
La resurrección de Lázaro. Cada uno de nosotros es Lázaro, (Juan 11: 38-44).
(† Archimandrita Georgios Kapsanis, Hegúmeno del Monasterio Gregorio del Monte Athos)
Este día, el Sábado antes del Domingo de Ramos, celebramos la resurrección de san Lázaro, el justo y amigo de Cristo, el que estuvo cuatro días muerto.
Lázaro era judío, fariseo y, según se menciona en algún lugar, hijo del fariseo Simón. Era originario del pueblo de Betania y también él llegó a ser amigo de nuestro Señor Jesús Cristo.
Como Cristo conversaba continuamente con Simón -pues también él creía en la resurrección de los muerto- y frecuentemente visitaba su casa, Lázaro se convirtió en un verdadero amigo de Cristo, al igual que sus dos hermanas, Marta y María.
Cuando se acercaba la Pasión salvadora, y porque era necesario que se confirmara con mayor claridad el misterio de la Resurrección, Cristo se encontraba en la región más allá del Jordán, tras haber resucitado primero a la hija de Jairo y al hijo de la viuda. Entonces su amigo Lázaro cayó gravemente enfermo y murió.
Jesús, aunque no estaba allí, dijo a sus discípulos: «Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido». Y un poco después agregó: «Lázaro ha muerto».
Entonces dejó el Jordán y fue a Betania, que se encuentra a unos tres kilómetros de Jerusalén. Lo recibieron las hermanas de Lázaro diciéndole: «Señor, si hubieras estado aquí, nuestro hermano no habría muerto; pero aun ahora, si quieres, puedes resucitarlo».
Cristo preguntó a la multitud: «¿Dónde lo habéis sepultado?», y todos fueron inmediatamente a mostrarle la tumba.
Cuando retiraron la piedra que cubría el sepulcro, Marta dijo: «Señor, ya huele mal, porque hace cuatro días que murió».
Jesús lloró por el difunto, luego oró y gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, sal fuera!». Y enseguida el muerto salió del sepulcro, y después de desatarlo de las vendas funerarias, volvió a su casa.
Este milagro extraordinario provocó la envidia del pueblo judío, que se enfureció contra Cristo, pero Él nuevamente se retiró.
Los sumos sacerdotes incluso pensaron en matar también a Lázaro, porque muchos, al verlo, creían en Cristo. Pero Lázaro lo supo y se marchó a Chipre, donde más tarde fue ordenado obispo de Kition por los Apóstoles. Y habiendo vivido bien y piadosamente, murió de nuevo treinta años después de su resurrección, y fue sepultado allí, realizando muchos milagros.
Se dice que durante todos los años que vivió, nunca comía sin añadir algo dulce a su comida, y que su omoforio (ornamento episcopal) fue confeccionado por la misma purísima Madre de Dios con sus propias manos y se lo regaló.
Sus santas y veneradas reliquias, por divina inspiración, fueron trasladadas a Constantinopla por el sabio emperador León (886-912), quien las colocó con honor en la Iglesia de San Lázaro, que él mismo había construido, y allí permanecieron durante muchos años, desprendiendo una fragancia indescriptible.
Nuestros santos y teóforos padres, o mejor dicho, los santos apóstoles, establecieron que celebremos en el día de hoy la resurrección de Lázaro -una vez concluida la Cuaresma de los cuarenta días, tras la cual siguen la Pasión santa de nuestro Señor Jesús Cristo-, porque este milagro, más que cualquier otro, fue considerado el inicio y causa del furor de los judíos contra Cristo, y por eso fue ubicado en esta fecha. Este milagro sobrenatural solo lo menciona el evangelista Juan, mientras que los otros evangelistas lo omitieron, quizá porque Lázaro aún vivía en ese tiempo.
Se dice, además, que el evangelista Juan escribió todo su Evangelio precisamente por este milagro, y también porque los otros tres evangelistas no hablaron sobre el nacimiento eterno (sin principio) de Cristo. Porque lo importante era que se creyera que Cristo es el Hijo de Dios, Dios mismo, que resucitó y que habrá resurrección de los muertos, lo cual se prueba sobre todo con Lázaro.
Lázaro, por su parte, no dijo nada sobre el Hades; o bien no se le permitió ver nada, o, si vio, se le ordenó guardar silencio. Por eso, a partir de él, toda persona que muere se llama “Lázaro”, y también al acto de amortajar se le dice “lazaroma”, para recordar a aquel primer Lázaro. Porque, así como él fue resucitado por el logos de Cristo y volvió a vivir, así también el difunto, aunque haya muerto, al sonar la trompeta final resucitará y vivirá eternamente.
