Juicio Final de las Naciones

Juicio Final de las Naciones

Domingo de ayuno de carne

 

El gran juicio-krisis final, 25:31-46.

31 Y cuando el Hijo del hombre venga en su doxa-gloria luz increada, y todos los ángeles con Él entonces se sentará en su trono de doxa-gloria luz increada,

32 y serán reunidas delante de Él todas las naciones, desde la creación de Adán hasta el fin del mundo, y los apartará unos de otros como el pastor separa las ovejas de las cabras:

33 Colocará las ovejas a su derecha, y las cabras a la izquierda.

34 Entonces dirá el Rey a los de su derecha: ¡Venid vosotros los benditos de mi Padre, heredad el reinado de la realeza increada de los cielos preparado para vosotros desde el momento que se estaba fundamentado, cimentado el mundo!

35 Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me acogisteis en vuestra casa,

36 estaba desnudo, y me vestisteis; estuve enfermo y me visitasteis; estaba en prisión y vinisteis a mí.

37 Entonces los justos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te sustentamos, o sediento y te dimos de beber agua?

38 ¿Cuándo te vimos forastero y te acogimos, o desnudo y te vestimos?

39 O, ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a visitarte?

40 Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto, en verdad os digo, en cuanto lo hicisteis a uno de éstos, mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis. (El Cristo, el Rey, que es el Hijo de Dios y también Hijo del hombre, a los pacientes, a los pobres y a los desnudos, a estos que los vanidosos y orgullosos menosprecian, los considera como hermanos suyos, hijos del Padre celestial y los asiste con toda Su agapi. Por eso cada ayuda que se ofrece a ellos la considera como ofrecida a él mismo).

41 Entonces dirá también a los de la izquierda: ¡Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles!

42 Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber,

43 fui forastero y no me acogisteis en vuestra casa, estaba desnudo y no me vestisteis, enfermo y en prisión, y no me visitasteis.

44 Ellos entonces también responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, o forastero, o desnudo, o enfermo, o en prisión, y no te servimos?

45 Entonces les responderá, diciendo: De cierto, de verdad os digo que en cuanto no los hicisteis estos bienes a uno de estos que el mundo los considera muy pequeños e insignificantes, tampoco me lo hicisteis a mí.

46 E irán éstos al infierno eterno junto con el diablo, y los justos a la vida eterna junto con Dios. (Así el juicio justo se habrá hecho y será dada la justicia y la apocatástasis-restablecimiento firme se realizará).

«E irán éstos al castigo, infierno eterno, y los justos a la vida eterna».

(Por el Padre Georgios Dorbarakis)

 

α. El Evangelio del Juicio, que se escucha en nuestra Iglesia este Domingo del carnaval, es una respuesta a nuestro impulso por saber sobre el mañana, el futuro: el Dios no nos ha dejado en la incertidumbre sin testimonio sobre el porvenir, el futuro; nos ha abierto los ojos, pero no a lo que consiste en una simple curiosidad sobre nuestro camino en este mundo, sino a lo que es íntegro, esencial y trascendental; es decir, lo que es sanador, salvífico y eterno. El Señor volverá, proclama la Iglesia basándose en Sus propias palabras. Y esta vez volverá gloriosamente para «juzgar a vivos y muertos», en una hora que nadie conoce. Vendrá «como ladrón en la noche» (1 Tes. 5, 2), «en un día que el hombre no espera» (Mt. 24, 50). Y todos los seres humanos de todas las épocas comparecerán ante Él para la evaluación final. Aquellos que hayan cumplido Su voluntad, es decir, que hayan amado a su prójimo, serán contados entre los bendecidos y benditos de Su Padre.

Aquellos que se encuentren sin metania, discapacitados de las alas de la fe y la agapi- amor, se encontrarán en los maldecidos. Y el resultado final: “E irán éstos (los que no tienen agapi) al castigo eterno, y los justos a la vida eterna” (Mt 25,46).

β. 1. El énfasis en el carácter eterno de ambas condiciones es lo primero que uno se fija. El Señor no ha dejado ninguna duda sobre Su Juicio definitivo e irrevocable. La eternidad, con su trayectoria interminable, es la perspectiva que se abre tras Su segunda venida. “Y su realeza (increada) no tiene fin”, tal como lo confesamos continuamente también en el Símbolo de Fe. Ya no habrá suspensión ni revocación. Y esta eternidad condena, en primer lugar, la herejía de los Testigos de Jehová, quienes, entre otros errores, afirman que la Segunda Venida del Señor marcará el comienzo de un reino milenario, para después seguir algo diferente. Por otro lado, el carácter eterno del juicio de Dios también refuta a quienes en el pasado o incluso en tiempos recientes han creído erróneamente que, en última instancia, todos serán restaurados en el abrazo de la agapi-amor de Dios.

