DOMINGO XI DE LUCAS [:Lucas 14, 15-24] La parábola de la Gran Cena, Atanasio Mitilineos

DOMINGO XI DE LUCAS [:Lucas 14, 15-24]
La parábola de la Gran Cena, Atanasio Mitilineos

15 Oyendo esto uno de los que estaban sentados a la mesa con él, le dijo: Bienaventurado y dichoso el que participe en el convite de la realeza increada de Dios.

Λουκ. 14,15 Ἀκούσας δέ τις τῶν συνανακειμένων ταῦτα εἶπεν αὐτῷ· μακάριος ὃς φάγεται ἄριστον ἐν τῇ βασιλείᾳ τοῦ Θεοῦ.

Λουκ. 14,15 Οταν δε κάποιος από τους παρακαθημένους ήκουσε αυτά είπε· “μακάριος εκείνος, που θα παρακαθίση στο γεύμα της βασιλείας του Θεού”.

16 Entonces Jesús le dijo la siguiente parábola: Un hombre daba una gran cena, y convidó a muchos.

Λουκ. 14,16 ὁ δὲ εἶπεν αὐτῷ· ἄνθρωπός τις ἐποίησε δεῖπνον μέγα καὶ ἐκάλεσε πολλούς·

Λουκ. 14,16 Ο δε Ιησούς είπε εις αυτόν την εξής παραβολήν· “ένας άνθρωπος παρέθεσε μέγα δείπνον και εκάλεσε πολλούς.

17 Y a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los convidados: Venid, que ya está preparado todo.

Λουκ. 14,17 καὶ ἀπέστειλε τὸν δοῦλον αὐτοῦ τῇ ὥρᾳ τοῦ δείπνου εἰπεῖν τοῖς κεκλημένοις· ἔρχεσθε, ὅτι ἤδη ἕτοιμά ἐστι πάντα.

Λουκ. 14,17 Και την ώραν, που θα παρετίθετο το δείπνον, έστειλε τον δούλον του να πη στους προσκαλεσμένους· Ελάτε διότι τώρα είναι τα πάντα έτοιμα.

18 Y todos a una comenzaron a excusarse. El primero dijo: He comprado un terreno, y necesito ir a verlo; te ruego que me excuses no puedo participar en la cena.

Λουκ. 14,18 καὶ ἤρξαντο ἀπὸ μιᾶς παραιτεῖσθαι πάντες. ὁ πρῶτος εἶπεν αὐτῷ· ἀγρὸν ἠγόρασα, καὶ ἔχω ἀνάγκην ἐξελθεῖν καὶ ἰδεῖν αὐτόν· ἐρωτῶ σε, ἔχε με παρῃτημένον.

Λουκ. 14,18 Και αυτοί σαν να ήταν συνεννοημένοι ήρχισαν να παραιτούνται όλοι από το δείπνον με διαφόρους δικαιολογίας· ο πρώτος είπε· Αγόρασα ένα αγρόν και έχω ανάγκην να βγω έξω και να τον ίδω· σε παρακαλώ να με θεωρήσης απηλλαγμένον από την υποχρέωσιν να παρακαθίσω στο δείπνον.

19 El segundo dijo: He comprado cinco pares de bueyes, y voy a probarlos; te ruego que excuses mi ausencia.

Λουκ. 14,19 καὶ ἕτερος εἶπε· ζεύγη βοῶν ἠγόρασα πέντε, καὶ πορεύομαι δοκιμάσαι αὐτά· ἐρωτῶ σε, ἔχε με παρῃτημένον.

Λουκ. 14,19 Και άλλος είπε· Αγόρασα πέντε ζευγάρια βώδια και πηγαίνω να τα δοκιμάσω· σε παρακαλώ να θεωρήσης δικαιολογημένην την απουσίαν μου.

20 Y otro dijo: Acabo de casarme, por tanto no puedo ir.

Λουκ. 14,20 καὶ ἕτερος εἶπε· γυναῖκα ἔγημα, καὶ διὰ τοῦτο οὐ δύναμαι ἐλθεῖν.

Λουκ. 14,20 Και άλλος είπε· Ενυμφεύθην και δια τούτο δεν μπορώ να έλθω.

21 Vuelto el siervo, hizo saber estas cosas a su señor. Entonces el amo enojado, dijo a su siervo: Ve pronto por las plazas y las calles de la ciudad, y trae a los pobres, a los mancos, a los cojos y a los ciegos.

