Domingo IV de Lucas (8,4-15) — La parábola del sembrador

Domingo IV de Lucas (8,4-15) — La parábola del sembrador

 

La parábola del sembrador, 8:4-18.

4 Y mientras se reunía una inmensa muchedumbre que acudían a Él de varias ciudades, el Señor les dijo esta enseñanza en parábola:

5 El sembrador salió a sembrar su semilla, y al sembrarla, una parte cayó junto al camino y fue pisoteada por los transeúntes, y las aves del cielo la comieron.

6 Otra parte cayó sobre terreno pedregoso, y habiendo brotado, se secó por no tener humedad.

7 Otra parte cayó en medio de las espinas, las espinas crecieron y la ahogaron.

8 Y otra parte cayó en buena tierra, y habiendo crecido, dio fruto a ciento por uno. Dicho esto, exclamó: ¡El que tiene oídos espirituales para oír la verdad de Dios, que oiga lo que yo enseño!

9 Y sus discípulos le preguntaban qué significaba esta parábola.

10 Él dijo: A vosotros se os ha sido dado conocer los misterios de la realeza increada de Dios, pero a los demás sólo en parábolas, para que viendo no vean ni puedan introducirse al significado más profundo y oyendo no puedan entender la verdad. (A vosotros que tenéis interés y buena disposición, se ha dado de Dios como regalo a aprender las verdades secretas de la realeza increada de Dios, pero a los otros los hablo en parábolas. Ellos no tienen interés para conocer y aceptar las verdades espirituales. Y el nus/espíritu y el intelecto de ellos están embotados e incapaces para la enseñanza espiritual. Por eso enseño de esta manera, para que no puedan ver lo más profundo y puro, mientras que con los ojos de sus cuerpos ven, y para que no puedan entender mientras oyen la enseñanza que les explica los misterios. Y esto no lo hago sólo por justicia, sino también por bondad, para que ellos, por menospreciar la verdad no agraven su situación y se endurezcan aún más.)

11 Este es, pues, el significado de la parábola: La semilla simboliza el logos de Dios

12 Los que se asemejan con la tierra que está cerca del camino son los que oyeron y no fueron atentos al logos de Dios; pero luego viene el diablo y quita el logos de sus corazones, para que no crean y sean salvos.

13 Los que son simbolizados con el terreno pedregoso, son los que cuando oyen y reciben el logos de Dios con gozo y alegría, pero éstos no tienen raíces profundas en sus corazones; creen por un tiempo, pero al tiempo de prueba y tentación sucumben y se alejan de la fe.

14 La semilla que cae entre las espinas, simboliza a éstos que cuando oyeron el logos de Dios e intentaron a aplicar y cumplir con algunas ganas, pero luego se ahogan en las preocupaciones para adquirir riquezas y en los placeres y disfrutes materialistas de la vida mundana, y así no avanzan hasta al final, no maduran para tener frutos buenos y fijos.

15 Pero la semilla que cae en buena tierra, simboliza a los hombres con buena voluntad y predisposición, que al haber oído el logos de Dios con corazón recto y bueno, lo retienen con atención y devoción en su interior y producen como frutos las obras de la virtud junto con la paciencia, la que mostrarán en distintas circunstancias, tribulaciones y sufrimientos.

16 Nadie cuando enciende una lámpara, la oculta en una vasija o la pone debajo de una cama, sino que la coloca sobre un candelero, para que los que entren vean la luz.

17 Porque no hay nada oculto que no sea descubierto, ni secreto que no haya de ser plenamente conocido y salga a la luz. Esto sucede también con mi enseñanza que será conocida en todo el mundo.

18 Por tanto, vosotros que como apóstoles-enviados del mundo la transmitiréis, mirad bien cómo escucháis mi enseñanza, (oírla con fe inquebrantable, para apropiarse de ella); porque al que contiene la verdad, le será dado más rica y más clara gnosis-conocimiento e iluminación de la verdad, y al que por indiferencia no contenga la verdad, aun lo que imagina tener como gnosis-conocimiento le será quitado.

