en parte, a acercarnos a este misterio?

Sólo la fe que está iluminada, por supuesto, por la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios. Si el Dios mismo no nos iluminara ni transforma nuestras capacidades, de modo que los ojos (espirituales) reforzados por el Espíritu Santo puedan ver los acontecimientos, permaneceríamos siempre dentro de la oscuridad de la dimensión horizontal y en noche espiritual. Y lo que es requerido para esta iluminación es la μετάνοια (metania: introspección, conversión, arrepentimiento y confesión), acercamiento en Cristo y Su Pazos, que limpia y sana los ojos (espirituales) y activa los sentidos espirituales en general.  “Bienaventurados los sanados, puros y limpios del corazón, o los que han hecho la catarsis, la purgación, sanación y limpieza de su corazón de cada mancha del pecado, porque ellos contemplarán y verán la doxa-gloria luz increada de Dios” (Mt 5:8).

  1. ¿Qué podemos, pues, “tocar” de manera espiritual? ¿Y qué podemos decir sobre el misterio de la Cruz, guiados excelentemente por los santos de nuestra Iglesia, portadores del Espíritu? Por supuesto, no lo que afirmó la teología escolástica occidental en boca de Anselmo de Canterbury, es decir, que los padecimientos de Cristo fueron una expiación necesaria para saciar la justicia divina ofendida por el pecado del hombre. Tal visión cae en la trampa de reducir la Cruz a la lógica humana, falsificando así su sentido, significado y contenido. Esa interpretación convierte a Dios en imagen del hombre, y peor aún, del hombre caído.

En cambio, la teología ortodoxa de nuestros Padres, con posición de infinito respeto hacia el misterio, “ha visto y destacado” principalmente dos aspectos:
a) El abismo del pecado humano, de tal manera que debería sacrificarse Dios, algo que significa la impotencia de la redención humana, por lo tanto, la condena de cualquier tipo de mesianismo basado en discursos humanos o capacidades humanas.

  1. b) la infinita agapi-amor de Dios, que se “vacía, (nosis), declina los cielos” y carga sobre Sí mismo el pecado del mundo, ofreciéndonos la dulzura de la sanación y Su justicia. Con otras palabras, la justicia de Dios funcionó y funciona de manera distinta que la del hombre, quien requiere el castigo del culpable y la absolución del Con base la justicia de Dios, el inocente Cristo es castigado, mientras que el hombre culpable es absuelto y justificado, y desde este aspecto uno entiende que el castigo de Dios, para la humanidad caída al pecado, fue y es su terapia, sanación. ¡Así nos castiga el Dios: psicoterapiándonos, sanándonos! Dice san Justino Popovits: ¡El hombre crucificó a Dios y Dios lo condenó a la inmortalidad!
  2. El hecho de que el Cristo encima de la Cruz quita el pecado del mundo”, significa que encima de la Cruz no sólo se borraron los pecados de la época de Cristo, sino también los de antes y después. No hubo, ni hay ni tampoco habrá hombre después de la Cruz de Cristo que no esté, de algún modo, incluido en la Cruz de Cristo. Este hecho fue anunciado por los profetas del Antiguo Testamento, especialmente de Isaías, y esta fe de las profecías pedía el Señor de los Judíos, e incluso de Sus discípulos. El Señor “debe padecer” precisamente por las razones que nos hemos referido: levantar el pecado de los humanos, y este acontecimiento es lo que más consuela de todo lo que se ha escuchado jamás en la historia del género humano. Y esto porque después de la Cruz no existe pecado sin ser perdonado. Haga lo que haga el hombre, cualquier tipo de pecado que cometa, ante la agapi crucificada, el pecado es borrado y desaparece Y desde entonces, el verdadero pecado es dudar o negar la infinitud de este amor divino. Es decir, aquel que contando sus muchos y grandes pecados duda a la capacidad de perdón de Cristo, esencialmente blasfema directamente contra Su Cruz y revela simplemente su incredulidad y su ateísmo. En este caso se pone en primer lugar la lógica humana frente a la voluntad y la energía (increada) de Dios. Como dice san Juan el Crisóstomo: “Todos los pecados de los hombres si se juntan a un lado y y al otro la agapi de Dios, el pecado es como una gota frente a un océano. ¿Qué puede hacer una gota sobre el océano? Y este ejemplo no es absolutamente correcto, porque el océano tiene algunos límites, en cambio la agapi incondicional e increada de Dios es ilimitada.
  3. Por lo tanto, la única posición y actitud del creyente delante de la Cruz es la veneración. “¡Veneramos Tus pazos-padecimientos, oh Cristo! Es decir:

– aceptamos con fe y creemos,

– nos arrodillamos en contrición y devoción ante la agapi de Cristo y golpeamos nuestro pecho, como el publicano, por la magnitud de nuestro pecado

-Le rogamos con humildad para reforzarnos a seguir Sus huellas con el sentimiento de nuestro corazón.

– Y, sobre todo, nos acercamos en ματάνοια (metania: introspección, arrepentimiento y confesión) para comulgar Su Cuerpo y Su Sangre; tal y como dice otra vez san Crisóstomo: “Cuando te acercas a comulgar, debes hacerlo con la convicción de que comulgas del costado traspasado del Cristo crucificado, del cual brotaron sangre y agua”.

Finalmente, la veneración de los Pazos del Señor se identifica con la experiencia del apóstol Pablo: “Ya no vivo yo, sino Cristo vive en mí”. Y en la medida en que vivimos la Cruz, también experimentamos la presencia viva de Cristo en nuestras vidas.
Y esto significa la contemplación de Su Resurrección:

“Enséñanos Tu gloriosa Resurrección”. Amín.

παπα Γιώργης Δορμπαράκης        ΑΚΟΛΟΥΘΕΙΝ        Sacerdote Georgios Dorbarakis

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

Las siete frases de Cristo en la Cruz

Las siete frases de Cristo en la Cruz

Οἱ ἑπτὰ φράσεις τοῦ Χριστοῦ στὸν σταυρό.

san Nikolaos Velimirovits

 

Πρώτη φράση: «Πάτερ, ἄφες αὐτοῖς˙ οὐ γὰρ οἴδασι τί ποιοῦσι» (Λουκ. 23, 34).

Primera frase:

 

 

“Padre, perdónales que no saben lo que hacen” (Lc 23,24).

Con estas palabras el Cristo ha mostrado Su gran misericordia hacia Sus verdugos, cuya maldad no retrocedió ni siquiera cuando Él sufría en la cruz. Lo segundo es que desde la cima del Gólgota proclamó con fuerza una verdad comprobada, pero nunca bien comprendida: que quienes hacen el mal, jamás saben realmente lo que están haciendo. Al matar al Justo, en realidad se matan a sí mismos y, al mismo tiempo, glorifican al Justo. Al violar y pisotear la ley de Dios, no ven la piedra de molino que desciende invisiblemente hacia ellos para aplastarlos. Burlándose de Dios no ven cómo sus rostros se transforman en hocicos bestiales. Impregnados y regados del mal no saben lo que hacen.

 

Δεύτερη φράση: «Ἀµὴν λέγω σοι, σήµερον µετ’ ἐµοῦ ἔση ἐν τῷ παραδείσῳ» (Λουκ. 23, 43).

Segunda frase: “Amín, amín, de verdad en verdad te digo que hoy estarás conmigo al paraíso” (Lc 23,43).

Este logos va dirigido al ladrón arrepentido en la cruz. Es un logos muy consolador para los pecadores, quienes al menos en el último momento se arrepienten. La misericordia increada de Dios es indescriptiblemente grande. El Señor cumple Su misión aún hasta la cruz. Hasta Su último suspiro el Señor salva aquellos que muestran el mínimo deseo de ser salvados.

 

Τρίτη φράση: «Γύναι, ἴδε ὁ υἱός σου» (Ἰωάν. 19, 26).

Tercera frase: “Mujer, he aquí tu hijo” (Jn 19,26).

Así dijo el Señor a Su Santa Madre, que estaba presente de pie bajo la cruz, con su psique-alma crucificada. Y al apóstol Juan lr dice: “He aquí tu madre” (Jn 19,27). Este logos muestra el cuidado que cada uno debe tener para sus padres. Mira, Aquel que ha dado el mandamiento a los hombres: “Cuidarás y honrarás a tu padre y a tu madre” ((Ex 20,12), cumple Él mismo ese mandamiento en el último instante.

 

Τέταρτη φράση: «Θεέ µου, Θεέ µου, ἱνατί µὲ ἐγκατέλιπες;» (Ματθ. 27, 46).

Cuarta frase: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonas?” (Mt 27,46).

Estas palabras muestran tanto la naturaleza humana débil como la visión profética del Señor. El hombre padece, pero bajo el dolor humano hay un misterio. Observa, sólo estas palabras podían disipar la herejía que más adelante sacudiría a la Iglesia y que erróneamente proclamaba que la naturaleza divina sufrió en la cruz. Pero el eterno Hijo de Dios por eso se encarnó como hombre precisamente para poder, como hombre en cuerpo y alma, sufrir por los hombres y morir por los hombres cuando llegara el momento. Porque si la Divina Naturaleza de Cristo hubiera sufrido en la cruz, significaría que la Divina naturaleza de Cristo habría muerto. Y eso ni siquiera debe pasar por nuestra mente. Reflexionen y profundicen todo lo que puedan en estas grandes y temibles palabras: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

 

Ἡ πέµπτη φράση: «Διψῶ» (Ἰωάν 19,28).

 Quinta frase: “Tengo sed” (Jn 19,28).

Su sangre fluía. Por eso tenía sed. El sol ya se estaba poniendo hacia al atardecer, ya golpeaba a Su rostro y junto con las demás torturas se estaba quemando por el calor era insoportable. Era natural que tuviera sed. Pero, Señor, ¿de verdad tenías sed de agua o de agapi-amor? ¿Quizás tuvieses sed cómo hombre o cómo Dios o ambas cosas? ¡He aquí que el soldado romano te ofreció una esponja empapada de vinagre! ¡Una gota de misericordia que no habías sentido de parte de los hombres en las tres largas horas que llevabas colgado en la cruz! Ese soldado romano ablanda un poco el pecado de Pilato, el pecado del imperio Romano ante Ti, aunque sea con vinagre. Por eso destruirás el Imperio Romano y en su lugar construirás uno nuevo.

 

Ἡ ἕκτη φράση: «Πάτερ, εἰς χεῖρας σου παρατίθεµαι τὸ πνεῦµα µου» (Λουκ. 23, 46).

Sexta frase: “Padre en tus manos dejo mi espíritu” (Lc 23,46).

Esto significa que el Hijo entrega Su espíritu en las manos de Su Padre. Para que se conozca y se sepa que ha venido del Padre y no por su propia voluntad como le acusaban los Judíos. Pero también estas palabras fueron dichas para que las escuchen los budistas, los pitagóricos, los ocultistas y todos esos filósofos que hablaban, charlataneaban de la metempsicosis transmigración de la psique-alma de los muertos a otros hombres, o a animales, o a plantas, o a estrellas, o a elementos metálicos. ¡Descarten todas esas fantasías y vean hacia dónde va el espíritu del Justo muerto: «¡Padre, en tus manos encomiendo y entrego mi espíritu!»

 

Ἡ ἕβδοµη φράση: «Τετέλεσται» (Ἰωάν.19, 30).

Séptima frase: “Se ha terminado” (Jn, 19,30).

Esto no significa que la vida termina. ¡No! Significa que ha sido completada la misión centrada en la psicoterapia, redención y salvación del género humano. Ha sido completada, y sellada con sangre y con la muerte terrenal, la obra divina del único verdadero Mesías de la humanidad. Han terminado los tormentos, pero la vida apenas comienza. Se acabó la tragedia, pero no el drama Lo que sigue el grandioso y glorioso acontecimiento y axioma: el Triunfo sobre la muerte, Resurrección y Doxa-gloria increada.

  Del libro: “la vida sin Dios no se aguanta”, por san Nikolaos Velimirovits

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

Jueves Santo

Jueves Santo
†Yérontas Georgios Kapsanis, del Monasterio Gregorio del Monte Athos

En el día de hoy, nuestra Iglesia “hace memoria” de la Cena Mística del Señor, durante la cual tuvo lugar la institución, por parte del Señor, de los terribles (sagrados) misterios de la Divina Eucaristía, de Su Cuerpo y de Su Sangre. Así se cumplieron Sus logos: «Tomad, comed; esto es mi cuerpo» y «Bebed todos de él; porque esto es mi sangre, la de la nueva alianza (testamento), que por muchos es derramada para el perdón de los pecados» (Mateo 26:26-28).

Así el Señor dejó a la humanidad una fuente que mana eternamente la θέωσις (divinización, glorificación, deificación) de los hombres, el perdón y la remisión de sus pecados y su vivificación: Su Santísimo Cuerpo y Su Sangre. Sin ellos no existiría la Iglesia. Porque existe el Cuerpo y la Sangre de Cristo, existe la Iglesia. Por eso hoy no celebramos solamente el día del nacimiento del misterio de la Divina Efjaristía, sino de algún modo también el día del nacimiento de la Iglesia. ¡Gran es la fiesta! ¡Grande es la donación!

