Índice del contenido, el Yérontas Mitilineos responde a dudas y preguntas

El Yérontas Mitilineos responde a dudas y preguntas.

Índice del contenido

1. ΑΓΑΠΗ AGAPI amor increado y desinteresado

  1. ¿Qué es αγάπη agapi-amor? 4,1´
  2. La doble dimensión de la agapi. San Pablo en Atenas (Hec 17,26).
  3. ¿Cómo se manifiesta la agapi al prójimo y cómo si él no es tan creyente como nosotros?
  4. El cristiano ama al cosmos-mundo, pero, ¿en qué exigencias del mundo debe decir los grandes no?
  5. Agapi y libertad en Cristo.

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2. LIBERTAD CRISTIANA C,2.

  1. ¿Por qué el Dios, siendo omnisciente y sabiendo que tanto los ángeles como los hombres caerían, no creó al ser humano perfecto, inalterable e invulnerable? Es decir, que la realeza increada de Dios fuese desde el principio sin que nadie terminara en infierno.
  2. “Sabemos que los hombres se dividen en dos categorías: los que creen y siguen a Cristo y los que no tienen ninguna relación con Él. Sabemos también que Cristo dijo que los hombres son libres para seguirle, pero que después los juzgará. Entonces, si aquellos que no le siguen no tienen ninguna relación con Él, ¿por qué después interviene en la vida de ellos y los juzga?”
  3. Puesto que Cristo nos ha dejado libres para escoger el camino que queremos, ¿por qué en Su Segunda Parusía, Presencia nos juzgará.
  4. Qué¿Con las condiciones actuales el hombre está libre?
  5. es lo que lleva y continúa llevando al hombre lejos de Dios

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3. Obediencia y su relación con la libertad, C 3.

  1. ¿Qué es obediencia, y qué relación tiene con la libertad?
  2. ¿Por qué tanto pequeños como grandes deben ejercer la virtud de la obediencia?

La primera pregunta está compuesta de cuatro tesis-preguntas más que conciernen la obediencia.

  1. ¿Qué es la obediencia?
  2. ¿Puede el hombre encontrar la verdadera libertad a través de la obediencia?
  3. ¿Qué implica la desobediencia al padre espiritual?
  4. ¿Puede el hombre del mundo ejercitarse en esta virtud, si es que realmente puede considerarse una virtud, y cómo?

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4. HUMILDAD, C 4

  1. ¿Cómo se obtiene la humildad?
  2. ¿Cómo puede uno llegar al estado de la auténtica humildad en su conducta interior?
  3. En los humildes se da la χάρις (jaris: gracia, energía increada)”, da a entender que la humildad atrae la jaris de Dios. ¿Cómo se puede atraer la humildad sin jaris increada de Dios?
  4. ¿Qué es autocrítica? ¿Conduce a la humildad?

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5. Sobre la ΨΥΧΗ (psijí: psique, alma, ánima)

  1. ¿Existe la ψυχή psique-alma?
  2. “Estimado Yérontas, ¿nos puede decir cuáles son las cualidades de la psique-alma después de la muerte?

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6. Ἐσχατολογία (Esjatología: Escatología), Anticristo, Hades, Infierno, Muerte, Paraíso, Realeza y Resurrección.

  1. En la parábola del rico y Abraham ¿cómo lo conoció que era Abraham?
  2. ¿Cuándo uno muere va directo al Paraíso, al infierno o al Hades? Acláranos esto.
  3. ¿Qué significa anticristo o anticristos?
  4. ¿Podemos matar al anticristo y liberarnos de él?
  5. ¿Cuando venga el anticristo al mundo, vendrá como hombre con cuerpo, carne y sangre o como espíritu? ¿Cuáles serán las señales o signos que tendremos en el mundo que testificarán la venida del anticristo?
  6. ¿Cuál es la posición de los hombres ante la muerte?
  7. ¿Por qué algunos hombres no creen en la resurrección de los muertos?
  8. ¿Habrá cosmos-mundo después de la Segunda Parusía, Presencia?
  9. ¿Cómo será el paraíso?
  10. ¿Por qué el Dios hará inmortales también a los pecadores?
  11. ¿El anticristo puede tomar una u otra forma, por ejemplo, la misma forma de Cristo?
  12. ¿Uno que muere y está en el paraíso ve lo que pasa aquí en la tierra?
  13. ¿Puede el hombre volver a la μετάνοια metania (cambio de mentalidad, arrepentirse) después de la muerte?
  14. Sabemos que el Hades se encuentra debajo de la tierra y Dios está en el cielo. Si aceptamos que Dios está entre nosotros, y que las almas de los muertos están en Él, ¿significa esto que se hallan entre nosotros, debajo de la tierra como los pecadores, o en el cielo como los justos? Si no es así, ¿dónde van entonces las psiques-almas de los muertos?

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7. ÉTICA CRISTIANA Y ÉTICA FILOSÓFICA

  1. ¿Qué relación existe entre la ética cristiana y la filosófica?
  2. ¿Dónde se encuentra el verdadero contenido y valor de la praxis ética?
  3. “Un maestro de filosofía sostiene que el cristianismo es una filosofía. ¿Qué argumentos podría uno utilizar para refutar esta teoría?”
  4. ¿Puede uno ser ético sin creer en Dios, o ser religioso sin practicar una vida ética?
  5. ¿Qué es la ética evangélica?
  6. ¿Es necesario creer en algún Dios? ¿No basta con ser honestos, éticos, verdaderos, etc., sin esperar una recompensa?
  7. ¿Por qué, para ir al paraíso, debemos amar a Dios? ¿No basta con ser buenas personas?
  8. ¿Quizá el paraíso nos vuelve codiciosos e interesados en hacer la voluntad de Dios, no porque lo deseamos sinceramente, sino únicamente para obtenerlo?
  9. ¿Hoy el hombre está de acuerdo con lo de “a semejanza” según la Santa Escritura? Si no, ¿por qué?

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8. ORACIÓN C 8

  1. ¿Qué se puede decir sobre las fantasías que surgen durante la oración y qué debemos hacer para tener mejores λογισμοί (loyismí, pensamientos simples o compuestos con la fantasía, meditaciones, reflexiones)? ¿De qué manera podemos rechazar los pensamientos malignos y las fantasías?
  2. ¿Es indispensable la oración matinal? ¿No basta con la de la noche?
  3. ¿Por qué el calor, la alegría y la dulzura de la oración a Jesús y a su Inmaculada Madre no permanecen fijos ni sensibles? ¿Cómo puede uno hacerlos constantes, sentidos y permanentes?
  4. ¿Vale la pena continuar con la oración si estoy distraído o no tengo ganas?
  5. ¿Cómo puede ser nuestra oración bien recibida y agradable a Dios? ¿Cómo podemos experimentar que, a través de la oración, el hombre habla verdaderamente con Dios?
  6. ¿La oración incesante del corazón o de Jesús ayuda a la catarsis del corazón y del νούς nus espíritu?

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9. MIEDOS Y COMPLEJOS, C 9

  1. Cómo luchar contra nuestro miedo: el temor a la muerte.
  2. ¿Por qué existe el miedo, generalmente, en los hombres?
  3. ¿Por qué a veces nos sentimos tan vacíos y con tanta soledad?
  4. ¿Por qué algunas personas sienten que su vida no tiene sentido? ¿Cómo pueden superar este sentimiento?
  5. ¿Cómo puedo afrontar y detener situaciones psíquicas en las que pierdo el interés y las ganas de vivir y lo veo todo negro?
  6. ¿Cómo puedo anular los complejos de inferioridad que tengo y que me crean problemas de comunicación en mis relaciones diarias? ¿A qué se debe que me siento diferente de los demás, rara, aislada y pierdo mi naturalidad en la comunicación o conexión con los demás?
  7. ¿Qué sentido positivo puede tener el “fracaso” en la vida del cristiano?
  8. Muchos temen a Dios, otros lo insultan en momentos difíciles y algunos se acuerdan de Él sólo cuando tienen problemas. Si Dios es nuestro Padre, ¿cuál es la mejor actitud hacia Él?
  9. ¿Dios castiga, prueba o instruye?
  10. ¿Es pecado cuando deseo ver en mi sueño a una persona querida?

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10. Demostraciones sobre el Cristianismo C 1O.

  1. “Se dice que todo el cristianismo está fundamentado, o se fundamenta, en la resurrección de Cristo. ¿Pero existen testimonios que prueben la Resurrección de Cristo?”
  2. ¿Cómo podemos nosotros, los cristianos, explicar y demostrar a alguien que creemos en el Dios verdadero?
  3. “Muchos ateos sostienen que todas las religiones tienen sus propias percepciones, convicciones, y creen que cada una tiene sus fines y propósitos superiores. Así, irónicamente, preguntan: ¿Dónde se ve que el cristianismo es una religión verdadera?” ¿Qué podemos responder a estas palabras?

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11. El Misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía o Comunión, C 11

Evangelio de san Juan, capítulo 6

  1. ¿Cuál es el pan ἐπιούσιο (epiúsio: “sobre-esencial” o “más que esencial”) que pedimos a Dios en la oración del Padre Nuestro?
  2. ¿Cuál es el sentido más profundo que se da en el culto cristiano al misterio de la Divina Comunión o Efjaristía?
  3. ¿Durante la celebración del Misterio de la Divina Efjaristía la presencia de Cristo es real, pragmática o simplemente simbólica y espiritual?
  4. Se dice que comulgamos dignamente el Misterio de la Divina Comunión. Si es así, ¿cómo pueden los creyentes hacerse dignos y merecedores de recibirlo? ¿Tomamos realmente el cuerpo y la sangre del Señor?

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12. El Cristianismo y las demás religiones C 12

  1. ¿Es correcto pensar que la razón por la cual muchos hoy se encuentran alejados de la Iglesia se debe únicamente a los errores de sus líderes, de los fieles, u otras razones?
  2. ¿En qué medida influyeron las religiones orientales en el cristianismo, y esto pone en duda su carácter apocalíptico-revelativo?
  3. ¿Quizá Dios es uno, pero se presentó en los pueblos de Oriente como Buda, Mahoma, etc., y en nosotros como Jesús Cristo?

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13. Sobre monasterios y monaquismo ortodoxo, C 13.

  1. ¿Qué ideales salvaguardan los monasterios cenobíticos?
  2. Hay quienes sostienen que el monaquismo tiene sus raíces en un período de recesión espiritual.

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14. Sobre el diablo y las tentaciones C 14.

  1. Cuando se presenta Satanás ante el hombre con forma de Dios, ¿Dios siempre revela algún indicio del diablo, como cuernos, cola, etc.?
  2. ¿Por qué Dios permite al diablo tentar a los hombres, si he leído que Dios quiere que todos los hombres se salven y entren en su Realeza? Creo que, por mucha fe que tenga, el hombre puede doblegarse ante el diablo. En ese momento, ¿qué puede hacer el hombre?
  3. ¿Por qué algunas veces nos molestamos o nos dejamos tentar tanto hasta el punto de desesperarnos, y cuáles son las armas con las que vencemos las tentaciones?
  4. ¿Es verdad que algunos hombres tienen demonio en su interior y cómo ocurre esto?

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15. Espíritu Santo, recaídas y progreso espiritual, C 15

  1. ¿Cuál es la importancia de la presencia del Espíritu Santo para la vida de la Iglesia?
  2. ¿La blasfemia contra el Espíritu Santo se perdona?
  3. ¿Qué papel o importancia tienen las recaídas en la vida espiritual?
  4. ¿Cómo puede uno discernir si el calor, la alegría o el recogimiento que siente en el corazón es auténtico, enfermizo o meramente emocional?
  5. ¿Cuáles son las cualidades y características del progreso espiritual, y cuáles no lo son?

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16. Sobre el ayuno: salud física, psíquica y espiritual. C 16

  1. ¿El ayuno es una virtud?
  2. Sobre la virtud del ayuno.
  3. Algunos versículos de los Santos Padres sobre el ayuno

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17. Sobre los siete pecados mortales y la Λύπη lipi (pena, depresión, tristeza) en su doble dimensión C17

  1. Sobre los siete pecados (enfermedades espirituales) mortales
  2. La λύπη lipi (tristeza, pena, depresión) es pecado, pero cuando se ha asentado en el fondo del corazón y del νούς nus (espíritu de la psique-alma), ¿qué se nos aconseja hacer?

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18. Persecución Cristiana y Mártires Cristianos, C 18

  1. ¿Cómo se persigue hoy al cristianismo?
  2. ¿Cuál será nuestra reacción cuando se declare persecución contra la Iglesia?
  3. Tal como leemos en las vidas de los santos, todos los mártires se alegraban al morir por Cristo. ¿Cómo y de qué forma podría el hombre actual comprenderlo?
  4. ¿Por qué la época de los mártires es fuente de fuerza para cada época?

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19. Antropología Cristiana C 19

  1. ¿Qué examina la antropología cristiana?
  2. Sobre Adán y Eva

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20. Alegorías, símbolos, metáforas, historia y hermenéutica en las Sagradas Escrituras

  1. Muchos teólogos contemporáneos dicen que los acontecimientos del Antiguo Testamento pueden usarse como reales y también como metáforas.
  2. ¿El hecho que se describe en el Génesis, según el cual los primeros en ser creados comen del fruto, es exactamente así o simboliza algo distinto?
  3. La importancia del simbolismo en la Divina Liturgia y Espíritu Santo.

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21. Ciencia y religión

  1. ¿Puede el progreso científico hacer desaparecer la religión?
  2. Génesis y conflicto entre religión y ciencia
  3. Según la ley de materia y antimateria, los científicos creen en la existencia de otro mundo y en la existencia de seres extraterrestres (OVNIs). ¿Qué cree usted sobre esto?

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22. Doce preguntas sobre varios temas C 22

  1. ¿Cómo podemos tener paz?
  2. ¿Qué es el fanatismo en el ámbito cristiano?
  3. ¿Por qué razón san Juan Bautista bautizaba? San Juan el Evangelista nos dice claramente que Cristo no bautizaba. ¿Por qué esta excepción? ¿Cuál es el sentido y la fuerza del Bautismo cristiano?
  4. El Apóstol Pablo, en una de sus epístolas, dice que “fue arrebatado hasta el tercer cielo”. ¿Qué significa esto? ¿Se divide el cielo en varios niveles o pisos?
  5. San Agustín dice: “Haz tu trabajo oración y tu oración trabajo”. ¿Cómo pueden los alumnos hacer su trabajo oración?
  6. ¿Cuál es la tesis ortodoxa sobre el dogma cristológico?
  7. ¿Cuál es la relación entre el sionismo y la masonería? ¿Y es verdad que los Testigos de Jehová son una rama del sionismo?
  8. ¿Cuando Pedro dijo: «Tú eres el Cristo»… por qué Cristo les reprochó que no dijeran nada al respecto? ¿Y por qué, cuando hacía milagros, a algunos les decía que no lo contaran y a otros sí?
  9. ¿Podría explicarnos algo de lo que dijo Pedro: “Tenemos más seguro el logos profético de lo que hemos visto”? (2Pedro 1,19)
  10. ¿Por qué Cristo no tuvo descendientes?
  11. ¿No es más preferible quemar a los muertos en vez de enterrarlos? ¿La Iglesia adoptaría fácilmente una ley así?
  12. Dudas sobre el libro del Apocalipsis de San Juan

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23. Significado de varios términos teológicos, C 23

  1. ¿Qué es el tiempo litúrgico y qué significado da a los acontecimientos festivos?
  2. ¿Qué significa Divina Οικονομία Economía?
  3. ¿Qué es la θέωσις (zéosis)? ¿Es necesaria? ¿Cómo podemos adquirirla? ¿Podemos salvarnos sin ella? ¿Cuáles son las condiciones para acercarnos a Dios?
  4. ¿Puede analizarnos los términos ἐγρήγορσις (egrígorsis) guardia y νήψις (nipsis)?
  5. ¿Qué es la θέα (zéa: vista, expectación) de Dios y la θεωρία (zeoría: contemplación)? ¿Podemos adquirirlas y cómo? Y ¿qué es la fantasía?

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La χάρις jaris-gracia, energía increada, del Señor Jesús Cristo y la agapi-amor (incondicional y energía divina) de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amín (2Cor 13:13).

Β Κορ. 13,13 χάρις τοῦ Κυρίου Ἰησοῦ Χριστοῦ καὶ ἀγάπη τοῦ Θεοῦ καὶ κοινωνία τοῦ Ἁγίου Πνεύματος μετὰ πάντων ὑμῶν· ἀμήν!!!

Significado de varios términos teológicos, C 23, A. Mitilineos

Amigos en CristoDios, con este capítulo hemos terminado el repaso de las traducciones y ordenado en capítulos las “preguntas y respuestas”, por el gran Yérontas Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo.

23 Significado de varios términos teológicos

El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.

Índice

  1. ¿Qué es el tiempo litúrgico y qué significado da a los acontecimientos festivos?
  2. ¿Qué significa Divina Οικονομία Economía?
  3. ¿Qué es la θέωσις (zéosis)? ¿Es necesaria? ¿Cómo podemos adquirirla? ¿Podemos salvarnos sin ella? ¿Cuáles son las condiciones para acercarnos a Dios?
  4. ¿Puede analizarnos los términos ἐγρήγορσις (egrígorsis) guardia y νήψις (nipsis)?
  5. ¿Qué es la θέα (zéa: vista, expectación) de Dios y la θεωρία (zeoría: contemplación)? ¿Podemos adquirirlas y cómo? Y ¿qué es la fantasía?

Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua helénica-griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos el Nuevo Crisóstomo. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes del bachillerato.

  1. ¿Qué es el tiempo litúrgico y qué significado da a los acontecimientos festivos?

Quizá, para algunos, esta es la primera vez que escuchan hablar sobre el “tiempo litúrgico”. Cuando decimos “tiempo litúrgico” no nos referimos al horario durante el cual se celebra la Divina Liturgia, como por ejemplo de 8 a 10 de la mañana. No. El tiempo litúrgico es algo distinto.

Por favor, prestad atención, porque esta pregunta es muy importante y muy especial. Se trata de un elemento esencial que puede llevarnos a adquirir una ascesis, un ejercicio espiritual litúrgico, y a tener una experiencia vivida de la fe. Es una verdadera ocasión de renovación espiritual. Escuchad bien lo que significa.

Sobre la Santa Mesa o Altar celebramos el Misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía, y es precisamente a partir de la Divina Liturgia que nace el tiempo litúrgico. Allí donde se celebra este Misterio, ocurre algo único: se produce una condensación del pasado y del futuro en un momento presente. ¿Qué quiere decir “condensación”? O más exactamente, ¿una anulación del pasado y del futuro, de modo que sólo existe un presente eterno?

Celebramos el Misterio de la Divina Eucaristía. ¿De dónde procede este Misterio? De la Crucifixión y Resurrección de Jesús Cristo. ¿Cuándo sucedieron estos acontecimientos? Hace dos mil años. Bien. Pero ahora, sobre la Santa Mesa o Altar, no existe una distancia de dos mil años. Aquellos mismos acontecimientos ocurren aquí y ahora. Y las personas vinculadas a ellos también están presentes en la Divina Liturgia: Jesús Cristo, la Zeotocos (Madre de Dios), los Santos.

Tienes, pues, el mismo acontecimiento de la Crucifixión y la Resurrección, tal como fueron entonces. San Juan Crisóstomo dice: “ya sea que hables de la Última Cena del Jueves Santo, cuando Cristo tomó el pan y el vino y dijo: ‘Este es mi cuerpo, esta es mi sangre’, en cada Divina Liturgia tienes exactamente lo mismo”. ¿Y cómo podríamos hablar de muchas Iglesias si, como dice san Pablo, “uno es el pan”?

Un antiguo libro, llamado Διδαχή (didají: La enseñanza de los doce Apóstoles), dice que uno es el pan, uno es el cuerpo de Cristo, aunque se celebre en mil o en un millón de lugares del mundo. Uno es el Pan, uno es el Cuerpo, uno es el acontecimiento de la Crucifixión, uno el de la Resurrección.

¿Qué tenemos aquí? Una condensación del tiempo, donde el pasado se hace presente. Incluso decimos: “Señor, nos dijiste que recordáramos Tu Segunda Parusía: Presencia, Venida”. Esta es una pequeña oración que se dice justo antes de ofrecer los dones: “Te ofrecemos de lo tuyo para ti, siempre, como nos pediste”. En ese momento hablamos también de la Segunda Parusía, Venida de Cristo. Y esta no es algo que se hará “entonces”, sino que ya está presente, porque Cristo es Dios y es omnipresente.

Así pues, tenemos una condensación de los acontecimientos pasados y futuros en un único momento del presente. Esto es lo primero.

Segundo, todas las personas del pasado y del futuro se reúnen en el presente. ¡Atención! Es bien sabido que, cuando se consagra una Santa Mesa o Altar, se colocan en ella reliquias de santos. ¿Qué significa esto? Que estas personas, cuando vivían, comulgaron el cuerpo y la sangre de Cristo. Y el cuerpo y la sangre de Cristo, como ya dijimos, están siempre presentes, y son uno y el mismo. Puesto que nosotros comulgamos y como aquellos también han comulgado entonces están presentes. No presentes en un sentido imaginario, simbólico o filológico, sino realmente presentes, porque todos estamos dentro del Cuerpo de Cristo. Esto es algo grandioso.

¿Por qué honramos a la Zeotokos en la Divina Liturgia? Porque dio su cuerpo, y de su cuerpo el Hijo de Dios, el Logos, tomó carne y realizó la nueva creación. Esto significa que la Zeotokos está presente.

Están presentes todos los santos, todos los ángeles, el Dios Trinitario. Esto se ve en el discarion (el disco litúrgico), durante la proscomidí (la preparación de los dones). Ahí está toda la Iglesia, los vivos y los difuntos, aquellos que han partido de este mundo.

Entonces, esto es profundamente importante. Cuando un sacerdote celebra la Liturgia con esta conciencia del tiempo litúrgico… no sé cómo explicarlo, es indescriptible. Vive dentro de la eternidad, trasciende el tiempo cronológico, vive dentro de una realidad que está fuera del tiempo (cronos), por decirlo así.

Y lo mismo el creyente. Por eso os dije que esta pregunta es muy hermosa. Cuando el creyente tiene esta conciencia, la vida litúrgica lo renueva espiritualmente, lo transforma interiormente, le hace experimentar lo que significa el tiempo litúrgico: que Dios está presente con toda su Iglesia, la Iglesia militante en la tierra y la Iglesia triunfante en el cielo, junto con todos los santos ángeles -que también forman parte de la Iglesia celestial-, todos están presentes.

En el mundo, cuando se hace una conmemoración a los soldados muertos en guerra, se pasa lista y se responde: “Ausente, ausente, ausente”. ¿Por qué? Porque fuera de la Iglesia, los que murieron están ausentes. Pero dentro de la Iglesia: san Espiridón (cuyo día celebramos mañana), presente; san Atanasio, presente; y así todos los santos. Ninguno está ausente. Y no están presentes de manera simbólica o filológica, sino realmente.

Repito: todos nos encontramos dentro del Cuerpo y la Sangre de Cristo, que es la Iglesia Ortodoxa. Amín.

Esto con respecto a esta pregunta. (39:21–30)

  1. ¿Qué significa Divina Οικονομία Economía?

El misterio de la humanización, encarnación de Dios se llama también Divina Economía. Es lo que Dios “economiza” -es decir, ordena, dispone, concede- para la sanación y salvación del ser humano. Por lo tanto, la Divina Economía es el misterio de la humanización o encarnación del Logos de Dios, en la cual el Hijo de Dios se hace hombre y viene al mundo para sanarlo y salvarlo.

Nosotros estamos llamados a vivir el Misterio de la Divina Economía. El Hijo de Dios se hizo hombre, y nosotros debemos elevarnos a la altura necesaria para comprender la humanización del Logos de Dios. Es decir, podríamos afirmar que Dios se humaniza y el hombre está llamado a la divino-humanización: Dios se hace hombre para que el hombre pueda llegar a ser dios, por medio de la Jaris (Gracia), es decir, por la divina energía increada. Esto es lo que enseñan nuestros Santos Padres: que el Logos se hizo sarx (carne, con cuerpo, huesos y sangre), para que la sarx se convierta en Logos. Es decir, Dios se hizo hombre para que el hombre se haga dios.

Según el léxico ortodoxo https://logosortodoxo.es/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo/: 66. Economía divina o de Dios.

El término  Οἰκονομία (ikonomía) economía proviene del verbo griego οἰκονομῶ (oikonomó), que significa “economizar, administrar, arreglar, abastecer” y a su vez deriva de “οἶκον (íkon) casay el verbo νέμω (némo) administro, es decir, “administro mi casa”.

En el contexto teológico, Ikonomía —también llamada Economía Divina— tiene tres principales significados:

a) Concesión divina en la vida humana: Se refiere a la presencia -por concesión de Dios- de un hecho en nuestra vida, orientado al beneficio o a la instrucción espiritual. En este sentido, el verbo “economizar” se utiliza con ese mismo propósito.

b) Plan salvífico de Dios: El término expresa el plan eterno y ancestral de Dios para la salvación del género humano, llevado a cabo mediante la encarnación (o humanización) del Hijo de Dios.

c) Aplicación pastoral en la justicia canónica: En el ámbito del derecho canónico ortodoxo, economía es la desviación provisional y concreta del cumplimiento absoluto y literal de un canon, regla eclesiástica o tradición. Esta desviación, siempre con discernimiento y sin alterar en lo más mínimo los fundamentos dogmáticos, se aplica con el objetivo de alcanzar la salvación de las psiques-almas.

Dios mismo viene a lavar la derrota de nuestros primeros padres y a sanar el trauma en la raíz misma del género humano. La Economía en Cristo constituye una nueva recapitulación de la creación primigenia. El Padre, por medio del Hijo en Espíritu Santo, realiza la regeneración y renovación del mundo, centrada en el ser humano.

Discernimiento entre Teología y Economía, este principio fue introducido por primera vez por San Atanasio el Grande.

San Gregorio Palamás aclara esta distinción: La obra de la naturaleza divina es el eterno nacimiento del Hijo y la eterna procesión o proyección del Espíritu Santo, un movimiento que no tiene ninguna relación con los seres creados. En cambio, la obra de la voluntad divina y su energía increada es la constitución de la creación dentro del tiempo y con absoluta libertad. Por lo tanto: Aquello que se realiza dentro del ámbito de la Deidad opera por esencia increada; y aquello que se relaciona con la Economía divina se realiza por la voluntad divina y por la energía increada.

  1. ¿Qué es la θέωσις (zéosis)? ¿Es necesaria? ¿Cómo podemos adquirirla? ¿Podemos salvarnos sin ella? ¿Cuáles son las condiciones para acercarnos a Dios?

Es un tema muy amplio, que requeriría muchas horas para tratarlo en profundidad. Pero como estamos en una sección de preguntas, intentaré ofrecer un pequeño resumen.

La zéosis es cuando el hombre, a través de su comunión con Dios, adquiere atributos o cualidades que lo convierten en θεοειδής (zeoidís), es decir, divinizado, «de forma divina» o «semejante a CristoDios».

Podríamos preguntarnos: ¿Qué significa «hombre luminoso»?
Es aquel que ha entrado en contacto consciente con la divina Luz increada y ha sido iluminado. Así, cuando el hombre entra en comunión, conexión y contacto consciente y personal con Dios, se diviniza, es decir, adquiere aquellas cualidades que lo hacen semejante y perteneciente a Dios. En ese estado, el hombre se convierte en θεοειδής (zeoidís): divinizado, glorificado a la manera de Dios.

Dice a continuación la pregunta: ¿Es necesaria la zéosis?
Pues bien, no solo es necesaria, es el todo. No se trata simplemente de una necesidad más, sino que es nuestro objetivo y destino final.

¿Cómo podemos obtenerla? ¿Podemos salvarnos sin zéosis?
La zéosis lo es todo. Es el sentido y el significado de nuestra existencia. Existimos para llegar a ser θεοειδείς (zeoidís) —es decir, divinizados, «de forma divina» o «semejante a Dios». Como dice san Ignacio, debemos llegar a ser χριστοειδείς (cristoidís) —cristificados, hechos semejantes a Cristo. En esto consiste nuestra sanación y nuestra salvación. Por lo tanto, si la salvación consiste en esto, se entiende cuán esencial y necesaria es, y que no podemos prescindir de ella.

Continúa la pregunta: ¿Cuáles son las condiciones para acercarnos a Dios?

Pues bien, esa condición es el Evangelio.
El Evangelio es el mapa estatutario, la constitución y el parlamento entre el cielo y la tierra, y según el Evangelio serán juzgados los ángeles, los demonios y los hombres.

¿Y cuál es el criterio, cuál es el centro del Evangelio?
El centro, la base del Evangelio, es la encarnación del Logos increado, es decir, la presencia del Θεάνθρωπος (Zeánzropos: Dios-Hombre), Jesús Cristo.

Por lo tanto, la fe es el primer elemento y la primera condición.
A partir de ahí, el hombre comienza a vivir según lo que dice el Evangelio. Así, el Evangelio contiene las condiciones para nuestra psicoterapia, redención, sanación y nuestra salvación, y es a través de él que somos ayudados a acercarnos a Dios, tal como se plantea en la pregunta. (32, 20´40´´)

  1. ¿Puede analizarnos los términos ἐγρήγορσις (egrígorsis) guardia y νήψις (nipsis)?

Las palabras helénicas ἐγρήγορσις (egrígorsis: alerta o guardia) y νήψις (nipsis: vigilancia y sobriedad o atención a la sobriedad), son términos fundamentales en la vida espiritual, por lo que os aconsejo prestarles especial atención.

En primer lugar, el término ἐγρήγορσις egrígorsis significa estar en alerta o en guardia, permanecer en alerta y despierto. Literalmente, implica no dormir. Pero en sentido metafórico se refiere a no “dormirse” en asuntos espirituales o de lucha interior, a no olvidarse de lo esencial. Muchas veces decimos: “¿No ves que estás dormido? ¿No te das cuenta?”. Aunque la persona no esté durmiendo físicamente, su mente o su espíritu pueden no estar despiertos. Cuando uno se olvida, cuando no presta atención, es como si se durmiera. Así, puede no percibir aquello que lo amenaza o lo que necesita alcanzar.

La egrígorsis, el estado de alerta espiritual constante, es algo sumamente importante. Por eso el Señor decía: «Γρηγορεῖτε grigorite» Marc 14:38, Mat 24:42, Luc 21:36, 1Ped 5:8, 1Cor 16:13, Apoc 16:15), es decir, “estad en alerta”, “atentos”, “despiertos espiritualmente”. Lo repetía muchas v  eces: «Γρηγορεῖτε grigorite», permaneced en guardia, en vigilia incesante. Nos pide atención, porque también el diablo está en guardia, vigilante, sin dormir. Si el enemigo no se duerme, ¿cómo puedes tú, hombre, que estás en lucha constante, confiarte y dormirte (espiritualmente)? Es decir, caer en la despreocupación, pensando que no pasa nada.

Vemos entonces que la egrígorsis, la alerta, vigilancia, es un elemento crucial. Por eso el apóstol Pablo dice a los Corintios: «Γρηγορεῖτε grigorite», estad en guardia, vigilantes; permaneced despiertos, firmes en la fe; tened una conducta valiente para ser fuertes.

Y el Señor, en el libro del Apocalipsis (3,2), dice: “γίνου γρηγορῶν conviértete grigorón, sé vigilante o estate despierto, en alerta continua”, es decir, no estés dormido, sino vigilante, espiritualmente despierto en todo momento. Más adelante, en el mismo libro añade: “μακάριος ὁ γρηγορῶν Bienaventurado el grigorón, bienaventurado el que está en vela y nipsis, y guarda sus ropas, para que no ande desnudo, y vean sus vergüenzas” (Apoc 16:15). Un dicho popular dice: “El que guarda sus prendad o vestiduras, tiene la mitad; y si no los guarda, ¿qué tendrá? Nada de nada”.

