LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR EN EL TEMPLO

π. Αθανάσιος Μυτιληναίος – Η Υπαπαντή του Κυρίου

LA PRESENTACIÓN DE JESÚS EN EL TEMPLO

π. Atanasio Mitilineos

La circuncisión del Señor, 2:21-24. La presentación en el Templo, oda y profecía de Simeón, 2:25-40.

21 Y cuando se cumplieron ocho días para circuncidarlo, entonces fue llamado su nombre Jesús; tal como lo había llamado el ángel antes de que ella quedara encinta.

22 Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la ley de Moisés, lo subieron a Jerusalén para presentarlo y ofrecerlo al Señor,

23 como está escrito en la ley del Señor: Todo varón primogénito que abre matriz será consagrado y considerado santo al Señor,

24 y subieron también para ofrecer un sacrificio para la purificación conforme a lo dicho en la ley del Señor, es decir, un par de tórtolas, o dos palominos, como pobres que eran.

25 Y he aquí había en Jerusalén un hombre cuyo nombre era Simeón. Y este hombre justo y devoto esperaba la liberación de Israel con la venida de Cristo, como habían predicho las Escrituras; y el Santo Espíritu estaba sobre él.

26Y le había sido revelado por el Santo Espíritu, es decir, por la Jaris/Gracia energía increada, que no vería la muerte antes que viera al Cristo del Señor, es decir, a aquel que el Dios ungiría como Σωτήρ Sotir Salvador, Sanador y Redentor y rey del mundo.

27 Y movido por el Espíritu entró en el templo; y al entrar los padres con el niño Jesús, para cumplir lo que prescribe la ley sobre él, es decir, sobre los primogénitos,

28 también Simeón tomó el niño en sus brazos, y alabando y bendiciendo a Dios, dijo:

29 Ahora, Soberano, puedes ya dejar ir a tu siervo en paz, según el logos que dijiste;

30 Porque vieron mis ojos a Cristo, el que traerá la sotiría redención, sanación y salvación,

31 la que has preparado para ver todos los todos pueblos de la tierra;

32 es Luz espiritual e increada que apocaliptará-revelará a todas las naciones a Dios verdadero, y doxa-gloria de tu pueblo Israel, del cual proviene según lo humano el Cristo.

33 Y José y la madre del niño estaban maravillados de las cosas que se decían acerca de Él.

34 Y Simeón los bendijo, y dijo a su madre María: he aquí, Éste está destinado y será para caída y resurrección de muchos en Israel, (caerán los que no van a creer y se redimirán y resucitarán los que creerán), y será señal y signo de contradicción entre los hombres,

35 y una espada de dolor traspasará tu psique-alma, para que sean revelados los pensamientos y deseos escondidos de muchos corazones.

36 Había una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel de la tribu de Aser, de edad muy avanzada, que había vivido con su marido siete años desde su virginidad.

37  y era viuda de hacía ochenta y cuatro años, y no se alejaba del templo, dando culto y alabanza a Dios de noche y de día con ayunos y oraciones;

38 también ésta presentándose en la misma hora, al ver el niño, daba gracias y glorificaba a Dios, y hablaba acerca de Él a todos los habitantes de Jerusalén que esperaban su redención de los males, de las desgracias y de la condena del pecado.

39 Y cuando cumplieron todas las cosas que mandaba la ley del Señor, regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.

40 Y el niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría, y la jaris-gracia energía increada de Dios estaba sobre Él que lo protegía de todo pecado, conduciéndole y reforzándole a cada virtud.

 

LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR EN EL TEMPLO

π. Atanasio Mitilineos

[Transcripción de la homilía del Padre Mitilineos ¡sobre la interpretación del Evangelio según San Lucas, capítulo 2, versículos 22-26.]

“22 Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la ley de Moisés, lo subieron a Jerusalén para presentarlo y ofrecerlo al Señor”

«Cuando se cumplieron» —ahora estamos en la segunda praxis (acción). La primera vez que se menciona «cuando se cumplieron» hace referencia a los ocho días. Ahora tenemos un segundo «cuando se cumplieron», es decir, se completaron ¿qué? Los cuarenta días de catarsis o purificación.

Ahora, esta purificación se refería a la madre, no al niño. La madre era considerada impura hasta el día cuarenta, en caso de que el niño nacido fuera varón. Si era niña, la purificación se completaba en el día ochenta, es decir, el doble del tiempo que un varón. Solo después de estos ochenta días la mujer recibía su purificación.

Nos llama la atención este punto: ¿qué significado tenía esta catarsis o purificación? Queridos míos, creo que es un tema que les preocupa mucho, especialmente a las mujeres, aunque también a los hombres. Se ha dicho mucho al respecto. ¿Por qué Dios estableció esto en la Antigua Ley? Algunas de estas prácticas incluso se han mantenido en el Nuevo Testamento —hoy en día las mujeres todavía pasan por un rito de «cuarentena» (sarantismós). No podemos responder con certeza absoluta, pero el Logos de Dios nos deja algunas pistas para comprenderlo, y la sabiduría patrística nos ayuda a interpretarlo. Diferentes Padres de la Iglesia han ofrecido distintas explicaciones, permitiéndonos formar una imagen aproximada del significado de esta purificación. Digo «aproximada» porque, si analizáramos el tema desde todas las perspectivas posibles, aún no estaríamos seguros de cuál sería la respuesta definitiva.

