
La creación por el Ser desde el no ser de los seres o existencias, según san Gregorio Palamás
(Por Nikolaos Nikolaídis, profesor de la Universidad de Teología de Tesalónica)
Repasado 30/12/2025
San Gregorio Palamás en la historia y en el presente
Actas de los Congresos Internacionales de Atenas 1998 y de Limasol de Chipre 1999
Editado por Santo Monasterio Vatopedi, Athos 2000
Al estudiar las obras de San Gregorio Palamás, uno continúa con la sensación de encontrar y disfrutar la totalidad de las percepciones patrísticas de nuestra Iglesia, aquellas que preexistieron en el Padre aghiorita. No sería exagerado afirmar que San Gregorio Palamás es un resumen y una prolongación adecuada de la tradición teológica y empírica patrística. Esto se aplica a todos los temas que aborda. Además, al estudiar las obras del Santo, es evidente desde el principio su apelación y uso continuo de lo que los Santos Padres formularon en relación con los temas que desarrolla.
En lo que respecta al tema en cuestión, es decir, «la creación por el Ser de los seres desde la inexistencia o no ser», San Gregorio parece similar a sus predecesores en la Iglesia. Sin embargo, también se destaca como un intérprete perfecto de ellos, lo que le permite, con la libertad que le otorga el Espíritu Santo, moverse cómodamente y formular respuestas dentro de los marcos tradicionales ortodoxos frente a diversas provocaciones de sus contemporáneos herejes. Por lo tanto, si en los siglos anteriores a Palamás los Padres de la Iglesia lucharon por preservar el dogma de la hiperusía (supra o súper-esencia) y de la supra-desconocida Santa Trinidad contra todos aquellos herejes que rebajaron y colocaron al Hijo y al Espíritu Santo en el ámbito de lo creado, ahora, de manera análoga, San Gregorio Palamás defiende y formula que existe un abismo ontológico entre la Trinidad divina y el mundo creado.
Esto se debe a que, según el Santo, el Dios trino o triádico es «el ὢν (on), el ser, el existente o la existencia, desde el principio»¹, el cual, como auto ser o autoexistencia², «produce muchos seres o existencias a partir del no ser o de la inexistencia»³. Así, Dios, considerado como «principio y supra-principiante» y como «ser y más que ser», en ningún caso se incluye entre las cosas creadas, ya que el mundo creado obtuvo su existencia a partir del «no ser o de la inexistencia». Por lo tanto, lleva inherentemente en su naturaleza la tendencia hacia la inexistencia⁵.
San Gregorio Palamás sostiene que la enseñanza del Espíritu Santo nos declara que «Dios es el único ser real o existencia real, el ser eterno e inmutable»⁶. En consecuencia, la distancia ontológica que separa al Dios increado del mundo creado es incalculable, ya que «lo que ha sido producido a partir de la inexistencia no es igual al Dios eterno, sin principio y siempre ser».
Además, el Santo, al esforzarse por aclarar la distinción esencial entre lo increado y lo creado e interpretar la dependencia del mundo creado respecto del Dios trino, enseña que los seres creados son productos del libre movimiento de Dios y no de Su esencia⁸. Por lo tanto, lo que es producto de la voluntad de Dios es, en esencia, una obra «iniciada», ya que es el resultado de Su energía y no de Su naturaleza. Existe debido a su participación en Aquel que no tiene principio.
Por otro lado, las realidades o cosas que son productos de la esencia de Dios no tienen principio y son perpetuas y eternas, ya que son consubstanciales con Él. Así, el Hijo, que nace del Padre, y el Espíritu Santo, que procede del Padre, comparten y son movimientos de la misma esencia-usía que el Padre; por lo tanto, son sin principio como el Padre, pero son equivalentes en términos de dimensión, poder y energía con Él.