Hijos míos, la lucha y el combate a veces exige sacrificios y conlleva pérdidas. Si la lucha implica pérdidas, ¿qué implica la no lucha?
Por eso el Señor nos dice que estemos grigoróntes -en alerta, atentos- y que guardemos nuestras prendas.

Un antiguo poema, muy bello, titulado «Recto en los muros del corazón», dice que el corazón del hombre es una muralla, y que él está dentro, con la puerta cerrada, vigilando, no sea que el enemigo entre en el castillo.

Jeremías dice: “Mediante las ventanillas entró la muerte” (espiritual). Tened en cuenta que en los castillos hay ventanillas, y por allí puede colarse el enemigo. En este caso, las ventanillas son los sentidos físicos. Tenemos cinco ventanillas por las que puede entrar la muerte (espiritual): lo que vemos, lo que escuchamos, lo que olemos, lo que saboreamos y lo que tocamos. Así pues, a través de las ventanillas de los sentidos físicos, entra el enemigo e introduce la muerte del alma (ψυχή psijí).

Este poema continúa diciendo: “Quizá sepas, allí en tu profundidad -en las profundidades que tú aún no has visto-, que se alzan las murallas de tu corazón, y tú tienes la llave de la entrada. Los enemigos rondan bajo tus murallas, esperando el momento en que el sueño te lleve en sus alas y se te caiga la llave. Entonces, tomarán la llave, abrirán la puerta de hierro, y dentro de las murallas atacarán con ímpetu para esparcir la destrucción. Correctamente armado en las murallas, permanece siempre en ἐγρήγορσις egrígorsis y νήψις (en alerta, en vigilia, en vigilancia, como guardián, atento en la sobriedad). Y no temas al enemigo maniático, porque a tu lado está ahora Cristo.”

Espero que os haya gustado. Es un poema realmente bello.

Ahora vamos con el segundo término, que es νήψις (nipsis) vigilancia y sobriedad. El verbo del que proviene es νήφω (nífo), que significa me abstengo del vino. Cuando uno no bebe vino, la mente está limpia, clara, lúcida, porque quien bebe se marea. Y al marearse, el pensamiento deja de ser lúcido. Entonces, en sentido metafórico, por extensión, cuando decimos que alguien está sobrio, nos referimos a que tiene un pensamiento claro, limpio y puro; un pensamiento libre de elementos que oscurecen la mente. Pero hay otro tipo de «vino» que también oscurece a la mente y al νούς (nus: espíritu de la psique), son los πάθος (pazos: vicios, pasiones, adicciones etc.). Por lo tanto, en este sentido ampliado, nipsis es el esfuerzo consciente por mantener el corazón sobrio, lúcido, puro, limpio y sano de πάθος.

El apóstol Pablo le dice a Timoteo: “Pero tú, estate en νήψις nípsis en todo.” Muy bello esto.

Así, vemos que el término nipsis ha pasado del ámbito de la abstinencia del vino al del pensamiento sobrio, limpio, puro y lúcido, y finalmente al ámbito espiritual.

Veamos ahora qué dicen los Santos Padres.

San Presbítero, en el primer tomo de la Filocalía, página 157, nos dice lo siguiente: “La vigilancia del νοῦς (nus: espíritu de laa psique-alma) y la pureza, κάθαρσις (kázarsis), purgación, limpieza y sanación del corazón: esto es y se llama nipsis, sobriedad”; https://logosortodoxo.es/filocalia/filocalia-1-san-%ce%b7%cf%83%cf%8d%cf%87%ce%b9%ce%bf%cf%82-hisijio-hesiquio-el-presbitero-203-logos-sobre-nipsis-hisijia-y-virtud-y-la-oracion-de-corazon-de-jesus/

Entonces, ¿qué es nipsis?

Es la vigilancia de la mente y del corazón (nus-espíritu), el no permitir ni consentir que entren pensamientos malignos o viles. Es como si fuera un vigilante exterior, que dice: “No entra, no permito que entre ningún pensamiento malvado.” Eso significa vigilancia, la guardia del nus.

¿Y qué más? Que tengo pureza de corazón, que el corazón está sobrio, limpio, lúcido y sano.

¿Y qué es el corazón?

Es el espacio interior (la esencia) donde se procesan, se deliberan y se juzgan las cosas que entran en mí por la mente desde el mundo exterior. Por ejemplo, voy caminando y veo en el camino una escena maligna. Si empiezo a pensarla, a maquinarla, entonces ya he manchado mi nus-espíritu (corazón: esencia y nus: energía).

Inmediatamente comienzo a desear, a querer, a representarla mentalmente, y ardo en ese deseo. Esto significa que mi corazón ya no está limpio ni sobrio. Primero ensucié mi nus —el espíritu y su energía—, y luego ensucio también mi corazón, es decir, la esencia misma.

(Nota del traductor: aquí conviene recordar que, desde la antropología espiritual ortodoxa, el corazón es la esencia del ser humano, mientras que el nus es la energía del corazón, la atención sutil, el espíritu del hombre.)

¿Qué quiere decir νήψις nípsis, es decir, estar sobrio, vigilante y lúcido?
Se dirá que nipsis es la vigilancia del νοῦς (nus: espíritu de la psique-alma) y la sobriedad y pureza del corazón.

Es aquello que dice el Señor: “Bienaventurados los que han hecho la katarsisάθαρσις), la limpieza y la sanación de su corazón, porque ellos verán a Dios.”

El mismo Santo hace un análisis. Prestad atención y veréis cómo lo desarrolla. Propone cuatro o cinco tesis.

Primera tesis: el examen de la fantasía. Una forma de nípsis es poder examinar cuidadosamente tu fantasía. ¿Por qué? Porque el primer ataque ocurre en el espacio de la fantasía. Sabed que primero se afecta la fantasía y luego el nus-espíritu. Y el nus no es lo mismo que la fantasía: son dos cosas distintas. Por lo tanto, podríamos decir que nipsis es cuando realizas un examen constante de tu interior.

¿Cómo se logra este examen?

Teniendo el corazón en silencio profundo, en ἡσυχία (hisijía: serenidad mental y paz cordial), libre de cualquier λογισμός (loyismós: pensamiento simple o mezclado con la fantasía, idea), y estando en oración al mismo tiempo. Ese es el segundo punto.

¿Qué significa tener el corazón en profundo silencio, en divina ἡσυχία his   ijía?

Primero: autoconocimiento. Preguntarme: ¿Ha entrado algo dentro de mí? Segundo: que el corazón esté en estado de paz y serenidad. Eso es el silencio profundo, la divina ἡσυχία hisijía.

Lo contrario al silencio profundo es la tormenta interior: ruidos, confusión, voces. Si llenas tu mente y corazón de pensamientos viles o maliciosos, verás lo que ocurre: serás como un barco en un mar bravo. Lo opuesto es la ἡσυχία hisijía del corazón y del nus, es decir, no ocuparse con nada que sea pecado.

Quien ha probado esto repetidas veces a través de la experiencia, adquiere autoconocimiento y se hace autocrítico. Se dice a sí mismo: “Ahora estoy viendo algo maligno. Si me abandono a ello, entraré en el mar de la tentación. Esto me causará una gran perturbación, caeré en la tormenta.” Entonces, me diré: “¡Alto! Me detengo. Lo que entró, que salga. No lo quiero.” Y así, el nus y el corazón encuentran una dulce, bella y divina ἡσυχία hisijía. Eso es el silencio del corazón, cuando no hay tempestades interiores.

Tercer punto o tesis: la memoria e invocación del nombre de Cristo

Este punto se refiere a la memoria constante y la súplica del nombre de Jesús Cristo, pidiendo ayuda continuamente mediante su invocación.

No sé cómo describirlo con precisión; me gustaría expresarlo con alguna imagen, si lo logro, aunque reconozco que es una experiencia difícil de transmitir con palabras.

Por ejemplo, cuando vais a dormir a una casa ajena, ¿no tenéis a veces, incluso mientras dormís, la sensación de que no estáis en vuestra propia cama, sino en una cama extraña? Esto no le ocurre a todo el mundo, pero es una sensación muy particular.

Lo explicaré con una imagen más expresiva: Imaginad que estáis durmiendo sobre una tabla de treinta centímetros de ancho. Apenas podéis manteneros estirados sobre ella, y no podéis girar. Si os dormís y os movéis, caeréis al suelo. ¿Podéis dormir en esa tabla y, sin embargo, que dentro de vosotros funcione algún tipo de mecanismo interior —no sé cuál es, pero lo hay— que os esté informando continuamente, incluso mientras dormís, que estáis sobre una tabla estrecha y que debéis manteneros atentos para no caer? Muchas personas pueden dormir así sin caerse, porque ese mecanismo funciona dentro de ellas.

¿Qué significa esto? Llevad ahora ese ejemplo al ámbito espiritual. Esto significa que dentro de mi mente y espíritu opera constantemente aquello que llamamos “el nombre de Jesús Cristo”, tal como dice el Salmo: “Siempre tengo al Señor delante de mí.” Esto ocurre tanto cuando duermo -se entiende el sueño físico- como cuando estoy despierto.

Una expresión que repito a menudo es la siguiente: “Es cuando Cristo ha entrado hasta nuestra más mínima molécula, es decir, hasta lo más profundo de nuestro ser; cuando Cristo se ha integrado plenamente en nuestra existencia…” Entonces, puedo decir que mi referencia constante está en Cristo, que mi existencia está en Él, y que mi consuelo y mi súplica también están en Él.

Y entonces -dice Santo Hisijio-, cuando oras al Señor Jesús Cristo en busca de ayuda continua, lo haces con humildad, diciendo: “Señor, Tú sabes quién soy. Conoces mis puntos débiles, conoces mi talón de Aquiles. Sabes que, si miro allí, me engancharé; si voy allá, caeré; si pienso aquello, me mancharé. Señor, Tú sabes quién soy… ayúdame.”

Esto es la lucha espiritual interior, invisible.

Cuarta tesis según san Hisiquio, en la Filocalía: “Que uno tenga sin interrupción en su psique-alma la memoria de la muerte.” Esto no significa -como quizá podríais pensar- que debamos ser pesimistas.
Yo os diría, por el contrario, que el hombre más valiente y optimista es aquel que tiene presente la memoria de la muerte. El más miedoso, el cobarde, es aquel que evita pensar en ella. Y si le mencionas el tema, reacciona diciendo: “¡Toca madera! ¡La muerte, lejos de mí!”
¿Veis qué cobardía?

En cambio, quien se ha familiarizado con la muerte es verdaderamente valiente. Si va a la guerra, no tiene miedo; si atraviesa peripecias en la vida, no se acobarda. ¿Por qué? Porque tiene interiorizada la memoria de la muerte, pero no de forma sombría o negativa, sino fecunda: como un hecho posible.

Por ejemplo, cuando salgo del monasterio, siempre hago una oración antes de partir. En mi mente conservo la conciencia de que podría ser la última vez que piso el monasterio. ¿Por qué? Porque basta una parada cardíaca, un accidente… todo es posible.
¿Significa eso que debo estar atemorizado o llorando, sin atreverme a salir? No, de ningún modo. Simplemente, intento mantener la memoria de la muerte como una ayuda para no pecar.
Dice la Sabiduría de Sirácide: “Recuerda que morirás y no pecarás jamás.”

¿Veis? Esta memoria no es una carga, sino una herramienta poderosa, benéfica e importante para la vida espiritual.

Y un último punto, más bien, un resumen de todo lo dicho.
El santo nos dice que, si practicas estas cosas, podrías preguntarte: ¿Qué significa realmente el trabajo o la lucha espiritual?

Y la respuesta es: Es precisamente esto de lo que hemos estado hablando todo este tiempo. Este es el trabajo espiritual.

Este trabajo era el que Adán debía haber cultivado en el Paraíso.
Pero Adán no se cuidó. No estaba “grigorón”, es decir, en estado de guardia, alerta, vigilancia espiritual. Y cuando vino el diablo, los encontró dormidos, en un sueño espiritual. Adán y Eva debían haber estado atentos, desarrollando esta lucha interior.

Y ahora, dice san Hisiquio: “Cuando practicas estas obras espirituales —la nipsis sobriedad, la vigilancia, la oración, la ησυχία (hisijía: serenidad mental y paz cordial) , la memoria de la muerte, entonces todas estas se convierten en centinelas, en guardianes apostados en las entradas de tu psique-alma.”

Así, como veis, la ἐγρήγορσις (egrígorsis) guardia (estar en alerta espiritual) es muy necesaria, al igual que la νήψις nipsis (la sobriedad vigilante), si queremos hablar seriamente de vida espiritual. Esta es la verdadera vida espiritual. Pero la cuestión no se queda allí. El verdadero asunto es: ¿Cómo alcanzar la catarsis, la limpieza, la lucidez, la sobriedad y la pureza del corazón?
Esto nos lleva a la siguiente tesis, aunque exceda la pregunta inicial. Es como cuando limpiamos un terreno, quitamos las piedras y lo dejamos bien cuidado y preparado. ¿Pero eso es suficiente? No. También hay que sembrarlo. Y si siembro, ¿ya es bastante? Tampoco. También tengo que segar.

¿Qué quiere decir esto?
La siega es la cosecha, es obtener el fruto. Debo, pues, dar fruto en las virtudes.
¿Y con qué propósito?
Con el fin de que, mediante las virtudes, alcance el conocimiento-gnosis y la comunión con Dios. Es decir: conocerle y unirme a Él. Ese es el destino final.

Por lo tanto, la catarsis, limpieza, pureza, sobriedad y lucidez del corazón, que se obtiene por medio de la nipsis (sobriedad), la vigilancia, la guardia interior y la práctica de las virtudes, no son el fin en sí mismos, sino condiciones, camino y medio para alcanzar el verdadero propósito.

¿Y cuál es ese propósito?
La gnosis-conocimiento de Dios, no un conocimiento intelectual, como cuando leemos un libro, sino un conocimiento vivido, empírico, por experiencia directa; tener, pues, la gnosis, la contemplación, la visión y la unión con Dios. Esto es lo que llamamos θέωσις zéosis,
y se alcanza por la sinergia (cooperación) entre la energía increada de la χάρις (jaris: gracia, divina energía increada) y la energía de la voluntad humana. El acto mismo de la zéosis, sin embargo, lo realiza Dios.

Agradezco profundamente a quien haya formulado esta pregunta. Ha sido excelente. Amín.

  1. ¿Qué es la θέα (zéa: vista, expectación) de Dios y la θεωρία (zeoría: contemplación)? ¿Podemos adquirirlas y cómo? Y ¿qué es la fantasía?

Θέα (zéa) es la vista, el avistamiento, expectación de Dios. El verbo correspondiente es θεώμαι (zeome), que significa «ver», «contemplar», pero no simplemente ver, sino ver con atención, con una percepción más profunda y clara que el simple acto de mirar u observar. Es la contemplación real y luminosa de la luz increada de Dios. De este verbo derivan las palabras Θεός (Zeós), Dios, y θέατρο (zéatro) teatro. (No confundir con la palabra θεά zeá que significa diosa).

En primer lugar, debemos afirmar que la θέα (zéa), la vista, expectación de Dios, es una realidad. No se trata de algo imposible; al contrario, como veremos, constituye también la finalidad de nuestra existencia. San Juan el Evangelista dice: “Queridos, ahora somos hijos de Dios, aunque aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque Le veremos y Le contemplaremos tal y como Él es. [Queridos míos, ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado qué seremos al futuro. Pero conocemos que cuando Cristo se manifieste con toda su doxa-gloria luz increada y jaris-gracia energía increada, nosotros también nos convertiremos y seremos semejantes a él en doxa y jaris increada. Entonces Le veremos y Le contemplaremos tal y como es él con su doxa y jaris que también será nuestra doxa y jaris]” (1Jn 3,2). Es cierto que ese «tal como es» no se refiere a la esencia de Dios, sino a Su persona, a su rostro, y principalmente a la persona del Hijo de Dios hecho hombre. Porque en la persona de Jesús Cristo contemplamos también al Padre y al Espíritu Santo. Recordad cuando uno de sus discípulos le dijo: “Señor, háblanos del Padre, muéstranos al Padre y con eso nos basta”. Y Él respondió: “Felipe, ¿tanto tiempo he estado con vosotros y aún no has comprendido que quien me ha visto a mí, ha visto al Padre?” (Jn 14,9).

Así, veremos la persona y el rostro de Dios, y podremos hacerlo porque Cristo tomó la naturaleza humana. Se entiende que, al ver la persona del Hijo, veremos Su forma, Su rostro, aunque el modo en que esto se dará solo lo conoce Dios, así como el Padre y el Espíritu Santo.

Por lo tanto, la θέα (zéa), la vista, expectación de Dios, es una realidad. Pero para alcanzarla, es necesario un trabajo interior deliberado. Las cosas que vamos a decir pertenecen a la vida presente, no a la vida futura en la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios. Se trata de una realidad que puede comenzar aquí y ahora.

El primer paso es alcanzar una catarsis del corazón, es decir, su psicoterapia, limpieza, pureza y sobriedad. Esta catarsis interior implica una liberación del pecado, tener un corazón limpio, sobrio, puro. También es necesaria la fe, junto con la ascesis (ejercicio espiritual). Todo esto constituye condiciones básicas para que uno llegue a espectar, contemplar, avistar la persona o rostro de Dios. Recordad lo que suele decir el pueblo: “Tal como vamos, no veremos el rostro de Dios”. ¿Qué significa esto? Que la forma en que uno vive crea las condiciones para ver o no ver el rostro de Dios.

En segundo lugar, quien vive auténticamente la vida espiritual, la vida del Espíritu Santo según la voluntad de Dios, empieza a tener lo que los Padres llaman θεωρία (zeoría) contemplación espiritual de Dios. Esto es propio del creyente.

¿Qué significa θεωρία (zeoría)? Proviene del verbo θεωρῶ zeoró (compuesto de: zeó=dios y oró=veo), que significa «veo», «contemplo», «considero». Tiene un sentido casi idéntico al de θεώμαι (zeome). Ambos verbos, aunque distintos, significan en la teología patrística “ver”, “contemplar”, “espectar” pero no de cualquier manera: ver de un modo profundo, con examen y atención. Es una visión que no es abstracta, sino que implica discernimiento. Así que θεωρῶ (zeoró) significa «veo» y «contemplo a Dios».

¿Cómo es esta θεωρία (zeoría) de Dios?

Escuchad con atención: cuando los Padres y ascetas de la Iglesia dicen que alguien “tuvo θεωρία zeoría” o “zeorías”, ¿a qué se refieren exactamente? Hay dos niveles aquí: uno es ver a Dios directamente, y otro es prepararse interiormente, en el νούς (nus: espíritu de la psique-alma), para ver a Dios. Esto no se trata de una fantasía o imaginación, sino de un conjunto de imágenes santas y verdaderas en las cuales el creyente profundiza dentro de la persona y la obra de Dios.

(Aquí es importante señalar que en la antropología cristiana ortodoxa corazón y nus son uno, pero el corazón es la esencia, mientras que el nus es la energía, la atención y percepción fina del corazón, el ojo de la psique, según san Gregorio Palamás).

Según san Nicodemo el Aghiorita, Adán, antes de la caída, no tenía fantasía. La fantasía apareció como consecuencia de la caída. Este es un tema que hemos tratado anteriormente cuando hablábamos sobre la antropología cristiana. La fantasía, por tanto, no es una facultad espiritual elevada, sino una especie de sustituto que surge tras la pérdida de la pureza original.

¿Qué es la fantasía?

La fantasía es un espacio más sutil que los sentidos, pero más denso que el nus. Se encuentra, por tanto, en una posición intermedia. Esta región actúa como un almacén que utiliza el nus -la energía lógica del alma (psique)-, depositando allí el material que recoge a través de los sentidos.

Así, lo que percibo mediante los sentidos es almacenado en el espacio de la fantasía, donde el nus, con su capacidad lógica, puede trabajar, examinar y procesar dicho material. Pero el nus posee una sorprendente capacidad creativa: puede añadir y quitar elementos. Por esta razón -y esto responde a la postura de los desarrollistas-, si el nus, que es atributo de la psique-alma, tuviera una naturaleza puramente mecánica, actuaría como una cámara fotográfica, como desearían los materialistas.

Pero el nus no funciona simplemente como una cámara que reproduce fielmente la realidad. O, si se quiere, puede “fotografiar”, pero con la facultad de añadir o sustraer lo que desee. Cuando cierro los ojos, puedo modificar a voluntad una imagen: añadir o quitar elementos, dar movimiento a un paisaje o transformar un acontecimiento en algo distinto a lo que vi originalmente. Si el nus fuera mecánico, sus producciones serían simples instantáneas, pero no es así. El nus toma el material presente en la fantasía y lo procesa libremente.

San Nicodemo el Aghiorita afirma que la fantasía es un fenómeno posterior a la caída. No habría existido en el ser humano si no hubiese pecado. Actualmente, la fantasía está presente en todos los hombres, excepto en Jesús Cristo, porque Él es el nuevo Adán, el hombre antes de la caída. En Él tampoco existía el subconsciente. Todo esto -fantasía y subconsciente- es consecuencia del pecado ancestral u original.

No obstante, como señala san Nicodemo, dentro de este espacio de la fantasía, procuremos colocar cosas buenas, y no imágenes feas, indecentes o repulsivas. ¿Qué podemos introducir, entonces, en este espacio interior? Aquello que pertenece a Dios. Podemos empezar a pensar, meditar e investigar en el ámbito de la fantasía sobre los misterios divinos. Por ejemplo, reflexionar sobre el misterio de la Encarnación: cómo Dios se hizo hombre y qué significa esto.

Cuando el nus contempla todo este proceso -la «historia» de Dios, es decir, lo que Él ha hecho por el ser humano o cualquier otro don divino-, se realiza lo que se llama zeoría (contemplación). Es decir, uno se vuelve θεωρητικός zeorítikos, un contemplativo, capaz de elaborar internamente, desde lo profundo del alma, aquello que el Logos de Dios nos ha apocaliptado-revelado.

Os diré algo que yo mismo practico, no solo con la Santa Escritura, sino incluso cuando leo una novela. Supongamos que estoy recostado, y alguien me observa desde una ventanilla, viendo cómo me muevo. Tengo un libro en las manos -digamos, la Santa Escritura- y leo. Leeré solo una frase, no más. La leeré, la observaré, le daré vueltas, la volveré a leer. Haré ese esfuerzo por conquistar los conceptos de la Escritura, como el modelo de Jericó: dar vueltas en silencio alrededor de sus murallas, hasta que caigan y la ciudad pueda ser conquistada, hasta que el concepto, el significado, sea captado, penetrado y poseído.

Entonces, tras haberlo leído -ahí, recostado-, cierro el libro y lo coloco sobre mi pecho. Y me pongo a pensar, a meditar, a reflexionar. Al cabo de un rato, vuelvo a abrirlo, miro el mismo pasaje, o avanzo un poco más, y repito el proceso. En algún momento puede que incluso me venza el sueño, no porque haya dejado de pensar, sino porque somos humanos, y eso sucede. Pero este movimiento es continuo. ¡Atención!: leo, me detengo, y pienso. Incluso si se trata de una novela. Siempre tengo un bolígrafo a mano. Subrayo una palabra, la saboreo. Por eso veis que tengo una gran afición y amor por las palabras: porque una sola palabra puede encerrar un concepto profundo.

Entonces pienso. Y vuelvo a empezar. Este movimiento circular es lo que se llama zeoría, contemplación (o meditación, filosofar en su sentido espiritual real de las palabras). No se trata de leer rápidamente como quien empuja una carretilla y termina sin más. Eso no sirve, no da fruto.

Una vez, cuando era estudiante de bachillerato, tuvimos un maestro sabio. Llamó a un alumno para que leyera una traducción -era de Protágoras o de Fedón, no recuerdo exactamente, pero seguro que era una obra de Platón. El alumno empezó a leer a toda velocidad, probablemente porque tenía anotada la traducción al griego moderno sobre el texto original. El maestro lo detuvo de inmediato: “¡Para! ¡Frena! ¿Sabes lo que estás leyendo?”. Y añadió: “La Santa Escritura y Platón no se leen así”.

Se lo dijo a otro alumno, pero yo lo capté. Desde la antigüedad se enseña que cuando uno lee la Santa Escritura, o a los filósofos, o cualquier libro serio, es necesario hacerlo con pensamiento y con estudio. Es preciso sentarse a trabajar el texto. De otro modo, no se logra nada.

Os lo diré con otro ejemplo. Hay unos animales que se llaman rumiantes. Si estos, en su prisa, comieron la hierba sin más, no se beneficiarán de ella a menos que la saquen de su primer estómago y la mastiquen lentamente. Observad que cuando el animal mastica, lo hace despacio, pero cuando arranca la hierba, lo hace con rapidez. Hijos míos, debemos masticar, rumiar. Esto, en el lenguaje patrístico, se llama zeoría, o contemplación (meditación en castellano puro, no mezclar la palabra meditación con meditaciones orientales, budistas etc.).

¿Entendéis, pues, qué es la zeoría, la contemplación? Debemos comenzar a ejercitar esta zeoría. ¿En qué se basa? En la memoria de Dios y en su acción dentro de la historia.

Si queréis, podemos añadir una tercera dimensión: la zeoría, es decir, la contemplación de Dios, también puede darse a través de sus energías increadas. ¿Qué significa esto? Significa que muchos santos y apóstoles tuvieron la contemplación de Dios dentro de la Luz increada, porque “Dios es Luz increada”, y esa luz es Su energía increada. Así, por ejemplo, san Simeón el Nuevo Teólogo se encontraba dentro de la luz increada de Dios y, en medio de esa experiencia, inició un diálogo. Le preguntó al Señor: “¿Quién eres?” Y el Señor le respondió: “Yo soy el que se ha hecho hombre y ha sido crucificado por ti”.

Así pues, tenemos la θεωρία zeoría, la contemplación de Dios, por medio de sus energías increadas. Pero aquí se requiere un cuidado muy especial, porque este es un campo resbaladizo. Y si llevas unos zapatos que resbalan, y te encuentras en un terreno así, fácilmente te caerás… y te encontrarás con el Hades, el infierno.

¿Qué quiero decir con esto? Que el diablo vendrá y te presentará imágenes, iconos divinos, luces, sueños, apariciones, etc. ¿Cuál es la llave para no ser engañado? La llave segura es la humildad. Que uno diga: “¿A mí viene Dios? ¿Quién soy yo?”. En principio, nunca debemos pedir ni buscar ver a Dios. ¡Atención! Si buscas ver a Dios, hay un enorme peligro: en vez de ver a Dios, verás al diablo. Y entonces, engañado, lo alabarás y lo venerarás, creyendo que es Dios. No pocos han sido engañados así en la historia.

Debemos, por tanto, tener mucha humildad y no desear ver nada. Me basta con Su agapi, Su amor increado e incondicional. Me basta vivir dentro de Su clima, de Su atmósfera. Me satisface profundamente. Mi psique-alma se llena con la presencia de Dios. No necesito experiencias extraordinarias. Pero si Dios se complace y desea mostrarme algo, entonces diré: “¿Quién soy yo para que me muestres esto, Señor?”.

Una vez, el diablo se apareció a un monje y le dijo: “Sabes, yo soy el Cristo”. Y el monje le respondió: “El Cristo nos dijo: ‘Os dirán: he aquí el Cristo, o allí. No lo creáis’”. Y el diablo desapareció. A otro monje se le apareció también diciendo: “Soy el Cristo”. Y este contestó: “¿Yo soy digno de ver a Cristo?”. El diablo, al encontrar esta humildad, no pudo permanecer y se desvaneció. Por eso, mucho, muchísimo cuidado, siempre con la condición de mantener la humildad.

Entonces, sí: tenemos las energías increadas de Dios, a través de las cuales puede que alguna vez Dios nos muestre algo. Pero debo deciros que esto es un fenómeno raro. Es difícil, y os lo repito: no debemos buscarlo.

Y una cosa más, la cuarta: veremos a la persona misma, el rostro de Jesús Cristo, como os dije desde el principio. Pero no veremos la esencia o sustancia de Dios, sino la persona o rostro de Cristo. Y esto, principalmente, pertenece al futuro. ¿Por qué pertenece al futuro? Porque la Santa Escritura nos lo advierte, y lo dice san Pablo en su Segunda Carta a los Corintios: que esta zeoría, esta contemplación de la persona o rostro de Dios, ahora la vemos como en un espejo, como un reflejo, es decir, no vemos al mismo Dios. Incluso en ese mismo pasaje se dice que lo vemos “como en enigma”, es decir, de forma enigmática, mediante símbolos; no como lo veremos cara a cara, persona a persona.

Y esto porque ahora caminamos y vivimos por la fe, no por visión, como también dice san Pablo en 2 Corintios 5,7. Es decir, creo en Dios, pero no le veo tal como le veré en Su Βασιλεία vasilía Realeza increada. No olvidemos esto. De todos modos, la visión, expectación de Dios es el propósito y finalidad de nuestra existencia. Porque, ¿para qué existimos?, ¿para qué vivimos?, ¿para qué llevamos una vida cristiana? Para contemplar la persona, el rostro de Cristo.

Por eso está escrito en el libro del Apocalipsis, el último de la Santa Escritura, en su último capítulo (22,4): “Y los fieles contemplarán, verán el πρόσωπον prósopon, la persona y el rostro de Él”. La visión, expectación de Dios es, pues, un acontecimiento futuro, y constituye el sentido, el contenido y el significado profundo de nuestra existencia. Existimos para ver el rostro de Dios. Por ahora, lo vemos, contemplamos a través de símbolos.

Quiero terminar con algo muy hermoso que dijo un asceta: “Has visto el rostro de tu hermano, has visto el rostro de Dios”. ¿Cómo puede uno, a través del hermano, ver el rostro de Dios? Simplemente porque cada ser humano es como una icona, una imagen de Dios. Tienes, pues, la copia, y a través de la copia ves el prototipo, el original.

Como también lo dijo Jacob a su hermano Esaú. Jacob temía una antigua disputa, pues había robado la primogenitura, pero Esaú ya se había ablandado, habían pasado veinte años. Entonces Jacob, a pesar de que eran hermanos mellizos -él nació después de Esaú-, le dijo: “Cuando he visto tu rostro, es como si hubiera visto el rostro de Dios”. Es algo muy bello.

Así que, hijos míos, Cristo dijo -y nos lo dirá también en el Juicio Final- que todo bien que hayáis hecho, toda caridad, toda agapi, cualquier cosa que hayáis hecho por vuestro prójimo, por uno de estos pequeños, por estos hombres desconocidos, a Mí lo habéis hecho, dice el Señor. ¿Por qué? Porque los hombres son iconas imágenes de un prototipo: el Cristo. Amín. (30:30)

La χάρις jaris-gracia, energía increada, del Señor Jesús Cristo y la agapi-amor (incondicional y energía divina) de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amín (2Cor 13:13).

Β Κορ. 13,13 Ἡ χάρις τοῦ Κυρίου Ἰησοῦ Χριστοῦ καὶ ἡ ἀγάπη τοῦ Θεοῦ καὶ ἡ κοινωνία τοῦ Ἁγίου Πνεύματος μετὰ πάντων ὑμῶν· ἀμήν!!!

Fuente: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/pantiseis-pori-n

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

Doce preguntas sobre varios temas, A. Mitilineos

Doce preguntas sobre varios temas C 22

El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.

