
Domingo del Publicano y del Fariseo (Lucas 18:9-14)
9 A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola:
10 Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano.
11 El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano;
12 ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano.
13 Y el publicano, al contrario, se quedó a distancia y no se atrevía ni alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, perdóname, ten compasión de mí que soy un pecador.
14 Os digo que, éste, el menospreciado por el Fariseo, volvió a su casa perdonado, absuelto de sus pecados y justo ante el Dios, y el Fariseo no; porque cualquiera que se enaltece, será humillado y condenado por Dios; en cambio el que se humilla y se hace humilde, será enaltecido y glorificado por Dios.
Domingo del Publicano y del Fariseo (Lucas 18,9-14)
La elevadora humildad
«El que se hace humilde será enaltecido y glorificado por Dios»
La entrada en el período del Triódion impulsa al hombre a abrazar la ascesis, (ejercicio espiritual), la μετάνοια (metania: introspección, conversión, arrepentimiento y confesión) y principalmente la humildad, como tropos forma y modo de vida. La Iglesia nos llama y nos invita para que atravesemos aquellas etapas espirituales que conducen a nuestra unión con Dios. Las lecturas, la himnología y todas las celebraciones litúrgicas de este período, están enarmonados con el clima de devoción y recogimiento de estos días y con las elevaciones espirituales, que plantean, proyectan y se presentan como vivencia y experiencia auténtica de la verdadera vida.
Muy didáctica o instructiva en cuanto a sus mensajes, conceptos y significados es el primer Domingo del Triodion, que se denomina del Publicano y del Fariseo, tomando su nombre de la conocida parábola evangélica. Precisamente busca mostrarnos que el camino espiritual del ser humano pasa por la humildad y por la conciencia de su condición pecadora (pecado en sentido fallar la voluntad de Dios, enfermedad espiritual). Derriba los mecanismos del orgullo, el rodeo sobre el yo, ensimismamiento y y la autovaloración excesiva. Estas dos realidades —por un lado, la humildad que eleva y, por otro, el orgullo y el egocentrismo— encuentran su expresión en las personas o figuras del Publicano y el Fariseo de la narración evangélica.
El auto-ídolo Το αυτοείδωλο
El caso del Fariseo, constituye el espejo de aquellos hombres que intentan de casar, combinar y acoplar su religiosidad superficial con los mantos de la hipocresía. Es la peor fórmula o receta que conduce al hombre en la catástrofe, destrucción y la perdición. Se trata de aquellos hombres que eligen seguir y aplicar los mandamientos de Dios de una manera formal, externa y superficial, permitiendo que en su corazón arraiguen, echen raíces las cizañas de la dureza del corazón y el orgullo (arrogancia). En este estado, la persona ve todo como mérito propio, separándose de los demás. En realidad, encarcela a sí mismo en su propio egoísmo y orgullo. Tal es la perversión que vive y experimenta y la arrogancia que lo domina, que hace todo lo posible para asegurarse los aplausos y la aprobación de los demás, a pesar de que los desprecia y rechaza con su egoísmo y soberbia. En esta fase o mejor dicho, en su contradicción, el hombre de “imagen de Dios” que es, se convierte en una personalidad dividida, infeliz y desgraciada.
Desgraciadamente, también en nuestros días vivimos una cultura corrompida que promueve y deifica el orgullo y la autosuficiencia del Fariseo. Hoy, el hombre edifica y organiza su vida sobre la arrogancia, crea y levanta modernos “torres de Babel” contemporáneos, todo lo convierte en ídolo y, sobre todo, excluye, exilia de su vida la presencia y laχάρις (jaris> gracia, energía increada) de Dios. Ha elevado la materia a un valor absoluto y, con la actual crisis económica, ve cómo todo se derrumba y él mismo se hunde en la desesperación, la depresión y el desconsuelo. El mismo con su arrogancia, soberbia y exaltación ha convertido su vida en una pesadilla, en un infierno despojándola por completo de alegría, esperanza y optimismo.
La humildad Η ταπείνωση
El cómo y la manera en que el ser humano puede romper el círculo vicioso que él mismo ha alimentado con sus obras y superar los terribles callejones sin salida de su vida nos la muestra el camino seguido por el Publicano en la parábola. Él tenía conciencia de su pecaminosidad y lo que lo convertía en una figura trágica era precisamente el reconocimiento de su separación de Dios y de sus semejantes. Por su degradación, no culpaba a nadie más que a sí mismo.
