DOMINGO ANTES DEL NACIMIENTO DE CRISTO [: Mateo 1,21]: «LOS PROFETAS SOBRE CRISTO» Atanasio Mitilineos

DOMINGO ANTES DEL NACIMIENTO DE CRISTO [: Mateo 1,21]: «LOS PROFETAS SOBRE CRISTO» Atanasio Mitilineos

“Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús es decir, Dios-Salvador, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados”.

 

[Transcripción de la homilía del venerable padre Atanasio Mitilineos pronunciada en el Monasterio de Komninio en Larisa el 22-12-1984] con el tema:
«LOS PROFETAS SOBRE CRISTO»

 

En pocos días, queridos míos, celebraremos el acontecimiento histórico más grande. Es aquel que se convirtió en el centro de la Historia y que hasta ahora surca e influye la Historia. Es la entrada del Hijo de Dios en esta Historia. Y no es otra cosa que lo que llamamos: el Nacimiento de Jesús Cristo.

Con mucha claridad, el evangelista Juan nos presenta precisamente este acontecimiento: «El Logos se hizo cuerpo-carne y habitó entre nosotros». Desde entonces, el Hijo de Dios, al manifestarse en la Historia humana, conmueve los corazones humanos y plantea una profunda pregunta, como ninguna otra, en cada psique-alma de cada época: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?» «¿Qué dicen las personas sobre mí? ¿Quién soy yo?»

En efecto, Jesús Cristo es la persona más misteriosa de la Historia. Su rostro es tan misterioso, pero también tan grande, formidable y tremendo, que la felicidad o la desgracia de las personas y de las naciones depende de la actitud que adopten hacia Él. Si adopto una posición A o B respecto a Platón o Aristóteles, si tomo una posición A o B frente a filósofos contemporáneos o sociólogos, no tiene mucha importancia. Todo es cuestión de modas y pasa. Sin embargo, si adopto una postura positiva o negativa respecto al rostro, persona de Jesús Cristo, las consecuencias serán positivas o negativas. Esto es lo asombroso. Así, la pregunta del Señor: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?» no solo es actual, sino que es aterradoramente relevante en cada momento. Lo verán de manera muy simple: cómo las personas o lo aman o se vuelven contra Él. Hoy, mañana, hasta que el mundo termine.

Si Jesús Cristo no es importante, no es la persona central de la Historia, entonces, ¿por qué se habla de Él y se discute si es o no Dios? ¿Por qué la gente se opone a Jesús Cristo si, supuestamente, no es -reitero- la persona o figura central? Por lo tanto, es una persona central. Hoy, ¿qué lucha antirreligiosa existe? Sin duda no contra el Budismo, ni contra el Islam. Sino contra el Cristianismo. ¿Por qué? ¿Por qué será? Incluso el Islam, ¿en su nombre? ¡Oh, chauvinismo y nacionalismo surgen tan altos que Occidente se siente amenazada! Pero, ¿por qué el mundo se vuelve contra Cristo? ¿Qué sucede? ¿Qué es esta figura o persona? ¿Quién es Jesús Cristo?

Es lo que dijo el Apóstol Pedro ante la pregunta del Señor: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?» Y, en nombre de los demás discípulos, dijo: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente». «Tú eres el Cristo -es decir, el Mesías esperado-, quien tiene la dimensión humana. Pero al mismo tiempo, también eres el Hijo de Dios. Es decir, el Dios eterno, el verdadero Dios, el Dios viviente, el Dios real. El que existe por siempre. Tú que siempre existes. Tú que dijiste: “Antes que Abraham existiera, yoSoy”. No “era”, sino: “soy”. YoSoY. Soy siempre. El que siempre existe, el que siempre está presente. Ese eres tú».

Esto, queridos míos, constituye la «piedra angular», el criterio del Cristianismo. No puedes decir que eres Cristiano, hermano mío, si no crees en la persona teantrópina divino-humana de Jesús Cristo. Es tan fundamental. Repito, la persona teantrópina divino-humana de Cristo es el criterio del Cristianismo y de cada Cristiano. A partir de ahí se demostrará exactamente qué cree cada uno.

Pero junto a los milagros del Señor, Su sabia enseñanza y Su santidad, se alza como una fe inquebrantable, el logos profético, la profecía. Porque, ¿cómo puedo saber quién es Jesús Cristo? ¿Su enseñanza? Sabia. ¿Sus milagros? Asombrosos. ¿Su vida? Santa. ¿Quién puede mostrar lo que muestra el Señor? Él mismo dijo: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?» «¿Qué dicen las personas sobre mí? ¿Quién soy?». También dijo: «¿Quién me acusa de pecado?». «¿Quién puede señalar en mí el más mínimo defecto? ¿Qué dicen de mí?».