El Levítico, uno de los cinco primeros libros del Pentateuco en el Antiguo Testamento, especialmente en los capítulos 11 al 16, nos presenta la noción de lo «puro» y lo «impuro». Esta distinción se aplica a muchas cosas: alimentos, objetos y personas.

Sin embargo, si analizamos lo que dice este libro y la Escritura en su conjunto, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, nos damos cuenta de que, en realidad, nada de lo que Dios ha creado es impuro en sí mismo.

En el Nuevo Testamento, por ejemplo, el apóstol Pablo afirma: «Toda creación de Dios es buena, y nada debe ser rechazado.»

Por lo tanto, lo «impuro» no tiene una existencia real (ontológica). Tomemos como ejemplo la sangre menstrual de la mujer. No es algo inherentemente impuro, no es una sustancia que deba considerarse sucia en términos absolutos. Entonces, ¿por qué se dice: «No vayas a la Iglesia porque eres impura»? ¿Qué significa realmente la impureza? ¿Existe una impureza ontológica, real? ¿Acaso esa sangre ha sufrido algún cambio que la haga inherentemente impura al punto de prohibirse? ¿Puede la materia en sí misma ser impura de tal manera que cause desagrado a Dios? No, queridos míos. ¡No! Lo repetiré una vez más: ¡No!

San Nicodemo el Aghiorita se pregunta por qué las mujeres son consideradas impuras cada mes. En su libro El Pedalion (página 22), plantea la posibilidad de que esto haya sido establecido debido a la dureza de corazón de los hombres. Como los hombres no podían comprender el significado de la continencia, Dios permitió esta impureza legal para proteger a la mujer y para imponer cierta moderación en el matrimonio. Es decir, una especie de penitencia, debido a la incontinencia que existiría dentro del matrimonio. Esto lo dice San Nicodemo. Y pone un «quizás». Porque no se justifica ontológicamente que algo sea impuro ante los ojos de Dios.

En el primer libro del Génesis (3:31), leemos: «Todo lo que Dios hizo es bueno, y muy bueno.»

Y en el Nuevo Testamento se nos dice nuevamente:

«Todas las cosas fueron hechas por medio del Logos”, es decir, del Logos la Segunda persona de la Santa Trinidad, “y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho.»

Por lo tanto, el concepto de lo puro y lo impuro no se encuentra en la naturaleza de los seres, sino en la determinación que Dios establece en cada momento. ¿Lo comprenden? Es decir, no en la naturaleza de los seres, sino en la determinación que Dios establece en cada momento. Si Dios dice que «esta mesa es impura», es impura porque Dios la ha determinado como tal; y luego, si dice: «Esta mesa es pura», entonces es pura porque así lo ha determinado. Su materia –esto es lo que me interesa– ni era impura en el primer caso ni se purificó en el segundo. No. Permaneció igual. Pero se define como pura o impura según lo que Dios determine.

En el libro de la Sabiduría de Sirácides encontramos lo siguiente, en el capítulo 18: «El Dios que vive eternamente, creó absolutamente todas las cosas por sí solo». Por lo tanto, Dios es el creador de todas las cosas. Y más adelante: «Dios es quien distingue y separa lo sagrado de lo profano, lo puro de lo impuro».

Vemos entonces que no existe nada que sea impuro en sí mismo, ontológicamente.

Por ejemplo, cuando se inaugura un templo, no podemos hacer algo impuro en su interior. No es posible, no podemos. Si un perro entra, lo consideramos una falta. «¡Entró un perro!», decimos, y corremos a echarlo. ¿El perro es impuro? ¡No! ¿Acaso no es una criatura de Dios? Por supuesto que sí. Pero se considera impuro porque Dios ha determinado que ese lugar no debe recibir perros. Así que no hay impureza ontológica; la impureza existe por determinación divina. ¿Tiene esto valor? ¡Por supuesto! Presten atención a lo siguiente para entender por qué Dios lo establece así.

Como saben, el concepto de lo puro y lo impuro es fundamental en el Antiguo Testamento, un verdadero Alfa y Omega (principio y fin). Tanto es así que los judíos, al regresar del mercado, no comían pan sin antes lavarse bien las manos. Lavaban platos, camas, todo, pero no por razones de higiene –porque el plato estuviera sucio o la cama necesitara ser limpiada–, sino por un motivo legal. Cristo criticó esta exageración porque quería ofrecer una visión diferente de las cosas. ¿Qué quería mostrar exactamente? Quería hacer comprender a los hombres seguidores de la antigua ley que detrás de esa catarsis, limpieza ritual había algo más.