 

Índice

  1. ¿Cómo podemos tener paz?
  2. ¿Qué es el fanatismo en el ámbito cristiano?
  3. ¿Por qué razón san Juan Bautista bautizaba? San Juan el Evangelista nos dice claramente que Cristo no bautizaba. ¿Por qué esta excepción? ¿Cuál es el sentido y la fuerza del Bautismo cristiano?
  4. El Apóstol Pablo, en una de sus epístolas, dice que “fue arrebatado hasta el tercer cielo”. ¿Qué significa esto? ¿Se divide el cielo en varios niveles o pisos?
  5. San Agustín dice: “Haz tu trabajo oración y tu oración trabajo”. ¿Cómo pueden los alumnos hacer su trabajo oración?
  6. ¿Cuál es la tesis ortodoxa sobre el dogma cristológico?
  7. ¿Cuál es la relación entre el sionismo y la masonería? ¿Y es verdad que los Testigos de Jehová son una rama del sionismo?
  8. ¿Cuando Pedro dijo: «Tú eres el Cristo»… por qué Cristo les reprochó que no dijeran nada al respecto? ¿Y por qué, cuando hacía milagros, a algunos les decía que no lo contaran y a otros sí?
  9. ¿Podría explicarnos algo de lo que dijo Pedro: “Tenemos más seguro el logos profético de lo que hemos visto”? (2Pedro 1,19)
  10. ¿Por qué Cristo no tuvo descendientes?
  11. ¿No es más preferible quemar a los muertos en vez de enterrarlos? ¿La Iglesia adoptaría fácilmente una ley así?
  12. Dudas sobre el libro del Apocalipsis de San Juan

Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua helénica-griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos el Nuevo Crisóstomo. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes del bachillerato.

  1. ¿Cómo podemos tener paz?

¡Ay, esta paz tan deseada! Es cierto, no son las palomas, ni los viajes, ni los congresos internacionales los que traen la verdadera paz. No consiste en correr de país en país, de continente en continente, como si la paz fuera algo que se pueda encontrar afuera, en acuerdos humanos o discursos. No sé si me entienden -pero quien tenga nus (espíritu), que comprenda. La paz no está allí. La paz es un fenómeno interior. No depende de las circunstancias externas, sino de una condición de la psique-alma. En el Nuevo Testamento, Dios es llamado “el Dios de la paz”. Por lo tanto, si tengo a Dios, tengo paz. La paz verdadera es un estado interior que surge cuando el alma está unida con su Creador.

¿Cómo puedo tener paz?

Teniendo una conciencia libre de remordimientos. Es decir, cuando mi conciencia me testifica que no soy culpable, sino responsable, que está limpia, pura y bondadosa. Por supuesto, esto ocurre cuando la conciencia no está embotada, sino que permanece sana, informándome con claridad y rectitud. Mi conciencia debe asegurarme que no tengo culpa ante Dios, ante mi prójimo y ante mí mismo. Son tres dimensiones esenciales: si falto a una de ellas, no puedo decir que tengo paz verdadera. Debo, por tanto, tener paz conmigo mismo, con los demás y con Dios.

Para lograrlo, es necesario que las tres facultades de mi alma —la lógica (o comprensión), la voluntad y la emoción- colaboren armónicamente en mi relación con Dios, con el prójimo y conmigo mismo. Atención:

  • Comprensión o lógica, voluntad y emoción en relación con Dios.
  • Comprensión, voluntad y emoción en relación con el prójimo.
  • Comprensión, voluntad y emoción en relación conmigo mismo.

Si alcanzo este equilibrio interior y no tengo remordimientos -es decir, si tengo una conciencia limpia y no culpable-, entonces con seguridad tendré paz.

La paz exterior es simplemente el fruto de la paz interior. Si la buscamos solo fuera de nosotros, nuestros esfuerzos serán en vano. Sabéis bien cuánto corren los hombres, de oriente a occidente y de norte a sur, en busca de paz. Pero no la encuentran. Y tras tantos maratones y conferencias sobre la paz, lo que siguen viniendo son guerras.

Os recordaré algo que quizás ya sabéis. En los Juegos Olímpicos de Berlín, en el año 1936, Hitler soltó palomas dentro del estadio olímpico para mostrarse como defensor de la paz e hipnotizar, por decirlo de algún modo, tanto a los alemanes como a los europeos. Sin embargo, en realidad se estaba armando, y tres años después estalló la Segunda Guerra Mundial.

De todos modos, se ha observado que allí donde más se habla de paz -cuando se la entiende como un fenómeno externo y no interno-, donde se ha expulsado a Dios, al Dios de la paz, a Cristo, el verdadero jefe de la paz, entonces es señal de que algo huele mal… probablemente se está preparando una guerra.

Si queréis, os daré un ejemplo más: Cuando una señora insiste y repite que es muy honesta, que es justa y lo proclama a voces por todas partes, uno se pregunta: “¿Por qué tanto énfasis? ¿No será que no lo es realmente?” Algo debe ocultar, porque quien es verdaderamente honesto no necesita proclamárselo al mundo. Así también ocurre con la paz: cuando hay tantos gritos, declaraciones y discursos sobre ella, sabed que muy probablemente se está gestando una guerra.

No olvidéis lo que dice el apóstol Pablo: “La paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Filip 4:7)

Esto significa que la paz de Cristo no puede ser comprendida por el nus (el espíritu humano) y la mente. Si alguien tiene la paz de Dios en su interior y tú no logras entenderlo, es porque no compartes esa misma paz. Esta paz supera todo nus-espíritu; es tan profunda que no puede ser expresada en palabras. Porque lo que pertenece al nus-espíritu puede describirse o escribirse, pero lo que está más allá del nus, lo que es súper-nus, no se puede ni describir ni escribir.

Por lo tanto, si queremos tener paz, debemos preocuparnos por ser correctos ante Dios, con el prójimo y con nosotros mismos. No debemos tener remordimientos de conciencia, sino vivir de tal manera que esta nos testifique que estamos en paz. Como dice bellamente el apóstol Pablo: vivir sensatamente o piadosamente en relación con Dios, justamente en relación con el prójimo, y sobriamente (o sabiamente, espiritualmente) en relación con uno mismo.

Si vivimos así -piadosamente con fe o sensatamente, justamente y sobriamente (σώφρονως, δικαίως, καὶ εὐσεβῶς) -, entonces, sin duda, alcanzaremos una paz profunda, muy profunda, una paz irreductible.

  1. ¿Qué es el fanatismo en el ámbito cristiano?

El fanatismo, en principio, es un estado de la psique-alma que cree en algo sin haber utilizado ni la lógica ni el ojo espiritual de la psique- alma, que es el nus (espíritu). El Señor, en el sermón del monte de los Olivos -en las bienaventuranzas-, dice: “La lámpara del cuerpo es el ojo”. ¿Qué ojo? El ojo espiritual: el nus (espíritu), que es el discernimiento, la capacidad de ver interiormente.

Cuando recibo una idea o creencia sin tener este ojo espiritual para discernirla, entonces actúo ciegamente. Por lo tanto, el fanatismo es actuar sin visión interior, sin discernimiento. Es ceguera espiritual.

No hace falta decir que el fanatismo, no sólo en el cristianismo, sino en cualquier religión o ámbito, es algo terrible. Es destructivo. Yo os diría: incluso si oís algo que parece lo peor, sentaos, escuchad con atención y pensadlo con serenidad. No os encendáis ni reaccionéis impulsivamente. De otro modo, podemos vernos arrastrados a manifestaciones extremas, fanáticas, simplemente porque no hemos utilizado nuestra mente lógica ni nuestro discernimiento.

Nunca seáis fanáticos en vuestra vida —ni en la religión, ni en la política, ni en ningún otro campo. En la política, por ejemplo, el fanatismo es bien conocido: se lanzan eslóganes vacíos, sin análisis lógico serio, y entonces se hacen cosas absurdas. Porque si uno reflexiona seriamente, difícilmente se levantará para romper sillas o cometer actos indebidos simplemente porque alguien se lo dicta. Así se alimenta el fanatismo.

Ahora bien, debo añadir que existe otro estado muy distinto del fanatismo: el celo (entusiasmo). El celo es un impulso interior, pero no ciego, sino iluminado por el discernimiento y la comprensión. Es, por ejemplo, el celo de los santos y de los mártires. Ya hablé del celo la semana pasada. (26:53)

 

  1. ¿Por qué razón san Juan Bautista bautizaba? San Juan el Evangelista nos dice claramente que Cristo no bautizaba. ¿Por qué esta excepción? ¿Cuál es el sentido y la fuerza del Bautismo cristiano?

Voy a responder brevemente a esta pregunta con las siguientes observaciones: El bautismo de san Juan era un bautismo de μετάνοια metania, es decir, de conversión o cambio de mentalidad. En cambio, el bautismo cristiano era y es un bautismo de adopción filial: nos convierte en hijos de Dios.

Me explico. En una ocasión, el Apóstol Pablo se encontró con doce personas en Éfeso. Les preguntó: “¿Habéis sido bautizados?”. Ellos respondieron: “Sí”. Entonces Pablo les preguntó: “¿Con qué bautismo? ¿Habéis recibido el Espíritu Santo?”. Y ellos dijeron: “Ni siquiera hemos oído hablar del Espíritu Santo”. Entonces Pablo les preguntó: “¿En qué bautismo habéis sido bautizados?”. Respondieron: “En el bautismo de Juan”. Fue entonces cuando Pablo avanzó más allá del bautismo de Juan y los bautizó con el bautismo cristiano, y recibieron el Espíritu Santo (Hechos 19,1–6).

Cristo dijo: “Juan bautizaba con agua, pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo”. Esto no significa que el agua se excluya del bautismo cristiano. El agua permanece como símbolo esencial, ya que el mismo Señor afirma: «De verdad en verdad te digo, el que no nazca de agua del bautismo y del Espíritu, no puede entrar en la realeza increada de Dios. [«Respondió Jesús: «De verdad en verdad te digo que: si uno no naciere espiritualmente del agua del bautismo y de la χάρις jaris (gracia energía increada) del Espíritu Santo, no puede ver ni entrar a la realeza increada de Dios, tampoco puede disfrutar de los frutos de la Realeza o del Espíritu Santo»] (Jn 3,5). Pero aquí se subraya la diferencia fundamental entre los dos bautismos.

Juan ofrecía un bautismo de μετάνοια metania, cambio de mentalidad, conversión y arrepentimiento, que significaba un regreso a Dios, pero quienes recibían ese bautismo no recibían el Espíritu Santo. En cambio, quienes se bautizan en Cristo, reciben el Espíritu Santo. Por eso, incluso cuando los discípulos de Cristo bautizaban durante la vida terrenal del Señor, en esencia lo que administraban era aún el bautismo de Juan, pues el verdadero bautismo cristiano, en Espíritu Santo, comienza el día de Pentecostés.

Una pequeña observación, aunque no se pide expresamente en la pregunta: es sabido que los doce Apóstoles y los ciento veinte discípulos que estaban en el aposento alto en Pentecostés no fueron bautizados con agua. Este es un caso excepcional. San Juan Crisóstomo dice que aquella habitación -el entresuelo donde se reunieron- fue, por así decirlo, la pila bautismal espiritual para aquellos ciento veinte. Fue un caso único.

En cambio, el Apóstol Pablo, que no estuvo presente en Pentecostés, sí fue bautizado con agua. Y recordaréis quién lo bautizó: fue Ananías, el discípulo de Damasco, a quien el Señor dijo: “Ve en busca de Saulo que está en tal casa, para que lo bautices” (Hechos 9).

Así, queda clara la diferencia entre los dos bautismos.

  1. El Apóstol Pablo, en una de sus epístolas, dice que “fue arrebatado hasta el tercer cielo”. ¿Qué significa esto? ¿Se divide el cielo en varios niveles o pisos?

Es cierto que esta expresión existe: que el Apóstol Pablo fue “arrebatado hasta el tercer cielo”. La tradición hebrea hablaba en términos de niveles o “plantas”, pero no se trata literalmente de pisos como los de un edificio, sino de una expresión con distintos significados espirituales y simbólicos. La palabra cielo tiene varios significados.

Esto también sucede en la lengua helénica-griega. De hecho, aunque Pablo era judío y tenía formación hebrea, escribió sus epístolas en helénico-griego, y en esa lengua también se emplea la palabra cielo con diferentes matices.

Veamos los tres significados principales de cielo:

  1. El primer cielo es el cielo atmosférico o meteorológico. Cuando decimos que “los pájaros vuelan por el cielo”, nos referimos al aire, al espacio donde vuelan tanto los pájaros como los aviones. Es el cielo de nuestra atmósfera.
  2. El segundo cielo es el cielo astral o cósmico, es decir, el espacio donde se encuentran el sol, la luna y las estrellas. Es el universo visible, el firmamento donde se ubican los cuerpos celestes.
  3. El tercer cielo es el cielo espiritual, el ámbito de la presencia divina, que está más allá del mundo creado, más allá del universo físico. Es el lugar en el que, según la revelación, los santos y ángeles contemplan la doxa (gloria increada) de Dios, es decir, su luz increada.

Cuando san Pablo dice que fue arrebatado al “tercer cielo”, él mismo aclara que se refiere al paraíso, el lugar donde actualmente las psiques-almas disfrutan espiritualmente, a la espera de la resurrección de los muertos, para unirse de nuevo a sus cuerpos y participar plenamente de la gloria de Dios en Su Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada).

Por tanto, el “tercer cielo” no es un lugar físico sino un estado espiritual, el más alto, más allá de la creación material, donde se saborea y se experimenta anticipadamente la divina doxa-gloria increada.

  1. San Agustín dice: “Haz tu trabajo oración y tu oración trabajo”. ¿Cómo pueden los alumnos hacer su trabajo oración?

Vamos a verlo. Lo que dijo san Agustín no es del todo correcto. Debemos señalar esto en primer lugar. No os extrañéis por esta afirmación; lo digo con respeto, pero también con claridad: no es completamente correcto considerar que el trabajo puede convertirse, sin más, en oración.

La oración es algo que se refiere directamente a Dios; es una unión con Él, una conversación o homilía con Dios. Y homilía, en su sentido original, significa estar en compañía con Dios. ¡Atención!: el trabajo, en sí mismo, no es compañía con Dios.

Aún más, debo deciros que existe un peligro real: el de dejar la oración al margen, si uno empieza a creer que el trabajo ya es en sí mismo oración. Por ejemplo, si me levanto por la mañana y, en lugar de orar, me arreglo rápidamente y me voy a trabajar, diciendo: «mi trabajo es oración», entonces estoy desplazando o sustituyendo la oración verdadera.

Algunos dicen: «el trabajo también es sagrado». Sí, puede ser sagrado, pero bajo ciertas condiciones. No puedes decir, por ejemplo: “el domingo por la mañana iré a trabajar a mi terreno porque el trabajo también es oración, es sagrado”. ¿Puedes realmente afirmar eso?

No, porque el mismo Dios que te mandó trabajar, también te ordenó santificar el día del Señor, y ese día debes ir a la Iglesia. Por tanto, no puedes proclamar el trabajo como sagrado si eso significa desobedecer otro mandamiento de Dios.

Aun si vas a tu trabajo y lo consideras como oración, escucha lo que dice Salomón: “Señor, así como el maná se derretía con los primeros rayos del sol, así también se desvanecen las obras de los hombres cuando no comienzan con oración.”

Por tanto, no puedo decir por la mañana que me voy directamente al trabajo porque “mi trabajo es oración”. Una cosa es el trabajo y otra, la oración. Son dos realidades distintas, claramente diferenciadas.

Ahora bien, otra cosa muy diferente es que nuestro trabajo se haga según los mandamientos de Dios y bajo la fuerza de la oración. Cuando, por la mañana, estoy en mi casa, en mi despacho, en el campo o en la fábrica, me santifico antes de empezar; entro en el espacio del trabajo con una actitud bendecida. No hago una oración extensa en ese momento, porque ya he orado por la mañana, pero sí me persigno o santiguo brevemente, complementando aquella oración, para que mi trabajo sea bendecido.

Cuando el trabajo se hace bajo el espíritu de oración, esto tiene un gran valor. Si, además, el trabajo que realizo está de acuerdo con los mandamientos de Dios, entonces mi vida y mi trabajo se santifican. Y en función del modo en que viva en esta cotidianidad, puedo alcanzar o perder la Realeza increada de Dios.

Ahora bien, la segunda parte de esta frase de san Agustín sí es correcta. Él dice: “Haz de tu oración un trabajo.” Esto es acertado. Pero decir: “Haz de tu trabajo oración” no lo es del todo.

Quizás no podéis imaginar que, en esta época de fiebre laboral y obsesión por la productividad y la satisfacción económica, la obra por excelencia del hombre no es su oficio, sino el trabajo de la oración.

¿Podéis imaginarlo? Que la oración es el trabajo por excelencia del creyente. Después de la oración, viene el trabajo del cumplimiento de los mandamientos, y solo después de eso, el oficio laboral, ya sea manual, intelectual o espiritual.

Por tanto, el tiempo dedicado a la oración no está perdido, sino enormemente valorizado, incluso grandiosamente aprovechado.
¿Por qué? Porque la oración, siendo la obra por excelencia de la psique-alma, jamás puede ser considerada una pérdida de tiempo. ¡Nunca, pero nunca digamos eso!

Los Santos Padres llaman a la oración: “La ciencia de las ciencias.”

Esto en cuanto a esta pregunta. (28:47:30)

  1. ¿Cuál es la tesis ortodoxa sobre el dogma cristológico?

¿Qué es el dogma cristológico? Es aquel dogma que se refiere a la Persona-Hipóstasis de Cristo, es decir, a la revelación/ apocálipsis y la verdad sobre Jesús Cristo.

¿Cuál es la tesis ortodoxa? Es muy sencilla. Podría decir que existen muchos aspectos que desarrollan esta tesis, pero me concentraré solo en uno, que es suficiente para que lo recordéis y lo tengáis -yo diría- como una piedra angular.

Nuestra Iglesia Ortodoxa cree en la persona θεανθρώπινα (zeanzrópina: divino-humana) de Jesús Cristo, quien es perfecto Dios y perfecto hombre. Esto, si lo guardáis en el corazón, es algo muy importante e interesante, porque hoy en día existen muchas herejías. Por ejemplo, los milenaristas (Testigos de Jehová) y otros más que no aceptan la naturaleza divina de Cristo.

Hay muchos -filósofos, sociólogos de nuestra época- que aceptan la naturaleza humana de Cristo, pero rechazan su divinidad. ¡Atención a este punto! Dicen: “Qué buen hombre fue Cristo, qué cosas tan buenas enseñó», y así también lo reivindican el socialista, el comunista, el marxista, e incluso el ateo puede utilizar a Jesús Cristo. Pero, ¿qué relación puede tener Cristo con estas manipulaciones? Es necesario aclararlo.

Muchas veces, cometemos un grave error por no conocer bien la tesis ortodoxa sobre la Persona-Hipóstasis de Cristo. Cristo es una persona  θεανθρώπινα zeanzrópina divino-humana: perfecto Dios y perfecto hombre, o, dicho de otro modo, el perfecto Dios que se hizo perfecto hombre, y que conserva en el cielo ambas naturalezas en grado perfecto. Además, las mantiene unidas de manera inconfundible en una sola Persona: ni la divinidad se mezcló con la naturaleza humana material del cuerpo, ni el cuerpo se mezcló con la naturaleza divina. Son esencias distintas, sin confusión ni mezcla.

Por eso, muchas veces, en nuestros kerigmas (predicaciones del Evangelio), no es un simple recurso retórico cuando repetimos la expresión “la persona zeanzrópina divino-humana de Cristo”; lo hacemos para que se grabe y se afiance bien en los oídos del público, de modo que aprendan a decir con conciencia: “la Persona θεανθρώπινα zeanzrópina divino-humana de Jesús Cristo”. Eso en cuanto a esta pregunta. (33. 46´40)

  1. ¿Cuál es la relación entre el sionismo y la masonería? ¿Y es verdad que los Testigos de Jehová son una rama del sionismo?

Esto lo trataremos con mayor profundidad cuando hablemos sobre la masonería. Pero sí, es cierto que existe una relación estrecha. ¿Qué relación hay entre las nubes y la lluvia? Pues esa es la relación que hay entre sionismo y masonería: muy estrecha.

La segunda parte de la pregunta dice: ¿Es verdad que los Testigos de Jehová son una rama del sionismo?
Pues , es verdad.

Dispongo de un excelente manual elaborado por el Santo Monasterio del Paráclito, en la región de Atenas. Permitidme leeros, sin desarrollo adicional, las principales tesis que allí se presentan sobre los llamados pseudo-mártires de Jehová, es decir, los Testigos de Jehová. Esta organización es considerada un enemigo malicioso, engañoso, falso, subterráneo y demoníaco del cristianismo.

  1. Odian profundamente al cristianismo y llaman a la Iglesia «Babilonia» y «organización prostituida de Satanás».
  2. Son una gigantesca empresa comercial, centrada en la venta de impresos, revistas y periódicos, de donde obtienen enormes beneficios, multiplicados además por las donaciones y ofrendas de sus seguidores. Véase el libro La dictadura de Brooklyn, pág. 97.
  3. Su material comercial son principalmente libros y revistas. Sus grandes imprentas editan 20 millones de revistas cada quince días, que deben ser distribuidas y vendidas.
  4. Es la organización más carente de filantropía. No han creado institución alguna de caridad: ni orfanatos, ni asilos, ni centros de ayuda social.
  5. Constituyen una de las herejías más graves, una amalgama de todas las antiguas: arrianismo, milenarismo, psicotomía (negación del alma), iconoclasia, protestantismo, etc. Son parientes cercanos de los adventistas.
  6. Son enemigos y negadores del Θεάνθρωπος (zeánropos) Dios-Hombre Jesús Cristo, de la Santísima Virgen (la Panaghía), de los Santos, de la Cruz y de todos los misterios de la Iglesia Cristiana.
  7. Pretenden el dominio universal. Han dividido el mundo en diez zonas, cada zona en partes, las partes en periferias, las periferias en regiones y las regiones en equipos. Trabajan incansablemente con este propósito. Por ejemplo, Grecia ha sido dividida en dos periferias y diecinueve regiones.
  8. Proclaman que todos los gobiernos del mundo, desde 1914, son satánicos e ilegales, afirmando que únicamente su organización es legítima y que no se debe reconocer ninguna otra autoridad. Es decir, proclaman abiertamente la anarquía y el desorden.
  9. No poseen enseñanza ética independiente. Simplemente obedecen ciegamente las órdenes que reciben desde su central en Brooklyn, Nueva York.
  10. Aunque afirman ser pacifistas y no tomar armas, en la Primera y Segunda Guerra Mundial sí las tomaron. En 1943, en Suiza, apoyaron el servicio militar, como consta en su periódico Consuelo. Y si algún día obtuvieran la mayoría, y Brooklyn les ordenara tomar las armas para exterminar a los cristianos, lo harían inmediatamente, alegando que es un nuevo mandato de Jehová.
  11. En sus libros escriben abiertamente que no son pacifistas, sino que simplemente Jehová aún no les ha dado la orden de iniciar la violencia. No obstante, si hay un interés particular, son capaces de alabar un gobierno, aunque lo consideren satánico. Para ello, usan el «artilugio de Yael», nombre que hace referencia a la mujer israelita que engañó con astucia a Sísara, subcomandante cananeo, y lo asesinó con dolo.

En resumen: los Testigos de Jehová constituyen una organización al servicio inmediato del sionismo.

Es importante entender que el sionismo adopta múltiples formas para adaptarse a distintos niveles sociales. Igual que una fábrica puede producir diversas marcas de pasta dental con diferentes aromas -aunque todas sean del mismo fabricante-, así el sionismo opera bajo distintas etiquetas.

Con la masonería y el Rotary Club, el sionismo busca captar a los intelectuales, dirigentes y personas en altos cargos de la sociedad y del Estado. Como ya dije, el Rotary Club es la antesala de la masonería, una especie de vivero donde se desarrollan futuras figuras masónicas.

Para captar al pueblo -no en sentido moral, sino como pueblo llano-, utilizan movimientos como los Testigos de Jehová, también conocidos como milenaristas. Su insistencia en usar el nombre “Jehová” en lugar de “Señor” es reveladora. Saben que en el Nuevo Testamento jamás aparece el nombre “Jehová”, porque los santos escritores y traductores sustituyen el nombre Yahvé por Kirios, es decir, “Señor”, insisten en leer “Jehová” donde dice “Señor” revela una clara orientación hebraizante y sionista. De hecho, ellos mismos enseñan que, cuando uno lee el Nuevo Testamento, debe sustituir mentalmente “Señor” por “Jehová”. ¿No llama esto poderosamente la atención?

Así pues, los sionistas utilizan la masonería para influir en los niveles más altos de la sociedad, y el milenarismo o Testigos de Jehová para influir en los niveles más bajos. Por eso afirmamos con claridad: el milenarismo y los Testigos de Jehová están en relación directa con el sionismo.

Más adelante, cuando tratemos el tema de la masonería, veréis cuántos nombres utilizados en los grados de iniciación son palabras hebreas. No hace falta añadir mucho más. Basta entender que todo esto es impulsado por el sionismo internacional, que actúa por medio de múltiples frentes, con el propósito de dominar un día a toda la humanidad. (23,1´)

  1. ¿Cuando Pedro dijo: «Tú eres el Cristo»… por qué Cristo les reprochó que no dijeran nada al respecto? ¿Y por qué, cuando hacía milagros, a algunos les decía que no lo contaran y a otros sí?

Cuando sanó a aquellos dos ciegos, les ordenó que no lo dijeran a nadie. Sin embargo, ellos salieron y divulgaron el acontecimiento por todas partes. En cambio, al endemoniado de Gerasa le dijo: “No vengas conmigo; ve a tu ciudad, Gerasa, porque se asustó, no me recibió ni me aceptó. Tu ciudad quiere permanecer en el pecado; cuéntales las cosas admirables que Dios ha hecho contigo” (Marc 5:1-20, Mat 8:28-34, Luc 8:26-39).
Los gerasenos eran hombres sin fe y pervertidos, por lo tanto, necesitaban escuchar quién era el Cristo y qué hacía. Otros, en cambio, tenían una percepción equivocada del Mesías. Esta idea errónea estaba muy extendida; por eso también les decía a sus discípulos que no revelaran nada.

Pedro fue inspirado por el Padre para decir: “Esto no te lo ha revelado carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”. Y aun así, Cristo les prohibió decirlo. ¿Por qué?
Porque estaba muy difundida la creencia de que el Mesías sería un portador de bienes materiales, alguien que vendría a traer comida servida con cucharas de oro. Pero no era así. El pueblo tenía una percepción tergiversada del Mesías; no interpretaban correctamente el Antiguo Testamento ni a los profetas. Por eso, Cristo impedía que se hiciera pública su identidad mesiánica, para evitar malas interpretaciones.

Os daré un ejemplo: cuando Cristo alimentó a los cinco mil, fue él mismo quien disolvió la multitud, mientras obligó con firmeza a sus discípulos a subir a la barca y pasar a la otra orilla. ¿Por qué? Porque la multitud murmuraba que querían hacer una revolución y proclamar a Cristo como rey. En el desierto quisieron hacer una revolución. Al día siguiente, cuando volvieron a encontrar al Señor, le dijeron: “¿cuándo has llegado aquí? Respondió Jesús y les dijo: «Amín, amín, de verdad en verdad os digo, vosotros me buscáis no porque habéis visto los milagros, sino porque ayer comisteis de los panes y os saciasteis. [«De verdad en verdad os digo que vosotros me buscáis porque habéis comido de los panes y os habéis saciado y otra vez queréis que os dé bienes materiales. No me buscáis por los milagros que habéis visto y os han convencido sobre mi misión divina y la verdad sanadora y salvadora de mi enseñanza, para que seáis beneficiados espiritualmente».]” (Juan 6:26-27).
Y ellos preguntaron: “¿Qué es ese alimento?”. Cristo les respondió: “Es mi cuerpo y mi sangre”. Entonces dijeron: “Duro es este mensaje, ¿quién puede escucharlo?”. Porque pensaban en carne y sangre humanas, y no podían aceptar este «logos». En ese momento, el Señor estaba corrigiendo el error sobre quién era verdaderamente el Mesías.
No era un Mesías liberador en sentido étnico ni económico. Como el pueblo no estaba preparado espiritualmente, el Señor ocultaba su condición mesiánica.

Además, había una razón más profunda: era necesario engañar y atrapar al diablo, quien había engañado a Adán y Eva. Ahora debía ser engañado por el nuevo Adán. Cristo debía ser crucificado por obra del diablo. Este, al ver las obras de Jesús, se maravilló y preguntó: “¿Quién es este?”. Pero luego lo condujo a la Cruz.
Los Santos Padres dicen que la Cruz era el anzuelo, y el cuerpo de Cristo, el cebo. Así se atrapó al “pez”, es decir, al mismo diablo. Porque Cristo murió en la Cruz y pagó el precio de la muerte de Adán.
Y ahora que ha resucitado, el diablo ha sido derrotado. Por eso, el Señor escondía su mesianidad: para vencer con sabiduría al enemigo. Amén. (27, 14´30´´)

  1. ¿Podría explicarnos algo de lo que dijo Pedro: “Tenemos más seguro el logos profético de lo que hemos visto”? (2Pedro 1,19)

Es una pregunta muy interesante. En este pasaje, el apóstol Pedro se refiere, principalmente, al acontecimiento de la Metamorfosis del Señor, y dice: “Nosotros fuimos testigos oculares de su majestad”. Es decir, vivieron personalmente, en lo alto del monte Tabor, la gloriosa Metamorfosis del Señor.
Y realmente fue un hecho inolvidable, una experiencia única y maravillosa. Porque la Metamorfosis constituye un punto culminante en la vida de los tres discípulos que la presenciaron. Hasta ese momento, el Señor había vivido en este mundo en kenosis (κένωσις), es decir, en un vaciamiento voluntario de su doxa-gloria divina. Su divinidad estaba escondida, y su apariencia era la de una persona sencilla. Aun así, como decimos coloquialmente, sus milagros “lo delataban”, manifestando quién era en realidad.

Aquel episodio fue, por así decirlo, una “ventana” que se abrió hacia la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios, una apertura a través de la cual los tres discípulos pudieron contemplar un aspecto de su doxa-gloria increada. Porque la Realeza increada de Dios no es otra cosa que el mismo Señor, en quien la naturaleza humana se encuentra dentro de la luz increada de la divinidad.

La naturaleza humana de Cristo fue deificada desde el mismo momento de su concepción -¡atención a este punto!-, y no posteriormente. En cambio, los hombres sólo podrán contemplar al Señor en su gloria si ellos mismos también han sido glorificados (divinizados). Por eso decimos que esa luz increada es la condición o estado de la Realeza de Dios.

Pedro vivió esta experiencia, y la transmite en su epístola con pocas palabras, pero de profundo contenido.

Es importante notar que el apóstol Pedro, movido por el Espíritu de Dios -es decir, zeópnefstos (θεόπνευστος, inspirado por Dios)-, no se queda solamente en relatar su experiencia como testigo de la doxa-gloria increada. Tiene también que hablar a hombres que están en un nivel espiritual más bajo y que podrían decirle: “Tú tuviste esa experiencia, ¿pero nosotros cómo podemos tenerla?”.

Por lo tanto, esta experiencia debería repetirse a lo largo de la historia, para que los hombres puedan recibir testimonio y comprensión. Sin duda, aparecerán también quienes digan que esto no es más que una ensoñación, que no se puede permanecer en un milagro o en una visión, en algo que trasciende la naturaleza y se manifiesta de forma sobrenatural. Seguro que surgirán este tipo de personas. A esas personas, el apóstol Pedro les responde con algo muy importante: “A pesar de esto, -yo os he referido mis experiencias sobre la Metamorfosis-, pero tenemos más seguro el logos profético” (2 Ped 1,19). Esto es fundamental. El logos profético es un milagro más grande que cualquier otro milagro. Tened esto muy presente. Porque los milagros también pueden ser imitados por el diablo, pero la verdadera profecía no puede ser producida por él.

También os explico esto para que se disipe toda duda: el diablo no puede crear profecía. Lo que ocurre es lo siguiente: cuando alguien cree en lo que el diablo le revela en un sueño o en una visión demoníaca, si lo cree con fe, entonces Dios puede permitir que eso se cumpla.
¿Por qué? Porque el diablo lo ha dicho al azar, sin conocimiento real del futuro, y al haberle dado crédito, Dios permite su cumplimiento como castigo, por haber prestado atención a las palabras del enemigo.

