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Sobre la santa Metamorfosis: «A Él escuchad» (Mt 17,5), Atanasio Mitilineos
La metamorfosis del Señor, Mateo 17:1-13.
17,1 Y después de seis días, Jesús toma consigo a Pedro, a Jacobo y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte muy alto.
2 Y se metamorfoseó, transformó ante ellos, y su rostro resplandeció como el sol, y sus vestiduras se hicieron blancas como la luz.
3 Y he aquí, se les aparecieron Moisés y Elías conversando con Él.
4 Entonces Pedro entusiasmado por el espectáculo tomó la palabra y dijo a Jesús: ¡Señor, bueno es quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres tiendas de cabaña: una para ti, una para Moisés, y otra para Elías.
5 Estando él aún hablando, he aquí una nube luminosa los cubrió, y de la nube salió una voz, diciendo: Éste es mi Hijo unigénito, mi amado y predilecto, en quien me he complacido y reposado; a Él tenéis que escuchar y obedecer.
6 Y los discípulos, al oírlo, cayeron sobre sus rostros en la tierra, aterrados de miedo.
7 Pero Jesús se acercó, y tocándolos, dijo: levantaos, no temáis.
8 Y alzando sus ojos, a nadie vieron, sino al mismo Jesús solo.
9 Y mientras ellos descendían del monte, Jesús les encargó, diciendo: a nadie digáis la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de los muertos.
10 Y los discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Por qué, pues, dicen los escribas-gramatís que Elías debe venir primero y después el Mesías?
11 Él respondió y dijo: Realmente Elías vendrá antes que el Mesías a ponerlo todo en orden, según las Escrituras,
12 pero Yo os digo que Elías ya vino antes que yo, y no lo reconocieron, sino que hicieron con él todo mal cuanto quisieron. Así también el Hijo del hombre va a padecer de parte de ellos.
13 Entonces los discípulos comprendieron que les había hablado acerca de Juan el Bautista, quien había venido como otro Elías.
La Metamorfosis, Marcos 9:1-13.
9,1 Y les decía: «De verdad os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta que hayan visto la realeza increada de Dios, es decir, la Iglesia, instalarse y cimentarse en la tierra con la dinamis potencia y energía increada del Espíritu Santo, durante el día del Pentecostés».
2 Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan, y los llevó aparte solos a un monte alto; y se metamorfoseó, se transformó delante de ellos.
3 Y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve, tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos.
4 Y les apareció Elías como representante de los profetas y Moisés como representante de la ley, que hablaban con Jesús. Entonces Pedro dijo a Jesús:
5 “Maestro, que bien es estarnos aquí; y hagamos tres tiendas de cabaña, una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías”.
6 Es que no sabía lo que decía, pues él y los otros dos estaban dominados por el miedo que les había mareado sus cerebros y perturbado sus nus/espíritus.
7 Entonces vino una nube que les hizo sombra, y desde la nube una voz que decía: «Este es mi Hijo amado, el predilecto; a él escuchad y obedeced».
8 Y luego, cuando miraron, no vieron más a nadie consigo, sino a Jesús solo.
9 Y mientras descendían ellos del monte, les ordenó severamente que a nadie dijesen lo que habían visto, sino sólo cuando el Hijo del hombre hubiese resucitado de entre los muertos.
10 Y guardaron secreto el acontecimiento de la metamorfosis, pero entre ellos estaban discutiendo qué quería decir aquello de “resucitar de entre los muertos”.
11 Y le preguntaron diciendo: ¿Por qué dicen los escribas-gramatís-gramaticales que es necesario que Elías venga primero?
12 Respondiendo él, les dijo: «Cierto que Elías, vendrá primero, preparará y restablecerá todas las cosas; ¿pero por qué no dicen los gramatís-escribas también, cómo está escrito y profetizado sobre Hijo del hombre, que padecerá mucho y será despreciado por sus enemigos?
13 Pero os digo que Elías ha venido, y que hicieron todo lo que quisieron contra él, como de él está escrito». (Y estas cosas las decía sobre san Juan el Bautista, quien vino en poder y espíritu de Elías, para preparar el pueblo).
La Metamorfosis, Lucas 9:28-36.
28 Como ocho días después de estos logos, sucedió que tomando a Pedro, a Juan y a Jacobo, subió al monte a orar.
29 Y mientras oraba, se transformó el aspecto de su rostro, y sus vestidos se volvieron de una blancura resplandeciente.
30 Y he aquí dos hombres hablaban con Él, los cuales eran Moisés y Elías,
31 quienes, habiéndose aparecido en esplendor glorioso, hablaban del éxodo, de su partida de este mundo, la cual, de acuerdo con las profecías, Él estaba a punto de cumplir en Jerusalén.