En el Antiguo Testamento, hay tres situaciones que se consideraban impuras, además de ciertos animales en términos alimenticios. Estas situaciones conciernen al ser humano. ¿Cuáles son? La primera es el nacimiento. Se consideraba que una mujer era impura después de dar a luz. Muchas mujeres se quejaban y preguntaban: «¿Soy impura? ¿Por qué?». Les resultaba muy doloroso.

La segunda es la enfermedad desde un punto de vista legal, especialmente la lepra. Recuerden cuando los diez leprosos se encontraron con Cristo. Había lugares específicos para los leprosos, siempre en las afueras de las ciudades, nunca dentro. Se les consideraba impuros por ley.

La tercera es la muerte. Si alguien fallecía en una casa, esa casa se consideraba impura, y el difunto también. Aquellos que lo lavaban, lo limpiaban y lo preparaban para el entierro debían someterse después del entierro a un rito de purificación legal. Eran impuros, si una persona moría por la mañana, quienes lo tocaban eran impuros hasta la noche. Un «nazireo», un hombre consagrado a Dios, no debía ni siquiera ver a un muerto, mucho menos tocarlo. Si le decían: «Ha muerto tu padre», no debía ir a verlo muerto, porque en su consagración a Dios no podía haber ninguna impureza.

Recuerden cuando los judíos no quisieron entrar en el Pretorio la víspera de la Pascua, como menciona el evangelista Juan me parece: «ἵνα μή μιανθῶσιν para no contaminarse», y así poder celebrar y comer la Pascua.

De lo contrario, no podían comer la Pascua. Eran considerados impuros. Debían someterse a una purificación legal. Pero no había tiempo para este rito, y para no contaminarse y quedarse sin comer la Pascua, permanecieron fuera del Pretorio. Fuera del tribunal.

Así que, el nacimiento, la enfermedad y la muerte. ¿Por qué? Porque todas estas situaciones están relacionadas con el ser humano.

Cristo, como sabemos, cuando fue llamado por Jairo, no pronunció palabras para resucitar a su hija, como hizo con Lázaro. A Lázaro le dijo: «Sal fuera». No lo tocó. Pero a la hija de Jairo sí la tocó. La tomó de la mano. Los judíos podrían haber dicho: «Jesús se volvió impuro porque tocó un cadáver». Pero, dado que la niña volvió a la vida, ¿cómo podía seguir siendo impura? Lo importante es que, al tomar la mano de un muerto, un cadáver, Cristo abolió el concepto de impureza. ¡Abolió la impureza!

Pero, ¿qué significado tenía esto? He aquí, queridos míos. El nacimiento del ser humano va acompañado del deseo. Pero el deseo es el núcleo del pecado ancestral u original. ¿Lo recuerdan? Este año analizamos el concepto del deseo. Por lo tanto, cuando se determina que la mujer, al dar a luz, es impura, significa que tanto ella como los demás deben tener presente que está bajo el pecado original.

En segundo lugar, la primera consecuencia de esta condición del pecado original es la enfermedad. Porque Dios no creó ni la muerte ni la enfermedad. Por lo tanto, el primer fruto del pecado original es la enfermedad. Se la define como impureza, y se dice -de hecho, incluso la polución nocturna se considera algo impuro. Un día se considera impuro. La mujer que tiene su período y la silla en la que se sienta se consideran impuras. Es decir, esta imagen intensa se pone ante los ojos del hombre para recordarle que está bajo el pecado original.

Y la otra gran consecuencia del pecado ancestral u original es la muerte. Porque, dado que los primeros en ser creados pecaron, la muerte entró en el mundo. Por lo tanto, se enfatiza la impureza del cadáver para destacar el pecado ancestral, original.

¿Y por qué se enfatiza tanto el pecado ancestral u original? Para destacar la necesidad del Redentor. ¿Cuándo logramos que un enfermo diga: «Quiero un médico»? Cuando le mostramos que su enfermedad es muy grave. Entonces, ¿qué dice? «¡El médico!». Así ocurre también aquí. ¿Cuándo pediría el hombre la redención? Cuando comprendiera que está gravemente enfermo. Por eso se presenta de manera tan intensa el pecado ancestral, original: para hacer evidente la presencia y la necesidad del Mesías, del Redentor.

Pero me dirán: si las cosas son así, ¿por qué el hombre se confunde y quiere aferrarse a ciertos conceptos y cosas?

Queridos míos, es una enfermedad de la διανοία (diania: cerebro, mente, intelecto) y también es consecuencia del pecado ancestral u original. La diania del hombre se bloquea -es extraño- se bloquea; como la aguja que se atasca en el surco de un disco rayado de gramófono y repite lo mismo sin cesar. Y el hombre no quiere desprenderse de aquello que ve de esa manera. ¿Por qué? Porque el hombre, en su imagen y semejanza con Dios, ha sufrido un deterioro. Y por sí mismo, no quiere liberarse de esa corrupción. Se mueve dentro de esa decadencia y, por lo tanto, no puede percibir la realidad de las cosas con claridad.

