Domingo del Paralítico en la piscina de Bethesda

Domingo del Paralítico en la piscina de Bethesda, Juan  5,1-15

  1. «El paralítico y los paralíticos», por Metropolita Augustinos Kantiotis)
  2. «Terapia salvadora del paralítico», por Jristakis Efstacíu, teólogo
  3. «No tengo a nadie», por Georgios Dorbarakis
  4. «Las pedagogías de Dios», por Yérontas A. Mitilineos

 

La terapia del paralítico en la piscina de Bitsesdá 5:1-15.

5:1 Después de esto había una fiesta de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén.

2 Allí en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas de la muralla, hay un estanque de agua, llamado en hebreo Bethesda, que tiene cinco pórticos.

3 En estos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, que esperaban el movimiento del agua;

4 porque el Ángel del Señor descendía de tiempo en tiempo al estanque y agitaba el agua y el primero que bajaba y tocaba el agua después de la agitación, quedaba sano de cualquier enfermedad que padeciese.

5 Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo;

6 Cuando Jesús le vio yaciendo en el suelo y supo que llevaba mucho tiempo así, le dice: «¿Quieres curarte?».

7 Respondió el enfermo: “Sí, quiero Señor, pero no tengo a nadie que al moverse el agua me meta en el estanque, y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo”.

8 Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y anda».

9 Al instante quedó el hombre sano y tomó su camilla y se fue caminando. Aquel día era sábado.

10 Y los judíos decían al hombre que había sido sanado: “Es sábado y no te es lícito llevar la camilla”.

11 Él les respondió: “El que me curó me dijo: Coge tu camilla y anda”.

12 Ellos le preguntaron: “¿Quién es el hombre que te dijo: toma tu camilla y anda?”

13 Pero el curado no sabía quién era, porque Jesús había desaparecido entre la muchedumbre que allí había.

14 Más tarde, Jesús le encontró en el templo, y le dijo: «Mira, estás curado, no vuelvas a pecar más para que no te suceda algo peor».

15 Se fue el hombre y dijo a los judíos que le había curado Jesús.

 

El paralítico y los paralíticos

Metropolita Augustinos Kantiotis

 

«Levántate, toma tu camilla y anda» (Jn 5,8)

Queridos míos, ¡han escuchado el Evangelio de hoy! El evangelista Juan nos narra un milagro: cómo el Señor sanó a un paralítico que llevaba treinta y ocho años enfermo. Es un milagro conocido, pero no por ello menos impresionante.

Sin embargo, muchos escuchan el Evangelio con indiferencia. Los hechos que relata no los conmueven. Algunos incluso comentan con ironía: “Esas cosas pasaban en aquellos tiempos…” Como si los relatos del Evangelio no sólo fueran inverosímiles, sino irrelevantes para la vida del hombre moderno.

Pero las cosas que describe el Evangelio, queridos míos, no pertenecen únicamente al pasado. Son también para nosotros, los que vivimos hoy aquí, y para todos los que vendrán después de nosotros, a lo largo de los siglos. Son realidades eternas que tocan el corazón de todo ser humano. Lo que el evangelista Juan ha escrito es de interés vivo y permanente para todos los hombres.

El paralítico que contemplamos hoy en el Evangelio es, en realidad, una imagen viva de la sociedad actual y de todos nosotros. Tal vez alguien diga: “Gracias a Dios, ninguno de nosotros está paralítico o en una silla de ruedas”. Y es cierto: si este Evangelio se dirigiera exclusivamente a los paralíticos físicos, su mensaje sería ciertamente consolador para ellos. Se les podría decir: “Os traigo un saludo fraterno y, junto a él, os ofrezco el medicamento del alma: la paciencia”. Este milagro sin duda consuela a quienes sufren físicamente. Pero no es sólo para ellos… también es para nosotros.

Y lo digo con firmeza: nosotros también somos paralíticos. No tanto en el cuerpo, sino en la parte más noble de nuestro ser: la psique- alma. Y esta parálisis espiritual, en muchos casos, acaba manifestándose también en el cuerpo. El hombre de hoy, aunque busca satisfacer todos sus deseos carnales, vive en una inquietud constante. Pero, en lo esencial, se encuentra paralizado -psíquica y físicamente- para todo lo que es elevado y verdadero.

El ser humano fue creado para moverse hacia el bien, hacia la realización de la voluntad de Dios. Pero no se mueve. Está detenido. Por eso os digo: hay muchos más paralíticos de los que imagináis.

Permitidme que os dé un ejemplo.

¿Qué día es hoy? Domingo, el día del Señor. El primer y más alto deber que tenemos, como seres racionales y cristianos, es que, al escuchar el sonido de la campana, deberíamos correr al templo para dar gracias a Dios. Pero, os pregunto: ¿lo hacen todos?

En cada parroquia hay personas perfectamente sanas, capaces de caminar kilómetros por otras razones, pero a quienes la Iglesia no ha visto nunca; su presencia en el templo los domingos es prácticamente inexistente. ¿Por qué? Porque son paralíticos. Tienen pies para muchas actividades y compromisos, pero no para caminar hacia Dios. Están espiritualmente paralizados, y esa parálisis ha terminado por afectar su vida entera.