La “apocatástasis, restablecimiento de todos y de todas las cosas”, que incluso mencionó el gran pero condenado por la Iglesia por sus errores teológicos, Orígenes, representa un desafío y una tentación para la Iglesia. Sin embargo, esta ha rechazado el error porque supone una teología equivocada sobre la imagen de Dios que Cristo mismo nos apocaliptó-reveló. No es el Dios el problema para restaurar a todos.  Esta apocatástasis es la voluntad constante de Dios para todos, incluso para los demonios. Porque “el Dios quiere que todos los hombres se sanen y se salven y lleguen al conocimiento” (1Tim 2:4). El problema somos nosotros mismos, que rechazamos la agapi (amor, emoción de la energía increada) de Dios y Sus invitaciones y oportunidades para nuestra μετάνοια (metania: introspección, conversión, arrepentimiento y confesión). La “apocatástasis de todos” también distorsiona sobre la imagen del hombre de la Iglesia, presentándolo con la libertad truncada y mutilada.

  1. La eternidad que se abrirá después de la Segunda Παρουσία (Parusía: Presencia, Venida)- más allá por supuesto de la eternidad como estado presente en este mundo para el cristiano dentro de la Iglesia: “Y esta es la vida eterna, para que te conozcan a ti y al que has enviado Jesús Cristo” (Juan 17), -no traerá algo distinto de lo que vive el hombre inmediatamente después de su muerte. Es decir, en el estado en el que dejamos esta vida, ya sea por metania o impenitencia sin metania, en ese mismo estado nos encontrará también la Segunda Παρουσία (Parusía: Presencia, Venida). Y eso quiere decir: que el final definitivo e irrevocable para cada uno de nosotros, en términos de eternidad, en realidad ocurre en el momento de nuestra muerte.

La única diferencia entre el juicio parcial que sufre el hombre cuando muere y el juicio general que será sometido durante el Día del Juicio Final, será el grado de tensión o intensidad: en el juicio parcial se juzga sólo su psique-alma; en el juicio general será juzgado junto con su cuerpo que lo resucitará el Cristo. Desde esta perspectiva, la preocupación y la inquietud, la angustia la agonía de algunos por cuándo ocurrirá la Segunda Parusía Presencia no tienen sentido: el momento de nuestra muerte, en realidad, es también el momento de nuestro juicio definitivo, puesto que después de la muerte no hay perspectiva de metania. “En el Hades no hay metania”, según la conocida y clásica expresión.

  1. Sin embargo, al hablar sobre el carácter eterno tanto del Infierno como de la Vida, según el discernimiento del Señor, debemos tener una imagen correcta de estas situaciones y realidades. Es decir, debemos verlas bajo las condiciones del Evangelio y de la Tradición Apostólica y Patrística, pues lamentablemente hay mucha y grave distorsión y desviación sobre estos temas. Algunos niegan la existencia del Paraíso y el Infierno, otros los consideran solo como estados de este mundo, y otros los entienden con imágenes medievales: como lugares donde los hombres se cuecen y se asan (infierno) o se alivian y descansan en jardines de flores y tumbonas de reposo (paraíso).

Nuestra Iglesia enseña, por lo tanto, que lo que llamamos infierno y paraíso no existen por parte de Dios. Porque “el Dios es αγάπη (agapi: amor, emoción de la energía increada)” (1Jn 4,16), y por lo tanto, lo único que puede hacer es amar. En consecuencia, todos los hombres de todos los colores y de todas las situaciones, sean creyentes, sean incrédulos, como hijos de Dios, reciben la misma αγάπη agapi de Él. El Dios no hace distinciones, ni discrimina. Distinciones hacemos nosotros hombres con pazos. Si un padre llega a amar a todos sus hijos por igual, ya estén dentro o fuera del hogar, cuánto más el Padre celestial, que está completamente libre de cualquier pasión y maldad.

Si bien el infierno y el paraíso no existen por parte de Dios, existen por parte de los seres humanos. Nosotros, lamentablemente, experimentamos la única, increada e indisoluble agapi´-amor de Dios de manera diferente: ya sea positivamente o negativamente. Porque nuestras propias disposiciones de vida transforman y alteran la divina agapi. Así que el creyente arrepentido (con metania), que en esta vida ha luchado a liberarse del egoísmo y el pecado -todo aquello que anula y mata la agapi- recibe la energía increada de la agapi de Dios y la vive como luz increada y bendición. Pero el impenitente (sin metania), que ha congelado, consolidado en su interior el egoísmo y ha convertido su corazón duro como piedra, éste la misma agapi increada de Dios la recibe ya de manera negativa: como fuego que lo quema, lo consume y lo atormenta. Como el sol, cuyos mismos rayos descomponen un cadáver, pero dan vida y vigor a un organismo vivo.

