La actitud negativa de una ciudad – A. Mitilineos

«La actitud negativa de una ciudad»

Atanasio Mitilineos, el Nuevo Crisóstomo

Domingo VI de Lucas [8, 26-39]

El Señor, queridos míos, junto con sus discípulos, desembarcó en barca al otro lado de Galilea, hacia el oriente, en la región de los gerasenos. Gérgesa o Gadara era una ciudad de la Decápolis (diez ciudades helénicas) de Palestina, y allí habitaban principalmente helenos-griegos. No se sorprendan. Se dice incluso que aquellos griegos eran descendientes de los soldados de Alejandro Magno. Es bien sabido dónde murió Alejandro y que su ejército quedó esparcido por todas partes, estableciéndose los hombres en diversas regiones, etc.

Así, podríamos decir que la vida de los habitantes era descuidada; además, criaban cerdos, cosa que estaba estrictamente prohibida a los judíos. De esta manera podemos comprender también la presencia de personas poseídas por demonios.

Sin embargo, esta ciudad mostró una actitud negativa hacia nuestro Señor. De hecho, le pidieron que se marchara de su territorio, que se fuera. Ciertamente con cortesía, pero que se fuera. Y con cortesía, porque tenían miedo de lo que habían visto. Es una actitud triste que se repite continuamente en la Historia, y por eso debe servirnos de ejemplo —para nosotros los helenos-griegos y a todos los cristianos—, un ejemplo que debemos evitar.

El Señor atravesaba el desierto de la región de los gerasenos cuando, en cierto momento, se encontró con un hombre de aquella ciudad. Era claramente un hombre poseído por demonios. Sin embargo, debemos distinguir —y sería un grave error no hacerlo— la posesión demoníaca de la locura. Una cosa es el loco y otra el endemoniado.

Recuerdo una vez que visité a un joven poseído en su casa y me dijo ¡qué tenía yo dentro de mi maletín, qué libro llevaba y qué estaba escrito en tal página concreta! El loco no sabe tales cosas. Pero el poseído sí las sabe, porque le son dictadas por el demonio; y de esa manera se nos revela esta imagen tan terrible.

Este hombre, nos informa el santo Evangelista, desde hacía mucho tiempo tenía muchos demonios. No vestía ropa. No vivía en una casa, sino entre las tumbas abovedadas —así podemos entender cómo habitaba entre los sepulcros de aquella región. Eran tumbas como la del Lázaro o la del mismo Cristo: excavadas en la roca, en cavidades, no subterráneas, sino abiertas en laderas o montículos. Así que allí podía efectivamente alguien refugiarse y vivir.

Era el terror de los que pasaban por aquella zona, como nos lo dice otro Evangelista. Lo ataban con cadenas, pero las rompía y huía nuevamente al desierto. Cuando el Señor le preguntó cuál era su nombre, respondió: «Legión». Legión era el nombre del regimiento romano compuesto por seis mil soldados. Es decir, significaba multitud de demonios. «Ese es mi nombre, decía, una multitud de demonios». Por supuesto, hablaba un demonio en nombre de todos los demás.

Y los demonios rogaron, si el Señor los expulsaba —pues habían reconocido el poder de Cristo—, que no los enviara al Hades, mejor dicho, al infierno, al abismo, sino a los cerdos que pastaban por allí cerca.
Y el Señor les dijo: «Vayan». «Eso piden, vayan». Aquí vemos que el Señor realiza la voluntad de los demonios. Ciertamente, es una voluntad por concesión, permisión, no por beneplácito o complacencia. No olvidemos esas dos formas de voluntad divina: la por concesión o permisión y la por beneplácito o complacencia. Entonces los demonios salieron de aquel hombre, entraron en los cerdos —que pacían tranquilos a la orilla del lago—, y los cerdos se volvieron furiosos y se precipitaron todos juntos, un rebaño de unos dos mil, al lago, donde se ahogaron.