El Padre, como progenitor del Hijo y proyector del Espíritu Santo, es la «deidad teogónica»¹¹ y la fuente y origen de la deidad¹². Este proceso se lleva a cabo de forma natural, de acuerdo con el concepto de θεοπρεπές (zeoprepés)* —según el modo de Dios—, y no «a partir de la inexistencia», y el Hijo y el Espíritu Santo proceden de acuerdo con Su voluntad¹³. Según San Gregorio, de esta forma inefable podemos llamar al Padre la causa de las dos personas divinas de la Trinidad, y el Hijo y el Espíritu Santo son causados por Él¹⁴. (* Ver: 228. Zeoprepís (Θεοπρεπής): según el modo de Dios, de forma divina o tal y como Dios manda. https://logosortodoxo.es/alfa%cf%89mega-gran-lexico-ortodoxo/)
Sin embargo, este misterio inefable solo puede expresarse apofáticamente (por medio de afirmaciones negativas) y no puede compararse ni equipararse con lo que ocurre en la génesis o creación de lo creado. En este caso, el principio creador es el Padre, quien es la fuente de todo en la Trinidad, tanto económica como ontológicamente, para preservar así el dogma de la monarquía del Padre como único principio, el cual, Padre, por el Hijo y en el Espíritu Santo, crea todo¹⁷.
En consecuencia, la distinción entre la esencia y la voluntad-energía de Dios se manifiesta claramente a través de lo anteriormente mencionado y también en lo que se analiza más adelante. Los productos de la esencia del Padre, como monarca, son increados, eternos o perpetuos y consubstanciales con Él. Por otro lado, los resultados de la increada energía divina son creados; no son eternos, ni perpetuos, ni carecen de principio. Esta diferencia ontológica entre los productos de la esencia y los progresos (o proyecciones) divinos acentúa la diferencia y la desemejanza entre lo increado y lo creado, y enseña, como se mencionó anteriormente, el discernimiento y la distinción entre la esencia increada y las energías increadas en Dios.
San Gregorio Palamás se apoya en la enseñanza y la tradición patrística para afirmar que, cuando hablamos de los seres creados, lo hacemos de manera equívoca. Esto se debe a que el término «ser» (ὤν) pertenece exclusivamente y por excelencia a Dios, que es el «verdadero ser real». Los seres se llaman así porque participan de las divinas dinamis (potencias y energías) proveedoras²⁰. Finalmente, según el Santo, los seres se consideran como progresiones y energías divinas, y los seres creados participan ontológicamente en estas y existen gracias a su participación en las providencias y bondades de Dios²¹.
En cuanto al tema en cuestión, San Gregorio también recurre a la enseñanza de San Dionisio el Areopagita²² para reforzar su tesis con lo que este menciona en su enseñanza en relación con ello. La generación, la existencia y el mantenimiento de los seres, desde la «inexistencia o no ser al ser», se deben exclusivamente a la divina energía creadora y cohesiva, que es increada y proviene de la esencia divina. Por lo tanto, si las realidades o cosas creadas están relacionadas con Dios, esta relación se refiere únicamente a las energías divinas y se lleva a cabo a través de la χάρις (jaris: gracia, energía increada).
El mundo creado no tiene nada que ver con la esencia divina de Dios, ya que esta es trascendente y no participativa²⁴. A diferencia de las energías divinas, la esencia-usía increada de Dios es anónima e «inconcebible en su totalidad»²⁵ y «superior a cualquier nombre»²⁶. Además, supera incluso a estas progresiones divinas, ya que la esencia es la fuente y la causa de estas²⁷, siempre bajo el concepto y la percepción estable de la monarquía del Padre. Por lo tanto, la esencia-usía divina nunca se denomina ni se le asigna nombre alguno, ya que cualquier denominación se refiere a las energías divinas.
Aun el nombre «Θεός» (Zeós, Dios: visible, contemplado, expectable), así como «Ὤν» (On: ser, existencia), y otras nominaciones, son consideraciones de las cosas que ocurren en relación con Dios y no manifiestan la esencia ni la naturaleza de Dios²⁸. Las energías no se autohipostasían (o auto-fundamentan) por sí mismas, sino que son movimientos de la esencia divina; se consideran naturales y esenciales, son increadas y carecen de principio, pero no se confunden con la esencia ni causan división o composición en ella²⁹.
