DOMINGO DE TOMÁS: DOS FACETAS DE LA INCREDULIDAD

DOS FACETAS DE LA INCREDULIDAD, DOMINGO DE TOMÁS: [Juan 20, 20-29]

Yérontas Atanasio Mitilineos

La aparición a los discípulos 20:19-25.

19 En la tarde de aquel mismo día, el primero de la semana, (el domingo,) estando cerradas las puertas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por temor de los judíos, de repente vino Jesús, y puesto en medio de ellos, les dijo: «La paz con vosotros».

20 Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado, para que vean las señales de las heridas y creer que él es el maestro de ellos. Entonces los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor resucitado.

21 Jesús les dijo otra vez: «La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió mí, así yo os envío a vosotros.

  1. «Jesús les dijo otra vez: «La paz esté con vosotros. Tal y como el Padre me ha enviado a mí para terminar la obra de la psicoterapia, sanación, redención y salvación de los hombres, así yo también os envío a vosotros para continuar transmitiendo mi obra».

22 Diciendo esto, sopló sobre la cara de ellos y les dijo: «Recibid Espíritu Divino».

  1. «Al decir esto, les sopló en sus rostros el vivificante aliento de la nueva vida celeste, y les dijo: «Recibid Espíritu Divino; es decir, la energía increada Jaris–Gracia, (tal y como al principio el Dios sopló al rostro de Adán)».

23 A quienes perdonéis los pecados les serán perdonados; a quienes se los retengáis, les serán retenidos».

24 Pero Tomás, uno de los doce, a quien llamaban Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús.

25 Le dijeron, pues, los otros discípulos: “Hemos visto al Señor”, pero él les dijo: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y meto mi dedo en el lugar de los clavos y mi mano en su costado, no creeré.

Aparición a Tomás, 20:26-29

26 Pasados ocho días, de nuevo estaban dentro en la casa los discípulos y Tomás con ellos. Mientras las puertas estaban cerradas, de repente se presentó Jesús en medio de ellos y dijo: «La paz esté con vosotros»

27 Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo, y mira mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente».

28 Entonces Tomás contestó, diciendo: “¡Señor mío y Dios mío!”

29 Jesús le dijo: «Porque me has visto, has creído, a partir de ahora en los siglos de los siglos, bienaventurados y felices serán los que creen sin haberme visto. Así creerán las futuras generaciones de mi Iglesia».

Primer epílogo 20:30-31.

30 Aparte de este milagro de la resurrección y de los que había hecho anteriormente Jesús hizo muchos más milagros y señales en presencia de sus discípulos, los cuales demostraban su deidad y no están escritas en este libro sagrado.

31 Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.

  1. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, Hijo y Logos increado de Dios, el Θεάνθρωπος Zeánzropos Dios-Hombre; y creyendo en él con la iluminación de la fe operativa, tengáis nueva vida inalienable, divina y eterna, la que se transmite en el nus (el espíritu o ojo o energía del corazón de la psique) de los hombres por la oración implorando su nombre.

(Es decir, Jesús Cristo Hijo y Logos de Dios, eleisón me, compadécete de mí pecador, o ten misericordia, caridad o alíviame, sáname, ayúdame, consuélame).

 

DOS FACETAS DE LA INCREDULIDAD DOMINGO DE TOMÁS: [Juan 20, 20-29]

Transcripción de la charla del bendito yérontas  Atanasio Mitilineos, con el tema:

Dos facetas de la incredulidad

[pronunciada en el Monasterio Comneneo de Larisa el 8 de mayo de 1994]

Una de las apariciones del Señor resucitado, queridos míos, es esta, con la presencia de Tomás, que tuvo lugar ocho días después de la Resurrección de nuestro Señor. El santo Evangelista señala: «Al cabo de ocho días –entendiéndose que se incluyen los dos domingos, así se cuenta, seis días intermedios y dos domingos, en total ocho– los discípulos estaban nuevamente dentro, y Tomás con ellos.»

