Paraíso e infierno en la Tradición Ortodoxa

 

RE.1

TRADUCCIÓN REPASADA MARZO 2025

Paraíso y Infierno, en la Tradición Ortodoxa
P. Georgios D. Metalinos
Decano de la Facultad de Teología de la Universidad de Atenas

 

El Domingo de Apokreo (Domingo de la Carne), del Cuaresma la Iglesia conmemora la Segunda y Temible Παρουσία (Parusía: Presencia, Venida) de Nuestro Señor Jesús Cristo y psalmodiamos la frase del Sinaxario: «Hacemos memoria de la segunda y temible Parusía de nuestro Señor Jesús Cristo», esto certifica que la Iglesia, como Cuerpo de Cristo, vive la Segunda Parusía, Venida de Cristo como un hecho dentro de su adoración y culto, no como algo meramente esperado en la historia. Esto se debe a que, a través de la Divina Efjaristía, somos trasladados a la Realeza increada Celestial, más allá de la historia. Desde esta perspectiva, se aborda de manera ortodoxa el tema del Paraíso e Infierno.

En los Evangelios (Mt cap. 25) se habla sobre «βασιλεία (vasilía) realeza increada» y “fuego eterno”. En este pasaje, que se lee en la Liturgia del Domingo de Apokreo, la «βασιλεία (vasilía) realeza increada» es el destino según Dios para el hombre, mientras que el «fuego» ha sido preparado para el diablo y sus ángeles (demonios), no porque Dios lo haya querido, sino porque ellos no se arrepienten. La «βασιλεία (vasilía) realeza increada» está “preparada” para los fieles a la voluntad de Dios.

La «βασιλεία (vasilía) realeza increada (=doxa-gloria, luz increada)» es el Paraíso, y el “fuego” eterno es el infierno eterno, (Mt 16,46). Al inicio de la historia el Dios llama al paraíso, a la κοινωνία (kinonía: participación, conexión, comunión) con Su Χάρις (Jaris: Gracia, energía increada). Al final de la historia el hombre enfrenta el Paraíso y el Infierno. ¿Qué significa esto? Lo veremos a continuación. Sin embargo, nos apresuramos a decir que este es un tema central y básico de nuestra fe, la piedra angular del Cristianismo como Ortodoxia.

  1. El tema del paraíso y el infierno en el Nuevo Testamento es muy frecuente. Cristo en el Evangelio de Luca dice al ladrón: “hoy estarás conmigo al paraíso” (Lc 23,43). Pero el ladrón también se refiere al Paraíso cuando dice: “acuérdate de mí Señor… en tu realeza increada” (Lc 23,42). Porque el ladrón está en el paraíso, es decir, en la realeza increada, según san Teofilacto de Bulgaria (P.G.123,1106).

El Apóstol Pablo confiesa que incluso ya estando en este mundo, “y sé que este hombre -si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe- fue arrebatado al paraíso y oyó logos inefables e increados que el hombre no puede decir y describir ni le es permitido apocaliptarlos-revelarlos.” (2Cor 12,3-4). En el libro del Apocalipsis leemos: “Al vencedor le daré a comer del árbol de la vida, que está en el paraíso de mi Dios” (Apo 2,7). Y Arethas de Kesaria interpreta: “Paraíso debe entenderse la vida bienaventurada y eterna”. Paraíso-vida eterna-realeza increada y doxa-gloria increada de Dios son términos equivalentes.

En cuanto al Infierno: “en infierno eterno” (Mt 25,46), “en fuego eterno” (Mt 25,41), “en la tiniebla u oscuridad exterior” (Mt, 25,30), “en gehena de fuego” (Mt 5,22), “…el miedo lleva consigo infierno” (1Jn 4,18). Con todos estos términos se expresa esto que entendemos por el término “κόλασις kólasis infierno”.

