Viernes Santo: «Apologética y sobre el ladrón»

Viernes Santo: «Apologética y sobre el ladrón»
San Teófano el Recluso
(4ª homilía)

 

“Μνήσθητί μου, Κύριε, ὅταν ἔλθῃς ἐν τῇ βασιλείᾳ Σου. Acuérdate de mí, Señor, cuando vengas en tu βασιλείᾳ vasilía realeza increada” (Luc 23:42)

“¿Y cómo”, se pregunta alguien, “presentaré mis súplicas al Señor, siendo yo un hombre rudo, campesino e inculto?”

Para peticiones de este tipo no necesitas habilidades literarias, sino únicamente sencillez. Volvamos, como hizo el hijo pródigo. Suspiramos, como suspiró el publicano. Derramemos lágrimas de arrepentimiento como la prostituta, y como el ladrón, exclamemos: “¡Acuérdate de mí, Señor, cuando vengas en tu Βασιλείᾳ vasilía realeza increada!” (Luc 23:42). ¿Dónde ves la dificultad o la complejidad en estas palabras tan simples?

“Sí”, responde, “pero yo no me veo a mí mismo crucificado junto al Señor. ¿Cómo, entonces, repetir las palabras del ladrón?”

¿Qué dices, hombre? ¿Quieres ver cada día a Cristo crucificado? Nada te impide que cada día vuelvas la mirada de tu mente y contemples la salvadora crucifixión, y luego digas: «Acuérdate de mí, Señor, cuando vengas en Tu Βασιλείᾳ vasilía realeza increada» (Luc 23:42)

Y él vuelve a preguntar:

“¿Cómo es que Cristo se crucifica cada día, para que yo lo vea de forma espiritual?”

-«No digo que lo veas cada día crucificado, sino que cada día, con la mente, contemples la salvadora crucifixión, que entonces, una vez y para siempre, tuvo lugar, y que digas con frecuencia y de todo corazón:

“¡Acuérdate de mí, Señor, cuando vengas en Tu Βασιλείᾳ vasilía realeza increada!” (Luc 23:42). Y también cuando crucificamos nuestro yo pecador “junto con los pazos y los deseos”, como dice el divino y bienaventurado Pablo, entonces también nosotros somos crucificados con Él y podemos decir: “¡Acuérdate de mí, Señor, cuando vengas en Tu Βασιλείᾳ vasilía realeza increada!» (Luc 23:42)”. ¿Ves cuánta utilidad produce este breve y sencillo texto bíblico?

No dijo: Perdóname, Señor, por mis infames crímenes, asesinatos, engaños, robos, brutalidades, y las incontables impurezas, sino: “¡Acuérdate de mí, Señor!”. Y ni siquiera pidió que lo recordara de inmediato, sino “entonces”. Cuando las potestades celestiales sean conmovidas. Cuando vengas de manera manifiesta. Cuando la luz inefable e increada de Tu presencia se manifieste como relámpago desde el oriente hasta el occidente. Cuando suene con fuerza la trompeta y los muertos resuciten. Cuando envíes a Tus santos ángeles a reunir a Tus elegidos desde los cuatro puntos cardinales. Entonces, cuando se haya manifestado ya Tu Βασιλείᾳ vasilía realeza increada, ¡acuérdate de mí, Señor! No me olvides por ser ladrón, sino: “¡Acuérdate de mí, Señor, cuando vengas en Tu Βασιλείᾳ vasilía realeza increada!”

Cuando los ejércitos angélicos recorran toda la tierra y reúnan a tus escogidos desde los confines del mundo, no me olvides por mis obras de ladrón, sino: “¡Acuérdate de mí, Señor, cuando vengas en Tu Βασιλείᾳ vasilía realeza increada!” No pido más que esto, pues ni siquiera tuve tiempo de volver a la μετάνοια metania convertirme, arrepentirme y confesarme de aquellas terribles iniquidades y faltas mías —por eso fui apresado y crucificado como un ladrón— para que Tú, Señor, que estás por encima de toda justicia, fueses contado entre los inicuos.