Esto es lo que señala el evangelista Juan. Y el Señor, dirigiéndose a Tomás, ocho días después, le dice: «Trae aquí tu dedo, y mira mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente». Aquí, con las mismas palabras que Tomás había dicho: «Si no pongo mi dedo en el lugar de los clavos…» y así sucesivamente, «no creeré», con las mismas palabras el Señor le invita ahora a hacer lo que él mismo había dicho.

¿Era realmente Tomás incrédulo? ¿Y ahora es reprendido por el Señor? Tomás, queridos míos, no era incrédulo. Porque, de lo contrario, ¿cómo habría seguido al Señor como el Mesías? Al igual que los otros discípulos lo siguieron. Su incredulidad se daba frente a un simple acontecimiento, que su mente no podía abarcar. Era como la incredulidad del Apóstol Pedro, cuando el Señor lo llamó en el lago de Genesarét para caminar sobre las aguas. Él comenzó a caminar. Pero en un momento, al ver el viento contrario, es decir, en dirección opuesta, se asustó. Y ¿qué le dijo el Señor? Nosotros decimos la palabra «se asustó». ¿Qué le dijo el Señor? «¿Por qué dudaste, oh hombre de poca fe?» Por lo tanto, el Señor se refirió nuevamente al tema de la fe. Clemente de Alejandría dice: «El ser incrédulo es dudar y dividirse». ¿Qué significa «ser incrédulo»? Dudar. Y dividirse. Este «dividirse», significa separarse de aquello con lo que antes estaba unido. Dividirse el pensamiento entre el «sí» y el «no». Este es una duda. ¿Debo hacerlo o no hacerlo? ¿Debo aceptarlo o no aceptarlo?

En la liturgia de la festividad de Tomás, ayer en Vísperas, en los himnos, escuchamos: «¡Oh buena incredulidad de Tomás, que condujo los corazones de los fieles al conocimiento!» No a un conocimiento-gnosis cualquiera, sino al epígnosis (conocimiento profundo). Es decir, a una comprensión y un reconocimiento más profundo de la Resurrección y de la naturaleza del cuerpo resucitado de Cristo. De este modo, la incredulidad de Tomás dio una gran oportunidad para que los fieles, en todos los tiempos y todas las edades, pudieran darse cuenta y llegar a comprender las dimensiones reales del Cuerpo Resucitado de Cristo.

De nuevo, otro himno dice: «Porque al dudar tú, Tomás, todos aprendieron los padecimientos y la Resurrección de mí a gritar contigo: «¡Mi Señor y mi Dios, gloria a Ti!»». «Aprendieron», dice, «todos, el significado de mis padecimientos, que fueron voluntarios – ese fue el contenido de mis padecimientos – el contenido de mi Resurrección, y comenzaron a gritar contigo, comprendiendo y reconociendo: «¡Mi Señor y mi Dios, gloria a Ti!»».

Nos sorprende, queridos, que el himnógrafo aquí llame la incredulidad de Tomás «buena». ¿Acaso existe una buena incredulidad? ¡Por supuesto que sí! ¿Y cuáles son las características de esta buena incredulidad? En primer lugar, cuando esta buena incredulidad excluye la fácil credulidad. Sin, por supuesto, llegar al extremo opuesto, al de la racionalización. La credulidad, es decir, el «creer fácilmente» – ¿lo imaginan? – corrompe, destruye la fe correcta y es una seria deficiencia en la persona crédula. Y no solo en cuestiones espirituales y religiosas, sino también en la vida cotidiana. Cuántas veces vemos a personas que, desafortunadamente, crecen (permítanme esta expresión), crecen todo lo que les dicen, sin control. Esto se llama «fácil credulidad». Incluso cuando se les presenta una herejía, la aceptan. ¿Por qué? Porque son crédulos. Por esta razón, la credulidad corrompe la fe correcta. La credulidad es una fe superficial; que no ha involucrado a la mente y el espíritu en ella. El ser humano entero debe participar. Pero también el racionalismo, el otro extremo, que solo acepta lo que la mente entiende y rechaza lo que no comprende, esto también es una enfermedad de la psique-alma. Ni racionalismo, ni fácil credulidad, evidentemente.