Lázaro somos todos
El Apóstol Pablo, el iluminador de la Οικουμένης (icumeni: el mundo, toda tierra habiada) la boca de Cristo, nos enseñó que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Cristo nos hace miembros suyos y así participamos de Su vida divina.
Los santos Misterios, y en especial el santo Bautismo y la divina Comunión, nos incorporan a Cristo.
Toda la vida de la Iglesia nos ayuda a permanecer unidos en el Cuerpo de Cristo y a ser miembros vivos y sanos de Él.
Sin embargo, el cristiano que se separa de la Iglesia muere espiritualmente, porque ya no despierta espiritualmente y no se vivifica con la vida de Cristo.
Cristiano no es quien acepta el cristianismo como ideología o moral, sino quien está unido a Cristo dentro de Su Cuerpo. Por eso los santos Padres insisten en que fuera de la Iglesia no hay σωτηρία (sotiría: redención, sanación y salvación).
La divina Liturgia es el centro de nuestra vida eclesial. El mismo Cristo se ofrece a nosotros como alimento, con Su Cuerpo y Su Sangre, para que nos unamos con Él.
Además de la divina Liturgia, los fieles nos reunimos en otros momentos o horas en la Iglesia también para venerar y adorar a nuestro Padre celestial, a nuestro Redentor crucificado y resucitado, y al Santísimo Espíritu.
Las oraciones del Vísperas, el Oficio de Medianoche, el Maitines, las Horas, nos preparan para la divina Liturgia, nos ayudan a vivir en el espíritu de la Divina Liturgia y a injertar el tiempo pasajero de nuestra vida terrenal en la eternidad de la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios.
A través de los piadosos Oficios de la Gran Cuaresma somos guiados gradualmente hacia la μετάνοια metania, el arrepentimiento, la humildad, la catarsis, la crucifixión y la resurrección con Cristo.
Sin esta preparación y participación en los santos Pazos (pasiones, padecimientos) y la luminosa Resurrección, celebramos exterior y superficialmente. Según san Gregorio Palamás, seguimos siendo «sin amor por ese έρως (eros: amor ardiente) divino que se ve y se siente por sí mismo». Un cristianismo sin έρως eros: divino no consuela ni sacia en lo profundo el ardiente anhelo redentor del ser humano.
Como ejemplo de cómo la Iglesia nos prepara con los himnos llenos de la Χάρις (Jaris: Gracia, energía increada) del Espíritu Santo, mencionamos los versos del himno vespertino del miércoles anterior al Domingo de Ramos:
«Imitemos, oh fieles, a Marta y a María, y enviemos al Señor, como intercesoras llenas de fervor, nuestras acciones inspiradas por Dios, para que Él venga y resucite nuestro νούς (nus: espíritu de la psique-alma), que yace como muerto, temiblemente en el sepulcro, insensible por la negligencia, sin sentir en absoluto temor divino, y que ahora no posee energía divina vivificante. Gritemos: Mira, Señor, y así como en otro tiempo con terrible solicitud resucitaste a tu amigo Lázaro de entre los muertos, oh Misericordioso, así vivifica también a todos nosotros, concediéndonos tu gran misericordia».
Imitemos a Marta y María, quienes enviaron a llamar a Jesús para que salvara a su hermano Lázaro, que estaba por morir.
Nosotros también tenemos a alguien que yace terriblemente muerto: nuestro νούς (nus: espíritu de la psique-alma). Por negligencia se ha vuelto insensible, no siente respeto y temor de Dios, carece de divina energía vivificante, es decir, de la divina Χάρις Jaris increada.
Enviemos, pues, como embajadoras intercesoras, nuestras acciones divinas para llamar a Jesús, clamando: Mira, Señor, y así como antes, oh Misericordioso, resucitaste con gran preocupación a tu amigo Lázaro, así también despierta y vivifica a todos nosotros concediéndonos tu gran misericordia.
Durante toda la Sexta Semana de la Cuaresma andamos juntos con Jesús hacia el enfermo y luego difunto Lázaro. Pero Lázaro es cada uno de nosotros, que necesita constante y diariamente al Vencedor de la muerte.
