
La procedencia de la oración de Jesús y su valor.
Yérontas Atanasio Mitilineos
DOMINGO 7 DE MATEO [Mt. 9, 27-35]
27 Y pasando Jesús de allí, lo siguieron dos ciegos diciendo a gritos: ¡Hijo de David ἐλέησον eléison nos ten misericordia/compasión de nosotros, y danos la luz de nuestros ojos!
28 Y llegando a la casa, acudieron a Él los ciegos y Jesús les dice: ¿Creéis que realmente puedo hacer esto que pedís? Le respondieron: Sí, Señor.
29 Entonces les tocó los ojos, diciendo: Conforme a vuestra fe os sea hecho.
30 Y se les abrieron los ojos, y Jesús con tono severo los avisó: Mirad que nadie lo sepa.
31 Pero ellos, en cuanto salieron, divulgaron su fama en toda aquella tierra.
32 Al salir ellos, he aquí le trajeron un mudo endemoniado.
33 Y echado fuera el demonio, el mudo habló, y la multitud, asombrada, exclamó: ¡Nunca se vio en el pueblo de Israel tantos grandes milagros!
34 Pero los malvados fariseos decían: Éste echa fuera los demonios por la fuerza del jefe de los demonios.
35 Jesús recorría todas las ciudades y las aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando el evangelio de la realeza increada, y sanando toda enfermedad y toda dolencia.
https://logosortodoxo.es/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo/: Κύριος (kirios) Señor y «Κύριε ελέησον Kirie eleison».
Κύριος (kirios) Señor con mayúscula Dios, Señor, Don o Cristo y con minúscula: dueño, propietario, amo, lo más importante, principal, esencial. De Kirios viene Kiriakí Domingo. La palabra Kirios se usa en las traducciones del Antiguo Testamento de acuerdo con la antigua tradición, como atributo del nombre del Dios Hebraico que posiblemente se pronuncia “Γιαχβέ Yahvé”. Los autores del N.T. usando fragmentos del A.T. donde Dios se llama “Kirios” en relación con el prósopon (persona, rostro) y la obra de Jesús, reconocen a Cristo como verdadero Kirios y Dios, (El. 3,5 con Hec 2.21 y Rom. 10.9-13, El. 3,4 y Am. 5.8 con Cor.1.8, Is.45.22-25 con Fil.2.9-11). San Dionisio el Areopagita sobre Nombres Divinos 2cap.1, 10 dice: “Además, la conjuntiva deidad posee la kiriotis (propiedad, posesión) de todo y es enteramente clara sobre la paternidad y la filiación, porque el nombre Kirios se atribuye al Padre y al Hijo en tantos puntos de la teología (se refiere a los autores teológicos del Evangelio), de manera que no hace falta ni que se mencione. También se dice “Kirios el Espíritu”, (2Cor 2,7).
«Κύριε, ἐλέησον» “Kirie eleison” es la oración más corta, condesada y concisa que lo dice todo. El “Kirie eleison” hace milagros. «Κύριε, ἐλέησον Kirie eleison» es una calificación, petición general de cada necesidad mía, de cada caso mío, de lo que me pasa y de lo que quiero y como no sé lo que voy a pedir, entonces digo a Dios, eleisón me” o “Kirie-Señor eléison”, y Él sabe lo que me va a dar.
Eléison ἐλέησον significa ten compasión, caridad, misericordia, clemencia, sanación, ayuda, alivio, consuelo, socorro… No tiene nada que ver con piedad que muchos lo traducen en castellano. Piedad en griego es ευσέβια (efsevia) de aquí viene el nombre Eusebio, piadoso en castellano o latino.