Λουκ. 14,21 καὶ παραγενόμενος ὁ δοῦλος ἐκεῖνος ἀπήγγειλε τῷ κυρίῳ αὐτοῦ ταῦτα. τότε ὀργισθεὶς ὁ οἰκοδεσπότης εἶπε τῷ δούλῳ αὐτοῦ· ἔξελθε ταχέως εἰς τὰς πλατείας καὶ ῥύμας τῆς πόλεως, καὶ τοὺς πτωχοὺς καὶ ἀναπήρους καὶ χωλοὺς καὶ τυφλοὺς εἰσάγαγε ὧδε.

Λουκ. 14,21 Και επέστρεψε ο δούλος εκείνος προς τον κύριον του και του διηγήθηκε όλα αυτά. Τοτε, γεμάτος οργήν ο οικοδεσπότης εναντίον των αναξίων προσκαλεσμένων, είπε στον δούλον του· Εβγα γρήγορα εις τας πλατείας και τους δρόμους της πόλεως και φέρε εδώ μέσα τους πτωχούς και τους αναπήρους και τους χωλούς και τους τυφλούς.

22 Y dijo el siervo: Señor, se ha hecho como mandaste, y aún hay sitio.

Λουκ. 14,22 καὶ εἶπεν ὁ δοῦλος· κύριε, γέγονεν ὡς ἐπέταξας, καὶ ἔτι τόπος ἐστί.

Λουκ. 14,22 Και αφού εξετέλεσε την εντολήν του Κυρίου του ο δούλος, είπε· Κυριε, έγινε όπως διέταξες, και είναι ακόμη τόπος αδειανός.

23 Dijo el señor al siervo: Ve por los caminos y por los vallados, e insiste a la gente a entrar, para que se llene mi casa.

Λουκ. 14,23 καὶ εἶπεν ὁ κύριος πρὸς τὸν δοῦλον· ἔξελθε εἰς τὰς ὁδοὺς καὶ φραγμοὺς καὶ ἀνάγκασον εἰσελθεῖν, ἵνα γεμισθῇ ὁ οἶκος μου.

Λουκ. 14,23 Και είπεν ο κύριος προς τον δούλον· Εβγα στους δρόμους, στους φράκτες των κτημάτων, έξω από την πόλιν και παρακίνησε με επιμονήν όλους όσους εύρης να έλθουν εδώ, δια να γεμίση οίκος μου.

24 Porque os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron convidados, probará mi cena. (Los convidados principales son los jefes espirituales de Israel y los demás hebreos, pero absorbidos en sus intereses materiales y sus vanaglorias, negaron la invitación de Cristo y por sí mismos fueron rechazados del reinado de la realeza increada de los cielos. En cambio los publicanos, los pecadores y los despreciados por los intelectuales escribas-gramatís y los fariseos, aceptaron con humildad y agradecimiento la invitación y así se convirtieron en miembros gloriosos del reinado de la Realeza increada de los cielos.)

Λουκ. 14,24 λέγω γὰρ ὑμῖν ὅτι οὐδεὶς τῶν ἀνδρῶν ἐκείνων τῶν κεκλημένων γεύσεταί μου τοῦ δείπνου.

Λουκ. 14,24 Διότι σας διαβεβαιώνω, ότι κανείς από τους προσκαλεσμένους εκείνους άνδρες δεν θα γευθή τίποτε από το δείπνον μου”. (Οι κυρίως προσκεκλημένοι, οι πνευματικοί άρχοντες του Ισραήλ και οι άλλοι Εβραίοι, αποροφημένοι από τα υλικά των συμφέροντα και την ματαιοδοξίαν των, ηρνήθησαν την πρόσκλησιν του Χριστού και απέκλεισαν τον ευατόν των από την βασιλείαν των ουρανών. Οι τελώναι και οι αμαρτωλοί και οι ειδωλολάτραι, οι περιφρονημένοι από τους γραμματείς και τους Φαρισαίους εδέχθησαν με ευγνωμοσύνην και ταπείνωσιν την τιμητικήν πρόσκλησιν και έγιναν έτσι ένδοξα μέλη της βασιλείας των ουρανών).