En este sentido se producen las apariciones y visiones demoníacas que algunos hombres experimentan. Fuera de esto, el diablo no conoce el futuro; no sabe nada. Y cuando hablamos de «futuro», no nos referimos a aquello que tú aún no ves, pero que otro sí puede ver. Por ejemplo: yo ahora estoy de cara a la puerta del templo, y vosotros estáis de espaldas. Entra una persona con un abrigo largo, y yo os digo: “viene alguien con un abrigo largo”. Vosotros no lo veis, y para vosotros esto puede parecer una profecía. Yo lo anuncio, y cuando esa persona llega hasta aquí, decís: “he aquí un hombre con abrigo largo”.
Entonces, lo que he dicho se cumple. Pero esto no es profecía, porque yo simplemente lo vi venir; para vosotros era desconocido, pero para mí era evidente.

Lo mismo sucede con el diablo, hay muchas cosas que él ve venir antes que nosotros, pero eso no significa que haga profecías. Él no es profeta, y no sabe lo que pasará ni siquiera en el siguiente segundo.

Por eso afirmamos que los milagros no siempre son garantía de verdad, pues incluso el anticristo hará milagros. Lo que sí es auténtico y superior es el logos profético.

Y ved cómo actúa Pedro, inspirado por Dios. No se limita a decir: “Yo he vivido el acontecimiento del Tabor, ¿qué más queréis?”. No. Él reconoce su experiencia, pero ofrece a los creyentes el camino seguro que pueden recorrer también ellos: “Tenemos más seguro el logos profético, al cual hacéis bien en estar atentos como a una lámpara que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día amanezca y el lucero de la mañana se levante en vuestros corazones” (2 Pedro 1,19).

Esto es, realmente, de una grandeza inmensa.

¡Atención! A algo que pertenece a la praxis de nuestra Iglesia. Cuando celebramos una fiesta -por ejemplo, la Fiesta de la Metamorfosis, ya que estamos hablando de ella-, desde las vísperas la Iglesia nos presenta pasajes del Antiguo Testamento. Estos pasajes son profecías o tipos, es decir, acontecimientos que prefiguran otros futuros. Lo que ocurre en el Antiguo Testamento constituye un tipo de lo que sucederá en el Nuevo Testamento, y estos tipos tienen también dimensión profética.

¿Qué hace, entonces, la Iglesia?
Proyecta la profecía. Imita al apóstol Pedro, imita lo que Dios, por medio del Espíritu Santo, ha descrito en las Santas Escrituras. Para mostrarnos el milagro, nos presenta primero la profecía. Esto es algo muy grande.
Por eso, si alguna vez oís algo extraño, si alguien afirma algo, acudid inmediatamente a la Santa Escritura. Id y ved qué dice el logos profético sobre eso.

Pongamos por ejemplo al anticristo, que hará muchos milagros. Abrid el libro del Apocalipsis -y también otros muchos lugares de la Escritura: las epístolas del apóstol Pablo, el profeta Daniel y otros-, y veréis que la Escritura nos advierte proféticamente que el anticristo hará milagros.

Entonces, si veo a alguien que realiza milagros, pero no viene del cielo, debo recordar lo que claramente nos dijo Cristo: “Aquel que viene del cielo aparecerá como el relámpago que brilla de un extremo del cielo hasta el otro; así vendrá el Hijo del Hombre” (Luc 17:24 Mat 24:27).

Pero el anticristo no vendrá así. Como dice san Juan en el Apocalipsis, vendrá de la tierra. Estas cosas son profecías. Y si las he leído y conocido, entonces sabré discernir: este que se presenta como Mesías no es el Mesías; es un anticristo, o quizás el mismo anticristo.

¿Quién me ayuda a discernir esto?
El logos profético de la Santa Escritura. Este logos profético, hijos míos, es el gran arsenal espiritual del creyente.

Como las profecías cristológicas -las que se refieren a la persona de Cristo- ya se han cumplido, algunos piensan que ya no es necesario estudiar a los profetas del Antiguo Testamento. Pero no es así. En cada época, todo creyente puede, a través de la profecía, reconocer al Jesús histórico, y también que el mismo Jesús histórico es quien inspiró esas profecías. Esto es de suma importancia. Por eso debemos estudiar el Antiguo Testamento y especialmente a los Profetas. Y debemos preguntarnos constantemente: “¿Qué hay aquí? ¿Qué se nos dice aquí?” Y cuando, en el logos profético, descubrimos a la persona de Jesús Cristo -quien ya es persona histórica y cumplimiento de la profecía-, entonces nos llenamos de entusiasmo, de admiración, de una fe profundísima y de la certeza inquebrantable de que Jesús Cristo es verdadero y es Dios. Amín. (34 1´)

  1. ¿Por qué Cristo no tuvo descendientes?

¿De dónde procede la naturaleza humana de Jesús Cristo? Obviamente, del género humano, y la muestra perfecta de ello es la Θεοτόκος (: la que da a luz a Dios). Es cierto que la Zeotokos portaba el pecado ancestral u original, pero Cristo no lo tomó. Y os lo explicaré.

Sabemos que todos los hombres nacen de forma espermática, es decir, mediante la participación de ambos sexos. No hay ninguno que no haya nacido espermáticamente. ¿Y cómo fue creado Adán? Ciertamente, no de forma espermática. Adán fue creado directamente por Dios. Dice la Escritura: “Y Dios creó al hombre tomando χούν jun (tierra especial del suelo (y sopló en su rostro aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente”. Aquí, el escritor zeópnefstos (inspirado por Dios) utiliza la palabra χούν jun, que significa «tierra especial» (sino diría joma: polvo de tierra o barro), para hacernos entender que el hombre fue creado de manera distinta al resto de las criaturas. En realidad, la palabra griega común para tierra es χώμα joma.

La creación en general se realiza por mandato divino: “Dijo Dios: Hágase la luz, hágase…”, etc. En cambio, respecto al hombre dice: “Y Dios formó al hombre tomando χούν jun del suelo…” Es decir, tomó elementos de la naturaleza y formó a Adán. Por tanto, Adán no nació, sino que fue constituido, formado.

Adán, aun siendo creado y no nacido, cayó, pues transgredió el mandamiento de Dios. A partir de esa caída, todos los nacidos de él, es decir, sus descendientes, al nacer de forma espermática, heredan el pecado ancestral u original.

La Παναγία Panaghía (Santísima Virgen) también nació de padres humanos, es decir, de forma espermática. Pero cuando la Zeotokos recibió el anuncio del ángel, se le dijo que aquello que nacería de ella sería Santo. Ella respondió: “¿Cómo será esto, si no conozco varón?”, es decir, si no estoy casada. Entonces el ángel le dijo que el Espíritu Santo vendría sobre ella y la cubriría con su sombra. Esto significa que el nacimiento de Cristo no sería espermático, sino creativo.

Nuestra Panaghía fue ensombrecida por el Espíritu Santo y el Logos de Dios. Así, el Logos tomó de la sarx (carne) de la Panaghía, porque debía tomar carne verdaderamente humana. Pero aquello que tomó, lo formó, lo creó: su psique-alma humana y su cuerpo humano, es decir, su existencia humana. Por tanto, en lo que respecta a Jesús Cristo, la concepción en la Panaghía fue un acto creativo, no espermático.

Por esto, Jesús Cristo es llamado el Nuevo Adán. Y este no es un simple título o una expresión poética. El primer Adán no fue engendrado, sino creado; así también el Nuevo Adán no fue engendrado por medios humanos, sino creado. El primer Adán cayó, mientras que el segundo Adán, el Jesús Cristo, asumió la condición del primero para redimirnos y salvarnos.

Así, el cuerpo de Cristo no es espermático, sino creación, formación divina. Y si alguno se pregunta: ¿Por qué Dios dio a Adán la capacidad de reproducción espermática, si él mismo fue creado sin ella? La respuesta es que Dios, en su presciencia, sabía que Adán caería, y con su caída entraría la muerte en el mundo. Por eso, le otorgó la capacidad espermática generativa, para que la humanidad se perpetuara y no se perdiera tras la caída.

Obviamente, todo esto lo hizo Dios a priori, porque sabía lo que haría el hombre. Dios lo conoce todo. Pero en el caso de Jesús Cristo no hay participación de esperma, simplemente porque Jesús Cristo no tendría descendencia; no existía ninguna razón para ello. De la misma manera, si Adán no hubiera caído, no habría existido la configuración espermática. Esta configuración pertenece al siglo presente, es decir, a la era actual marcada por la caída.

Por lo tanto, podríamos decir que Dios habría creado más y más seres humanos directamente, como hizo con Adán. Así como los ángeles no nacieron los unos de los otros, sino que fueron creados -no por medios espermáticos, sino directamente por Dios-, así también podrían haberse creado billones, si se quiere, de existencias humanas sin el método espermático. Pero Dios así lo quiso y así lo hizo.

Jesús Cristo, sin embargo, no tenía necesidad de este modo de nacimiento porque es el Nuevo Adán. No caería, y al no caer, no había motivo alguno para que existiera en Él el modo de reproducción espermático. Él mismo se constituye, y por lo tanto no participa de la espermaticidad.

Así respondo a la pregunta que me hizo una teóloga de Atenas: “¿Por qué Cristo no se casó, no formó una familia ni la bendijo?” El mismo Cristo, el Logos de Dios, bendijo ya a la familia desde el paraíso, cuando dijo: “Creced y multiplicaos”; allí la bendijo. Y también la bendijo en las bodas de Caná. Por eso, no tenía necesidad de formar una familia humana, ya que en Él no hay caso espermático, porque en Él no hay caída.

Al contrario, cuando llegue el momento de la resurrección, tampoco en nosotros existirá la forma espermática. Seremos hombres perfectos en Βασιλεία (Vasilía: realeza increada) de Dios. Cristo mismo lo dijo claramente: “En la resurrección no se casan ni se dan en casamiento” (cf. Mt 22,30). Por tanto, está clarísimo que el matrimonio es un fenómeno posterior a la caída. ¿Por qué habría Cristo de asumir un fenómeno post caída? Entonces ya no sería el Nuevo Adán.

Si murió, fue porque asumió las consecuencias del pecado ancestral u original, y así entró en nuestro camino para llevarnos a la resurrección. Nosotros morimos, pero gracias a Él resucitaremos. Cristo tomó sobre sí la consecuencia, que es la muerte, pero en Él la muerte ya no domina.

Y una cosa más: lo que Cristo tomó de la Zeotokos -es decir, su naturaleza humana- no lo recibió de manera espermática, como ya os dije, sino de forma creativa. Esta naturaleza humana, en el mismo momento de la concepción, fue divinizada, glorificada, deificada.

Atención: ¿qué significa que fue divinizada? Significa que el cuerpo de Cristo era un cuerpo divinizado, tal como se manifestó en su Metamorfosis, aunque encubría la doxa, es decir, la gloria, la luz increada de la zéosis (divinización, deificación), porque no debía mostrarse esa gloria abiertamente. Si se revelara completamente esa doxa-gloria, entraríamos en otras problemáticas: la fe se debilitaría, se vería forzada, se anularía el libre albedrío, la libre voluntad y preferencia personal, etc. Son muchas las razones.

En el monte Tabor, sin embargo, permitió que se revelara un poco de quién era verdaderamente. Y esa misma θέωσις zéosis fue transmitida también a la Zeotokos. Ella fue purificada por el Espíritu Santo y ofreció a Cristo una sarx (carne) limpia; pero al mismo tiempo, ella misma recibió la zéosis, pues llevó en su vientre durante nueve meses al Dios deificado.

Por esta razón, Isabel, al ver a la Ζeotokos, exclamó: “¿Cómo es que la madre de mi Señor viene a mí?” ¿Escucháis? Mi Señor. Isabel recibió carisma profético por medio de su hijo, el Precursor (Juan el Bautista), quien tenía este carisma ya desde el seno de su madre. Porque ella misma declara con claridad que, al ver a María, “el niño saltó en su interior”. Es como si dijera: “¡He aquí Él!” Lo que más tarde diría explícitamente como adulto: “He aquí el Cordero de Dios, el Mesías”, ahora lo transmite en forma profética a su madre, Isabel. Y ella proclama: “¿Cómo es que la madre de mi Señor viene a mí?”

Pensad que la Ζeotokos era pariente de Isabel y tenía apenas 14 o 15 años. Isabel, en cambio, era de edad avanzada y fue un milagro que concibiera un hijo en esa etapa de su vida. A pesar de su mayor edad, proclama a su joven pariente, la Panaghía, como la madre de su Señor.

Por lo tanto, el embrión -si se me permite expresarlo así- ya estaba deificado en las entrañas de su Madre. Es decir, el cuerpo de Cristo, dentro del seno de la Panaghía, estaba deificado, divinzado desde el primer momento.

Ahora bien, pregunto: ¿un cuerpo deificado, que no fue formado espermáticamente sino creativamente, como en el caso de Adán, puede tener una disposición hacia la reproducción? No había posibilidad de espermaticidad en Cristo. Por consiguiente, ¿cómo es que hoy se le presenta como si tuviera “amigas”, simpatías o vínculos sentimentales? ¿No creen que estas ideas son residuos nacidos de una visión monofisita? Porque desde el momento en que uno acepta que Cristo es perfecto Dios y perfecto hombre, el monofisismo queda descartado.

Por eso diría que con estas películas de cine actuales se ha introducido subrepticiamente una forma moderna de monofisismo, junto con otras desviaciones. Si tuviéramos una formación y preparación teológica ortodoxa y pragmática, lo entenderíamos todo claramente.

Os digo cosas que probablemente no escucharéis ni leeréis en otros lugares. Sobre lo demás, escucharéis y leeréis muchas barbaridades. Por eso, os sugiero sinceramente que no veáis películas de cine sobre Cristo, porque lo presentan únicamente como hombre, y veréis y oiréis cosas indignas y falsas.

Todo esto no ocurriría si los cristianos tuviéramos una plenitud de gnosis teológica y una vida espiritual verdaderamente plena.

  1. ¿No es más preferible quemar a los muertos en vez de enterrarlos? ¿La Iglesia adoptaría fácilmente una ley así?

Y «No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él;» (1 Cor.3, 16-17)

Prestad atención, hijos míos, a este tema.

El entierro de los muertos es una costumbre antiquísima y universal, mucho más antigua que la cremación. Por lo tanto, desde el principio, ha sido práctica común entre todos los pueblos y en todas las épocas enterrar a los difuntos. El entierro es lo más natural: lo que ya no vive sobre la tierra se descompone, y naturalmente vuelve a la tierra. En cambio, la cremación no es una praxis natural. La praxis más acorde con la naturaleza es, sin duda, el entierro.

Aun así, la cremación fue adoptada por algunos pueblos en épocas posteriores. Por ejemplo, los egipcios jamás incineraban a sus muertos. Es bien sabido que los momificaban, los embalsamaban, y muchos de esos cuerpos se han conservado hasta nuestros días. Tampoco los helenos (griegos) practicaban la cremación como costumbre general; aunque hay casos aislados, en su mayoría se inclinaban por el entierro.

En el cristianismo predomina el entierro. No solo porque Cristo fue sepultado, sino también porque este acto expresa de manera más profunda la fe en la resurrección. Decir que la cremación impide la resurrección sería absurdo. Sería una broma decir que, si quemamos un cuerpo, entonces no podrá resucitar. Es ridículo pensarlo. Para confirmarlo, recordemos el Apocalipsis 20,14: “Y la muerte y el Hades fueron arrojados al lago de fuego increado [para que no salgan más de allí, se habrán anulado para siempre]. Esta es la muerte segunda [es decir, la separación eterna de Dios, el terrible, horrible e interminable infierno]” (Ap 20,14).

El fuego, el agua y el mar devolverán los cuerpos. Es decir, en cuanto a la materia, el cuerpo no se pierde. ¿Cómo recogerá Dios esa materia para recomponer el cuerpo humano? Esa es una cuestión de Su sabiduría, de Su αγάπη (agapi: amor incondicional) y de Su δύναμις (dínamis: poder, potencia y energía increadas). No es asunto nuestro. El punto esencial es que la cremación no impide la resurrección de los muertos.

Pero, prestad atención: el entierro es una icona, una imagen viva de la fe en la resurrección. Por eso, en los kóliva (ofrendas con trigo hervido en los memoriales) usamos trigo, que además tiene un simbolismo geográfico y bíblico. Nos recuerda la Resurrección: así como el grano de trigo cae en la tierra y brota en una nueva forma, así también -dice san Pablo- se siembra el cuerpo en corrupción y resucita en incorrupción.

Enterrar a los muertos es, por tanto, un acto simbólico que representa la fe en la resurrección. Por eso usamos el verbo griego κοιμοῦμαι (kimúme), que significa “dormirse”. No decimos “quemar”, decimos “dormitorio”, no “crematorio”. El difunto está dormido, y se despertará. No es ceniza, sino que espera la resurrección.

En conclusión: el entierro es icona, símbolo y representación de la Resurrección de los muertos. Por tanto, los cristianos no deberían ser cremados o incinerados. La cremación es preferida por los panteístas o por quienes niegan la resurrección de los muertos.

Os recordaré dos artistas griegos muy conocidos: Dimitri Mitrópoulos, famoso director de orquesta, y María Kalas. Ambos dejaron testamento pidiendo ser incinerados. Esa decisión va en contra del dogma ortodoxo sobre la resurrección. No porque no vayan a resucitar, lo repito, sino porque se pierde la icona visible de la resurrección al evitar el entierro.

Por eso, la Iglesia jamás aceptará la cremación de los muertos como práctica, sino solamente el entierro. Si alguien es ateo, panteísta o de otra creencia y desea ser incinerado, está en su derecho. Pero en ese caso, esa persona ya no tiene relación con la Iglesia (Increada unida con la creada).

  1. Dudas sobre el libro del Apocalipsis de San Juan

Dicen que el libro del Apocalipsis de San Juan fue escrito -según algunos- en tiempo futuro, pero que se refiere en realidad a hechos del pasado. Es decir, que cuando Juan habla del anticristo en futuro, en realidad estaría hablando de cosas ya pasadas. ¿Es esto verdad?

Pero, ¿cómo es posible que se hayan escrito hechos que ya sucedieron y que, sin embargo, los ignoremos? La verdad, no vale la pena ni contestar a esta pregunta. Porque sobre el libro del Apocalipsis se dicen y escriben cosas terribles e incluso absurdas, en el sentido estricto de la palabra. Sin embargo, aprovecho la ocasión para deciros que, en nuestra época, hay muchos que están en contra del libro del Apocalipsis. Dicen muchas cosas… hasta barbaridades.

Pero nosotros, como ortodoxos, debemos tener claro que nuestra Iglesia ha determinado que este libro forma parte del canon del Nuevo Testamento. Y si está dentro del canon, significa que es un libro reconocido -el vigésimo séptimo (27º) del Nuevo Testamento-, y cualquier comentario que intente desvalorizarlo está de más y es inútil.

Aprovecho también para deciros algo más, una percepción personal que deseo compartir: cuando estudiamos el libro del Apocalipsis, nos damos cuenta de que no contiene nada que esté fuera del espíritu del Antiguo o del Nuevo Testamento. El libro del Apocalipsis está completamente en sintonía con toda la Santa Escritura.

Ahora bien, alguno me dirá: “¿Y qué hay de estas plagas terribles que menciona el Apocalipsis?”.
Sabed que esas plagas tienen su antecedente histórico en las diez plagas de Egipto, en tiempos del faraón. Y digo “antecedente histórico” en sentido pleno: por ejemplo, cuando el Nilo se contaminó y el agua se volvió roja como la sangre, eso -que hoy se puede explicar por fenómenos naturales o químicos- en aquel entonces ocurrió por voluntad divina. Dios no manda elementos nuevos del cielo, sino que usa los materiales ya existentes de la creación para ejecutar sus juicios. Así lo hizo también Moisés, cuando el agua del Nilo se volvió imbebible.

Hoy vivimos una realidad muy parecida: contaminación del medio ambiente, de las aguas, del mar… Vemos cómo muchas de las cosas descritas simbólicamente en el Apocalipsis ya se están cumpliendo ante nuestros ojos.

¿Queréis un ejemplo más? El Apocalipsis habla del lago de fuego y azufre. ¿Sabéis que Sodoma y Gomorra, que fueron destruidas con fuego y azufre, son un tipo, un modelo histórico del infierno? Lo sabéis, ¿verdad? Nadie se salvó, excepto Lot y sus dos hijas. Así que, como veis, los modelos del Apocalipsis ya están prefigurados en el Antiguo Testamento. El espíritu del Apocalipsis no es diferente del espíritu de la Escritura, sino que forma parte esencial de ella.

La única diferencia es que, en lugar de hablar directamente de la teología de Jesús Cristo, el Apocalipsis se enfoca en la teología del Cordero. Así está escrito: el Cordero de Dios. Pero recordad que Cristo es el Cordero de Dios. Así lo proclamó Juan el Bautista: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

En el resto del Nuevo Testamento se subraya la persona de Cristo, y esto es natural. En cambio, en el Apocalipsis, libro simbólico y lleno de figuras, el Cordero aparece como un símbolo central, como un cordero degollado, pero de pie. Pregunto: ¿cómo puede estar de pie un cordero degollado? La respuesta está en aquello que se dice al comienzo, cuando aparece Juan el Evangelista, y lo repite también al inicio de sus cartas a las siete Iglesias: “Yo fui muerto, pero vivo”.

¿Qué significa esto de un cordero degollado y, sin embargo, de pie? Significa claramente que fue crucificado, murió y resucitó.

Hijos míos, hay una maravillosa y sorprendente unidad entre las tesis teológicas del Apocalipsis y todo el espíritu del Antiguo y del Nuevo Testamento.

Por lo tanto, todo lo que se dice contra el libro del Apocalipsis es simple charlatanería, y debemos rechazar estas tesis y posturas de inmediato. ¡Amín! (34:30)

Fuente: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/pantiseis-pori-n

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

Ciencia y religión, Mitilineos

Ciencia y religión C21

El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.

 

Índice

  1. ¿Puede el progreso científico hacer desaparecer la religión?
  2. Génesis y conflicto entre religión y ciencia
  3. Según la ley de materia y antimateria, los científicos creen en la existencia de otro mundo y en la existencia de seres extraterrestres (OVNIs). ¿Qué cree usted sobre esto?

 

  1. ¿Puede el progreso científico hacer desaparecer la religión?

Hubo una época -especialmente en el siglo XIX- en la que, impulsados por los avances científicos y tecnológicos, muchos vivieron un gran entusiasmo y un optimismo exagerado. Se llegó a pensar que la humanidad ya no necesitaría a Dios, y que la ciencia podría sustituir lo que hasta entonces ofrecía la fe, en particular el Cristianismo.

Pero, hijos míos, esto fue un profundo error. ¿Por qué? Porque el sentimiento religioso es algo innato y congénito al ser humano. No puede arrancarse del hombre sin provocar graves consecuencias. Por eso, no importa cuánto avance la ciencia: nunca podrá eliminar el fenómeno religioso, ni erradicar el anhelo espiritual del corazón humano. Es, sencillamente, imposible.

Además, debemos comprender que cuando hablamos de ciencia, nos referimos a un campo específico: el estudio del mundo natural, aquello que podemos observar, medir, investigar y utilizar. La ciencia trabaja dentro de los límites de lo físico. En cambio, cuando hablamos de religión, nos movemos en un ámbito completamente distinto: el de lo sobrenatural, lo que está más allá de la física, de la observación y de la experiencia sensorial, sensible.

Y aquí surgen las preguntas clave: ¿Puede la ciencia eliminar el mal? Ya está demostrado -y el siglo XX lo evidenció con creces- que no solo no ha eliminado el mal, sino que, en muchos casos, lo ha multiplicado a niveles nunca antes vistos. ¿Puede la ciencia responder al sentido de la existencia? ¿Puede decirnos por qué existimos? ¿Acaso vivimos solo para comer y beber? En definitiva, la ciencia no tiene respuestas para estas cuestiones fundamentales. Quien responde a esto es la religión.

El ser humano es un “ón” (ὤν), un ser no solo filosófico, sino teológico. Es una criatura hecha “a imagen de Dios”, y como tal, busca a su Creador, a su prototipo, a su modelo original. Por eso, el impulso hacia lo divino nunca podrá ser anulado. El deseo de trascendencia está profundamente inscrito en la naturaleza humana.

Así que, en resumen, podemos decir que, simplemente, se trata de dos ámbitos diferentes. Uno se ocupa de lo material del universo: lo que vemos, tocamos y con lo que podemos realizar experimentos. El otro se ocupa de lo sobrenatural, de lo que concierne a Dios y ofrece la respuesta al sentido y al significado de la existencia, es decir, al porqué de nuestra existencia. (19.46´21´)

  1. Génesis y conflicto entre religión y ciencia

La pregunta concreta se compone de dos cuestiones que, más o menos, coinciden. Dicen lo siguiente: Vemos que la Santa Escritura afirma que Dios ha creado el cosmos, es decir, que hizo el mar, la tierra y el cielo. Pero los científicos creen que la tierra provino de una explosión del sol, y que las aguas se formaron por la unión del oxígeno y del hidrógeno. Ahora bien, ¿qué podemos creer?

La segunda pregunta es: ¿Existe conflicto entre religión y ciencia en lo que respecta a la creación del mundo y del hombre?

Hijos míos, no hay contradicción alguna. Que la ciencia nos diga -o pueda decirnos- que el agua se formó a partir del oxígeno y del hidrógeno, ¿en qué contradice a la Santa Escritura, que dice que Dios hizo el mar? ¿Qué debería decir la Escritura entonces? ¿Que Dios creó el oxígeno y el hidrógeno, los unió y luego formó el agua? ¿Así debía estar redactado el texto sagrado? Evidentemente, no. No hay contradicción.

Pero debo deciros algo para que lo sepáis de una vez por todas. Lo que dicen los científicos -naturalmente, ya que no estuvieron presentes en la creación- no puede ofrecernos una imagen real de cómo se originó el mundo. ¡Atención! Esta imagen, en el ámbito de la ciencia, se llama correctamente “cosmoídolo”, es decir, una representación idealizada del universo, un ídolo o imagen. No describe cómo fue creado, sino cómo es. Y del universo existente no podemos tener una imagen exacta porque no podemos penetrar completamente en sus secretos o misterios. Lo que hacemos, en cambio, son teorías: construimos ídolos del universo a partir de ciertos indicios y los llamamos “cosmoídolos”.

No podemos, pues, conocer cómo fue la creación. Pero el hombre, por naturaleza, ama el conocimiento y siempre necesita formar imágenes que se basan en algunas muestras e indicios. Así surgen las llamadas “hipótesis o dudas científicas”. Por ejemplo, se dice que el universo era una masa de densidad enorme, que se disgregó y así comenzó a formarse el cosmos. O que el sol se fragmentó y dio origen a sus “hijos”, los planetas conocidos, entre ellos la tierra. Que esto ocurrió de forma instantánea o a lo largo de miles de millones de años… todo esto constituye un creer científico, no una certeza. La prueba es que los propios científicos difieren entre ellos.

En segundo lugar, estas teorías cambian continuamente. Hoy se postula una, mañana otra más perfeccionada, y pasado mañana una nueva. etc. A veces incluso se regresa a teorías antiguas que se mejoran. Pero, al final de todo, ¿cómo y para qué? Todas estas teorías se basan en indicios. Porque si una teoría científica se basa en una demostración, entonces ya no es una teoría, sino una verdad científica. Una cosa es la teoría científica, y otra, la verdad científica.

Por ejemplo, que la tierra gira alrededor del sol fue en su momento una teoría contraria a la de Ptolomeo, quien decía que el sol giraba alrededor de la tierra. Esta teoría fue refutada. ¿Quedó demostrado? Sí, claramente. ¿Cabe alguna duda? No. Entonces ya no hablamos de teoría científica, sino de verdad científica. Esto lo digo para que entendáis bien la diferencia.

Ahora bien, atención a esto. Yo os explicaré qué dice exactamente la Santa Escritura y cómo debemos verla respecto a la creación. La Santa Escritura no es un texto científico, sino un libro que, de forma accesible, quiere comunicar a personas de todas las épocas, niveles de formación y cultura que el Creador de todo es Dios. Esto es lo que interesa transmitir, y no presentar términos científicos o cualquier otra cosa.

No obstante, a pesar del estilo sencillo con que nos presenta la creación del cosmos, la Escritura ofrece precisiones que sorprenden enormemente. Os pongo un solo ejemplo:

Dice la Escritura que el primer día se hizo la luz. El sol, en cambio, se hizo el cuarto día. La luz y el sol no son lo mismo. El sol es un cuerpo que porta luz, pero no es luz en sí mismo. La tierra puede emitir luz en cierto momento. Si yo enciendo un mechero, hago luz. Si tomo una cerilla y la enciendo, también hago luz. Mirad las bombillas: son luz. El sol porta la luz, no es la luz. En el siglo XIX se burlaban de esto: “¿cómo puede haber luz sin sol?” decían. Pero hoy se ha demostrado que la primera cosa que se originó realmente fue la luz, porque la luz es energía.

Se plantea entonces la pregunta: ¿Qué se hizo primero: la energía o la materia? Y los científicos hoy dicen: la energía. La energía precede a la materia, y de la energía surge la materia. Existen muchas formas de energía. La más perfecta es la luz; la más baja, el calor. Así que, la energía perfecta es la luz, y ¡qué admirable lo que dice la Escritura!: “Dijo Dios: Hágase la luz. Y la luz se hizo”. Y a partir de la luz, se realiza toda la creación.

¿Queréis una prueba? Veamos los 92 elementos del catálogo de Dimitri Mendeléyev. ¿Cuál es el primero? El hidrógeno. ¿Podía hablar la Escritura del hidrógeno? ¿Lo menciona? Pues sí, escuchad:

En la 2ª Epístola del apóstol Pedro se dice:

“… οτι ουρανοί ήσαν έκπαλαι και γή εξ ύδατοs και δι’ ύδατος συνεστώσα τω τού λόγω τού Θεού… que los cielos (aquí cielos es el universo) estaban desde el tiempo antiguo y la tierra que provino, salió del agua y por el agua subsiste y está asentada, y fueron hechos y asentados por el logos de Dios” (2 Pe 3,5).

¿Qué significa “del agua”? El agua está compuesta por oxígeno e hidrógeno. Habla, entonces, del agua, y el agua contiene hidrógeno. Y para expresar el hidrógeno, dice: “del agua y por el agua”. Con el hidrógeno se adorna el universo, y de él se derivan los demás elementos. ¡Admirable!

¿Y todo esto cómo ocurre? “Por medio del Logos de Dios”. Dios dijo, y se hizo. La palabra “dijo” aquí es el Logos increado. ¡Maravilloso!

Más abajo dice: pero los cielos y la tierra que existen ahora llevan atesorado dentro de ellos fuego que les ha sido dado, atesorado por el logos; y está guardado para el día del Juicio y la perdición de los hombres impíos…”,  (2 Pe 3,7).

