
San Juan Crisóstomo
Interpretación del pasaje apostólico Gálatas 2,16–21
(Domingo V de Lucas)
- Pero sabemos que nadie se justifica y se salva por las obras de la ley, sino por la energía increada y la fe operativa en Jesús Cristo; nosotros creemos en Jesús Cristo para ser justificados y salvados por la fe en Cristo, no por las obras de la Ley de Moisés; porque nadie será justificado y salvado por las obras de ella.
- Pero si buscando ser justificados y salvados por la fe en Cristo resulta que somos pecadores, ¿será acaso el Cristo que nos ha llamado en este camino del pecado y nos ha engañado como un servidor del pecado? De ninguna manera, nunca lleguemos a pensar esta blasfemia.
- Porque si reconstruyo las mismas cosas que destruí como inútiles, es decir, las obras típicas formales de la Ley mosáica (de Moisés), a mí mismo me demuestro que soy pecador.
- Pues yo, por la ley, he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios gracias a mi fe a Cristo.
- Estoy crucificado con Cristo; y ya no vivo yo el viejo hombre natural, sino que es Cristo el que vive en mí. Mi vida presente, la que ahora vivo en la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo a la muerte cruciforme por mí, para mi salvación.
- No rechazo la χάρις jaris-gracia energía increada de Dios; pues si la justicia y la salvación se obtiene por la ley, entonces Cristo murió inútilmente. Pero esto es utopía y blasfemo.
San Juan Crisóstomo
Interpretación del pasaje apostólico Gálatas 2,16–21
«Pero sabemos que nadie se justifica y se salva por las obras de la ley, sino por la energía increada y la fe operativa en Jesús Cristo; nosotros creemos en Jesús Cristo para ser justificados y salvados por la fe en Cristo, no por las obras de la Ley de Moisés; porque nadie será justificado y salvado por las obras de ella» (Gál. 2,16). Aprendimos —dice— por nuestra propia experiencia que el hombre no se hace justo ni se salva mediante la disciplina y aplicación de las prescripciones rituales de la Ley mosaica, sino solo por la fe en Jesús Cristo. Por eso también nosotros hemos creído en Él, para ser hechos justos y salvarnos por la fe en Cristo, y no por las obras de la Ley mosaica; porque, como está escrito en los Salmos, «ningún hombre será justificado por las obras de la Ley.
Observa aquí cómo el Apóstol habla con suma prudencia. Dice esto, no porque la Ley sea mala, sino porque es débil para otorgar la salvación. «Por eso —dice— hemos abandonado la Ley de Moisés».
Si, pues, la Ley mosaica no confiere al hombre la justificación ni la salvación, resulta innecesaria la circuncisión. Pero aquí lo dice de modo moderado; más adelante, sin embargo, mostrará que la circuncisión no solo es innecesaria, sino incluso peligrosa. Esto es más digno de atención todavía: que al principio dice que «el hombre no se justifica por las obras de la Ley», pero luego emplea expresiones más fuertes.
«Pero si buscando ser justificados y salvados por la fe en Cristo resulta que somos pecadores, ¿será acaso el Cristo que nos ha llamado en este camino del pecado y nos ha engañado como un servidor del pecado? De ninguna manera, nunca lleguemos a pensar esta blasfemia» (Gál. 2,17). Es decir: si suponemos que la disciplina y aplicación de la Ley mosaica sigue siendo obligatoria, entonces nosotros, que la hemos abandonado, somos pecadores por buscar la justificación y la salvación en Cristo. En tal caso, se seguiría absurdamente que Cristo sería servidor del pecado, puesto que Él mismo nos impulsó a dejar la Ley. ¡Lejos de nosotros tal blasfemia! Porque, si la fe en Cristo no tiene fuerza —dice— para justificar, y sigue existiendo la necesidad de la ley mosaica, entonces aquellos que abandonaron la ley por Cristo y no son justificados por el perdón, sino que son condenados, resultaríamos haciendo responsable de la condenación a Aquel en quien, habiendo abandonado la ley, hemos buscado refugio por medio de la fe.