Así también, con esta condescendencia tuya, de un modo que supera todo mérito, pasas por alto la vergüenza de mis obras, y me haces digno de que te acuerdes de mí en Tu Βασιλείᾳ vasilía realeza increada. Cuando miles de millares y miríadas de miríadas de fuerzas celestiales te rodeen con temor. Cuando te sientes en el trono glorioso como Rey de los ejércitos celestiales y de todo el mundo, y todas las naciones se reúnan ante Ti. Entonces separarás, como hace el pastor, las ovejas de los cabritos. Entonces colocarás las ovejas a tu derecha y los cabritos a tu izquierda. ¿Cómo no será un acontecimiento grandioso el que te acuerdes de mí entonces, oh Rey del universo, a mí, un ladrón inútil, desgraciado e indigno?

¡Y Él le responde!:
¿De dónde supiste, ladrón, que yo soy Rey?
¿Qué ves en mí digno de realeza?
¿Dónde ves el manto real que me cubre?
¿Dónde los ejércitos, los carros dorados?
¿Dónde los acompañantes reales, los guardianes del orden de Tu Βασιλείᾳ vasilía realeza increada?
¿Dónde los palacios, las mansiones espléndidas y los signos de la realeza?
¿Cómo llamas Rey a alguien que no tiene dónde reclinar la cabeza y que está crucificado como un criminal entre dos ladrones?

¿Y qué leyes estudiaste, o qué profecías favorables a mí leíste, para saber llamarme Rey?

Cuando estuve ante Pilato y poco antes ante Caifás, por mi propia voluntad revelé este misterio oculto. A uno le dije: “…desde ahora veréis al Hijo del hombre, como Θεάνθρωπος Zeánzropos Dios-Hombre que es, sentado a la diestra del omnipotente Dios, y viniendo sobre las nubes del cielo” (Mt 25:64).

Y al otro: «El reinado de mi realeza no proviene de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo mis súbditos hubiesen luchado para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero el poder de mi realeza no está basado en las armas y no proviene de este mundo, sino del cielo» (Jn 18:36). Ellos lo oyeron, pero permanecieron incrédulos. Tú, por supuesto, no oíste nada de esto, porque siendo ladrón y criminal estabas preso.

¿De dónde, entonces, me conoces y me reconoces como Rey, y me pides que me acuerde de ti y te haga digno de mi realeza increada?

-“No aprendí nada”, responde el ladrón, “de boca de los hombres, para saber que eres Rey, Dios, Hijo consustancial del eterno Rey, Dios Padre. Pero tan solo el estremecimiento de los elementos de la naturaleza en este momento enseña claramente que Tú eres el Rey, Creador y Sustentador de toda la creación. Por eso también las criaturas sufren con su Creador. Al ver la luz del día al verdadero Sol de justicia clavado en la cruz —la luz verdadera, que vino al mundo y alumbra a todo hombre, permaneciendo fiel y obediente a Ti— escondió sus rayos, y la creación se sumió en la oscuridad.”

Entonces también la tierra tembló, igualmente, al ver colgado en la cruz a Aquel que la había cimentado sobre las aguas del mar. Y las piedras se partieron al verte a Ti, la «piedra» de la vida, sufrir. Y los sepulcros se abrieron por Ti, que en poco tiempo habrías de ser colocado voluntariamente en la tumba, y los muertos resucitarán por Ti como precursores de la resurrección.