Es decir, la creación contiene dentro de sí fuego. Hoy sabemos cuál es ese fuego: es la energía nuclear, que ahora usamos -y que, en cierto sentido, nos ha vuelto locos. (Aquí termina la grabación. Os añado un fragmento del capítulo sobre la renovación del mundo, que pertenece a la homilía 85 sobre el libro del Apocalipsis. Os recomiendo leerla, ya que la tengo traducida al castellano y es muy interesante). (13:50)

Ahora vamos a ver de qué manera se hará esta recreación o renovación del universo. La manera de renovación del universo nos la describe el Apóstol Pedro. También diríamos que la manera de renovación nos la refiere también analíticamente el profeta Isaías. Este profeta tan rico que en tantos temas le ha revelado el espíritu de Dios. Vamos a ver qué dice san Pedro en su 2ª epístola capítulo 3: “5…que los cielos estaban desde el tiempo antiguo y la tierra que provino, salió del agua y por el agua subsiste y está asentada, y fueron hechos y asentados por el logos de Dios, 6, por lo cual, el mundo de entonces pereció anegado por el agua; 7, pero los cielos y la tierra que existen ahora llevan atesorado dentro de ellos fuego que ha sido dado, atesorado por el logos; y está guardado para el día del juicio y la perdición de los hombres impíos… 10 Pero el día del Señor vendrá como un ladrón, y en el cual los cielos pasarán con gran estruendo, y los elementos, abrasados, serán disueltos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas… 12 Esperando una nueva tierra y acelerando el día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos siendo quemados se fundirán. 13 Pero nosotros esperamos, según nos lo tiene prometido Dios, otros cielos y otra tierra nueva, en los que habita la justicia”. Esto nos dice el apóstol Pedro.

  1. Según la ley de materia y antimateria, los científicos creen en la existencia de otro mundo y en la existencia de seres extraterrestres (OVNIs). ¿Qué cree usted sobre esto?

Según la ley de materia y antimateria, los científicos sostienen la posibilidad de la existencia de otro mundo, así como la existencia de seres extraterrestres (OVNIs o Ufos). Frente a esto, nos preguntamos: ¿qué dicen los libros de nuestra Iglesia, y los hombres de Dios desde el período anterior a Cristo hasta nuestros días? Si no hay información directa sobre el tema, ¿cuál es su opinión personal? (Añadido por el traductor: hoy con la inteligencia artificial, el demonio es más fácil engañarnos sobre estas cuestiones).

Hijos míos, este tema es ampliamente conocido: ¿existen o no los extraterrestres? La fantasía, naturalmente, tiende a exaltarse y electrizarse cuando circulan libros y aparecen representaciones en televisión, cine, radio, etc., con imágenes y sonidos que impactan profundamente al ser humano, llevándolo a creer en la existencia de seres extraterrestres, platillos voladores y similares. Desde hace más de treinta años, este tema ha captado la atención de muchos. Incluso se han escrito libros que afirman que, en tiempos remotos, seres extraterrestres vinieron a nuestro planeta, desarrollaron civilización y luego se marcharon. Se dice también que existen monumentos que, supuestamente, no pueden explicarse ni justificarse para la época en que fueron construidos. Pero yo no me detendré más que en dos puntos.

El primero es el científico. En este aspecto, nadie puede afirmar nada con certeza. Nuestro sistema planetario -como lo confirma cualquier área de la astronomía- no ofrece condiciones para que exista vida inteligente, o al menos seres que puedan desarrollarse y poseer cultura, fuera de la Tierra. Ni Afrodita (Venus), que está muy cerca del Sol, ni Hermes (Mercurio), ni Ares (Marte), ni los demás planetas del sistema, presentan condiciones adecuadas: no hay posibilidad alguna. Por tanto, la existencia de vida en nuestro sistema planetario queda descartada, con absoluta certeza y no hace falta decir más. Alguna vez, un astrónomo creyó ver canales en Marte (Ares) y pensó que eran obra de seres civilizados, pero hoy se sabe que no es así. Hoy no solo contamos con telescopios potentes, sino también con la capacidad de enviar sondas espaciales que fotografían los planetas en alta resolución. Sabemos con claridad que en Marte no hay nada.

¿Pero quizás en otros sistemas planetarios? Esto no lo podemos asegurar. Apenas alcanzamos a observar sus soles. Consideremos que la Tierra es un millón trescientas mil veces más pequeña que el Sol. Si alguien pudiera ver nuestro Sol desde otro punto del universo, ¿podría ver también la Tierra? Imposible. Lo que sí vemos son soles, es decir, materia. No podemos saber si estos soles tienen sistemas planetarios. Y si los tienen, tampoco podemos saber qué ocurre allí, si existe vida o no. Esto, desde el punto de vista de la ciencia.

Ahora bien, ¿qué dice la Sagrada Escritura? Porque esta es la pregunta central: ¿qué dicen los libros de nuestra Iglesia?, ¿qué dice la Biblia?

La respuesta es sencilla. Cuando Dios creó la Tierra y al ser humano sobre ella, su interés divino se centró únicamente en lo que concierne a la Tierra y al hombre. Esto se ve claramente desde el primer versículo de la Sagrada Escritura: “En el principio creó Dios el cielo y la tierra” (Génesis 1,1). Cuando se menciona el «cielo«, se refiere al universo, a todo lo que está más allá de la atmósfera terrestre. Sin embargo, Dios no entrega información detallada sobre el universo porque al ser humano no le concierne más que lo relacionado con la Tierra.

Prestad atención a cómo se expresa luego el texto bíblico, con una precisión casi filológica: “η δέ γή” (i de yí), que se traduce como “y en cambio, o en cierto la tierra…”. No dice simplemente “el cielo y la tierra”, sino que se enfoca en la Tierra como elemento diferenciador. Igual que en la oración del Padrenuestro: “…como en el cielo, así también en la tierra…”. Esta estructura revela que, si bien se menciona el cielo, el mensaje y la acción se dirigen hacia la Tierra.

Del mismo modo, en el Génesis leemos: “…creó el cielo y la tierra, y en cambio, o en cierto, la tierra estaba desordenada, invisible y vacía…”, y a partir de ahí se inicia la historia de la Tierra, sin referencia alguna a la historia del cielo (o del universo). ¿Por qué? Porque desde el punto de vista teológico no era necesario hablar del resto del universo.

Hay además un punto crucial: el tema de nuestra salvación. Primero está el conocimiento (gnosis) de Dios, luego nuestra σωτηρία (sotiría: redención, sanación y salvación). Todo esto nos concierne exclusivamente a nosotros. No importa si existen o no otros seres semejantes a nosotros o seres racionales en otros planetas. La obra redentora está dirigida únicamente al ser humano.

Cuando el Logos Dios se encarnó, ¿quién es este Logos? Es aquel que creó el universo, y “Todo fue hecho por él y sin él no se hizo nada de todo lo creado” (Jn 1,3) nos apocalipta, revela la Santa Escritura mediante san Juan el Evangelista. Nada existe sin el Logos divino. Y este Logos increado se hizo hombre. ¿Qué significa esto? Que tomó la naturaleza humana, la figura que habita esta Tierra: nuestra figura. Esta naturaleza y figura no fue desechada ni abandonada, sino que permanece glorificada en el cielo, en el cielo espiritual, el increado.

Aquí, en la Tierra, ocurrió el pecado; aquí se hizo hombre el Dios Logos, Creador del universo; aquí tuvo lugar nuestra sanación, redención y salvación; y es a nosotros a quienes Él llevará a Su Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada). Nuestra teología, es decir, la teología bíblica auténticamente cristiana, no deja margen para la existencia de otros seres semejantes a nosotros en otros mundos.

Porque si existieran estos seres, ¿qué clase de seres serían? ¿Habrían pecado o no? Por tanto, la teología no deja margen en este asunto: los márgenes son únicamente para el ser humano. Lo más importante de todo es esto: el Creador del universo tomó la naturaleza humana, y eso tiene que ver exclusivamente con nosotros, y con nadie más.

Cuando en alguna parte de la Sagrada Escritura se dice: “También tengo otras ovejas que no son de este rebaño…” (Jn 10,16), claramente no se da a entender que esas otras ovejas se encuentren esparcidas por los planetas de las galaxias. No. Esas “otras ovejas” son el mundo de las naciones, es decir, los pueblos que aún no han conocido a Dios.

Aun si se supusiera que existen seres extraterrestres, eso no cambia absolutamente nada respecto a nosotros. A nosotros sólo nos concierne el conocimiento (gnosis) de Dios, nuestra sanación y nuestra salvación. Nada más existe que tenga relevancia para nuestra existencia espiritual.

Y os diría más: si se supone que existen otros seres que quizás no necesiten salvación -o para quienes esta idea sea ajena-, o si se pensara que para ellos hubo algo análogo a nuestra salvación, eso sería sumamente extraño, porque Cristo tomó únicamente la naturaleza humana de esta Tierra. No tomó otra naturaleza, ni adopta sucesivamente otras formas de encarnación. Eso es imposible, lo repito con énfasis: es imposible. Una sola vez, el Logos increado de Dios se hizo hombre, tomó nuestra naturaleza, y nada más.

Pero si, hipotéticamente, existieran tales seres, entonces los encontraríamos en el reinado de la Realeza increada de Dios, siempre y cuando para ellos no existiera necesidad de salvación.

Y como preguntáis cuál es mi opinión -y yo siempre hablo desde la teología, no desde ideas personales-, os diría lo siguiente: nosotros, los seres humanos, tenemos el privilegio exclusivo, terrible y glorioso a la vez, de ser los únicos en la Tierra y, por extensión, en todo el universo. Sí, somos el único fenómeno consciente en este vasto cosmos. Y si me preguntáis: ¿Entonces por qué existe este universo tan infinito? ¿Para qué sirve?, os respondería:

Primero, para que se manifieste la potencia, la sabiduría y la doxa (gloria increada) de Dios.
Después, cuando este universo sea renovado y reconstituido, todo se convertirá en un mundo nuevo. No solo la Tierra, sino todo el universo entero. Este universo se hizo grande -lo llamamos hoy «infinito»- precisamente para que se convierta, al final, en nuestra nueva casa, el reinado de la Realeza increada de Dios.

No es necesario, entonces, que existan otros seres. ¡Este “infinito” será nuestra casa! Y dentro de esta Realeza increada de Dios, que abarcará todo, será visible el Logos de Dios encarnado, y los hombres que estarán en Su Realeza increada lo alabarán y glorificarán eternamente.

Por tanto, no es necesario que existan seres extraterrestres. Esta es mi opinión, pero no es una opinión subjetiva, sino una afirmación basada en lo que nos revela, apocalipta el Logos de Dios; por eso, coincide también con nuestra convicción de fe. (39. 36´20´´)

Fuente: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/pantiseis-pori-n

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

Domingo II de Mateo, Dependencia y dependencias, Yérontas Atanasio Mitilineos

Domingo II de Mateo (4,18-23).

«Dependencia y dependencias», Yérontas Atanasio Mitilineos

(Muy importante sobre la plaga actual de las drogas, sobre todo los jóvenes, dependencia de CristoDios para ser independiente y libre de las drogas y el rey de la primera droga creada el alcohol)

Llamada de los cuatro primeros discípulos, 4:18-25.18 Andando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos: Simón, más tarde llamado Pedro por el mismo Cristo, y su hermano Andrés, que echaban la red en el mar, porque eran pescadores.

19 Les dice: Venid conmigo y os haré capaces de pescar y atraer hombres en el reinado de la realeza increada de los cielos por vuestra red del kerigma.

20 Y ellos, dejando al instante las redes, lo siguieron.

21 Y pasando de allí adelante, vio a otros dos hermanos: Jacobo, el de Zebedeo, y Juan su hermano, que remendaban sus redes en la barca con su padre Zebedeo; y los llamó.

22 Y ellos, dejando al instante la barca y a su padre, lo siguieron.

23 Y recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando la alegre noticia, el evangelio del reinado de la realeza increada, y sanando toda enfermedad física, psíquica y espiritual y toda dolencia del pueblo.

24 Y su fama se difundió por toda Siria, y le trajeron a todos los que padecían males, afligidos por diversas enfermedades incurables y tormentos, psíquicas, físicas y espirituales, endemoniados, lunáticos, y paralíticos; y él los sanó todos.

25 Y grandes multitudes lo siguieron desde Galilea y desde Decápolis, las diez ciudades helénicas-griegas, y desde Jerusalén y Judea, y desde más allá del Jordán.

 

«Dependencia y dependencias»

Yérontas Atanasio Mitilineos

A medida que, queridos míos, se abre el período litúrgico del evangelista Mateo, nuestra Santa Iglesia presenta aquella hermosa imagen en la que el Señor busca a Sus primeros discípulos junto al lago de Tiberíades. Allí encontró los dos primeros pares de hermanos, a quienes llamó para que lo siguieran. Eran Pedro y Andrés, Santiago y Juan. Fue una hermosa mañana en la orilla del lago. Allí, en las aguas tranquilas del lago, vio al primer par de hermanos “echando una red en el mar, porque eran pescadores”. Echaban su red al mar, pues ese era su oficio. “Les dice: Venid conmigo y os haré capaces de pescar y atraer hombres en el reinado de la realeza increada de los cielos por vuestra red del kerigma (predicación)(Mat 4:19). Y ellos “inmediatamente dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron”.
Ellos, sin tardanza, dejaron sus redes y lo siguieron.
Y cuando el Señor avanzó un poco más, vio al segundo par de hermanos: Santiago y Juan. También a ellos les dijo que lo siguieran.
Y “ellos, dejando al instante la barca y a su padre, lo siguieron”.

Los primeros dejaron sus redes y Le siguen. Los segundos dejaron barca y padre, y siguieron a Jesús.
Permanecemos, queridos míos, asombrados de que tanto los unos como los otros dejaron inmediatamente todo lo que los ataba y siguieron a Cristo. Los caracteriza ese “inmediatamente”, los define una liberación de aquello con lo que estaban ligados: personas y cosas. Es algo admirable. Y permanecen en la dependencia de Jesús, sin condiciones ni acuerdos.

De esta renuncia a las dependencias y de esta transición a una nueva dependencia, queridos míos, hablaremos hoy.

Los discípulos, siendo pescadores de profesión –“porque eran pescadores”-, para que no se piense que simplemente estaban practicando su afición o que eran aficionados, fueron al lago para pescar. Eran profesionales. Vivían de eso. Ese era su trabajo.

Los discípulos, pues, como pescadores profesionales y como personas, tenían sus propias familias; como Pedro, que tenía suegra, nos señala el Evangelio en otro pasaje. O bien eran aún solteros, como Santiago y Juan, que vivían en la casa paterna con su padre, su madre y probablemente otros hermanos. En todo caso, se encontraban en el ámbito de las dependencias legales y naturales.

En verdad, todo ser humano que viene al mundo, desde el momento en que comienza a tomar forma dentro del seno materno, entra en dependencia del espacio y del tiempo. El ser humano, por necesidad, está sujeto al espacio y al tiempo. Son dos ataduras que se imponen inmediatamente a toda existencia, y de las cuales, espacio y tiempo, es imposible que se libere cualquier ser, naturalmente también el ser humano.

Así nace el hombre, y posteriormente entra en una compleja red de dependencias, de interdependencias. Entre personas, socialmente, tenemos una dependencia mutua, y entre el ser humano y su entorno, biológicamente. Respiramos aire -sin aire no podemos vivir- dependemos del aire, del oxígeno que contiene, también del agua, de los alimentos, del sol… En general, dependemos. Incluso de la gravedad que nos mantiene sobre la Tierra, etc. Y esta misma Tierra depende también de nuestro sol. ¿Cómo se mueve nuestra Tierra? Se mueve en torno al sol, dependiendo de él. Pero incluso nuestro sol pertenece a nuestra galaxia.

Si uno considera que, según lo que hemos observado hasta hoy, existen unos doscientos mil millones de galaxias, y cada galaxia tiene millones y miles de millones de soles, uno depende del otro. Y todas estas dependencias son completamente, completamente naturales, por diseño. Así quiso Dios hacer las cosas: que existiera una interdependencia.

No existe nada, absolutamente nada en este mundo que sea independiente. Ni siquiera un electrón. No digo ya un átomo de materia: ni siquiera un electrón, podríamos decir, es independiente. Todo depende de algo. Solo una cosa no depende de nada: Dios. Dios está fuera de todo esto. Dios es independiente.

En medio de estas laberínticas interdependencias, Dios desea que se realice la comunión de los seres, y que todos los seres juntos vivan en κοινωνία (kinonía: conexión, participación y comunión) con Dios, por medio de las manos del hombre.

¿Lo visteis antes en la Divina Liturgia? Levantamos el cáliz sagrado y el santo disco (patena) antes de la consagración del Misterio y le dijimos -vosotros le dijisteis a Dios, por boca del sacerdote: “De lo tuyo te ofrecemos lo tuyo.” Vosotros lo dijisteis, con las manos del sacerdote, y lo hicisteis. Porque vosotros hicisteis el vino y el pan litúrgico. Y el sacerdote, con sus manos -que en realidad son vuestras manos- ofrece al Creador la creación. Así se ve claramente que todos los seres, unidos, deben participar de una comunión con Dios a través de las manos del hombre.

El hombre ofrece, como sacerdote, la creación a Dios. Prestad atención a esto: todo ser humano. Es lo que dice tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento: que Dios hizo a su pueblo sacerdotes y reyes. El conocido “reino sacerdotal”.

No es el momento ahora para analizar lo que significa, para cada fiel bautizado, que es sacerdote de la Creación, y también sacerdote de sí mismo ante Dios. Ofrece a Dios.

Cuando el apóstol Pablo escribe en la carta a los Romanos y dice:
“Ofreced vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto lógico”, es decir, culto espiritual, ¿qué es esto? Es la pureza de vuestro ser. Es asombroso, queridos míos. Así vivía Adán en el Paraíso: ofreciendo la creación. Dependiente de la naturaleza -porque comía, bebía, respiraba-, y sin embargo ofrecía a Dios la creación como sacerdote de la Creación. Es grandioso. Así lo quiere Dios. Y vuelvo a decir: es verdaderamente grandioso.

Sin embargo, Adán, al aceptar lo que le propuso el diablo, pasó inmediatamente del ámbito de las dependencias divinas, naturales y legítimas, al ámbito de la dependencia demoníaca.
Y aquí comienza una aventura de interdependencias demoníacas. La creación cae bajo el dominio demoníaco con la caída de Adán, y el ser humano queda sometido a una creación demonizada.
Esto tiene mucha importancia. Aquí comienza la historia de los πάθος (pazos: pasiones, vicios, adicciones, padecimientos, malos hábitos, patologías, etc.) en el hombre. El ser humano empieza a cargarse de pazos, o más bien, a habituarse a ellos. Y los pazos no son otra cosa que la permanencia en el tiempo de pecados concretos. Si miento, y vuelvo a mentir, he cometido un pecado. Y si miento una y otra vez, ese pecado se convierte en pazos, se convierte en hábito malo. Y entonces tengo una inclinación, tendencia, sin que nadie me lo pida, a decir mentiras incluso donde no es necesario mentir.
¿Por qué? Porque eso se ha convertido en un pazos. Así, queridos míos, todo pecado, si se prolonga en el tiempo, se convierte en πάθος pazos. Y los pazos imponen entonces una dependencia sobre el hombre.

Aquí es donde el ser humano se convierte en una figura trágica: una dependencia de los pazos contra natura y contraria a la ley. Es decir, tanto contra la naturaleza como contra la ley divina. Eso es lo que significa contra natura y fuera de la ley. El hombre se convierte en esclavo de los pazos. Y de este modo, no solo no vacila en transgredir los mandamientos de Dios -se vuelve ilegal-, sino también en violar las leyes naturales, y por ello se convierte en un “hombre contra natura”.

Debo explicar qué significa ser un hombre contra natura. Es algo terrible. En algún lugar el profeta Daniel, refiriéndose al Anticristo, dice que abolirá la ley y la naturaleza. Pero no es el momento para desarrollar esto ahora; solo hice una alusión.

Ahora bien, ¿qué hace el hombre después de su caída? Busca el placer (ηδονή hidoní). El placer en sentido amplio (hedonismo), de forma inmediata. Y ese mismo placer, a su vez, impone la dependencia del hombre respecto a él. El placer esclaviza al hombre.

La historia del placer comienza en el Paraíso, cuando Eva vio que el fruto era hermoso a la vista y agradable para comer, dice la Escritura.

¿Acaso no lo veía antes Eva al fruto? ¿Cómo es que ahora despierta otro tipo de deseo?

Como dice san Andrés de Creta en su Gran Canon: eso fue un “deseo irracional, y un comer irracional”.
¿Qué es eso, entonces?

Desde el momento en que el hombre prueba, pues, desde allí comienza la búsqueda del placer, del gozo, lo repito, en sentido amplio (hedonismo), viene el sufrimiento (οδύνη odini). Desde entonces, ηδονή hidoní placer y οδύνη odini sufrimiento irán siempre de la mano. Desde entonces, el ser humano busca el placer, aunque sepa del dolor que le sigue, y de ese modo ha creado el hedonismo, que es el enemigo número uno de la vida espiritual.

San Juan Crisóstomo dice que: “El hedonismo persigue sin que nadie lo persiga.” Es decir, el hedonismo no persigue como lo hacía Nerón o Diocleciano. En aquellos tiempos, los cristianos realmente se fortalecían y resistían, y se hacían mártires. Pero el hedonismo, la prosperidad material, paraliza al hombre, y este se entrega al espíritu del mundo. Por eso dice san Juan Crisóstomo, de forma profundamente psicológica y veraz, que toda esta historia del hedonismo es lo peor para el hombre.

Aún el ευδαιμονισμός efdemonismo (bienestar y placer) se busca en la riqueza. Es decir, en la abundancia de bienes, en todo aquello que excede nuestras necesidades. Ese exceso del que habla el Apóstol: «Teniendo alimento y abrigo, con eso estaremos contentos». De esta abundancia nacen la soberbia de la vida, es decir, la ostentación y la proyección de un ego supuesto, de un yo que se cree que existe y que sobresale: “¡Yo soy yo!”. Dentro del efdemonismo también se busca una cultura inflada, sobre todo técnica. También se busca la satisfacción del instinto sexual, con todo el repertorio de las perversiones. Llega un punto de saciedad, y entonces se buscan nuevas formas de satisfacción, lo que lleva al terreno de las desviaciones y perversiones. Esto mismo hicieron los sodomitas. «Se hartaron de pan», dice la Escritura. Es decir, se saciaron. Tenían muchos bienes. Y buscaban encontrar el placer por nuevos caminos.

El fumar el cigarrillo, sí, atención, el cigarrillo es hedonista, como también el alcohol, el más antiguo, el rey de las drogas. Por eso el hombre no puede dejarlos. Estimulan el sistema nervioso. Y dejan memoria sobre él. Y aunque, hermano mío, los hayas dejado alguna vez, existe una gran probabilidad de que los recuerdes de nuevo y recaigas. ¿Por qué? Porque, simplemente, son drogas. Y se le ha dado incluso la calificación de “aceptación común”. Drogas de aceptación común. Así es. Por tanto, el cigarrillo y el alcohol pueden considerarse el sello distintivo de nuestra cultura hedonista. No es exageración. Porque el cigarrillo y el alcohol abrieron el camino; el camino hacia las drogas, que constituyen ya la cúspide del problema. Nadie ha caído en las drogas sin antes haber bebido y aprendido a fumar. Son la entrada, el puente.

De hecho, estos días, ayer o anteayer, tuvimos el día contra las drogas. Que estas palabras que compartimos se consideren una pequeña, pero muy importante, aportación a esa lucha, con base teológica. Porque he observado que hablamos del problema, proponemos miles de métodos, excepto aquel tan importante, tan grande: inculcar en nuestros hijos el temor de Dios. Y que no busquen el placer, en ese sentido amplio.

Así, el cigarrillo, el alcohol y las drogas crean terribles dependencias en el hombre. Terribles. ¿Quieren que describa cómo? No lo haré. Puede que lo hayan visto con sus propios ojos: personas víctimas, especialmente jóvenes, atrapados en estas situaciones. ¿Saben que en Grecia, entre los estudiantes, hay 27.000 chicos y chicas que consumen drogas? ¿Lo oyeron bien? Veintisiete mil estudiantes. ¿No les preocupa eso? ¿No pueden pensar que un hijo suyo, un nieto, podría estar dentro de esa cifra? Y como ya dijimos sobre esta relación entre el placer y el dolor, por eso hoy vemos incontables víctimas que, comenzando por el placer y dependiendo de él, viven el más terrible dolor, el más trágico sufrimiento. ¡Hasta la muerte! Y estas dependencias crean la más cruel tiranía.

¿Y el hombre permanecerá siempre condenado a estas dependencias diabólicas, cómo decirlo de otro modo, diabólicas? ¿Quién creó las drogas? ¿Dios, queridos míos? ¿Es Dios responsable? ¡De ninguna manera! ¿Las uvas que hacen vino, quién las creó? Dios. ¿Si existen borrachos, es culpa de Dios? ¡Líbranos, qué blasfemia! Es la sugerencia del demonio: “Come esto” o bebe esto. Pero Dios no lo hizo para eso, para que lo comas o lo bebas así. No todas las cosas son para probarlas. Tienen múltiples propósitos. Aunque no tuvieran un propósito -que sí lo tienen-, aun sin propósito serían el árbol del conocimiento del bien y del mal, que Dios dice: “De esto no comerás”. Ven que en la historia continúa la presencia del árbol del bien y del mal.

¿Pero todo seguirá así? No, queridos míos. Por eso vino el Hijo de Dios. Para romper estas dependencias antinaturales y llevarnos de nuevo a la dependencia natural y divina. Cristo nos devolvió a la medida del uso de la creación. Sólo lo que es natural, se bendice. Lo que es antinatural, no se bendice. El matrimonio es bendecido; pero no la fornicación, o el adulterio. Comer es bendecido, porque así fuimos creados. Recuerden cuando resucitó a la hija de Jairo y dijo: “Dadla de comer”. ¿Acaso quien la resucitó no podría haberle dado fuerzas sin necesidad de comida? No. Así nos ha creado Dios. Sin embargo, la glotonería o gula no es bendecida. Nos dijo que amemos a nuestros padres, a nuestros hijos y a los demás hombres. Pero no más que a Dios. Puso una jerarquía. Nos dio una hermosa naturaleza que podemos aprovechar, pero no abusar, ni destruirla ni deificarla.

De este modo, el Señor nos sacó de la dependencia demoníaca e ilegal a una dependencia natural y legítima. Y no sólo Cristo nos liberó de la dependencia antinatural y demoníaca, sino algo aún mucho mayor, inconcebiblemente mayor. Vino a romper las cadenas del Prometeo encadenado al Cáucaso de la corrupción y la muerte. ¿Por qué? Porque tras la resurrección común, no existirá más corrupción. Corrupción significa cambio físico: comer, tener hambre, dormir, cansarse. Y dice Pablo que “Dios destruirá tanto el vientre como los alimentos” (escribe esto en su primera carta a los Corintios). ¿Por qué? Porque ya no habrá corrupción. Se anula también la muerte. Corrupción y muerte, ambas se eliminan. Por tanto, vientre y muerte son los dos enemigos invencibles que serán vencidos. Y de los cuales ahora somos completamente dependientes.

Eso es lo que nos trajo el Señor. Vino a romper las cadenas del mal y de las dependencias. Observamos que cuando el Señor llamó a las dos parejas de hermanos, Pedro, Jacobo, Juan y Andrés (los mencioné en otro orden), ellos dejaron ciertas dependencias naturales, legales y bendecidas. Eran pescadores. ¡Qué hermoso oficio! Tenían familias. Su padre, su madre… Pero dejaron también sus herramientas. Perdón: eran dependientes de todo eso. Pero aquí tenemos algo sorprendente con estos discípulos, estas dos parejas de discípulos: comenzaron un proceso de liberación progresiva incluso de esas dependencias naturales y bendecidas, para pasar a una única dependencia: Cristo. Lo dejaron todo. Las redes, el barco, al padre, el oficio, todo. El Señor les dijo: “Venid, y os haré pescadores de hombres”. Eso hicieron los discípulos. Es decir, se liberaron de las dependencias -lo repito una vez más- naturales, legales y bendecidas, para aceptar otra dependencia. Así, el Señor devuelve al ser humano a la primera, primigenia, paradisíaca dependencia.

Queridos, el evangelio de hoy, con una imagen tan simple y natural, nos mostró cómo debemos movernos. Y lo primero y más importante es que debemos romper toda dependencia demoníaca. Los pazos deben irse. Después debemos romper, en la medida en que sea posible, ya que vivimos en el mundo presente, toda dependencia natural de cosas y personas, que puedan impedirnos dar el siguiente paso.

¿Alguna vez han pensado que el ayuno es un ejercicio que intenta liberarnos, hacer que seamos más independientes del fenómeno que se llama vientre y glotonería o gula? La ξενιτεία* (xenitía: término teológico, exilio, expatriación), es decir, el hecho de decir: me encontraré lejos de mis seres queridos y de mi patria. En ocasiones puede ser tropical (agradable o placentero). Pero principalmente es local. Debe ser tanto tropical como local, si lo prefieren. ¿Qué es, por favor, la ξενιτεία xenitía? Un maravilloso ejercicio de desapego, «[desintoxicación» en el contexto de la dependencia. Está relacionada con el proceso de liberarse de una dependencia, ya sea de sustancias, adicciones o influencias externas.]

*[(Ξε­νι­τεία Xenitía, el término se podría traducir como «alejamiento, exilio, emigración, ir al extranjero” en general, pero en la vida monástica el término indica “alejamiento, exilio,” libre y voluntario.

Indica, como la hisijía (serenidad mental y paz cordial), tanto una actitud interior como una exterior. Es, antes que nada, una actitud interior de alejamiento, que tiende a mantenernos ajenos, peregrinos y exiliados (cf. 1 Pe 2:11), en camino hacia la Ciudad celeste, puesto que nuestra ciudadanía está en los cielos (Flp 3:20). En este sentido, la xenitía se manifiesta con humildad, rechazando toda curiosidad, no interfiriendo en lo que no nos concierne, dejando de lado todo juicio y evaluando cada cosa en continua referencia con la eternidad, la incertidumbre del mañana, la hora desconocida de nuestra muerte. Pero la xenitía ha sido también definida en un sentido amplio, dentro de la vida monástica, como una elección material de vida, en un país extranjero, para vivir a fondo, en la carne y en la cotidiana percepción, aun psicológica, ese desgarro que es antológicamente propio en todo cristiano, desde el momento en que el bautismo lo ha convertido en un extranjero en el mundo, un sin patria, tendiendo a esa Ciudad bien fundada que está en los Cielos (cf., Hb 11:10).]

Pero no nos detenemos aquí. Debemos avanzar hacia el máximo desapego posible de todo lo que no sea el Señor. El maná diario que caía en el desierto, ¿lo recuerdan? Eso es lo que quiere enseñarnos. El Señor no hacía caer el maná durante varios días. Cada día. Hoy. Quien recogía más, lo encontraba podrido al día siguiente, excepto el maná de viernes antes del sábado. Ese no se pudría. ¿Por qué? Porque eso quería enseñar el Señor. Que el hombre debe mantenerse independiente incluso de su comida natural. Él te la dará. Él te la dará. Porque allí debe estar tu dependencia.

¿Qué le dijo el Señor al diablo? Está escrito en el Deuteronomio: “No solo de pan vive el hombre”. Y todo este proceso no es otra cosa que un camino continuo hacia la libertad. Y la libertad, como la quiere el Evangelio. Después de todo, eso significa, queridos, liberación y salvación. Y por eso se le llama a Cristo Redentor y Salvador. Amín.

Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario,
y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mytilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, el 28 de junio de 1992.

Fuente: https://arnion.gr/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

 

Alegorías, símbolos, metáforas, historia y hermenéutica en las Sagradas Escrituras, A. Mitilineos

20. Alegorías, símbolos, metáforas, historia y hermenéutica en las Sagradas Escrituras

El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.

 

Índice

  1. Muchos teólogos contemporáneos dicen que los acontecimientos del Antiguo Testamento pueden usarse como reales y también como metáforas.
  2. ¿El hecho que se describe en el Génesis, según el cual los primeros en ser creados comen del fruto, es exactamente así o simboliza algo distinto?
  3. La importancia del simbolismo en la Divina Liturgia y Espíritu Santo.

Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua helénica-griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos el Nuevo Crisóstomo. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes del bachillerato.

  1. Muchos teólogos contemporáneos dicen que los acontecimientos del Antiguo Testamento pueden usarse como reales y también como metáforas. 