Sin embargo, hay una excepción triste. Judas no permaneció hasta que se completara el misterio de la Eucaristía, sino que se fue, porque estaba tramando la traición. Luego se arrepintió de lo que había hecho, pero sin el debido arrepentimiento, y regresando, arrojó las treinta monedas de plata y «se fue y se ahorcó» (Mateo 27:3-5). Y el himno de la Iglesia dice que Judas «no vio la Resurrección» (segundo stíjiron del Orthros-maitines del Jueves Santo).

Ese fue el drama de Judas. No vio la Resurrección. Mientras que los otros discípulos, que permanecieron en la Última Cena, permanecieron en la Divina Efjaristía, permanecieron en la Iglesia -aunque tuvieron dificultades, aunque también ellos como humanos cayeron -recordemos al apóstol Pedro: negó al Maestro, pero no lo abandonó, porque se arrepintió sinceramente-, ellos vieron la Resurrección. Mientras que Judas, el desdichado, no pudo ver la Resurrección.

Y lo que sucedió con los discípulos de aquella época, también sucede con nosotros hoy. Todos los que permanecemos en la Iglesia luchando, arrepintiéndonos, confesándonos, todos los que intentamos, en la medida de lo posible sin condenación, participar de los inmaculados misterios del Cuerpo y la Sangre del Señor, nosotros, con la Χάρις (Jaris: energía increada) de Dios, vemos la Resurrección, vemos al Resucitado, porque la Resurrección es Cristo, y Cristo está en la Divina Efjaristía y en la Iglesia.

Pero los que se alejan de la Iglesia, los que desprecian los inmaculados Misterios o los que se muestran indiferentes hacia ellos, no ven la Resurrección. Y puede que carguen con cruces en su vida, pero esas cruces son sin esperanza, sin resurrección. Mientras que las cruces de los cristianos son con esperanza, son con resurrección.

Prestemos atención a esto, hermanos. El hombre moderno, debido a su orgullo, no quiere permanecer en la Iglesia con humildad, no quiere comulgar con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y por eso no tiene experiencia de la Resurrección, como decimos en el himno: «habiendo recibido la experiencia de la Resurrección» (tercer stíjiron, tono tercero, Orthros del Domingo). Porque no hay Resurrección fuera de la Iglesia, fuera del Misterio de la Divina Eucaristía.

Pidamos al Señor que nos ayude a todos, porque todos tenemos debilidades y aún dentro de nosotros está el hombre viejo. Que nos ayude, en primer lugar, a valorar profunda y debidamente este grandísimo regalo o don de Su αγάπη (agapi: amor incondicional desinteresado): el Misterio de la Divina Efjaristía. Y en segundo lugar, que nos haga dignos de participar dignamente de Su santísimo Cuerpo y Sangre.

Porque cuanto más dignamente comulgamos del Cuerpo y la Sangre de Cristo, tanto más es vencida la muerte dentro de nosotros, y tanto más nos convertimos en «hijos luminosos de la Iglesia» (Irmos, quinta oda, segundo Canon de Pentecostés) y de la Resurrección. Y ya tenemos resurrección en nuestra vida, ya vivimos la resurrección, y el miedo a la muerte ha sido vencido, y la resurrección para nosotros no es algo que esperamos solo en el siglo futuro, sino una realidad que ya ha comenzado en esta vida.

Que Dios, entonces, nos ayude. Que el Señor Jesús Cristo, que entregó con amor hacia los hombres este santísimo Misterio, nos guíe a todos y nos ilumine hacia el conocimiento de esta verdad sobre Su santo Misterio.

† Yérontas Georgios Kapsanis, del Monasterio Gregorio del Monte Athos

JUEVES SANTO

Georgios Dorbarakis

El Jueves Santo, nuestros Santos Padres nos entregaron para celebrar cuatro cosas: el Santo Lavatorio, la Última Cena, la sobrehumana oración (de Cristo en Getsemaní) y también la traición de Judas. El tropario que resume y conecta la mayoría de estos eventos, señalando sus implicaciones también en nuestra propia vida, es principalmente el *Oikos* del *Kontakion* de los maitines del día: “Después de que todos nos acerquemos con temor de Dios a la Mesa o Cena Mística, recibamos el pan santificado con las almas puras, permaneciendo junto al Señor Cristo, para ver cómo lava los pies de sus discípulos y los seca con el lienzo. Y actuemos exactamente como vimos, es decir, sometiéndonos unos a otros y lavándonos los pies unos a otros. Porque el mismo Cristo así lo ordenó a sus discípulos, tal como lo había anunciado. Pero Judas, el siervo y traidor, no escuchó”.

  1. «Recibamos el Pan»

Ὁ ὑμνογράφος (himnografos: compositor de himnos divinos en Espíritu Santo), expresando la fe de la Iglesia, nos invita a tomar parte en la Cena Mística, para comulgar de los Inmaculados Misterios. Nos encontramos en el centro de nuestra Iglesia, el Misterio de la Divina Efjaristía, que fue constituido exactamente este día por el Señor, durante la Cena Mística.

El Señor en esta Cena celebró por primera vez sobre la tierra la Divina Liturgia, invitando a Sus discípulos a comer Su santo cuerpo y beber su preciosa Sangre.Tomad y comed, porque este es mi cuerpo y bebed de este caliz todos, porque esta es mi sangre son las palabras que constituyen el Misterio de la Divina Efjaristía, las cuales se repiten desde entonces en cada asamblea de fieles, según el mandamiento del Señor “haced esto en memoria mía, perpetuando precisamente en Espíritu la Cena Mística.

La Divina Liturgia así se entiende por nuestra Iglesia: como la continuación de la Cena Mística, por eso, siempre fue considerada como el centro de la Iglesia, como hemos dicho. Sobre este Misterio fueron tejidos, también todos sus demás Misterios de la Iglesia. Y esto es, podríamos decir, lógico: el Señor, que viniendo al mundo nos ha salvado, en el sentido que nos ha incorporado en Sí Mismo y así nos reconcilió con el Dios, –algo que se activa para el creyente desde el momento en que es bautizado y crismado en el nombre del Dios Triádico-  Él mismo nos alimenta con Su cuerpo y sangre, para que esta relación con Él se mantenga viva y se desarrolle “hasta llegar todos en hombres perfectos, en la medida de la plenitud de la edad de Cristo”, (Ef 4,13).

  1. El himnografo, pues, nos llama y nos invita a comulgar el “Pan”, pero recordando también las condiciones previas de esta comunión: el temor y pureza de la psique-alma. Es decir, la participación en la Divina Comunión o Efjaristía no se hace sin condiciones. La participación en la Divina Comunión no se da Una participación en los santos Misterios sin la debida μετάνοια (metania:introspección, arrepentimiento y confesión) y sin conciencia, crea las condiciones para una repetición de la posesión demoníaca de Judas. No olvidemos que Judas también comulgó, pero con la traición en desarrollo y con el resultado de ser poseído por el demonio y arruinarse. Y esto ocurrió porque el pan bendecido actúa en el interior del ser humano activando lo que encuentra en su alma-alma: φιλοθεΐα (filozeía: amor a Dios) o μισανθρωπία (misanzropía: odio al hombre). Como la lluvia, que al caer en la tierra hace germinar tanto las buenas semillas como las malas hierbas. Así, uno puede comulgar y, en lugar de mejorar en su camino espiritual, empeorar. Por lo tanto, Según el himnografo, las condiciones son el temor de Dios y la pureza de la psique-alma.
  2. «Permaneciendo junto al Soberano»

Todo lo que ocurrió en la Última Cena tiene un carácter arquetípico (original), lo que significa que, por desgracia, muchos cristianos siguen el ejemplo de Judas, quien comulgó en estado de traición a Cristo y luego se marchó para consumarla.

El himnoghrafo nos exhorta a permanecer juntos con Cristo y allí Le veremos lavar los pies de los discípulos y secándolos con el lienzo, de modo que también nosotros adoptemos la misma actitud hacia cada prójimo: «sometiéndonos unos a otros y lavándonos los pies mutuamente».

En otras palabras, la correcta participación en la Divina Eucaristía conduce a una auténtica imitación de la vida de Cristo, es decir, a la humildad y al servicio amoroso de los demás. Como lo expresó el gran novelista ruso y profundo analista de la psique-alma humana, Fiódor Dostoyevski, en su última obra *»Los Hermanos Karamazov»:

«Frente a ciertos pensamientos, el hombre se queda desconcertado, especialmente ante la visión del pecado humano, y se pregunta si debe combatirlo con violencia o con humilde amor. Siempre debes decidir: Si has decidido sobre esto una vez para siempre, puedes conquistar el mundo entero. La humildad llena de agapi-amor es una potencia y energía tremenda: es la más poderosa de todas las cosas y no hay nada que se le parezca.»

Participación en la Divina Efjaristía y enemistad hacia el semejante o injusticia por parte nuestra cometida contra él, o “pisoteo” de su personalidad de cualquier manera, no pueden coexistir. El himnografo lo dice claro: Cristiano significa contemplar y seguir a Cristo dentro de los marcos efjarísticos, es decir, dentro del marco eclesial, eclesiásticamente, viviendo siempre Su humilde agapi-amor. Cualquier otra cosa equivale a caer a la malicia, la falacia y traición de Judas. Amín. παπα Γιώργης Δορμπαράκης        ΑΚΟΛΟΥΘΕΙΝ        Padre Jorge Dorbarakis

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

Miércoles Santo y Grande: Logos sobre la prostituta con la mirra y las lágrimas de la μετανοία metania

Miércoles Santo y Grande

Logos sobre la prostituta con la mirra y las lágrimas de la μετανοία metania

Yérontas Petronio Tanase, San Juan Crisóstomo y Efrén de Filoteu Athos

Apolytikion
Tono plagal cuarto

¡He aquí, el Novio llega en medio de la noche! Y bienaventurado será el siervo a quien encuentre velando y esperándolo; pero indigno será aquel a quien encuentre perezoso y desprevenido. Mira, pues, alma mía, no te sumerjas en el sueño (espiritual), para que no seas entregada a la muerte y quedes fuera de la realeza increada de Dios; sino despierta, clamando: “¡Santo, Santo, Santo eres Tú, oh Dios; por la intercesión de la Zetokos (Madre de Dios), ten misericordia y compadécete de nosotros”.

Ἀπολυτίκιον Ἦχος πλ. δ’. Ἰδοὺ ὁ Νυμφίος ἔρχεται ἐν τῷ μέσῳ τῆς νυκτός, καὶ μακάριος ὁ δοῦλος, ὃν εὑρήσει γρηγοροῦντα, ἀνάξιος δὲ πάλιν, ὃν εὑρήσει ῥαθυμοῦντα. Βλέπε οὖν ψυχή μου, μὴ τῷ ὕπνῳ κατενεχθής, ἵνα μῄ τῷ θανάτῳ παραδοθῇς, καὶ τῆς βασιλείας ἔξω κλεισθῇς, ἀλλὰ ἀνάνηψον κράζουσα· Ἅγιος, Ἅγιος, Ἅγιος εἶ ὁ Θεός, διὰ τῆς Θεοτόκου ἐλέησον ἡμᾶς.

Kontakion
Tono 4 – El exaltado

Oh Señor bondadoso, aunque he pecado más que la ramera, no te ofrecí (como ella) una lluvia de lágrimas de μετάνοια metania; pero me postro a tus pies, suplicando en silencio y besando con amor tus purísimos pies, para que me concedas el perdón de mis faltas,
clamando a Ti, mi Salvador: ¡Líbrame del fango moral de mis obras pecadoras y sálvame!

Κοντάκιον Ἦχος δ’. ὑψωθεὶς. Ὑπὲρ τὴν Πόρνην Ἀγαθὲ ἀνομήσας, δακρύων ὄμβρους οὐδαμῶς σοι προσῆξα, ἀλλὰ σιγῇ δεόμενος προσπίπτω σοι, πόθῳ ἀσπαζόμενος, τοὺς ἀχράντους σου πόδας, ὅπως μοι τὴν ἄφεσιν, ὡς Δεσπότης παράσχῃς, τῶν ὀφλημάτων κράζοντι Σωτήρ. Ἐκ τοῦ βορβόρου τῶν ἔργων μου ῥῦσαί με.

El Ikos

La mujer que antes fue pecadora, de repente se mostró sensata, habiendo aborrecido las obras del vergonzoso pecado y los placeres del cuerpo, recordaba la gran vergüenza y el juicio del castigo que padecen los fornicarios y pródigos, de los cuales yo soy el primero, y me estremezco; pero siendo necio, permanezco en mi mala costumbre. En cambio, la prostituta, atemorizada y apresurándose con fervor,acudió gritando al Redentor: “Amigo de los hombres y misericordioso, líbrame del fango de mis obras.”

