Domingo de Carnaval – Los más pequeños, insignificantes hermanos

Domingo de Carnaval – «Los más pequeños, insignificantes hermanos» [Mateo 25,31-46] π. Αθανάσιος Μυτιληναίος.
[Transcripción de la homilía del Yérontas Atanasios Mitilineos pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, el 18-2-1996] con el tema:

«Los más pequeños, insignificantes hermanos»

 

El libro del Antiguo Testamento, queridos míos, llamado «Eclesiastés», concluye con la frase: «Porque Dios traerá a juicio toda obra, incluso todo lo oculto, sea bueno o sea malo». Es decir: Dios llevará al juicio a todo el ser humano, al hombre entero, «toda la creación y criatura», es decir, tanto con su psique-alma como con su cuerpo, y todo lo que haya hecho, ya sea bueno o malo, aunque esté oculto y pasado por alto, aunque esté en un rincón apartado, lo sacará a la luz.

«Toda la creación». Todo el ser humano, tanto con su psique-alma como con su cuerpo. Y enfatizo esto. Porque el hombre entero será llevado al juicio-krisis. Además, como habrá resurrección de los muertos, seremos juzgados después de la resurrección, cuando hayamos recibido nuestros nuevos cuerpos, es decir, los cuerpos antiguos renovados. Cualquier cosa que haya hecho el hombre, ya sea olvidada, pequeña o ignorada, sea buena o mala, será tomada en cuenta. San Cirilo de Jerusalén dice:
«¿Ayunaste? Se te contará. ¿No ayunaste? También se te contará».

Cualquier cosa, incluso la más mínima palabra. El mismo Señor nos dijo: «Os aseguro que daréis cuenta de toda palabra vana». Y «palabra vana», permitidme decir, son las tonterías. Nos sentamos y hablamos tonterías y el tiempo pasa. Eso es «palabra vana». Y el Señor dice: «Incluso de esto daremos cuenta».

Efectivamente, el que todo el ser humano será juzgado nos lo confirma también Pablo. En su Segunda Carta a los Corintios dice: «Porque es necesario que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo»; ¿os habéis fijado? «Mientras estaba en el cuerpo». Por supuesto, mucho más con su espíritu. Ya sea bueno o malo.

Y el juicio-krisis pertenece a Cristo. Porque Él nos creó como Dios Logos. Él hizo a Adán y Eva. Y ahora nos recrea, renueva como Θεάνθρωπος (zaánzropos) Dios-Hombre. Viene para transformarnos. Él mismo dice:
«Porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha entregado todo el juicio-krisis al Hijo».

¿Por qué? Porque Él nos creó y Él nos renueva, recrea. Como dice San Cirilo de Jerusalén, es como si Él fuera el responsable ante el Padre por el destino de Su criatura, que se llama hombre.

Además, el mismo Señor dijo: «Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra». Y, por tanto, también la autoridad del Juicio-Krisis.

De hecho, escuchamos en el pasaje evangélico de hoy, que el Señor dice que volverá: «El Hijo del Hombre vendrá en su δόξα (doxa: gloria, luz increada) y todos los santos ángeles con Él; entonces se sentará en su trono de doxa-gloria, y delante de Él serán reunidas todas las naciones». Todos los seres humanos. Sin excepción alguna. Adán y Eva. Todos.

Esta imagen que nos muestra el Señor ya fue anunciada en el siglo VI a.C. por el profeta Daniel, cuando estaba cautivo en Babilonia. Dijo lo siguiente, que es verdaderamente impresionante, aunque todo lo de Daniel lo es, pero en el capítulo 7, es algo excepcional.

Dice: «Estuve mirando hasta que fueron puestos tronos, y un Anciano de Días se sentó (este que no tiene principio ni fin); su vestidura era blanca como la nieve, y el cabello de su cabeza como lana limpia; su trono, llama de fuego; ruedas de fuego ardiente. Un río de fuego procedía y salía de delante de Él. Miles de miles le servían, y millones de millones asistían delante de Él. (Esto que dijo Cristo: Vendré con todo el poder y fuerza del cielo, es decir, con todos sus ángeles) El tribunal se sentó, y los libros fueron abiertos» (es decir, se abrieron los libros, las carpetas con el currículo de cada uno).

Esto nos dice Daniel. Además, muchos pasajes de la enseñanza de nuestro Señor se refieren a Su Segunda Παρουσία (Parusía: Presencia, Venida). Así como al Juicio-Krisis. Agradecemos a Mateo, pues, que por divina providencia se registraron estos logos. Pero incluso si no se hubieran registrado, tenemos muchísimos otros pasajes en el Nuevo Testamento, además del Antiguo Testamento, que nos hablan del Juicio-Krisis que Dios realizará.