 

DOMINGO XI DE LUCAS [:Lucas 14, 15-24]
La parábola de la Gran Cena, Atanasio Mitilineos

Transcripción de una homilía del bendito Yérontas Atanasio de Mitileneos, basada en el pasaje evangélico del Domingo XI de Lucas, con el tema:

«LA IMPOSICIÓN DE LA COTIDIANIDAD»

[Homilía pronunciada en el santo Monasterio de Komninio, Larisa, el 16-12-2001]

En una ocasión, queridos míos, el Señor fue invitado a una cena por un fariseo. Durante la cena, el Señor dijo al anfitrión que no debía invitar a sus amigos y familiares a su mesa, sino a personas necesitadas, que no tuvieran posibilidad de devolverle el favor.

De hecho, el Señor añadió: «Recibirás tu recompensa en la resurrección de los muertos”. Es decir, no esperes ahora ninguna recompensa, porque invitar a parientes y amigos no es más que una ocasión para recibir alabanzas: ‘La comida estuvo deliciosa, gracias por invitarnos’, y cosas por el estilo.

Uno de los comensales, emocionado, dijo al Señor: Dichoso el que coma en el banquete del reinado de la Realeza increada de Dios”. Entonces, el Señor, como respuesta y en presencia de todos, contó la parábola de la Gran Cena, que hoy hemos escuchado en el pasaje evangélico.

El Señor dijo: «Un hombre hizo un gran banquete…». Naturalmente, no repetiremos todo el pasaje porque nos llevaría tiempo. Confío en que hayan prestado atención a la parábola.

¿Quién es ese hombre que hizo un gran banquete? El hombre de la parábola, queridos míos, es Dios, quien prepara el gran banquete en la tierra, que es Su Reinado. Veis que decimos «Santa Mesa o Altar Santo», «Cuerpo y Sangre de Cristo», «los dones ofrecidos en el santa mesa o altar sagrado». Realmente es una cena o un banquete.

¿Y quién es «el becerro cebado» mencionado? ¿O el cordero? Es el sacrificio de Su Hijo, que se prepara la mesa. Es una gran cena porque grande es Quien la ofrece, es decir, Dios. Y grandes también son las cosas que expone y ofrece: el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Pero no solo eso, también la Divina Χάρις (Jaris: Gracia, energía increada), el perdón de los pecados, la adopción como hijos, los Misterios (sacramentos) de la Iglesia, todo lo que fluye de esta mesa es grande y asombroso.

La cena es también grande porque es universal y mundial. No olvidemos esto. Es «siempre expuesto y ofrecido». Hasta que el Señor regrese a este mundo, este banquete se seguirá ofreciendo. Siempre será lo que sacia, alegra y otorga vida eterna a quien de verdad se siente en esta mesa.

“Y el banquete estaba preparado”, dice la parábola. Aquí comienza la segunda parte. La primera parte se refiere al anfitrión; ahora nos centramos en la invitación a los comensales. Aquí observamos, queridos míos, un comportamiento sorprendente, como veremos, que realmente nos asombrará.

La parábola dice: «Desde el principio, todos comenzaron a excusarse». Es decir, los invitados empezaron a declinar la invitación al banquete. ¿La razón? El primer invitado dijo: «He comprado un terreno, y necesito ir a verlo; te ruego que me excuses no puedo participar en la cena».

El segundo respondió de manera similar al sirviente enviado por el anfitrión para extender la invitación, diciendo que tenía que probar unos bueyes que acababa de comprar, para asegurarse de que eran aptos para el arado.
¿Y el tercero? El pobre tercer invitado había formado una nueva familia y estaba ocupado con las muchas necesidades materiales que debía atender. Naturalmente, no tenía tiempo ni posibilidad de acudir al gran banquete.

Sin embargo, como muestra, al relatarse la parábola, no todos respondieron a esta invitación. Prestemos atención a la formulación, porque hoy, queridos míos, nos centraremos en el análisis de una pequeña frase contenida en esta formulación.

«Tengo necesidad de salir», dijo el primero. «Quiero ir a ver el campo que voy a comprar». El segundo: «Quiero ir a ver los animales». El tercero: «Quiero ir a trabajar, porque, ¿cómo voy a mantener a mi nueva familia?». «Necesidad de salir». Este «tengo necesidad» nos recuerda una compulsión involuntaria que nos empuja a realizar algo. Y esto ocurre todos los días, durante todo el día. Es una compulsión constante en la vida cotidiana que, en cierto modo, se asemeja a la psicosis (neurosis) obsesiva.