Aquí es donde cobra valor la alegoría de la caverna de Platón, que parece tener una tradición, y que Platón no mencionó por casualidad que los seres humanos siempre quieren ver la sombra de los seres, sin poder ver la verdadera imagen de los mismos. Esto es aún más cierto en el ámbito espiritual y religioso. Es una tragedia.

Un poco más adelante veremos a una figura, el anciano Simeón, quien tenía una percepción y comprensión clara de las cosas. Y surge la pregunta: «¿Por qué?». Pero lo veremos más adelante.

Sin embargo, para concluir con este pasaje, la Θεοτόκος (Zeotokos: la que da a luz a Dios, Madre de Dios) no estaba sujeta a la necesidad de tal purificación, porque no concibió por deseo, no hubo concepción según la naturaleza, de modo que el pecado ancestral u original pudiera introducirse. Por lo tanto, la Madre de Dios era pura. Ella misma, al portar el pecado ancestral, original-pues la Virgen María también lo llevaba – fue purificada con la venida del Espíritu Santo. Cuando el ángel le dijo: «Y el Espíritu Santo vendrá sobre ti», en ese momento tuvo lugar la catarsis, purificación de la Θεοτόκος Zeotokos, para que tanto ella como su parto fueran puros. Por lo tanto, ya no nos referimos a la Θεοτόκος Zeotokos en este contexto.

Sin embargo, esto también se llevó a cabo para no escandalizar a los que la rodeaban. Y la Παναγία Panaghía (todasanta, la más santa) cumplió con la Ley, aunque no tenía necesidad de hacerlo. Cumplió con la Ley. En este versículo, encontramos nuevamente dos aspectos. Como en el caso anterior, con la circuncisión y el nombre: la circuncisión de Cristo era innecesaria, pero el nombre debía ser dado.

Aquí tenemos la purificación y la presentación. La purificación era innecesaria, pues la Θεοτόκος Zeotokos no era impura. Y tenemos la presentación. ¿De quién? De Jesús en el templo. La Θεοτόκος Zeotokos llevó a Jesús al templo para presentarlo, como dice el texto.

¿Qué significa esto? «Presentarlo ante el Señor». «Lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor». Esto se refiere a lo que se establece en el Antiguo Testamento: Para que los hebreos no olvidaran—pues los seres humanos son olvidadizos—el favor que Dios les hizo al sacarlos de Egipto de manera tan milagrosa, con las diez plagas sobre el faraón, Dios les dijo, en conmemoración de la última plaga, en la que los egipcios fueron golpeados pero los hebreos se salvaron:

«Conságrame todo primogénito, el primero que abre el seno materno entre los hijos de Israel». Es decir, «Todo primogénito será consagrado a mí. Lo llevarás de vuelta a casa después de darme algo a cambio», dice Dios.

Un sacrificio: un cordero, si eras rico; si no, un par de tórtolas o palomas.

Y si tu hijo te pregunta qué significa esto, le responderás: «Porque el Señor nos libró de los egipcios y no permitió que nuestros primogénitos murieran, se los consagramos». Es decir, era una ceremonia de conmemoración del milagro. Un acto de gratitud y reconocimiento. Por lo tanto, esta presentación también es una ofrenda, porque el padre entrega a su primogénito, a su hijo varón. Lo ofrece.

Pero, ¿por qué es presentado aquí Jesús? Se ofrece como un regalo; porque, para recuperarlo, hay que ofrecer el valor del regalo. Por eso daban lo que daban. Para el sacrificio del regalo. De hecho, de las dos aves, las dos tórtolas, por así decirlo, o las dos palomas, el sacerdote sacrificaba una para la purificación de la mujer, de su madre. Y la otra la dejaba libre para que se fuera como ofrenda por el niño. Así, tenemos el elemento de la ofrenda.

Cristo fue ofrecido dos veces al Padre. Dos veces. Como hombre. Una en el templo y la otra en el Gólgota. Esta doble ofrenda de Cristo se repite en la Divina Liturgia. Cuando, con nuestro pan de ofrenda, marcamos el Cordero, lo elevamos, lo presentamos, lo ofrecemos—preparación, presentación, ofrenda—¿ven? Elevamos la ofrenda; es un regalo para el Padre, es decir, Jesús es un regalo para el Padre.

No ofrecemos el pan al Padre, sino que Jesús está representado por el Pan y se ofrece como regalo al Padre. Por eso, en la preparación de la ofrenda, algunos colocan la imagen de la kénosis (vaciamiento), y otros la de la Natividad. Ambas son correctas. La Natividad como ofrenda. Me dirán: «¿Por qué no ponemos la Presentación en el Templo?» Porque la Natividad también es una ofrenda al Padre. Y la kénosis también, ya que, cuando marcamos sobre el Cordero, hacemos una preparación de la Pasión.

«Se sacrifica el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo; porque su vida es arrebatada de la tierra», etc.