Lo divino es increado en lo que respecta a Su esencia, al discernimiento de las hipóstasis de las tres divinas personas y a las proyecciones o progresiones y energías divinas³⁰. Entonces, las energías, como movimientos esenciales y naturales de la esencia divina, existen antes de la creación³¹ y, exactamente cuando Dios lo determina, realizan la voluntad de Dios para crear «desde la inexistencia o no ser» a los seres creados. Por lo tanto, las creaciones son productos de las progresiones o energías divinas y, a través de estos resultados, conocemos no la esencia, sino la potencia y la energía de Dios³². Las divinas voluntades y donaciones, como generadoras de las cosas creadas, se consideran y son entidades reales y pragmáticas, porque los seres creados existen gracias a su participación en las providencias y bondades de Dios³⁴.
El sabio νούς nus de San Gregorio Palamás, en relación con Dios y según lo expuesto anteriormente, tenía un único propósito: asegurar y consolidar lo increado de las uniones y distinciones o discernimientos en Dios, así como proyectar y manifestar el abismo ontológico entre lo increado y lo creado, y subrayar la dependencia ontológica de los seres creados respecto de las energías increadas. Según el Santo, aquel que se atreve a describir y dar a entender que las distinciones y las energías divinas son creadas se convierte en seguidor fiel de Barlaam y Akíndinos.
Estos, al afirmar que la energía es creada porque es participada por seres o cosas creadas³⁵, se equivocan insensatamente y rebajan a lo creado incluso su unión, es decir, la esencia divina de la que provienen las energías divinas. (35Barlaam creía que todas lo participativo es creado y que todo tiene principio y fin)
En el caso de Dios, no es adecuado hablar de lo creado y lo increado; solo hablamos de las realidades divinas, y no de la creadas³⁶. De lo contrario, según la interpretación de San Gregorio, inevitablemente, siguiendo a Barlaam y Akíndinos, tendríamos que hablar de lo creado y lo increado incluso dentro de la unión y de la distinción³⁷. Esto llevaría a la introducción de un concepto creado-increado en Dios, y esto es válido, según el Santo, para los seguidores de Barlaam: «Esto significaría que existen dos realidades contrapuestas en la deidad, lo que nos conduciría al ditheísmo, o a la creencia en dos dioses o en una deidad dual»³⁸.
Paralelamente a lo anterior, San Gregorio Palamás, al enseñar sobre la diferencia entre lo creado y lo increado, quiere enfatizar que las energías divinas se distinguen de la esencia divina precisamente porque unen a los seres creados con el Dios increado por medio de la χάρις (jaris), la gracia increada. Además, señala que existe una relación ontológica entre lo creado y lo increado en virtud de sus causas. Sin embargo, el Dios Trino actúa en la creación y en la historia no como un ser impersonal, sino como un Dios personal increado; por lo tanto, Sus energías también son personales, increadas y no creadas³⁹.
Si consideramos que las energías divinas son creadas, entonces quienes sostienen esta idea dividen la única deidad en realidades creadas e increadas. Esto, según San Gregorio, los alejaría de la jaris, la divina gracia increada, y los emparentaría con herejes como Arrio, Eunomio y Macedonio.
La articulación del dogma ortodoxo con el tema de la salvación que emprende San Gregorio Palamás está en plena consonancia con la enseñanza de los santos Padres de nuestra Iglesia Ortodoxa, quienes veían en la preservación y el cumplimiento de una conducta prudente y en un equilibrio fino la cuestión principal del tema de la σωτηρία sotiría: redención, sanación y salvación. Sobre este tema, preguntado San Epifanio de Chipre: «¿Por qué tanta lucha por los dogmas?», responde: «Nuestro propósito no es que confesemos acerca de la deidad por la insensata composición de nuestra carne, sino que debemos entender y hablar piadosa y ortodoxamente para no perdernos»⁴¹.
La dóxa-gloria, alabanza y opinión ortodoxa de la fe en Dios es una cuestión de vida o muerte. Si la providencia hacedora de los seres y las divinas progresiones o energías son creadas, entonces, además de tener que buscar —y ello infinitamente y, por tanto, en vano— dónde tienen su causa⁴³, se hace imposible la gnosis (conocimiento) psicoterapéutica, sanadora y salvadora de Dios. Quienes adoptan tal postura caen en la oscuridad total.