Los pastores de cerdos se llenaron literalmente de terror. Huyeron y contaron a los habitantes de Gerasa lo sucedido: lo que había ocurrido con los cerdos y con el endemoniado. Entonces ellos salieron de su ciudad para ver con sus propios ojos lo que había pasado. Y cuando llegaron, un miedo indescriptible los invadió; no sabían cómo reaccionar. Porque, por un lado, veían los cerdos ahogados —eso no podían negarlo—, y por otro, veían a su antiguo conciudadano, el antes endemoniado, sentado a los pies de Jesús, tranquilo, vestido y en su sano juicio. No podían negar ni lo uno ni lo otro, queridos míos.

Y cuando toda la ciudad salió y vio lo acontecido, entonces —como nos informa el evangelista Lucas— «toda la multitud de la región de los gadarenos le rogó que se marchara de allí, porque un gran temor se había apoderado de ellos» (Luc 8:37).
Le rogaron al Señor; no lo expulsaron por la fuerza. Pensaron: «Aquí ocurren cosas sobrenaturales». ¿Y cómo podían actuar violentamente ante eso? Por eso le dijeron con respeto: «Por favor, Señor, márchate de aquí».

Pero en verdad, ¿por qué se asustaron y tuvieron tanto miedo? Existen, queridos míos, dos formas de temor ante Dios.

La primera forma es el temor nacido de la conciencia del propio pecado. Eso fue lo que le ocurrió al apóstol Pedro, cuando el Señor habló desde su barca —pues la multitud lo apretujaba—, y le pidió que se alejara un poco de la orilla para poder enseñar desde allí. Después de la enseñanza, el Señor le dijo a Pedro que echara las redes, a plena luz del mediodía. Pedro, al ver la pesca tan abundante, se asombró; comprendió —por lo que había oído y por lo que veía— que estaba ante una Persona extraordinaria, una Persona divina, aunque aún no sabía quién era exactamente Jesús. Si quieren saberlo, los discípulos entendieron plenamente quién era Cristo solo después de Pentecostés. Entonces Pedro cayó de rodillas ante el Señor y le dijo: «Señor, apártate de mí, porque soy un hombre pecador» (Lc 5:8). Temía que Dios viera sus pecados y lo castigara. Aquí vemos el temor reverente, el temor santo ante Dios, nacido de la humildad y del reconocimiento de la propia miseria y pecaminosidad.

La segunda forma de temor ante Dios es el miedo que provoca Su presencia, cuando el hombre vive en impenitencia, sin metania. Es el miedo del que no quiere cambiar. Yo quiero seguir pecando, no quiero que Dios me vea… -¡qué necio es el ser humano!- se esconde, como dice el pueblo, «detrás de su dedo».

Así pues, «que se vaya ese hombre divino, Jesús», pensaban, «para que podamos vivir tranquilos, como nosotros queremos». Tendremos nuestros manjares y tapas de carne de cerdo, al menos, y todas las demás comodidades y pecados que disfrutamos.

¿Por qué mencioné «nuestros manjares o tapas de cerdo»?
Porque la Ley prohibía comer carne de cerdo, y ellos la comían.
Tenían grandes manadas, dos mil cerdos, nos dice el Evangelio. Por eso el Señor permitió que los demonios entraran en los cerdos, para que no entrasen en los hombres, que violaban la Ley de Dios, sino en los animales.

Sin embargo, los gerasenos querían seguir viviendo a su manera. Como mencioné antes, en la región vivían helenos-griegos, pero no exclusivamente, había también judíos. Y como muchos de los griegos habían impuesto su modo de vida a los judíos del lugar, por eso eran considerados personas muy pecadoras.