Οἶκος Ἡ πρῴην ἄσωτος Γυνή, ἐξαίφνης σώφρων ὤφθη, μισήσασα τὰ ἔργα, τῆς αἰσχρᾶς ἁμαρτίας, καὶ ἡδονὰς τοῦ σώματος, διενθυμουμένη τὴν αἰσχύνην τὴν πολλήν, καὶ κρίσιν τῆς κολάσεως, ἣν ὑποστῶσι πόρνοι καὶ ἄσωτοι, ὧν περ πρῶτος πέλω, καὶ πτοοῦμαι, ἀλλ’ ἐμμένω τῇ φαύλῃ συνηθείᾳ ὁ ἄφρων, ἡ Πόρνη δὲ γυνή, καὶ πτοηθεῖσα, καὶ σπουδάσασα ταχύ, ἦλθε βοῶσα πρὸς τὸν Λυτρωτήν· Φιλάνθρωπε καὶ οἰκτίρμον, ἐκ τοῦ βορβόρου τῶν ἔργων μου ῥῦσαί με.

Káthisma tono 3

Una mujer prostituta se acercó a Ti, Señor filántropo (amigo del hombre), y derramó en tus pies perfumes mezclados con lágrimas. Y en ese mismo momento, por tu logos, fue liberada del hedor de sus pecados. En cambio, Judas, el discípulo ingrato, aunque respiraba la fragancia de tu gracia, la despreció y se mezcló con el hedor del lodo del pecado, vendiéndote por avaricia. ¡CristoDios, doxa-gloria a Tu misericordia y caridad!

Κάθισμα Ἦχος γ’. Τὴν ὡραιότητα. Πόρνη προσῆλθέ σοι, μύρα σὺν δάκρυσι, κατακενοῦσά σου ποσὶ Φιλάνθρωπε, καὶ δυσωδίας τῶν κακῶν, λυτροῦται τῇ κελεύσει σου, πνέων δὲ τὴν χάριν σου, μαθητής ὁ ἀχάριστος, ταύτην ἀποβάλλεται, καὶ βορβόρῳ συμφύρεται, φιλαργυρίᾳ ἀπεμπολῶν σε. Δόξα Χριστὲ τῇ εὐσπλαγχνίᾳ

Otro Káthisma
Tono cuarto (Melodía: “Apresúrate pronto”)

Judas, el astuto, amante de la avaricia, tramó con engaño entregarte, Señor, a Ti, el tesoro de la vida. Por eso, fuera de sí, corre hacia los judíos y les dice a los transgresores: “¿Qué queréis darme, y yo os lo entregaré para crucificarlo?”

Έτερον Κάθισμα Ἦχος δ’. Ταχὺ προκατάλαβε. Ἰούδας ὁ δόλιος, φιλαργυρίας ἐρῶν, προδοῦναί σε Κύριε, τὸν θησαυρὸν τῆς ζωῆς, δολίως ἐμελέτησεν. Ὅθεν καὶ παροινήσας, τρέχει πρὸς Ἰουδαίους, λέγει τοῖς παρανόμοις. Τί μοι θέλετε δοῦναι, κᾀγὼ παραδώσω ὑμῖν, εἰς τὸ σταυρῶσαι αὐτόν;

Otro Káthisma
Tono primero – “Tu sepulcro, Salvador”

La prostituta, con llanto, clamaba compasivamente, secando con fervor tus purísimos pies con los cabellos de su cabeza, y gimiendo desde lo profundo: “No me rechaces, ni me aborrezcas, Dios mío, sino recíbeme que me arrepiento y sálvame, Tú, el único filántropo.”

Έτερον Κάθισμα Ἦχος α’. Τὸν τάφον σου Σωτὴρ.Ἡ Πόρνη ἐν κλαυθμῷ, ἀνεβόα οἰκτίρμον, ἐκμάσσουσα θερμῶς, τοὺς ἀχράντους σου πόδας, θριξὶ τῆς κεφαλῆς αὐτῆς, καὶ ἐκ βάθους στενάζουσα. Μὴ ἀπώσῃ με, μηδὲ βδελύξῃ Θεέ μου, ἀλλὰ δέξαι με, μετανοοῦσαν, καὶ σῶσον, ὡς μόνος φιλάνθρωπος.

 

Miércoles Santo y Grande

Yérontas Petronios Tănase

La última Liturgia del Gran Miércoles Santo es el colofón y la culminación de todo el período de la Gran Cuaresma. Nos revela las maravillas que puede obrar la μετάνοια (metania: introspección, arrepentimiento, conversión y confesión) y cuántas trampas y tentaciones surgen cuando esta está ausente de nuestra vida.

Los dos eventos de este día son: la mujer pecadora y el discípulo del Señor, Judas, el que negó la μετάνοια metania. La pecadora se encuentra en el peor estado de degradación moral, en la lujuria, mientras que Judas ocupa el lugar más honorable: es discípulo del Maestro. La μετάνοια metania arrepentimiento eleva a la pecadora y la convierte en portadora de perfumes, mientras que la avaricia arrastra a Judas a la caída más horrible. Lo convierte en traidor de su Maestro y finalmente lo lleva al suicidio.

Este cambio de estado en ambos llena nuestro corazón de temor, agonía y angustia por nuestra salvación, pero también de confianza y esperanza en el gran poder de la μετάνοια metania.

Detengámonos con más atención en estas dos situaciones.

Los escribas y fariseos en particular, y el pueblo judío en general, tenían la creencia de que ellos, como pueblo elegido y cumplidor de la Ley, estaban destinados legítimamente a heredar la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de los Cielos. El Salvador, en múltiples ocasiones, les mostró que esa creencia era errónea. La parábola del publicano y del fariseo quiere expresar precisamente esto: que un pecador y un justo, con sus respectivas posiciones y obras en la vida, cambian repentinamente de lugar, debido a la oposición que existe entre sus disposiciones psíquicas interiores. Por otro lado, los labradores, es decir, los judíos que arrendaron la viña, se comportaron de forma insolente con el dueño, es decir, con Dios, y por ello escucharon su firme decisión: «Por eso os digo: se os quitará Βασιλεία Vasilía de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos» (Mat 21:43).

El discípulo Judas y la prostituta, recordados el Gran Miércoles Santo, nos muestran aún más claramente esta verdad. El discípulo conocía al Señor mejor que nadie. Había vivido años con Él, había visto milagros, había escuchado sus enseñanzas asombrosas, y sin embargo, se convirtió en esclavo de la avaricia y provocó su perdición eterna.

En cambio, la mujer, alejada de Dios por sus pecados, trayendo únicamente con gran μετάνοια metania arrepentimiento sus lágrimas y su valioso perfume, se convierte en mirofora portadora de aromas y prepara los debidos honores para el entierro del Señor, y su obra es proclamada siempre en todo el mundo como memoria, recuerdo (Marcos 14:9).

El oficio de maitines nos presenta estas dos situaciones: la del discípulo y la de la mujer pecadora. El cambio se produjo por la μετάνοια metania arrepentimiento de la prostituta y la caída de Judas debido a su avaricia, codicia.
«Una prostituta se te acercó, derramando perfume junto con lágrimas sobre tus pies, oh Amigo de los hombres, y se liberó del hedor de sus males con tu logos… El discípulo ingrato la rechaza y se revuelca en el lodo, vendiéndote por avaricia…» (Kathisma de los maitines del día).

La monja Kassiani, en el famoso doxastikon de los apósticos, expresa precisamente esta angustia del alma y el llanto de la prostituta ante los pies del Señor.

La enseñanza divina que se desprende de los acontecimientos de este día no debe olvidarse jamás. Lo que sucedió con Israel, los escribas y los fariseos, puede repetirse en el Nuevo Israel, con los cristianos y sus ministros sagrados, sacerdotes y monjes. No conduce a la salvación solo la idea de que somos un pueblo elegido, cristianos, sacerdotes, etc., sino sobre todo nuestra respuesta positiva al llamado a la vida interior, la μετάνοια metania y la humildad. Por eso los Santos Padres dicen a menudo que es mejor un pecador humilde que un justo orgulloso.

Al final del ayuno, el recuerdo de la prostituta y la traición de Judas tiene una explicación particular. Nos acercamos a la Santa Pascua, después de un largo período de preparación y esfuerzo. No seamos inactivos ni indiferentes. Una distracción puede destruir toda la ganancia espiritual, como ocurrió con la avaricia de Judas.

Asimismo, el hombre cargado de muchos pecados y alejado de Dios, también tiene esperanza de salvación. Una μετάνοια metania sincera y una renuncia profunda al mal pueden hacerlo digno del perdón, como sucedió con la mujer que antes «había caído en el hedor, el fango y el lodo».

Con temor y esperanza, trabajemos por nuestra sanación y salvación. Con temor, por la debilidad y enfermedad de nuestra naturaleza humana; con esperanza, por la fuerza de la μετάνοια metania que nos levanta, y por la infinita compasión de Dios, ante la cual ningún pecado puede resistir. Judas también pudo haber sido perdonado, si se hubiera vuelto a la μετάνοια metania sincera y arrepentido. Nos lo confirma la mujer pecadora, que derramando muchas lágrimas se liberó del hedor de sus πάθος pazos vicios y pasiones.

Lo mismo nos muestra el otro discípulo, Pedro, quien, tras su triple negación y amargo llanto, recibió el perdón del Señor, como la prostituta.

El Gran Miércoles Santo es un día oscuro y triste, debido al pacto de Judas para vender a Jesús, y la decisión de los escribas y fariseos de matarlo, como nos dice más claramente el tropario de la profecía de la tercera hora de este día:
«Hoy se reunió el perverso consejo y tramó vanamente contra ti. Hoy Judas se comprometió con el lazo; y Caifás, sin querer, confesó que aceptas voluntariamente la pasión por todos. Redentor nuestro, Cristo Dios, ¡doxa-gloria a Ti!»

Por esta miserable obra del discípulo y del pueblo judío, que rechazaron al Mesías que tanto esperaban, la Iglesia guarda duelo todos los miércoles del año, imponiendo ayuno y oración. Esto porque el pecado de vender y negar al Señor no terminó con la muerte de Judas, sino que continúa a lo largo de los siglos y recae con la misma culpa sobre los cristianos. Porque también ellos, como el pueblo judío, han recibido los mayores dones del Señor: la redención del pecado, el honor del discipulado… y sin embargo, venden al Señor por dinero deshonroso y por las vanas ambiciones de este siglo presente.

¡Líbranos, Señor, de semejantes iniquidades!

Yérontas Petronios Tănase

 

Miércoles Santo: Logos sobre la prostituta con el perfume

San Juan Crisóstomo

Hoy, el fariseo invitó al Señor a cenar, mezclando el honor con la deshonra, mientras que la prostituta Lo invitó con mucha fe. Porque cuando Él estaba en la casa de Simón, también fue allí aquella prostituta. ¿Una mujer prostituta en la ciudad? La figura del hombre maniático impulsivo, la guerra fulminante, la flecha de hierro, la espada doble desnuda, la trampa mediante la cual los jóvenes son atrapados, el aguijón del deseo innato, el paroxismo del pecado, la seductora del cuerpo deslizante, la vil e inútil práctica, la que provoca la muerte espiritual tanto en los que la venden como en los que la compran, la red de la juventud, la trampa desprotegida, porque los ojos de la prostituta son una trampa para los pobres pecadores.

Por lo tanto, presten atención, oh cristianos devotos, para comprender y disfrutar el buen relato de la buena mujer, cómo fue allí adonde ella quería, sin ser llamada, cómo se acercó al lugar donde estaba el Señor y le confesó de todo corazón lo que había hecho. Vean cómo no se avergonzó ni temió la mujer valiente en su psique-alma, ni la agitación de los sirvientes, ni las acusaciones de los que estaban allí.

No pensó en esas cosas la mujer, sino pensó y dijo a sí misma, si no hago mi rostro como de hierro o de bronce, no podré salvarme. Ahora es el momento de apresurarme, de probar todo lo que esté en mi poder, ahora es el momento de vencer a aquel que me ha combatido hasta ahora, para recibir del Dios filántropo y misericordioso la corona de la victoria. Durante tanto tiempo agradé a los hombres, ahora es adecuado agradar a mi Santo Dios, con alma pura y fe santa, para limpiarme por Él. Por el pecado aborrecido agradaba a los hombres, ahora agradaré a mi benefactor por mi vuelta a la μετάνοια metania y arrepentimiento.

¿Pero a quién debo tomar conmigo en esta buena motivación, para encontrar audacia y lograr mi buen propósito? Me parece bien tomar un pequeño obsequio, ofrecerlo a Él, y sosteniendo esto en mis manos ir a Él, y si me rechaza, entonces sabré que no soy digna de recibir el perdón de mis pecados.

Así que, con esta motivación, la admirable mujer esperó el momento y tenía en su psique-alma un ardiente deseo de acercarse a Cristo, abrazando Sus pies y besándolos con fervor. Pero antes, cuando oyó que Simón el fariseo lo había invitado, se alegró mucho y corrió rápidamente a los perfumistas para comprar un frasco de perfume, diciendo en su mente: «Voy a comprar perfume, dando mucho dinero para que sea valioso y selecto». Y cuando llegó al perfumista, le dijo: «Dame perfume selecto, real, precioso, porque Aquel a quien voy a ofrecerlo es más grande que todos».