Pero decir, “Eléisonme ἐλέησον με Ten compasión, misericordia o caridad de mí”, implica no sólo el deseo de perdón que comienza del miedo, sino que se trata de la súplica sincera del amor filial, que pone mi esperanza en la misericordia de Dios, y uno reconoce humildemente que es demasiado débil para doblegar su propia voluntad y mantener una cuidadosa vigilancia sobre sí mismo. Es una llamada a la misericordia, es decir, a la jaris (gracia, energía increada) que se manifestará en el don por parte de Dios de la fuerza que nos permite resistir a la tentación y superar nuestras inclinaciones pecaminosas. Es como un deudor sin dinero que pide a su benigno acreedor no sólo que le condone la deuda sino que se compadezca también de su extrema pobreza y le dé una limosna; esto es lo que estas profundas palabras “Eléison me ἐλέησον με Ten compasión, misericordia o caridad de mí”, es como decir: «Dios misericordioso, perdona mis pecados y ayúdame a corregirme; despierta en mi psique-alma un fuerte impulso a seguir Tus mandatos. Dispensa Tu jaris (gracia, energía increada) en el perdón de mis pecados presentes, conscientes e inconscientes, y para que solo dirija hacia Ti la atención de mi nus (espíritu), de mi mente, de mi voluntad y de mi corazón negligentes.»
La procedencia de la oración de Jesús y su valor.
Yérontas Atanasio Mitilineos
Alguna vez, queridos míos, el Señor, al pasar por un lugar, se encontró con dos ciegos que clamaban: «¡Jesús, hijo de David, ἐλέησον ἡμᾶς (eléison imás) ten misericordia, compasión de nosotros!» «¡Jesús, descendiente de David!», es decir, el Mesías, «ten misericordia de nosotros».
Es muy conmovedor ver a personas ciegas, generalmente enfermas, apresurarse a buscar su salud, y aún más, cuando se trata de la visión y no ven nada a su alrededor, sino solo oscuridad, apurarse a pedirle su curación a Dios. Pero lo que realmente sorprende es que aquellos que tenían sus ojos no veían, para confesar a Jesús como «hijo de David». Es decir, el Mesías. Porque el título «hijo de David» significa el Mesías, es decir, el Cristo. Aquellos que no tenían los ojos y no habían visto ningún milagro, sino que solo habían oído, por lo tanto, habían creído, son los que confiesan a Jesús como «hijo de David». Esto impresiona.
Y un poco más adelante, cuando el Señor les pregunta: «¿Qué queréis?» en realidad les dice: «¿Creéis que puedo hacer esto?» En la fe permanece el Señor – ¿que yo puedo hacerlo?» Ellos le responden: «Sí, Señor». No dicen: «Sí, Jesús». No dicen: «Sí, hijo de David». Sino que dicen: «Sí, Señor». Por lo tanto, al llamar a Jesús «Señor», confiesan su divinidad. Al llamarlo «Jesús», confiesan su humanidad. Y al llamarlo «hijo de David», es decir, el Mesías, el Cristo, confiesan su naturaleza divina y humana, y la obra divina y humana de la salvación. Es impresionante.
Pero, queridos míos, la ceguera no es una cosa tan grave cuando está en los ojos. Qué importa ahora, qué importa mañana, qué importa dentro de un año, qué importa algún día, cerraremos nuestros ojos. Y los abriremos en otra vida. Pero nuestros ojos no se abrirán en otra vida, si no se han abierto algunos otros ojos en esta vida. Y estos son los ojos de la ψυχή (psijí: psique, alma, ánima, la que anima, vivifica el cuerpo). Por lo tanto, no se trata aquí de ciegos en el cuerpo. Sino de ciegos en el alma. Todos los hombres estamos ciegos. ¿Ciegos en qué? En ver a Dios. Si lo desean, Cristo sanaba no para traer alguna suerte de felicidad social, podríamos decir. La prueba de esto es que la Iglesia que Él dejó en este mundo, y el Espíritu Santo que permanece en la Iglesia, no sana a todos los enfermos. Tenemos muchos enfermos. Y la mayoría de los santos, si no todos, eran enfermos. Por lo tanto, Cristo no hizo milagros para dejar un legado de sanación para aquellos que vinieran a Su Iglesia. Entonces la fe se aniquilaría. Cristo hacía milagros para confirmar Su divinidad. Pero también algo más. Cristo abría los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos y expulsaba a los demonios de las personas, para que pudieran ver a Dios con sus sentidos y con su νούς (nus: espíritu de la psique). Escuchad: ver a Dios. Porque aquellos que veían a Jesús, veían a Dios. Porque Él era Dios encarnado, hecho hombre.