 

«¿Qué significa esta parábola?»

  1. La parábola del Señor del Buen Sembrador es una de las más conocidas e importantes. Prueba de ello es que la transmiten los tres evangelistas llamados sinópticos (Mateo, Lucas y Marcos), y, además, es la primera en orden dentro de sus series de parábolas.
    Nuestra Iglesia, con propósito, la ha situado hacia mediados de octubre, tiempo en que comienza cada nuevo período misionero y de predicación.

Tomada de la vida agrícola de Palestina —donde el arado precedía a la siembra—, la parábola se refiere al agricultor que esparce la semilla en la tierra. Aunque tanto el sembrador como la semilla son los mismos, el resultado de la cosecha varía: en una parte no fructifica nada, porque la tierra está pisoteada y endurecida; en otra parte produce poco y luego se pierde por completo; y en otra, finalmente, da fruto abundante, porque cae en buena tierra. De este modo se subraya el papel y la “responsabilidad” de la tierra.

La parábola parece no haber sido comprendida por los oyentes del Señor, por lo que fue necesaria su explicación, especialmente después de la pregunta de sus propios discípulos: «¿Qué significa esta parábola?»

b.1 En primer lugar, debemos recordar que existe la impresión de que las parábolas del Señor son historias sencillas de la vida cotidiana, destinadas a facilitar la comprensión de Su enseñanza. Esto no es del todo cierto. Porque en realidad, la enseñanza del Señor —que en gran parte se expresa mediante parábolas, casi un tercio de todo lo que enseñó— funciona como una llamada, una ocasión de desafío, para que se manifieste la autenticidad del hombre ante Dios. No se trata, pues, de una mera facilidad pedagógica.

Esto significa que aquellos que realmente buscaban la verdad, los hombres de libre y buena voluntad, se orientaban hacia ella y eran iluminados por el Señor, quien los introducía en los misterios la Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) de Dios. En cambio, los otros —los que no buscaban la verdad, sino que estaban apegados al mundo y a lo mundano, oyentes superficiales, malintencionados o curiosos— se oscurecían aún más, como quienes “viendo no ven” o “oyendo no escuchan ni entienden”.

En este segundo caso se manifiesta también la enseñanza de la Sagrada Escritura sobre el progreso del pecado: el pecador continúa pecando, y la suciedad crece cada vez más, hasta llegar a la completa ofuscación. Quizás se trate de un “castigo” del Señor —de carácter pedagógico—, durante el cual, viendo Él la indiferencia del hombre, a pesar de las oportunidades que le concede para su conversión, finalmente lo deja en sus propias elecciones malignas; algo que constituye un verdadero infierno para el hombre.

2.
La parábola del Sembrador tiene un significado profundo, que el Señor reveló a sus discípulos, y cuyos aspectos principales son los siguientes:

(a) “La semilla es el logos de Dios.”
Esto significa que este Logos contiene en sí mismo una fuerza inmensa, en analogía con la semilla: así como ésta, aunque pequeña y débil en apariencia, encierra en su interior la potencia de convertirse en árbol, del mismo modo el logos de Dios —que muchas veces parece “débil o insignificante”, semejante exteriormente a las palabras humanas— contiene en sí fuerzas y energías capaces de transformar por completo la vida del hombre.
No en vano ha sido calificado como una “bomba atómica” espiritual.

Es sabido que el Señor habló con frecuencia acerca de la fuerza del Logos divino. Dijo que Su Βασιλεία (Vasilía: reinado de la Realeza increada) —estado de energía increada—, revelado/apocaliptado por Él y por Su logos, es como la levadura que fermenta toda la masa, o como un tesoro escondido y una perla preciosa que superan el valor de todas las cosas terrenas.

El apóstol Pablo fue quien expuso con mayor claridad la potencia de este logos: “Este logos es la fuerza y energía (increada) de Dios para la salvación de todos los que creen.”
Y en otra parte añade: “Porque el logos de Dios es vivo y eficaz, más cortante que toda espada de dos filos; penetra hasta dividir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.” (Heb 4,12)

La causa de esto es que el logos de Dios es acción y energía increada de Él mismo, y por consiguiente, su presencia personal. En Dios no existen fuerzas o energías impersonales e independientes de Sus hipóstasis ((bases substanciales, personas). Cada fuerza y energía increada es, en realidad, una forma de su presencia.