¿Ves, pues, a qué contradicción absurda conduce tal razonamiento y con qué fuerza argumenta el Apóstol? Dice: «Si no se debe abandonar la Ley, y nosotros la hemos abandonado por Cristo, entonces seremos juzgados». ¿Por qué, entonces, reprochas y dices esto a Pedro, quien conoce mejor que nadie estas cosas? ¿No le reveló Dios mismo que no debía llamar impuro o inmundo a ningún hombre no circuncidado? ¿Acaso cuando hablaba de estas cosas a los judíos no se les opuso valientemente desde este punto de vista? ¿Y no envió desde Jerusalén una enseñanza clara sobre tales asuntos?
Por tanto, el Apóstol Pablo no dice esto para corregir a Pedro, sino que parece hablarle a él, cuando en realidad está reprendiendo a los discípulos. Estas palabras, pues, las dirige no solo a los gálatas, sino también a todos los que sufren el mismo mal. Porque, aunque muchos ahora no se circuncidan, ayunan sin embargo y aplican el descanso sabático, y al hacer esto junto con los judíos, se separan de la χάρις (jaris: gracia, energía increada). Porque si Cristo no los beneficia en nada a los que practican solo la circuncisión, cuando además se añaden el ayuno y el sábado, y no uno sino dos mandamientos de la Ley se cumplen, observa cómo el peligro con el tiempo se ha hecho aún más grave; porque los antiguos obraban así cuando todavía existían la ciudad (Jerusalén), el templo y todo lo demás; pero estos, después de haber visto el castigo que sobrevino a los judíos y la destrucción de la ciudad, persisten en tales prácticas y se dañan más a sí mismos y a otros. ¿Qué excusa o apología podrán tener por cumplir la Ley ahora, cuando ni siquiera los mismos judíos, aunque quisieran con todo su corazón, pueden ya cumplirla?
Tú te has revestido de Cristo, te has hecho miembro del Señor, has sido inscrito en la ciudad celestial, ¿y todavía te arrastras bajo la Ley mosaica? ¿Cómo podrás entonces alcanzar la βασιλεία (vasilía: realeza increada)?
Escucha a Pablo, que dice que el Evangelio se destruye cuando se aplica la Ley mosaica. Y si quieres, aprende también el modo en que esto sucede; tiembla ante ello y evita el precipicio.
Porque dime, ¿por qué guardas el sábado y ayunas junto con ellos?
Es evidente que lo haces porque temes la Ley y temes abandonar esos mandamientos. Pero no temerías abandonar la Ley si no consideraras débil a la fe, incapaz de salvarte por sí sola. Porque, si temes no guardar el sábado, es claro que temes a la Ley como si aún dominara.
Y si hay necesidad de la ley nuevamente, no se trata de una parte de ella, ni de un solo mandamiento, sino, ciertamente, de toda la ley. Pero si toda la ley mosaica resulta necesaria, entonces queda expulsada gradualmente la justificación que viene por la fe. Porque si cumples los sábados, ¿por qué no también la circuncisión? Y si te circuncidas, ¿por qué no ofrecer sacrificios?
Porque si es preciso guardar algo de la Ley, es preciso guardarla toda;
y si no se debe guardar toda, tampoco se debe guardar parte alguna.
Si no te espantas al cumplir una parte, temiendo ser condenado por infracción, también deberías temer al guardar toda la Ley; y si la transgresión de toda la Ley no infierna, no acarrea castigo, tampoco la de una parte; pero si la transgresión de una parte infierna, castiga, ¡con cuánta más razón la transgresión de toda ella!
Por tanto, si es necesario guardar toda la Ley, habría que desobedecer a Cristo, o, si obedecemos a Cristo, convertirnos en transgresores de la Ley. Porque si debemos cumplirla, todos los que no la cumplen son transgresores, y Cristo resultará ser el causante de esa transgresión,
pues Él abolió la Ley dada a los antiguos y mandó que fuese abolida.
¿Ves lo que demuestran los judaizantes?
Presentan a Cristo —al autor (o causante) de nuestra justificación— como autor incluso del pecado, tal como dice Pablo: «¿Será acaso el Cristo que nos ha llamado en este camino del pecado y nos ha engañado como un servidor del pecado?» (Gál 2,17). Y después de haber mostrado lo absurdo de ese razonamiento, ya no necesitó más pruebas para refutarlo, sino que se bastó con una sola prohibición, diciendo: «¡«¡De ningún modo! ¡Que nunca suceda que digamos una blasfemia semejante!» Porque para lo que es desvergonzado e insolente, no hay necesidad de argumentos demostrativos, sino que basta simplemente con prohibirlo.