Finalmente, dice San Gregorio: «¿A dónde nos conduce llamar creadas las energías de Dios? ¿Acaso Dios es imperfecto y, al tratar de hacer los seres creados, necesitaba otras energías y potencias creadas?». Y añade: «¿De dónde provienen los muchos santos, si no participan de la santidad de Aquel? ¿De dónde los muchos dioses…, si no participan de su deidad? ¿De dónde los reyes y señores…, si no participan de su βασιλεία (vasilía) realeza increada y señorío? ¿Acaso participan de una realeza, deidad y santidad creadas, como dicen? Lejos de esta blasfemia. Porque quien dice esto hace a Dios una creación y llama creadas también su realeza, su deidad y su santidad»⁴⁵.
El argumento empírico-teológico de San Gregorio es que, si las energías son creadas, entonces la zéosis del hombre es irrealizable, porque lo creado no puede salvar a lo creado. Por lo tanto, la sotiría —redención, sanación y salvación— y la zéosis no pueden realizarse por medios creados.
A pesar de todo esto, desgraciadamente, señala San Gregorio -dirigiéndose implícitamente a Barlaam, Akíndinos, Grigorás y sus semejantes- que todos ellos pretenden que «cualquier otra cosa que proviene de la esencia es creada», y que, además, llaman diteístas y politeístas (dos dioses y muchos dioses) a quienes aceptan como increados los discernimientos que se dan en Dios. Finalmente, el «engaño barlamita», como lo denomina el Santo, no solo convierte a Dios en un ídolo, sino que repite el antiguo monarquianismo de Sabelio, quien erróneamente aceptaba tres esencias destruyendo las divinas hipostásis; mientras que ellos, con su enseñanza, introducen, por otra vía, una «esencia doble», mezclando y confundiendo así la esencia y la energía de Dios y aceptando la «energía de la voz como fina o creada»⁵⁰.
La energía divina, como ya se ha dicho, según la enseñanza de los Padres y la experiencia de nuestra Iglesia Ortodoxa es un vínculo secreto entre lo creado y lo increado, y es esta energía la que realiza la relación ontológica y la unión supra-genial del hombre con Dios⁵¹.
San Gregorio Palamás, al abordar el ámbito de la teología, como se ha dicho, considera al Padre como la causa primordial del Hijo y del Espíritu Santo. La persona del Padre, por otro lado, en el ámbito de la economía, es también la fuente y la causa de las realidades o cosas creadas⁵². El Padre es «monarca, único principio» y la «causa hipostática» de las otras dos personas divinas endo-tríadicamente (es decir, interiormente en la Trinidad), pero es también la fuente de la divina voluntad y de las divinas energías exo-tríadicamente (es decir, hacia fuera de la Trinidad).
Ninguna energía del Padre se manifiesta en la creación de manera aislada. Todas siguen el modo θεοπρεπές (zeoprepés), es decir, de manera divina, tal como Dios manda o según Dios: «de (o desde) el Padre, por el Hijo y en el Espíritu Santo», percepción que fue desarrollada por primera vez por San Atanasio el Grande⁵⁶ y adoptada posteriormente por otros Padres, como San Epifanio⁵⁷, San Basilio el Magno⁵⁸, entre otros. Este modo divino del movimiento económico no expresa imperfección, esclavitud ni sumisión de las dos personas divinas al Padre. Cada persona divina actúa en la creación y en la historia con plena iniciativa propia.
Este movimiento expresa la igualdad de las Personas divinas y manifiesta Su misma voluntad libre⁵⁹, la cual surge de la identidad de Su esencia y hace operativa la unión secreta de las divinas energías. Conviene señalar que, sobre este tema, San Gregorio Palamás, al describir el papel de la Trinidad económica, en ningún caso teologiza dentro de los límites de la economía. Mantiene firmemente el principio del discernimiento, distinción entre teología y economía, principio introducido por San Atanasio el Grande⁶⁰ y seguido sin desviación por todos los Padres ortodoxos.