Por ejemplo, en Mateo se recoge: «Pero de aquel día y hora nadie sabe…». Esto presupone la parusía, venida de Cristo.

También contó la parábola de las diez vírgenes y concluye:
«Velad, estaos en alerta, despiertos (espiritualmente), porque no sabéis ni el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir».

El término «Hijo del Hombre» es un hebraísmo y significa hombre. Indica que asumió plenamente la naturaleza humana. Es perfecto Dios y perfecto hombre.

Si todavía quieren, en la parábola de los talentos: «Después de mucho tiempo –después de haber repartido los talentos– viene el señor de aquellos siervos y ajusta cuentas con ellos». Todo apunta al juicio-krisis. Todo el Nuevo Testamento gira en torno al eje de la primera y la segunda parusía, presencia, venida de Cristo. Cristo volverá. Y juzgará al mundo. Y esto constituye un dogma de fe, un dogma de fe fundamental. «Y de nuevo vendrá con doxa-gloria –decimos en el Símbolo de la Fe o Credo– para juzgar a vivos y muertos», para juzgar tanto a los vivos, es decir, a los que existan entonces, como a los difuntos que resucitarán.

Veamos ahora algo del contenido del Juicio-Krisis. Dice a los «justos», a los piadosos, creyentes. «Justo» es una denominación del santo que se menciona principalmente en el Antiguo Testamento: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me acogisteis», etc., y así sucesivamente. «Estuve enfermo, estuve en la cárcel»… Es decir, aquí se menciona, como vemos, la percepción y conciencia hacia el prójimo. En qué medida nos hemos dado cuenta del prójimo. En qué medida hemos percibido al que está a nuestro lado. Si lo hemos apoyado. Y, de hecho, el Señor se refiere a los niveles más bajos o, mejor dicho, más simples de misericordia o caridad. ¿Qué puede ser más sencillo? Alguien tiene hambre y le damos un pedazo de pan. O tiene sed y le damos un vaso de agua. Recuerden lo que dijo el Señor: «Os aseguro, un vaso de agua que deis en mi nombre –lo subrayo; hablaremos de ello más adelante– tendréis vuestra recompensa».

Otro evangelista: «Un vaso de agua fresca». «Agua fresca»…

Entonces, ¿por qué dice «agua fresca»? Para que no te canses de ir al pozo a sacar agua fresca y dársela al otro. No simplemente de la llave de la cocina, donde está caliente en verano. Es decir, darlo con el corazón. «Os aseguro», dice el Señor, «que tendréis vuestra recompensa».

Y esto porque el Señor parte de la posibilidad más fácil para todos de ofrecer su misericordia o caridad. Una posibilidad y capacidad fácil, sencilla. ¿No puedes dar un vaso de agua? ¿Puede el Señor pedirte que des a los pobres, a cada pobre, un millón de dracmas? «Señor, no tengo». ¿Te pedirá el Señor que cures a los enfermos? «Señor, no tengo ese don». Pero ¿qué te dice? «Me visitasteis». No necesitas gastar nada al visitar a un enfermo, etc. Es decir, toma la forma más simple de misericordia, caridad para expresar tu agapi amor incondicional al prójimo.

Buscamos encontrar la fe en estas palabras que dijo Cristo. Buscamos. No habló de fe en absoluto. Pero habló de la agapi-amor en la forma de misericordia o caridad, y esto, como les dije y repito, en una forma inferior. Es decir, una forma elemental. Una forma sencilla. Entonces buscamos encontrar la fe, pero no la encontramos. No se menciona en absoluto. ¿Es decir, que la fe no será un criterio de juicio? La fe es sumamente importante. Puesto que el ladrón en la cruz, con su fe… ¿Qué dijo el ladrón? «Acuérdate de mí, Señor, en tu Reinado de la Realeza increada». «Tú eres el Hijo de Dios. Acuérdate de mí». Y ese mismo día ganó el Paraíso. El ladrón no hizo ninguna obra en la cruz. Solo mostró fe. No se menciona la fe porque se da por supuesta. Por eso cuando el Apóstol dice: «Fe, esperanza y agapi-amor», la esperanza presupone la fe. ¿Por qué? Porque ¿qué es la esperanza? Es la fe intensificada. Y la agapi-amor presupone tanto la esperanza como la fe.

