
Aprendamos a perdonar – P. Atanasio Mitilineos
Domingo XI de Mateo
Consejo a los culpables, el perdón y la parábola del deudor, 18:15-35.
15 Por tanto, si tu hermano peca, ve, muéstralo y repréndelo estando tú y él solos. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano para Dios y para ti;
16 pero si no escucha, toma contigo a uno o dos y hazle la observación, para que por boca de dos o de tres testigos quede firme la verdad de todo lo dicho.
17 Y si los desoye a ellos, dilo a la Iglesia; y si desoye a la Iglesia, sea para ti como el gentil idólatra y el publicano que están sin metania, los cuales no pertenecen a la Iglesia.
18 De cierto os digo que todo cuanto dejéis atado y no perdonado en la tierra, quedará atado y no perdonado en el cielo, y todo cuanto perdonéis en la tierra será perdonado y desatado en el cielo.
19 Otra vez os aseguro, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa buena que pidan por la oración, les será concedida por mi Padre celestial.
20 Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre y este objetivo es de acuerdo a mi voluntad, allí estoy yo en medio de ellos para iluminarlos, bendecirlos y fortalecerlos.
21 Acercándose entonces Pedro, le dijo: Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano las ofensas que hace contra mí? ¿Hasta siete veces?
22 Jesús le dice: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete, es decir, siempre tienes que perdonar.
23 El deber de perdonar es ilimitado; por esto, el reinado de la realeza increada de los cielos es semejante a cierto rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos a quienes había dejado la administración de sus bienes económicos.
24 Y cuando comenzó a arreglar las cuentas, le fue presentado uno que debía la gran cantidad de diez mil talentos.
25 Y no teniendo éste con qué pagar, el señor ordenó que fuera vendido junto con su esposa, sus hijos y todo cuanto tenía, para que fuera pagada parte de la deuda.
26 El siervo entonces, cayó postrado ante sus pies y le suplicó: Señor, ten paciencia y tolerancia conmigo, dame un plazo y te pagaré todo lo que te debo.
27 Y el señor se compadeció de aquel siervo, y lo despidió perdonándole toda la deuda.
28 Pero al salir aquel siervo, encontró a uno de sus consiervos que le debía poco dinero, unos cien denarios, lo agarró del cuello y de forma dura, le decía: ¡págame lo que me debes!
29 Su consiervo entonces, postrado en sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia y tolerancia conmigo y te devolveré todo lo que te debo.
30 Pero él no quiso saber nada, sino que fue lo denunció y lo hizo encerrar en la cárcel hasta que pagara la deuda.
31 Viendo pues lo ocurrido, sus consiervos se disgustaron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido.
32 Su señor entonces, llamándolo, le dice: Siervo astuto malvado, toda aquella deuda te la condoné, porque me suplicaste.
33 ¿No debías tú también tener misericordia y compasión de tu consiervo, como yo tuve compasión y misericordia de ti y te condoné la deuda?
34 Y enfurecido, su señor lo entregó a los verdugos hasta que pagase toda la deuda.
35 Así también os hará mi Padre celestial si cada uno de vosotros no perdonase de corazón a su hermano todas las culpas, ofensas, errores y faltas que os ha hecho.
Atanasio Mitilineos: Aprendamos a perdonar (Domingo XI de Mateo)
Siempre, mis queridos, en las relaciones humanas existirán diferencias. Y muchas veces uno será el que hace la injusticia y el otro el que la sufre. Tanto en un sentido estricto como en uno más amplio. Y surge la pregunta: ¿Cómo pueden restablecerse estas relaciones, algo tan necesario para la convivencia armónica de los hombres? ¿De qué otro modo sino con la indulgencia, la bondad o con el olvido del rencor, sin resentimiento, es decir, que nadie guarde en su memoria la maldad del otro, lo cual se expresa con un perdón profundo, desde lo más hondo del corazón? Y si ocurren, supuestamente, innumerables fricciones, ¿hasta qué punto puede mantenerse este perdón? Hasta el infinito. Basta, por supuesto, que el que comete la falta, el que yerra, pida perdón.