Queridos, a pesar de que todo ello, en conjunto, puede probar su naturaleza divina y humana, lo que realmente permanece inquebrantable, repito, es el logos profético. Es la profecía. Es decir, es el rostro o persona que fue profetizado: Jesús Cristo. Consideremos que todo el Antiguo Testamento, ya sea como profecía en el sentido tradicional, es decir, como predicción, o como tipología –como lo podríamos denominar– a través del pueblo de Israel y de sus eventos históricos, en cada etapa histórica constituye un tipo del Mesías. Israel es el primogénito que sale de Egipto hacia la tierra prometida. Es el hijo primogénito, y por tanto un tipo del Hijo primogénito de Dios. Todo esto converge en una sola figura. Si alguien tiene algún conocimiento del Antiguo Testamento y ciertas bases para estudiarlo, verá con claridad que todas las profecías hablan de una persona. Todas convergen en un solo centro. Y esa figura o persona es Jesús Cristo.

Por eso dice el apóstol Pedro: «Tenemos aún más seguro el logos profético» –escribe en su segunda epístola–, «a la cual hacéis bien en estar atentos como a una lámpara que alumbra en un lugar oscuro, hasta que despunte el día y el lucero de la mañana brille en vuestros corazones». Realmente, cuando los judíos escuchaban la predicación sobre Cristo –porque el logos profético pertenece a ellos–, abrían las Escrituras para ver qué decían sobre esta persona. Pedro les dice: «hacéis bien en estar atentos como a una lámpara que alumbra en un lugar oscuro, hasta que despunte el día y el lucero de la mañana brille en vuestros corazones y entendáis Quién es Jesús Cristo».

El apóstol Pablo también usaba el logos profético en las sinagogas para demostrar quién era Jesús Cristo. Particularmente, cuando hablaba ante audiencias judías, en las sinagogas, y no ante los gentiles o los griegos.

Así vemos cómo el logos profético da su testimonio sobre la figura o persona de Jesús Cristo. En concreto, un testimonio que incluye detalles asombrosos. Por eso, queridos míos, dediquemos unos minutos a revisar, de manera general, cómo los profetas hablaron sobre Jesús Cristo.

Es conocido que, cuando los primeros en ser creados pecaron, Dios los juzga y los expulsa del Paraíso. Dios celebró un juicio en el Paraíso para condenar a tres culpables: Adán, Eva y el diablo. En un momento dado, Adán, siendo la primera y principal persona, es apartado temporalmente. Eva no es el personaje central; Adán lo es.

Entonces Dios se dirige al diablo y a Eva y les dice: «Pondré enemistad, estableceré enemistad, entre ti, el diablo, y la mujer. Entre vosotros dos y entre tu esperma (semilla, descendencia)». ¿Y cuál es el esperma (semilla, descendencia) del diablo? Los hombres malvados. Porque el diablo no tiene cuerpo; por tanto, su esperma (semilla, descendencia) es en sentido espiritual y ética: son los hombres malos- “y entre el esperma de ella”

Pero la mujer es un ser humano. Es un ser humano y, por lo tanto, tiene descendencia. Descendencia física, descendencia ontológica. No descendencia moral, ni espiritual. Pero la mujer no tiene » esperma, simiente», el varón es quien tiene esperma-simiente. Entonces, ¿por qué vemos que se habla de esta manera? Escuchamos previamente en el pasaje evangélico: «Abraham engendró a Isaac, e Isaac engendró a Jacob», y así sucesivamente.

Entonces, Abraham engendra. No es Sara quien engendra. ¿Por qué, entonces, aquí se dice «entre el esperma o simiente de ella» y no «entre esperma, simiente de él», es decir de Adán? Adán es dejado de lado, lo repito. Esto para indicar, aunque de forma claramente implícita, que nacerá alguien sin el esperma o simiente de un hombre. Y el que nacerá, será de una virgen. Porque en el momento en que se habla de Eva, Eva en ese instante es virgen. El matrimonio aún no se ha consumado en el Paraíso. El matrimonio se consumará más adelante, fuera del Paraíso.

Y cuál es, podríamos decir, la conexión entre tus descendientes espirituales, ¿diablo, y Aquel que nacerá de esta mujer, Eva? He aquí cuál será la relación: «Él te aplastará la cabeza y tú le herirás el talón». El talón es solo una pequeña parte del cuerpo, lo que significa que el daño no será grave. «Lo subirás a la Cruz, pero Él resucitará. Y con Su Cruz y Su Resurrección, aplastará tu cabeza».

