p. Atanasio Mitilineos: a) Los oyentes secularizados y b) El Sembrador y los sembradores

Atanasio Mitilineos: a) Los oyentes secularizados y b) El Sembrador y los sembradores

 (Domingo IV de Lucas 8,4-15 y de los Santos Padres del IV Concilio Ecuménico)

 

La parábola del sembrador, 8:4-18.

4 Y mientras se reunía una inmensa muchedumbre que acudían a Él de varias ciudades, el Señor les dijo esta enseñanza en parábola:

5 El sembrador salió a sembrar su semilla, y al sembrarla, una parte cayó junto al camino y fue pisoteada por los transeúntes, y las aves del cielo la comieron.

6 Otra parte cayó sobre terreno pedregoso, y habiendo brotado, se secó por no tener humedad.

7 Otra parte cayó en medio de las espinas, las espinas crecieron y la ahogaron.

8 Y otra parte cayó en buena tierra, y habiendo crecido, dio fruto a ciento por uno. Dicho esto, exclamó: ¡El que tiene oídos espirituales para oír la verdad de Dios, que oiga lo que yo enseño!

9 Y sus discípulos le preguntaban qué significaba esta parábola.

10 Él dijo: A vosotros se os ha sido dado conocer los misterios de la realeza increada de Dios, pero a los demás sólo en parábolas, para que viendo no vean ni puedan introducirse al significado más profundo y oyendo no puedan entender la verdad. (A vosotros que tenéis interés y buena disposición, se ha dado de Dios como regalo a aprender las verdades secretas de la realeza increada de Dios, pero a los otros los hablo en parábolas. Ellos no tienen interés para conocer y aceptar las verdades espirituales. Y el nus/espíritu y el intelecto de ellos están embotados e incapaces para la enseñanza espiritual. Por eso enseño de esta manera, para que no puedan ver lo más profundo y puro, mientras que con los ojos de sus cuerpos ven, y para que no puedan entender mientras oyen la enseñanza que les explica los misterios. Y esto no lo hago sólo por justicia, sino también por bondad, para que ellos, por menospreciar la verdad no agraven su situación y se endurezcan aún más.)

11 Este es, pues, el significado de la parábola: La semilla simboliza el logos de Dios

12 Los que se asemejan con la tierra que está cerca del camino son los que oyeron y no fueron atentos al logos de Dios; pero luego viene el diablo y quita el logos de sus corazones, para que no crean y sean salvos.

13 Los que son simbolizados con el terreno pedregoso, son los que cuando oyen y reciben el logos de Dios con gozo y alegría, pero éstos no tienen raíces profundas en sus corazones; creen por un tiempo, pero al tiempo de prueba y tentación sucumben y se alejan de la fe.

14 La semilla que cae entre las espinas, simboliza a éstos que cuando oyeron el logos de Dios e intentaron a aplicar y cumplir con algunas ganas, pero luego se ahogan en las preocupaciones para adquirir riquezas y en los placeres y disfrutes materialistas de la vida mundana, y así no avanzan hasta al final, no maduran para tener frutos buenos y fijos.

15 Pero la semilla que cae en buena tierra, simboliza a los hombres con buena voluntad y predisposición, que al haber oído el logos de Dios con corazón recto y bueno, lo retienen con atención y devoción en su interior y producen como frutos las obras de la virtud junto con la paciencia, la que mostrarán en distintas circunstancias, tribulaciones y sufrimientos.

16 Nadie cuando enciende una lámpara, la oculta en una vasija o la pone debajo de una cama, sino que la coloca sobre un candelero, para que los que entren vean la luz.

17 Porque no hay nada oculto que no sea descubierto, ni secreto que no haya de ser plenamente conocido y salga a la luz. Esto sucede también con mi enseñanza que será conocida en todo el mundo.

18 Por tanto, vosotros que como apóstoles-enviados del mundo la transmitiréis, mirad bien cómo escucháis mi enseñanza, (oírla con fe inquebrantable, para apropiarse de ella); porque al que contiene la verdad, le será dado más rica y más clara gnosis-conocimiento e iluminación de la verdad, y al que por indiferencia no contenga la verdad, aun lo que imagina tener como gnosis-conocimiento le será quitado.

 

π. Atanasio Mitilineos: Los oyentes secularizados

(Domingo IV de Lucas 8,5-15 y de los Santos Padres del IV Concilio Ecuménico)

Cuando el Señor hablaba, queridos míos, siempre tenía delante de Él una multitud numerosa. Y el logos de Dios caía en los corazones —a veces suavemente, otras conmoviendo profundamente, y otras de modo hipócrita o indiferente—. Pero el logos era siempre el mismo para todos. Lo que variaba eran los corazones de los oyentes. La semilla del logos caía en diferentes terrenos. Por eso el Señor dijo la parábola del sembrador, que escuchamos en la lectura evangélica de hoy. Quería que sus oyentes tomaran conciencia de la calidad del terreno que cada uno tenía en su interior.