32 Y Pedro y los que estaban con él se encontraban cargados de sueño, pero habiéndose sacudido el sueño, vieron su doxa-gloria luz increada, y a los dos hombres que estaban con Él.
33 Y sucedió que al tiempo que ellos se apartaban de Él, dijo Pedro a Jesús: Maestro, que bien se está aquí, bueno es quedarnos aquí y hacer tres tiendas de cabaña, una para ti, y otra para Moisés y otra para Elías, sin entender claramente qué es lo que decía.
34 Y diciendo Pedro estas cosas, apareció una nube que los cubrió con su sombra, y Pedro y los otros dos discípulos, se asustaron al entrar en aquella nube paradójica, la cual era una señal de la presencia de Dios como otra vez antiguamente al monte Sinaí.
35 Y de la nube vino una voz que decía: ¡Este es mi Hijo unigénito, el amado, a él oíd y obedeced!
36 Y al venir la voz, Jesús se quedó solo; y los tres discípulos callaron el acontecimiento, y en aquellos días nada dijeron a nadie de las cosas que habían visto.
«A Él escuchad» (Mateo 17,5)
El propósito de una fiesta, queridos míos, es revivir un acontecimiento y generar, si esto es posible, las mismas experiencias que cuando el hecho tuvo lugar.
Así, cuando los discípulos Pedro, Santiago y Juan presenciaron el sobrenatural milagro de la Metamorfosis del Señor, fueron movidos entre dos sentimientos extremos. Sentimientos a los que cada creyente, como les dije, está llamado a experimentar según el propósito de las fiestas. Uno fue el encanto de la visión, tanto que el apóstol Pedro llegó a pedir al Señor que permanecieran para siempre en el monte Tabor. Pero también sintieron un temor sobrecogedor, hasta caer rostro en tierra, como lo expresa de forma muy vívida y poderosa la iconografía bizantina, cuando escucharon la voz del Padre Celestial desde el interior de la nube: «Y he aquí una voz desde la nube que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; a Él escuchad».
Era el gran testimonio del Padre a favor del Hijo, y por esta razón —como dijimos ayer en vísperas— se preparó el escenario de la nube luminosa. El testimonio del Padre tiene un peso infinito, porque es una revelación/apocálipsis directa.
¿De quién era la voz?
Era necesario que también hubiera un testimonio sobre la voz, para asegurar su autenticidad. Y este testimonio se dio a través de la presencia de la nube luminosa. Es decir, uno da testimonio del otro: la nube confirma la autenticidad de la voz, y la voz auténtica da testimonio sobre la persona del Hijo. Por eso precisamente dice un intérprete: “La voz y la nube, juntas, para que los discípulos estén seguros de que se trata de la voz de Dios”.
Y la voz era la del Padre, del Padre Celestial. Aquí, al igual que en el Bautismo, tenemos una plena Teofanía. En la Metamorfosis, el centro de la Teofanía lo ocupa el Hijo. Así como en el Bautismo, también el centro de la Teofanía es el Hijo que se bautiza.
El Espíritu Santo, en el Bautismo, apareció en forma de paloma; aquí, en la Metamorfosis, se manifiesta como una nube luminosa. El Padre se manifiesta como voz, tanto en el Bautismo como aquí, y siempre con el mismo testimonio: «Este es mi Hijo amado».
El oyente en el Bautismo fue principalmente Juan el Bautista. Aquí, los oyentes de la voz son Pedro, Santiago y Juan. No es atrevido decir que también lo fueron Moisés y Elías, como veremos más adelante.
Así, aquí tenemos otro testimonio del Padre con voz, el segundo que aparece en los Evangelios.
Pero también hay un tercer testimonio de la voz del Padre Celestial. Cuando el Señor hablaba en cierta ocasión a las multitudes, hizo una breve oración y recibió una respuesta sobrecogedora: «Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo. Y la multitud que estaba allí y había oído la voz decía que había sido un trueno. Otros decían: Un ángel le ha hablado. Jesús respondió: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros» (Juan 12:28-30).
Es decir: «Para que se os dé un testimonio de quién soy Yo, a quién me dirijo y cómo responde Aquel a quien Me dirijo».
Tenemos, por tanto, tres testimonios de la voz del Padre Celestial: en el Bautismo, en la Metamorfosis y ahora ante las multitudes, en favor de la identidad del Hijo.