Esto se ha llamado el «Proto (primer)-evangelio». En aquel atardecer sombrío, llega un rayo de esperanza: Vendrá Aquel que salvará a Adán y Eva y a sus descendientes. Es maravilloso, asombroso… Es la primera profecía, queridos míos, que aparece en la Sagrada Escritura. Pero desde entonces, esta profecía quedará como un anhelo, como una expectativa y esperanza entre los pueblos. Y todos los pueblos lo esperarán. Porque todos descendemos de Adán y Eva. Y este Proto-evangelio se transmitió entre los pueblos, aunque se haya revestido de muchos adornos míticos. Sin embargo, el núcleo es verdadero: «Esperamos a alguien». Y, como dirá Jacob más tarde al bendecir a su hijo Judá: «Y Aquel que vendrá de ti, Judá, de tu descendencia, será la esperanza de las naciones». Este es la esperanza de las naciones. He aquí una segunda profecía. (Génesis 49:10).

Pero también se profetiza, queridos míos, el lugar donde nacerá el Mesías. Dice Miqueas y repite Mateo: «Y tú, Belén…» -se dirige a Belén- «¡Oh, Belén! Allí donde nació David, que pertenece a la región de Judá y de donde Jesús Cristo, el Mesías, tiene descendencia de David. Queridos míos, por eso hoy se escuchó este árbol genealógico en la lectura evangélica. Para mostrar cuál es Su linaje humano, el de Jesús Cristo. Es decir, un linaje real. Que desciende de David. Pero David es descendiente de Abraham. Mejor aún, es descendiente de Judá, quien es descendiente de Abraham. ¡Es algo maravilloso, maravilloso!

«Y tú, Belén, que eres de la región del territorio de Judá, de la provincia de Judá, no eres en absoluto la menor entre las ciudades y capitales de la provincia de Judá; porque de ti saldrá un líder que pastoreará a mi pueblo, Israel». Y esto lo profetiza Miqueas. Pero Miqueas es posterior a David, el gran rey que pastoreó al pueblo. Lo pastoreó, sin embargo, como rey. No lo pastoreó como gran sumo sacerdote y rey. Y este es Jesús Cristo, el rey eterno.

Pero también se profetiza el modo, queridos míos. Dice el profeta Isaías aquel pasaje maravilloso, en el capítulo 7, versículo 14: «He aquí que la virgen concebirá». «He aquí» -este «he aquí» que llama la atención del lector- «Miren, miren a la virgen –es un desafío– miren, la virgen concebirá y dará a luz un hijo». ¿Y su nombre? Emanuel. Es decir, «Dios con nosotros». El nombre Emanuel es un nombre descriptivo; que muestra una cualidad; que revela Quién será esta persona, qué hará esta persona. ¿Y su nombre? Es decir, ¿Quién será? Porque así solían hacer los hebreos, el nombre reflejaba la persona. ¿Y su nombre? «Dios con nosotros». Es decir, será el Dios. Pero, ¿el Dios no está ya con nosotros? ¿Por qué enfatiza que el Dios estará con nosotros? ¿No estaba siempre Dios con Israel? Sí, pero al mismo tiempo estaba lejos. Es el Dios cercano y al mismo tiempo inaccesible, inefable. Ahora, ¿por qué Emanuel? ¿Por qué «Dios con nosotros»? Esto indica que estará muy cerca de nosotros, cerquísima de nosotros. ¿Cuán cerca? Tanto como pueden estar dos personas entre sí. Es decir, se hará hombre.

Pero también se profetiza el tiempo, queridos míos; que son las famosas setenta semanas de Daniel. Si leen al profeta Daniel, verán que menciona un punto histórico que ocurrirá en el futuro, es decir, desde el decreto del rey persa para la reconstrucción del templo, desde allí se cuenta el tiempo hasta el momento de la Crucifixión. Y, de hecho, la última semana se divide a la mitad -que es una semana de siete años- se divide a la mitad, 3 años y medio, lo que crea cierta complejidad en la profecía, para evitar cualquier sospecha de que podría haber sido predicho por previsión humana.

Pero incluso Sus pazos (padecimientos) son profetizados. Dice Isaías en el capítulo 53, todo el capítulo: «Y lo vimos (lo ve Isaías en la Cruz, 800 años antes de Cristo…), y no tenía aspecto ni belleza (había perdido Su apariencia humana; es decir, fue maltratado)». Su forma era deshonrada y desfigurada (como una persona maltratada y asesinada, que pierde su rostro, por así decirlo, no solo su belleza. Se refiere a Su apariencia humana, Su rostro exterior). «Este es quien lleva nuestras iniquidades o pecados –¿Quién es este cuya forma era deshonrada y desfigurada?- Es Aquel que lleva nuestras iniquidades o pecados y sufre por nosotros. Como un cordero llevado al matadero, y como un cordero ante su trasquilador, no abre Su boca, ni protesta contra aquellos que Le maltratan».

