
El camino de San Gregorio Palamás hacia la santificación
Yérontas Georgios Kapsanis Santo Monasterio de San Gregorio, Athos.
Repasada traducción 01/12/2025
Queridos hermanos en Cristo:
En esta venerable asamblea de esta noche se nos presenta la ocasión de comentar algunos sucesos tal como los refiere San Filoteo Kókinos, Patriarca de Constantinopla, quien escribió la vida de este gran Padre de nuestra Iglesia Ortodoxa, San Gregorio Palamás. ¡Qué grandeza!: un santo biógrafo de otro santo. Para confrontarlo con la realidad contemporánea, invitándonos a reflexionar y a identificar, sobre todo, aquellos elementos que hicieron del camino de Palamás un sendero hacia la santificación.
Nació en 1296 en Constantinopla, de padres profundamente devotos. Su padre era senador y disfrutaba de la absoluta confianza del emperador Andrónico II Paleólogo. Sus padres se preocupaban no sólo de mantener diariamente relación con monjes y padres espirituales, sino también de educar a sus hijos en este mismo espíritu. Tenían por costumbre visitar monasterios en diversas regiones, encontrarse con monjes hesicastas, disfrutar de sus enseñanzas y recibir sus bendiciones.
¿Ocurre lo mismo en nuestra época? ¿Intentamos crear las condiciones espirituales adecuadas en nuestra familia? ¿Basamos la educación en el perfeccionamiento espiritual del hijo, o sólo la orientamos a estudios y formación puramente académica que aseguren una carrera profesional? ¿Tenemos un guía espiritual para la familia? ¿Se confiesan vuestros hijos ante él? La existencia del guía constituye la condición básica para el desarrollo y progreso de nuestra vida espiritual. San Siluán el Atonita, en el momento del misterio de la confesión, vio a su guía espiritual en una inefable gloria increada, “en tipo de Cristo”.
El joven Gregorio comenzó sus estudios a muy temprana edad —equivalente a la enseñanza básica actual—, pero tenía una dificultad: memorizar. Por ello se impuso la regla de no comenzar la lectura antes de hacer tres reverencias ante la Panaghía y recitar una oración dirigida a ella. ¿Aconsejamos nosotros también la oración a nuestros hijos cuando se encuentran con dificultades en los estudios, o insistimos tiránicamente sobre ellos?
Gregorio adquirió una brillante pedagogía, y formación filosófica bajo la guía del célebre filósofo y gran literato Teodoro Metojitis. Tal era su talento que, en una conversación con el emperador acerca de Aristóteles, Metojitis sorprendido por las opiniones del joven Gregorio, exclamó dirigiéndose al emperador: “El mismo Aristóteles, si estuviera aquí presente y oyera a este joven, lo elogiaría y alabaría sin medida”.
El santo, a los 17 años, comenzó a sentir una inclinación profunda hacia el monaquismo y, aunque vivía en Constantinopla cerca del emperador, llevaba una vida de austeridad y ascesis; se relacionaba con monjes procedentes de la Santa Montaña del Athos. Mientras tanto, estableció una relación espiritual con San Theóleptos de Filadelfia, hesicasta del Athos y discípulo de San Nicéforo, cuyos escritos adornan la Filocalía de los Santos Nípticos. San Theóleptos fue para el joven Gregorio un verdadero padre espiritual e instructor en los misterios divinos; lo formó perfectamente en la santa nipsis y en la oración noerá (espiritual con el nus) del corazón. Así Gregorio, aun viviendo en medio del bullicio del mundo, se instruía en la oración noerá espiritual del corazón. Finalmente, su atracción por el monaquismo prevaleció sobre los prestigios y encantos del mundo, y a los 20 años lo abandonó. De personalidad dinámica, enérgica e inteligente, influía también en su ambiente familiar: sus dos hermanas y su madre recibieron el hábito monástico, y él, junto con sus dos hermanos, marchó hacia la Santa Montaña del Athos.