¿Y cuál es ese testimonio en este caso? Lo hemos dicho: «Este es mi Hijo amado». Este es el testimonio, un testimonio de enorme importancia, y como hemos visto, es el segundo en orden cronológico.
El testimonio del apóstol Pedro, como recordaréis, fue cuando el Señor hizo aquella pregunta a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?» (Es decir: ¿Qué dicen los hombres sobre mí? Sobre mí, el Hijo del Hombre, ¿quién dicen que soy?).
Y entonces… —porque existían diversas opiniones sobre la persona de Jesús—, el apóstol Pedro, en nombre también de los otros discípulos, pronunció aquellas palabras de enorme peso: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». (Tú eres el Mesías, el verdadero Hijo de Dios, del Dios viviente).
Por supuesto, fue un gran testimonio, y el Señor elogió ese testimonio, diciendo que sobre esa confesión de fe se fundaría la Iglesia.
Pedro se llamaba originalmente Simón o Cefas. Y allí el Señor le llama Pedro, es decir, “piedra”, “roca”, y declara que sobre esa roca —¿qué roca?— sobre esta confesión —¿qué confesión? Que Jesús es el verdadero Hijo de Dios— se edificará la Iglesia.
Una Iglesia cuyos cimientos no podrán ser conmovidos por las fuerzas oscuras del Hades a lo largo de la historia.
Sin embargo, ese testimonio de Pedro fue un testimonio indirecto, porque simplemente le fue revelado. El propio Señor lo confirma al decirle: «Simón, hijo de Jonás, eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre» (es decir, un hombre), «sino mi Padre que está en los cielos» (Mateo 16:17). Por tanto, también aquí tenemos una revelación y un testimonio del Padre, pero de manera indirecta, a través del testimonio de un discípulo.
Pero en la Metamorfosis tenemos el testimonio directo del Padre sobre el Hijo. Y a este testimonio del Padre le precedió otro testimonio sobre el Hijo: el testimonio de Moisés. Porque en el momento en que se daba el testimonio del Padre, Moisés estaba presente. Y él había dado ese testimonio unos quince siglos antes de Cristo.
Escuchad cómo lo dice el mismo Moisés en el libro del Deuteronomio, capítulo 18, versículo 15. Es el pasaje más importante, no solo del Deuteronomio, sino de todo el Pentateuco, de todo el Antiguo Testamento: «Un profeta de entre tus hermanos, como yo, te suscitará el Señor tu Dios; a Él escucharéis». Es decir, le dice al pueblo: «Dios os suscitará un profeta de entre vuestros hermanos, como yo» —¿Y qué era Moisés? Un legislador. Atención: subrayo esto: un legislador. Lo repito por tercera vez: un legislador. Dios traerá a la historia a otro legislador. Y dice: «A Él escucharéis».
Escuchad bien esta frase: «A Él escucharéis».
¿Y qué dijo el Padre en la Metamorfosis?
«A Él escuchad».
Así que Él es el otro Legislador, el nuevo Profeta. Y Dios confirma esa profecía de Moisés con estas palabras, un poco más adelante en el mismo capítulo: «Un profeta les suscitaré de en medio de sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y Él les hablará todo lo que Yo le mande». Y continúa: «Y el hombre que no escuche las palabras que Él diga en mi nombre, Yo le pediré cuentas».
Es decir: «Aquel que no obedezca a este nuevo Legislador, yo lo castigaré».
¿Y cuál es el contenido de este testimonio?
Que “Este que ahora se transforma, metamorfosea” —como también en el Bautismo, Este que ahora se bautiza, Este que ahora se metamorfosea delante de los tres discípulos: Pedro, Santiago y Juan, y ante los visitantes celestiales, Moisés y Elías—, Éste es mi Hijo amado.
Ese “Éste” («Οὗτος»), es un pronombre demostrativo que indica con precisión. Significa: Este es, y no otro. No hay ningún otro, solo Él. Esto es lo que escribirá más adelante el apóstol Pablo: «En ningún otro hay salvación». No hay salvación en nadie más, sino solo en Jesús Cristo.
«Οὗτος ἐστίν utos estín»: Esto significa Éste es. Es Él, siempre. No es que sea hoy y no ayer, sino que Él es siempre. Lo escribirá más adelante el apóstol Pablo en su carta a los hebreos: «Jesús Cristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos». El Único, el Eterno, el Inmutable, el único Salvador.