Además, la buena incredulidad presupone buena voluntad y un corazón sincero. Debes ser una persona de buena voluntad. No debes ser aquel que constantemente – lo veremos más abajo – es siempre un opositor. No. Debes pensarlo, sentirlo, tener una buena disposición y aceptarlo.

Además, esta buena incredulidad puede surgir de un malentendido. Porque no entendiste algo, y al final te quedas incrédulo. Pero no por una disposición de incredulidad. También, como Tomás, quien dijo: «¡Señor mío y Dios mío!». Aquí malinterpretó las cosas. Dijo: «¡Señor mío y Dios mío!» cuando comprendió que las cosas se habían colocado correctamente. Sin utilizar, a pesar de la invitación del Señor: «Ven», le dice, «trae tu dedo y ponlo en el lugar de los clavos», sin usar ni su dedo, ni su palma, ni su mano para tocar el costado traspasado de Cristo. Esto lo sabemos porque más abajo el Señor le dirá: «Porque me has visto, creíste». No dijo «me tocaste», sino «me has visto». Porque en cuanto Tomás vio al Señor frente a él, inmediatamente desechó su incredulidad. No permaneció en la incredulidad, diciendo: «Ah, espera, voy a poner mi dedo en el lugar de los clavos, voy a pasar mi dedo por el otro lado donde los clavos abrieron». No. Y esto lo tenemos como testimonio de lo que dijo Cristo: «Porque me has visto, creíste». No dijo: «Porque me tocaste, creíste». Por lo tanto, vemos aquí un malentendido de las cosas.

La buena incredulidad también puede surgir de una ignorancia. Como en el caso de Natanael. Recuerden a Natanael, que decía sobre Jesús: «¿Puede salir algo bueno de Nazaret?». Y Felipe le respondió: «Ven y verás». ¿Por qué mostró esa resistencia Natanael? Y sin embargo, cuando vio a Cristo, ¿saben qué dijo? «Tú eres el Maestro, el Rey de Israel». ¡Vaya confesión! ¿Por qué? A causa de una ignorancia. ¿Dónde radicaba su ignorancia? En que las profecías decían que el Mesías vendría de Belén. Ahora bien, el Señor sí nació en Belén. Sí, pertenecía a la tribu de Judá -por supuesto, ya que David nació en Belén. Pero Natanael no tenía el conocimiento completo de que Jesús, siendo perseguido por Herodes, huyó a Egipto, y cuando José regresó, al enterarse de que Arquelao reinaba en lugar de Herodes, temió y se fue a Nazaret, en Galilea. Fue por esta ignorancia que dijo: «¿Puede salir algo bueno de Nazaret?».

En el terreno de la ignorancia, lamentablemente, se encuentran muchos de nuestros cristianos; pero cuando son iluminados, entonces no persisten en la incredulidad. Cuántas personas, estando en la ignorancia, en algún momento fueron iluminadas y creyeron. Y llegaron a ser cristianos fervorosos, muy fervorosos.

Puede también, queridos míos, la buena incredulidad surgir de un celo no conforme a la verdadera comprensión y conocimiento. Que alguien esté aferrado, apegado a algo y crea que eso es lo correcto, sin admitir otra posibilidad. Aquí, sin duda, pertenece Pablo; quien confiesa en su carta a los Filipenses que «por un celo desmedido perseguía a la Iglesia y no podía comprender qué era Cristo y su Iglesia». ¿Qué podemos decir? ¿Decir que Pablo se hizo un cristiano fervoroso? ¿Solo fervoroso? ¡El más fervoroso de la Historia!

Además, la buena incredulidad busca investigar, desea profundizar. No debemos estar dispuestos a decir… y lanzar piedras de anatema contra Tomás porque dijo: «Quiero poner mi dedo en la marca de los clavos». Sí, ciertamente, en un momento pidió algo contradictorio. ¿Qué era lo contradictorio? Pedir ver para creer. Eso es lo contradictorio. ¿Cómo vas a creer si ves? Cuando ves, ya no crees; entonces conoces. Para creer, es necesario no ver. Este dilema contradictorio fue el que vivió Tomás. Sin embargo, tenía algo positivo: deseaba investigar. No estaba dispuesto a tragarse -vuelvo a usar el verbo- todo lo que se le ofreciera, sino que quería investigar, quería profundizar. ¿Por qué? Para afirmarse. Para saber con certeza en qué creía. Para poder dar incluso su vida. Y efectivamente, Tomás dio su vida por Cristo. ¿Por qué? Porque se había asegurado y confirmado en la fe.

