San Juan el Sinaita: La vanagloria y la soberbia u orgullo

 

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Repasada traducción 22/05/2025

San Juan Clímaco, la Escalera Divina –: Sobre la Vanagloria y la Soberbia (u orgullo)

Logos Vigésimo Primero: Sobre la Vanagloria

  1. Algunos, al tratar de hablar sobre los παθος (pazos: pasiones, vicios, adicciones, patologías, etc.) y los λογισμοί (loyismí: pensamientos simples o mezclados con la fantasía), suelen clasificar la vanagloria separadamente de la soberbia u orgullo. Por ello enumeran ocho los pensamientos capitales o principales. Pero san Gregorio el Teólogo, junto con muchos otros santos maestros, los reduce a siete.

Yo también me inclino por esta segunda opinión. Pues, ¿quién puede caer en la soberbia si ya ha vencido la vanagloria? La diferencia entre estas dos pasiones (pazos) es semejante a la que hay entre el niño y el hombre, o entre el trigo y el pan: la vanagloria es el inicio, la soberbia es el cumplimiento. En esta ocasión, hablaremos brevemente tanto del principio como del fin de esta impía vanagloria (también llamada arrogancia o engreimiento). Digo brevemente, pues quien pretenda filosofar, reflexionar extensamente sobre ella se parece a quien intenta pesar el viento.