El perfumista le respondió: «Oh mujer, has dicho grandes y poderosas palabras. ¿Quién de todos los habitantes de nuestra ciudad no te conoce, que tienes muchos amantes? ¿A cuál de todos quieres llevar el perfume real y selecto? ¿Qué puede él darte a cambio del perfume que quieres comprar por un precio tan alto? Yo conozco a todos tus amantes, pero ninguno tiene la capacidad de devolverte tal regalo. En cuanto al perfume que pides, sí, quiero venderlo, pero lo que más quiero es saber a quién de todos ellos lo vas a ofrecer con tanto celo, fervor y agitación. ¿Acaso es de linaje real tu amante o hijo de alguien importante? ¿O acaso es mayor que David, de quien no hay otro rey más grande en la familia de Israel? ¿Es acaso de esta familia tu amante, oh mujer?»

Entonces, la admirable mujer le respondió: «Teme, hombre, al Dios de nuestros padres, y dame el frasco para que pueda llegar rápidamente a donde quiero. Te juro por el Dios que dio tal poder a Moisés y que abrió con su bastón el Mar Rojo, y las aguas se levantaron como un muro a ambos lados, y el pueblo de Israel pasó por el desierto. Te juro por los huesos sagrados que Moisés llevó cuando cruzaba el mar. Te juro por las reliquias del divino atleta José. Dame entonces el perfume y recibe el pago que quieras, solo que sea de mi agrado y déjame ir a ver rápidamente a mi amante, el inmaculado».

El perfumista volvió a decir: «Veo el gran valor del perfume y me asombro. ¿Y qué importa, oh mujer, si me dices quién es este amante tuyo, por quien tienes tanto amor? Porque con tanto amor me has hecho desear también verlo, ¿quién es?»

La mujer respondió: «¿Por qué me apresuras, hombre, a decirte quién es, algo que no es posible que sepas? ¡No ves cómo arde mi corazón y mi psique-alma esperando verlo, para que me llene de gozo y alegría, y temo que pase el tiempo y no encuentre otro médico como Él! ¿Por qué me apresuras, hombre, a contarte lo más íntimo de mi corazón? Yo vine a comprar perfume, no a hablar contigo. Dame el frasco y recibe tu dinero para que me vaya».

Pero viendo la mujer cómo él la interrogaba, le dijo de nuevo: «Me parece, hombre, que ninguno de los que están en nuestra ciudad ignoran lo que he hecho, manchando a cada uno de los hombres con la prostitución y la lujuria. Los que perseguí en el pecado son innumerables. Y entonces, cuando vi de repente a ese santo médico, que en nuestros días apareció en la tierra, inmediatamente mi psique-alma se convirtió en esclava, cautiva detrás de Su Inmaculada Figura, porque vi con mis propios ojos sanaciones tremendas y maravillas asombrosas y mucha simpatía en Él. Él acepta a los pecadores, se acerca a los publicanos, se relaciona con los leprosos y los impíos y no los rechaza, no se enoja con los que van hacia Él. Y sobre todo, resucita a los muertos y expulsa toda naturaleza demoníaca de los endemoniados, y con solo Su logos hace todo esto. Al ver yo esto, me asusté y dije a mi mente, ¿qué hago yo, la miserable, viviendo y no acercándome a Él?

Mi pecado es grande y múltiple, así que te descuides. Porque nunca encontrarás una oportunidad como esta, ni otro médico tan misericordioso. Yo creo que Él es Dios. Este hombre tiene un poder enorme. Solo con Su logos sana a todos, perdona los pecados con toda autoridad. Al encontrar tal oportunidad y tal médico, no debo desatender mi salud. Por eso me apresuro a darle a este buen perdonador el registro de mis pecados, sé que he pecado innumerablemente, pero caigo ante la abundancia de Su misericordia. Sé en verdad que, solo con acercarme a Él, Él inmediatamente me santifica y limpia todos mis pecados, porque Él es celestial e inmaculado, Él es Cristo, el Dios.»

San Juan Crisóstomo

 

Gran Miércoles Santo: las lágrimas de la μετανοία metania

Bienaventurado Yérontas Efrén de Filoteo, Athos

El tiempo se acorta cada vez más, se va reduciendo. Cada día que pasa, es un paso hacia la muerte. Sepan que incluso una sola lágrima equivale a un baño. Así como el baño alivia el cuerpo y el lavado limpia la ropa, así también las lágrimas de la psique-alma arrepentida, vuelta en la metania, realizan la catarsis general, purgan y purifican el corazón, purifican el νούς (nus: espíritu de la psique) y la διάνοια (diania: mente, intelecto, cerebro), purgan y purifican el cuerpo, purifican la vida, purifican el logos, purifican incluso cada expresión del ser humano.

Debemos arrodillarnos y orar con mucha humildad. A cada psique-alma arrepentida, vuelta en metania, se le concede el don del logos, se le concede la oración iluminada. Esto lo vemos en la pecadora del Evangelio durante el Miércoles Santo. ¿Cómo sabía ella -una mujer de la calle- cómo orar? Sin embargo, desde el momento en que decidió arrepentirse, volver en la metania y comenzó a inclinarse hacia la luz y la verdad, se le concedió un espíritu de oración.

¡Qué bellas son sus palabras ante el Salvador! Se arrodilló ante Él y sin duda tuvo un diálogo interior con Él. Expresó con todo su corazón su metania, arrepentimiento, porque se le reveló que Él era su único Salvador, y que todos los demás la habían engañado. Vio que solo Jesús, el Cristo, era Quien podía darle la luz, el consuelo, la alegría y el perdón de sus muchos pecados.

«¡Recíbeme -dijo- a mí, la pecadora, recibe el mar de mis pecados!» Y vieron que sus lágrimas eran tantas, que empaparon los inmaculados pies de Cristo, y tuvo que secarlos con su abundante cabellera.

No hacía falta otro ungüento (mirra) para nuestro Cristo. El ungüento más precioso eran sus lágrimas, que valían una gran riqueza. Eran capaces de borrar toda la deuda que tenía con Dios. Y aunque estaba sumergida en el fango, ahogada en la suciedad y la hediondez, aquellas lágrimas preciosas la ayudaron a iluminar el vestido de su psique-alma y a ser aceptada por nuestro Salvador.

¿Nosotros, cuándo iluminaremos el vestido de nuestra psique-alma?

Así también, toda psique-alma pecadora que llora, que moja espiritualmente los pies de nuestro Cristo, recibe la misma respuesta que recibió aquella mujer pecadora. No solo se salvó, sino que se convirtió en un ejemplo luminoso para toda psique-alma extraviada, porque muestra el camino, la vía y la luz del retorno. Si alguien pudiera penetrar en la psique-alma de esta mujer en el momento en que sollozaba, lloraba y mojaba los inmaculados pies de Jesús, vería cuán grande fue su alivio, qué peso se le quitó y qué descanso recibió su conciencia. Cristo, por aquellas lágrimas suyas, le concedió el perdón total de todos sus pecados.

Así también a cada persona que regresa a Él, le concede abundantemente el perdón, con tal de que se arrepienta sinceramente. No hay problema alguno después del arrepentimiento. «No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva», dice el Señor. Dios jura por Sí mismo y dice: «No quiero que ningún ser humano, ninguna psique-alma se pierda ni se condene y se infierne, sino que la esperaré. Agotaré todo margen de tiempo y toda expectativa para su retorno».

Apresurémonos, pues, a estar en nipsis, vigilantes y sobrios, y a combatir la negligencia y la pereza, porque son estos los que impiden que los bienes de Dios lleguen al hombre. Viene el demonio y nos trae cansancio, sueño, y nos susurra: «No hagas las postraciones, no te levantes ahora para orar, estás cansado, duerme un poco más, tienes que ir a trabajar», y muchas cosas más. No lo escuchemos, apresurémonos, porque no sabemos lo que puede pasar en unos instantes. «Donde te encuentre, allí te juzgaré». Si nos encuentra en el esfuerzo, nos contará entre los esforzados. Si nos encuentra en la negligencia y en la pereza, nos contará entre los perezosos y fracasados.

Apresurémonos, pues, en todo, para poder entrar en el tálamo nupcial de Cristo, porque «la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de los Cielos es de los que se esfuerzan». Amén.

Del libro: El arte de la salvación – Archimandrita Efrén, del Monasterio de Filoteo. Edición del Monasterio de Filoteo, Monte Athos, 2005. Homilía II: Veo tu tálamo nupcial.

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

Martes Santo: Sobre la parábola de las diez vírgenes

Martes Santo: Sobre la parábola de las diez vírgenes
San Juan Crisóstomo y San Nicolás Velimirović

La parábola de las diez vírgenes 25:1-13

25,1 Entonces el reinado de la realeza increada de los cielos será semejante a diez vírgenes, que tomando sus lámparas, salieron al encuentro del novio, que vendría de noche para llevarse la novia.

2 Cinco de ellas eran prudentes y cinco eran insensatas;

3 porque las insensatas, al tomar las lámparas, no tomaron consigo aceite,

4 pero las prudentes tomaron aceite en las vasijas juntamente con sus lámparas.

5 Y tardándose el novio, todas tuvieron sueño y se durmieron.

6 Pero a la medianoche se oyó un clamor: ¡He aquí el novio viene, salid a su encuentro!

7 Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron, y arreglaron y adornaron sus lámparas.

8 Y las insensatas dijeron a las prudentes: dadnos de vuestro aceite, pues nuestras lámparas se están apagando.

9 Pero las prudentes respondieron, diciendo: id más bien a los que venden y comprad para vosotras mismas, no sea que no haya suficiente para nosotras y vosotras.

10 Pero mientras iban a comprar, llegó el novio, y las preparadas entraron con él a la sala de bodas, y fue cerrada la puerta.

11 Luego, las otras vírgenes también llegan diciendo: ¡Señor, Señor, ábrenos!

12 Pero él respondiendo, dijo: En verdad os digo que no os conozco.

13 Velad pues, y estaos en alerta, ya que no sabéis el día ni la hora que viene el Hijo del hombre, el novio de la Iglesia, el Kirios-Señor y juez de toda la tierra habitada. (No conocéis el día ni la hora que por la muerte os marcharéis del mundo para presentaros con vuestras obras ante del Hijo del hombre[Mateo 25, 1-5]

 

San Juan Crisóstomo. Comentario a los versículos: Mateo 25, 1-13

Estas parábolas se parecen a la anterior, la del siervo fiel y del ingrato, aquel que derrochó los bienes de su señor. Pues son cuatro en total las parábolas que nos exhortan a las mismas verdades, pero de forma diversa. Me refiero a la necesidad de practicar la misericordia y procurar el bien del prójimo por todos los medios y formas posibles, ya que no es posible salvarse de otro modo.

En la parábola de los talentos se habla, de manera general, de toda clase de beneficio que debemos procurar al prójimo. En cambio, en la parábola de las vírgenes se habla específicamente de la limosna que se hace con dinero, y con más énfasis aún que en la parábola del siervo bueno y del malo, ingrato. Pues en aquella se castiga al que golpea, se embriaga y disipa los bienes de su señor; mientras que aquí se castiga también al que no beneficia, ni da generosamente a los pobres lo que posee. Porque las vírgenes insensatas tenían aceite, pero no en abundancia, y por eso son castigadas.

¿Pero, por qué presenta esta parábola en la figura de vírgenes, y no simplemente de cualquier persona? Porque había exaltado mucho la virginidad cuando dijo: «Porque hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre, y hay eunucos que fueron hechos eunucos por los hombres, tanto los unos como los otros son impotentes para matrimonio y por necesidad se quedan castos, solteros sin casarse, y hay eunucos que a sí mismos se hicieron eunucos, castos por causa del reinado de la realeza increada de los cielos. El que sea capaz de aceptar y aplicar este logos, que así sea y avance hacia el camino de la castidad y virtud» [Mateo 19,12]

Sabía también que muchos tenían una alta estima por la virginidad. Y, en sí misma por naturaleza, es una cosa importante, lo que se muestra también en el hecho de que ni siquiera en el Antiguo Testamento fue impuesta como ley obligatoria. No fue mandada, sino dejada a la libre elección de Sus oyentes. Por eso también Pablo dice: «Acerca de los solteros/as, no tengo ningún precepto del Señor; pero doy mi opinión particular como maestro vuestro quien es digno de crédito por la misericordia del Señor» [1Cor7,25]
«Alabo, por supuesto, a quien logra vivir en virginidad, pero no obligo a quien no quiere, ni hago de ello un mandamiento».

Ya que esto -la virginidad- era una cosa grande y muy admirada por muchos, para que no se conforme quien la practica pensando que ya ha alcanzado todo y descuide lo demás, menciona esta parábola, la cual basta para mostrar que la virginidad, aunque se tenga todo lo demás, si no está adornada con obras de misericordia, es rechazada junto con los lujuriosos, impuros, y coloca al cruel e inhumano al mismo nivel que ellos.