Y, evidentemente, aquí vemos que los gadarenos o gerasenos debían haberse conmovido por el milagro que había ocurrido a su conciudadano.
¿Se emocionaron? No, queridos míos. Solo sintieron miedo. Pero miedo por el motivo que les expliqué: porque temían perder los bienes que disfrutaban, sus placeres pecaminosos. Así, no prestaron atención.
¿Y cómo puede prestar atención el hombre que lleva un velo sobre los ojos, que no ve las maravillas de Dios?

No se dieron cuenta de la impresionante diferencia —en comportamiento y en estado— entre su antiguo conciudadano, el endemoniado, y lo que ahora veían ante sus ojos. Antes, aquel hombre, como nos dice el evangelista Lucas, «era llevado por el demonio hacia los desiertos». Ahora, en cambio, lo veían sentado, sereno y vestido, a los pies de Jesús. Antes no vestía ropa alguna. Sabemos que quienes están bajo la influencia demoníaca suelen romper o quitarse la ropa. Una pequeña observación: ¿acaso aquellos que en verano se desnudan y caminan casi sin ropa no podrían, en cierto grado, estar dominados por el mismo espíritu? Cada uno que lo piense por sí mismo…

Antes, ese hombre tenía el comportamiento de un maniático; ahora está tranquilo, en su sano juicio. ¿No vieron los desdichados gerasenos esa diferencia? Antes este conciudadano era un hombre aislado, sin contacto humano. ¿Con quién podía tener compañía? ¿Quién querría estar con él? Ahora, en cambio, lo vemos entre personas: con el Señor y Sus discípulos. Y sin embargo, todo esto que veían… ¿realmente lo veían? No se conmovieron. Y ese fue su desgracia, su infortunio.

Además, los gerasenos fueron informados del diálogo que tuvo lugar entre el endemoniado y Jesús. El Santo Evangelio dice: «Y los que lo habían visto -principalmente los pastores de los cerdos– les contaron cómo había sido salvado el endemoniado». Les dijeron: «Esto fue lo que sucedió; esto dijo el Señor, y esto respondió aquel hombre». Supieron también los detalles de esa conversación. Y ese diálogo reveló cosas maravillosas, de gran profundidad y con una teología riquísima. No eran imaginaciones ni invenciones de los testigos.
¿Quiénes hablaron?
Jesús y el endemoniado. No se trataba de fantasías ni de cosas improvisadas que pensaran en ese momento para decirlas o hacerlas. Porque, repito, por un lado, el endemoniado fue sanado y por otro lado, se ahogaron dos mil cerdos.
¿Es posible que todo eso fuera fruto de la imaginación?
¡De ningún modo!

Los demonios, queridos míos, son una realidad. Son espíritus, son rostros con personalidad. Y cuando decimos “persona o rostro con personalidad”, entendemos un ser con lógica, razón y autoconciencia. Los seres humanos somos personas, rostros con personalidad; nuestros gatos o perros, no. El rostro humano —los ojos, la nariz, las cejas— no es lo que define a la persona. Persona significa tener conciencia de uno mismo, saber quién soy. Así pues, el ser humano es persona; los demonios también son personas, al igual que los santos ángeles.
En su naturaleza, los demonios no han cambiado respecto a los ángeles santos: eran ángeles, pero por su orgullo se transformaron en demonios, se endemoniaron, es decir, se separaron de la divina doxa-gloria (luz increada), se apartaron de Dios. Por eso decimos que los demonios son seres personales y reales.

Sin embargo —y esto quiero subrayarlo— incluso hoy hay cristianos que no creen en la existencia de los ángeles ni de los demonios. Yo mismo lo he oído muchas veces: «Ah, yo no creo que existan los ángeles», dicen.

¿Y cómo los consideran?
Como simples elementos decorativos en los relatos de la Sagrada Escritura.

Y a los demonios, ¿cómo los ven?

Como una personificación del mal. Así como los antiguos griegos hablaban de las Erinias —las Furias— como figuras simbólicas del mal, del mismo modo muchos dicen ahora: «Los demonios no existen; son solo una forma de hablar, una personificación del mal». Pero no, queridos míos, no se trata de una personificación del mal.

