
Domingo de la Bondad, el Perdón y la Caridad, p. Atanasio Mitilineos.
[Transcripción de la homilía del bienaventurado yérontas Atanasio Mitilineos, pronunciada en el Monasterio Komnineo de Larisa el 28-2-1982] con el tema:
«Llenos de bondad, que se expresa con la capacidad de perdonar, el ayuno y la limosna»
Mensaje de bondad, queridos míos, nos da hoy nuestra Iglesia. De cara a la Gran Cuaresma, nos dice cómo debemos ser. Y así, en el pasaje evangélico de hoy, nos transmite este mensaje de bondad.
La bondad no es simplemente un cumplimiento de mandamientos. Porque, como escucharéis un poco más adelante, quizás se dé la impresión, aunque falsa, de que se trata de ciertos mandamientos que simplemente ayudan al hombre a hacer algo en su vida o a dar cierto color a este período de la Gran Cuaresma. No, queridos míos. Más bien, hay una transformación, un cambio dentro del hombre. La bondad no es más que la inclinación hacia algo nuevo, espiritual, bueno, algo que el hombre desea hacer para el bien. Dice el Apóstol Pablo en su epístola a los Romanos 15,14: «Hermanos, yo estoy convencido de que tenéis muy buena voluntad, llenos de bondad y virtud, plenos de toda gnosis de las verdades de Dios y tenéis la capacidad para conduciros y aconsejaros unos a otros».
Para entender qué significa bondad, os diré lo siguiente: tomemos lo contrario. Muchas veces preguntamos a una persona: «¿Por qué hiciste este mal? ¿Por qué rompiste aquella cosa? ¿Por qué destruiste aquel objeto?». Y responde: «No tenía razones». «¿Entonces por qué?». «Así lo quería, así lo deseaba». Esto significa que esta persona tiene una inclinación hacia el mal, como si el mal estuviera en su misma célula. Solo se satisface cuando ve el mal. Pues bien, lo contrario de esto es la bondad. Como si el bien estuviera en su misma célula y deseara hacer siempre el bien, como si fuera por su misma naturaleza querer siempre lo bueno…
Pero, atención. ¿Es por su naturaleza?
No, queridos míos, exactamente.
La bondad es un don o regalo del Espíritu Santo. Dice el Apóstol Pablo en su epístola a los Gálatas:
«El fruto del Espíritu es agapi-amor, alegría, gozo, paz… bondad».
Por lo tanto, esta inclinación, este impulso de la psique-alma hacia el bien, es algo que lo da el Espíritu Santo. Mirad nuestra época, a nuestros contemporáneos, y especialmente a nuestra juventud -aunque no exclusivamente a nuestra juventud- y veréis que tienen esta inclinación, tendencia y pasión por la destrucción. Por lo tanto, vemos que los frutos del Espíritu Santo han sido retirados. No existen.
Es, pues, un fruto del Espíritu Santo. Por eso dice el Apóstol Pablo en la Epístola a los Romanos:
«Estoy convencido de que no solo tenéis bondad, sino que estáis llenos de bondad».
De esta inclinación hacia el bien, muestra que el Espíritu Santo realmente transforma toda la vida del hombre creyente. Es una verdadera bendición. El hombre se siente ya renovado. Eso es ser un «hombre nuevo». Se siente algo diferente. Se siente liberado de sí mismo, incluso del espacio y del tiempo, y ya vive dentro de la Realeza increada de Dios. Es otra realidad, una experiencia verdadera que el hombre siente. No es algo que se entienda racionalmente, sino algo que se vive.
Teniendo esto en cuenta, nuestra Iglesia nos dice ahora cómo debemos movernos dentro de la Gran Cuaresma, lo cual significa que no solo en la Gran Cuaresma, sino en toda nuestra vida. Pero como quiere ayudar al hombre perezoso, al negligente, por eso establece estos períodos de tiempo, como la Cuaresma, para ayudar al hombre a hacer siempre un comienzo.
No es nada más que lo que decían los ascetas:
«Pongo un comienzo».
Así son las Cuaresmas a lo largo del año, en un movimiento circular:
Pongo un comienzo, hago un comienzo.
Y no viene a darnos -como os dije- una receta, una fórmula para ciertas cosas y cuestiones, sino que quiere que seamos personas transformadas. Y nos dice… Como escuchasteis, es del Evangelio según Mateo, en el capítulo sexto. Dice:
«Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas y errores, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial», etc. Por lo tanto, el mensaje del perdón, de la absolución.