Así, pues, los sentidos son restaurados, para que el ser humano vea a Dios no solo con los ojos del alma, sino también con los ojos del cuerpo. Esto es algo incomprensible, y muchos quisieran desmenuzarlo, es decir, convertirlo en una forma de idealismo, eliminando los ojos del cuerpo, como si fuera posible ver a Dios únicamente con los ojos del alma. Sin embargo, el evangelista Juan dice en su primera carta universal: «Lo veremos tal como es». Es decir: «Le veremos tal como es, y nosotros como somos». Así como resucitaremos con nuestros cuerpos, con nuestros cuerpos completos, también lo veremos a Él con Su existencia corporal plena, que está en los cielos. Es decir, Le veremos tal como es y nosotros tal como somos. Por eso Cristo abría los ojos, curaba los oídos, etc.
Pero, queridos míos, aquí debemos detenernos en algo. ¿Qué fue lo que finalmente abrió los ojos de esos dos ciegos? Fue un clamor. En efecto, un clamor continuo. Se dice aquí que los ciegos clamaban. Y además, el Señor no les prestó atención -a propósito, entre comillas- para evitar a la multitud, ya que el milagro iba a hacerse. Y cuando entró en una casa, estos ciegos también entraron en ella, y allí continuaron clamando: «¡Υἱέ Δαυΐδ, ἐλέησον ἡμᾶς! ¡Hijo de David, ten misericordia, compasión de nosotros!». Por tanto, veían, tenían delante de ellos a Jesús, cuyo rostro no ponían en duda, hacia quien dirigían su súplica. Por eso os dije que aquí no mencionan el nombre «Jesús», pero está implícito. Lo llaman «Hijo de David«. ¿Qué fue lo que les hizo abrir los ojos? Esta confesión. Prestad atención a esto: «Jesús, hijo de David», tú que eres el Señor, «ten misericordia de nosotros».
Es decir, si lo organizamos un poco, sería: «Señor» -porque «Jesús, hijo de David» significa «Cristo»-, «Señor Jesús Cristo, ten misericordia de nosotros». ¿Os dice algo esto? Es la oración conocida. La conocida súplica: «Señor Jesús Cristo, ten misericordia de nosotros». Esa es la oración. Por tanto, lo que tenemos aquí no es otra cosa que el origen de la oración, de la conocida oración: «Señor Jesús Cristo, ten misericordia de mí» o «ten misericordia de nosotros»; su origen está en la Sagrada Escritura. No es una invención humana. Nos la enseñaron incluso los mismos Apóstoles. No tengo tiempo ahora para hablaros más al respecto. El apóstol Pablo, el apóstol Pedro y el evangelista Juan se refieren exactamente a esta invocación de Jesús Cristo. Y este nombre todopoderoso, porque detrás del nombre hay una Persona todopoderosa: la Persona del Θεάνθρωπος Dios-Hombre Jesús, el Dios perfecto y el hombre perfecto, que tiene una misión especial encomendada por el Padre para la salvación de todo el mundo. Esta Persona es todopoderosa, ante la cual se dobla toda rodilla en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra. Esa es, pues, la fuerza que abrió los ojos de los ciegos.
Así también nosotros… oh, también nosotros… no dejemos de pedir… Dios no nos prohíbe pedir también la sanación de nuestro cuerpo, queridos míos, no nos lo prohíbe; Él mismo nos dijo que también lo pidamos. Pero muchas veces, por amor, Él no nos concede la sanación de alguna enfermedad corporal. Pero nuestra psique-alma, esa sí debe sanarse a toda costa. A toda costa. Por eso, con la ceguera que tenemos y que nos impide ver a Dios, que nos impide sentir Su presencia, que nos impide acercarnos a Él, lo que hará que podamos acercarnos, lo que nos permitirá ir hacia Él, es esta oración: «Κύριε Ιησού Χριστέ, ελέησόν με (Kirie Iisú Jristé eleisón me) Señor Jesús Cristo, ten compasión, misericordia de mí o compadécete de mí)
Pero prestemos atención, queridos míos, a algo aquí. Esta oración tan breve, tan fácil de recordar, es una oración completa. Cuando decimos “oración completa” queremos decir que contiene todos aquellos elementos que la constituyen como verdadera oración, y que la hacen agradable a Dios.