Según la concepción judía, el perdón, incluso si se pedía, estaba limitado más bien a tres veces. Se entiende: al día. No en toda la vida. ¡Al día! Y en una ocasión el apóstol Pedro oyó al Señor decir: «Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndelo; si te escucha, habrás ganado a tu hermano». Es decir, se sobreentiende que lo perdonas. Y no sólo eso, sino que además lo recuperas. Y con generosidad el apóstol Pedro pensaba que, si sobrepasaba ese límite judío —que existía, aunque no estaba escrito en el Antiguo Testamento, existía como concepción entre los judíos, era enseñanza de los rabinos—, preguntó entonces al Señor: «Señor, ¿hasta siete veces si peca contra mí mi hermano lo perdonaré?». Repito: en un solo día, siete veces. Y el Señor le respondió: «No hasta siete veces, como piensas, sino hasta setenta veces siete». Es decir, setenta veces siete al día. No es 7×7 = 49 ni 490. Sino que significa: ¿dijiste siete? Yo te digo setenta veces siete. Es una expresión que muestra lo ilimitado. Todas las veces que tu hermano peque contra ti y venga a pedirte perdón, tienes el deber de perdonarlo. Prestad atención: tienes el deber de perdonarlo.
Y para afianzar el Señor esta importantísima posición ética y moral, que define las relaciones entre los hombres, dijo la parábola de los diez mil talentos y del siervo deudor, que hemos escuchado, amados míos, en la lectura evangélica de hoy.
¿Cómo comenzó el Señor Su logos-discurso, para mostrar esta gran verdad del perdón? Dijo: «Por eso se parece la Βασιλεία (vasilía: realeza increada) de los Cielos…». Y sigue la parábola. Muy a menudo el Señor utiliza esta frase, casi como un modo estereotipado. Por ejemplo: «¿Con qué compararé el Reino de los Cielos?», o «El Reino de los Cielos se parece a…». Esa pregunta: «¿Con qué compararé la Βασιλεία de Dios?», muestra el esfuerzo del Señor de trasladar una realidad celestial aquí a la tierra. El Señor pronunció siete parábolas, que forman un conjunto; y todas comienzan así: «¿Con qué compararé el Βασιλεία de los Cielos?». Esto muestra que esas siete parábolas no son otra cosa que siete facetas de una misma realidad: la de la Βασιλεία Realeza increada de Dios.
Pero la Βασιλεία Realeza increada de Dios, o la Βασιλεία Realeza increada de los Cielos, es una realidad celestial, mientras que aquí en la tierra vivimos dentro de una realidad terrenal. Esta traslación —por eso dice el Señor: «¿Con qué compararé?»—, esta traslación de realidades celestiales a realidades terrenales, ¿con qué lenguaje puede hacerse? ¿Cuál es el lenguaje que pueda transmitir estas realidades celestiales? Es difícil. Es imposible. El apóstol Pablo, que vio cosas celestiales, dice que no es posible transmitirlas en la tierra. No existe descripción. «No le es dado al hombre expresarlas». No es posible, se escapan, la descripción de las cosas celestiales no puede trasladarse. Y, sin embargo, esta traslación es necesaria. ¿Y cómo se logra? Se logra con comparaciones. El lenguaje de las comparaciones.
Por eso una parábola no es otra cosa que una comparación, una imagen, un modo de expresar lo inexpresable dentro del marco de las realidades terrenales. Y en este caso tenemos la parábola que hoy hemos escuchado.
La parábola, hablando ahora en general, quisiera que lo sepan, tiene la desventaja de la ausencia de definición. ¿Cómo definir? ¿Pueden definirse las realidades (increadas) celestiales? ¿Qué es la Βασιλεία Realeza increada de Dios, puede definirse? ¿Qué hay en la Βασιλεία Realeza increada de Dios, puede definirse? No puede definirse. Es decir, no es posible usar una definición. La palabra misma lo dice: “definir” significa poner límites. Pero la Βασιλεία Realeza increada de Dios no puede definirse, no tiene límites. No puede meterse, entonces, dentro de los moldes de una definición. Por eso no puede definirse.
Es bien sabido —y lo decimos incluso en lenguaje científico— que cuando queremos dar una descripción precisa de algo, damos una definición. Si no damos definición, no hablamos en términos científicos. Lo sabemos. Ésta es entonces una desventaja: que falta la definición. Pero, por la naturaleza misma de las cosas, no es posible —como dijimos— dar una definición. Y así hablamos con muchas comparaciones, con muchas imágenes. Eso es una ventaja, pues podemos contemplar de muchos modos, muchos aspectos de una misma realidad, y así tenemos una riqueza interpretativa. Esto es sumamente importante. Así, tenemos la desventaja de la falta de definición, pero a la vez la ventaja de una interpretación abundante.
Por eso, cuando interpretamos el Evangelio, vemos que un Padre de la Iglesia lo explica de un modo, otro de otro modo, y otro de otro distinto. ¿Qué significa eso? ¿Contradicciones? ¿Faltas? No. Lo que interpretamos son realidades celestiales. Y, por lo tanto, tenemos la posibilidad de decir muchísimas cosas. Tantas, que —permítanme decirlo— son inagotables. Cuanto más se cava, más se encuentra. Sí. Cuanto más se investiga, más se conoce.