Y no son sólo ellos… hay más.

Hay personas que tienen recursos, personas con posibilidades de ofrecer mucho y de ayudar enormemente. Pero las manos de esas personas están paralizadas para ese tipo de acciones, no las meten al bolsillo, no abren su cartera, ni desbloquean su caja fuerte para socorrer a un necesitado. Son manos acostumbradas sólo a tomar; tomar aún de allí donde no está permitido, incluso toman hasta las ofertas del diablo.. Toman hasta de lo que pertenece al prójimo o lo que corrompe la psique- alma. Pero manos para dar, no tienen. La avaricia, el amor desmedido al dinero, ha paralizado sus almas y también sus manos, no dan, no ofrecen nada.

Paralíticos, entonces, no sólo son los que no van a la Iglesia; también lo son quienes no practican la caridad. Pero hay más paralíticos aún.

Algunos tienen oídos, sí, pero sólo para escuchar a toda hora las cosas del mundo: los ruidos, los mensajes de la corrupción y la perversión. Oídos pegados a los auriculares, a los discos, a las radios y a las pantallas. Pero esos mismos cristianos no tienen oídos para escuchar un himno, un tropario, un cántico eclesiástico. Tienen oídos… y no los tienen. Escuchan, pero no oyen la voz de Dios.

Y digo que no tienen oídos porque no los utilizan para el propósito por el cual Dios se los ha dado. Hasta las creaciones inanimadas obedecen a Sus mandamientos: los animales, las plantas, las piedras, las aguas, los planetas y las estrellas… todos escuchan, a su manera, y cumplen la voluntad de Dios. Sólo el hombre es paralítico del oído.

Pero no quiero terminar sin mostrarles otro tipo de paralítico. Hay personas que tienen lengua, y la usan como una cotorra: hablan y hablan todo el día. Hablan de todo, pocas veces de cosas necesarias, y la mayoría de las veces de cosas vanas y sin sentido. Pero entre miles de palabras que pronuncian, no se oye la palabra más grande e importante: Dios. Es una palabra ausente de su vocabulario. Aunque, pensándolo bien, la pronuncian… ¿pero cuándo? Cuando blasfeman. Entonces sí que tienen lengua. Cuando deberían agradecer a Dios, alabarle por sus donaciones y grandezas, su lengua queda muda, paralizada. Espiritualmente paralíticos. Paralíticos como individuos, como familias, como sociedad y como naciones. ¡Si existieran hombres con vida interior, cristianos fervientes, cuántas cosas cambiarían! ¡Cuántos males serían prevenidos! Pero los paralíticos espirituales observan el mal avanzar y no mueven un dedo para detenerlo. Ven al demonio y a sus instrumentos destruirlo todo, y nadie se levanta para apagar el fuego. Parecen no paralíticos… sino muertos.

¿Quieren más ejemplos?

En espacios públicos se escucha una blasfemia atroz. Muchos la oyen, pero nadie protesta. Nadie abre la boca para decir una sola palabra. Es como si aquel blasfemara en un cementerio, rodeado de cadáveres. ¡Es una sociedad paralítica! Escucha cómo se blasfema el nombre de Dios… y permanece indiferente.

Otro caso. Se publican impresos repugnantes, que hasta los niños pueden leer. Y tú, aunque lo ves, no haces nada. No los quitas, no los destruyes, no los rechazas. Esos textos serán fuego en tu propia casa. ¿Qué indica esto? Que estamos muertos. Sólo tenemos el nombre de vivos (cf. Apoc 3,1).

¡Queridos míos! Hay muchos paralíticos. Fuerzas enormes, que podrían transformar el mundo en un paraíso, están inmóviles. No se activan. Permanecen quietas. Pero no basta con constatar el mal. Es necesario también hallar el camino para sanarlo. Es decir, cómo mover la mano para hacer el bien; cómo hacer que los pies corran hacia la Iglesia; cómo abrir los oídos y los ojos a la voluntad y los mandamientos de Dios; cómo lograr que todo el hombre se convierta en un instrumento dócil y activo en manos de Dios. En pocas palabras: cómo los paralíticos volverán a la vida.

El motor, la fuerza que vivificó al paralítico del Evangelio fue el logos omnipotente de Cristo. Por eso necesitamos entrar en contacto con la corriente vivificante de la energía increada, la Jaris (gracia) de Dios. Si nos acercamos a Cristo, si tocamos esa fuente de vida, también nosotros veremos el milagro.

Sí, Cristo curó al paralítico de Bethesda con un solo logos, y hoy puede obrar el mismo milagro en cada uno de nosotros. Es el mismo. No ha perdido ni un solo electrón de su potencia infinita. El sol, que alumbra el mundo desde hace milenios, parece inmutable, pero cada día pierde algo. Lenta e imperceptiblemente se consume, y llegará el día en que también se apagará como una vela. Pero el Sol que es Cristo permanece “el mismo ayer, hoy y siempre” (Heb 13,8). Él está por encima de toda luz creada, del sol, de las estrellas… Él vive y reina eternamente.