  1. Paraíso e infierno no son dos lugares distintos. Esta apreciación es pagana, idólatra. Son dos estados o (modos de ser), que surgen de la misma fuente increada y se viven como dos experiencias distintas. O más bien, es la misma experiencia vivida distintamente por el hombre, según sus condiciones interiores. Esta experiencia es la visión, expectación de Cristo en la luz increada de Su deidad o divinidad, en Su doxa-gloria increada. Desde la Segunda Parusía, Presencia y por toda la interminable eternidad, todos los hombres estarán viendo a Cristo en Su luz increada. Y entonces saldrán fuera, y los que han obrado bien, pasarán a la resurrección de la vida eterna, bienaventurada y feliz. Y los que han obrado mal, para la resurrección de juicio y condena” (Jn 5,29).

Ante el Cristo se separan los hombres en dos grupos («ovejas» y «cabritos», derecha e izquierda). Es decir, en dos grupos; se distinguen aquellos que ven a Cristo como Paraíso («esplendor supremo») y aquellos que Lo ven como Infierno («fuego devorador», Heb. 12,29).

Paraíso e infierno aquí son la misma realidad. Esto indica la figuración, la iconografía de la Segunda Παρουσίας (Parusía: Presencia, Venida). De Cristo emana, procede un río alumbrante, con luz dorada en la parte superior, donde se encuentran los santos, y en la parte inferior, como un río de fuego, donde se encuentran los demonios y los impenitentes los no arrepentidos, que nunca estuvieron en metania). Por eso en el Evangelio de Luca se dice: “está destinado para la caída y la resurrección, levantamiento de muchos”. El Cristo para unos, los que Le aceptaron y siguieron la terapia “psicoterapia” del corazón que Él ha sugerido, se hace resurrección en Su vida eterna; y para los otros, los que Le negaron, caída e infierno.

Testimonios patrísticos

San Juan el Sinaita en la Escalera dice que la luz increada de Cristo es “fuego devorador, consumador y luz que ilumina”.

San Gregorio Palamás (E.P.E. 11,498) observa: “Él nos sumergirá y bautizará con Espíritu Santo y fuego; es decir, la que ilumina e infierna, de modo que cada uno reciba según la disposición de su estado interior que lleva” (T. 11,498); y en otra parte, (Escritos, ed. Christou, II, p. 145), dice: “La luz increada de Cristo siendo una sola es percibida y participada por todos, pero no de la misma manera, sino de manera diferente».

Por consiguiente, el paraíso y el infierno no son simplemente una recompensa y un castigo (sentencia), sino la manera o modo con el que estaremos viviendo la contemplación, expectación de Cristo, según el estado de nuestro corazón. El Dios no castiga realmente, aunque en la Escritura se hable de castigo con fines pedagógicos. Cuando más progresa uno espiritualmente, mejor conoce y entiende el lenguaje de la Santa Escritura y de nuestra Santa Parádosis, Tradición. El estado del hombre (limpio-sucio, puro-impuro, arrepentido-no arrepentido, convertido-no convertido) determina si percibe la Luz increada de Cristo como Paraíso o como Infierno.

  1. El problema antropológico en la Ortodoxia es cómo el hombre estará viendo eternamente a Cristo como Paraíso y no como infierno. Es decir, cómo participará de Su celestial realeza increada. Y aquí se ve la diferencia del Cristianismo como Ortodoxia y otras otras religiones. Estas últimas ofrecen y prometen algún tipo «ευδαιμονία» (efdemonía: felicidad y bienestar) y en concreto después de la muerte. Pero la Ortodoxia no es una búsqueda de la efdemonía, sino la terapia de la enfermedad de la religión, como continuamente enseña patrísticamente el padre Yanis Romanidis. La Ortodoxia es un hospital abierto dentro en la historia, “una clínica u hospital espiritual” como dice san Juan el Crisóstomo, que ofrece la terapia del corazón (catarsis) para que uno progrese a la iluminación del Espíritu Santo y finalmente llegar a la θέωσις (zéosis: divinización, glorificación), el único destino y objetivo del ser humano. Este camino, descrito en profundidad y muy completamente por el padre Yanis Romanidis y el Metropolita de Náfpaktos, Ierotheo Vlajos, es la terapia “psicoterapia”, sanación del hombre, tal y como la viven todos nuestros santos.