De este modo, en la parábola que hemos escuchado hoy en la lectura evangélica, se despliega precisamente una faceta de la Βασιλεία Realeza increada de los Cielos: la del perdón y el olvido del rencor sin resentimiento. Aquí tenemos una hermosa y profunda revelación del espíritu de la Βασιλεία Realeza increada de Dios. ¿Qué es la Βασιλεία Realeza increada de Dios? La Βασιλεία Realeza increada de Dios es αγάπη agapi amor. ¿Qué es la Βασιλεία de Dios? Es esperanza. ¿Qué es la Realeza increada de Dios? Es la visión del rostro de Cristo. ¿Qué es la Βασιλεία Realeza increada de Dios? Es perdón y ausencia de rencor, sin resentimiento. Y así sucesivamente. Ven, entonces, que esta parábola nos da, en una de sus facetas, el espíritu de la Βασιλεία Realeza increada de Dios.
Debemos decir además que la Βασιλεία Realeza increada de Dios tiene dos aspectos. Es uno, único, lo repito. Pero tiene dos aspectos: el celestial y el terrenal. El aspecto celestial es la realidad de lo alto. El aspecto terrenal es aquí, en la Tierra. ¿Y saben qué es la Βασιλεία Realeza increada de Dios? ¡Oh, si lo supiéramos! Lo sabemos, pero quizá nunca lo hemos pensado. Es la Iglesia. La Iglesia en la historia es el la Βασιλεία Realeza increada de Dios en su aspecto terrenal.
Pero ambos aspectos forman un solo cuerpo. La Βασιλεία Realeza increada de Dios es una. El que soy aquí, en el aspecto terrenal de la Βασιλεία Realeza increada de Dios, ése seré también allá. No puedo ser una cosa aquí y otra distinta allá. Por eso, si me marcho santo, viviré en santidad en la Βασιλεία Realeza increada de Dios. Si no me marcho santo, sino malvado, perverso, transgresor de los mandamientos de Dios, etc., no puedo entrar en la Βασιλεία Realeza increada de Dios. No es posible. Porque no he entrado ya en la realidad terrenal. No he entrado en los misterios de la Iglesia, en la vida espiritual, en la vida del Espíritu Santo en Cristo Jesús. O en la vida de Cristo en el Espíritu Santo. No he entrado. Por eso, tampoco puedo entrar en esa realidad celestial.
¿Con qué, pues, se asemeja la Βασιλεία Realeza increada de los Cielos? «A un rey humano, que quiso ajustar cuentas con sus siervos». Es decir, quiso pedirles cuentas de cómo estaban en sus asuntos económicos. En efecto, mientras se rendían cuentas, se encontró —nos dice la parábola— con un siervo que debía a su señor ¡diez mil talentos! El número “mýria miríada”, como saben, significa diez mil (10.000). Por lo tanto, “mýria tálanta” significa una suma de 10.000 talentos.
Debemos decir, desde el inicio, que en esta parábola vemos que cada hombre tiene que dar cuentas a Dios de sus obras. Es una gran verdad, una gran realidad, que lamentablemente pasa desapercibida para muchos de nuestros cristianos. Y en cuanto a aquellos que hablan de libertad —una libertad fabricada en su propia mente— dicen: «Pues si soy libre, ¿por qué tengo que rendir cuentas de mis actos? Porque eso es ser libre: no tener que dar cuentas a nadie, ni a los hombres ni a Dios».
Pero estos hombres quedarán sorprendidos cuando comprendan que el concepto de libertad no es como ellos pensaban, dándole una dimensión filosófica, sino como lo entiende el logos de Dios. Así, el juicio de Dios, queridos míos, es una realidad tremenda. Y es un juicio tanto personal como general. Cada uno que sale de este mundo es juzgado. Y cuando venga Cristo, será juzgada toda la humanidad, en el juicio universal.
Y entonces aparece, como dice el pasaje, un deudor de diez mil talentos. No sé si saben qué era el talento. Era la moneda de mayor valor, que no sólo usaban los griegos, sino también otros pueblos, y existía en tres tipos: talento de oro, talento de plata y talento de bronce.
De hecho, cuando Tobit envía a su hijo a Ragües de Media con motivo de una antigua deuda de un amigo, se trataba justamente de talentos. El talento de oro, naturalmente, era el de mayor valor. Pesaba mucho, era prácticamente imposible de cargar. El valor de un talento de oro ático —les mencioné a Tobit para mostrar que también en Oriente se usaba el talento—, no como antigüedad arqueológica, sino en valor real de oro, equivalía, atención, a doscientas cuarenta libras esterlinas de oro. Ese era el talento ático.