¿Han oído hablar de la psicosis (neurosis) obsesiva? La psicosis obsesiva es una enfermedad psíquica muy angustiante. Quien padece esta enfermedad no confía en sus acciones y constantemente las inspecciona de manera tortuosa. Eso es la psicosis (neurosis) obsesiva. Por ejemplo: «¿Apagué el gas?». Te vas a dormir. «¿Apagué el gas? ¿Y si lo dejé encendido? ¿Y si hay una fuga y morimos?». «¿Cerré la puerta? ¿Y si olvidé la puerta abierta y entra un ladrón?», etc. Todas estas preocupaciones nos atormentan. Esto se llama «psicosis (neurosis) obsesiva».

Así también el hombre que está excesivamente preocupado, como si sufriera de una psicosis (neurosis), obsesión compulsiva, pasa todo el día inmerso en sus preocupaciones mundanas, de una manera tortuosa. Por supuesto, el trabajo es una ley tanto espiritual como biológica, si se quiere. Y fue dado al hombre dentro del Paraíso. Ese «fue dado» está, por supuesto, en armonía con la naturaleza misma del ser humano para trabajar.

(Aquí son clave estas dos palabras Δουλεία dulía: esclavitud y Δουλειά duliá: trabajo, y también δούλος dulos: esclavo, sirviente o siervo)

Sin embargo, hay un pero. Dios dijo en el Paraíso a los primeros en ser creados: «Trabajad y cuidad el Paraíso». Y Cristo dijo: «Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo». Pero no se trata del trabajo en sí mismo, sino de una compulsión insensata, obsesa y peligrosa hacia el trabajo. Es sabido que, tras la pérdida del Paraíso, el Δουλειά duliá: trabajo se convirtió en Δουλεία dulía: esclavitud. Por eso, en nuestra lengua moderna, decimos: «Tengo Δουλειά duliá: trabajo », lo que significa: «Soy esclavo de una presión, una obligatoriedad compulsiva». Eso es lo que significa Δουλειά duliá: trabajo: estoy en Δουλεία dulía: esclavitud. Voy al campo, voy al negocio, voy a cualquier parte, por una obligatoriedad compulsiva. Esta Δουλεία dulía: esclavitud hacia el trabajo se convierte para el hombre, de alguna manera, en una psicosis (neurosis) obsesiva. No trabajamos por gusto, sino porque algo nos empuja. Esto significa que el amo del trabajo no es el hombre, sino al contrario: el trabajo es el amo y el hombre es el esclavo que debe someterse a esa esclavitud, a esa obligación.

¿Cómo podría interpretarse de otro modo el comportamiento de los tres invitados al banquete, que pusieron su trabajo por encima de la importante invitación? ¿Cómo podría explicarse de otra forma? Parece como si una ley obligara al hombre a centrarse exclusivamente en las preocupaciones de la vida y no mirar hacia el cielo, ni contemplar su salvación.

Este principio pernicioso o ley parásito es la avaricia por la riqueza. ¿Vieron lo que escuchamos hoy en la lectura apostólica de Pablo a los Colosenses? Dice que la avaricia es idolatría. Y no se puede, siendo avaro, y por tanto demostrando ser un idólatra, apreciar los bienes espirituales. No es posible.

También está el apego a la satisfacción de los sentidos. Como decimos: «Voy a ver, a probar mis bueyes». Los Padres interpretan esto como la dedicación del hombre a sus cinco sentidos, buscando satisfacerlos. Pero también está el convertir en idolatría la familia. «Ah, la familia», decimos. «Una cosa sagrada». De la misma manera, se santifica el trabajo y otras cosas, convirtiéndolas en excusas sagradas para no mirar, ni contemplar nada que pertenezca al cielo y a la redención y salvación.

El trabajo, queridos míos, es legítimo, siempre que se mantenga dentro de sus límites. Allí es donde debe estar. En sus términos, límites, sin convertirse en el propósito de la vida. ¿Lo entendemos? El propósito de la vida no es el trabajo. El trabajo es un medio para existir, ya sea biológica o espiritualmente. Y cuando se realiza el trabajo, siempre debe hacerse con la memoria de Dios. Decimos: «Puedes trabajar en cualquier cosa, ya sea manual o intelectual, mientras repites la oración: «Señor Jesús Cristo, compadécete de mí”». O al menos tener la memoria de Dios constantemente. Los Padres dicen, según San Gregorio el Teólogo, que «la memoria de Dios debe ser más frecuente que la respiración». Entonces, por supuesto, no nos entregamos al trabajo.