La vida en el Cuerpo de Cristo (en la Iglesia) tiene este sentido y propósito. Esta es la razón de la existencia de la Iglesia. En esto aspira y se dirige toda la obra sanadora y redentora de Cristo.

San Gregorio Palamás (Cuarta Homilía sobre la Segunda Venida) dice que la pre-eterna voluntad y propósito eterno de Dios para el hombre es «que entre y participe en la divina Realeza increada». Que el hombre alcance la θέωσις (zéosis: divinización, glorificación). Este es el propósito de la creación. Y continúa: “Pero la divina e inefable κένωσις kenosis (vaciamiento), la vida teántrico (divino-humana), los sanadores y salvadores pazos (pasiones, padecimientos) y todos los misterios, es decir, toda la obra de Cristo en la tierra, para este objetivo y fin fueron preordenados, economizado con providencia y sabiduría” (4 homilía: Sobre Segunda Parusía, Presencia).

  1. Sin embargo, lo que importa es que no todos los hombres responden a esta invitación de Cristo, y por eso no todos participan de la misma manera en Su doxa-gloria increada. Esto lo enseña por el Cristo en la parábola del rico y el pobre Lázaro (Lc cap. 16). El hombre niega, rechaza el ofrecimiento de Cristo, se convierte enemigo de Dios y deniega la ofrecida σωτηρία sotiría (sanación, redención y salvación) de Cristo; y esto es la blasfemia contra el Espíritu Santo, porque es en el Espíritu Santo como recibimos la llamada de Cristo. Estos son los que no se han arrepentido nunca.

Observa san Crisóstomo: “el Dios nunca se enemista, somos nosotros que nos hacemos enemigos de Él y Le denegamos”. El hombre impenitente sin metania, no arrepentido, se endemonia, porque él mismo lo elige. Pero el Dios no lo quiere esto. San Gregorio Palamás dice: “porque esto no es mi voluntad previa, ni os he creado para esto, ni para vosotros preparé el fuego; el fuego eterno inextinguible se ha preparado y encendido para los demonios que tienen la maldad como hábito inmutable e inalterable y que vosotros os habéis unido a la voluntad impenitente y opinión de ellos. Por lo tanto, habéis escogido convivir voluntariamente con los viles y malignos ángeles o demonios” (4ª homilía: Sobre Segunda Presencia). Es decir, es la libre elección del hombre.

El hombre rico y Lázaro ven la misma realidad, ven a Dios en Su luz increada. El rico llega a la Verdad, a la visión expectación de Cristo, pero no puede participar en esta luz increada como Lázaro. Lázaro es consolado por la luz increada, mientras aquel rico está sufriendo, quemándose y atormentado. El logos de Cristo “tienen a Moisés y los profetas”, para los que aún están en el mundo, significa que todos somos inexcusables. Porque existen los Santos que tienen la experiencia de la θέωσις (zéosis: divinización, glorificación) y nos llaman a incorporarnos a la forma y modo de vida de ellos, para alcanzar nosotros también a la zéosis como ellos. Por lo tanto, los que son infernados (condenados) como el rico, son inexcusables.

La actitud y la posición hacia el prójimo, revelan e indican lo interior del hombre y por eso es el criterio del Juicio durante la Segunda Παρουσία (Parusía: Presencia, Venida) (Mt 25). No significa que se pone de lado y se desprecie la fe del hombre en Cristo. Esta se da por supuesta, porque la actitud frente al otro muestra si tenemos o no a Dios en nuestro interior; (compárense expresiones similares en nuestro lenguaje impregnado por la ortodoxia: «el desalmado», «no tiene a Dios dentro de él»). Los primeros Domingos del Triódion en torno a nuestra actitud hacia el prójimo. En el primer Domingo, el Fariseo aparentemente piadoso, se autojustifica y se santifica a sí mismo y deniega, rechaza y desprecia al publicano. El segundo Domingo, del hijo pródigo, repetición del aparentemente piadoso fariseo, el “hermano mayor” se entristece por el regreso (salvación) de su hermano menor. Aunque aparentemente piadoso, tenía una piedad falsa que no generaba agapi-amor. El tercer domingo (de la Apocreo) esta actitud llega a ser el criterio de nuestra vida eterna.