Por eso, el logos de Dios tiene una potencia y energía tremenda, porque es, en verdad, Dios mismo. El Señor subrayó muchas veces esta dimensión: aceptar Su logos equivale a acogerlo a Él dentro del ser del hombre.

Por eso los Santos Padres enseñaban con frecuencia que “el Señor está contenido en el interior de sus mandamientos y de sus logos y palabras”.
Desde esta perspectiva, se responde también claramente a la pregunta de muchos: ¿Cómo puedo ver y encontrar a Dios?
Sólo mediante la aceptación, aplicación y cumplimiento de los logos y mandamientos del Señor.
Esto significa que la relación con Dios no es teórica ni racional, sino plenamente empírica: en el momento en que un hombre pone en práctica el logos de Dios, en ese mismo instante percibe Su presencia actuando en toda su existencia.
Esta es también la condición para que laΧάρις (Jaris: gracia, energía increada) de Dios actúe a través de los Misterios, especialmente el de la Divina Efjaristía Eucaristía.

(b) Sin embargo, la semilla —el logos de Dios— ejerce su fuerza según la tierra donde cae, es decir, según la psique-alma que la recibe. Como se repite con frecuencia, el Dios omnipotente se autolimita, precisamente porque respeta la libertad del hombre, que Él mismo le ha concedido.

La parábola del Sembrador es una demostración clara de esta verdad. En otras palabras, sin el consentimiento del hombre, el logos de Dios permanece inactivo y “vacío”.
Así lo advierte el apóstol Pablo al exhortar a sus discípulos: “Que no se reciba en vano la jaris gracia increada de Dios.”

Y añade una advertencia aún más dramática: No sólo se pierde la jaris de Dios cuando no se acepta, sino también cuando, habiéndola recibido, se la descuida”.
Esto se aplica no sólo a la tierra pisoteada y endurecida, sino también a la que tiene piedras y espinos: es decir, a los hombres que al principio respondieron a la llamada de Dios, pero que luego no perseveraron y terminaron perdiendo su comunión con Él.

(c) Además del factor humano, con su libertad, existe también otro elemento que interviene en el proceso de la siembra y en la aceptación del logos de Dios en la psique-alma del hombre: el «enemigo del hombre» del que habla otra parábola, es decir, el diablo.
Es sabido que el diablo intenta por todos los medios impedir que el hombre escuche el logos de Dios, y aún más, que lo ponga en práctica. Lo hace precisamente porque conoce que, si el logos de Dios es acogido, se convierte en causa de sanación y salvación para el hombre.

Vale la pena recordar un episodio de la tradición ascética de la Iglesia: un abad, mientras enseñaba a sus discípulos en el monasterio, observaba que éstos se dormían, ayudados por la cooperación (sinergía) del diablo. Entonces interrumpió la enseñanza y comenzó a hablar de temas triviales y chismorreos. Inmediatamente todos se despertaron.
El sabio abad aprovechó la ocasión para enseñarles una verdad profunda: “Cuando se escucha el logos de Dios, el diablo provoca sueño; en cambio, el chismorreo los mantiene a todos despiertos.”

(d) La buena tierra es la condición indispensable para el éxito de la siembra. Se refiere a las personas de libre y buena voluntad —como hemos dicho antes— que acogen el logos de Dios “con corazón bueno y bondadoso”. Estas personas perseveran en él, a pesar de las dificultades exteriores e interiores, y tienen la paciencia necesaria para ver los frutos. El Señor mismo dice: “Los que, con corazón bueno y recto, retienen el logos oído y dan fruto con perseverancia.” Esto constituye el secreto de la buena tierra. Porque la paciencia revela la autenticidad de la fe, la humildad del hombre y su confianza en Dios, aun cuando no vea resultados inmediatos. La jaris (gracia, energía increada) de Dios actúa en el mundo, aunque a veces sea invisible a los ojos humanos.