¡Y esto mismo ocurre también hoy! Muchos jóvenes, aun con estudios envidiables y con la posibilidad de asegurar una importante carrera profesional, escuchan la voz del Señor: ¡“Sígueme” y dejan el mundo! Otros se encuentran aún en período de estudios y, cuando el Señor los llama, responden siguiendo el camino monástico; porque nadie, si no es theóklitos (llamado por Dios), puede corresponder a la altísima vocación del monaquismo. Es una gran bendición de la Panaghía (Toda Santa) que, en esta época llena de dudas, la Santa Montaña se encuentre en pleno auge y prosperidad tanto en número de monjes como en espiritualidad, así como en la restauración arquitectónica de las majestuosas edificaciones, el cuidado de sus tesoros sagrados y las reliquias.
¿Cuál es, sin embargo, la reacción del entorno ante los jóvenes que se sienten atraídos por el monaquismo? Muy pocos padres y familiares dan su bendición, comprendiendo esta gran vocación y agradeciendo a Dios por haber ofrecido a su hijo como “sacrificio vivo” a Cristo. La mayoría se siente como si “el cielo se les viniera encima”. Esto demuestra que el hombre actual desconoce el valor del monaquismo y su contribución a la vida de la Iglesia. El bienaventurado Justino Pópovich (ahora santo) insistía: “La esencia de la Ortodoxia es el monaquismo”, y cuando vemos un renacimiento monástico, ello presagia un renacimiento en toda la Iglesia, en el pueblo de Dios, en el Cuerpo de Cristo. En tiempos de San Gregorio, el ideal para un aristócrata del espíritu era hacerse monje; por eso encontramos en aquella época tantos monjes sabios. Incluso emperadores abrazaban el monaquismo, como Juan VI Cantacuceno, quien tomó el nombre de Ioasaf y destacó como gran teólogo de su tiempo.
San Gregorio Palamás, desprendiéndose del mundo, prefirió ponerse bajo la obediencia de un célebre hesicasta: “el exquisito Nicodemo, hombre admirable en la praxis y en la zeoría (contemplación), tal como lo conocían quienes convivían en el Athos”, quien vivía en un kelion (celda) cerca del monasterio de Vatopedion. Esto formaba parte de la divina providencia, para que el futuro hesicasta y visionario de Dios fuese instruido por un yérontas experimentado, distinguido y santo. Allí recibió de su yérontas “el distintivo de monje”, y en tres años aprendió lo necesario, hasta el fallecimiento de San Nicodemo.
En este kelion del monasterio de Vatopedion, San Juan el Evangelista se apareció a Palamás por encomienda de la Señora Zeotokos, para preguntarle por qué oraba continuamente a Ella con las palabras:
«Señor, ilumina mi oscuridad e ignorancia». «Φώτισόν μου τὸ σκότος, φώτισόν μου τὸ σκότος, Κύριε!» (fótison to skótos mu, Kyrie).
Aquel que más tarde sería, por excelencia, el portador y teólogo de la Luz increada, respondió con extrema humildad: “¿Qué más puedo pedir yo, hombre con pazos y lleno de pecados, sino encontrar misericordia y cumplir la voluntad de Dios?” Pero San Juan el Teólogo le confirmó que la Panaghía sería su ayuda y aliada en el presente y en el futuro.
En su camino en Cristo, como monje aghiorita, Palamás vivía a la Θεοτόκος Zeotokos como la asistente por excelencia de su perfeccionamiento espiritual. En sus textos y especialmente en sus homilías se aprecia su apasionado amor hacia la Panaghía. La considera como alimentadora espiritual de los monjes y como prototipo o modelo de la vida hesicasta. Cuando escribe la vida de San Pedro el Athonita, cita y subraya especialmente las promesas de Ella para los monjes Aghioritas. Es el único Padre y escritor eclesiástico que revela (apokalypta) y demuestra detalladamente, mediante los relatos evangélicos, que la Panaghía fue la primera en ver a Cristo resucitado. Esa íntima amistad con la Zeotokos, que se manifiesta en las obras de Palamás, constituye un signo distintivo de los santos: ellos poseen un anhelo y amor inexplicable hacia la Madre de Dios, y Ella, naturalmente, los compensa y los colma según la medida de su amor.