Y con toda razón: el impuro y lujurioso fue vencido por el amor a los cuerpos, pero el virgen fue vencido por el amor al dinero. Y no es igual el amor a los cuerpos que el amor al dinero: el primero es más fuerte y mucho más tiránico. Por tanto, cuanto más débil es el competidor adversario, más inexcusable es quien cae. Por eso llama «insensatas, necias» a aquellas vírgenes que no habían previsto, durante su vida terrena, hacer obras virtuosas de caridad, pues habiendo soportado el mayor dolor de los sacrificios, fracasaron por lo más pequeño: por no querer privarse de sus bienes para darlos a los pobres y necesitados que veían a su alrededor mientras vivían.

Y por «lámparas» aquí se entiende el don de la virginidad, la pureza de la santidad; y por «aceite», la caridad, la limosna, la ayuda a los pobres.

«Pero como el novio tardaba, cabecearon todas y se durmieron».

Con estas palabras indica también que no será corto el tiempo que transcurra antes de Su regreso, para apartar a los discípulos de la expectativa de una manifestación inmediata de Su Βασιλεία (Vasilía: realeza increada), porque eso esperaban. Por esta razón continuamente los frena y los aleja de esa esperanza. Además, con ello muestra que la muerte es como un sueño, porque dice que «se durmieron».

«A medianoche se oyó un grito: “¡Aquí viene el novio! ¡Salid a su encuentro!”» [Mt. 25,6].

Aquí el texto o bien permanece dentro de la parábola, o quiere mostrarnos que la resurrección sucederá durante la noche. De hecho, también Pablo menciona ese grito cuando dice: «Porque el Señor mismo, a una orden, a la voz del arcángel y al son de la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que han dormido (fallecido) con la fe en Cristo resucitarán los primeros» [1Tes. 4,16].
¿Y para qué son necesarias las trompetas? ¿Qué dice el grito? «¡Aquí viene el Novio! ¡Salid a su encuentro!» Entonces se levantaron todas aquellas vírgenes y prepararon sus lámparas.

«Las necias dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite, porque nuestras lámparas se apagan”».
Nuevamente las llama «necias» para mostrar que no hay nada más insensato que quienes acumulan riquezas aquí, atesoran aquí y parten desnudos hacia la otra vida, justo donde más se necesita la caridad, la filantropía y el aceite de la misericordia que hayamos demostrado hacia nuestros semejantes durante esta vida terrenal.

Y no sólo por eso son insensatas, necias, sino también porque esperaban recibir aceite en ese momento y no lo buscaron cuando era el tiempo oportuno.
Aunque nada hay más caritativo que aquellas vírgenes prudentes -y por eso precisamente fueron distinguidas-, aun así, no pudieron darles aceite.

Y no pedían todo el aceite, porque decían: «Dadnos de vuestro aceite», para mostrar cuán grande era su necesidad: «porque nuestras lámparas se apagan», decían.
Pero ni así lo consiguieron. Ni la caridad de aquellas a quienes se lo pidieron, ni la facilidad de cumplir su petición, ni la urgencia de lo solicitado bastaron para satisfacer su ruego.

¿Qué aprendemos entonces de esto?
Que allí, en el otro mundo, ninguno de nosotros, si ha sido traicionado por sus obras, podrá presentarse con confianza ante Dios.
No porque Él no quiera, sino porque no puede.
Porque también las vírgenes prudentes invocan su incapacidad para satisfacer la petición de las necias.
Y esta imposibilidad también fue invocada por el bienaventurado Abraham, cuando dijo: «Además, entre nosotros y vosotros hay un gran abismo establecido, para que los que quieran pasar de aquí a vosotros no puedan, ni los de allá puedan cruzar hacia nosotros» [Lc. 16,26].

«No sea que no baste para nosotras y para vosotras; id más bien a los que venden y comprad para vosotras», respondieron las prudentes.
¿Y quiénes son los que venden? Los pobres.
¿Y dónde están? Aquí.
Así que era necesario buscar ese aceite entonces, durante la vida en la tierra, no en aquel momento.

¿Ves cuán grande debe ser nuestro cuidado por los pobres?
Y si los desprecias y no les prestas atención ni los ayudas mientras vives, estás anulando la mayor esperanza de tu salvación.

Por eso debemos almacenar «aceite» de obras de caridad, filantropía y misericordia, para que nos sea útil cuando llegue la hora del llamado.
Porque el tiempo de recolectar no es el de allá, sino el de aquí.
No desperdicies entonces lo que tienes en placeres y vanidades, porque entonces tendrás gran necesidad de mucho de ese “aceite”.

Cuando las vírgenes necias oyeron estas cosas, se marcharon, pero no compraron nada.
Y el Señor dice esto o para continuar y concluir la parábola, o para mostrarnos que incluso si llegamos a ser caritativos después de la muerte, no obtendremos nada de eso para salvarnos.
Así que ni siquiera entonces hubo suficiente disposición por parte de ellas, porque no acudieron aquí, en esta vida, a los que vendían, sino allá, en el cielo, después de la muerte.

Tampoco el rico obtuvo nada cuando, después de la muerte, se volvió tan caritativo que se preocupaba por sus parientes para que no padecieran lo mismo que él por la dureza de corazón que habían mostrado hacia los pobres.

Porque aquel que despreciaba a un hombre absolutamente pobre y miserable que estaba tendido en su puerta, ahora se apresura a librar de los peligros y del infierno del fuego a los que ni siquiera ve ya, y ruega que se envíe a alguien a advertirles [cf. Lc. 16,27-28: «Te ruego, pues, padre, que lo envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos. Que les advierta, para que no vengan también ellos a este lugar de tormento»].

Pero tampoco logró nada con esa petición, al igual que tampoco lo lograron las vírgenes necias. Porque justo cuando se marchaban tras haber oído esto, vino el novio y las vírgenes prudentes entraron con él, mientras que ellas quedaron excluidas:
«Mientras iban a comprar, llegó el novio. Las que estaban preparadas entraron con él a las bodas, y se cerró la puerta. Luego llegaron también las otras vírgenes diciendo: “¡Señor, Señor, ábrenos!” Pero él respondió: “De cierto os digo, no os conozco”».

Después de tantos esfuerzos, de sudores incontables y de aquella lucha insoportable, después de haber logrado levantar trofeos contra su naturaleza salvaje, partieron avergonzadas y con las lámparas apagadas, cabizbajas. Porque no hay nada más tenebroso que la virginidad no acompañada de misericordia.

Por eso también, la mayoría suele llamar «oscuras, tenebrosas» a las personas crueles y despiadadas.

¿Dónde está entonces el beneficio de la virginidad, si ni siquiera vieron al Novio, ni obtuvieron nada cuando tocaron la puerta, sino que escucharon aquella terrible respuesta: «¡Apartaos, no os conozco!»?
Y cuando el Señor dice eso, ya no queda nada más sino la Gehena (infierno) del fuego y un infierno insoportable.
Esa respuesta, de hecho, es peor que el mismo infierno.
Y esta misma respuesta la dio también a quienes practican la iniquidad.

«Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora en que vendrá el Hijo del Hombre» (Mt. 25,13).
El mensaje de la parábola es que debemos estar prevenidos, con la psique-alma siempre iluminada por la luz de la virtud, provistos del aceite de la calidez interior y de la fuerza y energía espiritual, que se cultivan mediante una constante comunión con Dios.
Así debemos esperar la venida del Hijo del Hombre, el Novio de la Iglesia, Cristo, despiertos y preparados en todo momento, porque no sabemos el día ni la hora en que vendrá para llevarnos al gozo y a la dicha de sus bodas (Mat 25,13).

¿Ves cómo el Señor lo repite constantemente, para mostrarnos que es beneficiosa esta ignorancia del momento de nuestra salida de esta vida?

Dónde están entonces aquellos que pasan su vida en pereza y negligencia, y cuando los reprendemos nos dicen: “Cuando llegue la hora de mi muerte, dejaré mis bienes a los pobres”

Escuchemos estas palabras y corrijámonos, porque muchos han fallado también en ese momento, al ser arrebatados de manera repentina y morir inesperadamente, sin tener siquiera la oportunidad de pensar en sus seres queridos o hacer lo que deseaban.

Esta parábola fue dicha respecto a la limosna material.
La parábola siguiente, la de los talentos, se dirige a aquellos que no sólo no quieren ayudar al prójimo con bienes, con palabras, con protección o con cualquier otro medio, sino que además ocultan todo cuanto tienen.

¿Y por qué la parábola de los talentos menciona a un rey, mientras que esta habla de un novio?

Para que comprendas cuán amistosa y cercana es la relación de Cristo con los vírgenes, aquellos que renuncian a sus posesiones y lo siguen.
Eso, después de todo, es la virginidad verdadera.

Por eso también Pablo establece esta condición:
«Quiero que estéis libres de preocupaciones. El soltero se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor» (1 Cor. 7,32), y también: «Y esto pues, lo digo respecto a la soltería, únicamente para vuestro bien. No para imponeros una carga ni para forzaros a permanecer solteros, sino para asegurar una conducta decorosa y una posición honrosa junto al Señor, libres de preocupaciones y de los agobiantes cuidados de la vida cotidiana» (1 Cor. 7,35).
“Esto es lo que os aconsejamos”, dice san Pablo.

San Juan el Crisóstomo.

Martes Santo: El significado del Evangelio de las diez vírgenes
(San Nicolás Velimirović)

A María Z., que pregunta…

A María Z., que pregunta…
Cinco vírgenes prudentes y cinco insensatas, necias.
Lee: cinco psiques-almas humanas sabias y cinco insensatas.

Las sabias tenían sus lámparas limpias y aceite en ellas.
Las insensatas, sólo las lámparas.

Las lámparas simbolizan el cuerpo; el aceite, la misericordia.
La palabra griega “ἔλαιον” (éleon: aceite) está relacionada con ἔλεος (éleos: misericordia).
De ahí también viene πολυέλεος (poliéleos: gran misericordioso), que designa al que tiene mucha compasión y caridad. En el templo, el gran candelabro (πολυέλεος) se enciende durante los maitines mientras se cantan los salmos sobre la gran misericordia de Dios hacia su pueblo:
«porque eterna es su misericordia, aleluya» (Salmo 135).

Las vírgenes sabias y prudentes tenían, pues, cuerpo y alma puros, pero también gran misericordia hacia los más débiles, hacia aquellos que aún no se habían liberado del pecado.
En cambio, las insensatas guardaban estrictamente la virginidad corporal, pero eran implacables, mirando con desprecio y orgullo a los más frágiles. Los juzgaban con arrogancia y los rechazaban con soberbia.

“Con justicia se las llama insensatas”, dice San Nilo del Sinaí, “porque, aunque lograron lo muy difícil -la virginidad-, descuidaron la misericordia, la compasión, el perdón”.

Sus lámparas estaban limpias, pero vacías y oscuras.
Cuando llegue la muerte, el cuerpo se disolverá en la tierra, pero la psique-alma emprenderá su camino hacia la casa eterna y será la luz de la misericordia lo que debe iluminarlas y guiarlas. Pero, quien carezca de ese aceite será envuelto por las tinieblas.

¿Cómo cruzará ese paso tan difícil?
La psique-alma se llena de miedo, tiembla, se ve rodeada de sombras tenebrosas y visiones espantosas, como pesadillas que torturan el sueño.

¿Quién la compadecerá entonces? ¿Quién le dará siquiera un rayo de luz?
Dios tendrá misericordia, sí, pero de los misericordiosos.
Porque está dicho: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt. 5,7). Quienes mostraron compasión hacia las criaturas, recibirán compasión del Creador.

¿No es eso justo y consolador?

En nuestro barrio vivía una mujer que permaneció pura toda su vida.
Hasta aquí, todo digno de alabanza. Pero de pronto su lengua empezó a lanzar veneno contra quienes vivían en el matrimonio, a quienes llamaba pecadores. Desde la mañana hasta la noche presumía de su virginidad y ridiculizaba a quienes consideraba peores que ella.
Un sacerdote nos dijo en una conversación: “Si no sabéis cómo es una virgen necia del Evangelio, ahí la tenéis”.

Y es verdad, la necedad aparece claramente cuando una persona tiene una sola virtud, pero le faltan las demás. Una sola virtud es como una pequeña luz en la oscuridad, que obliga al caminante a inclinarse hacia un lado u otro para poder ver.

La sofíasabiduría no está en una virtud aislada, sino en la suma de todas. Como dijo el Omnisciente: «La sabiduría edificó su casa y talló siete columnas» (Prov. 9,1). Sabia es la psique- alma que posee al menos siete virtudes.

Esta parábola de Cristo también tiene un significado más profundo: Las cinco vírgenes necias representan los cinco sentidos del cuerpo.
Quien vive sólo de lo que ve y oye, sin control alguno del pensamiento, tiene una psique-alma insensata.
Cuando la muerte cubre este mundo sensible, esa psique-alma queda en total oscuridad.

En cambio, las cinco vírgenes sabias simbolizan los cinco sentidos interiores, que dominan al νούς (nus: espíritu de la psique-alma) y el pensamiento y controlan los sentidos externos.
¿Serás capaz de darte cuenta de esto durante tu vida?
El tiempo lo dirá.

Paz y salud de parte de Dios.

