HUMILAD, por A. Mitilineos

El Yérontas Atanasio Mitilineos responde a dudas y preguntas.

 

Las presentes transcripciones y traducciones han sido elaboradas a partir de las homilías originales en lengua helénica-griega del venerable Yérontas y profeta Atanasio Mitilineos el Nuevo Crisóstomo. La mayoría de las cuestiones planteadas provienen de jóvenes estudiantes.

HUMILDAD, capítulo 4

  1. ¿Cómo se obtiene la humildad?
  2. ¿Cómo puede uno llegar al estado de la auténtica humildad en su conducta interior?
  3. En los humildes se da la χάρις (jaris: gracia, energía increada)”, da a entender que la humildad atrae la jaris de Dios. ¿Cómo se puede atraer la humildad sin jaris increada de Dios?
  4. ¿Qué es autocrítica? ¿Conduce a la humildad?

 

  1. ¿Cómo se obtiene la humildad. 

Cierto que podría contestar con dos palabras de la siguiente manera: Si quieres la humildad es cuestión de voluntad y no sólo para la humildad sino para cualquier cosa. ¿Quieres hacerte rico? Con voluntad, puedes. ¿Quieres llegar a ser estudioso y sabio? Con voluntad, puedes.  ¿Quieres hacerte santo? Con voluntad, también puedes. Cuando el Dios dice: “haceos santos porque yo soy santo”, significa que se dirige al hombre, indicando que todo depende de su voluntad, estimar bien y correctamente las cosas y decir con firmeza: “quiero hacerme santo”, y así llegar a serlo. Ahora bien, el modo concreto de alcanzar este fin supone una conducción, una orientación particular.

Debemos tener cuidado, porque muchas veces, sospecho que, cuando pedimos que alguien nos explique «cómo» obtener algo, en realidad buscamos una excusa para no esforzarnos. Desear alcanzar un bien sin esfuerzo es obra del egoísmo. Pero os advierto que sin esfuerzo no se logra nada. El hombre debe trabajar y esforzarse. Los antiguos decían que “los bienes se consiguen con esfuerzos y dolores”. Así pues, como podéis ver, debemos esforzarnos y luchar para alcanzar cualquier meta.

No pretendo aquí exponer todo en detalle, sino distribuir el tema, es decir, explicar qué es la humildad y en qué ámbitos y dimensiones de la existencia humana está, se manifiesta y actúa. Señalaremos algunos puntos fundamentales y luego, si queréis, indicaremos algunos caminos concretos para obtenerla. Sin embargo, en el fondo siempre permanece este acto de la voluntad: «quiero». Y no solo el «quiero» humano: también existe el «divino quiero», es decir, la voluntad de Dios. Como Dios ya quiere nuestra santificación, solo hace falta que nuestro «quiero» se una al Suyo para que se realice el milagro. Este es el milagro de la santificación, de la divinización, de los cuales la humildad es parte esencial.

Ciertamente no agotaremos aquí el misterio de la humildad, que es extenso e inagotable, pero intentaremos considerar algunos de sus elementos fundamentales.

Quiero deciros que la humildad se refiere a muchos aspectos de la existencia humana. Tenemos la humildad de la διάνοια (diania: mente, intelecto, cerebro o inteligencia); la humildad del corazón; la humildad de la voluntad y también la humildad del cuerpo.

He escogido estos cuatro aspectos porque creo que en ellos se resume toda la existencia del ser humano. Es posible que alguien posea humildad en su mente, pero no en su cuerpo, o viceversa. Por eso, vamos a ver en qué consiste cada una de estas formas de humildad, con la esperanza de ayudarnos a encontrar el modo correcto de orientarnos.

Primero vamos con la humildad de la διάνοια (diania, mente, intelecto, cerebro o inteligencia).

Esta humildad de la diania mente se expresa a través de una realidad profunda y fundamental: la sencillez, también llamada simplicidad o naturalidad. La sencillez no es, propiamente hablando, una virtud particular, sino la fuente y constructora de todas las virtudes (que es la sencillez en Cristo)*. A esta sencillez podemos atribuirle distintas manifestaciones o aspectos. Aquí nos referimos específicamente a la sencillez de la διάνοια (diania: mente, intelecto, inteligencia). También podríamos hablar de una sencillez de vida, abarcando así al ser humano en su totalidad.

¿Y en qué consiste esta sencillez de la diania mente? * https://logosortodoxo.es/psicoterapia-ortodoxa/la-sencillez-en-cristo-y-la-fantasia/

Consiste en que el hombre reconoce los límites de su propia diania (mente, intelecto) y su entendimiento y no pretende sobrepasarlos con soberbia. Es decir, conoce hasta dónde alcanza su capacidad mental e intelectual y no se acoge a lo que está más allá de ella. Es esto que dice san Juan el Clímaco que no debe dedicarse a demasiadas cosas inefables, ocuparse de cosas que no es posible que ellas sean objeto de investigación.