«Porque si reconstruyo las mismas cosas que destruí como inútiles, es decir, las obras típicas formales de la Ley mosáica (de Moisés), a mí mismo me demuestro que soy pecador» (Gál 2,18); y caemos necesariamente en esa blasfemia si admitimos la hipótesis anterior.
Porque si aquello que destruí y abolí como inútil -las aplicaciones rituales típicas de la Ley- lo restablezco de nuevo como necesario para la salvación, con mi regreso a la Ley me declaro a mí mismo transgresor, porque pruebo con mis actos que me equivoqué antes al abolirla, y que pequé cuando preferí la salvación que viene de Cristo.
¡Mira cuánta prudencia muestra Pablo!
Aquellos querían demostrar que quien no guarda la Ley es transgresor; él, por el contrario, demuestra que transgresor es el que la guarda. Porque con las palabras «reconstruyo lo que destruí» se refiere a la Ley. Esto, pues, es lo que quiere decir: «La Ley ha cesado en su vigor, y nosotros lo confesamos al abandonarla para refugiarnos en la salvación por la fe. Si ahora tratamos de revivirla, nos hacemos transgresores de ella misma, esforzándonos por guardar lo que Dios ha abolido».
Luego muestra también cómo fue abolida la Ley mosaica: «Pues yo, por la ley, he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios gracias a mi fe a Cristo» (Gál 2,19); Pero no, no he pecado ni soy transgresor; porque según la medida de la ley que he abolido, la cual castiga con la muerte a todo el que la infringe, he muerto respecto a la ley, para vivir para la doxa-gloria de Dios.
Esto puede entenderse de dos maneras: O bien llama “Ley” a la jaris-gracia -porque también la jaris-gracia la nombra Pablo como “ley”, cuando dice: «La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte», es decir, (:Porque la Ley del Espíritu, es decir, la jaris-gracia increada, la iluminación y el poder del Espíritu Santo, que comunica, cultiva y desarrolla la vida según Cristo, me ha liberado de la ley y del dominio del pecado y de la muerte) [Rom 8,2]-, o bien se refiere a la antigua Ley, mostrando que por medio de la Ley misma murió para la Ley. Es decir: «Esa misma Ley me condujo a dejar de estar sujeto a ella. Si ahora intento volver a someterme, transgredo incluso esa misma Ley».
¿Y cómo, y de qué modo sucede esto?
Moisés, hablando acerca de Cristo, dice: «El Señor tu Dios suscitará para ti, de entre tus hermanos, un profeta como yo; a Él escucharéis» (Dt 18,15). Por consiguiente, quienes no obedecen a Cristo son los verdaderos transgresores de la Ley.
También debe entenderse de otro modo la expresión: «Por la Ley morí a la Ley». La Ley —dice— manda que todo lo escrito en ella se cumpla y castiga o infierna a quien no lo cumple. Por tanto, todos, conforme a la Ley, hemos muerto, porque nadie la ha cumplido perfectamente. Y observa cómo aquí también combate contra la Ley con moderación, no dice «la Ley murió para mí», sino «yo morí para la Ley». Lo que quiere decir es esto: “así como un muerto no puede obedecer los mandamientos de la Ley, tampoco yo, que he muerto respecto de su maldición; pues precisamente por causa de ella morí.” No debe, entonces, la Ley mandar al que ya está muerto, a aquel mismo a quien ella dio muerte, y con una muerte no solo corporal, sino también espiritual, por medio de la cual trajo también la corporal.
Que esto es lo que quiere decir, lo aclara con las siguientes palabras:
«para vivir para Dios» (:Porque yo morí respecto a la Ley por medio de la misma Ley, para vivir para Dios), añade, «con Cristo estoy co-crucificado». Porque habiendo dicho «he muerto», para que nadie dijera: «¿cómo, pues, sigues viviendo?», añade la causa de su vida, y muestra que la Ley mató incluso al vivo, pero Cristo, al recibir al muerto, le regaló vida con Su propia muerte. Y al decir «vida» se refiere a la vida inmortal, porque eso significa «para vivir para Dios».
«Con Cristo estoy co-crucificado», es decir, por el bautismo he sido crucificado y he muerto con Cristo; y, siendo ya muerto, la Ley no tiene poder alguno sobre mí.
¿Y cómo dice que ha sido crucificado aquel que vive y respira?