Es, por tanto, una preparación del sacrificio. Y ocurre en el momento en que se ofrece el regalo. Cuando decimos: «Tuyo de lo tuyo, te ofrecemos», ofrecemos un regalo. Luego, Cristo será ofrecido como sacrificio al Padre. Cuando el sacerdote diga: «Y haz que este Pan sea el precioso Cuerpo de tu Cristo», ahí tenemos simultáneamente la transformación de la ofrenda divina. Simultáneamente. ¿Recuerdan que hablamos de esto hace dos años?

Así que tenemos dos ofrendas. Una como regalo y otra como sacrificio. Una en la preparación de la ofrenda y la otra en la Divina Liturgia. Esto se repite en la Divina Liturgia, como les dije, y es exactamente como Cristo fue ofrecido al Padre.

Versículo 23: «Como está escrito en la ley del Señor: Todo varón primogénito que abre matriz será consagrado y considerado santo al Señor”. Aquí se justifica lo que mencioné antes con respecto al Antiguo Testamento.

Versículo 24: «Y subieron también para ofrecer un sacrificio para la purificación conforme a lo dicho en la ley del Señor, es decir, un par de tórtolas, o dos palominos, como pobres que eran.” Y esto lo hemos analizado.

«Y ofrecerán un sacrificio”. Si aquí se mencionan las palomas y las tórtolas, entonces la ofrenda de Cristo debió ser la ofrenda de los pobres. La ofrenda de los pobres… Cristo se hizo pobre por nosotros.

Y ahora entramos en una nueva escena. Deben saberlo siempre: el evangelista Lucas, cuando quiere introducir una nueva escena, a menudo usa la palabra «¡He aquí!» Quiere atraer la atención. Y el versículo 25 dice: «Y he aquí había en Jerusalén un hombre cuyo nombre era Simeón. Y este hombre justo y devoto esperaba la liberación de Israel con la venida de Cristo, como habían predicho las Escrituras; y el Santo Espíritu estaba sobre él.”

«Había«, dice, «un hombre en Jerusalén». Este hombre no era sacerdote. Atención, lo subrayo: No era sacerdote. Existe quizás la idea generalizada de que Simeón era sacerdote. No. Si lo fuera, el evangelista Lucas nos lo habría dicho. No estaba en el santuario.

Debo decirles que todo el edificio se dividía en dos partes generales: el santuario y el templo. Cuando se menciona «santuario», se refiere a los patios y todas las construcciones que se encontraban en ellos. El templo de Salomón tenía muchos patios. Muchos patios. Si han visto alguna recreación del templo, lo habrán notado.

Por lo tanto, «santuario» se refiere a todas las construcciones exteriores fuera del templo principal, incluyendo los patios; y «naós-templo» se refiere al edificio principal donde se realizaba el culto. El templo tenía varias divisiones, pero no entraré en detalles. Cuando aquí dice que este hombre fue al santuario, significa que llegó al patio, fuera del templo. Y estaba prohibido que un gentil entrara tanto al santuario como al templo.

Este hombre llega, su nombre es Simeón, como hemos visto, guiado por el Espíritu Santo. Por inspiración del Espíritu Santo. Es una señal de guía. El Espíritu Santo le dice: «Ve al templo, ve al templo.» Tal como sucedió con el diácono Felipe, cuando el Espíritu Santo le dijo:

«Levántate, ve hacia el sur, por el camino que baja a Gaza.»

De nuevo, el Espíritu Santo le dice, cuando pasaba el carro del etíope— ¿cómo lo dice? No puedo decirlo, no sé, no sé cómo… Lo impulsa, lo inspira: «Haz esto». «Acércate», dice, «al carro». «Pégate, agárrate, aférrate al carro».

Veis pues, que bajo la influencia e inspiración del Espíritu Santo, Simeón deja su casa, podríamos decir que de manera algo repentina, por supuesto, José y la Θεοτόκος Zeotokos fueron al templo con el niño Jesús, no debieron estar mucho tiempo, cumplirían su deber y se irían rápidamente, en muy poco tiempo, muy breve—por lo tanto, este hombre tuvo que salir de su casa de repente e ir directamente al templo.

Esto es muy significativo. Pero, en breve, aparecerá una mujer. Es Ana la profetisa. Tanto Simeón—sobre quien profundizaremos más adelante—como Ana la profetisa testifican cosas maravillosas. Simeón, al ver al niño, dice: “Ahora, Soberano, puedes ya dejar ir a tu siervo en paz, según el logos que dijiste;  Porque vieron mis ojos a Cristo, el que traerá la sotiría redención, sanación y salvación, la que has preparado para ver todos los todos pueblos de la tierra” (Luc 2, 29-31).

Ana confirma y dice: «Este niño es especial; es el Mesías.» Y le dice a la Θεοτόκος Zeotokos: «Este está puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel.»

¿Por qué?

Porque aquí, en un acto de aparente insignificancia, ocurre un acto de gran importancia, para evitar cualquier posible escándalo.