Sabéis que en la Sagrada Escritura abundan los misterios. Y estos misterios pueden dividirse en dos categorías: Una primera categoría corresponde a los misterios que el hombre debe conocer y está llamado a penetrar. La segunda categoría incluye los misterios que el hombre no debe pretender comprender, ni siquiera tocar.

Allí donde el Dios dice a Moisés: «Quítate las sandalias de tus pies, porque el lugar que pisas es santo», significa que le está enseñando que debe despojarse de los «zapatos» de la διάνοια diania, es decir, la mente o intelecto debe renunciar a su racionalismo, a su afán de curiosidad, y aceptar el misterio con reverencia, sin pretender investigarlo.

La otra categoría son aquellos misterios que sí debemos conocer. Si os habéis fijado el Evangelio de hoy, en la parábola del sembrador, el Cristo dijo a Sus discípulos “que habla en parábolas”, de modo que aquellos que no tienen buena disposición y obran con mala voluntad escuchen, pero no entiendan; vean, pero no perciban. Este es precisamente el sentido de las parábolas: esconden misterios.

Sin embargo, a sus Apóstoles el Señor les interpreta el sentido oculto, y les dice: “A vosotros os ha sido dado conocer los misterios de la realeza increada de Dios, en cambio el resto cerrado, sólo en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan» (cf. Lc 8,10), porque no son dignos. Es decir, los discípulos reciben la apocálipsis/revelación directa porque son dignos de ella, mientras que a los demás los misterios permanecen velados. Estos misterios -los de la βασιλεία vasilía realeza increada de Dios- sí deben ser investigados, pero con humildad.

Como enseña san Isaac el Sirio, los misterios se apocaliptan (es decir, se revelan) a aquellos que tienen una conducta interior humilde. Los misterios se revelan a los humildes, no a los arrogantes ni a los curiosos soberbios.

Así que este principio es muy importante: el hombre debe saber qué misterios puede y debe investigar, y cuáles debe aceptar reverentemente, sin pretender penetrarlos.

Además, en la vida interior debe reinar una profunda franqueza, ser sencillo en lo que se reflexiona o medita, confesar sus puntos débiles, reconocer su ignorancia, sus errores y su falta de comprensión.

Aún tiene que haber una franqueza en lo que medita, lo que piensa e imagina, aún, tiene que manifestar sus puntos débiles, su ignorancia, sus errores y su incomprensión.

Esto es exactamente lo que enseña san Pablo: «Sed unánimes, tened un mismo sentir unos con otros; no aspiréis a cosas altas, sino acomodaos a los humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión» (Rom 12,16). Es decir, no actuar como si uno lo supiera todo, ni atribuirse grandeza de virtud para enorgullecerse.

Esto, precisamente, es la humildad de la διάνοια (diania: mente, intelecto, inteligencia).

El humilde también acepta la fe sin poner en duda su contenido, sin decir: “¿Será esto cierto o no?”. Por eso, debe hacer suyo lo que el Apóstol Pablo enseña a Timoteo: «Es palabra fiel y digna de toda aceptación» (1Tim 1,15). El humilde piensa como tener conducta interior serena y sana. Escuchad y responded con sencillez: “Lo ha dicho Dios”. Si surge una duda en vuestro interior, responded sin complicaciones sencillamente: “Lo ha dicho Dios; basta, se acabó”.

¿Es verdad que resucitaremos?

-Sí.

-¿Por qué?

-Porque lo ha dicho Cristo. Basta se acabó; y así, me quedo tranquilo y en paz.

¿Es verdad que resucitaremos? Sí. ¿Por qué? Porque lo dijo Cristo. ¿Y por qué decimos que «lo dijo Cristo»? Porque Cristo resucitó, ascendió a los cielos y envió el Espíritu Santo al mundo. Por consiguiente, Sus logos y palabras son verdaderos. Por tanto, basta con afirmar: «Lo dijo Cristo» y se acabó, con eso nos basta.

Del mismo modo: ¿Esto que recibimos en la Divina Comunión es verdaderamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo? Pero mi lengua lo percibe como pan y vino, pero Cristo lo dijo, y eso basta.

Esto es lo que llamamos humildad de la διάνοια (diania: mente, intelecto, cerebro): aceptar con fe lo que excede las fuerzas de la razón, sometiendo nuestra mente e intelecto a la verdad apocaliptada/revelada por Dios.

Por el contrario, el hereje carece de humildad en su διάνοια diania, por eso es incapaz de regresar a la verdad, pues permanece encerrado en su propio egoísmo intelectual. Saben que el orgulloso, arrogante en la διάνοια diania, intenta hacer interpretación o hermenéutica racional o reinterpretar los misterios revelados de la Αποκάλυψις Apocálipsis, -la Revelación divina contenida en la Sagrada Escritura- pretende someter la Apocalipsis a su propio juicio humano. Quiere comprender, captar, interpretar y racionalizar todo lo que, por su naturaleza, pertenece al misterio de la fe. Esto es orgullo, soberbia de la διάνοια (diania, mente, intelecto, cerebro, inteligencia): querer alcanzar con la razón lo que sólo puede recibirse con humildad.