  1. La experiencia del paraíso o del infierno es una experiencia irracional y superior al sentido, está más allá de la razón y la sensación. Es una realidad increada y no creada. Los Francos (papistas, protestantes, etc.) han creado un mito, de que el paraíso y el infierno son dos realidades creadas. Es mito de que los infernados (condenados) no ven a Dios, así como lo es el logos, idea de la ausencia de Dios. Los Francos han tomado y considerado también el fuego del infierno como creado, (por ejemplo, Dante). La Santa Tradición Ortodoxa permanece fiel a las Santas Escrituras, de incluso los infernados estarán viendo a Dios, por ejemplo, el rico de la parábola, pero como “fuego inextinguible consumidor”. Los francos escolásticos aceptaron el infierno como castigo y privación de la visión lógica de la esencia divina. Pero bíblica y patrísticamente, infierno es el fracaso del hombre y su negación a cooperar con la Divina Χάρις (Jaris: Gracia, energía increada), para llegar a la resplandeciente e iluminadora visión, expectación de Dios (paraíso) y a la agapi incondicional y desinteresada, “que no busca lo suyo” (1 Cor 13,8).

Por lo tanto, no hay ausencia de Dios, sino solo Su presencia. Por eso es terrible la Segunda Παρουσία (Parusía: Presencia, Venida) («¡Oh, qué hora será entonces…!», cantamos en los himnos). Es una realidad indiscutible, irrevocable hacia la cual está permanentemente orientada la ortodoxia, Es una realidad, en la que está establemente orientada la Ortodoxia, (“espero la resurrección de los muertos…” decimos al Credo). ¡Los infernados, aquellos que tienen el corazón duro y embotado, como los fariseos, (Marcos 3:5: «por la dureza de sus corazones»), ven eternamente el fuego como salvación! Porque su estado no admite otra forma de salvación. Ellos también terminan y llegan al final de su camino, pero sólo los justos terminan salvándose. Aquellos, los fariseos, se perfeccionan terminando infernados. La salvación para aquellos es el infierno, puesto que en sus vidas sólo buscaron la ευδαιμονία (efdemonía: felicidad, bienestar social y material). El rico de la parábola “disfrutó de sus bienes”. Lázaro aguantó los males con paciencia sin quejarse. Esto lo expresa el apóstol Pablo: “El valor del trabajo de cada uno aparecerá claro el gran día del juicio, porque ese día se apocaliptará-revelará con fuego, y el fuego probará la obra de cada uno y quemará lo podrido. Si la obra que uno ha edificado sobre este cimiento que es el Cristo, resiste la prueba del fuego, recibirá el premio o el salario; si se consume, lo perderá todo, aunque él se salvará con gran dificultad, pero como el que escapa atravesando las llamas del fuego. (Se salvará si la justicia de Dios lo juzga digno de salvación y perdón por lo menos por su buena disposición e intención)” (1Cor 3,13-15).

Justos y no arrepentidos pasan por el “fuego” increado de la presencia divina. Pero uno pasa indemne, intachable, mientras que el otro es quemado. Se «salva», pero como quien pasa por el fuego. Eutimio Zigavinós (siglo XII) dice en relación: “El Dios es como fuego que ilumina y embellece a los limpios, puros, y quema, oscurece a los sucios, impuros”. Y Teodórito de Kiro escribe sobre el término «será salvo»: «Será salvo por el fuego y también probado», como pasa quien atraviesa el fuego; y el que tiene cubierta o protección adecuada, no se quema; de lo contrario, «se salva», pero chamuscado.

Por lo tanto, el fuego del infierno no tiene relación con el “purgatorio” de los francos (papistas), ni es creado, tampoco castigo, ni una situación intermedia. Una consideración de este tipo es pasar la responsabilidad a Dios. La responsabilidad es completamente nuestra, es la aceptación o denegación de la terapia, redención y salvación ofrecida por el Dios. La “muerte espiritual” es una visión expectación de la divina luz increada, de la divina doxa-gloria increada, pero como fuego, fuego ardiente.