Así, ante la sorpresa de quienes escucharon lo que el Señor dijo: «Venid, benditos y bendecidos de mi Padre, porque… así y así, tuve hambre, tuve sed», etc., en su sorpresa, el Señor añade: «En verdad os digo, en la medida en que lo ofrecisteis estas a uno de estos hermanos míos más pequeños o insignificantes, a mí me las ofrecisteis». Esa es la sorpresa. ¿Qué? El Señor se identifica a Sí mismo con cada persona. No es simplemente la agapi-amor al prójimo. Sino la agapi-amor incondicional en el nombre de Cristo hacia el prójimo. Lo repito: en el nombre de Cristo hacia el prójimo. Porque esto revela-apocalipta la fe en Cristo. Ahí es donde está oculta la fe. He aquí, mirad donde está oculta la fe.

Por el contrario, un humanismo filosófico, un altruismo, o uno de todos esos conceptos y palabras que decimos, y de derechos humanos de los hombres y no sé qué más, nunca son justificados cuando Cristo está ausente. Alguien que corre de un lado a otro día y noche, recaudando dinero para aquellos y aquellos otros, etc., si no lo hace en el nombre de Cristo, es en vano. Porque su praxis, acción no tiene el sello de la fe.

Y es bien sabido que el Apóstol Pablo dice: «Todo lo que no proviene de la fe es pecado». No solo cae en el vacío y no será tenido en cuenta en el día del juicio, sino que es también pecado. Porque lo que Dios quiere que ofrezcas en el nombre de Cristo no lo haces, y eso es pecado. ¿Ven? Cualquier cosa, cualquier praxis, acción, si no se hace en el nombre de la fe, es pecado. Y aún más, el Apóstol dice en la Carta a los Hebreos: «Ahora bien, sin la fe es imposible para el hombre agradar a Dios; porque aquel que se acerca a Dios debe creer que existe y que recompensará a aquellos que lo buscan y cumplen su voluntad» (Heb 11:6), es decir, los que tratan de aprender y vivir algo profundo y más profundo de Dios, para divinizarse constantemente. «Él se convierte en su recompensador». A ellos les dirá: «Venid, benditos de mi Padre», etc.

Por lo tanto, la agapi-amor que proviene de sentimientos filantrópicos o de una disposición filosófica –cuidado, no perdamos nuestra recompensa– cae en el vacío. No tiene valor. No resiste en la eternidad. Es como lo que dicen…: «Haz una buena acción cada día». Lo dicen los scouts y no sé quién más. ¿En nombre de quién? «En nombre de mí mismo», te responderán. «Para sentirme mejor. Para sentirme internamente como un buen ser humano». No tiene valor. Claramente no tiene valor.

Pero también parece faltar la ética o moralidad en general en el Criterio que se establece, del contenido del Juicio-Krisis que se instaura en los ésjatos-últimos tiempos, en aquel Gran Día. No falta. Porque aquel que ama no robará, no matará, no cometerá injusticia, no fornicará ni se prostituirá, no adulterará. Tomo los mandamientos: «No robarás, no darás falso testimonio, no cometerás adulterio». Porque si amas, ¿harás estas cosas? Evidentemente no. Por lo tanto, no es necesario que el Señor los mencione. Están contenidos dentro del contenido del Juicio-Krisis Final. ¿Y todo esto por qué? Porque la agapi-amor incondicional es el cumplimiento, la plenitud de la Ley. Por eso, los dos mandamientos de la agapi-amor incondicional a Dios y del amor al prójimo contienen todo. Dije: el amor a Dios y el amor al prójimo. Sí. Porque el segundo, el amor al prójimo, tiene como criterio el primero, el amor a Dios. Sencillamente, el primer amor, si no tienes amor al prójimo, queda estéril; pero también el segundo amor, la agapi-amor al prójimo, si no parte de Dios, de la agapi-amor a Dios, proviene del Humanismo. Y el Humanismo, el simple Humanismo, no salva.

¿Por qué el Señor, queridos míos, llamó «hermanos» a aquellos que fueron beneficiados, a aquellos a quienes damos algo? Porque Él mismo tiene a Dios como Padre por naturaleza, y nosotros tenemos a Dios como Padre por jaris-gracia. Según lo humano, en Jesús Cristo. Pero también según lo divino, Él es el Hijo de Dios, y es consustancial con el Padre. ¡Heredero Él! Porque los hijos heredan al Padre. ¡Heredero Él! Según lo humano, también nosotros somos herederos. ¿Lo quieren? Como dice el apóstol Pablo: «También nosotros somos coherederos con Él». Porque además es nuestro hermano, ya que tomó la naturaleza humana. Porque «Él primero resucitó y se convirtió en primogénito de entre los muertos, entre muchos hermanos».