Si habéis notado, en las oraciones de nuestra Iglesia, cuyo modelo es la Oración Principal, el Padre Nuestro, hay dos partes o, mejor dicho, dos secciones. En la primera sección, que es también la primera en orden, nos dirigimos a Dios y a Sus atributos. En la segunda, hablamos de nuestras propias necesidades.
Tomad el Πάτερ ἡμῶν (Páter imón) Padre Nuestro como ejemplo. Mirad: «Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga tu realeza (increada), hágase tu voluntad…» Todo esto se refiere a la persona de Dios. Luego vienen los temas nuestros: «Danos hoy el pan nuestro ἐπιούσιον (epiúsion) sobreesencial; perdona nuestras deudas (y ofensas), tal como nosotros perdonamos nuestras deudas; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del astuto mal». Es decir, nuestras propias súplicas.
En cada oración, por tanto, existen estas dos partes: a) La teología, es decir, nos dirigimos a Dios, y b) nuestras necesidades.
Cuando decimos “teología”, nos referimos aquí a la doxología, la alabanza a Dios. Porque si digo que Dios es “Padre”, eso es una doxa-gloria para Él, ya que lo confieso como Padre. Por tanto, eso es una alabanza. Si digo “sea santificado”, es decir, glorificado, “tu nombre”, eso también es una alabanza.
He notado que existen oraciones, especialmente litúrgicas, como la oración del Himno Trisagio en la Divina Liturgia, en la que tres cuartas partes de la oración entera son doxología a Dios. Esa es la primera sección. Por eso, uno modula su tono de voz de cierta manera al dirigirse a Dios, y cambia el tono para la última cuarta parte de la oración, que se refiere a que se nos perdonen nuestros pecados y seamos dignos de cantar también nosotros el Himno Trisagio.
Así también aquí, esta oración es completa. Escuchadla:
«Señor Jesús Cristo», es la primera parte, la teológica.
«Ten misericordia o compasión de mí», es la segunda parte, la que me concierne a mí, el ser humano. Así que, esta es una oración completa.
Pero, queridos míos, analicémosla. Cuando decimos “Señor” refiriéndonos a la Segunda Persona de la Santa Trinidad, lo estamos llamando Dios. Porque el título “Señor” significa Dios. “Jesús” significa hombre. Por tanto, aquí confesamos que Jesús es Dios completo y hombre completo.
«Señor Jesús Cristo». “Cristo” significa Mesías, lo cual expresa la obra especial que asumió el Hijo de Dios encarnado: la Encarnación, la Cruz, la Resurrección, la Ascensión, y Su Segunda Parusía Presencia (Venida). Todo esto está incluido en la misión especial del Mesías. Es decir, la obra redentora del Mesías para el hombre y para toda la creación.
Por tanto, en la palabra “Cristo” se encierra todo el misterio de la divina economía, el cual aquí confesamos. Y con esta confesión damos gloria a Dios. No solo glorificamos a la Segunda Persona de la Santa Trinidad, sino a todo el Santo Dios Tríadico o Trino.
Así que, como vemos, queridos míos, esta primera parte es teológica, doxológica, y se refiere a la doxa-gloria de Dios.
Y aún más: ¿Visteis que en la Divina Liturgia recitamos el Símbolo de la Fe (Credo)? Esto es fundamental.
¿Qué significa recitar el Símbolo de la Fe?
«Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso… y en un solo Señor Jesús Cristo… y en el Espíritu Santo que procede del Padre…».
¿Qué quiere decir? Que al final (perdón, al principio) del Símbolo de la Fe confesamos: Padre, Hijo y Espíritu Santo=Dios, es decir, el Santo Dios Tríadico. Esa es la más alta confesión, la más alta teología.