  1. En cuanto a su forma, la vanagloria es una alteración del orden natural, una corrupción de las buenas costumbres, una perversión de los caracteres virtuosos y de las acciones rectas; además, pone al descubierto las faltas ajenas para exaltarse a sí misma. Los vanagloriosos destruyen con sus «buenas obras» y, a la vez que se enaltecen, acusan a los demás de sus defectos. En cuanto a su naturaleza, la vanagloria es disolución del esfuerzo, pérdida del sudor ascético, ladrona mentirosa de los verdaderos tesoros espirituales, hija de la incredulidad y precursora de la soberbia. Es un naufragio en el puerto, una hormiga en la era: pequeña, silenciosa, pero capaz de destruir todo el fruto y el trabajo del labrador.
  2. La hormiga espera a que el grano esté maduro para llevarlo; así también la vanagloria aguarda a que crezca y se acumule la riqueza espiritual. Entonces se lanza para robar y destruir. El espíritu de la desesperación o depresión se regocija cuando se multiplica el pecado; el espíritu de la vanagloria, en cambio, se alegra al ver multiplicarse la virtud, porque desea corromperla. La puerta de la desesperación es la multitud de heridas; la de la vanagloria, la abundancia de los trabajos espirituales.
  3. Observa y verás que esta repugnante pasión de la vanagloria llega incluso hasta la tumba. La encontrarás en las vestiduras lujosas, en los perfumes, en las pompas fúnebres, en las fragancias y en muchas otras cosas semejantes.
  4. El sol resplandece abundantemente sobre todas las cosas; de igual manera, la vanagloria se regocija en toda obra. Si ayuno, me vanaglorio; si intento ocultarlo, me vanaglorio por considerarme prudente. Si me visto con elegancia, me vence; si me visto con humildad y pobreza, también me vence. Cuando hablo, me domina; y cuando callo, me domina igualmente. Es como un abrojo: por dondequiera que se le arroje, siempre se posa con una espina hacia arriba.
  5. El vanaglorioso parece ser creyente, pero en realidad es un idólatra. Aparentemente respeta y venera a Dios, pero en el fondo busca agradar a los hombres, no a Dios. El vanidoso es ostentoso: su ayuno no será recompensado, ni su oración dará fruto, porque todo lo hace para recibir alabanzas humanas. El asceta vanidoso sufre doblemente: tortura su cuerpo, pero no recibe retribución espiritual alguna.
  6. ¿Quién no se reiría del siervo de la vanagloria que se presenta a cantar o a salmodiar, y que, influenciado por ella, unas veces llora y otras veces se ríe ante todos, buscando impresionar?
  7. A veces, Dios oculta a nuestros propios ojos los bienes espirituales que hemos adquirido, para protegernos. Pero viene aquel que acostumbra halagarnos -más bien, a engañarnos- y con sus alabanzas nos abre los ojos. Y apenas se abren, el tesoro espiritual se disipa de nuestro interior.
  8. El que halaga es servidor de los demonios, guía hacia la soberbia, destructor de la κατάνυξις (katánixis: compunción, dilatación del corazón) y el recogimiento, ruina de las buenas obras y desviador del camino recto. “Los que os llaman bienaventurados son los que os engañan” (Isaías 3,12).
  9. Una señal de quienes han avanzado en la virtud es que soportan con valentía, paciencia y alegría las injurias. Pero una señal de quienes están verdaderamente sanados -los santos- es que permanecen imperturbables e intactos ante los elogios y alabanzas.
  10. He visto a un hombre llorar y estar en luto (espiritual) por sus pecados, y al ser elogiado, enojarse por ello. Así, como sabios comerciantes, cambió el pazos (pasión, vicio) de la vanagloria por el pazos de la ira.
  11. “Nadie conoce las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él” (1Cor 2,11). Por eso deben avergonzarse y cerrar la boca los que alaban y elogian a los demás en su presencia.
  12. Si escuchas que tu prójimo -ya sea en tu presencia o en tu ausencia- te ha criticado o se ha burlado de ti, muéstrale cariño y elógialo tú a él.
  13. Es una gran cosa expulsar de la psique-alma la alabanza de los hombres; pero mucho más grande aún es rechazar los elogios que nos insinúan los demonios para sembrar en nosotros la vanagloria.
  14. No demuestra verdadera humildad el que simplemente se desprecia a sí mismo, sino aquel que, habiendo sido despreciado o injuriado por otro, no disminuye por ello su agapi amor desinteresado hacia él.
  15. Una vez observé cómo el demonio de la vanagloria sembraba pensamientos en un hermano, y luego revelaba esos mismos pensamientos a otro. Acto seguido, inducía a este último a comunicarle al primero lo que había «percibido», para que fuera considerado como profeta o vidente, poseedor de carisma de predicción. Este sucio demonio incluso puede provocar movimientos y estremecimientos en los miembros del cuerpo. No aceptes susurros cuando te hable de episcopados, magisterios o doctorados en teología. Ten cuidado: es difícil echar al perro que se ha acomodado junto a la mesa del carnicero. Apenas percibe que vivimos en paz y tranquilidad, intenta inducirnos a abandonar el desierto, la ascesis, y volver al mundo, diciendo: “Ve, porque hay almas que se están perdiendo, y tú debes salvarlas”.