Y el Señor habló de cuatro categorías de “terrenos”-oyentes. En la primera categoría —nos dice el Señor— la semilla, el logos de Dios, cae “junto al camino; fue pisoteada, y las aves del cielo la devoraron”. No cayó esa parte de la semilla dentro del campo, sino en el sendero, junto al camino, donde la tierra estaba endurecida por el paso. Y vinieron las aves, y como la semilla no pudo mezclarse con la tierra, las aves del cielo la comieron.

Se trata de aquellas personas cuyo corazón es una tierra endurecida: no crece nada allí. Son los hombres de corazón empedernido. Nada toca su corazón; ni siquiera la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios logra penetrar en él, porque el hombre es libre.

Además —dice la parábola— aunque algo quede en el corazón, viene el diablo y arrebata de su corazón lo que oyeron. Y el Señor, interpretando la parábola, añade: “para que no crean y se salven”. Es decir, al no escuchar, o al no querer escuchar, o al no querer comprender, llegan a no creer y, por tanto, a no salvarse. En el fondo, estas personas son incrédulas.

Esto se manifestó claramente últimamente —y no os sorprenda, creo que estaréis de acuerdo conmigo— en las celebraciones de Patmos. Se reunieron personas, hablaron, actuaron, se mostraron, fueron publicitadas… pero todos ellos se parecen a la primera categoría, en la que la semilla cayó junto al camino: de la celebración —por lo que al menos se vio— nada tocó sus corazones. Del libro del Apocalipsis, nada penetró en su corazón… Al contrario, trataron de aprovecharse de la celebración sin recibir nada espiritual. ¡Qué pena!

Pasemos a la segunda categoría de oyentes. Son los que —dice el Señor— reciben la semilla “sobre la roca”. La semilla es aceptada, pero pronto se seca, porque carece de humedad. En la roca hay poca tierra; allí intenta germinar, pero bajo esa delgada capa no hay humedad, y así la semilla se seca. Es decir, son las personas superficiales, sin profundidad de alma: escuchan, se alegran, pero pronto olvidan.

Existe también la tercera categoría de oyentes. Allí —dice el Señor— la semilla cae “entre espinos, y al crecer los espinos, la ahogaron”. Era una parte del campo donde crecían también espinas. Brotó el trigo, pero también las espinas; y como las malas hierbas crecen más fácilmente y más rápido, ahogaron los brotes del trigo. La palabra de Dios no puede desarrollarse allí —explica el Señor— porque las múltiples preocupaciones de la vida ahogan todo buen propósito.

Y, finalmente, la parábola nos dice que existe una cuarta categoría: la tierra buena, que da fruto al treinta, al sesenta y al ciento por uno.

De las tres primeras categorías estériles, quizá la tercera sea la más característica. Veámoslo.

La tercera categoría es la de aquellos que escuchan, pero cuya voluntad queda sofocada por las espinas de las preocupaciones terrenales. Estos cristianos poseen capacidades intelectuales, emocionales y volitivas; sin embargo, han cometido un error: una valoración equivocada. No han jerarquizado correctamente los valores de la vida. Y, ciertamente, muchas cosas en la vida son valiosas: la profesión, el matrimonio, los logros diversos. Todo esto son valores. Pero no han comprendido que el valor de la salvación está por encima de todos los demás valores de la vida; que ocupa la cima de la jerarquía de los valores. Es lo que dijo una vez el Señor: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su psique-alma?”
¿Qué beneficia?

Por eso, las cosas deben tener un orden jerárquico: en lo más alto, el valor de la salvación.
Estas personas —dignas, respetables— cometen el error de no jerarquizar correctamente las cosas, y así sacrifican muchas veces su salvación por cosas mucho menores. O, si se quiere, absolutizan cosas inferiores.

Por ejemplo, alguien dice: “Tengo que criar a mis hijos, y el salario que gano no basta; debo entonces tomar dinero del fondo en el que trabajo, o de mis mercancías, o no sé de dónde… es decir, debo robar. Pero eso no es malo, porque es para criar a mis hijos.”

¿Qué hace aquí? Absolutiza ciertos valores, como la familia o los hijos, y viola la ley de Dios. Muy a menudo se dice que “el fin justifica los medios”. No importa si transgredo algo; lo que importa es lo que logro.

