Preguntas y respuestas
Yérontas A. Mitilineos el Nuevo Crisóstomo
2 LIBERTAD CRISTIANA
1.¿Por qué el Dios, siendo omnisciente y sabiendo que tanto los ángeles como los hombres caerían, no creó al ser humano perfecto, inalterable e invulnerable? Es decir, que la realeza increada de Dios fuese desde el principio sin que nadie terminara en infierno.
2. “Sabemos que los hombres se dividen en dos categorías: los que creen y siguen a Cristo y los que no tienen ninguna relación con Él. Sabemos también que Cristo dijo que los hombres son libres para seguirle, pero que después los juzgará. Entonces, si aquellos que no le siguen no tienen ninguna relación con Él, ¿por qué después interviene en la vida de ellos y los juzga?”
3.Puesto que Cristo nos ha dejado libres para escoger el camino que queremos, ¿por qué en Su Segunda Parusía, Presencia nos juzgará.
4. ¿Con las condiciones actuales el hombre está libre?
5. Qué es lo que lleva y continúa llevando al hombre lejos de Dios
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¿Por qué el Dios, siendo omnisciente y sabiendo que tanto los ángeles como los hombres caerían, no creó al ser humano perfecto, inalterable e invulnerable? Es decir, que la realeza increada de Dios fuese desde el principio sin que nadie terminara en infierno.
(1, 28´) Esta, hijos míos, es una duda que muchos hombres tienen. Ayer por la noche, casualmente leía sobre este tema en san Juan el Damasceno y en él encontré la respuesta. Naturalmente, la respuesta de san Juan el Damasceno tiene una profundidad muy grande que no os relataré por completo, pero sí compartiré algunos elementos de ella, y os responderé en la medida en que podamos comprenderlo.
En algún momento nos preguntamos ¿por qué será que el hombre está sujeto a la alteración, a la vulnerabilidad, o puede cambiar de un estado a otro? ¿Y por qué también el ángel? Es cierto que el Dios es invulnerable, no cambia en absoluto. Pero si Dios hubiese creado un lugar, una creación con seres lógicos -como lo son los hombres y los ángeles- inalterables e invulnerables, que no cambian, entonces pregunto: ¿dónde quedaría espacio para la libertad? La perfección de las creaciones no reside en la invulnerabilidad sino en la libertad.
Sabéis que en nuestra época tenemos percepciones y opiniones tan equivocadas sobre la libertad, que no cesamos de hablar y repetir muchas cosas acerca de ella. Y cuando queremos hacer nuestra propia voluntad, apelamos a la libertad y gritamos que nos presionan y oprimen, precisamente porque queremos y deseamos expresar nuestra voluntad.
Por otro lado, pensamos y decimos: ¿por qué tiene que existir esta libertad?, ¿por qué no somos invulnerables e inalterables? Pero ser invulnerable, in-cambiable e inmutable significa no tengo libertad, no tengo el poder y la capacidad de ser otra cosa. Porque libertad significa el poder ser otra cosa. No porque Dios desee que seamos otra cosa, sino porque existe la posibilidad, el poder, de serlo.
Por eso, una vez más -como tantas veces lo he dicho- os explicaré cómo se entiende la libertad en el ámbito cristiano.
La libertad no consiste en elegir entre el bien y el mal. La libertad es la capacidad de hacer tanto lo uno (el bien) como lo otro (el mal), como posibilidad o poder. Pero el hombre libre elige siempre el bien. Por tanto, la libertad no es un asunto de elección, sino de posibilidad, de poder.
Esto lo expresa dos veces el Apóstol Pablo en su primera epístola a los Corintios de la siguiente manera: “Todo me está permitido, lícito, pero no todo me conviene”. Es cierto que todo me está permitido, si quiero beber hasta un vaso de petróleo, o cualquier otra cosa, pero no me conviene, no me interesa. Porque si bebo petróleo o aguafuerte moriré, este ejemplo ahora, aplicadlo en el espacio espiritual.