El Señor repetidamente recalcó: “Con paciencia ganaréis vuestras almas.” Nadie puede alcanzar su sanación ni su salvación sin paciencia.
Los Santos Padres, al interpretar las palabras del Señor, señalan que la paciencia es el material con el cual se construye y se cultiva toda virtud. Es decir, la paciencia no es una simple virtud, sino la compañera inseparable de cada una de ellas.

(d)La buena tierra es también la respuesta para aquellos que ven en la parábola del Buen Sembrador un aparente fracaso del logos de Dios en el mundo.
Tal interpretación nace de la ceguera espiritual, porque la buena tierra produce hasta el ciento por uno, o mejor dicho, una cosecha cien veces mayor de lo previsto. Allí donde hay buena disposición, los resultados son más que abundantes.
Esto demuestra una vez más que la responsabilidad del “fracaso” recae en la tierra —es decir, en el hombre mismo— y no en la fuerza del logos de Dios ni en la voluntad del Agricultor-Dios.

Como hemos dicho en otras ocasiones: la libertad del hombre, su capacidad de excluir de su vida al mismo Dios y a su logos, es un misterio que supera la mera idea de la libertad como simple atributo humano.

Por otra parte, la revelación-apocálipsis del Señor en otra parábola nos muestra que la cosecha puede ser del treinta, del sesenta o del ciento por ciento. Esto manifiesta que hay una gradación en la calidad de la tierra, es decir, también una gradación en la santidad.
Hay santo y Santo, como está escrito: “Una estrella se diferencia de otra en esplendor.”

(e) La parábola del Buen Sembrador puede parecer, a primera vista, pesimista; sin embargo, es profundamente consoladora y optimista.
El Señor nos orienta hacia la fecundidad de la buena tierra, es decir, hacia la abundante efusión de su divina jaris (gracia, energía increada), la cual se ofrece “en medida” cuando encuentra al hombre que ama la verdad.

Por otro lado, al referirse a las tierras estériles, el Señor nos señala nuestra responsabilidad personal.
La parábola proclama con fuerza esta dimensión: cada uno de nosotros es responsable de sí mismo. Deberíamos preguntarnos con frecuencia: ¿Qué clase de tierra soy yo?
Y la respuesta seguro que se manifestará según existan o no los frutos.

“Los frutos del Espíritu Santo son: agapi (amor desinteresado y energía increada), alegría, paz, paciencia, magnanimidad, fe, magnanimidad, bondad, templanza y dominio de sí mismo.”

Si no observamos estos frutos en nuestra vida, debemos poner en duda la autenticidad de nuestro cristianismo. En tal caso, los logos y palabras del Señor resuenan terriblemente: “Toda vid que no permanece en Mí y no da fruto, el Agricultor celestial la corta y la arroja al fuego.”

ΑΚΟΛΟΥΘΕΙΝ παπα Γιώργης Δορμπαράκης — Padre Jorge Dorbarakis
Traducido por: χΧ jJ logosortodoxo.es/

 

Domingo IV de Lucas (8,5-15) — La parábola del sembrador

 

  1. Empieza la siembra…

En la lectura evangélica de este domingo escuchamos la conocida Parábola del Sembrador, que se proclama también en honor de los Santos Padres del VII Concilio Ecuménico. Al mismo tiempo, se asocia con el comienzo oficial de la catequesis y de la obra predicadora de la Iglesia al inicio del nuevo año eclesiástico.

En esta parábola, de manera muy expresiva, el Señor compara la obra del que predica el logos de Dios con la labor del agricultor que siembra su campo. Nos dice que “salió el sembrador a sembrar su semilla”.
Después de seleccionar la mejor semilla y preparar debidamente el terreno, el agricultor comenzó su tarea lleno de esperanza y expectación por una cosecha abundante y fecunda.