Así, el creyente o, mejor dicho, el que tiene la buena incredulidad, se le puede ver en un momento dudar de algo, tener una vacilación respecto a algo, pero no por mala disposición. Corre a las Escrituras, estudia, estudia, para encontrar aquello que busca. Y todas estas formas de buena incredulidad, el Señor las tolera. Y espera la maduración de la fe correcta. Por eso dijo: «Y no te vuelvas incrédulo, sino creyente». Prestad atención: esta expresión «no te vuelvas», que es un tiempo prolongado, significa «no te vayas haciendo»; indica que Tomás se encontraba en camino de volverse incrédulo. Aquí hay un punto peligroso. Es un punto crítico, donde podríamos finalmente caer en la incredulidad. Sí, podríamos llegar a la incredulidad. Por eso le dijo: «No te vuelvas», es decir, «No sigas por el camino de la constante oposición». Cuidado, porque puedes encontrarte del otro lado. Cuando finalmente la crisis se prolonga, especialmente si se prolonga mucho, entonces podemos quedar atrapados en la incredulidad. Desafortunadamente. Un punto crítico, os lo repito. Por eso se requiere suma atención. Todo debe ser aclarado dentro de nuestra conciencia.

Sin embargo, es diferente cuando algo no lo comprendo. Prestad atención. ¿Qué hemos comprendido de la Sagrada Escritura? Si hay mil cosas, no sé si hemos comprendido diez. ¿Tanto? Sí, tanto. Solo si comenzamos a comprender más y más, entonces nos daremos cuenta de que existe una diferencia abismal entre conocimiento-gnosis e ignorancia. Pero algo que no sé, lo dejo para el conocimiento-gnosis, como un conocimiento que, si queréis, llegará en el futuro. Y mi fe no debe depender de aquello que ignoro. No lo sé. Pero mi fe no depende de eso. Lo repito. A veces, y lo he oído también de otras personas y me sucede a mí mismo, tardamos diez, veinte, cincuenta años en comprender algo. Y aun así, puede que no comprendamos muchas cosas. ¿Qué significa esto? ¿Que nuestra fe debería depender de lo que no comprendemos? ¡De ninguna manera! Que Dios nos guarde. Nuestra ignorancia en algunos puntos no debe afectar nuestra fe. Decimos: «No lo sé, no lo comprendo. Si Dios alguna vez me ilumina, lo entenderé. Si no me ilumina, no lo entenderé». Y si queréis, como un consuelo —porque así es en verdad, no es solo consuelo—, en la Βασιλεία (Vasilía: Realeza increada) de Dios, allí lo aprenderemos todo. ¿Qué aprenderemos? Todo lo que necesitemos saber.

Sin embargo, existe también, queridos míos, el aspecto de la mala incredulidad. Aquella incredulidad condenable y digna de castigo. ¿Qué es la incredulidad? Dice nuevamente Clemente de Alejandría: «Es una separación un distanciamiento de la fe». Y también añade: «El no creer en la verdad trae la muerte (espiritual)». Por supuesto. «No creer en la verdad y persistir en esa incredulidad te traerá la muerte». Y San Juan Crisóstomo dice: «Persistir en la incredulidad sin μετάνοια metania es condenación». Es algo terrible, queridos míos, permanecer en la incredulidad y no poder alcanzar la fe. Es tan terrible y sufre tanto el ser humano…

Tengo un amigo que, cuando era joven, leyó literatura atea y toda esa lectura destruyó su fe. Era un buen muchacho. Hasta hoy no puede creer. Una vez me escribió una carta donde decía: «Dios mío, te ruego —es una forma de decirlo—, tómame de la oreja y guíame hacia la fe, porque no puedo creer». Lo pedía, pero no podía.