Sin embargo, el Publicano, a pesar de su vida pecadora, la conducta y actitud humilde que abrazó lo elevó a alturas espirituales inconmensurables. Llega tan alto que la Iglesia lo presenta como modelo de vida. Reconocía la presencia de Dios en los demás y los veía realmente como «imágenes de Dios». Por ello, cuando los perjudicaba, veía sus acciones como una ofensa a la agapi-amor divina. Lo que regaba su corazón con bendiciones era la compasión, la misericordia, el amor y el perdón de Dios.
Por eso no dejaba decir: “Dios mío, compadécete o ten misericordia de mí, soy pecador”. Es precisamente aquí donde en la persona del Publicano, se apocalipta-revela un gran milagro que puede realizar ocurrir en cada uno que quiera seguir el camino de él. Abrazó la elevadora virtud de la ταπεινοφροσύνη (tapinofrosini, conducta, moral y actitud humildes). Los Padres de la Iglesia lo expresan de manera significativa: “La prenda de la deidad es la ταπεινοφροσύνη (tapinofrosini, conducta, moral y actitud humildes). Además también la doxa-gloria (luz increada) se revela en la humildad del hombre.
Queridos hermanos, cuando nos dejamos a nosotros mismos en ser receptivos a la jaris (energía increada) de Dios, nntonces el fruto que nace en nuestro interior es la apacibilidad, la mansedumbre y la humildad. Especialmente la virtud de la humildad tan alabada en las escrituras patrísticas, constituye el cimiento de todas las demás virtudes y, sobre todo,la base que puede apoyarse el hombre para atravesar las estaciones de este gran período espiritual del Triodion. No olvidemos que: “…cualquiera que se enaltece, será humillado y condenado de Dios; y el que se hace humilde será enaltecido y glorificado de Dios..
Jristakis Efstacíu, Teólogo-Iglesia de Chipre
San Paísios el Aghiorita
A medida que podáis, intentad expulsar las toxinas o tóxicos espirituales, los πάθος pazos, para adquirir vuestra salud espiritual. Por ejemplo, acordaos del fariseo y del publicano. El fariseo tenía obras, pero también mucho orgullo. El publicano tenía pecados, pero reconocía su condición, tenía humildad y un corazón quebrantado, que es lo más importante que Cristo Dios pide del hombre. Por eso el publicano se salvó.
¡Habéis visto en un icono cómo representan al fariseo! Señalando con el dedo al publicano y diciendo: «¡No soy como éste…!». El pobre publicano se escondía detrás de una columna, sin atreverse a mirar alrededor. ¡Y el fariseo le indica a Cristo Dios dónde está el publicano! ¿Lo veis? ¡Como si Cristo Dios no supiera que era publicano! El fariseo hizo todo de manera formal, pero todo se perdió. ¡Veis lo que hace el orgullo! Cuando un hombre tiene pecados y no tiene humildad, entonces posee los pecados del publicano y el orgullo del fariseo: ¡doble carga!
A medida que podáis, intentad expulsar las toxinas o tóxicos espirituales, los pazos, para adquirir vuestra salud espiritual.
San Paísios el Athonita
Domingo del Publicano y del Fariseo
Contemporáneos orgullosos †Obispo Agustín Kantiotis
«Cualquiera que se enaltece, será humillado y condenado por Dios» (Lc 18,14).
Hoy, queridos míos, empieza el Triódion con la voz del publicano: «Dios mío, compadécete de mí, soy pecador Ὁ Θεός, ἱλάσθητί μοι τῷ ἁμαρτωλῷ» (Lc 18,13). El Triódion nos exhorta hoy a dejar el orgullo, la vanagloria y la soberbia para abrazar la humildad. Nos presenta la parábola del publicano y del fariseo, que todos conocemos.
De manera sencilla, el Triódion nos muestra dos caminos y nos deja elegir. Uno conduce al acantilado y a la perdición; el otro, al cielo. ¿Cuáles son estos caminos? El del orgullo y el de la humildad. Dos caminos de vida. ¿A quién seguimos? El primer camino es el del fariseo; el segundo, el del publicano.