Por ejemplo, se considera que la creación del hombre es una metáfora: que el hombre no fue creado en un solo día, sino que primero transcurrió un tiempo, y luego fue creado. Incluso se dice que la presencia de la serpiente en el Paraíso no fue real, sino una forma simbólica de expresar que los primeros seres humanos entraron en un pensamiento de duda -representado por la serpiente-, y que eso los llevó a perder el Paraíso. ¿Son ciertos estos hechos? ¿Cómo debemos interpretar la Santa Escritura? 

Pues bien, hijos míos, ¡atención! Este es un tema hermenéutico, es decir, interpretativo, y es muy amplio y profundo. Pero intentaré responder con pocas palabras, de manera clara.

Existen pasajes en la Santa Escritura que deben interpretarse de forma alegórica, otros de forma simbólica, otros tipológicamente y otros, históricamente. Es decir, no todo se interpreta de la misma manera. Y si no conocemos bien tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, y no sabemos qué método aplicar en cada caso, corremos el riesgo de caer en errores graves.

Por ejemplo, el Señor dice: “Si tu ojo derecho te escandaliza, sácatelo”. ¿Acaso habéis visto alguna vez a alguien que se saque el ojo por haberse escandalizado? Obviamente no. Por tanto, ese pasaje no debe interpretarse literalmente. El Señor quiere decir algo más profundo: que si algo -tan valioso para ti como tu ojo derecho- te lleva al pecado o te escandaliza, debes prescindir de ello. Puede ser la riqueza, o incluso un amigo del que obtienes beneficios pero que, espiritualmente, te arruina. Aunque tengas muchos intereses con esa persona, si te lleva a la perdición, debes alejarte: “sácate el ojo, para que no termines en la condenación eterna.

Otro ejemplo: la creación del mundo y del hombre. Se dice que el hombre fue creado en un solo día, y que la creación entera ocurrió en seis días. ¿Sabéis que existe también la idea de que la creación fue realizada en un solo momento? Sin embargo, a partir de la misma Santa Escritura, comprendemos y aceptamos que se trata de períodos de tiempo más amplios.

Por ejemplo, Moisés relata que Dios creó una cosa en el primer día, otra en el segundo, otra en el tercero, y así sucesivamente. Pero al finalizar la creación, dice: “En un día Dios creó el cielo y la tierra” (Génesis 2,4). Es decir, recapitula toda la obra de la creación dentro de un solo “día”. Esto nos indica claramente que no se trata de un día literal, compuesto de día y noche, como lo entendemos hoy.

Además, hay que notar que cuando se menciona el “día uno”, en el que se crea la luz, el sol todavía no había sido creado; el sol aparece recién en el cuarto día. Y como bien sabéis, el sol es precisamente lo que permite medir el tiempo —el día y la noche de veinticuatro horas.

Por lo tanto, al no estar aún presente el sol, no puede hablarse de días cronológicos en el sentido moderno. Así que, en realidad, esos “días” de la creación no deben entenderse como días de veinticuatro horas, sino como grandes períodos de tiempo indefinido, cuya duración exacta solo Dios conoce.

Ahora bien, en cuanto a la serpiente, la tentación, etc… ¿fueron realidades interiores o exteriores? Fue exterior. En la pregunta se plantea que la tentación fue interior: que los primeros humanos tuvieron simplemente un pensamiento que los hizo dudar. Pero eso no es lo que enseña la Santa Escritura. Fue una tentación exterior.

San Basilio el Grande, en su obra «Exahímeron, Sobre los seis días», dice lo siguiente: “Conocemos muy bien el método de la alegoría. Pero aquí interpretaremos históricamente. Lo que dice el Logos de Dios es exacto.” Es decir, san Basilio -aunque sabía bien cómo usar la alegoría- deja claro que en los relatos de la creación y de los primeros eventos humanos, debemos tomar los hechos tal como se narran: como historia real, no como mito o simbolismo. (La respuesta continúa, pero se acaba la cinta).

  1. ¿El hecho que se describe en el Génesis, según el cual los primeros en ser creados comen del fruto, es exactamente así o simboliza algo distinto?

Realmente, esta pregunta es muy importante y os ruego que prestéis especial atención, pues os será necesaria en muchas ocasiones, y veréis por qué.

Es decir, cuando leemos la Sagrada Escritura -en general- y, más en particular, los pasajes que describen la creación del cosmos (del mundo) y la creación del hombre, debemos preguntarnos: ¿todo lo que nos dice la Escritura debe entenderse en sentido literal, o hay cosas que se escriben con una intención simbólica o alegórica?

Aquí se introduce la cuestión del llamado “mito filosófico”. Todos los sistemas filosóficos -tomemos por ejemplo los de la antigua Grecia-, para sostener ciertas tesis o interpretar los fenómenos del mundo, creaban lo que se conoce como un mito filosófico. Platón, por ejemplo, tiene su mito filosófico, y lo mismo ocurre con otros filósofos.

Se trata de principios aceptados de forma previa, algo así como una dogmática: acepto un fundamento para poder construir, desde ahí, una interpretación de los fenómenos. Es el cimiento sobre el cual se construye una visión del mundo.

Pensemos, por ejemplo, en las matemáticas, que también tienen sus fundamentos, los cuales se aceptan sin necesidad de demostración. Por ejemplo, ¿qué es un número?, ¿qué es una línea en geometría?, ¿qué dimensiones tiene una superficie? Aceptamos ciertos conceptos como base -línea, superficie, punto, etc.- y, sobre ellos, edificamos todo el lenguaje matemático. Porque las matemáticas son una lengua, un lenguaje que expresa los fenómenos naturales, o aquello que queremos decir sobre ellos. Pero como veis, esa lengua parte de cimientos no demostrables, aceptados como punto de partida.

Un pequeño ejemplo: en la geometría euclidiana se afirma que desde un punto exterior a una recta sólo puede trazarse una paralela. Este postulado se acepta como base, no se demuestra, pero hay otras geometrías, como la hiperbólica o la elíptica. En una de ellas, atribuida a un matemático ruso, se afirma que desde ese mismo punto exterior pueden trazarse infinitas paralelas. Lo que quiero mostraros es que, en toda ciencia o sistema, hay principios fundamentales que no se demuestran, pero se aceptan como base.

Así que vuelvo a la pregunta y la amplío: ¿podría ser que el escritor sagrado -Moisés, quien escribió sobre el Génesis, la creación del mundo y del hombre- se haya basado en un mito filosófico? Es decir, ¿escribió ciertas cosas con una intención más profunda, simbólica o alegórica? ¿Quizás haya elementos que no deban entenderse literalmente, sino que esconden otro sentido?

Ahora bien, si aceptamos que en esos pasajes hay una alegoría, entonces tendríamos que admitir que muchos otros temas en la Sagrada Escritura podrían también interpretarse alegóricamente. Especialmente el relato de la creación del mundo y del hombre, que es tan fundamental, se convertiría en el cimiento para aceptar o rechazar todas las demás tesis contenidas en la Escritura. Y ¿sabéis hasta qué punto puede llegar esto? Hasta el punto de poner en duda si la encarnación de Dios es un hecho real o solo una idea.

Decía un filósofo contemporáneo, concretamente Engels: “No me interesa si realmente Dios se hizo hombre o no; me basta con tener la idea de la encarnación o humanización de Dios o la divinización, deificación del hombre. Con eso me es suficiente”. ¿Qué hace Engels aquí? Rechaza la historia y la sustituye por una idea, una alegoría. Pero si el mundo fuese solo una alegoría, entonces también lo sería la caída del hombre; el pecado sería solo un símbolo; y la salvación, una mera idea.

Pero nosotros preguntamos: ¿la salvación es una idea o un acontecimiento? ¿De dónde emana nuestra salvación? ¿No proviene de la Cruz de Cristo y, en general, de la encarnación del Hijo de Dios?

Si, por tanto, consideramos que la creación del mundo y del hombre, la caída y el pecado original son meras alegorías, automáticamente anulamos la Persona de Jesús Cristo, Su sacrificio y Su Crucifixión. Todo esto quedaría al margen, como si fuera irrelevante.

Veis, pues, cuán importante y fundamental es este tema.

Pues dice: “En el principio, Dios creó el cielo y la tierra…”, y después dijo: “Hágase la luz”, y luego el sol, la luna, las plantas, los animales… y, finalmente, el hombre. Así creó Dios toda Su creación.

Después puso a los primeros en ser creados (Adán y Eva) una prueba: que no comieran del fruto del árbol. De allí vino la caída. Sin embargo, Dios ya había preparado y trabajado el Misterio de la Encarnación para la salvación del hombre antes incluso de que el mundo existiera. Por eso, en el libro del Apocalipsis, el Hijo de Dios aparece como un cordero. Cuando se presenta al Cordero, esto significa dos cosas: una es la Encarnación y la otra, el Sacrificio, ya que los corderos eran ofrecidos como sacrificio.

Dice el evangelista Juan que “vio al Cordero degollado y de pie”; esto significa la Encarnación, el Sacrificio y la Resurrección, todo antes de la creación del mundo, antes incluso de que fueran puestos los cimientos de la creación.

No fue, pues, que Dios quisiera probar a los primeros en ser creados para ver qué iban a hacer. Él conocía perfectamente lo que harían. Pero era necesario cimentar la virtud y la santidad de los primeros en ser creados sobre la base de la libre voluntad y preferencia. De modo que el hombre fuese realmente “como una imagen (εἰκών ikón icona) de Dios”, libre en su voluntad, preferencia y elección.

Por lo tanto, Dios dijo: “No comeréis del fruto de este árbol”. Y cuando dijo “el fruto de este árbol”, no se refería a otra cosa que a lo que relata la historia. No se trata de un mito filosófico, sino de historia. Y no de historia alegórica, sino de historia verdadera, de un hecho, de un acontecimiento real. Existía un árbol, existía su fruto, y Dios dijo: “De este árbol no comeréis”. Fue exactamente como se describe en la Sagrada Escritura.

Ahora bien, ¿cómo se llama este método de interpretación? Se llama método histórico, porque se parte del hecho de que tenemos una historia, y lo único que debemos hacer es sacar conclusiones a partir de esa historia. Pero lo que no podemos hacer es evaporar la historia, disolverla y convirtiéndola en alegoría.

¿Sabéis quién fue el que tradujo el Antiguo Testamento en términos puramente alegóricos, haciendo desaparecer la historia por completo? Fue el filósofo platónico y judío Filón de Alejandría. Podríamos decir que Filón fue el introductor de este tipo de interpretación alegórica.

Veamos ahora qué dicen los Santos Padres sobre este tema, sobre la manera en que debemos interpretar la Sagrada Escritura: si debemos hacerlo alegórica o históricamente.

Os leeré lo que dice san Basilio el Grande en su obra Sobre los seis días (Hexaemeron), es decir, en los discursos sobre la creación del mundo y del hombre. En su noveno discurso dice: “Conozco las leyes de la alegoría -aunque no las descubrí yo-, pero las conocí cuando leí los escritos de otros. Por ejemplo, Filón el judío. Estos, que no aceptan los significados comunes del texto -‘no aceptan’ lo explicaré más adelante-, dicen que el agua no es agua, sino otra naturaleza. Que la planta o el pez significan otra cosa, y los interpretan como quieren, según sus fantasías. Lo mismo hacen con la creación de reptiles y bestias, girando en torno a sus propias ensoñaciones, como los intérpretes de sueños que adaptan lo soñado a sus propios intereses”.

Aquí, san Basilio se refiere a los intérpretes de sueños, no a los libros que abren algunos hoy para leer significados de un sueño, sino a los magos de la antigüedad que interpretaban sueños y se hacían llamar intérpretes de sueños.

Y continúa san Basilio el Grande diciendo: “Pero yo, cuando escucho ‘planta’, entiendo planta; y el pez, la bestia y todo lo demás, lo entiendo tal como se dice en la Sagrada Escritura. Y no me avergüenzo de presentar el Evangelio como historia y no como alegoría”.

Desde el punto de vista hermenéutico, estas palabras de san Basilio son muy importantes, reveladoras. En este caso, él acepta el método histórico: Dios creó el mundo. ¿Qué significa “creó el mundo”? Exactamente lo que dice la expresión: que hizo esta creación, que creó al hombre, las plantas, los peces, los pájaros, etc. ¿Qué significan estas frases? Justamente lo que dicen las palabras.

Ahora bien, sobre aquellos que “no aceptan los conceptos acostumbrados del texto”, os dije que lo explicaría. Uno de ellos -aunque no fue Padre de la Iglesia, sí fue un gran maestro, pero se equivocó gravemente- fue Orígenes. Él interpretó alegóricamente gran parte de la Sagrada Escritura.

Os doy un ejemplo: en su comentario al Evangelio de Lucas, cuando el Señor alimentó a los cinco mil y luego les pidió que fueran al otro lado del lago, prometiendo encontrarlos allí. Orígenes comenta: “Dejemos la historia para los simples, y busquemos nosotros los significados más profundos”.

¡Así que la historia es para los simples! ¡Qué gravísimo error! Una cosa es sacar conclusiones a partir de la historia, y otra muy distinta es despreciarla y dejarla para quienes “no entienden”.

Dice Orígenes: “Busquemos los conceptos profundos”. Es decir, va más allá de la historia, la ignora, la relega. Pero, hijos míos, este método existe aún hoy y existirá siempre. En su mayoría, es un método demoníaco, salvo algunas excepciones. Porque, como ya os dije, borra la historia. Y si borramos la historia, entonces llegamos a decir que Cristo no existió.

Como dicen algunos alegoristas, sobre todo contemporáneos -por ejemplo, Depiau, un francés-, quien refutó las tesis de un materialista y alegorista que sostenía que Jesús Cristo no existió, sino que era una personificación del sol. Este afirmaba que los doce apóstoles representaban los doce signos del zodíaco que giran en torno al sol, y cosas por el estilo.

Pues bien, dice Depiau: “Esperad, ahora también yo os diré qué pasa aquí. Os digo, entonces, que Napoleón fue una figura mítica. ¡Todavía escuchamos los cañones de Waterloo desde el siglo pasado! Y mirad: se oyen, ¿los escucháis? Apenas han pasado unas cuantas décadas desde entonces, y aun así algunos afirman que Napoleón es un personaje mítico.

¿Y qué responden? Que sí, que es mítico, y que, sobre todo, es la personificación del sol.

¿Y cómo es que Napoleón sería una personificación del sol?

Mirad lo que dice: “Napoleón es una palabra griega -y además, los helenos reclamamos que es de origen griego, porque los corsos descienden de espartanos que emigraron del Peloponeso, concretamente de Esparta. ¿Qué significa Napoleón? ‘Ne’ significa ‘sí’; ‘apoleón’ o ‘apólon’ quiere decir ‘destructor’, del verbo griego ‘ἀπόλλυμι apólimi’, que significa destruir. Porque el sol con sus rayos, al mismo tiempo que crea, también destruye. Por lo tanto, ‘Napoleon’: ‘sí, destruyo’. Así pues, es el destructor”.

Y continúa: “¿Dónde nació Apolo? En Delos, una isla del mar Egeo, es decir, en Oriente. ¿Y dónde ‘muere’ el sol? En Occidente. ¿Dónde murió Napoleón? Exiliado en la isla de Santa Elena, en Occidente. Conclusión: Napoleón es una figura mítica”.

¿Habéis entendido ahora lo que significa una interpretación alegórica? ¿Y cómo este tipo de interpretación disuelve la historia? Este es el problema: el método alegórico, en la mayoría de los casos, esfuma la historia. Y este método, salvo contadas excepciones, es profundamente erróneo y demoníaco.

Por supuesto que hay aspectos o pasajes que se pueden interpretar alegóricamente. Pero no se puede alegorizar toda la historia. Esto es exactamente lo que quiere decir san Basilio el Magno cuando afirma: “Conozco muy bien las leyes de la alegoría, pero yo, cuando digo ‘pez’, entiendo ‘pez’; y si digo ‘planta’, entiendo ‘planta’”. Es decir, él permanece en el plano de la historia, y no lo abandona por fantasías.

Por eso, hijos míos, tengamos mucho cuidado. Existen maestros, incluso en nuestras propias escuelas, que, cuando abordan el tema de la creación, no son dignos de llamarse verdaderos maestros y creyentes. Como decía san Basilio el Grande, él no se avergüenza del Evangelio de Cristo y no lo reduce a una alegoría. Pero estos maestros no tienen la dignidad de presentar la creación como un hecho real, sino que la interpretan como un mito filosófico, utilizando ese enfoque para justificar su propio criterio o ideología. Quisiera concluir diciendo que esta pregunta -la de si los relatos del Génesis son históricos o alegóricos- es muy importante y requiere especial atención. Porque la alegoría, cuando se utiliza indiscriminadamente, puede llegar a borrar completamente la historia. Y por eso, hay que vigilarla con mucho cuidado. (23,29´30´´)

  1. La importancia del simbolismo en la Divina Liturgia y Espíritu Santo.

Este tema también es fundamental dentro de la Divina Liturgia.
Es bien sabido que, cuando tomamos el Cordero del Santo Disco y lo introducimos en el Santo Cáliz, después de la santificación, los mantenemos separados como expresión de la crucifixión y la muerte.

¿Por qué?
Porque una persona muere cuando se separan el cuerpo y la sangre.

Sin embargo, cuando realizamos la unión -es decir, cuando colocamos un trozo del Cordero dentro del Santo Cáliz-, esto simboliza la Resurrección. Este acto representa el retorno de la vida.
Quienes sirven en el altar están familiarizados con este profundo significado.

A continuación, utilizamos un pequeño recipiente con agua hervida.
Cuando vertemos esta agua dentro del Santo Cáliz, expresamos simbólicamente al Espíritu Santo, quien es representado a través de dos elementos: el agua y el fuego.

La Iglesia, con sabiduría, combina ambos símbolos al emplear agua hervida en el cáliz, mostrando así la presencia y acción del Espíritu Santo dentro de la Iglesia.

Conclusión

El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia y su guía constante. La vida cristiana no puede existir sin su presencia activa.
Esto nos recuerda que la fe no consiste únicamente en una adhesión a enseñanzas o prácticas externas, sino que es una vida vivida en comunión con el Espíritu Santo, quien regula, transforma y guía nuestra existencia hacia la psicoterapia, redención y salvación.

Sin el Espíritu Santo no hay Iglesia, ni vida cristiana ortodoxa auténtica.

Fuente: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/pantiseis-pori-n

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

Antropología Cristiana, A. Mitilineos

Antropología Cristiana C 19

El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.

Índice

  1. ¿Qué examina la antropología cristiana?
  2. Sobre Adán y Eva
  1. ¿Qué examina la antropología cristiana?

Como sabéis, existe la antropología que aprendemos en el colegio, la cual constituye también la base, el punto de partida de la ciencia médica. El objeto de la medicina es el ser humano: fundamentalmente, el médico debe conocer al hombre para poder intervenir sobre él. Es decir, debe saber de qué está constituido, no sólo exteriormente, sino también interiormente: el hígado, el corazón, el sistema neurológico, el sistema circulatorio, etc. Todos estos sistemas que conforman al ser humano deben funcionar correctamente para que su existencia sea normal. Todo esto lo estudia la antropología natural.

Pero nosotros hablamos de antropología cristiana. ¿Qué significa esto? Como sabéis, la antropología es una disciplina que estudia al ser humano, pero no puede responder a preguntas sobre su destino y finalidad. Es decir, se puede conocer al hombre, pero, ¿por qué existe el hombre? Esto, sin duda, no lo puede responder la ciencia médica.

Si le preguntas a un médico: “Doctor, ¿dónde está mi hígado?”, él te lo señalará. Si le dices: “Me duele aquí”, te dirá que probablemente es tu hígado. Pero si le preguntas: “Doctor, ¿por qué existo?”, te dirá que eso no entra en su campo. Por eso, la antropología cristiana nos dice quién es el hombre y cuál es su finalidad.

En pocas palabras, el hombre está compuesto por dos esencias: su cuerpo, hecho de los elementos materiales que encontramos en la naturaleza, y su ψυχή (psijí: alma, psique, ánima, la que anima el cuerpo). Estas dos partes están unidas de forma armónica. El Creador del hombre es Dios. El ser humano es una “imagen de Dios”, tanto en su alma-psique como en su cuerpo, porque Dios se hizo hombre.

El Logos de Dios, la Segunda Persona de la Santa Trinidad, no se hizo hombre copiando al hombre; más bien, el Logos de Dios creó al hombre según aquello que Él mismo quería llegar a ser. Es decir, Dios creó a Adán no como un modelo a seguir, sino como una anticipación del prototipo que sería el mismo Logos encarnado, aunque cronológicamente Jesús Cristo venga después de Adán.

Además, ¿qué es la muerte? Esta se introdujo en el mundo por el pecado. Y ¿quién puede explicarnos qué es realmente la muerte? Ni la medicina, ni la filosofía, nadie puede. No es simplemente el endurecimiento de tejidos ni el cese de funciones corporales; eso es solo una consecuencia. El hombre muere porque ha pecado, lo cual produce la separación entre el alma y el cuerpo.

Pero esperamos la resurrección de los muertos, que es el fruto de la obra redentora de Cristo. Y así, el ser humano, reunido nuevamente con su psique-alma y su cuerpo, vivirá por los siglos de los siglos en la Βασιλεία (Vasilía: realeza increada) de Dios.

Esto, en pocas palabras, es lo que llamamos antropología cristiana. (19 25´)

  1. Sobre Adán y Eva

Pregunta: Sabemos que Dios creó a Adán y Eva, luego los expulsó del Paraíso y fueron a vivir solos. El Antiguo Testamento nos dice después qué ocurrió hasta el nacimiento de Cristo y hasta Su muerte. Pero en la historia aprendemos que el ser humano vivió primitivamente desde el principio, y que poco a poco comenzó a desarrollarse. Sin embargo, no se menciona que los primeros en ser creados fueron Adán y Eva, y la historia no continúa como lo hace el Antiguo Testamento. ¿Cómo sucede esto? ¿Por qué ambas versiones no coinciden?

Hijos míos, es muy sencillo. La Santa Escritura, que nos informa sobre todo esto, ¿qué es? Es Apocálipsis, es decir, Revelación. ¿Y qué es la historia? Es la investigación que el ser humano hace por sí mismo. El hombre, solo, sin la apocálipsis, revelación, no puede encontrar aquello que realmente busca.

Os pondré un ejemplo: ¿Conocéis la historia de la vida de vuestros padres? Seguramente sabéis muchas cosas, pero no la historia completa. ¿La historia de vuestros abuelos? Sabéis aún menos. ¿Y la de vuestros bisabuelos? Me temo que ni siquiera conoceréis sus nombres. ¿Y qué decir de los padres de vuestros bisabuelos? Quién sabe quiénes fueron. ¿Qué sucede, entonces? Que perdemos nuestra historia.

¡Atención! Del mismo modo, el hombre, para conocer su historia, necesita investigar y buscar. A eso lo llamamos ciencia, lo llamamos historia: buscar y encontrar.
Pero, ¿qué es la Santa Escritura?
La Santa Escritura es ese libro que no nos dice que busquemos, sino que nos revela (nos «apocalipta») cómo y qué fue en el pasado. Y se sabe que el pasado no lo conoce nadie… excepto Dios.
Y Dios lo revela mediante hombres θεόπνευστος (zeópnefstos: inspirados por Dios), como es en este caso Moisés.

Moisés es profeta del pasado, del presente y del futuro. Es importante entender que la profecía no se refiere sólo al futuro: también es profecía decir con verdad lo que sucede en el presente. Y os diré lo difícil que es eso: basta con deciros que la historia del presente nunca se escribe, porque es muy difícil.

¿Cómo puedes conocer la realidad si estás viviendo en medio de los hechos? Es imposible ver objetivamente lo que ocurre, por lo tanto, es difícil hablar del presente, y mucho más aún del pasado.
Moisés escribió sobre el pasado, sobre la creación del mundo y del hombre, según la revelación-apocálipsis de Dios. Esa es la diferencia fundamental.

Y la pregunta: ¿por qué no coinciden estas dos versiones? Es muy natural que no coincidan, porque -como ya os he explicado- una proviene de la investigación humana y la otra, de la revelación (apocálipsis) de Dios.

https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/pantiseis-pori-n

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

Persecución Cristiana y Mártires Cristianos, C 18, A. Mitilineos

 

Persecución Cristiana y Mártires Cristianos, C 18

El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.

(Muy actual para nuestra vida diaria)

Índice

  1. ¿Cómo se persigue hoy al cristianismo?
  2. ¿Cuál será nuestra reacción cuando se declare persecución contra la Iglesia?
  3. Tal como leemos en las vidas de los santos, todos los mártires se alegraban al morir por Cristo. ¿Cómo y de qué forma podría el hombre actual comprenderlo?
  4. ¿Por qué la época de los mártires es fuente de fuerza para cada época?
  1. ¿Cómo se persigue hoy al cristianismo?

No es difícil entender cómo se persigue al cristianismo en nuestros días. De forma general, podríamos decir que mediante la calumnia y la difamación. Comienza cuando se acusa al cristianismo diciendo: «Esto o aquello hizo la Iglesia; esto hizo el sacerdote; esto el obispo; aquello hizo tal o cual cristiano. Lo veis: hace muchas y grandes persignaciones, pero también esto o lo otro…».

Con esto no quiero negar que exista falta de coherencia o inconsecuencia entre nosotros. Porque los cristianos, en efecto, muchas veces somos inconsecuentes, y eso es verdad. Damos pie a los enemigos de la Iglesia. Pero más allá de nuestras propias faltas, hoy existe una disposición claramente hostil hacia la Iglesia. Esto se puede ver fácilmente y está muy difundido: en la televisión, la radio, los periódicos, las revistas e incluso en las escuelas. Hay muchos que están contra el Evangelio, contra la Iglesia y contra Jesús Cristo.

Hoy, principalmente, la persecución se manifiesta en la calumnia y la difamación. Pero la persecución puede tomar muchas formas.

Por ejemplo, cuando en el colegio dicen: «Hijos, se acerca el carnaval, nos vamos a disfrazar, etc.», y todos participan en esos preparativos. Pero si alguien dice que el carnaval tiene elementos de idolatría, le responden: «¿Qué es eso de idolatría? Es solo una tradición festiva…». Si uno cede, entonces ha caído víctima de esa persecución sutil. Y si se opone, entonces comienza el rechazo: «¡Mira este! Es un anticuado. Quiere hacerse pasar por un cristiano ético…». Y así empieza la difamación, diciendo que eres esto o aquello, y otras cosas por el estilo.

Este es solo un pequeño ejemplo. Hijos míos, hoy la Iglesia de Cristo es perseguida de muchas maneras. Cuando existen libros que atacan la persona de Cristo, eso también es persecución. ¿De dónde queréis que empiece? ¿De Kazantzakis? ¿De los libros de la masonería del siglo XIX en Atenas hasta los de hoy? Hay una infinidad de obras en todo el mundo que calumnian y mienten la Iglesia y los Cristianos.

Yo diría: Señor mío, si a Ti te insultan de esta manera, ¡cuánto más a mí, que soy solo un hombre! El Señor ya lo dijo: «Si los hombres del mundo me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi logos, también guardarán el logos vuestro» (Juan 15:20).

Así, con esta guerra que se libra -desgraciadamente también en nuestra propia patria-, podríamos decir que se está produciendo una separación profunda entre quien permanece creyente y quien no. Es importante que esto lo sepamos. Y aquel que guarda en su corazón la fe y permanece fiel, debe tener cuidado: que nunca se doblegue ante la calumnia o la difamación lanzada por los enemigos de la Iglesia. Esto debemos tenerlo muy presente. (31.51)

  1. ¿Cuál será nuestra reacción cuando se declare persecución contra la Iglesia?

En realidad, la persecución contra la Iglesia nunca ha cesado, y nunca se ha firmado una paz verdadera. Puede ser que en ciertos lugares haya paz por un tiempo, pero en otros, al mismo tiempo, puede haber guerra y persecución. Esto ocurre desde la antigüedad. Lo vemos ya en la Sagrada Escritura, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, donde se dice: “…la Iglesia gozaba de paz en toda Judea”, lo que indica que, en ese lugar específico, no había persecución en ese momento. Pero eso no significaba que no hubiera persecución en otros lugares. Así ha sido siempre: dondequiera que se halle la Iglesia -aquí o en otro país-, ha sido perseguida desde el momento de su nacimiento.

Podríamos decir que hoy en Grecia no hay persecución abierta. Pero, ¿quién nos asegura que mañana no se promulgue una ley, o surja algún acontecimiento, y comience una nueva forma de ataque contra la Iglesia? Me diréis: «¿Así, de repente, mañana por la mañana?» Sí, precisamente eso quiero decir: puede suceder en un abrir y cerrar de ojos.

Pero, ¿qué entendemos exactamente por “persecución”? ¿Acaso imaginamos que se trata solamente de confiscar bienes, cerrar Iglesias o conducirnos al martirio? Claro que eso también lo es. Sin embargo, la persecución no se limita solo a esas formas. Puede manifestarse de muchas maneras.

Un Estado puede actuar contra la Iglesia incluso cuando no está formalmente separado de ella. Aquí en Grecia, como sabéis, el Estado no está separado de la Iglesia. En otros países sí lo está. Pero incluso sin una separación oficial, puede haber leyes, actitudes o decisiones administrativas que afecten negativamente a la Iglesia, y eso también constituye persecución. Todo esto lo vivimos hoy, en mayor o menor medida.

Muchos de vosotros habréis oído o experimentado situaciones en las que se dice: «Esto o aquello es un ataque o una persecución a la Iglesia». No siempre hablamos de martirios como en los antiguos martirologios (libros de los mártires); hoy en día, la persecución toma formas más sutiles. Por ejemplo: suprimir la asignatura de religión de las escuelas, tergiversar el contenido de los libros religiosos, o prohibir símbolos cristianos en espacios públicos -todo esto también es persecución.

Y en medio de todo esto, cabría preguntarse: ¿acaso la persecución no ha llegado ya a nuestras propias casas? A menudo hablamos de persecución exterior, pero ¿quién nos garantiza que en nuestra familia no exista ya esa oposición? Si los padres o familiares no creen en Dios, o no aceptan a Jesús Cristo, o incluso si creen, pero tienen otra visión del Evangelio, y observan que tú intentas vivir una vida de fe, ¿no ejercen presión y persecución sobre ti?

Si dices: “Cada domingo quiero ir a la Iglesia”, y te lo impiden, ¿no es eso una forma de persecución? Si decides ayunar, orar o vivir según los mandamientos del Evangelio, y alguien de tu familia se burla, te interrumpe o te desanima, ¿no es eso también una cruz que debes llevar? Recordad las palabras del Señor: “Los enemigos del hombre serán los de su propia casa” (Mat 10:36). Y también: “El hijo se levantará contra el padre, la hija contra la madre, la nuera contra su suegra…” (Luc 12:53). ¿Qué indica todo esto? Indica que la persecución puede estar muy cerca de nosotros, incluso dentro de nuestra propia casa.

Por eso, podemos decir que esta persecución no es otra cosa que la cruz diaria de la que habla el Santo Evangelio: la cruz que todo cristiano está llamado a llevar cada día. Si un compañero se comporta contigo con ironía en clase o en el trabajo por causa de tu fe, eso es una forma de persecución; es la cruz de ese día.

Ante esto, ¿qué debemos hacer? Porque la pregunta que nos ocupa es: ¿Cuál será nuestra reacción en caso de persecución contra la Iglesia? No esperéis a que la persecución sea oficialmente declarada para reaccionar. Debemos reaccionar desde ya, con nuestra cruz diaria. ¿Cómo? ¿De qué manera?

Prestad atención, con dos elementos, o, mejor dicho, con dos armas espirituales fundamentales: la fe y la paciencia.

Mi fe no debe tambalearse; al contrario, debe estar fortaleciéndose continuamente. Cuando mi fe se fortalece, entonces puedo resistir.