Así, explica el Santo, las realidades que pertenecen al ámbito de la Deidad operan por la esencia-usía, mientras que las que se relacionan con la economía operan por la divina voluntad y energía. Por lo tanto, la obra de la naturaleza divina es el perpetuo nacimiento del Hijo y la perpetua procedencia o proyección del Espíritu Santo, un movimiento que no guarda relación alguna con los seres creados; en cambio, la obra de la divina voluntad y energía es la constitución de la creación en el tiempo y por absoluta libertad. Esto certifica que la naturaleza divina precede y está por encima de la divina voluntad⁶², «la cual no recae en el tiempo ni está sometida a necesidad alguna», como también interpreta San Epifanio⁶².
En este punto culmina la argumentación acerca de la realidad de la distinción entre esencia y energía en Dios, que interpreta y asegura la consubstancialidad del Hijo y del Espíritu Santo con respecto al Padre y entre sí, y determina la diferencia entre lo creado y lo increado, por la cual tanto luchó San Gregorio Palamás. Así, lo creado no es producido por la naturaleza de Dios y del Padre…, sino de la voluntad⁶².
De todos modos, es impresionante por parte de san Gregorio Palamás su acercamiento a los demás padres sobre sus interpretaciones teológicas o económicas. Sobre el tema en cuestión se refugia a san Basilio el Magno, a san Cirilo de Alejandría, etc., para explotar el versículo triadológico del salmo 32,6: ‘Porque por el logos de Dios se fijaron los cielos y por el soplo del espíritu de su boca se crearon todas sus dinamis potencias y energías’. Con el desarrollo de este versículo garantiza lo inseparable de la energía creativa de las divinas personas en la economía para todas las cosas creadas, visibles e invisibles, la cual sigue la forma zeoprepés de manera divina ‘de el Padre, por el Hijo y en Espíritu Santo’; y a la vez exalta lo consubstancial y equivalente de las tres divinas hipostásis64 de tal manera que sean discernidas las uniones y los discernimientos, puesto que de la ‘naturaleza tres-hipostasiada’ la energía común de la Trinidad es la causa de las cosas exteriores y se divide en miríadas65.
Para todos los Padres de la Iglesia y para san Gregorio Palamás el discernimiento, distinción entre esencia y energía en Dios, edificaba también otro marco de fe y vida, que es aquello de la gnosis teológica. Esta forma o plano ortodoxo explica cómo y por qué Dios se conoce pragmáticamente por los creados por sus energías, por supuesto no por Su esencia, la cual es inaccesible. Esta comunión la expone el Santo con el logos de san Máximo: ‘… el digno y merecido de aquella conexión inefable e inenarrable… se convierte todo lo que es Dios pero sin identificarse con la esencia’66. Así que ‘los dignos’ se harán herederos no de la naturaleza y de la esencia de Dios sino de la deificante/divinizante χάρις jaris (gracia, energía increada) y de la divina βασιλεία vasilía realeza increada, la cual, aunque no es la naturaleza de Dios porque ella es inaccesible, sin embargo, es natural energía increada que sigue naturalmente a Dios y se considera siempre inseparable de él67. Tal como el sol, enseña san Gregorio, es tanto el rayo como el cuerpo por el que proviene el rayo y por un lado el cuerpo como está sobre o por encima es inabordable, inaccesible y por otro lado el rayo como sufrido o experimentado es accesible o abordado, pero el sol y el rayo no constituyen por eso dos luces ni dos soles; así se llama la deidad y es tanto regalo divino, es decir, la energía, como también la principiantísima divina naturaleza, la cual por sí misma la regala pero sin tener o ser dos deidades68, no como una que está por encima e inaccesible y otra sufrida y accesible, tal como Barlaam y Akíndinos percibían y entendían la esencia y las de forma divina proyecciones y energías.
Por lo tanto, entre Dios y los seres creados no hay como intermediario un dios sufriente, -lejos de esta blasfemia-, sino abismo ontológico indestructible, el cual media y tiene como puente las naturales y esenciales energías divinas, pero de las cuales sus existencias no dependen de las creadas, sino que son perpetuas y sin principio. Así que las divinas energías como increadas preexisten antes de todo lo creado.
Pero los seres o existencias, aunque son creados y tienen principio, como logos de los seres existen antes de la creación en la divina voluntad como “paradigmas”, como “proyecciones” o como “voluntades divinas y bondadosas”, “designadores y creadores de los seres o existencias”72. La existencia y la estructura de cada ser creado expresan de modo absoluto aquello que existía perpetuamente en la voluntad de la Deidad trinitaria.