Ciertamente, hay muchas otras expresiones de la humildad de la διάνοια (diania: mente, intelecto, inteligencia). Por ejemplo, la exactitud en el logos -tanto hablado como escrito- es también una manifestación de esta humildad. La ambigüedad o la imprecisión no son fruto de la humildad, sino, a menudo, del orgullo.

Muchos desean aparentar sabiduría a través de su manera ambigua de hablar, precisamente porque carecen de verdadera sabiduría. Intentan impresionar ofreciendo palabras vagas, como si la oscuridad de su lenguaje fuera señal de profundidad o importancia.

Ved cómo actúa el orgullo en la mente e intelecto: se disfraza de sabiduría donde sólo hay confusión.

Ahora pasemos a la humildad del corazón, el centro psicosomático del ser humano. Esta humildad se manifiesta en la comunión con los demás, e incluso diría: en la comunión con toda la creación.

El humilde de corazón contempla a cada ser humano como una imagen/icona viva de Dios, nunca los desprecia ni rebaja a nadie.

San Santiago dice en su carta: “Porque si en vuestra congregación entra un hombre con anillo de oro y con ropa espléndida, y también entra un pobre con vestido barato y andrajoso y miráis con agrado al que trae la ropa espléndida y le decís: Siéntate tú aquí en buen lugar; y decís al pobre: Estate tú allí en pie, o siéntate aquí bajo mi estrado; ¿no hacéis distinciones entre vosotros mismos, y venís a ser jueces injustos con malos pensamientos contrarios a la agapi-amor desinteresada y a la justicia de Dios?” (Santiago 2, 2-4).

¿Por qué?, dice el Santo, ¿no son todos lo mismo?

Es cierto, sin embargo, que existe una diferencia entre el honor debido a una persona por su cargo o función y el desprecio hacia otros. A veces se ofrece un lugar de distinción no por desprecio a los demás, sino por respeto al cargo o ministerio que una persona representa.

¡Atención a este punto! Son dos cosas totalmente distintas: no se honra al hombre por su persona, sino al oficio o cargo que ejerce en el servicio de Dios o de los hermanos.

Aún más, el Apóstol Pablo nos exhorta a que nos relacionemos con los humildes (cf. Rom 12,16).

El hecho de decir lo mismo que los demás, de no querer sobresalir, es también una manifestación de la humildad del corazón. Porque muchas veces, por orgullo, buscamos decir algo extraordinario o superior a los otros, con el deseo de llamar la atención.

¿Por qué tenemos que llamar la atención con cosas paradójicas y fuera de tono? Debemos ser como los demás. Dice san Isaac el Sirio: “ten cuidado no despreciar ni sentir asco por ninguna persona, porque tú también estás vestido de carne”. Debo mirar a todos con el mismo respeto y amor, pues esto es señal de tener un corazón humilde y una actitud recta.

Después tenemos la humildad de la voluntad. La voluntad es una de las tres dinamis (potencia y energía) de la psique-alma, las otras dos son la emoción y la comprensión. La humildad de la voluntad se realiza con la diaconía, (el servicio). Cuando sirvo a los demás, practico la humildad de la voluntad. El mismo Señor nos dijo que: «El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir» (cf. Mt 20,28). ¿Y qué imagen nos dejó a sus discípulos? Se ciñó un delantal, tomó una palangana con agua y comenzó a lavarles los pies, diciendo: “Pues si yo os he lavado los pies, siendo vuestro Maestro y Señor, también vosotros debéis de lavar los pies los unos a los otros. Y os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho” (Jn 13,14-15). El que sirve es verdaderamente grande, no el que busca ser servido. Por eso, el servicio -la diaconía- es la verdadera expresión de la humildad de la voluntad.

También el Apóstol Pablo, al hablar de las viudas en la Iglesia, dice:

«Y estar acreditada por sus buenas obras, tales como haber educado bien a sus hijos, haber ejercitado la hospitalidad, haber lavado los pies a los creyentes que venían andando de largo viaje, haber ayudado a los atribulados, haber practicado toda clase de obra buena a medida de sus posibilidades» (1 Tim 5,10).

La humildad de la voluntad consiste en servir las necesidades de los hermanos, no en el brillo de la inteligencia ni en bellas palabras. La humildad aquí se manifiesta en el servicio concreto, en el amor hecho obras.

La cuarta categoría de humildad es la humildad del cuerpo.

¿Y cómo se manifiesta esta humildad?

A través de una vestimenta sencilla, un peinado modesto, un modo de caminar sobrio y un comportamiento digno y natural.