El velo del templo se rasgó en dos, de arriba a abajo, sin poder soportar ver crucificado el templo de tu cuerpo purísimo y santísimo. Contemplando todo esto, de todo corazón te clamo: “¡Acuérdate de mí, Señor, cuando vengas en Tu Βασιλείᾳ vasilía realeza increada!” (Luc 23:42)

Y el Señor le dice: «De verdad te digo, te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso» (23:43)

Como hombre, voluntariamente fui colgado en la cruz, y como Dios indescriptible me encuentro en el paraíso y en todas partes. Como hombre muero y soy sepultado, y desciendo al Hades: «y tú estarás hoy conmigo en el paraíso.»

Mi cuerpo santificará las tumbas, mi psique-alma liberará las almas de los fieles del Hades: «Y tú estarás hoy conmigo en el paraíso.»

Voluntariamente voy al Hades para liberar a los que allí están prisioneros y para resucitarlos: «Y tú estarás hoy conmigo en el paraíso.»

Allí, en el Hades, está prisionero no solo el primero en ser creado, Adán, sino toda la multitud de los justos, incluso el más grande y superior de todos los profetas.

Y si el gran Juan, el Bautista, el Precursor y profeta, no escapó del yugo del Hades, ¿quién más entre los justos podría haberlo evitado? Por eso me apresuro a liberarlos:  «Y tú estarás hoy conmigo en el paraíso.»

Hasta ahora, el tirano retenía tanto a los justos como a los inocentes como si fueran culpables, pero desde ahora en adelante ni siquiera podrá retener al ladrón arrepentido en su tiranía. El Hades quedará, desde este momento, bajo el peso de su responsabilidad: «y tú estarás hoy conmigo en el paraíso.»

Desde allí fue expulsado Adán, el creado por Dios y primer hombre, pero tú, ladrón, entras antes que todos. De esto todos comprenderán que no es el lugar, sino la actitud la que salva al hombre. El pecador no debe desesperar, aunque haya llegado a ser ladrón, con tal de que se arrepienta sinceramente y ardientemente. Pero tampoco el justo debe enorgullecerse, aunque haya logrado hazañas divinas y habite el paraíso como morada suya.

¿Hemos comprendido qué gran bien representa esta súplica? ¿Nos hemos percatado del tesoro que encierra en su brevedad?

Por tanto, también nosotros debemos aprender a decir de todo corazón: “¡Acuérdate de mí, Señor, cuando vengas en Tu Βασιλείᾳ vasilía realeza increada!” (Luc 23:42)

Y si uno es agricultor, mientras ara; y si es pastor, mientras pastorea su rebaño; y si otro cuida sus viñas o huertos, o si es artesano; ya sea montado a caballo o caminando, puede decir: “¡Acuérdate de mí, Señor, cuando vengas en Tu Βασιλείᾳ vasilía realeza increada!”

Creo que esto también significa: «Buscad primero la βασιλείᾳ vasilía realeza increada de Dios», y aquello de: “Pedid de Dios bienes espirituales y de los materiales los necesarios y se os dará, buscad y encontraréis el bien que queréis, llamad a la puerta de la divina agapi-amor incondicional y se os abrirá. Porque todo el que pide con fe a Dios recibe, y el que busca encuentra, y el que llama a la puerta de Dios, se le abre” (Mat 7: 7-8).

Ojalá también nosotros podamos pedir dignamente y recibir, buscar y encontrar el camino de la vida. Que lo recorramos rápidamente para llegar pronto a llamar, y que se nos abra la puerta de la eternidad por la χάρις (jaris: gracia, energía increada) y la gran misericordia increada de nuestro Señor, Dios y Salvador Jesús Cristo.

A Él, junto con el Padre y el Espíritu Santo, pertenece la doxa-gloria, ahora y siempre, y por toda la eternidad. Amén.

 

VIERNES SANTO

Padre Georgios Dorbarakis

“Tus santos padecimientos (pazos, pasiones) veneramos, Cristo”
῾Προσκυνοῦμέν Σου τά πάθη, Χριστέ᾽

  1. Los santos, sanadores, salvadores y terribles Pazos del Señor y Dios y Salvador nuestro” que celebramos el Viernes Santo y Grande, constituyen el punto culminante de todos los Pazos-Padecimientos del Señor. Porque toda Su vida fue un padecimiento, desde el inicio mismo de Su venida al mundo —recordemos los acontecimientos de Su nacimiento— y también después.

