
Atanasios Mitilineos: La omnisciencia de Dios. Referencia a San Nectario
(Domingo VII de Lucas) [Lc 8, 40-56]
Resurrección de la hija de Jairo y la terapia de la mujer con hemorragia, 8:41-56.
40 Al regresar Jesús, la multitud entusiasmada le dio la bienvenida, porque todos lo estaban esperando.
41Y he aquí llegó un hombre que era jefe de la sinagoga, cuyo nombre era Jairo; y postrándose a los pies de Jesús, le rogaba que fuera a su casa,
42 porque tenía una hija única, como de doce años, y se estaba muriendo. Y mientras Él iba, las multitudes lo apretujaban,
43 y una mujer que padecía hemorragia desde hacía doce años, la cual había gastado toda su fortuna en los médicos sin que ninguno pudiera curarla,
44 acercándose por detrás, se agarró del borde de su manto; e inmediatamente cesó la hemorragia.
45 Y dijo Jesús: ¿Quién me ha tocado? Y negándolo todos, dijo Pedro y los discípulos que estaban juntos allí: Maestro, las multitudes te apretujan y te oprimen y tú dices: ¿Quién se agarró de mí?
46 Pero Jesús dijo: Alguien se agarró de mí, porque percibí que ha salido una dinamis (milagrosa potencia y energía) de mí.
47 Entonces la mujer, viendo que no había pasado inadvertida, se acercó temblando, y después de postrarse ante Él, confesó delante de todo el pueblo por qué lo había tocado, y cómo había sido curada al instante.
48 Él entonces le dijo: Ánimo, hija mía, tu fe te ha psicoterapiado, curado y salvado. Ve en paz y alegre sin ninguna inquietud y sufrimiento que antes tenías por tu enfermedad.
49 Estando Él aún hablando, llega uno de la casa del jefe de la sinagoga, diciendo: Tu hija ha muerto. No molestes más al Maestro.
50 Pero Jesús, al oírlo, le respondió: No temas; solamente sigue creyendo y será salva y sana tu hija.
51Y entrando en la casa, a nadie permitió entrar consigo, sino a Pedro, a Juan y a Jacobo, y al padre y a la madre de la joven.
52 Y todos lloraban y lamentaban por ella. Pero Él dijo: No lloréis, porque no está muerta, está dormida.
53 Y se reían de Él, sabiendo bien que la hija había muerto.
54 Pero Él, tomando su mano, clamó, diciendo: ¡Niña, levántate!
55 Y su espíritu volvió, y al instante se levantó; y ordenó que se le diera de comer.
56 Y sus padres se asombraron, pero Él les encargó no decir a nadie lo sucedido.
La omnisciencia de Dios. Referencia a San Nectario
El hecho principal del pasaje evangélico de hoy, queridos míos, es la resurrección de la hija de Jairo. Cuando el Señor fue solicitado por Jairo para sanar a su hija, el Señor se dirigía hacia su casa para curarla. Pero, entretanto, la joven murió, y Él la resucitó. Este es el tema principal del pasaje evangélico de hoy.
Sin embargo, dentro de este tema principal se inserta otro más pequeño, que en absoluto es de menor importancia. Mientras el Señor se dirigía a casa de Jairo, una gran multitud lo seguía. Tan grande era el gentío que lo oprimía en el camino. Una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años —y que había gastado toda su fortuna buscando sanar por medio de los médicos— creyó que, si tan solo tocaba el borde del manto del Señor, sería curada. Y, efectivamente, aquella mujer logró abrirse paso entre la multitud, acercarse al Señor y, con gran fe, tocar el borde de su manto. Inmediatamente —como nos señala el evangelista Lucas— “cesó su hemorragia”. Es decir, la pérdida de sangre se detuvo al instante y quedó completamente curada.
Entonces el Señor se detuvo. Mientras caminaba, se detuvo y comenzó a mirar a su alrededor diciendo: “¿Quién me ha tocado?”