De la misma manera, nuestra Iglesia —continuadora de la obra del primer y gran Sembrador, el Señor Jesús Cristo— emprende nuevamente, con método y perseverancia, la siembra del divino logos.
Con kérigmas y homilías, con reuniones catequéticas para todas las edades, mediante publicaciones periódicas y con todos los medios de comunicación modernos, la Iglesia esparce generosamente la semilla del logos del Evangelio.

¡ Benditos y bienaventurados los hombres que son hallados dignos de servir en esta obra sagrada, que es la siembra del divino logos! Y felices también los que escuchan o estudian el logos de Dios y lo cultivan con paciencia en sus corazones, para gozar de la riqueza de sus frutos.

 

  1. Oyentes atentos

Cuando el Señor concluyó la parábola, elevó el tono de su voz para dar énfasis a Sus palabras y llamar la atención de Sus oyentes, diciendo: “El que tenga oídos para oír, que oiga.” Es decir: el que tiene oídos espirituales y un corazón dispuesto para recibir mis logos y palabras, que los escuche atentamente y los haga suyos.

Muchos de los judíos oían la enseñanza del Señor, pero pocos la comprendían y la aceptaban. Así se cumplía la profecía de Isaías: “De oído oiréis, y no entenderéis; Y viendo veréis, y no percibiréis. Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y con los oídos oyen pesadamente, y han cerrado sus ojos; Para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y con el corazón y la mente entiendan, y se conviertan, y yo los sane” (Mt 13,15). Es decir, el νούς (nus: espíritu de la psique) y el corazón del pueblo se había inflado y endurecido por su mala disposición; por eso sus oídos espirituales ya no podían escuchar nada.

¡Qué trágico es esto!
Imaginemos a un hombre que, teniendo el oído sano, permanece indiferente al sonido de las sirenas de peligro a su alrededor. El tren pita, los demás le gritan “¡Cuidado!”, pero él avanza indiferente sobre las vías… ¿Quién puede dudar de que camina hacia la catástrofe?

Así también nosotros debemos tener cuidado: si cerramos nuestros oídos a la voz de Dios y a la verdad del Evangelio, ¡estamos en peligro!
La exhortación del Señor —“el que tenga oídos, que escuche”— debe convertirse para nosotros en un lema de despertar espiritual, para que procuremos escuchar el logos de Dios con disposición de aprendizaje, con humildad y apertura al Espíritu Santo, quien abre e ilumina nuestro nus y nuestro corazón para comprender las verdades divinas.

 

  1. Y fructíferos

Pero no basta con ser buenos oyentes del Evangelio. La “buena tierra” que produce abundante cosecha, según el logos del Señor, son aquellos que “al oír el logos y palabra, lo retienen en su interior y, con paciencia, dan fruto”. “Retener” significa interiorizar y guardar firmemente el logos de Dios en el corazón, sin indiferencia, como los que dejan que la semilla caiga en el camino.
Y “dar fruto con paciencia” quiere decir que soportan las tribulaciones, las tentaciones y los sufrimientos de la vida; de este modo, el logos de Dios echa raíces profundas en sus psiques-almas y no se pierde como la semilla que cayó sobre la piedra.
Tampoco los ahogan los espinos —las preocupaciones y los deseos mundanos—, sino que cultivan el campo de su alma, lo limpian de los πάθος pazos y lo preparan con esmero mediante la práctica de las santas virtudes.

Ejemplo luminoso de oyentes fieles y espiritualmente fructíferos fueron los Santos Padres del VII Concilio Ecuménico (año 787 d.C., en Nicea de Bitinia), quienes defendieron con firmeza la fe ortodoxa y condenaron la terrible herejía de los iconoclastas.

Roguemos a ellos que intercedan ante el Señor, para que nuestras almas se vuelvan receptivas a su divino logos, y permanezcamos firmes en la fe y en la vida ortodoxa, de modo que también nosotros produzcamos abundantes frutos espirituales.