Es notable que aquí la parábola no hable de una comida. Presten atención a este detalle. Habla de una cena. En griego, comida se refiere a la comida servida al mediodía, mientras que cena se refiere a la comida de la noche. Aquí se dice que organizó una gran cena. Por lo tanto, la mesa es nocturna. Presten atención, es nocturna. Cuando dices: «Voy a ver mi campo, voy a ver mis bueyes», ¿irás de noche? ¿Irás de noche? Porque se supone que el trabajo del día ha terminado para asistir a la cena. Esto significa que estamos atrapados en el remolino de las preocupaciones y hemos despreciado la cena del reinado de la Realeza increada de Dios. El Señor nos advirtió: «Cuidaos a vosotros mismos, no sea que vuestros corazones se carguen con glotonería, embriaguez y preocupaciones de la vida». Es cierto que las preocupaciones de la vida pueden embriagar y marear al hombre, impidiéndole desapegarse y desligarse de ellas.

Debemos mencionar también algunas situaciones que nos fuerzan, o nos coaccionan, a no tener ni tiempo ni disposición para la vida espiritual. Primero está la subsistencia misma. Creemos que el salario no es suficiente y necesitamos un segundo trabajo. Incluso… ¡vaya!, que también la mujer salga a trabajar. En efecto, antes la mujer ayudaba al hombre en el campo. Pero ahora la mujer no está en el campo con su esposo, ni en la tienda ayudando, sino en un trabajo separado, con una pensión separada. Estos días incluso discutían: si el hombre tiene pensión, ¿debe la mujer también recibirla? Y el Consejo de Estado dijo: «Por supuesto». Y con razón. Porque es una persona distinta y debe tener su pensión separada.

Pero, miren lo que sucede aquí. La subsistencia. Sin embargo, si la pareja supiera organizar su vida desde el punto de vista económico, no sería necesario que la mujer trabajara fuera. Aunque el hecho de que la mujer trabaje fuera sirve como excusa para evitar la vida espiritual. «No tengo tiempo», dicen. «No tengo tiempo para ir a la Iglesia, ni para escuchar el logos de Dios» etc. etc..

Luego está nuestra educación y la educación de nuestros hijos. Allí hay un auténtico frenesí: clases particulares, música… «¿El niño no debería también recibir formación musical, no debería ir al conservatorio?». Luego, actividades deportivas, idiomas extranjeros, y más, y más, y más. Todo esto no deja tiempo ni para nosotros ni para nuestros hijos. ¿No creen que esto constituye una obsesión compulsiva, un círculo vicioso del cual no podemos escapar para algo espiritual?

Algo que me llama la atención muchas veces es cuando alguien, por ejemplo, un padre o una madre, llama por teléfono para que su hijo venga a confesarse, para que nosotros lo atendamos personalmente… Porque el día que tenemos confesión, el niño tiene clases particulares, clases de idiomas o entrenamiento en el gimnasio. Ah, es decir, yo, como confesor, debo hacer el esfuerzo de recibir a tu hijo otro día y en otro horario, solo para que no pierda su… clase particular. ¿Se dan cuenta? Y si digo –lo cual es completamente razonable– «no puedo otro día», entonces el niño se quedará sin confesarse. ¿Soy yo el culpable por decir: «no puedo»? ¿O eres tú, que no sacrificas la clase particular de tu hijo, solo para que no la pierda?

Luego, están las actividades mundanas. Allí no hay fin. Y las diversiones: tenemos que ir aquí, tenemos que ir allá, viajes, y no podemos ni siquiera pensar y reflexionar en asuntos de vida espiritual y salvación.

Después, la satisfacción de los sentidos: «El cine proyecta una película excelente, tenemos que verla, vamos a verla». Y esa, y aquella otra. «La televisión transmite esto, también debemos verlo». Y no tenemos tiempo para mirar nuestra vida espiritual.

Por supuesto, el rechazo de los invitados no significa la cancelación de la cena. No significa que, porque algunos rechacen la invitación de Dios, esta se cancelará. ¿Es posible eso? ¡De ninguna manera! ¿Por qué? Simplemente porque hay otras personas que esperan la llamada. No todos dirán «no» con mil excusas. También hay quienes pueden y responden. Y eso, por supuesto, es un hecho feliz. Son aquellos que aceptan la cena de la Realeza increada de Dios y se sientan a la mesa. Eso es la vida mistérica (sacramental). Es asistir a la Iglesia. Es el estudio del logos de Dios. Es la práctica espiritual. Y ellos también trabajan. No son perezosos. También tienen familia. También tienen empleo. Pero dicen: «Esto es una cosa y aquello es otra; todo en su tiempo. Iré a la tienda, iré al campo, pero también iré a la Iglesia».