Nadie respondió, y todos, atemorizados, se apartaban. Pero el Señor insistía: “¿Quién me ha tocado?”
Entonces se atrevieron a decirle Pedro y los demás discípulos: “Señor, la gente te oprime y te aprieta por el camino, todos te tocan realmente; ¿y Tú preguntas: quién me ha tocado?” Es decir, como si le dijeran: “Lo que preguntas parece absurdo”.
Pero el Señor insistió: “¿Quién me ha tocado? Porque yo sé que una fuerza ha salido de mí”.
La mujer, comprendiendo que no podía ocultarse del Señor, dijo temblando: “Señor, he sido yo”.
Tenía miedo de que el Señor la reprendiera o la amonestara. Pero Él le dijo: “Vete en paz; tu fe te ha salvado”.
Este, queridos míos, es el suceso que aconteció mientras el Señor iba hacia la casa de Jairo.
Sin embargo, este pequeño episodio, tan característico, es rico en profundidad y enseñanza espiritual.
Mientras aquella mujer pensaba que sería curada si tocaba al Señor, pero deseaba hacerlo en secreto, sin revelar su enfermedad ni su situación, el Señor la pone de manifiesto. Ella obra en secreto, pero Él revela abiertamente. Por eso se detiene y pregunta: “¿Quién me ha tocado?”.
Pero el Señor no la revela para reprenderla, sino para alabarla, para elogiar su fe. Además, el Señor quiso también fortalecer la fe de Jairo, que lo acompañaba en ese momento, justo cuando llegaban unos siervos que le decían: “No molestes más al Maestro; no vengas a casa, tu hija ha muerto”.
De este modo, al ver Jairo que la fe había salvado a aquella mujer, y que el Señor reconocía expresamente su fe diciendo “tu fe te ha salvado”, también él recibiría consuelo y su fe sería fortalecida. Y, en efecto, Jairo se turbó tanto, que el Señor le dijo: “No temas; solo ten fe. No importa que tu hija haya muerto. No temas; cree solamente”.
Además, queridos míos, el Señor quiso mostrar algo más: que no todos los que lo tocan reciben su χάρις (jaris: gracia, energía increada) sino únicamente aquellos que lo tocan con fe.
Y, finalmente —cuarto punto—, el Señor quiso mostrar con este hecho que es omnisciente, que todo lo ve, que nada se le escapa, ni siquiera aquello que se encuentra en lo más profundo de la psique-alma y de la conciencia humana.
Así, verdaderamente, este breve pasaje nos muestra y nos revela a nuestro Señor como el que todo lo ve y todo lo sabe. Pero si, queridos míos, sabemos que el Señor es omnisciente, que todo lo conoce y todo lo ve, ¿qué significa esto para nosotros?
Significa que este conocimiento nos impide cometer el pecado. Si tenemos presente que el Señor nos ve, ese pensamiento es un admirable freno frente al pecado. Si todos los hombres bajo el sol pudieran saber, tener una profunda conciencia de que Dios los ve, estad seguros: nadie pecaría.
Pero lo que hacemos primero es sacar a Dios de nuestro horizonte, apartarlo de nuestra mirada interior; y entonces empezamos a pecar. En otras palabras: cuando queremos hacer algo malo, deseamos que ni Dios ni los demás nos vean.
Pero cuando, queridos míos, sé que dondequiera que me esconda, dondequiera que me encuentre, Dios me ve, ¿cómo podría pecar?
La Sagrada Escritura nos lo enseña bellamente. Dice el libro de la Sabiduría de Sirácide (Eclesiástico), presentando al hombre pecador que se habla a sí mismo: “¿Quién me ve? Oscuridad me rodea, las paredes me cubren, y nadie me observa. ¿De qué he de tener respeto? El Altísimo no recordará mis pecados.” (Es decir: “¿Quién me ve? Hay oscuridad a mi alrededor, las paredes de mi casa me cubren. ¿Por qué preocuparme? Nadie me ve. ¿El Altísimo? ¿Dios? Oh… Él no recordará mis faltas, no lo sabrá. Las paredes y la oscuridad me protegen; puedo hacer lo que quiera”).