Por tanto, estas cosas que ocurren los últimos días de Su vida en la tierra y principalmente Su sacrificio en la cruz, culminan Sus Pazos.  Y aún más, el Apóstol Pablo destaca otra dimensión mística del Pazos del Señor, especialmente tras Su Resurrección: la continuación de esos padecimientos en los miembros de Su Cuerpo vivo, es decir, en los cristianos. Es un acontecimiento que significa que el Señor finalmente siempre en la Cruz hasta el fin de los siglos. Como dice san Pablo: “Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi cuerpo-carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24);
Por eso se ha formulado la opinión teológica de que el Pazos del Señor sobre la tierra debe ser relacionado también con Sus cualidades divinas, como la Segunda Persona (Hipóstasis) de la Santa Trinidad. Esto nos ayuda a comprender también la razón de la encarnación del divino Logos increado, y no de otra Persona.

  1. Los pazos (padecimientos, pasiones) del Señor y sobre todo Su sacrificio en la cruz, van más allá de los límites de la lógica y la razón humana. Su Cruz es un misterio, porque exactamente Quien sufre no es una persona humana común, sino el mismo Dios encarnado. Es Dios quien padece en Su humanidad. Por eso no podemos comprender lo que sucede con nuestras propias fuerzas, con nuestra lógica, ni con la intuición o las emociones. Vemos un hombre que sufre en la Cruz, pero se nos escapa el trasfondo y la verdad escondida.

¿Qué puede ayudarnos, aunque sea en parte, a acercarnos a este misterio?

Sólo la fe que está iluminada, por supuesto, por la χάρις (jaris: gracia, energía increada) de Dios. Si el Dios mismo no nos iluminara ni transforma nuestras capacidades, de modo que los ojos (espirituales) reforzados por el Espíritu Santo puedan ver los acontecimientos, permaneceríamos siempre dentro de la oscuridad de la dimensión horizontal y en noche espiritual. Y lo que es requerido para esta iluminación es la μετάνοια (metania: introspección, conversión, arrepentimiento y confesión), acercamiento en Cristo y Su Pazos, que limpia y sana los ojos (espirituales) y activa los sentidos espirituales en general.  “Bienaventurados los sanados, puros y limpios del corazón, o los que han hecho la catarsis, la purgación, sanación y limpieza de su corazón de cada mancha del pecado, porque ellos contemplarán y verán la doxa-gloria luz increada de Dios” (Mt 5:8).

  1. ¿Qué podemos, pues, “tocar” de manera espiritual? ¿Y qué podemos decir sobre el misterio de la Cruz, guiados excelentemente por los santos de nuestra Iglesia, portadores del Espíritu? Por supuesto, no lo que afirmó la teología escolástica occidental en boca de Anselmo de Canterbury, es decir, que los padecimientos de Cristo fueron una expiación necesaria para saciar la justicia divina ofendida por el pecado del hombre. Tal visión cae en la trampa de reducir la Cruz a la lógica humana, falsificando así su sentido, significado y contenido. Esa interpretación convierte a Dios en imagen del hombre, y peor aún, del hombre caído.

En cambio, la teología ortodoxa de nuestros Padres, con posición de infinito respeto hacia el misterio, “ha visto y destacado” principalmente dos aspectos:
a) El abismo del pecado humano, de tal manera que debería sacrificarse Dios, algo que significa la impotencia de la redención humana, por lo tanto, la condena de cualquier tipo de mesianismo basado en discursos humanos o capacidades humanas.