Y este, del que ahora el Padre parece decir con ese «Οὗτος» (Éste) —porque al decir «Éste» uno señala con el dedo—, el Padre lo señala: “Éste es mi Hijo”. No simplemente “mi hijo” (como se podría decir de cualquier creyente), sino «El Hijo mío», con artículo definido: «ὁ υἱός μου» (o iós mu “el Hijo mío”), lo que indica que es Hijo no por adopción, como se nos llama a todos “hijos de Dios”, sino por naturaleza.
Como bien lo entendieron los judíos -sí, lo entendieron correctamente-, y por eso tomaron piedras para apedrear al Señor.
Lo entendieron bien.
El Señor les preguntó: «¿Por cuál buena obra me apedreáis?»
Y ellos respondieron: «No te apedreamos por ninguna buena obra, sino porque dijiste que eres Hijo de Dios».
¿Y eso qué significa? ¿Que ellos no eran hijos de Dios? ¿Acaso no fue llamado todo Israel: «Mi hijo primogénito», aquel a quien llamé desde Egipto? Claro que sí. Aunque esa profecía, en un segundo nivel, se refiere también a Jesús Cristo.
Sí, bien lo entendieron los judíos cuando dijeron: «¿Por qué haces de ti mismo Hijo de Dios?» ¿De qué Hijo hablamos? Del Hijo único de Dios, con una cualidad absolutamente única.
Y como dice Zigavinós (comentarista bizantino): «No es simplemente hijo como aquellos que por virtud son adoptados por mí». Es decir, aquellos que llegan a ser hijos míos por alcanzar la santidad.
Igualmente, el testimonio de Pedro cuando dijo: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo», está expresado con artículo definido.
Incluso cuando el Señor calmó el mar, dormía en la barca y se desató una gran tormenta. Lo despertaron diciendo: «¡Señor, despierta, que perecemos!» Entonces el Señor se levantó y dijo al viento y al mar:
«Calla, enmudece» —es decir, cierra la boca, ponte bozal. Y de inmediato sobrevino la calma. Instantáneamente.
Y entonces, los que estaban en la barca se postraron ante Él y dijeron —fijémonos bien en la precisión: «Verdaderamente este es Hijo de Dios». O sea, Hijo verdadero, no simplemente “un hijo”, un buen hombre al que Dios escucha. ¿Por qué? Porque todavía no conocían Quién era Jesús. Pero cuando lo conocieron, ya no era “un hijo”, sino el Hijo, el único y verdadero.
Y este Hijo es de la misma esencia que el Padre, es eterno, sin principio ni fin, como el Padre. Es la Segunda Persona de la Santa Trinidad. Él es de quien se escribió en el Salmo 2: «Tú eres mi Hijo, Yo te he engendrado hoy». Y es consubstancial con el Padre, ¿por qué?
Porque —dice Dios— «Yo te he engendrado. Yo, el Padre». Por tanto, eres de la misma naturaleza que Yo. Este «hoy» y este «he engendrado» contienen presente y pasado, y expresan el eterno nacimiento del Hijo. Y este Hijo es amado. Amado como Unigénito, por su naturaleza divina. Amado también como hombre, porque siempre se presenta ante el Padre como hombre que le agrada en todo. Por eso dice: «En Él me complazco», es decir, «en quien Yo me complazco, en quien Yo descanso». Y el Padre da testimonio de ello.
Sobre ese «me complazco», dice San Juan Crisóstomo: «Es como si dijera: En quien me agrado, en quien encuentro placer».
Y Zigavinós comenta: «Lo amo como a mi Hijo; lo amo como Amado, como Aquel que me agrada, que me complace, porque hace mi voluntad; y también es aquel a quien Yo agrado».
¿Y entonces? ¿Cuál es la conclusión? «A Él escuchad». Escuchadlo a Él, porque Él es el otro profeta que predijo Moisés, como os dije. Él es el nuevo Legislador. Porque Moisés dijo: «Un profeta como yo».
Este «profeta como yo» lo encontramos también en el capítulo 2 del profeta Isaías, que dice lo siguiente, de manera asombrosa: «De Sion saldrá la ley, y de Jerusalén el logos del Señor».
Sí, pero la ley salió del Sinaí. Desde allí fue entregada la ley, desde el Sinaí. Pero aquí Isaías, ochocientos años antes de Cristo, dice que saldrá ley desde Sion, es decir, desde Jerusalén. Y el Logos, desde Jerusalén. Pero solo Cristo legisló en la tierra de Palestina. Mientras que Moisés recibió la ley en el Sinaí. Esto muestra claramente que Cristo es el nuevo Legislador de un nuevo orden.