Debemos, por tanto, recitar el Símbolo de la Fe para proclamar nuestra fe en el Santo Dios Tríadico o Trino y, porque dentro de poco vamos a comulgar. Y es un pecado gravísimo comulgar el Cuerpo y la Sangre de Cristo sin creer en dos cosas: a) En la divinidad, es decir, en la Santa Trinidad, b) y en el misterio de la divina economía. Gravísimo pecado. Hasta el punto de que el apóstol Pablo dice: «Por eso muchos están enfermos y no pocos han muerto». Ese es el gran pecado: la incredulidad.
Así pues, al recitar el Símbolo de la Fe, renovamos nuestra fe en el Santo Dios Trino y en el misterio de la Divina Economía, es decir, en la Encarnación.
De la misma manera aquí, cuando decimos «Señor Jesús Cristo», escuchadlo bien, al decir «Señor», nos dirigimos directamente contra todos los herejes, encabezados por Arrio, que negaron la naturaleza divina de Jesús. Cuando decimos «Jesús», nos dirigimos contra los monofisitas y contra los docetas, que negaron la naturaleza humana de Jesús, sosteniendo que era solo aparente o que su humanidad fue absorbida por su divinidad.
Y cuando decimos «Señor Jesús Cristo», estamos confesando toda la obra de Cristo y rechazando a todos los herejes -especialmente a los herejes modernos- que no reconocen a Jesús como el Cristo, es decir, como redentor, sino simplemente como reformador de la humanidad, como filósofo, como un “gurú”, porque hoy en día también oímos eso, como maestro con un nombre de estilo hindú o cualquier otra cosa.
Por lo tanto, al decir «Señor Jesús Cristo», realizamos una confesión completa y nos posicionamos contra toda herejía con esta sola declaración.
¿Entonces qué? Es una oración completa, completamente completa. Por eso, si solo hacemos esta oración, lo hemos hecho todo. Por eso muchas veces, los ascetas, que no tienen la posibilidad -o que prefieren, en su aislamiento- no realizar los oficios litúrgicos de la Iglesia, como el Orthros (Maitines) o el Vísperas, se quedan solo con esta oración. ¿Por qué? Porque es una oración completa, total.
Pero fijaos también en otra cosa: Ya que es una oración completa, y contiene la súplica «ten misericordia, compasión de mí o compadécete de mí», que analizaremos más adelante, no buscamos en realidad otra cosa sino alcanzar, de forma concentrada, la virtud práctica y la contemplación espiritual. Es decir, alcanzar las virtudes y, por el camino de la oración, llegar a contemplar el rostro (persona) de Cristo.
Pero atención. Algunos dirán la oración así: «Señor Jesús Cristo, ten misericordia de nosotros». Pero muchos la dicen: «Señor Jesús Cristo, ten misericordia de mí». El plural expresa algo diferente. En el caso de los dos ciegos, ellos decían: «ten misericordia de nosotros».
Cada uno de ellos podría haber dicho individualmente: «Señor Jesús Cristo, ten misericordia de mí». Es como en el ejército, donde está prohibido expresar una petición en plural: “Queremos pan”, “estamos enfermos”, “estamos cansados”. Está prohibido, porque se considera un acto de rebelión. En el ejército debes decir: “Quiero pan”, no “queremos pan”; “estoy cansado”, “estoy enfermo”, no “estamos enfermos”.
Aquí, en cambio, no existe ningún peligro de rebelión o desobediencia. Aquí existe la expresión de la αγάπη (agapi: amor incondicional). «Ten misericordia, compasión de nosotros». Cada ciego no se quedaba en sí mismo, sino que pensaba también en el otro. Así, al decir «ten misericordia de nosotros», querían ambos ser curados. Tal vez cada uno pensaba: “Señor, si vas a curarme a mí, pero no al otro, entonces no me sanes tampoco a mí. A mí y al otro también.” Eso expresa un amor inmenso. Expresa el segundo gran mandamiento: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
Así que, cuando decimos «ten misericordia o compasión de nosotros», abrazamos a todos: a nuestros amigos y a nuestros enemigos, y a toda la creación. Como en el Padre nuestro: no decimos “Padre mío”, sino «Padre nuestro». Nuestro Padre.
