Domingo del Evangelista Mateo: Mateo un gran pecador se convierte en Apóstol

Un gran pecador se convierte en Apóstol (Domingo del Evangelista Mateo)

Archimandrita Pablo Dimitrakópulos, teólogo–escritor

Santa Metrópolis de Citera y Anticitera
En Citera, el 16 de noviembre de 2025

 

Hermanos míos muy queridos, un lugar destacado entre los santos de nuestra Iglesia lo ocupa la figura apostólica del santo y glorioso apóstol y evangelista Mateo. Y esto porque san Mateo no solo fue apóstol de Cristo, procedente del círculo de los doce, sino también evangelista, autor del primer Evangelio del Nuevo Testamento. Además, el modo de su llamado al oficio apostólico y su radical conversión nos inspiran y nos enseñan cuán grande es la fuerza de la μετάνοια metania (cambio de mentalidad, giro de la vida en Cristo, arrepentimiento, instrospección, conversión y confesión), que puede tomar al pecador desde el fondo mismo de la maldad y elevarlo hasta la cima de la santidad.

El apóstol Mateo era hebreo de origen, hijo de Alfeo; su nombre original era Leví, mientras que después de su llamado al cargo apostólico recibió de Cristo el nombre Mateo, que traducido al griego significa Θεοδώρητος (zepdóritos) “regalo de Dios”. Probablemente era originario de Cafarnaún y ejercía la profesión de publicano, es decir, funcionario de aduanas. Pertenecía al servicio de Herodes Antipas y recaudaba los impuestos de Cafarnaún o incluso de toda la región, evidentemente por cuenta de alguna compañía de recaudadores que había comprado a Herodes el derecho de cobrar los impuestos. Su conversión radical —su decisión de abandonar la profesión de publicano, que le aseguraba grandes riquezas y comodidades, para seguir la vida llena de privaciones, tristezas y peligros de Cristo y de los apóstoles— constituye un milagro de la Χάρις (Jaris: Gracia energía increada) de Dios. Es una resurrección (despertar) espiritual de la psique-alma, que estaba sepultada en la tumba de la avaricia, y confirma el logos del Señor: «lo imposible para los hombres es posible para Dios».

Los publicanos en la época de Cristo eran célebres por su avaricia y codicia, su dureza e inhumanidad, que al cobrar impuestos llegaba incluso al uso de la fuerza, al despojo y al saqueo de bienes ajenos. Por ello eran considerados personas particularmente odiadas y dignas de toda repulsión, y atraían sobre sí la condena general del pueblo con los calificativos más severos.

Tal era aproximadamente la vida de Mateo antes de conocer a Cristo. Aunque se había dejado arrastrar a un gran abismo de males y había llegado al extremo de la pecaminosidad, en lo profundo de su alma conservaba ciertos elementos de buena disposición, mantenía algunas chispas de sinceridad y amor por la verdad. Y precisamente esas chispas distinguió el Señor omnisciente, para finalmente llamarlo al oficio apostólico. Este llamado es el más sorprendente y admirable de todos los llamados de los otros discípulos. Se considera casi seguro que Mateo había oído hablar de Cristo ya desde el inicio de su vida pública. Es posible que hubiese visto alguno de sus milagros y escuchado algunas de sus enseñanzas antes de que Cristo lo llamase.

La personalidad del Señor, su figura radiante, su mansedumbre, su bondad, la dulzura de sus palabras, su condescendencia con todos, incluso con los más pecadores, actuaron con enorme fuerza en su alma. Veía que aquel maestro no se parecía en absoluto a los demás rabinos y doctores de la ley, en quienes distinguía la soberbia y la arrogancia, el fariseísmo y la hipocresía. Tenía algo único e irrepetible, que lo hacía ejercer encanto y atracción hacia su persona. Todo esto influyó de manera benéfica en su alma. La semilla de la enseñanza de Cristo encontró en él un terreno adecuado y germinó. La luz de sus logos atravesó la densa oscuridad de su psique-alma. Su corazón comenzó poco a poco a ablandarse. La jaris increada de Dios produjo la transformación salvadora: desprender su corazón del culto al dinero y adherirlo al amor de Cristo.

El Señor, conocedor de los corazones, cuando vio esta transformación salvadora y se aseguró de que ya estaba maduro y no rechazaría su invitación, entonces lo llamó. Después del milagro de la curación del paralítico, y seguido de sus discípulos, llega al lugar donde Mateo estaba sentado cobrando los impuestos. Se acerca, lo mira a los ojos y le dirige solo dos palabras: «Sígueme». Y Mateo inmediatamente, sin demora, «dejándolo todo, le siguió». Abandonó todo —libros, dinero contado, mercancías, etc.— y lo siguió. No dejó que la oportunidad que se le había dado se perdiera. Aquel que robaba bienes ajenos, ahora “arrebata” el βασιλεία (vasilía: Realeza increada) de los Cielos, de modo que se cumple en él el logos de Cristo: «la βασιλεία de Dios sufre violencia, y los violentos lo arrebatan». Cristo lo llama en el mismo momento en que trabajaba en la aduana, así como anteriormente había llamado a los pescadores mientras remendaban sus redes. La llamada tan sencilla de Jesús y la respuesta tan sencilla de Mateo —y precisamente en plena jornada de trabajo— revelan el poder de Aquel que logró arrancarlo de la pasión de la avaricia y la intensa atracción ejercida sobre él.

Según la Tradición, después de Pentecostés Mateo predicó el Evangelio primero y durante mucho tiempo en Palestina, donde también escribió su Evangelio. El historiador Eusebio nos informa además que predicó en la India y posiblemente en otros lugares, aunque no lo sabemos con certeza. Otros mencionan Etiopía, Ponto, Persia, Siria, Macedonia e Irlanda. Tampoco es seguro si selló su obra apostólica con una muerte martirial. Su memoria se celebra el 16 de noviembre.

El apóstol Mateo, con su Evangelio —que nos dejó como un tesoro precioso e invaluable—, se convierte en un apóstol y maestro universal, que transmite el mensaje redentor de la salvación en Cristo a toda lengua, pueblo y nación. Es un apóstol para todos los tiempos, que continúa proclamando a Cristo durante 20 siglos hasta hoy. Evangeliza también a nosotros, los cristianos del siglo XXI. Cuando leemos su Evangelio, es como si lo tuviéramos vivo ante nosotros, predicándonos a Cristo. Sus logos destilan la χάρις (jaris: gracia energía increada) y la fragancia del Espíritu Santo. Nos llama, pues, también a nosotros a creer en Cristo como él creyó. A amarlo como él lo amó. A no preferir nada por encima de ese amor, así como él no amó nada en este mundo más que a Cristo. Nos llama además a evangelizar a Cristo primero dentro de nuestro propio corazón: a llevar la predicación evangélica hasta lo más profundo de nuestra alma; a permitir que la verdad del Evangelio impregne todo nuestro mundo interior; a no oponer ninguna resistencia a su acción benéfica, para que esta realice su obra salvadora: la transformación de nuestra alma. Y cuando esto se haga realidad, entonces podremos ayudar también a otras almas en el camino de la salvación. Esto es lo que deseo de todo corazón para todos nosotros, por las intercesiones de la Señora Θεοτόκο Zeotokos, del santo apóstol Mateo y de todos los santos. Amén.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

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