Que Cristo fue crucificado, todos lo sabemos; pero tú, Pablo, ¿cómo has sido crucificado y vives?
Observa cómo él mismo lo explica, diciendo: «Cristo Estoy crucificado con Cristo; y ya no vivo yo el viejo hombre natural, sino que es Cristo el que vive en mí. Mi vida presente, la que ahora vivo en la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo a la muerte cruciforme por mí, para mi salvación» (Gál 2,20), porque al decir «he sido crucificado con Cristo», alude al bautismo; y al decir «ya no vivo yo», alude a la vida posterior, en la cual nuestros miembros quedan muertos para el pecado.
¿Y qué significa «vive en mí Cristo»? Quiere decir: «Nada hago por mí mismo, sino aquello que Cristo quiere». Así como cuando habla de «muerte» no se refiere a la natural, sino a la que proviene de los pecados, así también al hablar de «vida» entiende la liberación de los pecados. Porque no es posible vivir para Dios de otro modo que muriendo para el pecado.
Así pues, como Cristo sufrió la muerte corporal, así también yo he sufrido la muerte al pecado. «Por tanto, destruid y mortificad todo lo que hay de terrenal en vuestros miembros del cuerpo: la lujuria, la impureza, los pazos pecadores, expulsar el hedonismo y deleites terrenales, los malos deseos que manchan al hombre y le conducen a malas praxis, y la ambición, la vanagloria y la avaricia que son idolatría», (Col 3,5). Y de nuevo dice: «Al conocer que nuestra naturaleza corrupta, nuestro hombre viejo por el pecado ha sido crucificado con Cristo por el bautismo, para que desentone ya y sea como muerto nuestro cuerpo ante el pecado, a fin de que ya no seamos esclavos de nuevo en el pecado» (Rom 6,6), es decir, (:Nos uniremos y nos haremos uno con Cristo si comprendemos que la naturaleza corrompida por el pecado, que heredamos de Adán, fue crucificada junto con Cristo de manera misteriosa en el bautismo, para que nuestro cuerpo, esclavizado al pecado, quede inactivo y muerto, de modo que no sirva más como instrumento del pecado ni seamos ya siervos y esclavos de él), y esto se realiza en el bautismo.
Por tanto, después de todo esto, si permaneces muerto al pecado, vives para Dios; pero si resucitas nuevamente el pecado, destruyes también esa vida.
Pablo, sin embargo, no era así, sino que permanecía completamente muerto al pecado. «Si, pues, vivo para Dios —dice—, mi vida es distinta de la que está bajo la Ley; y siendo yo muerto para la Ley,
ya no puedo vivir bajo su yugo ni cumplirla.»
Observa la perfección de su vida y admira aquella bienaventurada alma. Porque no dijo: «Yo vivo», sino: «Cristo vive en mí».
¿Quién se atrevería a pronunciar una palabra semejante?
Porque, habiendo hecho su psique-alma completamente obediente a Cristo, habiendo desechado todas las cosas del mundo y obrando siempre conforme a Su voluntad, no dijo: «Vivo para Cristo», sino algo mucho más sublime: «Cristo vive en mí». Porque, así como el pecado, cuando domina, es él mismo quien vive, guiando el alma hacia lo que desea, así también, cuando el pecado ha sido muerto, se cumplen las cosas que quiere Cristo; y ya no es una vida humana aquella que se vive, cuando Él mismo vive en nosotros, es decir, cuando actúa y reina en nosotros.
Y como también decía: «Por el bautismo he sido crucificado y he muerto con Cristo. Y, puesto que estoy muerto, la ley mosaica ya no tiene poder sobre mí», y también: «Ya no vivo yo, sino que he muerto», añadió: «Y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios» (es decir: me he hecho partícipe de la muerte de Cristo en la cruz y estoy muerto; por tanto, ya no vivo yo —es decir, el hombre viejo—, sino que Cristo vive en mí. Y la vida natural que ahora vivo en mi cuerpo, después de haberme vuelto a Cristo, la vivo inspirada y gobernada por la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a Sí Mismo por mi salvación) [Gál. 2,20].