Así, queridos míos, tenemos ante nosotros el cumplimiento de los dos mandamientos: a) el del amor a Dios, a quien nos dirigimos, glorificamos y confesamos; y b) el del amor al prójimo, al incluir en nuestra oración a las personas que nos rodean, a todos los seres humanos.
Pero además, ¿qué significa esta palabra: ««ἐλέησον ten misericordia, compasión, o cempadécete»?
Es una palabra rica en contenido. Y expresa al mismo tiempo doxología, acción de gracias, arrepentimiento y súplica. ¡Todo lo contiene! Todo, absolutamente todo. Es, como os dije, una palabra que lo abarca todo: Ten misericordia de mí: ayúdame, sálvame, ten compasión.
¿Y qué significa «ten misericordia de mí»?
Significa, como dice san Nicodemo el Haghiorita, que la misericordia de Dios es la χάρις (jaris: gracia, energía increada) del Espíritu Santo.
Eso es la misericordia de Dios: la χάρις del Espíritu Santo.
Y san Nicodemo, en la Filocalía, dice lo siguiente, tan precioso: “Cuando quieras pedir la misericordia de Dios, ten en mente esto” —así lo escribe literalmente. Incluso lo traduce, en el tomo V de la Filocalía, al final, para que sea comprensible por todos, para que nadie quede sin entender esta oración: «Compadécete de mí y dame —primero— el espíritu de fortaleza. Dame fuerza para no tener cobardía.» Porque la cobardía es propia de los que no son cristianos. No lo olvidéis. Las personas que están bajo el dominio de Satanás son cobardes. El creyente jamás es cobarde. Incluso, cuando se encuentra ante la enormidad de la vida espiritual y dice: “¿Qué puedo hacer yo?” A veces, al leer un libro espiritual o al oír un sermón, sentimos que todo eso es excesivo, que es muy exigente, que no tenemos la capacidad de vivirlo.
Queridos míos, nos falta el espíritu de fortaleza. Por eso el apóstol Pablo dice: «Dios no nos ha dado espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.»
«Ten compasión de mí y dame –en segundo lugar– espíritu de sensatez. Que tenga juicio sano, lógico cristiano. Que pueda razonar». Porque la sensatez tiene dos significados. Tiene el significado de pensar correctamente, pero también el de mantener alejado de los pecados carnales mi cuerpo, que es recipiente sagrado, templo de Dios.
«Ten compasión de mí y dame» –en tercer lugar– «espíritu de temor de Dios». Hoy intentamos eliminar de la educación de las nuevas generaciones el temor de Dios. Y decimos que el miedo crea complejos de inferioridad. No es el temor el que los crea. También nosotros lo reconocemos, sí. El miedo puede generar complejos de inferioridad. El miedo es algo negativo. Es un fenómeno propio del estado caído del hombre. Pero no el temor de Dios. El temor de Dios es fecundo. Fecunda la psique-alma. Porque cuando el Apóstol dice: «Con temor y temblor trabajad vuestra salvación», ¿qué quiere decir? Que con temor y temblor debo trabajar por mi salvación, no sea que la pierda, no sea que pierda a Dios. Ese temor es fecundo. «El principio de la sabiduría –es decir, el principio de la virtud, ya que para los hebreos sabiduría equivale a virtud– es el temor del Señor». ¿Has eliminado ese temor fecundo? Entonces, hermano mío, nunca podrás adquirir virtud. Y así, peldaño tras peldaño, irás descendiendo al fondo del mal y de la impiedad. Precisamente porque los hombres arrojaron de sí el temor de Dios, por eso caen en el abismo de la impiedad. ¿Qué dijo un ladrón al otro? «¿Ni siquiera tú temes a Dios?». «¿No temes a Dios? ¿Y blasfemas contra Jesús?». Uno de los ladrones en la cruz, al otro ladrón en la cruz. ¿No temes a Dios? Así pues, Señor, ten compasión de mí y dame el temor de Dios.