Pero, la profecía de Daniel, o mejor dicho, el sueño de Nabucodonosor que Daniel interpreta, también es majestuosa, queridos míos. Y es curioso cómo Dios lo economiza y dispone todo. Dios pone ese sueño en Nabucodonosor. Es decir, en alguien que… ¿quieren saber quién era? Es aquel que destruyó por completo a los hebreos.

Nabucodonosor. Tomó los utensilios del templo, fue profanador del templo. Y Dios, queridos míos, le da un sueño que interpreta Daniel, y es asombroso. ¿Por qué le dio un sueño así a un enemigo del pueblo de Dios? Para crear la imparcialidad de la profecía. ¡La imparcialidad! Para que nadie diga que las cosas se prepararon deliberadamente. Pero, lo más importante es que las profecías, hasta el día de hoy, están bajo la custodia de los hebreos incrédulos. Ellos son los guardianes de la autenticidad de las profecías. Los hebreos incrédulos. Exactamente como el hombre incrédulo Nabucodonosor, habla de ello.

¿Qué dice? Dice: «Vi», dice, «una montaña no excavada. No se había convertido en una cantera, no había nada que estuviera excavado; no excavada». «Y de allí sale», dice, «una piedra, se desprende, sin mano humana, y va y cae sobre una estatua, que es cuadrangular en la composición de su material y la pulveriza». Son las cuatro grandes dinastías: la Babilónica, la Persa, la Griega o Macedónica, de Alejandro Magno, y la Romana. «Y en ese lugar», dice, «esa piedra que se desprendió de la montaña no excavada, se convirtió en una gran montaña y cubrió la tierra». Y dice Daniel: «Rey mío, Él es el Mesías. Él es Aquel que vendrá de una Virgen». «Montaña no excavada». Por eso la Madre de Dios se llama «montaña no excavada». Porque es Virgen. De ella se desprendió sin mano de hombre, es decir, sin intervención de hombre. «Y su reinado», dice Daniel, «no tendrá fin». «No tiene fin su reinado, que se establecerá sobre las ruinas de los reinos y dinastías humanas». Es asombroso. Queridos, es asombroso. Está en el segundo capítulo, si tienen el Antiguo Testamento –deben tenerlo– léanlo en su casa.

Queridos míos, diría también que nuestro Señor no es simplemente un gran reformador o un líder o filósofo. Él es el Hijo de Dios. Él es el Hijo Encarnado. Él es el Salvador del mundo. Todo da testimonio de Él. Pero sobre todo la prueba profética. Es decir, la profecía. Por eso estudiemos la Santa Escritura, como nos aconseja el Apóstol Pedro. Allí veremos a Cristo. Los dos discípulos de Él también estudiaban las Escrituras –todos Sus discípulos, pero al menos esto se ha registrado– Felipe y Natanael. Y cuando Felipe encontró a Cristo… ¿de qué características? Por las características del estudio que hizo en la Santa Escritura. Por las características de los profetas sobre la persona del Mesías. Encuentra a Natanael y le dice: «Hemos encontrado al Mesías». «¿Al Mesías?». «Al de Nazaret», dice. «¿De Nazaret? No», le dice. «Nosotros leímos que el Mesías no viene de Nazaret». Nosotros leímos. Nosotros sabemos.

De hecho, Jesús no provenía de Nazaret. Provenía de Belén. Conocen el incidente, por qué José se fue de Belén. Fue a Egipto. Y cuando regresó, y en lugar de Herodes, gobernaba Arquelao, temiendo, porque él también era un hombre cruel, que tuviera algún inconveniente, se refugió en el Reino del Norte, en Nazaret, y como allí pasó su niñez y los años posteriores, se le llamó Nazareno; aunque no era Nazareno. Es decir, el Mesías no es Nazareno. Y Felipe le dice: «Ven y lo verás». Claro, las cosas se confundieron allí. ¿Dónde se confundieron? No en la Escritura, sino en Natanael. «Ven y lo verás».

Y realmente, queridos míos, podríamos también nosotros, si buscáramos la Santa Escritura, este libro vivo de Dios, allí, si tenemos una psique-alma piadosa, un alma limpia, y estudiamos el logos de Dios sin prejuicios, allí encontraremos al Mesías. Sin duda encontraremos al Mesías. Allí sin duda reconoceremos quién es Jesús Cristo. Él que nació humildemente y sencillamente en una cueva de Belén, hace dos mil años. Y entonces exclamaremos junto con el Apóstol Pedro: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente».

Para la gloria del Dios Trinitario

(Digitalización de la transcripción de la homilía y edición: Eleni Linardaki, filóloga)

Fuentes: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai_kyriakvn/omiliai_kyriakvn_260.mp3

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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