¡Con cuánta facilidad dijo al paralítico: “Levántate, toma tu camilla y anda”! (Jn 5,8), con la misma facilidad puede decirnos a nosotros: “Levántate”, y despertar, resucitar nuestra psique-alma, nuestras familias, nuestra sociedad, hacia una vida nueva.

Escuchemos, pues, la voz de los ángeles: ¡Acérquense al Señor y crean firmemente en Él! Y entonces, amanecerá dentro de nosotros una vida nueva, una vida eterna, para doxa-gloria increada de Dios. Amén.

+Obispo Agustín Homilía grabada el 12 de mayo de 1957 Fuente: ΑΚΤΙΝΕΣ

 

Terapia salvadora del paralítico (Jn 5,1-15)

Jristakis Efstacíu, teólogo-Iglesia

“Más tarde, Jesús lo encontró en el templo y le dijo: «Mira, has sido sanado; no vuelvas a pecar más, para que no te suceda algo peor». Ἰδού, ὑγιὴς γέγονας· μηκέτι ἁμάρτανε, ἵνα μὴ χεῖρόν σοι τι γένηται.”

**Χριστός Ανέστη – ¡Cristo ha resucitado!**

Es verdaderamente admirable el acontecimiento que hoy nos describe el evangelista Juan. Concretamente, el Señor sana al paralítico en Jerusalén, un milagro realizado durante el segundo año de Su vida pública.

**Οἶκος εὐσπλαχνίας – Casa de caridad**

El Señor había subido a Jerusalén y se acercó a la piscina llamada Betsesda, que en griego significa “Casa de misericordia” o “Casa de caridad”, es decir, un lugar marcado por la αγάπη αgapι -el amor incondicional, altruista y desinteresado. Es significativo que, de forma sobrenatural, Dios manifestaba allí su gran αγάπη esa emoción de la divina energía increada, hacia los que sufrían.

Cristo se encuentra frente a un hombre paralítico, dolido, abandonado, que anhela su curación y redención. Se trata de un paralítico que llevaba treinta y ocho años postrado en el lecho del dolor. Del diálogo entre el Señor y el paralítico se deduce que esta aflicción tenía relación con su pecado. En un lugar donde reinaba la competencia por el milagro -pues sólo el primero en lanzarse a las aguas movidas por el ángel era sanado-, él llevaba años esperando, sin ayuda, y en absoluta soledad.

**Ἡ λύτρωσις – La redención**

“¿Quieres sanarte?” -una pregunta que, a primera vista, parece innecesaria. Pero si profundizamos, entendemos su profundo significado: este milagro no es sólo físico, sino también espiritual.

En este caso concreto, la salud del paralítico -y, en general, la de toda persona- está estrechamente vinculada con la libertad que el ser humano puede ejercer, siempre bajo la perspectiva de la renuncia al pecado. Es decir, la sanación está profundamente relacionada con el uso correcto de la libertad, en dirección a la comunión con la agapi-amor de Dios, y no con una vida que se encierra en la esclavitud del pecado.

Cristo, al preguntar al paralítico si quiere ser sanado, lo invita a dar un paso de fe, condición indispensable para su psicoterapia y sanación. No se trata simplemente de un deseo superficial, sino de una apertura profunda del corazón hacia la jaris divina.

Con el milagro, Cristo no sólo sana físicamente al paralítico, sino que, a través del perdón y su agapi, elimina la causa misma de su enfermedad: el pecado. El pecado es ese estado en el que el ser humano se encierra en sí mismo, se autodeifica y destierra a Dios de su vida, cuando precisamente Dios es su único apoyo y verdadera seguridad.

Por eso el Señor llama la atención del hombre sanado con estas palabras: «Mira, has sido sanado; no vuelvas a pecar más, para que no te suceda algo peor». Cuántas veces, tras recibir las donaciones de la agapi de Dios, las olvidamos con facilidad, dejándonos arrastrar de nuevo al barro del pecado, que -como se ha subrayado- es la raíz y causa de todo mal.

**Hermanos queridos**, los mensajes que emergen del milagro de la psicoterapia y sanación del paralítico siguen siendo profundamente actuales. También nosotros sufrimos de una forma de parálisis: la espiritual. Lo que debemos hacer es reconocer nuestra enfermedad interior y acudir con fe al único que puede psicoterapiarnos y sanarnos: Cristo, nuestro Sanador, Salvador y Redentor. Su *agapi* nos persigue, nos sostiene y nos invita en cada paso. Y no olvidemos la exhortación del Señor: “Mira, has sido sanado, no vuelvas a pecar más, para que no te suceda algo peor” (Jn 5,14).