«Dame, Señor, espíritu de agapi-amor. Que te ame. Es la cima de todo. Que te ame. Que cuando pronuncie la oración, sienta que no existe nada más en el mundo sino Tú. El mundo produce. El mundo pasa. Nada permanece en su sitio. Ayúdame, pues, a sentir que el único firme eres Tú, y solo Tú. El único rostro digno de ser amado, el rostro deseable, el sumamente deseado, es Tu rostro. Ayúdame, pues, dame tu misericordia, es decir, ayúdame a amarte. Sí, Señor. Dame espíritu de paz. Que mi alma tenga paz. Que esté reconciliada contigo. Que no me sienta culpable ante Ti. Y que, en este mundo, sienta paz. Que estoy seguro dentro de Tu mano. Sí, Señor. Dame espíritu de pureza. Que sea puro en todo. Que tenga sinceridad, que sea limpio y puro en el alma, puro en el cuerpo. Ten compasión de mí, Señor, ten misericordia y dame espíritu de humildad. Que vea que soy muy pequeño. Que soy una pequeña criatura Tuya, pero criatura Tuya al fin. Muy pequeña dentro de la Creación. Que sienta que no soy nada, que Tú lo eres todo».
Así, mis queridos, todos estos y muchos otros clamores, todo lo que no hemos dicho, todo eso –lo tomo del santo Nicodemo el Agiorita– significa: «¡Ten misericordia de nosotros!». «Κύριε Ἰησοῦ Χριστέ, ἐλέησον ἡμᾶς Kýrie Iisú Jristé, eléison imás ¡Señor Jesucristo, ten misericordia de nosotros!».
Breve oración. Repetida. Constantemente. ¿Cuán constantemente? Nos lo dice el apóstol Pablo: «Orad sin cesar» (1 Tesalonicenses 5:17). Podemos trabajar y tener en nuestra mente a Dios. Podemos viajar, podemos leer, y aquellos que han avanzado mucho en esta oración, entonces su corazón la dice incluso mientras duermen. Extraño. Increíble. Y, sin embargo, es verdad, queridos míos. ¡Es verdad! ¿Puede alguien decir la oración mientras duerme? Sí, os digo, ¡es verdad! Y se verifica lo que dice el «Cantar de los Cantares»: «Yo duermo, pero mi corazón vela». El corazón vela y dice la oración. Pero solo para aquellos que han avanzado mucho en la oración. Así pues, cuando el apóstol Pablo nos ordena: «Orad sin cesar», a la pregunta: «¿Y qué podemos orar sin cesar?», la respuesta sería: «Señor Jesús Cristo, ten misericordia de nosotrosΚύριε Ἰησοῦ Χριστέ, ἐλέησον ἡμᾶς»».
No es, por tanto, una oración que concierne solo a los monjes. No es una oración que surgió en los monasterios. Simplemente se cultiva allí. Es una oración que proviene de la Sagrada Escritura. Vemos a aquellos ciegos decir: «Υἱέ Δαυίδ, ἐλέησον ἡμᾶς Hijo de David, ten misericordia de nosotros». Señor, hijo de David, Jesús, ten misericordia de nosotros. Cristo, ten misericordia de nosotros. Así pueden decirla todos. Todo aquel que ha sido bautizado. Pequeño o grande, instruido o sin instrucción, con mucha sabiduría según el mundo o una persona sencilla; alguien que no tiene muchos estudios ni conocimientos en su vida. Todos pueden decir esta oración. En cualquier lugar. Y en la cama si estamos enfermos. Y de pie cuando estamos sanos…
[Lamentablemente, en este punto se terminó la cinta de la grabación de la charla del bienaventurado yérontas, y no se completó la grabación.]
Para la doxa-gloria del Santo Dios Trinitario,
y con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bendito yérontas Atanasio Mitilineos, trascripción de la grabación de su homilía a texto electrónico y edición: Eleni Linardaki, filóloga. Homilía del pronunciada en el Monasterio Sagrado de Komnineo, Larisa, 25-7-1982.
Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai_kyriakvn/omiliai_kyriakvn_535.mp3
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisoulas https://logosortodoxo.es/