  1. b) la infinita agapi-amor de Dios, que se “vacía, (nosis), declina los cielos” y carga sobre Sí mismo el pecado del mundo, ofreciéndonos la dulzura de la sanación y Su justicia. Con otras palabras, la justicia de Dios funcionó y funciona de manera distinta que la del hombre, quien requiere el castigo del culpable y la absolución del Con base la justicia de Dios, el inocente Cristo es castigado, mientras que el hombre culpable es absuelto y justificado, y desde este aspecto uno entiende que el castigo de Dios, para la humanidad caída al pecado, fue y es su terapia, sanación. ¡Así nos castiga el Dios: psicoterapiándonos, sanándonos! Dice san Justino Popovits: ¡El hombre crucificó a Dios y Dios lo condenó a la inmortalidad!
  2. El hecho de que el Cristo encima de la Cruz quita el pecado del mundo”, significa que encima de la Cruz no sólo se borraron los pecados de la época de Cristo, sino también los de antes y después. No hubo, ni hay ni tampoco habrá hombre después de la Cruz de Cristo que no esté, de algún modo, incluido en la Cruz de Cristo. Este hecho fue anunciado por los profetas del Antiguo Testamento, especialmente de Isaías, y esta fe de las profecías pedía el Señor de los Judíos, e incluso de Sus discípulos. El Señor “debe padecer” precisamente por las razones que nos hemos referido: levantar el pecado de los humanos, y este acontecimiento es lo que más consuela de todo lo que se ha escuchado jamás en la historia del género humano. Y esto porque después de la Cruz no existe pecado sin ser perdonado. Haga lo que haga el hombre, cualquier tipo de pecado que cometa, ante la agapi crucificada, el pecado es borrado y desaparece Y desde entonces, el verdadero pecado es dudar o negar la infinitud de este amor divino. Es decir, aquel que contando sus muchos y grandes pecados duda a la capacidad de perdón de Cristo, esencialmente blasfema directamente contra Su Cruz y revela simplemente su incredulidad y su ateísmo. En este caso se pone en primer lugar la lógica humana frente a la voluntad y la energía (increada) de Dios. Como dice san Juan el Crisóstomo: “Todos los pecados de los hombres si se juntan a un lado y y al otro la agapi de Dios, el pecado es como una gota frente a un océano. ¿Qué puede hacer una gota sobre el océano? Y este ejemplo no es absolutamente correcto, porque el océano tiene algunos límites, en cambio la agapi incondicional e increada de Dios es ilimitada.
  3. Por lo tanto, la única posición y actitud del creyente delante de la Cruz es la veneración. “¡Veneramos Tus pazos-padecimientos, oh Cristo! Es decir:

– aceptamos con fe y creemos,

– nos arrodillamos en contrición y devoción ante la agapi de Cristo y golpeamos nuestro pecho, como el publicano, por la magnitud de nuestro pecado

-Le rogamos con humildad para reforzarnos a seguir Sus huellas con el sentimiento de nuestro corazón.

– Y, sobre todo, nos acercamos en ματάνοια (metania: introspección, arrepentimiento y confesión) para comulgar Su Cuerpo y Su Sangre; tal y como dice otra vez san Crisóstomo: “Cuando te acercas a comulgar, debes hacerlo con la convicción de que comulgas del costado traspasado del Cristo crucificado, del cual brotaron sangre y agua”.

Finalmente, la veneración de los Pazos del Señor se identifica con la experiencia del apóstol Pablo: “Ya no vivo yo, sino Cristo vive en mí”. Y en la medida en que vivimos la Cruz, también experimentamos la presencia viva de Cristo en nuestras vidas.
Y esto significa la contemplación de Su Resurrección:

“Enséñanos Tu gloriosa Resurrección”. Amín.

παπα Γιώργης Δορμπαράκης        ΑΚΟΛΟΥΘΕΙΝ        Sacerdote Georgios Dorbarakis

Traducido por: Χρῆστος Χρυσούλας Jristos Jrisulas https://logosortodoxo.es/

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