  16. Así como una es la apariencia de los etíopes y otra la de las estatuas de piedra, de igual modo una es la forma que toma la vanagloria entre los cenobitas (los que viven en comunidad) y otra entre los eremitas (los que viven en soledad).
  17. Cuando los laicos visitan el monasterio, la vanagloria es la primera en percibirlo. Entonces incita a los monjes más ligeros a salir a recibirlos, a postrarse ante ellos con fingida humildad, y a poner rostro de piedad, que en realidad proviene del orgullo. Con actitud tímida, voz baja y gestos de humildad, observan las manos de los visitantes esperando recibir regalos. Los llaman «señores», «bienhechores», e incluso «salvadores», diciendo que después de Dios, a ellos deben sus vidas. Una vez sentados a la mesa, la vanagloria les sugiere aparentar abstinencia y templanza, fingiendo virtudes que no poseen. Y cuando llega la hora de la salmodia, hace que incluso los perezosos parezcan diligentes, los sin voz canten como calífonos, y los somnolientos se despierten con fervor con ganas de velar. Los incita a adular al que preside el coro para ser puestos en los primeros lugares y les hace llamarlo “maestro” y “padre”. Todo esto dura… hasta que los visitantes se marchan. A los que han sido elogiados y preferidos, los conduce al orgullo. A los que han sido pasados por alto y subestimados, los conduce al resentimiento.
  18. La vanagloria, muchas veces, en lugar de traer honra, ha causado deshonra. Porque ha provocado la irritación de los discípulos hacia sus maestros, avergonzándolos así delante de otros. A los irascibles, en presencia de hombres, la vanagloria los convierte en mansos, pero solo exteriormente. Y a quienes poseen carismas naturales, con un ataque sorpresa, sutil, los ha llevado muchas veces a la caída, precisamente valiéndose de esos mismos dones.
  19. ¡He visto a un demonio que expulsó a su compañero! Es decir, a un monje dominado por la ira, quien, al llegar los visitantes mundanos, se transformó bruscamente en alguien apacible por influencia de la vanagloria. En efecto, no podía operar al mismo tiempo con ambos pazos-pasiones: la ira y la vanagloria.
  20. El que se ha vendido a la vanagloria lleva una doble vida: exteriormente, con el hábito y apariencia de monje; pero interiormente, con sus pensamientos y deseos, vive como mundano.
  21. Esforcémonos por alcanzar la χάρις (jaris: gracia divina, energía increada) que viene de lo alto, y con mayor fervor aún, por gustar la δόξα (doxa: gloria divina, luz increada) soberana. Porque quien ha probado esta doxa-doxa, desprecia toda gloria terrenal. Me asombro cómo puede alguien despreciar la segunda si no ha saboreado antes la primera.
  22. Muchas veces, habiendo sido robados por la vanagloria, nosotros mismos logramos robarle a ella de forma inteligente. He visto a algunos que comenzaron una obra espiritual movidos por la vanidad, pero cuyo final fue digno de elogio, pues corrigieron el pensamiento inicial erróneo.
  23. El que se gloría de sus dones, carismas naturales, como la perspicacia, agudeza, la facilidad para aprender o leer, la buena dicción, el ingenio y otros talentos semejantes, jamás alcanzará dones sobrenaturales. Porque quien es infiel y vano en lo poco, lo será también en lo mucho.
  24. Para alcanzar la perfecta agapi (amor incondicional, desinteresado), los grandes carismas, la clarividencia y el poder milagroso, muchos se han esforzado en castigar sus cuerpos injustamente. Pero han olvidado, los pobres, que esos dones se alcanzan por la humildad, madre de todos ellos, y no por los meros esfuerzos físicos y castigos al cuerpo. El que exige regalos espirituales como retribución por su esfuerzo, ha puesto un cimiento débil. Pero el que se considera a sí mismo un siervo inútil y deudor, ese recibirá inesperadamente la riqueza espiritual de parte de Dios.
  25. Nunca te dejes persuadir por el demonio, ese destructor, cuando te aconseja mostrar tus virtudes supuestamente para edificación de los demás. “¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma? ¿O qué dará el hombre a cambio de su alma?” (Mt 16,26).
    Nada edifica más a quienes nos observan que una conducta humilde, sincera y un logos sin fingimientos. Este ejemplo conduce a la humildad a los demás, lo cual es mucho más beneficioso y edificante que cualquier ostentación de virtud.
  26. Un Padre con el don de previsión relató esta experiencia: “Mientras estaba sentado en medio de una reunión de monjes, vinieron los demonios de la vanagloria y de la soberbia y se sentaron a mi derecha y a mi izquierda. Entonces, el primero me picó en el costado con el dedo, instándome a contar una visión que había tenido en el desierto. Pero yo lo rechacé y recité: ‘Sean avergonzados y confundidos los que buscan mi psique-alma; sean vueltos atrás y avergonzados los que me desean el mal’ (Sal 69,3). Entonces el segundo demonio, desde mi izquierda, me susurró: ‘¡Bravo! ¡Muy bien! ¡Has vencido a mi desvergonzada madre!’ Pero yo, utilizando correctamente el siguiente versículo, respondí: ‘Retrocedan avergonzados los que me dicen: ¡Muy bien! ¡Qué bien lo has hecho!’ (Sal 69,4).