La Sabiduría de Sirácides enseña: «Por su aspecto se conoce al hombre y por su semblante, al sensato. El vestir, el reír y el caminar denuncian lo que uno es» (Sir 19,29-30).Por el exterior, se manifiesta si el hombre es humilde o soberbio.

Seguir la moda no es humildad. La misma palabra moda indica un modo de vivir impuesto desde fuera. El que sigue la moda se convierte en esclavo de las tendencias, como una oveja que sigue el rebaño sin discernimiento. Hoy, por ejemplo, vemos cómo las mujeres adoptan el uso del pantalón, que pertenece tradicionalmente al atuendo masculino. Esto -lo hemos dicho también el año pasado- no expresa humildad, sino una pérdida de los signos propios de cada sexo. El concepto de «unisex» no tiene cabida en el Evangelio. En el cristianismo, no se diluyen los géneros: la mujer no puede hacerse varón ni el varón mujer. La semejanza total entre los sexos no corresponde al orden creado por Dios.

Humildad corporal significa vestir siempre con decoro, sencillez y limpieza, conforme a la dignidad de cada uno.

Pero ahora vamos a un punto aún más importante -aunque no pretendemos agotarlo, porque es un tema inmenso:

¿Cómo se alcanza la verdadera humildad?

Primero con la μετάνοια (metania: cambio de mentalidad -metanús-, introspección, arrepentimiento y confesión). La humildad comienza cuando acepto sinceramente quién soy. Cuando reconozco mi realidad, veo mi pequeñez, mis caídas, y empiezo a hacer metania ante Dios, entonces puedo aceptar con paz las tentaciones, los desprecios, las deshonras y las injurias. Si, ante una prueba o dificultad, me quejo diciendo «¡Ay de mí!», debo preguntarme humildemente: ¿Quién soy yo para no aceptar esto? Aceptar todo cuanto Dios permite para mí, sin rebelarme ni quejarme, es señal de verdadera humildad. Quien ha hecho y va haciendo la metania comprende su nada, su nimiedad y, reconociendo su miseria, se abandona confiadamente en la voluntad de Dios.

En segundo lugar, debemos tener el luto por Dios.

(https://logosortodoxo.es/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo/: Πένθος (penzos) luto: el término en los textos patrísticos, es «luto por Dios, tristeza, sufrimiento, angustia, que nace la metania, introspección, arrepentimiento y confesión». El luto por Dios no se identifica con el luto cósmico mundano, el que sienten los hombres cuando, por ejemplo, pierden seres queridos, sino que es resultado de su concienciación del pecado y la creación de sanas vivencias de metania y regreso al Señor. Se trata de un luto con originalidad propia, que con la divina energía Jaris, combina la alegría y la tristeza del luto (χαρμολύπη: jarmolipi:«luto alegre, pena-alegre»). No causa conflictos, ni perturbaciones psíquicas, al contrario, trae paz y serenidad a la psique, disposición para cumplir los divinos mandamientos y esperanza en Dios.)

El luto por Dios destierra el enfado, la ira, guarda también el corazón de la cólera y del juicio contra su hermano. Me preguntaréis: ¿cómo es posible no enfadarse si estoy viviendo un luto interior?

El abad Isaías responde: “El no herir la conciencia del prójimo, de esto nace la humildad”. (https://logosortodoxo.es/filocalia/filocalia-de-los-santos-nipticos-tomo-1-san-isaias-el-anacoreta-27-capitulos-sobre-la-vigilancia-y-proteccion-del-%ce%bd%ce%bf%cf%8d%cf%82-nus-y-la-%ce%b4%ce%b9%ce%ac%ce%bd%ce%bf%ce%b9%ce%b1-diania/)

En tercer lugar, debemos tener un espíritu de aprendizaje. El Señor Jesús dijo: «Aprended de mí, que soy apacible y humilde de corazón» (Mt 11,29). «Aprended de mí»: necesitamos, por tanto, un modelo, un prototipo. Este modelo perfecto es nuestro Señor Jesucristo, el gran y verdadero Humilde. No basta teorizar sobre la humildad; es necesario aprender de Cristo, mirarlo, imitarlo, beber de su mansedumbre, de su obediencia y de su anonadamiento hasta la cruz.

Así pues, cuando unimos estos tres elementos: la μετάνοια metania, el luto por Dios y el espíritu de aprendizaje, tenemos el camino y el instrumento para entrar en el espacio de la verdadera humildad. Fuera de ellos, cualquier esfuerzo será en vano.

Humildad es también propia de la deidad.

Humildad en la διάνοια (diánia: mente, intelecto) es la sencillez.

Humildad es espíritu de μετάνοια metania y de aprendizaje en Dios.

Humildad es una virtud que se relaciona directa e indirectamente con todas las demás virtudes.