Por lo tanto, lo que Dios quiere eternamente y existe perpetuamente en Su voluntad, esto es también lo que se realiza, cuando Dios decida mediante Sus energías, las cuales analógicamente se llaman “creadoras de esencia, de vida y de sabiduría, o esenciativas, vivificantes y sapienciales”73. Se llaman así las energías de Dios, porque Dios según su voluntad, define y actúa análoga como productor, adornador y cuidador de todo; unos de los seres o existencias participan de Su energía esenciativa pero de manera que existan sin psique-alma; otros además de existencia, tienen también vida y son vivos porque participan de la energía vivificante; y otros participan y tienen también la energía sapiencial de Dios y, por lo tanto, son lógicos. Pero los seres o existencias que han recibido vida lógica y noerá (espiritual humana) y que se dirigen voluntariamente hacia Dios y llegan a unirse con él y viven divinamente y súper-genialmente, estos se hacen dignos de participar también de la deificante, glorificante o divinizante jaris (gracia) y energía increada. Entonces, la forma de los múltiples tipos de los seres o creaciones es análoga a la participación de los seres en las divinas energías75. Así que mientras cada ser en especial y todos los seres en general se encuentran en una inmediata relación y dependencia con la pre-eterna voluntad de Dios y participan en sus energías increadas de diversas maneras75; a la vez la manera de existencia y funcionamiento de estos, formula y marca los logos de la creación y de la divina economía, los cuales como logos de los seres existían pre-eternamente en la voluntad creadora de la Santa Trinidad76. Es por esta la razón que dice san Gregorio: “Dios contemplaba todo antes de su nacimiento”77.
Por lo tanto, queda rechazado todo concepto sobre divinas energías creadas, puesto que mediante lo creado como estampa o marca materializada de la divina voluntad, también podemos ascender a la gnosis del Dios increado. Así los logos de los seres constituyen fuente de teognosía, porque cada ser tiene una construcción divina. Esto lo expone el Santo basándose a san Dionisio el Areopagita78. Y esto coincide con san Basilio el Grande quien dice que la creación con su silencio clama su propio creador y Señor79. Sin embargo, no se le escapa a san Gregorio que la verdadera instrucción y gnosis de Dios, empieza con la catarsis (purgación y sanación) del nus (espíritu de la psique) que tiene como cimiento el temor a Dios. A continuación del temor, nace la continua súplica de contrición y recogimiento hacia Dios y la aplicación y cumplimiento de los mandamientos, logos divinos; y cuando mediante ellos sea realizado el intercambio con Dios, entonces el temor se transforma en agapi-amor incondicional, y el dolor y la angustia de la oración se convierte agradable y brota la flor de la iluminación80. Este divino regalo es privilegio exclusivo del ser humano, ya que es el único de los seres quien está hecho como a imagen de Dios y puede libre y personalmente dirigirse hacia Él e hipostasiar (fundamentar) las divinas energías en su interior81. Por lo tanto, los seres que han sido catartizados purgados, purificados y sanados o que han experimentado la catarsis conocen empíricamente ‘por… la divina fotofania (alumbramiento interior) hecha en sí mismos, lo que es Dios y qué tipo de luz es, o más bien, que es fuente de luz espiritual e inmaterial’82. En consecuencia, el ser humano conoce a Dios a través de su experiencia personal de la divina jaris increada, así como a través de los seres creados, que, debido a su creación divina, llevan consigo una relación con Dios.
De acuerdo con el plan del Dios trinitario, la energía divina voluntariosa y creadora, que también es llamada Dios⁸³, no solo produjo a los seres llevándolos al ser de manera «distinta» y los dotó de identidad, sino que además proveyó para ellos su dýnamis: fuerza, energía cohesiva y vigilante⁸⁶. Todo participaba de la providencia emanada de la Deidad, que es la causa de todo⁸⁵.