Cuando le pregunté a este anciano: “¿Cómo es que la vanagloria es madre de la soberbia?’, me respondió: ‘Las alabanzas inflan y elevan la psique (alma); y cuando el alma está hinchada por el elogio, la soberbia la arrebata y la eleva hasta los cielos… solo para luego arrojarla a los abismos” (cf. Sal 96,6).”

  1. Existe una alabanza que viene del Señor: “Yo honro a los que me honran” ((1Re 2,30). Pero también existe otra alabanza que es fruto de la obra y el engaño del diablo, como dice el Señor: “¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!” (Lc 6,26).
  2. Reconocerás con claridad la primer alabanza o a gloria -la que viene de Dios- cuando la consideres peligrosa, la evites cuidadosamente y ocultes tus buenas obras en cualquier lugar en que estés. En cambio, reconocerás la falsa alabanza o gloria cuando, aun por algo muy pequeño, actúes “para ser visto por los hombres” (Mt 23,5). Este maldito demonio nos empuja a una vanagloria impía, instándonos a fingir virtudes que no poseemos. Nos engaña incluso con pasajes de la Escritura, diciéndonos: “Así brille vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras” (Mt 5,16). Pero el Señor, en su sabiduría, muchas veces permite que los vanagloriosos sufran una caída vergonzosa, privándolos de la gloria que buscaban, para su corrección.
  3. El inicio de la libertad frente a la vanagloria consiste en guardar la boca y amar los descréditos, desprecios. El progreso consiste en rechazar toda acción inspirada por los pensamientos de vanagloria. Y el grado más alto -si es que puede haber fin en este abismo- es obrar, en medio del pueblo, cosas involuntarias o que nos dejen expuestos, sin temor a ser avergonzados.
  4. No escondas tu vergüenza con el pretexto de no escandalizar a los demás. Sin embargo, no siempre se debe aplicar el mismo remedio: conviene adaptarlo según el tipo de enfermedad espiritual.
  5. Cuando busquemos la gloria, o incluso cuando esta venga a nosotros sin que la hayamos deseado, recordemos nuestro duelo según Dios, la oración temerosa y la contrición del corazón. Si hacemos esto, alejaremos de nosotros la desvergonzada vanagloria -si es que realmente practicamos la oración. De lo contrario, recordemos nuestra muerte. Y si ni aun esto basta, temamos al menos la vergüenza y el descrédito que siempre acompañan a esta gloria falsa. Pues está escrito: “El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (Lc 18,14). Y esta humillación no será solo en la vida futura, sino también, con toda seguridad, en la presente.
  6. Cuando los que alaban -o más bien, los que engañan- empiecen a exaltarnos, recordemos inmediatamente la multitud de nuestros pecados, y con seguridad nos sentiremos indignos de tales alabanzas y honores.
  7. Algunos vanagloriosos llegan a creer que Dios está obligado a atender sus oraciones. Y a veces, el Señor les concede lo que piden incluso antes de que lo pidan, precisamente para evitar que se ensoberbezcan creyendo que obtuvieron algo por mérito propio o por la fuerza de su oración.
  8. Generalmente, los corazones sinceros, puros y sencillos -que no son ni cínicos ni falsos- no caen en esta venenosa pasión. Porque la vanagloria está llena de fingimiento, y excluye y destierra toda sencillez.
  9. Así como un gusano, al crecer, desarrolla alas y vuela, así también la vanagloria, cuando madura, da a luz a la soberbia. Y la soberbia es el príncipe, el comienzo y el fin de todos los males.

Escalón Vigésimo Primero

La vanagloria es la cabeza de la soberbia u orgullo, y el que no ha sido cautivado por ella, no caerá en la enemiga de Dios que es la descabezada soberbia.

 

