
“Somos templo del Dios viviente” (2 Corintios 6, 14 – 7, 1)
Domingo II de Lucas –Atanasio Mitilineos
Somos templo del Dios viviente, 2 Corintios 6:14-18
- No os mezcléis y os unáis con los infieles que a causa de su infidelidad es difícil entenderse y colaborar con ellos,” ¿Qué concordancia hay entre la justicia y la iniquidad? ¿Qué comunión hay entre la luz y la oscuridad o las tinieblas?
- ¿Qué concordia y entendimiento hay entre Cristo y Belial, el diablo? ¿Qué puede tener en común el creyente con un infiel?
- ¿Qué relación puede haber entre el templo de Dios y el templo de los ídolos? Pues vosotros sois templo de Dios vivo, según Dios dijo: “Yo habitaré y andaré en medio de ellos y seré su Dios y ellos serán mi laós-pueblo.
- Por lo cual, salid de en medio de ellos y apartaos, dice el Señor; y no toquéis cosa inmunda, y yo os acogeré con cariño en mi realeza increada.
- y seré vuestro padre, y vosotros seréis mis hijos y mis hijas, dice el Señor pantocrátor-todopoderoso”.
7:1. Amados míos, tenemos estas grandes promesas de Dios, hagámonos nuestra catarsis y purifiquémonos de toda mancha de nuestra carne y de nuestro espíritu, luchando y avanzando continuamente hasta al fin del camino de la santidad en el temor de Dios.
“Somos templo del Dios viviente” (2 Corintios 6, 16 – 7, 1)
Domingo II de Lucas –Atanasio Mitilineos
En la lectura apostólica de este segundo domingo de Lucas, queridos míos, la Iglesia nos ofrece la oportunidad de comprender una gran verdad, la cual, o bien se pasa por alto, o bien es ignorada por muchos cristianos.
Se dice que «el cuerpo es templo del Dios viviente». Subrayo: el cuerpo. O, si queremos ser más exactos, toda la existencia del ser humano creyente. Lo subrayo de nuevo para destacar la presencia también del cuerpo, porque “ser humano, hombre” significa psique–alma y cuerpo. No es solo alma. No es solo cuerpo. Y el cuerpo tampoco es algo vil, despreciable o sin valor, puesto que será hallado en la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de Dios después de la resurrección de los muertos.
El motivo de estas palabras fueron algunos corintios que, aunque habían sido bautizados, continuaban coqueteando con los ídolos y con las costumbres idolátricas. El Apóstol se indigna y formula una serie de preguntas para mostrar que el creyente no debe tener ninguna relación con los ídolos, porque detrás de ellos —como también lo enseña el Antiguo Testamento— se oculta Satanás. Y esto se ha demostrado claramente en la vida de los santos: un santo, según leemos en el Sinaxario (Vida de Santos), podía presentarse ante los idólatras, mirar la estatua y decir: “¿Quién eres tú?”, y al instante la estatua caía y se rompía en pedazos.
Cada creyente, debemos decirlo, es templo y morada del Dios viviente. Por eso el Apóstol pregunta: «¿Qué acuerdo puede haber entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois templo del Dios viviente, como dijo Dios: “Habitaré en ellos y caminaré entre ellos; seré su Dios y ellos serán mi pueblo”» (2 Cor 6, 16).
El tema, queridos míos, como escuchamos hoy en la Segunda Carta a los Corintios, es múltiple y profundo. Pero nosotros nos detendremos en una sola gran verdad, y a ella nos limitaremos, porque el pasaje es inagotablemente rico. Además, es de gran actualidad: ¿cuál es mi relación con los demás hoy, en nuestra época, en este año 2001?
Sin embargo, no me detendré en eso. Me limito al tema del cuerpo:
que el cuerpo del hombre, o más exactamente, el hombre entero, es templo del Dios viviente.
El hombre bautizado, queridos, es templo del Dios viviente. Una afirmación que nunca antes se había escuchado. Ni siquiera en el Antiguo Testamento. Aunque el pasaje que cita el Apóstol Pablo procede de allí, esta verdad no había sido destacada ni comprendida plenamente. Los antiguos —los griegos— decían: «Porque también somos linaje de Dios» (Hech 17, 28). Y el propio Apóstol Pablo lo cita ante los atenienses. O también decían: «Porque en Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hech 17, 28).