Nuestro νούς (nus: espíritu de la psique-alma) con la mente, separado de Dios, se apega con pasión a las cosas perecederas. Así, se dispersa y muere. Ya no puede gobernar toda nuestra existencia.
Y sin el νούς nus que gobierne y esté iluminado, el ser humano se convierte en esclavo de los πάθος pazos y de los demonios. «El νούς nus-espíritu que con la mente se separa de Dios», dice san Gregorio Palamás, «se vuelve o bestial o demoníaco».
¿Podemos nosotros mismos solos resucitar nuestro νούς nus muerto y así liberarnos del egoísmo y de la φιλαυτία (filaftía: egolatría, amor egocéntrico y excesivo a sí mismo y al cuerpo)? Jesús, el Θεάνθρωπος (zeánzropos) Dios-Hombre, el único Vencedor de la muerte, nos resucita ahora de la vida apasionada, patética, egocéntrica y mortal, y también resucitará nuestros cuerpos, como hizo con Lázaro, en su Segunda Παρουσία (Parusía: Presencia, Venida) y en la resurrección final.
Por eso, el Sábado de Lázaro y el Domingo de Ramos cantamos con júbilo universal:
«Creyendo en la resurrección común antes de tu Pasión, resucitaste de entre los muertos a Lázaro, oh Cristo Dios; por eso también nosotros, como los niños, llevando los símbolos de la victoria, te aclamamos, a ti, Vencedor de la muerte: ¡Hosanna en las alturas! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!»
Hoy, lamentablemente, incluso los cristianos que asisten a la Iglesia se limitan a participar en la divina Liturgia del Domingo y de las grandes fiestas, sin interesarse por asistir a las Vísperas o los Maitines. Esto sucede no solo por falta de tiempo, sino también por ignorancia del valor y significado que puede tener la participación regular en el culto de la Iglesia. Así, no nos dejamos conducir por la Iglesia hacia su Esposo, Cristo, ni nos dejamos transformar, metamorfosear por ese buen y divino cambio que nos forma «en Cristo», es decir, que nos da la forma de Cristo para que lleguemos a ser conformes a la imagen-icona del Hijo de Dios (cf. Romanos 8:29).
Al permanecer fuera de la vida litúrgica de la Iglesia, nos perjudicamos gravemente a nosotros mismos. Impedimos que la Iglesia nos ayude a crucificarnos (crucificar nuestro egoísmo y orgullo) y resucitar con Cristo. En esencia, permanecemos sin Cristo, y por eso sin resurrección, sin alegría, sin paz y sin αγάπη (agapi: amor desinteresado, altruista, incondicional).
El mundo en el que vivimos nos envenena diariamente con el espíritu de la φιλαυτία filaftía egolatría, de la incredulidad y del egoísmo, separándonos de Dios y de nuestros hermanos.
Al entrar en la Iglesia Ortodoxa y participar de su vida, respiramos otro aire, vivimos en otro mundo: el mundo de la agapi-amor, de la agapi-amor incondicional a Dios, de la filantropía y de la agapi-amor al prójimo. Comprendemos nuestra enfermedad, nos liberamos de la vida muerta del mundo y nos llenamos de la vida verdadera que es Cristo.
Por eso, es de gran ayuda para todos nosotros la participación frecuente y consciente en la adoración y culto de nuestra Iglesia.
Cuando no tenemos la posibilidad de asistir a la Iglesia, podemos leer los Oficios en nuestras casas, como los Maitines, las Vísperas o Completas. Así vivimos y adoramos a Dios no de manera individual, sino eclesial, «junto con todos los santos».
Nuestro filántropo (amigo del hombre) Señor Jesús Cristo, lleno de amor por la humanidad, se dirige hacia la muerte voluntaria.
«Vayamos, pues, también nosotros» (junto con toda la Iglesia) «con mente catartizada purgada y purificada, a acompañarlo, y crucifiquémonos y muramos con Él a los placeres (hedonismos) de la vida, para que también vivamos con Él…»
¡Qué mejor deseo y bendición podemos expresar para nuestros hermanos y para nosotros mismos! ¡Que nos crucifiquemos y resucitemos con nuestro dulcísimo Señor Jesús!
Por las intercesiones de tu amigo Lázaro, Cristo Dios nuestro, compadécete o ten misericordia de nosotros. Amén.
(†Archimandrita Georgios Kapsanis, Hegúmeno del Monasterio Gregorio del Monte Athos)
Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/