Preguntan algunos tergiversadores del Evangelio preguntan: ¿Dónde estaba Cristo desde sus doce años hasta los treinta? Respondemos según el mismo Evangelio: «Estaba sometido a ellos» (Lc 2,51). Dicho de otro modo: nos enseñaba las virtudes de la obediencia y la humildad. Pero estos, desgraciadamente, no someten su fe a Cristo, sino que pretenden someter a Cristo a su propia fe, a sus creencias deformadas. Toda la vida terrenal de Cristo fue un continuo caminar en la humildad, con palabras y con obras. (2,1´)

 

  1. ¿Cómo puede uno llegar al estado de la auténtica humildad en su conducta interior?

Hijos míos, no es una tarea fácil. Es, de hecho, una de las obras más difíciles que debe realizar el ser humano en esta vida. Si consideramos que el egoísmo es lo opuesto a la humildad interior, y además la causa de todos los males y pazos, entonces debemos reconocer que la humildad es la fuente de todas las virtudes y de todo bien.

Por lo tanto, ser humilde implica negar al egoísmo.

Pero, ¿qué es exactamente el egoísmo? Es un tema inmenso y profundo.

Cuanto más lo investigas, más se te escapa; no es fácil definir con exactitud qué es el egoísmo. Podríamos decir que el egoísmo es una enfermedad de la personalidad.

Porque no es el “yo” o “εγώ egó”, no es malo en sí mismo; al contrario, es lo que define a la persona. Porque si yo no tengo autoconciencia, conciencia de mí mismo, es decir, no poseo el yo o εγώ egó, entonces entendéis que la cosa es muy difícil y seria; es decir, no tengo personalidad, estoy loco. Por lo tanto, el εγώ egó-yo es lo que define la personalidad, la autoconciencia es constitutiva del ser personal. Egoísmo quiere decir enfermedad del egó o yo, una corrupción del yo. ¿Y cómo se define esta enfermedad? Es muy difícil. Es compleja, escurridiza, camaleónica. ¿Cómo descubrir en nosotros el egoísmo? ¿Qué formas reviste? ¿Qué lo provoca? No sabría dar una definición única; me siento perplejo. Incluso el propio ser humano, muchas veces, no logra descender hasta lo más profundo de esa gravísima enfermedad, que tal vez sea la primera -o incluso la única- consecuencia directa del pecado original.

Por eso, el primer paso para acercarse a la humildad es el conocimiento de uno mismo: “¿Quién soy?”, debe preguntarse el hombre con honestidad. Desde esta pregunta -fundamental y existencial- comienza el camino hacia la verdadera humildad interior.

Ahora hablaré en un nivel más cercano al vuestro. Una vez, un estudiante se me acercó y me preguntó: ¿Dígame, por favor, ¿cómo me ve usted?

Yo no le respondí. Le dije: No te lo voy a decir.

Y él me replicó: ¿Por qué no?

Le contesté: Porque no soportarías escucharlo.

Y esto no lo digo por dureza o por desprecio, sino por experiencia. Sencillamente, porque una vez, un profesor amigo mío les hizo a sus alumnos una pregunta similar: les pidió que escribieran de forma anónima en un papel cómo lo veían a él.

¿Y sabéis qué ocurrió?

Lo que le escribieron fue asombroso. Le dijeron de todo -cosas muy duras, críticas inesperadas, palabras que le hirieron profundamente. Él se enfadó y, hasta hoy, sigue arrepentido de haber hecho esa pregunta. Me contó lo ocurrido y yo le dije: muy bien lo que te ha pasado, ¿a quién se le ocurre pedir una cosa así si no está preparado para escucharla? ¿Por qué sucede esto? Porque nuestro egoísmo no nos deja escuchar lo que los demás piensan realmente de nosotros y se pica y queda herido. Queremos conocernos, sí, pero solo hasta donde no nos duela. Queremos oír cosas buenas, confirmaciones, halagos… pero no toleramos las verdades que nos desnudan.

Así que, al estudiante aquel, me negué a decirle cómo lo veía. Porque el ser humano, por un lado, desea conocerse a sí mismo, pero por otro lado se justifica de cualquier manera. Puede que diga:Algunos me dicen que soy egoísta… pero yo no me veo así. Y luego añade: Otros amigos me dicen que soy una persona normal, que no tengo ningún egoísmo.

Esto es una clara muestra de cómo el hombre se protege, se autoengaña. El egoísmo tiene mil máscaras: racionalizaciones, comparaciones, autojustificaciones… por eso es tan difícil arrancarlo.

El verdadero conocimiento de uno mismo empieza cuando dejamos de defendernos y aceptamos lo que somos, tal como somos, sin excusas.

El egoísmo no consiste simplemente en que uno insista en algo de vez en cuando, ni la humildad es dejarse pisotear pasivamente o agachar la cabeza sin discernimiento. Las cosas no son tan superficiales.