(San Nicolás Velimirović del libro “Un camino sin Dios no se soporta”, ediciones «En Plō»)

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

LUNES SANTO MAITINES y VÍSPERAS

 

Μεγάλη Εβδομάδα Semana Grande y Santa

Μεγάλη Δευτέρα

LUNES SANTO MAITINES y VÍSPERAS

San juan Crisóstomo, san Máximo el Confesor, Agustino Cantiotis

 Sobre la higuera estéril

San Juan Crisóstomo

Lunes Santo Maitines (Mateo 21, 18-43)

“En aquel tiempo, regresando Jesús a la ciudad, tuvo hambre” (Mateo 21,18).
Pero ¿cómo es que el Señor tiene hambre tan temprano en la mañana? Cuando lo permite a su cuerpo-carne, entonces manifiesta también su pazos, pasión.

“Y al ver una higuera junto al camino, se acercó a ella, pero no halló en ella más que hojas, y le dijo: ‘Nunca jamás brote fruto de ti’. Y al instante se secó la higuera”.
La higuera, que solo tenía hojas y ningún fruto, representa a la sinagoga de los judíos, que entonces mostraba solo hojas, apariencias y formas exteriores, pero no frutos de virtud. Y para dar una enseñanza sobre cuál será el destino de toda persona estéril como esa higuera, dijo: “No produzcas ya más fruto”. Y la higuera se secó de inmediato.

Otro evangelista dice que aún no era tiempo de frutos: Pero si no era tiempo de frutos, ¿cómo dice el evangelista Marcos que Jesús tuvo hambre, vio de lejos la higuera y “fue a ver si hallaba algo en ella?” (Marcos 11,13).

Por lo tanto, queda claro que esto fue un pensamiento de Sus discípulos, ya que aún eran espiritualmente inmaduros, y en muchos casos los evangelistas recogen precisamente los pensamientos de los discípulos. Así como ese fue un pensamiento de ellos, también fue idea suya suponer que el Señor maldijo la higuera simplemente porque no tenía fruto.

¿Por qué, entonces, la maldijo? Por causa de sus discípulos, para que recibieran ánimo y coraje. Es decir, porque Él siempre hacía el bien y no castigaba a nadie, pero debía mostrar también Su poder punitivo, para que tanto Sus discípulos como los judíos conocieran que Él puede secar a aquellos que Le crucificarán, pero que con su voluntad les perdona y no los seca. Y como no quería revelar esto abiertamente a las personas, demostró Su acción punitiva sobre la higuera.

Por tanto, cuando algo similar ocurre con lugares, plantas o animales irracionales, no examines los hechos con excesivo detalle, ni digas: “¿Cómo fue justa la maldición a la higuera si no era tiempo de frutos?”. Eso es una muestra de necedad. Observa el milagro, admíralo y glorifica a nuestro Señor que obra maravillas. Porque lo mismo dijeron algunos acerca de los cerdos que se ahogaron, cuestionando si fue justo o no. Pero tampoco ahí debemos hacer caso, ya que también eran animales irracionales, así como la higuera era una planta sin psique-alma.

¿Por qué entonces este hecho toma tal forma y es causa de una maldición? Como dije antes, eso era un pensamiento de los discípulos. Y si realmente no era época de frutos, es erróneo decir que aquí se alude a la Ley (de Moisés), ya que el fruto de esta era la fe, y ese era precisamente el momento para dicho fruto, y ciertamente lo producía. Porque dice: 35 ¿No decís vosotros que aún faltan cuatro meses para la siega? Pues yo os digo: «Alzad vuestros ojos y ved los campos ya dorados para la siega. [35. «¿No decís vosotros que aún faltan cuatro meses para la siega? Pues yo os digo que también existe la siega espiritual, en la que el logos de Dios puede fructificar en tiempo muy breve. Y para que os convenzáis, pues, alzad vuestros ojos y ved la multitud de samaritanos que están viniendo; además, de los otros pueblos que están listos para venir. Estos son como los campos de personas lógicas, en los cuales aún no se ha sembrado el logos de la verdad, pero que están dorados y preparados ya para la siega. Así también en todas partes del mundo las psiques-almas de los hombres ahora están maduras para recibir la σωτηρία sotiría es decir, la auténtica psicoterapia, terapia, redención y salvación».] (Juan 4,35); y también: 38 «Yo os he enviado a segar lo que no habéis trabajado; otros labraron, yo y los profetas antes que yo y vosotros os beneficiaréis de su trabajo» [38. Yo, el Señor del campo, os he mandado a segar lo que vosotros no habéis labrado; otros han labrado y sembrado, es decir, yo y los profetas, y vosotros entrasteis en sus labores para segar lo que no habéis sembrado] (Juan 4,38).

Por tanto, aquí no se insinúa algo similar, sino que se manifiesta lo que ya dije: el Señor demuestra Su poder punitivo y Su fuerza de castigo. Y esto se hace evidente por las palabras: “porque no era tiempo de higos”; lo que significa que se acercó a la higuera fuera del tiempo de fructificación, no porque tuviera hambre, sino por causa de Sus discípulos, quienes se maravillaron mucho, a pesar de haber visto milagros más grandes. Pero como ya mencioné, este milagro fue particular, porque por primera vez mostró su poder punitivo y fuerza de castigo. Por eso no realizó el milagro en otra planta, sino en la más fértil, para que el milagro pareciera aún mayor.

Y para que entiendas que el milagro fue por causa de Sus discípulos, para enseñarles a tener confianza, escucha lo que dice a continuación:

“Y respondiendo Jesús, les dijo: de cierto, en verdad os digo, si tenéis fe inquebrantable y no dudáis de la potencia y energía increada de Dios, no sólo haréis el milagro de la higuera, sino que aun si a este monte dijerais: quítate y échate al mar, se haría; y todo cuanto pidáis en oración con fe, lo recibiréis” (Mt 21,21.

Es decir, “vosotros también haréis milagros mayores si queréis creer y si basáis vuestra fe y confianza en la oración”. ¿Ves cómo todo fue hecho por ellos, para que no temieran ni se intimidaran ante las amenazas? Por eso lo repite una segunda vez, porque quiere afianzarlos en la oración y en la fe. “Porque no solo haréis esto, sino que moveréis montañas y lograréis cosas aún más grandes, apoyados en la fe y la oración”.

San Juan el Crisóstomo

Lunes Santo maitines: Sobre la higuera estéril (Sobre Marcos 11,12-14 y Mateo 21,18)

San Máximo el Confesor

Pregunta: ¿Cuál es la higuera del Evangelio que se secó, aparentemente sin razón? ¿Y cuál es esa hambre extrema que buscaba fruto fuera de tiempo? ¿Y qué significa maldecir una cosa insensible?

Respuesta:

«El Dios Logos, que economiza y dispone todas las cosas con sabiduría para la psicoterapia, redención y salvación de los hombres, primero educó nuestra naturaleza mediante la Ley, la cual contiene un culto más corporal. Esto, porque nuestra naturaleza no podía recibir la verdad desnuda de sus revestimientos rituales, a causa de la ignorancia y la alienación en que había caído respecto de las realidades divinas arquetípicas (originales). Luego, cuando vino al mundo, haciéndose hombre manifiestamente por sí mismo, tomando cuerpo-carne dotado de psique-alma lógica y espiritual, y como Logos elevó nuestra naturaleza al culto espiritual, inmaterial y del conocimiento.

Y, habiéndose ya manifestado la verdad en la vida, no quiso que siguiera dominando la sombra, cuyo símbolo era la higuera. Por eso dice que al volver de Betania a Jerusalén (Mateo 21,18; Marcos 11,11s), es decir, después de aquella presencia suya que era simbólica y sombría, oculta dentro de la Ley, y viniendo nuevamente a los hombres con cuerpo-carne -porque así debe entenderse la expresión ‘regresando’-, vio en el camino una higuera que sólo tenía hojas (cf. Mt 21,18; Mc 11,13), que esta higuera representaba la sombra y los símbolos, es decir, el culto corporal de la Ley, según la tradición cambiante y pasajera -porque estaba junto al camino-, una adoración basada y culto solo en formas externas, costumbres y preceptos que pasan.

El Logos la vio como una higuera hermosa y majestuosa, adornada de hojas -es decir, con los envoltorios exteriores de los preceptos corporales de la Ley-, pero al no encontrar fruto, es decir, justicia, la maldijo porque no ofrecía alimento al Logos, o mejor dicho, ordenó que no cubriera más, sometiendo la verdad a los formalismos legales, lo que se demostró posteriormente con los hechos, ya que se secó por completo la belleza legal que solo existía en los rituales y las formas exteriores, se apagó y desapareció el orgullo y la arrogancia de los judíos respecto a ella.

Porque no era razonable, ni oportuno que, al haberse manifestado plenamente la verdad en los frutos de la justicia, se dejara engañar y arrastrarse el deseo de los hombres (que corren por esta vida como por un camino) por las hojas y se olvidaran los ricos frutos comestibles del Logos.

Por eso dice: «No era tiempo de higos» (Mc 11,13), es decir, el tiempo en que dominaba la Ley sobre la naturaleza humana no era tiempo de frutos de justicia, sino que simbolizaba esos frutos y anunciaba el futuro misterio divino y salvador de todos, al cual el pueblo antiguo no llegó por su incredulidad y por eso se perdió.

Porque, como dice el apóstol divino, «Israel, buscando una ley de justicia (es decir, una justicia basada en sombras y tipos), no alcanzó la ley de la justicia, que es la que se cumple en el Espíritu de Cristo» (Rom. 9,31).

O también, porque el grupo de sacerdotes, gramaticales-escribas, juristas y fariseos, enfermos de vanagloria y de una falsa piedad moral, aparentaban practicar la justicia, pero alimentaban el orgullo de su arrogancia y presunción, el Logos dice que esa arrogancia es una higuera estéril, llena solo de hojas, la cual maldice y seca, ya que Él desea la salvación de todos y «tiene hambre» de la θέωσις (zéosis: divinización, glorificación, deificación); de modo que, prefiriendo ser justos antes que parecerlo, se despojen del manto de la hipocresía moral y se revistan con el auténtico manto de la virtud, como lo quiere el divino Logos, para que vivan su vida con piedad, presentando a Dios la disposición de la psique-alma más que la apariencia fingida de moralidad ante los hombres.

Y si algunos de nosotros los cristianos somos también así, fabricando nuestra piedad solo en las formas, sin obras de justicia, si aceptamos al Logos como filántropo que tiene hambre de nuestra salvación, Él seca la semilla de la maldad dentro de la psique-alma, es decir, la arrogancia, para que no nos dé ya la vanagloria, que es fruto de la corrupción.

Según mis humildes fuerzas, este es el sentido de este pasaje: el Señor tuvo hambre con razón, maldijo la higuera de forma útil, y la secó en el momento adecuado, porque era un obstáculo a la verdad.
Esa higuera representaba tanto la antigua tradición legal de ritos corporales, como el comportamiento soberbio de los fariseos, o incluso el nuestro propio.

Fuente: “Filokalia de los Padres Nipticos y Ascéticos”, A San Thalasios – Cuestiones difíciles (Preguntas A’-NΓ’),

 

Lunes Santo Vísperas – Los ocho «¡ay!»
†Metropolita de Florina, p. Agustino Kantiotis

(Γραμματεῖς (gramatís), de nuestro léxico https://logosortodoxo.es/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo/

El término clave en este pasaje es Γραμματεῖς (gramatís) que puede traducirse como «intelectuales», «escribas», «gramáticos o gramaticales » o «estudiosos». Γραμματεῖς (gramatís) gramaticales, intelectuales, escribas o doctores de la ley pertenecían a la clase de los Fariseos y ocupaban un puesto eminente entre ellos. Constituían la aristocracia espiritual del pueblo hebreo. los hebreos; eran llamados súper λόγιος (loyios) sabedores intelectuales, o sabios), componían odas para el culto, eran maestros, guías espirituales, juristas y defensores abogados de la ley… Su labor principal era la interpretación y análisis de la Ley Mosaica, y especialmente, el registro y explicación de la tradición de la célebre ancestral, de sus antepasados. Sin embargo, a menudo ideaban sus propias leyes, mediante las cuales manipulaban o reinterpretaban la tradición conforme a su conveniencia. Pero en realidad en la práctica, esto oscurecía y desplazaba la Ley de Moisés y los mandamientos de Dios. Como agentes judiciales o abogados, participaban en juicios y en la asamblea, y su opinión era tenida en alta estima. El hecho es que imponían sobre los hombres “cargas pesadas, difíciles de soportar, mientras ellos no movían ni un dedo para cumplirlas”.

Lo mismo sucede hoy con muchos heterodoxos y también con algunos que, aunque se dicen ortodoxos (cristianos de clase burguesa), carecen de Χάρις (Jaris), es decir, de la Energía Increada del Espíritu Santo. Aun así, se atreven a interpretar las Sagradas Escrituras y los Santos Padres, que sólo pueden comprenderse por la iluminación del Espíritu Santo. Por eso hoy abundan los gramatís o escribas intelectuales disfrazados de “teólogos/as”, que creen que pueden encerrar la Verdad y la Jaris en las jaulas académicas de las aulas universitarias.)