¿Recuerdan el Nacimiento de Jesús?

En un establo, en un pesebre, reposa el Hijo de Dios hecho hombre.

Y, sin embargo, mientras nadie nota el nacimiento de un niño aquella noche, todo el mundo celestial, todos los ángeles, alaban y glorifican a Dios.

En medio de la humildad y la pequeñez, ocurre un acto de gran importancia, para subrayar que aquí se esconde un misterio asombroso.

Ahora, en este acto de aparente insignificancia-una mujer, una entre miles de mujeres que alguna vez fueron al templo, llega para un acto tan común como cuando las mujeres vienen a recibir la bendición de los 40 días después del parto- ¿quién abre la puerta? ¿Quién está en el templo? ¿Hay alguien?

Aparente insignificancia, pues.

En medio de esta aparente insignificancia, llega una confirmación profética: este niño es el Mesías del mundo.

Pero este hombre era justo; también era piadoso. Pertenecía al remanente del pueblo de Dios. Al remanente. Al resto; porque los judíos ya no tenían una percepción exacta sobre el Mesías. Bajo las emanaciones de sus propios deseos, perdieron la imagen del verdadero Mesías. Es lo que mencioné antes: ¿por qué perdemos la imagen verdadera de las cosas? Porque entra en juego el elemento del deseo o ilusión. El pecado ancestral u original se infiltra en todo. No permite que el hombre perciba las cosas en su verdad, en su desnuda verdad. Sin embargo, cuando el hombre se somete a la obediencia y la fe en Dios, entonces su interior hace la catarsis, se purifica y puede ver en la medida de lo posible.

Este hombre, por tanto, se define como justo y piadoso. En consecuencia, tenía las condiciones de pureza. Significa –aunque no lo profundizaremos hoy– que el Mesías es «luz para apocálipsis-revelación de las naciones». Esto es de gran importancia. No es una apocálipsis-revelación solo para Israel, sino para gloria de Israel. «Para apocálipsis-revelación de las naciones». ¿Saben lo que esto significaba? Que esto que dijo Simeón era completamente antichovinista. Los judíos decían: «El Mesías es nuestro. ¡No pertenece a nadie más!». Pero Simeón afirma: «El Mesías es el Mesías de las naciones, de todo el mundo». Sin embargo, esta verdad surge de una pureza interior. Nadie podría haber dicho algo así. Y sin embargo, Simeón lo dice. ¿Por qué? Porque era justo y piadoso e inspirado por el Espíritu Santo.

Simeón, queridos míos, pertenecía a la categoría de personas que permanecían fieles a la voluntad de Dios. Estaban la familia de Zacarías e Isabel, la familia de la Θεοτόκος Zeotokos, la familia de Ana la Profetisa, la familia de Simeón  -al menos estos son los que menciona la Sagrada Escritura. Eran pocos los que tenían una imagen clara del Mesías, los que podían estudiar las Sagradas Escrituras y ver correctamente las cosas.

Pero, permítanme un pequeño paréntesis y concluimos; aquí se dice que «esperaba la consolación de Israel», así lo dice el texto sagrado: «esperando la consolación de Israel». «Consolación» significa alivio, consuelo; «esperando» significa aguardando; es decir, esperaba la consolación. Es decir, que el Mesías sería la consolación, el consuelo del pueblo. Por eso Jesús dijo a sus discípulos: «Os conviene que yo me vaya. Os enviaré otro Paráclito-Consolador, el Espíritu de la Verdad». Cuando dice «otro Paráklito-Consolador», implica que hay un primero. ¿Quién es el otro? Uno es el Espíritu Santo, y el otro, ¿quién es? Él mismo. ¿Ven cómo se llama Jesús a sí mismo? Consolador-Paráclitos. ¿Ven cómo Simeón llama al Mesías? Consolación de Israel. Esperaba la consolación, el alivio. Es decir, el Mesías es el Paráclitos- Consolador; es el que consuela. El Espíritu Santo es llamado Paráclito-Consolador. ¿Por qué? Porque permanece con nosotros, nos ayuda, nos consuela, nos fortalece. Así que Cristo es el Paráclitos-Consolador, y el Espíritu Santo es también el Paráclito-Consolador.