A continuación, llevó vida cenobítica en el monasterio de la Gran Laura del Athos, y pronto, deseando mayor hisijía (serenidad mental y paz cordial), se trasladó a la Skiti de Glossia. Debido a las incursiones turcas, salió de la Santa Montaña y marchó a Salónica, donde recibió el sacramento del sacerdocio tras insistentes súplicas del pueblo, y él mismo confirmó que aquello se hacía conforme a la voluntad de Dios. Esto mismo ocurre hoy en el monaquismo: ningún monje acepta el sacerdocio por propio impulso; es su padre espiritual quien le indicará si es digno de recibir este regalo.
Luego se estableció en la Skiti de la ciudad de Beria (120 km al suroeste de Salónica), donde permaneció cinco años en dura áskisis (práctica espiritual), recluido, en ayuno y en la oración noerá espiritual del corazón. La áskisis cristiana tiene como propósito la catarsis (purgación, limpieza y sanación) de los pazos. Los monjes no se convierten en “matacuerpos”, sino en “matapazos”. Lo característico de San Gregorio Palamás es la auténtica ascética ortodoxa, que consiste en el giro del nus con la mente hacia su interior, introversión.
En sus homilías y epístolas, incluso en escritos de contenido dogmático, no deja de recalcar la importancia de la introversión para la adquisición de la sanación y pureza en Cristo, fundamento de la verdadera vida espiritual. El hombre con pazos o apasionado que inicia la μετανοια (metania: conversión, introspección, arrepentimiento y confesión) mediante la introversión, experimenta lo que el Santo describe así:
“Cuando el νούς nus (espíritu del corazón de la psique) junto con su mente se aleja de todo sentido y de sus turbulencias, y logra levantarse del cataclismo proveniente de ellas, supervisa al hombre interior. Apenas ve su espantoso rostro —el que se formó vagando aquí abajo—, se apresura a limpiarlo mediante el luto espiritual. Cuando quita este feo velo, entonces encuentra la paz y alcanza la hisijía (serenidad mental y paz cordial), porque la psique-alma ya no se dispersa en múltiples relaciones, sino que permanece en sí misma, entendiéndose en la medida de lo posible junto a Dios, por quien existe. Entonces supera su fisis (naturaleza) y se diviniza (zéosis) por la transformación, progresando siempre hacia lo mejor”.
La introversión (metania) consiste en la supervisión de uno mismo y en la vigilancia del nus (espíritu del corazón). El nus, que está en perpetuo movimiento, constituye el ojo de la psique-alma; y si está apegado a los pazos de la malicia, la voluptuosidad o hedonismo, la codicia, la ira y el odio, enferma y se oscurece. No puede realmente tomar conciencia de su situación interior de pena y dolor, porque se ha oscurecido la parte supervisora de la psique-alma: el νούς nus.
El nus junto con la mente del hombre contemporáneo se ha dirigido hacia las criaturas con una disposición excesiva, idólatra o incluso eosfórica (luciférica, es decir, egocéntrica como la del demonio). Porque el nus humano, cuando no está en contemplación de Dios, se vuelve demoníaco, bestial, animalizado. Inconscientemente busca su propia autodeificación, hacerse Dios; no quiere ser “nus mirando a Dios”, sino “nus mirando las criaturas, las creaciones y los bienes materiales”.