¡Cuánto pecado, queridos míos, se comete en la oscuridad! ¡Cuánto pecado!
Y, sin embargo, el libro de la Sabiduría de Sirácide responde a las palabras insensatas de aquel hombre necio que piensa que Dios no lo ve: “Los ojos del Señor son mil veces más luminosos que el sol.”
Si se supusiera que el sol pudiera entrar y llenar tu habitación, la inundaría completamente de luz. Pues bien, los ojos de Dios son miles de veces más luminosos que el sol, y te ven. “Observan todos los caminos de los hombres y penetran en los lugares más ocultos.” Es decir: Dios ve todos los caminos, toda la vida y conducta de los hombres, y también ve lo que está en lo más escondido. No existe nada, queridos míos, oculto para Dios. Todo está desnudo y descubierto ante Él.
Si los ángeles pueden ver a través de la materia, no pueden ver a través del espíritu. El espíritu —cada espíritu— es un ámbito cerrado para todo otro espíritu. Mi alma, mi interior, no lo ve ni el ángel ni el demonio; solo lo ve Dios. Mi espíritu es transparente para Dios. Por eso, nada hay oculto ni cubierto, sino que todo está desnudo y manifiesto ante Él.
El salmista David lo expresa bellamente, con profunda sabiduría, en el Salmo 138: “¿A dónde huiré de tu espíritu, y a dónde escaparé de tu presencia? Las tinieblas no son oscuras para Ti, y la noche brilla como el día.” Tú lo ves todo, lo oyes todo, lo comprendes todo, y no existe absolutamente nada que pueda suceder sin que Tú lo sepas.
¡Cuánta importancia práctica tiene esto para nuestra vida!
Casi no hace falta que lo diga. Solo os daré un ejemplo.
El bienaventurado José, hijo de Jacob, cuando llegó a Egipto, quizá no conocía muchas cosas acerca de la ley de Dios, porque aún no existía la Ley; esta fue dada cuatro o cinco siglos después.
Y sin embargo, cuando se le presentó la ocasión del pecado, siendo un joven de veinte años, hermoso, como dice la Escritura, “de aspecto muy bello”, y se vio rodeado por la tentación del adulterio, cuando la esposa de Putifar quiso pecar con él, ¿qué fue lo que José invocó?
No conocía el mandamiento “no cometerás adulterio”, todavía desconocido; ni tenía preceptos escritos. Y además, siendo esclavo, vendido, lejos de su hogar, sin una tradición religiosa fuerte más allá de la apocálipsis-revelación que Dios había hecho a su padre y a su abuelo…
¿Qué dijo José?
Dijo aquello que lo salvó a él, y que salvaría a todo hombre: “¿Cómo podría hacer esta maldad ante los ojos de Dios y pecar contra Él?”
¿Qué había en el corazón de José?
Tenía una profundísima conciencia de la presencia omnipresente de Dios. Pensaba: “Dios me ve. No importa si estoy lejos de mi casa, vendido en Egipto como esclavo; Dios me ve. Dios está en las tiendas de Jacob y también en Egipto. Dios está en todas partes”. Está en las profundidades de los océanos, en las entrañas de las partículas y los átomos de la materia, y en los inmensos cielos. Dios está presente en todo lugar. No es que Su mirada esté en todas partes: es Él mismo quien está presente.
Prestad atención: yo, en este momento, no lleno todo el espacio del templo; ocupo un punto de él, y desde aquí contemplo el templo, lo veo, os veo a vosotros. Dios, en cambio, no supervisa desde fuera: Dios está presente en cada punto del espacio, sin tener relación física con él, porque el espacio mismo es Su creación. Está fuera del espacio por naturaleza, pero presente en cada lugar del espacio. Y conoce todo. Lo ve todo. Dios es, por así decirlo, “todo ojos”. Eso fue lo que salvó a José. Y eso mismo me salvará a mí, pobre de mí, cuando piense: “Dios me ve. ¿Cómo, pues, voy a cometer el pecado?”
