
Memoria de San Demetrio Megalomártir y Mirovlita: soldado y atleta
Por Atanasio Mitilineos
Amados, se alegra el cielo y se alegra también la tierra cuando se celebra la memoria de un Santo. Se alegra el cielo porque ha ganado de la tierra a un santo; se alegra también la tierra porque ha entregado al cielo a uno de sus hijos. Y los santos ángeles también se alegran, porque hacen de un hombre su compañero de conversación. Y los hombres se alegran porque se les abre la posibilidad de su santificación celestial.
Y san Demetrio fue un gran mártir de Cristo, que con su martirio glorificó al Señor y dio un buen ejemplo de fe y de amor a Cristo a miríadas de fieles a lo largo de la historia.
El gran mártir de Cristo, Demetrio, era de Tesalónica. Y tenía el más alto cargo de gobernador de la ciudad cuando, en el año 303 d.C., se presentó la ocasión con la visita de Maximiano a la ciudad. No fue a recibirlo; esa fue la ocasión. Era tiempo de persecuciones contra los cristianos, y san Demetrio mostró plenamente la medida de su fe en Cristo. Por eso fue arrestado y ejecutado como mártir. Era joven, apuesto, vigoroso (es decir, valiente y atlético). Era comandante militar; por eso poseía las cualidades propias de la vida militar y atlética.
Y con mucha propiedad nuestra Iglesia le dedicó el pasaje apostólico de Pablo a Timoteo, que escuchamos anteriormente, y que se refiere —en sentido figurado, por supuesto— a la vida militar y atlética que Timoteo necesitaba. Pero también a todo “Timoteo” dentro de la vida de la Iglesia.
Y escribe: “Tú soporta las fatigas, como buen soldado de Cristo. Ningún soldado se enreda en asuntos de la vida civil si quiere complacer al que lo alistó en el ejército. El atleta no puede conseguir la victoria si no se atiene a las reglas del deporte. Si el labrador quiere recoger la cosecha, antes tiene que trabajar el campo, lo mismo debes disfrutar del campo espiritual que trabajas por mandato de Dios. Creo que comprendes lo que te quiero decir. En todo caso, el Señor te lo hará comprender. Acuérdate de Jesús Cristo, resucitado de entre los muertos”, (2Tim 2:3-8). Y cuántas veces el gran mártir de Cristo, Demetrio —que estudiaba las Sagradas Escrituras— no habrá leído estos versículos y se habrá conmovido por ellos…
El doxástico de los apósticos (el himno de alabanza en las vísperas) dice del Santo en su fiesta: “Y también posee tu preciosísimo y muy atlético cuerpo este célebre —es decir, famoso y renombrado— templo sobre la tierra”, refiriéndose al templo de san Demetrio en Tesalónica. Era, pues, militar, joven y atlético.
Veamos ahora qué quiere decir Pablo con estos versículos:
“Tú, pues, hijo mío, sufre penalidades como buen soldado de Jesús Cristo. Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo alistó.” Aquí Pablo quiere subrayar que quien se incorpora al servicio de Cristo se convierte en “soldado del campamento del Señor”. “Campamento” significa ejército o campamento militar, y “campamento del Señor” expresa la existencia de un campamento enemigo: el campamento del mundo y del diablo; con el cual el campamento de Cristo se halla en continua guerra, sin pausa ni tregua.
Ser soldado de Cristo significa estar bajo la bandera de Cristo, bajo Sus órdenes y mandamientos. Y para poder responder adecuadamente, uno no debe enredarse en las preocupaciones terrenales ni en los apegos a amigos y familiares que puedan interrumpir su fidelidad a Cristo.
Ser soldado de Cristo significa además que la condición básica es el padecimiento, sufrimiento. Lo repetiré: el padecimiento. El padecimiento permanente, de por vida. La ausencia de comodidad a causa de las continuas tentaciones y persecuciones. Cuando los demonios y los hombres persiguen; cuando las pasiones se movilizan para abatir al combatiente. Su símbolo es la cruz: el creyente, el fiel soldado, lleva la cruz. Y la cruz es la síntesis del padecimiento.