Una mujer viuda, por ejemplo, puede incluso entregarse a la inmoralidad, sólo para criar a sus hijos, y puede decir: “¿Qué podía hacer? No tenía otra opción.”

Aquí, pues, ¿qué ocurre? Estas personas ponen los asuntos del mundo —cosas inferiores— por encima de la cuestión de la salvación. Es el hombre que incluso usa la religiosidad como un medio para obtener beneficios mundanos.

Como sucedió —repito— con las celebraciones de Patmos: muchos de los que participaron no creen en nada; encontraron una oportunidad para hacerse ver —como dije antes—, para ganar dinero o cualquier otra cosa.

¿Y qué son todas estas cosas, en realidad?
Se trata del cristiano secularizado, aquel que desea escuchar el logos de Dios, pero con medida. Cada uno, por supuesto, mantiene su propia medida; no existe una medida objetiva, sino una medida subjetiva.
¿Por qué? Porque teme el crecimiento espiritual, no sea que pierda los placeres mundanos. Esto es… miseria espiritual.

Así, cuando los padres ven alguna vez que sus hijos —a quienes ellos mismos enviaron a la Iglesia, a la confesión, al catecismo— comienzan a desarrollarse espiritualmente más de lo “normal”, inmediatamente acuden a detenerlos: “¡Ah! Ven aquí…”

¿Por qué? Porque temen que su hijo crezca espiritualmente. Lo quieren encerrado dentro de la jaula de la mundanidad, no sea que se prive de los bienes de este mundo. De este modo, estas personas desdichadas —que tienen solo una apariencia superficial de cristianismo, sin profundidad— colocan la mundanidad como el valor supremo, y por debajo de ella, el logos de Dios que salva…

Incluso la preocupación legítima puede convertirse en obstáculo. Es legítimo preocuparse por la casa, por el sustento, por el trabajo, por los estudios. Todo eso es una preocupación lícita. Pero incluso esa preocupación puede transformarse en obstáculo si el hombre no tiene cuidado. El Señor representó esta situación con las espinas que crecen y sofocan el sentido de la salvación del hombre. Y si esta condición se prolonga, los hombres de esta tercera categoría pasan rápidamente a las dos primeras categorías, es decir, se vuelven superficiales o, finalmente, endurecidos. Basta con que esta situación se cronifique. Y ahí el peligro es máximo, porque roza la impenitencia, fuera de la metania. Y solo pensar en esto, queridos míos, debería causarnos temor.

Si tuviéramos que calificar a las personas de esta tercera categoría —al oyente del logos que se ha secularizado (mundanizado)—, descubriríamos que, en el fondo, existe en él una forma de incredulidad. Sí, no incredulidad respecto a la existencia de Dios, pues jura diciendo: “No soy incrédulo, creo en Dios”, sino incredulidad en la providencia de Dios, en Su cuidado.

Alguien podría decirle: “Hombre mío, ¿qué más podrías añadir a todo ese peso de preocupaciones terrenas? ¿Qué más podrías lograr? Más bien ganarás la ansiedad y angustia característica de nuestra época. Y todo beneficio que obtengas, si colocas las cosas de ese modo, quedará sin bendición.”

Recuerdo una vez a un hombre —era zapatero— que nunca iba a la Iglesia los domingos. Le dije: “Ah, eso no está bien; por favor, vaya a la iglesia.”
Y él me respondió, con cierto aire: “Ah, el trabajo es algo sagrado.”

¿Qué hizo ese hombre? Absolutizó el trabajo. Y perdió la salvación.
Y si todo nuestro esfuerzo queda sin bendición, repito, ¿cuál será la ganancia?

Recordemos aquí, queridos míos, lo que dice el salmista: “Si el Señor no construye la casa, en vano se fatigan los constructores.” (Salmo 126 [127], 1). Es decir: si el Señor no edifica la casa —el hogar, la familia, el matrimonio, la esposa, el esposo y los hijos, e incluso las paredes materiales—, en vano trabajan los que edifican.

¡Cuántas veces hemos visto a personas, privadamente, construyendo su casa un domingo, o arreglando, o pintando, o reparando algo!
Pasas y los ves, y piensas: “¡Pobres hombres! Lo que hacéis es sin bendición, y lo es porque Dios ha dicho que no debemos hacer tales trabajos en domingo.”

Y continúa el salmo: “Si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigila el centinela.” Si el Señor no protege una ciudad, un país, nunca podrás proteger tu ciudad. Y más adelante: “En vano madrugáis, y os acostáis tarde, comiendo pan de dolor; porque a sus amados, Él les da el sueño.” Es decir, te levantas muy temprano para ir al trabajo, y cuando te sientas a comer, rápidamente te levantas otra vez para volver a trabajar; comes pan de dolor, apresuradamente, sin poder digerirlo; y no logras nada.