Tuve también una profesora de un instrumento musical —todavía vive esta mujer, tiene más de noventa años. Una mujer muy culta, con conocimientos de lenguas y una formación muy amplia. Y, sin embargo, hasta hoy, esta mujer no puede creer. Recuerdo que me dijo una vez sobre el profesor Ioannis Karmiris —ya fallecido, profesor de la Universidad de Atenas y miembro de la Academia—: «Quisiera preguntarle alguna vez: ¿Tú crees realmente en esas cosas, siendo un gran profesor y un académico?» No podía creer. Y hasta hoy no puede. ¡Es algo terrible!

Así como la fe es un misterio, permitidme decirlo, también la incredulidad es un misterio. Y no soy yo quien llama misterio al tema de la incredulidad, sino el propio apóstol Pablo, quien dice esto refiriéndose a su pueblo, los judíos: «La incredulidad de este pueblo es un misterio». Es, pues, algo muy terrible permanecer en la incredulidad. ¡Es algo peor que demoníaco! Sí, peor. ¿Por qué? Porque los demonios también creen y tiemblan creyendo, como nos dice san Jacobo/Santiago el Hermano del Señor. Los demonios creen no solo en la existencia de Dios, sino también en su veracidad. Creen en su eterna condenación.

Recordad lo que dijeron —a través de los poseídos en la región de los Gerasenos: «¿Has venido aquí antes de tiempo para atormentarnos?». ¿Qué tormento? «¿Vas a enviarnos ya al infierno?». Porque los demonios todavía no están en el infierno. Y pidieron: «Permítenos entrar en los cerdos».

Así, el incrédulo es peor que el demonio. Y esta incredulidad demoníaca se manifiesta con los siguientes rasgos:

Primero, como una distorsión de la verdad. Una distorsión de la verdad provocada por una disposición demoníaca. Sabed que los demonios nos inducen a la incredulidad, aunque ellos mismos no son incrédulos. A pesar de toda la información y comprensión que podamos tener, nosotros persistimos, por una disposición demoníaca, en distorsionar la verdad. Así fueron los sumos sacerdotes, los fariseos, los escribas, gramaticales y los doctores de la ley. Por ejemplo, cuando el Señor obraba milagros, ¿sabéis qué decían? «Expulsa a los demonios por el poder del príncipe de los demonios». ¿No es esto una distorsión de la verdad?

¿Queréis otro ejemplo? Cuando los soldados vinieron y dijeron: «¡Jesús ha resucitado!» —¡qué cosa tan tremenda!—, les dijeron: «¡Silencio! Tomad dinero y decid que sus discípulos vinieron de noche y robaron el cuerpo».

Decidme, ¿esto no es una distorsión demoníaca de la verdad? ¿Puede acaso una persona así llegar a creer? Escuchad bien: jamás. ¿Por qué? Porque ha blasfemado contra el Espíritu Santo.

Esto es una forma de blasfemia contra el Espíritu Santo.

Además, esta terrible incredulidad se manifiesta también como mala fe, según la expresión: «No me convencerás, aunque me convenzas». Es decir: «Aunque me persuadas, yo seguiré en mi incredulidad».

Se trata de una obstinación verdaderamente egoísta.

Incluso, alguien puede moverse en el ámbito de la incredulidad por motivos de interés. Porque dice: «Si confieso mi fe, perderé ciertos beneficios».

Aquí, evidentemente, tenemos una visión miope de las cosas.

Escuchad lo que decían los fariseos en el consejo que convocaron junto con los sumos sacerdotes para decidir qué hacer con Jesús: «Este hombre realiza muchos milagros. ¿Qué haremos? Si le dejamos actuar así, todos creerán en Él. Entonces vendrán los romanos -recordad que estaban bajo ocupación romana- y destruirán nuestro templo y nuestra nación».