San Juan Crisóstomo, en su noveno discurso sobre la primera carta a los Corintios, señala: «la condena es inmortal… los que pecan recibirán como recompensa una destrucción eterna. Y el ‘ser quemado’, es decir, no soportarán la fuerza del fuego». Y continúa: «Y el que dice (es decir, Pablo), esto es: no se destruye, como las obras, hasta desaparecer, sino que permanece en el fuego. La salvación, de todos modos, es llamada de esta manera… Y también se dice entre nosotros ‘se salva en el fuego’, respecto a las materias que no se queman directamente».

Las percepciones, concepciones e interpretaciones escolásticas, que a través de la obra de Dante (Infierno) llegaron a nuestro ámbito, tienen consecuencias que llegan a versiones idolátricas; por ejemplo, la separación del paraíso e infierno como dos lugares distintos. Esto se hace debido al no haber discernimiento entre lo creado y lo increado. También la negación de la eternidad del infierno, en el sentido e idea de apocatástasis-restablecimiento de todos o con la noción del «Dios bueno» (Bon Dieu). El Dios realmente es “bondadoso, bueno” (Mt 8,17), puesto que ofrece la terapia y salvación para todos. “El Dios quiere que todos se sanen y se salven…” (1Tim 2,4). Sin embargo, es terrible el logos de nuestro Cristo, que escuchamos en los funerales: “Yo no puedo hacer nada por mí mismo; como escucho, juzgo, y mi juicio es justo, porque yo no busco hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre” (Jn 5,30). Además, es falsa también la noción de “teodicea, juicio divino” que se aplica en este caso. Finalmente, todo se atribuye a Dios (él salvará o infernará), sin tener en cuenta la “sinergia cooperación” como un factor de salvación. (Sinergia; cooperación energía de la voluntad humana con la energía de la voluntad divina, co-energía). La Σωτηρία (Sotiría: sanación, redención y salvación) sólo es posible en los términos de sinergia-cooperación del hombre con la Divina Χάρις (Jaris: Gracia, energía increada).

Según San Juan Crisóstomo, «Lo más, casi todo, es de Dios, pero a nosotros nos ha dejado algo pequeño». Ese «algo» es la aceptación de la invitación de Dios. El ladrón se salvó porque puso la llave diciendo “acuérdate de mí Señor”.

También es idólatra la percepción y noción sobre un Dios iracundo y enfadado contra el hombre pecador, mientras que el Dios como hemos visto, “nunca se enemista, nunca es enemigo”. Esta es la percepción y visión judicial, legalista de la nomenclatura mundana sobre el Dios que lleva también a la aplicación de castigos o penitencias en la confesión y no como fármacos, (remedios curativos y medios terapéuticos).

  1. El misterio del paraíso-infierno se vive y se experimenta también en la vida de la Iglesia dentro del mundo. En los sagrados Misterios de nuestra Iglesia Ortodoxa se realiza la participación del fiel en la Χάρις (Jaris: Gracia, energía increada), para que sea operada la Jaris en nuestra vida, en nuestro camino en Cristo. Principalmente en la Divina Efjaristía, lo increado, la divina Comunión, se convierte en nuestro interior en paraíso o infierno, dependiendo de nuestro estado. Principalmente, la participación en la Divina Comunión o Efjaristía es una participación en el paraíso o en el infierno dentro de la historia. Por eso, la participación en la Divina Comunión o Efjaristía está conectada y unida con toda la trayectoria espiritual del creyente. Cuando vamos a comulgar sucios, impuros y sin metania (confesión) entonces nos infernamos (nos quemamos). La Divina Efjaristía se convierte en “infierno” y “muerte espiritual”. No porque se transforme en algo así de forma natural, sino porque nuestra impureza y suciedad no la puede recibir como “paraíso”; dado que la Divina Comunión o efjaristía se llama “medicina, fármaco de la inmortalidad” (San Ignacio de Antioquía, siglo II); sucede exactamente lo mismo que un fármaco o medicamento. Si nuestro organismo no tiene las condiciones para recibirlo, entonces el medicamento opera y trae efectos negativos y en vez de sanar, mata. No porque la culpa es del medicamento, sino por el estado de nuestro organismo. Se debe decir también que, si no aceptamos al cristianismo como un proceso psicoterapéutico, curativo y los Misterios como medicamentos espirituales, entonces estamos conducidos a la religiosidad o enfermedad de la religión, es decir, en convertir el cristianismo en idolatría. Y esto, desgraciadamente se hace con frecuencia, cuando entendemos el cristianismo como “religión” (a conveniencia de los hombres no como apocálipsis).