Segundo: «Cuando ayunéis, no os pongáis tristes (o con mal humor) como los hipócritas», etc. Lo que significa… segundo mensaje: el ayuno.
«No acumuléis tesoros en la tierra». Tercer mensaje: la limosna o caridad.
Pero veamos estos temas, queridos míos, con más detalle.
Empezamos primero con el ayuno. El Señor corrige el mandamiento del ayuno. Tal como se estableció en el Antiguo Testamento, no legisla sobre el ayuno, sino que lo corrige. Es más, lo restituye. Porque los judíos lo habían malinterpretado y lo habían convertido en una práctica meramente exterior y, sobre todo, en un acto de exhibición. Y el Señor dice: «No ayunéis como los hipócritas, sino así y así»; lo que muestra una restitución y no una nueva legislación sobre el ayuno. Porque el ayuno ya existía desde antes.
Digo esto para que veáis lo antiguo que es el ayuno y que fue el mismo Dios quien lo estableció en el Antiguo Testamento. Por no decir que el ayuno es coetáneo, simultaneo con el género humano.
Pero, ¿qué es el ayuno?
El ayuno es la compensación por la desobediencia de los primeros en ser creados; en su esencia, es obediencia. Los primeros en ser creados, Adán y Eva al desobedecer no cumplieron el mandamiento del ayuno, porque querían volverse dioses sin Dios, buscando una θέωσις (divinización, deificación) autónoma. Pero ahora, para alcanzar esto, porque el Hijo del Hombre, el Hijo de Dios, vino al mundo para volver a llevarnos al Paraíso, para introducirnos de nuevo en el reinado de la Realeza increada de Dios -o mejor aún, para introducirnos por primera vez en la realeza increada de Dios-, y dado que pasaremos de nuevo por el Paraíso, y por un Paraíso aún mejor, más sublime y más perfecto, nos dice: «Recorreremos el mismo camino que recorrieron los primeros en ser creados cuando salieron del Paraíso. Ellos comieron y desobedecieron. Vosotros no comeréis y obedeceréis. Por lo tanto, debéis tener obediencia y ayuno para volver al Paraíso».
Ningún santo, queridos míos, entró en el Paraíso sin ayuno y sin obediencia. Es, por lo tanto, una restauración, una corrección del daño que hicimos. Venimos a decir:
«Señor, en Adán (porque estamos en la descendencia de Adán, todo el género humano), desobedecimos Tu mandamiento. Ahora obedecemos y ayunamos».
Además, ayunamos para hacer duelo o luto (espiritual o según Dios). Porque el ayuno es una señal de luto.
Cuando los fariseos criticaron al Señor porque Sus discípulos no ayunaban, mientras que los discípulos de ellos y los discípulos de Juan sí ayunaban, el Señor dijo: «Mientras tengan con ellos al esposo, ¿cómo pueden ayunar? En una boda no se ayuna. Vendrán días en que el esposo será quitado»—es decir, Cristo, el esposo de la Iglesia—«y entonces ayunarán. Y ayunarán hasta la Segunda Παρουσία (Parusía: Presencia, Venida) de Cristo».
Por lo tanto, el ayuno es un luto, queridos míos. No lo hacemos por Dios. Lo hacemos por nosotros mismos. Algunos piensan que al ayunar obligan a Dios a algo. Es una insensatez. Estamos en duelo o luto y lloramos por nuestra propia condición. Y el Viernes Santo no lamentamos a Dios. Sería algo muy extraño. Estamos en luto y lloramos por nuestra propia situación, por el hecho de que la humanidad llegó al punto de crucificar a su propio Dios.
Así, el ayuno es un elemento importante. Pero no debe ser algo impuesto. Por supuesto, tendrá un carácter obligatorio en el sentido de que debemos empujar nuestra naturaleza perezosa. Pero procederá de nuestra libertad, será algo que habremos comprendido. Sentiremos verdaderamente que debemos mostrar nuestro duelo, nuestra transformación y nuestro cambio ante Dios.
Segundo: el perdón. Pensad en este tema del perdón y lo importante que es. Nos hace imitadores de Cristo, que desde la Cruz perdonó a Sus verdugos. Nos hace imitadores de Dios, que nos perdona. Y no solo nos perdona, sino que desciende para encontrarnos en la Encarnación aquí en la tierra, a pesar de que habíamos roto completamente nuestra relación con Él, nos recibe nuevamente en Su Realeza increada. Pensad en esto: el odio, el rencor separan al hombre de Dios.