Pero en la primera expresión —«porque somos linaje de Dios»— los filósofos atribuían a los dioses o a la divinidad pasiones y debilidades humanas.
Y en la segunda -«en Él vivimos y nos movemos y existimos»- el hombre se concebía dentro de Dios, en un sentido panteísta. ¡Lejos de eso! Dios está fuera y por encima de todo lo visible. No todo es Dios.
Por lo tanto, encontrarse “dentro de Dios”, entendido de ese modo filosófico, es un pensamiento panteísta.
Dios, más bien, hace del hombre Su morada, queridos míos, y así lo convierte en Su templo. Porque, ¿qué significa “templo”? Nada más que la morada, casa de Dios.
Esta posición y afirmación es nueva y asombrosa. Es decir, que Dios pueda venir a habitar en mí, en mi propia existencia humana, en mi cuerpo y en mi psique-alma —en mi cuerpo, lo subrayo una vez más.
Y esto es fruto del amor de Dios. Así lo ha querido Él.
¿Pero cómo habita Dios? ¿De qué modo mora en nosotros?
No, por supuesto, en el sentido de Su presencia universal, pues bajo ese aspecto están incluidos también los impíos. No… Sino por Su divina energía increada.
Los logos que escuchamos —«habitaré» (ἐνοικήσω) y «caminaré» (ἐμπεριπατήσω)—, tomados del Antiguo Testamento y utilizados por el Apóstol Pablo, muestran, el primero, la permanencia continua de la presencia divina. Ya que está dentro de mí, es decir, dentro del templo que se llama «mi existencia», una continuidad de presencia. Lo segundo, que dice «ἐμπεριπατήσω», ese «ἐμπεριπατήσω» caminaré indica una presencia dinámica de Dios en el hombre.
Para comprenderlo mejor, lo vemos en el libro del Apocalipsis de este modo, cuando Jesús se halla en medio de los siete candelabros.
Allí, el evangelista Juan recibe las apocalipsis-revelaciones de Jesús Cristo. Dice que estaba en medio de siete lámparas. Eso significa “habitar”: permanecer. Pero al mismo tiempo camina entre las lámparas. Por tanto, Aquel que camina en medio de los siete candelabros de oro no solo habita, sino que camina, mostrando así no una presencia estática, sino una presencia viva, dinámica y activa.
Así también, el hombre es templo de Dios.
En otro tiempo, Dios dio la orden de construir un templo en Su honor, en Su nombre: el célebre templo de Salomón.
(Abro un pequeño paréntesis: cuando intenten reconstruirlo, esto será motivo de guerra entre Israel y los árabes. Solo Dios sabe lo que sucederá entonces… Parece que lo que recientemente ha ocurrido en el mundo como terrorismo no será nada comparado con lo que vendrá. Recordadlo. Solo debemos saberlo, para reconocer los signos de los tiempos y cómo están las cosas), (por mí: y esto lo vivimos ahora en Israel y Palestina y el mundo árabe).
Allí, el pueblo acudía al templo de Salomón. Hoy, por supuesto, ya no existe. No existe. Sobre sus ruinas se ha construido la mezquita de Omar, un lugar de peregrinación árabe. Por eso os dije… ocurrirá… algo sucederá… Porque, para reconstruir el templo de Salomón, habría que derribar esa mezquita islámica. Comprendéis, pues, lo que esto podría provocar…
Allí, pues, el pueblo acudía al templo de Salomón, tanto para sus peticiones personales como para sus peticiones nacionales. Cuando los enemigos atacaban su tierra, el pueblo corría al templo y suplicaba a Dios que protegiera su patria.
Sin embargo, el hombre, después de su caída, sufre a menudo confusión, y tiende a identificar al Creador con las creaturas. creaciones; esto es lo que se llama idolatría. Así también los judíos identificaron a Dios con el templo, confundieron el templo con Dios. Y muchas veces olvidaban a Dios, a quien no veían, pero permanecían apegados al templo que sí veían. Eso les sucedió a los judíos. Y como escribe la Epístola de Bernabé —una antigua carta, evidentemente posterior a Cristo: «Pusieron su esperanza en la construcción (del templo) y no en Dios; casi como los gentiles, consagraron (el templo) como si fuera su dios». Algo muy parecido, pues, a lo que hacían los paganos y los idólatras. Esta desviación, queridos míos, será corregida más tarde por Esteban el protomártir, cuando diga ante los dirigentes: «Pero el Altísimo no habita en templos hechos por manos humanas» (Hech 7, 48). «Habéis dicho» —les reprocha Esteban— «que él blasfemó contra el templo y contra este lugar. Pero Dios no habita en templos hechos por manos humanas».