La Escalera: Logos Vigésimo Segundo: Logos sobre la soberbia u orgullo

  1. La soberbia (o orgullo) es negación de Dios, invención de los demonios, desprecio de los hombres, madre de la crítica maligna, descendiente de los elogios y alabanzas, manifestación de esterilidad espiritual, alejamiento de la ayuda divina, precursora de la incoherencia, causa de caídas, origen de la epilepsia, fuente de ira y rencor, puerta de la hipocresía, sostén de los demonios, guardiana de los pecados, generadora de falta de misericordia, ignorancia de la simpatía y la compasión, inquisidora amarga, juez despiadado, adversaria de Dios y raíz de la blasfemia.
  2. El comienzo del orgullo es la vanagloria consumada; su estado intermedio es el desprecio del prójimo, la ostentación descarada de las propias obras, la autoalabanza interior y el odio a la corrección y al reproche. Su final es la negación de la ayuda divina, la exaltación de la capacidad propia y una conducta abiertamente demoníaca.
  3. Escuchemos, pues, quienes no queremos caer en una fosa profunda: muchas veces esta pasión se alimenta incluso de las alabanzas que dirigimos a Dios. No se presenta de forma descarada desde el principio, como para incitarnos a negar a Dios abiertamente.
  4. He visto personas que con la boca daban gracias a Dios, pero en su interior se glorificaban a sí mismas. De esto es testigo aquel fariseo que decía a Dios con jactancia: “¡Dios, gracias!” (Lc 18,11).
  5. Donde se produjo una caída, antes había habitado el orgullo, porque lo segundo es un preaviso de lo primero.
  6. Una vez escuché a un hombre venerable decir: “Supongamos que existieran doce pazos pasiones deshonrosas. Si uno ama excesivamente una de ellas -por ejemplo, la jactancia o la presunción, esta pasión ocupará también el lugar de las otras once”.
  7. El monje altanero contradice con vehemencia; en cambio, el humilde no conoce ni dirige una mirada altiva y desafiante al prójimo. El ciprés no se inclina hacia el suelo para caminar; del mismo modo, el monje orgulloso no puede adquirir la obediencia.
  8. El hombre altanero desea gobernar y dominar; de otra manera, en efecto, no puede -o mejor dicho, no quiere- perderse a sí mismo por completo.
  9. “El Señor resiste y aborrece a los orgullosos” (1 Pe 5,5). Entonces, ¿quién podrá compadecerlos? “El Señor aborrece a los de corazón altivo” (Pr 16,5); por tanto, ¿quién podrá purgar y limpiar a semejantes hombres?
  10. Lo que instruye y corrige al orgulloso es la caída; quien lo aguijonea es el demonio. El abandono de Dios conduce a la pérdida de la lógica, a la locura espiritual de la mente. Los dos primeros males muchas veces han sido curados por los hombres; pero el último, el abandono de Dios, es humanamente incurable.
  11. Aquel que rechaza los reproches y correcciones ha manifestado que padece esta pasión-pazos; en cambio, quien los acepta se ha liberado de sus cadenas.
  12. Si con este único pazos-pasión, vicio -sin que hubiera otro- pudo ser arrojado uno del cielo, debemos considerar si no será posible que solamente mediante la humildad podamos ascender al cielo.
  13. La soberbia u orgullo es la pérdida de toda nuestra riqueza espiritual y de todos nuestros esfuerzos ascéticos. “Clamaron, pero no hubo salvación” (Sal 17,42), sin duda porque clamaron con orgullo; y “se volvieron hacia el Señor, pero Él no los escuchó” (Sal 17,42), porque no eliminaban las causas de los pecados por los que pedían auxilio en la oración.
  14. Un yérontas (anciano sabio), dotado de gran discernimiento espiritual, aconsejó a un hermano orgulloso. Este le respondió: “Perdóname, Padre. No soy orgulloso”. El sapientísimo yérontas le dijo: “¿Qué mejor prueba podrías darnos de este pazos que tus mismas palabras: ‘no soy orgulloso’?”. A tales hombres les conviene mucho la práctica de la sumisión y la obediencia, una vida más rigurosa y humillante, y la lectura de las hazañas sobrenaturales de los Padres. Tal vez, así, haya una pequeña esperanza de sanación y salvación para estos enfermos.
  15. Es ridículo que alguien se gloríe por un adorno prestado. Del mismo modo, es extrema locura enorgullecerse por los dones de Dios. Enorgullécete solo de aquellas hazañas que poseías antes de nacer, pues todo lo que vino después de tu nacimiento te lo ha dado Dios -incluso tu nacimiento.
  16. Solo las virtudes que has adquirido sin la participación de tu nus (espíritu) ni de tu lógica (intelecto) pueden considerarse tuyas, ya que ambos te fueron concedidos por Dios. Las victorias que has logrado sin el uso del cuerpo son realmente tuyas, pues el cuerpo tampoco es obra tuya, sino creación de Dios.
  17. No te confíes antes de haber recibido la sentencia definitiva del Juez, recordando al invitado de la parábola evangélica, que entró en la sala del banquete y fue atado de pies y manos y arrojado a las tinieblas exteriores (cf. Mt 22,13).
  18. No levantes la cabeza con altivez, pues estás formado de tierra. Muchos, siendo santos e inmateriales, fueron expulsados del cielo.
  19. Cuando el demonio ha tomado posesión de la psique-alma de sus seguidores, se les aparece tanto en sueños como en la vigilia con la apariencia de un ángel santo o de un mártir, les revela supuestos misterios y les concede falsos carismas, para engañarlos y llevarlos a la completa perdición mental y espiritual.
  20. Aun si hubiéramos sufrido miríadas de muertes, no podríamos pagar nuestra deuda. Porque una es la sangre de Cristo y otra la de sus siervos; no en cuanto a la sustancia, sino en cuanto a su valor.
  21. No dejemos nunca de escudriñar y estudiar a los Santos Padres y los grandes iluminadores que nos precedieron, comparándonos siempre con ellos. Entonces descubriremos que no seguimos en absoluto sus huellas ni su verdadera forma de vida monástica, y que no hemos guardado fielmente nuestras promesas, sino que nos encontramos aún en una vida completamente mundana.
  22. El verdadero monje, por excelencia, es el ojo de la psique-alma completamente libre de elevación (soberbia) y con los sentidos corporales inmóviles. Monje es aquel que provoca contra sí mismo a los demonios como si fueran bestias salvajes, y los aleja cuando se aproximan. Monje significa un éxtasis incesante del nus (espíritu) y una pena constante por la vida presente. Monje es aquel que se ha unido a las virtudes, como el mundano se ha unido al hedonismo o placeres.. Monje es una luz inextinguible en el ojo del corazón. Monje es un abismo de humildad que ha hundido y aniquilado en sí mismo todo espíritu maligno.
  23. El olvido de los pecados provoca el orgullo; el recuerdo constante de ellos, en cambio, engendra humildad.
  24. La soberbia es una pobreza extrema de la psique-alma que se presenta en la fantasía como rica y cree vivir en la luz, mientras está sumida en la oscuridad. Este miserable pazos (pasión) no solo impide el progreso espiritual, sino que precipita al alma desde las alturas.
  25. El orgulloso es como una granada podrida por dentro, aunque reluce de belleza por fuera. El monje orgulloso ya no necesita al demonio: él mismo se ha convertido en demonio y enemigo para sí.
  26. La oscuridad no es compatible con la luz; del mismo modo, el orgullo no puede convivir con las virtudes. En el corazón del orgulloso germinan loyismí (pensamientos) de blasfemia; en cambio, en las psiques-almas humildes florecen contemplaciones celestiales. Así como el ladrón se esconde y huye de la luz del sol, el orgulloso desprecia a los hombres apacibles.
  27. Muchos orgullosos, no sé cómo, se han autoengañado, creyendo que habían alcanzado el estado de απάθεια (apázia: impasibilidad, sin pazos). Pero al llegar la hora de la muerte, vieron claramente su miseria. Aquel que ha sido capturado por el orgullo sólo puede tener esperanza si el Señor mismo lo auxilia, pues es vano esperar su curación de parte de los hombres.
  28. Una vez sorprendí y capturé este engaño sin cabeza, es decir, la soberbia, cuando intentaba entrar en mi corazón montada sobre la espalda de su madre, la vanagloria. A ambas las até con las cadenas de la obediencia, las azoté con el látigo de la humildad y les interrogué sobre cómo lograban introducirse en mi interior. Y ellas, mientras las flagelaba, me decían: “Nosotras no tenemos comienzo ni nacimiento, pues somos el origen y la raíz de todos los πάθος (pazos: vicios, asiones, emociones, adicciones, patologías, etc.) Nos combate sin cesar la contrición del corazón, fruto de la obediencia. No podemos soportar que alguien nos gobierne o nos dé órdenes. Por eso, cuando en el cielo se nos dio autoridad, desertamos. Con una sola palabra damos a luz todos los pazos contrarios a la humildad, porque todo lo que la favorece es contrario a nosotras. Habiendo triunfado en el cielo, ¿cómo podrás tú escapar de nuestro poder?”