Diez mil talentos significan ¡dos millones cuatrocientas mil libras esterlinas de oro!, en valor real actual. Esto muestra cuánto debía aquel hombre frente a Dios.
Sí. La deuda son los pecados. Por eso decimos en la oración dominical: «Perdónanos nuestras deudas», es decir, perdónanos, bórranos, ¿qué cosa? Las deudas. “Deuda” significa obligación pendiente. Que borres nuestras deudas. Y esas deudas son de transgresiones y de omisiones: lo que he transgredido y lo que debía hacer y no hice.
¡Qué gran oscuridad existe, queridos míos, en muchos que creen que son inocentes delante de Dios! «Yo», dicen, «yo no tengo pecados». Y si acaso se les señalan algunos, responden: «¿Y qué tiene eso? Todos los hombres hacen esto, hacen aquello». ¡Cosa terrible, terrible! La deuda permanece sin pagar.
En una ocasión dije —y lo he dicho muchas veces, no importa si lo repito rápido ahora entre paréntesis— que la deuda crece ante Dios porque es Dios. Según la persona contra la que se comete, así es la magnitud de la ofensa. Es decir, para que lo comprendamos: ¿Qué dijimos que es la deuda? Transgresión. Y también, ¿qué es? Omisión.
Pongamos un ejemplo con la transgresión de un mandamiento. Si doy una bofetada a un niño pequeño, no tiene gran importancia: llorará, a lo sumo protestarán sus padres. Si doy la misma bofetada al alcalde de la ciudad, la cosa es distinta. Si se la doy al presidente de la república, y en público, la cosa cambia aún más. Ahora bien, si hago una ofensa a Dios, ¿cuánto vale esa ofensa? Tanto como la dignidad de la persona ofendida. Dios es infinito, y la ofensa es infinita. Dios es eterno, y la ofensa es eterna.
Pregunta alguien —dice San Juan Crisóstomo—: «Bueno, yo pequé un minuto, ¿y voy a ser castigado eternamente?». Sí. ¿Por qué? Porque contra Aquel contra quien pecaste es infinito y eterno.
De este modo comprendemos por qué con esa cantidad el Señor quiso mostrar que cada ser humano es deudor. Y no digamos, queridos míos, ese cuento —en el sentido literal, ese engaño del diablo— de que no tenemos pecados, de que no hacemos nada malo, y de que somos personas buenas, inocentes.
Así, ¿quién puede pagar ese volumen inmenso de deuda? Sólo uno. Dios.
Como en la parábola, el siervo va y suplica a su señor: «Señor, ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo». Pero, ¿qué pagarás, hombre? ¿Qué pagarás? Eres esclavo y no tienes posibilidad de trabajar para dar dinero a tu señor. Eres esclavo. ¿Qué harás?
Uno solo pagó la deuda por cada uno de nosotros: Jesús Cristo.
Dice san Pablo a los colosenses: «Y a vosotros, que estabais muertos en vuestros delitos —muertos en las faltas—, os dio vida juntamente con Cristo —el Padre nos dio vida junto con Él—, perdonándoos todos los pecados; cancelando el documento escrito contra nosotros —saben que una deuda está documentada con un pagaré, con un contrato, con un papel; como decimos: “tu acreedor te envuelve en una hoja de papel”—, borrándolo, lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz».
¡Allí quedó la deuda! Es como si el acreedor al que le debemos nos dijera: «¿Lo ves? Lo tengo en mi mano, me debes, ¿lo ves?». Y que justo delante de nuestros ojos lo rompiera en pedazos. Eso significa: lo clavó en la cruz. Impresionante.
Y no teniendo el siervo con qué pagar la deuda en la parábola, ¿qué hace el señor? No tenía. «Ἐκέλευσεν πραθῆναι». «Mandó que se vendiera». «Que se vendiera», dice, «su mujer –así sucedía en la antigüedad. El material de la parábola está tomado de la antigüedad y de la realidad–, sus hijos, todo lo que tenía y no tenía, y que se computara». ¿Saben cuánto costaba un esclavo? Baratísimo. La mujer aún más barata. Entonces, ¿qué podrías pagar, hombre? ¿Y qué sucede ahora? Mientras tanto el siervo era vendido… también él mismo sería vendido, para que el amo cobrara la deuda que le debía. ¿Qué significaba eso? Que sufriría alteración, enajenación. Sería alienado de su señor. ¿Qué quiere decir esto? Esta enajenación es el infierno eterno. El amo te vende. Dios te expulsa. Y cuando Dios te expulsa, ¿a dónde vas? ¿A dónde más? No hay ningún otro lugar, sino el infierno. Esa es la alteración, enajenación.