Tenemos que aprender bien qué es el egoísmo y qué es la humildad. Son dos capítulos opuestos: el egoísmo es una enfermedad, mientras que la humildad es salud de la ψυχή (psijí: psique, alma, ánima, la que anima, vivifica el cuerpo, https://logosortodoxo.es/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo/).

La humildad es la apocatástasis —es decir, el restablecimiento— del εγώ egó o yo, que se ha visto liberado del padecimiento del egoísmo. Es el proceso en que la personalidad, el verdadero εγώ yo (la perla que nos ha dado Dios), deja de estar esclavizado por el egocentrismo, se psicoterapia, se sana y se vuelve plena, libre, en comunión con Dios y con los demás.

Este restablecimiento se logra cuando empezamos a adquirir franqueza interior, esa capacidad de vernos con honestidad. Pero no se trata de lograrlo de inmediato. Nadie empieza juzgándose o condenándose a sí mismo completamente. Es un proceso gradual. Uno debe comenzar poco a poco a observarse, a mirarse con sinceridad.

Así que, con la ayuda del Logos de Dios, el estudio y la forma de vida orientada a la verdad, nos permite empezar a vernos con mayor claridad. Esto es lo que llamamos trabajo espiritual. Entendéis, pues, que tenemos que hacer mucho trabajo sobre nosotros mismos. Es el arte de observarnos con lucidez, de preguntarnos continuamente: ¿Qué estoy haciendo? ¿Dónde estoy interiormente? ¿Quién soy realmente? Este trabajo no termina nunca. Pero es precisamente en este ejercicio constante donde se forja la humildad, no como algo pasivo, sino como un estado activo de la psique-alma en verdad, en libertad y en comunión con Dios.

Exactamente, esta última idea corona todo lo anterior: Cristo mismo es el modelo supremo de humildad, no solo como maestro que enseña, sino como Dios que se vacía voluntariamente (kenosis) por agapi-amor incondicional. San Pablo, en Filipenses 2:5-8, nos presenta esta verdad con toda su profundidad: «En esto procurad a imitar a Jesús Cristo, es decir, cultivar la virtud de la humildad ante los demás y la agapi amor incondicional hacia los otros, esto que había también en Jesús Cristo, Cristo teniendo la naturaleza gloriosa de Dios con sus infinitas cualidades, y como imagen/icona de Dios existía en forma de Dios, no consideró como codiciable tesoro el mantenerse igual a Dios, sino que se despojó y se vació a sí mismo (kenosis) y solo empequeñeció provisionalmente su infinita e increada doxa-gloria de su deidad, y tomó la naturaleza de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y, estando en su condición y forma de hombre simple, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, sin dejar ni un momento de ser también Dios perfecto.»

La medida de la humildad ya no es una norma humana, sino una imitación del descenso voluntario de Dios hasta nuestra pequeñez, para elevarnos desde dentro. Esta kenosis (vaciamiento) es el acto más radical de humildad, y por ello mismo, es el acto más radical de agapi-amor. No es una humillación impuesta, sino una elección divina de servicio y entrega. La humildad cristiana, por tanto, no es solo virtud, sino participación en el modo de ser de Dios apocaliptado/revelado en Cristo. (33,29´)

 

  1. En los humildes se da la χάρις (jaris: gracia, energía increada)”, da a entender que la humildad atrae la jaris de Dios. ¿Cómo se puede atraer la humildad sin jaris increada de Dios?

Aquí tenemos lo siguiente. Decimos que el hombre ama. ¿Por qué ama? La agapi (amor divino incondicional) viene de afuera, viene de Dios. El Dios envía la energía increada de Su agapi, atención: la emoción de energía increada de Su agapi- y los hombres aman, corresponden, tal como el sol envía sus rayos. Por lo tanto, Dios es quien da el primer paso. Primero actúa la χάρις jaris increada de Dios, porque Él quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

Ahora bien, ¿correspondemos o no? Si tienes una disposición buena o una voluntad bondadosa y generosa, corresponderás, si tienes mala no. Cuando correspondas a la agapi de Dios, entonces Él te da más agapi, y tú, correspondiendo con más entrega, Él te da aún más, y así sucesivamente.

Os diré un ejemplo que no es mío, sino de san Teófilo de Antioquia. Dice el santo: “Nosotros somos espejos que reflejamos la energía de las cualidades divinas, las energías increadas. Tomad la agapi como luz, y pensad en un espejo oscurecido. Si la luz cae sobre él, refleja poco. Pero si lo limpio un poco más, refleja un poco más, y así continúo: cuanto más limpio el espejo, más luz refleja.”

Así, cuanto más humilde soy, más atraigo la jaris increada de Dios. Cuando yo correspondo a la agapi de Dios, tanto más la recibo. Por lo tanto, el primer paso siempre lo da Dios. Yo debo corresponder. El problema está aquí: ¿responderé o no? Y luego, las cosas toman por sí solas su camino.