Debo discernir si muchas cosas me interesan, me convienen o no. Esto es lo que debo decir como hombre libre: ¿me conviene o no? Si me invitan a una fiesta particular o a una discoteca, ¿me interesa ir? Podría ir, si así lo deseo. ¿Creéis que sólo vosotros podéis ir? ¿Que yo, el padre Atanasio, no puedo? Nadie me lo prohíbe. ¿Acaso no puedo bailar y divertirme? También soy una persona. Pero pregunto: ¿me conviene? ¿Me conviene estar en ese lugar? Entonces, vosotros también deberíais preguntaros: ¿me conviene ir allí? ¿Cuál será el criterio para saber si me conviene? Será la salvación, la vida eterna, la voluntad de Dios. ¿Me conviene o me haré daño? Si juzgo de esta manera, no iré, y me salvaré. Así pues, este es el verdadero significado de la libertad según el Evangelio y no el falso concepto de que consiste en elegir entre el bien y el mal.
¿Queréis que os lo demuestre? Es muy sencillo. Si la libertad consistiera en elegir entre lo uno o lo otro -es decir, si la libertad fuera simplemente una cuestión de elección-, entonces, al escoger el mal, ¿por qué habría de ser castigado? En tal caso, ¿acaso no estaría verdaderamente libre? Si elegí el mal libremente, ¿por qué recibir castigo? Esto demuestra que la libertad no es simplemente un asunto de elección.
El Dios preparó la Realeza increada y el infierno. ¿Y por qué tiene que existir el infierno? Exactamente porque la libertad no es hipótesis, ni una mera cuestión de elección. Es real. Puedo ir al infierno, es cierto, pero no me interesa, no me conviene, y no debo ir al infierno.
¿Veis pues, cómo se entiende la libertad? Ojalá, hijos míos, desearía que esto lo comprendierais muy bien, profundamente, porque es algo muy sutil. Esto constituye la llave o clave de muchos de los grandes de nuestra época. En muchísimos temas o asuntos, -por no decir que concierne toda nuestra vida-, todo depende de cómo captemos y comprendamos este concepto delicado y profundo de la libertad.
Y vuelvo a la pregunta para concluir: cuando aquí dice “¿por qué uno tiene que estar sujeto a la alteración, a la vulnerabilidad, y no ser perfecto desde el principio?, ¿por qué debe existir el infierno?”. La respuesta es que la perfección no se encuentra en la invulnerabilidad, sino en la libertad.
La virtud no puede ser coronada si no contiene el elemento de la libertad personal y del esfuerzo propio. Según los Padres de nuestra Iglesia, la virtud se compone de tres elementos:
Primero, que haya sido realizada libremente.
Segundo, que haya sido alcanzada con esfuerzo.
Tercero, que sea atribuida a Dios.
Porque también existe la virtud de los filósofos, pero esa carece de valor espiritual cuando se le priva del tercer elemento: la atribución a Dios.
Esto que estoy llamado a hacer -es decir, divinizarme, santificarme- debo hacerlo porque Dios así lo quiere. Estamos llamados a divinizarnos, a hacernos santos. Sólo entonces se puede hablar de una virtud digna de ser coronada. Lo repito: la virtud consiste en libertad, esfuerzo y orientación por y hacia Dios.
Por lo tanto, allí está el gran valor, allí está la virtud que se premia, que recibe recompensa. No se trata simplemente de haber sido creados invulnerables o inmutables, pues en tal caso seríamos como marionetas, como si Dios nos dijera: “siéntate, levántate, siéntate, levántate”. En cambio, yo soy un ser libre, y como tal, le ofrezco a Dios, libremente, aquello que Él quiere, para que me corone. Por eso también existe el infierno. El infierno no lo creó Dios. El infierno fue creado por el diablo y por el hombre para sí mismos, porque allí ya no existe la verdadera libertad. O mejor dicho, allí se encuentra una mala interpretación de la libertad, -una libertad mal entendida, una “libertad paranoica”. ¿Qué creéis? Aquellos que viven según esa libertad paranoica han preparado, ya desde esta vida, un verdadero infierno. Los que consumen drogas, se embriagan, y así sucesivamente, ¿qué han preparado? Infierno. ¿Quién les dio ese infierno? ¿Dios? No. Ellos mismos lo han creado.
Así pues, debemos ser verdaderamente libres para poder ser glorificados, alabados y honrados por Dios.