«Lo que he dicho hasta ahora» —dice el Apóstol—, «se refiere a la vida espiritual. Pero si alguien quiere considerar también esta vida sensible, también ésta la vivo en la fe del Hijo de Dios. Porque mientras vivía según la antigua manera de vivir y bajo la ley, era digno del último castigo y me habría destruido y perecido». Pues «todos pecaron y están privados de la doxa-gloria divina» [Rom. 3,23]; y todos nos hallamos bajo la sentencia de condenación; todos hemos muerto, no empíricamente, en la experiencia, sino según el decreto divino; y, como recibimos la herida, porque la ley nos acusó y Dios dictó sentencia, cuando vino Cristo y entregó Su vida a la muerte, arrancó a todos nosotros de la muerte.
Por eso dice: «La vida que ahora vivo en el cuerpo, la vivo en la fe en Dios», es decir, vivo por la fe en Él. Porque si esto no existiera, nada impediría que todos pereciéramos; como sucedió en el diluvio. Pero la venida de Cristo, al apaciguar la ira de Dios, hizo posible que viviéramos mediante la fe.
Y que esto es lo que quiere decir, lo demuestra con lo siguiente, después de afirmar que: «la vida que ahora vivo en el cuerpo, la vivo en la fe del Hijo de Dios», añadió: «el cual me amó y se entregó a Sí Mismo por mí».
—¿Qué haces, Pablo, ¿apropiándote de lo que pertenece a todos y aplicando a ti mismo lo que fue hecho por todos? Porque no dijo: «que nos amó», sino: «que me amó».
Pero el Evangelista Juan dice: «Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo aquel que en él cree no perezca, sino que tenga vida eterna. [«Porque de tal manera amó Dios a los hombres del mundo hundido al pecado, de modo que entregó, por muerte en la cruz, hasta su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, tenga vida eterna y no sea autocondenado a la perdición eterna»] (Juan 3:16); y no te parezca extraño —dice— que el Hijo del Hombre haya de ser levantado en la cruz para vuestra salvación; porque tanto amó Dios al mundo de los hombres que vivía en el pecado, que entregó a la muerte a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca en la muerte eterna, sino que tenga vida eterna. Y tú mismo dices: «El que no perdonó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros a la muerte por la cruz, ¿cómo junto con él no nos dará gratuitamente todas las cosas que nos hacen falta? ¿Si nos ha regalado lo infinitamente superior, como no nos va a regalar los demás bienes inferiores?» (Rom. 8,32) [Es decir: Aquel que no se apiadó ni siquiera de su Hijo unigénito, sino que por amor a todos nosotros lo entregó a la muerte en la cruz, ¿cómo no nos dará junto con Él todas las cosas que necesitamos para nuestra salvación?] No por ti solo, sino «por todos nosotros». Y otra vez: «mientras esperamos con esperanza el feliz cumplimiento de lo que se nos ha prometido y la manifestación de la doxa-gloria (luz increada) del gran Dios y Salvador nuestro Jesús Cristo, que se entregó a sí mismo a la muerte cruciforme por nosotros para redimirnos y hacer de nosotros un pueblo escogido, limpio de toda contaminación y de todo pecado, dispuesto a hacer siempre el bien y buenas obras» (Tito 2:13-14), [es decir: fortalecidos en la vida virtuosa, esperamos con gozo la felicidad prometida y la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador Jesús Cristo, que entregó su vida por nosotros, para liberarnos de toda transgresión de la ley, purificarnos y hacernos su pueblo escogido, lleno de celo por las buenas obras.]
¿Qué es, pues, lo que dice aquí?
Habla de esta manera porque comprendió la desesperada condición de la naturaleza humana y la indescriptible providencia de Cristo y, de qué males nos liberó y qué bienes nos otorgó, y se inflamó de amor hacia Él; porque también los profetas muchas veces se apropian de Dios con palabras como: «Dios mío, tú eres mi Dios, desde la aurora oro hacia Ti y te busco» (Sal. 62,1). Y, además de esto, quiere mostrar que cada uno de nosotros, si es justo, debe deber tanta gracia a Cristo como si Él hubiera venido solo por su causa; porque no habría rehusado realizar toda esa “economía” divina (es decir, el plan de salvación) aunque fuera para salvar a un solo hombre; porque ama a cada ser humano con tanta intensidad como a todo el universo entero. Así, el sacrificio se ofreció por todo el mundo, y fue suficiente para liberar a todos. Pero quienes reciben el beneficio son únicamente los que creen. Sin embargo, el hecho de que no todos se acerquen a recibir el beneficio no hizo que Él desistiera de Su providencia; del mismo modo que en la parábola evangélica del banquete, aunque la cena fue preparada para todos, los que fueron invitados no quisieron venir, y, no por eso, el anfitrión retiró lo preparado, sino que llamó a otros. De igual manera obró también aquí; porque la oveja que se separó de las noventa y nueve era una sola, y sin embargo, no la despreció.