¿Por qué, señores, teméis que los romanos os ataquen si creéis en Jesús? ¿Acaso porque pensáis que sería proclamado rey y se opondría al César? No es eso. Porque Cristo no vino para ser un rey terrenal. Vino para ser Rey de los corazones, no rey terrenal de este mundo.

Entonces, ¿qué teméis?

Además, si fuera el verdadero Mesías, ¿no habría vencido a los romanos y liberado a su pueblo?

¿Qué teméis, pues?

Simplemente, todos ellos vivían cómodamente bajo el dominio romano, tenían riqueza, poder, y eran amigos de los romanos —como en nuestro tiempo hablábamos de germanófilos o italófilos durante la ocupación—. Así también ellos eran romanófilos.Tenían intereses. «Si aceptamos a Cristo, perderemos nuestros privilegios».

¡Tremendo!

Además, la incredulidad puede manifestarse como psicología de masas.

¿Qué es esta psicología de masas?

Es la que se observa en los regímenes totalitarios, donde uno no cree porque el partido no cree. «No creo, porque el partido no cree».

O también: «Hoy está de moda no creer. Hoy está de moda no mencionar el nombre de Jesús Cristo». Esto muestra inmadurez de personalidad, superficialidad y, ¿por qué no decirlo?, también estupidez y necedad.

Incluso, la vida corrompida también induce a la incredulidad.

Nos informa el evangelista Juan en el capítulo 3: «Porque sus obras eran malas. Todo aquel que obra mal odia la luz y no viene a la luz para que sus obras no sean reprendidas». No podría haberse hecho un perfil psicológico más profundo que el que nos ofrece el evangelista Juan.

Amados, la incredulidad es algo terrible.

En la parábola del rico y Lázaro, cuando el rico pidió a Abraham que enviara a Lázaro —es decir, que resucitara— para que sus cinco hermanos vieran a un muerto y creyeran, Abraham le dijo:

«Hijo mío, aunque un muerto resucite, no creerán. Tienen las Escrituras. Si no creen en las Escrituras, tampoco creerán, aunque un muerto resucite».

Dirán… «es un caso de muerte aparente», dirán… «es un fenómeno espiritista», dirán… no sé qué dirán.

Pero no creerán.

La incredulidad de Tomás fue corregida porque no provenía de mala fe ni de mala disposición. ¡Por eso su incredulidad fue buena, como dijimos antes!

De hecho, dice un himno (Kekrágario): «En aquel momento Tomás no se halló con ellos por disposición divina».

¿Qué significa «por disposición divina»?

Que el amor de Dios dispuso que faltara, para que su incredulidad sirviera para asegurar la fe de los creyentes futuros a lo largo de la Historia.

Así, la fe y la incredulidad dependen de la buena o mala disposición de la voluntad del hombre.

La fe, como energía increada, viene de fuera, viene de Dios.

Es aceptada o no por el hombre, según la bondad o malicia de su voluntad.

Cuando es aceptada, se refleja de nuevo hacia Dios como fe del hombre. Es una energía increada.

Sin embargo, nosotros, que vivimos veinte siglos después de Tomás, somos más bienaventurados que él.

Así lo dijo Cristo: «Porque me has visto, has creído; bienaventurados los que no vieron y creyeron».

Cuando nosotros creemos en la predicación y el testimonio de los Apóstoles, somos más bienaventurados que aquellos que vieron, oyeron y tocaron al Señor resucitado.

Hoy, el Evangelista Juan nos dice: «Aquél que nuestras manos tocaron, que vimos y oímos» (1Jn 1:1).

Hemos recibido su testimonio.

En todo caso, damos gracias a Dios, quien, por disposición divina, permitió la ausencia de Tomás, para que tengamos una certeza más firme de la Resurrección. Así, junto con Tomás, exclamamos al Señor resucitado:

«¡Mi Señor y mi Dios!».

PARA LA GLORIA DEL DIOS TRIUNO

y con inmensa gratitud hacia nuestro guía espiritual, el venerable Yérontas Athanasios de Mitilene, digitalización y edición de la transcripción: Eleni Linardaki, filóloga

fuente: https://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai_ kyriakvn/omiliai_kyriakvn_599.mp3

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

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