Hoy la humildad es algo raro. Es más fácil encontrar un diamante que un ser humano humilde, ya sea un hombre, una mujer o incluso un niño. Vivimos en el siglo del orgullo, la vanagloria y la soberbia. Por eso, permitidme que os hable sobre el orgullo. No quiero deciros hoy que el orgullo es el pecado principal, aquel que derribó al primer arcángel de los cielos y lo convirtió en diablo. Tampoco os diré que el orgullo es lo que cierra para siempre la puerta del cielo, impidiendo el paso a cualquier orgulloso. Hoy os hablaré de un modo más simple, más material, con un lenguaje social. Os diré que el orgullo no solo tiene consecuencias en la otra vida, sino también aquí en la tierra. El orgullo es un elemento destructivo, catastrófico y mortal para las personas, las familias y las naciones.
Es un tema vasto, queridos míos, un océano. Brevemente, os presentaré algunos tipos de orgullosos contemporáneos. Orgullosos que no se jactan de sus virtudes, como el fariseo, sino de cosas mucho más insignificantes.
Si queréis ver a un hombre orgulloso, primero lo encontraréis en casa. Es el niño, el pequeño fariseo. Sus padres lo han vestido con las mejores ropas, le han dado dinero… Pero estas cosas lo destruirán, y los padres acabarán pagando con creces el orgullo o la soberbia que le inculcan.
Otro, que ha recibido educación, ha realizado estudios y obtenido un título, cuando vuelve a su pueblo se niega a ayudar a su padre en el campo o con los animales. Cree que perderá su dignidad si lo hace. Permanece ocioso. Mientras en otros pueblos los hijos ayudan a sus padres, el joven orgulloso se niega a trabajar en cualquier oficio.
Otro, ya maduro, utiliza cualquier medio deshonesto para ascender al poder. Sin mérito alguno, ocupa los más altos cargos. Y cuando envejece, en lugar de servir al pueblo, solo se proyecta a sí mismo, a su ego orgulloso, farisaico y demoníaco.
Por otro lado, está la joven que se cree excepcionalmente bella o talentosa. Aprende en el colegio algunas letras, asiste al conservatorio, canta, toca el piano, el violín… Pronto se siente superior a las demás. La piden en matrimonio jóvenes dignos, trabajadores y sanos, pero ella espera a su príncipe azul. Y como el príncipe nunca llega, la vemos marchitarse, amargarse y autodestruirse. Se convierte en una vieja solterona, y con ella sufre su familia. Mientras tanto, la joven humilde del barrio, sin estas ideas orgullosas, se casa con un hombre trabajador, construyen un hogar sobre la base de la humildad y tienen hijos que honran y alegran a sus padres.
El orgullo, pues, no solo cierra la puerta del paraíso, sino que esparce la desgracia aquí en la tierra. ¡Ay de los hogares donde hay padres orgullosos, hijos e hijas arrogantes! Pero, hermanos míos, el orgullo no se encuentra solo en el hogar, está en todas partes. Se enorgullecen los trabajadores, se alardean los capitalistas, los funcionarios, los políticos, los gobernantes y los reyes. Y, sobre todo, los científicos de hoy se jactan más que nadie. Creen que la ciencia lo logrará todo.
Los hombres de hoy se asemejan a aquellos que, después del diluvio, intentaron construir una torre altísima y, de repente, su obra quedó inconclusa porque se confundieron las lenguas y se dispersaron. Nuestra generación se ha enorgullecido y alejado tanto de Dios que se ha convertido en apóstata. Por eso, existe el peligro de que su torre, la cultura moderna, colapse y se cumpla una vez más: «Cualquiera que se enaltece, será humillado y condenado por Dios; y el que se humilla será enaltecido y glorificado por Él» (Lc 18,14). Estos logos de nuestro Señor son eternos.
¡Detente, hombre orgulloso! Dime, ¿eres acaso tan rico como Abraham, tan glorioso como David, tan sabio como Salomón? Entonces, escucha a quienes llegaron a la cima y reconocieron la miseria y pequeñez de la vida humana. Abraham dice: «Yo soy tierra y ceniza» (Gén 18,27). David canta en los salmos: «Cada hombre se marchita como una flor y se desvanece como un sueño» (Sal 89,5-6). Y Salomón, al final de su vida, concluye: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad» (Ecl 1,2). ¡He aquí lo que eres, hombre! ¡Un simple gusano que se arrastra por la tierra!