Porque el Señor da a sus amados el sueño, ese sueño bienaventurado de dormir tranquilos por la noche, sin pesadillas, sin problemas, sin angustias ni ansiedad.

El Señor, queridos míos, nos advirtió: “Tened cuidado de vosotros mismos, no sea que vuestros corazones se carguen con glotonería, embriaguez y preocupaciones de la vida” (Lucas 21,34). Cuidado, —dice—, “no sea que se vuelvan pesadas vuestras almas con la embriaguez y las preocupaciones mundanas. Así que, sí, estas cosas pesan sobre el hombre.

Y también nos recuerda el mandato de Dios en el Antiguo Testamento:

Cuídate a ti mismo y guarda mucho tu alma” (Deuteronomio 4,9).

Cuídate. Guarda con gran atención tu alma. Las preocupaciones de la vida —permítanme insistir en esto— impiden sentarse a la mesa de la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de Dios.

Recordad aquella otra parábola, queridos míos, en la que el Señor envía a Su siervo a anunciar: “La mesa está preparada, el banquete de la Realeza está listo.”

Y ¿qué responden los invitados?
El primero dice: “He comprado un campo.” El segundo: “He comprado cinco yuntas de bueyes.” El tercero: “Me he casado.” Y los tres no tenían tiempo. Estaban atrapados en las preocupaciones del mundo. Es legítimo comprar un campo. Es legítimo comprar bueyes para arar. Es legítimo casarse. Pero estas cosas no pueden convertirse en obstáculo, haciendo que el logos de Dios se pierda. Porque, así como la embriaguez y la glotonería paralizan la voluntad del hombre, del mismo modo actúan también las preocupaciones terrenales: paralizan la voluntad. El hombre ya no tiene disposición para nada más.

El Señor, al analizar la parábola, dijo que esta categoría de oyentes —de la que oímos hoy en el Evangelio— son aquellos que, aunque escuchan el logos de Dios, “caminando entre las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, quedan sofocados y no dan fruto”.
El Señor explica aquí qué representan las espinas: las preocupaciones, la riqueza y los placeres. En definitiva, estas personas no pueden dar fruto. Menciona, pues, tres obstáculos, tres “grilletes”, tres frenos:
las preocupaciones de la vida, la riqueza y los placeres.

La ambición de enriquecerse tampoco ayuda al hombre a poner en práctica lo que escucha, porque siempre está ocupado, nunca tiene tiempo.
Escribe el apóstol Pablo en su Primera Carta a Timoteo: “Pues los que quieren enriquecerse caen en la tentación y en los deseos insensatos y funestos y en las trampas que les pone el diablo, que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición (espiritual). Porque la avaricia, el amor al dinero es la raíz de todos los males. Algunos, arrastrados por ese amor al dinero, se han apartado de la fe y están atormentados por muchos sufrimientos y remordimientos” (1 Tim 6,9-10)

Asimismo, las comodidades y los placeres, que el Señor menciona junto con la riqueza, son lo mismo. Basta pensar que la riqueza, las comodidades y los placeres tienen —presten atención— un carácter antirredentor, anticrístico, contrario a la cruz, no te dejan escuchar ni vivir el mensaje cruciforme del Evangelio. Y no solo eso: te transforman en enemigo del Evangelio, enemigo de Cristo.

Así lo dice el apóstol Pablo en su Carta a los Filipenses: “Porque muchos entre vosotros no andan en el camino ortodoxo y se convierten en escándalo, de quienes muchas veces os dije, y ahora tengo que repetirlo con lágrimas en los ojos. Me refiero a los enemigos de la cruz de Cristo; es decir, aquellos que al principio creyeron y obedecieron a Cristo, pero después vivieron y viven vida pecadora y escandalizan los fieles, sabotean y perturban la Iglesia y combaten contra Cristo.  el fin de ellos será la condena y la perdición eterna, su dios es su vientre, buscan la gloria en praxis y situaciones vergonzosas y tienen puesto su corazón en las cosas de la tierra y en las conductas carnales” (Flp 3,18-19)

¿Cómo los llama? “Enemigos de la cruz de Cristo.”
Por tanto, aunque hayan sido bautizados como cristianos, su vida es anticrística, anticruz. Y por eso son llamados enemigos de la cruz de Cristo.

Queridos, la categoría de los oyentes secularizados (mundanizados* —es decir, la tercera categoría de la parábola— es verdaderamente lamentable.