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“Sabemos que los hombres se dividen en dos categorías: los que creen y siguen a Cristo y los que no tienen ninguna relación con Él. Sabemos también que Cristo dijo que los hombres son libres para seguirle, pero que después los juzgará. Entonces, si aquellos que no le siguen no tienen ninguna relación con Él, ¿por qué después interviene en la vida de ellos y los juzga?”
(10,9´) Es cierto, esta pregunta -formulada de forma más refinada- se plantea muchas veces. E incluso, en muchas ocasiones, se acusa a Cristo con estas palabras: “¿Por qué ha de juzgarme Cristo, si yo solo quise vivir mi vida? ¿No dice Cristo que soy libre para hacer lo que quiera?”
Pues bien, esto nace de una percepción equivocada de la libertad. Os lo he dicho muchas veces, y no me cansaré de repetirlo.
La libertad, hijos míos, no es poder hacer lo que quiera. La libertad consiste, precisamente, en lo siguiente: “Puedo hacer lo que quiero, pero no todo me conviene, no todo me interesa.” Es en este sentido que debe entenderse la libertad. Dios nos ha creado para el bien. No nos creó para que escojamos entre el bien y el mal; eso sería impensable.
Realmente la pregunta es legítima: ¿cómo puede Dios juzgarme si me dice que soy libre para hacer lo que quiera? ¿Acaso Dios miente cuando afirma que soy libre, y luego me juzga? Entonces, o soy verdaderamente libre y no debería ser juzgado, o no soy libre. Pero no se trata de eso. La clave, como ya os he dicho, está en que tenemos una percepción equivocada de la libertad.
¡Atención! El Dios nos creó para que sigamos siempre el bien, solo el bien. Sin embargo, tenemos el poder de seguir el mal. Pero hacerlo no nos conviene. La libertad, en su verdadero significado, es esta: la capacidad de elegir y seguir siempre el bien, sin que nos esté impedido hacer el mal. Pero si elijo el mal, seré juzgado. Seré juzgado no porque no tenga libertad, sino porque no debería haber optado por el mal, a pesar de tener la posibilidad de hacerlo.
Este punto es el que no comprendemos. Por eso la humanidad -y especialmente el mundo cristiano- no ha entendido aún la libertad en Cristo. Y por esa razón nos torturamos y nos atormentamos con tantas interpretaciones erróneas de la libertad. De allí proviene también el caos social, como el que vemos en ciertas juventudes indisciplinadas, los llamados anarquistas. Pero estos, en realidad, caen en contradicción. Porque cuando alguien afirma: “soy libre para hacer lo que quiero” y se rebela contra un Estado o contra leyes que me obligan, ¿sabéis qué ocurre en realidad? Está comprometiendo la libertad de los demás.
Porque cuando peligra mi vida al salir a la calle, por sabotajes, por calles cortadas o por tiendas destruidas en una ciudad, ¿qué es eso? ¿No está afectando la libertad de los demás? ¿Cómo puede hablarse entonces de una libertad unilateral? ¿Cómo es posible que el anarquista tenga libertad para hacer lo que quiera y el otro no? Eso no es libertad, eso es confusión. Y por eso, al tener una percepción equivocada de la libertad, nos destrozamos a nosotros mismos —como los pulpos que se golpean contra las rocas.
Quiero que lo entendáis. Un niño tiene la libertad de coger las cerillas y prender fuego a la casa, ¿es eso algo deseable y agradable? Como los padres esconden las cerillas ¿es porque presionan al niño para que no las use? Y si los fármacos se guardan fuera de su alcance, en un lugar seguro, ¿es eso una privación de la libertad del niño? No, en absoluto. Es exactamente lo mismo: el mal existe, la destrucción existe.
De igual forma ocurrió con los primeros en ser creados. Ellos también eran libres, pero eligieron el mal. ¿Les convenía? No, no les convenía. Aún eran inmaduros para lo que Dios quería darles: que alcanzaran la experiencia, la madurez, y se divinizaran. Eran libres, sí, pero perdieron esa oportunidad porque, siendo inmaduros, se adelantaron al tiempo adecuado. Igual que un niño que usa cosas para las que aún no está preparado.