Jristakis Efstacíu, teólogo-Iglesia Chipre     Fuente: ΑΚΤΙΝΕΣ

 

Domingo de la sanación del paralítico en Bethesda: “No tengo a nadie”

Georgios Dorbarakis

El paralítico del Evangelio de este domingo es, antes que nada, un milagro de paciencia y esperanza, incluso antes de recibir del Señor Jesús Cristo el milagro de su psicoterapia y sanación. Durante treinta y ocho años esperó con anhelo ser psicoterapiado y sanado, aguardando el momento en que pudiera recibir el movimiento sanador de las aguas que lo curaría. Esa admirable paciencia y esperanza fueron recompensadas por Dios de manera única: no mediante una persona, sino a través de la presencia misma de Dios encarnado -el Jesús Cristo, Dios perfecto y hombre perfecto-, quien vino personalmente a sanarlo.

Su lamento: “No tengo a nadie que me introduzca en la piscina cuando el agua se agita, y mientras voy, otro desciende antes que yo”, recibe como respuesta la visita y acción del mismo Dios.

El Cristo siempre viene al encuentro del hombre, especialmente de aquel que está afligido, herido o necesitado. Y aún más, se acerca con ternura a quienes viven el dolor en soledad, sin presencia ni consuelo humano. Estas personas -los sufrientes, los necesitados, los solitarios-son los predilectos, los amados de Dios, como decía el Yérontas (Anciano) Paisios. Él mismo experimentó este amor particular de Dios -esta agapi amor emoción de la energía increada- cuando se encontró enfermo y aislado durante una fuerte nevada. El Señor, como nos reveló el mismo Yérontas, le envió ángeles para que lo calentaran y sirvieran. Tanto fue así, que cuando unos monjes, preocupados por su estado, lograron llegar hasta él, se lamentó porque con su llegada los ángeles se habían marchado.

El Señor viene siempre, aunque a veces parece que tarda.

Volviendo al paralítico del Evangelio, alguien podría preguntarse con razón: ¿treinta y ocho años no son demasiados? ¿Por qué Dios tardó tanto en manifestar su presencia? Sin embargo, la pregunta debería plantearse más bien al revés: la presencia de Dios, que en este caso se hizo evidente y tangible, ¿estuvo realmente ausente durante todo ese tiempo?

Es evidente que no. La paciencia y la esperanza del paralítico fueron un donaciones del mismo Dios, una χάρις (jaris: gracia, energía increada) concedida que, aunque invisible, lo sostenía interiormente. Este favor divino tenía como propósito elevarlo a alturas espirituales mayores. A pesar de su dolorosa queja, el paralítico no acusa a nadie, ni culpa a otros, y mucho menos se le oye murmurar contra Dios o blasfemar -como tristemente se ve en tantas situaciones similares. Esta actitud indica que era un hombre de oración, que vivía en la fe y aplicaba en la práctica lo que dice la Escritura: “Pacientemente esperé al Señor, y Él se inclinó hacia mí” (Sal 40,2). Su vida no era simplemente de sufrimiento pasivo, sino de experiencia carismática, y su sanación corporal por parte de Cristo vino a ser el sello final de esta experiencia espiritual.

Este caso nos recuerda un episodio de la vida de san Antonio el Grande. Cuando sus hermanos de comunidad lo encontraron medio muerto a causa de los ataques demoníacos, lo llevaron al templo. Allí, en medio de su debilidad, expresó su queja al Señor, apenas percibiendo un rayo de Su presencia y consuelo. Le preguntó por qué lo había dejado solo, sin ayuda en sus duras luchas espirituales. Y el Señor le reveló (apocaliptó) que siempre había estado a su lado: lo observaba, lo fortalecía interiormente, y esperaba precisamente su perseverancia en la fe y su esperanza inquebrantable en Él. Por esa fidelidad, le prometió hacerlo grande hasta los confines del mundo.

Así también sucede con nosotros: cuando parece que Dios está ausente en nuestros sufrimientos y pruebas, en realidad está presente, aunque de forma distinta. Debemos recordar siempre lo que dice san Isaac el Sirio -siguiendo el pensamiento del logos del Evangelio y del apóstol Pablo: que en medio de nuestras pruebas, ya hemos recibido de antemano la fuerza del Señor para resistirlas. Por Su Jaris (la energía increada), podemos atravesar nuestros sufrimientos. San Isaac enseña con precisión que la jaris de Dios y sus auxilios nos preceden, y sólo después Él permite o concede la prueba. Este es el método de Dios para elevarnos a un grado espiritual superior.

Así, el paralítico del homónimo Domingo no es, en absoluto, una persona simple. En todo este acontecimiento se revela su grandeza interior, tanto psíquica como espiritual, su humildad profunda y su fe firme en Dios. Él nos recuerda constantemente que, cuando nosotros perseveramos con paciencia en la fe frente a las pruebas y sufrimientos -sin “chantajear” a Dios con nuestra desesperación, la cual en el fondo manifiesta una fe débil-, debemos estar preparados para la sorpresa de la admirable y tangible presencia de Cristo en nuestra vida.

Tal vez debamos pensar también que esta paciencia y esperanza en la fe, al final, nos introducirán en la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios como verdaderos mártires, es decir, testigos delante de Él.