(*Ver: https://logosortodoxo.es/herejias/%ce%ba%ce%ba%ce%bf%cf%83%ce%bc%ce%af%ce%ba%ce%b5%cf%85%cf%83%ce%b7-ekosmikefsi-secularizacion-de-la-iglesia-una-herejia-muy-sutil-y-peligrosa/
Son personas valiosas, respetables, lo hemos dicho; pero las preocupaciones del mundo, el deseo de riqueza y los placeres de la vida los detienen. Y aunque escuchen, o incluso lleven años escuchando el logos de Dios, no dan fruto. No llegan a un fin, a un propósito. No fructifican. Y corren el riesgo de fosilizarse espiritualmente. Se consolida dentro de ellos un estado extraño en el alma. Si alguna vez les dices que se han fosilizado, te responderán: “¿Qué dices? ¡Yo llevo años escuchando el logos de Dios!” Y sin embargo, son personas petrificadas, sin crecimiento espiritual. No muestran ningún progreso.

Nosotros, queridos míos, examinémonos para ver en qué categoría de oyentes nos encontramos. Y esforcémonos, con mucho celo y amor, por hacer de nuestro corazón una tierra buena. No es fácil. Es arduo. No es fácil. Pero allí caerá abundantemente la semilla divina, y brotará la planta de la teología y de la vida práctica. Y nosotros experimentaremos la alegría del fruto, una alegría que nadie podrá robarnos ni arrebatarnos. La experiencia misma nos convencerá. Amín.

Para gloria del Dios Trino y Santo.

[Homilía pronunciada el 15 de octubre de 1995]

 

El Sembrador y los sembradores

(Padre Atanasio Mitilineos — Domingo de los Santos Padres del IV Sínodo Ecuménico)

Volvemos nuevamente, queridos míos, a la maravillosa parábola del Sembrador, tal como la escuchamos hoy en la lectura evangélica de san Lucas. Aquí el Señor, mediante cuatro imágenes, presenta cuatro clases de oyentes. No todos los hombres escuchan por igual los mensajes evangélicos. Cada uno posee su propia disposición interior, su propio grado de cultivo del alma. Uno es un oyente atento, otro superficial, otro endurecido, otro considera insuficiente lo que oye y busca fuera del ámbito del Evangelio; otro, algo distinto, y así sucesivamente.

Los elementos fundamentales de la parábola son los siguientes: Primero: «Salió el sembrador a sembrar su semilla». Salió Dios. Salió.
¿Cómo salió? ¿De dónde salió? ¿Y adónde fue?

Es el Dios Logos, quien sale al mundo mediante su Encarnación.

Segundo: El propósito de esta Encarnación del Dios Logos que sale al mundo es sembrar la semilla de la verdad.
¿Y cuál es esa verdad?

La primera gran verdad es que Dios es Trinidad. De esta verdad dependen todas las demás. Y la segunda: que el Logos de Dios se encarnó, que la segunda Persona de la Santa Trinidad se hizo hombre. Estas dos grandes verdades son las que definen aquello que llamamos “cristianismo”.

Tercero: Que Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo para que el mundo se salve por medio de la fe.

Cuarto: Que, al hablar en parábolas, el Señor tenía como propósito revelar el conocimiento de los misterios de la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de Dios únicamente a quienes tenían verdadero interés por conocerlos. Es característica la frase que escuchamos hoy: «A vosotros —dijo a sus discípulos— os ha sido dado conocer los misterios de la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de Dios». En efecto, ni siquiera los discípulos comprendieron de inmediato lo que el Señor quería decir con la parábola. Y Él les aclaró: “A vosotros se os ha concedido conocer los misterios de Βασιλεία de Dios.” A vosotros —dijo— se os ha concedido.

Pero si el Dios Logos sale como sembrador a sembrar la semilla de sus verdades en los corazones humanos —porque esa es la “tierra” donde viene a sembrar, el corazón del hombre—, también sale el diablo para sembrar su propia semilla en las psiques-almas. Simultáneamente.

De hecho, hay una alusión a esto en la tercera categoría de oyentes dentro de la misma parábola, cuando dice que algunos escuchan el logos de Dios, pero viene el diablo y la arranca de su corazón.

El diablo, pues, toma, arrebata el logos y palabra —en sentido pasivo—; y en sentido activo, siembra su propia semilla demoníaca.

Así lo expresa el Señor en la parábola del sembrador: “Entonces viene el diablo y quita la palabra de su corazón, para que no crean y se salven” (Lc 8,12). Su propósito es que no lleguen a creer y se salven.