Y por eso, como dice Zigavinós: «A Él obedeced, a Él creed, sea lo que sea que diga o haga. A Él escuchad». Porque: «Cristo es el cumplimiento de la Ley y de los Profetas».
Y así: «Todo aquello llegó a su fin, concluyendo únicamente en Él».
Todo fue realizado —dice— hasta llegar a Él, hasta la persona de Jesús Cristo, y no más allá. En Su persona se cumplieron todas las profecías.
Y como dice Teofilacto: «Escuchadle a Él; y aunque quiera ser crucificado, no os opongáis a Él».
El apóstol Pedro dijo: «¡Compasión para ti, Señor!», es decir, «¡Que no suceda eso! ¡Ten misericordia de ti mismo! Que no te pase eso de ir a Jerusalén, donde tú mismo dices que los judíos te matarán».
Y el Señor recibe oposición de Pedro. Pedro lo decía sin querer, sin entender. Detrás de Pedro estaba el diablo. Entonces el Señor le dice a Pedro: «¡Apártate de mí, Satanás!»
La frase «Aυτόν ακούετε» («Escuchadle a Él»), esa forma «αὐτοῦ» está en genitivo porque el verbo «escuchar» en griego rige genitivo. Escuchadle solo a Él y no a otro. Esta orden se dirige tanto a los tres discípulos como también a Moisés y Elías, que ya habían profetizado acerca de Él y ahora se encuentran ante Aquel a quien profetizaron.
Incluso ellos debían escuchar al Señor. Todos los santos (los cristianos) en la tierra necesitan escuchar y obedecer a ese «Escuchadle a Él».
San Juan el Bautista, queridos míos, dice lo siguiente: «Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, Él me dijo: «Aquel sobre quien veas descender y permanecer el Espíritu, ese es». Y yo vi y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios». No lo conocía. Así que también Juan necesitaba ese «Escuchadle a Él».
Y Abraham, tanto cuando vivía en la tierra como después en el Hades, necesitaba ese «Escuchadle a Él». Y esperaba a Jesús. Y se regocijó en el Hades cuando vio la Encarnación del Hijo en la tierra.
¿Cómo la vio?… El Señor lo revela. El Señor lo sabe. Todos los santos del Antiguo Testamento, todos los justos y los profetas, a Él escucharon.
Porque el Hijo prevalece también en el Antiguo Testamento, y fueron justificados y salvados porque escucharon a Jesús incluso antes de su Encarnación. Los profetas a Él escucharon, etc.
Así que quien escucha a Jesús, tendrá vida eterna. Porque habrá creído en Él y vivido según Sus mandamientos. El que le escucha, nunca se desorientará en su vida. Ningún problema existencial lo atormentará. Porque Él es quien tiene las llaves de la muerte y del Hades.
En el libro del Apocalipsis, capítulo 1, versículo 18, dice: «Y tengo las llaves de la muerte y del Hades». El que le escucha, queridos míos, tendrá comunión con Dios.
Como escribe el evangelista Juan en su primera epístola: «Nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesús Cristo. Y estas cosas os las escribimos para que vuestra alegría y gozo sea completos».
Y finalmente, quien escucha a Jesús, no escucha la voz del Anticristo ni las voces de los anticristos. Si no queremos oír la voz del Anticristo ni creer en él, no tenemos más que escuchar siempre la voz de Aquel de quien el Padre dio testimonio, de Jesús Cristo.
Queridos míos, ¿qué podemos decir y describir sobre nuestra época, que es un abismo, un valle de lágrimas, un infierno? Así es nuestra época, porque no escucha al Señor Jesús Cristo. Y no solo no lo escucha, sino que lo blasfema y lo reniega. Pero nosotros que creemos en el Señor, a Él escuchamos. Y así cumplimos también el mandato del Padre Celestial, que nos dijo que lo escuchemos. Nosotros no somos hijos de desobediencia y de ira, sino hijos de luz y obediencia.
Queridos míos, este sublime milagro de la Metamorfosis de nuestro Señor Jesús Cristo nos da también el mensaje de nuestra propia Metamorfosis, que consiste en la obediencia suprema al Hijo, conforme al mandato del Padre. Como escribe el apóstol Pablo en la carta a los Romanos: «Metamorfoseaos, transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que comprobéis cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta» (Rom 12:2). Amín.
(Ver también: https://logosortodoxo.es/san-gregorio-palamas/la-metamorfosis-de-cristo/
Y https://logosortodoxo.es/lecturas-evangelicas/la-metamorfosis-del-salvador/)
Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario,
y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, 6-8-1988.
Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai_kyriakvn/omiliai_kyriakvn_535.mp3
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/