Pero permitidme deciros una cosa más: ¿quién os ha dicho que somos realmente libres? Somos libres para escoger, sí, pero con consecuencias. No somos libres en el sentido absoluto. Somos propiedad de Dios, y lo somos por partida doble: primero, porque somos Su creación; y segundo, porque hemos sido recreados en Cristo. Dios nos ha sellado. ¿Quién os ha dicho que no somos propiedad de Dios? Si Dios, finalmente me mande al infierno -lo quiera o no, me guste o no- ¿es eso algo que yo pueda regular, cambiar o controlar? Por supuesto que no. Por tanto, no soy completamente libre. Tengo libertad, sí, pero dentro de unos límites. Y, como os he dicho antes, esa libertad ha sido dada para seguir el bien, no el mal.
Además, somos propiedad de Dios por recreación, por renovación. Es decir, el Cristo vino al mundo, se sacrificó por nosotros y nos ha rescatado de la corrupción y del pecado, por consiguiente, somos Su propiedad, le pertenecemos. En la Sagrada Escritura hay muchos pasajes que lo confirman. Os cito, por ejemplo, la primera epístola a los Corintios, donde se dice que debemos cuidar el cuerpo, porque es templo del Espíritu Santo. No podemos entregar el cuerpo a la indecencia (1 Cor 6,19).
Hoy en día, sobre todo muchas mujeres dicen: «Mi cuerpo me pertenece, hago lo que quiero con él.» ¿Quién te ha dicho que tu cuerpo te pertenece? Especialmente en el tema del aborto: el hijo que llevas en el vientre, ¿quién te ha dicho que es tu propiedad? Es una persona distinta. Muchas veces ni siquiera tiene el mismo grupo sanguíneo que tú. Tú solamente lo alimentas. ¿Con qué derecho dices que puedes disponer de su vida? No tienes ese derecho.
Dice el Apóstol Pablo. “Cuidado no entreguéis y gastéis vuestros cuerpos a la indecencia, porque son templos del Espíritu Santo. Lo que tenéis no pertenece a vosotros mismos, porque os habéis comprado, rescatado bajo precio. Y el precio es el cuerpo y la sangre de Cristo que nos ha comprado, rescatado encima de la Cruz”.
¡Veis pues, que no somos propiedad, dueños de nosotros mismos! No podemos hacer simplemente lo que nos da la gana. Y por eso rendiremos cuentas.
Pensemos ahora desde otra perspectiva: el cristianismo es la Verdad. Y si esa Verdad nos dice que daremos cuentas a Dios, ¿no deberíamos entonces reconsiderar nuestras ideas sobre la libertad? ¿Quizá lo que hemos creído hasta hoy como libertad no lo era realmente? Sin duda que sí.
Por eso, tengamos esto bien presente: no somos otra cosa que propiedad de Dios. Y lo somos por partida doble: por naturaleza, cuando nos creó, y por sobrenaturaleza, cuando nos recreó. El Señor nos renueva con Su Cuerpo y Su Sangre, y por medio del Espíritu Santo nos transforma en verdaderos seres humanos, espirituales.
Somos, por tanto, propiedad de Dios. Y ¿sabéis lo que podría decir un alma que ha comprendido esto en profundidad? “Señor mío, no solo deseo ser comprado por Ti dos veces, sino infinitas veces. Porque junto a Ti está la bienaventuranza y la felicidad, mientras que lejos de Ti sólo hay desastre.”
Nuestra libertad está en poder decir: “Puedo escoger lo contrario, pero no me conviene.” Como dice el apóstol Pablo: “Todo me está permitido, pero no todo me conviene.” Y en esta vida muchas cosas nos están permitidas -hasta el hecho de tirarnos desde un balcón-. ¿Está permitido? Sí, nada nos lo impide. ¿Queréis hacer la prueba? Pero no nos conviene, no nos interesa.
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Puesto que Cristo nos ha dejado libres para escoger el camino que queremos, ¿por qué en Su Segunda Parusía, Presencia nos juzgará.
(19.40´30´´) Esto significa que debemos reconsiderar seriamente nuestra concepción de la libertad. Es muy sencillo, y además, muchas veces os he hablado sobre este tema. La libertad, tal como se entiende en el Logos de Dios, y la libertad tal como Dios se la dio al hombre, no es como nosotros la imaginamos hoy en día. Literalmente, la hemos maltratado y tergiversado.