Además, la vida presente, es se evalúa a la luz del binomio paraíso/infierno. “Buscad y pedir primero la realeza increada de Dios y su justicia…” (Mt 6,33), nos aconseja el Cristo. Nuestra vida debe ser una constante preparación para la participación al “paraíso”, es decir, comunión con lo Increado (cf. Jn 17,3). Y esto comienza ya en este mundo. Por eso dice el Apóstol Pablo: “He aquí, ahora es el tiempo propicio, he aquí, ahora es el día de la salvación” (2Cor 6,2). Cada momento de nuestra vida tiene una importancia y un significado salvífico. O ganamos la eternidad, la comunión eterna con el Dios o la perdemos. Por eso, las religiones y los cultos orientales que predican reencarnaciones son injustas con el hombre y hacen un daño terrible al ser humano. Porque trasladan el problema a otras vidas, en realidad naturalmente inexistentes. Sin embargo, solo existe una vida, nos salvamos o nos perdemos. Por eso, San Basilio dice: «Si llegamos a este fin debemos amar y perseguir con todas nuestras fuerzas lo que contribuye a ello, y lo que no lleva a ello, como algo sin valor». Este es el criterio de la vida cristiana. El cristiano escoge continuamente lo que contribuye a su salvación; en esta vida ganamos el paraíso o lo perdemos y terminamos al infierno. Esto es el criterio de la vida cristiana. Por eso san Juan el Evangelista dice: “El que cree en él, no es juzgado, pero el que no cree ya ha sido juzgado y auto-condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios, el hombre incrédulo por sí sólo libremente se ha eliminado de la sanación y la salvación” (Jn 3,18).

Por lo tanto, la obra de la Iglesia no es “enviar” a las personas al paraíso o al infierno, sino preparar al hombre para el juicio final. La obra del Clero es terapéutica y no moralista o eticoplástica, en el sentido mundano del término. La esencia de la vida en Cristo se conserva en los monasterios, cuando naturalmente son ortodoxos, es decir, patrísticos. El propósito de la psicoterapia, sanación, terapia ofrecida por la Iglesia no es hacer buenos hombres, sino ciudadanos de la Realeza celestial increada. Estos son los Confesores y los Mártires, los verdaderos creyentes, los Santos.

De esta manera así se inspecciona y se evalúa también nuestra misión apostólica. ¿Dónde llamamos? ¿A la Iglesia-Hospital/Clínica o a una ideología que se llama cristiana? En lugar de terapia, psicoterapia y sanación generalmente buscamos por costumbre asegurar un lugar en el “paraíso”. Por eso nos ocupamos de cultos y no de terapia. Esto, por supuesto, no significa el rechazo del culto o de la adoración. Pero sin ascesis (vida ascética práctica, praxis de terapia), el culto solo no puede sanarnos, santificarnos y divinizarnos; porque la Χάρις (Jaris: Gracia, energía increada) que procede y deriva del culto queda inactiva dentro de nosotros. La Ortodoxia no promete enviar al hombre a algún paraíso o a algún infierno, pero tiene la el poder, la fuerza y energía, tal y como se ve en las reliquias incorruptas, milagrosas y perfumadas de sus santos (incorruptibilidad=zéosis), de preparar al hombre de modo que vea eternamente la Χάρις Jaris y Βασιλεία Vasilía (Realeza increada) de Cristo como paraíso y no como infierno. Amín.

Protopresbítero Gheorgios Metalinós. Rector de la Universidad Teológica de Atenas

Traducción de xX.jJ https://logosortodoxo.es/

 

 

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