Pero, ¿por qué llamó ««ἐλαχίστους elájistos mínimos, pequeños» a estos hermanos? «Mínimo elájisto» significa «insignificante». Son las personas desconocidas del mundo. Son los despreciados. Son los marginados. No porque sean pecadores y se vuelvan marginados, sino porque… son personas honorables, son buenas personas, pero las personas de alto rango no les prestan atención. Son aquellos que carecen de la apariencia mundana, de la vana-gloria, de la riqueza, de la fama, de los títulos, diplomas y de los cargos. Estos, por ser despreciados, se llaman «mínimos ἐλαχίστους elájistos». No son «mínimos». Todos los seres humanos son iguales. Porque todos llevamos la imagen de Dios. Y todos somos seres humanos. No hay diferencia. Son los hombres quienes establecen rangos y diferencias. Pero el Señor, según los criterios humanos, sitúa y dice: «Mis hermanos los más ἐλαχίστους elájistos pequeños o insignificantes».

Tampoco debemos olvidar que todo lo que hacemos al prójimo, sea bueno o malo, lo hacemos a Dios. Porque Cristo es nuestra icona-imagen original. Presten atención: el Dios. Por ejemplo, ¿insultas a tu prójimo? «Si venero la icona-imagen de la Virgen María, de Cristo», dice la doctrina, «el honor pasa al original». Adoro la madera con las pinturas y los colores. No. Tiene la forma del rostro de Cristo. Exactamente. El honor se transfiere al original. Pero la icona-imagen viva es el creyente. Por eso también incensamos a los creyentes. Son iconas-imágenes de Dios. Incensamos las iconas-imágenes y luego las imágenes vivas, que son los fieles. Al obispo, al sacerdote. El diácono y el sacerdote salen a incensar al obispo y a todos los fieles. ¿Qué significa esto? Inciensan la icona-imagen de Cristo. Y el honor se transfiere al original. De la misma manera, si, por ejemplo, bajas la imagen o fotografía del presidente de la República y la pisoteas, su persona no sufre nada. Está donde está el hombre. Pero se considera una ofensa. Y tiene consecuencias. Lo mismo ocurre aquí: si insultas a tu prójimo, es una ofensa contra Dios. Y tiene consecuencias. Si cuidas de tu prójimo, eso también tiene repercusiones. Ese honor llega hasta Dios.

Y algo más: si la otra persona está bautizada, no solo me une la icona-imagen de Dios, sino también nuestra unión ontológica (existencial), como miembros de Cristo que somos todos. Algo mucho más profundo que la mera icona-imagen.

Así, Dios, a lo largo de toda la Sagrada Escritura, queridos, se encuentra detrás de cada ser humano. Dice la Escritura que «el que da limosna al pobre —esto está en el Antiguo Testamento—, presta a Dios». ¿Pero cómo? Porque detrás del pobre está Dios. «Aquel que se divorcia o cae en adulterio, ofende el gran misterio de la unión de Cristo con la Iglesia». O: «Aquel que peca con pecados carnales, lujuria, fornicación, adulterio, etc., ofende el cuerpo de Cristo. También ofende el templo del Espíritu Santo. Porque nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo». Es decir, con Dios tenemos una relación y dimensión ontológica. Ontológica (existencial). No moral. Ontológica. No solo conforme a su semejanza. Ontológica. Real. Y esto también se manifiesta en nuestra crucifixión con Cristo, que nos concederá también nuestra resurrección con Él.

Queridos, el Juicio-Krisis es un hecho. Además, todos los días somos juzgados. Y aquel que deja este mundo es juzgado. Con una distinción. Lo dijo el Señor: «El piadoso, el que tiene fe -dice- no viene a juicio, no es juzgado, sino que ha pasado de la muerte a la vida». El piadoso, el que tiene fe. Y el Señor añade después del Juicio: «Y estos irán al infierno eterno, mientras que los justos a la vida eterna». Debemos comprender, queridos, y darnos cuenta de este «eterno». Es…, es, es sobrecogedor. Si intentamos entenderlo, si intentamos captar lo que significa que algo no tenga fin, nos sentiremos abrumados por un vértigo. Como cuando no podemos comprender la noción de la nada. Y la noción del infinito. De la misma manera, no podemos comprender la noción de lo eterno. Se nos apocalipta-revela. Y lo creemos. Pero no podemos captarlo del todo. No podemos. Y, sin embargo, es una realidad.

Así que, queridos, comencemos a vivir como el Señor quiere. Porque el Señor «viene a juzgar a vivos y muertos». Y sigue la eternidad: ya sea en el reinado de la Realeza increada de Dios o en el infierno. El Señor quiere que Le pertenezcamos. Depende de nosotros qué haremos.

PARA LA GLORIA DE LA SANTA TRINIDAD
Y con inmensa gratitud a nuestro guía espiritual, el venerable padre Atanasios Mitilinaios.
Digitalización y edición del texto: Eleni Linardaki, filóloga.

FUENTES: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai _kyriakvn/omiliai_kyriakvn_665.mp3

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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