Por lo tanto, si terminamos en el infierno o en el paraíso, como solemos decir, somos los únicos responsables, no Dios. El Dios nos ama. Nosotros no podemos saborear Su agapi increada, porque a medida que se nos ha dado el tiempo de trabajo y metania en esta vida, nosotros nos hemos encargado de paralizar nuestros sentidos. Por eso, no debería sorprendernos lo que algunos Padres de la Iglesia han dicho sobre este tema: incluso si Dios nos obligara a entrar en el Paraíso por la fuerza, en ese caso hipotético, nosotros experimentaríamos el Paraíso como un infierno. Porque la persona egoísta seguirá siendo egoísta incluso en el Paraíso, y por lo tanto, estará infernada (condenada).

  1. Lo que determinará nuestra pertenencia a una u otra condición, por supuesto, es bien sabido y lo mencionamos brevemente antes: es el esfuerzo que hemos hecho por preservar la agapi en esta vida, tanto hacia Dios como hacia nuestro prójimo. Y especialmente hacia nuestro prójimo, porque es esta agapi-amor la que determina la calidad de nuestra agapi hacia Dios. Nos dice san Juan el Evangelista: “Si no amamos a nuestro prójimo que lo estamos viendo, ¿cómo vamos a amar a Dios que no vemos? (1Jn 4:20)”. Nuestra agapi, pues, hacia nuestro prójimo constituye también el ésjato (último) criterio definitivo sobre el cual seremos juzgados.

Y realmente, la parábola del Juicio Final enfatiza esto: “En verdad les digo, puesto que habéis hecho el bien a uno de estos insignificantes y despreciados hermanos míos, a mí lo habéis hecho”. Y “en verdad les digo, puesto que no habéis hecho nada para estos insignificantes y despreciados hermanos míos, tampoco lo habéis hecho para mí”. Los logos del Señor son impactantes. El otro, el prójimo, el semejante, cualquiera que este sea, no es simplemente el otro. Mucho menos es un extraño o un enemigo, a quien podríamos llegar a considerar como nuestro infierno –una consideración y percepción que consiste en sí misma la negación de Dios, el ateísmo. Porque, en realidad, sin Dios en mi vida, el prójimo es solo una amenaza y una molestia para mí. Sin embargo, según el Señor, el otro es el hermano del Señor, y aún más: es el mismo Señor.

  1. No son imágenes simbólicas estas cosas que dice el Cristo. Son versiones definitivas que revelan esta realidad. El Cristo quita nuestra ceguera y nos da los ojos para ver la realidad oculta, su profundidad última, su fondo ésjato (último, extremo). Y nos dice: No me busquéis aquí o allá. Mírenme en los rostros de vuestros semejantes. Incluso en vosotros mismos. Cada uno de nosotros es en una presencia escondida u oculta de Cristo. Somos un desafío para el diálogo con Cristo y una experiencia anticipada de Su Segunda Parusía Presencia, Venida antes de que esta ocurra. Así que, el infierno y el paraíso no pertenecen unas situaciones o estados del futuro lejano y extremo. Están muy cerca de nosotros, literalmente delante de nuestros ojos, mientras estemos frente a nosotros mismos y frente a cada uno de nuestros semejantes.

El infierno y el paraíso los ganamos en cada momento de nuestra vida. Y esto que vivimos ahora, lo mismo con mayor intensidad lo viviremos también después de nuestra muerte, y con la máxima intensidad posible después de la Segunda Venida de Cristo. ¡Cuán familiares y cercanas suenan entonces en los oídos del cristiano las palabras de sus Padres: «Nuestra vida y nuestra muerte dependen de nuestro prójimo. Porque si ganamos a nuestro hermano, hemos ganado a Cristo. ¡Y si lo despreciamos, hemos perdido a Cristo»!

c.La parábola del juicio se escucha una vez al año en nuestra Iglesia, el Domingo que empieza el Ayuno de Carne y esto es un paso a la entrada del Cuaresma. Huelga decir que, debido a su importancia, deberíamos tenerla como lectura y meditación permanente en nuestra vida. Porque centra nuestra atención en lo más esencial que tenemos que hacer en esta vida, de lo que depende nuestro futuro destino eterno: Porque nuestra atención se centra en lo más esencial que tenemos que hacer en esta vida, de lo cual depende también nuestro futuro eterno: amar a todos y a todo. Por la gracia y agapi-amor a Cristo y por nuestro propio bien.

παπα Γιώργης Δορμπαράκης  Sacerdote Georgios Dorbarakis

Traducido por: χΧ jJ

http://logosortodoxo.wordpress.com/

 

 

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