Imaginad que llueve intensamente, sin cesar, y que el terreno sobre el que está construida mi casa se reblandece; veo que se va a hundir y que corre peligro de derrumbarse. ¿Qué hago? Refuerzo los cimientos, apunto las paredes, coloco soportes y trato de sostener la estructura para que no colapse. Eso es la fe.

Cuando veo que las tentaciones se me vienen encima, debo reforzar mi fe para no derrumbarme. Porque cuando la fe se tambalea, todo se derrumba, ya no queda nada que me sostenga. Como dice el evangelista Juan en una de sus epístolas: 4. Porque todo el que ha nacido de Dios vence al mundo pecaminoso; Y esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe.  [4. Porque todo que renace espiritualmente de Dios, vence al mundo pecaminoso, que interpone trabas y dificultades para cumplir la divina voluntad. Y esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe, que es luz y energía increadas que destruye y disuelve el mundo del pecado y del engaño y conduce a la divina vida espiritual y a la virtud”] (1Juan 5:4) Fe en la persona teantrópina, es decir, divino-humana, de Jesús Cristo. Esa fe es esencial.

¿Habéis visto cuántas teorías se dicen hoy contra Cristo? ¿Cuántos libros se publican que atacan su figura, incluso dentro de vuestros propios hogares? ¿Qué os dicen vuestros hermanos, padres, cónyuges, hijos, profesores? ¿Acaso no circulan ideas que cuestionan o atacan la naturaleza divina y humana de Jesucristo? ¿No es todo esto eso también persecución?

¿Y cómo resistiremos? Solo si tenemos fe firme y estamos unidos a la persona teantrópina divinohumana de Jesús Cristo..

La otra arma es la paciencia. Dice el Señor: “El que persevere hasta el final, ese se salvará” (Mat 24:13).  Por tanto, debemos tener esto bien claro: la fe y la paciencia son los dos fundamentos imprescindibles para mantenernos firmes cuando llegue la persecución, de la forma que sea.

Es cierto también que hay una tercera virtud indispensable: la αγάπη (agapi: amor desinteresado, incondicional, altruista). Pero esto lo veremos en la siguiente pregunta, que está en el mismo documento y constituye una continuación natural de esta reflexión. (14.29´30´´)

  1. Tal como leemos en las vidas de los santos, todos los mártires se alegraban al morir por Cristo. ¿Cómo y de qué forma podría el hombre actual comprenderlo?

La verdad es que el hombre actual no entiende esto. ¡Atención! No lo percibe ni lo comprende; aquí está el elemento trágico de la existencia cristiana. Hijos míos, el hombre contemporáneo vive dentro de la ευδαιμονία efdemonía de la época, es decir, felicidad bienestar basado en placeres carnales y materiales. Tampoco puede entender el sentido y el significado cruciforme del Evangelio. El Evangelio es cruciforme, y debo llevar mi cruz y seguir al Señor; esto quiere decir que es un camino de crucifixión.

Como hoy en día esto no se puede entender, resulta muy difícil captar el sentido y significado del martirio y del mártir. Por ejemplo, si dices que respecto al sexo se requiere εγράτεια (engratia: autodominio, moderación, templanza), te contestarán: “¿Por qué? ¿Acaso no es natural satisfacer el instinto de procreación?” Lo natural es, según ellos, buscar esa satisfacción. Pero, aunque así fuera, ¿podría contradecirse Dios consigo mismo, diciéndote por un lado que practiques la εγράτεια engrátia y por otro creándote para no poder hacerla? Esto sería curioso. ¿Qué haré entonces? Creeré, porque lo dice Dios y así es, con eso basta. Pero cuando ves a todos los demás que lo toman libremente y satisfacen sus deseos como quieren, esto se vuelve una tentación. Debes creer firmemente que Dios ha hablado así.

Tomad el tema del ayuno. En una época de prosperidad y bienestar, alguien podría decir: “Si tengo todos los bienes, ¿por qué tengo que ayunar?” El hombre actual no entiende esto, el concepto del mandamiento del ayuno le resulta incomprensible. Además, preguntan: “¿Por qué tengo que martirizarme? ¿Para qué razón?” No encuentran razón alguna para el martirio.

Finalmente, todo esto provoca que el hombre contemporáneo no comprenda lo que llamamos martirio ni el significado del mártir.

Pero no creáis que, si alguna vez ocurre alguna tentación o alguna persecución exterior -como aquellas persecuciones conocidas, no como las mencionadas antes-, no aparecerán muchísimos mártires, muchos más de los que pensamos. Tal como en nuestra época tenemos mártires en distintos lugares.

Porque lo que hace al mártir es el Espíritu Santo. Vosotros sabéis que el Espíritu Santo dona muchos carismas, y todos ellos son suyos, no nuestros. El carisma más grande, el más culminante, es el Martirio. Que el Espíritu de Dios me dé el carisma de sanación, no es lo más importante; el carisma de sabiduría, de conocimiento, de prudencia, del temor de Dios, todos ellos son importantes, pero el mayor, el pilar de todos, es el carisma del Martirio.

San Cirilo de Jerusalén dice que es imposible que alguien se deje martirizar por Cristo sin tener este don otorgado por el Espíritu Santo. Es imposible.

Ayer leía un libro del Antiguo Testamento, en concreto Judit, y meditaba sobre las cosas que vivió junto con su criada. Ambas se encontraron frente al ejército de Olofernes, compuesto por miles de soldados. Que dos mujeres, y especialmente en aquel contexto, se hallaran en medio del ejército enemigo es algo realmente impresionante. Entonces, Judit ideó un plan audaz. Elevaba oraciones a Dios con lágrimas, suplicando poder llevarlo a cabo. Esto era un carisma. Judit corría un gran peligro: podía ser degollada por el enemigo, Olofernes. Sin embargo, estaba dispuesta a enfrentarlo, incluso si eso significaba convertirse en mártir.

Leed, por favor, el martirio de los siete Macabeos. ¡Temblaréis al conocer los tormentos que les infligió Antíoco el ilustre! A pesar de esto, ellos sufrieron el martirio con valentía. Les despellejaban vivos, les cortaban los miembros poco a poco, los quemaban; cualquiera diría que estas cosas son escalofriantes, horribles. ¿Quién podría soportar tanto si no tuviera el carisma del Espíritu de Dios? Por eso os digo que el Martirio es un don del Espíritu Santo.

Y hay más. ¿No puede el Espíritu Santo dar este carisma a mí o a ti? Sí, pero ¿cuándo lo concede? Lo da cuando ve ciertas condiciones. Depende de tu preferencia, de tu libre voluntad y predisposición, y aún más, de tu agapi —el amor incondicional-, es la agapi de Cristo. Por eso dice el apóstol Pablo: “¿Quién podrá separarnos del amor (agapi) de Cristo? ¿Tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro o espada? ¿Altura o profundidad? ¿Las cosas presentes o futuras? ¿La pérdida de bienes, el despojo de nuestra fortuna, la caída desde una alta posición, los honores, cargos (axiomas) o la difamación pública? ¿Los ángeles acaso?”. Y continúa el apóstol afirmando que “nada ni nadie podrá separarnos del amor (agapi) de Cristo” (Rom 8:35-39).

He aquí una condición para el martirio: la agapi hacia Jesús Cristo.
¡Atención! No basta con solo creer en Cristo; debemos llegar a amar a Cristo. Solo entonces podremos tener verdadero progreso en nuestra vida espiritual.

El progreso espiritual no es fruto únicamente de la fe, sino de la agapi. Aunque es cierto que de la fe nace la agapi (amo incondicional, desinteresado): primero creeré, y después amaré.

  1. ¿Por qué la época de los mártires es fuente de fuerza para cada época?

    El mártir es una persona escogida y especial, porque entrega su vida, su existencia, lo da todo. Y pensad que la mayoría de los mártires eran jóvenes. Tenemos mártires incluso desde la infancia.

San Kíriko, por ejemplo, era un niño de apenas tres años. Cuando su madre, Santa Julieta, lo tenía en brazos, el gobernador civil intentó engatusarlo tomándolo entre los suyos y le pidió que blasfemara contra Cristo. El pequeño Kíriko, con solo tres años, le dio una patada en el abdomen. Entonces el gobernador, furioso, lo tomó por los pies y lo arrojó por la ventana de su despacho, matándolo. San Kíriko se considera un Megalomártir, al igual que San Jaralambos y San Ignacio, que fueron martirizados siendo ya ancianos, con más de cien años.

Pero la mayoría de los mártires eran hombres y mujeres jóvenes: Santa Paraskeva -en cuyo templo nos encontramos ahora-, Santa Markela, Santa Ekaterina y otros tantos. Muchos de ellos eran personas de alto rango social, transformados (metamorfoseados) por la χάρις (gracia, energía increada) de Dios. San Dionisio el Areopagita, cuya memoria celebramos ayer, también es considerado un Megalomártir.

Veis, pues, que poseemos un vasto repertorio de santos mártires. Se calcula que, en estos dos mil años -sólo entre los conocidos- hay alrededor de cuarenta millones de mártires, y constantemente se siguen sumando nuevos dentro de la Iglesia.

¿Cuál es el valor del Mártir?
El Mártir tiene un valor inmenso: inspira, ejemplifica y fortalece la fe de los demás.
Cuando, por ejemplo, hay una persecución contra la Iglesia y alguien da su vida testificando a favor de ella, se convierte en modelo de fe, perseverancia, valentía y confesión.

Por eso, el Mártir es una fuente de fuerza para los demás, sobre todo para su época, pero también para cada época futura.
Si leemos la vida de los Mártires de tiempos pasados, nos sentimos fortalecidos. Y aún más si en nuestra propia época hay Mártires.

No olvidéis que los perseguidores del cristianismo intentan evitar la creación de héroes y mártires, porque sienten un profundo temor y rechazo ante la presencia viva del Mártir. Por eso, tratan de exterminar a los cristianos de manera oculta, sin permitir que lleguen a ser reconocidos públicamente como Mártires. Temen que, al ser reconocidos como tales, su ejemplo inspire una gran fuerza espiritual en los demás.

Por eso los difaman, los desacreditan por todos los medios posibles.
Hoy, en nuestra época, existen formas muy sutiles pero terribles de desprecio y descrédito hacia el Mártir. Es, por eso, una de las peores épocas: porque en la antigüedad el mártir podía dar testimonio, sufrir malos tratos e incluso la muerte, pero conservaba intacta su conciencia y su νούς nus (el centro espiritual del alma). Hoy, en cambio, al mártir potencial se le ataca incluso en su conciencia y en su nus, buscando destruirlo desde dentro.

Os diré un ejemplo muy característico sobre el Padre Dimitri Dudko, sacerdote ruso que predicaba en Moscú. En una ocasión fue arrestado por la policía y le ordenaron que dejara de predicar. Pero él continuó. Lo volvieron a detener, y así sucesivamente: entrando y saliendo de prisión y de los calabozos de la policía.

A pesar de todo, logró sacar clandestinamente un libro titulado “Nuestra esperanza”, que contiene reflexiones como las que estamos compartiendo ahora: “dudas y respuestas”. Este libro circuló por toda Europa.

¿Y qué creéis que le hicieron?
Prestad atención: los métodos que hoy se utilizan no siempre son la tortura física, sino algo más insidioso: te califican de loco. Alegan que, si dices estas cosas y te opones al Estado, es señal de que estás mentalmente enfermo. Y como estás «loco», te envían a un manicomio o clínica psiquiátrica o neurológica. Allí comienza lo que llaman una «supuesta terapia», es decir, una terapia que en realidad busca destruir tu voluntad: te drogan, te idiotizan con fármacos y, después, ya no puedes reaccionar ni pensar con claridad.

Así fue, hijos míos, como ocurrió algo terrible y muy doloroso, pero Dios es justo y lo ve todo. Al Padre Dimitri le aplicaron esta “terapia neurológica” y luego lo sacaron en televisión, sedado con medicamentos, para que confesara ante las cámaras que sus palabras y enseñanzas no eran correctas. Pero aquellos que le conocían y lo vieron en ese estado comprendieron lo que le había sucedido y lo tuvieron muy en cuenta. Porque el hombre había perdido su personalidad. Y esto no era como en tiempos antiguos, cuando los mártires eran torturados físicamente, pero mantenían su conciencia intacta. Aquí, con esta clase de tratamiento farmacológico, te destruyen la conciencia misma.

Por ejemplo, si a alguien se le administra una gran dosis de insulina —porque hoy eso también lo hacen, pierde su personalidad. ¿Sabíais esto? Es algo terrible, verdaderamente espantoso. Existen muchos otros fármacos que hacen que el ser humano pierda el sentido de sí mismo.

¿Es culpable el mártir de esto? Sin duda alguna, no lo es.

Cuando algunos conocidos visitaron al Padre Dimitri en Moscú, quedaron profundamente impactados por el estado en el que lo habían dejado. Había perdido completamente la razón y la conciencia de sí mismo. Tanto fue así, que cuando abrió la puerta de su casa, los recibió en ropa interior, sin darse cuenta de que debía estar vestido con su sotana o, al menos, con ropa adecuada. Su conciencia había sido destruida.

¿Por qué hacen esto los perseguidores?
Porque temen la figura del mártir. Temen lo que representa, porque la presencia viva del mártir tiene un valor inmenso, es profunda, poderosa, y diacrónica (atemporal, trasciende el tiempo).

Y esto no ocurre solamente en el ámbito religioso cristiano, sino también en el nacional, político, ideológico y en cualquier otro campo donde alguien pueda convertirse en una figura de testimonio y valentía.

Por esta razón repito: la presencia del mártir es una bendición pragmática, real, para los creyentes.
Debemos siempre inspirarnos en el testimonio de los mártires, tanto antiguos como modernos. (23. 17´30´´).

https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/pantiseis-pori-n

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sobre los siete pecados mortales y la Λύπη lipi (pena, depresión, tristeza), Mitilineos

Sobre los siete pecados mortales y la Λύπη lipi (pena, depresión, tristeza) en su doble dimensión C17

El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.

Índice

  1. Sobre los siete pecados (enfermedades espirituales) mortales
  2. La λύπη lipi (tristeza, pena, depresión) es pecado, pero cuando se ha asentado en el fondo del corazón y del νούς nus (espíritu de la psique-alma), ¿qué se nos aconseja hacer?

Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua helénica-griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos el Nuevo Crisóstomo. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes del bachillerato.

  1. Sobre los siete pecados (enfermedades espirituales) mortales

(ver también https://logosortodoxo.es/filocalia/tomo-i/filocalia-tomo-1-san-casiano-el-romano-sobre-los-ocho-pensamientos-y-conceptos-de-la-maldad-y-sobre-el-discernimiento/)

Recientemente se ha recordado que la gula es uno de los siete pecados capitales. ¿Cuáles son los restantes y qué significa cada uno? ¿La γαστριμαργία gastrimargía glotonería se identifica con la gula, y qué significa exactamente?

Como sabrán, los Santos Padres reconocen y disciernen los siete pecados mortales (también llamados «enfermedades espirituales del alma»), y algunos incluso añaden un octavo: la vanagloria. Se llaman mortales porque conducen a la muerte de la psiquealma. De hecho, todo pecado que se mantiene sin μετάνοια metania arrepentimiento y confesión puede ser mortal para la psique-alma, incluso los considerados “menores”. Si se persiste en ellos sin confesión ni conversión, esos pequeños pecados también pueden conducir a la muerte espiritual. Sin embargo, hay ciertos pecados que, de forma más directa y certera, llevan a la psique-alma a la muerte: estos son los llamados siete pecados mortales.

Quizá muchos piensen que el peor pecado es el homicidio. No obstante, aunque se trata de un pecado muy grave, no se clasifica como pecado mortal en este contexto espiritual. Esto puede sorprender, pero lo entenderán mejor al conocer cuáles son los verdaderos pecados mortales según los Padres de la Iglesia.

Por orden, son:

  1. Γαστριμαργία Gastrimargía – Gula o glotonería
  2. Πορνεία Lujuria – fornicación, impureza o prostitución
  3. Φιλαργυρία Filarghiría – Amor al dinero o avaricia
  4. Οργή Ira – Cólera, enojo incontrolado
  5. Λύπη Lipi– Tristeza, depresión, tribulación
  6. Ακηδία Acedia – pereza espiritual, tedio del alma
  7. Orgullo – Soberbia o arrogancia

Algunos Padres distinguen un octavo pecado, separando la vanagloria de la soberbia. En realidad, ambos están relacionados: la vanagloria sería el primer peldaño y la soberbia el último en la escala del orgullo o el cuerpo del caballo es la vanagloria y el orgullo o soberbia su cabeza.

La Γαστριμαργία Gastrimargía  Gula es el deseo desordenado de tener el estómago lleno. Se diferencia de la lemargía o glotonería, en que la primera busca saciarse sin importar con qué, mientras que la segunda busca satisfacción gustativa, es decir, placer en sabores refinados y apetitos sabrosos (los sibaritas). Hay quienes dicen: “yo no como mucho, pero quiero algo especial”, lo cual también es pecado de gula, aunque de distinta forma.

El problema no es sólo comer más de lo necesario, sino vivir para comer en vez de comer para vivir. Cuando el hombre convierte la comida y su panza en su dios, se cumple lo que dice san Pablo: “cuyo dios es su vientre” (Fil 3,19). Esta mentalidad hedonista es denunciada en el libro de la Sabiduría de Salomón: “Venid, disfrutemos de los bienes presentes… comamos y bebamos, que mañana moriremos” (Sab 2,6-9). La mentalidad popular suele decir: “La vida es lo que comas y bebas”. Según esta visión materialista, todo lo demás no importa, sólo lo que se come y se bebe. ¿Veis aquí el materialismo tan crudo y superficial que domina nuestra época? Es, en realidad, una deificación del placer sensorial y carnal, una idolatría del gusto, del apetito, de la comida. Así comienza la caída: la puerta de entrada a los pecados mortales es la gastrimargía, es decir, la gula.

Justo después de la gula viene la lujuria, la indecencia, fornicación, prostitución todo lo que Dios ha prohibido. Las relaciones sexuales fuera del matrimonio -ya sean fornicación, adulterio u otras prácticas- son llamadas por los Santos Padres lujuria o prostitución, fornicación y constituyen pecado mortal. Dios sólo aprueba el acto sexual dentro del matrimonio, como expresión de amor, comunión y santificación. Todo lo que se aleje de este marco sagrado es condenado como pecado grave.

¿Y qué decir de los que hoy promueven o practican estas relaciones fuera del matrimonio, inspirados por el freudismo, el pansexualismo y la mentalidad del “todo vale” en materia sexual? ¿Dónde están ahora esos que justifican toda forma de relación contraria a la voluntad de Dios? Hijos míos, estad atentos: estáis escuchando logos de Dios. No os dejéis engañar por las ideologías y corrientes que imperan en nuestra época. Caminad con discernimiento, no como hijos de la noche, sino como hijos de la luz (cf. Ef 5,8).

Después viene la φιλαργυρία filarghiría – amor al dinero o avaricia, es decir, el amor al dinero, que no consiste simplemente en acumular riquezas ni en ser tacaño, sino en tener el corazón apegado al dinero. Hay quienes lo acumulan y no lo gastan (tacaños), y otros que lo malgastan de forma imprudente (derrochadores). Ambos extremos nacen del mismo pazos (pasión) que es el amor desordenado a la riqueza.

Hoy solemos reducir la avaricia a la tacañería, pero el verdadero y antiguo sentido de la filarghiría es el apego interior a las riquezas, a la plata, al poder del dinero. Sea que lo retenga o lo derroche, quien pone su esperanza en el dinero se aleja de Dios.

Es bien sabido que la lujuria tiende a dominar al ser humano en su juventud, mientras que la avaricia se intensifica en la madurez y especialmente en la vejez, cuando el hombre teme morir en la miseria y pone su seguridad en los bienes materiales, en lugar de confiar en la Providencia de Dios. San Casiano el Romano enseña que quien deposita su esperanza en el dinero comete idolatría, y san Pablo lo confirma al decir: “La avaricia es idolatría” (Col 3,5). Y de la avaricia filarghiría nacen muchas otros pazos (pasiones) que oscurecen  y enferman la psique-alma.

El cuarto pecado mortal es la ira. ¿Cuál es la diferencia entre la ira (enojo) y el simple enfado? El enfado es una reacción momentánea, pasajera; puede surgir y luego desaparecer. Pero la ira es el enfado prolongado, el enojo, resentimiento mantenido en el tiempo. Es cuando guardo en el corazón un agravio contra alguien y permanezco en enemistad interior, alimentando hostilidad hacia esa persona. De ahí que un hombre espiritual no deba siquiera permitirse el enfado. Y si por debilidad se enfada, debe arrepentirse inmediatamente y confesarse sin demora.

El quinto pecado mortal es la Λύπη (lipi) pena, tristeza, pesar, depresión, aflicción interior psíquica, dolor, sufrimiento, es uno de los siete pecados capitales y una virtud si se trata de lipi según Dios.

Existe la lipi “según Dios” y la lipi “según el cosmos-mundo”. La primera se identifica con la metania y el luto (espiritual) que nace de la esperanza a Dios y empuja al hombre hacia la lucha y el ejercicio espiritual. La segunda todo lo contrario, desanima al hombre y le conduce en la desesperación, melancolía, en una parálisis psicosomática y la depresión. “La lipi querida por Dios conduce a la metania y produce un arrepentimiento salvador, de la que no hay que lamentarse, mientras que la lipi producida por el mundo engendra la muerte”; según Apóstolos Pablo “ἡ γὰρ κατὰ Θεὸν λύπη μετάνοιαν εἰς σωτηρίαν ἀμεταμέλητον κατεργάζεται· ἡ δὲ τοῦ κόσμου λύπη θάνατον κατεργάζεται Pues la tristeza querida según Dios produce beneficio espiritual y metania saludable y salvífica, de la que no hay por qué lamentarse; mientras que la tristeza según el mundo engendra depresión y lleva a la muerte espiritual” (2Cor 7:10). San Gregorio Palamás escribe: si investigas la lipi mundana, encontrarás que está inmersa en los pazos y proviene de ellos y del materialismo, en cambio, la lipi según Dios te conduce a la metania y sin duda a la “psicoterapia” sanación y salvación de la psique. (https://logosortodoxo.es/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo/)

La lipi tristeza “según Dios”, que es bendita, cuando uno se entristece por sus pecados, se arrepiente, llora por ellos y se aflige interiormente. Esta tristeza es bienaventurada, como dijo el Señor: Bienaventurados y felices los que están en luto, afligidos por sus pecados y del mal que domina al mundo, porque ellos serán consolados por Dios (Mt 5,4). Es una tristeza que conduce a la metania (arrepentimiento), y por ello, a la vida.

Pero existe también la tristeza “según el mundo”, que conduce a la muerte (cf. 2 Cor 7,10). Esta tristeza es destructiva, carcome la psique- alma y puede paralizar la vida entera. Es cuando alguien no puede consolarse tras la pérdida de un ser querido -padre, madre, hijo, o cuando la pena lo domina por haber perdido dinero, posesiones, prestigio. Por ejemplo, por vender una propiedad que luego valió más, o por una pérdida económica que no se puede superar. Esta tristeza y depresión se vuelve obsesiva, insuperable, y puede llevar no sólo a la muerte espiritual, sino también a la muerte corporal.

Recuerdo el caso de una madre cuyo hijo murió en un accidente automovilístico. Esta mujer no fue capaz de ser consolada nunca. Cuando la visitaba, siempre la encontraba con las ventanas cerradas, tendida en el sofá, sin hablar, llorando constantemente. Poco tiempo después enfermó de cáncer y murió. Es conocido que el estado psicológico influye profundamente en la salud física, y una de las causas posibles del cáncer, entre muchas otras, es precisamente la tristeza profunda, la depresión prolongada.

Como enseña san Casiano, el demonio de la tristeza o depresión aplasta la psique. Conozco a una persona que desde hace 27 años sufre este estado. Él mismo dice: “El demonio de la tristeza me castiga”. Nunca ha logrado liberarse completamente. Es una condición terrible.

(En otra enseñanza, el Padre Atanasio profundiza más extensamente sobre este fenómeno. Señala cómo en el hombre moderno con espíritu occidental, apegado al materialismo, la depresión se ha vuelto una plaga, mientras que los orientales pobres o los cristianos con espíritu ortodoxo que llevan vida sencilla espiritual, no padecen depresión en esa forma destructiva.)

El sexto pecado es la Ακηδία (akidía) acedía, que es la desgana espiritual, la indiferencia, la negligencia en las cosas de Dios. Es cuando a alguien se le dice: Lee el logos de Dios”, y responde: Mañana. O se le anima: “Empieza la vida espiritual”, y contesta: “Cuando tenga tiempo, cuando sea mayor, ahora no puedo”. El demonio de la acedia es muy astuto y siempre encuentra excusas para mantenernos en la pereza espiritual. La acedia es uno de los enemigos más silenciosos y persistentes. Paraliza la voluntad, adormece la psique-alma, impide la metania y el arrepentimiento y la confesión, y con el tiempo, seca la vida espiritual completamente.

Como corona de los siete pecados mortales, viene la soberbia u orgullo y su manifestación más inicial, la vanagloria. Este fue el pecado que precipitó a Satanás desde el cielo, el que lo transformó de ángel luminoso en demonio. Por eso, la soberbia u orgullo no es un pecado más, sino la raíz última de todos los anteriores.

Muchas veces, los otros seis pecados encuentran su raíz en el orgullo: me enojo porque me hieren el ego o egoísmo (picado), me deprimo porque no se cumplen mis deseos, me entrego a la lujuria porque busco satisfacción propia, amo el dinero porque quiero autoafirmarme sin Dios. La soberbia es la base oculta de todos los pazos pasiones.

Así que, hijos míos, comprended bien: debemos tener mucho cuidado de no caer en estos siete pecados (enfermedades) mortales, pues conducen a la muerte de la psique-alma, a la separación de Dios, y abren la puerta al dominio de los demonios. La vida cristiana verdadera es una lucha continua contra estos πάθος (pazos: pasiones, vicios, adicciones, patologías) con la ayuda de la χάρις (jaris: gracia, divina energía increada) la oración, los Misterios de nuestra Santa Iglesia Ortodoxa y el consejo de los Santos. (16,31)

  1. La λύπη lipi (tristeza, pena, depresión) es pecado, pero cuando se ha asentado en el fondo del corazón y del νούς nus (espíritu de la psique-alma), ¿qué se nos aconseja hacer?

Λύπη (lipi): dolor, sufrimiento, pena, tristeza, pesar, depresión, aflicción interior psíquica. Es uno de los ocho pecados capitales.
Existen dos tipos de lipi: la lipi “según Dios” y la lipi “según el mundo” (cosmos).

La primera se identifica con la metania (arrepentimiento y confesión), un luto espiritual que nace de la esperanza en Dios. Este tipo de lipi impulsa al hombre hacia la lucha interior, el combate espiritual y el ejercicio ascético.

La segunda es todo lo contrario: desanima al hombre, lo conduce a la desesperación y a una parálisis psicosomática —es decir, a la depresión.

La lipi causada por la pobreza o por la falta de bienes materiales conduce a la muerte de la psique-alma, según el apóstol Pablo (2Corintios 7,10).
San Gregorio Palamás escribe: “Si examinas con atención la lipi cósmica o mundana, descubrirás que está inmersa en los pazos (pasiones, vicios) y proviene de ellos y del materialismo. En cambio, la lipi por Dios conduce a la metania (arrepentimiento y confesión) y, sin duda, a la psicoterapia, sanación y salvación de la psique-alma.”

-Dice la pregunta: La λύπη lipi es pecado, pero cuando se ha asentado en el fondo del corazón y del νούς nus (espíritu de la psique-alma), ¿qué se nos aconseja hacer?

La lipi crea problemas terribles en el ser humano, llegando incluso hasta la misma muerte. A pesar de que vivimos en una época que podría caracterizarse como una era de satisfacciones, placeres y aparentes contentos, la lipi es un fenómeno que distingue profundamente al hombre de hoy: es la depresión ο melancolía. Por eso los dispensarios y centros especializados en salud mental tienen tanto trabajo.
Me diréis entonces: ¿esto no es contradictorio?

No, no es contradictorio. Porque no he dicho alegría, he dicho satisfacción. Nuestra época está llena de satisfacciones, placeres y contentos, pero estos no siembran la verdadera alegría y felicidad. Porque las satisfacciones y los placeres se refieren, en su mayoría, a la gratificación de los sentidos, mientras que la alegría es un fenómeno espiritual.

Una cosa es la alegría y otra muy distinta es la satisfacción. Puedo comer un buen helado y sentirme satisfecho, pero eso no significa que experimente alegría. O, al contrario, puede que haya tomado una pastilla amarga, pero como he conseguido mi título, hoy estoy lleno de alegría. Aquella amargura de la pastilla no me ha quitado la alegría interior de mi psique-alma, ni ha opacado la alegría por ese logro. Lo mismo puede aplicarse a muchas otras situaciones. Quiero que entendáis bien: una cosa es la satisfacción -ligada a lo material, carnal, sensorial, pasajero- y otra muy distinta es la alegría, que brota del alma y tiene raíces espirituales.

De todos modos, la lipi es uno de los siete pecados mortales. ¿Lo habéis imaginado alguna vez? Pues sí, constituye uno de los pecados que conducen con seguridad a la muerte espiritual.

Pero cuando decimos lipi, ¿qué entendemos realmente?
El apóstol Pablo, en su segunda epístola a los Corintios, lo describe de la siguiente manera: “En efecto, la tristeza [lipi] según Dios produce una metania, un arrepentimiento que conduce a la salvación y no deja remordimiento alguno; pero la tristeza según el mundo produce la muerte.” (2Cor 7,10). Aquí vemos claramente que el apóstol distingue dos categorías de lipi, tristeza o aflicción interior: Una que es “según Dios” o divina, la cual lleva a la metania, al cambio de mentalidad, al arrepentimiento y confesión, psicoterapéutica, sana y salvadora. Y otra que es “según el mundo”.

La segunda, la lipi “por o según el mundo”, la pecaminosa, se considera pecado mortal. En cambio, la otra lipi, la que es “por o según Dios”, la divina, se considera más bien una virtud, y en el lenguaje patrístico se denomina “el luto por o según Dios”. Veamos ambas formas de tristeza.

¿Qué es la λύπη lipi “según el mundo”?
Es cuando me entristezco, me apeno de manera exagerada. Es decir, cuando por cada cosa que encuentro desagradable o fea me invade una tristeza que sobrepasa los límites naturales del ser humano. Cuando la tristeza se prolonga demasiado en el tiempo, o cuando es desproporcionada frente a las causas que la originan, entonces debo empezar a preocuparme. Porque en ese punto, entro en el ámbito de la λύπη lipi mundana, es decir, una tristeza, pena o depresión según el mundo, que es pecaminosa.

Además, existen cosas por las que no debería entristecerme ni sentirme oprimido. Por ejemplo, un fracaso puede ser una manifestación de la lipi “por y según el mundo”. También puede surgir por una enfermedad o la muerte de un ser querido, o incluso por la pérdida de la salud. Todo esto puede llevar a una tristeza o pena profunda, incluso insuperable, si no se vive desde una perspectiva espiritual.

Asimismo, la pérdida de dinero, de bienes lujosos o de objetos valiosos -como un anillo o una pulsera de oro- puede provocar esa tristeza desordenada. Incluso decisiones importantes que en su momento fueron tomadas con convicción, pero que luego se lamentan sin posibilidad de rectificación, pueden generar lipi. Por ejemplo, si una persona se casa y más tarde se da cuenta de que ya no ama a su cónyuge, ¿debe separarse y buscar otra pareja? No es una decisión sencilla. Entonces surge la lipi, la depresión, por no haberse casado con otra persona, y así la psique comienza a marchitarse. Esto último, sobre todo, es profundamente trágico.