Es lo mismo que cuando un visitante nos trae un regalo y nosotros se lo devolvemos con otro mayor, y él corresponde con otro regalo mayor, y así continuamente. Dios nos ofrece Su agapi, nosotros le ofrecemos la nuestra; más agapi de Él, más agapi de nuestra parte, y así nos vamos haciendo santos. Así nos convertimos en personas con agapi (amor desinteresado), con humildad, y hombres de la χάρις jaris increada de Dios.

¿No es bello? ¡Es maravilloso, es admirable! Basta que correspondamos.

¿Saben que algunas veces la primera agapi de Dios es imperceptible? ¿Saben que uno de los nombres de Cristo es “ladrón”? Puede parecer extraño. Decimos que Cristo es el Camino, la Vida, la Verdad, etc., pero uno de sus nombres es también “ladrón”. Dice: “He aquí, vengo como un ladrón.”

¿Y qué hace el ladrón? Al principio, toca con una piedrecilla la puerta o la ventana para ver si quienes están dentro de la casa están dormidos. Si alguien responde: “¿Quién es?”, piensa que están despiertos y no procede con su acto. Pero si toca un poco y no oye nada, intenta entrar.

Atención ahora: Cristo viene y toca suavemente la puerta. Si nosotros escuchamos y preguntamos: “¿Quién?”, entonces este ladrón especial no se va. Le abrimos la puerta y entra.

Es decir, hay pequeñas llamadas. Por ejemplo: “Venid a la catequesis, escucharéis algo bueno” o “Venid a escuchar el logos de Dios”. Esas son pequeñas llamadas. ¿Has respondido? Entonces recibirás ricamente la jaris de Dios.

Estas son apenas unas pocas palabras sobre el tema de la humildad, que es grandioso y sobre el cual hay también mucha literatura escrita por los Padres. (1,52´)

27:33 “La humildad”, según san Basilio el Grande, “es volver a tu propia realidad. Porque si estás por encima de lo que en verdad eres, entonces eres un hombre orgulloso, arrogante. Y si estás por debajo de lo que realmente eres, entonces padeces de complejos, no has estimado con justicia lo que eres. Valorar y estimar lo que realmente soy, eso es humildad”.

Por ejemplo, si alguien me dice que tengo talento y capacidad para cantar, para salmodiar, y yo niego tener esa facultad, entonces estoy enterrando un talento. Debo, por lo tanto, cultivar aquello que sí tengo. Humildad significa cultivar lo que tengo, y no esforzarme en cultivar lo que no tengo, es decir, talentos inexistentes. Y si son inexistentes, ¿por qué he de perder el tiempo intentando desarrollarlos?

Humildad no es bajar la cabeza. El Señor dijo: “Aprended de mí que soy apacible y humilde de corazón” (Mateo 11:29). ¿Creen que el Señor andaba con la cabeza agachada? No. Eso no es humildad.

El Señor hablaba, reprendía; pronunció aquellos terribles “ay” en Mateo capítulo 23: “¡Ay de vosotros!”, “¡Ay de vosotros, γραματείς (gramatís: (escribas, intelecuales, gramaticales) y fariseos hipócritas…!”, reprendiendo los poderes políticos, intelectuales y religiosos de su tiempo. Porque en la época de Cristo, había una gran decadencia. ¿Eso significa que el Señor dejaba de ser humilde? No.

Cuando el Señor tomó el látigo y empezó a volcar las mesas de los vendedores en el templo, y abrió las jaulas de las palomas para que se escaparan, ¿no era humilde? Claro que sí lo era.

Vemos, pues, que debemos adquirir y tener una cierta percepción y gnosis de las dimensiones de las virtudes, y en este caso, de la mayor: la humildad.

El santo yérontas (starets) Ticón, del monasterio ruso de San Panteleimón en el Monte Santo Athos, con su peculiar griego, decía:

“Dios, cada mañana, con una mano bendice a toda su creación, y cuando encuentra un humilde, lo bendice con las dos manos.”

 

  1. ¿Qué es autocrítica? ¿Conduce a la humildad?

Esta pregunta es importante, como veréis. La autocrítica es el medio por el cual llegamos a conocernos a nosotros mismos. Es decir, mediante la autocrítica nos juzgamos, y esto nos conduce a la αυτογνωσία aftognosía al autoconocimiento.

Por tanto, la autocrítica lleva al autoconocimiento, y este no es otra cosa que el comienzo del arreglo o corrección de uno mismo. Esto es fundamental. Los Santos Padres dicen que, cuando comienza este proceso de corrección -es decir, cuando comienza el “conocerse a uno mismo”-, el beneficio es grandioso. Porque sin este autoconocimiento, sin ese “conocerse a sí mismo”, no es posible progresar en el reconocimiento de nuestras faltas y defectos de carácter ni en su corrección.