Fuente: www.osotir.org — Περιοδικό “Ὁ ΣΩΤΗΡ”
Traducido por: χΧ jJ — logosortodoxo.es/ (en español)

 

Domingo IV de Lucas (8,5-15)

Cosecha eterna

«El sembrador salió a sembrar su semilla»: Hoy la lectura evangélica nos presenta una escena de la vida agrícola, para mostrarnos verdades que tocan profundamente la existencia humana. El tiempo otoñal resulta especialmente apropiado, pues es la época en que los agricultores siembran, siempre con la esperanza de una cosecha abundante cuando llegue el momento oportuno.

Esta imagen, tomada de la vida cotidiana, inspiró a los Padres de nuestra Iglesia a situar la conocida lectura evangélica del Sembrador en el corazón del mes de octubre.
La elección es realmente acertada si consideramos que nos encontramos en un período en que comienzan muchas actividades relacionadas con la agapi (amor desinteresado) de nuestra Iglesia, de la cual todos esperamos una abundante y rica cosecha espiritual.

Además, no fue casualidad que Cristo, cuando comenzó a enseñar a las multitudes, utilizara esta bella parábola.
Los discípulos, sedientos de la verdad que encerraban Sus logos y palabras, le pidieron que les explicara el sentido más profundo de su mensaje.

El sembrador

La conclusión que podemos extraer de esta parábola es que el sembrador se identifica con la misma Persona de nuestro Señor Jesús Cristo. Con toda Su obra y enseñanza, Él es quien ofrece las semillas del mensaje evangélico, bajo las condiciones necesarias para que produzcan una cosecha espiritual abundante y rica.

Los sucesores de esta siembra divina son los Apóstoles, los Santos Padres, los predicadores y los maestros de la Iglesia.
Así lo afirma el apóstol Pablo: “Él dio a unos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, para la edificación del Cuerpo de Cristo.”

La semilla

Sin duda alguna, la semilla espiritual que se ofrece es excelente en su calidad: la mejor y la más elevada de todas. Esto se debe a que su procedencia es divina; su dinamismo eleva al hombre a las alturas espirituales y lo hace digno de una vida orientada hacia la eternidad.

Las enseñanzas humanas, las teorías y las ideologías que surgen en distintas épocas pueden contener, en algunos casos, cierta luz, pero son débiles y pasajeras. Esas luces, por sí solas, no iluminan realmente el camino del hombre: lo dejan a la deriva, entre pesadillas, crisis dolorosas, fracasos desastrosos y un profundo empobrecimiento espiritual. Todo esto refleja la trágica realidad que hoy vive la humanidad.

Conviene recordar que el logos de Dios “se siembra” en el interior del hombre de distintas maneras. Sin embargo, la semilla no germina en todas partes. No debemos buscar la causa ni en las intenciones del sembrador ni en la calidad de la semilla, sino en el terreno que la recibe.
En otras palabras, debemos examinar cómo responde cada persona al Evangelio de Cristo y cuál es la calidad de la tierra —del corazón— en cada uno de nosotros.

Las tres categorías de tierra que describe la parábola reflejan nuestras actitudes interiores y disposiciones espirituales ante la verdad eterna de la Iglesia Ortodoxa.
A veces, por negligencia o imprudencia; otras, por frivolidad; y otras, por la debilidad de arrancar de raíz los pazos (pasiones, vicios) que anidan en el corazón y obstaculizan la entrada de la divina jaris (gracia, energía increada) en nuestro interior, impedimos la fructificación del divino logos en nosotros mismos.

Queridos hermanos,
la parábola que hoy nos presenta el Evangelio es una llamada al despertar espiritual, una invitación a corresponder a la gran oferta de nuestro Señor.
Esta respuesta nuestra nos concede la capacidad de hacer fructificar en nuestra psique-alma la semilla de la alegría resucitadora, que transforma al hombre y lo hace digno de poseer valores y fuerzas eternas.

Volvámonos, pues, hacia nosotros mismos, y hagámonos “tierra buena y fértil”, para que nuestra existencia dé fruto y manifieste la verdad del Evangelio en toda su plenitud.

Jristakis Efstazíu, Teólogo — Iglesia de Chipre
Traducido por: χΧ jJ — logosortodoxo.es/

 

 

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