El principio del mal comienza con la desviación de los seres lógicos, quienes hicieron un mal uso de la independencia que Dios les otorgó⁸⁷. El diablo fue el primero en caer; posee una naturaleza noerá o espiritual (nus) y lógica⁸⁸, y se convirtió en intermediario y causante de la necrosis (mortificación, oscurecimiento)⁸⁹. «Con orgullo deseó igualarse en poder al Creador»⁹⁰. Como resultado, fue abandonado por Dios, porque él lo había abandonado primero. Esto ocurrió porque Dios es bondad viva, vivificador de los vivos y fuente de vida, y como bondadoso no tolera la influencia de entidades malignas como el diablo⁹¹.
En consecuencia, el diablo, al elegir voluntariamente el mal, se convirtió en un espíritu muerto espiritualmente, ya que la muerte se interpreta como expulsión, separación y privación de la «vida real» (divina y espiritual), así como la incapacidad de los seres creados para participar en la χάρις (járis), la gracia divina increada⁹². Así, el diablo, al permanecer en comunión con la apostasía, compartió también su decadencia, su oscuridad y su necrosis⁹³.
Según la visión de San Gregorio Palamás y de otros Padres, especialmente en lo que respecta a los seres lógicos, el concepto de muerte significa la alienación y la separación de la vida de Dios. Esta es, verdaderamente, la muerte terrible, señala el Santo: vivir inmortalmente y, al mismo tiempo, haber muerto o estar muerto. Dice que muchos de los vivos aquí están muertos, porque ¿cómo pueden vivir si solo poseen la vida creada?⁹⁴ Esta percepción del Santo está plenamente de acuerdo con todo lo que repetidamente recalca acerca de lo creado y lo increado. La ascensión del no ser al ser creado no garantiza la vida verdadera si no se comulga y participa de la vida divina, ya que lo creado conlleva una tendencia inherente hacia el no ser y, en última instancia, hacia la muerte. En este punto, San Gregorio es clarísimo⁹⁵. El hombre, desgraciadamente, cayó en esta red de la muerte. Debido a su infracción voluntaria y a su desobediencia al mandamiento de la vida⁹⁶, el hombre se apartó por sí mismo de Dios y, a la vez, arrastró consigo a toda la creación lejos de Él.
El mundo sensible fue creado antes que el hombre, pero para el hombre, nos aclara el Santo⁹⁷. El hombre no fue creado solo para ser gobernado, sino también para gobernar la tierra y todas las creaturas que hay sobre ella⁹⁸. Adán fue dotado de lo «según la imagen» y se le otorgó el poder y la capacidad de llegar a ser «según la semejanza», siendo partícipe del «divino alumbramiento y esplendor»⁹⁹.
Así, según el Santo, la naturaleza humana triádica, hecha según la imagen de la «suprema Trinidad», por ser nus (noerá), logos (lógica) y espíritu (voluntad, amor), correspondía al tripartito de la Deidad: Nus, Logos y Pnevma (Espíritu). Por ello debía mantener y custodiar su orden: ser seguidora de Dios, estar unida solo a Él, someterse y orientarse únicamente hacia Él, contemplarlo siempre, y mantener continuamente su memoria dirigida hacia Él y hacia Su ardiente agapi, amor incondicional¹⁰⁰.
Desgraciadamente, los progenitores fracasaron en este cometido. Voluntariamente se alejaron de la memoria y de la contemplación de Dios, despreciaron y transgredieron Su mandamiento y se aliaron con el espíritu muerto de satanás, comiendo del árbol prohibido en contra de la voluntad del Creador. Así, quedaron desnudos de las vestiduras alumbrantes y vivificantes que se otorgan desde lo alto por el supremo esplendor divino, y se convirtieron también ellos en muertos -¡qué pena!- como el satanás.
Y puesto que Satanás no es solo un espíritu muerto, sino que también mortifica a quienes se le acercan, esta acción mortificante se aplicó al hombre en la práctica¹⁰¹. Por lo tanto, el pecado de Adán no se limita a una simple infracción ética; fue un fracaso ontológico en su libertad de estar en comunión consigo mismo, con la creación —de la cual era soberano— y con Dios, para vivir el mundo en Dios. Básicamente, mediante su desobediencia, el hombre introdujo la comunión con lo creado en lugar de permanecer en comunión con la vida divina, lo que condujo al no ser, a la muerte, puesto que quiso hacerse Dios. Así, separó a toda la creación de la vida real y la condujo hacia el no ser o la muerte.