La libertad, desde nuestra percepción mundana -especialmente desde la óptica contemporánea-, se entiende como descontrol, como desmadre. Es decir, “hago lo que me da la gana y nadie puede decirme nada”. Y además se exige que no haya sanciones ni consecuencias. Porque, si las hay, entonces —dicen— ya no sería libertad. Así es como se piensa hoy.
Observad cómo algunos jóvenes se sientan en las aceras, interrumpen el paso de los transeúntes, consumen drogas, sostienen ideas anarquistas, destruyen escaparates… y cuando se les llama la atención, responden: “Tenemos democracia.” Como si la democracia justificara romper vidrios, o como si la libertad implicara destruirlo todo cuando uno quiere.
Desgraciadamente, esta es la percepción que se tiene sobre la libertad en buena parte de la sociedad actual.
Pero en una sociedad, si se aplica la libertad de esta forma, es imposible que sobreviva. No puede sostenerse. ¿Acaso puedes presentarte ante un tribunal después de matar a alguien y decir?: “Así me dio la gana, así lo quise” No. Nadie lo aceptará. La libertad no es eso.
La libertad no significa descontrol o desmán. La verdadera libertad consiste en que puedes hacer el mal, pero no debes hacerlo. Por tanto, cuando Dios nos concede la libertad, lo hace para que tenga valor aquello que libremente escojamos seguir: la virtud, la santidad. Y así, al ejercer nuestra libertad correctamente, podamos ser elogiados y coronados por Él.
Deberemos entender lo que nos dice el apóstol Pablo en la primera epístola a los Corintios: “todo me está permitido, pero no todo me conviene”. Esta frase resume el sentido profundo de la libertad. No todo lo que puedo hacer es verdaderamente libertad; lo que me conviene, lo que edifica y me conduce al bien, eso es lo que constituye la libertad auténtica.
La prueba de que debemos reconsiderar nuestra percepción de la libertad es la misma existencia del infierno. Porque Dios nos dice: “Si quieres, puedes pecar, pero no te interesa.” Si pecas, te haces daño, te castigas a ti mismo. Por eso hay sanciones, consecuencias, porque has malinterpretado tu libertad.
Además, esta comprensión de la libertad ha sido reconocida no solo por pueblos cristianos, sino también por sociedades no cristianas a lo largo de la historia. Encontradme en el mundo antiguo, en la historia de los pueblos, un caso donde exista el desmadre como ideal de libertad. No lo hallaréis. Porque incluso fuera del cristianismo, las civilizaciones han entendido que la libertad sin responsabilidad no puede sostenerse.
Así pues, recordémoslo: daremos cuentas a Dios. Porque no fuimos creados para hacer lo que queramos sin consecuencias, sino para escoger libremente el bien, en comunión con Él.
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¿Con las condiciones actuales el hombre está libre?
(7. 13´30´´) Hijos míos, debemos entender esto de una vez por todas: las condiciones de una época no determinan la existencia ni el ejercicio de la libre voluntad. La pregunta que debemos hacernos no es si las circunstancias permiten la libertad, sino si yo quiero o no quiero actuar libremente, ¿estoy libre? Esa es la verdadera cuestión.
Es cierto que el tema de la libertad ha preocupado siempre al ser humano, especialmente a la filosofía. Pero cuando preguntamos si en las condiciones actuales el hombre tiene libre voluntad, la respuesta es clara: sí, porque la voluntad libre no depende de las condiciones externas, sino de lo que cada uno lleva dentro, como don o donación de Dios.
Las condiciones de vida de una época nunca pueden determinar la libertad de la voluntad. ¿Por qué? Porque la libertad de la voluntad es un elemento que le ha sido dado a cada ser humano en su condición de “imagen de Dios”, como un don o regalo de Dios.
Por ejemplo, es como tener dos manos. Hay dos elementos fundamentales que constituyen la «imagen de Dios» en nosotros: la lógica y la libertad.
Decidme, ¿acaso la lógica cambia de una época a otra? ¿O podríamos decir que en cierta época las personas nacen con una sola mano? Tener dos manos es un don de Dios. Del mismo modo, también es un don divino nacer con lógica y con libertad.