Pero, queridos míos, esto también tiene un aspecto positivo. Cuando sé que Dios me ve, entonces cada lágrima, cada esfuerzo -a veces agotador- hecho por amor a Cristo, cada virtud, todo lo que los hombres no han visto ni comprendido, ya sea porque no pueden saberlo o porque lo han despreciado, o incluso cuando los hombres me han hecho injusticia… todo eso lo ve Dios. No importa si el bien que hago lo ven los hombres o no. Dios lo ve. Y si Dios lo ve, descanso, me sosiego. Sé que de la mirada de Dios nada se escapa. Y puesto que Él conoce todas las cosas, descanso en Su mano, descanso en Su amor, descanso en Su omnisciencia.
¿Veis, queridos míos, qué grande cosa es tener esta conciencia? ¡Tener la sensación viva de que Dios está en todas partes y todo lo conoce!
Pero hoy nuestra Santa Iglesia celebra también la memoria de un santo recientemente manifestado, del santo Nectario, (homilía hecha el 1980). Quisiera señalar dos o tres cosas acerca de su vida, en relación con lo que os he dicho.
Lo he llamado un “santo recién manifestado”, un nuevo santo. Y esto, aunque quizá no sea del todo consciente en la mente de la Iglesia, revela algo profundo.
Cuando la Iglesia llama a sus santos más recientes “nuevos” o “recién aparecidos”, no lo hace por una mera clasificación histórica, como si se tratara de una subdivisión cronológica para comodidad de estudio.
¡No, queridos míos, no!
Con ello nuestra Iglesia Ortodoxa quiere expresar algo teológico: que en su interior vive intensamente la conciencia de los últimos tiempos. Vive la sensación del fin. Y aunque hasta el siglo XV la Iglesia no solía llamar a sus santos —ya fuesen mártires o ascetas— con apelativos que indicaran novedad, después de la caída de Constantinopla (1453) comenzó a hablar de “nuevos mártires” y de “recién manifestados santos”. Si habéis escuchado el himno de su oficio, dice así: “Al santo que apareció en los últimos tiempos…” — Τὸν ἐν ἐσχάτοις καιροῖς φανέντα ἅγιον —.
¿Y cuáles son esos “últimos tiempos”?
La conciencia de la Iglesia siente precisamente esto: que vivimos en los últimos tiempos. Por eso san Nectario es uno de los santos de los últimos tiempos. Y nosotros también debemos luchar, estamos llamados a luchar, para pertenecer a esos santos de los últimos días. Vivimos ya en los tiempos finales, en los que la historia se acerca a su término, su fin. Ese es el primer punto.
El segundo punto es el siguiente: San Nectario llevó una vida que no era visible a los ojos de los hombres. Fue un hombre muy sencillo entre los hombres. Ciertamente era obispo, -me diréis-, y hay muchos obispos. Era metropolita de Pentápolis, en Egipto, obispo auxiliar del patriarca. Y, sin embargo, aunque hay muchos obispos, cuando -por celos y envidias- fue expulsado de Egipto y vino a Grecia, se convirtió en un obispo que había perdido su trono. Hoy también existen muchos obispos que han perdido su sede -por causas justas o injustas-, pero ¿quién podría sospechar que en el corazón de un obispo así podría habitar toda la grandeza de la santidad?