Y el Apóstol Pablo dirá a los atenienses paganos: «Este Dios no habita en templos construidos por manos humanas» (Hech 17, 24).
Jamás Dios pidió a los primeros en ser creados -y esto es muy significativo- que le edificaran un templo o un altar: «Os he creado para que me construyáis un templo o un altar». No lo dijo.
Más tarde, Dios sí se lo dirá a Noé, y por eso Noé tomó de los animales puros cinco parejas, no dos como de los demás, para poder ofrecer sacrificios. Pero a los primeros en ser creados, antes de la caída, Dios no les pidió sacrificios ni templos.
¿Por qué?
Porque ellos mismos ya eran morada de Dios.
Con la venida de Cristo, el hombre debía volver a esa condición original. Por eso dice el Apóstol Pablo: «Vosotros sois templo del Dios viviente» (2 Cor 6, 16). «Vosotros», dice, «sois un templo vivo, porque estáis vivos, sois seres que os movéis; por tanto, sois morada, templo del Dios vivo, ya que también vosotros vivís».
Y el Apóstol Pedro dirá en su primera epístola: «Acercándoos a Él, la piedra viva (Cristo), también vosotros, como piedras vivas, sois edificados en casa espiritual» (1 Pe 2, 4–5).
Asimismo, el Apóstol Pablo escribirá: «edificados sobre el fundamento espiritual de los apóstoles y de los profetas en un edificio espiritual, la Iglesia, de la que la piedra angular o cimiento de este edificio es el mismo Jesús Cristo, en el que todo el edificio, perfectamente coordinado, se va componiendo y creciendo de forma armoniosa para convertirse en un templo consagrado según la voluntad del Señor; Y en este templo por Jesús Cristo os edificáis también vosotros con los otros fieles santos, para ser morada en la que estará permaneciendo Dios con su Espíritu» (Ef 2, 20–22).
Y comenta Clemente de Alejandría: «El gran templo es la Iglesia; el pequeño, el hombre». Es decir, ¿cuál es el gran templo de Dios? La Iglesia, el conjunto de los creyentes. Cuando decimos “Iglesia”, no nos referimos al edificio, sino a la comunidad de los fieles. Cuando salgáis de aquí y vayáis a vuestras casas, no digamos que “la Iglesia de Dios” se ha disuelto. No. Seguimos siendo la gran Iglesia, el gran templo de Dios, como dice Clemente de Alejandría. Pero también existe la pequeña Iglesia de Dios, que es cada ser humano.
¡Qué grandes y maravillosas verdades son éstas!
San Ignacio Teóforo da una enseñanza admirable a los creyentes.
En su Epístola a los Efesios, en el párrafo 11, dice: «Sed, pues, todos compañeros de camino (σύνοδοι sínodi) —es decir, todos en la senda que conduce a Cristo—, portadores de Dios (θεοφόροι zeofori), portadores del templo (ναοφόροι naofori), portadores de Cristo (χριστοφόροι cristofori), portadores del Espíritu Santo (ἁγιοφόροι agiofori).»
¡Qué hermoso es esto!
Y este término “ναοφόρος” —portador del templo— ¿qué significa?
Significa: soy templo del Señor.
Y puesto que el cuerpo humano es templo de Dios, debemos ahora —pasemos a una segunda parte— considerar cómo debe el hombre tratar el templo de Dios, es decir, su cuerpo.
¿Cómo?
Ya que Dios habita y es adorado allí, el propio hombre debe ser el sacristán (νεωκόρος neokoros) -no naokoros- de ese templo. No simplemente el “guardador del templo”, sino el servidor y cuidador de su propio cuerpo, que es el templo de Dios.
Si toda la ciudad de Éfeso, ciudad grande que era griega… como leemos en los Hechos de los Apóstoles (cap. 19)— era considerada sacristana de la diosa Artemisa porque allí estaba su templo, una de las siete maravillas del mundo antiguo por su arquitectura, ¡cuánto más, queridos míos, el hombre debe ser sacristán del templo de Dios, que es su propio cuerpo, su propia existencia!
Por eso, todo pecado, especialmente el pecado carnal, ofende al cuerpo de Dios, al templo de Dios. Sí, sí.