Es conocido que los antiguos helenos decían: “γνῶθι σεαυτόν gnozi seaftón conócete a ti mismo”. Esta frase era de gran importancia en la antigua Grecia; estaba inscrita en el oráculo de Delfos y se atribuía a uno de los siete sabios presocráticos, posiblemente a Tales de Mileto. Más tarde, Sócrates la adoptó y la convirtió en el fundamento de un sistema filosófico: la conocida solución filosófica al problema antropológico. Así, con Sócrates comienza la antropología en sentido filosófico, a partir precisamente de ese lema: “Conócete a ti mismo”.

Ciertamente, nunca podremos conocernos a nosotros mismos si no nos detenemos, de una vez por todas, a observarnos y examinarnos. El hombre contemporáneo no tiene tiempo para mirarse a sí mismo. Uno de los fenómenos del ser humano actual es su superficialidad: siempre está en movimiento, inmerso en situaciones y manifestaciones externas, y rara vez gira hacia su interior. ¿Por qué? Porque no tiene tiempo. Su tiempo está comprimido: debe hacer esto o aquello, ir aquí o allá, decir algo, escuchar otra cosa, y así sucesivamente. No puede parar. En general, tanto el hombre como la mujer viven en constante agitación y no logran contemplarse a sí mismos. El resultado es que el ser humano queda vacío e inexplorado, y por tanto no llega a conocerse. Esto es, sin duda, una desgracia. En épocas antiguas, el hombre sí disponía de tiempo para volver la mirada hacia su interior.

Hay un pasaje en los Salmos que dice: “Sentaos y conoced que YoSoY el Señor (Kyrios)”. Es decir, sentaos un poco. Por eso el sábado fue dado a los hebreos como día festivo: para que no hicieran ningún trabajo, y en ese estado de descanso pudieran conocer a Dios. ¿Cómo? Estudiando el Logos de Dios, contemplando sus admirables obras en la naturaleza y en la Ley. Esto también se puede extender así: “Sentaos y conoced vuestro interior”. Me podríais preguntar: ¿por qué no dice “sentaos y conoced a vosotros mismos” y en cambio dice “sentaos y sabed que YoSoY el Señor”? Es muy sencillo -y a la vez muy profundo-, y me gustaría que lo supierais y lo recordéis.

La Ortodoxia conoce al hombre a través de Dios. El cristianismo occidental, en cambio, se mueve siempre en un espacio hermenéutico o interpretativo en el que se busca conocer a Dios por medio del hombre. Si me preguntáis cuál es el método más correcto, en principio os diría que son dos caminos distintos, pero el más acertado es el de la Ortodoxia. Porque si quisiera conocer a Dios a través del hombre, cometería errores. Me encontraría frente al hombre caído, pecador, descendiente de Adán. Este no constituye un modelo ni un prototipo válido para conocer a Dios.

Ciertamente, existe un pasaje en los Salmos que dice: “De mi formación te has hecho tú, el Dios admirable”. Estudiando, pues, al hombre, podemos admirar a Dios, sí. Pero repito: hablamos del hombre caído y pecador; y especialmente el que estudia psicología, estudia al hombre caído. Desgraciadamente, este no es el hombre verdadero, el modelo original. Nuestro modelo, nuestro prototipo, es el Θεάνθρωπος (Zeánzropos: Dios-Hombre) CristoDios.

Debemos conocer primero a Dios, y entonces, a través de Él, conoceremos también al hombre. Por eso, toda la Teología Ortodoxa Oriental se mueve en esta dirección: del conocimiento de Dios hacia el conocimiento del hombre, y no al revés.

Es cierto que existen ciertas situaciones en las que podríamos decir que se pasa del hombre a Dios: por ejemplo, a través de la caridad, la misericordia, la limosna. Pero esto no es un estudio intelectual, sino una praxis de compasión. Como dice el Señor: “…estaba enfermo y me habéis visitado”. ¿Cómo llegamos a Dios? Por medio del prójimo. Pero, repito, esto es solo praxis.

Pero el verdadero conocimiento -la gnosis- tanto de uno mismo como del otro, no se nos dará nunca si no lo recibimos a través de Dios.

Debemos, de una vez por todas, sentarnos a reflexionar y reconocer que es necesaria la autocrítica para alcanzar el autoconocimiento. O, si lo preferís, debemos estudiar el Logos de Dios; debemos estudiar, estudiarnos, hacer teología y conocer al mismo Dios para poder conocer y comprender al ser humano. ¿Creéis que esto es importante? De este conocimiento de Dios y del autoconocimiento humano emanan todas las virtudes: la humildad, cada buena praxis, etc. Amín. (26,31´)

El Yérontas Mitilineos Copyright: Monasterio Komnineon de “Dormición de la Zeotocos” y “san Demetrio” 40007 Stomion, Larisa, Fax y Tel: 0030. 24950.91220 Fuente: https://arnion.gr/ y https://athanasiosmytilinaios.blogspot.com/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

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