San Nectario vivió una vida oculta. Cuando llegó a Atenas, subía y bajaba las escaleras de los Ministerios de Educación y de Asuntos Exteriores para rehabilitar su nombre y su reputación, y para que lo nombraran en algún cargo. Después de mucho, muchísimo tiempo y de muchos esfuerzos, consiguió ser designado —¿quién lo hubiera imaginado de un obispo?— predicador itinerante, en Calcis, en Lamía, en nuestra propia región, como cualquier otro predicador nombrado oficialmente por la Iglesia. Viajaba de aldea en aldea, predicando. Se ha conservado una fotografía suya, publicada hace poco en un periódico religioso: en ella aparece san Nectario en algún lugar de Eubea, rodeado de muchísima gente durante una fiesta popular.
Se ven hombres vestidos con el traje tradicional griego, con fustanela, algunos con clarinetes; era una fiesta. Y san Nectario aparece en la foto junto a ellos. Seguramente le habrán dicho: “¡Vamos a tomar una foto de recuerdo!”.
¿Quién podría haber sospechado jamás que aquel humilde jerarca, aquel obispo depuesto de su trono, aquel que había perdido su sede episcopal, escondía dentro de sí una montaña de santidad?
Solo Dios conocía sus pruebas, sus dificultades, sus sufrimientos interiores. Y fue Dios quien lo sacó a la luz, del mismo modo que sacó a la luz a la mujer hemorroísa (con hemorragia), revelándola ante todos. Dios revela la virtud, por oculta que sea.
Y hay un segundo punto.
¿Qué fue lo que “salió de los vestidos del Señor”?
Δύναμις (Dínamis: potencia y energía increada).
¿Qué significa que “salió dínamis de los vestidos del Señor”?
Significa que esa dínamis procede de la divinidad misma.
¿Y cómo lo reciben también los vestidos?
No lo digo yo; está claramente expresado en la descripción de la Sagrada Escritura.
Sí, queridos míos: los vestidos también. La mujer solo dijo: “Tocaré el borde de su manto”. Aun si hubiese tocado Su cuerpo, también el cuerpo era, en cierto modo, un “segundo vestido” de la divinidad.
Porque también el cuerpo es material: carne y huesos, materia; y también el manto es materia. Eso fue lo que ella tocó. Y a través de esa materia recibió la χάρις (jaris: gracia, energía increada), la bendición, la curación.
Pues bien, lo mismo hace hoy el Señor por medio de sus santos. A través de los objetos sagrados que los santos tocaron, o de sus santos restos, de sus huesos, Dios concede milagros, curaciones y muchos otros dones, para que se demuestre que Cristo es verdadero, y que los santos vivieron correctamente lo que Cristo enseñó, el Evangelio; y para que se vea que Cristo lo ve todo, que es omnisciente, que todo lo conoce, y que diviniza, glorifica y elogia a quienes han vivido conforme a Su voluntad.
¡Cuántas enseñanzas, queridos míos, se desprenden de este pasaje, en el que el Señor va de camino para resucitar a la hija de Jairo!
Deseo que, por las intercesiones de san Nectario, cuya memoria hoy celebramos —y a quien tanto amamos los helenos-griegos—, nos veamos todos bendecidos por su intercesión.
Ha obrado miles de milagros, yo diría innumerables milagros, porque si miles son los que conocemos, ¿cuántos son aquellos que han recibido sus beneficios sin que nadie lo haya publicado?
¡Son muchísimos!
Somos todos, queridos míos, beneficiados por este santo de Dios, a quien con toda razón se ha llamado “el santo de nuestro siglo”, porque nos muestra el camino para que también en el siglo XX -y en los últimos tiempos- podamos ser santos, ya que el mandamiento de Dios sigue vigente hasta el fin de la historia: “Sed santos, porque Yo soy santo”, (Lv 19,2). Amín.
PARA GLORIA DEL DIOS TRINO
Homilía realizada en el Santo Monasterio Komnineo, Larisa, el 9 de noviembre de 1980, con inmensa gratitud a nuestro guía espiritual, el venerable y bendito Padre Atanasios Mitilineos,
FUENTES: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/omiliai-kyriakvn
Transcripción digitalización y edición de la homilía: Sr. Atanasios K. y Eleni Linardaki, filóloga.
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/