A ellos se les recomienda leer con atención el capítulo 23 del Evangelio según San Mateo, o bien consultar a la Santa Iglesia Ortodoxa Helénica-

Los ocho «¡ay!» Lunes Santo vísperas

ANTES, queridos míos, de una gran batalla, suele suceder que los dos ejércitos enemigos se enfrenten entre sí en pequeños choques, lo que se llama escaramuzas. Las escaramuzas son como un preludio del gran enfrentamiento que está por venir.

Algo similar vemos descrito en el evangelio que se leyó hace un rato. A medida que avanza la Semana Santa, se acerca la hora en que tendrá lugar el gran enfrentamiento, el mayor de la historia del mundo. Y esa gran batalla de la historia es la lucha del Gólgota. Allí, la luz se enfrentará con las tinieblas, la bondad con la maldad, Dios con el diablo. Antes, pues, de ese enfrentamiento final del Viernes Santo, antes de que Cristo enfrente al enemigo cara a cara, preceden, a modo de escaramuzas, enfrentamientos verbales con los instrumentos del enemigo. Escaramuzas son las preguntas maliciosas de los herodianos, los saduceos y los fariseos, las cuales Cristo, defendiéndose, responde con respuestas contundentes.

Pero después de defenderse, pasa al ataque. Y el ataque es la reprimenda de Cristo hacia los escribas y fariseos, en la que se escuchan ocho terribles «¡ay!» (véase Mateo 23:13-35).
Vale la pena que pongamos especial atención en esos «¡ay!».

* * *

Después de todos los esfuerzos coordinados que hicieron los sofistas y abogados de aquella época con el propósito de perturbar, liar y atrapar a Cristo, para humillarlo ante el pueblo y mostrar que no sabe nada, que es un ridículo y nada más, Cristo se enojó y comenzó a dirigirles un pliego de cargos. Así como el fiscal se levanta desde su estrado y dice «acuso» contra criminales y culpables, así también Cristo. Desde su propia perspectiva -superior a la limitada justicia humana-, con los criterios que un día juzgará a toda la humanidad, dirigió una durísima acusación contra los γραμματεῖς (gramatís: intelectuales, escribas, gramaticales) y fariseos.

Esta acusación se encuentra en el evangelio de hoy. Quien lea o escuche esta acusación de Cristo, cree que el cielo truena y que caen rayos y centellas. Son los «¡ay…!», los «¡ay…!» que escuchamos.

«¡Ay!» significa «¡pobre de aquel!», «¡infeliz!», «¡tres veces desgraciado aquel que hizo tales cosas!».
Esos rayos, que caen sobre las cabezas de los hipócritas, son ocho. ¿Los oísteis?

El primero dice:
«¡Ay de vosotros, γραμματεῖς gramatís y fariseos, hipócritas!», porque entráis en las casas de las viudas con fingida cortesía y piedad, como si quisierais hacer el bien, y les robáis sus bienes. Aunque sois ladrones y devoráis los bienes de los pobres, os hacéis pasar por piadosos, haciendo largas oraciones. Por eso seréis juzgados con mayor severidad. (Mateo 23:13)

Segundo «¡ay!»:
«¡Ay de vosotros, γραμματεῖς gramatís y fariseos, hipócritas!», porque no solo vosotros no creéis ni seguís el camino de Dios, sino que impedís también a los demás que lo sigan. ¿Cómo los impedís? En primer lugar, silenciosamente, con vuestro mal ejemplo, ya que el pueblo suele imitar a sus dirigentes, y sobre todo en lo malo.

También los impedís activamente, ejerciendo vuestra influencia. De acuerdo, vosotros no creéis; pero ¿por qué, cuando veis a alguien que cree, intentáis apagarle la fe? Lo vemos en nuestros días: no cree el padre o la madre, y en cuanto ven que un hijo comienza a creer, ¡cómo reaccionan! No respetan la libertad del otro. Son incrédulos, y quieren propagar la incredulidad a quienes los rodean. Quienes actúan así, pertenecen a esta categoría del segundo «¡ay!». Vosotros, les dice el Señor, no queréis entrar en la Iglesia -que es la βασιλεία (vasilía: realeza increada) de los Cielos sobre la tierra-, pero tampoco dejáis entrar a los que sí quieren. «Vosotros no entráis, ni dejáis entrar a los que quieren entrar» (Mateo 23:14)

Tercer «¡ay!»:
«¡Ay de vosotros, γραμματεῖς gramatís y fariseos, hipócritas!», que recorréis mar y tierra para convertir a un extranjero a vuestra religión, y cuando lo conseguís, con vuestra mala vida lo guiais por un camino torcido que lo lleva a la condenación o infierno, lo hacéis «hijo de la gehena (infierno)» peor que vosotros mismos (Mateo 23:15)

Cuarto «¡ay!»:
«¡Ay de vosotros, γραμματεῖς gramatís y fariseos, hipócritas!», porque siendo ciegos queréis guiar a otros. ¿Y adónde los lleváis? Al error. Enseñáis que, si alguien jura por el templo, no tiene importancia; pero si jura por el oro del templo -pues adoraban al oro, los avaros-, entonces es un gran pecado. «¡Necios y ciegos!», dice Cristo, ¿qué es mayor, el oro o el templo que santifica el oro? (Mateo 23:16-22)

Quinto «¡ay!»:
«¡Ay de vosotros, γραμματεῖς gramatís y fariseos, hipócritas!», que cumplís los mandamientos pequeños, pero dejáis de lado los grandes. Los pequeños mandamientos los cumplían porque eran fáciles (por ejemplo, dar el diezmo del eneldo, del anís y del comino). Pero los grandes mandamientos, que exigen sacrificio, los pisoteaban sin temor de Dios: grandes mandamientos son la «justicia» (no cometer injusticias), la «misericordia» (ayudar al prójimo), y la «fe» (hacer las cosas u obras por fe en Dios). A esta categoría pertenecen hoy muchos llamados cristianos, que hacen pequeñas cosas (echan unas monedas en la Iglesia, encienden una vela, se persignan, ayunan miércoles y viernes).
Debemos hacer también esas cosas, por supuesto; está bien encender una vela, venerar los íconos, ayunar, etc. Pero además de eso, que es relativamente fácil, existen los grandes mandamientos: la justicia, la compasión y, sobre todo, la agapi-amor desinteresado, que es la virtud suprema.
«¡Ay de vosotros!», dice, que filtráis el mosquito, pero os tragáis el camello entero. Así son muchos: severos con lo pequeño, indulgentes con los grandes pecados y crímenes. (Mateo 23:23-24)

«¡Ay de vosotros!», dice, « γραμματεῖς gramatís y fariseos hipócritas».
Limpian por fuera la copa y el plato, pero la comida y la bebida que contienen provienen del robo, y por tanto están sucios. Así también es toda vuestra situación: por fuera parecéis personas decentes y piadosas, pero vuestra psique-alma está llena de pazos vicios, pasiones. Si de verdad queréis hacer vuestra catarsis y purificaros, detened, frenad la injusticia (cf. Mateo 23,25-26)

«¡Ay de vosotros!», dice, « γραμματεῖς gramatís y fariseos hipócritas».
Sois como sepulcros blanqueados, que por fuera se ven hermosos, pero al levantar la losa, por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda impureza. Así también vosotros: por fuera parecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y maldad (cf. Mateo 23,27-28)

«¡Ay de vosotros!», dice en el último «¡ay!», «γραμματεῖς gramatís y fariseos hipócritas».
Construís los sepulcros de los profetas y adornáis los monumentos de los justos, es decir, honráis a los santos y grandes hombres de vuestra historia. Pero ¿qué tenéis en común con ellos? En nada os parecéis. Si de verdad los honrarais sinceramente, ¿por qué estáis listos para matar a los nuevos profetas que Dios os envía? Porque en toda época existen profetas, enviados de Dios. Vosotros decís que honráis a los grandes profetas antiguos, pero si apareciera un nuevo profeta en el mundo, lo ejecutaríais. Hijos de víboras, dice, descendientes nuevos de Caín, que mató al inocente Abel, ¿cómo escaparéis a la condenación del infierno? (cf. Mateo 23,29-35)

* * *

Así habló, queridos míos, Cristo en aquel tiempo a los γραμματεῖς gramatís y fariseos.
¿Pero acaso los fariseos desaparecieron desde entonces?
Existen también hoy, y existirán hasta el fin del mundo.
Por eso, también al final del Nuevo Testamento, en el Apocalipsis de Juan, se oyen otros «¡ay!» (cf. Ap. 8,13; 18,10, etc.), para los fariseos de los últimos tiempos.

Y si alguno se pregunta:
«¿Acaso Dios es malo y amenaza?»
La respuesta es esta: Dios ama y quiere la salvación de todos; por eso amenaza con los «¡ay!», para prevenir el mal, para llevar a la conversión y a la salvación.

† Obispo Agustino. Lunes Santo Vísperas, 1983

Traducido por: χΧ jJ  https://logosortodoxo.es/

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Evangelio de san Mateo. Capítulo 23: Control a los hipócritas Gramatís-Escribas y a los Fariseos, 1-28. Crímenes y castigo de Jerusalén, 29-39.

Control a los hipócritas Gramatís-Escribas y a los Fariseos, 23:1-28.

23,1 Entonces Jesús habló con una forma muy dura y con autoridad a las multitudes y a sus discípulos,

2 diciendo: En la cátedra de Moisés se sientan los escribas-gramatís y los fariseos.

3 Haced y cumplid pues todo lo que os digan; pero no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, pero no hacen ni aplican nada de lo que dicen;

4 porque atan cargas pesadas e insoportables y las echan a los hombros de los hombres, mientras que ellos no las quieren mover ni con su dedo.

5 Antes bien, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres, porque ensanchan sus filacterias (hojas largas con lemas de la Ley) y alargan los flecos de sus mantos, para parecer así que son piadosos e impresionar a los hombres.

6 y les gusta estar en los primeros puestos en las cenas y en las primeras sillas en las sinagogas,

7 y los saludos pomposos en las plazas, y que los hombres los llamen Rabbí-Maestros.

8 Pero vosotros no seáis llamados Rabbí, porque uno solo es vuestro maestro, el Cristo y todos vosotros sois hermanos, por tanto iguales entre sí.

9 Y no llaméis padre, sea carnal o espiritual a nadie en la tierra, en el sentido que él tiene autoridad absoluta e ilimitada ante vosotros, pues uno solo es vuestro Padre, el celestial,

10 ni seáis llamados profesores, porque uno es vuestro único y perfecto profesor: el Cristo; el cual es el único que enseña la verdad pura e inconfundible y conduce con seguridad a los hombres al difícil camino de la sotiría redención, sanación y salvación.

11 Y el que es mayor de vosotros sobre la gnosis-conocimiento y axioma, debe con humildad y bondad ser vuestro servidor.

12 Porque el que se enaltezca y enorgullezca frente a los demás será humillado, y el que con amor-agapi cristiano se humille y se haga servidor de los demás, será enaltecido y glorificado por Dios.

13 ¡Ay de vosotros, escribas-gramatís y fariseos, hipócritas! porque, como sinvergüenzas y ambiciosos que sois, coméis en las casas de las viudas y a la vez con el pretexto de la piedad hacéis largas oraciones; por eso seréis castigados por la divina justicia mucho más que los ladrones y los desvalijadores.

14 ¡Ay de vosotros, escribas-gramatís y fariseos, hipócritas! porque por vuestra falsa enseñanza que la presentáis como si fuera de Dios, cerráis el reinado de la realeza increada de los cielos delante de los hombres, así no entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren.

15 ¡Ay de vosotros, escribas-gramatís y fariseos hipócritas! que para hacer a un idólatra prosélito recorréis mar y tierra, y cuando lo llega a ser, lo hacéis dos veces más hijo de la gehena/ infierno que a vosotros.

16 ¡Ay de vosotros, guías ciegos! que decís: todo el que jure por el santuario/templo, eso no es nada, pero quien jure por el oro del santuario/templo, debe cumplir su juramento.

17 ¡Necios y ciegos!, porque ¿qué es de mayor valor: el oro, o el santuario que santifica el oro?

18 Y decís además: todo el que jure por el altar, nada es; pero quien jure por la ofrenda que está sobre él, debe cumplir su juramento.

19 ¡Necios y ciegos! porque ¿qué es mayor y más sagrado, la ofrenda, o el altar que santifica la ofrenda?

20 Sabed pues, que el que juró por el altar, jura por él, y por todo lo que está sobre él.

21 Y el que juró por el santuario/templo, jura por él, y por el que habita en él, es decir, a Dios.

22 Y el que jura por el cielo, jura a la vez por el trono de Dios, y por el Dios que está sentado sobre él.

23 ¡Ay de vosotros, escribas-gramatís y fariseos, hipócritas! que diezmáis la menta, el eneldo y el comino, cumplís pero dejasteis lo más importante de la ley, el sano y justo juicio, la caridad/misericordia y la fe verdadera; esto era necesario hacer sin dejar aquello.

24 ¡Guías ciegos, que coláis el agua y el vino no vaya ser que bebáis algún mosquito, y tragáis un camello! Es decir, cumplís con las cosas pequeñas e insignificantes y sois indiferentes para las grandes e importantes.