En concreto el Apóstol Pablo escribe: «Huid de la fornicación» (1 Cor 6, 18). Muchas veces, cuando debo aconsejar a un joven para que no caiga en la fornicación, puedo decirle muchas cosas -las mismas que suelen decir los consejeros-, por ejemplo: «Ten cuidado, no te entregues a la inmoralidad, no caigas en la fornicación o prostitución, puedes contagiarte de SIDA». Antes se decía: «Sífilis, gonorrea, enfermedades venéreas». O, «sabes, eres como un frasco de alabastro con perfume: si vas de una mujer a otra, el perfume se evapora, se pierde, te vacías». Son argumentos buenos. No los rechazo.
Podemos decirlos. Pero el argumento principal, no lo decimos: «¿Sabes, hijo mío, quién eres? Eres templo del Dios trinitario y santo».
¿No dijo Cristo?: «Vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14, 23).
“Vendremos”, en plural, refiriéndose al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. ¿Veis? Eso es lo que no solemos decir. Y sin embargo, el Apóstol Pablo lo subraya con fuerza cuando dice: «Huid de la fornicación.»
Escuchad lo que dice a continuación, está en la primera carta a los Corintios, capítulo sexto: «Todo pecado que comete el hombre queda fuera del cuerpo, pero el que fornica, peca contra su propio cuerpo» (1 Cor 6, 18). Es decir, los pecados carnales, de cualquier forma que sean.
Y si la fornicación no es más que una mala imitación del matrimonio —¿no es así?—, ciertamente haces conforme a la naturaleza lo que harías también dentro del matrimonio. Pero no es matrimonio. Por tanto, es una falsificación del matrimonio. Y te pregunto, hermano:
si vas más allá, hacia la homosexualidad, ¿cómo llamarías a eso? ¡Horror, horror, horror! ¡Qué horror tan grande!
El mismo Dios —en lenguaje humano, para que podamos entenderlo— “no cree en Sus oídos” y desciende del cielo, dice, para verificar lo que ocurre. Así nos lo relata la Escritura, el Dios trinitario y santo dijo a Abraham: «Bajaré a ver si es verdad lo que se dice de Sodoma y Gomorra, y si las cosas son como me ha llegado la noticia» (cf. Gn 18, 21). Son, por supuesto, expresiones antropopáticas, humanas, como cuando nosotros decimos: «No lo puedo creer, quiero verlo con mis propios ojos». ¡Terrible…!
Y luego continúa el Apóstol Pablo diciendo: «¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en vosotros,
el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?» (1 Cor 6, 19).
Hace algunos años, se encontraron en los muros de la Universidad de Atenas unos grafitis. En aquella época se hacían campañas contra el aborto y otros males, y en las paredes se leía: «El cuerpo nos pertenece.» ¿Te pertenece? No te pertenece. Es de Dios.
¿Habéis oído lo que dice aquí?: «Y no sois vuestros.» No os pertenecéis a vosotros mismos. Pertenecéis a Dios. Él te creó, hermano mío, y a Él perteneces. ¿Y tú dices que tu cuerpo te pertenece, para entregarlo a tus pasiones vergonzosas? Y el Apóstol lo fundamenta: «Porque habéis sido comprados por precio» (1 Cor 6, 20).
¿Y cuál es ese precio?
El Cuerpo y la Sangre de Cristo, derramados sobre la Cruz.
Aún escribe el Apóstol Pablo, queridos míos, en otro lugar: «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros» (1 Cor 3, 16–17). Aquí, ciertamente, se refiere tanto al gran templo, que es la Iglesia, como al pequeño templo, que es la existencia humana.
Y San Ignacio el Teóforo subraya, también en su carta a los Efesios: «Hagamos todas las cosas para ser templos de Dios, y que Él mismo habite en nosotros.»
Y Clemente de Alejandría dice: «Debemos guardar la carne como templo de Dios.»
Y Orígenes añade: «El que se entrega a la impureza destruye el templo de Dios como Nabucodonosor destruyó el templo de Salomón.»
Recordad, según la Escritura, Nabucodonosor, rey de Babilonia, vino a Jerusalén y destruyó el templo de Salomón. Incluso —dice el texto— mandó a su cocinero a encender el fuego para que se consumiera el templo…
Allí hay una alegoría -no la explicaré ahora por falta de tiempo-, pero la idea es ésta: «El que vive en desenfreno, es como Nabucodonosor: destruye el templo de Dios.» Aún más, cuando Nabucodonosor destruyó el templo, los judíos, al regresar del cautiverio setenta años después, lo reconstruyeron, no tan espléndido como antes, pero lo reedificaron.