Así también, hablando de los judíos, Pablo insinuaba lo mismo cuando decía: «No importa que algunos fueran infieles. ¿Es que su infidelidad va a anular la fidelidad y la verdad de Dios? ¡Nunca jamás diga uno esto! Pues Dios es veraz y leal a lo que dice y los hombres desleales y mentirosos en sus promesas y obligaciones, como dice la Escritura en los Salmos: “Tus logos, oh Dios, demostrarán que eres justo y veraz y saldrás vencedor si alguna vez los hombres se atreven a juzgarte» (Rom. 3,3-4), (:Y este privilegio, de que ellos posean las promesas y los compromisos de Dios, no ha sido anulado; porque, ¿qué importa si algunos de los judíos mostraron incredulidad? ¿Acaso su incredulidad anulará la fidelidad y la verdad de Dios? ¡De ningún modo! Nunca suceda que alguien diga que Dios podría mostrarse infiel o violador de sus promesas. Más bien, que Dios sea reconocido como veraz en sus palabras, mientras todo hombre es inconstante y mentiroso, conforme a lo que está escrito en los Salmos: “Tus logos, oh Dios, demostrarán que eres justo y veraz y saldrás vencedor si alguna vez los hombres se atreven a juzgarte”). Después de todo esto, Él te amó tanto que se entregó a Sí Mismo, y cuando no tenías esperanza de salvación, te condujo a una vida tan grande y tan nueva, ¿y tú, después de tantos bienes, vuelves a las cosas antiguas?
Por eso, habiendo establecido Pablo con precisión las conclusiones de sus razonamientos, proclama con fuerza y énfasis diciendo: «No rechazo la χάρις jaris-gracia energía increada de Dios; pues si la justicia y la salvación se obtiene por la ley, entonces Cristo murió inútilmente. Pero esto es utopía y blasfemo» (Gál. 2,21). Es decir: «No desprecio como inútil la jaris-gracia increada que me dio Dios; pero ciertamente la anularía si volviera a la ley mosaica. Porque si regreso a la Ley, eso significa que reconozco que puedo ser justificado y salvado por medio de ella. Pero si creyera que la justicia y la salvación del hombre se obtiene por acatamiento y aplicación de la ley, significaría que el sacrificio de Cristo fue innecesario y Su muerte, en vano».
¡Escuchen esto aquellos que todavía judaizan y se aferran a la ley! Porque estas palabras también a ellos se dirigen.
«Pues si la justificación se concede por la aplicación de la ley mosaica, entonces Cristo murió en vano» (Galatas 2:21).
¿Qué puede haber más terrible que este pecado? ¿Qué palabras más vergonzosas que éstas?
Porque si Cristo murió, es evidente que lo hizo porque la ley no tenía poder para justificarnos; pero si la ley podía otorgar justificación, entonces la muerte de Cristo habría sido inútil.
Y ¿cómo sería razonable decir que algo tan grande, lleno de tanta maravilla y temor, que sobrepasa la mente y el espíritu humano, un misterio tan profundo que los profetas lo anunciaban con dolores de parto, los patriarcas lo predecían, los ángeles se asombraban al contemplarlo, y todos lo reconocen como la cima de la providencia paternal de Dios, cómo, digo, sería razonable afirmar que todo esto ocurrió en vano y sin propósito?
Así pues, al comprender la enorme incongruencia de semejante pensamiento, que una obra tan grande y tan divina pudiera considerarse inútil, el Apóstol emplea una severa reprensión contra ellos en las palabras que siguen inmediatamente después, (en el capítulo tercero de la Epístola a los Gálatas).
(Juan Crisóstomo, Obras completas, Comentario a la Epístola a los Gálatas, homilía sobre el capítulo II, y ediciones patrísticas “Gregorio Palamás” (EPE), editorial “El Bizancio”, Tesalónica, 1979, tomo 20, pp. 267-283).
PARA GLORIA DEL DIOS TRIUNO
Edición y revisión del texto: Eléni Linardáki, filóloga
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/