El santo apóstol Juan nos dice en su primera carta: «El Hijo de Dios se manifestó para destruir las obras del diablo». Este es el propósito por el cual el Hijo de Dios vino al mundo: para deshacer y destruir las obras del diablo, para aniquilar su poder. Y les pregunto: ¿Fue entonces la presencia de Cristo en el mundo una especie de locura quijotesca?

¿Saben quién era Don Quijote? Ese personaje del poema (novela) del escritor español, etcétera, etcétera. Cuando veía molinos de viento, los tomaba por terribles gigantes. Y con una lanza intentaba atacarlos. Pero no eran otra cosa que molinos de viento. No eran, por supuesto, gigantes.

¿Acaso, entonces, vino Cristo al mundo de manera “donquijotesca”,
a luchar contra cosas inexistentes, contra enemigos imaginarios,
contra personas que no existen?
¡De ningún modo! ¡Imposible!

Cristo vino a luchar contra realidades verdaderas, a vencer al maligno y a liberar al hombre de su dominio.

Los demonios, queridos míos, son una realidad aterradora. La presencia de ángeles y demonios en la vida cotidiana de las personas es, debemos decirlo, frecuentísima.
¿Saben cuántas personas nos han contado que han visto al diablo? No en sueños, sino despiertos. Que te diga: “Me está tirando la manta de la cama. ¿Debería decir que es mi imaginación? Pero te está tirando la manta de la cama. Y muchos otros fenómenos extraños y curiosos, de los que tenemos muchísimos testimonios cotidianos. Muchos han visto demonios. Muchos han visto ángeles. Tenemos así testimonios de la vida diaria, una experiencia tangible.
Además, toda la Sagrada Escritura, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, está llena de la presencia de ángeles y demonios.

Ahora quiero señalar un caso negativo. Si no crees, hermano, en la Sagrada Escritura, presta atención, tomaré un testimonio que no puedes negar: la magia y el espiritismo. El espiritismo y la magia son instrumentos del diablo. Cuando te dicen cosas que un ser humano no puede saber… Cuando te dicen: «El difunto escondió dinero en tal lugar de tu huerto», ¿de dónde lo sabe?

Tomen nota: fuera del ámbito del médium (médium significa intermediario) esa persona no sabe nada. Dentro del ámbito de la situación, sabe dónde está ese dinero y te dice: “Está allí”. ¿No han oído a personas decir: “Voy al médium para saber esto o aquello”? ¿De dónde lo sabría el médium para decírtelo a ti? Se lo informan los demonios. Si quieres, hermano, acepta este testimonio. Este testimonio, que no es de la Sagrada Escritura, repito, al menos es el testimonio del espiritismo.

Lo importante es que hoy en día sociedades enteras de personas no quieren a Jesús Cristo.  No lo quieren. Como los gerasenos de entonces, quieren vivir en la tranquilidad de su pecaminosidad. Temen perder sus placeres y comodidades. Ya que Evangelio es ascético, practicante por eso muchas personas rechazan el Evangelio hoy.

¿Qué buscan entonces?
Se sorprenderán: buscan el Islam.
¿Saben que Europa está cerca de convertirse en islámica?
Sí, Europa cristiana, Occidente cristiano.
¿Por qué? Porque el Islam todas estas cosas las perdona, todo lo permite y lo acepta.
¿Por tanto, por qué ir al cristianismo, que es ascético, practicante?