“Nosotras acostumbramos aparecer incluso después de muchas humillaciones, después de actos de obediencia, de la tranquilidad, de la ausencia de resentimiento, de la mansedumbre y del servicio al prójimo. Nuestros hijos son: la caída de los hombres espirituales, la cólera, la maledicencia, la ira, el rencor, el resentimiento, la amargura, los gritos, la blasfemia, la hipocresía, el odio, la envidia, la autosuficiencia, la contradicción y la desobediencia. Solo hay una cosa contra la que no podemos vencer -y te lo confesamos bajo el peso de tus látigos: si te reprendes y te censuras constantemente y con sinceridad ante el Señor, entonces nos encontrarás más frágiles que una telaraña.

“Tú lo ves: el caballo del orgullo (soberbia) es la vanagloria; él cabalga sobre ella. Pero la santa humildad y la reprobación de sí mismo se burlan del caballo y del jinete, cantando con júbilo el himno de victoria: «Cantemos al Señor, porque se cubrió de doxa-gloria, arrojando en el mar al caballo y al jinete» (Éx 15,1), en el abismo de la humildad.”

Escalón vigésimo segundo: ¡el que lo ha subido, ha vencido!
Por supuesto, si verdaderamente lo ha logrado subir.

— San Juan del Sinaí (el Clímaco)

(Ver también  https://logosortodoxo.es/psicoterapia-ortodoxa/soberbia-arrogancia-y-vanagloria/)

Traducido por: χΧ jJ  logosortodoxo.es/

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.