ΑΚΟΛΟΥΘΕΙΝ  παπα Γιώργης Δορμπαράκης  Jorge Dorbarakis

 

Atanasio de Mitilineos, Domingo del Paralítico

Transcripción de una homilía del venerable padre Atanasio de Mitilene con el tema:
«LAS PEDAGOGÍAS DE DIOS»

Una nueva página admirable, queridos míos, nos relata el evangelista Juan sobre los milagros de nuestro Señor Jesús Cristo.

También en esa ocasión el Señor había subido a Jerusalén. Y visitó la piscina, es decir, el estanque de Bethesda. Allí había un lugar de dolor, desgracia y desdicha. Alrededor del estanque, que estaba rodeado por cinco pórticos, se encontraba una multitud de personas enfermas que esperaban su terapia.

Como pueden ver, el amor de Dios había ofrecido un pequeño consuelo a este pueblo que sufría, lo siguiente: Escribe y señala el evangelista Juan: «Porque el Ángel del Señor descendía de tiempo en tiempo al estanque y agitaba el agua y el primero que bajaba y tocaba el agua después de la agitación, quedaba sano de cualquier enfermedad que padeciese» (Jn 5:4)

Claro está, esta piscina era una imagen del Mesías, quien habría de convertirse en la fuente de toda terapia, psicoterapia y sanación. A ese lugar llegó en una ocasión Jesús. Y se acercó a un enfermo, a quien el Señor sabía que yacía allí desde hacía mucho tiempo. Y le dice: «¿Quieres ser sano?» «¿Quieres curarte?»

¿Pero qué significa el énfasis en que esa enfermedad del hombre era conocida por Jesús?
Y en efecto, ¡hacía 38 años completos que era paralítico! Sin poder moverse fácilmente de allí. Para que se muestre la magnitud del milagro, pero también la pedagogía de Dios, como veremos a continuación.

¿Qué es la enfermedad? Decimos: «Estoy enfermo». ¿Qué significa eso? ¿Qué es la enfermedad?
Es el resultado de una alteración en la relación del ser humano con Dios. Lo repito: Es una alteración en la relación del hombre con Dios. Y lo que perturba esa relación entre el hombre y Dios es el pecado. Solamente el pecado.

Además, esto quedará evidente justo después, cuando el Señor le diga a ese paralítico -al que había curado y que encontraría días después en los atrios del templo de Salomón: «Mira, has quedado sano. No peques más, para que no te suceda algo peor».

¿Y qué es ese “algo peor”?
Lo peor, queridos míos, es el endurecimiento, depravación de la psique-alma, si volvía a pecar.
¿Y qué más? También es el infierno eterno.

Así pues, vemos, queridos míos, la relación entre enfermedad y pecado con muchísima claridad. Decimos en el Súplica Paraclítica a la Θεοτόκος Madre de Dios (¿y quién no conoce este versículo de la Paráklesis?): «A causa de mis muchos pecados, se debilita y se enferma mi cuerpo y mi psique-alma».

Y esta verdad la confirma en este caso la Sabiduría de Sirácides (Eclesiástico), en el capítulo 38: «Apártate del error, endereza tus manos, y haz la catarsis de tu corazón de todo pecado».
Y añade, la Sabiduría de Sirácides siempre con estilo conciso:
«Quien peca contra su Creador o Hacedor, caerá en manos de un médico».

En una ocasión, cuando visitaba nuestro hospital militar, deseaba mucho poner este versículo como inscripción. Finalmente, no se colocó.
¿Y qué significa? Significa: ¡Ten cuidado, ser humano! Vas a enfermar si transgredes los mandamientos de Dios.
Por ejemplo: si bebes más vino del que debes, ¿no vas a enfermar? Si comes más de lo debido, ¿no vas a enfermar? Si pasas las noches sin dormir y vives en la disipación, ¿no vas a enfermar?

Como pueden ver, la realidad es clara. Y no me digan que no hay personas que llevan este tipo de vida desordenada. Lo veremos enseguida más adelante.

Sin embargo, en un congreso médico que se celebró hace algunos años en Bossey, Suiza, se dijo que la enfermedad es algo más que la simple presencia de un microbio. Es algo más. Son cosas que incluso la propia ciencia médica ha empezado a reconocer. O la llamada -si es que han oído hablar de ella- Medicina de la Personalidad.

Una vez, un discípulo de Jung ejercía su profesión en Francia. Y se le presentó un joven con abundante neurosis. Lo interrogó, tomó su historial, lo examinó por un lado, por el otro, y dentro de ese historial el médico descubrió que este joven se había relacionado con una muchacha -una maestra, en concreto-, le había sacado el dinero que tenía y luego la abandonó.

Le dijo entonces el médico: «Oye, vas a reparar el daño y te vas a casar con ella».
El joven se enfadó: «¿Y qué tiene que ver eso con mi neurosis?», preguntó.
¿Que si tiene que ver? ¡Tiene muchísimo que ver!
El joven se enfadó y se fue, convencido de que una cosa no tenía relación con la otra.
¡Y sin embargo sí la tenía! Y de hecho, una relación directa e inmediata.