Pero ese término «προσδεχόμενος esperando», que será el último punto de nuestro análisis, es lo siguiente. «Esperar, anhelar» significa aguardar. Y aguardar significa investigar, examinar. Por ejemplo, si espero cada día ver publicada una noticia específica, que deseo que sea de una cierta manera, la espero, pero ¿dónde la encontraré? Tengo que leer los periódicos. Así que cada día tomo todos los periódicos, me siento y busco desde los titulares hasta la letra pequeña, para ver si está la noticia que espero. Porque no sé dónde estará escrita. ¿En los titulares grandes o en la letra pequeña? Es decir, hago una investigación. Pues bien, Simeón investigaba. ¿Qué investigaba? Las Sagradas Escrituras. ¿Cuáles eran los requisitos de su investigación? El hecho de que era justo y piadoso. ¿Quién era su ayudante en la investigación? El Espíritu Santo. Y buscaba…

¿Y nosotros buscamos? Escuchen cómo lo dice el Apóstol Pedro: «Sobre esta salvación, los profetas inquirieron y diligentemente indagaron». ¿Oyen? El verbo «inquirieron» significa «buscar con afán». Es como decir: «¿Qué hay aquí? ¿Qué hay dentro de esto? Lo abriré para ver qué contiene». Eso significa «inquirir». Así que los profetas inquirieron y diligentemente indagaron. «Indagar» es aún más intenso. «Los que profetizaron sobre la gracia reservada para nosotros, escudriñando en qué tiempo o en qué circunstancias el Espíritu de Cristo en ellos señalaba». ¿Véis? «Que indicaba el Espíritu de Cristo en qué momento y en qué circunstancias sucederían estas cosas». Por tanto, él investigaba.

Y el Espíritu de Dios le informa a Simeón: «No morirás hasta que veas el Salvador de Dios». «El Salvador de Dios» es el Mesías. No morirás. ¿Cuántos años tenía? ¿Ochenta? ¿Noventa? ¿Cien? ¿Ciento veinte? ¿Ciento cincuenta? La Sagrada Escritura no nos lo dice. El logos de Dios no nos lo dice. Solo nos dice una cosa: que investigaba en todo momento cuándo llegaría el Mesías. ¿Conocía acaso Simeón las famosas setenta semanas de Daniel? Las famosas setenta semanas de Daniel coinciden exactamente con el nacimiento de Cristo. Setenta semanas. 490 años. 7 x 7 = 49= 490 años. Daniel es el único que determina con absoluta precisión el año del nacimiento del Mesías. Entonces, ¿qué hacía Simeón? Buscaba.

San Ignacio, este padre apostólico, obispo de Antioquía, llamado «Teóforo» (portador de Dios), cuando se dirigía a Roma, envió una carta a san Policarpo –cuyo día celebramos hoy–, también padre apostólico y obispo de Esmirna. En esta carta, que escribió en el camino, junto con otras epístolas que también envió, escribió algo muy importante. Como obispo y responsable del pueblo de Dios en Esmirna, le dice a Policarpo: «Estudia detenidamente los tiempos». «Estudiar detenidamente» significa aprender profundamente. Eso es “καταμανθάνω katamanzano» en griego. «Los tiempos», dice, «obsérvalos y apréndelos bien. Mantén los ojos abiertos. Estudia la época. Estudia los tiempos. Estudia los años». «Espera a Aquel que está más allá del tiempo».

«Aquel que está más allá del tiempo, espéralo».

¿Qué significa esto? Se refiere a la Segunda Parusía-Presencia o Venida de Cristo. En otras palabras: «Observa, estudia las señales que indican que Cristo está viniendo. Espera a Aquel que está más allá de los tiempos, en esencia». «Aquel que es atemporal, invisible, pero que por nosotros se hizo visible y hombre; Aquel que es intangible, sin pazos impasible, pero que por nosotros sufrió y soportó todo en todo aspecto». Pero cuando san Ignacio dice a san Policarpo: «Estudia detenidamente los tiempos», ¿quién podría ayudarnos a nosotros a descifrar los tiempos? Descifrar los tiempos es, nuevamente, obra del profeta. Para ello, se necesita el Espíritu de Dios. Sin el Espíritu de Dios, no es posible descifrar los tiempos.

Simeón es el primero que señala a Cristo. Es más difícil que decir que una mujer pobre, la Θεοτόκος (Zeotokos: la que da a luz a Dios, Madre de Dios), con un pañuelo en la cabeza, y un anciano a su lado, José, sostienen un bebé de cuarenta días. Una imagen común, muy común. Quiero transportarlos al realismo de las cosas, para entrar en el espíritu. Suben las escaleras del templo y otras madres, otras mujeres con sus esposos van al templo. Por la misma razón. Viene el hombre Simeón a decir: «Este es el Mesías. Este niño es el Mesías». Lo toma en sus brazos. Oh, qué abrazo…

[…] Mientras la mano permanece abierta, tenemos la misericordia de Dios. Cuando la mano se cierra, entonces tenemos el juicio de Dios. «Κρίσις και έλεος krisis y éleos Juicio y misericordia», como dice San Gregorio Palamás, «no coexisten, no funcionan juntas, como él dice. No funcionan al mismo tiempo». Por eso, Dios asignó el juicio y la paciencia en tiempos diferentes. Primero viene la misericordia, luego el juicio.