El cristiano sin padecimiento vive un cristianismo falso. Más bien, se comporta como enemigo de la cruz de Cristo. Porque Pablo escribe, por ejemplo, a los Filipenses, refiriéndose a ciertos cristianos que eran amantes de la comodidad —y esto le dolía profundamente—, y los llama “enemigos de la cruz de Cristo”.
¿Por qué? Porque la cruz, como dijimos, es la expresión máxima del padecimiento. ¿No fue en la cruz donde fue crucificado Cristo? No fue a descansar sobre la cruz, sino a sufrir el martirio.
¿Y qué escribe ahora Pablo a los Filipenses sobre los “enemigos de la cruz de Cristo”?
“Cuyo fin es la perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria está en su vergüenza (se glorían en cosas de las que deberían avergonzarse), los que piensan en las cosas terrenales”, (Filip 3:18–19)
¿Visteis cómo llama Pablo a esos cristianos? Los llama “enemigos de la cruz de Cristo”.
Una señal del verdadero soldado —dice un intérprete, el Ecumenio— es el sufrir penalidades, y este sufrimiento, padecimiento procede de la guerra espiritual que libra el creyente.
Pablo escribe a los Efesios: “Porque nuestra lucha no es contra gente de carne y hueso, sino contra los principados y potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso que dominan sobre los hombres de este siglo pecador, contra los espíritus del mal, que moran en los espacios entre tierra y cielo. Por esto, recibid la armadura y las armas de Dios, para que podáis resistir en el día malo de ataques demoníacos y tentaciones y si aplicáis con exactitud vuestros deberes, los principios espirituales y mantenéis firmes vuestra posición, seréis vencedores y perfectos en todo” (Ef 6:12-13).
Así también comenta el intérprete Teodoreto: “Mira, observa de quién eres soldado, para que puedas soportar con valentía los esfuerzos de tu milicia.”
Además, el concepto del buen soldado incluye la disposición al martirio. La disposición al martirio es el criterio que mide la profundidad de la fe y del amor del creyente en Cristo. “Y también el que lucha como atleta no es coronado si no lucha legítimamente” (2Tim 2:5). Aquí Pablo exige una lucha legítima. “Sí, dice, lucharás, pero legítimamente.” La lucha es un ejercicio continuo, un mantener los miembros y facultades de la psique- alma —nus (espíritu), sentimiento y voluntad— en estado de flexibilidad y preparación. La lucha debe desarrollarse en legitimidad, como dijimos.
San Juan Crisóstomo comenta: “Si no guarda todas las reglas del ejercicio —tanto las relativas a la alimentación, como a la templanza, a la modestia y a las de la palestra (el lugar de lucha)—”; es decir: “debes observarlo todo correctamente, no basta con ejercitarte, sino que también has de ser prudente, casto, puro, cumpliendo los mandamientos de Dios; entonces tu lucha será legítima. La ley de la dieta, de la templanza y de la modestia son requisitos, como también lo son las normas de cada competencia o deporte. Si no cumples las reglas de cada deporte, no puedes ser coronado. Por ejemplo, si hay cinco corredores alineados en la pista, ¿cuándo comienzan? Cuando se da la señal. Si alguien parte antes, su carrera es nula.
Así pues, comprendemos que debemos tener legitimidad en la lucha.
Y en el ámbito de la fe, las leyes de la lucha espiritual son dos:
1) No luchar autónomamente, sino en dependencia de la voluntad de Dios. No porque a ti te plazca mostrar una lucha nacida del capricho o de la autosuficiencia, es decir, separado de Dios. ¡No! “A mí me gusta hacerlo así”, dices. Eso no es legítimo.
2) La aplicación exacta y evangélica de las condiciones de la lucha; hacer lo que dice el Evangelio, tanto en el modo como en la expresión. Ser una persona de discernimiento. Entonces tu lucha será legítima. Y solo entonces será aceptada.