Además, el tema del descanso es muy importante. Nuestra Iglesia tiene varias fiestas a lo largo del año. Lo hace para darte la oportunidad de dejar tus ocupaciones mundanas y asistir a la Iglesia, para escuchar el logos de Dios. Recuerdo en Larisa, una vez les dije a los niños de la escuela catequética… un niño lo aplicó, uno solo; estaba en la secundaria. ¿Qué hizo? En un día festivo… aunque, claro, había clases, porque lamentablemente las fiestas han sido abolidas. En mi tiempo había muchas fiestas. ¿El día de San Demetrio, que la escuela estuviera abierta? ¿San Antonio? ¡No! Era festivo. Entonces, ¿qué? Ese niño, como le había dicho… –se lo había dicho a todos los niños, uno lo hizo–, ¿qué hizo ese niño? Tomaba su mochila, desayunaba, venía a la Iglesia cuando había un día festivo, aunque no era un día en que todo estuviera cerrado. Lamentablemente, en esas ocasiones no hay celebración en el templo, todo termina rápidamente, a las 9 ya se ha acabado la Divina Liturgia. Bueno, ¿y qué? Venía por la mañana con su mochila, asistía a la Divina Liturgia, y luego iba al colegio. Solo perdía una hora. Por la mañana. Una sola hora. Ahora díganme, cuando hemos abolido los días festivos… porque, ¿saben lo que dicen los enemigos de Dios? Está escrito en los Salmos: «Venid, suprimamos las fiestas del Señor de la tierra». Díganme, ¿cuántas horas pasan los niños hoy fuera de la escuela? Muchísimas… Pierden decenas de horas. ¿Por qué? Porque sacrifican esas pocas horas para ir a la Iglesia. Y así, pagamos las consecuencias por otro lado. Queridos míos, así es. ¿Abandonas lo que Dios ha instituido? ¡Pobre de ti!

Queridos, en unos días celebraremos el gran acontecimiento, el mayor de todos: la Encarnación del Logos de Dios. Aquel que creó todo, ahora se hará hombre. Y vendrá entre nosotros. Su presencia en la tierra es la cena del reinado de la realeza increada de Dios. El signo visible del reinado de la realeza increada de Dios en la tierra es la Iglesia. Y especialmente la celebración del misterio de la Divina Ευχαριστία Efjaristía. Pero, ¿cuántos de nosotros comprendemos el significado de la Encarnación del Logos de Dios? ¿Cuántos de nosotros hemos creado las condiciones para recibirlo, como es un periodo de ayuno, como el que estamos viviendo ahora? ¿Cuántos de nosotros hemos preparado el camino del Señor y hecho rectos sus senderos, como anuncia el Bautista, el Precursor? No pensemos que Navidad significa banquetes, viajes, regalos y entretenimiento. Navidad significa que hemos entendido quién vino entre nosotros. Eso significa Navidad. Y, por supuesto, que lo hemos recibido. No nos quedemos, entonces, en ese melancólico y desalentador pasaje que el evangelista Juan escribe en el primer capítulo: «Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron». «Vino entre nosotros, vino a nuestra casa, vino a nuestra tierra, y nosotros no lo recibimos. Le dimos la espalda».

Hermanos, Navidad, y la mesa de la Realeza está servida. No perdamos tiempo. Las preocupaciones terrenales nunca terminan; son un círculo vicioso. Nuestra vida es una línea recta, de la tierra al cielo. Todas las desviaciones son obra del maligno. Ahora se nos da la oportunidad. Dios Padre ha preparado una Gran Cena y ha llamado a muchos. Entre esos muchos, apresurémonos también nosotros. Quizás mañana, después de una postergación, sea demasiado tarde. Quizás, irremediablemente tarde… Amén.

PARA GLORIA DEL SANTO DIOS TRINO
Con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el difunto y bienaventurado padre Atanasio de Mitilene,
transcripción de la charla grabada y edición: Eleni Linardaki, filóloga.

Traducido por Jristos Jrisulas Χρῆστος Χρυσούλας  logosortodoxo.es/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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