Ahora bien, si enfermamos, ¿qué debemos hacer? Bueno, hemos enfermado… ¿y ahora qué? Somos humanos; no hay persona que no haya estado enferma, poco o mucho.

Lo primero, queridos míos, es reconciliarnos con Dios.
Reconciliarnos a través del sacramento de la Santa Confesión.
Y después, ir al médico.

Vuelve a aconsejarnos la Sabiduría de Sirácides y dice: «Hijo mío, cuando caigas enfermo, no descuides tu enfermedad, sino ora al Señor, y Él te sanará».

¿Quién es, entonces, el médico? Es alguien enviado por el Señor.
Porque también el mismo Señor Jesús curaba a los enfermos. Claro, su propósito principal no era curar. Su propósito principal era apocaliptar/revelar al Dios Trino y Santo y, con la naturaleza humana que asumió, ser Dios eternamente con los hombres, con aquellos que se salvarían, por supuesto.

El tema de la sanación de los enfermos, queridos míos, era secundario, si así lo quieren. Secundario. Y sin embargo, el Señor no dejó de sanar a los enfermos. En concreto, ¿qué nos dice el apóstol Pedro? Que el Señor no hizo otra cosa mientras estuvo en la tierra que sanar a los enfermos. Pero si ese hubiera sido el propósito principal, el cristianismo -¡atención a este punto!- se limitaría al tiempo en que Cristo estuvo sobre la Tierra.
¿Acaso no seguirían existiendo enfermos después? ¿Y, por tanto, no tendría ya valor el cristianismo? ¿Ven entonces claramente que el hecho de que el Señor sanara a los enfermos, o más ampliamente que la Iglesia sane, a través de las manos de los Apóstoles y de sus sucesores, sería algo muy limitado? ¿Acaso ahí se encierra el cristianismo?
¡Dios nos libre!
No debemos, por necedad o por ceguera voluntaria, restringir el alcance y el significado del cristianismo.

Sin embargo, el médico es de parte del Señor. Y debe tener conciencia de eso el médico: que es enviado por el Señor. A todo el que se me acerque -estudiante de medicina, médico nuevo, recién graduado- siempre le recomiendo y le digo: «Mira, cuando salgas de tu casa por la mañana, haz tu oración matutina y pide a Dios que te ilumine para hacer un buen diagnóstico». Es bien sabido que un buen diagnóstico, uno preciso, es la mitad de la curación.
¿Y quién no lo sabe esto?

Si no se hace un buen diagnóstico, el paciente sufre y va de médico en médico, precisamente porque no se ha hecho ese diagnóstico correcto.

«Y cuando entres en contacto con tu paciente, haz también desde dentro una pequeña oración, una oración espiritual, mental, para que Dios te ilumine y te ayude. Porque no olvides que estás ahí de parte de Cristo». Sí. Y debes sanar.

Sería algo muy feo que Cristo estuviera delante de un enfermo y no lo sanara. No lo piensen a la ligera, eso ocurrió con los nueve discípulos.

Cuando el Señor estaba en el monte Tabor, los nueve estaban abajo, en la llanura. Y entonces un padre trajo allí a su hijo, que estaba gravemente endemoniado, y ese padre, el pobre padre, llevó a su hijo a los discípulos, pero ellos no pudieron curarlo. A pesar de que ya habían recibido ese permiso para sanar, y hasta el mandato. Pero en algún punto flaquearon en la fe. Algo les ocurrió a los discípulos.

Y luego preguntarán, cuando el Señor baje y sane al niño, le preguntarán: «¿Por qué nosotros no pudimos?»

Mientras tanto, los otros que estaban allí alrededor -unos fariseos, unos Γραμματείς (gramatís: gramaticales, escribas, intelectuales)-, los cuales no se despegaban ni un instante del Señor Jesús Cristo, comenzaron a burlarse, a reírse, a mofarse de los discípulos. Entonces, ¿no sería una burla también que la Iglesia, que los sacerdotes, no pudieran sanar?

Repito: Esto no es el elemento principal del cristianismo.

Y después, ¿quién les dijo que Dios necesariamente quiera que se quite una enfermedad?

Vamos a ver esto y lo comentaremos un poco más abajo: Jesús sabía que ese paralítico estaba allí desde hacía 38 años.

¿Fue acaso a preguntarle antes alguna vez? No. Cuando fue allí, a la piscina de Bethesda, fue directamente hacia él.

¿Qué significa que «sabía»? Significa que el Señor dejó que ese hombre madurara en su enfermedad.

¿Por qué? Porque, simplemente, una enfermedad tiene muchas veces -y sobre todo- un carácter pedagógico. Esto es muy importante.

Así que, si Dios no quiere sanar a una persona, si Dios no quiere sanarme a mí, ¿cómo lo sé yo? ¿Y si con ese modo no me está educando, instruyendo espiritualmente?