Pero tú me dirás: no me alardeo de mi riqueza, ni me jacto de mis virtudes, oraciones, caridades, ni tampoco de mi devoción y santidad. Por muy alto que hayas llegado, nunca podrás alcanzar a nuestra Panaghía, que es la más “alta de los cielos”. A pesar de ello, nuestra Panaghía tenía una actitud y conducta humildes y decía: “El Señor ha mirado la humildad de su sierva” (Lc 1,48).
Por muy santo y milagroso que seas, nunca podrás llegar al nivel del apóstol Pablo, quien fue arrebatado hasta el tercer cielo. Sin embargo, el apóstol Pablo, que vivía en Cristo, decía: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gal 2,20), y también: “Cristo vino al mundo a sanar y salvar a los pecadores, de los cuales el primero y más grande soy yo” (1 Tim 1,15).
Hermanos míos, en conclusión: no sigamos el camino del orgullo, el mismo que recorrieron Eósforo (Lucifer) y el fariseo, y que los llevó a la perdición. Sigamos, más bien, el camino de la humildad, aquel que siguió el publicano con su oración: “Dios mío, compadécete de mí, que soy pecador” (Lc 18,13), el mismo camino que recorrió el humilde y apacible Jesús. Ese es el camino que debemos seguir.
Gritemos, pues, todos: “Dios, compadécete de mí”. Y el próximo domingo, junto con el hijo pródigo, exclamemos: “He pecado” (Lc 18,13). Avancemos así, pasando por todas las etapas del Triodion y de la Gran Cuaresma, hasta llegar al Viernes Santo y decir, junto con el ladrón: “Acuérdate de mí, Señor…” (Lc 23,42).
Y finalmente, lleguemos a la gloriosa Resurrección del Señor y proclamemos: “Cristo Salvador, los ángeles en los cielos cantan tu resurrección, y nosotros en la tierra, haznos dignos, con un corazón sano y puro, de glorificarte y alabarte” (Canto de Pascua). Amén.
† Obispo Agustín (Homilía grabada en San Atanasio de Atenas el 29-01-1961)
Domingo del publicano y del Fariseo
10 Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano.
α. Uno está considerado santo y el otro pecador y se encuentran al mismo espacio del templo, para orar. Uno de ellos, el fariseo, lleno de virtudes que se confirmaban en la práctica, es condenado: su oración es rechazada. El otro, Publicano, lleno de pecados e injusticias, es justificado: su oración es aceptada de Dios. En el principio del Triódion, el período bendito que desemboca en la Cruz y la Resurrección del Señor, nuestra Iglesia presenta esta escena sorprendente. Para recordarnos que hay un único camino en nuestro andar en este mundo: “Dios mío, ten compasión de mí, soy pecador”. ¿Qué ocurre finalmente?
β. 1. Ambos, tanto el Fariseo como el publicano, llevan a cabo algo que de primera vista parece bueno: oran. A nivel mundial y en todas las religiones, la oración se considera una de las acciones más elevadas del alma humana, si no la más elevada, especialmente en el judaísmo y el cristianismo. El judeo-cristianismo entiende la oración como fruto del primer y gran mandamiento, el de la agapi hacia Él. “Amarás al Señor tu Dios, con toda tu psique-alma, con toda la fuerza de tu corazón, con toda tu mente y con toda la energía de tu voluntad”.
Te diriges hacia Dios y dialogas con Él, a quien estás llamado a amar plenamente, porque te ha creado, te cuida, te gobierna y es tu juez final. Todo esto bajo el principio de que fuiste creado «a imagen y semejanza Suya». Aún más, en la fe cristiana, la oración se considera lo más natural y necesario para el ser humano, literalmente un asunto de vida o muerte. Porque el Cristo, al venir al mundo, tomó al hombre, le unió a Sí mismo, le hizo miembro Suyo, algo que se energiza, activa en la Iglesia a través misterio del bautismo, de la crismación y de la participación en la Divina Efjaristía con la μετάνοια metania.
No es casualidad que san Gregorio el Teólogo diga que la oración es más necesaria incluso que la respiración misma, que es la misma vida del hombre. Él escribe específicamente: «Es más necesario recordar a Dios que respirar». Tampoco es casualidad que San Juan Clímaco defina la oración como «la comunión del hombre con Dios».