[…] Años después. Es terriblemente difícil. Eso hizo a Juan el Bautista un gran profeta. No solo por su modo de vida, no solo por su pureza, sino también como el mayor de los profetas, porque señaló al Mesías. Algo muy difícil. ¿Qué dice el sumo sacerdote, Caifás? Una figura oficial. Él también profetiza. Fue una profecía lo que dijo cuando afirmó que convenía que un hombre muriera por el pueblo. Y profetizó como sumo sacerdote. Tenía ese efod, lo que llamaríamos el patrajili (estola, bufanda de confesión y consagración) para nosotros los clérigos, sin el cual el sumo sacerdote no profetizaba. Por lo tanto, él podía profetizar si era un hombre honesto y podría haber respondido a la pregunta que le hizo a Cristo: «Te conjuro, en el nombre del Dios Vivo, dime, ¿eres tú el Mesías?». Y cuando Cristo le dice: «Tú lo dices». «Es como dices. Yo soy». Y cuando dice «Te conjuro», significa que la afirmación se hace con juramento. Con juramento la afirmación. El hipócrita Caifás rasga sus vestiduras. ¿Por qué? Es el Espíritu de Dios, no podía permanecer en un hombre como él. Podría haber descifrado. Y el sumo sacerdote podría haber dicho: «Hermanos, en el concilio, ¿sabéis a quién tenemos delante de nosotros? Debemos, debemos convertirnos en polvo y ceniza ante Aquel que tenemos ahora delante de nosotros. ¿Y vamos a juzgarlo?». Pero Caifás no ve. Sin embargo, Simeón ve. ¿Se equivocó? ¡Los siglos lo han demostrado! No se equivocó.

Así que, el profeta descifra los tiempos. ¿Cuándo viene el Anticristo? Un profeta vendrá a decirnos: «Este es el Anticristo». Un profeta vendrá a decirnos eso. ¿Quién será este profeta? Debo decirles que el don profético existió, existe y existirá dentro de la Iglesia. Esta frase que se dice que «después de Cristo, todos profetas etc…», es absurda, por no decir blasfema. El don profético existe.

El Apóstol Pablo dice que desea que todos profeticen. La profecía es un elemento básico dentro de la Iglesia. El hombre espiritual ve los tiempos. Tal vez no tenga un gran discernimiento, depende de su forma de vida, su espiritualidad, etc., pero cuando examina, investiga y tiene un corazón puro ante Dios, ve las señales, los signos.

Como saben, el historiador no puede juzgar su propia época, porque está inmerso en ella y necesita distanciarse para verla con claridad. No puedes salir del mar si estás dentro de él; debes salir para poder verlo. De la misma manera, hay que tomar distancia de la propia época para comprenderla.

Ahora, ¿cómo se le pide al cristiano que vea su tiempo, que lo analice y lo caracterice? Debe observar las señales: «Ἐνστήσονται καιροί χαλεποί» — «Vendrán tiempos difíciles», dice el Apóstol Pablo a Timoteo. «Vendrán tiempos en los que sucederá esto y aquello… Tenlo en cuenta», le advierte. Es decir, debe aprender a discernir los tiempos.

El hombre espiritual observa y dice: «Este signo, según la Logos de Dios, indica que esto ha sucedido y que aquello está por venir». Pero si este mismo mensaje se transmite a alguien impío, a alguien que no es espiritual, no verá nada, no comprenderá nada. Esta visión, por lo tanto, pertenece únicamente al creyente.

Cuando cada uno de nosotros, queridos míos, se convierta en un Simeón y espere, acepte, anhele y estudie el logos de Dios. Existe un diluvio de pecado. Existe un diluvio de ideas y concepciones anticristianas. ¡Nos estamos deshelenizando día a día! ¡Nos estamos descristianizando día a día! Hablo como griego. Y como cristianos ortodoxos, constantemente estamos perdiendo terreno.

Constantemente nos estamos desintegrando. Y nos preguntamos: ¿A dónde vamos? ¿Estamos estudiando, viendo los tiempos? ¿A dónde llegaremos? ¿A dónde llegaremos? ¿Qué sucederá? Y viendo, ¿qué podemos hacer?

Queridos míos, una llamada de Dios, para comenzar a ver. No como Caifás, que quería hacerse como un ciego, como que no quiere ver la realidad. Sino como Simeón, que quería discernir. Y al discernir, al menos que podamos decir en el último momento: «Señor, ten misericordia, compadécete de tu pueblo y devuélvenos atrás. ¡Nos hemos desintegrado terriblemente! ¡Y vamos a perdernos! Tanto como Iglesia, como Estado. ¡Vamos a perdernos!». Los enemigos alrededor están listos para devorarnos. Pero el enemigo está dentro. No está en las fronteras. Está dentro. Lo tenemos dentro de nosotros. Nosotros, los nuevos griegos, hemos perdido nuestra fe. Nos hemos desintegrado. Hemos perdido nuestra fe en Dios y en la patria. Y debemos rogarle a Dios que nos abra los ojos, que nos abra los ojos, al menos a unos pocos, para gritar, y detenernos un momento, un freno a esta aterradora caída. Convirtámonos, queridos míos, en nuevos Simeones.

Atanasio Mitilineos

Digitalización y edición del texto: Eleni Linardaki, filóloga.

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

 

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