Sin embargo, continuamos con lo que dice la Sabiduría de Sirácides acerca del médico. Dice -es más, lo dice en el primer versículo del capítulo 38: «Honra al médico por las necesidades que tienes de él, con el honor que le corresponde, porque también a él lo ha creado el Señor. La terapia, “psicoterapia” proviene del Altísimo.» Es decir, debes honrar al médico. Dios creó al médico para tus necesidades.

¿Lo ven? Ya estaba previsto que Adán caería. Y que con su caída entrarían las enfermedades, los sufrimientos y los males.

Entonces, Dios le dio al hombre la capacidad de desarrollar hasta cierto punto la civilización. Pero no en grado superlativo. Porque entonces la civilización se convierte en un peligro en manos del hombre.

Lo repito: un peligro. Es como darle a un niño cerrillas o merchero y decirle: «Haz con ellos lo que quieras». Te va a prender fuego a la casa. Así también, la civilización suaviza, endulza un poco la áspera vida del hombre. Le permite tener una vivienda, ropa, en fin… civilización.

Pero también dio la Ciencia Médica. Dio también los medicamentos para que el hombre pueda encontrar allí algo de alivio.

Entonces, ¿qué dice? Para tus necesidades, el Señor creó al médico. Pero debes ir al médico.

Pero atención. Decía Paracelso: «El médico cuida, pero Dios es quien sana.»

¡Cuánto me alegra cuando vienen personas y me dicen: «Fui al médico y me dijo: ‘A partir de aquí, ya no podemos hacer nada más. La palabra la tiene Dios’». Eso me alegra. Cuando nuestros médicos reconocen que sus límites son limitados y cortos, y que, de allí en adelante, el asunto está en manos de Dios. Pero con mayor exactitud, es eso mismo: El médico cuida. Te examina, te dice esto, aquello… Pero finalmente, la sanación la recibirás de Dios.

Y además, el sabio Sirácides añade: «Y da lugar al médico -es decir, dale la posibilidad de sanarte-, porque también a él lo creó el Señor; y que no se aparte de ti, porque tienes necesidad de él». Es decir: No alejes al médico. Lo necesitas. Realmente lo necesitas. Y, además, en otro pasaje dice: «Hay ocasiones en que el médico tiene éxito, que logra descubrir tu enfermedad y ayudarte».

Dirigiéndose el Señor al paralítico, le pregunta: «¿Quieres quedar sano?» ¿Quieres curarte?

Curiosa, queridos míos, en verdad curiosa pregunta. ¿Ir al médico y que me pregunte si quiero curarme? Uno diría: esta pregunta sobra. Pero si para eso vine, doctor. Para que me cures. ¿Y me preguntas si quiero sanarme?

Sin embargo, cuando el Señor dijo: «¿Quieres quedar sano, y estar saludable?», Su pregunta tenía profundidad. El Señor se dirige a la voluntad del hombre. Y está sugiriendo la integridad de la salud.

Lo diré de nuevo: la integridad de la salud. Es decir, que te cures como ser humano completo.

Porque, creo que no estaréis en desacuerdo conmigo, que

muchos quieren sanarse, por ejemplo… que se les cure el estómago, que no tengan úlcera, que se les pase el problema estomacal, pero solo en lo físico y no en lo psíquico ni en lo espiritual. Es decir, no se busca una psicoterapia y sanación que devuelva la integridad completa al hombre.

Como ya vimos aquí y lo mencionamos: ¿Qué es la enfermedad ante Dios? Es el trastorno del orden. Entra el pecado.

¿Por qué quieres, hermano mío, que solo se te cure el estómago? ¿Para volver a ser un glotón? ¿Por qué no pides, por ejemplo, aprender a ser moderado en tu alimentación? Es verdad, debemos comer para vivir, sin duda. Pero también, debes ser ordenado en tu vida y en tu comida.

Así vemos que no pedimos una psicoterapia y sanación completa.

Es decir, la sanación también de nuestra ψυχή (psijí: psique, alma, ánima la que anima vivifica el cuerpo) de nuestros pazos. Solo pedimos sanarnos físicamente, corporalmente para luego arrojar de nuevo este pobre cuerpo al desgaste del pecado: a la fornicación, a la embriaguez, a las drogas y no sé qué más…

Y aún más quiere decirle el Señor, cuando le pregunta: Que no se trata solo del agua de la piscina, en la que esperas entrar, diciendo: «No tengo a nadie que me meta».

Eso también es un gran tema: «No tengo a nadie»… En concreto, San Juan Crisóstomo dice algo encantador: «Yo me hice hombre por ti. ¿Y tú dices que no tienes a nadie?» Para que, cuando se agite el agua, alguien te arroje dentro de la piscina, etc.

Queridos míos, que nadie piense que se trataba solo del agua. Era también Jesús Cristo. Así que no es solo la Medicina, sino también Dios.

Primero Dios y luego la Medicina.

Atención: no despreciamos la Medicina, pero primero viene Dios y luego la Medicina.