- ¡Sin embargo! Εsto que se considera necesidad y vida, puede convertirse en un hedor de muerte, en desgracia, destrucción y vergüenza para el ser humano. Que significa: puede que ores y tu oración sea ineficaz y rechazada, que el Dios aparte Su rostro de ella. ¿Y eso por qué? Porque lo que importa no es la oración en sí misma, sino la forma en que se lleva a cabo. Algo similar sucede con cualquier otra acción que se considere buena y virtuosa: no es la apariencia, sino la esencia, el «corazón», lo que le da su verdadero valor. La caridad o limosna, por ejemplo. No basta con dar a los demás. Lo que importa es con qué corazón se da, porque eso es lo que cuenta y lo que Dios ve. «El hombre mira la apariencia, el Dios mira el corazón». El Señor bendijo y alabó los dos céntimos de la pobre viuda y no las grandes cantidades que los ricos fariseos depositaban en el tesoro del templo. no lo mucho que ponían los Fariseos en el gazofilakio. Porque la viuda dió de su carencia, toda su fortuna o sustento, en cambio los otros daban de sus sobras. Lo mismo ocurre con el ayuno. Nuevamente, el Señor condenó el ayuno hipócrita de los fariseos, porque lo hacían «para ser vistos por los hombres».
- ¿Por qué, entonces, la oración del fariseo no fue justificada? ¿Cómo algo que parecía piadoso y gustado por Dios fue condenado? Porque el fariseo no se situó ante Dios, sino ante sí mismo. El Evangelio dice que «se puso de pie y oró consigo mismo», y no «ante Dios». Es decir, su oración era en realidad una alabanza al ídolo que había creado de sí mismo. Se «incensaba» a sí mismo con sus palabras de oración, utilizando como incienso sus supuestas virtudes. Las virtudes del Fariseo no eran fruto de la presencia de Dios en su vida, -esto que recalca el logos de Dios- sino, según él creía, el resultado de su propio esfuerzo autónomo: “12, ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano, yo soy virtuoso”. Su orgullo y jactancia, pues, era monódromo (camino único), era inevitable. Su “yo” era su dios. ¿Quién podía compararse con él? Incluso Dios mismo estaba, según él, obligado a inclinarse ante su «grandeza». La entrada a la Realeza increada de Dios era, en su mente, un hecho asegurado.
La descripción de la “oración” del fariseo, remite, sin duda, a la actitud de Eósforo-Lucifer, del primer ángel caído, tal como se describe ya en el Antiguo Testamento. El Lúcifer´-Eósforo se muestra como “borracho” por su luz y sus virtudes, pero en realidad es luz increada de Dios que no entiende. «No puede ser otra cosa que yo también sea Dios», parece ser su pensamiento. «Colocaré mi trono frente al Altísimo». Y el resultado es más que trágico, dice el Señor: “Contemplabé, vi al satanás caer del cielo como un rayo”. Es decir, la caída del Eosforo (lúcifer) y su transformación en satanás, o sea, enemigo de Dios, en diablo. ¿No ocurre lo mismo con la «oración» del fariseo? La misma conducta arrogante y orgullosa, y el mismo resultado: una estrepitosa caída, el rechazo de Dios, ¡el endemoniamiento!
Porque el fariseo «ora», pero desde la altura de sus virtudes, como si fuera un «dios», condenando y juzgando al mundo entero: “Yo no soy como los demás los hombres”. Y para ser más específico: «ni tampoco como este publicano». Su mirada y sus palabras son una “espada ardiente de fuego” contra el pobre publicano, “el pecador”. Debió sentir un amargor en la boca al mencionarlo. Su condena se convierte en aniquilación del pecador. Tal vez hasta se preguntó cómo pueden seguir viviendo personas como él, que contaminan el mundo de los «puros» como él mismo, respirando el mismo aire que ellos. Su oración pues, está llena de soberbia, jactancia y autoglorificación, rebosante de desprecio, repulsión y condenación hacia el pecador.