Pero Pablo añade una tercera imagen, que presenta a Timoteo y le dice: “El labrador que trabaja debe ser el primero en participar de los frutos” (2Tim 2:6) Esto significa que, así como el labrador es el primero en participar de los frutos de su esfuerzo; -“¿Plantaste viñas? ¿Cultivaste el viñedo? Pues tú serás el primero, por supuesto, en comer las uvas”—, así también el soldado maestro de Cristo será el primero en participar de los frutos espirituales. Y estos frutos son los dones del Espíritu Santo y la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios. Él será quien primero experimente estos dones del Espíritu Santo, los cuales no pueden permanecer ocultos.
«En el mismo esfuerzo —dice san Juan Crisóstomo— está la recompensa.» Es decir: “por el esfuerzo que hayas hecho, recibirás también tu don, donación”. Y también: «Si hemos muerto con Él, también viviremos con Él; si perseveramos, también reinaremos con Él» (2Tim 2:11-12). Esto es la lucha legítima.
¿Y cómo alcanzaremos todo esto? Pablo dice a Timoteo —y, como os dije, muchas veces debió san Demetrio leer este pasaje:
«Acuérdate de Jesús Cristo, que resucitó de los muertos». Sí. Es la memoria constante, la meditación y la contemplación del misterio de la muerte y la resurrección de Cristo. Es el estudio y la contemplación de la persona del Θεάνθρωπος (zeánzropos) Dios-Hombre Jesús Cristo. Si no tienes esta contemplación, esta mirada interior, esta memoria, nunca tu lucha podrá ser legítima. Será simplemente una lucha según tu propio deseo y gusto. Allí, precisamente, está el secreto del éxito: recordar a Jesús Cristo. No como un ejercicio de autosugestión, sino porque la persona de Cristo está viva y actúa profundamente en el creyente.
Amados:
La memoria del gran mártir san Demetrio nos ha conducido por las huellas evangélicas de la interpretación práctica del logos de Cristo.
La vida de los santos es la verdadera interpretación del Evangelio. Es, por decirlo así, un Evangelio ilustrado.
Y como dice Pablo: “Sois una carta conocida y leída por todos los hombres” (2Cor 3:2-3). Los hombres ven, conocen y leen esta carta, es decir, la vida misma del creyente, del santo, es aquello que realmente manifiesta la plenitud de su fe y de su amor.
Por tanto, la vida de los santos es la verdadera interpretación del Evangelio. Sí. Así cómo vivieron ellos, así debemos vivir también nosotros. Sin recortes, sin mutilaciones, sin selecciones. “No, esto del Evangelio me gusta, aquello no me gusta. Esto lo hago, aquello no, porque no me agrada.”
¡No! Sin recortes ni mutilaciones. Tal como el Señor enseñó el Evangelio, así también lo vivió.
El gran peligro de los últimos tiempos —cuando lleguemos al final de la Historia—, amados, será tanto el Evangelio recortado como el Cristo mutilado. “Así me gusta que sea Cristo, no como es realmente. A mí me agrada este tipo de Cristo. El Evangelio me impresiona solo en lo que coincide con mis preferencias.”
¡Cuántas veces escuchamos a personas ajenas a la fe decir: “Bueno, Cristo habla del amor”!… Pero ¿cómo entienden ese amor? Es otra cosa muy distinta…
Os lo diré: hasta la fornicación se llama “amor”. Y casi todas las canciones —el 99,9% de las llamadas “canciones mundanas”— están llenas de “amor”…
Pero, ¿qué tipo de amor?
¡Amor carnal, amor fornicario!
Por eso, tengamos cuidado. Los santos nos han mostrado el camino correcto, y por eso los necesitamos. San Demetrio el Mirovlita, cuya memoria celebramos hoy, es el firme indicador del camino espiritual de la fe y de la vida, en todos los siglos. Amén.
Para gloria del Dios Trino y Santo.
Homilía realizada en el Santo Monasterio Komnineo, Larisa, 26-10-200,1con inmensa gratitud a nuestro guía espiritual, el venerable y bendito Padre Atanasios Mitilineos,
FUENTES: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/omiliai-kyriakvn
Transcripción digitalización y edición de la homilía: Sr. Atanasios K. y Eleni Linardaki, filóloga.
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/