O cuando alguien ha vendido un terreno y, con el tiempo, este sube mucho de valor, comienzan los lamentos: “¡Ay!, ¿qué me ha pasado? ¿Por qué lo vendí por un millón si ahora vale cinco o seis?” Y vemos que esta persona se enferma y se deprime por ello. Sufre terriblemente, no logra superar esa tristeza o depresión y no consigue recuperar la alegría.
Todos estos ejemplos, y muchos más, no son otra cosa que manifestaciones de la lipi, es decir, la tristeza, pena o depresión “por y según el mundo”, la cual constituye uno de los siete pecados mortales.

Y cuando hablamos de pecado mortal, nos referimos a aquel que, con certeza, conduce a la psique-alma a la muerte espiritual y que hace que la metania (cambio de mentalidad, arrepentimiento y confesión) sea, muchas veces, muy difícil. Por eso, se requiere lucha.

San Casiano el Romano dice: “Contra el espíritu de la lipi tristeza, pena o depresión, que oscurece la psique-alma impidiéndole toda contemplación espiritual, y le imposibilita realizar cualquier obra buena o alcanzar logros, provocando odio hacia las personas y hacia las cosas”.

Sentimos rechazo, molestia, incluso odio, hacia las personas y hacia las cosas, porque nos cansan, nos abruman. Entonces nos decimos: “No quiero cocinar”, “No quiero barrer”, y aparece una desgana general. Por ejemplo -y esto lo vemos a menudo- cuando ha muerto la madre, un hijo, etc., sobre todo en las mujeres, se observa una gran inactividad: no cocinan, no lavan, no hacen nada. Dejan las cosas tal como estaban. Se afligen todo el día, lloran constantemente. Otras personas dejan de ir a trabajar porque sienten una lipi, una pena y una tristeza exagerada.

El santo dice que este espíritu maligno de la lipi siembra en la psique-alma del afligido un profundo desánimo y una gran aversión hacia las funciones fisiológicas y la vida normal. Por eso, añade, en cualquier circunstancia debemos vigilar y custodiar nuestro corazón de este demonio de la lipi.

Pero, antes que nada, debemos luchar con firmeza contra la lipi que coloca la psique-alma en los brazos de la desesperación. Porque esta lipi pecaminosa, “por o según el mundo”, la mundana, conduce al ser humano a la desesperación y la decepción.

¿Y qué significa desesperación?
Acordaos de lo que ocurrió con Caín y también con Judas. Sabéis que Caín no solo tuvo envidia de su hermano Abel y lo mató, sino que cayó en un estado de desesperación, y esto se ve claramente en lo que Dios le dijo: “Caín, ¿por qué estás triste y por qué has bajado la mirada? ¿Por qué tu ofrenda no ha sido bien recibida? Está en tu mano decidir lo que harás después” (Gén 4:6–7).

¿Lo habéis visto? Está en nuestras manos.
¿Qué intenta hacer Dios? Intenta librarlo del demonio de la lipi, de esa tristeza que conduce a la perdición. Pero, al producirse también el asesinato, sobrevino la lipi de forma devastadora. Entonces Caín no pudo superarse a sí mismo, y prefirió matar a su hermano porque no pudo encontrar la redención de su psique-alma. Obviamente, eso fue un mal mayor que el otro.

Y en cuanto a Judas, ¿por qué se suicidó? Por la lipi exagerada.
Pero, ¿qué tipo de lipi era?
Una lipi “por y según el mundo”, es decir, una tristeza, una pena querida por el mundo, mundana, no divina.

¿Sabéis que el noventa y nueve por ciento de las personas que se suicidan en este mundo lo hacen por la lipi? Cuando alguien me contó que una persona no tenía ni para comprar pan y se suicidó por la lipi, comprendí que era porque no creía en la Providencia de Dios. Es decir, podríamos afirmar que la principal característica de quienes se suicidan es precisamente la lipi. ¿Habéis visto alguna vez a alguien alegre suicidarse? Nunca, nadie. Por lo tanto, la lipi es una señal negativa, una señal mala. Y las señales o signos de la lipi «por y según el mundo», según san Juan Casiano, son los siguientes.

¡Atención!: hablamos de señales, porque uno puede preguntarse si su tristeza o pena viene “por el mundo” o “por Dios”.

La primera señal es la acedía La acedía es la pereza espiritual y física, desgana aquello que me lleva a no tener ganas de hacer nada. No porque esté físicamente cansado, sino porque la lipi me ha derrumbado y aplacado. Le siguen la inquietud, la ira, el odio, la contradicción, la desesperación… Todo esto lo provoca la lipi, y son palabras del santo Padre. Incluso se manifiesta en la pereza para hacer oración.

Cuando tengo lipi y presento alguna de estas características -no es necesario que estén todas-, entonces es seguro que padezco la lipi “por y según el mundo” o, como dice la tradición, por el cosmos.

Pero también existe la lipi “por y según Dios”, que en la terminología patrística se llama πένθος (pénthos), es decir, luto.

Πένθος (pénthos), luto o duelo: En los textos patrísticos, pénthos se refiere a “la lipi según Dios”: una tristeza, pena, sufrimiento o angustia de la que nace la metania (cambio de mentalidad, introspección, arrepentimiento y confesión).

Este luto o duelo por Dios no se identifica con el luto mundano, como el que sienten los hombres al perder, por ejemplo, a sus seres queridos. Se trata, más bien, del resultado de la toma de conciencia del propio pecado, que genera sanas vivencias de metania y de regreso al Señor.

Es un luto o duelo con una originalidad espiritual propia, que, unido a la energía divina de la Jaris (gracia divina, energía increada), combina la alegría y la tristeza del luto, dando lugar a la llamada χαρμολύπη (jarmolipi: alegre-pena o pena-alegre). No provoca conflictos ni perturbaciones psíquicas; al contrario, aporta paz y serenidad al alma, una buena disposición para cumplir los mandamientos divinos y una firme esperanza en Dios.

Los signos o señales de la lipi querida “por y según Dios”, según afirma el mismo Padre, son: “la alegría mezclada con la esperanza”.

¿Alegría dentro de la lipi? Sí, aunque suene extraño. Es la emoción más equilibrada. Junto a esa alegría, hay buena disposición y obediencia hacia todo trabajo bueno, una actitud abierta y cercana hacia los demás. Porque sabemos que quien sufre la lipi “según el mundo”: no quiere ver a nadie, se molesta si alguien se le acerca y permanece completamente aislado.

Recuerdo una vez, cuando tenía unos trece años, al comenzar la guerra. No había clases en los colegios y mi padre me puso a trabajar en una farmacia. Mi jefe tenía una hermana con dos hijos preciosos, un poco más jóvenes que yo: uno de diez y otro de once años. El pequeño, al cruzar de una acera a la otra, fue atropellado por un coche y murió.

La madre cayó en una terrible lipi, una profunda depresión. Cuando yo iba a su casa, siempre encontraba las persianas cerradas. Ella permanecía adentro, en penumbra, acostada en un sofá del salón. No hablaba, no hacía nada. Siempre estaba en el mismo lugar. Poco tiempo después, desarrolló un cáncer y murió.
Porque la lipi, realmente, puede conducir también a enfermedades terribles, como veremos más adelante. Así pues, tengamos mucha atención con el tema de la lipi.
La lipi “según el mundo”, o mundana, es oscura, inabordable e inaccesible. En cambio, la lipi querida “según Dios” es accesible y afable; es humilde, acepta a la otra persona, es serena, carece de malicia y es paciente.

Es decir, estoy triste por un pecado mío, o cuando escucho al otro, me apeno por lo que le ocurre: esto es lipi querida “según Dios”.

El sabio Sirácide nos dice en su libro (Eclesiástico 30, 18-20): “No entregues tu corazón a la tristeza, porque de la tristeza viene la muerte. Y la tristeza del corazón consumirá tu vigor.” Está muy claro.
¿De qué muerte habla? Diríamos: muerte espiritual, pero también corporal, como el ejemplo que mencionamos antes.

¿Cómo se cura la lipi?

San Juan Casiano nos enseña que el fármaco que sana la lipi es: la oración, el estudio espiritual, la esperanza en Dios y la convivencia piadosa con los hombres.

Empieza a orar, pero no puedes… entonces te forzarás. Empieza a leer algo, no te apetece… te esforzarás y te apretarás a ti mismo. Es lo mismo que sucede cuando estamos enfermos y no tenemos ganas de comer. ¿Qué se hace en ese caso? De cualquier manera, hay que comer a la fuerza.

Así también aquí: debemos esforzarnos como sea y realizar: oración, lectura, y, sobre todo, compartir con personas piadosas.

Esto último es muy, pero muy importante. ¿Por qué?
Porque crea un movimiento desde la interiorización cerrada que provoca la lipi, hacia una apertura, una exteriorización de nuestro ser.
Y esto, está claro, tiene un valor psico-terapéutico muy grande. (28,30´30)

https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/pantiseis-pori-n

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

Domingo de Todos los Santos, homilía de San Gregorio Palamás

San Gregorio Palamás, el Megadidáskalos

Homilía en el Domingo de Todos los Santos

El Evangelio del Domingo de todos los Santos Mat 10:32-33, 37-38 y 19: 27-30

10:32 Cualquiera, pues, que con fe y valor me confiese delante de los hombres como su salvador y Dios, yo también lo confesaré como mío delante de mi Padre celestial;

33 pero cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre celestial.

37 El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno-axios de llamarse discípulo mío; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno-axios de llamarse discípulo mío;

38 y el que no toma su cruz, es decir, no toma la decisión firme de que sufrirá todo tipo de tormentos, incluso muerte por la cruz por su fe en mí, y no sigue en pos de mí como jefe suyo y ejemplo, no es digno-axios de mí.

19:27 Interviniendo entonces Pedro, le dijo: he aquí, nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué, pues, tendremos o cuál será nuestra recompensa?

28 Y Jesús les dijo: de cierto os digo y os aseguro que, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su doxa-gloria (luz increada), vosotros, los que me habéis seguido, también os sentaréis sobre doce tronos gloriosos, para juzgar a las doce tribus de Israel.

29 Y todo el que dejó casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos, o campos, por causa de mi nombre, recibirá aquí en la tierra cien veces más, y, lo más importante, heredará la vida eterna.

30 Pero muchos que en este mundo a causa de los axiomas que tienen y no por su virtud, son considerados primeros, ellos serán los últimos, y muchos que en este mundo son considerados los últimos serán los primeros en reinado de la realeza increada de Dios.

San Gregorio Palamás, el Megadidáskalos

Verdaderamente admirable es Dios en Sus Santos. Porque, cuando uno recuerda los combates sobrenaturales de los mártires, cómo, con la debilidad de la carne, avergonzaron al fuerte en la maldad; cómo permanecieron insensibles a los dolores y a las heridas, luchando con sus cuerpos contra el fuego, contra la espada, contra diversos y mortales tipos de tortura, oponiéndose con paciencia mientras sus carnes eran desgarradas, se dislocaban sus miembros y se quebraban sus huesos, sin embargo, mantenían intacta e inquebrantable la confesión de fe en Cristo. Por esto se les regaló también la incuestionable sabiduría del Espíritu y el poder de los milagros.

Y cuando uno considera la paciencia de los Santos ascetas -cómo soportaban voluntariamente, como si fueran incorpóreos, largos ayunos, vigilias, y otras diversas aflicciones del cuerpo, combatiendo hasta el final contra las pasiones (pazos) malignas, contra los múltiples tipos de pecado, contra la guerra invisible en nuestro interior, contra los principados, contra las potestades, contra los espíritus malignos-, mientras se desgastaban y se debilitaban exteriormente, eran renovados y divinizados interiormente por Aquel que les regalaba los dones o carismas de sanación y la eficacia operativa de las fuerzas y energías (milagrosas).

Al considerar todas estas cosas, y al comprender que superan la naturaleza humana, uno se asombra y glorifica a Dios, que les dio tan abundante χάρις (jaris: gracia, energía increada) potencia y poder. Porque, aunque tenían una buena y excelente predisposición (libre buena voluntad), sin el poder y la energía increada de Dios no habrían logrado superar la naturaleza ni vencer al enemigo incorpóreo, estando ellos en cuerpo.

Por eso también el profeta salmista, después de decir: «Admirable es Dios en sus Santos, en aquellos que están consagrados a Él», añadió: «Él dará poder, energía y fuerza invencible a su pueblo. Bendito sea el Señor Dios» (Salmo 67, 36).

Y considerad con discernimiento el poder de estas palabras proféticas: «En verdad», dice, «Dios da poder y fortaleza a todo su pueblo», -porque Dios no hace acepción de personas (cf. Hechos 10, 34): «En verdad comprendo que Dios no hace distinción de personas», sino que es glorificado a través de Sus Santos.

Así como el sol derrama abundantemente sus rayos desde lo alto sobre todos, pero solo los ven quienes tienen ojos -y no simplemente ojos, sino abiertos-, y disfrutan de la luz matutina con claridad aquellos cuya vista es aguda por tener los ojos limpios y no empañados por enfermedad, catarata o alguna otra afección, de igual modo también Dios desde lo alto concede abundantemente Su auxilio a todos, porque Él es la fuente inagotable, vivificante e iluminadora de misericordia y bondad.

Pero la χάρις (jaris: gracia, energía increada) y el poder que proceden de allí, así como la energía de la virtud y la perfección, o incluso la manifestación de los milagros, no son disfrutados por todos, sino por aquellos que tienen buena disposición (una intención recta) y manifiestan con obras su amor y fe hacia Dios; quienes rechazan totalmente el mal, guardan firmemente los mandamientos de Dios, y elevan la mirada de su mente (intelecto) hacia el mismo Sol de justicia, Cristo.

Y este mismo Cristo no solo extiende desde lo alto de modo invisible una mano de ayuda hacia quienes combaten, sino que también hoy nos habla perceptiblemente mediante las exhortaciones contenidas en el Evangelio. Porque dice: «A todo aquel que me confiese en mí delante de los hombres, también yo lo confesaré en él delante de mi Padre que está en los cielos» (Mt 10,32).
(Es decir: No contéis los peligros y persecuciones, sino contad las grandes recompensas que os esperan. Cualquiera que me confiese como su Salvador y Dios ante los hombres que persiguen mi fe, también yo lo confesaré como mío ante mi Padre que está en los cielos).

Ved, pues, que ni siquiera nosotros podemos proclamar con valentía y franqueza la fe y confesión en Cristo sin la fuerza y cooperación que vienen de Él, ni tampoco nuestro Señor Jesús Cristo nos defenderá en el siglo futuro, ni nos presentará ni nos hará familiares ante el Padre altísimo sin haber recibido de nosotros las debidas causas (méritos).

Al expresar esto, no dijo simplemente: «El que me confiese delante de los hombres…», sino: «El que confiese en mí…», es decir, quien tenga la capacidad de confesar con valentía y franqueza su piedad a través de Él y con la ayuda que Él brinda.

Y también, cuando dice: «También yo lo confesaré…», no dijo: «a él», sino: «en él», es decir, a través de la buena resistencia y paciencia que ha demostrado por causa de la fe y piedad.

En verdad, mira lo que dice a continuación acerca de quienes vacilaron y traicionaron la fe: «A quien me niegue como Dios‑Hombre Salvador delante de los hombres, también yo lo negaré y no lo reconoceré como mío delante de mi Padre que está en los cielos» (Mt10,33). Observa que aquí no dice: «Quien me niegue en mí». ¿Por qué? Porque el que niega lo hace después de quedar privado de la ayuda de Dios.
¿Y por qué fue abandonado y quedó desolado de Dios?

-Porque él se adelantó a abandonar a Dios, al amar lo temporal y terreno más que los bienes celestes y eternos prometidos por Él. Del mismo modo, Cristo no negará dentro de ese hombre, sino a ese hombre, pues no halló en él nada que pudiera usar en su favor.

Ahora bien, «quien permanece en la αγάπη (agapi: divino amor incondicional y desinteresado) permanece en Dios y Dios en él» (1Juan 4:16), según enseña el san Juan teólogo amado por Cristo. De ahí que, dado que Dios habita en quien lo ama, quien ama verdaderamente a Dios confiesa dentro de Dios; y, puesto que él mismo mora en Dios, Dios hará la confesión en favor suyo.
Por eso la sentencia: «A todo el que me confiese en mí delante de los hombres (quienes persiguen mi fe), también yo lo confesaré en él delante de mi Padre que está en los cielos» (Mt 10, 32), expresa la unión inseparable de Dios con quienes lo confiesan, unión de la que se aparta quien lo niega. De este modo, las divinas correspondencias o contra-daciones llevan consigo la justicia divina, produciendo efectos y resultados proporcionados por semejanza.

He aquí la reciprocidad entre los premios de Dios y las ofrendas que nosotros Le presentamos. Observa, además, cuán superior es la recompensa que Él concede a quienes lo confiesan en Él; porque cada uno de los Santos, siendo siervo de Dios, pronunció su confesión con valentía y franqueza en esta vida pasajera y ante hombres mortales, durante un corto lapso y en presencia de pocos testigos.

En cambio, el Señor Jesús Cristo, realmente Dios y Señor del cielo y de la tierra, los defenderá en aquel mundo eterno e incorruptible, delante de Dios Padre, rodeados de ángeles, arcángeles y todas las potestades celestes, y con todos los hombres presentes desde Adán hasta el fin de los tiempos; porque todos resucitarán y comparecerán ante el tribunal de Cristo. Entonces, ante la mirada de todos, proclamará, glorificará y coronará a quienes conservaron su fe en Él hasta el final.

¿Qué necesidad hay, en verdad, de intentar describir aquellas coronas sobrenaturales, la grandeza de aquellas recompensas futuras, que ni ojo como el nuestro puede ver, ni oído puede oír, ni corazón puede concebir? Pero también en cuanto a las realidades presentes y visibles, ¿qué son en verdad? ¿Qué logos y palabras podrán narrar dignamente la doxa-gloria increada concedida por Dios a los cuerpos de los Santos y a sus reliquias, la fragancia sagrada que exhalan continuamente, los ungüentos que manan, los dones de sanaciones, las manifestaciones de la fuerza de las energías divinas y las múltiples y salvadoras apariciones que nos llegan por medio de ellos?

¿Y qué decir de lo que nosotros les ofrecemos?
En un breve tiempo, como dije, se realizó la confesión valiente según Dios de cada uno de los Santos, y esto ante unos pocos magistrados o reyes. Y ahora, reyes y magistrados y todos los súbditos los alaban y glorifican, los honran, los ensalzan y los veneran, no solo a ellos mismos, sino incluso a sus iconos, como si fueran soberanos, o incluso más que soberanos y reyes, doblando sus rodillas ante ellos con tanto fervor, de manera voluntaria, alegre y gozosa, que desean dejar a sus hijos como herencia esto por encima de todo, como un legado rico y portador de la suprema bienaventuranza y felicidad.

Y esto constituye una muestra y representación, una imagen anticipada, como un preludio de aquella futura e inefable doxa-gloria increada que ya poseen en los cielos las psiques-almas de los justos, y que en el siglo venidero recibirán también sus cuerpos, los mismos que combatieron junto con ellas el combate según Dios.

Esta abundancia de doxa-gloria increada y de bienes futuros, al señalarla, el Señor decía a Sus santos Discípulos y Apóstoles: «Amín, amín, de cierto os digo y os aseguro que en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su doxa-gloria (luz increada), vosotros, los que me habéis seguido, también os sentaréis sobre doce tronos gloriosos, para juzgar a las doce tribus de Israel» (Mt. 19, 28).

Y a todos los creyentes en general dice: «Y todo el que dejó casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos, o campos, por causa de mi nombre, recibirá aquí en la tierra cien veces más, y, lo más importante, heredará la vida eterna» (Mt. 19, 29).

Y: «El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno-axios de llamarse discípulo mío; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno-axios de llamarse discípulo mío» (Mt. 10, 37).

Porque, en efecto, Dios y Padre entregó por nosotros a Su amado Hijo, y ese Hijo unigénito de Dios se entregó a sí mismo por nosotros; con toda justicia, entonces, exige de nosotros que despreciemos incluso a nuestros parientes según la carne, cuando estos son obstáculo para la fe, la piedad y para la vida que se conforma con ella.

¿Y por qué mencionar solamente a los parientes carnales? Pues incluso la propia vida se debe abandonar, llegado el momento, si se desea alcanzar la vida eterna, ya que el mismo Hijo de Dios entregó Su vida por nosotros. Por eso también Él mismo dice: «Y el que no toma su cruz, (es decir, no toma la decisión firme de que sufrirá todo tipo de tormentos, incluso muerte por la cruz por su fe en mí), y no sigue en pos de mí (como jefe suyo y ejemplo), no es axios digno de mí» (Mt. 10, 38). La «cruz» aquí significa también crucificar la carne con sus pasiones (los pazos) y deseos.

Cuando, pues, es tiempo de paz respecto a la piedad, el hombre, dando muerte por medio de la virtud a las pasiones (pazos) malignas y a los deseos, y cargando así su cruz, sigue al Señor. Pero cuando es tiempo de persecución, despreciando su vida y entregando su psique-alma por la fe y la piedad, así también carga su cruz y sigue al Señor, y de este modo hereda la vida eterna. Porque dice [el Señor]:

«El que durante el tiempo de persecuciones evitará la tribulación y el martirio para salvar su vida (y psique-alma), perderá la vida verdadera, la eterna y bienaventurada, y el que sacrifique su vida por causa de mí, ganará la vida verdadera, eterna y bienaventurada» (Mt. 10, 39). (Este versículo se fundamenta en el doble sentido de la palabra ψυχή psijí: alma y vida», que puede significar tanto la fuerza vital del hombre como su esencia espiritual cuando está llamada a la vida eterna y divina).

¿Qué significa que «el que perdió su alma o vida, la hallará», y «el que la halló, la perderá»?

El ser humano es doble: está el hombre exterior, es decir, el cuerpo, y el hombre interior, que es la ψυχή (psijí: alma, psique, ánima, la que anima, vivifica el cuerpo). Cuando, pues, alguien se entrega a la muerte en cuanto al hombre exterior, pierde su alma y vida en el sentido de que se separa de ella. Pero quien así la pierde por causa de Cristo y del evangelio, verdaderamente la hallará, pues la llevará a una vida celestial y eterna y, en la resurrección, la recuperará en ese estado, y por medio de ella él mismo será también tal -celestial y eterno incluso según el cuerpo.

Pero como estas cosas son difíciles y sublimes, propias solo de los perfectos, incluso diríamos que apostólicas, el mandamiento de crucificar la carne junto con sus pasiones (pazos) y deseos, de estar preparado para la última deshonra y la peor muerte por el bien, de perder alma y vida por causa del evangelio, -todo lo que a continuación dice el Señor- está dado tanto como consuelo para los que luchan de forma sobrehumana, como también para la salvación de los más débiles y menos avanzados.

«El que os recibe a vosotros como enviados míos y os acoge, a mí me recibe, y el que a mí me recibe, recibe al que me envió al mundo» (Mt. 10, 40), es decir, a los Apóstoles y a los que después de ellos son padres y maestros de la fe y piedad. Y dice: «Y el que me recibe a mí, recibe al que me envió», es decir, al mismo Dios Padre, que me envió al mundo.

Por tanto, a los perfectos el Señor los prepara desde ahora una recepción celestial; pero a los que no son semejantes a ellos, les otorga la salvación, según cómo reciban a los siervos de Dios.

¿Ves cuán grande es la recompensa para los que reciben a los que viven según Dios y a los maestros de la verdad?
Porque el que los recibe, recibe al Padre y al Hijo.

¿Cómo, pues, debemos recibirlos? No solo hospedándolos y procurándoles descanso, sino también obedeciéndoles. Por eso, en otra parte, para infundir temor a los que desprecian sus logos, dijo a sus discípulos: «El que os escucha a vosotros, me escucha a mí, y el que os rechaza, me rechaza a mí, y el que me rechaza, rechaza al que me envió como salvador del mundo» (Lc. 10, 16). Es decir: cualquier desprecio que los hombres muestren hacia vosotros, es como si lo mostrasen hacia mismo Dios celestial.

Y también quien hospeda y da descanso a los hombres de Dios, si lo hace por amor a Dios, recibirá una gran recompensa. Y para manifestar esto, el Señor dice: «El que recibe a un profeta por el nombre de profeta, recibirá recompensa de profeta, y el que recibe a un justo por el nombre de justo, recibirá recompensa de justo» (Mt. 10, 41).

¿Cómo recibirá recompensa de profeta o de justo?

Tal como dice el apóstol: «No para que haya holgura para unos y estrechez para vosotros, sino que haya igualdad; en el tiempo presente, la abundancia vuestra supla la necesidad de ellos» (2 Cor. 8, 13); es decir, porque no lo digo con la intención de que otros sean aliviados y vosotros oprimidos, sino que, conforme a la equidad que debe existir entre hermanos, el excedente de vuestros bienes supla la escasez de ellos en la difícil situación en la que ahora se encuentran.

Por tanto, el que recibe y da descanso al justo por ser justo, aunque no sea generoso, pero dé solo cosas pequeñas, recibirá cosas grandes.

En verdad dice: «Y cualquiera que dé a beber tan sólo un vaso de agua fría a uno de estos pequeños e insignificantes discípulos míos, de cierto os digo que de ningún modo perderá su recompensa de Dios» (Mt. 10, 42). Esto significa que incluso la mínima hospitalidad o servicio, si se hace por amor al Señor y a sus discípulos, no quedará sin recompensa en la vida futura.

En estos logos y mandamientos, el Señor no cuida solo de los justos y de los discípulos, sino mucho más aún de quienes los reciben. Porque si su cuidado fuera solo por los primeros, habría simplemente exhortado a recibirlos y a darles descanso. Pero ahora, al añadir que se los reciba como profetas, como discípulos, como justo, muestra que su mayor cuidado está en los que los acogen, elevando su intención hacia lo más alto, para que también ellos reciban recompensa junto con la virtud.

La Iglesia de Cristo, pues, que honra incluso después de la muerte a los que verdaderamente vivieron según Dios, cada día del año celebra la memoria de los Santos que partieron de este mundo según esa voluntad divina y emigraron de esta vida temporal. A la vez, presenta la vida de cada uno de ellos para nuestra edificación, y nos muestra el modo de su fin, ya sea que reposaron en paz, ya sea que culminaron su vida con un final martirial.

Así pues, ahora, después de Pentecostés, una vez que los reunió a todos, la Iglesia eleva un himno común a ellos, no solo porque están todos unidos entre sí, -porque el Señor dice en los Evangelios, dirigiéndose a su Padre: «Pero no te ruego sólo por éstos, sino también por los que han de creer en mí por su logos. Para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, también que sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 20-21), es decir, te ruego por todos ellos, para que sean todos uno, con el amor y la concordia que reinen entre ellos. Así como tú, Padre, estás unido conmigo y yo estoy unido contigo, porque ambos tenemos la misma esencia y naturaleza, así también te ruego que ellos sean uno, teniendo comunión y unión con nosotros; No es solo por este motivo, claro está, que la Iglesia de Dios eleva un himno común por todos, sino también porque se esfuerza -tanto durante la santa Cuaresma como en el tiempo posterior de Pentecostés- en manifestar y glorificar todas las obras de Dios.

Después, pues, de haber ensalzado -como bien sabéis- todo cuanto ha obrado Dios, cómo creó en el principio el mundo entero; cómo Adán fue expulsado del paraíso y de la intimidad con Dios; cómo fue llamado el pueblo antiguo; y cómo, por la transgresión, también él fue alejado de la cercanía y familiaridad con el Altísimo; cómo el Unigénito Hijo de Dios, inclinando los cielos por nosotros, descendió y obró maravillas, enseñó cosas que conducen a la salvación, padeció, murió y fue sepultado como hombre, y, como Dios, resucitó al tercer día; y cómo subió a los cielos con la carne que asumió, y se sentó a la derecha del Padre, y desde allí envió el Espíritu Santo consustancial y santísimo… (Aquí san Gregorio Palamás se refiere al contenido de los Domingos y las fiestas de la cuaresma y del Pentecostés). Después, digo, de haber celebrado todo esto, la Iglesia de Dios ahora añade lo que faltaba, y muestra cuántos y qué frutos reunió hacia la vida eterna la presencia de nuestro Señor, Dios y Salvador Jesús Cristo, y el poder, la fuerza y la energía increada del Espíritu Santo. Por eso hoy, celebra la memoria de todos los Santos en conjunto, y les ofrece a todos un himno común y honor debido.

Honremos, pues, también nosotros, hermanos, a los Santos de Dios.

¿Y cómo debemos honrarlos?

Imitándolos. Haciendo nuestra catarsis, purgando y purificando nuestros corazones de toda mancha de carne y de espíritu, y apartándonos de todo mal, avanzando hacia la santidad mediante la abstención del pecado. Si detenemos nuestra lengua de juramentos y perjurios, de palabrería vana y de injurias, y nuestros labios del engaño y la calumnia, entonces verdaderamente ofreceremos alabanza a los Santos. Porque el mayor elogio que podemos darles no es solo con palabras o cantos, sino con la vida misma, cuando mostramos que caminamos por el mismo sendero que ellos recorrieron.

Pero si no hacemos así la catarsis de nosotros mismos, con toda justicia escucharemos de parte de ellos -cada uno de nosotros- aquellas palabras de Dios dirigidas al pecador: “¿Por qué te atreves a mencionar y a pronunciar también los nombres de los Santos, y a relatar su conducta colmada de toda virtud y pureza? Tú mismo odiaste su vida virtuosa y expulsaste de ti la pureza del alma y del cuerpo. ‘Cuando veías a un ladrón, corrías con él, y con un adúltero compartías tu parte. Tu boca rebosaba de maldad, y tu lengua urdía engaños; sentado, calumniabas a tu hermano y contra el hijo de tu misma madre tendías trampas’” (Salmo 49 [50], 18–20).

No aceptan himnos de tales bocas, hermanos, ni Dios ni los Santos de Dios; porque, si cada uno de nosotros no acepta que una mano que ha tocado el estiércol le ofrezca algo necesario sin antes haberse lavado, ¿cómo, entonces, aceptará Dios lo que se le ofrece desde un cuerpo y una boca impuros y sucios, si antes no hacemos la catarsis de nuestros propios seres? Pues más repugnante aún que el estiércol es el pecado, el engaño, la mentira, la envidia, el odio, la codicia, la traición, los pensamientos y palabras impúdicas, y las obras inmundas que les siguen.

¿Y cómo se hace la catarsis y se purifica nuevamente quien ha caído en tales cosas?
Con la μετανοία metania, con el arrepentimiento, con la confesión, con la caridad, con las buenas obras y con la oración ferviente dirigida a Dios.

Por tanto, cuando en las memorias festivas de los Santos todos nosotros dejamos a un lado los oficios, los trabajos y las ocupaciones, esto debe ser nuestro estudio y nuestro propósito: cómo alejarnos y liberarnos de los pecados y de las impurezas en las que cada uno ha caído. Y si incluso en ese momento jugamos en contra con nuestras almas, siendo negligentes y entregándonos a la embriaguez, ¿cómo podemos decir que celebramos a los Santos, si estamos profanando el día sagrado? No celebremos así, hermanos, os lo ruego, sino que presentemos también nosotros nuestros cuerpos y nuestras psiques-almas agradables a Dios, especialmente durante estos días festivos, para que, por las intercesiones de los Santos, participemos también nosotros de aquella inmensa fiesta, deleite y alegría eterna.

Que todos nosotros alcancemos esta gracia por la χάρις jaris energía increada, la bondad y la filantropía de nuestro Señor Jesús Cristo, a quien corresponde toda doxa-gloria, junto con su eterno Padre y el santísimo, bondadoso y vivificante Espíritu, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Así sea; Amén.

Fuente: Gregorio Palamás, Obras completas, Homilías XXI–XLII, Homilía XXV, Editorial “Gregorio Palamás”, Ediciones “El Bizancio”, Tesalónica 2004, tomo X, pp. 126–149.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/