- ¿Por qué, entonces, fue justificada la oración del publicano? ¿Por qué la acción de un pecador, objetivamente hablando, conmovió a Dios y le hizo derramar abundantemente Su jaris (gracia, energía increada) sobre él? Porque exactamente paró Precisamente porque se presentó ante el Dios en μετάνοια metania (confesión, arrepentimiento, introspección y conversión), con un corazón quebrantado. Es decir, con conciencia, con reconocimiento de sus pecados, que la metania le hizo sentirse humilde, insignificante y un don nadie, pero también con fe en la compasión, misericordia y la agapi (amor desinteresado, incondicional) de Dios. “Dios mío, eleisón me, compadécete de mí, que soy pecador”. En esta conciencia, fe y reconocimiento de él consisten las bases de la μετάνοια metania.
En la postura de la persona del publicano de la parábola vemos las verdaderas señales que indican la posición y actitud humana que es aceptada por Dios como una actitud de justificación. Y esta actitud y conducta el Dios la llama humildad. “En los humildes el Dios concede jaris (gracia, energía increada).
En esta posición y actitud de oración, es decir, donde el hombre se vuelve solo hacia sí mismo lamentando sus pecados, no hay el menor rastro de condenación y juicio hacia los demás. Al contrario: el publicano dirige las flechas de su crítica sólo hacia sí mismo, libera a los demás de toda condena, elevándolos por encima de él mismo. Y esto significa que quien examina su propia vida y sus propios pecados, no tiene tiempo para juzgar los errores de los demás. Más bien, los considera superiores a él mismo. Como dice el apóstol Pablo: “Con la actitud y conducta humilde considerad a los demás como superiores a vosotros mismos”.
¿Qué otra cosa significa la postura de oración del publicano, doblado de rodillas, apartado de los demás, de pie a lo lejos, sin atreverse a levantar ni siquiera la mirada al cielo?
- Así pues, su oración, que es el modelo de la oración justificada ante Dios, tiene como característica la humildad, como expresión de una verdadera μετάνοια metania, con conciencia del pecado, con fe en la agapi-amor de Dios y sin el más mínimo deseo de criticar y condenar al prójimo.
Por eso, precisamente, se convirtió en el modelo de oración de la Iglesia. Lo «Κύριε ελέησον Kirie eleison», o en su forma más desarrollada «Κύριε Ιησού Χριστέ, ελέησόν με τον αμαρτωλόν Kirie (Señor) Jesús Cristo, eleison me, soy pecador»*, constituye un traspaso exacto de la oración del publicano “Dios mío compadécete de mí, pecador”. Lo que el publicano recibió de su oración –la justificación que mencionó el Señor: “Este volvió a su casa justificado, y no el otro” y lo mismo ofrece también la Iglesia con todo su ambiente, que se mueve exactamente en este mismo espíritu y ritmo. Desde esta perspectiva, el publicano es para la Iglesia el modelo del santo. No, por supuesto, por sus pecados, sino por su μετάνοια metania. Ahora nosotros también sabemos cómo debemos presentarnos ante el Señor para ser justificados, -salvados.
γ. c. La parábola del Publicano y el Fariseo empieza el bendito Triódion, que nos llevará, como hemos dicho, en la Cruz y la Resurrección del Señor. Desde el principio, la Iglesia nos abre los ojos: el camino hacia la Resurrección es el camino de la μετάνοια metania y la humildad. Y la oración de este camino es: La Iglesia nos abre los ojos desde el principio: el «Κύριε ελέησον Kirie eléison*». Tomemos en nuestras manos, en secreto, no públicamente, el komboskini (cordón de oración), y que cada instante de nuestra vida sea un nudo de esta oración. La oración «Κύριε ελέησον Kirie eleison*» se convierta en el ritmo de nuestra vida. El resultado es conocido: la reivindicación, justicia divina y la χάρις jaris, la energía increada de nuestro Dios. Amén.
Protopresbítero Georgios Dorbarakis https://pgdorbas.blogspot.com/
*«Κύριε ελέησον» “Kirie eleison” es una calificación, petición general de cada necesidad mía, de cada caso mío, de lo que me pasa y de lo que quiero y como no sé lo que voy a pedir, entonces digo a Dios, eleisón me” o “kirie eléison”, y Él sabe lo que me va a dar. Eléison significa ten compasión, caridad, misericordia, sanación, ayuda, alivio, consuelo, socorro… No tiene nada que ver con piedad que muchos lo traducen en castellano. Piedad en griego es ευσέβια (efsevia) de aquí viene el nombre Eusebio, piadoso en castellano o latino.
Traducido por: χΧ jJ logosortodoxo.es/