Así también el cristiano, si lucha con cuidado con metania e introversión, cooperando con la energía increada de la Jaris (Gracia), se sana de los pazos*. Y, tal como dice Palamás: «Cuando el nus, habiendo expulsado todos los pazos que habitan en su interior, provoca en su psique-alma la apázia* (sin pazos, impasibilidad), y volviendo totalmente no sólo a sí mismo sino también a las demás fuerzas de psique-alma, entonces transmite múltiples muestras de belleza divina también a su propio cuerpo, mediando entre la Divina Jaris increada y la dureza de la sarx (cuerpo-carne), dándole fuerza para energizar, operar y realizar lo imposible. (ver sobre pazos y apázia, aquí: https://logosortodoxo.es/12-lexis-apocalipticas/ 5. ΠΑΘΟΣ κ ΑΠΑΘΕΙΑ PAZOS y APAZIA)
De esta labor interior espiritual “proviene la divinizada e incomparable costumbre de la virtud, la total inamovilidad hacia el mal, la capacidad de obrar milagros y los dones de proórasis clarividencia y presagio, así como el poder hablar de cosas que suceden lejos, como si estuvieran delante de sus ojos”».
En 1332 regresa a la Santa Montaña y, en una vigilia, ve al entonces abad Macario del monasterio de la Gran Lavra vestido con las vestiduras de Patriarca, lo cual se cumplió realmente once años después, cuando Macario fue hecho metropolita de Tesalónica. Pero incluso hoy existen en Athos monjes con el don del proórasis presagio y clarividencia.
En 1334 tuvo una visión que le otorgaba el don del logos y de escritor, después de 17 años de vida monástica. ¿Qué podemos decir hoy, cuando cualquiera escribe y publica montones de libros? Para el cristiano no debería ser así. Sólo cuando se le ha dado un carisma desde lo alto puede escribir y beneficiar realmente. Porque el carisma didascálico (magisterial), como don de Dios, actúa con fruto en aquel que ha llegado a la iluminación estable, en un estado endémico de Jaris Gracia increada, teniendo el conocimiento (gnosis) espiritual increado y experiencia de la tradición Patrística Ortodoxa; en aquel que se ha psicoterapiado, sanado y purificado de los pazos, estando en κοινωνία (kinonía: conexión participación, comunión, unión y relación viva) estable y sensible con la Jaris increada de Dios. San Gregorio Palamás alcanzó esto después de 17 años de áskisis (ejercicio espiritual) en la Jaris.
En 1337 tuvo noticia de los tratados teológicos del monje y filósofo Barlaam, representante de la teología occidental mundanizada y secularizada, tal como había sido deformada por el neoplatonismo y el escolasticismo. Desde entonces comienza el periodo de duda sobre el hesicasmo de la Tradición Ortodoxa. Podríamos decir que Barlaam fue la causa de que san Gregorio destacara, porque de no ser por él, el Santo no habría tenido necesidad de escribir y habría permanecido desconocido.
Para la defensa y garantía de la enseñanza hisijática o hesicástica, san Gregorio Palamás dio gran importancia a la redacción del “Tomo Aghiorita”. Aquí vemos la humildad del Santo: consulta a los superiores, los notables monjes de la Santa Montaña, si están de acuerdo con su enseñanza. Y cuando recibe su respuesta por escrito, firmada en el Tomo, siente en su psique-alma gran alegría y seguridad. Más tarde, en cualquier circunstancia, ante sínodos y diálogos con sus contradictores, remite al Tomo como prueba de la verdad y fiabilidad de su enseñanza. Esto nos recuerda al Apóstol Pablo, que fue a Jerusalén para consultar a los apóstoles Pedro y Santiago acerca de la evangelización de los gentiles, no fuera a ser “que corra en vano”. Este es el camino de la humildad: “pregunta a tu padre y te indicará, a tus mayores y te hablarán”.
¿Se sigue este camino también hoy, o por cualquier problema nos convertimos en nuestros propios consejeros? Basilio el Grande recalca: “el hombre que se aconseja a sí mismo es enemigo de sí mismo”.