Esto es fundamental. Por lo tanto, no puedo decir que en ciertas épocas no tengo libertad de voluntad. Incluso en la terrible época del anticristo -que ha de venir, pero que también está viniendo constantemente y en la cual ya estamos inmersos en cierto modo-, la libertad de la voluntad sigue teniendo su lógica y sentido. Nadie puede decir: “Me forzó el anticristo, ¿qué podía hacer?”. No. Siempre puedes decir “no”. Es decir, la libertad de la voluntad permanece. Lo que cambia con el tiempo es que, en cada época, se vuelve a plantear la pregunta: ¿el ser humano es verdaderamente libre? Y esta búsqueda suele hacerse desde la psicología y la filosofía. Por eso también surge esta pregunta en el estudiante.
Es decir, si me han entendido, el Logos de Dios nos enseña que somos libres dondequiera que estemos. Ya sea en medio del mar Mediterráneo en plena tormenta, como Jonás, cuando dijo que lo arrojaran al mar para calmar la tempestad; ya sea dentro del vientre del gran pez: estés donde estés, puedes decir con certeza: “Soy libre”. Esto lo afirma claramente la Santa Escritura.
Pero cuando el ser humano deja de ocuparse del Logos de Dios en la Sagrada Escritura y se dedica exclusivamente a la psicología y la filosofía, entonces, en cada época surge una nueva interpretación, y unas veces se dice una cosa, otras veces otra. Y así, el pobre y desgraciado hombre se tambalea, preguntándose: “¿Existe o no existe la libertad de la voluntad?”.
Por eso. Hijos míos, nosotros somos cristianos, no acudiremos a las conclusiones de la psicología ni de la filosofía, sino al Logos de Dios, que afirma claramente que somos libres en cualquier época y en cualquier circunstancia.
Entended bien esto y tened cuidado con los diversos mensajes y discursos que intentan redefinir la libertad de la voluntad.
Aquello que debemos recalcar especialmente, es que nuestra época, ciertamente, es catalizadora, es decir, acelera los procesos y nos pone a prueba, por lo que necesitamos una voluntad fortalecida. Y aquí viene una verdad amarga: la voluntad de muchos cristianos no está fortalecida porque no viven una auténtica vida cristiana. Por eso, nuestra voluntad debe fortalecerse. Y esa fortaleza solo viene de la vida espiritual. Esto en cuanto a la pregunta.
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Qué es lo que lleva y continúa llevando al hombre lejos de Dios
(7,1) Haré una pequeña conclusión, porque ayer hablamos sobre este tema. Resumiendo, como respuesta a la pregunta, diría que hay tres cosas que hacen que el hombre continúe lejos de Dios.
Lo primero es su propia voluntad. Pensad en cuán importante es esto. Basta con recordar que los primeros en ser creados, en el paraíso, se guiaron por su propia voluntad. Dios les dijo: “No comeréis de este fruto”. Pero ellos siguieron su propia voluntad.
Por eso, dentro del cristianismo -si queréis-, eso es exactamente lo que se trabaja: el esfuerzo y la lucha contra nuestra propia voluntad. ¿Y qué significa eso? Tener obediencia. ¿Pero obediencia a quién? A Dios.
Lo dice el Dios. ¿Por qué ayunaré hoy? Porque lo dice el Dios. Me lo dice por medio de la Santa Escritura y mediante la Iglesia. Puesto que me lo manda el Dios hago obediencia. Desde el momento que vivo la obediencia estoy cerca de Dios.
Por eso dice el apóstol Pablo sobre Jesús Cristo, el cual es el Nuevo Adán, es la medida o modelo que nosotros debemos aspirar y llegar, Jesús Cristo es el criterio del hombre verdadero, dice: “”Se hizo obediente hasta la muerte y muerte por la cruz. Obediente, ¿veis? Obedeció hasta la muerte. Y especialmente, qué muerte: una muerte cruciforme. Exactamente por esta razón, si queréis que no nos marchemos ni nos alejemos nunca de Dios, debemos vivir con obediencia, obediencia a la voluntad de Dios.