Vemos, por tanto, que se hace referencia al diablo, quien realiza una doble tarea:

  1. Obstaculiza el logos de Dios, y
  2. Siembra su propio grano, su semilla.

Esta es la doble obra del diablo: Elimina y neutraliza la semilla de Cristo en el corazón humano para sembrar la suya demoníaca. El Señor habló de esta semilla maligna —presten atención, porque quizá no lo hayamos comprendido— en otra parábola especial: la llamada “parábola de la cizaña”.

Hagamos, pues, una breve digresión desde la parábola del sembrador hacia la de la cizaña, ya que guardan una profunda relación. Cuando el diablo arrebata la semilla, el logos de Dios, del corazón del hombre, está realizando una obra contraria a la del gran Sembrador.

Vale la pena, entonces, examinar —aunque sea brevemente— esa parábola, que se encuentra en el Evangelio según san Mateo, capítulo 13: “La Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo.”

¿A qué se asemeja la Βασιλεία Realeza increada de Dios?
A un hombre que siembra buena semilla en su propio campo. Fíjense en la semejanza con la frase de la parábola del sembrador: «Salió el sembrador a sembrar su semilla». Ambas expresiones son casi idénticas.

Y continúa: “Pero mientras los hombres dormían, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue.” Los hombres —los obreros de aquel campo— fueron a descansar, y el enemigo vino y sembró cizaña entre el trigo que había sido sembrado durante el día.

“Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció también la cizaña.” Entonces se manifestó lo que el enemigo había hecho.

El Señor explicó también esta parábola a Sus discípulos, como lo hizo con la del sembrador: “El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre”, es decir, Jesús Cristo. “El campo es el mundo.” El campo, pues, representa el mundo, los hombres, las disposiciones de sus corazones. “La buena semilla son los hijos de la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) .” ¿Quiénes son la buena semilla?
Aquellos hombres de la cuarta categoría de oyentes, los que escuchan, reciben, conservan y dan fruto —como dice la parábola del sembrador—, cien veces más. “La cizaña son los hijos del maligno.” “Y el enemigo que la sembró es el diablo.” El enemigo, el diablo, es quien realiza esta siembra, ayudado por sus propios servidores humanos.

Podemos decir que la parábola de la cizaña complementa la parábola del sembrador. Claramente. Lo han visto. Y, además, aclara la parábola del sembrador respecto a los resultados del comportamiento de las cuatro categorías de oyentes.

Tenemos, pues, al Sembrador y los sembradores.

  • El Sembrador: Cristo.
  • Los sembradores: los hombres del diablo.

Y la semilla del buen sembrador, repito, es el Hijo de Dios. No se cuestiona que todo lo que siembra el Hijo de Dios es buena semilla; no hay ninguna duda sobre ello. Lo que sí se cuestiona es la calidad de la semilla que siembran los diferentes sembradores, es decir, los «hijos del maligno», como dice el Señor, detrás de los cuales se oculta el diablo. ¿Y cuál es la calidad de esa semilla que ellos siembran en el campo de Cristo? ¿Quién es el campo de Cristo? El campo de Cristo es la Iglesia. Esto es crucial: la Iglesia es el campo donde se siembra la verdad de Dios. Primero, los que siembran —los hijos del diablo— son los herejes. Lo que siembran son las diferentes herejías, como escuchamos en la lectura apostólica de hoy.

A propósito de que celebramos a los Padres de la Séptima Sínodo Ecuménico, quienes trabajaron arduamente, junto con todos los Padres de los Concilios Ecuménicos, para definir y afirmar la Verdad con mayúscula, y para eliminar todo lo que fuera herético. Cada Sínodo (Concilio) Ecuménico surgía como respuesta a una herejía. Se presentaba una herejía, se convocaban los Padres, la estudiaban, la rechazaban y preservaban la verdad del Evangelio.

En efecto, el Séptimo Sínodo (Concilio) Ecuménico fue convocado para enfrentar a aquellos herejes que, al eliminar las iconas-imágenes, negaban la naturaleza humana de Cristo. Del mismo modo, el Primer Sínodo Ecuménico fue convocado para enfrentar a los herejes que negaban la naturaleza divina de Cristo.

Siete Sínodos (Concilios) Ecuménicos. También tenemos los Sínodos locales. En el primero, los herejes negaban la divinidad de Cristo; en el séptimo, negaban la naturaleza humana de Cristo. Porque cuando negaban la presencia de las iconas-imágenes —y sobre todo la icona-imagen de Cristo; las demás no nos preocuparían tanto, ya fueran de la Virgen o de un santo, puesto que existieron como seres humanos—, la cuestión era: ¿puede el Hijo de Dios ser representado en icona-imagen? Pues bien, si se hizo hombre, por supuesto que puede ser representado. Si, por tanto, tú niegas la icona-imagen de Cristo, en realidad niegas la Encarnación del Hijo de Dios.