El siervo vio que no había salvación. «Entonces, postrándose el siervo, le rogaba: Ten paciencia conmigo», decía. Cayó, se arrodilló. Y el amo: «Movido a compasión el señor…». ¡Qué imágenes tan hermosas! Fue un simple acto de pedir paciencia; el siervo dijo: «Ten paciencia conmigo». Y eso trajo todo el cambio, la cancelación de la deuda. «Ten compasión de mí». «Te lo perdono». «Ten compasión de mí». «¡Te lo perdono!». Esto muestra claramente que la μετάνοια metania el arrepentimiento y la petición de perdón, mis queridos, nos liberan de la condenación eterna.
Pero atendamos también a un detalle interpretativo. Cuando el Señor dice «ἐκέλευσεν ekélefsen prazine πραθῆναι, mandó que se vendiera», esto expresa el espíritu del Antiguo Testamento. Porque «toda transgresión y desobediencia recibió su justa retribución». ¿Transgrediste? Serás castigado. En cambio, el «movido a compasión» expresa el espíritu del Nuevo Testamento. Esto, por supuesto, en lo que respecta a las relaciones entre el hombre y Dios. Pero también permanecen las relaciones entre los hombres.
Y señala la parábola: «Saliendo aquel siervo…». Apenas salió de la oficina del amo, bajando las escaleras, encuentra a un consiervo suyo. «Ah, ven aquí, ven aquí. Me debes 100 denarios». Cien denarios… dos libras. «Anda, págame la deuda que me debes». Allí pone la palabra: «Ἒπνιγεν αὐτόν le ahogaba». Lo que decimos en nuestra lengua: «Me ahogó mi acreedor». Esto es literal. No es metafórico. Pues el acreedor ponía el pulgar, el dedo grande, aquí en la nuez del cuello del deudor y lo apretaba con el dedo, y literalmente lo ahogaba. «Dame lo que me debes». «Ἒπνιγεν αὐτόν le ahogaba». «Te ruego», le dice, «ten paciencia conmigo, te lo pagaré». ¿Qué son 100 denarios? Dos libras. ¡Es fácil! «¡No! ¡Ahora no!». Y lo metió en la cárcel. Vieron esta conducta los otros consiervos, se asustaron y fueron a informar a su señor lo que habían visto y oído. Entonces el señor llamó al siervo y le dice: «Siervo malvado y perverso, yo te perdoné una cantidad tan enorme, ¿y tú no pudiste tener paciencia con tu consiervo?». Aquí se muestra la inmensa diferencia entre lo que debemos a Dios y lo que los demás nos deben a nosotros. Sin embargo, aunque la cantidad sea pequeña… ¿qué quiere decir? Hombre con hombre. Me dan una bofetada… como el ejemplo que les dije antes. ¿Es lo mismo esa bofetada con la bofetada que yo doy a Dios al ofenderlo? Es algo pequeño, muy pequeño. Y, sin embargo, no podemos superar nuestro ego, nuestro egoísmo y orgullo para poder perdonar a los demás por lo que nos han hecho. Mucho más cuando nos piden insistentemente perdón.
¿La conclusión de la parábola? ¡Oh!, la conclusión la da el mismo Señor: «Así también os hará mi Padre celestial si cada uno de vosotros no perdonase de corazón a su hermano todas las culpas, ofensas, errores y faltas que os ha hecho».
Mis queridos, Dios reveló el espíritu de Su Βασιλεία vasilía Realeza increada. Pero los hombres no se conforman a ello. Y surge la pregunta: ¿Nos conviene? ¿No conformarnos? No entraremos en la Βασιλεία Realeza increada de Dios. ¿Nos conviene? Y aun si se supusiera que Dios, no obstante, nos perdonara, si nosotros no perdonáramos a los demás, ¿tendríamos paz, pregunto, tendríamos paz en nuestra alma, y nuestras relaciones serían buenas con nuestro prójimo? No. ¿Nos conviene? No. ¿Acaso uno que no perdona no se autocastiga y se atormenta a sí mismo? ¿Nos conviene? No. Así, pues, no nos conviene. Porque ni Dios nos perdona, ni podemos tener, ni desarrollar buenas relaciones con los demás, si no aprendemos tanto a pedir el perdón de Dios, como a conceder perdón a los demás. ¡Adelante, pues, mis queridos, adelante, aprendamos a perdonar sin límites! Y es fácil, y nos conviene.
Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario,
y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, el 30-8-1992.
Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/