¿Y tú, si destruyes tu cuerpo, podrás reconstruirlo? ¿Acaso tu cuerpo no es más precioso que las piedras del templo de Salomón?
¡Doxa-gloria a Dios!, porque Dios nos ha dado la μετάνοια metania conversión, arrepentimiento y confesión. ¿Podría decir acaso que ninguno de vosotros que me escucháis ha mancillado jamás el templo de Dios, vuestro cuerpo? En la juventud… con la fornicación, con el adulterio, con esto o con aquello… Pero existe la metania, existe la conversión.
¡Cuán maravilloso es el Señor!
Sí, hay metania, conversión y arrepentimiento. Solo, hermano, no continúes. Porque no te conviene. Escúchame bien: no te conviene. El Espíritu Santo huirá de ti, y quedarás —como dice la epístola de Judas, “privado del Espíritu Santo”. Eso me causa terror.
¿No os causa miedo a vosotros pensar que podríais quedar sin el Espíritu Santo? Por eso, ¡atención, atención! Y como dice San Gregorio de Nisa: «Por medio de la psique-alma y del cuerpo nos convertimos en templo de Aquel que habita en nosotros.» Es lo que os dije desde el principio: no solo la psique-alma, sino también el cuerpo. Y no solo el cuerpo, sino también la psique-alma. El hombre entero es morada de Dios.
Y en el templo de Dios, siempre se ofrece ofrenda (sacrificio). Esto es bien conocido. Y además, sacrificio puro. No puedes colocar sobre el altar cualquier cosa. Así debe ser también con el cuerpo.
¿Quién es el sacerdote? El hombre. ¿Y quién es la ofrenda (víctima)? El mismo hombre. ¿Lo habéis oído bien? El hombre es sacerdote y ofrenda (víctima) al mismo tiempo. Por eso dice San Pablo a los Romanos: «Os exhorto, pues, hermanos, por las misericordias de Dios, a presentar vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, éste será vuestro culto lógico y espiritual)» (Rom 12, 1).
De lo contrario, el hombre se convierte en sacrílego.
¿Y qué es un sacrílego?
Algo peor que un ladrón. Cuando llevas un exvoto, una ofrenda, al templo —lo colocas ante la icona-imagen de Cristo— y luego te arrepientes y vuelves a tomarlo, ¿sabes lo que eres? Sacrílego. Sí.
Así también, si tu cuerpo no te pertenece —pues es propiedad del Dios trinitario—, y tú lo tomas y haces con él lo que no debes, te haces usurpador del templo de Dios. Por lo tanto, el cuerpo que no gobiernas, lo gobiernas sin tener dominio sobre él; porque pertenece a otro, es un campo ajeno, una propiedad ajena, es posesión del Dios Trino y Santo, y tú lo tomas y haces con él cosas que no deberías hacer.
Y que el cuerpo es templo de Dios lo confirma el mismo Pablo, dice que nuestro cuerpo resucitará (1 Cor 6, 14). Resucitará para la vida eterna. No puede entrar en la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios un cuerpo manchado por el pecado, porque el pecado —atención a esto— es indeleble. ¿Es infinito Dios? Entonces también el pecado es “infinito” en su marca, si no se borra por la χάρις (jaris: gracia, energía increada. Por tanto, permanece indeleble, a menos que vuelvas a la metania, te arrepientas y Dios te perdone. No pensemos mal de nosotros, sino actuemos: arrepiéntete y vuelve a la metania, si has manchado el templo. Porque, como dice de nuevo San Pablo: «Sabemos que si esta tienda terrestre, nuestra morada actual, se deshace, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha por manos humanas, eterna en los cielos» (2 Cor 5, 1). Serán nuestros cuerpos glorificados, dentro de la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios.
Queridos míos:
El Creador de las psiques-almas y de los cuerpos es el mismo Dios. Si nuestro comportamiento respecto al cuerpo es diferente, seguimos una conducta esquizofrénica. Por eso nos dice San Pablo: «Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo» -primero el cuerpo- «y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios» (1 Cor 6, 20). Amén.
Para gloria del Dios Trino y Santo.
y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, el 30 de septiembre de 2001.
Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai.gr/
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/