Y aunque el islamismo —fíjense en este punto— fue derrotado fuera de Viena, ¿lo recuerdan de la Historia, de la escuela, cuando los turcos llegaron hasta las afueras de Viena? Entonces finalmente se venció a los turcos. Y el islamismo fue derrotado. Sin embargo, hoy en día el islamismo vence e irrumpe en Europa y en América a su manera. De manera pacífica. Sí. ¿Por qué? Porque, sencillamente, los cristianos se van degradando espiritualmente de manera continua. Y dejan margen, sí, margen, para que el islamismo entre. Además, no olviden, cómo ese hombre se endemonió, ¿lo saben? Dejó ventanas abiertas al diablo. Y hoy los europeos y los occidentales en general dejan ventanas abiertas al diablo, su vida espiritual se degrada, hasta llegar a aceptar finalmente ese islamismo que lo perdona todo.

Así, los cristianos occidentales rechazan continuamente a Cristo de sus sociedades. El Evangelista nos dice: «Y toda la multitud de la región de los gadarenos le rogaron que se marchara de ellos, porque tenían gran temor» (Luc 8:37). ¡Que se vaya, que se vaya…dicen!

Y Jesús se marchó. Entró en la barca y regresó. Es decir, dejó a aquellos que amaban más a sus cerdos que a Él.

¿Qué significa que Cristo se marche?
Significa que retira Su χάρις (jaris: gracia, energía increada) de esa gente, y entonces llegan todos los males, especialmente la dominación demoníaca. El diablo reina.
Cristo dijo claramente: “Si no creen que YoSoY, morirán en sus pecados”; el peso cae en este YoSoY; ¿Quién? El Hijo de Dios encarnado. Un mensaje pesado, tremendo y absoluto: «Si no creen en mí, se perderán». Esto debemos tenerlo siempre presente.

Pero si aquella ciudad no aceptó al Señor, como sí lo hizo el hombre sanado, “el hombre le rogaba a Él, desde que los demonios habían salido de él, que estuviera con Él”, es decir, el hombre que había sido poseído le suplicaba al Señor: “Señor, que yo también vaya contigo”. Terrible contraste, ¿verdad?, para el día del Juicio. El Señor dirá: “Este quiso venir conmigo. Ustedes, toda la ciudad, no quisieron”.
Pero ¿qué dice el Señor? “Vuelve a tu casa y narra lo que Dios ha hecho por ti”. “Ve a tu casa y relata todas las cosas buenas y grandes que Dios ha hecho por ti”. Sí. El Señor se iba, pero dejaba un monumento vivo de Su amor y de Su bondad, a este hombre, dentro de aquella ciudad pecadora.

Pero, ¿qué significa “vuelve a tu casa”? Significa “vuelve a ti mismo”. Porque hasta ahora habías estado fuera de ti. Volver a uno mismo significa, primero, autoconocimiento. Segundo, recuperación de las fuerzas de la psique-alma, porque hasta ahora había dispersión de la personalidad. Tercero, conexión de tu propio yo con Dios, para que no haya aperturas al diablo, ventanas o puertas por donde el diablo pueda entrar en tu vida. Y cuarto, embellecimiento de la casa de tu propio yo; es decir, esforzarse por vivir la santidad, la divina jaris (gracia, energía increada), adornarse espiritualmente. Y además, conviértete en misionero en aquella ciudad, que me negó a Mí, al Señor, y no quiso aceptarme. Y el hombre actuó como se le dijo. Es muy conmovedor.

Queridos, tenemos mucho que aprender de una ciudad que se negó a aceptar a Cristo. Y dado que hoy Cristo tampoco es aceptado en parte de nuestra patria y en el mundo, poco a poco nos estamos descristianizando, reflexionemos sobre las terribles consecuencias que podríamos enfrentar si no volvemos a la μετάνοια metania… Sí. Depende de nosotros. Amén.

A la gloria del Dios Trino y Santo,
Homilía realizada en el Santo Monasterio Komnineo, Larisa, 22 de octubre de 2000 con inmensa gratitud a nuestro guía espiritual, el venerable y bendito Padre Atanasios Mitilineos,

FUENTES: https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/omiliai-kyriakvn

Transcripción digitalización y edición de la homilía: Sr. Atanasios K. y Eleni Linardaki, filóloga.

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

 

 

 

 

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