Y algunos otros herejes, próximos a aquellos —los llamados monofisitas—, sostenían algo similar. Y debo decirles que el monofisismo, a lo largo de toda la historia de la Iglesia, siempre se arrastra y, cuando encuentra la ocasión propicia, vuelve a surgir. Eran los llamados Docetas. Decían que el cuerpo de Cristo existía “según apariencia”, por fantasía; que “Cristo fue crucificado en la cruz sólo en apariencia”, porque su cuerpo era imaginario, aparente.

¿Lo comprenden? Por tanto, no asumió la naturaleza humana. Y si no asumió la naturaleza humana, el hombre no puede ser salvado. Y como dicen los Santos Padres: “lo que no ha sido asumido, no ha sido sanado”. Es decir, aquello que no fue asumido (por Cristo) permanece enfermo. Por lo tanto, no tenemos salvación. Comprenden entonces cómo los herejes vienen, con su herejía, a dañar y a atacar la verdad del Evangelio.

El Apóstol Pablo, en la carta a Tito, advierte: “A un hombre hereje, después de una y otra advertencia, recházalo, sabiendo que se ha apartado y peca siendo condenado por sí mismo.”

El término ἐξέστραπται (exéstrapte) significa literalmente “desviado de la vía”, como un tren que se descarrila; es decir, los herejes han salido de las vías de la verdad del Evangelio. Y estos —dice— pecan, siendo autocondenados”. Déjalos. Apártate. Además, añade: “después de la primera y la segunda amonestación”. ¿Se lo dijiste una vez? ¿Se lo dijiste dos veces? ¿No entiende? Déjalo. Debes expulsarlo de la Iglesia. No tiene ya ninguna relación con ella.

¿Saben cómo llama san Ignacio el Teóforo a la herejía? “Hierba del diablo”. Así como existe la cizaña entre el trigo, esta es la hierba del diablo —es decir, la herejía misma.

Un método favorito del diablo, queridos míos, es la falsificación. La corrupción de la verdad, y también de todo lo que es auténtico. Lo distorsiona. Como les dije: el apartarse de la fe cristiana y de la moral evangélica. Son dos cosas: la fe y la moral. Estas, de algún modo, se desvían, se deforman, salen de su cauce.

El diablo sabe muy bien que con la herejía no hay salvación. Podrían decir: “¿Pero acaso los herejes no dicen también algo bueno?”. No. Puede parecer un buen alimento, pero si contiene veneno, ¿sobrevivirás? ¿O morirás?  Porque, sencillamente, no hay salvación en la herejía. La herejía es blasfemia contra el Espíritu Santo. Por eso, dice el mismo Señor y los autores del Nuevo Testamento, que el hereje blasfema contra el Espíritu Santo. No puede salvarse, no tiene salvación, ni en este siglo ni en el venidero, dijo Cristo.

Por tanto, la herejía es la primera cizaña, tanto en calidad como en cantidad, que el diablo siembra en el campo del Señor, en la Iglesia.

Otra forma de maleza entre los cristianos son las diversas teorías, como las referentes a la existencia. «¿Por qué existo?». ¿Cuál es la respuesta? «Bueno, comer, beber y morir». O «mirar embobado las estrellas», como cree el budismo, etc. Sobre la existencia: ¿cuál es el propósito de mi existencia?

La teoría sobre la libertad, sobre el origen de las especies y el darwinismo. Sobre el pansexualismo y el freudismo. Sobre la igualdad de los sexos y el feminismo. Estas son semillas del diablo. Especialmente de manera demoníaca el feminismo. Sobre el control, mejor dicho, la limitación de los nacimientos. Que no nazcan hijos. Porque el diablo no quiere que se enriquezca la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de Dios. Sobre los abortos. «No se necesitan muchos hijos». ¿Ha llegado algún hijo? Digamos, el segundo o tercero: «¡Tíralo!». Sobre el salario mínimo de los trabajadores. «Solo recibirás lo suficiente para sobrevivir». Sobre el anarquismo. Sobre la filosofía materialista. De hecho, y más precisamente, incluso la filosofía en su dimensión espiritual, como el platonismo, que negaba la materia, estas filosofías son condenables. No se sorprendan. Porque «el Logos se hizo cuerpo con carne». Y si el Logos, Dios, se hizo cuerpo, carne, y tú niegas la materia, entonces niegas la Encarnación. Por lo tanto, es una filosofía que conduce a la herejía, a la corrupción.