Como señala el Santo, el hombre, sin darse cuenta, desfiguró y destruyó miserablemente su belleza innata, rompiendo y perturbando con su insensatez el mundo interior de su psique-alma triádica y supracósmica¹⁰².
Los ángeles contemplaban con sus ojos la constitución del hombre, viendo que «el hombre es formado por la jaris gracia increada de Dios» y «veían otro Dios», dice San Gregorio¹⁰³. Pero también lo vio el ojo maligno: la serpiente del mal primigenio observaba y esperaba su oportunidad. Esperó y «…entró, sedujo -¡ay de nuestra facilidad y de la maldad de aquel!-, introdujo el virus en la psique-alma y mortificó lo que vivía allí; ennegreció la psique-alma; se redujo la belleza divina; nos privamos de la forma divina; expulsamos la luz; corrompimos nuestra semejanza con la luz sublime y nos revestimos con la vestidura de las tinieblas…»¹⁰⁴. «¡Qué daño, en qué nos hemos convertido!», exclama el Santo, refiriéndose a nuestra persona y a nuestro rostro como seres humanos¹⁰⁵. Así nos degradamos, cayendo en la patología que afectó a todos los seres creados y a toda la creación. Ahora gemimos deseando lo que hemos perdido¹⁰⁶.
Afortunadamente, dice el Santo, con la infracción ancestral perdimos lo «según la semejanza», pero conservamos lo «según la imagen»¹⁰⁷. Sin embargo, aunque los seres humanos se volvieron miserables al perder la doxa (gloria) divina del Creador y la creación parecía desnuda y desierta¹⁰⁸, y todo avanzaba hacia la inexistencia o al no ser, finalmente no se mostró la creación tan miserable ni el Dios bondadoso tan débil¹⁰⁹; a pesar de que la cadena de los muertos —es decir, nuestra entrega al pecado, a la corrupción y, finalmente, a la muerte— continúa¹¹⁰, el mismo Dios viene a borrar la derrota de nuestros ancestros y a sanar el trauma de la raíz del género humano¹¹¹.
La economía en Cristo constituye una nueva recapitulación de la creación primigenia. El Padre, por el Hijo y en el Espíritu Santo, celebra la regeneración y la renovación del mundo¹¹², con epicentro natural en el ser humano, porque el hombre, mediante su desobediencia, quiso convertirse en el dominador principal y el punto culminante de referencia de la creación, poniendo en peligro la supervivencia de los seres y de toda la creación en el período posterior a la caída.
Ahora el mundo creado ya no puede avanzar hacia la inexistencia, o no ser, sino que será reestructurado, recreado y renovado, a medida que sea liberado por la dínamis, la potencia y energía increada del Espíritu Santo, avanzando hacia lo más divino¹¹³; porque la naturaleza ennegrecida de Adán ha sido nuevamente iluminada, transfigurada y transformada en la dóxa, la gloria y el esplendor de la Deidad¹¹⁴. Ahora el hombre y el cosmos pueden tener una esperanza cierta de sotiría: redención, sanación y salvación.
El punto culminante de nuestro retorno a la belleza ancestral original es la Metamorfosis en el monte Tabor, subraya el Santo: «Al ver la naturaleza desnuda por la transgresión, el Logos de Dios se compadeció de su fealdad y, tomándola sobre Sí por su gran amor, la mostró nuevamente vestida de mayor esplendor a Sus discípulos predilectos sobre el monte Tabor (Mt 17,12). Es decir, mostró lo que éramos una vez y lo que seremos por Él en el siglo futuro, si aquí preferimos vivir conforme a Su voluntad»¹¹⁵.
Nikolaos Nikolaídis. Profesor de la Universidad de Teología de Tesalónica
Sumarios de los Congresos Internacionales de Atenas y Lemasol de Chipre
Traducción: Χρῆστος Χρυσούλας (Jristos Jrisulas), helénico-griego nativo, instruido en la Santa Parádosis-Tradición y en la lengua katharévousa del Nuevo Testamento, actualmente hablada en el pueblo fiel heleno-ortodoxo. logosortodoxo.es/