Como sabréis, el elemento que separa a un matrimonio es el adulterio. No son ni las discusiones, ni la incompatibilidad de caracteres, ni ninguna otra cosa. Solo hay una cosa que puede separar a un matrimonio: el adulterio. Porque el matrimonio es un símbolo de la unión entre Cristo y la Iglesia. Y el adulterio es una negación de esta unión y, por lo tanto, una destrucción de la imagen de la unión entre Cristo y la Iglesia. El odio es una negación del modelo de unidad de las tres personas de la Santísima Trinidad. Porque los creyentes están unidos en un símbolo de la unidad de la Santísima Trinidad.
Cristo dijo: «Que sean uno, como nosotros somos uno». «Sí, que los cristianos sean uno, Señor, como Tú y el Padre y el Espíritu Santo o Paráclitos».
Pero cuando los cristianos no son uno, sino que el odio los separa, entonces su comportamiento destruye la imagen del misterio de la unión en una sola esencia de las tres personas de la Santísima Trinidad. Y esto es algo extremadamente grave. No es posible que alguien que tiene odio en su corazón entre en el reinado de la Realeza increada de Dios. Porque el cristianismo, como dice san Gregorio el Teólogo, es una imitación de la Santísima Trinidad. Por tanto, si no imitamos esta unidad de las personas de la Santísima Trinidad, ¿cómo podemos decir que somos cristianos? Eso es imposible.
Por lo tanto, queridos míos, debemos perdonar, con todo nuestro corazón. Aquí el Señor nos dice que debemos perdonar de corazón, porque de lo contrario corremos el riesgo de que Dios no nos perdone a nosotros.
Pasamos ahora al tercer mensaje, que es el tema de los tesoros, la acumulación de dinero, la riqueza en general. Aquí el Señor dice:
«No acumuléis tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido los destruyen y donde los ladrones entran a robar».
Y no se refiere solo al dinero, sino también a los bienes materiales. Por eso menciona «la polilla, el gusano». Pero también los ladrones roban.
Lo vemos hoy: no sabemos cómo proteger nuestras posesiones, porque el robo se ha multiplicado. Es una señal de los tiempos que la gente robe. Roban, roban… Roban de manera alarmante. Roban a escondidas y roban descaradamente.
Pero aquí, en primer lugar, hay un mensaje sobre la vida sencilla. No seas una persona rica, porque la riqueza te dificultará tanto que será casi imposible que veas a Dios. Casi imposible. Digo «casi» porque también está escrito:
«Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios».
Pero más allá del tema de la riqueza, el Señor nos dice algo más:
El problema es cuando el dinero se convierte en el objetivo de tu vida.
Porque puede que, en algún momento, por alguna circunstancia, llegues a ser muy rico. Pero la cuestión no es si eres rico o no. La cuestión es: ¿cuál es el propósito de tu vida? ¿Es el dinero?
En nuestra época, por desgracia, el dinero se ha convertido en el objetivo de la vida. Hasta el punto de que llegamos a destruir nuestra propia vida por dinero. Lo cual, por supuesto, es una completa estupidez. Porque, si destruimos nuestra vida, el dinero ya no tendrá ningún valor. Si destruyo mi vida, queridos míos, para ganar dinero, entonces, ¿de qué me servirá el dinero si ya he destruido mi vida? ¿Para gastarlo en médicos? ¿O para morir y que lo disfruten otros?
Es ridículo. Es increíblemente ridículo.
La persona rica es la más tonta de todas las criaturas que existen. Es la persona más necia.
Y mucho más cuando el hombre está obsesionado y apegado en el dinero. Es una persona profundamente necia. Es digna de lástima, digna de compasión. Incluso los pájaros del cielo y los gusanos de la tierra lo compadecen. Ellos son más felices que él. Muchas veces observo los gusanos de la tierra y uno podría preguntarse: «¿Son felices?».
Dios, queridos míos, no ha creado ninguna de Sus criaturas desgraciada e infeliz. Puede que veamos a un gusano arrastrarse por la tierra, comiendo tierra, cavando agujeros y viviendo bajo tierra, y es feliz. Porque Dios lo hizo así y así es feliz. El ser humano, sin embargo, es infeliz porque no llega a ser aquello para lo que Dios lo creó. Por esta razón, debe prestar atención a este aspecto.