25 ¡Ay de vosotros, escribas-gramatís y fariseos hipócritas! que limpiáis lo de afuera de la copa y del plato, pero por dentro están llenos de comidas que provienen de rapiñas, codicias e injusticias.

26 ¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro de la copa y del plato, para que no provenga de la injusticia, sino de tu trabajo honrado, para que sea limpio también lo de fuera. Es decir, no miréis aparecer piadosos sólo exteriormente, sino que intentéis adquirir también la catarsis, limpieza, sanación y santidad interior.

27 ¡Ay de vosotros, escribas-gramatís y fariseos hipócritas! que os parecéis a sepulcros blanqueados, los cuales a la verdad se muestran hermosos por fuera, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia.

28 Así también vosotros, por fuera, ciertamente aparecéis justos ante los hombres, mas por dentro estáis llenos de hipocresía, basura e iniquidad

Crímenes y castigo de Jerusalén, 23:29-39.

29 ¡Ay de vosotros, escribas-gramatís y fariseos hipócritas! que edificáis los sepulcros de los profetas, y adornáis los monumentos de los justos,

30 y decís: Si estuviéramos en los días de nuestros padres, no habríamos participado con ellos en el derramamiento de sangre y muerte injusta de los profetas.

31 De modo que dais testimonio contra vosotros mismos, de que sois hijos descendientes auténticos de los que mataron a los profetas.

32 ¡Completad también vosotros la obra de vuestros padres! (es decir, hacéis las cosas que ellos no hicieron, matasteis al Mesías llegando así al límite extremo de maldad).

33 ¡Serpientes, raza con pensamientos venenosos de víboras! ¿Cómo pensáis escapar del juicio justo y de la condena del infierno/gehena?

34 Por tanto, he aquí tenéis la última ocasión para salvaros, yo os envío profetas, sabios y escribas-gramatís, que son mis Apóstoles. Pero vosotros a unos de ellos los mataréis y crucificaréis, y a otros los azotaréis en vuestras sinagogas y los expulsaréis y perseguiréis de ciudad en ciudad.

35 Para que caiga sobre vosotros toda la sangre justa que está siendo derramada sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo, hasta la sangre de Zacarías hijo de Baraquías, a quien matasteis entre el santuario y el altar sin tener miedo y respeto a su santidad.

36 En verdad de verdad os digo: Todo esto vendrá sobre esta generación.

37 ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que Dios te ha enviado! ¡Cuántas veces quise rejuntar a tus hijos, como los pájaros juntan sus polluelos bajo las alas, y no quisisteis!

38 He aquí para castigo por vuestra maldad y para vuestra destrucción se queda desierta y desprotegida por Dios vuestra ciudad y vuestro templo.

39 Porque os digo que desde ahora en adelante, de ningún modo me veréis hasta que vueltos en metania, digáis: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

Traducido por: χΧ jJ  https://logosortodoxo.es/

 

Domingo de Ramos

 

ΚΥΡΙΑΚΗ ΤΩΝ ΒΑΪΩΝ

Domingo de Ramos, Juan 12:1-19

12:1 Seis días antes de la Pascua, vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, el que había muerto y al que había resucitado de entre los muertos.

2 Y le ofrecieron una cena allí; Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban en la mesa con él.

3 Mientras tanto, María tomó una libra de mirra de nardo puro, de mucho valor y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó de olor de la mirra. Esto lo hacía por la profunda fe que tenía al Salvador y por agradecimiento hacia él, por haber resucitado a su hermano.

4 Entonces Judas el hijo de Simón el Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dijo:

5 “¿Por qué no fue vendido este perfume por trescientos denarios y dado a los pobres?”

6 Pero esto lo dijo no porque tenía algún interés para los pobres, sino porque era ladrón; y como llevaba él la bolsa, sustraía de lo que echaban en ella.

7 Entonces dijo Jesús: «Déjala, lo ha guardado para el día de mi sepultura.

8 Porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros y podréis hacer caridad, pero a mí no siempre me tendréis».

9 Gran multitud de judíos supieron que Jesús estaba allí y acudieron, no sólo por él, sino también para ver a Lázaro, a quien había resucitado de los muertos.

10 Después de eso los sacerdotes acordaron dar muerte también a Lázaro.

11 Porque a causa de él muchos judíos fueron a Betania para asegurarse que Lázaro había resucitado de los muertos y cuando lo confirmaban, creían en Jesús.

Entrada triunfal en Jerusalén 12:12-19.

12 El día siguiente, grandes multitudes que habían venido a la fiesta, habiendo oído que Jesús llegaba a Jerusalén,

13 tomaron ramos de laurel y salieron a su encuentro clamando: “¡Hosaná, gloria y honor, bendito él que viene en nombre del Señor!  ¡El verdadero Rey de Israel!”

14 Y encontró Jesús un asno, montó sobre él, como está escrito en el profeta Zacarías:

15 No temas Jerusalén, hija de Sión, mira, tu rey viene montado sobre un mulo de asna, no como un tirano o conquistador, sino humilde, dulce y pleno de agapi para ti.

16 Qué significado tenían estos logos y acontecimientos, los discípulos no los entendieron entonces; pero cuando Jesús fue glorificado por su resurrección, entonces se acordaron que todas estas cosas estaban escritas sobre él y así habían ocurrido.

  1. «Qué sentido y significado tenían estos logos de Zacarías, los discípulos no los comprendieron entonces durante su gloriosa entrada. Pero cuando Jesús fue glorificado por su triunfal resurrección y gloriosa ascensión, entonces fueron iluminados por la χάρις gracia energía increada del Espíritu Santo y recordaron que estos logos proféticos sobre Jesús estaban escritos por el Espíritu de Dios. Y para el cumplimiento de esta profecía precisamente cooperaron todos ellos sin darse cuenta».

17 Y durante aquel gran recibimiento, los que estuvieron presentes con él cuando llamó a Lázaro del sepulcro y le resucitó de entre los muertos, daban ahora testimonio de este milagro.

18 Por eso también salió la gente a su encuentro, porque habían oído que él había realizado aquel gran milagro.

19 Pero los fariseos dijeron entre sí: “Ya veis que no nos beneficiamos en nada por retrasar su detención. Mirad que todo el mundo va tras él”.

 

domingo-de-ramos

DOMINGO DE RAMOS

Padre Jorge Dorbarakis

Hoy es Domingo de Ramos hoy y nuestra iglesia celebra la entrada triunfal de Jesús Cristo en Jerusalén. Una gran cantidad de personas se había reunido en la ciudad, no solo para ver el Cristo, sino también a su amigo Lázaro, que había resucitado hace unos días. Jesús Cristo entraba montado en un mulo, precedido por sus discípulos, mientras la multitud llevaba en sus manos ramos de palmera, arrojaba sus mantos y lo aclamaba con estas palabras:
¡Hosanna! (gloria, gracias y honor) al que viene en nombre del Señor. ¡El verdadero Rey de Israel! (Jn 12,13). La ciudad realmente fue sacudida por el pulso y la multitud de los reunidos, grandes y pequeños, hombres, mujeres y niños. Pero este acontecimiento crea problemas y dudas de las que dos veremos y comentaremos.

  1. La misma multitud que hoy ovaciona y alaba al Señor, ella misma en pocos días, conducida por los líderes judíos y sus seguidores, se alzarán contra Él y gritarán maniáticamente: ῾ἆρον, ἆρον, σταύρωσον Αὐτόν! fuera llévenlo de aquí, no queremos ni verlo, crucifícalo, crucifícalo”, (Jn 19,15). Y eso quiere decir que uno no puede tener mucha confianza en las manifestaciones de la multitud. Esta se deja arrastrar fácilmente y se tambalea cuando aparecen especialistas en demagogia. Y esto ocurre porque, desgraciadamente, la característica predominante de la multitud es la falta de sano juicio. Muchos, por regla general fanáticos reunidos, no ponen en funcionamiento sus cerebros y sus νούς (nus: espíritu del corazón). Se entregan en manos de unos pocos que buscan manipularlos, expertos en exaltar emociones e impulsar las pasiones más oscuras. Por eso el Señor no dio, y por regla general, no daba importancia particular a estas manifestaciones triunfales de la multitud sobre Él. “Él no confiaba en ellos, porque Él es conocedor de todo. Porque conocía cómo funcionaban y pensaban sus corazones y su nus”.
  2. La multitud que aplaudía y aclamaba al Señor, vitoreaba a alguien que Su verdadera imagen no era esta que pensaba la gente.

¿Qué queremos decir con esto?

Principalmente los judíos de los dos últimos siglos antes de Cristo -y por lo tanto todos los reunidos allí, incluso los mismos discípulos de Cristo-, esperaban un Mesías que vendría como triunfador, como un rey poderoso que descendiera del cielo trayendo consigo riquezas y ejércitos, que expulsara a las fuerzas militares de ocupación, en este caso a los romanos.

Las profecías de los profetas del Antiguo Testamento, principalmente de Isaías, sobre el Mesías hablaban de un “siervo sufriente de Dios”, alguien que sería castigado por los hombres, las habían olvidado o más bien las habían tergiversado. Un Mesías paciente y sufriente era considerado como escándalo y blasfemia. Evidentemente era contrario también a la omnipotencia de Dios. Uno debería cambiar radicalmente, convertirse y entrar en el espacio de la χάρις (jaris: gracia increada) de la llamada de Cristo, para poder verle como realmente es: como Hijo de Dios que se hizo hombre y debería sufrir, padecer para sanar y salvar la humanidad caída en el pecado. Un Dios encima de la Cruz no puede caber en la lógica de cualquier hombre ni siquiera en la del judío, y siempre será, como decía San Pablo, “escándalo para los judíos y locura para los griegos”.

  1. Las cosas anteriores que realmente inquietan, también funcionan ejemplo para nosotros.

Lo primero es que no debemos tener como criterio la opinión de muchos, especialmente cuando estos se mueven y se comportan al nivel de la multitud como masa, porque desgraciadamente la mayoría de las veces siguen “el camino ancho que lleva a la perdición”. El Dios y Su santa voluntad es el elemento regulador de la vida del cristiano, sobre todo cuando esta voluntad es conocida también desde la primera apocálipsis/revelación de Dios, en el espacio del Antiguo Testamento; pero mucho más claramente después tras la venida de Jesús Cristo, nuestro Dios hecho hombre. “Caminad conforme la voluntad de Dios” nos exhorta san Pablo, por supuesto siguiendo lo que el mismo Señor decía: “…hágase tu voluntad” y “bienaventurados y felices los que escuchan, aplican y cumplen el logos de Dios”. En este caso el Cristiano se convierte verdadero discípulo y seguidor de Cristo; y esto quiere decir que está preparado a enfrentarse con el mundo caído al pecado y sometido al diablo; por lo tanto, debe estar preparado también a subir a la cruz junto con El. Cristo nos dice: “Si a mí me han perseguido, a vosotros también” y “Todos los que quieren vivir en la fe y piedad en Cristo serán perseguidos”.

Lo segundo que siempre debe inquietarnos es si la imagen de Jesús Cristo que tenemos ya nosotros los cristianos, es realmente esta que ha revelado-apocaliptado Jesús Cristo. Esto porque muchas veces esta imagen es distorsionada por nuestras opiniones. Lamentablemente, no son pocas las veces que nuestro criterio personal es lo que tiene la prioridad, como lo demuestra la trágica historia de las herejías. Los diversos heréticos durante siglos exactamente eso es lo que hacían: ponían y sometían bajo su propio juicio y criterio lo que el Logos de Dios apocaliptaba-revelaba. En lugar de dejarse juzgar por Dios, lo juzgaron a Él. Y así tergiversaron su imagen, convirtiendo a Cristo en una mera idea de sus mentes, y no en una realidad histórica. En vez de ser juzgados por Dios, juzgaban ellos a Él.

El arrianismo, el nestorianismo, el monofisismo y aún hasta los iconoclastas (contrarios a las iconas), son muestras y ejemplos clásicos de estas desviaciones respecto a la verdadera persona de Cristo.

¿Qué es lo que mantiene la verdad de Cristo y, por ende, nos mantiene “abiertos” a la realidad de Su relación?

Sólo la Iglesia Ortodoxa y nuestra permanencia en Ella.

La Iglesia como cuerpo de Cristo conserva pura Su imagen y nos La ofrece tal y como fue revelada-apocaliptada.

Esto significa que debemos confirmar nuestra fe cristiana en la medida en que participamos activamente en la vida eclesial de la Iglesia. Vivir en la Iglesia, adherirse a su ritmo litúrgico a través de los oficios sagrados y seguir el ejemplo de los santos —hombres verdaderamente eclesiales— debe ser nuestra preocupación constante. En definitiva, no se trata de aclamar y aplaudir superficialmente a Cristo, sino de tener un profundo anhelo de escuchar la verdad de Su vida. Y eso nos conduce a una ética y un estilo de vida completamente distintos: nos manda a tomar una decisión de muerte de nuestro egoísmo, para poder participar en Su Cruz, lo que, a su vez, significa resucitar junto con Él desde el “aquí y ahora”. Amín.

παπα Γιώργης Δορμπαράκης  Padre Jorge Dorbarakis

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/