También sobre el ecumenismo; la fusión de todas las religiones, de la verdad y la mentira, etc., etc., etc. Todo esto son semillas, son frutos del diablo; que el diablo siembra deliberadamente en el campo de la Iglesia de Cristo. Por no decir que siembra su maleza entre los fieles con disputas, cismas, envidias, etc.

Describiendo la conducta del mundo antiguo, Pablo en el capítulo 1 de Romanos nos da una imagen clara de cómo era el mundo antiguo. Sin embargo, podríamos decir que la misma imagen se aplica hoy, lamentablemente, a los cristianos. Lamentablemente. Mil veces lamentablemente. Escuchen lo que escribe: «llenos –entonces los paganos– llenos de toda injusticia, prostitución –¿acaso los cristianos no caen en la fornicación, prostitución?–, maldad, avaricia, malicia, llenos de envidia, asesinato, contienda, engaño, malicia, chismes, calumnias, impíos, blasfemos, arrogantes, soberbios, inventores de males, desobedientes a los padres, insensatos, desordenados, sin afecto, sin compasión, crueles». Imagen del mundo antiguo. La misma imagen ahora de los cristianos. ¿Tienen alguna objeción? Y todo esto constituye la siembra del diablo.

Debemos tener en cuenta, queridos míos, que hacia los últimos tiempos el diablo –y ahora estamos cerca de los últimos tiempos, es decir, preludios de los últimos tiempos, según muchas, muchas señales, como las que les leí–, porque dice en otra carta el apóstol Pablo: «Y no olvides –dice a Timoteo– que en los últimos tiempos los hombres serán tales, tales, tales». En el plan que les leí anteriormente, en su carta a los Romanos; que el diablo se activará más; porque será invadido por un gran furor contra los hombres.

Escuchen lo que escribe el evangelista Juan en el capítulo 12 del Apocalipsis: «¡Ay de la tierra y del mar! Porque ha descendido el diablo hacia vosotros con gran ira, sabiendo que poco tiempo le queda». Y ¿qué hace? Remueve la tierra. Remueve, remueve, remueve. Personas, situaciones, familias, Iglesias… ¿No estamos en los umbrales del ecumenismo? Por no decir en situaciones avanzadas. Y remueve a todos y todo. Por lo tanto, la siembra diabólica del diablo en la humanidad, a medida que avance el tiempo, se densificará. Podemos decir que, como el saco del agricultor contiene la semilla que siembra –tomen esta antigua imagen, cuando el sembrador tomaba la semilla y la esparcía, no hoy con tractores–, así es el maravilloso saco del diablo, que siembra fácil y rápidamente sobre la tierra. ¿Qué es, dirían ustedes? La televisión. «La caja del diablo», como decía San Cosme de Etolia, profetizando sobre la televisión. Y aquellos que se quedan embobados frente a la televisión comen las semillas demoníacas. Semillas de destrucción y perdición.

Queridos míos, ¿qué debemos hacer? Debemos practicar tres cosas. La primera es la humildad. El humilde nunca quiere alejarse del camino de Dios. Nunca. El orgulloso se aleja. Cuando le dices que Dios, por ejemplo, no quiere que veas televisión, escuchará. Porque es humilde.

La segunda es el estudio intenso de la Sagrada Escritura y del logos de Dios, así como la escucha atenta. Escuchar donde se habla de Dios, leer el logos de Dios. Con el estudio se obtiene la piedra de toque, que puede distinguir lo genuino de lo falso, lo corrupto. El santo Juan Crisóstomo incluso dice: «Es imposible, imposible salvarse sin leer las Escrituras». No puedes, no puedes salvarte si no estudias el logos de Dios. También las reuniones: reuniones de estudio bíblico y litúrgicas. El apóstol Pablo dice en la carta a los Hebreos: «No abandonemos nuestra congregación, como algunos tienen por costumbre; antes exhortémonos, y tanto más cuanto veis acercarse el día». Mucho más cuando se ve acercar la segunda venida de Cristo. Hebreos, capítulo 10.

Así, la semilla divina del Gran Sembrador, Cristo, nos nutrirá espiritualmente. Y las semillas demoníacas, que circulan tan abundantemente en nuestra época, serán expulsadas como alimento venenoso. Y, como señala la parábola del sembrador, la semilla divina de Cristo caerá en la buena tierra, en la tierra del corazón, y dará fruto multiplicado por cien.

Y concluye la parábola, y yo mi logos: «El que tenga oídos para oír, oiga». Quien tenga oídos espirituales del alma, que oiga.

Para la gloria del Santísimo Dios Trino.

Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, 12-10-1997 y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga.

Fuente:  http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai.gr/

Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/

 

 

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