La guerra sin cuartel que recibió la enseñanza de san Gregorio, para que no fuera conocida o para que fuera mal interpretada o mal traducida a otros idiomas, a fin de difamarla, no ha sido conocida por ningún otro Santo de nuestra Iglesia. Han pasado 643 años desde su dormición y no han cesado las acusaciones contra el Gran Santo. Eso ocurre porque la enseñanza de san Gregorio Palamás constituye la quintaesencia de la Ortodoxia, y por eso se convierte en el blanco de todos los contradictores de diversa moral o de dogmas heterodoxos falsos. Hasta bien entrado el siglo XVII se escribían obras groseras llenas de barbaridades y calumnias contra el Santo (y aún hoy).
No es extraño que dentro de la Iglesia un Santo sea calumniado: por su ética, por su enseñanza o por su interpretación del dogma de Dios. Pero el principal instigador de todas estas calumnias y groserías es el mismo diablo, que utiliza como instrumentos a hombres llenos de pazos, autosuficientes, individualistas y mezquinos. Por eso el creyente no debe escandalizarse, sino rezar —principalmente por aquel que ha traído el escándalo—, porque el Señor dijo en el Apocalipsis: “¡Ay de aquel por quien viene el escándalo!”.
Tales acusadores contra Palamás fueron Barlaam el Calabrita, Akíndinos, Grigorás y Kidonis, quienes son anatematizados en el “Sinódico de la Ortodoxia”, leído el primer domingo de Cuaresma.
Pero la propaganda papista, mediante varios de sus recursos, no sólo combatió la enseñanza del Santo, sino que intentó también impedir la celebración de su fiesta. El memorable Crisóstomo Papadópulos observa: “el clero latino llegó a tal estado de miseria, justificando y dedicándose al papismo por parte de los traidores de la fe ortodoxa, que llegaron incluso a negar la fiesta de san Gregorio”.
En nuestro siglo, investigadores occidentales contemporáneos de Palamás, considerados importantes por algunos teólogos, acusan a Palamás de diceíta (dos dioses), neoplatónico e iconoclasta. Pero nuestros teólogos académicos ya fallecidos no orientaron a sus estudiantes hacia los estudios palamitas; más bien los relegaron y muchas veces los censuraron como intelectuales o como expresiones sentimentalistas vanas.
Por el contrario, hoy se observa un giro intenso hacia la teología de san Gregorio, especialmente en el ámbito universitario profundo, y prueba de ello es la celebración de este Congreso.
Auténticos investigadores de los escritos de san Gregorio Palamás y portadores de la tradición hesicasta en la época de la esclavitud turca fueron los ascendidos en Santos, san David de Evia, san Jacobo el Aghiorita y mártir, san Máximo de Vatopedi, san Cosmas de Etolia, los Kolivades con el sobresaliente san Nicodemo el Aghiorita, y Akákios el Kafsokalivita, en cuya escuela se formaron tres neomártires, entre muchos otros.
Especialmente aquellos neomártires tenían por costumbre acudir al Monte Santo Athos para confesarse, vivir enμετάνοια metania, unirse a un padre espiritual que les enseñara la oración noerá del corazón y la áskιsis (práctica espiritual) para la catarsis del corazón, alcanzando así la iluminación en estado endémico de la Divina Jaris increada, de modo que pudieran confesar y dar su martirio por Cristo sin peligro de negación cuando llegara el momento.
En 1347 san Gregorio Palamás fue proclamado metropolita de Tesalónica, después de muchos ruegos del emperador Juan VI Cantacuceno y del patriarca de Constantinopla Isidoro. En su Vida se menciona que el Santo no lo deseaba; no fue autoproclamado, sino llamado por Dios (zeóklitos) y por el pueblo. En la vida espiritual deben preceder los grados del clero. San Gregorio, habiendo alcanzado la zéosis, perfeccionado y experimentado, “se puso en vela” para conducir sin error a su rebaño por el camino de la zéosis y la santificación.