El segundo punto es la fascinación y atractivo del logos humano. Logos (lógica) humano quiere decir el racionalismo humano, esto que mi cerebro, mi mente me dice y me informa. Esto tiene mucho encanto, atracción y fascinación. Es, ¿cómo decíroslo? Espero que os acordéis de esto a lo largo de vuestra vida: la lógica humana tiene un gran poder de seducción y encanto, el hombre siente como si tuviera un arma, y no acepta nada más allá de lo que su propio cerebro y entendimiento humano puede comprender.
Obviamente, es cierto que hemos desarrollado la ciencia, la filosofía, y muchas otras cosas, pero finalmente, este encanto, esta fascinación, este encanto, nos hunde.
El tercer punto es la magia de autozéosis o autodeificación. Es como aquel caso en que, una vez que se dio el permiso para que las chicas fueran al colegio sin la bata escolar, al día siguiente muy pocas fueron con ella puesta. La chica sintió la magia de liberarse de aquello que se le imponía y ponerse lo que ella quería. Rechazó lo anterior y eligió lo suyo. Así también, el hombre rechaza y expulsa la zéosis divinización, deificación que Dios le ofrece, y se siente atraído por la magia de hacerse dios por sí mismo. Dice: “Yo quiero hacerme Dios por mí solo. Dios, no te necesito. Hasta te niego. No me haces falta. Yo soy mi propio dios. Yo seré lo que yo quiera ser”.
Estas tres cosas, pues, hijos míos, son las que alejan al hombre de Dios. Es decir, la voluntad propia, el encanto del logos humano y la magia de la auto-zéosis o autodeificación.
¿Pero sabéis qué ocurre al final? El hombre acaba como el herido de la parábola del Buen Samaritano: Tirado, herido, despojado, medio muerto a un lado del camino. Así termina el hombre.
Y entonces, viene aquel a quien el hombre había negado: el Dios hecho hombre, y le ofrece ahora la obediencia; no el logos humano, sino el Logos divino, que es la segunda Persona-Hipóstasis de la Santa Trinidad, es decir, Dios mismo, y le dice: “Yo te deificaré.” Lo sube en su animal de carga y lo lleva a la posada, el hospital que es la Iglesia, para que allí sea sanado con el aceite y el vino, con los Misterios, con la Jaris (gracia) increada y la Misericordia increada de Dios. Allí es donde finalmente resurge el hombre.
Tenía un amigo que vivía -y desgraciadamente aún medio vive- en los senderos del racionalismo. Hace unos años me envió una carta donde compartía un monólogo suyo, una especie de oración dirigida a Dios, como una descarga de rabia o un estallido del alma. Decía: “Dios mío, cógeme de la oreja y llévame cerca de Ti para salvarme de estos caminos del racionalismo.” Quería salvarse, sentía que se ahogaba… pero aún no lo ha conseguido, y han pasado casi veinticinco años.
Es algo terrible cuando el hombre, en el fondo de su ser, quiere permanecer en esa condición.
Podríais preguntarme: “¿Por qué no se ha liberado aún?”
Pues bien, queremos y no queremos, es algo curioso y profundamente humano. Atención, lo veréis.
Es como cuando decimos que no queremos comer el dulce que preparó nuestra madre, pero sólo lo pensamos después de haberlo comido. No debimos hacerlo, pero no pudimos resistirnos. Estábamos delante de la nevera, y se nos hacía agua la boca.
San Agustín lo expresó de manera muy característica y profundamente psicológica: “Rogaba a Dios que me liberara de mis pasiones (pazos), pero en el fondo de mi ser deseaba que Su intervención tardara, porque amaba mis pazos pasiones.”
Por eso no nos liberamos, porque no hemos odiado a nuestros pazos. Existe una frase en la Santa Escritura que dice: “El que no renuncia, el que no abandona, el que no odia incluso su propia vida, no puede ser mi discípulo.”
Esto quiere decir que debemos adquirir un rechazo profundo hacia ese “yo” deseante, ese yo interior que se esconde en lo más profundo de nuestro ser, en el núcleo de nuestra psique-alma y personalidad.
Ese antiguo yo pasional, vicioso, enfermo y patético, debemos odiarlo, rechazarlo. De otro modo, no podemos sanarnos, ni podemos liberarnos.
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Fuente: https://arnion.gr/https://arnion.gr/index.php/diafora-uemata/pantiseis-pori-n
Traducción Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/