Porque muchos cometen el error de decir: «Haré oración y no iré al médico». ¡Eso es un error! Si Dios dio la Medicina, significa que debes acudir también al médico. Solo que debes poner las cosas en su orden correcto: Primero Dios y después la Medicina. Así como nos aconseja el libro de la Sabiduría de Sirácides, como ya os mencioné antes.

Observamos un punto importante. Lo que ya te señalé. El evangelista sagrado anota: «Jesús, sabiendo que hacía mucho tiempo que estaba así». Jesús sabía que hacía mucho tiempo que ese hombre estaba allí,

en los pórticos junto al estanque. Esto significa que la enfermedad del paralítico no había escapado al conocimiento ni a la atención de Dios.

No se le escapó. Entonces esa enfermedad tenía un carácter pedagógico. Estoy enfermo para ser educado, instruido.

Ese hombre joven… llevaba 38 años paralítico. Debemos calcularlo como un hombre de unos 60 años. Vivió una vida disoluta, una vida libertina, hasta quedar paralizado.

Así que, vemos, la enfermedad tiene carácter pedagógico. Quédate ahí, para que entre en razón tu cerebro, para que entiendas. Eso es tener un carácter pedagógico.

Nuevamente, es por el hombre, por su salvación. Esto debe llamarnos especialmente la atención. Debemos prestarle mucha atención.

Dios dice en el Deuteronomio: «Yo hiero, y Yo sanaré».

Entonces, cuando estamos enfermos, debemos preguntarnos si acaso estamos chocando con la voluntad de Dios. Claro que no toda enfermedad es consecuencia de desobedecer los mandamientos de Dios. Eso lo sabemos. Y la Escritura lo testifica, si así lo desean.

Job cayó en aquella indecible desgracia, sin que fuera él quien pagara pecados. Porque él no podía ver lo que pasaba detrás del telón; el diablo fue y pidió permiso, etc. Ustedes ya conocen la historia. Para no alargarme más.

Así, hoy nosotros sabemos muchas cosas. Conocemos también la historia de Job. Pero Job no sabía por qué se volvió leproso, perdió a sus hijos… una desgracia indescriptible.

¡Indescriptible!

Y hoy es ejemplo de paciencia. Incluso, si lo desean, es figura o prefiguración, modelo de Jesús Cristo.

Lo mismo ocurrió con Tobit. (No contaré toda la historia). O aquel que nació ciego. Los discípulos preguntaron: «Señor, ¿quién pecó?».

(Porque así decían los judíos: que alguien debía haber pecado necesariamente). ¿Sus padres o él? ¿Pero cómo él, si nació ciego?

¿Cuándo iba a pecar?

Y el Señor respondió: «Ni él pecó, ni sus padres, sino que esto fue para doxa-gloria increada de Dios».

Entonces, podía servir a la gloria de Dios. Y así fue. Ese hombre siguió a Cristo, se hizo cristiano. Ahí está. Ahí lo tienen. En todo caso, el tema es que tenemos muchos casos que no son resultado del pecado. Dios lo sabe. Pero con todos estos casos hay una ganancia:

la παιδαγωγία pedagogía educación, instrucción del pueblo.

Queridos míos, en la historia de Israel siempre se sigue esta secuencia: Apostasía castigo arrepentimiento salvación.

Y este esquema no es solo para un pueblo; es también para cada persona. Lo repito: para cada persona. Dios pedagogiza educa, instruye para salvarnos.

¿Y qué te parecería que Dios dejara a su pueblo en el desierto durante 40 años completos? Era un asunto de pocos días. Pasar por donde hoy está el Canal de Suez, cruzar el pueblo y llegar a la tierra de Canaán.

¿Por qué Dios dejó a su pueblo 40 años en el desierto?

Para educarlo, instruirlo.

El desierto era áspero. El desierto era un desafío. Y, sin embargo, Dios lo dejó ahí 40 años para educarlo.

No olvidemos aquella frase bíblica que dice San Pablo en la carta a los Hebreos: «Habéis olvidado la exhortación y el consuelo que os dirige Dios cuando os habla como a hijos: Hijo mío, no desprecies, ni descuides la corrección y la pedagogía del Señor, ni te desalientes cuando eres revisado y reprendido de Él; porque el Señor pedagogiza-educa y corrige al que ama, y le disciplina con castigos pedagógicos al que recibe como hijo» (Heb 12:5-6).

Corrige a todo hijo que reconoce como suyo. (No voy a castigar al hijo del vecino, voy a castigar al mío. Porque yo reconozco quién es mi hijo).

«Castiga a todo hijo al que acoge; para su bien».

¿Y cuál es ese bien?

Escúchalo: «Para que participemos de su santidad». Amén.

Con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bienaventurado Padre Athanasios Mitilineos,

Transcripción de la conferencia y edición electrónica: Eleni Linardaki, Filóloga

Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai _kyriakvn/omiliai_kyriakvn_137.mp3

Traducido por: χΧ jJ  https://logosortodoxo.es/

 

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