A su sede llegó después de tres años, porque en Tesalónica predominaban aún rupturas, disputas y conflictos políticos, debido a la inestable situación de la ciudad. Pero el Santo aceptaba todo con humildad. No reclamó derechos ni luchó por asegurarse el trono de la metrópolis; lo dejaba todo a la providencia de Dios. El día de su llegada a la ciudad pronunció una oración conmovedora y, tres días después, una homilía muy estudiada “sobre la paz unos con otros”. En su labor pastoral e instructiva incluía la orientación de su rebaño hacia la verdadera metania y arrepentimiento y la participación en los divinos Misterios (Sacramentos). Era pacificador y recibía a cualquier hora a quien lo necesitara. Con su teología auténtica y original hizo frente a las herejías; censuraba la crueldad y la injusticia social; convocaba a los sacerdotes a reuniones y les explicaba los elevados y finos deberes sacerdotales. Pero quizá lo más importante era que permaneció siempre hesicasta en medio de los ruidos mundanos; prueba de ello son sus encarcelamientos, y que mantenía de forma ininterrumpida su unión y comunión inefable con Dios.
Era el “buen pastor”, que se sacrificaba por la salvación de su rebaño, modelo para los pastores de la Iglesia de hoy. El pueblo lo amaba profundamente y encontraba descanso en su amor paternal. Este amor mutuo fue la causa de que el Santo obrara milagros incluso en vida. El carisma de los milagros nace de la agapi —amor, incondicional, desinteresado, altruista—, que se sacrifica a sí mismo para que viva el prójimo. En nuestra época se enseña desde el púlpito de la Iglesia, y está bien; pero el laós (pueblo) de Dios desea ver y comunicarse con padres espirituales, los verdaderos pastores.
Palamás “se durmió en el Señor” (murió) en noviembre de 1359. Pero el Santo no ha abandonado a su rebaño. San Filoteo el Kókinos, en su encomio a Palamás, adjunta quince milagros ocurridos poco después de su muerte. Así se manifiesta la universalidad de un Santo: que con su agapi (eψoción de la energía increada) abraza a todo el mundo y se interesa por él incluso después de su partida. Y, por cierto, ¿no ocurre lo mismo hoy con los santos contemporáneos, el padre Jacobo, el padre Porfirio, el padre Paísios que podríamos decir “corren” a todos los rincones de la tierra para consolar, sanar y obrar milagros?
Hemos intentado en los pocos minutos de nuestra homilía señalar los siguientes puntos: El Santo, desde su niñez, tenía vida espiritual; abrazó con anhelo el monaquismo y vivió hasta el final con espíritu y moral auténticos, puros, hesicásticos y patrísticos; era un apasionado adorador de la Θεοτόκος Ζeotokos; se convirtió en ejemplo de pastor; soportó y sufrió con humildad y fe en la providencia de Dios las injustas difamaciones, acusaciones y calumnias. Sin embargo, su enseñanza fue incorporada y asumida por la Iglesia Ortodoxa como vía auténtica e inconfundible de gnosis (conocimiento increado) de Dios y zéosis del ser humano, a pesar de la guerra total que sufrió más tarde por los antihesicastas y por los latinófonos de espíritu papista y papocésarista (y que continúa hoy también por los heterodoxos).
Hoy, al celebrar su memoria en el marco de los trabajos del congreso, deseamos que cada uno de nosotros que honra verdaderamente al iluminador de la Ortodoxia, al Maestro (Didáscalos) y columna de la Iglesia, al predicador de la Jaris (gracia, energía increada), a la belleza del monaquismo, al gran teólogo militante, san Gregorio Palamás el Milagroso, lo haga con la intención de imitarlo: el clero teniendo como ejemplo su vida monástica y pastoral, y el laós (pueblo) siguiendo y aplicando su enseñanza, cuyo objetivo principal es la vivencia de la Divina Jaris increada. Así se confirmará lo dicho por san Juan Crisóstomo: «Honor del santo es la imitación del santo». Amén. Así sea.
Santo Monasterio de San Gregorio del Monte Athos
Traducido por Χρῆστος Χρυσούλας, logosortodoxo.es/