Pero cuando el Señor dice «No acumuléis tesoros», quiere decir también algo más. Porque, si se da el caso de que llegan a mis manos grandes sumas de dinero, ¿qué debo hacer? Por supuesto, debo vivir de ello. Pero también debo convertirme en compartidor de estos bienes con los demás. Se trata de la limosna o caridad.
Debo prestar mucha atención a este tema de la limosna. Los demás seres humanos deben convertirse en partícipes de mis bienes. La limosna tiene, por supuesto, muchas facetas. No se trata solo de dar dinero a alguien y decir: «Toma esto».
Cuando soy una persona benefactora de cualquier manera, y el medio de mi beneficencia es el dinero, puedo construir edificaciones en el lugar donde me encuentro. Construir una escuela, una iglesia, una carretera, que ayude a la gente a mejorar su vida. Repito, puede que no ponga el dinero directamente en las manos de las personas; pero cuando doy las posibilidades, para que ellos trabajando puedan vivir, porque yo di el primer paso construyendo, como les dije, una carretera en un pueblo montañoso, entonces esas personas podrán después moverse con sus mercancías y ganarse la vida, entonces habré sido un benefactor. No me aferro a mi dinero. Hasta el siglo pasado, e incluso a principios de este siglo, queridos míos, había muchos benefactores. Ricos, ilustres, grandes millonarios. Pero también benefactores al mismo tiempo.
En nuestros días ya no tenemos benefactores… Y no porque su humildad los lleve a esconderse. Al contrario, si alguna vez dan algo, corren rápidamente para anunciarlo en los periódicos y las televisiones. Pero no tenemos benefactores. Esto significa que la gente ha perdido la noción de la solidaridad. Ya no sienten que junto a ellos hay otro ser humano. Viven solos. Viven realmente solos, moralmente solos. Están aislados. Es algo terrible. Por eso debemos prestar muchísima atención también a este punto.
Así, queridos míos, vemos que, ante la llegada de la Gran Cuaresma, nuestra Iglesia nos presenta estas tres consignas.
Las llamé «consignas». Tres propuestas:
- El ayuno,
- El perdón,
- Y la limosna o caridad.
No debemos abordarlas de una manera meramente formal o externa, como os dije al principio. Sino como algo que realmente brota desde lo más profundo de nuestro corazón. Ese «llenos de toda bondad». Estar llenos de estos buenos impulsos y pensamientos, para el bien y la bondad.
¿Cuándo sucederá esto? Pues os diré cuándo sucederá. Especialmente en lo que respecta al tema de nuestro tesoro.
Sabéis que el objetivo que me fijo se convierte al mismo tiempo en el criterio de todas mis acciones. Si mi objetivo es el dinero y las riquezas, entonces actuaré en todo momento para conseguir dinero.
Si mi objetivo, como un montañista, es escalar la cima del Olimpo, entonces caminaré, y ese objetivo se convertirá en mi criterio para subir a la cima. Entonces, ¿cuál es mi objetivo? ¿Cuál es mi tesoro? Porque el tesoro es el objetivo.
¿Cuál es mi tesoro?
Es la Pascua de Cristo. Es Cristo mismo.
Si pongo como objetivo a Cristo, la Pascua de Cristo, entonces no hará falta que me digan que debo ser una persona que perdona o que comparte sus bienes con los demás. No. Entonces lo entiendo por mí mismo. ¿Por qué?
Porque decía Tertuliano que la psique- alma humana es «por naturaleza cristiana». Así nos hizo Dios, nos hizo buenos, nos hizo con bondad. Pero entonces, ¿por qué lo dice la Sagrada Escritura? Porque lo olvidamos. Porque nos hemos pervertido y como hemos sufrido esta corrupción, ahora llega la corrección y el recordatorio.
Y de esta manera podemos volver a nuestro objetivo original,
que es Cristo, el Logos de Dios, que nos creó. Amín.
Para gloria de la Santa Trinidad
Con infinita gratitud a nuestro guía espiritual, el bienaventurado Padre Athanasios Mitilineos,
Transcripción de la conferencia y edición electrónica: Eleni Linardaki, Filóloga
Fuente: http://www.arnion.gr/mp3/omilies/p_athanasios/omiliai _kyriakvn/omiliai_kyriakvn_137.mp3
Traducido por: χΧ jJ https://logosortodoxo.es/